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La princesa y la sirvienta.

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La princesa y la sirvienta.

Mensaje por Lysbeth Ardian el Dom 31 Jul 2016 - 0:29

Bla bla bla:
Porque para qué perder el tiempo haciendo la ficha de mi multi cuando puedo escribir una historia totalmente inútil para el foro, por favor.

So... eso. Y si hay cosas que no se entienden, es porque aun no está acabado. Prometo que todo tiene sentido (?)


“¿Ese es el cuadro que escoges? No, no es que sea una mala elección. Tan solo no creí que tendría que recordar esa historia. No tan pronto al menos, vaya. Si, hay dos personas… ellas son las únicas con el honor de compartir sus cuadros. No lo haría por nadie más, pequeña. Toma nota.”

En ese punto, el hombre en la estancia parece no aguantar más sentado y se levanta de la butaca. Una copa de vino tinto aparece en su mano y mientras la agita comienza a pasearse por la habitación. La vitalidad que desprende es desconcertante en alguien de su edad.

“No me preguntes sus nombres, porque no los conozco. Bueno, en realidad eso no es del todo cierto; sería más acertado decir que han tenido tantos que ninguno las describe por completo. Pero tú sabes de quien hablo, y yo también. Y eso debería ser suficiente. ¿No es así?”


El hombre se dirige a un punto vacío de la habitación, frente al escritorio. Con cuidado, casi con cariño, agita la mano y de la nada aparece un sofá victoriano. Es blanco, con pequeños detalles en azul y dorado pero nada recargado. La silueta del respaldo imita a una nube.

“La morena llegó primero. Tenía el pelo negro como la tinta, y los ojos verdes como hojas. Era hermosa, e imponente. Imagínatelo’’.

De la nada, apareció en este mismo sofá. Miró a su alrededor y sonrió antes de suspirar. Después de que paseara un poco y yo colocara mis herramientas e instrumentos, comenzamos.Y le pregunté, mientras limpiaba los boles de los restos de pintura.

‘’¿Qué es lo primero que recuerdas? “

- Su pelo… su pelo dorado brillando al sol, aunque no había ningún sol en la habitación. Refulgía, y sabía con certeza que era suave aun cuando ni siquiera lo había tocado. Todavía. También vi el collar… pero en ese momento no le hice caso.

La joven vuelve a suspirar, llevándose la mano al cuello con una sonrisa cansada, algo triste. La pieza en sí es hermosa, lo noté la primera vez. Tiene cuero y adornos de plata. La anilla de la que cuelga la cadena que reposa en su regazo es sutil y elegante. Otras dos pequeñas cadenas comienzan y terminan en el collar, tintineando con cada movimiento. Parece una joya que saltaría a la vista, pero en realidad es fácil pasarla por alto. La primera vez.

“ Dime… ¿Qué ocurrió entonces?”

La joven sonríe y hace un gesto extraño con las manos. Se sonroja y baja la mirada como si no me viera a mi. Quizás no lo hace. Quizás está muy lejos de aquí, en los brazos de ella. Yo nunca lo supe.

- Entonces… me enamoré. Caí en sus ojos azules como si me hundiera en el océano. Me destrozó. Se lo di todo en ese instante, y eso nunca es fácil. Pero fue un dolor dulce. Dulce y horrible, peor que la peor de las torturas y mejor que mil de sus besos. Ambas sonreímos, y caímos en los brazos de la otra. Era cálida. Yo era dichosa. Entonces volvimos a mirarnos a los ojos y entramos en pánico. Era muy pronto. Demasiado. Pero volvimos a caer, todo se volvió negro y… la historia... comenzó.

La encontraron frente al palacio una noche de invierno, con apenas unos días de vida. A la reina le gustaba pasear por los jardines antes de acostarse; debido al embarazo no había podido hacerlo, y quería recuperar el tiempo perdido. Llevaba a su bebé envuelto en mantas y completamente dormido. Su marido, el rey, la acompañaba preocupado de que se cayera o algo sucediese. Era un buen esposo, y lo cierto es que se querían con locura. Pese a todo.

Se acercaron a la verja al final del jardín, y allí, al otro lado de los barrotes, estaba ella. Un pequeño bulto de trapos y retales. A su lado, estaba su madre. Jamás conoció su nombre, ni se preocupó de preguntarlo. Todo lo que supo es que murió esa noche en la nieve. Hacía casi un año que había conocido al rey en uno de sus viajes. Y por muy alto que sea el cargo que ostente, un humano es un humano. Cometieron un error, y nunca llegó a averiguar si hubo amor de por medio. Tampoco le importaba. Gracias a ese desliz fue que llegó a este mundo.

- A veces pienso que ella lo hizo aposta, para asegurarse de que de verdad fuera el espejo de mi amada. En todo. Su contrario. Y puesto que ella llegó al mundo siendo ansiosamente esperada, yo debía… pero me estoy saliendo de la historia.

‘’No importa. Continúa, por favor’’.

- Mi madre había muerto debido al hambre y al frío.

Su última intención había sido entregarla en el palacio para que por lo menos alguien cuidara de ella. Para que al menos tuviera una vida. Evidentemente no se le parecía, pero el rey la reconoció al instante. Pálido, le confesó lo que había ocurrido a su esposa. Ella, que había corrido a rescatar al bebé desconocido tan pronto lo había visto, se quedó helada. De todas maneras, pidió que lo llevaran dentro. Como ya he dicho, era una buena mujer. No tenía culpa de nada. Imagino que discutieron, que él se disculpó con ella una y mil veces, y que le juró no repetirlo nunca más. Y pese a todo, ella la odió. Porque le recordaba cada día que él la había engañado. Que aunque solo fuera por una vez, él se había olvidado de su existencia.

- El amor puede tener consecuencias desastrosas, señor. Supongo que ya lo ha comprobado.

‘’Yo tan solo sé lo que me han contado.’’ -Le dije. Y era verdad. Ella sonrió como si lo entendiera, cuando normalmente todos los que pasan por aquí están confusos y desorientados. Y pese a que yo conocía su origen, mentiría si dijera que no me descolocó un poco. Recuerdo que en ese punto, cogió un mechón de pelo y se lo colocó detrás de la oreja. Su piel pálida destacaba como un diamante entre el carbón. Miraba a lo lejos mientras hablaba, recordando su vida.

Yo aparentaba setenta años.

- No recuerdo gran cosa de esos días, al fin y al cabo era un bebé. Me colocaron en una habitación y encargaron a una de las criadas de mi cuidado. No le vi hasta los cuatro años; la reina lo había prohibido.

La niña de aquella no entendía nada, por supuesto. Y pese a que era tan joven, su infancia se compone de recuerdos de color gris. Vestía ropas simples y trataba de no molestar. No gritaba, ni se comportaba mal. Intentaba ayudar y no recuerda haber jugado nunca antes de encontrarse con ella. No era que tuviera algún problema; no estaba deprimida ni enferma. Pero… había algo que no estaba bien. No podía explicarlo de otra manera. Faltaba algo, algo muy concreto… y que pronto descubriría.

- Me habían echado de la cocina porque necesitaban el espacio, y como era primavera y hacía sol… salí a los jardines. No tiene ni idea de cuánto me alegro de haberlo hecho.

No la entiendo. Y me gustaría hacerlo. Porque la mirada que tenía cuando me lo contó… es indescriptible, pequeña. Indescriptible. Estuvo un rato por el jardín, paseando con la mirada perdida, cuando de repente se paró. Estaba confusa, no sabía qué le había hecho detenerse… pero fuera lo que fuera le instó a darse la vuelta. Y allí, estaba ella. Con expresión sorprendida. Con su misma altura, su misma edad. Con su pelo rubio y sus ojos azules, y las manos llenas de margaritas. Las flores cayeron al suelo, mientras la princesa corría hacia la desconocida. Llegó a su altura y la abrazó mientras sonreía.

- ¡No sabía que había otra niña en el castillo! ¿Serás mi amiga?

Hablaba muy bien y muy deprisa; tenía buenos profesores y era aplicada. Aprendió pronto a hablar y a leer. Después supo que la niña en realidad estaba temblando de la emoción. Y como no sabía por qué, lo camuflaba así. Desde ese momento, fueron inseparables. La reina al verlas juntas quiso montar en cólera y separarlas, pero no fue capaz. Para ella, la felicidad de su hija era lo primero, y en el fondo sabía que no era culpa de la niña el ser bastarda. La princesa demandó ropas decentes para su nueva compañera, además de un buen baño. También la trasladaron hasta la habitación contigua a la suya; ambas estaban conectadas por una puerta. Desde ese momento, la niña se convirtió en la sirvienta personal de la princesa. Aprendió sus deberes en el curso de una semana, pese a tener solo cuatro años. La mujer que hasta ahora la había cuidado le fue enseñando. Tenía que despertarla y ayudarla a vestirse cada mañana, además de asegurarse de que no llegaba tarde al desayuno. Acompañarla a sus clases por si necesitaba algo y jugar con ella para entretenerla. Hacer que se comiera las verduras y se lavara los dientes, y cuidar de que no se hiciera daño en los jardines.

Y la lista seguía. Si le habían dado tantas tareas fue porque los adultos que las rodeaban pronto se dieron cuenta de que la princesa, que solía ser algo rebelde e independiente, era incapaz de llevarle la contraria a la niña morena. Supusieron que era porque no tenía otra amiga de su edad y aprovecharon la circunstancia todo cuanto pudieron. No es que a la sirvienta le molestara; quería estar cada minuto del día con la princesa. Que hubiera alguien tan luminoso y alegre le producía… curiosidad. Si. Curiosidad. Pero había algo más, algo que no entendía pero que le hacía sentir una extraña calidez en el pecho. Los días que antes eran grises comenzaron ahora a llenarse de color. El verde del vestido que encargó para ella, y el blanco del delantal que debía ponerse; nadie debía confundirla con una dama noble. El rosa de sus labios, y el azul de sus profundos ojos. Le encantaban sus ojos. Eran como dos joyas, y siempre estaban llenos de alegría. La hacían sonreír de solo verlos.

Los años pasaron, y ambas crecieron. Fueron tiempos fáciles y bonitos, aunque hubo algún que otro tropiezo. En realidad, había otra niña en el palacio. Decían que había sido adoptada por la guardia real, pero no había muchos datos más. Solo eran rumores de los adultos, y la princesa y la sirvienta no les dieron importancia. Hasta que la conocieron.

- Cada vez que lo recuerdo, la misma sensación de miedo vuelve a mi. Y solo tenía seis años… pero nunca tuve tanto miedo de perderla como ahí. No porque ella fuera a entregarse, por supuesto. Ella es mía. Pero la manera en que la miraba… se me encoge el corazón al recordarlo, no puedo evitarlo. No puedo evitar guardarle rencor…

En ese momento, le hice un gesto para que parase de hablar y me levanté a coger el lienzo. Me acerqué a ella y me arrodillé ante el sofá. Con una mano, le sujeté con delicadeza la barbilla y le miré fijamente a los ojos. Ella levantó una ceja, pero no trató de librarse. Noté el frío de la cadena al rozar mi brazo mientras la estudiaba con cuidado. Nunca olvidaré sus ojos verdes, pequeña. No importa cuántas de vosotras paséis por aquí. Ella hizo un buen trabajo. La sirvienta era perfecta. Al final volví a levantarme y chasqueé los dedos para que aparecieran varios lienzos. Aun después de mirarla no me había decidido. Y me llevó un buen rato, la verdad. Para cuando escogí ya aparentaba cincuenta y cinco años. La pieza en cuestión puedes verla tú misma. Grande, imponente, más alta que ancha. Creo que hice un buen trabajo. ¿Estás de acuerdo? Me alegra oír eso.

- En realidad, no es más que una estupidez. Ella no era como nosotras, no podría haberse inmiscuido por mucho que lo deseara. Pero aun así… aun así me hierve la sangre solo de pensarlo. Tuvo valentía, eso se lo concedo. Pero no puedo perdonarla.

Era invierno. El jardín estaba cubierto de nieve y escarcha. La princesa se había adelantado pues adoraba esa época del año. En realidad apenas llevaban unos minutos separadas, pues la sirvienta ayudaba a quitar la mesa. Pero en cuanto terminó corrió tras ella… ya entonces, aunque siguieran siendo niñas, no soportaban estar separadas. Si lo hacían, con el tiempo el dolor dejaba de ser una molesta sensación y pasaba a convertirse en algo físico, visceral. No se lo dijeron a nadie, por descontado. La sirvienta salió al jardín reprendiéndole por haber escapado de nuevo, cuando la vio. Su querida y adorada princesa estaba de espaldas a ella. Podía ver el bordillo de su vestido blanco y el pelo dorado cayéndole por la capa rosada. Odiaba recogérselo, al contrario que ella. La sirvienta sentía que tenía la obligación de ir siempre perfectamente arreglada para evitar miradas envenenadas; eso no las detenía, claro… pero la calmaba con el pensamiento de que había hecho todo cuanto estaba en su mano. La reina no era capaz de perdonarla por ser una bastarda… y no era la única en la corte que lo veía mal, al fin y al cabo. Así que hacía su moño con pulcritud y se comportaba de manera seria y formal cada vez que había alguien alrededor. Cuando vio que había alguien frente a la princesa, paró en seco y estiró colocando la espalda recta como había aprendido. ¿Era esa la hija de la guardia? Estaba descalza, pero no parecía temblar. Sus ojos azules estaban fijos en la princesa. La miraba con ansia, como si la necesitara. Por un momento, la sirvienta tembló y estuvo a punto de caerse al suelo. Notaba como su corazón se estrechaba, lo tenía en un puño.

Pero la princesa se dio la vuelta, y le sonrió igual que siempre. El nudo en su pecho se deshizo, y la sirvienta suspiró todavía algo alterada. Miró con desconfianza a la chica del pelo blanco, sin poder evitarlo. La princesa se le acercó y sin decir palabra, la rodeó rozándole los hombros y la cara con las manos. Notó sus labios posarse en su nuca por menos de un instante… y antes de que se diera cuenta, el pelo le caía suelto por los hombros. Vulnerable, se lo recriminó… aunque fuera inútil. Quizás debería hacerle caso por una vez, y llevarlo suelto igual que ella. Fue a decir algo, pero entonces se fijó en que la niña extraña trepaba al árbol. Notándose aún agitada, no la perdió de vista. La princesa, sin embargo, no se había enterado. Y la niña seguía mirándola, agarrada a una rama. Nerviosa y enfadada, cogió de la mano a la princesa y la llevó hasta el castillo.



Lysbeth Ardian

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