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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Prométeme [+18]

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Prométeme [+18]

Mensaje por Yarmin Prince el Jue 11 Mayo 2017 - 0:57

Prólogo: Diez Pasos

-¿Te has dado cuenta de la fragilidad de la mente humana?- preguntó Yarmin, mientras acariciaba el cabello de aquella muchacha-. Años construyéndose, creando una identidad propia y tratando de cuidarla para que, en cualquier momento, se desmorone como un castillo de naipes.

-Pero eso no pasa siempre- intervino Kuro, que se recostaba contra el respaldo de su sillón perezosamente-. Hay gente que no deja a nadie destruir su castillo.

-Eso, amigo mío, es la mejor parte- pasó las yemas de los dedos por la cara de la chica, rozando sus labios y recorriéndole la cara lentamente, casi con dulzura-. Da igual cuán fuerte considere una persona su cordura, porque con esfuerzo puedes hacer que todo en lo que cree quede atrás. Como si lo hubiera olvidado.

Yarmin clavó sus ojos rojos en los de la muchacha, penetrándola con la mirada. Él sonreía mientras ella temblequeaba ligeramente, temerosa, pero un toquecito en el hombro y pareció relajarse bastante. Se dio la vuelta y abrió las manos ante la respuesta del Marine.

-Casi pero no. Esto no es hipnosis, es mucho más- dijo, moviendo los brazos sin dejar de hacer aspavientos muy parsimoniosos-. Te estoy hablando de reeducación completa del individuo, manipular sus recuerdos, penetrar en lo más hondo de su córtex y violar su alma. ¿Y sabes lo mejor?

-¿Qué?

-Que tiene vuelta atrás- de nuevo le dio la espalda, observando a la chica-. Con decir una frase, con explicarle a cualquier persona que no tiene que luchar más, con decir simplemente melocotón… Da igual, cualquier cosa sirve para devolverle los recuerdos a quien se los has arrebatado.

-Vale, bien- la voz de Kuro sonaba seria y profunda en esos momentos, como si se interesase más en replicar que en entenderlo-. ¿Y por qué querrías hacer tú eso?

-Lo descubrirás cuando todo termine, amigo mío.

Paseó por la pequeña habitación, acariciando con la palma de la mano las paredes y el instrumental quirúrgico. Bisturíes y agujas de todos los tamaños, sierras craneales y taladros de hueso… El viejo despacho de su padre casi parecía un pequeño quirófano, y le resultaba sumamente agradable pasear los dedos por las vitrinas que guardaban pequeños miembros en formol. Ojos, orejas, algunos órganos y vísceras… No entraba mucho en ese lugar, pero era el perfecto para las charlas con invitadas. Al menos con la clase de invitadas a las que amordazaba.

-Señorita, ¿te gusta la magia?- sin saber qué debía responder, simplemente asintió-. Perfecto, porque conozco un espectáculo que te habría encantado presenciar…

Capítulo I: Nueve días después.

Todos aplaudían al hombre en el escenario. ¿Que quién era? Yo, por supuesto. En mi mano una manzana roja y brillante, impoluta y jugosa. Le di un mordisco y mastiqué lentamente mientras mi mirada saltaba entre todos los presentes, algunos más conocidos que otros. Aquel día se cumplían diez años desde que Fudge me reclutó, pero pocos sabían eso. Aquel día yo no era Yarmin Prince, el torpe agente auxiliar que se encargaba del análisis y tareas diplomáticas, no. Esa noche yo era la voz.

-El motivo fundamental para defender el pecado- dije, sin terminar de tragar-, es que sin él no sabríamos que somos libres. Sin embargo…

Comencé a juguetear con la fruta en mi mano, girándola hacia mí mientras se deshacía en humo. La gente dibujaba en sus caras un gesto de sorpresa mientras sus bocas se curvaban en una perfecta o, y hasta Bellatrix, la primera chica que conocí durante la instrucción, aún se sorprendía tras ver el truco mil veces.

-¿Qué pasa si lo perdonamos?- pregunté, al tiempo que se la lanzaba a Arcturus, uno de los hombres más inteligentes que nunca tuve el placer de conocer… Y también de los más viciosos-. Cuando un pecado deja de serlo, ¿Qué valor tiene? ¿Qué significa un gesto de rebeldía si las leyes lo consienten?- a su alrededor la gente miraba la manzana, mientras él me sonreía, tocándose la chaqueta a la altura del hígado. No pude evitar responder con una leve inclinación de cabeza al tiempo que con un gesto le pedía que me la devolviera, y con cierta facilidad la atrapé entre mis manos-. El morbo, los celos, la sangre. ¿Cómo definiríamos el bien sin el mal? ¿La libertad es axiomática o sólo existe en base a sus propios límites? El poder de decidir en sí mismo no hace libre a nadie, sólo…

Apreté con fuerza, hasta que se consumió en mi mano, sólo para que, cuando la volví a abrir, tuviese de nuevo un mordisco. Entonces me quité la chaqueta y todos pudieron ver el arnés en el que una manzana pendía a la altura de mi vientre. El público miró con una mezcla entre desilusión y admiración, e incluso Molly Grey, la chiquilla tímida que casi nunca hablaba, se atrevió a gritar mientras aplaudía. Era como si la euforia fuera haciéndose dueña de ellos, y eso convertía la noche en algo mucho más divertido.

-Saber que es un truco no os hace conocerlo. Quiero decir, no podíais saber qué era exactamente hasta que me quité la chaqueta y, aunque ahora sabéis que había dos, no sabéis cómo las cambié- mi cuerpo se movía de forma natural y relajada por el escenario, haciendo que todos se fijaran en mí mientras el verdadero truco sucedía en otro lado, sin que nadie se diese cuenta-. Os contaré un secreto- hice una pausa dramática, mirando a todos y a nadie, esperando miradas de curiosidad-: Fui entrenado por el mejor. ¡Dadle un aplauso al señor Fudge, por favor!

Le hice un gesto para que se levantara mientras las palmas chocaban arrítmicamente, provocando una marea cacofónica de ruido constante, y a pesar de su reticencia inicial terminó por venir a mí. La madera crujía bajo sus pies y poco a poco los aplausos cesaron mientras la expectación crecía. Alimentándola, lancé con cierta parsimonia la manzana al público y me desenganché las correas de cuero que sostenían la otra, concentrado en los ojos marrones de mi improvisado ayudante, que chocaba desafiante su mirada con la mía. Pobre iluso, creía que era capaz de enfrentarme.

-El señor Fudge ha sido durante los últimos seis años jefe de servicio y Director adjunto de la Agencia Gubernamental Cipher Pol Siete, a la que como muchos sabéis estoy asignado. De hecho, casi todos sois compañeros míos- dije, desviando la atención con un movimiento de muñeca que hizo surgir en mi mano una varita, y mis ojos recorrieron el público-. Durante más de veinte años Cornelius ha viajado por el Paraíso buscando a los más hábiles y talentosos hombres y mujeres para servir al Gobierno Mundial, una labor que mucha gente debería agradecerle más. Y para mostrar mi aprecio por él traedme la caja y la sierra, por favor.

La gente rio el chiste mientras el traqueteo de unas ruedas sonaba por lo bajo. Una mujer hermosa y semidesnuda con un velo negro que cubría la mayor parte de sus facciones clavó la mirada en mi amado jefe, que me la devolvió con odio. No pude evitar sonreír mientras Claire, oculta tras la tela, me cedía la herramienta en un bastante sugerente movimiento. Lamentablemente había mucha gente como para hacer nada sin perder el decoro, y aunque era justamente lo que me excitaba debía guardar las apariencias un poco más.

-Sé que lo estabais deseando, pero desgraciadamente no puedo permitir que el señor Cornelius entre en este precioso cajón- dije, dando una vuelta a la llave para abrir la puerta, dejando su contenido a la vista. Estaba vacío-. Como podéis observar, está lleno de confeti- hice una pausa, mirando de nuevo a todos mis compañeros-. Señor Fudge, puede intentar entrar si lo desea, aunque no se lo recomiendo. Podría resultar herido.

El orondo agente extendió una mano y tímidamente la metió. El fondo cedía ligeramente, pero volvía a su sitio con un sonido como… De papelillos rozar. Sí, ésa sería la descripción más adecuada.

-En serio, el tiempo que me ha llevado colocarlos para que parezca vacío no queréis ni imaginarlo- miré al confuso hombre, que de nuevo lo intentaba, chocando otra vez contra la pared interior-. Hale, ya me lo ha estropeado. Ahora si no cierro rápido se escaparán todos.

Mi fingida indignación hizo que el anciano se apartase el tiempo suficiente para sellar la caja de nuevo, girando la llave hacia el lado contrario sin dejar de mirar al público. ¿Alguien se habría percatado de ello? La cerradura sonó potente, y como un secreto en el fondo de un cofre el truco quedó sellado.

-Quería partir por la mitad a mi ayudante, pero debido a que Cornelius ha movido el confeti no podrá ser. Lo siento.

-¡Pero si no había nada! Sólo una lámina de contrachapado- dijo, indignado-. Este truco es un fraude, voy a arrancar esa pared y…

Me aparté a tiempo. Efectivamente, Fudge no se dio cuenta del truco, y una marea de color lo arrastró. Claire siguió a su lado, y cuando consiguió lo que buscaba me hizo el gesto que habíamos ensayado para, de nuevo, desaparecer entre bambalinas. Me habría gustado ver la cara de mi querido jefe al recibir esa avalancha de papelitos, pero en su lugar comprobé la caja para el público. Las paredes seguían intactas, la puerta igual que antes y hasta me adentré en su interior, haciendo que todos rompieran en aplausos.

-¡Gracias, muchas gracias! ¡Sois los mejores compañeros que podría desear!- ellos sabían a quién me refería, y entre el alboroto se retiraron silenciosamente. Tenían algo importante que hacer, y yo no iba a impedírselo. Al fin y al cabo, sería estúpido ir contra mi propio plan, ¿No?-. Bien. Chicos, chicas… ayudad al jefe, anda. Tenemos una larga noche por delante…

Mi reloj marcaba las cuatro y media cuando la fiesta terminó. Salí con la camisa remangada a las calles de Ennies Lobby, bañadas por ese estúpido sol que no nos abandonaba nunca. Lo único que quería era irme a casa y descansar, pero primero tenía que pasar por el apartamento de Arcturus a repasar la actuación para comprobar si todo había salido correctamente o teníamos que enfrentarnos a un imprevisto de última hora. En cualquier caso, me puse a caminar perezosamente mientras bostezaba, hasta las narices de hacer numeritos de circo, aunque si había alguien capaz de mantener tan atento a Fudge, ése era yo.

Llegué hasta su puerta y llamé. Dos golpes fuertes y uno flojo. La puerta se abrió de par en par, con una Claire en cabeza ya vestida más discreta. Las medias de rejilla y el sostén, acompañado del misterioso velo que hacía su mirada más seductora si cabe le quedaban genial, pero había hecho bien en cambiarse para asaltar el despacho de Cornelius. Se echó a mis brazos mientras atravesaba el umbral, y la madera resonó contra el quicio. Le acaricié el pelo mientras besaba su mejilla, sin distraerme demasiado ante las otras personas que contemplaban la escena, listo para lo que tuvieran que decir.

-Esto casi echa por la borda el plan, Yarmin- dijo Arcturus, con su voz siempre grave y tono serio. Su cara, habitualmente afable, se notaba sensiblemente preocupada por lo que acababan de hacer-. No puedes andar por los mares sin protección, no sé cuántas veces te lo he dicho, y no haces caso. ¡Podría haberse ido todo al garete!

-Lo sé- respondí con calma, intentando apaciguarlo-. Para mí tampoco ha sido agradable ser secuestrado, pero teníamos un plan de contingencia por algo.

-El plan no contaba con que alguien descubriera a Claire- refutó, bastante acertadamente, Molly, aunque agachó la cabeza de inmediato. Con lo que tenía que aportar esa chiquilla y lo poco que le gustaba hablar.

-Eso es cierto, pero Fudge no va a hablar Se lo he pedido muy educadamente.

-Él no, pero hemos encontrado en su ordenador algo que no te va a gustar.

Me quedé gratamente horrorizado cuando comprobé lo que habían sacado. Por un lado, el terror recorrió mi cuerpo y ascendió en un súbito escalofrío por la espalda hasta hacerme retorcer, pero por el otro la existencia del presuntamente retirado agente 42 confirmaba algo que llevaba mucho tiempo sospechando: Existía algo más allá. El Cipher Pol 9, una agencia secreta que sólo los líderes de división conocían, y en consecuencia Fudge también.Pero lo importante con esa información, sabiendo lo que pretendía hacer Cornelius, era impedirle hablar con Issei Hayate.

-Matarlo no es una opción- dijo Gellert, contrariado. Pensativo y de mirada fría como el hielo, ojeaba los papeles con cierta inquietud-. Si ha llegado hasta ahí su ausencia se notaría demasiado.

-Olvidas el punto de que, si esos papeles no mienten- continuó Bellatrix, cruzada de brazos en una esquina, alejada del grupo principal-, ese hombre podría matarnos, o algo peor.

-Pero él no cuenta con nosotros. Eso nos da ventaja- Anthony era un hombre de acción. Calvo y de mirada fija, siempre estaba deseando probar su valía. Debo reconocer que siempre demostró un talento excepcional, pero era un completo zoquete a veces. Aunque como perro, para obedecer y morder, era perfecto.

La conversación derivó, y poco a poco una discusión casi a gritos se conformó en la estancia. Yo escuchaba mientras trataba de memorizar todos los datos importantes, pensando en que era el momento perfecto para un pequeño cambio de planes. Sólo necesitaba un poco de tiempo, y sería muy fácil conseguirlo.

-Chicos, chicos, chicos- dije, jovialmente, mostrando la mejor de mis caras al darme la vuelta. Quería tranquilizarlos, y que Fudge hubiera metido las narices donde no lo llamaban sólo hacía que pudiéramos utilizarlo en nuestro favor-. Sólo necesito que Cornelius me mire a los ojos fijamente y un poco de LSD. Y ambas cosas podemos conseguirlas con facilidad- mostré, mientras terminaba, y para que todos lo vieran, bien subrayado, el poder que otorgaba la Akuma no mi del agente Cuarenta y dos.

Todos sonrieron.

Capítulo II: Ocho delitos.

Hundí la cabeza entre sus pechos, recorriendo el torso desnudo con la lengua mientras un jadeo palpitante se fraguaba en la almohada. Vi los ojos de Claire cruzarse con los míos y resbalé por su piel hasta que pude morder suavemente sus labios, haciéndole curvarlos en una enternecedora y sensual sonrisa. No sabría decir qué vi en ella, pero tal vez esas mejillas abultadas, o esos bucles de cobre que aun tumbada cubrían parte de sus hombros eran algo que me resultaba irresistible.

-¿Qué tanto miras?- preguntó, acariciándome el pelo.

-Simplemente pensaba en cómo nos conocimos- respondí-. A veces casi agradezco a Cornelius que te secuestrara- mis dedos recorrían lentamente el corte sobre la ceja que tenía, así como los moratones que ya se habían desdibujado tras tanto tiempo… La vida de un agente podía llegar a ser muy dura.

-No digas tonterías, ese hijo de puta mató a Norrin- su tono era bajo. Una lágrima le resbaló por la mejilla, y su voz se rompió-. Gracias por aparecer.

-¿Qué puedo decir?- metí un dedo entre sus labios. Ella lamía lentamente mientras yo comprobaba cómo había cicatrizado a la perfección, resistiendo el calentón que me provocaba con sólo mojarme un poco-. De nada.

Saqué la mano de ahí, dejando mi boca en su lugar. Por mi mente corrían las imágenes del día en que nos conocimos, pero sobre todo del día siguiente. Norrin muerto a mis pies mientras ella lloraba, lo guapa que estaba a contraluz mientras pasaba una pequeña navaja de barbero por su frente, incluso el paño húmedo con el que le había saltado hasta seis cardenales a puñetazos. Bajo su pecho aún había marcas de las agujas que le clavé hace mucho tiempo, y tras su oreja la mancha en la piel que no se iba a recuperar nunca. También los había que nunca olvidaría por mucho que se fueran, y otros que aunque ella no recordase siempre estarían ahí. Esa lengua de segunda mano, esa devoción robada y, sobre todo, esa mente completamente rota.

-Yarmin, estoy preocupada- dijo finalmente. Tenía orden de no molestarme cuando estaba teniendo un buen rato, esperaba que fuese importante.

-Cuéntame, pequeña- dije, apartándome lo suficiente para ver su cara, irguiéndome hasta estar sentado.

-¿Por qué tenemos que hacerle eso a Fudge? Es decir…

-Ya lo sabes, Claire- respondí, sencillamente, jugueteando con las manos por su vientre-. Fudge controla el Cipher Pol, no podemos denunciarlo. Se echarían sobre nosotros, te atraparían de nuevo.

-Sí, pero…- dejó de hablar, pensativa, y bajó la mirada-. ¿No puedes arreglarlo de otra forma? Lo que habéis planeado, eso…

-Es lo que debemos hacer- corté, tajante. Cada cierto tiempo Claire volvía a mostrar signos de personalidad independiente, pero por suerte tras la cuarta vez teniendo que ocuparme de ello me había asegurado de poder arreglarlo fácilmente. Sin embargo, antes de eso la conversación debía concluir con normalidad-. Arcturus es el hombre más inteligente del Cipher Pol, y mi mejor amigo. Si él cree que es lo que debemos hacer, le haremos caso.

-Lo sé, ¿pero podemos al menos evitar los daños colaterales?

-Claro, princesa. Todo estará calculado. Hundiremos la Agencia con tan sólo veinte bajas, todas de altos cargos. Las explosiones son sólo para casos excepcionales.

-Está bien- me dio un beso en la mejilla-. Gracias.

-De nada- acaricié su mejilla, sin dejar de mirarla. Joder, cuánto la deseaba-. ¿Te apetece seguir jugando?

Asintió con picardía y se levantó, completamente desnuda. Cogió unas cuerdas del armario y se sentó en la silla de mi escritorio. Todavía no había perdido la disciplina; perfecto. Me levanté lentamente ante su atenta mirada y paso a paso llegué a ella. Entre mis manos el trenzado de lino se notaba áspero mientras Claire esperaba, expectante. Sabía lo que venía a continuación. Levantó los ojos, posándolos con cierto temor en mí mientras la ataba.

-No me vas a hacer daño, ¿verdad?- preguntó, inocente.

-Claro que no, tonta- contesté calmadamente mientras terminaba de anudarla y tomaba una mordaza-. No otra vez.

Claire abrió los ojos como platos. Durante aquella noche reviviría todo, pero en su cabeza Cornelius sería el responsable. Ya había pasado tantas veces que no necesitaba ni las drogas para que eso sucediera, y poco a poco ese retorno sobre su viejo carácter se hacía menos frecuente. La última vez había sido hacía nueve meses, y la anterior ya casi un año atrás. Tal vez no hubiera próxima, o pasase mucho tiempo. El lamento era casi enternecedor, y la penumbra del cuarto tranquilizadora. No me costó mucho dormirme, aunque a Claire sí. Sin embargo, cuando despertase no recordaría nada. Al menos, nada que yo no quisiera que recordase.

Cuando abrí los ojos quedaban tres minutos para que el despertador sonase y Claire aún dormía. Me levanté en silencio, procurando no hacer el más mínimo ruido, desatándola delicadamente, deleitándome en cada una de sus cicatrices de nuevo, esa vez sin que me distrajera su incesante parloteo. Una vez las cuerdas cayeron al suelo, amortiguadas sobre la alfombra, la levanté en brazos. Sus sesenta kilos se me hacían realmente pesados, pero un par de metros hasta la cama no me iban a matar, y cuando la tuve colocada me tumbé frente a ella, cerrando los ojos esperando a que la alarma inundase la estancia.

-Buenos días, pequeña- dije, perezosamente, rascándome los párpados para quitar las legañas que pudiera tener-. ¿Qué tal has dormido?

Abrió los ojos de par en par, e incluso durante una décima de segundo trató de huir hasta que se dio cuenta de que era yo, y no otro, quien estaba frente a ella. Sabía que nunca le haría daño, y que todo lo que íbamos a hacer era para salvarla a ella. A ella, al mundo, y a todas las personas de la gente horrible como Fudge.

-Mal- contestó, secamente. Yo ya lo sabía, pero quería que me lo contara de nuevo-. Otra vez esa estúpida pesadilla.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No era la clase de chica que hablase de esas cosas, pero su rostro no guardaba secretos para mí. La abracé dulcemente mientras le recordaba que no iba a hacerle daño, que siempre estaría a su lado, que iba a salvarla cada día de mi vida. Y, por extraño que parezca, conseguía tranquilizarla sin hacer uso de mis extraordinarias habilidades. Poco a poco su respiración se fue serenando mientras el llanto se apagaba, hasta que el silencio impregnó el ambiente y le di un beso. Era mía, toda mía…

Esperé a que estuviera bien para prepararme e ir hacia el apartamento de Arcturus. Era algo más acogedor que el mío, dejando claro su estatus de agente especial. Puesto mejor, piso mejor, y al final trabajaba para mí. Paradojas del Gobierno, ¿Verdad? Cuando llegué me recibió mucho más amistoso que el día anterior, contento de que hubiera aparecido tan temprano para poder dar inicio al plan. Ante nosotros, tirada en su alfombra, inconsciente y sin ninguna herida, yacía el paso uno.

-Eres el mejor- sonreí, sacando una foto de Claire de mi cartera. Teníamos mucho trabajo por delante-. Los ojos son distintos, aunque las cuencas se parecerán mucho, ¿No crees?

Su sonrisa fue mejor que cualquier respuesta, y con una suavidad impropia llevamos a nuestra invitada cuidadosamente hasta la sala insonorizada que el agente tenía para sus… Bueno, para qué la tenía lo cierto es que me daba igual, pero era más amplia que mi cuarto de juegos, y sin duda mucho mejor iluminada. Blanco impoluto en el techo y un relajante azul en las paredes, sin ni una sombra bajo los focos de xenón que subían desde el suelo de baldosín, estaba decorada únicamente por un cómodo sillón en el centro de la estancia. Ningún ruido podía entrar ni salir, y aunque por cómo estaba compuesta podía parecer un espacio de lectura y reflexión que todo fuera tan limpio me hacía ver que detrás se escondía un sucio secreto. Qué demonios, él había ofrecido el lugar; era para eso.

-¿Nos dejas a solas, Arcturus?- pregunté, sin apartar la vista de nuestra huésped. Lo cierto era que tanto en los pechos como las caderas era igual a ella. Iba a tardar un poco hasta que se parecieran en lo esencial, pero eso sólo lo hacía más divertido.

-Sin problema. Tú recuerda que ésta no puede sufrir un accidente- respondió él. Mientras yo me ocupaba de la muchacha él tenía otras cosas que hacer, y Fudge siempre acechaba. No literalmente, claro, pero hasta el más mínimo detalle podía ser captado allí, en Ennies Lobby-. Sólo tienes una oportunidad, así que diviértete lo justo para que esto salga bien.

-Descuida. ¿Te importa si cojo algo para sentarme?

No contestó, pero salió un momento y me acercó una de las cómodas sillas de su despacho, que situé frente a mi nueva amiga. Una vez sentado de espaldas a la puerta, ésta se cerró, dejándonos a ella y a mí frente a frente. Ella aún estaba vestida, pero completamente atada, lo que podía resultar problemático. Por otro lado Claire llevaba oficialmente desaparecida un año, y hacer pasar sus cicatrices por tan antiguas podía ser difícil, aunque no había nada que no pudiera arreglar. Pero antes, lo primero que hice fue abrir mi querido libro y empezar a ojearlo, había algo que deseaba probar desde que lo obtuve.

-Hola, Claire- dije, cuando se despertó-. ¿Qué tal te encuentras?

-¡¿Quién eres tú?!- reacción obvia, pero eso no me iba a hacer cambiar de plan. Al fin y al cabo, hay que mantener las formas con los invitados.

-Me llamo Cornelius, Claire. ¿Qué tal te encuentras?

-¡No me llamo Claire!- rugió, enfadada. Tenía sentido, no sabía el peligro al que se exponía. Aunque bueno, su destino estaba sellado ya, así que no tenía por qué preocuparse. Sin embargo, ella no sabía eso, así que… Bueno, tenía que hacerle ver el riesgo de molestarme.

-A ver, Claire, relájate- sin cambiar el tono apuñalé su mano. Para la gente religiosa, la tortura ritual estaba mal casi siempre, aunque en la mente enferma de alguien como Cornelius, quién sabe lo que habría hecho la pobre-. Has sido seleccionada para un importante experimento.

Se la notaba nerviosa, angustiada y, sobre todo, aún incrédula ante el cuchillo que saqué de su palma muy, muy, muy lentamente. Sonreí mostrando los dientes, relamiendo con la lengua cada uno. Yo me preguntaba qué se sentiría al ser ensartado de esa forma, y su expresión era tan reveladora que prácticamente necesité contener mi erección.

-Parece que hemos empezado con mal pie. Hola, Claire. Soy Cornelius Fudge, y quiero ser tu amigo.

-¡Me has atravesado la puta mano con un cuchillo!- gritó. Seguía demasiado nerviosa, no razonaba debidamente-. ¡Me da igual quién seas, sólo sácame de aquí o te juro que te mato!

-Pero Claire, no entiendes la gravedad de la situación- dije, tranquilamente. Necesitaba que se relajase, que pudiera pensar fríamente para explicarle su función, su importantísima e irremplazable función en el plan. Por lo tanto, le apuñalé la otra mano, aunque ésta sin tanta parsimonia. Sólo quería que comprendiese que ella no tenía ningún peso en aquella negociación-. El único motivo de que sigas con vida es que la Revolución te necesita. Tienes información privilegiada y mis camaradas desean que la compartas amablemente. Por eso me han… enviado- me relamí los labios antes de continuar. Quería despertar en ella terror, parecer un enfermo, el peligro en persona, una sentencia de muerte-. Si no eres Claire, mueres. Si no contestas a mis preguntas, mueres. Si desobedeces, gritas o me haces perder la concentración…

-Muero.

-Lo has cogido, pero si me interrumpes…- vi el miedo en su cara. Ya sabía lo que podía suceder, temía mis siguientes palabras, pero sonreí. Me interesaba más enseñarle respeto.

Arranqué el cuchillo de su mano y en el mismo movimiento rajé su mejilla. Casi como el corte de una hoja de papel, dolería. No era mortal, pero dejaría marca, una marca que tardaría tiempo en irse, aunque en poco parecería la de un corte profundo casi recuperado.

-¿Qué… qué quieres saber?- preguntó. Había tardado poco en entender la situación, eso me gustaba. Sin embargo, yo sabía que era una ciudadana común. No había ningún motivo razonable que justificara su tortura, y que se mostrara tan dispuesta a colaborar sólo significaba que su miedo a morir era mayor que su orgullo. Por desgracia para ella, eso la convertía en un sujeto prescindible. Sólo serviría para una cosa.

-Lo cierto es que estoy especialmente interesado en algo- dije, como siguiéndole el juego-, Te lo iré comentando más adelante. De momento, ¿Cómo te llamas?

Estuvo a punto de responder, pero frenó en el último momento.

-¿Claire?- lo pronunció lentamente, con desconfianza. Hacía bien, aunque eso no la salvaría. Mientras, su mirada de miedo se disipó cuando no mostré intención alguna de levantar la vista del libro. Ella no me interesaba, al fin y al cabo. Lo que leía, en cambio, sí.

Releída  varias veces cada día, conocía la página de memoria. El olor de cada letra, cada pequeña rugosidad de la hoja. Hasta las marcas de subrayado que había por algunas palabras. Casi podía recitarlo, pero nunca había tenido una oportunidad para ponerlo en práctica. Necesitaba una persona, y aunque parecía ser una habilidad muy eficaz era de las pocas que rompían la discreción de mi poder. Bien utilizada, un rayo rojo saldría disparado hacia la víctima, y mientras pudiera mantener la concentración viviría una sensación, buena o mala a mi elección. No podía perder la oportunidad de aprender algo tan… Útil.

-Claire es un nombre bonito, ¿Verdad? Me encanta. Sonoro, fuerte, delicado… Como si nunca hubieras roto un plato. Pero sí que has roto varios, ¿Verdad, Claire?

La primera regla del mago era mantener al público atento a todas partes menos al truco, y mientras distraía su mirada intentaba atraer a mis manos el poder de la fruta, aunque se me resistía. Notaba un cosquilleo entre los dedos, pero no esa sensación de poder que el libro prometía. Aunque, en realidad, estaba bastante claro que me faltaban dos cosas para hacer aquello: Concentración y un foco que canalizara el poder.

-Me gustan tus ojos, son muy bonitos- dije, tratando de desconcertarla, sin subir la mirada de mis manos. Ella podía verlas, pero no importaba. Si me molestaba sólo tenía dormirla, y respecto al foco… Estaba convencido de que no lo necesitaba, sólo perseverancia-. Ojalá los tuviera yo.

Se quedó callada, sin saber si debía responder o no, y secretamente se lo agradecí. El silencio era reconfortante. Tenso y cargado de miedo, me hacía sentir seguro. Pasó media hora, una, dos… Dos horas y veinticinco minutos, y en mis manos chispeó completamente rojo. Era el momento.

-Sent- dije, simplemente, y una potente luz roja salió disparada contra Claire. Se retorció, reí y la concentración se desvaneció, pero ya sabía que lo podía hacer. Ella volvió a insultarme, y los dos empezamos a ver lo que pasaba entre nosotros. Esas miradas que se cruzaban, aquellas mariposas aleteando en el estómago… Nos queríamos. Bueno, no era recíproco. De hecho, yo ni siquiera sentía nada por ella. Pero era mi puta, y eso sí lo quería.

-¡Qué cojones!- gritó, furibunda-. ¡¿Se puede saber qué te pasa?! ¿No querías puta información? ¿Qué mierda haces?

-Gritas mucho- respondí, de nuevo concentrado en mis manos. Parecía que se había dado cuenta de que su situación no iba a mejorar, y aunque me pareció un poco pronto, tenía mucho sentido ya que, en la práctica, la estaba torturando. Sin embargo…-. No me gusta la gente que grita.

Alcé la vista, amenazante, pero ella seguía chillando. Se había dado cuenta de su única esperanza: Si alguien la escuchaba, si alguien llegaba a oír el rumor lejano de su sufrimiento, existiría la posibilidad de que me atraparan. Una estrategia inteligente, pero tan fácil de estropear como hacer de ella una verdadera Claire. Me quité la chaqueta y coloqué el libro sobre la silla, remangándome la camisa.

-Es extraordinariamente larga, Claire- dije, sonriendo cuando atrapé su lengua con la mano-. Desde el momento en que te vi supe que ibas a llevar una vida paralela a ella.

Apreté hasta que su cuello cedió. Me centré en sus ojos como platos, temerosos y expectantes. Era consciente de lo que iba a suceder a continuación y al mismo tiempo mantenía un mínimo atisbo de esperanza, creyendo que no sería tan desalmado.  Mientras tanto, durante los segundos siguientes, en mi cabeza se formó la pregunta de qué era más arrebatador, si esa cara o la que puso cuando, efectivamente, le corté la lengua de un tajo limpio.

Reía como un maníaco, obnubilado disfrutando de la escena, pero me di cuenta de que por mis manos aquella especie de electricidad fluía, roja como la sangre, y la descargué sobre ella. Grité, chilló y me masturbé mientras ella sufría hasta que poco a poco su cerebro terminó colapsando.

Cuando Arcturus regresó ella yacía inconsciente en el suelo mientras yo me subía la cremallera del pantalón. Odiaba el preservativo, pero debía utilizarlo. Al menos por el momento.

-Si quieres divertirte recuerda la gomita- le dije, a modo de saludo, mientras volvía a peinarme y me colocaba la chaqueta-. Ella ya está a punto, ahora sólo queda el cambio de look.

-Le daré algo de comer, descuida- sonrió, y yo le sonreí. Él sí que sabía tratar a una dama.

-¿Y de lo otro?- pregunté, terminando de arreglarme.

-Está todo listo. El tren salió hace veintisiete minutos- una buena noticia, no había contratiempos.

-Perfecto. Pues cuando llegue a casa sigo con lo que estamos- comenté, abriendo la puerta-. Mañana no te olvides que tenemos que llevar todo el papeleo para el tema de Terrojo. Como no esté a tiempo por tu culpa te mato.

Una inocente despedida, un insulto cariñoso, y aquello se convirtió en dos amigos simplemente separándose. Si uno de los perros de Fudge nos estaba vigilando pensaba aparentar completa normalidad hasta que pudiera incriminarlo a él, aunque ahora las cosas comenzaban a complicarse y un solo paso en falso podía dar al traste con todo.

Cuando llegué a casa no saludé. Todas las luces estaban apagadas y no me esperaba el cálido aroma de la comida recién hecha en la mesa. Claire no estaba para darme un beso de bienvenida y no pude evitar sentirme vacío. No era por hambre, tenía sobras de anoche y sabía preparar alguna que otra cosa, sino… Iba a echar de menos su calor por las noches. Era necesario que no asistiera al resto del plan, pero alejarla de mí… Su presencia era reconfortante, muy pocos tenían como perro guardián a un agente del Cipher Pol, y muchos menos podían, además, follarse a su perro. Claro que había cosas que no me gustaban, pero hasta esas estúpidas manías las soportaba. Al fin y al cabo, ella estaba conmigo.

Los siguientes días fueron algo monótonos. Fudge intentaba por todos los medios dejarme sin tiempo ni para respirar, y Arcturus necesitaba de mi presencia para seguir martilleando el cerebro de la chica. Además, él tenía muy mal pulso y las cosas de precisión se le daban, cuanto menos, mal. Sacaba horas de donde podía para seguir practicando Sent en mí mismo, y aunque era molesto en ocasiones, según iba aprendiendo a controlarlo llegué a ser capaz de darme placer. Por suerte era más fácil justificar las manchas de semen en mi ropa interior que las de sangre ajena, y si de verdad me investigaban pues… Prefería que pensaran que me masturbo, es algo bastante menos incómodo de contar en público, y cuando alguien hurga en tu ropa interior, busca verdades incómodas.

-¿Hoy es el día?- pregunté, más retórico que otra cosa, mientras entrábamos en el local que regentaban los padres de Molly, donde demostré mis habilidades hacía ya un par de semanas.

El interior era cálido y acogedor, pero lo más importante era que estaba vacío. Acostumbrados a ver abarrotado el local, vernos los siete cara a cara sin necesidad de hablar en clave o mostrarnos más lejanos para no levantar sospechas era a un tiempo extraño y reconfortante. Claire estaba ya en Arabasta preparando nuestra llegada, y ese día teníamos que llevar a cabo la fase dos.

-Bellatrix- dijo Arcturus, mientras sacaba un sobre con su nombre-. Jota de rubíes.

En el sobre estaban sus instrucciones, las más complicadas del día, junto a su carta.

-Molly- continué yo, dedicándole una sonrisa y pasándole el suyo-. Jota de corazones.

Íbamos repartiendo las misiones de cada uno mientras los demás iban viendo su cometido. Ninguno hablaba de qué parte le correspondía, nadie miraba los papeles de los demás. Todos sabíamos qué debíamos hacer, y pasada media hora quemamos el rastro que nos delataba, despidiéndonos y preparándonos para salir.

La primera fue Bellatrix, que tenía una visita por hacer a nuestro viejo amigo, seguida de Percy. El joven médico pelirrojo había simpatizado desde el comienzo con los ideales de nuestra pequeña troupe, y no fue difícil convencerlo para que se uniese a ella. Ahora su labor era sencilla, aunque sus habilidades sobresalientes eran muy importantes para el correcto desempeño de este truco de magia: Él tenía que vaciarnos las calles.

Tras ellos Molly se levantó, y Anthony le dio una palmada en el cachete, listo para ir tras ella. Mientras la tímida agente se ocupaba de su parte nuestro matón particular debía cambiar las hojas de guardia, colando en la ronda que se iniciaba tres horas más tarde a los que quedábamos en la taberna.

-¿Tienes el arma?- pregunté a Gellert, que jugueteaba con el rey de picas entre sus manos. Era algo distraído, pero aterradoramente inteligente y excepcional en el cuerpo a cuerpo.

-Y las balas personalizadas con el emblema de la cruz- respondió él, colocándose un guante blanco para sacar del abrigo una preciosa colt con nueve pulgadas de cañón, un juguete monstruoso-. Ésta es la decorativa, pero ya me he encargado de comprobar que funciona, y tiene para dos disparos.

-Bien. Es importante que yo reciba uno- sentenció Arcturus, dando un largo sorbo a su taza de té, acabando con él-. Asegúrate de que sea el segundo- me dirigió una mirada en completo silencio mientras se colocaba las gafas-. ¿Todos los días?

-Todos los días- fue lo único que respondí.

Él asintió mientras yo me levantaba y Gellert guardó el arma. De un bolsillo del pantalón saqué el último vial que me había quedado, observando atentamente el contenido, de un color verde lima. Diez mililitros eran suficiente para hacer a una persona ver elefantes rosas, pero había que mantener controlado a un sujeto para la inducción de recuerdos. Aún me quedaban tres dosis en el frasco, aunque estaba seguro de que no harían ninguna falta. En medio de una marea de recuerdos borrosos, las evidencias serían muy claras.

Cuando el chico salió sólo quedábamos Arcturus y yo. Él, como Agente Especial, tenía reservada una labor importante: Ir conmigo. Teníamos que ir a su casa, al fin y al cabo, y dado que el ojo de Fudge iba a estar sobre mi nuca él debía cerrarlo, aunque los demás lo mantendrían distraído… No, no. Mejor no confiarnos, Cornelius no era tan estúpido como yo solía plantearlo, aunque sí bastante.

-Las calles vacías… Qué raro- comenté, mostrando expresión preocupada. Sin duda era extraño que no hubiera nadie en el camino, y si no fuera porque conocía la conveniente labor de Percy me habría llegado a sorprender de verdad.

Arcturus no respondió, tan sólo miró a los lados mientras abría la puerta de su casa, invitándome a pasar delante. Yo le sonreí y saqué un pequeño mechero de la gabardina, avanzando hacia la sala azul sin titubear, donde algo hermoso me esperaba: Yacía temblorosa, en posición fetal, con mechones arrancados del cabello y todos los dedos, tanto de las manos como de los pies, sin uñas. Aún sangraban, y en su desnudez se apreciaban cortes nuevos y viejos, unos que me sonaban y otros que era consciente mi compañero se había tomado la libertad de hacer. Aunque normalmente me molestaba la idea de que tocasen mis juguetes no podía enfadarme con él por querer disfrutar aquello. Su mirada estaba perdida en el infinito, y ante mis pasos suaves los dientes le temblequearon levemente, pero no se movió. No hizo nada.

-Sé cómo te sientes. Tienes miedo, y es normal, pero no quiero hacerte daño. No más. Sólo dime, ¿Cómo te llamas?- ¿Tenía motivos para creerme? Nunca le había mentido, al fin y al cabo, aunque llevaba torturándola más de dos semanas y la había violado varias veces… Al día. Igual eso la hacía desconfiar, pero tan sólo me agaché y acaricié su cabello lentamente. Intentó como acto reflejo apartar la cabeza, pero pronto volvió a la normalidad, sin que su expresión cambiase. Mientras tanto, yo abría y cerraba el mechero, expectante.

-C-Claibe. M-me ll-dab-bo C-Claie- dijo.

-Perfecto.

Escuché cómo gritaba. Sonreí mientras se retorcía, viendo sus córneas derretirse y tras ellas sus ojos desparramados por el suelo, llenándolo todo de un intenso aroma acre. Respiré profundamente sin soltar su cabeza, sintiéndola revolverse de dolor en mi mano, apretando mis dedos en un puño hasta que por fin se calló, agonizante. Sólo entonces, cuando a punto de caer desmayada y ciega dejó de moverse, tiré de ella hasta ponerla de pie. Rota, condenada.

-Hola, Claire- le dije, con una sonrisa que ella no veía, y envuelto por quejidos lastimeros me aseguré de arrancar el poco pelo que le quedaba, quemando su baldía cabeza con la pequeña llama. Dolorosa, ardiente, pero lenta. Me gustaba, podía recrearme, aunque me pregunté si aún sentiría algo. Al fin y al cabo, estaba hueca.

-Oye Yars, ¿Cómo se llamaba?- terminó por preguntar Arcturus mientras la guardábamos en su maletón, contorsionada e incómoda. Sin embargo, que tuviera un buen viaje no era prioritario.

-No me lo dijiste- respondí, cerrando la cremallera-. Tampoco me importa. Es nuestra pequeña Claire, ¿No te parece?

Pasaron los minutos y se convirtieron en horas. Habíamos tenido un pequeño contratiempo dejando a Claire en su nueva habitación, aunque fue sencillo resolverlo con un poco de LSD, y ya estábamos a la espera del siguiente movimiento. Entonces Gellert llegó al Palacio de Justicia dándonos la señal: Alguien había denunciado a Fudge. Tanto Arcturus como yo nos mostramos compungidos, ocultando la sonrisa que amenazaba con nacer en nuestro rostro, y nos levantamos de nuestro asiento. Era hora de un poco de movimiento, y tan rápido como pudimos nos reunimos en el cuartel general con la docena de agentes que estaban de guardia en ese sector por el momento. Entre ellos no se encontraba ninguno de los otros cuatro, y aunque tanta gente metiendo las narices podía ser molesto, ya contaba con que Cornelius, el director adjunto del Cipher Pol 7, despertase semejante preocupación. No obstante, yo lo había visto hacía escaso tiempo. En el sofá de su casa. Completamente colocado. Ni siquiera… Bueno, ni siquiera.

Las órdenes fueron claras: Capturarlo sólo vivo, reducir las bajas al mínimo y sobre todo encontrar a los rehenes, si es que había. Al parecer una agente había dado el soplo de que en el interior de casa de Fudge se escuchaban gritos desde hacía casi un año, pero eso no fue lo más grave. Al parecer, el día en que celebré mi décimo aniversario muchos agentes vieron a Cornelius en manos de una misteriosa joven muy parecida a Claire, una chica que desde entonces no había vuelto a aparecer. No había sido suficiente para incriminarlo, pero sí lo justo para levantar sospechas, y el aspecto inocente de Molly era perfecto para esa clase de cosas. Antes de darnos cuenta ya estábamos yendo hacia su vivienda, cargando las armas y, secretamente, emocionados por la cacería que estábamos a punto de acometer.

Algunos silbaban, otros tarareábamos, pero todos mantuvimos silencio cuando llegamos. Uno tiró abajo la puerta, tres se me adelantaron, y otros dos quisieron entrar al enorme recibidor pero no fueron capaces de superar el macabro espectáculo que tenían ante ellos, haciéndolos vomitar. El suelo estaba lleno de sangre seca  y apestaba a heces y demás desperdicios. En un desvencijado sillón de cuero lleno de cortes y arañazos Fudge estaba repantingado sin ninguna elegancia, en calzoncillos no más limpios que las paredes, manchadas de no quisiera saber qué, aunque lo sabía, y atada a su mano, por el cuello, una masa informe se revolvía, lastimosa.

-Cornelius Fudge- dijo serenamente Arcturus, que se adelantó mientras los demás curioseaban-. Queda detenido en nombre del Gobierno Mundial por el secuestro de Claire Zynz. Tiene derecho a…

La risa del anciano lo interrumpió. Se reía a horcajadas, con tanta fuerza que terminó cayendo al suelo para revolcarse en él. El calzoncillo estaba estirado y sucio, tan cedido en la goma que se deslizaba hacia su pubis desde la prominente barriga, y tan holgadas las perneras que en su éxtasis se le salió un testículo. ¿De verdad estábamos ante el gran Cornelius Fudge? Me defraudaba un poco que alguien con tanta historia en la institución se viera reducido a una masa babeante de risas interminables, aunque demostraba mi teoría de que podía sobrevivir a una dosis triple. Además, a saber qué estaba viendo para reírse así.

-Rembrandt- dije, intentando llamar la atención de Arcturus-. Olvídate de él, no puede ni levantarse.

Señalé a la chica, moviéndome hacia ella. Los mismos pasos tranquilos de siempre, y enloqueció. Se arrastró hacia el fondo de la estancia, balbuceando “Fudge” entre un quejumbroso llanto que debió partir el alma de muchos. Adelantado a los demás, no pude evitar una media sonrisa de placer.

-Esto es más grave de lo que pensábamos, señores.

-Señor Fudge- la voz de Arcturus era dura. Golpeaba en la pared y rebotaba contra nosotros, envolviendo el lugar con gravedad y calidez-, queda usted detenido por el secuestro de Claire Zynz. Señor Prince, encárguese de la chica.

Cornelius seguía riéndose mientras en mi mente despertaba soberana curiosidad qué podía estar viendo para que todo le diera igual. Me acerqué a Claire con suma delicadeza, agarrando la cadena que débilmente ella tensaba para alejarse de mí. Lo único que yo podía hacer era ir acortando distancias poco a poco hasta que pude estar frente a ella. Se hizo un ovillo, pero no me impidió ver la herida aún abierta que había dejado, evidentemente, una bala. Era reciente, mucho. Aún fluía sangre viva por ella y si no dejaba de moverse tardaría muy poco en desangrarse.

-Rembrandt, ¡Cuidado!- un simple segundo fue lo que tardé en encontrar la pistola que había herido a Claire. Nadie vio de dónde la sacaba, nadie supo de dónde salió, pero un enorme colt plateado acababa de disparar a Arcturus en el pecho. Entrada pero no salida, y la sangre fluyó como un manantial sobre el pecho desnudo de Fudge, que reía histriónico con el arma en la mano.

Corrí como pocas veces había corrido. Sabía que así debía ser, pero al verlo corrí contra Cornelius. Corrí tan rápido como me dieron las piernas y lancé una patada contra su muñeca mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro. Tan fuerte me abalancé sobre él que sonó más su muñeca al romperse que el metal al golpear la pared, y embebido de furia me arrodillé sobre él, tratando de golpearlo. Su cara, cuello, el ensangrentado pecho, todo iba llenándose de marcas. Tal como marcaba el plan, dos agentes no tardaron en apartarme de Fudge mientras los demás se llevaban a Claire y a Arcturus.

-¡Lo mato, yo os juro que lo mato!- fue lo último que dije, intentando liberarme, antes de que todo se volviera negro.

Capítulo III: Siete agentes.

-Señor Fudge, ¿Comprende la gravedad de los hechos que se le imputan?- preguntó Gellert, totalmente aséptico, sin dejar de mirarlo a los ojos-. Se presentan contra usted, en este orden, los delitos de traición al Gobierno Mundial, conspiración, secuestro, tráfico de influencias, tratos vejatorios, extorsión a un agente del Cipher Pol y doble asesinato. Bueno, esos son los importantes, ya que hemos encontrado en su casa cerca de siete kilogramos de cocaína, un volumen de medio litro de LSD, armas robadas al Gobierno Mundial que comparten número de serie con varias sustraídas al Ejército Revolucionario, una agenda con los nombres de casi mil agentes y sus próximas misiones junto a su precio en orden de relevancia operativa…

-Yo no he hecho nada de eso- la voz de Cornelius fue seca, cortante. Sus ojos vidriosos miraban a un punto fijo de la mesa, tratando de mantener la concentración durante el interrogatorio.

-¿Debe entender pues el Gobierno Mundial que niega haber asesinado a Arcturus Rembrandt de un disparo directo al corazón ante una quincena de agentes?- su tono se elevaba, quería que notara el enfado.

-Rotundamente.

Él no era tan buen interrogador como yo, pero lo más cerca que había conseguido ponerme era tras la mampara de cristal espejo, expectante. Mis ojos aún estaban llorosos y en las manos todavía tenía sangre de Fudge. Uno de los zapatos estaba rayado desde la punta al empeine; el pantalón, manchado de rodillas para abajo; y la chaqueta se había roto en las costuras de los hombros. Con la mirada clavada en Cornelius, mi mandíbula no dejaba de castañear mientras entre los dedos una moneda pasaba sin responder a ninguna ley física. Simplemente se movía y yo me mantenía quieto, estático.

-Tendría que estar interrogándolo yo, no Gellert- comenté al tiempo que mi moneda volaba por un instante. Sabía que haber intentado matarlo hacía un instante me descalificaba completamente, pero no podía evitarlo. Quería ser yo quien se ocupara de Fudge. Al fin y al cabo, había matado a mi amigo.

-La muerte de Rembrandt te ha afectado. Casi matas a Cornelius, joven- la voz estricta de Minerva penetraba en mis oídos y me hacía sentir muy pequeño. De avanzada edad, la señora Longbottom había sido una de las más fieles y eficaces miembros de la Agencia, llegando al cargo de Secretaria de Operaciones del Cipher Pol 7, y tras la traición de Fudge, en última instancia y sólo por debajo de un líder de división al que ninguno conocíamos, la máxima autoridad-. Vete a descansar, Yarmin. No nos sirves en ese estado.

-Minerva, por favor- mi sonrisa delicada quebró por un instante su recia fachada. La anciana torció al gesto, mirando al suelo sin saber muy bien qué decir.

-Está bien, pero sólo esta vez. Y asegúrese de que hable.

No pude evitar que mis labios se curvasen en una mueca terrible mientras Longbottom se marchaba. Fudge había sido el primero, pero ella iba detrás. Con paso firme me acerqué a la puerta e irrumpí sin llamar, dándole a Gellert la señal que esperaba. Le tocaba continuar el plan mientras yo tenía una coartada perfecta. Además, me iba a divertir mucho durante la sesión practicando las habilidades que el libro marcaba. Lo primero era mantener el control absoluto de la situación.

-Señor Fudge, ¿Dónde estaba usted el miércoles dieciséis de mayo del pasado año entre las diez y las doce?

-En mi casa, seguramente. ¿Por qué me preguntas por el día que desapareció Claire si tú te la estabas follando?

-Responda sólo a mis preguntas, por favor- dije, llanamente. No iba a permitir que me interrumpiese más-. Entonces, ¿Reconoce usted haber estado en la casa donde lo detuvimos anoche durante la fecha y hora citadas?

-Sí, lo reconozco- sus palabras se arrastraban, intentando decir más de lo que sus labios le permitían. Tenía una voluntad fuerte, lo bastante para darse cuenta de que estaba siendo afectado por mi hechizo, pero no era suficiente para enfrentarse a mí.

-¿Es usted responsable de los deterioros apreciados en su hogar? La basura, los residuos, la sangre… El ambiente insalubre, en general. Y dígame todo lo que recuerde, por favor.

De no ser porque la sala de control estaba a mi espalda Minerva podría haber visto la sonrisa que casi se me escapó cuando Fudge, haciendo uso de sus conocimientos de Rokushiki, consiguió librarse de los grilletes y se abalanzó sobre mí. Sus golpes eran fuertes y precisos, llegando casi sin impedimentos a mi rostro, que cubría con los brazos torpemente mientras esperaba un descuido, un error que terminó por llegar.

-Mi turno.

Agarré su brazo rápidamente, buscando el nervio en su muñeca. Conocía la teoría perfectamente, pero tampoco me molesté demasiado en hacerlo bien. Aunque no lo encontrase, Fudge empezaría a sufrir un dolor inconmensurable, indescriptible. La llave era sólo una excusa, el verdadero poder de mi contraataque estaba en Sent, el rayo rojo que imperceptible pasó de mi mano a él, haciendo que empezara a retorcerse. Sufrió algún que otro espasmo en el brazo, pero no lo solté. Quería que terminara de temerme, de saber que en ese lugar yo mandaba. Tenía poco tiempo, los demás no tardarían en entrar si veían que no podía reducirlo, y yo debía conseguir su confesión en ese momento. Muy complicado, pero tenía que intentarlo. Empezaban a hinchársele las venas de la frente, estaba cerca de colapsar.

-Responde y te soltaré, Cornelius- dije, poniéndome encima de él sin soltarlo ni un instante. Mi voz había vuelto a ser tranquila, yo mandaba en el lugar-. ¿Has matado tú a Claire Zynz? ¡Confiesa!

Pude ver por un instante el brillo azul en mi mano, fugaz. Había conseguido despertar el Serv muy rápido, aunque seguramente la persona que escribió el libro no estaba destinada a desarrollar las facetas de la Akuma no mi al máximo, o tal vez simplemente no se le había ocurrido doblegar la voluntad de una persona mediante la tortura. Qué estúpido.

-¡Sí, fui yo!- lo solté y cayó contra el suelo, agarrándose el brazo. Ninguna marca más allá de mi uña clavada en su piel, pero sus ojos estaban inyectados en sangre y su sien estaba a punto de explotar-. ¡Yo la secuestré y convertí en mi esclava, Yarmin! ¿Es eso lo que querías oír? ¡Y cuando supe que veníais a por mí le pegué un tiro! ¿Estás contento?

-No, señor Fudge. Estaré contento cuando se haga justicia.

Mi pómulo sangraba, pero sin darle importancia abandoné la estancia, inexpresivo mientras otros dos agentes se lo llevaban bajo custodia. Minerva me observaba detenidamente como una madre decepcionada. Esos no eran sus métodos, pero no dijo nada. Cuando pasé por su lado me dio una palmada en el hombro y me detuve un momento, disfrutando del tacto de la victoria. Uno menos en mi camino.

Serv era la evolución de algo que yo ya conocía, una dominación. Lo cierto es que había estudiado la teoría hasta decir basta, pero en la práctica resultaba mucho más complicado de realizar. Aprendido y bien concentrado, el rayo azul que saldría disparado de mi mano podría someter a cualquier persona a mi voluntad, al menos en teoría. Aún sorprendido de que me hubiera salido en el primer intento, caminaba hacia mi casa recitando mentalmente la página, preguntándome cómo lo practicaría de ahí en adelante. Torturar a alguien era sencillo, pero lograr la supremacía de un espíritu sobre otro implicaba, entre otras cosas, que no podía probarlo conmigo mismo. Tampoco con Bellatrix ni los demás pues, al fin y al cabo, voluntariamente se prestarían al servicio, y no hay triunfo en la rendición. Qué podía hacer era una duda que me carcomía por dentro, aunque finalmente pude encontrar la solución.

Dejé que pasaran las semanas mientras el proceso abierto a Fudge arrancaba. Me centré en mis labores como agente, incluyendo las guardias y el control de los Marines que protegían el Palacio de Justicia. A ratos me pasaba por algunos despachos, a veces me dejaba caer por las prisiones… Hablar con Fudge se había vuelto bastante ameno desde que no se atrevía a perturbar el estatus quo, pero lo que de verdad me encantaba era llegar ante los demás presos y empezar sus interrogatorios. Ellos no eran agentes, no tenían habilidades sobrehumanas, no podían huir de mí. Eran míos.

-Hola, me llamo Yarmin- acostumbraba a decir-. Soy un agente del Cipher Pol, y me han dicho que eres un niño muy malo.

La conversación solía derivar bastante. Tan sólo eran hombres y mujeres normales, a la espera de su juicio, y era sencillo hacer que el miedo aflorase en sus rostros. Al principio me era muy difícil mantenerme centrado al tiempo que hablaba con ellos, pero notar cómo se atragantaban con su propia saliva, incapaces de sostenerme la mirada y temblando con cada palabra, temerosos de qué iría después, me encantaba. De hecho, casi apostaría a que la concentración se desvanecía muchas veces por culpa de esa excitación insana, pero con el paso del tiempo logré alcanzar un estado de apacible calma en la tortura picológica de los demás. Sus mentes poco a poco se quebraban, muy poco a poco, haciéndose mías.

-Con Fudge fue fácil porque estaba drogado- comenté, ante la atenta mirada de todos. Otra vez en la taberna de Molly, pero nos faltaba uno-. Sin embargo, realizarlo en gente con sus plenas capacidades mentales es mucho más complicado. He tardado casi dos meses, y eso retrasa mucho nuestro plan. ¿Habéis recibido el informe de la Reina?

-Le llegó el paquete casi hace dos meses ya, en perfecto estado- respondió Percy, revisando una hoja de papel, que luego me tendió-. Con eso debería bastar para que los preparativos den comienzo, pero antes… ¿Quién se ocupaba de la mierda?

-Yo- Gellert no estaba sentado. En su lugar se apoyaba contra una columna cercana a la chimenea, ese día apagada-. Me he encargado de que procesen a Fudge como terrorista de nivel cinco, y mañana saldrá escoltado hacia Impel Down.

-Y alguien ha filtrado que la Revolución planea rescatar a su Oficial General durante el traslado.

-¿Oficial General?- pregunté mientras ojeaba la nota que me había pasado Percy-. Esto es una lista de la compra. ¿Cómo que Oficial General?

-Mnemotecnia, compañero. Nadie podría saber qué dice más que yo.

-Y me pareció que aceleraría el proceso atribuirle un alto cargo- dijo Gellert, acercándose a la mesa para coger su vaso-. A Arcturus le gustó la idea.

-¿Y tú, Molly?- me giré hacia la pequeña pelirroja. No hablaba, apenas sí nos miraba de vez en cuando-. ¿Tu parte está hecha?

-La Máscara está controlada. Hemos conseguido engañarla y estará en Arabasta dentro de dos meses- sus ojos verdes como esmeraldas resplandecían ante la luz, pero tardó muy poco en volver la vista al suelo-. Y… De momento está en Water Seven, buscando agentes infiltrados. Se avecina una guerra.

Asentí, con el semblante serio. Era hora del reparto de tareas, una labor que siempre hacíamos juntos Arcturus y yo. Resultaba extraño ir pasando los sobres uno por uno sin escuchar su voz alternarse con la mía, aunque por suerte, de todos los problemas que nos traía su falta, éste era el menor de todos.

-Bien, ya sabéis lo que tenemos que hacer- miré a Anthony, que sonreía con cierta vehemencia mientras releía su parte-. Te toca brillar.

-Bien, pero esto significa…

-Efectivamente- respondí-. Tú intenta divertirte y recuerda la misión.

Asintió. El plan era ambicioso, pero pese a los nervios que le llegaba a despertar el ansia le podía. De hecho, mientras salía el primero; estaba muy contento. Era normal, al fin y al cabo de no ser tan valioso para mis planes yo mismo lo haría, pero lo que me tocaba resultaba mucho más estimulante en aquel momento.

-Y… Bellatrix, tú sal la última. Ya sabes por qué.


Última edición por Yarmin Prince el Dom 23 Jul 2017 - 17:52, editado 1 vez
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Mensaje por Yarmin Prince el Dom 23 Jul 2017 - 17:27

Capítulo IV: Seis de corazones.

El grito de las sirenas llegó hasta el último rincón de Ennies Loby. Los pocos civiles de la isla corrían de aquí para allá mientras los agentes entrábamos apresurados en el Palacio de Justicia, desconcertados. En los últimos diez años nunca se había activado la red de alarmas de la ciudad, y Minerva Longbottom observaba con preocupación mientras nos agolpábamos unos mil agentes en el vestíbulo. Algunos preguntaban qué sucedía, otros daban locas teorías e incluso hubo quienes aventuraron el inminente ataque de Dexter Black, sediento de más caos tras el asalto a Impel Down.

-¡Silencio!- la formidable voz de la anciana eclipsó el bullicio que se había generado en un instante. Sus ojos canela no sabían en quién fijar la mirada mientras poco a poco el alboroto iba decayendo. Ella respiraba profundamente, intentando calmarse.

La situación, pese al silencio cada vez más extendido, era de absoluto caos. En el exterior se oía la apurada carrera de los rezagados, los gritos despavoridos de la gente, y de vez en cuando algún que otro cañonazo. No había que ser un genio para deducir que o bien la ciudad estaba bajo asedio o, por el contrario, se estaba celebrando una batalla cerca.

-Cornelius Fudge ha escapado- terminó por decir cuando todos se callaron, pero el barullo volvió en un instante. Cada frase que podía escuchar era más loca que la anterior, e incluso yo me animé a dar estúpidas teorías en las que la Revolución había intervenido asaltando la ciudad.

Me lo estaba pasando realmente bien en aquel momento. Podía ver a Gellert en la lejanía completamente preocupado, rodeado del gran grupo de admiradores que tenía en la agencia. Molly en un rincón decía de vez en cuando algunas frases tan llenas de verdad que eran mentira, y Bellatrix acababa de llegar, poniéndose a mi lado. Faltaba Percy, aunque no era muy difícil deducir dónde estaría. Así pues, me concentré en la respiración agitada de mi compañera. Parecía exhausta.

-¿Estás bien, Bella?- su cara estaba completamente roja, y de su frente caían densas gotas de sudor. Se resistía a quedarse dormida, aunque sus párpados bajaban con fuerza en una secuencia arrítmica.

-Sí, sí. Sólo…

-¡Ciento tres agentes han traicionado al Gobierno Mundial!- la voz de Minerva se impuso ante el griterío, haciendo que todos se callasen. Incluso yo abrí los ojos de par en par, escandalizado-. Ahora que tengo su atención, doscientas personas acusadas de sedición han sido liberadas, entre ellas Cornelius Fudge, uno de los más altos cargos de la Armada Revolucionaria.

-¡¿Cómo se han colado tantos traidores en la Agencia?!- preguntó Ginny Sprout, una chiquilla muy joven y enérgica pero en general bastante respetuosa-. Se supone que somos el servicio de Inteligencia del Gobierno Mundial, ¿Y nos toman el pelo así?

-Cálmese joven, habrá tiempo para explicaciones más tarde. De momento vamos a subsanar el problema.

Al parecer hacía escasas horas el responsable de vigilancia, Anthony Lovegood, había entrado en la sala de mando de la penitenciaría de Ennies Loby. En ese momento se habían apagado las cámaras y lo primero que habían vuelto a grabar eran los pasillos llenos de cadáveres, tanto de guardias como de presos irrelevantes. De los sesenta agentes que custodiaban la prisión en esos momentos, sólo uno quedaba con vida, Anthony. Sin embargo éste era uno de los traidores y había matado en su huida lo menos trece agentes. Además, entre los más de trescientos revolucionarios, habían llegado a tomar cuatro barcos, los mejores que se hallaban fondeados en el puerto, los mismos que en esos momentos bombardeaban las Puertas de la Justicia para salir. A todas luces era un desastre, y ninguna de las dos opciones que había puesto sobre la mesa Minerva era plausible. Aun así, no dije nada.

-Este plan es estúpido- me quejé a Bellatrix mientras nos alejábamos-. Van a tirar la puerta abajo antes de que podamos ni siquiera acercarnos. Y eso si nos acercamos.

-Ni que tuvieras uno mejor- respondió ella con dificultad, ahogándose con cada palabra. Todavía sudaba mientras con cada paso necesitaba esforzarse más para no caer. Su ensortijado cabello negro ya no brillaba como siempre, y su abultado pecho estaba salpicado de marcas marrones.

Me detuve en seco. Tragué saliva mientras sacaba de mi bolsillo un pañuelo completamente blanco, impoluto, mirando atemorizado hacia Bellatrix. No podía ser, simplemente no podía.

-Quédate quieta- dije, sin mover el pañuelo de mis labios-. Ahora mismo vamos al médico.

Afortunadamente apenas habíamos avanzado, por lo que volver atrás resultó una tarea sencilla. Llegamos al gran vestíbulo, bajamos unas escaleras de caracol, recorrimos la morgue mientras mi acompañante no dejaba de toser y llegamos por fin hasta el despacho del Director Médico-Forense de Ennies Loby: Percy Malfoy.

-Es temporada de vacunas- dije, entrando sin pedir permiso en el despacho, arrastrando a Bellatrix con una mano-. ¡Me dijiste que se lo habías inyectado!

-A mí no me mires, ella no se dejó.

Empujé a la chica contra él y cerré la puerta con un sonoro golpe. En mis ojos se podía ver el enfado mientras sacaba un cuchillo para desnudar con precisión anatómica a la nueva paciente de Percy. Le levanté un pecho con bastante poca delicadeza y ahí estaba, enorme y destrozado, su primer bubón.

-¿No te dejó?- mi voz sonaba antinaturalmente tranquila, amenazadora-. Si no te estoy matando en estos momentos es porque eres el único hombre en Ennies Loby listo para combatir una epidemia de peste negra. ¡Eres mi puto médico! ¿Me has mentido en algo más, Percy? ¿Tengo que buscarme a otro?- bajó la mirada, avergonzado-. ¡Mírame cuando te hablo!- sus ojos volvieron a mí, pero todo su cuerpo temblaba-. Ahora mismo vas a curarla, y te vas a asegurar de que no le queden secuelas.

Bellatrix no se atrevió a discutir. Pude escuchar, marchándome, cómo el pelirrojo increpaba a la mujer por su falta de sentido común. Yo, mientras tanto, intentaba serenarme respirando hondo y avanzando despacio. Subiendo las escaleras que acababa de bajar prendí fuego al pañuelo, evitando respirar el humo que éste dejaba tras de sí. No quería arriesgarme, por muy vacunado que estuviese, a caer enfermo.

Llegué otra vez al vestíbulo del Palacio de Justicia cuando mi pañuelo era poco más que un rastro de cenizas a mis espaldas, y me dejé por un instante embelesar con la minimalista decoración del gran recibidor. Apenas un improvisado atril en medio de la piedra blanca, con tapices aludiendo a la justicia como un bien escaso que debía ser preservado. Sin embargo, las columnas estaban decoradas por ostentosos capiteles de la mejor factura en metales y gemas preciosas. Algún día me adueñaría de todo eso, pero en aquel momento tenía que hablar con Minerva. O mejor luego. Ya me había retrasado bastante, dejaría que descubriesen la sorpresa en unos días cuando yo ya no estuviese.

Ahora sí, encaminé mis pasos hacia el muelle tres. Allí había un equipo de diecisiete mujeres que esperaban impacientes mi llegada. Tal vez no concretamente que yo llegase, pero sí poder ponernos a trabajar, y para eso hacía falta que todo el equipo se reuniese. Nuestra labor una vez juntos era ponernos en las torretas de larga distancia, pero parecía que ese día yo no iba a llegar a ningún lado.

-Yarmin, acompáñeme- la voz de la señora Longbottom sonó a mi espalda gélida, haciendo que me frenase en seco. ¿Qué hacía la vieja ahí en ese preciso instante? Demasiados contratiempos en un día.

-Sí, voy.

Seguí a Minerva hasta el Palacio de Justicia y por sus intrincados corredores. Desde el minimalista vestíbulo, cada recoveco estaba colapsado de una u otra forma por decoración, y las alfombras de fieltro amortiguaban el ruido de nuestros pasos. Pude ver al menos siete mapas distintos del mundo, cinco de ellos anteriores a la era de los piratas, y otros dos sumamente detallados con todas las rutas seguras del Grand Line, e incluso los planos del Tren Marítimo que comunicaba completamente el Paraíso en una gran red. Sin embargo el tenso silencio que se respiraba en la caminata me impidió disfrutar de todas las joyas de la navegación que se encontraban por el lugar. Finalmente, tras tres pisos y veinticuatro pasillos, la mujer se detuvo ante mí para indicarme una puerta.

-Las damas primero, por favor.

-No sea zalamero y entre. Tengo que hablar con usted.

¿Qué? No le había afectado, y eso sólo podía significar dos cosas. O bien la puta vieja había desarrollado una extraña resistencia a mis poderes, lo cual no me agradaba en absoluto, o ella era consciente de que algo le haría daño si entraba delante. La pregunta era cómo podría discernir cuál de las dos era, o si estaba fuera de lo que yo me planteaba. ¡Espera! Había una más, una posibilidad muy nula pero que valía la pena intentar.

-En serio, insisto. Pase usted, por favor.

-Está bien- refunfuñó-. Pero sólo porque no quiero pasarme unos muy valiosos minutos discutiendo por quién entra.

No. Podía. Ser. Minerva Longbottom era en realidad un hombre. Casi me reí a su espalda cuando entré tras ella y la vi de pie, ante ella misma tirada en el suelo completamente desnuda, totalmente atada. Me miraba con los ojos como platos, entre el terror y la estupefacción, intentando gritar sin poder hacerlo debido a una mordaza inteligentemente colocada.

-Te odio mucho, Gellert- dije, llevándome la mano al pecho, justo antes de propinarle un puñetazo a la mujer que estaba a mi lado, riéndose-. Casi me da un ataque.

-Normal. ¡Tenías que haber visto tu cara!- cerró la puerta antes de volver a ser él. No sabía que su dominio del Semei Kikan era tan elevado-. Bueno, mi parte está hecha. ¿Qué toca ahora?

-Esto. Serv.

Los ojos de Minerva brillaron por un momento con una luz azulada y su expresión cambió. Ya no estaba aterrorizada, tan sólo compungida. La desaté paso por paso cuidadosamente, intentando no hacerle un simple arañazo. Tenía los pechos caídos por la edad, pero sus caderas se conservaban perfectas. Su cintura y vientre estaban totalmente tersos, apenas con un poco de grasa; era fácil ver que se cuidaba, y desnuda aún se notaba más.

-Minerva, ¿Hasta qué punto dominas la Vuelta a la Vida?- pregunté. Gellert salió por la puerta todavía vestido de mujer, modificando su cuerpo de nuevo poco a poco.

-Yo me alejo, que esta mujer tiene que coordinar cosas. Diviértete. Ah, por cierto. Yo te cubro- se despidió con la mano antes de cerrar la puerta, y yo me centré en la mujer, que seguía con la mirada su propio cuerpo.

-¿Y bien? ¿Qué tal se te da el Semei Kikan?

-Puedo alterar cualquier parte de mi cuerpo- respondió-. Casi sin ningún límite.

Sonreí malévolamente y eché el pestillo, desvistiéndome. No necesitaba decir nada para que ella se levantase sola, como movida por hilos invisibles, comenzando a transformarse. Me gustaba mucho la idea de acostarme con una anciana, pero tenía un nivel que mantener y no iba a bajar de Claire a cero. A veces la echaba de menos, ya habían pasado más de tres meses y ni siquiera había tenido oportunidad de hablar con ella. Sin embargo, en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

-¿Alguna vez te han violado, querida?- pregunté mientras sus pechos se volvían poco a poco turgentes y los surcos en su cara se rellenaban. Tenía los labios curvados en una sonrisa fingida, con unos ojos temerosos de lo que iba a suceder-. Sentirse forzada es una sensación horrible, no voy a negarlo, pero lo peor llega después. Una vez has pasado el shock inicial y vuelves a ti misma, saber que tu cuerpo ha disfrutado a pesar de que en tu mente bulle una tormenta… Chupa- señalé mi pene, ya erecto por la excitación-. Poco a poco, mientras tu cuerpo va perdiendo el control en tu mente se va formando esa pregunta, ¿Soy una puta? ¿Provoco demasiado? ¿Me lo merezco? Y da igual lo que te digan, porque en tu mente la respuesta siempre será sí.

Tiré de su cabello, blanco como la nieve, empujándole la cabeza contra mi pubis mientras me corría. Quería que se lo tragara todo, que supiera quién de los dos tenía el control en ese momento. Deseaba que se atragantase, sentir las arcadas desde lo más profundo de su garganta, hacerla toser. Y así fue hasta que la eché hacia atrás.

-Tranquila, no voy a dejar que te ahogues, no soy tan bueno. Ahora, querida, túmbate sobre la mesa y abre las piernas. Vas a aprender lo que te acabo de enseñar.

Pude verla completamente húmeda cuando obedeció sin titubear. Daba igual lo tenso de la situación, lo poco que le gustase, su cuerpo ya no era suyo. La miré con lujuria y besé sus labios, notando cómo cuando mi lengua jugueteó algo más profundo un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sin embargo, seguía viendo el miedo en su rostro, esa expresión indescriptible de no saber qué viene después, pero estar segura de que iría a peor.

Y, efectivamente, fue a peor.

Cuando terminé con Minerva estaba amaneciendo. Debido a la violencia de la velada, sus orificios sangraban y ella se limpiaba el semen de la cara con un pañuelo de seda. Sabía que quería decir algo, abalanzarse sobre mí y matarme; aprovechar la oportunidad para vengarse y de paso terminar conmigo. Yo, por el contrario, le había contado de principio a fin el plan, con todos y cada uno de los detalles. Incluso mientras lamía mi pene en busca de los últimos restos de comida pude ver el horror en su rostro ávido.

-Lo cierto es que eres una puta muy complaciente- comenté, dándole una palmada en la nalga-. No tienes nada que envidiar a Claire, aunque a ella no tengo que darle órdenes. Está siempre loca por comerme la polla y que la haga correrse, como a ti hoy. ¡Pero no pongas esa cara! Sonríe, por favor. No todos los días puedes complacer a tu amo.

Me vestí mientras ella lloraba secamente detrás de su escritorio, ingeniosamente colocada para que yo no viese esos ojos vidriosos, pero aun así podía escucharla sollozar. Por un momento tuve la tentación de preguntarle qué sucedía, pero habría sido demasiado cruel. Me limité a sentarme frente a la mesa, contemplando cómo las lágrimas golpeaban sus piernas todavía desnudas. Poco a poco las arrugas volvían a su rostro y los pechos caían de nuevo, pero no importaba. Tampoco pensaba repetir, al menos no por el momento.

-Bueno, creo que es hora de que me des lo que necesito. Antes de que salga el cartel, quiero la orden interna de busca y captura.

-Por supuesto- respondió ella sin rechistar, sacando un formulario de entre montañas de papeles que tiramos por el suelo al revolcarnos en la mesa. Aún me tiemblan las piernas al recordar cómo me había montado justo en donde ahora escribía-. ¿Prioridad?

-Máxima. Cinco Agentes, para la captura de Anthony Lovegood y Cornelius Fudge- mis palabras salían perfectamente fluidas, como ensayadas miles de veces-. Gellert Weasley, Molly Grey, Percy Malfoy, Bellatrix Riddle y Yarmin Prince. Seleccionados por sus demostradas habilidades de campo.

Yo dictaba y ella escribía, firmando al final. Tenía una letra bonita, de trazo fino y sensual, muy alargado y estilizado. Me ponía cachondo pensar en su caligrafía y en cómo esas manos podían trabajar mucho más…

-¿Sabes qué? Ahora que has terminado, ábrete de piernas…


Capítulo V: Cinco motivos para no creer.

El barco se alejaba lentamente del puerto mientras yo barajaba las cartas. Frente a mí Bellatrix con expresión extrañada, sin saber muy bien qué decir. Habían pasado tres días desde la fuga de Fudge, y en cuanto se procesó la orden de Minerva nos habían embarcado a los cinco en una pequeña nave de tres camarotes. Ennies Loby había sido infectada de Peste Negra durante la huida de Fudge y aproximadamente una séptima parte de la población se había contagiado antes de darse cuenta. Por desgracia para la ciudad, allí no contaban con los medios ni estaban sobre aviso de la plaga, por lo que su única opción era cuarentena y rezar para conseguir vacunas pronto. Por mi parte yo sonreía esperando el momento exacto.

-Uno- dije, levantando la primera carta tras mirar el reloj. Uno de corazones-. Dos- la segunda carta también era de ese palo, un precioso dos-. Coge tú la tercera, Bella.

-¿Tres de corazones? Has fallado- se notaba titubeante, casi temerosa de que en cualquier momento fuera a castigarla por su estupidez.

-¿Estás segura?- volví a mirar el reloj. Estaba a punto de suceder.

Di la vuelta a la primera carta, y con el As boca abajo sonó un disparo lejano. Miré hacia ella mientras daba la vuelta al dos, y dos tiros se perdieron en la distancia.

-Por favor- mis palabras fueron una simple confirmación de que le estaba cogiendo el naipe, que tiré sobre la mesita al tiempo que tres balazos resonaron fuertemente en el barco-. Si los arrastramos un poco…- junté las tres cartas, pero dos desaparecieron. Sólo quedaba una-. Seis.

En la lejanía, Minerva Longbottom moría asesinada en un burdel clandestino del puerto. En el interior de la estancia una pequeña hoja de papel ardía lentamente mientras mi sonrisa se amargaba poco a poco. Había sido todo demasiado fácil, como si me la hubiera jugado la puta vieja… No, imposible. Su vivre card ardía y yo me había asegurado personalmente de custodiarla todo el tiempo. Meneé la cabeza, como intentando volver a la realidad, y volví a hablar:

-¿Sabes lo más gracioso de todo?

-¿Qué?

-Que aun destruyendo los barcos, jamás hubieran cazado a Fudge- respondí, abriendo un baúl que había a mi lado. En su interior, un muy débil Cornelius forcejeaba inútilmente para huir. Tenía barba de un par de meses y grandes bolsas bajo los ojos, llorosos. También había adelgazado hasta un punto enfermizo-. En ningún momento llegó a abandonar Ennies Loby, sólo era un farol.

Demasiado fácil. Todo estaba siendo demasiado fácil.

Pasé el resto del viaje encerrado en mi camarote, pensando. Sabía lo que estaba sucediendo, lo que debía estar por venir y recordaba casi con total precisión cada momento del pasado; sin embargo había algo que escalaba por mi espalda, una mosca detrás de la oreja que luchaba por desconcentrarme. Sabía que Minerva había muerto intentando algo, pero no sabía el qué. Daba igual cuántas veces releyera mis diarios o las anotaciones de Fudge, ni siquiera importaba que las agendas de la vieja secretaria estuvieran perfectamente escritas y ordenadas, simplemente era un acertijo. Tras su muerte había recibido una llamada, y aunque la adivinanza resultaba sumamente sencilla, “La semilla del mal es fuerte” no respondía a nada sobre el operativo a desplegar. Qué demonios, ni siquiera daba una pista más allá de referirse a mí. Al fin y al cabo, las palabras de Cornelius aquel día fueron las que fueron . Nunca iba a olvidarlas.

El verdadero problema residía en que no sabía qué protocolo iniciaba esa frase. Porque, era evidente, si las últimas palabras de un alto cargo como ella se resumían a eso tenían que significar la activación de algo, o por lo menos tenía que haber algún secreto detrás. ¿Por qué “la semilla del mal es fuerte”? ¿Por qué no “Investiguen al agente Yarmin Prince”? Sabía que moriría al decirlo, eso estaba claro. No tenía opción de explicar nada, sólo de movilizar a quienquiera la escuchase en el menor lapso posible de tiempo, y estaba claro que lo había logrado.

-Está bien, ¿Qué es lo peor que podría significar esa frase?- pregunté, estando todos ya reunidos.

-Una alarma- respondió Arcturus, entrando por la puerta de la sala-. La semilla del mal fue un plan de la Agencia hace cerca de setenta años, contratando como agentes a personas que podían ser, en el bando contrario, un verdadero dolor de muelas.

-¿Estás vivo?- preguntó Anthony, extrañado-. Si Fudge te pegó un tiro. Vimos tu cadáver, te metimos en el ataúd…

-Y éste en lugar de llegar a Water Seven se perdió y terminó en Arabasta, donde Claire me inyectó la adrenalina.

-Eso no explica que revivieras- apuntó Percy, con una risita-. La adrenalina sólo funciona en gente viva.

-Vale, os explico eso y seguimos, ¿Os parece?- dijo Arcturus, colocándose las gafas mientras tomaba asiento-. Fudge sabe perfectamente dónde está el corazón- apuntó al centro de su pecho, un poco hacia la izquierda-. Pero no contaba con una anomalía concreta que sólo una de cada diez mil personas padece.

-Dextrocardia…- la voz de Molly sonó como un susurro mientras abría los ojos como platos. Se maravillaba con cada malformación en el cuerpo, por algún motivo que nunca llegué a comprender.

-Exactamente. Al apuntarme al corazón hice un levísimo movimiento, casi imperceptible. ¿Dos centímetros, Yars?- esperó a que asintiera. Todo había sido calculado al milímetro-. La bala quedó alojada entre corazón y pulmón, sin hacerme daño. Aunque escocía de cojones.

-Luego Percy le quitó la bala, se aseguró de que estuviera bien y le indujo un coma con Belladona- terminé interviniendo-. Certificó su muerte, lo dejó ver una media hora para identificar el cadáver y nos encargamos de traspapelarlo hacia aquí. ¿Podemos continuar, por favor?

-Sí, claro- Desde Bellatrix hasta Claire, pasando por Anthony y Gellert, miraban confusos nuestras caras, saltando de uno a otro sin terminar de comprender lo que había sucedido-. El caso es que la Semilla no funcionó, y se decidió “desgranarla”. Mediante un proceso muy similar a una tortura, las semillas del mal eran conducidas a un estado de completa servidumbre hacia el Gobierno. Totalmente confiables, totalmente inofensivas. ¿Verdad, Yarmin?

Mi rostro se había petrificado por un instante, perdiendo su sonrisa característica. Mis ojos miraban al vacío sin apartarse de la mesa, y mis manos por un momento temblaron. Sólo duró un par de segundos, pero suficiente para que todos en la estancia supieran que había algo en ese tema que me escardaba.

-En mi generación fuimos trece. Sobrevivimos tres, y dos estamos aquí.

Todos miraron a Bellatrix. Siempre lo dije, pero salvo Arcturus nadie había hecho caso cuando comentaba que fue la primera a quien conocí durante la instrucción. Ella, por el contrario, me observaba con una sonrisa más mía que suya. Su cara había cambiado por completo, y sus ojos siempre tiernos eran… Yo. Qué demonios, esa chica y yo habíamos sido iguales desde el primer día, y sólo mantuvimos la cordura estando juntos. No pude evitar guiñarle un ojo mientras inclinaba la cabeza ante ella.

-Pensé que no lo recordabas- comentó, simplemente.

-Y yo que tú preferías olvidar las manazas de Fudge.

-¿Eso que escucho es pena? Marica- Se levantó de la mesa, encendiendo un cigarro-. Estoy aquí por ti, no por ese cerdo.

-Si habéis terminado- prosiguió Arcturus-, hay un protocolo de actuación para casos como éste- bebió un sorbo de té-. Todo empieza con un nuevo desgrane. Dentro de muy poco empezarán a llegar cartas pidiendo el regreso de todas las semillas a Ennies Loby.

-Y allí nos espera Hayate- interrumpí.

-No sólo él. Seguramente esté escoltado, y si un simple recuerdo os delata estáis muertos.

-Y desaparecer no es una opción- dije yo-. Porque, además de estropear el plan enviarían más gente aquí a completar la tarea.

-Exacto.

-En fin… Ya veré cómo hacemos. De momento está a punto de empezar el show.

Nos levantamos casi al unísono, olvidando por un momento el problema que teníamos en ciernes, centrándonos en la sala de interrogatorios que se podía apreciar a través del cristal. En aquella ocasión era un poco diferente a la anterior, empezando porque no había mesa, tan sólo dos sillas. Una estaba vacía, mirando hacia la pared de la izquierda y, frente a ella, sentado y con una expresión de notorio enfado, Cornelius Fudge. Empezaba a acostumbrarme a verlo encadenado, y desde luego era mucho más gratificante que topármelo suelto. Aún me dolía la mejilla a ratos.

-Señor Fudge, ¡Qué agradable sorpresa!- dijo Yarmin, entrando por la puerta. Sonreía con sinceridad, y en sus ojos se notaba una chispa de vida-. ¿Qué tal se encuentra hoy? ¿Bien? ¿O mejor?

-Podrías matarme ya y terminar este vodevil.

Sus ojos estaban clavados en los del agente, furibundos. Todas las venas se le hinchaban al respirar, y cada uno de sus poros parecía desprender rabia. Yarmin podía verlo, e incluso soltó una risotada mientras se quitaba la gorra. Estaba tan relajado que se permitió bostezar ligeramente mientras se sentaba, dejando la visera en el suelo. Frente al demacrado anciano, el Príncipe Encantador se veía rebosante de vida y, en definitiva, temible.

-Primero quiero que recuerde un día en concreto. Para usted no significará nada, ¿Pero le suena el dieciséis de mayo de hace diez años?- Claire apretó los puños desde detrás de la mampara. Quería entrar y matar a Fudge, pero se controlaba a duras penas-. Usted dijo cinco frases que me marcaron para siempre. ¿Recuerda a qué respondían? Porque estás vivo, porque no estás enfermo, porque él te ama, porque puedes cambiar- se relamió los labios mientras decía aquellas palabras. No había cambiado-. Y, mi favorita: porque tu padre ha hecho lo correcto.

Los ojos de Cornelius se abrieron momentáneamente, casi saltando de sus cuencas. Junto a su prominente papada parecía un enorme sapo, y bufó sin dejar de mantener la mirada.

-Me suena ese día. Habías matado a tres personas, Yarmin. Fuiste un niño muy malo.

-¿Yo? Nunca hubo juicio, señor Fudge- se fue levantando lentamente-. Nunca presentó pruebas, tan sólo aprovechó el error de un niño para alimentar el terror de un padre- mentía, pero tanto el viejo exdirector como él sabían que, en realidad, decía la verdad-. Por eso voy a explicarle yo, hoy, los cinco motivos para no creer. Espero que los disfrute.

Dio un par de vueltas por la sala, lentamente. Cada paso era eterno, y el silencio que lo acompañaba, pesado. Una interpretación grave y magistral, un espectáculo que sería muy difícil de olvidar nunca. Claire posaba su mirada a ratos entre Yarmin y Fudge, preocupada. Sabía lo que iba a pasar, pero aun así le costaba mantener la compostura. Mientras tanto, el agente seguía rodeando la estancia, sin hacer un solo ruido.

-El primer motivo para no creer en Dios es que, tras todo este tiempo, él ya te habría ayudado. Así que, pensemos en por qué no lo haría. O no quiere ayudarte o no puede, ¿Y por qué no querría ayudarte, Cornelius?- su voz sonaba grave y solemne, como un discurso ante los ejércitos-. La segunda razón es una de mis favoritas. Dios no cree en ti. Te ha creado vacío de propósito, completamente vacío. ¿Cuál es tu misión? ¿Qué espera él de ti? Nada. Sólo que te pudras en este abismo de incertidumbre.

Todos veían el enfado de Fudge. Las venas de su frente, su gesto torcido… Forcejeaba con las cadenas para liberarse mientras la sonrisa de Yarmin se ensanchaba más y más en una mueca terrorífica. ¿Qué se le pasaba por la cabeza mientras recitaba un discurso tantas veces ensayado? ¿Sabría el secreto al final de su interpretación? No, seguramente no.

-Hay un tercer gran motivo para no creer en Dios- dijo, sacando una pistola de su chaqueta-. Él me ha dado la vida- hizo una pausa, sonriendo mientras poco a poco Cornelius titubeaba, sin comprender del todo adónde quería ir-. Si bien no creo que ninguno de los dos tengamos una finalidad, parece que de yo tener una es hacerte la puñeta.

-Más que la puñeta…

-Sí, un poco más. Vamos, juguemos a un juego- se agachó frente a su antiguo jefe y le liberó el brazo, dejando la pistola en su mano-. Rompe las normas, Cornelius. Termina con tu sufrimiento, sólo tienes que apuntar…

Un tiro resonó en la sala, y Yarmin se desplomó. Su cabello rubio estaba manchado de sangre, y rastros de su cerebro se desparramaban lentamente por la herida. ¿Cómo debía sentirme yo en ese momento? Acababan de dispararme a la cabeza con una furia tan macabra, con tanto odio que resultaba casi imposible de entender. Bueno, desde fuera quizás.

-¿Sabes lo difícil que es encontrar un buen doble, Cornelius?- solté mientras abría la puerta, con rostro serio, casi enfadado. Se me notaba molesto, aunque el espectáculo me había divertido.

Fudge intentó vaciarme el cargador encima, pero no había balas. Tendría que ser muy estúpido para darle la opción de matarme dos veces, y aunque me gustaba la idea de dejar al azar algunas cosas, ésa en concreto no iba a permitir que sucediera.

Caminé lentamente hacia él, evitando pisar el charco de sangre que había bajo el cadáver. El cuerpo era bastante estable, así que sirvió bien como puente. Con mucha delicadeza alcé la pierna, poniéndola sobre su pecho, y le di un pequeño empujón para que la gravedad hiciese el resto. Cuando se golpeó la cabeza contra el suelo lo miré desde arriba, en una perfecta y elegante postura. Seria, solemne, grave… Lo que se esperaba de mí.

-No tenías ningún chance de huida matándome- dije, serenamente-. Lo hiciste por puro odio, sabías que no lograrías nada pegándome un tiro… Y lo hiciste. Dios no te perdonaría- ése era el cuarto motivo.

-Mátame ya y déjate de gilipolleces, Yarmin.

-No, viejo amigo- sonreí. Mi rostro bajo los halógenos se ensombreció, y mis ojos rojos se clavaron más allá de su alma-. Tú no vas a morir hoy. El quinto motivo es que Dios no perdonaría tus pecados. Tu odio no tiene salvación. Sin embargo, a mí me es muy útil. Te perdono, Cornelius.

Lo vi en sus ojos. Algo dentro de él se había roto.


Capítulo VI: Cuatro meses.

Habían pasado un par de meses desde que la cordura de Fudge se hizo añicos, y poco más de tres semanas tras haber reacondicionado por completo su mente. A pesar de lo mucho que Bellatrix quería hacerlo le correspondió a Molly ese honor, lo que me venía bastante bien ya que yo estuve algo… indispuesto. Con palabras no tan suaves diría que estaba completamente drogado.

-Bien, ésta es la única solución- dije resuelto-. Dame caña.

El mismo día de la muerte de mi doble ya habíamos comenzado con el tratamiento de suero. Al fin y al cabo, si podía controlar mi mente hasta cuando todo me pedía que la abriese no habría problemas en cerrarla para que el Agente 42 fuese incapaz de vislumbrarlo. Aunque nos pasamos bastante con la dosis, y si Claire hubiera estado presente probablemente todo se habría ido a la mierda. Pero vaya, estábamos sólo Percy y yo.

-Muy bien, Yarmin. Cuéntame cosas sobre ti. ¿Qué hay en tu nevera secreta?

-Sangre- me reí. Todo parecía muy gracioso en aquel momento. No me importaba contárselo, aunque sabía que estaba mal. Quería callarme, quería cerrar la boca, pero no podía-. ¡Cientos de viales de cero dos!

Mi risa se volvía histriónica por momentos mientras el pelirrojo me miraba con curiosidad. Iba haciéndome preguntas, manteniendo una dosis estable de tiopentato de sodio, anotando en una agenda cada cosa que decía. Yo sabía que no podía hablar, no debía. Y no llegaba con callarme, tenía que mentir. Pero importaba tan poco decir las cosas… Me sentía relajado, feliz, pletórico, ¿Qué importaba? Percy quería saber, no me iba a hacer nada malo, sólo quería saber. ¿Por qué estaba mal decírselo? Era mi amigo, podía confiar en él. Y entonces, todo se volvió negro.

Desperté en una cama enorme la primera vez, en la habitación de Claire. La decoración era minimalista y el sol entraba por todas partes, arrojando luz por cada pequeño recoveco. En las esquinas hexagonales había pequeños muebles a medida, y de las pocas paredes que afianzaban la estancia se descolgaban armarios y estanterías. Una gran biblioteca y baño, gimnasio completamente equipado y un vestidor tan grande que mis ojos se perdían en la infinidad de ropas allí reunidas. Toqué algunas, notando el fieltro mientras me acercaba a una serpenteante escalera de caracol que llevaba a lo más alto del pináculo. Era hermoso.

-Buenos días cielo- la voz de Claire sonó hermosa cuando mis pasos resonaron en la cumbre. Bajo nuestros pies se extendía una enorme pirámide hexagonal, en medio de un valle oasis-. Percy estaba preocupado por ti.

-No me hables de Percy ahora, cariño- respondí mientras me acercaba. Ella iba vestida con una finísima licra deportiva, practicando movimientos imposibles tan fugaces que casi creía ver sirenas pasear por sus muslos-. ¿Cómo lo has hecho tan rápido?

Me acerqué a ella y juntos fuimos hacia el borde. Vallada a un metro de altura y con un radio de más o menos tres, la cima de la pirámide era perfecta para ver absolutamente todo lo que sucedía en el terreno. Acaricié su espalda suavemente, cazando las gotas de sudor que le resbalaban con la punta de los dedos, y le di un beso en la mejilla. Había sido muy eficiente.

-Lo cierto es que nos dimos mucha prisa en construir esto- dijo, señalando la pirámide-. Había un silo enorme justo aquí, y lo hemos aprovechado de columna central para agilizar bastante el asunto. Pero como ves todo el despliegue externo está todavía a medias.

-¿Tiempo estimado?

-Seis meses como mucho el anillo exterior, y poco menos de un año para el cercado de control.

Las cosas iban muy rápido, y no pude evitar alegrarme. Poco a poco la base de operaciones iba estando lista, con hermosos jardines en el interior e instalaciones que harían palidecer a Impel Down en sus más profundas entrañas. Si habían seguido mis indicaciones toda la cristalera de la pirámide era un gran panel solar, y visto desde fuera casi podría haber asegurado que lo era. También tendríamos varios molinos y turbinas a lo largo del río subterráneo que había localizado en mis últimas visitas y, en general, un sistema de abastecimiento perfecto. Sólo éramos susceptibles a un ataque aéreo, pero dudaba que nos encontraran allí. Al fin y al cabo, Arabasta es una isla aliada del Gobierno Mundial.

-Un año para las cúpulas, pues. ¿Y tienes a las mujeres?

-Mil seis- respondió alegremente-. Todas han sido atendidas por médicos y están ya en su tercer mes de embarazo. Lo que, ¿Para qué quieres tanto niño?

-Soldados- mentí. En cuanto tuviera oportunidad se los iba a vender a Émile a cambio de algo muy valioso, y sabía cómo traerlo ante mí-. Vamos a necesitarlos en esta batalla. ¿Te has asegurado de que las madres no los quieran? Los necesito en cuerpo y alma.

-Están bien pagadas, sanas y eran putas antes de venir aquí. Les ha encantado la idea, y tienen menos peligro que trabajando en un callejón- estaba un poco tensa. No terminaba de gustarle la idea.

-Es mejor controlar nosotros la prostitución que dejarla en manos de tunantes.

-Lo sé.

La abracé, y nos sumimos en un breve beso. Sus labios carnosos y su lengua juguetona me perdían, y con cada mano recorría mi cuerpo sensualmente, apenas un roce por momentos y casi un tirón en otros. Me ponía mucho, pero tenía que separarme de ella.

-Tú no te preocupes, pronto todo estará arreglado. Yo ahora tengo que volver con Percy.

Como te comentaba, esos dos meses fueron… Convulsos. Tras despedirme de Claire bajé un par de pisos, hasta donde me esperaba un gran desayuno y toda la troupe. Anthony iba a marchar durante un tiempo, mientras que Molly estaba preparando sus cosas para empezar los reclutamientos. Los cruasanes estaban deliciosos, y el café que preparaba Arcturus… Aunque fuera la persona más estúpida del mundo merecería la pena tenerlo cerca por cómo le salía.

-Parece que todo está saliendo bien- comenté, dándole un mordisco al bollo. Estaba hambriento-. ¿Hay un agente en el piso franco por si llega la misiva?

-Puede que no llegue y simplemente te esperen- dijo Arcturus. La opción era poco probable, ¿Por qué iban a dejar libre a un potencial enemigo ir tras otro? Sonaba estúpido. Pero Arcturus no solía equivocarse-. Al fin y al cabo, Bellatrix y tú sólo sois agentes de clase baja. Dudo que pierdan su tiempo con vosotros cuando hay al menos nueve en inteligencia que pasaron por ese proceso.

-Razonable- fue lo único que respondí, terminando el cruasán y bebiéndome el café-. Bellatrix, Percy, conmigo. Tenemos que jugar.

La dosis de ese día fue algo menor que el anterior, pero el efecto que nos provocó fue el mismo. Tanto ella como yo reíamos descontroladamente mientras Percy nos hacía preguntas, a cada cual más incómoda. El tamaño de mi pene, su talla de sostén, si alguna vez nos habíamos acostado, la clase de cosas que de normal no habríamos contestado pero ese día estábamos ansiosos por responder.

-Yarmin, ¿Por qué me amenazaste a mí y no a ella?- terminó preguntando Percy. Sabía a qué día se refería, y el momento exacto me hizo reír. Acababa de enterarme de que la había cagado, pero no pude evitarlo. En aquel momento, todo era desternillante.

-Bella tiene fobia a las agujas- respondí, dejando de reír por un momento. Ella, por el contrario, seguía como una niña, sin entender qué pasaba-. Cuando estuvimos en el proyecto… ¿Sabes qué? Que te lo cuente ella.

Me reí. No comprendía por qué Percy me ponía esa cara, como si se sorprendiera de algo. Casi acabo en el suelo mientras el médico tomaba notas y le preguntaba a ella, que respondió. Eso me hizo reír más, y definitivamente me caí de la silla. No comprendía lo que estaba sucediendo, aunque cuando se me pasó el efecto terminé por darme cuenta. Lo que tocaba tras haberme negado a dar una respuesta era subir la dosis. Y, aparte, aprender a mentir en esa situación.

Los días siguientes hasta que liberamos a Cornelius en Rainbase pasaron bastante deprisa. Me drogaban durante todo el día, cada vez más, y me hacían preguntas. Con el tiempo no sólo fui capaz de mentir, sino de hacer a mi propia mente creer que mis mentiras eran puramente ciertas, como una pantalla que cubría la realidad. Del mismo modo, cada vez que cambiaban la droga para obligarme a hablar o traían a un interrogador profesional eran completamente incapaces de arrancarme nada que yo no quisiera decir. Sólo quedaba la prueba de fuego, un agente del Cipher Pol llamado Issei Hayate que, al contrario que todos los demás, podía sumergirse directamente en mi cabeza, sin necesidad de esperar a que yo dijese nada.

-Percy- dije, desayunando mientras me preparaba para el viaje. Bellatrix y yo aún no habíamos recibido la carta, pero prefería ir y asegurarme personalmente. Además tenía que pedir una prórroga indefinida ya que Fudge había desaparecido misteriosamente tras dos meses pisándole los talones-. Dame la agenda, por favor.

-¿La de los…?

-Ésa misma.

Según me la tendió le prendí fuego, manteniéndola en mi mano hasta que las hojas sangraron tinta y un humo negro escaló hacia el techo, dispersándose. Arcturus miraba con curiosidad mientras se ajustaba las gafas y tomaba un sorbo de café. Claire no solía presentarse en las reuniones matutinas, ya que había recuperado su rutina habitual tras la fuga de Ennies Loby, y Bellatrix asintió mientras el cuaderno ardía. Anthony ya se había ido a su nuevo destino y Molly andaba por los mares reclutando gente para nuestra noble causa. Gellert, por su parte, estaba encargado de localizar a la máscara en mi lugar. De siete agentes habíamos pasado a cuatro, y durante unos días serían apenas dos.

-Cuidad muy bien de todo, niños- dijo Bellatrix a modo de burla mientras dejábamos la base, camino del puerto-. Como me entere de que hacéis alguna trastada os castigaré sin postre.

El viaje hacia Ennies Loby fue lento. Bastante más veloz que la ida, pero muy lento. Tardamos cerca de un día en llegar hasta la isla judicial, aunque la monotonía hizo que pareciese una semana. Las nubes no se movían y el paisaje no cambiaba, sin ninguna isla en el horizonte ni una sola gaviota. No nos cruzamos ni un solo barco hasta que estábamos ya en las afueras de la ciudad, llegando al puerto. Zarpaban muchos y atracaban algunos otros, todos buques de misión camino a Dios sabe dónde. Desembarcamos en un pequeño muelle algo alejado intentando no llamar demasiado la atención, pero parece que igualmente la llamamos.

-Llegan tarde- fue el saludo que recibimos de un agente que nos esperaba según tomamos tierra-. ¿Por qué se han demorado tanto?

-¿Demorado?- preguntó Bella, sin entender.

-Discúlpenos, por favor-corté yo, antes de que siguieran-. La búsqueda exhaustiva de Fudge llevó al equipo a tomar otra localización, cercana a Rainbase. Teníamos al sujeto cercado en esa ciudad.

-En fin, supongo que no importa. Aunque el nuevo Director Adjunto preguntará por qué no avisaron- dijo, dándose la vuelta e instándonos a seguirlo.

Fuimos tras él hacia el Palacio de Justicia. Se me empezaba a hacer tediosa la ruta, y el silencio tenso que nos acompañaba hacía del camino algo aún más aburrido. El agente, sin presentarse, parecía que nos iba a llevar frente a nuestro nuevo jefe, lo que ponía a Bellatrix muy nerviosa y a mí no terminaba de gustarme. Al fin y al cabo, quería poner a prueba mis habilidades antes de decidir si el plan debía seguir por un camino o por otro. De todos modos, respiré hondo y cuando estuvimos ante la puerta llamé yo mismo, sin esperar a que el tipo nos dijese nada.

-¡Pase!

Sombrero Fedora negro con cinta amarilla y patillas en forma de espiral. Tenía ojos que penetraban el alma aunque estuviese inmerso en sus papeles, sin prestarme atención. Simplemente hizo un gesto con la mano para que cerrase la puerta a mis espaldas y me instó a sentarme. Él no era el Director Adjunto, era el interrogador del Cipher Pol 9, Issei Hayate.

-Buenos días, señor Prince- dijo, mirándome a los ojos. Los tenía grises y profundos, característica que destacó cuando casi se salieron de sus órbitas poco antes de que le respondiera.

-Señor Hayate, encantado- respondí yo, quitándome la gorra-. Pensé que se había retirado. Es un placer saber que es usted el nuevo Director Adjunto.

-¿Me conoce?- podía sentir su incomodidad. ¿Tan inseguro era? Sólo había descubierto de quién se trataba, pero no sabía nada más. ¿O sí?-. ¿Sabe… Que puedo leerle la mente?

-Sí. La Giro Giro no mi es una fruta muy famosa en el Cipher Pol. Los interrogadores siempre la han deseado.

-Entonces, ¿Sabe usted por qué está aquí?

-No tengo ni idea- no la tenía.

-Como bien sabrá, usted formó parte de un proyecto de reclutamiento poco ortodoxo- leía los informes sin inmutarse lo más mínimo. Ojalá yo recordase algo de lo que pasó en aquella época. Algo más aparte de las palizas de Fudge, claro-. Y, con la muerte de Minerva Longbottom, se ha procedido a comprobar si los agentes fruto de esas campañas necesitan… Reeducación.

¿Reeducación? ¿Qué quería decir? ¿Se habría enterado de mi odio por Fudge y hasta dónde llegué para que Minerva me hubiera dejado perseguirlo? ¿Podría saber que accedí a acostarme con ella sólo para permitirme ir detrás del hombre que mató a mi mejor amigo? Tantos recuerdos se agolpaban en mi mente, tantas cosas que podrían significar perder la carrera por la que había luchado toda mi vida…

-Tranquilícese señor Prince- la voz de Issei rompió el silencio-. Yo no estoy aquí para juzgar cómo logró usted una misión, aunque hay que tener estómago- me hizo bastante gracia su gesto de asco. Él no sabía lo que fue capaz de hacer con el Semei Kikan esa mujer. Casi me reí cuando se sonrojó. De hecho, me reí. Podía leerme la mente, ¿Qué más daba?-. En fin, parece que está limpio. No obstante, espero que no le importe que por seguridad lo vigilemos durante cierto período de tiempo.

-¿Una semana?

-¿Ahora lee la mente usted, señor prince?

-Algo así- reí. Había dicho una cifra al azar-. Entonces, ¿Podría mandar a la señorita Riddle de vuelta al trabajo, por favor?

-Es poco ortodoxo…- titubeó un poco-. Pero claro, ¿Por qué no? Al fin y al cabo, ella nunca se ha separado de usted. Si hiciera algo malo, me llega con su cabeza.

Reímos los dos, y le di la mano. Era un hombre sumamente simpático, me gustaba como jefe.

Cuando salí Bellatrix estaba charlando amistosamente con el agente anónimo, como si se conocieran de toda la vida. Siempre me gustó su extroversión, que la hacía encantadora sin ninguna clase de engaño ni habilidad. Su mirada dulce y esa sonrisa perfecta rompían cualquier intento de defensa contra su innegable atractivo. Sin duda era la mejor amiga, una de las mejores amantes y una aliada irremplazable en esta tarea. Por eso, a pesar de haberse sometido al mismo proceso que yo, tenía que proteger su mente.

-El señor Director dice que no necestia a Bella- el tipo miró un momento por encima de mi hombro, e Issei debió confirmárselo-. Al parecer le llega conmigo.

-Sí, todo el mundo habla muy bien de usted- rio el hombre, devolviendo sus ojos a la muchacha. Parecía completamente absorto en su cabello castaño y sus ojos almendrados. ¿Lo estaba enamorando? Esta chica nunca iba a dejar de sorprenderme.

-Supongo, Bill, que nos permitirá despedirnos a solas- terminó diciendo, con un rostro tan cándido que daban ganas de abrazarla-. Sólo me acompañará al puerto y ya es todo suyo, ¿Le parece bien?

-No podría negarme aun queriendo, señorita.

¡Incluso hizo una reverencia! Le di la mano y marché con Bellatrix tomada de la cintura, riendo un poco. Los pasillos eran largos y laberínticos, pero ya teníamos ambos experiencia en recorrerlos. Muchas visitas a Fudge, algunas a Minerva, otras entradas más… Menos… Bueno, totalmente ilegales.

-¿Cómo te lo has hecho?- pregunté, curioso.

-Igual que lo haces tú con las chicas, Yarmin. Sonrío, me hago la vulnerable y saco pecho disimuladamente- su cara reflejaba diversión. Le gustaba poner a prueba su encanto y salir victoriosa-. ¿Qué tal con el jefe?

-Ése no es el Director Adjunto, es Hayate- respondí. Menudo gilipollas-. Por suerte puedo guiarlo dentro de mi mente, pero me tengo que quedar una semana.

-¿Y yo?

-Tú vuelves a controlar al Bufón- le dije, seriamente-. Del payaso éste ya me ocupo yo.

El resto del camino fue más tranquilo. Hicimos algunas bromas mientras torcíamos los pasillos y bajábamos los intrincados pisos del Palacio de Justicia, apreciando ese día sí cada detalle digno de mención. Los mapas, el timón arrancado de la cabeza del León Dorado, el que según decían era el cráneo de Gol D. Roger y un ejemplar del libro de las frutas bajo una enorme cúpula de cristal. Si la hubiesen levantado una sola vez en los últimos siete años habrían visto que era un libro de recetas, pero me venía mejor que nadie lo supiera. El más completo ejemplar, con cada Akuma no mi y sus reencarnaciones detallaba hasta seiscientas frutas a lo largo de mil páginas, era una joya que no había en ningún otro lugar más que en mi biblioteca… Seguramente.

Pasamos por las calles de Ennies Loby casi como una pareja, tomados de la cintura e intercambiando anécdotas y besos. Nuestras risas inundaron las calles, el morbo poco a poco iba haciendo que nos calentásemos más y más mientras los pies se dirigían sin guía hacia una puerta. Mi puerta.

-Bell…- intenté decir, pero me robaba el aliento con sus labios.

Intenté apartarla, pero me quitaba la fuerza con sus caricias. Estaba desarmado, íbamos a hacerlo una vez más… No, no podíamos.

-Bellatrix- dije, empujándola contra la pared, ya dentro de mi apartamento-. No mientras estemos de misión.

-Yarmin- me besó el cuello-. Sólo una vez, por favor.

-Si tardo tendremos problemas. Vamos a ser adultos por una vez, ¿Vale?

No me habló más en todo el trayecto, ni me dejó tocarla. Nos lo habíamos pasado bien un rato, pero ella quería más. En circunstancias normales la cosa habría terminado con suplicando un respiro. Sin embargo no podía permitirme más contratiempos. La carta no había llegado, Hayate vigilándonos, una muy sospechosa despedida a solas que estaba convencido no era a solas… Prefería ver a Bella enfadada que en Impel Down. Y sí, digo verla porque seguramente yo acabase junto a ella si la cagábamos en ese momento.

-Hay gente que no acepta un no por respuesta, ¿Verdad?- dijo a mi espalda Issei. ¿No me iba a dejar ni despedirme? Acababa de tener una discusión con mi mejor amiga.

-Señor, preferiría que me dé un respiro.

-Y por eso tenemos que empezar ahora- contestó alegremente-. Venga, que si está usted limpio luego lo invito a unas copas.

-Alcohol tras una semana de calabozo. Yupi- dije con notoria ironía. Gilipollas.

-Recuerda… ¿Qué puedo leerle la mente?

Sí. Lo recordaba. Por eso estaba allí, dirigiéndome a una celda asquerosa cuando no había hecho nada para merecerlo. Siempre había sido fiel al Gobierno, e incluso cuando Fudge me pedía cometer alguna irregularidad yo me había negado siempre. ¿Tal vez era por el tema de Silver? Ese día se me escapó la Charm Charm no mi. La tenía tan cerca, casi al alcance de la mano… Y se la comió esa estúpida. Conseguí neutralizarlo, claro, pero sabe dios qué fue de la fruta.

-Eso nunca salió en los informes- comentó Issei mientras bajábamos a las mazmorras-. ¿Llegó a tener contacto con esa fruta?

-Reflejé en el informe que había perdido su rastro- fue la única respuesta que pude dar. Reconocer un fallo tan grave habría acabado con mi carrera, y tenía que llegar hasta lo más alto si quería llevar la Justicia al mundo.

-Tranquilo. Como le dije hace un rato, a mí esas cosas no me interesan. Lo pasado, pasado está.

Me relajé enormemente, aunque la celda era un verdadero cuchitril. No tenía nada que temer, al fin y al cabo Issei estaba siendo bastante amable y demostraba una personalidad buena y decorosa. La cama era incómoda, pero hasta el demasiado blando colchón resultaba aceptable cuando el interrogador resultaba tan agradable como el agente 42. Ni un golpe, ni una mala palabra, tan sólo una mirada fija algo inquietante, aunque lo prefería mil veces antes que recibir de nuevo las palizas de Cornelius.

-Bien, le voy a hacer una serie de preguntas- dijo finalmente Issei, tras un rato leyéndome la mente-. Quiero que me responda lo primero que se le venga a la cabeza. Y no se preocupe, si no tiene nada que ocultar esto terminará muy deprisa…

Habían pasado dos semanas, si no conté mal. Que no hubiera noche en Ennies Loby me impedía contar los días, pero iba apuntando de forma aproximada con una tiza el tiempo en base a mis necesidades de sueño. No era exacto, ya que al hacer un gasto casi nulo de energía no me cansaba, pero me servía. Al principio me habían dicho que una semana sería suficiente, pero seguramente ya estaban sobre aviso acerca de mí. Experto en los diversos campos de la psicología y con tendencias psicópatas, dormidas pero latentes. Era lógico que no se fiaran de mí, pero a lo largo de todo ese tiempo no habían sido capaces de sacarme nada. Ni una sola palabra que yo no quisiera decir, ni un recuerdo inalterado… Todo lo que veían era lo que yo quería que mirasen, y con la ayuda de Issei, me había acostumbrado a hacerlo de forma natural, sin siquiera pensar en ello. Incluso un día me había dedicado a simplemente recordar una y otra vez mi primera vez con Claire, pero el agente no vio otra cosa que una vida ejemplar y el secreto de algún truco de magia. Pero nunca el de la manzana, por mucho que lo intentó.

-Señor Prince- dijo, finalmente, tras un mes, el interrogador-. Lleva usted ya un mes aquí. ¿No tiene nada que confesar?

-¿Por qué debería?- pregunté. En mi cara había nacido una barba rubia, casi plateada, que me hacía parecer mucho más mayor. Sin embargo, al contrario que Fudge, yo dormía bien por las noches-. No tengo nada que ocultar, se lo he contado todo.

-Si lleva un mes escondiendo el truco de la manzana, ¿Qué no oculta?

-No se puede ocultar lo que no hay- respondí, sencillamente-. Es magia, y la magia tiene secretos.

En mi cabeza por un momento se deslizó el recuerdo momentáneo de la manzana volviéndose humo. Muy lentamente, en la memoria, todo mi cuerpo se doblaba imperceptiblemente para dejar paso a través del traje un bulto que resultaba en el cambiazo. Era uso únicamente del Rokushiki, simple técnica y habilidad.

-No hay magia ahí, por eso usted buscaba un truco que no existía- le dije-. ¿Puedo irme ya, por favor?

-Sí, claro. Disculpe, yo seguía órdenes.

-No se preocupe- me levanté mientras la puerta se abría. En cuanto llegara a casa me daría una buena ducha, y luego vería si había alguna forma de recuperar el tiempo perdido para atrapar a Fudge-. Pero de verdad, confíe en mí. Por favor.

Dejé Ennies Loby con una sonrisa en los labios con un pensamiento muy claro: Issei Hayate era imbécil. Engañado durante un mes, sin siquiera intentar leerme la mente mientras dormía. Respetar las reglas del juego era lo que les estaba haciendo perder la partida, o… Desconocer a qué estaban jugando, más bien. Me despedí ondeando lentamente la mano, sin dejar de clavar mi mirada en el agente que todavía me seguía con sus ojos, cada vez más pequeños mientras se perdían en la inmensidad. Le había pedido confianza, aunque eso no le iba a impedir tratar de meterse en mi cabeza. Y era mejor así, si no cualquiera podría sospechar.

Algo me distrajo y aparté la vista de la ciudad. En mi bolsillo el Den Den mushi sonaba.

-¿Sí?

-Rey al habla- la voz de Gellert resonó en el pequeño barco-. La tenemos.

Colgó. Mi sonrisa se ensanchó terriblemente y viré el rumbo hacia Water Seven. Allí tenía que reunirme con tanta gente…
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Mensaje por Yarmin Prince el Dom 23 Jul 2017 - 17:32

Capítulo VII: Tres errores.

-El mes siguiente fue bastante aburrido, la verdad- dijo Yarmin, con una copa en la mano-. Tú ya estabas localizada y, aunque dejaste Arabasta, Gellert te había seguido los talones. Cuando yo salí de mi reclusión simplemente me limité a venir aquí y recoger el paquete. Tú, vaya.

El agente recorrió con una mano las polvorientas estanterías que decoraban su salón. La gran biblioteca estaba repleta de tratados de navegación y tomos de geografía acerca de las distintas islas. Poseía algunos libros sobre medicina y ciencias, un poco de teología y mucho espacio dedicado a la anatomía. Era un tema fascinante, desde el pequeño ligamento que unía el meñique a la mano hasta cada hueso del cráneo. Yarmin se maravillaba con cada nimio descubrimiento, con cada nuevo estudio del cerebro y cada dato acerca del sistema límbico. Los nocirreceptores eran un tema candente, más teniendo a Kuro cerca, pero por el momento ambos debían centrar su atención en la mujer sentada ante ellos.

-He de decir que esperar un mes por Kuro fue bastante aburrido- comentó, caminando un par de palmos-. Sin embargo pude meditar. Era tedioso al principio, pero me di cuenta de que podía escuchar cada vez más nítidamente las voces. Todas las voces.

Miró al Marine, que se mantenía inexpresivo en una silla cercana, aburrido. Ambos sabían que se trataba del Haki de Observación, esa habilidad tan extraña como útil.

-No tenía nada mejor que hacer. Al fin y al cabo, conozco de memoria cada dato almacenado en estos libros. Cuando empecé creía que me iba a volver loco, simplemente sintiendo la pequeña presencia de hasta el más estúpido de mis vecinos. Incluso el lastimero grito de tu interior podía sentirlo, y me desconcentraba. Quería hacerte mía y recordarte quién manda con tanta fuerza que hasta el más débil de mis poros se erizaba. Por suerte me resistí a eso… Hasta hoy.

Kuro se levantó del asiento mientras el agente lo tomaba. Con cada corte del Marine, Yarmin recordaba la tranquilidad de la meditación. Los gritos de la Máscara hacían que viajase de nuevo a los días de autoexploración, comprobando cuánto se conocía, descubriéndose a sí mismo… Con cada golpe sordo podía verse a sí mismo sentado sobre una pequeña mesa, guiándose sólo por sus instintos para mantenerla a una pata, una hazaña a ojos cerrados. Cada vez que un cuchillo hendía el aire no podía evitar pensar en sus ojos vendados manejando armas, y el silencioso fluir del dolor que el Comodoro inyectaba en la muchacha le recordaba a la completa privación de sentidos por la que llegó a pasar algunos días, viendo hasta dónde llegaba su cordura y su habilidad con el Haki de Observación. Y durante aquella sesión de juegos, Yarmin podía sentir todo lo que la mujer padecía.

Sonrió.

-¿Sabes?- dijo-. Creo que fue hace dos semanas, entrenando el Haki de observación, salí a la calle completamente desnudo, con los ojos vendados.

Kuro se giró un momento, lentamente. Parecía que iba a preguntar, pero por otro lado no sabía si quería conocer la respuesta. Finalmente preguntó.

-Pues… Si te interesa, como parte de mi entrenamiento decidí que evitar a toda esa gente que ronda la ciudad mientras caminaba sería una buena forma de avanzar. Obviamente, al principio tuve mucho cuidado y apenas salía hasta el jardín, pero a lo largo del día decidí que podía caminar sin llamar la atención por toda la ciudad. Fueron unas horas agotadoras.

En los ojos del Marine se notaba una mezcla entre indiferencia y desilusión antes de darse la vuelta y continuar jugando, mientras Yarmin ordenaba en su mente cada detalle del entrenamiento. Había surgido como una forma de combatir el tedio, pero finalmente logró sacarle uso e incluso divertirse de una forma inocente por una vez, aunque los días siguientes había terminado entrando en casas ajenas.

-No me pongas esos ojitos, hombre- terminó por decir-. Las hijas de la señora Sprout me miraron así cuando me colé evitando a su madre. Para tener diez años, mamaban como bebés.

No pudo evitar recordar el día mientras la Máscara volvía a gritar. La mujer se movía de forma silenciosa, pero el agente había podido sentir su presencia a bastante distancia, y la de sus hijas en el interior de la casa, solas y desprotegidas. Alguien tenía que ir a cuidarlas, y fue lo que hizo. Les dio un caramelo que despertó brillo azul en sus ojos, y comenzaron a lamer tratando de derretirlo. Casi había perdido la concentración en ese momento, pero pudo sentir a la madre volviendo a casa y dejó a las dos gemelas juntas, empapadas en su semen. Tal vez la señora Sprout hubiera preguntado, pero papi era la única respuesta.

-Y te preguntarás, ¿Qué tienen que ver dos niñas pequeñas con el Haki de Observación?- comentó.

-¿Absolutamente nada?

-¡Exacto!- rio Yarmin, recostándose en su asiento-. Aunque mientras me corría creo que pude sentir todo con más intensidad.

No lo creía, lo sabía. Tras el primer día había pasado por bastantes casas más, dándose cuenta de que todas las voces sonaban más intensas y definidas, más humanas y sólidas, más únicas. Al principio sólo lograba retener esa sensación mientras terminaba, pero poco a poco había logrado fijarla, sentir más allá de los límites de su cuerpo, ver sin ojos. Podía escuchar más allá de lo que sus oídos llegaban, pero para Kuro, mejor que quedase en una teoría. Una prueba empírica era mucho menos impresionante que pura diversión.

-Veamos- dijo, levantándose para mirar a la mujer a la cara-. En el libro ponía que tu Akuma no mi se reencarna en una pitaya roja. Kuro, cuando puedas…- el den den mushi sonó, y Yarmin clavó los ojos en él-. Vale, olvídalo. Disculpa.

Clavó su cuchillo en la garganta de la muchacha mientras se acercaba al caracol. Cuando contestó, sonó en él una voz seca y firme, una voz que había escuchado alguna vez pero que no le sonaba especialmente conocida.

-Agente Prince, ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no ha informado de la situación en Arabasta tras cuatro meses?

-Envié un informe junto a la solicitud de prórroga hace dos meses, señor- contestó el agente, preguntándose quién estaba tras la línea-. ¿Ha sucedido algo?

-¡¿Cómo que si ha sucedido algo?! ¡Ha salido en todos los periódicos!- su voz era furibunda, pero Yarmin parecía no entender qué estaba sucediendo-. ¡Cornelius Fudge ha tomado Arabasta y hecho rehén a la familia real!

-Imposible- respondió, con fingida incredulidad-. Dejamos a Fudge cercado en Rainbase hace mucho tiempo, no ha podido moverse.

-Pues ya ve que sí. Arregle este desaguisado o despídase de su puesto, agente.

Aquello había sido sumamente injusto. Era imposible que una compañía de cinco personas pudiera cercar a alguien como Cornelius de manera efectiva, pero aunque Yarmin ya sabía eso, el nuevo jefe parecía tener un talante bastante menos permisivo que el anterior.

-Disculpa, Kuro… Esa mujer vale unos trescientos millones. Es toda tuya.

Recogió la fruta una vez se transformó y se despidió del Marine. Tenía que darse prisa en regresar a Arabasta si no quería que aun encima el nuevo Director Adjunto, borracho de poder, decidiera tomarla con él. Dejó una serie de imágenes y documentos que había conseguido Gellert, donde se relacionaban directamente las identidades principales de la revolucionaria entre ellas. Si el Gobierno lo aceptaba, el valor de esa mujer llegaba casi a los cuatrocientos millones de berries, pero no sabía si Kuro tendría tanta suerte. Al fin y al cabo, no todos podían ser él.

Cuando llegó a la isla del desierto, varios días después, Gellert y Bellatrix lo estaban esperando. Sus rostros serios no presagiaban nada bueno, pero Yarmin ya comenzaba a acostumbrarse a los imprevistos. Total, ¿Qué podía significar un plan de diez años? Nada, que se fuera a la porra no era sino un simple revés. Sonrió de forma forzada mientras se acercaba, esperando noticias, las mejores que pudiera haber.

-Fudge está en Alubarna- dijo Gellert-, y ya tenemos bajo custodia a toda la familia real. ¿Qué toca ahora?

-¿Molly ya ha elegido?

-Sí. La niña- Yarmin seguía caminando hacia delante, como si ignorase las palabras de Gellert-. Yars, tenemos un vehículo. Ir andando es un suplicio.

Giró la cabeza, mirando a sus compañeros sin comprender. ¿Qué clase de vehículo? ¿Habían hecho un trineo para la arena? Siguió los pasos de Bellatrix y se adentró en el desierto, donde los esperaba algo increíble. Era como un trineo, sí, pero diferente. Flotaba sobre el aire a unos palmos de altura, y su forma asemejaba casi a la de un carro, o incluso un barco, aunque bastante extraño. De color negro metalizado con toques de blanco, era simplemente una pequeña plataforma rectangular con cabina, un volante y algunos asientos. Tenía espacio suficiente para caminar por él, como un vagón del tren marino, pero se deslizaba por el aire muy suavemente, a gran velocidad.

-¡Espera! ¿Qué es eso?- gritó Yarmin. Ya casi estaban en el valle, pero en la distancia vio una especie de oasis. Si sus cálculos no estaban equivocados, formaba parte de la zona donde el anillo de protección debía aposentarse-. Llevadme hasta allí.

El vehículo se detuvo delicadamente a la vera del lugar, tan paradisíaco que casi parecía un jardín, rodeado en su totalidad de olivos y rosales. Una vez dentro, un sinfín de pájaros y pequeños roedores jugueteaban alegremente entre pinos y castaños, tan viejos que hacían cuestionarse la edad misma de la isla. Era un lugar imposible, hermoso, donde las viñas se enzarzaban por las ramas entrelazando árboles de lo más dispares y un lago de agua cristalina reflejaba el poderoso sol que flotaba en lo alto. Situado en el centro, elevado sobre un pequeño montículo, destacaba un gran manzano, del que colgaba fruta tan jugosa que acercó la mano, casi hipnotizado. Necesitaba saber que no era un sueño.

Detuvo su mano una pequeña cabeza de ojos rasgados, escamosa y siseante. Su cuello se extendía por todo el cuerpo, y de su cola colgaba una manzana roja y brillante, mucho más hermosa que las demás. Por un momento dudó, pero durante toda su vida el propósito último de sus acciones había sido llevarse la mejor manzana del árbol, y eso hizo.

-Cortad ese puto manzano- dijo tras el disparo que acertó de lleno en la serpiente, mientras recogía la fruta, lentamente tornándose de color violáceo con… Escamas en forma de espiral-. Quiero un recuerdo de cuando talé el árbol de la ciencia.

Se montó en el vehículo de nuevo, sin dejar de prestar atención a la serpiente. Más bien, al cadáver humano que, todavía pendiendo del árbol, clavaba su mirada en mí. Sonreía como si estuviera vivo mientras poco a poco la sangre le resbalaba por la frente, cayendo al suelo en goterones rojos.

-Y no sé cómo os las arreglaréis, pero metedle esta mierda dentro- terminó por decir cuando sus compañeros se acercaron, con un gran pedazo del árbol cada uno-. Ah, y un aerodeslizador como éste, pero monoplaza.

-Con eso ya habíamos contado- rio Gellert mientras arrancaba-. Está esperándote en la base de la Pirámide, niño mimado.

Sonrió. Las últimas palabras del Rey resonaron en su mente mientras el vehículo se aproximaba a la entrada del complejo. ¿Era un niño mimado? Un poco, tal vez. Siempre le hacían algún que otro regalo, pero él a ellos también. Tal vez fuera caprichoso a veces, pero se lo merecía. Al fin y al cabo, él había trazado personalmente todo el plan teniendo en cuenta detalles que hasta a Arcturus escapaban. Se había ganado el derecho a un juguete de vez en cuando.

Los alrededores de la base mostraban cierta actividad. Había albañiles trabajando, y las miras de algunos rifles brillaban en la distancia bajo el sol. A la entrada había varios soldados, uniformados en completo negro con finos abrigos, armados con un rifle de asalto y un par de armas secundarias. Hablaban entre ellos, sin perder de vista el horizonte.

-Es hora de ponerse esto- dijo Bellatrix, sacando una serie de máscaras.

-Casi lo había olvidado- respondió Yarmin, colocándosela.

Pasaron por el control de seguridad. Gellert y Bellatrix iban delante, identificándose como dos de los siete Directivos. Él simplemente siguió a sus compañeros sin decir nada. Al fin y al cabo, cualquier invitado de los oficiales podía entrar. Su puesto, una vez en el interior, iba a ser de cara a los diversos agentes del Servicio Secreto, Enlace de Logística. Recadero, dicho con palabras menos bonitas. Era un puesto de responsabilidad, ya que tenía acceso a la pirámide interior, pero al mismo tiempo lo suficientemente discreto como para que nadie se preguntara a qué se dedicaba. Iba a ser la cara, pero sólo para ocultar que se trataba del cerebro.

-Recoged la madera del aerodeslizador- ordenó a los guardias Gellert, señalándola mientras sacaba una pequeña libreta. Anotó unas palabras-. Llevadla al bloque 58 con esta orden.

Caminaron hacia el interior, poniéndose al día de lo sucedido en los últimos dos meses. Bella parecía no estar ya molesta con él, aunque guardaba las distancias ligeramente. Sabía que Claire podía aparecer en cualquier momento, y no quería tener problemas con ella.

-¿Todo ha ido como esperábamos?- acabó por preguntar. Quería saber si sus sospechas terminaban por confirmarse, había demasiadas casualidades.

-Hace dos semanas, pero el protocolo ya está activado.

-Perfecto- sus palabras iban cargadas de ironía. No le gustaba la idea en absoluto, pero algo tenía que hacer. Y sabía el qué-. Llevad esto donde la madera, quiero ver con qué me sorprendéis.

Les tendió la fruta y se encaminó a la pirámide. Tenía que hablar cuanto antes con Percy y Molly. Necesitaba informe de Anthony y de Cornelius, así como hablar con Arcturus. Todo podía irse a la porra si no aclaraba cuanto antes todo lo que tenía que hacer. Tantas responsabilidades, tanto por delante… Si no fuera por el idílico paisaje que rodeaba el núcleo del refugio se sentiría estresado, pero el bosque que habían plantado en el oasis era tan hermoso y exultante que resultaba imposible. Respiraba con cada paso armonía y escuchaba el arrullo del viento en los sauces a orillas de un pequeño río. Claire era una experta en todo lo que le gustaba, y cuando vio arrendajos aletear entre los árboles casi sintió ternura. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin ella?

Se quitó la máscara en cuanto pasó el portón interior, llegando al jardín privado. Con algunas fuentes y lleno de arbustos, había hasta una decena de grandes mamíferos, desde leones y tigres hasta pumas y linces, jugando como si de pequeños gatitos se tratara. Tenían los dientes en perfecto estado y un par de agentes los vigilaban, pero se veían tan dóciles que no pudo evitar acariciar un par mientras caminaba hacia la pirámide. Definitivamente, eran gatos grandes.

-Buen trabajo- dijo sonriente a los dos soldados que protegían el jardín. Ellos le devolvieron la sonrisa e hicieron una leve reverencia.

Minerva había contado mal aquel día, hacía ya meses. No fueron ciento tres agentes, sino ciento veintiocho. Todos hombres y mujeres a los que habían ido reemplazando a lo largo de los últimos cinco años, gente a la que el Gobierno Mundial había entrenado inocentemente sin saber que alimentaban a su enemigo. Tras la traición de Anthony y la llegada de esa gente a Arabasta, habían formado inmediatamente el sexto cuerpo de los Servicios Secretos, también conocidos como los “caballeros blancos” por el uniforme que llevaban, al contrario que el resto. Eran los encargados de proteger el círculo interior y los únicos agentes que conocían la identidad real de los oficiales.

La pirámide vivía sumida en el ajetreo. Decenas de soldados se movían de un lado para otro, haciendo llamadas y revisando informes. Yarmin no pudo evitar quedarse quieto unos instantes, disfrutando del sonido de la burocracia, pero pronto reanudó su camino. Percy lo esperaba en el nivel inferior junto a Molly, y tenían que tomar una decisión cuanto antes.

-Entonces… ¿Cuál?- preguntó Yarmin. Ante él, a través de una pantalla de cristal, siete personas.

-El rey es Nefertari Cobra IX, pero no me gusta- respondió Molly-. Ya sé que la consorte no puede ser, por eso de sin derechos sucesorios. Así que… quiero la niña.

Señaló una joven hermosa de unos quince años. Se veía bastante asustada, pero no lloraba. El pelo rosado caía por encima de sus hombros, y se mantenía en posición fetal mirando hacia delante. Entre miedo y odio, Yarmin podía sentir esos ojos traspasar el cristal.

-Tienes a Cuatro príncipes herederos para elegir, Molly, ¿No crees que…?

-Me gusta la niña- interrumpió ella. A su lado, Percy se mantenía callado, evitando que la risa se le escapase.

-¿Qué es tan gracioso, Percy?

-Que yo sé por qué quiere a la niña- respondió, sin dejar de mirar al anciano, aguantando a duras penas el semblante falsamente serio-. Y es estúpido. Si se suplanta al rey no hay riesgo. Cuando un hijo herede, se le vuelve a suplantar y ya está.

-Sí, ése era el plan- dijo Yarmin-. Pero ahora la señorita…

-¡No pienso vivir toda mi vida con una polla entre las piernas!- se puso roja del grito, y volvió a bajar la mirada. Tras esas explosiones de carácter siempre regresaba la chiquilla tímida.

-Está bien, tú ganas. No polla- aceptó, riéndose-. Percy, mata al resto.

Aun siendo sólo una niña, era la única heredera. Resultaría bastante sencillo mover los hilos, y en cualquier caso, en cosa de un año ya aparentaría más mayor. ¿A qué edad podía una persona gobernar un país? Los temas de política, ética y ciudadanía los había tocado bastante poco, pero estaba seguro de que a los dieciséis ya podría. Al fin y al cabo, había gente de esa edad ocupando cargos de Capitán en la Marina.

-Que sepas que esto lo acepto porque eres la mejor actriz que conozco- dijo Yarmin, algo más serio mientras Percy sacaba su espada, ya dentro de la habitación-. Pero tienes que asegurarte de que salga bien… ¡Percy, no mates al padre!

Explicó el pequeño cambio de planes a Molly y al médico, que asintieron con cierta ilusión. Resultaba bastante más cómodo a la larga hacerlo de esa manera, aunque todo iba tomando forma en una telaraña perfecta. No podía evitar emocionarse viendo cómo cada pequeño naipe iba haciendo de la suma un gran castillo. Sentía un poco de miedo por si la base empezaba a tambalearse, pero lo iba a evitar a toda costa.

Dejó correr el calendario. Envió a Arcturus a Rainbase unos meses, a encargarse de un asunto de vital importancia. El tráfico de drogas no era una tarea menor, pero confiaba en que su amigo actuaría sabiamente y haría las cosas bien. Además, le permitía estar con Bellatrix un tiempo. Al parecer había algo que quería enseñarle.

-Mira esto- le dijo, apuntando con su pequeña pistola a una rata-. Mort.

Un poderoso rayo verde salió disparado contra el cuerpo del roedor, que murió sin derramar una sola gota de sangre. No había truco, era simple energía, como la que él utilizaba para crear torres de humo, aunque mucho más mortífera.

-¿Cómo?- preguntó, anonadado.

-Es sencillo. Sólo tienes que querer hacerlo- respondió con suficiencia.

-Vale, entonces ya lo tengo- la hizo reír-. ¿Qué tiene tanta gracia?

-Yarmin, cielo- contestó, todavía con el rostro risueño-. Tú nunca quieres matar. Eso te arruina la diversión. Tienes que desear que alguien muera rápido para hacerlo funcionar.

Era curioso… Bella y él siempre habían sido diferentes en ese aspecto. Tal vez el único. Ella sentía cierto pudor hacia la sangre, y por ello la tortura para ella era… Una tortura. Sumado a su miedo a las agujas resultaba una muy patosa interrogadora, pero había desarrollado una aptitud inusual con las armas de fuego. Pistolas, escopetas, fusiles… Había pocas armas que no manejara con soltura, aunque se especializaba en tiros largos. Y, viendo esa habilidad, también sigilosos.

-Explícame cómo funciona, lo aprenderé de una forma u otra.

-Está bien. Mort es una habilidad que golpea el verdadero cuerpo de las personas, más allá de cualquier defensa. No atraviesa paredes ni armaduras, pero sí ropa, tekkai o haki. Resulta muy útil porque no deja heridas a flor de piel, sólo daños internos. Y si fuera a matar con…

-No, no. Que cómo funciona-interrumpió. La información resultaba muy útil, pero no era la que buscaba-. El estado mental al que tengo que llegar, por favor.

-Ah. Tienes que desear con todas tus fuerzas terminar con una persona. No querer herirla, simplemente cortar su vida. Tienes que mantenerte serena mientras lo haces, como si segaras el campo.

-Entiendo- inclinó la cabeza, mirándola a los ojos. El avellana de ella chocaba con el dorado de él-. Dame sólo dos meses, y lo tendré.

Sent y Serv, tortura y dominación, dos habilidades únicas que escapaban al control de muchos, pero Mort era distinto. Cualquier persona con un buen entrenamiento podía aprender a canalizar una bala, y con esfuerzo hacer que esa energía penetrase el verdadero cuerpo. Sólo había que sentirlo, desearlo. Tenía que permitir que una persona simplemente muriese… En la teoría era sencillo. Sin embargo, los primeros días daba igual cuánto lo intentase, tan sólo salía un débil rayo verde que quemaba superficialmente la piel del objetivo. Era un hombre gordo que, por lo que contaban, resultaba bastante risueño en libertad. Revolucionario de clase baja, él y los otros doscientos que Anthony liberó habían acabado en las mazmorras de la base, alimentando la granja.

Yarmin pasaba los días tratando de alcanzar el estado de serenidad necesario para aprender la habilidad que Bellatrix le había mostrado, pero incluso con su guía resultaba casi imposible. No lograba desear la muerte de alguien, ¿Qué clase de monstruo querría eso? De la muerte no se regresaba, un cadáver no era útil… Podía tallar la mente de una persona viva, por rota que estuviese, pero un cadáver no. Matar era un acto de necesidad, o una consecuencia indeseada. Cuando alguien sabía demasiado, cuando una traición estaba a punto de acometerse… No podía evitar revolverse el cabello mientras probaba mil y una posturas en el trono levitador que le habían fabricado, meditando en la cúspide de la pirámide.

-Yarmin, están de parto- dijo Claire a su espalda. Habían pasado ya dos meses y seguía atascado, incapaz de desarrollar la técnica. Tal vez necesitara enfocarlo de otra forma, o estaría faltando a su palabra.

-¿Cuántas?- Habían salido de cuentas desde que habían hablado de ello. Tanto tiempo y ni se había enterado, absorto en otros asuntos.

-Todas.

-¿Cómo que todas?- estupefacto. Sus ojos salían de las órbitas mientras hacía serios ademanes más bien amanerados.

-Reacción en cadena, supongo. Y sólo tenemos seiscientos médicos.

-Pon a los caballeros blancos a ayudar- dijo él, mirando hacia la entrada de la base. Arcturus acababa de llegar en ese mismo instante-. Y que Percy coordine a todos para atender lo mejor posible a cada mujer. No quiero perder ni un niño.

Claire asintió y Yarmin se bajó del sillón. Era sumamente cómodo, amplio como para una persona oronda o dos en buena forma física. Empíricamente había comprobado que desde mujeres de amplias caderas hasta otras más menudas podían moverse con gran soltura sobre él, y la velocidad que alcanzaba no era para nada despreciable. Podía recorrer todo el complejo en unos diez minutos, y se elevaba hasta dos metros sobre cualquier superficie horizontal. Era un juguete maravilloso, pero prefería llegar a las reuniones a pie.

Descendió junto a Claire en el ascensor, pero ella se quedó en él mientras Yarmin salía. Se despidió con la mano mientras le lanzaba un beso, y el agente se dirigió hacia la puerta de la pirámide. Desde ella vio a Arcturus entrar en el pequeño jardín privado. Ese día no había domadores controlando, por lo que los animales habían sido encerrados en un pequeño corral, donde seguían haciendo cosas de gatos.

-¡Yars!- exclamó, acercándose, y Yarmin abrió los brazos para recibirlo.

-Arcturus- siempre solemne, intentando no alzar la voz. Apretó las manos contra su espalda y apoyó el mentón en su hombro-. Te he echado de menos.

-Y yo a ti, Yarmin- respondió-. Tengo buenas noticias. ¿Podemos hablar a solas?

Asintió tranquilamente, separándose de él, y comenzó a caminar hacia el exterior. En el bosque no había agentes en ese momento, aún no se permitía la entrada a esa sección de las instalaciones. Por otro lado, tanto Percy como Molly estarían abajo ayudando, y Claire a su aire, como siempre. Nadie estaría cerca.

-Oye, Yars, ¿Ahora usas lentillas?- terminó preguntando Arcturus a la vera del riachuelo. El agua era clara y prístina como un espejo, y el agente pudo ver en sus ojos un poderoso brillo verde.

-No, que yo sepa- contestó, riendo-. Pero mis ojos son… Especiales. ¿El Gran Casino ya es nuestro?

-Sí. Y aparte, hemos pasado del ochenta por ciento de control sobre la mercancía al noventa y siete.

-Me alegro, la verdad- dijo Yarmin, contemplando el bosque a su alrededor-. Has sido muy eficiente, Arcturus. Me haces sentir orgulloso.

-Por favor, aún me vas a sacar los colores- su voz estaba impregnada de falsa modestia, y su sonrisa sumamente marcada. A veces titubeaba un poco al hablar, pero lo corregía de inmediato.

Pasaron un largo rato charlando, paseando por entre los árboles y escuchando a los pájaros cantar. Tenían una voz dulce y melosa, aguda. Arcturus explicaba muy detalladamente todo lo que había hecho durante los últimos dos meses, casi detallando un informe. Sus pies tomaron sin casi darse cuenta rumbo hacia la pirámide, y subieron hasta la Sala Magna del penúltimo piso, la estancia privada de los Directivos.

-¿Te hago un café?- dijo, mientras Yarmin se acercaba a la ventana.

-Por favor. Bellatrix tendrá muchas virtudes, pero el café no es una de ellas.

-¿Sabes?- comenzó Arcturus, mientras preparaba la cafetera-. Al principio pensé que desconfiabas de mí. Cuando me mandaste a Rainbase, digo. Pero con el tiempo vi que me habías enviado porque era el único que podía hacerlo.

-El único no- contestó-. Yo también podría haber ido. Ya lo hice una vez, ¿Recuerdas? Cuando empezamos de cero.

A su espalda podía escuchar el molinillo, rompiendo cada grano. Para Arcturus, un buen café debía estar tostado antes y después de ser triturado. Y tenía razón. Yarmin oteaba el valle mientras sentía el agua hervir y olía la leche calentarse. También le llegaba el aroma a cacao y a ruca. Cuando los ruidos terminaron, la voz de Arcturus volvió a sonar.

-Sí, también eso mismo pensé yo. Sin ti no tendríamos nada de esto. Ni la base, ni el negocio, nada…

-Sí, fue un buen plan- respondió Yarmin-. A prueba de bombas, diría yo.

-Exacto- no necesitaba verlo para saber que una sonrisa florecía en su rostro mientras los ojos del Príncipe brillaban más y más-. El plan fue perfecto, y eso que aún no ha terminado. Sólo hubo que pulir un plan de detalles, pero desde inicio a fin…

-¿Adónde pretendes llegar, Arcturus?- interrumpió.

-Ya no te necesitamos, Yars- escuchó el sonido de una pistola. A su espalda, el que creía su mejor amigo le apuntaba con un arma-. Estás despedido.

Yarmin alzó las manos lentamente, sin apenas inmutarse.

-¿De verdad, Arcturus?- contestó, dándose la vuelta-. Para un error que cometes en tu vida, ¿Y tenía que ser éste? Tira el arma, por favor.

Capítulo IX: Dos reyes.

Los ojos de Yarmin relucían dorados de nuevo en su cara llena de cardenales. Tenía un pómulo roto, sangraba por casi la totalidad del cuerpo y se había dislocado un hombro. Frente a él Bellatrix, con un trapo, limpiaba sus heridas. El alcohol escocía y cada moretón dolía intensamente, pero el agente no se quejó ni una sola vez. Junto a él, con la mirada vacía y clavada en el infinito, el cadáver de Arcturus aún parecía suplicante.

-Intervenir el correo… Primer error- recitó, mientras el algodón acariciaba su ceja-. ¿De verdad creyó que no me daría cuenta?

-Fuiste el único que lo vio- respondió Bellatrix, cortándole la ropa con un cuchillo-. Y siempre dijiste que era más inteligente que tú.

-Creer que ser más listo me hacía estúpido a mí… Segundo error.

-¿Pero eso no lo haces tú siempre?- preguntó ella, quitándole la camisa con mucha delicadeza. Tenía un corte horrible en el brazo derecho-. Lo decías de Fudge, de Minerva, de Issei…

-Es distinto- respondió-. Aunque lo diga, no he dejado de respetarlos como rivales- Bella lo fulminó con la mirada-. Hasta que gané no lo hice. Y Fudge todavía me preocupa.

-Está bien. ¿Se puede saber cómo lo mataste?

Apuntó con el dedo hacia una pared, y a muy baja voz susurró “Mort”. Un rayo verde salió disparado desde su dedo, mucho más suave que los que Bella acostumbraba a lanzar desde sus armas. Ella sonrió, abrazándolo. A pesar del dolor no se quejó, tan sólo llevó las manos a su espalda lentamente, apretándola contra él.

-Eres un buen alumno. Pero si podías hacerlo, ¿Por qué has acabado hecho polvo?

-Hecho mierda, más bien- su voz sonaba débil, y Bella se apartó para seguir curándolo. Cuando empezó a coser, Yarmin no pudo evitar apretar los dientes-. Supongo que porque quise pegarle una paliza antes de matarlo. ¿Tú sabes que mis ojos cambian de color, Bella?

-Sí, según tus emociones- no le dio mucha importancia-. Los tenías dorados antes de entrar al Cipher Pol, pero desde hace años los tienes rojos.

-¿Rabia?

-Supongo- contestó-. Conmigo, salvo el día de la peste, siempre han sido dorados.

Eso no respondía a sus preguntas. ¿Por qué el color de Mort en sus ojos? ¿Tal vez por las ansias de matar a Arcturus? Era imposible. Ya le había explicado que esa habilidad sólo funcionaba si realmente deseaba simplemente matarlo, pero él lo había querido ver sufrir. Lo había visto suplicar y pedir perdón ya tirado en el suelo, se había humillado para poder seguir vivo un día más… Quería ser torturado, prefería sufrir antes que la muerte. Lo había logrado utilizar sólo porque le estaba negando la vida. Le había arrebatado su mayor tesoro, sólo por eso había funcionado. En él, Mort era la tortura definitiva.

Sonrió.

-Cuelga… Cuelga su cuerpo en el muro interior. Creo que ya podemos… Permitir la entrada.

-Primero dime su tercer error- las heridas poco a poco quedaban limpias. Bellatrix se había esmerado toda su vida en aprender a matar, y en consecuencia sanaba bastante bien. Los puntos seguramente cerrasen sin cicatriz, y en un par de semanas su cara estaría de nuevo perfecta.

-¿Dos no te parecen suficientes?- preguntó, con una sonrisa de fingida inocencia.

-Siempre dices que la gente comete tres errores. No me vas a dejar sin el más interesante, ¿O sí?

Yarmin miró a Arcturus, decepcionado.

-El más interesante… Yo creo que es el más soso, Bella.

-Si no me lo cuentas, nunca lo sabremos- tenía toda la razón.

Se lo contó. Bellatrix se sonrojó por un momento, incrédula, pero a los pocos segundos lo dejó pasar. Efectivamente, no era muy interesante, aunque cualquiera con el ojo agudo se habría dado cuenta. Lo ayudó a levantarse y lo acompañó hasta cama, sin decir una palabra. Yarmin cojeaba ligeramente, y el dolor le impedía pensar con claridad. Quedaba muy poco para que la misión llegase a su fin, tan sólo tenía que esperar un poco más y todos podrían volver a Ennies Loby como héroes. Salvo Molly, aunque ella viviría como una reina toda su vida. ¿Qué más podía pedir?

Cuando se despertó, Claire lo miraba con preocupación. Normal, con la cara hinchada y llena de moretones debía tener un aspecto horrible, aunque apenas dolía. Miró a ambos lados de la cama, buscando los calmantes que le hubieran podido poner, pero no había nada. Tan sólo un vaso de agua y una jarra con hielo, unas galletas recién hechas y una nota firmada por Bella.

-¿Estás bien?- preguntó, acariciándole el cabello-. ¿Cómo se te ocurre enfrentarte a Arcturus cara a cara? Podrías haber muerto.

-A veces… Au –le dolía incorporarse-. A veces tienes que demostrar quién manda, Claire. No todo en esta vida es la seguridad.

Parecía preocupada por algo, pero no dijo nada. Tras tanto tiempo, por fin había aprendido a no molestarlo. Yarmin no pudo evitar sonreír con cierta ternura, acariciándole la cara muy lentamente. Cuando iba por el cuello, una mano lo detuvo. Era Claire, que volvió a subirla hacia su cara.

-¿Y los niños?- terminó por preguntar.

-Mil doce bebés vivos, once muertos- le apartó la mano. No le gustaba en absoluto aquel tema, podía sentirlo-. Tengo cosas que hacer, disculpa.

Se marchó muy apurada, dejándolo a solas de nuevo. Comió alguna que otra galleta, bebió agua e incluso paseó por el interior del lugar, curioseando por la biblioteca qué clase de libros habrían conseguido llevar hasta los confines del desierto. Le llamó la atención especialmente uno, un tercer tomo de colección llamado “Fuerza de Voluntad III: La Voluntad Demoledora”. Hablaba de una habilidad que domesticaba a las fieras y hacía sucumbir a los débiles de mente. No necesitaba más información para saber que se trataba de alguna clase de Haki, pero como era lógico el libro le ponía nombre: Haki del rey.

Pasó las dos semanas de reposo hasta que su cuerpo curó leyendo sobre aquella habilidad. Claire se dejaba caer a veces por la habitación, pero se notaba distante con él. En circunstancias normales se habría encargado al instante, pero no podía permitirse una reeducación en esos momentos, y mientras siguiera cumpliendo órdenes… ¿Qué le estaba pasando? Parecía haber desarrollado una nueva personalidad en lugar de recuperar la antigua, e incluso pasaba las noches lejos de su cama, y aunque un par de veces hicieron el amor, tardó poco y menos en despedirse con prisa tras aquello. Estaba, cuanto menos, contrariado.

Ese día se había vestido con su mejor traje, completamente negro excepto la camisa, y una corbata roja. La americana tenía hombrera escasa y corte recto, mientras la raya del pantalón era única. Perfectamente ajustado, como un guante, y los zapatos brillaban a la luz mientras Yarmin bajaba al jardín, donde mil y un bebés permanecían acostados en el suelo. Cerca de ellos, tres hombres embozados en túnicas que se inclinaron a su llegada.

-¿Está bien dibujado?- preguntó, acercándose a la estrella de cinco puntas hecha con tiza en el suelo, envuelta en un círculo. En cada vértice, una vela negra, y en el centro, una niña-. El ritual no decía nada sobre la edad de la virgen, ¿No?

Todos rieron, aunque algunos nerviosos. No estaban seguros de qué iban a hacer con tanto bebé. Sin embargo, iniciaron los ritos.

-Bautizadlos en mi nombre. Yo acepto sus almas en desgracia, las mismas que sus madres me han cedido. Los acojo bajo mi seno- Tener bajo su control un grupo de locos que lo adoraban como a un dios resultaba sumamente útil, y mientras bautizaban con sangre a los bebés, él apuñaló el corazón de la niña aposentada en el círculo.

-¿Quién osa llamar al Señor de los Abismos, al Rey de los Infiernos, al Amo de las almas perdidas?

La voz de Lucifer no era tan impresionante como había esperado, pero la entrada en medio de llamas negras resultaba espectacular, o lo habría sido de no ser porque, físicamente, Lion D. Émile no intimidaba. Pero le daba un seis por el intento.

-Mi nombre es Yarmin Prince, y quiero hacer un pacto.

-Perfecto- sonrió-. ¿Buscas poder? ¿Riqueza? ¿Qué deseas, pobre alma perdida?

-Vete a estafar a otro- respondió Yarmin con seriedad. Los ojos de Émile se habían clavado en él e intentaba escrutarle la mente, además de doblegar su voluntad-. Yo hago las propuestas aquí.

-¿Sabes con quién hablas, mentecato?- su voz comenzó a sonar infernal, terrible, pero él no dio ni un paso atrás.

-Tengo mil almas para ti, pero ninguna es la mía- dijo-. A mi alrededor mil bebés, bautizados para que sus espíritus me pertenezcan, cedidos en cuerpo y alma por sus madres… Y sólo quiero un pequeñísimo favor a cambio.

-Cuida tu lengua, mortal. O acabarás sin ella- sus palabras eran duras, pero Yarmin podía ver el brillo de sus ojos. Deseaba el sacrificio. Casi babeaba del ansia-. ¿Qué vas a pedir?

-¿No es obvio? Estas pobres almas perdidas podrían vivir cien años, si no más- sonrió-. Quiero el tiempo que les queda por vivir. Y ser joven durante ese tiempo, claro. No quiero ser un cacahuete durante noventa mil años.

-Eso que me pides es muy caro… ¿Qué saco yo de este trato?

-¿Además de mil almas y hacerme feliz?- el rostro de Yarmin mostraba suficiencia ante la impertérrita mirada del señor del abismo. La había detectado, no le iba a afectar-. Pues… la posibilidad de negociar con el futuro amo del mundo terrenal, supongo.

-Vanidoso… Me gusta- los labios de Émile se curvaron por primera vez en una sutil sonrisa-. Pero podría matarte ahora mismo y llevarme todo esto conmigo.

-No lo hagas, por favor- dijo él, tranquilamente, sin apartar la mirada-. Tú no puedes llevarte almas que alguien no te otorgue voluntariamente, y yo podría poner a trabajar a mi equipo médico para darme vida eterna. Tú sólo eres una forma de acelerar el proceso, pero te ruego que aceptes.

-Está bien- dijo, algo dubitativo-. No siempre hay gente dispuesta a esta clase de locuras por mí.

Émile tendió la mano, y Yarmin la cogió. Mientras las manos se apretaban el fuego invadió el lugar. No quemó la hierba ni los árboles, tan sólo calcinaba uno a uno cada bebé, y los llantos se hicieron por un momento insoportables. El humo que dejaba cada cadáver tras de sí era negro como la noche sin luna, pero se veían ojos rojos y expresiones torturadas en él, y una tras otra todas las almas de los mil niños fueron tomadas, dejando tras de sí sólo ceniza y lágrimas.

-Delicioso- dijo Émile cuando todas entraron en su boca, soltándole la mano.

-No olvides tu parte del trato. Cien años de vida por cada uno, y juventud.

No respondió, tan sólo abrió la boca y una baba negra salió de ella, al tiempo que un frasco se formaba en sus manos. Escupió en él toda aquella masa ponzoñosa ante la estupefacta mirada de Yarmin, mientras los cultistas se debatían entre el asco y el terror. Finalmente le tendió el vial con solemnidad

-Cada gota, diez años. Cada trago, una desgracia.

-Eso no formaba parte del trato- dijo Yarmin, cogiéndolo entre los dedos.

Una sonrisa se formó en la boca del demonio, y se desvaneció en medio de una nube de humo. Él se quedó mirando el frasco, donde letras doradas rezaban las últimas palabras que Émile le había dicho. Había dos opciones ante aquello: La primera era que el pirata pretendiese hacerlo dudar, simplemente. La otra, por el contrario, le asustaba de verdad. ¿Cada trago una desgracia? Si no mentía, tenía que beberla de una sola vez para evitar mayores daños, pero seguramente Lucifer ya habría pensado en eso. ¿A qué sabría el contenido? ¿Cuán asqueroso estaría y cuántas ganas de no probarlo más en un tiempo sentiría? Se la había terminado jugando. Pero no importaba, sólo pasaría una vez. Sin embargo, tendría que esperar a que el plan llegase a su fin; no podía arriesgarse a que saliera mal.

-Bien, recoged las cenizas y limpiad toda esta basura. Ya no la necesitamos para nada.

Ese demonio marica se las iba a pagar. Caminó rápidamente hacia sus aposentos y guardó la ponzoña negra al fondo de un armario. Había ido con prisa, sin saludar a ninguno de los que se cruzó en su camino, pero nadie pareció inmutarse. Excepto Claire, claro. Ante él, una vez se dio la vuelta, la Reina lo miraba con sus grandes ojos verdes, penetrando su alma. Tenía los brazos cruzados y respiraba lentamente, pero sus labios temblaban y tenía el maquillaje corrido. Había estado llorando.

-¿Y los niños, Yarmin?- preguntó.

-Los he enviado con un amigo, a entrenar.

-Me mientes- dijo, con un hilo de voz-. ¡Siempre me estás mintiendo! Me mentiste con los niños, me mentiste con Arcturus, me has mentido con todo. ¡Dímelo!

-Te he mentido. Con casi todo- respondió, secamente-. Pero hay una cosa que siempre fue verdad.

-¿Cuál?- podía ver la furia en sus ojos, y hasta se hacía sangre con las uñas.

-Te quiero.

Abrió los ojos de par en par, como sin entender. Yarmin sonrió y se acercó lentamente a ella, abrazándola. Claire rompió a llorar en sus brazos casi al instante, sin saber si quería alejarse o devolvérselo. Temblaba descontroladamente.

-Claire…

-No, Yarmin- cortó ella, casi tartamudeando-. Prométeme… Prométeme que se acabó. Cuando termines con Fudge dejarás de ser así. Por favor.

-Está bien. Por ti, lo haré.

Los siguientes días pasaron mientras las semanas avanzaban y los meses llegaban. Yarmin ocupaba el tiempo tratando de despertar la voluntad de su interior, esa habilidad demoledora que haría al mundo inclinarse bajo sus pies. Meditaba en busca de un conocimiento más profundo, mucho más allá del que había obtenido entrenando el Haki de Observación. Buscaba la voluntad del conquistador, algo con lo que estaba seguro de haber nacido, sólo tenía que despertarlo. Pero no tenía tiempo.

Daba igual lo que intentase, no lo conseguía. Claire seguía recelosa, a pesar de que durante todo ese tiempo ni una sola vez bajó a la granja, aunque pasaba más ratos a su lado. Sentía su cariño, e incluso parecía que deseaba de todo corazón perdonarlo, simplemente le costaba. A veces lo ayudaba a entrenar y a encontrarse en medio de su mente, le preparaba baños calientes y le hacía las curas a las heridas que aún no habían sanado. Le hacía todas las tareas que suponían un lastre en su evolución del Haki del Rey, pero aun así, tras cuatro meses de pura introspección, no había logrado nada. Y el día ya estaba ahí.

-Bellatrix, Percy, Molly, Gellert- dijo Yarmin. Su rostro serio y la barba sin afeitar de hacía un par de semanas contrastaban con el pulcro aspecto que pretendía llevar a diario-. Mañana tenemos que intervenir. Somos nosotros contra un ejército, y Molly debe morir. Ya sabéis cómo funciona esto.

-Sí- respondió Gellert-. Ya he llamado a la agencia confirmando el operativo. Enviarán refuerzos, pero no garantizan sumar tantos efectivos como el ejército de Fudge.

-Yo ya he estudiado el comportamiento tanto del rey como de su hija, y estoy lista para el show- Molly se veía tan decidida… Casi se le saltaron las lágrimas cuando la vio transformarse alternativamente en Cobra y la pequeña pelirrosa.

-Tenemos a “Molly” en un refrigerador- apuntó Percy-. Mañana morirá en una explosión, no quedará demasiado reconocible.

-¿Bella?- Yarmin miró a la mujer, que sostenía una pequeña caja entre sus manos.

-Yo tengo que abrirte un hueco para entrar al palacio- dijo, con los ojos llorosos-. Por cierto, en el Bloque 58 te han preparado esto. Les dije que te gustaba la magia, y bueno…

La abrió, y lentamente una serpiente salió siseante de ella, reptando hasta su brazo. Una vez estuvo en su mano, poco a poco se fue volviendo rígida mientras su color cambiaba. Desde un vivo verde hasta un oscuro, casi negro, marrón brillante. No pudo evitar emocionarse cuando tuvo en sus manos la varita, y casi se le saltó una lágrima. ¿Cómo podían haber creado una maravilla así?

-Cuerpo de manzano envejecido- dijo Gellert-. Imposible de romper, según el carpintero que la fabricó. Y tiene la Akuma no mi que encontraste en el jardín del Edén.

-No lo llames así- la voz de Bellatrix no sonó tan potente como el codazo que le dio al chico-. Me da repelús.

-Así que una varita indestructible y venenosa- Yarmin examinaba con detenimiento cada detalle. Debía medir unos treinta y cinco centímetros, con una cabeza de serpiente por pomo y dos rubíes como brillantes ojos rojos. El mango era escamoso y suave, aterciopelado. Sin embargo, seguía siendo madera, cosa que lo embaucó-. Tengo que probar esto. Sent.

Un rayo rojo salió disparado hacia Bellatrix, mucho más veloz que desde sus propias manos, y aparentemente con un efecto más intenso. La chiquilla se rio por un momento, como si un cosquilleo la recorriese, pero pronto gimió de placer. Le temblaban las piernas y se apoyó sobre la mesa, tratando de mantenerse en pie. Sonreía tontamente mientras clavaba los ojos en los suyos, divertida. Si por ella fuera, habría continuado toda la noche, pero Gellert le movió la varita.

-¡Es genial!- exclamó Yarmin, inocentemente.

-Bien, ahora que el niño es feliz, continuemos- dijo Gellert con calma. No era tan listo como Arcturus, pero era un experto en tácticas de combate-. Mañana a las Diez treinta hora local desembarcará una nave del Cipher Pol, con entre treinta y cincuenta agentes. Molly los estará esperando, y tiene que llevar al menos a diez de ellos en su compañía. ¿Allí recuerdas la puerta que debes abrir?- dejó de hablar hasta que Molly asintió-. Percy tomará al resto de las tropas, que se repartirán por toda la ciudad según yo vaya abriendo camino. Bellatrix, tú tienes que estar cubriéndome desde la distancia- hizo una pausa, mirando hacia él-. A las once en punto, Yarmin hará su aparición. En ese momento Bella tiene que asegurarse de abrir la puerta principal del palacio. La sala del trono está a cincuenta metros en línea recta en el interior, por lo que será peligroso incluso para ti.

-Descuida, no creo que les dejéis un respiro. Además, te tenemos a ti.

-Ya, bueno. No vendamos la piel de Fudge todavía- se ponía un poco mandón, pero eso era bueno. Le importaba que el plan saliese bien-. Una vez en el salón del trono, ya sabes lo que toca.

Gellert dio las últimas órdenes y se despidieron hasta el día siguiente. Todos sabían lo que debían hacer, y Yarmin subió hasta sus aposentos. No sólo tenía que prepararse mentalmente, sino que también debía afeitarse. Tenía a punto el traje para la ocasión, y todas las armas cargadas. Los cuchillos estaban afilados y sabía cómo guardar el juguete nuevo para que no molestase hasta que pudiera acoplarlo al arnés. Sólo le faltaba asearse.

El tacto del agua caliente sobre la piel era reconfortante, y el olor de la crema dulce. Poco a poco pasaba la brocha muy lentamente, de abajo a arriba, de atrás a delante. En sus oídos resonaba una melodía suave desde el dormitorio, y en sus manos una afilada navaja. Tragó saliva, nervioso; pocas veces había permitido que su barba se descontrolase, y no podía permitirse un solo corte. Su brazo temblaba ligeramente, pero igualmente la acercó a su cara. Poco a poco, suavemente, de arriba a abajo, comenzó a afeitarse. Pero algo lo detuvo.

-Así no se hace, tonto- dijo Claire a su espalda. Había agarrado la navaja con suavidad, pero la sostenía con fuerza-. Anda, dame.

Dejó que la chiquilla deslizase por su rostro la hoja, tan suavemente que parecía el roce de una nube. Podía verla reflejada en el espejo, concentrada en cada curva de su cara, en cada pliegue de su piel. Saltaba con precisión cada mechón de pelo, sin titubear, como una verdadera experta.

-Claire… ¿Cómo debo hacer?- preguntó.

-¿Para afeitarte? Sólo deja de temblar y acaricia la piel. Con cariño.

-Para cambiar…

-Eso sólo tú lo sabes, Yarmin- había terminado. Dejó la navaja sobre la pileta y una montañita de vello junto al sumidero-. Entiendo que Fudge sea malo, pero no quiero que te conviertas en algo peor sólo por acabar con él.

-Ya lo he hecho- dijo él, bajando la mirada, con un hilo de voz.

Alcanzó con un brazo la toalla, pero dos manos calientes rodearon su abdomen. Notó dos pechos en su espalda y una cabeza respirar en su nuca. Era reconfortante, ¿Pero cómo le diría que no quería cambiar? Le gustaba ser como era, su plan, su sueño de conquista… ¿Cómo encajaba Claire en todo aquello? Tenía que haber una manera, pero no la había.

-Claire- volvió a decir-. ¿Tú qué opinas de mí?

-Creo que has cometido muchos errores, pero sé que vas a corregirlos.

-Gracias. De verdad- se dio la vuelta y la rodeó con los brazos-. Sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero prométeme que no me abandonarás.

-Nunca te abandonaré, Yarmin. Te quiero.

La apretó con fuerza contra él, y la noche terminó por pasar. Cuando despertó, Claire ya no estaba. Seguramente habría iniciado temprano su entrenamiento, y aunque le hubiera gustado despedirse, se fue en silencio. Aquel día llevaba sus mejores galas, desde los brillantes zapatos a la gabardina negra, sólo decorada con botones plateados. Todo su vestuario aquel día estaba imprimado de esos dos colores: negro y plata, como un collar de azabache, como una perla en la oscuridad, como la luna en medio de la noche…

Cuando llegaron las once de la mañana, Yarmin entró por la puerta del Palacio Real. A unos doscientos metros, sobre una torre, Bellatrix lo observaba, y a muy poca distancia, en una de las entradas secundarias, una bomba explotaba llevándose a varios agentes y a “Molly”. En aquellos momentos Percy comandaba una treintena de hombres hacia el lugar. Pudo ver el pelo rojo como el fuego de su compañera mientras se agazapaba en un edificio cercano, y escuchó los gritos de Gellert mientras pedía que llegaran más. Yarmin no pudo evitar mirar a su espalda, donde el agente de largos cabellos rubios había dejado lo menos una veintena de cadáveres, y a saber cuántos más mientras abría camino. Le dedicó una leve inclinación de cabeza y cerró el portón a sus espaldas, quedando a solas con el destino.

Avanzó velozmente por el pasillo. Sus pies resonaban en el vacío corredor mientras poco a poco se acercaba a la puerta, custodiada por dos guardias.

-No tengo tiempo para vosotros. Mort

En una décima de segundo de su mano izquierda pendía la varita, y en su derecha apareció la Creaviudas. De cada una salió un rayo verde que golpeó en la frente de los soldados, matándolos al instante. Yarmin guardó los juguetes de nuevo y empujó la puerta del salón del trono, donde Fudge lo esperaba. No pudo evitar sonreír.

-Nunca un francotirador apuntándome me había hecho sentir tan seguro- comentó, observando al hombre que se ocultaba en un pequeño palco, que clavaba su mirada fija en él-. Se acabó, Cornelius. Has perdido.

-¿He perdido?- rio-. No digas tonterías, chico. Has conseguido entrar, pero eso no significa nada. ¡Guardias!

Unos veinticinco soldados con armaduras doradas aparecieron de la nada, rodeándolo rápidamente y poniendo sus lanzas en posición con un movimiento en cadena casi coreografiado. ¿Tendrían que entrenar haciendo eso al ritmo de un dominó cayendo?

-Sé que la situación debería ser tensa, pero tu tirador es calvo. No me puedo tomar en serio esto si me apunta…

-Silencio, impertinente. ¿Sabes lo fácil que sería para mí dar una orden y verte morir, Yarmin?

-Seguramente tanto como para mí, pero dejemos de medirnos la polla- respondió, aburrido-. Baja aquí y pelea.

-Estás en completa desventaja, imbécil. Aun si pudieras tumbar a uno solo de mis hombres, una bala podría volarte los sesos en cualquier momento. No voy a arriesgarme a que un agente más joven, por debilucho que sea, me gane sólo porque estoy viejo.

-Justo lo que quería oír- dijo Yarmin, sonriendo.

Los ojos de Fudge chocaron con la mirada roja del joven rubio, que se mantenía fija en él. En silencio intercambiaron más palabras que nunca, retándose sin decir nada. Cornelius apretaba el trono con fuerza mientras Yarmin simplemente mantenía las manos en su espalda, sacando pecho. Los dos sabían qué debían hacer, y sonrieron mientras abrían la boca al mismo tiempo, gritando:

-¡Apresadlo!

Capítulo X: Un traidor.

-Finalmente, mientras mis compañeros entretenían al ejército de Cornelius, logré detenerlo. Sin embargo su hombre de confianza, Anthony Lovegood…

La voz de Yarmin se quebró por un instante, y las lágrimas resbalaron por sus ojos. Se mantuvo firme, pero incapaz de hablar.

-¿Qué fue de Anthony Lovegood?- preguntó desde lo alto del estrado una mujer mayor de rostro enjuto.

-Anthony Lovegood huyó.

A su espalda Percy rompió a llorar desconsolado. Bellatrix a su lado lo apoyaba, ¿Pero quién podía decirle nada? Acababa de perder a la mujer que amaba. Gellert le dio un par de palmadas en la espalda y le susurró unas palabras, tras lo que abandonaron la sala. Yarmin los siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró a su espalda.

-Conseguimos rescatar a la familia real. Bueno, lo que queda de ella. El Rey Cobra está enfermo, y la única superviviente sana es su hija. Sospechamos que Cornelius planeaba legitimarse en el trono desposándola.

Odiaba los juicios. Era ya la séptima semana desde que habían atrapado a Fudge, y no dejaban de llamarlos a declarar. Cornelius seguía en el hospital de la prisión, recuperándose del disparo en el pulmón que le había regalado Anthony durante su despedida. Por suerte nadie había preguntado nada al respecto.

-Casi dos meses. ¡Casi dos meses con la mierda de Fudge!- gritó Yarmin mientras se cambiaba, en el vestuario-. Nos hemos pasado más de un año tras él, ¿Por qué sigue siendo un dolor de muelas?

-Porque lo dejaste vivo- respondió Gellert mientras recogía su cabello en un moño-. Además, al menos ahora ya podemos volver a la rutina. ¿No estás contento de poder entrenar de nuevo?

-Por supuesto- su voz mostraba un claro y marcado sarcasmo-. Entrenar. Yupi.

-Venga, lo dices como si no te gustara lo que aprendes- dijo, sonriente-. Vamos.

En cierto modo tenía razón. Tras dos meses de entrenamiento intenso bajo la tutela de Gellert, Yarmin había aprendido dos de las técnicas más útiles del Rokushiki: Geppou y Rankyaku. El primero había sido incluso divertido, pisando el aire hasta que pudo reunir fuerzas para levantarse en él. Los primeros días o lo hacía con demasiado ímpetu y terminaba en el suelo o no con el suficiente, y el poderoso agente le agarraba la pierna, encargándose personalmente de que cayera. Sin embargo, con el tiempo había logrado taconear de la manera correcta para que bajo sus zapatos se creara una brevísima corriente de viento sólida, lo que le permitía, en la práctica, levitar.

Desde el primer paso hasta un vuelo estable habían pasado un par de semanas, pero desde ese momento se habían centrado en el Rankyaku, la técnica que consistía en pisar el aire muy fuerte al tiempo que movía muy rápido la pierna. Fue una risa cuando accidentalmente salió haciendo el helicóptero. De hecho, él mismo se había reído, a pesar de que necesitó ayuda de Gellert para aterrizar. Había pasado casi un mes hasta conseguir lanzar una potente onda con la pierna, lo suficientemente poderosa para partir una roca grande, aunque según contaban el agente que lo adiestraba podía partir hasta diez casas en línea recta. Gellert, en el combate, era un monstruo. Se alegraba de tenerlo a su lado y no en frente.

-¿Y qué tal con la Reina?- preguntó mientras lanzaba un puñetazo contra su pecho.

Yarmin salió despedido un par de metros, dolorido. En otras circunstancias estaba seguro de que le habría hundido el esternón, pero gracias a la ayuda de su compañero estaba aprendiendo a dominar el Tekkai. El cuerpo de hierro era una habilidad que parecía muy útil, pero entrenarla con un hombre que partía vigas a puñetazos hacía de la instrucción un horror. Aunque, bien mirado, tenía a uno de los mayores expertos en Rokushiki de toda la agencia.

-Desde que no la veo mejor- dijo riendo mientras intentaba levantarse-. No quiero renunciar a todo por ella, pero…

-Yarmin- lo cortó, tendiéndole la mano-. Lo que hacemos es divertido, pero podemos completar el plan sin hacer la mitad de las cosas que hacemos. Lo sabes, ¿Verdad?

-Si no las hiciera dejaría de ser yo. Golpea de nuevo- al tiempo que lo dijo se quedó completamente quieto, y su cuerpo adoptó una consistencia mayor, más dura y resistente.

Los días siguieron pasando en absoluta monotonía. Fudge ya podía salir del hospital y había sido citado a declarar, pero eso no aceleró el proceso. La rutina de Yarmin se había convertido en asistir a los Juicios de la Arena por la mañana y entrenar con Gellert toda la tarde. Apenas tenía tiempo para descansar, y entre los moretones y la extenuación ni siquiera tenía ganas de pensar cuando llegaba a casa. Simplemente se tumbaba y miraba al infinito hasta que caía rendido. ¿Qué estaba haciendo?

-Ya casi vais a hacer tres años- comentó Gellert mientras le castigaba el cuerpo con una ráfaga de golpes que el cuerpo de Yarmin resistía a duras penas.

-Sí, ¿Y qué?- su voz sonó despreocupada. Poco a poco se iba acostumbrando a las clases del agente, e incluso trataba de contraatacar. Con poco éxito, pero lentamente se iban igualando.

-Digo yo que le tendrás preparado algo, ¿No?

-Un ajedrez de marfil, en rojo y negro. Todas las piezas son únicas y diferentes entre sí- contestó, mientras bloqueaba su Shigan con ambas palmas y respondía con una potente patada a bocajarro-. Lo he encargado en el taller artesanal de Water Seven.

-Oh, ¿Y has puesto su cara a la reina?- esquivó el ataque con suma facilidad y le agarró la pierna. Sin embargo, Yarmin dio un quiebro y utilizándolo de apoyo, logró conectar la otra en su rostro-. Ésa no me la esperaba.

Lo soltó, y ambos rieron. Era la primera vez que lograba golpearlo.

-Si la reina tuviera su cara habría dos cuando ella jugase. Y tiene que ser único.

Terminaron pasando cerca de cuatro meses desde el inicio del juicio de Fudge, que estaba a punto de ser cerrado. Todos en la Isla Judicial sabían que era culpable, y nadie sentía ningún interés en demostrar lo contrario. Por su parte, Yarmin había aprendido a utilizar todas las técnicas del Rokushiki, e incluso había desarrollado una versión propia del Shigan, golpeando con la pierna en un barrido, como si se dispusiese a lanzar una onda cortante, pero concentrando su poder en el cuerpo a cuerpo. El resultado había sido increíble, y con cada práctica parecía mejorar. Incluso lograba superar a Gellert durante los primeros momentos del combate, aunque la resistencia física de éste lo hacía finalmente ganar.

-Vale… Creo que hoy es el final- dijo Yarmin a la puerta del Palacio de Justicia-. Los Juicios de la Arena terminan hoy, según me han comentado.

El agente asintió, y los tres entraron en la sala. Tras la muerte de Molly, un deprimido Percy Malfoy se había retirado del Cipher Pol para llevar una vida tranquila en el país que costó la vida a la mujer que amaba. Sólo quedaban Bellatrix, Gellert y él. Se sentaron en primera fila, muy cerca de Cornelius, esperando el inicio.

-¡En pie!- cuando sonó la voz del alguacil todos se levantaron, hasta que una mujer anciana de cabello rubio se aposentó en el estrado-. Preside la sesión su excelentísima señoría Pomona Umbridge.

La sala quedó en completo silencio mientras la jueza abría un dosier, que leía con atención. A ratos una sonrisa siniestra se formaba en la comisura de sus labios, a veces arqueaba una ceja… Hasta que finalmente clavó sus grandes ojos en el acusado. Éste le mantuvo la mirada, desafiante.

-Este tribunal, a la vista de las pruebas y alegatos presentados, debe concluir que Cornelius Fudge es culpable de tantos delitos que citarlos ocuparía varias sesiones. De entre ellos, los más graves son magnicidio, traición, sedición e incitación a la revolución, aunque también hay tráfico de drogas y… Bueno, un poco de todo. Por ello, para todos sus colaboradores y para usted mismo, pesa la pena capital. Espero que en la otra vida pueda reflexionar sobre sus errores.

Todo el mundo aplaudió efusivamente, excepto Fudge. Él mantenía su fachada impertérrita, e incluso cuando marcaron la fecha de ejecución para tres días después, no dijo nada. Simplemente dejó que se lo llevaran tranquilamente, sin hacer ninguna tontería. ¿Quería convertirse en un símbolo, tal vez? No, sólo había aceptado la derrota con dignidad e integridad. Una pena que hasta eso fuera a robarle.

-Ha sido una suerte que me dejaran estar junto a usted durante la ejecución, ¿Verdad, don Cornelius?- preguntó Yarmin, de pie en la plataforma de ejecución. A su espalda dos soldados con larguísimas alabardas, y a su lado un hombre arrodillado con grandes grilletes en las manos. Se mantenía erguido y recto, como un general armado de gallardía. Sabía que sus últimos minutos de vida habían empezado, pero no mostraba ni un ápice de temor.

-Sí. Así te mancharás los zapatos con mi sangre- respondió-. Sólo por esa última visión ya merece la pena estar aquí.

Treinta segundos. Las lanzas comenzaron a moverse.

-Lo veo muy estresado, señor Fudge. ¿Quiere un masaje? Así morirá en paz…

Veinte segundos. Fudge clavó su mirada en Yarmin mientras las armas apuntaban directas a su corazón.

-¿Y por qué no me la chupas? Así también moriría en paz.

Diez segundos. Cornelius sonreía ante el rostro serio de Yarmin.

Cinco segundos. Yarmin le devolvió la sonrisa.

-Tranquilícese, señor Fudge. Ya no hay necesidad de luchar.

Un segundo. Los ojos de Cornelius casi se salieron de sus cuencas mientras Yarmin contemplaba. Trató de gritar algo, pero las lanzas atravesaron su corazón y la voz no llegó a la boca. Escupía sangre, e intentaba inútilmente hablar mientras lloraba.

-Sh… Relájese, señor Fudge- dijo Yarmin, pisando la sangre que inundaba poco a poco el suelo-. Le quedan unos quince segundos de vida, dedíquelos a pensar en todo lo que ha hecho- sus ojos rojos se clavaron en los de Fudge, que lo miraba con una mezcla entre miedo y odio-. Jaque mate.
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Re: Prométeme [+18]

Mensaje por Yarmin Prince el Dom 23 Jul 2017 - 17:51

Epílogo: Nada.

Yarmin observaba el frasco negro con detenimiento. Estaba ya en Arabasta, con un pequeño cofre de madera al lado y un tablero de ajedrez perfectamente pulido. Si no se equivocaba podía beber aquel líquido de un trago, pero no había querido hacerlo antes por si todo se torcía, y no podía permitírselo. Claire estaba a punto de llegar, había ido a dar un paseo y pronto volvería. Mientras tanto, él coordinaba a las azafatas para que dejasen el pequeño comedor de su habitación como debía estar. Decorado con motivos rojos y plateados, que ensalzaban el negro de los muebles, y vajillas completamente transparentes. Las copas eran de un cristal tan fino que apenas se veían, y los cubiertos de una plata tan brillante que parecían el sol de mediodía.

-En fin… Cuanto antes mejor- dijo en voz alta, destapando el frasco.

Olía a barro y a tinta… No, a sangre y vísceras putrefactas. Casi le recorrió una arcada cuando lo acercó a su boca, y su brazo trató de alejar el bote de cristal. Su propio cuerpo se resistía a tomar aquella cosa, pero empujó la boquilla contra sus labios y dejó que el contenido se vaciara en ella.

Tuvo ganas de vomitar, pero apretó la boca con las manos. Una arcada recorrió su garganta, y otra, y otra más. Lloraba de tenerlo dentro, sentía como si fuera a desmayarse, pero tragó. Cayó al suelo desde la silla, aún tapándose la boca, aún sin controlar su propio cuerpo. Todo se resistía a que la ponzoña llegase al estómago, pero él no la dejaba salir. Notó cómo vomitaba, pero volvía a bajar antes de llegar a la boca. Dolía, ardía, escardaba, pero se mantuvo en el suelo. Se revolvía por aquel líquido, y pudo notar cómo se meaba encima, pero intentó pararlo. Estaba concentrado en mantener aquello dentro, no podía más. Y finalmente, esa tortura terminó.

-Bien jugado, Émile…

Se levantó temblando. Una de las limpiadoras arregló el desastre que había organizado mientras Yarmin veía en su mano derecha los restos del frasco, rotos y clavados en él. No se había dado cuenta, pero en aquel momento dolían más que cualquier otra cosa. El brazo le temblaba, y se agravó varias heridas al retirar cada pequeño cristal. Sin embargo, pudo retirar hasta la más pequeña esquirla.

Se quitó la ropa sucia y se arregló de nuevo una vez vendó la mano herida antes de que llegara Claire. Estaba preciosa, con un vestido borgoña con escote en pico y espalda al aire. Sujeto por un lazo en su nuca, la falda caía recta desde sus caderas con una delicadísima línea de piel visible a través de un sutil corte. Sus pasos eran delicados y sutiles, el movimiento de su cintura sinuoso y elegante, y sus pechos destacaban exuberantes entre la tela. Sus labios se curvaban en una sonrisa, y sus ojos permanecían fijos en él. Yarmin no pudo evitar acercarse a ella tan rápido como le permitían sus pies, y la abrazó en cuanto estuvo suficientemente cerca.

-Tres años ya- dijo Claire, como con cierta nostalgia-. Tengo un regalo para ti.

No le dio tiempo a preguntar qué era antes de que algo le pasase entre las piernas, acariciándolo con el costado. Miró al suelo y vio un pequeño gato negro, que le devolvía la mirada. Tenía los ojos dorados e inocentes, puros. Yarmin trató de darle un beso a Claire, pero ella apartó la cara.

-Yo también tengo un regalo para ti- dijo, ignorando aquello-. Toma.

Torpemente se acercó a la mesa, y como pudo, nervioso, le puso el cofre en las manos. El tablero seguía en la mesa, esperándolos. Ella abrió la pequeña caja y acarició con las yemas de los dedos cada pieza, casi maravillada.

-Hechas a mano, todas diferentes- comentó Yarmin, orgulloso-. Yo mismo dibujé los bocetos.

-¿Y yo no estoy en ninguna?

-Si tú estuvieras, al jugar no serías única- respondió, dulcemente-. ¿Cenamos?

-No- clavó sus ojos en él-. Es raro, pensé que no te importaba tallarme.

-¿Qué quieres decir?- No entendía qué pasaba, aunque la mano empezó a arderle.

-Lo recuerdo todo, Yarmin. ¡Todo! Tú me torturaste, no Fudge. Tú mataste a Norrin y pervertiste mi mente con tu estúpido poder. ¡Me has tratado siempre como a una imbécil, y me has torturado cada vez que he estado a punto de volver a ser yo!

Tiró la caja al suelo. La mayoría de las piezas quedaron dentro, pero tres cayeron al suelo. Dos de ellas, intactas. La reina, rota.

-Te prometí que iba a cambiar, y lo estoy haciendo.

-¡¿Y cómo puedo confiar en eso, Yarmin?! ¡¿Cómo esperas que confíe en la persona que me cortó la lengua?! En el hombre que me violó, que me hizo su esclava. Nunca vas a cambiar.

Sacó una pistola. Apuntaba a su frente, a dos centímetros sombre el entrecejo. Yarmin no pudo evitar sonreír. Claire había aprendido a usar un arma.

-Claire, yo…

-¡Dime la verdad, Yarmin! Por una vez, por una única vez. ¿Qué sientes por mí?

-Te quiero- era la primera vez que lo decía con sinceridad.

-No me quieres a mí, quieres a lo que has tallado de mí. A tu puta, a tu chacha, a la mujer que te afeita y te cocina, a la que te la chupa mientras investigas sus cicatrices. ¡Las cicatrices que tú mismo provocaste!

-Claire, baja el arma, por favor- dijo, quedamente, y se acercó a ella.

Le dio un beso mientras las lágrimas de Claire rodaban por sus mejillas, manchándolo de maquillaje. Podía sentirla temblar, estaba furiosa. Entre furiosa y triste, y no sabía cuál de las dos emociones era más intensa. Tan sólo temblaba, sin saber qué hacer a continuación. ¿Abrazarlo, tal vez? ¿Intentar dispararle? Seguir besándolo parecía la opción que había elegido, pero se volvió a separar.

-Te quiero, Yarmin. Y me odio por ello. Me has torturado, insultado, mutilado, mentido, traicionado… Has destruido mi vida. Prométeme que no lo harás nunca más.

-No lo haré nunca más, Claire.

-No te creo.

Antes de que el agente pudiera reaccionar, la frente de Claire sangraba y un poderoso disparo ya resonaba en la estancia. Sus ojos seguían clavados en él aun cuando sus rodillas se doblaron, y mientras caía al suelo Yarmin se sintió furioso. No gritó, estaba mudo. Tampoco se movió, estaba paralizado. Sin embargo, a su alrededor cada cristal empezó a resquebrajarse hasta que estalló. Los muebles se agrietaron, el suelo se rompió a sus pies, y las azafatas a su alrededor cayeron desmayadas. Cuando por fin pudo agacharse, se acercó al cadáver y le dio un último beso.

-Adiós, Claire.

Peticiones:
Haki de Observación: Superior o perfecto, a gusto del moderador.

Haki del Rey: Entrenado.

Sent: Un rayo rojo que sale disparado de las manos del usuario a 20 metros por segundo cada diez niveles (el doble si se canaliza a través de una pistola o foco similar). Al impactar, y mientras se mantenga el contacto del rayo, así como la concentración, el usuario puede provocar una sensación física en el cuerpo del objetivo, que debe ser como mucho del nivel del usuario.

Serv: Un rayo azul que sale disparado de las manos del usuario a 10 metros por segundo cada diez niveles (el triple si se canaliza a través de una pistola o foco). De impactar, domina al objetivo. El ser dominado cumplirá las órdenes del usuario, manteniendo autonomía mientras no lo haga, con una excepción: nunca puede ir contra su nuevo amo. Esto dura 3 horas por cada 5 niveles del usuario más dos más cada diez, hasta que el usuario cae inconsciente o la víctima es bañada en agua de mar. El dominado puede negarse a cualquier orden que vaya contra su integridad física, o intentar resistirse durante dos asaltos a algo que vaya contra su psicología. La gente con un mayor nivel de Haki que el usuario o poseedora del Haki del Rey es inmune a esto.

Mort: Un rayo verde que funciona como una bala. Se puede lanzar a treinta metros por segundo por cada diez niveles del usuario, y al triple si se canaliza a través de un foco o pistola. Esta bala no provoca heridas externas, penetrando la piel sin dañarla. No se ve obstaculizada por Haki o Tekkai, pero no puede atravesar armaduras.

Rokushiki: Tekkai, Geppou, Shigan, Rankyaku.

Caja negra: La mente de Yarmin no se puede abrir, por lo que manipularla resulta imposible. Del mismo modo, las personas no pueden captar su alineamiento entrando en su cabeza, aunque podrían descubrirlo si tuviesen visión angelical o un objeto que vibrara ante el mal, por ejemplo (mejora de ámbito humano).

Inmortalidad biológica: Sí, sé que son solo 100.000 años, pero eso. Es virtualmente imposible agotarlos.

Varita mágica: con Akuma no mi de víbora de los arbustos. Calidad épica, pero sin más poder además de indestructible.

Aerodeslizador personal: Un sillón apto para tener sexo en el aire.

Base Secreta: En medio del desierto, con una pirámide en el centro y cúpulas alrededor.

4.096 personas: De los cuales 5 crearé como NPC (los oficiales, vaya). El ejército binario de Yarmin, vaya.

1.000 mujeres: Prostitutas para satisfacer al ejército.

Limpiadores, médicos, cocineros, etc: Gente que lleva la base sin ser militar. Lo típico en una sociedad civilizada.

100.000.000 de berries: Como ganancia inmediata del tráfico de drogas.

10.000.000 de berries mensuales: Como ganancia en el tiempo del negocio.

Un gato: Negro y de ojos dorados.

Detalle escénico: Los ojos de Yarmin cambian de color entre dorado (afecto), rojo (indiferencia o peor), azul (dominación) o verde (odio) cuando mira a la gente. De normal seguirá rojo, pero queda cuqui ponerlo.
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Re: Prométeme [+18]

Mensaje por rainbow662 el Mar 25 Jul 2017 - 22:56

A ver, como ya te he dicho cosas en privado (oye creo que me dejé las gafas en el motel, en el cajón donde pusimos los dados eróticos), seré breve. 

A pesar de que mi cándida sensibilidad se ha visto herida varias veces, me molan las conspiraciones elaboradas y sutiles. La ausencia de escenas de acción no se convierte en un obstáculo dado el nivel de la narración y de cómo está estructurada la historia, que se hace entretenida; motivo por el cual tampoco molestan los saltos temporales propios de estos diarios tan largos. Al final, quizás, sí que habría echado de menos un tiro o dos, pero en fin, que es un mínimo detalle. 

Blablablablablablablabla tienes un 10. ¿Por qué no un 10,5? Porque no me ha llegado el soborno. Pasemos al meollo del asunto: peticiones. En general, los entrenamientos no han sido narrados muy extensamente, pero como yo odio los entrenamientos no tiene porqué ser malo. En fin, aparte de esa observación, te llevas lo pedido. Aunque el gato tiene debilidad por arañar vehículos aéreos, así que cuidado...

En cuanto al mantra... Tengo dudas. Va, llevátelo perfecto, que no quiero morir. 

PD: Si quieres una segunda corrección vuelve a llamar a Lucifer.
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Re: Prométeme [+18]

Mensaje por Invitado el Miér 26 Jul 2017 - 9:17

Bueno, ya que yo también me he leido el TS de Yarmin, me pasaba a validarlo.

(Entre tú y Rainbow me vais a hacer quedar como un blanco, que os jodan)


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Re: Prométeme [+18]

Mensaje por Abby el Miér 26 Jul 2017 - 12:57

-La cabeza le da vueltas-

Etto... No puedo validar este 10.

Spoiler:
Va, venga. En el fondo me ha encantado y enturbiado a la vez, es una sensación rara. Queda validado~

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Re: Prométeme [+18]

Mensaje por Señor Nat el Sáb 29 Jul 2017 - 14:39

Hoja actualizada.

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NO LO OLVIDES OPD:


aHORA EN SERIO:


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