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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

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Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Ichizake el Miér 7 Jun 2017 - 22:25


Peticiones y demases:

Haki observación: No sé si pedirlo a nivel Desarrollado o Superior, así que que el mod decida.
Haki armadura: Lo mismo, o Entrenado o Desarrollado, lo que se considere adecuado.

Ladrón de mentes: Con esta técnica, Gerald entra en la mente de una persona, busca sus recuerdos sobre una técnica o habilidad concreta y los duplica en sí mismo. Esto le permite copiar cualquier movimiento o poder siempre que sus capacidades le permitan realizarlo (lo aprendería con algo de tiempo, de forma que las habilidades o técnicas copiadas no pueden ser usadas en el mismo tema en que se roban).
Dominio temporal: Gerald manipula la percepción del tiempo de quien desee. Puede hacer que un minuto se les antoje un día o que les pase tan deprisa como un estornudo. Esto hace que su objetivo se comporte de acuerdo a esa percepción. La víctima puede pasarse horas quieta porque para ella son como diez segundos o percibir el tiempo tan despacio que le da la sensación de que tarda días en hacer un mínimo movimiento.
*Nota: Para que no sea abusivo en caso de users y NPCs relevantes solo puede acelerar o ralentizar la percepción temporal hasta diez veces.
Dominio espacial: Gerald aprende a manipular la percepción del espacio. Es capaz de meterse en la mente de quien desee y hacer que un metro les parezca un kilómetro o que la distancia entre las paredes y la persona sea de un centímetro. 
*Nota: Para que no sea abusivo, en caso de users y NPCs relevantes solo puede ampliar o disminuir la percepción del espacio hasta veinte veces.
Igual al que le toque corregir no le apetece, pero aquí está el diario previo, aunque no haga falta leerlo. 

AUNQUE PAREZCA RARO, AQUÍ NO SALEN PIRATAS


-Así que ha funcionado -dijo Gerald. No era una pregunta.

-¿Cómo decís, milord? -preguntó el irritante emisario. Gerald contempló al diminuto y obsequioso hombrecillo con indiferencia. Recordaba su rostro del tiempo en que vivió en el Reino, y ya entonces no le había caído bien. 

-Nada, no es asunto tuyo -Harto de hablar con él, le ordenó mentalmente que caminara hasta que no pudiera más, al mismo tiempo que le hacía olvidar que se habían visto siquiera. Después, el último de los Ichizake caminó hacia su navío.

Las negras velas del Ave de Mala Fortuna le esperaban ya desplegadas. Su negligente timonel parecía haber cumplido sus órdenes por una vez, y ya estaban listos para zarpar. 

-¿Ha ido todo bien, capitán?

-Todo bien, mi buen amigo.

”Mejor de lo que imaginé, de hecho”. Cuando tendió aquella trampa al Gran Caballero Sir Boris Marisse con la intención de desatar una guerra entre el archipiélago del Reino y el poderoso país de Ykiojima, realmente no esperaba tener un éxito tan rotundo. Las acciones de Gerald habían llevado a que todos inculparan a Sir Boris de provocar el conflicto y, como colofón a su plan, estaba la noticia que acababa de recibir.

El espadachín se quitó la capa y se sentó en una de las sillas que tenían en cubierta. Estaba cansado, al igual que todos, y somnoliento como el que más. Llevaban tratando de dar caza a alguno de los emisarios del Reino durante días, casi sin dormir y sin comer apenas. Por suerte, aún recordaba varias de las rutas que usaban en los tiempos en los que él vivía allí. En las islas no utilizaban algo tan fácil de interceptar como un Den Den Mushi sino que enviaban a gente con los mensajes que querían transmitir. En circunstancias normales, la férrea lealtad de los emisarios no podría ser quebrada de ninguna manera, pero las habilidades de Gerald hacían que conceptos como la lealtad no tuvieran importancia alguna.

-Sir Boris Marisse ha sido citado por el Rey para comparecer ante la corte y su Concilio Real -había dicho el emisario, controlado por los poderes de su interlocutor. 

Gerald no podía haber imaginado una noticia mejor. Todo el mundo sabía que cuando el Rey citaba a alguien, la probabilidad de que el veredicto fuera de culpabilidad era muy elevada. Y la única pena que contemplaba un delito como el de provocar una guerra con una poderosa nación aliada no era otra sino la muerte. Ahora solo le quedaba decidir cuál sería su siguiente paso. Sabía que la lucha era ya inevitable, no por nada había asesinado al heredero de Ykiojima y lo había hecho pasar por un acto de uno de los caballeros del Reino, pero la idea de quedarse sin hacer nada no le satisfacía. “Ahora tengo que ser más osado”, se decía continuamente. “Debo ir más lejos”.

-Espero que por fin podamos descansar un poco y dejar de perseguir sombras -Claude apareció en cubierta con aspecto desaliñado. Sus heridas se habían curado hacía días, excepto el ojo que le faltaba, y su mal humor se había esfumado con ellas, por lo que volvía a ser tal y como había sido siempre: despreocupado y jovial, más alegre que Gerald ya desde niños.

-Tranquilo, eso ha terminado. Ya tengo lo que quería. Aunque parece que no todos tenemos quejas con lo de dormir poco.

-Esa mujer nunca colabora. Deberíamos ponerla a trabajar de una vez -propuso Gibbs.

-No creo que Am sea muy colaborativa.

-Aun así, llevar vagos a bordo es de mal fario.

Gerald esbozó una sonrisa ante las ocurrencias de Gibbs. Aunque no creía en la mala suerte ni en todas las cosas que según él la causaban, sí que era cierto que Am era realmente vaga. Su compañera no ayudaba más que cuando había que pelear, cosa con la que de momento él se contentaba.

-Decidme, capitán, ¿sabéis ya el rumbo que debemos seguir? -le preguntó su timonel.

Theodore Gibbs era un hombre grande y de pelo gris, cuya educación dejaba casi tanto que desear como su higiene. Era vago, alcohólico y supersticioso hasta casi superar los límites de lo tolerable, pero al menos sabía hacer su trabajo. Y era leal, un rasgo que Gerald consideraba imprescindible. Habría odiado tener que manipularlo con sus poderes para que obedeciera.

Por unos instantes se quedó en silencio, meditando sobre que paso dar a continuación. Lo cierto era que tenía muchas dudas. ¿Y si simplemente esperaba a ver qué ocurría? No, no soportaría la espera. Podía tardar años en completar su venganza, no le importaba, pero jamás se detendría. Así que la respuesta era obvia. Tuvo que pasar un largo minuto antes de que admitiera por fin que, en realidad, ya sabía lo que iba a hacer. Debía asegurarse de que Sir Boris moría, y aprovechar su citación, durante la cual habría infinidad de personalidades importantes reunidas, para avanzar en su plan.

-Iremos al Reino, señor Gibbs. Es hora de que vuelva a casa.

******

Para un forastero, traspasar las defensas marítimas del todopoderoso archipiélago del Reino sería imposible. Los impresionantes barcos de guerra de la Flota Blanca gobernaban sobre las aguas circundantes y detenían a cualquiera que tratase de entrar en sus dominios. Además contaban con una docena de métodos secretos para detectar a los viajeros o a los intrusos, según le dijera en su momento Sir Francis Warland, el caballero del que fue escudero y que después arrasó su isla natal. Él nunca había llegado a conocer esas defensas tan misteriosas, pero era innegable que cualquier cosa que flotara y se acercase al Reino era interceptada sin excepción. 

Y, por supuesto, ellos no fueron la primera.

Sir Phillip Ward, el caballero conocido como el Albatros, cuyo blasón mostraba éste mismo animal, iba al mando del trío de naves que rodearon al diminuto barco de Gerald y los suyos. Ward siempre había sido un tipo animado, según lo recordaba él, un joven delgaducho dado a las fiestas y a las borracheras, que se había convertido en un hombre fornido y de extraños gustos al vestir. Quizás el título de caballero se le había subido a la cabeza, como les pasaba a tantos otros, pero había pasado de ser el muchacho de ropas sucias y simples que Gerald recordaba, a vestir un abrigo de plumas negras y blancas y llevar un colgante de plata tan grueso que casi parecía asfixiarle. A cada paso rebotaba sobre su pecho el otro colgante, el que lo acreditaba como capitán de la flota de Su Majestad. 

“Parece que estar al servicio del Lord Luchador sale rentable”, pensó. Ése apodo correspondía a Lord Misha Navis, señor de Costa Cortada y Comandante de la Flota Blanca. Sin duda, ser un caballero a sus órdenes ofrecía muchas posibilidades de ascenso en la flota que dirigía, incluso para alguien como Phillip Ward.

-¿A qué venís, extranjeros? -preguntó el caballero con brusquedad. En aquellos lares no se apreciaba demasiado a la gente de fuera, y ocultar la desconfianza y el desprecio no era algo propio de hombres honrables, según se decía.

Ante las bruscas palabras de Sir Phillip, Amelia, la belicosa tripulante de Gerald, estuvo a punto de dar rienda suelta a su peligrosa lengua, pero por suerte el espadachín pudo contenerla a tiempo.

Controlaos, milady, o esta incursión acabará incluso antes de empezar, le comunicó por telepatía. Ella le respondió con un simple “Que te den, guaperas”, pero al menos no habló en voz alta. La chica a la que todos llamaban Am parecía ser la única que se había acostumbrado a la telepatía de Gerald. Curiosamente, el resto de su mente estaba vedada incluso para sus poderes, lo cual no dejaba de sorprenderle y confundirle. Tenía intención de averiguar el motivo algún día.

-Venimos a comerciar -mintió Gerald-. Mi nombre es Elliot Reiner, soy comerciante y traigo mercancías que vender y oro que gastar-. Confiaba en que le creyera; usar su poder tan pronto sería una mala señal, y además prefería guardarse las fuerzas por si acaso.

-¿Comerciar? ¿Qué tienes que interese al Reino? -inquirió el hombre con desconfianza.

-Traigo licores de cada rincón del mundo, sublimes instrumentos musicales y joyas exquisitas. Y también traigo libros, mapas y, sobre todo, información. 

-¿Información? ¿Qué tipo de información?

-De la guerra. Del tipo por la que se pagan grandes sumas, y por las que un vigilante generoso podría recibir un buen pellizco.

Gerald tendió una bolsa de cuero al caballero con total sutileza. Sir Phillip la sopesó un momento, ojeó su brillante contenido y asintió satisfecho. A gritos, dio orden de dejarlos pasar. Los barcos del Rey se apartaron de su camino y el caballero le entregó unos documentos de salvoconducto para el archipiélago. No podía haber salido mejor. Gerald sabía que todos los problemas se resolvían con metal; solo había que descubrir cuando era necesario el oro y cuando el hierro.

Y sin más problemas, se adentraron en las aguas del Reino. El joven violinista no sabía si debía sentirse nostálgico, triste o rabioso por volver a lo que antaño fuera su hogar. ¿Debía mirar con añoranza las costas en las que tantas veces desembarcó, las montañas en las que cabalgó, los castillos en los que bebió y luchó? Quizás fuera así, pero solo sentía vacío. “Esta ya no es mi casa”, supo al instante. “Aquí no hay nada para mí aparte de la venganza. No obstante eso es suficiente”.

Isla Blanca no tardó más de una semana en aparecer en el horizonte. La principal isla del Reino, desde la cual el Rey movía los hilos del gigantesco teatro de títeres que era su dominio, se erguía sobre el mar como una nube que hubiese bajado a tierra. Era un lugar que rezumaba poder, que inspiraba devoción a quien la veía. Era imponente y orgullosa y, sobre todo, era blanca.

-¿Qué clase de lugar es éste? -preguntó Gibbs-. Un lugar sin color sin duda debe dar mal fario.

-¿Qué tiene de malo? -intervino Claude-. A mi me gusta. Mi padre me trajo aquí cuando nombraron al Príncipe Aprendiz y me llevé una piedra del color de la nieve a casa.

-Las piedras deberían tener el color de las piedras. Y la nieve el color de la nieve. No me gusta este sitio, es siniestro.

-Y peligroso -señaló Gerald-. Si alguien me reconoce o se da cuenta de quién soy, podemos darnos todos por muertos. En cuanto desembarquemos, compraremos caballos e iremos directos hacia Capital; como su nombre indica, es la ciudad desde la que se gobierna el Reino. Tardaremos un par de días, durante los cuales todos podremos hacernos a la idea de que no debemos causar problemas. La violencia en la Ciudad Blanca está penada severamente y nadie escapa nunca de la vista del Rey. Si cometemos un error, se dará cuenta y nos lloverán los caballeros. Eso va sobre todo por vos, señora -añadió, mirando de soslayo a Am.

-Si me cae algún soldado encima, afilaré mis hachas en sus tripas -respondió la joven, arrogante y gráfica como de costumbre.

-No he dicho soldados, he dicho caballeros. La Orden de los Caballeros está formada por los mejores guerreros, y cada uno vale por un ejército. Creía que ya había quedado claro cuando nos enfrentamos al Flautista -Gerald no quería ni recordar lo que había costado matar a Sir Amadeus Yon hacía ya tiempo.

-Ese cerdo murió, así que los demás pueden morir también. 

Gerald no discutió. Simplemente dio las órdenes oportunas para fondear en el Puerto del Este y se pasó el resto del viaje recordando los viejos tiempos con Claude. El trayecto a caballo fue bastante más aburrido, porque Gibbs no había montado jamás y se caía cada dos por tres, y Am se mostraba recelosa de subirse a su montura. 

-¿Por qué tengo que dejar que algo más tonto que yo me guíe? -le preguntó-. Ya tengo bastante con dejar que lo hagas tú.

-¿Es verdad que vuestro rey no tiene nombre? -preguntó Gibbs-. Eso no puede traer buena suerte...

-Sí lo tiene. O lo tuvo, al menos. Cuando se corona a un monarca, su nombre se borra de todos los registros y se le conoce únicamente como Rey. De esta forma se nos recuerda que no es una persona normal, si no que es un rey, nuestro rey, y nada menos que eso. 

-Lo que yo decía, mal fario.

Al menos pudo aprovechar el viaje para explicarles lo que debían hacer.

-Me infiltraré en la corte para presenciar el juicio de Marisse. Con suerte perderá la cabeza. Mientras, vosotros haced preguntas y enteraos de cómo va todo en las islas. No hay muchas noticias que salgan del Reino, así que es difícil enterarse de las cosas. Gibbs, haceos con provisiones suficientes para un viaje largo. Claude, tú busca a gente que pueda estar... bien predispuesta a nuestra causa. Pero sé discreto. 

-Estoy seguro de que Lady Margerite habrá enviado a alguien a la corte, y ella siempre ha tenido la mente abierta -dijo Claude.

Lady Margerite Redskyn estuvo casada con el hermano mayor de Claude, Robert, y ni siquiera la muerte de éste en el mar enturbió la buena relación que su amigo tenía con la mujer. Estaba seguro de que les escucharía; quizás incluso les ayudase. El único problema era...

-Ten cuidado, no quiero involucrarme con el Loco Redskyn -le advirtió-. En cuanto huele la sangre, la suya empieza a hervir y ya sabes cómo se vuelve.

-Me recuerda a alguien...

Am alzó la vista y le dedicó a Claude una sarta de palabrotas que Gerald no sabía ni que existían. De esa forma, tras pasar la noche en el Bosque Nevado, recorrieron el resto del  viaje y se encontraron frente a frente con los altos muros de la Ciudad Blanca.

Ubicada sobre la Colina Real, la ciudad dominaba el terreno en kilómetros a la redonda. Las murallas eran altas y gruesas y en las almenas patrullaban decenas de soldados. Catapultas y escorpiones decoraban los muros más altos, y sobre cada torre, ondeaba el estandarte real. La corona de oro del rey sobre un fondo plateado recordaba a todos los visitantes que se adentraban en un lugar protegido por Su Majestad, donde su ley imperaba.

A varios kilómetros de distancia se detuvieron para admirar la pulcritud de la ciudad incolora. Y no fueron los únicos. Junto a ellos se detuvo otro grupo de viajeros formado por cuatro hombres de armas y cerca de una quincena de criados y escuderos. Gerald no reconoció a ninguno por su rostro, pero sí sus blasones. “Los cuatro son caballeros”, se dijo. 

-Hermosa vista, ¿verdad? -les dijo uno de ellos-. Es una imagen hipnótica, obliga a quien la vea a detenerse para contemplarla. Siempre que vengo me pasa lo mismo.

El Caballero de la Lluvia era alto y delgado, con el cabello largo de color azul y de extremidades largas y finas como palillos que sin duda escondían una fuerza sobrenatural. La lluvia intensa que mostraba su blasón lo identificaba como uno de los Cuatro Caballeros de la Tormenta, todos ellos al servicio de Lord Blake Elows, de Isla Tormenta. Los caballeros de la Lluvia, los Truenos, las Olas y del Tifón representaban el orgullo de su isla y llevaban siglos defendiendo sus costas. Ser elegido para cubrir uno de esos puestos era un gran honor en Isla Tormenta.

-¿Quién sois? -preguntó Gerald. Quería saber que clase de gente acudía a la llamada de la justicia real.

-Soy Sir Duncan Proud. Mis compañeros  y yo venimos al juicio, para ser los ojos y los oídos de Lord Blake. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

-No soy nadie, solo vengo a comerciar  -”Este tipo es peligroso”. Podía notarlo, sabía que tenía que andarse con ojo. Era la clase de persona que sonreía con la boca pero no con los ojos; éstos permanecían fríos y suspicaces-. El juicio atrae a mucha gente, y espero que tengan dinero.

-Dinero... -el caballero pareció escupir la palabra-. ¿Qué persona honorable persigue el dinero? -Y antes de que Gerald pudiera responderle, picó espuelas y toda la comitiva lo siguió. 

-Vaya capullo -dijo Am en cuanto se perdieron de vista. Al menos había tenido la sensatez de no decírselo a la cara a Sir Duncan.

-Así son los caballeros. Bienvenida al Reino.

Al pasar por las puertas de Capital, Gerald sintió como si mil ojos estuviesen pendientes de él. La última vez que entró en esa ciudad terminó luchando contra su propia gente, y esos recuerdos seguían tan vivos en su interior como si hubieran ocurrido el día anterior. 

Un río de personas se deslizaba por las calles en dirección al Palacio Blanco. Muchos de ellos no eran más que meros ciudadanos comunes que no tenían posibilidades de presenciar el juicio de cerca. Al contrario que los señores, señoras, damas y caballeros que tendrían un hueco en las amplias galerías superiores, la gente común tendría que esperar fuera. Por suerte, Gerald contaba con su poder para garantizarse un asiento.

A un gesto suyo, sus compañeros se dispersaron para cumplir con sus cometidos, mientras que él continuó hasta el palacio. En cuanto se acercó a cien metros del edificio ya tuvo que hacer uso de su habilidad. Engañó a los soldados que controlaban la puerta para que creyesen que les estaba enseñando un documento que corroboraba su noble linaje en lugar de un papel en blanco, hizo olvidar a varios mozos de cuadras que le habían visto después de entregarles su caballo, y se abrió paso hasta la galería de la sala de audiencias hurgando en las mentes de varias personalidades importantes. Según pasaba el tiempo iban apareciendo más y más nobles y caballeros, y Gerald no pudo contener la tentación de revisar los recuerdos de algunos de ellos. 

Vio a los tres hermanos Rock, caballeros de la montañosa isla de Cien Picos, con un volcán en erupción como blasón, cada hermano con la lava de un color. En el asiento de al lado, Lord Hikaru Oyu, de Isla Granizo, hablaba sobre la posible condena con Lord Haliwell. Incluso el asustadizo Lord Cannyon Wood había dejado su mansión en la Isla del Queso para acudir a la corte con varios de sus caballeros. Gerald intercambió un par de palabras corteses con él antes de buscar un asiento libre. Desde allí divisó incluso al padre de Claude y a su hermana, así que ocupó un lugar en el extremo más alejado de ellos; Lord Cladwell podría reconocerlo y no era un hombre conocido precisamente por su discreción. Aunque volver a ver a Ada le trajo infinidad de recuerdos.

En un estrado situado en el lado izquierdo de la sala, los miembros del Concilio Real se erigían por encima de todos los demás. Esos eran los consejeros más cercanos del Rey, quienes le ayudaban a gobernar incluso al precio de dejar sus hogares para trasladarse a la capital. Lord William Bell, el Ministro de las Islas, con su rostro arrugado y su tímida sonrisa, ocupó su asiento en un extremo; al otro, Lady Evelyn Whitacker se sentó con una expresión mucho más seria. El resto de ministros esperaban ya en sus asientos. Gerald se sintió abrumado por la presencia de tantos de los grandes nombres del Reino. Y se quedó casi sin aliento cuando vio quiénes estaban en el otro estrado.

Los Grandes Caballeros pocas veces ejercían como jueces, pero para el juicio de uno de los suyos el Rey había requerido su presencia. En total eran trece, pero solo cuatro de ellos habían acudido; el resto seguramente no había tenido tiempo de llegar a tiempo, lo que no impedía que la presencia de unos pocos fuera toda una noticia. “Bedoier, Lamorak, Pellinore y Kay”, recitó Gerald para sí. No conocía personalmente a ninguno, pero en las mentes en las que había buceado encontró sus nombres y rostros. Y antes de que pudiera digerir la impresión de ver a esos cuatro grandes poderes reunidos, entró el mayor de todos ellos.

Sir Arthur Penryu era el señor de la isla más grande del archipiélago, incluso mayor que Isla Blanca; era la más rica y la más poblada, y de la que más caballeros salían. Además, Sir Arthur era el comandante de la Orden, con autoridad sobre todos los caballeros del reino. Mientras avanzaba hacia su asiento, Gerald observó hipnotizado el bamboleo de su espada de kairoseki, Leyenda, envainada en su cintura. Algunos de los presentes hasta llegaron a desmayarse cuando hizo su aparición. 

Estuvo tentado de entrar en su cabeza pero no se atrevió. Sir Arthur, según todas las historias, era alguien completamente único, y no quería arriesgarse. Todas las miradas se posaron en el Gran Caballero hasta que entró el Rey.

Cien rodillas se doblaron ante la entrada del monarca. De pelo dorado y constitución fuerte, el Rey era tan imponente como él lo recordaba. Ni siquiera parecía verse afectado por el paso de los años. El Rey ocupó su trono y ordenó que entrase el acusado, pero Gerald solo tenía ojos para él. Era él a quien debía matar, y lo tenía allí mismo, tan cerca. Sin embargo, sabía que sus posibilidades de acabar con su vida eran nulas mientras tantos de sus mejores guerreros estuvieran allí. Y también debía contar con los cinco caballeros de la Guardia Real, que rodeaban el trono como era su deber.

Ensimismado en sus pensamientos, Gerald se perdió el inicio del juicio. Aunque en realidad, no tenía mucho interés. Básicamente, Sir Boris Marisse negó los cargos y al Rey no le importó. “No esperaba menos. Necesita un culpable y él es tan válido para eso como cualquier otro. Además, si cuelga a uno de los Grandes en vez de a cualquier desgraciado, el pueblo lo verá como alguien justo”.

-No me importa si conspirabais para meternos en una guerra, si lo hicisteis por vuestra propia voluntad o si simplemente sois estúpido -dijo el Rey-, el caso es que asesinasteis a quien no debíais y eso nos costará vidas. Tendremos que aplastar a la nación de Ykiojima por vuestros actos, así como a sus aliados. Aliados que antes eran nuestros. ¿Tenéis idea de lo que nos costará eso?

El Rey parecía furioso y Gerald no dudaba de la sentencia que  iba a dictar. Lo que no esperaba fue lo que hizo a continuación.

Cuando Marisse abrió la boca para hablar, el Rey le mandó silencio con voz airada. Pero Sir Boris no calló, y en cuanto pronunció la palabra “necio”, dirigida hacia el Rey, éste hizo un gesto y la cabeza de Sir Boris estalló en mil pedazos. 

En la galería, los caballeros y señores contuvieron el aliento ante la repentina muerte. Las vetas blancas y negras del trono bailaban, mezclándose entre sí como si fuesen líquidos mientras la sangre del caballero manchaba el suelo. “¿Qué acaba de pasar?”, se preguntó Gerald. Estaba anonadado. ¿Era alguna clase de poder, similar al suyo? O la muerte de Marisse se debía a algún arma? En cualquier caso era una novedad tan interesante como inquietante. Si se enfrentaba a eso podía acabar muy...

“Maldición”, estuvo a punto de decir en voz alta. Había pensado abandonar la sala antes que nadie, pero la galería se estaba vaciando a buen ritmo y algunas miradas se posaban ya sobre él. La peor de ellas, la de uno de los Ministros en persona. Lord William Bell le observaba directamente a él desde abajo. Gerald le sostuvo la mirada unos segundos y después se escabulló rápidamente. 

Por el camino, mientras celebraba el éxito de su plan, evitó a todos cuantos pudo, tratando de pasar desapercibido. Y lo habría conseguido de no haber oído aquella voz tan familiar.

-Menos mal que tenemos las espadas afiladas. Estoy deseando usarla. Ese loco de Marisse nos ha hecho un favor al final -dijo el despreciable traidor al que Gerald conocía como Sir Francis Warland.

“No, el traidor según todas las leyes soy yo”, tuvo que recordarse. Él fue quien alzó la mano en la corte, suya la familia que se opuso al trono. Y suyas las tierras que Warland esquilmó, suyos los parientes que asesinó, suyo el señorío que le fue otorgado a algún señor leal al Rey. Warland había aniquilado sus orígenes y era el principal objetivo de Gerald, la mismísima fuente de su odio. Durante años había planeado su venganza contra el Reino entero y era capaz de sacrificar su honor y su vida para completarla. Siempre calculador, siempre frío. Pero en cuanto vio al que fuera su maestro hacía ya tanto tiempo, su frialdad y su planificación fueron sustituidos por una furia que hacía mucho que no le embargaba.

No le importó estar rodeado por los mayores poderes de las islas en mitad del lugar más peligroso de las mismas. No le importó que el Rey en persona anduviera por los alrededores. El asesino de su familia estaba allí, su asesino estaba allí. Gerald lo llamó a gritos, y cuando sus miradas se cruzaron, desenvainó el acero.

******

El gemido de las espadas  al chocar fue, a oídos de Gerald, como un grito contenido. Por fin, después de tanto tiempo, podía descargar a Pluma Negra contra Sir Francis. Parecía como si la propia espada hubiera esperado ese momento con tantas ansias como él. En su primer encuentro, la derrota había sido brutal, pero Gerald había evolucionado, ya no era el mismo de antes.

-No puedo creer que seas tan estúpido -afirmó Sir Francis. El caballero alzó su mandoble para detener el ataque alto de su antiguo pupilo. Había sido él mismo quien le había enseñado a asestar ese golpe-. Debiste valorar el milagro que te salvó aquel día y mantenerte lejos de este lugar.

-Cuando te arranque el corazón y el reino no sea más que polvo, me marcharé -respondió él, dejándose dominar por la ira.

Las hojas danzaron de nuevo, cruzándose en el aire cargadas de sed de sangre. Gerald buscó la rodilla de su contrincante, desprotegida dada la ausencia de armadura. Nadie en la corte la llevaba. La gran espada del caballero se interpuso en su camino, su portador la agitó en el aire con una gracilidad inesperada para un arma tan grande y su punta voló hacia el cuello de Gerald. A punto estuvo de terminar con una segunda boca, más roja y más mortal que la que ya tenía, pero contraatacó con una rápida estocada hacia la garganta. 

Se enfrentaba a alguien con más fuerza física, pero él era más rápido, así que por cada golpe que Sir Francis asestaba, él lanzaba tres. Sin embargo, el caballero los detenía todos aprovechando el tamaño de su arma. Desafortunadamente para él, manejar el largo mandoble entre los pasillos atestados de gente del Palacio Blanco era bastante aparatoso. Muchos espectadores se habían detenido para observar la lucha, nobles y soldados por igual, pero ninguno hizo ademán de intervenir. Nadie se metía en la pelea de un caballero.

Gerald hizo una finta y su espada encontró por fin carne que cortar. La espada de Warland pasó un centímetro sobre su cabeza mientras que la suya logró sajarle el pecho a su rival. La sangre manaba del corte bajo el pectoral izquierdo pero eso no mermaba para nada la fuerza del caballero. Sus golpes eran tan poderosos que cuando tocaban la roca de las paredes o el techo, ésta se hacía añicos. Cada vez que Gerald detenía uno de sus ataques notaba como todo el brazo se le sacudía por su potencia.

-¿Quién es el chico? -oyó preguntar a alguien. Ya no quedaba tanta gente mirando el combate, y los que lo hacían estaban a una distancia prudencial, aunque aun así podía oírlos.

-Da igual, está muerto.

-Igual Warland pierde. ¿Te imaginas? Jajaja.

-¿Y qué? Si pierde, la guardia acabará con el chico. O lo hará algún otro caballero.

Gerald sabía que era cierto, que en el momento en que desenfundó su espada se había condenado, pero no se arrepentía. Mataría a Sir Francis y después ya se preocuparía por lo demás. Y lo haría, además, sin emplear sus poderes. Iba a derrotarle en una lucha justa, para enterrar tanto su cuerpo como su orgullo.

Y con la fuerza que le otorgaba su rabia, lanzó una estocada en línea recta. El caballero la esquivó aparentemente, pero en realidad no había realizado un solo ataque. Una docena de cortes aparecieron por el cuerpo de Warland al mismo tiempo que la pared de piedra de detrás se hacía añicos. Al otro lado se veía la gran ciudad blanca y el cielo gris que la cubría.

-Ya no eres del todo inútil, chico -admitió el caballero.

-Tuve un buen maestro. Lástima que ya esté muerto.

-Arrogante como siempre. Si te enseño el poder de un guerrero de la Orden, ¿prometes no morir demasiado rápido?

Antes de que Gerald pudiera mandarlo callar, se vio obligado a retroceder. Sir Francis descargó un poderoso golpe de arriba abajo que generó tal onda de choque que lo mandó volando y despedazó el pasillo y las paredes. Muchos de los espectadores corrieron su misma suerte y más de uno maldijo a Warland por su temeridad.

El caballero apareció frente a él enseguida. Asestaba un golpe tras otro mientras Gerald los desviaba con su Pluma, destrozando cada palmo de fortaleza que se interponía en su camino. Tabiques, tapices, estatuas, armaduras ornamentales... nada sobrevivía a la furia de su espadón. Excepto él.

La fina hoja negra se hundió en el muslo de Sir Francis cuando éste trataba de decapitar a Gerald, pero el éxito del joven espadachín no duró. El caballero le agarró del brazo y le impidió esquivar su poderoso golpe. De no haber desclavado su arma y usado su poco desarrollado haki, habría terminado cortado en dos. En su lugar, notó como un par de costillas cedían ante el salvaje golpe recibido y el brazo derecho le quedó entumecido. Le costaba levantar la espada y el siguiente ataque que detuvo le hizo atravesar tres paredes. 

Sabía lo que venía después. Sir Francis Warland no daba tregua a sus enemigos, les avasallaba con su poderío y su fuerza física y no les dejaba respirar. Antes de que pudiera ponerse en pie ya lo tendría encima. Tantos años con él, viéndolo luchar y aprendiendo de él, le permitían predecir lo que iba a hacer. Gerald era su aprendiz, le gustase o no, y por mucho que lo odiase, nada lo capacitaba más para darle muerte. 

Así que, cuando el caballero se abalanzó sobre él, se movió lo justo para evitar su mandoble y extendió el brazo de la espada. El acero negro se volvió aun más oscuro cuando atravesó el corazón de Sir Francis Warland. Con una inmensa satisfacción vio como la luz de sus ojos desaparecía lentamente. Una sonrisa aleteó en los labios del caballero justo antes de morir, y un “Bien hecho” escapó de sus labios en forma de epitafio. El cuerpo ya muerto cayó sobre él, y cuando logró quitárselo de encima, Gerald estaba bañado en su sangre.

-Ya está -se dijo-. Está muerto.

No podía creérselo pero así era. Sir Francis Warland había muerto después de tanto tiempo así que, ¿por qué no se sentía tan bien como debía? Tras tanto tiempo odiándolo, su muerte había dejado un vacío en su vida. Por suerte, aún podía odiar al Reino. Eso si lograba escapar con vida del Palacio Blanco.

Se alejó del cadáver de Sir Francis en busca de una salida. Tenía que darse prisa si no quería que lo atraparan. 

Pero en cuanto dobló una esquina, el Ministro de las Islas, Lord William Bell en persona, se plantó ante él.

******

-Guardad silencio -fue la brusca orden del anciano. 

Gerald no estaba acostumbrado a obedecer, pero no dudó en seguir al viejo a través del laberinto de piedra que era el Palacio Blanco. Atravesaron pasillos y salones, siempre evitando a los guardias, hasta que se detuvieron frente a un tapiz. Aparte de la detallada escena de batalla que reflejaba, no parecía ser relevante. Estaba a punto de marcharse, cuando Lord William abrió una puerta tras el tapiz.

Sin dilación, ambos hombres la atravesaron y la oscuridad los engulló. En cuanto su guía encendió una lámpara de aceite, la luz reveló una pequeña habitación sin muebles y con un pasillo al fondo.

-¿Qué es este lugar? -quiso saber Gerald.

-Un sitio seguro. Los caballeros del Rey os habrían dado muerte, mas aquí no os encontrarán.

-¿Cómo puede haber estancias secretas aquí? ¿Hay más como esta?

-Disculpadme, joven, pero tendréis que dejar que un anciano se guarde algunos secretos -respondió Bell con una risita.

El octogenario pero vivaz señor de Isla Lejana aparentaba ser tan mayor como era realmente. Mil arrugas poblaban su rostro pequeño y de rasgos afilados; sus ojos pardos lo miraban por encima de grandes bolsas propias de la edad. Gerald no sabía gran cosa de él y de haberse encontrado en otra situación tal vez le habría dado muerte, pero no podía negar que le había salvado la vida. Al menos por el momento.

-Siempre me he enorgullecido de poder reconocer la procedencia de cualquier habitante de las islas -dijo el anciano-. Y vuestra familia siempre ha tenido unos rasgos inconfundibles. Lo cierto es que encontrarme con el último de los Ichizake en un día como hoy es realmente lo último que esperaba -Comenzó a andar por el pasillo, con la lámpara abriendo camino en la negrura por delante-. He servido en el Concilio Real durante décadas, así que conozco mejor que nadie los secretos de palacio. Algunos de ellos son de mi propia construcción.

-¿Como habéis podido construir esto? -preguntó Gerald, confuso.

-Digamos que un buen señor requiere de buenos sirvientes -Lord William esbozó una sonrisa tenue y burlona y no dijo más sobre el tema-. Si os preguntáis por qué os ayudo, el motivo es que soy viejo y blando, y ver morir a jóvenes vigorosos como vos no es algo de mi agrado -Con las heridas de la batalla, Gerald no se sentía muy vigoroso, pero no dijo nada.

-Os debo la vida, pues -¿Debería librarse de él? Al fin y al cabo, sabía quién era y formaba parte del consejo del Rey.

-La vida, sí -repitió Lord William-, pero mucho me temo que la malgastaréis en cuanto os enseñe la salida. Nadie con una condena de muerte sobre su cabeza irrumpe en la corte si no tiene pensado algo grande. E imagino que no envainaréis la espada, ¿verdad?

-Así es, milord -No veía motivos para mentir en eso. 

-Ya lo suponía. Veréis, incluso en el invierno de su vida, un anciano aún puede luchar por lo que considera justo. Nuestro Rey es fuerte y temido pero, desde luego, no justo. 

-Esas palabras son traición -Empezaba a gustarle por dónde iba aquello.

-Sin duda... Y que la verdad sea sinónimo de traición es una prueba más de que alguien debe actuar. Vuestro hermano lo intentó, los dioses lo guarden. Puede que de no haber estado solo, las cosas hubieran sido diferentes. Hay treinta y seis islas en el Reino y no todos sus señores están conformes con las decisiones que se toman desde Capital. Yo entre ellos. Aún no tenemos poder como para oponer una resistencia abierta, pero con algunos hombres valientes de nuestro lado...

-¿Queréis reclutarme? -Gerald trató de que la sorpresa que sentía no se reflejara en su voz. ¿De veras había una oposición al Rey? Siempre había creído que ésta murió con su hermano en la rebelión. Sopesó la idea de entrar en la mente de Bell para comprobarlo, pero se sentía demasiado cansado como para poder controlar su ambiciosa habilidad. Si abría esa puerta, terminaría destrozando la mente del anciano.

-Espero que el hecho de haberos salvado no os comprometa con mi causa, muchacho, jeje. Estoy seguro de que vuestra espada sería muy valorada entre mi pequeño círculo, Lord Ichizake.

-No me llaméis Lord -respondió Gerald con desprecio. La sola idea de que le asignasen un título le daba arcadas.

-Pero lo sois -afirmó el viejo con rotundidad-. Un Lord sin tierras, sí, pero Lord al fin y al cabo. Si todo sale bien quizás recuperéis vuestra preciada isla. Aunque lamento deciros que su actual ocupante es demasiado para vos. El aclamado Sir Lancel Lake gobierna la Isla del Cuervo, y ése, mi señor, es un pez que no podéis pescar.

Gerald lo sabía. Sir Lance Lake había sido el más joven en la historia en convertirse en caballero, y se le consideraba, en pocas palabras, un genio. Muchos lo ponían incluso por encima del poderoso Sir Arthur. No, desde luego no tenía oportunidad de derrotar a alguien como él.

-Puede que aún no, pero un buen pescador no deja nunca de intentarlo -fue su respuesta.

-Quizás no tengáis que intentarlo muchas veces -Llegaron a una nueva puerta oculta en las paredes y se detuvieron-. Volveos fuerte, chico. Isla Lejana es, como indica su nombre, la región más aislada del archipiélago, en pleno Calm Belt. Dispondré que una nave os lleve allí y daré instrucciones para que se os procure refugio. Volveos fuerte allí, y estad preparado para cuando por fin nos alcemos. Tras los muros de Toku encontraréis total intimidad y ni siquiera los ojos del Rey podrán alcanzaros.

-¿Y si me niego? -se aventuró a preguntar el joven.

-¿Si os negáis? -Lord William Bell esbozó su característica sonrisita-. No me habéis matado, ¿acaso no es eso un sí?

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Última edición por Ichizake el Jue 8 Jun 2017 - 0:17, editado 1 vez
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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Ichizake el Miér 7 Jun 2017 - 23:37

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Tal y como indicaba su nombre, Isla Lejana estaba muy lejos. Al estar ubicada en el Calm Belt, tuvieron que cambiar de navío a medio camino; pasaron de viajar en una galera mercante a subir a uno de los barcos de Lord William, revestido de kairoseki para poder navegar por esas aguas. Gerald viajaba por su cuenta, mientras que sus compañeros les seguían en el Ave

Los tripulantes de la nave de Lord William, la Dulce Shayla, ya sabían que él navegaría con ellos, así que le ofrecieron una cálida recepción. Estaba capitaneada por Iroisha Bell, la nieta del ministro, que explicó a Gerald la situación en el Reino y le habló sobre su hogar. Cuando el espadachín embarcó en la Dulce Shayla tuvieron que esperar a su propio barco y remolcarlo por las peligrosas aguas llenas de monstruos marinos, pero por suerte tuvieron un viaje tranquilo.

-Hablé con un hombre de Lady Margerite -le explicó Claude cuando pudieron hablar-. No lo dijo directamente, pero me dio a entender que su señora no aprecia al Rey y que nos proporcionaría provisiones y armas de ser necesarias, pero que no actuaría abiertamente por el momento. El maldito Loco Redskyn está descontrolado y bastantes problemas tiene ya la pobre mujer para evitar que el Rey tome represalias.

Gerald sabía que aquel al que llamaban el Loco era un chiflado que jamás había dominado el sutil arte de pensar. Por lo visto, había estado despotricando sobre el gobierno en tabernas y burdeles y más de una vez había atacado los carruajes de impuestos. Su blasón personal era un hombre con las manos ensangrentadas, lo cual no hablaba muy bien de él. Era imposible predecir qué haría ese hombre, pero quizás fuese útil llegado el momento. Si no lo mataban antes de eso. 

-También me habló sobre mi padre. Dicen que está prisionero en sus propias tierras y que no se le permite salir del castillo por sus ideas rebeldes. 

-Estoy seguro de que Lord Cladwell no es un rebelde -le dijo Gerald. En realidad, pensaba que el padre de Claude era un idiota, pero eso no pensaba decírselo.

-Lo sé, pero no sabe controlar a su gente. Dicen que ha llamado a Sir Layton, su mejor caballero, para que ponga orden y ajusticie a varios subversivos.

-Yo también tengo noticias, capitán -intervino Gibbs-. En las tabernas se dice que el Rey está reuniendo un ejército. Alista a todo aquel capaz de sujetar un arma y dicen que confisca todo trozo de madera que flote para plantar batalla. En mi opinión, robarle el barco a alguien es de mal fario, pero qué sabré yo sobre los reyes y sus cosas.

-Bueno, dudo que la guerra llegue hasta Isla Lejana. Allí estaremos bien por un tiempo, aunque quiero que vos hagáis incursiones por el resto de las islas, señor Gibbs. No podemos quedarnos quietos sin hacer nada.

Tres semanas después vieron por fin las costas de la isla, y por la noche alcanzaron la ciudad de Toku. Sus muros no eran tan altos ni fuertes como habían sugerido las palabras de Lord William, pero sin duda, la distancia con respecto al resto de las islas lo compensaba con creces. Allí nadie iría a husmear en lo que hacían.

Iriosha Bell los llevó al salón principal, donde fueron recibidos por la señora del lugar. Lady Oliv Bell gobernaba mientras su abuelo estaba en Isla Blanca, al igual que su madre hiciera antes que ella. En realidad, su madre no era hija de Lord William, pero su padre, que sí lo era, estaba vetado para el cargo. Se decía de él que tenía menos empatía que un ladrillo y la mano demasiado suelta a la hora de aplicar castigos de sangre, pero Lady Oliv parecía agradable y había heredado la sonrisa fácil de su abuelo.

-Sed bienvenidos -les saludó-. Los amigos de mi abuelo son mis amigos. La hospitalidad del Castillo Distante es vuestra.

-¿Quién elige los nombres para estos sitios? -dijo Am de repente. Su insolencia no pareció molestar a Lady Oliv, sino que la divirtió.

La dama les enseño el castillo y les dio permiso para recorrer la isla a su antojo, aunque con la discreción obvia para una situación como la suya. Gerald la tranquilizó aceptando sus condiciones; en principio, no tenía intención de causarle problemas a William Bell. 

Poder entrenar con los soldados de la guarnición fue como un premio para ellos. Claude pudo perfeccionar su estilo de lucha con la larga maza claveteada que empuñaba, Am los usaba para desahogarse cuando estaba inquieta, y él practicaba con la espada día tras día. 

No había más que tres caballeros allí, pues el resto había partido ya a la batalla, pero su señor les había dado órdenes de ayudarle a mejorar en la medida de lo posible. Sir Malagon Bride, al que por alguna razón inexplicable alguien había decidido apodar como la Novia, le enseñaba navegación, algo en lo que andaba más retrasado de lo que le habría gustado; Sir Awesome Strong peleaba con él cuerpo a cuerpo, siempre ruidoso y dando voces por cualquier cosa; Sir Attos Must era seguramente el mejor espadachín que hubiera conocido jamás, motivo por el cual entrenaba con él diariamente. Era alto y delgado, con una barba castaña muy cuidada, y estaba en una espléndida forma física a pesar de sobrepasar los cuarenta. Sus estocadas eran firmes y rápidas, y jamás daba una mínima ventaja a Gerald, que siempre terminaba la jornada con una derrota nueva. Y a pesar de eso, no era el mejor.

Sir James Aramis era considerado el mejor guerrero del lugar, pero el honor de su espada era exclusivamente para Lord William, a quien protegía desde hacía años allá en Isla Blanca. La protección del Castillo Distante y sus habitantes recaía sobre Sir Attos, a pesar de lo cual siempre sacaba tiempo para apalizar a Gerald.

-Sois lento -le dijo ya en su primer día de ejercicios, justo antes de desarmarle sin que se diera cuenta ni de cómo había pasado-. Si seguís moviéndoos tan despacio será facilísimo haceros un par de agujeros nuevos. Ni siquiera los dioses protegen a los débiles.

Sir Attos era un hombre devoto y cada dos por tres mencionaba a sus dioses, cosa que su aprendiz trataba de obviar. Los Ichizake habían profesado la misma fe que el resto de las islas, pero la devoción de Gerald jamás había sido la esperada. Por suerte, a nadie había parecido importarle nunca. No, hasta que conoció a Sir Attos. El caballero regañaba siempre a Gibbs o Am cuando decían algo que consideraba inapropiado, así que él había aprendido a evitar ciertas expresiones poco pías.

Pasaba los días prácticamente sin salir del castillo. Hablaba con sus habitantes, comía con Lady Oliv y sus familiares, y escuchaba con atención los informes sobre los pasos previos a la guerra. Durante una semana entera emprendió un viaje por mar para observar por si mismo la peligrosidad de aquellas aguas sin viento, y un mes después realizó una larga incursión a la isla de Refugio Invernal para dar caza a unos desertores de la guarnición de Lady Oliv y, ya de paso, tantear las fuerzas de esas tierras.

Pero la mayoría del tiempo lo pasaba perfeccionando sus poderes. Había mucha gente en el castillo, de forma que podía usarlos como cobayas para poner a prueba sus habilidades. En secreto, claro. Estaba seguro de que no se tomarían muy bien que alguien cotillease en sus recuerdos y toquetease los cables de sus cerebros.

Gerald intentaba que su influencia pasara desapercibida pero no podía evitar que de vez en cuando pasasen cosas un tanto curiosas. En los últimos tiempos había estado tratando de influir en la percepción espacio-temporal de los demás, por lo que recurría a continuos experimentos para ver si funcionaba o no. Sin duda, sus anfitriones se lo habrían tomado como un  insulto a su hospitalidad, pero la cortesía era un lujo de los tiempos de paz.

No era raro ver a un criado chocando con una pared que creía que estaba más lejos, hablando muy despacio sin darse cuenta, o andar sin moverse del sitio durante largos ratos. Gerald entraba en sus mentes y probaba un método tras otro para alterar su percepción. ¿Qué ocurrirá si se toca aquí o acá? ¿Y si se hace esto o lo otro? ¿Y si usaba su poder sobre una determinada zona de la mente o sobre otra? ¿Y si se concentraba en usarlo más intensamente en cierto momento o en cierto lugar? Eso era lo que averiguaba, buscando la reacción perfecta. Ensayo y error, ensayo y error. Como los pianistas noveles, tocaba las teclas para ver qué sonido hacían, aprendiendo poco a poco los efectos de sus acciones.

Sus avances eran lentos, pero si no quería destrozar a todo el servicio, más le valía andarse con ojo. Un día logró que una lavandera confundiese el paso del tiempo y la pobre tardase treinta minutos en parpadear; otro, que un herrero se luxara el hombro al pensar que la espada que golpeaba estaba más lejos de lo que estaba realmente. Cuando provocó que una copera derramase el vino sobre el desagradable Sir Nymoy Bell, estuvo a punto de echarse a reír en su cara. Otros no tuvieron tanta discreción y estallaron en carcajadas. Al fin y al cabo, Nymoy Bell era un hombre al que pocos apreciaban, incluso en sus propios dominios. 

Aunque a veces obtenía resultados desconcertantes e inesperados, como cuando el caballerizo mayor comenzó a bailar ballet o cuando una comadrona desarrolló una insana obsesión por los pistachos. Incluso en una ocasión se vio obligado a borrar varias horas de la memoria de un hombre, en las cuales ocurrieron cosas que no se atrevía a recordar.

Pero no eran simples jugarretas lo que quería hacer con sus poderes. Quería hacer que sus enemigos perdiesen la noción del tiempo, que un segundo se convirtiese en un día para ellos y que recorrer un simple metro les supusiese una maratón. Así que, cuando Lady Oliv declaraba culpable a algún criminal, Gerald bajaba a las mazmorras a jugar con ellos.

Hacía que viesen sus celdas como diminutas jaulas en las que apenas cabían, y ellos se encogían todo lo posible, o como grandes espacios, por lo que chocaban constantemente con los barrotes y las paredes al no poder medir la distancia. Hacía que viesen el tiempo pasar a una velocidad muy inferior a la real, y un segundo se les antojaba como una hora y cada movimiento les resultaba horriblemente lento, o justo lo contrario, por lo que cuando hablaban podían pasar horas entre cada palabra que pronunciaban. Había hecho que pasaran días sin comer y que sus alimentos se estropeasen por comérselos increíblemente despacio, que se orinaran encima al ser incapaces de llegar a los pequeños lavabos de las mazmorras y cosas aún peores.

En cierto modo sabía que era cruel jugar así con sus delicadas mentes, y más de uno fue tildado de loco o perturbado debido a su influencia sobre él, pero era un pequeño precio a pagar. Lo repetiría mil veces si con ello pudiera obtener la venganza que ansiaba. 

Le llevó cerca de treinta días, durante los cuales ignoró los desganados intentos de su conciencia por disuadirle de lo que hacía, y cuando se sintió satisfecho de sus resultados, comenzó a pasar mucho más tiempo entrenando en el patio. Dominar el haki era la primera piedra para construir su venganza, y si quería estar a la par con los grandes nombres del Reino, más le valía poder usarlo a voluntad. 

-Concentra tus energías en tu arma -le decía Sir Attos. Normalmente acompañaba sus palabras con un buen golpe. De haber usado espadas de acero en lugar de corcho habría acabado con uno o dos brazos menos. Aun así, el caballero era capaz de endurecer el corcho y usarlo como arma-. Esta armadura es mejor que cualquiera de las que puedas encontrar en ninguna armería; si no la dominas, date por muerto.

Gerald respondió lanzando un nuevo ataque y, por enésima vez, su palo de corcho se partió cuando chocó contra el de su oponente. Aunque era capaz de usar el haki algunas veces, no bastaba con eso. No era ni de lejos suficiente.

Sir Attos le dejaba en ridículo una y otra vez, para luego tratar de enseñarle. El problema era que sus explicaciones eran demasiado abstractas. Debía dejar que su mente concentrase todo el poder de su cuerpo. No, lo mejor era entrenar sin descanso para forzar los límites del cuerpo más allá de lo posible. No, tenía que acumular toda la energía de su interior y canalizarla al exterior. “No hay forma de entender lo que dice”.

-Imagina una pequeña luz -era su más reciente explicación-. Esa luz representa tu poder. Mentalmente, debes agrandarla, hacer que brille más que nunca y se extienda por todo tu ser hasta desbordarlo.

“Una luz”, pensaba Gerald con escepticismo. “Si una luz pudiese ayudarme, me tendería al sol el día entero. No puede entrenarse ninguna luz interior”. Sin embargo, rendirse no era una opción, por lo que continuó intentándolo. A pesar de que Am se burlase de él por ello y de que los resultados fueran, cuanto menos, cuestionables, seguía tratando de seguir  los consejos de su instructor. Hora tras hora, día tras día, vivía por y para ello. Dejó de lado todo lo demás y se concentró en esa única tarea.

Y, si existían, los dioses debían de saber cuantísimo lo odiaba.

Por ese motivo, cuando Sir Attos le repitió lo mismo por centésima vez, decidió dejarse de juegos. Dejó libre su mente y entró en la del caballero como una tempestad, buceando entre años de vivencias y memorias. Había pensado mucho sobre el tema, y creía tener un modo de aprender lo que trataba de decirle. Cualquier dilema moral que pudiera haber tenido se vio disipado en cuanto su paciencia se colmó.

Hurgó en el pasado de aquel hombre como si fuese el suyo propio. Rememoró batallas y fiestas, amores y odios, todo en una confusa madeja de hilos que había aprendido a desenrollar gracias a la práctica. Encontró el hilo del que quería tirar y desplegó ante sí toda una serie de recuerdos de juventud. Un joven Attos Must aprendiendo a manejar la espada, peleando con las complicadas metáforas de la teología, y esforzándose por desarrollar el extraño poder que le confería una armadura invisible. 

Oyó las explicaciones de sus maestros, sus pensamientos mientras dominaba la materia. Imagina una luz en tu interior, le decía su maestro de armas. Y el futuro caballero lo hacía. Gerald vivió en su propio ser todo el proceso de entrenamiento de Sir Attos y observó los trucos que él había seguido en su momento para dominar el haki. 

Pasó los días siguientes emulando el proceso de aprendizaje que había visto en los recuerdos del caballero, tratando de imitarle hasta en los más mínimos detalles. Buscaba experimentar sus mismas sensaciones, seguía las mismas líneas de pensamiento y trabajaba su cuerpo al igual que hiciera él.

Y así, cuando la espada de Attos volvió a chocar contra la suya, ésta no se rompió. Ambas armas de bambú se habían convertido en objetos contundentes capaces de competir con el acero.

-Aprendéis deprisa -le dijo el caballero.

-Estoy seguro de que vos también lo hicisteis.

Su entrenamiento continuó, solo que a partir de ese día comenzaron a usar armas de torneo, espadas romas de baja calidad, pero acero al fin y al cabo. Gerald era buen espadachín y esos ejercicios estaban mucho más igualados. La danza del acero era su fuerte, y combatir contra alguien del nivel de Attos hacía mucho bien a su destreza.

-No está mal -dijo alguien cierto día. Unos aplausos interrumpieron su entrenamiento en el patio, pero hasta que no dieron por concluido el combate, Gerald no se fijó en quién era. Casi no pudo contener una mueca de desprecio cuando vio allí al Loco Redskin-. Con un poco de suerte quizás alguno de los dos pueda ser mi escudero.

La Bestia Roja, Frank Redskin, era sin duda el hombre más impredecible de las islas. Caótico y visceral, eran las palabras que mejor le definían. Loco peligroso, le pegaban más, a opinión de Gerald. Su reputación se la había forjado a fuego y acero, y muchos decían que debía de tener la piel roja de tanta sangre que había vertido. 

En lugar de roja, la piel de Redskin era pálida como la luz de luna. Iba perfectamente afeitado y llevaba el pelo carmesí recogido en una larga cola de caballo que le llegaba casi hasta los muslos. En sus tiempos de juventud, muchas mujeres lo habían considerado atractivo, pero la cicatriz que recorría su rostro desde la frente hasta la mandíbula le había restado belleza. Su ojo izquierdo, inservible, era de un color blanco fantasmal; el derecho miraba tanto a Gerald como a Sir Attos con el febril brillo de la locura oculto bajo el iris rojo.

-Estáis muy lejos de Roble de Sangre. ¿Qué hacéis aquí, Sir? -quiso saber Sir Attos. El Loco Redskin lo miró con una fea mueca en el rostro.

-Me dijeron que aquí encontraría lo que buscaba, así que he venido.

-Es un viaje muy largo. ¿Qué buscáis?

-¿Y tú quién eres? -preguntó Redskin a Gerald, ignorando completamente al otro caballero. Attos le dedicó una mirada de odio, a pesar de mantenerse en silencio.

-Mi nombre no importa, realmente. -”Si entro en la mente de ese perturbado acabaré tan loco como él”. Hacía mucho que había aprendido que el interior de la cabeza de un loco era un lugar peligroso y confuso en el que más valía no adentrarse.

-Cierto -dijo Redskin. Y acto seguido se abalanzó sobre él.

La Bestia Roja desenvainó tan rápido que Gerald ni se dio cuenta. Apenas tuvo tiempo de alzar su espada de torneo para defenderse de su fiero ataque. Trató de devolverle el golpe, pero Redskin lo evadió sin problemas y lanzó una feroz estocada hacia su rostro. La hoja carmesí de aquel chiflado logró herirle en la sien a pesar de que se apartó e interpuso su espada. Gerald levantó su espada y lanzó un golpe rápido y fluido a la cabeza de su rival. Redskin se apartó lo justo para que el arma de torneo pasara sin rozarle y luego lo pateó en el estómago.

Gerald voló por los aires  y rodó por el suelo del patio, mientras Sir Attos desenvainaba su espada, la de verdad. El choque entre ambos caballeros fue brutal, a cada encuentro de sus espadas saltaban chispas. Se movían tan rápido que seguir sus movimientos habría sido imposible para un ojo inexperto, pero él era capaz de ver como la espada gris de Attos buscaba teñirse del mismo color que la espada roja de su oponente.

Pero no iba a quedarse quieto. Intervino de nuevo y acosó a Redskin desde su punto ciego, pero el loco fue capaz de prever su ofensiva y se agachó mientras barría el suelo con su acero. Gerald saltó y Sir Attos se defendió con su espada, bajándola, algo que parecía estar buscando su enemigo. Se incorporó con una rapidez tremenda, giró sobre sí mismo y buscó la yugular de Gerald mientras pateaba el rostro de Sir Attos. Por suerte, él pudo defenderse mejor que el caballero y logró desviar la espada de Redskin en el último segundo. 

Attos fue a estrellarse contra el muro del patio y Gerald contraatacó. Su espada chocó contra la del loco una vez y otra, pero no conseguía herirle, ni siquiera tocarlo. La Bestia Roja luchaba con una ferocidad más propia de un animal salvaje y reaccionaba a sus golpes como guiado por un instinto visceral.

Y cuando la espada de Gerald se partió en dos, la lucha se acabó. Había creído que tendría que usar sus poderes, pero Redskin se detuvo de repente y empezó a reír como el loco que era.

-Jajajaja no ha estado mal. De haber tenido un arma de verdad habría sido más divertido -dijo entre risas. No dejó de reír ni cuando Sir Attos lo derribó y le puso la espada en el cuello. El devoto caballero tenía la nariz rota y la cara ensangrentada, y además parecía furioso-. Vamos, vamos, no te enfades. Jajaja, solo quería ver si valíais algo o si estaba perdiendo el tiempo. Si hubierais muerto no me habríais servido de nada y yo tendría que irme a buscar a otro sitio.

-¿Y qué andáis buscando, Redskin? -preguntó Gerald.

-Busco la música, espadachín, la dulce música que bailan los hombres muertos y que cantan las espadas al chocar. ¿Qué busco? Jajajaja, busco la guerra, ¿qué si no?

******

Si tener un loco violento a la mesa ya era algo complicado, tener a dos resultó insostenible. Frank Redskin y Amelia Resident parecían dos personas empeñadas en la completa y total destrucción. Durante la cena que Lady Oliv les ofreció, desenvainaron el acero media docena de veces, se enzarzaron en una pelea a puñetazos en tres ocasiones y se insultaron durante tres cuartos de hora.

No fue hasta que ambos comprendieron que compartían la misma afición por el éxtasis del combate, que se convirtieron aparentemente en los mejores amigos del mundo. Lo cual asustaba a Gerald en la misma proporción que lo anterior.

-Y pensar que hay gente tan loca como tú en este sitio tan soso-dijo Am.

-Ya, bueno, tú viajas con esa gente ¿y yo soy el loco? -respondió Redskin.

Lo único bueno de que se llevasen bien era que ya no volaban platos ni peligraba la vida de los comensales. Lady Oliv parecía realmente aliviada por eso, así como el resto de ilustres invitados que se sentaban a la mesa.

Gerald y sus compañeros compartían el pan con un pequeño grupo de lo que técnicamente podrían considerarse rebeldes y conspiradores. Lady Oliv Bell y su hermana, Iroisha, ocupaban los asientos de honor, repartiendo cortesía y reproches por igual, dependiendo de con quién hablasen. A su lado, Walter Bell buscaba sin éxito el vaso de vino que pudiera saciarlo por fin. Como consejero de la familia Bell era sin duda eficaz, pero como todo lo demás dejaba bastante que desear. Los tres caballeros al servicio del Castillo Distante se sentaban codo con codo, enfrascados en su discusión sobre quién de los Guardias Reales sería el mejor rival llegado el momento. Frente a ellos estaban Gerald y sus amigos, todo lo alejados que podían estar de Redskin. 

Pero también había otros, gente que había ido llegando en los últimos días bajo instrucciones de William Bell y que compartían su causa. 

Lord Cleveland Fisk, que gobernaba en Cielo Nocturno y que dormía tres horas al día, lucía sus ojeras mientras atacaba sin piedad plato tras plato. Iba acompañado por un caballero que le servía de protector aunque, por lo que Gerald había visto, Sir Gaston Owl no parecía muy atento, y tenía tan poco interés en la comida como en la charla. Lord Mallon Six, que ostentaba el poder en Puerto Pedregoso se ofrecía cada dos frases a poner sus barcos a disposición de Lord William para cuando desease enfrentar al Rey. “Tan valiente como estúpido”, pensó Gerald. Puerto Pedregoso no era ni de lejos capaz de marcar la diferencia en una guerra contra la Flota Blanca. “Si contásemos con los barcos de Navis...” También estaba allí el viejo Abe, un anciano sobre cuyos hombros había recaído el deber de gobernar la isla de Trasion después de que los Piratas Unchained la arrasaran hacía unos meses, asesinando a toda la familia Manada, que regía en la isla, y a todos sus caballeros.

En total, quince personas que representaban el poder de cinco de las islas del Reino. Cinco de treinta y seis... Totalmente insuficiente, a ojos de Gerald, y ninguna de ellas era una de las grandes. Isla Blanca, Isla Mágica, Campo de Vapor, Costa Cortada, Isla Tormenta, Cien Picos... esas eran las islas más grandes y poderosas con diferencia, y enfrentarse a todas ellas con el poder del que disponían era un suicidio seguro. “Dos señores completamente idiotas, un viejo sin experiencia ni caballeros a su servicio, una señora que delega en un loco y suficiente egolatría como para navegar por ella. No pinta muy bien”. Claro que, hasta ese momento, Gerald había combatido solo, por lo que era un avance.

-Aún no somos suficientes -reconoció Sir Attos cuando se terminó la cena y, por tanto, las charlas triviales-. Necesitamos reunir a más gente, más señores, más caballeros, más barcos...

-Piensas demasiado -interrumpió Redskin. Gerald lo soportaba cada vez menos.

-Y vos demasiado poco -le recriminó Lady Oliv-. Lo que tenemos que hacer es convencer a señores importantes para que se nos unan. Hay algunos que están descontentos con el Rey, pero no se atreven a pensarlo siquiera. Su Majestad sabe como compensar a sus amigos leales tan bien como castigar a sus enemigos.

-No será fácil persuadirles -dijo Lord Fisk-. En cuanto el señor de Isla Arenosa, el padre de este chico -señaló a Claude e inclinó la cabeza con deferencia- osó siquiera cuestionar sus órdenes, el Rey le confinó en sus tierras y lo machacó a impuestos. Reclutó a muchos de sus hombres para la primera línea de batalla y solo le ha dejado dos caballeros para defenderse. Y aun peor fue lo de Lord Purcell. El Rey lo ajustició y encerró a su mujer en las mazmorras del palacio para que su hijo gobernase desde entonces con mayor criterio. 

-Mi padre no gobierna un vergel, precisamente -dijo Claude-. Depende mucho de los recursos del resto de islas, así que no se alzará.

-Debe haber alguien más, ¿no? -preguntó el viejo Abe, que acababa de despertarse de una de sus ocasionales cabezadas.

-No creáis. El Rey cuenta con casi todo el poder que poseen los miembros de su Concilio y también con los Grandes Caballeros. Lo mejor sería ganarnos a alguno para nuestra causa y así muchos lo seguirían.

-Los Grandes irán a la guerra -intervino Lady Oliv-, al igual que casi todas las fuerzas de cada isla, sobre todo los caballeros. El Rey moverá a nuestros soldados como peones y tendremos suerte si sobrevive la mitad. 

-Lo que necesitamos es astucia -intervino Gerald, harto de palabrería-. Ykiojima pertenece a una coalición de países fuertemente armados que ahora se alzan en pie de guerra. El Rey tendrá preocupaciones más que de sobra. Nosotros debemos actuar con sigilo y no divulgar nuestras intenciones como una proclama. No hacen falta grandes ejércitos, sino movimientos rápidos y precisos. Yo mismo me encargaré de encontrar nuevos miembros para nuestro bando, y solo tras asegurarme de que serán leales -Al fin y al cabo, contaba con el poder necesario para ello. Había sondeado las mentes de todos los allí presentes y de momento suponía que no los traicionarían, pero no iba a dejarles a ellos mover todos los hilos-. Hablaré con Lord Jery, seguro que me recibirá.

-Si consigues que Jery se nos una, te declararé el mejor mago del mundo -rió Redskin-. Tengo entendido que los fiambres no colaboran mucho en estas cosas.

-Lord Jery tuvo un hijo que ahora gobierna en Campo de Vapor. Es una de las islas más poderosas y cuenta con una buena ración de caballeros. Además, Akise siempre fue amigo mío.

-¿Ése no desapareció? En la isla de los peces, oí yo.

-Consiguió volver -aclaró Walter Bell-. Llegó con seis hombres de los ciento diez con los que partieron su padre y él.

-¿Y si os rechaza? -preguntó Sir Attos a Gerald, cauteloso.

-Creedme, Sir, no me rechazará.

Unas horas después estaba ya ensillando los caballos para dirigirse al puerto. Desde allí, Lady Oliv les había preparado una nave que remolcaría el Ave de Mala Fortuna hasta las aguas por las que podía navegar sin peligro, y después pondrían rumbo hacia los lugares que debían visitar. Gerald convencería a algunos señores de que aportaran sus ejércitos o de lo contrario destrozaría sus mentes como un huracán arrasa una choza de madera.

-Espero que no abuséis de ese poder vuestro, capitán. Ya sabéis que me pone los pelos de punta, y además da mal fario conocer los secretos de los demás.

Gibbs, cómo no, recordándole lo temible y siniestro de su habilidad.

-No os preocupéis, Theodore, solo haré uso de él si es necesario -mintió él. 

Viajar en su propio barco le sentó de maravilla después de tanto tiempo en tierra firme. El Castillo Distante era un buen lugar, pero no era su entorno ideal. Con el tiempo, había llegado a detestar los castillos y a sus habitantes.

Y por ese motivo, el viaje hasta Campo de Vapor resultó todo un alivio. No le importaba que hubiese una guerra -que él mismo había provocado- ni que en cualquier momento pudiera estallar una rebelión -en la que él mismo estaba involucrado-, tan solo pensaba en el olor de la sal en el aire y en el sonido de las olas al chocar contra el casco del barco. Incluso las insolencias de Am resultaban una agradable música de fondo. Eran los recuerdos que le acompañaban en cada travesía.

Pero las costas de Campo de Vapor aparecieron ante sus ojos doce días después, y eso despertó recuerdos aún más preciados. Había pasado mucho tiempo en aquel lugar, recorriendo con su amigo Akise cada rincón del castillo de Volcánica. Aunque en aquel entonces era todo muy diferente.

En esa ocasión no llegaba allí como invitado, sino como criminal buscado. Sabía que había una orden de búsqueda sobre su barco, así que atracó el Ave en una cala aislada y dejó a Gibbs al cargo. El marinero se encargaría de que cualquiera que quisiera robar su nave lo pagara caro. Y mientras tanto, el propio Gerald guiaría a sus otros dos compañeros de armas a través de la peligrosa ruta hasta el castillo. Y es que Campo de Vapor no era un nombre elegido al azar. La isla entera estaba plagada de géiseres que estallaban sin previo aviso. La mayoría eran perfectamente visibles, pero algunas corrientes de vapor estallaban de repente como si fuesen trampas, así que los isleños habían construido carreteras para marcar los caminos que eran seguros. Fuera de esos caminos, cualquier paso podía ser mortal. 

Aun así, Gerald conocía algunos de los senderos secretos que la familia Jery había preparado para casos de emergencia, y a través de ellos pudo llegar hasta la ciudad, Volcánica, en cuestión de un par de horas, sin percances y sin ser visto. Nublar la percepción de los guardias y recorrer los cálidos pasillos de piedra fue tan sencillo como recordar el camino hasta los aposentos principales, donde el actual señor, Lord Akise Jery III, quien antaño fuera su amigo íntimo, se sentaba a ojear sus mapas y a dar cuenta de un almuerzo ligero.

-Pero qué... -exclamó el chico, levántandose confuso.

El joven señor que ocupaba aquellas estancias era idéntico al chico que Gerald recordaba. Cabello blanco como la nieve, piel clara, ojos color miel y aspecto de no haber comido bien en la vida. Aun así, cuando vio a tres intrusos en sus aposentos no dudó en plantarles cara. Akise siempre había sido fuerte a pesar de no parecerlo.

-Espero que no hayas perdido los modales en este tiempo -le dijo Gerald-. Si nos peleamos seguro que pierdes, como cuando éramos críos. 

Pasó un largo rato antes de que Akise respondiera. Estudió con la mirada a aquel extraño de ojos violeta que había irrumpido así en su hogar hasta que pareció reconocerlo por fin. 

-Me caías mejor cuando creía que estabas muerto -respondió con sorna-. ¿Has salido de la tumba para venir a jugar a los caballeros?

-Mi tumba era poco profunda, por suerte, así que sí. Aunque esta vez pienso usar mi propia espada y no las que le robábamos a Sir Arter.

-Ya veo. Al menos ahora eres lo bastante alto para sostener una. 

-A veces hasta dos.

-Muy gracioso. Aún me debes dinero, ¿sabes? Me molestó mucho que te murieras sin pagar tu deuda -Akise se sentó de nuevo y ofreció un asiento a sus “invitados”-. Me alegra ver que sigues respirando. ¿Qué le has hecho a mis guardias?

-Nada, ni siquiera los he tocado -Gerald Ichizake era pura sinceridad.

-Eso me preocupa aun más. He visto cierto retrato de cierto hombre buscado que se da un aire a ti... Creo saber a qué has venido.

-Nunca pude engañarte. Te presento a Claude Vist y a Lady Amelia, mis fieles...

-Si vuelves a llamarme lady te comerás esta mesa tan bonita -le interrumpió Am, toda cortesía.

-Cierto, se me olvidaba -mintió Gerald, que gustaba de hacerla rabiar-. Os presento a Akise Jery, mi viejo amigo y mi, espero, futuro aliado.

-¿Vist? Eres el hijo de Cladwell, ¿verdad? -inquirió Akise. Claude asintió-. Espero que no me llenes los salones de arena. Siempre que volvía de visitar Isla Arenosa me encontraba arena hasta en la sopa una semana después. En fin, Gerald, si has resucitado y te has arriesgado a venir hasta aquí solo puede querer decir que vienes a que te preste unas cuantas espadas. ¿Me equivoco?

-Más de unas cuantas, en realidad -puntualizó Gerald-. Vengo a proponerte más que unas simples escaramuzas. Vengo a avisarte de que se avecina una guerra, y te ofrezco un asiento en primera fila.

-A quien le gustaban las guerras era a mi padre, ¿sabes? El muy necio era tan beligerante y orgulloso que hizo que lo mataran por eso. Lo mataron los peces en la Isla Gyojin, después de provocarlos insultando a su princesa.

-Lamento oírlo -Gerald se preguntaba si su amigo le creería en esa mentira tan obvia-. Pero la muerte de tu padre deja un vacío en el poder del Rey que yo pienso aprovechar. Era el Lord Administrador, y como tal, el segundo hombre más poderoso del Reino. Ahora que el Rey ya no tiene a nadie a quien encargarle sus tareas más molestas, estará más ocupado. Lo que quiere decir que cometerá errores.

-Y quieres que me una a ti para... ¿qué? ¿Derrocarlo? ¿Te has planteado lo que pasaría si te digo que no? 

”Que usaré mis poderes y esta conversación no habrá tenido lugar”

-De todas formas no tengo mucho que darte -siguió Akise-. Hay una guerra, por si no lo sabías. La Coalición ha...

-Lo sé. Yo mismo la provoqué -reconoció.

-Claro, cómo no. En cualquier caso, tendré que combatir por el Rey para que no me machaque. Lady Sheyla se negó y Su Majestad envió a Sir Oswald Lamorak a aliviarle del peso de su cabeza, a ella y a toda la familia Bront. Como es un Gran Caballero, el Rey le ha dado autoridad sobre Isla de Plata, sus ejércitos, sus caballeros, y las minas que le dan nombre. Si le digo al tipo de la corona que mis caballeros están ocupados planeando un golpe de estado, sin duda enviará a otro de sus perros a cortarme el pelo. 

-Obviamente, no puedes no enviar tropas, pero sí reservar parte de tus fuerzas. Finge ser leal, lucha por el Reino, y cuando llegue el momento, únete al ataque.

-¿Que guarde fuerzas? Mi padre perdió una docena de caballeros en el fondo del mar. Sir Burns fue derrotado por un pirata tuerto y luego ejecutado por los peces, Sir Lawrence desapareció cuando huíamos hacia la superficie y Sir Yon murió, desertó o qué se yo -En realidad, Sir Amadeus Yon fue asesinado por el propio Gerald, pero no consideró oportuno comentarlo-. Me pides mucho, amigo. Y no sé si mi alegría por verte vivo llega a tanto.


******

Cuando Gerald vio desfilar a los soldados casi sintió deseos de unirse a ellos. Pero no iban a embarcar para destruir Capital, sino para sumarse a las fuerzas conjuntas de Lord Usaru y Lord Dansworth y atacar el más cercano de los países de la Coalición, el conjunto de naciones a las que el Reino se enfrentaba por culpa de propio Gerald. Sabía que no sería una conquista muy importante, ni tampoco sencilla. Al estar tan cerca de las islas estaría sin duda bien protegido, pero el Rey quería que sus ejércitos saborearan la victoria antes de que la guerra se recrudeciera y no le importaban las bajas. Además había enviado a los hombres de Isla Jirafa y de Isla Circular, islas menores que Su Majestad no apreciaba en demasía, así que si morían no sería una gran pérdida. 

El propio Akise había sido llamado a liderar aquel asalto. “Para demostrar que la sangre de mi viejo amigo es tan fiera como siempre”, según decía la orden real.

-Ese malnacido quiere que muera y así poder dar mis tierras a otro de sus perros. ¿Sabías que es lo que ha estado haciendo? El Rey derroca señores que no le aprecian o que no le sirven y les da sus señoríos a sus Grandes Caballeros. Es listo, debo reconocérselo. Así se asegura la lealtad de los mayores poderes del archipiélago a la vez que se libra de molestos opositores. 

-Ten cuidado, entonces -le advirtió Gerald en el momento de la despedida. Se había planteado la posibilidad de acompañarlo, pero sabía que tenía trabajo pendiente. Sobre todo después de que Akise accediera a unirse a su causa al escuchar que el mismísimo Lord William Bell la patrocinaba y de que no eran solo desvaríos de rebeldía.

-No te preocupes. Sir Shawley me protegerá -dijo, refiriéndose a un joven de cresta verde que en lugar de espada llevaba media docena de hula hops-. He dejado al mando a Sir Karter. Él te ayudará y se asegurará de que nadie me arrebate este bonito erial humeante que es mi hogar.

Cuando los navíos zarparon se preguntó cuántos volverían. Esperaba que muchos; los necesitaría cuando llegara el momento de presentar batalla, y le convenía que al menos las tropas de Akise sobrevivieran. El resto podían irse al infierno por lo que a él respectaba. Tenía a su mando un número de caballeros nada despreciable, aunque solo habían quedado dos en la isla: Sir Karter Cutt, como regente y Sir Frederik Geiser, como protector. Todos los demás se jugarían la vida por capricho de su rey.

Gerald decidió pasar algo de tiempo en Campo de Vapor. Akise le había recomendado que entrenase con Sir Karter, que tenía cosas que enseñarle. Él no podía negarse, así que accedió a recibir sus enseñanzas. 

-Este lugar es peligroso -Todas las mañanas, el caballero comenzaba así su discurso-. El agua del interior de la tierra se calienta deprisa y llega a haber tal presión que escapa como un chorro mortal desde cualquier punto. Cuando construimos algún edificio nos aseguramos de que los cimientos sean lo bastante resistentes como para soportarlo, así como nuestras carreteras y caminos. El resto del terreno es muy peligroso, así que pocos lo transitan. 

Deambular por ahí después de oír tales advertencias no le tranquilizaba en absoluto, pero no dijo nada. Y de repente, una explosión de vapor surgió bajo los pies de Sir Karter y lo engulló en su ascenso. Durante unos segundos, el vapor formó una columna blanca alrededor del hombre, que sin duda estaría cociéndose en su interior. Aun más sorprendente fue ver que estaba ileso cuando el vapor se disipó. Y no solo eso, si no que su cuerpo era blanco y humeaba. 

-Como iba diciendo, pisar esta tierra es peligroso. Lord Jery me nombró protector de la isla debido a que puedo moverme a placer por donde quiera. La Evo Evo no mi me permite adaptarme a cualquier cosa, así que los géiseres no son un problema para mi.

-Siento deciros que yo no poseo tal poder.

-Ni lo necesitas. El mantra te dirá dónde y cuándo surgirá una columna de vapor. Y por ese motivo lucharás conmigo aquí. Adaptación, esa es la clave de la supervivencia. Y si no logras adaptarte a este entorno, puedes darte por muerto.

Aunque a un bajo nivel, Gerald ya era capaz de usar el mantra, de forma que cuando se enfrentó a Sir Karter lo más peligroso resultó ser su espada. El caballero no dudaba en atacar a matar, y Gerald respondía con la misma intensidad. Los ataques de Cutt eran fuertes y sin tregua, y él respondía con movimientos fluidos con los que buscaba infringir una herida seria aunque, a ser posible, no mortal; si quisiera matarlo atacaría su mente a la vez que su cuerpo. 

Pero además tenía que lidiar con su peculiar poder. El caballero convertía su piel en acero cuando recibía los golpes y dislocaba sus articulaciones para golpearle desde ángulos completamente absurdos. Gerald estaba empapado en sangre y sudor después de una hora luchando y evitando los letales estallidos de vapor. Concentrarse en su haki le dificultaba prestar atención al combate, pero su rival no necesitaba esquivarlos como hacía él. Se limitaba a sumergirse en ellos y usarlos como cortinas de humo. En esos momentos, las dos hachas cruzadas sobre una nube de humo que aparecían en el blasón de Sir Karter resultaban de lo más idóneas.

El joven espadachín cometió el error de hundir su espada en una de las columnas blancas, pero en lugar de encontrar la carne de Cutt, su arma salió volando por culpa de la fuerza del vapor. Sin ella, recibió de lleno el siguiente ataque, que a punto estuvo de partirlo en dos por la cintura. 

Aunque el combate terminó ahí, hubo muchos más. Luchaban en cuanto sus heridas sanaban, para así poder hacerse unas nuevas. Gerald intentaba predecir los ataques de su oponente y al mismo tiempo los mortales géiseres. Las visiones que irrumpían en su cabeza cuando iba a sufrir daño eran cada vez más claras y frecuentes, pero le costaba acostumbrarse a ellas. Una cosa era ver el interior de la mente de alguien, y otra muy distinta que imágenes suyas recibiendo heridas aparecieran en su cabeza de pronto. 

Cuando no peleaban, Gerald deambulaba por los peligrosos campos de vapor durante horas para aprender a predecirlos. “Este lugar es tan aburrido como peligroso”, pensaba a menudo. El paraje yermo que reinaba en la mayor parte del territorio era terriblemente monótono. Aunque sabía que había multitud de invernaderos donde se cultivaban los alimentos y que el propio vapor era una gran fuente de energía, no podía creerse que nadie pudiera tener interés en gobernar esas tierras. A cada paso que daba, se mantenía más concentrado en el subsuelo que en la dirección que tomaba. Vagaba sin rumbo mientras intentaba prever cuando debía apartarse de algún estallido de vapor. En realidad, cuando no tenía que preocuparse por los combates, no le resultaba muy difícil; era como utilizar sus poderes hacia el suelo, en lugar de en la mente de alguien.

Claro que su capacidad de predicción no abarcaba mucho tiempo, y tenía que reaccionar muy rápidamente para no terminar cocido como una langosta. Y cuando las columnas de vapor eran demasiado gruesas, terminaba con dolorosas quemaduras que se iban acumulando día tras día, fallo tras fallo. Pero Sir Francis Warland le había enseñado cuando era niño que cada herida tenía algo que enseñar. Y había acumulado muchas lecciones en las últimas semanas. 

Cuando el cuadragésimo tercer día entró cojeando en el salón principal para cenar, la extraña sensación del mantra le avisó de que se apartara. Y lo hizo, justo a tiempo para evitar que el hacha arrojadiza de Am se clavase en su cráneo. 

-Buenas noches a vos también -fue la respuesta de Gerald a la agresión. Él mismo había pedido a su compañera que le ayudase a poner a prueba sus habilidades con ataques sorpresa.

-Te ha ido de un pelo. Un poco más y te habría dejado tan feo como a ese -dijo la joven, señalando al recién llegado. 

-No seáis descortés -le reprendió. Luego se giró hacia el emisario. Era un joven enviado de Isla Banana, una pequeña islita que apenas tenía poder militar en el archipiélago, cosa que compensaba con sus grandes aportaciones de comida, sobre todo fruta-. ¿Qué asuntos os traen aquí?

-Lord Leonard me envía para transmitir su respuesta a la oferta -Gerald sabía a que oferta se refería. No podían ir diciendo por ahí que iban a orquestar una rebelión, así que se limitaban a llamarlo “oferta”, que podía significar aparentemente cualquier cosa-. Afirma que, aunque los ejércitos de Isla Banana están ocupados en la guerra del Rey, proporcionará tantos recursos como pueda para tan noble fin. Sin embargo, no...

-Así que, ¿va a quedarse sin hacer nada? -intervino Sir Frederik, también presente en la reunión. Karter Cutt, sentado en la cabecera de la mesa, lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

-No podemos permitirnos ofrecer más, Sir -se excusó el pobre enviado. Frederik Geiser era un tipo intimidante y parecía ponerle nervioso.

-Márchate, chico -ordenó el airado caballero.

Realmente, Gerald estaba tan descontento como él, solo que lo disimulaba mejor. Las noticias de la guerra decían que la flota de Puerto Pedregoso había sido derrotada en una encarnizada batalla por culpa de la temeridad de su comandante. Cuando se enteró, maldijo a Lord Mallon mil veces por ser tan estúpido. Y aún peor: Frank Redskin estaba desatado. Había partido de Isla Lejana poco después que ellos, pero en lugar de volver al castillo de su madre a prepararse para la guerra, se había dedicado a sembrar el caos. El muy necio debía partir a la batalla tal como le habían ordenado desde la capital, pero se suponía que tenía que pasar desapercibido En vez de eso había preferido hundir seis galeras reales y derribar una fortaleza del enemigo al mismo tiempo. En ese momento, su cabeza tenía un precio y el Rey estaba furioso con él. Claude creía que Su Majestad marcharía sobre las tierras de los Redskin para deponer otro señorío, y Gerald no podía decir que lo dudase.

“Tengo pocos aliados, y la mitad son idiotas, son un lastre, o ambas cosas”. 

Por suerte, pronto partirían hacia su siguiente destino; no soportaba la inactividad. El Ave de Mala Fortuna zarparía al día siguiente hacia Isla Vertical, a reclutar a otro de los señores que necesitaban para la guerra. 

-Aún no eres tan bueno como convendría -le había dicho Sir Karter-, pero tendrá que valer. Si sobrevives, recuerda darme las gracias por lo que te he enseñado.

-Entonces también tendré que culparos si muero.

-A nadie le gustan los listillos.

-Adaptaos, pues -le replicó.

La última noche la dedicó a dar un último paseo por los campos de geiseres. Dejó la mente en blanco como tantas veces había hecho antes y buscó las inevitables explosiones de vapor. Intentó predecirlas, verlas tan claramente como si se diesen en el presente. 

Ver el peligro antes de que apareciese era tan útil como confuso. Las imágenes premonitorias no eran ni mucho menos detalladas, y solían ir acompañadas de una sensación inexplicable. Gerald se sentía como si cada célula de su cuerpo tratase de escapar en diferentes direcciones mientras le gritaban “Muévete”. La adrenalina corría por todo su cuerpo mientras que las visiones de su muerte y desgracia se sucedían sin cesar por su cabeza. No era nada agradable, ni mucho menos, pero resultaba útil, y eso era lo que a él le interesaba.  

Fue una noche larga, pero ni mucho menos la peor de su vida. Intentar que grandes explosiones de agua hirviendo no lo quemasen vivo era un asunto peliagudo, sí, aunque en honor a la verdad, se había enfrentado a cosas más peligrosas. Cuando llegó el amanecer, se dirigió al puerto y dio orden de zarpar.

-No olvides que Lord Jery ha puesto su fe en tu causa, chico -le advirtió Sir Karter justo antes de irse-. Más vale que cumplas tu parte.

Gerald le garantizó que cumpliría, pero eso no pareció tranquilizar en absoluto al caballero. El propio Cutt embarcó también en una nave, para asombro de Gerald.

-¿Qué hacéis? 

-Hay noticias: la guerra ya ha llegado a aguas del archipiélago. Mi señor querría que os proporcionase escolta. Frederik podrá encargarse de proteger este lugar de ser necesario. 

-¿No tenéis confianza en nuestra fuerza, Sir?

-Solo viajaré con veinte hombres, y únicamente tripularán el barco. Si hay batalla, no servirán de mucho, así que sí, confío en vuestra fuerza... pero más en la mía.

Al contrario de lo que había supuesto, el viaje fue bastante tranquilo. El mayor incidente durante los primeros días fue que Am cazó una gaviota y obligó a todo el mundo a desviarse del rumbo para recoger el cadáver del agua. 

-¿A qué os referíais con lo de que hay guerra en el Reino? -quiso saber Gerald cierto día. Sir Karter se había mostrado poco comunicativo sobre el tema, pero no era algo que pudiera mantener oculto.

-Hace diez días que el Conde Gongner envío sus naves voladoras contra nosotros. Traspasó las defensas exteriores y se plantó en mitad de las aguas de los Botley. Después de la muerte de su padre, el señor es un crío de ocho años, así que imagina lo que ocurrió.

-¿Cuántos hombres perdió?

-No tantos como los civiles que murieron durante el saqueo. Lo peor es que no sé que ha sido de Lord Jery. Tengo entendido que ganaron pero no he oído nada sobre las bajas que hubo en nuestro bando.

Gerald confiaba en que su amigo estuviese bien, pero no podía perder tiempo preocupándose por algo que no podía controlar. Tenía asuntos que tratar y necesitaría toda su concentración. Si no se equivocaba, el tal Gongner era un aristócrata con ínfulas de gran líder militar, que a pesar de ser idiota contaba con armas temibles. Nadie sabía cómo, hacía que sus barcos volaran, lo cual lo volvía un adversario impredecible. En cualquier momento podía caerles del cielo un galeón repleto de enemigos.

Pero con lo que se toparon fue mucho peor.

Vieron el primer cuerpo apenas pasado el crepúsculo, con las últimas luces del sol poniéndose por occidente. Llevaba la ropa raída y ensangrentada, pero aún reconocible como el uniforme de los marineros que servían en la Flota Blanca. Y tras el primero fueron llegando más. Hinchados, mutilados, flotando boca abajo cada vez en mayor número. Trozos de madera quemada y velas rasgadas comenzaron a adornar también el oscuro mar. Gerald sugirió que apagaran todas las luces en los navíos, y Sir Karter consintió. El Ave de Mala Fortuna era silencioso como la noche y se confundía en la total negrura; el Olvido Blanco, la nave que capitaneaba Sir Karter Cutt, ya no lo era tanto. Las cuerdas parecían gemir como cadenas oxidadas en el silencio que les envolvía, las respiraciones resonaban como rugidos de bestias feroces. Gerald pensó que hasta los latidos de los tripulantes sonaban demasiado altos.

Poco después vieron “aquello”. Al principio pensaron que habían llegado ya a Isla Vertical, o que se habían desviado de su rumbo sin darse cuenta y estaban frente a alguna montaña. 

-Por todos los diablos... -murmuró Gibbs cuando por fin alcanzaron a distinguir de qué se trataba.

La madera crujía, y el viento agitaba los restos de las velas como lúgubres estandartes. Los estandartes de verdad estaban todos clavados en lo más alto; símbolos ensangrentados que probaban la derrota de las fuerzas del Rey en la batalla. Gerald distinguió las monedas de plata de la recientemente extinta familia Bront, el sol verde de los Zorick de Isla Verde, la cordillera de Lord Salco, señor de Cien Picos, y otra media docena de blasones reconocidos. Todos ellos adornaban la siniestra construcción que se alzaba sobre el mar.

Al menos una quincena de barcos habían servido para construir el inmenso tótem. Apilados unos encima de otros, como si no fuesen más que juguetes, formaban una torre de madera destrozada de cien metros de altura. La base era un inmenso galeón sobre el que se sostenían los demás buques de guerra. Estaban clavados unos en otros, con los mástiles atravesando el casco de  las naves de más abajo para mantenerlos en equilibrio. Cientos de cadáveres plagaban la oscura torre.

-¿Qué coño es eso? -preguntó Am. Nadie supo darle una respuesta.

En la cima, una figura humana destacaba a la luz de la luna. El sonido de una espada al salir de su vaina llamó la atención de Gerald, que se giró a tiempo para ver como Sir Karter se adelantaba a la proa de su barco, dispuesto a plantar cara al culpable de aquello.

-Adelantaos, chico -ordenó el caballero-. Yo daré cuenta de esta presa.

La habilidad de Karter se puso en marcha y su cuerpo comenzó a cambiar a ojos vistas. Sus brazos se volvieron más gruesos y su torso más esbelto y ligero. Un par de alas surgieron de su espalda y el caballero echó a volar al encuentro del desconocido. 

Este último también se puso en marcha. Su cuerpo pareció disolverse en la noche y se movió como una veloz nube hasta chocar con Sir Karter en pleno vuelo. Intercambiaron golpes en el aire durante un largo minuto, la espada de Cutt contra los puños desnudos de aquel hombre sin nombre. Pero cada vez que el acero del caballero amenazaba con tocar a su oponente, el cuerpo de éste cambiaba y se movía como el humo para evadirlo. 

Gerald oyó como Karter maldecía en voz alta, y lo veía desesperarse por propinar un golpe certero. En un momento dado, el desconocido se disgregó en forma de volutas de humo apenas visibles en la oscuridad, rodeó al caballero y lo atacó desde todas direcciones con extremidades grises. Luego, voló hasta posarse sobre la cubierta del Olvido Blanco.

-¡Matadlo! -exclamó alguien. Y comenzaron a llover las flechas. En el Reino, eran pocos los que hacían uso de las armas de fuego, así que los arcos eran el arma a distancia más común.

Todos los proyectiles pasaban a través del cuerpo de aquel hombre sin causar daños. Sir Karter agitó sus nuevas alas y aterrizó tras su adversario, buscando decorar la madera de su barco con sangre. Pero el hombre de humo hizo surgir una mano grisácea de su espalda y apartó al caballero como quien aparta a una mosca con un manotazo. “Parece hecho de humo, pero puede darle densidad y solidez”, dedujo Gerald. Ya tenía desenvainada a Pluma Negra y estaba preparado para intervenir de ser necesario.

-Mi nombre es Ugorr -habló el hombre de humo-. Conde de Markal, Héroe de la Batalla de los Fresnos, Comandante de las fuerzas de Galea y la Coalición. Sabed todos quien soy, pues todo el mundo debería conocer el nombre de quien le da muerte.

Antes de que nadie pudiese reaccionar, el tal Ugorr se convirtió en una humareda que se extendió por el barco entero. Flotó entre los soldados y empezó a crear brazos humeantes que extendió hacia los rostros de los hombres. No importaba que se defendieran con espadas o golpes, pues solo traspasaban el humo. Y mientras se iban asfixiando. Los brazos de humo apretaban sus cabezas e inundaban sus pulmones, matándolos poco a poco. Uno tras otro, todos fueron cayendo de rodillas, mientras el humo se reía.

Y entonces sangró. La espada bañada en haki de Sir Karter se hundió en la humareda y se tiñó de rojo. La sangre parecía brea negra a la luz de la luna. Incluso fue capaz de bloquear un inmenso puño de humo que voló hacia él con una fuerza tal que hizo temblar la nave. 

-Soy un caballero de la Orden. No me trates como a un cualquiera.

La batalla se reanudó ante los ojos de Gerald que observaba con atención como volaban uno alrededor del otro, golpeándose una y otra vez. Ambos contendientes sangraban, pero seguían sin dar tregua. Volaban haciendo espirales por el cielo, rodeando una y otra vez la columna de barcos. Karter parecía llevar la ventaja, atosigando a Ugorr con su espada larga y arrinconándolo contra los barcos.

Pero de repente, Ugorr se convirtió en humo y se coló por los espacios entre los navíos que él mismo había apilado. Y una vez en el otro lado, los empujó contra el caballero. Varios barcos se hicieron pedazos bajo su espada, pero el resto cayó a plomo sobre el Olvido Blanco, formando unas inmensas olas. El navío se hizo pedazos y el Ave estuvo a punto de volcar ante las sacudidas del mar. 

Sir Karter contempló horrorizado como sus hombres se ahogaban y no prestó atención a su espalda hasta que fue tarde. Gerald saltó hacia él espada en ristre con el fin de ayudarle, pero antes de llegar, Ugorr ya había metido su brazo de humo la boca y la nariz del caballero. Sir Karter se retorcía buscando aire desesperadamente, agitando su espada de un lado a otro. Ugorr recibía corte tras corte hasta que aferró su brazo con su poderes de humo. Gerald no dudó cuando llegó a su altura: hundió su negra hoja en el costado del Conde de Markal y saboreó la expresión de dolor que cruzó su rostro. “El haki es realmente útil”, pensó. Fue entonces cuando Karter dejó de moverse y su enemigo lo dejó caer. Gerald extendió su brazo hacia él, consciente de que si no aterrizaban sobre su barco, se ahogarían sin remedio. Mas no llegó a agarrarlo, pues un torbellino de humo lo atrapó y lo arrojó lejos, llenando sus pulmones con su toxicidad.

Gerald cayó con fuerza sobre los restos de la columna de barcos, quebrando lo que quedaba de la cubierta de una galera en la que ondeaba el estandarte de Su Majestad. Cuando el humo se disipó, respiró hondo, agradeciendo el aire limpio y se preparó para encarar al malnacido que lo había convocado. Lo que no esperaba ver era a Sir Karter aún en pleno vuelo. 

-¿Crees que me asfixiarás con eso? -alardeó el caballero-. Si no pudiese adaptarme a algo tan simple, no merecería mi título. 

“Es cierto”. No había caído en la cuenta hasta ese momento de que la Evo Evo no mi debería permitirle adaptarse a respirar cualquier cosa. Gerald no contaba con esa ventaja, pero aún así se lanzó de nuevo al combate. Cutt agobiaba a su rival con la espada, así que él atacó su mente. Mientras Ugorr invocaba decenas de extremidades de humo con las que golpear sin piedad, él se infiltró en su cerebro como un ariete. No tuvo la menor delicadeza, sino que comenzó a destrozar todo lo que salía a su paso.

Notaba como Ugorr se resistía, pero poco podía hacer. Si le atacase a él, sería capaz de librarse de los efectos devastadores de su habilidad, pero estaba ocupado lidiando con uno de los caballeros del Reino, lo cual no era poco. Gerald se topó con sus recuerdos y los fue arrancando uno a uno como las malas hierbas. Preciadas memorias de la infancia, salvajes recuerdos de la guerra, amores y odios, sangre y alcohol, lágrimas y risas... todo ello sucumbió ante él. Le envió todo tipo de emociones negativas e imágenes horribles, indescriptibles. Incluso al propio Gerald le resultaba difícil imaginar algo así. Sustituyó cada feliz recuerdo por una ola de sangre y oscuridad, por la tristeza más infinita que era capaz de convocar. 

Ugorr chillaba de ira mientras atacaba. Con fiereza, sí, pues esa era su naturaleza y Gerald no podía cambiarla, pero la precisión y la pericia de sus anteriores ataques había desaparecido por completo. Solamente era una masa de rabia que tenía que golpear a algo, y a Sir Karter no le costaba evadirlo. Las lágrimas corrían por el rostro del fiero Ugorr y al verlas, Gerald supo que ya había ganado. Y con un último grito, el arma de Karter atravesó su pecho de parte a parte. El acero era negro, sangre y haki mezclados en la noche. 

La voz de Ugorr se apagó y su cuerpo cayó hacia las negras aguas de un mar regado con sangre. Gerald se permitió el lujo de sentir alivio, y aparentemente lo mismo hizo Cutt. Un segundo después se dio cuenta de que había cometido un error.

Justo antes de hundirse en el agua, el temible Ugorr, Conde de Markal, Héroe de la Batalla de los Fresnos, Comandante de las fuerzas de Galea y de la Coalición, extendió su brazo de humo para atrapar a un caballero volador. Sir Karter lo vio venir y trató de apartarse, pero la nube de humo era demasiado grande y no logró evitar que lo cogiese el brazo de la espada y tirase de él, arrastrándolo hacia un frío final en las heladas aguas. Gerald quiso impedirlo, pero lo único que logró fue cruzar una última mirada con Sir Karter Cutt.

Y cuando, tras un corto grito y una potente salpicadura, ambos hombres se perdieron bajo el mar, Gerald no pudo sino recordar lo que Ugorr había dicho al presentarse, y se preguntó si a Sir Karter le consolaría saber el nombre de quien lo había matado.

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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Ichizake el Jue 8 Jun 2017 - 0:16

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-Mi señor no bajará, es mi última palabra -sentenció el veterano caballero al que llamaban Grillo. Un apodo muy apropiado, dado que el blasón de Sir Leonard Grille era precisamente ese animal-. Si ese imbécil de abajo os ha dicho que lo haría, os ha mentido.

-Pedazo de... -Gerald tuvo que interrumpir a Am antes de que diese rienda suelta a toda su perversa dialéctica.

-Hemos hecho un largo viaje hasta aquí. Necesitamos fervientemente verlo.

-Si queréis ver a Lord Klaus, será bajo las condiciones de Su Señoría. Milord aguarda en el nivel superior. Para llegar a él, debéis depositar aquí todas vuestras armas y subir todos los pisos.

-El único sitio donde dejaré el arma será clavada en tu cráneo -amenazó Am. 

-Dentro de una mazmorra no seríais tan violenta.

Sir Leonard echó mano al pomo de su espada y Gerald se lo tomó como una indicación de que era el momento de dar uso a su habilidad. Normalmente no le era fácil controlar a las personas, pero hacer que el Grillo se moviera y les dejara pasar obviando que llevaban armas fue de lo más gratificante. Y hacerle olvidar fue más simple aún.

Por desgracia, Isla Vertical era la isla más engorrosa del archipiélago. Como su nombre indicaba, era totalmente vertical, una enorme torre de varios pisos de altura en los que había construidas grandes y resistentes plataformas habitables, todo ello construido sobre un ridículo islote. En la base de la torre estaba el puerto, y a los de más arriba se accedía a través de los ascensores o, para los que no querían hacer cola, por las largas escaleras en espiral que se enroscaban alrededor del pilar que era realmente la isla.

El Primer Nivel estaba reservado para la milicia, de forma que cada dos pasos aparecía un soldado armado, una armería, un cuartel o una herrería. Si se le daba una patada a una piedra aparecían veinte espadas apuntando a quien la había pateado. Así que pasar por ahí fue lo más difícil. Gerald tuvo que ocultar su espada bajo su capa, y Am llevaba un hacha arrojadiza debajo de la blusa sucia. Sus otros dos compañeros aguardaban en el barco junto con los tres únicos supervivientes de la tripulación que había partido con ellos de Campo de Vapor. Como eran muy diferentes entre sí y a nadie les importaban realmente su nombres, Gibbs los había apodado Renacuajo, Rana y Sapo.

En el Segundo Nivel se encontraron con el anciano Sir Elston. El viejo llevaba como armadura un caparazón de tortuga y hablaba tan despacio que resultaba insoportable, pero era mucho más agradable que su colega de abajo. Habló durante un buen rato con Gerald y Am, hasta que se durmió sin necesidad de que nadie entrase en su cabeza. Ese nivel estaba reservado para el comercio y el cultivo. La zona residencial estaba en los tres niveles siguientes, donde solo había un guardián. El caballero que vigilaba el Cuarto había muerto en la Rebelión de un Día, y el del Quinto, cuando se cayó del borde de la plataforma que llevaba custodiando décadas. 

En el Sexto y último nivel, Sir Elmer Lucamore los guió a la sala de audiencias del señor. Cuando Gerald le dio la noticia de la muerte de Sir Karter, Lucamore se mostró bastante compungido. Por lo visto se conocían desde hacía años y habían combatido en más de un torneo, así que, por haber sido sus compañeros de armas durante un tiempo, les dio paso por delante del resto de personas que aguardaban la audiencia con el noble Klaus Devillion.

El señor en cuestión era un saco de huesos que parecía estar a punto de exhalar su último suspiro. Decían que no salía del Sexto Nivel desde hacía años, y pocas veces ponía el pie fuera de su mansión. Según Am, eso tenía que ser porque subir y bajar de ese sitio era un horror; claro que ella usó palabras algo más crudas para describirlo. A pesar de su demacrado aspecto, Gerald sabía que contaba con un numeroso ejército formado por hombres más sanos y mentalmente estables que él, así que le propuso la oferta que Lord William Bell le hiciera a él en su día.

-¿Queréis que plante cara al Rey? -respondió espantado. No era precisamente la reacción que Gerald habría deseado.

-Su Majestad envía a vuestros ciudadanos a la guerra y ajusticia a cualquiera ante el menor atisbo de pensamiento individual. ¿Cómo no rebelarse contra él? -repuso Gerald.

-El Rey es demasiado poderoso y vos sois un necio si creéis que me alzaré contra mi legítimo soberano. Marchaos de aquí antes de que llame a mis guardias.

Nada de lo que Gerald le dijo sirvió para hacerle cambiar de opinión, así que en su lugar cambió sus recuerdos sobre la reunión. Por lo que al Lord respectaba, él había acudido allí a solicitar asilo, y éste le había sido concedido. Por tanto, Lord Klaus dispuso que Sir Elmer les consiguiera alojamientos.

Por desgracia, Gerald no tenía tiempo que perder y no podía aguardar en Isla Vertical hasta que a su señor le diese por entrar en razón. “Tengo que hacer algo”, se decía constantemente. Pero, ¿qué? Pasó ese día y el siguiente conociendo a las personas que habitaban el Palacio Alto por si alguna le podía servir de alguna forma.

Aparte de los criados y sirvientes varios, había una treintena de guardias armados liderados por Sir Elmer que custodiaban a la familia Devillion. En cuanto a ésta, Lord Klaus tenía tres hijas: Jenna, Petra y Garra. Su heredera era de lo más interesante. Lady Petra Devillion era todo lo contrario a su padre: fiera e indómita, de una vitalidad y una fuerza contagiosas, y jamás dudaba en decir la verdad a la cara. Gerald había visto en su cabeza su descontento para con su padre y con el Rey, y sabía que de haber podido se habría negado a participar en la guerra.

-Lord Klaus es un cobarde y no escucha a nadie. Su hija le dice que luche, Lucamore también, pero no les hace el menor caso -le comentó a Am la segunda noche.

-Un tipo que tiene miedo de salir de su casa no va a luchar con nadie. Habría que darle un buen golpe a ver si la visión de su sangre le espabila un poco.

Gerald estuvo a punto de ignorar ese comentario, pero la idea de hacer sangrar a Lord Klaus le dio asimismo una idea. “Si fuese la hija quien gobernase, todo sería más fácil”. El problema de eso era que pensar así conllevaba ciertas acciones un tanto peligrosas. A pesar de su debilidad, dudaba que Klaus Devillion muriese en los próximos días repentinamente. No, a no ser que alguien interviniera para adelantar lo que la naturaleza haría inevitablemente tarde o temprano.

“Morirá un día u otro”, se dijo la noche siguiente, mientras recorría los pasillos del palacio a oscuras, sigiloso como un gato. “Si muere ahora, al menos servirá a un propósito. Será más digno para él dar su vida por una causa que morir en la cama tras años de vivir con miedo y encerrado”. 

Una hora después, cuando se coló en los aposentos privados que dieciséis generaciones de los Devillion habían ocupado, no dudó en colocar la almohada sobre el rostro del pálido y enclenque señor que dormía inquieto en una cama mucho más grande que él. Poco después, volvió a su cuarto sabiendo que Lord Klaus no volvería a despertar.

El día siguiente fue el más caótico que Gerald recordase en mucho tiempo. Hubo gritos, llantos y maldiciones, discusiones y más gritos. A Gerald le acusaron y amenazaron con echarle, pero no tenían prueba alguna contra él. Al final se dictaminó muerte natural y se hicieron los preparativos para nombrar señora a Lady Petra. Aun así, fueron necesarios tres días más para que los ánimos se calmaran allá en el Sexto Nivel, y otros doce antes de que la nueva señora les concediese otra audiencia. Sin embargo, los resultados valieron la pena la espera.

Gerald apenas tuvo que decir nada para convencer a la mujer. La firma de William Bell sobre aquella causa la convertía en algo importante, en algo más que una mera hipótesis sobre un alzamiento. Lord William le había dado en su momento una carta firmada por él mismo y, aunque con Akise no tuvo necesidad de usarla, con Lady Petra resultaba necesaria. No podía confiar en que su palabra fuese suficiente, así que le enseñó la carta con el sello y la firma de Bell. 

Cuando la reunión terminó, ya tenía un nuevo aliado, y los primeros cañonazos comenzaron a plagar el aire, anunciando que Isla Vertical estaba bajo asedio.


******

Con la mayoría de tropas fuera de la isla, no había modo alguno de romper el sitio sobre la isla. Los barcos fueron hundidos o robados por el enemigo, y los que no lograron huir a los pisos superiores a tiempo terminaron muertos. Sir Neo Xenon, que custodiaba la parte de la isla que estaba a nivel del mar, logró ganar algo de tiempo para la evacuación, pero a costa de su propia vida. Gerald se sorprendió de que el resto de caballeros no acudieran en su ayuda, pero Sir Elmer se lo explicó.

-Nuestra tarea es proteger cada nivel de nuestra tierra y no podemos abandonarlos por nada del mundo. ¿Qué ocurriría si todos muriésemos en el nivel inferior? ¿Quién protegería los pisos superiores? 

La respuesta no le satisfizo en absoluto, pero al menos le quedó claro que, efectivamente, sus aliados eran idiotas. En lugar de luchar, se aferraban a sus títulos con una literalidad absurda. Fue educado y se abstuvo de decirle que los guardianes de los niveles cuatro y cinco estaban muertos desde hacía tiempo y no habían sido reemplazados por culpa de la guerra. 

-Así que no pelean hasta que el enemigo no está delante de sus narices... ¿Es que en tu reino no hay nadie con dos dedos de frente? -preguntó Am, que no soportaba ese tipo de cosas. 

-Están todos demasiado arraigados a sus tradiciones y protocolos. Quizás, entre los caballeros que quedaban aquí ayer habrían podido rechazar el ataque; ahora la batalla será más encarnizada.

Y es que el día anterior, el Primer Nivel había caído, e incluso el Grillo había sido derrotado. Al pobre Sir Leonard lo habían tenido que subir al piso superior con una pierna menos. Así que únicamente quedaban tres caballeros, uno de ellos un anciano medio ciego, para enfrentarse al Chillón

El Duque Banshee, o el Chillón, como lo llamaban algunos, dirigía el asedio contra ellos, y se le conocía por agotar a sus enemigos usando Den Den Mushi altavoces a todas horas, impidiéndoles dormir a base de dar voces. Por lo que se sabía sobre él, incluso sus propios hombres lo consideraban insufrible e incapaz de comandar un ataque efectivo. Afortunadamente para el enemigo, contaban con el general Qapro, vencedor de mil batallas, para que los guiara. Gerald había bajado al Primer Nivel durante un rato y había entrado en la mente de uno de los oficiales, donde había visto los grandes nombres que atacaban Isla Vertical: la comandante Hunir, el Duque Maltessen, Barla la Conquistadora... todos ellos célebres soldados de los países que conformaban la Coalición.

-Hemos pedido refuerzos -le confesó Lady Petra el segundo día de asedio-. Lo que no sé es cuando llegarán; ni siquiera si llegarán. Las cosas están muy revueltas ahora mismo y, la verdad, tampoco sé si nos conviene que un ejército leal al Rey aparezca en nuestras costas.

-Su Majestad vendrá -decía Sir Elmer-. Lo que no está tan claro es que mi señora conserve el poder cuando aparezca. 

-Cierto -convino ella-. No tenemos recursos naturales y ya le hemos dado nuestros ejércitos, así que no tiene motivos para no darle mis tierras a uno de sus seguidores.

Fuera como fuese, a Gerald le daba la impresión de que la única forma de sobrevivir sería si ellos mismos acababan con el asedio antes de que llegasen los hombres del Rey. Al menos pudo comprobar esperanzado que la singular construcción de aquella isla ofrecía ciertas ventajas. Por ejemplo, cualquier cosa que se dejase caer contra los barcos de abajo se convertía en un proyectil con una fuerza atroz, que atravesaba madera, acero y carne. Además, una vez inutilizados los ascensores, defender la escalera exterior era muy sencillo, incluso contra enemigos mucho más numerosos, como era el caso. 

La parte mala era que la escasa guarnición que quedaba, unos cincuenta y pocos soldados contando heridos, estaba de los nervios. La falta de sueño y el estrés constante los volvía irritables, y ya había habido un apuñalamiento entre compañeros y varias peleas serias. Y día tras día, el ataque se recrudecía. Los invasores escalaban las paredes de la torre mientras que subían por las escaleras al mismo tiempo, lanzaban rocas y cadáveres contra los pisos donde los defensores aún resistían, y más de una vez habían tenido que luchar con uñas y dientes para repeler la ofensiva de alguno de los líderes enemigos. La única buena noticia era que Gibbs y Claude habían podido sacar el Ave del puerto a tiempo para evitar verse envueltos en todo eso. Gerald se comunicaba con ellos telepáticamente, así que podía darles instrucciones e intercambiar información con ellos. 

Aun así, cuando Gerald despertó la mañana del vigésimocuarto día de asedio, echó de menos todo aquello.

-Parece que por fin se han hartado -comentó cuando los vio trabajar-. Han decidido derribar la torre. 

Picos, palas, hachas, mazos, martillos, explosivos, golpes... Cualquier cosa les valía para destrozar la inmensa construcción sobre la que se sostenía Isla Vertical. Cuando sus habitantes se dieron cuenta de lo que pasaba, el nerviosismo se extendió como un virus, y después vino el pánico. Incluso los soldados avezados se vieron desesperados.

-¡Calma! -ordenó Sir Elmer-. Que todo el mundo se reúna en el Quinto Nivel. Todas las tropas deberán formar en el Tercero. Atacaremos en una hora.

Am se mostró entusiasmada ante la noticia. Por fin entraban en acción, cosa que Gerald también agradecía. Hacía cuatro noches habían perdido también el Segundo Nivel, y el anciano Elston había tenido que abandonarlo, deshonrado. Decía que debía haber muerto protegiéndolo y, según Gerald, era muy posible que al final terminase siendo así. “Ya era hora de que se pusieran en marcha”, se dijo. La inacción había cansado a sus adversarios, cuyas provisiones y ánimos menguaban poco a poco, pero el tiempo también jugaba en su contra. A pesar de haber demolido los accesos al Tercer Nivel, no tardarían en perder cada vez más terreno hasta que no quedase nadie.

Mientras marchaba hacia la batalla, Gerald entró en la mente de ciertas personas. Ya lo había hecho antes, y era capaz de conectarse con cualquier mente en la que hubiese entrado antes sin importar la distancia. A través de los ojos de Akise contempló el mar embravecido, Gibbs estaba preparando explosivos, Claude limpiaba su maza, Lady Oliv Bell daba órdenes a sus soldados y Sir Attos Must parecía estar durmiendo. De vez en cuando comprobaba cómo estaban para asegurarse de que seguían bien y para ver si se enteraba de algo útil. Podía ver y oír a tiempo real lo que ellos viesen y oyesen, aunque comunicarse con ellos sí era un problema dada la distancia.

-Estos inútiles no valen ni para sujetar las espadas. Mira ese; con todo lo que le tiemblan las manos, la única forma de que no se le caiga será clavársela en las tripas -Am, como siempre, sacando a relucir su lado más amable. 

Pero era cierto. Los cuarenta y seis efectivos reunidos para plantar batalla no eran ni mucho menos un ejército perfecto. Si no habían ido a la guerra fue por algo, y es que muchos eran muy jóvenes o muy viejos, algunos con una extremidad menos. Prácticamente, los únicos que daban el pego como fuerzas a tener en cuenta eran los caballeros: Sir Leonard, con la mirada fiera a pesar de la pierna amputada; el anciano Sir Elston Kamesai, con su caparazón de tortuga a la espalda, armado con una alabarda más grande que él: Sir Kokai, el taciturno y siniestro lancero que protegía el Tercer Nivel; y Sir Elmer Lucamore, que portaba una hoz de mango largo y daba órdenes a voz en grito. Bueno, y ellos dos. Gerald empuñaba su espada negra y Am acababa de afilar sus hachas y estaba deseosa de probarlas.

Alguien contó hasta tres, y entonces Sir Kokai abrió un agujero en las barricadas que bloqueaban las escaleras hacia el nivel inferior. Mientras descendía, en la retaguardia de la tropa, Gerald contempló con aprensión lo altos que estaban. El mar, repleto de barcos que lanzaban rocas con catapultas y disparaban sus cañones sin cesar, estaría fácilmente a unos cuarenta y cinco metros. A ras de suelo, los ejércitos de la Coalición derribaban la torre. Lo único bueno era que cada pared de la gruesa base estaba revestida de acero, o de lo contrario les habría costado poco tirarla abajo. 

En el Segundo Nivel se toparon con el enemigo. No esperaban un ataque, así que aplastar sus líneas fue fácil. Los caballeros los destrozaron incluso antes de que el resto terminase de bajar la escaleras. 

En el Primer Nivel, sí estaban alerta. En cuanto rompieron las barricadas, se toparon con Barla la Conquistadora de frente, toda músculo y furia. Con su martillo de diamante aplastó a los dos primeros soldados que bajaron, y luego se encaró con todos los caballeros a la vez. Mientras tanto, Gerald se escabulló por un lado y dejó que su espada probara la sangre. Danzaba entre sus oponentes como una sombra oscura y mortal,  poniendo en práctica todo lo aprendido durante sus años de duro entrenamiento. Sabía que los enemigos del Reino le eran útiles, que desgastaban las fuerzas del Rey, pero eso no le impidió darles muerte. No cuando su propia vida estaba en juego. 

Vio de reojo como Am saltaba como una bestia furiosa sobre un grupo de soldados que no tardó en convertirse en un amasijo de miembros cercenados y cabezas cortadas. Amelia Resident no era de las que tomaba rehenes. Se revolvía entre sus adversarios sin que la tocasen y se abría paso a hachazos hasta llegar a los oficiales. Gerald, por su parte, se plantó ante el Conde Maltessen, un hombre achaparrado y barbudo que manejaba el látigo como nadie. El cuero restallaba en el aire cuando evadía sus ataques, y consiguió mantenerlo a raya durante unos segundos. Pero Gerald Ichizake no dejaría que un simple látigo le detuviese, por lo que, en cuanto tuvo oportunidad, lo cortó en dos y luego hundió su espada en el cuello del conde. 

No podían perder tiempo, así que mientras Sir Kokai y Sir Elston se ocupaban de la mujer del martillo, el resto siguió avanzando hacia la base de la torre. Cada peldaño que descendían quedaba bañado en sangre, los enemigos se agolpaban para bloquearles el paso y los cadáveres se amontonaban bloqueando el paso. Gerald tuvo que saltar sobre ellos para sumergirse en el río de adversarios y abrirse paso a espada y sangre. Los dos caballeros que les acompañaban también se adelantaron, al igual que Am, destrozando el muro humano que les impedía el paso. 

Llegar a la base de la torre fue, sin embargo, lo más fácil. Una vez allí, entraron en el rango de acción de los cañones y las explosiones les acompañaron a cada centímetro que recorrían. Los líderes de la Coalición hicieron su aparición, y Gerald se enfrentó de tú a tú con Hercúleo el Fuerte, el general Hrandar o la comandante Hunir, que luchaban y morían con mayor valor que el que mostraban muchos líderes del Reino; de hecho, eran pocos los señores del archipiélago que se involucraban personalmente en las batallas. Gerald incluso admiraba a los líderes a los que él mismo mataba.

Aunque no eran los únicos que morían. Los soldados de Isla Vertical caían uno tras otro, e incluso los mejores tenían problemas. Renacuajo y Rana quedaron reducidos a una pulpa sanguinolenta cuando el general Qapro dio cuenta de ellos, Sir Elston atravesó el suelo del Primer Nivel y cayó sobre el nivel inferior, y poco después se encontró el cuerpo del Grillo con un agujero en el pecho del tamaño de un puño. Las fuerzas defensoras cada vez eran menos para enfrentar a más oponentes, y no tardaron en verse arrinconados entre el agua y los muros de la torre que defendían. Y allí, los cañones hicieron estragos. Gerald vio a hombres buenos volar en pedazos entre humo y sangre mientras que él mismo daba muerte a unos cuantos, aunque del otro bando. Cuando se topaba con algún rival especialmente poderoso, sembraba en su mente la semilla del dolor, un aguijonazo intenso e intratable que le permitía acabar con ellos fácilmente. Incluso le habría ido bien de no ser porque cada vez que mataba a alguien aparecían dos más para sustituirlo.

-Estamos muertos -le dijo Am cuando la batalla les juntó. Estaba bañada en sangre, aunque Gerald dudaba mucho que fuese suya. Había perdido una de sus hachas y tenía la ropa rota por varios sitios. Bueno, eso último ya era así de antes.

-No puedo permitirme el lujo de morir -respondió él.

-Con lo pijo que eres -La chica se interrumpió para hundir un hacha en el cráneo de un insensato lancero que trató de ensartarla-, y esta es la primera vez que no te permites un lujo. Vaya momento has elegido.

Sin embargo, las posibilidades de sobrevivir no eran precisamente elevadas. Barla la Conquistadora acababa de agujerear un muro con su ensangrentado martillo de diamante y buscaba a Sir Elston para rematarlo. Sir Kokai yacía en el suelo cubierto de cascotes mientras sus escasos hombres morían uno tras otro, y no había ni rastro de Sir Elmer. “Y yo que creí que Lucamore sería el más útil”.

El muro de enemigos se iba estrechando a su alrededor. Los defensores supervivientes se agruparon formando un semicírculo frente a uno de los muros exteriores, y combatían hombro con hombro las huestes de la Coalición. Un único pensamiento nacía de cada uno de ellos: llevarse a tantos como fuera posible, vender su piel lo más cara que pudieran, hacerles pagar con sangre cada roca de Isla Vertical.

“Estos ya están perdidos”, pensó Gerald, consciente de que no les impulsaba más que la rabia y la esperanza de una muerte gloriosa. Quizá sería más realista aspirar a eso él también. Puede que no fuera descabellado pensar que ese sería su mejor final posible. 

El humo, el sudor, la tierra y la sangre le cubrían por completo. El dolor de su brazo por sostener la espada era lo más intenso del mundo, y su siguiente respiración, lo más importante. Frente a él, un mar de acero, madera y fuego que buscaba arrebatarle la vida. Y entre ellos, entre los navíos de la Coalición que bloqueaban cualquier vía de escape, unas velas negras se deslizaban sigilosas. 

Cuando distinguió el casco oscuro del Ave de Mala Fortuna pensó que estaba loco, salvado, o quizás ambas cosas a la vez. Se decantó por loco una vez que vio los estandartes que ondeaban tras ellos. El pájaro y las hojas de los Hawkings de Bosque Milenario, el tornado y las olas de los Elows de Isla Tormenta, el pozo de los Danberly de Pozo Sin Fondo, el tiburón blanco de los Navis de Costa Cortada, el punto negro de los Bell de Isla Lejana... Pero los que más llamaron su atención fueron los que encabezaban la inmensa flota. En ellos, la alta torre que representaba Isla Vertical se erguía orgullosa mientras sus hombres proferían gritos de guerra. 

“Galbart”, pensó cuando vio que en uno de los más grandes se distinguía a un halcón aferrando a un delfín con sus garras. Aquel era el blasón de Jawain Galbart, un Gran Caballero que nació en Isla Vertical. “Viene para proteger su hogar”. En cierto modo, lo había esperado. Su presencia allí decantaba las cosas a su favor, sin duda, aunque era también un gran peligro. 

En cuanto el Gran Caballero se aproximó a la isla, toda la atención de los ejércitos enemigos se volcó sobre él. Galbart saltó entre los barcos como un huracán, haciéndolos pedazos como si no fuesen más que juguetes. Hizo estallar la artillería y destrozó las catapultas, lanzó a hombres al agua o los partió en dos con las dos cuchillas blancas y curvas que empuñaba. Barla la Conquistadora se plantó ante él con valentía, solo para sucumbir cuando el acero del caballero rajó su yugular.

La Flota Blanca penetró en el bloqueo enemigo como un cuchillo cortando queso, dividiendo el anillo de naves por varias partes y capturando barco tras barco. No había rehenes ni piedad. A los que se rendían solo se les rajaba el cuello sin más, y los que intentaban huir quedaban atrapados en el círculo de fuego en que se habían convertido las costas de Isla Vertical. Los cañones incendiarios del Reino sorprendieron a Gerald, pues el mayor avance tecnológico que recordaba haber visto en las islas era la ballesta, así que cuando empezó a llover fuego tardó medio segundo de más en refugiarse dentro de la torre. Cómo había cambiado el hogar en el que antaño había crecido...

La lucha fue breve pero enconada. Cuando vieron que no recibirían piedad alguna, cada soldado enemigo luchó hasta el final, el cual no tardó mucho en llegar. La presencia de uno de los Grandes era algo que difícilmente se podía compensar. Cuando todo acabó, los supervivientes se reunieron en el exterior, y Galbart, así como otros oficiales y altos cargos se dignaron a hablarles.

-Buen trabajo -fue la escueta enhorabuena de Sir Duncan Proud, que comandaba el ataque.

“Escueto agradecimiento. Parece que cada palabra le cueste oro”.

Junto a Proud estaban también Sir Martin Gorgon y Sir Jocelyn Swartz, ambos grandes héroes de Isla Tormenta. Tras ellos desembarcaba el joven y temerario Lord Blake Elows, escoltado por Sir Auron Seader. A los cuatro caballeros los había visto justo antes de llegar a Capital, aunque solo los reconocía por sus blasones: una lluvia intensa, un dios soplando una ráfaga de aire, una espada rodeada de rayos y una mano surgiendo del mar, respectivamente. Elows siempre había sido famoso por su afición al riesgo, así que a Gerald no le sorprendía verlo allí, hablando con Lucamore sobre la batalla.

A quien sí se sorprendía de ver era a Sir Phillip Ward, el caballero que les había interceptado antes de entrar a las aguas del archipiélago. Y por si fuera poco, iba esposado y encadenado; lo trasladaban al interior de la torre varios soldados armados. También había otros que iban camino a las mazmorras, gente con los emblemas de los Navis, los Danberly o los Hawkings.

Y en el colmo de lo imposible, Lord William Bell en persona hizo su aparición. Am se lo señaló cuando lo vio acercarse, escoltado por Sir Attos, que saludó a Gerald con un leve asentimiento. El otro hombre que caminaba a su lado debía ser su protector, el tal Aramis. 

-Ha pasado tiempo, milord -saludó Gerald cuando el anciano se dirigió a él. “¿Qué está pasando? ¿Por qué el viejo ha salido de Isla Blanca y por qué se me acerca? ¿No sabe que soy un hombre buscado?”

-Me alegra veros, Lord Ichizake.

-Creí haberos dicho que no me llamarais así. Y menos en público.

-No os preocupéis por eso. Aquí solo hay oídos amigos, excepto los que pronto vivirán entre barrotes -apuntó Sir Attos.

-Así es, las cosas han avanzado un poco más deprisa de lo que había previsto -le explicó Lord William-. Pero no lo hablaremos aquí. Solo quería saludaros.

Sir Attos se quedó atrás cuando su señor se alejó, y Gerald, Am y él intercambiaron unas palabras. El caballero les habló de cómo las fuerzas de los Bell se habían congregado, de que Frank Redskin seguía huido y otras novedades interesantes.

-Todo esto me recuerda a la rebelión que urdió tu hermano. Lamenté mucho no poder unirme a ella. 

-A Urai le habría venido bien contar con gente de vuestro talento.

-No lo negaré. Quizás habría podido evitar su muerte. Era un buen hombre.

-¿Lo conocistéis?

-Cuando visitó Isla Lejana. Poco después de que se marchase me enteré de lo ocurrido. En cualquier caso, espero poder cambiar el curso de esta segunda rebelión.

Se despidió con un gesto y Gerald se encaminó a buscar a los suyos, pero Jawain Galbart se interpuso en su camino. ¿Cuánta gente pensaba pararse a hablar con él? Al principio creyó que lo mataría y le llevaría su cabeza al Rey por lo ocurrido en palacio al poco de su llegada al archipiélago, pero lo que le dijo le dejó sin palabras.

-Os doy mi más sincero agradecimiento -dijo el Gran Caballero, arrodillándose-. Mientras nadie hacía nada, habéis luchado por proteger mi hogar, y no hay nada en este mundo que signifique más para mí. Mi sangre y mi acero está a vuestra disposición.

-Es... es un honor, Sir -farfulló Gerald, sinceramente sorprendido. Por primera vez en muchísimo tiempo se había quedado mudo de asombro.

Algo parecido le pasó en la reunión posterior, en los salones privados de Lady Petra Devillion, a cien metros de altura. Poco antes se había encontrado con Gibbs y Claude, y le habían resumido lo que les había ocurrido, pero aún había piezas que faltaban.

-Zarpamos en cuanto vimos las velas, capitán, como ordenasteis, aunque da mal fario huir de una batalla. Nos mantuvimos alejados mientras duró el asedio y nos las vimos con un par de perseguidores. Los repelimos, pero mientras reparábamos los daños en el barco estuvimos a la deriva. Después nos encontró la flota.

-Creíamos que estábamos muertos, pero resultó que Lord William se había hecho con el poder. Convenció a los hombres de Isla Tormenta para unirse a la causa y entre ellos, las tropas de Galbart y las suyas, sometieron a los demás. 

El resto se aclaró en la reunión. Lord William Bell la presidía, y a su lado estaban Lady Petra, Lord Blake y Sir Jawain Galbart. El resto de caballeros destacados ocupaban también sus asientos, y había uno reservado para Gerald, por insistencia de Bell. 

Los primeros minutos los dedicaron a las típicas e inacabables formalidades y presentaciones, tras lo cual, Lord William dio la bienvenida a Isla Tormenta e Isla Vertical a la causa rebelde. 

-Alguien ha hablado -dijo cuando Gerald le preguntó qué hacía allí-. Desconozco quién, pero me vi obligado a huir apresudaramente. Por suerte, mi fiel Sir James me sacó de Isla Blanca con vida y pude contactar con mi nieta para que reuniese a todas las tropas que pudiera. 

-¿Cómo llegasteis aquí? -quiso saber Lady Petra. Sir Attos la sacó de dudas.

-El Rey me había asignado a la Tercera Flota, dirigida por Lord Elows y compuesta por efectivos de varias islas. Nuestro deber era acabar con cualquier amenaza en nuestras aguas, así que cuando Lord William me llamó, pude desviarme para recogerlo. 

-No os fue difícil -añadió el joven Blake Elows-, aunque me duele que me mintierais. Me dijo que habían sido avistado barcos enemigos y nos arrastró a todos allí. Luego resultó que solo eran Lord Bell y unos pocos leales. Hubo muchas discusiones pero al final nuestro querido ministro me ganó para su causa y capturamos a los que no compartían nuestro punto de vista. Al fin y al cabo, el Rey nunca se ha portado bien con nosotros.

En realidad, Gerald había oído que la madre de Blake fue seducida por el Rey, y que su abandono había hecho que la mujer se suicidase después. Claro que era una de esas cosas que es mejor callarse.

-Aunque casi me da un infarto cuando apareció Sir Jawain para hacerse cargo de la flota por orden real -continuó el joven señor-. Creo que si no nos hubiéramos enterado del asedio a su isla natal y hubiéramos puesto rumbo allí para liberarla, nos habría matado a todos -Elows se rió, pero Galbart se limitó a confirmarlo.

-Lo cierto es que sí. Pero Lord William me dijo que no descansaría hasta rescatar a los míos, y aquí estamos.

-Pero esto nos obliga a actuar, y debe ser ya -intervino el aludido-. La guerra ya ha llegado al Reino, y Su Majestad sabe ahora que al menos yo conspiro contra él. Lo que significa que es momento de movilizarnos. Atacaremos en tres días. Nuestro primer objetivo será Isla Arenosa. Con suerte podremos atraer a Lord Cladwell a nuestro bando, y sino, al menos demostraremos que vamos en serio.

“¿Piensa atacar el hogar de Claude?”, pensó Gerald. “Lo que intenta es salvar su pellejo ahora que le han descubierto”. Se preguntó cómo le explicaría a su amigo que la rebelión pensaba destruir su hogar solo para demostrar algo. Sabía que Cladwell Vist jamás se alzaría en armas, y William Bell también lo sabía. “Planea matarlo para que su hijo ocupe su lugar como señor”. No podía culparlo si era así; él mismo había hecho lo mismo con Lord Klaus, aunque al tratarse de un amigo suyo le molestaba más. Además iba a salir mal. Si querían que Claude ayudase a los que mataran a su padre, lo llevaban claro. Gerald decidió guardarse sus dudas por el momento; ya hablaría con Bell más tarde, cuando no hubiese tantos oídos indiscretos y tantas voces poderosas que lo cuestionasen.

La charla se prolongó unas cuantas horas más, y se zanjó con la decisión del ataque contra las tierras de los Vist. Gerald se anotó mentalmente que debía fastidiar su plan, convenciendo al padre de Claude para que los apoyase y que así no se derramara sangre. Luego salió fuera y contempló el amplio mar. Por fin iban a entrar en acción. Ya casi podía oler su venganza.

******

Un mar de velas blancas se extendió sobre el de agua. Sobre ellas, los estandartes de los rebeldes aliados ondeaban orgullosos, ya sin el blasón real sobre ellos. En total, ocho de las treinta y seis islas del Reino se alzaban ahora en rebeldía, aunque solo tres de ellas se veían representadas en aquella flota. Entre todos esos navíos blancos, una nave negra surcaba las aguas como una sombra. 

Gerald navegaba en la Promesa, la nave insignia del recientemente nombrado Comandante del Alzamiento, y compartía la cena con el mismo. El anciano William Bell le narró cómo había huido de Isla Blanca a través de los túneles que uno de sus sirvientes excavó hacía ya décadas, cómo se abrió paso por las calles de Capital envuelto en harapos para no ser reconocido y cómo embarcó en un barco que, por órdenes suyas, estaba preparado para evacuarle de la capital en cualquier momento. El viejo señor siempre tenía un par de naves a punto en el puerto con orden de estar listas para sacarle de allí si había peligro. Era un hombre precavido, sin duda. 

-Espero que disfrutéis de la escasa hospitalidad que pudo ofreceros, Lor... joven Ichizake. Dentro de poco será incluso más exigua, cuando la guerra se recrudezca y las provisiones comiencen a escasear. 

-Hay una pregunta que me ha estado rondando -admitió Gerald, aunque la pregunta la suscitaba más la curiosidad que la verdadera preocupación-. Si logramos derrocar al Rey, ¿qué haréis con la guerra? El Reino sangrará cuando luche entre sí, pero sus enemigos externos persistirán.

-No os preocupéis por eso. La Coalición estará más que satisfecha cuando le entreguemos la cabeza de Su Majestad, y estoy seguro de que podré propiciar el fin de las hostilidades. Sin duda habrá señores que no acepten el nuevo orden, una vez que éste llegue, por lo que los caballeros que nos hayan sido leales recibirán sus tierras e ingresos. No podemos tolerar que haya subversivos en nuestro nuevo Reino.

“Desde luego, no tiene piedad”. Recordaba demasiado bien como los hombres que habían salvado Isla Vertical parecían haberse dejado en casa hasta la última gota de misericordia para con sus enemigos. No dudaba de que el viejo seguiría la misma doctrina una vez que se acomodase sus viejas posaderas en el Trono Blanco y Negro. 

-Estoy seguro de que los que os apoyen recibirán grandes recompensas -respondió Gerald, evitando los temas espinosos.

Imaginaba que los guerreros más cercanos a Lord William serían los primeros en cobrar una vez terminado el conflicto. Sir James Aramis estaba tras la puerta del camarote de su señor, a distancia pero alerta, siempre alerta. Era alto y esbelto, más mayor que Sir Attos y, según se decía, más mortífero. Era el caballero más poderoso de los dominios de los Bell, y uno de los principales candidatos de las islas a convertirse en Gran Caballero. El propio Sir Attos estaba rezando, como era su costumbre, y no se le veía en cubierta. 

-Desde luego. La lealtad debe ser recompensada. Además, no podemos mostrarnos rácanos con el reparto del botín, o nadie más se unirá a nuestra causa. Ahora que hemos llegado hasta aquí, tenemos que seguir hasta el final. 

-Os tomaba por un hombre precavido.

-Lo soy, siempre lo he sido. Pero este es un buen momento para actuar, posiblemente el mejor que conseguiremos. Incluso unos de los Grandes se ha unido a nosotros.

-Ojalá hubiese sido así cuando mi hermano se alzó en armas.

Urai Ichizake, que en su día marchase sobre Isla Blanca en busca de la cabeza del Rey, no había tenido un momento ni por asomo tan propicio. Pensar en eso recordó a Gerald el verdadero motivo por el que había accedido a reunirse con William Bell.

-¿Sabéis que Sir Attos conoció a mi hermano? -Bell alzó la vista y se tomó su tiempo antes de responder.

-¿Ah, sí? No lo sabía. 

-Fue cuando Urai vistió Isla Lejana. ¿No os suena?

-Bueno, la mayoría de mi tiempo lo paso en la capital, así que no sé con seguridad quien visita mi propia casa. Eso me recuerda a cuando...

-Pero esta vez si estabais. Había ido a veros a vos, pero delegasteis su recepción en vuestro fiel caballero.

-Ya veo... ¿Y cómo sabéis eso? -inquirió con prudencia.

“Por que después de hablar con Attos entré en su cabeza, igual que hace un minuto he entrado en la tuya, viejo”.

-Mi mayor talento es saber cosas, milord. Así que decidme, ¿por qué mi hermano fue a veros?

-No recuerdo tal visita. Perdonad que la mente de un anciano ya no sea lo que fue antaño.

-Fue poco antes de la rebelión -continuó Gerald. William Bell parecía algo intranquilo pero ocultó bien sus emociones-. Sé que insistió en hablar con vos personalmente, ya que era una de las pocas ocasiones del año en que visitabais vuestras tierras, y para él era importante que sus palabras no llegasen a oídos del Rey. Pero vos lo rechazasteis, y no mucho después, marchó a la batalla. Si le hubieseis ayudado podría haber sobrevivido; fuisteis culpable de su muerte.

-Escuchad, joven...

-Os pidió ayuda y lo ignorasteis. Incluso alertasteis al Rey para ganaros su favor.

-En aquel momento el poder del trono era demasiado grande, no era el momento. No era como es ahora. Y yo jamás hablé de...

-No os molestéis en negarlo. No podéis mentirme; no a mí. Vendisteis a mi hermano al tirano que ahora queréis derrocar, y además tenéis la osadía de pedir mi ayuda.

El silencio se hizo en el camarote.

-Una ayuda inestimable, sí. ¡Pero no tengas el descaro de hablarme de ese modo, no me acuses de ser un mentiroso y un traidor en mi propio barco mientras te comes mi comida! Hice lo que tenía que hacer por el bien de todos, y volvería a hacerlo -Bell se levantó, tirando la silla, y llamó a gritos a su guardia cuando Gerald hizo lo propio y desenfundó a Pluma Negra-. ¡Guardia! ¡Sir James! ¡Sir James!

-No os molestéis. Aramis está ahora mismo recordando sus días de juventud en un largo bucle, no puede ayudaros.

-¿Cómo te atreves a sacar el acero ante mí? Soy el líder de esta rebelión, el que comanda a nuestro bando para la guerra inminente, la guerra que comienza hoy, ¡ahora! ¿Piensas que me asustas? No eres más que un hipócrita. Tú servías como escudero mientras el resto de las islas pasaba penurias. Mientras tu gente se preparaba para la guerra, tú te dedicabas a cabalgar con los caballeros de Su Majestad. Si tienes el descaro de culparme a mí de la muerte de tu querido hermano, recuerda que tú eres tan responsable como yo.

-Estoy de acuerdo, mi señor -Gerald nunca lo había negado. Siempre había sabido que tenía buena parte de la responsabilidad de la muerte y destrucción de toda su familia. Alzó la espada ante el gimoteante señor, que suplicaba ayuda a gritos y le insultaba aun más alto-. Ambos matamos a Urai. La diferencia entre nosotros es que yo aún tengo una misión que cumplir. Vos, sin embargo, ya podéis morir.

Y con un brusco y simple gesto, la espada negra se hundió hasta el pomo en el pecho del anciano. Lord William Bell, señor de Isla Lejana, miembro del Concilio Real, Ministro de las Islas y Comandante del Alzamiento, murió al instante, mientras Gerald contemplaba con deleite como la vida escapaba de su cuerpo en forma de último aliento. El fuego que siempre había brillado en los ojos del viejo se apagó para siempre, convertido en unas meras ascuas justo antes de desaparecer.

Pero mientras limpiaba la sangre de su acero, Gerald recordó que la guerra era inminente, y él acababa de asesinar al líder de su propio bando. Un solo tajo le había ganado miles de enemigos más. Las ascuas de esos ojos bien podían provocar un incendio cuando se conociese la noticia. "¿Y qué?".

A la luz de las velas, los ojos violeta de Gerald Ichizake parecían brillar con satisfacción, mientras la embriagadora y dulce emoción de la venganza dibujaba una sonrisa en sus labios.
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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Zuko el Lun 17 Jul 2017 - 20:49

Vaya, tenías razón. No salen piratas. Pero un título sin mentiras no te salvará de una corrección, señorito.

Ajem. No me ha gustado naaaaaada de nada. La ortografía es demasiado buena y con tan pocos fallos que lo mismo no había ninguno porque yo no lo he visto. La progresión de la historia es tan fluida que no he podido parar de leer para tomarme un café en un descanso! Me has pribado de mi delicioso café! Los personajes estaban bien definidos y escritos y es como... Raro! Eso no se ve! Y los entrenamientos? Que puedo decir de los entrenamientos? Tienen la atención justa puesta en ellos como para no aburrirse leyendolo. Imperdonable.

Lo siento mucho pero tienes un 0.

Con un 1 delante.

Consigues lo pedido (mantra superior, armadura desarrollado)

Cuando vengan mis compañeros a validar el 0 con un 1 delante, claro.

Tienes derecho a una segunda corrección

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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Señor Nat el Mar 25 Jul 2017 - 22:30

Hola, soy Nat y hoy vengo a hacer tu corrección. Mientras escribo esto aún no he cenado, pero casi mejor. Como ya hay confianza, recuerda dónde se dejan los sobornos y todo irá viento en popa. Dicho esto, comencemos:

Respecto a la ortografía y gramática, debo decir que he detectado una serie de repeticiones bastante molesta en algunos puntos, pero en conjunto no puedo decir que eso sea suficiente para restarte. Del mismo modo, tienes un problema con la interrogación indirecta. Lo he visto varias veces ya, y es algo que deberías repasar ya que es un mal hábito y no podemos permitir que continúe así. En un orden más subjetivo, odio que los pronombres ya no sean de obligatoria acentuación, igual que la forma abreviada de solamente (solo), aunque debo decir que no has cometido el error de acentuar a veces sí a veces no ni una sola vez. Puedes estar orgulloso.

La originalidad pierde contra la profundidad de la historia. Durante todo lo que el diario dura, me has llevado a una isla con su propia religión, sociedad, política, geografía y folclore. Aunque no lo hayas desarrollado muy a fondo, sólo imaginar las opciones del mundo que has creado a tu alrededor me ha dejado verdaderamente maravillado. Como te digo, las historias de caballeros y guerras no es el tema más original, pero es una trama fascinante que has sabido llevar con maestría e incluso sorprenderme cuando creí que terminaría por ser previsible. Tengo que quitarme el sombrero ante ti.

La historia ha sido perfectamente inmersiva. Aunque me reservo mi derecho a criticarla, tengo que decir que es mejor que muchas novelas que se venden por ahí. Consigues una inmersión total mediante una jerga medieval, un habla casi impecable y unos personajes muy marcadamente feudales sin caer en clichés baratos (casi nunca). La descripción ha sido suficiente y nunca excesiva, has llevado un buen detalle sin ser barroco, lo que se agradece bastante.

Podría seguir halagándote un rato más, pero creo que voy a pasar a lo que es de justicia: Por mi parte, esta nota queda validada, pero tengo que hacer un pequeño inciso a Zuko:

Ladrón de mentes: Con esta técnica, Gerald entra en la mente de una persona, busca sus recuerdos sobre una técnica o habilidad concreta y los duplica en sí mismo. Esto le permite copiar cualquier movimiento o poder siempre que sus capacidades le permitan realizarlo (lo aprendería con algo de tiempo, de forma que las habilidades o técnicas copiadas no pueden ser usadas en el mismo tema en que se roban).

Dado que para robar una técnica introspectiva tendrías que alcanzar un estado mental, las que puedes robar deben tener base física. Es decir: Ondas, sprints, endurecimientos, cosas así. Con Hakis o técnicas de "voluntad" no te servirá.

Bueno, queda a falta de que una persona más lo lea para que tengas tus dos años validados.

Buenos días.

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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Drake Lobo Ártico el Miér 26 Jul 2017 - 9:15

Yo tan solo vengo a Validarlo, de modo que eso, buen TS (Demasiado largo, perra) y disfruta la validación del 10 ^^ (Por tu culpa he pasado 3 horas en vela T.T, pero no he visto fallos)
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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

Mensaje por Señor Nat el Sáb 29 Jul 2017 - 14:38

Hoja actualizada.

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Re: Aunque parezca raro, aquí no salen piratas [Time Skip - Ichizake]

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