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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

[Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

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[Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Jue 15 Jun 2017 - 16:26

Capítulo I: Una pérdida irreparable.
Capítulo II: El significado de ser un espadachín.
Capítulo III: Una maldición heredada
Capítulo IV: El festival de primavera.
Capítulo V: Un pacto con el diablo.
Capítulo VI X-26.
Capítulo VII: El arma ancestral.
Capítulo VIII: Vive hoy y lucha mañana.
Capítulo IX: El origen de la tempestad.
Capítulo X: Los cinco de Wano.


Peticiones:
Pasar de haki de armadura superior a perfecto.

Power Up's Haki:
Si llego al perfecto quiero tener este p.u de forma gratuita por llegar: Asimilación completa: Aparentemente el cuerpo no parece tener ningún cambio. Sin embargo, su dominio y entendimiento del haki de armadura ha llegado a su nivel máximo, haciendo que sus músculos tengan una resistencia de 9 en la escala Mohs de forma pasiva, sin necesidad de activarlo. [Le pedí permiso a Kusanagi para tener el mismo, porque me pareció muy buen P.U.] (Entrenado en el capítulo 7)

Y este lo he entrenado: Armadura expansiva: Escénicamente el haki de Zane recubre todo su cuerpo por completo, haciendo que se torne de color negro con reflejos verdosos y es capaz de propagarlo en su fuego y sus ondas cortantes. (Entrenado en el capítulo 7)

Sendero del espadachín errante:
Entrenado en el capítulo 5 y desarrollado desde ahí hasta el final.

Sendero de la calma: El espadachín comienza a entrar en un estado de paz y armonía con él mismo y lo que lo rodea. Al hacer esto, su cuerpo comienza a brillar de manera intermitente y empieza a surgir algo de energía espiritual. En este modo su concentración aumenta, haciendo que su capacidad de reacción (reflejos) aumenten. Pero, además de eso, su resistencia también se ve incrementada al exteriorizar algo de energía espiritual.

Tabla:
Nivel 1: Durante un post sus reflejos aumentan por 1.5.
Nivel 10: Durante un post tanto su resistencia como sus reflejos aumenta por 1.5
Nivel 20: Durante dos  post sus reflejos y resistencia aumentan x1.75
Nivel 30: Durante dos post sus reflejos y su resistencia aumentan por 2.
Nivel 40: Durante tres post sus reflejos y resistencia aumentan por 2.25
Nivel 50: Durante tres post sus reflejos y resistencia aumentan por 2.5
Nivel 60: Durante cuatro post sus reflejos y resistencia aumentan por 2.75
Nivel 70: Durante cuatro post sus reflejos y resistencia aumentan por 3.
Nivel 80: Durante cinco post sus reflejos y resistencia aumentan por 3.5
Nivel 90: Durante cinco post sus reflejos y resistencia aumentan por 4.
Nivel 100: Durante todo el combate sus reflejos y resistencia aumentan x4.

Sendero del control: El espadachín sigue concentrado y la energía espiritual que comenzó a surgir de manera latente en su anterior estado es capaz de dominarla. Ahora, la energía rodea todo su cuerpo se adhiere a sus cuerpo mucho más de una forma irregular, desperdiciando mucho de ella, proporcioándole una mayor resistencia y fuerza. Sin embargo, también le desgasta físicamente. Ahora el aura que lo recubre es de un tono algo azulado, pero sigue pareciendo blanco. (Tiene un límite de uso, sin recarga como se puede ver en la tabla)

Tabla:
Nivel 1: Durante un post su fuerza aumentan por 1.5.
Nivel 10: Durante un post tanto su fuerza como su resistencia aumenta por 1.5
Nivel 20: Durante dos  post su fuerza y resistencia aumentan x1.75
Nivel 30: Durante dos post su fuerza y su resistencia aumentan por 2.
Nivel 40: Durante tres post su fuerza y resistencia aumentan por 2.25
Nivel 50: Durante tres post su fuerza y resistencia por 2.5
Nivel 60: Durante cuatro post su fuerza y resistencia aumentan por 2.75
Nivel 70: Durante cuatro post su fuerza y resistencia aumentan por 3.
Nivel 80: Durante cinco post su fuerza y resistencia aumentan por 3.5
Nivel 90: Durante cinco post su fuerza y resistencia aumentan por 4.
Nivel 100: Durante todo el combate su fuerza y resistencia aumentan x4.

Sendero de la determinación: Para entrar en esta fase el espadachín debe tener una voluntad férrea en sus ideales e intereses, no puede haber nada indecisión en su mente. En este punto la energía que rodea al cuerpo de Zane es más uniforme, otorgándole mayor fuerza y comienza a adoptar una extraña forma humanoide. Y al estar concentrado hace que su velocidad de reacción (reflejos) también este mejorado. Aquí el brillo de su aura es de un tono azul claro. Sin embargo, el uso prolongado de este camino hace que su energía se vaya agotando y que su cuerpo sufra una ligera presión, lo que implica que este sendero solo es posible usarlo una vez durante el combate.

Tabla:
Nivel 1: Durante un post su fuerza y sus reflejos aumenta x2
Nivel 10: Durante un post su resistencia aumenta x2
Nivel 20: Durante un post su fuerza, sus reflejos y resistencia aumenta x2.
Nivel 30: Durante dos post su fuerza y sus reflejos aumenta x2.5
Nivel 40: Durante dos post su resistencia aumenta x2,5
Nivel 50: Durante dos post su fuerza, sus reflejos y resistencia aumenta x2.5
Nivel 60: Durante tres post su fuerza y  velocidad  aumentan x3
Nivel 70: Durante tres post resistencia aumentan por 3.
Nivel 80: Durante tres post su fuerza, sus reflejos y resistencia aumentan x3.
Nivel 90: Durante cuatro post su fuerza, sus reflejos y su resistencia aumentan x3.5.
Nivel 100: Durante cinco post su fuerza, sus reflejos y su resistencia aumentan x4.

Sendero de la virtud: Está es la fase definitiva dentro del sendero del espadachín errante. Aquí el espadachín tiene un conocimiento pleno de la espada y la energía espiritual. De tal manera que crea una armadura hecha con energía espiritual que cubre todo su cuerpo, además de ser capaz de expandirla por sus armas. Dicha armadura adopta la forma de un samurái con su armadura de un azul intenso. En este punto la energía espiritual no la desperdicia, lo que implica que su cuerpo no resulta tan perjudicado, es decir, que no le quedan secuelas que le impidan moverse una vez haya finalizado su uso y a eso hay que sumarle que sus características físicas se ven incrementadas.

Tabla:
Nivel 1: Las características físicas del usuario aumentan por 1.5 durante un post.
Nivel 20: Las características físicas del usuario aumentan por 2  durante dos post.
Nivel 40: Las características físicas del usuario aumentan por 2.5 durante dos post.
Nivel 60: Las características físicas del usuario aumentan por 3 durante tres post.
Nivel 80: Las características físicas del usuario aumentan por 3.5 durante cuatro post.
Nivel 100: Las características físicas del usuario aumentan por 4 durante todo el combate.

Técnicas:
Munsondo: Zane transmite espiritual a sus espadas, las cuales se recubren y empiezan a emitir un color blanquecino, aumentando el poder de destrucción al atacar y la resistencia a la hora de bloquear golpes. (Capítulo 6)

Kami no ken: Las manos de Zane empiezan a emitir energía espiritual  de color blanquecino que es capaz de anexionar a sus katanas, cuyas hojas empiezan a brillar con fuerza. Mientras estén cubierta con dicha aura son capaces de cortar objetos hasta de dureza 8 en la escala Mohs. Sin embargo, el prolongado uso de la técnica hace que reciba daños en las manos: primero cortes en la piel y después microroturas en las fibras musculares; algo que no puede permitirse un espadachín. (Máximo para seguir pudiendo utilizar sus katanas 3 turnos. Si lo prolonga un cuarto turno su fuerza se reduce a la mitad. Y si lo prolonga un quinto turno no puede usar sus katanas en dos turnos) (Capítulo 6)

Takayasha: Zane concentra grandes cantidades de energía espiritual en sus manos para después llevarlas a su espada, cuya hoja se torna de un color blanquecino que brilla con mucha intensidad. Una vez ha pasado esto es capaz de lanzarla en una única onda cortante de energía, la cual puede causar un gran corte que desgarra la tierra y destroza y atraviesa todo a su paso, hasta una dureza de 9 en la escala Mohs. Esta es una técnica de doble filo, pues aunque es muy poderosa solo puede utilizarla dos veces a lo largo de un combate, ya que el usuario se queda con la energía espiritual mínima como para mantenerse en pie. (Capítulo 5 “por error” y entrenado en el capítulo X (FLASH BACK)

Myoga: Zane canaliza energía espiritual en sus manos y las lleva a sus katanas, tras eso empieza a girar con gran velocidad sus armas creando un escudo de energía espiritual capaz de repeler y desviar ataques. Mientras más energía espiritual utilice y más rápido gire sus katanas mayor es el grosor del escudo que es capaz de crear, siendo este  más impenetrable. Sin embargo, no es indestructible, una persona con una fuerza superior a la resistencia de Zane  sería capaz de contrarrestar su defensa. (capítulo 6)

Sen Ha: Zane blande sus espadas cubiertas de energía espiritual y comienza a dar tajos al air en dirección a su objetivo, logrando encadenar hasta un total de veinte ondas cortantes que van hacia su(s) oponente(s), las cuales tienen una dureza de 7 en la escala Mohs.  (Las ondas son de unos cincuenta centímetros de largo y unos cinco centímetros de grosor) (Capítulo 6)

Arashi no Ken [Tormenta de Espadas]: El usuario es capaz de encadenar una serie de ondas cortantes, cuyo poder de destrucción y su longitud de corte aumenta en proporción al nivel del espadachín, las cuales al chocar contra algo también desprenden una “onda de expansiva” que hiere al rival.. Sin embargo, para desarrollar esta técnica, es necesario aprender previamente el Munsondo.
Tabla:
Nivel 60: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de diez ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 25% más elevado, y cuyo tamaño son iguales al tamaño y grosor es equivalente al de la hoja de su katana. Y la onda expansiva que provoca es de un metro de radio.
Nivel 70: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de quince ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 35% más elevado, y cuyo tamaño es duplica al tamaño y grosor de la hoja de su katana. Y la onda expansiva que provoca es de un metro y medio de radio.
Nivel 80: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de veinte ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 45% más elevado, y cuyo tamaño es de dos metros de alto y diez centímetros de ancho. Y la onda expansiva que provoca es de dos metros de radio.
Nivel 90: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de veinte ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 50% más elevado, y cuyo tamaño es de dos metros de alto y treinta centímetros de ancho. Y la onda expansiva que provoca es de dos metros y medio de radio.
Nivel 100: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de treinta ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 50% más elevado, y cuyo tamaño es de tres metros de alto y cuarenta centímetros de ancho. Y la onda expansiva que provoca es de cuatro metros de radio.
Nivel 125: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de diez ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 75% más elevado, y cuyo tamaño es de cinco metros de alto y un metro de ancho. Y la onda expansiva que provoca es de cinco metros de radio.
Nivel 150: A este nivel es capaz de encadenar hasta un máximo de diez ondas cortantes llenas de energía, cuyo poder de destrucción es un 100% más elevado, y cuyo tamaño es de diez metros de alto y dos metros de ancho. Y la onda expansiva que provoca es de diez metros de radio.

Una katana de calidad épica/Saijo O Wazamono, o en su defecto de calidad menor, la cual postearé aquí mismo si la consigo.

Un aumento de mis pasivas:

Fuerza de x7 a x10
Velocidad de x5 a x7
Resistencia de x5 a x10
Agilidad x4 a x6
Reflejos  de x1 (normal) a x5.

También pido cambiar mi apariencia del edit de Sting Rogue de Fairy Tail a un edit de Nagakura Shimpachi del anime Hakuouki, al cual le edito el color de pelo, los ojos, le añado cicatrices...etc. Y editar mi psicología.


Última edición por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 2:19, editado 3 veces

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Lun 3 Jul 2017 - 23:52

Capítulo I: Una pérdida irreparable.


Una grandiosa ave de color rojiza surcaba el cielo por debajo de las nubes, a una velocidad que no molestara a los dos humanos que estaban viajando sobre su lomo, dejando una estela luminosa en la oscuridad de la noche. Cayó en picado aprovechando una corriente de aire, llevándolo a rozar la superficie marina con sus zarpas durante un instante, y continuó su camino en línea recta hacia Wano.

Pasaron las horas hasta que llegó al nuevo mundo, aunque el viaje se le hizo mucho más largo por el tema de conversación que habían tenido sus dos pasajeros. A pocos kilómetros de su destino, un espeso banco de nubes de tormenta, negras como ningunas otras que recordara haber presenciado, se cernieron sobre el suzaku en pocos segundos. La verdad era que eso no le pareció extraño, pues era lo normal en el grand line, y sobre todo en su segunda mitad, conocida por los piratas como el infierno sobre la faz de la tierra. Un lugar cuyos embravecidos mares solo estaban preparados para unos pocos valientes capaces de surcarlos, convirtiéndose en el juez, jurado y verdugo de cientos de barcos a lo largo de la historia.

En el centro de aquella tempestad, los truenos caían consecutivamente cada diez segundos exactos de forma aleatoria, estrellándose contra la superficie del mar. A medida que avanzaba hacia su exterior la espesura del ambiente era mayor, reduciendo la visibilidad a menos de un metro de distancia desde su pico. Intentó esquivar los rayos haciendo uso su mantra, algo complicado pero no imposible. Sin embargo, le fue difícil maniobrar soltura teniendo a dos personas en su espalda. Así que, inevitablemente, un pequeño trueno rozó el ala izquierda del supernova haciendo que cayera en picado hacia el mar. El fin se acercaba. El pirata sabía que no podía nadar al ser un usuario, y sus compañeros correrían su misma fortuna. –“No, no y no” –pensaba el suzaku, mientras agitaba sus alas de arriba hacia abajo con fuerza, intentando quitar el poco entumecimiento que sentía en su plumífera extremidad. Al final, consiguió estabilizarse pero a un duro coste, la vida de su mejor amigo, Spanner.

Cuando se dio cuenta de que su amigo se había caído, fue inmediatamente a buscarle en medio de la tormenta junto a Haruka, su otra compañera de viaje, quien en mitad de la tormenta saltó de él para atraparle, corriendo el mismo éxito que el pelimorado. Sin embargo, su fortuna fue distinta, pues pudo llegar sana y salva a la costa de Wano.  Ambos piratas buscaron y buscaron, pero no encontraron nada. Pasaron los días y ya habían recorrido toda la costa de Wano de una punta a otra, desde la zona más llana hasta los acantilados más peligrosos. Visitaron islas cercanas, pero nadie parecía haberle visto. Abordaron varios barcos que se encontraban en un radio de un kilómetro y nadie sabía de él. Y, entonces, se rindió. No era la primera vez que una persona importante para Zane se esfumaba al otro mundo por culpa suya, aunque esa vez era distinto. Spanner no era solo su mejor amigo, ni su segundo de abordo… era algo más y ya no podría decírselo. Entre lágrimas, el pelirrojo cogió el pañuelo que le dio su amigo hacía tiempo en Arabasta, cuando verdaderamente comenzó su aventura, y se hizo un ligero corte en la palma de la mano. Lo empapó en su sangre y lo lanzo al mar como símbolo de su amistad, pues Spanner era lo más parecido a un hermano que había tenido.

—No hemos buscado lo suficiente. Si el mar me llevó a mí a la costa, Spanner todavía puede estar vivo. Quizá haya ido a parar a algún lugar poco accesible y no haya recuperado el conocimiento todavía, o quizá lo han secuestrado, o quizá ha perdido la memoria y no sabe quién es, o quizá... –dijo Haruka, al ver aquel extraño funeral que su capitán estaba haciendo.

—Tú no lo entiendes… -replicó Zane, cerrando su ensangrentado puño con rabia-. Llevamos días buscándole. Creo que es hora de aceptar que se ha ido para siempre –algo dentro del pelirrojo se rompía con cada palabra que decía. Más que convencer a Haruka, parecía que quisiera asimilar que su amigo verdaderamente estaba muerto y no volvería a verlo jamás.

—¡No! –gritó enojada–. ¡Spanner no puede estar muerto! ¡Si tu determinación es tan débil y quieres rendirte, adelante! ¡Yo seguiré buscándolo! -hizo una pausa y miró mal a Zane- Creía que Spanner significaba algo más para ti.

El pelirrojo clavó sus enrojecidos ojos por las lágrimas sobre Haruka y resopló con fuerza, intentando no expulsar ni una sola lágrima más. Luego dibujó una falsa media sonrisa en su rostro y le entregó un pequeño den den mushi con cierto parecido al pirata.

—Nos vemos en dos años. Cualquier cosa, llámame –dijo, dándose la vuelta y alejándose del puerto.

Caminó muy lentamente hacia la capital de Wano, lugar de origen de su familia paterna, era como si ya no quisiera llegar allí. El recorrido se le hizo largo y difícil, sobre todo porque no podía dejar de recordar lo que había sucedido en aquella funesta noche de tormenta, sintiendo un vacío en su interior que hacía años que no sentía, concretamente desde la noche en la que desapareció su madre hacía más de diez años.

Cuando llegó a la ciudad era en torno al medio día.

No recordaba Wano tan bello y con tanto ajetreo. Las edificaciones no superaban las dos plantas, siendo esos los edificios más altos, pegados los unos a los otros, únicamente separados por un pasillo pequeñito; a excepción del gran castillo del shogun, situado al norte de la ciudad, cuyo esplendor eclipsaba todo lo demás.

La gente le miraba con pesadumbre, pues el estado del pelirrojo era lamentable. Durante los días en los que estuvo buscando a su difunto amigo apenas se llevó algo a la boca, salvo algún que otro mendrugo de pan rancio y agua, mucha agua. Su rompa estaba sucia, al igual que su rostro, y empezaba a emanar un ligero hedor a sudor y cochambre. Empezó a preguntar por la dirección de la casa de su abuelo, Eiji, pero no le hacían caso. Algunos se detenían a mirarlo, pero no le contestaban. Otros le miraban como si le reconocieran, pero eso era imposible, pues hacía más de dos lustros que no había pisado la isla –aunque el parecido con su padre era más que evidente-. Al final, cansado de buscar, se sentó en un banco de una pequeña plaza rectangular con una fuente en medio. En los tramos más cortos de la plazoleta había un banco y en los tramos largos había dos. El pirata estaba cansado y sus tripas rugían con fuerza. Entonces, una chica se sentó a su lado sin que él se diera cuenta, y a su lado un chico aparentemente más pequeño que Zane.

—¡Hola! –saludó, enérgica.

El pelirrojo la miró por el rabillo del ojo y se levantó.

—Hasta luego –dijo, yéndose de allí.

—Hemos escuchado que buscas al viejo Eiji D. Kenshin. Si buscas su casa podríamos llevarte.

—¿Sabéis dónde vive mi abuelo? –preguntó, dándose la vuelta, volviendo a mirar a la muchacha.

—Así que tú eres el famoso nieto de Eiji-san –dijo el muchacho.

Zane afirmó, moviendo su cabeza de arriba abajo con delicadeza.

—Yo soy Chizuru Yokimura, un placer. Y éste de aquí es Okita Souji –dijo, señalando al chico.

Observándolos bien, ambos parecían buenas personas, además de que la muchacha tenía buen tipo. Ella no era muy alta, en torno al metro setenta, vestida con un yukata rosa pálido y con una espada en su cinturón. Sus ojos eran castaños y tenía una sonrisa inocente muy linda. Su cabello, a juego con sus ojos, estaba sujeto con una liga alta. El muchacho era un poco más alto que Chizuru, midiendo en torno al metro ochenta. Iba vestido de forma muy llamativa, con un hakama en verde abeto y un haori de color burdeos, a su cintura llevaba dos katanas, sujetas con kaku obi de color blanco.

—Yo soy Zane D. Kenshin, pero podéis llamarme Zane –se presentó el pelirrojo.

La casa de su abuelo estaba a menos de diez minutos de allí, pegó en la puerta pero no parecía haber nadie. Estaba cerrada con llave. La muchacha le sugirió ir a un descampado que estaba al final de la calle, el lugar donde se reunían varios amigos suyos. Al principio Zane se negó, pero tras mucho insistir accedió a ir con ellos. Aquel lugar era un sitio amplio y llano con un gran cerezo en el centro. Bajo él estaba sentado leyendo un libro un chico de cabello violáceo y un traje compuesto por un hakama blanco y un haori morado, portando también una katana de color negro. Sobre una de las ramas del árbol, descansaba un muchacho pelirrojo con un hakama gris y sin parte superior, únicamente una venda que le cubría el abdomen.

—¡Eeeeeei! –gritó la muchacha, agitando su mano de un lado al otro para que la vieran.

Al llegar al árbol, el pelirrojo saltó al suelo y miró a Zane. En raso era un chico alto, superando con facilidad los dos metros. Tenía una larga melena pelirroja sujeta con una cola blanca y su cara inspiraba confianza.

—¿Desde cuándo adoptamos vagabundos, Chizuru? –preguntó, sonriendo incluso con la mirada–. Es broma, ¿quién es vuestro amigo?

—Es Zane, el nieto del viejo Eiji –contestó la muchacha.

—Así que el nieto de Eiji… -miró a Zane de arriba abajo, rodeándole de forma descarada–. Tiene sentido, se parece a su hijo. O sea, tu padre. Pelirrojo y con pintas de descarado, aunque ahora estás un poco hecho mierda. Un viaje movidito, supongo.

—Sí, podríamos decir que sí –le dijo con un tono muy serio. A Zane no le gustaba que le compararan con su padre. Era verdad que se parecía mucho a él de joven y que tenía gestos que parecían copiados intencionadamente de él, pero no era así. Y aunque lo odiaba, no podía evitar comportarse como él. Era como si en su ADN llevara escrito que tuviera que ser así. Pero no todo era malo, a veces ser alguien tan descarado tenía sus ventajas, sobre todo con las féminas.

El otro chico continuaba leyendo el libro, haciendo caso omiso al resto del grupo. Al contrario que los demás, parecía alguien serio y centrado, con aspecto de ser una persona muy sosa.

—¡Jiromaru! –la muchacha se acercó a él–. Ten al menos la decencia de presentarte, ¿no?

El muchacho la miró y siguió leyendo, pero la muchacha le agarró el libro con las dos manos y lo cerró.

—¿Dónde has dejado tu educación? –volvió a insistir Chizuru.

—Deberías saber que no me gustan los extranjeros –dijo, mirando con desprecio a Zane–. Y menos a zarrapastrosos como ese.

—Jiro…

—Ese zarrapastroso, como tú dices, tiene un nombre –le contestó Zane, interrumpiendo a Chizuru.

En respuesta, Jiromaru se levantó y se puso frente al supernova. Le miró fijamente a los ojos, desafiándole como nadie había hecho hacía tiempo. No se conocían, pero en ese mismo instante comenzó a surgir una especie de animadvesión entre ambos. El pelimorado llevó su mano a la katana que tenía amarrada a la cintura, casi al mismo tiempo que lo hacía Zane. El ambiente se tensó de golpe, haciendo que los dos tuvieran ganas de batirse en duelo.

—Desenvaina, colega. Que te voy a enseñar lo que es bueno –le dijo Zane con furia en la mirada y una sonrisa resplandeciente.

—¿Seguro que es lo que quieres? Está bien –Jiromaru desenfundó su katana y se puso en guardia media. Pero antes de que Zane pudiera desenfundar, un hombre golpeó la cabeza de Zane con una katana de madera.

—¡Pero qué cojones! –se quejó el pelirrojo, desenvainando su arma de inmediato y girándose con la intención de encarar a su agresor. No obstante, tuvo que desistir en su intento, ya que la persona que estaba frente a él era la única en aquella ínsula a quien tenía que respetar pasara lo que pasara.

—¿Esas son formas de saludar a tu abuelo después de tanto tiempo? –preguntó un anciano de gran tamaño.

—¿Y esas son formas de saludar a tu nieto? –le contestó Zane, llevando su mano al chichón que le había surgido en la cabeza.


El abuelo de Zane era un hombre a quien no parecía hacerle mella el tiempo, pues en quince años no había cambiado nada. Era un hombre de gran tamaño, pudiendo medir perfectamente casi dos metros y medio, siendo más alto que su hijo y su nieto por muchos centímetros. Su rostro inspiraba confianza y respeto, mostrando una gran altivez. Sus ojos tristes eran de un verde muy apagado. Su frondoso cabello grisáceo presentaba unas cuantas mechas blanquecinas a juego con su bigote. Al igual que la última vez que lo había visto, Eiji iba vestido con un kimono gris con algunos de talles negros en las mangas.

Al parecer, su abuelo era un hombre muy popular en la ciudad, siendo saludado con mucho respeto por todos, incluido el imbécil de Jiromaru. Aunque eso no le resultaba extraño. Cuando era pequeño, su padre le contaba muchas historias sobre su abuelo, a cada cual más increíble. Había sido una de los hombres de confianza del antiguo shogun, combatiendo hombro con hombro con él contra piratas, que querían tomar la isla como suya, o contra el gobierno, que buscaba más de lo mismo. Aunque Zane no lo reconociera, al verle siendo tan admirado por aquellos chavales, se empezaba a sentir orgulloso de llevar el apellido D. Kenshin.

Tras eso, el pelirrojo cargó con las bolsas que llevaba su abuelo y se fueron a la casa. Una vez allí, el anciano le dijo que se hospedara en la habitación de su padre y le entregó ropa perteneciente a él. Sin perder el tiempo, en cuanto pudo, se dio un largo baño de algo más de media hora. Estando sumergido en la enorme bañera de su abuelo se puso a penar en Spanner, expulsando alguna que otra lágrima que se mezcló con el agua. Al salir de la ducha, Zane se puso un antiguo kimono de su padre, de color verde musgo con detalles blanquecinos y fue hacia la sala de estar. Su abuelo vivía en una gran casa de una única planta, la cual tenía más de diez habitaciones contando la cocina, los dos baños y una gran sala de entrenamiento. Además de eso, contaba con un gran jardín trasero, el cual tenía un estanque de truchas, una barbacoa de piedra, una mesa para ocho comensales, aunque apretados podrían caber diez, y un árbol pelado.  

Al entrar en la sala de estar, Eiji estaba sentado sirviéndose un vaso de té y le hizo un ademán para que se sentara a su lado. El pelirrojo estaba nervioso, hacía muchos años que no había visto a su abuelo y no sabía cómo actuar. No estaba cómodo, era como si se encontrara frente a un extraño.

—Relájate, muchacho, que no te voy a comer–dijo Eiji, ofreciéndole un vasito de té–. Bebe, te sentará bien.

—Gra…gracias, abuelo –contestó Zane, dando un pequeño sorbo.

—Tienes el mismo gesto de tu padre cuando le pasaba algo. Dime, ¿qué te ocurre? –le preguntó con suavidad–. ¿Algún lío con el gobierno mundial por piratería? –inquirió, clavándole la mirada–. Leo los periódicos, así que no me mientas.

—No, no es eso –contestó Zane.

El pelirrojo le contó todo lo que le había pasado desde que fue abandonado por su padre hasta que llegó a la isla hacía casi una semana. A medida que la conversación aumentaba, la tensión que había entre ambos se disipaba más y más, siendo la conversación más coloquial y amena. Al final, la charla se prolongó hasta bien entrada la tarde, pudiéndose observar desde la ventana como atardecía.

—Por cierto, toma esto. Me lo dio tu padre para ti hace un par de semanas –Eiji le entregó una carta.

—Así que mi padre estuvo aquí.

—Sí. Y no omitió en su historia la parte en la que intentó matarte, pero no te preocupes. Eso dice mucho de ti, al no querer dejarlo mal ante mí.

El pelirrojo agachó la cabeza.

—Bueno, te dejo solo para que la leas. Yo tengo que organizar unas cosillas –el anciano salió de la sala, cerrando la puerta corredera que daba al pasillo.

Zane pensó en tirar la carta al fuego del brasero que estaba bajo la mesa, o simplemente romperla en pedazos y tirarla a la basura. Pero también quería saber qué tenía que decirle su padre en esa carta, así que la abrió.

“Querido hijo:

Si estás leyendo esto es que seguiste mi consejo y fuiste a ver a tu abuelo. Sé que no he sido el mejor padre del mundo. Te abandoné en una isla con un alto nivel de delincuencia solo, sin nadie para ayudarte a excepción del viejo Vic. Y cuando me reencontré contigo hace cuatro años, te entrené a medias e intenté liquidarte para usar tu cuerpo como recipiente para un experimento. Pero deberías saber que ese no era yo. No sé si tú lo habrás heredado, pero nuestra familia tiene una maldición desde hace generaciones, ¿por qué? No lo sé. Pero desde hace casi dos siglos, todos los varones de nuestra familia han tenido algo en común, y es que tenemos doble personalidad. Al nacer, algo en nuestro interior se divide en dos, un lado noble y otro más oscuro. Dependiendo de las personas y la educación recibida domina uno u otro, pero en situaciones de debilidad la parte más diabólica toma el control y nos hace hacer cosas horribles. En mi caso, aliarme con Quercus Alba e ir a por ti. Sin embargo, después de que el viejo Quercus me curara la enfermedad venérea degenerativa que contraje por tener relaciones interraciales sin protección con una mink, mi verdadera personalidad consiguió doblegar a la otra y por fin pude ser yo.

Está en tu mano creerme o no, pero te pido que completes el entrenamiento con tu abuelo. Se avecinan tiempos oscuros y tu gente te va a necesitar. Intenta conseguir lo que yo no pude, no rechaces la oscuridad que hay en ti, hijo, abraza esa parte como si fuera tu amiga y llévala a tu terreno, de esa forma no cometerás los errores que yo cometí.

Te quiere, Papá”

Al leer aquello, Zane no supo qué pensar. Llevaba más de cuatro años odiando a su padre por intentar matarle, y culpándole por todo lo malo que le había pasado en la vida. Pero en el fondo le comprendía o, al menos, trataba de hacerlo. Él era un hombre aventurero que lo dejó todo por su familia, renunciando a sus sueños. Y el joven pirata también sabía lo que era tener que lidiar con un lado oscuro que a la más mínima oportunidad intentaba apoderarse de su cuerpo. Sin embargo, intentó no pensar mucho en ello.

Al dar las ocho de la noche, su abuelo le propuso ir a tomar algo y enseñarle un poco el barrio. Como era de esperar, Eiji vivía en una de las zonas más acomodadas de Wano. Un barrio compuesto por familias de viejos militares en la zona más céntrica, no muy lejos de la calle principal y el barrio comercial; un enclave perfecto para una vida sencilla y sin mucho ajetreo.

Llegaron a un pequeño y antiguo local de ramen casi vacío, llevado por una pareja de ancianos muy simpáticos. –“El mejor ramen de la isla” -dijo su abuelo. Al poco tiempo de sentarse, entraron por la puerta dos ancianos más, junto a dos de los muchachos que había conocido esa mañana, Sanosuke y Okita.

—Buenas noches, Eiji-sensei –dijo Sanosuke.

—¿Cómo estás, Sanosuke?

—Buenas noches, Eiji-san –saludó Okita, antes de que Sanosuke pudiera responderle.

—Hola Okita –saludó su abuelo, mostrando una amplia sonrisa.

—¡Pero que ven mis ojos! –dijo uno de los ancianos, acercándose hacia la mesa–. ¿Este es el pequeño Zane? ¡Vaya! No puedo creer que haya crecido tanto en cuanto… ¿Diez, doce años? No creo que me recuerdes, pero yo soy Yoshiro, Un placer volver a verte.

El pelirrojo mostró una sonrisa tímida y educada. Él solía ser un gañán maleducado, pero las personas mayores, sobre todo los ancianos, le imponían mucho respeto. En un mundo como aquel, lleno de guerras, piratería y corrupción por parte de los poderosos, llegar a cierta edad era un logro que solo unos pocos podían conseguir. Y más los temidos espadachines de Wano, cuyas batallas en contra de quienes querían tomar la isla bajo su manto eran conocidas en todos el ancho mundo.

—Sí. Este es mi nieto, Zane.

—La viva imagen de su padre –comentó el otro anciano, mirándole con el ceño fruncido–. Yo soy Takeo.

El joven pirata se levantó y tendió la mano a los amigos de su abuelo.

—Un placer –dijo, para luego saludar a los otros dos muchachos.

—Sin mierda en la cara pareces hasta una persona –bromeó Sanosuke.

—Deja de meterte con él –le dijo Okita–. Que ya tuvo suficiente con Jiromaru-san.

—No os preocupéis. Se aceptar una broma –dijo Zane–. Por cierto, me llamo Zane, que esta mañana no estaba de humor para presentarme como es debido.

—Un placer Zane.

—Sí, un placer.

—Oye, abuelo. ¿Pueden comer con nosotros? –preguntó, para así poder intentar hacer amigos en aquella isla y poder evadirse un poco.

—Me he adelantado a ti, muchacho –contestó–. De todos los nietos de mis viejos amigos, supuse que Okita y Sanosuke eran los que mejor iban a congeniar contigo. Son más… como tú –sonrió.

“Menos mal, porque llegas a traer al inútil de esta mañana y esto acaba en una batalla campal” –se dijo a sí mismo el pelirrojo.

Esa noche pasó fugaz como ninguna otra en mucho tiempo. Antes de que se diera cuenta era poco más de las doce de la noche y los tres ancianos estaban algo ebrios, debido al sake que habían tomado. Por respeto, los tres jóvenes no tomaron nada, aunque eso no le gustaba a Zane, ya que llevaba con ganas de una buena dosis de alcohol desde que había puesto un pie en la isla. Las costumbres arcaicas de Wano, aunque respetables, no iban con el estilo de vida del pelirrojo. Sin embargo, quizás un cambio de ambiente le haría olvidar más rápido todo lo ocurrido la semana anterior.


Última edición por Zane D. Kenshin el Jue 24 Ago 2017 - 17:38, editado 2 veces

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Sáb 22 Jul 2017 - 17:29

Capítulo II: El significado de ser un espadachín.

Aquella primera noche en casa de su abuelo, pese a estar cansado, Zane no pudo conciliar el suelo, pues solo era capaz de repasar en su mente todas las maneras posibles en las que habría podido salvar a Spanner.

“Si tan solo hubiera intentado sobrevolar las nubes o haber parado en alguna isla vecina…” –se decía a sí mismo, mientras observaba como los primeros rayos de luz de la mañana entraban por una diminuta ventana situada en la pared norte de la antigua habitación de su padre, aunque ahora podría decir que es suya. Era un cuarto rectangular, de unos veinte metros cuadrados, algo grande para una sola persona, aunque con una decoración muy minimalista. Estaba distribuida, si se contemplara desde la entrada, de una cama próxima a la pared de la derecha, bajo una ventana con un stock que impedía la entrada de la luz. En su lado izquierdo había un armario de obra empotrado y una estantería con libros, algunos trofeos y un par de figuras de espadachines. Y en la pared norte, bajo la pequeña ventana, un escritorio de madera vieja, sobre el que reposaba sus tres posa espadas y una pequeña caja de madera sin tapa, en cuyo interior había unos pocos algodones usados y una piedra para afilar muy gastada.

“Creo que es hora de levantarse” –se dijo, suspirando profundamente.

Sin retrasarlo más, se levantó de la cama, sentándose en el borde de ella durante un par de minutos en los que miró a la nada, y luego se vistió con la ropa del día anterior. Pasó por la habitación de su abuelo por si estaba dormido, pero ya tenía hasta la habitación recogida.

—Buenos días –dijo alegremente a Eiji, que estaba preparando el desayuno.

—Buenos días, Zane. ¿Qué te apetece desayunar? –preguntó su abuelo–. Hay fruta, embutido, cereales, todo lo que quieras.

—Me da igual, abuelo. Lo que vayas a comer tú –contestó, sentándose en una banqueta que había en la cocina, junto a una pequeña mesa cuadrada.

Desayunaron en silencio, sin decir alguna palabra.

El viejo Eiji preparó huevos revueltos con salchichón, una extraña sopa espesa de sabor agrio y una pieza de fruta. Zane no estaba acostumbrado a comer tanta cantidad de alimento tan temprano, él era más coger un trozo de pan rancio o algo de las sobras del día anterior, siempre acompañado con un poco de licor.
Al terminar de comer, Zane recogió la mesa y limpió los platos. Tras eso, volvió a sentarse junto a su abuelo, que ahora estaba el pasillo de madera que daba al patio, fumando tabaco en una pipa de madera.

—Abuelo, necesito que me entrenes –le pidió el supernova, yendo directo al grano–. Tengo que volverme más fuerte y tú eres el único que puede ayudarme.

—Ya estabas tardando…–sonrió–. Antes de entrenarte tengo que verte en acción y saber cuáles son tus fortalezas y tus debilidades.

—Cuando quieras podemos combatir –propuso el pelirrojo, poniéndose de pie y estirándose–.

Eiji sonrió.

—Pero no conmigo, muchacho. Yo ya no estoy para estas cosas –le dijo, mientras daba otra calada a su pipa y expulsaba el humo con suavidad.

—¿Entonces con quién? –preguntó el pelirrojo, impaciente.

—Ya lo decidiremos, pero tiene que ser alguien más cercano a tu edad para comparar vuestras habilidades –respondió–. Así que te parece si organizamos una barbacoa con mi antiguo grupo y sus nietos. Así comemos, bebemos algo y organizamos un combate para entretenernos. Podrías luchar con Sanosuke u Okita –sugirió Eiji, mientras se acariciaba el bigote con sus dedos índice y meñique–. Son buenos espadachines, ¿te parece bien?

—Puestos a elegir, prefiero a Jiromaru –contestó Zane, frunciendo el ceño.

Eiji sonrió con picardía.

—Ya veremos, Zane. Ya veremos. Ahora tenemos una barbacoa que organizar y compras que hacer.


*   *   *

A la mañana siguiente, Eiji despertó a su nieto poco antes del amanecer, pues tenían que ir a comprar todo lo necesario para una barbacoa wanense. Primero fue a la lonja del puerto a por carne de rey marino, un rico manjar muy común que degustaban con frecuencia en Wano por sus sorprendentes nutrientes. Luego a una carnicería local, dónde había encargado hamburguesas de ternera, churrascos de pollo aliñados, chorizos criollos y filetes de jabalí gigante de Rusukaina, éste último tipo de carne era muy cara, llegando a costar decenas de berries por lo difícil que es conseguir capturar un ejemplar, costándole la vida a más de un hombre. Y por último, a un pequeño huerto situado al oeste de la ciudad. Aquel lugar era increíble, una parcela gigantesca repleta de multitud de árboles frutales y plantaciones de todo tipo, de las que podías probar algunas frutas recién cogidas de la rama.

Al terminar, eran casi las diez de la mañana. Eiji fue a por las bebidas, mientras le daba a Zane las llaves de la casa y le pidió que fuera yendo para allá. A regañadientes el pelirrojo le hizo caso y se dirigió a la casa como pudo. Iba cargado con cuatro cajas de madera, una encima de la otra, repletas de comida sin apenas poder ver. Así que tuvo que seguir su instinto y usar su mantra para llegar a la casa sin chocarse con nadie.  Al llegar, en la puerta de su casa estaban Sanosuke, Okita, Chizuru y otro chico más, pegando en la puerta y llamando a su abuelo en voz alta.

—¿Te echamos una mano? –preguntó Sanosuke, sujetándole una de las cajas.

—Sería un detalle de vuestra parte –respondió Zane.

Okita, Sanosuke y el otro muchacho le ayudaron con las cajas, mientras Chizuru cogía las llaves del bolsillo de Zane para abrir la puerta de la casa. Se dirigieron hacia el jardín trasero, y dejaron los mandados sobre la gran mesa de piedra que allí había.

—Gracias por la ayuda, muchachos –dijo Zane, cuya frente estaba empapada en sudor.

—De nada Zane-san, vinimos para ayudar a Eiji-san a organizarlo todo –dijo Okita.

—¿Y tú eres…? –preguntó el pelirrojo al otro muchacho, frunciendo el ceño.

—¡Cierto! –exclamó Okita, que no os conocéis. Zane-san, éste es Heisuke Tödo. Hei-kun, éste es el nieto del viejo Eiji, Zane.

—Un placer, colega –tendió la mano al pelirrojo–. Puedes llamarme Hei, sin formalidades.

—Igualmente. –el supernova le dio un apretón de mano con fuerza a Heisuke–. Como ha dicho mi representante, yo soy Zane –bromeó.

Heisuke, al contrario que la mayoría de los hombres que había visto en Wano, apenas llegaba al metro ochenta de altura. Iba vestido de una forma un poco extraña, en la parte superior llevaba una camiseta de manga larga de color morado muy ceñida, con la singularidad de que le faltaba un trozo de tela en los hombros, dejándolos a la vista. Y encima un haori de verano de color amarillo. En la parte inferior, llevaba un pantalón pirata de color negro, a juego con unas sandalias con espinilleras.
Una hora después, llegó su abuelo con tres ancianos más. Dos de ellos eran los abuelos de Okita y Sanosuke, Takeo y Yoshiro respectivamente, ¿pero quién era el otro? ¿El abuelo de Chizuru o el de Heisuke? A saber, pero por su extraña vestimenta no parecía una persona muy normal. A simple vista parecía un hombre alegre y vivaracho, al que le gustaba mucho las bromas. Iba vestido con una bermuda de color verde con girasoles estampados, sandalias con calcetín blanco y una camisa de manga corta muy ancha, abierta hasta el abdomen.

—Tú debes ser Zane, ¿me equivoco? –preguntó el anciano, mientras lo miraba de arriba abajo.

—El mismo que viste y calza –contestó el pelirrojo–. ¿Y usted es…?

—Gintomaru Tödo. Bebedor profesional, amante egoísta y abuelo a tiempo parcial.

“De mayor quiero ser como él” –pensó Zane, riéndose a carcajada limpia de lo que había dicho el anciano.

Aún quedaban un par de horas para que comenzara oficialmente la barbacoa, así que Zane y Sanosuke se ofrecieron voluntarios para ir a por leña. Durante el camino al bosque estuvieron hablando de asuntos muy triviales, sin interés alguno, pero al llegar a allí la cosa cambió.

—¿Y tus padres? ¿A qué se dedican? –preguntó Zane.

—Es complicado –contestó Sanosuke–. La generación perdida es un tema tabú entre las personas de la isla. Y nosotros solo sabemos lo poco que nos han contado, así que…

—¿Generación perdida? –inquirió el pelirrojo con intriga.

—Sí, es el nombre con el que se los llama. Nuestros padres nacieron en una época en la que Wano estaba muy abierta al mundo. Al antiguo shogun le daba igual que fueras un delincuente buscado o una persona fiel al gobierno mundial, si cumplías las normas de la isla, podías venir y estar todo el tiempo que quisieras. Las ideas de libertad, de revolución y de orden establecido llenaron las mentes de nuestros padres. Y cuando nuestros abuelos se quisieron dar cuenta, sus hijos se habían convertidos en piratas famosos como el tuyo, en revolucionarios como el mío o en un alto cargo de la marina como la madre de Okita.

—En pocas palabras, que nuestros padres fueron las ovejas negras de la familia –rió Zane.

—Podríamos decir que sí. Aunque tú no estás muy lejos del tuyo, Zane “descamisetado” D. Kenshin.

—Así que sabes que soy un pirata –dijo Zane, cogiendo un par de troncos de madera para la barbacoa.

—Todos lo sabemos, pero nos da igual. Eres nieto del maestro Eiji y si el pone la mano por ti, nosotros no somos nadie para llevarle la contraria. Además, nos caes bien –sonrió Sanosuke-. Sacas de quicio a Jiromaru solo con respirar, así que no te podemos dejar marchar.

Tras ello, cargados con varios kilos de madera entre los dos, volvieron a la casa de Eiji. Al llegar, todos los invitados a la barbacoa estaban allí sentados, los más jóvenes en césped y los más viejos en sus sillas, incluido Jiromaru. Sanosuke le había hablado de éste durante el camino de vuelta del bosque. Jiromaru había sido el hijo más pequeño de una familia de destino incierto, pues hacía casi diez años, sus hermanos fueron atacados por el gobierno mundial y asesinados en un incendio provocado. ¿Porqué ellos? Ninguna persona fuera de su familia lo sabe, a excepción de Eiji. Pero ver morir a sus hermanos frente a sus narices, sin poder hacer nada al respecto, cambió la forma de ser del espadachín. Pasó de ser un chico risueño y amigable, con una sonrisa sincera en el rostro, a ser una persona fría y malhumorada, cuyo único interés era hacerse más y más fuerte, tanto física como intelectualmente. Y eso le ha llevado a ser uno de los jóvenes más prometedores de la isla, siendo uno de los candidatos a ser un futuro consejero y protector del shogun.

Las miradas de Jiromaru y Zane se cruzaron y saltaron las chispas. La tensión en ese momento aumentó de golpe en el jardín trasero de la casa y todo el mundo pudo palparla. El pelirrojo aumentó su presencia intentando doblegar la voluntad del espadachín de cabellos violáceos, pero él lo contrarrestó haciendo lo mismo. La corteza del árbol situado en el centro del jardín comenzó a resquebrajarse y sus ramas comenzaron a moverse. Y entonces, nada. Ambos pararon. El pelirrojo continuó su camino para sentarse cerca de Sanosuke y Jiromaru siguió conversando con Chizuru.

—Te conozco de hoy y ya me caes de puta madre, pelirrojo –dijo Hei, sentándose a su lado y echándole su brazo izquierdo por encima del hombro–. Está bien que le eches huevos al estirado de Jiro. En serio, soy el primero que admite que a veces tiene una buena hostia, pero no le provoques demasiado, hazme caso. Tómate esto como un consejo  entre amigos –con el dedo índice de su mano derecha comenzó a señalar su cara y la del pelirrojo con rapidez.

—Gracias por tu sugerencia –Zane quitó el brazo de Heisuke de su hombro–, pero no te preocupes por mí. Tu amiguito no es el único que sabe manejar una espada.

Heisuke sonrió.

—Definitivamente, me caes bien –dijo, echándose hacia en el césped con las manos apoyadas en su nuca.

De pronto, el característico sonido agudo y seco que hace el badajo de una campana contra sus paredes de metal hizo mirar a todo el mundo hacia el mismo lado. Allí se encontraba Eiji, de pie sobre una silla, intentando llamar la atención de todos los asistentes. Mientras tanto, Yoshiro echaba sake caliente en unos pequeños vasos de cerámica de color gris con detalles en azul. Dio uno de los vasos a cada uno de los asistentes, incluyendo a los jóvenes, y se puso al lado de Eiji, que parecía querer decir unas palabras.

—¿Qué decir en un momento como éste? Sé que no es moralmente correcto hacer una celebración tan pronto,  ya que solo han pasado unos pocos meses desde que nuestro hermano Agamotto se marchó de este mundo para poder continuar velando por nosotros desde el otro –hizo una pausa de unos pocos segundos–. Especialmente por su nieta Chizuru, a la que quiero como si fuera mí propia hija y cuya felicidad era lo más importante para él, y creo que para todos nosotros. Sin embargo, todos conocíamos a Agamotto, ¿no es cierto? Él no querría vernos tristes y llorando por lo sucedido. Y hoy, pese a que todos recordamos en nuestra memoria a nuestro amigo y hermano, estamos aquí de celebración. Porque mi nieto Zane –señaló al pelirrojo–, ha venido aquí después de quince años para quedarse una larga temporada y poder bañarse de nuestra rica cultura, además de convertirse en el espadachín que veo en él –Eiji elevó su copa y miró a todos los presentes con los ojos brillosos–. ¡Por los que se han ido y por los que han venido! –dijo en voz alta.

—¡Por los que se han ido y por los que han venido! –repitieron todos, casi al unísono.

Y tras ese emotivo discurso, dio comienzo la barbacoa.

Durante varias horas comieron las suculentas exquisiteces que Eiji había comprado, para lo que resultó ser una fiesta de bienvenida para su nieto, además de una excusa para medir su fuerza, y bebieron sake como si se tratara de agua. Después de comer, los ancianos contaron algunas de sus batallitas como samuráis del shogun, y la verdad era que fueron interesantísimas. El pelirrojo era un amante de las historias, y más cuando alguien se las narraba con tanto detalle. Al parecer su abuelo había sido el líder de una antigua organización militar que servía al shogun de manera directa: el Shinsengumi. Ese cuerpo militar en un principio estuvo formado los mejores guerreros de las siete familias más poderosas de la isla: D. Murasakibara, D. Kenshin, Souji, Tödo, Harada, Yamanami y Oda; acabando con ellos tras la última guerra contra Hakuoki, una antigua isla hermana de Wano.

“Ahora entiendo porque todo el mundo le respeta tanto en la isla” –pensó Zane, apoyándose en el tronco del cerezo y dando otro sorbo al vaso de saque.

—¡Abuelo! –alzó la voz–. ¿Queda más sake? –preguntó.

—Sí, pero para ti no –contestó–. Te recuerdo que tienes un combate pendiente.

“¡Hostia es verdad! El combate” –pensó el pirata, que parecía haberse olvidado de porqué estaba organizando su abuelo aquella barbacoa.

—¿Pues empecemos ya, no? Así acabamos rápido y me puedo tomar otra copa –se levantó y comenzó a estirarse–. ¿Cuál de estos has elegido para que se enfrente a mí?

—¿Yo? A ninguno. Que elijan entre ellos quien quiere enfrentarse a ti.

Entonces, Jiromaru se puso de pie.

—Yo combatiré con él –dijo en voz alta, desafiando al pelirrojo con la mirada.

—Qué dices Zane, ¿te parece bien combatir con el joven Jiromaru? –preguntó su abuelo.

Zane sonrió.

—Me parece perfecto.

Todos los presentes se trasladaron al pasillo que daba a la sala de entrenamiento, sentándose en él cómo pudo para ver el combate. La habitación era, sin duda alguna, la más grande de toda la casa. Era un habitáculo de diez metros de largo por nueve de ancho,  con paredes reforzadas con metal y suelo de madera. En su interior había varios aparatos de musculación como pesas y maquinas con poleas, además de objetos básicos como gomas elásticas ultrarresistentes, colchonetas de entrenamiento individuales y un estante con varios shinais de bambú.

—Las normas del combate son simples –dijo Eiji–. Será un combate sin límite de tiempo, perderá aquel que se rinda, caiga inconsciente o haga trampas. ¿Entendido? Así que coged los shinais que os haga falta y que gane el mejor.

—¿Shinais? ¿En serio? –cuestionó Zane–. No somos niños para ir con espaditas de bambú.

—Te recuerdo que es un combate de entrenamiento, hijo. No veo necesario el uso de katanas de verdad. Y deberías saber que no importa el arma, incluso un shinai en las manos adecuadas es tan letal como cualquier arma de filo.

“Si tu lo dices” –contestó el pelirrojo para sus adentros, dándose la vuelta y cogiendo tres shinais, poniendo uno de ellos en su cinto, mientras sujetaba el de su zurda a la manera tradicional y el de su diestra a la inversa, con el fijo en paralelo con su brazo.

Mientras tanto, Jiromaru solo cogió un shinai y lo agarró con fuerza con ambas manos, adoptando la forma básica de la guardia neutra, poniendo su pie izquierdo algo más adelantado que el derecho; una pose perfecta analizar a un oponente desconocido.

—¿Preparados? –preguntó Eiji, mirando a su nieto y luego a Jiromaru–. ¡QUE EMPIECE EL COMBATE! –hizo sonar la campana de mano que usó antes de dar el discurso.

El pelirrojo no tardó ni un segundo en abalanzarse con violencia hacia su contrincante, impulsándose gracias a su fruta del diablo, dejando una estela de humo en el camino, haciendo un movimiento vertical descendente con su shinai izquierdo, que fue bloqueado con facilidad por Jiromaru. Midieron sus fuerzas en aquel golpe, pero estaba claro que el espadachín de cabellos violáceos era más fuerte que Zane, que empezaba a notar como su muñeca se doblaba hacia atrás por la presión que le ejercía el arma de su oponente. Ante eso, dio un pequeño salto hacia atrás e hizo un barrido horizontal de este a oeste con su diestra, que también fue bloqueado por Jiromaru.

El combate entre los dos espadachines empezó muy igualado, pareciéndose a una ensayada danza en la que se intercambiaban distintos golpes que a un combate entre samuráis, pero a medida que se prolongaba la contienda el pelirrojo comenzó a estar en desventaja. La fama de Jiromaru no era un bulo, no, estaba bien merecida. Su habilidad con la espada estaba al nivel de los mejores espadachines, manteniendo siempre la calma y sin hacer movimientos en falso, cubriendo todos los ángulos posibles.

“Creo que voy a tener que ponerme serio” –pensó, llevando su shinai izquierdo a la boca  y cogiendo su tercera espada. Cogió sus dos armas de forma tradicional, con la hoja hacia arriba. Respiró hondo, frunciendo el ceño, y miró a los ojos a su oponente. Éste parecía estar muy tranquilo, como si supiera que el joven pirata no era rival para él y todo fuera un mero trámite para dejarle claro quién mandaba en aquel lugar; o eso era lo que razonó el pelirrojo.

Nuevamente atacó de frente a Jiromaru, pero esta vez forzando el bloqueo de su contrincante con las armas de su boca y su mano derecha, para aprovechar y golpearle con la izquierda, algo que consiguió e hizo retroceder a Jiromaru un par de metros. En el rostro del espadachín de cabellos violáceos se podía ver una especie de sonrisa. Al parecer se estaba divirtiendo mientras combatía con Zane, pero el pelirrojo no lo estaba pasando tan bien, ya que se estaba viendo superado en muchas ocasiones. Instintivamente, posiblemente por sus ansias de ganar, imbuyó sus shinais con haki de armadura y empezó a dar un golpe tras otro a su contrincante, que solo podía esquivar o bloquear, sin atacar a Zane.

Al igual que el pelirrojo, Jiromaru cubrió su shinai con haki, aunque el suyo tenía un brillo especial, era como más intenso, teniendo destellos morados y unas fluctuaciones oscilantes en todo el arma.

“¿Qué clase de técnica será esa?” –se preguntó Zane, volviendo a atacar a Jiromaru con sus shinais en cruz, siendo bloqueado nuevamente por él. Sin embargo, esa vez fue distinto. La potencia del shinai de Jiromaru era muy superior a la de los suyos, que fueron resquebrajándose hasta romperse, consiguiendo golpear con mucha fuerza el rostro del pelirrojo, tirándolo al suelo de culo.

Se encontraba aturdido, no mucho, pero lo suficiente como para sentirse mareado. Lentamente se levantó del suelo, viendo como Jiromaru colocaba su shinai en el estante con los demás. Sentía como la sangre recorría su bello rostro y su nariz rota le impedía respirar bien. Llevó la mano a su cara y sonó un crujido que hizo chillar a Zane, pero la nariz volvía a estar en su sitio. Inspiró llevando la sangre a la garganta y la escupió sobre el suelo de madera de la sala de entrenamiento y miró a Jiromaru.

—¿Quién te ha dicho que el combate ha acabado? –preguntó, mientras cogía su tercer shinai del suelo–. Esto solo ha sido el primer round –de Zane comenzó a surgir una extraña aura de color carmesí que recorría su cuerpo haciendo círculos concéntricos y su cabello se volvió algo más sonrosado. En su espalda un halo de energía surgió de repente e hizo parecer al pelirrojo una especie de divinidad. La temperatura de la sala aumentó de forma exponencial, llegando a los sesenta grados. La gente que observaba el combate desde el pasillo no pudo aguantar tanto calor y se alejaron de allí. Pero entonces, el pelirrojo notó un golpe seco en el cuello, y después oscuridad.

Cuando despertó estaba sobre su cama, sudoroso y con un fuerte e insoportable dolor en la cabeza que le hizo golpear la cama con rabia. No se acordaba cómo había llegado a allí, lo último que recordaba era que estaba a punto de atacar a Jiromaru con todo lo que tenía, y luego todo se volvió negro. Frente a él, sentado en el suelo sobre sus talones, estaba su abuelo que lo miraba con cara de pocos amigos. ¿Qué le pasaba? No lo sabía, pero le daba miedo preguntar.

—Zane, levántate y siéntate frente a mí –dijo su abuelo, con voz calmada e imperante.

El pelirrojo tragó saliva  e hizo lo que le dijo su abuelo, sentándose con las piernas cruzadas sobre él.

—Así no se sienta un hombre cuando tiene que hablar de tema serios, muchacho. Así que siéntate sobre tus talones.

“Que incómodo es esto” –pensó, una vez se dejó apoyar sobre sus talones.

—¿Qué ocurre abuelo? –preguntó Zane al fin.

—Aquí las preguntas las hago yo, muchacho –respondió su abuelo–. Dime, ¿qué es para ti ser un espadachín?

El pelirrojo miró a su abuelo a los ojos y se quedó callado durante unos segundos que parecieron eternos.

—¡Vamos, responde! –imperó Eiji, mirando con rabia al pelirrojo.

—Ser un espadachín es una forma de vida. Es una manera de demostrar al mundo lo que tienes dentro y de lo que eres capaz –apartó la mirada de su abuelo para mirar las katanas que tenía colocadas sobre el escritorio–. Si te soy sincero, no sé qué es ser un espadachín. Por eso he venido aquí, para aprenderlo –nuevamente volvió a mirar a su abuelo a los ojos.

Eiji se levantó y caminó hasta la salida de la habitación.

—Tienes hasta el amanecer para decirme que significa para ti ser un espadachín, sino, sintiéndolo con todo el dolor de mi corazón, no voy a poder entrenarte. Lo siento.

Eiji salió de la habitación y cerró la puerta corredera del cuarto de Zane.

Las horas transcurrieron lentamente hasta el amanecer, ¿pero que era ser un espadachín? Se preguntaba el pelirrojo una y otra vez, mientras miraba la plenitud de la noche desde su ventana. ¿Una forma de vida? Como le había dicho a su abuelo. ¿La manera de demostrar lo que eres? Tal vez sí, o tal vez no. No lo sabía. Era una pregunta muy complicada. ¿Cómo iba a saber él su respuesta? Durante esa noche buscó en lo más profundo de su corazón y recordó porque quiso volverse un espadachín. En un principio no fue porque le entusiasmara, al contrario, no le gustaba nada, sino porque era una forma de acercarse a su padre y volverse como él. Aquello le resultó muy irónico a Zane, pues su sendero como espadachín se inició porque quería ser igual a su padre, la persona que más daño le había hecho y que, al mismo tiempo, más admiraba –aunque eso no lo reconocería nunca-.

Antes de que amaneciera, el pelirrojo ya estaba en la sala de estar de la casa, sentado sobre sus talones esperando a su abuelo. Cuando Eiji entró en la habitación se sobresaltó al ver a Zane, que le miraba fijamente con decisión.

—¿Tienes ya la respuesta? –le preguntó, sentándose frente a él.

—No, no la tengo –respondió–. Me he pasado toda la noche dándole vueltas a la respuesta adecuada, de verdad lo he intentado, pero es imposible. ¿Cómo esperas que plasme con palabras algo que simplemente se siente dentro? Ser un espadachín es sentir como el acero del arma vibra al chocar contra otro. Ser un espadachín es sentir que una parte de ti se muere cada vez que has quebrado uno de tus katanas. Ser un espadachines… me falta vocabulario para explicarlo. Simplemente soy un espadachín, al igual que mi padre, y su padre antes que él, o sea, tú.

Eiji frunció el ceño y luego sonrió.

—Creo que lo comprendes, a tu manera, pero lo comprendes. No obstante, voy a pedirte un favor, Zane. Aquí en Wano, un verdadero samurái es una persona que únicamente se vale de su espada su instinto y sus reflejos. Y tú dejas eso en un segundo plano para usar un poder que has obtenido de forma externa, que no nace de ti, ¿me entiendes?

—¿Te refieres al poder de mi fruta del diablo? –pregunté.

—Exacto. No te digo que niegues el poder que te otorga esa akuma, porque sería algo absurdo no aprovecharte de ello, pero te pido que lo hagas al revés. Primero usa tus habilidades como espadachín y que, si eso no es suficiente, uses el poder adicional que te otorgue tu fruta para potenciarte. De esa forma, llegará el día que serás imparable – le dijo Eiji–. Sin embargo, no me fio de ti, porque eres igual que cierto hijo mío cuando tenía tu edad. Así que ponte esto –del interior de su kimono sacó un collar con una piedra azul y dos a  juego.

—¿Qué es eso? –preguntó Zane.

—Es un colgante con un trozo de kairoseki y dos pulseras del mismo material. Con eso impediremos que uses cualquier habilidad que te otorgue tu fruta del diablo –le respondió, mientras le daba las pulseras y el colgante.


Última edición por Zane D. Kenshin el Jue 24 Ago 2017 - 17:47, editado 2 veces

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Mar 22 Ago 2017 - 2:15

Capítulo III: Una maldición heredada

Una semana después de la barbacoa, antes de que los primeros rayos de la luz del alba rozaran su piel, Eiji y Zane se dirigieron al norte, al lugar más alto de toda la isla, atravesando un angosto camino lleno de dificultades hasta llegar a una verde explanada. Allí, el anciano espadachín dejó caer una pesada bolsa de cuero viejo sobre el suelo, produciendo un ruido seco.

—¿Vas a decirme ya que tienes ahí dentro? –preguntó Zane, cruzándose de brazos, mientras bostezaba.

—Lo necesario para tu entrenamiento –respondió, abriendo la bolsa y sacando unos brazales y unas pesas para los tobillos.

—Venga no me jodas, abuelo, ¿pesas? ¿En serio? Y después qué, ¿clases de aerobic?

—¡Niñato insolente! –el anciano golpeó la cabeza de Zane con su katana de madera–. Aquí no soy tu abuelo, ¿entendido? Soy el maestro Eiji –aquellas palabras hicieron que el pirata se encogiera de hombros, y mirara temeroso al anciano. La verdad era que su abuelo imponía un respeto que no era normal, y un escalofrío le recorrió la espalda cuando su presencia le atravesó el cuerpo, paralizándolo durante un instante–. Y ahora escucha con detenimiento lo que te voy a decir, porque solo voy a hacerlo una vez.

Zane asintió, encogiéndose de hombros y evitó mirar a los ojos a su nuevo maestro.

—Desde hoy hasta que te vayas de la isla, dentro de unos veinte meses según me dijiste, vas a levantarte antes del amanecer y venir hasta este lugar corriendo, descansar durante diez minutos y volver a la casa. Sin embargo, lo harás con estas pesas –cogió las pesas del suelo–. Estas de aquí son para los tobillos, cada una de ellas tiene cinco cavidades para colocar unas placas de metal de cinco kilogramos, es decir, que desde hoy hasta que acabes el entrenamiento tendrás que pasar de correr con diez kilogramos a tus pies a correr con cincuenta. Y estas  de aquí –cogió los brazales–, cumplen la misma función que las otras, salvo que el paso varía  de los diez kilogramos a los treinta. Después de eso, llegarás a la casa; desayunarás y harás una rutina de entrenamientos de fuerza, que constará de lo siguiente: press de banca plano en pecho con barra, seguido de flexiones. Curl de bíceps y fondo para tríceps. Y dominadas en barra, tanto con agarre pronador como supinador, es decir,  con las palmas de la mano para adentro y para afuera, ¿lo has captado todo?

Zane volvió a asentir.

—Perfecto, sigamos. Tras eso te tomarás un descanso para comer algo de carne de rey marino, un par de plátanos y un gran vaso de leche fresquita. Te ducharás e irás a trabajar al puerto descargando cajas para mi amigo Asuma hasta el mediodía .

—Un momento… creo que no he oído bien, ¿has dicho trabajar? ¿En serio? –cuestionó Zane, frunciendo el ceño.

—Sí –respondió su abuelo–. Cargando y descargando cajas fortalecerás los brazos, las piernas y la espalda. Además de aprender a ganarte la vida de forma decente –le dijo, haciéndole entender que no le gustaba la piratería–. ¿Alguna otra pregunta?

—Sí, abue… Maestro Eiji –corrigió al ver como su abuelo se aferraba al mango de su bokken–. ¿Para qué me va a servir esto para mejorar como espadachín? O sea, ¿no tendrías que enseñarme técnicas o posturas con los distintos tipos de espada?

—Una casa no se hace por el tejado, Zane. Antes de poder entrenarte con la espada debes entrenar primero tu cuerpo, aunque eres muy rápido, estás muy descompensado en el resto de tus facultades. Te falta mucha fuerza para ser un buen espadachín, además de resistencia a los golpes. Cuando vi como un simple golpe con un  shinai te rompió la nariz supe que te hacía falta  una buena base, y no hay nada más básico que el entrenamiento físico.

Zane miró a su abuelo y volvió a asentir. Era cierto que había abandonado un poco su entrenamiento como espadachín tras haber consumido la fruta. Cambió  las largas horas de entrenamiento físico por entrenamientos mentales para aprender a controlar mejor el poder del demonio que habitaba dentro de él.  
Poco después, su abuelo le dejó allí con las pesas, mientras que él volvía a su casa. Se puso las tobilleras y las muñequeras con sus equivalentes pesos, diez kilogramos en cada pierna y diez kilogramos en cada brazo. Se cargó la bolsa de cuero a la espalda y echó a correr hacia la casa de su abuelo.

No fue hasta que tuvo que descender a todo correr la colina en dirección a la ciudad que Zane se dio cuenta de la ingente cantidad de obstáculos que se presentaban en el camino. Troncos, boquetes y piedras de distinto tamaño se sucedían sin ton ni son, obligándole a ir más despacio porque cualquier movimiento en falso podría resultar en una torcedura de tobillo o una caída aparatosa. Además de eso, también era atacado  continuamente por la fauna salvaje: pájaros y zorros de gran tamaño. Pensó en espantarlos con su haki del rey, pero supuso que su abuelo contaba con que tuviera que esquivar los ataques de los animales como forma de su entrenamiento.

Tardó casi dos horas en llegar a su casa.

—Ya he llegado –le dijo a su abuelo, jadeando.

—Has tardado una hora más de lo debido, así que bébete un vasito de zumo y vete a la sala de entrenamiento.

—No me jodas, abuelo, que tengo hambre –se quejó, acercándose a la alcancía para coger algo de comer. Siendo golpeado por su abuelo por ello con mucha fuerza.

—¿Qué te he dicho? Mientras estés entrenando me llamarás maestro.

“Maldito viejo loco” –pensó, mientras su abuelo le miraba con los ojos hinchados de rabia. En ocasiones, a Zane le daba la impresión de que Eiji podía leerle la mente cuando lo insultaba para sí, porque el anciano lo fulminaba con la mirada, como estaba haciendo en aquellos momentos y esa era una de esas veces.

Al final, Zane se tomó un buen vaso de zumo de naranja fresquito y se fue a la sala de entrenamiento, continuando con la rutina que le planificó su abuelo.

Como ponía en la rutina, Zane comenzó realizando estiramientos, para después ponerse a levantar una enorme barra con pesos en sus extremos. Colocó los brazos a la altura de sus hombros, agarró con fuerza la gran barra de metal y la levantó del soporte donde estaba colocada. Tras eso, la bajó hasta casi rozar su pecho, más o menos a un par de centímetros de sus pezones, y la elevó y la bajó treinta veces seguidas cada cuarenta y cinco segundos, repetidas veces. Tras eso, cogió las mancuernas e hizo ejercicios para sus brazos, tanto para los bíceps como para sus tríceps. Posiblemente, aquella fuera la primera vez que realizaba ejercicios concentrados en un único músculo, resultando un entrenamiento demasiado agotador.
Después, se agarró a una barra que había en el techo e intento hacer dominadas. ¿Por qué lo intento? Porque no pudo hacer más de ocho dominadas seguidas, y tenía que hacer cincuenta. Una vez se agarró, usó todas las fuerzas que tenía para intentar levantarse, pero sus resultados no fueron los mejores.

Al acabar, tuvo el tiempo justo para ducharse, beberse dos vasos de leche y comerse un plátano de camino al puerto. Al llegar, no encontró por ninguna parte a su “jefe”. Asuma era un hombre moreno , alto y fuerte. Siempre vestido con una camisa a cuadros abiertas desabotonada y un mono vaquero rasgado. El pelirrojo lo conoció días antes de la barbacoa, cuando fue con su abuelo a encargar la comida y después a recogerla. Cuando lo encontró  le asignó la tarea de llevar las cajas, que bajaban de un gran carguero usando una extraña máquina, hasta un almacén que estaba a unos cien metros de allí. Era un trabajo muy duro, ya que el peso de las cajas unido al los adicionales  que tenía en los brazos, lo cual hacía  que el trabajo fuera más dificultoso. Pero cuando pensaba en quitarse las pesas, era capaz de escuchar la voz de su abuelo, diciéndole: “Ni se te ocurra quitarte las pesas. Si lo haces, lo sabré, y así tendrás un entrenamiento extra ”.

Aquella noche se acostó muy pronto, justo después de arrasar con todo lo que tenía su abuelo en la nevera, porque al día siguiente tendría que volver a pasar por ese infierno de entrenamiento. Las semanas pasaban y la vida del supernova solo consistía en entrenar, trabajar y dormir, aunque de vez en cuando salía con Sanosuke y los demás. Aunque transcurrían los días y su rutina era exactamente la misma -con excepciones en su rutina de pesas -, el entrenamiento seguía siendo igual de duro. Era la primera vez que un entrenamiento se le hacía tan largo e insoportable. Su maestro le hacía un examen cada quince días y si veía alguna mejora le aumentaba la carga de las pesas que llevaba en sus extremidades. Al cabo de dos meses, era capaz de soportar veinte kilogramos en cada pierna y quince en cada brazo.  

Una mañana mientras el pelirrojo corría por la meseta de la isla en dirección al valle, una bandada de pájaros cagones, una variedad del palomo común que habitaba en Wano, le eligió como su objetivo durante algo más de una semana y tuvo que estar todo el día esquivando heces de ave que caía n del cielo sin una frecuencia exacta. –“Eso te ayudará con tus reflejos” –le decía Eiji, pero él no lo veía muy claro.

Pasado un mes más, el pelirrojo ya se adecuaba a los horarios que su abuelo le había hecho  en un principio. En algunas ocasiones tardaba un poco más, terminando el entrenamiento matutino en torno a las nueve y diez o así , en lugar de a las en punto , pero su abuelo ya no le castigaba de manera tan dura como antes. Sin contar que tenía algo de dinero en efectivo para gastar en alcohol y comida con nuevos amigos, ya que Eiji le dejaba quedarse con  su sueldo íntegro. Una tarde, mientras descansaba tras un arduo día entrenamiento y de forzoso trabajo, Eiji le dijo que fuera al patio.

—¿Querías algo abuelo? –le preguntó, sentándose a su lado, bajo la sombra del gran árbol de cerezo.

—Has mejorado mucho en estos tres meses y medio, pero aún te queda mucho camino por recorrer. Sin embargo, creo que es hora de empezar con la segunda etapa de tu entrenamiento.

—¿Segunda etapa? –inquirió, mirando a su abuelo con el ceño fruncido.

Eiji asintió.

—Tu entrenamiento está compuesto por tres etapas principales: física, mental y luego una combinación de ambas. Ahora que has acostumbrado a tu cuerpo a estar sometido a un esfuerzo constante, y así aumentar tu fuerza y tu resistencia, creo que es hora de empezar con el entrenamiento interior. Dime, Zane, ¿sabes lo que es la energía mística o espiritual?

Zane negó con la cabeza y le miró con cara de no saber de lo que estaba hablando.

—Veamos, todos los seres vivos de la tierra tienen un aura dentro de sí.  Eso lo sabes,  ¿verdad?  Pues bien, cuando una persona es capaz de exteriorizar dicha energía y materializarla en su cuerpo o sus armas, puede hacer que sus capacidades físicas aumenten considerablemente, así como sus ataques. ¿Me has entendido?

El joven pirata miró a su abuelo con el ceño fruncido y los labios apretados, mientras intentaba asimilar toda la información que había recibido.

—En pocas palabras, que tengo que sacar mi aura afuera para dar castañazos más fuertes, ¿no?

El viejo Eiji miró a su nieto y agachó la cabeza mientras se daba un pequeño masaje en la sien con sus dedos –“creo que necesito una copa”- dijo al mismo tiempo que se levantaba y dejaba a Zane solo, sentado bajo el cerezo.

—¿Pero qué  he dicho ahora? –se preguntó Zane en voz baja, levantándose y siguiendo a  su abuelo–. Pero abuelo, ¿Qué he hecho ahora?

—Empieza a entrenar, no tardaré mucho.

Al rato, Eiji volvió con un vaso de cerámica y una botella de licor de hierbas.

—¿Aún no has empezado?

—Pero…

—¿Pero qué?

—No sé qué  tengo que hacer –le contestó Zane.

—Medita y busca en tu energía interior, pero ten cuidado. -No vayas  a desatar el poder de tu fruta –le aclaró su abuelo.

Zane asintió y se sentó con las piernas cruzadas, con las manos sobre su regazo y entrelazando los dedos de tal forma que las yemas de sus pulgares se tocasen suavemente. Respiró hondo. Y  poco a poco fue entrando en estado de concentración. Podía oír como una ligera brisa mecía las ramas del gran cerezo que había en el centro del patio, el volar de los pájaros sobre la casa de su abuelo, el excremento de ave que acababa de caer en su hombro… Todo, podía sentirlo todo. Los segundos pasaban lentos y todos esos sonidos que le sacaban de su concentración fueron desapareciendo, estaban cada vez más lejanos, hasta que solo hubo silencio y penumbra. Todo estaba oscuro, muy oscuro. No había nada. Con el tiempo un haz de luz surgió y absorbió a Zane hacia su interior a una velocidad vertiginosa. Voló y voló por lo que parecieron horas, casi sin parar. Era como si no pudiera respirar, aunque supiera que todo estaba en su cabeza , y entonces notó un fuerte golpe en el pecho. Al abrir los ojos e incorporarse , allí estaba Kenny, con esa sonrisa malévola.

—¿Qué haces en mis dominios, Zane? ¿No tuviste suficiente con meterme a ese pajarraco dentro? ¿También quieres lo que hay aquí? –inquirió con ira-. ¡Pues no te dejaré!

Kenny se abalanzó sobre Zane con fuerza y comenzó a golpearle una vez tras otra, casi sin parar. El pelirrojo solo podía defenderse de sí mismo sin hacer nada al respecto. En el exterior, el cuerpo de Zane se retorcía en el suelo mientras deliraba, diciendo frases como: “Cuando acabe contigo el control será mío”. “No te dejaré obtener mi poder”.

Ante aquello, su abuelo cubrió su mano de una extraña película verdosa y golpeó el pecho de su nieto despertándolo.

El capitán pirata estaba sudoroso y muy agitado, y llevó automáticamente su mano hacia donde deberían estar sus katanas.

—Ya, ya. Cálmate, hijo –le dijo su abuelo, agarrando sus brazos y mirándole fijamente a los ojos.

—Lo siento, abuelo. Es que yo…

—No te preocupes. Como suponía tú también tienes la maldición familiar.

—¿Maldición? ¿Qué maldición? –el pelirrojo frunció el ceño.

—Anda, bebe un poco. Te vendrá bien –Eiji le dio la botella de licor a Zane, que no tardó en dar un gran sorbo.

—Gracias.

—¿Tú padre nunca te ha dicho nada sobre la maldición? –preguntó, acariciándose el bigote.

Zane negó con la cabeza.

—Veamos, por dónde  empiezo… Desde hace unas cinco generaciones de D. Kenshin, concretamente los varones, han tenido algo que a día de hoy se llama trastorno de personalidad múltiple , haciendo que tengan más de una identidad en su interior. Y  temo decirte que si no eres capaz de doblegar a tu otro yo, no podrás dominar lo que quiero enseñarte.

—Entonces mejor que pasemos a otra cosa –dijo, tomando otro sorbo de licor–. Lo he intentado todo, desde pasar de encerrarlo en lo más profundo de mi ser hasta tratar de matarlo, pero sin éxito.

—¡No digas sandeces! Mi abuelo tuvo cuatro personalidades distintas, con sentimientos y valores completamente diferentes y una de ellas doblegó al resto –la mirada cálida de su abuelo se volvió fría e intimidante, consiguiendo que la mandíbula de Zane temblara de miedo–. Solo tienes que saber quién es el verdadero Zane, si tú o él. En teoría la personalidad más fuerte suele ser la real, así que debes ser tú.

—¿Y cómo lo hago?

—Eso es algo que debes aprender tú solo, cada persona es distinta. Yo, por ejemplo, la doblegué hasta casi desaparecer. Tu padre, por su parte, aprendió a convivir con él durante toda su vida, hasta que vino aquí hace unos meses y aprendió a controlarlo. Hay muchas formas de hacerlo, pero tienes que buscar la correcta –explicó.

—Está bien, me pondré a ello.

Nuevamente el pelirrojo  entró en estado de calma y sosiego, consiguiendo adentrarse en lo más profundo de su ser, pero con el mismo resultado. Durante semanas Kenny lo expulsaba de  su estado de calma absoluta Mediante la cual podía adentrarse a su interior. Estaba desesperado, en casi un mes no había conseguido nada, solo malestar físico y mental.

Una tarde, mientras intentaba dominar a Kenny, Sanosuke, Okita y Heisuke fueron a la casa del viejo Eiji para que pedir que dejase a Zane salir a tomar algo la noche siguiente. Era un día especial para los habitantes de Wano, la festividad de la víspera de la primavera en la isla y era costumbre que los ciudadanos se vistieran de gala con sus kimonos y fueran a agradecer al templo y luego al  festejar.

—Venga, abuelo. Pasado mañana es fiesta y no tengo que trabajar. Además,  es el día de mi cumpleaños –le dijo Zane, casi suplicándole. La verdad era que desde que empezó  a llevarse bien y tener confianza con su abuelo había empezado  a mostrarse como era, una persona inmadura y falta de cariño paterno-filial , pareciendo en ocasiones un adolescente mimado en lugar de  un joven a punto de cumplir veintitrés años.

—¿Tu umpleaños? Entonces hay que celebrarlo a lo grande –dijo Sanosuke.

—¡Eso! Hay que pillarse una buena esta noche –rió Heisuke.

—Venga, Eiji-san. Esta noche es la noche. Además  conociendo a Zane después de saber esto seguro que se escapa –golpeó el hombro del pelirrojo con el puño.

Eiji miró a los cuatro y agachó la cabeza con un suspiro.

—Qué remedio, tendré que dejarle ir. Eso sí, al día siguiente de la fiesta entrenarás igual, ¿entendido?

—Que sí, que sí. No te preocupes. Pero hay un problema, no tengo kimono.

—Ponte el viejo de tu padre, debe estar en el armario –dijo Eiji, levantándose y yéndose en dirección a la cocina-. Eso sí, recuerda  las normas –se giró mirando a Zane–. Nada de mujeres, y mucho menos te atrevas a entrar en mi casa borracho, ¿entendido? Respeto al hogar ante todo.

“Y lo dice don sake” –se dijo Zane, mirando como su abuelo se marchaba a la cocina con un tokkuri completamente vacío en su mando derecha.


Última edición por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:50, editado 1 vez

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Mar 22 Ago 2017 - 2:26

Capítulo IV: El festival de primavera

Eran poco más de las ocho de la noche. El sol empezaba a ocultarse por el este de la isla y Zane el único allí esperando, vestido con un kimono verde con detalles blancos y un hakama grisáceo.

“Pues es cómodo esto” –se dijo Zane, cruzándose de brazos.

Primero llegó Sanosuke junto a Okita. Luego Heisuke con Jiromaru, que cruzó una mirada arrogante con Zane. Y media hora más tarde, siendo un ya un cliché social, llegó Chizuru junto a tres amigas.

—Perdón por la tardanza –se disculpó Chizuru, inclinándose–. Es que Hanako ha tardado la vida en peinarse.

—Sí, seré yo la única –se quejó una muchacha de cabellos azulados, que supuso Zane que era Hanako. Era una chica algo más alta que Chizuru, pero no mucho. Tenía los ojos de un azul muy intenso y una mirada muy dulce, vestida con un kimono rosa con líneas blancas.

—¿Nos vamos entonces? –preguntó Sanosuke.

—¡Eso! Que hay que celebrar el cumpleaños de Zane antes de que vuelva a la mina –bromeó Heisuke, agarrando al pelirrojo por el cuello–. Por cierto, amores míos,  éste pelirrojo de aquí es Zane, el nieto del viejo Eiji.

—Un placer, yo soy Sakura Miyamoto –dijo una muchacha rubia de ojos color ámbar, vestida con un kimono rojo con algunos estampados vegetales; más o menos igual de alta que Chizuru.

—Igualmente, como ha dicho este empalagoso –se quitó a Hei de encima para coger la mano a la muchacha y darle un beso–. Soy Zane, para servirla. ¿Y tú eres…? –preguntó mientras miraba a la otra chica. Una joven con un cabello ni rubio, ni castaño y algo más alta que las demás. Vestida con un kimono blanco impoluto con decorados en lila y rosa en sus mangas a forma de cuadrados y flores translúcidas. Ésta era la más resultona de las tres, pareciendo tener mejor cuerpo que sus amigas, aunque se le veía en el rostro que se lo tenía creído, ella sabía que era guapa y podía tener a cualquier hombre que quisiese.

—Me llamo Reiko Akagawa, y ni se te ocurra besarme la mano –saltó la muchacha.

—Un placer. Y estate tranquila, eso es un lujo que solo obtienen unas pocas privilegiadas y tú no eres una de ellas –le guiñó un ojo y le mostró su mejor sonrisa–. Por cierto, las mujeres de Wano estáis todas guapísimas.

—Gracias –dijeron todas, salvo Reiko, casi al unísono.

Hechas las presentaciones todos se dirigieron al templo de la ciudad, siguiendo un camino de luces y guirnaldas que dejaron embobado al pelirrojo. Zane casi nunca pasaba por la calle principal, ya que tenía que dar un rodeo grande para ir al trabajo, y cuando lo hacía ya era de día, así que no se había percatado de la decoración de la ciudad.

—Bonito, ¿verdad?  –dijo Chizuru, caminando al lado del supernova.

—Sí –afirmó  éste–. No venía desde que era un niño, no recordaba que fuera tan esplendido.

—¿En tu isla no hay fiestas como estas? –preguntó Chizuru, que era la única de sus amigos de la isla que no sabía nada de su pasado.

—Aunque te parezca mentira, en muchas islas no hacen festejos como estos. Y, si los hacen, no son para personas como yo.

—¿Cómo tú? –inquirió la chiquilla, con el ceño fruncido.

—¿Babosos? –intervino Reiko.

—Una larga historia, Chizuru. Ya te contaré un día de estos, más en la intimidad –le dijo Zane, haciendo que Jiromaru le mirara con odio y desprecio.

Pocos minutos después llegaron al templo. Allí se arrodillaron y recitaron las gracias ante la estatua del Seiryuu, el gran dios dragón representante del este y de la primavera. Aquella situación le resultó muy irónica a Zane, ya que él tenía la fruta del antagonista elemental del dragón, pues él era el fuego y el dragón simbolizaba el agua. ¿Habrá alguien con el poder de este dragón? Se preguntaba el pelirrojo, pero le parecía imposible, ya que el agua era el enemigo natural de las frutas del diablo.

Después de rezar, echaron unas monedas a la fuente del templo, tocaron la campana y fueron a cenar a un restaurante cercano. La comida estaba muy buena, tanto que Zane se comió dos platos de carne en salsa con arroz. Tras la cena  fueron a los puestecillos que había por toda la calle principal y la zona habilitada en la gran plaza del norte para que los ciudadanos se divirtieran. Pasadas las once de la noche, se dirigieron a la carpa del bosque del oeste, el lugar donde se divertía la juventud. Una paradera adaptada con varias carpas junto a una gran laguna, rodeado de árboles y flores, con música y algunos puestos de venta de comida y bebidas, tanto alcohólicas como sin alcohol. Durante el camino, Zane se unió al grupo de las chicas y entabló amistad con ella, incluso con Reiko, que parecía no soportarle mucho.

—Yo invito a la primera ronda, que en unos diez minutos es mi cumpleaños –dijo Zane, mientras miraba al cielo.

—¿Supiste la hora por la posición de las estrellas? –preguntó Sakura, sorprendida.

—Sí, además de espadachín soy navegante –contestó.

—¿Eres marinero?

—Algo así –respondió, dándole largas–. Bueno, Chizuru, ¿me acompañas a por las bebidas?

—¡Vale! –respondió con energía.

La muchacha agarró por el brazo a Zane y ambos se perdieron entre los árboles en busca de uno de los tenderetes de alcohol. Chizuru era una de las pocas mujeres de la isla que, pese a encontrarse en una sociedad patriarcal, era capaz de plantar cara a un hombre y salir victoriosa. Ya que, bajo una facha de dulzura y amabilidad, escondía una habilidad para la esgrima y un ingenio dignos del mejor samurái.

—Hace buena noche, ¿verdad? –preguntó el pelirrojo, intentando dar conversación.

—Se nota que está llegando la primavera.

—Por cierto… ¿Tú amiga Sakura tiene maromo? –preguntó Zane, mostrando su sonrisa más picaresca.

—¡Lo sabía! ¡Si es que lo sabía! Te gusta Sakura –Chizuru empezó a reírse.

—Gustar, gustar… digamos que me resulta más interesante que el resto de vosotras –aclaró el pelirrojo.

—¿A quién quieres engañar? Si no le has quitado el ojo desde que hablaste con ella durante la cena.

—¿Pero ataco o no ataco?

—Sí, sí, tú ataca. Me gustas para ella, ya era hora que alguien decente se fijara en Sakura. Siempre se le acercan capullos –dijo la muchacha.

—Eso de decente… -susurró Zane, pensando en voz alta.

—¿Has dicho algo?

—No, nada. ¿Qué os gusta beber a vosotros? ¿Ron? ¿Whisky? ¿Ese néctar del demonio llamado Vodka?

—¿Eso qué es? Nosotros preferimos el sake o el vino templado, salvo Jiromaru que bebe licor de arroz –respondió.

Tras un rato pensándolo, el pelirrojo compró cuatro botellas sake, tres de vino templado, una de licor de arroz, y casi quince vasos, con la excusa de “más vale que sobre a que falten, porque siempre se acaban rompiendo”.

Al llegar, puso la caja de madera con las botellas en el suelo para que todos cogieran, aunque Jiromaru no se acercó.

—Jiromaru –el pelirrojo le lanzó la botella–. Traje licor de éste para ti. Ven y échate algo, anda.

—Gracias, Zane –dijo Jiromaru, acercándose para coger un vaso y echarse una copa.

Bebieron y hablaron durante un par de horas, realizando juegos para beber más. Zane era el que llevaba más ritmo bebiendo, aunque también era el que más aguante tenía. Cuando dieron las dos de la madrugada, Zane empezó a bromear mucho con Chizuru, dejando al resto del grupo de lado, y Jiromaru comenzó a enfadarse, hasta el punto que llamó al pirata para hablar a solas.

Ambos se alejaron lo suficiente para que nadie pudiera escuchar la conversación. Jiromaru era la antítesis del pelirrojo, siendo una persona reflexiva y con unas normas de educación muy estrictas. No le gustaba llamar la atención y mostrar sus sentimientos, pues creía que aquello era una debilidad. Sin embargo, pese a todo, tenía un cierto parecido con Zane en algunos aspectos, como la firmeza de sus ideales y su clara determinación.

—¿Qué quieres ahora? –preguntó Zane, recibiendo un puñetazo en la cara como respuesta–. ¿Qué mierda te pasa ahora? –escupió sangre y golpeó a Jiromaru también.

—No me gustan los de tu calaña. Y tampoco me gusta que coquetees de esa manera con Chizuru –dijo con voz temblorosa e irregular–. Así que te reto a un combate, quien gane se queda con ella–. Jiromaru se puso en una extraña guardia, colocando sus brazos rectos y recubiertos de haki de armadura.

Entonces Zane empezó a reírse a carcajada limpia, tirándose al suelo de forma exagerada.

—¿De qué te ríes? ¡Desenfunda tu espada, maldito pirata!

—¿En serio? ¿Has pensado que yo… y que Chizuru? –preguntó entre risas–. Te equivocas, socio, en serio. Es muy guapa y todo lo que tú quieras, pero no es mi tipo.

—Pues para no ser tu tipo bien que flirteas con ella –espetó, quitando el haki de sus brazos.

—Yo no soy el más indicado para decirte esto, pero… tienes mucho que aprender de la mente femenina, colega.

—Como si tú fueras un experto.

—No soy un experto, pero donde pongo el ojo pongo la flecha. Y si no me crees pregúntale a tu prima Haru… -“Hhmm… ¿cómo se llamaba? ¡Ah! Sí, Mirai”–. Mirai, a tu prima Mirai.

—Así que es verdad, mi prima es tu nakama.

—Sí, pero eso es otra historia. Mira Jiromaru, yo no soy una amenaza para ti en lo que concierne a Chizuru, pero el mar es muy grande y está isla también, ¿cuánto tiempo crees que tardará en venir un chico que la enamore? Podría ser dentro de un rato cuando vayamos a la carpa a liarla un rato, o dentro de un año, quien sabe. Solo te voy a decir que dejes de ser un antipático con ella. No debería decirte esto, pero se está cansando de que seas tan borde e impertinente con ella en público. Así que no temas quedar como un nenaza, no serás menos hombre por comportarte de forma dulce y melosa con ella ante la vista de todos. Al contrario, marcarás mejor terreno .

Jiromaru escuchaba las palabras de Zane muy atento, como si todo lo que estuviera diciendo fuera importante, y finalmente esbozó una sonrisa.

—Puede que sea el licor de arroz, pero me estás empezando a caer bien, piratón –se apoyó sobre Zane, rodeándolo por el hombro–. Puede que en el futuro seamos amigos, e incluso trabajemos en equipo –comenzó a reír.

“Trabajo en equipo” –pensó el pelirrojo, mientras rodeaba el cuello de Jiromaru con su brazo –“Podría funcionar”-. Se dijo así mismo, pensando en intentar cooperar con Kenny la próxima vez.

—Pues tú me sigues cayendo como el culo –le dijo Zane, con una sonrisa en el rostro mientras caminaban hacia el resto del grupo, que se sorprendió al verlos tan amistosos.

—Lo que no consiga el sake… -comentó Heisuke.

—Ya te digo, hace unas horas querían matarse y ahora parecen amigos de toda la vida –saltó Sanosuke.

El resto de la noche la pasaron hablando, riendo, contando historias y bebiendo como si no hubiera mañana en aquel rincón de la pradera, alejados completamente de todo el barullo que había alrededor de la carpa. Estaban muy a gusto. Rodeados de aquella atmósfera placentera todos fueron quedándose dormidos excepto Zane el, a pesar de tener recostada sobre su pecho a Sakura, no podía dejar de pensar en qué estarían haciendo los miembros de su banda.

“¿Estarán bien? ¿Necesitarán  mi ayuda? Espero que sí, porque no pienso dejar que les pase nada a ninguno” –pensó para sus adentros, justo antes de cerrar los ojos.

El sueño fue rápido y poco placentero. Los primeros rayos de sol golpearon los cerrados párpados del pelirrojo,  que fue el primero en despertarse. Zane era una de tantas personas que tenía que dormir en la más profunda oscuridad para conciliar bien el sueño, siendo incapaz de hacerlo si había algo de luz.

—Buenos días –susurró Sakura, cuyo rostro inocente con sonrisa dulce y mirada angelical hizo acelerar el corazón del pelirrojo, algo que no le ocurría desde hacía meses.

—Buenos días –le dijo Zane al mismo tiempo bostezaba.

Sin saber muy bien cómo había sucedido, el grupo lo obligó a acompañar a Sakura a su casa, al barrio que estaba en las cercanías del castillo del shogun. Aquel era un barrio de gente adinerada, así que nunca había tenido la curiosidad de entrar. Todas las casas eran enormes y aparentemente muy lindas. Al ver aquello pudo comprobar que, pese a que su abuelo era alguien adinerado, Eiji era una persona humilde en comparación con la gente que vivía allí.  

Al llegar a la entrada de la casa, tanto la muchacha como el pirata se quedaron fuera, sin decir palabra alguna.

—Bueno, hasta la próxima –dijo Zane, con una sonrisa en el rostro.

—Igualmente, Zane –le respondió la muchacha, para girarse y abrir la puerta de su parcela.

—¡Oye! Una cosa, ¿te gustaría quedar algún día para comer o tomar algo? –le preguntó Zane–. Éste sábado, por ejemplo.

—Por mi bien, pero tendrás que pedírselo a mi padre.

—¿¡A tú padre!? ¿¡Cómo que a tú padre!? –inquirió el pelirrojo, sobresaltado-. No me gustan los padres, ni los hermanos mayores; y a veces ni las mascotas del sexo masculino.

—No sé cómo funcionan las cosas fuera, pero aquí si quieres tener una cita con una chica tienes que tener el consentimiento de su padre.

—Ah, vale.

—Hasta el sábado, entonces. Gracias por acompañarme a casa –dijo, cerrando la puerta en las narices de Zane.

—Pero… -se quedó callado frente a la puerta durante unos segundos-. Creo que me acaban de hacer el lío...

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Mar 22 Ago 2017 - 2:47

Capítulo V: Un pacto con el diablo.

—¿Qué horas son estas de llegar, muchacho? –preguntó Eiji, en cuanto vio a su nieto poner un pie sobre la tarima de la cocina.

—La culpa no es mía, abuelo. He tenido que acompañar a una chica que vive a tomar por cu…

—¡No quiero excusas! –a una velocidad vertiginosa, cogió su katana de madera y golpeó la cabeza de Zane–. Solo dime que no has hecho nada raro con esa chiquilla, por favor te lo pido. No estoy preparado para volver a tener peleas con los vecinos.

—No te preocupes, soy algo más decente que mi padre –le dijo Zane.

—Eso no me consuela, pero nada –dijo Eiji, dando una calada a su pipa y expulsando el humo haciendo círculos–. Dime, ¿a qué muchacha has acompañado?

—A una amiga de Chizuru, Sakura se llama –contestó, mientras cogía la botella de leche del frigorífico, un vaso y algo de comer.

—¿Sakura? No me suena.

—Sí. Rubita, ojos anaranjados, cuerpo curioso. Un bomboncito –se bebió el vaso de leche de un trago.

—¿Recuerdas su apellido? –preguntó Eiji–. A lo mejor es la nieta de algún viejo amigo mío, sería gracioso.

—Miyamoto creo que era.

—¿Miyamoto? Al único Miyamoto que yo conozco fue mi superior en el shinsengumi, Torao, un gran hombre. Ahora es consejero directo del shogun.

—¿Consejero del pez gordo de la isla? ¡Joder! Eso explica el caserón que tiene, a su lado esto es una cochiquera –comentó el pelirrojo, llevándose a la boca un trozo de pastel de manzana.

La cara de Eiji cambió de golpe, pasó de tener la vena de la frente hinchada de ira a tener los ojos caídos de preocupación.

—Te prohíbo que salgas con esa muchacha, Zane. No quiero problemas con esa familia.

—Tarde, abuelo. Ya tengo una cita concertada con su padre este sábado para pedirle que me deje trajinarme a su hija –bromeó Zane, quitándose el kimono y quedándose en ropa interior, justo antes de salir por la puerta para darse una ducha y empezar a entrenar.

Al sábado siguiente, el pelirrojo fue a la mansión de los Miyamoto a conocer al padre de Sakura, Torao. Contra todo pronóstico, congeniaron muy bien. Zane sabía perfectamente como  encandilar a un viejo hombre de guerra como era él. Simplemente le contó varias batallitas, le habló de cómo ido  a Wano, a la isla de sus ancestros, para aprender a ser un mejor espadachín, y alguna que otra trivialidad más y lo tuvo en la palma de su mano – “coser y cantar”-pensó el pirata. Sin embargo, con la madre de Sakura no fue tan fácil, ella no terminaba de fiarse de las intenciones del pelirrojo; y estaba en lo cierto, porque era un sin vergüenza. Pero eso no impidió que Torao le permitiese “cortejar” a su hija, creyendo que el pelirrojo tenía planes de futuro.

* * *

Tras pasar unos días apenas sin entrenar, el pelirrojo decidió que ya era hora de volver a la rutina y poner en práctica su plan. Se sentó en mitad del patio de la casa con las piernas cruzadas, sintiendo como una ligera brisa mecía sus rojizos cabellos al son del canto de los pájaros. En pocos segundos, notó como una extraña fuerza transportaba su mente a un lugar sombrío e inhóspito, que fue aclarándose poco a poco hasta dejarle ver un bosque de árboles de hojas brillosas con un gran sendero de piedra en él.  A pasos lentos, Zane caminó por la senda hasta llegar a un pequeño santuario de piedra rodeado de columnas, algo así como un Tholos antiguo con una fuente muy pequeña en su centro. Y frente a ella estaba Kenny, con los brazos cruzados y la mirada fija en los ojos del pelirrojo.

—¿Otra vez aquí? –le preguntó Kenny, llevando su mano derecha a unade sus katanas.

—Vengo en son de paz, Kenny –le dijo Zane, soltando sus katanas en el suelo–. ¿Podemos hablar?

Kenny frunció el entrecejo y volvió a cruzarse de brazos.

—Te escucho.

—Ambos sabemos que no vas a dejarme obtener nuestra energía interior sin luchar. Sin embargo… ¿Qué te parece sí llegamos a un acuerdo? Tú me das vía libre para poder usarla y yo… no sé, te  dejo tomar el control de nuestro cuerpo una vez al año, por ejemplo.

El supernova sabía que aquella proposición era algo muy arriesgado. Su alter ego tenía una sed de sangre demasiado grande como para dejarlo libre, pero quizás fuera así porque no le había dejado saborear los placeres de la vida, o quizás porque verdaderamente era un ente de pura maldad. Sin embargo, tenía que intentarlo.

—¿Me estás diciendo que tus ansias de poder son tan grandes que serías capaz de dejarme libre?

—Una vez al año –aclaró Zane–. Pero sí, soy capaz de hacerlo.

—Me parece correcto, pero eso es muy poco tiempo. Una vez cada tres semanas –propuso Kenny.

—Cada seis meses.

—Cada dos y es mi última oferta –dio un paso adelante y se puso frente a Zane.

—Cada cuatro meses y no harás daño a ninguno de mis seres queridos por muy insoportables que sean.

—¿Ni siquiera a la pequeñaja esa de tu banda? No la aguanto.

—No, ni siquiera a Haruka.

—Trato hecho –Kenny tendió la mano a Zane, esperando que cerrara el trato.

El pelirrojo dudó un último instante, pero le dio la mano a su otro yo con un fuerte apretón.

—Ahora, ¿ves esa fuente? Sumérgete en ella y obtendrás un poder tan puro que si consigues dominarlo nos hará casi invencibles. Si consigues dominarlo, claro  –le dijo Kenny, apartándose a un lado, mostrando en su rostro una malévola sonrisa.

Zane sin quitarle el ojo a Kenny por si le atacaba por la espalda fue hacia la fuente. Pero, antes de meter la mano en ella, se giró  para mirarlo.

—Una última cosa, Kenny. El trato no estará vigente hasta que aprenda a dominar completamente el uso de la energía espiritual y salgamos de la isla, ¿de acuerdo? –el pelirrojo clavó su mirada sobre su otro yo, haciendo por primera vez que él retrocediera unos pasos.

—Eso no era parte del plan, pero… qué remedio. Acepto –le dijo, mostrando una sonrisa de oreja a oreja.

Sin más dilación, Zane se sumergió en la fuente y empezó a meditar en ella hasta que, de nuevo, una fuerza poderosa le  llevó hacia el exterior. Al abrir los ojos, su cuerpo estaba recubierto de una extraña aura de color blanca que fluctuaba sobre su piel y su ropa. Era una sensación extraña. Se sentía distinto, como si sus sentidos se hubieran multiplicado de golpe. Pero no sólo eso, también notaba su cuerpo repleto de energía. Aquella sensación le resultaba similar a la que experimentaba cuando usaba su akuma no mi, pero era ligeramente diferente. Entonces, de pronto, todo cesó. El aura que lo rodeaba desapareció y su cuerpo se tornó cansado y fatigado, como si hubiese estado horas ejercitándose, aunque sólo habían pasado unos minutos.

—Vaya, parece que has conseguido hacerlo –le dijo su abuelo, que estaba sentado a dos metros de él tomando algo de sake–. Sin embargo, esto es solo el principio. Descansa un poco y luego ven a verme al salón –se levantó y se fue de allí.

Zane asintió y se tumbó en el césped, mirando cómo  unos pequeños periquitos formaban un nido en una de las copas más amplias del cerezo.

“Son preciosos” –pensó Zane–, “Y seguramente también sabrosos”

Al cabo de un par de horas, el pirata y su abuelo estaban sentados sobre la moqueta del salón. Entre ellos había un cofre de madera antigua alargado, de un metro y medio de largo por cincuenta de ancho. Se notaba que hacía mucho que no lo sacaba, pues tenía polvo y algunas telarañas.

—¿Alguna vez te has preguntado por qué los espadachines de Wano son los más poderosos del mundo? –le preguntó Eiji, accionando unos círculos que tenía el cofre en los laterales, algo así como un criptograma que hacía la función de cerradura.

—¿Por qué es un país de samuráis?

—No, somos los mejores espadachines porque hemos conseguido llevar el camino del espadachín a un nivel más. No nos enfocamos únicamente en habilidades y técnicas, sino que usamos nuestra energía interior para potenciar nuestros golpes y llevar nuestras habilidades a otro nivel. Es por ello que nuestra familia, desde hace generaciones, ha intentado dominar algo que es conocido como el sendero de la espada –hizo una pausa para fumar de su pipa–. ¿Qué es el sendero de la espada? Te preguntarás.

Zane asintió.

—El sendero de la espada es la forma en la que llamamos a los distintos grados de proyección de la energía espiritual, la cual varía dependiendo de la intensidad, cantidad y forma de utilizarla. Esta técnica o este poder, llámalo como más te guste, tiene cuatro niveles básicos que son: el sendero de la calma, el sendero del control, el sendero de la determinación y el sendero de la virtud. Cada pocas generaciones, alguien de la familia desarrolla un sendero más, siendo el de la virtud el que creé yo.

—¿Mi padre creo  alguno?

—No lo sé, pero conociéndole seguro que como mínimo uno habrá creado –contestó Eiji, haciendo que la mirada de su nieto se entristeciera–. Pero tú no tengas en mente eso, ahora lo que tienes que hacer es aprender a controlar tu energía espiritual para no desperdiciarla en pocos segundos como antes, o desfallecerás en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ah! Y nunca, bajo ninguna circunstancia, uses toda tu energía espiritual concentrado en un ataque, ¿entendido?

—¿Por qué no? –inquirió Zane.

—Podrías morir si lo haces. Ten en cuenta que la energía espiritual es la vida misma, y si la gastas toda y tu cuerpo está tan cansado como para regenerarla, puedes fallecer en el acto.

—Tomo nota… usar toda la energía “caca”.

Al fin, Eiji abrió la caja y sacó de ella tres trozos de madera y una bolsa llena de pastillas de metal. El pirata no terminaba de comprender qué era aquello. Seguramente fuera una forma antigua de canalizar su poder interior de una mejor manera, o algo por el estilo. ¿Pero cómo  unos trozos de madera y unos discos de metal iban a ayudarle a mejorar? No se le ocurría ninguna forma. Quizás tenía la capacidad de absorber energía y mantenerla, o  a saber.

—¿Qué es eso, buelo? –preguntó Zane.

—¿Eso? La segunda etapa de tu entrenamiento físico. Se trata de una katana de madera hueca a la que le irás metiendo una de estas piezas de metal a la semana, para así fortalecer los brazos. Son un total de diez discos de tres kilogramos cada uno, así que… ya sabes –Eiji sonrió con malicia–. Déjate de mujeres y dedícate a entrenar.

—O sea, que aparte de aprender a canalizar mi energía voy a tener que ir con una katana pesada todo el tiempo, ¿no?

—Sí.

—Guay… -susurró-. Y bueno, ¿Cómo consigo controlar mi energía?

—Mediante meditación, concentración y autocontrol. Y es por eso qué vais a iros al bosque del norte, allí podre…

—¿Vais? –interrumpió Zane.

—Sí, yo no estoy para viajes muy largos, así que le he pedido a Sanosuke que se vaya contigo y te ayude con el entrenamiento.

Esa misma tarde partieron hacia la región más al norte septentrional de Wano. Ésta era una zona más lozana que las otras regiones donde había entrenado, con una pequeña cascada de agua cristalina que era el nacimiento del río más grande que atravesaba de punta a punta la isla.

Esa noche, tras estar durante horas contándose mutuamente historias y anécdotas, se acostaron tarde, en torno a las dos de la madrugada, y Sanosuke lo despertó antes del amanecer. A petición de su abuelo, cada día que pasaba le despertaba a una hora distinta, lo mismo dormía doce horas un lunes, que un martes no le dejaba dormir, era un maldito caos. Pero eso hacía que Zane estuviera alerta a cualquier situación que pudiera ocurrir, aumentando así su capacidad de reacción. Sin embargo, Sanosuke se cansó de ello y solo estuvieron así durante dos semanas. Tras eso, el entrenamiento era todos los días desde el amanecer hasta el anochecer, haciendo un descanso de media hora para almorzar.

El entrenamiento de Zane era simple. Para empezar, tenía que dedicar dos horas a dar golpes al aire con la espada de madera para fortalecer sus brazos, mientras Sanosuke le lanzaba piedras o tajos cortantes que debía esquivar o bloquear. Una mañana, pasados ya dos meses de entrenamiento, Sanosuke se levantó enfadado y comenzó a lanzar un tajo cortante tras otro hacia el pirata, el cual tuvo que cambiar de peinado, ya que le cortó media cabellera.

—¿Qué mierda te pasa, tío? –espetó Zane, muy enfadado–. ¡Casi me cortas la cabeza!

—Si estuvieras concentrado lo habría bloqueado con facilidad –le reprochó Sanosuke.

—Intenta bloquear tú con una katana que pesa veinte kilos, enterao’.

Aquella pelea hizo que no se hablaran durante varios días, aunque al final hicieron las paces.

Tras el entrenamiento de fuerza, el pelirrojo, con ayuda de su compañero de entrenamiento, se tenía que poner en una plataforma de piedras que había bajo la cascada y meditar debajo de ella. Al ser un usuario de una fruta del diablo, aquello le debilitaba en demasía, teniendo que ser sacado de allí cada pocos minutos. Sin embargo, a medida que pasaban los días era como si se inmunizara, o eso es lo que él sentía. Una vez estaba bajo el torrente de agua, tenía que concentrarse y exteriorizar su energía espiritual de forma constante, pero sin malgastarla. Las primeras semanas le fue imposible, caía desmayado a los pocos segundos. Era como le había advertido su abuelo, si se quedaba sin ella de forma rápida caía desfallecido ipso facto.

—¿Estás bien? –le preguntó Sanosuke, al ver como Zane recobraba el sentido después de más de seis horas inconsciente.

—¿Cuánto tiempo he estado esta vez?

—Seis horas, creo que deberías descansar durante un par de días –le aconsejó su amigo–. Cada vez te desmayas por más tiempo, no creo que sea bueno.

—No te preocupes, creo que es por el agua. A medida que gasto energía el agua me debilita más y más hasta hacerme desfallecer, creo que lo mejor será entrenar en tierra firme.

—Si crees que es lo mejor, hazlo. Yo no le diré nada a tu abuelo –se rió Sanosuke.

Y así fue. El pelirrojo comenzó a entrenar a ras de suelo, consiguiendo aumentar progresivamente el tiempo que era capaz de aguantar su energía espiritual. Al principio, solo era capaz de hacerlo estando inmovil, pero con el paso de las semanas podía hacer ligeros movimientos como andar o abrir los ojos. Zane no sabía cómo explicar quésentía al estar usando energía espiritual. Su entrenamiento siempre comenzaba igual: cerraba los ojos y respiraba profundamente, aminorando sus pulsaciones, visualizando la fuente en la que meditaba en su interior, y exteriorizando el poder paulatinamente. Entonces, de su piel brotaba una extraña aura que se le adhería a la piel y la ropa. Al hacerlo, sus sentidos se agudizaban. Notaba como podía oír y ver con más claridad. También sentía como aquella energía aumentaba sus capacidades; era fantástico. Sin embargo, aquello solo era el principio. A medida que mejoraba su control y se movía con ella, trasmitiéndola a su espada,  su cuerpo se desgastaba físicamente, haciéndole estar tumbado en el suelo durante horas sin moverse. Le costó casi tres meses enteros  poder moverse con soltura y no desfallecer en el acto.  

Una vez consiguió eso, tenía que conseguir que la energía espiritual no tuviera fluctuaciones y fuera uniforme y para ello debía  realizar Ken Chi Chuang, también conocido como el taichí de Wano. Aquella era un arte marcial para samuráis que buscaban encontrar el nirvana mediante movimientos ágiles y equilibrados, y para ello tenía que reducir el peso de su bokken, hasta dejarlo casi hueco por dentro. Todos los días hacia movimientos básicos en estado de calma. Primero, agarraba su espada con las dos manos y daba un golpe vertical descente; luego, un horizontal hacia la derecha, y culminaba con uno diagonal hacia la izquierda, repitiendo este ciclo durante horas. A medida que su control mejoraba, a eso añadía saltos y giros a ras de suelo, para mejorar su habilidad.

Una buen día, habiendo pasado casi medio año de entrenamiento, el pelirrojo se encontraba recubierto de una fina y heterogénea capa de energía, de un color blanco muy brillante, casi nuclear, dando golpes al aire con su katana.

“Diagonal hacia la izquierda. Horizontal hacia la derecha. Vertical hacia arriba. Giro. Salto. Vertical hacia abajo con fuerza”

Y de pronto, sin saber cómo, la energía espiritual que recorría el cuerpo de Zane se proyectó en una fulminante onda de energía que chocó contra la cascada, que reventó en decena de pezados; desviando el salto de agua hacia otro lugar.

—¿Cómo has hecho eso, pelirrojo? –preguntó Sanosuke, perplejo al ver aquello.

—Ni orra, colega. Pero me ha dado una idea –en la cara de Zane había dibujada una sonrisa, poco antes de que le temblaran las piernas y casi perdiera el equilibrio.

Esa misma tarde, ambos espadachines volvieron a la ciudad, pues le llegó la funesta noticia de que Gintomaru, el abuelo de Heisuke, había muerto. Para no perder el tiempo, el pelirrojo se retiró los objetos de kairoseki que le había dado su abuelo, tanto el colgante como la pulsera, y se transformó en un suzaku antropomorfo de tres metros de altura. Al verlo, Sanosuke y Okita, quien había ido a avisarlos, se quedaron boquiabiertos, pero no dudaron en subirse a la espalda del pirata y poner rumbo a la ciudad. En pocos minutos llegaron a la casa de Heisuke, donde aterrizaron y Zane volvió a su forma humana. Los presentes, casi todos conocidos ya por Zane, se quedaron impactados al ver aquello.

Eiji miró con rabia a Zane, y este se encogió de hombros.

—Lo siento… -se pudo leer en los labios del pelirrojo, que había hecho eso por un bien mayor y poder estar junto a su amigo Heisuke en un momento tan difícil.

Sin esperar más, se acercó a Heisuke, el cual parecía estar muy entero pese haber perdido a su abuelo, el único familiar con vida que le quedaba. Zane había perdido a muchas personas a lo largo de su vida, aunque repentinamente luego resultaran estar viva s, y hacía poco que había perdido a su mejor amigo, así que más o menos sabía cómo se sentía su amigo. Así que, simplemente, puso su mano sobre el hombro de Hei y le miró a los ojos.

—Llorar es bueno en estas circunstancias, así que no te contengas. Estamos aquí para eso –le dijo el pirata, mostrándole una pequeña sonrisa condescendiente.

El muchacho abrazó a Zane con fuerza, mientras derramaba un millar de lágrimas por los ojos. Por lo que le habían contado, desde que se enteró de la muerte de su abuelo, no había derramado ni una sola lágrima, era como si estuviera esperando que alguien le dijera que todo iba a salir bien, que no pasaba nada, que no estaba solo.

Aquella era, posiblemente, la primera vez que la gente veía a Heisuke sumido por la tristeza. Él siempre había sido un joven bromista y chiche, siempre haciendo bromas y buscando el lado positivo de todas las cosas. Verle así hacía que todo el grupo se sintiera volcado sobre él, intentando sacarle una sonrisa.
Esa noche, todo el grupo tomó la decisión de quedarse a dormir en casa de Heisuke. Así que compraron unas pizzas  de un nuevo local que llevaba abierto pocas semanas en la isla, procedente de Sicilia, una isla con una gastronomía tan rica como los bolsillos de sus dirigentes.

—No creo que sea buena idea –le dijo Jiromaru a Zane, que habían ido a por las pizzas.

—Tú y yo sabemos que lo mejor para estas situaciones es evadirte, Jiromaru. Así que unas pizzas, algo de beber y mañana a levantarse para la ceremonia.

—Sí, sí  estoy de acuerdo contigo, pero no sé si Heisuke lo verá así.

—Si se molesta o algo, echadme la culpa a mí. No me importa –le dijo Zane, justo frente a la puerta de la casa de Heisuke.

Al entrar, todos estaban riendo y había mucho jolgorio. Además de los muchachos –Sanosuke y Okita-, Chizuru, Sakura, Hanako y Reiko  estaban allí.

—¡Hola! –dijo Zane, nada más verlos.

—Hola, Zane-kun –dijo Sakura nada más verlo–. ¡Cuánto tiempo sin verte! Me gusta tu nuevo peinado, te queda bien.

—Gracias.

Hasta ese momento, Zane no recordaba que tuvo que cortarse el pelo y cambiar de peinado por culpa de Sanosuke.  

—Sanosuke tiene la culpa –saltó Zane, casi al instante.

Aquello fue el detonante que originó que Sanosuke y el pirata contaran una decena de historias distintas de su vivencia en el bosque, a cada cual más cómica y tronchante.

—Oye, Zane – Heisuke llamó la atención del pirata chasqueando los dedos-. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—¡Dispara!

—¿Eres un usuario, verdad?  –le inquirió–. ¿Cómo es transformarse?

—Sí, soy el usuario de la zoan mitológica de Suzaku, y transformarse es… fantástico. Sientes como si nada pudiera vencerte. A veces, cuando estoy surcando los cielos, siento una paz y tranquilidad que no me proporciona otra cosa. Es liberador. Aunque tiene sus pegas… no puedes nadar, una simple ducha en baños termales te vuelve vulnerable, y si el gobierno te pilla por banda te acusa de piratería, como pasó conmigo.

—¿¡Eres un pirata!? –preguntó exaltada Chizuru, casi gritando.

—Sí, soy un pirata –respondió–. Uno novato, pero pirata.

—Pues para ser novato tienes una recompensa por tu cabeza de [INSERTAR MILLONES]

—Estuve en el lugar menos indicado en el peor momento, y claro… La culpa para el pajarraco de fuego –bromeó Zane.

Esa noche Zane contó alguna que otra de sus andanzas, omitiendo algunas partes en las que los okamas, la poca ropa y el alcohol en cantidades ingentes eran los verdaderos protagonistas, sobre todo para no causar una mala impresión a Sakura.  

Al día siguiente, con el amanecer, todos se levantaron, se pusieron su kimono de luto y fueron al templo con Heisuke. Fueron los primeros en llegar, pero con el tiempo llegaron todos los seres queridos de Gintomaru y empezó la ceremonia. Era la primera vez que el pirata presenciaba un rito fúnebre, y le gustó, a excepción de la interminable misa. Por lo que le dijo Jiromaru, aquella no solían ser las ceremonias habituales, sino que era una ceremonia militar, ya que Gintomaru era un héroe de guerra. Hubo cánticos, poemas y todos sus amigos dieron un discurso, a cada cual más conmovedor. Pero ninguno fue tan emotivo como el que dio Heisuke, con el cual todos lloraron. El pelirrojo no conocía mucho a Gintomaru, pues solo lo había visto en un par de ocasiones, pero se podía notar que había sido alguien muy querido dentro de su comunidad. Luego llevaron el cuerpo del difunto a un panteón militar, reservado única y expresamente para los miembros que habían pertenecido al shinsengumi en tiempos de guerra. Los restantes miembros del antiguo escuadrón militar alzaron sus katanas al cielo y, después de recitar su lema: “Amigos en vida, hermanos en la muerte”, cerraron la grandiosa puerta de mármol del panteón.

Al terminar la ceremonia casi todo el mundo decidió despedirse de Heisuke y el muchacho tardó un rato en despedirlos a todos, uno a uno, algo que aprovechó Sakura para aferrarse al brazo del pirata y apoyarse sobre él.
—¿Podemos salir de aquí? No me siento bien –le dijo la muchacha, que no había parado de llorar desde el comienzo de la ceremonia.

—Venga, vale –le respondió Zane, intentando retirar el brazo de forma sutil, dando pequeños tirones, pero no pudo hacerlo.

Avanzaron a paso calmado por el templo, recorriendo el camino de piedra que llevaba a la salida. Sakura cada vez estaba más apoyada sobre el brazo de Zane, dificultando la manera en laque caminaba . Y entonces, el pirata se tropezó con una persona cayéndose al suelo junto a Sakura.

Se le cayó la katana de madera llena de discos de metal al suelo, pero se levantó con rapidez para ayudar a Sakura y al otro muchacho.

—¿Estás bien, Sakura? ¿Y tú? –preguntó rápidamente Zane, mirando primero a Sakura y luego al otro chico. Éste era un muchacho rubio con los ojos anaranjados. Iba vestido con un traje de dos piezas blanco con detalles dorados con una O katana en su cinto y unas botas negras. Su indumentaria era parecida a la de un oficial de la marina, pero sin los galones y su capa característica.

—¡Id con más cuidado la próxima vez! – reprochó el joven, encarándose con Zane, que no dudó en seguirle el juego.

Cara a cara medían más o menos igual, podría decirse que el rubio era más alto que el pirata dos o tres centímetros, pero eso era lo de menos. Comenzó a saltar chispas entre los dos espadachines,  así que Sakura intervino poniéndose entre los dos.

—Zane-kun, Lucius-san. ¡Parad! Esto no es momento ni lugar para trifulcas –dijo la muchacha.

—No te metas, Sakura –dijo Lucius, golpeado la mano de la muchacha–. Esto no es asunto tuyo.

—Chaval, como vuelvas a ponerle un dedo encima serás el próximo  al que harán una ceremonia.

—¿Me estás retando?

—Tal vez –le respondió Zane, llevando su mano a donde debería estar su katana.

“Mierda, no está” –pensó, mirando al suelo, donde yacía su arma.

La tensión seguía en aumento, pero de pronto un hombre puso su mano sobre el hombro del rubio.

—¿Qué ocurre hijo? –preguntó con un tono de voz calmado, pero igual de arrogante que el de Lucius–. ¿Te está molestando este individuo?

Aquel hombre iba vestido exactamente igual que Lucius, con la única diferencia que tenía sobre sus hombros una capa negra con los filos en dorado. El hombre era alto, sobre pasando fácilmente los dos metros, con el cabello rubio y corto, aunque se le podía notar algunas canas plateadas en las sienes.

—No padre, no se preocupe. Nos hemos… chocado, eso es todo –le contestó, agachándose e intentando levantar la katana de Zane del suelo, apenas pudiendo levantarla más allá de sus rodillas.

—No te preocupes, ya la cojo yo –en la cara del pirata podía vislumbrarse una sonrisa vacilona mientras cogía su katana y la volvía a atar a su cinto. Aquella arma de entrenamiento pesaba alrededor de treinta kilogramos. ¿Qué pesaba? Sí, y mucho. ¿Podía luchar con esa arma? Ni soñándolo, solo la usaba porque su abuelo le obligaba. Pero el ver la cara de Lucius al no poder levantarla le hizo sentir una satisfacción equiparable a ganar un combate o a conseguir ligarse a dos gemelas–. Hasta luego, chaval.

—Un momento… -dijo el padre de Lucius–. Pelirrojo, descarado y con medio pecho fuera. Seguramente seas otro D. Kenshin, ¿verdad? –dijo con cierto desprecio.

Nuevamente, el pelirrojo se giró para encararse, pero esta vez con el padre.

—Rubios y labios de putita. Seguramente seáis uno de tantos okamas de nuevo mundo, ¿verdad? –contestó Zane, burlándose de ellos.

—¡Maldito insolente! –dijo el padre, llevando la mano al mango de su katana.

—¿Qué ocurre aquí? –intervino Eiji, que acababa  de llegar junto a los demás.

—No es asunto tuyo, Eiiji. Así que no te metas –dijo el padre de Lucius.

—Todo lo que tenga que ver con mi nieto es asunto mío, Patrick –le contestó. El semblante del abuelo de Zane era muy serio, casi oscuro. Se notaba que a Eiji no le caía bien aquel hombre, es más, podía notarse como la paz y la tranquilidad que solía tener el anciano había desaparecido, y sus ganas combatir contra él eran grandes. Sin embargo, solo le miraba con altivez, sin dejarse doblegar por Patrick.

—Te voy a dar un consejo, Eiji, será mejor que le des unas clases de educación a tu nieto, tiene que aprender a tratar con sus superiores.

Eiji sonrió.

—En ese caso no deberías olvidar quién  es tu superior, Patrick.

Tras esas palabras, Patrick y su hijo se fueron de allí sin tan siquiera despedirse.

—Zane, no vuelvas a meterte en problemas con esa gentuza. Son despreciables, lo sé, pero también son gente influyente y no voy a estar ahí siempre para sacarte las castañas del fuego.

—Eiji-sama –saltó Sakura–. Fue Lucius-san quien empezó todo. Zane-kun solo trató de defenderme.

—En ese caso… Bien hecho, hijo.

Dejando atrás aquel disturbio, todo el grupo de amigos se fue para casa de Heisuke para no dejarlo solo, incluyendo las chicas. Eran poco más de las doce de la mañana y la mayoría no habían desayunado, así que Chizuru, con ayuda de Okita y el resto de las chicas se fueron a la cocina a preparar algo de comer.

El pirata no había dicho nada desde la trifulca en la salida del templo, pero en su cara se podía contemplar que no estaba para hablar con nadie. Sin duda, estaba mosqueado. En su mente solo recreaba las mil y una forma en las que podía haber contestado a Lucius y a su padre, y como habrían transcurrido las cosas si lo hubiera hecho. Pero ya era inevitable, no había vuelta atrás. Así que golpeó el suelo del salón de Heisuke, llamando la atención de todos los muchachos.

—Zane, hermano, ¿qué te ocurre? –preguntó Sanosuke, que estaba tumbado sobre la moqueta del salón.

—Nada, que estoy mosqueado por lo ocurrido. Debí hacer algo en lugar de dejar que mi abuelo me defendiera.

—Lo hiciste bien, Zane –dijo Jiromaru–. Lucius es familia lejana del shogun, estando el séptimo en la cadena sucesoria, y tiene muchos contactos. A nadie en su sano juicio se le ocurriría atacarle, ni a él ni a su padre. Además, no creo que los veas en mucho tiempo, después de todo solo tienen permitido la entrada en la isla en actos oficiales, como fiestas nacionales o funerales como el de hoy.

—¿Y eso? –preguntó Zane.

—Es una larga historia. Hasta hace un siglo, una isla vecina, Hakuoki, pertenecía a la isla de Wano. Sin embargo, el Miya shogun de la época vendió la isla al gobierno mundial y ofreció un pacto de alianza con Wano, algo que rechazó el anterior shogún. Fue entonces cuando la isla entró en una guerra civil de dos años contra Hakuoki para recuperarla, pero no lo logró. Así que el shogun firmó un tratado de paz y renunció a la isla; pero esa fue el único conflicto que hubo entre las dos.

—¿Y a que no adivinas quienes son los descendientes de los golpistas e íntimos amigos del gobernante de Hakuoki? –saltó Heisuke.

—¿Lucius y su padre?

—Exacto –respondió Jiromaru–. Ahora mismo, Hakuoki está en plena guerra civil para ser un estado independiente del gobierno mundial y Wano, y la familia gobernante, los Aruba, intentan volver a formar lazos con el shogun para que les preste guerrero, pero no caerá esa. Si hay algo que no perdona un samurái que se precie es la traición.

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 0:15

Capítulo VI: X-26

—¡No! ¡Así no! ¡Tienes que concentrarte más!

Las palabras de Eiji eran cansinas y repetitivas, aunque ya se estaba acostumbrado a ello. El entrenamiento lo había empezado bien, concentrándose, siendo uno consigo mismo y dejando fluir de forma paulatina su energía espiritual, pero desde que había conseguido por error trasladar su energía espiritual en forma de onda no volvió a poder hacerlo.

En vez de Sanosuke, quienes lo acompañó a entrenar fueron su abuelo y Heisuke, quien quería entrenar también con ellos. Llevaban un mes entrenando y todo iba como la seda. Había conseguido moverse con soltura mientras usaba la energía espiritual, llevándola a cualquier parte de su cuerpo y transmitiendola a sus armas, aunque aquel entrenamiento había sido el más fácil. Lo único que tenía que hacer era concentrarse y sentir como la energía fluía por su piel. Una vez conseguía eso solo necesitaba llevarlo a sus katanas e intentar que no se desvaneciera el poder.

Al principio, el tiempo máximo que podía usarlo era de unos minutos, pero mediante el método de ensayo y error fue capaz de prolongar ese tiempo. Sin embargo, aquello le desgastaba mucho y, dependiendo de la cantidad de energía empleara y la densidad que le diera, aquello le desgarraba los músculos de los brazos hasta no poder moverlos; teniendo que usar el poder de su akuma no mi para acelerar su curación.

Una tarde, mientras entrenaba con Heisuke, el pelirrojo creó una capa densa de energía espiritual en sus manos y la llevó a sus katana. Aquello hizo que su potencia de corte aumentara considerablemente, pero a cambio sus manos y antebrazos se desgarraban poco a poco. No obstante, haciendo eso no solo era capaz de cortar madera o rocas, sino que era capaz de quebrar una katana como la que tenía Heisuke, pero aquel ataque lo dejó sin poder entrenar durante varios días. Con el paso de las semanas, fue aprendiendo a condensar su energía espiritual hasta saber qué cantidad le haría daño y cual no.

—No deberías forzarte tanto, Zane –le decía Heisuke, repetidas veces a lo largo del día. Pero no le hacía caso. Cada día intentaba una manera distinta de utilizar su energía espiritual, aunque aquello le hiciera daño.

Los días de entrenamiento transcurrían fugaces para el pelirrojo, pero eso no implicaba que fueran livianos. Al contrario, cada día que pasaba Eiji le ponía una traba nueva a su nieto. Llevaban ya cuatro meses entrenando en la montaña y durante ese tiempo el supernova había entrenado con los ojos cerrados, con una mano atada a la espalda e, incluso, a la pata coja. Y siempre conseguía pasar las pruebas con soltura, era como si Zane hubiera nacido para ser un samurái. En ese tiempo el pelirrojo había parecido cambiar mucho en personalidad, se había vuelto alguien estricto consigo mismo, más calmado y un poco menos mal hablado, aunque seguía siendo un gañán insolente; eso era algo con lo que parecía haber nacido. Físicamente cada día se parecía más a su padre, teniendo una sonrisa vacilona siempre en el rostro, aunque algo más alto, superando los dos metros y diez centímetros de altura, posiblemente por el abuso en su dienta de la carne de rey de mar, una gran fuente de proteínas. Y ahora, siguiendo el consejo de su abuelo, protegía sus antebrazos con unos brazales de metal muy resistentes –siendo capaz de soportar cortes y golpes con facilidad-.

—Mañana hay fiesta en el pueblo, Zane –dijo su abuelo durante la cena–. Creo que deberías ir, así te tomas un descanso y ves al resto de tus amigos.

—No puedo, abuelo. Me he propuesto entrenar hasta dominar la técnica que te comenté.

—Tú sabrás lo que haces, pero mañana estarás solo aquí. Yo tengo asuntos que tratar y Heisuke ha quedado con los chicos.

Y así fue. A la mañana siguiente Eiji y Haisuke se fueron hacia el pueblo mientras Zane se quedó entrenando en la montaña. La técnica que tenía en mente el pelirrojo era sencilla, al menos en la teoría. Realizar una onda de energía era algo que cansaba mucho y le dejaba exhausto, casi sin poder moverse. Pero si en lugar de una grande hiciera varias pequeñas, aunque menos demoledor sería también algo efectivo, sobre todo si había un gran número de contrincantes. Y es por ello que llevaba entrenando desde hacía casi una semana lanzar ondas pequeñas recubiertas de energía espiritual, aunque con poco éxito.

Desde que se le ocurrió aquel ataque, el pirata había estado haciendo lo mismo día tras día: entraba en fase de concentración espiritual y se recubría de energía, enviando energía espiritual a sus katanas cada vez que lanzaba un tajo, pero a tanta velocidad que no le daba tiempo a trasladarla toda. Más tarde, su abuelo le concertó un combate contra Sanosuke, Okita y Heisuke al mismo tiempo. Le superaban en número y sabían trabajar muy bien juntos, pero aquello no paró al pelirrojo, pese a que no había conseguido necesitar ni un golpe directo a sus oponentes. Al verse acorralado, el pelirrojo decidió analizar la técnica que intentaba crear, y la cambió improvisadamente. En lugar de realizar ondas cortantes de tamaño medio, empezó a girar sobre sí mismo mientras lanzaba ondas cortantes del tamaño de la hoja de su katana, aproximadamente unos cincuenta centímetros. Así, consiguió lanzar diez ondas con cada mano, aunque con escasa puntería. Perdió el combate, pero aprendió mucho de él.

Desde aquel día, el pelirrojo dedicó casi tres semanas a perfeccionar aquella técnica, y más o menos lo hizo. No con la potencia que él deseaba, pero sí lo suficiente como para combatir.

Cuerpo a cuerpo, Zane había mejorado notablemente y era capaz de atacar desde lejos. Pero, ¿sería capaz de defenderse en un combate a distancia? Eso era algo que quería comprobar su abuelo, así que durante un mes Zane entrenó en las salas de entrenamiento de los soldados del shogun, precisamente con los arqueros. Éstos, al contrario que el resto de samuráis, eran un escuadrón entrenado en el combate a distancia. Podían lanzar flechas desde cualquier punto, en cualquier posición y bajo cualquier circunstancia. Era asombroso. El pirata apenas pudo medirse con ello los primeros días, porque era algo imposible.

El primer día se armó con dos katanas de entrenamiento y se colocó en guardia neutra, atento a los movimientos de los cinco arqueros que tenía por oponentes. Éstos no tuvieron más que disparar flechas a Zane, mientras él huía cual bellaco por las instalaciones convirtiéndose en el hazmerreír del lugar. Pasados doce días, el pelirrojo había aumentado sus reflejos y era capaz de bloquear el treinta por ciento de las flechas, pero eso no le era suficiente.  Así que un día, tras haber leído un manual de entrenamiento espiritual de la biblioteca de su abuelo, encontró algo que podía servirle contra los arqueros o cualquier persona que usara algún tipo de proyectil o ataque a distancia. Era una antigua técnica que consistía en llevar energía a sus katanas, únicamente a ellas, y empezar a girarlas con velocidad. Y así lo hizo. Llevó energía a sus aceros y las giró con velocidad mientras movía los brazos en varias direcciones, cubriendo todos los puntos, pero lo que consiguió fue un flechazo en el culo.

—¿Qué intentabas con eso? –le preguntó su abuelo, mientras un enfermero cosía la herida de la nalga de Zane.

—Intentaba –emitió un gemido de dolor–. Intentaba crear una especie de barrera de energía, lo leí en uno de tus libros.

Eiji dio un suspiro ahogado mientras se acariciaba el pelo con la mano derecha.

—¿El Myoga, verdad?

Zane asintió.

—El Myoga es una técnica que se basa en la propagación de energía espiritual usando espadas como canalizador, es decir, que no puedes concentrarla en un único punto o en toda la hoja de tus katanas, sino que tienes que expulsarla, expandirla y trasladarla mientras giras tus katanas

—O sea, me estás diciendo que deje de lado todo lo que he aprendido sobre retener la energía espiritual en puntos concretos y mediante el giro cree una onda de energía diluida, ¿no?

—Sí, pero sin perder densidad. Aunque no lo creas, en este caso es más fácil la práctica que la teoría –el anciano mostró una sonrisa ladeada, mientras observaba como Zane anotaba todo lo que le había dicho en una pequeña libreta, asombrado cuanto había madurado en este último año con él.

Al día siguiente, con un tremendo dolor en el trasero, el pelirrojo volvió a las instalaciones del shogunato a entrenar. Puso en práctica lo que le había dicho su abuelo y poco a poco lo fue consiguiendo. Cuatro días antes de acabar su entrenamiento en aquel lugar, el pirata ya había conseguido aprender aquella técnica. Fue más difícil de lo que dijo su abuelo. No solo tenía que derrochar energía espiritual, sino que únicamente tenía que hacerlo mediante sus manos y enviar la precisa a sus katanas para que cuando las giraras creara una barrera lo suficientemente fuerte como para soportar flechazos y proyectiles. Era complicado, porque además de expulsar energía, tenía que girar sus katanas haciendo movimientos suaves y gentiles con sus muñecas, intentando que sus katanas no chocaran entre sí.

Al acabar su complicado entrenamiento con el escuadrón de arqueros del shogun, el cual le había dejado para siempre un gran número de cicatrices por el cuerpo, caminó a pasos acelerados por la avenida principal, esquivando a todas las personas que venían de frente con ágiles movimientos de tobillos, para llegar antes a su casa y darse un largo baño de agua caliente y tomarse un buen vaso de zumo de naranja muy frío.  “Hicimos bien en comprar el exprimidor” –pensó mientras pasaba por el descampado, donde se encontraban Sanosuke y los demás.

—¡ZAANEE! –gritó Chizuru, agitando el brazo para llamar su atención.

—¡Hola! –saludó el pelirrojo, adentrándose en el descampado.

—¿Qué tal estás perdido? –preguntó Chizuru.

—Cansado, la verdad –respondió algo agitado–. Acabo de terminar de entrenar en las instalaciones del shogun, como sabéis, y estoy muerto. Tengo unas ganas de darme una ducha y meterme algo en el estómago, que no lo sabéis bien.

—Eso te pasa por ansias –saltó Heisuke–. Querer comprimir un entrenamiento tan amplio en dos años, hay que tener valor.

—No tengo más remedio, tío. Hay gente que depende de mí y tengo que volverme más fuerte.

—Ya, si esa parte la sabemos. Pero podrías tomarte algún día de descanso para estar con nosotros –comentó Sanosuke, que estaba apoyado en el árbol–. No sé, no todo es entrenar y entrenar. También deberías cuidar lo que has ganado aquí. Vamos, digo yo.

—¿Es cosa mía o estás un poquito mosqueado? –preguntó Zane, que notó cierto retintín en las palabras de Sanosuke.

—No estoy mosqueado, es solo que tu novia, o lo que sea que es Sakura para ti, nos lleva comiendo la cabeza un mes que no te acuerdas de ella, que ya no vas a verla una vez en semana y blablablá. Así que ponte las pilas o déjala, no la tengas en un sin vivir.

Zane se encogió de hombros y no se atrevió a decir nada, porque todo era verdad.

Todas las noches, desde el entierro de Gintomaru, tras la cena, el pirata se despojaba de los objetos de kairoseki y se iba volando a la gran mansión de los Miyamoto para ver a Sakura. No estaba mucho tiempo allí, pero si lo suficiente como para dejarle claro a la muchacha que sentía algo por ella. Sin embargo, desde hacía un mes y medio, Zane acababa tan cansado que no tenía cuerpo, ni voluntad, para acercarse a verla.

—Esta noche hemos quedado todos para cenar y dar un paseo. Si te apetece sabes que estás invitado. A las ocho aquí, donde siempre –le dijo Okita con extremada cautela.

—¿Hay que ir vestido muy formal o vale con cualquier cosa? –le preguntó Zane, que aunque no tenía ganas de ir sabía que era lo correcto.

—Teniendo en cuenta lo que has crecido en estos meses… lo primero que te quede bien –bromeó Chizuru.

Zane le miró extrañado.

—No me mires así, cuando llegaste eras de alto como Okita y ahora eres igual de alto de Sanosuke –le dijo Chizuru.

—Pues es verdad –rió Zane–. Bueno, me marcho. Nos vemos a las ocho.

Al llegar casa, lo primero que hizo, tal y como tenía planeado, fue darse un largo baño. Llenó la gran bañera de su abuelo con agua y vertió en ella unas pocas sales con olor a cítrico y se sentó allí, con los brazos apoyados en los bordes de la bañera y estiró las piernas hasta sacarlas a flote, para volver a bajarlas. Estuvo dentro del agua durante casi media hora, en las que relajó su cuerpo. Luego, giró la manivela de agua hasta ponerla completamente fría, y se puso bajo el chorro de la manguera de la ducha durante unos cinco minutos. Tras eso, se fue a su cuarto y rebuscó entre la vieja ropa de su padre, intentando buscar algo que le quedara bien.

—¿Qué buscas, Zane? –preguntó su abuelo, que se asomó a ver porque estaba formando tanto escándalo.

—Se me ha quedado la ropa pequeña y esta noche he quedado con los muchachos.

Eiji comenzó a reír.

—No creo que la ropa de tu padre te quede bien, cuando se fue de aquí era más joven que tú –le dijo Eiji–. Pero como supuse que esto pasaría, me tomé la libertad de comprarte un par de camisas y pantalones.

—¿En serio?

—Sí. Lo tienes en el canapé de la cama, junto al resto de tus cosas.

—Muchas gracias, abuelo.

Zane levantó el canapé con una mano y agarró un par de bolsas que estaban allí, al lado de su antiguo petate, dónde estaban guardadas las pertenencias que había traido a la isla. Al verlo soltó un suspiro y recordó lo más importante, que tenía una banda que lo necesitaba y que en algún lugar del mar loestaban esperando.

“Queda poco para volver a vernos gentuza. Espero que estéis entrenando tanto como yo, porque cuando nos volvamos a juntar nos comeremos el mundo” – se dijo, dibujando una sonrisa en la cara.

Vació las bolsas encima de la cama y vio lo que le había comprado. Su abuelo le había comprado un pantalón negro, que podría decirse que en el mundo moderno sería de estilo pitillo, que se estrechaba a medida que llegaba a los tobillos, pero no mucho. Una chaqueta estilo blazer a juego, adaptado de forma que sus movimientos no se redujera, una camisa blanca y un chaleco. Aparte de este traje tan formal, también le compró un pantalón holgado, sujeto en las pantorrillas por unas botas de color negro. Una extraña camisa de color morada, bajo un chaleco a juego con las botas. Y un trozo pañuelo verde para la cintura donde colocar las katanas.

Dudó entre ponerse uno u otro, pero al final se decantó por el primero, algo más formal y se colocó dos de sus katanas, Kuro no Taiyo y Aki no Hikari respectivamente.

“Como un guante” –pensó, al verse en el espejo del cuarto de baño.

—¡Abuelo, me voy! –dijo Zane, mientras corría la puerta del salón.

—Pásalo bien, y no te líes mucho –bromeó Eiji, entre risas.

—No te prometo nada –rió Zane.

Aún faltaban diez minutos para las ocho, y el pirata ya estaba yendo en dirección al descampado. Iba a pasos lentos, con la mano izquierda en el bolsillo sujetando su collar con un diente de dragón, objeto que iba a entregarle a Sakura para disculparse. Al llegar, estaba Jiromaru apoyado sobre la pared de la casa de Okita, cuya vivienda estaba al lado del descampado.

—Hola, Jiro –saludó Zane, elevando la mano.

—Jiromaru, por favor –le respondió el espadachín.

—Creí que había la suficiente confianza entre nosotros como para llamarnos de forma cariñosa –le guiñó un ojo.

—Haber la hay, pero si no me meto contigo no empiezo bien la noche –bromeó Jiromaru.

Poco después llegaron Sanosuke, Chizuru, Sakura, Reiko, Hanako y Heisuke, que saludaron a Zane con alegría, salvo Sakura que únicamente le saludo desde la distancia, haciendo un simple ademán con la mano.

“Joder, pues sí que debe estar enfadada –pensó Zane.

—Oye, Sakura… -puso la mano en el hombro de la muchacha, que clavó su mirada en Zane con despecho–. Entre que viene Okita, ¿podemos hablar un momento en privado? –preguntó Zane.

—Supongo –dijo la muchacha, encogiéndose de hombros y siguiendo a Zane hasta el final del descampado–. Dime, ¿qué quieres? No podemos estar aquí toda la noche.

—Quiero pedirte disculpas. Sé que no he sido el mejor amigo, novio, o lo que sea que seamos, porque no lo sé –miró a Sakura a los ojos–. Me he enfocado tanto en mi entrenamiento que he dejado de lado todo lo demás, incluyéndote a ti, y no me parece justo para los dos. Así que… -Zane se calló durante un par de segundos y sacó el colgante del bolsillo–. Toma esto.

—¿Qué es eso? –preguntó ella, cruzada de brazos.

—Es un objeto muy importante para mí. Fue de las pocas cosas que me dio mi padre antes de… bueno, tener que irse de la isla donde vivíamos –el pelirrojo alzó el collar con la mano abierta para que ella lo cogiera–. Y me gustaría que lo tuvieras tú.

—Pero, ¿por qué ahora? –inquirió ella.

—Porque más vale tarde que nunca.

El pelirrojo se aproximó a Sakura, agarrando con delicadeza su cabeza con su mano izquierda y apoyando sus dedos índice y corazón de su mano derecha en su barbilla, y le dio un dulce y apasionado beso que duró cinco segundos exactos.

—Eres idiota –dijo la muchacha, cuyo rostro estaba encendido.

—Es uno de mis tantos defectos, sí.

—Entonces, tú y yo…

—Si tú quieres sí –dijo Zane, que no sabía qué hacer con el colgante.

—Claro que quiero, imbécil –dijo la muchacha, dándole un abrazo al pirata, justo después de coger el collar con el diente de dragón.

—¡Hey, chavales! –se escuchó la voz de Heisuke a grito limpio–. ¡Dejad de hacer manitas y venid, que tenemos hambre!

Las horas transcurrieron bastante tranquilas, o así hubiera sido si Sanosuke y Hei no hubieran estado toda la noche mofándose de Zane, que no estaba acostumbrado a ser el centro de  las burlas, sino ser el que se burlaba de otros desde la retaguardia. ¿Y por qué? Porque estaba más meloso de lo habitual con Sakura, simplemente por eso.

Al acabar de cenar, dijeron de ir a uno de los bares de la calle principal a tomar algo. Todos parecían estar de acuerdo, así que fueron para allá.

El pelirrojo estuvo intranquilo todo el camino, mirando de reojo hacia atrás. Era como si alguien le estuviera siguiendo. Y de pronto, Jiromaru y Sanosuke se pararon de golpe, casi al unísono.

—¿También lo habéis notado? –preguntó Zane, que posó su mano sobre una de sus katanas.

—Sí –respondió Sanosuke, al mismo tiempo que Jiromaru asentía.

Zane cerró los ojos y pudo sentir a un grupo de personas sobre los tejados de los edificios más cercanos, en torno a una decena. Su nivel de fuerza no era muy grande, pero sí lo suficiente como para distraerlos durante un largo tiempo.

—¡Okita! ¡Heisuke! –dijo Jiromaru–. Proteged a las chicas, nosotros tres nos encargaremos de ellos, ¿entendido? Y bajo ninguna circunstancia volváis sin ponerlas antes a salvo. La casa más cercana es la del viejo Eiji, así que id para allá.

—Entendido, Jiromaru-kun –dijo Okita.

—Si mi abuelo os pregunta, decidle que no se preocupe, que solo hemos ido a jugar –sonrió Zane, desenfundando sus katanas al ver como una quincena de individuos vestidos con trajes negros muy ajustados y la cara tapada bajaban de los tejados cercanos, rodeando a los tres espadachines.

—Cubrámonos las espaldas, muchachos –dijo Jiromaru, que sujetaba su katana firme con ambas manos.

—¿Cinco para cada uno o jugamos a ver quién derrota a más? –bromeó Sanosuke, que sujetaba su katana con la mano derecha, colocándola por encima de su cabeza mientras con la otra le pedía a uno de los encapuchados que se acercara.

—¿Sabéis que os digo? No Zane, no party.

El pelirrojo, con una sonrisa en el rostro de oreja a oreja, se quitó la parte superior de su nueva vestimenta y la tiró al suelo con rabia, dejando ver un bronceado y musculado torso repleto de cicatrices y quemaduras, pero a su vez bello como ningún otro que alguien haya presenciado. Zane se sentía orgulloso del cuerpo que tenía y era algo que dejaba claro cada vez que combatía, y esa vez no iba a ser menos. Entre tanto, el pelirrojo embestía a uno de su oponente con sus katanas en cruz, para luego girarse y parar el ataque de uno que se acercaba por su retaguardia.
Aquellos sujetos eran rápidos y estaban coordinados. Tomaron una formación de cinco contra uno en la que atacaban dos mientras los otros esperaban. Al retirarse los primeros, otros dos volvían a atacar y así siempre, atacando en intervalos variados de entre treinta y cuarenta y cinco segundos.

Zane esquivaba los ataques de sus enemigos con facilidad, y bloqueaba aquellos que veía imposible eludir. Sin embargo, no encontraba ningún punto ciego en la formación de sus contrincantes, haciendo que únicamente pudiera defenderse de ellos. La forma de actuar de aquellos ninjas era muy mecánica y no dejaban ningún hueco en su defensa, así que la única forma de acabar con ellos era hacerlo de un único ataque. Tras eso, comenzó a recular hacia atrás hacia atrás, colocándose en guardia neutra, y recubrió sus katanas de energía espiritual.

—Munsondo…



Tres semanas antes…

—Hoy el escuadrón de arqueros está en una misión de campo, así que entrenarás junto al resto de espadachines nóveles –le dijo Eiji durante el desayuno.

—¿Contra novatos? ¿En serio? –se quejó Zane, negando la cabeza con desdén.

—Aunque sean principiantes son muy buenos espadachines. Son la élite militar de las fuerzas del país de Wano.

—Sí, la elite… -el pelirrojo hizo la señal de las comillas con los dedos índice y corazón de ambas manos–. Por eso cuando la cosa va mal recurren a vosotros, ¿no?

—Nimiedades –Eiji hizo un pequeño ademán con la mano, restándole importancia a lo que había dicho su nieto. Sin embargo, sabía que lo que decía Zane era cierto. Cada vez que había alguna situación difícil el shogun le llamaba a él y a sus antiguos camaradas en busca de consejo táctico, y en el peor de los casos también para combatir, así que no podía negar lo evidente: la élite no era tan eficaz como debiera ser–. Cuando termines de desayunar ve al campo de entrenamiento número seis, allí te explicarán en qué consistirá tu entrenamiento de hoy.

Aquel día, el ímpetu del pirata era menor que la de días anteriores, sobre todo porque no iba a poder seguir entrenando el myoga, pese a que ya era capaz de dominarlo. Sin embargo, como de costumbre, llegó media hora antes del tiempo acordado y se puso a calentar haciendo diversos ejercicios monoarticulares: flexiones, dominadas, sentadillas… Eran poco más de las diez de la mañana cuando el campo de entrenamiento comenzó a llenarse de espadachines, cuya edad rondaría entre los quince y los dieciséis años.

“Sí que son jóvenes” –pensó el pirata, mientras estiraba los músculos.

Poco después, en torno a las diez y media, un hombre que sobrepasaba la edad madura, cuyo rostro recordaba del entierro del abuelo de Heisuke, llegó al campo de entrenamiento con un silbato. Al hacerlo sonar, todo el mundo se puso firme e hizo una reverencia, algo que imitó el pirata para no desentonar. Aquel hombre era más bajito que el pirata, aunque le duplicaba en envergadura. En su rostro podía verse que era un hombre curtido en un centenar de batallas, teniendo una cicatriz que surcaba su cara en diagonal de izquierda a derecha. Su peinado era corto, rapado por los laterales formando una especie de “cresta”. E iba vestido con un traje clásico de samurái.

—¡Zane D. Kenshin! –alzó la voz, escuchándose en todo el campo de entrenamiento–. ¡De un paso al frente!

El pelirrojo se aproximó al samurái.

—¡Presente! –dijo con altivez.

—¿Así que usted es el nieto del general Eiji? Parece tener la misma determinación en el rostro, pero también puedo entrever un descaro que sólo había visto en su padre, aunque trate de ocultarlo –aquel hombre mostró algo parecido a una sonrisa en su cara–. Yo soy Amidaru Shibasa, aunque aquí todos me llaman Amidaru-sensei.

—Un placer, Amidaru.

—Igualmente. Ahora voy a explicaros en qué consistirá el entrenamiento de hoy, y solo pienso hacerlo una vez, ¿entendido?

—¡Sí, Amidaru-sensei! –dijeron todos y cada uno de los estudiantes al unísono.

—Hoy vamos a practicar con blancos móviles –sacó de un bolsillo un pequeño aparato inalámbrico con tres botones y una palanquita-. Os pondréis en fila de a uno y cuando accione uno de los interruptores lanzaréis ondas cortantes y destruiréis los objetivos. Este ejercicio se divide de tres fases: una primera que consiste en romper un único objetivo, algo así como un calentamiento. Una fase en la que soltaré tres objetivos y tendréis que destruirlos de un único ataque. Y una tercera y última fase en la que soltaré cinco pájaros autómatas y tendréis que derribarlos al mismo tiempo –hizo una pausa-. ¿Lo habéis entendido?

—¡Sí, Amidaru-sensei! –volvieron a decir todos y cada uno de los estudiantes al unísono.

“Parecen robots, joder”

A simple vista aquel entrenamiento parecía fácil, sobre todo porque nadie falló el primer intento, resultando ser un simple juego de niños. Aunque eso cambió en la segunda prueba. Ya que darle a un único objetivo móvil era algo muy sencillo, cualquier persona con un conocimiento mínimo de cómo realizar un ataque a distancia con un arma de filo sabría hacerlo, pero tener la precisión para destruir tres blancos a la vez era el verdadero reto de la segunda fase del entrenamiento. Durante la primera ronda de intentos nadie lo consiguió, un muchacho estuvo muy cerca de conseguirlo, pero solo él. Aquello enrabietaba al pelirrojo, que se sentía humillado por un simple aprendiz de samurái, ¿cómo él, un pirata conocido en todo el mundo, un espadachín curtido en más de diez batallas a muerte, no podía acertar tres dianas al mismo tiempo?  Algo fallaba. Y entonces, el espadachín que casi hace pleno en el primer intento lo consiguió. Derribó aquellos tres objetos voladores de un solo golpe, y no solo eso, sino que lo repitió en dos ocasiones más, mientras que Zane no era capaz de darle a dos a la vez.

“Condenado criajo” –maldecía el pelirrojo para sus adentros, mientras veía como el joven espadachín se recreaba en su gloria.

Cuando le volvió a tocar, pensando que eso podría ayudarle, el supernova cubrió sus manos de energía espiritual y desencadenó una serie de ondas cortantes directas a los objetivos, recubiertas de energía, los cuales cayeron al suelo.

—Buena esa, joven D. Kenshin –alabó Amidaru con gesto de aprobación.

Aquel ataque guiado por la rabia hizo meditar al pirata, que hasta entonces tan solo había utilizado la energía espiritual que residía en el para reforzarse  sí mismo y para aumentar la potencia de sus golpes cuerpo a cuerpo. Sin duda era una buena idea, ¿pero hasta qué punto sería factible propagar su energía interior? No lo sabía, pero tenía una oportunidad para probarlo. Por lo que pudo observar, después de volver a encadenar ondas cortantes para derribar los objetivos de forma simultánea, cuando la onda cortante entraba en contacto con su blanco creaba una especie de fuerza expansiva, y eso le resultaba curioso a la par que útil.

“Interesante” –decía para sus adentros.

Tomaron un descanso de media hora para reponer fuerzas -algo que el pirata vio como innecesario- Y continuaron con la tercera etapa del entrenamiento. Ésta era la más problemática de todas, ya que se trataban de cinco robots autómatas que aprendían de los movimientos de quien intentaba atacarle y contratacaban. Dos de los cinco pájaros eran capaces de lanzar diminutas bombas a cincuenta metros por segundo. Los otros tres tenían ataques variados, uno de ellos disparaba ráfaga de balas, otros lanzaban pequeñas bolas de fuego y el no hacía nada en especial, tan solo observar. Muchos de los jóvenes aprendices de samurái se dieron por vencidos, ya que no eran capaz de acertar en el blanco. Al final, tan solo quedaron Zane y otro muchacho, cuyo nombre era Musashi.

Dos de las aves fueron a por Zane disparando bombas, ante eso el pirata usaba su myoga, girando las katanas con fuerza para bloquear el ataque, aunque recibía algo de daño. Por su parte, Musashi lanzaba ondas cortantes a los otros, pero esquivaban con mucha facilidad.

—Aprenden rápido los bichos estos, ¡eh! –comentó Zane, cuya sonrisa de oreja a oreja hizo que Amidaru creyera que aquello era poco para él y accionó la palanquita, saliendo cinco pájaros más. Ante aquello, Musashi enfundó su katana y dejó solo al supernova, cuya sonrisa se fue borrando de su cara lentamente. Ahora, los pájaros atacaban de forma sincronizada, atacando por diversos flancos para no dejarle posibilidad de defenderse. Ante aquello, lo único que se le ocurrió al pirata fue volver a cubrir sus armas de energía y empezar a encadenar una onda cortante tras otra, intentando acabar con los pajarracos. Sin embargo, el pájaro que no hacía nada entró en acción y bloqueó las ondas del supernova como si de una suave brisa se tratase, aunque eso no impidió que al chocar contra él la onda expansiva les hiciera mella.

—Dejémoslo aquí –dijo Amidaru, presionando un botón que había bajo el mando, el cual hizo que los pajarracos explotaran en el cielo.

—¿Pero qué haces? ¡Aún no había terminado! –se quejó Zane.

—Mira tus manos –le dijo.

Las manos de Zane, debido al reiterado uso de su energía espiritual, presentaban pequeñas heridas que comenzaban a plasmarse en forma de diminutos ematomas y algunos rasguños superficiales que, de seguir así, haría que no pudiera seguir utilizando sus manos durante un tiempo.

El pelirrojo no dijo nada, tan solo enfundó sus katanas y se encogió de hombros.

—Eres la viva imagen de tu padre, jovencito. Testarudo, imprudente y con un ligero afán por el combate.



Zane cerró los ojos durante un par de segundos que parecieron eternos, concentrándose mediante su mantra en todo lo que había a su alrededor, esquivando y bloqueando los ataques de los ninjas por puro instinto. Sabía que contra contrincantes así su vista podía engañarle, pero no su haki. Simultáneamente su cuerpo se recubría de un aura blanquecina que llevaba a sus katanas y, cuando estuvo preparado, flexionó sus rodillas lo máximo posible y saltó todo lo que pudo, elevándose por encima de sus contrincante y empezó a encadenar una onda cortante tras otra en dirección a ellos, hasta un total de once. Las cortes, que iban imbuidos en energía espiritual, cuando entraron en contacto con los ninjas, ya fuera de formas directas o bloqueadas con alguna de sus armas, estallaron y se formó una onda expansiva que llegó hasta uno de sus compañeros, el cual cayó de espaldas en el suelo.

Jiromaru se acercó a Sanosuke y lo levantó del suelo, y luego se aproximó Zane,

—Lo siento, tío –dijo el pirata, encogiéndose de hombros.

—Eso ha sido tu venganza por casi cortarte la cabeza, ¿verdad? –bromeó Sanosuke, algo aturdido.

—Te prometo que ha sido sin querer.

—Eso le dijo mi padre a mi madre cuando me concibieron –volvió a bromear.

Mientras asistían a Sanosuke, los soldados del shogun venían corriendo desde el norte, cogiendo a todos y cada uno de los encapuchados y llevándolos esposados hacia los calabozos. Tras eso, los tres espadachines se fueron hacia la casa del abuelo del pelirrojo para encontrarse con los demás. Al llegar, se encontraron que la puerta estaba abierta y en su interior, todos estaban inconscientes sobre el duro suelo.

—¿Qué ha pasado? –preguntó Zane, corriendo hacia su abuelo, y luego hacía Sakura. Y entonces, el pelirrojo escuchó un sonido procedente del tejado–. Quedaos aquí y ocupaos de los demás, yo me encargo de esto.

El pirata se despojó del colgante y las pulseras de kairoseki y de su espalda brotaron unas majestuosas y brillantes alas color carmesí, que emitían un calor muy confortable, y subió hacia el tejado.

—¿Quién demonios eres y qué has venido a hacer aquí? –preguntó Zane, al aterrizar sobre el tejado de su abuelo.

—No es asunto tuyo, Zane “descamisetado” Kenshin –respondió con un tono de voz calmado y seguro.

—¿Cómo demonios sabes quién soy?

—No hay muchos pelirrojos alados que se apelliden como un héroe de guerra en el mundo, por muy grande que éste sea. Y sin tener eso en cuenta, supongamos que ser un asesino de marines no te ayuda a pasar desapercibido, ¿verdad, supernova?

—Entonces debes saber que soy peligroso y que no me ando con tonterías. Así que respóndeme, ¿a qué habéis venido aquí?

—Me temo que no puedo contestarte a eso, mi cliente me ha pedido confidencialidad ante todo. Así que si me disculpas… -aquel sujeto soltó una bomba de humo y desapareció tras escucharse un pequeño siseo en el aire.

“¿Soru?” –pensó, mientras agitaba sus alas para disipar el humo.

Usó su haki de observación e intentó percibir el aura de aquel sujeto, al tiempo que tosía, pero no era capaz de averiguar hacia donde se había marchado. Era como si fuera invisible para todos los sentidos del ser humano salvo para la vista. Así que alzó el vuelo y usó su vista de pájaro, observando con detenimiento todos los ángulos y lo encontró. Aquel individuo estaba volando con una especie de propulsores hacia el norte de la isla.

“Te encontré”

El suzaku voló en dirección a aquel hombre, dejando una estela de fuego a su paso. Hacía mucho que no volaba, al menos a tal velocidad. Se sentía liberado y feliz. Estaba bien eso de ser una persona normal, andar, correr… luchar como un verdadero espadachín, pero no había nada como sentir el viento en tu cara a altas velocidades, con miedo a quebrarse a sí mismo si aumentaba demasiado su velocidad o si no era capaz de esquivar algún obstáculo que se le pusiera por delante. Y en respuesta, volvió a aumentar su velocidad y agarró con fuerza el cuerpo de aquel hombre, que era capaz de volar mediante unas botas propulsoras y unas membranas sintéticas en los laterales de su chaqueta, con las que muy posiblemente usara para coger corrientes de aire y cambiar de dirección.

El supernova forcejeó con el encapuchado durante varias millas, pero al final lo atrapó e hizo una caída en picado hasta un islote desértico que no estaba muy lejos de Wano. Al levantarse, el encapuchado intentó volar de nuevo, pero en la caída se rasgó las membranas de su traje y no pudo volar. Aquel sujeto era alto, entorno a los dos metros, estaba recubierto por una especie de armadura metálica y poseía una mirada penetrante.

—¡Vaya! Creo que vas a tener el honor de ser abatido por mí –el encapuchado se deshizo de la chaqueta que tenía y dejó ver un cuerpo completamente mecanizado. En otra época aquel sujeto había sido humano eso seguro, pero ahora no era más que chatarra–. El gran X-26.

X-26 se impulsó hacia el pelirrojo usando sus propulsores, alzando el brazo, que se dividió en dos, y golpeándole en la cara con gran velocidad. Tras eso, comenzó a darle un golpe tras otro sin descanso, cada uno más fuerte que el anterior, quebrando constantemente las defensas del pirata, ya fuera golpeando sobre su cansado cuerpo o sobre las hojas de sus katanas, haciéndole retroceder más y más. Zane no sabía qué hacer, ya que la velocidad de los golpes de su contrincante era cada vez mayor, como si a medida que avanzara el combate cobrara más y más velocidad. Pero analizando la situación se percató de una cosa, los golpes iban siembre en línea recta, nunca atacaba los laterales.

“Lo tengo” –pensó, agitando su ala izquierda y echándose hacia un lado. Tras eso, el pelirrojo aumentó la temperatura del lugar, incendiando la poca vegetación que había en aquel peñasco de piedra en mitad del mar, y lanzó una onda cortante a poca distancia, forzando a X-26 a retroceder.

—Al final Quercus va a tener razón y eres más habilidoso de lo que aparentas –comentó el cyborg.

“¿Quercus?” –pensó Zane, elevándose un par de metros en el aire, guardando las distancias con el cyborg– “¿Qué papel tiene el abuelo de Spanner en todo esto?”

Los brazos de X-26 se partieron en dos, formando cuatro brazos más delgados, pero aparentemente igual de fuertes, y se puso en guardia, incitando al pirata a atacarle.

—Adelante, joven espadachín. Atácame.

En otra época, posiblemente el pelirrojo hubiera atacado sin pensar, pero si algo le había enseñado su abuelo en aquel año de entrenamiento constante era que si no conocías a tu enemigo, lo más inteligente era guardar las distancias y analizar a su oponente hasta encontrar algún un punto débil. ¿Qué sabía hasta ahora del cyborg? Aparentemente podía esconder su aura, lo que significaba o bien que estaba entrenado para ello o que no era un ser vivo. También sabía que sus brazos funcionaban con algún sistema mecánico que le hacía golpear más y más rápido, además de poder dividirse.

Los segundos pasaban y ninguno de los dos parecía tener intención de atacar al otro. El pelirrojo miraba con detenimiento cada movimiento de su contrincante, aunque estos fueran únicamente para cambiar la postura en la que se defendía. Aquel sujeto parecía no tener prisa alguna, pero al pirata se le empezaba a acabar la poca paciencia que había obtenido en este tiempo en Wano. Así que, sin más dilación, el pelirrojo se recubrió de energía espiritual y cubrió sus katanas con haki de armadura.

“Sendero del espadachín errante…”

—Sendero de la virtud –dijo en voz baja, haciendo que su cuerpo comenzara a brillar de forma latente, al tiempo que comenzaba a cubrirse de energía. Tras eso, a una velocidad casi vertiginosa se posicionó tras su oponente, y le propinó un doble ataque descendente con sus dos katanas, que fueron bloqueadas por los cuatro brazos de cyborg. Tras eso, se echó hacia un lado y le atacó con su zurda de forma diagonal, cortándole uno de los brazos, que comenzó a echar chispas. Para luego, girar en el aire, bordeándolo y clavándole la otra en el costado y cubrirla de fuego. Tras hacer eso, se alejó de X-26 y realizó tres ondas cortantes casi consecutivas, que cegaron al cyborg durante unos segundos –poder que le otorgaba sus dos katanas-, y se aproximó hacia él cortándole sus otros brazos. Tras eso, culminó la batalla clavándole las katanas en la cabeza, retorciéndolas antes de sacarla.

Estando X-26 en el suelo, completamente hecho chatarra, el pirata rebuscó entre todas su pertenencias y cogió un cilindro de madera con el símbolo del antiguo shinsengumi al que pertenecía su abuelo, además de una lista con varios nombres, entre los que estaba el difunto Gintomaru, el de Eiji y el del resto de ancianos. Y de repente, el cuerpo del cyborg empezó a emitir un extrañó sonido agudo de forma intermitente, que cada vez lo hacía con menos lapso de tiempo.

—Esto no me gusta.

El pelirrojo agarró el rollo y la lista y se alejó de allí como alma que lleva el diablo. En pocos segundos se escuchó una fuerte explosión, cuya onda expansiva le hizo perder el equilibrio y lo ensordeció durante unos segundos. Al poco tiempo, aterrizó en el jardín de su abuelo, dónde estaban todos ya despiertos, junto al resto de ancianos.

—¿Todo bien? –preguntó Jiromaru, en cuanto el pelirrojo pisó el suelo del jardín, pues podía notar como la ropa de Zane estaba algo maltrecha y se podían contemplar moratones.

—Sí –contestó Zane, haciendo desaparecer sus alas.


Última edición por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:53, editado 1 vez

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 0:34

Capítulo VII: El arma ancestral.

—Así que tienen una lista con nuestros nombres –dijo Takeo, observando el trozo de papel con sus nombres escritos-. ¿Y eso es todo? ¿No le has sonsacado nada más antes de que explotara?

—No –respondió Zane–. Como os he dicho en el jardín, lo único que he podido averiguar es que es un lacayo de Quercus Alba, el bisabuelo de mi antiguo segundo al mando y actual jefe de mi padre.

—¿Antiguo segundo al mando? ¿Qué os pasó?–preguntó Sanosuke con intriga.

El gesto de Zane cambió de golpe y se calló. Sus ojos se pusieron vidriosos y emitió un suspiro ahogado lleno de tristeza. Su corazón se aceleró y sintió un ligero malestar en el pecho, como si le estuvieran estrujando el corazón con una mano. Aquella era la primera vez que alguien le preguntaba por Spanner de forma tan directa desde que había parecido el día en el que habían llegado a Wano, y aunque lo hubiera ocultado bastante bien la herida que hizo eso en su corazón no se había cicatrizado por completo, ya que, para Zane, la muerte de su amigo era su culpa. Estuvo callado unos segundos que se hicieron eternos, hasta que Yosiro, el abuelo de Sanosuke, rompió el silencio de la sala.

—Hay ocasiones en los que es mejor callar, Sanosuke.

—¿Y qué hay en ese cilindro de madera? –preguntó Jiromaru, mientras miraba a Zane, intentando destensar el ambiente.

—Eso es algo que no puedo deciros –respondió Eiji.

—No estoy de acuerdo contigo –saltó Takeo–. Opino que ya es hora de inmiscuir a los chicos en los asuntos del viejo Shinsengumi. Después de todo, teníamos pensado hacer un cambio generacional en pocos meses. ¿Por qué no ahora?

—No sé si están lo suficientemente preparados.

—¿Qué no están preparados? Te recuerdo que se han enfrentado a más de una decena de ninjas y que tu nieto se ha conseguido triunfar donde tú has fracasado por soberbio, ¿qué más tienen que demostrar? –argumentó Takeo.

Eiji miró a los cinco muchachos durante un par de segundo e hizo un ademán con su mano derecha, antes de acariciarse el bigote con los dedos índice y meñique, y clavar su mirada sobre el rostro lleno de rasguños de su nieto, que estaba de brazos cruzados apoyado en la pared.

—¿Tú qué opinas, Yoshiro? –preguntó Eiji.

—Pues… -se calló durante un par de segundos–. Aunque parezca mentira, por esta vez estoy de acuerdo con Takeo.  Creo que es hora de que lo que sepan.

Mientras los ancianos hablaban en clave, intentando no desvelar mucha información, sus nietos se miraban entre sí con el entrecejo fruncido, sin entender nada. Y entonces, Zane carraspeó de forma poco sutil, intentando llamar la atención de los ancianos, que se callaron.

—¿Se podría saber de qué estáis hablando? –preguntó el pirata, con cierto desdén.

—¿Qué te he dicho sobre interrumpir a los mayores, Zane? –le contestó Eiji.

—También sueles decir que los secretos de reunión son de mala educación, ¿no? –le respondió, haciendo que Takeo se riera de Eiji.

—Luego vamos a hablar tú y yo, muchacho.

Zane se encogió de hombros, pensando que no haber soltado soltado aquel comentario. Y entonces, Takeo tosió con fuerza.

—Tomad asiento, que voy a contaros una historia que sucedió hace varios años, durante la última gran guerra en Wano. Os aviso que nunca se me ha dado bien contar historias y  es muy probable que se me olviden algunas cosas… -suspiró Takeo-. Todo comenzó hace casi setenta años. Como ya sabéis, Hakuouki era una isla perteneciente a Wano pero sus habitantes, con ayuda de un miembro de la Cipher Pol y algunos traidores de la cúpula del anterior shogun, dieron un golpe de estado e intentaron unir la isla al Gobierno Mundial. Antes de darnos cuenta, todo el sur de la isla estaba infestada de agentes y marines hasta el mismo centro de la antigua capital de Wano. Tengo que decir que en aquel entonces la capital estaba mucho más al sur que ahora, debido a que esta zona en la que nos encontramos era únicamente reservada para la residencia del shogun y la élite del gobierno. El shogun tuvo que huir hacia el norte, a los acantilados, y desde allí armó un contraataque y fundó el Shinsengumi como una organización que solo respondía ante él y nadie más. Dicha organización estuvo formada por los seis protegidos del shogun, a los que ya conocéis: Eiji D. Kenshin, Yoshiro Harada, Gintomaru Tödo, Atsushi D. Murasakibara, Ryuuji Sato, Akiyama Aruba y yo, Takeo Souiji. Todos nosotros nos encargamos de ir capturando uno a uno a los traidores utilizando la táctica de guerra de guerrillas, atacando a un único punto de noche o a dos, no más. De esa forma fuimos poco a poco liberando a todos nuestros aliados encarcelados y la balanza fue inclinándose hacia nuestro lado. Sin embargo, Atsushi, Akiyama y Ryu nos traicionaron –en los ojos de todos los ancianos se contempló tristeza e impotencia, como si la deslealtad de sus antiguos amigos les siguiera doliendo en el fondo-. Aquella fue la batalla, con diferencia, más difícil que hemos tenido en nuestra vida, ya que no eran enemigos o desconocidos, sino nuestros hermanos, personas que conocíamos desde que éramos niños. No estábamos luchando contra nuestros enemigos, no podíamos verlo así, y eso lo hizo mucho más difícil. Pese a todo, éramos más, y pudimos ganarles, pero preferimos dejarlos escapar. Un mes después de eso, supimos que el gobierno tenía pensado traer más efectivos, pero nosotros no estábamos en Wano, sino que estábamos en Roruro en busca de un arma con poderes más allá de la lógica del ser humano.

—¿Pero Roruro no es el nombre del islote del norte? –preguntó Sanosuke.

Takeo asintió.

—Sí, pero antes de ser una roca estéril y sin vida era la cuna de los mejores ingenieros de esta zona del nuevo mundo, y nuestra base secreta. Allí, gracias a unos planos antiguos, crearon una máquina de poder destruir una isla con uno de sus disparos. Atsushi era un traidor, pero sabía que el gobierno cada vez tenía menos posibilidades de ganar, así que a cambio de que no culpáramos a sus descendientes por su traición, nos ayudó a entrar en la isla con aquella máquina y en menos de tres días conseguimos la victoria. Hicimos un referéndum y Hakuoki quería pertenecer al gobierno, así que nos separamos. Firmamos un armisticio indefinido a cambio de los presos de guerra.

—¿Y qué paso con esas armas? –intervino Okita.

—Esa no es la pregunta. ¿Qué tiene que ver todo eso con lo que ha pasado esta noche? –preguntó Jiromaru.

—Aunque no lo creáis, ambas preguntas están conectadas. El shogun temía el poder de aquella máquina, así que se auto-inmoló en Roruro, destruyendo así a los creadores y a la creación. Y nos entregó los planos, dividiéndolos entre nosotros, pero decidimos destruirlos para impedir que nadie la encontrase. Sin embargo, la fuente de poder de la máquina está escondida en nuestra base subterránea en la isla, pero eso solo nosotros lo sabemos –rio el anciano.

—En resumen, están buscando los planos de un arma que no existe, ¿no? –preguntó Zane, con cierta irascibilidad en su tono.

—Correcto –le respondió Eiji.

—Entonces, por lo que nos has contado, es muy probable que la persona que desee los planos de la máquina intente atacar de nuevo.

—Eso es lo que creemos, sí –contestó Yoshiro.

Durante horas, tanto los ancianos como Zane y sus amigos debatieron sobre qué debían hacer en aquella situación y todos llegaron a la misma conclusión: debían estar alerta en todo momento y buscar la fuente de poder. Y es por ello que decidieron que siempre que salieran debían hacerlo en grupo de dos personas como mínimo, para así tener más ventajas en el caso de que fueran emboscados. El pelirrojo dejó su entrenamiento en las montañas y volvió a casa de su abuelo, y Heisuke se fue a vivir con ellos, ya que era el único que vivía solo.

Los días pasaban rápidos y anormalmente monótonos, haciendo que los jóvenes se aburrieran en exceso. De vez en cuando, Heisuke y Zane combatían entre ellos para entrenar y estar en forma, pero Heisuke no suponía un reto para Zane, hacía mucho que el pirata había superado al espadachín de Wano. un mes, Heisuke se fue a vivir con Sanosuke, y los días se volvieron más aburridos aún para el pirata.

—¿No tienes que comprar o dar un paseo, abuelo? –preguntó Zane, que había bostezado tres veces en menos de un minuto.

—Pues no, pero si quieres podemos combatir y así mido tus habilidades –le propuso el anciano.

—¿Seguro? No quiero hacerte daño –bromeó Zane.

Eiji sonrió.

—Ve a por tus katanas, que voy a enseñarte porque yo soy el maestro y tú un mero aprendiz.

Unos minutos después, ambos espadachines se encontraron en la sala de entrenamiento. Zane tenía estaba en guardia con su Aki no Hikari y su Kuroi Taiyo, mientras que su abuelo únicamente portaba dos bokkens –katanas de madera-.

—Vamos a poner algunas reglas para que el combate sea entretenido y mi casa siga estando intacta, ¿vale?

Zane asintió.

—Lo primero de todo es que no está permitido usar ni ondas cortantes, ni energía espiritual, y en tu caso tampoco el poder de tu fruta del diablo. Será un combate a la antigua –Eiji cubrió sus katanas de haki de armadura e incitó a su nieto a atacarle, pidiéndole que se acercara con los dedos índice y corazón de su mano derecha.

Tras eso, y después de haber cubierto sus dos katanas con haki, el pelirrojo se abalanzó sobre su abuelo y chocaron sus espadas, que emitieron un sonido seco que hizo temblar los muros de la casa. Pese a su edad, Eiji se movía con mucha agilidad y maestría, bloqueando todos los intentos de ataque de su nieto casi sin esfuerzo. Sin embargo, aquello no era suficiente, ya que la velocidad de los ataques de su nieto era superior a la suya, resultándole difícil esquivar alguno de los golpes.

—Veo que has mejorado, muchacho –dijo Eiji, cubriendo todo su cuerpo de haki–. Pero no lo suficiente.

El anciano soltó uno de sus bokens y, tras agarrar el restante con las dos manos, atacó con fuerza a su nieto casi sin descaso, dando un golpe tras otro a su nieto hasta quebrar su defensa y tirarle al suelo. Apuntándole con su katana en la cara.

—Me rindo, me rindo. Has ganado –dijo Zane, soltando sus katanas y levantando las manos.

—Has mejorado desde la última vez que combatiste en esta habitación, pero aun te falta un par de lecciones para mejorar como espadachín. Dime, Zane, ¿qué debes hacer si tu oponente te supera en fuerza? –preguntó.

—¿Esquivar hasta encontrarle un punto débil?

—¿Y si no pudieras esquivar?

—Bloquearía con mis espadas, claro está.

—Sí, eso es lo lógico. ¿Pero no sería más sensato deshacerte de una de tus espadas y concentrar tu fuerza solo en una?

Zane le miró extrañado.

—Me explico: tú tienes muy definido tu estilo de combate, que consiste en bloquear y atacar, sin embargo, hay momentos en los que tienes que variarlo. Si tu oponente te supera en fuerza física, debes concentrar la poca fuerza que tengas en un único punto, así que en tu caso, lo más lógico, sería que usaras el estilo de una espada, para así concentrar todo  tu poder en un única arma. Para que me entiendas, en nuestro combate estábamos igualados usando dos katanas cada uno, pero al pasar yo al estilo de una espada y dar el cien por cien con mis dos manos en un solo arma, he superado con diferencia a lo que tu das en una sola, ¿me has entendido?

—Creo que sí… No es lo mismo la fuerza que proporciona una sola extremidad, a la que te otorga usar las dos, ¿no?

—Efectivamente. Y lo otro que debes aprender es a mejorar tu haki de armadura, un espadachín es tan poderoso como lo es su haki. Eso ha sido así desde siempre.

—¿Y cómo pretendes que lo haga? He entrenado muchos años mi dominio del haki en todas sus variantes, pero en lo que concierne al busoshoku hace mucho que no progreso, es como si hubiera llegado mi límite.

—No digas tonterías. El haki de armadura es tan poderoso como tu voluntad de querer hacerte más fuerte. Así que lo que tienes que hacer es concentrarte y superar tus limitaciones. Así que a partir de mañana vas a entrenar conmigo tu dominio del haki.


Al siguiente día, tal y como su abuelo le había dicho a Zane, le hizo un exhaustivo entrenamiento para mejorar su uso del haki de armadura. Éste consistía en tenerlo activado todo el tiempo posible, a sabiendas de que era algo muy cansado y haría que su nieto desfalleciera en cualquier momento. Además de eso, debía intentar cubrir toda la parte de su cuerpo que fuera posible. Como cualquier entrenamiento convencional, los primeros días fueron los más difíciles. Lo máximo que podía estar con su haki de armadura activado no superaban las tres horas, teniendo que descansar un intervalo comprendido entre veinte y treinta minutos para volver a utilizarlo. Y en el momento que lo tenía accionado, tenía que intentar no solo cubrir sus brazos, sino también parte de su cuerpo; algo que era casi imposible.

Una tarde, pasados trece días, Jiromaru fue a ver al pelirrojo junto a Chizuru y Sakura, con la intención de ir a tomar algo por la ciudad. Pero esa inesperada visita fue aprovechada por Eiji, que sabía que para que su nieto mejorase de verdad debía someterlo a un combate con un igual.

—Lo siento mucho, Jiromaru. Pero Zane tiene que cumplir el entrenamiento a rajatabla, y no tiene tiempo que perder.

—Venga, abuelo. No creo que pase nada por un día que no lo complete. Además, creo recordar que tú fuiste que me dijo una vez que para progresar en mi entrenamiento hay veces en los que debo parar, evadirme y continuar más tarde, ¿no? –dijo el supernova, en un intento para convencer a su abuelo.

Eiji arqueó una ceja, e intentó disimular como se le dibujaba una sonrisa en el rostro imitando una tos poco creíble.

—Podemos llegar a un acuerdo, hijo. Si tienes un combate que merezca la pena con Jiromaru, siguiendo las reglas del combate que tuvimos el otro día, te dejo salir con tus amigos. Siempre y cuando Jiromaru quiera combatir contigo, claro está.

—¿Combatir contra Zane? Eso ni se pregunta –dijo Jiromaru, que miraba al pirata con rivalidad-. Pues claro que quiero luchar contra él.

—Lo mismo digo, aún tenemos un reto pendiente desde la última vez –sonrió Zane.

Poco después fueron a la habitación de entrenamiento y como la primera vez que combatieron, ambos shinais de entrenamiento. Con la diferencia de que Zane cogió dos en lugar de tres, y se puso en guardia.

—¿Preparados? –dijo Eiji, con tono firme–. Tres, dos, uno… ¡Empezad!

Casi simultáneamente, ambos espadachines se abalanzaron el uno sobre el otro con sus shinais recubiertas de haki de armadura. Aquello no parecía un combate, al igual que la primera vez, sino que volvía a parecer una ensayada danza en la que cada uno daba un golpe y era bloqueado o esquivado por el otro. No obstante, había una pequeña diferencia, el juego de pies y los movimientos del pelirrojo eran más fluidos e imprecisos al día de la barbacoa. Ante eso, Jiromaru amplió el alcance de su recubrimiento hasta recubrir completamente su torso hasta el cuello. Al hacer eso, la fuerza de los ataques de Jiromaru pareció duplicarte.

“Joder…” –pensó el pelirrojo, que no tuvo más opción que retroceder y soltar uno de sus shinais, aferrándose con fuerza con ambas manos al mango del otro y esperar a que su rival le atacara.

Se encontraba en una posición difícil, pues su haki era inferior al de su contrincante, eso sin contar que también le ganaba en fuerza. ¿Qué debía hacer? Estaba claro, intentar aumentar el alcance y la dureza de su haki.  Frunció el entrecejo y respiró hondo; después de todo, según su abuelo, todo dependía de su voluntad de superación.

“Adelante”

Tras hacerlo, se abalanzó sobre Jiromaru dándole golpes descendentes a la altura de su cabeza, los cuales eran bloqueados con sutiles movimientos de muñeca de Jiromaru. Tras eso, nuevamente, Zane se vio superado por su contrincante, que casi había quebrado su espada de bambú. Pero entonces, algo pasó, la película negruzca que recubría el arma y los brazos del pirata empezaron a fluctuar y tener unas pequeñas franjas de color verde musgo. Tras eso, su haki empezó a recubrir todo su cuerpo rápidamente, llegando incluso a sobrepasar su garganta, parándose a la altura de su nariz. Pero cuando fue a golpear a Jiromaru se desvaneció por sorpresa. Aquello le hizo bajar la guardia y recibió un ataque directo de Jiromaru, no obstante no le hizo daño; es más, la katana de su contrincante se quebró.

—¿Qué ha sido eso? –preguntó Jiromaru.

—No lo sé.

Eiji entró en la habitación y miró a Zane.

—¡Vaya! Quien me iba a decir a mí que volvería a contemplar una asimilación de haki de armadura a mi edad –comentó Eiji.

—¿Asimilación de haki? ¿Qué es eso? –preguntó el supernova, que notaba su cuerpo raro.

—Digamos que algunos pocos usuarios del extraño poder que es el haki de armadura, tras usarlo continuamente, es capaz de asimilarlo no solo a su exterior, sino también a todo su cuerpo. No veía algo así desde que entrenaba con mi padre –explicó-. Él también era capaz de hacerlo. Bueno, mañana seguiremos hablando sobre esto, Zane. Ahora es momento de que os vayáis, las chicas os están esperando.

Las siguientes semanas fueron extrañas para el pirata, ya que tenía que estar continuamente utilizando su haki de armadura, pero no de la forma convencional, sino que tenía que hacer como en el combate contra Jiromaru y conseguir asimilarlo dentro de su ser. Para ello, su abuelo le entregó los antiguos escritos de su bisabuelo, en el cual ponía que tenía que usar el poder del guerrero, es decir, el haki de armadura como si hubiera nacido con ello. Hacerlo brotar de forma latente de manera indirecta, como si respirara, como si se tratara de parpadear. Así que eso intentó. Los primeros días fue difícil, ya que caía desfallecido muy pronto. Pero con el paso del tiempo cada vez era más fácil. De vez en cuando Eiji o alguno del grupo le golpeaba con fuerza. Si lo tenía activado bien, no recibía apenas dolor, pero como no fuera así podía resultar herido. En ese tiempo de entrenamiento estuvo encamado en tres ocasiones. Una en la que se hizo una brecha en la cabeza, otra en la que le desencajaron el hombro y una última, quizás la peor de todas, en la que estuvo inconsciente durante tres días, ya que fue empujado por Eiji montaña abajo, cayendo por algo parecido a un precipicio. La idea de su abuelo es que su cuerpo resistiera el golpe gracias al haki, pero no fue así. De no ser por la habilidad de su fruta del diablo, hubiera tardado meses en curarse, pero fue capaz de hacerlo en casi tres semanas.

Después de curarse, continuó con aquello. Poco a poco su cuerpo se acostumbraba a tener de manera pasiva el haki de armadura activado, aunque él no quería usarlo meramente para defenderse, sino también para atacar. Así que, al mismo tiempo que aprendía a que su cuerpo lo usara de forma pasiva se disponía a aprender a usarlo como lo hacían muchos otros guerreros: en ataques a distancia. Aquella instrucción, según su abuelo, dependía de la concentración, así que empezó por lo básico y comenzó con imbuir piedras en haki y lanzarlas. Y eso hizo, durante los primeros dieciocho días, durante todas las mañanas, y algunas tardes, pasaban las horas lanzando piedras cubiertas de haki a otras más grandes, intentando romperlas. Su puntería era deficiente, pero con el tiempo, además de mejorarla, aprendió a usar su haki lanzando objetos. Tras eso, le esperaba lo peor, tenía que aprender a hacerlo con sus ondas cortantes, aunque aquello fue imposible.

Una tarde, cansado de entrenar, el supernova se puso sus mejores galas y fue a casa de Sakura para pedirle al padre permiso para llevarla a cenar, ya que había estado de viaje. Golpeó en la puerta exterior dos veces y le abrió un hombre vestido con un kimono negro que le llevó al interior. Una vez allí conversó con el padre de la chica durante más de media hora y, tras eso, se fue con Sakura al pueblo.

—¿Qué tal tu odisea por el parque de atracciones de Susa? –le preguntó Zane, acercando su mano a la de ella de forma poco sutil.

—¿Te soy sincera? Aburrida –contestó, entrelazando sus dedos con los del pelirrojo-. Cuando era más pequeña me divertía mucho, la verdad, pero de hace un par de años hacia aquí no es lo mismo. Antes iba con mis hermanos mayores y siempre estábamos jugando y molestándonos mutuamente, pero ahora únicamente vamos mis padres y yo.

—Ya será menos, chiquilla. Al menos a ti no te han intentado tirar por un barranco y mandado al hospital –bromeó Zane.

—¿En serio? –Sakura se paró y miró a Zane con pena-. Pobrecito… el piratón no es capaz de aguantar una caída –bromeó ella.

—¡Oye! –exclamó Zane-.Un respeto a tus mayores –el pirata comenzó a hacerle cosquillas por la cintura con rapidez, rozando sin querer uno de sus pechos-. Perdón… -dijo Zane, intentando prevenir una bofetada.

—No me importa, de ti no –le dijo ella. Los pómulos de la muchacha pasaron de un ligero sonrosado a un leve rojo coral que hizo que el pirata la mirara con ternura a esos preciosos ojos de color ámbar que tanto le encantaban. La verdad era que al pelirrojo cada día le gustaba más estar con Sakura. Al principio, Zane salía con ella solo para pasar el rato, pero con el paso de los días, lo hizo por el hormigueo que sentía en su estómago. Era la primera vez que se sentía de esa manera y le gustaba. Sin embargo, todavía no se había atrevido a dar el paso más allá de los besos, y lo que le dijo la joven hizo que su corazón se acelerara como nunca lo había hecho y comenzara a sonrojarse de la misma forma. Esa noche, ambos se fueron a cenar al bar de ramen al que solían ir, tras eso fueron al lago. Estuvieron allí tumbados durante horas sin hacer nada, pero para ambos eso era el todo. El plenilunio se reflejaba sobre la superficie del agua y las pequeñas estrellas parecían diminutas luces que salían de ella. Al final, después de dos besos inocentes, ambos jóvenes se dejaron llevar por el corazón y sus instintos más carnales y danzaron durante toda la noche de la forma en la que solo lo hacen los enamorados. El pirata era la primera vez en mucho tiempo que lo hacía con ternura, mientras que Sakura era la primera vez que entregaba su cuerpo a un hombre. Después de vestirse, ambos se abrazaron siguieron mirando al cielo, intentando no quedarse dormidos.

Poco antes del amanecer, el pirata la llevó volando a su habitación y se fue hacia la casa de su abuelo.

Al día siguiente, volvió a ponerse a entrenar.

Poco a poco era capaz de imbuir sus ondas cortantes de haki, pero no duraba el suficiente tiempo. Al principio tan solo eran capaz de aguantar durante un par de metros de distancia, pero con entrenamiento y constancia consiguió aumentar ese intervalo de acción. Pasado un mes, Zane era capaz de proyectar su haki en una distancia de cinco metros, siendo este su límite. La verdad era que no fue muy difícil, al menos en teoría no, la clave del entrenamiento estaba en concentrarse para trasladar su haki en las moléculas del aire. Algo que tardó en conseguir hacer, pero lo consiguió, Primero creaba ondas cortantes pequeñas, las cuales enviaba contra rocas o el mismo suelo. Tras conseguirlo fue aumentando el tamaño, y después se concentró en la distancia. Y así durante todo ese mes.

Una tarde, mientras estaba con todo el grupo tomando algo en casa de su abuelo, llegó una carta de parte del shogun.

—¡Carta para el señor D, Kenshin, de nombre Eiji! –se escuchó, justo después de que alguien golpeara en la puerta.

Su abuelo no estaba en la casa así que Zane fue el que salió.

—D. Kenshin, de nombre Zane a su servicio –bromeó el pirata.

—Jovencito, ¿está el señor Eiji en casa? –preguntó.

—Ahora no se encuentra en casa, pero la puedo coger yo. Soy su nieto, Zane –le dijo, arqueando una ceja.

El cartero miró al pelirrojo de arriba abajo, y tras unos pocos segundos se la dio.

Era una carta con el sello del shogun, en papel de color beige con los bordes en dorado. Estaba escrito con un tipo de letra itálica con mucha decoración y florituras, dignas del mejor de los escribanos.

—¿Quién era, Zane? –preguntó Jiromaru.

—Una carta… con el sello del shogun –dijo.

—¿A ver?

Zane le entregó la carta a Sanosuke.

—Se acerca el vigésimo aniversario del nombramiento del actual shogun, así que será la invitación –dijo Jiromaru.

—Así que el aniversario… -susurró Zane.


Última edición por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:54, editado 1 vez

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:01

Capítulo VIII: Vive hoy y lucha mañana.

Dos semanas antes…

—¿Te vas? ¿A dónde? –preguntó Zane, mientras estaba preparando algo de cenar.

—Tengo asuntos que atender en una isla cercana y partiré mañana temprano –contestó Eiji, dando sutiles evasivas.

Zane le miraba con el ceño fruncido, sabiendo que su abuelo le estaba ocultando algo. ¿El qué? Podría ser cualquier cosa, pero estaba claro que era una verdad a medias. Él sabía mejor que nadie que su abuelo era conocido por ser una persona directa, clara y concisa que no se andaba con tapujos, eran de los que decían que las cosas eran como tenían que ser y si la verdad dolía, había que superarla. Un hombre de los que ya no quedan, pensaba el supernova. Y aquella respuesta no le gustó nada. Sin embargo, a pesar de eso, dejó el asunto por zanjado.

—¿Y cuándo volverás? –inquirió Zane.

—En unos diez días, supongo. Tengo que estar aquí para el vigésimo aniversario de Reiji-sama como Shogun.

—Pues ten cuidado, abuelo –le dijo Zane, con ligera preocupación.

Durante el tiempo de ausencia de su abuelo, el supernova apenas pasó tiempo en su casa, tan solo para dormir y poca más. Durante el día se dedicaba a ir de paseo junto a Sakura, o a ir a beber algo con sus amigos; a excepción de Heisuke, que tuvo que irse a Hakuoki para atender los viejos negocios que tenía su difunto abuelo allí, y por las tardes a entrenar un poco su manejo del haki de armadura en ondas cortantes, el cual iba mejorando cada día un poco más.

Y al final, llegó el día del aniversario del shogun. Aquel era un acto importante, posiblemente lo más destacado de los últimos diez años, es decir, desde la celebración del primer decenio del shogun en su cargo. Ese día se declaraba la fiesta nacional y todos los personajes ilustres de la isla salían a la calle a mezclarse con la multitud. La gente más humilde se quedaba abrumada ante la figura de algunos personajes, algo que el pirata no llegaba a entender, al fin y al cabo, ya se fuera rico o pobre, todos eran personas de la misma isla, y por ende iguales.

El anciano samurái estaba nervioso, no confiaba en que los modales de su nieto se hubieran refinado tanto como para tratar con altos políticos y el mismísimo shogun, pues Zane, pese a ser un buen muchacho, tenía un humor y una forma de ser algo bárbara para su gusto, por no decir que su nieto era un cafre con todas las letras.

—Zane, ¿te queda mucho? No quiero hacer esperar a Reiji -sama.

—Abuelo, aún quedan dos horas, no te estreses.

Media hora después, el pirata ya estaba listo. Se vistió con un kimono de color blanco y rojo, en cuya espalda estaba la silueta de un pájaro parecido a un suzaku. Dicha vestimenta fue encargada por su Eiji, a quien le encantaba el simbolismo. Por su parte, Zane, estaba encantando. No solo hacía referencia a su fruta del diablo, sino que iba a juego con su pelo, ¿qué más podía pedir? Tras atarse el obi, es decir, el cinturón de tela, fue a colocarse sus katanas, pero entonces su abuelo se la quitó de las manos.

—No están permitidas las armas en el palacio, Zane –dijo, volviendo a dejar la katana sobre la mesa.

—¿Y si nos atacan de nuevo, qué? –cuestionó, volviendo a coger la katana-. Como pirata de moral dudosa que soy, te digo que si fuera el cabecilla de los asaltantes de la última vez aprovecharía todo el barullo de hoy para dar un golpe sobre la mesa e intentar buscar los planos del aparato.

—Sí, pero hoy no eres Zane D. Kenshin, el pirata de dudosa moralidad –golpeó a su nieto en la mano, arrebatándole la katana-. Hoy eres Zane D. Kenshin, el honorable nieto del antiguo capitán del shinsengumi Eiji D. Kenshin “el sagaz”.

—¿En serio? ¿El sagaz? –rio el pelirrojo.

Con la mirada Eiji se lo dijo todo a su nieto, que se encogió de hombros y se dispuso a salir por la puerta. En parte el anciano sabía que Zane tenía razón, pero no podía romper la norma que él mismo había implantado por muy vieja gloria condecorada que fuera.

Los dos recorrieron el camino hacia la gran plaza, desde donde una carroza les iba a recoger para ir al palacio. Allí se encontró con el resto del grupo a excepción de Heisuke, que no estaba. En la plaza estaba Sakura con sus padres, la cual no dudó en acercarse y saludar a Zane.

—Hola, Zane –le dijo, aferrándose a su brazo.

—Hola, Sakura –le respondió él, con una sonrisa que ocupaba todo su rostro.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? –puso su mano sobre el hombro de Zane-. Al parecer Eiji, nuestras peores pesadillas van a hacerse realidad y vamos a ser familia –bromeó el señor Miyamoto, el padre de Sakura.

—Espero que no –dijo Eiji, con una falsa sonrisa en el rostro-. No quiero volver a tener problemas con alguien de la isla.

Todos los presentes rieron ante la supuesta broma del anciano, pero lo que no sabían es que lo decía en serio. En el pasado había tenido multitud de problemas con su hijo, teniendo que pedir disculpas y hacerse cargo de más de un hijo ilegítimo, como para tener ahora que hacerse cargo de lo que hiciera su nieto. Sin embargo, al ver como Zane miraba a la muchacha dudaba si era amor o un simple capricho por el demonio que habitaba en sus pantalones; que era lo más probable.

Los presentes se dividieron en dos grupos: la familia Miyamoto junto a la familia de Jiromaru y Chizuru se fueron en el primer carromato, mientras que Zane, Sanosuke y Okita, junto a sus abuelos, se fueron en el segundo de ellos.

—Zane, ¿qué te dije de salir con esa muchacha? Te dije que no quiero líos.

—Y yo te dije que me hicieron el lío. Una cosa llevo a la otra y, bueno, ya sabes –el pirata le guiñó un ojo.

—Eso no significará lo que creo yo creo que significa, ¿verdad? –inquirió Eiji, clavando su fruncida mirada sobre su nieto.

El supernova sonrió, hinchando el pecho.

—Zane…

—No te preocupes, buelo. Yo no haré nada que ella no quiera –sonrió.

—Eso es lo mismo que me decía tu padre y es lo que verdaderamente me preocupa…


Al cabo de unos minutos, l legaron a las puertas del palacio.

Sin lugar a duda era el lugar más bello de la isla, a pesar de que su singular simplicidad ornamental en comparación con otros palacios que el pirata había visto. Se trataba de un recinto ajardinado con un grandioso estanque con una pequeña cascada de un par de metros de altura. En el césped había multitud de aves y animales extraños, a la par que bien amaestrados, pues observaban a los invitados con mucha naturalidad y sin exaltarse lo más mínimo. El camino hacia la residencia del shogun estaba indicado por un camino de piedras desgastadas. Sin embargo, la verdadera belleza de aquel sitio residía en su interior. Las paredes estaban decoradas con grabados antiguos, algunos de ellos hecho mediante teselas que narraban la historia de la isla. Además, también había katanas y viejas armaduras.
Estuvieron muy poco tiempo en el recibidor, ya que fueron al gran comedor. Este era un lugar situado en la planta más alta del palacio, debido a que era donde al shogun le gustaba dar sus fiestas. Era una única sala de unos trescientos metros cuadrados con una terraza dos tercios más pequeña que el salón. La habitación estaba dividida en dos partes, una con una gran mesa alargada y repleta de comida y bebida, y otra parte destinada para los bailes. En la terraza había un pequeño bar con todo tipo de licores y algunos bancos de piedra.

“Cómo viven los ricos” –pensó Zane al ver todo aquello y a todas las personas que estaban allí reunidas. Pero entonces notó una presencia que le resultaba familiar no muy lejos de allí.


Allí, tomando una copa de vino, se encontraba Heisuke junto a Lucius, aquel odioso muchacho que había conocido en el funeral del difunto Gintomaru. Rápidamente, todo el grupo se acercó a él.

—¿Todo bien? –preguntó Jiromaru, con ese tono serio y severo que él tenía.

—Sí. No tienes de que preocuparte, Jiro –contestó Heisuke-. ¿Y vosotros qué? ¿Todo bien?

—Sí, no nos podemos quejar –dijo Sanosuke.

—¿Dónde has estado, perdido de la vida? –le preguntó Zane, intentando saber qué hacía Heisuke con alguien tan despreciable como Lucius.

—He estado liado con los negocios de mi abuelo, ya sabes. Ahora que no está, me toca a mí organizarlo todo.

—Hola a vosotros también –saltó Lucius, que se empezaba a sentir desplazado por el grupo de espadachines.

—Mantendría una palabra contigo, pero no tengo ganas de que llegue tu padre y venga a darme un simposio sobre mi ordinaria educación. Así que si me disculpas, me voy a por una copa.

—No tienes por qué preocuparte, mi padre no ha podido venir –dijo, mirando con altivez al pirata.

—Una pena, ¿verdad?

—No lo sabes tú bien –le respondió Lucius.

—Cómo has dicho, socio, será mejor que no vayamos a por una copa –intervino Sanosuke, llevándose a Zane de allí-. A mí tampoco me cae bien, pero no es el momento ni el lugar para montar una escena. ¿Lo sabes, verdad ?

—Sí, lo sé. No tienes de qué preocuparte.

Después aquello, todo en la celebración transcurrió bien.

El shogun llegó unos minutos después. Se trataba de un hombre de rostro amigable y ojos tristes, vestido con un simple quimono negro con detalles plateados. Podía medir alrededor del metro ochenta de altura y presentaba una constitución fuerte, aunque no demasiado. “Un hombre muy normal” –pensaba Zane, que esperaba encontrarse con una persona más corpulenta e intimidante.

Una vez llegó, pudo comenzar la celebración propiamente dicha.
Primero tomaron un pequeño cáterin realizado por diversos cocineros de todo el mundo que habían contratado para aquella celebración, entre los que se encontraba el jefe de cocina del nuevo baratie, considerado el mejor cocinero del mar del este, entre otros como Gor D. Oransey, un crítico de cocina de lo más temperamental. Después de eso, llegó la hora de la cena, era un menú degustación de tres platos, incluido el postre, que se trataba de un entrante de una reinterpretación de la ensalada de hortalizas y atún del mar del norte. Un buen trozo de solomillo de ternero macho de tres patas de una isla perdida del paraíso y de postre un rico sorbete de tres chocolates a las tres texturas. Todo muy sabroso, pero una pijada; o eso era lo que pensaba Zane, que se había quedado con hambre.

El pirata no le había quitado el ojo a Lucius desde que se sentaron en la mesa, sobre todo por la cercanía y confianza que tenía con el shogun. Por lo que le dijeron Jiromaru y los demás, en actos como aquel, lo socialmente correcto era que los invitados se sentaran de mayor a menor importancia cerca del shogun, es decir, que mientras más importante e influyente fueras más cerca de él te podía sentar, y mientras más nimio fueras, más lejos. Y así pasó, que estuvo sentado al otro lado de la mesa. Sin embargo, sus amigos estaban con él, a excepción de Heisuke, cuyos negocios familiares le hacía sentarse al lado de su abuelo, a tres asientos del shogun, y su querida Sakura también, la cual le enseñaba en qué orden debía utilizar cada cubierto.

“¡Qué tontería! Con lo fácil que sería usar las manos o el mismo tenedor para todo” –se decía el pirata, que no estaba acostumbrado a cenas de tanto glamour .

Cuando llegó el postre, el shogun se empezó a mostrar más abiertos con el resto de comensales; quizás fuera porque el alcohol había surgido su efecto, o tal vez porque llegados al postre lo “socialmente correcto” era dirigir la palabra a los invitados más insignificantes, al menos una vez.

—Así que tú eres el joven Zane, ¿verdad? –el shogun se dirigió al pirata.

Zane asintió, pues estaba comiéndose su rico postre.

—Me recuerdas mucho a tu padre. Éramos grandes amigos, pero nuestros caminos se dividieron cuando se echó a la mar –comentó, notándose en su tono de voz un ligero aire nostálgico.

—Suele pasar –dijo Zane, para después limpiarse con la servilleta de tela la comisura de los labios.

—¿Y tú? Según mis fuentes, vas siguiendo su mismo ilustre camino.

—Depende de lo que usted entienda por ilustre –intentó bromear el pelirrojo, mostrando una falsa media sonrisa en su rostro, forzando una leve risotada mientras apretaba los dientes.

—Me refiero a la prestigiosa carrera de mi viejo amigo en el arte del pillaje, el incumplimiento de las leyes establecidas y los altercados a gran escala. En otras palabras, la piratería.

Tras aquellas palabras, el señor Miyamoto intervino en la conversación.

—¿Eres un pirata, joven Zane? –preguntó.

—Podría decirse que ha habido algún que otro desentendimiento entre el gobierno mundial y mi persona. Pero nada grave, señor –contestó, intentando quitarle importancia al asunto.

—¿Le parece nada grave las continuas agresiones a la marina y el homicidio voluntario de una vicealmirante y un capitán? –inquirió el shogun.

—¿A qué viene este ataque en contra de mi nieto, Reiji? Qué yo sepa no ha hecho nada desde que está aquí, es un buen chico.

—Ya sabe qué opino sobre ocultar piratas en el país, Eiji. Y más cuando estamos considerando algunas ofertas del gobierno mundial para ampliar nuestras rutas de comercio. Y teniendo en cuenta que tu nieto es un delincuente cuya cabeza vale más de seis…

—Qué yo sepa, siempre y cuando no causen alboroto, cualquier persona, por problemática que sea en el exterior, nunca ha sido mal recibida en Wano –replicó Eiji con extremada educación, aunque en su cara se le notaba que no estaba a gusto con la situación, interrumpiéndole-. Y mucho menos cuando es familia directa de alguien de aquí.

Fue en ese momento cuando el pelirrojo se hartó y se levantó de golpe.

—Si tanto te molesto, me voy. Estoy hasta la polla de pijadas y tonterías –espetó Zane, dejando atrás la poca educación que tenía.

—Vamos, chiqui, calmate –le dijo Sakura, que no le gustaba ver tan enfadado al pirata.

Zane miraba fijamente a los ojos a Reiji con el cejo fruncido, mientras que él simplemente mantenía una plácida sonrisa en el rostro. Eiji, por primera vez en mucho tiempo, no intentó corregir a su nieto. Es más, asintió con la cabeza en signo de aprobación. Y, de repente, más de diez samuráis acompañados de una docena de agentes del gobierno aparecieron en la estancia, rodeando con rapidez la mesa y apuntando al pirata con sus fusiles.

—¿Qué significa esto, Reij…

Una afilada y punzante daga de hoja curva, de un color gris casi negruzco y con algunas motas de óxido, fue clavada en el costado del viejo líder del shinsengumi y retorcida al sacarla ante la vista de todos. Eiji se tocó su costado con la mano izquierda y pudo palpar como de su herida brotaba una cantidad ingente de sangre. Apretó y apretó intentando taponar la herida, pero no podía. Cada vez estaba más débil. Los asistentes fueron obligados a estar sentados, mientras el pelirrojo observaba como el agresor de su abuelo continuaba con la daga en la mano.

El supernova no reaccionó de primeras, simplemente se quedó de pie, sin poder moverse contemplando cómo su abuelo caía sobre la mesa, desangrándose. Sin apartar la mirada de quien él creyó un amigo “¿Cómo había sido eso posible? ¿Por qué él, que había sido como un nieto por su abuelo?” –se preguntó Zane, mientras llevaba su mano al cuello y se arrancaba el colgante de kairoseki de un tirón, dejándolo caer en el suelo. Fue entonces cuando la temperatura del lugar comenzó a ascender de forma exponencial, al tiempo que del pirata brotaba una extraña energía que hizo caer a los agentes más débiles, mientras algunos continuaron en pie pero sin poder apuntar con sus armas. El cuerpo del pelirrojo se cubrió completamente de fuego, mientras su cabello se erizaba con un tono sonrosado y le nacían dos majestuosas alas.

—Vas a arrepentirte de esto… –dijo, mirando al agresor de su abuelo-. Heisuke.

A una velocidad vertiginosa e imposible de vislumbrar, Zane se abalanzó sobre Heisuke y lo atrapó por el cuello, levantándole con una sola mano mientras le clavaba las garras. En ese momento pudo haberlo matado y eso lo sabía el pirata, pero no quería matarlo, eso hubiera sido demasiado fácil. Él quería hacerlo sufrir, verle suplicar que le matase para no seguir agonizando.

El pelirrojo estaba roto por dentro. Había presenciado la muerte de una de las personas más importantes de su vida y no había podido hacer nada para evitarlo. Los agentes y algunos samuráis fieles al shogun empezaban a entrar por la puerta y a apuntarle con sus armas. Y sin que se diera cuenta, todos sus amigos y seres queridos estaban siendo apuntados a la cabeza. ¿Qué debía hacer? Miraba a Heisuke con rabia, el cual apenas podía respirar.

—Yo que tú bajaba con cuidado al joven Tödo, pelirrojo. ¿O acaso quieres que más gente muera esta noche por tu culpa? –le dijo el shogun, que seguía sentado en su asiento, bebiendo de la copa de vino.

—Hagamos a un trato, shogun de pacotilla –dijo Zane, soltando con brusquedad al asesino de su abuelo en el suelo-. Yo prometo no haceros daño ni a ti ni a tus putitas y soltáis a Sakura, a su padre y a mis amigos, ¿qué me dices?

—No creo que estés en situación de exigir, pirata –le respondió el shogun.

—¿Esa es tu respuesta? –la mirada del supernova se clavó en la del shogun, que por primera vez en toda la cena borró su sonrisa de su cara-. Así me gusta.

—¿Él que te gusta? ¿Ver cómo tú y tus amigos seréis llevados ante la ley?

—Tú lo has querido.

De pronto, el pelirrojo canalizó toda la rabia que tenía en su interior y la hizo brotar hacia fuera, haciendo que todos aquellos que tuvieran intenciones hostiles en contra de él o sus amigos se sintieran atemorizados o doblegados ante él. Aquello hizo que la mayoría de sus asaltantes se cayeran al suelo inconscientes, mientras que el resto de ellos no eran capaces de moverse. Todos, a excepción de Heisuke, que observaba desde el suelo todo lo sucedido. Debido a eso, todas las fuerzas que defendían el palacio comenzaron a subir al piso superior.

El pelirrojo nuevamente fue a abalanzarse sobre Heisuke, pero Jiromaru y Sanosuke se acercaron a él y se interpusieron en medio.

—No es el momento, socio –dijo Sanosuke, señalando con la cabeza a los demás, que no parecían entender que estaba sucediendo.

Más de una veintena de samuráis entraron en la estancia, armados hasta los dientes.

—Zane… sé cómo lo debes estar pasando, pero… vive hoy y lucha mañana –le dijo Jiromaru, que consiguió calmar parcialmente la ira del pirata.

—Está bien. Id a la terraza, os sacaré de aquí volando. Y tú… -señaló a Heisuke-. Da igual a dónde vayas. Da igual dónde te escondas. No habrá isla en el cielo ni en la faz de la tierra en la que no vaya a poder encontrarte. Así que disfruta el poco tiempo que te queda de vida, sucio traidor.

Dichas esas palabras, el supernova ayudó a sus amigos con el cuerpo de su abuelo y se fueron a la terraza.

—¿Cómo piensas sacarnos de aquí? –preguntó Okita, que hasta entonces no había tenido protagonismo.

—De la misma forma en la que llegué a la isla. ¡Volando!

Por primera vez en años, Zane se convirtió en su forma completa y sacó a todos de allí a gran velocidad. Pero el problema residía en que no podía aterrizar en Wano, ya que todas las fuerzas de la isla le estarían buscando por traidores –o eso sería lo lógico-. Sobrevoló la isla en círculos durante más de diez minutos hasta que recordó la antigua base subterránea de la que les habló Takeo en su historia, así que puso rumbo a Roruro.

—¿Qué hacemos aquí? Yo quiero ir a casa… -comentó Sakura, muy alterada.

—No podemos volver, al menos no por el momento –dijo Zane-. Siento haberos metido en esto. Solo traigo la desgracia a aquellos que se acercan a mí.

—Tonterías –saltó Sanosuke-. Todo esto ha sido cosa del shogun. Ha echado a perder todo por lo que lucharon nuestros abuelos al colaborar con el gobierno.

—Para algo son la generación perdida, si es que no se libra ni uno… –dijo Yoshiro.

—No pienses en eso, Yoshi. Ahora tenemos que buscar la entrada a la base –dijo Takeo, sacando un trozo de papel que se movía en dirección suroeste-. ¿Por qué para eso nos has traído aquí, no Zane?

El pirata asintió.

—¿Base? ¿Qué base? –preguntó Okita.

—¿Acaso no escuchaste la historia que nos contaron? Aquí se encuentra la antigua base de operaciones del shinsengumi –respondió Sanosuke-. Qué pensándolo bien es un buen lugar, no creo que a nadie en su sano juicio se le ocurra buscar aquí.

Mientras todos hablaban e intentaban calmarse, el pelirrojo tan solo era capaz de mirar el cuerpo inerte de su abuelo. ¿Por qué él si no le había hecho daño a nadie? Sus heterocromados ojos se vidriaron y rompió a llorar. Ante eso, nuevamente se convirtió en su forma completa y alzó el vuelo.

—¿A dónde vas? –gritó Jiromaru.

—Voy a borrar mi rastro calorífico –dijo, recordando una de tantas charlas que tuvo con Spanner sobre cómo podía ser rastreado por el gobierno mundial si seguía actuando como un cabeza loca. Durante unos pocos minutos, en los que todos se dirigían andando hacia la base subterránea, el suzaku surcó los cielos, al tiempo que graznaba con pena para intentar calmar su llanto.

Al cabo de un tiempo, en el extremo suroeste, los ancianos accionaron una compuerta que llevaba a una escalera descendente. Bajaron cuidadosamente cada peldaño, pues estaba tan oscuro que no se veía nada. Algunos insinuaron que el pirata podría iluminar el camino, después de todo ya había demostrado sus capacidades ignífugas, pero él no tenía la cabeza para tonterías. Las escaleras no parecían terminar, cuando se toparon con una puerta. Al atravesarla había dos personas sentadas en un sillón, tomando algo de vino y comiendo un poco de queso.

—¿Por qué habéis tardado tanto? –preguntó una de las dos personas-. Ya creía que os había pasado algo.

—Tu nieto, que un poco más y destruye el palacio en un ataque de ira –respondió Takeo.

—No esperaba menos de él –dijo Eiji, mostrando una amplia sonrisa.

De pronto, el cuerpo que llevaban Jiromaru y Zane, los cuales no se habían percatado de nada porque estaban aún a mitad de camino, comenzó a derretirse hasta formar una amorfa sustancia viscosa que comenzó a moverse sola escalera abajo a mucha velocidad. Ante esto, el pelirrojo tomó la delantera y descendió por la escalinata tras ella.

Al entrar por la puerta, su mirada se fijó en la de uno de los hombres, cuyo rostro era la viva imagen del shogun. Ante eso, impulsándose con sus llamas, arremetió contra él, siendo parado por un golpe de su abuelo y lo derribó contra el suelo.

—¿Qué te tengo dicho de usar tus poderes?

El supernova no le contestó, sino que se puso de rodillas y abrazó a su abuelo, mientras aquella extraña sustancia se adhería a él.

—¿Qué coño es esta guarrada? –preguntó Zane, al ver como aquel viscoso elemento se unía a su abuelo.

—¿Eso es lo primero que se te ocurre preguntar al comprobar que estoy vivo?

Zane se levantó y volvió a abrazar a su abuelo con fuerza durante unos largos diez segundos que resultaron algo incómodos, para justo después clavarle una mirada severa.

—Creo que me debes una explicación, abuelo. A mí y a todos.

—Es una larga historia, Zane. Así que sentaos –todos se sentaron donde pudieron, ya que la estancia no estaba preparada para tanta gente-. Desde hace meses ha habido rumores de un intento de golpe de estado en la isla para intentar que se una al gobierno mundial. Así que después de que nos asaltaran me cobré algunos favores de viejos amigos que residen en Hakuoki y supe de una organización de revolucionarios - hizo un ademán con los dedos índices y corazón de ambas manos-, la cual buscaba aunar de nuevo las dos islas y formar una única administración dependiente del gobierno mundial. Poco después de saber todo eso, dio la casualidad de que Patrick estuvo insistiendo mucho en contactar con Heisuke para hacer negocios con él y me aproveché de ello –carraspeó la garganta-. El joven Tödo, haciendo caso de mis indicaciones, empezó a quedar asiduamente con Patrick hasta ganarse parcialmente su confianza y se adentró en la organización. Sin embargo, tenía que ganarse su absoluta confianza, así que planeamos la suplantación de Reiji-sama y mi muerte.

—Espera, espera, espera –interrumpió Zane, que estaba apoyado sobre la puerta-. Vayamos por partes. Primero te enteraste de que estaban planeando un golpe de estado, ¿no? –Eiji asintió-. Y luego que el padre de Lucius es uno de los cabecillas del golpe y que Heisuke, quien supuestamente te había matado y a quien yo casi le rompo el cuello esta noche, simplemente es un agente doble. Y que ayudó a suplantar al shogun, ¿no? Es decir, que Heisuke es inocente.

—Efectivamente –le dijo Eiji.

—Pues creo que le debo una sesión de fisioterapia –bromeó Zane.

—¿Puedo seguir? –inquirió Eiji.

El pirata asintió.

—Pues bien, por donde iba… la primera misión que tuvo que hacer Heisuke fue secuestrar al Shogun y a todos sus sucesores directos, para dejar vía libre a Patrick y Lucius. Y luego sustituir al shogun por un ciborg con su misma cara. Y como culmen tenía que asesinar a quien podría arruinar sus planes, a mí. Pero él no tuvo en cuenta algo que yo sí –Eiji sonrió-. El enorme temperamento que tiene Zane y su irascibilidad. Además del desconocimiento de que yo soy el usuario de la Bushin Bushin no mi, paramecia de los clones, la cual me permite crear hasta tres copias exactas de cualquier persona que tenga a mi alrededor, incluido a mí mismo; algo que nos ayudó mucho al final de la última guerra y que muy pocas personas saben, claro está.

La conversación se alargó hasta bien entrada la madrugada, en la que Eiji contó hasta el último de los detalles del plan concebido para intentar parar el levantamiento de los revolucionarios de Hakuoki y de cómo durante las dos semanas que se encontró fuera estuvo ayudando a Heisuke a rescatar al shogun del zulo en el cual lo tenían. Tras eso, se acomodaron para dormir como pudieran, salvo Zane y Jiromaru, que salieron de la base.

—¿Qué opinas de todo esto, Jiromaru? –preguntó el supernova, mientras le daba un sorbo a una pequeña botella de licor que había cogido de un estante de la base.

—No sé qué pensar. De la noche a la mañana nos hemos visto envueltos en una posible guerra y no sé si estamos preparados para enfrentarnos a lo que se nos viene encima –contestó, para arrebatarle la botella a Zane y dar un sorbo-. Prepararte para una guerra es una cosa, pero combatir en una es otra…

—Al final es lo mismo, solo que en una guerra sabes que te juegas la vida. Lo realmente difícil es ver cómo muere uno de los tuyos, es algo a lo que no te acostumbras por muchas veces que te suceda –el pirata le quitó la botella a Jiromaru -. ¿No se supone que solo bebías licor de arroz?

—Sí, pero nadie le hace ascos a un buen licor de hierbas –sonrió, para después quitarle la botella y terminársela de un trago.

—Un caballero siempre ofrece el último sorbo.

—Pero yo no soy un caballero.

Ambos espadachines estuvieron conversando hasta el amanecer, para justo después entrar de nuevo en la base y dormir unas pocas horas.

Al despertarse, en torno al mediodía , todos se reunieron en una de las salas más grandes de la instalación, situada una planta más abajo. Ésta estuvo dedicada en su día para el almacenamiento de suministros armamentísticos y el planeamiento táctico. A prueba de bombardeos y con una buena ventilación. Podía medir facilmente sesenta metros cuadrados, algo rectangular y con todas las paredes llenas de estanterías. En el centro había un gran baúl de dos metros de largo por uno de ancho, con una altura de metro y medio.

—Buenos días, espero que hayáis dormido bien –dijo el shogun con voz plácida y apacible, como si no estuviera pasando nada-. Después de estar casi toda la noche intentando trazar un plan junto al viejo shinsengumi, creemos que es hora de dar el testigo a la nueva generación y que vosotros los planeéis a vuestra manera.

—¿Nosotros? –saltó Okita, alterado-. No creo estar preparado para esto, Shogun.

—Lamento disentir, joven Souji. Desde vuestro nacimiento, sin tener constancia de ello, habéis sido preparados para suceder a vuestros abuelos, ¿y qué mejor momento que ahora?

Okita se encogió de hombros.

—Si lo que te preocupa es estar solo en esta contienda, no debe preocuparse. Desde aquí Eiji, Yoshiro y tu abuelo van a comandaros, mientras que yo y nuestro contacto en Wano os ayudaremos allí mismo, en el campo de batalla –hizo una pausa, en la que nadie se atrevió a decir nada-. Dicho esto, tenemos que elegir un líder entre vosotros cuatro. Un líder es alguien a quien tenéis que respetar, además de ser una persona que sepa guiaros hacia la victoria. No obstante, hemos tenido dudas al respecto. No sabemos si elegir a Zane, cuya experiencia en el campo es mayor que la de todos vosotros juntos, o elegir a Jiromaru, cuya mente fría puede ser de gran ayuda en algún momento difícil.

Jiromaru y Zane se miraron de manera recíproca, pero no dijeron nada. Simplemente siguieron ateniendo a lo que el shogun tenía que decir.

—Así que… la elección es vuestra.

—Yo voto a Jiromaru –añadió Zane, al tiempo que alzaba su brazo-. Puede que yo tenga más experiencia en combate, pero confío en que Jiro pueda llevarnos a la victoria. Yo soy una persona impetuosa, aunque ahora reflexione más a menudo sobre que debería hacer. Así que creo que él es la opción idónea para esto.

—Opino igual –dijo Sanosuke, golpeando la espalda de Jiromaru con su mano.

—Contamos contigo, Jiromaru-san –Okita se levantó y puso su mano sobre el hombro del muchacho.

Jiromaru miraba a sus compañeros y sabía que aquello era una carga importante, que si el plan que preparasen salía mal sería su culpa. Sin embargo, se levantó y se puso al lado del shogun.

—Asumiré con honor ser el líder del nuevo shinsengumi, señor –se inclinó ante Reiji, que asintió con la cabeza.

—Ahora bien, ¿cómo haréis para tomar el castillo? –preguntó el shogun, esperando una respuesta coherente.

—Pillándolos por sorpresa –dijo Jiromaru-. Anoche lo estuve hablando con Zane. Es muy posible que estén esperando un ataque por parte de Zane, después de todo creen que han matado a su abuelo y amenazó a Heisuke. Así que mientras él ataca de frente, nosotros nos colamos por los viejos túneles para dar un comunicado global usando los altavoces y la gran pantalla de la isla . De esa forma aquellos que están a favor de ayudar al gobierno mundial y a Patrick se desvelarán ellos solos, al mismo tiempo que ganamos aliados cuando se sepa la verdad.

—¿El joven D. Kenshin contra todos? –preguntó el shogun, mientras miraba al pelirrojo.

—Sí. Aunque parezca un poco tonto me atrevería a decir que es, con diferencia, el más fuerte de todos nosotros. El poder de su fruta del diablo y su entrenamiento con Eiji le hacen un rival temible. Si él ataca de frente, no me cabe la menor duda de que intentarán usar todo lo que tengan contra él –hizo una pausa-. Al menos eso sería lo lógico.

—Pero olvidas algo –comentó Zane, atrayendo las miradas de todos-. Nuestras armas están en la isla, y es probable que nuestros hogares estén vigilados.

—De eso no tienes por qué preocuparte –saltó Takeo.

—Sí. Nuestro contacto no tiene que tardará en llegar con vuestras cosas –concretó Eiji.

Debatieron durante varias horas el plan. Fue entonces cuando Zane volvió a sentir una presencia conocida gracias a su mantra. Notaba como se iba acercando más y más, y de pronto tocaron a la puerta. Dos golpes secos a media altura, aunque no muy fuertes. Y un hombre entró.

Al ver a esa persona, instintivamente el supernova llevó su mano hacia donde debería estar su katana, pero no había nada. No estaba armado.

—Zane, tranquilo –le dijo su abuelo, mirándole fijamente a los ojos-. Está con nosotros.

—Veo que sigues sin confiar en mí, hijo mío –dijo el padre del pelirrojo, que no tardó en entrar en la habitación.

—¿Y te parece extraño?

—La verdad es que no –sonrió el viejo pirata-. Aquí está todo, papá. Las armas de los chicos, los trajes y la información que me pediste.

—Gracias.

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:18

Capítulo IX: El origen de la tempestad.


Padre e hijo no podía evitar apartar la mirada uno del otro. Su relación no era la mejor, pues había tenido muchas desavenencias en el pasado, tales como el intento de filicidio por parte de Zane sr., entre otras circunstancias. Sin embargo, la tensión fue decreciendo a medida que pasaba el tiempo.

—Creo que tenemos que hablar –dijo el supernova a su padre.

—Yo también lo creo.

—Vamos fuera.

Ambos se dirigieron hacia la salida y se pusieron uno frente al otro.

No fue hasta ese preciso instante en que padre e hijo estuvieron uno frente al otro que se percataron de lo mucho que había cambiado desde la última vez que se vieron, hacía ya más de dos años. La vieja gloria de la piratería que era Zane Sr. estaba impresionado al ver la transformación que había dado su hijo. Ya no era ese niño indefenso y despreocupado que apenas sabía coger una espada, si no que se había convertido en un espadachín hecho y derecho capaz de enfrentarse a cualquier rival. Aquello hizo que mostrara algo parecido a una sonrisa orgullosa e hinchó el pecho con altivez. Por otro lado, el supernova notó como los años y su enfermedad habían hecho mella en el juvenil rostro de su padre. En sus ojos podía ver algunas arrugas, al igual que en su frente y en la comisura de sus labios. Su mirada era algo apagada, se le notaba cansado y arrepentido al mismo tiempo. Y su cabello rojizo como el de un demonio empezaba a tener algunos reflejos blancos producidos por sus canas.

—Se te ve bien –le dijo su padre intentando romper la tensión y el incómodo silencio que había entre ambos.

—A ti también se te ve bien.

Nuevamente el ambiente quedó envuelto en un incómodo silencio que ponía tenso a ambos espadachines, pero de pronto Eiji, que había estado observando la situación desde hacía rato, salió hacia afuera cargado con dos de las katanas de su nieto y se las lanzó a los pies.

—Los hombres de Wano hablan a través de sus espadas –les dijo, ya que había estado observando la situación de su hijo y su nieto desde hacía varios minutos, viendo como ambos únicamente se dedicaba a estar en silencio sin decir nada-. Así que demostradme cuál de los dos es mi mejor alumno. ¡EMPEZAD!

El supernova cogió sus katanas del suelo y las puso con fuerza en su cinto.
Su padre le miró y le guiñó un ojo, ante lo que Zane no pudo evitar mostrar una sonrisa, pues era lo que siempre hacía cuando él era un niño y se escapaban a practicar con la espada sin que lo supiera su madre, la cual había deseado que el pelirrojo se hubiese convertido en un médico de prestigio mundial o un empresario de éxito.

—Cuando te humille no me vengas llorando, ¿entendido? –advirtió Zane, desenfundando sus katanas.

—Veo que has abandonado las viejas costumbres –dijo su padre, antes de deshacerse de sus ropajes superiores, quedándose con el torso completamente desnudo-. No mereces que te llamen descamisetado.

—Yo solo me quito la camisa con quien lo merece y tiene mis respetos, y tú hace años que lo perdiste –dijo, para abalanzarse con su padre con violencia, yendo directo al cuello.

El viejo pirata lo paró con maestría, bloqueando al mismo tiempo que desenfundaba su katana. En respuesta, dio un salto hacia atrás y terminó de desenfundar, al tiempo que lanzaba una onda cortante a su hijo. Inmediatamente después, desenfundó una segunda espada y adoptó una forma defensiva básica, con su lado izquierdo adelantado cubriendo su tren superior y el lado derecho protegiendo el resto de su cuerpo.

El supernova le miraba con el entrecejo fruncido. Sabía que debía ir con cautela para no caer en alguno de los trucos de “perro viejo” de su padre –como él los llamaba-. Sin embargo, no fue así. Se cegó de la rabia que le tenía y le atacó sin pensar, dando un espadazo tras otro sin un objetivo claro.

—¿Eso es lo único que has aprendido con tu abuelo? Me decepcionas.

Aquellas palabras enfadaron más a Zane, que desplegó sus alas y comenzó a desatar una cadena de ondas cortantes sobre su padre, formando una nube de polvo. En sus ojos empezaban a verse algo parecido a unas lágrimas, pero la temperatura de su cuerpo aumentó tanto por su enfado que se evaporaban al entrar en contacto con su piel.

—¡No era mi abuelo quien debería haberme instruido! –le gritaba Zane, mientras continuaba atacándole desde la distancia-. ¡Deberías haberlo hecho tú! ¡Ese era tú único deber como padre! ¡Haber estado ahí cuando más te necesitaba!

El pelirrojo estaba tan enfocado en intentar masacrar a su padre con ondas cortantes, que no se dio cuenta de que se había escabullido y colocado tras él sin hacer nada, tan solo mirándole.

—Tuve mis razones para irme –escuchó el pelirrojo tras de sí.

—¿Cuáles? –se dirigió hacia su padre, que chocaron sus voluntades creando una onda de fuerza que hizo temblar todos los alrededores.

—Tenía que encontrarme a mí mismo. Estar tanto tiempo en aquella dichosa isla, sin poder navegar, sin tener aventuras… me estaba matando por dentro –ante la fuerza de su hijo retrocedió un par de metros-. Ahora tú mejor que nadie deberías entenderlo.

—No –dijo bajando sus espadas-. No lo entiendo. Tu deber era quedarte conmigo e intentar recuperar a mi madre. Y no irte por ahí en busca de tu juventud perdida. ¿Por qué que encontraste, dime? Nada, no encontraste nada –los ojos del supernova empezaron a enrojecerse y a ponerse llorosos-. Y aquí estamos, más de quince años después, viendo cómo intentas ganarte mi confianza y formar parte de mi vida y yo… yo sin confiar en ti del todo.

El viejo pirata no fue capaz de decir nada. Sabía que su hijo llevaba toda la razón, que había sido un mísero egoísta que solo había mirado por sí mismo y por nadie más. Y que debido a eso había caido y perdió el control de su alter ego, siento tan repudiable como para intentar asesinar a su propio hijo. Únicamente se acercó a Zane y le entregó su tercera katana.

—Toma –alzó la katana y la golpeó con delicadeza sobre el pecho del supernova-. Tú sabrás sacarle todo el potencial que yo no he sido capaz.

El pelirrojo dejó caer la katana en el suelo y clavó una fría mirada sobre su padre. Las lágrimas que había tenido en su gesto habían desaparecido, pero no había odio, solo rabia. Observó cómo su padre se alejaba lentamente y le decía a su abuelo que había hecho un buen trabajo. No sabía por qué pero se sentía mal consigo mismo. ¿Qué mierda le pasaba? ¿Qué era eso que estaba sintiendo? ¿Acaso era lástima? ¿Compasión? Sí. Estaba sintiendo pena por la persona a la que una vez llamó padre y la cual había sido su referente desde hacía años, su héroe.
Zane creía que sería capaz de entender a su padre e incluso perdonarle con el tiempo, o eso creyó tras leer la carta que le entregó su abuelo. Pero el tiempo transcurría y él seguía guardándole un sentimiento de animadversión que no era capaz de eliminar. Sin embargo, por otro lado, su padre le había ayudado en los peores momentos, como si de un extraño ángel de la guarda se tratase, dándole la idea de ir a Wano para terminar su entrenamiento como espadachín.

“¿Qué es lo correcto?” –se preguntaba a sí mismo, mientras observaba la katana que le había dado su padre y qué él mismo había rechazado hacía escasos minutos. Y por alguna razón, que no llegó a entender, la recogió del suelo por su funda y notó como de aquella arma emanaba una extraña energía que recorrió completamente su cuerpo.

—Wow…

A pasos lentos se dispuso a entrar en la base, en cuya entrada ya no estaba su abuelo, pero desde allí se podía contemplar al viejo Zane, sentado en mitad del suelo mientras bebía de una petaca y miraba al mar.

—Si es que soy gilipollas… -susurró para sus adentros, para justo después emitir un ligero gemido de rabia.

Con cautela se acercó hacia su padre y se sentó cerca de él.

—Aceptaré tu espada, pero no esperes que te perdone –le dijo Zane sin mirarle a los ojos.

—Lo entiendo –el viejo pirata extendió el brazo para ofrecerle de su petaca a su hijo-. ¿Quieres un trago?

—No, gracias, vaya a ser que pegues algo.

—¿Un D. Kenshin rechazando alcohol? –ironizó Zane Sr.

—Tsé… -El pelirrojo miró de reojo a su padre-. Tengo mi propia petaca, chaval –le dijo sacando una pequeña petaca repleta de buen whisky que había cogido de la base y dio un profundo trago que le recorrió el gaznate hasta hacerlo arder.


* * *

Ya eran poco más de las seis de la tarde y nadie, a excepción de los D. Kenshin, había puesto un pie fuera de la base desde que habían llegado. Dentro la situación era un tanto caótica, en el sentido que nadie sabía qué hacer o cómo actuar conforme a lo que había ocurrido en el castillo, sobre todo para los más jóvenes que llevaban viviendo en paz desde que habían nacido. Jiromaru se encontraba ultimando el plan con los ancianos, el señor Miyamoto y el shogun, mientras que el resto descansaba en una de las dos salas de estar de la base. Allí, las dos chicas hablaban en voz baja mientras miraban al pelirrojo por el rabillo del ojo, mientras que él estaba con Sanosuke y Okita de brazos cruzados, sin hablar de nada interesante sentados frente a una mesa cuadrada.

—Creo que deberías hablar con Sakura. Parece que no asimila lo que está pasando.

—¿Pues como todos, no? –dijo Zane con desgana.

—Sí, pero la diferencia es que tú eres su novio –dijo Okita, levantándose para coger una botella de licor que estaba en una pequeña estantería, junto a unos vasos.

Parecía de broma, pero aquella parecía más un picadero que una instalación para tiempos de guerra. En su interior, además de comida en conserva y armas, solo había ingentes cantidades de alcohol. Aunque tampoco es que los muchachos se quejara.

—Señor Zane –Okita llamó la atención del padre del pirata-. Venga con nosotros y tómese una copa.

El viejo pirata arqueó una ceja y miró con el ceño fruncido. La reacción del supernova no le dejó nada en claro, así que fue con los jóvenes y se sentó a su lado.

—Lo que te estaba diciendo, Zane-san, como su pareja debes ir y explicarle todo lo…

—¿Que mi hijo tiene novia? ¿Quién es, sinvergüenza? –en la cara de Zane Sr. se dibujó una sonrisa pícara mientras observaba a las dos muchachas-. ¿La morena con proyección de futuro? ¿O la rubia de tipín curioso?

El pelirrojo esbozó una liviana sonrisa y señaló con la cabeza a Sakura.

—La rubia –dijo.

—¿La hija de Miyamoto? –soltó un carcajada-. Di, ¿y qué problemas tienes con ella? No quiere… ya sabes.

El supernova no cabía en su cuerpo de la incredulidad. Después de haber discutido con él esa mañana. Luego de haberle dejado bien claro en varias ocasiones que no quería ser su amigo, de dejarle claro que únicamente eran padre e hijo porque el destino y la genética así lo quiso, su padre le trataba como si nunca hubiera ocurrido nada malo entre ellos, como si todo estuviera bien entre ambos.

“Increíble” –se decía así mismo, mientras exhalaba un suspiro de resignación.

—No, en eso no hay problema –hizo un ademán con ambas manos-. El problema reside en que solo le dije que soy un pirata novato y no que… bueno, estoy considerado uno de los peores piratas de mi generación, por no presumir que soy el peor. Y claro, no he hablado con ella desde la cena del falso shogun. Y todo eso sin contar que actué como una bestia cuando creí que habían asesinado al abuelo. En ese momento saqué lo peor de mí…

A pesar de no querer saber nada de él, al pelirrojo le resultaba más fácil contarle la situación por la que estaba pasando a su padre que al resto de los muchachos, como si se tratara de su mejor amigo. Era una circunstancia contradictoria. Por una parte le resultaba muy ameno y confortable hablar con su padre de estos asuntos, sobre todo por la experiencia que él tenía. No obstante, por otro lado, no quería tampoco que su padre supiera mucho de su vida privada, teniendo a contar las cosas a medias. Al final de la conversación, el pelirrojo llegó a la conclusión de que debía hablar con Sakura y escuchar lo que ella tenía que decirle, y luego pedirle perdón. Pues las palabras de su padre las grabó en su psique con fuerza, como si se tratara de una inscripción en piedra: “Da igual lo que hagas o lo que digas, si una mujer cree que tiene la razón es que la tiene.”

—Así que ya sabes, acércate y explícale todo a la jaca.

—Se llama Sakura – concretó Zane.

—Eso da igual, como si se llama Pech I. Otes. Tú ahora le dices a la morena que os deje solos, te la llevas fuera y hablas con ella. Pon cara de pena y arrepentimiento y que se desahogue. Después de eso sé tú mismo y adelante –el padre elevó el pulgar y le guiñó un ojo.

—Sí tú lo dices…

Sanosuke y Okita simplemente asintieron a lo que decía el padre de su amigo, como si tomaran nota de todo lo que decían. “Este material es oro puro” –escuchó susurrar a Sanosuke.

Y tal y como Zane sr. le aconsejó, el pelirrojo llevó a Sakura a una habitación aparte.

—¿Por qué me evitas? –le preguntó el pelirrojo directamente.

—¿De verdad me estás preguntando por qué? Zane, no sé quién eres –le contestó alzando la voz-. Me has estado ocultando muchas cosas. Siento que nuestra relación se ha basado en una mentira.

—Nunca te he mentido. Simplemente te he dado verdades a medias.

—¿Y eso te parece normal? –le interrumpió la muchacha-. Se supone que soy tu pareja. La persona que has escogido para que pase contigo el resto de tu vida. Y si eso lo cimientas sobre una mentira, ¿qué nos queda Zane? Dime. Siento que lo que pasó aquella vez no debió pasar y no me gusta esa sensación.

—Sakura…

El pelirrojo se encogió de hombros mientras seguía escuchando a la joven Miyamoto. No podía objetarle nada. La verdad era que ella tenía razón en casi todo lo que decía. ¿Qué le había mentido? Sí. ¿Qué había ocultado cosas? También. Pero no le daba la razón cuando insinuaba que él no había sentido tanto como ella, así que explotó.

—¿Y que querías que te dijera? –el pelirrojo alzó su tono de voz por encima de la muchacha, que se quedó paralizada-. Hola, oy Zane, me gusta navegar de una isla a otra viviendo aventuras y de vez en cuando ajusticio marines porque no me dejan tranquilo. ¡Ah! Y debido a eso tengo una recompensa de más de medio billón de berries y me llaman supernova. Y luego te doy dos besos, ¿no? –la muchacha comenzó a temblar, temerosa de lo agresivo que estaba el supernova-. No voy a mentirte, Sakura. Soy un pirata y uno famoso. Y antes de eso estuve en una hermandad de asesinos para ganarme la vida. Porque, al contrario que tú o la gente normal, yo me he criado solo desde los diez años. No he tenido a nadie que me ayudara en los momentos difíciles, pero te aseguro que jamás, nunca he querido haceros daño a ninguno, y mucho menos a ti -De pronto Zane se calmó y aspiró fuertemente por la nariz, casi sollozando-. No he tenido una vida fácil y a día de hoy me veo obligado a hacerme más fuerte de lo que soy, ya que tengo una banda que depende de mí. –“Me estresa” –cerró su puño, agobiado.

—O sea, qué te irás, ¿verdad? –preguntó ella.

—Sí. No puedo quedarme aquí toda la vida, pero eso no significa que no vaya a volver. Soy joven y aún tengo mucho que vivir antes de asentarme en una isla y tener una vida normal –contestó el pelirrojo.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Creo recordar que te comenté que estaría aquí como máximo dos años.

—Pero creí que con el tiempo tú… -la muchacha se quedó en silencio durante unos segundos-. ¿Y qué quieres? ¿Qué me pase toda una vida esperando que vuelvas? No puedes pedirme eso.

—Pero si puedo pedirte que vengas conmigo. No puedo prometerte una vida llena de lujos, aunque sí puedo prometerte aventuras y que cada día será distinto.

Sin embargo, antes de que la muchacha le diera tiempo a decir algo todo comenzó a temblar. Los libros se cayeron de las estanterías, las sillas se caían al suelo y las paredes se agrietaron. Casi por instinto el pelirrojo agarró a Sakura del brazo e hizo extender sus alas en aquella minúscula habitación y la rodeó.

—No te preocupes, estarás bien.

El seísmo prosiguió durante unos segundos más que se hicieron eternos. El pelirrojo estaba transformado en un hombre pájaro, con más rasgos de suzaku que dé humano y miraba fijamente a Sakura, que evitaba mirarle a los ojos. Tras eso, Sanosuke y Okita fueron a comprobar si Zane y Sakura estaban bien.

—¿Todo bien? –preguntó Sanosuke.

—Nosotros sí, ¿y el resto?

Sanosuke asintió.

Todos salieron a la superficie y contemplaron como en una especie de barco con una bandera desconocida empezaba a generar un fortísimo viento que en pocos minutos se convirtió en una tormenta muy parecida a la que, dos años atrás, había resultado en la muerte de Spanner. La misma tipología de nubes, el viento corriendo en la misma dirección y rayos surgiendo de forma aleatoria en diversas partes.

Con su vista de pájaro, el pirata pudo ver cómo encima de aquella extraña nave había personal del gobierno mundial y que se estaban dirigiendo hacia la isla. Aquello rompía todos los planes que estuvieran trazando, ya que ni en sueños se hubieran imaginado que tuvieran una máquina así.

—No puede ser… -se escuchó a Yoshiro.

—¿Qué es lo que ocurre, abuelo? –preguntó Sanosuke.

—Ese es uno de los poderes que tenía el arma que usamos en la guerra… la capacidad de crear grandes tormentas –respondió.

—No es la primera vez que veo algo así –dijo Zane-. Cuando vine a la isla me topé con una borrasca igual a esta pero de menores dimensiones. La tormenta en la que murió Spanner.

Todos se quedaron en silencio durante un par de segundos.

—¿Qué eres capaz de divisar desde aquí, Zane? –le pregunto Eiji.

—Es algo parecido a un barco, aunque más bien parece una plataforma con una gran máquina en el centro. Allí se encuentra Lucius y junto a un grupo de agentes del gobierno, no son muchos. Serán en torno a diez u once.

—Esto cambia nuestros planes… -comentó el shogun.

—No los cambia para nada –dijo Zane-. ¿Papá, como has venido a la isla?

—En un submarino, ¿por qué?

Zane meditó durante unos pocos segundos.

—Tú encárgate de que el shogun y los chicos lleguen sanos y salvos al castillo. Pase lo que pase, no os paréis. Id y seguir con esa parte del plan. Liberad a los soldados que podáis y causad un buen alboroto –dijo con mucha seriedad en el rostro. Aquella era la primera vez en mucho tiempo que el supernova improvisaba un plan, y esperaba que el resto no le pusiera pegas-. Abuelo, tú y el resto de ancianos cuidad de las chicas y organizarnos desde aquí. Y yo me encargaré de destruir esa cosa.

—¿En qué no cambia nuestro plan eso precisamente? –preguntó el shogun.

El pelirrojo sonrió.

—El plan sigue siendo exactamente el mismo, solo que en lugar de liarla en la puerta del palacio lo haré sobre la máquina esa.

—¿Estás seguro de ello?

—No Zane, no party –contestó, haciendo brotar en su espalda nuevamente sus alas.

—Un momento, Zane –le dijo su padre.

—¿Qué quieres? Que el tiempo apremia.

—Posiblemente esta vez sea la última vez que nos veamos en mucho tiempo y tengo que decirte un par de cosas. La primera es que no puedo entrar en la isla, si se enteran que te he ayudado a ti y a papá destaparé mi tapadera y estaré en graves problemas. Y la otra es que tengas cuidado, el gobierno y la marina te está buscando por lo que hiciste en Jaya, y harán lo que sea por capturarte. Recuerda que de valientes está repleta la cárcel.

—Papá… -le dijo-. No te preocupes por mí, si me veo en aprietos no dudaré en abrazar la más noble y antigua de las tradiciones piratas –sonrió y se fue volando de allí a toda velocidad.

—¿Cuál es esa tradición? –preguntó Jiromaru, con cierta incertidumbre en su rostro.

—Huir –contestó el viejo pirata, mostrando una sonrisa al ver como su hijo se estaba convirtiendo en un verdadero corsario.

* * *

El suzaku voló a gran velocidad hacia aquel extraño navío. La tormenta era fuerte, mucho más que dos años atrás, pero el intervalo y la intensidad de los truenos era exactamente el mismo. Se ayudó por los vientos que provocaban aquella tormenta para ir más rápido y fue aproximándose hacia su centro. A medida que se iba acercando a su corazón el clima volvía a ser más estable. Los poderosos rayos que había en los bordes exteriores eran menos intensos, incluso había un punto en el que no había truenos, solo una ligera brisa. En aquel momento, comprendió lo sucedido dos años y por qué mientras más intentaba alejarse de la tormenta todo se iba complicando. Al final, llegó al núcleo. Allí no corría aire y tampoco había peligro de morir electrocutado. Podía contemplar cómo en el centro de aquella plataforma de madera y metal había tres grandes columnas que se elevaban varios metros hacia el cielo y que de ellas surgía un poderoso y húmedo viento. ¿Cómo podía conseguir con eso que se formara una tormenta? No tenía idea, pero tenía que destruir aquella máquina fuera como fuera. Pero eso no iba a ser fácil.

El pelirrojo rápidamente fue rodeado por cuatro agentes del gobierno que se sostenían en el aire gracias a su geppou. Pasar desapercibido jamás había sido una de las facetas más admirables de Zane, al contrario, siempre estaba haciéndose de notar de una forma u otra. Y el aparecerse sobre una propiedad del gobierno no era la mejor forma de pasar inadvertido. Dos de los agentes dieron dos patadas al aire, creando unas ondas que se aproximaban hacia el pirata. En respuesta, desenfundó sus katanas y las bloqueó con otras dos ondas. Sin embargo, dejó de prestar atención a los otros dos que usaron su soru para colocarse frente y tras, usando sus dedos para golpearle en su hombro derecho –tanto por delante, como por detrás-. Aquello le hizo gemir de dolor, pero en respuesta se recubrió de una armadura de fuego, tan intenso que era capaz de abrasar todo lo que estuviera a menos de dos metros de distancia.

—Modo paladín… -susurró.

Uno de los agentes entonces arremetió contra Zane de frente, golpeándole con su brazo derecho armado con haki. El puño de aquel perro del gobierno chocó contra el pecho del pirata, escuchándose un sonido seco que creó algo parecido a una onda de energía. Sin embargo, aquello no fue suficiente como para hacer retroceder al espadachín. En ese momento, pudo ver cómo el entrenamiento con su abuelo había dado sus frutos. El haber estado día sí y día también entrenando sin descanso, probando nuevas formas de usar su espada y seguir mejorando sus poderes. Las heridas, las contusiones, los hematomas. Los días en los que no tenía tiempo ni para comer porque no cumplía los tiempos que le marcaba el anciano. Estos últimos meses intentando dominar su haki de armadura e intentar ser el mejor en ello. Al fin parecía haber avanzado lo suficiente como para seguir haciéndose un nombre en el mundo.

El supernova mostró una sonrisa al agente del gobierno, que reculó hacia atrás y dijo algo que no llegó a oír por un aparato y los cuatro se juntaron y se pusieron en una rara formación, estando uno de los agentes arriba y los otros tres en línea, agarrados por la cintura. Los cuatro agentes comenzaron a emitir un brillo cegador de un tono verdoso y desaparecieron de su campo visual.
Y de golpe, pasados un par de segundos, aparecieron bajo Zane a mucha velocidad. Ante esto, el pelirrojo agitó sus alas y se echó hacia atrás para evadirles. Y nuevamente, volvieron a desaparecer.

—Por poco…

Zane cerró los ojos e intentó seguir los movimientos de aquellos cuatro. Sabía que no podía fiarse de sus ojos, ya que estos podían engañarles, pero el resto de sus sentidos, su intuición, eso era algo que nunca le fallaría en una batalla normal; o eso era lo que siempre había creído. Y previó que le atacarían por la izquierda, así que contó para tras desde tres y se echó hacia atrás y golpeó hacia el frente con todas sus fuerzas con un tajo descendente. Ese ataque dio de lleno en dos de los agentes, que dejaron la formación y se separaron. Aprovechando aquello, Zane encadenó una serie de ondas cortantes hacia los cuatro agentes que se hundieron en el mar.

Tras eso, descendió sobre el entablado de aquella enorme plataforma de metal y madera. Desde allí era aún más cutre que desde fuera. Para ser una máquina que creaba tormentas, el mecanismo no parecía muy complicado; al menos a simple vista. Se trataba de tres torres de metal, de unos veinte metros de altura, sobre una plataforma octogonal repleta de gruesos cables y cajas de inmensos fusibles.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? –preguntó Lucius, que parecía haber estado observando el combate sentado en un sillón clavado al suelo con las piernas cruzadas. En su gesto podía observarse una mezcla de sorpresa y congoja, que intentaba ocultar mediante una sonrisa de superioridad. De igual manera, llevaba una enorme nodashi de una mano a la otra, haciendo que Zane posara su vista en ella.

—Creo que tú y tu padre me debéis algo.

El muchacho de cabellos platinos se incorporó e hizo una seña con la mano para que el resto de samuráis y agentes se quedaran en la retaguardia, mientras lentamente se acercaba hacia Zane. El caminar de Lucius era muy recto y seguro de sí mismo. El pelirrojo no se había dado cuenta, pero el rubio también había crecido un poco desde la última vez que lo había visto y físicamente parecía algo más musculado –al menos en apariencia-. Se puso a un escaso metro y medio del pirata y le miró a los ojos. El gesto del rubito fue tornándose cada vez más serio y oscuro. Respiraba con calma, mientras de forma disimulada agarraba la funda de su nodachi con la izquierda y la empuñadura con la derecha. El pelirrojo se aferró a las empuñaduras de sus armas, pues pudo notar como Lucius tenía una presencia cada vez más hostil. Y de pronto, tal y como esperaba el pirata, Lucius se impulsó hacia él y le golpeó con el mango imbuido en haki de armadura de su espada en la boca del estómago.

—¿Deberte a ti, a un sucio pirata? No me hagas reír.

Su gesto denotaba arrogancia y altanería, sobre todo después de ver como Zane reculaba y se ponía en posición defensiva. Pero su ofensiva no quedó ahí, sino que volvió a arremeter contra él embistiéndole de frente. Aunque para su sorpresa, el joven pirata alzó el vuelo esquivando el ataque.

—No tengo tiempo que perder contigo. Pero déjame que te haga una simple pregunta, ¿vosotros fuisteis los que ocasionasteis una tormenta a pocas millas marinas de Wano hace casi dos años?

—No lo recuerdo.

El supernova sonrió y el fuego que recubría su cuerpo fue desvaneciéndose con cada aleteo que le sostenía en el cielo. Y en sus manos empezó a brotar una extraña energía de color blanquecino que brillaba con fuerza.

Unos meses antes…

—No creo que debas seguir haciendo eso, hijo –le aconsejaba Eiji, que estaba viendo como su nieto estaba forzando su cuerpo al límite-. Una cosa es usar tu energía espiritual para potenciar tus ataques y mejorarte a ti mismo, pero otra es usarla para crear un ataque tan devastador.

Zane miró a su abuelo tumbado desde el suelo, dando grandes bocanadas de aire por lo cansado que estaba.

—¿Dónde has dejado eso de que todo esfuerzo tiene su recompensa? –le dijo Zane, intentando restarle importancia al asunto. Sin embargo, era completamente consciente de que su abuelo tenía razón, pues aquel entrenamiento le dejaba agotado y sin poder apenas moverse durante horas. Sin embargo, tenía que intentarlo, ya que aquella técnica podría convertirse en un gran as bajo la manga.

—No uses mis palabras en mi contra –Eiji se acercó y le ayudó a incorporarse-. Solo te digo que no puedes acabar así día sí y día también, llegará el momento en el que tu cuerpo diga hasta aquí y no puedas moverte.

—Por eso entreno, para acostumbrarme.

El viejo Eiji negó con la cabeza y suspiró hondo.

Los días transcurrían y siempre era lo mismo. El supernova entrenaba la técnica en un margen de tres horas entre un intento y otro, siendo dos el máximo que podía realizar en un día, quedando completamente agotado. En sí el entrenamiento era muy simple, teniendo únicamente que concentrar toda su energía en sus manos y trasladarlas a su espada a la par que hacía un movimiento vertical descendente con ella. No obstante, el gasto energético era tan grande que Zane no podía apenas sostenerse en pie si lo hacía más de dos veces.

Un día su abuelo lo llevó a la costa este de la isla, que se trataba de un lugar poco transitado, debido a que pasado el gran lago y el bosque solo había un mar tan peligroso que nadie se atrevía a surcarlo, pues los reyes marinos gobernaban ese rincón de la isla.

—¿Por qué me traes aquí, abuelo? –preguntó Zane nada más llegar.

—Te he dicho que mil veces que me llames maestro cuando entrenamos –decía Eiji, mientras preparaba su pipa para fumar-. Y la respuesta es evidente. Has perforado media montaña con tus ataques, así que será mejor que lo haga aquí. Apunta al mar y con suerte te ganarás algo de dinero si hieres a algún rey de mar –bromeó el anciano.

Tras eso, el pelirrojo únicamente con su aki no hikari en la mano se subió en una roca de un par de metros de altura. Era de un color gris marengo muy intenso, erosionada por las olas que en los días de tempestad chocaban en ella. De su cuerpo empezó a emanar poder espiritual de un color blanco impoluto, casi nuclear, que le hacía parecer un ser celestial y las llevó a sus manos. Podía notar como sus brazos temblaban al tener tanto poder en un único punto, haciendo que la piel que rodeaba sus manos se levantara. Y de pronto, haciendo un único movimiento con su espada, creó una colosal onda cortante de pura energía interna que fue dividiendo la superficie del mar en dos a medida que avanzaba. Aquel ataque era muy poderoso, eso sin duda pero era un arma de doble filo que lo dejaba debilitado. Pasadas dos horas volvió a hacerlo con el mismo resultado.

Durante días estuvo haciendo lo mismo hasta que, con esfuerzo, tras el segundo intento podía al menos mantenerse en pie.

—Tacayasha.

Las manos del espadachín se envolvieron de una intensa aura energética que trasladó a su espada y, tras elevarse un par de metros más sobre el cielo, la alzó por encima de su cabeza, apretando su mango con ambas manos. Miró hacia el frente y la energía fue lentamente propagándose por la hoja de su acero y cuando llegó el momento propicio, la llevó hacia el frente con violencia creando una colosal onda cortante que hizo retroceder al mismo Zane hacia atrás. El ataque fue interceptado por Lucius, cuya fuerza no era suficiente para bloquear el ataque por mucho tiempo. Su enorme nodashi lentamente se fue agrietando debido al poder de la onda cortante recubierta de energía, y finalmente, sin que pudiera hacer nada, aquella noble espada se quebró y rompió en decenas de pequeños pedazos.
El pelirrojo pudo contemplar con su vista de pájaro cómo la onda cortante daba de lleno en el cuerpo del rubio. Su gesto de dolor le hizo sentir pena por él, aunque en su interior estaba feliz por verle perecer en aquel lugar. Aquello hizo pensar al pirata que no era tan buena persona como él creía y que disfrutaba viendo como sus enemigos lo pasaban mal. La plataforma se dividió en dos debido al corte y explotó creando una fortísima onda expansiva que sacudió todo el mar que la rodeaba. Sin embargo, la fortísima tormenta que se había creado continuaba en el cielo, ahora movida por las corrientes de aire, y se dirigía hacia Wano.

“Esto no puede ser bueno”

El pirata se encontraba cansado y daba grandes bocanadas de aire. Sentía ómo sus fuerzas se habían reducido a más de la mitad tras realizar aquel ataque. Podía notar como sus extremidades le temblaban y como su visión se enturbiaba, pero aún podía mantener el vuelo. Con suma dificultad se abrió paso entre la tormenta, dejándose llevar por las corrientes de aire hasta encontrar una salida. Pasados unos minutos, al fin consiguió llegar a la costa de Wano, a ese puerto donde estuvo trabajando durante meses. Al aterrizar hizo desaparecer sus enormes alas rojas y se tiró al suelo de rodillas, cansado. Inspiraba y expiraba con mucha frecuencia y, al final, se tumbó sobre el mugriento suelo del puerto.

“Será mejor que descanse durante unos minutos” –se dijo, mientras observaba como el sol se iba taponando por un mar de nubes grises.

—No debiste hacer eso.

Zane inclinó su cabeza hacia un lado y contempló como Sanosuke se ponía sobre él, mirándole fijamente y le lanzó un trapo a la cara. El pelirrojo se incorporó, dejando caer aquella tela sobre su regazo, la cual resultó ser un haori de color celeste con detalles blancos con un escudo en la espalda.

—No podía perder el tiempo con Lucius, así que acabé rápido –dijo, al mismo tiempo que observaba el escudo del haori-. ¿Qué se supone que es esto?

—No tienes remedio, socio –sonrió Sanosuke-. El uniforme del shinsengumi, a tu abuelo se le olvidó dártelo antes de irte.

—¿Y para eso interrumpes mi descanso? –el pelirrojo se volvió a tumbar en el suelo.

—Arriba, campeón. No tenemos tiempo que perder.

Sanosuke tendió su mano al pirata, que arqueando los ojos y mostrando algo parecido a una sonrisa se ayudó de él para levantarse. Tras hacerlo se puso el haori sobre sus ropajes. La verdad era que le quedaba como un guante, aunque tantas capas de ropa le agobiaban en demasía.

—¿Y el resto?

—En los túneles yendo para el castillo. Aproximadamente deberían estar ya a mitad de camino, al menos por lo que nos dijo el shogun. Así que no tenemos tiempo que perder, te recuerdo que eres el cebo.

—Estoy yo ahora para ser el cebo…

—Por eso estoy aquí –se cruzó de brazos-. Cuando vi desde la entrada como creabas semejante onda de energía tuve que darme la vuelta. Liante, que eres un liante.

Zane sonrió.

—Venga, vámonos.

Sanosuke empezó a caminar en dirección al castillo para acceder a la calle principal y el pelirrojo le siguió. En ese entonces, para los habitantes de Wano, los dos eran unos delincuentes que habían intentado causar el caos en su isla y matar al shogun. Un grupo de simples golpistas que lo único que deseaban era el mal en su tierra natal, pues habían sido corrompidos por un pirata extranjero. La gente los miraba, mientras ellos avanzaban por la calle principal a paso ligero. Las mujeres y los niños corrían al interior de sus hogares, cerrando puertas y ventanas, y algunos valerosos hombres se quedaban en las puertas de sus hogares aferrados a antiguas espadas, tesoros familiares que solo usaban en periodos de emergencia, ya que no había nadie que no hubiera participado en la anterior guerra. Algunos de ellos, ilusos, se pusieron en el camino de Zane y Sanosuke, pero fueron disipados gracias a la voluntad del pirata, que los doblegaba y atemorizaba. Y pocos minutos después, llegaron a la gran plaza de Wano.
Allí le esperaba una horda de samuráis acompañados de varios agentes del gobierno. En total podría habría entre cincuenta samuráis y veinte agentes, colocados en formación. Con arqueros en su retaguardia, agentes en los laterales y lanceros y espadachines en el frente.

—Son muchos… -comentó Sanosuke, al tiempo que unía un palo de madera a su katana, creando algo parecido a una lanza.

—Pero eso no significa que sean fuertes.

—Son samuráis de Wano, seguramente serán fuertes.

—Lo sé, pero deja al menos que intente convencerme a mí mismo, ¿no? –el pelirrojo desenfundó dos de sus cuatro katanas.

Mientras tanto, Amidaru, el instructor de técnicas de batalla de los aprendices de samuráis, se acercó a ellos seguido de dos espadachines más.

—No es necesario iniciar una batalla innecesaria, joven D. Kenshin. Entregaos y dejad que os juzguen las autoridades pertinentes –dijo, mirándolos con tristeza.

—No todo es lo que parece –le dijo Zane, bajando sus espadas-. Así que voy a pedírtelo solo una vez, dile a tus hombres que se retiren y nos dejen pasar. No queremos haceros daño.

—Lo siento, pero no podemos hacer eso. Si la guerra es lo que queréis, guerra es lo que vais a encontrar.

Dicho aquello, Amidaru se dio la vuelta y volvió a juntarse con sus hombres, colocándose en la cúspide del escuadrón. El instructor elevó su katana hacia el cielo y la bajó hasta señalar al frente, indicando que la batalla comenzaba. Los arqueros lanzaron sus flechas, casi al mismo tiempo que los agentes se aproximaban por los laterales.

Zane miró a Sanosuke y éste pareció entenderle solo con una simple mirada. Habían estado tanto tiempo entrenando juntos que se conocían, sabía qué habilidades tenía cada uno; y eso era su mayor ventaja en aquella contienda.

El supernova rápidamente se recubrió de energía espiritual hasta formar una especie de armadura de samurái que le recubría por completo; de un color azul intenso que le hacía brillar con mucha viveza. Al hacer eso, Sanosuke se adelantó y empezó a agitar aquella lanza creando una barrera de aire que desvió las flechas que se dirigían hacia ellos. Aquello fue aprovechado por Zane, el cual se abalanzó sobre los agentes que venían por su derecha, golpeando uno por uno a sus contrincantes con sus espadas, abriéndose paso entre ellos. Los agentes caían las hojas secas de los árboles al contacto de la primera brisa del otoño. Y, antes de que se diera cuenta, la mitad de los agentes del gobierno habían caído y los samuráis se encontraban en formación protegiendo a los arqueros. Sin embargo, cuando los agentes cayeron ante los herederos del viejo shinsengumi, los soldados de Wano rompieron sus filas y arremetieron contra ellos.

—Se avecina lo difícil, socio –dijo Sanosuke, colocándose al lado de Zane.

—Intentemos no darle golpes mortales

Sanosuke asintió.

* * *

Mientras tanto, no muy lejos de allí, en los túneles el resto del grupo se acercaba al castillo. Las galerías eran de noble piedra de gris de las canteras de Wano, situadas en la zona suroeste de la isla, de las cuales estaban hechas las más antiguas edificaciones de la isla. Su longitud no se conocía de manera exacta, pero lo que sí se sabía era que recorrían todo el subsuelo de la calle principal y tenía bifurcaciones hacia diversas zonas de la isla. Sin embargo, solo unos pocos privilegiados conocían las entradas a ellos. Al final, llegaron a la supuesta entrada directa al palacio del shogun, la cual se suponía que debía dar a una de las tres alacenas de la cocina.

—Ya hemos llegado –dijo el shogun, colocando la antorcha que llevaba sobre un soporte que se deslizó hacia abajo e hizo que una pared de piedra se hundiera en el suelo, dejando ver una vieja puerta de madera.
Inmediatamente, Jiromaru abrió la puerta con cautela y al no ver a nadie le dijo al resto que pasara, quedándose él en la retaguardia muy cerca del shogun. Avanzaron con discreción por la cocina, encontrándose únicamente con un par de pinches pelando patatas y descamando pescados, y entraron en la zona de servicio. Ésta era una parte delimitada del castillo reservada únicamente para los empleados del castillo. Allí se encontraban las habitaciones individuales de cada sirviente y un acceso directo a cada nivel del castillo, cuyos conocedores eran las personas más allegadas al shogun.

Los sirvientes del palacio estaban extrañados de verle allí, pues no era lo común que alguien de la nobleza de Wano, como era el shogun, deambulara por aquella zona del castillo con tanta premura; y más seguido por un grupo de espadachines que habían sido nombrados por su impostor como enemigos públicos.

—Deberíamos ir un poco más rápido, Reiji-sama –comentó Okita al ver el percal.

—No se preocupe, señorito Souji, queda poco para llegar.

Tal y como había dicho el shogun no tardaron mucho en llegar a un montacargas que les elevó hasta la cuarta planta. Una vez subieron, avanzaron por un largo y estrecho corredor de suelo de madera enmoquetado, cuyas paredes estaban recubiertas por un polvoriento terciopelo de color azul cobalto. Nuevamente, guiados por la luz que emanaba de una antorcha que había encendido el shogun antes de entrar en el elevador, llegaron a una puerta. Sin embargo, esta era de metal y había una pequeña pantalla al lado y un teclado con números y letras bajo él. Con rapidez Reiji tecleó y luego puso su pulgar en la pantalla, haciendo que la puerta se abriera automáticamente emitiendo un pequeño chirrido.

Antes de entrar en la habitación notaron una presencia, lo cual alertó a los jóvenes espadachines. Jiromaru echó un vistazo rápido por un recoveco de la puerta y contempló una silueta en la oscuridad de la habitación, la cual portaba una katana en su mano. Hizo dos señas con su mano a Okita para que protegiera al shogun e inmediatamente se abalanzo hacia aquella sombra, chocando su katana con la de él.

—¡Joder, sois vosotros! –exclamó Heisuke, bajando su espada.

—Eso mismo debería decir yo.

La mirada de Jiromaru se clavó sobre Heisuke que se encogió de hombros y enfundó su arma.

—No os esperaba por una entrada secreta. Supuse que Zane os traería volando por la ventana, o simplemente vendríais por la puerta principal –añadió Heisuke, secándose el sudor de la frente.

—Cálmate Hei-san

—Es fácil decirlo. No sabéis lo difícil que ha resultado tener que hacerse amigo de un chalado que roza la sociopatía…

—¿Lo has preparado todo, joven Tödo? –preguntó el shogun, interrumpiendo la conversación.

Heisuke asintió.

—Empecemos pues –el shogun se acercó a un escritorio de madera que estaba en la pared occidental de aquella sala, sobre la cual se encontraba una cámara y un micrófono. Podría decirse que esa habitación era la más tecnológica de todo el palacio, estando cerrada herméticamente y solo accesible por unos pocos que conocieran la clave de acceso, siendo un total de tres personas: el propio shogun, el viejo Eiji y Heisuke. Se sentó sobre un taburete y apretó un botón azul que hizo encender la cámara y activó una serie de altavoces repartidos por toda la ciudad, además de que su imagen se proyectó sobre una pantalla situada en la plaza principal, utilizada únicamente para los discursos anuales del shogun-. Querido pueblo de Wano, soy yo, Reiji Kimura, el segundo shogun de la nueva dinastía surgida a raíz de la insurrección que hubo en el pasado. Me dirijo a todos vosotros, mi pueblo, con brevedad y concisión pues las circunstancias así lo requieren. Hemos vivido una larga época de paz desde la última gran guerra contra nuestros viejos hermanos, cuyos gobernantes continúan siendo los descendientes de aquellos que osaron obligarnos a acabar con nuestra libertad y neutralidad cara al mundo, siendo un país que acepta a cualquier ser vivo racional que respete nuestras normas y no cause el caos. Y les hago saber que a día de hoy, Patrick Sasagawa, nieto del tristemente célebre golpista Miya Shogun, Farma Sasagawa, ha suplantado mi identidad y utilizando a varios de nuestros hombres ha intentado acabar conmigo y con mis más valientes y confiables guerreros, como son el valeroso shinsengumi, cuya potestad ha pasado a sus nietos, los cuales a día de hoy han sido considerados enemigo público. Vengo a deciros que todo eso es una calumnia cuyo fin era unirnos al gobierno mundial. Así que os pido a todos la mayor serenidad posible y que os quedéis en vuestros hogares, pues una pequeña batalla se está avecinando, debido a que únicamente sé que puedo confiar en los cinco jóvenes que me han ayudado a venir hasta aquí, véase Jiromaru Oda, Sanosuke Harada, Okita Souji, Zane D. Kenshin y Heisuke Tödo. Cualquier persona que esté unida a esta causa, deberá saber que ellos son los que lideraran esta contienda.



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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Miér 23 Ago 2017 - 1:44

Capítulo X: Los cinco de Wano.

El mensaje del shogun fue escuchado por todos y cada uno de los habitantes de la isla, calmando   los corazones de aquellos que temían que se avecinara otra guerra civil a gran escala. Los samuráis que estaban combatiendo contra Zane y Sanosuke pararon, al menos la mayoría de ellos, pues un pequeño grupo de veinte personas empezaron a atacar a aquellos que bajaron sus espadas por la espalda, acabando con ellos en pos de un cambio de gobierno. Ante aquello, Amidaru, que estaba enfrentándose mano a mano contra el pelirrojo, alzó su katana.

—¡Soldados fieles al shogun! –dijo en voz alta-. ¡Entre nuestras filas tenemos a traidores al shogunato! ¡Así que no tengáis miedo de enfrentarlos y acabar con ellos!  –aquellas palabras, por banales que parecieran de primeras, animaron a varios de los samuráis que, incluso estando heridos, se levantaron y arremetieron contra los insurrectos-. Joven D. Kenshin, vosotros id adentro y proteged a Reiji-sama.

Zane asintió, y junto a Sanosuke se dirigió hacia el palacio.

—Tenemos que sacar a Reiji de aquí, ¿en qué planta se encuentran? –preguntó Zane, jadeando.

—Cuarta planta, ala oeste.

—De acuerdo, agárrate.

El supernova hizo surgir sus dos alas y llevando a Sanosuke agarrado a su espalda voló hacia la cuarta planta, entrando de la forma menos silenciosa posible y rompiendo un gran ventanal. Una vez dentro escucharon el inconfundible sonido de dos espadas chocando entre sí. Ambos se miraron y fueron hacia el lugar donde se produjo el eco metálico y se encontraron con el resto de los muchachos, quienes se estaban acabando con una horda de samuráis insurgentes.

—Podríais haber venido un poco antes, ¿no? –comentó Heisuke, mientras enfundaba su espada.

—Como si necesitarais nuestra ayuda –dijo Zane, al ver como en el suelo yacían los cuerpos de más de una decena de samuráis, todos inconscientes-. Por cierto, Hei creo que…

—No digas nada –sonrió Heisuke, recibiendo una sonrisa por parte del pirata.

—¿Y el shogun? –preguntó Sanosuke al no verle.

—No te preocupes, está en un lugar seguro –respondió Jiromaru-. Lo primordial es buscar una forma de llegar hasta Patrick, que se encuentra en el último piso rodeado de agentes del gobierno y unos pocos samuráis. Y el camino no va a ser fácil.

—Siempre podemos crear un atajo –añadió Zane mirando al techo.

—¿No estarás pensando lo que creo que estás pensado? –inquirió Sanosuke.

—Yo que vosotros me cubría como pudiera.

—No creo que sea una buena idea, Zane-san.

—Nada, nada. Vosotros dejadme a mí.

El pelirrojo se aferró al mango de la katana que le dio su padre, pero cuando fue a desenvainarla no pudo, era como si la dichosa espada no quisiera ser empuñada por el pirata. “¿Pero qué demonios?” –pensó, llevando su mano a saimaundo , otra de sus katanas, y desenfundándola. Una vez comprobó que sus compañeros estaban en una posición donde no pudieran resultar heridos, se concentró en el aura que emitía las personas que se encontraba en las dos plantas que estaban por encima de ellos y creó una onda cortante hacia arriba, apuntando al lugar donde notaba más presencias. La onda atravesó el techo como si fuera un trozo de bizcocho, seccionando todo a su paso hasta sobrepasar el techo.

Zane sonrió y miró a sus amigos con gesto de satisfacción, pero esa sonrisa no iba a ser muy duradera, pues lo que ocurrió después no había entrado en los escasos cálculos que había hecho antes de lanzar aquel ataque para crear un atajo. El techo comenzó a caer sobre ellos durante unos segundos que se hicieron eternos, obligando a todos los que estaban en ese piso a tener que esquivar trozos de piedra y mampostería.

—Te advertimos que no era buena idea –se quejó Jiromaru, mientras esquivaba fragmentos de la estructura del edificio.

—Tampoco es para tanto.

Aprovechando la acumulación de escombros que tenían a sus pies, subieron al piso superior donde estaba el impostor del shogun. No tardaron en llegar. Durante su camino, comprobaron que más que una veintena de samuráis yacían bajo los escombros. Aquello disgustó a Jiromaru, que no veía enemigos, sino viejos conocidos y habitantes de la isla, los cuales habían sido engañados por Patrick, así que no dudó en detener a Zane para compartirlo.

—Dijimos que íbamos a buscar un número reducido de víctimas –dijo, mirando el cuerpo sepultado de un samurái-. Todos estos son bajas innecesarias.

—¿En serio te parecen bajas innecesarias un grupo de samuráis que seguramente no hubieran dudado en matarnos? Porque si es así, no te comprendo.

—No estoy de acuerdo contigo.

—Ni yo contigo.

La charla se detuvo por un momento en el que ambos espadachines cruzaron su mirada, desafiándose como solían hacer tiempo atrás. En esas circunstancias ninguno de los dos parecía comprender la forma de actuar del otro, Zane era una persona que le daba igual causar bajas, siempre y cuando se lleve a cabo lo planeado, mientras que a Jiromaru le importaban las víctimas. No obstante, a sabiendas de que aquella no era la situación idónea, dejaron de mirarse y continuaron hacia la última planta. Al llegar, un haz de luz fue directo al pelirrojo, el cual fue bloqueado por Sanosuke.

—Tened cuidado.

Zane asintió y desenfundó sus katanas.

Frente a él se encontraba Patrick, cruzado de brazos y con una sonrisa de oreja a oreja, observando desde su retaguardia como cinco individuos con implantes cibernéticos le rodeaban y protegían.

El pelirrojo arremetió contra uno de ellos, pero su ataque fue automáticamente repelido, y su cuerpo rechazado contra la pared.

—¿Qué ha sido eso? –inquirió Jiromaru.

—Os dije que tuvierais cuidado –contestó Sanosuke.

Patrick comenzó a reír sin causa alguna, posiblemente al ver los gestos de impotencia e indecisión de los jóvenes espadachines. Y de pronto, puso su mano sobre el hombro de uno de los ciborgs.

—Operación Flash –dijo Patrick, y justo después los ciborgs empezaron a emitir un sonido ensordecedor y una potente luz que los dejó aturdidos durante cincuenta segundos.

Cuando recobraron el sentido ya no había nadie, estaban solos. Sin embargo, todos podían sentir el aura de Patrick en medio de la ciudad, y no estaban lejos. Lo primero que quiso hacer Zane fue ir tras ellos, pero Jiromaru se lo impidió.

—Promete que intentarás no causar daños y bajas innecesarias –reiteró, mirando fijamente a los ojos al pelirrojo.

—Que sí, pesado –le respondió Zane, cansado ya de oír siempre lo mismo.

—Espero que así sea.

—Puedo notar que va en dirección al puerto –añadió Okita, que se encontraba sentado con los ojos cerrados y las piernas cruzadas sobre el piso percibiendo el aura de Patrick-.Y no parece que tenga mucha prisa. Va por la avenida principal y no parece haber mucha gente en el exterior.

—No tenemos tiempo que perder –dijo Zane, envolviéndose de un aura rojiza y lentamente fue transformándose en una bella ave de color rojizo con matices brillosos. Su plumaje emanaba calidez, y emitió un graznido que ensordeció por un instante a sus compañeros.

—¡Eso sobraba, pajarraco! –se quejó Heisuke, que era quien más cerca del suzaku se encontraba.

Y sin perder más el tiempo, una vez todos se subieron sobre su lomo, alzó el vuelo y salió por el techo; terminando de destruir el tejado del palacio. En un par de minutos adelantaron a Patrick, llegando a la entrada del puerto. El pelirrojo aterrizó, tomando su forma humana, colocándose en paralelo con sus cuatro compañeros.

—Espero que estéis preparados –Jiromaru dio un paso adelante y se giró para contemplar a sus compañeros-. Para casi todos nosotros esta es la primera vez que vamos a tener una batalla real, contra enemigos que de verdad no van a dudar en matarnos si tienen la oportunidad. Recordar que lo importante no es ganar una batalla, sino ganar la guerra. Protegeos los unos a los otros, y recordad que somos los nuevos cinco de Wano. Los samuráis más fuertes de toda la isla –respiró hondo y volvió a girarse, viendo como Patrick y los cinco ciborgs se acercaban apresurados.

Por la cara que puso,  Patrick no se esperaba que el nuevo shinsengumi estuviera allí, frente a él; con sus haoris y una mirada tan determinante. Cada uno de ellos tenía un estilo distinto de batalla: Jiromaru, su líder, usaba únicamente una katana que había pasado de generación en generación en su familia. Sanosuke iba con una lanza. Heisuke tenía dos tantos en las manos y una nodashi en la espalda. Okita llevaba una ballesta de mano y una sakabatou; Zane, por su parte, tenía en su cinturón cuatro katanas, y una de ellas no parecía querer desenfundarse.

A medida que los ciborgs se acercaban a la posición de los espadachines, el soleado cielo de Wano fue cubierto por una espesa masa de nubes de tormenta movidas por un poderoso viento que agitaba los cabellos de los espadachines. Los nubarrones eran de un color gris oscuro que a medida que se condensaban se tornaban de una tonalidad más negruzca. Y de golpe, iluminando el cielo como si fuera el gong que iniciaba una pelea, un rayo se estrelló contra el suelo del puerto, comenzando aquí la contienda.

—¡A por ellos! –grito Jiromaru, saliendo el primero y seguido por los demás.

Cada uno de los samuráis se enfrentó a uno de los ciborgs. A Zane no le resultó problema alguno, pues sus habilidades y forma de moverse eran idénticas a las de X-26, el ciborg al que se enfrentó hacía ya unos cuantos meses, así que únicamente se dedicó a esquivar sus ataques y golpearle por los laterales, pues aquellos ciborgs, seguramente por su estructura, solo podían dar golpes fuertes en línea recta.
El pirata canalizó su energía espiritual en sus espadas y, tras esquivar uno de los golpes de su contrincante, realizó un tajo diagonal y le cortó el brazo. Seguidamente, con su brazo sobrante, fue directo a su torso e hizo un corte ascendente, acabando con él.

Casi simultáneamente, el resto de la troupe acabó con sus respectivos contrincantes, quedando únicamente Patrick.

—Ha sido fácil –comentó Sanosuke, sonriendo.

—Quizás demasiado –añadió Zane, que no apartaba la mirada de Patrick, que aún continuaba con una sonrisa en la cara.

—Tenéis razón, ha sido demasiado fácil –dijo Patrick, al mismo tiempo que duplicaba tu tamaño y su piel se tornaba de un color verdoso. Sus ojos se dividieron en dos compuestos, iguales a los de los insectos, y en su entrecejo surgían tres más simples. Su ropa se fue rasgando por unas espinas que recubrían su cuerpo, mientras que en su espalda nacieron dos pares de alas que emitían una vibración que les puso los bellos de punta-. Ahora os voy a dar la oportunidad de quitaros de mi camino. Yo me voy y vosotros quedáis como los nuevos héroes de Wano, ¿os parece bien? Todos ganamos.
El pelirrojo lanzó una ráfaga de ondas cortantes a Patrick que se hundieron en la espalda del hombre-insecto.

—Si algo me dicta la experiencia es que no hay que fiarse de un hombre que tiene el poder de un bicharraco –le respondió el pirata, observándolo con repugnancia.

Y a una velocidad casi imperceptible, Patrick se acercó a Zane y le dio un puñetazo en toda la cara, enviándolo varios metros hacia atrás.

—Si eso es lo que habéis querido…

Patrick comenzó a golpear muy rápidamente a los cinco de Wano, casi sin descanso, pillándolos desprevenidos. No obstante, pese a ser más fuerte individualmente, en grupo no era un rival tan poderoso. Los muchachos coordinaron varios ataques, estando Zane lanzando ráfagas desde media distancia junto a Jiromaru y los otros tres golpeándole desde tres flancos distintos –por delante, por atrás y desde abajo-. Y cuando comenzó a ceder, Patrick

—Operación Metal Mode –susurró Patrick, haciendo que los cuerpos de los ciborgs se activaran y fueran disparados hacia él, quien quedó recubierto por una extraña armadura de metal que se extendía por todo su cuerpo.

Al mismo tiempo, la tormenta que se cernía sobre la isla cada vez era más violenta. Caían rayos de forma aleatoria por toda la ciudad, incendiando incluso el bosque que rodeaba al lago. Los vientos derribaron lo que quedaba del ala oeste del castillo, y los tejados de la región más humilde de la ciudad fueron llevados por pequeños tornados que surgían de la nada. Además de todo aquello, en el puerto comenzó a llover. Y de nuevo volvió a caer un poderoso rayo muy cerca del hombre-insecto, interrumpiendo el combate.

—¿No habías destruido la jodida máquina? –preguntó Sanosuke, observando como la ciudad estaba siendo destruida por una catástrofe natural surgida de la nada-. Es peligroso usar nuestras armas si empiezan a caer rayos.

—Sí, pero no se disipó el temporal.

—¿De qué máquina estáis hablando? –inquirió Jiromaru.

—¿Recuerdas el extraño barco al que fui cuando salí de la base? Pues era una máquina que generaba tormentas chungas como esta.

—¿Seguro que la destruiste?

—¿En serio me estás preguntando eso?

—Sí –contestó Jiromaru, mirando fijamente al pirata.

—¿Habéis destruido la storm maker? –preguntó Patrick, alterado, desde la lejanía.

—¿La qué? –Zane le miró con el ceño fruncido.

—La máquina de la que habláis, ¿de verdad la habéis destruido? –inquirió con cierta agresividad.

—Sí –afirmó el pirata-. La destruí yo.

—Maldito inconsciente, ¿sabes lo que has hecho? Ahora la tormenta no se puede controlar y va a arrasar con todo lo que ponga en su camino.

—Alguna forma habrá –añadió Sanosuke.

—Dejadme que os lo explique de una forma que vuestros simples y diminutos cerebros los entiendan. La máquina, como vosotros la llamáis, no crea sólo tormentas, simplemente acumula en su interior masas de aire de distinta temperatura, las cuales calibramos y unimos hasta formar un frente de altas y bajas presiones. Después de eso, las liberamos con unas nanopartículas que están preparadas para aumentar su peligrosidad y que se formen lluvias y descargas eléctricas más poderosas de lo habitual, las cuales controlamos a distancia. En otras palabras, la “máquina de tormentas” no sirve principalmente para crearlas, sino para controlarlas.

A excepción de Jiromaru y Zane, el resto se quedó mirando a Patrick con cara de no haber comprendido nada; aunque el pelirrojo tampoco entendió todo lo que dijo, tan solo los conceptos relacionados con la meteorología y poco más. Mientras tanto, la tormenta se fue adentrando más en la isla, con paso firme y arrasando con todo lo que se encontraba, siendo el único punto seguro su epicentro.

—¿Qué podemos hacer ahora? –preguntó Okita, bajando su sakabatou, mirando como la lluvia cada vez era más fuerte.

Sin embargo, aquello fue aprovechado por Patrick que se abalanzó sobre él, golpeándole con la mano recubierta de haki en el pecho, para justo después darle un rodillazo en la boca del estómago. Okita cayó al suelo, dolorido. Aquellos golpes habían  sido certeros e inesperados, y aquello hizo enfurecer a Zane, que se envolvió de un aura rojiza a alta temperatura y atacó a Patrick con una onda cortante imbuida en haki de armadura, la cual rompió su armadura y se hendió en su tórax, escuchándose  un crujido seco.

—¿Eso es todo lo que tienes? –vaciló, mirándose la herida del pecho como si fuera un simple rasguño.

Y nuevamente, un trueno cayó muy cerca de ellos.

El pelirrojo respiró hondo y enfundó su espada, llamando la atención de sus compañeros.

—¿Qué haces, socio? –preguntó Sanosuke, que estaba a su lado.

—Como dijiste antes, es peligroso combatir con una tormenta como ésta sobre nosotros. Así que voy a intentar detenerla –contestó, con una seriedad antes vista en el rostro del pelirrojo.

—¿Detenerla? No me hagas reír –dijo Patrick, riéndose de forma burlesca-. ¿Qué puede hacer un sucio pirata como tú? Os lo vuelvo a repetir, dejadme pasar o si no…

El supernova respiró hondo y clavó fijamente su mirada en Patrick, desatando sobre él toda la fuerza de su haki del rey, callándolo en el acto.

—Soy Zane D. Kenshin, uno de los piratas más peligrosos de mi generación y el usuario zoan mitológica del suzaku, el representante del fuego y el verano. Además de ser el heredero de la voluntad de mi abuelo, el antiguo capitán del shinsengumi, y miembro de los nuevos cinco de Wano –su cuerpo comenzó a irradiar un intenso calor que evaporó la humedad que se había adherido a su cuerpo-. Y ve asimilando que no vas a poner un pie fuera de esta isla, porque mis amigos van a pararte los pies mientras yo detengo esta tormenta.

Haciendo gala de su apodo, el supernova se deshizo de la parte superior de su atuendo, tirándolo sobre el húmedo suelo, y lentamente su cuerpo fue adquirieron la apariencia de un suzaku de nueve metros de largo y once metros de envergadura, cuyo plumaje carmesí evaporaba las gotas de lluvia antes de llegar a él. Tras eso, el supernova alzó el vuelo y se dirigió hacia el centro de la tormenta. Allí todo estaba en calma, por extraño que pareciera. El aire giraba en el sentido contrario a las agujas del reloj y la lluvia era más leve. Se podía ver como en el exterior caían media decena de truenos que impactaban en distintas partes de la isla. Algunos ciclones arrancaban los árboles del bosque y destrozaban los edificios de la ciudad. Era todo un horror.

“Vamos Zane, puedes hacerlo” –se decía a sí mismo, volando hasta el punto más alto dentro de aquella zona de ligera calma dentro de la tormenta.

Y de repente, el suzaku comenzó a brillar por todas y cada una de las partes  de su cuerpo, de manera intermitente. El rojo carmesí de su plumaje pasó por una amplia gama de colores rojizos y anaranjados, desde colores intensos y vivos a más tenues y apagados, culminando con un dorado muy brillante. Podía notar como en su interior se generaba una extraña energía calorífica, un ardor que le reconfortaba, pero al mismo tiempo le drenaba gran parte de su fuerza. Pese a todo , fue concentrando todo eso en su interior, en un único punto de su espalda. Entonces, plegó sus alas, dejando de brillar durante tres segundos en los que cayó al vacío, para pasado ese lapso de tiempo extenderlas y hacer surgir de su interior una onda de energía que cubrió toda la isla en escasos segundos. Zane notaba como su cuerpo se iba despellejando, pero que al mismo tiempo era reparado por el poder de su fruta del diablo; no era capaz de seguir propagando tanta energía de golpe. Gritó y gritó, escuchándose en todos los rincones de la ínsula que había llamado hogar durante casi dos años. Por su cabeza pasaron todos los buenos momentos que había tenido en aquel lugar y de golpe, se apagó. Todo se volvió oscuridad.
El cuerpo de Zane fue recobrando su forma humana, a medida que caía hacia el suelo a gran velocidad. Aquello parecía el fin del pelirrojo, pero de repente alguien cogió en brazos. El pelirrojo abrió los ojos durante un par de segundos, y sonrió.

—Papá… -musitó, antes de caer inconsciente de nuevo.

*   *   *

Cuando despertó sobre la mullida cama de la casa de su abuelo, el cuerpo de Zane estaba completamente vendado, y un fortísimo dolor en el pecho le hizo quejarse al intentar incorporarse. Algunas de las vendas estaban manchadas de sangre, y apenas podía moverse. Sentado frente a él, sobre un sillón que días antes había estado en el despacho de su abuelo, se encontraba dormido el mismo, con el codo apoyado sobre el reposabrazos y el puño sobre su cara.

—Buenos días –dijo Zane entre quejidos, haciendo que Eiji se despertara.

—No deberías moverte, o se te volverán a abrir las heridas.

El pelirrojo se volvió a tumbar.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Te trajo tu padre, y me dijo que te dijera que no vuelvas a hacerte el héroe, que no va contigo.

—Creo que es la primera vez en años que le voy a hacer caso –bromeó Zane, mientras miraba el cansado rostro de su abuelo.

Transcurrieron un par de semanas hasta que Zane pudo volver a valerse por sí mismo y no necesitar la ayuda de su abuelo para  realizar las actividades comunes de su vida diaria. Se enteró de que los chicos, a un gran coste, habían derrotado a Patrick, quien iba a ser ajusticiado por el propio shogun, dejando claro qué les sucedía a los golpistas. Ese gesto hizo que Zane viera de otra forma el sistema de gobierno que había en Wano, siendo más autoritario de lo que aparentaba ser. Sus amigos estaban en condiciones tan deplorables como las suyas, encamados en sus casas con heridas de gravedad. No obstante, cuando se vieron todos con las fuerzas suficientes se reunieron en la casa de los Miyamoto, el lugar elegido por el shogun para hospedarse hasta que reconstruyeran el palacio; el hogar de Sakura, con la quien no había hablado desde su discusión.

La situación podría haber sido más tensa, sobre todo porque la joven de ojos ambarinos evitó saludar a Zane, sin embargo, la conversación con sus compañeros y el buen trato del shogun ante la acción rápida y efectiva del nuevo shinsengumi hizo la velada más amena. El último en llegar fue Heisuke, quien tenía ambas piernas quebradas e iba sentado en una silla de ruedas.

—Heisuke… -dijo Zane mientras se levantaba, con el gesto torcido mientras se acercaba a su amigo.

—¿Y esa cara doblada, pelirrojo?

—Nada, solo que…

—No te preocupes, ahora sí puedo decir que la vida me va sobre ruedas –bromeó, guiñándole un ojo a Zane, consiguiente que éste esbozara una sonrisa.

Tras eso, se sentaron alrededor de una mesa baja y el shogun se levantó, carraspeando la garganta, mientras sujetaba un vaso de sake.

—Si me lo permiten, ahora que nos encontramos en petit comité, voy  a tutearos y dejarme de formalidades. Después de todo  esto es una reunión informal –el shogun rió, mostrando una grata sonrisa en su rostro. Era probable que se debiera a la gran cantidad de sake que había tomado, pero Reiji  estaba más feliz y chispeante de lo habitual-. Primero,  quiero dar las gracias a Torao, mi gran amigo y fiel consejero, por  su hospitalidad, y la de toda su familia para con mi persona. Pero no es al único que tengo que mucho agradecer hoy.  También a estos cinco guerreros que han dado todo lo que han podido y más por el devenir de Wano y su libertad. Muchísimas gracias –el shogun alzó su vaso de sake al cielo y luego dio un sorbo, algo que imitó el resto de los presentes-. Dicho eso,  tengo que deciros que dentro de once días tendré  una reunión con el gobierno mundial para hacer un intercambio de prisioneros, sus agentes a cambio de los inocentes que Patrick encarceló para no tener obstáculos en su camino al shogunato, siendo algunos de ellos mis posibles sucesores en el caso de que no tuviera descendencia en un futuro próximo. No obstante, tengo que hablar contigo joven D.Kenshin.

—Puedes llamarme Zane –añadió el pirata, interrumpiéndole en su discurso.

—De acuerdo, Zane. El comandante en jefe del gobierno, el cual se ha puesto en contacto conmigo para aclarar los términos y condiciones de la negociación, me ha dicho que si te entregamos no nos acusará de ser simpatizantes de la piratería y opositores de la paz establecida por el gobierno mundial, es decir, que no nos pondrá como un objetivo futuro. Y como sumo gobernante de Wano, lamento decirte que mi decisión es entregarte al gobierno y evitar tener problemas con ellos en un futuro próximo.

—¿Pero qué está diciendo, Reiji-sama? –intervino Jiromaru, indignado ante las palabras del shogun-. Zane es uno de los nuestros, y no me gusta la idea de que se use como moneda de cambio. Estoy en contra.

—Ni yo –saltó Sanosuke.

—Ni yo tampoco, Zane-san puede que sea un pirata, pero es nuestro amigo –dijo Okita.

—Sin embargo… -el shogun alzó la voz, haciendo que todos se callaran-, nadie me ha dicho que tenga que entregarlo esposado con kairoseki o con algún dispositivo que anule sus habilidades –sonrió el shogun.

Esas últimas palabras hicieron calmar las pretensiones de agitación que había surgido en el grupo de espadachines, que se miraron y mostraron una sonrisa; a excepción del supernova que solo miraba a Sakura, como si le fuera indiferente que fueran a comerciar con su cabeza.
Llegados a cierto punto de la tarde, el pelirrojo se cambió de lado en la mesa y se puso junto a la muchacha, que evitaba mirarle.

—¿Podemos salir fuera para hablar? –le preguntó el pelirrojo al oído.

La muchacha asintió.

Ambos se levantaron de la mesa y se fueron al jardín trasero, que era un lugar florido y repleto de unos pocos árboles como cerezos y mandarinos, con un estanque de agua en el centro, con un banco adosado a él, donde se sentaron. Allí la muchacha abrazó a Zane y comenzó a llorar.

—Perdón –decía ella, entre sollozos.

—¿Perdón por qué? –preguntó el pirata, devolviéndole el abrazo y acariciándola para calmarla.

—Por no haber ido a verte. Es que después de la discusión yo no sabía cómo…

—No te preocupes –le dijo Zane, secándole las lágrimas-. Lo pasado, pasado está.

—Gracias –dijo, mostrando una leve sonrisa.

—¿Ves? Así estás más guapa.

—Entonces te vas, ¿no? – preguntó ella de golpe, sin andarse con tapujos.

—Sí –afirmó, mirándola fijamente a los ojos-. Como te dije tengo una banda que me necesita y aunque pudiera quedarme, ya has oído a Reiji, no puedo hacerlo.

—¿Entonces quéva a pasar?

—Vente conmigo.

—No puedo hacer eso, Zane. Yo no estoy hecha para una vida llena de aventuras y peligros como la que tú vives. Soy más sencilla. Yo prefiero ir al teatro, dar un paseo, ir a cenar a algún sitio; como mucho irme de vacaciones un par de veces al año para ver algo del mundo, pero siempre desde la barrera.

—Te entiendo…

—Eso no quita que deje de quererte, o que no pueda esperarte un tiempo. Pero no voy a estar toda la vida esperando que vuelvas, eso tenlo claro –dijo Sakura, mostrando una sonrisa.

—¿Vas a esperarme?

—Dijiste que una vez entraras a este mar cada cierto tiempo podrías venir, ¿no?

—Dije que lo intentaría.

—Seguro que lo haces.

La joven se echó sobre el supernova y se fundió con él en un profundo beso.


Sus últimos días en la isla pasaron rápidos. Zane paseaba todos los días por la ciudad con sus amigos, y de vez en cuando concentraba energía espiritual para entrenar para demostrar a su abuelo lo que había avanzado en estos casi dos años. Parecía mentira que ya hubieran pasado tanto desde que llegó a aquella isla, más de veinte meses desde que Spanner, su mejor amigo, pereció en aquella infortunada tormenta creada por Patrick y su grupo de científicos. Había pasado de ser un niñato inconsciente que únicamente buscaba problemas, a un hombre hecho y derecho capaz de tomar buenas decisiones. Pasó una última noche con Sakura, en la que la pasión de ambos volvió a desencadenar sus instintos más animales y que, posiblemente, en unos meses les daría un regalo. Y al final, llegó el día en el que tuvo que irse.

Con las manos en la espalda, esposado con unos grilletes de acero pintado de gris marengo, avanzó a lo largo de la calle principal hasta llegar al puerto acompañado por Amidaru, que portaba cuatro espadas de distinto tamaño en su cinto, donde un barco de la marina con un comodoro como líder y un agente de inteligencia como supervisor del traslado lo esperaban. Y justo cuando el samurái entregó al pirata, el comodoro y el agente fueron atacados por tres personas encapuchadas. Fue en ese momento cuando el pirata se transformó en su forma híbrida, aprovechando ese momento de distracción, y comenzó a emanar flamas por todo su cuerpo antes de levantar el vuelo a toda velocidad en dirección a Roruro, donde le esperaba Heisuke con su equipaje.

—Buen viaje, y ten cuidado –le dijo Heisuke, apenado.

—Gracias –el pelirrojo le dio un abrazo a su amigo-. Le he dado a mi abuelo una vibre card para cada uno de vosotros. Si alguna vez necesitáis ayuda no dudéis en buscarme, ¿vale?

Heisuke asintió, dibujando una media sonrisa en el rostro.

Tras eso, el pelirrojo se convirtió en un suzaku completo y alzó el vuelo, yéndose de allí en dirección al archipiélago Sabaody.

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zuko el Jue 31 Ago 2017 - 23:33

Hola, soy Zuko y hoy seré tu corrector. Lamento decirte que esta corrección será algo breve, debido a que me veo obligado a escribirla toda en un móvil y bueno... Intentaré resumirlo lo mejor que pueda. Aunque lamentablemente no podré citar, deberás fiarte de mi palabra(?)

Zane, Zane, Zane... ¿Qué hago contigo? Me han afirmado y reafirmado que has repasado este ts, pero me encuentro joyitas que indican lo contrario. Como por ejemplo:

"Padre e hijo no podía evitar apartar la mirada uno del otro."

Este en concreto se encuentra en los últimos tramos del ts, pero te aseguro que he visto más por casi todo el recorrido. Aaaay, Zane zane zane e.e

Ya me conoces y sabes lo que pienso de los sufijos japoneses. -san, -kun, -chan y todo eso. Por lo general no suelo aceptarlos cuando el escrito está en castellano, pues valoro la consistencia en el idioma. Y a pesar de que me chirría... Supongo que puedo dejarlo pasar al ser Wano una isla japonesa tradicional.

Bien, he ahí otro problema. La clave está en el tradicional. Muy pocas veces la narración me ha colocado en una civilización japonesa antigua, más bien todo lo contrario. Micrófonos, televisión... No he visto plasmada la cultura asiática y tradicional de la que se supone Wano hace gala. También es cierto que de Wano sabemos nada y menos, pero aun asi... Es como si faltara algo.

Vamos con lo que has hecho bien. Como siempre, tu bélico y entrenamiento es destacable. Eres capaz de narrar bastante bien el lado técnico del combate sin hacerlo aburrido o robótico, cosa bastante difícil, asi que debo hacértelo notar.

La narración y progreso está bien. No perfecta, pero bien. No parece forzado ni atascado, lo cual es lo mínimo que se pide, ¿no?

La trama me ha gustado bastante. Asuntos políticos, guerras, asuntos personales con papá... Todo bien.

Tienes un 9'1

Te llevas el haki de armadura perfecto y los pus de este. Te llevas también los senderos a excepción del sendero de la virtud, ese no. Te llevas las técnicas, las pasivas y el cambio de apariencia.

La espada pasaría a ser O Wazamono y de calificación Mítica.

Como ya sabes, tienes derecho a una segunda corrección o a editar si deseas conseguir el 10

Buenas noches~
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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Zane D. Kenshin el Vie 1 Sep 2017 - 0:16

Sí, tío, he repasado hasta la saciedad, pero como soy de lectura selectiva, seguramente no haya estado todo lo atento que debiera. Respecto a la trama, he intentado darle un toque más... moderno, después de todo en la serie se da a entender que algún día se abrirá, y es algo que he intentado plasmar en algunas partes del relato.

No obstante, tengo la duda si editar para el diez o no, peeeero... como ando escaso de tiempo me quedo con el 9,1.

Muchas gracias de nuevo por la corrección, sé que es un TS largo y desde el móvil ha tenido que ser un infierno.

Y la katana es la siguiente:

Spoiler:
Nombre del objeto: Supuringugeiru (Vendaval de Primavera)
Descripción del objeto: Se trata de una O Katana*, de calidad mítica, de ochenta y dos cm de largo, cuatro cm de ancho y un grosor de 0.9 cm que se va reduciendo hasta llegar a los 0.7 en la punta. Fabricada con una combinación de metales desconocida que la hace excepcional. Su mango (tsuka) es de treinta y cuatro centímetros, recubierto por un tsuna-ino de color azul que le otorga una mejor sujeción. También presenta un tsuba circular que separa la hoja y el mango. Su funda es de madera de Adam, dándole una mayor protección.
Imagen:
Usos comunes: Cortar.
Habilidades especiales o destacables: Fraguada en las antiguas forjas de la isla de Wano, nos encontramos con una katana solo que solo podría ser destruida por armas de la misma calidad o superior a ella, dan dura como el mismísimo diamante y con la gran capacidad de corte. Además de eso, esta arma tiene una extraña peculiaridad, la primera de ellas es que parece tener voluntad propia, desenfundándose solo ante rivales que ella cree dignos. (Es sobre todo on rol, vaya)

Sin embargo, como arma mítica que es, tiene dos poderes: el primero de ellos es que si se empuña y se le aplica energía espiritual, su capacidad de corte aumenta exponencialmente, siendo capaz de realizar ondas cortantes con su misma capacidad de corte, con la diferencia de que dichas ondas pueden ser hasta cincuenta veces más grandes que la hoja de la katana. Y la segunda es que si alguien que maneje algún poder elemental la empuña (fuego, electricidad, viento…) su hoja adopta dichas capacidades, siendo un arma verdaderamente útil.


*Las O katana son algo más grandes que las katanas normales.

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

Mensaje por Señor Nat el Vie 1 Sep 2017 - 12:46

Hojha actualisá.

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Re: [Time Skip 2017 - Zane D. Kenshin] Los cinco de Wano.

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