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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

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Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Jue 10 Ago 2017 - 13:24

Bienvenido, Moderador:
Espero que le guste, tómese su tiempo porque es la biblia (literalmente). Mucho ánimo.



Primera parte 6 meses.

Alfa y omega

Alphonse tomó aire antes de entrar en el oscuro callejón, delante de él no había nada más que miseria, sufrimiento y una probable puñalada. Decidió por primera vez mentirse a sí mismo diciéndose que todo saldría bien, que valía la pena arriesgarse para ayudar a esa pobre gente. Así nació la esperanza, una promesa de luz en un mundo oscuro y putrefacto.

Las famélicas figuras contemplaron a aquel hombre sabiendo que probablemente había venido a por algún lascivo servicio que, aunque no ofrecían, no serían capaces de negar a cambio del sustento de un par de días. Le siguieron con la vista, viéndole empujar un par de cubos con desagrado hasta improvisar un pequeño mostrador sobre el que colocó su negro maletín. Una vez abierto, el verde se convirtió en el principal protagonista.

Pasaron unos largos minutos hasta que una fina figura de piel y hueso se acercó renqueando al pequeño stand con la mirada vacilante y las manos temblorosas. Aquella mujer tenía tan solo cuarenta años, pero aparentaba más de sesenta.

-Buenas noches- dijo suavemente la noble voz que rompió el silencio-. Mi nombre es Alphonse Capone, ¿en qué puedo ayudarla hoy?

La prematura anciana frunció su rostro lleno de suciedad, picaduras de pulga y sospechas. No era el primer hombre que aseguraba un mañana mejor, tampoco era el primero que había traído un “regalo” consigo. El hambre la empujó a continuar investigando lo que podría ser una trampa.

-¿Qué hace aquí?- dijo, desconfiaba de aquel trajeado.

Alphonse sonrió y habló bien alto para que, en el silencio de aquel infame reducto de humanidad, todos pudieran escuchar lo que tenía que decir.
-Soy Alphonse Capone, y estoy aquí para daros una nueva oportunidad- El discurso comenzaba como tantos otros-. Uno a uno podéis acercaros, me diréis vuestro nombre y me contaréis algo de vuestra vida antes de coger el dinero que necesitéis para reencauzarla.

-¿Cuál es el truco?- preguntó sabiamente la mujer.

Alphonse sintió la aspereza en la voz de la señora como un cuchillo preparado para hacer sangrar la bondad de sus actos.

-No hay truco- repitió haciendo resonar su voz en cada corazón-. Solo quiero que ayudéis a otros como yo os he ayudado hoy. Esta noche zarpan barcos a muchos destinos, si queréis tomar uno de ellos tan solo pagad su precio con el dinero que os doy y comenzad de nuevo en otro lugar. ¿O acaso queréis quedaros en esta isla que no os ha traído más que desgracias bajo una falsa promesa de asilo?- preguntó azuzando al éxodo- . No me importa qué hagáis con mi dinero, pero sí con la esperanza que os ofrezco.

El solidario muchacho miró a su alrededor contemplando el silencio de aquellas gentes que se aferraban a sus malas experiencias con una amarga resolución: nadie ayuda a nadie de gratis.

El más anciano de todos se acercó, era un pionero arrepentido de ser poco más que una carga para una familia a la que había dado menos de lo que se merecía, y al que, aún así, habían salvado del fuego y la destrucción de su hogar. Sabía bien que no tenía mucho que perder, pero que podría ganarlo todo para sus hijas y nietas. Los tristes ojos de aquel hombre buscaron la maldad en la rasgada pupila de aquel muchacho, pero no pudo encontrar nada más que una recia convicción en algo en lo que él mismo había perdido la esperanza: la humanidad.

-Me llamo Rufus Radagasth… y no puedo soportar un día más de los pocos que me quedan viendo cómo mis hijas pasan hambre por darme a mí parte de lo que encuentran- confesó, perdido en los recuerdos que le atormentaban desde hacía más de siete años.

Desde luego, no esperaba que aquel caballero le tendiera la mano.
-Es un placer, señor Radagasth.

Aunque la mano de aquel pobre hombre estaba mucho más sucia que los contenedores, Alphonse no sintió asco alguno al estrechársela, sino una reconfortante satisfacción.

Cuando aquel primer pionero se marchó de vuelta a su hogar con ciento cincuenta mil berries, infundió de valor al resto, que se apresuraron a empujarse para llegar a la tarima de cubos de basura.Un grito puso orden en aquellos ansiosos y desesperados que esperaban encontrar su futuro resuelto en los billetes regalados.

-¡Formen una fila ordenada, todos serán atendidos!-ordenó, señalando y adjudicando un sitio según la formalidad de sus actitudes y los empujones que habían propiciado a otros mendigos.

El mundo responde

El sexteto de piratas llegó tarde, cuando tanto el callejón como el maletín ya estaban medio vacíos. Aun así, siempre podían aprovechar aquella terrible noche para sacar tajada. Su líder sonrió con maldad cuando el plan llegó a su cerebro traído por oscuros susurros. Qué satisfecho estaría tras destruir a aquel bastardo que le había impedido extraer el mayor y mejor recurso que aquella inmunda isla tenía para ofrecerle: vidas humanas.

Alphonse no dejó de mirar a aquellos tipejos que desordenaron la cola, avanzando entre ella como chacales. Los indigentes no tardaron mucho en desaparecer entre los callejones, por las escalerillas y tras los cubos de basura.

-¡Vaya, vaya, sí que era cierto!- dijo el piojoso líder con sorna y sarna.

El quinteto de maleantes se apostaron en vaga formación, rodeando a su cabecilla estrecho de carnes y de miras. Aquel era un tipejo repugnante, de sucias rastas infestadas de parásitos. Abrió su hedionda boca sonriente en la que faltaban los dientes centrales, claro síntoma de su tremenda adicción a las drogas duras.
-Así que podemos coger cuanto queramos…- escupió aquella criatura relamiéndose el hueco que dejaba la ausencia de sus paletas.
-Cuanto necesitéis- corrigió Alphonse.

Las avariciosas uñas amarillas se clavaron en los fajos de billetes cogiendo uno tras otro. El elegante caballero mantuvo la vista en la horrenda criatura de venas marcadas y, cuando este llegó a los doscientos mil berries, alejó el maletín con un suave movimiento. En ningún momento dejó de mirarle, aunque Scratch solo lo hizo cuando le quitó su fácil sustento.

-¡Eh!- se quejó, intentando sostener su mirada, fanfarroneando con un rápido y agresivo acercamiento al caballero.

Alphonse no se movió, siquiera arrugó la nariz ante el desagradable olor de las encías podridas.

El vándalo abrió la boca en un gesto de disgusto y superioridad, y luego se giró hacia sus compañeros sin moverse del sitio, dedicándoles otra divertida mueca.

-Este tipo se cree que puede venir aquí creyéndose mejor que nosotros… ofreciéndonos su “caridad”- se burló-. Cuando lo único que en verdad quiere es tener ese sentimiento de superioridad de haber hecho por una vez en su vida entre algodones algo bueno por alguien- dijo despreciándole-. Y ahora no nos quiere dar el dinero…- se lamentó cómicamente-. ¡Qué hijoputa!

- Se equivoca.- Las paredes hicieron eco a la voz de Alphonse, repitiendo sus órdenes como una precisa cadena de mando.

El rastafari ladeó la cabeza, mirando por el rabillo del ojo a aquel que le había interrumpido delante de sus hombres. Sintió que le había hecho callar, y una vez se prometió que nadie más iba a darle una orden, mucho menos alguien que no creía merecedor de ese privilegio.

-Bueno…- paladeó, chasqueando la lengua sobre la melladura-. ¿Entonces quieres darnos el dinero?

Alphonse entrecerró los ojos, acusando al villano con sus feroces tormentas. Era suficiente.

Por muy duro que fuera el primer golpe, el muchacho estaba en una desventaja de seis a uno. Aunque aguantó unos minutos, la incapacidad para sobreponerse a los constantes golpes por la espalda acabó por hacerle caer al suelo, y una vez allí las patadas y garrotazos de tubería le impidieron levantarse. Cogieron la maleta, pero Alphonse se aferró al pie del asqueroso de mandíbula desencajada. Siguió mirándole a los ojos. No aprendía. La siguiente paliza le hizo imposible siquiera el arrastrarse.

El abusón agarró por los pelos al caído y contempló su amoratado rostro con satisfacción.
- Somos los hijos de un cruel mundo. ¿Cómo te atreves a mirarnos por encima del hombro? Esto es en lo que una dura vida nos ha convertido… y tomaremos todo lo que podamos coger sin preocuparnos de nada más. ¡Que quede bien claro! ¡Quien nos siga podrá vengarse y no volverá a sufrir jamás!

Entonces, cuando la cabeza de Alphonse rebotó contra el suelo, cometió el error de mirar de nuevo a sus agresores, y este error fue sancionado con una patada a la cara. Le siguieron muchas otras acompañadas de insultos y escupitajos hasta reducirle a una temblona y sanguinolenta masa.

- Vámonos chicos, que muera como un perro- ladró su líder, y agarrando las bolsas de dinero abandonó la escena seguido por los guerreros que le juraban una infame lealtad.

Cuando Los hijos del Principio y el Final se marcharon siendo más de los que llegaron, nadie se atrevió a acercarse al cadáver. Todos sabían que ese era un trabajo para el nocturno carroñero de las cloacas.

En la oscuridad

Incapaz de levantarse, el pobre muchacho giró su amoratado rostro sobre los ladrillos del sucio callejón para volver a juzgarles con la mirada mientras se marchaban, dándole la espalda. Pero algo en él que no supo identificar le hizo dudar de su buen juicio, y ese algo largo tiempo enconado creció en él antes de perder la consciencia.

Los pequeños ojos del monstruo escrutaron por el hueco de la alcantarilla y sus lechosos tentáculos olfatearon la escena, buscando con avidez el origen del delicioso aroma de la sangre. A salvo y sin notar nada más en el callejón, salió con precaución para arrastrar su cena de vuelta a las entrañas de la tierra.

La limosa mano sin uñas se cerraba sobre el pie de Alphonse, llevándolo por el cenagoso suelo de los desagües hasta la sala subacuática que el engendro consideraba su hogar. Una vez allí colgó su carroña de una tubería, untándola de limo para que los jugos macerasen y las heridas tuvieran el perfecto toque de infección que hacía picar la punta de la lengua. Aunque no vivía en una mansión, sino más bien en un hoyo, aquella criatura seguía siendo un sibarita.

En silencio, entre el ritmo de las gotas de humedad que caían del techo, el gyojin afiló los largos cuchillos óseos que utilizaría para extraer las preciadas carnes de su maravilla culinaria. Entonces, mientras medía con cuidado dónde debía hacer la primera incisión, su preciada materia prima despertó.

-¿Dónde estoy?- susurró la carne en la oscuridad, incapaz de sentir otra cosa que no fuera la tibia prisión de fango y el dolor de la sangre agolpándose en su cráneo.

La repentina resurrección asustó tanto al engendro que dejó caer los cuchillos sobre la roca.
-¡Estás vivo!- exclamó con una punzada de terror que cruzó todos sus corazones, desde el verdadero cerca de su cuello a los accesorios repartidos por el resto de su sistema-. ¿¡Cómo puedes estar vivo!?

-A mí también me sorprende, pero quizás sea solo cuestión de tiempo… ¿Acaso no lo es para todos?- las palabras manaron de su boca acompañadas por un fino chorro de sangre.

La húmeda figura no movió siquiera un tentáculo, paralizado por las emociones que bullían en su interior, enfrentándose en un duelo que al principio le pareció fácil de ganar. Ahora, con el abismo en su estómago, imponerse a sus instintos no era tan sencillo como antes. Una espesa baba cayó de sus afilados colmillos, anticipándose a la ansiada pitanza.

-Me presento: soy Alphonse Capone- susurró, agotando parte de su preciada vida-. Gracias por… salvarme.

¿Salvarle? El gyojin no respondió. Sabía que no era un salvador, tan solo un vulgar pero necesario asaltatumbas. Recolocó a su invitado, liberándole de su incómoda postura, y le ofreció una manta no demasiado seca. Todo allí rezumaba peste y remojo. Al ver que no podía tomarla, además de verla, simplemente se la echó encima.
Esperaba a que las fuerzas se le agotaran, que muriera para que no hubiera ninguna traba moral para cortar y picar los delicados y sabrosos cartílagos de su rostro. Pero lejos de apagarse la llama, poco a poco se reavivaba, luchando contra el daño y la miríada de parásitarios organismos que intentaban colonizar sus heridas. “¿Por qué? ¿Por qué no se moría?”, se preguntó nervioso y hambriento, muy hambriento.

-Me gustaría tener un nombre que poder recordar y al que poder agradecer mi salvación… ¿tiene alguno?- susurró el humano dejando de ser cadáver y cena.

El famélico ermitaño sintió el calor en sus ojos, aquella horrible sensación antes de que las lágrimas comenzaran a brotar. ¿Cuántos años hacía que no hablaba con nadie? ¿Cuánto tiempo hubiera mantenido aquella farsa a la luz de una simple vela? Deseaba con todas sus fuerzas no sentir el anhelo de contacto, de amistad y de conversación que se retorcía en cada uno de sus corazones como una fría serpiente. Recordó un tiempo en el que era feliz, hacía ya mucho.

-Myximilian Vogue- pronunció con esfuerzo-. Pero, por favor, llámeme Myx.
-Es todo un placer conocerle, Myx. Llámeme Alphonse.

La criatura encontró consuelo en la amable compañía, consiguiendo apartar la terrible hambre a un lado. Contó su historia, una desgraciada serie de eventos que le habían llevado a recluirse como el monstruo en el que casi se convirtió.

Había vivido como su clase lo había hecho siempre, en la oscuridad. Incluso para ser un tritón era de un tipo bastante raro: Las tribus abisales no compartían la alegre vida de los habitantes de la luz (como llamaban a los otros tritones), pero había sido así siempre… Mixymilian Vogue era el desgraciado hijo bastardo de una pareja que bailaba en el crepúsculo. Su madre, una sirena lenguado; su padre, el gyojin-myxin cuyo tribal e impronunciable nombre había sido vagamente adaptado. Rechazado por los habitantes abisales debido a la traición que su padre cometió al compartir lecho con una extranjera, tuvo que quedarse con su madre. No fue una vida fácil. Incluso con la extendida aceptación de su raza, él era un extraño y desagradable monstruo. Se fue de allí al morir su madre, al verse rechazado con piedras y palos cuando los otros tritones le vieron devorarla.

Ellos no sabían que en la cultura de su padre, que su madre se empeñó en trasmitirle, ese era el mayor honor de todos.

Vuelto un paria entre los suyos se refugió en el WestBlue, donde conoció lo maligno del hombre como algo nada nuevo. Ya no era nadie, había sido olvidado, obligado a ser poco más que una desagradable leyenda urbana.

Terminado el cuento, Alphonse lanzó una pregunta al aire.

-¿Si muero aquí, podríais honrarme con esa extraña costumbre?
-Claro- pronunció con desánimo, lejos de querer desearle la muerte a su único amigo-. Sería todo un placer.

Permanecieron en silencio unos segundos, disfrutando el suave arrullo de las aguas.
-¿Y podríais avisar a mi familia? – añadió sintiendo cómo le temblaba la voz ante la idea de su propia inexistencia.

El tritón se preguntó qué demonios había llevado a aquel hombre a alejarse de su hogar, acabando medio muerto en un callejón de mala muerte. No preguntó. De todas formas, no hubiera entendido la respuesta. Y entendió todavía menos la proposición que estaba a punto de realizarle aquel muchacho, la cual se vio obligado a repetir cuando no había lugar a dudas que no era la fiebre quien hablaba.

¿Bueno o malo?

El cuerpo de Rufus aún estaba caliente sobre el sucio camastro de colchón vencido y piojosas mantas. No había podido superar la fiebre, y tras tres días de agonía encontró el descanso que tanto necesitaba. El anciano no había querido preocupar a su familia, que ya habían tenido suficiente con cargarle durante los últimos nueve años, y decidió no formar parte del éxodo a la tierra prometida. Decidió quedarse con el muchacho, el último nuevo vagabundo, contándole las historias de un pueblo que parecía destinado a sufrir.

Alphonse aún sostenía la mano del noble caballero nacido en la familia más humilde de todas. Podía sentir el crucifijo tocando su mano entrelazada con la de aquel pobre hombre que había sucumbido a una simple neumonía. Se culpaba, no por no poder haberle salvado, sino por sentirse en paz. No podía soportar el alivio que le trajo el fin de una vida tan llena de virtudes, de verdaderas virtudes.

Media hora después se levantó, tomando el pequeño fetiche de madera y hueso que prometía una vida más allá de la muerte, del terrible sufrimiento. El muchacho se sintió enfermo, asqueado por los actos que otros habían cometido en nombre de dios, y a la vez inspirado por la fuerza que la fe otorgaba a sus dueños.

Antes de dar entierro al nuevo y viejo amigo con el que había compartido tanto en tan poco, pagó su rabia con la destartalada nave a la que los vagabundos habían llamado durante años hogar. Pateó las puertas, rompió las ventanas y pisó las tablas que se hundieron en sus pantorrillas en venganza al daño malintencionado. Gritó sintiendo todos y cada uno de los espectros del dolor, y lloró por todo lo que sucedía y lo que le sucedía.

Bajo un árbol sin nombre en la parte de atrás, demasiado crecido y jamás podado, cavó la humilde tumba que revistió de ladrillos. Y al escuchar el desagradable sonido del cuerpo al chocar con el fondo se preguntó cuántos habrían corrido el mismo destino que Rufus. ¿Cuántas personas debieron de huir, aferrándose a los ardientes clavos que se les ofrecían? ¿Y cuantas personas habían cometido crímenes que no sabía si era capaz de perdonar?

Para alejar a su propia familia de sí mismo, Rufus tuvo que confesarles que fue él quien había ahogado a su bisnieto, si es que podíamos llamar así a la constreñida figura repleta de malformaciones que solo chillaba como un engendro incapaz de pensar, de sentir ni de hacer nada por sí mismo. Siempre pensó que había librado de una carga a su hija, abandonada por su marido y repudiada por todos los demás hombres que huían despavoridos ante la idea de acarrear el terrible peso del pequeño monstruo. Siempre pensó que había hecho lo correcto, aunque sabía que lo que había hecho no era bueno. Preguntó, intentando hallar una respuesta que no podía encontrar en sí mismo, que le consolara… pero Alphonse permaneció en silencio, sosteniendo su mano, incapaz de encontrar una.

Por favor

La famélica garra se extendía hacia el cielo suplicando una moneda a los transeúntes de la plaza. Era común que las personas ignoraran a otras a las que habían considerado poco más que piedras en el camino, despojos escupidos al mar tras una hecatombe que a ellos nunca les tocaría vivir. No había empatía ni compasión en aquella tierra de miradas de desprecio y asco, tan solo piedras y quejas a la guardia local. Hacía mucho tiempo que la ilusión por ayudar había muerto.

-Vamos, ya te lo hemos dicho varias veces. No puedes estar aquí- insistió el guardia, pinchando con la lanza al desaliñado vagabundo una vez más.

-Tan solo intento buscarme una forma de ganarme la vida- explicó con la voz rasgada y hambrienta, señalando al trozo de cartón escrito con una sonrisa-. ¿Ve? He puesto un cartel para buscar trabajo.

-Molestas- replicó el segundo guardia-. Molestas a todos con tu hedor y tu presencia. ¿Es que no podías ser como el resto de escoria y simplemente desaparecer? ¿Hmm? Vamos, vuelve al agujero del que has salido.

Alphonse cerró los ojos y buscó fuerzas, pero no precisamente para levantarse. Caminó de vuelta al callejón, escondiéndose en la seguridad que las apestosas sombras habían ofrecido a tantos otros como él. Ahora estaba solo y hambriento, siempre hambriento.

Destapó el cubo de basura, buscando restos que rebañar de las latas colonizadas por el moho y las cucarachas. Nada, como si todos en la isla hubieran conspirado en contra de su supervivencia, de su mera presencia en este mundo. Empezaba a dudar de que fuera una persona.

-Disculpe- dijo una vocecilla a su lado, una pequeña figura que había aparecido casi mágicamente con una enorme y reluciente moneda en las manos para donar-. Esto es para usted.

Aquella niña del vestido azul no apartó los verdes ojos de los suyos, ni tampoco soltó la moneda a una distancia para no mancharse, sino que la dejó en su mano y la cerró con una sonrisa antes de volver correteando a la seguridad de la calle principal. El maternal reproche resonó en la silenciosa callejuela, exigiéndole que no volviera a darle su dinero a gente que no se le merecía y que no se apartara de su lado para ir de lleno a los peligros del secuestro y la muerte. El llanto en la búsqueda del perdón arañó el corazón del feliz desgraciado, quinientos berries más rico.

Ese dinero no sirvió solo para alimentar el vacío estomago de Alphonse, también iluminó su alma a punto de caer a las abisales profundidades de las que no habría podido salir jamás.

Un nuevo comienzo

Como cada mañana, Alphonse se miró al espejo. Contempló unos segundos el demacrado rostro de ojos hundidos y barba descuidada, intentando encontrarse a sí mismo en el horrible cuadro enmarcado en cristal. “Ahí estoy”, se dijo, “tras la primera mala impresión”. Y, como cada día, Alphonse se…

Llamaron a la puerta. Nunca, jamás llamaban a la puerta, o más bien a lo poco que quedaba de ella. El pobre indigente sorteó los astillados tablones del edificio en ruinas, y, antes de llegar a lo que antaño fue un salón, pudo ver al joven fraile asomado con preocupación.

-¡Buenos días!- deseó el pelirrojo muchacho envuelto en una vieja sotana marrón-. ¿Dónde están los demás?-se apresuró a preguntar, buscando aún con la mirada algún rastro del resto del rebaño.

-Se fueron- declaró impasible-. Algunos han emigrado a islas vecinas intentando encontrar una mejor vida en los campos de cultivo, y otros han aprovechado para buscar fortuna por otros lados.

-¿Qué?- casi parecía que la idea le incomodaba más que alegrarle-. ¿Cómo?

-Vino un hombre con dinero ofreciendo oportunidades de trabajo así porque sí… Pocos fueron los que rechazaron su oferta. Luego llegó otro tipo con una declaración de guerra y se llevó a aquellos que ansiaban cosas más… importantes que el dinero.

Alphonse podía sentir la quemazón de no devolver el “Buenos días” estrujándole el pecho. Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que había cometido el pequeño desliz de ignorarlo.

El párroco terminó de entrar con una cesta repleta de comida bajo el brazo, haciendo un esfuerzo para dejarla en el suelo.

-Supongo entonces que todo esto es para ti. Siento no haber podido volver antes… me hubiera gustado despedirme.

El estómago del andrajoso pudo más que su corazón, obligándole a dar un par de pasos ante tan ansiado tesoro. Poco a poco, a terribles golpes de disciplina, volvió en sí.

-Muchas gracias- agradeció sincero, aguantándose las ganas de lanzarse contra el canasto de mimbre-. ¿Le gustaría acompañarme?- añadió, obligado por el retorno de la cortesía.

-Por supuesto. Me llamo Vincent, aunque todos me llaman Padre Donovan.

-Alphonse, Alphonse Capone.


El hambriento desgraciado no tardó más de cuarenta segundos en colocar la mesa, invitando a su inquilino a presidir el puesto de honor a pesar de que tan solo hubiera dos comensales para disfrutar de aquel desayuno. Justo antes de que pudiera dar la primera y desesperada dentellada, el monje alzó su voz para dar el salmo.

-Señor, tú que eres nuestro pan de vida, te pedimos que derrames hoy tu bendición sobre esta mesa y estos alimentos que nos has querido dar en tu infinita bondad. Tú que naciste en una familia humilde y trabajadora, que conociste la fatiga y la lucha por el sustento diario, ayúdanos a confiar en la Providencia del Padre para que seamos capaces de compartir los bienes que nos regalas con los que más los necesitan. Tú que te sentaste a la mesa de los pobres y de los pecadores, danos el don para recibir en nuestras vidas a los más débiles, a los que tienen hambre y sed de justicia, de cariño y de paz. Te damos gracias Señor por tantas bendiciones, por confiarnos estos dones que habremos de recibir en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Alphonse permaneció con los ojos muy abiertos y el estómago muy vacío durante toda la retahíla que acababa de soltar su acompañante, aguardando el momento para poder, al fin, llevarse algo a la boca.

-¿Te gustaría agradecer algo, Al?- interrumpió el clérigo con una sonrisa.

Por supuesto que quería, pero un “Que se haya callado” quedaba fuera de lugar.

-Solo puedo añadir su compañía, padre Donovan- añadió levantando la tostada que empezaba a temblar en su mano.

-¿Solo?- volvió a interrumpir, con sorna y malicia.

-Lamento informarle de que no creo en Dios, padre Donovan- dio una gloriosa dentellada, desafiando una actitud que había comenzado a sospechar.

El pelirrojo hizo un mohín y comenzó a untarse las tostadas con gruesas capas de paté. Pero poco aguantó callado ante la herética presencia de un pagano.

-Quizás… si hubiera creído, Dios se hubiese apiadado de usted y le hubiera permitido acompañar a las familias bajo el ala de ese caballero que mencionó. Supongo que no solo encontrará el infierno tras la muerte, sino que lo seguirá sufriendo en vida.

El hambriento joven masticó lentamente, todo lo lentamente que alguien extremadamente hambriento podía masticar. Digamos que, para él mismo, sus mordidas se hicieron lentas en comparación a cómo su cuerpo le apremiaba a darlas. Tragó y dio una profunda inspiración, satisfecho por el contenido que caía a su estómago.

-Respeto- O más bien toleraba- que la gente crea en lo que quiera- O casi todo en lo que creyeran-, así como espero que respeten que yo no crea en nada- expuso educadamente, esperando que el siguiente tema de conversación no fuera tan inhóspito.

La respuesta se limitó a una equilibrada y extraña mueca que amalgamaba el desprecio y la amable paciencia. Al fin y al cabo el padre Donovan ya había encontrado otros escépticos, y la mayoría de ellos habían encontrado el consuelo en las escrituras. Permaneció el resto del desayuno en silencio, preparándose para dar otro innecesario rezo al final de este.

-Nos hemos saciado, Señor, con los bienes que nos has dado; cólmanos también de tu misericordia. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Harto de tanta sandez, Alphonse se levantó de la mesa en silencio, cogiendo la cesta antes de que aquel sectario osara siquiera insinuar que no necesitaría tanta comida o que tan solo sus fieles debían ser los beneficiarios de esta.

El señor Donovan le siguió por las desgastadas tablas de dudoso aguante, curioso y a la vez atento a cualquier rastro que le permitiera iniciar la misma conversación que había tenido tantas otras veces.

Tras esconder el canasto en el único mueble que podía cerrarse lo suficiente como para impedir la nocturna visita de las alimañas, Alphonse se irguió lentamente, soportando el peso del contacto del que catalogaba como otra vil criatura.

-¿Por qué no crees en Dios, Alphonse?- pronunció solemne con la mano sobre el hombro del patético residuo de hombre que tenía frente a él, dándole la espalda a su salvación.

-Le agradecería que no me tocara, Vincent- pronunció Alphonse lentamente. Y aunque sonó como una amenaza, tan solo él mismo sabía que era un sincero aviso, una súplica para que huyera de un peligro que le costaba con todas sus fuerzas contener.

Pero el sacerdote no apartó su mano, sino que afianzó su garra sobre el que consideraba su futuro borrego.

-Todo el mundo puede salvarse, hijo. Todo el mundo puede recibir la salvación si uno deja entrar el amor de Dios en su alma.

Todo en Alphonse tembló, temblaron sus piernas, sus brazos, su sala, su rostro y sus prietos puños. ¿Cómo podía acallar la oscura voz que susurraba en su oído?

¿Cómo podía soportar aquella terrible sensación que le corroía el alma? ¿Cómo… pudo soportarlo… tanto tiempo?

-Confiésate hijo, expía tus pecados.

Penitencia

La gente confiaba en el Padre Donovan. Tanto era así que no dudaban en complacer sus peticiones, por absurdas o sufridas que fueran. Los ancianos se esforzaban en mantener su postura, conmovidos por las palabras que el propio Dios hacia fluir a través de su representante; las muchachas hacían esperar a sus novios hasta el casamiento; las madres dejaban de cocinar carne los viernes; los pobres pecadores daban sus alijas como diezmo para salvar sus almas del infierno y Alphonse había hecho voto de silencio.

Vincent salió de la casa de empeños con dos fajos de billetes más bajo la sotana, suficiente para el desenfrenado estilo de vida al que estaba acostumbrado en secreto. Dedicó una mirada al nuevo monaguillo cuyo desaliñado aspecto contrastaba con su imponente aura de flagelante. No hubiera podido pedirle a Dios un reclamo mejor.

-Me asombra que aún mantengas tus votos, Alphonse, y me entristece que aún no te hayas confesado- pronuncio ceremoniosamente aun sabiendo que no obtendría respuesta alguna-. Quiero que sepas que el voto eclesiástico no impide la comunicación, eso rompería la comunidad, solo prohíbe el hablar innecesariamente.

No logró mover la montaña de voluntad que aquel hombre demostraba con su fijación. Suspiró y volvió andando al puerto, dispuesto a zarpar hasta su siguiente destino, hasta la próxima comunidad en la que hacía largo tiempo había plantado su semilla.

El penitente no bebía ni comía en exceso y tampoco, ni aunque hubiera tenido la oportunidad al alcance de la mano, se había dado a los placeres de la carne. Todo en los actos del pobre muchacho cumplía la sagrada promesa de austeridad y sufrimiento. Solo el sacerdote conocía la turbidez en los pensamientos de su siervo, podía ver, en sus pausas y parsimonia, una duda que corrompía la pureza de su inquebrantable fe.

El camino que recorrían, por supuesto, no estaba ausente de peligros. A escasos dos días para llegar a puerto, la bandera negra se oteó en el horizonte como un presagio de muerte. Las treinta almas del barco de mercancías temblaban ante la reconocible forma del alfa y el omega que se apostaban a los lados de la calavera.

-¡Los hijos del principio y el fin!- gritó uno de los marineros, alentando para cambiar el rumbo de la pequeña embarcación.

-¡Tranquilos, hijos míos!- declaró en voz alta el fraile, alzando una escoba a modo de cayado-. ¡Dios está con nosotros! ¡Esos piratas no osarán acercarse!

Todos le tomaron por loco, incluido el propio Alphonse. Cuando el negro navío comenzó a virar, los gritos de terror ahogaron los salmos y bendiciones. Los marineros, sabiendo que no tenían ninguna oportunidad contra el buque de tres palos y sus integrantes, corrieron a esconderse en las entrañas del pequeño velero. Se refugiaron, armados hasta los dientes, diciéndose a sí mismos que así podrían defenderse del asedio. La única verdad era que fue el miedo quien guió sus actos.

-Deberías buscar refugio, hijo- le sugirió el pelirrojo a su silencioso acompañante. El anacoreta se limitó a echarse la capucha, sosteniendo el rosario de madera y hueso entre sus dedos, desplazando cada bola con un mudo rezo.

Vincent subió al bauprés, extendiendo los brazos y moviendo la escoba al viento haciendo señas al barco pirata. La oscura embarcación repleta de sucios bucaneros que recorrían la cubierta ávidos de sangre, comenzó a dar la vuelta para alejarse.

El encapuchado contempló los decepcionados rostros de los piratas que volvían con pesadez a las entrañas del navío con gestos de desánimo y frustración, a su navegante girando el enorme timón bajo las órdenes de un capitán de largas rastas, y las grandes jaulas de metal que volvían, poco a poco, al mecánico interior de la nave.

Cuando el navío se volvió una distante mancha en el horizonte, un mal recuerdo, el cuento ya había sido elaborado al completo. Fray Donovan sabía que no había manera alguna de que pudieran sospechar de su palabra, nadie lo hacía, jamás.

-No es la primera vez que tiene éxito ese truco- se jactó ante las buenas gentes del barco-. Normalmente que haya alguien, especialmente un monje, pidiendo ayuda en un barco prácticamente vacío quiere decir que ha llegado una terrible enfermedad. Los piratas no se expondrían a contagiarse y, como los malvados que son, tampoco hundirían el barco para evitar que la próxima isla fuera contaminada.

Vítores de orgullo, rezos y aleluyas llenaron de felicidad la goleta durante los siguientes dos días. También llenaron aún más los bolsillos de diezmos y humildes pagos a cambio de las sagradas bendiciones del eclesiástico. Alphonse siguió en silencio, oculto tras la capucha de la desgastada sotana de segunda mano que servía de contraste para la pura figura del cura.

La noticia de su llegada corrió como la pólvora entre las gentes de Misery, la pequeña isla que hacía de parada a los marineros con barcos demasiado pequeños para aguantar el camino hasta la Reverse Mountain. Aquel islote no tenía nada más que ofrecer que su dura y rocosa superficie, en la que se habían instalado amargamente los jóvenes sin más camino que el que Dios había preparado para ellos, el que Padre Donovan les había prometido hace años.

Quince eran los últimos de su estirpe, superando por fin la quincena, la edad idónea para que sus tiernos cuerpos hubieran tenido tiempo de forjarse recios, sanos y fuertes bajo la divina convicción que les movía. Incluso a Leila, de catorce años, se le había permitido formar parte del último grupo en pisar la divina tierra, al fin y al cabo no parecía menor que sus compañeros.

Recibieron de buena gana a su prometido heraldo, ofreciéndole la poca comida que tenían y las mejores de sus mantas para buscar su complacencia y aprobación. Necesitaban confesar sus pecados, llenar de bondad sus almas con las historias del nuevo testamento y aplacar su amarga rabia con las del antiguo. Miraron con interés y admiración al acompañante del pastor sin atreverse a preguntarle directamente.

-¡Vamos, Alphonse, no seas tan maleducado! ¡Acércate al fuego, come y bebe! ¡Tenemos que celebrarlo, pronto estarán en el reino de Dios!

El muchacho bajó su capucha por primera vez en dos días y se acercó al fuego de la cueva que tanto tiempo había evitado pisar. Dedicó una mirada de saludo y una leve inclinación de su rostro de larga barba al resto de sus acompañantes.

-Alphonse mantiene un voto de silencio, queridos hermanos. No esperéis más de él que gestos y, a veces, algún mensaje escrito en la arena- explicó amablemente Vincent, para después pasar el pan al siguiente, no sin cortarse un gran trozo para él. De todas formas, nadie hubiera osado insinuar que el suyo era un trozo mayor.


Silencio

El último de los Capone contempló la pequeña isla desde lo alto de la montaña, juzgando a sus habitantes con resentimiento y odio. Todos ellos alababan las bondades del charlatán sin llegar a comprender cuán oscuras y malvadas eran sus intenciones. Pero él no estaba ciego, él había visto el mal en aquella falsa criatura, incluso mucho antes de verlo por primera vez. Cerró los puños, aplastando la rabia en su interior como había hecho cada día, cada mañana, cada noche, a cada falsa sonrisa y rezo.

¿Cuánto más podía aguantar un hombre forjado por sí mismo? Toda voluntad debía tener un límite, y toda convicción una falla. Por eso debía alejarse cada noche para flagelarse, para evitar explotar, silenciándose mediante el dolor físico.

Pero ya no dolía apretar las rocas en sus manos, tampoco lo hacía patearlas, ni darse de cabezazos contra ellas. ¿Qué podía hacer cuando la caliza era tan blanda como para ceder antes que él mismo? Tan solo seguir, seguir en su empeño hasta que el cansancio doliera más que el soportar el terrible peso de la verdad en su perpetuo silencio.

Amartilló las paredes del risco, abriéndose hueco hacia abajo en un amargo túnel de sufrimiento y rabia, incapaz de llegar todo lo hondo que su alma necesitaba alcanzar. A cada corte en la roca debía arrastrar a su interior los aplastados trozos que malgastaba en un agrio impulso de pulverizar y destrozar todo cuanto tenía a su alcance. No se construirían casas para los pobres con aquellos trozos, pero aquel hoyo le serviría de hogar a su creador para refugiarse de un mundo que se le antojaba amargo y áspero.

Alphonse se detuvo cuando la luz no fue capaz de alcanzar el recodo del rabioso túnel que acababa de excavar, cayendo al suelo con toda fibra de su ser destrozada, ansiando el confort del descanso. Pero, por desgracia, no se sentía satisfecho. Hacía mucho que no se sentía satisfecho.

Solo, sin ningún apóstol para acompañarle, preguntó a un dios en el que no creía el porqué de todo. Un demonio que conocía demasiado bien le susurró una respuesta que también conocía.

“Porque eres un niño asustado, un estúpido infeliz, una sabandija que mendiga el cariño y el amor de los demás en un mundo injusto. Porque eres incapaz de alzarte con fuego y acero, aplastando a los insectos bajo el peso de la bota que sabes que se merecen. Porque eres demasiado débil, incluso ahora”.

Alphonse apretó los dientes y alzó el puño para golpear la pared de la reciente cueva, deseaba que se le derrumbara encima y acabara con su pesar acallando así la cruel voz que reconocía como propia. Su construcción, para bien o para mal, era mucho más resistente que la inestable cueva de aquellos fieles.

Dejó caer la cansada mano, acariciando las suaves transiciones de la roca junto a él, preguntándose cuánto tiempo había tardado la naturaleza en construir aquella isla y cuánto tiempo le había costado a él destruir gran parte de su trabajo. Se preguntó si valía la pena construir algo cuando todo era efímero. Y la oscura voz volvió a susurrar en el túnel:

“No”.

Roto

Padre Donovan no era más que un punto en la distancia, pero los fieles seguían agitando los brazos, despidiéndole y creyendo, como tantas otras cosas que creían sobre él, que aún podían verle. Aunque recelaban de la idea de ser pastoreados por el hermano Alphonse, eran unos borregos obedientes que no debían dudar de la palabra de su querido pastor.

-Bueno- Los quince dieron un pequeño salto, sorprendidos de que de la figura proviniera un sonido-, ya se ha ido.

-Has roto tus votos- dijo uno con un temor acusador.

-Por vosotros- improvisó el monje-. ¿Acaso creíais que iba a recompensar vuestra compañía con el silencio? Debo contaros las historias, recitaros las escrituras y cantaros los himnos.

El muchacho que sugirió la herejía se sintió lleno de vergüenza y culpa. El resto de la comitiva reprochó su actitud, ignorando y olvidando que todos ellos habían tenido el mismo pensamiento que aquel arrepentido pecador de lengua rápida. El nuevo líder de la comunidad inició la vuelta a la cueva, pero se detuvo ante la figura que se apresuró a colocarse frente a él, arrodillándose sobre los afilados trozos de roca de la calzada.

-Perdóneme padre- suplicó con la mirada en el suelo y los brazos rezando sobre su cabeza.

Alphonse sintió una punzada de asco. Siempre pensó que la primera vez que le llamaran de aquella manera no sería un insulto, sino el más sincero de los agradecimientos, la más gratificante experiencia proferida por la boca de uno que compartiría su propia sangre o, al menos, su apellido.

Se inclinó hacia él, acercándose a la temblorosa masa hasta que sus labios quedaron tan cerca de su oído que ambos pudieron sentir los diferentes compases de sus corazones. Susurró, para que solo él pudiera escucharlo.

-No.

Por un instante, Trevor creyó que su consciencia le había jugado una mala pasada, que su propio arrepentimiento le había intentado hacer sufrir una penitencia que merecía por dudar de la bondad de un miembro de la sacrosanta iglesia. Luego contempló la crudeza de la realidad con el alma rota, manchada y relegada del paraíso que se le había prometido. No pudo hacer otra cosa más que llorar, anclado por el propio peso de su pesar.

El clérigo continuó su camino dejando atrás el despojo que antes fue un hombre, el desagradable y blando resto que la autocompasión había creado a lo largo de años de fe y cuaresma. La compañía, toda ella, comenzó a moverse lentamente, intentando no mirar al caído en desgracia.

Y entonces una voz se alzó al final de la fila, la de un ser abrazado a otra pobre criatura que temblaba por el eterno destino de todos los pecadores.

-¡No! – gritó de pura rabia- ¡Tiene que perdonarle! ¿Acaso no ve que está arrepentido? – exigió Fred, intentando consolar al pobre desgraciado que amaba más que a Dios mismo con un casto abrazo. Le amaba, aun negándose a ello, aun sabiendo que no obtendría nada de vuelta, aun condenándose al infierno.

El demonio de pupilas rasgadas se giró para contemplar la tierna escena con un susurro en el corazón, una divertida reflexión interna sobre cuán doloroso era amar sin ser amado. Recordó otro tiempo aún más cruel y enfermo que el que había vivido en los últimos meses, que, aunque distante, seguía doliendo como el más infecto de los cortes. Entre los susurros de su congregación, avanzó manteniendo la mirada fija en aquella criatura que osó disputar su mandato, su poder como elegido divino heraldo. Aquella humilde criatura le aguantó la mirada hasta que su sombra se cernió sobre él, momento en el que cerró los ojos y suplicó a sus pies.

-Por favor…-susuró deseando todo lo bueno para su amado, independientemente de que no pudiera volver a verlo desde los pozos de azufre en los que él acabaría. Se contentaba pensando que su bienestar valía más que el suyo propio. Alphonse se quedó mirándoles. Él también había sido joven, más joven, y estúpido, mucho más estúpido.Acarició sus cabezas con una paternal sonrisa, alzándoles frente a todos.

-No le he perdonado porque no hay nada que tenga que perdonar. No lo ha hecho con intención…-dijo en voz alta, dirigiendo de nuevo al grupo que, tras haberse resuelto la amarga situación, volvía a estar en paz.

Cuando llegaron a la pequeña bifurcación en el camino hacia la cueva, el nuevo líder continuó montaña arriba. Nadie discutió su palabra ni el nuevo hogar que había reacondicionado para ellos tras limpiar toda la sangre de las paredes. Alphonse contempló a sus fieles seguidores en silencio, a la sombra del último entramado de túnel que no había conseguido limpiar del todo. Sentado en el trono de sangre seca, se preguntó si aquel atisbo de humanidad contra los dogmas tenía algún tipo de origen místico o si, simplemente, había sido una oportuna coincidencia.

Alimentar al rebaño

Los hambrientos rostros del credo pedían saciarse no con cenas, sino con historias de final feliz y justo castigo. Suplicaron con amabilidad a su nuevo pastor que les leyera una de tantas que el libro con la cruz en la tapa contenía, pues ellos mismos no sabían leer.

-¿No sabéis leer?- preguntó incrédulo-. Creía que Padre Donovan os había enseñado las escrituras- Varios negaron-. Pero si os he escuchado recitar los salmos una y otra vez, impecablemente.

Sintieron orgullo en sus corazones, para arrepentirse al instante del atroz pecado.

-Los memorizamos, hermano Alphonse- dijo Layla, reflejando la luz del pequeño fuego en sus ojos-. Cada vez que nuestro pastor llega con nuevas historias, las repetimos todos los días que no está. Entre todos completamos los huecos sin osar desestimar el divino y sagrado poder...

Alphonse dejó de escuchar, pues sabía que llegaba una retahíla de agradecimientos a un dios que no existía, y que si lo hacía no daba un mojón por ellos. Pasaron unos largos segundos antes de que, envuelto en sus pensamientos, comprendiera que la muchacha había terminado.

-Bien, bien. Entonces tendré que leer algo yo- dijo, sosteniendo el libro que tantas veces había repasado en un intento por distraer su atención de la sabandija a la que seguía-. Podría leer mis trozos preferidos: las plagas, las ciudades que se convirtieron en sal, el diluvio, el apocalipsis…

Muchos de ellos compartían como favoritos esos relatos. Deseaban, hacía mucho, que se impartiera una justicia que parecía no llegar nunca.

-Pero creo que voy a contaros la caída de Lucero- dijo Alphonse acercándose al fuego ante la mirada confusa y atónita de su público-. ¿No conocéis la historia del ángel Lucero? Vaya… creo que os gustará- dijo el demonio relamiéndose los colmillos.

En el principio, Dios creó todo. Pero antes de que creara todo, necesitaba crear a los que crearon todo bajo su mando: los ángeles. El primero de todos ellos fue Lucero, mensajero personal de su Padre para el resto que vino tras de él. Y cuando la creación se dio por terminada, vio Dios que era bueno… pero que faltaba… algo. Y creó al hombre.

Cuando Dios creó al hombre, les dio dos órdenes a sus ángeles. La primera, que debían amarles tanto como le amaban a él mismo. Y la segunda, que debían esconderse de ellos a toda costa, sin dejar nunca, jamás, que conocieran de su existencia.

Los hombres poblaron la tierra como el resto de animales, puros y perfectos, limitándose a comer, dormir y andar, desperdiciando el potencial de su perfección a imitación del propio Dios.

Lucero, que no hizo otra cosa que seguir las órdenes de su amado padre, no soportó ver a aquellas criaturas seguir en el lamentable estado de inopia… y les dio el conocimiento, pues el amor, como tantas otras cosas, pudo más que la prohibición.

Alphonse hizo una pausa, dejando que la idea calara hondo en los corazones de los fieles que le contemplaban con confusa admiración. Eran incapaces de sospechar la herética intención con la que el sagrado relato era narrado.

El don del conocimiento y la consciencia afloró en las mentes de los hombres, que agradecieron, sin ser del todo conscientes de todo lo que acarreaba aquella bendición, al generoso ángel. Dios por el contrario, no se lo tomó tan bien… nada bien.

El cielo se dividió en dos: por una parte estaban aquellos que opinaban igual que el primero de ellos, y por otra los liderados por el arcángel Miguel, los que no osaban, ni osarían jamás, cuestionar a su padre. Y cuando la guerra terminó, el bando perdedor fue desterrado a las entrañas de la tierra, a un lugar creado específicamente para ellos, donde estarían condenados a hacer sufrir a aquellos a los que habían amado tanto. Lucero, ahora Lucifer, sería el rey de todos ellos, obligado a vagar por la tierra tentando al hombre para llevarle a los infiernos. Obligado a herir a aquello que más amaba.



Gritaron y se quejaron, negándose a ver que esa historia podría ser mucho más real que el resto de estrafalarios cuentos que devoraban sin cuestionar un ápice. ¿Una vid ardiendo? Sin problemas. ¿Un diluvio que asoló la tierra? Si todo son islaa lo más normal era pensar que esa fue la causa. ¿Un Dios que creó un ser a su imagen y semejanza? ¿Un Dios humano y lleno de rencor? No, eso no podía ser cierto.

Muchos de ellos no durmieron esa noche, acosados por la oscura revelación que les hacía plantearse preguntas a las que creían haber hallado respuesta. Pensaron, y eso, cómo no, rompió su fe a trocitos.

“Si yo mismo no puedo tener fe, nadie debe tenerla”, sentenció para sí mismo con rencor, odio, sufrimiento y tristeza. Su “triunfo” no le supo tan bien como había esperado.

Creer no es ver

Tan solo tenía que tocar a aquel mentiroso, a aquel despreciable charlatán, para llevarlo a su interior y hacerlo desaparecer bajo el peso de la piedra y el metal. Cuando alargó la mano hacia él para golpearle, no fue un grito de alarma de sus fieles lo que reveló sus intenciones, se había asegurado de estar solo con aquella infame criatura. No, fue el propio grito de su alma, su mera intención lo que alertó a aquel ser. El duro golpe óseo se incrustó en su cara, hundiéndolo en la inconsciencia y la derrota.

Tardó en notar el frío tacto de las cadenas entre la húmeda y penetrante sensación del cubo de agua. Contempló al maligno ser que sonreía ante él.

-¿Crees que no notaba lo que tramabas, Alphonse? ¿Te crees que soy estúpido?
Aún confuso por todo lo que había pasado, el joven muchacho colgado no terminó de comprender cómo lo sabía ni como le había esquivado.

-Verás, el mundo es un lugar peligroso, demasiado peligro para aquellos que… bueno, ni siquiera tienen haki. No eres nadie y, aun así, te crees mejor que todos. ¿Acaso pensabas que podrías salvarles? No puedes salvar a la gente de sí misma, de lo que quiere- dijo, acercándose a la conmocionada criatura, agachándose frente a él-. Sabía quién eras, pero no porque me dijeras tu nombre. Aunque no deberías haberlo gritado a los cuatro vientos, maldito bastardo orgulloso. No… fueron tus ojos los que, desde el principio, me dijeron quién eras. Mi capitán no olvidó a aquel tipo de ojos de lagarto que siguió mirándole después de la paliza, que le hizo ganar mucho menos de lo que él quería. ¿Sabes cuánto tiempo me cuesta acondicionar a las personas? ¿Cuánto esfuerzo pongo para que llegues tú y acabes con mi trabajo?- le pateó, pero por suerte para el conmocionado, aún estaba en su forma humana.

Se transformó dejando ver el largo cuello, los poderosos cascos y la equina mandíbula sedienta de sangre y venganza.
-¿Acaso creías que podías vencer a un usuario de akuma no mi?-relinchó-. Sin haki, sin seguidores, sin nada más que tu estúpida convicción. ¿No es verdad, señor Capone?

Lo era.

El hombre caballo susurró con su largo morro cerca de la oreja de aquel hombre sin vida, sin nada más por lo que luchar.

-Te destruiré para volver a montar tus piezas, convirtiéndote, como a todos, en un buen producto: un esclavo diligente, modesto y… prescindible.

La esperanza desapareció de su corazón dejando entre los huecos de sus podridos restos una terrible infección: el miedo.


Última edición por Boss el Vie 18 Ago 2017 - 12:14, editado 27 veces
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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Jue 10 Ago 2017 - 13:32

Segunda parte Nueve meses y un mes más.

Las puertas de San Pedro

La tempestad azotó el barco con sus fuertes e incontables brazos, zarandeándolo hasta que cada miembro del rebaño se sintió mareado, exhausto y asustado. Las palabras de padre Donovan reverberaron en la bodega, animando a sus fieles chiquillos a rezar a Dios por sus almas, por la integridad del barco y por la purificación del hermano Alphonse. Los expertos marineros a cargo del navío sabían que aquella exagerada actitud era otra más de las triquiñuelas de su jefe, y sonrieron al frío viento de la tormenta. No era la primera vez que pasaban por aquella torrencial conjunción de factores, permanente y fácilmente evitable, tan solo para orquestar una escena más en la obra de su señor.

Fred deseó unirse a los coros, a las sagradas voces que murmuraban plegarias al techo, pero su deber era más importante. Aquel día le tocaba a él vigilar al poseído. Sabía que aquellos ojos que le dieron mala espina desde el primer momento no debían ser humanos, pero, como buen hijo del Señor, no osó juzgarle abiertamente por un detalle tan superfluo. Ahora la situación era otra, su pastor había determinado la posesión,y aquel ser no debía hablar para corromper más corazones, quedando encerrado con cadenas y cuerdas y siendo constantemente guardado con el celo del frío acero. Si hablaba, moriría; si hacía algo raro, moriría… pero un alma se perdería en el limbo, incapaz de volver de las garras de aquel maligno ser que había robado su cuerpo. No, debía llegar vivo… para poder salvarle.

En privado, Vincent le susurró a Fred que si aquel ser podía ser salvado, también sus actos podían ser purificados a ojos de Dios, y eso le dio fuerzas para evitar dormirse, para seguir apuntando con aquella ruinosa espada a la infame y penosa criatura que tenía delante de él. No debía sentir lástima, pues no era humano.

Alphonse solo quería dormir, descansar del terrible esfuerzo de la consciencia para que sus pensamientos desaparecieran y dejaran de arañar su cráneo con las afiladas garras del remordimiento. Pero no podía, no cuando el frío tacto del acero se clavaba en su carne, sacándole súbitamente del sueño en el que comenzaba a sumergirse. La realidad le ahogaba.

Recluido en las bellas entrañas de su propio ser, su consciencia recorrió el infinito interior deseando descansar de una vez por todas. La ira le consumía por encima del cansancio, de la terrible impotencia de no poder hacer nada, ni siquiera dormir. La sombra que antes era un hombre parpadeó, gritando cada vez que despertaba en una realidad que no deseaba vivir. Se sentía mucho más feliz cuando no sentía nada, cuando el mundo no era más que una suave oscuridad que le mecía con cariño dentro de un cálido fluido en el que no necesitaba respirar.

La punta de la espada volvió a clavarse en su costado, obligándole a ver aunque sus ojos nunca dejaban de ansiar estar cerrados. Se agitó, mirando a aquel estúpido torturador con el vibrar neurótico en una vista exhausta y seca. Hacía mucho que había dejado de llorar.

-Fred, suéltame, no estoy…

El metal mordió la carne, torciéndose sobre la herida, volviendo a callarle. Ya lo había intentado otras muchas veces, con muchos otros. Aunque esas personas eran puros de corazón y espíritu, no se arriesgarían a dejarse seducir por las tentaciones si podían hacerlas callar tan fácilmente.

El silencio volvió a reinar en la pequeña jaula. Los gritos se limitaron a retumbar en el corazón de Alphonse. La cordura le abandonaba, y no volvía por muchos muebles que rompiera, por muchas lámparas que aplastara bajo el peso de una voluntad que no podía hacer lo único que quería. Sin descanso ni esperanza, ¿cuánto podría aguantar?

Tumbado en los escombros de su antigua gloria, una vida a la que probablemente nunca volvería, Alphonse intentó pensar en un tiempo en el que se sintió feliz. Pero la felicidad para él se reducía a simples momentos que el mundo se encargaba de arrebatarle lo antes posible. Atrapado en su presente y sin poder encontrar su pasado, miró a la negrura del insondable futuro cuyo final era el mismo para todos: la nada.


-¡Por allí resopla!-gritó en contra del poderoso viento la voz del capitán, sin nadie más que la bestia para escucharle.

Todos le habían abandonado, tachándole de loco, de enfermo y monstruo por querer capturar a aquel ser de leyenda. Y ahora lo tenía delante de él, perdiéndose entre las saladas sábanas de un infinito mar en movimiento.

Los afilados vientos iban en su contra, clavándose en sus huesos cada vez que estaba a punto de lanzarle el arpón al preciado rey marino que se escapaba delante de sus narices. Hacía mucho tiempo que dudaba, pero sabía- o creía saber- que todo podría cambiar si conseguía tocar a aquel ser de fantasía. Hacía tanto que no veía uno de su especie que no podía dejarlo escapar así como así.

Decidido a capturarlo, el capitán se olvidó de atar el arpón a su navío, lanzándose a la bestia antes de que el afilado tifón se lo impidiera. Sintió el frío destrozarle los huesos poco a poco, royendo su tuétano como un millar de ratas. En las oscuras aguas del infinito mar, no pudo ver nada.

Y se quedó allí, solo y desamparado, deseando que el amigable monstruo llegara a él con tanto afán como él lo había perseguido. El sueño, por desgracia, no podía llegar a él en medio de la tormenta.


Alphonse miró a su alrededor para encontrar únicamente al infame sacerdote que tanto dolor le infligía a su alma. Su mera presencia bastaba para que sintiera en su alma la lacerante quemazón del sufrimiento. Deseaba dormir, y creyó recordar que el día anterior le dejó… Se preguntó si de verdad había dormido.

-Ya hemos llegado, Alphonse. La tierra prometida de Nueva Esperanza, monasterio de mi orden. ¿Has descansado?- Ambos conocían la respuesta, pero solo el maligno psicólogo sabía que había dejado el tiempo justo para que el descanso perpetuara la vida de su cautivo sin aliviar su sufrimiento. No estaba dispuesto a deshacerse de su materia prima.

En aquella pequeña isla de menos de siete hectáreas se apretujaban varias instalaciones destinadas al correcto refinamiento de las mentes de los nuevos esclavos. En primer lugar teníamos las barracas mineras para los débiles de mente-más si cabía- y de cuerpo, que les harían enfocar su esfuerzo a buscar a Dios en las entrañas de la tierra hasta que un derrumbe les llevara junto a Él tras una vida de esfuerzo, sangre y sudor. Serían los primeros en venderse. Los más apuestos serían llevados a otra para ser acondicionados a soportar el sufrimiento de sonreír fueran cuales fuesen los maltratos de los pocos escogidos por su Señor para reinar sobre ellos, prometiéndoles que encontrarían una mejor vida si hacían penitencia por los dones físicos que su creador les había otorgado, por los que no le habían agradecido bastante. Pronto no serían más que mayordomos, criadas y lascivos aliviaderos para amos despóticos que encontrarían en ellos la docilidad del ganado. A los fuertes y poderosos les darían las armas para poder vengarse del mundo, y serían recogidos por la negra flota de un capitán que no tardaría mucho en aprovechar el rencor de sus blandas almas, torciéndolas para su propio beneficio y para el de ellos mismos que encontrarían demasiado dulces las tentaciones del hedonismo y la piratería. De entre los pocos sabios que llegaran a Nueva Esperanza, solo los crueles serían escogidos por el padre para formar parte de sus heraldos, otros que contribuirían a su trabajo para que el flujo de vidas que entraba y salía de aquella isla nunca se detuviera mientras Donovan salía a "rescatar" más almas. El resto, los pocos ancianos y tullidos, serían "salvados", ejecutados en la dependencia aparte a la que solo unos pocos escogidos lograban acceder, nutriendo las cosechas de la isla sin que ninguna oveja sospechara de la bondad de sus lobos guardianes.

Padre Donovan se preguntaba cuál sería el destino físico del cuerpo de aquel pobre desgraciado que había osado mirar a su capitán con tanto odio, con tanto orgullo, que… había negado la muerte, riéndose de él. La verdad era que poco le importaba aquel hombre al que debía agradecerle todo el entramado de su empresa, pero sabía que se sentiría satisfecho al ver su gesto torcido al entregarle, como una dócil marioneta, al que le había desafiado. Él triunfaría donde el rastafari fracasó. La idea de restregarle su éxito con un regalo le hizo temblar en éxtasis; relinchó.

-Serás mi pequeño proyecto especial, Alphonse- dijo con una larga sonrisa de dientes cuadrados.

En el largo camino hasta su capilla, Padre Donovan esperó que el encadenado hiciera el pequeño esfuerzo de librarse del hierro que le apresaba. Sabía que podía hacerlo, había visto la cueva que había “encontrado” para guarecer a sus fieles mucho antes del derrumbe de su antiguo hogar. Gracias a él no había perdido una nueva remesa de esclavos, pero nunca se lo agradecería.

"¿Por qué no lucha? ¿Por qué no me da la oportunidad de volver a golpearlo?”, se preguntó, tensando las cadenas de las paredes y añadiendo cerrojos a la mazmorra oculta en la tierra. No deseaba que el demonio se escapara y le privara del merecido descanso, no cuando su esposa le esperaba con tanta ansia sobre su lecho.

Sed.

La presión aumentaba conforme el submarino contnuaba cayendo bocabajo en la falla. El cristal de las escotillas comenzaba a agrietarse y las enormes tuercas que sellaban el hierro de las paredes crujían en una sinfonía de ahogados quejidos.

Él era el último en la nave y, como buen capitán, se hundía con su nave soportando el abismal peso del arrepentimiento y del temor del final de su corta vida. No importaba cuántas veces pareciera que el batiscafo, en un último estertor de sus motores, fuese a librarse de las hondas aguas de aquella redonda y salada sima, nunca dejaría de hundirse.

Las paredes cedieron, como lo habían hecho otras tantas veces, y veinte mil leguas de agua recorrieron cada esquina de la nave hasta dar con él. Aquel pobre muchacho no había deseado estar al mando de aquella embarcación, y mucho menos sufrir aquel cruel destino. No pudo hacer nada cuando se le agotó el esfuerzo y el agua entró por su garganta.


Vincent disfrutó contemplando los espasmos de su cautivo, y hasta que no cesaron sus burdos intentos por librarse de la tortura no le indicó a su apóstol que le izara, sacándole de aquel infernal bautizo. Una simple cuba llena de agua bastaba, no hacían falta métodos complicados para destruir la voluntad de un hombre. En ella le ahogaba el tiempo suficiente para que la agonía le destruyera poco a poco, vez a vez, solo con él para librarle del sufrimiento.

Alphonse vomitó de nuevo, tosiendo y dando desesperadas bocanadas como un pez fuera del agua. Su barba le molestaba mucho más ahora, mojada y apelmazada, de lo que le había molestado durante los tres últimos meses. Miró a Padre Donovan con los ojos rojos, irritados por la salmuera. El sacerdote no iba a malgastar el agua potable en él, no cuando aquel líquido le quemaría y secaría, contribuyendo a la continua y elaborada desesperación a la que le sometía.

-Esperaba que aguantaras más, Alphonse- dijo decepcionado mientras daba vueltas alrededor del tonel de agua de mar-. Yo creía que iba a poder convertirte en un gran guerrero, en la perfecta mano ejecutora… pero sigues sin aguantar ni tres zambullidas. Dime, Alphonse… ¿qué se siente al ser tan débil?

Antes de que el reo pudiera contestarle, antes de que pudiese terminar de humillarse, el gesto del cura bastó para que el acólito soltara el mecanismo, condenando de nuevo a aquel pobre muchacho a la horrible sensación de los pulmones colapsados. Tres horas se alargó la tortura, hasta que llegó la de cenar.

Todo en la mesa había sido dispuesto, desde los candelabros de bronce a la fina cubertería de plata. Sobre aquel mantel de encaje se amontonaban los más deliciosos bocados que podían encontrarse en la mesa de un generoso rey: pato asado con finas hierbas, de crujiente y sabrosa piel que podía ser acompañada por alguna de las tres salsas que se repartían a su alrededor rebosando en las salseras; doradas patatas estofadas en un caldo de carne con garbanzos y gruesas, crujientes y deliciosas rodajas de zanahoria; una ensalada césar sobre una fuente de cristal que no habría podido entremezclar su queso, salsa y pollo sin que alguno de sus trozos se hubiera precipitado fuera de ella. Y al otro lado de la mesa, donde el mantel no alcanzaba a protegerla, unas simples y saladas gachas habían sido tristemente acompañadas con medio vaso de agua.

Vincent escalfó la sidra que se servía, manchando la mesa del delicioso olor a manzana y roble. Sonrió, levantando la copa repleta como brindis a su invitado antes de dar un profundo y sonoro trago. Comenzó a comer, deshuesando el muslo con avidez y glotonería.

-¿No comes, Alphonse?-dijo con la boca repleta, obligándose a tragar sin saborear las delicias a las que estaba acostumbrado a engullir en su hogar. Sonrió divertido, contemplando las cadenas que le impedían moverse lo justo para acceder a su triste sustento. Mandó a su subordinado con un leve movimiento de cabeza a que se las quitara.

Alphonse continuó con la mirada perdida en los colores y los olores, en los recuerdos de los manjares que alguna vez habían tocado su lengua y su alma. Extraviado, como un náufrago en una remota isla, siguió contemplando aquel sabroso horizonte sin esperanza alguna de rescate.

-¿Mejor?- preguntó el anfitrión, sirviéndose un generoso trozo de pechuga con sus propios cubiertos. Sintió la mirada, clavada durante un instante como una bella puñalada-. ¿Quieres un poco?-preguntó, dejando aquel suculento y sabroso premio sobre un platillo anexo, preparado para el momento-. Solo tienes que pedirlo.

-Gracias…-susurró, levantando la vista de la comida, forzando una pequeña sonrisa en su rostro cansado y enfermo-. Le agradezco, desde lo profundo de mi corazón, su invitación.

Con una pequeña señal, el mayordomo llevó aquel trozo a su nuevo dueño, el cual volvió a pronunciar un suave agradecimiento. La mano de Alphonse tembló en su lento avance, aproximándose costosamente al vaso para agarrarlo y llevárselo a los labios. Bebió despacio. El dulce sabor del agua bajó lentamente por su boca, calmando la garganta seca que pronto exigió más, mucho más para contentarse. Desgraciadamente, el vaso ya estaba vacío.

Contempló a través del cristal la lobuna sonrisa de su anfitrión antes de dejar el vaso en su sitio. Llevó sus cansados ojos al único cubierto al lado izquierdo de las gachas, una pequeña cuchara para que aquella mínima cantidad de comida se le hiciera eterna. La cogió, solo para colocarla frente a su plato, en su parte superior, con su mango orientado a la derecha.

Padre Donovan continuó con su atracón y a los pocos minutos se vio obligado a beber otro enorme copazo de sidra al engolliparse. Cuando terminó el pequeño susto de una estúpida muerte contempló la misma estampa que había tenido frente a él mucho antes, con la única y pequeña diferencia de la desaparición del líquido en el vaso cruelmente servido y la posición del cubierto. La comida seguía intacta sobre sus platos.

-¿No comes?-preguntó con el ceño fruncido, confuso y, aunque no lo expresara, asustado.

-Lo lamento- y vaya si lo lamentaba-, pero no puedo

Vincent ladeó su cabeza mientras diseccionaba cada una de las palabras que había pronunciado su pequeño proyecto. Sonrió, disfrutando del inesperado trauma que tenía delante de él como quien encontraba un filón escondido.

-¿Por qué no?- dijo paladeando cada sílaba con sorna.

-No sería educado decirlo- dijo volviendo la mirada al plato, agachando su cabeza en un cortés gesto de disculpa.
-Insisto.

Los ojos de Alphonse relampaguearon antes de mirar directamente a su macabro anfitrión. No había nada en su gesto que expresase todo el odio que sentía hacia la escena salvo aquellos horribles ojos de pupila rasgada. Las tormentas atravesaron a aquel imbécil, dejando tras de sí un reguero de destrucción y terror.

-La mesa está mal colocada, quedando el mantel expuesto; no hay tenedor para carne, solo de pescado; solo hay una única copa cuando debería haber tres… o dos al menos, una para el agua y otra para el vino de turno; ha trinchado el ave con sus cubiertos personales, sin usar las herramientas propias para trinchar; los platos han sido servidos sin respetar el espacio entre los entrantes, como la ensalada, y los principales, haciendo que se enfríen y pierdan su sabor; ha escalfado su sidra sobre el mantel, cuando, si se hiciera, debería ser sobre el suelo para que pudiera recogerse mejor; el único cubierto que me ha proporcionado es una cucharilla, la cual es de postre. Esos han sido sus errores, además del invitarme sabiendo la situación que nos atañe, tan solo para intentar humillarme con su lujo- Alphonse volvió su vista al vaso vacío, cogiéndolo con la mano temblorosa antes de alzarlo sobre la mesa-. Lo único que ha hecho bien es dejarme un vaso del que poder beber, y aun así ha procurado servírmelo medio vacío, sin nada más para contentar mi sed- bajó el brazo, dejando el vaso con precisión en su exacta posición inicial.

El fraile tardó unos instantes en reconstruir su espíritu, atrapado durante unos instantes en los ojos del huracán que tenía frente a él. Comprendió fácilmente, por qué su capitán no había podido olvidarlos y por qué había convertido en una recurrente anécdota cómo linchó a aquel tipejo que osó hacerle frente, mirándole cada vez que sus muchachos le tiraban al suelo.

Allí, encerrado en una enjuta y sucia carcasa, se encontraba un diamante en bruto, un caótico engendro que lanzar contra las líneas enemigas avanzando sin temor destruyendo todo a su paso… Y él tenía la oportunidad de domarlo, de encauzarlo hacia sus propósitos… Por un momento olvidó que se trataba de un regalo, de un humillado presente para avergonzar a su odiado jefe. Paladeó, tramando un nuevo plan, un plan que le llevaría al puesto que realmente merecía. Él era el cerebro, ¿por qué no era considerado como tal? ¿Por qué le admiraban y seguían a él? ¿Por qué, en un principio, él mismo también lo había hecho?

Vincent se acercó, pasando por el lado de la mesa y dejando caer su servilleta al suelo tras limpiarse. Con la mirada preocupada, el ceño fruncido y la esperanza rebosando en sus ojos se aproximó a la silla de su paciente, acuclillándose para poder ver mejor el rostro del pobre enfermo.

-¿Qué te pasó, Alphonse? ¿Qué circunstancias te llevaron a no poder comer la comida que se te ofrece si no es siguiendo unas arbitrarias reglas nobiliarias? ¿Por qué te haces esto?- preguntó, sabiendo que aquel muchacho, aunque tenía las respuestas enconadas en lo más profundo de su alma, no hablaría-. Sé que quieres ayudarles, pero, como has visto, hay gente que no quiere ser ayudada. No puedes obligarles a que lo acepten… como tampoco puedes obligarles a que te quieran para que llenen ese inmenso vacío en tu corazón. Deja de querer ser un héroe. No encontrarás en la satisfacción de otros el cómo vencer a tus propios demonios, a tu pasado, a tu dolor… Y lo sabes, sabes que la gente es demasiado estúpida para ser buena… demasiado egoísta para hacer algo que pueda… iluminar este maldito infierno en el que vivimos. No hay razón para ser bueno. Pero tú… tú te empeñas en creer que sí...- El gesto de su presa quedó inmóvil, pero sus ojos le revelaron al inquisidor todo cuanto necesitaba saber- O… lo hacías- sonrió, sabiendo que el primer paso lo había dado mucho antes de que él intentara romper su molde, ahora solo quedaba darle forma-. Ya has visto la verdad de este mundo, Alphonse. Ahora, déjame ayudarte. Puedo darte un ejército para que navegues por este mundo impartiendo una verdadera justicia. Tomaremos todo aquello que merecemos, que es nuestro por derecho. Solo tienes que creer, Alphonse, creer en mí. Cree…

Las palabras reptaron como serpientes por el oído de Alphonse , buscando una grieta en la que guarecerse, preparadas para servir a los propósitos de su amo.

-Creo.

El rostro del sacerdote se ensombreció, tornándose en una gélida máscara de desprecio y arrepentimiento. Ese desgraciado no solo se había atrevido a denegar su oferta, la primera que había sido sincera en mucho, mucho tiempo, también había osado mentirle a la cara.

Azote

Cada golpe se distanciaba del siguiente lo suficiente para que los gritos de dolor y la sensación que los provocaban no se entremezclaran. Cada nota de sufrimiento tenía un origen propio, un mismo patrón y forma dentro de la pequeña composición que se medía, no con el tañido del metrónomo, sino del látigo.

-Yo creo, sí creo- repitió la voz una vez más. Y una vez más mentía.

Padre Donovan miró a Abel, su zelote, encargado durante más de tres horas de convertir el cuerpo de Alphonse en una prisión de sufrimiento. Se notaba que aquel cuarentón tuerto disfrutaba del dolor ajeno, quizás demasiado. Al cura no le importaba que se divirtiera un poco, fue él mismo quien le propuso aplicar dolor como pequeña terapia, o más bien como venganza, a su cobaya, pero no estaba viendo resultados. Cada vez que el fraile le ofrecía acabar con su dolor, el preso volvía a mentirle a la cara.

Vincent se preguntó si, quizás, sus conocimientos le estaban fallando, y eso le cabreó bastante más de lo que ya estaba. Sabía que las piedras y palos podían romper huesos, pero las palabras eran las mejores armas de todas, las únicas que necesitaba.

-Basta- Tres horas habían pasado entre sudores, gritos y sangre-. Puedes marcharte, Abel, ya seguiré yo.

El cerebro detrás de todo giró, contemplando a la patética criatura frente a él, encadenada en el centro del matadero mientras sus pobres restos se perdían en el desagüe hacia la planta de abajo, donde se añadirían al fertilizante. Se agachó frente a él para que pudiera mirarle, para que pudiera contemplar con su sucio rostro uno sagrado e impoluto. Sonrió.

-¿Por qué no colaboras, Alphonse? ¿Qué te retiene?- preguntó, culpándole a él de su propia agonía.

-Yo creo, sí creo- repitió, suplicando clemencia. Mintió de nuevo.

El rostro del psicólogo se ensombreció, arrugándose con asco y disgusto. Permaneció así unos segundos, pensando qué debía hacer ante tal blasfemia. ¿Por qué no pedía a Dios que acabara con su sufrimiento? Y, lo más importante: ¿por qué no le suplicaba a él que realmente podía? "No voy a conseguir nada destruyendo su cuerpo", pensó el sacerdote cuando aquel muchacho volvió a mentirle.

¿Qué podía quitarle? ¿Su voz? Extrajo el cuchillo de entre los pliegues de la sotana y apoyó la fría cuchilla sobre el cuello del moreno. Pero ni cuando empezó a clavarla se inmutó el muchacho, quedando ahí, caído y rendido a sus pies.

No.

¿Su rostro? Deslizó la punta de la daga por su sien, en una línea que bajaba paralela a la de su mandíbula. Sus ojos siguieron apagados, marchitos ante todo estímulo.

No.

¿Qué más podía quitarle? Sin libertad, sin comida, sin agua ni sueño… ¿Qué quedaba de las aspiraciones de un hombre?

Vincent sonrió, sintiéndose felizmente estúpido por no plantearlo de otra forma.

-No es ni tu voz, ni tu rostro, ni tu cuerpo lo que te hace sentir vivo. Tampoco es tu música- dijo, haciendo un trasquilón en su oreja-. Son ellos…-susuró a la misma.

Cuando conoces qué es lo que motiva a la gente, puedes controlarlos. Y aquel burdo cliché sería la perdición de su alma, la caída de su gloria, la forja de un servicial esclavo que no tendría otra que aferrarse a la promesa de lo único que ansiaba cada ser de este mundo: ser amado.

Había sido encadenado por los dioses en medio del tórrido desierto, y era incapaz de sentarse debido a las obscenas temperaturas de la arena bajo sus abrasados pies. Nada salvo el suave murmullo del lejano viento se atrevía a romper el terrible silencio que rodeaba a aquel que había ofendido a las deidades. Nada. Su propio y lento latir cronometraba el lento paso del tiempo en aquella solitaria coordenada, alejado, a miles de kilómetros de cualquier otra cosa. Nada para acompañarle salvo el terrible recordatorio del hambre y la sed. Nada. Nadie. El dolor cuarteaba su piel propinándole más latigazos sin chasquido alguno, diferenciándose así de los que se marcaban muy hondo en el rojo músculo expuesto. Silencio. Ansiaba y se esforzaba por disfrutar de aquel silencio que luchaba por construir a su alrededor con imaginaria arena y un calor y dolor demasiado reales.

La primera piedra rebotó en su mejilla, rasguñándola. Las siguientes se clavaron en su hombro, en su pie izquierdo y en su cabeza gacha que intentaba volver al calmado desierto. Cuando regresó, vio la tormenta.

La descomunal ola de tierra amenazaba lentamente con llegar a su posición para arrollarle, para seguir tirándole piedras mientras le gritaba. No pudo ignorar la magnitud de su propia imaginación, de aquel recurso que no había sido pintado intencionadamente en el cuento en el que trataba de refugiarse. La tempestad le engulló.

Cada torrencial bocanada traía una miríada de insultos y torpes pedradas, de recuerdos y culpas que él no merecía pero que sentía clavarse en su alma como las más afiladas dagas. Creyó que hacía mucho tiempo que no había ya forma alguna de seguir dañando su espíritu, pero se equivocaba. Cada agravio y cada relato de sufrimiento por el que le culpaban se incrustaba en su piel, arrancando de ella trozos de su propio ser.

Tan solo permaneció allí, sin poder aislarse en sí mismo para escribir, sin poder aprovechar todo ese sufrimiento para crear lo que la humanidad había hecho siempre, cada vez que el mundo les masticaba y escupía: arte.

Padre Donovan contempló su trabajo y vio que era bueno, pero sabía que aún quedaba mucho por hacer antes de poder descansar. Todos sus borregos balaban a aquella horrible criatura culpable de todos y cada uno de los pecados responsables de destruir su hogar, de impedir que les protegieran, de hacerles demasiado débiles como para poder hacer nada, de que tuvieran que hacer cosas que temieron confesar, cosas que les hizo aquel infierno en el que se había convertido la tierra que pisaban, que Dios en su infinita compasión había creado en su origen buena y dulce... Hasta que llegó aquel monstruo para condenarles. Para ellos, era el demonio. Un demonio que su pastor había colocado frente a ellos para que pudieran desahogar todo el mal que llevaban dentro.

Pasaron seis días en los que los salmos se convirtieron en horas de odio, en los que las piedras del campo servían como un perfecto proyectil para la vasija de aquel impío ser que les había intentado engañar desde el principio. Pero los ojos eran las ventanas al alma, y los de aquel ser quedaban lejos, demasiado lejos, de ser humanos. El monstruo pedía perdón, pero no había más que mentiras en sus palabras que tan solo el Pastor podía entrever, bendecidos sus ojos y oídos por la santa trinidad para castigar a aquel infernal engendro.


Amor


Día tras día la muchacha contemplaba aquella estampa de sufrimiento, deseando infligir aún más castigo a aquel sucio pecador. Intentó dejar de conmoverse por sus gritos, por las lágrimas y por su aspecto, escuchando las verdades de la boca de su salvador personal. Algo en ella le empujó a tirar la piedra, a pesar de que todos sus compañeros ya hacía rato que se habían marchado a dormir.

Falló. Así que dio un paso más para no errar en su siguiente intento. Volvió a fallar, viéndose obligada a dar otro. Los desesperados lanzamientos la hicieron maldecir por lo bajo para después santiguarse buscando un perdón que no necesitaba. Antes de que se diera cuenta estaba a tan solo un par de metros del encadenado.

Cuando aquel ser alzó la vista, no vio ningún mal en sus ojos. Contempló su rostro con la mano bien en lo alto, cargada con la piedra que deseaba arrojarle, y siguió deseando hacerlo. Supo en ese momento que algo andaba mal, muy mal. Corrió, corrió hacia la seguridad de su barraca sin importarle no haber cenado y se metió en su cama en un intento de dormirse rápido para que los oscuros susurros de su cerebro se callaran de una vez.

-¡Ahí estás!- dijo aliviado el muchacho de tez morena al que llamaba su alma gemela-. Me habías asustado- le recriminó-, ¿dónde te habías metido?

-Me encontraba mal- se excusó ella, bajando el rostro ante al que pronto debería llamar marido-. No quería preocuparte.

-Pues lo has hecho- añadió con paternal condescendencia-. ¿No sabes que tú eres lo más preciado para mí? No quiero que te pase nada. Toma- dijo tendiéndole el cuenco de arroz con carne y verduras-, necesitas estar fuerte para nuestra misión.

-Sí- susurró, aceptando el plato sin sentirse con ganas de comer-. ¿Alguna vez has…

-¿Si he qué?- cortó, odiando la continua parsimonia de su prometida

-Nada.

-¿Por qué siempre haces eso?-preguntó, harto de que nunca tuviera respuesta, tan solo quejándose otra vez más de ella-. Siempre haces eso.

Bajó la cabeza arrepentida, como había hecho tantas otras veces en su corta convivencia con aquel hombre.

Él suspiro, y tomando el bello rostro de la mujer que Dios mismo había puesto en su vida se sintió bendecido por cada luz en su rostro, por cada lágrima de arrepentimiento que caía de sus bellos ojos azules. Protegería aquel tesoro por encima de todo.

-Sabes que no quiero te pase nada. Te quiero demasiado, eso es todo. Soy un hombre con suerte, y agradezco al Padre que te escogiera para mí.

Volvió a llorar, buscando el consuelo del hombre frente a él con un abrazo que la hundía bajo el terrible peso de unas manos grandes y robustas. Pronto me acostumbraré, se dijo, sin dudar de que Dios les había dado el cometido de llenar la tierra de sus bendiciones, de pequeñas almas que pronto crecerían en su matriz.

Aceptó su misión con resignación, renunciando a la tierra prometida a la que había visto partir a muchos otros… pero el pensamiento de yacer con aquel hombre le daba arcadas. Se contentó pensando que no sería diferente a aquella otra vez que abusaron de ella… Gracias a Dios lo superó, ¿verdad?

Intentó arrastrarla a la cama, pero ella insistió en que debía volver a dejar su cena en el comedor, aunque apenas había probado bocado de ella. Pidió perdón de nuevo, prometiéndole que compensaría su espera más tarde.

Contempló al pasar a la caída figura, volviendo a acercarse a ella en la infinita oscuridad. Acercó el plato, dejándolo sobre el suelo frente al caído.
Alphonse tardó en reaccionar, en ver aquel plato que creía un espejismo… y tardó más en creer que era real. Lo cogió con la esquelética mano temblando por el necesitado sustento, y, cuando se acercó el cuenco, alzó el rostro a la luz de la tenue luna creciente que enmarcaba la sombra de aquella mujer para decir solo una palabra con el peso de un millón.

-Gracias.

Arañó con la cuchara el plato, hundiéndola para rebañar cada pequeño gramo de aceite en él, devorando en pocos segundos el exquisito salteado. Su empequeñecido estómago, por primera vez en mucho tiempo, estaba lleno.

Ella sonrió y se dio la vuelta, dándose prisa en volver junto a aquel con el que pasaría el resto de sus días, pero una mano estaba posada en su hombro, una garra tan fría y aguda como el espectro de la muerte. No pudo continuar andando, temiendo por su vida y su alma. Lentamente, aquella fuerza la giró sin que se atreviera a oponer resistencia.

-Toma, tendrás que devolver esto- dijo el ángel caído y encadenado con unos eslabones que le daban más libertad que lo que ella había creído.

-Gracias- dijo sin comprender del todo, preguntándose qué había pasado en el camino que recorrió hasta el edificio comedor. Entonces, otra mano se clavó en su hombro con temor y rabia.

-¡Tenemos que ir a confesarnos, ahora mismo!- dijo el pobre y celoso pecador que no quiso darle la libertad, ni siquiera para ir a llevar un estúpido tazón.

Mea culpa


Tras dos largas horas, Vincent volvió a la cama y se dejó caer sobre el colchón. Estaba cansado, harto de tantas complicaciones de última hora y tantos planes que cambiar. Ahora tendría que aplazar la siguiente fase de su gran proyecto, la última antes de su merecido descanso. Se había esforzado tantos años para que todo saliera bien... y ahora el que creía que era el último mes se había convertido en el penúltimo. Le mataba tener que pensar una nueva reasignación, tener que revisar sus notas sobre cada una de aquellas ovejas para ver cuál sería la adecuada para aquel cabrón.

-¿A qué viene esa cara tan larga?- bromeó Teresa, ronroneando al oído de su esposo como una gata en celo. Al fin y al cabo la habían interrumpido bruscamente en medio de un asunto muy importante, su propio placer.

-Una de las Eva se ha compadecido de Alphonse y le ha dado comida a última hora, tras seis malditos días… Estoy a esto de mandar todo el plan para joder a Scratch a tomar por culo- dijo, acercando sus dedos entre sí hasta casi rozarlos-. Lo peor es que sé que va a valer la pena cuando vea la cara que se le queda a ese idiota al ver que yo, el débil e inútil Vincent que solo es capaz de hablar, le entregue en bandeja de plata a ese orgulloso noble convertido en un esclavito dócil e indefenso.

Teresa puso los ojos en blanco, harta ya de tanto escuchar el nombre de aquel tipo que le quitaba a su delicioso marido de los pocos ratos libres que tenía. “¿Para qué tanto trabajo?”, se preguntaba. Ella misma hubiera doblegado la mente de aquel idiota a golpe de látigo. Qué demonios, él mismo lo había empezado a hacer un día en el que estaba demasiado enfadado. Pero no. Vincent quería destruir su “alma” primero. Entendía lo que quería hacer, cómo quería hacerlo, pero tanto trabajo la aburría. “Debió seguir con los golpes de látigo”, se dijo.

-Aún sigo sin entender por qué no has ido cortando dedos, rompiendo huesos… Ya sabes, los refuerzos típicos para reducir su aspecto a un ser frágil e irreconocible para sí mismo. Hubiera sido más fácil romper el cuerpo para remodelar su psique- sugirió, estirándose en la cama.

-Lo necesito entero. Y bueno, antes quería…

-¿Tirártelo? Ya decía yo que pasabas mucho tiempo con él, si es que…-bromeó con una larga y cruel sonrisa, que se hizo aún más larga cuando vio el ceño fruncido y los labios apretados de su amor.

-Ja. Ja- articuló con infinita ironía-. Creía que podría sustituir a Scratch, ya estoy bastante harto de él-dijo, mirando al techo-. Lleva demasiado tiempo en un trono que no le pertenece, todo porque cree que tener una armada, una banda que saquee y asole pueblos, lo es todo. No se preocupa de nada más que la fuerza militar… ¿Y la logística? Nada. ¿Y el cómo perpetuar el sistema para tener siempre esclavos? No, eso me lo tengo que buscar yo. ¿Sabes lo difícil que fue catalogar a cada individuo para que formen parejas abusivas de las que recoger a los niños en la próxima generación? Y ahora voy a tener que repetirlo. Y mañana se supone que voy a vender a los esclavos… No sé…

Teresa le calló con un beso y se colocó sobre él, agarrándole por los hombros con firmeza y cariño.
-Deja de preocuparte, Vincent. Yo me haré cargo de todo. ¿No lo hago siempre?-cada movimiento de cadera despejó aún más las dudas del veintañero-. Y ahora… los caballos no solo tienen la cara larga, ¿verdad?

Se transformó, inclinándose para poder besar a aquella mujer que ya no le sacaba tres cabezas, dispuesto a dejar sus preocupaciones para otra noche. Confiaba que Teresa haría un buen trabajo, como siempre hacía.

Tras despedirse de Vincent la mañana siguiente, Teresa sabía exactamente lo que hacer. A la robusta amazona no le hacían falta llaves para abrir los grilletes, le bastaba colocar sus manos sobre ellos, rompiéndolos con una aberrante delicadeza. Los trozos cayeron al suelo, y el preso la miró con incredulidad.

-Tienes media hora, disfrútala. Puedes hacer lo que quieras, nadie te detendrá- explicó la enorme monja de nuevo, dando vueltas alrededor del pobre desgraciado-. Puedes intentar salir de aquí, ir a por comida…o ir a salvar a aquella chica, aunque para eso tendrías que darte prisa.

Alphonse corrió, corrió todo lo que sus pies y manos le permitieron entre continuos tropiezos y caídas, arrastrándose por la tierra como un miserable gusano. Por primera vez en mucho tiempo recorría caminos que no había construido él mismo. Al llegar a su ansiado destino, miró el vacío mar con miedo y luego la punzada de verdadero terror le recorrió toda la columna. Buscó, pero edificio tras edificio, rebaño tras rebaño, no pudo encontrar a la mujer. El tiempo se agotaba.

-Sabes… creo que voy a darte una pequeña pista- susurró la sor guerrera, cuya presencia bastaba para tranquilizar a las asustadas ovejas que creían que el demonio iba buscando sus puras almas-. Es… deliciosamente irónico.

Los ojos de Alphonse se abrieron como platos, volvió a reptar por aquella tierra llenándose aún más de barro y suciedad. Aquella patética sombra de lo que antes fue un hombre se tambaleaba a cada paso, arañando el suelo para volver a levantarse una vez más sin preguntarse a cada esfuerzo porqué seguir.

Las gruesas puertas de la capilla personal del Padre Donovan estaban cerradas. El muchacho empujó y tiró, impotente ante su propia debilidad. Ni recurriendo a toda su voluntad pudo moverla de sus enormes bisagras. El metal resonaba como una campana cada vez que los huesudos puños daban contra él, haciendo sangrar los nudillos con cada golpe. Por mucho que quisiera, había digerido sus músculos hace mucho tiempo.

-¿Necesitas esto?- ironizó la monja, agitando un pesado manojo de llaves que arrojó a sus pies.

Se tiró a por ellas, desesperado, intentando escoger una llave que introducir en el hueco. Escogió una, girándola sin poder creer la suerte que tenía. Una mueca de disgusto se agrietó en el grueso maquillaje de la torturadora.

Tanto fue su ímpetu por llegar al acceso al sótano que cayó por las escaleras, llegando a las catacumbas que tanto conocía, al largo y oscuro pasillo que daba a su hogar, igual pero diferente a tantos otros calabozos vacíos. Cruzó la puerta abierta bajo la tenue luz de las antorchas que iluminaban el ladrillo como un sol moribundo. La vio donde había estado él hace mucho. Su prístino cuerpo no tenía nada más que una roja marca en su muñeca, un largo trazo carmesí del que había manado el mar escarlata que manchaba el frío suelo. En su rostro no había dolor, ni arrepentimiento… solo un último destello de miedo.

-Ella estaba tan afligida por haberte ayudado, a ti, un demonio, que... bueno, no podía perdonárselo. Así que le dije que si se quitaba la vida como penitencia, hallaría el camino. Hasta le di unas pastillas para que no sufriera, no era la carne la que quería destruir… eso hubiera ido en contra de los deseos de Vincent. Cuando empezó a desangrarse le expliqué lo grave que era el pecado que acababa de cometer… Los suicidas van directos al infierno, Alphonse. Si tan solo pudieras haber visto su rostro- susurró desde la puerta con malicia-. Oh, claro… aún puedes verlo.

Teresa sabía perfectamente que aquella última escena bastaba para terminar de destruirlo. Tenía la situación perfectamente bajo control: si se rebelaba físicamente, tendría una excusa para romper sus huesos uno tras otro hasta moldearlo como su amor no había podido. Y si se rompía a cachos, bueno, Vincent siempre podría volver a montarlo como a él más le complaciera. Siempre ganaba.

Los minutos pasaron, y ella se aburrió de contemplar a aquel despojo arrodillado sobre el charco de sangre llorar en silencio. Le puso la mano en el hombro y él posó su mano sobre la suya.

El último caballero yacía sobre su cama, rodeado de todas las novelas y libros en los que había basado sus preceptos, en los que había creído con una fe tan ciega que no le había dejado ver el verdadero rostro de este mundo. Había luchado contra malvados pastores que llevaban a sus ovejas al matadero, tan solo para perder; había soportado las más infames torturas, tan solo para su deterioro; había recibido la amabilidad de un ángel que había sido castigado tan solo por ser lo que era.

Esta vez no pudo mentirse a sí mismo, no pudo huir a la seguridad de la piedra, la madera, la oscuridad y su imaginación. No fue capaz de creer, por mucho que quisiera hacerlo. Estaba en deuda, una deuda que no creía poder devolver jamás. Pero eso no significaba que no pudiese intentarlo.





Infierno


Aquel movimiento había pillado a Teresa por sorpresa, aunque su haki la había advertido de que iba a atacarla, no había podido sospechar que aquel patético saco de huesos hubiera encontrado tantas fuerzas en su rabia para ser capaz de tirarla al suelo. Se levantó rápidamente, con rabia propia, dispuesta a machacar a aquel miserable gusano. Pero al mirar a su alrededor, solo encontró la gris piedra del calabozo.

Buscó su presencia y se giró asustada por su imponente cercanía. Cuando miró hacia la puerta tampoco estaba allí, pero el tenue movimiento de la madera la hizo salir al corredor, a la caza de su presa. Recorrió con la mirada el largo y oscuro pasillo pensando que nunca había llegado a contemplar el final de aquellas estancias. Los gritos de las escaleras le hicieron sonreír, alguno de sus acólitos habría atacado a la criatura. No le importaba mucho que hubiesen desafiado sus órdenes, así tendría más gente a la que castigar después.

Subió, casi pudiendo saborear el éxtasis que le traerían los gritos de dolor que ella misma infligiría. Subió y subió cada vez más rápido. Estaba ansiosa, demasiado ansiosa para darse cuenta que ya llevaba demasiado rato en aquella escalera. Se detuvo.

-¿Qué demonios pasa aquí?- se dijo en voz alta a la vez que intentaba encontrar un sentido en cada uno de los seis que tenía. Ninguno de los mundanos pudo ayudarla, y su haki solo la confundió más.

Entonces se dio cuenta de que, aunque no seguía andando, los gritos estaban cada vez más y más cerca. Pronto, demasiado pronto, la cacofonía de aullidos se volvió tan insoportable que Teresa se vio empujada por el dolor hacia atrás, escaleras abajo. Para su desgracia, al asomarse al giro de la perpetua bajada, esta terminó en un largo e inmenso vacío. No podía dar un paso más sin precipitarse a la nada. Pero aquellos chillidos se volvieron demasiado fuertes como para que su corazón helado no se resquebrajara de miedo. Saltó.

Cuando Santa Teresa despertó, notó el ferroso sabor de su propia sangre en los dientes. Luego, al intentar levantarse, vio que su pierna estaba rota y que no tenía buena pinta. Buscó una luz en aquel horrible pozo, pero solo pudo encontrar el haz que caía de los cielos como una distante e inalcanzable promesa de salvación. Fue entonces, bajo ese bendito halo, que vio al resto de caídos cofrades a su alrededor. Era obvio que aquellos debiluchos no aguantarían el sutil sufrimiento de una extremidad rota, no eran tan fuertes como ella.

-¡Teresa!-gritó Abel, buscando ayuda y consuelo mientras se arrastraba con el único brazo sano que le quedaba-.¿¡Qué ha pasado!?

La mujer no supo qué contestarle, en aquel momento todo era demasiado confuso. Además, una actitud tan pejiguera nunca había ayudado a alguien a concentrarse en sus propios pensamientos. Cerró su enorme mano sobre la cara de aquel quejica balbuceante y apretó hasta que el crujido de los dientes ahogó el sonido de los gritos. Lo lanzó hacia la pared con brutalidad, rompiéndole el cuello.

Por fin disfrutaba del silencio. Sus sagrados soldados la miraron con los ojos bien abiertos, esforzándose por aguantar el dolor de sus propias heridas. Se levantó y se acercó dando saltitos hasta la pared de aquel inmenso pozo para tocar su superficie. La mayoría de los ladrillos formaban una suave superficie, pero, como tocados por el destino, algunos de ellos podían permitir una arriesgada subida hacia una más que deseada libertad. Estaba dispuesta a hacerlo, sobretodo sabiendo que la herida de su pierna pronto comenzaría a perjudicar al resto de su cuerpo. Una hemorragia interna siempre es problemática.

El demonio entró en la sala con paso firme, paso tras paso y golpe tras golpe había ido enguyendo las almas de aquellos pobres desgraciados que creían tener alguna oportunidad. Si tan solo hubieran pensado como aquel que estaba delante de él… quizás podrían haberse salvado.

San Dominique había traicionado a su grupo, desertando de su función para intentar alejarse de aquella tranquila bestia que había visto aniquilar a sus compañeros de un solo toque. Extendió el brazo y sujetó el gatillo esperando que su plan tuviera éxito. “Si no te toca, no puede hacerte desaparecer, ¿verdad?”, se dijo, intentando tranquilizarse.

El fortín era un lugar que apenas se pisaba, que tan solo servía como un recurso de última hora si alguno de los pacíficos barcos que se acercaban a la isla se revelaban como piratas. Hacía muchísimo tiempo, desde la conquista de aquella pequeña aldea por Los hijos del Principio y el Fin, que nadie más había abierto la puerta de aquella sala a la que Dominique iba en secreto con Abel.

Habían planeado hacía mucho que aquel plan intergeneracional no era para ellos, que no valía la pena perpetuar una empresa que querían cerrar con el máximo beneficio a corto plazo. Una vez pasara el mes, una vez no hubiera más materia prima que cosechar, se librarían de aquel caballo y su ogro de esposa para vivir como reyes, como puñeteros reyes.

Su mano temblaba sosteniendo aquel viejo fusil. Solo tendría un único tiro. La puerta abierta enmarcaba la escuálida silueta de aquel monstruo. Aquellos horribles ojos se clavaron en su corrupta alma.

-¡Manos arriba!-amenazó el asustado fraile, que temía no acertar a apretar el gatillo.
-No- dijo el monstruo.
-¿Qué?- chilló confuso.
-Dije que no.
-¿Por qué no?
-No quiero hacerlo- añadió encogiéndose de hombros.
-Pero tengo un arma.
-Lo sé, puedo verla.
-Eso no tiene sentido- dijo, notando el temor en su propia voz. Apuntó, colocándose el fusil frente a su cara para poder tener una perfecta línea de visión. No había disparado un arma en su vida.

El demonio sonrió y ofreció su garra desde el umbral de la puerta.
-¿Qué te parece si hacemos un trato?
-¿Qué coño dices? Te estoy apuntando, no hay nada que puedas ofrecerme.
-¿No?- dijo desde la puerta, deleitado-. Estás en un polvorín… una chispa, un disparo, y todo hará “bum”.

El torpe tirador miró a su alrededor con nerviosismo, sin poder evitar fijarse en los cañones abandonados y los barriles de pólvora. Si disparaba, morirían los dos. Y su vida era algo que no estaba dispuesto a sacrificar.

-¿Qué quieres?

Justo cuando Teresa se disponía a empezar a trepar por aquella pared, un grito la hizo mirar a lo alto. El cuerpo de aquel hombre cayó por el hueco mucho más tiempo que todos ellos, desde mucho más alto. Nunca podrían olvidar aquel terrible sonido, ninguno de ellos dejaría de ver aquella mancha roja estrellada en la piedra.
A Teresa no le importó la vida de aquel hombre, como no le importaba la vida de ninguno de ellos salvo uno. Se preguntó mientras subía por aquella pared con esfuerzo si aguantaría hasta que Vincent volviera. Intentó convencerse a sí misma de que sí, encontrando fuerzas para seguir subiendo.

A más de sesenta metros del suelo, y faltándole más de cien hasta la cumbre, perdió el apoyo del pie. Su enorme corazón se encogió y un instinto primal la hizo agarrarse al hueco que no había visto. Subió por él, quedando en aquella pequeña cueva para descansar sus desolladas yemas antes de volver a trepar. Miró al fondo del angosto túnel que parecía nacido justo para salvarle la vida, desde donde manaba una tenue luz. Decidió continuar avanzando por allí, aunque fuera a gatas.

Cuando llegó a su final, no pudo creer lo que veían sus ojos. La misma piedra, las mismas cadenas y las mismas antorchas a su alrededor. El calabozo de la torre estaba allí de nuevo, y cuando quiso dar marcha atrás, no pudo.

-¡¿Dónde estás?!-gritó de rabia a los cuatro vientos, no hubo eco.

-Aquí- dijo la sombra en la esquina más oscura y más alta de aquella lamentable estancia-, en las grietas del muro, en cada tintinear de cadenas y cada susurrar del viento bajo la puerta. En el crepitar de las antorchas y las húmedas gotas de condensación. Estoy en cada herida, en cada infección y en cada silencio. Soy en lo que este cruel mundo me ha convertido. Yo soy el alfa y el omega, el todo y la nada.

Teresa se levantó, deseando tener algo que lanzarle a aquella horrible criatura a la que no podía entender, a la que no quería entender. Sacó las cadenas de la pared y comenzó a agitarlas para que tomaran velocidad. Esta vez su presa no iba a escapársele.

Justo cuando la cadena iba a impactar sobre aquella gárgola, los eslabones se detuvieron en el aire. La sor guerrera tiró de ellas, pero tampoco se decidieron a volver. Permanecieron allí, flotando, hasta que lentamente se giraron para mirarla. Las soltó, intentando comprender qué pasaba allí, pero solo encontró la terrible punzada de lo incomprensible.

-¿Qué eres tú?- preguntó aterrorizada-. ¿Qué clase de akuma has comido?- gritó, señalando con odio al oscuro ser hueco.

-Soy solo un hombre, pero para vosotros seré un infierno... Uno deliciosamente irónico.


Última edición por Boss el Vie 18 Ago 2017 - 12:11, editado 37 veces
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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Dom 13 Ago 2017 - 9:36

Tercera parte. "Solo" dos meses.

Cliché

Padre Donovan no podía esperar para volver a casa. Recogidos los últimos diez miserables refugiados, tan solo tendría que invertir un mes, el último, para venderlos a todos y vivir tranquilamente durante doce, quizá trece años. Estaba ansioso, relamiéndose por ver una vez más los rostros de sincero agradecimiento cuando les entregara a los nuevos amos con la promesa de que su vida de sufrimiento les llevaría al paraíso. De vez en cuando alguno de ellos, un porcentaje que no superaba el 2%, se revolvía sintiéndose traicionado, diciendo que él les había prometido una vida en el reino de Dios. Cuán dulce era ver cómo los demás se lanzaban a por él, purgando al hereje a base de golpes y gritos hasta que volvía de nuevo al rebaño.

Lo echaría de menos, pero seguro que pronto encontraría algo con lo que contentar su espíritu. Teresa estaba embarazada y, aunque nunca había querido ser padre, estaba dispuesto a sentar la cabeza durante la tranquila década que le esperaba.

Una vez todo terminara, bastaría con que la poderosa pareja acabara con los esbirros que sabían demasiado, no podían permitirse dejar cabos sueltos, mucho menos durante diez años. Scratch no se opondría, no cuando le hubiera entregado su regalo. ¿Verdad? Una parte de Vincent no estaba del todo convencida. Aunque era su hermano, algo le decía que no tendría demasiadas reticencias en matarle. Intentó desterrar ese pensamiento a un lado. Al fin y al cabo él le habría ofrecido mucho y la empresa había terminado. Sabía que en el futuro necesitaría de sus mapas, de sus consejos por radio para evitar las rutas peligrosas y de algún que otro dato sobre la climatología. “Él me necesita”, se dijo, “pero yo no le necesito a él. Ya no. Nunca más”.

Tras tres semanas de viaje y con diez siervos más para su tripulación, por fin regresaba a casa. Plegaron las velas de la modesta arca y contemplaron el pequeño castillo en silencio. Efectivamente, había demasiado silencio. No había rezos, no se escuchaba el arar del campo ni los cánticos en la iglesia. Teresa tampoco les había venido a ver. Algo se agitó en su interior. Mandó a sus muchachos a buscar a alguno de sus apóstoles mientras él mismo se encargaba de tranquilizar al rebaño antes de guarecerlos en su limpio corral.

Aunque los bobos corderos aceptaron, la semilla de la duda quedó plantada en sus corazones. Allí no había ni la comida ni la bebida que les había prometido el pastor a su llegada. En aquel pequeño almacén no había nada, ni siquiera cajas vacías en las que sentarse. Todo aquello les daba demasiada mala espina.

Desde el puerto, Vincent contempló las horas pasar sin que ninguno de sus apóstoles volviera para informarle.Tendría que ir él mismo. Si algún marine había conseguido llegar a la isla, cosa que dudaba, podría intentar convencerle de que él era tan solo un pobre secuestrado y obligado a traer más almas con el poder de la esperanza. Si era un pirata podría rendirse ante él, ofreciendo sus útiles servicios como entrenador de esclavos. “Pero, de ser así, ¿no debería haber más barcos en el puerto?”, pensó, apretando el paso intentando encontrar a su amada en el eco de sus propias pisadas.

Su haki le advirtió de una presencia, un aura que conocía demasiado bien, internada en lo más alto de su castillo, en su propia sala de operaciones. Fue directo hacia allí, atento a cualquier otro rastro de humanidad a su alrededor. No notó nada más que aquel faro que le llamaba con desdén.

Abrió la puerta para encontrarse su cuarto de comunicaciones tal y como lo había dejado, repleto de den-den y mapas de su puño y letra. Sobre la mesa se amontonaban informes, documentos de compraventa y bloques de papel escritos con una caligrafía que no reconocía. Alphonse terminó de firmar su último relato.

-Qué gusto da poner fin a una historia, ¿verdad? El héroe vence al villano, salva el mundo y todos comen perdices. Hay algo en la humanidad que busca una justicia que no puede encontrar fuera del papel… Es tan satisfactorio- enroscó la pluma y colocó el manuscrito junto a los otros.

Vincent sonrió, dedicando una mirada a las máquinas encendidas que trasmitían su voz todo lo lejos que podían. ¿Acaso creía que era estúpido? ¿O acaso creía que todo esto era una novela barata?.

-¿Dónde está mi esposa?- preguntó, dejando ver su propio dolor en su voz, un dolor que no le hizo falta interpretar.

-Falleció.- Vincent apretó los puños-. Intenté que todos sufrieran el mismo destino al que tú me habías condenado, pero por desgracia las heridas que sufrieron acortaron bastante su tortura. No soy médico, no pude hacer nada por ellos. Tampoco disponía de un barco para poder navegar en busca de ayuda. Mis más sinceras condolencias.

Vincent cerró los ojos, intentando que a la lágrima que le cayó del rostro no le siguieran muchas más. Se prometió a sí mismo que iba a hundir a aquella criatura, primero ante el mundo y luego bajo el peso de sus cascos.

-¿Y mi rebaño? ¿Dónde están? ¿Qué has hecho con esas pobres almas a las que les llegaría la salvación?

-Están a salvo. Verás, por mucho que quise hacerme con el control de todo esto, esos pobres ingratos seguían confiando en ti. Cuando Abel, que por cierto te ha traicionado, quiso explicarles todo, no le creyeron. Hiciste muy buen trabajo, la verdad.

-¿Dónde está Abel?-preguntó, apretando los dientes al pronunciar el nombre del hereje.

-Haciendo la comida. Por suerte planeaste todo bastante bien para que pudieras vender las últimas cosechas de temporada, así que no ha sido un problema en estas semanas sin mano de obra. He de admitir que eres bastante detallista… es una pena que tan admirables cualidades hayan sido puestas en un propósito tan vil.

-¿Vil? He salvado cientos, miles de vidas. Los he llevado al paraíso ultraterrenal, y no vas a impedirme que haga lo mismo con los últimos. No impedirás que llene la tierra de bondad, que esparza el génesis del bien en esta tierra.

Vincent comenzó a apagar secuencialmente cada una de las máquinas que amplificaban la capacidad del pequeño den-den local. Aunque no lo hubiera hecho, no habría importado mucho, aquellas ondas de radio no servían más que para trasmitir a los barcos de la legión, y siquiera estaban bien calibradas para aumentar su alcance. Por último, pulverizó al pequeño molusco de un golpe seco tras transformarse.

-¿De verdad creías que era tan estúpido? Esto no es una historia, Alphonse. No puedes librarte con el típico cliché de hacer confesar al villano su maléfico plan ante sus súbditos para que se rebelen. Deja de pensar que eres el héroe de esta historia- escupió con odio, deseando vengarse- . Tan solo eres un niño asustado, encerrado en el cuerpo de un adulto que no sabe qué hacer, torturado por un pasado que no puede cambiar. No puedes salvarte a ti mismo salvando a otros, ya es demasiado tarde para eso. Seguirás intentando rellenar ese hueco, ese vacío de una madre que no te quiso, de gente que murió a tu alrededor sin que pudieras hacer nada. Eres un maldito cliché, y piensas que el mundo también lo es.

-¿A quién no le gusta un cliché de vez en cuando? Por algo son clichés. Satisfacen una necesidad impertérrita de justicia, de la justicia en la que uno se esfuerza por creer hasta que el mundo arranca esa ilusión, esa esperanza, con cada brutal golpe de realidad. El héroe se salva en el último momento por un oportuno monstruo en las alcantarillas, rompe montañas con su rabia, se refugia en su interior buscando consuelo, renace de sus cenizas tras el sacrificio de un ser querido que siquiera conoció. El bien siempre prevalece.

-¿El bien?- cada palabra estaba cargada de ironía-. Si el bien hubiera hecho su trabajo en un principio, ninguno de nosotros estaríamos aquí. Loguetown fue destruida, arrasada hasta los cimientos sin que La Marina ni El Gobierno pudieran hacer nada. Los pocos que quedamos tuvimos que huir, que escondernos para sobrevivir en un mundo extraño y cruel. Mi hermano proporcionó a aquellos chicos una nueva esperanza, una nueva fuerza para tomar todo lo que el puñetero destino les había arrebatado. ¿Sabes qué hizo después? Me dijo que no quería débiles en su banda, que me fuera… No podía formar parte de Los hijos del Principio y el Fin. Joder, si hasta el puñetero nombre se me ocurrió a mí. ¡A mí!- gritó, descargando su brazo sobre la mesa, rompiéndola en el acto. Los papeles cayeron entremezclándose en el suelo como los afluentes de un gran río-. Tuve que demostrarle que podía hacer mucho más, que ,aunque fuera débil, merecía estar en su banda. Le proveí de esclavos, de mano de obra barata y de rencorosos guerreros que se unieron a él sin rechistar, y los que no lo hicieron fueron vendidos para aumentar sus arcas. ¿Sabes qué hizo? Me recompensó con una akuma, una maldita akuma de caballo. Un. Puto. Caballo- apretó los dientes, largos y cuadrados hasta que se hizo sangre-. Me dijo: “Eh Vincent, ¿por qué la cara tan larga?”. Se burló de mi dándome una estúpida akuma que no tenía ninguna aplicación más allá de la fuerza bruta- tomó aire, intentando tranquilizarse-. Aunque, teniendo en cuenta que ahora podré disfrutar de ver cómo cruje tu cráneo, bueno, quizá deba agradecérselo. Cada hueso que te rompa será una ofrenda a mi amada, a la que debí hacer caso desde el principio cuando me dijo que no me complicara tanto.

Alphonse aplaudió con elegantes palmadas, cortas y rápidas.
-Bonita historia. No sé cómo te atreves a acusarme de cliché, pero bueno, la hipocresía siempre está de moda.

Vincent se lanzó a por él y lo sostuvo bajo su peso antes de alzar el casco hacia los cielos. Aún allí, a punto de morir, se atrevió a mirarle a los ojos.

-Oh Padre, dime: ¿Tenemos lo que merecemos?

Y entonces sintió todos aquellos ojos traicionados mirarle con odio, con verdadero odio.

Guerra

El Apocalipsis era un buque tan grande y recio que uno nunca sospecharía que había sido construido reciclando los restos de naufragios de otros barcos. La verdad era que nadie solía complicarse en buscar los restos de los barcos marines, anclados al fondo del océano por su peso para recuperar los fragmentos de casco que, con su kairoseki, aseguraban la total integridad de la estructura. Pero lo que más destacaba del grueso barco de tres palos no eran las placas soldadas de su exterior, sino el enorme cañón de proa que hacía innecesario el combate a corta distancia, evitando exponer los huecos de junturas entre placa y placa.

Desde su parte posterior se extendía, como una demoniaca probóscide, un largo conducto que podía ser cargado hasta con seiscientos kilos de munición, fundiéndola en el gran horno que iluminaba el rostro del barco como un presagio de muerte. Capaz de lanzar aquella bola de fuego y destrucción a más de dos kilómetros de distancia, su aberrante poder de destrucción no tenía rival en la primera mitad del Grand Line. Pronto atacarían el primer cuartel de la Marina acompañados de sus tres barcos secundarios, llamados a partir de los tres caballeros del evangelio. Sería entonces cuando todos reconocerían a los Hijos del Principio y El Fin como un poder a tener en cuenta, como una desgracia que ellos mismos habían sembrado.

Scratch dio otra larga calada a su cachimba, en la cual se cocían los sapos a los que había cogido el gusto. Aunque faltaba solo un mes para que los preparativos finalizaran, todos sabían su papel. Sus heraldos atacarían con los navíos más pequeños en formación mientras él, oculto en la distancia, se encargaría de destruir los polvorines y los puestos de artillería para que pudieran acercarse a sembrar el caos. Cuando el Alfa y el Omega ondearan sobre el edificio más alto, se acercaría para reclamar la tierra como suya sin que sus hombres hubiesen tenido que luchar. Estaba dispuesto a sacrificar a los que se habían unido a él bajo la promesa de dinero, mujeres y fama, ¿pero a los hijos de su propia isla? No, ellos eran los auténticos y únicos merecedores de su bandera.

Hacía mucho tiempo que Vincent le había llamado personalmente, diciéndole que podría pasarse a recoger su regalo el último día de la empresa. En realidad no iba a por eso, quería ver a su hermano el día en el que por fin estaría a salvo, el día en el que por fin se alejaría de los peligros de la piratería a la que él había recurrido. A pesar de que había sido un miembro útil que podría haber regido como su mano derecha a su lado, Scratch -o Theodore, como antes se llamaba- no quería ver a su hermano pequeño inmiscuido en todo esto. Él era listo, le caía bien a la gente, podría haber buscado alguna isla pequeña en la que instalarse, crear una familia y huir del rencor y el odio que apretaban su corazón como un millar de negras serpientes. Por si fuera poco, hasta le dio una fruta para que pudiera hacer fortuna con ella. El muy idiota se la comió, y creyó encontrar a un enemigo en su propio hermano. “Mejor así”, pensó Theodore, creyendo que sería suficiente para que el odio le llevara lejos de él y de todo peligro.

Inmerso en los éxtasis de sus adictivos anfibios, se preguntaba cómo podía querer y odiar tanto a la vez a su propio hermano. También se preguntaba cómo alguien tan inteligente, con tantos dones, podía ser tan idiota, cómo él mismo lo era también. Miró al den-den sobre su mesa y lo cogió, encontrando fuerzas para reconciliarse ahora que todo estaba a punto de acabar, buscando que todo acabara para siempre.

Llamó, pero no obtuvo respuesta alguna. Volvió a llamar tras disfrutar cinco minutos de enfadadas caladas, pero, de nuevo, nadie descolgó el caracol. Decidió esperar a aquella noche, intentando no coincidir con alguno de sus estúpidos salmos. Esa vez, esa última vez, estaba comunicando.

La puerta se abrió y el cocinero que entraba recibió un tiro en el estómago que le hizo tirar la bandeja al suelo.
-No tengo hambre- gruñó su capitán, con el rostro sombrío mientras aquel pobre desgraciado que solo cumplía su función, que no tenía culpa de nada de lo que pasaba dentro de la cabeza colmada de rastas del jefe, se arrastraba hacia fuera como malamente podía.

Scratch dio una larga chupada a la boquilla mientras se acercaba a los tubos que permitían la comunicación entre las diversas salas del barco. Exhaló, y entre los hilos de humos dijo:
-Chicos, cambiamos el rumbo; vamos a hacer una pequeña visita mi hermano…

La orden no fue cuestionada y el buque viró lenta y pesadamente hacia la pequeña isla de New Hope. Sabían que tenían tiempo -si se daban cierta prisa y no encontraban demasiados contratiempos- para seguir con el plan esperado, vengándose así del gobierno que nunca, jamás, les había prestado la ayuda que tan desesperadamente necesitaron después de aquella horrible orden.

La noticia de que el capitán había perdido los papeles corrió como la pólvora que se acumulaba en el vientre del poderoso navío. A pesar de ello, no hubo ni una sola sugerencia de motín, ni tampoco un sentimiento de odio hacia aquel que les había dado todo lo que tenían; tal era la confianza que depositaban en él, su verdadero salvador. Había sido él, y no el pastor, el que les había dado auténtico sentido a sus tristes vidas: la guerra contra un enemigo al que recordaban demasiado bien.

La esperanza y el miedo están muy bien para controlar a las personas; una vez sabes qué mueve a la gente o de qué huyen puedes dirigirlos pacíficamente como un profeta. Pero la ira y la rabia hacen auténticos milagros. Anger gets shit done, solía repetirse como mantra Scratch. Ese deseo de ver a otros sufrir como a ti mismo, esa imperiosa necesidad de aplastar a los insectos bajo tu bota, de ver a tus enemigos caer sin que puedan volver a levantarse… Todo eso hacía que le siguieran, obteniendo además en el camino todos los placeres que el destino cruelmente les había arrebatado. Mujeres, droga, dinero, buena comida… no había pecado lo suficientemente grande como para saciar las negras almas de los bucaneros de aquel navío en el que ondeaban el Alfa y el Omega como señal de condenación. Excepto la sangre, la sangre saciaba momentáneamente el dolor de ver a tu familia muerta mientras los dirigentes en los que antes tanto confiabas, a los que tus padres te habían dicho que recurrieras si temías algún peligro, no podían hacer nada.

Todos allí recordaban la tragedia de perder su hogar, su familia y cualquier esperanza de ser como las personas que veían por la calle, que se negaban a darles dinero, que les ignoraban, despreciando su presencia como si fueran solo piedras en el camino. Scratch dirigió esa rabia tanto tiempo enconada entre salmos y aleluyas que no prometían más que agradables mentiras que querían creerse, ganándose su respeto, su eterna y verdadera devoción.

Tras dos semanas de viaje, habiendo hecho una pequeña pausa para aniquilar un patrullero marine gracias a la aberrante distancia que les permitía poner entre sí el imponente cañón, atisbaron la isla.

Los campos estaban segados, las campanas no sonaban y la humilde arca esperaba en el puerto, demasiado pequeña y poco profunda para que el Apocalipsis pudiera hacer amarras. Un pequeño bote, una ridícula barca, comenzó a acercarse a golpe de remo hasta el orgullo de Scratch.

El capitán se asomó por la borda para vislumbrar aquellas diminutas figuras más de diez metros abajo. Sonrió.

-¡Vaya, vaya! Tiene telita que para que te dignes a verme tenga yo que ir hasta la puerta de tu casa, querido hermano. Por un momento sospeché que había pasado algo malo, me tenías… preocupado- sacó su pistola, apuntando a la figura que se puso lentamente en pié, descubriéndose el rostro.

Aquellos ojos podían verse sin importar la distancia que les separaba, identificando a su dueño a pesar del lamentable aspecto de asceta que tenía. Por un momento, Scratch no entendió nada.

-Sed bienvenidos, Hijos del Principio y el Fin. Yo, Alphonse Capone, os…

El disparo pasó sobre el hombro del desmejorado muchacho para clavarse en el muslo del remero, el cual gritó a causa del lacerante dolor de la herida, agarrándose la extremidad en un vano intento de parar la hemorragia. El rostro del capitán estaba sombrío, por fin lo había entendido todo.

-Te doy todo, te intento proteger y así es como me lo pagas, burlándote de mí- escupió entre el hueco de sus paletas-. Creía que tu regalo iba a ser algo… sincero, algo que pudieras creer útil aunque no supieras del todo que podría ser- dijo recordando la intención de su propio regalo-. Hoy te has pasado de la raya, Vincent- se separó de la borda dedicando una última mirada de desprecio al mayordomo de pie frente a su hermano, no lo quería, nunca lo había querido más que muerto. Se dirigió hacia la sala del cañón principal, exigiendo que cargaran la munición para destruir todo rastro de aquella isla bajo un diluvio de fuego y hierro, luego se encargaría del pequeño bote personalmente… una vez hubiera visto todo su hogar, la tierra que le había regalado, tragado por las llamas.

Fuera, mientras la ira de Scratch se encargaba en el arma, Alphonse continuó con su discurso ante todos, no sin antes dedicar una mirada de preocupación hacia Abel. Aquella bala podría haber hundido el bote.

-Hijos del Principio y el Fin, yo, Alphonse Capone, os pido amablemente que tiréis vuestras armas y os encerréis en las enormes jaulas para esclavos de las que dispone vuestro imponente buque…- sus ojos cruzaron momentáneamente el nombre impreso en letras de chatarra-. El Apocalipsis queda ahora bajo mi mando.

El silencio, la solemnidad de la rendición y, especialmente, que alguien en una lastimera barca exigiera así a los piratas tuvo una única respuesta en todos ellos: la risa. Las carcajadas se extendieron por la cubierta como una malsana enfermedad. Su orgullo y su confianza en sí mismos les impidieron creer aquel teatro.

-¡Lamento comunicarles que si se oponen a esta rendición incondicional, nos veremos obligados a destruir su barco! ¡Tengo más de cien hombres a mi mando, una armada con cañones de artillería, catapultas y balistas que están apuntando en este instante a su navío!

Fueron pocos los que dejaron de reír, buscando aquella armada invisible a su alrededor antes de volver a caer en el contagioso gesto. Entonces, el trueno eclipsó todas las voces. La luz de la explosión barrió de la existencia la capilla principal, convirtiéndola en poco más que una pila de escombros en llamas.

Los hombres dejaron de reír para aullar, admirando el caos y la destrucción que la invención de su jefe había traído sobre la tierra. En la barca no podían escucharse más quejidos, ni más gritos de advertencia, nada. Lo que había costado alzar con la sangre y el sudor, con el lento esfuerzo de darle una casa digna a su deidad, había sido destruido en apenas unos segundos. Apretaron sus puños con rabia. Alphonse dio una última oportunidad.

-¡¿Existe alguna posibilidad de que cambien de opinión?!- gritó para recibir varios noes como respuesta-. ¿¡Alguno que desee rendirse?!- y la coral continuó con sus negativas.

-Bien pues…- susurró Alphonse, tomando los remos para alejarse del Apocalipsis mientras sus guerreros afilaban sus espadas, recargaban sus pistolas y saboreaban el poder de la mismísima muerte.

Cuando estuvo a una distancia prudencial, la justa para que las posibles explosiones no hundieran la pequeña barca, Alphonse desancló la artillería de su propio ser, girándolo hacia el exterior para que sus guerreros pudieran disparar. Las troneras se abrieron, permitiéndoles asomar las bocas de los cañones sobre la larga sotana, mientras que, en sus hombros, los trebuchets cargados con los barriles de pólvora emergían lentamente deslizándose sobre la piedra sin que nadie tuviera que hacer un ápice de fuerza.

-Bring them hell- sentenció el general fortaleza al ver como la segunda explosión del Apocalipsis destrozaba la barraca que pocos minutos antes acababa de evacuar a su interior.

El peor de todos los males

El arca navegaba siempre al este, persiguiendo al sol que estaba a punto de emerger del horizonte. Cada vez que el astro rey saludaba marcando un nuevo día, los tripulantes de la nave debían poner todo su empeño para reajustar el rumbo perdido en la oscuridad de la noche. Los días de tormenta eran los peores.
Hacinados como ratas, tumbados los unos sobre los otros para intentar conservar el calor que la pequeña lámpara no les proporcionaba, los supervivientes de Loguetown escuchaban las palabras del cuentacuentos que quería librarles de un enemigo más peligroso que el rayo que precedía a los truenos de su alrededor: el aburrimiento.

-Capítulo quinto. Ello, yo y el superyó. La siguiente teoría divide la estructura del aparato psíquico en tres instancias fundamentales…- leyó Alphonse, sosteniendo aquel enorme tomo de psicología que había encontrado entre otros tantos de religión y alguna que otra novela picante que no había osado narrar a su tripulación.

-¡Cállate!-gritó una voz en la oscuridad, seguida de una sandalia mojada. Abel estaba harto de escuchar las historias de cómo Dios había muerto, aunque él nunca lo creyó del todo vivo, y cuáles eran las motivaciones primarias de todo ser consciente-. ¡Por Dios, cállate!- gritó, aferrándose la infectada herida cuya podredumbre se extendía por toda su pierna. Sabía que iba a morir.

Alphonse tomó el candil y anduvo hasta él, acuclillándose a su lado mientras todos los demás les miraban con rostros enfermos y cansados de un viaje que no parecía llevar a ningún lado.

-¿Cómo estás?- preguntó el narrador, preocupado.

-¿Cómo estoy? ¿Que cómo estoy?- repitió con sorna, herido y odiándole-. ¡Me estoy muriendo, joder! –gritó, golpeándole con unos brazos que no tenían fuerza.

Alphonse agarró aquellas manos con suavidad, apretándolas entre las suyas para consolar al pobre desgraciado cuyo destino ya estaba escrito. Iba a morir, indudablemente, pero no iba a hacerlo sin que su vida significara nada.

-¡Dime, Alphonse! Si no existe Dios, si no hay nada que nos castigue por ser malvados e impuros… ¿Por qué no debemos pecar? ¿Por qué no debemos ser los monstruos que ansiamos ser? Respóndeme, padre – rugió, prometiéndose que si él mismo iba a morir, arrastraría a todos con él hundiendo sus corazones en la miseria, en las profundas aguas del océano que se revolvía a su alrededor meciendo aquel Arca que navegaba sin sentido alguno.

Todos y cada uno de ellos esperaron a que una respuesta brotara de los labios de su salvador como el tan ansiado maná, Alphonse incluido. El moreno cerró sus ojos, intentando encontrar las palabras apropiadas en el torrente de ideas que se disputaban el dominio de la carne intentando manifestarse como terribles vibraciones en el viciado aire de la bodega. Un solo pensamiento se alzó sobre los demás.

-No lo sé.

Con esas simples palabras se levantó, volviendo al centro de la estancia donde había dejado el manual de psicología. Podía sentir la tristeza de todos ellos, su desesperación como si fuera la suya propia. ¿Realmente alguien tenía una respuesta para aquella pregunta? ¿Había alguien en aquella sala o en algún lugar del ancho mundo que pudiera contestarla como se resolvía un problema de matemáticas? No, probablemente no… O al menos, no como él quería contestarla.

Alphonse acercó la lumbre a las hojas, encontrando fácilmente el principio del capítulo en grandes letra para volver a leer. Se detuvo, sin poder encontrar las fuerzas para hacerlo. No así.

-Tengo miedo, todos lo tenemos. No sabemos si mañana será otro tortuoso día como este, un día más que se escapa de nuestras reservas de comida y agua, en el que nuestros compañeros enfermos siguen en las salas superiores sin que podamos hacer nada para aliviar su sufrimiento. Todos, en algún momento, moriremos- sentenció Alphonse, con la lumbre demasiado baja para iluminar su rostro-. Así que… ¿para qué vamos a tener miedo? Podemos hacer grandes cosas juntos si trabajamos como uno solo. Claro que queremos tomar cuanto queramos, que nuestros impulsos nos empujan a cometer a veces actos que sabemos que están mal… pero también creo que podemos encontrar la fuerza necesaria para rechazarlos, para ayudar al prójimo y llenar este mundo de la bondad que tanto carece. Todos, si hacemos un pequeño esfuerzo, prosperaremos…

-Mentiras, te mientes a ti mismo y les mientes a todos ellos- dijo en un oscuro susurro la voz moribunda, intentando con todas sus fuerzas evitar ser arrastrada a los infiernos.

-No- respondió Alphonse-, no me miento. Hace mucho tiempo que no me miento a mí mismo. No me niego a ver la maldad en el mundo, no estoy ciego ante la injusticia que lo asola cada día. Pero sé de buena mano que podemos cambiar eso, que cada uno de nosotros tiene la capacidad de elegir qué va a hacer. Yo elegí salvaros a todos, mostraros cómo era el mundo realmente. Y aunque la verdad sea mucho más horrible que las bonitas mentiras que padre Donovan os contó, es real y tangible. No tenéis que esperar a caballeros de blanca armadura que os salven, no tenéis que seguir a dioses que hacen oídos sordos, no tenéis que perseguir la idea de mesías dispuestos a morir por vuestros pecados, porque vosotros mismos podéis ser los que dictéis el curso de vuestra historia allá donde podáis tomar una decisión.

-Yo elijo no morir- dijo el enfermo con ironía, estropeando toda la gloria que intentaba sembrar su competidor. Permaneció allí, tumbado en la oscuridad mientras todo se volvía negro a su alrededor. Él era la desesperación que aplastaba la tenue luz que iluminaba un mañana mejor-. Vaya, quién lo diría… no… funciona. Nunca funciona.

Con las últimas palabras que pronunció en su miserable vida, Abel había conseguido arrastrar consigo toda esperanza. No había cielo, tampoco había infierno, ¿por qué no entonces formar nuevamente Los hijos del Principio y del Fin? Alphonse se acercó al cadáver y lo tomó entre sus brazos para subir lentamente a la cubierta, empujando la trampilla, dejando caer al interior la gélida lluvia del exterior. Al salir, cerró la tapa y se quedó contemplando la tormenta que azotaba la embarcación demasiado ancha y estable para volcar, por mucho que el fuerte oleaje pusiese su empeño en tirarla.

Levantó el cuerpo sobre su cabeza, alzando la vista a la tempestad como si desease sacrificar aquellos mundanos restos a algún dios para aplacar su temible cólera. Lo lanzó fuera de la embarcación, directo a las fauces del caprichoso océano, y pareció que el pequeño bocado fue de su agrado.

El arca cruzó lentamente el invisible umbral que separaba el Paraíso del Calm Belt, y aunque el cielo aún estaba oscuro, ya no había rastro de aquellas horribles corrientes que tanto pesar les habían causado durante los últimos tres días.

Alphonse, todo empapado y confuso, cruzó la cubierta hacia la popa, extendiendo su mano a la cortina de agua que poco a poco les abandonaba. Rió, pero no supo si de felicidad, de miedo, o simplemente como uno de los mecanismos de defensa que explicaba aquel libraco destinado a calzar mesas muy muy cojas.

Corrió hacia la trampilla de nuevo, levantándola con una sonrisa en el rostro que estaba destinada a contagiarse por todo su rebaño. Todas las penurias que habían pasado, todos los sacrificios que había realizado parecían que por fin daban su fruto por la mano del bendito azar. Les gritó, llamándoles a la cubierta para que disfrutaran del sol que comenzaba a salir entre las nubes.

Entonces, entre toda aquella alegría y jolgorio por haber escapado de las infames garras del temporal, Alphonse se dio cuenta de su terrible error. No había viento, nada. ¿Cómo se moverían? Les acababa de condenar, y por si fuera poco aún celebraba su fracaso con una larga carcajada que le estaba matando lentamente, tan lentamente como el barco impulsado por la residual inercia que les condenaba sin poder dar la vuelta atrás. Deseaba regresar a aquella oscuridad tan solo iluminada por el destellar de los relámpagos que morían sobre las aguas.

Sabía, sentía y lamentaba que aquellas personas a las que había condenado sin que lo supieran pronto se girarían hacia él para hacerle jirones con sus palabras de odio mientras él machacaba sus huesos en respuesta, si es que encontraba fuerzas para responder. Caminó hacia la borda, queriendo poner fin a todo en una tumba acuática antes de tener que ver más sufrimiento, un sufrimiento ante el que no podía hacer nada.

Con el pie suspendido en el vacío, una joven voz mandó callar al resto.

-¡Callaos todos, Alphonse quiere decirnos algo!- gritó Fred, el único que había encontrado en aquel tomo una respuesta para lo que consideraba un pecado original, al que no le importaba que su amor no hubiese podido quererle pues no era como él. Confiaba en que su salvador, al cual él mismo había lanzado piedras y gritado, tendría algo importante que decirles si se había subido a la angosta borda. Pero Alphonse sabía que aunque tuviera el mismo nombre, aunque hubiera pasado lo mismo que el Fred que conoció, tan solo había sido una cruel coincidencia que el destino le impuso para que no olvidara jamás. Fred había sido vendido hacía ya mucho.

Alphonse juntó los pies lentamente, contemplando el horizonte en busca de la fuerza que todos creían que tenía. Fue entonces, buscando las palabras con las que se despediría antes de morir, que vio el pequeño bulto sobre la infinita línea azul.

-Un barco…-susurró, tratando de escucharse a sí mismo-. ¡Hay un barco!- gritó.

Los fieles seguidores se apresuraron para izar las velas, pero su líder, sabiendo en secreto que sería un gesto inútil, les mandó coger a los enfermos y después entrar en su interior para ir rápidamente con el bote de remos. Aunque era una idea estúpida, no tuvieron un momento para cuestionarla.

Alphonse remó con todas sus fuerzas, anclando las espadillas en al agua para dejar una larga estela tras de sí con cada esfuerzo, intentando cruzar lo antes posible aquel mar maldito del que no conocía ni el nombre. Creyó que estaba dando todo lo que podía dar hasta que vio el ojo emerger del imposible límite de la tormenta. El rey marino, un verdoso dragón, sacó su morro para olisquear la carne que juraría haber notado en la superficie. Allí solo podía ver un pequeño bocado que se alejaba de él todo lo rápido que el terror le permitía, saltando como una piedra plana lanzada por un niño diestro. Decidió que no valía la pena llenarse la boca de astillas por un bocado tan pequeño, aunque arrastró el arca dentro de la tormenta para buscar lo que le había traído allí sin ser capaz de encontrar toda la carne que su olfato le había prometido.

El desgraciado líder guardaría los terribles secretos de los oídos de sus subordinados, ¿para qué iba a preocuparles innecesariamente? Antes de que se diera cuenta llegó al barco marine, chocando contra él en la desesperada huida. El pequeño bote crujió. Un par de pelonas cabezas de recluta se asomaron para ver a qué se debía ese ruido.

-Mil perdones- dijo Alphonse, luchando por mantener el equilibrio sobre los trozos de su embarcación-, ¿sería mucha molestia solicitarles un rescate?

-¡Hombre al agua!- gritó uno de los reclutas lanzando el largo salvavidas más eficiente de toda la historia. ¿Quién le hubiera dicho a su creador que sería capaz de salvar no solo una, sino noventa y seis gracias a un solo objeto? Y de una sola tacada.


A salvo


Vicente Mirante aceptó con los brazos abiertos a todos y cada uno de los pobres náufragos que habían llegado a su barco, y su brigada, a la que inculcaba la bondad y el cariño que él desprendía a raudales, hizo lo mismo. Aquel vicealmirante tenía el corazón muy grande, tanto literal como figuradamente: era un gigante. Midiendo 20 metros era bastante difícil encontrar un barco que diera la talla, pero se contentaba con aquel “pequeño” y tranquilo buque a vapor que le hacía las mismas funciones que un diminuto apartamento en el que siempre se estaba de fiesta.

El buenrollismo, la escasez de disciplina y la música constante eran los tres pilares de la división, a la que no cesaban de llegar cartas de otras suplicando el traspaso inmediato; por supuesto, no había sitio para todos. Todos los marines bajo el “mandato” del vicealmirante parecían estar en unas permanentes vacaciones, mamando de la teta de los estados que les pagaban el sueldo sin mover un dedo para otra cosa que bailar, comer y beber.

Entre aquel jolgorio solo una figura se apartaba del feliz círculo que formaban los bailarines, una sombra imponente apostada en la periferia del ruido y el exceso. Alphonse sintió una punzada de asco al ver que aquellos hippies de uniforme encontraban una excusa tras otra para continuar la celebración que creyó en su inicio justa por su rescate. Permaneció en silencio, juzgando la actitud de todos ellos para tener a alguien a quien culpar aparte de sí mismo. Dedicó una mirada de soslayo a la enorme criatura de piel verde y rastas de dudosa higiene, intentando con todas sus fuerzas no asociar su aspecto ni su nombre a las experiencias que acababa de vivir.

Esta vez fue una muchacha la que se acercó, solicitando amable y alegremente un baile a aquel que no había bailado en toda la noche. Fue rechazada, como tantos otros, con un gesto tranquilo y unas cortas palabras: "Gracias, pero no me apetece". Alphonse no se sentía con ganas de bailar, aunque quisiese quererlo, solo deseaba estar solo.

Se excusó al interior del barco, allá donde las intermitentes idas y venidas al baño y a la cocina no le arrebataran la tranquilidad y solitud que tanto ansiaba. Se sentó en uno de los abandonados pasillos, muy cansado de todo. Cerró los ojos, tocando con su espalda la pared y acariciando las tablas del suelo, disfrutando de cada pequeña imperfección en la madera que a primera vista cumplía perfectamente su cometido. Sintió que la gargantuesca voz cantante abandonaba la diversión para buscarle, asomándose a cada túnel por el que no podía entrar.

El negro cristal de gafas de sol apareció al final del pasillo y la delgada mano de dos metros avanzó caminando con sus dedos como el más simple de los títeres. Se “sentó” a su lado.

-¿A qué viene la cara tan larga, Fonsi? - preguntó suavemente el coloso, exigiendo una respuesta zarandeando al chico a base de repetidos empujones de meñique. Aunque hubiera tenido haki para prevenirle de que aquel muchacho iba agarrar su falange para romperla, no hubiese retirado el dedo. El titán se quedó sorprendido al ver que su pequeño nuevo amigo no cambiaba la expresión en su rostro, siquiera se movía-. ¿No te gustan las fiestas, Fonsi?

El moreno respiró hondo antes de contestarle, intentando encontrar las fuerzas para seguir ignorando los malignos susurros que él mismo creaba. Era difícil contener aquellos impulsos, muy difícil.

-Le agradezco que ponga tanto empeño en que me una a las celebraciones, pero no estoy de humor. Y, por favor, refiérase a mí como Alphonse Capone, señor Capone, Alphonse... pero no le tolero que me llame Fonsi, Al, o algún otro apodo que se le ocurra- dijo, sin poder ocultar de todo el odio y el asco que sentía-. Debería volver a la fiesta, seguro que le echan de menos- añadió, dando por finalizada la conversación.

Vicente no iba a darse por vencido, si alguien en su barco estaba triste, intentaría resolverlo por todos los medios de los que disponía. Por muy vago, fiestero y perroflauta que fuese, era veinte veces mejor persona. Se le ocurrió una idea para animarle.

-Vamos, Fon… Alphonse- se corrigió-, has salvado a toda esa gente, están felices, comen, bailan y sonríen gracias a ti. Deberías estar orgulloso de ti mismo, eres una gran persona. Joder, si hasta he escuchado a alguno que te ha llamado mesías, salvador, líder y santo. Así que... ¿por qué no te relajas ahora que todo ha acabado y vuelves a la fiesta?- dijo, levantando el pulgar hasta el techo del túnel.

Pero el vicealmirante, llevado por su bondad, no sabía que sus palabras eran las más crueles de todas. A pesar de que el muchacho entendía con qué buena intención fueron dichas, eso no hizo que dolieran menos.

-Déjeme solo, por favor- suplicó por última vez a su oscuro reflejo al final del pasillo.

-No puedo hacer eso, Alphonse- dijo con su eterna sonrisa puesta, mezclándola en su voz con una tonalidad paternalista.

-¿Por qué hay que ser bueno?- dijo el ser hueco.

-¿Qué?- preguntó el gigante, extrañándose por el cambio de registro en aquella voz.

-Intento desentrañar qué es lo que significa ser bueno, si se trata de un mecanismo social de supervivencia o si trasciende ese significado. Sacrificar las propias necesidades de uno para el resto tiene que tener un límite, un punto en el que el propio y egoísta organismo se sobrepone a la especie. Si hay gente intrínsecamente buena también puede haber gente intrínsecamente mala. Ambas cosas, ambas caras de la misma moneda, deben existir. ¿Qué pasa cuando todos los bondadosos mueren en la batalla, protegiendo a sus seres queridos mientras los más cobardes y rastreros huyen a sus huecos donde luego prosperan? ¿Dónde está el balance y la justicia de un mundo regido por el caos y el azar? ¿Cuál es el punto exacto en el que el alma de un hombre se hace polvo?- ahogado por el peso de la realidad, se detuvo a respirar, sin encontrar las fuerzas para contener un segundo más el llanto.

El gigante contempló la desgracia de aquel pobre hombre, dándose cuenta de que tan solo era un crío que había tenido que crecer demasiado rápido. Conocía bien el terrible peso del liderazgo, el estar para otros con una sonrisa dispuesta y sincera para que tuvieran alguien en quien confiar, pero por suerte desconocía todas las calamidades que tuvo que pasar el muchacho frente a él.

Vicente frunció el ceño sin disminuir su sonrisa y susurró como una madre que quería consolar el llanto de sus hijos.

-¿Te gustaría ir a mi camarote? Está insonorizado, tengo música y hasta un pequeño estudio de grabación. Allí podrías descansar, quedarte solo el rato que necesites…- extendió la mano abierta como una plataforma para que se subiera.

Alphonse miró de reojo el salvavidas que le habían lanzado, reacio a aceptarlo por no tener que moverse, por no tener que hacer nada más que recluirse en los pensamientos a los que necesitaba encontrar respuesta, su respuesta.

-No voy a dejar de darte la brasa si no aceptas…

Eso bastó.

Tras dejarlo sobre el escritorio al lado de la cama desecha y sin plegar que hacía las veces de silla, el vicealmirante salió de su habitación en silencio, dispuesto a imponer un poco de cordura a sus hombres. Podrían haber seguido de fiesta, pero con tantas nuevas bocas que alimentar necesitaban desesperadamente reabastecerse. Con una vaga orden mandó a los rescatados a dormir y luego, de la misma pesada manera, azuzó a sus hombres para poner rumbo al East Blue. Había mucho Calm Belt aún por cruzar.

El último de los Capone contempló aquella sala sin prestarle la atención que se merecía, absorto en sí mismo y cansado a la vez de los estímulos que la colorida habitación le ofrecía. Se había acostumbrado al silencio, a esperar un contacto humano poco bondadoso, y en poco tiempo se vio rodeado de personas que no dejaban de preguntarle, borregos sin dos dedos de frente a los que el sentido común se les escapaba. Había hecho un esfuerzo, un continuo esfuerzo por inculcar una mediocre humanidad en todos ellos, por salvarles para ser su héroe. Y de no ser por la dama fortuna todos ellos hubieran acabado muertos, engullidos por un dragón, por la tormenta, por el hambre y la sed cuando la comida se agotara…

Odiaba al injusto destino que le había permitido vivir sabiendo que todo lo que había hecho lo había hecho por su propio egoísmo, por la propia necesidad que había leído en su informe. Lamentaba cada día haber abierto las notas de aquel impío pastor. Ahora sabía que todo lo que hacía, que todo el bien que intentaba llevar al mundo era una excusa para sentirse querido, para que le admiraran, para intentar compensar la falta de cariño de una niñez repleta de abusos. Lamentó aceptar la ayuda de un gigante que podría satisfacer la carencia de una figura paterna. Lamentó saber que estaba condenado a sentir un hueco en su alma que le impulsaba a hacer cosas tan tontas como dar dinero a los pobres de un barrio marginal para que rehicieran sus vidas; como perdonar la vida de un horrible monstruo de alcantarilla que intentó mordisquearle, aceptándolo como un hermano y confiándole sus pertenencias para no caer en la tentación de salir del sufrimiento; como decidir ser un vagabundo para llegar a conocer de primera mano el sufrimiento que les condenaba; como quedarse al lado de un infanticida, dándole su consuelo hasta el final; como intentar vivir como un pastor para ver si la bondad que repartía y de la que desconfiaba contenía un oscuro secreto; como ser débil, demasiado débil para proteger a otros; como querer creer en Dios y en el Diablo, sin poder hacerlo; como condenar a un ángel que se apiadó de él, huyendo antes siquiera de pensar en su rescate… Sintió que el peso de sus pecados no podía equilibrarse con la satisfacción de hacer sufrir a sus captores hasta la muerte, de tirar al vacío a un marido traidor ni tampoco con la de lanzar al villano a los que consideraba mansos borregos para que le mataran. Las obras escritas y la música compuesta en el sufrimiento en un vano intento de evadirlo tampoco traía confort alguno, como tampoco lo hacía el ver los alegres rostros de los bailarines.

Respiró, intentando volver a mentirse a sí mismo y decirse que todo saldría bien. Quería encontrar la paz en las palabras que les había repetido una y otra vez a los que perdían la esperanza, pero era un hipócrita.


El principo en el final y el final en el principio.


Si Vicente Mirante hubiera prestado un poco más de atención a los detalles en los relatos de sus huéspedes en vez de continuar con la fiesta, quizás hubiera cambiado el rumbo. Ni siquiera cuando la pequeña base de la isla pidió hablar con él se hizo cargo de las responsabilidades que tenía como vicealmirante, relegando la cháchara a uno de sus oficiales para que solicitara los permisos debidos para acercarse y tomar los recursos que escaseaban.

La orden resonó por todos los altavoces del buque, informando a sus tripulantes de que debían prepararse para llegar a Loguetown. Todos los supervivientes se miraron ilusionados; volvían a su hogar… O eso creyeron.

Cuando aquel distante punto del horizonte cobró forma, perdió el sentido. La isla no era más que un ruinoso recuerdo, un páramo hostil lleno de escombros reclamados por la naturaleza, vigilado únicamente por un pequeño cuartel para que ninguna fuerza hostil al gobierno osara echar raíces en él.

El llanto se extendió por el barco con la noticia, desde la cubierta donde los más impacientes se habían apostado a la enfermería en la que algunos terminaban de recuperarse. Y cuando esta llegó al estudio de grabación en el que Alphonse se había recluido la última semana para sanar sus propias heridas, él lloró también.
Nada podía consolarles, ni las promesas de un futuro mejor en la marina ni las de búsqueda de sus perdidas familias al llegar al cuartel principal del East Blue. Todas las palabras, todos los sinceros juramentos que salían de la boca del marine les sonaban huecos.

Muy pocos valientes solicitaron volver a pisar su hogar para buscar un trozo de pared pintada, una calle o un árbol que les confirmara que su vida anterior no había sido un sueño. El vicealmirante no encontró fuerzas para negárselo, y los agentes del enclave, aunque se opusieron para intentar evitar una posible amenaza oculta, tuvieron que acceder bajo el peso del título del gigante.

A Jeff Jefferson, líder de la brigada destinada en Loguetown, no le hizo gracia alguna la inesperada visita, y menos gracia le hacía tener que ceder parte de sus provisiones a un sucio hippie que no se merecía el puesto que ostentaba. Tomó una larga calada de su puro observando desde la ventana de su despacho cómo aquellas patéticas criaturas recorrían lo que quedaba de los barrios residenciales, jugando a borrarlas con anillos de humo cada vez que se detenían. Y consiguió hacerlo con una hormiga solitaria cuando los restos de una gran pared de un bloque de viviendas semiderruido se le vinieron encima. Sonrió.

-Agente Lucille, ¿podéis ponerme en contacto con el cuartel principal?- ordenó relamiéndose-. Creo que les gustará saber cómo está yendo la visita del señor Mirante.
Cuando la polvareda se asentó, Alphonse contempló los escombros con interés, escudriñando entre los restos los pocos bloques que podían serle útiles. Tras amontonarlos en una esquina, repitió el proceso de controlada demolición. La onda salió de sus puños e impactó contra la base del pilar principal, que se vino abajo destruyendo el resto de la estructura.

La tierra temblaba bajo el peso del ladrillo roto y las vigas seccionadas, tanto o aún más como bajo los pies del preocupado coloso que se acercaba corriendo.Suspiró aliviado al ver que no había heridos, que todos estaban a salvo, que ese idiota también lo estaba.

-¿¡Se puede saber qué estás haciendo?!- chilló Vicente, recolocándose las gafas a punto de caérsele tras la carrera.

La respuesta no llegó a los oídos del gigante, silenciados por la altura y los asustados tambores de su propio corazón. Vicente sabía que había dicho algo, una única palabra sin sentido cargada de odio y rabia. Se agachó, calmando su corazón para volver a preguntar.

-¿Qué?

Alphonse hizo polvo una pared más antes de repetir su respuesta más calmadamente.

-Reconstruyo- repitió en voz alta, buscando los ojos escondidos tras las gafas justo antes de volver a trabajar.

El marine se quedó sentado, mirando como aquel pequeño muchacho destruía los escombros de la ciudad uno tras otro, acumulando vigas de metal a un lado y ladrillos al otro. Admiraba tanto su fuerza y decisión como pereza le daba el mero observar del ejercicio físico. Antes de que se diera cuenta, las voces de sus otros protegidos ya estaban demasiado cerca.

-Venga Alphonse, vamos a estar aquí un par de horas más, no te va a dar tiempo a reconstruir nada- dijo el militar, bastante aburrido-. Deja de hacer tonterías y volvamos al puerto.

El único albañil dejó caer las vigas al suelo, sin atreverse a hablar hasta que el tañido del metal abandonara la escena. Lentamente, y haciendo acopios de todas sus fuerzas, se giró hacia el titán con los puños cerrados.

-¿Tonterías?- preguntó sin la esperada ironía-. ¿Cree que lo que hago es una tontería? Cree que lo que hago es una tontería…- se dijo en voz alta, contemplando de nuevo una realidad que ya había visto demasiadas veces-. ¿Debería entonces volver a su barco, seguir componiendo para usted y volverme famoso? ¿Eso le parecería más apropiado? ¿Eso sería menos… tonto?

El rastafari se rascó la cara con pesadez, asintiendo.

-Lo sé. Y sería mucho más fácil. No tendría que complicarme por rescatar las pocas piedras de las estructuras, hacer nuevos cimientos para los que las necesiten, despejar las calles de escombros, crear un nuevo puerto… Pero, a veces, hay cosas que uno debe hacer por mucho que no encuentra razones para ello, o incluso cuando las encuentra en contra. Así que… me voy a quedar aquí, reconstruyendo.

-¿Por qué?- preguntó el marine, interrumpiendo el trabajo una vez más.

-¿Por qué?- repitió, encontrando fácilmente la respuesta-. Bueno, porque alguien tiene que empezar a hacerlo. Si en diez años la Marina no le ha metido mano al asunto, y no parece que vaya a hacerlo, tendré que comenzar yo mismo- sentenció, encogiéndose de hombros-. Ahora, si me disculpa, tengo mucho que hacer.

El gigante alargó su mano para cogerle en un puñado, quería que dejara las sandeces y volviera a la cómoda vida que le había prometido bajo el sello de su discográfica. Desde luego, no se esperaba como respuesta seiscientos kilos de piedra caliza lanzadas con un trebuchet directos a su cara.

Cayó de rodillas y se agarró la cabeza sin poder evitar que el chichón fuese saliendo poco a poco. Cuando la nube de polvo se deshizo, Alphonse se aseguró de que le miraba a los ojos, a los verdaderos ocultos tras los negros cristales que le protegían del mundo.

-¿Dónde estabas tú cuando la ciudad cayó? ¿Dónde estabas durante estos diez años en los que estas pobres gentes sufrían? ¡De fiesta! ¡Porque nadie se preocupa por los demás hasta que se ven en su situación! ¡Porque nadie conoce lo que es el verdadero sufrimiento si no lo padece! ¡Si no vas a ayudar, vete! Porque te juro, no por Dios, sino por mí mismo, que si te entrometes en mi camino y me impides reconstruir Loguetown, te sacaré a patadas de él. ¿He hablado lo suficientemente claro?

Alphonse estaba preparado para todo lo que se le viniera encima, desde morir a balazos por los agentes ocultos a ser clavado en la tierra de un puñetazo más grande que él mismo. Pero la risa, la sincera carcajada de felicidad y despolle que manó de la boca del gigante... eso no se lo esperaba. Por un momento temió haberle causado una lesión cerebral al músico, el cual siguió riéndose un minuto entero. Poco a poco, como un agudo fuelle, la risa se convirtió en un silbado suspiro que ansiaba el aire, para luego volver a resonar alto y claro en todos los rincones de la isla. Todos y cada uno de los seres que la habitaban comenzaron a contagiarse de su felicidad, bueno, casi todos.

-¿De qué os reís?- preguntó Alphonse sin comprender qué sucedía a su alrededor. La felicidad era algo que se le escapaba.

Por primera vez en mucho tiempo, durante un solo instante, Vincent dejó de sonreír, y la risa de la ínsula se fue agotando lentamente. Al otro lado de la línea, en el cuartel general, la falta de respeto hacia su nuevo superior, el agente Popó, comenzaba a archivarse rápidamente impulsada por la oportuna y momentánea risilla del ahora ex- líder de la división asignada a Loguetown. Hasta el nombramiento de un nuevo líder capaz, pues se dudaba de la integridad de la división al completo, la base quedaría bajo la tutela de la persona de mayor rango más cercana, Vicente Mirante, del que tanto quería quejarse, del que buscaría una manera de vengarse.

Entonces el vicealmirante suspiró y preguntó a su nuevo héroe.

-¿En qué puedo ayudar?


Última edición por Boss el Vie 18 Ago 2017 - 12:13, editado 14 veces
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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Lun 14 Ago 2017 - 18:13

Epílogo: La libertad y la libertad de elegir

Hubiera preferido asistir al programa Castores Coloráos como invitado, pero por desgracia había sido cancelado ocho meses atrás, y aunque hubiera ido, siendo entrevistado por un caballero elegante en una mesa tranquila y bien iluminada, el mundo habría cambiado de canal. Así que aquí estaba yo, en el Termitero, presentado por Pedro Motors, un ciborg con cara de comadreja con la gracia de los singracia que se llevaba los picos de audiencia de todos los Blue.

Cuando aquel sosainas me llamó a escena, tachándome de bondadoso mesías y ejemplo a seguir, me esforcé por mostrar una pequeña sonrisa. Ya le había dicho al director que no tenía intención ninguna de hablar de los sucesos de aquella isla, pero desde el primer momento aquel pelirrojo la cagó.

Avanzando, saludando al público en mi corto camino a la agujereada mesa de mármol, me di cuenta de que al menos una de mis exigencias había sido considerada: ahí estaba mi libro, del que había venido a hablar.

-Buenas noches, Pedro- le dije estrechando su mano, pero esta no tardó en desencajarse y trepar por mi hombro, transformándose.

-Buenas noches, Fonsi- dijo Trankos, uno de los dos insoportables insectos ciborg que hacían de recurso cómico al programa.

-Eso, buenas noches Alphonse- contestó el presentador, colocando sus dos muñones sobre la mesa.

Justo cuando estaba preguntándome dónde estaba Barrankos, el incómodo hormigueo subió por mi pantalón y apareció rápidamente por el cuello de mi camisa.

-¡Por dios, Alphonse, cómo calzas!- chilló el bichillo antes de saltar con el otro hasta la mesa, ocupando sus puestos.

El público estalló en carcajadas y “uuhs” lascivos mientras yo me quedaba mirando a cámara con cara de tonto. Debía haberme esperado algún sucio truco televisivo para causar la risa fácil; así era el puñetero programa, desde el principio hasta el final. ¿Por qué demonios no había podido irme al Intermediario, presentado por Huang Yon Min? ¿Por qué?

-Bueno, Alphonse- dijo el presentador achinando sus ojos mientras me terminaban de colocar correctamente mi micrófono y la camisa-, veo que eres un cantante, autor, compositor, director de teatro… y de esos hemos tenido muchos. –Ninguno bueno-. Lo que yo quiero saber es cómo llegaste a impulsar todo el movimiento para reconstruir Loguetown, cómo salvaste a esas gentes y qué te impulsó a hacerlo. Creo que todos queremos saberlo, ¿no?- preguntó al público con los brazos abiertos, recibiendo una ovación.

Joder, normalmente esperaba un poco a meter la pata, pero ese día parecía que tenía prisa.

-Bueno Pedro, como ya sabes, tras ser rescatados por el barco del vicealmirante Vicente Mirante, hicimos una parada en Loguetown. Y cuando contemplé aquel páramo, aquel lienzo en blanco que había sido reducido a escombros me dije… Oye Alphonse, aquí se puede hacer una ciudad, pero vas a necesitar ayuda. Así que fui con esa idea al bueno de Vicente y las cosas no tardaron mucho en ponerse en marcha. Costó, pero todos comprendieron que era algo que había que hacer.

-Pues vaya si tardaron en darse cuenta, diez años se llevó eso así- dijo la mecánica criatura sin preocuparse de las burradas que soltaba, burradas que podían costarle la vida a ella y a su dueño.

-Bueno, debes entender, querido Barrankos, que la Marina tiene el cometido de protegernos de los piratas, asegurar que los transportes lleguen bien a su destino, hacer que se respeten las leyes del Gobierno Mundial… Es muy fácil quejarse de otros cuando uno no hace nada- sentencié-. Nosotros, los ciudadanos bajo su bandera, también podemos hacer grandes cosas. No necesitamos formar parte de un sistema militar para contribuir al bienestar de todos. Juntos y unidos en armonía podemos hacer auténticos milagros. Yo soy prueba de ello.

-Ahí te ha dado- añadió Pedro.

-Uy, po’ como te de…-bromeó Trankos, sacándole otra carcajada más al público con la misma broma de mal gusto.

-Ciertamente eres un revolucionario, Alphonse- comentó el locutor intentando clavarme una banderilla.

-Eso es correcto- me apresuré a decir-. Pero, como veo por dónde vas, y no me gustaría que la burocracia gubernamental malgastara el tiempo en una falsa acusación, debo aclararlo: Yo no formo parte de La Revolución, no apruebo la destrucción de un sistema que puede mejorarse. Ellos lo que quieren es destruir el gobierno y rehacer uno, lo que costaría miles de millones de vidas y cientos de años para que luego llegara otra Revolución a desmantelarla. No, gracias, prefiero hacer de mi mundo, día a día, un lugar mejor. Y he de añadir que no soy el único que piensa así.

-Respuesta correcta, te has librado de la ejecución- lamentó Barrankos, señalando un monitor en el que salía un monigote con mi cara bailando alegremente al lado de una guillotina.

-Me habían dicho que eras un tipo avispado, pero no me esperaba que lo fueras tanto- afirmó Pedro con sorpresa-. Muchos dicen que para presionar al Gobierno lanzaste el rumor de la reconstrucción mucho antes de que este accediera, ¿es eso cierto?

-Pablo, por favor, si vas a decir eso espero que tengas un gorrito de papel de plata en la cabeza. Qué conspiranoico llegas a ser- reí, dando un pequeño golpe sobre la mesa-. Vaya, me has recordado a un personaje de mi obra que casi se vuelve loco creyendo que las voces de su cabeza no eran reales… Y hablando de mi libro…

-Oye no me quites el puesto eh, que soy yo quien tiene que enlazar las cosas.- amenazó. Que para cuando lo hiciera ya llegaría alguno de sus colaboradores con un monólogo pesado y monótono del machismo sin otro propósito que resaltarlo y preservarlo, o con algún efecto dominó que no funcionaba ni a la de tres -. Aquí está tu librito- dijo mostrando a la pantalla el pequeño tomo de bolsillo, gris como el cemento -: Relatos de Soledad. Me han comentado que se trata de una recopilación en la que cada protagonista se enfrenta a su mayor enemigo, a sí mismo.

-Efectivamente, Pedro, pero para otra vez no jorobes el final, deja que la gente haga sus propias asunciones y disfrute de la obra como quiera. A veces una puerta azul simplemente es una puerta azul, no es que el autor esté deprimido.

-Ya, ya- dijo, asintiendo y echándose hacia delante -. Lo que a mí me gustaría realmente preguntar es…

-¿Si las obras de ópera que dirijo están yendo bien? Estupendamente, el teatro musical nunca ha estado más vivo- interrumpí, sabiendo cuál iba a ser su pregunta.

-No, si…

-¿Si saldrá pronto mi álbum? Uff, esa es una pregunta difícil de contestar, cada vez que me pongo a ello vuelvo a sacar una canción más, me cuesta decir: hasta aquí basta.

-No.- Las mecánicas termitas volvieron a convertirse en manos que saltaron a taparme la boca-. Mi pregunta es… si el título es porque se le ocurrieron eso relatos mientras estaba en aquella isla. Muchos dicen que le torturaron. ¿Qué pasó allí?

Una vez sus prótesis volvieron a él, permanecí en silencio contemplando la maldad en su rostro, el deseo de la terrible primicia para engordar sus arcas.
Si de verdad quería que le contara aquella historia, mi historia, debía asegurarme de una cosa.

-Es algo largo de contar, ¿tendría el resto del programa para mí?- inquirí.

-Claro, sin problemas… ¡Después de la publicidad!- chilló señalando a cámara mientras las luces del plató cambiaban de posición para indicar la pausa. Conociendo los eternos parones de su cadena, disponía de quince minutos para escoger las palabras adecuadas.

Solicité quedarme solo en medio del plató, sentado sobre un taburete y con una única luz cenital iluminándome para así exagerar la profundidad de mis gestos a la vez que ocultaba mis ojos hasta el momento preciso en el que decidiera inclinarme y mostrarlos. Desde ahí, esperé que el silencio dominara la escena una vez los tenues aplausos y la corta sintonía del regreso del programa terminara.

-Todo empezó cuando, por fin, encontré a Bill. Le había estado buscando durante mucho mucho tiempo, pero por mucho que me aferraba a las pistas que había en sus relatos, en las historias que me contaba mientras almorzábamos como hermanos en nuestro hogar, seguía sin dar con él. Y volví a casa intentando encontrar una nota, una carta oculta entre las desgastadas tablas, los viejos muebles y las humedades en la pared. No os imagináis mi sorpresa al verle entrar por la puerta, horas después, con un periódico de Lavrenge en las manos. Empezó a decirme cuán orgulloso estaba de que hubiese derrotado a un mafioso para tomar su territorio, dando así el primer paso para convertirme en un verdadero Capone. Todo había sido una puñetera prueba…-bajé la cabeza, triste, aún triste-. Creía que me había abandonado por algo que había hecho o dicho, que le había pasado algo en sus idas y venidas al hogar… Y todo, todo, había sido un juego. Me enfadé con él, y mucho, y le dije que no quería ser lo que todos esperaban de mí, que quería ver un mundo mejor a mí alrededor. Se rió. Me dijo que no tenía otra opción, que era un joven inocente que no conocía cómo funcionaba en realidad el mundo… Así que cogí mi dinero, todo el dinero que me había ganado yo solo, y me fui.Empecé a regalar Berries en una de las islas del West antiguamente hermanada con Loguetown, la cual había recibido parte de los refugiados de buena gana. Por supuesto, tras nueve años de algún que otro altercado, sin poder sustentar la población extra y empujando lentamente a aquellos desgraciados a la delincuencia por necesidad, las ganas de ayudar se habían acabado… hacía mucho. Y cuando hice ese gesto de infinita caridad… el mundo me dijo que Bill tenía razón. No tardaron en llegar avariciosos maleantes que me apalearon sin que nadie les detuviera ni dijera nada. Solo una persona me ayudó a salir del hoyo al que me habían lanzado, un gyojin que se convirtió en mi único amigo y al que quise darle todo lo que quedaba de mi dinero para poder vivir realmente como los que me habían ignorado, creyendo que así podría demostrarles a todos que eran sus elecciones las que los habían convertido en lo que eran y no su estilo de vida. Confié todas mis posesiones a ese vagabundo, y aún me sorprende que no tomara mis cosas y se marchase al instante, pero esa gran persona que aún sigue fielmente a mi lado tomó la decisión de hacer lo correcto.

Levanté el rostro, sonriendo al público con ilusión para que, entre la oscuridad de la realidad, encontraran un pequeño brillo de esperanza.

-Los primeros días pensaba que todo iba a ser muy sencillo, que alguien como yo, un muchacho joven y dispuesto, podría encontrar fácilmente la compasión de sus conciudadanos-continué, imprimiendo en mis palabras la ilusión de aquel primer momento-. Y al tercer día me dije que a lo mejor no bastaba solo con esperar a que pasaran delante de mí, sino que había que extender la mano y musitar unas pocas palabras para encontrar la ayuda que tanto necesitaba. Al cuarto bebí de una fuente pública, no una de esas de las que se debe beber, me refiero a una en la que se bañan las palomas- Bajé poco a poco el rostro a cada golpe de cruel realidad -. Al quinto me planté en la calle principal, atestada de gente que compraba ropa y comida, suspirando por unas pocas monedas con las que ganar algo de dignidad. Al sexto creí que alguien se había apiadado de mí, pero los tipos se sacaron el miembro preguntándome cuánto. Al séptimo lamenté haberles echado entre gritos, porque quizás así hubiera tenido algo que llevarme a la boca. Allí, en aquella calle, durante todos esos días, tan solo me preguntaba qué hacía y adónde iban las personas que me habían mirado, que sabía que me habían mirado y habían elegido ignorarme- Miraba al suelo-. Entonces –Y levanté mi rostro un poco- encontré a un mendigo más, el último de tantos, uno que había conocido antes y que no se había ido por mucho dinero que le di, lo había repartido- Sonreí de corazón-. Conviví con él un tiempo en uno de los abandonados edificios, y me enseñó el momento idóneo para buscar entre la basura, los restaurantes que no cerraban bien sus cubos y cómo cazar y cocinar ratas con y sin alas. Murió de una maldita pulmonía…- La sonrisa no se fue, aún no, aunque la alegría de mi voz se resquebrajaba- Pero antes de eso me confesó un terrible secreto, uno del que se arrepentía mucho, uno que había tenido que hacer por el bien de su familia-Me miré las manos, impotente y asustado-. Casi a punto de perder la esperanza una semana después de su muerte, justo cuando iba a decidir que Bill tenía razón, una niña… una niña pequeña me dio su paga… antes de ser injustamente castigada por un acto bueno y noble- bajé el rostro, apretando los dientes y los puños-. Esa gota de luz me bastó para continuar, para buscar otro mercado en el que sí me atendieran a pesar de mi aspecto. Y mes y medio después, a punto de volver a perder lo que se me había regalado, Padre Donovan entró por la puerta. Fui con él, pero solo porque quería asegurarme de que mi esperanza a punto de desaparecer, que mi propia decepción con la humanidad, tenía toda la razón del mundo. Quería cogerle con las manos en la masa para alzarme victorioso, para saber que este mundo sí merecía que empuñara un guantelete de hierro. Tonto de mí, porque mi odio me llevó a ser capturado como tantas otras almas que el pastor había robado, convertido y vendido como esclavos.

Miré al cielo buscando una respuesta, un rostro en aquel foco. Cerré los ojos, quemaba.

-Me torturaron... Y lo peor de todo era que cada vez que abandonaban la sala, cada vez que terminaban de ahogarme, de lanzarme agua fría o de gritarme… tan solo deseaba que volvieran para no quedarme allí, solo. Veintitrés horas al día atado, en silencio, sin poder hacer nada más que estar conmigo mismo… torturándome a mí mismo. Conocía cada grieta, cada pequeña imperfección en la roca, cada detalle de los eslabones y cada gramo que iba perdiendo mi cuerpo privado de sustento. Una vez conoces cada tono que puede emitir tu cuerpo, cada movimiento que puede hacer… cada camino que puedes recorrer en ti mismo… no te queda nada. Nada- dije hueco-. Y en ese momento te empeñas, como cada vez que no quieres vivir tu realidad, en vivir otras. Pero cuando te sacan de tu agujero, del infierno al que te has acostumbrado para lanzarte a la luz del sol y el clamor de los gritos… eso verdaderamente te destroza. Intentaba por todos los medios no escucharles, ignorar a aquellas personas que me rodeaban para insultarme, para culparme de las desgracias que el destino les había asignado cruelmente, pero no podía. No pude. Y escuché todas y cada una de esas voces en silencio como si fueran la mía propia, resquebrajándome poco a poco. Cuando llegó Rosa a salvarme aún no conocía su nombre. Y cuando contemplé su cadáver cruelmente torturado, expuesto ante mí con malicia, me prometí que saldaría la deuda. Salvé a todas aquellas personas, maté a todos esos piratas y… embarqué sin saber qué me… nos depararía el destino. Y fui yo quien contó historias para mantener una esperanza, para ir dando la mía poco a poco mientras veía como enfermaban y morían sin que yo pudiese hacer nada. Al final… todo salió bien, pero fue pura suerte. Solo tuve suerte.

Respiré hondo, haciendo una larga pausa, sabía que no había acabado.

-Ahora todo el mundo me dice que soy una buena persona, pero no es así-pronuncié rozando el llanto, encogiéndome sobre mí mismo -. Yo no soy una buena persona porque no existen las buenas personas- dije a cada salón, a cada una de las personas que escuchaba la retransmisión por radio, a cada niño y a cada anciano. Sentía que tenía todo el mundo en mis manos, dispuesto a escucharme. Y la respuesta, por fin, llegó -. Ser una buena persona es una elección. No os dejéis engañar por la gente que dice que por la mente de las buenas personas nunca ha pasado una maldad, que nunca se han sentido tentados por el camino fácil o que nunca se han equivocado o actuado de manera egoísta. No creáis nunca que una persona puede ser buena sin hacer un esfuerzo consciente. Cada vez que haces algo bueno tomas la decisión de que este, nuestro mundo, sea un lugar mejor. La bondad no es una cualidad innata, es una opción, tu opción. Sigue siendo bueno, sigue esforzándote, estoy orgulloso de ti.

El programa terminó sin importarme el haber dejado pasar la oportunidad de sumir al mundo en llamas porque
, al fin, había saldado mi deuda.


Llamaron a la puerta, y nunca, jamás, llamaban a la puerta .Aún sostenía el periódico entre mis manos, y volví a mirar una vez más la portada. “Loguetown en reconstrucción” rezaba el titular acompañado de la foto de Puerto Rosa, mi Puerto Rosa. Lo habían terminado sin mí, pero podía reconocer parte de mí en los rostros de los albañiles y parte de ella en la prístina pureza de la roca. Sonreí.

Llevaba cuatro meses encerrado entre aquellas blancas paredes. Vicente no pudo hacer mucho cuando, tres meses después del delito, un agente del Cipher Pol llegó con la grabación de la amenaza que fue respaldada por los testimonios de los borregos allí presentes. Por suerte para mí, y la de todos, nadie pudo demostrar la agresión física, así que me libré de la pena capital. La prisión de máximo aislamiento me sirvió para aclarar mis ideas, para seguir creando nuevas obras en mi interior y para disfrutar de la soledad a la que me por fin me había acostumbrado. Había aprendido cómo funcionaba el mundo, a estar solo y quién era.

-Queda libre- se limitó a decir el marine que me había alimentado tras la puerta blindada día tras día, reconocí su voz aunque nunca me había hablado.

Me levanté, sin pedir una explicación que llegaría a deshora. Era libre, verderamente libre de la prisión más cruel de todas, la que me creé yo mismo con el miedo y la culpa.

Y pronto, muy pronto, el mundo conocería quién era Alphonse Capone.


Peticiones:

Hola moderador, ¿ha disfrutado leyendo? ¿No? ¿Alguna pausa de más? Entiendo, mira que lo he hecho para que la historia sea narrada lo más adecuadamente posible y reflejara  la pesadumbrez de algunos momentos, la confusión etc. En fin, al menos espero que haya disfrutado de la cruel realidad de un mundo en el que todos las personas, en el fondo, se acaban pareciendo. ¿Acaso creías que iba a repetir las metáforas como la bota que aplasta los insectos y la temática de la esperanza? Está hecho para mostrar la conexión entre los personajes. ¿No es hasta el propio Dios hecho a imagen y semejanza del hombre?

¿Te ha dejado extrañado la entrevista? Si te das cuenta está en la misma letra que las historias que relata o en las que se sumerge Alphonse, por lo que es un cuento. Deja el culo un poco torcido, ¿no? Hombre, el gobierno no iba a permitirme responsabilizarme de la reconstrucción, por mucho que un vicealmirante hipi-piojoso y bueno luchara por mí, gracias tengo que dar por salir vivo. Vamos con las peticiones, las cuales estoy totalmente dispuesto a nerfear porque se me da muy mal hacer peticiones.

1º Reconstrucción de Loguetown,
probable cambio de nombre a New Loguetown (discreción del foro): Me gustaría que fuera una cuestión dinámica para que el foro (las facciones gubernamentales y los ciudadanos) pudiesen contribuir con dinero o algo para ver hasta dónde se llega. Obviamente se empezaría por un pueblecito standard o algo así, que mi pobre TS espero que sirva de algo, la cosa es mejorar la isla todo lo posible como faro de esperanza para el resto de Blues. (Slot: 0? )

2º El espíritu de todas las cosas PU:
Alphonse puede sentir las voces de los objetos a su alrededor; la roca, los elementos y demás entes inanimados que le rodean debido al tiempo que ha pasado solo, terriblemente solo. Permite conocer los objetos inmediatos de su alrededor, así como una estructura, un trozo de tierra etc. Permite, reforzado por las profesiones, saber las características de un objeto, de una materia prima etc, haciendo capaz al usuario por ejemplo de saber cuáles son los mejores trozos de una roca, cual es la impureza de un material, que una llave de un edificio en el que ha estado encerado mucho tiempo sea la primera que coja, saber cuál ladrillo de un edificio podría reusarse etc. Además es capaz de reconocer el espíritu de las cosas con su mantra, los objetos inanimados que caigan, sean lanzados etc sin intención pueden activar su haki (Recuerdo que el haki necesita de intención para dañar, atacar etcétera y el saber cómo atacan). Esta técnica solo puede ser aprendida por un oficio constructor de objetos. Herreros, ingenieros y artistas. (1 slot)

3º Respiradero PU con aplicaciones de Akuma: Sin ninguna libertad más que respirar, y a veces ni eso, Alphonse ha aprendido a controlar el flujo de aire a la perfección. Aparte de aguantar el doble que una persona de su resistencia (ver clase y pus de resistencia para estimar), es capaz de cantar sin que le falte el aire en ningún momento y mucho más útil, controlar el flujo de aire en sus salas. Claro está, no podrá hacer una tormenta en su interior, pero una brisilla o que te priven lentamente del oxígeno cerrando la sala a cal y canto puede joder bastante a sus presos. Solo aplicable en akuma a partir de nivl 50, cuando puedo usar pus de elementos. 1(slot)

5º Sobrevivir sin nada PU: Alphonse ha pasado hambre, mucha hambre, privación de sueño y una sed tan cruel como la vida misma. Sus necesidades se han reducido a una décima parte de las de una persona normal. (1slot)

6º El yo
: Alphonse, tras pasar tanto tiempo andando por sí mismo sin nada más que trozos de roca y los propios muebles que creaba/mantenía en sí mismo , ha sido capaz de manifestar su yo interior de manera física cuando lo desee. Útil si quieres liarte personalmente a ostias con alguien, más útil cuando necesitas un estímulo de algo que no crees tú mismo. (1slot)

7º Espacio de pesadilla PU: Alphonse es capaz de transformar su interior en un espacio tortuoso y terrorífico. Desde crear aullidos (con su voz, regido por profesión y talento) y anular el eco a hacer cambios sutiles de algo que no estaba ahí antes (regido por velocidad de cambios de akuma). Además, permite a su yo interior transformarse en un ser “hueco” (cambio de aspecto físico a un yo de sombra) así como no tener que  regirse por las leyes de la física habituales (puede caminar por las paredes, desaparecer como un fantasma para manifestarse en otro lado, desdoblarse como si fuera de humo etc). (1 slot)

8º Haki de Armadura a Desarrollado (está en despertado): Desde el momento en el que se contiene en sí mismo, intentando no explotar, haciendo uso de su terrible fuerza de voluntad para no ir matando gente por ahí , pasando por intentar hacer algo consigo mismo, a intentar soportar la tortura continuamente… No todo es meterse de ostias, hay veces que la voluntad de un hombre se mide por sus actos. (1 slot)

9º Haki Mantra a Desarrollado o Superior (está en despertado)
: Tras buscar todas las presencias que deciden ignorarle mientras es un mendigo, cuando tras esforzarse por huir de los que le gritan se decide a escucharlos y básicamente cada vez que se siente tan tremendamente solo que intenta buscar el consuelo en una presencia a su alrededor detrás de las cárceles. No todo es esquivar piedras con los ojos vendados, a veces es intentar ver qué es lo que pasa a tu alrededor realmente, qué es lo que dicen todos esos corazones. Diría subirlo a Superior, pero lo dejo a la discreción del moderador. (1-1.5 slots)

10º Maxymilian Myxine
: Npc irrelevante Historiador, cirujano y cocinero, gyojin myxin, que se ha quedado como guardallaves en la casa Capone guardando mis cosas (a la que volveré). (0 slots)

11º Alaridos de terror: ¿Sabes que los alaridos de un hombre torturado pueden hacer una estupenda sinfonía? Esta composición, altamente variable, sume a los que la escuchan en un estado de nerviosismo y fragilidad, siendo especialmente vulnerables al miedo. Además, si Alphonse la usa en su interior donde puede variar sus formas y demás… joder, eso sí que da canguele. Posee las siguientes características: Variable (al variar el tono y los chirridos uno puede recibir varias veces el mismo efecto acumulativo). Efecto miedo (la psique de los que la escuchan es más susceptible al terror durante 24 horas, perdiendo la esperanza, nv40). Los que la escuchen sentirán el impulso de huir, sobre todo a más fuerte sean los chirridos (que dañan los oídos de quien lo escucha, con Genio Musical 60) (técnica, medio slot)

12º Desde el cielo a las profundidades del infierno PU:
Alphonse aumenta el espacio de su Akuma, siendo tan alto como metros cuadrados tiene según su tabla de akuma. Puede distribuir su espacio para aumentar el nº de plantas, como si se elongara hacia arriba en vez de tener más tamaño. (1 slot)

13º Resilencia: Alphonse es capaz de recuperarse de los traumas psicológicos sin ayuda con el suficiente tiempo, además es el doble de resistente a los traumas y efectos psicológicos debido a todo lo que ha tenido que pasar. (Basado en talento de superviviencia y de voluntad) (1slot)

Total 9.5

x2 Resistencia y x2 a Capacidad de supervivencia. Que he pasado mucho, pero también he perdido mucha masa muscular por la privación de nutrientes.

Y el 0.5 que sobra me gustaría tener la inspiración para crear futuras obras después de todo el tiempo que ha pasado allí, creando. No son técnicas creaciones cómo la de los alaridos, sino simples piezas que reportarán dinero. Entre ellas está la OST de El principe de Egipto, especialmente la canción de las Plagas, Chop Suey Mr Fear y Way Down we go (Animo a escucharlas porque váis a relaccionarlas perfectamente con las partes), relatos varios homenaje a Laurens de Arabia, Moby Dick, 20 leguas de viaje submarino... Hay que aprovechar que ciudadano te da la ventaja de facción de hacer cosas para ganar dinero.

Dado que no controlo qué pasará con el tema del Gobierno y cual será su postura tras el encarcelamiento (injusto) debido al CP rencoroso y vengativo, me limito a sugerir dinero o sueldo por el tema de lo de Loguetown (10 Millones), una casa allí y quizás derechos de explotación del puerto(sueldo 3 millones). Pero no soy avaricioso, como si quieren taparlo y no darme la fama que me merezco, aunque supongo que algún informe habrá por ahí para que los Decodificadores lo tengan disponible. También sugiero que si algún moderador con un npc importante del gobierno (o la revolución) se entera y quiere hablar conmigo, adelante.

¿Qué pasará ahora con Alphonse? ¿Será menos inocente y mucho más cruel? Bueno, eso será una sorpresa...

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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Vie 18 Ago 2017 - 12:24

Epílogo: La libertad y la libertad de elegir

Hubiera preferido asistir al programa Castores Coloráos como invitado, pero por desgracia había sido cancelado ocho meses atrás, y aunque hubiera ido, siendo entrevistado por un caballero elegante en una mesa tranquila y bien iluminada, el mundo habría cambiado de canal. Así que aquí estaba yo, en el Termitero, presentado por Pedro Motors, un ciborg con cara de comadreja con la gracia de los singracia que se llevaba los picos de audiencia de todos los Blues.

Cuando aquel sosainas me llamó a escena, tachándome de bondadoso mesías y ejemplo a seguir, me esforcé por mostrar una pequeña sonrisa. Ya le había dicho al director que no quería que se me tratase así, pero desde el primer momento aquel pelirrojo la cagó.

Avanzando, saludando al público en mi corto camino a la agujereada mesa de mármol, me di cuenta de que al menos una de mis exigencias había sido considerada: ahí estaba mi libro, del que había venido a hablar.

-Buenas noches, Pedro- le dije estrechando su mano, pero esta no tardó en desencajarse y trepar por mi hombro, transformándose.

-Buenas noches, Fonsi- dijo Trankos, uno de los dos insoportables insectos ciborg que hacían de recurso cómico al programa.

-Eso, buenas noches Alphonse- contestó el presentador, colocando sus dos muñones sobre la mesa.

Justo cuando estaba preguntándome dónde estaba Barrankos, el incómodo hormigueo subió por mi pantalón y apareció rápidamente por el cuello de mi camisa.

-¡Por dios, Alphonse, cómo calzas!- chilló el bichillo antes de saltar con el otro hasta la mesa, ocupando sus puestos.

El público estalló en carcajadas y “uuhs” lascivos mientras yo me quedaba mirando a cámara con cara de tonto. Debía haberme esperado algún sucio truco televisivo para causar la risa fácil; así era el puñetero programa, desde el principio hasta el final. ¿Por qué demonios no había podido irme al Intermediario, presentado por Huang Yon Min? ¿Por qué?

-Bueno, Alphonse- dijo el presentador achinando sus ojos mientras los auxiliares me terminaban de colocar correctamente el micrófono y la camisa-, veo que eres un cantante, autor, compositor, director de teatro… y de esos hemos tenido muchos. –Ninguno bueno-. Lo que yo quiero saber es cómo llegaste a impulsar todo el movimiento para reconstruir Loguetown, cómo salvaste a esas gentes y qué te impulsó a hacerlo. Creo que todos queremos saberlo, ¿no?- preguntó al público con los brazos abiertos, recibiendo una ovación.

Joder, normalmente esperaba un poco a meter la pata, pero ese día parecía que tenía prisa.

-Bueno Pedro, como ya sabes, tras ser rescatados por el barco del vicealmirante Vicente Mirante- reberberé-, hicimos una parada en Loguetown. Y cuando contemplé aquel páramo, aquel lienzo en blanco que había sido reducido a escombros, me dije… Oye Alphonse, aquí se puede hacer una ciudad, pero vas a necesitar ayuda. Así que fui con esa idea al bueno de Vicente y las cosas no tardaron mucho en ponerse en marcha. Costó, pero todos comprendieron que era algo que había que hacer.

-Pues vaya si tardaron en darse cuenta, diez años se llevó eso así- dijo la mecánica criatura sin preocuparse de las burradas que soltaba, burradas que podían costarle la vida a ella y a su dueño.

-Bueno, debes entender, querido Barrankos, que la Marina tiene el cometido de protegernos de los piratas, asegurar que los transportes lleguen bien a su destino, hacer que se respeten las leyes del Gobierno Mundial… Es muy fácil quejarse de otros cuando uno no hace nada- sentencié-. Nosotros, los ciudadanos bajo su bandera, también podemos hacer grandes cosas. No necesitamos formar parte de un sistema militar para contribuir al bienestar de todos. Juntos y unidos en armonía podemos hacer auténticos milagros. Yo soy prueba de ello.

-Ahí te ha dado- añadió Pedro.

-Uy, po’ como te de…-bromeó Trankos, sacándole otra carcajada más al público con la misma broma de mal gusto.

-Ciertamente eres un revolucionario, Alphonse- comentó el locutor intentando clavarme una banderilla.

-Eso es correcto- me apresuré a decir-. Pero, como veo por dónde vas, y no me gustaría que la burocracia gubernamental malgastara el tiempo en una falsa acusación, debo aclararlo: Yo no formo parte de La Revolución, no apruebo la destrucción de un sistema que puede mejorarse. Ellos lo que quieren es destruir el gobierno y rehacer uno, lo que costaría miles de millones de vidas y cientos de años para que luego llegara otra Revolución a desmantelarla. No, gracias, prefiero hacer de mi mundo, día a día, un lugar mejor. Y he de añadir que no soy el único que piensa así.

-Respuesta correcta, te has librado de la ejecución- lamentó Barrankos, señalando un monitor en el que salía un monigote con mi cara bailando alegremente al lado de una guillotina.

-Me habían dicho que eras un tipo avispado, pero no me esperaba que lo fueras tanto- afirmó Pedro con sorpresa-. Muchos dicen que para presionar al Gobierno lanzaste el rumor de la reconstrucción mucho antes de que este accediera, ¿es eso cierto?

-Pablo, por favor, si vas a decir eso espero que tengas un gorrito de papel de plata en la cabeza. Qué conspiranoico llegas a ser- reí, dando un pequeño golpe sobre la mesa-. Vaya, me has recordado a un personaje de mi obra que casi se vuelve loco creyendo que las voces de su cabeza no eran reales… Y hablando de mi libro…

-Oye no me quites el puesto eh, que soy yo quien tiene que enlazar las cosas.- amenazó. Que para cuando lo hiciera ya llegaría alguno de sus colaboradores con un monólogo pesado y monótono del machismo sin otro propósito que resaltarlo y preservarlo, o con algún efecto dominó que no funcionaba ni a la de tres -. Aquí está tu librito- dijo mostrando a la pantalla el pequeño tomo de bolsillo, gris como el cemento -: Relatos de Soledad. Me han comentado que se trata de una recopilación en la que cada protagonista se enfrenta a su mayor enemigo, a sí mismo.

-Efectivamente, Pedro, pero para otra vez no jorobes el final, deja que la gente haga sus propias asunciones y disfrute de la obra como quiera. A veces una puerta azul simplemente es una puerta azul, no es que el autor esté deprimido.

-Ya, ya- dijo, asintiendo y echándose hacia delante -. Lo que a mí me gustaría realmente preguntar es…

-¿Si las obras de ópera que dirijo están yendo bien? Estupendamente, el teatro musical nunca ha estado más vivo- interrumpí, sabiendo cuál iba a ser su pregunta.

-No, si…

-¿Que si estoy soltero? Qué indiscreto.

-No, que si...

-¿Si saldrá pronto mi álbum? Uff, esa es una pregunta difícil de contestar, cada vez que me pongo a ello vuelvo a sacar una canción más, me cuesta decir: hasta aquí basta.

-No.- Las mecánicas termitas volvieron a convertirse en manos que saltaron a taparme la boca-. Mi pregunta es… si el título es porque se le ocurrieron esos relatos mientras estaba en aquella isla. Muchos dicen que le torturaron. ¿Qué pasó allí?

Una vez sus prótesis volvieron a él, permanecí en silencio contemplando la maldad en su rostro, el deseo de la terrible primicia para engordar sus arcas.
Si de verdad quería que le contara aquella historia, mi historia, debía asegurarme de una cosa.

-Es algo largo de contar, ¿tendría el resto del programa para mí?- inquirí.

-Claro, sin problemas… ¡Después de la publicidad!- chilló señalando a cámara mientras las luces del plató cambiaban de posición para indicar la pausa. Conociendo los eternos parones de su cadena, disponía de quince minutos para escoger las palabras adecuadas.

Solicité quedarme solo en medio del plató, sentado sobre un taburete y con una única luz cenital iluminándome para así exagerar la profundidad de mis gestos a la vez que ocultaba mis ojos hasta el momento preciso en el que decidiera inclinarme y mostrarlos. Desde ahí, esperé que el silencio dominara la escena una vez los tenues aplausos y la corta sintonía del regreso del programa terminara.

-Todo empezó cuando, por fin, encontré a Bill. Le había estado buscando durante mucho mucho tiempo, pero por mucho que me aferraba a las pistas que había en sus relatos, en las historias que me contaba mientras almorzábamos como hermanos en nuestro hogar, seguía sin dar con él. Y volví a casa intentando encontrar una nota, una carta oculta entre las desgastadas tablas, los viejos muebles y las humedades en la pared. No os imagináis mi sorpresa al verle entrar por la puerta, horas después, con un periódico de Lavrenge en las manos. Empezó a decirme cuán orgulloso estaba de que hubiese derrotado a un mafioso para tomar su territorio, dando así el primer paso para convertirme en un verdadero Capone. Todo había sido una puñetera prueba…-bajé la cabeza, triste, aún triste-. Creía que me había abandonado por algo que había hecho o dicho, que le había pasado algo en sus idas y venidas al hogar… Y todo, todo, había sido un juego. Me enfadé con él, y mucho, y le dije que no quería ser lo que todos esperaban de mí, que quería ver un mundo mejor a mí alrededor. Se rió. Me dijo que no tenía otra opción, que era un joven inocente que no conocía cómo funcionaba en realidad el mundo… Así que cogí mi dinero, todo el dinero que me había ganado yo solo, y me fui.

-Empecé a regalar Berries en una de las islas del West antiguamente hermanada con Loguetown, la cual había recibido parte de los refugiados de buena gana. Por supuesto, tras nueve años de algún que otro altercado, sin poder sustentar la población extra y empujando lentamente a aquellos desgraciados a la delincuencia por necesidad, las ganas de ayudar se habían acabado… hacía mucho. Y cuando hice ese gesto de infinita caridad… el mundo me dijo que Bill tenía razón. No tardaron en llegar avariciosos maleantes que me apalearon sin que nadie les detuviera ni dijera nada. Solo una persona me ayudó a salir del hoyo al que me habían lanzado, un gyojin que se convirtió en mi único amigo y al que quise darle todo lo que quedaba de mi dinero para poder vivir realmente como los que me habían ignorado, creyendo que así podría demostrarles a todos, y a mí mismo, que eran sus elecciones las que los habían convertido en lo que eran y no su estilo de vida. Confié todas mis posesiones a ese vagabundo, y aún me sorprende que no tomara mis cosas y desapareciese, pero esa gran persona que aún sigue fielmente a mi lado tomó la decisión de hacer lo correcto.

Levanté el rostro, sonriendo al público con ilusión para que, entre la oscuridad de la realidad, encontraran un pequeño brillo de esperanza.

-Los primeros días pensaba que todo iba a ser muy sencillo, que alguien como yo, un muchacho joven y dispuesto, podría encontrar fácilmente la compasión de sus conciudadanos- continué, imprimiendo en mis palabras la ilusión de aquel primer momento-. Y al tercer día me dije que a lo mejor no bastaba solo con esperar a que pasaran delante de mí, sino que había que extender la mano y musitar unas pocas palabras para encontrar la ayuda que tanto necesitaba. Al cuarto bebí de una fuente pública, no una de esas de las que se debe beber, me refiero a una en la que se bañan las palomas- Bajé poco a poco el rostro a cada golpe de cruel realidad -. Al quinto me planté en la calle principal, atestada de gente que compraba ropa y comida, suspirando por unas pocas monedas con las que ganar algo de dignidad. Al sexto creí que alguien se había apiadado de mí, pero los tipos se sacaron el miembro preguntándome cuánto. Al séptimo lamenté haberles echado entre gritos, porque quizás así hubiera tenido algo que llevarme a la boca. Allí, en aquella calle, durante todos esos días, tan solo me preguntaba qué hacían y adónde iban las personas que me habían mirado, que sabía que me habían mirado y habían elegido ignorarme- Miraba al suelo-. Entonces –Y levanté mi rostro un poco- encontré a un mendigo más, el último de tantos, uno que había conocido antes y que no se había ido por mucho dinero que le di porque lo había repartido- Sonreí de corazón-. Conviví con él un tiempo en uno de los abandonados edificios, y me enseñó el momento idóneo para buscar entre la basura, los restaurantes que no cerraban bien sus cubos y cómo cazar y cocinar ratas con y sin alas. Murió de una maldita pulmonía…

La sonrisa no se marchó de mi rostro, aún no, aunque la alegría de mi voz se resquebrajaba.

-Pero antes de fallecer me confesó un terrible secreto, uno del que se arrepentía mucho, uno que había tenido que hacer por el bien de su familia-Me miré las manos, impotente y asustado-. Casi a punto de perder la esperanza una semana después de su muerte, justo cuando iba a decidir que Bill tenía razón, una niña… una niña pequeña me dio su paga… antes de ser injustamente castigada por un acto bueno y noble- bajé el rostro, apretando los dientes y los puños-. Esa gota de luz me bastó para continuar, para buscar otro mercado en el que sí me atendieran a pesar de mi aspecto. Y dos meses y medio después, a punto de volver a perder lo que se me había regalado, Padre Donovan entró por la puerta. Fui con él, pero solo porque quería asegurarme sobre quién tenía la razón: si mi esperanza, a punto de desaparecer, o mi propia decepción con la humanidad. Quería cogerle con las manos en la masa para alzarme victorioso, para saber que este mundo sí merecía que empuñara un guantelete de hierro. Tonto de mí, porque mi odio me llevó a ser capturado como tantas otras almas que el pastor había robado, convertido y vendido como esclavos.

Miré al cielo buscando una respuesta, un rostro en aquel foco. Cerré los ojos, me quemaba.

-Me torturaron... Y lo peor de todo era que cada vez que abandonaban la sala, cada vez que terminaban de ahogarme, de lanzarme agua fría o de gritarme… tan solo deseaba que volvieran para no quedarme allí, solo. Veintitrés horas al día atado, en silencio, sin poder hacer nada más que estar conmigo mismo… torturándome a mí mismo. Conocía cada grieta, cada pequeña imperfección en la roca, cada detalle de los eslabones y cada gramo que iba perdiendo mi cuerpo privado de sustento. Una vez conoces cada tono que puede emitir tu cuerpo, cada movimiento que puede hacer… cada camino que puedes recorrer en ti mismo… no te queda nada. Nada- dije hueco-. Y en ese momento te empeñas, como cada vez que no quieres vivir tu realidad, en vivir otras. Pero cuando te sacan de tu agujero, del infierno al que te has acostumbrado para lanzarte a la luz del sol y el clamor de los gritos… eso verdaderamente te destroza. Intentaba por todos los medios no escucharles, ignorar a aquellas personas que me rodeaban para insultarme, para culparme de las desgracias que el destino les había asignado cruelmente, pero no podía. No pude. Y escuché todas y cada una de esas voces en silencio como si fueran la mía propia, resquebrajándome poco a poco. Cuando llegó Rosa a salvarme aún no conocía su nombre. Y cuando contemplé su cadáver cruelmente torturado, expuesto ante mí con malicia, me prometí que saldaría la deuda. Salvé a todas aquellas personas, maté a todos esos malvados y… embarqué sin saber qué me… nos depararía el destino. Y fui yo quien contó historias para mantener una esperanza, para ir dando la mía poco a poco mientras veía como enfermaban y morían sin que yo pudiese hacer nada. Al final… todo salió bien, pero fue pura suerte. Solo tuve suerte.

Respiré hondo, haciendo una larga pausa, sabía que no había acabado.

-Ahora todo el mundo me dice que soy una buena persona, pero no es así- pronuncié rozando el llanto, encogiéndome sobre mí mismo, ladeando mi rostro apoyado sobre las rodillas -. Yo no soy una buena persona porque no existen las buenas personas- dije a cada salón, a cada una de las personas que escuchaba la retransmisión por radio, a cada niño y a cada anciano. Sentía que tenía todo el mundo en mis manos, dispuesto a escucharme. Y la respuesta, por fin, llegó.

Volví a sentarme derecho, mirando directamente a pantalla.
-Ser una buena persona es una elección. No os dejéis engañar por la gente que dice que por la mente de las buenas personas nunca ha pasado una maldad, que nunca se han sentido tentados por el camino fácil o que nunca se han equivocado o actuado de manera egoísta. No creáis nunca que una persona puede ser buena sin hacer un esfuerzo consciente. Cada vez que haces algo bueno tomas la decisión de que este, nuestro mundo, sea un lugar mejor. La bondad no es una cualidad innata, es una opción, tu opción. Sigue siendo bueno, sigue esforzándote, estoy orgulloso de ti.

El programa terminó sin importarme el haber dejado pasar la oportunidad de sumir al mundo en llamas porque
, al fin, había saldado mi deuda.


Llamaron a la puerta. Nunca, jamás, llamaban a la puerta. Aún sostenía el periódico entre mis manos, y volví a mirar una vez más la portada. “Loguetown en reconstrucción” rezaba el titular acompañado de la foto de Puerto Rosa, mi Puerto Rosa. Lo habían terminado sin mí, pero podía reconocer parte de mí en los rostros de los albañiles y parte de ella en la prístina pureza de la roca. Sonreí.

Llevaba cuatro meses encerrado entre aquellas blancas paredes. Vicente no pudo hacer mucho cuando, dos meses después del delito, un agente del Cipher Pol llegó con la grabación de la amenaza que fue respaldada por los testimonios de los borregos allí presentes. Por suerte para mí, y la de todos, nadie pudo demostrar la agresión física, así que me libré de la pena capital. La prisión de máximo aislamiento me sirvió para aclarar mis ideas, para seguir creando nuevas obras en mi interior y para disfrutar de la soledad a la que por fin me había acostumbrado. Había aprendido cómo funcionaba el mundo, a estar solo y quién era.

-Queda libre- se limitó a decir el marine que me había alimentado tras la puerta blindada día tras día, reconocí su voz aunque nunca me había hablado.

Me levanté, sin pedir una explicación que llegaría a deshora. Era libre, verderamente libre de la prisión más cruel de todas, la que me creé yo mismo con el miedo y la culpa.

Y pronto, muy pronto, el mundo conocería quién era Alphonse Capone.


Peticiones:

Hola moderador, ¿ha disfrutado leyendo? ¿No? ¿Alguna pausa de más? Entiendo, mira que lo he hecho para que la historia sea narrada lo más adecuadamente posible y reflejara  la pesadumbrez de algunos momentos, la confusión etc. En fin, al menos espero que haya disfrutado de la cruel realidad de un mundo en el que todos las personas, en el fondo, se acaban pareciendo. ¿Acaso creías que iba a repetir las metáforas como la bota que aplasta los insectos y la temática de la esperanza? Está hecho para mostrar la conexión entre los personajes. ¿No es hasta el propio Dios hecho a imagen y semejanza del hombre?

¿Te ha dejado extrañado la entrevista? Si te das cuenta está en la misma letra que las historias que relata o en las que se sumerge Alphonse, por lo que es un cuento. Deja el culo un poco torcido, ¿no? Hombre, el gobierno no iba a permitirme responsabilizarme de la reconstrucción, por mucho que un vicealmirante hipi-piojoso y bueno luchara por mí, gracias tengo que dar por salir vivo. Vamos con las peticiones, las cuales estoy totalmente dispuesto a nerfear porque se me da muy mal hacer peticiones.

1º Reconstrucción de Loguetown,
probable cambio de nombre a New Loguetown (discreción del foro): Me gustaría que fuera una cuestión dinámica para que el foro (las facciones gubernamentales y los ciudadanos) pudiesen contribuir con dinero o algo para ver hasta dónde se llega. Obviamente se empezaría por un pueblecito standard o algo así, que mi pobre TS espero que sirva de algo, la cosa es mejorar la isla todo lo posible como faro de esperanza para el resto de Blues. (Slot: 0? )

2º Perfecta imitación: Con el suficiente tiempo, Alphonse puede reproducir con su akuma cualquier objeto. Esto puede ser desde una sala en la que ha estado a una estatua de una persona a la que le tenga especial cariño. Las construciones que pueda hacer siguen limitadas por el nivel de fruta, por lo que, por ejemplo, no podría crear una catapulta si tiene 30 (necesita 40). 1 (slot)

[b]3º Respiradero PU con aplicaciones de Akuma
: Sin ninguna libertad más que respirar, y a veces ni eso (waterboarding) Alphonse ha aprendido a controlar el flujo de aire a la perfección. Aparte de aguantar el doble que una persona de su resistencia (ver clase y pus de resistencia para estimar), es capaz de cantar sin que le falte el aire en ningún momento y mucho más útil, controlar el flujo de aire en sus salas. Claro está, no podrá hacer una tormenta en su interior, pero una brisilla o que te priven lentamente del oxígeno sin tener que cerrar la sala a cal y canto puede joder bastante a sus presos. Solo aplicable en akuma a partir de nivl 50, cuando puedo usar pus de elementos. 1(slot)

4ºConocimiento de mí mismo HAbía informes de mi propia persona entre las notas del psicólogo, el único que he leido (no me he atrevido a leerme los demás por honor) Ahora soy consciente de mi propio "trauma" / torpeza, lo que es siempre útil.

5º Sobrevivir sin nada PU: Alphonse ha pasado hambre, mucha hambre, privación de sueño y una sed tan cruel como la vida misma. Sus necesidades se han reducido a una décima parte de las de una persona normal. (1slot)


6º El yo
: Alphonse, tras pasar tanto tiempo andando por sí mismo sin nada más que trozos de roca y los propios muebles que creaba/mantenía en sí mismo , ha sido capaz de manifestar su yo interior de manera física cuando lo desee. Puede verse cuando pierde la cabeza y va destrozando todo de su interior. Útil si quieres liarte personalmente a ostias con alguien, más útil cuando necesitas un estímulo de algo que no crees tú mismo. (1slot)

7º Espacio de pesadilla PU: Alphonse es capaz de transformar su interior en un espacio tortuoso y terrorífico. Desde crear aullidos (con su voz, regido por profesión y talento) y anular el eco a hacer cambios sutiles de algo que no estaba ahí antes (regido por velocidad de cambios de akuma). Además, permite a su yo interior transformarse en un ser “hueco” (cambio de aspecto físico a un yo de sombra) así como no tener que  regirse por las leyes de la física habituales (puede caminar por las paredes, desaparecer como un fantasma para manifestarse en otro lado, desdoblarse como si fuera de humo etc). Esto es lo que pasa por mantener a un pobre hombre-casa al borde de la rotura de su psique constantemente.(1 slot)


9º Haki Mantra a Entrenado o el siguiente nivel
: Tras buscar todas las presencias que deciden ignorarle mientras es un mendigo, cuando tras esforzarse por huir de los que le gritan se decide a escucharlos y básicamente cada vez que se siente tan tremendamente solo que intenta buscar el consuelo en una presencia a su alrededor detrás de las cárceles. No todo es esquivar piedras con los ojos vendados, a veces es intentar ver qué es lo que pasa a tu alrededor realmente, qué es lo que dicen todos esos corazones. Diría subirlo al siguiente nivel, pero lo dejo a la discreción del moderador. (0.5 a 1 slots)


10º Maxymilian Myxine
: Npc irrelevante Historiador (la de los huesos), cirujano y cocinero (la de los platos de calidad), gyojin myxin, que se ha quedado como guardallaves en la casa Capone guardando mis cosas (a la que volveré). (0 slots)

11º Alaridos de terror: ¿Sabes que los alaridos de un hombre torturado pueden hacer una estupenda sinfonía? Esta composición, altamente variable, sume a los que la escuchan en un estado de nerviosismo y fragilidad, siendo especialmente vulnerables al miedo. Además, si Alphonse la usa en su interior donde puede variar sus formas y demás… joder, eso sí que da canguele. Posee las siguientes características: Variable (al variar el tono y los chirridos uno puede recibir varias veces el mismo efecto acumulativo). Efecto miedo (la psique de los que la escuchan es más susceptible al terror durante 24 horas, perdiendo la esperanza, nv40). Los que la escuchen sentirán el impulso de huir, sobre todo a más fuerte sean los chirridos (que dañan los oídos de quien lo escucha, con Genio Musical 60) (técnica, medio slot)


12º Desde el cielo a las profundidades del infierno PU:
Alphonse aumenta el espacio de su Akuma, siendo tan alto como 1/5xmetros cuadrados tiene según su tabla de akuma. Puede distribuir su espacio para aumentar el nº de plantas, como si se elongara hacia arriba en vez de tener más tamaño. (1 slot)

13º Resilencia y autocontrol: Alphonse es capaz de recuperarse de los traumas psicológicos sin ayuda con el suficiente tiempo, además es el doble de resistente a los efectos psicológicos debido a todo lo que ha tenido que pasar, que cualquier otra persona en una semana se suicida. (Basado en talento de superviviencia y de voluntad) (1slot)

14º Conocimientos bíblicos: Nunca vienen mal para sacar salmos, reconocer nombres de ángeles y esas cosas. (0slots)
15º Conocimientos básicos de psicología: Que para tema de conversación...


x4 Resistencia , x2 Fuerza y x2 a Capacidad de supervivencia. Que he pasado mucho, pero también he perdido mucha masa muscular por la privación de nutrientes.

No son técnicas creaciones como la de los alaridos, sino simples piezas que reportarán dinero. Entre ellas está la OST de El principe de Egipto, especialmente la canción de las Plagas, Chop Suey Mr Fear y Way Down we go (Animo a escucharlas porque váis a relaccionarlas perfectamente con las partes), relatos varios homenaje a Laurens de Arabia, Moby Dick, 20 leguas de viaje submarino... Hay que aprovechar que ciudadano te da la ventaja de facción de hacer cosas para ganar dinero.

Dado que no controlo qué pasará con el tema del Gobierno y cual será su postura tras el encarcelamiento (injusto) debido al CP rencoroso y vengativo, me limito a sugerir dinero o sueldo por el tema de lo de Loguetown (20 Millones), una casa allí y quizás derechos de explotación del puerto(sueldo 3 millones). Pero no soy avaricioso, como si quieren taparlo y no darme la fama que me merezco, aunque supongo que algún informe habrá por ahí para que los Decodificadores lo tengan disponible. También sugiero que si algún moderador con un npc importante del gobierno (o la revolución) se entera y quiere hablar conmigo, adelante. Leñe, como si me proponen un cambio de facción.

¿Qué pasará ahora con Alphonse? ¿Será menos inocente y mucho más cruel? Bueno, eso será una sorpresa...

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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Abby el Mar 22 Ago 2017 - 17:47

Baia baia Boss, tu y yo nos encontramos en esta agradable tarde de verano. Te dije que me pelotearas y no lo hiciste lo suficientemente bien, pero eso no hará variar tu nota ya que solo quiero subir mi ego. En fin, vayamos al grano que tengo mucho calor y quiero irme a la piscina. Como dijo Jack el destripador, vamos por partes.

¿Qué decir? La historia en sí me ha dejado patidifusa. La trama ha estado muy bien y me ha parecido bastante original, hay momentos en los que piensas una cosa, pero de repente rompe con lo que alguien en este tipo de historias haría habitualmente. Esos pequeños detalles me gustan. Sobre todo los personajes que son como una alegoría de varios de la biblia así como Alphonse en el papel de mártir. Quiero felicitarte porque ha estado entretenida. Ahora que me he librado de lo bueno vamos con lo malo, que tiene tela.

Si la trama ha estado entretenida, he tenido que releer párrafos muchas veces para poder enterarme. Me perdía la mitad de las veces y otras no me enteraba de lo que leía. Está bien que digas que usas un estilo barroco, pero la forma en la que enrevesas dificulta la lectura, no permite fluidez. Aquí entran las comas:

Hola moderador, ¿ha disfrutado leyendo? ¿No? ¿Alguna pausa de más? Entiendo, mira que lo he hecho para que la historia sea narrada lo más adecuadamente posible y reflejara  la pesadumbrez de algunos momentos, la confusión etc. En fin, al menos espero que haya disfrutado de la cruel realidad de un mundo en el que todos las personas, en el fondo, se acaban pareciendo. ¿Acaso creías que iba a repetir las metáforas como la bota que aplasta los insectos y la temática de la esperanza? Está hecho para mostrar la conexión entre los personajes. ¿No es hasta el propio Dios hecho a imagen y semejanza del hombre?

¿En serio me justificas las comas con eso? ¿Es necesario decirme que tengo que darme cuenta de la pesadumbre? Bien, no es necesario decir cosas obvias al lector como si este fuera tonto, esos detalles son los que hacen interesante una lectura, descubrirlos por uno mismos. Pero no me gusta que utilices eso como excusa para las comas. La mayoría de ellas están mal puestas y hacen que toda la lectura sea pesada. Me temo que no has sabido reflejar bien esos momentos. Aparte, la escritura me ha parecido bastante mecanizada.

Respecto a los cambios de escena, me he perdido cuando hacías alguno porque me introduces directamente con otros personajes sin nada que ver. Cabe decir que el trasfondo de Alphonse ha estado muy bien, pero podrías haber profundizado más en todos los personajes de la historia. Debo recordarte también las repeticiones, hay muchísimas.

Vamos a lo divertido:

Libreta del dolor:

una probable puñalada.

Las puñaladas se dan o no se dan.

una fina figura de piel y hueso

¿Dónde está la carne? (?)

susuró

A lo largo del TS tienes un montón de fallitos así, cosa de no fijarte bien.

Sentado en el trono de sangre seca

Mucha sangre seca se necesita para hacer un trono así y que asquete sentarse en algo así.

El don del conocimiento y la consciencia

En ese párrafo repites mucho consciencia y es conciencia.

islaa

Más fallitos.

La tempestad azotó el barco con sus fuertes e incontables brazos

¡Las tempestades tienen brazos!

Las palabras de padre Donovan reverberaron en la bodega

Reverberar: Reflejarse [la luz] en la superficie de un cuerpo brillante, en especial cuando se descompone en reflejos brillantes.

clavándose en sus huesos

El viento no se clava y los vientos no son afilados.

En las oscuras aguas del infinito mar, no pudo ver nada.

Redundancia redundante.

En primer lugar teníamos las barracas mineras para los débiles de mente

Mencionas que estás en una entrevista, pero no me metas primera persona sin un cambio de escena adecuado.

en un último estertor de sus motores

Estertor: Ruido que produce el paso del aire por las vías respiratorias obstruidas por mucosidades. // Respiración anhelosa, con ronquido sibilante, propio de la agonía y el coma.

y veinte mil leguas de agua recorrieron cada esquina de la nave

Eso son muchas leguas para ir a las esquinas. Mira, busca en Google y verás la rica cantidad de agua que te saldría.

Vincent escalfó la sidra que se servía

Es escanciar.

El dulce sabor del agua

El agua es insípida.

encerrado en una enjuta y sucia carcasa

Eso no tiene sentido. Una enjuta es cada uno de los triángulos o espacios que deja en un cuadrado el círculo inscrito en él y una carcasa... ya sabes. Un poco raro meter ahí a una persona.

balaban

Balar: Querer algo intensamente.

Pero los ojos eran las ventanas al alma

A esta no le pasa nada. Simplemente es una gran frase, me gusta.

-¿Por qué siempre haces eso?-preguntó, harto de que nunca tuviera respuesta, tan solo quejándose otra vez más de ella-. Siempre haces eso.

Redundancia redundante.

Él suspiro

Acentillos.

veintañero

Veinteañero.

Luego, al intentar levantarse, vio que su pierna estaba rota y que no tenía buena pinta.

Redundancia redundante.

Padre Donovan no podía esperar para volver a casa. Recogidos los últimos diez miserables refugiados, tan solo tendría que invertir un mes, el último, para venderlos a todos y vivir tranquilamente durante doce, quizá trece años. Estaba ansioso, relamiéndose por ver una vez más los rostros de sincero agradecimiento cuando les entregara a los nuevos amos con la promesa de que su vida de sufrimiento les llevaría al paraíso. De vez en cuando alguno de ellos, un porcentaje que no superaba el 2%, se revolvía sintiéndose traicionado, diciendo que él les había prometido una vida en el reino de Dios. Cuán dulce era ver cómo los demás se lanzaban a por él, purgando al hereje a base de golpes y gritos hasta que volvía de nuevo al rebaño.

Lo echaría de menos, pero seguro que pronto encontraría algo con lo que contentar su espíritu. Teresa estaba embarazada y, aunque nunca había querido ser padre, estaba dispuesto a sentar la cabeza durante la tranquila década que le esperaba.

Estás hablándome de Donovan y de repente me metes algo sobre Teresa que supongo que será referente a Vincent porque lo deduje. Cuidado con los cambios de escena bruscos, por un momento pensé que era Donovan el que la había dejado embarazada.

demoniaca

Más acentillos.

probóscide

Probóscide: Aparato bucal en forma de trompa o pico, dispuesto para la succión, que es propio de los insectos dípteros.

No pega en ese contexto.

aspecto de asceta

Persona que, en busca de la perfección espiritual, vive en la renuncia de lo mundano y en la disciplina de las exigencias del cuerpo o persona que vive voluntariamente de forma austera.

No tenéis que esperar a caballeros de blanca armadura que os salven

Sobra ese que.

Loguetown en reconstrucción” rezaba

Los títulos no rezan.

reconocí su voz aunque nunca me había hablado.

Interesante, ¿cómo reconoces algo que nunca has escuchado?

Teresa le calló con un beso y se colocó sobre él, agarrándole por los hombros con firmeza y cariño.
-Deja de preocuparte, Vincent. Yo me haré cargo de todo. ¿No lo hago siempre?-cada movimiento de cadera despejó aún más las dudas del veintañero-. Y ahora… los caballos no solo tienen la cara larga, ¿verdad? 

Se transformó, inclinándose para poder besar a aquella mujer que ya no le sacaba tres cabezas, dispuesto a dejar sus preocupaciones para otra noche. Confiaba que Teresa haría un buen trabajo, como siempre hacía.


Reconozco que esa parte me ha hecho mucha gracia. Mi mente no paraba de gritar zoofilia.

En fin, espero que tengas en cuenta todos estos fallos y los uses para mejorar en un futuro. Es hora de ponerte una nota. He valorado el esfuerzo por la gran longitud del Time Skip, pero recuerda que cuanta más cantidad mayor será el número de fallos. Esto te deja con una nota final de... *redoble de tambores* 7,5 y muy raspado. Respecto a las peticiones: Loguetown pasa a ser New Loguetown con una población de 96 hombres, 102 mujeres, 143 infantes y 2 retrasados así como 30 animales domésticos repartidos entre vacas y cerdos, sin contar mascotas como perros o gatetes, que de esos habrá muchos. Te llevas todo lo que pides excepto el x2 de fuerza, desde el cielo a las profundidades del infierno y perfecta imitación por nulo entrenamiento. Y respecto a lo último... bueno, el gobierno ha visto tu perseverancia al intentar devolver algo a su antiguo esplendor así que te dan como recompensa tres millones de berries, una casita en el pueblo y una palmadita en la espalda.

Si no estás conforme puedes pedir segunda corrección~

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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Boss el Mar 22 Ago 2017 - 18:24

Gracias Azu, no voy a pedir segunda corrección porque he tenido más o menos todo lo que quiero de las peticiones.Aunque sí me gustaría hacer ciertos matices de alguna corrección, a ver si puedo rassssscar un poquiiiiiito más de nota.(sé que no variará pero bueno)  Pero antes de todo gracias por leertelo y mejoraré los puntos que me has dicho (y sobretodo haré malditos entrenamientos). A ver si se me ocurre alguna manera de hacer que mi escritura sea menos mecánica.

Antes voya dejar esto por aquí para hacerle un quote a la ficha:
Cosas obtenidas:

1º Reconstrucción de Loguetown, probable cambio de nombre a New Loguetown (discreción del foro): Me gustaría que fuera una cuestión dinámica para que el foro (las facciones gubernamentales y los ciudadanos) pudiesen contribuir con dinero o algo para ver hasta dónde se llega. Obviamente se empezaría por un pueblecito standard o algo así, que mi pobre TS espero que sirva de algo, la cosa es mejorar la isla todo lo posible como faro de esperanza para el resto de Blues. (Slot: 0? )

2º Perfecta imitación: Con el suficiente tiempo, Alphonse puede reproducir con su akuma cualquier objeto. Esto puede ser desde una sala en la que ha estado a una estatua de una persona a la que le tenga especial cariño. Las construciones que pueda hacer siguen limitadas por el nivel de fruta, por lo que, por ejemplo, no podría crear una catapulta si tiene 30 (necesita 40). 1 (slot)


3º Respiradero PU con aplicaciones de Akuma: Sin ninguna libertad más que respirar, y a veces ni eso (waterboarding) Alphonse ha aprendido a controlar el flujo de aire a la perfección. Aparte de aguantar el doble que una persona de su resistencia (ver clase y pus de resistencia para estimar), es capaz de cantar sin que le falte el aire en ningún momento y mucho más útil, controlar el flujo de aire en sus salas. Claro está, no podrá hacer una tormenta en su interior, pero una brisilla o que te priven lentamente del oxígeno sin tener que cerrar la sala a cal y canto puede joder bastante a sus presos. Solo aplicable en akuma a partir de nivl 50, cuando puedo usar pus de elementos. 1(slot)

4ºConocimiento de mí mismo HAbía informes de mi propia persona entre las notas del psicólogo, el único que he leido (no me he atrevido a leerme los demás por honor) Ahora soy consciente de mi propio "trauma" / torpeza, lo que es siempre útil.

5º Sobrevivir sin nada PU: Alphonse ha pasado hambre, mucha hambre, privación de sueño y una sed tan cruel como la vida misma. Sus necesidades se han reducido a una décima parte de las de una persona normal. (1slot)


6º El yo: Alphonse, tras pasar tanto tiempo andando por sí mismo sin nada más que trozos de roca y los propios muebles que creaba/mantenía en sí mismo , ha sido capaz de manifestar su yo interior de manera física cuando lo desee. Puede verse cuando pierde la cabeza y va destrozando todo de su interior. Útil si quieres liarte personalmente a ostias con alguien, más útil cuando necesitas un estímulo de algo que no crees tú mismo. (1slot)

7º Espacio de pesadilla PU: Alphonse es capaz de transformar su interior en un espacio tortuoso y terrorífico. Desde crear aullidos (con su voz, regido por profesión y talento) y anular el eco a hacer cambios sutiles de algo que no estaba ahí antes (regido por velocidad de cambios de akuma). Además, permite a su yo interior transformarse en un ser “hueco” (cambio de aspecto físico a un yo de sombra) así como no tener que  regirse por las leyes de la física habituales (puede caminar por las paredes, desaparecer como un fantasma para manifestarse en otro lado, desdoblarse como si fuera de humo etc). Esto es lo que pasa por mantener a un pobre hombre-casa al borde de la rotura de su psique constantemente.(1 slot)


9º Haki Mantra a Entrenado o el siguiente nivel: Tras buscar todas las presencias que deciden ignorarle mientras es un mendigo, cuando tras esforzarse por huir de los que le gritan se decide a escucharlos y básicamente cada vez que se siente tan tremendamente solo que intenta buscar el consuelo en una presencia a su alrededor detrás de las cárceles. No todo es esquivar piedras con los ojos vendados, a veces es intentar ver qué es lo que pasa a tu alrededor realmente, qué es lo que dicen todos esos corazones. Diría subirlo al siguiente nivel, pero lo dejo a la discreción del moderador. (0.5 a 1 slots)


10º Maxymilian Myxine: Npc irrelevante Historiador (la de los huesos), cirujano y cocinero (la de los platos de calidad), gyojin myxin, que se ha quedado como guardallaves en la casa Capone guardando mis cosas (a la que volveré). (0 slots)

11º Alaridos de terror: ¿Sabes que los alaridos de un hombre torturado pueden hacer una estupenda sinfonía? Esta composición, altamente variable, sume a los que la escuchan en un estado de nerviosismo y fragilidad, siendo especialmente vulnerables al miedo. Además, si Alphonse la usa en su interior donde puede variar sus formas y demás… joder, eso sí que da canguele. Posee las siguientes características: Variable (al variar el tono y los chirridos uno puede recibir varias veces el mismo efecto acumulativo). Efecto miedo (la psique de los que la escuchan es más susceptible al terror durante 24 horas, perdiendo la esperanza, nv40). Los que la escuchen sentirán el impulso de huir, sobre todo a más fuerte sean los chirridos (que dañan los oídos de quien lo escucha, con Genio Musical 60) (técnica, medio slot)


12º Desde el cielo a las profundidades del infierno PU: Alphonse aumenta el espacio de su Akuma, siendo tan alto como 1/5xmetros cuadrados tiene según su tabla de akuma. Puede distribuir su espacio para aumentar el nº de plantas, como si se elongara hacia arriba en vez de tener más tamaño. (1 slot)

13º Resilencia y autocontrol: Alphonse es capaz de recuperarse de los traumas psicológicos sin ayuda con el suficiente tiempo, además es el doble de resistente a los efectos psicológicos debido a todo lo que ha tenido que pasar, que cualquier otra persona en una semana se suicida. (Basado en talento de superviviencia y de voluntad) (1slot)

14º Conocimientos bíblicos: Nunca vienen mal para sacar salmos, reconocer nombres de ángeles y esas cosas. (0slots)
15º Conocimientos básicos de psicología: Que para tema de conversación...


x4 Resistencia , x2 Fuerza y x2 a Capacidad de supervivencia. Que he pasado mucho, pero también he perdido mucha masa muscular por la privación de nutrientes.

No son técnicas creaciones como la de los alaridos, sino simples piezas que reportarán dinero. Entre ellas está la OST de El principe de Egipto, especialmente la canción de las Plagas, Chop Suey Mr Fear y Way Down we go (Animo a escucharlas porque váis a relaccionarlas perfectamente con las partes), relatos varios homenaje a Laurens de Arabia, Moby Dick, 20 leguas de viaje submarino... Hay que aprovechar que ciudadano te da la ventaja de facción de hacer cosas para ganar dinero.

Dado que no controlo qué pasará con el tema del Gobierno y cual será su postura tras el encarcelamiento (injusto) debido al CP rencoroso y vengativo, me limito a sugerir dinero o sueldo por el tema de lo de Loguetown (20 Millones) 3 Millones, una casa allí y quizás derechos de explotación del puerto(sueldo 3 millones).

Loguetown pasa a ser New Loguetown con una población de 96 hombres, 102 mujeres, 143 infantes y 2 retrasados así como 30 animales domésticos repartidos entre vacas y cerdos, sin contar mascotas como perros o gatetes, que de esos habrá muchos



Libreta del dolor:

una probable puñalada.

Las puñaladas se dan o no se dan. Pero él no sabe qué si va a pasar, es como un probablemente voy a acabar muerto como entre aquí.

una fina figura de piel y hueso

¿Dónde está la carne? (?)   Ahí estamos, está archidelgada

susuró
   8 veces corrigiendo para nada FFFF

A lo largo del TS tienes un montón de fallitos así, cosa de no fijarte bien.

Sentado en el trono de sangre seca


Mucha sangre seca se necesita para hacer un trono así y que asquete sentarse en algo así.   Es que un trono cubierto de sangre seca me sonaba mal, me refería a un par de rocas así sin limpiar  

El don del conocimiento y la consciencia

En ese párrafo repites mucho consciencia y es conciencia.    SHIT  

islaa
 Por qué... ocho veces...  T-T    

Más fallitos.

La tempestad azotó el barco con sus fuertes e incontables brazos

¡Las tempestades tienen brazos! ¿Qué no? Anda, pues no, quería hacer un simbolismo tipo las olas y demás como manotazos.    

Las palabras de padre Donovan reverberaron en la bodega


Reverberar: Reflejarse [la luz] en la superficie de un cuerpo brillante, en especial cuando se descompone en reflejos brillantes.

icho de un sonido: Reflejarse en una superficie que no lo absorba. Vamos, como un eco.    
clavándose en sus huesos

El viento no se clava y los vientos no son afilados.   Simbolismo con la espada que le está cortando + simbolismo de fiereza del viento  

En las oscuras aguas del infinito mar, no pudo ver nada.

Redundancia redundante.  ¿Por que´redundante? Por oscuro y que no pudo ver nada? Probablemente

En primer lugar teníamos las barracas mineras para los débiles de mente
 Mi cawen.

Mencionas que estás en una entrevista, pero no me metas primera persona sin un cambio de escena adecuado.

en un último estertor de sus motores
 Un último esfuerzo, un último estertor es esa última respiración tipo intentando aferrarse a la vida. Creo que este simbolismo no está tan bien. Maldita técnica de KH que te dejaba con 1HP que se llamaba último estertor.

Estertor: Ruido que produce el paso del aire por las vías respiratorias obstruidas por mucosidades. // Respiración anhelosa, con ronquido sibilante, propio de la agonía y el coma.

y veinte mil leguas de agua recorrieron cada esquina de la nave

Eso son muchas leguas para ir a las esquinas. Mira, busca en Google y verás la rica cantidad de agua que te saldría.   Se llama guiño a 20mil leguas de viaje submarino

Vincent escalfó la sidra que se servía

Es escanciar.    God damit.

El dulce sabor del agua

El agua es insípida. A mi no me gusta el sabor de LAnjarón. Ya este te lo comenté tipo que es apetecible tal y cual.  

encerrado en una enjuta y sucia carcasa
Enjuto/A: Delgado, estrecho de carnes, relacciond conque está en los malditos huesos.  

Eso no tiene sentido. Una enjuta es cada uno de los triángulos o espacios que deja en un cuadrado el círculo inscrito en él y una carcasa... ya sabes. Un poco raro meter ahí a una persona.

balaban

Balar: Querer algo intensamente.   Balar de ovejas Baaaah beeeeeh. Simbolismo conque son ganado que tal.

Pero los ojos eran las ventanas al alma

A esta no le pasa nada. Simplemente es una gran frase, me gusta.  A mí también :3

-¿Por qué siempre haces eso?-preguntó, harto de que nunca tuviera respuesta, tan solo quejándose otra vez más de ella-. Siempre haces eso.

Redundancia redundante.   Es un tio simple, además es para resaltar lo abusivo de la relación

Él suspiro

Acentillos.  GOD DAMIT 8 fking times.  

veintañero

Veinteañero. Oh, es verdad. XD  

Luego, al intentar levantarse, vio que su pierna estaba rota y que no tenía buena pinta.

Redundancia redundante.  Una pierna se puede romper de muchas maneras, sobretodo como una hemorragia interna, creía que había puesto una frase por ahí de hemorragia después de eso.  

Padre Donovan no podía esperar para volver a casa. Recogidos los últimos diez miserables refugiados, tan solo tendría que invertir un mes, el último, para venderlos a todos y vivir tranquilamente durante doce, quizá trece años. Estaba ansioso, relamiéndose por ver una vez más los rostros de sincero agradecimiento cuando les entregara a los nuevos amos con la promesa de que su vida de sufrimiento les llevaría al paraíso. De vez en cuando alguno de ellos, un porcentaje que no superaba el 2%, se revolvía sintiéndose traicionado, diciendo que él les había prometido una vida en el reino de Dios. Cuán dulce era ver cómo los demás se lanzaban a por él, purgando al hereje a base de golpes y gritos hasta que volvía de nuevo al rebaño.

Lo echaría de menos, pero seguro que pronto encontraría algo con lo que contentar su espíritu. Teresa estaba embarazada y, aunque nunca había querido ser padre, estaba dispuesto a sentar la cabeza durante la tranquila década que le esperaba.


Estás hablándome de Donovan y de repente me metes algo sobre Teresa que supongo que será referente a Vincent porque lo deduje. Cuidado con los cambios de escena bruscos, por un momento pensé que era Donovan el que la había dejado embarazada. Father Donovan = Vincent  

demoniaca

Más acentillos. Ambas formas estan aceptadas como demoniaco/demoníaco y cardiaco/cardíaco  

probóscide

Probóscide: Aparato bucal en forma de trompa o pico, dispuesto para la succión, que es propio de los insectos dípteros.

No pega en ese contexto.  Demonio, tubo, qué bicho podemos ponerle como demonio? No hay nada más maligno que un mosquito.

aspecto de asceta

Persona que, en busca de la perfección espiritual, vive en la renuncia de lo mundano y en la disciplina de las exigencias del cuerpo o persona que vive voluntariamente de forma austera.  Y... esto está mal porque...

No tenéis que esperar a caballeros de blanca armadura que os salven

Sobra ese que.  Muérome.  

Loguetown en reconstrucción” rezaba

Los títulos no rezan. El titular rezaba: «Puigdemont fulmina a un conseller por dudar del 1-O». Pues es una expresión usada en prensa, vamos la saqué de Antena 3.  

reconocí su voz aunque nunca me había hablado.

Interesante, ¿cómo reconoces algo que nunca has escuchado?   Its magiiic mantra, el escuchar la voz de la gente.
 

Teresa le calló con un beso y se colocó sobre él, agarrándole por los hombros con firmeza y cariño.
-Deja de preocuparte, Vincent. Yo me haré cargo de todo. ¿No lo hago siempre?-cada movimiento de cadera despejó aún más las dudas del veintañero-. Y ahora… los caballos no solo tienen la cara larga, ¿verdad? 

Se transformó, inclinándose para poder besar a aquella mujer que ya no le sacaba tres cabezas, dispuesto a dejar sus preocupaciones para otra noche. Confiaba que Teresa haría un buen trabajo, como siempre hacía.


Reconozco que esa parte me ha hecho mucha gracia. Mi mente no paraba de gritar zoofilia.
Peor estaba yo tipo AGG PORQUÉ (a la vez que me reía). Me encanta el maldito gif.


[/justify]

Dicho esto, volveré a tomar nota de todo lo que se me dice a ver si para la próxima vez subo al maldito ocho. Mi problema es plasmar la trama y escribirlo, debería dedicarme a hacer guiones. Gracias de nuevo por leerte la maldita biblia y otro gracias más por saber que te ha gustado la historia.

Me gustaría preguntar por la posición del gobierno a todo esto y tal... y si se va a hacer lo del post dinámico para que la gente aporte. Para todo lo demás, mastercard.
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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

Mensaje por Señor Nat el Vie 1 Sep 2017 - 12:42

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Re: Escombros [TS 2017- Alphonse Capone]

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