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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

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Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

Mensaje por Neo Aran el Lun 21 Ago 2017 - 17:25

ACLARACIONES:
Me gustaría dejar claros un par de detalles.

Primero, me gustaría que el moderador tenga en cuenta que Shiro, animal parlante de Neo y al que denomino todo el rato como "rata" o "roedor", no es una rata gorda, es un Terriermon. Dejo imagen por si no tenéis ni zorra, aunque lo tengo en la ficha.

Además decir que, sí, la historia es, cuanto menos, deficiente, pero es que este TS realmente es el prólogo de una trama de más diarios que tengo en mente. Es decir, este diario actúa como elemento introductorio de algunos personajes —que se desarrollarán más adelante— y de algún que otro detalle, y no es un todo en sí mismo.

De resto... Poco más. Espero que disfrutéis la lectura aunque sea corta y algo cutre <3.



Capítulo 1. Caída la noche.


La noche había caído hacía apenas unos minutos y, lo poco que había estado iluminado por los rayos del sol en aquel apartado lugar del bosque, había comenzado a cobrar un sombrío color. Poca gente se hubiera atrevido a adentrarse en aquellos lares, y más aún teniendo en cuenta que estaban en la época más fría de la isla Sakura. La nieve había cesado de caer mucho antes del atardecer y aún así seguía habiendo más de la habitual, lo que amortiguaba el sonido de casi absolutamente todo lo que había entre los árboles; incluso el viento había parecido perder su tan acostumbrado silbido.

Mas aquel lugar no estaba tan desierto como aparentaba: una gran cantidad de sombras merodeaba entre las ramas de los más bajos troncos, haciéndose paso entre la oscuridad. Una figura envuelta en un manto rojo como la sangre los seguía de cerca y, aún así, ninguno había notado su presencia. Una sombra más entre la penumbra que los cernía a todos.

¡Jiojiojiojio! ¡Hoy es el día muchachos! —comenzó a decir el que llevaba la marcha del grupo, un hombre alto y menudo como un palillo, ataviado con un traje rojo y un sombrero con pluma incluida, aunque seguramente lo más extraño era su bigote, puntiagudo por ambos lados. Alguna gente hubiera dicho que tenía pinta de ser francés— ¡Hoy por fin saquearemos la ciudad de Sakura! Y nada, absolutamente nada nos podrá deten-¡!

A mitad de frase y a una velocidad pasmosa la figura que los había seguido se abalanzó sobre su objetivo. Utilizando su propia fuerza junto a uno de sus glifos de velocidad consiguió el impulso necesario para incrustar al pirata en el árbol que tenía a la espalda, el cual no se partió debido a sus dos metros de diámetro. Debajo de la capucha se dibujó una sonrisa que nadie de los presentes vio. Todos desenvainaron sus espadas al ver a su capitán desmayado y, con sus gritos de guerra, arremetieron contra la persona que, en ese mismo momento, se daba la vuelta. Sin duda alguna, los más de diez hombres que había allí reunidos, pensaron que podían con aquella persona que posiblemente no pasaba del metro cincuenta de altura; mas todos ellos se equivocaron. En cuanto se iban acercando el encapuchado evadía sus simples tajos para, justo después, contraatacar con una patada en mitad de la cara o un puñetazo en pleno estómago, dejándolos a todos noqueados de apenas un golpe.

Bueeeeno... Ha sido más fácil de lo que pensamos, ¿no crees, Shiro? —dijo el chico bajando su capucha y dejando a la vista un lacio cabello negro y un par de ojos plateados.

Sus recompensas ya lo decían todo, moumantai~.

Eso no quita que me decepcione. Nos llevaremos a este y ya les diremos a la marina que vengan a recoger al resto —tras decir eso sacó algo de cuerda que llevaba consigo y ató a todos y cada uno de los piratas, cargando al hombro al capitán de los mismos—. Con su recompensa nos dará para comer algo y para seguir con nuestro viaje. Venga, vámonos.

Y habiendo dicho eso Shiro, la rata conejo verde con orejas grandes, se subió a la cabeza del pelinegro y juntos se dirigieron al pueblo, el cual no les quedaba a mucho más de media hora de distancia.

La noche no había hecho sino empezar, casi de la misma forma que la aventura que les esperaba al cazador y a su peludo amigo. Y aún así, como todo en la vida... Ninguna de las dos se atrevió a parar.





Capítulo 2. Ojos plateados.


Pasó casi una semana tras la entrega del capitán Juuk y sus hombres en la que, tanto Neo como Shiro, estuvieron holgazaneando más de lo normal. El primero no había parado de quejarse de lo injusto que había sido la poca cantidad de recompensa que le habían dado por todos los piratas y apenas se había levantado para prepararse unos fideos instantáneos, mientras que el segundo se había pasado la mayor parte del tiempo en el borde de la ventana del piso medio sobado disfrutando de la brisa.

Y es que, aunque cinco millones de berries es una cantidad interesante, el apetito voraz de Neo se pulía la mayor parte de sus ahorros antes siquiera de que él se diera cuenta. Además, parte de aquellas ganancias habían ido directas a un pasaje de barco que les llevaría a la otra punta del Paraíso, a una isla llamada Bora Bora. Normalmente el pelinegro no cambiaba de isla a menos que tuviera un pirata del que pillar recompensa, pero esta vez era otra cosa lo que le había hecho decidir su destino: información sobre los Daora. La dragona que había cuidado de él cuando era un crío pertenecía a esta raza y desde que volvió a la civilización, por mucho que buscara, nunca había encontrado ni un solo indicio de la existencia de estos. Por eso mismo cuando, un par de meses antes, escuchó sobre el avistamiento de lo que muchos dijeron ser "un reptil enorme con alas parecido a un dragón" no pudo sino empezar a hacerse ilusiones. Sabía que podría ser una criatura distinta o una noticia falsa para aumentar el turismo, pero aún así nuestro pequeño nunca perdía la esperanza.

Por eso se había pegado los seis días que tenía que esperar sin hacer nada, porque los nervios le impedían hacer cualquier cosa. Pero tenía que despedirse en la tienda de botánica en la que había estado trabajando, por lo que en el último momento, horas antes de irse, decidió levantarse y hacer algo útil de su vida. Dejó a Shiro durmiendo en la habitación, se puso la capa y salió de la misma por la ventana; vivía en un tercero pero cayó de forma tan suave como lo habría hecho una pluma.

¡Buenas, abuela! Vengo a despedirme, que en un par de horas me voy de la isla —diría tras abrir la puerta de la pequeña tienda y entrar como si de su casa se tratara—. ¿Abuela? Hm... Habrá salido a buscar las bayas del otro día, en invierno son muy solicitadas.

Neo entró en el trastero y empezó a ordenar un poco el lugar, intentando no dejarle mucho trabajo extra a la anciana que tan amablemente le había dado ese trabajo. Poco después de haber empezado escuchó la campanilla de la puerta y salió pensando que se encontraría a la abuela, mas cuando alzó la vista vio a un señor vestido de traje, no a una ancianita con su bastón y el pelo enrollado en un pequeño moño.

Buenos días... ¿Y usted es...? —preguntó el caballero, que ya tendría su edad debido a la gran cantidad de canas que tenía.

Soy el ayudante de la señora Urarara. Ella ahora mismo no se encuentra pero puedo atenderle si prefiere no esperar.

El señor se acercó al mostrador donde estaba Neo, un mostrador casi demasiado grande para lo pequeño que él era. Tenía una expresión extraña, como una mezcla de curiosidad y felicidad.

Tú... Tienes los ojos plateados.

El aludido susurró un "esto..." sin saber exactamente a qué venía aquello. Sabía que su color de ojos era extraño, pero no muchos se interesaban de todas formas por él. Solían preferir burlarse de su altura o de que llevara una capa en plan superheroe. Sin darle importancia y como si no hubiera dicho nada el señor volvió a hablar.

No te preocupes, joven, acabo de verla al venir, tiene que estar a punto de llegar.

Y no se equivocaba, pues Neo la vio tras el escaparate. Con una sonrisa como despedida salió de la tienda y, haciendo lo propio con la propietaria —tras un largo abrazo y un "mil gracias" de la misma— se fue directo al motel a despertar a Shiro y a recoger las pocas cosas que tenía. Al fin y al cabo, le quedaba un largo viaje por delante.





Capítulo 3. El viaje.


Neo... Tú... ¿qué clase de viaje compraste hacia Bora Bora?

... El... ¿turístico?...

... Tenemos que cruzar todo el Paraíso... Que directos tardaríamos una semana mínimo... Y te pillas... ¿El turístico?

Y así fue como empezaron las bonitas vacaciones de Shiro y Neo en un pequeño barco de lujo —que midiendo unos setenta metros de proa a popa no era en verdad tan pequeño— hacia su isla de destino. Barco que parecía pararse en todas y cada una de las islas por las que pasaban. En un viaje que tendría que haber durado lo mínimo posible para empezar a investigar cuanto antes mejor el tema de los Daora. Porque nuestro pequeño pelinegro es todo un maestro estratega. O, al menos, cuando no tiene el estómago vacío. "Pero eh, al menos hay bufet libre para desayunar, comer y cenar" pensaría Neo evitando cruzar la vista con su pequeño compañero, el cual le dedicaba una mirada acusatoria.

La primera semana había intentado no cruzarse con Shiro estando casi las veinticuatro horas en el bufet, pero la estrategia había cojeado bastante teniendo en cuenta que era obvio que era un gordo que estaría todo el maldito rato comiendo. Aunque lo de ni siquiera dirigirle la mirada para no sentirse entre mal y estúpido le había salido mejor. Se seguía sintiendo mal y, sobretodo, estúpido, pero funcionaba. Algo. Puede.

Se podría decir que el resto del tiempo que pasaron allí dentro, un mes aproximadamente, fue bastante mejor. Se dieron cuenta —Shiro, realmente— que habían juntado dos de las plantas para hacer una enorme sala para deportes de toda clase: había canchas de baloncesto, porterías de fútbol, redes para voleibol, floretes para esgrima, entre muchas otras cosas que, o no conocía o no le había dado por mirar. Porque para el pelinegro los deportes no eran lo importante, sino todo el espacio que no se usaba pues a ninguno de los pasajeros —si no todos, en su mayoría, eran personas mayores o parejas que iban por las visitas turísticas— le interesaba aquel tipo de cosas.

Los días del pelinegro y su peliverde amigo se basaban básicamente en dormir, comer y hacer el idiota allí dentro. Bueno, Neo lo habría llamado "entrenamiento" pero me temo que mucha gente hubiera estado poco de acuerdo con él. Su entrenamiento, como él lo llamaba, se basaba casi enteramente en perfeccionar su energía, el poder de sus glifos. Muchas veces simplemente subía y bajaba la sala usando energía endurecida en la planta de sus pies para mejorar la velocidad a la que podía usar su paso aéreo. Otras, con la misma intención, creaba un clon suyo hecho enteramente de energía blanca que intentaba mantener el mayor tiempo posible y, al rato, haciéndolo explotar; se había asegurado primero de que la sala resistiría y le había pedido permiso a la tripulación para hacer ruido allí dentro, así que no había tenido tampoco problemas por hacerlo. La segunda mitad del tiempo que pasaron allí dentro se lo pasó convirtiendo su energía a electricidad, algo que había aprendido a hacer después de... digamos que "sutiles accidentes con el cableado de la comunidad". Al principio hasta le dolía hacerlo, acabando con partes del cuerpo entumecidas o incluso con quemaduras de primer y segundo grado. Pero cuanto más lo hacía más se acostumbraba. Y en aquel lugar llegó al culmen de su capacidad, logrando meditar cubierto por completo en su propia electricidad sin que esta le molestara lo más mínimo o creando sus clones con las propiedades del rayo.

Avisamos a los pasajeros que en unas cuantas horas llegaremos a la isla Bora Bora. Rogamos a los pasajeros no se olviden de ningún efecto personal y que...

Pasó el tiempo y, cuando quiso darse cuenta, habían llegado por fin a su destino. Ignorando el resto de lo que estaban diciendo por los altavoces nuestro pequeño salió a toda prisa, aún con la armadura eléctrica recorriéndole el cuerpo, directo hacia su habitación. Cogió la maleta que ya estaba preparada, a Shiro por las orejas —el cual no protestó pues estaba profundamente dormido— y se dirigió a la cubierta. Una vez allí observó la isla que estaba ante él. Era mucho más grande de lo que había pensado en un principio y, por lo que parecía, gran parte de la misma estaba constituida por un espeso bosque. Sonrió y, mientras el resto de gente normal iba haciendo cola para bajar por unas escaleras, el bestia del pelinegro fue de boca hacia la proa del barco y saltó directo a su destino.





Capítulo 4. Lucía de "verano ardiente".


Nada más tocar tierra firme, y tras hacer que la energía que recorría su cuerpo se disipara, fue directo al lugar donde se iban a hospedar ambos: un lindo hotelito en la parte más alejada del puerto. Por el camino fue comprobando todas las tiendas de comida y todos los restaurantes que había, memorizando el camino a seguir para llegar a cada uno de ellos. Cualquier persona normal hubiera hecho lo mismo con la base marine, con alguna tienda de ropa o lugares para buscar información; Neo no.

Tras desempaquetar sus cosas decidieron ir a por algo de comida para llevar y ponerse a buscar algo de información. Probaron, antes de ir a por sus hamburguesas de queso triple, con el maestro de llaves del hotel en recepción. No les dijo demasiado, pues había escuchado los mismos rumores y sabía lo mismo que ellos dos. Y, tras aquel banquete de carne, pan, queso triple y patatas de guarnición, tampoco es que tuvieran mucha más suerte que la que habían tenido. Habían ido recorriendo las calles preguntando a varias personas sobre el reptil gigante que habían visto hacía unos meses atrás en la isla, pero todos le habían respondido lo mismo con distintas palabras: el cazador que comenzó los rumores está protegido por la marina. Por lo visto alguien atentó contra su vida poco después de haber salido del bosque y los marines del lugar le habían puesto en vigilancia absoluta.

Esto va a ser divertido, ¿verdad, Shiro? —comentó Neo en frente del cuartel marine, preparado para entrar y sabiendo que posiblemente no fuera a serlo.

Y no le faltaba demasiada razón al pelinegro. Nunca le había gustado demasiado la burocracia ni todo el papeleo que le tocaba cada vez que entraba en una de aquellas bases y, seguramente, cada vez lo odiaría más. Pero siendo del gremio de cazadores —aunque no demasiado conocido— logró, tras casi dos horas de espera y tras la aprobación de mucha gente, hablar con aquella persona.

Me han dicho que... Que querían hablar conmigo pero... Pero no pensaba que iba a ser un... Un... Niño...

Y la situación empezaba bien. A Neo casi se le estalla una vena en la frente, pero aguantó el porte e intentó por todos los medios no enseñarle al cazador la talla de su bota. Tras estampársela en la cara.

No soy un niño; tengo ya mis veintitantos años, ¿señor...?

Puedes llamarme Ben, todo el mundo me llama Ben. Por cierto, tienes... Los ojos plateados —respondió este tras unos segundos de duda respecto a la edad del pequeño.

Sí, tengo los ojos plateados —dijo con exasperación, ya que más de siete personas se lo habían dicho a lo largo de la mañana—. Tengo los ojos plateados y no soy un niño. Y sí, vine a hablar con usted porque me interesaba saber más sobre los rumores que esparció hace un par de meses. Esperaba que me pudiera aclarar un par de cosas...

Y así comenzó una conversación que duró aproximadamente dos horas, tres quizá, en la que hablaron de muchas más cosas que del tema que les ocupaba. Vamos, que hablar sobre las modelos de la revista "verano ardiente" producida en Arabasta no tenía demasiado que ver con reptiles voladores. Pero bueno, al final Neo consiguió algo de información que, aunque escasa, era valiosa. Ben empezó contándole el inicio de su día, cómo había tenido una buena caza y que seguramente iba a ganar bastante, mas a la vuelta se encontró con un pequeño problema, y lo de pequeño es por decir algo. Al principio se habían empezado a formar enormes vientos, cosa rara en la zona por lo visto, y cuanto más andaba más fuerte parecían volverse. Hasta que, a apenas un par de minutos del camino central del bosque, se encontró con una bestia de la que solo había escuchado en cuentos: un dragón, algo distinto físicamente de los típicos, batiendo sus alas destrozando los árboles que tenía delante. Él pensó que estaría enfadado, dio media vuelta casi cagándose en los pantalones y se fue, dando un rodeo a la zona. Y el resto, bueno, era lo que ya había escuchado.

Me parece bastante extraño... —comentó Neo al salir del cuartel marine.

¿Lo de Lucía? Yo tampoco creo que la conociera en persona...

¡No, joder! Eso no...

La descripción física que le había dado del dragón cuadraba a la perfección con la de Saahara y a menos que conozcas a la raza es imposible dar un descripción tan fiel a la realidad, así que había dado por cierta la información que le había proporcionado, pero aún así había cosas que no le acababan de cuadrar. En un principio los Daora, por lo que le había contado su madre adoptiva, eran pacíficos por naturaleza y no causaban estragos porque sí. Tampoco le había quedado demasiado claro el por qué habían intentado asesinarlo; era un cazador bastante corriente en la isla y no se llevaba mal con nadie, así que dudaba que fuera por venganza. Tenía que ser por el Daora, ¿pero por qué?

Bueno, tendrás que averiguarlo.

Tendremos, pequeño, tendremos. —le corregiría él, esbozando una sonrisa.





Capítulo 5. Encuentro en los bosques.


Las madrugadas en Bora Bora eran más bellas cada día que transcurría. Los azules del mar y el cielo se entremezclaban formando colores nuevos a cada segundo que pasaba. La ciudad que se mezclaba con el puerto se veía sumida en un silencio solo roto por ocasionales aves marítimas o algún que otro trabajador, y era igual de hermosa que la isla, formando un cuadro que sorprendería a cualquiera que posara su vista en ella. La vida en aquel lugar sí que era como vivir en el paraíso. O por lo menos lo eran hasta hacía un par de meses.

¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!

El grito, jurarían todos los habitantes de la ciudad, se escuchaba por toda la isla. Llevaban ya oyéndolo de vez en cuando a lo largo de los días; a veces una vez, otra dos o tres, o a veces tenían suerte y no ocurría ni una sola vez.

Ya está de nuevo. ¿Qué estará haciendo allí dentro? —le preguntó uno de los vecinos al panadero que, como todas las mañanas, le servía el pan y le decía lo mismo.

Solo dios lo sabe, Paco. Mi mujer, que habló con él el día que entró al bosque, me dijo que quería buscar algo allí dentro. ¿Un lagarto, creo? Solo dios lo sabe, Paco, solo dios...

¿Y ha estado allí dentro tanto tiempo? ¿No le dijo tu mujer lo de...? Ya sabes... Ningún cazador se atreve a entrar en los bosques en la época de lluvia de rayos.

¡Calla, calla! Que según ella eso fue lo que le convenció de adentrarse en el maldito bosque...

Y así eran las conversaciones en la ciudad cada vez que, perseguido por un jaguar tigre avispa venenoso, gritaba a la par que corría por su vida mientras, agarrado como si la vida le fuera en ello —que en cierta forma así era—, Shiro lloraba de miedo. ¿Que qué es un jaguar tigre avispa venenoso? Eso es una pregunta muy buena que quedará sin respuesta por la seguridad mental de los lectores. Pero... Sssshh, así es mejor, créeme. Y es que, después de tantos meses huyendo de animales que seguramente lo despedazarían en un abrir y cerrar de ojos si le pillaban, uno aprende a no hacer demasiadas preguntas por miedo a saber la respuesta. Así era como había pasado el tiempo para nuestro pequeño y su aún más pequeño amigo, huyendo de enormes bestias, de algunas más pequeñas pero rápidas, alimentándose de lo que la naturaleza les daba y, lo único que puedes hacer al final en esas situaciones, adaptarse o morir.

Y no les iba demasiado mal. Neo ya tenía bastante experiencia en eso de sobrevivir en zonas de vegetación espesa, sabía bastante bien la diferencia de los frutos comestibles y los que no, podía montar alguna que otra trampa para cazar algún que otro animal y, tras aquel tiempo, fue mejorando incluso más si cabe en la mayoría de aquellas artes. Dormían sobretodo en lo alto de los más altos árboles, intentando camuflarse lo mejor posible para que nada los detectara, a veces durante el día y otras durante la noche. En un principio a Shiro no le pareció buena idea intentar investigar cuando oscurecía, ya que pensaba que Neo no iba a ser capaz de encontrar siquiera su propia capa, mas le sorprendió lo bien que se desenvolvía incluso en los más sombríos momentos, pareciéndole ver algún brillo de más en sus ya resplandecientes ojos del color de la plata.

De la misma forma, nuestro pequeño roedor —que nunca había tenido problemas en ocultarse en ese tipo de zonas por su verde pelaje— tuvo cierto temor por la capa completamente carmesí del pelinegro y de lo poco inteligente que había sido traérsela consigo, pero se quedó igual de extrañado, que no molesto, cuando varias bestias que sabía que se guiaban sobretodo por la vista lo ignoraban completamente, como si la prenda, que bailaba al mismo son que las hojas de los árboles, fuera parte de estos. Tampoco se iba a quejar, ¿no? Estaba vivo y eso ya era un logro, por lo visto, en aquella época del año: la corteza de los troncos y las hojas marchitas desprendían una savia especial que, unida a otros materiales del aire, formaban descargas eléctricas por todos lados. Neo había aprendido a no desprenderse en un solo instante de su armadura de energía para, aparte de resistir mejor los rayos que de vez en cuando le caían, proteger a su peludo amigo, al cual le envolvía también el manto al estar en su hombro o cabeza. Al principio se desvanecía sola al rato, y cada intento posterior le costaba incluso más, hasta el punto de tener dolores musculares por moverse. Pero, con el tiempo, logró convertirla en algo más de su propio cuerpo, tan sencilla de formar como el respirar.

Hace ya poco que se acabó la época de lluvia, pensaba que iba a durar más —comentó, casi protestando, el pelinegro. Parecía que le faltaba el aire.

Si no fuera porque me das de comer ya te habría abandonado; estás como una maldita chota. Moumantai~. —le respondió Shiro, que estaba aún agarrado al pelo de Neo y con el miedo en el cuerpo por huir, por quinta vez aquella semana, del jaguar tigre avispa venenoso.

Habían logrado darle esquinazo, de alguna milagrosa forma, girando en uno de los árboles más grandes del lugar y subiendo por él hasta la cima, lugar donde se encontraban desde hacía un buen rato. Tras asegurarse bastante bien de que había cambiado de cuadrante —así habían llamado a cada una de las franjas del bosque, que dividieron en doce debido a su forma circular alrededor de la zona montañosa—, el pelinegro bajó del árbol y se sacudió la ropa.

¿Ves? Pan comido, te dije que no te preocuparas —soltó como si nada con una sonrisa.

Y una mierda. El grito de niña que pegaste no opina lo mismo que tú, moumantai.

Perdo-...

Antes de que la voz que había sonado a sus espaldas terminara Neo ya se había girado y, agarrando por el brazo a la persona que se encontraba tras él, lo había inmovilizado contra el suelo. Para cuando quiso darse cuenta se encontraba encima de un chico peliverde, posiblemente más alto que y de unos cuantos años —bastantes, por lo que parecía— más pequeño que él. "Oh, mierda" pensó de inmediato cuando vio el vestuario típico de la marina que llevaba puesto.

Perdona, no suelo recibir visitas muy a menudo —se disculpó el pelinegro mientras ayudaba a levantar al chico.

La próxima vez pediré un permiso para entrar en tu propiedad —bromeó el más pequeño —de edad— de los dos—. He llegado hace apenas unas horas a la isla y escuché un grito en el bosque. Entré pensando que alguien necesitaba ayuda, y al verte pensé, por un segundo, que algún niño se había perdido... Pero veo que no eres un niño, que no te has perdido y que, obviamente, no necesitas ayuda.

Neo sonrió y le pasó el brazo por el hombro al marine; le costó más de lo que pensó que iba a costarle, pero disimuló como pudo que era un maldito enano.

Me llamo Neo, y este pequeño es Shiro. Nos pillas justo saliendo del bosque; no te haces a la idea de las ganas que tenía de un tazón de ramen. ¡Es más! Te invito a uno... —dejó en el aire la frase, esperando que el peliverde se presentara. Este sonrió y empezó a caminar.

Puedes llamarme Leiren.





Capítulo 6. Entrenamientos.


La salida del bosque había sido un poco más complicada de lo que habían previsto. Pero bueno, haciendo lo largo algo corto, tras huir de un par de animales salvajes corriendo como nunca en sus vidas —incluso el peliverde, que parecía más acostumbrado a ese tipo de cosas de lo que Neo se esperaba— lograron llegar al linde de la zona. El pelinegro inspiró con fuerza al ver la ciudad y soltó una gran bocanada de aire, relajándose y casi apunto de echarse a reír; mientras, el otro chico, se había tirado al suelo algo falto de respiración. Estaba atardeciendo y el cielo había empezado a tornarse de un tono anaranjado, lo que captó la atención del cazador por un par de segundos, haciendo que se olvidara de todas las preocupaciones que tenía encima.

Entonces... ¿Un ramen?

Al oír a Leiren hablar, nuestro pelinegro despertó de su ensueño; le respondió con una sonrisa y le ayudó a levantarse, ya por segunda vez en un día. Fueron directos al restaurante de fideos, del cual Neo, claramente, se acordaba del camino para llegar. La ida fue algo silenciosa, aunque no por ello incómoda. Llegaron tras un buen rato andando y ambos se pidieron el tazón más grande que tenían en el local: el marine de pescado mientras que el cazador de carne. Neo repitió —dos veces— y Shiro se fue comiendo una barra de pan él solo; Leiren, mientras tanto, disfrutaba de la energía de aquellos dos ya que, de alguna forma u otra, le recordaban a cierto grupito encantador de marines que no paraban de hacer un poco el estúpido allá por donde pisaran. Gracias a dios se había ido acostumbrando después de tantos meses en la brigada de aquel espíritu que tenían todos.

Llevo con curiosidad bastante rato... ¿Qué hacíais en el bosque? Nadie en su sano juicio se pegaría un día entero ahí dentro. —comentó el peliverde cuando vio que el otro chico no iba a pedirse un cuarto tazón.

Mes. De hecho tres. ¿O han sido cuatro, Shiro?

Yo qué sé, a mí me han parecido varios años, moumantai~.

Que qué —preguntó sin preguntar, algo asombrado.

Sí, aunque realmente no fue para tanto —tras su comentario se pudo escuchar un "y una polla" proveniente de Shiro, pero tan bajo que supuso que nadie lo había oído—. Estábamos buscando indicios de... Bueno, de un animal que posiblemente estuviera por la zona, pero no tuvimos suerte. Eso sí, aproveché para entrenar un poco, que ya me estaba empezando a oxidar.

Entrenar, ¿eh?...

Llevaba ya un mes, puede que algo más, con el entrenamiento personalizado de Arthur-sensei y, solo dios sabe cómo, aún no había muerto. Y es que después del primer día había entendido que lo que dijo en el despacho de Al-senpai, " Te garantizo que el 100% de los reclutas que han sobrevivido se convirtieron en marines de renombre", iba más en serio de lo que había querido creerme. Pero ahí estaba, más vivo que muerto, logrando acabar todos y cada uno de los entrenamientos con mi maestro. Había que admitir que la sensación continua de estar a punto de morir hacía que me esforzara mucho más que en los entrenamientos diarios en la base con el resto de reclutas; es decir, tener que hacer el típico circuito de obstáculos con piscinas de lava, estacas afiladas con veneno en ellas, animales salvajes a los que burlar entre alguna que otras cosas ayudaba a dar siempre el cien por cien de uno mismo.

¿Descansando? Pensaba que aún te quedaban un par de vueltas al circuito —me dijo Arthur mientras se acercaba a mi posición.

Ya he terminado, Arthur-sensei —respondí a la par que me ponía en pie.

Puede que fuera solo cosa mía, pero cuando me levanté me pareció más pequeño de lo normal. ¿Estaría creciendo? Nah, no se puede crecer tanto en apenas un mes. A lo mejor se debía a que estaba empezando a verlo más como a un compañero de división que como a un maestro al que tenerle miedo. Craso error.

Entiendo... ¡Bien! Ya has completado la primera parte de la adiestración. Hoy empezarás la segunda parte. ¿Ves aquella montaña? —señaló la formación rocosa más alta de la isla, por detrás de los cuarteles—. Tienes que subirla y bajarla por la zona escarpada todos los días. No te preocupes —me puso una mano en el hombro y, tras un movimiento que no preví, me encadenó una de las manos a la parte trasera de los pantalones con unas esposas de kairoseki—, que si no llegas a la reunión ya le diré a Al que tienes mi permiso para saltártela. Y recuerda, la ventana de la sala de reuniones da justo al pico, así que si no te veo llegar tendrás que repetirlo. Venga, adiós, pelomatojo —terminó de decir mientras se iba y me dejaba allí plantado, con cara de subnormal perdido.

Tanto si moría como si sobrevivía a aquel entrenamiento, estaba totalmente seguro que iba a ser un marine de renombre.

Esto... ¿Hola? ¿Leiren? —dijo Neo algo preocupado mientras movía de arriba a abajo la mano justo delante de los ojos del peliverde, que se había quedado mirando al infinito.

¿Eh? O-oh, lo siento. Es que dijiste lo del entrenamiento y no pude evitar pensar en mi sensei. Es algo estricto, pero realmente me ayuda bastante.

Entiendo... Y bueno, ¿qué haces tú por aquí? Me dijiste que llegaste hoy y no todos los días se ve a un recluta en las islas del Paraíso. —comentó Neo, cambiando un poco de tema tras haberle visto quedarse completamente en blanco. Aunque realmente le interesaba saberlo, más por curiosidad que por cualquier otra cosa.

No, no, no soy un recluta. Ascendí hace poco a Sargento, solo que aún no he podido hacerme la vestimenta; he estado un poco ocupado con... Bueno, los entrenamientos. Y estoy aquí por el asesinato de Benedict Clawser.

Espera, ¿qué?

Leiren le contó primero la historia de cómo —casi sin querer, le había admitido— había derrotado a un pirata en una de las islas donde llevaba a cabo los entrenamientos con su maestro, Arthur Silverwing; no sabía exactamente de qué, ya que nunca había estado interesado en la marina y sabía bastante poco de su gente y de qué rango ocupaban los mismos, pero al pelinegro le sonaba bastante ese nombre. Le contó que había tenido la suerte —aún sigue sin saber si buena o mala— de, justo al final de uno de sus circuitos de práctica en la cima de otra montaña exageradamente alta, encontrarse con la guarida del pirata, un hombre algo mayor para la profesión que había estado robando en las islas cercanas. El peliverde, aún con uno de los brazos atados, había conseguido dejar noqueado al pirata usando golpes cuerpo a cuerpo que le había enseñado Arthur junto a algunas de sus armas a distancia envueltas en lo que, según él, era fuego negro, una técnica con la que había nacido. Neo no pudo sino pensar en el poder que había heredado y lo parecido que eran ambos en ese sentido; un poder familiar que les había ayudado en más de una ocasión.

Tras aquel pequeño relato le contó que al señor que había conocido hacía unas semanas lo asesinaron mientras dormía poco después de terminar la vigilancia que tenía encima. A Neo cada vez le parecía más extraño todo ese tema. ¿Por qué tomarse las molestias de matar un tío que había visto a un dragón? Es decir, ya había dicho lo que sabía, ¿qué más daba si moría o no? El pelinegro se mordió el labio, abriéndose una pequeña herida que ni siquiera notó, mientras Leiren le contaba los pocos detalles que sabía.

Espera, espera, espera... Me has dicho que un par de personas vieron al asesino, ¿pero que ninguno lo reconoció?

Esto... ¿Neo?... Tu... Tu boca... —no sabía muy bien qué hacer o decir el pobre, y más después de ver lo que estaba viendo.

Entonces —siguió como si simplemente hubiera asentido—, eso puede significar varias cosas... Y teniendo en cuenta que en esta isla se conoce todo el mundo y que los que vinieron conmigo en el ferry de vacaciones se fueron hace mucho... Tengo una idea de quién ha podido ser. O, mejor dicho, dónde podrían estar. ¡De nuevo al bosque!

Espera... Me estás diciendo... Que me vas a hacer...¡¿Volver a ese maldito lugar?!

Neo simplemente sonrió y le acarició la cabeza a su pequeño amigo que parecía estar a punto de llorar de pura impotencia. Le dijo a Leiren que él siguiera investigando de la forma que tuviera que hacerlo pero que, si podía, no se fuera de la isla; cuando hubiera salido del bosque, si no encontraba nada, le gustaría saber qué había podido encontrar el peliverde sobre el caso.

Hasta entonces, tendrían que separar sus caminos. Neo apenas había conocido al marine por un par de horas pero algo le decía que iba a acabar debiéndole la vida; iba a acabar siendo un gran amigo en el que confiar. O al menos eso le decía su instinto; y creedme, el instinto no suele defraudarte.




Última edición por Sandía-Sama el Vie 25 Ago 2017 - 0:02, editado 3 veces

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Neo Aran
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Re: Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

Mensaje por Neo Aran el Jue 24 Ago 2017 - 21:52




Capítulo 7. Un problema inesperado.


La vuelta a las sombras de los árboles había sido tan agradable para Neo como mortífera para Shiro. El mayor de ellos la echaba de menos y, algo dentro de él, lo haría de por vida; haber vivido tantos años en un lugar te hace quererlo de una forma especial. Por el otro lado tenemos a Shiro, un pequeño roedor que había vivido toda su vida cerca de ciudades y que casi no tenía forma de sobrevivir contra animales más grandes que él; bueno, seguramente en contra de más pequeños tampoco. Y ahí estaban ambos de nuevo, juntos saltando de rama en rama casi sin producir ruido alguno, un rasgo que siempre había caracterizado al joven Aran.

Entonces... ¿Por qué hemos vuelto? —Shiro tardó un par de horas, pero al final consiguió hablar a pesar del miedo.

No sé si te acordarás, a mí me costó, pero al otro lado de la isla había una especie de granero abandonado.

Sí, me acuerdo... Pero tú mismo lo has dicho, estaba abandonado...

Si estaba abandonado realmente... ¿Por qué había carretas enteras con heno?

Shiro fue a responder pero se calló al instante, empezando a entender por dónde iban los tiros. Si de verdad hubiera estado abandonada desde hacía mucho tiempo el heno se lo hubieran llevado los animales salvajes, que no había pocos herbíboros en la zona; sin embargo, por el otro lado, si hubiera estado abierto el edificio habría tenido que estar en buen estado. Neo no le había prestado atención la primera vez que lo vio, pues tenía cosas más importantes en las que pensar por aquel entonces. Pero si las piezas que había estado uniendo desde la noche anterior acababan formando la imagen que había supuesto desde un principio... Aquello posiblemente no iba a acabar bien.

La sombra que se veía de ambos era tan solo una figura borrosa que en un instante estaba y en el otro, no. Neo iba lo más rápido que podía guardando el mayor silencio posible, evitando a toda bestia que pudiera meterse en su camino mientras, al mismo tiempo, buscaba la ruta más rápida hacia su destino. No tenía memoria fotográfica, pero aún así se habían pasado varios meses largos allí dentro y tenía una idea bastante precisa de hacia donde dirigirse. Razón por la cual, cuando llegaron al linde del bosque, mostró una sonrisa que significaba que estaba satisfecho de sí mismo. Bajaron de los árboles y se acercaron a la zona montañosa; la isla estaba dividida en segmentos circulares y entre cada uno de ellos —ciudad, playa o acantilados, bosque y montaña— había una pequeña sección plana de tierra. Era en esa parte de tierra entre las montañas y el bosque donde se encontraba el granero que buscaban. Neo miró a su alrededor, pero había algo que no le acababa de cuadrar.

Espera... ¿Dónde están las carretas?

Quizá fuera porque estaba demasiado atento el tema de las carretas, quizá porque estaba en su mundo pensando a dónde podría ir a cenar esa noche, quizá todo a la vez; pero fuera lo que fuere, no se dio cuenta del hombre que se había acercado a él por la espalda y le había dejado fuera de combate de un golpe en la cabeza. Shiro se alejó corriendo pero, cuando los hombres que seguían al que había noqueado a Neo fueron a perseguirle, este les paró.

Olvidáos de la rata, el barón lo quiere a él.

Y tras eso los tres hombres se fueron hacia la montaña con Neo a hombros. Shiro los miró irse, bastante preocupado por su compañero. ¿Pero qué podía hacer él para ayudarle?

¡No te preocupes, Neo! ¡Te salvaré... En un periquete!





Capítulo 8. Operación rescate.


La habitación estaba más desordenada que de costumbre y el peliverde ya se estaba proponiendo, poco a poco, el ordenarla de una maldita vez. Miró por la ventana y vio el sol ponerse un día más; otro día en el que ni Neo ni Shiro habían dado señales de vida. ¿Cuánto había pasado ya desde que le habían pedido que se quedara en la isla? ¿Seis meses? ¿Más? Ninguno de sus compañeros de la brigada había contactado con él para pedirle que volviera, y como aún no había solucionado la misión que le habían encomendado pues tampoco tenía demasiadas razones para hacerlo.

Suspiró una vez más al ver el astro rey desaparecer y se volvió a meter en la cocina. Llevaba ya un buen tiempo desarrollando una receta que había encontrado en los archivos de la marina con las etiquetas "peligroso" y "no aconsejable de preparar", pero eso solo había incrementado su curiosidad. Por lo que había ido leyendo —y sobretodo tras probarlo— vio que era la fórmula para un chicle, ese en particular sabor a fresa, con un componente explosivo. En la boca son chicles normales pero, al hacer pompas y dejarlas en el aire estas se endurecían y, tras algunas reacciones dentro de esta, explotaban. No hacían un daño exagerado pero las utilidades, si se sabía usar, podían ser enormes. La pena es que, aunque las utilidades de llenar al enemigo de chicle le llamaban mucho la atención al peliverde, el tema de llevar explosivos encima sin que nadie los detectara era un punto a favor. Punto por el cual, tras varias semanas de cambios en la fórmula, logró crear chicles que funcionaban tan bien como cartuchos de explosivos plásticos. Las pruebas habían sido, cuando menos, peligrosas; pero un poco de agua para simular saliva y un soplete de aire para inflar las pompas habían ayudado para hacer las pruebas sin reventarse la boca.

Ya había terminado la mezcla hacía un buen rato y había dejado la masa en moldes esféricos a la espera de que se enfriaran. Tras eso, serían un arma como cualquier otra, pero propiedad de Leiren; bueno, y del usuario que creó la receta principal, un tal Kyle Aran.

Cuando se dio la vuelta para cerrar la ventana y tirarse un rato a descansar algo entró disparado por la misma. Iba a estamparse de boca contra la cara del peliverde pero este, en una demostración de agilidad y posiblemente algo más, clavando un pie en el suelo y moviendo el cuerpo con el otro se apartó de la trayectoria del animal y, en al aire, le agarró por una de sus enormes orejas. Ambos se quedaron un par de segundos mirándose: Leiren allí, quieto en la cocina con Shiro en la mano; este otro colgado por una oreja y casi llorando.

Me... Me haces daño... —dijo la pequeña rata sorbiéndose un poco los mocos.

¡O-oh, l-lo siento!

Cuando por fin soltó al pequeño roedor este le contó absolutamente todo lo que había pasado —que era bastante poco, para ser sinceros—, empezando por cómo habían vuelto al bosque, que habían llegado al granero y por qué les había parecido extraño que estuviera ahí, lo que le ocurrió a Neo y que tras eso había vuelto con la esperanza de que el marine aún no se hubiera ido. Leiren le dio vueltas a una cosa durante un rato, pero prefirió no decir nada al respecto. Dejó a Shiro en la cocina lavándose el pelo en un balde mientras él se ponía a guardar cosas en su pequeña mochila de viajes: lo típico, algo de muda extra, lo básico de primeros auxilios, algo de comida seca y, cómo no, varios de sus chicles de fresa; nunca se sabe cuándo vas a necesitarlos.

El marine le secó el pelo al pequeño animal con una toalla y este, en cuanto estuvo libre de humedad, se subió a su cabeza y se tumbó en ella, agarrándose a su verde cabello. Entre ellos, que tenían un color de pelo parecido, sí que parecía que las grandes orejas de uno le pertenecían al otro. Leiren rió al darse cuenta de ese pequeño detalle y, tras tenerlo todo listo y haber avisado a sus compañeros marines en el cuartel de lo que tenía pensado hacer, se dirigieron juntos hacia el bosque. Probablemente una persona normal hubiera tardado unas dos, quizá tres horas en llegar al lugar donde Shiro le estaba llevando, pero por culpa del amigable jaguar tigre avispa venenoso que los persiguió durante más de la mitad del camino, les tomó solamente una hora en llegar; medio muerto de cansancio el pobre Leiren, pero eh, habían llegado.

¡Me dijiste... que ese bicho... no era nocturno!

También te dije que no era buena idea ir de noche por el bosque y que tardaríamos tres horas. Y mira, hemos ido por la noche y tardado menos, moumantai~ —respondió Shiro irónico mientras se bajaba de la cabeza de su compañero—. Tiene que ser por aquí... No hagas ruido...

Y así ambos se dirigieron a la pared de la montaña, que por aquel lado era más empinada que por los demás cuadrantes. Leiren no sabía exactamente qué estaba buscando y, pese a que la luna proporcionaba bastante luz, la oscuridad de la noche no ayudaba demasiado. Tras un buen rato buscando Shiro dio con un hueco entre las rocas que, aunque justo, era perfecto para que los humanos pasaran y tras el cual se encontraba una enorme puerta de metal. Sin embargo, no había nadie vigilando. Habiéndose asegurado bien de que no había nadie llamó a su compañero para que se acercara.

Qué raro que no haya nadie... —dijo Leiren mientras miraba la puerta de metal, que era casi el doble que él.

¿Qué más dará? Pensarán que no es necesario protegerla. ¿Quieres intentar abrirla? Lo que estará sufriendo Neo después de tanto tiempo...

Leiren se quedó quieto en el sitio y miró hacia el suelo, donde estaba Shiro tocando la puerta y empujándola sin resultado.

¿Tanto tiempo? ¿Cuánto es "tanto tiempo"?

... Pu-pues... B-básicamente... Desde el mismo día que entramos al bosque...

Y entonces Leiren la perdió.

¡¿Has tardado casi ocho meses en hacer un viaje de cuatro horas?! ¡¿CÓMO HOSTIAS TE HAS DEMORADO TANTO EN UNA TRAVESÍA TAN CORTA?! —gritó, muy fuerte, mientas gesticulaba más de lo necesario.

¡Sssshh! ¡No grites! Además, ¿qué querías que hiciera? Soy un maldito tarrier, soy un maldito conejo. Ni puedo correr como tú o Neo, ni puedo matar jaguares tigre avispa venenosos. ¡Tengo que esconderme de absolutamente todo; claro que he tardado! Ahora, ¿quieres abrir la maldita puerta antes de que alguien que te haya oído venga a por nosotros?

Leiren suspiró a la par que rodaba los ojos. Había perdido un poco los estragos y le había recordado a alguien que conocía; a alguien que llevaba sus entrenamientos. Intentó dejarlo pasar y se metió uno de los chicles en forma de bola en la boca, masticándolo con ganas un rato. Shiro estuvo a punto de protestar un par de veces pero, el peliverde, le paraba con la mano a lo "cállate la puta boca o te reviento". Tras un par de minutos lo cogió y lo pegó en la puerta de metal. Agarró a Shiro por el pescuezo y salió del hueco de roca a toda prisa, alejándose hacia un lateral de la montaña unos diez o quince metros. A los pocos segundos de haberse puesto a cubierto se escuchó el sonido de una explosión que, aparte de tirar abajo la puerta de metal, había despejado la zona para entrar con mayor facilidad. El marine soltó a la rata, que cayó lentamente debido a sus orejas, y se dirigió a la entrada. Sus manos se recubrieron de un fuego del mismo color que las sombras y, con una sonrisa en el rostro, entró en el lugar.





Capítulo 9. La puerta al final del encierro.


Neo despertó varias horas después de que le dejaran noqueado fuera de la cueva. Cuando miró a su alrededor vio que se encontraba en una pequeña celda, muy mal cuidada, pero con un fuerte sistema de seguridad; aunque todo allí parecía tener siglos, las rejas y la puerta que lo mantenían en el cubículo parecían ser de nueva generación. Se levantó con un fuerte dolor de cabeza y con una gran pesadez en el cuerpo. Se acercó a la puerta pero, antes de llegar, una voz lo paró en seco.

Yo que tú no las tocaría, están electrificadas y, después de lo poco que duraste fuera, dudo que puedas aguantar tanta potencia.

El pelinegro no dijo ni una sola palabra, aunque no estaba demasiado preocupado; o, por lo menos, no por él. ¿Dónde estaría Shiro? ¿Y toda su ropa? Estaba vestido con un mono naranja bastante cutre y no tenía ni su emblema familiar ni su capa rose. Como lo hubieran tirado todo aquel sitio iba a acabar bastante mal, empezando por la persona que tenía delante.

¿Tienes miedo? Claro, claro que lo tienes, por eso no dices nada. Eres un niño con suerte —aunque él no lo notó a Neo se le infló una vena en la frente—, si no fuera porque alguien ha pagado mucho dinero para que te capturásemos, estarías ya muerto. ¡Aunque nosotros sí que hemos tenido suerte! Que vinieras por tu propio pie a la isla nos ha solucionado muchos problemas. En un principio pensamos que iba a ser aburrido mantenerte aquí tanto tiempo, pero... —sacó un vial con un líquido de un tono plateado, casi blanco a la luz— Vamos a tener mucho tiempo para hacer pruebas interesantes. ¿Sabes lo que es esto?

Parece que has tenido mucho tiempo para jugar a solas. ¿Tanto te aburres que querías enseñármelo?

El señor que tenía delante rió. Hasta ese mismo momento no le había prestado demasiada atención: cabello negro echado hacia atrás con gomina, bastante por lo que parecía, y bien afeitado; una bata, de científico o médico, larga y blanca encima de una camisa a cuadros; y, obviamente, una mirada de superioridad que parecía que no iba a acabar nunca. El pelinegro no dijo ni hizo nada, le interesaba saber más detalles de por qué estaba allí dentro.

Veo que eres un graciosete. Bueno, ya veremos cuánto tiempo aguantas manteniendo el tipo. Por cierto, sí, quería enseñártelo... Al fin y al cabo... Es tu sangre —la sonrisa que esbozó al ver cómo Neo parecía desubicado del todo fue algo que le tocó bastante la moral al pelinegro. Sin mediar otra palabra más se dio media vuelta y se fue, dejando al cazador solo.

Había visto muchas veces en su vida su propia sangre, y sabía bastante bien que era de un color rojo oscuro, como la sangre de todos los humanos. ¿Se lo habría dicho para molestarle? No lo creía, al fin y al cabo era bastante fácil demostrar si era verdad o no. Pero, si lo era... ¿Qué significaba que su sangre fuera plateada? ¿Que no era humano? Un pensamiento fugaz se hizo paso entre sus memorias y se vió a él mismo tirado en una sala en Síderos rompiendo cientos de viales y absorbiendo, sin saber cómo, el contenido de uno de ellos. No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que eso tenía algo que ver. El líquido no era blanco, pero antes de aquel momento su sangre había sido roja, y lo había comprobado en la propia guerra civil. Se acercó una de las uñas de una mano a la contraria y la apretó contra la piel. Inspiró y suspiró profundamente, pero al final no pudo hacerlo. Maldijo en alto y se tiró a descansar en el suelo de la celda, pensando en sus cosas.

El tiempo pasó y Neo cada vez se aburría más. Había pensado en escaparse en una de esas; los barrotes no parecían ser nada del otro mundo y la electricidad no le preocupaba ni tanto. Pero después, ¿qué? Un par de días a la semana los dejaban salir de las celdas y los metían a todos en una sala común, en plan cárcel cualquiera con su patio de recreo. Por lo que había visto aquel sitio era mucho más grande de lo que parecía y, aunque las celdas a lo mejor no le aguantaran mucho, nada le aseguraba que no fuera a haber guardias fuertes en el lugar. Casi no había humanos, siendo la mayoría de los presos del lugar razas extrañas, como sirenas, algún que otro semigigante, algunos tontattas entre otras a cada cual más extraña. "Contrabandistas", pensó cuando empezó a unir las piezas que le quedaban del rompecabezas.

Había hecho un par de amigos, cómo no siendo Neo, y aunque seguía sin descartar la idea de huir, no sabía muy bien del todo cómo hacerlo. Además, claro estaba, no podía irse sin sus cosas.

¿Aún pensando en huir, pequeño Neo? —preguntó Roco, un tontatta muy propenso a reírse del hecho de que, entre los humanos, el pelinegro era bastante bajito.

Como me conoces, Roc. Pero ya lo sabes, no puedo irme sin más. Estoy esperando al momento preciso, ese momento en el que mi plan maestro de resultado —lo decía medio en serio medio en broma; estaba esperando el momento oportuno, pero realmente no tenía un plan per se.

Antes de que el tontatta pudiera preguntarle que cuál era ese plan maestro que ayudaría a salvar a todos los que había allí dentro ocurrió algo, cuanto menos, inesperado: una explosión se escuchó por todo el recinto, enciendiendo alarma tras alarma. Los guardias se empezaron a poner nerviosos; no solían ser muchos los que resguardaban la sala, pero tenían la ventaja de llevar bastantes armas encima con las que amenazar a todo lo que pudiera moverse allí dentro.

¿Este era el momento que esperabas? —dijo el pequeño Roco con una sonrisa de esperanza.

Neo habló más por no entristecer al tontatta que porque supiera lo que estaba diciendo.

Ssssíi... Claro... Esto... Esto era totalmente lo que yo espera... Voy... Voy a ponerme con mi plan maestro ya... ya mismo, sí... ya mismo... —soltó muy poco seguro de sí mismo, no teniendo ni la menor idea de qué hacer a continuación.

El pelinegro miró a su alrededor con atención. Realmente había muy pocos guardias, pero teniendo las armas era obvio que nadie iba a oponerse a ellos. Claro, nadie excepto un pequeño Aran con, usualmente, ganas de fiesta. Neo salió disparado hacia el que más cerca tenía y, cuando estuvo a un par de metros de él, dio un pequeño impulso saltando y metiéndole una patada en la boca del estómago. Al poner los pies en el suelo adoptó una pose defensiva pero su rival había durado más bien poco. Quedó un poco decepcionado, pero a la vez se alegró de que eso fuera a durar más bien poco. Y es que todos y cada uno de los guardias que había allí dentro apenas le aguantó un golpe al pelinegro. Repartió las armas y les dijo a absolutamente todos que salieran lo antes posible del lugar haciendo el mayor ruido posible.

Neo esperó a que todos salieran delante y él, cuando se hubieron ido, se pudo a abrir puertas buscando el lugar donde podrían estar sus cosas. Aquel sitio era, sin duda alguna, mucho más grande de lo que parecía. Puerta tras puerta no encontraba sino una sala incluso más turbia que la anterior. Primero unos barracones, luego un par de cocinas, seguido por un laboratorio y salas con instrumentos de tortura. Pero nada se igualaba a la peor pesadilla del pelinegro: la lavandería llena de ropa sucia. Por dios, que mal olía aquel lugar. A Neo le recorrió un escalofrío al meter el olfato en la sala y cerró dando un portazo.

Justo cuando había pensado que el pasillo en el que se encontraba, que se había quedado sin puertas desde hacía un buen rato, no iba a llevarle a ningún lugar, dio con una mucho más grande que las anteriores al fondo del todo, casi ocupando la pared entera. Dudaba que guardaran en ese sitio las pertenencias de los presos, pero aún así algo le llamaba a abrir la puerta y a entrar. Con creciente curiosidad en su interior se aproximó más a ella y, empujando con fuerza, cedió y se abrió de par en par.





Capítulo 10. Misión cumplida.


Hacía mucho tiempo que no sentía en su cuerpo el mismo tipo de presión que sintió al entrar en aquella sala. Era aproximadamente del tamaño de la sala de descanso pero casi sin iluminación alguna. Estaba totalmente vacía a excepción de dos cosas: un enorme cuerpo en el centro de la misma, de unos tres o cuatro metros de altura y, seguramente, de muchos más de largo; y de las cadenas que lo mantenían preso al suelo sin poder apenas moverse. Neo lo había reconocido al instante al poner un pie en la habitación, y es que no se veía un Daora todos los días. Era bastante parecido a Saahara, pero esta, creía recordar el pelinegro, era más pequeña y tenía las escamas más plateadas, no tan negras como las del que tenía delante.

Se acercó paso tras paso, pero no llegó a avanzar más de un par de metros cuando escuchó su voz dentro de su propia mente.

¿Otra vez aquí? ¿Qué quieres de mí esta vez, humano? —se hizo el silencio y, antes de que pudiera responder a su pregunta, volvió a hablar— No... No eres él. No eres ese humano... Ni siquiera eres humano...

Sí que soy humano —respondió no muy seguro, teniendo en cuenta las cosas a las que ya le había dado vueltas antes.

Puede que por fuera lo seas mas, por dentro, no. Eres mucho más... Siento en ti el poder de los nuestros; siento en ti nuestra sangre. ¿Cómo es eso posible siquiera?

Neo pensó de nuevo en Síderos y en aquel líquido extraño; pensó en todos los años que había pasado al lado de Saahara y de cómo esta le había curado las heridas más de una vez; pensó, como ya lo había hecho antes, en el vínculo que había forjado con el tiempo.

No eres el primer Daora que conozco; de hecho muchas cosas las aprendí de Saahara. No sé siquiera si os conoceréis entre vosotros... —el dragón no contestó, y Neo siguió hablando— ¿Cómo sabes que tengo... que tengo sangre de Daora en mí? ¿Y cómo es que te capturaron?

Nuestra raza tiene una gran capacidad sensorial; somos capaces de sentir a los nuestros cuando están cerca y, créeme, tú tienes nuestra sangre en tu interior. No sé cómo será, ni por qué, pero tampoco soy quién para culparte. Mi captura fue un error mío y de nadie más, me tendieron una trampa y no fui inteligente; los motivos por los que aún estoy aquí... No los sé.

Volvió a sonar una explosión a lo lejos, y luego otra y otra. Fuera lo que fuera que hubiera allí dentro se lo estaba pasando en grande. Neo miró a la puerta y de nuevo al Daora; había tantas cosas que quería preguntarle, tanto sobre él como sobre su razo. Esbozó una sonrisa y se acercó a él.

Yo también cometí un error, pero quedarme quieto no es lo mío.

Envolvió todo su cuerpo tanto con su armadura eléctrica como con el haki que llevaba el mismo nombre y, de varios golpes, fue agrietando y rompiendo todos los grilletes que mantenían prisiosero al dragón. Cuando por fin fue libre comenzó a ponerse en pie y a batir poco a poco sus alas, desequilibrando a Neo cada vez que lo hacía.

Mi nombre es Neo, encantado.

Gracias. Nunca olvidaré tu gesto. Si alguna vez vuelves a cruzar tu camino con el de Saahara, dile que Resrai'ra le envía recuerdos. Y ahora corre, corre, Arur Bassh.

Cuando Resrai rampó y empezó a batir las alas, el pequeño supuso que iba siendo hora de salir de allí por patas. Y así hizo. Aún con la armadura encima salió como un rayo de la celda. Pasó por el pasillo en dirección contraria lo más rápido que pudo; tenía que averiguar dónde estaban sus cosas e irse cuanto antes de allí. En uno de los giros antes siquiera de verlo, chocó contra una persona que iba en dirección contraria. Ambos cayeron al suelo y rodaron un par de metros pero, el pelinegro, se había recompuesto en mitad de la caída y había agarrado del brazo a la persona con la que había chocado y la dejó inmovilizada contra el suelo. Cuando quiso darse cuenta estaba encima de un chico peliverde; tanto él como la escena le estaban empezando a sonar más de lo normal.

¿Me vas a hacer esto todas las veces que nos veamos?

Neo se rió, ayudó a Leiren a levantarse —tal y como había hecho la última vez—

Ya tenemos tus cosas, estaban en un casillero al principio de la cueva —esta vez fue Shiro, que se lanzó encima de su compañero y se quedó abrazado a su brazo mientras lo acariciaba con la cabeza—. Te he echado de menos, Neo.

Y yo a ti, pequeño. Y por dios, ¡cómo os quiero!





Capítulo 11. Si es que menudo par.


Habían logrado salir sanos y salvos de aquel lugar y, cuando lo hicieron, pudieron ver a un equipo entero de marines alrededor de la entrada a la cueva. Neo estaba esperando fuera mientras sacaban a todos los presos y a los contrabandistas —o al menos los que no habían huído, que seguro que había bastantes— y, también, mientras uno de los marines le agradecía a Leiren el trabajo que había hecho. El pelinegro no puedo sino sonreír y alegrarse tanto por todas las personas que habían quedado libre como por el pequeño peliverde. Cuando se aseguraron de que no había nadie en aquel lugar lo clausuraron y regresaron a la ciudad.

Sin embargo para entonces el cazador y su peludo amigo ya estaban en la habitación del hotel donde se habían hospedado, recogiendo sus cosas. Había empezado a amanecer y el sol cegó por un momento a Neo, y, aunque sintió que aún estaba demasiado lejos de la meta y que tenía una cantidad absurda de preguntas sin respuesta, se sintió satisfecho consigo mismo.

¿Qué piensas hacer ahora? —sonó a su espalda la voz de cierto peliverde.

Neo se frotó los ojos con el antebrazo intentando borrar la imagen remanente del sol. Aún con un par de lágrimas en los ojos, habló.

No lo sé. Otra aventura, supongo.

Yo no aguanto otro día aquí, tenía pensado irme ya mismo. ¿Te apuntas? —dijo mientras le extendia la mano.

Neo respondió con una sonrisa y, tras mirar por última vez el sol a través de su ventana, agarró la mano de su compañero.

Se fueron juntos hacia un pequeño barco que había alquilado el pelinegro hacía bastante tiempo y que había quedado ahí, varado cerca del puerto. Cada uno le contó al otro todo lo que había vivido durante todo el tiempo en el que no se vieron y, aunque se supone que un encierro debería ser algo, cuanto menos, deprimente, Neo se lo tomó desde el primer momento con bastante jovialidad. No era un barco demasiado grande, por lo que tanto el meterlo de nuevo en el mar como el prepararlo todo para zarpar les resultó bastante sencillo. Pasaron un rato viendo a la isla hacerse más y más pequeña, hasta que uno de ellos rompió el silencio.

Me lo he pasado bastante bien.

Te han encerrado durante ocho meses para solo dios sabe qué.

No, pero me refiero en general. Vivir en el bosque como cuando era pequeño, la comida de la ciudad, la gente tan pintoresca que conocí allí dentro; pero, sobretodo, conocerte a ti. Eres un gran amigo.

Me halagas —dijo por fin, tras un par de segundos sin saber qué responder—. Yo también me alegro de haberte conocido, aunque la mitad del tiempo lo haya pasado en el suelo.

Ambos sonrieron, se miraron y chocaron los puños, iniciando así una amistad que, seguramente, duaría mucho tiempo. Sin embargo algo les interrumpió el momento. Y es que, incluso a aquella distancia de la isla, se escuchó un enorme estruendo. Se quedaron completamente inmóviles.

¿Te... Has tirado un cuesco?

No... —pasaron un par de segundos en silencio— ¿Te... Te lo has tirado tú?

Antes de que pudieran seguir con aquella estúpida situación Shiro habló.

Chicos, que la montaña está echando humo; parece que ha explotado. Parte del bosque está aridiendo ardiendo también.

Volvieron a pasar un par de segundos en los que ambos chicos se miraban fijamente, sin razón aparente.

Tienes... ¿Tienes técnicas de agua?

No, no... ¿Las tienes tú?

No, no... Tampoco, tampoco...

Bien, bien... ¿Se las podrán arreglar sin nosotros, no? —preguntó al fin.

¿Eh? Ah, sí, sí. Claro, claro.

Entonces... ¿Nos vamos?

Nos vamos, nos vamos.

Y ambos se giraron al unísono, dirigiéndose uno a las velas y el otro hacia el timón, mientras el pobre Shiro seguía mirando la isla.

Porque me da de comer, que si no...





Capítulo 12. Una situación inesperada.


Neo se encontraba, con su compañero roedor en la cabeza como de costumbre, en Water Seven. Había aprovechado que tenía que arreglar el barco para ir a echarle un vistazo al piso que tenía allí desde hacía tiempo, regalo de una antigua amiga. Ya hacía un par de meses que habían ocurrido los acontecimientos de Bora Bora; había dejado a Leiren en la isla con la base marine más cercana, le había escrito una carta a su maestro —pidiéndole disculpas por robarle a su discípulo durante tanto tiempo entre otras cosas— y había seguido con su rutina habitual de pirata aquí, pirata allá. Todo había salido a pedir de Milhouse, dirían los que supieran qué significa aquella frase. Aunque parecía que las cosas no iban a salir tan de Milhouse todo el rato. Y es que, desde hacía ya un par de días en aquella isla, Neo había estado notando algo extraño. Como si la gente le mirara más de lo normal; que a ver, con unas pintas tan estrafalarias pues normal, ¿no? Pero aquello era algo... Distinto.

Qué raro, ¿no, Shiro?

Antes de que este pudiera decir nada y, casi como si el destino le estuviera respondiendo a la pregunta, uno de los pelícanos mensajeros dejó caer una carta y una hoja que pilló al vuelo. Abrió la primera y leyó con atención.

Estimado Neo,

Me hubiera gustado escribirte antes, pero he estado bastante ocupado con el entrenamiento y con algunas misiones más complicadas de lo que me gustaría admitir. Cuando nos veamos de nuevo te comento, que han sido la hostia. Y voy al tema, que me lío. ¿Te acuerdas de aquella pequeña explosión sin importancia? Bien, pues verás... Ninguno de los piratas a los que atrapamos dijo una sola palabra al respecto y la marina, buscando respuestas, estuvo preguntando a los ciudadanos de la isla. La mayoría dio testimonios de un chico muy joven vestido de rojo y negro que había estado por la isla desde hacía un tiempo, al cual había visto la marina hablar poco antes con Benedict; que te habían visto irte poco antes de los acontecimientos; y una cosa llevó a la otra y... Bueno, para no alargar esto demasiado: han vinculado tanto las explosiones como el asesinato a ese joven... Es decir, a ti. Para cuando me di cuenta e intenté hacer algo ya era demasiado tarde, y nadie creería a alguien de mi rango. Lo siento mucho. Por cierto, ¿sabes que ya soy Teniente? Gracias a la cantidad de piratas que conseguí reducir allí dentro además de una recomendación de Arthur logré ascender un poco en la cadena de mando. Y en serio, lo siento mucho por lo otro. Que sepas que yo sé la verdad y que espero poder hacer algo pronto.

Un abrazo, Leiren.

Neo dejó caer la carta y el papel que tenía detrás de él, que resultó ser un wanted con su cara y una, cuanto menos, jugosa recompensa. Se había quedado mirando a la nada, sin saber muy bien que hacer o decir. Mientras tanto, en una de las calles colindantes, se habían empezado a acumular marines que habían comenzado a gritar "es él".

Esto... ¿Neo? Creo que... Va siendo hora de irse. Por cierto... ¿Dexter no te había dicho que si querías visitarlo en Fiordia podías ir cuando quisieras? Creo que... Va siendo una buena idea...

Sí, lo va siendo, sí...

Dijo por fin, librándose del empanamiento que tenía encima y poniéndose a correr como si su vida le fuera en ello. Había que admitir que, tras treinta y pico veces en dos años, uno empieza a cogerle cariño al tema de escapar para salvar la vida.

Y, con una sonrisa de las suyas, Neo continuó corriendo mientras seguía de cerca su destino.



PETICIONES:
Lo primero es que la experiencia se reparta 100-60 para Neo-Leiren, es decir, que Leiren se lleve el extra y Neo el total (si no mal recuerdo cómo iba el tema de la experiencia). Sé que Leiren aparece, pero prefiero que sea así. Lo segundo es que espero que al moderador le haya gustado —o le guste en caso de que se lea las peticiones antes— el moderado, aunque haya sido un poco cutre <3. Tras esto, las peticiones un poco más específicas para cada personaje:

NEO:


  • Argentum Oculos [PU]. La vista de Neo, debido en parte a su sangre de dragón en parte a su propia energía espiritual, ha mejorado notablemente. La distancia a la que ve nítidamente y con precisión se ha cuadríplicado. Por la misma razón ahora tiene la capacidad de ver en oscuridad simple casi a la perfección y en oscuridad total distinguiendo figuras con facilidad. Su vista capta el doble y su cerebro lo procesa igual de bien.

  • Ex naturae [PU]. Neo con el tiempo ha conseguido ir pasando cada vez más desapercibido aún con su ropa roja carmesí. Ha llegado al punto de que pasa tan desapercibido, o incluso a veces más que el resto, como cualquier persona de a pie con ropa totalmente normal; casi nadie se fija ni en él ni en su capa. Esto va incluso más allá en entornos vegetales —bosques, junglas, etc— donde, aún siendo totalmente discordante el rojo con el verde, pasa tan desapercibido como lo haría un camaleón.

  • Iter Umbrae [PU]. Con el tiempo Neo ha conseguido que, tanto caminando como corriendo, sus pasos no causen sonido alguno. Esto es una mezcla tanto de su maestría propia como de su energía espiritual, que ha aprendido a emanar constantemente en la palma de sus pies.

  • Longevidad dracónida [PU]. Neo tiene longevidad aumentada por su sangre de dragón, pudiendo vivir hasta los mil años aproximadamente.

  • Resistencia a la electricidad [PU]. Su resistencia a la electricidad aumenta del 35% al 80%.

  • x4 a resistencia.

  • x2 a agilidad.

  • Haki armadura superior.

  • Haki armadura entrenado.

  • Clon eléctrico [Técnica]. Neo mezcla sus ámbitos Anima y Fulmen para crear un clon de la misma calidad que el que proporciona Anima pero que, al impactar algo contra él, explota con una descarga que podría llegar a paralizar los músculos que entren en contacto con él o incluso de causar quemaduras de segundo grado. Usa la cantidad de usos que Anima pero, a su vez y de forma pasiva, reduce en 1 los turnos que tiene que esperar para crear otro clon cualquiera.

  • "Rose" mejorada [Objeto]. La capa de Neo al ser destruida por algún lugar se regenera ella sola. Podrías quemarla por completo que mientras quede el símbolo de la familia [una chapa de metal por donde se engancha] esta volverá a regenerarse. Visualmente parece que se rellena con pétalos de rosa. Para todo lo demás sigue siendo una capa totalmente normal.
    Spoiler:

  • Veinte bolas de chicle de fresa explosivo [ver en el otro spoiler].

  • Cambio de facción a pirata y aumento de recompensa de 60.000.000 berries. Aumento a Pirata en la jerarquía por la recompensa ganada.

    Posibles aclaraciones:

    ·Tanto la vista, como la longevidad son, por decirlo de alguna forma, mejoras de la sangre de Daora que posee Neo en el cuerpo y que, con el tiempo, ha desarrollado. No es que las haya entrenado per se, sino que las tiene por ser en parte dragón.

    ·El PU Ex Naturae viene tanto por su profesión Espía como por la de Guardabosques. Se podría decir que es un PU de ambas clases.

    ·La capa no es que la consiga en ningún lado, siempre ha sido la misma capa desde que se la regalaron la primera vez. Lo único es que Neo nunca se había dado cuenta de esa propiedad que tenía, simplemente pensaba que es que nunca se había roto.


LEIREN:


  • Un pequeño cambio en la personalidad por haber sido entrenado por Arthur, a redactar más adelante. El cambio, un poco en general, es la pérdida de esa inocencia característica de la infancia-preadolescencia y un añadido de rage de vez en cuando, además de un poco de putoamismo, es decir, ser el puto amo.

  • x2 a putoamismo por ser discípulo de Arthur. (Putoamismo: carisma y molonidad.)

  • x2 a agilidad.

  • Haki mantra desarrollado por el entrenamiento espartano de Arthur.

  • Haki armadura entrenado por el entrenamiento espartano de Arthur.

  • Receta de los chicles de fresa explosivos.

  • Medalla al mérito por lo de Bora Bora.

  • Ascenso a Teniente en la jerarquía marine.
    POSIBLE ACLARACIÓN:
    Cabo: Tengo varios roles pendientes con Leiren que espero sirvan para este punto,
    si no, en el diario se supone que aparte de entrenar hace patrullas típicas por la ciudad. El tema del sueldo... Pasan dos años,
    supondremos que ha ido a recogerlo(?).

    Sargento: El pirata en cuestión es el que le cuenta a Neo, mientras está entrenando y eso.

    Oficial Técnico: La banda que derrota de contrabandistas él solo, aunque no se cuente se deja en el aire, que lo hace él.
    Fue recomendado por el propio Arthur, el user, se puede preguntarle para asegurar.

    Teniente: Si gano la medalla y el haki pues ya tengo esos puntos cubiertos. Lo del pago lo mismo que cabo.

      Chicle de fresa explosivo: es un chicle en forma esférica normal y corriente antes de ser masticado. No reacciona a ningún tipo de elemento antes de haber sido masticado, tras lo cual adquiere su propiedad explosiva, más no es hasta que se escupe y entra en contacto con grandes cantidades de aire que se infla solo casi medio metro de diámetro y explota. El poder de la explosión es igual que el diez kilos de dinamita. Mientras está en la boca y cubierto de saliva no hay peligro alguno de que explote.




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Re: Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

Mensaje por Drake Lobo Ártico el Vie 1 Sep 2017 - 0:11

Bueno, soy Drake, tu corrupto favorito. Ya sabes, ese tío que se pasa una vez al año a mirar tu avatar. En fin, no voy a enrollarme mucho. Nos conocemos y si quieres los fallos pues... Pues lo siento, no puedo dártelos porque no has tenido.

No te puedo hacer una libreta del dolor porque no ha habido nada gramatical o incoherente que me haya llamado la atención. La historia no es que haya sido la gran maravilla, pero me lo he leído del tirón, me ha gustado bastante y la lectura ha sido muy agradable. Antes de que digas “Que corta moderación”, lo lamento mucho, pero es que es eso, no tengo nada que decir. La escena del cuesco me ha matado, la mejor del diario sin duda y el momento de Alguiñano con la receta magestuoso.

Tienes un 9,2 de nota y te pillas todo lo que has pedido. La exp la repartirá un adm como lo has pedido y debido a que no creo que nos veamos en más correcciones. Debo decirte que me gusta tu estilo y seguro leeré más diario. Un saludo y recuerda que puedes pedir segunda moderación si lo desea o si has considerado que no llevo la razón
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Re: Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

Mensaje por Neo Aran el Vie 1 Sep 2017 - 12:30

Gracias por la moderación ^^. Acepto la nota~.

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Re: Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

Mensaje por Señor Nat el Vie 1 Sep 2017 - 12:56

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Re: Cool guys don't look at the explosions. [TS-Neo Aran]

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