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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

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Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

Mensaje por Annie el Lun 21 Ago 2017 - 21:27

Prólogo

Las heladas gotas de lluvia descendieron sobre el rostro de la muchacha de cabellos cenicientos. El cielo se iluminaba cada vez que un relámpago caía sobre Skellige. Annie pasó la mano por la boca limpiando la sangre que salía de la comisura del labio superior y mostró sus dientes como si se tratase de un animal salvaje al mirar dos vagabundos armados con unas cachiporras pequeñas. Iban cubiertos con harapos sucios y raídos, apenas se podían ver sus rostros. El más alto golpeaba su arma contra la mano y se lanzó a por ella. Annie, audaz como siempre, lo esquivó echándose hacia un lado y, después, le propició una patada en la espalda que lo empujó hasta el fango, dándose de bruces. El vagabundo tardó un buen rato en levantarse y el otro, enfadado, atacó también, pero Annie fue más astuta sacando su arco y disparándole una flecha directa al hombro. Este gritó de dolor pronunciando viles insultos que no afectaron en absoluto a la integridad de la chica. El anterior matón se levantó del fango y Annie se tapó la nariz.

-Alguien necesita una pequeña ducha.

-¡Cállate! - Gritó el de la flecha, llevando la mano al hombro mientras intentaba sacarla.

-Tss... No es de buena educación tratar así a las mujeres. Intentar defender el honor de vuestro jefe es una causa perdida. Id corriendo a decirle que lo único que habéis conseguido es quedaros en el suelo lloriqueando - Movió la cabeza de un lado a otro en señal  de negación -. ¿Llamo a vuestras mamis para que os hagan unas curas? - La albina se cruzó de brazos y los miró con repugnancia -. Dadme todo lo que lleváis encima, ahora.

Los vagabundos farfullaron y tiraron al suelo las pocas monedas que tenían. Annie las recogió y las contó en aquel mismo momento con una sonrisa de oreja a oreja.

-Es un placer. Decidle a vuestro jefe que la hija de la luna le manda recuerdos.

Colocó su arco en la espalda y, antes de abandonar aquel callejón de mala muerte, les escupió en el suelo. Annie salió a las anchas vías de Skellige iluminadas tenuemente por las velas en cada entrada de las casas. Allí alzó su brazo para que Ayden se posase en él. Las calles estaban totalmente desiertas debido a las altas horas de la noche y para la chica era la ocasión de reunirse con la gente de su clase social: vulgares ladrones, borrachos, vagabundos... etc. Siempre acababa metida en alguna pelea y la de hoy tuvo sus frutos. El dinero que obtuvo le daría para comer un par de días, pero lo mejor es que tendría más.

Annie llegó a un antro llamado “La Bota de Oro”. Justo antes de entrar al tugurio, la chica tuvo que detenerse, pues el jaleo era descomunal y por culpa del ruido Ayden salió volando hacia el tejado. Se encogió de hombros y empujó la puerta con fuerza. Allí dentro una nube de humo la envolvió por completo. Vicio, juego y muerte reunidos en un espacio tan pequeño, lo tenía todo. Las prostitutas paseaban contoneándose de un lado a otro en busca de clientes; los adictos al juego no paraban de apostar las pocas pertenencias que les quedaban y, por último, a cada rato se formaba alguna pelea. Annie se acercó a la barra y posó los brazos sobre esta.

-¡Eh, tú! - Alzó la voz tratando de captar la atención del jefe de barra -. He hecho lo que me pediste, esta mañana le di una paliza al imbécil que te amenazó.

El camarero, el cual no paraba de limpiar una copa, asintió la cabeza. Annie arqueó las cejas.

-¿Y mi recompensa?

-¿Cómo sé que lo hiciste? Necesito pruebas. No me fío de las de tu calaña.

La muchacha se quedó boquiabierta y pasó la mano por su cara, suspirando con resignación. Después se subió al mostrador de un salto y agarró del cuello de la camisa al camarero.

-¡Escúchame bien! ¡Yo no soy lo que tu te piensas, soy una mercenaria! He vencido a ese mongolo tal y como pediste, nadie más se ofreció salvo yo y ¿encima me pides una prueba? ¿Eres imbécil o qué?

La mayoría de gente empezó a mirar la situación entre Annie y el camarero; de fondo solo se podían escuchar murmullos y cuchicheos. El camarero se soltó y se echó hacia atrás, acariciando su cuello.

-¡Sacadla de aquí! - Le gritó a un matón.

Dos de ellos se levantaron de la mesa del fondo, pero solo uno se acercó a Annie, la cual no paraba de rebotarse. Le sacaba por lo menos tres cabezas y era una masa de músculos, para la albina parecía un cruasán humano. La cogió de la cadera y la llevó hasta afuera, sin dejar de patalear.

-¡Aparta tus manos de mí! - Exclamaba dándole puñetazos mientras intentaba soltarse -. ¡Ya os arrepentiréis de haberme echado, ya!

El matón, en cuanto la llevó a la entrada, empujó a Annie al suelo. Esta lo miró de reojo y se lanzó hacia él, pero cuando lo hizo cerró la puerta en sus narices. La golpeó un par de veces para que abrieran y después se quedó apoyada de brazos cruzados, refunfuñando. Cada vez le quedaban menos tabernas a las que asistir, nunca duraba lo suficiente como para ganarse la confianza del dueño.

Vagó por las calles abrazándose a sí misma debido al frío que hacía, aunque por suerte había dejado de llover durante un rato. Llegó hasta una enorme puerta de hierro, cerrada con un gran candado y rodeada de cadenas oxidadas. Su hogar durante la infancia ya no era más que un montón de ruinas. El orfanato no tardaría mucho en venirse abajo, ¿qué sería de todos los niños que vinieron detrás de ella? ¿Encontrarían su hogar o vagarían por las noches?

Miró hacia lo alto del edificio y vio como Ayden lo sobrevolaba, sonrió y entrecerró los ojos. Después, escuchó unos pasos venir hacia a ella y se dio la vuelta para ver quiénes eran.

-¿Otra vez vosotros? ¿Es que no tuvisteis suficiente?

La chica se alejó de la puerta de hierro y se fue acercando a ellos poco a poco, estos se echaban hacia atrás cada vez que daba un paso, al parecer querían evitar el contacto. Al que Annie había disparado anteriormente ya no llevaba la flecha, pero todavía seguía herido. La albina, a punto de sacar su arco, recibió un fuerte golpe en la cabeza y cayó al suelo de espaldas. El brillo esmeralda de sus ojos se desvaneció. Al parecer, los dos villanos habían tenido que pedir refuerzo a otra persona para poder vengarse.

De nuevo, volvió a llover sobre el cuerpo de la muchacha de cabellos cenicientos.

I

El olor a incienso era muy fuerte, tan fuerte que le daba dolor de cabeza y su nariz no soportaba tal aroma, de todos los que existían este era el peor para ella. Unas voces desconocidas hablaban a las prisas y muchas señoras con hábitos corrían de un lado a otro. Annie abrió los ojos poco a poco y una débil luz incidió sobre estos. A pesar de estar débil tuvo que poner la mano sobre estos para no deslumbrarse. En cuanto su vista se habituó miró a todos lados para ver dónde estaba. Unos muebles con botiquines y varias sábanas blancas que cubrían los laterales. Movió la cabeza un poco, pero esta le dolía fuertemente por el golpe recibido. Una chica con el hábito corrió la cortina y se acercó hasta ella. Al agacharse se veían pequeños mechones anaranjados sobresalir de este. Annie miró fijamente a la muchacha, su rostro se hacía conocido.

-Al fin despiertas, temíamos que el golpe hubiese causado algún daño interno – Musitó, levantando la cabeza de Annie con cuidado.

-¿Leah...? - Inquirió sin dejar de mirarla. La chica se sorprendió al escuchar el nombre.

-Si, soy Leah, ¿quién te ha dicho mi nombre?

-¡Soy Annie! - Vociferó, aunque después se relajó de nuevo y llevando la mano a la cabeza -. Estábamos juntas en el orfanato. Me ayudabas alguna que otra vez a robar comida a las tutoras – Rio.

Tras un rato pensando la novicia recordó a la albina. En su rostro se formó una gran sonrisa.

-¡Qué sorpresa! Aunque... Vaya... Todos te creían muerta. Nunca volvimos a saber nada de ti.

-Fui vagando de noble en noble y siendo tratada como una criada hasta que escapé y trabajé en una compañía de teatro. Desde entonces... viajo por ahí buscándome la vida. ¿Qué pasó con el orfanato?¿Por qué han permitido que termine así?

-Dos años después de irte quebró, ya no había dinero para nada y las tutoras se vieron en la necesidad de deshacerse de todos los niños...  A los más mayores los echaron directamente a la calle, a los pequeños los entregaron a familias pobres y a la mayoría de las chicas nos metieron en los santuarios de Skellige, para convertirnos en novicias.

Annie abrió los ojos como platos. ¿Ella en un santuario? Mejor dicho, ¿en un santuario de los Claveles? Jamás pensó acabar en uno así y mucho menos que la trajesen hasta uno para curarla, sobre todo porque estaban prohibidos. A lo mejor debía empezar a tener buena fe en las personas.

-Nunca pensé que las novicias de la Orden de los Claveles tuviesen tanta bondad como para recoger a gente herida de la calle.

-Oh, no lo hicieron. Un chico te trajo hasta aquí en brazos. Parecía preocupado... - Sonrió entrecerrando los ojos -. Pidió que te cuidaran e incluso dio algo de dinero al santuario para asegurarse. Dijo que volvería lo antes posible, pues tenía asuntos importantes entre manos. Parece un cuento precioso así contado.

Annie rio.

-Salvo que yo no soy ninguna princesa y mucho menos de un cuento.

Leah ayudó a la albina a acomodarse en la cama. La cabeza empezaba a darle vueltas de nuevo. La novicia le sirvió un poco de té para aliviar los dolores. Unos simples tragos bastaron para que Annie pusiese cara de asco; enseguida lo apartó. Leah se sentó al borde del camastro sujetando el vaso de hojalata. La peliblanca se quedó pensando durante unos segundos. ¿Un chico? ¿Syxel...? No, imposible. No se arriesgaría a venir desde tan lejos, aunque en el fondo deseaba que fuera él.

-Por cierto, ¿no dijo quién era el que me trajo aquí? - La novicia negó con la cabeza -. Bueno, da igual, no voy a perder el tiempo con un desconocido. Me iré antes de que regrese, así me libraré de conocerlo.

-Que desagradecida, no has cambiado nada – Le replicó Leah. Ambas terminaron por reírse -. ¿Cómo te has hecho tantas cicatrices? Tenías un rostro precioso y ahora tienes una marca que atraviesa toda tu mejilla, en el brazo derecho parece que te hicieron una brecha. Después en los costados y el abdomen. ¡Eres un desastre!

La palabra precioso no tenía cabida en el vocabulario de la arquera. De pequeña siempre la habían llamado feúcha y se convirtió en un apodo por el que la conocía todo el orfanato. Llegó a envidiar a mujeres por ser tan agraciadas; en cambio, ella, no era más que una chica escuchimizada con un rostro desagradable.

-Es lo que tiene la vida callejera, que no tienes tiempo para estar cuidándote – Annie levantó su mano y empezó a moverla de un lado a otro, poniendo una voz chillona e irritante -. ¡Se me ha roto una uña, creo que me moriré aquí mismo! ¡Soy demasiado delicada para luchar, las armas me dan miedo!

Leah se levantó sonriendo y recogió la taza de té.

-Descansa un poco, yo debo seguir atendiendo de más enfermos.

La novicia se fue y Annie se quedó mirando el techo. Ayden estaba apoyado en el saliente de una pared, nunca la abandonaba. Movió la mano hasta su pecho y se dio cuenta de que su medallón no estaba. Se levantó, llevando la mano a la cabeza para apaciguar el dolor y buscó por dentro de la cama e incluso las pequeñas mesitas. Al no encontrarlo se recostó de nuevo, preocupada. Sin ese medallón no tenía nada, era el amuleto de la suerte que la guiaba en su miserable vida gracias a Alistar y los minotauros.

II

Bostezó.

Estar en el santuario le agarrotaba los músculos. La albina necesitaba acción diaria, no estar en reposo. Llevaba más de una semana recuperándose y no quería seguir perdiendo el tiempo. Se quitó la túnica blanca que le había dado una novicia y se puso la armadura de cuero en forma de vestido, con minuciosos detalles en forma de cuerdas que llevaba antes del incidente; obviamente era robada. En cuanto recogió sus cosas salió hacia el centro del edificio. Los rayos del sol entraban por los grandes ventanales del santuario, formando juegos de sombras realmente preciosos. Las paredes reflejaban murales sobre la historia de los Claveles. Annie los observó durante un buen rato y pasó de largo. De camino venían Leah y otra novicia. La mujer mayor se despidió y dejó a las dos muchachas solas.

-¿Te vas? Tu herida aún no se ha recuperado.

-No me gusta perder el tiempo descansando.

-¿Tienes algún sitio en dónde quedarte? Vagar por los barrios de Skellige es muy peligroso – La albina rodó los ojos y negó con la cabeza -. Podrías unirte a nosotras. No te pasaría nada malo. A lo mejor así tu vida se enderezaría.

-Pero no es la vida que yo quiero.

-Lo decía por tu bien – Leah sonrió.

-Bueno... verás... mi barco está un poquitín lejos e ir hasta los muelles me da muchísima pereza. Además, estoy segura que el mercenario del que me has hablado no tardará en venir.

Leah esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dio un pequeño salto, agarrando las manos de Annie. Esta la miró con emoción. En el fondo tenía curiosidad por saber quién era el hombre misterioso y, pasar un tiempo con una amiga de la infancia.  

-¿Entonces puedo quedarme una temporada?

-¡Claro!

-Pero no pienso unirme a vuestra secta, eh, será poco tiempo.

En el rostro de Leah se notaba la emoción que tenía al ver que Annie se quedaba. La novicia decidió enseñarle el santuario a la albina en aquel mismo momento. Le mostró las habitaciones compartidas y Annie dejó alguna muda de ropa sobre lo que sería su camastro. La sala era bastante peculiar, hileras de camas sin una sola ventana, tan solo luz artificial. Que incomodidad, pensó Annie, iba a pasarlo mal para dormir. Estar rodeada de gente no era de su agrado. Abandonaron los dormitorios y llegaron hasta una gran biblioteca, las estanterías se alzaban hasta el techo y había numerosas mesas con velas para disfrutar de una agradable lectura. Allí tenían manuscritos y libros con muchos siglos de antigüedad. La muchacha prefirió abandonar lo antes posible esa sala, no se le daba bien escribir ni leer, no se iba poner a aprender a su edad, le parecía otra pérdida de tiempo. Regresaron de nuevo al vestíbulo y continuaron recto, el gran pasillo las condujo hasta un gran jardín con pequeños estanques.

Los ojos de Annie se iluminaron al ver tal decoración, no se comparaba nada con los exteriores de Skellige. Que bien montado se lo tenían los Claveles. Salió al exterior y un sinfín de aromas de las flores se mezclaban en el aire, demasiada dulzura para ella. El sonido del agua caer en el estanque era relajante y algunas novicias paseaban por el jardín o meditaban. Llevó la mano al pecho de nuevo, tratando de tocar su medallón, pero seguía sin estar ahí y suspiró con resignación, tenía una mala costumbre. La albina, para cambiar de tema, vio a varias novicias sentadas en silencio con los ojos cerrados en el jardín.

-¿Qué están haciendo? - Las señaló. Leah le hizo bajar el brazo.

-Es de mala educación señalar – Replicó sonriendo -. Y... están meditando.

-¿Meditar? ¿Suena aburrido, no?  

-Puede, pero es algo necesario para nuestro día a día. A todo esto, ¿qué ha sido de la fruta que comiste? ¿La sigues teniendo?

Annie asintió con resignación.

-Prefiero no hablar de ella, he buscado a sabios para preguntarles cómo quitarla, pero no hay manera. Siempre debo recurrir a la muerte y no quiero morirme, no aún... – Las palabras de la muchacha expresaban un poco de tristeza.

-No deberías tener miedo a un don. Muchísima gente añoraría tener algo así. ¿Has pensado en entrenarlo?

-No – negó con la cabeza -. Cuando estoy en peligro... mi cuerpo se transforma solo, es como si hubiese algo vivo dentro de mí, alerta en todo momento para protegerme. Mi intención es ocultarlo para siempre, pero a veces resulta imposible.

Leah puso una mano en su hombro.

-No te preocupes, te ayudaré a solucionarlo, pero solo una cosa. Evita transformarte en el santuario. La gente aquí es muy supersticiosa con dones y cosas así, podrían tratarte mal.

III

Un silencio sepulcral se cernía sobre los jardines del santuario. Tan solo el ruido de un mosquito alrededor de Annie la hacía despistarse de su meditación. La albina estaba sentada sobre la hierba al lado de Leah. Ambas tenían los ojos cerrados y disfrutaban de la paz. Annie a cada rato arrugaba la nariz porque le picaba. Abrió un ojo y vio al mosquito volar cerca de su brazo. Miró a Leah y pensó que, al estar tan concentrada, apenas se daría cuenta. Annie trató de golpear al bicho, pero lo único que consiguió fue dar una sonora palmada.

Leah se sobresaltó ante tal ruido. Su rostro denotaba cierta resignación.

-Perdón...

El silencio regresó de nuevo. La novicia volvió a su meditación y Annie se quedó mirando la entrada del santuario, aburrida por no saber qué hacer.

-Cierra los ojos – Le ordenó la novicia, impasible.

La albina se giró boquiabierta. ¡Ella apenas se había movido y ni siquiera tuvo que mirarla para darse cuenta de lo que estaba haciendo! Apoyó las manos sobre las rodillas y cerró los ojos de nuevo, resoplando. Al cabo de un rato volvió a arrugar la nariz.

-¡Basta! - Vociferó Annie poniéndose de pie y estirándose -. ¿Cuántas horas llevamos así? ¡Tengo hambre! No me gusta meditar, es un rollo, ¡necesito acción!

Leah se rio y se levantó, colocando la túnica.

-Está bien, está bien. Que rápido pasa el tiempo cuando una se relaja. Vayamos adentro, supongo que habrá un poco de comida.

Ambas chicas abandonaron los jardines del santuario y llegaron a un pequeño comedor. Este era estrecho, con una larga mesa de madera acompañada por varios bancos. Las paredes estaban recubiertas de pintura azul y blanca, pero estaban agrietadas. En la mesa había varias fuentes de comida, entre ellas fruta y diversas verduras. Annie miró con asco a la comida, mientras se sentaba enfrente de Leah. La novicia cogió dos platos limpios de la mesa y sirvió un poco de pan con el queso y dos manzanas. Mientras que Leah comía con cuchillo y tenedor, la albina utilizaba sus manos.

-¿Cómo sobrevivís sin carne? Esto no alimenta...

-La hermandad no permite comer carne. La carne es vida y nosotros no podemos arrebatársela a nadie.

Annie le dio un gran bocado a su mendrugo, poniendo mala cara. Definitivamente jamás se uniría a algo así.

-¿Qué ha pasado con la Orden de los Claveles? Solo sé que practicar sus ideales estaba prohibido.

-Deberías haber estudiado historia cuando las tutoras lo mandaban – Replicó Leah bebiendo un poco.

La albina se encogió de hombros y siguió comiendo el pan seco con desgana.

-La orden estuvo en silencio durante siglos. Salió a la luz cuando proclamó la revolución de los Claveles, convirtiendo Skellige en un foco de Anarquía. La guerra civil duró años, pero la orden perdió y tuvo que regresar a las sombras. Por culpa de esa revolución se prohibió practicar la religión que profesaban. Con el tiempo, varios adeptos fueron escalando puestos de poder en la república, manteniendo en secreto que eran Claveles. En cuanto llegaron a lo más alto empezaron a mover hilos y pronto se acercaron al presidente. Al poco tiempo, el gobierno se llenó de miembros de la Orden, los santuarios recuperaron su antiguo esplendor y la gente comenzó a seguirlos fielmente.

Annie guardó silencio. ¿En qué se había convertido su hogar? Para ella seguía siendo una secta que cada vez manipulaba a más personas y, al parecer, su amiga también estaba manipulada. Leah siguió hablando.

-Pero la Orden es buena. Ayuda a los enfermos, proclaman la luz como purificación del alma y busca el bien. No permite el uso de armas. Todo es paz.

-¿Y cómo se defienden? Bah, déjalo, no me hables más de esa secta – Leah la miró enfadada por referirse así a su religión -. Me iré a dormir.

En cuanto terminaron de cenar, Leah se fue a atender a unos ancianos enfermos, mientras que Annie se metió en la cama. Muchas novicias ya estaban durmiendo así que trató de no hacer ruido, aunque por culpa de la oscuridad se dio con todo el dedo meñique del pie contra la pata del camastro. Estuvo a punto de soltar un montón de palabras malsonantes, pero se contuvo. Por suerte no despertó a nadie y se metió en la cama rápidamente.

IV

Las noches pasaban lentamente para la albina. La vida del santuario no era de su agrado. Aquella noche se levantó de la cama y cogió la chaqueta que había a los pies de esta. Abandonó sigilosamente la sala en la que dormían todas y fue hacia la entrada del santuario. Una vez fuera se estiró por completo y bostezó.

Llovía. Colocó su capucha dejando a la vista un par de mechones blancos y echó a caminar apresuradamente por los soportales de la calle, al menos allí el agua no la alcanzaba. Las calles estaban desérticas, tan solo los ladridos y aullidos de perros abandonados se escuchaban en la lejanía. Los soportales terminaron y Annie quedó al descubierto bajo la lluvia. Miró al cielo, tratando de averiguar si Ayden la seguía, pero al parecer no. Él sabía buscarse la vida por sí solo e incluso regresar al barco en caso de no toparse con su dueña.

Atravesó un callejón y llegó hasta una taberna. Empujó la puerta y esta soltó un gran chirrido por culpa de las bisagras oxidadas. Dentro tan solo había dos hombres lanzando dardos. Era raro que los tugurios de ese estilo estuviesen vacíos. Se acercó hasta la barra y se cruzó de brazos, esperando a que el tabernero se acercara.  

-Sírveme un buen vaso de ron.

El camarero asintió y cogió una botella del estante, la abrió y empezó a tirar desde lo alto el líquido sobre el vaso con varios de cubitos de hielo hasta dejarlo medio lleno. Annie lo alcanzó y bebió gran parte de él de un trago.

-Oye, necesito información.

-La información se paga – Replicó el tabernero limpiando el mostrador sin dirigirle la mirada.

Annie bufó y dejó sobre la barra tres pares de monedas para pagar la bebida y lo que quería saber. El camarero pasó la mano sobre esta y el dinero fue a parar a su bolsillo, después miró a la muchacha.

-Hace varios días, tuve un enfrentamiento en “La Bota de Oro” porque tuvieron problemas con un maleante. Me ofrecí a ayudar, le di una paliza y más tarde me envió a dos hombres suyos que quedaron para el arrastre; se lo expliqué al tabernero y no me creyó. Horas después, vinieron acompañados de un tercero. Solo sé que los dos tenían pintas de vagabundos, ropas negras muy sucias y raídas, llevaban gorros que tapaban parte de su rostro. Del tercero no tengo ni idea ¿Los viste? - La manera de explicarse de Annie era muy confusa, sobre todo por la expresión que ponía el camarero.

-Hm... He oído hablar de ellos. Pasaron por aquí antes del percance con la taberna que dices, pero no he vuelto a saber nada.

Uno de los hombres que estaba jugando a los dardos se acercó hasta la barra, apoyando sus puños en ella. Era calvo y grande, tan grande que era difícil imaginar como cupo por la puerta.

-¿Por qué los buscas?

-Me robaron algo muy valioso.

-Entonces es posible que ya lo hayan vendido por algunos berries.

Los ojos de Annie se abrieron de par en par al escuchar aquello. Miró a la barra, boquiabierta, con sus ojos inundados de tristeza.

-¿Dónde puedo encontrarlos?

-¿Y por qué debería decírtelo, niñita?

Annie dio un puñetazo a la barra y de un salto se puso de pie. Cuando se enfadaba le costaba controlar su ira. Ella tan solo le llegaba por la mitad del abdomen.

-¡No soy ninguna niñita! ¡Así que dime dónde están o desaparece de mi vista!

El hombre levantó las manos para que se calmase. Su acompañante se acercó hasta ellos para comprobar que todo iba bien.

-Tranquila, tranquila... Menudo carácter. ¡Me gusta esta chica! – Rio -. Tienen un escondite al sur de Skellige, justo en la entrada del puerto.

Annie se terminó la copa de ron de un trago y miró a los dos.

-Gracias – Respondió seriamente, tratando de contener una sonrisa.

Después se dio la vuelta y abandonó la taberna. Los hombres se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros.

Estaba claro que ir directamente a por los bandidos era una locura, no era tan tonta. Prepararía un buen plan para sorprenderlos y les daría una paliza a cada uno de los tres, sobre todo al que le robó el medallón.

V

La voz chillona de Leah hizo despertar a Annie. Esta frotó los ojos y miró a su alrededor; todas las novicias se habían levantado. Estiró la cabeza y vio que aún estaba amaneciendo, después se volvió a tumbar en el camastro, hundiendo la cabeza en la almohada mientras trataba de ignorar todo lo que había a su alrededor.

-Annie, necesito que me ayudes.

-Hmm...

-¡Annie!

-Hmm...

-¡Levántate!

Leah la cogió de la muñeca y tiró de ella hasta sacarla a rastras de la cama. En cuanto tocó el frío suelo se levantó inmediatamente y se quedó observando a Leah con la mirada perdida. Bostezó.

-Hay unos niños que están bastante enfermos, me pregunto si... podrías entretenerlos un poco, hacerles reír.

Annie asintió media adormilada.

-Bien, pues vístete. Estamos al final de la sala de enfermos.

Leah se fue. La albina, en cambio, estuvo sentada un buen rato sobre la cama con la mirada perdida hacia un jarrón con claveles hasta que al final decidió arreglarse. Esta vez no se hizo un moño, fue con el cabello blanco suelto. Abandonó las habitaciones y pasó por la cocina, pillando una manzana que fue comiendo por el camino. Al llegar en donde estaban los niños tiró la manzana a una papelera y se sentó en una silla que Leah le tenía preparada.

-Ellos son Dave y Martha.

Ambos niños sonrieron al ver a la chica.

-¡Yo soy la gran Annie! - Extendió la mano para que ambos se la chocasen.

Los dos estaban tumbados en la misma cama y la albina intuyó que eran hermanos. Ambos muchachos eran pálidos, como si nunca hubiesen recibido la luz del sol y su cabello era negro como el carbón. Tenían unos ojos verdes preciosos, como los de Annie, pero estaban apagados, sin brillo. La niña no paraba de toser. La albina miró a Leah y esta sonrió.

-Disfrutad con la historia y portaos bien.

Finalmente abandonó la pequeña salita. Annie nunca tuvo mucho contacto con los niños pequeños, pero siempre se acababa llevando bien con ellos, como si fuese un don. Se cruzó de piernas, apoyó los brazos sobre las rodillas y les dedicó una dulce sonrisa. Iba a narrarles un cuento improvisado.

-¿Y bien? ¿Sobre qué os gustaría la historia?

-¡Dragones! - Exclamó Dave dando un bote en la cama.

-¡Aventuras de piratas! - Ambos se miraron enfurruñados. Annie no pudo evitar reírse.

-Calma, calma... - Les hizo guardar silencio -. Os contaré una historia llena de magia.

Los niños se envolvieron entre las mantas y tosieron un poco.

-Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, dos hermanos surcaban los mares abordo del barco más raudo y veloz. No estaban solos, una tripulación de diez hombres los seguía. Ambos eran como el día y la noche, como el sol y la luna, tan diferentes que nadie pensaría que llevaban la misma sangre. Los dos hermanitos tenían mucha fama por ser los delincuentes más astutos del mundo, capaces de desafiar a las personas más poderosas y burlar a la muerte. Un día, en medio del ancho mar, un rey marino apareció frente a ellos. Estaba tan enfadado que intentaba volcar el barco, pero gracias a la chica, se mantuvieron firmes sobre el oleaje. Mil armas utilizaron para defenderse, pero solo una bastó para matarlo. El chico fue el único capaz de matar al rey marino con su espada favorita – los niños se asombraron -. La banda continuó su rumbo, dejando atrás el cadáver del rey marino, que yacería en el fondo del océano por siempre.

La navegante fijó el nuevo destino hacia... ¡El fin del mundo! - Annie alzó los brazos -. Ambos hermanos querían comprobar por sí mismos cuales eran los tesoros que escondía tan terrorífico lugar, pero si tenía fortuna también tenía desgracias. El camino hacia el fin del mundo estaba plagado de peligros mucho peores que simples reyes marinos. Sirenas malditas, que tan solo trataban de llevar a los marineros al fondo del mar con su bello canto y vientos huracanados que se llevarían volando a una persona. Los hermanos afrontaron las situaciones con valentía, ¡pero! Necesitaban apoyarse el uno al otro. Cuando las sirenas malditas llegaron al barco solo la chica podía salvarlos, pues sus tripulantes estaban demasiado hipnotizados con sus voces. Agarró el timón tan fuerte que parecía estar a punto de arrancarlo, pero por suerte, logró dejar atrás la zona de las sirenas. Los piratas salieron de su trance desorientados, pero pronto volvieron a estar bien. Estaban cerca del fin del mundo, pues los peligros eran muy seguidos. Una tormenta se desató en medio del mar, tal era su potencia que trataba de hacer retroceder al barco, pero la chica logró contenerlo; sin embargo, una ola arrastró a la muchacha hacia la barandilla, tropezándose y quedando a merced del salvaje mar. Su hermano se dio cuenta de lo que pasaba y no dudó en agarrarla del brazo y tirar con fuerza de ella hasta que estuvo sana y salva sobre la cubierta. No la dejó sola ni un momento durante la tormenta, él mismo manejó el timón hasta que dejaron atrás la ciclogénesis.

Y de repente... - Annie se acercó a ellos, con una voz tranquila y suave -. Calma... Paz. El sol brillaba en lo alto del cielo, pero ante ellos había una cascada infinita. Los tripulantes querían retroceder, pero los hermanos se negaron, si habían sobrevivido a tantos peligros este sería una minucia. El exceso de confianza los llevó hasta el fin del mundo. Atravesaron la cascada, pero el barco no se hundió, flotó en el aire hasta atravesar una densa niebla. En medio de la nada, una cueva se abría paso frente a ellos. Los hermanos atracaron el barco contra unas rocas suspendidas en el cielo y bajaron a la cueva. Ella con su arco y el con sus dos espadas, entraron hasta ver que en el centro de esta se extendía una pequeña columna y, sobre ella, el secreto de la vida. Ambos  corrieron hasta ella y cogieron a la vez el secreto. Se miraron con odio, como si su corazón estuviese lleno de ambición. ¡Ninguno! Ninguno lo soltó y tal y como he dicho anteriormente, el fin del mundo estaba plagado de desgracias. Los hermanos consiguieron el secreto de la vida a cambio de un alto precio, transformarse en dos bellas bestias que surcarían los cielos eternamente. El secreto de la vida les otorgó la eternidad hasta caer en el olvido.

Martha abrió los ojos de par en par y esbozó una sonrisa de oreja a oreja e incluso Dave estaba muy contento por la gran historia. Annie estuvo hablando un buen rato con ellos, contándole detalles sobre la historia, pero al parecer tenían hambre de conocimiento. Leah llegó al cabo de un rato con un par de medicinas. Los niños se negaron a tomarlas al principio, pero acabaron bebiendo aquel líquido del demonio.

Annie abandonó la pequeña sala y Leah la siguió.

-Espero que no sea contagioso – Rio con nerviosismo, pero al ver la cara de su amiga se volvió seria -. Hay más niños enfermos aquí, ¿por qué solo ellos dos?

-Los otros no se van a morir – Annie se sorprendió ante aquel comentario tan frío. Leah habló en voz baja, apenada -. Ellos tienen tuberculosis, les venía bien entretenerse un poco.

Annie miró con pena la habitación en la que estaban los niños, desde el otro lado de la sala escuchaba lo ruidosos que eran. Suspiró con resignación. La muerte no era de su agrado a pesar de que nunca le importaba esta o que siempre estaba dispuesta a desafiarla. Siempre bromeaba con ello, pero tarde o temprano acabaría pagándolo.

VI

Tensó el arco lo más que pudo y disparó al árbol. La flecha se quedó bien clavada en la corteza, tanto que le costó sacarla de nuevo. Colocó otra y lo tensó aún más, quería meterla en el agujero que hizo, aumentar la precisión.

-¡¿Pero qué haces?!

El grito de Leah asustó a Annie y esta acabó disparando hacia el muro del santuario. Annie gruñó y recogió la flecha con desgana.

-¡No se pueden usar armas en el santuario! - Replicó malhumorada.

-Peeerdón... Es que necesito hacer algo, me consumo aquí dentro.

-Medita.

-No quiero. Meditar no sirve para nada.

Leah llevo la mano a la barbilla, pensando en algo.

-Ya sé, entrena tu fruta, sin transformarte.

La albina arqueó las cejas, confusa.

-¿Aquí? ¿No decías que está prohibido practicar la lucha?

-Entrenar no significa luchar y, en tu caso, necesitaras controlar tu poder con la mente. ¿Qué mejor sitio que un lugar en donde reina la paz para concentrarse?

-Pero... - Murmuró -. Sabes que me da miedo transformarme...

-Recuerda lo que te dije, si entrenas solo el poder será más sencillo y no desconfiarán de que es una akuma. En Skellige no hay más que supersticiones sobre los dones.

Leah sonrió y entrelazó las manos. Se quedó mirando a ver que planeaba la albina. Annie, mientras tanto, pensó en las palabras de su amiga, había ciertos poderes que si podía utilizar sin convertirse en un monstruo. El viento era la clave para ella. Se acercó hasta Leah y dio un salto de alegría, diciéndole que había tenido una gran idea; sin embargo, la novicia no se fiaba de Annie así que  llevó el arco y las flechas a la cama de la mercenaria. Annie se quedó sola en los jardines del santuario e incluso se alejó de las zonas de meditación, buscó un sitio en el que nadie la molestase. Se sentó sobre la hierba y entrelazó sus manos, mirando al infinito. Más bien estaba pensando en como entrenar, no tenía ni idea de controlar la akuma. Estiró las manos y las miró, luego cerró los ojos, concentrándose mucho hasta que una ligera brisa movió sus cabellos y esbozó una sonrisa.

Un suspiro escapó de sus labios. Llevaba un buen rato en silencio, quieta y lo peor es que no lograba concentrarse. Quizás debía haber prestado más atención a las clases de meditación. Annie no sabía relajarse y eso impedía que alcanzase la paz interior. Quizás recordando le ayudaba a relajarse, pensó en cosas bonitas de su vida, pero la verdad... pocas había tenido. Los únicos recuerdos felices que tenía eran gracias a Alistar o los minotauros.

El tiempo pasaba lento para la hija de la luna. Nunca se cansaba, todos los días practicaba el mismo rato tratando de pensar en algo que le hiciera feliz; sin embargo, era incapaz de concentrarse. Quizás era la falta de confianza en sí misma o quizás... no. Annie abrió los ojos, entrecerrándolos rápidamente por el brillo de la luz. En cuanto sus ojos se acostumbraron, se tumbó sobre la hierba, con los brazos bajo su cabeza. Las nubes avanzaban rápido por el cielo.

Aquel día pasó más rápido de lo habitual. Intentar relajarse forzosamente era imposible. Lo único que logró fue cerrar los ojos y llevar una respiración lenta hasta quedarse profundamente dormida. Nadie intentó despertarla, ni siquiera se acercaron a ella. A su alrededor tan solo escuchaba el sonido del agua caer y a las ranas croar. Estaba a gusto en silencio, sin nada que merodease por su cabeza, pero la paz terminó pronto. Se adentró en el mundo onírico, pero era un mundo malo. Empezó a sudar, las gotas resbalaban por su frente y se esparcían por la cara. Su respiración también estaba más agitada de lo normal y en su estado, alzó el brazo al cielo, lo mantuvo un buen rato con la mano abierta, como si tratara de alcanzar algo, pero pronto lo posó para ella de golpe.

Corría, corría más que nunca tratando de escapar de algo. Su corazón latía con mucha fuerza y apenas sentía sus piernas. Todo era oscuridad a su alrededor, no era capaz de distinguir lo que había a más de dos metros delante suya. Lo único que pisaba era hierba seca, hojas y palos. Estaba en un bosque, pero un bosque especial. Se detuvo durante un momento, apoyándose de espaldas en un árbol. A lo lejos se escuchaban los gritos de guerra de los minotauros, quería gritarles y pedirles ayuda, avisarles de que ella estaba cerca, pero su voz se había desvanecido al igual que las fuerzas. Respiró profundamente y echó a correr de nuevo, esquivando árboles, arbustos y rocas. De repente, una luz débil se formó a su alrededor. Ya no estaba en el bosque de Greenlyn, sino en la plaza de Novigrado. La gente huía entre lloros y gritos, las casas ardían y sus llamas se extendían hacia el cielo. En el centro de todo estaban Alistar y un caballero de armadura dorada luchando codo con codo, pero... ¿contra qué? Al principio eran personas, pero después se desvanecían. Annie corría, pero nunca se acercaba lo suficiente a ellos. Ninguno le hacía caso, era como si no existiese en ese momento.

Algo los atacó, o mejor dicho alguien, tenía cuerpo humano. En ese momento la albina logró gritar y asesino se dio la vuelta, mirándola, aunque su rostro estaba borroso. Ella seguía sin poder acercarse, pero él caminaba lentamente hasta su posición. El lobo y el caballero fueron derrotados por una simple persona cuya apariencia era desconocida. La albina alzó el brazo, intentando alcanzarlos e ignorando aquel ser, pero todo comenzó a alejarse hasta que regresó al mundo real.

Abrió los ojos rápidamente, respirando agitadamente. A su lado estaba Leah y varias novicias más. En sus rostros iluminados por las velas se podía observar la preocupación. Había anochecido desde que se quedó dormida.

-Annie... ¿Qué...? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

La albina las miró, apartándose y echándose hacia atrás.

-Dejadla, dejadla – Dijo una miembro del Clavel -. No la agobiéis. Hermana, ve y prepara un té para la señorita, por favor. La llevaremos adentro.

Annie, temblando, seguía sin hablar. El miedo la oprimía. Las novicias se acercaron hasta ella y la agarraron por los hombros. Le costaba mantenerse en pie, pero logró caminar hasta el interior. Atravesaron los enormes pasillos del santuario hasta llegar al camastro de la arquera. Allí la sentaron con cuidado. La mayoría de las novicias estaban dormidas y, para ver mejor, la que había ordenado traerla hasta adentro encendió dos velas. Annie pasó la mano por la cabeza, como si esta le diese vueltas. Leah se arrodilló, apoyando el codo sobre el colchón.

-Tengo que irme de aquí – Dijo, recuperando el habla e intentando levantarse, pero las Claveles la sentaron a la fuerza -. ¡Necesito irme!

-Baja la voz, niña – Ordenó una miembro -. No es para tanto. Solo ha sido un mal sueño. Relájate y ya está.

A lo lejos, se escuchaba el tintineo de una cucharilla contra una taza. Una de las novicias venía con una pequeña bandeja para traer el té. En cuanto llegó la posó sobre la cama y cogió la taza para dársela a Annie. No le gustaba esa bebida tan amarga... La albina dio un trago, intentando no poner mala cara.

-¿Qué soñaste para estar tan confusa?

Annie bajó la taza de té hasta tocar sus piernas. Estuvo un buen rato en silencio, tratando de pensar en lo qué había ocurrido.

-N-no lo recuerdo...

-¿Mejor, no? Así no tendrás que torturarte pensando en eso – Replicó una novicia. - En fin, dejémosla descansar hermanas.

Las miembros de la Orden abandonaron la sala para continuar con las labores de guardia de los enfermos. Leah se quedó al lado de Annie, esta le dio la taza y la posó en la mesilla de al lado. Quitó también la bandeja y la dejó en el suelo; después, ayudó a la albina a acostarse.

-Estaba relajada – Dijo de repente la hija de la luna. La novicia se acercó para escucharla -. Y... solo recuerdo que huía.

-¿De qué huías? - Inquirió Leah sentándose al borde de la cama.

-De la muerte – El rostro de Annie estaba impasible. Esas palabras bastaron para asombrar a su amiga, la cual abrió los ojos como platos -. Leah... No quiero morir... - Su voz era ahogada, como si estuviese a punto de llorar y, finalmente, lo hizo. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas y la novicia se acercó a ella, alzando su cabeza y abrazándola para que no se sintiese tan sola en un momento así.

Lloró hasta quedarse dormida.

VII

Aquel día se levantó junto con el amanecer. Tan solo desayunó una manzana y fue directa hacia los jardines del santuario. No se paró a hablar con nadie de la Orden, no después de lo ocurrido aquella noche, de la cual seguía sin recordar casi nada de la pesadilla, pero sabía que fue algo muy duro. Ignorando todo aquello, solo una cosa se metió en su cabeza: entrenar. Era su momento de perder el miedo a la fruta y dejar pensar que sería un bicho raro con ella, aunque... nadie en el santuario sabía que poseía el don salvo Leah. Terminó la manzana y tiró sus restos por encima del muro del jardín. Al otro lado se pudo escuchar el quejido de un hombre, pero la albina hizo caso omiso.

Annie cerró los ojos, concentrándose en lo que planeaba hacer. En su mente había más o menos una imagen de lo que pretendía, aunque pensarlo era mucho más fácil que lograrlo. No estaba relajada, en su cabeza rondaban mil cosas, pero qué más daba. La albina empezó a hacer movimientos armoniosos con los brazos, como si de una danza se tratara. Quería estar en sintonía con el espíritu de su fruta.

Los movimientos eran fluidos y sutiles. El silencio de su alrededor le ayudaba a concentrarse. Era capaz de crear leves brisas de viento. Repetía constantemente un movimiento en especial, levantar los brazos y crear pequeñas bolas de viento. Los juntaba suavemente y los apegaba a ella con delicadeza para luego estirarlos con mucha fuerza y seguir creándolas, pero estas nada más formarse se deshacían. Nunca emitía nada de viento, primero quería practicar los movimientos. No fue hasta unas semanas después donde empezó a controlar el viento. Hacer los mismos movimientos una y otra le resultaban repetitivos así que pasó a algo más práctico.

Aquella mañana llovía. Gran parte del jardín estaba encharcado, pero aquello no le impidió entrenarse. Con las ropas empapadas y el agua cayendo sobre ella cruzó los brazos en forma de  equis. Estuvo un buen rato con ellos apegados a su pecho, con los ojos cerrados y respirando suavemente. Empezó alejándolos lentamente hasta abrir sus puños y las primeras bolas se desvanecían cuando intentaba lanzarlas contra el muro. Si lo intentaba con una sola mano, las bolas aguantaban hasta chocar contra la pared de hormigón, y cuanto más seguido las lanzaba más potencia tenían. Finalmente, agrupando primero toda su energía en una mano y después en la otra, lanzó en orden las ondas, chocando contra el muro y dejando una marca en él. Por solitario conseguía distribuir bien su energía, pero debía ser capaz de utilizarla a la vez.

La albina, harta de practicar en el muro, fue hacia uno de los árboles más apartados del jardín. Observó que no hubiera nadie mirándola y realizó los movimientos anteriores hasta lanzar con cada mano. Como calentamiento no estaba mal, pero ahora necesitaba hacerlo a la vez. Equilibrar la energía no se le daba bien. Se relajó durante un momento y cerró los ojos, respirando profundamente. En sus manos se formaron las diversas bolas, ella no se inmutó por si duraban o no, simplemente las envió. Ninguna tuvo efecto en el árbol. Siguió con los ojos cerrados y volvió a repetirlo varias veces. La vena de su sien se marcaba, se notaba el enfado que estaba pillando por no obtener los resultados. Durante un momento le dio igual todo lo de la relajación y la tranquilidad, las lanzó sin importar qué pasara, sin calcular cantidades de energía hasta que estas chocaron seguidamente con el árbol hasta hacerlo caer.

Annie abrió los ojos del gran estruendo que causó y una de las novicias se acercó corriendo, llamándole la atención. La mercenaria se giró, mordiéndose el labio inferior y con una sonrisa nerviosa. La Clavel se cruzó de brazos y se dio la vuelta. Se fue refunfuñando y Annie no llegó a apreciar lo que decía. Ella se acercó hasta el árbol, el cual había sido arrancado de cuajo, no es que fuese muy grande, pero un árbol no es precisamente fácil de derribar. Pasó la mano por la rugosa corteza, observando el tronco roto. Se sentó en él y se cruzó de piernas, sonriendo como si hubiese hecho algo bueno.

-¡¿Pero qué has hecho?!

El chillido de Leah asustó a Annie, haciendo que diese un pequeño salto.

-Ha sido sin querer... - Dijo con desgana, cruzándose de brazos -. ¡Me dijiste que practicara!

-Si, pero no que destruyas lo que hay aquí. Ya verás cuando se enteren las demás novicias, ¡te echarán!

-Me da igual. Por mi como si se cae esto abajo. Los Claveles, los Claveles... Mimimi. ¿Qué te ha pasado? Antes molabas.

Leah estaba asombrada ante el comportamiento de la arquera.

-Me marcho de aquí. No soporto a esas mujeres que me ven con ojos de arpía, como si fuese un bicho raro. Lo soy, pero no me gusta que me lo restrieguen por la cara. Cada vez que hago algo escucho malos comentarios de fondo o miradas de asco. No debí haberme quedado aquí.

-¿Adónde irás? No tienes donde quedarte.

-Tengo un precioso barco esperándome en la playa, rodeado de animales marinos que serán más agradables que las personas – sonrió sarcásticamente.

-¡Estás paranoica! Desde esa pesadilla ya no hablas con nadie, solo te centras en ti misma. ¿Qué te ha pasado? - Leah se acercó hasta ella, arrodillándose y cogiendo sus manos. Annie no quería mirarla a los ojos, pero ella la obligó -. Sea lo que sea, no permitas que nada ni nadie te asuste. Eres la chica más valiente que he conocido y siempre me tendrás aquí cuando necesites ayuda. La soledad no es el camino a los problemas – sonrió dulcemente.

La albina chasqueó la lengua y se soltó bruscamente, levantándose del tronco y apartándose de la pelirroja. La novicia también se levantó apoyándose en el tronco. Movió la cabeza de un lado a otro en señal de negación.

-¡A mi no me asusta nada! - Vociferó -. ¡No tengo miedo a nadie!

Entre las dos se formó un incómodo silencio. Annie nunca controlaba bien su carácter y después se sentía mal por tratar así a la gente que la rodeaba. Suspiró pesadamente y se acercó hasta ella. Se había calmado un poco al fin. De todas formas, era muy sencillo decir que no temiese a nada, hablar no costaba nada, pero si Leah estuviese en su situación a saber qué haría. Quería creer que era valiente, que el miedo nunca la detendría, pero en el fondo sabía que no era fuerte. Sabía que algo malo se acercaba a pasos agigantados y estaba envolviendo a la gente que quería. Se enfrentaba a lo desconocido.

-Debo irme un tiempo – Annie rompió el silencio-. No será mucho, tengo pensado volver. Necesito estar en soledad, pensar... Creo que el pequeño bosque de Skellige sería un lugar ideal – Sonrió -. ¡Ey! No pongas esa cara triste, ¡si es imposible deshacerse de mí!

Leah no pudo evitar reírse.

-En esta época del año vienen los vientos. ¿Te los perderás?

-Nah, los veré desde la colina más alta, no te preocupes.

Las malas palabras que tuvieron la una con la otra desaparecieron como si nunca existieran. Ambas caminaron hasta dentro del santuario, para preparar algunas cosas. Annie partiría al atardecer. La novicia insistió en que se llevara comida y alguna que otra manta, pero la arquera le replicó que no necesitaba nada. Quería estar en contacto con la naturaleza, como hacía años.

Annie se despidió de Leah con un fuerte abrazo, repitiéndole al oído que volvería. Justo al separarse, Leah la agarró del hombro para que no se fuera todavía.

-¿Y que pasa si vuelve el mercenario que te salvó?

La albina se frotó la barbilla.

-Dile que me fui lejos de aquí – se giró, con las manos en los bolsillos y caminó-. ¡No me gustan los desconocidos!

Abandonó la gran ciudad de Skellige para adentrarse en el bosque, acompañada solo por su fiel compañero Ayden y su valioso arco. Había pasado muchas noches en la arboleda cuando tan solo tenía quince años. La naturaleza era su amiga.
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Re: Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

Mensaje por Annie el Lun 21 Ago 2017 - 21:39

VIII

Ya casi estaba anocheciendo y seguía sin encontrar un sitio acorde para pasar la noche. Cada paso que avanzaba sonaba como si se rompieran un montón de hojas secas y ramas. El sendero por el que había venido terminó hace rato y ahora todo era hierba. Subió por unas pequeñas rocas amontonadas y después se dejó resbalar con cuidado sobre la tierra, hasta caer sentada al suelo. Debajo de las rocas había una pequeña cueva. Annie había encontrado el lugar ideal para descansar. Todo el suelo estaba cubierto de hojas secas y no había muchos árboles.

Ayden se posó en una roca, observando a su dueña. La albina dejó el arco debajo de la cueva y empezó a buscar palos para crear una pequeña hoguera. No encontró mucha madera por la escasez de árboles, pero ya tendría tiempo de buscar más mañana. Regresó y puso todos los palos descolocados en la entrada; después, cogió un poco de hojarasca seca y lo mezcló todo. Se sentó con las piernas cruzadas y con una ramita sobre un tronco mediano, empezó a agitarlo hacia abajo. Cuando consiguió encender el fuego ya había anochecido por completo.

Annie ladeó la cabeza, apoyándose en la mano. Las noches nunca eran calientes en Skellige y al menos un poco de calor no venía mal. El crepitar de las llamas era lo único que se podía escuchar. La albina miró de reojo hacia los lados. Le resultaba raro que no se escuchase el viento mover las copas de los árboles y ninguna pisada de animal. Dejó de lado esa tontería y estiró el brazo para que Ayden se posase en él. De su bolsillo sacó un mendrugo de pan con queso del santuario, lo único que se llevó de allí. Desmenuzó unas migas y se las dio de comer a su fiel mascota. En cuanto este no quiso más regresó a su roca y se tapó con el ala. Annie, mientras tanto, aprovechó para comer el queso y pan reseco. En cuanto se lo terminó sacudió las manos y se tumbó de lado, con las manos bajo su cabeza.

Estuvo despierta hasta que solo quedaban brasas en la hoguera. Finalmente, sus ojos se cerraron por si solos al estar cansada. No supo cuanto tiempo durmió, pero el hambre la despertó. Aquella mañana salió a cazar. Se escondió en matojos, en zarzales, aunque después le dolió quitarse los pinchos. Logró disparar a un conejo desde lo alto de un árbol. La poca presencia de vida animal en la arboleda dificultaba la vida en Skellige, sobre todo si intentabas sobrevivir. Fue un largo día entre preparar y cocinar el conejo, pero ya no estaba tan hambrienta como antes y Ayden también se había dado un buen festín con el animal.

Annie subió a lo alto de una roca al atardecer y se sentó de rodillas, con las manos apoyadas sobre estas. Cerró los ojos y suspiró. Tenía que volver a relajarse, pero esta vez era más sencillo. No habría nadie con miradas, ni haciendo comentarios por lo bajo. Solo el viento moviendo la copa de los árboles. Una voz surgió de su interior. Annie no se inmutó, pero la voz seguía llamándola por su nombre. No estaba nadie con ella, era solo su mente jugándole una mala pasada. Volvió a respirar profundamente hasta que la voz masculina resonó con fuerza.

-¿Por qué me tienes miedo? - Inquirió la voz con cierto eco-. Te cuido, te protejo y aún así has intentado librarte de mí.

-Pero qué... - Annie no movía los labios para hablar. Todo estaba en su cabeza-. Tú no eres real, déjame en paz.

-Oh, sí que soy real, soy lo más real que conocerás nunca. No me tengas miedo... Recuerdo la primera vez que comiste la fruta del diablo, que tiempos aquellos.

-¿Qué...? ¿Qué se supone qué eres? - Inquirió confusa.

-Soy el espíritu de tu fruta. Un ser encerrado en ella desde hace eones.

La arquera no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Ahora las frutas tenían espíritus dentro? ¿Pero qué clase de magia hacía eso?

-¡Espera! Has dicho que me proteges y cuidas, pero ¿por qué nunca me has ayudado de verdad?

-Te salvé de un pulpo gigante que quería asfixiarte, o comerte, o hacerte... Da igual, ese no es el tema. Necesitas ayuda ahora y tengo que encargarme de ti.

-¡Yo no necesito ayuda de nadie!

-¡Déjame hablar! - Gritó con fuerza-. En serio, a veces eres muy repelente.

Annie hizo una mueca con la boca, pero contuvo las ganas de responderle.

-Vas a perder mi miedo y vas aprender a defenderte por ti misma. Ni se te ocurra pensar que porque tengas akuma eres un bicho raro, eso te hace mucho más especial. Así que ahora, transfórmate.

-No quiero – replicó con el ceño fruncido.

No le dio tiempo a contestarle algo más, pues sin quererlo su cuerpo se había transformado en la horrible criatura que poseía la fruta. Aquella enorme bestia se movía de un lado a otro, intentando volver a ser humana, pero el espíritu de la fruta no se lo permitía. Annie abrió los ojos al fin, todo era desde una diferente perspectiva, hasta la vista era mejor, capaz de apreciar detalles que en forma humana no veía.

La serpiente gigante se mantuvo quieta y observó todo a su alrededor tranquilizada.

-Tienes un gran poder y tienes que saber usarlo o sino intentarán aprovecharse de ti.

-Pero no-no sé usarlo - pensó titubeando-, no sé nada. Simplemente he dominado un poco el viento en forma humana...

-Tu misma has dado el gran paso. Lo único que necesitabas era aprender a convertirte. Simplemente deséalo con todas tus fuerzas, como cuando intentas volver a tu cuerpo.

Annie respiró profundamente y regresó a su cuerpo, cayendo de rodillas y apoyando las manos sobre el suelo. Todo resultaba tan sencillo. La albina miró sus manos, manchadas de tierra, hace un momento era una bestia y ahora... ahora era normal. La brujería era poderosa, pensó. Siempre creyó que los dones de las frutas pertenecían a alguna magia paranormal. Aquel día el espíritu de la fruta no volvió a hacer acto de presencia, ni tampoco los siguientes. Annie pasaba las noches hablando en su mente tratando de descubrir los secretos que entrañaba la serpiente emplumada, pero nunca recibía una respuesta.

Al saber que tendría que ser ella misma la que debía encargarse de sus poderes, abandonó el pequeño refugio y puso rumbo a la colina donde solía ir a relajarse. Se había aprendido el trayecto de memoria de todas las veces que iba y venía. Una vez llegó se subió al montículo, trepando sobre las hojas resbaladizas y agarrándose a salientes de tierra, pues era bastante empinado. Allí arriba se sentó en forma de indio. El viento que movía las copas de los árboles provocaba cierta calma. Cerró los ojos y dejó las manos sobre cada una de las rodillas, completamente estirada y relajada.

En su mente empezaron a pasar mil imágenes, pero se detuvo en la de que intentarían aprovecharse de ella. ¿Quién querría hacerlo? En su cabeza no tenía cabida tal estupidez. No era nadie, una vulgar ladrona que buscaba sobrevivir en un mundo cruel y poco más. Además, estaba rodeada de personas que la protegían y la querían, sobre todo Alistar y Syxel. Si... ellos impedirían que alguien intentara aprovecharse de ella y, aún así, sabía que era lo suficientemente fuerte como para defenderse por si misma sin necesitar la ayuda a nadie. Al fin y al cabo, estábamos hablando del Águila de Skellige, no por nada se había ganado ese título.

Annie suspiró pesadamente. Cerrar los ojos y relajarse no le servía de nada, simplemente escuchaba el sonido del viento susurrar entre los árboles. Llegó a la conclusión de que debía hacer lo que Leah le había aconsejado hace meses: meditar. Si, meditar, esa horrible actividad de estar quieta y permanecer en silencio, el que lo inventó tenía mucho tiempo libre según la arquera. Hizo el esfuerzo de mantener su mente calmada, pues cuando estaba en el montículo lo único que hacía era pensar en el pasado y el futuro. Esta vez necesitaba sentir el viento meditando.

Borró cualquier problema de su cabeza, centrándose en si misma y en la brisa fresca que la rodeaba. El viento aullaba cuando aumentaba, parecía dolorido. Siguió escuchando al viento silbar, sin inmutarse. Cada vez que este chocaba contra un árbol o alguna roca se producía una vibración en el aire y ella era capaz de percibirla, pero no muy lejos. La distancia entre ella y los árboles era de al menos unos diez pasos. Si era capaz de sentir el viento concentrándose, debía ser capaz de poder recibir las vibraciones hiciese lo que hiciese.

Los primeros días hizo el amago de meditar, pero como acaba cansándose de estar quieta sin hacer nada decidió pasar a la práctica. Ya no necesitaba ir hacia el montículo para entrenar, iría hasta la llanura de Skellige. Seguramente encontraría algún animal salvaje, al que aparte de cazar, le serviría para poner a prueba sus conocimientos.

El cielo estaba encapotado, a punto de descargar una gran tormenta a la víspera de un fenómeno meteorológico típico de la isla. Annie llevaba el arco en la mano con una flecha preparada. La mayoría de veces que intentaba percibir los movimientos de algún animal o ave era imposible, pues no existía un viento por el guiarse; sin embargo, descubrió que podía utilizar ella misma su poder para crearlo. Cerró los ojos y se mantuvo quieta durante un buen rato, a la espera de alguna vibración. La espera se hacía eterna, abrió los ojos y ningún ave sobrevolaba el cielo. Abandonó la llanura y se metió en el pequeño bosque. Allí tendría que encontrar un animal si o si.

Se sentó de rodillas detrás de unos zarzales y, sin soltar su arco, elevó el viento la fuerza del viento. Las copas de los árboles resonaban con fuerza al chocar unos con otros. Había tantas interferencias que se formaba un lío en su cabeza, pero hubo una vibración en el suelo que llamó la atención, había llegado corriendo al parecer y logró centrarse solo en esa. Annie se asomó sobre el zarzal y, al lado de un árbol, vio un cervatillo comiendo briznas de hierba. Este alzó la cabeza al escuchar algo. Tensó el arco y le apuntó al cuello, mordiéndose el labio inferior. Disparó.

El animal se revolvió durante unos momentos hasta que la pérdida de sangre causó su muerte. La arquera corrió hacia el ciervo guardando el arco a medida que llegaba. ¡Su puntería nunca fallaba!

IX

Aquel día se levantó más temprano de lo usual. Todo se debía a los vientos de Skellige, un fenómeno anual que tenía lugar al amanecer por esta época. Annie llevó a Ayden consigo y fue totalmente desarmada. Fueron a la colina que daba paso a la gran llanura de Skellige y allí se sentó, acurrucándose junto a sus rodillas; el águila se quedó apoyada en su hombro. Pensó en las familias de la ciudad, todo el mundo estaría celebrando la festividad con grandes banquetes. Que envidia, ya le gustaría a ella darse un buen festín de comida.

El cielo estaba dividido por una franja de colores; hacia el oeste, oscuridad y, hacia el este, aloque. Aún se podían ver pequeñas estrellas en el firmamento, estaban a punto de desaparecer. Annie nunca se había perdido el fenómeno. Los vientos comenzaron a silbar con fuerza, se dice que al ser tan potentes se colaban por la gran torre de Skellige, creando una hermosa melodía gracias a las innumerables vidrieras, aunque eso no era el fenómeno en sí. Tan solo era una construcción de los humanos para atraer las visitas de los turistas. El verdadero tesoro eran los colores del viento. ¡Mil y un tonos se formaban en lo alto del cielo! Morado, ocre, dorado, anaranjado y cobrizo eran los colores apreciados a simple vista; obviamente había más.

En el rostro de la albina se dibujó una sonrisa. Los tonos vagaban por el cielo como si de energía se tratase, se repetían una y otra vez mientras sonaba la dulce melodía que provenía de Skellige. Era paz para sus oídos. Nunca era la misma melodía, eso era lo bueno de la magia de la naturaleza.

X

El cielo estaba encapotado. No tardaría mucho en caer una buena tormenta sobre la isla. Annie se puso la capucha de cuero que sobresalía de su traje. Poco a poco empezó a lloviznar, aunque gran parte de los árboles impedía que el agua cayera sobre ella. Estornudó y frotó la nariz con el dedo índice, a este paso acabaría enfermándose. Vivir en el bosque le estaba pasando factura. Aquella mañana había optado por entrenar con el viento, más bien, la voz de la fruta le ordenó que fuera a entrenar. Annie fue hasta un claro en donde no tendría problemas de movilidad.

La tormenta ya había amainado así que se quitó la capucha. No tenía ni idea de qué hacer, esperó durante un buen rato a que el espíritu apareciese y ni hablándole hizo acto de presencia. Se abrazó y frotó los brazos, intentando entrar en calor. Parecía que si no tomaba ella la iniciativa no iba aparecer. Annie cerró los ojos y suspiró. Una ligera brisa meció sus cabellos cenicientos, cada vez era más fuerte la brisa hasta tal punto de que la echaba hacia atrás.

-¡Mal! - Gritó la voz interior -. ¡Muy mal! ¿Qué intentas hacer? ¿Tirarte al suelo?

-Solo pretendía volar... - respondió malhumorada.

-Pues se te da de pena.

-¡No me digas lo que se me da de pena! Yo sé lo que hago – se cruzó de brazos, poniendo morritos.

-Las manos y los pies es lo único que necesitas para moverte por el cielo; no empujes el viento hacia ti, expúlsalo.

Annie miró el dorso de sus manos y las puso en línea recta, apuntando a la nada. Entendió, más o menos, lo que el espíritu intentaba decir. De sus palmas comenzó a emanar un fuerte viento, era tan potente que al aumentar la dosis, dio una voltereta hacia atrás acompañada de un grito. Se puso de pie, frotando las zonas del golpe. Se consoló a sí misma por ese pequeño fallo, todo el mundo los tenía... no era raro... o eso creía; no todos los días practica alguien con viento. En cuanto se acomodó de nuevo, puso las manos hacia abajo esta vez.

Al principio no controlaba bien las cantidades de viento que debía emplear, pero poco a poco y con muchas pruebas llegó a una cantidad lo suficientemente potente y estable para no salir volando a lo loco. La última vez que lo intentó chocó contra la rama de un árbol y luego cayó al suelo. Estuvo una semana quejándose de dolor en el brazo. Esta vez se aseguró de no tener ningún obstáculo en su camino.

La arquera estiró sus brazos y, con la palma de las manos abierta empezó a emitir viento; primero una ligera brisa hasta aumentar poco a poco su potencia. Sus pies comenzaron a elevarse y, lo mejor de todo, era capaz de mantenerse estable en el aire, pero necesitaba más potencia, por lo que de sus pies también emitió viento. Estaba bastante rígida en el aire. Desde allí arriba todo era minúsculo, incluso se sentía un poco poderosa por poder alzarse del suelo. Si los habitantes de la ciudad la vieran estarían asustados huyendo.

-Deberías moverte de un lado a otro – aconsejó la voz.

Annie asintió, pero estuvo quieta. Sabía que si movía alguna parte del cuerpo este se perdería su estabilidad y probablemente acabase cayendo al suelo. Después de un buen rato pensando en si mover el brazo o no, decidió estirarlo temblorosamente hacia atrás. Hizo lo mismo que con el otro; sin embargo, no calculó bien y empezó a caer en picado. Entre gritos y movimientos locos,  la altura que había entre ella y la tierra se iba haciendo cada vez más pequeña hasta que estiró las manos para generar viento. Eso disminuyó la caída e incluso la ayudó a estabilizarse.

Aquella situación parecía sacada de un cuento. La albina se movió con total fluidez por el aire, lentamente.

-¡Eso es! - Exclamó el espíritu -. ¡Ya casi lo tienes dominado!

Ella sonrió y siguió practicando.

Todas las mañanas se despertaba para repetir los mismos movimientos en el aire hasta el punto de poder moverse con rapidez por los cielos. El espíritu la motivaba día a día e incluso la animaba cuando veía que no lograba lo que quería. Con el tiempo, Annie había obtenido una agilidad impresionante en el vuelo, era capaz de mantenerse en el aire y controlar perfectamente las cantidades. Incluso se dejaba caer desde el cielo para después retomar la marcha sin llegar a tocar el suelo.

XI

La arquera acomodó el arco a su espalda y con el pie deshizo la hoguera que había creado hace meses. Abandonó la cueva y miró hacia el cielo, llovía como siempre. Se puso la capucha y gritó por Ayden. Este vino volando hasta posarse en su hombro y soltar un gañido, no le gustaba mojarse. Su dueña pasó el dedo sobre su cabeza, acariciándolo y después emprendió la marcha. Llevaba meses en soledad y era hora de regresar al santuario junto con Leah. Si no fuera porque le había prometido regresar no se molestaría en adentrarse a la ciudad, cogería su barco y se largaría sin decir nada a nadie.

Abandonaron el bosque y pronto llegaron a la gran ciudad. La niebla inundaba las calles, pudiendo ver solo a algunas personas correr por culpa de la lluvia. Annie llegó hasta el santuario y encontró las grandes puertas de hierro cerradas. Subió la gran escalinata de mármol y golpeó con fuerza la puerta haciendo que el sonido del metal se expandiera. Tras un buen rato esperando, las bisagras chirriando dieron a entender que se abrían las puertas.

En la entrada se encontraban dos jóvenes novicias que miraron de arriba abajo a la albina. No se molestaron en hablar.

-¿Puedo ver a Leah?

-Que sea rápido – Ordenó la más mayor de las dos. Ambas iban recubiertas con velos y túnicas blancas, dejando solo a la vista su rostro y sus manos.

Annie las dejó atrás y rodó los ojos al escuchar como se reían y criticaban por lo bajo. Atravesó el vestíbulo esquivando a las Claveles y llegó hasta el jardín del santuario, allí tan solo se encontraban unas ancianas descansando. Preguntó a una de las mujeres por la hermana Leah y le dijeron que se encontraba en la biblioteca. La albina fue corriendo hacia allí. Abrió la puerta y el ruido que había en el exterior pronto se disipó. Un silencio sepulcral se cernía sobre ella. En una mesa a lo lejos vio la figura de Leah leyendo.

La arquera avanzó intentando no hacer ruido, pero sus pisadas resonaban. Las novicias se la quedaban mirando allá por donde iba. Finalmente llegó y se sentó de golpe. Leah levantó la vista y esbozó una gran sonrisa al ver su amiga allí.

-Qué alegría verte – Murmuró -. He estado preocupada por ti.

-Yo también me alegro, echaba un poco de menos el contacto humano – respondió en un tono alto mientras empezaba a balancearse con la silla. A lo lejos alguien las mandó callar y ella dejó de balancearse dejando caer la silla de golpe-. ¿Cómo ha ido todo por aquí? ¿Seguís adoctrinando gente?

La novicia se cruzó de brazos negando con la cabeza.

-Veo que el contacto espiritual con el bosque no te ha hecho perder tu esencia – las risas se les escapaban entre susurros -. Por cierto, hace semanas que el hombre que te trajo aquí vino a buscarte. No supe que decirle...

-Que pena – Dijo con cierta ironía.

-Parecía muy interesado en volver a verte. ¿Por qué no vas a buscarlo? Me dijo que por las noches se encuentra en “La Bota De Oro”. Es fácil reconocerle, lleva una gabardina blanca y un traje de color verde llamativo.

-Mmm... no sé... ¿Qué gano yo con eso? Seguro que quiere algo a cambio, quita quita. Lo mejor es que me vaya ya de Skellige.

-Por fi... - suplicó Leah poniendo ojitos. Annie acabó aceptando por quitarse ese peso de encima.

-Iré esta noche. Solo vine a ver como estabas, ahora debo irme, tengo que ver como está el barco y pasaré el rato por ahí. ¡Hasta pronto!

Esta vez fue Leah la que llevó el dedo a los labios para que callase. La novicia sonrió y se despidió con la mano. Annie abandonó la biblioteca  lo más rápido posible. Atravesó varias salas y salió del santuario. La niebla se había levantado y el brillaba con fuerza. Ayden estaba en lo alto del santuario, observando todo como si fuese un rey.

La arquera caminó por las angostas calles hasta llegar al puerto. El olor a pescado recién cogido por la mañana se expandía por toda la zona y los gritos de los estibadores daban vida a aquel lugar. Fue hasta el muelle más alejado y allí estaba el Victory, su adorado barco. No entró, desde afuera le bastaba con ver como estaba. Tras eso, abandonó el muelle para ir a la taberna más cercana hasta hacer tiempo para encontrarse con el desconocido que la había salvado.

Annie entró en una posada cualquiera. El interior estaba lleno de gente y la tabernera parecía no dar a basto a la hora de atender. La muchacha caminó hasta la barra y estuvo de pie, pues no había ningún taburete. Con el dedo golpeaba la madera a la espera de que la atendieran, pero parecía que nunca iba a llegar la hora. En ese momento unos hombres que estaban jugando al póquer gritaron de felicidad al ver que les habían ganado. Ella se los quedó mirando con una sonrisa. Eran dos hombres fornidos y sin camisa los que habían vencido y en su cabeza brillaba la luz del local de lo calvos que estaban.

-¡Vamos! ¿Quién se atreve contra nosotros? - Vociferó uno.

Annie golpeó la barra con su puño y se acercó hacia ellos, sentándose. Ambos la miraron extrañados y estallaron en carcajadas, pero la expresión en el rostro de la albina no cambió.

-¿Qué apostáis? - Inquirió con curiosidad.

El más grande se agachó y sacó de debajo de la mesa un pequeño saco. Lo abrió y se lo mostró. Los ojos de Annie se fundieron con el color del dinero que allí había.

-Debe haber cerca un millón en billetes. Es lo que tiene ir desplumando a todos aquellos que se atreven a jugar contra nosotros.

-¿Y tú que ofreces? - Preguntó el otro sentándose.

La muchacha  llevó la mano a su cabeza y apartó un mechón albina de su cara con una sonrisa.

-Mi galeón – Mintió -. Estoy segura de que lo habéis visto, está en la entrada del puerto, trae cosas interesantes. Dejémonos de cháchara señores.

La gente de la taberna formó un corrillo. Annie empezó robando una carta y los otros dos la siguieron. El que había hablado anteriormente sacó la más fuerte y se puso a repartir. La tensión se palpaba en el ambiente y ambos hombres sudaban como cerdos. Al parecer nadie les había hecho estar con tanta  presión. La muchacha cogió de nuevo una carta y sonrió. La tabernera les dejó más bebida en la mesa y, ella, se bebió su vaso de ron de golpe. Después, cogió un cigarro del cenicero y le dio una calada, exhalando el humo en sus caras. Uno de los hombres cogió de nuevo una carta.

-Bueno, es la hora de la verdad... - El águila de Skellige hizo un aspaviento con las cejas para que el que estaba en frente suya mostrase las cartas.

Este las posó tembloroso.

-Nada... ¿Y tú?

Su compañero hizo lo mismo, pero para su sorpresa había conseguido más de lo que esperaba. Había obtenido par en su baraja. En el rostro de la albina se dibujó una sonrisa y tiró sus cartas de golpe mostrando su full. Esta exclamó de alegría levantándose de la silla, pero cuando estaba a punto de coger el saco del dinero la agarraron del brazo y la tiraron sobre la mesa. La vena de la sien parecía que iba a explotarles de un momento a otro.

-¡Es una tramposa!

-¡Eso es mentira! ¡No es mi culpa que no sepáis jugar o que os toquen jugadores incompetentes! - Bramó ella poniéndose en pie y sacudiendo la ropa. La mesa se había roto con el impacto del golpe y todas las cartas se habían esparcido por el suelo.

El más grande la cogió del cabello y la empujó contra una columna, propiciándose un golpe en toda la cara. Sentía como la sangre brotaba del labio inferior y de la nariz. Pasó la mano por la cara, tocando la amoratada mejilla. El compañero se acercó hasta ella con el puño alzado. La arquera, desorientada, no tenía fuerzas para moverse y lo único que consiguió fue poner los brazos en cruz para protegerse. El impacto del puñetazo rebotó y echó al calvo hacia atrás, haciendo que rompiera una silla. Esta estiró los brazos, mirando lo que había pasado. Todavía seguía confusa.

Annie, sabiendo que la pelea se iba a volver peor cogió el saco de dinero y salió corriendo de la taberna entre tambaleos dejando atrás a los dos idiotas. Estos gruñían de rabia y enseguida se les escuchaba perseguirla. Por suerte logró perderlos de vista antes de llegar al Victory, en donde se escondería hasta llegar la noche. Probablemente ellos acabasen yendo hacia el galeón del puerto y eso les traería problemas con los Claveles.

Se sentó en la cama y acarició las partes heridas; después, abrió el pequeño saco. Nunca había portado tanto dinero en sus manos, se sentía rica y poderosa. Los berries estaban en fajos de innumerables billetes. Metió la mano en el interior y vio que también había joyas e incluso una brújula. En la tapadera consiguió leer con dificultad el nombre que poseía: “El último deseo”. La abrió y parecía estar rota, pero la flecha negra marcaba hacia el este en vez de el norte; que extraño, pensó. Era un buen botín, no todos los días ganaba al póquer, pero pensar que solo lo hizo por diversión resultó el doble de gratificante. La vida daba muchas vueltas.

XII

Las estrellas decoraban el firmamento. Esa noche no había luna y todo estaba más oscuro de lo normal. El silencio inundaba las angostas calles y no se veía ni una sola alma. Annie se puso la capucha y miraba de vez en cuando hacia atrás por temor a que la siguieran. Después de lo ocurrido por la tarde durante unos días no iban a olvidar su cara tan fácilmente así que debía ser cuidadosa con cada paso que daba. A medida que se acercaba a la taberna se escuchaba el jaleo proveniente del interior; risas y gritos.

Antes de entrar miró al cielo, no era capaz de ver a Ayden, pero si de escuchar sus gañidos. Tras eso, empujó la puerta con fuerza, haciendo que chirriara. Nadie pareció enterarse de que había entrado, pues todos estaban ocupados emborrachándose o intentando ligar con las prostitutas. Sin moverse de allí, trato de buscar con la mirada al sujeto que quería encontrarse con ella. Había varios rubios, pero el único que coincidía con la descripción de Leah era el que estaba sentado al fondo. Sus ropajes eran muy llamativos y tenía una larga cabellera dorada. A medida que se acercaba pudo ver su rostro con más claridad.

El hombre levantó la mirada y vio como Annie estaba de pie ante él. Sonrió y con su brazo le hizo una seña para que se sentara. La arquera miró hacia los lados y se dejó caer sobre la silla.

-¡Al fin nos conocemos como es debido! - Ella guardó silencio y arqueó una ceja. - Soy Yvain y...

-¿Por qué me rescataste? - Inquirió tajante.

-Es... una larga historia, pero yo estaba aquí el día que armaste un gran revuelo. Llevaba varios días siguiéndote la pista. Me interesó la manera qué tenías en resolver las cosas y, además, dicen las malas lenguas que escapaste por segunda vez de aquel matón al que le cortaste la lengua.

-Me siento orgullosa de eso – Sonrió satisfactoriamente mientras se cruzaba de piernas.

-Así que te seguí -continuó-.  Observé todos tus movimientos hasta que te topaste con esos maleantes y te dieron una paliza, te rescaté y te llevé a un lugar seguro. Lo malo es que no podía quedarme en el santuario y necesitaba algo para que no te escaparas hasta que te encontrara.  Creo... que esto es tuyo – Yvain llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cadena de plata adornada por un medallón con el rostro de un lobo y con las fauces abiertas. No lo soltó.

Annie abrió los ojos como platos y apoyó las manos de golpe sobre la mesa haciendo que retemblara todo lo que había encima. Lo miró varias veces para asegurarse de que era el suyo y estaba en lo correcto.

-¡Dámelo!

-Aún no – Esbozó una sonrisa mientras guardaba de nuevo el colgante. La albina apretó los puños con fuerza, tratando de contener sus ganas de abalanzarse sobre él y arrebatárselo-. Nos ayudarás y a cambio te lo devolveré. Necesitamos a gente que no tiene nada que ver con los Claveles.

-Tu concepto de ayuda es un poco distinto al mío, a mi me gusta llamar las cosas por su nombre y eso es chantaje. Además, podrías haber venido a mí directamente y dejarte de tanto misterio, que te crees, ¿molón por ir de incógnito? ¡Pues déjame decirte que alguien molón no usaría esas ropas! - Annie se cruzó de brazos enfurruñada.

-Si, tienes razón, todo ha sido muy enrevesado, pero en los tiempos que corren no podemos estar expuestos. Aún así tenemos nuestras fuentes de información y podemos controlar los bajos fondos. Mi intención era ir a buscarte a los dos o tres días, pero todo se complicó y tuvimos que estar meses escondidos hasta que desapareciste, perdimos tu pista, pero sabíamos que no serías capaz de irte.

Ambos estuvieron hablando e intercambiando información hasta altas horas de la madrugada. Annie descubrió que Yvain pertenecía a los Gorriones, una banda callejera que había surgido recientemente cuando los Claveles empezaron a dominar los bajos fondos. Pobres ciudadanos que buscaban revelarse en contra de aquella vil doctrina y, poco a poco, iban juntándose más. Eran pocos, pero desde las sombras lo controlaban todo y, como no, gorriones hay en todos lados.

Annie nunca fue partidaria de pertenecer a organizaciones que pudieran poner en riesgo su imagen o la de algún conocido suyo; sin embargo, Yvain tenía el medallón que creía desaparecido y con tal de conseguirlo, acabaría aceptando la proposición de “ayuda” que sugerían, pero en el fondo, ese chantaje lo acabarían pagando.

-¿Qué tendré que hacer? - Inquirió dando golpecitos con el dedo índice a la mesa.

-Helen se encargará de eso. Mañana por la mañana iremos a nuestra base y hablaremos del plan con calma.

XIII

La noche duró poco y en un abrir y cerrar de ojos Yvain y Annie estaban de camino a la base de los Gorriones. Por la cabeza de la albina pasaban numerosas imágenes, como que sería un lugar súper secreto en el que se necesitaban contraseñas para entrar o con numerosas entradas por distintas partes de la ciudad. Sin embargo, su gozo se vio en un pozo al llegar a una casa de alta clase. La miró de arriba abajo. Las paredes tenían colores beis y, la madera, era de color carmesí. Estaba en muy buen estado. Yvain llamó a la puerta tres veces seguidas y no tardaron en abrir. Él la dejó pasar primero.

Se quedó boquiabierta al ver el interior. Parecía el doble de grande por dentro que por fuera. Los muebles relucían y todo los objetos que decoraban el interior parecían de lujo. El rubio alzó el brazo para que ella subiese por las escaleras. Llegaron hasta el segundo piso y afuera había varias personas, más hombres que mujeres, pero ninguno conocido. En la salita había un gran ventanal con vistas a inmenso jardín, tenía por lo menos dos fuentes. Annie apoyó la mano en el cristal, embobada con las preciosas vistas, pero enseguida Yvain tiró de ella y la llevó hasta una sala.

La habitación era el doble de grande que la salita anterior. El suelo estaba decorado con alfombras de colores fríos y, en el centro, una mesa redonda con, al menos, trece asientos. La albina se fijó en la cantidad de cuadros y plantas colgantes que decoraban la pared. En una de las sillas se encontraba una mujer de mediana edad escribiendo. Estaba tan concentrada que ni se había dado cuenta de que habían entrado.

-Mamá – Pronunció Yvain y esta se giró enseguida, levantándose -. Helen Vaughan, Annie.

Sus cabellos eran negros como el carbón y su tez, tan blanca, parecía porcelana. Sus labios de color carmín contrastaban con el intenso azul de los ojos. Tenía puesta una camiseta carmesí que marcaba sus protuberancias, adosada con un cinturón y una minifalda negra muy ceñida. Pero lo que más imponía era el rifle que portaba a su espalda. La mujer se cruzó de brazos y se acercó hasta Annie, mirándola de arriba abajo. Le sacaba dos cabezas por lo menos.

-Ya estamos todos, ella era la que faltaba.

-Bien, ya era hora. Nos diste mucha lata para encontrarte – masculló frunciendo el entrecejo-. Haz pasar a todos, ya puede dar comienzo la reunión. Tú ve sentándote.

La mujer regresó a su sitio y comenzó a ordenar los papeles en los que estaba escribiendo. La albina se sentó dos sillas más alejada de ella e Yvain, vociferando, los hizo pasar a todos. Las personas entraron en fila india, sentándose en cualquier silla libre y cuando todos estaban colocados, Annie se dio cuenta de que quedaba un asiento libre. Al mirar a Helen y a su hija parecía que se comunicaban mediante miradas.

La verdad es que no le parecía tan mala idea haberse adentrado en los Gorriones, estaba segura de que podría sacar algo de beneficio si actuaba bien, pero no iba a doblegarse ante aquellos dos. En cuanto consiguiese el colgante se vengaría, pero a su manera, robándole otra cosa de igual valor. Annie se preguntaba si a los otros miembros les habrían hecho chantaje también o se unieron por su propia voluntad. Al estar ensimismada en sus pensamientos no se dio cuenta de que la mujer había empezado a hablar y lo último que dijo era algo de unos papeles importantes. Annie se frotó un ojo y bostezó, balanceándose en la silla. Los miembros discutían entre sí por ver cual era la opción más importante, pero a ella en el fondo le daba igual.

La puerta de sala se abrió de golpe y allí entró una chica. Annie abrió los ojos como platos y dejó caer la silla hacia delante causando un gran estruendo. Leah estaba sin su habitual hábito y portaba un arco largo. Se sentó en el asiento libre y posó el arma sobre la mesa, después entrelazó sus manos mientras esbozaba una sonrisa. La albina no dejaba de mirarla. La novicia llevaba sus largos cabellos pelirrojos sueltos y una armadura de cuero verde. Ella quería explicaciones.

-Bienvenida, Leah – dijo Helen inclinando la cabeza a modo de saludo-. ¿Ha ido bien la búsqueda?

-Si, mis dos compañeros están abajo con la información y el botín.

-Entonces, ¿todos de acuerdo con el cometido? Nos tomará días empezar, pero no podemos permitirnos dar otro paso en falso. ¿Annie?

-Si si – Respondió sin tener ni idea.

La reunión se dio por concluida y todos abandonaron la sala. Las últimas en salir fueron Leah y Helen, ambas se quedaron hablando a solas. Annie, mientras tanto, esperó en la salita junto a Yvain. Este miraba por la ventana con la frente apoyada en el brazo. El silencio era incómodo.

-¿Por qué una casa así? Quiero decir... llama la atención. Se supone que las organizaciones secretas deben estar escondidas, no a la vista – Dijo a modo de romper el hielo. El chico se giró.

-Los Claveles creen tener comprados y manipulados a los ricos, pero no todos están de acuerdo con sus ideales. Esta casa no es nuestra, si no de un rico que nos la cedió para que pudiésemos operar nuestros planes con calma. Es una especie de despiste. Los Claveles siempre están investigando a los pobres, no a los ricos.

Annie se encogió de hombros, seguía sin tenerle sentido las explicaciones que daban. La puerta se abrió y en cuanto salió Leah ella se puso de pie. Se cruzó de brazos y la miró con enfado. Yvain las dejó solas y se fue con su madre. La novicia esbozó una sonrisa traviesa y luego se sentó, apoyando el arco sobre el suelo.

-¿Por qué no me dijiste nada? Se supone que somos amigas, ¡las amigas se lo cuentan todo!

-No puedo hablar de los Gorriones con gente ajena a la organización, es una norma. Sé que está mal, pero ahora ya lo sabes.

-¿Qué se supone qué eres? - La cabeza de Annie era un hervidero con tantas preguntas sin responder.

-Verás, al poco tiempo de cerrar el orfanato me metieron aquí en los Claveles a la fuerza, intenté escaparme numerosas veces y siempre recibía un castigo, a cada cual peor. Un día me topé con un Gorrión y me dieron la posibilidad de trabajar para ellos, solamente tenía que actuar. Yo no soy ningún Clavel ni nada que pertenezca a esa orden. Mi familia son los Gorriones.

-Eres una espía... woah... - La albina alucinaba.

XIV

Solamente tenían como máximo una semana para poder practicar y preparar el plan. En la lujosa mansión era imposible entrenar así que Leah y Annie practicaban en la cubierta del Victory. La pelirroja tenía su propia diana para practicar la puntería y la albina intentaba controlar el viento. De vez en cuando, su amiga observaba los avances que lograba al practicar. Era sorprendente ver que el miedo que poseía a un don se había desvanecido en cuestión de tiempo y todo gracias a su descanso en el bosque. Ayden las miraba desde lo alto del mástil, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Annie, practicando con sus manos, había creado una especie de esfera que envolvía a los objetos para moverlos. La primera vez que lo movió no salió muy bien, pues la silla fue directa a su abdomen, tirándola al suelo. Se frotó la parte adolorida y se volvió a poner en pie. Mover objetos no podía ser tan difícil, simplemente tenía que saber controlar las cantidades de viento adecuadas. Empezó con poco viento y con un objeto mucho más pequeño, un jarrón.

Ambas muchachas buscaron esta vez un lugar ideal para practicar: la llanura de Skellige. Decirlo era fácil, pero ponerlo en práctica, otro cuento. Annie, a partir de su escudo de viento, intentaba crear una pequeña cúpula de aire. Al principio, con la cúpula movía objetos pequeños como piedras o chatarra que encontraban; más tarde decidió probar con Ayden, el cual estaba muy nervioso al ver que era movido en una especie de bola de viento. Le costó regular toda la energía que la cúpula gastaba, mucho más que todo lo que aprendió anteriormente.

A base de intentos decidió probar con Leah. Estiró sus manos una y otra vez, haciendo unos movimientos fluidos como el espíritu dictaba y fue ahí como la cúpula se agrandó para engullir a la pelirroja. Esta desde lo alto estaba asombrada ante tal habilidad esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Annie no pudo aguantarla mucho tiempo en el aire, pero eso solo sería cuestión de práctica. Lo más difícil era mover la cúpula, cuando se trataba de una fija no tenía problemas en hacer surgir el viento hacia arriba. Por desgracia, el tiempo se les terminaba y pronto tendrían que dar el gran golpe.

Leah se sentó en la cubierta, exhausta. Eso de que Annie la introdujera en una cúpula de viento y la moviera de un lado a otro era incómodo, casi se cae al agua por que no sabía controlar bien la dirección. Por suerte ahora ya entendía más o menos como debía hacer. La albina se sentó junto a ella bostezando y estirándose. Los días de entrenamiento estaban siendo muy duros, pero si quería recuperar el medallón tenía que hacer lo que le dijeran. Se echó hacia atrás y reposó su cuerpo sobre la húmeda madera.

-Oye, ¿qué harás cuándo acabe la misión? - Inquirió Leah mirándola de reojo.

La arquera tardó en responder. Estaba ensimismada mirando las formas que tenían las nubes.

-No lo sé – Respondió sin ganas -. Tendré que irme... Un amigo me necesita y supongo que querré visitar a una persona – se encogió de hombros y puso morritos.

-Creí que te quedarías con nosotros... los gorriones también pueden ser tu familia – sonrió.

Annie negó con la cabeza y se irguió, quedándose a la altura de la pelirroja.

-Mi familia está en Greenlyn y en el mar. No puedo quedarme en un lugar en el que no estoy agusto.

-Pero, ¿volverás, verdad? Te estaremos esperando con los brazos abiertos.

-Claro, siempre y cuando no me chantajeen de nuevo.

Ambas se rieron y Leah la abrazó fuertemente, acercándola hacia ella lo más que pudo. Después de un merecido descanso se levantaron y continuaron con su labor tras haber entrenado sin parar. La pelirroja tenía que ayudar a Annie en todo el entrenamiento, pues necesitaba a alguien que la atacara. Al principio parecía un poco reacia por miedo a herirla sin querer, pero acabó cediendo. La pelirroja enviaba lluvias de flechas sin parar a la hija de la luna. Ella sabía bien como defenderse, al principio las empujaba con su viento, pero en sus manos comenzó a formar un óvalo de viento de tamaño medio. Los primeros días le costaba mantener la energía y a su vez controlar el escudo de viento que ella misma había forjado. El espíritu de la fruta no la abandonó en ningún momento y cuando aparecía se sentía con más determinación.

El espíritu le daba indicaciones sobre como colocar las manos o moverlas y, poco a poco, fue ganando muy buena práctica. Leah tensó su arco una vez más y entrecerró los ojos. Annie, audaz, creó en poco tiempo el escudo de viento. La flecha salió disparada directa hacia el corazón de la albina, pero esta rebotó contra el aire y cayó al suelo. La chica deshizo el escudo y dio un pequeño salto de alegría al ver que era capaz de moverlo y aguantarlo.

XV

La oscuridad acechaba las angostas calles de Skellige. El cielo estaba encapotado y no se apreciaba la luna ni una sola estrella en el firmamento. Annie colocó su capucha de modo que su rostro fuera difícil de ver. Leah acabó de preparar sus flechas y poner sus muñequeras. Todos los miembros que iban a participar en la misión ya estaban en sus lugares correspondientes. La mayoría tenía que robar otros documentos sin asesinar, pero a ambas chicas tenían que robar un texto importante a una clavel y después asesinarla. Según Helen Vaughan si terminaban con ella lograrían romper muchos hilos de la Orden, puesto que era una persona que funcionaba como lazo. Las indicaciones que tenían eran las de asistir a su mansión. Los documentos importantes no estaban almacenados en el gran palacio.

Las arqueras siguieron las directrices y llegaron hasta una mansión que daba lugar a una pequeña plaza. Se notaba el lujo de las viviendas de esa zona, todo parecía hecho de mármol y la decoración era muy detallada, incluso los jardines parecían ser mágicos debido a la cantidad de flores que había y el aroma que desprendían.

Observaron que nadie anduviese por la calle a altas horas de la noche y se adentraron hasta el jardín. Leah sacó una cuerda con gancho de la pequeña mochila que traía consigo y la lanzó hasta la chimenea. Tiró varias veces para comprobar que estaba segura y empezó a subir por la pared. Annie estaba acostumbrada a trepar, aprendió gracias a los intentos de huida en el orfanato así que apoyó su pie fuertemente contra la pared y comenzó a subir.

Desde lo alto se podían ver las luces de las casas encendidas y como las chimeneas emanaban humo. Era una vista realmente preciosa, hacía parecer que todo era paz; lástima que por el día fuese todo lo contrario. Leah se acercó hasta una trampilla y la empujó hacia abajo. Annie le llamó la atención por el ruido que podría ocasionar, pero ella negó con la cabeza.

Una vez en el interior buscaron el despacho. Fueron a hurtadillas, pero la madera chirriaba. Estaba todo tan a oscuras que la vista de Annie no era capaz de discernir nada. Al ir abriendo puerta por puerta corrían el peligro de despertar a la Clavel. Llegaron hasta una puerta con un aspecto diferente a las anteriores y Leah fue primero. Sacó una vela de su mochila e iluminó la pequeña estancia. Esta estaba decorada con un montón de estanterías y cuadros. La mujer debía tener obsesión con los claveles porque Annie perdió la cuenta de cuantos jarrones con flores de esas llegó a contar. En el centro de la sala, sobre una gran alfombra rectangular de color oscuros se encontraba un escritorio con numerosos libros y papeles.

La albina no tenía ni idea de qué documento buscaban, todo por no haber prestado atención en la reunión. En cambio, Leah llegó hasta una estantería recubierta de cristal. Dentro había documentos extendidos uno por uno. Annie, que era experta en colarse en sitios ajenos, con una horquilla logró abrir la cerradura de la vitrina. El documento que cogió, sin darle tiempo a leer mucho, hablaba algo sobre las frutas del diablo, pero Leah se lo arrebató enseguida para leerlo ella. Al ser el verdadero lo envolvió y lo ató con un lazo rojo para guardarlo.

La arquera no se molestó en preguntarle sobre qué hablaba el informe, pero ahora debían cumplir con el cometido de acabar con la vida de la Clavel. Vagaron por el pasillo hasta que escucharon unos ronquidos. Annie sacó su arco y entró primero. En el dormitorio se encontraba una mujer de mediana edad con los cabellos dorados muy largos. Colocó una flecha y tensó su arco. Leah posó la vela sobre una mesilla e hizo lo mismo.

La mujer dormía plácidamente hasta que empezó a rascarse la nariz y abrió los ojos como platos. Enseguida comenzó a gritar y a levantar las manos. Las lágrimas descendían por su rostro y Annie miró a Leah preocupada, algo en su interior le decía que eso estaba mal. Ella era una mercenaria, pero hasta ahora nunca le había importado matar a alguien o no.

-¡Cállate! - Vociferó la pelirroja.

La mujer respiraba fuertemente con la cabeza gacha.

-Por favor... no m-me matéis... tengo hijos ¡por favor! Os daré lo que pidáis, ¿dinero, joyas, recomendaciones?

-¡Acaba con ella! - Volvió a gritar Leah con el ceño fruncido.

Sin embargo, Annie, bajó el arco.

-¿Crees que esto es lo correcto? - La Gorrión arqueó una ceja -. ¿Crees que estás en el bando adecuado? Una organización que manda asesinar en secreto no es buena. Dime, ¿cuántas veces han asesinado a alguien los Claveles? No apoyo a ninguna orden porque las dos son muy extremistas, pero piénsalo. ¿Qué ganamos asesinando a una persona inocente? ¿Desatar la furia de los Claveles? Puede que sus métodos no sean los mejores, pero la situación en Skellige ha mejorado desde que están al poder. La pobreza está desapareciendo y los bajos fondos cada vez tienen  más seguridad. ¡Por favor, Leah! ¡Mira a tu alrededor! Trabajas para asesinos, ¡me han chantajeado! ¿Y tu los consideras tu familia?

La pelirroja bajó la cabeza. La mujer seguía suplicando entre lloros que se le perdonase la vida, qué haría lo que fuera para que no le pasara nada. Annie guardó la flecha y el arco.

-Los apoyas a pesar de que hablaban a tus espaldas, los apoyas a pesar de quitar nuestra libertad, ¡eres una traidora a tu hogar!

-¿Y? Todo el mundo se burla de la gente, no solo ellos. Los propios Gorriones lo habrán hecho en secreto de mi y de ti, no sé de qué te extrañas. Además, piensa un poco, ¿una base en la zona de la clase alta? ¿En serio? Si los Claveles quisieran capturaros ya lo habrían hecho, si os siguen permitiendo hacer vuestras operaciones es porque les dais igual y tienen mejores cosas de las que preocuparse que de unos simples aficionados.

Leah hizo oídos sordos y alzó el arco. Annie antes de arrebatárselo, logró disparar por encima del pecho izquierdo. La mujer cayó de lado sobre la cama, intentando mover la flecha, pero sus fuerzas se desvanecieron al igual que su vida. La sangre salpicó un poco las sábanas y parte de su ropa y allí yació, con la mano agarrando la flecha y sus ojos completamente en blanco.

Annie estaba completamente arrepentida de meterse en los Gorriones. La pelirroja la miró con pena y de su bolsillo sacó el medallón. Lo tiró sobre la cama y guardó su arco. La albina se abalanzó sobre él, poniéndoselo de nuevo. Lo apretó con fuerza al volver a sentirlo sobre su pecho. Pero esta vez, el colgante vibraba en señal de que estaba ante el peligro.

-Los Gorriones sabrán de esto y haremos que te culpen del asesinato de Grace Benett. La traición se paga.

Apretó los puños con fuerza y se abalanzó hacia Leah para propiciarle un puñetazo. No controlaba la lucha cuerpo a cuerpo, pero el puñetazo que le dio en la cara tuvo la suficiente fuerza como para hacerla perder el equilibrio. Esta le devolvió el golpe con  una patada y la empujó hacia el suelo. Ambas empezaron a darse mutuamente un montón de golpes. Annie sangraba por la nariz y por la boca y Leah tenía el ojo hinchado. En cuanto la gorrión corrió hacia ella, la arquera la esquivó y la empujó sobre el cadáver, sacó varias flechas y el arco y le disparó en las piernas. Leah gritó de dolor, le propició varios disparos más en el abdomen y el hombro.

Técnicamente, ella estaba inmóvil a causa del dolor. La mercenaria, jadeando, escupió sangre en el suelo y le dedicó una mirada de compasión a su querida amiga. Negó con la cabeza al ver en que estado la había dejado y, antes de irse, revolvió en su mochila para quedarse con el documento. Lo agitó a los lados y se fue. La abandonó como si entre ellas nunca hubiera pasado nada. Escuchaba perfectamente los lloros de Leah y quiso ir a salvarla, pero alguien que la traicionaba no merecía su perdón.

XVI

Annie miró hacia el horizonte desde la cubierta. Skellige cada vez estaba más lejos. El sol brillaba con fuerza. Se había metido en un buen lío, ahora tenía un documento muy importante de los Claveles y los Gorriones la odiarían a muerte, pero a pesar de todo, se rió. Rio como no había hecho en mucho tiempo. Había logrado escapar a las prisas con el Victory antes de que nadie se enterase. Se estiró y fue hasta el timón, al cual lo giró hacia la derecha. Miró su nueva brújula y seguía marcando el este, la cerró y sonrió. Ya tenía un nuevo rumbo.

Ayden seguía en lo alto del mástil, del cual despegaba a ratos y volvía para descansar. Annie cogió una botella de ron que había posado al lado del timón y le dio un buen trago. De repente, del interior del barco salió un niño de cabellos negros con un arco, llevaba unas vestimentas pobres, pero en su rostro había una sonrisa de oreja a oreja. La albina casi se atraganta con el ron al verlo.

-¡Hola, soy Robin! - Se presentó el alegre chico -. ¿Este es el barco que lleva a Ethea?

-¿¡Qué?!

-Me dijeron que era el barco del final del muelle... - se rascó la barbilla.

-¿¡Qué?! - Ella siguió perpleja.

Negó con la cabeza de un lado a otro y suspiró pesadamente. Miró la botella de ron y le dio otro trago, ahora si que se la iba a terminar de golpe. Robin se frotó la coronilla con las mejillas ruborizadas.

Peticiones:
-Despertar busoushoku.
-1.300.000 por haber robado la bolsa de dinero del póker.
-Air Balls: Annie puede el comprimir viento en pequeñas esferas, estas estallarán violentamente posteriormente gracias a su potencia destructiva.
-Air Shield: Táctica defensiva que consiste en formar un escudo de viento. La función es poder detener ataques directos o desviar el ataque a un lado.
-Air Suction: Annie es capaz, con sus manos o en forma completa, de crear una cúpula de viento para envolver un objeto ligero o una persona y moverla hacia donde quiera, con el fin de protegerla. También puede proteger estando fijo en el suelo. El viento está en constante movimiento.
-Air Sensation: La usuaria, al estar ligada con el viento, es capaz de percibir mejor lo que hay a su alrededor. Recibe las vibraciones del aire. Cuando está en un enfrentamiento es capaz de sentir los ataques del enemigo por provocar viento al moverse.
-Wild Flight: Annie, al entrar en un estado de relajación, puede volar sin necesidad de transformarse. Ella misma controla el viento para poder elevarse, descender o moverse.
-La brújula
-Robin pa' mi
-Un besito del moderador.
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Re: Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

Mensaje por Alwyn el Dom 27 Ago 2017 - 19:26

Bueno, empecemos con esto:

Lo primero es la historia, ha sido simple, pero eso no quita para que fuera mala, en general me ha gustado, aunque por momentos se me ha hecho algo lenta, sobre todo en el monasterio, claustro, o como llamen los claveles a donde viven. En alguna parte ha habido cosas que me han rechinado un poco, por ejemplo, hacer un fuego en un sitio que has descrito como lleno de hojas secas, lo cual sin duda hubiera terminado en incendio. A parte de eso poco más.

Pasando a la parte de ortografía, el aún de aun así no lleva tilde y es un fallo que repites bastante. El acento de como en algunas frases también esta varias veces. Por el resto, errores de falta de una s o que sobra y cambio de orden de letras.

Por todo ello mi nota es un 8. Puedes pedir una segunda moderación si no lo crees buena.

-Despertar busoushoku. Concedido

-1.300.000 por haber robado la bolsa de dinero del póker. Disfrútalo.

-Air Balls: Annie puede el comprimir viento en pequeñas esferas, estas estallarán violentamente posteriormente gracias a su potencia destructiva. Concedido (radio de la explosión 1,5m)

-Air Shield: Táctica defensiva que consiste en formar un escudo de viento. La función es poder detener ataques directos o desviar el ataque a un lado. Concedido.

-Air Suction: Annie es capaz, con sus manos o en forma completa, de crear una cúpula de viento para envolver un objeto ligero o una persona y moverla hacia donde quiera, con el fin de protegerla. También puede proteger estando fijo en el suelo. El viento está en constante movimiento. Concedido, pero los pj deberán su consentimiento.

-Air Sensation: La usuaria, al estar ligada con el viento, es capaz de percibir mejor lo que hay a su alrededor. Recibe las vibraciones del aire. Cuando está en un enfrentamiento es capaz de sentir los ataques del enemigo por provocar viento al moverse. Podrás predecir los movimientos de brazos, piernas y armas, no el ataque en sí. Si hace demasiado viento a vuestro alrededor no la podrás por motivos obvios.

-Wild Flight: Annie, al entrar en un estado de relajación, puede volar sin necesidad de transformarse. Ella misma controla el viento para poder elevarse, descender o moverse. Concedido.

-La brújula Que Jack no se entere.

-Robin pa' mi No le hagas cosas malas.

-Un besito del moderador. Para tú

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Re: Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

Mensaje por Annie el Dom 27 Ago 2017 - 21:01

En fin, acepto la nota aunque no estoy muy conforme con ella. Solo voy a aclarar dos cosas:

Con las ropas empapadas y el agua cayendo sobre ella cruzó los brazos en forma de equis. Estuvo un buen rato con ellos apegados a su pecho, con los ojos cerrados y respirando suavemente.

Apegados:

1. tr. desus. pegar. Era u. t. c. prnl. U. c. dialect.
2. prnl. Cobrar apego.

Annie respiró profundamente y regresó a su cuerpo, cayendo de rodillas y apoyando las manos sobre el suelo. Todo resultaba tan sencillo.

¿Qué le pasa?

Tendré en cuenta lo de los acentos para la próxima vez. De todas formas, gracias por leerte este tostón~
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Re: Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

Mensaje por Señor Nat el Vie 1 Sep 2017 - 12:48

Folla revisada.

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Re: Vientos de Skellige [Time Skip 2017]

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