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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

[TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

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[TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 19:49




Día 112.

Haruka Kanata resollaba en el suelo cubierto de nieve, luchando contra su propio cuerpo en un intento por levantarse. Pero su cuerpo no le respondía.

La tormenta arreciaba. El viento gélido le revolvía los cabellos y la nieve congelaba lentamente sus extremidades al tiempo que cubría su cuerpo.
La sangre se derramaba por sus heridas incesante, tiñéndolo todo de color carmesí.

Tenía el hombro izquierdo destrozado por el mordisco de una criatura enorme, sangraba profusamente y se había agujereado hasta un punto irremediable allí donde los colmillos se habían abierto paso por la carne. El hombro estaba roto y la mano ya se había puesto morada. Mantener todavía el brazo anexo a su cuerpo era casi un milagro.
En el costado opuesto contaba con un corte profundo por el que se atisbaban las vísceras, que derramaba sangre bajo ella como un manantial.
Tenía varias costillas rotas, y estaba segura de que una le había perforado el pulmón porque casi no podía respirar.
El golpe que había recibido en la pierna izquierda se la había roto por diversas partes, de forma que había quedado totalmente inutilizable.
Se había arrastrado unos metros por la nieve ayudándose de sus únicas extremidades sanas, pero su cuerpo ya no podía más. Todo su ser temblaba inevitablemente al tiempo que el peso de la muerte caía sobre su espalda y la hundía más en la nieve roja.

Alzó la cabeza con mucho esfuerzo, emitiendo un gruñido de impotencia que se congeló ante sus narices en una nubecilla de vaho gélido, para ver a una joven albina que le devolvía la mirada. La muchacha se agachó frente a ella con rostro compasivo y le dijo:

—Te estás muriendo.

—Me ha dado esa… impresión -consiguió escupir Haruka, con voz ronca, al tiempo que notaba el sabor de la sangre en su paladar.

—Necesitas aguantar. Sólo unos minutos. El ciclo se repetirá en unos minutos. Si sobrevives unos minutos, vivirás. Así que esfuérzate por mantenerte despierta, muchacha estúpida.

Las palabras de su interlocutora sonaron lejanas, como si le estuviese hablando desde la distancia y las palabras no llegasen del todo a sus oídos, eclipsadas por el sonido de su propia respiración entrecortada, que retumbaba en su cerebro. Le costó horrores descifrar y comprender aquellas oraciones tan sencillas, porque su cerebro se negaba a trabajar. También tenía dificultad para enfocar la vista, que se ennegrecía por los límites de su campo visual, siendo cazada lentamente por un campo de oscuridad.
No podía pensar.
Su cerebro estaba esforzándose al máximo por no apagarse. Su cuerpo estaba luchando con todo lo que tenía por no fallecer. Sólo podía intentar mantenerse viva durante tiempo suficiente.
Le pareció que el tiempo se había detenido. Ya no notaba el viento revolviendo sus cabellos, ni la sangre derramándose por sus heridas abiertas. Volvió a alzar la mirada para ver a Kuramitsuha, que ahora parecía alterada y gesticulaba exageradamente con la boca.
No… le estaba gritando. Pero ella ya era incapaz de oír.
Su vista se nubló al tiempo que la cubría un manto de oscuridad, y su cuerpo se relajó de golpe, dejando de luchar por sobrevivir.
Aquella sensación… era nostálgica por algún motivo.
Le resultaba reconfortante la oscuridad, la nada. Se sentía a gusto, relajada por primera vez en mucho tiempo. Como si hubiese vuelto a casa. Como si no tuviese que luchar más. Ya no había necesidad de mantenerse en tensión, estaba protegida por la oscuridad. Y la oscuridad nunca la abandonaría.


Primera parte: Journey.



Capítulo I: Promesa.



—¿Te vas a Wano? -saltó Elliot, anonadado-. ¿Por qué te vas a Wano?

—Necesito volver a casa -se limitó a responder Haru, mirándose las manos con expresión apagada.

Elliot emitió un suspiro, y las gemelas soltaron su equipaje.

—Tendrá que esperar entonces, chicas -le dijo el muchacho a sus sirvientas, que observaban a Haru con una mezcla de tristeza y enfado-. Aunque a mí me compensa, personalmente, mantener a mis más fieles sirvientas a mi lado.

Klaus miró a Haruka con rostro preocupado, antes de decir:

—Yo esperaré aquí tu regreso, maestra.

—¿Y por qué no podemos ir a Wano contigo? -inquirió una de las gemelas.

—Nosotras también queremos volver. También es nuestro hogar -replicó la otra.

—Porque iré volando sobre la espalda de mi estúpido capitán y no hay sitio para vosotras. Aki… Yuki… -llamó, acercándose a ellas y cogiendo una mano a cada una- Os prometo que os llevaré a Wano. Pero no ahora. Cuando vuelva, ¿vale?

—¿Promesa de meñique? -inquirió Akiko, con el ceño fruncido, ya entrelazando su meñique con el de la chica. Su hermana la imitó, con expresión preocupada.

—¿Y si no te tragarás mil agujas? -confirmó Yukiko. Haruka asintió, y hicieron la promesa de meñique.



Día 240.
El dragón negro se agazapó sobre una roca para observar a su presa, sin emitir ruido alguno. Su objetivo estaba encogido y distraído con lo que tenía entre sus manos, de espaldas a él. Era una ocasión perfecta para atacar. Se preparó para el salto, colocando bien las patas traseras y elevando el pompis para bajar la cabeza con intención de impulsarse. Cogió impulso y…

—Te veo -dijo Haruka con calma. Yoru dio un respingo del susto y se cayó de la roca.

—¡No, no me veías!

—Sí, sí te veía.

—¡Iba a cazarte! -gruñó el dragoncito, soltando un resoplido de humo por las fosas nasales.

—Sigue intentándolo -le dijo la asesina con indiferencia, absorta en su lectura.

—¿Qué haces sentada en el suelo en medio de una ventisca?

—Entrenar. Leer. Meditar. No jugar a cazar al ratoncito, eso desde luego -le espetó, aún sin mirarlo.

—¿Leer? ¿Qué es leer? ¿Qué tiene de interesante esa cosa que tienes en las manos? -inquirió Yoru, curioso, acercándose para olisquear la libreta. Haruka le asestó un golpe con la misma en el hocico, a forma de aviso, y el dragón se apartó un poco.

—Esto es mi investigación, y es vital para mi supervivencia en esta isla. Cada dos meses se produce el reseteo y olvidamos todo lo que sucede, ¿no? Aquí escribo todo lo que ha pasado, para poder leerlo cuando lo olvide. Hasta ahora sólo he podido explorar un cuarto de la isla, así que tengo que seguir por la próxima zona en el próximo reseteo. ¿Entiendes algo de lo que te estoy diciendo? -preguntó, girando la cabeza para ver que Yoru ya no le prestaba atención. Estaba jugueteando como un tonto, intentando atrapar los copos de nieve. Haruka soltó un suspiro de resignación y continuó su lectura.

—¿Y qué hacen los humanos normalmente? ¿Tú eres una humana normal? ¿Todos los humanos huelen mal y leen en medio de ventiscas?

—Claro que sí -asintió ella, indiferente.

—Deberíais lavaros de vez en cuando. Yo me lavo solito, ¿ves? -la chica no lo miró, con la vista fija de nuevo en su libreta-. Mira -a continuación le pegó un lametón que fue desde el codo hasta el pelo. Haruka emitió un gruñido de asco, con la manga llena de babas de dragón.

—Ni se te ocurra volver a lamerme en tu vida, salamandra estúpida -le dijo, molesta. Yoru dio un par de saltitos, juguetón.

—¿Estás enfadada? ¿Estás enfadada? ¿Me vas a perseguir para pegarme? ¿O debería darte otro lametón? -preguntó, sacudiendo la cola a modo de mofa.

—Te vas a enterar -lo amenazó la dragona, guardando la libreta y lanzándose a por él. El dragón echó a correr entre carcajadas. Aunque era el único de los dos que estaba jugando.


Capítulo II: Sinceridad.




Al rato, la muchacha partía a lomos del suzaku, acompañada de Spanner.
Tardaron días en llegar a Wano. En una de sus paradas para descansar y comer algo, en un islote pequeño y desierto, Haruka se armó de valor.
Tenía que contárselo.
Tenía que decirles por qué necesitaba volver a Wano. Y eso implicaba contarles quién era.

—Os he estado mintiendo todo este tiempo -comenzó durante la cena, mirando fijamente su pez espetado a la brasa.

—Sí, ya lo sabemos -soltó Zane como si nada, antes de pegarle un mordisco al suyo.

—No me refiero a eso. Os he estado mintiendo sobre más cosas -admitió la chica, sin poder mirarlos a la cara.

—Estás hecha toda una caja de sorpresas y mentiras, ¿no? -le espetó Spanner con altanería, molestándola. Pero no podía caer en su juego. Tenía que hablar.

—Quiero que sepáis… Antes de nada… Que llevo mintiendo sobre mi identidad desde los once años por los motivos que os contaré a continuación. Nunca he confiado en nadie lo suficiente para desvelarle mi verdadera identidad. Y aquí, y ahora, os estoy abriendo mi corazón y exponiéndome al peligro directamente. Así que ahorraos los comentarios jocosos, haced el favor -pidió, mirando fugazmente a Spanner antes de fijar la vista en el fuego de la hoguera. Tomó aire, y comenzó-. Mi nombre es Mirai D. Murasakibara. Soy hija de Jennifer Fitzgerald, antigua emperatriz kuja y usuaria de la yami yami no mi, capitana de los Dragon Soul Pirates; y de Genzou D. Murasakibara, su espadachín más fiel, samurái procedente de una de las familias más prestigiosas de Wano. Nací en un barco pirata y me crie en Wano, en compañía de mi hermana gemela Yurai, a la que conocéis, y mi hermano mayor Hatsuharu. Éramos una familia unida y… excéntrica, pero feliz. A los ocho años me diagnosticaron una enfermedad genética hereditaria que me impide sentir dolor y temperaturas. Al parecer la heredé de mi abuelo paterno. Cuando tenía once, el gobierno llegó a la isla e intentó asesinar a mi familia. En un intento desesperado por evitar mi captura y mi asesinato, mi madre me tiró por uno de los barrancos de Wano, con tal mala suerte que fui a parar a un barco. Un barco de traficantes, que me llevaron a Shabaody y me vendieron como esclava. Fui esclava un tiempo, y allí… fui forzada a consumir una akuma no mi. Soy usuaria de la Ryuu ryuu no mi, modelo Kuraokami. El dios de las tormentas de mi isla de origen. Cuando no pude más… me convertí a mi forma completa y le arranqué la cabeza a mi dueño de un mordisco -relató, con rostro inexpresivo y mirada perdida-. Luego hui. Los de la Spider Troupe me encontraron en forma de dragón, desmayada en una roca, y decidieron que podían usarme, así que me acogieron, me entrenaron y… me convirtieron en la asesina que soy. El resto… ya lo sabéis. Me cargué a mi jefe, me uní al gobierno, conocí a Spanner, maté a mi jefe otra vez y me hice pirata. No he tenido la… valentía de comprobarlo, pero estoy segura de que hay una suma bastante importante por la cabeza de Mirai D. Murasakibara. Por eso he decidido ocultar mi identidad. Y mi akuma es muy reveladora, así que sólo utilizo sus poderes cuando estoy segura de que quien los descubre va a morir. No sé si mi familia está viva… Sé que mi madre está muerta porque alguien tuvo en su poder la yami durante un corto tiempo, hace unos años. Creía que todos estaban muertos, y ahora me he reencontrado con mi hermana, que me culpa de la muerte de los demás. Por eso voy a Wano. Necesito averiguar qué sucedió, si alguien más sobrevivió. Y por qué Yurai me echa la culpa -finalizó, antes de emitir un suspiro de cansancio y entrelazar las manos sobre las rodillas, expectante.

Tras un silencio incómodo sólo roto por el crepitar de las llamas, Zane se decidió a hablar.

—O sea... que eres un dragón… ¿y me haces volar a mí todo el tiempo? ¡Estoy reventado!

Haruka parpadeó, incrédula. ¿Esa era su reacción? ¿Había abierto su coraza ante ellos, y lo único que le preocupaba era volar? Casi le daban ganas de echarse a reír.
Pero Spanner habló antes de que pudiese hacerlo.

—Todo este tiempo. ¿Cuánto llevamos viajando juntos? ¿Seis meses? Medio año -dijo el espadachín, con tono calmado-. ¿Y en medio año no se te ha ocurrido contarnos nada de esto? ¿En medio año no has confiado en nosotros lo suficiente como para contarnos nada? ¡Nos has mentido a la cara y te has quedado tan tranquila! -gritó entonces, mirándola con rostro enfadado y ceño fruncido- ¡Somos una banda, se supone que debemos confiar los unos en los otros! ¡Y admites que llevas todo este tiempo mintiendo como si nada! ¡Primero lo de las arañas y ahora esto! ¿Crees que podemos confiar en ti después de todo esto? ¿De veras esperas ser una persona de confianza después de habernos traicionado de esa manera? -seguidamente, soltó una risotada amarga-. Y nos lo cuentas ahora porque no te queda más remedio. Porque estás segura de que cuando pises Wano alguien te va a reconocer. Sólo quieres ahorrarte darnos explicaciones luego. No nos estás contando esto porque confías en nosotros, nos lo cuentas porque no te queda otra opción. Dime, Haruka… ¿O es Mirai? ¿Acaso confías en nosotros? Has dicho que te estás exponiendo al peligro. ¿Por qué? ¿Crees que vamos a ir por ahí contándole al mundo quién eres? ¿Que vamos a revelar tu identidad? ¿Que vamos a traicionarte como tú nos traicionaste a nosotros? -hizo una pausa, en la que se tranquilizó y exhaló hondo-. Creía que éramos una banda y estábamos unidos. Parece que soy el único idiota que pensaba así. ¿Qué tenemos que hacer para que veas que puedes confiar en nosotros? No vamos a traicionarte, Haruka. Tu identidad está a salvo -terminó, con mirada honesta.

Aquellas palabras impactaron en la chiquilla, que no podía creerse lo que estaba escuchando. Spanner, el tipo molesto que sólo se metía con ella y la hacía enfadar, estaba siendo amigable por una vez. Zane lo fulminó con la mirada por algún motivo, y Spanner desvió la suya con un mohín de enfado. Haruka no comprendió aquello, pero le daba igual. Se sentía tranquila y relajada. Se había quitado un enorme peso de encima. Ya no había secretos.

—Entonces mañana vuelas tú, ¿no? -inquirió Zane como si nada.

—Si quieres resbalarte por mis escurridizas escamas y caer al agua… -soltó la chica con sonrisa maliciosa-. Yo no puedo volar tan rápido como tú. Y nunca he volado llevando peso adicional. Tampoco estoy muy acostumbrada a volar, casi no he usado mi forma completa. Mejor nos ahorramos tragedias hasta que controle un poco mejor al dragón.

Por desgracia, la tragedia que estaba por ocurrir no podía ser evitada por el mullido manto de plumas del suzaku.



Día 392.
OST:

Por favor, espera a que empiece la música para comenzar a leer.
He intentado sincronizar la acción de la siguiente narración con la canción, pero cada uno tiene un ritmo diferente y quizá se acelere o quizá se quede atrás, dependiendo del lector.
La intención queda ahí, de todas maneras.

Haruka era arrastrada sin remedio por un deslizamiento de tierra acompañado de rocas, barro y nieve. Al llegar al fondo del valle aterrizó de bruces y se limpió con brusquedad la sangre que se derramaba por la comisura de sus labios. Cerró los ojos para evitar que le entrase tierra y se pasó la manga sucia de la chaqueta para eliminar los escombros, antes de emitir un gruñido de frustración y mirar al cielo azul. Un montón de criaturas aladas de dimensiones gigantescas se lanzaban hacia ella desde lo alto, rugiendo furiosas.
Se libró de los escombros a duras penas y se incorporó con piernas temblorosas y cansadas para continuar su carrera.
Una ráfaga de súbito viento glaciar la empujó hacia la izquierda y la tiró al suelo con facilidad. Se incorporó de nuevo con un nuevo gruñido y echó a correr a toda velocidad.
Se había metido en problemas.
Todos los dragones de la isla la perseguían sin descanso para matarla. Había terminado con la vida de uno en un problemático enfrentamiento, y no tenían intención de perdonarla. Los dragones de aquella isla estaban mucho más unidos de lo que ella se había imaginado. Y, aunque el asesinato había sido en defensa propia, poco les importaba a los titánicos lagartos, que no habían dudado en comenzar la persecución con furia. Llevaban ya un rato persiguiéndola y atacándola aleatoriamente, lo que la había dejado cansada, malherida y sucia. No tenía a donde ir y tampoco dónde esconderse. Sólo podía correr.
Uno de los dragones más grandes aterrizó unos metros detrás de ella, haciendo temblar el suelo con su peso y desequilibrándola.
Haruka agitó los brazos al tiempo que su cuerpo era impulsado hacia delante, en un intento por mantenerse en pie y, tras un grito de alarma, consiguió recuperar el control y continuar su huida, activando el haki de observación y exprimiendo sus sentidos para sobrevivir.
El dragón lanzó una llamarada a sus espaldas, que Haruka evitó echándose hacia un lado por los pelos. Literalmente, se le chamuscaron los pelos de la cabeza, y la manga izquierda de la chaqueta.
Los demás dragones volaban en círculos, con intención de rodearla. El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho en cualquier momento, y la respiración agitada se entrecortaba entre gemidos ahogados debido a las varias costillas rotas que le impedían llenar sus pulmones de aire.
Cruzaba una planicie de nieve a toda velocidad, pero allí, en campo abierto, estaba completamente indefensa.
Otro de los dragones aterrizó unos metros a su derecha, haciendo retumbar el suelo nuevamente y obligándola a girar a su izquierda. Vio el bosque un poco más allá e hizo amago de dirigirse hacia allí para ocultarse entre los árboles, pero un nuevo dragón aterrizó frente a ella, enviando una onda de impacto que la tiró al suelo.
Se incorporó por tercera vez a duras penas, resollando y viendo las manchas de sangre que iba dejando a su paso, tiñendo la nieve de color escarlata.
Estaba rodeada.
Las quimeras no tardaron en aparecer en estampida, aprovechando la situación para vengarse de su más temible enemiga, y se lanzaron al ataque parloteando y chillando como locas.
Pero los dragones las chamuscaron con sus chorros de fuego puro.
Haruka era su presa.
Más dragones aterrizaron hasta rodearla completamente, antes de abrir paso a uno de ellos. Aquel que iba a ser su rival.
Haruka volvió a mirar al cielo. El sol estaba casi en el punto exacto. Tan sólo unos segundos más. Sólo necesitaba sobrevivir unos segundos más.
Creó una espada de hielo y afiló el borde con una caricia, antes de soltar un esputo de sangre que impactó a sus pies y fulminar a los dragones con la mirada.
Su rival era un dragón de color rojo, enorme y ardiente, que evaporaba la nieve a su paso y respiraba fuego por las enormes fosas nasales. Las alas eran tan grandes como casas, y sus ojos refulgían como rubíes del tamaño de barcas.
Aquella criatura podía derretir su espada con tan sólo un resoplido. Ya lo había hecho anteriormente. Debía ser familia del dragón muerto, o quizá pareja. Los demás dragones respetaban su lugar como combatiente, rival exclusivo de la muchacha de pelo violeta, así que el dragón asesinado era sin duda importante para aquel gigante rojo. O quizá simplemente era el líder y estaba haciéndose el chulo.
La titánica criatura se adelantó hasta situarse frente a ella y emitir un rugido tan potente que la despeinó, y la obligó a cambiar la postura para no ser arrastrada por el aliento caliente del dragón.
Los demás dragones rugieron también, ensordeciéndola y dañándole el canal auditivo. Algunos de ellos lanzaron llamaradas al cielo, otros rayos y truenos que retumbaron en el lugar.
Aquello era un linchamiento en toda regla, y Haruka estaba en completa y absoluta desventaja. Ella era, además, una dragona inexperta, pequeña y mucho menos poderosa que aquellos gigantes. No tenía nada que hacer si su hielo era completamente derretido e incluso vaporizado debido al ingente calor que desprendía aquel dragón rojo. Estaba casi segura de que ese bicho enorme podía derretir la isla entera con su fuego si se lo proponía. Así que el gigantesco dragón tenía ventaja, y lo sabía. Por eso se permitía alardear, creando aquel ring improvisado y rugiendo como simple aviso y muestra de poder. Podría habérsela tragado de un bocado, pero no tenía intención de hacer aquello. Haruka entornó los ojos, complacida. Aquel dragón era más poderoso que ella.
Pero ella era más lista.
Alzó la espada de hielo, que refulgió con la luz del sol cuando los rayos la impactaron y señaló hacia arriba.
Los dragones miraron al cielo y comprendieron.
Ella sonrió.
Había ganado.
Y entonces comenzó el reseteo. El torbellino apareció de la nada y arrastró a todas las criaturas vivas. Los cuerpos empezaron a chocar. Un dragón de tamaño mediano impactó de lleno contra Haruka, rompiéndole las pocas costillas que le quedaban sanas y dislocándole un hombro. La muchacha fue arrancada de aquel lugar para ser placada por otros dos, que le rompieron ambos brazos y una cadera.
Pudo ver cómo los dragones se desesperaban por alcanzarla, alargando sus cuellos hacia ella allí donde se encontraban en medio del caos de cuerpos en un vano intento por sujetarla entre sus fauces e impedir que se marchase.
Pero no funcionó.
La asesina fue arrancada de la compañía de los dragones, recibió un mordisco de una quimera que le arrancó una nalga de cuajo y pudo ver venir la otra mitad de su brazo en medio de la marabunta de cadáveres. El brazo se anexó automáticamente a su codo, la sangre volvió y la piel se regeneró, haciéndola carcajearse.
Cortó la carcajada de golpe al ver venir en su dirección una quimera que no podía esquivar. El animal impactó de lleno en su cabeza, dejándola automáticamente inconsciente y creando nuevas heridas que el reseteo eliminó al segundo.
El torbellino caótico arrastró todos los seres vivos de la isla hasta sus respectivos lugares de origen, y luego cesó de forma abrupta, como si nada hubiese sucedido para empezar.
La dragona fue depositada con brusquedad en la nieve, y recuperó el conocimiento.
Estaba de rodillas, y tenía en su mano izquierda una espada de hielo cubierta totalmente de sangre.
A su alrededor, docenas de quimeras vivas que la miraban con gestos amenazantes, y unas cuantas muertas en el suelo, que manchaban la impoluta y pura nieve blanca de granate.
Parpadeó, preguntándose qué clase de lapsus había tenido, y se levantó para seguir enfrentándose a sus enemigas.
Como ya había hecho otra media docena de veces.
Pero eso ella… no lo recordaba.
El reseteo borraba toda la memoria que tenía de aquel lugar, y la devolvía al punto de partida.
Aquello era… Rewrite Island.


Capítulo III: Caída.




Al día siguiente volaban sobre la gigantesca ave en dirección a Wano. Ya habían cruzado la Red Line y Haru calculaba que no les quedaba mucho más trayecto para llegar a su destino. Estaba discutiendo con Spanner sobre algún tema científico del que enseguida se olvidó cuando entraron de lleno en una tormenta.
Una de las terribles tormentas del nuevo mundo.
Los rayos se sucedían con puntualidad perfecta y localización aparentemente aleatoria. Quizá un navegante especializado en climatología podría deducir dónde iba a caer el siguiente rayo, pero aquello estaba muy lejos de sus capacidades en aquellos momentos.
Haruka podía intentar recibir de lleno los rayos debido a su inmunidad, pero ser inmune a los rayos que ella misma creaba y ser inmune a los rayos de una tormenta del nuevo mundo eran dos cosas completamente diferentes.
De todas maneras, el pájaro no estaba al tanto de los poderes específicos de la muchacha, y revoloteaba intentando esquivar los rayos y seguir adelante para salir de la tormenta.

Haruka se agarraba con ambas manos a sus plumas, con los ojos entrecerrados debido al viento y la lluvia. Sólo podía ver la emborronada espalda de Spanner frente a ella, mientras se esforzaba por no perder el equilibrio y caer al agua.

Quizá era mejor idea transformarse en su forma completa y volar para liberar algo de peso a Zane, pero no le dio tiempo a decir nada.
Un rayo pasó peligrosamente cerca de su rostro y rozó el ala del suzaku, que perdió el equilibrio.
El tiempo se ralentizó.

Haruka pudo ver cómo la espalda de Spanner se deslizaba y su cuerpo se giraba al tiempo que el joven intentaba mantenerse sujeto y recuperar el equilibrio. Haruka alargó la mano hacia él, pero sintió que sus movimientos eran torpes y excesivamente lentos.
Spanner resbaló y cayó. La asesina sólo llegó a rozarle la mano.

La negación y la sorpresa se apoderaron de su cerebro.

—No… No, no, no, no… ¡SPANNEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER! -bramó con todas sus fuerzas, antes de tirarse al vacío.

«¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué me he tirado sin pensar? No, no importa. Spanner. Tengo que salvar a Spanner.», se sorprendió pensando, al tiempo que se transformaba casi por inercia en su forma completa y se lanzaba a por el joven.

La tormenta era poderosa, pero ella también lo era. Ella era la diosa de las tormentas, después de todo, ¿no? No podía haber tormenta que se le resistiese. Ella era la causa de las tormentas, no podía perder ante una.
Con esa confianza, peleó contra el viento y la lluvia para llegar hasta su compañero, que caía a toda velocidad sin remedio.

Sin embargo, una ráfaga de viento la envió unos metros a la derecha, y pudo ver como el muchacho era arrastrado en dirección opuesta.
Un rayo impactó entonces de lleno en su cuerpo, y el exceso de electricidad hizo que perdiese el conocimiento instantáneamente.

«No… Spanner…», fueron las últimas palabras que cruzaron su mente, al tiempo que el agua se derramaba por sus mejillas escamosas.



Día 74.
Haruka llevaba dieciocho días en la isla, desde que había empezado a llevar la cuenta en la libreta. Sabía que no había empezado el día uno, porque no se había dado cuenta del reseteo hasta más adelante. Si había sido lo suficientemente inteligente, había empezado a contar tras el primer reseteo. Pero no estaba segura. Ella misma había creído estar en los primeros días de estancia allí, hasta que abrió la libreta y leyó su contenido.
Era complicado estar segura de nada cuando tu propio cerebro te engañaba, así que había decidido no fiarse ni siquiera de sí misma, y no dar nada por sentado. Aunque, por supuesto, con el próximo reseteo lo olvidaría todo y tendría que volver a empezar.

Su cerebro y sus memorias se reseteaban, pero había comprobado que los objetos inanimados no se veían afectados por el bucle. Su ropa estaba cada vez más rota y ensangrentada, no volvía a su estado original. La libreta seguía escrita, su contenido no desaparecía con los reseteos. Su pelo había crecido, pero estaba bastante segura de que aquello era efecto secundario del proceso regenerativo, que aceleraba todo el proceso de regeneración de su cuerpo y no sólo las heridas, lo que hacía que su pelo creciese más rápido de lo normal. Había constatado que nada inanimado se veía afectado, dejando por escrito un pequeño experimento en que movía una roca de sitio, y comprobando que no había regresado a su posición original tras el reseteo.

Según su teoría, ella había entrado a la isla cuando el reseteo aún no había finalizado. Lo creía así porque, tras éstos, aparecía de bruces frente a un montón de quimeras -había bautizado así a las bestias copionas-, con la espada ya cubierta de sangre y unas cuantas muertas a sus pies.
El reseteo probablemente había terminado en ese justo momento, así que la enviaba a ella de vuelta allí. Lo que no terminaba de comprender era por qué las quimeras que ella había asesinado en su primer día volvían a la vida tras el reseteo quince días más tarde. ¿O quizá no eran las mismas quimeras?
Pero siempre eran veinte. Tenía que haber una explicación para aquello, pero aún no la había encontrado.


Capítulo IV: Reencuentro.




Cuando despertó, lo primero que pudo notar fue la boca pastosa y… ¿era eso arena? Abrió los ojos para ser deslumbrada momentáneamente por el brillante sol de la mañana y se cubrió el rostro con un brazo por instinto, emitiendo un gruñido de molestia.
Empezó a toser de manera descontrolada al tiempo que se incorporaba y se colocaba a cuatro patas sobre el suelo arenoso. Se limpió la arena de la comisura de los labios con un gesto brusco y escupió con gesto asqueado. Tenía arena en la boca, necesitaba enjuagarla con algo.
La ropa estaba todavía mojada y olía a salitre, y tenía el pelo apelmazado y pegado a la cara. Se lo apartó con gesto airado, pensando que nunca antes le había molestado su cabello, pero ahora por algún motivo no podía soportarlo.
Quizá el hecho de que fuese color violeta tenía algo que ver.

Se levantó y empezó a buscar con la mirada su bolso, que encontró tirado un poco más allá. Rebuscó entre sus cosas y enseguida encontró lo que quería. Se trataba de un kimono, la ropa tradicional de Wano, y unas sandalias de madera.
Pero no iba a vestir así para pasar desapercibida.
El kimono había sido diseñado por Akiko, y contaba con una amplia abertura en la espalda que dejaba al descubierto su tatuaje de dragón. Vestir aquello significaba pasearse por las calles de Wano gritando “soy una Murasakibara”. Y eso era exactamente lo que iba a hacer.

Se cambió de ropa tras unas rocas, y tardó un rato en recordar cómo se colocaban todas las piezas. Hacía tanto tiempo que no usaba kimono que casi se había olvidado. Seguidamente se recogió el largo pelo en una cola de caballo alta para no tapar en tatuaje, guardó la ropa sucia en el bolso, así como sus armas, y echó a caminar en dirección a la civilización.

«Voy a necesitar una katana…»

Wano había cambiado bastante en los siete años que llevaba fuera. Parecía más… civilizado. Había más gente, y las calles estaban más bulliciosas de lo que ella recordaba.
No tardó mucho en ganarse miradas curiosas y, los que se paraban a mirarla y descubrían su espalda empezaban a murmurar y señalarla. Frunció el ceño con decisión al tiempo que seguía avanzando.
Sus pies la llevaban casi instintivamente de camino al que había sido su hogar. Un nudo atenazó su estómago y tensó sus músculos conforme se acercaba. ¿Qué habría sido de aquella casa? ¿Seguiría en pie? Hacía tanto que se había marchado, que casi tenía miedo de volver.
Un joven se interpuso en su camino entonces.

—Forasteros en nuestro pueblo, ¿quién lo diría? -comentó el interlocutor con una sonrisa, llevando la mano a su katana. Se trataba de un joven de pelo castaño claro y ojos color chocolate, cuerpo esbelto y probablemente escuálido escondido bajo un kimono azul y blanco, rostro que no había perdido todavía su redondez infantil, y gafas gruesas sobre su nariz.

—No soy forastera -replicó Haruka, mirando a su alrededor en busca de una katana.

—Entonces le reto a un duelo, señorita violácea -sonrió el muchacho, desenvainando su hoja y colocándose en pose ofensiva.

—De acuerdo. Oye, tú. Déjame tu katana -ordenó a un hombre de mediana edad que pasaba por allí, robándosela sin miramientos.

—¡Eh! ¿Quién te crees que eres para tratar así a los hombres, muchachi…? -se quedó con la palabra en la boca en cuanto la joven le dio la espalda y pudo ver el tatuaje.

Haruka encaró a su oponente katana en mano, y comenzó su duelo.
El muchacho atacó primero, dando una estocada hacia delante apuntando hacia su abdomen, pero ella era rápida, y pudo evitarlo echándose a un lado con facilidad. El joven aprovechó ese movimiento para girar la katana y golpearle la espalda con el dorso de la espada, y Haruka respondió alargando el brazo hacia él y golpeándole las gafas con el kissaki, sobresaltándolo. Se separaron y la chica lo encaró de nuevo, empuñando la katana con ambas manos mientras su oponente la empuñaba en su diestra, en guardia neutra, con un pie ligeramente más adelantado que el otro, y pose socarrona.
Haruka fue la primera en atacar esta vez, efectuando un tajo en diagonal dirigido directamente al pecho del muchacho, que bloqueó el golpe con su katana con relativa facilidad y la empujó hacia atrás. Ella dio un salto para alejarse de él y recuperar el control de sus movimientos, y volvió a abalanzarse sobre su oponente, ahora agachándose tal y como solía hacer en modo asesina, para hacer un barrido con la hoja dirigido a sus piernas. No pudo acertar, sin embargo, porque el chico envió un corte en vertical dirigido a ella, y se vio obligada a echarse hacia atrás para evitarlo, por lo que su arma siquiera rozó las piernas del enemigo.
Tras aquello ambos se lanzaron al frente y chocaron sus aceros, midiendo sus fuerzas y empujándose mutuamente, sin ceder. Haruka tuvo ventaja, probablemente gracias a su fruta, y atisbó por el rabillo del ojo cómo la muñeca de su oponente cedía lentamente ante la presión de su empuje. Tras unos segundos, se separaron a la vez, saltando hacia atrás con agilidad, y se apuntaron mutuamente con las katanas.
El muchacho hizo un barrido horizontal con el filo, que Haruka no tuvo problemas para bloquear.
La dragona respiró hondo y se decidió a atacar en serio. Su especialidad era la velocidad. Ataques poco profundos, torpemente apuntados, pero rápidos y difíciles de esquivar. Nunca había efectuado ese tipo de ataques con una espada, prefería filos más pequeños porque le otorgaban más movilidad, motivo que la había llevado a optar por dagas y cuchillos. Pero por probar no perdía nada.
Cogió la katana con la zurda, su mano buena, en posición inversa, colocando el filo en paralelo con su brazo tal y como hacía con sus dagas y, seguidamente, efectuó un giro de muñeca al tiempo que giraba el cuerpo, efectuando un corte a la altura del pecho del chico, que se vio obligado a retroceder para evitar ser cortado. Mirai continuó girando, volviendo a retorcer el brazo para efectuar cortes en distintas direcciones, y el chico no pudo hacer más que esquivar, ya que ella no le dejaba margen de movimiento para atacarla.
Siguió danzando, utilizando la espada como si fuese un cuchillo y efectuando cortes rápidos a distintas alturas y en distintos ángulos, sin patrón aparente, al tiempo que seguía con la mirada los movimientos del joven para apuntar medianamente, pero sin pararse demasiado. No pretendía atinar, después de todo.
Tras aquellos movimientos veloces, la chica dio un giro de ciento ochenta grados y soltó la katana para cogerla en el aire e impulsar el brazo hacia atrás, golpeando al muchacho en el abdomen con la empuñadura del arma.
El chico cayó al suelo.
Finalmente, la chica se colocó sobre el pecho del joven espadachín y dirigió la punta de la katana hacia su cuello, haciendo que levantase las manos en señal de rendición.

—Tan fuerte como de costumbre, ¿eh? No has perdido habilidad con la espada.

—En realidad hace mucho que no uso una. Sigo siendo igual de mala que antes. Sólo que tú siempre has sido peor que yo -respondió ella, ofreciéndole una mano para ayudarlo a levantarse. El muchacho sonrió de nuevo.

—Me alegro de volver a verte, Mirai.

—Cuánto tiempo sin vernos, Icchin -el chico aceptó su mano y se levantó, para situarse frente a ella-. ¿Cómo has sabido que era yo?

—No digas tonterías. Te reconocería en cualquier parte -se limitó a decir el joven, sin borrar la amable sonrisa de su rostro. El chico había crecido, pero no había cambiado. Ichinose Kimura era su amigo de la infancia. Se habían criado prácticamente juntos, se veían casi todos los días. Haruka solía jugar junto a él y su hermana Yurai con frecuencia, y también se batían en duelos de espadas, usando bokken. Los resultados eran siempre los mismos: Mirai perdía contra la avanzada habilidad de Yurai, pero Ichinose no era capaz de vencerla-. Supongo que te dirigías a tu casa. ¿Puedo acompañarte? Han pasado cosas que quizá… no sepas.

Haruka asintió, le devolvió la katana al atónito samurái y echó a caminar junto al muchacho por las calles de tierra, todavía con un montón de ojos indiscretos clavados en sus nucas. Ichinose se percató enseguida y, para librarse de los mirones, tomó a Haruka de la mano y la arrastró hasta el estrecho callejón entre dos casas, para luego salir a la calle paralela y seguir caminando como si nada. Aquella estaba más desierta, así que el muchacho se detuvo y soltó a la chiquilla.

—Todavía recuerdo como si fuese ayer aquel día. Se lo conoce como “el día en que la familia Murasakibara desapareció” -relató, con mirada triste.

—¿Desapareció? ¿Eso quiere decir que ninguno murió en la isla? -se sorprendió Haruka. Ichinose negó con la cabeza.

—De hecho, por la que más preocupados estábamos eras tú. Cuando me contaron que tu madre te había dejado caer por un barranco… Creí que… -el muchacho se derrumbó ante ella con lágrimas en los ojos- Creí que… habías… Todos estos años… -sollozó, antes de sujetar la parte baja del kimono de Haruka con ambas manos y hundir la cabeza en su abdomen. Ella se limitó a mirarlo con ojos fríos y rostro inexpresivo. Tras unos segundos, el chico se apartó y se enjugó las lágrimas con una risa nerviosa-. Lo siento. Sé que no te gusta el contacto físico, pero… -se detuvo, cayendo en la cuenta del motivo, y la soltó, para mirarla desde el suelo- ¿Has perdido del todo la capacidad de sentir? ¿No has sentido…? -ella meneó negativamente la cabeza antes de que terminase la frase. En respuesta, Ichinose se levantó y la abrazó con fuerza, de improviso-. ¿Esto tampoco lo sientes?

—El tacto permanece. Pero no siento calor, ni frío. Ni dolor -explicó toscamente. Ichinose se apartó y la sujetó por los hombros. Ya casi se había olvidado de lo tocón que era ese niño.

—Así que no eres capaz de sentir el calor humano. La calidez de un abrazo -se compadeció el muchacho, soltándola.

—Psicológicamente… Todavía quedan vestigios. Mi cerebro me… engaña. Recrea el sentimiento de calidez, pero es… superficial, intangible. Una copia barata de lo que algún día fue. No me pasa con todo el mundo, sólo con algunas personas. Todos sobrevivieron entonces -cambió de tema sin más.

—Todos salieron de la isla -confirmó Ichinose, invitándola con un gesto a continuar caminando. Ella aceptó y echaron a andar-. No sabemos nada más. Tus hermanos desaparecieron después de ti, y hay testigos que afirman haber visto a tus padres juntos, antes de que desapareciesen también.

—Así que eso fue lo que pasó… Por cierto, ¿has visto a un chico todo vestido de negro que parece una chica y tiene el mismo color de pelo que yo? -inquirió Haruka entonces.

—¿Eh? No que yo recuerde. ¿Por qué?

—Lo estoy buscando. Se separó de nosotros durante una tormenta bastante fea y no sabe nadar…

—¿Nosotros? -repitió Ichinose, curioso.

—Ah, cierto -se dio cuenta Haru-. Me pregunto si el capitán estará bien -dijo con rostro completamente inexpresivo y voz sarcástica.

—¿Capitán?

—Haruka Kanata es una pirata buscada por la justicia, contramaestre de los Arashi no Kyoudai -al decir ese nombre, soltó una risotada amarga-. Qué nombre más irónico… Tendremos que hacer algo al respecto…

Ichinose se detuvo y a Haruka se le cortó la respiración.
Habían llegado a su destino.
La mansión de los Murasakibara, otrora gigantesca y reluciente, con estructura tradicional de Wano, con sus techos puntiagudos, sus numerosas puertas de papel de arroz, sus largos pasillos y su forma rectangular; aquella casa que para Haruka había sido su único hogar, aquel que la había visto crecer, reír y llorar, sentir y dejar de sentir poco a poco, frustrarse y enfadarse, gritar y murmurar, vivir…
Ya no quedaba nada de aquella casa.
Tan sólo parte de la estructura original se erguía, completamente ennegrecida.

—No sabía cómo decírtelo… La casa… Fue quemada ese día. Ardió hasta los cimientos, ya no queda… nada -musitó Ichinose, mirándola con rostro afligido.

Haruka cayó de bruces al suelo de tierra, observando el solar que había sido su hogar, casi completamente destruido.
Así que…
Ya no tenía un lugar al que volver.
Nunca lo había tenido.

«He perdido a mi familia. He perdido a Elliot. He perdido a Spanner. He perdido mi hogar… Ya no me queda nada que perder…», se dijo a sí misma la muchacha, al tiempo que la realidad clavaba un nuevo puñal en su marchito corazón.

—Lo… lo siento mucho -balbuceó Ichinose. Haruka meneó la cabeza negativamente y se levantó, para limpiarse la tierra de las rodillas.

—Voy a inspeccionar -informó, atravesando el umbral de la entrada chamuscada, que todavía se mantenía en pie.

—¡V-voy contigo! -saltó el joven, siguiéndola.



Día 168.
Haruka era incapaz de percibir temperaturas, pero era lo suficientemente inteligente como para saber que la sangre que brotaba de sus heridas se estaba congelando nada más salir, cristalizándose sobre su piel y haciéndole más daño, empeorando su estado.

Estaba en medio de una tormenta de nieve, una ventisca horrible, que ni siquiera sus poderes de dragón podían soportar.
Apoyó la espalda contra un montículo de nieve y trató de recuperar el aliento, al tiempo que el líquido carmesí se derramaba por su rostro, calentándolo momentáneamente para luego congelarlo.
Debería haberse rendido hacía tiempo. Pero aún quedaban muchos días para poder salir de allí, según sus cálculos.
Al tiempo que la tormenta depositaba una capa de nieve sobre su cuerpo, congelándola lentamente, comenzó a recordar un fragmento que le había leído Elliot una vez con su perfecto acento eriulandés. Cuando aún la recordaba. Cuando aún eran amigos.

Una vez, un hombre sabio dijo:
“Al tiempo que llegas a este mundo, algo más nace contigo.

Haruka tosió y se quitó la nieve de encima al tiempo que su cuerpo comenzaba a temblar sin remedio. Tenía que moverse, o sus músculos se congelarían.
Se levantó a duras penas. Le costaba respirar. Tenía sueño.
Aquello no era buena señal.
Tenía que sobrevivir, sólo un poco más.

Tú comienzas tu vida, y ella comienza su viaje, hacia ti.
Se mueve despacio, pero nunca se detiene.

Se envolvió en la chaqueta de lana con la esperanza de que su cuerpo entrase un poco en calor. No sentir temperaturas no implicaba que su cuerpo fuese inmune a ellas, después de todo. Si bien probablemente no podía congelarse ya, eso no descartaba la muerte por hipotermia. Las bajas temperaturas, al menos aquellas tan extremas, no eran buenas para su cuerpo. El viento azotaba sus cabellos, que latigueaban su rostro sin piedad, pero la chica siguió caminando, dejando un rastro de sangre a su paso.

A donde sea que vayas, sin importar el camino que escojas, te seguirá.
Nunca más rápido, nunca más despacio.
Siempre viniendo.

Su haki de observación la alertó de algo acechándola a sus espaldas, y echó a correr todo lo rápido que sus cansadas piernas le permitían, en busca de refugio.
Si no se equivocaba, la cueva debía estar en aquella dirección.
Pero con la ventisca casi no podía ver nada.
Y se había prometido no usar su forma híbrida de poder evitarlo.

Tú correrás, ella caminará.
Tú descansarás, ella no lo hará.

Se quedó sin aliento y apoyó las manos en las rodillas, resollando. Las gotas de sangre cayeron frente a ella y derritieron un poco de nieve, formando vapor a sus pies.
La presencia seguía acercándose, a ritmo constante. Así que se enjugó el sudor de sufrimiento del rostro, y continuó corriendo.

Un día, te quedarás en el mismo sitio demasiado tiempo.
Te sentarás demasiado quieto o tropezarás demasiado profundo.

Sus piernas le fallaron. No podía seguir corriendo, les estaba exigiendo demasiado. Así que perdió en control de sus extremidades, que la hicieron tropezar y caer al suelo, al tiempo que se rendían sin permiso.
Emitió un gruñido de frustración y golpeó la nieve con los puños cerrados.
Seguidamente, cerró los ojos, respiró hondo con intención de tranquilizarse y se sentó en el suelo, esperando a su acompañante.
Pudo divisar una silueta oscura aproximándose en la ventisca.

Y cuando, demasiado tarde, te levantes para marchar, advertirás una segunda sombra junto a la tuya.
Tu vida, entonces, terminará.”

Esbozó una sonrisa irónica, maldiciendo a su cerebro por recordarle aquellas líneas en aquel preciso momento. A veces, el cerebro era así.

—¿Sabes el título de este fragmento? -inquirió Elliot, cerrando el libro. Haruka meneó negativamente con la cabeza-. Journey.

—Muerte habría sido un título más adecuado -comentó la chica-. Porque es de eso de lo que habla, ¿no?

—Sí. Pero, al fin y al cabo, nuestra vida es sólo un viaje. Un viaje hacia los brazos de la muerte. Poético, ¿no crees? Me parece un título más que adecuado.

—¿Quién escribió eso? -se interesó la chica. Elliot sonrió y le extendió el libro.

—¿Por qué no lo lees y lo averiguas?

La muerte se acercaba a ella, a paso sosegado, como si la ventisca no le afectase en absoluto. Haruka se dejó caer en la mullida nieve, tumbándose boca arriba con los brazos extendidos, y miró al cielo.
La ventisca no le dejaba ver nada.
¿Moriría así, en aquel caos de viento, nieve y hielo? ¿En aquel caos de gritos agonizantes y chirridos, donde era imposible diferenciar un alarido del sonido del viento?
Recordó que se había negado a leer aquel libro de poemas, ya que la poesía le resultaba innecesaria y poco práctica.

—Supongo que nunca lo leeré… -musitó para sí, con una ligera sonrisa, al tiempo que la sombra oscura se abalanzaba sobre ella.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 19:51

Capítulo IV: Blackie.




Entraron al solar y tuvieron que subir de un salto a la base de la casa derrumbada, ya que las escaleras habían quedado completamente inservibles.
Haruka se acercó a la única puerta que quedaba en pie y la empujó con cuidado. La estructura cedió y se derrumbó ante ella, sobresaltándolos.
Continuó explorando las ruinas quemadas de la mansión, recordando que era tan grande que no usaban la mayor parte del complejo.
La madera crujía con cada paso, cediendo ante su peso, gimiendo de dolor al ser pisada.
Haruka se adentró con intención de acceder al jardín interior, donde había pasado la mayor parte de sus días.
Atravesó lo que una vez había sido el comedor, y el salón donde su padre se reía con calidez y le revolvía el pelo. Los recuerdos volvían a ella como estrellas fugaces, impactándola a cada paso que daba, cegándola con su color y calor, añadiendo peso a la carga que soportaban sus cansados hombros.
El lugar que ahora atravesaba estaba antes ocupado por la cocina, donde los sirvientes jugaban con ella y su hermana hasta que su hermano las echaba y les chillaba que les dejasen trabajar.
Y a continuación posaba sus pies sobre el cuarto donde su madre guardaba todos sus instrumentos, el lugar donde cantaba casi cada día, mientras su padre afilaba sus espadas, su hermano leía algún libro y Yurai y ella jugaban.
Haruka se llevó una mano al pecho, invadido por punzadas de dolor con cada paso y cada recuerdo, y respiró hondo antes de dar un paso más.
La madera cedió ante el peso de su cuerpo y su pie se hundió, sorprendiéndola. La madera colindante cedió también, haciéndola caer y emitir un grito de sorpresa.
Ichinose gritó su nombre y ella meneó la cabeza golpeada para conseguir enfocar la vista.
Por la escasa luz que se filtraba por el agujero que ella misma había creado, podía ver que se encontraba en una estancia pequeña.
No recordaba que tuvieran un sótano, ni ningún cuarto bajo tierra.
Una criatura gigantesca siseó y se abalanzó sobre ella.

Haruka volvió a gritar, e Ichinose se acercó a toda velocidad al agujero.

—¡Mirai! ¡Mirai! ¡¿Estás bien?! -no obtuvo respuesta-. ¡Mirai! -repitió, asustado.

—Estoy bien -escuchó entonces-. Imaginar que tú estabas aquí… -dijo a continuación, dejándolo confuso. Ichinose se asomó, para ver a Haruka sentada en el suelo de un cuarto subterráneo, con rostro mezcla de melancolía y resignación, al tiempo que una serpiente gigantesca de color completamente negro rodeaba su cuerpo y… le lamía la cara. Haruka acarició la cabeza de la serpiente, que restregó las escamas contra su mano pidiendo más caricias-. Blackie… Yo también me alegro de verte.

—¿No le tenías… asco a las serpientes? -inquirió Ichinose.

—Ah… Es cierto. Le tenía asco. Y todo por culpa de esta. Demasiado cariñosa. ¿Por qué será que ahora ya no me da cosa tocar sus escamas? -se preguntó, al tiempo que la serpiente se revolvía sobre sí misma. Blackie debía medir al menos cuatro metros de largo. Era la serpiente de su madre kuja, y nunca se había separado de su lado. Pero aquel fatídico día, Haruka recordaba haberse preguntado dónde estaba la serpiente, al ver a su madre sola.

La criatura volvió a acercar su cabeza a ella, y la chica vio que portaba algo entre sus fauces dislocadas. Un cofre pequeño de madera y oro. Lo depositó sobre su regazo y volvió a sisear antes de frotar su cabeza contra la mejilla de Haruka.

—¿Has estado guardando esto todo este tiempo? -la serpiente asintió. Comprendía perfectamente el lenguaje humano, su madre la había entrenado personalmente-. Has sido una chica muy fuerte y valiente. Todo este tiempo aquí encerrada, guardando el cofre hasta que alguien de la familia volviese, ¿verdad? -la criatura volvió a asentir y Haruka apartó el cofre a un lado para dejar que Blackie reposase la cabeza sobre su regazo-. Buena chica. Muy buena chica. Eres la mejor serpiente del mundo, Blackie -la halagó, sin dejar de acariciarla-. Ya estoy aquí. Siento haber tardado tanto en volver. Has esperado aquí sola tanto tiempo… Pero ya puedes descansar. Dormir un rato. Has hecho un buen trabajo. Buena chica…

Ichinose se enjugó las lágrimas, al tiempo que Haruka continuaba acariciando y halagando a la serpiente gigante con voz dulce. Poco a poco, el animal dejó de sisear, y de respirar. Haruka no dejó de acariciarla hasta minutos después de su muerte. Cuando paró, Ichinose se atrevió a hablar.

—¿Sabías… que se iba a morir?

Haruka suspiró.

—Las serpientes no viven mucho más que sus amazonas. Suelen morir al poco, o a la vez. La conexión que las une se rompe y las serpientes no tienen motivo para vivir -informó-. Mi madre lleva años muerta. Blackie se ha mantenido viva por pura determinación, en un intento por cumplir la última orden de su adorada kuja. Y ahora que ha cumplido su misión… puede descansar en paz -Haruka respiró hondo, luchando por no llorar, y soltó una ligera carcajada-. De veras eras la mejor serpiente del mundo, asquerosa gigantona -le dijo al animal, dándole unas palmaditas en la escamosa y fría piel y mirando sus ojos negros, que permanecían abiertos y brillaban como joyas con el reflejo de la luz. Seguidamente miró a su compañero-. Ayúdame a sacarla de aquí -pidió.

Entre los dos consiguieron arrastrar el cadáver de Blackie hasta el jardín interior, lleno de maleza.

—Necesito una pala -dijo a continuación Haruka, empezando a arrancar las malas hierbas para despejar la zona-. ¿Podrías conseguirme una?

—Sí, pero… ¿Vas a…? Traeré dos y…

—No -le cortó-. Blackie era una Murasakibara. Es mi deber como miembro de la familia darle una sepultura decente. No te metas -finalizó con ligera brusquedad.

Pasó el resto de la tarde arrancando hierbas y plantas y cavando una tumba lo suficientemente grande y profunda como para acoger el enorme cuerpo de la serpiente, ante la atenta y silenciosa mirada de Ichinose. Para cuando finalizó, el kimono estaba empapado en sudor, el pelo se le pegaba al rostro y el sol se ocultaba en el horizonte.

Colocó unas piedras formando una torre sobre la tumba, y dio un par de palmadas antes de inclinar la cabeza en señal de rezo. Ichinose la imitó, y ambos se mantuvieron en aquella posición, con los ojos cerrados, unos segundos.



Día 90.
Haruka avanzaba a toda prisa colina arriba. La superficie cubierta de nieve amortiguaba el sonido casi inexistente de sus pasos, y la tormenta de nieve le otorgaba el camuflaje perfecto. En momentos como aquel, agradecía tener aquella visión hecha para ver a través de las tormentas, y la capacidad de ser inmune a ellas.
Se agazapó sobre una roca, inspeccionando el terreno con atención al tiempo que el viento revolvía sus cabellos con furia.
No parecía haber moros en la costa, así que se apresuró por entrar a la cueva, agachada para convertirse en un objetivo más pequeño, cosa que ya hacía casi involuntariamente.
La cueva estaba repleta de pintadas y grabados. Haruka miró a su alrededor con admiración y comenzó a pasearse por el lugar, acariciando los grabados con delicadeza e intentando desentrañar su significado.
Aquellos grabados, en conjunto con las pinturas, parecían contar una historia. Ella no era arqueóloga así que no podía desentrañar el significado concreto de todo lo que estaba viendo, pero se hacía una idea general.
Algo había sucedido en la isla, alguna especie de catástrofe, que había provocado probablemente el bucle temporal. Había una civilización viviendo allí, según las pintadas con formas humanoides, y habían decidido marcharse.
Lo siguiente era un grabado de una especie de ballena de tamaño colosal, con una ciudad construida encima. Mirai acarició la figura tallada al tiempo que sopesaba las opciones. Probablemente habían construido una especie de arca gigante, que parecía ser voladora, y habían huido de la isla. Quizá aprovechándose de la abertura que se producía cada quinientos sesenta días.
Sin embargo, para construir una nave de aquel tamaño y con aquella tecnología, la civilización debía ser super avanzada.
Abstraída en sus cavilaciones, tardó demasiado en darse cuenta de la presencia que había tras ella.
Para cuando se volvió, el dragón ya se abalanzaba sobre ella con las fauces abiertas de par en par y ácido asomando por el fondo de la garganta.

—Oh, mier…

Se cortó a sí misma al escuchar un grito reverberando en su cerebro. ¿De dónde procedía aquel grito? ¿Y qué gritaba? Casi le parecía haber oído…
Ryuuketsuki.


Capítulo V: Revelación.



Haruka regresó a la habitación subterránea oculta y recuperó el cofre. Se dio cuenta entonces de que el cuarto era más espacioso de lo que le había parecido la primera vez, probablemente porque ya no tenía a una serpiente de cuatro metros encogida en su interior. Algo brillaba al fondo, y se acercó a ver.
Sobre un soporte de madera yacía una katana que conocía muy bien. La katana de Genzou D. Murasakibara: Saika.
No. No era Saika.
Aquella era una katana que no había visto en su vida. ¿Sería la nueva katana de su padre?
La tsukamaki, la tela que recubría el mango de la katana, era de color violeta como los ojos de su madre. En la kashira, la parte superior del mango, habían grabado el kamon de la familia Murasakibara, la flor de cinco pétalos. La samegawa era de cuero negro, y el adorno de la tsuka o mango, el menuki, era un dragón. Pero no cualquier dragón. Tenía una bola de hielo en su garra, indicando que aquel era Kuraokami. El fuchi contaba con más flores de cinco pétalos adornando, y la tsuba o guardamanos era cuanto menos interesante. Se trataba de una serpiente, entrelazada con un dragón japonés, mirándose la una al otro.
El filo era una aleación desconocida para Haruka, que le otorgaba aquel color amarronado, que con el sol probablemente brillase rojo como el fuego. El hamon ondulado era marca de los más respetados herreros de Wano.
¿Cuánto tiempo llevaría esa katana ahí?
La cogió con delicadeza y pasó un dedo por el filo, comprobando que seguía igual de afilada y brillante tras todos esos años. Parecía haber sido paralizada en el tiempo, esperando ser usada. Al lado del filo estaba la funda, de cuero blanco impuro, que la hacía parecer mármol, con sageo también violeta y kurikata en negro y con remaches dorados.
Haruka enfundó la katana, que encajó a la perfección produciendo un leve sonido seseante.
Aquella katana no había sido usada nunca, de eso estaba segura.

Se la guardó en el obi y se decidió a inspeccionar el cofre. La cajita se abrió sin oponer resistencia produciendo un crujido que indicaba que llevaba mucho tiempo sin ser abierta.
En su interior, una carta cerrada y algunos papeles.
Haruka abrió la carta y empezó a leer:


“Mi querida Mirai, mi niña pequeña, mi pequeño revoltijo de nervios y emociones, me apena no poder decirte estas palabras en persona, pero el tiempo apremia. Tu madre ha ido a buscarte mientras yo intento poner a salvo a tu hermana, que se ha empeñado en que no quiere marcharse sin ti, y cabe la posibilidad de que no te encuentre. Como piratas, sabíamos que este día llegaría. Sólo desearía poder haber disfrutado de tu compañía un poco más.
Mirai, puede que ahora estés asustada. Puede que tengas miedo, que se te haya roto el corazón. Pero tu corazón se romperá mil veces, y volverá a reconstruirse, volviéndose más fuerte que antes. Así es la vida.
Te he dejado una katana como regalo. Pensaba entregártela en persona en tu duodécimo cumpleaños, pero no he tenido ocasión. Puedes escoger el nombre, estoy seguro de que será tan maravilloso y llamativo como tú.
No te dejes engañar por tu propia indecisión, Mirai. Si nunca he halagado tus habilidades como espadachina es porque nunca lo has necesitado. Tú eres fuerte, resolutiva y determinada, valiente, intrépida y resiliente. Tu hermana no lo es. Ella es miedosa, insegura, frágil, y necesita que la animemos para poder seguir adelante. Al verte marchar hoy y decirme que me odiabas, comprendí mi error. Comprendí que no lo entendías. Comprendí que creías que no quería a mis dos hijas por igual.
Así que te diré esto: Eres una espadachina soberbia, Mirai. Tienes talento. Sigue esforzándote y serás mejor que este viejales que tienes por padre.
Nunca lo olvides.
Eres una niña inteligente, emocional, alegre y maravillosamente valiente. Nunca le has temido a nada. Así que, pase lo que pase, recuerda tu origen. Recuerda a tu hermana. Recuérdanos a nosotros. Y, sobre todo, recuérdate a ti misma. Sigue siendo tan estúpidamente emocional, sigue gritando y llorando a lágrima viva, sigue riendo a carcajada limpia y sonriendo con ilusión. Y sigue sin tener miedo a nada.
Porque en esta vida, mi pequeño futuro, no tienes absolutamente nada que temer.

Te quiere,
Papá.”



Haruka volvió a dejarse caer de bruces sobre el suelo de tatami, al tiempo que las lágrimas se derramaban sin remedio por sus mejillas. Empezó a sollozar sin poder contenerse al tiempo que se enjugaba el rostro con brusquedad. Tras unos segundos, recuperó el autocontrol y respiró hondo, intentando calmarse. Vio entonces que el otro lado del papel estaba también escrito.


“Ya-hou! ¡Mamá al habla! Qué carta más bonita te ha escrito el sentimental de tu padre. Hiciste bien en gritarle, es un blando. En fin, te dejo la partitura de mi última canción, que he escrito pensando en nosotros, pero especialmente en ti.
Puede que un día dejes de sentir, pero no dejes de sentir la música. Nunca dejes de sentir la música, ¿vale?
Aunque espero que no encuentres esta carta nunca, porque voy en tu busca y espero encontrarte. Y algún día volveremos a casa y te cantaré la canción, y haré trizas esta estúpida carta que tu padre el sentimental escribió entre lágrimas.
¡Entre lágrimas! ¡Es una nenaza! Y Yurai ha salido a él. Pero tú has salido a mí.
Tú y yo nos comprendemos, ¿verdad?
En fin, voy a buscarte, no me alargo más.

Besitos,
Mamá.



La chica soltó una leve carcajada y terminó de enjugarse las lágrimas, para recuperar la partitura del fondo del cofre.

—Pero, ¿cómo sabían que iban a venir a por ellos a esta isla? -se preguntó en voz alta, mirando la partitura sin comprenderla.

—Porque los avisé yo -dijo una voz entonces, sobresaltándola. Alzó la cabeza hacia el agujero para ver a un hombre trajeado, escrutándola con mirada impasible. Otro rostro, este conocido, se asomó para saludarla.

—Creo que va siendo hora de ponerte al corriente de lo que realmente sucedió -era Atsushi, su abuelo paterno.

La ayudaron a salir del hoyo y se dirigieron de vuelta al jardín. Ichinose ya no estaba.

—Le hemos pedido a tu amigo que se fuese a casa. Esto es asunto familiar, después de todo -informó el trajeado.

—¿Y tú quién eres? -inquirió Haruka, frunciendo el ceño.

—Así que no lo sabes… ¿Qué se le va a hacer? -suspiró el hombre, antes de sacarse un papel del bolsillo interior de la chaqueta y ofrecérselo-. Takumi Hayakawa. Amigo de tu madre, segundo de a bordo de los Dragon Soul Pirates, su hombre de confianza -ella cogió el papel que le ofrecía, que se trataba en realidad de una foto del hombre en compañía de su madre, en pose amistosa-. ¿Nunca te habló de mí?

—Ni idea de quién eres, en serio. Ni me suena el nombre. No creo que te mencionase -el hombre esbozó una mueca de dolor y carraspeó para retomar la compostura.

—Hemos venido aquí para informarte de lo que realmente sucedió aquel día. Quizá sea conveniente… que te des un baño antes -señaló Hayakawa, mirándola de arriba abajo.

—Puede hacer eso después -objetó Atsushi-. Sentémonos.

Ambos obedecieron casi por inercia y se sentaron junto a Atsushi sobre la estructura de la casa, que crujió ante su peso amenazante, pero aguantó.

—Como iba diciendo… Yo los informé de que los agentes irían a por ellos aquel día. Sabían de antemano que eso iba a suceder tarde o temprano… También porque yo los avisé -relató el tal Hayakawa, colocándose bien la corbata y desabrochándose el último botón de la americana al sentarse-. Probablemente te preguntes cómo lo sabía… Simplemente puedo responder que tengo contactos, fuentes fiables de información, repartidos a lo largo y ancho del mundo. Yo siempre lo sé todo, es mi trabajo -hablaba con formalidad, en tono sereno y con cierto toque arrogante-. Querían capturar a Jenny y también a sus gemelas, para experimentos científicos. Como sabes, la yami es una fruta… diferente. No se la termina de comprender a día de hoy, y el gobierno quería aprovechar para investigar. Tu hermana y tú sois las primeras hijas de la yami de las que se tiene constancia, ya que cuando Hatsuharu nació Jenny aún no había consumido la logia. Así que pretendían apresaros, y creamos un plan de evacuación de emergencia para cuando se diese la situación. El cuarto subterráneo en el que te encontrabas era parte clave en ese plan -añadió-. Una de las paredes es falsa, y da a un túnel que os llevaría a todos sanos y salvo hasta la costa este, donde os esperaba un barco para huir de la isla sin ser vistos. Sin embargo… Para cuando el plan tuvo que ponerse en marcha, algo falló.

—¿Qué falló? -apremió Haruka.

—Que tú no estabas en la casa. Cuando llegué por el pasadizo para avisarlos de que el barco estaba listo y esperando para zarpar en cuanto subiesen, tu padre me gritó que no estabas y que no podían marcharse sin ti. Tu madre se empeñó en ir a buscarte, al igual que tu hermana. Genzou y Hatsuharu intentaron convencer a Yurai de marcharse, pero ella se escabulló y salió de la casa gritando tu nombre. Así que mientras Jenny te buscaba, Genzou y Hatsuharu perseguían a Yurai. Tu madre te encontró, pero se vio rodeada de enemigos y te tiró con la esperanza de poder agarrarte a tiempo. Pero no pudo. Por otro lado, Genzou se enfrentaba a otro grupo de agentes mientras Hatsuharu intentaba poner a salvo a Yurai. Por motivos que desconozco, ambos terminaron cayendo también al mar. Genzou y Jenny se reunieron y… se empeñaron en recuperaros. Tuve que convencerlos de que, si querían veros de nuevo, tenían que marcharse, y casi me vi obligado a arrastrarlos hasta el barco. Seguidamente zarpamos. Llevé a tus padres a una isla donde ambos estarían seguros y comencé a buscaros. Encontré a Yurai en un barco de marines al que no me pude acercar. Al poco, descubrí que Hatsuharu había sido rescatado por la Armada Revolucionaria y, tras hablar con él, decidió quedarse -los ojos de Haruka se desorbitaron al tiempo que escuchaba aquellas palabras y se cortaba su respiración-. A ti te vendieron en Shabaody y no pude hacer nada para evitarlo. Todos sobrevivisteis aquel día, pero os separasteis irremediablemente. Tu hermana es ahora teniente comandante de la marina y sigue sin separarse del hombre que le salvó la vida. Tu hermano sigue con los revolucionarios. Tu madre enfermó unos años después del suceso, y… la enfermedad se la llevó -relató, con un deje de dolor en la voz-. Tu padre sigue vivo, y… dice que te está esperando.

—¿…Qué? -escupió Haruka, atónita.

—Eres la única que ha seguido más o menos sus pasos. Sabe que te has hecho pirata, las noticias vuelan -al decir esas palabras, miró fugazmente a Atsushi-. Está orgulloso de ti.

—Están… vivos -musitó la dragona, con ojos vidriosos. Un aluvión de calma se desparramó sobre sus hombros, liberándola de una carga que llevaba soportando desde los once años. Su familia estaba viva. Ninguno había muerto por su culpa. Su madre no estaba, pero había muerto por causa de una enfermedad. No era su culpa.

—Sólo tu madre murió. Y fue por una enfermedad -aseguró su abuelo.

—¿Mi hermana sabe…? -inquirió entonces, recordando el odio que sentía su gemela hacia ella y razonando que aquel debía ser el motivo.

—No. Desgraciadamente, no hemos podido ponernos en contacto con ella. Está muy protegida. Tu hermano, él sí está al corriente de todo lo sucedido. De hecho, creo que fue a visitar a tu padre en una ocasión… -dijo Atsushi, pensativo.

—¿Dónde está? Mi padre. ¿Dónde está? -inquirió la chiquilla, ansiosa.

Hayakawa y Atsushi esbozaron la misma sonrisa misteriosa.

—Lo averiguarás pronto -dijo el primero.

—Ahora tenemos algo más importante que hacer -decidió Atsushi, levantándose y colocando las manos tras la espalda para mirar a su nieta con ojo crítico-. Tenemos que ir a ver a tu tía.

Un escalofrío recorrió la espalda de Haruka al escuchar aquellas palabras.
Su tía paterna, Yuuki D. Murasakibara, ahora Yuuki Oda, era la mujer más recta, siesa y estricta que Haruka había conocido jamás. Nunca había visto sonreír a aquella mujer. Era lo opuesto a su hermano pequeño Genzou. Ni siquiera su padre, Atsushi, sabía muy bien a quién había salido. Habría dudado de su paternidad si no fuese por el distintivo color de pelo que la identificaba como Murasakibara.

—Sí, a mí tampoco me hace gracia visitar a mi hija… Pero no nos queda más remedio. La casa ancestral de los Murasakibara no existe, y ella decidió traspasar la sede a la casa de su marido sin consultar. Por supuesto, cree que estoy muerto… Cree que todos estamos muertos. Me pregunto cuál será su reacción…



Día 32.
Mirai se convulsionó en un ataque de tos y se llevó la mano instintivamente al costado herido, al tiempo que manchaba el suelo de esputos ensangrentados.
Según sus cálculos, necesitaría al menos un par de días para que su cuerpo se regenerase y sus heridas se cerrasen del todo. Eran demasiadas, y su cuerpo había decidido curarlas todas a la vez, lo que había ralentizado el proceso.
Pero necesitaba comer algo.
Le rugieron las tripas al tiempo que apoyaba la nuca en la piedra de la diminuta cueva donde había decidido refugiarse.
¿Cómo iba a investigar la causa del bucle temporal si no podía dar un paso sin ser atacada por todo tipo de criaturas?
Aquella isla parecía haber sido creada especialmente para asesinar a todos sus visitantes. Y eso si no morías congelado antes.

—Rewrite Island… -se rió para sí misma, con amargura-. Menudo nombre más estúpido le has puesto, Elliot. Yo la llamaría más bien… Infierno.


Capítulo VI. Jiromaru.



Atsushi empujó a Haruka, que se tambaleó hacia delante y se vio obligada a dar un par de pasos al frente.
Una mujer la observaba con rostro imperturbable y mirada gélida como el hielo que ella creaba, sino más. La muchacha carraspeó y se colocó bien el yukata, manchado de tierra y sudor. Se metió el pelo sudado y apelmazado por el salitre detrás de la oreja con un carraspeo, al tiempo que se veía las piernas llenas de tierra y los calcetines otrora blancos, ahora marrones.

—Ehm… Pues… Sí, soy Mirai.

—Te pareces más y más a tu padre cuanto más tiempo pasa. Eres desagradable a la vista -le espetó la señora, condescendiente, con la cabeza bien alta-. Y aún encima vienes de esta guisa a ver a tu tía por primera vez en siete años… Que los sirvientes te lleven al baño, y no vuelvas a aparecer delante de mí hasta que te hayas quitado esa capa de mugre de encima -le ordenó con autoridad. Mirai reprimió el tic del ojo y siguió a la sirvienta que le indicaba el camino hasta el baño.

Se dio un largo y merecido baño, en el que tuvo tiempo de sobra para reflexionar sobre todo lo que le había sucedido en las horas anteriores, mientras su cerebro trataba de asimilarlo. Después de quitarse una enorme carga de encima y desvelar a sus compañeros quién era ella en realidad, había perdido a Spanner y a Blackie, para luego averiguar que su familia estaba viva, y que su hermana la odiaba con fundamento. Después de despojarse de toda emoción humana y reprimirse con el único objetivo de sufrir menos la tortura de ser esclava, sentía que traicionaba a su padre. La Mirai que Genzou había conocido ya no estaba por ninguna parte. No quedaba un solo vestigio de ella.
La chica se sumergió en el agua hasta la barbilla y emitió un suspiro.

—No puedo seguir… viviendo de esta manera… ¿No es así… Kuramitsuha? -la personificación de su akuma no mi apareció frente a ella, flotando en el aire con gesto divertido, y le sonrió.

—Sabes dónde encontrarme cuando estés dispuesta a cambiar -le dijo, antes de desaparecer de nuevo.

Haruka se miró las palmas de las manos, en su mente cubiertas de sangre inocente.

—No… no cambiar… Volver. Es hora de… dejar que Mirai vuelva -decidió, frunciendo el ceño con determinación.

Pero las manos le temblaban.

Al salir del baño encontró un kimono limpio para ponerse. No le gustaban los kimonos largos porque restaban movilidad, pero no le quedó más remedio que ponérselo. La poca ropa que había traído consigo estaba empapada en salitre, después de todo.
Mientras caminaba por el pasillo de la mansión intentando recordar el camino de vuelta y maldiciendo entre dientes la poca movilidad de piernas que ofrecían los kimonos, se topó frente a frente con un muchacho.
Había crecido considerablemente, pero todavía mostraba cierto deje de redondez infantil en el rostro. Haciendo un fugaz repaso mental por la familia, aquel chico debía ser el hijo menor de su tía.

—¿Jirou…? -aventuró, ladeando la cabeza. El joven la observaba de hito en hito, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

—¿Yurai? No… ¿Mirai…? -llamó, dubitativo, antes de dar un paso atrás y menear negativamente la cabeza, incrédulo. La chica asintió con la cabeza, y él emitió un suspiro, soltando el aire que había estado conteniendo-. Estás… viva… Yo… creí que… -el muchacho se desplomó frente a ella, dejándola confusa.

—No hace falta… ponerse así -le dijo, extrañada.

—Sí hace falta -terció Yuuki entonces, asomándose desde una puerta un poco más allá-. Pasad al salón y te pondré al corriente de lo que sucedió el fatídico día en que mi hermano destruyó nuestra casa.

Jiromaru se levantó sin mirar a la chica y obedeció a su madre. Haruka lo siguió.
En el salón tradicional wanense, Atsushi y Takumi estaban cómodamente sentados en unos cojines tomando té. Haruka se unió a ellos, sentándose sobre sus pies como mandaba la tradición para que su tía no le echase la bronca, y Jiromaru se sentó frente a ella, al lado de su madre, que la fulminaba con la mirada.

—Al final había una muchacha debajo de toda esa mugre -comentó, dejando su tacita de té sobre la mesa baja que las separaba-. Jiromaru está en shock por verte, y con motivo. Por lo que me han dicho el irresponsable de tu abuelo y el amigo delincuente de tu madre, no te han contado toda la historia. Así que me toca a mí finalizarla. Te contaré mi punto de vista. No sé si lo recordarás, pero mi familia solía vivir en la mansión Murasakibara, tanto como la tuya. Solías jugar con Jiromaru en los jardines interiores. Aunque nunca me gustó que jugase contigo, eras una mala influencia. Tan gritona, bruta y prepotente… Y, aquel día, los agentes entraron en la casa, buscando a tus padres. Ellos no estaban por ninguna parte para cuando los agentes llegaron, por supuesto, así que tuvimos que encargarnos nosotros de echar a los intrusos de nuestro hogar. Pero le plantaron fuego a la casa, y no pudimos apagarlo a tiempo. Nos daban demasiado trabajo para luchar. Así que mis hijos, todos excepto el menor, murieron entre las llamas, luchando por proteger su hogar contra los hombres trajeados, sin saber qué estaba pasando o de quién era la culpa -espetó con tono seco, alterando a Haruka. La chica miró a Jiromaru en busca de confirmación, pero el muchacho se miraba fijamente las rodillas. Sobre ellas, los puños cerrados con extremada fuerza le dieron a entender que lo que su tía decía era verdad-. Incluso Jiromaru acabó gravemente herido, con quemaduras por todo el cuerpo. Tardó meses en recuperarse de aquello. Y ahora osas volver como si nada. Niña desagradecida.

—N-no lo sabía -se defendió Haruka.

—No. No es tu culpa. Todo es culpa de tu estúpido padre. Si no se hubiera hecho pirata, si tuviera luces en lugar de música en la cabeza, nada de esto habría pasado. Genzou D. Murasakibara es la desgracia de la familia -soltó con profundo odio en la voz.

Haruka quiso levantarse y gritar, pero su costumbre de reprimirse ganó la batalla. Sin embargo, una ola de frío inundó la estancia, al tiempo que el tatami se congelaba hasta alcanzar a su tía, a la cual fulminó con la mirada.

—Una cobarde como tú no tiene derecho a insultar a mi padre -dijo con voz calmada. Yuuki se echó hacia atrás, asustada; y Jiromaru miró al fin a Haruka, con sorpresa.

—¿Qué eres, monstruo? -saltó su tía.

—Tú misma lo has visto, ¿no? El tatuaje de mi espalda. Soy una Murasakibara -se limitó a responder. Atsushi soltó una carcajada complaciente.

—Tengo una nieta tan de armas tomar como mi hija, ¿eh? Calmaos las dos, haced el favor. No os peleéis delante de este anciano frágil. Genzou cometió errores, eso no puedo negártelo, Yuuki. Pero tú siempre fuiste demasiado recta y juiciosa.

La tensión del ambiente no se relajó un milímetro en las horas consiguientes, mientras cenaban y se ponían al día los unos a los otros. Yuuki los acogió en su hogar y les asignó cuartos individuales. Haruka no tardó en irse a dormir, agotada tras el viaje, el entierro y el alud de información.
Pero no pudo dormir bien.
Había perdido demasiado de golpe.

A la mañana siguiente, reanudó su búsqueda de Spanner. Y continuó buscando incesante, hasta que se reencontró con Zane. El pelirrojo parecía haber perdido la esperanza, mientras ella se encontraba todavía en fase de negación.
Al ver al muchacho empapar un pañuelo en su propia sangre y tirarlo al mar con gesto solemne, Haruka frunció el ceño, molesta.

— No hemos buscado lo suficiente -insistió-. Si el mar me llevó a mí a la costa, Spanner todavía puede estar vivo. Quizá haya ido a parar a algún lugar poco accesible y no haya recuperado el conocimiento todavía, o quizá lo han secuestrado, o quizá ha perdido la memoria y no sabe quién es, o quizá... -empezó a teorizar, negándose a aceptar la muerte de Spanner. Había perdido a Blackie, había perdido a sus primos, y se negaba en rotundo a perder a nadie más esa semana.

—Tú no lo entiendes -objetó Zane, cerrando el puño donde se había efectuado el corte para empapar el pañuelo con rabia-. Llevamos días buscándole. Creo que es hora de aceptar que se ha ido para siempre.

—¡No! -replicó Haruka al instante, enfadada-. ¡Spanner no puede estar muerto! ¡Si tu determinación es tan débil y quieres rendirte, adelante! ¡Yo seguiré buscándolo! -chilló, antes de emitir un gruñido de frustración y recobrar la compostura. Miró a Zane fijamente a los ojos, con los suyos henchidos de decepción-. Creía que Spanner significaba algo más para ti -le espetó, dolida, a sabiendas de que aquellas palabras herirían a su capitán. Pero no le importaba. Estaba siendo infantil y estúpido, rindiéndose tan pronto. Ni que Spanner fuese tan débil como para morir en una tormenta. Era el subcapitán, después de todo, ¿no? Si ella había sobrevivido, más le valía a él sobrevivir también.

El espadachín le entregó entonces un den den mushi hortera, que Haruka observó con cinismo.

—Nos vemos en dos años. Cualquier cosa, llámame -le dijo, antes de marcharse del puerto donde se habían encontrado.

Haruka miró el den den e hizo amago de tirarlo al mar en un acto de rabia. Pero se detuvo a medio camino, se mordió la lengua y lo guardó en el bolsillo.

—Bueno, pues yo me he rendido todavía, Spanner. ¿Qué te parece el cobarde de nuestro capitán ahora? Cuando te cuente esto dejarás de adorarlo como si fuera un dios -murmuró para sí, antes de continuar con la búsqueda.

Y buscó sin descanso, sólo deteniéndose cuando su abuelo y Hayakawa la obligaban, o cuando su tía se lo ordenaba, para comer y dormir. Pero nadie había visto a Spanner. Nadie sabía nada de Spanner.
Tras un par de semanas más, Hayakawa recibió una carta a través de un halcón mensajero. Pero Haruka no tardó en darse cuenta de que aquel no era un halcón cualquiera.

—¿Feathers? -llamó con sorpresa. El animal la miró y voló hasta posarse sobre su codo, para darle un picotazo cariñoso en la mano.

—No se llama Feathers. Se llama Copérnico -corrigió Hayakawa, al tiempo que desenrollaba el mensaje y lo leía para sí-. Conoces al señorito Fowl entonces -intuyó.

—S-sí… Bueno, tampoco… para tanto. Hice un par de… trabajos para él… Cuando era asesina a sueldo -mintió torpemente, evitando el contacto visual.

—Eres una mejor mentirosa que eso -observó Atsushi.

—Mira por dónde, creo que tengo un trabajito para ti. O quizá es más adecuado decir que tu amigo Fowl tiene un trabajo para ti -comentó Takumi, entregándole el trozo de papel. Haruka lo leyó, reconociendo al instante la perfecta caligrafía de Elliot-. Iba a marcharme pronto de todas maneras, devolver al anciano a su isla desierta y llevarte de vuelta a Paraíso, o… a donde fuera que quisieras ir. ¿Tenías algo en mente? -Haruka negó con la cabeza, todavía mirando fijamente el trozo de papel, aferrada al mensaje.

—Tenía que volver a Ériu Land. Mi… asistente personal me espera -explicó, sin saber muy bien cómo describir a Klaus.

—Decidido entonces. Pasaremos por Isla Desierta para dejar al abuelete en su casita de madera y luego partiremos rumbo Ériu Land. Y allí podemos hacer negocios, ¿te parece? -propuso Hayakawa, arrancándole el papel de las manos y guardándoselo en el bolsillo interior de la americana.

—Me parece, pero… ¿Cómo pretendes cruzar la Red Line? -preguntó Mirai, curiosa.

—Por favor… -se rió Hayakawa, sin responder.



Día 450.
Haruka murmuraba para sí mientras leía todo lo que había apuntado en su libreta. Había encontrado un patrón que era incapaz de explicar. A pesar de saber más que la primera vez, gracias a todos sus apuntes y explicaciones detalladas, parecía ser prisionera de un bucle de acciones que se repetían sin falta en cada reseteo.
La chica llegaba a la isla, luchaba contra las quimeras, ganaba a duras penas y encontraba la cueva. Allí, todas las veces excepto la primera, encontraba la libreta y se daba cuenta de que no acababa de llegar, sino que el reseteo le había borrado los dos últimos meses del cerebro. Luego se decidía a entrenar y hacer las paces consigo misma, hablaba con Kuramitsuha, investigaba la isla, llegaba a lo alto de la montaña y descubría la antigua civilización que había vivido allí anteriormente. Después de eso, sin falta, y sin importar el día o la hora a la que fuese a aquella cueva, un dragón negro la atacaba. Acababa malherida, y viéndose obligada a asesinar a la criatura para sobrevivir. Los demás dragones la veían, comprendían lo que había hecho y comenzaban su persecución incansable para asesinarla por sus crímenes.
Tras haber asesinado al dragón negro en dos ocasiones y haber vivido la persecución sin fin que la había dejado al borde de la muerte, la chica había decidido evitar matar a aquella criatura. Pero llevaba ya ocho reseteos, y había matado a aquel lagarto seis veces. Nada le decía que aquella ocasión fuese a ser diferente.
Además, aquel dragón era el que siempre se abalanzaba sobre ella sin previo aviso durante su primera semana de exploración tras el reseteo. Era aquella criatura la que la dejaba medio muerta y la obligaba a esconderse durante días en la cueva, en su forma completa, para regenerar sus heridas y poder volver a salir.
Según lo que le había explicado Yoru, los dragones no eran inmunes al reseteo. Eran conscientes de que existía a un nivel instintivo, pero no recordaban absolutamente nada. Vivían sus vidas encerrados en el bucle de dos meses, realizando las mismas acciones una y otra vez sin descanso, atrapados en el tiempo. Haruka suponía una disrupción en sus rutinas, pero se habían terminado acostumbrado a su presencia con los bucles, realizando también las mismas persecuciones y repitiendo las mismas palabras una y otra vez, como si se tratase de la primera.
Entonces, ¿qué motivos tenía aquel dragón negro de ácido para atacarla sin haber hecho nada? ¿Y por qué siempre estaba en la cueva cuando ella iba a investigar? Casi parecía que el destino los había unido y había decidido que aquella criatura debía morir a manos de la asesina.
Pero ella no creía en estupideces sin base científica como el destino. Así que se cruzó de brazos y apoyó la espalda en la pared de la cueva, cavilando sobre las distintas posibilidades que podían explicar aquello.

—Un dragón negro de ácido -dijo para sí, intentando encontrar una explicación. Cayó entonces en la cuenta de algo-... Espera un momento… ¿Será posible que…? -pasó páginas a toda velocidad, buscando una descripción concreta, y esbozó una sonrisa triunfal-. Oh, eres bueno. Eres muy bueno. Pero yo soy mejor.


Capítulo VII. Rewrite Island.




Tardaron varios días en llegar al islote perdido donde se refugiaba Atsushi. Antes de bajarse del submarino, se despidió de su nieta con unas palabras crípticas.

—Ah, cierto, cierto. Poco después de que te marchases, apareció en la isla un pretendiente tuyo. Quería saber qué tal te había ido e… incluso declaró sus intenciones de casarse contigo -contó, dándole una palmadita en el hombro y dirigiéndose a las escaleras.

—¿Un pretendiente? -se extrañó Haruka-. Ah… ¿Elliot? -inquirió, ganándose una mirada curiosa por parte de Hayakawa.

—No, no el niño rico inglés, otro muchacho. Uno fuerte, atractivo, experimentado. Se le notaba un profesional. Aunque… no sabía que te gustasen los chicos con el color de pelo de la familia -soltó con sorna Atsushi, al tiempo que bajaba del barco.

Haruka se quedó paralizada, mirando de hito en hito a su abuelo mientras Hayakawa se acercaba a la compuerta y descendía al interior de la nave. Un chico fuerte, con aire de profesional y el color de pelo lavanda claro, característico de los Murasakibara. No podía ser otro. Y aquello era muy malo. Sin embargo, se mantuvo en silencio, para no alertar a su abuelo.

Aquel “pretendiente” no podía ser otro que Art. Lo que implicaba que las Arañas la habían vigilado lo suficiente como para saber dónde estaba. Y habían ido a visitar a Atsushi como amenaza. El mensaje era claro: “Sabemos dónde vive, sabemos cómo herirte, vigilamos cada uno de tus movimientos”.
Pero Atsushi podía defenderse solo.
La chica se internó en el submarino y se aseguró de que la compuerta estaba bien cerrada antes de darle luz verde al trajeado para sumergirse de nuevo.

—No voy a preguntar lo que claramente no quieres responder -le dijo entonces Hayakawa, sacándola de sus cavilaciones-. Pero está claro que conoces a Fowl de algo más que una relación asesina-cliente. Copérnico no se ha separado de ti desde el momento en que se dio cuenta de que también venías -el pájaro descansaba ahora sobre el hombro de la chica, acicalándose las plumas con parsimonia-. El halcón te tiene cariño, lo que implica que te conoce lo suficientemente bien. Y que te ha visto lo suficiente como para considerarte, me atrevería a decir, parte de la familia.

Haruka se mantuvo en silencio, y Hayakawa lo respetó.

Tardaron un par de días en llegar a la mansión Fowl, y Elliot clavó una mirada indiferente en la asesina nada más verla.

—Señor Hayakawa, un placer volver a verlo -saludó con amabilidad, tendiéndole la mano a su socio-. ¿He de suponer que se ha encontrado con la señorita Kanata en la entrada?

—En realidad ha venido conmigo. Creo que es la persona perfecta para realizar el trabajo que tenemos en manos -respondió Takumi, estrechando la mano que Elliot le ofrecía. El muchacho volvió a escrutar a la chica con la mirada, antes de posar sus oscuros ojos sobre su socio.

—Supongo que tendrá sus motivos. Pase por aquí, si es tan amable -indicó.

—Oh, creo que podemos tutearnos después de tantos años, ¿no te parece? -sonrió Hayakawa. ¿Se conocían desde hacía años? La dragona desconocía aquella información. Mirai fue fulminada por las miradas de Akiko y Yukiko, que aguardaban al pie de las escaleras, pero ninguna le dijo nada.

Elliot los condujo hacia su despacho, donde ambos se sentaron. Tras una amable y educada charla trivial sobre su viaje hasta allí, finalmente fueron al grano.

—¿Y por qué crees que esta chiquilla frágil es la sujeta perfecta para lo que intento? La conozco previamente, ha hecho un par de trabajos para mí, y… sin ánimo de ofender, te especializas en asesinatos rápidos -le dijo a la chica, mirándola con cierto desdén en el rostro-. Eres ágil, astuta y eficiente, pero… dudo que tengas la resistencia necesaria para afrontar este trabajo.

—Las apariencias engañan, mi querido compañero -objetó Takumi-. Esta muchacha es la persona perfecta para hacer este trabajo. De hecho, quizá sea la única capaz de llevarlo a cabo sin morir en el intento -los sentidos de Haruka se aguzaron al escuchar aquello.

—¿Por qué? Explícate -concedió Elliot, entrelazando los dedos de las manos sobre su regazo.

—Tiene una resistencia superior a cualquier humano normal que te puedas topar, y además es inmune a las ventiscas que se producen en la isla y no sufre peligro de congelamiento. ¿Prefieres defenderte por ti misma? -ofreció Hayakawa, al ver la mirada de Haruka.

—Tengo una enfermedad génetica que me impide sentir dolor o temperaturas -continuó ella, con tono robótico y mirada apagada-. Y soy un dragón. De hielo. Y viento. Y electricidad -dijo con calma, devolviendo la mirada desdeñosa a Elliot. El muchacho alzó las cejas, en gesto de admiración.

—Eres usuaria de una fruta del diablo, entonces… Eso cambia las cosas. Si tus poderes te conceden la resistencia y habilidad necesarias para sobrevivir en ese territorio sin demasiado inconveniente… quizá sí seas la persona que estábamos buscando -convino Elliot.

—¿En qué consiste este trabajo exactamente? ¿Rewrite Island… has dicho? -se interesó ella.

—Efectivamente. Hace cuatro años me convertí en propietario de una isla de Paraíso, situada cerca de Shabaody y del Calm Belt, a la que bauticé como Rewrite Island. El vendedor era este hombre de negocios que tienes sentado a tu lado -señaló-. Se trata de una isla invernal, con frecuentes ventiscas que imposibilitan mis investigaciones. Lo llamativo de esta isla, y lo que le concede su nombre, es que parece estar sumergida en un bucle temporal -los párpados de Haruka se abrieron ligeramente, entre el interés y la sorpresa-. La isla se resetea a sí misma cada cierto tiempo. Llevo estudiándola estos cuatro años pero, como he dicho, las ventiscas dificultan mis investigaciones. Hasta ahora sólo he podido calcular el tiempo que tarda en producirse el reseteo, y confirmar que las criaturas que habitan el lugar se resetean también. Necesito a una persona dispuesta a realizar este trabajo, que cuente con la resistencia e interés adecuados para poder llevarlo a cabo, y por eso me puse en contacto con el señor Hayakawa… el cual te trajo hasta mí. No creí que fuésemos a encontrar una candidata adecuada tan pronto.

—¿Y qué ofreces a cambio de este trabajo? Quiero decir, si acepto, ¿qué gano yo? -inquirió Haruka. En el fondo, estaba dispuesta a aceptar aquello sin saber siquiera la recompensa. No la necesitaba. La familia Fowl había sido torturada por su culpa y ellos le habían perdonado, aunque ya no lo recordasen. Les debía un favor enorme. Y lo poco que quedaba en pie de su código moral le animaba a pagarlo.

—Una suma generosa de dinero, por supuesto. Podemos negociar la cantidad de ceros de esa suma más adelante. Y, si hay algo específico que quieras conseguir, puedo utilizar mis contactos en el mercado negro para dártelo. Dependiendo de lo que pidas a mayores, la recompensa en metálico será mayor o menor, no obstante.

Mirai se miró las manos, pensando. ¿Había acaso algo que ella quisiese? En aquellos momentos, quería encontrar a su padre. Quería encontrar a Spanner y asegurarse de que seguía vivo. Quería que Elliot dejase de tratarla con tanta frialdad. Quería probar su nueva espada. Quería… ser otra persona.
Elliot no podía concederle ninguna de esas cosas.

—Mi asistente… Klaus. Anda por aquí, ¿verdad? -recordó entonces.

—Sí, eso creo. Sigue a las gemelas a todas partes -suspiró el joven.

—¿Podrías mejorarlo? Y… si dejo mis armas a tu cuidado, ¿podrías intentar mejorarlas también? Eres científico, ¿no?

—Soy científico, pero no soy ingeniero -recalcó.

—Seguro que puedes encontrar ingenieros en el mercado negro -sonrió Haruka.

—Cierto -corroboró Elliot-. ¿Decidido, pues? ¿Una mejora de tus armas y tu pequeña e irritante bola de pelo? Y… decidiré la cantidad de dinero que te llevas en función de las mejoras que consiga. Lo cual implica que no puedo decirte una cantidad exacta…

—No importa -le restó importancia Haruka-. ¿En qué consiste el trabajo exactamente?

—Quiero que vayas a la isla y averigües la causa del bucle, qué lo provoca. Asimismo, me gustaría poder estudiar a fondo la isla. La fauna, la flora si la hay, la orografía concreta. Ese tipo de cosas.

—Hemos descubierto -terció Takumi- una abertura en la isla. El bucle tiene un… fallo, por así decirlo, que se repite cada quinientos sesenta días y facilitará tu entrada y salida. Debemos esperar a que el fallo se produzca para poder llevarte, y no podemos sacarte hasta que vuelva a suceder. Lo que implica que debes pasar allí año y medio. Y sobrevivir -especificó por algún motivo. Haruka asintió.

—De acuerdo. Acepto. Tengo dos años sabáticos por delante, al menos así me entretengo durante un tiempo -dijo, encogiéndose de hombros. Elliot sonrió con satisfacción.

—Muy bien. Si mis cálculos no fallan, la próxima abertura se producirá en tan sólo unos días. Comenzaremos las preparaciones de inmediato.

Y así, tan sólo cuatro días más tarde, Haruka se preparaba para partir de nuevo.
En aquellos momentos, Elliot colocaba con cuidado unas gafas de pasta ante sus grandes ojos color violeta.

—Las llamo spec-cam. Última tecnología. Cuentan con cámaras incrustadas en las lentes, que me permitirá ver todo lo que tú ves. En principio, no deberían producirte ningún tipo de incomodidad o problema. Cuenta además con un botón en la patilla derecha, debo advertirte, que detonará el artefacto y provocará una explosión de pequeño calibre. Pero el suficiente como para hacer explotar tu cabeza, así que procura no tocarlo. Puedes tenerlo como as bajo la manga, si te ves en una situación desesperada, pero prefiero que no destruyas las gafas. Son el único prototipo que tengo… -explicaba el chico, al tiempo que Haruka parpadeaba y dejaba escapar una lágrima, mientras sus ojos se adaptaban a los cristales-. Además de esto, tendremos en todo momento cámaras y micrófonos grabando todo lo que sucede en la isla, donados amablemente por Hakayawa.

—Tenemos insectos-espía. Son pequeños robots cámara y micrófono, pero no estoy seguro de que soporten las fuertes ventiscas sin verse seriamente dañados. Por eso las gafas -continuó Takumi, enseñándole un escarabajo de metal.

—Asimismo, llevarás esto en todo momento -Elliot le colocó un aparato en la oreja, que se ajustaba a la misma para no caer. Haruka ya había usado uno de esos anteriormente, pero eso Elliot no lo recordaba-. Esto es un micrófono de máxima sensibilidad que captará todo lo que nos digas. Lo que nos cuentes quedará grabado, así que tienes libertad para hablarnos a cualquier hora del día. ¿Algo más? -inquirió, mirando a Takumi. Éste negó con la cabeza.

—Hace frío, así que será mejor que te abrigues -comentó el hombre, con una sonrisa divertida. Haruka se señaló la chaqueta de lana.

—Esto es más que suficiente. Sólo falta un pequeño detalle -añadió, antes de coger su espada, que descansaba junto al resto de sus cosas sobre la mesa de madera maciza del despacho de Elliot. La desenfundó con gracilidad, alertando a los presentes, y se sujetó el pelo con una mano, para cortarlo hábilmente con la hoja, sin miramientos. Elliot parpadeó.

—No sabemos si el bucle afecta sólo a los seres que viven allí, o va a afectarme a mí también. Esto es una manera sencilla de comprobarlo -se limitó a decir, mientras se volvía para mirarlos.

—Estás casi irreconocible -comentó Takumi, mirándola de arriba abajo. El pelo corto y las gafas la alejaban de su aspecto anterior, y la gruesa y larga chaqueta de lana ocultaba sus curvas, convirtiéndola en poco más que una muchacha en edad escolar. Aunque… técnicamente seguía siéndolo.

—Bien -escupió Haruka, con tono seco, antes de coger su bolso y comprobar que tenía todo lo que necesitaba. Tan sólo llevaba una botella de agua, un bocadillo, una libreta vacía y un par de lápices. Todas sus armas quedaban al cuidado de Fowl, y había decidido no llevar su katana a la isla, por miedo a perderla. Elliot la miró de hito en hito.

—Vas totalmente desarmada… Cualquiera que te viese pensaría que eres tan sólo una niña indefensa, y sin embargo… Probablemente eres más peligrosa que todas las criaturas que habitan ese lugar -sonrió, divertido.

Haruka le dio la espalda y echó a caminar, sin pronunciar palabra.
Tardaron varias horas en llegar a su destino pero, finalmente, la chica pudo divisar Rewrite Island.
Se trataba de una isla de proporciones gigantescas, probablemente una de las más grandes de todo Paraíso. Los bloques de hielo se alzaban majestuosos, superando los veinte metros de altura.
Sobre el cielo anaranjado del anochecer, se extendía una bruma de luces de colores maravillosos, hechizantes, que parecían flotar sobre el cielo como por arte de magia. La chica observó el panorama, anonadada. Aquella isla era preciosa. No le extrañaba que Elliot hubiese decidido comprarla.

—La aurora se alza casi todas las noches. Tendrás unas vistas preciosas la mayor parte de tu estancia -destacó Takumi.

La embarcación se aproximó al punto más cercano al nivel del mar, una burda costa helada. Elliot se sorprendió a sí mismo mirando fijamente la espalda de Haruka, hipnotizado por el vaivén de sus ropas y sus cabellos con el viento, que danzaban entre las gotas de agua. Meneó la cabeza para salir de su embobamiento momentáneo y se centró en las lecturas de su pantalla portátil.

—El fallo sólo durará un par de horas de más, así que deberías buscar un lugar donde refugiarte antes de que la ventisca regrese -informó. Mirai asintió con la cabeza, con gesto de decisión.

—Si por el motivo que sea tu vida corre peligro mortal, tienes permiso para intentar salir de la isla por tus propios medios -le dijo Hakayawa, mirándola fijamente a los ojos.

—Ah, y no me importa lo que suceda en la isla, ni lo que hagas. Sólo me interesa saber el origen del bucle. Lo que hagas me da igual -recalcó Elliot, estremeciéndose por el frío que asolaba la cubierta del barco y abrochándose el último botón del abrigo.

—Entendido -apostilló la dragona, volviendo a centrar sus ojos en la isla. Desde allí podía divisar una tundra, un pequeño bosque congelado y una cordillera de montañas al fondo. Tenía mucho terreno por explorar.

Takumi le apretó un hombro.

—Buena suerte -le dijo como despedida. Ella volvió a asentir y se bajó del barco de un salto, aterrizando con suavidad sobre la capa de mullida nieve que cubría la costa.

Seguidamente, se adentró en la isla sin mirar atrás.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 19:56




Día 1.
«¡No puedes quedarte en este sitio!»

Haruka se sobresaltó ligeramente al escuchar aquel grito, antes de identificar la voz de Kuramitsuha y emitir un suspiro de resignación.

—¡Este sitio no es bueno! ¡No podemos quedarnos aquí! ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora! -le gritó, apareciendo ante ella con aquella forma de niña pequeña albina. La miró con sus ojos dispares, presos del pánico-. ¡Por favor! ¡Vayámonos de aquí!

—¿Qué es esto? ¿Mi subconsciente diciéndome que este sitio es peligroso? -se preguntó Haruka, mirando a su alrededor con curiosidad.

—No seas estúpida, yo no soy tu subconsciente y lo sabes. Mirai… Conozco esta isla. He estado aquí antes -reveló Kuramitsuha, sujetándole una mano con fuerza y sorprendiéndola.

Hasta ese momento, Haruka había estado convencida de que aquella chiquilla que se aparecía de vez en cuando delante de sus narices y sólo ella podía ver y oír era una alucinación de su cerebro, una personificación de su subconsciente cercana a la materialización de su deseo interno por controlar el poder de su fruta. Tan sólo una manera creativa de su cerebro de lidiar con el problema. Estaba segura de que aquella muchacha era producto exclusivo de su imaginación. Que ella había creado su aspecto, su personalidad y su manera de caminar.
Pero aquellas declaraciones estaban a punto de tirar por los suelos su hipótesis.

—No has podido estar aquí antes, no digas tonterías. Eres producto de mi imaginación, y yo no he estado aquí antes, así que…

—¿De veras crees que sólo me he mostrado ante ti? Soy la personificación del dragón. ¡Yo soy el dragón! Soy Kuraokami. Takaokami. Kurayamatsumi. ¡Kuramitsuha! Si crees que sólo me he mostrado ante ti, estás muy equivocada. He tenido usuarios antes de llegar a ti. Y estuve en esta isla con uno de ellos. Por eso te digo que debemos marcharnos.

—¿Por qué? -inquirió Haruka, mirándola con ojos desconfiados. Kuramitsuha desvió la mirada y apretó con fuerza los puños, frustrada.

—Porque… el usuario con el que vine… murió en esta isla -desveló, para clavar una mirada fiera en los orbes de la asesina-. Y tú no eres ni la mitad de fuerte que él. No le llegas ni a la suela de los zapatos. Si te quedas aquí, vas a morir -dictaminó, segura-. Si quieres vivir… tenemos que marcharnos.

—¿Por qué no hablaste antes de llegar?

—¡Porque no sabía que era esta isla! -chilló. Haruka parpadeó, sorprendida.

Kuramitsuha había mostrado su faceta de torturadora psicológica anteriormente, pero por norma general se comportaba como una muchacha amable y cálida, paciente y reflexiva, guiando con cariño a la chica hasta sus metas, ayudándola a seguir adelante. Nunca la había visto enfadada.

—Eso nos da ventaja -sonrió Mirai, maliciosa. Kuramitsuha la miró sin comprender-. Si has estado aquí, podrás hablarme sobre las criaturas que habitan este lugar y los peligros a evitar. Si no eres producto de mi imaginación, deberías tener a tu disposición información que yo desconozco, ¿no?

Kuramitsuha emitió un suspiro antes de dar unos pasos para situarse a su lado.

—Entonces prepara un arma de hielo, porque lo primero que aparecen son los copiones. Viven en la parte baja de la isla y ya te habrán olido y localizado a estas alturas. Vienen a por ti -informó la albina-. Los copiones no son especialmente fuertes, pero atacan en manada.

—Oh… Así que puedes darme información que desconozco. Eso es útil -comentó Mirai, mientras extendía la mano derecha y creaba un filo de hielo.

Una manada de criaturas similares a leones se acercaba a ellas a toda velocidad desde el frente y ambos costados.

—Ni que fuera algo nuevo. ¿Crees que te inventaste la forma adicional que te conté? Por favor, si casi no conoces los límites de tus propios poderes -se jactó la mujer. Al acercarse, Haruka apreció que no se trataba de leones, ni mucho menos. Aquellas criaturas medían cerca de metro y medio sobre sus cuatro patas y tenían el pelaje castaño, lo que la había hecho confundirse. Pero su grotesco aspecto se alejaba del de un león con diferencia. Llevaban la cabeza gacha en gesto amenazador al tiempo que rugían suavemente y le enseñaban los dientes, rodeándola sin dejarle escapatoria posible. Un manto de grueso pelo castaño recubría su cabeza y lomo, similar al de un mamut, que probablemente los protegía del frío-. Puede que yo esté aquí contigo ahora, pero no puedo ayudarte a luchar, Mirai. Estás sola. Y ellos son muchos.

—No es un problema -respondió ella, examinando a las criaturas con ojo crítico. Tenían cinco dedos largos en cada pata, que terminaban en afiladas uñas que probablemente utilizaban para cazar a sus presas. Las orejas grandes y hacia abajo las ayudaban a captar sonidos y proteger sus oídos del frío, y las grandes fauces estaban repletas de colmillos, lo que identificaba a aquellas extrañas bestias como carnívoras. Habían acudido raudas a cazarla nada más llegar, así que debían ser territoriales. Y sus patas eran fuertes.

Haruka apretó con fuerza la espada de hielo y la primera criatura se abalanzó sobre ella con un rugido gutural. No eran especialmente grandes, pero eran robustas. Y eso implicaba que no eran muy rápidas. No más rápidas que ella, al menos. La dragona esquivó a la criatura con un ágil salto hacia su derecha y efectuó un corte con su afilada espada, apuntando al lomo. Pero otra de las criaturas la atacó por la espalda, clavando sus numerosos colmillos en el brazo que portaba el filo. La muchacha se la quitó de encima con un barrido y le clavó la espada en el torso, haciéndola emitir un quejido agudo de dolor. Retiró la espada de su abdomen, que comenzó a manar sangre, y se volvió rauda al notar a su primer contrincante de vuelta. Sin más demora, activó el haki de observación y respiró hondo, concentrándose. Cuatro de las bestias se lanzaron a por ella desde los cuatro frentes, dejándola sin escapatoria, mientras su compañera seguía lloriqueando y desangrándose a sus pies, tiñendo la nieve del color de la sangre. La asesina detuvo los zarpazos y los mordiscos con la espada, golpeando a sus oponentes con el duro hielo y haciéndoles retroceder. Seguidamente, comenzó a girar sobre sí misma mientras efectuaba cortes a su alrededor y avanzaba para librarse de las bestias, cortando todo lo que se topaba a su paso. Con el afilado hielo consiguió amputar una zarpa, que salió volando por la inercia del movimiento giratorio y dejó lloriqueando a otra criatura.
Cuando hubo avanzado un par de metros hacia el interior de la isla, se volvió.
Seis de las criaturas se desangraban en el suelo, y otras tantas estaban heridas.
Empuñó la katana improvisada con el ceño fruncido y observó detenidamente a las criaturas, preguntándose por qué habían dejado de atacar.
Una de ellas, todavía sin un solo rasguño, dio unos pasos hacia el frente y la miró con aquellos ojos blanquecinos. Abrió las fauces para emitir lo que Haruka esperaba sería un rugido, pero en su lugar soltó un sonido que la dejó paralizada.

Las demás bestias aprovecharon aquel momento para atacarla en grupo, mientras la que se había adelantado se limitaba a mirar.

«No puede ser.», era todo lo que podía pensar la mente en shock de la asesina.

Aquella bestia había gritado. Pero no había sido un grito cualquiera. Podría haber sido capaz de gritar, eso no era sorprendente. No.
Había gritado con su voz.
Aquel… aquel era su grito. Reconocería su voz en cualquier parte.
Aquel era su grito de dolor.
Recordó entonces que Kuramitsuha había denominado a aquellas criaturas como copiones, al tiempo que volvía a girar el filo para atacar a sus oponentes y evitar que le mordiesen los puntos vitales.
Mientras recibía un mordisco en un tobillo, razonaba que, aunque fuesen copionas, es decir, capaces de imitar lo que escuchaban, Haruka no había gritado de dolor en ningún momento.

Se libró de las quimeras a duras penas, efectuando un salto hacia atrás y aterrizando para quedar en cuclillas. Se levantó un viento feroz que le latigueó el rostro sin compasión, y unas nubes negras se formaron con rapidez sobre su cabeza.
Se miró entonces el brazo izquierdo, para darse cuenta de que su chaqueta estaba agujereada.
¿Cuándo había sucedido eso?

«No, espera…»

La chaqueta no estaba rota antes.
Estaba segura de que ninguna criatura le había rozado siquiera el brazo izquierdo.
La ventisca comenzó.
Y Haruka se dio cuenta.
No acababa de llegar a la isla.
Las bestias podían imitar el sonido de su grito de dolor porque lo había oído anteriormente. Lo que implicaba que no era la primera vez que luchaban contra ella.
Llevaba allí ya un tiempo.
Pero, ¿cuánto tiempo?



¿Día 13?
Haruka se refugió en la cueva que había encontrado al poco de llegar a la isla, cerca del lugar donde debían recogerla un año y medio más tarde. Se convulsionó en un ataque de tos y se llevó la mano instintivamente al costado herido, al tiempo que manchaba el suelo de esputos ensangrentados. Apoyó la espalda en la pared de la cueva y se dejó resbalar por ella, hasta quedar sentada.
Según sus cálculos, necesitaría al menos un par de días para que su cuerpo se regenerase y sus heridas se cerrasen del todo. Eran demasiadas, y su cuerpo había decidido curarlas todas a la vez, lo que había ralentizado el proceso.
Pero necesitaba comer algo.
Le rugieron las tripas al tiempo que apoyaba la nuca en la piedra.

—Rewrite Island… -se rió para sí misma, con amargura-. Menudo nombre más estúpido le has puesto, Elliot. Yo la llamaría más bien… Infierno.

Se fijó entonces en la libreta que había llevado con ella.

—Cierto… Tengo que tomar notas… -recordó, arrastrándola por el suelo para alcanzarla. Se quedó de piedra al abrirla. La libreta tenía un montón de páginas escritas ya. Pero estaba segura de que no había escrito nada todavía…

Se puso a leer con avidez, al tiempo que un nudo de aprehensión se hacía con su estómago. No llevaba trece días en la isla.
Llevaba más de tres meses allí.



Día 1.
Haruka resollaba agitadamente, al tiempo que su aliento se congelaba frente a ella formando una nube de vapor. La espada de hielo que había creado estaba medio derretida, completamente empapada en sangre, hasta el punto en que no se la reconocía. Un hilillo de sangre se deslizaba desde su frente y baja por su mejilla hasta mancharle la chaqueta. El brazo izquierdo había recibido un mordisco profundo, y estaba malherido allí donde los colmillos se habían clavado, empapando la chaqueta de lana de líquido carmesí.
A su alrededor, una veintena de criaturas muertas descansaban sobre un lago de líquido escarlata y nieve roja.

Tras luchar sin descanso durante lo que le pareció más de una hora, finalmente había conseguido acabar con todas.
Se limpió la sangre del rostro con la manga y echó a caminar, agotada.
Si aquellas eran, según Kuramitsuha, las criaturas más débiles de la isla, no quería imaginarse cómo serían las más fuertes.

A los pocos metros, en medio de la ventisca que azotaba incesantemente su cuerpo y la empujaba en todas direcciones complicando su avance, pudo divisar una cueva.
Se acercó hasta allí todo lo rápido que pudo y la examinó con cautela. Parecía deshabitada y era pequeña, pero al menos le serviría para ampararse de la tempestad.
Se refugió en su interior y se quedó mirando el paisaje.

—Kuramitsuha -llamó, al tiempo que tiraba la espada de hielo y la dejaba a merced de la tormenta en el exterior-. Cuéntame todo lo que sepas de esta isla.

La muchacha se materializó a su lado, con aire triste. Probablemente seguía sin estar de acuerdo con permanecer allí, pero no le quedaba más remedio.

—De acuerdo. Pero no creo que te sirva de mucho.

—¿Por qué no?

—Dejaré que te des cuenta por ti misma de eso -se limitó a decir.

Mirai dedicó los siguientes días a estudiar la isla con cautela y tomar notas, procurando no toparse con ninguna criatura que no se pudiese comer, y utilizando sus poderes para huir a toda velocidad cuando se encontraba con alguna bestia más grande que ella.
La isla invernal estaba sumida en una ventisca cuasi eterna durante el día, y el temporal se amainaba durante las noches para mostrar la aurora.
Pero había comprobado, acercándose a la costa, que la ventisca solo desaparecía en el interior de la isla, y seguía rodeando la costa como una especie de huracán que impedía a nadie acercarse. Por eso sólo podían entrar y salir cada quinientos sesenta días.
Haruka debía aprovechar esas horas para cazar y alimentarse, y cazar durante la noche no era precisamente fácil, aunque la aurora le otorgaba más luz de la que podía ofrecerle la luna.
La isla estaba habitada por todo tipo de animales invernales. Había liebres árticas, zorros árticos y otro tipo de criaturas pequeñas que podía cazar y cocinar. Aunque era complicado encender la hoguera cuando todas las ramas estaban húmedas y congeladas.
También había visto huargos acechando por la zona del bosque, y un dientes de sable cerca del único río.
Aquel río le llamaba la atención porque, en medio de aquel temporal eterno y las temperaturas bajo cero, conseguía mantenerse en estado líquido. Así que decidió aprovechar una pausa de la ventisca para acercarse a investigar. Además, llevaba ya varios días allí metida, y no le vendría nada mal un baño.
Una vez se le acabó el agua de la botella, su única fuente de hidratación provenía de la nieve del suelo. Llenaba la botella de nieve y luego la guardaba en lo más profundo de la cueva, esperando a que se derritiese. Otras veces no le quedaba más remedio que comer nieve para hidratarse, pero estaba segura de que aquella nieve no estaba precisamente limpia. También creaba láminas de hielo y se las metía en la boca. Su temperatura corporal hacía que se derritiesen al poco de entrar en contacto con la lengua, pero no era un método muy cómodo y crear láminas de un espesor concreto requería una concentración que no le apetecía dedicar.
Así que se arrodilló a la orilla del río y se puso a investigar.
El agua estaba limpia y clara, se podía ver el fondo. Debía ser agua dulce procedente de las montañas que había a unos kilómetros de distancia. No parecía haber peces, aunque el río era bastante profundo. Podía tirarse de cabeza sin problemas, y no llegaría al fondo.
Acercó la cabeza al agua y la olisqueó, para luego emitir un gruñido pensativo.
Seguidamente cogió un puñado de nieve y la tiró al agua.
La nieve se derritió y el río emitió una pequeña bocanada de vapor, tal y como ella esperaba.
Aquella agua no se había congelado porque estaba caliente.
Pero… ¿por qué estaba caliente?

—Si te quedas aquí, sólo vas a conseguir que te maten -dijo Kuramitsuha entonces, casi con tono indiferente.

Una sombra cubrió entonces el río, y una forma borrosa apareció nadando a toda velocidad.
Una cabeza gigantesca emergió de las profundidades del agua y emitió un ligero pitido al tiempo que el aire se llenaba de vapor.
Haruka se cayó sobre sus posaderas de la sorpresa.
Ante ella se alzaba una especie de dragón, que no había visto en su vida. Bueno, no es que hubiese visto muchos dragones en su vida. Pero aquello era muy raro para ser un dragón.
Era un lagarto enorme de escamas verdes, con un cuello delgado y larguísimo que en aquellos momentos se alzaba por encima de los pocos árboles que rodeaban el río. En su boca contaba con una especie de bolsa, similar a la de un pelícano. ¿Sería algún tipo de dragón pescador?
El cerebro de la asesina estaba terminando de comprender que si el río no se congelaba era probablemente por la presencia de aquel dragón y su temperatura corporal era la causante de que el agua estuviese probablemente caliente, y que aquel saco que tenía en la parte inferior de su mandíbula no podía ser buen asunto; cuando la criatura la miró y escupió un chorro de agua ardiente en su dirección.

Haruka emitió un grito y salió corriendo. El chorro se estrelló a sus pies, derritiendo de golpe la nieve impactada y dejando una estela de vapor, y unas gotas la salpicaron y quemaron instantáneamente su piel.
Aquel dragón era peligroso.
Kuramitsuha tenía razón, si se quedaba acabaría muerta. Ese bicho podía derretir el hielo como si nada.
Así que siguió corriendo, de vuelta a la cueva, lejos del río.
La criatura volvió a lanzar otro chorro, que impactó un metro más a su derecha, por suerte para ella. Habría terminado abrasada.

En cuanto llegó a la cueva, sin pararse a recuperar el aliento, aferró la libreta y escribió con letras mayúsculas: “NO VAYAS AL RÍO.”

—Te das cuenta de lo que está pasando, ¿verdad? Te das cuenta de tu situación -le dijo Kuramitsuha entonces-. Tienes dos meses para solucionarlo todo. Dos meses para encontrar el origen del bucle. Dos meses para estudiar la isla. Dos meses. Porque luego lo olvidas. Y vuelves a empezar de cero.

—No -objetó Haruka, cerrando la libreta-. Tengo todo el tiempo del mundo. Sólo tengo que organizarme.

—¡No digas tonterías! No puedes hacerte fuerte en dos meses. No puedes sobrevivir en esta isla dos meses. Olvidas todo lo que has aprendido, y por mucho que tomes nota…

—No. Mi cerebro olvida -corrigió Haruka-. Pero mi cuerpo no -señaló, cogiéndose un mechón de pelo.



Día 56.
Haruka exploraba las llanuras adyacentes a su refugio en busca de alguna planta capaz de sobrevivir aquella cruel climatología que no estuviese en el bosque lleno de lobos gigantes, cuando vio una sombra. Una sombra de algo volador. Y ella reconocía bien esa forma.
Debería haber supuesto que había más dragones aparte del pelícano del río. Miró hacia el cielo para intentar atisbar la silueta de la criatura, y se sorprendió al ver que la bestia se lanzaba en picado. Hacia ella.
No pudo hacer nada por evitarlo, iba demasiado rápido.
El dragón se abalanzó sobre ella y la tiró al suelo del golpe. Las escamas eran negras, y no debía superar los ocho metros. No era especialmente grande, pero muchísimo más grande que el metro sesenta que medía Mirai en su forma humana.
El ser le sujetó el cuerpo con una zarpa y la apretó contra la nieve, inmovilizándola, para luego clavar sus dientes en su hombro. Los colmillos atravesaron la carne como si fuera mantequilla y le rompieron huesos y tendones con facilidad irrisoria. El ácido de su lengua se derramó por el pecho de la chica, quemando su ropa y su piel y aumentando el tamaño de la herida.
Ella gritó con todas sus fuerzas, casi más como un rugido de furia que un chillido de pánico, y se transformó en su forma completa, liberándose de su oponente al aumentar súbitamente de tamaño.
Malherida, le lanzó un chorro de hielo directo desde sus fauces, haciéndolo retroceder.
El dragón negro rugió, y ella correspondió con más intensidad. Debió acobardarse porque, tras dar un par de pasos vacilantes hacia atrás, alzó el vuelo y desapareció por donde había venido.
Todavía en su forma completa, se fijó en que su herida echaba humo, así que se restregó contra la nieve para eliminar el ácido, y la herida comenzó a regenerarse.
Cambió a su forma híbrida para ver la gravedad del mordisco, y pudo ver las horribles quemaduras que habían causado. Se había comido la piel, y ahora podía verse los músculos y los huesos, allá donde los colmillos habían penetrado la carne. Algunos de los agujeros la atravesaban limpiamente del pecho a la espalda, y sangraba profusamente.
Su hombro había quedado completamente inutilizado, y era incapaz de mover el brazo, que colgaba grotescamente a su costado.
La debilidad la golpeó y la obligó a retornar a su forma humana, para caer de bruces sobre la nieve y terminar desplomándose con un resoplido.
Alzó la cabeza con mucho esfuerzo, emitiendo un gruñido de impotencia, para ver a una joven albina que le devolvía la mirada. Kuramitsuha se agachó frente a ella con rostro impasible y le dijo:

—Te estás muriendo.

—Me ha dado esa… impresión -consiguió escupir Haruka, con voz ronca, al tiempo que notaba el sabor de la sangre en su paladar.

—Necesitas aguantar. Sólo unos minutos. El ciclo se repetirá en unos minutos. Si sobrevives unos minutos, vivirás. Así que esfuérzate por mantenerte despierta, muchacha estúpida.

—Aunque no me lo digas… -soltó Haruka, haciendo amago de incorporarse sin conseguirlo. Suspiró y emitió un gruñido de frustración.

Aquel dragón era pequeño.
La había cogido por sorpresa.
Ella podía enfrentarse perfectamente a ese dragón. Podía vencerlo. Pero era rápido. Ella necesitaba ser más rápida.
No podía bajar la guardia, ni por un segundo.
Ah… Y si el reseteo estaba a punto de pasar, y la libreta se había quedado en la cueva, no podía escribir sobre aquello. Así que no se acordaría del dragón negro de ácido al volver en sí, tras el reseteo. Y volvería a cometer el mismo error.

«Nota mental: Llevar conmigo la libreta a todas partes.», pensó con cierto toque irónico. Podía estar muriéndose, pero no había perdido el sentido del humor.



Día 56.
—De acuerdo. Pero no creo que te sirva de mucho -aceptó Kuramitsuha.

—¿Por qué no?

—Dejaré que te des cuenta por ti misma de eso -se limitó a decir. Seguidamente suspiró y se sentó frente a ella, rodeándose las piernas con los brazos y apoyando la barbilla sobre sus rodillas flexionadas-. Se llamaba Firenze. Era joven, egocéntrico, impulsivo y algo estúpido. Y decidió que sería buena idea entrenar en una isla invernal. Así que vino aquí, sin saber que la isla vivía atrapada en el tiempo. No se dio cuenta de los reseteos. Creyó que llevaba dos meses, que acababa de llegar. Siempre. Todas y cada una de las veces. No me escuchó. Le dije que nos marchásemos, pero no me escuchó. Y, entonces… los dragones le atacaron -Haruka se inclinó hacia delante, interesada.

—¿Hay dragones en la isla?

—De todos los tipos, tamaños y colores. Viven en la cordillera. Y no les gustan los intrusos.

—¿Y? -apremió, al ver que Kuramitsuha se quedaba callada. La albina suspiró.

—Lo mataron. Le arrancaron parte del torso de un mordisco. Él siguió luchando, pensando que se regeneraría, confiando en mí, pero… Le clavaron las garras en el corazón. Fue un linchamiento. Y a ti te van a hacer lo mismo -advirtió, con brusquedad.

Haruka ladeó la cabeza, estudiando el rostro de su compañera.

—¿Estabas… enamorada de él? -la chiquilla la observó con sorpresa en los ojos.

—¿Cómo lo…? -se cortó a sí misma y volvió a suspirar, ahora con resignación-. Estábamos enamorados. El uno del… otro. Sabes que puedo tocarte e interactuar contigo, ¿no?

—Uh, para, para para -la detuvo Haruka, agitando las manos en el aire-. Demasiada información. Entonces… lo querías y él murió aquí -resumió, comprendiendo la forma de actuar de Kuramitsuha-. Debe ser traumático volver a este sitio.

La albina desvió la mirada hacia la ventisca y se perdió en la lejanía.

—Debió ser traumático sufrir abusos constantes desde los once hasta los dieciséis años -le respondió, molestándola.

—Eso no tiene nada que ver con…

—Tienes que empezar a afrontar la realidad, Mirai -la interrumpió-. Huir no sirve de nada. Yo quise huir de este lugar, y aquí estoy de vuelta. Tú tampoco puedes huir de tus experiencias traumáticas. Tienes que aprender a afrontarlas. Tenemos que aprender a afrontarlas.

—¿Y qué esperas que haga?

—Yo voy a ir a buscar el cuerpo de Firenze. Si los dragones no lo devoraron, debe estar en alguna parte. Y merece un entierro digno. Y tú… tú vas a afrontar tu pasado y aprender a mirar hacia delante -le dijo, clavando en ella ojos llenos de decisión-. Porque ya te lo dije -continuó, acercándose a ella y colocando ambas manos de Haruka entre las suyas, antes de mirarla con compasión-, no estás sola. Estoy aquí contigo. Siempre estaré contigo.

—¿Crees que con la palabrería pasaré por alto que la que tiene que enterrar al tal Firenze soy yo? -respondió ella, condescendiente. Kuramitsuha se rio con nerviosismo en respuesta.



Día 111.
Aquel fue el día en que Haruka Kanata comprendió por qué las copionas habían sido bautizadas como tales por Kuramitsuha. Estaba en su entrenamiento habitual, su lucha por sobrevivir cada día, intentando cazar algo para comer cuando las quimeras la rodearon. Estaba acostumbrada a enfrentarse a ellas en grupo porque siempre atacaban en manada, así que no le dio importancia y sacó su filo de hielo, dispuesta a enfrentarse a ellas. Pero aquel día algo cambió. Las quimeras la rodearon y una se adelantó al resto, acercándose a Mirai.

—Te voy a matar -dijo la criatura con su voz, haciéndole fruncir el ceño. ¿Lo había dicho por casualidad? Hasta donde llegaba su conocimiento, las quimeras sólo repetían cosas sin sentido. Y entonces sucedió.

La criatura comenzó a transformarse grotescamente delante de ella. Sus huesos cambiaron de tamaño, el pelo desapareció dentro de los poros y los rasgos de su rostro se desencajaron para volver a formarse.
Cuando la horrible y tétrica transformación finalizó, Haruka se encontró consigo misma frente a ella. Incluso llevaba la espada de hielo en la mano.

—Por eso las llamo copionas -le dijo entonces Kuramitsuha-. Pueden imitarlo todo. Incluso pueden transformarse en dragones si quieren. Les pongas lo que les pongas por delante, lo pueden imitar. Esa es su única habilidad, pero… es la que las ha mantenido con vida en esta isla.

—Podrías habérmelo dicho antes… -se lamentó Haruka, empuñando el arma con fuerza.

—Lo he hecho. Lo has olvidado.

—Recuérdame que lo apunte en la libreta entonces -suspiró la chica.

Su clon se lanzó a por ella.
Haruka pudo ver cómo la criatura cargaba directamente a su flanco izquierdo, y ejecutó un giro de pies para esquivarla por los pelos, al tiempo que reflexionaba sobre la situación. Podía ser que aquella criatura imitase a la perfección su apariencia, su voz, y puede que sus movimientos. Pero estaba segura de que no podía imitar su experiencia, ni sus poderes, ni sus hakis, ni sus características físicas.
La Haruka falsa pasó frente a ella al esquivarla, y la auténtica aprovechó para darle una fuerte patada en el gemelo con intención de tirarla al suelo. Pero la quimera reaccionó con rapidez, dando un poderoso salto para alejarse de ella y volviendo a encararla, contraatacando con una patada desde el aire.
Haruka giró la muñeca para efectuar un corte diagonal ascendente que casi alcanzó a la quimera, pero la copiona reaccionó a tiempo para dar un salto y pasar por encima de la espada, al tiempo que alargaba el brazo con intención de cortarle la cara a la asesina, obligando a esta a echarse hacia atrás. El filo la rozó y le hizo un corte superficial en la mejilla, que enseguida se curó.
Chocaron sus hojas para medir sus fuerzas y volvieron a separarse. La copiona emitió un chillido de rabia con la voz de la dragona y se lanzó hacia ella, haciendo girar la espada en direcciones aleatorias, dando cortes y estocadas irregulares sin apuntar a un lugar concreto, tal y como hacía Haruka. Aquella quimera había estudiado a fondo sus movimientos, sin duda. Sabía perfectamente cómo se movería Haru ante cada ataque y cada defensa y podía responder en consecuencia. Luchar contra alguien que sabía perfectamente lo que ella iba a hacer, cuándo, cómo y dónde dificultaba las cosas. Probablemente no había tenido un combate tan igualado en toda su vida. Normalmente ganaba con diferencia, o veía que su oponente era más fuerte que ella y echaba a correr como buena bellaca.
El animal giró sobre sí mismo al tiempo que lanzaba cortes aleatorios, y Haruka se agachó para quedar fuera del alcance de la hoja y atacó a sus gemelos, intentando cortarle las piernas con la suya. Pero la quimera la vio venir y saltó, para apoyar los pies sobre su espalda, empujándola al suelo, y usarla de catapulta para alejarse. Mirai la fulminó con la mirada y se levantó de nuevo, blandiendo el filo con destreza.
Su clon sonrió con suficiencia y volvieron a encararse. La primera intentó un corte vertical descendente, saltando hacia su oponente con un grito de enfado y la espada en alto, pero la segunda no tuvo problemas en esquivarla, para luego sujetarle el brazo y retorcérselo, inmovilizándola, y a continuación clavó sus dientes en la carne.
Haruka gritó al ver el extraño líquido verde que manaba de sus colmillos, y le dio una fuerte patada en el abdomen para soltarse y alejarse de ella. Se observó el brazo, para ver el ácido comiéndose la carne y burbujeando, y se echó nieve encima para limpiar la herida.

—Oh, cierto. También segregan ácido, es su mecanismo de defensa -recordó Kuramitsuha entonces, con tono indiferente.

—Vaya, muchas gracias por la información, eres muy amable -soltó Mirai con marcado sarcasmo.

Su combate se prolongó durante unos minutos, en los que la una anulaba los movimientos de la otra y ninguna parecía ser mejor.
Hasta que la asesina se cansó de jugar.
Tras haber verificado su teoría, Mirai no necesitaba seguir jugando con aquel animal. Recubrió el brazo izquierdo de haki y le propinó un golpe en la boca del estómago con tal fuerza que la quimera salió despedida unos metros y aterrizó sobre su trasero un poco más allá. En el momento en que la copiona posó su cuerpo sobre la nieve, dos grandes estacas de hielo la empalaron, haciendo gritar a todas las demás.

—Tomaos esto como un aviso amistoso -les dijo Mirai, deshaciendo las estacas y dejando que el cadáver de ella misma se desplomase-. Vuestros jueguecitos psicológicos no funcionan conmigo. No me importa en absoluto tener que matarme a mí misma. Y nunca podréis imitar mi poder. Así que portaos bien y no os metáis en mi camino.

Tras esas palabras se colocó bien la chaqueta y se marchó, bajo la atenta mirada de las atemorizadas copionas.[/justify]



Capítulo VIII. Tonkou.




Haruka estaba sentada sobre una roca, frente a la hoguera. A su alrededor, se sucedían chillidos, gritos de ayuda y alaridos de dolor. Como cada noche.
Las quimeras, como las había llamado ella, vivían en la parte más baja de la isla porque era el único lugar seguro donde podían quedarse. Los bosques eran territorio de los huargos y lobos, las montañas estaban custodiadas por los dragones y al río solo osaba acercarse el dientes de sable. Las llanuras y las planicies con arbustos desperdigados por aquí y allá eran el único lugar donde aquellas criaturas podían vivir sin ser cazadas.
Tras su primer encontronazo parecían haberle cogido miedo a la asesina, y no se acercaban demasiado. Pero se habían decidido a hacerle la vida imposible. Cada noche, el aire se llenaba de gritos humanos. Algunos eran suyos, otros pertenecían a voces desconocidas. Palabras de socorro, gritos de dolor, chillidos y llantos se sucedían por toda la planicie sin cesar, hasta el amanecer.
Los copiones debían ser criaturas nocturnas, porque Mirai no creía que cambiasen sus horarios simplemente por fastidiarla a ella. Pero desde luego lo conseguían.
Llevaba tantos días sin dormir bien que había perdido la cuenta.
Tenía el cuerpo rígido, debido a la constante tensión, y el estrés cargaba sobre sus hombros y cansaba su cuerpo. Dos medias lunas moradas surcaban sus mejillas y se hundían bajo sus ojos, marcando la falta de sueño. Sentía un malestar constante.
Lo máximo que podía conseguir era conciliar un sueño de vigilia plagado de gritos de pavor y dolor, pesadillas, persecuciones y dragones que la atacaban sin previo aviso.
Se estaba volviendo loca.

Arrancó un trozo de carne de la pata de conejo asada que tenía entre manos y siguió tomándose su cena frente a la hoguera, intentando ignorar los gritos. Llevaba días sin poder lavarse adecuadamente, su ropa estaba rota y manchada de sangre y barro y sólo podía comer carne. Sus ojos habían perdido con los días su brillo, y ahora se perdían en las profundidades de las llamas. Tenía la mente completamente en blanco. Había vuelto, sin quererlo, a su estado de muñeca rota.

Una quimera se acercó entonces a ella, haciendo que dirigiese la vista hacia su derecha. El animal renqueaba y resollaba con fuerza. Parecía acercarse a ella con intención de atacarla, quizá en un intento desesperado por sobrevivir, pero estaba malherida. Se desplomó a unos pasos de la muchacha, con el cuerpo tembloroso. La dragona observó a su cazador con rostro falto de compasión y terminó la cena. Seguidamente apagó la hoguera y se envolvió en su chaqueta rota. Era hora de trabajar.
Pasó por el lado de la criatura, que intentó alzar la cabeza para morderla, sin conseguirlo, y le tiró los restos de conejo que le habían sobrado antes de continuar su camino.

En su interior, la chica estaba en plena guerra consigo misma. Debido en gran parte a la influencia de Kuramitsuha, se había puesto a pensar en cosas que no quería recordar, temas de los que no quería hablar. Y se había dado cuenta de algo.
A pesar de que la superficie de su ser estaba en calma, vacía de sentimiento y emoción, y no pensaba en nada, su cerebro parecía dividirse por capas. Como si se hubiese protegido a sí mismo con una coraza y unas cuantas murallas. Tal y como había hecho su corazón.

Y, en la capa más interna, no dejaba de pensar. Por aquel entonces, pensar era todo lo que podía hacer con libertad. Procuraba no escuchar aquellos pensamientos, pero eso no implicaba que no estuviesen sucediéndose como chispas en su cerebro, resonando los unos con los otros, repitiendo lo mismo a distintas velocidades y en distintos momentos y mezclándose en una canción molesta y desafinada. Las voces de su cabeza le impedían dormir tanto como los llantos de las quimeras.

Sí, había tenido una vida triste y traumática. Mirar atrás dolía, así que había decidido no hacerlo. ¿Por qué, entonces, se encontraba sumergida en esa espiral de recuerdos y pensamientos que no quería tener? Quizá Kuramitsuha tenía razón. Quizá tenía que enfrentarse a sus fantasmas de una vez por todas. Quizá iba siendo hora de hablarlo. Simplemente decirlo en alto, quitárselo de dentro. Sentía que tan sólo aquello sería suficiente. Después de todo, había notado cómo se libraba de un enorme peso que no sabía que tenía al revelar a Zane y Spanner su verdadera identidad. Al hacer un resumen de su historia, aunque sólo fuese un poco. Hablar sin duda ayudaba. Y ella tenía con quien hablar.

Se acercó a la base de la montaña, con la preciosa aurora como única iluminación. Las luces verdosas, azuladas y violetas danzaban y se retorcían en el cielo, proporcionándole unas vistas que quitarían en aliento a cualquiera. Con la ausencia de luces artificiales, podía disfrutarse de la belleza del cosmos con toda claridad. Haruka nunca había visto un manto de estrellas tan brillante y espeso, repleto de luces por doquier. Pero ella no estaba de humor para admirar las vistas.

—…Dolió. Eso es lo que a veces la gente no comprende. Si no sientes dolor, intuyen que eres totalmente inmune a sufrir, o algo por el estilo. Pero sufres igual. Y el dolor psicológico es mucho peor que cualquier dolor físico que puedas llegar a soportar. Porque el dolor físico termina, en algún momento, mientras el psicológico se queda ahí, acompañándote el resto de tus míseros días y haciendo de tu vida un infierno -comenzó a relatar al aire-. Y duele. Vivir duele. El hecho de saber que tu vida podría haber sido diferente duele. El ver a otras personas vivir sus vidas felices duele. Pensar duele. Sentir duele. Mirar atrás duele. Duele hasta respirar. Así que me libré de todo eso. Decidí que era mejor convertirme en una carcasa vacía. Hui como una cobarde. Porque no deja de ser lo que soy, una cobarde. Me refugié en el rincón más recóndito de mi propio ser y me recubrí de murallas y corazas para evitar volver a sentir dolor, en lugar de hacer algo al respecto -hizo una pausa, en la que bajó la vista al suelo-. Soy una estúpida, ¿no? Solo a mí se me ocurre. Creí que estaba haciendo lo correcto, no sé. No… no se me ocurrió otra manera de solucionarlo. Supongo que también hay que tener en cuenta que era tan solo una niña pequeña, que había vivido su vida feliz y plena, sin miedos ni complicaciones… Si mi padre me viese ahora… estaría tan decepcionado… -murmuró, al tiempo que comenzaba a escalar la montaña.

Sólo podía moverse con mediana facilidad durante las noches. Los días estaban sumidos en ventiscas, y los dragones no dudaban en atacarla en cuanto la veían. Los lobos y el dientes de sable también tenían horarios diurnos, complicando las cosas. El momento más tranquilo de la isla se sucedía de noche, cuando las ventiscas cesaban, el cielo se cubría de luces, las quimeras lloraban y las demás criaturas dormían. Así que se había decidido a trabajar más de noche que de día.

—Estaba aquella Mirai. Mirai era una niña alegre, valiente, temeraria y horriblemente honesta, algo bruta y un poco torpe. Cuando era pequeña, estaba segura de que no había nada que temer en el mundo porque yo podía con todo, tenía una confianza impresionante. No sé de dónde narices la saqué. A lo mejor me quedé con la confianza de Yurai además de la mía, porque ella siempre fue bastante miedica. Era espabilada e inteligente. Algo torpe con la espada, pero tenía diez años. Si hubiese seguido entrenando, ahora probablemente sería una espadachina temible. Jugaba con Jirou, Aki, Yuki e Icchin en los jardines de la casa. Ellos me llamaban Mimi, y a mi hermana la llamábamos Yuu. Una vez fui hasta las montañas con Yurai porque Aki y Yuki nos dijeron que había dragones y nos retaron a ir. Era cierto, había dragones. O quizá lagartos grandes que mi imaginación sin límite convirtió en dragones -prosiguió, escalando sin detenerse-. Admiraba a mi hermano, que parecía ser bastante responsable y siempre cuidaba de nosotros. Adoraba a mi padre, que me hacía cosquillas y me contaba historias increíbles. Y quería a mi madre, que me cantaba todos los días antes de irme a dormir, con todas mis fuerzas. Era feliz -hizo una pausa y emitió un gruñido de esfuerzo al tiempo que se balanceaba para alcanzar el siguiente saliente-. Y luego está Haruka, la muñeca rota y vacía, cobarde, que teme hasta a su sombra y no se fía de nadie. Estoy segura de que todo el mundo me va a hacer daño tarde o temprano, así que no tiene sentido crear lazos afectivos con los demás, porque saldré sufriendo. Así que vivo sin crear lazos con nadie, sin confiar en nadie y pensando en maneras de matarlos si no me dejan más remedio.

—¿Y qué pasó en medio? ¿Qué sucedió para que tu personalidad cambiase de manera tan radical? -inquirió Kuramitsuha en su oreja.

—Tú formas parte de lo que sucedió, así que lo sabes perfectamente. Mi vida se derrumbó delante de mis narices y, de pronto, había una persona abusando de mí y yo no entendía por qué. Mi inteligencia no me servía de nada en aquel contexto, y mi valentía tampoco podía ser usada en aquel lugar. No había nada que yo pudiese hacer por mí misma para solucionar aquello. Estaba atrapada y estaba sufriendo. No sentir dolor no implica ser incapaz de notar cómo abusan de ti. Desde entonces me han violado tantas veces que he perdido la cuenta.

—No, no la has perdido. ¿Cuántas veces han sido?

Haruka se mantuvo en silencio unos segundos y trepó hasta una meseta de la montaña, donde se detuvo a descansar. Apretó los puños y se enjugó una lágrima rebelde, para levantarse y seguir caminando con decisión.

—Ciento setenta y dos. Tras ciento sesenta violaciones, asesiné al tipo con tu ayuda. Ni siquiera lo pensé, sólo me transformé en mi forma completa y le arranqué la cabeza de un mordisco. Luego hui. Es lo único que sé hacer, aparentemente -comentó con sarcasmo, al tiempo que miraba a su alrededor explorando la zona. El haki de observación le decía que no había enemigos cerca, pero no podía fiarse siquiera de eso. ¿En qué se había convertido?-. Las otras doce sucedieron después, mientras trabajaba para la Araña. Una niña pequeña y aparentemente frágil es un objetivo fácil del que abusar, ¿no?

—Utilizaste diez de esas violaciones para asesinar a tu objetivo -recordó Kuramitsuha, caminando a su lado.

—Fue entonces cuando comprendí que podía utilizar el sexo a mi favor. Y así lo hice.

—Entonces, ¿qué fue lo que pasó para que Mirai se convirtiese en Haruka? -insistió de nuevo Kuramitsuha, con delicadeza.

—Lo que sucedió fue… -la muchacha tomó aire y suspiró- Lo que sucedió fue que Mirai era una niña protegida que no había pasado por calamidades en su vida, y resultó ser incapaz de afrontarlas. Mirai no era valiente, era ignorante. No tenía miedo a nada porque no le había pasado nada malo y estaba segura de que nunca le sucedería. Hasta que sucedió. Mirai era una niña pequeña atemorizada en el mundo de los adultos, y así siguió viviendo. Huyó de sí misma, huyó de sus emociones, de sus sentimientos, sus recuerdos y sus pensamientos, porque huir es todo lo que sabe hacer. Y se convirtió en Haruka.

Kuramitsuha emitió un gruñido de comprensión.

—¿Y qué piensas al respecto?

—Pienso que es hora de dejar de huir -escupió la dragona. Kuramitsuha sonrió. La chica acababa de tener una conversación profunda sobre sí misma por primera vez en su vida. Acababa de comprenderse, de encontrar respuestas a sus preguntas, y soluciones a sus problemas. Y, en lugar de reaccionar como se esperaría de una cobarde, llorando y sintiéndose mal al respecto, sufriendo todavía más de lo que ya había sufrido… se había enfadado.

La muchacha hundió las manos en el suelo y empezó a apartar la nieve, para descubrir lo que buscaba. Se incorporó y se quedó mirándolo con ojos entornados.

Kuramitsuha le cogió de la mano y se llevó la otra a la boca, ahogando un grito de espanto.

Ante ellas, se encontraba un muchacho alto, de cabellos castaños y ojos negros vacíos de vida, piel morena y complexión atlética. El chico sólo llevaba puestos unos pantalones. Le faltaba un brazo y parte del torso, que era delimitado por las marcas de los dientes que lo habían arrancado limpiamente. Estaba tumbado boca arriba, con un agujero redondo de garra atravesándole el corazón. El cuerpo llevaba muerto varios años sin duda, pero las bajas temperaturas y el hielo habían congelado la carne, ralentizando su putrefacción.
Habían encontrado a Firenze.

—Bueno, me toca cavar -suspiró Haruka, creando una pala de hielo con poco esfuerzo y clavándola en la nieve.

Mientras la chica cavaba la tumba del antiguo usuario de akuma, Kuramitsuha lo toqueteaba, lo abrazaba y le acariciaba el rostro, le hablaba a pesar de saber que no podía escucharla. Mirai no dijo nada al respecto. Después de todo, aquella era su única oportunidad para despedirse del chico.
La forma de la muchacha cambió ante sus ojos, sorprendiéndola momentáneamente. Haruka ya había visto la forma real de Kuramitsuha antes, en sus sueños, pero no comprendía por qué cambiaba en aquellos momentos.
El pelo de la albina se alargó hasta llegar al suelo, su cuerpo creció unos centímetros y su figura se estilizó, marcando las curvas femeninas y dejando atrás el cuerpecito infantil. Como por arte de magia, sus ropas también cambiaron, mostrándose como lo había hecho en el interior de sus sueños, cuando su vida corría peligro y debía despertar para enfrentarse a sus enemigos.

—No sé por qué te ha pasado todo esto. Tampoco sé cómo pudieron doblegarte. Cómo pudieron someterte, venderte y comprarte. Cómo pudieron utilizarte. Violarte, invertirte o convertirte en una muñeca vacía. Y eso es lo que no termino de comprender -Kuramitsuha se acercó a ella y la miró fijamente con sus ojos dispares-. ¿Cómo han podido hacerte esto? A ti. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo te dejaste? Una persona tan fuerte y determinada como tú. Tan valiente y resiliente. ¿Cómo te dejaste vencer? ¿Por qué?

Haruka parpadeó, y trató de buscar una respuesta a esa pregunta, pero la albina no le dio tiempo.

—Te diré por qué. Porque eras una niña pequeña que echaba de menos a su papá. Y a su mamá, y a sus hermanos. Estabas protegida y, de pronto, no había nadie que te protegiese. Pero seguiste esperando a que alguien viniese a salvarte. ¿Desde cuándo eres una princesita pasiva de cuento? ¿Desde cuándo necesitas que alguien te salve?

—No lo necesito -replicó Haruka, apretando el hielo de la pala con ambas manos.

—No. Porque te sabes defender sola. No eres una princesa que necesite ser rescatada, Mirai. Tú eres tu propia salvadora. Y es hora de demostrarlo. Te lo preguntaré una vez más. Y esta será la última vez que te lo pregunte -la sujetó por los hombros y se aseguró de que la miraba a los ojos antes de continuar-. ¿Quién eres?

—Mirai D. Murasakibara -respondió Haruka sin rodeos-. Usuaria de la Ryuu ryuu no mi, modelo Kuraokami. Diosa de las tormentas. Tercera al mando de los Arashi no Kyoudai. Tu mejor aliada o tu peor pesadilla -terminó, con una sonrisa arrogante.

—¿Estás dispuesta entonces a trabajar conmigo? En equipo. Las dos, juntas, contra el mundo. Seremos imparables -sonrió Kuramitsuha, cogiéndole ambas manos para colocarlas entre las suyas. Haruka cerró los ojos un segundo y emitió un suspiro, para abrirlos con mirada renovada, llena de decisión.

—Por supuesto que seremos imparables -convino, socarrona-. He tenido una idea mejor -añadió a continuación, deshaciendo la pala para soltarse de Kuramitsuha y acercarse al cuerpo sin vida de Firenze.

Se agachó frente a él colocó ambas manos en el suelo, cerrando los ojos para concentrarse.
Kuramitsuha pudo ver cómo un bloque de hielo elevaba al muchacho del suelo medio metro y luego lo engullía hasta dejarlo encerrado en un rectángulo perfecto y totalmente transparente. Haruka abrió los ojos entonces para acercarse al bloque de hielo y acariciarlo con una mano con gracilidad. El hielo comenzó a picarse, formando dibujos y ribeteos grabados y convirtiéndose en una tumba adornada. La albina se acercó, con lágrimas en los ojos.

—¿No crees que esto queda mucho mejor? -inquirió Haruka al terminar su obra. El cuerpo inerte del antiguo usuario parecía flotar dentro de una urna de cristal tallado, como si durmiera plácidamente. Kuramitsuha se enjugó las lágrimas con una sonrisa y asintió-. Hora de entrenar entonces.



Día 87.
Haruka intentaba conciliar el sueño con poco éxito.
El viento silbaba incesante y la luz se colaba por la entrada de la cueva, y ella daba vueltas sobre el suelo congelado en un intento fútil por quedarse dormida.
Pudo ver entonces una sombra en la entrada de la cueva y se incorporó alerta, activando el haki de observación. Pero se quedó quieta, anonadada, intentando comprender lo que estaba sucediendo.
Podía escuchar una voz murmurando.
¿Cómo iba a escuchar una voz murmurar nada si estaba completamente sola en aquella isla? No había nadie más que hablase su idioma.
¿Sería una quimera? Pero, por el momento, no había demostrado ser capaces de formar frases con sentido, tan sólo escupían palabras aleatorias, chillaban o lloraban. Y ella podía escuchar frases completamente racionales.

—Si ataco ahora a Ryuuketsuki mientras duerme y la mato, me haré con los halagos de todos. Ya verán… ya verán, sólo tengo que acercarme despacito, sin hacer ningún ruido, y entonces la mataré mientras duerme y llevaré su cadáver ante ese idiota y me reiré en su cara… Y entonces todos me adorarán… Despaaaaaaacio…. Sin hacer ruiiiiido…

Haruka se acercó a la entrada de la cueva para ver a un dragón negro pequeño trepando por la pared. Lo miró de hito en hito, sin comprender, y el dragón gritó. Y ella gritó. Y el dragón volvió a gritar.

—¡Es Ryuuketsuki! ¡Oh, no, voy a morir!

—¡¿Puedes hablar?! -saltó la chica, incrédula. El dragón volvió a gritar.

—¡Puedes hablar! -chilló, asustado, dando un respingo y reculando hasta el exterior de la cueva.

Kuramitsuha se echó a reír a carcajada limpia, llamando la atención de su usuaria.

—Perdón, perdón, es que ha sido gracioso. No, no, el dragón no puede hablar el idioma humano -explicó-. Eres tú quien puede entender a los dragones.

—¿Qué? ¿Desde cuándo? -preguntó Haruka, sorprendida.

—¿Desde siempre? ¿Has probado a hablar con un dragón alguna vez?

—¿Y entonces por qué habla wanense? Ha dicho ryuuketsuki, lo he oído -insistió la dragona, acercándose al pequeño dragón que volvió a recular para mantener las distancias.

—No, lo que pasa es que tu cerebro traduce lo mejor que puede lo que el dragón quiere decir. Él usó esa palabra para referirse a ti, y tu cerebro la tradujo de la manera más fiel posible. Lo más aproximado que conoces a la definición de lo que ellos te llaman es… ¿Ryuuketsuki has dicho?

—Demonio ensangrentado -tradujo Haruka, mirándose la ropa manchada de sangre seca. Seguidamente se acercó al dragón, que por algún motivo aún no había huido. Probablemente estaba tan perplejo como ella-. Así que puedes entender lo que digo -se aseguró. El pequeño dragón asintió-. Bien. Entonces puede ayudarme.

—¿Y por qué iba a ayudar al Ryuuketsuki? ¡Tú mataste a uno de los nuestros! ¡Entraste en nuestro territorio y lo mataste! El castigo por asesinar a uno de los nuestros es la muerte. Vas a morir -aseguró el pequeño dragón, caminando a su alrededor con sus cuatro patas fuertes. La chica ladeó la cabeza y le estiró un ala sin miramientos, sobresaltándolo.

—Eres un dragón muy raro… No había visto a uno como tú antes… -continuó por examinarle las fauces, ovaladas y con dientes retráctiles, con cabeza aplanada más similar a un anfibio que un dragón. El animal sacudió la cabeza para librarse de ella y dio unos pasos hacia atrás. La ventisca estaba amainando, lo que implicaba que ya empezaba a atardecer-. ¿Cómo te llamas, dragoncito?

—No tengo por qué decirte mi nombre, sucio demonio -espetó el lagarto, volviendo a alejarse y colocándose en posición defensiva, con la larga cola frente al cuerpo.

—Yo me llamo Mirai, pero puedes llamarme Haru -se presentó la chica, acercándose con intención de examinar las aletas de su cola. Pero el animal dio un salto, pasando por encima de ella para aterrizar a sus espaldas.

—Mi nombre es -todo lo que pudo escuchar a continuación fue un rugido extraño e incomprensible. Haruka miró a Kuramitsuha con una ceja alzada.

—Lo que ha dicho no tiene traducción. Es un nombre dracónico, así que…

Haruka se cruzó de brazos, mirando fijamente los enormes ojos verdes con pupilas rasgadas del dragón.

—Te llamaré Yoru -decidió, con simpleza.

—¡No me llamo Yoru! ¡Me llamo…! -de nuevo un rugido extraño e incomprensible. Parecía que se hubiese atragantado con un hueso de pescado.

—Yoru serás.

—¡No me pongas nombre! ¡No me voy a convertir en tu mascota, Ryuuketsuki!

—Oh… no me des ideas -sonrió Haruka, desafiante.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 20:02

Capítulo IX. Deshielo.



Haruka comenzó a apuntar absolutamente todo lo que le sucedía en la libreta, resumiéndolo y escribiendo con letra pequeña para ahorrar espacio. Así, con cada reseteo sólo tenía que esperar a mirar la libreta para comprender todo lo que había sucedido y continuar su entrenamiento donde lo había dejado.
Su rutina comenzaba al atardecer.

Cuando la ventisca todavía arreciaba, salía de la cueva y practicaba Taichí, perfeccionando sus movimientos de pelea con calma y sosiego, y calmando también su espíritu. Seguidamente se paseaba por las distintas zonas de la isla, explorándolas.

Primero exploró el bosque, repleto de huargos que intentaron atacarla. Pero resultaron ser poco más que perros grandes, no suponían rivales dignos para la dragona, y terminaron por acongojarse y huir con la cola entre las patas. La tundra también contaba con linces árticos, que vivían más ocultos entre la maleza y fueron lo suficientemente inteligentes como para no acercarse a ella. Los zorros y liebres árticos habían construido allí sus madrigueras, por ser el único lugar con vegetación. Descubrió que las liebres se alimentaban del musgo de las rocas, y de las hojas que caían de los árboles con la ventisca. No estaban muy bien alimentados, para ser honestos.

La zona del río era territorio prohibido, así que continuó con la meseta que había un poco más allá. Allí estaba el dientes de sable, solitario, que escondía a sus crías en una cueva. Aquellas criaturitas parecían gatitos a ojos de Haruka. Pero se convertirían en felinos enormes y temibles como su madre.

Las montañas eran el único lugar no congelado aparte del río, lo cual resultaba irónico porque usualmente la climatología funciona al revés -valles fértiles, cumbres cubiertas de nieve- pero el deshielo se debía a la presencia de los dragones y su fuego, sin duda.
En las montañas habían vivido los humanos de la isla en su día, y Haruka había encontrado unos planos y una especie de mapa en su segunda incursión a la cueva que ahora los dragones usaban de madriguera. No había rastro del origen del bucle por ninguna parte, así que decidió aventurarse al otro lado de la cordillera que separaba la isla en dos.

Le fue prácticamente imposible llegar al otro lado porque los dragones no dejaban de atacarla, y tuvo que huir.

Continuó su entrenamiento con intención de hacerse más fuerte, practicando meditación cada día al amanecer, antes de irse a dormir, en medio de la fuerte ventisca que se levantaba sobre aquella hora. Siguió por practicar con sus poderes, creando hielo sin cesar hasta llegar a su límite de cansancio. Por el momento, crear grandes cantidades de hielo la cansaban mucho más que crear cantidades pequeñas, y las pequeñas podían convertirse en filos con facilidad así que le compensaban de todas maneras.
Aprendió a convocar rayos, lo cual supuso una agradable sorpresa, y también a controlarlos y dirigirlos a objetivos en movimiento. Utilizó a las pobres quimeras y huargos como entrenamiento. Su siguiente reto consistió en intentar controlar y doblegar a su merced la ventisca, pero no tuvo tanto éxito.
Practicaba con la espada cada día en su lucha por sobrevivir, porque las quimeras no dejaban de atacarla cuando las usaba como entrenamiento. En algún momento, se temió que las terminaría extinguiendo, pero las criaturas también la herían con relativa facilidad, lo que ponía en funcionamiento su poder de regeneración. Se dio cuenta de que se regeneraba cada vez más rápido, quizá por usarlo tan a menudo, y que su pelo crecía a una velocidad pasmosa.

Tras unos meses, cambió sus horarios y se lanzó de lleno a las ventiscas, entrenando durante el día y enfrentándose a toda criatura que se le pusiese por delante. Todo con el único objetivo de hacerse lo suficientemente fuerte como para atravesar la cordillera e ir al otro lado. Después de todo, no tenía prisa. No guardaba en su cerebro más que los recuerdos de los dos meses anteriores, pero la libreta se encargaba de recordarle lo demás. Sabía que tenía tiempo para investigar. Al menos aproximado.

De vez en cuando pudo ver algún insecto cámara revoloteando por la zona, recordándole que alguien la estaba vigilando.

A pesar de no ser especial fan de la espada, terminó acostumbrándose a utilizar el filo para pelear, convirtiéndolo en una extensión de su propio ser y utilizándolo cada día con más maestría.

Poco a poco, mediante la meditación, la reflexión, el taichí y el entrenamiento constante, se fue descongelando. Se dio cuenta de que empezaba a divertirse al enfrentarse a las quimeras, y que le gustaba el subidón de adrenalina que le provocaban los dragones al perseguirla. Estaba recuperando su lado temerario. Tenía cada vez menos miedo. Se sentía cada vez más confiada en aquel lugar. Cuanto más lo conocía, cuanto más sabía, cuanto más podía hacer, más segura se sentía.

Cuando se sintió preparada, se aventuró de nuevo al otro lado de la cordillera, consiguiendo ser más rápida que los dragones gracias a su control del viento y su velocidad, y entonces lo vio.
Había una máquina allí abajo, rodeada de una especie de burbuja de energía.

Una máquina enorme y metálica, que emitía calor suficiente como para no congelarse y había eliminado la nieve varios metros a la redonda. Una máquina que soltaba chispas y hacía funcionar una especie de giroscopio, que giraba a velocidad vertiginosa.

Los dragones se abalanzaron de nuevo sobre ella, obligándola a retirarse.
Pero lo había visto. Y ya no lo olvidaría.

En cuanto volvió a la cueva escribió sobre ello, intentando describir la localización concreta para cuando volviese a perder la memoria de nuevo. Pero, ¿qué iba a hacer con la máquina? No formaba parte de su misión hacer nada con ella en concreto.
Así que decidió limitarse a continuar su entrenamiento diario por sobrevivir.

Las ventiscas resultaban cada vez menos caóticas, y notaba que su vista de dragona se afinaba con el paso de las semanas, ayudándola a ver con más claridad cada vez.
También le resultaba más sencillo moverse. Sus movimientos se habían vuelto más fluidos, menos mecánicos, ahora que se dejaba llevar un poco más a la hora de pelear. Las quimeras no dejaban de atacarla tras cada reseteo, y seguían haciéndolo hasta que les daba una buena lección. El reseteo la dejaba en su primer enfrentamiento con ellas, y Haruka se había dado cuenta de que aquellas criaturas eran capaces de retener lo aprendido a pesar de los reseteos, porque cada vez contaban con más palabras dichas con su voz, mayormente insultos que ella les soltaba cuando peleaba, y parecían haberse acostumbrado a su manera de pelear, poniéndoselo cada vez más difícil.
Si su teoría era cierta, aquellas criaturas retenían sus memorias tras los reseteos, probablemente debido a sus cualidades mímicas.

Día 168.
Haruka era incapaz de percibir temperaturas, pero era lo suficientemente inteligente como para saber que la sangre que brotaba de sus heridas se estaba congelando nada más salir, cristalizándose sobre su piel y haciéndole más daño, empeorando su estado.

Estaba en medio de una tormenta de nieve, una ventisca horrible, que ni siquiera sus poderes de dragón podían soportar.
Apoyó la espalda contra un montículo de nieve y trató de recuperar el aliento, al tiempo que el líquido carmesí se derramaba por su rostro, calentándolo momentáneamente para luego congelarlo.
Debería haberse rendido hacía tiempo. Pero aún quedaban algunos días para poder salir de allí, según sus cálculos.

Haruka tosió y se quitó la nieve de encima al tiempo que su cuerpo comenzaba a temblar sin remedio. Tenía que moverse, o sus músculos se congelarían.
Se levantó a duras penas. Le costaba respirar. Tenía sueño.
Aquello no era buena señal.
Tenía que sobrevivir, sólo un poco más.

Se envolvió en la chaqueta de lana con la esperanza de que su cuerpo entrase un poco en calor. No sentir temperaturas no implicaba que su cuerpo fuese inmune a ellas, después de todo. Si bien probablemente no podía congelarse ya, eso no descartaba la muerte por hipotermia. Las bajas temperaturas, al menos aquellas tan extremas, no eran buenas para su cuerpo. El viento azotaba sus cabellos, que latigueaban su rostro sin piedad, pero la chica siguió caminando, dejando un rastro de sangre a su paso.

Su haki de observación la alertó de algo acechándola a sus espaldas, y echó a correr todo lo rápido que sus cansadas piernas le permitían, en busca de refugio.
Si no se equivocaba, la cueva debía estar en aquella dirección.
Pero con la ventisca casi no podía ver nada.
Y se había prometido no usar su forma híbrida de poder evitarlo.

Se quedó sin aliento y apoyó las manos en las rodillas, resollando. Las gotas de sangre cayeron frente a ella y derritieron un poco de nieve, formando vapor a sus pies.
La presencia seguía acercándose, a ritmo constante. Así que se enjugó el sudor de sufrimiento del rostro, y continuó corriendo.

Sus piernas le fallaron. No podía seguir corriendo, les estaba exigiendo demasiado. Así que perdió en control de sus extremidades, que la hicieron tropezar y caer al suelo, al tiempo que se rendían sin permiso.
Emitió un gruñido de frustración y golpeó la nieve con los puños cerrados.
Seguidamente, cerró los ojos, respiró hondo con intención de tranquilizarse y se sentó en la nieve, esperando a su acompañante.
Pudo divisar una silueta oscura aproximándose en la ventisca.

Esbozó una sonrisa irónica y se dejó caer en la mullida nieve, tumbándose boca arriba con los brazos extendidos, y miró al cielo.
La ventisca no le dejaba ver nada.
La sombra oscura se abalanzó sobre ella.

—¿Estás bien? -inquirió el dragón, mirándola con sus enormes ojos verdes y las pupilas dilatadas.

—¿En serio estás preocupado por mi salud? Pensé que venías a cazarme.

—¡Los dragones somos complejos, ¿vale?! -exclamó Yoru, apartándose con gesto molesto.

El animal había estado observándola prácticamente cada día desde su primer encuentro. La encontraba y la vigilaba desde una distancia prudente. Miraba fijamente su entrenamiento, la seguía en sus exploraciones y no la perdía de vista hasta que decidía marcharse a dormir. Aquel había sido su modus operandi cada día, desde que se habían encontrado. Y Haruka se las había apañado para “encontrarse por primera vez” con el animal cada dos meses. La reacción siempre era la misma. Y sus acciones consecuentes también.

Pero ahora que había atravesado la cordillera y había visto la máquina, había perdido un tiempo muy valioso y no había podido huir lo suficientemente rápido de los dragones. Se había visto forzada a tomar su forma completa para enfrentarse a ellos, lanzándoles rayos, estacas de hielo y mordiscos por igual, para poder finalmente escapar. Pero la habían herido lo suficiente como para mantenerla quieta un par de días.
Yoru la agarró por la chaqueta con sus fauces y empezó a tirar de ella, al ver que no se podía mover.

—No te puedes… quedar aquí… -gruñó entre dientes. La muchacha se dejó hacer, con sus extremidades incapaces de responderle.

La arrastró con poco cuidado hasta la cueva y le dio un golpe con el hocico para comprobar que seguía viva.

—¿Por qué… me has ayudado? -consiguió susurrar Haruka, antes de perder el conocimiento. El animal se acostó a su lado y la rodeó con sus alas y su cola para darle calor, emitiendo un resoplido de resignación.



Día 336.
Mirai estaba completamente paralizada, mirando a su alrededor con ojos desorbitados. Su cuerpo temblaba y su cabeza iba a estallar con tantas preguntas sin respuesta. No comprendía lo que estaba sucediendo. No comprendía por qué aquellas criaturas habían sido capaces de aquello.
La escena era aterradora.
A sus pies, seis quimeras muertas. Ella agachada, empapada completamente en sangre de pies a cabeza, con la espada cubierta del viscoso líquido rojo y echando humo al tiempo que se derretía lentamente por el calor del mismo.
Todas las demás quimeras se habían transformado delante de sus narices con un proceso monstruoso y desagradable a la vista. Los huesos se habían cambiado de posición con sonoros crujidos, el pelaje había sido absorbido por los poros de la piel hasta desaparecer y la estructura ósea había sido modificada de manera aberrante. Aquellas criaturas parecían salidas de las pesadillas de alguien con mucha imaginación.
Y se habían transformado en ella.
Una docena de Harukas chillaban, reían y lloraban con su voz, a su alrededor. Parloteaban y soltaban frases sin conexión aparente, mientras la rodeaban amenazantes.

«¿Qué narices me estás contando? ¿Qué clase de pesadilla es esta? Si quiero sobrevivir en este sitio… ¿tengo que matarme a mí misma?», pensaba para sí la chiquilla, observando el panorama de hito en hito sin terminar de asimilar del todo lo que acababa de suceder ante sus ojos.
Las copionas no le dieron tiempo a responder a ninguna de aquellas preguntas, y se lanzaron a por ella sin dilación.
Mirai se levantó de un salto y salió corriendo, rodeando a las criaturas mientras pensaba en una solución. Pero no había otra.
Si quería sobrevivir, tenía que matarse a sí misma.
Con los ojos todavía desorbitados y el corazón latiendo desbocado, se lanzó con un grito a por las quimeras, que gritaron como ella en respuesta.
Se abalanzó sobre la primera, tirándola al suelo con facilidad y clavando la espada en su pecho. Unas gotas de sangre la salpicaron cuando se levantó el viento.
Sacó la espada ensangrentada de su propio cuerpo, con mirada renovada.
Había activado su modo asesino. Con este modo activado, actuaba guiada exclusivamente por el instinto.
Si no le quedaba más remedio que matarse a sí misma doce veces, era mejor no pensar.
O acabaría volviéndose loca.

Desde aquel día, cada vez que las quimeras la atacaban, lo hacían tomando su forma primero. La mente de Haruka empezó a flaquear, y seguía sin controlar el modo asesino, así que no paraba de moverse y atacar hasta que todo lo que había a su alrededor estaba muerto.
Así fue como terminó convirtiéndose en el demonio ensangrentado, Ryuuketsuki, temido por todos los habitantes de la isla, haciendo realidad los temores de los dragones que la habían bautizado así.[/justify]



Capítulo X. Yoru.



Día 425.
En su quinto intento por llegar al otro lado de la cordillera para examinar la máquina, Yoru la acompañó.
Haruka había puesto a la criatura al corriente de su misión, pero el dragón parecía interesado en conocer a una humana, y sencillamente la acompañaba por una mezcla de curiosidad y diversión.

Yoru había resultado ser una especie de gato gigante con cabeza de axolote mezclado con hábitos de murciélago y cuerpo de dragón, lo cual fascinaba a Haruka, y era el motivo por el que lo dejaba permanecer a su lado.
Aquel dragón era pequeño pero aerodinámico, las aletas le servían para volar a altas velocidades y efectuar giros cerrados sin problemas, tal y como le había demostrado el animal cuando presumió ante ella de sus habilidades. Sus ojos veían perfectamente en la oscuridad y los prominentes lóbulos protegían sus oídos de la intemperie, pero le otorgaban un oído envidiable.

Solía dormir colgándose de la cola de alguna rama, boca abajo y con las alas tapándole el cuerpo por completo, como si de un murciélago se tratase, y Mirai estaba segura de que se ubicaba por sonar cuando sus ojos no podían ver a través de la ventisca.
Se asustaba con facilidad y, cuando lo hacía, daba un respingo y arqueaba la espalda al tiempo que soltaba una especie de bufido, típico comportamiento gatuno. Además de aquello, también jugueteaba con cualquier cosa que se topase por delante, se distraía con una facilidad pasmosa y jugaba a cazar animales imaginarios. Cuando quería atención le golpeaba el hombro con la cabeza y restregaba su frente contra ella para que le hiciese caso, o le daba un toquecito con una pata. Incluso su forma de agazaparse, de lamerse para limpiarse y de caminar eran gatunas.

Había resultado ser mucho más dócil de lo que uno esperaría de un dragón.
Y, aunque Haruka no quisiera admitirlo, aquel dragoncito juguetón la había ayudado a mantenerse cuerda en aquel infierno. El poder hablar con alguien ayudaba, aunque ese alguien fuese un animal rarito.

Aquel día había decidido ahorrarse la escalada y se había transformado en el dragón blanco para atravesar la cordillera por el aire.
Yoru iba unos cuantos metros por delante, haciendo piruetas para mostrar sus habilidades, demostrando ser mucho más rápido y ágil en vuelo que ella.

Cuando ya habían atravesado la cordillera y comenzaban a descender en dirección a la máquina, los demás dragones hicieron su aparición, y uno de ellos placó a Haruka. La asesina no pudo evitarlo, porque estaba acostumbrada a ser un objetivo pequeño, y no sabía defenderse bien en un cuerpo tan grande y exageradamente largo como el de Kuraokami.
Al tiempo que caía, pudo oír un extraño pitido, como de una tetera hirviendo, seguido de un disparo de una especie de bola de fuego azul que impactó contra la piel ignífuga del dragón rojo, alertándolo.

Yoru le había lanzado una bola de lo que parecía plasma o algo similar, y ahora se abalanzaba sobre el titánico dragón con su escaso tamaño, en un intento vano por defender a Mirai.
Aquello le dio la oportunidad a la dragona de recuperar el control de su cuerpo y dejar de caer, mientras el dragón rojo le daba un manotazo a Yoru que lo lanzaba con fuerza contra el suelo.

Haru regresó a su forma humana para recuperar agilidad y giró sobre sí misma lanzándose hacia el lugar donde el pobre animal había aterrizado. Los demás dragones fueron más rápidos y no tardaron en arrinconar a Yoru, que se encogía como un gato herido y les rugían tímidamente.
Con sus recién descubiertos poderes, la muchacha pudo comprender la conversación al tiempo que descendía.

—¿Qué has hecho? ¿Cómo osas atacarme? ¿Acaso defiendes a la humana? -bramó el dragón rojo.

—¡Traición! ¡Traición! -escupían los demás, casi a coro, claramente enfadados.

—¡No lo comprendéis! ¡Ella no quiere hacernos daño! ¡Y vosotros no dejáis de atacarla cada vez que la veis! -saltó Yoru, temblando.

—Quiera hacernos daño o no, ha matado a uno de los nuestros. Y la pena por asesinato es la muerte. Déjame recordarte, pequeño renacuajo inútil, que la pena por traición también es la muerte -respondió el dragón rojo, echando humo por las fosas nasales-. Puedes decir tus últimas palabras -concedió.

—No… no estaba haciendo nada malo -se quejó Yoru, con lágrimas en los ojos, encogiéndose todavía más.

La asesina se dio cuenta entonces de varias cosas, desde su posición en el cielo.
La primera de ellas y más obvia: que Yoru era tan sólo un cachorro. Por eso se mostraba juguetón y confiado. Era tan sólo un niño.
La segunda: que los dragones tenían normas muy estrictas y romperlas implicaba la muerte, sin juzgar los motivos que habían llevado al acusado a romper esa norma, y que juzgaban a todas las criaturas bajo esas reglas sin diferenciación. Ella había matado a un dragón así que debía morir como castigo. No importaba que hubiese sido en defensa propia, o que no fuese parte de su comunidad.
La tercera: que estaban demasiado pendientes de Yoru y se habían olvidado de ella, dándole libertad de movimiento.
La cuarta: que aquel dragón era útil. Útil, diferente e interesante. El único de su especie que había podido encontrar en los meses que llevaba allí metida. Y no quería que le hicieran daño.

Haruka controló el viento de su alrededor para aterrizar grácilmente en el hueco disponible que separaba al dragoncito negro de sus compañeros.

—Y pensar que me encariñaría de un gato encerrado en el cuerpo de un dragón… -suspiró.

—¡Ryuuketsuki! -chillaron los dragones, enfurecidos.

—Me habéis puesto un nombre chulo al menos -sonrió Haruka, alzando las manos-. Si dejáis de chillar y parlotear como animales y me dejáis hablar, estaría muy agradecida -continuó en lengua dracónica, fulminándolos con la mirada.

Uno de los dragones le lanzó una llamarada de fuego ardiente.
Sin perder la sonrisa, Haruka efectuó un movimiento rápido y cortante con ambas manos, creando una ráfaga de viento gélido que se encargó de extinguir las llamas.
Había aprendido los entresijos de sus poderes, y que centrarse exclusivamente en el hielo era un error que la dejaba en desventaja. También podía crear y controlar electricidad y viento, y eso la situaba a la altura de aquellos mastodontes. Ya no les tenía miedo.
Los dragones se callaron, entre sorprendidos y confusos.

Todos excepto el dragón rojo, que alzó su garra amenazadora y lanzó un tajo en dirección a ella. Estaba preparándose para esquivarlo cuando Yoru se puso en medio y recibió el corte en su abdomen con un grito de dolor, para desplomarse a sus pies resollando.
Haruka se quedó paralizada, con los ojos desorbitados por la incomprensión y la perplejidad. ¿El dragoncito cobarde acababa de saltar para salvarla? ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué iba alguien a salvarla? Nadie la salvaba nunca. Por eso tenía que salvarse a sí misma. Eso había decidido, por eso llevaba todo ese tiempo entrenando sin cesar, aprendiendo a usar sus poderes, haciendo las paces consigo misma. Porque nadie iba a salvarla. Y ahora aquella criatura débil y pequeña, cobarde y temblorosa, se había puesto entre ella y un enemigo al que no podía vencer en un vano intento por salvarle la vida.
No podía creer lo que estaba pasando.
No podía comprender lo que estaba sintiendo. No tenía palabras para describirlo. No sabía muy bien qué sentía exactamente. Se agachó para comprobar que el dragón seguía vivo, y calculó que su capacidad regenerativa tardaría unas horas en cerrar aquel zarpazo. El animal estaba completamente indefenso, y no debía moverse.
Pero se irguió, a duras penas, ante la renovada sorpresa de la asesina, arqueó la espalda y emitió un rugido atronador.
La ventisca azotaba sus cuerpos violentamente, pero Haruka podía ver con su vista de dragón a todos los presentes. Estaban rodeados de criaturas enormes, y no había reseteo que la salvase en el último momento, como la vez anterior.
¿Cuánto tiempo llevaba allí metida? Desde que había empezado a llevar la cuenta, habían pasado trescientos sesenta y nueve días. Si había sido lo suficientemente espabilada como para empezar a llevar la cuenta tras el primer reseteo, cosa que esperaba o estaría muy decepcionada consigo misma, llevaba ya cuatrocientos veinticinco días allí encerrada. Cuatrocientos veinticinco días, catorce meses aproximadamente, sufriendo cada día que pasaba sin cesar. Más de un año en el que día a día luchaba por sobrevivir. Catorce meses en los que había sido flagelada, atacada, mordida, torturada, perseguida, abrasada, quemada con ácido, rasgada y apuñalada.
Y ahora que sólo le quedaban otros cuatro meses para salir de aquel infierno de una vez y poder darse un maldito baño caliente para quitarse la asquerosa capa de sangre seca que le recubría la casi totalidad del cuerpo, y poder dormir en una cama cómoda, y comer verduras, y cambiarse de ropa y disfrutar del sol… ¿Ahora iba a morir? ¿Y por causa de las normas estúpidas de un grupo de matones que se creían superiores a ella?
No sólo eso, sino que aquel gato atrapado en el cuerpo de un dragón, aquella criatura única y rara que todavía no había podido estudiar a fondo, iba a morir por protegerla. Por qué Yoru le había cogido cariño era algo que no podía comprender, y tampoco agradecía aquel gesto absurdo e innecesario precisamente, pero no podía dejar que aquellos dragones matasen al único espécimen de… lo que sea que fuese Yoru que quedaba en la isla.
Se colocó frente al animal herido, que la miró con sorpresa. Quiso transformarse en su forma híbrida para imponer un poco más de respeto, pero descartó la idea. Nada daba más miedo que una chiquilla ensangrentada y más peligrosa que cualquiera de ellos.
Estaba enfadada. Enfadada, exhausta, hambrienta y frustrada. Pero tenía claro que aquellas criaturas no iban a meterse más en su camino. Que no se iba a dejar avasallar nunca más por nadie.
Se había cansado de huir, de correr, escapar como una cobarde de todos aquellos dragones que la acosaban por diversión.
«Ya basta. Basta de huir, basta de acobardarse, basta de ser una sumisa pasiva. Basta de ser una muñeca rota que cualquiera puede utilizar. ¡Basta!»
Dio un paso hacia delante, acercándose al dragón, y se impulsó con el siguiente hacia arriba para quedar a la altura de su cabeza y poder mirarlo a los ojos. Creó la espada de hielo casi por inercia y se lanzó a por su oponente.
Los dragones la atacaron a la vez, enviando rayos, bocanadas de fuego, hielo y ácido, que la chica evitó con precisión usando la espada y recreando los trozos que se derretían o eran comidos por el ácido a toda velocidad, con gran maestría. Al tiempo que bloqueaba aquellos ataques, se movía en el aire como si flotase, girando a la izquierda, dando una voltereta, volviendo a colocarse de frente y cargando hacia ellos sin cesar.
Era un espectáculo digno de ser visto. Una criatura tan menuda como Haruka en su forma humana, luchando mano a mano contra aquellos mastodontes legendarios.
El dragón rojo le envió una llamarada enorme, que no podía bloquear con su espada, obligando a Mirai a crear una ráfaga de viento acompañada de nieve que se encargó de redirigir el fuego lejos de sí y sofocar las llamas. La llamarada se encargó de derretir el hielo de la ráfaga gélida, pero el agua resultante apagó las llamas. No estaba tan en desventaja como ella creía.
Y su tiempo con Yoru no había sido en vano. Había aprendido, a base de observar su comportamiento, los puntos débiles de los dragones. Eran impermeables por fuera, inmunes a prácticamente todo lo que podías echarles encima. Pero por dentro las cosas cambiaban. Y tenían la manía de abrir la boca muy a menudo.
Así que la chica continuó enviando tajos con su espada de hielo para bloquear los ataques de sus oponentes, y haciendo piruetas en el aire para esquivar los mordiscos a toda velocidad, mientras buscaba una apertura. En cuanto vio a un dragón verde abriendo sus fauces para soltar una nueva bocanada de gas venenoso que su compañero el dragón rojo se encargaba de hacer estallar, Haruka dirigió su mano libre hacia la boca de la criatura y envió un rayo que restalló en sus dientes y se coló por su garganta.
El dracónido cerró la boca de la sorpresa y se sacudió irremediablemente al tiempo que era electrocutado, antes de caer al suelo inconsciente, echando humo por las fosas nasales.
El dragón rojo soltó un rugido ensordecedor que empujó a Haruka unos metros hacia atrás en el aire, hasta que logró recuperar el control de sus movimientos, y la hizo cruzar los brazos ante el rostro para protegerse instintivamente de la ola de aire caliente que acababa de soltar la sierpe, que le chamuscó la chaqueta y le provocó quemaduras leves en los antebrazos.
Apartó los brazos con rapidez para ver la boca abierta de la colosal bestia, cargando una nueva bocanada de fuego en el fondo de la garganta. Aprovechó entonces para enviar un nuevo rayo, procurando esta vez que fuese más potente, al interior de aquella enorme mandíbula. El dragón rojo emitió un nuevo rugido, ahora de dolor, y se echó hacia atrás meneando la cabeza.
Un dragón azul aprovechó el momento para lanzar una descarga eléctrica sobre Haruka, que sintió la sobrecarga de electricidad en su cuerpo, pero no se vio afectada. Esbozó una sonrisa de suficiencia y miró a la criatura, que se acobardó. Su lugar fue sustituido por un dragón blanco, que le lanzó una bocanada de aire gélido. Su ropa y su pelo se congelaron, pero el resto de su cuerpo no se vio afectado, y la muchacha atacó al dragón blanco generando un nuevo rayo que le impactó en el ala y la rompió, haciéndolo caer.
Distraída por ese ataque, no vio venir la nueva llamarada del dragón rojo. Se vio obligada a dejarse caer hasta casi llegar al suelo para evitarla, pero su piel sufrió quemaduras de tercer grado, ya que la llamarada le dio de refilón. Si le hubiese dado de lleno, aquella llamarada le habría derretido hasta los huesos.
Al tiempo que su piel se regeneraba a toda velocidad, volvió a alzar el vuelo, frunciendo el ceño en una mueca de enfado y determinación. Estaba cansada de pelear.
¿Cuántas veces había sido quemada ya? Sus quemaduras sangraban por varias zonas. Tenía un brazo en carne viva. Había perdido una manga de la chaqueta, completamente chamuscada y convertida en cenizas por el poder de aquella bola de fuego.
Era hora de terminar.
La asesina podía seguir luchando por un tiempo indeterminado con aquellas bestias, pero en algún momento iba a perder. Estaba en desventaja, y había sido capaz de sobrevivir sencillamente porque no tenían estrategia y la atacaban sin pensar. Pero todas aquellas criaturas eran peligrosas, y podían matarla con facilidad con un mínimo de trabajo en equipo. Ella se había dado cuenta, y estaba segura de que el dragón rojo también. No tardaría en organizarlos para masacrarla. Y no pensaba permitir eso.
Se giró entonces para mirar a Yoru.
El animal estaba tumbado en el suelo, completamente inmóvil. Haruka se acercó a él, temerosa. El dragoncito no respiraba. Buscó signos vitales, pero su haki de observación ya no detectaba su presencia. Era inútil.
Yoru había muerto.

La muchacha observó el cuerpo inerte del pequeño draco, incrédula. Sin saber cómo ni por qué, las lágrimas acudieron raudas a sus ojos y se derramaron por sus mejillas.
Aquel animal había muerto por su culpa.
Era su culpa.
Había muerto por defenderla, y ella no había hecho nada para evitarlo. Estaba tan absorta en su pelea con los dragones que no se había dado cuenta siquiera de que había muerto. ¿Cuántos minutos llevaba ya así? ¿Cómo había pasado su último aliento? ¿Qué pensamientos se habrían cruzado por la cabeza de aquella criatura molesta, al verse morir solo y abandonado en el campo de batalla que ella había creado con su insensatez?
Yoru era una víctima inocente. No tenía nada que ver con el asunto. ¿Por qué tenía que morir? Aún era tan sólo un cachorro, tenía toda la vida por delante. Un cachorro tonto, alegre, juguetón y tremendamente curioso. No merecía morir. No así.
Era injusto.
Se enjugó las lágrimas y frunció el ceño, para mirar a los dragones que revoloteaban esperando volver a tenerla a tiro.

Controlando como buenamente podía el viento a su alrededor para no ser arrastrada por la ventisca, los observó a todos, uno por uno. Seguidamente cogió aire, y gritó. No por imponer más respeto, sino para que su voz pudiese oírse por encima del sisear del viento.

—Fuera. Ahora -de alguna parte de su ser se extendió una especie de onda de choque que ella había visto anteriormente. La onda expansiva de poder puro golpeó a todos los presentes sin discriminación. Algunos dragones pequeños perdieron el conocimiento. Otros no dudaron en salir volando de allí, de vuelta a sus cavernas. Sólo el dragón rojo se mantuvo impasible, escrutando con la mirada el rostro duro de su oponente. Tras unos segundos, soltó un resoplido de aire caliente que impactó de lleno en Mirai, dio media vuelta y se fue.

La chica aterrizó con suavidad al lado de Yoru le echó un último vistazo, antes de fijar su vista en la burbuja que rodeaba a la máquina.
Era hora de investigar.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 20:05




—No. Necesitas alargar el brazo un poco más… Eso es. Y ahora quieta, con cara triste.

—¿Por qué tengo que hacer esto exactamente? -inquirió Haruka, reprimiendo el tic de la ceja.

Se encontraban en una de las muchas habitaciones de la mansión Fowl, que Hayakawa había tomado prestada y había llenado de aparatos tecnológicos.
En aquellos momentos estaba grabando a Haruka con una cámara mientras el ventilador que tenía enfrente hacía bailar su ropa y sus cabellos.

—Porque será útil para el montaje que voy a hacer después -respondió Takumi, indicándole con un gesto que ya podía bajar el brazo.

—¿Montaje? -repitió ella, desconfiada.

—Sí. Un pequeño regalito de mi parte. Aunque he de admitir que yo también me lucraré con ello. Todos ganamos, así que no importa -le restó importancia el trajeado-. Verás, creo que te falta estrategia -la mirada de Haruka lo instó a continuar-. Puede que estés asustada por la cantidad de millones que pueden caer sobre tu cabeza si se descubre tu verdadera identidad. Si se sabe quién eres. Pero creo que lo estás viendo desde la perspectiva equivocada.

—¿Ah, sí? -gruñó la chica, viendo cómo Hayakawa acercaba la cámara hasta su cara.

—Ahora un primer plano con tu mejor cara de determinación -le pidió-. Veamos… Eras la esclava número… lo que fuese. Dudo mucho que nadie supiese que eras Mirai D. Murasakibara, a menos que se lo contases a alguno de tus esclavistas. Y, si bien es cierto que tus poderes de dragón son muy reveladores, diría que sólo debes cuidarte de usar la forma completa. De todas maneras, probablemente muy poca gente sepa que la niña que asesinó a aquel pederasta se podía transformar en dragón. Probablemente fuese un secreto que él te dio la akuma para empezar. Así que estás asumiendo muchas cosas que no sabes, y has decidido vivir bajo el supuesto de que saben perfectamente quién eres y lo que has hecho, y si te pillan, te matarán. Pero eres una pirata. Si te pillan, te matarán igualmente. Así que quizá va siendo hora de dejar de esconderse. No, no, eso es enfado, no determinación -Haruka puso los ojos en blanco-. Lo que quería decir es que deberías hacerte publicidad. Cuanto más llames la atención, mejor. Sobre todo siendo de la banda de un supernova. Así que mi idea es hacer un montaje con las escenas más épicas que mis cámaras consigan grabar… y publicarlo en todas las televisiones del planeta -sonrió.

—¿Puedes hacer eso?

—Por favor… -resopló.

—¿Y por qué lo harías?

—Como he dicho, todos nos lucramos al respecto. Tú ganas fama, yo gano dinero. Eres la hija de mi capitana y lo menos que puedo hacer es ayudarte. Quiero dejarte claro que puedes contar conmigo como tu aliado. Y demostrarte que puedo ser un aliado muy útil.

—Comprendo -aceptó Mirai, mirando a la cámara con determinación.



Día 448.
La dragona se lanzó con furia a por sus clones, cargando de frente y dando tajos con la espada a diestro y siniestro sin miramientos. Para su cerebro, aquella era la primera vez que veía a aquellas criaturas. El reseteo acababa de terminar, y acababa de depositarla de vuelta a su punto de partida, rodeada de quimeras que enseguida se transformaron para adoptar su apariencia, su voz y sus movimientos. Pero sus ropas ensangrentadas, sucias y rotas y su olor corporal le indicaban que llevaba en la isla una buena temporada. Se sorprendió de la facilidad que tenía para atacarse a sí misma, y de lo poco que le afectaba a nivel psicológico aquello. Esperaba tomárselo mucho peor y temía incluso perder la razón debido a aquello. Pero no lo había hecho. Probablemente porque ya lo había hecho antes, aunque no lo recordase. Y su cuerpo había superado el trauma.
Se sentía extraña. Era como si, de pronto, se hubiese vuelto mucho más ágil, mucho más rápida y también más fuerte. Danzaba con facilidad entre las quimeras y le resultaba sencillo atacar los puntos vitales a aquella velocidad. Normalmente atacaba sin rumbo fijo, sin apuntar, porque la velocidad no le permitía tomarse ese lujo. Pero ahora estaba apuntando. Y era capaz de atinar el blanco.
Debía llevar mucho tiempo entrenando en aquella isla. La mejoría era notable, especialmente cuando no recordaba absolutamente nada del proceso.
No tardó demasiado en encargarse de las doce quimeras restantes y encontrar refugio. Sus pies la dirigieron casi solos a la cueva. Era como si ya supiesen el camino. Aunque probablemente se lo sabían.
Y allí estaba, protegida de la intemperie y las tormentas, su libreta. Estaba algo rota, envejecida por la humedad y el uso, pero seguía entera.
La cogió y se puso a leer.
Cuando llegó a la última página, soltó un silbido de admiración.

—Oh… Me encanta el plan -sonrió para sí, al tiempo que Kuramitsuha asomaba por detrás de su hombro y echaba un vistazo al contenido.

—¿Estás segura de que va a funcionar?

—¡Por supuesto que lo estoy! Si no lo estuviese, no lo habría escrito -aseguró. Kuramitsuha se quedó mirándola fijamente, poniéndola nerviosa-. ¿Por qué me miras? No me mires. No se mira.

—Hmm… Has cambiado.

—¿Tú crees?

—Sí. Definitivamente, has cambiado -juzgó la albina-. Estás más… alegre.

—¿Alegre? ¡Estoy en el maldito y sangriento infierno! ¿Y crees que estoy alegre? -saltó ella, ofendida. Mitsuha se cruzó de brazos y asintió.

—En realidad te encanta este sitio, ¿a que sí? Te lo estás pasando bomba. Lo he visto. Mira, si estás sonriendo ahora mismo -señaló.

—Bueno… Tengo que admitir que me gustan los retos -admitió la chiquilla, encogiéndose de hombros.

Tenía cuatro meses para ejecutar su plan, y estaba segura de que le sobraba tiempo. ¿Qué tenía de malo alegrarse al respecto?



Día 448.
Haruka se dejaba arrastrar por el poderoso huracán que entrechocaba cuerpos aleatoriamente mientras los llevaba de vuelta a su punto de partida.
Y entonces lo vio.
Las criaturas muertas eran alzadas por el torbellino, la sangre volvía a sus cuerpos, sus huesos regresaban a sus posiciones originales y recuperaban el conocimiento como si nada hubiese pasado.
Se quedó mirando cómo una quimera a medio devorar por un dragón recuperaba la mitad del cuerpo que le faltaba y volvía a la vida.
«No pueden morir.», se dijo, anonadada. «Ni siquiera la muerte los libera de este infierno.»
Aquello explicaba por qué se enfrentaba siempre a las mismas quimeras.
Pero siempre había seis muertas en el suelo, y esas no volvían a la vida.
Lo que implicaba, probablemente, que si algo moría antes de que el reseteo terminase, estaba muerto para siempre.
Y el reseteo no terminaba con el huracán, porque cuando Haruka había llegado a la isla no había rastro de torbellino mortal por ninguna parte.
Debía haber un lapso de tiempo tras el huracán, hasta que el reseteo terminaba y la máquina empezaba a contar de nuevo.
Sólo había una manera de averiguarlo. Recordó entonces al pequeño draco parlanchín.
«Yoru está vivo.», sonrió, antes de ser depositada de vuelta a su punto de partida, olvidando aquel pensamiento, y al dragón.



Día 504.
Haruka avanzaba a toda velocidad sobre el lomo de Yoru. Era, sin miedo a equivocaciones, el dragón más rápido de toda la isla, aun teniendo su peso encima. A sabiendas de que los dragones los perseguirían, la única estrategia viable era ser más rápidos que ellos y meterse dentro de la burbuja. Haruka estaba segura de que el interior de aquella burbuja era inmune al bucle temporal al que estaba expuesta el resto del terreno. Y esperaba que su hipótesis fuese cierta.
Miró hacia atrás, viendo a los dragones persiguiéndolos mientras rugían con furia. Aquello se había convertido en una carrera por la supervivencia, e iban ganando. Yoru estaba fanfarroneando, ejecutando giros cerrados y piruetas en lugar de volar en línea recta, y Haruka tenía que agarrarse bien para no salir despedida.

No tardaron en llegar a la burbuja, y el dragón se lanzó hacia allí de cabeza sin frenar. La atravesaron sin problemas, y aterrizaron torpemente en su interior. El animal derrapó y Mirai salió disparada y cayó al suelo. Yoru hizo un ruido muy similar a la risa humana al verla, y la chica lo fulminó con la mirada antes de levantarse.

La máquina no era muy grande. Se trataba de un cajón metálico con varias tuberías y un giroscopio en la cúspide.
La dragona se agachó y sacó la libreta para empezar a dibujar lo más aproximadamente posible lo que estaba viendo, mientras Yoru le daba un golpecito a las bolas del giroscopio, que siguieron girando sin verse afectadas.
Allí no había ventisca y, de hecho, todo el terreno que cabía dentro de la burbuja estaba cubierto de hierba, lo que indicaba que probablemente la isla estaba estancada en su peor estación.

—¿Por qué no habéis destruido esto? Si sabéis que está aquí -inquirió Mirai entonces, mirando a Yoru. El animal ladeó la cabeza.

—No creo que los demás pudieran pasar -respondió.

—¿Qué quieres decir?

El animal señaló al exterior y Haruka se acercó a inspeccionar la burbuja. Acercó la mano y se dio cuenta de que generaba una especie de campo de fuerza. Empujó, pero la burbuja no cedió.

—Mmm… Así que sólo pudimos atravesarla porque ibas lo suficientemente rápido como para romper el campo de fuerza… Lo que implica que yo sola no podría haber entrado -apuntó en su libreta las palabras que decía.

—Yo creo que entramos porque eres de fuera -opinó el dragón, dando golpecitos a la burbuja-. Tú puedes entrar, yo no.

—Ah… ¿Y entonces cómo salimos? -cayó en la cuenta la chica, al ver que no había espacio suficiente para que Yoru pudiese coger carrerilla y volar a aquella velocidad de nuevo. El animal emitió un parloteo como respuesta. Empezó a rodar por el suelo y retorcerse felizmente, y Haruka se agachó para examinar las plantas del suelo-. Oh, no… Esto es catnip -se llevó una mano al rostro-… Gato tenías que ser -se lamentó para sí, al tiempo que Yoru seguía retorciéndose feliz y restregando el lomo contra las plantas.

La burbuja entera estaba cubierta de catnip, no hierba. Unos cinco metros cuadrados cubiertos de la droga favorita de los gatos. ¿Por qué habían puesto la máquina en aquel lugar?

Escuchó un golpe seco entonces, y se giró sobresaltada para ver al dragón rojo golpear la burbuja con sus patas en un intento por entrar. Pero estaban a salvo. Suspiró de nuevo y continuó explorando la máquina.
Lo único que le quedó por hacer tras eso fue observar cómo Yoru se drogaba y se lo pasaba bien con la planta, preguntarse si eso afectaría también a los otros dragones, y esperar.
La máquina contaba con las típicas lucecitas parpadeantes de colores y, tras unas horas, soltó un pitido sonoro y agudo y todas las luces dejaron de parpadear.
La burbuja comenzó a expandirse lentamente al tiempo que giraba, convirtiéndose en el huracán que arrastraba todo lo vivo de vuelta a su origen. Yoru y Mirai, al encontrarse en el ojo de la tormenta, no se vieron afectados. Pudieron ver cómo el dragón rojo era empujado hacia atrás sin remedio y suspendido en el aire, completamente indefenso, para luego salir disparado de vuelta a su punto de partida.
La asesina se quedó mirando fijamente la máquina mientras Yoru daba vueltas a su alrededor, contento.
El torbellino cesó, pero la máquina aún tenía las luces encendidas, y la burbuja no había vuelto a aparecer. Mirai empezó a contar mentalmente mientras se alejaba del campo verde con Yoru, hasta que la máquina emitió otro pitido, la burbuja volvió a su sitio y las luces volvieron a parpadear. Quinientos sesenta segundos tras el torbellino para que el reseteo se diese por finalizado. Casi diez minutos en los que, si algo moría, no volvería a resucitar tras el reseteo. Tenía que andarse con cuidado. Había estado a punto de morir varias veces. Cualquier error podía salirle caro.
Pero ahora, al no haber sido afectados por el reseteo, ambos mantenían sus recuerdos de los dos meses anteriores. Lo cual los hacía partir con ventaja.

—Empieza el plan -anunció la muchacha a un Yoru que ahora golpeaba con la zarpa la burbuja y miraba el campo de catnip con ojos llorosos-. Okey… Vámonos de aquí -le pidió, tirando de su cola y llevándoselo a rastras.



Día 520.
Haruka se internó en la caverna que los dragones usaban como madriguera. Pero, a diferencia de las otras veces, no se aventuraba a aquel lugar para descubrir más información sobre el asentamiento humano que había huido de la isla tras su experimento fallido de controlar el tiempo. Era otra cosa lo que buscaba.
Y no tardó en encontrarla.
De las profundidades de la cueva pudo escuchar un sonido gutural, una especie de gruñido amenazador que se amplificó con el eco.
El dragón negro apareció entre las sombras, acercándose con pose agresiva y territorial, dispuesta a atacarla como había hecho siempre.
Haruka no se inmutó.

—No eres un dragón -le dijo, con calma-. Nunca has sido un dragón. Eres una quimera. Y no me olvidas, porque las quimeras no olvidan. El reseteo no afecta a vuestro cerebro de la misma manera que al resto, probablemente por vuestra fisiología adaptable. O quizá por otro motivo totalmente diferente. No me olvidas, y te he matado ocho veces. ¿También recuerdas el dolor de la muerte? Por eso me odias cada vez más, ¿no? -el dragón negro se acercó a ella sin pronunciar palabra-. Porque recuerdas tus ocho muertes. Sabía que tenía que haber algo raro. Déjame que te explique. Verás, eres el único dragón al que he conseguido matar. Y fue demasiado… fácil. Es imposible para mí matar a un dragón, son tan poderosos como yo. Quiero decir, puede que consiguiese matar a alguno, pero desde luego yo acabaría medio muerta también en el intento. Lo único que he podido hacer en este año y medio ha sido defenderme y sobrevivir. No he podido vencer una sola batalla contra los dragones. Sólo he podido huir, y luchar por sobrevivir. Y, sin embargo… te he matado ocho veces. ¿Por qué? Los dragones negros no son tan fuertes como el dragón rojo, eso desde luego, pero… son más fuertes que tú. Puedes imitar el aspecto y el rugido de los dragones, puedes hablar su idioma y hacerte pasar por uno de ellos con el ácido que sueltan tus colmillos, pero… eres una quimera. Siempre has sido una. Durante un tiempo pensé que el dragón al que mataba era distinto, pero luego averigüé que todos los seres muertos son devueltos a la vida durante el reseteo. Al igual que mis propios miembros vuelven a mí, aunque me arranques una pierna o un brazo. Así que revives cada vez, y cada vez recuerdas. Recuerdas que te maté. Recuerdas cómo. Y vienes a por venganza. Pero no eres fuerte, quimera, no lo suficiente. ¿Por qué sigues intentándolo? Ambos sabemos que vas a morir, ¿por qué sigues esperando en esta cueva a que yo venga a matarte? ¿Por qué no has hecho algo distinto? -el dragón soltó un resoplido y enseñó los dientes, amenazante. Haruka se cruzó de brazos y empezó a pasear de un lado a otro-. Y entonces me di cuenta: tu muerte es necesaria. Es parte de tu plan. Si tú no mueres, los dragones no tienen motivos para atacarme y perseguirme sin cesar, haciendo de mi vida un infierno. Si tú no mueres, no soy enemiga de los dragones. Y, tal y como he conseguido establecer lazos con uno de ellos, probablemente pueda relacionarme también con los demás, convertirme en su aliada. Pero tú siempre mueres. Y ellos siempre me persiguen. Eres lista, he de admitirlo. Un plan maquiavélico, sin duda. Pero, dime, ¿por qué? ¿Por qué quieres hacerme la vida imposible de esa manera? ¿Cuándo se te ocurrió este plan? ¿La segunda vez que te maté? No, yo creo que llevas planeando esto desde que llegué a la isla. Porque maté a veinte de tus compañeros, porque los mato cada reseteo. Y quieres venganza. Y no te importa morir para conseguirla. Puede que tú mueras, pero la probabilidad de que yo muera a manos de los dragones es bastante grande. Y eso es lo que pretendes. Ingenioso. Lo admito, el plan no es malo. Pero fallas en una cosa -tras decir esas palabras dejó de caminar y creó su espada de hielo y creó su filo con una suave caricia-. Soy demasiado fuerte. Demasiado resistente. Demasiado inteligente. Así que me las he apañado para sobrevivir en este infierno que tú has orquestado durante todo este tiempo. Al principio lo pasé fatal, eso te lo tengo que admitir, y tuve que pasarme semanas recuperándome, sin poder moverme. Pero lo único que has conseguido creando este precioso y gélido infierno para mí es hacerme invencible. Deberías haberte dado cuenta hace tiempo, deberías haber visto que cada vez me muevo con más soltura por la isla. Que al principio sólo podía huir de los dragones, y ahora puedo enfrentarme a ellos en igualdad de condiciones. Pero no lo viste, porque estabas muerta. Así que creías que… no sé, que había sobrevivido de milagro, que seguía siendo igual de débil que cuando llegué, y seguías… y has seguido intentándolo. Has seguido con tu plan, y yo me pregunto… ¿hasta cuándo planeabas seguir repitiendo lo mismo?

—No importa -respondió el dragón entonces, con su voz-. Vas a morir igualmente. Tarde o temprano, cometerás un error. Y morirás. Y yo seguiré reviviendo, porque yo formo parte de esta isla. Tú eres de fuera. Si mueres, estás muerta. Tú misma lo viste con el cadáver de aquel pobre idiota que vino aquí hace años. No te afecta el bucle. Afecta a tu cerebro, pero no a tu cuerpo. Porque no estás registrada en su base de datos. Así que vas a morir. Y yo seguiré reviviendo -repitió, socarrona, meneando la cola.

—Eso es verdad. Seguirás reviviendo y, si yo me muero, muerta me quedo. Eso es un problema. Pero te estás olvidando de una cosa. No tengo por qué matarte. Y, si no te mato, nada empezará.

—¡Me matarás cuando las únicas opciones sean matarme o morir! -gritó la quimera, abalanzándose sobre ella.

El animal placó a Haruka, tirándola al suelo, y le dio un zarpazo en el pecho que le rasgó los jirones que llevaba por ropas y le cortó la piel. La asesina tomó su forma completa para escabullirse de su bloqueo como ya había hecho varias veces y se retorció bajo ella hasta que consiguió salir con su propia fuerza y tamaño. Luego retornó a su forma humana, con una sonrisa.

—Te has olvidado de otra cosa -señaló la muchacha, arrogante.

—¡No importa! -gritó la quimera.

Yoru salió de entre las sombras y aprovechó la boca abierta del dragó negro para lanzarle una bola de plasma. La quimera se la tragó sin querer y se convulsionó, al tiempo que se quemaba por dentro, para luego desplomarse. El draco se acercó a Haruka y le dio un golpecito cariñoso con el hocico.

—No estoy sola -terminó Mirai.

Los dragones volvieron de su cacería con las barrigas llenas y satisfechas entonces, para toparse aquella escena inusual. Uno de sus compañeros en el suelo, una humana, y aquel estúpido cachorro en peligro de extinción en pose cariñosa con la allanadora de morada.
Yoru se apresuró a explicarles la situación.

—¡Ese dragón era una quimera infiltrada! ¡La humana nos ha salvado!

—¿Qué tonterías estás diciendo? -bramó el dragón rojo, iracundo.

—¡Digo la verdad! ¡Ella no es nuestra enemiga! ¡También es un dragón! ¡Enséñales! -apremió, mirando a su compañera.

Haruka volvió a su forma dracónica, ante la sorpresa de los demás presentes. Con todas las miradas puestas en ella, nadie se dio cuenta de que el dragón falso recuperaba el conocimiento.

—Había oído en alguna parte que los dragones más hábiles podían tomar forma humana, pero esto…

—¡Es nuestra amiga! -insistió Yoru.

—Eso está por ver -objetó el dragón rojo, escrutándola con la mirada.

Haruka estaba en una posición complicada. Aquella era la parte más difícil del plan. Lo fácil era encontrar a la quimera disfrazada de dragón y entretenerla el tiempo suficiente para que Yoru entrase en la cueva sin ser visto y pudiese atacarla y noquearla. Ahora debía ganarse la confianza de aquellas criaturas, y estaba dividida.
No podía olvidar sin más el infierno que la habían hecho pasar. Si bien no recordaba más que unos pocos meses a esas alturas, todo había quedado detallado en la libreta. Los dragones le habían hecho la vida imposible. Uno de ellos le había arrancado un brazo de un mordisco una vez. Habían estado a punto de matarla en innumerables ocasiones. Haruka podía lidiar medianamente sin problemas con los lobos y las quimeras, y el dientes de sable no había mostrado interés en ella. Mientras no se acercase al río, el dragón que vivía allí tampoco la molestaría. Los que habían convertido su día a día en el mismísimo infierno eran aquellas sierpes gigantescas y poderosas. Y Mirai no estaba acostumbrada a perdonar. Ella nunca perdonaba, y nunca olvidaba. Siempre buscaba venganza. Lo normal habría sido matarlos a todos. Lo normal era querer matarlos a todos. Pero, parte de su ser quería dejar de luchar. Parte de ella sabía que no era rival para todas aquellas criaturas, y que era mejor rendirse y hacer las paces. Y también sabía que era vital en su plan tener a los dragones de su lado.
Pero, ¿podía acaso mirar a otro lado? ¿Hacer borrón y cuenta nueva, como si nada hubiese pasado?
La asesina emitió un suspiro antes de hablar en lengua dracónica.

—No tengo intención de haceros daño alguno. Sólo he venido aquí en una misión que terminará dentro de unos días. Entonces me marcharé para no volver, y no volveré a molestaros nunca con mi presencia -dijo, cerrando los ojos e inclinando la cabeza en señal de sinceridad. Su plan era más importante que su orgullo. Por una vez en su vida.

El dragón rojo se aproximó a ella y la miró fijamente a los ojos, quedando cara a cara.

—Tomaré esa palabra como una promesa de honor. Si la rompes, te arrepentirás -se limitó a decir, antes de alejarse. Yoru y Mirai emitieron un suspiro de alivio.

El dragón falso se escabulló entonces de sus espaldas y se lanzó hacia la entrada de la cueva a toda velocidad.

—¡Os enteraréis de esta! ¡Me vengaré! -gritó, tomando la forma de la Haruka humana-. ¡Esto es la guerra! -declaró, antes de lanzarse colina abajo ante las apabulladas miradas de los demás dragones.


Capítulo XII. Lazos.



—Ah, antes de que me olvide, tengo otro regalo para ti -recordó Takumi, mirando a la chica. Haruka alzó las cejas.

—¿Otro? Cuántos regalos. Me voy a acabar acostumbrado -comentó con una sonrisa, al tiempo que se recogía el pelo en una cola de caballo.

—Bueno, no es exactamente algo que haya trabajado o en lo que me haya esforzado. Pero ha llegado a mis oídos que tu querida hermanita está de vuelta en la ciudad -Haruka soltó un gruñido de sorpresa y echó a caminar hacia la puerta-. Te recuerdo que secuestrar a una Capitana de la marina son entre cien y doscientos millones de recompensa -añadió el trajeado en voz alta-. Quizá te vendría bien aumentar un poquito la cantidad por tu cabeza, teniendo en cuenta lo famosa que vas a ser en unos días -sugirió, guiñándole un ojo con picardía y señalando la pantalla.

—Quizá te haga caso en eso -respondió la chica, antes de salir.


A las pocas horas, había localizado a su gemela. Era como si estuviesen unidas por una especie de conexión etérea, porque no le costaba encontrarla, y muchas veces parecía sentir lo que ella estaba sintiendo. O eso, o no comprendía en absoluto sus emociones.
La muchacha había cambiado desde la última vez, aunque Haruka no podía comentar nada al respecto, ella misma había sufrido un cambio radical. Sin embargo, le sorprendió ver el pelo y los ojos de su gemela, y se preguntó qué papel habría jugado ella en aquello. Se agazapó sobre el techo de la taberna donde Yurai estaba tomando algo con sus compañeros y, en cuanto salió al exterior, se abalanzó sobre ella, la sujetó por la cintura y echó a volar.
Yurai se revolvió y gritó entre sus brazos, pero su hermana la sujetaba con fuerza.

—¡Suéltame! ¡¿Sabes lo que estás haciendo?! ¡Soy una capitana de la marina, no puedes simplemente secuestrarme! ¡¿Quién te crees que…?! ¡Mirai…! -saltó, al alzar la cabeza y reconocer a su secuestradora.

Haruka voló hasta el único lugar apartado que conocía: el submarino de Hayakawa que estaba atado en el puerto. Metió a su hermana a la fuerza en su interior y cerró la escotilla tras ella.

—Tenemos que hablar -se limitó a decir, acercándose a su gemela, que ya sacaba la katana amenazadora.

—¡No tengo nada que hablar contigo! ¿Qué te ha pasado en el pelo? ¡Creía que estabas muerta!

—¿Muerta? -saltó Mirai, parpadeando en señal de incomprensión. Yurai señaló la mitad de su pelo que se había vuelto de color blanco, y su ojo albino, que contrastaba con su otra mitad de pelo violeta oscuro y ojo morado.

—Cuando me pasó esto, me dolió un montón. Creí que me moría. Me desmayé, y cuando desperté estaba así. Creí que había perdido a… ¡Creí que mi otra mitad se había muerto! Pero estás viva y… albina -observó, bajando ligeramente la katana.

—Ah… Lo siento -se disculpó Haruka, con una sonrisa nerviosa-. Han pasado muchas cosas… y… Yurai, nuestra familia sigue viva.

La capitana bajó el arma, con los ojos como platos.

—¿…Qué?

—Me topé con el abuelo. Resulta que estaba vivo. Entrené con él un año, pero no me dijo nada al respecto. Ese hombre retorcido me mantuvo pensando lo mismo que tú, que todos habían muerto. Que todo era mi culpa -relató Mirai, sentándose en las escaleras de la escotilla, mientras Yurai volvía a apuntarla con la katana-. Pero hace unos meses… hace un año y medio -se corrigió- regresé a casa. Y allí estaba Blackie, y murió en mis brazos, y Icchin seguía tan tocón como siempre, y entonces aparecieron el abuelo y un tal Takumi Hayakawa…

—Ah, el mejor amigo de mamá -recordó Yurai. Mirai parpadeó.

—¿Eh? ¿Lo conoces?

—Nos habló de él un montón de veces. Incluso vino de visita. Era su mejor amigo -repitió, sin poder creer que su hermana no lo recordase. Haruka se encogió de hombros.

—La cosa es que me contaron lo que había pasado en realidad. Entiendo que me culpes, el plan se fue al garete por mi culpa, tienes toda la razón. Pero todos los miembros de nuestra familia sobrevivieron aquel día.

—No -negó Yurai, meneando la cabeza y alzando un poco más la katana, con manos temblorosas. Pero Haruka sabía que su hermana no le iba a atacar. Después de todo, Yurai era buena persona y tenía un fuerte código moral. Era incapaz de atacar a alguien que no estaba dispuesto a luchar. Así que no tenía nada que temer.

—Hatsuharu acabó siendo rescatado por la Armada Revolucionaria, forma parte de la Armada ahora -su hermana siguió meneando negativamente con la cabeza-. A ti te rescató un barco de la marina. Papá y mamá huyeron con Takumi. Todos sobrevivimos.

—¡Pero el usuario de la yami…!

—Sí -la interrumpió Mirai, apesadumbrada-. Mamá está muerta. Pero murió años después, por una enfermedad. Ni siquiera los logia son inmortales, supongo -Haruka se levantó y señaló a su alrededor-. Estamos en el submarino de Hayakawa. Si no me crees, puedes preguntárselo a él. Puedo decirle que quieres verle, seguro que estará encantado de explicártelo. Pero… necesitaba decírtelo yo. Y, si nuestra extraña conexión de gemelas sigue funcionando… sabes que no miento. Voy a ir al Nuevo Mundo con mi banda. Voy a buscar a papá, y a nuestro hermano. Esa espada… ¿es la que te dio nuestro padre? -inquirió entonces, reconociendo el arma como la misma katana que su hermana portaba dos años atrás.

—Lo es. Me alegro de que estés vivos, y yo también los buscaré. Pero -añadió, y sus manos dejaron de temblar al tiempo que el semblante se llenaba de determinación- eso no cambia las cosas. Eres una criminal buscada por la justicia. Y yo soy una marine. Es mi deber capturarte para que seas juzgada por tus crímenes, seas mi hermana o no.

—¿En serio? ¡La traidora a la familia eres tú! ¡Nuestros padres eran piratas, por todos los tornillos! -saltó Mirai, incrédula.

—¡No sabes el infierno que he tenido que pasar!

—No sabría qué responderte a eso. Vengo de pasar una buena temporadita en el infierno… Pero, Yurai… nunca creí que estuvieses en mi contra. No me has delatado.

—¿Delatado?

—Sabes a lo que me refiero. ¿Hay… hay un wanted por la cabeza de Mirai D. Murasakibara? -se atrevió a preguntar. Yurai volvió a bajar el arma, para esta vez enfundarla con un suspiro.

—Hay un wanted por una niña esclava, una niña pequeña que nunca dijo su nombre, y que mató a un tenryuubito. Para intentar averiguar su identidad, el gobierno buscó a los esclavistas que la vendieron en Shabaody… pero los encontraron a todos muertos -Haruka parpadeó, incrédula. ¿Quién había matado a los esclavistas?

—Aún así, por el parecido…

—El hombre que me rescató… Mi vicealmirante fue el que me enseñó el wanted. Me dijo “vaya, esta niña se parece mucho a ti”. No volvió a mencionar nada al respecto nunca más. Cuando Haruka Kanata apareció como una criminal buscada por la justicia, volvió a enseñarme su wanted y me dijo “parece que hay muchas chicas que se parecen a ti”, y no ha vuelto a decir nada al respecto -explicó Yurai.

—¿Tu vicealmirante… me está protegiendo? -se sorprendió Haruka.

—¡Me está protegiendo a mí! No sabes la que me puede caer si saben quién soy. Si saben… de qué familia provengo. Fukuzawa y el resto de mi tripulación son los únicos que saben mi verdadero apellido. Me ha protegido todos estos años, a pesar de mis orígenes. Le debo mi vida. ¿Y a qué te refieres con infierno? -saltó entonces, enfurruñada ante la situación-. Si eres una psicópata.

—¡Hey! Ser psicópata implica no poder empatizar con los demás. ¡Tengo sentimientos! -se quejó la chica, antes de volver a sentarse en la escalera-. Oye, ¿me das esa chaqueta? Siempre he querido tener una.

—¡Es una chaqueta de un oficial de la marina! No puedes tenerla -se negó Yurai.

—Iría toda chula por la calle con una chaqueta de marine -refunfuñó Haruka. Yurai reprimió una carcajada, y Mirai se echó a reír, contagiando a su gemela-. Enemigas o no… me alegro de verte.

—¿Sigues igual de psicópata o has empeorado ahora que ya no me tienes para decirte lo que está bien y lo que está mal? -se interesó su gemela, deslizándose por la pared hasta sentarse frente a ella.


Una pequeña Yurai se acercaba a su hermana gemela, que estaba agachada en el jardín interior de la mansión Murasakibara. Al situarse tras ella, pudo ver a Mirai empuñando un cuchillo de la cocina con una mano, mientras con la otra sujetaba a un lagarto que se retorcía bajo ella. El lagarto se estaba desangrando, y el cuchillo ensangrentado indicaba que había sido la niña quien le había amputado la cola y las extremidades.

Yurai observó perpleja y horrorizada la escena, y corrió a buscar a sus padres sin mediar palabra.

—¡Mirai! -llamaba su padre poco después, arrebatándole el cuchillo y apartando la otra mano del lagarto vivo-. ¿Qué estás haciendo?

—Oh… Hoy aprendimos que los lagartos y lagartijas tienen la capacidad de regenerar su cola si la pierden. Quería verlo con mis propios ojos -se limitó a explicar la pequeña, impasible. Su madre la cogió en brazos y la llevó hasta el tatami de la casa, donde se sentó con ella en el regazo.

—No puedes hacerle eso a los animales, Mirai, está mal -le indicó con paciencia.

—¿Por qué está mal?

—Porque estabas haciendo sufrir al pobre lagarto -le explicó, mientras Genzou le cortaba la cabeza al animal para terminar con su sufrimiento, y le indicaba a los sirvientes que limpiasen aquello y se llevasen el cuchillo.

—¿Por qué está mal? ¿Por qué está bien matar animales para comérselos, pero está mal cortarles la cola para ver si vuelve a nacer? -preguntó la niña, sin comprender.

—¡Porque los animales sienten dolor! -saltó su gemela-. Estabas haciéndole mucho daño al lagartito -dijo a continuación, sollozando.

—Pero también le hacemos daño a los animales cuando los matamos. ¿No? -inquirió, mirando a su madre. Ella emitió un suspiro.

—Escucha, Mirai -dijo con ternura-. Cuando matamos a un animal para comérnoslo, lo hacemos para sobrevivir. Y siempre, siempre, los matamos de la forma más rápida e indolora posible, para que no sufran. Lo que tú estabas haciendo ahora era torturar a un pobre animalito, y eso está mal. ¿Lo comprendes?

La niña asintió, pero sus familiares se dieron cuenta de que en realidad no lo comprendía. Sus padres intercambiaron una mirada preocupada.
Pocos días más tarde, el médico de la familia acabaría diagnosticándole la psicopatía que la acompañaría toda su vida.

—Empeoré, eso sin duda -respondió Mirai, sin darle importancia-. Pero a veces no entiendo cosas que hago. Hace unos meses, un compañero de tripulación al que no soportaba se cayó y se perdió en medio de una tormenta y… me lancé sin pensar a rescatarlo. No lo conseguí, pero… ¿Por qué me lancé? No lo sé. Y, hace tan sólo unos meses, una criatura molesta e infantil se murió por mi culpa y… lloré. Tampoco entiendo por qué lloré, o por qué me puse así. Pero empiezo a… darme cuenta de… ehm… lo que es injusto. No era justo que Spanner muriese así y tampoco… tampoco era justo que Yoru muriese por mi culpa. No era justo, así que… hice algo al respecto, supongo -intentó explicar Haruka, con dificultad.

—Eso es que has establecido lazos afectivos con… Spanner y Yoru -dijo su hermana-. Cuando aprecias a alguien… no quieres que se muera. Es lo normal -sonrió.

—Ser psicópata es complicado, ¿sabes? Todo sería más fácil si simplemente pudiera… empatizar y formar lazos con esa facilidad con la que los demás lo hacen. Pero no puedo, no… no puedo. Es un asco y fastidia, pero… -no terminó la frase.

—Naciste así, Mimi -le recordó Yurai, usando el apelativo cariñoso para suavizarlo-. Pero ser psicópata no implica ser mala persona. ¿Recuerdas lo que solía decir papá? Yo me quedé con toda la empatía, y tú te llevaste toda la valentía. Por eso nos complementábamos tan bien.

Haruka desvió la mirada.

—Pues para haberme quedado con la valentía de las dos, no he hecho más que comportarme como una cobarde estos últimos nueve años -comentó con amargura.

—Ya estás empezando a compensarlo entonces. No desperdicies mi valentía -le regañó Yurai, como solía hacer cuando eran niñas-. Si fuiste a casa… ¿Cogiste la espada que te regaló papá? -ella asintió, y Yurai desenfundó la suya para enseñársela-. Las espadas también son gemelas.

La katana de Yurai tenía el mismo tsuba del dragón y la serpiente entrelazados, los mismos adornos del kamon de la casa Musarakibara y la misma kashira. Los colores de la samegawa y el sageo cambiaban en la katana de Yurai, aproximándose más a un tono berenjena que el violeta de la suya. El filo era similar, pero en colores más oscuros, y la vaina era la opuesta a la de Mirai, negra con puntitos blancos aquí y allá que parecían estrellas en el cielo nocturno.

—Quizá él siempre quiso que nos enfrentásemos con ellas -razonó Haruka, con mirada melancólica.

—Y lo haremos. Como buenas enemigas. Mis compañeros deben estar a punto de llegar, y no tienes escapatoria. ¿Qué piensas hacer al respecto?

Haruka esbozó una sonrisa pícara, y Yurai supo que no tramaba nada bueno.

Tan sólo segundos más tarde, Yurai era lanzada por la escotilla para caer en brazos de un anonadado compañero suyo, y el submarino se sumergía en las profundidades.
Haruka se acercó a la sala de navegación, poniéndose la chaqueta marine de su hermana, que le quedaba como un guante. Sonrió con socarronería y se acercó a Hayakawa.

—¿Los mataste a todos? -el hombre emitió un gruñido inquisitivo-. No finjas que no escuchaste la conversación -le pidió Haruka.

—Bueno, te dije en su momento que fui a buscarte. Intenté comprarte, pero tenía tanto dinero como ese tipo, así que te perdí. Lo mínimo que podía hacer era… darles una lección a los idiotas que se atrevieron a vender a la hija de mis mejores amigos -contó.

—Gracias -musitó Haruka, sincera, sorprendiéndolo.

—Has cambiado -observó-. Te han sentado bien estos dos años en el infierno.

—Oh, sí. Estoy deseando volver -soltó ella con ironía.

Mientras las hermanas se reencontraban, a desconocimiento de Haruka, todas las pantallas públicas del mundo eran hackeadas y se encendían para mostrar una imagen y un corto texto. La imagen mostraba a una chiquilla de pelo corto, de espaldas, poco más que una silueta que contrastaba frente a la brillante y hermosa aurora. Bajo la imagen en movimiento, se leían las siguientes palabras:

“Dentro de tres días. 15:00 H.”

Acompañadas de una cuenta atrás. Aquellas imágenes llamaron la atención de todo aquel que viese la pantalla encenderse sin motivo aparente, y alarmaron a las fuerzas de seguridad, que enseguida ordenaron la búsqueda de los hackers, que parecían tan seguros de que nadie iba a impedir la emisión de su siguiente vídeo que incluso habían puesto fecha y hora exactas, para atraer espectadores.



Día 465.
—¿No sabes rugir? -saltaba un incrédulo Yoru, para luego echarse a reír.

—Nunca he probado, ¿vale? No sé cómo puedo rugir de esa manera tan feroz como has hecho tú. Puedo rugir, pero… no así -explicó Haruka, ofendida.

—¡Yo te enseño! -se ofreció el dragón, contento-. Si me llamas maestro -añadió, estirando el cuello con orgullo.

—Ok, entonces no aprenderé nunca, ¿qué se le va a hacer? -le restó importancia Mirai, encogiéndose de hombros y echando a caminar.

—¡Que no, que no, que yo te enseño! -insistió Yoru, persiguiéndola. Se situó frente a ella y se sentó sobre sus patas traseras para darse un golpecito en la boca del estómago con una pata-. La clave está aquí. Tienes que rugir desde el estómago.

—Desde el diafragma -corrigió ella.

Yoru ladeó la cabeza sin comprender, para luego ponerle una mano sobre el diafragma a Haruka.

—Desde aquí -insistió. Ella asintió, resignada.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 20:07

Día 535.
OST:


Rewrite Island se había convertido en un campo de batalla.
Las quimeras se habían organizado y habían decidido atacar con todo lo que tenían a los dragones. No eran especialmente fuertes, pero eran muchas. Y se habían transformado en dragones y en Harukas para crear confusión. Esta última había tomado el bando de los dracónidos por primera vez, y estar acompañada de aquellas bestias la hacía sentirse poderosa. Seguía en su forma humana, todo para que Hakayawa pudiese grabar escenas buenas con ella en esa forma, pero había notado un incremento en su poder que le había subido la autoconfianza. Podía crear hielo con muchísima más facilidad y en mayores cantidades sin cansarse. Crear rayos y corrientes de viento le resultaba tan natural como respirar, y podía combinarlos en una tormenta mortal sin problemas. Se notaba con más energía, más fuerte, resistente y rápida de lo que nunca había sido.
Se sentía invencible.
Era complicado saber quién era aliado y quien no lo era en aquel lugar, así que las estrategias se habían dejado de lado, y cada uno defendía su propia vida y luchaba contra todo aquel que le atacaba. Haruka sabía que las demás Harukas no eran ella, así que se había centrado en ese grupo de quimeras. Los dragones habían hecho más o menos lo mismo, conociendo su número y las características de cada uno.
Mirai se vio rodeada de media docena de clones, también con espadas ensangrentadas, aunque las suyas no se derretían al ser extensiones de su cuerpo en lugar de hielo.
Se agachó con rapidez para tomar impulso y volver a levantarse, girando sobre sí misma con la hoja en alto y cortando todo lo que había a su alrededor. Las quimeras no pudieron defenderse ante aquel ataque exprés, y cayeron derrotadas a su alrededor.
La respiración agitada se congelaba frente a sus narices al tiempo que buscaba a su siguiente oponente.
Varios metros por encima de ella, el dragón rojo enviaba llamaradas a los grupos de quimeras que encontraba, los dragones azules electrocutaban a sus oponentes, los negros quemaban con su ácido a sus enemigos y los blancos congelaban a las copionas que se encontraban, mientras los verdes lanzaban bocanadas de veneno que las paralizaban.
Era una guerra a nivel colosal, como nunca había visto Haruka. Estaba segura de que nadie había vivido nunca una guerra como aquella. Las peleas con acorazados de la Marina y las Buster Call palidecían al lado del poder de aquellos gigantes.
La batalla se inclinaba a favor de los dragones, como era obvio. Haruka no entendía aquel instinto suicida de las quimeras, ni el poco apego que le tenían a sus propias vidas. Aunque, si ella recordase todas y cada una de sus muertes y siguiese volviendo a la vida sin parar durante saben los dioses cuantos siglos, quizá también se le subiría a la cabeza la supuesta inmortalidad.
Yoru aterrizó a su lado entonces y disparó una bola de fuego al aire, confirmándole que era el verdadero, y la chica se subió a su lomo de un salto. El animal despegó en cuanto notó que su jinete estaba bien sujeto, y se elevó hasta la altura de los demás dragones.
Desde allí, Haruka creó una serie de veinte estacas de hielo con facilidad, y las envió hacia las quimeras como proyectiles gigantes que se clavaron en los cuerpos de aquellas que no pudieron esquivar.
Un dragón blanco soltó un alarido de dolor, y la asesina pudo ver cómo una quimera con forma de dragón azul clavaba sus colmillos llenos de ácido en el cuello de la criatura, dejando sendas heridas y quemando las zonas adyacentes. Se dejó caer desde el lomo de Yoru y se lanzó a por la quimera. Aterrizó unos metros a la izquierda por error de cálculo, y se dirigió a por ella a toda prisa. La quimera la vio, soltó el cuello del malherido dragón de hielo y le lanzó una serie de esputos de ácido, que Haruka bloqueó ágilmente con su espada hasta llegar a ella y ejecutar un corte ascendente en diagonal que le causó una profunda herida en el torso y la hizo caer, abatida.
El dragón se levantó a duras penas y alzó el vuelo para alejarse del campo de batalla hasta recuperarse de sus heridas, y Yoru volvió a aterrizar al lado de Mirai para que volviese a subirse a su lomo.
Un par de quimeras se acercaron a ellos con intención de atacar, y la dragona cogió aire y emitió un fuerte rugido, desde el diafragma tal y como Yoru le había enseñado. La onda sónica impactó contra los cuerpos de las copionas, que quedaron paralizadas, dándole la oportunidad a la asesina a montar sobre el pequeño dragón y salir de allí volando.

Llevaban ya diez días peleando, y las quimeras no tenían intención de rendirse. Probablemente su estrategia era seguir luchando hasta morir, y volver a empezar tras el próximo reseteo, aprovechando que los dragones se olvidarían del asunto.
Pero Haruka no iba a dejar que eso sucediese.

—¡Yoru! -gritó, para hacerse oír por su montura en medio de aquel caos de gritos y rugidos-. ¡Retirada!

El animal asintió y se alejaron de la meseta donde se llevaba a cabo la pelea, dirigiéndose de vuelta a la cueva cercana a la costa donde se refugiaba la dragona.
Al aterrizar, Yoru dio golpecitos en el suelo con las patas, nervioso.

—¿No vamos a seguir luchando? ¿Por qué no? -inquirió.

—No podemos seguir jugando su juego. Tengo que pensar un nuevo plan -respondió la chica, sentándose en el suelo en posición de medio loto y cruzándose de brazos, en pose pensativa.

Tenía que terminar aquella guerra de alguna manera.
Pero, ¿cómo?


Capítulo XIII. Difusión.



Y llegó el día.
Haruka se acomodó en el sofá junto a Akiko y Yukiko, mientras Hayakawa terminaba de hacer las llamadas pertinentes y Elliot se acomodaba en su sillón de piel con su fiel guardaespaldas de pie tras él, observando la escena con rostro impasible.
Cuando dieron las tres en punto, todas las pantallas de la sala se encendieron a la vez, al igual que las demás pantallas del resto del mundo. En la pantalla negra vibraban las palabras “Skullet feat. Haruka Kanata – Invincible”. Las palabras dieron paso a un fundido en negro, y empezó el videoclip.
Canción:


Al tiempo que la música rockera sonaba y la letra hablaba de superar adversidades y sentirse invencible, el montaje de imágenes mostraba a Haruka y su evolución en la isla. Desde sus primeros estadios en los que la vencían y herían con facilidad, pasando por imágenes de su entrenamiento hasta llegar al punto donde podía vencer a sus oponentes con facilidad. La chica se quedó asombrada viéndose a sí misma.
No se había dado cuenta de lo rápido que podía moverse, y lo eficaces que parecían sus movimientos. A ella le resultaba más torpe el proceso, y temía verse mal en pantalla, pero Takumi había escogido los mejores movimientos y los mejores momentos y los había montado para crear un videoclip que la dejaba como un auténtico monstruo.
En la pantalla, las letras contaban una historia.

“De ser Haruka Kanata”, comenzaban, con los cuarenta y cinco millones que había valido su cabeza por primera vez, al tiempo que sonaban las guitarras. Continuaba, en cuanto el vocalista comenzaba a cantar, con imágenes de la chica siendo derrotada, sufriendo en el suelo, ensangrentada, con heridas horribles. Pasó a mostrar imágenes de su recuperación y entrenamiento. La siguiente escena plasmaba a Haruka enfrentándose a las quimeras con su aspecto, y matándolas a todas sin miramientos, mientras su cuerpo se cubría cada vez más de sangre ajena. Luego vinieron imágenes de la pelea contra los dragones y el uso del haki del rey, seguida del momento en que el dragón le arrancó un brazo, cosa que la chica no recordaba y se sorprendió de ver. Casi no se reconocía a sí misma en aquellas imágenes. El vídeo terminaba con ella victoriosa, y todos los dragones arrodillándose ante, supuestamente, su poder, para dar paso a las palabras “a ser Ryuuketsuki”. La palabra Ryuuketsuki parpadeó en rojo unos segundos en la pantalla negra para deshacerse en sangre que se derramó hasta desaparecer, y entonces el vídeo finalizó.

A lo largo del mundo, la gente se arremolinaba alrededor de las pantallas públicas, y comenzaba a murmurar al ver que el vídeo se emitía, y que las autoridades no habían podido hacer nada para evitarlo. Se produjeron muchos gritos de alarma, asombro y pánico al ver aquellas imágenes sádicas protagonizadas por una chiquilla sangrienta, pero el mensaje quedó claro y la última palabra acabó grabada en sus subconscientes.
Ryuuketsuki. Haruka Kanata era Ryuuketsuki. Era un monstruo ensangrentado capaz de enfrentarse a dragones y vencer. Era peligrosa. Poderosa. Temible.
Invencible.

—Eso ha sido… intenso -comentó Haruka, al ver que todos esperaban su opinión. Akiko la zarandeó.

—¿Intenso? ¡Ha sido alucinante! ¡Serás famosa en el mundo entero! ¡Ryuuketsuki! ¡Tu nombre sonará en el viento! Ay, qué poético me acaba de quedar eso. ¡Eres famosa! -siguió zarandeándola.

—¿Nosotras también nos haremos famosas ahora que vamos contigo? -inquirió Yukiko con timidez. Akiko pasó de zarandear a Haruka para zarandear a su gemela.

—¡Pues claro que sí! ¡Esto va a ser genial!

Mirai emitió un suspiro de resignación.
Fuese buena o mala, acababa de dar una impresión al mundo entero. O, al menos, a los lugares con pantallas. Estaba segura de que la noticia correría como la pólvora y pronto, en todos los periódicos se hablaría del hackeo y de “Ryuuketsuki”. Ya no había marcha atrás. Acababa de tener sus cuatro minutos de fama.



Dia 550.
La muchacha avanzaba a todo correr por la nieve, atravesando la ventisca perseguida por un montón de quimeras mientras Yoru le protegía las espaldas. Haruka atacaba a todo lo que se le ponía por delante y esquivaba las enormes patas de los dragones aliados en un caos de nieve, ruidos y forcejeos que casi no la dejaban avanzar. Pero ella seguía empujando sin cesar, desesperada, gritando de pura rabia y frustración y luchando con todas sus fuerzas por seguir moviéndose.
Los dragones estaban demasiado ocupados peleando como para ayudarla, y sólo podía contar con la velocidad de Yoru en el aire, pero las quimeras no les dejaban alzar el vuelo, y se habían visto obligados a ir a pie.
Batallaba contra el viento en contra y las quimeras suicidas que se lanzaban a por ella sin pensárselo dos veces, abriéndose paso hasta el otro lado de la cordillera.
Yoru se distrajo con un par de copionas y otra aprovechó que la espalda de Haruka estaba indefensa para aferrarse a su tobillo con los dientes y atravesar la carne con sus colmillos mientras escupía ácido sobre la piel. Mirai cayó al suelo y se deshizo del animal con una brusca patada, que le rompió la pierna sin querer. Frustrada, continuó avanzando a rastras, creando ahora estacas de hielo para poder defenderse de las copionas que la veían como un objetivo fácil por no poder ponerse en pie.
Arrastrando la pierna rota consigo, siguió avanzando por la ventisca, al tiempo que Yoru la seguía a duras penas y los dragones y quimeras saltaban de un lado a otro por encima de su cabeza. Uno de ellos estuvo a punto de aplastarla con su pie, pero Yoru se lanzó hacia ella y la placó, empujándola y alejándola de la trayectoria de aquella pierna enorme. A continuación, la ayudó a subirse a su lomo y se lanzó a toda velocidad hacia la burbuja, perseguidos por las quimeras voladoras y los dragones por igual.

Atravesaron la barrera y aterrizaron de bruces en el campo de catnip. La chica emitió un gruñido. El veneno que soltaban los dragones verdes estaba afectando a todos indiscriminadamente, y notaba sus sentidos embotados y lentos. Le costaba moverse.

Se arrastró hasta la máquina con dificultad mientras Yoru se quedaba tendido de cualquier manera allí donde había aterrizado, completamente exhausto. Llevaban luchando demasiadas horas seguidas sin un solo descanso.
Haruka ya no podía más.
Aquello no era justo. No estaba bien.
Tenía que terminarlo.

Se agazapó sobre la máquina como buenamente pudo y trató de recuperar el aliento, agotada. Creó una estaca de hielo y la hizo chocar contra el metal de la máquina, pero el giroscopio no se inmutó. Sólo consiguió abollarla.

La asesina intentó incorporarse con un nuevo grito y creó una nueva estaca, más grande, pero tampoco logró atravesar la maquinaria. ¿Qué clase de metal era aquel?
Echó la cabeza hacia atrás, cansada, incapaz de pensar con claridad.
¿Por qué estaba haciendo aquello para empezar? Era mucho más sencillo dejar que se matasen todos entre sí. Ella se marcharía en unos días y no tendría que volver a verlos. ¿Por qué destruir aquella máquina?
Pero era injusto. Era injusto que aquellos seres tuviesen que vivir encerrados en un bucle temporal eternos, muriendo y renaciendo cada cincuenta y seis días sin recordar absolutamente nada. Y era aún más injusto que las quimeras lo recordasen todo y se aprovechasen de su ventaja para dominar la isla y ponerse al mando. Pero, ¿por qué de pronto le parecían mal las injusticias ajenas? Debía haberse ablandado después de aquella cháchara sentimental con Kuramitsuha.

Con un último esfuerzo, acumulando todo el poder que le quedaba en las venas, lanzó una serie de rayos y estacas de hielo, congelando por completo la máquina y chamuscándola con la electricidad en un intento por atravesarla y, finalmente, harta, recubrió su puño de haki y golpeó con todas sus fuerzas, emitiendo un nuevo bramido de frustración. Superó los límites de su cuerpo y los músculos y tendones acabaron rompiéndose.

El metal cedió ante su puño y se arrugó bajo él, rompiendo la máquina. Una vez la mano estuvo dentro del aparato, pudo notar varios cables y tiró de ellos con rabia, arrancándolos y haciendo que la máquina soltase chispas. Continuó por recubrir ambas manos de haki y aumentar el agujero, para ensañarse a zarpazos con sus garras de la forma híbrida hasta que la máquina se apagó.

La ventisca cesó de golpe, y la burbuja desapareció. El giroscopio dejó de girar y la máquina emitió un pitido ahogado antes de apagarse del todo. Haruka observó sus manos ensangrentadas, rotas, quemadas y con los músculos quebrados por el esfuerzo sobrehumano, y se dio cuenta de que había vuelto a su forma humana.
Seguidamente, se desplomó sobre el campo de catnip y perdió el conocimiento.

«Los he salvado…», logró pensar, antes de que la oscuridad atrapase su cerebro.


Capítulo XIV. Recompensa.



Elliot le entregaba un maletín a Haruka mientras Akiko y Yukiko terminaban de coger sus cosas.

—Ya te marchas, entonces -comentó, obvio, por dar conversación.

—Sí. El reencuentro no es hasta dentro de un par de meses, pero quiero tomármelo con calma. Ir de compras, disfrutar de la isla… Hace muchos años que no voy a Shabaody. Y, cuando fui, no pude disfrutarlo precisamente -contó la chica, revisando el contenido del maletín para comprobar que estaba todo-. Ha sido un placer hacer negocios con usted, señorito Fowl, pero no vuelva a llamarme para misiones de este estilo.

—No creo que vuelva a tener misiones de este estilo -rió Elliot-. Pero, si las tengo, ten por seguro que te llamaré. Has demostrado ser la única capaz de llevarlas a cabo.

—Tendré que empezar a hacer mi trabajo mal entonces -resolvió la asesina, haciéndolo sonreír.

—Bueno. Tienes tu dinero, tus armas mejoradas y a tu asistente versión 2.0, creo que no te falta nada. Hayakawa te llevará en su submarino, ¿verdad? Si necesitas algo… Bueno, sabes dónde estoy -se despidió, ofreciéndole una mano amistosa que Mirai estrechó enseguida.

—Claro. Lo mismo por mi parte. Hasta más ver, Fowl -se despidió ella, echando a caminar con las gemelas de camino al puerto.

Elliot se rascó la cabeza y se quedó mirándola hasta que desapareció de su campo de visión.

—¿Por qué me da la sensación de que la conozco mejor de lo que creo? -se preguntó en voz alta.



Día 552.
Haruka despertó de golpe, sobresaltada.
Miró a su alrededor con sorpresa, para ver a Yoru mirándola con rostro de preocupación. Al notar que estaba despierta, le dio un lametón en la cara que la llenó de babas dracónicas. Esbozó una mueca de asco y se incorporó, ligeramente confusa.
Estaba en el campo de catnip, frente a la máquina rota. Recordaba haber llegado hasta allí a duras penas y haberse peleado con la máquina para destruirla.
Pero el terreno a su alrededor se había descongelado, podía verse la tierra marrón perfectamente.
¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente? Yoru se encargó de responderse a eso enseguida.

—¡Ryuuketsuki! ¡Estás despierta! ¡Llevas dos días enteros durmiendo! -exclamó, dando saltitos de emoción a su alrededor y haciendo amago de darle otro lametón. Pero Haruka lo paró.

—¿Qué ha pasado? ¿Y la guerra? ¿Y las quimeras?

—¡Se fueron! Huyeron todas como cobardes en cuanto vieron que la máquina no funcionaba. ¡Ganamos gracias a ti! No. ¡Ganaste tú solita!

Haruka parpadeó, asimilando la información.
Los dragones habían sido los primeros en darse cuenta de lo sucedido, desde su ventajosa altura. Pero, al parecer, la burbuja los había atravesado a todos, extendiéndose hasta los confines de la isla para luego desaparecer con un sonoro “¡pop!”, señalando el final del bucle temporal. Las quimeras habían comprendido entonces que aquella era su última vida y no había posibilidad de resurrección, así que habían terminado por huir de vuelta a sus madrigueras con el rabo entre las piernas.
Ya no atormentarían a nadie nunca más.
La chica observó la máquina, completamente destrozada, con ojos cansados.
Seguía sin comprender por qué había hecho aquello, y no estaba segura de las repercusiones que tendría para su misión, o cómo reaccionaría Elliot. Pero, en aquel momento, envenenada, atontada, derrotada y exhausta, le había parecido lo correcto.

Le rugieron las tripas entonces.

—Llevo dos días sin comer… Yoru, comida -pidió, mirando al dragoncito. El animal aceptó encantado y le trajo un par de conejos y unas cuantas ramas para hacer una hoguera, servicial.

A las pocas horas, probablemente alertados por la columna de humo provocada por el fuego, los dragones hicieron acto de presencia. Tras comer, la chica logró levantarse y mantenerse en pie, para mirarlos a todos.

—Nos has salvado, dragona humana -dijo el dragón rojo, bajando la cabeza para mirarla-. Te estamos eternamente agradecidos.

La titánica sierpe se inclinó entonces, haciendo una reverencia en muestra de agradecimiento, a la que se sumaron todos los demás dragones. Uno por uno, los cincuenta dragones que le habían hecho la vida imposible, los cincuenta que la habían perseguido, linchado, apuñalado, quemado, envenenado y electrificado, se unieron a la reverencia y agacharon sus cabezas hasta posar sus hocicos sobre el suelo en señal de respeto. La muchacha miró a su alrededor, a todos y cada uno de ellos, anonadada. Yoru, a su lado, se unió a la reverencia, y unas lágrimas rebeldes bañaron los orbes violetas de la asesina.

Tras unos segundos de completo silencio, volvieron a alzar sus cabezas.

—No… no tenéis nada que agradecerme -balbuceó ella, incómoda en aquella situación.

—Si hay algo que podamos hacer por ti, no dudes en pedírnoslo. Lo que sea, por muy ínfimo que te parezca. Si podemos pagar nuestra gratitud de alguna manera, lo haremos -habló el dragón rojo, sin duda el líder de aquel extraño escuadrón.

—No, no -empezó negando Mirai, agitando las manos con nerviosismo-. No hay nada que… Bueno -añadió entonces, ladeando la cabeza-, sí. Sí hay una cosa que podríais hacer por mí.

Unos minutos más tarde, el dragón rojo presentaba oficialmente a Haruka y al guardián del río, el dragón-pelícano para ella, y convencía a la criatura. Poco después, la chica se sumergía con gesto de felicidad en las calientes aguas del arroyo, notando cómo el líquido transparente le quitaba las fuerzas. Pero no tenía demasiadas para empezar, así que no le dio importancia.
Se quedó allí, en el río, hasta que la sangre seca y la capa de mugre se despegaron de su piel y se sintió limpia de nuevo.
Mientras intentaba quitarse la sangre del pelo, se dio cuenta de algo.

—¡Oh! ¡Tengo el pelo blanco! -saltó, incrédula, mirándose los mechones de la larga melena que se había formado con el paso de los meses, tras tanta regeneración. Kuramitsuha se apareció ante ella carcajeándose.

—Me preguntaba cuánto tardarías en darte cuenta. ¡Ni en el reflejo del agua te has mirado! -se río más fuerte todavía, sujetándose el estómago con ambos brazos.

—¿Cuándo pasó esto? -inquirió la muchacha, tocándose las orejas y notándolas más puntiagudas que de costumbre-. ¡Tengo orejas de elfo! ¡¿Qué me has hecho?!

—Cuando me aceptaste y formamos un equipo real, mi apariencia cambió, ¿no? ¿Creías que sólo había cambiado la mía? Asimilaste la fruta, tienes una sintonía perfecta conmigo, Mirai. Así que tu cuerpo se ha visto ligeramente afectado -explicó Mitsuha, flotando por encima del agua.

La chica observó su reflejo entonces. Tenía el pelo mucho más claro, de un tono lavanda muy similar al típico de la familia Murasakibara. Sus orejas se habían alargado un poco y terminaban en punta. Le pareció tener los colmillos un poco más afilados, casi vampíricos. Y el color de sus ojos se había aclarado ligeramente. Además de aquello, su cuerpo se mostraba más fibrado tras tanto entrenamiento continuo y batallas sin descanso, además de la ingesta exclusiva de carne, y su pecho había aumentado sensiblemente, de lo cual tampoco se había percatado hasta ese momento. Lo demás seguía más o menos igual.

Emitió un suspiro de resignación.

—Voy a tener que empezar a usar sujetador…



Día 554.
Haruka estaba rodeada de sus antiguos enemigos, que se rugían entre ellos mientras intercambiaban comentarios y recuerdos, y se alegraban de haber sido liberados del eterno infierno. Ella se mantenía en silencio, explorando las paredes de aquel lugar y buscando más documentos humanos.

—¿Cuánto tiempo lleváis viviendo en esta cueva? -inquirió. Un dragón blanco se encargó de responderle.

—Desde que los humanos se fueron. Es… de las últimas cosas que recordamos. Ellos creando esa máquina y marchándose, y nosotros… utilizando esta cueva como refugio.

—¿Pero ellos vivían aquí?

—¿Cómo iban a…? Ah… Claro, nunca has ido mucho más allá de la cordillera. No has visto la ciudad -se dio cuenta entonces, despertando su curiosidad.

—¿Hay una ciudad?

—El asentamiento humano estaba en el otro lado de la isla, lejos de las quimeras, como tú las llamas. Ellas nunca se aventuraron al otro lado de la cordillera, así que no los molestaban. Esta cueva era tan sólo un lugar donde los científicos trabajaron en la máquina, lejos de la civilización. Cuando los humanos se marcharon, nos dejaron condenados a vivir en este bucle eterno.

—¿Y por qué no hicisteis nada al respecto? -se interesó.

—Lo intentamos, pero no encontramos forma de atravesar la burbuja protectora. Lo seguimos intentando cada reseteo, es lo primero que hacemos. Siempre. Olvidamos, y volvemos a intentarlo, para volver a fracasar.

—Así que no se os pasó por la cabeza que quizá vuestro dragón más veloz podía atravesar esa barrera, y nunca le pedisteis ayuda -comprendió Haruka, mirando a Yoru.

—Nunca creímos que ese renacuajo pudiese hacer nada útil. Es sólo una cría, y es el más pequeño de todos nosotros. Lo infravaloramos, y eso fue nuestro error. La verdad, cuando te vimos lanzándote a toda velocidad hacia la barrera con el pequeñajo, estábamos seguros de que os daríais un buen golpe. Cuando la atravesasteis, nos dejasteis perplejos.

—Ya lo habíamos hecho antes. Aunque eso vosotros no lo recordáis -indicó la chica, acercándose al dragoncito negro para rascarle una oreja-. ¿Qué opinas? ¿Vamos a explorar esa ciudad?

La mirada de Yoru fue la única respuesta que necesitó.
Tan sólo unos minutos después, sobrevolaban la zona inexplorada de la isla. Allí había lagos que empezaban a descongelarse, más ríos, un par de pequeñas montañas y, en el fondo del valle que formaban, construcciones de piedra. Se acercaron hasta allí y la chica bajó de su montura para caminar por los edificios medio derruidos de la antigua civilización. Probablemente estaban en aquellas condiciones tras las duras ventiscas constantes que habían tenido que sufrir los materiales.
La ciudad estaba enteramente construida de piedra, con muchos adornos tallados.
La muchacha y el dragón pasearon bajo los arcos de piedra y las columnas altas, y se pararon a mirar las estatuas realistas que mostraban a hombres y mujeres, probablemente importantes para aquella cultura.
Las puertas de madera de las casas de piedra se habían podrido por la excesiva humedad, y cedieron sin esfuerzo ante las manos de Haruka, emitiendo chirridos agudos al abrirse. Las casas estaban repletas de cosas, y había incluso platos en las mesas y comida totalmente descompuesta sobre ellos. Lo que indicaba que probablemente habían huido a toda prisa en cuanto tuvieron ocasión, sin pararse a recoger sus bienes o recoger lo que habían dejado por el lugar.
Mirai sacó los documentos que había conseguido meses atrás y les echó un vistazo. El dibujo de la ballena era inconfundible, y los grabados de las columnas, así como las construcciones dibujadas en el papel, se asemejaban a aquellos de la ciudad en ruinas.
Quizá aquella ballena todavía seguida surcando los cielos sin que nadie la viese. Era cuestión de saber dónde buscar.

Tras investigar la ciudad a conciencia, Mirai volvió a subirse al lomo de su compañero y echaron a volar a toda velocidad, sobrevolando toda la isla y descubriendo nuevos lugares mientras el dragón hacía piruetas y ejecutaba giros cerrados en el aire con facilidad, demostrando una vez más sus habilidades.
Aquel fue el primer día en mucho tiempo que Haruka pudo simplemente divertirse.



Día 560.
—Te vas hoy, entonces -comentaba Yoru, con las orejas gachas en pose tristona.

—Sí, bueno, no puedo quedarme aquí para siempre. Volveré al mar, a vivir incontables aventuras y descubrir un montón de islas y lugares recónditos, explorando selvas y bosques, tundras y cuevas, descubriendo sociedades y civilizaciones y disfrutando de mi libertad… -dijo Haruka, mirando hacia a otro lado con tono socarrón-. Y mientras tanto, tú te quedarás aquí, aburrido el resto de tu existencia. Crecerás, buscarás a otros de tu especie para reproducirte. Si tienes suerte encontrarás a otro como tú, de sexo opuesto, y tendréis hijos. Y vivirás aquí hasta tu muerte -relató.

—Supongo… -aceptó Yoru, casi a regañadientes.

—O… O -añadió la chica, ladeando la cabeza para mirarlo de reojo-… podrías venirte conmigo.

El animal alzó las orejas de golpe y abrió los ojos en señal de sorpresa agradable, para luego soltar un ligero parloteo feliz y abalanzarse sobre la chica para darle un lametón. Ella lo evitó, y Yoru le dio unos zarpazos de mentira que la chica correspondió con una carcajada, antes de tirarla al suelo y aplastarle el pecho con la cabeza, para alargar la lengua y babearle la barbilla.

—Vale, vale, ya -se rió Haruka-. Me lo tomaré como un sí.

El dragón se levantó para darle un nuevo lametón en respuesta.

Horas más tarde, el barco de Elliot se acercaba a la costa para toparse con el panorama totalmente despejado y libre de ventiscas, y un clima súbitamente muchísimo más primaveral. Haruka se acercó volando sobre Yoru y aterrizó en cubierta con el dragón, asustando al niño rico y haciendo reír a Hayakawa.

—Vamos a la civilización -declaró, acariciando la cabeza del dragón.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Miér 23 Ago 2017 - 20:08

Peticiones:
PU Tonkou:


PU 敦煌 Tonkou: Este PU pasivo supone la fusión completa con el dragón. Debido a esto, sus poderes se incrementan considerablemente, teniendo en forma humana las capacidades de la (tabla) híbrida, en la híbrida las habilidades de la (tabla) completa, y viendo en su forma completa tanto su tamaño original (de 50 metros de largo) como sus poderes duplicados. Como efecto secundario, la apariencia de Haruka en forma humana cambia ligeramente. Sus orejas se vuelven puntiagudas como las de un elfo, su pelo se torna mucho más claro, blanquecino y el tono de sus ojos se aclara ligeramente.
Itokan:


Katana Saijo O Wazamono: 糸感 Itokan: Esta katana fue forjada por los más hábiles herreros de Wano. Posee un filo irrompible, capaz de cortar todo lo que toca -incluso el diamante- y siendo únicamente rivalizada por una katana de la misma calidad. La hoja de esta katana posee cualidades únicas que la hacen adaptarse a los poderes de su dueña. Es capaz, por un lado, de enfriarse hasta alcanzar temperaturas bajo cero sin sufrir alteraciones, acumulando frío y hielo en su interior para luego lanzarlo por duplicado a su oponente en cuanto la dragona active sus poderes. Por otro lado, puede acumular rayos y electricidad, que su dueña envía directamente a la katana, y son lanzados con potencia duplicada en cuanto ella utiliza de nuevo sus habilidades. Como extra, el filo está tan sumamente afilado que una de cada cuatro ondas cortantes produce un sonido agudo y chirriante, emitiendo una onda sónica que paraliza a todo ser vivo que impacte durante un post. Necesita otros tres post para recargar.
Yoru:


Yoru pertenece a una raza de dragón en peligro de extinción, los Furia Nocturna. Es un dragón extremadamente pequeño -sobre tres metros del hocico a la cola y dieciséis metros de envergadura con las alas extendidas-, de cuerpo proporcionado con patas fuertes de tamaño similar, veloz y de escamas negras, capaz de camuflarse a la perfección en la noche. Cuenta con lóbulos grandes y largos protegiendo sus oídos, ojos grandes que le otorgan visión nocturna y un excelente olfato. Tiene además apéndices en la cola que le sirven como timón, para cambiar de dirección aprovechando el viento, y una serie de escamas prominentes a lo largo de la espalda que le permiten realizar giros cerrados a toda velocidad. Además de ser capaz de controlar la potencia de su fuego, lanzando llamaradas de más o menos poder a su gusto y volar a altas velocidades, cuenta con una habilidad de ecolocalización similar a la de los murciélagos -sonar- y sus dientes son retráctiles.
Ya que Haruka no es domadora, el bichito se quedaría como su conciencia pesada, su amigo y, ocasionalmente, su transporte.
Klaus 2.0:


IA Llameante Klaus v. 2.0: Además de contar con una base de datos impresionante, donde guarda todo tipo de información que puedas necesitar, Klaus cuenta con un lanzallamas incorporado. Puede activarlo a placer, o ser activado mediante un comando de voz, y lo dispara por la boca. Este lanzallamas debe ser recargado con combustible tras cada uso (un uso = 5 segundos). Klaus cuenta con autonomía casi absoluta, lo que le permite hacer lo que quiere, aunque debe responder a las órdenes de su dueño. Asimismo, tiene una personalidad compleja y elaborada que lo haría pasar por una criatura viviente. En su versión 2.0, la IA se traspasa a un nuevo cuerpo artificial, esta vez con forma de gato, fabricado por materiales indestructibles, impermeables y resistentes al fuego. El uso de su lanzallamas se multiplica, hasta poder utilizarlo 10 segundos, y cuenta además con zarpas electrificadas, que sueltan una descarga de 3.000 voltios con el contacto -si él lo desea-. Estas descargas también tienen un solo uso y necesitará recargar las baterías después de usarlas.
Hikari 2.0:


Hikari versión 2.0: Hikari (光 = Luz) es una pistola tipo sig sauer de cañón largo –veinticuatro centímetros de longitud-, ligera, fabricada con una aleación de diversos metales de color claro que le otorgan resistencia a los golpes. Ha sido soldada con tallados puramente estéticos en la boca del cañón y la empuñadura, cuya forma la hace más fácil de sujetar. El cañón es único, tiene una sola salida, así que sólo dispara una bala cada vez. Hikari ha sido modificada para que sus disparos sean especiales –munición de 10mm-. Cuando las balas se disparan, se incrustan o pegan al objetivo y luego explotan por control remoto apretando un gatillo oculto de la pistola. En su versión 2.0, las balas ciegan al enemigo durante tres segundos, y la explosión que provocan puede arrancar pequeños trozos de carne.
Yami 2.0:


Yami versión 2.0: Yami (闇 = Oscuridad) es una pistola tipo sig sauer de cañón largo -24 centímetros de longitud-, ligera, fabricada con una aleación de diversos metales de color oscuro que le otorgan resistencia a los golpes y le dan su color negro característico. Ha sido soldada con tallados puramente ornamentales en la boca del cañón y la empuñadura, cuya forma la hace más fácil de sujetar. El cañón es único, así que sólo dispara una bala de cada vez. En su versión 2.0, Yami recubre las balas –munición de 10mm- de veneno que, de impactar, ciegan al enemigo y embotan sus demás sentidos durante un post.
Dominator 2.0:


La Dominator es un artefacto con forma de pistola fabricada mayormente con metal que cuenta con una serie de partes retráctiles y engranajes que cambian su forma para ajustarse al nivel de intensidad. Es de color negro, con la empuñadura adornada con madera y tiene el cañón largo -30 centímetros- y ancho. También tiene luces incrustadas, que avisan del estado de la pistola: cuando la luz está en rojo, la pistola está descargada y no se puede usar; cuando está en azul, la pistola está cargada y encendida, disponible para su uso; y cuando está en verde significa que ha cargado y puede disparar la onda sónica. Se trata de una pistola que envía ondas ultrasónicas al objetivo, ondas que el ser humano no es capaz de oír y son invisibles a simple vista. Estas ondas provocan, al estar concentradas en un solo punto, una serie de efectos dependiendo del nivel de intensidad que se les aplique. La Dominator versión 2.0 cuenta con tres niveles de potencia:
- Nivel 1, Paralizar Hace vibrar la zona de impacto y provoca parálisis temporal/entumecimiento (5 segundos). Puede ejecutar diez disparos en este nivel.
- Nivel 2, Sabotear: Si la onda acierta, la persona se desmaya durante un post. Necesita recargar para poder ser usada de nuevo (tiempo de recarga: 1 post).
- Nivel 3, Chamuscar: Los disparos producen quemaduras de segundo grado allá donde impactan. Puede ejecutar tres disparos antes de necesitar recargarse (tiempo de recarga: 1 post).
Jigoku y Tengoku 2.0:


Jigoku y Tengoku son dos Elbow Blades gemelas, fabricadas con metales diversos que le dan los distintos colores. Las partes doradas están fabricadas con oro. La parte más larga está recubierta de filo, y además tienen unas cuchillas sobresaliendo a los lados.
En su versión 2.0, las ondas cortantes que generan son capaces de cortar materiales de dureza inferior al topacio.
- Técnica Rugido de Dragón: con el rugido de dragón, Haruka es capaz de paralizar a su oponente durante tres segundos.
- Apodo criminal (para el Wanted y esas cosas): 流血鬼 Ryuuketsuki.
- Recompensa.
- NPCS Irrelevantes: Yukiko y Akiko. Son gemelas, amigas de la infancia de Haru. Postearé sus fichas cuando toque.
- 100 millones de berries. Explicación: Elliot Fowl es un magnate multimillonario, que trabaja mayormente en el mercado negro, y que ya apareció en un diario anterior de Haru. Además de eso, crea objetos tecnológicos -como su pantalla portátil- y luego los vende a las empresas y gana dinero con las patentes. Está lo suficientemente podrido de dinero como para entregar esa cantidad.
- Los planos de la ballena voladora y unos documentos que dan pistas sobre su posible localización.
- La partitura de su madre.
- Cambio de alineamiento de caótica impura a caótica neutral, y ligero cambio en su psicología.
- Haki del rey.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Señor Neo el Vie 8 Sep 2017 - 20:40

Buenas, soy Neo, puede, o al menos eso creo... Si te soy sincero no soy persona a estas horas de la noche -o tarde, o yo qué sé qué hora es-... Al caso, y hoy seré tu moderador.

Empezaré con un spoiler con cosas random, por comentarlas en sí, no porque estén mal ni nada. O al menos no mucho:

COSAS RANDOM PORQUE SÍ:

Matata escribió:¿Y en medio año no se te ha ocurrido contarnos nada de esto? ¿En medio año no has confiado en nosotros lo suficiente como para contarnos nada? ¡Nos has mentido a la cara y te has quedado tan tranquila
The world moves on another day, another DRAMA DRAMA. But not for me, not for me, all I think about is karma.(?) Okya. Por dios, ¿qué dramas es el Spanner, no? Medio año no es ni tanto para empezar a confiar en alguien. De hecho al revés, dramas, que eres un dramas.

Matata escribió:¿Crees que podemos confiar en ti después de todo esto? ¿De veras esperas ser una persona de confianza después de habernos traicionado de esa manera?
¿He comentado ya el tema del dramas? Sí, me quiere sonar que sí.

Matata escribió:—Entonces mañana vuelas tú, ¿no? -inquirió Zane como si nada.
Zane es mi espíritu animal. #JustSaying

Matata escribió:Aquel dragón era más poderoso que ella.
Pero ella era más lista.
De hecho, teniendo en cuenta el lore de los dragones y el tamaño que has dado del mismo, ese dragón supera con creces el 20 en inteligencia, y siendo tú humana tendrías que tener entre 14-18, y eso siendo bastante lista. Así que... No, él debería haber sido más listo. #CosasDeD&D

Matata escribió:La tormenta era poderosa, pero ella también lo era. Ella era la diosa de las tormentas, después de todo, ¿no? No podía haber tormenta que se le resistiese. Ella era la causa de las tormentas, no podía perder ante una.
Perdona, creo que no me ha quedado claro. Tormentas, ¿no?

Matata escribió:que le había leído Elliot una vez con su perfecto acento eriulandés.
Necesito saber que es el eriulandés. ¿Es duro como el alemán? ¿Fluido y marcado como el Noruego? ¿Alegre y vivaráz como el Irlandés? No, en serio, quiero saberlo; no estoy siendo condescendiente ni nada, es curiosidad real.

Matata escribió: Has esperado aquí sola tanto tiempo… Pero ya puedes descansar. Dormir un rato. Has hecho un buen trabajo. Buena chica…

Ichinose se enjugó las lágrimas, al tiempo que Haruka continuaba acariciando y halagando a la serpiente gigante con voz dulce. Poco a poco, el animal dejó de sisear, y de respirar. Haruka no dejó de acariciarla hasta minutos después de su muerte.
No estoy llorando. No. Te juro que para nada estoy llorando, you fool.

Matata escribió:Porque en esta vida, mi pequeño futuro, no tienes absolutamente nada que temer.

Te quiere,
Papá.
Nope, sigo sin llorar. Nop, nada de nada.

Matata escribió:—Tú no lo entiendes -objetó Zane, cerrando el puño donde se había efectuado el corte para empapar el pañuelo con rabia-. Llevamos días buscándole. Creo que es hora de aceptar que se ha ido para siempre.
Todos en esa banda son unos dramas. ¡Dramas he dicho!

Matata escribió:—Nos vemos en dos años.
... ¿Como que mucha casualidad, no? A menos que me haya perdido una conversación anterior de por qué no vais a veros en dos años, que diga eso tan así es como mucha casualidad; hola, no te estoy mirando a ti, TS de dos años (?).

Matata escribió:—¿En qué consiste este trabajo exactamente? ¿Rewrite Island… has dicho? -se interesó ella.
De nuevo, a menos que me haya perdido una conversación, no, nunca ha mencionado la isla (?)

Matata escribió:Te estamos eternamente agradecidos.
NO CREAS QUE NO ME HE DADO CUENTA:

Welp. Te digo así rapidito. Me ha gustado bastante la historia; me hubiera molado más algún que otro plottwist en medio del diario en la isla, como más encuentros con dragones distintos u otras bestias, pero lo suples con las demás interconexiones y con algún que otro momento feel —no os estoy mirando a vosotras, serpiente, carta y espíritu de akuma, para nada—.

El tema más físico del escrito... He de decir que estoy enfadado contigo, y mucho. Sinceramente, no sé si habrá alguna norma escrita en la lengua en la que diga que entre párrafos, que se diferencian por los puntos y a parte, tenga que haber espacios sí o sí, pero sí que es cierto que ver un párrafo que no acaba complica, más de lo que crees, la lectura y, personalmente, la hace incluso pesada. También decirte que abusas más de lo que debieras de los puntos y a parte; sé que en algunos casos los usas para dar intensidad a la frase, que sobresalga, pero eso fácilmente lo haces con los dos puntos. También, simplemente, hay veces que los usas mal, separando oraciones que no deberían ir separadas porque están narrando parte de la misma escena. Pero eh, tampoco es que sea un fallo gravísimo; aunque sí, ten en cuenta que si te sigo viendo el fallo empezaré a restarte. Por el resto, apenas dos o tres errores que se pierden en el mar de palabras, errores que apenas vale la pena nombrar. Para mí, al menos.

Te comento, por mi parte tienes el 10, aunque te digo desde ya: no lo celebres aún, que tienen que aceptarlo, y no sé si el siguiente será tan amable como yo. En caso de que lo acepten, te llevas lo siguiente:

—PU Tonkou. Aunque no aplica a los multiplicadores, solo a las habilidades.
—Saijo, aunque solamente con las dos primeras habilidades.
—Te llevas al gato en el cuerpo de lagarto gigante con alas. Recuerda, nada de bélico, pues se te puede penalizar si lo usas sin ser domador.
—Klaus. Si el lanzallamas lo usas 5 segundos necesitas un post de recarga, en caso de los 10, dos. Para la descarga tendrás que cargar al bicho, no solo será tiempo de espera. Vamos, que lo tienes que enchufar.
—Hikari.
—Yami. No lo ciegan completamente, solo nublan su vista. Y el resto de sentidos más bien poco, nada de cosas exageradas.
—Dominatrix. El segundo nivel dos posts de recarga, el tercero tres.
—Goku1 y Goku2.
—El apodo chachi.
—200.000.000 millones por lo de tu hermana, el hackeo y el video promocional de tu nuevo álbum en solitario.
—Las gemelas.
—10.000.000. Y te explico yo; él mismo te dice que una cantidad de dinero que irá disminuyendo dependiendo de lo que le pidas y, créeme, le pides un cojón y medio de cosas.
—Los planos de la ballena, pero me temo que no los documentos sobre su posible ubicación. Es decir, después de tanto tiempo es imposible que se hayan quedado en el mismo sitio.
—Que sentimental, pero adelante con la partitura. No será nada mortal, btw.
—Adelante con el cambio de alineamiento.
—Haki del rey despertado, que no entrenado.

Y lo dicho, tendrás que esperar a la validación del 10. Un besito y todo ese tipo de cosas chachis y gays.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Zuko el Sáb 9 Sep 2017 - 23:13

Me duele mucho hacer esto, pero...

Spoiler:
Diez validado por mi parte
Spoiler:
¿Qué?
Spoiler:
no tengo mucho más que decir que lo que ya dijo mi compa
Spoiler:
He sido bueno :3
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Dom 17 Sep 2017 - 17:21

Me alegro de la nota y esas cosas pero tengo dudas y no sabía dónde ponerlas así que las pongo aquí.

La primera y más importante es el PU (Tonkou). No sé si es que era demasiado cheto y hubo que nerfear, pero la idea de ese PU proviene de uno que tiene el señor Dexter Black y que me tomo la libertad de screenshotear de su ficha (Ficha de Dex con el PU, la Gran Sierpe se llama).

Screen: https://prnt.sc/gm8e2k

De hecho está casi plagiado porque me estoy basando mucho en su fruta para desarrollar la mía. Sólo le metí el cambio de apariencia a mayores, en realidad.

Y no sé si igual entendí mal ese PU y sólo se aplica a habilidades y no a los multiplicadores, pero la idea viene siendo la misma. Si se aplica sólo a habilidades, mea culpa, ignórenme weys.
Si se aplica también a multiplicadores y yo no he podido conseguirlo, ¿qué pasó? ¿No fue suficiente entrenamiento para conseguir el PU? Y, en ese caso... ¿podría editar para intentar conseguirlo? Estoy un poco confusa con ese PU y voy a acabar hiriéndome a mí misma, so please help.

La segunda duda es... ¿La técnica del rugido de dragón la consigo o no? Creo que se le pasó al señor corrector, aunque es comprensible con semejante lista de la compra kilométrica.

Eso es todo. Perdón por las molestias.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por rainbow662 el Dom 17 Sep 2017 - 23:13

Buenas vengo cual ángel vengador a impartir justicia con... Venga va, voy a ser breve que bastante largo es ya el diario xD
No puedo postear aquí y obviar que parece que los espacios entre párrafos y tú no os lleváis muy bien. Es sumamente molesto y no sé cómo no lo has arreglado. Por otro lado, hay cosas mejorables, para qué engañarnos, pero como me gustan las paranoias temporales y esas cosas, y la historia me ha molado, voy a validar el 10 en realidad solo te lo llevas por la canción de skillet. Así que consigues todo, lógicamente. Lo del PU, pues en principio lo que te ha dicho Neo. Más nota no puedes conseguir así que habrá considerado necesario rebajarlo un poco sin más.

Y eso, enhorabuena. 
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Señor Neo el Dom 17 Sep 2017 - 23:44

Welp, soy el hada de los dientes picados y vengo a hacer varias cosas. La primera, felicitarte por pillar el diez —lanza confeti con una mano mientras lee de forma monótona un papel que tiene en la otra—, yupi.

Lo segundo, no fue un error, no ganas el rugido. No por estar OP, que realmente sí, es casi como un haki del rey solo con parálisis, sino porque no lo entrenas en todo el diario; apenas le dedicas diez-quince líneas y no vi adecuado que lo ganaras. So, no lo consigues.

Tercero, la puntualización fue solo porque para lo que lo entrenaste no lo vi necesario. Sin embargo debido tanto a tu propio comentario como a la queja del susodicho, el staff ha denegado la aceptación del PU por plagio. Puedes mantener el el ámbito escénico del cambio de físico, mas no la habilidad en sí, lo lamento.

Y creo que eso es todo. En breves se pasará un admin a actualizar la ficha. Felicidades de nuevo, señorita~.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Hakuna Matata el Mar 19 Sep 2017 - 16:19

Esto es tan chocante y doloroso que aún estoy intentando asimilarlo. Y me entristece muchísimo, honestamente.

Este personaje es uno de mis dos personajes malditos, con los que me niego a rendirme a pesar de las dificultades, así que supongo que debería esperarme algo similar pero... no me esperaba esto en concreto.

Haru nació en 2012, y desde que nació ha ido rebotando de un foro a otro porque nunca podía hacerla como quería. Desde 2012, Haru estaba pensada para ser un todoterreno, un dragón, y duplicar los poderes de su fruta. Y no había podido tenerla como quería hasta que llegué a este foro.

Yo sabía que quería duplicar los poderes de su fruta, pero no sabía qué era una técnica, ni un PU, ni un ámbito, ni nada de nada. Luego me fui informando de lo que son todas esas cosas. Fue entonces cuando alguien me comentó "¿Y no tiene Dexter algo parecido?" y entonces miré su ficha y dije "ah pos sí", pero lo dejé como una... anécdota. Alguien había tenido una idea similar a la mía, pero nunca me paré a pensar en que estaba plagiando a nadie. ¿Por qué? Pues porque estaba segura (y sigo estándolo) de que el desarrollo de mi pj no se parecía en nada al de ningún otro (porque ella venía prefabricada desde 2012, mucho antes de llegar al foro), y que a nadie se le habría ocurrido hacerle pasar por las mismas experiencias y desembocar en la misma conclusión, que era la duplicación de sus poderes. Así que seguí planeando mi TS sin pedir permisos porque no se me pasó por la cabeza que fuese necesario.

Con "casi plagiado", por cierto, simplemente me refería a que yo estaba describiendo lo que hace ese PU con mis palabras y nadie lo entendía. Y le di cuatro vueltas o cinco y seguía sin entenderse. Así que al final me vi en la obligación de poner la palabra "tabla" que, de hecho, está en paréntesis, porque no la quería usar. Y eso es lo que me parece un poco plagio, el usar esa palabra. No el PU per se.

Pero dejando de lado que la acusación de plagio es una ofensa que me molestó bastante, el desarrollo del personaje se acaba de quedar estancado.

No tiene sentido que yo acepte la nota porque, sin PU, más de la mitad del diario es totalmente incoherente. Está lleno de incongruencias, flipadas e idas de olla que sólo serían posibles si tuviese el PU. Pero no lo tiene. Así que no puede enfrentarse cara a cara con un dragón rojo de nivel 70, estando en su forma humana, y sobrevivir para contarlo.
La única opción viable, en caso de aceptar la nota (que no me merezco), sería hacer un mini-diario corrigiendo la ingente cantidad de incongruencias que hay en el TS, que concluyese con Haruka muerta. Pero no la quiero matar, la verdad. Es mi niña bonita, le tengo mucho cariño, y por fin tras cinco años podía tenerla como quería. Y me da mucha pena tener que matarla porque nunca va a poder duplicar sus poderes porque alguien lo hizo antes.

No voy a decir que me merezco el PU, porque estoy de acuerdo con la corrección en ese punto. Me centré en la trama y dejé lo que se me da mal (entrenamientos y bélico) para el final. Lo que implica que lo escribí con prisas y que no está tan bien como debería. Y, precisamente por eso, di por sentado que iba a editar (y que iba a poder editar). Por eso ni siquiera me preocupé por poner bien los párrafos.

No puedo tampoco rechazar, sin embargo, el diario, porque está ligado a los TS de dos de mis compañeros, y si hago como que nada pasó y me invento otra cosa, los perjudico. Especialmente a uno de ellos, ya que las acciones de Haru tienen una importancia relevante en su TS. Y porque igual no se me ocurre algo con lo que suplir estos dos años hasta 2020 o 2030.
También podría intentar reescribir este diario una y otra vez y que continuéis denegándome el PU por mucho que lo llame Antonio o Maricarmen y sigáis acusándome de plagio hasta que me baneéis por pesada, pero no creo que eso sea buena idea.

Por eso, no sé lo que hacer, y mi petición es que el staff sea benevolente conmigo y me conceda al menos un par de semanas para pensar qué hago. Porque no lo sé.
Y perdón por el tochopost.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

Mensaje por Señor Nat el Mar 19 Sep 2017 - 17:24

Buenos días, soy Nat y como que la cosa empieza a calentarse, se ha decidido que lo mejor es que intervenga el hombre de hielo. Antes de comenzar, cabe advertir que las bajas temperaturas pueden provocar cefaleas, náuseas, sensación de malestar y quemaduras. Para más datos consulte a su farmacéutico, pero nosotros vamos a lo que nos atañe. Comencemos:

Cómo no, comienzas con una buena frase: Esto es tan chocante y doloroso. Debe ser tan chocante y doloroso como que te coaccionen para cambiar el corrector de un diario que consideras insuficiente para la nota a la que aspiras. Acepté eso porque podías lejanamente tener razón. No me he quejado cuando intentando validar tu nota he visto que tal vez tenga que regañar a los moderadores que se han pasado no un punto sino dos o tres con tu nota. No dije nada. Pero ahora sí que vamos a hablar en serio. Y como vamos a hablar en serio, cualquier futuro intento de chantaje o coacción lo tomaré como una falta. Te perdono los dos anteriores porque no me parece justo que las reglas del juego cambien porque sí. Bien, he introducido la cuestión debidamente. Ahora, si no te importa, voy a continuar.

Lo primero que tengo que decirte es que me importa un pito cuándo nació Haruka. Para mí, para este foro, y en general para los que rolean con ella, existe desde que la creaste aquí. Tendrías tus ideas, me parece perfecto, pero esto es un vil chantaje burdamente orquestado. Cómo estuviera pensada Haru y lo que termines desarrollando son cosas que podrían ser diferentes, y tengo que felicitarte por el tesón de tras cinco años aún tener voluntad para copiar el mismo personaje de hace tanto tiempo. No demuestra originalidad, pero sí constancia. Punto para ti. Sin embargo, como te he dicho, lo que importa es lo que haces en este foro. Y de eso vamos a hablar, de lo que haces en este foro. Continuemos...

Durante tu tercer párrafo básicamente niegas por completo lo que dijiste en el post inmediatamente anterior. O eres esquizofrénica o en uno de los dos mientes. Si tienes un problema mental, pase, pero si intentas mentir para salvar el trasero la cosa se tuerce un poco. No es sólo lo de "casi plagiado", sino el añadido de "sólo le he cambiado lo de la apariencia" lo que ha hecho sospechar de plagio, y tus propias palabras lo delataban. Sinceramente, yo quiero creerte cuando dices que no has plagiado a nadie, pero como tú bien dices, sólo le has añadido el cambio de apariencia y lo has explicado con tus propias palabras.

No voy a decir que te merezcas el Power Up. Por fin en algo coincidimos, y es que el entrenamiento fue insuficiente, carente de sustancia y además de haberlo corregido yo ni siquiera habrías alcanzado la nota necesaria. Déjame que te explique una cosa, antes de continuar. Has dedicado más de mil palabras y seguramente un tiempo que podrías haber gastado en mejorar tu Time Skip pidiendo que otro moderador te corrigiese. Sí, sé que lo enviaste una semana después de que se cerrase el plazo de entrega, pero me da igual. Sinceramente, dudo que si en cinco meses fuiste incapaz de hacer algo a derechas vayas a ser capaz de hacerlo en dos semanas. Me has costado uno de los moderadores más activos del Staff sólo por alimentar tu ego y porque no aceptabas la idea de pedir una segunda corrección si no estabas de acuerdo con la nota, ya que tú sabes tan bien como yo que si querías llegar al 10, necesitarías editar. En ese momento acepté porque no quería líos, pero se ve que eres incapaz de medir tus propias palabras, que utilizas tu grandilocuente léxico (durante todo el diario mal usado, por cierto) para agitar el abanico de "lo plagié de aquí", pero en cuanto te deniegan algo por ello, escondes la cabeza cual avestruz, pides bandera blanca y te desdices de tus palabras intentando darles un nuevo significado que te favorezca. Y no funciona así la cosa, señorita.

Como tú has dicho, estás de acuerdo en que no obtienes el Power Up porque tu entrenamiento flaquea. Sólo por eso, ya no tendrías derecho a una segunda moderación, porque compartes los argumentos de tu corrector, y la segunda está para las correcciones en principio desfavorables con las que no concuerdas. Y aclaro el "en principio" porque, efectivamente, si crees que mereces menos nota, estás en tu derecho de pedirla. Pero tú lo que pides es editar un diario que estaba mal y publicaste a sabiendas de ello. Confiaste en la buena voluntad de un moderador que te puso un diez hasta que te denegó una técnica que él no sabía que otra persona poseía. Y de ahí viene todo, de que reconociste plagiarlo y ahora te desdices. No tienes derecho a una segunda moderación. Dado que el entrenamiento no influye en la trama, no tienes opción de editar para alcanzar mayor nota (y con ello mejorar ese diario que entregaste a sabiendas de que no merecía la nota que aceptabas días atrás).

Sobre lo que le pase a Haru, sinceramente me da totalmente igual. ¿Que debería haber muerto? Si crees que ésa es la única salida lógica a no conseguir ese Power Up, mátala. Adelante, hazlo. Pero lo estarás haciendo porque tú quieres, no porque nadie te obligue. Como bien has visto, a Neo le pareció coherente suponiendo únicamente la subida de nivel. Y, por cierto, sólo tú sabías que era nivel 70. Ni él ni yo lo sabíamos hasta que se ha convertido en un argumento. Y aunque reconozco que es un buen punto dejarse balas en la recámara, como era parte de un chantaje emocional, no te lo voy a contar. Mala suerte.

Ahora vamos con tu petición. Hay una película cuya frase más icónica es "vienes a mí a decir: 'Don Corleone, pido justicia', y pides sin ningún respeto, no como un amigo, ni siquiera me llamas padrino. En cambio vienes a mi casa el día de la boda de mi hija a pedirme que mate por dinero". Hay otra, más reciente, seguramente un homenaje, que dice más o menos "Traes a las puertas de mi ciudad las cabezas de los reyes que habéis derrocado. Insultas a mi reina, amenazas a mi pueblo con la esclavitud y la muerte...". Tal vez no entiendas por dónde voy, pero llegas un día a pedirme que cambie un moderador dudando de su criterio sin ningún motivo objetivo. Plagias un power up para luego negarlo, no sin antes intentar mantenerlo "porque la persona de quien te inspiraste sí lo tenía". Te quejas por activa y por pasiva, todavía sin aportar ninguna clase de argumento. Prácticamente chantajeas de nuevo para conseguir lo que quieres. No acepto chantajes. Tienes tu 10, puedes fardar de él lo que quieras y disfrutarlo allá donde vayas. No necesitas pensar nada, no tienes más opción que aceptar. Enhorabuena.

Hoja actualizada.

Buenos días.
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Re: [TS Haruka 2017] Una conversación inteligente. Segunda parte: Viaje al Infierno.

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