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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Un nuevo rumbo

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Un nuevo rumbo

Mensaje por Julianna M. Shelley el Jue 24 Ago 2017 - 14:03

Notas a tener en cuenta:
Para empezar, este diario solo cubre unos 4 o 5 meses de los dos años que dura el Time Skip. Planeo rellenar el tiempo sobrante con otros diarios más adelante y aunque esto haga variar la nota me gustaría que se corrigiera como TS de todas formas. En caso de no poder ser simplemente lo cambiaré de categoría cuando se me diga.

Segundo: Adahír, ese personaje que sale a veces pero del que no se habla y nadie más que Jul parece ver. He explicado su origen en el preficha,
pero por si acaso aclaro aquí: No existe. Jul toma cada noche además de sus medicinas un compuesto alucinógeno que básicamente hace que su amigo imaginario se vuelva real. Es su voz de la conciencia y sus últimas fuerzas cuando está agotada, además de personalizar esa parte desconfiada y altanera de su personalidad, de la que no está muy orgullosa. Nadie más que ella puede verlo u oírlo.

Tercero: Las tartaletas eran de fresa. Ahora no, pero te lo preguntarás. Y querrás saberlo. Así que te lo digo desde ya, eran de fresa.

Cuarto: Disfruta :D

-¿Cómo te hiciste esto?

Jul sujetaba la prótesis de Jester entre sus delicadas manitas, acariciando cada hueso con sus dedos. Había admiración en sus ojos.  A esas alturas ya sabía lo suficiente de medicina como para entender que estaba ante una obra maestra. La prótesis se componía de 26 piezas, además de los mecanismos que la unían al brazo. Cada una estaba fabricada a partir de un hueso humano, lijado y tratado para que rotara correctamente y resistiera el tiempo sin necesidad de muchos retoques. No había ligamentos uniendo las partes; se mantenían unidas y se movían por sí mismas. Como por arte de magia. Estaba maravillada.

-Pagué mi mano como precio por una cosa. Yo creo que valió la pena.

-Pero ¿Quién te la fabricó? Quiero aprender.

-Conseguí yo mismo las piezas.- Alzó la mano al sol para que la viera bien. Estaban en el jardín delantero de la Fortaleza, sentados en uno de los muchos bancos de piedra. Detrás de ellos había un seto tan mullido que les hacía las veces de respaldo. Julianna estaba acurrucada contra él, acariciándole la mano con delicadeza.- Tuve que matar a 28 personas; cada hueso que ves era de una de ellas. La gema que compré con esas muertes fabricó la mano por sí misma, yo no podría enseñarte.

Ella parpadeó, mirándole con inocencia en respuesta. Le dio un pequeño golpe en el hombro.

-Eso no está bien. Algún día te haré una mejor sin tener que matar a nadie.

-Hm… sin embargo, el propio hueso humano es el mejor material. Míralo. Tiene la belleza de la cerámica, además de ser más resistente y ligero que la madera. Es extremadamente suave al tacto y nunca he notado que se atascara. ¿Dónde podrías encontrar un sustituto a algo así, pequeña?

-No lo necesito. Hay mucha gente que muere sin que a nadie le importe.

Se quedó callada un momento, meditando sobre lo que acababa de decir.

-Si tuviera una manera de conseguir los cadáveres, por lo menos servirían para algo útil.  Antes de que viniera Aki morían muchas personas en la calle. Aunque… no eran muy aprovechables. –Frunció el ceño, disgustada.

Jester no le respondió. Sonrió, revolviéndole el pelo y la acompañó hasta donde Rodrigo les esperaba. Jul se lanzó a él, abrazándole unos segundos antes de apartarse y caminar delante de ellos en dirección a las celdas.

-Es increíble lo que ha aprendido en apenas tres meses, ¿Verdad?

-Desde luego. Sabes, Rodrigo… reúnete esta noche conmigo. Hay algo que necesitamos discutir.

Cuando bajó las escaleras, le alertó el silencio. El prisionero estaba despierto cuando había salido y normalmente Jul ya habría empezado sin él. Abrió la puerta con cuidado, precavido, pero la escena al otro lado solo le sorprendió. La pequeña estaba sentada en una banqueta al lado de la camilla, terminando de amordazar al prisionero. Tenía varios cortes nuevos en las piernas, pero la jofaina estaba al lado lista para ser usada. No quería que se le infectasen. Rodrigo se apoyó en una pared, dejándole hacer. Se había vuelto bastante buena en su labor.

-Así no gritarás tanto. Hoy quiero comprobar una cosa y necesito silencio para concentrarme. Te he hecho los cortes de las piernas para que te concentres en ellos, ¿Ne? Así a lo mejor no es tan malo. Vuelvo enseguida, espera.

Reprimió una sonrisa. La estampa era muy bizarra, escuchar semejantes cosas de una voz tan dulce y amable. Se suponía que tenía que ser mala y cruel, pero hacía todo con delicadeza, evitándole al hombre sufrimientos innecesarios. Era normal, por otra parte; a la niña solo le interesaba el aspecto médico de la tortura. Aún no les había confesado nada, sin embargo, y comenzaba a perder la esperanza. Más o menos llevaban cien días de torturas ¿Qué aguante tenía ese hombre?

Jul reapareció en escena cargando con un enorme libro bajo el brazo y una pequeña bandeja de metal entre las manos. En ella relucían varias agujas de diferentes tamaños. Incluso desde la distancia pudo ver el horror en los ojos del hombre y disimuló su risotada con una pequeña tos. Le sonrió a la niña, animándole a continuar.

-No te voy a matar. Veamos…- Comenzó a pasar las hojas del libro, completamente seria, mientras desinfectaba una de las agujas con alcohol. Al final pareció encontrar lo que buscaba y se situó a los pies del hombre. Con cuidado, clavó la primera en la planta del pie izquierdo. De no haber estado atado el hombre seguramente se habría sacudido con todas sus fuerzas, pero puesto que no podía simplemente apretó los puños y giró la cabeza. Jul anotó en un cuaderno la pequeña reacción antes de volver a consultar su libro y seguir. Al cabo de un rato y catorce agujas más tarde, Rodrigo decidió acercarse. Le revolvió el pelo y le preguntó qué estaba haciendo. Las pequeñas varas metálicas parecían dispersas de manera aleatoria por la piel del prisionero.

-Intento averiguar cuál de sus puntos nerviosos es el más doloroso y cuál el menor. Es como acupuntura, creo, pero… con otro fin, vaya.

-No has hecho un mal trabajo, la verdad. Veamos si ha valido de algo.

Con tranquilidad, le quitó la mordaza y trató de interrogarlo por enésima vez. Le arrancó las agujas de golpe mientras preguntaba en un tono calmado, para volvérselas a clavar y removerlas sin siquiera mirar donde lo hacía. Jul apartó la mirada para enterrarla en su libro. Sabía que era su trabajo, pero no  podía evitar incomodarse a veces. Los gritos no ayudaban. Tampoco esa vez dio resultado, por supuesto. Rodrigo le abofeteó con más desprecio que otra cosa y suspiró antes de decirle a la joven:

-Jul, límpiale las heridas pero no se las cures. Aún puede quedarse así un par de días antes de que resulte peligroso. Quizás se le aligere la lengua.

No parecía convencido, pero ella le hizo caso. Tarareaba para sí mientras le desinfectaba y pasaba un paño húmedo por su cuerpo, para asearlo un poco. Le encerró en la celda antes de estirarse e ir a abrazar nuevamente a Rodrigo. Habían pasado poco más de cuatro horas. Por hoy habían terminado.

Esa noche, tras la cena, decidió darse un lujo e ir hasta el baño de la primera planta. Por supuesto tenía uno propio a unos pasos de su cuarto, pero desde luego no tenía una piscina. Normalmente evitaba ir pese a que cualquiera podía utilizarlo, particularmente por vergüenza. En sus tres meses en la Fortaleza había intimado sobre todo con Jester y con Rodrigo, pero era consciente de que allí vivían muchas personas y la idea de encontrárselas en el baño le intimidaba un poco. Sin embargo, era tarde. Dudaba que hubiera nadie y decidió arriesgarse. Recorrió las escaleras armada con su toalla y abrió la enorme puerta con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. En efecto, estaba vació. Sonrió y entró encantada.

Se descalzó y caminó despacio por los azulejos, admirando el lugar. Siempre le asombraba, a pesar de que no era la primera vez que iba. El techo era altísimo; había columnas enteras sujetándolo, dispersas por la estancia como una suerte de bosque de piedra. Contra una pared, ocho duchas individuales aguardaban a ser utilizadas. Entre cuatro y cuatro un pequeño armario empotrado guardaba toda clase de toallas y útiles de baño. Jul sabía que si seguía caminando encontraría saunas, un jacuzzi, e incluso pequeñas bañeras con patas distribuidas en sitios estratégicos para poder tomar un baño a discreción de los posibles presentes. Pero nada de eso le interesaba.

Se dirigió con calma a la enorme piscina que ocupaba el centro de la estancia. En las esquinas dos pares de escaleras aguardaban a ser recorridas y en los bordes, dos docenas de grifos escondían toda clase de colores y perfumes. Se desnudó y rozó el agua con los pies. Tibia. Suspiró de delicia antes de darse cuenta de que no estaba sola. Kara emergió del agua en cuestión de segundos, sobresaltándola y haciendo que cayera a la piscina.
La rubia nadó hacia ella entre risas y se aseguró de que estuviera bien. La amabilidad y la paciencia de la joven pronto vencieron a la timidez natural de Jul y en seguida estaban charlando como viejas amigas.

-Sabes, he oído rumores acerca de ti.

-¿A qué te refieres?

-Hace un rato le llevé la cena a Jester y estaba reunido con Rodrigo. Hablaban de ti y por lo que entendí creo que planeaban llevarte fuera de la isla.

Julianna frunció el ceño  y miró el agua unos segundos, preocupada.

-¿Ya no me quieren aquí? Estoy siendo de ayuda y… fue Aki quien me trajo.

-No, no me has entendido. – La joven nadó hasta uno de los grifos y unas pequeñas burbujas azules oscuro  comenzaron a inundar el agua. Olía a lavanda.- Aquí hay un límite en cuanto a lo que puedes aprender, creo. Allá fuera hay toda clase de cosas que estudiar.- Miró a la niña, sonriéndole mientras se sentaba en el borde de la piscina y comenzaba a desenredarse el pelo con los dedos.- Se preocupan por ti.

-¿Tú nunca has querido salir de aquí?

-¡Por supuesto que no! No necesito ver qué hay más allá, esto es mi hogar.

Una media hora después, limpia y relajada, Julianna se tomó sus medicinas y se acurrucó en su gigantesca cama. Adahír le tomó la mano y se acostó frente contra frente junto a ella. Estuvieron un buen rato hablando en silencio, hasta que el cielo se tiñó de negro y ni la luna se veía ya por la ventana. Lo que Kara le había dicho le había ofendido profundamente, porque ella no sentía la Fortaleza como su hogar. Pero cuando pensaba en el piso de su tío tampoco tenía esa sensación, lo que la frustraba. No quería ser una niña perdida como los de su libro de cuentos.  Pero aquí dentro tenía todo lo que conocía y no era como si le faltaran cosas que aprender. Aún tenía mucho que descubrir acerca del cuerpo humano. Sus pensamientos giraban en espiral, preguntándose si sobraba en el lugar. Y si lo hacía, ¿A dónde iba a ir? No conocía nada más. No sabía nada. Adahír trataba de calmarla e imponer algo de sentido común, pero por algún motivo esa noche no era capaz de hacerle caso. No quería irse aún, no podía. Todavía no estaba lista.
Con el corazón retumbándole en el pecho, Julianna tomó una decisión.

A la mañana siguiente, Rodrigo se levantó como cualquier otro día. Bostezó mientras se rascaba el trasero, picoteó un par de cacahuetes del bol en su mesita de noche y se lavó concienzudamente en la ducha. Se vistió y peinó con esmero y abrió la puerta de su cuarto sin tener ni idea de lo que había al otro lado.

Encontró a la niña en la celda, sentada en la banqueta e inconsciente sobre las piernas del prisionero. Había mucha sangre, pero tanto sus manitas como su cara estaban limpias. Tenía un escalpelo en una mano y un papel arrugado en la otra. Corrió hacia la escena alarmado, preguntándose cómo no había oído nada durante la noche. Se calmó un poco al descubrir que ella solo estaba dormida, seguramente exhausta. La puso a un lado y la tapó con una manta antes de ocuparse a toda prisa del prisionero; estaba al borde del desangramiento y Rodrigo era consciente de que si no había muerto ya era gracias a las manos expertas de Julianna. Nunca antes se había excedido tanto.

La cogió en brazos y la metió en cama. Le acarició el pelo un momento, preocupado, antes de ir a avisar a Jester. Cuando Jul despertó, ambos estaban a su lado mirándola. Sintió ganas de esconderse y taparse con la manta, pero en lugar de eso se incorporó para mirar a los dos adultos. No quería hacer el ridículo. Los segundos pasaron, hasta que Jester entendió que si él no hablaba nadie lo haría. Con calma, le preguntó si estaba bien y por qué lo había hecho sin esperar a tener supervisión. Jul esquivó la pregunta y les tendió el papelito que había estado sujetando todo ese tiempo.

-Ha confesado. Funcionó.

Su pequeño corazón latía tan rápido que tenía miedo de que todos en la estancia lo escucharan. Ahora que él había confesado ella había demostrado su utilidad. Aki podría coger la información e ir detrás de las personas que escondían a su tío. Ahora que era valiosa ya no tenían ningún motivo para echarla. Les convenía más tenerle cerca y enseñarle cosas. O eso creía ella.

-Escucha, Jul... Rodrigo y yo hemos estado hablando y hemos llegado a la conclusión de que no es buena idea que te quedes en Samirn. Ahí fuera hay muchas cosas que tienes que descubrir para llegar a ser todavía mejor en lo que te gusta y… quedarte aquí sería una tontería.

Rodrigo asentía a su lado. Jul agarraba la sábana con fuerza, como si le estuviera tomando la mano a Adahír. Ahora iban a echarla. Eso no era más que una excusa barata para darle un bote y que se fuera de una vez, lo sabía. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Rodrigo la interrumpió.

Se marcharon a la mañana siguiente. Jester le había explicado sus intenciones con claridad y una vez comprendió lo que él pretendía, Jul no fue capaz de negarse. Pero había sido Rodrigo quien le había convencido. Con sus palabras repitiéndose una y otra vez en su cabeza, había subido al barco sin protestar. Todo su equipaje cabía en una maleta y una pequeña mochila que llevaba a la espalda. En la otra mano, el regalo de Rodrigo. Un pequeño fajo de sobres y papel de carta, junto a una estilográfica blanca y dorada. ’’Escribe, por favor.’’

Fue su primer viaje en barco; duró tres semanas. El primer día se quedó abrazada a Adahír, sentada en una esquinita de la cubierta, mirando con los ojos como platos todo lo que la rodeaba. Había visto el mar desde la playa, pero ahora estaba en él. No había más que agua, mirase a donde mirase. Había intuido peces y el olor a sal se le metía en la nariz para hacerle cosquillas. ¿Desde cuándo existían tantos tonos de azul? Era increíble.

En los días siguientes, Jul fue poco a poco haciéndose familiar con el barco. No era muy grande, en él solo viajaban 6 personas. Jester, Rodrigo, ella misma y otros tres desconocidos. Todos altos y morenos, de caras afables pero de poderosos músculos. Le intimidaban un poco y siempre que los veía estaban enfrascados en alguna tarea que a ella se le antojaba misteriosa e importante. Nunca intentó hablarles, pero siempre le sonreían con amabilidad. Pronto se sintió muy cómoda abordo.  Una vez al día, Rodrigo le hacía un pequeño examen para asegurarse de que el viaje no estaba afectando a su enfermedad. La subía a la camilla que había en su camarote y comprobaba que todo en su interior funcionara como debía. Jul y Adahír se sentaban obedientes y le dejaban hacer; no era realmente necesario, pero sabían que al hombre le tranquilizaba. Además, él se volvería en el barco. Les quedaban pocos días juntos.

Un día, Jester se le acercó mientras bocetaba nubes en un cuaderno. Le tendió la mano e hizo que le acompañara a la parte trasera del barco. Allí, con dos cañas y toda la mañana por delante, le enseñó a pescar. Jul tenía paciencia y manos firmes, por lo que la lección fue bien aprovechada. Algo antes de mediodía, tiró con fuerza y arrancó del agua su primer salmón. Jester le acarició el pelo con orgullo mientras el pez aleteaba en manos de la pequeña, boqueando por aire. Ambos se dirigieron a la cocina y en media hora un delicioso olor inundó el barco. Además de su propio salmón, Jul había aprovechado y cocinado para todos sirviéndose de la despensa. A cada paso notaba los ojos de Jester en su nuca, pero no se lo echó en cara. Entendía por qué la vigilaba, pero cada vez que lo pensaba se le hacía un nudo en la garganta. Así que se afanaba en los fogones.

La cierto era que Jester quería, tenía que asegurarse de que pudiera sobrevivir por sí misma. Cosas como limpiar, cocinar, conseguir comida, coser… quería estar seguro de que tuviera bien asentadas las bases para ser autosuficiente. No estaría sola, pero podía llegar a estarlo. Tenía que estar preparada. Y Jul no podía negarse; le había descrito tales maravillas de otras islas que casi estaba impaciente por ir. Casi.

Atracaron unos días después en una pequeña cala de arena blanca, al anochecer. La pequeña no tenía ni idea de donde estaban, pero supo enseguida que recordaría esa playa durante mucho, mucho tiempo. Era el paisaje más bonito que había visto nunca. Uno de los hombres bajó con Jester para ayudarle con el equipaje. Rodrigo le acompañó unos pasos para después frenar en seco de repente. Él tenía que volver. Jul se dio la vuelta y le miró, antes de saltar corriendo a sus brazos. Le mojó el hombro, pero ni un sonido salió de sus labios. Él la abrazó contra sí, conmovido, antes de soltarle.

-Julianna Marie Shelley… crece mucho y descubre todavía mucho más. Cuídate y hazle caso a Jester. Él sabe lo que te hará bien. Y lo más importante, escribe.

Le entregó un pequeño paquete de tela que la niña apretó contra su pecho antes de darse la vuelta y salir corriendo a trompicones detrás de Jester, con Adahír a su lado. Él tampoco hablaba. Ninguno de los dos era capaz, pero se cogieron de las manos y se forzaron a caminar.

Cerca de una hora más tarde, vio luz al fondo. Llevaban un buen rato caminando por un sendero casi excavado en mitad de un frondoso bosque. Jul miraba a todas partes, maravillándose y distrayéndose a partes iguales con todas las plantas que no conocía. -‘’Estamos llegando’’- le oyó decir a Jester. Tenía un timbre de emoción en la voz que nunca antes le había oído. El camino de tierra pronto pasó a ser de baldosas redondas, de piedra. A los lados, antorchas de la altura de su cintura los recibían ardiendo. De un segundo a otro, o así se lo pareció, dejaron el bosque a su espalda y una noche clara plagada de estrellas los recibió alegremente. Al bajar la vista vio como el sendero serpenteaba hasta una casa enorme con tejado a cuatro aguas. Un solemne edificio hecho también de piedra conquistada por la hiedra. Alguien los esperaba en la puerta, con los brazos cruzados.

Había un farolillo apoyado en el suelo, a su lado. De repente, todas las emociones del día empezaron a hacerse notar y comenzó a sentir el cansancio en el cuerpo. Sin darse cuenta, arrastraba los pies a la vez que trataba de acelerar, ansiosa por una cama. O una superficie horizontal, en realidad. No le pondría pegas a…

Una especie de cosa blanca había chocado contra su pierna. Extrañada, se agachó y descubrió una liebre. Esta la miró con sus ojitos rojos, moviendo la naricita. Parecía inteligente. Jul sonrió y comenzó a acariciarla, encantada. Era como un peluche calentito. Adahír estaba con ella, encantado también. Tenía una sonrisa bobalicona en el rostro. Para cuando se dio cuenta, Jester ya estaba con el desconocido, igual que el hombre del barco. Olvidada la liebre, echó a correr para ir con ellos y llegó algo falta de aire. Jester dejó de abrazar al hombre y la miró, preocupado.

-Ey, pequeña, no hay prisa. No te fuerces. Si te pasara algo Rodrigo me comería vivo. Ven, te presento a Eu. En realidad se llama Euton. De hecho, llámale así. Solo yo le llamo Eu, qué demonios.

Sin preguntar primero, Jester la cogió en brazos. Tenía casi quince años y pesaba como una de trece. No le supuso ningún esfuerzo. Euton y Jul se miraron con mutua curiosidad. Él imponía respeto. Era muy alto, metro noventa según los cálculos a ojo de la niña. Llevaba gafas de media luna tras las que escondía unos penetrantes ojos grises y  el reflejo de una larguísima trenza de pelo blanco que casi brillaba a la luz del farolillo. Vestía pantalones de traje, camisa blanca y un chaleco gris oscuro del que salía una cadenita dorada. Parecía alguien muy pulcro y a la pequeña le cayó bien en seguida.  Él también sonrió al verla. Comenzó a charlar con Jester de cosas que a ella ni le interesaban ni le importaban y no tardó en quedarse dormida.

Despertó al día siguiente en una cama estrecha y acogedora. Adahír la estaba sacudiendo, algo preocupado. No recordaba en qué momento se habían quedado dormidos. Se incorporó tranquilizándole y tras bostezar miró a su alrededor. La habitación era pequeña y las paredes de madera. Había un espejo colgado en la pared, un armario al fondo y un pequeño escritorio al otro lado. Era bonita aunque no tuviera ventanas. Fue a levantarse y descubrió que vestía su pijama. Frunciendo el ceño, vio su maleta ya abierta a los pies de la cama. ¿Quién? Se le colorearon las mejillas mientras Adahír hervía de furia y algo de vergüenza. Pero no valía la pena enfadarse sin saber siquiera quién era el responsable. Quizás hubiera sido Jester. Tratando de tranquilizarse, se acercó al espejo e intentó peinarse un poco con los dedos antes de cambiarse y salir a explorar.

Se encontró en un pasillo algo más grande de lo que había previsto, con varias puertas a ambos lados y paredes de piedra. El suelo seguía siendo de madera y chirriaba un poco a su paso. Tras deambular unos minutos y descubrir que muchas de las puertas estaban cerradas a cal y canto, dio con lo que parecía la cocina.

La escena resultaba hogareña. Euton freía huevos frente a la ventana mientras Jester desayunaba en una mesa en el centro de la estancia. Tenía los pies apoyados en otra silla y parecía contento. Le saludó como pudo, todavía con la boca llena de tostada. En cuestión de minutos estaba desayunando con ellos, disfrutando del zumo, la fruta, los huevos y las tostadas que había desperdigadas por la mesa para quien quisiera cogerlos. Mientras terminaba de comer, un par de personas entraron a robar comida sin decir nada más que un escueto ‘’buenos días’’ antes de desaparecer.  Reconoció en uno de ellos al hombre que les había ayudado con el equipaje; al parecer planeaba quedarse. Se saludaron con una sonrisa y justo entonces Jester la llamó. Había terminado la hora del desayuno.

Tras recorrer otros tres pasillos, salieron del edificio. Sorprendida, Jul vio que estaban a las afueras de un pueblo. Podía ver a apenas unos metros las primeras casas y algunas personas atentas a sus vidas. ¿Cómo no lo había notado a la noche? Pero ignorando su curiosidad él la llevó hacia el otro lado y pronto abandonaron el sendero de piedra para adentrarse en el bosque. Tras unos diez minutos de caminata, se encontraron en el centro de un gigantesco claro. Euton los esperaba allí, con los brazos cruzados y varios bultos ante él. Se le acercó y pidiéndole permiso con la mirada comenzó a examinar su cuerpo. Le midió los brazos, los hombros, la cintura y las piernas. Luego, sin hacer ningún comentario comenzó a instruirla sobre la postura adecuada. Era necesario que la aprendiera y ejecutara correctamente desde el principio.

Al fin y al cabo, el combate con espada era un asunto serio.

Había sido una de las condiciones de Jester. Iba a marcarle el camino y mostrarle todo lo que necesitaba para recorrerlo. Pero a cambio, ella debía aceptar todas las medidas de seguridad que él creyera convenientes. La primera era defensa personal. Sin embargo, dada su carencia de velocidad y fuerza, terminó viendo más adecuado el convertirla en espadachina que luchadora.  Lo que le faltaba en altura podría suplirlo con la espada, colocando algo de distancia entre ella y sus agresores. En teoría, sus manos firmes y su conocimiento del cuerpo humano deberían hacer de ella alguien letal en cuanto cogiera algo de práctica.

Nada de eso se mostró el primer día. Para empezar, Euton, quien se había erigido como su tutor en ese campo, no le dejó agarrar un arma hasta que su postura fue impecable; y para eso necesitó varias horas. Incluso después de aprenderla le costó mantenerla mientras se movía.  No era de extrañar y Jul pronto comprendió por qué le resultaba tan difícil. Estaba acostumbrada a examinar cuerpos ajenos, pero la relación que mantenía con el suyo propio era un poco más especial. Estaba al tanto de cada pequeño cambio que pudiera significar algo relacionado con sus dolencias, pero también se hallaba desconectada de sus propios músculos. No era muy consciente de ellos porque no solía utilizarlos. Ahora, mientras se colocaba por quincuagésima vez, se daba cuenta de que al día siguiente le dolería tan solo el levantarse. Pero lo ignoró y ni una queja salió de entre sus labios.

La siguiente lección fue la pulcritud. Euton le entregó una espada de prácticas adecuada a su tamaño y le enseñó a mantenerla como se merecía. Era de acero, ligera y aguda. Resultaba pesada en sus brazos, pero comprendió que más le valía acostumbrarse. Aprendió a limpiarla, darle brillo e incluso memorizó varias fórmulas para quitar manchas de dudosa procedencia. No eran las mismas que ella conocía, puesto que era importante que no dañasen el acero del arma.

Salvo una pausa para comer, pasaron todo el día hablando y comentando los principios básicos. Cuando a mediodía Jester apareció con una cesta de picnic, devoraron la comida enseguida para volver al trabajo. Tanto tutor como alumna querían terminar pronto con las formalidades. A media tarde, él le enseñó una serie de posturas y movimientos sencillos para que pudiera comenzar a familiarizarse de verdad con el arma. Tenía que acostumbrarse a su peso y ganar algo de músculo para poder manejarla con soltura. Pero era perseverante y haciendo caso, recorrió el claro treinta veces repitiéndolos. Paró cuando la luna se asomaba y solo porque él fue tras ella. Estaba temblando, pero no se había quejado. Adahír la había seguido en las últimas vueltas, pero estaba claro que había llegado a su límite y ni siquiera su subconsciente podía serle ya de ayuda. Euton la llevó hasta su cuarto en brazos y siguiendo las instrucciones que Jester le había dado le dio su medicina y la arropó con cuidado. Cuando apagó la luz, Jul se dio la vuelta en sueños y se acurrucó con una sonrisa.

Ese día se convirtió en el primero de muchos. Desayuno, calentamiento y repaso de los principios teóricos en voz alta, ejercicios, comida, más ejercicios, pausa para una ducha y una merienda y un par de horas libres antes de la cena se convirtieron en los elementos de su rutina. Para sus adentros agradeció sinceramente que fueran tan estrictos con sus horarios; quizás la trataban como una niña, quizás solo intentaban aprovechar el tiempo. Ella y Adahír no terminaban de ponerse de acuerdo. Sin embargo, el resultado había sido que podía centrarse en cada cosa que hacía sin preocuparse de qué pasaría después o perderse en pensamientos de inquietud o miedo por el futuro. Cuando tienes una espada en la mano y tres series de ejercicios pendientes te apetece terminar y hacerlo bien, no asustarte de salir al mundo. Julianna pronto se dio cuenta de esto y se forzó todavía más a enfocarse en sus tareas.

Poco a poco se fue familiarizando de verdad con el arma. Su postura mejoró drásticamente tanto al ejercitarse como al moverse normalmente y gano la musculatura y resistencia que necesitaba para contrarrestar su enfermedad. Combatir con neumonía no era el mejor de los escenarios, pero trabajar con lo poco que tenía nunca había sido algo que la agobiara. Consiguió controlar su respiración y sus movimientos para no forzarse más de la cuenta, ya que era a todas luces contraproducente, y antes de lo esperado llegó el día en el que Euton le hizo parar. Había pasado un mes.

Era media mañana, estaba sudando tras el calentamiento y hacía apenas unos minutos que había comenzado con los ejercicios de postura con la espada. Después venían las maniobras de apertura y defensa, seguidas de las de ataque y las fintas, pero él no la dejó continuar. Le dio unos minutos para que recobrara el aliento perdido por la brusca interrupción y la llevó al centro del claro. Julianna se fijó en la funda que colgaba de su cadera. Euton siguió su mirada y sonrió para tranquilizarla.

-Tranquila, no voy a usar a Jaded contigo. Solo quería que la vieras; la pobre no ve mucho la luz y no me importa presumir de vez en cuando.

La sacó al sol y Jul abrió los ojos con admiración; era preciosa. Grande, pesada, contundente. Y aún así poseía una elegancia innegable. Se parecía a su dueño, de alguna manera. En la empuñadura había engarzadas tres gemas de color rojo oscuro, como envejecido. A lo largo de la hoja estaban grabados mil eslabones; el dibujo final era una cadena que rodeaba el arma. Euton estaba tan inflado como un pavo real con su reacción, pero pasados unos segundos la guardó y sacó una espada como la que le había dado a ella. Más pequeña y ligera, adecuada para entrenar pero no para matar. Previsor, cubrió con cuero ambas puntas antes de comenzar. No tenían por qué herirse.

No hacían falta muchas palabras. Ambos se pusieron en posición, a cinco pasos el uno del otro. Julianna tragó saliva, mirando al que ahora era su objetivo. Estaba comenzando a ponerse nerviosa.  No era tan alta, no era tan fuerte. Estaba segura de que ni siquiera era tan rápida o ágil como él,  por mucho que hubiera entrenado. ¡Apenas había pasado un mes! No iba a durar más que un par de segundos y entonces todo aquello no habría servido de nada. Comenzó a sudar de nuevo y se mordió el labio con nerviosismo. Aferró la espada con más fuerza y entonces oyó la voz de Adahír en su oído.

- Pero ambos sabemos que hay algo que sí conoces…

Con los ojos, le indicó su idea. ¿Bastaría? ¿Tendría suficiente precisión? Valía la pena intentarlo. Ella abrió el combate con un primer ataque tentativo, poco definido. Él lo esquivó y comenzaron a caminar en círculos, midiéndose. Ella repasaba sus conocimientos, él esperaba. Cuando ella respiró antes de lanzarse, él movió el pie ya adelantándose. Paró el arma de la joven con la suya, mirándola a los ojos. Se separaron una vez más y poco a poco cogieron velocidad. La pequeña no podía compararse al experto espadachín, para nada. Sus reflejos, su fuerza y en general todo su físico la dejaban en desventaja. Pero había determinación en sus ojos y según pasaban los minutos Euton comenzó a ver una rareza casi imperceptible. Fue difícil confirmarlo ya que ni una sola vez le permitió dar en el blanco, pero para cuando el mediodía se acercaba ya estaba casi seguro.

Pararon en cuanto Jester se acercó con la cesta de la comida. Pero antes de dejarla ir, Euton colocó la punta de la espada en el hombro de Julianna y la miró con severidad.

-Pequeña.- Le dijo.- ¿A dónde has estado apuntando todo este tiempo?

Julianna le miró mientras soltaba su espada como sin querer. Respiraba todavía agitada por el calor del combate y parecía casi esperar que le disculpara.

-Creí… que si apuntaba solo a los puntos vitales, o los nervios más importantes… tendría más posibilidades. ¡No puedo ganarte a fuerza! P-pero sé suficiente anatomía como… como para necesitar tan solo un golpe.

Euton bajó el arma y la miró como quien mira a un gato travieso. Suspiró mientras Jester aparecía en el medio de ambos para abrazarla y aplaudir su idea.

-¡Me gusta cómo piensa esta niña, maldita sea! Venga, cálmate un poco… y vamos a comer. Tengo algo que te gustará.

Las tartaletas estaban ricas, pero más tranquila le dejó confirmar que en verdad había sido buena idea. Habló con ambos, explicándoles que no era que pretendiese matar a nadie. Solo quería sobrevivir y si Jester había sido realista al hablarle de la clase de gente que podía encontrarse… quería poder huir deprisa. Casi disculpándose, entre el segundo plato y los postres les explicó que pretendía hacer una lista de todos los puntos mortales en el cuerpo, así como aquellos que podían ser más útiles para incapacitar a alguien sin depender de su altura o sus músculos.

-Si consigo aplicar la presión adecuada aquí o… o ahí…-con una mano comía tartaletas. Con la otra, gesticulaba y señalaba utilizando a Euton de maniquí. Maldita sea, estaban ricas. Tenía que conseguir la receta.- podría causarle el dolor suficiente como para correr fuera de su alcance.

Jester la escuchaba en silencio. Todo eso estaba muy bien si solo había un atacante, pero eso rara vez iba a ocurrirle. Sin embargo, en lugar de comentarle sus preocupaciones sonrió y le dijo que tenía un entrenamiento especial para ella.

No fue nada fácil. Él le dijo que consistía en dos partes y nada más intentar la primera supo que le llevaría tiempo. Al principio, ni siquiera le creyó cuando le dijo que era posible. ‘’Tienes que ser como la espada. Respira, siéntela, y tu cuerpo se volverá de acero. Solo cuando vio la piel de Jester volverse negra aceptó que era posible. Parecía algo sacado de un cuento, pero lo estaba viendo con sus propios ojos.

En lugar de enfocarse únicamente en eso, continuó con su entrenamiento habitual. Añadió los combates con Euton a las tardes y trató de centrarse en su espada como Jester le había dicho. Visualizaba la piel negra que él tenía, pero los días pasaban y ella seguía tan pálida como siempre. Cuando por fin llegaba su tiempo libre volvía rápidamente a la casa de piedra, casi huyendo del claro. Euton guardaba las armas mientras ella se daba una ducha y luego se encontraban en la biblioteca con Jester.

La biblioteca. Era de lejos el lugar más increíble que Jul había visto en su vida. Euton tenía que acompañarla porque solo él tenía las llaves del lugar. Llaves, en plural, porque la puerta tenía tres cerraduras y un pestillo que nunca vio que se utilizase. Cada día, ella aprovechaba el momento en el que él colocaba las tres llaves para serenarse un poco y vaciar su mente de los entrenamientos. Primero colocaba la de oro, luego la de rubí y por último la de ónice y cristal. El oír los extraños mecanismos girando la relajaba sin que supiera bien por qué. Y luego la puerta se abría y era como asomarse a otro mundo. Lo primero que notabas era que estabas en un balcón del que partían dos enormes escalinatas. Y a tus pies, un mar de libros y estanterías. Los ojos de Jul se perdían en la distancia como si la habitación no tuviera final. Como un intrincado laberinto, los pasillos parecían enrevesarse hasta perderse entre sí mismos y a quienes los recorrían. A los lados, intercaladas entre las estanterías que poblaban las paredes laterales, había puertas salpicadas. Cada una tenía su propia forma y color, pero Jul solo conocía lo que había detrás de la que llevaba al despacho de Jester. Todas las tardes caminaba hasta allí maravillándose del espectáculo. A menudo se preguntaba cómo un lugar tan grande cabía dentro de la casa de piedra, pero nunca consiguió sonsacar a nadie una respuesta satisfactoria. De alguna manera, eso lo hacía todo más fantástico a sus ojos.

Allí, además de repasar sus libros de medicina y explorar en el lugar por otros nuevos, hablaba con Jester. Mucho. Tenían que planear el viaje de la pequeña, al fin y al cabo. El objetivo que él le había propuesto era simple y ambicioso a la vez; partirían juntos hasta llegar al comienzo del Paraíso. Cuando se estuvieran acercando a Cactus Island, la primera de la lista que habían elaborado, él desaparecería. Era una aventura que tenía que atravesar ella misma: recorrer todas las islas del Paraíso y reunirse con él al otro lado. Iría acompañada de dos hombres que aparte de controlar el barco por ella la protegerían y ayudarían en lo que necesitara. Había sido una de las condiciones de Rodrigo, pero ni Jul ni Jester pusieron ninguna pega. Ambos sabían que era buena idea. Para prepararla para el viaje, él le enseñaba cuanto podía de la meteorología, geografía y naturaleza de cada isla que habría de encontrarse. Jul iba anotando todo en el regalo que Rodrigo le había dejado antes de volver. El cuaderno era de medio folio, con las tapas de tela y las páginas gruesas. Tenía su firma y dedicatoria en la contraportada, para que no le olvidara. Julianna lo llevaba a todas partes y a esas alturas estaba lleno de apuntes de medicina, economía, esgrima, ideas varias y la receta de las tartaletas de Jester, entre otras cosas. Era su pequeño tesoro. Echaba mucho de menos al hombre que tan bien se había portado con ella y trataba de mejorar porque quería que se sintiera orgulloso cuando Jester volviera a la fortaleza y le hablase de su entrenamiento. Podría haberle escrito una carta, pero no se sentía capaz. Todavía no. Elucubrar sobre su partida y ruta no lo haría parecer tan real como contárselo a Rodrigo.

Al final, cansada de no avanzar con la idea que Jester le había dado, fue a pedirle ayuda. Aunque reticente, él le dio algo más de información. Le explicó lo que era el haki de armadura y que tardaría en manifestarse de forma tan visible, pero que era esencial que lograra controlarlo. – ‘’ Tu cuerpo tiene esa habilidad, solo tienes que conseguir que te obedezca’’.-  Y se entregó a ello. Cada mañana mientras hacía sus ejercicios intentaba sentir lo que Jester le había descrito. Sus mejores avances, sin embargo, ocurrían siempre por las tardes. Hubo momentos en los que sintió que podría parar el arma de Euton sin retroceder, o asumir el golpe con su cuerpo como si nada. Por más que solo fueran intuiciones, le dieron parte del coraje para continuar. Adahír solía aparecer en esos momentos, quizás fruto de su propia ilusión. Le veía a su lado, imitando sus movimientos sin un arma y una sonrisa acudía a sus labios. No estaba sola. Tras tres meses en la isla estaban progresando.

Una tarde, contra todo pronóstico, funcionó. En realidad, no estaba pesando en ello. En aquel momento Euton estaba siendo algo más duro que de costumbre; no podía culparlo. Si ella fuera igual de buena que él también se aburriría de luchar tarde sí tarde también contra una cría. A veces tenía que forzarla un poco para no bostezar en medio del combate. Cuando eso ocurría, Jul apretaba los dientes y aguantaba los envites con valor y la convicción de que por fuerza acabaría antes o después.  Solía acabar magullada y agotada, pero no le importaba en absoluto. Para sus adentros, estaba un poco orgullosa de sus heridas de guerra.

Pero esa vez, algo sucedió de forma diferente. Euton dirigió el golpe a su hombro. No pretendía cortarla ni atravesarla, seguían con las espadas de prueba, pero aún así siempre dolía y dejaba un círculo negro allí donde tocaba. Esa vez, sin embargo, la espada de Euton se topó con una barrera sólida como el acero. Ella no lo notó.  Estaba concentrada en mantenerse a su ritmo y la vacilación de él no fue suficiente como para ponerla en alerta. Sonrió y en lugar de frenar fue a por ella todavía con más fuerza. Julianna colocó todas las fuerzas que le quedaban en mantener alta su defensa, pero ni siquiera así consiguió impedir el paso de la espada contraria. Solo al cuarto toque se dio cuenta de que no estaba notando los golpes.- ¿Cómo?- Se preguntó. Sus ojos se abrieron enormes por la sorpresa, pero los rápidos movimientos de su contrincante la obligaron a centrarse. Por toda respuesta volvió a arremeter contra él con energías renovadas. Cualquiera que los viera de lejos o de cerca pensaría que era una lucha desigual; pero la expresión en la cara de la niña habría bastado para acallar cualquier boca. El combate avanzó, más largo que cualquiera que hubieran sostenido. La jovencita apretaba los dientes, tratando de repeler cada ataque e identificar esa extraña sensación cada vez que notaba el cuero enemigo rozándola. Los minutos rodaron, el sudor la cubrió y pronto estaba jadeando. Parecía un juguete roto, pero no cedió ni siquiera cuando las fuerzas comenzaron a abandonarla. Insistió, trató de dar otra estocada y evitar otro golpe, pero tenía un límite.  Primero cedió su rodilla, luego fue su mano y al final terminó acostada de espaldas en la hierba, sus dedos apenas acariciando el arma. Cerró los ojos por unos segundos, recobrando el aliento como podía. Sus pensamientos giraban tan rápido que no podía distinguir unos de otros. Las nubes en el cielo le hacían marearse, pero la oportuna mano de Euton le devolvió algo de estabilidad.

-Buen trabajo, pequeña.- Julianna, por toda respuesta, sonrió con alegría.

Le costó todavía dos semanas más conseguir familiarizarse del todo con el haki y utilizarlo cuando quería. Por si eso no hubiera sido suficientemente complicado, el mismo día en que logró extenderlo sobre su arma Jester apareció con una nueva tarea.

-Imagina que toda esa defensa que creas con esta técnica es como una sábana. Quiero que la cojas y la coloques toda en la punta, justo en la punta. Piensa en ello como una energía que además de defenderte tiene fuerza propia. Si la concentras en un punto… ¿Entiendes?

Julianna entendía, pero era difícil. Poco a poco iba pudiendo aguantar más en combate, estando hasta dos o tres horas seguidas sin necesidad de parar a respirar. A veces incluso lograba parar los golpes de Euton con su propia arma, tuviera o no haki de por medio. Aún sabiendo que él no se empleaba a fondo era todo un orgullo. Y tampoco era lo único que la mantenía ocupada. Antes de la cena repasaba siempre que podía sus libros de medicina y anatomía. Llevaba muchos días sin practicar con nadie y no quería perder la teoría. Siguió anotando todo en su propio cuaderno, llenándolo de apuntes y estrategias para interactuar con el cuerpo humano en toda clase de situaciones. Combates, torturas, operaciones e incluso apuntes para alguna prótesis; ver la mano de Jester cada día le había dado alguna que otra idea.

Lenta pero segura, fue haciendo sus progresos. Le costó otro mes de tiempo, pero consiguió llevar a cabo lo que Jester le había propuesto.  Podía sentir el haki cubrir su cuerpo como si de una segunda piel se tratase y manejarlo a voluntad. Concentrarlo en la punta de su espada para causar más daño pronto le fue tan natural como hacer una finta. Incluso le arrancó un falso quejido a Euton; sonó tan indignado que la hizo reír. Él había cogido la costumbre de dejarse dar de vez en cuando, para que ella pudiera probar su técnica y asegurarse de que funcionaba. Con él detallándole sus reacciones, fue perfeccionándola. No era el ejemplo más útil; la resistencia al dolor de Euton era casi inhumana, por lo menos a ojos de Jul. Sin embargo, le sirvió para ir modificando sus golpes y afinar su puntería. Al fin y al cabo tenía que ser muy concreta y apuntar bien si esperaba que siquiera notase el golpe.

Cuando estuvo lista, descubrió que Jester llevaba algunas semanas esperando ese momento. Le pidió el arma que utilizaba en los entrenamientos y ante su atenta mirada, la partió en dos contra su rodilla. De la nada, mientras Julianna le miraba con sorpresa, sacó una funda y la posó en sus manos.

-No es tu cumpleaños, pequeña; pero te mereces un regalo. Felicidades.

Las manos de Jul acariciaron la funda negra. Estaba hecha de cuero, con la punta plateada; era suave al tacto. Con cuidado, sacó el arma de su interior mientras se maravillaba. Preciosa. Hecha a su medida, delicada y elegante. Tanto la empuñadura como el guardanudillos estaban bañados en plata y le arrancaban destellos al sol. La filigrana de plata era enrevesada y se envolvía en torno a sus dedos casi con cariño. Pesaba un poco más que a la que estaba acostumbrada, pero mientras la sostenía supo que no tardaría en acomodarse. Volvió a guardarla en la funda y sin decir palabra se lanzó a los brazos de Jester. Él la sujetó, revolviéndole el pelo mientras le devolvía el abrazo.

-Gracias.- Oyó que susurraba.

Tardaron una semana entera en abandonar la isla. Julianna redujo sus entrenamientos y se conformó con dedicarles apenas una o dos horas diarias. Al fin y al cabo, quedaban muchos detalles por concretar. Por su parte, Jul aprovechó para familiarizarse con su nuevo arma. Faded estaba hecha justo a su medida, pero tenía que acostumbrarse a llevarla. Aprendió a ocultarla bajo el vestido y caminar con total naturalidad, así como a desenfundarla en cuestión de segundos.  No le costó mucho. Durante todo ese tiempo había aprendido a pelear con su ropa habitual; no había motivos para pensar que vestiría otra si tenía que enfrentar a alguien. Las suaves capas de tela y encaje no eran ya un obstáculo para su velocidad o reflejos. Y aunque a ella le parecía natural, tanto Jester como Euton sabían que terminaría agradeciéndolo más pronto que tarde.

Se hicieron a la mar con las primeras luces del alba. El sol se derretía en el mar mientras salía y el barco se mecía con tranquilidad. Los había esperado con paciencia mientras se despedían de Euton. Julianna le dio su abrazo más largo. Jester, su beso más emotivo. Ambos le recolocaron el mechón que siempre se le salía antes de dejarle ir, haciendo que protestara. Cuando subieron al barco y le miraron estaba en la playa con los brazos cruzados y la trenza agitándose al viento. Jul se preguntó de verdad si volvería a verlo.

Pasaron el viaje hasta el comienzo del Paraíso discutiendo ideas sobre prótesis y remedios. Uno de los motivos para aceptar ese viaje había sido la oportunidad de conocer nuevas técnicas y nuevos materiales. Todavía quería replicar la mano de Jester y así se lo dijo la noche de su partida.

-Cuando vuelva a verte, te llevaré algo como lo nunca visto. Algo para lo que no necesites matar a nadie.

-Estoy deseando verlo, pequeña.

Cactus Island se encontraba a tres días de distancia y Jester había desaparecido en medio de la noche. Jul le había dicho adiós con la mano mientras se desvanecía en la oscuridad. Ni siquiera se le ocurrió preguntar a dónde iba. O cómo iba a irse. Ahora estaba por su cuenta y era todo lo que ocupaba su cabeza. La niebla del amanecer a su alrededor le daba la sensación de que todo en el barco no era más que un sueño, o que incluso ella misma se desvanecería de un momento a otro.  Pero poco a poco el mecer de las olas fue calmando su ansiedad y el latir de su corazón volvió a la normalidad. Sonrió mirando el horizonte y se sentó en la proa. Llevaba a Faded en la cintura, y en su regazo una estilográfica y papel de carta color beige. Tenía mucho que contarle a Rodrigo.

Peticiones:


-Haki armadura despertado y entrenado.

-x3 a fuerza, x2 a velocidad, x2 a agilidad y x3 a resistencia -Los números pueden variar si el moderador así lo considera-

-Vista magna: De un vistazo, Jul puede saber en pocos segundos dónde están los centros de dolor y las partes más sensibles de la anatomía de cualquier humano, no importando su poder o constitución. Si tiene o ha tenido alguna lesión será capaz de verla y reconocerla también, igual que si padece alguna enfermedad.

- Mano certera: La puntería de Julianna con la espada es tal que nunca falla un golpe, si consigue darlo. Si pretende sesgar un nervio o darle a un órgano logrará dar en la ubicación exacta.

-Punto álgido: Julianna es capaz de juntar toda la fuerza de su haki de armadura en la punta de su espada, haciendo su ataque tres veces más poderoso. Tiene dos post de recarga.

-Faded : Una espada rapier de calidad excepcional.

-Un barco, manejable por dos personas, no muy grande pero construido como para poder navegar por el Paraíso sin problemas.

-10 millones de berries, regalo de Jester para que compre lo que precise.
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Re: Un nuevo rumbo

Mensaje por Arthur Silverwing el Vie 8 Sep 2017 - 16:37

Buenas soy Arthur y tienes un suspenso...

Me dicen pinganillo que tengo que hacer una moderación decente así que me leeré el diario y procederé a decirte la nota que tienes.

Para empezar me ha gustado el diario, como bien dices se hace corto para ser un TS y, quizás, el ritmo se hace un poco lento para mi gusto en algunas partes, pero por suerte para ti esos son los fallos más remarcables que puedo ver. No he visto grandes agujeros en la trama ni contradicciones, la historia está bien hilada y la escritura facilita una lectura ligera. A lo mejor hay partes que yo hubiese resumido más y otras a las que hubiese dedicado más espacio, pero eso es opinión personal así que tampoco le des mucha importancia.

En cuanto a la ortografía no he visto ninguna falta garrafal, mala puntuación o empleo de palabras, por lo que tampoco te descontaré nota por eso.

En resumen, el diario está bien, pero pierde nota por el tema de la extensión. De todas formas te quedas con un rico 8, creo que te da para obtener todo lo que pides, aclarando que con Mano Certera no falla el golpe pero puede ser bloqueado si el oponente tiene una gran ventaja en cuanto a reflejos o resistencia se refiere.

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Re: Un nuevo rumbo

Mensaje por Julianna M. Shelley el Sáb 9 Sep 2017 - 0:17

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Re: Un nuevo rumbo

Mensaje por Señor Nat el Miér 13 Sep 2017 - 20:02

Hoja actualizada.

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