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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

[TS Balagus 2017] La última cacería

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[TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Balagus el Jue 24 Ago 2017 - 16:39

Mi mirada estudió la pequeña piedra tallada, recogida de las ruinas, cubiertas de vegetación, de lo que, en otro tiempo, debía de haber sido una torre de observación. Terminé arrojándola al suelo con desdén de puro aburrimiento. Sin conocimientos sobre la arqueología ni el más mínimo interés en ella, la verdadera pregunta era por qué supuse que, pretendiendo prestarle suficiente atención, sacaría algo en claro sobre el lugar.

Mi mente divagó de vuelta a las semanas pasadas, a los viajes y correrías con Silver y su extravagante pandilla de aliados. No pude evitar sentir cierta pizca de remordimientos al pensar en que les había dejado de lado en pos de una búsqueda que, por lo pronto, se presentaba poco más que infructuosa.

Inmediatamente me recordé que apenas llevaba unos días allí, sin tan siquiera adentrarme en las profundidades de la isla, y que, en el peor de los casos, el ambiente natural y salvaje reinante era mucho mejor que el que imperaba en el grupo pirata. Especialmente con los elementos de Dharkel y Jish sueltos.

Aferré m hacha y la saqué de la tierra húmeda donde la había dejado enterrada. Firmemente resuelto, me levanté del enorme pedrusco sobre el que había estado sentado y me desperecé.

El horizonte no era más que troncos y follaje. De hecho, sería más correcto afirmar que no existía horizonte alguno, sino una pared de bosque tan espesa y oscura, que el musgo hacía mucho que había dejado de crecer en un solo lado de los árboles. Por suerte, mi propia isla natal no tenía nada que envidiarle a aquella, y aquel tipo de ecosistema era un viejo conocido.

Inicié mi marcha a la espesura, hundiendo mis pesadas botas varios centímetros con cada paso. Aunque desconocía lo que me podía esperar allí, no intenté siquiera avanzar sigilosamente, alerta, ni con el arco preparado. El característico olor reinante se me hacía familiar, reconocible, y confiaba en la capacidad de mi olfato para alertarme de posibles eventualidades.

A la media hora de deambular sin rumbo fijo, mi cerebro ya se había acostumbrado a la información que mi nariz y mis oídos me proveían, y pude enfocarme más hacia la que me ofrecían mis ojos. No tardé mucho en divisar unas llamativas flores rojas que asomaban tímidamente entre los arbustos y raíces a ras de suelo. Intrigado, me arrodillé frente a una y la examiné de cerca.

Aquella pequeña minucia ya era diminuta para los estándares humanos, de manera que a mis ojos parecía poco más que una mota carmesí e insignificante. Eché un vistazo a los alrededores, confirmando que era una planta solitaria, que guardaba bastantes distancias con otros ejemplares. Levanté la vista a las copas de los árboles, y luego la bajé a mi objeto de estudio.

“No llega mucha luz aquí abajo.” Señalé para mis adentros. “Nada más parece capaz de crecer aquí abajo. Y estos colores…”

Conocía los conceptos básicos sobre la coloración de flores: aquellas con tonalidades más llamativas atraían a más insectos y aves para su polinización. Sin embargo, las pocas que se atrevían a florecer por su cuenta, a ras de suelo y sin posibilidad de pasar desapercibidas, solían ser comida de la fauna local mucho antes que las que vivían en los troncos de los árboles o en lo más alto de estos.

Solitaria, llamativa, accesible, expuesta y poco práctica para los animalillos voladores. Aquella pequeña preciosidad tenía todas las papeletas para extinguirse en cuestión de días, pero allí estaba, irguiéndose desafiante.

Si algo sabía sobre las superficies arbóreas de mi isla natal, era que todo aquello que destacase por sus colores, o bien era extremadamente difícil de alcanzar para sus potenciales depredadores, o bien anunciaba a voz en grito que era peligroso.

Fruncí el ceño. No me entusiasmaba que mi primer descubrimiento fuera una amenaza potencial. Clavé mis hachas en el suelo y saqué con lentitud una pequeña bolsa de tripas de animal. Tranquilo al contar con la protección de mis guantes de piel, acerqué un cuchillo al tallo de la flor para cortarla y llevármela, buscando estudiarla más adelante con mejores medios y mayor tranquilidad.

Antes de que el filo entrara en contacto con la pequeña planta, un cambio en el olor en el viento, seguido de un breve gruñido salido de la maleza a mi espalda, me frenó de golpe. Sentí la familiar sensación propia de estar siendo observado por ojos asesinos y, con extremo cuidado, llevé la mano izquierda al arma semienterrada más próxima por ese lado. Muy lentamente, alejé el cuchillo de caza de la flor y comencé a incorporarme para posicionarme mejor.

Y se hizo el silencio. No un silencio normal, como el que se produce ante la ausencia del sonido, sino uno mucho más corto, pesado y premonitorio. Maldije mentalmente, pues todavía no estaba completamente dispuesto para recibir el ataque de una bestia salvaje. Todo lo que me quedaba era esperar al siguiente movimiento de aquello que me acechaba.

Nada, salvo mi instinto y mi experiencia, me alertaron del salto de la criatura: guiado por mi intuición, rodé por el suelo justo a tiempo para ver una mole de pelo con cuatro patas armadas con letales garras y una boca llena de no menos intimidantes dientes.

Sin pensarlo siquiera, levanté los brazos para cubrirme con mis armas y recogí las piernas.  Tan pronto como sentí el peso del enorme animal, tan grande como yo mismo, lancé sendas patadas y dejé que el impulso recibido me balanceara hacia atrás. Mis cuatro extremidades gimieron y protestaron por el terrible esfuerzo, pero obedecieron y pude arrojar al atacante antes de que pudiera afianzar sus uñas en mi piel.

Dando una vuelta entera sobre el suelo, volví a quedarme tendido boca abajo. Sin perder un solo segundo, me incorporé de un salto y localicé mi segunda hacha. Trastabillando, me aproximé a ella y la extraje para, acto seguido, echar a correr varios metros y ganar suficiente ventaja como para enfrentarme a la bestia.

Sin embargo, el depredador, un lobo blanco gigantesco, permaneció en el sitio en el que había sido derribado, enseñando los dientes y sin dejar de gruñir. Tardé unos valiosos segundos en procesar lo que aquello significaba.

Agaché la cabeza y salté hacia delante, justo a tiempo para que mi cuello se apartara por los pelos, literalmente, de la trayectoria de un descomunal espadón curvo y dentado. Tan pronto como recuperé la estabilidad, giré sobre mis talones y levanté la guardia para detener un posible segundo ataque.

La fuerza del golpe sobre el filo de mis hachas me pilló por sorpresa y tuve que retroceder unos pasos para no caerme. Detuve una tercera cuchillada vertical dirigida a mi cabeza, consiguiendo trabar el arma enemiga con las mías.

Por fin pude no sólo ver con lujo de detalles el espadón, detenido a escasos centímetros de mi cara, sino a mi atacante: una figura femenina tosca y de mi mismo tamaño, con una constitución y un tono de piel muy similar a los míos. Un extraño eco, más allá de aquellas similitudes, parecía resonar con insistencia en mi cabeza, como si aquella mujer me fuera familiar.

No tuve más tiempo para darle vueltas a la identidad de mi agresora, pues la creciente presión sobre mi bloqueo me obligó a deshacerlo con un fuerte empujón. Rápidamente inicié una oleada de violentos contraataques en diversas direcciones para hacerme con el control del combate, mas no pude sino observar, impotente, cómo mi enemiga esquivaba o desviaba hábilmente mis acometidas, una a una.

Frustrado, lancé un último ataque frontal en salto con ambas hachas, bramando. La guerrera se hizo a un lado y me propinó un empellón, haciéndome perder el equilibrio definitivamente y derribándome.

Observé, desde el suelo, cómo mi atacante alzaba su espadón para ejecutar el golpe de gracia. En un desesperado intento por retrasar mi fatídico destino, rugí con toda la furia y el volumen que pude reunir. Aquello funcionó, aparentemente, pues la mujer detuvo su hoja en el aire, mostrando un compungido gesto de absoluta sorpresa. Mi cara debió de convertirse en un reflejo bastante exacto de la suya, pues por fin pude verla con claridad y entender que se trataba de mi propia madre.
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Balagus el Jue 24 Ago 2017 - 16:41

El silencio de verdad, el que sí se producía a causa de la ausencia del sonido, pareció no tener paciencia para ascender por medios naturales al trono particular de aquella parte del bosque, y decidió saltarse todos los escalones jerárquicos que mediaban hasta su hipotético trono sonoro. Aunque únicamente para ser destronado segundos después por los gruñidos del lobo gigante que aún nos observaba, sin entender del todo lo que acababa de ocurrir.

- B… ¡Balagus!

- M… ¡Madre!

Devueltos ambos a la realidad como si fuéramos recién nacidos arrancados del vientre materno, nos dimos cuenta de que nuestro cerebro era por completo incapaz de construir frases con sentido sin empezar a balbucir como idiotas.

La semigiganta sacudió la cabeza al darse cuenta de que su mascota aún seguía viéndome como una presa y me tendió una mano para levantarme. Aceptando su ayuda, me incorporé sin dificultad y la miré, intentando encontrar algo que poder decir y que no me dejara en completo ridículo.

Mi madre, no obstante, pareció aclarar y ordenar sus pensamientos antes que yo, y me mandó guardar silencio con un dedo en los labios. Regresando al lado de su fiel lobo blanco, lo acarició y le susurró unas palabras que, aparentemente, lo tranquilizaron de inmediato.

- Dientehielo, has conocido al torpe de mi hijo. –Dijo ella, esta vez más alto para que pudiera escucharla.- Balagus, este es mi querido Dientehielo: mi compañero y amigo fiel desde hace años en las cacerías de criminales.

- ¿Compañero? –Repuse, sorprendido.- ¿Desde hace cuánto? Nunca lo vi en tus regresos a casa.

- Eso es, estúpido, –Respondió ella entre risas.- porque llevas fuera de casa más tiempo del que crees. ¿No recuerdas ya?

Ladeé la cabeza, confundido. Lo cierto es que llevaba ya bastantes años lejos de casa y nunca me había parado a pensar en ello. “¿Cuántos podrán ser ya? ¿Diez? ¿Quizás más? Maldita sea, debí haber llevado la cuenta…”. Tanto pensar debió de reflejarse en expresión, pues mi madre se acercó y me regaló un puñetazo en el hombro seguido de un fuerte abrazo.

- Anda hijo, ven conmigo. No es inteligente que nos quedemos aquí mucho tiempo, y hay mucho de lo que hablar.

Dicho esto, guardó su espadón y llamó a Dientehielo con un silbido. Cansado y resignado por no entender nada de lo que había propiciado aquel encuentro, suspiré y devolví mis hachas a sus correas al final de mi espalda. Apenas di un par de pasos cuando mi madre intervino de improviso, deteniéndome firmemente con su mano en mi hombro.

- Vi morir a tres vagabundos incautos en esta isla tras hacer eso. –Aclaró rápidamente, señalando mi pie derecho, aún en el aire. Al apartarlo, pude ver la pequeña flor carmesí que me había parado a estudiar antes.

Abrí la boca para aclarar que no se trataba más que de una simple planta venenosa, pero la cerré de inmediato, recordando que ella debía de haber hecho acopio de muchos más conocimientos sobre aquel lugar que yo. Incluyendo cosas que se escapaban al sentido común.

Seguí, pues, a mi madre, sin mediar palabra y prestando atención a todos sus movimientos y precauciones, así como a nuestros alrededores. Pisábamos con cuidado y despacio, evitando las flores rojas que nacían cada pocos metros. Casi fuera del alcance del ojo, pude apreciar brevemente un extraño horizonte de troncos y hojas rojizas en la distancia, ocultos tras el resto de vegetación.

Anduvimos durante casi media hora, adentrándonos más y más en la espesura, en busca del refugio de la Cazadora de Malignos de mi tribu. A medida que avanzábamos, pude percatarme del aumento de número de las flores rojas y de la cantidad creciente de ruidos, cantos y gruñidos entre la maleza. Pensé en los horrores a los que la isla podía dar cobijo, y en el servicio que nos hacía el compañero albino de mi madre al ahuyentar las posibles amenazas salvajes locales.

La pequeña cabaña improvisada a base de troncos toscamente talados, haces de ramas y hojas de gran tamaño, daba la impresión de estar a punto de derrumbarse. Semejante aspecto no me preocupaba, pues conocía de primera mano la resistencia y robustez de cualquier construcción realizada por mi gente, por mal aspecto que tuviera.

- ¿Cuánto tiempo se supone que llevas aquí? –Pregunté, con curiosidad, cuando dábamos los últimos pasos hacia el refugio.

- Un año, más o menos. –Respondió mi madre, secamente.- Ven, hay cosas que tienes que saber antes de que hablemos más.

Me detuve unos segundos, mirándola extrañado, pero volví a seguirla rápidamente, confiando en su criterio como siempre en el pasado había hecho.

La cabaña no era muy amplia, pero tenía todo lo necesario para sobrevivir. Las paredes, compuestas de varias capas de hojas y pieles para aislar el interior, se encontraban abarrotadas de bolsas y cestas colgadas, guardando en ellas gran diversidad de hierbas, semillas, hojas, raíces, huesos y tripas secas, hasta el punto de dar la impresión de que toda la estructura podría ceder en cualquier momento. En un rincón, junto a un saco de dormir de pieles cosidas, un hacha, varios cuchillos, lanzas, flechas y un arco se apilaban, desordenados y cubiertos por una red metálica. Un caparazón de tortuga, sujeto en otra esquina de la estancia, contenía todavía un poco de agua, posiblemente de lluvia.

Además del saco y la pila de armas, en el suelo también podía verse una bandeja de madera con unos cuencos y un cuchillo que parecía más para cazar y desollar que para comer. Algunas placas metálicas de recambio para armadura permanecían dispersas por aquí y por allí, y al menos conté dos grandes piezas protectoras diferentes de cuero grueso en otra esquina. Sobre la tierra húmeda y blanda, una capa de pieles y hojas cerraba el aislamiento con bastante eficacia.

Antes de adentrarme en la choza, pude ver también los restos de una fogata y varios utensilios de cocina, así como otro caparazón de tortuga dispuesto sobre un soporte primitivo para acumular agua de lluvia y de los árboles.

“Parece que se lo ha montado todo muy bien. Me pregunto qué habrá venido a cazar aquí.”

Durante mi niñez, en ocasiones había pensado que mi madre podía haber sido una mujer sabia inigualable para la tribu, pues a menudo hacía gala de poder “leerme la mente” y saber lo que estaba pensando antes de que lo dijera. Con los años, comprendí que aquella capacidad no era verdadera magia, sino experiencia y maña mental. Con todo, la conversación que estaba a punto de acontecer me recordó demasiado a aquellos ingenuos años.

- Verás, Balagus… -Comenzó a explicar ella, una vez nos sentamos ambos en el suelo de su refugio. A la luz de las lámparas y velas de grasa animal que tenía encendidas, pude apreciar cuánto había envejecido y cambiado su rostro desde la última vez que la vi.- Comprendo que estás en mitad de tu búsqueda de transición hasta tu madurez como guerrero, y tengo en cuenta lo difícil y exigente que puede ser esta prueba para ti, y los años que puedes dedicar aún en ella, pero… -Por un momento vaciló, buscando las palabras exactas que decir. El ver a mi madre en aquella situación por primera vez me puso muy, muy nervioso.- Pero necesito que salgas de esta isla lo antes posible.

Parpadeé lentamente, sin terminar de creerme lo que acababa de oír. Miré fijamente a mi madre y ambos guardamos silencio durante varios segundos interminables.

- No. –Respondí, secamente.- [/i]No voy a renunciar a esta parte de mi viaje, ni a reencontrarme contigo, por… lo que sea que te tiene tan nerviosa, y que ni siquiera te atreves a explicarme. [/i]

La semigiganta me mantuvo la mirada durante varios segundos más. Aquellos intercambios eran comunes cuando mi gente tenía que zanjar una diferencia de opiniones sin recurrir al combate por honor. Los más experimentados de los míos habían aprendido a leer la verdad en los ojos y en la presencia del otro.

En nuestro caso, la fuerza espiritual para conocer las intenciones de los demás me servía de ayuda extra, al igual que, sospechaba, servía a mi madre.

Y sin hacer apenas uso de ese poder, podía sentir la inseguridad de la mujer con facilidad. Por otro lado, yo puse todo mi empeño en enterrarla bajo mi testarudez, mi orgullo y mi confianza.

- Es la caza lo que me ha traído aquí. –Dijo ella al fin.

En silencio, respondí con un simple asentimiento. Perseguir a los traidores y criminales exiliados de la tribu era un trabajo exigente, que tomaba largos períodos de tiempo para el Cazador de Malignos y lo alejaba por muchos kilómetros, en el mejor de los casos. Esto significaba que, al tener que realizar tantos sacrificios, la misión y su éxito se convertía también en un asunto de honor.

- Pero eso ya lo suponías, claro. –Aclaró.

En mi madre pude entrever la división que batallaba en su interior: por un lado parecía querer dejarme participar con ella en la caza, disfrutar de mi compañía durante algún tiempo y, en general, cumplir con el papel de progenitora que se le había negado hace tanto. Por el otro, su deber para con la caza no le dejaba aceptar ayuda de otros en su solitaria misión, y, antes de nada, necesitaba estar segura de mis posibilidades ante semejante reto.

De repente, la Cazadora de Malignos alzó los ojos hacia mí, estudiándome con una mirada severa y penetrante. Erguí la espalda lo mejor que pude y enfoqué mi postura y disposición mental para ofrecer lo mejor de mí ante el crítico escrutinio que, presumiblemente, decantaría la balanza a mi favor o en mi contra.

- Tienes esa maldita fuerza y testarudez de tu padre. –Sentenció mi madre.- Y mi absoluta despreocupación por las reglas y los tabús. Te lo contaré todo, pero consigamos algo de comida antes.

Asentí, y procedimos a prepararnos para salir a cazar a algún animal. Mientras que nos adentrábamos de nuevo en el bosque circundante, pude aprovechar para pensar en los acontecimientos que habían desembocado en la situación actual, y en cómo me podían ayudar a descubrir en qué andaba metida mi madre.

“Me atacó. Confundiéndome con su objetivo, o un peligro potencial. Su presa será uno de los nuestros, de Little Garden. Pero claro, ese es precisamente su trabajo…”

Gruñí, insatisfecho con las obviedades que había descubierto. Habría seguido cavilando con gusto, pero la Cazadora me ordenó proceder con cautela. Delante de nosotros, entre los árboles, se abría el escenario de una cacería anterior a la nuestra: una osa parda inmensa, tan grande como para equipararse a nosotros, yacía muerta y destripada, con los cadáveres de dos bestias que no pude identificar a su alrededor, así como el de un pequeño osezno del tamaño de un perro humano adulto.

Despacio y en silencio, inspeccionamos los alrededores, buscando posibles supervivientes a la carnicería. Al pasar junto al cuerpo sin vida de la osa, dediqué unos segundos rápidos a investigarlo para conocer mejor así la naturaleza de los atacantes. Lo único que conseguí sacar en claro de las heridas y entrañas, vacías y revueltas, fue una imagen mental de las garras, fauces y fuerza de los depredadores, así como de la voracidad con la que habían dado cuenta de la presa.

Los gestos de mi madre, instándome a no quedarme atrás, me sacaron de la inspección. Con un par de zancadas, volví a ponerme a su altura, con el arco por delante, hasta encontrar otro osezno muerto.

A escasos cien metros, un tercer huérfano yacía sin vida entre las raíces. A esas alturas, ambos semigigantes éramos capaces de oír un murmullo no muy lejano, reconocible como un carnívoro alimentándose salvajemente.

Mi madre y yo nos miramos, y ella, con un gesto, me dio todas las instrucciones necesarias para proceder. Levantando yo mi arco, y la Cazadora sus lanzas de acero y hueso, superamos la última muralla de árboles y hojas para enfrentarnos a la criatura asesina.

Un ser horrendo y fiero, diferente por completo a cualquier otra bestia que hubiera visto antes, se daba un sangriento festín con el último de los oseznos atrapados. Un quinto, visiblemente herido e inmóvil, gruñía y lanzaba inútiles zarpazos y mordiscos al asesino de su familia.

Tan pronto como el depredador se dio cuenta de nuestra presencia, se encontró de frente con una flecha de gran tamaño en una pata delantera y una lanza aún mayor en su costado. Sin embargo, y a pesar de la gravedad de asalto recibido, respondió con un feroz rugido y una carga frontal hacia nosotros.

Volvimos a atacar con una segunda salva de proyectiles, pero que fue hábilmente sorteada por el animal. La velocidad que demostró al cubrir los metros que nos separaban de ella nos impidió preparar un tercer asalto o recurrir a nuestras armas cuerpo a cuerpo.

El predador saltó, buscando mi yugular, mas fue otra veloz masa de pelo y brutalidad la que le alcanzó antes, derribándolo en mitad del aire y aprisionándolo en el suelo mientras lo despiezaba sin piedad.

Aquel acto fue la única muestra que necesité para dejar atrás mis diferencias con Dientehielo y confiar plenamente en él.

- Alto, amigo mío. –Le detuvo su dueña, rápidamente.- Los medustiers serán feos, pero su carne es buena y se puede comer. Éste será nuestra cena, podrás cebarte con los dos ya muertos de ahí atrás.

El lobo gigante gimió y bajó la cabeza en señal de protesta, pero obedeció al momento.

Cuando nos acercamos al cadáver de la bestia, no pude evitar fijarme en el pequeño osezno sobreviviente. Herido, huérfano y desangrándose, no tardaría mucho en caer en las fauces de algún otro morador de la isla. Y a pesar de su fatal sino, no se ahorraba en gruñidos y muestras de hostilidad hacia nosotros.

Sin vacilar, me acerqué a la pequeña criatura y la recogí con una mano, permitiendo que me mordiera y arañara tanto como deseara con sus débiles dientes y garras. Acto seguido, procedí a ayudar a mi madre, quien preparaba la pieza de nuestra cacería para su transporte y posterior desmembramiento.

- ¿Te traes a ese pequeño? –Preguntó intrigada, estudiando al susodicho con la mirada.- No me parece que tenga mucha carne aprovechable…

- Y no la tendrá. –Repliqué.- Voy a darle otra oportunidad a este amiguito y a enseñarle a ser un compañero para mí como Dientehielo para ti.

La semigiganta sonrió, complacida por mi iniciativa, y ambos regresamos a la cabaña. Tras disfrutar de la comida y de algo de conversación intrascendente, curamos las heridas del osezno, que resultó ser una hembra, la alimentamos y la dejamos descansar cerca de nosotros dentro del refugio.

- De todas mis misiones, esta es, precisamente, en la que menos querría que hubieras interferido. –Comenzó a explicarse mi madre cuando hubimos terminado todo lo demás.- El criminal, en esta ocasión, es alguien a quien conoces: Gazhem

- ¿Gazhem? –Repetí como un loro estúpido, alzando la voz por la sorpresa repentina.- ¿El nieto del chamán de la tribu?

- Del difunto chamán de la tribu. –Puntualizó.- Fue asesinado poco antes de que su nieto abandonara la isla.

- Y sospecháis de él. –Concluí, digiriendo lentamente la noticia.- ¿Cómo ocurrió? ¿Qué creéis que le llevaría a hacer eso?

- Lo desconozco. Te mentiría si te dijera que la suerte y las razones de ese arrogante desgraciado me importan lo más mínimo. Lo que sí sabemos es que una mujer de la tribu oyó ruidos extraños en la tienda del chamán, y cuando fue a comprobarlo se encontró con Gazhem, manchado de sangre, frente al cuerpo de su abuelo.

+ Por si la escena no fuera suficiente, el maldito trató de perseguir a la que le descubrió. Por suerte, no consiguió darla, alcance y tuvo que marcharse a toda prisa. Yo tardé en llegar unas semanas, y para entonces los guerreros cazadores le habían perdido la pista en la costa.

+ Cuando conseguí reunir suficiente información, pude encontrar de nuevo su rastro y reanudar la persecución, incluso a través del Calm Belt, hasta acorralarle en este peligroso pedazo de tierra.

Terminado el relato de mi madre, me froté la barbilla y la prominente mandíbula inferior con la mano. El tacto rasposo de la barba de varias semanas me reconfortó mientras encajaba cada pieza del rompecabezas que eran las recientes revelaciones. Por fin entendía las reticencias de la Cazadora a hacerme partícipe de su misión, y cuánto podía afectar mi presencia al éxito o al fracaso de la misma.

- Entonces dices que ya está en esta isla, ¿verdad? –Dije, al fin. La semigiganta asintió como respuesta.- Si es así, te ayudaré a buscarlo, y te seguiré si vuelve a escapar. Cuando demos con él, te dejaré hacer tu trabajo sin intervenir. Al fin y al cabo, lo conozco más que tú y podría servirte para dar con él.

Mi pasado con Gazhem distaba mucho de ser agradable para ambos, pero eso no quería decir que no fuera a emplear cualquier sucio truco para sobrevivir, incluyendo el apelar a dicho pasado juntos.

- A cambio, -Proseguí.- Quiero que me entrenes. Que me ayudes a mejorar como guerrero.

La Cazadora entendió de inmediato las intenciones disfrazadas bajo mi propuesta de mejorar mi físico y mi técnica, y sonrió ante la posibilidad de ejercer, por fin, como la madre y tutora que nunca pudo ser.

- Eres un sucio y asqueroso estafador, ¿lo sabías, hijo? Imagino que no tengo otra opción.

Ambos nos reímos, satisfechos con la resolución final y con el prometedor futuro que se nos ponía por delante. Continuamos contándonos historias el uno al otro mientras dábamos buena cuenta de una gran botella de ron que traje del barco de Silver hasta bien entrada la noche.
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Balagus el Jue 24 Ago 2017 - 16:42

Al día siguiente nos despertamos temprano, desayunamos algo de pan y carne seca, y comenzamos el entrenamiento y la búsqueda por la espesura.

Inicialmente, mi madre me enseñó a moverme por el entorno y a identificar más plantas peligrosas. La letalidad de las flores rojas parecía radicar en su capacidad para, tras sufrir algún desperfecto, llenar el aire de una sustancia alucinógena indetectable que, a la larga, resultaba ser mortal. Cuando la pregunté por cómo había conseguido tal información si no había forma de detectar la sustancia ni de evitarla después de que esta fuera rociada, se limitó a reírse y mencionar que no tenía por qué haber sido ella la víctima.

La fauna de la isla también tenía su complicación, pues era inmune a las susodichas alucinaciones y los enfrentamientos contra ella podían provocar la temida reacción en cadena. Por añadido, dichos animales y depredadores demostraban una fuerza y fiereza increíble, muy superiores a las que yo conocía.

La pequeña osezna rescatada era una prueba viviente de ello, pues incluso tras curarla y alimentarla, tardé varias semanas en ganarme mínimamente su confianza y aceptación. No fueron pocas las heridas y arañazos que recibí en ese tiempo por parte de la criatura, ni pocas las pieles y cueros que fueron rasgadas por su rebeldía.

Mi madre y su lobo me ayudaron a la tarea con la cría de oso pardo, a la que eventualmente llamé Misha, y, tan pronto como ella empezó a confiar en mí, yo comencé a llevarla a nuestras cacerías y patrullas a través de la espesura. En cuestión de meses, su envergadura fue creciendo exponencialmente a medida que dejaba atrás su juventud.

Pero si hubo algo cuya dureza realmente subestimé, fue el entrenamiento al que iba a ser sometido a petición propia. Las fuerzas espirituales, con las que me familiarizó el chamán años atrás, y que se conocían comúnmente como Hakis, resultaron ser mucho más complicadas de desarrollar y dominar a niveles más avanzados de lo que yo había llegado a imaginar.

Por una parte, mi madre me sometió a duros regímenes de combates sin armas, muy similares a los que mantuve en mi juventud temprana con mi padre, mientras me instaba a usar el haki de armadura para cubrirme y atacar. Por la otra, intentamos mejorar mi entendimiento y manejo del haki de observación realizando expediciones a ciegas al bosque a la hora de cazar mi almuerzo.

Los primeros meses fueron terribles: los dolores musculares, los huesos rotos y los días sin comer por los fracasos de mi haki me sirvieron de incentivo para forzarme a mejorar. Adicionalmente, mi madre decidió añadir una cruel, pero sumamente efectivo para mi sorpresa, presión extra, al obligarme a alimentar a Misha con los frutos de mis propias cacerías.

Y, encuadrando todos aquellos exigentes entrenamientos diarios, ambos continuamos explorando las profundidades de la isla, buscando indicios de Gazhem. En varias ocasiones logramos dar con restos recientes e inequívocos de sus campamentos, renovando nuestras esperanzas de encontrarlo, a pesar del tiempo que fue pasando y de la posibilidad nada remota de que el prófugo lograr aprovechar un descuido para escabullirse.

Todos los días patrullábamos tres veces la única playa abierta de la isla, realizando seis turnos en total a lo largo de las veinticuatro horas del día y de la noche. Sin embargo, no dar con nuestro objetivo pero sí con las huellas de su presencia me embargaba de esperanza y frustración a partes iguales.

- Es una prueba, Balagus. –Me explicó mi madre, al poco de haber pasado un año y tras presenciar mi mayor arranque de rabia en aquel tiempo.- Cuanto más difícil es la presa, más paciente ha de ser el cazador. Cuando envejezcas, te darás cuenta de que tus objetivos se volverán más y más esquivos. Si quieres dar con ellos y asegurarte cobrar tu pieza, necesitarás armarte de tranquilidad, paciencia y mesura. Créeme: llevo muchos años dando caza a algunas de las presas más astutas y peligrosas en el mundo.

Ese mismo día descargué mi negatividad en un brutal intercambio de puñetazos con la mujer, gracias a lo cual mi haki cobró mayor fuerza y consistencia, y yo logré sobreponerme a sus superiores habilidades y experiencia. Por la tarde permanecí reflexionando en la lección recibida mientras atendía a la ya no tan pequeña osa, hasta que me sentí suficientemente calmado como para salir a cazar con las restricciones típicas del entrenamiento.

Aquella noche, Misha y yo cenamos más que mi madre y Dientehielo.

Aquel fue el punto de inflexión en mi larga estancia en la isla: los, en ocasiones pedantes, discursos de mi progenitora comenzaron a tomar otro cariz mucho más útil y sensato. Cada sesión de fortalecimiento, de caza y de combate me revelaba nuevos matices que antes no tomaba en cuenta. Y cada nueva expedición que realizaba me daba la impresión de estar más cerca de Gazhem, y de las respuestas que ansiaba.

El día siguiente a aquel suceso, mi madre decidió observar mi estilo de lucha mientras rememoraba algunas de sus aventuras, intentando buscar alguna forma de mejorar mi técnica. Aparentemente funcionó, pues al cabo de unos minutos se detuvo y se levantó del tronco caído desde el que me había estudiado.

- Creo que hay algo, aunque va a sonar muy descabellado. –Comenzó.- Hace unos años, atrapé a un esclavista proveniente de alguna tierra lejana y rara. Aquel tipo lanzaba una especie de palo plano y curvo que volvía a su mano de alguna manera. Tal vez podamos aprovechar tu forma de empuñar las hachas, tu puntería y su tamaño para…

- ¿Haces esto porque te aburres y te quieres reír de mí, o sólo es que nos hemos quedado finalmente sin ideas con sentido? –Repliqué, deduciendo sus intenciones.

- ¡Maldita sea, haz el favor de escucharme! –Imprecó, sin poder evitar reírse.- Estoy segura de que podemos conseguir algo así. Tú confía en mí, e intentemos darle cierta trayectoria al hacha al lanzarla…

Por supuesto, no lo conseguimos. Al menos no al principio, pero tras numerosos intentos fallidos, comenzamos a entender cómo funcionaba la aerodinámica de mis propias armas y cómo podíamos aprovecharla para conseguir nuestra meta. Al cabo de un tiempo, logramos alterar la trayectoria que estas tomaban hasta el punto de obligarlas a efectuar giros muy pronunciados, mas nunca que regresaran a mi mano.

Los meses continuaron pasando, mi fuerza y conocimientos siguieron aumentando y la osa parda no dejó de crecer hasta alcanzar un tamaño similar al de una osa corriente adulta, en teoría menor al que se suponía que debía alcanzar. Ya se contaban dos años desde mi llegada a la isla y mi primer enfrentamiento fortuito con mi propia madre, y ambos habíamos intercambiado un sinfín de vivencias durante aquel tiempo que, con todo, nos pareció demasiado corto.

De una forma u otra, cada momento compartido fue una inolvidable experiencia, con las que buscamos suplir todos aquellos años de carencias, causadas por el papel que la semigiganta había desempeñado en la tribu. En mi fuero interno, deseaba de todo corazón prolongar aquella situación todo el tiempo posible, si bien sabía de sobra que semejante egoísmo no sería bueno para nadie, y podría suponer la desaparición de nuestro fugitivo.

Alguien que, aparentemente, estaba a punto de ser encontrado. En las últimas semanas habíamos cerrado la búsqueda alrededor de la región más peligrosa de la gran extensión arbórea. Desgraciadamente la mayoría de los caminos transitables a aquella área se habían convertido en los nidos de los depredadores desde hace algunos meses, y sólo una estrecha franja a través del centro de la isla era ahora segura para viajar.

- Es peligroso, pero dudo que tengamos otra opción mejor. –Señaló mi madre.

- ¿Y por qué es eso? –Pregunté, intrigado.

- Porque en lo más profundo del profundo bosque, donde los árboles se tornan rojos, las flores alucinógenas son mucho más comunes y difíciles de ver. Es casi imposible pasar por ahí sin sucumbir a ellas, menos aún para gente de nuestro tamaño.

En mi acostumbrada posición pensativa, empecé a dar vueltas a las alternativas que teníamos por delante para no morir como idiotas. Tras unos minutos frotándome la barbilla con la mano, sonreí ampliamente.

Bajo la extrañada mirada de mi madre, salí de la cabaña y me acerqué a Misha. La idea que tenía en mente podía ser no tan infalible como en un principio se me había antojado, pero sí resultaba una opción mucho más factible que nuestro plan actual.

- Escucha, pequeña Misha, -Me dirigí a ella con el cariñoso apelativo con el que la había llamado desde que le puse su nombre.- Necesito que me muestres un camino.

La osa me miró con una mezcla de confusión y curiosidad. Yo sabía perfectamente que era capaz de entenderme, al menos parcialmente, así que asumí su mirada como una muestra de incomprensión hacia mi petición y empecé a dibujar en el suelo con el mango de mis hachas, a medida que le explicaba mis maquinaciones mediante conceptos simples.

Cuando hube terminado, la osa bufó con aprobación y bramó suavemente mientras se frotaba contra mi brazo. Con una amplia sonrisa, me volví hacia mi madre, que también había empezado a comprender mis intenciones.

- Muy inteligente. –Me concedió.- Al ser esta la isla en la que ha nacido, vas usar los conocimientos de Misha para buscar la mejor ruta a través del bosque que nos lleve entre las zonas de los depredadores, las murallas derruidas y el área central sin llegar a adentrarnos en ninguna de ellas. Muy astuto, sí, pero, ¿has pensado en la posibilidad de que ella, siendo tan joven, pudiera no haber pasado nunca siquiera por esas rutas?

- He pensado en varias cosas en este rato, pero no en otra forma de llegar al otro lado de la isla mejor. –Repliqué bruscamente.- Si tienes alguna idea maravillosa, como una catapulta bien grande y la forma de no convertirnos en manchas sangrientas al despeñarnos, agradecería que la compartieras.

- Pues es una lástima no tener de esas a mano ahora. Me gustaría verte volar.

Ambos nos reímos. Aquellos intercambios de puyas comenzaban a parecerse demasiado a los que mantenían mis padres, y eso me preocupaba y animaba por igual.

En la cabaña, nos armamos y preparamos para el viaje y nos reunimos con nuestros respectivos animales en el exterior. Intentando no pensar en la división interna que me había carcomido durante casi toda mi estancia, acaricié cariñosamente a la osa, indicándole que me siguiera, y me puse a la altura del paso de mi madre con un par de largas zancadas.

Con la seguridad que nos daba el haber vivido dos años seguidos allí, avanzamos por el bosque a buena velocidad, evitando los carnívoros gracias a Dientehielo y encontrando las rutas con menos flores gracias a Misha.

En dos ocasiones, no obstante, tuvimos que enfrentarnos a varios animales salvajes de los cuales uno llegó a sorprenderme: un lobo gigante negro, muy similar al de mi madre, pero con un aspecto mucho más horrible y monstruoso. La semigigante pareció reconocerlo tras arrancarle una lanza del vientre, tras lo cual se mostró mucho más cauta e inquieta.

- Estos seres son muy raros y peligrosos. –Explicó.- Y no son naturales de aquí, eso desde luego. Dudo mucho que éste fuera de Gazhem, pero alguien lo ha tenido que traer aquí. Mantén los ojos abiertos, no me gusta nada el cariz de todo esto.

Asentí, consciente de que mi madre no se preocupaba en balde, y le transmití a Misha las nuevas precauciones a tomar con una breve serie de palabras y gestos. La osa lo entendió rápidamente, y ambos pasamos a ocupar el liderazgo de la expedición tan pronto como comenzamos a acercarnos a las arboledas carmesíes.

Nuestra marcha se volvió drásticamente lenta a medida que pasamos a preocuparnos más por las flores del suelo que por la fauna local. Mi madre y su lobo parecían moverse, como de costumbre, con escaso esfuerzo entre el peligroso campo de minas vegetales, pero Misha medía con extrema precisión cada paso que daba y yo tuve que hacer uso del haki observador en varias ocasiones para pisar con seguridad.

Noté el sudor cayendo por mi frente, el corazón latiéndome con fuerza y la respiración resonando como si los árboles tuvieran eco propio. De pronto, toda la confianza que me había invadido al salir de la cabaña, y que se había visto reforzada tras las refriegas con las fieras, se esfumó según nos imaginaba a los cuatro muriendo entre alucinaciones paranoicas.

En cuanto hube asegurado mi posición con el siguiente paso, me planté en el sitio sin moverme lo más mínimo. Necesitaba tranquilizarme con urgencia. La agitación que me invadía no podía acabar sino en el estrepitoso y fatal fracaso, no sólo de toda la misión, sino de nuestras mismas vidas.

Controlé mi respiración. Relajé mis músculos y centré mis sentidos en el entorno, cerrando los ojos. Oí la voz de mi madre llamándome por mi nombre y preguntando qué ocurría. Acaricié el morro de Misha, que también parecía interesada en mi situación. El tacto del pelaje de la osa, y su sincera y amable preocupación, me llenaron de una agradable y cálida sensación de calma.

Abrí los ojos y tomé aire profundamente por la nariz, llenando mis pulmones hasta su límite. Por primera vez en mucho tiempo, quizás en toda mi vida, sentí un auténtico vínculo con la naturaleza y con la energía de todo lo que me rodeaba.

Sin dudarlo, me guardé en la espalda el arco que portaba, me cargué a la osa a los hombros, y lancé una zancada firme hacia el frente. Inmediatamente adelanté la otra pierna, y acto seguido lo repetí. Mi madre gritó, horrorizada, ante lo que, de seguro, debía ser la más alocada de las decisiones desde cualquier punto de vista con lógica.

Las palabras llegaron a mis oídos antes siquiera de que salieran de la boca de la semigigante, sonando como si alguien hubiera rebajado la velocidad a la que se desarrollaba la realidad. Mi joven compañera animal, sin embargo, no pareció alterarse lo más mínimo, notando la firmeza de mi carrera y mi pulso constante.

Los árboles comenzaron a pasar a mis lados a más y más velocidad. De alguna forma, no parecía como si me estuviera dedicando a evitar deliberadamente las flores y los troncos que se cruzaban en mi camino, sino que, más bien, estos parecían no estar nunca en el mismo espacio en el que me encontraba yo.

En mi mente, la ruta aparecía clara y nítida, como si se tratara de un sendero luminoso en mitad de la noche. En aquel momento, no comprendía cómo era que ocurría semejante prodigio y qué había hecho yo para facilitarlo, pero mi instinto me gritaba que no aflojara el paso hasta que mi visión habitual regresara o mis piernas me fallaran.

Y así hice. Durante varios minutos, no disminuí la frecuencia con la que ponía una pierna por delante de la otra, si acaso no la aceleré sin darme cuenta. El peso de Misha me mantenía encorvado, lo que, a su vez, me servía para ganar algo de ritmo. Las ramas a baja y media altura, de igual manera que otros obstáculos, nunca parecían querer en mi camino, y las mejores raíces y piedras en el suelo surgían para mis pies, como abriéndome paso gentilmente.

Fui consciente, aunque vagamente, de haber traspasado la zona de árboles rojos y junto a un par de viejas estructuras derruidas. Cuando, finalmente, mi aliento comenzó a fallarme, y mis sentidos dejaron de ver la ruta segura con claridad, deceleré con rapidez hasta detenerme en seco.

La osa que todavía sujetaba a mis hombros, de la que casi me había olvidado ya, aun pesando la mitad que yo, si no más, me lamió detrás de la oreja con su áspera lengua, intentando llamar mi atención.

Inspeccioné los alrededores mientras recuperaba el aliento agitadamente. Tras comprobar que la zona estaba más o menos libre de flores, recliné las piernas y dejé caer suavemente a mi compañera, al tiempo que yo terminaba de sentarme sobre los restos de una ruina próxima.

Desconocía cuánta distancia había cubierto en aquel lapso de tiempo, pero a juzgar por el entorno, parecía ser bastante. Mi madre, si encontraba la manera de localizarme, tardaría todavía en llegar, así que decidí relajarme y descansar, recostándome sobre la roca y masticando un buen trozo de cecina seca guardada en mis bolsas. Misha, por su parte, prefirió dar un pequeño paseo por las cercanías, dando buena cuenta de las bayas comestibles que se encontraba, y hasta de una alimaña que logró sacar a la fuerza de su madriguera.

Tras un rato, que a mí se me antojó exageradamente corto, pude ver a la semigiganta atravesando la maleza con rapidez, seguida de Dientehielo. Parecía tan cansada como yo, y mucho más preocupada. Por su gesto, de hecho, casi parecía que estuviera a punto de pegarme una paliza desmedida tan pronto como alcanzó mi lugar de descanso.

- Vuelve a hacer eso y… y te romperé yo misma la… las piernas y la cabeza. –Consiguió advertirme con toda la severidad que su respiración agitada y entrecortada le permitían.

- Oh, venga. Conseguí salir de ese campo de muerte. –Repliqué, defendiéndome.- ¿Lo habrías hecho mejor tú, acaso?

Como respuesta, un merecido puñetazo me golpeó directamente en la sien, propagándome un doloroso calambre a lo largo de toda la cabeza.

- Por lo menos no habrías estado a punto de causarle un infarto a tu madre. Seguro que te has salido de la ruta que te indicaba Misha.

- Lo dudo mucho. –Me froté la zona agredida, tratando de calmarla.- Ella me habría avisado si lo hubiera hecho. ¿Verdad que sí, pequeña?

La aludida demostró su conformidad con mis palabras con un animoso gruñido, al tiempo que se levantaba sobre sus patas traseras. Sonreí con superioridad y volví a apoyar la espalda en el duro e incómodo lecho de piedras ruinosas, esperando a que la Cazadora recuperase sus fuerzas.

- ¿Y cómo conseguiste dar conmigo? –Me interesé en cuanto nos levantamos para reanudar la marcha.

- Eso fue fácil. –Explicó.- Dientehielo encontró tu rastro con bastante facilidad, pero seguirte…

Dejé salir una fuerte risotada ante el grave gesto de la mujer. Me sentía vivo y lleno de energía, incapaz de perder más tiempo allí sentado y con más ganas que nunca de desvelar las razones que habían llevado a Gazhem a convertirse en un proscrito.

La Cazadora trepó a una atalaya en ruinas y oteó el horizonte. Tras unos minutos, regresó confirmando que estábamos en la zona correcta, la cual no tardó en marcar en los mapas que ella misma había trazado y que trajimos con nosotros.

Con unos pequeños gestos e intercambios de palabras, nos dividimos las áreas a rastrear, nos dividimos unos reclamos animales para avisarnos caso de encontrar a nuestro objetivo u otras dificultades, e iniciamos la última fase de la búsqueda echando a andar en direcciones opuestas.

Usando mis habilidades de caza y de rastreo, y ayudado por los sentidos de mi compañera animal, no tardé en dar con numerosas evidencias del paso de Gazhem por la zona: fogatas apagadas y recogidas, parches de plantas aplastadas o arrancadas e, incluso, restos dispersos de cabañas improvisadas, similares a la que habíamos ocupado nosotros hasta hace poco.

Con cada nuevo campamento encontrado, pude comprobar cómo me acercaba, metro a metro, a la posición de la presa. El nieto de Aghem sabía que se le estaba dando caza y que el círculo se cerraba, y eso se hacía evidente en cómo, aun habiendo sido entrenado como cazador guerrero, empezaba a cometer errores estúpidos a la hora de cubrir su rastro.

Eso, o contaba con alguna ayuda exterior que le daba suficiente seguridad como para no preocuparse en absoluto por sus perseguidores. La idea me parecía demasiado remota como para ser verdad, pero no podía negar que era una eventualidad muy incómoda.

“Improbable, no imposible.” Pensé amargamente.

De improviso, y habiendo cumplido sólo una hora aproximada tras separarme de mi madre, tuve que contener la respiración, detener a Misha con una mano en el morro y agazaparme entre la maleza, pues a escasos veinte metros permanecía Gazhem, devorando a bocados un generoso bocata con un filete asado al fuego.

El semigigante, al que no veía desde hace casi tantos años como a mi propia madre, levantó brevemente la vista en cuanto me detuve, como si hubiera escuchado mis movimientos. Al cabo de unos momentos, pareció convencerse de que sólo habría sido algún animal y regresó a su almuerzo.

Con extremo cuidado, cargué una flecha en mi arco y pensé en utilizar el reclamo, tallado por mi madre para imitar las llamadas de uno de los animales autóctonos, pero decidí tomar otro curso de acción: uno con el que pudiera satisfacer mi curiosidad.

Tensé el arco y lo levanté, dejando la punta del proyectil apuntando hacia las piernas del semigigante. Me encontré con la barbilla temblando por la tensión, amenazando a extender la inseguridad a los brazos y las piernas. Tragué saliva y aire, conteniendo mis nervios y centrándome en mi objetivo. Entrecerré los ojos y solté la flecha.

El disparo salió volando, a toda velocidad, pero muy por encima de su destino. Centrado en no errar el único tiro del que dispondría y en qué haría una vez hubiera inmovilizado a mi viejo conocido, no detecté ni la agitación de Misha, ni la presencia, cada vez más próxima, de un enorme lobo negro como aquellos que nos encontramos antes. Sin posibilidad para evitarla, la bestia se lanzó sobre mí y se sacó brutalmente de mi escondite, apresándome con su peso en la espalda y su mandíbula en el cuello.

Tan pronto como intenté revolverme contra la criatura, otras dos surgieron de la espesura y se unieron a su compañero para asegurarse. Frenéticamente, intenté alcanzar mis hachas mientras me retorcía todo lo posible para evitar que las fauces pudieran cerrarse definitivamente sobre la base de mi columna. Hasta que una bota en el cráneo me obligó a detenerme.

- Vaya, vaya. Quién me iba a decir que serías tú el que me encontraría aquí.

La asquerosa arrogancia en la voz de Gazhem me hizo apretar los dientes con rabia. A mis espaldas, pude oír a mi pequeña amiga animal correr y gruñir, huyendo de lo que, supuse, eran más lobos gigantes persiguiéndola.

La boca de la bestia que me inmovilizaba se retiró, y una manaza me retiró la capucha de piel que llevaba, para acto seguido agarrarme del abundante y recio pelo. Al alzarme la cara hasta poder mirar a la suya, pude finalmente apreciar los cambios que los últimos años habían dejado en la cara del nieto del chamán.

Varias cicatrices, con un aspecto bastante feo, cruzaban su rostro en distintas direcciones. Sus colmillos prominentes, similares a los míos y tan raros de encontrar entre nuestra gente, mostraban evidencias de haber sufrido numerosas inclemencias, y hasta daños claramente intencionados. Su musculatura también había aumentado sensiblemente y, al igual que cuando le conocí, mantenía su cabeza perfectamente rapada y una barba corta y desaliñada.

Sin embargo, fueron sus ojos lo que más me llamó la atención: su mirada, aunque con la misma energía fogosa que años atrás, ahora centelleaban de una manera inquietante que no supe explicar y que, de alguna manera, fue suficiente para confirmarme la versión de los hechos que había descrito mi madre.

- Y dime, Balagus. –Comenzó, casi escupiendo mi nombre.- ¿Dónde está esa zorra asquerosa de la Cazadora de Malignos? Sé que anda detrás de mí, y que no debe de haberse alejado mucho si tú has dado conmigo.

- No lo sé. –Repliqué, mirándole gélidamente a los ojos.- Nos separamos para cubrir más terreno. Tal vez esté a kilómetros de distancia.

- No sé por qué, -Gruñó Gazhem, acercando su cara a centímetros de la mía.- Pero no te creo. Y no estás en condiciones de mentirme, pequeña alimaña.

De pronto, y aprovechando su descuido, lancé un poderoso cabezazo directamente a la nariz de mi viejo conocido, forzándole a soltar mi dolorida pelambrera y retroceder, aturdido. De inmediato, y cogiéndonos por sorpresa a todos, Misha apareció a la carrera desde una mata de vegetación próxima, arrojándose sobre dos de las bestias que me retenían.

Con el peso que lastraba mi espalda sensiblemente aliviado, pude apoyar los pies en tierra y usar toda mi fuerza para lanzar a la tercera criatura por los aires, ganándome con ello también las dolorosas marcas de sus garras en la espalda.

Sin perder un segundo, solté las hachas de sus correas y cargué contra el renegado, que ya se recuperaba y se apresuraba a recoger su propia arma, otra hacha de dos manos, para defenderse.

El choque fue brutal, y ambos nos encontramos de nuevo, cara a cara, intercambiando sendas miradas furibundas.

- ¡Dímelo! –Bramé, furioso.- ¡Dime la verdad!

El semigigante empujó con su gigantesca hacha y deshizo el bloqueo. A mis espaldas pude oír el combate desigual que Misha encaraba con increíble valor.

- ¿Y por qué habría de hacerlo? –Respondió, con el mismo volumen.- ¡Al fin y al cabo, fuiste tú mismo el que me obligaste a tomar este camino!

Volvimos a atacarnos. Mis armas describieron trayectorias descendentes, buscando costado de su objetivo, mientras que la contraria hizo lo propio desde el otro lado hacia mi cuello. Ambos conseguimos esquivar los embates del otro y chocamos otra vez nuestros filos.

- ¡La cacería de carnotauros! ¿La recuerdas? –Continuó ladrando, cada vez con mayor rabia al aflorar los recuerdos de nuestro tortuoso pasado.- El jefe de cazadores supo que yo fui el culpable de aquel fiasco. No sé cómo lo adivinó, pero se dio cuenta. Supo que yo te forcé a soltar esa flecha, ¡y me expulsó! –Al igual que antes, volvió a romper el duelo de fuerza con un poderoso empuje.- ¡Me negó toda posibilidad para mi futuro! ¡Tú estuviste allí!

- ¡Deja de culparme por tus errores! –Repliqué, con el mismo tono acusador.- ¡Debiste haber redimido tus culpas! ¡Yo querría haberte ayudado si me lo hubieras pedido!

En realidad, nunca deseé haberle ayudado. No era ningún secreto para nadie en la tribu que entre ambos siempre reinó una amarga y sucia rivalidad. Además, pedir ayuda a un competidor era una de las mayores degradaciones que podía sufrir un guerrero entre mi gente.

Aunque claro, ser el responsable indirecto de la muerte de, al menos, seis compañeros de cacería, a causa de una mera riña con tu rival, seguía siendo una deshonra aún mayor.

- ¡Ahórrate tu miserable caridad, Balagus! ¡Incluso mi padre y mi abuelo renegaron de mí! Me dejaste sin futuro. ¡Sin futuro, maldito seas!

Gazhem cargó, enarbolando su hacha gigante y un grito de guerra a similar altura. Como parte de mi instinto de supervivencia, eché mano del haki observador de manera automática. Previendo el resultado inmediato de intentar rechazar o esquivar el ataque vertical de forma tradicional, tuve que reaccionar con más rapidez de la acostumbrada y de una forma más creativa.

Agachándome, logré colarme bajo el mango y hacerme a un lado según éste descendió. La hoja, describiendo un arco de arriba abajo a una velocidad antinatural, creó varias ondas de choque hacia los laterales y el frente, levantando una gran cantidad de tierra y hojas.

Aprovechando mi posición ventajosa, aferré el arma de mi enemigo con un brazo y le propiné un fuerte codazo en el vientre con el otro. Al ver que no se zafaba, repetí el asalto varias veces hasta que mi rival me devolvió un potente puñetazo en la boca, rompiendo la presa y liberando su hacha.

Ambos nos miramos, visiblemente más cansados. Aunque nuestra respiración era agitada y trabajosa, nuestros ojos mantenían ese fuego, tan propio de nuestra gente, deseosos de más y más violencia.

Girando un poco la cabeza, mi vista periférica captó las dificultades a las que se enfrentaba Misha: a pesar de ser más pequeña que sus enemigos y de encontrarse en flagrante desventaja numérica, uno de los horrendos lobos yacía muerto con el estómago abierto, y un segundo tenía heridas de zarpa muy feas en la mandíbula y en la pata delantera derecha, pero ella misma lucía varios mordiscos a lo largo del lomo y en las patas, y se mostraba ya demasiado cansada como para mantener el ritmo con sus enemigos.

- No fui yo quien arruinó tu vida, Gazhem. –Gruñí con voz grave, acumulando ya más odio que furia.- Te las arreglaste para hacer eso tú mismo.

“Misha necesita ayuda ahora. Pero entonces, él escapará…”

- Por desgracia para ti, poco importa ya de quién fuera la culpa. –Estableció el fugitivo, recuperando su arrogancia.- Ahora tengo nuevos aliados, Balagus. Aliados con poder. Y yo he conseguido un arma, con la que ni siquiera tu madre podrá competir.

“Madre, ¿dónde demonios estás?”

La osa golpeó al lobo herido, anulando su amenaza, pero pude oír cómo el otro se abalanzaba sobre ella y la inmovilizaba.

- ¿No tienes nada que decir? ¿Eh, niño de papá?

- Que eres un estúpido, Gazhem. –Le repliqué, con palabras tan afiliadas como lanzas y tan envenenadas como la cola de un escorpión. Levanté los ojos amarillos, envueltos en un brillo frío y decidido.- Ahora no hay nada que me detenga para matarte.

Sin saber si la táctica que tenía en mente iba a funcionar, corrí con toda mi fuerza y mi velocidad contra Gazhem, pillándolo por sorpresa en una explosión de fuerza en mis piernas. Fortaleciendo mis brazos y hachas con haki de armadura, rompí el contraataque inicial de mi rival con un barrido lateral de derecha a izquierda, y luego le desequilibré con un placaje usando el hombro derecho.

Finalmente, ejecuté un último embate de arriba a abajo con mis armas, que el semigigante se vio obligado a detener con el mango de su hacha. La potencia que ejercí fue suficiente como para derribarlo y hacerle caer de espaldas sobre el suelo, momento que aproveché para inmovilizarle con un pie en el pecho.

Con mi primer objetivo anulado, giré medio cuerpo y lancé una de mis hachas hacia el lobo que atrapaba a Misha. El arma impactó directamente contra la bestia y la hizo caer, pero no se quedó clavada y continuó trazando la extraña trayectoria que yo la había hecho tomar.

Unos momentos después, mi mano volvía a empuñar mi afilada compañera, regresada como un bumerán. Miré el hacha, profundamente orgulloso de mí mismo. No sabía cómo, pero aquella técnica que tanto me había costado crear y que por primera vez me acababa de funcionar, ya no resultaba tan descabellada de pronto.

- Tú… -Masculló mi enemigo desde el suelo.- [/i]Aún no lo entiendes. No puedes ganar. Tengo muchos más aliados de los que tú jamás podrás tener. [/i]

Y según terminó de hablar, silbó una nota extraña y grave con fuerza. Inmediatamente, una docena de aullidos grotescos, muy similares al reclamo de Gazhem, resonaron por el bosque. Aquel macabro concierto, alarmantemente cercano al pequeño claro, consiguió que me estremeciera de pies a cabeza.

De repente, lo que consideraba mi victoria había tomado un rumbo excesivamente desagradable.

Sin vacilar, alcé el hacha por su lado romo. Antes de que pudiera golpear a mi enemigo con él para dejarlo inconsciente, una de las bestias negras salió de un salto de entre los árboles y me hizo caer, liberando a su “amo”. Apenas pude quitármelo de encima a base de hachazos en el costado e incorporarme, cuando me percaté de que ya no estábamos solos.

Media docena, si no más, de lobos horrendos nos rodearon a Misha y a mí. La osa se acercó a mis piernas, gruñendo a los recién llegados mientras el círculo, y su pavoroso coro de fatalidad, se cerraba se cerraba sobre nosotros.

- Es una pena, ¿sabes? –Gritó Gazhem, haciéndose oír sobre la jauría.- Tu madre puso mucho interés en atraparme. Incluso se infiltró en el pequeño barco de la Marina que me transportaba. Luego los mató a todos, por supuesto, y tuve que parar aquí para deshacerme de ella. Todo un plan de caza perfectamente calculado, debo reconocerlo. –Los ladridos comenzaron a hacerse más fuertes, y el semigigante tuvo que alzar una mano para tranquilizar a las bestias.- Todo ese trabajo para que tú mueras ahora y yo escape para siempre. Es como te dije: ahora tengo aliados poderosos.

El maldito empezó a reírse en un crescendo maníaco de locura victoriosa. Al cabo de unos segundos, bajó la mano que mantenía en el aire y, finalmente, la jauría atacó.

Levanté mis armas y Misha se agazapó a mi lado, con todo el pelaje erizado y lista para responder con sus mejores zarpazos. Si íbamos a morir aquí, daríamos nuestra mejor batalla.

Pero ese no era nuestro destino. O así lo quiso establecer una sombra peluda, en un movimiento ya demasiado familiar para mí, al saltar frente a mí como un relámpago y llevarse en sus fauces al lobo negro que pretendía hacer lo mismo con mi cara.

La Cazadora de Malignos salió de la maleza inmediatamente después siguiendo a su fiel Dientehielo, enarbolando un grito de guerra y su inmenso espadón.

El buen humor del semigigante fugitivo se esfumó tan rápido como regresó el nuestro. En cuestión de unos momentos, madre e hijo estábamos repartiendo muerte entre los atacantes, hasta el punto que las sanguinarias criaturas se retiraron de vuelta a los árboles, gimiendo.

Sobre el suelo se contaban cinco cadáveres, y un sexto intentaba ponerse a salvo junto a sus compañeros, casi arrastrando las patas traseras. Con una orden, indiqué a Misha que se lanzara sobre el herido, usando una técnica que practiqué con ella desde muy pequeña.

Propulsándose sobre sus patas traseras, la osa dio un salto de grandes proporciones, haciéndose una bola peluda en el aire. Adquiriendo una velocidad que no correspondía al impulso que la física le conferiría habitualmente, alcanzó de lleno al lobo antes de que alcanzara la seguridad de la maleza.

Mientras mi compañera terminaba con su presa, Gazhem salió de su cabaña, en la que había entrado apenas empezó nuestra refriega. Por su aspecto, y por la precipitada huida que inició de inmediato, parecía haber estado recogiendo sus posesiones más imprescindibles.

- ¡No escaparás, traidor! –Exclamó mi madre al ver las intenciones del fugitivo.- ¡No huirás de tu destino otra vez!

La mujer echó a correr a una velocidad absurda detrás del semigigante. Pillados por sorpresa, los dos animales y yo tardamos unos segundos más en reaccionar. Los suficientes como para que los lobos negros volvieran a cortarnos el camino a los tres.

Tras un gruñido frustrado, bramé para dar comienzo a la contienda. Mis hachazos se perdían entre los zarpazos y los mordiscos, pero tras un breve intercambio de brutalidad masiva, los feos predadores se retiraron nuevamente, acumulando bajas.

Dediqué unos segundos a recuperarme, con el dolor de las heridas y el cansancio de las peleas agolpándoseme en el cerebro. Pero no podía quedarme allí: mi madre perseguía al rival de mi juventud, ahora convertido en criminal para nuestra gente, y aunque Gazhem no estaba en condiciones de enfrentarse a la Cazadora de Malignos, yo no quería perderme, por nada del mundo, la captura que durante tanto tiempo habíamos esperado.

Así pues, los tres echamos a correr, con Dientehielo guiándonos. Volvimos a internarnos en la espesura, con las sombras de nuestros salvajes enemigos apareciendo y desapareciendo intermitentemente. Al poco rato, entramos en el terreno que, se suponía, estaba dominado por los predadores de la isla, pero allí no logramos ver más que cadáveres secos y abandonados.

[/i] “Los nidos y las guarias… fueron asaltados por los lobos negros. Pudimos haber atravesado las franjas prohibidas, maldita sea.” [/i]

Las temidas flores rojas eran relativamente poco comunes allí e, igualmente, nuestros pasos encontraban con facilidad el camino entre las pocas que nos cruzábamos, acostumbrados a ellas tras vivir dos años allí.

En dos ocasiones, las bestias oscuras volvieron para cortarnos el paso, y en ambas les volvimos a rechazar, aunque Misha comenzó a perder velocidad a causa de sus múltiples heridas. Sabiendo de que ella, al ser natural de allí, podría encontrar un camino seguro por su cuenta, la ordené bajar el ritmo y reunirse conmigo más adelante. Con un gruñido de protesta, la osa obedeció y se retiró, dejándonos a Dientehielo ya mí en la persecución.

Atrás fue quedando la zona de los predadores, y eventualmente también fue disminuyendo la frecuencia de los troncos hasta que, en un claro, cerca de los límites y de la playa sur, encontramos el mandoble curvo y dentado en el suelo, junto a varias bolsas y numerosas manchas de sangre.

El gran lobo blanco y yo nos detuvimos allí, exhaustos tras la maratoniana carrera que nos acabábamos de dar. Sin embargo, la vista del arma de mi madre me quitaba el aliento más que todos los kilómetros recorridos en tan poco tiempo. Casi a rastras, alcancé la imponente hoja y me apoyé en ella, incrédulo.

Estuve a punto de negarme a ceder al cansancio y ordenar al compañero de la semigigante que me siguiera, cuando un tercer y último grupo de lobos nos rodeó, quizás los últimos de todo el bosque. No llegué a contar cuántos eran, pero a mi cerebro poco le importaba ya ese dato menor.

Sentía un fuego salvaje en el cerebro. No quería aceptar lo que mi mente interpretaba en la imagen del espadón abandonado, y la manada a mi alrededor no era sino otro hecho tratando de convencerme de la cruda realidad. Negué testarudamente con la cabeza, y bramé con ira.

Dientehielo se lanzó a la refriega conmigo. Con lágrimas enturbiándome los ojos, empecé a descargar hachazos y patadas, algunos cargados con haki para aumentar su efecto. Eventualmente, lancé mis armas para recuperarlas luego, pero mi ejecución ya no era tan afinada, y pronto me vi desprovisto de ellas, viéndome obligado a hacer uso de la de mi madre.

Empuñando aquella espada, la idea que había empezado a fraguar en mi mente extendió sus venenosos zarcillos, inundándome de furia hasta límites desconocidos para mí. Un velo rojo cubrió mi visión y pensamientos, torciendo todo lo que se me ponía por delante.

La sangre brotaba en explosiones con cada nuevo tajo. Cada figura oscura abatida por mí me llenaba de seguridad y satisfacción. El dolor y el cansancio desaparecieron por arte de magia, y sólo pensaba en dar muerte a todos y cada uno de mis enemigos.

Finalmente, el último de los lobos cayó, con la espada atravesándole el costado. A mi alrededor, todos los atacantes estaban muertos, o moribundos, y el cese de la violencia deshizo también la cortina carmesí que me cegaba.

Sólo entonces, pude ver, horrorizado, el fruto de mi salvaje furia sangrienta: entre los cuerpos de las bestias negras, estaba Dientehielo, delante de mí, con la espada de su dueña atravesándole.

[/]- No… No, no, no, no… [/i] -Repetí, desesperado, arrodillándome frente al animal, aún vivo.- No, Dientehielo… Yo… Esto no debía…

Abrazando su cabeza, dejé caer mi cabeza en su cuello y me eché a llorar, lleno de amargura y culpabilidad.

- Perdóname. –Balbucí, entre el llanto.- Es culpa mía. Todo es culpa mía. Nunca debí haber estado aquí…

El animal, sin embargo, acercó un poco su hocico y me lamió la mejilla, como intentando limpiar mis lágrimas. Aun a pesar de haberme visto perder la razón y atacarle directamente, aquella hermosa bestia creía en mí y me perdonaba.

Sentí, con profunda vergüenza, que no era digno de su comprensión.

Finalmente, el lobo cayó, inerte. Sin saber todavía cómo iba a contarle aquello a mi madre, o si podría contárselo siquiera, extraje la espada y eché a correr a la cercana costa, entre la neblina de mis lágrimas.

Los árboles cesaron abruptamente y la arena sustituyó la tierra, las raíces y las hojas. En el horizonte, un gran barco, con una extraña bandera compuesta por una cruz con círculos en sus puntas y en su centro, se marchaba ya, con muchos metros de agua de por medio.

- ¡Noooooo! –Grité, al límite de mis fuerzas, mientras me internaba en las olas.- ¡Cerdo de mierda! ¡Te perseguiré hasta el fin del mundo! ¿¡Me oyes, Gazhem!? ¡¡Hasta el puto fin del mundo, traidor!!

Como respuesta, el estruendo de varios cañones disparando me obligó a agacharme y sumergirme bajo el agua. A mi alrededor, la artillería provocó explosiones y me zarandeó cual muñeco de trapo. Incapaz de sujetarla más tiempo, la espada se soltó de mi mano.

Tan pronto como pude recuperarme, busqué desesperadamente el arma entre la espuma. Aunque logré dar con ella, esta había sido quebrada en dos piezas, quizás por alguna bala de cañón. Abandonado a mi propia desazón, no pude sino contemplar, impotente, cómo los nuevos aliados de mi viejo rival se perdían en el horizonte.

Abatido, profundamente cansado y dolorido, regresé al claro de la matanza donde descansaba Dientehielo. Misha no tardó mucho en llegar, cojeando. Desprovisto de todo atisbo de esperanza o energía, me dejé caer sobre el suelo, donde mi osa pudo aproximárseme y golpearme cariñosamente la cara con su hocico.

- Lo siento, pequeña Misha. –Hablé al animal, con profunda tristeza.- Me temo que no es seguro que continúes a mi lado. Vuelve a tu bosque, vive tu vida y ten muchos oseznos. No te espera nada bueno viajando conmigo.

Por toda respuesta, la osa se coló entre mis brazos y me lamió algunas heridas, restregándose con amabilidad contra mi costado. Una vez más, el llanto que hasta ahora me había dominado y que todavía luchaba por controlar, resurgió con fuerzas renovadas.

- Mi pequeña Misha… -Abracé a mi compañera, profundamente agradecido.- ¿Qué haría yo sin ti ahora?

Pasaron minutos, u horas. Me fue imposible contabilizar el tiempo que tardé en procesar el cambio que había tomado mi vida con tan pocos sucesos. Cuando, al fin, logré levantar la cabeza, había ordenado todo lo que debía hacer en los próximos días.

Lo primero fue encontrar mis hachas y el resto del equipo en la cabaña de mi madre. También me apropié de las bolsas abandonadas, dejadas atrás por el propio Gazhem, seguramente al haber sido alcanzado por la Cazadora. En ellos encontré una muy generosa cantidad de dinero, varias cartas y un pequeño cofre ornamentado de dimensiones casi ridículas.

Después, con mis utensilios de caza, me arrodillé frente al cuerpo de Dientehielo y, con un respeto absoluto y casi reverencial, procedí a desollarlo y despiezarlo. Traté con cuidado la carne y la piel, preparando la primera para secarla y guardarla en pedazos especiales, y la segunda para usarla como nueva capucha y recordatorio de lo que no debía volver a ocurrir nunca.

Luego, recogí el refugio de mi madre y el de Gazhem, recopilando todo lo que me pudiera ser útil de ambas. De la primera, conseguí algunas lanzas de hueso con punta de acero, unas pocas boleadoras, numerosas hierbas, huesos tallados y especias. La segunda, mucho menos fructífera, me proveyó con de una serie de hachas arrojadizas, más berries que mi enemigo no había conseguido llevarse, y su diario.

Recuperé mi arco, y regresé a la ruina que vio comenzar mi periplo, muy próxima a la playa. En ella, terminé de curar las heridas superficiales propias y de Misha que no habían revestido de urgencia y que, por tanto, no traté antes. Seguramente, ambos tendríamos problemas más serios que sólo Silver podría tratar adecuadamente.

Mientras lo hacía, pude comprobar los resultados de tanto entrenamiento: mis músculos habían crecido todavía más, y se habían endurecido sorprendentemente. Mis piernas y brazos actuaban con mayor velocidad, y mis propios reflejos actuaban casi por cuenta propia. Incluso la pequeña osa, a la que encontré siendo una cría, había crecido hasta tres cuartas partes de su tamaño, y ya sus patas y mandíbulas mostraban una fuerza temible.

Con el paso de los días, también me interesé por el pequeño cofre encontrado. Lo que allí había debía ser, sin lugar a dudas, el “arma” que Gazhem jactaba haberse encontrado. Si su poder era tan grande como él mismo había asegurado, mi nuevo enemigo tenía un nuevo peligro al que temer.

Al refugio de aquella atalaya ruinosa, y ataviado con la nueva capucha de lobo blanco, esperé al regreso de mi capitán. Él ya sabía que estaba allí, y yo tenía el presentimiento de que pronto volvería a por mí. Al fin y al cabo, ¿quién, si no, iba a mantener el orden entre la tripulación, con Jish y Dharkel presentes?
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Balagus el Jue 24 Ago 2017 - 16:43

Peticiones:

- Akuma no mi: Zoan Mitológica de Camaxtli, dios tlaxcalteca de la caza, la guerra, la esperanza y el fuego. (Tabla pendiente)
- Haki de Observación Desarrollado
- Haki de Armadura Desarrollado
Técnica - Hacha bumerán:
Balagus lanza una de sus hachas de combate contra su enemigo, de tal manera que esta traza una trayectoria curva y regresa al lanzador como un bumerán.
- Mascota: Misha, oso gigante. (Ficha pendiente)
Técnica de mascota - Asalto inmovilizador:
Misha, la osa compañera de Balagus, se hace una bola y se propulsa con un potente salto hacia su objetivo, cayendo sobre él a gran velocidad, aplastándolo e inmovilizándolo.
Técnica - Explosión de velocidad:
Balagus concentra su fuerza en las piernas y se lanza a la carrera a una velocidad muy superior a la habitual, un 500%, exactamente. Esta velocidad persiste durante dos turnos, pero cuando se acaba no se puede volver a usar hasta pasados dos turnos.
Actualización ámbito - Sed de Sangre:
- Nuevo nombre: Frenesí de Sangre
- Nuevo efecto: Permite aumentar en un 300% la Fuerza del usuario durante tres turnos. El usuario se verá incapaz de frenar el arrebato violento salvo si va a atacar a un compañero, en cuyo caso el efecto se disipará de inmediato y no podrá volver a actuar durante el siguiente turno por el shock.
(Añadido en el edit, se me pasó ponerlo antes)
- PU de fuerza: +200%.
- PU de resistencia: +200%
- Equipo de nivel normal: lanzas de hueso con punta metálica, tres boleadoras y cinco hachas arrojadizas.
- 10.000.000 berries.
- Experiencia
- Cambio de aspecto
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Zuko el Mar 12 Sep 2017 - 23:32

Buenas, soy Zuko. Ya me conoces, asi que vamos allá. Seré breve debido al tiempo que tenemos.

He de decir que me ha gustado bastante. Todo tenia un tono bastante reminiscente del genero de la fantasía, el cual es de mis favoritos, así que tal vez me veo un poco inclinado por ello. La narración es fluida y el pacing está bastante bien, con las cosas avanzando de la manera que deben. Nada queda forzado y todo ocurre cuando tiene que ocurrir.

La relación entre personajes está bastante conseguida. No perfecta, pero bien hecha. Está bien cuando un npc se siente como un personaje más.

Dicho lo bueno... Vayamos a lo malo. Aaaayyy, con lo bien escrito que está y me cuelas fallos de no repasar. Algunas comas que a primera vista parece que quedan bien pero si te paras a leerlo ves que no pinta mucho ahí, letras que te comes (aunque he visto pocas) y codes mal puestos. Se que da una pereza increíble repasar pero... Por este tipo de cosas merece la pena.

Tienes un 9'2 :3

Te llevas todo lo pedido. Recuerda presentar la tabla de tu Akuma no mi en tu ficha para que sea evaluada.

Recuerda que, si no estas de acuerdo, puedes pedir segunda corrección. Buenas noches~
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Balagus el Miér 20 Sep 2017 - 16:45

(Omaigáh)

Ejem. Aceptada la moderación, aunque a regañadientes. Sin embargo, hago un par de cambios/aclaraciones en las peticiones:

1: La akuma sigue siendo Zoan Mitológica, pero pasa a ser Tifón, Titán griego.
2: La osa, pendiente de posibles mejoras menores.
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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

Mensaje por Señor Nat el Miér 20 Sep 2017 - 16:56

Okey... Diviértete escupiendo lava. Respecto a la Osa, ahora que el diario está corregido es simplemente un bichardo de cuatro metros de altura. Puedes mejorarla mediante bioingeniería o enseñándole técnicas.

Hoja actualizada.

____________________________________________

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NO LO OLVIDES OPD:


aHORA EN SERIO:


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Re: [TS Balagus 2017] La última cacería

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