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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

La Nueva Era [Time Skip]

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La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Señor Nat el Jue 24 Ago 2017 - 23:29

Capítulo I: Oro de Luna


Todas las miradas estaban fijas en él. La pajarita le apretaba, y no se sentía cómodo con el pelo engominado. La chaqueta del frac le quedaba como un guante, y sin embargo notaba sus muñecas asfixiarse bajo la camisa. ¿Por qué sentía ese nudo en la garganta? ¿Cómo un reputado músico podía estar tan nervioso ante la perspectiva de un simple concierto? La respuesta era sencilla: Por primera vez él no estaba entre la instrumental. Él era el director de la orquesta.

Carraspeó momentáneamente mientras sacaba la batuta de su bolsillo. La tradición dictaba madera de ébano, pero él utilizaba aluminio, una pequeña vara retráctil más cómoda de transportar y menos proclive a romperse inesperadamente. Comprobó cada silla en el escenario. De los cien intérpretes, noventa y nueve asientos estaban ocupados y sólo uno vacío. El suyo. Pero él tenía otra tarea, tanto o más importante que la de sus compañeros. Dio dos toques lentos y sutiles sobre el atril, que resonaron en todo el auditorio como agudas y largas notas de si, y se dio la vuelta al tiempo que todos los músicos se levantaban. Finalmente, con un comedido aplauso recorriendo la enorme sala, todos se inclinaron ante el público.

Cuando levantó la cabeza el silencio volvió a la sala. Tres golpes de batuta sobre el atril, marcó el compás inicial y John empezó a tocar muy dulcemente su clarinete. En la composición original toda la madera iniciaba a un tiempo, pero Al prefería entradas más sutiles. Dejó que el mejor solista de la orquesta conquistase al público por un instante, que lo cautivase mientras introducía una suave percusión que ahora lo acompañaba. Sólo uno de cada seis tiempos, un sencillo platillo que se diluía en la música, cada vez más coral.

John era un músico excelente, hasta tal punto que sobresalía aun cuando todo el viento empezó a seguir su ritmo. Los oboes todavía mantenían un silencio solemne, y el pequeño órgano marcaba un acompañamiento con cierta disonancia. Inicialmente se había estudiado colocar un piano de cola, pero cuando Al ocupó la batuta marcó algo especial, un sonido diferente… Y un compás distinto. El enorme teclado marcaba cuatro tiempos que la cuerda seguía, provocando una sutil disonancia durante apenas treinta segundos, hasta que los dedos dejaron de recorrer el marfil y suavemente cada instrumento tomó su lugar. Aunque lo parecía, no se trataba de un error. Quería que esos treinta segundos sonasen ruidosos, distorsionados, porque sólo entonces sabrían apreciar lo que había llegado tras el caos.

Era totalmente armónico. Bueno, en realidad no, pero el oído humano era inocente. El caos sonoro hacía menos sensible la capacidad auditiva de los asistentes, y tras un breve lapso de desconcierto apenas perceptible, volver al orden natural hacía parecer mucho mejor cada nota que se tocaba. Del viento a la cuerda, de uno a la multitud, y tan sólo los coristas guardaban silencio, un silencio que debía mantenerse por el momento.

Se permitió sonreír cuando una pausa de tres tiempos llegó. John respiraba agitadamente, pero no le dio importancia. Tenía cuatro compases de descanso mientras la música volvía a inundar los oídos de la gente, y una dulce voz sonó entre la instrumental. Soprano lírica, el peso vocal de la actuación, despuntaba entre las cuerdas más agudas. Se llamaba Helena, y en sus ojos azules podía ver la costa de Troya. Su cabello rubio caía en bucles tan delicados como cada nota que huía de sus labios rojos como frambuesas. Desde el inicio había sentido una irrefrenable atracción por ella, cuando la había visto entrar al primer ensayo, y al verla brillar sobre el escenario… Podría haberse enamorado perdidamente de sus cantos de sirena.

Pasaron el primer movimiento, y el segundo… Evocaban emociones indescriptibles en el público, que apenas se atrevía a respirar con fuerza. La música se adaptaba perfectamente a la letra y la voz estaba perfectamente acompasada. Casi perfectamente. En realidad John era el segundo mejor músico de la orquesta, y aunque era casi tan bueno como él, su violín faltaba para guiar a los demás. Helena cantaba al ritmo de la batuta porque no había cuerda que seguir como en los ensayos, y aunque tanto ella como John eran excelentes en su campo, él sabía lo que faltaba. Porque lo había escuchado, porque sabía que la guinda del pastel no estaba, porque John y él formaban un dueto sublime, que llegaba al clímax gracias a Helena, pero si uno faltaba, se notaba.

Cuarto movimiento, y el solo de Helena fue a capela. Acompañada en origen de violín y clarinete, había sido la más viva prueba de que no podía tocar uno sin el otro. Sin embargo su canción sonaba arrebatadora en medio del silencio, una balada a la soledad sin ningún acompañamiento, sólo su voz y la inmensidad, sólo el eco lejano de algunas lágrimas en el público, sólo Helena y su talento.

Llegó su momento, pero la orquesta no se movió. No había designado a un solista para la ocasión, y nadie movería el arco sin su permiso. Tras el canto a viva voz, el completo silencio llegó, y con él la oscuridad. Cada pequeña luz se apagó y durante dos minutos de oscuridad absoluta el público empezó a preocuparse. ¿Qué estaba sucediendo? Muchos no lo entendían, otros no querían entenderlo, pero estaban enfrentándolos con uno de sus miedos más primarios. Y entonces, mientras nadie lo veía, un violín desgarró el silencio.

Un único foco iluminó al músico, una figura de hielo que se movía entre el público sin dejar de tocar su melodía. Ningún otro sonido se escuchaba, nadie más tocó hasta que el improvisado violinista tomó el asiento vacío y John le cogió el ritmo. Sin guía, sólo movidos por el frote y el viento, y la voz y la dulzura. Las luces se encendieron una a una, mostrando a cada nuevo intérprete que se unía a la tocata, hasta que la luz alcanzó al director y un estruendoso crescendo inundó la estancia. Fin del quinto movimiento, fin de la actuación.

Acompañó al silencio una situación curiosa: El público no sabía si todo había terminado, pero cuando el telón se corrió todos rompieron en emotivos aplausos. Le habría gustado ver el momento exacto en que todo terminó, saber qué decían sus caras, conocer cada detalle de su público, recoger en primera persona los frutos de su éxito… Alimentar su vanidad, vaya.

-Muchas felicidades, muchachos- dijo, recogiendo la batuta y cerrando el libreto-. Lo cierto es que no esperaba que saliese todo tan bien, habéis hecho un trabajo espectacular.

Bajó de su atril mientras todos se iban levantando y separando en organizados grupos. Cuerdas a un lado, maderas a otro, metal y percusión en el centro, y coristas delante. Tenían sólo dos minutos antes de que el telón se levantase de nuevo, y había que apurar. Se aseguró de felicitar a cada grupo independientemente, y se colocó mientras las enormes cortinas se alejaban, dejando a la vista el centenar de músicos. Frente a todos, Al hizo la primera reverencia a su público, retirándose. Tras él, Helena y los cantantes, la madera, metal, percusión y cuerda. Todos uno a uno saludando, teniendo su momento de merecida gloria, y reuniéndose de nuevo entre bambalinas.

-Bueno, ¿Y el siguiente show para cuándo?- preguntó John, dándole un toquecito en la espalda.

-Lo cierto es que no pensaba dirigir más- contestó mientras se limpiaba el sudor con una toalla y empapaba de agua su pelo, pretendiendo librarse de los rastros de gomina-. Ya os dije que no soy director, soy músico.

-Vamos, Al… No niegues que te lo has pasado bien- la voz de Helena era algo más grave cuando no cantaba, pero su timbre era inconfundible. Una voz preciosa para una chica preciosa-. Mason era un gilipollas, con él esto no habría salido.

-Habríais hecho otra cosa.

-Peor- sentenció Robb, un hombre gordo de piel morena, pero el mejor contrabajo que había conocido. Era algo rudo, y llevar traje por alguna extraña razón lo acentuaba. Sin embargo, no solía hablar por hablar.

-Tiene razón- continuó John-. Que seas un músico mediocre no quita que seas un gran director.

Una figura de hielo se presentó a su lado, devolviéndole a Oro de Luna. Desde los músicos más vulgares hasta John se habían quedado siempre apabullados por la elegancia única del violín, su blancura impoluta y su perfecta hechura. Al lo recogió ignorando por un momento al clarinetista, hasta que finalmente decidió responder:

-Pero un gran director como yo no puede perder el tiempo con aficionados como tú.

La tensión se palpó por un instante, pero cuando cruzaron miradas fue peor. Sin que ninguno más lo viera con claridad, en un parpadeo estaban ambos armados con su instrumento, listos para enfrentarse. Separados apenas por dos metros, rodeados por una infinidad de compañeros, y sin llegar a tocar, empezaron a reírse.

-Puede que me quede hasta que encontréis a otro- terminó por decir, guardando el violín mientras John hacía lo propio con su clarinete-. Pero ni un día más.

Vítores de alegría, un par de aplausos y poco a poco fueron saliendo todos mientras él se quedaba atrás, sentado de espaldas a la puerta. Frente a sus ojos el escenario permanecía iluminado, atrapado en medio de una atmósfera mágica… Respiró hondo y dejó que el olor a música impregnase sus pulmones. Olía a sudor de artista y madera y metal… Un aroma que muy pocos sabían apreciar. Desenfundó de nuevo el violín y se lo puso al hombro. Faltaba algo.

Tocó durante más de una hora, respetando los silencios que había impuesto él mismo a los demás y sin fallar en ninguna nota, manteniendo los compases y escuchando para sí el caos que producía el cambio repentino. Recordaba la voz de Helena, el acompañamiento de Robb o el insano órgano de Marvin, pero había un sonido demasiado vivo allí. Estaba escuchando el sonido dulce de un clarinete.

No necesitó darse la vuelta, simplemente siguió tocando un movimiento tras otro. Mantuvo silencios, levantó la vista y allí estaba de nuevo, con su melena pelirroja recogida en una larga trenza y la poblada barba cubriendo casi por completo la boquilla. En sus ojos azules veía el desafío. Sin detener el arco en ningún momento, Al se puso en pie de un salto y caminó hacia John, tan cerca que podía notar su aliento disparado por la boca del instrumento. No, no era sólo su aliento.

Dio un quiebro para evitar las balas de aire que John había soplado. Los Crescendos eran su punto fuerte, y soplaba con tanta fuerza que disparaba pequeñas esferas de aire comprimido, veloces como balas. La primera la esquivó apenas, la segunda y la tercera por los pelos, y la cuarta… Pudo ver la desesperación en los ojos de su rival cuando liberó una poderosa onda, rompiendo el aire con el arco del violín.

John no paró de soplar mientras pasaba por debajo del corte propagado, enviando una descarga de viento contra él, que detuvo con cierta dificultad mientras mantenía el ritmo vivo, devolviéndole notorias estocadas con el frote del violín. Poco a poco los movimientos pasaban, hasta que llegó el crescendo final. John disparó un golpe tan potente que los focos estallaron sobre ellos, mientras el tajo de Al terminó de hundir el maltrecho suelo del escenario.

-¡¿Ves lo que has hecho, capullo?!- gritó, mirando el enorme boquete que los separaba-. Esto lo van a pagar tus jefes.

-Nuestros jefes, Al- dijo con voz tranquila John, apoyando el clarinete sobre su hombro, como si de una gran porra se tratase. Se mantenía perfectamente recto, mientras su brazo izquierdo parecía un asa de su fornido cuerpo-. Ya te lo he dicho, están dispuestos a olvidarlo todo, o si no…

-¿Me vais a poner recompensa? ¿Con qué motivo?- le espetó, guardando de nuevo el violín-. Firmé todos los papeles, devolví todas las llaves y hasta vacié mi puñetero despacho. He renunciado, no desertado.

-Nadie más sabe eso- inquirió, con un deje de superioridad-. Es tu palabra contra la del Gobierno Mundial.

Al suspiró, cansado. Había empezado fingiendo no conocerlo, pero poco a poco había ido siendo menos discreto. Lo había incitado a alistarse en la Marina, se había presentado finalmente como Agente del Cipher Pol 9, había negociado… Y por fin, se mostraba como lo que era. John Smith, el nombre favorito de cualquier espía, se había quitado la máscara para demostrar qué había a sus espaldas. Tras él, el Gobierno Mundial observaba calmadamente en su asiento, dispuesto a convertirlo en rehén de su propio rango. Le dio la espalda y trató de marchar, sin decir nada.

-¿Qué va a ser de tu Brigada? ¿Vas a convertir a tus compañeros en criminales sólo por una riña?

Se detuvo en seco. Supo que John sonreía antes de mirarlo, contento de haberlo convencido. Al giró únicamente la cabeza, clavando sus ojos en John.

-Si metes a mis hombres en esto tendremos más que palabras.

Capítulo II: La llamada del Destino.


Un den den mushi de color plateado resonó en la habitación. Al lo miró desde la cama, sin siquiera levantarse. De nuevo sería Minato, haciendo la misma llamada de siempre. Todos los miércoles a la misma hora, desde hacía ocho meses. Llevaba dos sin contestar, pero el Almirante seguía intentándolo pese a todo. En cierto modo admiraba esa tenacidad, aunque las últimas semanas había notado que cada vez esperaba menos antes de cortar la llamada. Incluso él había perdido la esperanza.

-¿Por qué no contestas?- preguntó una mujer a su lado. Tenía el cabello negro como la noche y los ojos verdes como el bosque profundo. No recordaba su nombre, sólo que la había conocido la noche anterior.

-Es una vieja tradición- contestó perezosamente, sin dejar de mirar hacia el aparato-. Mi antiguo jefe llama, yo no contesto… Así sabemos ambos que estoy bien.

Ella no sabía qué decir. Seguramente se preguntase qué clase de relación tenía con su jefe, o simplemente lo considerase estúpido. Por la mirada que le estaba dedicando, Al sabía que pensaba ambas cosas. Él, sin embargo, era plenamente consciente de la segunda. Había dejado la Marina por salvar a una persona que no le dirigía la palabra, le había regalado el brazalete más valioso del mundo y había creído que podría llevar una vida normal tras abandonar la Marina. No necesitaba que clavasen ojos en él para saber que era idiota.

-Creo que es hora de que te marches- terminó diciendo, con voz apagada.

La chica no discutió. Recogió todavía desnuda sus cosas por todo el apartamento y entró al baño. Al pudo escuchar el sonido de la ducha desde la cama mientras miraba el techo, simplemente esperando. En otro momento tal vez hubiera ido tras ella para darse el último baño, o no habría resultado tan brusco. ¿Qué le estaba pasando? Él no era así…

-Bueno, hasta otra Al- su voz era amable pese a todo, y cerró la puerta con delicadeza. El músico mantuvo los ojos fijos en ninguna parte, tan sólo respirando lentamente. Ya habían pasado ocho meses, dos desde las amenazas de John… ¿Un año desde el primer viaje de Xemnas? El tiempo volaba sin darse cuenta.

Echó un vistazo a la estancia. Fuego y Okami colgadas de la pared tras un marco de cristal, junto a Shinseina y las armas que Krauser le había reforjado. El suelo era mármol negro y brillante, con paredes plateadas en los pocos puntos donde llegaban a verse. El apartamento era poco más que una réplica de su despacho, cambiando el escritorio que tenía en Marineford por el amplio sofá que reinaba en medio de la sala. Hasta la cama estaba oculta bajo un escenario para ensayar, y guardaba sus trofeos de misiones en las múltiples estanterías y sobre pedestales que emergían desde el suelo.

-Pero ya no soy Marine- gruñó perezosamente mientras se levantaba. Las medallas y su uniforme estaban ocultos en un arcón, junto con otros recuerdos de los viejos tiempos. No podía dejar de mirar con nostalgia la época en que había enfrentado a Legim y otros tantos piratas, las disputas estúpidas con Kai y las bromas sobre la altura de Arthur. Parecía que había sido ayer la última vez que metió la mano en el cuerpo de Jack buscando ron, y Xemnas…

El estruendo del cristal rompiéndose eclipsó su grito de rabia. Todavía se enfadaba al recordar la conversación con Jin, al rubio ahogándose, a las enfermeras explicándole que no recuperaría la voz. “¿Por qué tenías que ser tan estúpido?”, quiso decir, sin apartar el puño ensangrentado de sus armas, pero nada salió de su boca. ¿Qué habría sido de todos? En fin, tampoco importaba. Tras un año no había sabido nada de ellos, así que o les habían comunicado su deserción o simplemente lo habían olvidado.

-Tal vez sea mejor así- musitó, retirando lentamente la mano ensangrentada de la pared. Tenía varios cristales clavados, pero apenas los sentía. Se le había dormido.

Gruñó un poco mientras retiraba los fragmentos, cerrando las heridas abiertas con hielo. Era correoso y dolía sacarlos, pero poco a poco hasta el último terminó de salir. Ahora tenía que encargar una vitrina nueva, dar un montón de explicaciones estúpidas a la asistenta y dejar de ensayar por lo menos hasta que pudiese mover la mano. Se tiró en el sofá, mirando las heridas con cierta rabia. Tenía que haber una vuelta atrás, una forma de hacerlo a la inversa, algo…

Se concentró en su mano, concretamente en cada una de las siete incisiones del cristal así como los veintitrés cortes algo más leves. Todos estaban cubiertos por una capa de hielo que unía la piel a sí misma, de forma quirúrgicamente perfecta. “Soy hielo, el hielo es mi carne”, dijo en su mente, mientras intentaba sentirlo como parte de sí. Sin embargo, no sucedía nada; no se iba el dolor, la sensación de frío ni era capaz de mover la mano. Tenía que saber qué faltaba.

Sacó de la estantería un par de libros sobre anatomía humana y los dejó encima de la mesa, abiertos de par en par. Uno de ellos trataba las venas y arterias que se concentraban en el cuerpo, y esa página analizaba minuciosamente la mano; otro trataba con gran detalle el sistema muscular, esforzándose en dejarlo plenamente descrito. Al observaba con detenimiento cada vaso y cada fibra, cada tendón y cada hueso, intentando crear algo que no sólo imitase la realidad, sino que fuese real.

Sobre la mesa conformó una pequeña nuez de hielo, que poco a poco fue tomando forma hasta que un perfecto escafoides surgió de la nada. Tras él un semilunar y un trapecio, un piramidal, grande, ganchoso, trapezoidal, pisiforme… Y así hasta los veintitrés huesos de la mano. Sin embargo, estaba muy lejos de llegar a crear una réplica que le agradase. Si se tratase de poner carne alrededor habría resultado sencillo, e incluso construir tendones era fácil salvando la evidente falta de elasticidad del hielo, pero la fontanería… Sólo en la palma, y hablando de arterias, debía organizar radial y ulnar, arco palmar, colateral interna y un sinfín más. Le quedaba mucho por estudiar.

El tiempo fue pasando lentamente. Odiaba aquello con toda su alma. Había aprendido primeros auxilios, principios básicos de la cirugía e incluso anatomía humana con fines éticamente reprobables, pero nunca había tenido que estudiar completamente el funcionamiento del cuerpo humano. Porque, evidentemente, una mano era sólo el inicio. Tras ella estaba el brazo con sus infinitos vasos sanguíneos, y los órganos vitales del torso. Venas de las piernas, el sistema de la cabeza… Una infinidad de cosas por estudiar, un agobio constante. Pero si iba a hacer algo tenía que hacerlo bien.

Los días poco a poco se iban convirtiendo en semanas. La mano ya había curado, pero la vitrina seguía sin arreglar. Rosmerta, la encargada del hogar, había limpiado los restos de cristal hacía una semana sin hacer preguntas, ni viendo las heridas de sus nudillos ni la sangre en la pared. Tras tanto tiempo ocupándose de Al Naion, sabía que era mejor no hacer preguntas. Al fin y al cabo un genio de la música como él podía llegar a ser excéntrico, y tratándose de un joven veterano de la Marina… Sólo el cielo sabría qué escondía tras esos ojos que miraban a ninguna parte y a todas a la vez. Por eso tampoco se había sorprendido cuando vio a Al crear un esqueleto de hielo, desde los pies hasta la cabeza, sin olvidar ningún hueso desde las falanges hasta el metacarpo.

-¿Y no sería más cómodo comprar uno?- había sido su única pregunta, prestándole sólo la atención que sobraba de limpiar las cortinas.

-Desde luego sería más cómodo- había respondido él. Rosmerta era una mujer amable de manos grandes y nudosas, una mujer que había trabajado toda su vida. Pasaba a limpiar los destrozos del músico casi a diario, y de vez en cuando hasta preparaba algo de comer y almorzaban juntos compartiendo anécdotas. No le importaba contarle determinados detalles de su vida, y además limpiaba su mierda. No podía tener secretos con alguien que limpiaba su mierda-. Pero quiero aprender a curarme, y eso implica conocerme a fondo.

-No sé en qué te ayudará hacer muñecos, chico- comentó, dejando la aspiradora un momento para centrarse en la figura, sostenida por una rígida capa de tendones que unía todo el sistema óseo-. Pero tu cuerpo no es el del libro.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, cuando haces galletas a mano no hay una igual- engulló un pastelillo de limón. Se le daba bien prepararlos, aunque no tan bien comerlos-. Y… Ya sabes.

Agradeció secretamente que no soltara algún chascarrillo de los que acostumbraba a utilizar, pero tenía razón. Más o menos. Los libros servían de guía, una muy precisa y detallada ayuda, pero no completa. Habría ramificaciones diferentes con las que no contaría el manual, pequeñas atrofias o varices de las que no fuese ni consciente, alguna variación… Demasiado en lo que pensar. Mejor seguir comiendo.

-Y bueno, chico, ¿Por qué dejaste la Marina?

-Me gusta la música- dio un pequeño mordisco al bollo. Sabía a crema dulce, pero con un regusto ácido-. Además, necesitaba un cambio de aires.

-Y acabaste en Dark Dome para tomarte unas vacaciones, ¿No?- rio-. No me lo creo.

-Puede que haya más cosas detrás- dijo, terminando lo que quedaba de pastelillo-, pero la noche eterna me encanta, y la vida en Linde es maravillosa.

Linde de la Noche era el barrio más caro y exclusivo de toda Dark Dome City, la única parte de la ciudad en la que el día transcurría con normalidad. Era tierra fértil llena de parques, y aunque mantenía el estilo arquitectónico de los demás distritos se veía mucho más limpio y vivo, libre de la decadencia propia de las zonas más bajas. Sin embargo Rosmerta lo increpaba con la mirada. Sabía que nadie en su sano juicio querría vivir en una ciudad llena de depravación y violencia, a pesar del encanto que podía despertar la idea de noche perpetua.

-Al, vivimos en una ciudad de mierda.

-Tú no sabes lo que es una ciudad de mierda, Ros…

-Naces en medio de la noche, te educan para ser ladrona o puta, y cualquier día podrías amanecer muerta por haber mirado mal a alguien.

-Está bien, tú ganas- no ganaba. Él había nacido en una isla donde los cráneos de los inocentes decoraban la costa, un lugar del que no se salía. No tenía nombre, pues nadie quería reconocer su existencia, pero cada vez que se necesitaba el gremio de asesinos que dominaba las vidas de cada habitante era visitada-. Pero este sitio me gusta, tiene encanto.

-Estás yéndote del tema. ¿Cómo acabaste aquí?

-En fin, supongo que de ti no puedo huir. Verás…

Hace un año regresé a Marineford con trece grandes arcones llenos de oro, armas que nadie esperaba ver en mis manos y a Legan Legim maniatado junto a mí. Incluso, tras una no demasiado amistosa charla en la que el Almirante de la Flota me dio un bofetón, me ofrecieron el puesto de Almirante. Sin embargo…

-¿No aceptaste el puesto?- preguntó, llevándose otro pastelillo a la boca.

-No se me ocurría un animal que me pegara- contestó, riendo, y la asistenta lo miró con cierta incredulidad. Sin embargo, sabía que de él podía ser cierto-. Pero bueno, como te decía…

Minato me había puesto en bandeja un nuevo ascenso, el penúltimo peldaño en el escalafón de la Marina, líder de un tercio de las flotas del orden en los océanos… Pero yo no soy un hombre ordenado. Rechacé porque, entre otras cosas, el almirantazgo significaba vivir tras un escritorio y no en las trincheras. Soy un soldado, al fin y al cabo; me volvería loco si tratase de fingir que soy algo más.

Desde ese día, de todos modos, mentiría si dijese que no me gustaba la admiración de mis subordinados o que incluso me creí algo más de lo que era. Portaba a Okami delante de mis demás armas como advertencia a quien quisiera desafiarme, y el brazalete Simurgh en mi brazo derecho, demostrando mi galón más valioso. Incluso me dio por llevar esa puta horterada de medallas. Había cambiado, y no para bien. Me volví vanidoso y en parte descuidado, decidí que quería una base en Dressrosa y un vehículo acorde a mi fama… No era yo, y lo peor fue que afectó a Xemnas.


-¿El rubito cantante?

-No deberías llamarlo así, le arrancaron las cuerdas vocales.

-Por eso me acuerdo de él. ¿No decías que cantaba?
-Tienes buena memoria. Pero vaya, que la cosa tiene miga…

-¿Cómo que Jin Surfer?- pregunté a Hyoshi, enfadado. Probablemente si has oído hablar de él sea como almirante Shirosai-. ¿Pero tú te das cuenta de que lo envías a la muerte?

Fue la primera vez que me decían eso. Jin Surfer localizado, y el vicealmirante Xemnas Death había sido elegido para llevar a cabo la misión. Como comprenderás, me molestaba que enviasen a mi subalterno a una muerte segura sin ni siquiera avisarme. Es decir, no me gusta que me dejen de lado, y menos cuando mandan a mi compañero a atrapar un asesino en serie tan peligroso en vez de enviar a la brigada.


-¡Ah! Y ahí le jodieron la garganta- interrumpió ella.

-No, eso tardó en pasar.

-Al, entiendo que estés nervioso- me respondió Shirosai-. Pero la misión del vicealmirante Death es adecuada para su rango y habilidades. Hemos seguido su desarrollo desde que se enroló. Deberías sentirte orgulloso de él.

-¿Orgulloso? ¡Orgulloso!- repetí, como si pudiera enfatizar aún más el sarcasmo de cada sílaba sólo diciéndolo aún más alto-. ¡Estoy preocupado, joder! Yo soy el irresponsable, no tú. Yo soy el que hace locuras y tú el que cuida de cada uno de sus subordinados. ¡Y mandas al único de mi brigada que no posee habilidades sobresalientes! Danio es un tritón, podría igualarlo en fuerza, y con su karate…

-Danio Rerio vive una situación particular en la Marina, como bien sabes- dijo, sencillamente, como si fuese lo único importante-. El Gobierno Mundial no quiere gente como él en sus ejércitos…

-¡A la mierda el Gobierno Mundial, Hyoshi!- grité, al borde de la histeria, recorriendo la estancia-. ¿Y Arthur? ¿Por qué no el hombre que se baña en lava fundida? Él podría haber convertido a Surfer en un helado. O Jack, Jack se funde en caramelo y el calor le hace más bien poco. Incluso Kai… ¡Que absorbe el puto fuego!

-Xemnas es perfectamente capaz de acabar con Surfer, y después de lo que tú hiciste no deberías escandalizarte tanto.

Callé, apartando la mirada. Habría discutido diciendo que era totalmente distinto, pero no habría servido de nada. Podría haber argumentado mi superioridad táctica sobre Legim, pero eso no significaba que hubiese sido una buena idea. Es más, mientras Xemnas iba acompañado de una pequeña escuadra para atrapar a una persona, yo me había metido solo en la boca del lobo.

-Al, de veras la Marina te agradece lo que has hecho por ella…


-¡¿Te despidieron?!- el grito de Rosmerta lo dejó perplejo. ¿Cómo podía pensar que lo hubieran despedido? Pese a todos sus errores, seguía siendo un Marine sobresaliente.

-Qué va. Shirosai era el majo. El imbécil comprado por Émile era Papuhebi.

-¿Comprado por quién?- repitió ella, sin entender.

-Sólo hay dos formas de salir indemne del combate con un Yonkou- explicó él-. O lo capturas o no luchas. Minato fue hallado inconsciente en Sarden tras el enfrentamiento con Dexter Black, una valiosa lección- bebió un poco de agua. Tenía la garganta seca-. No podíamos atraparlo. El Dragón Azul nunca fue famoso por ser violento, pero el Ángel Negro es totalmente opuesto. Corrompido de maldad, despiadado y criminal, además de lo suficientemente fuerte para doblegar a la Pesadilla. ¿Y un almirante cuya misión era capturarlo volvió indemne sin cumplirla? El más débil de los tres almirantes, mientras uno mucho más preparado como Kikuma murió contra Arribor Neus.

-¿Adónde pretendes llegar?

-Papuhebi huyó o se dejó comprar. En ambos casos, es un traidor- devoró un canapé de salmón de un bocado, vorazmente-. Pero no importa, la cosa es que Shirosai me mandó a descansar unos días para reponer pilas.

Salí del despacho cabizbajo, todavía enfadado. Caminé sin decir nada por los pasillos y bajé las escaleras, contando cada peldaño. Desde la cima del cuartel hasta el muelle mil setecientos ochenta y tres. Seguramente por eso desde los reclutas hasta los oficiales preferían el ascensor, pero a mí me gustaba caminar. Con calma, respirando relajadamente, disfrutando del paseo. Pero ese día no me podía sacar de la cabeza la idea de que Xemnas se hubiera lanzado a la aventura sin siquiera decirme nada; ¿Por qué no me lo decía? Le habría ayudado…

-Seguramente por eso se fue solo. ¿Qué habrías hecho tú?

-Exactamente lo mismo.

Pero él no era como yo. En mi mente había mil explicaciones que debía darme y otras tantas que pensaba exigirle yo. Por eso, entre otras cosas, estaba bajando al puerto. El mar estaba en calma y según los papeles el barco debía arribar a las doce en punto, minuto arriba minuto abajo. Al fin y al cabo, las rutas marítimas del Paraíso podían hacer que hasta los mejores navegantes necesitasen coger rutas alternativas, pero por suerte llegué justo a tiempo. Cuando pisé madera, Xemnas desembarcaba.

Me saludó alegremente con la mano y abrió los brazos con una gran sonrisa, como si esperase que me lanzase a ellos. Por un momento estuve a punto, pero me detuve a cierta distancia, recto completamente con el gesto totalmente serio. Clavé mis ojos en los suyos hasta que desvió la mirada, y entonces hablé:

-¿Se puede saber qué coño te pasa? Es Jin Surfer. ¡Podría haberte matado!

-Lo siento, Al… Tenía que hacerlo- me sorprendí cuando, en lugar de agachar aún más la cabeza me devolvió la mirada, desafiante-. Casi mata a una amiga mía, perdí la cabeza. Lo siento.

Su voz sonaba mecánica y forzada, como si tratase de no dejar salir su rabia, o algo peor.

-No puedes hacer estas cosas, Xemnas- intenté decir, más tranquilo. No quería ponerlo nervioso, y entendía que si había un motivo personal de por medio podía ser un problema mayor-. Jin no dudaría en matarte por la espalda. ¿Te acuerdas de que estuvo aquí, en este cuartel? Era el puto Daiki, y podría estar en cualquier parte.

-Iba confiado, ¿Vale? Pensé que podía atraparlo y no pude, ¿Contento? No volverá a pasar.

-Xemnas…- estaba iracundo, pero ¿Por qué? No entendía por qué se enfadaba conmigo en aquel momento. No podía…


-El Gran Al Naion captura a Legan Legim y desarticula su banda- dijo la asistenta, abriendo las manos por encima de la cabeza-. Por favor, todos quieren su pedacito de gloria.

-Yo no, sólo quería ayudar.

-Si sólo hubieras querido ayudar habrías llevado a toda tu brigada, Al- le respondió, con la superioridad propia de una madre reprendiendo a su hijo-. Querías saborear el éxito. No te interesan los ascensos, el dinero ni la fama. Pero saber que podías hacerlo solo, sin nadie más… Sí. Te lo veo en los ojos cada vez que lo cuentas.

Se quedó callado, pensativo. Ella lo miraba a los ojos sin torcer el gesto, sin parpadear. La habría confundido con una estatua si no acabase de verla devorando un muslito de pollo segundos antes. Pero tenía razón, aunque lo hiciese por el bien de la Marina, también quería alimentar su ego. Al fin y al cabo, todos a su alrededor empezaban a tener heroicidades sobre ellos. Kai había derrotado a Émile, Arthur había impedido el colapso de la realidad (o eso decía)… Él se había estado quedando atrás. Y Xemnas también.

-Puede que tengas razón.

Como te imaginarás, se despidió con una sonrisa forzada y un saludo militar perfecto, acompañado de sus compañeros y una chica sospechosa, a la que nunca había visto. De hecho, ni siquiera aparecía en el documento de la misión, como si fuese un fantasma. Investigué un poco y resultó ser Kaoru Daiki, una novata que había alcanzado el rango de Sargento. No le di demasiada importancia, aunque el apellido me dejó con la mosca detrás de la oreja, y su presencia estaba muy por encima del resto de Marines de su rango. De hecho, empecé a prestarle más atención cuando vi que se pasaba los días espiando a Xemnas mientras entrenaba. Ella decía admirarlo, pero yo no me lo creía. Xemnas es un buen tío, confiable y un soldado de categoría, pero que una persona poderosa en un rango bajo y un pasado misterioso se interese por ti es suficiente para que, como mínimo, te preocupes. Y Xemnas nunca se preocupó, era demasiado confiado. Así acabó, vaya…

-¡Pero no adelantes cosas!

-Pero si no he dicho nada. Y ya sabes que casi muere con Surfer- replicó Al.

-Pero no que la chiquilla ésta estaba implicada.

-En fin, perdona. ¿Por dónde íbamos?

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Re: La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Señor Nat el Jue 24 Ago 2017 - 23:42

Capítulo III: Tiempo de Recuerdo


-A ver si ahora…

Cerró los ojos, concentrándose en cada músculo. Primero en las manos, donde más tiempo de estudio había invertido, y una capa de escarcha se desmigajó fibra por fibra, dejando una helada silueta de vasos sanguíneos tallados en hielo. Mientras sus antebrazos sufrían el mismo destino, sonrió, y dejó que todo su cuerpo fuese poco a poco perdiendo cada hebra, quedando sólo un esqueleto desnudo, surcado de venas congeladas. Se separó de la figura cuando estuvo todo terminado. Salvando las diferencias morfológicas debidas a su exagerada altura, tenía un cuerpo casi por completo normal. Fotografió la efigie desde todos los ángulos posibles, tratando de quedarse con cada detalle singular. “Bifurcación de la aorta tres centímetros antes de lo esperado”, anotó en una libreta mientras el esqueleto de prácticas estallaba en una ventisca y volaba por la ventana. Si Rosmerta tenía que limpiar el agua cuando se derritiera la veía capaz de matarlo.

Se sentó al sofá sin dejar de mirar para los libros, acompañado ahora de las fotografías que con un par de pinceles iba pintando. Rojo para las arterias, azul las venas y una marca dorada en las diferencias anatómicas reseñables. No había muchas, pero sí las suficientes para tener que atenderlas. Al fin y al cabo, no podía dejar nada al azar.

Los días de estudio se convirtieron en semanas, y llegó casi a convertirse en un mes hasta que Al decidió hacer el primer experimento práctico. Armado con un pequeño cuchillo, lo acercó a la piel hasta notar el frío acero sobre el dorso de la mano. Le daba miedo hacerse daño, cortar un nervio, no poder regenerarlo, y en general las consecuencias de esa negligencia. Sin embargo, la emoción de apostar era una sensación hermosa.

-¡Pero qué haces! ¿Por qué te cortas?- preguntó Rosmerta al instante. Llevaba unos días observándolo más de lo habitual, pero no le importaba. Seguía limpiando, cocinando y no molestaba. ¿Qué más daba que cotillease un poco?

-Sh…- alzó la mano, ensangrentada. Poco a poco las puntas de sus dedos se helaron, y llevaron el frío por toda la palma, que se volvió de un blanco rosado, rojizo donde la sangre tocaba.

La herida era suficientemente profunda para sajar la carne y rozar una vena en el centro de la mano, pero no tanto como para inutilizarla totalmente si algo salía mal. El frío durmió la zona y dejó de doler mientras el hielo dejó la zonta completamente lisa de nuevo, sin herida. Al sonrió, y cuando volvió a ser de carne no había ningún corte, sólo una mancha de sangre congelada. Había funcionado.

-Estás como una puta cabra- dijo, y volvió a sus tareas.

-Una cabra genial- respondió él, maravillado. No había cicatriz, tan sólo una leve línea rojiza, un rastro de la sangre que aún tenía que limpiar. Cerró la mano lentamente, desde el meñique al pulgar, y la volvió a abrir. Varias veces, mientras la circulación iba volviendo a la normalidad.

Siguió estudiando. Ya conocía las manos, pero quedaba un largo camino por delante. Desde las muñecas hasta las últimas falanges de los pies, los frágiles huesos del cráneo y cada órgano vital. No se detenía hasta que lo conocía de memoria, hasta que cada mínima singularidad era captada por sus ojos y grabada en su mente, hasta que lo conoció todo de memoria. Por el camino hizo nuevos experimentos, abrió su cuerpo hasta los órganos y se hizo a sí mismo una fría autopsia. ¿Por qué hacía todo eso? Las tardes estudiando y practicando, las noches ensayando y las mañanas durmiendo mientras el tiempo corría. De nuevo los días en semanas y otro mes más hasta que estuvo seguro de conocerse a fondo.

-¡Eres estúpido!- gritó Rosmerta mientras, algo atontado, Al se levantaba del suelo. Bajo él un enorme charco de sangre, en su mano una pistola y cerca de él los restos de una bala recién disparada.

Sólo llevaba un calzoncillo blanco, más rojo que blanco en aquel momento. Los brazos extendidos y la respiración agitada, con los ojos fijos en el techo. Hiperventilaba por la tensión, pero sonreía de oreja a oreja. Llevaba todo el mes practicándose incisiones a cada cual más profunda, una al día tras el estudio. Los últimos días había ido un poco más allá: Se hería en órganos. Los últimos tres días habían sido verdaderamente agónicas, más por el dolor de apuñalarse que por curar las heridas que se provocaba. Había tenido que ir más allá. Si se hubiera perforado el corazón seguramente todo su cuerpo hubiera dado la voz de alarma, y ni su cerebro habría sido capaz de organizarse. Un tiro permitía concentrar el dolor lo suficiente para romper el umbral y no sentirlo, o al menos no demasiado. Su cerebro todavía pensaba, por lo que podía recordar pese a todo cómo tenía que cerrar la herida, y así salvarse. No quería repetir, pero al menos tenía una cosa por seguro: No necesitaba hacerlo una segunda vez.

-¡No me pagas para disgustos!

-La frase es…- tosió. Había perdido demasiada sangre- No gano… Para disgustos.

-¡Y no gano porque no me pagas para disgustos!

-No, no lo hago- confesó-. La sangre no sale nada bien… Y te toca limpiarla a ti.

Ella rio con cierto nerviosismo y Al lo intentó, pero sólo logró toser más. Se levantó con dificultad, lentamente, respirando hondo. Bajo él dejaba al menos un litro de sangre, y no dudaba que pegada a su espalda y ropa interior hubiera medio más.

-Necesito una ducha.

-Y un cerebro nuevo.

Cuando salió del baño seguía extremadamente pálido, pero ya no parecía un cadáver andante. El salón rezumaba una extraña combinación de olores entre lejía y buey a la brasa. Había sido una buena idea instalar cocina de carbón. Rosmerta estaba cocinando, pero no sólo la carne. O más bien, no sólo esa carne. Por un momento lamentó haberle explicado que tras una hemorragia lo mejor era comer carne roja, pero cuando se sentó a la mesa pudo ver un festín que lo hizo salivar. Dolía salivar. Sin embargo, estaba famélico.

-En los viejos tiempos una amiga me pegaba un carpetazo- comentó, como quien no quiere la cosa -. Ya sabes, cuando hacía estas cosas y ella tenía que cuidarme.

Una sartén golpeó su cabeza, que voló y se hizo pedacitos de hielo. Tras unos segundos, Al volvió a tener cabeza y clavó la mirada en Rosmerta, que aún empuñaba su arma homicida.

-Cuando se derrita lo vas a limpiar tú.

Lo ignoró completamente y siguió cocinando. De vez en cuando rosmaba un poco, maldecía en voz baja y se quejaba de que no podía vivir con tanto estrés. Sólo interrumpía sus murmullos para dejar sobre la mesa platos y más platos de aspecto delicioso. Al veía la carne en las brasas sudando mientras una cantidad insana de manjares reposaba frente a él. No sabía si atacar o esperar, pero el hambre era intensa y la sensación de desfallecer muy fuerte. De todos modos, Ros no se enfadaría por ir probando un poco.

-Esto está delicioso- dijo, con la boca llena-. Casi se te da mejor que a Jack…

-¿El chico azucarillo?- preguntó ella, sin dar mayor importancia-. No es difícil hacerlo.

-Ni siquiera lo conoces…

-Guarda pescado en azúcar al lado de fruta- había un deje de repulsión en sus palabras, como si tratase de contener una arcada-. No es difícil.

No podía discutir eso. Es decir, podría, pero era inútil. Jack cocinaba estupendamente, pero cuando no sacaba los ingredientes de dentro. Con una nevera a mano se le daba bien, pero la cocina de campo usualmente no contaba con refrigeradores, y los únicos productos que podía permitirse eran los que guardaba consigo. Todavía sentía escalofríos por aquel lenguado…

-Y… ¿Te he contado alguna vez que me dispararon siete buques de guerra al mismo tiempo?- terminó por preguntar, mientras las últimas gotas de grasa caían sobre el carbón ya apagado y la carne de buey llegaba sobre una fuente hasta él.

-Nunca. ¿Te he contado alguna vez cuando mi jefe se pegó un tiro en el pecho y luego le tuve que hacer la comida?

-Suena fascinante. ¿Cómo sucedió?

-Lo cierto es que perdió lo que le quedaba de cerebro y le pareció buena idea- comentó, arrancando un pedazo de buey sin modal ninguno-. No tiene mucho interés.

-Mis locuras siempre tienen interés- repuso, ofendido-. ¿Quieres escuchar la historia sí o no?

-Lo cierto es que hoy ya he cubierto mi cupo de estrés, así que…

-Estoy de una pieza- dijo, señalándose-. Como mínimo tienes garantía de que salí vivo.

-Vas a contarla diga lo que diga, ¿Verdad?

Asintió.

-Venga, no es para tanto. Ni siquiera llegó a ser peligroso… No del todo.

Como recordarás, andaba algo deprimido con el asunto de Xemnas y su adoradora. Lo cierto es que empezaba a tener grandes sospechas de ella y las pocas veces que llegué a estar un rato a su lado éstas no desaparecieron. Es más, poco a poco me di cuenta de que esa mujer era una traidora. Bueno, técnicamente no debería llamarla traidora ya que estaba infiltrada, por lo que no cambió lealtades y…

-¿Pero no me ibas a contar no sé qué de unos barcos de guerra? De eso ya me hablaste hace dos meses.

-Oh, cierto. Bueno, por si no te habías enterado y esas cosas…

Pero vamos a lo que te interesa. El tiempo que no dedicaba a acosar a la chica ésta era poco menos que un desperdicio. Ni siquiera conseguía tocar de lo nervioso que estaba, no entrenaba porque la espada resbalaba entre mis manos sudorosas y no era capaz de trabajar… Porque no estaba Arthur para trabajar por mí, vaya. Tampoco te creas que yo soy muy trabajador.

-¿Eres?- preguntó ella.

-Era. Era poco trabajador.

La cosa es que pasaba los días preocupado por mi amigo y las noches intentando dormir. No lo conseguía muy a menudo y poco a poco mi humor iba empeorando, hasta que me di cuenta de que lo único que podía hacer por Xemnas era volverme más fuerte y estar junto a él, aunque él no quisiera. De hecho, recuerdo el momento. Eran las tres de la mañana, abrí los ojos como platos y en mi mente estaba grabado a fuego lo que debía hacer. Y entonces me dormí. No sé si fue la decisión de actuar o el cansancio acumulado, pero no desperté hasta las seis de la tarde. Por suerte tras la captura de Legim mis horarios se habían vuelto algo más laxos y los nuevos reclutas estaban siendo bien atendidos por gente más capaz.

-¿Más capaz que Al Naion?- inquirió, con una mirada cargada de picaresca.

-Más dispuestos- sus labios se curvaron en una inocente sonrisa-. Pero, como te decía…

Me levanté de la cama y me preparé para entrenar: Contrapesos de cinco kilos en talones y rodillas y de dos y medio en muñecas y codos, ropa ceñida lo menos elástica que pude encontrar en mi armario y una réplica de Fuego Helado hecha en plomo. El peso de más me ayudaba a mejorar mis golpes y pases, mientras que el particular vestuario me enseñaba economía del movimiento. Tenía que practicar sin romper el traje, aprender a hacer cortes sutiles y eficaces, evitando cualquier añadido superfluo. En un torneo la belleza y complejidad podían hacer romper al público en aplausos, pero en una lucha de verdad lo único importante era ser la espada más rápida.

La gente me miraba extrañada mientras veía las torpes peripecias de mi espada. Algunos se paraban y preguntaban qué me pasaba, si estaba lesionado tras mi última misión. Incluso unos pocos me recomendaron ir al médico por si acaso. Todos Marines, ningún civil se paraba. ¿Miedo? ¿Respeto? Quién sabe. Jóvenes y mayores me miraron el primer día, pero yo trataba de ignorarlos. Alzaba muy lentamente el arma con una mano y la pasaba a la otra, que seguía el movimiento y completaba el círculo por encima de mi cabeza. Luego, de nuevo lo hacía, pero inclinado hacia un lado, hacia el otro, con las piernas flexionadas y levantadas. Todo muy despacio, muy suave, como si afinase mi violín. En cierto modo lo estaba haciendo, vaya. Tanteaba los brazos con calma hasta saber dónde estaba mi límite, en qué punto crujía la tela y cuándo mis piernas no podían más.


-¿Estabas… Haciendo taichí?

-Más o menos.

El taichí se basa en realizar movimientos lentos para fortalecer cada músculo, lo que permite que al aplicar una pequeña fuerza su impacto se amplifique. Yo sólo trataba de acostumbrarme al peso. Sin embargo debió haber bastante gente que pensaba como tú, porque el segundo día tres personas se unieron a mi entrenamiento. Sólo venían una hora, hora y media… Pero me preguntaban qué estaba haciendo, pedían permiso para acompañarme y se quedaban, imitándome. Por mi parte yo les explicaba, sin detenerme, las bases del Ken Momai. Ya sabes, movimientos que derivan en pases, katas básicas, esas cosas…

Tal vez un Marine más inteligente habría optado por entrenar en un lugar más discreto. Quizá hubiera pedido una de las salas de musculación, o un mes o dos en la Torre Sagrada. Pero yo no soy así, y mis prácticas se llevaban a cabo en la misma calle del puerto donde acostumbraba a tocar. Qué le voy a hacer, me gusta estar rodeado de gente, saber que disfrutan con mi espectáculo… Y, para qué negarlo, siempre fui un poco payaso.

Dejé correr los días utilizando las calles como gimnasio, adiestrando civiles a ratos y mejorando mis movimientos hasta el punto de que ya no se escuchaba el traje rozar. Notaba mis músculos algo más marcados en el espejo, y la espada de plomo casi se sentía ligera en mis manos. Por otra parte, varios Marines habían oído hablar de mi “nuevo hobby”. Digo “varios” y “habían oído” porque no eran los típicos reclutas que patrullaban los muelles, sino un par de comodoros y un vicealmirante. Concretamente el vicealmirante Lood I. Colo.


-No me suena- dijo Rosmerta, tratando de recordar.

-A mí tampoco- respondió Al, riendo.

-Lood… ¿Qué?- pregunté, confuso. No me sonaba de nada su nombre, ni había recibido galones recientemente. De eso estaba seguro. Tal vez fuese una vieja gloria, y por su edad perfectamente podría serlo. Unos cuarenta años, tan alto como yo y muy peludo. Y cuando digo muy, es MUY peludo.

-Hombre, no soy el gran Al Naion pero esperaba que al menos me recordase, vicealmirante- respondió, riendo. No sabía si yo debía reírme también o en verdad estaba enfadado por mi mala memoria, así que opté por lo más normal.

-Disculpe, señor- terminé por decir-. Tengo mala memoria, y creo que no hemos llegado a coincidir…

-Bueno, es normal que no lo recuerdes, muchacho- sacó un pequeño den den mushi plateado-. Por suerte hace mucho tiempo de eso ya.

No lo podía creer. Lood era uno de los cinco vicealmirantes que habían dirigido la Buster Call de Loguetown. Era normal que no lo recordase, tenía una profunda laguna mental alrededor de esa fecha. De hecho, verlo me dejó pálido. Era como revivir a uno de los fantasmas más terribles de mi pasado, y creo que lo notó. Tal vez por mis ojos como platos, un balbuceo incomprensible o que mis manos soltaron la pesada arma repentinamente.

-Di-disculpe- fue lo único que atiné a decir, agachándome lentamente a recoger el arma, pero él se me adelantó y me la devolvió-. Fue muy duro para mí.

-Para todos, chico- su voz era profunda y grave, pero no demasiado. Protectora, tranquilizadora… Me preguntaba si habría cantado alguna vez-. Creo recordar, además, que tu buque fue el único que no disparó, ¿Verdad?

-Había demasiada gente. Tenían que evacuar la isla, pero sólo pretendían volarla en pedazos… No podía impedirlo, pero tampoco iba a formar parte de ello.


-A ver, a ver, a ver- interrumpió Rosmerta-. ¿Qué me importa a mí esto?

-Bueno, te estoy abriendo mi corazón y mis recuerdos- repuso Al, cortando un pedazo de buey. Ya estaba casi lleno, y aún quedaba casi la mitad de la comida-. Supuse que mis traumas te interesarían. ¿Lo siento?

-Pues la verdad es que no, no me interesan. Es tu pasado, pero no la historia que me has prometido. ¿Cómo acabaste siendo tiroteado por buques de guerra?

-Ah. Pues esto era importante…

-Te ibas por las ramas.

-Vale, ¿Sabes qué? Está bien. Vamos a lo que te importa.

Resulta que Lood estaba interesado en unirse al grupo de entrenamiento en la calle. No tengo muy claro por qué, ya que él estaba en plena forma, pero quería, y lo cierto es que a mí tampoco me molestaba la presencia de un hombre fortachón acompañándome en las prácticas. Además, podía aprovecharlo para mejorar mi técnica. Salvando que él luchaba con los puños y yo con la espada, el vicealmirante podía ser un buen siguiente paso a la hora de entrenar.

Le di las indicaciones pertinentes acerca de la ropa y pesos que debía traer, pero al parecer lo había entendido mal. Lo que él quería no era imitarme sino enfrentarme. Él acostumbraba a realizar sus rutinas diarias de una forma similar, moviéndose muy despacio, y estaba deseoso de comprobar si había alguien a su altura. Parece que nadie cambia; yo nunca dejé de ser un artista callejero y él seguía siendo culturista. Pero, en cualquier caso, no podía rechazar la oferta; Quién sabe cuándo volvería a tener una así.


-Como ese tío no lance balas de cañón sigues sin darme lo que prometiste.

-Cállate y escucha, anda…

-No lo haces mal, pero deberías intentar doblar la muñeca cuando bloqueas- me dijo, tras media hora luchando. El arma poco a poco se había ido haciendo más pesada en mis manos, pero él se mantenía completamente erguido, como si acabásemos de empezar. Sudaba un poco, pero su cuerpo seguía totalmente relajado.

-¿Cómo doblar la muñeca?- pregunté entre jadeos mientras trataba de erguirme.

-Sí, fíjate- hizo un movimiento muy lento con el brazo, abriendo la mano hasta que, al terminar, la palma era perfectamente visible.

-¿Puedes repetirlo, por favor?

Me quedé apoyado sobre el arma, tratando de recuperarme, mientras miraba mucho más atentamente al oficial. Incluso bajo la mata de pelo que tenía en los brazos pude ver lo que decía. Mientras la mano se abría iba girándola, de tal modo que parecía abrirse ligeramente. Sin embargo, no era lo único. La muñeca se relajaba, sí, pero el codo de la misma forma se casi estiraba, manteniéndose ligeramente flexionado mientras el hombro colgaba. No sé describirlo de una forma mejor, vaya. Se mantenía firme, pero colgaba. En general, su postura completa parecía flexible, como un flan o una especie de gelatina, pero al mismo tiempo parecía sólido como la roca.

-Ya lo has visto, ¿Verdad?- dijo, sonriente, antes de volver a una posición algo más natural-. Ahora repítelo tú.


-Sigo sin entender adónde pretendes llegar- dijo Rosmerta, otra vez interrumpiendo.

-Paciencia- contestó él-. Es importante para entenderlo…

Traté de imitarlo. Muy despacio, moviendo sólo la muñeca. El cuerpo es como una larga cadena, y un solo músculo mal posicionado podía hacer que esto no saliese. La espada pesaba, así que la solté, y mientras su sonido retumbaba en la madera fui maniobrando muy lentamente. Con suavidad, haciendo de cada mínimo quiebro una pincelada, de cada tendón relajándose una cuerda afinada.

-En serio, ¿Para qué?- volvió de nuevo.

-Como espectadora eres terrible, ¿Sabías?- repuso-. Cuando todo tu cuerpo está relajado absorbe mejor los impactos. Sin daños. Es un principio básico de las artes marciales clásicas.

-Ah.

-En fin…

Pasó un tiempo de práctica. Cada día iniciaba conmigo moviendo la espada para estirar y enseñando movimientos básicos a mis “alumnos” hasta que Lood llegaba, y empezaba a corregirme algunos. En mi intento de moverme lo mínimo posible había tomado algunas malas costumbres, como rigidez en los hombros o en la cadera. Él me iba enseñando a relajarlos al tiempo que me daba consejos sobre la primera lección. Él no era espadachín, pero sí un amante del deporte y las artes marciales, y sabía lo que se hacía. Pese a sus imponentes músculos y su enorme talla hacía movimientos imposibles, dignos de un gimnasta profesional. Y poco a poco con su ayuda yo iba mejorando en ese aspecto.

-Al- me dijo un día, cogiéndome del hombro y acercando sus labios a mi oído-. La próxima práctica debería ser a solas. En la arena.

Por un momento me recorrió un escalofrío por la espalda. ¿Me habría confundido con Kai? A mí no me iban esos rollos de chocar espadas…


-Pero si eres espadachín.

-Y heterosexual.

Pero no podía ser. Lood era peludo y enorme. Toda lógica dictaba que, de estar interesado en esa clase de compañías iría vestido de mujer y hablaría con un forzado falsete. Y, hasta donde yo sabía, el bañador gris que llevaba era bastante masculino. Demasiado masculino, incluso.

-¡Se le marcaba todo!

-No me hagas recordarlo…

La cuestión es que acepté. En parte era bueno, ya que podía dedicar mi tiempo libre a tocar en la calle y no a entrenar potenciales alborotadores de taberna. O al menos yo creía que podría hacerlo, pero desde el primer día me di cuenta de que eso no iba a ser así. Lo que pretendía hacer a solas conmigo el vicealmirante era pelear, y no precisamente suave. Cuando terminó la sesión tenía moretones por todo el cuerpo, un par de cardenales y si no seis, siete costillas a punto de romperse.

-Estás en baja forma- me dijo, reponiéndose. Tenía casi tan mal aspecto como yo, pero él era capaz de mantenerse en pie y yo estaba tendido sobre la arena, luchando por respirar-. ¿Cómo acabaste con Legim?

-No… Acabé- balbuceé-. Él se entregó…

-Pero sí con Azmodan, ¿No?

-Le atravesé el corazón- recordaba cómo, en lugar de aprovechar sus últimos segundos para acabar conmigo, se había suicidado por orgullo.

-Bueno- sonrió-. Al menos ahora sé que podría haberlo intentado yo también. ¿Puedes levantarte?

Me tendió una mano y la acepté, irguiéndome con su ayuda. Me ahorré recordarle que estaba intentado practicar movimientos marcados por él con una espada de plomo y pesos en cada articulación, así como el hecho de que soy usuario. Es decir, y no es por fardar, pero… Si hubiera querido habría acabado con él en un instante. Sin embargo, el vicealmirante tenía grandes habilidades que no pensaba despreciar.


-Vamos, que te estaba enseñando a pelear.

-No. Me estaba ayudando a mejorar.

Y vaya si mejoré. Los días pasaban, como te imaginarás, y poco a poco fui siendo capaz de seguirle el ritmo. Lood era un hombre fuerte, pero pese a sus puñetazos demoledores era lento. Muy potente, pero muy lento. Sin embargo, era lo suficientemente preciso para evitar que lo esquivase, inteligente y con grandes reflejos. No podía evadir sus ataques, sólo interponer el arma. Y ahí radicaba el mayor problema, pero lo resolvimos con práctica. Bueno, para mí era práctica, para él un intento de convertirme en saco de boxeo. Sin embargo, un día todo cambió.

-Éste va a ser el golpe más fuerte que nunca te haya dado- dijo, retrocediendo con una sonrisa confiada. Tras más de un mes practicando junto a él ya empezaba a saber de qué pie cojeaba.

-Adelante- respondí, sonriendo, y él se crujió los nudillos.

Apenas pude seguirlo con los ojos cuando se abalanzó sobre mí, pero probablemente él tampoco se esperaba que antes de poder reaccionar hubiera una espada interpuesta entre él y yo. No me refiero a la tosca arma con la que entrenaba, sino a Fuego Helado en mis manos. Estaba negra y brillante como mi mano, y relampagueaba con un poderoso color rojo. En el suelo aún rebotaban los contrapesos, y pude sentir el golpe desvanecerse en el arma antes de llegar a mi mano.

La hoja no se movió, clavada en el aire, por mucho que el vicealmirante trataba de impulsarse más. Simplemente, mi brazo no cedía. Rígido pero suavemente armado, como una masa densa e inamovible. Finalmente dio un salto hacia atrás y sonrió, complacido.

-Veo que vas aprendiendo- fue lo único que dijo, antes de descargar otro golpe de la misma talla sobre mí, pero la espada volvió a interponerse. No era sólo mi cuerpo en la postura adecuada, sino mi voluntad de no retroceder un milímetro.

Él empezó a hacer más fuerza y yo lo miraba, concentrado. Apreté los dientes, haciendo fuerza mientras él respiraba por la boca, agitado. No parecía que pudiera romper mi def…


Otro sartenazo golpeó su cabeza, pero en ese momento simplemente dejó que el haki lo protegiese. Cuando la mujer apartó el cazo de su cara un perfecto perfil, digno de estar en una moneda, apareció en su fondo.

-Resulta molesto cuando me interrumpes.

Otro golpe llegó, aquella vez a la parte superior, estropeando el molde de su cara.

-¡Que me cuentes lo de los barcos!- gritó-. ¡Llevo quince minutos ya esperando, coño ya con el niño!

-Está bien. Pero de verdad, que esto era importante- pese a todo, seguía tranquilo. Incluso le divertía el ansia homicida de la asistenta, aunque dudaba que si se tratase de otra persona fuese tan violenta-. La cosa es que tardé casi un mes en darme cuenta de lo que pretendía Lood. Puede parecer una tontería, pero me enseñó a bloquear. Yo solía esquivarlo todo y usar el filo para desviar. Tenía miedo al golpe- bebió un poco de agua-. El vicealmirante quería que perdiese ese miedo, y por eso me entrenó.

-Vuelves a irte por las ramas.

-Escucha. Al aprender una postura de bloqueo perdí el miedo, y con el entrenamiento fui haciendo pequeños añadidos. El haki del Rey no se limita a gobernar la voluntad de los demás, sino a dominar todas las cosas. Combinado con el haki de armadura, que vuelve el cuerpo resistente, y con el haki de observación, que permite ver el mejor punto para frenar una embestida…

-¿Qué es el Haki?- preguntó Ros, extrañada. Era normal; al fin y al cabo para ella toparse con un alto cargo de la Marina muy resistente sería lo normal, pero términos como el Haki le eran totalmente desconocidos.

-No importa- respondió-. Simplemente quédate con que aprendí a bloquear cualquier cosa, aunque no soy capaz de hacerlo muy seguido. Pero vamos con lo que te interesa…

-¿Cómo lo vas a llamar?- terminó preguntando Lood, sacando una fiambrera llena de arroz, pollo y verduras.

-¿A qué?- contesté yo, sin entender.

-A ese bloqueo. Tenía entendido que pones nombre musical a tus pases.

Asentí. Era bastante conocido que mi estilo de lucha iba nombrando sus técnicas en base a la intensidad y la velocidad, aunque no esperaba tener que nombrar un bloqueo. Por otro lado el movimiento sinuoso para realizarlo y la fuerza que llegaba a poner en él me recordaba al Furor del Dragón, el décimo movimiento del ken-nomai. No era mi especialidad, pero llevaba muchos años practicando con él… Pero no. No había desarrollado la técnica a partir del estilo, nombrarla como si así fuera estaba mal.

-Hoja inamovible- terminé diciendo, mientras jugaba con el arma entre mis dedos.

Lood pareció decepcionado.

-Creí que lo llamarías Silencio.

-Silencio- repetí, lentamente, pensando. La verdad es que le pegaba mucho el nombre, y aunque en música sonaría algo brusco un silencio de esa magnitud no sería la primera vez que ponía uno así en práctica.


-Focaliza, Al. Focaliza…

-Perdona.

Como es evidente, seguí practicando los días siguientes todo esto. Silencio era un bloqueo muy efectivo, pero que requería gran esfuerzo mental. Concentrar y utilizar los tres Hakis al mismo tiempo, además de mantener la postura y golpear con fuerza el punto exacto. Reflejos, agilidad, precisión… Algo muy exigente que por suerte en un mes más terminé dominando, pero no era suficiente. Al fin y al cabo, existen peligros mucho mayores que un golpe directo. En mi día a día me enfrentaba a explosiones, fuego, rayos y una infinidad de cosas que parecen sacadas de un juego de rol, así que como entenderás era una habilidad incompleta.

-Ay dios.

Me costó convencer a Lood, pero terminó accediendo a llevarme en barco hasta un pequeño peñón en mitad del Calm Belt. La idea era entrenar allí durante un tiempo. Ya sabes: Sol abrasador, calor infernal veinte horas al día, un picnic de vez en cuando… Lo normal, vaya.

-Sigo creyendo que estás loco- me dijo, algo enfurruñado. Por un lado me gustaba verlo sin esa inquietante sonrisa, pero por otro casi me daba pena.

-Arthur no se habría quejado- le respondí yo, obviando que el pequeño pelirrojo lo habría hecho como un intento de liberar su propia furia homicida. Y, probablemente, de matarme en el proceso.


-Eso es lo que significa homicida.

-Lo sé.

El plan era bastante sencillo: Lood disparaba cañonazos al pequeño islote y yo trataba de sobrevivir. Cabe decir que cuando digo pequeño islote me refiero a un peñón grande, un cacho de piedra en medio del mar por el que podría dar unos cincuenta pasos, más o menos. Pero, como te decía, yo ahí tenía que resistir, a ser posible con el cuerpo intacto. De hecho, lo ideal era que me mantuviese intacto.

-Faltan seis buques- dijo Rosmerta.

-Tranquila, ya casi estamos.

Cuando puse un pie en el lugar Lood no esperó, simplemente disparó. El primer cañonazo cayó “lejos”. Era como una advertencia, una explosión al otro lado de la isla… Pero eso no significaba mucha distancia. La explosión se llevó por delante un buen pedazo de roca, y la onda expansiva trajo hasta mí escoria propulsada, que me habría dejado hecho un colador de no ser por mi haki… Aunque, por muy resistente que fuera no pesaba más, y salí volando como una hoja con el vendaval. Por un momento me puse nervioso, pero cuando rocé el agua la congelé y volví a subir, en aquel momento ya preparado.

El segundo cañonazo tardó un poco en llegar, pero vino directo a por mí. Mientras tanto, yo trataba de concentrarme. Veía el filo de la espada, la enorme esfera que se dirigía hacia mí y las consecuencias de esas balas de cañón, creadas con el único propósito de devastar. Sí, lo has oído bien, no eran balas de asalto a navíos. Eran balas para Buster Call.


-Sí, hombre. Ibas a sobrevivir tú a una Buster Call- rio y dio un largo sorbo a su vaso de… ¿Algún refresco de color verde? Era espumoso y no parecía muy apetecible, pero si a ella le gustaba…

-¿Sabes acaso lo que es una Buster Call?- preguntó.

-Desde la guerra de Loguetown en la Marina se usan como si no hubiera otra cosa. Mariejoa, Hallstat… Seguro que hasta cuando tenéis estreñimiento hacéis una en vez de poneros un enema.

-Qué basta eres, hija…

Era un proyectil poco menos que de mi altura, una cosa enorme, que se acercaba rápidamente. Si lo tocaba, explotaba. Si lo esquivaba, explotaría en el suelo. Sólo podía hacer una cosa, la más loca de todas: partir la bala a la mitad. Y… Sí, era una locura. Lancé un solo tajo, tan potente como veloz, pero antes de cortarla del todo explotó.

Sentí de lleno en mi cara el calor justo antes de hacerme hielo y dejar que un pedacito de mí volase movido por la vorágine destructiva. Pero lo importante es que había sido capaz de frenarla, ahora sólo tenía que poder hacerlo sin efectos secundarios.

-Para la siguiente- le dije a través del den den mushi, subiendo de nuevo a la cada vez más pequeña roca-, dame unos minutos. Quiero probar algo.

Me quedé quieto, mirando el barco. Éste me devolvía la mirada con el cañón de proa, como desafiante. Sobre él distinguía a Lood, que observaba impertérrito la escena. Sin quitarle ojo de encima empecé a juguetear con la espada entre los dedos, moviéndola rápidamente de forma casi imperceptible. Empuñada entre índice y corazón, corazón al anular, de ahí a agarrarla con la palma entera… Varias veces, mientras pensaba. Sabía cortar el viento, pero para que aquello funcionase debía aprender a cortar con el viento. Moverme a su son, y él al mío. Comencé a bailar con la corriente, mecido por la brisa. En mi mano Fuego silbaba, y de pronto un estallido. Había pasado el tiempo.

Seguí el curso del aire hasta que sentí la explosión llegar. La deflagración se extendía rápidamente, y desde los pies levanté un tajo sin duda no lo bastante fuerte, pero un buen inicio. Volví a ser hielo y repetí mi autoevacuación, subiendo al islote otra vez para ver los efectos de mi intento. Aquella vez no había frenado la bala, sino que había esperado a que la onda expansiva me alcanzara. Sobre el suelo había una pequeña línea de roca intacta, la misma que había protegido con mi corte.


-¿Cómo que bailabas con el viento? ¿Qué película me estás contando?

-A ver… Imagina que estás bailando sin música, sólo con lo que escuchas en la calle- dijo Al-. La brisa que va hacia ti, una hoja que se mueve en círculos por el suelo, el aleteo de los pájaros, tal vez tu pelo movido por el viento. ¿Sí?- esperó a que asintiese-. Ahora imagínate que te mueves al ritmo de esas cosas, y en la dirección que el viento dicta. Primero a la derecha, izquierda, delante, abajo… Y cuando llega el momento, tú tomas el control de tu pareja de baile. ¿Comprendes?

-Más o menos.

-Con eso me llega.

Tras un duro día, la noche termina llegando. No creas que soy estúpido, el plan era dormir en el barco, y utilizar el peñón para practicar. Al fin y al cabo, las balas con las que trabajábamos eran muy peligrosas para una isla habitada, pero tras entrenar necesitaba un descanso, así que me acerqué al barco cuando el Sol se puso.

-No sé ni cómo sigues vivo- fue lo primero que me dijo el vicealmirante, tendiéndome la mano para apurar el último apoyo de la escalerilla.

-Haciendo esto no muy a menudo- contesté yo, riendo, y él se contagió. Me dio una palmada en el hombro y se alejó, cargando de nuevo el cañón.

-No quiero tener que hacerlo mañana- fue la única explicación que dio, y yo no repliqué. Entendía esa pereza. Simplemente fui a mi camarote y me dejé caer sobre la cama.


Capítulo IV: Esa noche


-¿Y ya está? ¿Eso es todo?- preguntó de nuevo. Ya había acabado con casi toda la comida y empezaba a impacientarse-. Siguen faltando seis barcos, ¿Me lo vas a contar en algún momento?

-Tranquila, ya casi estamos…

-No, no. Me estás contando una historia larguísima para un final decepcionante.

-Eso suena al sexo con tu marido- replicó él, y la sartén se rompió en su cabeza de la fuerza que Ros le había imprimado-. Mis historias tienen buenos finales, ya verás.

El segundo buque llegó al quinto día de entrenamiento. Yo ya estaba extenuado, pero había logrado cortar las balas sin recibir la mayor parte de la explosión, aunque en medio del caos la deflagración siempre conseguía abrirse camino, por pequeño que fuese. Y Lood… Bueno, a Lood no pareció hacerle mucha gracia que un segundo barco fuese a disparar contra mí cuando no podía ni con el primero.

-¡¿Pero te has vuelto loco?!- me gritó, y pude ver las venas por su cara hincharse-. ¡Esto es estúpido!

-Durante esta semana hemos hecho progresos-traté de explicarle-. Además, el tiempo de recarga del cañón es muy largo. En situaciones de estrés el cuerpo saca su verdadero potencial a la luz, y no puedo si sólo me atacan cada…

-¡¿Cada treinta segundos no te parece suficiente?!


-Serás melón…

-Lo mismo dijo Lood.

Pero, como te dije, mi cuerpo rinde mejor bajo presión. Con la ayuda del segundo barco apenas tenía tiempo de pensar. No podía calcular, prever, posicionarme… Sólo tenía tiempo de moverme hasta la siguiente bala tras ser alcanzado por la anterior. Salir volando, entrar de nuevo en pista e interceptar el cañonazo con la espada. Poco a poco mi golpe se perfeccionaba, y con cada fracaso era más preciso que con el anterior. Fuego sajaba el metal sin dificultad, y yo podía escuchar con cada intento un sonido extraño, diferente.

Verás, cuando una explosión viene a por ti oyes la corriente, pero puedes notar el caos en ella. Va hacia todas partes y hacia ninguna, choca consigo misma… Es hermoso, en cierta manera, pero cuando el arma se movía por un momento silenciaba el ruido. Podía escuchar música, un débil contrapunto, y al pasar los días, finalmente conseguí hacer lo que llevaba tanto tiempo buscando: Cortar la explosión. Evidentemente al principio no me salía todo lo bien que debería, y sólo podía ocuparme de una de cada tres, y no fue hasta el vigésimo día cuando lo que llevas tanto tiempo deseando escuchar pasó.

-Al, mañana el permiso expira- me dijo Lood, constatando lo que yo ya sabía. Los permisos de entrenamiento eran muy cortos cuando no se realizaban en instalaciones gubernamentales-. Así que esta noche volvemos al Cuartel General.

-Está bien- respondí-. Si ellos deben estar a punto de llegar.

-¿A punto de llegar?

El don de la oportunidad, lo habría llamado. Quise reírme, pero estoy seguro de que me habría tirado por la borda si cuando cinco barcos más llegaron lo hubiera hecho. Pero en serio, deberías haber visto su cara. Esos ojos como platos, esa barbilla que casi llegaba al suelo bajo su boca abierta de par en par… Las velas de la Marina ondeaban en lo más alto, y en cabeza el Diamante en Bruto, mi barco. Cierto es que no tenía tanta potencia como los demás, pero escupía llamaradas dignas de un dragón. Además, no encontré un sexto vicealmirante al que pudiera sobornar y tuve que llamar a Jenny.

-Tenías razón. Dos eran poco- sonreí mientras cinco botes se acercaban a la nave.

-Dije- comenzó, suavemente-, ¡Que era estúpido!

Su grito me hizo definitivamente caer sobre mis espaldas riendo sin control mientras los cuatro vicealmirantes y mi secretaria se acercaban a dar el correspondiente saludo.


-Espera. ¿Cómo convenciste a cuatro oficiales de la Marina para esa tontería?

-Bueno…- titubeó por un instante-. A Vallerian simplemente se lo pedí. Gromstein quería probar una munición especial que había fabricado su ingeniero. A Mülher la invité a cenar, y…

-¿Invitaste a cenar a una compañera? ¿No era que no mezclabas?

-No, a ver- repuso-. No mezclo, pero Isabelle no es compañera mía, sólo colega de profesión. Y como te decía, a ella la invité a cenar y a Oratio pareció encantarle el plan desde que le dije que consistía en dispararme.

-Vale, cuatro de cinco. ¿Y Jenny?

-Soy su jefe.

-Eras.

-Era.

Pero ese último día… Ay, ese último día. Realmente estaba en total sintonía con mi espada, era como una continuación de mi cuerpo. Los buques de guerra dictaban una melodía y yo la bailaba mientras las enormes esferas volaban a mi alrededor, sin descanso. Mis ojos no sabían dónde mirar, pero Fuego cortaba casi por instinto. Una, dos, tres, quince… Y una bocanada de llamas llegó, una lengua tan ardiente que la mitad del suelo se derritió antes de que lo razonase, pero la punta del arma hendió el fuego e hizo un pasillo a través de él, una zona donde estaba a salvo. Y, sin poder prepararme para lo que venía, tres balas fueron disparadas a la vez. Las corté en horizontal y tuve que agacharme para que no me chamuscaran. Y así, se detuvieron apenas poco antes de que el sol se pusiera.

-No queda munición- escuché a través del den den mushi. Era hora de volver al cuartel.


Rosmerta lo miraba con la boca abierta, como sorprendida. ¿Con qué pensaría interrumpir en aquella ocasión?

-¿Cortas el fuego?- preguntó.

-Podrías haberlo preguntado hace rato. Sí, corto… Cortaba fuego. Cuando estaba en forma.

Se miró las manos. Los callos de la palma habían ido desapareciendo poco a poco, así como sus dedos habían terminado por alargarse algo más. Eran dedos de músico, no de espadachín. Echó un vistazo por toda la estancia. Libros, instrumentos, premios, libretos de óperas y obras de teatro… Su vida era buena. Inmejorable, de hecho. Tenía lo que quería cuando deseaba, se acostaba con quien le apetecía y sus obligaciones eran poco más que nulas. ¿Quién no querría vivir así?

-La próxima vez que ese aparato suene, contesta- fue lo único que dijo.

-No quiero volver.

-No. No quieres enfrentarte a Xemnas. No quieres volver a verlo y decirle “te lo dije”.

-No lo entiendes- discutió, algo afectado. No le gustaba pensar en eso.

-Llevo mucho rato escuchándote, ahora escúchame tú- por un momento, tuvo miedo de su asistenta. No porque pudiera hacerle daño, sino por la autoridad de sus palabras-. Pasaste meses entrenando por alguien que no te hablaba. Y como no pudiste salvarlo de su propia estupidez te castigas a ti mismo. Cada vez que hablas de ser Marine sonríes, haces bromas, se te ilumina la cara.

-Puedo ser feliz aquí.

-¡Pero no lo eres! ¡Ni siquiera has dejado de ser un soldado, Al, tú mismo lo dijiste! Has pasado dos meses estudiando anatomía para regenerar tu cuerpo. ¡Te acabas de pegar un tiro, por el amor de Dios! Necesitabas aprender eso porque quieres vengar a tu amigo.

-Pero no volver a la Marina- respondió, y se levantó de la mesa.

-A mí puedes ignorarme, Al, ¿Pero cuánto más puedes ignorarte a ti? ¡Solo te estoy diciendo lo que tú piensas cada día!

Al no contestó. Observaba con detenimiento la vitrina, con el ceño fruncido. Tras dos meses todavía no se había acordado de buscar a alguien que reparase el cristal, pero no importaba. Abrió con más bien poca delicadeza su arcón y sacó varias cosas: Su chaquetón, en aquel momento negro; su cinturón, donde aún estaban las fundas de cada arma; Kujaku o, la vieja espada que adoptaba infinidad de formas… Se colocó el abrigo y cinchó el cuero alrededor de sus pantalones. Se acercó a las armas y fue colocando una a una con cuidado, cerciorándose de que estuvieran afiladas y listas para usarse. Estaban todavía en perfecto estado.

-¿Adónde vas?- preguntó Rosmerta.

-A cerrarme la boca.

Dio un portazo cuando salió, y bajó tan deprisa que la chaqueta ondeó como si un vendaval la azotase. Los peldaños desaparecían bajo sus pies mientras las armas chocaban contra las paredes. Pomo, vaina, pomo, vaina, y así con el acompañamiento de golpes amortiguados llegó hasta el enorme portal.

Había unas amplísimas escaleras ante él, y dos rampas que las flanqueaban. Tras él dejaba el ascensor y la subida a pie, mientras frente a él se encontraba la última puerta que tenía que cruzar. Una vez lo hiciese no se detendría hasta dar con Jin Surfer. “Ya está, no hay más que hablar”. Empujó el tirador y dejó que la luz del Sol lo bañase unos segundos, mientras buscaba con la mirada su moto. Negra como la noche, era una de las seis que había mandado fabricar para la Brigada, aunque seguramente sólo la suya hubiese salido del hangar.

Montó en ella, poniendo las manos sobre el manillar, muy despacio. Notaba las tiras de cuero en perfecto estado, todavía suaves. Llevaba tanto sin conducirla… Apretó el embrague y sintió el motor rugir, hambriento de velocidad. Cerró los ojos por un instante, escuchando poco a poco cada pistón golpear el esqueleto, cada célula del carenado calentarse lentamente. Y entonces salió disparado.

Avanzaba veloz, hendiendo el viento como un rayo, recordando la última vez que había montado aquel vehículo. Era una noche lluviosa, un perfecto contraste con el hermoso atardecer que se vivía saliendo de Linde, sin ni una nube en el horizonte. Sin embargo, también tenía prisa. Las dos veces había saltado desde un muelle congelando el agua bajo sus pies, y las dos veces había puesto rumbo a un suicidio casi seguro. En aquel momento el objetivo era Jaya; hacía casi un año, Jin Surfer.

Recordaba la sensación, y cómo parecía que en cualquier momento el abrigo fuera a volar lejos de él, pero lo peor no había sido el viaje sino la llegada. Olía a muerte, y la sangre caía por las paredes. Un muro derribado, varias presencias todas moribundas… No era agradable. Podía sentir a Xemnas, una voz muy débil a lo lejos, y a Jin. Cada vez aceleraba más, tratando de impedir que los recuerdos lo alcanzasen, pero la voz del demonio aún resonaba en su cabeza.

-Otro insecto ha llegado a la escena del caos- había dicho. Él lo había mirado con severidad, pero ocultaba tras el impertérrito rostro un terrible miedo.

-Jin Surfer- había respondido mientras desenvainaba a Fuego-. Te imaginaba más alto.

Todavía lo aterraba lo que había visto a continuación, pero no había retrocedido. Tampoco lo hacía en aquel momento. Ni los largos cuernos negros de la bestia, ni la enorme altura que tomó cuando transformó su cuerpo lo habían hecho dar un paso atrás, ni iba a darlo. No pudo evitar sonreír por un momento.

-¿Suficiente para ti?- había dicho Vader, notablemente molesto.

-Esperaba algo más… Impresionante.

No había podido permitirse el miedo. Simplemente había sonreído con arrogancia mientras el perro se iba poniendo más y más nervioso.

-Debo admitir que lo de Legim fue impresionante, pero no va a pasar lo mismo conmigo- Podía sentir su congoja. En cierto modo era tranquilizador notarla-. Espero que hayas dejado testamento… Espera… ¿Eso que escucho es Xemnas ahogándose?

-Yo sólo escucho un perrito asustado- había sucedido tiempo atrás, pero el suave toque de Fuego contra el suelo, el repiqueteo metálico de su punta contra el hormigón… Y el hielo. Nunca olvidaría todo el hielo de aquella noche.

Aceleró más cuando el recuerdo avanzó. Podía ver en el agua el cuerpo herido de Xemnas, y en el cielo cada lesión que encontró. Los pulmones encharcados, costillas rotas, el cuello destrozado… Había sido una suerte que hubiera llegado a tiempo, ¿Y todo para qué? Él habría muerto con orgullo esa noche, cumpliendo su deber, cayendo en una trampa absurda. Tampoco había tenido los medios para atenderlo, y sólo gracias a Simurgh se había salvado. Tanto esfuerzo para no recibir un simple “gracias”.

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Mensaje por Señor Nat el Jue 24 Ago 2017 - 23:45

Capítulo V: Cartas Nunca Enviadas


Querido Xemnas:

Me estoy aficionando a mandarte cartas. La primera fue desde mi escritorio en Marineford y ésta desde la mesa de un cuartucho en Jaya. Si te preguntas por qué te escribo, déjame decirte que no eres el único que se hace esa pregunta. Tal vez no llegues a leerla, tal vez aún sigas enfadado conmigo por haberte salvado la vida no haber confiado en ti. De no ser por ese veneno que había en tu organismo, probablemente el resultado del combate hubiese sido diferente. Pero no importa, entiendo que no quieras saber nada de mí. Me comporté como un crío, pensé que eras incapaz de triunfar por tus propios medios y acerté de lleno te entorpecí en lugar de ayudarte, como un buen amigo habría hecho. Pero yo no soy un buen amigo, sólo soy alguien que se preocupa por ti aunque muchas veces me equivoque. Pero estoy divagando y no tengo mucho tiempo.

Te escribo porque, si bien no hemos hablado en más de un año, nos vimos hace casi diez meses. Tal vez te hayan llegado noticias, pero para ir detrás de ti desobedecí una orden directa. Sabes lo que significa, y conoces el castigo de una insubordinación directa. Máxime ante un Almirante. ¿Pero sabes qué? No me arrepiento de eso. Sólo… Me gustaría que supieras que estoy bien. Seguramente te hayan llegado rumores sobre mí siendo atacado por ingentes cantidades de explosivos, pero eso fue antes de tu accidente. De hecho, bastante antes.


El den den mushi interrumpió sus pensamientos. El sonido retumbaba en toda la estancia, y Al recogió la pluma deprisa, tratando de no dejar un pegote de tinta sobre el papel. Lo miró con cierta pesadumbre, como viendo un fantasma del pasado. Sabía quién se encontraba al otro lado del teléfono, y cómo daba vueltas alrededor de la alfombra en su despacho. Recordaba el pequeño tic de su labio cuando algo le molestaba y fingía que no, y el toque arrítmico de sus dedos sobre el pequeño caracol… Por un momento estuvo a punto de contestar, pero Minato ya había colgado. No importaba, no importaba…

Al parecer hoy es miércoles. Es curioso, porque hace un año no me importaba tanto el tiempo. Recuerdo que pasé dos meses sólo intentando crear armas funcionales, aunque sólo logré hacerlo con escorpiones. No los animales, ¿Vale? Me refiero a esas ballestas gigantes. Fue divertido: Virotes, lanzas… aprendí a hacer un sinfín de pinchos con forma fálica perfectos para matar. Una sutil metáfora de mi cariño hacia Kai, ¿No crees?

Pero bueno, estoy desvariando. Total, ¿Qué más te da a ti que pasara tanto tiempo haciendo esa tontería? Que no fue la única, pero sin duda la más productiva. En realidad, era una tarea muy sencilla, pero dediqué más tiempo a afinar mi puntería que a imitar el mecanismo. Si tú hubieras estado habría tardado mucho menos, pero yo de ingeniería sé poco, y hasta para cosas tan simples tuve que leer y releer manuales ajados de la biblioteca del cuartel. Te sorprendería saber todo lo que hay ahí, y lo difícil que es encontrar un solo libro de ficción. Pero bueno, Marineford está hecha para lo que está; Si buscase divertirme habría ido a una librería de la ciudad.

Y… Otra vez. A ti no te interesará leer sobre un loco montando manualmente engranajes y ruedas heladas en una maqueta para poder estudiarla y crearla luego desde cero. Me gustaría decirte que es relevante, que maté a Jin con ella… Pero no. En el momento sólo podía pensar en salvarte, a pesar del tiempo invertido. Y cuando te encontré… Estabas hecho unos zorros. No creí que fueses a sobrevivir, pero el brazalete que te puse tiene poderes curativos. Era de Legim, ¿Sabías? Acostumbraba a llamarlo Simurgh, por la fruta del diablo que guarda en su interior, aunque a mí me parece más un loro moralista. Pero seguro que os lleváis bien, no es mala compañía.

Pero focalicemos. No voy a hacerte responsable de mis acciones, pero sí quiero que entiendas que lo hice por ti. Me da igual que no quieras volver a verme, siempre voy a estar ahí cuando me necesites, aunque no de la forma que quieras. Y… Sí, dejar el que fue mi hogar los últimos diez años me dolió, para qué negarlo, pero nunca fue lo único que tuve. Además, por fin pude dedicarle el tiempo que siempre quise a la música. ¿Te lo habrías imaginado hace un año? Al Naion en las mejores orquestas del mundo. Es una larga historia, pero la disfruté enormemente. Al menos al principio.


Dejó la pluma en el tintero, mirando el violín que descansaba sobre la cama. Blanco impoluto con alma negra, y el nombre grabado en dorado bajo el mástil. Oro de Luna lo había acompañado desde hacía años, y era una de sus armas más queridas. Junto a Fuego el instrumento era responsable directo de la captura de Legim, y seguramente su posesión más preciada.

Se levantó del asiento, nervioso. Llevaba sólo tres días en Jaya, pero aun así sentía que el tiempo se agotaba rápidamente. Cada segundo que pasaba Jin Surfer estaba cometiendo un asesinato más, y con cada día le perdía la pista de nuevo. Incluso había llamado a Fred, que siempre sabía todo lo que sucedía en todas partes, y éste había decidido reunirse con él en persona.

-El den den mushi no es fiable- fue lo único que había dicho, justo después de mencionarle la isla. Sabía que aparecería y lo encontraría, pero no cuándo. Era desesperante.

Caminó un par de pasos por la habitación y volvió a sentarse, mirando el papel. Por un instante pensó en tirar la hoja, pero volvió a coger la pluma, recordando el primer día…

Mi primer día como civil fue extraño. Tomé el primer barco que encontré, sin rumbo y con una infinidad de maletas. Sólo quería tocar, y eso hice. Sin querer llegué a Dark Dome, una isla que muchos disfrutaban durante un par de días pero muy pocos habrían elegido para vivir. Alcohol, mujeres, drogas… La gente sólo pensaba en eso y no en los carteles luminosos con grandes espectáculos. Teatro, ópera, orquesta… Era como un sueño cumplido, todas mis pasiones aunadas en un mismo lugar. No te dejes engañar por lo que digo, Dark Dome es una isla horrible para vivir, pero a mí me cegó el glamour del espectáculo, pensar que podría ser una estrella. Al Naion, brillante como el Neón, un músico que brillase con luz propia… Todos merecemos tener sueños, ¿No crees? Tú querías atrapar a Vader, yo conquistar el mundo con un violín.

Podría decirte que los principios fueron duros, pero mentiría. Desde el primer momento sentí que si yo fuera una ciudad, sería ese lugar. Oscuro y decadente, pero cargado de encanto y posibilidades; sólo necesitaba una mano de pintura. Caminé por las calles y vi los mejores lugares. Olía a ajetreo, a mil comidas humeando al mismo tiempo, a tabaco y a alcohol… A sexo y vida. Al principio me instalé en un hotel, aunque compré un apartamento con bastante encanto en el Linde de la Noche casi según me instalé, sólo tenía que arreglarlo un poco a mi estilo. Respecto a la música, arrasé desde mi primera audición. Tuve que pegarle una paliza a un tal John, un clarinetista pelirrojo con ínfulas de grandeza, pero conseguí el papel de primer solista. ¡Por favor, tendrías que haberlo visto! Daba igual cuánto soplase, no podía eclipsar mi cuerda. Además conocí a una chica… Helena, se llamaba. Una cara tan adorable, un polvazo un cuerpo tan hermoso, esa voz… Creí que me iba a hechizar, de verdad, pero no sabía si con sus caderas de miel o su canción de sirena.

Como imaginarás que terminé acostándome con ella, te lo desmiento desde ya. Yo no mezclo el trabajo y las pasiones, aunque debo reconocer que hubo ganas. Muchas ganas. En serio, si no la ves no lo comprenderás, pero imagina a Misa con un pecho normal y sin cara de pánfila un pecho normal y sin cara de pánfila, sólo una mirada de arrebatadora inocencia. ¿No se mueven solas tus piernas hacia ella sólo con pensarlo? A mí sí.

Sin embargo, pese a la chica guapa y el puesto de solista, tuve que enfrentarme a uno de los mayores problemas que un músico podría tener delante: Un director de orquesta gilipollas. Podría haber pasado con un mal escenógrafo, o habría soportado que le diesen mi puesto al inútil de John, pero Perry Mason… Tú no lo conocerás, claro, pero fue un compositor bastante conocido hasta que se dio a la bebida. Sin embargo seguía teniendo los derechos sobre sus mejores obras y exigía dirigirlas él en persona, algo de lo que nadie me había informado cuando hice el casting.

Mason era… Especial. Insultaba a los músicos, despedía a gente que ni siquiera trabajaba para él y muchas veces ni siquiera se tenía en pie. Sin embargo, una vez sobre el escenario, cambiaba completamente. Su guía perfectamente coreografiada, el movimiento rítmico de sus labios leyendo la partitura sin siquiera ojearla, la seguridad que transmitía en general y lo exigente que resultaba para que todo saliese a la perfección. Tuve varios encontronazos con él, pero en general empecé a cogerle, si no cariño, respeto. Como director, no como persona, claro. Era un hombre despreciable, aunque por lo menos parecía llevarnos camino del éxito. Al principio.

Mientras tanto Helena y yo nos hicimos buenos amigos, grandes amigos. Yo tocaba para su voz a solas y ella cantaba para mi violín. Me llegó a contar un poco su historia, cómo había terminado allí y esas cosas, y yo correspondí. Cuando le confesé ser usuario me miró con miedo, pero cuando vio su cara reflejada en el hielo, cantando sin voz, al son de mi instrumento, quedó fascinada. Me preguntó que cómo lo hacía, qué sentía cuando el hielo se despegaba de mí… No supe qué responder. Hace años tal vez le hubiera contestado que menos frío, pero no fui capaz; Me hizo pensar. Cuando lo generaba… Dejaba una parte de mi alma, como con cada canción, ¿Pero cómo explicarlo? Decidí sonreír y guardar silencio mientras Oro de Luna elegía mis palabras con más tino que yo.

Los días iban pasando, y a nuestros ensayos se unió John. No era tan gilipollas como parecía al conocerlo, y lo cierto es que llegó a caerme bien. Juntos los tres tocamos muchas noches tras los ensayos. Él frente a mí, Helena entre ambos, y tres figuras de hielo que éramos nosotros tres también. Incluso, poco a poco, me di cuenta de que el gélido vaho que escapaba de ellas era una voz tenue, pero un sonido musical. Mi violín, su clarinete, y el canto de sirena… Creo que ellos también lo escuchaban, y se animaban cada vez más según el coro iba completándose. Robb con su contrabajo, Denia y su mezzosoprano, el arpa de Jane, y así hasta que fuimos diez, veinte con las réplicas.

Tardamos un tiempo en poder verlo, pero una noche nadie tocó. Sólo dejaron que mi violín rompiese el silencio de la sala. Era como una gota en medio del océano, y una réplica de mí surgió entre nosotros, tocando a mi ritmo. Otra gota, y otra, y cuando pareció llover el sonido de un clarinete llegó. Ante nosotros, un John de hielo compartía espacio conmigo, a lo que no tardaron en unírseles todos los demás. Las voces y los instrumentos sonaban como el canto dulce de una sirena, una melodía calmada y atractiva… Lo cierto es que fue hermoso.

El pequeño grupo siguió reuniéndose tras cada ensayo. Música, hielo, a veces un par de botellas de alcohol… John se acercaba a veces a mí, y me preguntaba que quién era. Decía que había oído hablar de un hombre de hielo capturando al Capitán Legan Legim, y me contaba cómo si fuese ese tipo nunca abandonaría la Marina, que tenía un don. ¿Te puedes creer que no sospeché de él en ese momento? Confiaba en él, e incluso cuando dijo ser agente del Cipher Pol enviado para negociar mi regreso… Bueno, lo seguí tratando como a uno más. No me importaba que de vez en cuando me ofreciera sueldo mayor, un despacho más grande… Me hacía sentir valorado, pero no quería volver. Si lo hacía tenía dos opciones, o disculparme con Hyoshi o fingir que no pasaba nada, y ninguna me convencía. Además, me gustaba lo que hacía. Tocaba para vivir, vivía para tocar… Era todo lo que quería, ¿Qué podía ofrecerme?

El tiempo pasaba deprisa. Cada vez estábamos más coordinados, y mis estatuas ya sonaban como sus modelos. Había escuchado tanto sus canciones y sus instrumentos, los había sentido apretar teclas y cuerdas mientras las voces se rasgaban en mi mente mientras el hielo entonaba la melodía. Era hermoso, y todos quedábamos maravillados cada vez que contemplábamos nuestras almas cantar para nosotros…


“Demasiado cursi”, pensó, tachando la última frase. Se había ido mucho por las ramas. Demasiado. Quería contarle a Xemnas que estaba bien, no narrarle la historia interminable. Sin embargo, algo dentro de él le pedía decírselo. ¿Por qué? Añoranza, seguramente. Tanto tiempo sin hablar, tantas cosas por contarle…

Sin embargo, aunque éramos un buen grupo, Helena era la mejor de todos. Siempre amable y comedida, preciosa y adorable, perfecta en todos los sentidos. El hielo no le hacía justicia, y no es de extrañar que varios fuesen detrás de ella. Incluido Mason. Esto no habría sido un problema si la hubiese invitado a cenar, hecho un par de regalos y tomado su amable “Ni en un millón de años” como un reto de longevidad, o como una negativa. Pero ese hombre no aceptó el rechazo. No debería haberlo visto, pero me alegro de que así fuera. Había escuchado gritos en el lavabo y entré tirando abajo la puerta, que estaba bloqueada. Cuando vi la escena… Ella tratando de apartarlo, y su precioso vestido verde rasgado. En las manos de Mason, respectivamente, las caderas de helena y una polla. Su polla. Tiré de él hacia atrás y lo llevé contra otra pared cogido del cuello. ¿Qué se había creído?

Antes de leer estoy seguro de que sabes lo que hice, y él se fue para no volver. Mala suerte, ahora necesitábamos otro director… Pero eso ya es otra historia.

Si lo has leído todo... Gracias, Xemnas. Por todo este tiempo que me has dado y…


-¿Quién va?- preguntó Al sin levantar la vista del papel cuando llamaron a la puerta.

-Fredderick Gustavson- respondieron desde el otro lado. Reconocía esa voz, no podía ser de nadie más. El Holandés Errante había llegado a Jaya.

Capítulo VI: Los guerreros de la Vieja Era


Al abrir la puerta casi no reconoció al hombre que tenía delante. Seguía siendo fornido, algo más alto que él, pero lo importante no era el parecido sino las diferencias. Cuando lo conoció llevaba una camisa de cuadros y un pantalón gastado, una frondosa barba castaña, la cabeza completamente rapada y, pese a su figura imponente, la sonrisa que solía mostrar lo hacía entrañable. Ya no. Botas altas de cuero, gruesos pantalones de lino y un chaquetón por encima de los hombros, negra como la noche. Coronaba su cabeza una larga trenza de pelo blanquecino, y su vello facial se resumía a un candado alrededor de la boca, cerrada en una expresión turbada. Los ojos amables de Fred habían dejado paso a una indiferencia fría y verde que se clavaba en él… Hasta que atravesó el umbral.

-Cuánto tiempo, Al- dijo tranquilamente tras cerrar la puerta-. ¿Qué tal tu retiro?

-¿Cómo sabes que lo dejé?- preguntó, abrazándolo.

-Seguramente nunca te lo hayan dicho, pero en mis tiempos había una frase… Nada en el mar escapa del Holandés Errante- respondió con su gran sonrisa una vez separados-. Y, aunque nadie lo recuerde, yo lo sé todo.

-¿Dónde está Jin Surfer?

-Casi todo- se encogió de hombros-. Ya no me muevo por los bajos fondos, es lo que tiene la vida de tabernero respetable.

Al arqueó una ceja

-Ya, respetable… Y lo siguiente que me dirás es que nunca fuiste pirata, ¿Verdad?

-Qué va- dijo, riéndose a carcajadas-. Y sigo siéndolo. Ven conmigo.

Cuando se dio la vuelta pudo ver la enorme hacha que llevaba colgada a la espalda. De dos hojas negras sin brillo, enrunadas de un tibio azul celeste, con un frío mango plateado. No necesitaba preguntar para saber que se trataba de Legado del Rey, había leído demasiadas veces sobre ella. La leyenda decía que las armas del primer Rey de los Piratas estaban fundidas en ella, y aunque nadie lo creía, en manos de Gustavson demostró ser terrible.

-Te has vestido para la ocasión, por lo que veo- comentó, avanzando deprisa tras él por los enrevesados callejones de Mock Town.

-Si no me vistiera así igual pasaba desapercibido, y nos conviene que me reconozcan.

-¿Adónde vamos?- preguntó-. ¿Por qué necesitas que te conozcan?

-A un simple tabernero se atreven a mentirle- dijo, frenando de golpe ante una gran puerta de madera-. A mí no.

Golpeó la madera con fuerza un par de veces y esperó. Volvió a hacerlo una segunda vez, pero nadie respondía al otro lado. Fred cerró por un instante los ojos, y Al supo lo que estaba haciendo. Tras eso, derribó la puerta de un hachazo y entró sin decir nada. Él lo siguió y pudo ver, a cubierto bajo una sólida mesa, a un hombre mayor. Estaba sentado sobre el suelo, abrazándose las piernas, mirando horrorizado. Tenía los ojos marrones casi inexpresivos, pero las arrugas de su rostro y el temblor en su mandíbula decían mucho de él.

-Hola, James- soltó Fred, con sorprendente frialdad. Su tono era distinto al habitual, más altivo y temible-. Cuánto tiempo sin vernos.

-Fred, amigo…- el anciano trató de sonreír, pero sólo consiguió hacer una mueca nerviosa mientras sus ojos saltaban entre el pirata y el músico, sin decidirse por ninguno. ¿Quién era ese tipo?-. Te juro… Te juro que yo no tengo nada que ver con el tema de Dominic, de verdad…

-No vengo por eso, James- dijo, acercándose lentamente, apretando el hacha con su mano derecha. Su rostro totalmente crispado, los dientes apretados… Había tocado un tema sensible-. Pude haberte matado hace treinta años por eso, no te habría dejado vivir felizmente para ahorrarte la vejez.

-Fred, ¿Quién es este hombre?- preguntó, finalmente-. ¿Quién es Dominic?

-Cada uno tiene sus demonios, Al- respondió sin siquiera mirarlo-. Este demonio, en concreto, fue el mayor traficante de información de Grand Line… Mientras trabajaba para mí.

Clavó sus ojos en el anciano, que retrocedía lentamente arrastrándose por el suelo, temeroso. Fred empezó a avanzar tranquilamente. De un manotazo apartó la pesada mesa, y cuando James estuvo contra una librería llena de carpetas y cuadernos lo alzó por el cuello. Había sido consciente desde que lo vio de la diferencia de tamaños entre los dos, pero la fragilidad de uno hacía que el otro se viera inmenso.

-¡Fred, Fred!- gritó, tratando de zafarse. Pataleaba y arañaba el brazo del pirata, pero éste se mantenía impertérrito, mirándolo fijamente-. ¡No me mates, no me…!

-Cállate, James- su voz resonó en toda la estancia, tan poderosa que las paredes parecieron temblar a su alrededor. Sin embargo, ni siquiera la había alzado-. No quise matarte entonces, cuando eras joven y podías disfrutar la vida. No voy a matarte ahora que estás viejo y achacoso. Sin embargo, vas a pagar para que no cambie de idea.

-¿Qué… qué quieres?- preguntó. Al no podía creer lo que estaba viendo ante él. El Holandés Errante era famoso por aparecer siempre donde menos se le esperaba, ser completamente inalcanzable, esquivar cualquier control de la Marina… Tras quince años de carrera, La Marina sólo lo había alcanzado una vez, y después había desaparecido con una simple cicatriz.

-Quiero a Jin Surfer. ¿Dónde está?

-No… No lo sé.

-Lo sé- lo soltó-. Quiero que lo averigües. Y esta vez no me traiciones. O acabarás como tu puerta. Acompáñame, chico.

Se marchó en silencio, y Al lo siguió. Por la calle muchos miraban al pirata con una mezcla de respeto y miedo, pero él sentía curiosidad. ¿Quién era Dominic? ¿Por qué James temía represalias por él? ¿Cuál era la verdadera historia tras Fred? Tendría que preguntar tantas cosas…

-Te presento al Holandés Errante- dijo con orgullo cuando llegaron al puerto, señalando lo que Al habría definido como barco fantasma-, el terror de los mares.

Sólo pudo soltar un “oh” cuando se fijó en la envergadura del bergantín frente a él. No, no era sólo el colosal tamaño, había algo más… Las velas negras como la casaca de Fred, un casco totalmente ornamentado con imágenes propias del más profundo de los infiernos, y una inquietante pintura en la madera. Era de un color verde oscuro, profundo, como un bosque en medio de la noche. Pero lo llamativo era el matiz blanco, casi inapreciable, que había a intervalos irregulares por toda la madera, desde el mascarón hasta el castillo.

-Impresionante- terminó aceptando, y siguió al pirata al interior.

La majestuosidad del velero no terminaba con su barroco exterior, sino que el pasaje hacia la cubierta principal estaba cargado de motivos hermosamente crueles, desde los mitos más trágicos hasta alegorías devastadoras. Casi no había pared llana abordo, e incluso los portalámparas parecían almas torturadas… Al menos hasta que llegaron a la estancia central, completamente diferente. Tampoco era un espacio del todo alegre, pero los colores eran más vivos y la luz impregnaba el lugar; parecía como si…

-Todo el barco para alimentar tu leyenda…

-Nunca dije lo contrario- rio-. Mis prisioneros siempre creyeron que era el mismísimo diablo. Y mientras tanto yo cantaba con mi tripulación en esta sala.

-¿En serio te tomaste tantas molestias para vacilar a gente que terminabas matando?

-Hm… Sí- respondió con cierta indiferencia-. Pero tampoco los mataba a todos. Algunos se unían a la tripulación, otros sus familias pagaban el rescate… En general evitábamos matar fuera de batalla.

-En fin… No me corresponde a mí juzgar lo que hicieras hace tantos años- “aunque no me guste un pelo”-. ¿Para qué me has traído aquí?

-Para entrenarte, ¿No era obvio?

Al lo miró fijamente, desconcertado. Hacía apenas unos minutos lo había visto matar con la mirada a un hombre, cogerlo del cuello, casi acabar con él… Y de nuevo, pese al traje de capitán fantasma y el hacha que aún no había guardado volvía a ser el mismo tabernero bonachón que había conocido en la Isla.

-¿Qué?

-Entrenarte- repitió, con un tono algo resabiado-. Ya sabes, para que cuando te enfrentes a Jin no acabes como Xemnas y esas cosas.

-¿Cómo sabes tú lo de Xemnas?

-Soy tabernero- declaró, como si fuera la respuesta a cualquier pregunta. Aunque, probablemente, así fuera.

-En fin, vale. ¿Y tú qué sacas de todo esto?

-Que mates a Dominic.

-¿Qué?

-Que mates a Dominic- se encogió de hombros-. ¿Es que hoy tengo que repetírtelo todo?

-A ver, a ver, a ver…- dijo Al, intentando mantener la calma-. Quieres que mate a un hombre que no sé quién es, y a cambio me vas a entrenar. Previamente, claro, porque quieres que lo consiga- estaba elevando el tono poco a poco, casi sin darse cuenta, como acto reflejo-. Un hombre del que no sé nada más allá de que tuviste problemas con él hace treinta años. ¿He entendido bien?

-A la perfección.

-¡¿Te has vuelto loco?!- gritó-. Ya es una locura embarcarse contra Jin Surfer en solitario, encima ir antes contra un tipo que hizo huir al Holandés Errante… ¡Aunque hayan pasado treinta años, si sigue en la misma forma que tú estoy muerto!

-Y por eso quiero entrenarte primero- dijo, muy lentamente-. Además, lo haría yo, pero luego tendría que volver a pasarme escondido cinco años. Y eso podía hacerlo cuando no tenía familia, Al. Ahora no.

-¿Sólo has venido a ayudarme buscando venganza?- preguntó, algo más calmado.

-Lo cierto es que lo de la venganza surgió sobre la marcha- comentó, como quien no quiere la cosa-. Si no quieres ayudarme te entrenaré igual y yo mismo mataré a ese merluzo, pero pesará sobre tu conciencia.

-Eso es chantaje emocional.

-Y del fuerte.

-Tú ganas, Fred. Te ayudaré. Pero primero, ¿Quién es Dominic?

Se arrepintió segundos después de haber preguntado. Dominic Indomitus Obvious, más conocido como D.I.O., un pirata legendario desaparecido cuando él aún era un niño, pero cuya recompensa rozaba la del propio Fredderick Gustavson. Sin embargo, al parecer simplemente se había retirado a los bajos fondos, donde estaba esperando su ocasión de ver la luz. Con más de trece islas en el Nuevo Mundo bajo su ominoso control y un poder inconmensurable, la caída de Legim había hecho que por fin saliese a la luz y comenzase a urdir un plan para volver al ruedo coronándose como Primo inter pares. Proclamarse Rey de los Piratas, vaya. Y aunque normalmente Fred no se entrometería en esa clase de zarandajas, odiaba con fuerza al Capitán Obvious.

-Almirante Obvious- repuso Fred, dando vueltas a su hacha entre los dedos, con tanta elegancia como la que Al derrochaba con Fuego-. Ante todo, no olvides que Dominic comanda una flota de más de mil naves, suficiente para hacer temblar al mundo entero.

-A ti no te hace temblar- respondió Al, colocándose en posición.

-Yo tengo esto.

Legado frenó en seco, y a una velocidad pasmosa Fred se abalanzó sobre Al. Él abrió los ojos como platos y Fuego tomó un color negro, con destellos rojizos cuando el arma del pirata chocó contra la suya. El viejo retrocedió un par de pasos, sorprendido, y terminó por sonreír.

-Veo que no estás tan mal como pensaba- concluyó, volviendo a moverse.

Iba desnudo de cintura para arriba, y sus movimientos eran tan bellos como peligrosos. Para ser un anciano conservaba unas cualidades físicas extraordinarias, y Al lo sabía. Podía verlo en su marcada musculatura y en la naturalidad con la que el hacha bailaba en sus manos. Lo sentía en cada paso que daba, seguro de sí mismo y cargado de vitalidad. No tardó en descargar un segundo golpe sobre él, que volvió a frenar.

-Interesante…

Una patada le llegó al pecho sin que se diese apenas cuenta. Trató de detenerlo con la espada, pero Fred la mantenía bloqueada con el hacha, y cayó al suelo sin poder evitarlo, con la delicada hoja rozando su cuello.

-Esos trucos pueden servirte en tus peleas de bar, Al. Pero Dominic no es tu parroquiano, ni un pirata ordinario. Es un guerrero de la Vieja Era.

Reconoció aquellas palabras. Eran las que utilizaban los viejos Marines para definir a las leyendas vivas, gente cuyo poder rebasaba la imaginación, hombres y mujeres con capacidad para enfrentar a un ejército completo y salir victoriosos... Verdaderos monstruos en pleno apogeo de su poder.

-Todo el mundo tiene un punto débil- respondió, rodando hacia un lado y levantándose para quedar de nuevo en guardia-. Dominic, tú…

Se lanzó velozmente hacia su rodilla. Había notado su levísima cojera, seguramente de una lesión antigua. Casi imperceptible, probablemente nadie se hubiese percatado, pero él sí. Finalmente, en el último momento evitó el cuerpo del pirata para ponerse en su espalda. Sin embargo, Fred ya lo miraba a los ojos, agarrando su espada con la mano.

-Dominic no te dejará acercarte a él mientras seas tan torpe- dijo, soltando el arma al tiempo que la empujaba. Al tuvo que hacer fuerza para que no saliera volando, y se quedó mirándolo con cierto miedo-. Para enfrentarte a un guerrero tienes que ser capaz de adaptarte a él. A sus movimientos, a sus envites, al propio ritmo de su respiración. Tienes que ser capaz de salvar las diferencias entre tu rival y tú, anular sus puntos fuertes. Y cuando lo consigas ya podrás centrarte en sus debilidades. Ahora ven, debemos estar a punto de tomar tierra.

-¿Tierra?

-Claro. No creerás que voy a arriesgar mi barco por entrenarte.

-¿Y lo de antes qué era?

-No tengo ni idea.

La isla en la que atracaron era distinta a lo que habría esperado. Envuelta en un banco de niebla perpetua, contaba encontrarse con un paraje pantanoso y desolado, pero era más parecido a un paraíso tropical. Sin rastro de civilización, se trataba de un territorio virgen donde los árboles crecían más allá de donde la vista alcanzaba, y el ruido de la jungla penetraba hondo en sus oídos. Monos chillando, pájaros canturreando y de vez en cuando el rugido de algún que otro felino.

-Me gusta este sitio- terminó diciendo, ya en la arena de la playa.

-A mí también- respondió Fred, a su lado-. Aunque para estar varios años se vuelve monótono. En fin, tienes treinta segundos para prepararte. Después de eso, no pienso darte tregua hasta la noche.

-Eso ha sonado muy gay.

-¿Verdad?

No supo qué le helaba más la sangre, si la respuesta de Fred o el beso que le lanzó con un intento de cara inocente. Si no fuese por la barba, las infinitas arrugas y que la malicia se veía en sus ojos casi se lo habría creído. De hecho, por un momento se lo creyó, pero finalmente se puso en guardia mientras Fred se acercaba.

Se tanteaban. Daban un paso adelante y luego atrás mientras caminaban en círculos. Él con la espada en ristre, Fred con el hacha dando vueltas en sus manos, como si no pesase en absoluto. Chocaban miradas y analizaban los posibles movimientos del otro al tiempo que buscaban una manera de romper la estrategia rival… O al menos así era hasta que pasaron treinta segundos y el pirata cargó con un potente salto, empuñando Legado con ambas manos. Pudo frenarlo por los pelos, pero antes de reaccionar de nuevo un segundo golpe trató de llegar y a duras penas pudo esquivarlo. El tercero lo golpeó de lleno en el pecho, partiéndolo en mil pedazos.

-Has muerto. Mala suerte.

Sin decir nada se recompuso en un instante y se lanzó contra él, como un veloz aguijón. Fred lo desvió casi con desprecio, pero volvió a intentarlo. Trataba de analizar cada movimiento del pirata, adaptarse al modo en que se defendía y atacaba, a la fuerza arrolladora que imprimaba en cada golpe…

-Y van dos- dijo cuando la cabeza helada de Al tocó el suelo-. Venga, pon más empeño, hombre.

Se enzarzaron en un combate que duró horas. Se defendía como podía de los impactos demoledores de Fred, mientras el Holandés Errante simplemente se lo tomaba como un pasatiempo, una actividad lúdica entre una siesta y otra. No corría, se mantenía relajado, dominaba la situación… Al combatía, pero su oponente sólo jugaba, y estaba casi convencido de que ahí residía su poder. Jadeando, dispuesto a demostrar que podía hacerle algo, volvió a intentarlo…

-Setenta y cinco- marcó la arena con su hacha, dibujando el número-. Recuérdalo bien, porque ésta es la cantidad de veces que tienes que matarme antes de que tu entrenamiento esté completo.

-Pues anota la primera- Desde el suelo, bajo Fred surgió una columna de hielo que creció lo justo para rozar el tejido de los pantalones. El pirata hizo un gesto de desaprobación.

-Cuando realmente los dos sepamos que me habrías matado- quebró el carámbano de un taconazo y se volvió hacia el barco-. ¡Que descanses, Al!

Parte del entrenamiento que resultaba horrible número uno: Tenía que dormir al aire libre. Estaba muy bien la isla en sí, pero los mosquitos, la vida nocturna de los animales y la marea subiendo hacían de la acampada poco menos que un suplicio. Y encima tenía que acabar con Fred setenta y cinco veces… La perspectiva del entrenamiento se hacía cada vez más tortuosa.

-¡Buenos días, princesa!- casi pegó un brinco cuando el grito de Fred lo despertó-. Tienes cinco minutos para desayunar y prepararte. Y tampoco pararemos hasta la noche.

No discutió. Se buscó algo de fruta en el límite de la jungla y se dispuso a confrontarlo. “Está bien. Al, piensa”, dijo una vocecilla en la cabeza mientras mantenía los ojos fijos en Fred. ¿Qué puntos fuertes tenía? Pasaba la mirada por todo su cuerpo, procesando toda la información que tenía acumulada. Velocidad de reacción muy elevada, gran agilidad y fuerza, bastante rápido, muy resistente… Lo tenía todo. Hábil con su arma, elegante y de movimientos impredecibles. Siempre tenía un as en la manga, pocas cosas le sorprendían, se mantenía relajado en cualquier circunstancia…

-Tiempo.

El combate empezó, y Fred trató de agotar los espacios que podía abrir con la espada. Agarraba su hacha a mitad del mango, dejando el pomo casi en el suelo y se agachaba para bloquear con la parte alta un corte alto. ¿Cómo podía evadir esa defensa? “Piensa, Al, piensa”, se decía mientras el pirata iba acercándose. Fuego se mantenía casi horizontal a la altura de su cintura, pero en lugar de buscar un punto débil, decidió imitarlo.

Se acuclilló y mantuvo la hoja diagonal, desde el brazo alzado hasta una punta paralela a sus rodillas. Fred tampoco tendría forma de atacar si lograba mantener la postura, pero no lo consiguió. Tan pronto como se acercó cambió completamente su estrategia y apareció a su espalda como por arte de magia, pero no llegó a rozar el cuello con su hacha. Afortunadamente, la había frenado a tiempo. Desgraciadamente, había caído al suelo en el proceso, y el pirata no desaprovechó el momento, descargando un infernal castigo sobre él, que con mucho esfuerzo pudo parar casi todos los que lo habrían matado. Casi.

-Setenta y seis.

-¿Qué? ¡No!- protestó.

-Al, esto no se trata de hacerlo rápido, sino de que no mueras.

Cada vez que moría una más se añadía a la cifra que adeudaba al pirata, y para más colmo las agujetas del día anterior empezaban a pasarle factura. El brazo derecho apenas quería levantarse, las piernas dolían y hasta músculos que no recordaba haber sentido palpitaban con furia cuando los obligaba a moverse. Podía sentir el dolor extenderse por todo su cuerpo, e incluso los pies empezaban a llenársele de ampollas. Al final del día, había noventa y dos muertes en el contador.

-Vas mejorando- dijo Fred, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse-. Aún te falta un largo camino, pero pronto…

-Fred, yo… Yo no estoy hecho para esto- Al se incorporó, pero no lo agarró. Se quedó sentado en la arena-. Tú eres fuerte, podrías acabar con el Capitán Obvio en un instante. ¿Por qué tengo que pasar yo por esto?

El tabernero se quedó contemplando las olas por un instante, sin decir nada. Al sabía que había un montón de pensamientos bullendo por ella, pero tampoco se atrevió a preguntar.

-Verás, Al. Cuando tú eras niño, te vi crecer. Vi morir a tu madre, y a mucha otra gente. Yo me decía a mí mismo “Está bien, no es tu problema. Sólo sirve copas”- movía las manos mientras lo contaba, como si tratase de tranquilizarse a sí mismo-. No hice nada por ti, ni por tu hermana, ni por nadie. Yo había hecho cosas malas también, al fin y al cabo. Había matado, robado, saqueado… Y, seamos sinceros, elegí esa isla porque el Gobierno finge que no existe- sonrió por un momento, pero sus ojos reflejaban tristeza-. Y un día huiste. Pensé que no volverías. Años más tarde entraste a mi taberna. Destruiste el Gremio, algo que yo ni me había planteado hacer, y habría podido hacerlo. Pero no lo hice. Tú lo hiciste. No es lo fuertes que somos, es lo…

-Noventa y uno- dijo Al, rozando el cuello de Fred con la punta de Fuego.

-Ésa no ha valido, y lo sabes.

-Ya, pero no necesitas convencerme- se tiró sobre la arena, cerrando los ojos.

-¡Estabas tirando la toalla hace un momento!- exclamó Fred, furioso.

-Tonterías- por su cara resbalaba una lágrima. Sus mejillas estaban sonrosadas. Pero su voz… Su voz se mantenía intacta.

Los días siguientes pasaban. Las agujetas, también. Fred cada vez era más estricto y letal, pero Al iba cogiendo la costumbre. A lo largo de las semanas el contador de muertes se había estancado en ciento veintitrés, y aunque Al era incapaz de bajarlo, el pirata tampoco podía hacer que siguiese subiendo. Estaba aprendiendo a contrarrestar su poder, aunque todavía le costaba. Al final de cada sesión terminaba agotado, con dificultad para respirar y la sensación de que no avanzaba absolutamente en nada, pero ver en la frente de Fred una finísima película de sudor lo calmaba. Empezaba a obligar al viejo a esforzarse.

-Diecinueve- dijo Al, sonriendo. Habían pasado ya seis meses desde que había empezado aquel entrenamiento, y por fin estaba cerca de acabar con él. Su record estaba en trece, pero Fred seguía teniendo sorpresas ocultas, y los últimos días había sido especialmente duro.

-Esa no ha valido, me dolía la rodilla- protestó Fred-. Estoy viejo, tienes que respetarlo.

-¿Crees que si al Capitán Obvious le duele la rodilla no voy a aprovecharlo? Diecinueve.

Fred sonrió, y siguieron peleando. Veinte, diecinueve, veinte, dieciocho, diecinueve, catorce, veintiséis… El equilibrio estaba bastante claro, y hasta se notaba que el viejo tabernero ponía su máximo empeño, lo cual era mucho. Por primera vez lo vio hender el aire con un increíble corte, tan potente que, aun logrando partirlo, la fuerza del viento que lo seguía lo empujó hacia atrás.

-Uno…

Había pasado otro mes más, y por fin estaba cerca de lograr su objetivo. Fred lo observaba acuclillado, apoyado en el pomo del hacha mientras asentía solemnemente. Al lo invitó a seguirlo, y el tabernero se levantó con calma. Respiraba calmadamente, y el sudor hacía que su cuerpo brillase. De nuevo tenía una poblada barba, y su trenza había sido sustituida por una creciente mata de cabello suelto. Tenía un aspecto salvaje, temible… Agarraba Legado con fuerza y elegancia, tanta como soltura tenía el con Fuego. Se miraron a los ojos fijamente. Si no se equivocaba, el Holandés Errante todavía guardaba una sorpresa más para él.

-¿Qué harás cuando acabes con Dominic?- preguntó, inmóvil.

-Ir a por Jin. ¿Qué harás tú cuando acabe con él?- repuso.

-Volver a mi vida. Como deberías hacer tú.

Los dos dieron un paso al frente, sin siquiera pestañear. Alzó la espada por encima de su cabeza, agarrada con ambas manos, y Fred hizo lo propio con su hacha, que comenzó a girar con fuerza. Ya conocía aquello, no iba a sorprenderlo de nuevo. O sí. Cuando el arma dejó de moverse, en lugar de cargar, cortó el aire con ella. No como lo había visto hacerlo, desplegando una brutal onda cortante, sino un delicado sonido que pareció hermoso… Hasta que vio la lengua de fuego dirigirse a él a toda velocidad.

Apartó la mano derecha de su espada y esperó a que el calor llegase hasta él. Podía sentir el viento caldearse, la luz cegadora… Pero aún no era el momento. Tenía paciencia, sólo necesitaba dejar que se acercase suficiente, y cuando estuvo frente a él cortó la llamarada en dos. Sin embargo, ésa no era la única parte del ataque de Fred. El fuego era sólo una distracción, una treta para ponerse a su espalda, y mientras cortaba su ataque, el tabernero se abalanzaba sobre él hacha en ristre, dispuesto a partirlo por la mitad, pero Invierno se interpuso en su camino.

-¿De verdad?- preguntó, con fingida indignación-. Creí que no atacabas por la espalda.

-Dominic no dudaría en hacerlo- con su última palabra lo doblegó. Impulsó con tanta fuerza su hacha que Invierno cayó al suelo, y Al necesitó dar un quiebro para poder frenar el golpe-. Buen bloqueo.

-Gracias.

Lanzó una estocada que el tabernero evitó con suma facilidad, pero cuando trató de llevárselo por delante con un barrido saltó por encima del hacha, dirigiendo de inmediato un gancho a su cara. Impactó de lleno en su mentón, pero ni se inmutó, golpeándole simplemente el pecho con la mano, tan fuerte que lo tiró contra el suelo. Quedó algo aturdido mientras veía a Fred acercarse dispuesto a hacer crecer la cuenta… Pero rodó hasta que se pudo poner en pie de vuelta, y bajo sus pies todo empezó a congelarse.

-¿Qué crees que estás haciendo?- preguntó Fred mientras tras él una pequeña orquesta surgía, tocando al unísono, en perfecta armonía.

-Esto es el fin de la cuenta atrás- al ritmo de la música diez espadachines más surgieron, a su espalda, custodiando la música-. Estoy preparado para ir contra él.

No pareció inmutarse. En su lugar simplemente golpeó con un puño el suelo y el hielo se hizo añicos. Escarcha sobre la arena, y una orquesta partida a la mitad. La mitad de los músicos callaron y el mismo número de cascanueces se detuvieron. Sin música que los moviese no podían avanzar. Pero Al ya contaba con eso. Cuando Fred se agachó el espadachín se lanzó a por él. Con la rodilla doblada le costaría levantarse, y bajo el sonido de la música sus pasos eran silenciosos. Contaba con todo para ganar. Estaba susurrándolo, diciéndolo muy bajo, paladeando cada sílaba. Pero era miércoles

-Dos- la voz de Fred era amable, pero la mano que agarraba su cuello no tanto-. Deberías contestar.

-No lo entiendes…- trató de decir con la voz ahogada. El pirata aún no lo había soltado-. Si volviese ahora no estaría siendo firme en mis convicciones.

El den den mushi enmudeció en su bolsillo.

-Bueno, supongo que ahora ya no importa- aflojó la mano, y Al fue libre-. Sin embargo, ya ha pasado más de año y medio. Te han sobornado, te han amenazado y aun así te sobrepusiste. Has demostrado que puedes ser firme. Ahora demuestra que sabes perdo… Oh, vaya. Parece que han llegado.

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Mensaje por Señor Nat el Jue 24 Ago 2017 - 23:48

Capítulo VII: El barco fantasma


Centenares de cornetas se escucharon a su alrededor, y el mar roto mil veces, y el viento golpeando mil velas desplegadas… Estaba oyendo lo que sus ojos tardaron un par de segundos más en confirmar: Una flota de navíos arribaba. Al se quedó parado contemplando, no sabía si a Fred o al millar de naves impolutas que cercaban la isla. Frente a ambos, un navío portentosamente más grande que el resto, más limpio si cupiera. El tabernero sonrió.

-Dom…

-¿Cómo Dom?- preguntó Al, indignado-. Me dijiste que iríamos a por él.

-No. Te dije que te ocupases de él- repuso-. De todas formas, ha llegado antes de lo que esperaba.

-¿Lo esperabas?- estaba empezando a mosquearse con tanto secretismo.

-Bueno- se encogió de hombros-. Lleva buscándome treinta años, imaginé que aparecer por Jaya lo haría empezar a buscarme. Pero le daba un mes más hasta que recordase esta isla.

-¿Cómo que hasta que recordase? ¿Acaso veníais juntos por aquí?

-Este lugar era mi escondrijo. Traía aquí todos los tesoros que encontraba. Un día el payaso éste consiguió seguirme, y la Marina le iba detrás. Ni siquiera es un tipo especialmente inteligente, pero James sí.

-¿James? ¿El traficante de información?

Fred asintió.

-Imagina que un día encuentras a alguien tan fuerte como tu jefe, pero lo suficientemente estúpido como para controlarlo. Ése es D.I.O..

-¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué me contaste eso de coronarse rey de reyes y toda la historia?- protestó.

-Ah, no. Eso es cierto.

Alucinaba. No, peor, no alucinaba: Todo era real. Un pirata idiota controlado por un vejestorio desde Jaya… ¿Por qué no estaba protegido? ¿Por qué no tenía escolta? Sólo tenía sentido si formaba parte de un plan maestro.

-Fred. Huye.

-¿Qué?

-La Marina viene tras él- dijo-. James sabía que no lo matarías, pero a Dominic sí.

-¿Adónde quieres llegar?- realmente parecía no entenderlo.

-Si Dominic muere y la Marina te mata James se vuelve asquerosamente rico.

Dio un paso adelante. Fred le puso la mano en el pecho, tratando de detenerlo.

-No estás preparado.

-¿Y qué?- sonrió-. Tengo suerte.

Recogió a Invierno del suelo y envainó sus armas, sacando el violín. Tras tanto tiempo volvía a tocarlo. No estaba afinado, pero no importaba, su música se perdía en medio del mar que se congelaba a cada paso. A su alrededor una estampida comenzó a sonar, y las valkirias trotaron en todas direcciones perforando decenas de barcos. Mientras, él avanzaba. Algunas naves disparaban, pero su explosión se perdía en el agua… Poco a poco, tras una treintena de barcos hundidos, había una brecha que Fred podía aprovechar, y el buque insignia por fin flotaba solo.

-¡Ah del barco!- gritó mientras guardaba el instrumento, y la cabalgata terminó. ¿Debía esperar a que le tirasen una escala? Mejor no.

Se descompuso en miles de fragmentos y voló hasta la cubierta, donde un centenar de hombres lo observaba. Pero sólo le interesaba uno. Larga capa roja y un bicornio negro, fuertes músculos y un tamaño desproporcionado. ¿Por qué Fred nunca había mencionado D.I.O. era un gigante? Tal vez se trataba de esos datos que resultaba mejor no conocer hasta el último momento, aunque personalmente habría agradecido algo menos de secretismo. El tamaño sí importaba, al menos en ese caso.

-Capitán Obvious, un placer- saludó, inclinándose en una falsa reverencia.

-Almirante Obvious. Cuando alguien dirige una gran flota, ése es el trato que se le debe, ¿No, vicealmirante?

-Llámame Al. Hay confianza.

-Lo cierto es que sí- resopló, sin levantarse-. Hundir mis naves, subir a mi barco sin permiso… Casi parecemos viejos rivales, ¿No crees?

-No, la verdad.

Sonrió con maldad.

-Yo tampoco. Matadle.

Negó con la cabeza y clavó sus ojos en él, liberando todo el poder de su voluntad. El Haki del Rey hizo caer a los más débiles, pero los que se mantuvieron en pie no quisieron acercarse.

-He venido a luchar contigo, no con ellos- desenvainó a Fuego-. Levántate y baila, preciosa.

Frente al pirata, Al parecía poco más que un insecto. Incluso viéndolo sentado había tenido esa sensación… No era un gigante corriente, era todavía más grande, alcanzando sin problemas los quince metros de altura. Por otro lado explicaba el tamaño del buque, que basculó por un instante cuando se puso en pie. ¿Cómo había podido Fred enfrentar a esa bestia y salir indemne?

Rugió con furia, sacando una enorme maza de metal. Por su color habría dicho que se trataba de hierro oxidado, pero parecía intencionado. Era enorme incluso en proporción al tamaño del gigante, que la movía con soltura. Sus movimientos eran mucho más hoscos que los de Fred, pero parecían mucho más peligrosos. Mientras que el Holandés Errante era una máquina de elegante brutalidad, D.I.O. era salvajismo en estado puro. El arma rozaba torpemente contra el suelo, levantando astillas y polvo, hasta que se decidió por atacar.

-Torpe- fue lo único que respondió Al, frenando el golpe con esfuerzo. Seguramente, si Fuego no hubiese sido reforjada por Krauser en esos momentos estaría muerto bajo su espada rota. Podía notar la vibración recorriendo su cuerpo, absorbiendo todo el impacto-. Nunca habrías podido vencerlo.

-¡Cómo que no!- su voz se elevó tanto que a Al le dolieron los oídos-. Ese viejo charlatán ha estado treinta años escondido por miedo a mí. ¿Qué te dice eso, Marine?

Al alegato continuó un barrido. Mucho más veloz que el de Fred, pero menos meditado. No trataba de distraerlo para moverse de otra manera, sólo pretendía destruirlo. Incluso captar sus emociones, a través de la ira descontrolada que sentía en él, se hacía complicado. Apenas podía preverlo, y eso era porque no pensaba en lo que hacía. Por otro lado, gracias a ello sólo necesitó tirarse al suelo para evitar ser arrollado mientras uno de los palos cedía ante la fuerza del gigante.

-Que siguió la más ancestral de las costumbres piratas- trató de levantarse, pero rodó cuando la enorme maza cayó sobre su cabeza-. Vive hoy, lucha mañana. Mucho más inteligente que esperar toda una vida para conquist…

-¡Espero que hayáis desayunado bien, marineros de agua dulce!- escuchó a su espalda, y hasta D.I.O. desvió la mirada más allá. En la costa de la isla ya no estaba el Holandés Errante, pero la voz de Fred resonaba en todo el lugar-. ¡Porque hoy vuestros huesos darán al mar!

Pudo verlo. Rodeado de niebla, casi invisible, espectral, la nave se acercaba a los enemigos, y entonces lo vio. Todo el poder del barco fantasma en pequeñas balas de cañón negras, casi imperceptibles y ardientes, rodeadas de humo. Cada disparo sonaba como un trueno cayendo sobre el mar, y con cada impacto una nave hundida antes de que Fredderik Gustavson volviese a desaparecer entre la niebla.

-Vaya, parece que hoy sales de aquí siendo Capitán- dijo Al con sorna, moviéndose hacia él con la espada sujeta con una sola mano.

Avanzó entre los destrozos que el pirata iba haciendo, evitando sus torpes ataques y buscando las distancias cortas. Sin embargo, no lo había meditado bien del todo y terminó frente a su enorme bota, que muy amablemente el gigante levantó para, o bien dejarlo pasar, o bien aplastarlo. Eligió la primera, y mientras el ser giraba de vuelta él se alzaba en un perfecto pilar de escarcha para estar frente a frente con él. Sólo entonces, cuando chocaron las miradas, saltó contra su cara.

-¡Mi ojo!- gritó, llevándose una mano a la cara y apartándolo de un manotazo. Había conseguido herirlo, pero a cambio el golpe le había roto varios huesos y volaba camino del mar, bastante lejos de su posición.

Por suerte congeló el agua a tiempo y recompuso su cuerpo de nuevo, mientras observaba al Holandés Errante aparecer y desaparecer entre la niebla, destruyendo todo lo que tocaba. El poder de Fred era imparable, sólo un monstruo podría hacerle frente. Y entonces vio pasar una enorme bola de dos metros de diámetro sobrevolar el lugar, impactando apenas a unos metros de la antigua posición del tabernero. La Marina había llegado.

Corrió cuanto pudo, evitando los cañonazos que pasaban por encima de su cabeza y tratando de ignorar el den den mushi, que volvía a sonar en su bolsillo. Tenía que acabar con D.I.O. antes de que los demás llegaran y dar una oportunidad a Fred de huir. Subió al barco velozmente, encontrando a un capitán con la cuenca del ojo vacía, aún sangrante, y la cara manchada.

-Tú… Mi ojo. ¡Has traído a la Marina hasta aquí!- escuchó el fuego de los cañones cada vez más próximo. Estaban cercando la nave-. ¿Así que ésta es la venganza de Fred? ¿Utilizar a un niñato para distraerme mientras las fuerzas del Gobierno le hacen el trabajo sucio?

Movió la mano rápidamente, tanto que apenas fue capaz de verlo, y lo apresó con facilidad.

-¿Te das cuenta de que te ha utilizado?- preguntó, levantándolo a la altura de su único ojo-. Cuando la Marina aparece, el Holandés Errante vuela… Es su tradición, es un cobarde.

-La más noble tradición pirata.

Empezó a apretar. Al principio sólo sentía un hormigueo agradable, pero cuando los músculos se le entumecieron supo que la cosa no iba a acabar bien.

-Te prometió ayudarte con Jin, y en su lugar te trajo aquí- dijo, cerrando cada vez más su puño. Notó el crujido de sus costillas. Pronto se romperían-. Te ha estado entrenando no para vencerme, sino para darle tiempo. Nunca has sido más que un peón.

-Cuidado- repuso él, aparentando bastante más seguridad de la que tenía-. Casi he llegado al final del tablero.

Vio las velas detrás del barco. Blancas con el limpio símbolo de la Marina en ellas, y Hyoshi sobre el mascarón de proa. Seguía con el mismo rostro imperturbable de siempre, aunque el hombre que había a su lado parecía bastante más nervioso. Junto a Shirosai, el Almirante de la Flota Minato Kazuo observaba, crispado.

-¡Eres estúpido, Al!- gritó-. Hombres, ¡Apunten!

-¡Lo tengo todo bajo control!- respondió, pero D.I.O. apretó más-. Casi todo.

El Pirata pareció muy contrariado cuando empezó a congelarse desde dentro, y Al sonrió. Trataba de apretar, pero sólo conseguía romper su mano en pequeñas esquirlas que se clavaban más hondo en su carne. Podía leer en su cara el miedo, pero no parecía que fuese a dejar que le afectase, y trató de aplastarlo con la maza, sin importarle qué le mantenía sujeto. Con eso no contaba.

Cerró los ojos, tranquilo. No había podido cumplir, pero lo había intentado. No podía derrotar a un Guerrero de la Vieja Era, pero había sido capaz de mantenerle el combate. Escuchó los cañones, pero sabía que no lo frenarían. Sintió a Minato lanzarse contra el pirata, pero no llegaría a tiempo.

Capítulo VIII: La ley del mar


El despacho estaba como siempre. Los trofeos de nuevo en su sitio, las armas en su lugar, los libros ocultando la pared tras ellos, los cuadros y su escenario cama donde les correspondía… Y Al en su sillón, frente al escritorio. Ante él, de nuevo, papeleo. Localizaciones, sospechas, rumores… Zane D. Kenshin hallado recientemente, al parecer no sería difícil de encontrar. Al igual que él, el descamisetado era espadachín… Un reto digno, tal vez. Colocó su nombre en la ficha de la misión, y la fecha en un par de semanas después. Por el momento debía aterrizar, acostumbrarse a llevar de nuevo el blanco.

Se levantó lentamente, recordando cada buen momento entre esas cuatro paredes. Los conciertos privados para compañeras, las reuniones con la Brigada… Durante muchos años el Cuartel General había sido su casa, y sin embargo en aquellos momentos lo sentía frío y distante, como si ya no sintiera nada por él. No estaba seguro de querer volver a servir, pero en cierto modo se sentía feliz, ya no le faltaba algo. Recorrió las armas con los ojos, prestando especial atención al celeste sobre negro, pasando suavemente un dedo por la afilada hoja. Tras tanto tiempo, tras tantas cosas… La muerte de D.I.O. no cambiaba nada. La de Fred tampoco.

-Adelante- dijo secamente, alejando la mano de Legado del Rey.

La puerta se cerró tras ella. Tenía el pelo castaño de su padre, y unos ojos almendrados que parecían emitir luz propia. Iba vestida de negro, pero ni siquiera el luto podía ocultar que Gretta se había convertido en una preciosa mujer. Parecía triste, pero no lloraba, tan sólo… Era un presentimiento, lo sentía. Llevaba un pequeño sobre de color negro, bastante abultado, y delgadas líneas blancas a intervalos irregulares.

-Aquí tienes- fue lo único que dijo, y se dio la vuelta. Nunca se habían llevado mal, pero las últimas veces que se habían visto resultaron tensas. Aquella, la que más.

-Espera, ¿Qué es esto?- preguntó, poniendo la mano sobre su hombro, tratando de detenerla.

-Mi padre no confiaba en James- dijo con un hilo de voz, apartándolo con una delicadeza impropia-, pero tenía más gente.

-¿Quieres… Quedarte un rato?- Gretta ya estaba abriendo la puerta, pero se detuvo por un instante. Sin embargo, negó con la cabeza y se marchó.

“Nada cambia. Nunca”. Abrió el sobre lentamente, tratando de no romperlo, y vació su contenido sobre el escritorio. Había papeles, cartas, fotos e incluso un carrete de vídeo en el que se veía a Jin Surfer llevar a cabo una masacre, con todo lujo de detalles. Pero lo que más le llamó la atención fue la tablilla de madera completamente tallada que encontró, firmada por Fred.

Querido Al:

Si estás leyendo esto probablemente yo haya muerto, porque de lo contrario yo mismo habría quitado esto del sobre. Por qué en madera, te preguntarás probablemente, y la respuesta está en que ha salido del mismo árbol que tu violín. Madera vieja y recia, la misma que utilicé para terminar mi barco hace muchos años. Creo que, si ha llegado mi hora, qué mejor forma que decir adiós desde algo que nos une tan profundamente, ¿Verdad?

En este sobre tienes toda la información que habré podido conseguirte de Jin, aunque evidentemente no te escribo por eso. Te debo una explicación de por qué voy a entrenarte en lugar de llevarte frente a Jin:

Tienes un potencial extraordinario, la capacidad para cambiar el mundo. Desde que eras un niño lo vi en tus ojos, y cuando volviste estuve seguro de que así era. No sé si eso te llevará a la revolución, a los puestos que hoy en día rechazas o a forjar un nuevo y único camino que sólo tú puedas crear, pero quiero ser parte de ello. Tal vez como redención, quizá simplemente porque en el fondo soy un idealista… Si quemo esto prometo contarte cómo acabé siendo pirata. Pero me voy por las ramas.

Pese a todas tus virtudes, eres impulsivo y no piensas tanto como deberías. Cometes errores que podrías arreglar fácilmente si meditaras tus acciones. Quiero enseñarte, Al, porque podrás cambiar el mundo, pero sólo si aprendes a combatir la Vieja Era. Y… Dominic era el candidato ideal: Estúpido, torpe, pero extremadamente poderoso y un titán en el cuerpo a cuerpo. Ah, y perdona por no decirte que era un gigante. He pensado que te emocionará descubrirlo. ¿Te habrá emocionado? Lo cierto es que no sé cómo escribirte una carta para que la leas en el futuro, pero tanto tiene.

Espero que te conviertas en el hombre que mereces ser. Hasta siempre,

Fred.


-En fin- dijo en voz alta, secándose las lágrimas. Luego miraría todo lo que le había enviado.

Aquel día bajó en ascensor. No le apetecía caminar, y el Cuartel estaba vacío. Pulsó el botón de la planta baja y esperó a que la máquina lo llevase, canturreando el Réquiem por Loguetown. Era la primera canción que había tocado en aquella taberna, durante un certamen musical. Podía recordar aún las llamas de la chimenea moviéndose a su compás, el coreo silencioso del público y la mirada fija de Fred, siempre plácidamente sonriente. Cuando llegó a su piso las lágrimas intentaban escapar de sus ojos, pero se congelaban antes de hacerlo. No iba a llorar más.

En el puerto flotaba un barco. No estaba atracado, sólo permanecía en medio del agua. Los rayos del sol reflejaban en su casco verdoso y parecía desvanecerse en el mar. Alrededor del barco, por todo el muelle, cañones apuntando a él. Frente a la costa, mirando desolado el hundimiento de su barco, el Holandés Errante contemplaba arrodillado desde el patíbulo. Fredderik Gustavson, condenado por delitos de piratería, asesinato, robo, extorsión y huir de la justicia… Ése no era Fred. Fred era un tabernero amable y bonachón, siempre sonriente; Pudo haber sido un delincuente, pero tras treinta años algo había mal en el sentido de la justicia si creían que aquello lo era.

Se acercó lentamente a la plataforma de ejecuciones. Subió las escaleras, ignoró a los almirantes… Nadie trató de impedirle acercarse. Desde lo alto el mar parecía todavía más inmenso de lo que él ya conocía. Fred volvía a llevar la melena arreglada en una trenza, pero su barba había permanecido descontrolada y frondosa. Le quedaba bien.

-Me propusieron unirme al Ouka Shichibukai- dijo, sin saludar, cuando Al se sentó a su lado-. Les dije que no, y entonces decidieron hundir al Holandés…

-¿Hay algo que pueda hacer por ti?- preguntó, contemplando la escena. Faltaban exactamente dos minutos para que el bombardeo comenzase.

-Un capitán debe hundirse con su barco- su mirada era triste, pero su voz decidida-. Es la ley del mar.

-¿Se lo has pedido?

-Sí, y me han dicho que matarme así es inhumano- señaló a los tipos a su espalda-. Al parecer es más gentil atravesarme el corazón.

-¿Por qué no aceptas ser una de las siete espadas?- Fred se encogió de hombros-. Podrías vivir.

-Pero he elegido morir- respondió, orgulloso, alzando la cabeza-. Ésa es la esencia de ser un pirata, la libertad para tomar tus propias decisiones. Una libertad que vale más que la vida.

-Es una buena filosofía- respondió, levantándose-. Lo siento, Fred.

-No lo sientas- se puso en pie-. Para que una nueva era comience, la anterior debe morir.

Dos lanzas intentaron atravesar su corazón, pero se quebraron casi tan fácilmente como el acero del patíbulo ante las fuertes piernas de Fred. La plataforma de ejecución resistía a duras penas mientras el pirata aterrizaba en su barco, haciendo astillas parte de la cubierta. Las velas se arriaron, y no tardó en escucharse el primer cañonazo.

Fue hermoso. O lo habría sido, si Al no supiera lo que estaba sucediendo. Desde la primera hasta la última, cada arma que rodeaba el puerto disparó con precisión letal al barco, que comenzó a hundirse lentamente. La tela empezaba a arder y pronto las llamas se propagaron por la madera, mientras las balas seguían llegando y explotando en la superficie. Mientras tanto, sin decir nada, Una persona apareció en el mascarón de proa. El Holandés Errante sonreía mientras esperaba su destino, abierto de brazos.

No pudo evitar llorar.

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Re: La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Señor Nat el Vie 25 Ago 2017 - 0:01

Peticiones:
Silencio: La hoja de Al es completamente inamovible. Mediante el uso simultáneo de los tres tipos de Haki, el espadachín logra conocer el punto exacto donde frenar un golpe para pararlo en seco. Su único problema es la concentración que exige,
por lo que sólo se pueden frenar golpes únicos y no combos.

Cambio de Ritmo: Mediante el entrenamiento constante, Al ha aprendido a cortar energía. Esto lo puede hacer sin apenas limitaciones, aunque se ve expuesto a otros ataques mientras se defiende de esta manera.

Cuerpo Perfecto: Los músculos de Al trabajan mejor bajo presión. Por ello, las técnicas desarrolladas en momentos de peligro mortal no necesita entrenarlas más adelante.

Coro Helado: Al puede generar diez músicos de hielo, que cantan y tocan. Cada uno de ellos pueden generar un Cascanueces de un tercio del nivel de músico de Al.

Cuerpo Helado: Al está hecho de hielo, por lo que puede regenerarse mediante éste de cualquier lesión que no ataque directamente su sistema nervioso central o ampute una parte de su cuerpo. La curación tarda entre uno y tres asaltos según la gravedad de la herida, durante los que el usuario no puede atacar.

Artillería: Al es capaz de crear escorpiones funcionales de hielo, así como virotes y lanzas.

Puntería: Aplicar su puntería de arlequín al uso de escorpiones y balistas.

Guerrero de la Nueva Era: Al es experto en contrarrestar los puntos fuertes de cualquier oponente. si es extremadamente fuerte lo resistirá, y si es extremadamente resistente logrará hacerse paso igualmente. En la práctica, Al anula los Power Ups físicos pasivos de sus oponentes hasta equilibrarlos a los suyos propios, pero no aplica esto a los raciales ni a las mejoras por Akuma no mi.

Legado del Rey: Hacha Épica que pasaré por creación de objetos.

Zane D. Kenshin: Ser elegido para el reto obligatorio de Zane (with Love, Pollo-chan).

Jin Surfer: Información sobre Jin Surfer (Lo que Jin me diga Off-rol, peo justificado).

Y... creo que nada más. Espero que disfrutes la lectura y si ves que me olvido algo me lo menciones.

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Re: La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Zuko el Dom 3 Sep 2017 - 1:11

Hola. Ya sabes quien soy y también la ong por la que predico. #OropelLivesMatter y todo eso, so. Vamos al meollo.

"No eres un héroe. Eres un soldado que aún vive en una guerra ya olvidada"

Tal vez reconozcas esa frase, tal vez no. Es bastante curioso que haya sido elegido yo para corregir este diario. Yo, que me encantan las historias de soldados retirados que no son capaces de dejar atrás el combate. Su simbolismo y lo que representa. Algo que tú has sabido escribir muy bien con cada "-Eras. +Era." en los incisos que se tomaban durante la historia. Siempre presente, pero nunca muy obvio. Siempre hay, sin que una narración prepotente te lo recuerde a cada línea. Algo que sinceramente me ha encantado.

Algo que también has sabido manejar muy bien es el recurso cómico. Un equilibro perfecto entre lo serio y los momentos de "slapstick" casi literal, con sartenazos a la cabeza incluidos.

Por lo general, el "protagonista cuenta lo ocurrido hasta llegar a este punto" es un recurso muy usado. Sin embargo, muy usado no quiere decir malo. En este caso, se ha utilizado de una forma que ha hecho la narrativa bastante fluida, con parones de vuelta al presente en el momento justo, ninguno donde no debería.

Si he de decir algo que no me haya gustado... Que solo es una cosa, el resto me ha encantado, es el como ha terminado esa batalla final. Ese cliffhanger con Al atrapado que de golpe... Termina. Sin explicar muy bien como se salió de esa situación. Es decir, se entiende como se salió, pero la ejecución me dejó un poco... Frío (JA!)

Tal vez ese sería el único punto débil de la trama. Aunque más que punto débil lo correcto sería decir "punto menos fuerte", ya que aún así ha estado genial. Verás...

A mi entender, en una historia con tintes de acción, una batalla es una discusión. Una batalla es algo que tiene varios puntos que, hechos correctamente, pueden hacerla grandiosa. El primer punto es el punto técnico. Los movimientos y su veracidad, el avance del combate, su estilo... En este apartado el combate está muy bien hecho, mostrando con claridad el flujo y como Al consigue pasar esa barrera que es la diferencia de tamaño. El segundo punto es la motivación. Como dije, una batalla es como una discusión, casi como un debate representado a golpes. Dos personajes con puntos de vista distintos, con estilos de vida opuestos. Este punto también lo veo bien representado, no hay mucho que decir. Ahora, el punto final sería el punto emocional. Los mejores combates son aquellos cuyo motivo es emocional. Dos personajes con un pasado en común, o tal vez una venganza. O alguien queriendo defender su posición aún teniendo las de perder (¿Recuerdas la frase "Aún queda un enano con vida en Moria"?). Este es el punto que he visto menos presente en la batalla.

¿Significa eso que no hubo emoción? En absoluto. La batalla sigue siendo muy buena. Pero es lo que pasa cuando algo es muy bueno. Cuando señalas una imperfección, parece que estás diciendo que todo se echa a perder por esta. No, no lo hace. A pesar de este pequeño detalle, mas bien insignificante que me he visto obligado a señalar para que no todo sean elogios, considero este Timeskip merecedor de un 10.

Obtienes todo lo que pides. O lo harás cuando mis compañeros lo validen.

Si no estás de acuerdo, puedes pedir una segunda corrección, ya lo sabes

Buenas noches~
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Re: La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Azula el Jue 7 Sep 2017 - 2:14

Bueno, bueno... ¿Qué decir que no haya dicho ya Zuko?

Como siempre, buen diario. Me han gustado los momentos tan profundizados de Al y, la mejor es Rosmerta. Dejo mi validación por aquí~

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Re: La Nueva Era [Time Skip]

Mensaje por Arthur Silverwing el Vie 15 Sep 2017 - 0:29

Buenas soy Arthur y me tienes hasta los cojones te odio.

Pero a parte de mi opinión personal con respecto a tu persona, paso por aquí para validar la nota. Creo que todo lo que se tenía que decir ya ha sido dicho.

PD: Que te fuken cordialmente.

Hoja actualizada.

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Re: La Nueva Era [Time Skip]

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