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Todas las imágenes utilizadas en el foro a excepción de los avatares de los propios users y sus creaciones pertenecen a One Piece (ワンピース Wan Pīsu?). Este es un manga japonés creado por Eiichirō Oda y llevado a la versión anime por Kōnosuke Uda, actualmente el anime es realizado por Toei Animation y se transmite en Fuji TV. Comenzó a publicarse en Weekly Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997.

Cómo se forjan los rumores - Parte 1

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Cómo se forjan los rumores - Parte 1

Mensaje por Aki D. Arlia el Mar 23 Ene 2018 - 14:13

Notas:
Este diario se sitúa en pasado, durante el último TS (El primer año, para ser más concreta). Ocurre justo después de que Aki salga de Samirn para ir a dar caza a un traidor.

¿Entrenar? Mentiría si dijera que no lo había hecho. Que no había obedecido a Jester sin que él lo supiera, consciente de que siempre llevaba la razón de una forma u otra. Todavía quedaban perdidos por su cuerpo los vestigios de las cicatrices que aquel malnacido le había hecho. Aunque se estuviera pudriendo en la calle, sus compañeros andaban sueltos y no iba a morir a manos de una rata. Ni siquiera de dos, de tres o de cuantas hubiera.
Había viajado por tres mares durante cinco meses, persiguiendo los rumores que dejaba el prófugo tras de sí. Incluso a días de distancia olía su miedo en las cosas que contaban de él. Iba tras la sombra de un cobarde, pero corría deprisa y Aki avanzaba con cautela. Había otro rastro junto al suyo, que serpenteaba por el mapa ajena a ello. ¿Huía también? Y si lo hacía, ¿Lo haría de la hija que podía seguirle el rastro o del lugar que había abandonado en su mejor momento? A menudo se preguntaba por qué seguía preocupándose. Por qué preguntaba por ella a la vez que por el otro insensato. Por qué seguía los pasos de alguien que le había herido y abandonado cuando no tenía ni un año de edad. Que había consentido en que la compraran y utilizasen como alguna suerte de santa maldita para alimentar su fe inquebrantable. Quizás era curiosidad. Sabía que también había reproche, pero en el fondo era consciente de que no podía culparla y  mucho menos entenderla. Intentarlo era una pérdida de tiempo y sin embargo, seguía perdiéndolo. A lo mejor la que retrasaba el encuentro con el fugitivo era ella, para no tener que volver tras sus propios pasos. A lo mejor la incomodaba ese pequeño atisbo de certeza que sentía algunas noches. A lo mejor…

Sintió una mano acariciarle la espalda de arriba abajo, con ternura. Con delicadeza. Sonrió, a su pesar, y se volvió para devolverle las caricias. La joven bajó los dedos y cerró los ojos disfrutando el tacto. Tenía tez de porcelana y el cabello castaño como el fruto. Sonreía como una bendita acurrucada entre las sábanas.

-¿Hoy tampoco piensas dormir?

Aki negó con la cabeza. Se la había encontrado unas semanas atrás en una esquina sin nombre de una ciudad perdida en medio de ninguna parte. Lo más limpio que tenía era la mirada, que destilaba inocencia y esperanza por partes iguales y en cantidades industriales. Le costó pocos gestos y todavía menos palabras convencerla de que le acompañara. La jovencita aprendió pronto a obedecer y a no hacer preguntas si no era con la mirada, sabedora de que rara vez tendría una respuesta. La súcubo la bañó a conciencia, la vistió con esmero y la metió en su cama apenas unas horas después de conocerla. La abrazó con fuerza y se quedó dormida con ella entre sus brazos. La sostuvo hasta el amanecer y cuando se despertó y la vio durmiendo junto a ella supo que no iba a devolverla.

La jovencita sucumbió pronto al sueño y entonces Aki abandonó la cama. Estaban en un hotel de alguna isla perdida en medio del Paraíso. No había estado allí nunca, no había preguntado el nombre y no pensaba hacerlo. Salió por la ventana, incapaz de estarse quieta. Le tentó bajar hasta la playa a entrenar sus maniobras defensivas; venía haciéndolo cada pocas noches desde su partida. Con saña, buscaba un rincón a solas y sacaba las armas. Se movía recordando en su mente el combate que había sostenido con aquel despojo humano. Recordaba cada uno de sus ataques como si se le hubieran quedado grabados a fuego en la retina. Sin embargo, no le molestaba. No habría podido averiguar cómo destrozarlos de no haberlos recordado. Y por fortuna, sus entrenamientos eran el único momento en el que volvían a ella. Aki no soñaba. Pero bajo la luz de la luna, se movía como encantada por la arena. Parecía bailar al son de una música que solo ella conocía y quien la había vislumbrado a lo lejos aquí y allí la había comparado para sí con una ninfa, un hada o algo igual de bonito y delicado. Poco sabían que en realidad la pelirroja esquivaba filos, caminaba pisando fuego y se movía con el hedor de la sangre todavía intacto bajo su nariz, sin que nada pudiera borrarlo. Había sido complicado al principio. Volvía a recibir cara herida y a tropezar en cada acometida. Pero con la práctica vio fallas en su defensa. Abrió huecos que antes nunca habría descubierto y atacó con fiereza imaginando como se hundía el cuchillo. Creyendo que el olor a piel quemada era de él y no de ella.

Con el tiempo, el revivir de aquel combate se convirtió en rutina. La tensión y la necesidad que la espoleaban al principio se vieron sustituidas por fría calma y ganas de ir más allá. De mejorar. De verse a sí misma a salvo de cualquiera. De matar si así lo quería sin preocuparse del cómo. De que nadie se le interpusiese ni volviera a dejarla en una cama durante días mientras se reponía. Nunca más, sé prometió. Y por esa promesa entrenó y entrenó.  

Si hubiera querido hurgar bajo esa capa de supervivencia y ansia de tranquilidad habría encontrado otra clase de necesidad. La de escapar de la pequeña incertidumbre que la atenazaba por las noches, más peligrosa que una pesadilla. De huir de la corazonada que la había obligado a buscar a alguien tangible a quien abrazar, a quien sentir, antes de que todo se desmoronase.

Volvió en sí al cabo de unos segundos. Se había quedado mirando a la nada sin darse cuenta. Miró a la playa de nuevo, pero pronto le dio la espalda. Hoy no era uno de esos días. Serpenteó por entre las calles de una ciudad que no conocía, buscando la casa que encajara con la descripción que le habían agenciado. A veces por los tejados, otras paseando por las aceras, atravesó el lugar en completo silencio hasta llegar a su destino. El hombre dormía, pero despertó en segundos cuando Aki le sacudió el hombro con delicadeza. Le dio la información que buscaba sin bostezar ni lanzar una sola mirada de soslayo a su cama, tarea titánica dada la cuantía de sus ojeras. Aki escuchó en silencio, los ojos fijos en el anillo de plata del hombre. Recogió los folios cuando él terminó y le deseó buenas noches antes de volver a escaparse por la ventana.

Todo el intercambio había durado apenas unos pocos minutos y mientras volvía a caer rendido, el hombre se prometió que atesoraría ese recuerdo por muchos años que le quedaran.

Regresó al cuarto aprisa, pero se sentó a leer con calma. No quería despertarla. Le acarició el pelo distraídamente mientras volvía a repasar los folios. Le calmaba notarla a su lado. Ella no se iría; era suya. La certeza resultaba tranquilizadora. Horas después, cuando despertase, se encontraría a Aki con el espejo en la mano. La cuestionaría con la mirada, sin obtener más que sombras como respuesta.

-Toca marcharse.

Y se fueron. Ninguna llevaba más equipaje que lo puesto. De tarde en tarde Aki le llevaba ropas nuevas, siempre sencillas pero de muy buena calidad. Cuando abandonaban un lugar, las viejas quedaban ahí como una suerte de muda a la que nada le debía. Todo cuanto necesitaba era a la mujer que la había sacado de la calle sin pedirle a cambio nada más que su obediencia. Su pasado no le interesaba. No le importaba. Era mil veces mejor que ser una mendiga. Se sentía feliz con ella. La deseaba como a nada, pero lo apagaba abrazándola por las noches con fuerza. Era lo que se le pedía y lo que daba. Ni una migaja más. Tampoco habría osado pedirla.

Embarcaron en un barco de comerciantes sin que nadie les cuestionase su procedencia. Por espacio de dos semanas, Aki entrenó con persistencia cada día en la bodega de carga. Apenas la veía por las noches y por los días vagaba por el barco sin hablar con nadie. La joven se maravillaba del mar y esbozaba la cubierta en una pequeña libreta robada, pero esquivaba con habilidad a todo el mundo. Sentía que si otra voz se dirigía a ella el delicado hechizo que era su vida se rompería y no quería perderlo tan pronto. Todo estaba bien.

Cuando llegaron a su nuevo emplazamiento, Aki la sentó en la cama y le dijo mientras le acariciaba la cabeza:

-Tengo que marcharme. No volveré en unos días, pero estarás bien. Lo estarás, ¿Verdad?

En su voz no había preocupación, era una orden y así lo entendió ella. Sonrió asintiendo con la cabeza y Aki partió tras dejarle un beso en la frente, sin decirle adiós.

Tardó poco más de 20 horas en encontrar la dirección. No comió, bebió ni durmió en ese tiempo, igual que no lo había hecho en las últimas dos semanas. Su cuerpo, impávido y exuberante como siempre, no daba muestras de conocer semejante información. Las tres personas que le habían ayudado a conocer la información que necesitaba yacían muertas allí  en donde las había encontrado. El capitán del barco que lo había llevado allí, el imbécil que le había prometido el dinero de parte de un superior al que nunca había conocido y el inconsciente que le había alquilado una habitación.

Entró en el ascensor con calma, sabiendo que no iba a escapar. Salió caminando con parsimonia y llamó educadamente a la puerta de la habitación 213. Le abrió el hombre al que había perseguido hasta el confín del mundo, mirada huidiza y pistola escondida en la retaguardia. No se anduvo con tonterías. Con una mano le agarró la muñeca y se la rompió haciendo que soltara el arma, mientras le tapaba la mano con la otra y avanzaba hacia el cuarto hasta poder cerrar la puerta de un suave taconazo.

Le tiró en la cama, observándole casi con asco. La imagen de Julianna le vino a la mente y la furia le hirvió en la sangre. Le abofeteó la cara con tal fuerza que le aflojó los dientes. Ese desgraciado había abusado, violado y apalizado a una niña por su propia conveniencia. Ese malnacido había obedecido a pies juntillas todo lo que un desconocido le había mandado solo por la promesa de satisfacer su codicia. La había vendido sin siquiera haberla visto y durante meses no había sabido ni su nombre. En cuanto su propia vida había peligrado había abandonado a su sobrina y a la desconocida a la que había traicionado a merced de alguien mucho más poderoso que él. Y, meses después, seguía vivo. Acobardado, escudándose tras continuos traslados y una pobre pistolita, pero vivo. Aki sonrió. No mucho más. El viaje había valido la pena.

Tres horas después, mientras trasteaba en los cajones, se preguntó qué podía hacer ahora. ¿Ir tras esa otra persona o volver? No quería volver. No quería tirar a la joven y no quería ver la cara de Jester. No quería conmiseración, no quería dar explicaciones. Se apoyó en la ventana, peinándose el pelo con los dedos. Se había pegado una ducha minutos antes, para quitarse la sangre y el olor a cadáver del cuerpo. Ni que le bebiese merecía el tipo. El cuerpo seguía en la cama, desfigurado. Había temblado y suplicado piedad hasta el final, pero Aki no le había dejado gritar ni una sola vez. A su pesar, él no pudo resistirse a obedecer y algo le decía que de no haber estado tan seguro de su final habría disfrutado parte del proceso. Loco enfermo.

Suspiró. El contacto de la isla pasada le había dicho que su madre estaba aquí también. La isla tenía una pequeña península al sur y ella se estaba hospedando allí. Había dado órdenes de que siguieran su trayectoria desde el día en el que había dejado Samirn y hasta aquí había llegado. Al principio pensaba que se veía con el desgraciado que ahora yacía en la cama, pero como todo en esta vida la verdad había resultado ser más simple. Alguien había oído el rumor de que la pelirroja se escondía allí y había contratado a un par de ineptos para corroborarlo. En cuanto los susurros se transformaron en certeza él mismo fue hasta allí para rebanarle el pescuezo y entregarla; lo habría conseguido de no ser por Jester y tan en jaque la había tenido que el inepto había logrado poner pies en polvorosa. Pero no podía escapar de Xella. Nadie podía. Ella menos que nadie. Su madre simplemente había tenido la mala suerte de seguir una ruta parecida. Islas pequeñas, desconocidas y de economías asequibles para alguien que estaba empezando de nuevo. En el fondo tenía sentido y no podía culparla, pero las dudas se la estaban comiendo por dentro. Se preguntó si debería empezar a fumar. Recordar el olor del tabaco hizo que arrugase la nariz y suspirase por tercera vez en lo que iba de tarde. Volvió a sacar el espejo del bolsillo y susurró la palabra mágica a la plata que sostenía entre las manos. De nuevo, como cada vez desde hacía meses, la imagen no era clara. Un destello castaño, azul a veces, y escenas aleatorias que destilaban peligro por cada poro que no le quedaba si no imaginar. Se mordió el labio y lo guardó a toda prisa, arrepentida de haber cedido de nuevo a sus impulsos. No sabía confiar. Había olvidado hace mucho. Pero dadas las circunstancias, estaba claro que hacerlo habría sido una pérdida de tiempo.

Abandonó el hotel sin prisa, ignorando al cadáver aún sin descubrir de detrás del mostrador. Sus pies comenzaron a moverse por su cuenta y ella se perdió en sus pensamientos mientras ellos la llevaban hasta donde querían. Una suave brisa terminaba de secarle el cabello mientras, poco a poco, se acercaba al puerto.

No supo cuánto tiempo había caminado, pero sí cuándo detenerse. De repente giró en redondo con total naturalidad y enfiló un callejón atestado de cajas en busca de algo de intimidad. Salió a los pocos segundos convertida en un joven mozo de carga de pelo pajizo y ojos ávidos. La urgencia es algo muy difícil de disimular cuando se está seguro de que no es necesario. No le costó encontrarla más que un pasaje en barco pagado con el teatro de subir una o dos cajas y  una buena dosis de paciencia. Llegó hasta la península de la otra punta de la isla sin más inconvenientes que la certeza de que lo que estaba haciendo era una estupidez. Pero logró verla.

Su madre, al contrario que ella, parecía haber envejecido durante esos meses. Aunque tal vez nunca le había prestado la atención debida. Sin embargo, las pocas arrugas que empezaban a surcar su cara le sentaban bien.  Se había puesto morena y parecía mucho más viva y enérgica que cuando la había visto en la isla. Sorprendida, no se acercó demasiado. La siguió tres noches y tres días recabando cada migaja de información. Se hospedaba en un hostal barato pero limpio y con aspecto cómodo. Cada día, bajaba a la pequeña aglomeración de casas y barracas que había frente al puesto y se paseaba con una cesta de hierbas bajo el brazo y una mochila de tela a la espalda. Vendía remedios. Hechizos. Filtros de amor. Mentiras piadosas y perdones cuestionables a confesiones voluntariosas. Suponía que su madre no creería una palabra de lo que ofrecía; eran trucos de baratillo y ella había conocido a una súcubo de verdad. Al principio le pareció ingenioso y casi irónico ver cómo se aprovechaba de la candidez de la gente. Todo eso lo había aprendido en Samirn, no le cabía duda. Volúmenes de magia pueril como esa los había a patadas en el primer piso de la biblioteca, cortesía de la antigua gobernanta. Las sectas como aquella se nutren de credibilidad y ella se había asegurado de estar bien surtida. Sin embargo, según pasaban las horas se dio cuenta de que en realidad su madre disfrutaba con ese modo de vida. A Aki el lenguaje humano le guardaba pocos secretos a esas alturas y se podía leer la sinceridad en su sonrisa sin mucho esfuerzo. Estaba confusa y pensó varias veces en regresar. Pero solo cuando su madre embarcó rumbo a la próxima isla se dio cuenta de que había estado perdiendo el tiempo. Tenía información, pero no sabía qué hacer con ella.

-¡Has vuelto!

La pequeña parecía genuinamente contenta de verla. Eso le sacó una sonrisa por un momento, antes de cerrar la puerta tras ella y avanzar firme por el cuarto hasta arrastrarla con ella hasta la cama. Se abrazó a su cintura como si fuera una tabla en medio del mar y cerró los ojos con fuerza. Pasaron un par de segundos hasta que sintió que el corazón de la joven volvía a un ritmo normal. Notó sus manos acariciándole el pelo y atrayéndola más cerca. Tardó bastante en levantarse, y para cuando lo hizo el vestido de la joven ya estaba manchado de restos de lágrimas. Aki hizo un mohín, prometiéndose que le compraría uno nuevo en cuanto llegaran.

Hicieron las maletas con calma y agilidad para partir al amanecer. Esa noche la que quedó en vela fue la joven huérfana, mientras veía dormir a la pelirroja. Era consciente de que no lo necesitaba, se lo había dicho, pero se quedaba más tranquila si la veía descansar.  En la soledad de la noche repasó distraídamente las páginas de su cuaderno, llenas de bocetos de paisajes y personas anónimas. El dibujo que más se repetía era sin duda Aki, en numerosas posturas y estados de ánimo. Era su modelo particular y a ella le gustaba posar de vez en cuando, si estaba de buen humor. Había acogido el pasatiempo de la joven sin problemas e incluso le había comprado todo lo que necesitaba. Mientras la miraba dormir, se dijo que era idiota por estar enamorada. Mientras le recolocaba un mechón rebelde, vio el rojo contra su piel y se recordó que un día moriría por ello. Y mientras se acurrucaba entre las sábanas para aprovechar los últimos minutos antes de que el sol las interrumpiese, se repitió que prefería morir viviendo a morir en vida.

De nuevo, la rutina volvió a establecerse para las dos mujeres. Aki entrenaba casi cada día, viajaran o no, e incluso la joven que nada sabía de combates podía apreciar que había mejorado. Sus movimientos eran más ágiles y fluidos, pero sobre todo más seguros. La primera vez que le vio añadir fuego a la rutina se quedó impresionada y algo asustada, pero una sonrisa de la pelirroja bastó para sonrojarla y devolverle la tranquilidad. Por supuesto, Aki sabía lo que hacía.
Mientras repasaba el combate con los ojos cerrados por enésima vez, el imaginario olor a piel quemada le dio una idea. Sonriendo de forma algo tenebrosa, había invocado en la palma de su mano una llamarada del fuego infernal. Y, sin soltar el sai que todavía tenía en la otra mano, lo había llevado a este. Automáticamente este se adhirió al acero, que quedó recubierto de un ligero halo de llamas. No era la primera vez que lo hacía, pero no le llegaba. En el tiempo de una inspiración, alargó los sai con ayuda de la energía que guardaban en su interior. El fuego, sin embargo, se quedó lamiendo el acero como a la espera de una indicación. Por toda respuesta a esa pregunta no formulada, Aki continuó de esa forma con la rutina. En cada golpe o punto de inflexión trataba de traspasar esa descarga de energía, para redirigir el fuego.

Por supuesto, los primeros intentos fueron infructuosos. Lo único que conseguía era acabar la rutina más cansada y que el fuego se esfumara a los pocos movimientos. La concentración era esencial y puesto que se esforzaba en redirigirlo en lugar de mantenerlo, el temperamental elemento se desvanecía pronto sin piedad. Pero fue mejorando. Se concentraba en ello cada día y casi con rabia.

Al fin y al cabo, seguían viajando. Isla tras isla, siguiéndole el rastro. A veces volvía a espiarla, pero cada vez aguantaba menos. Cuando regresaba de esas excursiones se volcaba en el entrenamiento con todo su ser, con la necesidad de ocupar su mente casi volviéndola loca. No entendía sus propias acciones y ello le frustraba. Siempre había tenido una razón. Buena. Mala. Una excusa. Una necesidad. Una explicación para el cómo se comportaba. Pero ahora… ¿Por qué? ¿Qué quería de ella? No le había prestado apenas atención en todo el tiempo que estuvo en Samirn. Cuando la tenía a unos metros ni siquiera había ido a hablar con ella. Y ahora que su estúpida cruzada la arrastraba por medio mundo no se planteaba dejarlo estar. Volver atrás le provocaba un miedo irracional. No quería ver a Jester, no quería volver a Xella. Seguía teniendo sus anillos y cada día le pesaban más. Esa vida era fácil. Cogía lo que necesitaba, dejaba lo que no e iba sin lastres. Le extrañaba que no se hubieran comunicado ya con ella. Llevaba meses sin aparecer. Si Jester seguía enfadado con ella, desde luego la forma de demostrarlo era inusual. Normalmente se habría plantado allí hacía mucho para meterle sentido común en la cabeza.

-Quizás por una vez no quiso influir para nada.

Suspiró mirando al cielo. Hablar consigo misma tampoco iba a darle las respuestas, por más que lo intentara.  Y comenzaba a quedarse sin opciones. Cada día se sentía más ansiosa y estresada. Tendría que hablar con ella y tendría que hacerlo pronto. Mañana mismo, tal vez. Hacía ya al menos ocho o nueve meses que se había marchado. Quizás diez, no había sabido llevar bien la cuenta.  No era que buscase atención, pero que a nadie pareciera molestarle que se hubiera esfumado dolía un poco. Aunque eso ya no tenía remedio.
Llevaban cuatro días en la última isla a la que habían llegado cuando Aki logró lo que se proponía. Como por ensalmo el fuego escaló por el filo de energía, no habría sabido decir si rozándola o solo orillándola en su periplo. Sin parar por un segundo, continuó con el siguiente movimiento y enlazó al que seguía. Poco a poco y con seguridad llegó al final sin que la llama se apagara. Sus ataques no tenían toda la fuerza de siempre, no había querido tentar a la suerte, pero sabía que era cuestión de tiempo. Esto le permitiría llegar más lejos, ser más mortífera. Defenderse mejor, atacar con más fuerza. Cuando al fin bajó los brazos y guardó las armas, se miró las palmas y luego a los ojos de la joven, que la observaba de cerca cuaderno en mano.  Sonrió nerviosa ladeando un poco la cabeza y se encogió de hombros.

-Creo… que volveré en unas horas.

Esta vez el paseo fue diferente. No se molestó en encubrirse; estaban en un rincón perdido en mitad del Paraíso y la gente allí no conocía ni siquiera a la Marina. Pescadores y campesinos que no se alejaban demasiado porque no tenían la necesidad. Allí Aki no era más que una extranjera hermosa. No había muchas y necesitó tan solo unos minutos para conseguir la dirección. Llegó caminando con calma y cuando le saludó con la mano tuvo la sensación de que ella le estaba esperando. La vio sonreír antes de acercársele.

-Has tardado tanto que llegué a pensar que querías matarme.

-Si hubiera querido eso ahora no estarías respirando.

La contestación no le hizo perder la sonrisa, pero si atrajo la seriedad a su mirada. Un brillo especial a medio camino entre el orgullo y el recelo. No podía reprochárselo. Tampoco estaba sorprendida, pero lo cierto es que Aki apenas se había ocultado. Había querido que su madre supiera que estaba siendo espiada desde el primer momento y la mujer no era tonta. Lo había cazado al vuelo y sabiendo que no podía hacer nada al respecto había seguido con su vida. En opinión de Aki era la mejor decisión que podía haber tomado.

Notó como la mujer le escrutaba de arriba abajo para terminar asintiendo ligeramente. Aki arqueó una ceja por toda respuesta. ¿Iban a quedarse ahí toda la mañana? La mujer pareció leerle el pensamiento y madre e hija atravesaron caminando las callejuelas del puerto.

Al entrar al hostal el cambio de ambiente fue casi instantáneo. El aire se volvió pesado y la mujer de recepción pareció encogerse un poco detrás del mostrador. Su madre, sin dar un paso más de los necesarios, le pidió que por favor le reservara la cafetería. La mujer partió al vuelo sin siquiera contestar mientras Aki observaba la escena con curiosidad. ¿Desde cuándo su madre tenía esa presencia? En Samirn era poco más que una esclava, lo recordaba bien. Y en todos los días que llevaba siguiéndola no había ocurrido nada como eso. Ella le guió por los corredores hasta llegar a lo que parecía un sobrio pero acogedor salón de té. Se cruzaron con un par de personas en dirección contraria, supuso que clientes despachados. No parecían contentos.

Se sentaron una frente a la otra junto a la ventana. No parecía haber nadie más en el lugar, pero su madre chasqueó los dedos y al poco tiempo la jovencita de recepción estaba a su lado.

-Justine, cielo, dame lo de siempre y… -miró a Aki interrogante.

-No quiero nada.

Se retiró con presteza y ambas permanecieron en silencio hasta que regresó con una taza rebosante de lo que según la etiqueta era té de caléndula. Tras una mirada por parte de ambas volvió a esforzarse y no bien la puerta se hubo cerrado Aki preguntó:

-¿Por qué te fuiste de Samirn? Preguntaría como, pero está claro que siempre te has llevado más que bien con los marineros.

Su madre dio un sorbo a la bebida antes de mirarle con diversión.

-Quería ver mundo. Antes no podía. La sacerdotisa era mucho más poderosa que yo y no admitía ni una fuga. Me habría perseguido hasta el fin del mundo y, al contrario que tú, ya me habría matado o llevado de vuelta. Presumiblemente lo primero.

Aki frunció el ceño, confusa.

-¿Entonces solo fingías ser parte de aquello?

-¿De la secta? No, querida, para mí era y es muy real. Tanto la fruta que posees como la de Lilith me parecen dignas de ser veneradas, especialmente la segunda, aunque no tuve el placer de conocerla. El placer es una fuerza poderosa. Quizás la sacerdotisa llevaba las cosas algo al extremo, pero tenía buenas ideas.

-Sí, lo de los hombres y marines esclavizados parece muy útil.- Lo dijo con saña y sarcasmo, pero mientras lo decía se dio cuenta de su hipocresía. Ella había hecho eso y más. Pero todavía tenía esa inquietud que no sabía a qué pertenecía y lo único en que pensaba era en arrancársela como fuera. Iba a continuar hablando, buscar algo con que herirla, pero su carcajada la sacó de sus pensamientos.

-Atrévete a decirme que nunca has tenido una esclava, querida, y entonces hablaremos. Sé bien que te quedaste con las hermanas y con los tres Erotes. No me trago que solo les mandaras tareas de limpieza. Además… viste las jaulas ¿Verdad? Ellos eran felices. Lo deseaban. Para ellos era un honor.

-¿Para mi padre también? Su barco, como tantos otros, se estrelló contra la costa. Entiendo que alguien que creciera en la isla podría llegar a desearlo, pero se supone que esos hombres tenían dos neuronas en el cerebro.

Su madre la escaneó de arriba abajo. Suspiró y tras terminarse el té se dio la vuelta para rebuscar en la mochila de tela que llevaba. Sacó tres libros y se los lanzó a la pelirroja mientras se echaba hacia atrás con elegancia.

-Tienes mucho que aprender. Para ser un súcubo entiendes muy poco del intercambio de poder. Quizás es culpa mía, no insistí lo suficiente en verte y habría podido enseñarte mucho. Ahora… no creo que ni tú ni yo tengamos el más mínimo interés en ello, ¿Verdad? No, claro que no. Pero ahí quizás encuentres una o dos respuestas. Me los traje de recuerdo, pero creo que a ti te hacen más falta. Si puedes, devuélvemelos cuando los termines.

Todavía algo inquieta, los ojeó por encima. Sin embargo los cerró a los pocos segundos, incapaz de concentrarse.

-Todavía hay cosas que no entiendo. ¿Cómo supo la sacerdotisa que yo era el bebé que buscaba? Y ¿Por qué me dejó allí tirada, si tanto le interesaba?

-Bueno, volviste, ¿No es cierto? Tu voluntad ahí no pinta nada, era lo que tenía que pasar y pasó.

Aki se mordió la lengua para no contestarle tres cosas bien dichas. Si ella confiaba en lo bonito de los libros y el destino muy bien, pero la pelirroja ya había comprobado de sobras que, como mucho, el destino era una mala puta que hacía y deshacía a su antojo. Si había vuelto era solo porque Jester hacía bien su trabajo. A veces incluso demasiado.

-En cuanto a tu otra pregunta… tenías los padres adecuados. Como sabes, la sacerdotisa no podía tener hijos y yo era la siguiente en la cadena de mando. Sé que no lo parecía,- añadió con una pequeña sonrisa de orgullo- pero me tenía en alta estima. Con personas así, cuanto más débil y desvalida parezcas más querrán protegerte. Y yo no tenía manera de escapar, así que jugué mi mejor baza.

Comenzaba a hartarse de escucharla. Era arrogante de una manera que le crispaba los nervios. Le crispaba haberse tragado aquel teatro y descubrir ahora que el ego de su madre era parecido al suyo propio. No le caía bien esa mujer.

-Tu padre… en fin. Dices que era un esclavo, pero él puso las muñecas con gusto. No creo que todo el acero del mundo hubiera podido apagar esa fiereza. Piensa lo que quieras, pero me quiso como a nada y murió orgulloso y por decisión propia.

Aki no respondió. El tono en el que hablaba se había vuelto más suave y no estaba segura de qué pensar. Pasaron unos segundos hasta que, de repente, la mujer se descubrió el hombro. Brillaba en rojo, cubierto por una escarificación que formaba un patrón extraño.

-Su tripulación fue su vida hasta que llegó a Samirn, y cuando él murió yo quise recordarlo.

Arqueó las cejas, más escéptica que impresionada. – Ahora me dirás que mi padre era un marine. – Por toda respuesta, ella se soltó la camiseta y volvió a reír a carcajadas.

-¿Marine? Por supuesto que no. Era marinero, sí, pero completamente independiente. Hasta donde yo sé había cumplido encargos para la revolución, la marina e incluso más de un par de piratas. Hacía lo que quería y cuando quería.

Aki calló de nuevo, sin saber bien qué decir. Ya no le quedaban preguntas que hacer y después de oír eso sentía que lo único que quería era irse. En cuestión de minutos se había ido calmando sin darse cuenta y de repente supo que no necesitaba más de la mujer que estaba sentada en frente. Se incorporó y con parsimonia recogió los libros que le había regalado. Por todo adiós le entregó una sonrisa sincera y estaba a punto de cruzar la puerta cuando oyó una voz a su espalda.

-No seas idiota y no vuelvas. Si vas hacia el oeste encontrarás una isla con los mejores pastelitos de nata que he probado jamás. Puede que no te haya criado, pero todavía me reconozco en tus acciones. No vivas por otros.

No respondió. La puerta se cerró sin hacer ruido y Aki desapareció de la vida de su madre. No volvería a molestarla. Lo sabía.

Sabía que le había dicho que volvería en unas horas, pero no se sentía con ánimos de abandonar su soledad tan pronto. Ella estaría bien. Siempre lo estaba. Por eso estaba a su lado. Aki dio vueltas por la ciudad hasta encontrar lo que estaba buscando. Subió por la pared trasera de la iglesia en completo silencio, hasta llegar al campanario. Se acurrucó ahí en una esquina y sacó los libros que se habían autoinvitado a ser los primeros de su biblioteca personal. El primero hablaba del deseo y seguramente era el primero que su madre había considerado darle. Lo abrió y comenzó a leerlo con escepticismo, pero según avanzaban las páginas su interés fue creciendo más y más. Pensaba que había visto todo lo que se podía ver, los fetiches más extraños y las prácticas más indecentes. Y en cierto modo así era, pero el libro incidía más en el ‘por qué’ que había detrás de cada ‘qué’. De una forma completamente analítica y racional explicaba qué podía llevar a un humano a desear a otro y no solo a eso. A desear servirlo o engatusarlo. A humillarle o infligirle dolor desde la excitación. A acariciarle y hacerle cosas espantosas o deliciosas.

Para cuando lo terminó era de madrugada y Aki tenía una pequeña sonrisa pintada en la cara. Eso respondía a muchos interrogantes que no sabía que tenía y estaba convencida de que antes o después esa información le sería útil. Cogió el segundo libro, dispuesta a comenzarlo también, pero poco después de ojear el índice y el primer capítulo volvió a sentir aquella familiar corazonada. Preocupada, cogió el espejito de plata y, temblorosa, pronunció la palabra mágica. Por un segundo suspiró aliviada al ver la cara de Karl reflejada allí para ella. Pero había sangre en ella y su expresión era más seria que alegre. Lo volvió a guardar inmediatamente y no fue capaz de seguir leyendo.  Sin ser tampoco capaz de escapar a sus propios pensamientos se quedó allí, en el campanario, hasta que el día volvió a iluminar el mundo.

Cuando el sol le dio en la cara comprendió que se había retrasado demasiado y por fin fue capaz de levantarse. Llegó hasta la joven que había adoptado más pronto que tarde y se la encontró hecha un bulto en la cama, aferrada a su cuaderno. Tendría que comprarle otro pronto. Le acarició el pelo, comprendiendo que no había dormido en toda la noche. Las ojeras la delataban.  Pero cuando abrió los ojos, sin embargo, toda su reacción fue una sonrisa ilusionada.

-Nos toca irnos, pequeña.

La joven frunció el ceño, sin entender. Puede que no tuviera todas las piezas del puzle, pero no era estúpida y se hacía más o menos una idea de las idas y venidas de Aki. Había creído que una vez encontrara a quien estaba buscando no viajarían más. Y ella venía de hablar con esa persona, estaba segura.

-¿A dónde?- preguntó sin malicia. La miró con curiosidad, no sabiendo si obtendría una respuesta. Aki sonrió un poco como una niña pequeña pillada en travesura. Le pareció adorable.

-Lo cierto… es que tengo un par de ideas.

Peticiones:
-Un NPC irrelevante de nivel 30
- Tres libros antiguos de gran calidad con información, mitos y leyendas sobre los súcubos, entre otras cosas.
-Técnica obtenida a raíz del ámbito de nivel 90:
  - Forever burning: El fuego que envuelve los sai de Aki puede ahora aumentar hasta recubrir la parte de energía que en un principio alargaba estos. No la llega a tocar, solo la envuelve (Aki lo manipula para ello). Las quemaduras que inflige son ahora de segundo grado.

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Re: Cómo se forjan los rumores - Parte 1

Mensaje por Señor Nat el Mar 6 Feb 2018 - 18:05

Buenas tardes, soy Nat y hoy voy a ser tu corrector. Ya nos conocemos, así que sólo recordarte que puedes sobornarme o seguirme en Twitter, pero eso no cambiará mi valoración. Además, vas a ser la primera persona en sentir las delicias de los criterios de C.U.L.O. (Corrección Unificada Ligada a la Objetividad), por lo que te deseo un buen culo y mucha suerte. Comencemos:

En primer lugar, quiero decirte mi impresión general del diario: Está incompleto, hasta el punto de que la historia deja la trama totalmente apoyada en una secuela. Me gustan los diarios autoconclusivos, o que al menos dan la sensación de resolver ciertas dudas. Sobre esto volveré más adelante, pero vamos a empezar la valoración en base a estos criterios, que me enrollo si no.

Trama: Hablando sólo de la historia, he de decir que me ha gustado. Las acciones se suceden de manera episódica, no obstante, y uno tiene la sensación de que se ha perdido algo cuando llega al encuentro final. Está bien integrada en un discurso sutil y delicado con la ambientación justa, a veces incluso menos de la necesaria.

Originalidad: Como te he dicho arriba, el encuentro final me ha dejado descolocado. No obstante, aun creyendo que falta un nexo más sólido, creo que la perspectiva de la madre de Aki como una persona fría y manipuladora me agrada, del mismo modo que esa canción que se escucha arrullar cuando leo lo escrito.

Psicología: Creo que correcto. La psicología de Aki ha sido seguida correctamente.

Escritura: Es, si cabe, el punto más flojo del diario. Tienes, por orden de importancia, mal uso de pronombres (llegando a escribir le por la y viceversa), errores de gramática tales como el uso de cuantía por cantidad y, finalmente, errores de acentuación y erratas.

Estilo: Es... curioso. Te mueves alternativamente entre descripciones y acciones, de esquemas a disertaciones y, casi en todo momento, es fluido. De nuevo, la peor parte está en ese nexo (que de hecho es un párrafo grueso y amplio), en el que no pareces saber muy bien hacia dónde encaminarte, cómo llegar al punto que quieres y... Pues que queda una transición algo mediocre.

Dicho esto, y por no alargarme más, quiero constatar que es un buen diario cuyo mayor problema es la falta de repaso, lo que influye en los cinco puntos (salvo psicología). La trama ha dado problemas donde tu estilo mutaba, la escritura ha flaqueado por no releer lo escrito y una gran idea ha quedado en algo bueno, pero no genial. Ahora, vamos con tu nota:

Trama: 1 sobre 1,5.

Originalidad: 1,2 sobre 1,5.

Psicología: 1,5 sobre 1,5.

Escritura: Me habría gustado bajarte más, pero tienes alrededor de 20 errores (incluyendo aquí escribir cantidades con números) en casi 6.000 palabras. Por tanto, 1,1 sobre 1,5.

Escritura: Salvo ese párrafo todo correcto, así que voy a portarme bien por esta ocasión y dejarlo en un 1,3 sobre 1,5.

En total esto da un maravilloso 6,3 de nota, que sumado a los dos puntos y medio por un diario de más de 3.000 palabras, deja tu nota en un 8,8. Sin embargo, si veo que cometes estos errores de nuevo seré algo más estricto con ellos. Obtienes todo lo solicitado.

Puedes si así lo deseas pedir una segunda moderación.

Buenos días.

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Re: Cómo se forjan los rumores - Parte 1

Mensaje por Aki D. Arlia el Miér 7 Feb 2018 - 11:41

Acepto la nota, sin duda ^^

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Re: Cómo se forjan los rumores - Parte 1

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