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Mensaje por Iulio el Miér 7 Mar 2018 - 1:25

Nota:
Este rol es la continuación de este otro. En resumen, Iulio se encuentra en English Garden para obtener información sobre un criminal. Está en un local en el que se ha citado con un compañero que debe ayudarle, pero no aparece.
En vez de eso, provoca un altercado en dicho establecimiento y Kenzo interviene para detenerlo. Entran en combate, siendo atacados por un sujeto al que finalmente consiguen derrotar y apresar.

PD: el EDIT ha sido para añadir el enlace al otro rol, que no estaba puesto.
Traté de acomodar mi trasero sobre la incómoda silla de madera que me habían proporcionado. Había probado todo lo posible, desde sentarme de la manera más convencional hasta prácticamente tirarme sobre la tabla de madera que se empeñaban en llamar asiento. No obstante, no encontraba una postura que me permitiese estar confortable mientras escuchaba la conversación que retransmitía el den den mushi. «Tengo que conseguir uno de estos», me dije al reparar en su similitud con el capitán Kensington.

-Quédate quieto de una vez y escucha -me reprendió mi superior, que se había desplazado hasta aquel edifico del Gobierno Mundial desde el "Monkey D. Garp". Seguramente le habría encantado obsequiarme con un capón, pero sabía que había logrado conseguir información de un entorno poco o nada favorable. De hecho, por lo que me habían contado mis compañeros, el inútil de Bottumbu había llegado a darlo por imposible. Me sonreí al recordar la cara del sargento cuando me vio aparecer junto a Kenzo, arrastrando el cuerpo sangrante e inconsciente del desconocido al que habíamos conseguido atrapar.

-Vale, vale -respondí en voz baja, impregnando mi contestación de cierto matiz de queja y optando por una pose clásica. Apoyé mis antebrazos sobre la mesa y comencé a juguetear con el anillo que le había  arrebatado al criminal. Apenas llevaba unas horas con él y ya había desarrollado un vicio: girarlo en el dedo corazón de mi mano izquierda cada vez que pensaba detenidamente en algo. Con tanto movimiento me había percatado de que tenía algo así como varias posiciones, dado que se oían unos chasquidos cuando giraba el precioso ámbar que poseía.

El capitán Kensington lanzaba periódicamente miradas a mi nueva adquisición, consciente de que antes no la tenía e intrigado por su naturaleza. No obstante, no me había dicho nada al respecto. Tal vez considerase estúpido preguntar por un anillo en un contexto como aquél. Por algún motivo que desconocía, los marines del lugar habían estimado oportuno que alguno de nosotros estuviese presente durante el interrogatorio al preso.

Debían darle tratamiento médico para asegurarse de que pudiese proporcionarnos información, pero después de eso pensaban exprimirle al máximo -o al menos eso intuía yo-. Al ser conocedor de las intenciones de los cargos locales, el capitán se había apresurado a descartarme como candidato a la entrevista. No era algo que me molestase demasiado. De hecho, una vez el leve resentimiento inicial se hubo esfumado llegué a agradecerlo. Aquello implicaba más trabajo y el simple hecho de pensarlo ya me agotaba.

No obstante, sabía que mi labor allí apenas acababa de comenzar. Me gustase o no, yo era quien se había recorrido English Garden casi en su totalidad y quien tenía un mínimo conocimiento del terreno. Sí, no cabía duda de que me tocaría volver a pisar esas calles plagadas de estirados.

Suspiré, poniendo toda mi atención en el molusco. Al haberme descartado a mí como interrogador, Kenzo sería el encargado de dirigirse al tipo junto a alguien que desconocía. ¿Qué tal lo haría el de las vendas? Tal vez pudiese emplear su tétrico aspecto para acobardar de algún modo al prisionero e influir sobre él para obtener más información.


Última edición por Iulio el Mar 23 Oct 2018 - 16:37, editado 1 vez
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Miér 14 Mar 2018 - 11:49

Un suspiro salió de la boca de Kenzo cuando sus superiores le comunicaron que debía estar presente en el interrogatorio del prisionero y colaborar en él. Normalmente eso no sería trabajo suyo, pero los marines de la guarnición de la ciudad habían exigido que o bien él o Iulio ayudasen en la tarea. Al parecer el peliblanco había encontrado el modo de librarse, así que por descarte le había tocado a él.

Los interrogatorios no eran especialmente de su agrado. Cierto es que no tenía ningún problema con ver sufrir a un criminal, pues lo merecía con creces. No obstante, le resultaba una tarea tediosa tener que sonsacar a alguien lo que sabía. Él era un hombre de acción, y su lugar estaba sobre el terreno, en el fragor de la batalla, no en una celda convenciendo a un vulgar preso de que colaborase.

Resignado a cumplir con su deber, el brazos largos se dirigió a la celda cuando le avisaron. Habían transcurrido un par de días desde que atraparon al prisionero, durante los cuales este había recibido tratamiento. Ahora le tocaba sufrir de nuevo.

Cuando entró en el pequeño habitáculo, vio al delincuente que se había enfrentado a él y a Iulio de pie contra la pared, encadenado a ella de pies y manos. Ante él, tres marines del destacamento de English Garden se preparaban para comenzar el interrogatorio. Tras saludarles con un tono un tanto seco, el espadachín decidió que, al menos de momento, se quedaría al margen. Observaría el interrogatorio de aquellos tres hombres y, solo en caso de que no tuviesen éxito, intervendría.

La sesión de preguntas dio comienzo. Los militares querían saber quién era su jefe y dónde podían localizarle. La primera respuesta que obtuvieron fue un escupitajo que acertó de lleno en el rostro de uno de ellos. Al verlo, Kenzo no fue capaz de reprimir una pequeña carcajada. Aquellos tipos no parecían precisamente unos expertos en lo que a sonsacar información a criminales se refería. Sus siguientes intentos no tuvieron mucho más éxito, obteniendo tan solo respuestas mordaces con ánimo de provocarles.

Los tres soldados fueron poco a poco perdiendo la paciencia ante la actitud chulesca y retadora del prisionero. A los pocos minutos comenzaron los golpes y, poco después, estos fueron sustituidos por pequeños cortes. Tras un buen rato de infructuosa tortura, la paciencia del brazos largos llegó a su límite. Cada minuto que pasara era una nueva oportunidad perdida para atrapar a quien quiera que fuese el jefe de aquel hombre. La inutilidad de aquellos marines estaba quedando muy clara, y el prisionero parecía convencido de que su vida no corría el menor peligro. Así no colaboraría. Era el momento de actuar y hacer que se cagase de miedo.

- Apartaos. - dijo el espadachín a sus compañeros. - Ahora me toca a mí.

Sus ojos brillaban con determinación, y reflejaban una frialdad tal que podría catalogarse como el desprecio más absoluto por la vida del hombre encadenado que tenía enfrente. Avanzó con decisión mientras su mano izquierda agarraba el pomo de una de sus katanas.

- ¿Piensas colaborar, o vas a obligarme a acabar lentamente contigo, sucia escoria?

El prisionero, ante el tono de voz del brazos largos y su mirada, pareció darse cuenta de que las cosas acababan de ponerse serias. Tragó saliva, pero de su boca no salió el más mínimo sonido. Se limitó a mantener el contacto visual con el marine, desafiándole. Kenzo reconoció que aquel tipo tenía agallas, pero con aquello no iba a bastarle. Desenvainó la katana y, poco a poco, introdujo ligeramente la punta en el costado derecho del prisionero, en el hueco entre dos de sus costillas.

Sin mover la espada, repitió las dos preguntas que sus compañeros le habían hecho anteriormente. Al no obtener respuesta, giró la katana en su mano, provocando que la punta cambiase de posición sin salir del cuerpo del criminal. Un terrible grito de dolor llenó la estancia. Sin embargo, aún así el hombre no dijo una sola palabra.

Tras varios intentos más, en los que la espada del brazos largos hizo repetidos cortes de considerable profundidad en diversos puntos del cuerpo del desafortunado delincuente, este seguía sin querer colaborar. La paciencia del Cabo había llegado ya a su límite. Un simple criminal no iba a resistir tanto tiempo sus preguntas, se negaba a ello. Le sometería costase lo que costase.

La rabia que sentía había crecido hasta niveles insospechados, y su determinación por sacarle la información que necesitaba era más fuerte que nunca. El espadachín apoyó entonces la punta de su katana sobre la piel del hombro derecho del prisionero y, con una voz que llevaba todo el poder de su voluntad y determinación, repitió:

- ¡Dime de una puta vez para quién trabajas y dónde se esconde tu jefe, maldita basura humana!

En ese mismo momento, presionó con todas sus fuerzas la katana contra la articulación. Estaba decidido a obtener lo que buscaba fuera como fuese. Sintió como la punta comenzaba a perforar la piel, el músculo, como chocaba contra el hueso. Y entonces, respondiendo a su férrea determinación, la hoja se tornó completamente negra. Se oyó un chasquido, y el arma atravesó la articulación como si se tratase de mantequilla. Un grito desgarrador salió de la boca del prisionero, que sufría un dolor probablemente indescriptible.

Cuando el brazos largos retiró su espada, el hombre, entre jadeos, comenzó a hablar. Aunque costaba entenderle, Kenzo pudo entender estas palabras: " Tommy "La Muralla" Warlow, edificio abandonado en Mudleaf, junto al acantilado oeste ".

Satisfecho al haber conseguido lo que buscaba, el espadachín envainó su arma y se dio la vuelta para mirar a sus tres compañeros. Estos le miraban con una mezcla de miedo y sorpresa.

- Llevadle a la enfermería, voy a transmitir la información obtenida a nuestros superiores.

Dicho esto, el brazos largos salió de la pequeña estancia en busca de Iulio y de sus superiores. Cuando les encontrase, compartiría con ellos lo que el prisionero había dicho. Así podrían pasar a su parte favorita del trabajo, capturar al criminal.

Nota:
Intento de despertar Haki de Armadura.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Sáb 14 Abr 2018 - 13:07

La poco amistosa entrevista no tardó mucho en empezar. El molusco nos trasladaba lo que estaba sucediendo en la sala de interrogatorios. La mayor parte de la conversación fue llevada por cuatro voces diferentes, una de las cuales era extremadamente insolente. Pertenecía al tipo que habíamos atrapado, y sus constantes desplantes enseguida desembocaron en gritos de dolor. No estaban siendo muy amables, de eso no cabía duda, aunque él tampoco había sido el más simpático de los prisioneros.

Por un instante dejé de prestar atención al den den mushi y observé el rostro de los marines que se encontraban a mi alrededor. La expresión del capitán Kensington era completamente pétrea, carente de emoción que me permitiese conocer cómo valoraba los métodos que se estaban empleando allí.

Por otro lado, el otro uniformado que había en la habitación, un alto mando del cuartel de English Garden al que se le había encargado supervisar el proceso, mostraba sin pudor una amplia sonrisa de satisfacción. Fruncí el ceño durante una fracción de segundo, pero no tardé en volver a centrar mi atención en el caracol. Comprendía la actitud de mi superior. A fin de cuentas, independientemente de que los métodos que estaban siendo empleados le gustasen más o menos, era completamente necesario obtener la información en cuestión. Sin embargo, de ahí a disfrutar con los sonidos que nacían del molusco había un gran paso. ¿Cómo de habituales serían aquellos procedimientos? Por la actitud del capitán deduje que más de lo que se pudiera pensar en un primer momento. «El bien de la mayoría prevalece, supongo», me dije, convenciéndome de la necesidad de lo que estaba escuchando.

La voz de Kenzo me sacó de mi ensimismamiento. Casi había olvidado que debía encontrarse allí. El inconfundible sonido de una espalda al ser desenvainada me avisó de lo que estaba por venir. No tenía ni idea de qué estaba haciendo exactamente, pero al parecer su método tenía bastante más capacidad de persuasión que los de sus compañeros de interrogatorio.

Y entonces se hizo el silencio. ¿Todo había concluido? Eso parecía, porque a través del den den mushi se escuchó cómo se abría una puerta. Varios pares de pasos se alejaron, cerrándola después y, seguramente, dejando lo que quedase del prisionero en la estancia. ¿Hasta qué punto habría llevado Kenzo su afán por conocer el paradero del capitán pirata? Lo averiguaría después.

El acceso al pequeño cuarto en el que nos encontrábamos se abrió tras unos minutos, y la figura del de las vendas se hizo perfectamente visible al otro lado. Un tipo interesante, de eso no cabía la menor duda. ¿Debería tratar de conocer más sobre él? Esa idea y otras similares vagaban por mi mente al tiempo que hacía girar a Ámbar en mi dedo.

-Tommy "La Muralla" Warlow, edificio abandonado en Mudleaf, junto al acantilado oeste -dijo el espadachín.

-Genial, pues en marcha -respondió el oficial local, cuyo nombre desconocía. Lo cierto era que aquel hombre no me generaba demasiada simpatía, y la curiosidad que despertaba en mí su identidad era poco menos que nula.

El capitán Kensington me dio un toque en el hombro, indicándome que le siguiese. Al pasar junto a Kenzo clavé en él mi mirada. Aún tenía pendiente la revancha por lo sucedido antes de capturar al pirata. Me había atrapado cogiéndome por sorpresa, pero si volvíamos a enfrentarnos me aseguraría de darle su merecido... O no. Eso implicaría moverme, cansarme, sudar y, en definitiva, todo aquello que detestaba con todo mi ser. Lo decidiría más adelante.

-Al parecer tienen tres barcos repletos de marines preparados para ir en busca de "La Muralla". Nos han pedido que sirvamos de apoyo, y me temo que no podemos hacer otra cosa más que colaborar -reveló el canoso, dejando claro que quien controlaba aquel cuartel tampoco le agradaba demasiado-. Y no voy a quitarte el ojo de encima, así que procura estar donde se te necesite cuando se te necesite.

Asentí, acelerando un poco el paso para que las grandes zancadas del capitán Kensington no me dejasen atrás. ¿Vendría también el zopenco de Bottombu? Seguramente, pero por primera vez quería ver ver su rostro, contemplar su expresión cargada de envidia y, por qué no, de odio.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Miér 2 Mayo 2018 - 13:57

Al parecer se había montado un dispositivo importante para atrapar a "La Muralla". No sabía si ese hombre era tan poderoso como para merecerlo, pero desde luego si con tanto personal y medios no tenían éxito significaría que aquel pirata era un verdadero peligro para la seguridad de todo el North Blue.

Según las palabras del capitán que informó a Iulio, y al que parecía conocer ya de antes, ellos en principio solo eran una unidad de apoyo. El peso principal de la operación lo llevarían los marines locales. Eso enervaba a Kenzo. ¿Acaso se creían mejores que ellos por ser los responsables de aquel área? ¿No se daban cuenta de que habían tenido que venir dos marines de otro lugar para lograr atrapar a uno de sus subordinados y averiguar el paradero de "La Muralla"? ¿Qué les hacía pensar que si no habían sido capaces siquiera de localizarle iban a poder capturarle?

Para colmo, las miradas de desprecio del oficial al cargo hacia ellos se hacían bastante patentes. La verdad era que aquel hombre resultaba tremendamente antipático. Con su poblado bigote gris y sus cejas siempre demasiado elevadas, como si estuviese permanentemente sorprendido, tenía un aspecto bastante peculiar. Sin embargo, el hecho de que les tratara como si simplemente fuesen un añadido a sus hombres, un grupo que estaba ahí para mirar y solo actuar en caso necesario, sacaba de sus casillas al espadachín. Precisamente sus hombres habían sido incapaces de sonsacar la información necesaria al prisionero. Tuvo que ser él, como no, el que se encargase de esa tarea, pues los tres inútiles a los que se lo habían encargado habían demostrado ser demasiado blandos para llevarla a cabo con éxito.

Desde luego, él no tenía la menor intención de quedarse en retaguardia. No pensaba permitir que aquel criminal siguiera campando a sus anchas y burlándose de la ley, eso lo tenía claro. Así que, poco después de que el dispositivo de captura de "La Muralla", con su grupo incluido, iniciara la marcha, el brazos largos se acercó al peliblanco y le dijo:

- No se tú, pero yo no pienso dejar que esos jodidos trepas se lleven la gloria después de haber sido nosotros dos quienes hemos hecho todo el maldito trabajo sucio. Nos lo hemos currado y nos merecemos estar en primera línea, ¿no crees? Además, tengo ganas de que mis espadas prueben la sangre de ese malnacido de "La Muralla" - un brillo sádico apareció en los ojos del brazos largos en aquel momento, dejando ver su deseo de dar su merecido a aquel delincuente y su profundo odio por todos los de su calaña.

- Tal vez podríamos sugerir a ese cabrón del oficial que nos permita partir como avanzadilla. Un grupo pequeño es más difícil de detectar, por lo que hay menos probabilidades de que "La Muralla" advierta nuestra presencia. Cuando le localicemos podríamos tenderle una trampa y que el resto de tropas hagan su aparición para impedir que escape. ¿Qué piensas, crees que colará?
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Sáb 12 Mayo 2018 - 17:07

En efecto. Bottumbu también iba y, para mi gusto y deleite, casi podía oler cómo la rabia le consumía. Sonreí para mí, procurando no mirarle pero asegurándome de que supiera cuál era el motivo de mi felicidad. «Sí, esta vez te he ganado, desgraciado», pensé, colocándome en formación delante de los pocos reclutas y cabos que tenía bajo mi mando.

El capitán Kensington había comenzado a dar órdenes nada más poner un pie en el "Monkey D. Garp". Era agotador tener que coordinar tantas cosas, aunque también había un punto positivo bastante jugoso: la actividad física era escasa o nula. ¿Que qué prefería hacer yo? Mandar, de eso no cabía duda, aunque tuviese más responsabilidad y creciese de forma exponencial el número de decisiones que habría de tomar. ¿Llegaría alguna vez a ostentar un puesto de esa relevancia? No estaría mal, aunque era consciente de que mi actitud constituía una dificultad de proporciones considerables.

-¡En marcha! -exclamó el canoso, provocando que la formación se deshiciese al instante y que cada uno fuese a encargarse de sus labores. Parte de la flota del barco de adiestramiento serviría como apoyo marítimo, mientras que un grupo menos numeroso -en el que yo me encontraba- se encargaría de asistir en tierra en caso de que fuese necesario.

Me disponía a ponerme en marcha cuando una mano cubierta de vendas llamó mi atención. Escuché con atención lo que decía Kenzo y, aunque no pude evitar pensar que su comentario se podía traducir en "trabajo y problemas", lo cierto era que tenía razón. No obstante, no terminaba de ver claro que el oficial al mando de la operación fuese a permitir que nos adelantásemos al resto del grupo.

Alcé la cabeza para observar los alrededores, comprobando que, desde una distancia no demasiado grande, el capitán Kensington no nos quitaba el ojo de encima. Tragué saliva antes de volver a mirar a los ojos de la momia. ¿Qué debía decirle? Me dispuse a abrir la boca, aún sin saber cuál iba a ser mi respuesta. Sin embargo, la poderosa mano del oficial al mando del "Monkey D. Garp" me interrumpió.

-Necesitamos que alguien tantee el terreno y explore el camino hasta "La Muralla" antes de que lleguemos. Os toca a vosotros dos, y que quede entre nosotros -ordenó. ¿Acaso nos había oído? Era más que probable. Además, aquella forma de proceder se ajustaba bastante a la forma de ser del capitán.

Me encogí de hombros, mirando de nuevo a Kenzo y haciéndole un gesto para que me acompañase en dirección contraria al camino que en teoría tomaría el grueso del contingente. Quedaba claro que el canoso quería que fuésemos discretos, ya que el marine encargado de la operación no era él.

-¿Sabes qué camino debemos tomar? -pregunté en cuanto nos supe a salvo de oídos indiscretos.
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Mensaje por Kenzo Nakajima el Lun 3 Sep 2018 - 19:25

La suerte parecía sonreír a Kenzo y a Iulio, pues poco después de que el espadachín comentase aquel plan con su compañero, el oficial al mando les encargó precisamente esa misma tarea. ¿sería posible que hubiese escuchado sus palabras? Tratándose de un oficial de la Marina todo era posible, pues era bien sabido que entre sus filas había multitud de hombres extraordinariamente hábiles y poderosos. No obstante, aquello era lo de menos. Lo importante era que el brazos largos y el peliblanco iban a ir en vanguardia, buscando emboscar al criminal al que perseguían.

- Según lo que dijo su subordinado, "La Muralla" se encuentra en Mudleaf, en un edificio abandonado cerca del acantilado oeste. - comentó Kenzo con su compañero una vez se hubieron puesto discretamente en marcha - Y por lo que he oído, ese barrio es donde se junta toda la chusma de esta isla. Así que debemos prepararnos para una bienvenida calurosa.

Una sonrisa traviesa asomó al rostro del marine mientras pronunciaba estas palabras. Era consciente del peligro que entrañaba su cometido, pero tenía unas inmensas ganas de derramar la sangre de cuantos criminales se interpusieran en su camino. Escoria como aquella era la que hacía que el mundo no fuese un lugar seguro para las personas pacíficas e inocentes, y por lo tanto cuantos menos hubiese, mejor para todos.

Cuando estaban entrando en aquel distrito, el brazos largos pudo comprobar que su fama no estaba mal ganada. El olor, probablemente debido a la lamentable higiene que parecían tener las calles, era ciertamente molesto, y mirases donde mirases había gente con muy mala pinta, principalmente pertenecientes a aquella extraña etnia de humanos enormes y con los brazos de un grosor desproporcionado. Aquellas extremidades producían repulsión a alguien como él, acostumbrado a la ligereza y movilidad de los suyos, doblemente articulados.

A decir verdad, aquel lugar parecía realmente peligroso, por lo que el sentido común se apoderó durante un momento del espadachín. Por lo tanto, apenas llevaban recorridos unos metros cuando miró al peliblanco y le dijo:

- Creo que no sería buena idea identificarse como marines en este lugar. Deberíamos intentar hacer creer a la gente que somos dos tipos duros con los que no conviene meterse, buscando que nos dejen en paz. Así será más fácil llegar hasta donde se encuentran "La Muralla" y sus hombres. ¿Tú qué opinas?
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Mar 23 Oct 2018 - 17:12

-Sí. La verdad es que mis ganas de ir allí están entre pocas y ningunas -confesé, encogiéndome de hombros y acomodando mi paso al del vendado. En el tiempo que llevaba en English Garden me había visto obligado a internarme en ese distrito en más de una ocasión, y ninguna de ellas había salido con una buena impresión; sabía lo que me esperaba. Asentí ante el comentario de mi compañero, pues su suposición era más que acertada. Además, me pareció distinguir cómo una sonrisa o algo similar asomaba en su rostros, modificando el dibujo que las vendas hacían sobre su boca para dar lugar a una imagen casi macabra. ¿Con qué clase de tarado me habían mandado a jugarme la vida?

Tragué saliva, consciente de que nada bueno podía salir de allí. Los alrededores se fueron tornando cada vez más tétricos y lúgubres conforme avanzamos. Un desagradable olor se hacía más evidente a cada paso que dábamos en dirección a Mudleaf, y los recuerdos que me había estado esforzando en dejar de lado volvieron a mi mente. Allí cualquiera iniciaba una pelea por el motivo más absurdo, incluso por discutir con un disléxico no diagnosticado y exageradamente testarudo sobre cuál era la derecha y cuál la izquierda. Casi sentí nostalgia al recordar al viejo Levógiro, un carcamal tan consumido por la heroína que a duras penas era capaz de erguirse tras atarse los cordones de los zapatos -las pocas veces que se le podía encontrar con calzado-.

Edificios en un estado más que dudoso nacían por doquier, haciendo gala de una anarquía propia del más deprimido de los suburbios. Las construcciones aparecían sin ton ni son, en ausencia aparente de un orden lógico que justificase su posición; casi como champiñones en el monte.

Un rápido vistazo me fue suficiente para distinguir que Kenzo acababa de descubrir adónde había ido a parar. Sus ojos se detenían durante unos instantes en las personas con las que nos cruzábamos, todas ellas de un tamaño muy superior al de un humano común y con una anatomía cuanto menos curiosa.

-Bienvenido al paraíso de los gañanes -comenté en voz baja antes de que él tomara la palabra.

-Sí, me parece que eso es lo más sensato -respondí, cerrando inconscientemente aún más la túnica negra que cubría por completo mi uniforme. No obstante, el llamativo blanco de la indumentaria de los miembros de la Marina no era lo único por lo que nos podían reconocer. En mis múltiples e infructuosos intentos por descubrir alguna pista sobre el paradero de "La Muralla" me había visto obligado a mezclarme entre aquella gente y, cómo no, granjearme la enemistad de algunos de ellos. Con algo de suerte no me cruzaría con nadie que me pudiera reconocer, ¿quién sabía?-. El acantilado está en esa dirección, pero hay demasiados edificios que cumplen las características que nos dijo ese tipo -añadí, poniéndome en marcha e intentando pensar un método para identificar el indicado.

Apenas habíamos girado tres veces cuando una moneda de latón del diámetro de una bola de billar pasó junto a mi oreja.

-¡Tú, blanquito! -exclamó una voz cascada desde la esquina que dejábamos atrás-. Sé quién eres, y me debes dinero.

Un sujeto cuyos brazos quintuplicaban el tamaño de su cerebro me apuntaba con un dedo acusador, el cual sin duda había lanzado la moneda. Su atura debía rondar los dos metros y medio, aunque llevaba la espalda tan encorvada que era difícil distinguir cuántos centímetros se habían ido perdiendo.

-Tu chico dijo que doble o nada, Roqque, y le gané. Lo sabes perfectamente -respondí en voz alta y con tono sereno-. Es Roqquefeller -musité a continuación-. Controla esta parte de Mudleaf y es uno de los cinco capos de Hylkton. Antes de encontrarme contigo seguía una pista que no pude confirmar. Al parecer, ese maldito mafioso drogadicto podría estar ayudando a "La Muralla" a esconderse, aunque no sé qué podría ganar con ello.
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Mensaje por Kenzo Nakajima el Lun 29 Oct 2018 - 23:51

Parecía que Iulio, en sus investigaciones previas a la llegada de Kenzo a English Garden, había cabreado a un buen número de gente, pues no habían dado ni tres pasos desde que entraron en Mudleaf cuando alguien le lanzó un objeto metálico. Por lo visto el peliblanco se había endeudado (a saber haciendo qué) con uno de los mafiosos más influyentes del lugar quien, para colmo, podría estar ayudando a "La Muralla" a esconderse.

En aquel momento, las palabras que había pronunciado apenas nos minutos atrás desaparecieron por completo de la mente del brazos largos. En su pensamiento, tan solo una idea. Derrotar a ese criminal y obligarle, fuese como fuese, a contarles exactamente dónde se hallaba su objetivo. Así que, sin dudarlo ni un segundo, desenvainó dos de sus espadas y se lanzó contra aquella mole.

El tal Roqquefeller, no obstante, resultó ser tan fuerte como parecía, pues cruzó ambos brazos ante su pecho y bloqueó el doble espadazo del marine con inusitada facilidad. Mientras lo hacía, sus extremidades adquirieron un extraño brillo, como si una invisible capa los hubiese recubierto. ¿Sería lo mismo que había hecho él antes, cuando torturó al prisionero para sacarle lo que sabía?

- Así que eres duro, ¿eh? Mejor, así acabar contigo será aún más satisfactorio.

Y acto seguido, el espadachín comenzó a moverse con gran velocidad en torno al coloso, lanzando rápidas estocadas cuando creía ver un hueco en su defensa. No obstante, cada vez el grandullón reaccionaba a tiempo y bloqueaba sus acometidas. Kenzo comenzó a ser consciente de que, si quería superar la capacidad defensiva de aquel animal, debía ser capaz de volver a utilizar el fino brillo transparente que su oponente al parecer dominaba. En la anterior ocasión tan solo había sido capaz de liberar aquel poder cuando puso toda su fuerza de voluntad en ello. Por suerte, a voluntad muy pocos podían compararse con él. Así que continuó atacando y alejándose velozmente, solo que en esta ocasión estaba poniendo todas sus ganas y su decisión en cada golpe.

Al principio su esfuerzo fue fútil, pues no lograba su propósito. Es más, no parecía estar produciéndose el más mínimo cambio en sus ataques. Sin embargo, cuando ya llevaba cierto tiempo girando en torno a su enemigo, de repente sus espadas volvieron a cubrirse con aquella fina capa brillante y, cuando la mole detuvo su mandoble el filo de ambas espadas hendió la piel de su brazo izquierdo, provocándole dos feas heridas que comenzaron a sangrar de forma importante.

- Tal vez no seas tan fuerte como pensabas, bastardo. No todo está en el tamaño. - aseveró el brazos largos mientras observaba a su adversario, pendiente de una posible ofensiva por su parte.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Jue 1 Nov 2018 - 15:31

-¿Pero qué co...? -alcancé a musitar antes de que, poseído por un impulso de origen desconocido para mí, el vendado se lanzara como alma que lleva el diablo a por Roqquefeller. ¿Acaso había perdido el juicio? A saber, pero el hecho era que ya se encontraba junto a él y había tomado la iniciativa.

Probablemente estaría aislado por completo de los alrededores, pero ése no era mi caso. Media docena de fusiles emergió a nuestro alrededor, apuntándonos con sus bocas llenas de pólvora. Tres de ellos pertenecían a los tipos que iban con el matón local, mientras que los otros eran empuñados por gente que, pese a no haberlos identificado como miembros del grupo, estaba claro que pertenecían a él.

-¡Estarás contento! - exclamé, sacando dos de los espejos de Blancanieves de mi espalda y arrojándolos al aire. Sin esperar ni un instante, asumí mi forma etérea y me lancé hacia uno de ellos, viéndome reflejado para aparecer junto al que parecía el más ágil de los tiradores. Se había preparado para disparar antes que cualquier otro, pero nunca llegó a hacerlo. Mi rótula se estampó frontalmente contra su nariz, arrancándole un crujido que me resultó especialmente satisfactorio.

Los demás no tardaron en abrir fuego. Las balas dirigidas hacia mí se abrieron paso a través del torso sin mayores consecuencias. Sin pararme a ver qué había hecho Kenzo para salir de aquélla, di dos rápidas zancadas en dirección a mi siguiente objetivo. Éste trató de golpearme con la culata de su arma y, de hecho, lo hizo.

Tuve que clavar la rodilla en el suelo antes de recuperar la compostura. Me habían dicho muchas veces que no lo confiase todo a mi incorporeidad, pero nunca caía en la cuenta hasta que alguien me golpeaba. Fuera como fuere, un cozado ascendente sirvió para que soltara su fusil, situación que aproveché para saltar y golpear su cabeza.

-¡No podemos dejar que ninguno escape! -informé a mi compañero. Si salíamos de aquélla tendría que comunicarme con el capitán Kensington para informarle de la deriva de los acontecimientos.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Lun 17 Dic 2018 - 21:20

El peliblanco no pareció muy contento al ver la reacción del brazos largos. Era cierto, corría un gran riesgo al tratar de eliminar tan pronto a ese tipo, pero era su mejor opción de localizar el escondite de La Muralla. Además, ya no había vuelta atrás. Mientras su compañero se dedicaba a eliminar a los muchos hombres que habían aparecido, tratando de que ninguno de ellos escapase y hablase de su presencia en la zona, el espadachín continuó su enfrentamiento personal con el descomunal mafioso.

Los puños de este, cubiertos de aquella fina película transparente, trataban de golpear a Kenzo, que se movía grácilmente a su alrededor en una sucesión de giros, saltos y piruetas. Cuando, viendo que le iba a resultar imposible esquivarlo, paró uno de sus puñetazos con la hoja de Kurai Noroi, sintió un gran dolor en el codo. Estuvo a punto de soltar su arma, pero en el último momento consiguió recomponerse. Desde luego, ese hombre era un rival a tener en cuenta, e iba a resultarle difícil acabar con él. Pero ya había logrado herirle, aunque fuese levemente, así que el camino estaba claro. Volver a ser capaz de utilizar aquella poderosa fuerza que se manifestaba como una brillante y transparente armadura.

Así que, reuniendo toda su fuerza de voluntad, y con la firme decisión de acabar con Roqquefeller, comenzó a atacarle con sus espadas. Buscaba golpes no letales, pero que sirviesen para incapacitarle. Dado que necesitaban la información que podía proporcionarles, era fundamental que lo derrotara sin acabar con su vida, por mucho que lo mereciese. No obstante, una y otra vez sus espadas se topaban con aquella capa brillante. Su rival parecía ser capaz de controlar su uso, y por mucho que Kenzo lo intentase no estaba logrando replicarlo. Debía esforzarse más aún.

Con el firme propósito de cumplir con su misión brillando en sus ojos, el sargento intensificó aún más la ofensiva, empleándose a fondo. Ataques dirigidos a los muslos, los brazos, los costados, las pantorrillas... y a una velocidad muy superior a la empleada hasta entonces. Y en ese momento fue cuando sucedió. Acompañando a un grito de rabia, Bottokatta se recubrió de aquella fina armadura, y con un corte limpio seccionó los músculos de la parte anterior del muslo derecho de la mole a la que se enfrentaba. Y acto seguido se desplazó lateralmente, se agachó, y con un tajo horizontal Kurai Noroi cortó en dos el gemelo izquierdo de Roqquefeller. El delincuente cayó de rodillas, sangrando profusamente por las dos piernas, y el brazos largos se acercó a él, apuntándolo con sus espadas y dejando claro que cualquier movimiento podía significar su muerte. Aunque claro, era un farol. Para su desgracia le necesitaban con vida. Así que el sargento esperó a que su compañero terminase con los demás y se le uniese para tratar de sacarle la información que buscaban entre ambos.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Lun 14 Ene 2019 - 20:52

Me habían sorprendido una vez, pero no volvería a suceder. Dos rápidos pasos fueron suficientes para situarme junto a otro de los tiradores, que no tardó en correr la misma suerte que sus compañeros. La nariz rota y el hombro derecho dislocado fueron los regalos que se llevó de nuestro encuentro el tercer pistolero que amenazaba con abrirme un agujero en el pecho.

Entonces, dos de ellos decidieron que usar sus armas de fuego tal vez no fuera la mejor opción. Un poco tarde, pero al menos se habían dado cuenta. Llevaban sendos machetes atados firmemente al cinturón, el cual, todo sea dicho, dejaba mucho que desear en lo que a sujetar pantalones se refería. Las hojas, descuidadas, surcaron el aire en dirección descendente en busca de mis hombros, pero me agaché para deslizarme hacia delante y evitar los cortes. Les golpeé en la boca del estómago, logrando que se doblaran sobre sí mismos durante un instante. Y es que no necesitaba más. Alcancé a golpear a uno en la nuca, mientras que el otro se llevó un codazo en la parte anterior del cuello al erguirse de nuevo.

¿Dónde estaba el sexto? Un sonido metálico atrajo mi atención. El condenado había desplegado unas escaleras de los edificios que limitaban la calle y pretendía huir hacia las alturas, pero ¿por qué? Su jefe estaba allí y esa actitud no iba a hacerle demasiada gracia.

-Ah, vale, que ya no está -musité al ver a Roqquefeller atrapado bajo los sables de Kenzo-. Vas a tener que compensarme por esto -le dije entre malhumorado y divertido para, acto seguido, sacar algunos espejos de su funda.

Lancé el primero al aire, adopté mi forma elemental y me reflejé en él. A continuación volví a hacer lo mismo, y cuando quise darme cuenta había adelantado a mi presa. Aún tenía un espejo en la mano, pero lo devolví a mi espalda y lo coloqué sobre los que aún no había usado.

-Lo siento, pero no podemos permitirnos que te vayas de aquí -le informé antes de lanzarme hacia él. Fue capaz de interceptar dos de mis puñetazos, así como una patada lateral que había dirigido a su pierna derecha. Sin embargo, cuando le hundí el talón en el pecho no hubo reacción posible. Cayó a la calle junto a sus compañeros, y yo volví junto a la momia tras recoger mis espejos.

Llegué a la posición del marine justo cuando terminaba de cerrar el estuche de Blancanieves, y ni yo mismo sería capaz de catalogar apropiadamente la mirada que le dirigí. En ella se mezclaban muchas emociones y pensamientos diferentes.

-¿Piensas hacer esto cada vez que nos encontremos con un criminal? Porque si es así, "La Muralla" va a estar fuera de English Garden mucho antes de que averigüemos dónde está -me quejé.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Lun 4 Feb 2019 - 18:34

- No puedo prometerte nada. - respondió Kenzo a su compañero. - Tengo que reconocer que debo mejorar mi control sobre la ira al ver a un criminal, e intentaré contenerme hasta encontrar a La Muralla, pero no te aseguro que vaya a conseguirlo.

Iulio era su superior jerárquico, sí, pero más allá de eso ambos eran camaradas. Las misiones juntos habían hecho que el brazos largos confiase en su compañero, pese a su probada vagancia, y por eso era tan sincero con él. Lo que acababa de decir era cierto. Sabía que sería contraproducente armar jaleo, pero no había podido evitar perder los estribos y lanzarse sobre aquella mole, y no podía garantizar que eso no fuese a ocurrir de nuevo. Tendría que esforzarse mucho en contenerse.

Tras pasar unos segundos ensimismado en sus pensamientos, propuso a su compañero llevar a su cautivo a un lugar más seguro para interrogarle. Tras recorrer escasos metros dimos con uno de los muchos callejones sórdidos y oscuros que había en aquel distrito. Una vez allí obligó a Roqquefeller a ponerse de rodillas y contra la pared, y mientras continuaba apuntándole muy de cerca con sus diez armas realizó una primera aproximación:

- Bueno, basura. Siento decirte que ahora mismo estás detenido, y que tu única salida es colaborar con nosotros. Así que o nos dices lo que queremos saber o estás jodido. No volverás a ver otro día. ¿Te ha quedado claro?

El hombre no se movió ni siquiera para asentir, pero si uno se fijaba bien podía ver que temblaba, probablemente debido a la profunda rabia que tenía que estar sintiendo. Escasos segundos después el espadachín hizo la pregunta:

- ¿Dónde se esconde La Muralla? Sabemos perfectamente que le das cobijo, y eso es algo que cabrea mucho a nuestros superiores. Sin embargo, es posible que si colaboras con nosotros su opinión de ti cambie.

En esta ocasión el método usado para el interrogatorio era completamente diferente del utilizado previamente, pues a diferencia de en el cuartel allí no podían permitirse armar un escándalo. Así que optó por la vía negociadora. Lo que le decía era totalmente falso, ya que jamás obtendría el más mínimo beneficio por decirles la verdad, pero eso él no tenía por qué saberlo.

Finalmente, tras un par de minutos de tensa espera en los que el criminal parecía estar debatiéndose entre ambas opciones, decidió contestar:

- Es-está en el sótano de uno de los locales que regento, La Ostra Caliente. Está dos calles más allá y girando a la derecha.

Como Kenzo había esperado, el honor no era una de las cualidades de Roqquefeller precisamente. Una vez el delincuente terminó la frase, antes de que pudiese preguntar en qué iban a consistir las ventajas obtenidas, el brazos largos le asestó un poderoso golpe en la sien izquierda con el mango de Bottokatta, y la mola cayó inconsciente.

- ¿Tienes algo para dejarle encadenado y amordazado? - inquirió entonces al peliblanco. Esperaba que si, pues de lo contrario no se le ocurría cómo podrían cargar a ese hombre prisionero y solo le quedaría una solución: acabar con él allí mismo, cosa que haría sin dudar en caso de que la respuesta de su compañero fuese negativa. Acto seguido, fuese cual fuese el desenlace, propondría dirigirse hacia el lugar indicado para tratar de encontrar a La Muralla.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Dom 10 Feb 2019 - 14:39

Resoplé, exasperado, ante la respuesta del de las vendas. ¿Cómo que no podía prometerme nada? El condenado iba a conseguir que nos matasen allí mismo, en la calle, como si fuésemos perros. No obstante, y dado que no podía contener las emociones de mi compañero, tendría que mantenerme alerta para que ambos pudiésemos salir, si no por nuestro propio pie, al menos vivos.

Le ayudé a arrastrar a Roqquefeller hasta un callejón escondido, en el que nos introdujimos tras comprobar que no había ojos ni oídos indiscretos. Lancé al tipo contra la pared y dejé que Kenzo hiciese su labor. Ya había demostrado tener cierto talento para interrogar sospechosos —dejando a un lado sus métodos—. Que me gustase más o menos cómo lo hacía era indiferente en aquel contexto. Además, nuestro invitado no había mostrado una actitud demasiado amable hacia nosotros, así que me limité a separarme unos pasos y dejar que la momia hiciese lo suyo.

Esperaba algo así como una paliza o una tortura tan sutil como atroz. Introducir objetos punzantes de pequeño tamaño bajo las uñas, por ejemplo, pero no fue así. Asistí sorprendido a una negociación entre el criminal y el marine. ¿Funcionaría? No las tenía todas conmigo, pues a fin de cuentas nos encontrábamos en su territorio —si es que podía decirse así—. Él era quien estaba más cómodo allí y, por tanto, en principio no tenía por qué ceder a unas condiciones planteadas 'por las buenas'.

Cuál fue mi sorpresa al comprobar que, contra todo pronóstico y tras una pausa demasiado larga para mi gusto, Roqquefeller aceptaba las condiciones que le habían sido propuestas. Dudaba profundamente —siendo generoso, porque realmente tenía plena certeza de ello— que la promesa pronunciada por el espadachín guardase un mínimo de verdad.

Efectivamente, el sonido sordo con el que el delincuente besó el suelo confirmó mis suposiciones. Habíamos conseguido lo que buscábamos y aquel tipo no nos era útil. Miré a mi compañero y, acto seguido, me levanté y llevé la mano a mi cintura. Tiré de la cuerda que normalmente usaba para anudar mi túnica, acercándome al Roqquefeller y atando sus manos y pies en un único nudo, como si de un cerdo que iba a ser asado a fuego lento se tratase.

—Mejor carcelero que verdugo —dije sin más, encogiéndome de hombros y poniendo rumbo al local en el que en teoría se escondía la muralla.

Un cartel desvencijado anunciaba cuál era la puerta que nos interesaba. Me detuve frente a él, dejando a mi compañero unos segundos para que se serenase y cubriese cualquier elemento de su atuendo que pudiese delatarle. Nunca estaba de más dar un último repaso. Acto seguido, la abrí y me introduje en el establecimiento sin vacilar.

Un bofetón de humo golpeó mi rostro, mezclándose en él el olor a puro y cigarro. Necesité unos segundos para acostumbrarme y estar en condiciones de contemplar el interior. Mesas de diferentes tamaños y formas, carcomidas tras años de mantenimiento escaso o nulo, abarrotaban el lugar sin un orden aparente. Individuos procedentes de las más nauseabundas cloacas se sentaban frente a ellas, bebiendo, jugando y quemando unos papeles plateados que jamás había visto.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Miér 24 Jul 2019 - 17:31

Iulio, sin intención alguna de acabar con la vida de Roqquefeller, se quitó la gruesa cuerda que llevaba alrededor de la túnica y ató de pies y manos con ella al criminal. No obstante, si pretendían abandonarle en alguna esquina oculta hasta que terminasen de hacer su trabajo, no podían limitarse a eso. Así que el brazos largos lanzó una de sus pegajosas telarañas hacia el rostro del maleante, concretamente hacia su boca. De ese modo sus labios quedarían sellados hasta que volvieran.

Tras ocultar bien a su prisionero, el espadachín siguió a su compañero hasta el interior del local indicado. Se trataba de un tugurio de mala muerte, viejo y cochambroso, cuyo mobiliario estaba completamente impregnado por el olor a humo y alcohol barato acumulado a lo largo de los años. El desorden cundía en el establecimiento, y su clientela no era precisamente selecta. Parecía más bien el lugar de reunión de lo peor de aquel barrio, que ya de por si era el más marginal de la ciudad. Pero no había ni rastro de La Muralla. Las historias sobre su tamaño eran bien conocidas, y en el campo visual del marine no había ningún individuo de tales dimensiones.

- Pidamos algo, compañero. - sugirió al peliblanco mientras comenzaba a caminar hacia la barra. Al llegar allí miró al camarero, un hombre de mediana edad de aspecto rudo y barriga prominente, y dijo:

- Una pinta de cerveza bien fría. Necesito olvidarme de esta mierda de día.

Sus palabras no eran ciertas, pero como era lógico debía disimular un poco e intentar pasar por un garrulo más que acudía a beber a ese garito de mala muerte. Por suerte, al haberse criado en un circo ambulante, había contemplado a muchos pobres hombres entregados al alcohol en su vida, por lo que sabía cómo tenía que comportarse. Aunque estaba por ver si Iulio era capaz de hacer lo mismo.

Apoyando la espalda en la barra, dio un largo trago a su cerveza. No era especialmente buena, de hecho casi ni podía calificarse como pasable, pero al menos estaba fría. Ese detalle era lo único que la hacía bebible. Tras realizar un rápido barrido con la mirada, el espadachín miró a su compañero y dijo, en un tono de voz suficientemente alto para que alguien cercano pudiese oírles sin pretenderlo:

- No hay ni rastro del puto Warlow, y eso que el muy cabrón nos aseguró que estaría aquí para recompensarnos por nuestro trabajo. Espero que no tarde mucho en aparecer, no soporto que no se me pague por mi esfuerzo, ¿no crees?.

Con suerte alguno de los presentes sabría dónde exactamente podríamos encontrar al peligroso criminal. En caso contrario deberíamos buscarnos la vida si queríamos tener éxito en nuestro plan.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Sáb 17 Ago 2019 - 0:04

El tiempo pareció ralentizarse a mi alrededor. Las caries de los allí presentes —en el caso de los afortunados que aún conservaban su dentadura— golpeaban mis ojos con todo el asco que me hacían sentir. Los roedores se comportaban como un tertuliano más en los corrillos de gañanes entre los que nos veíamos obligados a mezclarnos.

Seguí a Kenzo a la barra por pura inercia. Algunos taburetes rodeaban el perímetro de la misma, siendo cada uno de una estética y altura completamente diferente a los demás. La tela que en algún momento los había cubierto se levantaba al al azar, mostrando el estropeado tejido que en teoría debía hacerlos cómodos. Una cucaracha descendió del que se suponía me debía tocar, descartándolo al instante como lugar en el que reposar mi trasero. Había pocas cosas que me impidiesen descansar en lugar de permanecer de pie, y semejante acumulación de mugre era una de ellas.

Mi compañero, por el contrario, se desenvolvía con mucha más soltura. No me costó demasiado entender lo que se proponía, pero era consciente de que no podría aparentar naturalidad en un entorno como aquél. En consecuencia, me limité a pronunciar un escueto 'otra para mí' y comportarme como lo haría más de un sujeto entre los allí presentes. ¿Que en qué consistía eso? Muy sencillo: actuar como un tipo parco en palabras, casi siniestro —pose para la que mi túnica podría ser de gran utilidad— y con un absurdo afán por inspirar desconfianza en los demás.

Pese a ello, dar un trago estaba más que descartado desde el primer momento. A saber de qué grifo habría salido el líquido que contenía la jarra y qué oscuros y desagradables secretos podría guardar el barril. Mi respuesta al comentario de la momia fue un gruñido más propio de un animal de granja que de una persona, pero tenía que asegurar la absurda coartada que me había adjudicado.

No obstante, algunos de los allí presentes no hicieron gala del disimulo que yo me esforzaba por manifestar. Un tipo sentado en una mesa cercana no tardó en levantarse tras cuchichear con otros de los allí presentes. Una intensa cojera anunció su marcha desde el primer momento, obsequiándonos con el reflejo de un cráneo mal rasurado conforme se mezclaba con el gentío.

Confiaba en que Kenzo también lo hubiera visto, pues pocos gestos menos disimulados que aquél había tenido el privilegio de contemplar anteriormente. Escasos minutos después, un gorila hizo acto de presencia acompañando al mismo sujeto.

—El jefe quiere hablar con vosotros —dijo a modo de orden con una repulsiva voz aguardientosa. El guardaespaldas se hizo a un lado, indicándonos cuál era el camino a seguir.

Conducía hasta una discreta puerta lateral que, de no ser buscada expresamente, sería extremadamente fácil de pasar por alto. El despacho situado tras la misma no rompía con la suciedad característica del tugurio, pero un amplio escritorio de caoba llamaba la atención en el centro del mismo. Frente a nosotros, la Muralla nos analizaba con gesto serio y enfadado.

—¿¡Quiénes sois vosotros y cómo os atrevéis a decir que os debo algo!?

No pude evitar tragar saliva. No recordaba haber visto con anterioridad a alguien con semejante envergadura. Unas pobladas cejas de un llamativo color naranja enmarcaban sus ojos castaños. La alopecia había hecho mella en él, eliminando cualquier rastro de pelo de la zona superior de su cabeza. Al mismo tiempo, una larga melena nacía más abajo y se prolongaba hasta alcanzar su cintura. Las patillas ocupaban casi por completo sus mejillas, mientras que en la zona de la perilla destacaba una piel bronceada por los años en el mar.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Sáb 17 Ago 2019 - 18:22

Casi resultaba gracioso observar a Iulio en su intento por pasar desapercibido entre todos aquellos tipos. Era lógico que le costase, al fin y al cabo se trataba de un ambiente ciertamente peculiar que uno debía conocer para saber lo que debía hacer. No obstante consiguió no llamar demasiado la atención, aunque probablemente tuviese algo que ver el hecho de que el comentario de Kenzo cumplió su propósito. Casi al momento comenzaron los cuchicheos, y un hombre de aspecto no precisamente bueno abandonó la estancia. Escasos momentos después regresó, acompañado por un hombre muy corpulento. Ambos se dirigieron hacia los marines y les hicieron saber que su jefe deseaba verles. Les acompañaron con total naturalidad hasta una puerta. Una vez allí, los dos esbirros les indicaron que entrasen.

Cuando pasaron al interior de la estancia vieron que se trataba de un despacho. Tenía un tamaño más que respetable y, aunque no estaba precisamente limpio, se encontraba presidido por un elegante escritorio que no pegaba demasiado con el resto de la habitación. Y sentado tras él se hallaba el hombre más grande que el marine había visto jamás. La anchura de sus hombros era mayor que la altura del brazos largos, y eso que este era alguien de elevada estatura. Sus brazos eran tan gruesos como su tronco, y la expresión amenazante de su rostro infundía, cuanto menos, respeto. Su airada pregunta hizo que su compañero tragase saliva. Un escalofrío recorrió el cuerpo del espadachín, quien sin embargo no contuvo su siempre mordaz lengua:

- Somos quienes van a acabar definitivamente con tus fechorías, escoria. - Pronunció con desdén, casi escupiendo las palabras.

En ese instante el mastodóntico criminal se puso en pie. A ojo, estaría en torno a los cuatro metros de altura. Aproximadamente el doble que el propio brazos largos. Con un grito de rabia y un puñetazo en la mesa dejó patente su enfado:

- ¡Sucias ratas, esas palabras os van a costar la vida!

Aprovechando que se hallaban en un espacio cerrado y que el descomunal tamaño de su enemigo jugaba en su contra, Kenzo desenvainó dos de sus espadas y se lanzó a gran velocidad contra él. Saltó hacia delante y descargó ambas armas contra su oponente. Cuando sus armas chocaron contra el brazo del criminal este se encontraba cubierto por una brillante capa semitransparente. Sin hacer la más mínima muesca en su piel, el filo de las espadas rebotó. Y antes de que pudiera darse cuenta el otro puño de La Muralla se estrelló contra su costado, lanzándolo contra la pared lateral de la estancia.

El golpe fue ensordecedor. El marine, con dificultad, se puso nuevamente en pie mientras miraba iracundo a su rival. Parecía que el líder criminal hacía verdaderamente honor a su apodo. Iba a resultarles realmente difícil acabar con él.
Kenzo Nakajima

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Mensaje por Iulio el Miér 28 Ago 2019 - 0:37

Ahogué un 'se puede saber qué haces' para, justo después, ser atravesado por una suerte de maza plagada de proyecciones puntiagudas. Kenzo había atacado a La Muralla sin pensárselo ni un instante, y el gorila que nos había escoltado hasta allí no había tardado en seleccionarme como su objetivo. Tal vez se hubiera equivocado; no así su jefe, que había bloqueado las espadas de la momia con su piel. ¿Acaso todos los criminales con los que me encontraba tenían que ser capaces de usar esa condenada habilidad?

Fuera como fuere, el armario empotrado mostraba una expresión de asombro que dejaba claro que ni se acercaba a comprender lo que había sucedido. Cerré el puño y le golpeé con furia en el rostro. Acto seguido, alcé el dedo índice en su dirección y dejé que la luz manara de él. Sus rodillas y codos no tardaron en quedar inutilizados, hecho que aproveché para noquear al lisiado que nos había instado a seguirle con anterioridad.

No cabía duda de que los hombres del pirata habrían escuchado el golpe que le había propinado al espadachín. Desconocía si toda la escoria que abarrotaba el local pertenecía a su tripulación o no, pero, en el mejor de los casos, dispondríamos de unos minutos antes de que todo aquello se poblase de individuos con intenciones homicidas hacia nosotros.

—Se te ha olvidado la parte de la trampa y que el resto apareciera en el momento indicado, ¿verdad? —inquirí con tono acusador al tiempo que extraía un Den Den Mushi cuyo rostro severo recordaba demasiado al del capitán Kensington—. La Ostra Caliente, señor, y nos han descubierto —comenté al molusco en cuanto estableció conexión, evitando darle al oficial la mínima oportunidad de replicar o preguntar. Ya lidiaría más tarde con los problemas que eso pudiese acarrearme.

Giré el anillo en mi dedo. Apenas tardó en liberar un tímido 'click' que confirmó que se encontraba dispuesto para liberar la sorpresa que guardaba. Tendríamos que ingeniárnoslas para conseguir todo el tiempo posible, y ésa era una tarea complicada —por no decir imposible— mientras nos encontrásemos en un espacio tan reducido.

Me lancé a por La Muralla, intentando conectar un puñetazo en su pómulo derecho. Interpuso una mano, pero Ámbar expulsó una violenta onda de choque que lo lanzó por los aires. La pared se vino abajo al ser atravesada por el coloso, momento en que se abrió la puerta que separaba el despacho del resto del local.

—No creo que eso le haga demasiado daño, pero aquí dentro tenemos las de perder —comenté. Efectivamente, la nube de polvo que se había levantado fue dejando paso a la figura del pirata al ir desvaneciéndose. Éste se erguía frente a nosotros, bañado por una tenue luz de luna que me hizo dudar de cuánto tiempo llevábamos allí—. Están en camino —añadí en voz baja antes de precipitarme hacia el exterior.
Iulio

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Mensaje por Kenzo Nakajima el Lun 9 Sep 2019 - 17:23

Iulio se había deshecho con aparente facilidad del guardaespaldas mientras el espadachín trataba de levantarse, y justo cuando este se hubo puesto finalmente en pie, asestó un golpe al enorme criminal acompañado de una explosión de su peculiar anillo. "La Muralla" atravesó la pared, abriendo un agujero hacia el exterior. Sabiendo que se encontraban en desventaja en un espacio tan reducido, el marine salió hacia la calle junto a su compañero mientras dejaba que de su espalda naciesen cuatro pares de negras patas. Desenvainó seis espadas más, portando así ocho y dejando únicamente libres sus manos humanas, y se cuadró frente a su enemigo.

Aprovechando la ventaja de movimientos que le otorgaba el encontrarse en campo abierto lanzó una telaraña hacia una farola cercana y se elevó tras ella. Una vez en el aire fue desplazándose gracias a sus telarañas, lanzando más de estas contra tejados de edificios cercanos y cualquier lugar elevado que encontrase. Cada vez que podía pasaba junto a Warlow e intentaba hacerle pedazos con sus katanas. No obstante, por mucho que recurriese a aquella prístina armadura transparente no lograba hacer mella en él. Una y otra vez sus ataques chocaban contra la invisible armadura alrededor de la piel del delincuente sin apenas dañarla, y para colmo en más de una ocasión este estuvo excesivamente cerca de agarrarle o golpearle al pasar a su lado, por lo que la situación para el arácnido no era precisamente halagüeña..

- ¡Iulio, tenemos que atacar conjuntamente desde distintos ángulos, así no podrá defenderse de ambos! - Aseveró el espadachín. Se daba cuenta de que sus ataques no estaban logrando atravesar las defensas del criminal, que al parecer controlaba aquella extraña barrera considerablemente mejor que él, por lo que la mejor opción era forzarle a dividir su atención.

Se situó en posición, encaramado al tejado de un edificio situado a unos seis metros de la posición de Warlow, y esperó a que su compañero actuase. Imaginaba que los refuerzos no tardarían demasiado, pero en caso contrario debían estar preparados para derrotar a su objetivo ellos dos solos.
Kenzo Nakajima

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