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[Moderado Kaito] El valor de un gyojin

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[Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Luka Rooney el Dom 26 Ago 2018 - 16:45

Llevas unos días en un barco mercante con un rumbo cada vez más incierto. Te habían hablado bien sobre este viaje, y también te habían aconsejado no llevar tu barco, ya que la isla es de complicado acceso y tu barco... No se caracteriza especialmente por su dureza. Quizá fuese mejor idea dejar esto a los profesionales.

En el barco huele bastante a pescado, y la gente no te mira con buenos ojos. Habrá unos veinte tripulantes, y están transportando, a parte de pescado y algún que otro vívere y enser menor, a diez seres humanos en sus adentros.

Desafortunadamente para tí, pareces ser el foco de todas las miradas. Algunos humanos intentan hablar contigo, pero ninguno da el paso. Lo cual hace del momento más incómodo. Quizá esperan algún movimiento por tu parte.

Desde la lejanía ya ves una isla, aunque dudas si será tu imaginación jugándote alguna mala pasada. No la reconoces a simple vista, pero parece interesante. De repente, alguien grita “Tierra a la vista”, por lo que entiendes que sigues estando en pleno uso de tus facultades. Tras el grito, toda la tripulación retoma sus quehaceres en el barco.

Pero… algo no va bien. Un contundente temblor en la cubierta del barco te hace pensar que algo está a punto de suceder. Y así es. Algo golpea duramente el barco, y no es hasta la segunda vez que consigue partirlo por la mitad. La mayoría de los humanos caen al agua, salvo uno, que ves cómo se transforma en algún tipo de ave y sale volando hacia la isla. Tienes un par de segundos para decidir qué hacer, de lo contrario, decidirán por tí.

Ah, antes de nada. Hay un par de humanos cerca de tí, se han agarrado a la barandilla y están a punto de caer al agua. Uno de ellos, mujer de cabellos rubios, fija la mirada en tí y parece que sus ojos hablan por ella, mas no articula palabra alguna.

Parece que el comienzo de tu historia viene algo movidito.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Kaito Takumi el Lun 27 Ago 2018 - 13:25

En cierto modo confiaba más en Suchu que en Malva para guardar mis cosas y mi hogar. Aunque había tenido mis riñas con la chica, esperaba que después de todo lo que habíamos vivido juntos supiera que no era buena idea traicionarme. Sin duda eso era algo que le había dejado bien claro.

Armado con mi fiel bichero y una riñonera con el dinero suficiente para vivir más que bien durante la aventura —unos veinte mil berries sellados en una bolsa de plástico—, comencé un viaje que tenía tanto propósito como la vida misma. ¿Tenía alguna meta para esta pequeña aventura a una isla desconocida a bordo de un barco mercante de mala muerte que traficaba con inmigrantes ilegales? Nah, con sobrevivir me bastaba. Lo que viniese, fuese bueno o malo, acabaría pasando, pero bien era cierto que preferiría que el balance de la excursión fuera positivo. Al menos a mi favor.

El León de Nemea era un galeón reforzado con hierro capaz de navegar por las peligrosas aguas a las que nos dirigíamos sin que las rocallas del fondo y los repentinos cambios de corrientes pudiesen hacerle zozobrar. A pesar de su robusta construcción, parecía que tanto él como su tripulación habían visto días mejores.

Era obvio por la peste a pescado, y no a peces, que la codicia de los hombres había secado los caladeros, así que los marineros debían recurrir al transporte ilegal para sacarse un dinero al que se habían acostumbrado ellos y sus familias en tierra. Aunque me repugnaba su estupidez, y más lo hacía la de los pescadores a los que habían comprado su carga, fue esta falta de sentido común la que me permitió viajar lo más “desapercibidamente” posible.


Las miradas de los tripulantes y los descarados silencios del resto de polizones eran desagradables, pero peor hubieran sido sus insultos o las preguntas estúpidas sobre lo que diferenciaba a nuestras razas. En verdad, aquella situación era mucho más calma que cualquier otra interacción con la orgullosa “humanidad”, así que tampoco tenía interés por romper el silencio que había creado la xenofobia. Decidí disfrutarlo, tal y como disfrutaba de tantas otras cosas que se ignoraban o daban por sentadas.

Pasaba mi tiempo escuchando lo que otros consideraban silencio y observando lo que otros no veían: El susurro del mar chocando consigo mismo y el casco, los rastros del óxido que caían de los pernos de la embarcación, el crujido de los cabos tensados, el tintinear de las recias cadenas que sujetaban el ancla, las interrupciones de las conversaciones al verme… Todo aquello, y el girar el bichero entre mis dedos y reos -algo esencial e indispensable para mantener la cordura-, hacía del aburrimiento algo menos tedioso.

Al quinto día de lo que iba siendo una apacible travesía, pude divisar la silueta de la isla a la que nos dirigíamos desde la proa. Como estaba ocupado en mis pasatiempos -si a eso puede llamársele estar ocupado- apenas dediqué tiempo a analizar la sombra que se recortaba sobre la lejana bruma matinal. Unos minutos después, el agudo grito de “Tierra a la vista” del patán en la cofia me sacó del estado de concentración que requería superar mi record de quinientas vueltas ininterrumpidas de mi gancho sobre las yemas de los dedos. El garfio se me resbaló de la impresión, y el caprichoso destino hizo que volara a través de un hueco de la barandilla. Lanzándome fuera de cubierta y pegándome al casco para recuperar mi bichero antes de que cayese al mar, cosa que por suerte conseguí, maldije la interrupción del bocazas y deseé que se lo tragase el mar. Deseo del que me arrepentiría poco más tarde.

Desde el casco, y pegado al mismo, el primer golpe al navío fue más evidente para mí que para el resto de la tripulación. La preparación del futuro desembarco se detuvo, y todos en el galeón sintieron que se habían adelantado a los acontecimientos. Trepé hasta el guardamancebos con un mal presentimiento recorriéndome cada ventosa. El segundo impacto fue casi diez veces más potente que el anterior y, tras el terrible ruido que me hizo pegar todos mis reos al barco y abrazarme a los balaústres de la impresión, escuché gritos de terror. Algo había roto al pesquero por la mitad, de proa a popa. La parte de babor se hundía llevándose el mástil consigo mientras que la otra, en la que me encontraba, se alzaba para mantener el equilibrio.

Muchos se precipitaron al vacío, y solo unos pocos afortunados habían conseguido agarrarse a tiempo al borde del barco. A mi lado, tres personas luchaban por encaramarse al casco temiendo caer a una muerte segura. Una de ellas me dirigió una mirada de súplica. La pequeña mujer rubia sabía tan bien como yo que no era lo suficientemente fuerte para salvar su vida. Con esfuerzo, y toda la prisa que podía darme sin cometer el error de arriesgar mi propia seguridad, solté uno de mis tentáculos del casco y lo enrosqué en su pecho, justo bajo los brazos, con la intención de hacerla subir apoyando mi peso en los recios travesaños de la regala. Por desgracia para el resto de futuros náufragos, no iba a prescindir de más extremidades para salvarles; y no todos disfrutaban de los poderes de una akuma aviaria que les permitía huir de la escena sin preocuparse lo más mínimo por las almas extraviadas en el mar.

—Bueno…- La silueta alada se marchó dirección a la isla-. Creo que será mejor que te abraces a mi espalda. Por tu seguridad, digo yo —dije clavando el bichero en el pasamanos y comenzando a soltarla, empujándola a aceptar mi proposición. Una vez accediera, usaría una de mis extremidades delanteras para crear un cinto de seguridad que nos uniera.

Con un poco de suerte, destreza y la ayuda de mis cientos de órganos succionadores, intentaría quedar suspendido en el borde del casco antes de decidirme a escoger un lado. Aunque el lateral del barco comenzaba a convertirse en cubierta, aún quedaba por ver a dónde nos empujaría el efecto rebote del hundimiento. No era prudente lanzarse al océano para que el pecio cambiara de opinión y acabara golpeándome bajo el agua, por no mencionar el resto de peligros que se escondían bajo la superficie. Ser un hijo del mar solo me eximía de ahogarme, y no siempre.  

—¿Tienes un nombre? Lo digo porque voy a hartarme de referirme a ti como chica, mujer o rubia —pregunté calmadamente mientras la situación terminaba de decidir mi curso de acción.

Probablemente tendría que repetir esa pregunta más adelante, cuando el temor de ahogarse y el esfuerzo de agarrarse le permitiesen hablar.

Si el fragmento del navío en el que nos encontrábamos continuaba con su curso y se ponía a flotar “de costado”, me movería hacia el centro y me prepararía para el golpe de la cubierta con el agua. En cambio, si “recapacitaba” en el último momento y decidía hacer chocar su casco contra las aguas, aprovecharía los segundos de su indecisión —el cambio en su velocidad al variar su trayectoria— para correr hacia la cubierta, agarrándome a  la misma y apoyándome sobre las columnas de la barandilla para sobrellevar el golpe. Aunque pensé seguir trepando para refugiarme en el interior, eso hubiese sido demasiado peligroso; podría haberme quedado a medias de la zona rota, convirtiendo los tablones astillados en estacas que sellarían mi destino. Allí, bajo el amparo de las puntales de madera y pegándome cuanto podía a la tarima, estaría más seguro.

A pesar de aquel horrible accidente, mi corazón dejó de palpitar de terror y paso a hacerlo por la emoción. No podía evitar preguntarme qué había hecho naufragar al León de Nemea. Si todo aquello era fruto de una criatura, podría ganar unos segundos para contemplarla y huir usando a la chica de cebo. En el caso de que pudiese mantenerme a flote sobre los restos del navío, me quedaría sobre ellos mirando las aguas a la espera de una señal más evidente del responsable, o responsables, del hundimiento.

¡Con tanto grito no hay quién se concentre!, pensé deseando que los desgraciados que se ahogaban lo hiciesen más rápido y en silencio.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Luka Rooney el Vie 31 Ago 2018 - 11:44

- Mi nombre es Patrice -comentó la chica a la par que te agarraba del cuello con más fuerza de la que desearías-. Y gracias por salvarme.

La mujer parecía bastante más nerviosa de lo que la situación requería. Aunque quizá la situación era más compleja de lo que pudieras llegar a pensar.

Gracias a tus órganos succionadores, te mantienes agarrado a las distintas partes del barco mientras todo se mueve cada vez más. El mástil se parte por tres partes distintas, la proa y la popa empiezan a distanciarse cada vez más a la par que se van hundiendo, y tú te mantienes fijado a las zonas más cercanas como buenamente puedes.

Aunque de repente, en mitad de la tormenta de vaivenes, hay unos segundos de paz. Paz intranquila, y de la cual nadie cree que vaya a ser infinita. Patrice aprovecha esos segundos para confesarte algo.

- No sé quién eres, pero he de decirte que debes mantenerme con vida si quieres acceder a la isla. Soy la mujer de uno de los soldados de la Atlántida, que es ese trozo de tierra que ves enfrente. Si te quieres adentrar, necesitas la aprobación de un soldado. Creo que…

Y entonces, una sucesión de ruidos hacen que la mujer se calle. Uno a uno, una treintena de gyojins suben a las resquebrajadas maderas y ojean el panorama. Tras ello, asciende el que parece su líder, un gyojin ballena que porta un increíble tridente. Probablemente mida cuatro metros de alto y tenga algo más de uno de ancho. ¿Sería esa mastodóntica arma la que golpeó el barco? En ese caso, deberías tenerle respeto.

- Soy Bjor, más conocido como divina tormenta. Y soy el capitán de los piratas de la tormenta, la banda gyojin más temida de los siete mares. ¿Quién está al cargo de lo que queda de barco? Quiero todos y cada uno de los tesoros.

La gente empieza a gritar y los gyojins agarran a cada uno de los humanos e intentan sacarles la máxima información que pueden. Aunque es poca, casi ninguno logra articular palabra, y la mayoría acaban siendo asesinados. Hasta que un gyojin caballito de mar se acerca a tí.

- Eh, jefe, mira esto. Es uno de los nuestros, y está con un humano. ¿Qué hago?
- Mata al humano y trae al gyojin conmigo.
- Como quieras, jefe.

El habitante del mar se acerca a ti y te mira desafiante.

- Si eres tan amable de soltar al humano, me evitarás tener que quitártelo a la fuerza.

Datos:

La banda está compuesta por 30 gyojins, de los cuales la gran mayoría rondan el nivel 15-25. El líder es nivel 40.

Tienes dos gyojins cerca, el caballito de mar y uno que se acerca a ti a nado.


Solo quedáis cinco seres vivos con vida del barco. (Seis si contamos el que se fue volando)
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Kaito Takumi el Sáb 1 Sep 2018 - 0:10

La muchacha pasó a ser Patrice, y Patrice estaba muy equivocada respecto a mis verdaderas intenciones. Yo no era un caballero de blanca armadura que estaba ahí para acarrearla en brazos y protegerla de dragones marinos; sino un gusano, una hurraca y un zorro, todo a la vez, aunque eso era algo que no le revelaría. Poco después de presentarse, como sintiendo las intenciones de mi oscuro corazón, la chica se esforzó en darme razones para mantenerla con vida… ¿Pero quién dijo que quisiese seguir yendo a aquella isla? Las cosas habían cambiado mucho desde el inicio de la travesía, y la naturaleza me había enseñado que solo los que se adaptaban eran capaces de sobrevivir.  ¿Y cuál era el objetivo principal de mi viaje? Pues eso.


Ciertamente, las contramedidas que realicé para sobrellevar el accidente fueron bastante efectivas. A medida que el León de la Nemea seguía partiéndose, esta vez rompiéndose su cubierta en dos nuevas mitades y el mástil fragmentándose en tercios, conseguí mantenerme en pie –o mejor dicho en ventosas— sobre el pedazo que había sido la proa de estribor. En contraste, los cuatro humanos que habían logrado sobrellevar el nuevo accidente luchaban por mantenerse en el suelo. Aquellos pobres desgraciados se agarraban como podían a los bordes rotos de las tablas sin importarles las astillas que se les clavaban hasta el hueso. El miedo entumecía sus nervios y llevaba sus cuerpos más allá de sus límites cumpliendo a la perfección su función biológica.


—Me estás ahogando.— Presa del terror de morir ahogada, era a mí a quien estaba ahogando.

Una vez aflojara la presión lo suficiente como para que mi cerebro volviese a ser capaz de procesar sinónimos, tosería librando a mi garganta de cualquier resquicio de asfixia que se le hubiese quedado pegado. Librado de la fiereza de aquella presa, podría dedicar toda mi atención a las sombras que emergían de las aguas.


Los gyojines salían desde todas partes. Encaramándose a los pecios como cangrejos a las rocas de un puerto abandonado, contemplaron el destrozo que habían hecho con una sonrisa en sus labios. Esperaban, ¿pero a qué? Segundos después, la pregunta se contestó a sí misma. Su líder salió de las aguas tan lenta e inexorablemente como la marea alta. El coloso de piel lisa y gris portaba un enorme tridente negro. El arma, de cuatro metros de largo y tan ancho como sus brazos, apuntaba ser la responsable del naufragio. Portando su extraño ariete, el gargantuesco hombre ballena se presentó mezclando orgullo propio y desprecio ajeno. Luego, sus esbirros se pusieron en marcha buscando arrancarles a los náufragos todo lo que pudiesen sacar de provecho.


Mientras les despojaban de los poco que les quedaba, no pude evitar darme cuenta de que aquellos hijos del mar invertían un breve momento en preguntarles algo a los que aún estaban conscientes. Momentos después, viendo que el trauma no les dejaba contestarles, terminaban de quitarles lo único que tenían a golpes, tajos y patadas. "Putos impacientes", pensé lamentando no poder diferenciar aquellas incógnitas de la cacofonía de gritos y llantos.


Ocupados con la carroña, los Piratas de la tormenta me dieron los segundos que necesitaba para valorar brevemente mis opciones. Ellos eran demasiados y estaban demasiado cerca como para que huir y pelear fueran caminos viables hacia mi supervivencia. Tras aquel breve instante de introspección, fui detectado y una ruta más quedó abierta. Mientras el apuesto muchacho de labios en probóscide se acercaba hacia mí y la sombra del agua me rodeaba para apoyarle, una cuarta alternativa hurgó en mi mente. Estaba seguro del éxito de aquella estrategia tanto como lo estaban el sapo, el pez-globo, la cobra y… las crías de aquella gaviota.


A medida que el gyojin se acercaba, fui replegando mis tentáculos para ganar en altura. Flexionando los músculos de mis reos e hinchando el pecho, tomé una postura que reflejaba poder, confianza y recia disciplina. Echándome el bichero al hombro, miré por encima de este al cordial pirata que me planteaba la opción fácil. Sonreí tras escucharle y volví a mi talla normal.

—Abajo.

Parte de mí sabía que aquella mujer no iba a acatar mi orden, y otra esperaba que fuese tan débil como para hacerlo. Si se negaba a entregar su vida pacíficamente, o incluso si lo hacía con demasiada parsimonia, intentaría cogerla con mis tentáculos y arrodillarla a mi lado a la fuerza. Entonces, con una mano sobre su hombro y otros tantos miembros a su alrededor para retenerla, bajaría mi rostro hasta su oído para decirle las que podrían ser las últimas palabras que escuchara en su vida. Bueno, palabras no, eso hubiese sido demasiado obvio.

—Shh…

Y entonces le arrancaría la parte superior de su oreja de un bocado. O al menos trataría de hacerlo lo más limpia y rápidamente posible.

Si todo iba bien, aquella mujer gritaría de dolor y angustia mientras un torrente de sangre me manchaba la cara y la boca. Reincorporándome a la vez que masticaba el tibio cartílago de la rubia, miraría al hombre-pez a los ojos mostándole que, incluso para sus estándares de pirata gyojin, era un monstruo. Uno al que jamás debería enfrentarse.

—Ahora lleva mi marca, así que es mía —diría con la boca llena de una carne a la que le faltaba cocción y sal—. ¿Entiendes?


Confiando que aquel asqueroso y cruento despliegue de frialdad fuese suficiente como para intimidarle, le haría un gesto con la cabeza para que se apartara de mi camino. Luego, enroscando uno de mis tentáculos alrededor del cuello de Patrice a modo de correa, pasearía por los restos de la cubierta hasta llegar al líder de la banda.


Si todo salía bien, lo único que tendría que temer era el hablar con tanto público pendiente a mis movimientos y palabras. Y si no... Bueno, siempre quedaba entregar a la chica rebelde para que ellos mismos la matasen y terminar delante del líder con un par de ojos atentos menos.

Una vez llegara ante lo que mi padre llamaría una desgracia andante, ladearía mi cabeza esperando a ver qué querría decirme. Luego, justo cuando le viera con intención de hablar, tragaría sonoramente el desagradable bolo con más decepción que asco. Había comido cosas peores en mi vida que una oreja cruda, pero, aunque no vomitara, no era una carne que apreciase sin la correcta cocción.

Nota:

Pregunté específicamente por MP la especie del capitán al moderador. Adjunto foto como recurso visual si él mismo quiere usarla por hacer una idea de la anatomía que creo que tendría el hombre-cetáceo.



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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Luka Rooney el Mar 4 Sep 2018 - 15:16

Tras tu improvisado acto -y quizá algo dantesco, pero eso ya se lo dejamos al resto de lectores-, el gyojin que tienes enfrente tuerce ligeramente el labio en señal de desaprobación. Cuando marchas hacia delante se dispone a pararte agarrándote del brazo, sin embargo, parece ver algo que le hace cambiar de idea. Te deja marchar mientras el resto de gyojins se van acercando hacia tí y hacia dónde te diriges.

Pronto te percatarás sobre el estrecho círculo que han formado. Dos habitantes del mar forman cada punto de la línea de la forma geométrica.

Y ahí estás tú, sobre un tablón de seis metros cuadrados -probablemente el más grande que queda flotando-, enfrente del jefe. Una inmensa ballena que te mira con mal gesto, semblante serio y una cara de mala hostia que pocas veces habrás visto. Agarra con más fuerza su mastodóntica arma -o eso creerás si observas sus manos, donde se notan unas prominentes venas bastante marcadas, cuyo tamaño puede ser facilmente una falange de un humano normal-, y vuelve a mirarte. De repente, golpea con suma delicadeza el tablón de madera mientras observa a tu acompañante. Parece que va a hablar.

- Parece que tenemos un problema -entonces se gira y te observa. A partir de ahí no desviará la vista de tí-. O dos, mejor dicho. Has marcado tu pertenencia, ¿verdad? Pero yo la vi antes de que tú la marcases, por lo tanto, me pertenece. En condiciones normales, te la pediría amablemente. Pero has desafiado a uno de los míos con tu acción, y eso no puede quedar así.

El tipo da un paso al frente. Con uno solo le basta para ponerse a escasos veinte centímetros de tí. Le llegas a la altura del estómago. Puedes sentir su latido, olerle, y sobre todo, percibes su fuerza. Quizá tu acción no ha sido la más acertada, pero al menos te ha librado de un linchamiento en cuanto a cantidad de enemigos. Aunque puede que eso fuese mejor que lo que está apunto de ocurrir. Jamás lo sabremos.

- Hermanos -comenta sin dejar de mirarte. Ni siquiera parece parpadear-, nada ni nadie nos parará. Ni siquiera los de nuestra raza. Somos los elegidos, y así lo saben los dioses. Pero nuestros hermanos no merecen que descarguemos nuestra más profunda rabia contra ellos. Más bien debemos ayudarles.

Lentamente el gyojin lleva su mano hasta tu pechera, y entonces la intentará agarrar con firmeza -pero de conseguirlo, notarás que no aprieta ni aplica mucha fuerza más allá de la necesaria para levantarte-. Tras alzarte lo máximo que puede, vuelve a hablar.

- Y dime, hermano. ¿Me vas a dar mi pertenencia? Y lo que es aún más importante. ¿Qué puedes ofrecernos para que perdonemos tu insolencia?

Antes de que puedas responder, el enorme habitante del mar hace una seña, y el gyojin caballito de mar se acerca.

- Yo seré quien decida si lo que ofreces nos vale o, si no ofreces nada o no nos parece suficiente, quien decida tu castigo.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Kaito Takumi el Miér 5 Sep 2018 - 13:34

En vez de apartarse con los ojos abiertos de terror o levantando las manos en señal de rendición, el gyojin caballito de mar simplemente dobló el final de su probóscide con disgusto. Lo hubiera considerado una señal de mal augurio, pero hacía tiempo que había dejado de creer en la suerte. No, aquel gesto no era un ardid del destino o un recurso poético en un texto narrativo, sino una respuesta a una premonición que venía dada por la experiencia. Aquel muchacho de largos labios que me había ofrecido una solución pacífica a un mínimo coste, conocía muy bien a su capitán.

Anduve por el pecio arrastrando a mi dolorida mascota y vi cómo el resto de la banda empezaba a rodearme. Estaban por todas partes, observándome. Algunos lo hacían desde el agua, otros sentados en algún tablón, o bien depié sobre los trozos del mástil. Todo indicaba que iba a meterme en un puñetero combate ritual con el jefe, que me esperaba en un trozo de cubierta que flotaba a pesar de su aberrante peso. Me detuve al borde de la astillada tarima que iba a abandonar y me acuclillé hacia mi mascota. Desenrosqué mi reo de su cuello y me quité la riñonera para colgársela.

—Considéralo tu collar —le dije con firmeza y frialdad ante la atenta mirada del chico hipocampo que nos seguía—. O tu salvavidas, si lo prefieres.

Esperaba que aquella muchacha pudiera escuchar la verdad de mis palabras a través de los potentes tambores de su dolor. La abandoné allí, nadando por las aguas entre los cadáveres del barco y su tripulación hasta llegar a la plataforma. Coloqué mis reos sobre la superficie y subí a ella a la vez que extendía mi bichero hacia el suelo. No quería pensar lo obvio:  que no podía ganar aquella batalla.

Sobre aquel tablero de dos por tres parecía que se iba a resolver todo. Apreté mi arma tanto o más que mi enemigo con la suya, preparándome para lo que parecía inevitable. Esperé para ver qué tipo de monserga tribal teníamos que hacer como introducción. No es que respetara sus costumbres, es que prefería ahorrarme el romperlas para que luego toda la tripulación me rompiese a mí por blasfemo. El jefe dio un suave golpe sobre la madera demostrándome que su control sobre el tridente—ariete era pleno. Comenzó a hablar, y entretanto me esforcé por pensar alguna manera de la que salir de allí con vida.

Sentí cómo su mirada me aplastaba desde lo alto. Para él no era más que un insecto, una alimaña que se había atrevido a mordisquear su grano. No miré hacia arriba, sino que admiré su anatomía inferior intentando distraerme del terror de no poder escapar.

Las piernas de aquel gigante eran anchas como pilares, y cada una tenía más músculos que mi cuerpo entero. Sus pies eran varos, apuntando hacia afuera para hacer hueco a su curiosa forma de media aleta.  Tenía muy claro que aquel reminiscente de ascendencia cetácea le permitiría ganar un impulso extra al juntar las piernas para formar una cola. Desgraciadamente, aquello apuntaba a que también era más rápido que yo bajo el agua. Subí la vista para continuar mi análisis sin temor a encontrar más clavos en mi ataúd marino. Debía estar preparado. Allí, en el bulto oculto tras unos pantalones de áspera estera, descubrí que tenía más de hombre que de ballena. Los genitales estaban proporcionados a su altura, cosa que lamenté cuando dio un paso hacia delante.

Con su estómago a escasos veinte centímetros de mi cara, y su laxo mandoble casi rozándome el pecho, decidí que era el mejor momento para mirar arriba. Seguí las líneas de su torso intentando encontrar alguna migaja que poder saquear en mi beneficio, pero no había nada que rebañar. Nada: Ninguna cicatriz en su lisa piel sin escamas, ninguna vieja herida, y ni la más mínima protuberancia que golpear para sacar ventaja salvo la que colgaba de su entrepierna. Le miré a la cara.

En su ancho rostro no había más que odio y superioridad. Sus pequeños ojos negros brillaban con la misma fe que trasmitía con sus palabras. Aquel coloso estaba seguro de ser un elegido… No… El elegido. ¿Y qué era yo? No era más que un mortal en medio de su camino. Con suerte, un recordatorio para los que dudaban de su glorioso destino. La religión y el miedo siempre iban de la mano.

Cuando bajó su zarpa sin uñas para agarrarme por el pecho, simplemente le dejé. Me sentía como un pez muerto, y como tal no podía hacer más que dejarme arrastrar por la corriente. Tenso, casi en rigor mortis, fijé la vista al frente según me alzaba con su potente brazo hacia los cielos. Desde allí podía verlo todo, desde el brumoso horizonte en el que se dibujaba la isla hasta las sonrisas de los bucaneros que seguían ciegamente al coloso marino. No me molesté en mirar hacia atrás para ver lo que había dejado, así que miré hacia abajo para aceptar mi destino. Ahí encontré lo que estaba buscando, un hueco por el que sortear las defensas de mi adversario. El espiráculo de Bjor se encontraba en lo más alto de su nuca, peligrosamente cerca del cerebro. Aquel musculoso esfínter era la solución a mis problemas. Bueno, realmente solo a uno.

Sin querer revelar mis intenciones, bajé del todo el rostro pensando qué debía hacer. Cerré los ojos que habían estado demasiado abiertos hace un momento y sentí que la inevitabilidad de mi muerte me revolvía las tripas. Encontrar el punto débil del monstruo no había valido para nada.

Respiré profundamente intentando frenar la bilis que se retorcía en mi interior. Aquel negro ícor iba a salir por un lado o por otro, así que apreté mi sifón para evitar evacuarme encima. La presión hizo el resto, y el líquido subió por mi garganta. Cerré la boca, aguantando aquel amargo y oleoso fluido lo mejor que pude.

Justo cuando iba a vomitarle mi tinta encima al capitán como contestación y distracción a mi primer y último ataque, él habló. Aquel hijo del mar volvió a darme una solución pacífica a todo aquello. Pero,  ¿qué contestarle? ¿Y cómo hacerlo con la boca llena? Sin duda era una opción mejor que acabar con el capitán —si es que conseguía atravesarle el cráneo con la punta del bichero antes de que me aplastara el pecho—, y seguidamente ser asesinado por sus esbirros. Debía decir algo para sobrevivir, y debía hacerlo rápido. ¿Pero qué cojones le iba a contestar a ese fanático? Abrí los ojos y sentí la respuesta cayéndo de mis labios como una negra baba que no podía ser contenida.

—La profecía. —La tinta fluyó lentamente desde mi mandíbula, manchando mi cuerpo y convirtiendo todo cuanto tocaba en el más oscuro de los abismos.

Debía esperar para ver si mi argucia tenía éxito. Tiempo que invertiría en pensar los detalles de aquella farsa.

Me jacté de decir nada más que pudiese salvar mi vida. Si empezaba a parlotear de que también era un soldado digno, un tipo inteligente o un buen masajista y cocinero, podría haberme puesto nervioso. Debía agarrarme a mi mentira con todas mis fuerzas, como una lapa a las rocas en medio de un poderoso tifón.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Luka Rooney el Jue 13 Sep 2018 - 11:28

Cuando sueltas a la mujer, un par de gyojins se acercan rápidamente y la cogen contra su voluntad antes de que pueda siquiera plantearse la idea de huir. La acercan hasta una de las maderas y la vendan. Parecen tener especial cuidado en ella, y sobre todo, da la impresión de que la quieren con vida.

Tras ello avanzas y, cuando el gyojin gigante te agarra, pareces percatarte de un punto débil del coloso habitante del mar. Su espiráculo luce algo más pequeño que uno “normal”. Al menos uno normal para el tamaño que el gyojin tiene. A pesar de verlo, pronto te hace una pregunta y se sorprende al ver tu reacción. Tanto que durante un momento piensa que lo que sea que has echado por la boca puede ser venenoso. Te lanza contra la madera -sin emplear mucha fuerza- y manda a dos de sus camaradas que te cojan. Cada uno de ellos te agarra de un brazo, y notaras serias dificultades para moverte.

El gyojin de la derecha es un gyojin pez globo, y su tamaño es bastante considerable, en torno a dos metros de alto y un peso de más de ciento cincuenta kilos. No parece llevar armas consigo, y se le ve bastante rudo. Por su parte, el de la izquierda es un gyojin angula, y se le ve serio. Es ligeramente más alto -en torno a los dos metros y treinta centímetros-, y su peso es bastante más ligero que el de su compañero -unos noventa kilos-. No se mueve mucho más de lo necesario ni se le ve muy expresivo. Lleva unos guantes de goma y parece mirar únicamente a su capitán.

Ambos te alejan un poco del gyojin ballena, y éste se sacude el líquido que le ha caído. Te mira fjiamente y tuerce su semblante, dejando ver unas protuberantes venas.

- En mi tierra no nos andamos con tonterías, chico. Di todo lo que sepas acerca de esa profecía, o puede que mis dos hermanos acaben contigo.

Notas un fuerte tirón en ese momento procedente de los dos gyojins que tienes a los lados, intentando meterte presión.

- Ya lo has oído, ¿de qué trata esa profecía? -comenta el gyojin pez globo- Ah, un consejo: Ve directo al grano, no nos gustan los adornos.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Kaito Takumi el Sáb 15 Sep 2018 - 0:54

La indómita expresión del hombre ballena se resquebrajó tras mi actuación, pero en aquel instante no supe si era por miedo a sacras represalias o más bien por asco. Tampoco tuve mucho tiempo para darle vueltas a aquella duda, ya que me lanzó con su colosal brazo como un trapo al viento. Volé un par de metros y, aunque intenté frenar mi caída estirando mis muchas piernas hacia el suelo, al final tuve que apoyarme en mi brazo libre para que mi cabeza no rebotara contra la madera. Aquel titán era fuerte, demasiado como para considerar aquello un intento de hacerme daño. Solo se libraba de mí, el bicho que le había manchado.

Me volví para encararle y, allí, desde el suelo, pude ver que mi “nueva mascota” había sido atendida por la tripulación. El porqué de aquello se me escapaba, pero no había demasiadas razones por las que debieran mostrar amabilidad con los de su especie después de todo lo sucedido. Quizás

Y mi tren de pensamiento se detuvo de nuevo al verme levantado por dos nuevos esbirros separados del tumulto. A mi derecha, y peligrosamente espinoso, un robusto y sano muchacho con ascendencia pez globo me agarró y alzó por el brazo con una facilidad pasmosa. A mi izquierda, el tacto de la goma húmeda reclamó mi atención antes de que pudiera seguir fijándome en las particularidades del fornido. Ahí, ocupando su puesto como grillete, había un chico de piel bruñida, morro plano, ojos pequeños y boca ancha, el cual parecía tener el rostro paralizado en una inexpresiva e inquietante máscara.  Mirando directo a su patrón, el gyojin serpiforme, cuyos guantes apuntaban a que tenía alguna capacidad bioeléctrica a medio controlar, simplemente esperaba a recibir más órdenes que cumplir. Me alejaron unos pasos de su jefe, y yo me dejé arrastrar por la tarima. Oponerme a ellos no me habría ganado más que pinchazos, calambrazos y otros muchos problemas.

El coloso marino se sacudió la tinta que pudo y, probablemente al ver que quitarla completamente era algo más difícil de lo que parece a primera vista, se puso extremadamente serio. Demasiado como para pararme en aquel impropio “En mi tierra”. La demanda que hizo Bjor entonces no la habría podido contestar al completo antes de quedarme sin inspiración, pero la simplificación que me exigió el muchacho de mi derecha era algo sencillo. Tan sencillo que mientras la decía podía ir pensando los detalles de la historia… Solo había un pequeño problema en todo aquello: que no podía gritarlo a los cuatro vientos para que toda la tripulación la escuchara. Debería limitarme a hablar, o susurrar incluso, para que los ojos atentos de mi alrededor no mellaran mi frágil discurso. “Un profeta con miedo escénico, qué irónico”, me encontré pensando.

—Bueno…— dije segundos después de la aclaración del fornido luchador—. La profecía es la misma que conocen todos los hijos del mar. Ya sabéis…— dije intentando encontrar algún tipo de brillo en los ojos del trío—. ¿No? ¿Nada? Vale –suspiré—. Resumiendo, resumiendo muy mucho: hay un elegido, un profeta —hice un gesto con mi mano señalándome, pero solo me atreví a girarla lo suficiente para apuntar al bichero— y una mujer. Al final, tras que se cumpla la profecía, surge un rey de los océanos y todas las aguas que mandará sobre las criaturas del mar. Luego hay una parte de destierro de los humanos a las islas y eso, porque los océanos son solo para sus hijos y tal… Que también hay dignos y no dignos dentro de nuestra raza, pero eso ya no es resumir.

Chasqueé la lengua y lamenté hacerlo al instante. Escupí al suelo, o más bien a mi pecho, los restos de la amarga bilis que me tintaba los dientes. Aquel as en la manga había demostrado su utilidad, pero era una pesada carga para mi agudo gusto.

—No me miréis así –exhalé tras terminar mi relato sin que me hiciese falta ver sus rostros; yo no era ningún cuentacuentos. Miré al suelo con una triste aceptación.

Si aquello no colaba, y era probable que no lo hiciera, estaría muerto. Y lo peor de todo era que, en aquella situación, no tenía manera de escapar salvo hablando.

—El trabajo de profeta no es fácil —dije mezclando tristeza y furia en mi tono a partes iguales—. No está pagado, tengo ataques cuando me viene la siguiente parte de la profecía y la mayoría me toma por un puto lunático... ¿Creéis que es agradable? ¿Creéis que he elegido mi sino? ¿Creéis que voy a proteger a una humana que ni conozco siquiera de…? Bueno, de una banda de piratas con un capitán tan poderoso que ha roto un barco. De Bjor, Divina Tormenta, que es dos veces yo a lo alto y cuatro a lo ancho —comenté, adulándole y a la vez mostrándome indignado de que me consideraran un loco suicida—. De Los Piratas de la Tormenta… Por favor… —aquella rara súplica tenía dos tazas y media más de desazón, una rama de puro asco y una pizca de orgullo propio—. Soy poderoso, pero ni lo soy tanto ni soy un idiota. –Solté mi bichero, mostrando mi completa rendición—. Solo soy… un muchacho tocado por la oscuridad.

Toda buena mentira debe tener algo de verdad, ¿no? Con un poco de suerte, el resto de la banda, demasiado lejos para escuchar mis palabras, habría visto mi sumisión hacia el enorme cetáceo. Quizás, y solo quizás, aquello fuese suficiente para que al menos me perdonaran la vida. Y, tanto si me creían como si no, ya estaba ocupado en distraerme de la inevitabilidad de mi muerte con los detalles de la profecía.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Luka Rooney el Lun 24 Sep 2018 - 17:50

El cerco de gyojins se cierra cada vez más al escuchar tus palabras. Si observas el semblante del líder pirata, te darás cuenta de algo que quizá no esperases: Te está escuchando.

El tipo es bastante expresivo, y tuerce el rostro en un par de ocasiones, pero por regla general, parece que la historia le está calando. No así al resto de sus hermanos, que se limitan a cuchichear entre ellos. Alguno incluso te abuchea. Los dos que te sujetan se miran entre sí, y hablan en voz baja también, sin embargo, a estos si que los escuchas.

- ¿Qué dices? -comenta el habitante del mar más delgado- ¿Le crees?
- El chaval está nervioso, pero supongo que será por estar delante de todos. Aún así…
- El jefe le cree, fíjate en su rostro.
- El jefe se cree cualquier cosa medianamente bien narrada, ya lo sabes.
- Sí, pero quizá le deberíamos decir algo…

Entonces, el capitán pirata levanta el brazo derecho, y todos los murmullos cesan al instante. La mayoría de los gyojins hincan la rodilla en señal de sumisión, salvo los que se encuentran cargando humanos -entre ellos los dos que te sujetan-. El silencio, a la par que el gesto del gyojin, duran unos eternos segundos. Y entonces, el hombre-ballena se pronuncia.

- Chico, tú pareces saber más que muchos de los hermanos que me siguen. Pareces haber vivido historias, y puede que incluso tengas muchos más conocimientos de los que haces ver. Pero no me creo que tú seas el elegido. No, alguien que es el elegido no es tan débil, ni muestra sumisión. Si fueras el elegido… No tendrías miedo de morir aquí y ahora. ¿Es lo que quieres? ¿Quieres que te mate para comprobar si realmente eres el elegido?

El tipo hace una pausa mientras mueve su mastodóntica arma con una pasmosa facilidad. La gira empleando un pequeño juego de muñeca y se la pasa de una mano a otra un par de veces. Y entonces, firma su sentencia.

- Pero no… Mis hermanos verán en tí un cobarde. Quizá sea verdad lo que cuentas, o puede que no. Aún así, yo no me lo creo. Pero no importa, lo realmente importante es el valor de contarnos esa historia. Creo que… Creo que ambos podemos beneficiarnos mutuamente.

Bjor se toca tres veces el arma, en unas palmadas consecutivas y bastante llamativas por la delicadeza con las que las ejecuta a pesar de su volumen. Los miembros de la banda pirata estrechan el cerco y se juntan en una columna de hileras frente a su líder.

- Todos sabemos qué vamos a hacer aquí. El nombre de esta mujer es Patrice, y su apellido Norman. Esta mujer es nuestro salvoconducto para entrar en la isla. Klet, trae el dispositivo.

Un gyojin pequeño, con gafas y bastante menudo se acerca a la mujer y le coloca una especie de chip en el brazo. Los dos habitantes del mar que la sujetan, deciden ahondar en el chip e introducirlo poco a poco en la piel. Después vienen los médicos y le realizan algunas curas.

- Esta mujer es habitante de la isla, y nos va a abrir la puerta subterránea. Nos colaremos y masacraremos la ciudad. Y si no lo hace… El dispositivo de Klet la hará estallar en mil pedazos. Y no solo a ella -dice esto último mirando a los ojos de Patrice-, sino a todo el que esté a su alrededor en cien metros. Esta isla será nuestra. Sus pertenencias, serán para nosotros. Sus vidas, nuestras también. Patrice… Tienes dos horas para abrirnos la puerta. Si no lo haces… El dispositivo estallará y entraremos a la fuerza.

Tras las palabras, todo el mundo clama a sus dioses mirando al cielo. Algunos gritan, otros aplauden, algunos más se preparan para la batalla. Mientras tanto, Bjor se acerca a tí.

- Ya sabes mucho más de lo que deberías saber, chico. Ahora dime, ¿vas a participar con nosotros? ¿Qué te podría interesar de nuestra expedición?

El hombre te mira con el semblante serio a la par que fija sus ojos en los tuyos. A juzgar por su rostro, espera una respuesta satisfactoria para él. Aunque quizá haya más vías.
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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

Mensaje por Kaito Takumi Ayer a las 13:18

"Espera… ¿qué? ¿Ha colado?", pensé con incredulidad al escuchar las palabras de mis captores. Desgraciadamente, cuando alcé la vista del suelo para asegurarme de aquella verdad de primera mano, el círculo se había estrechado demasiado y el capitán se disponía a dar su discursito.

Mis balbuceos ininteligibles susurrados con cara de tonto no fueron lo suficiente para interrumpirle para aclarar las cosas, y mis muchos y seguidos noes ante la macabra propuesta solo parecían reforzarle la preconcebida idea de mi cobardía y debilidad. Maldije para mis adentros su estupidez y mi “fobia”.

Bjor me dio entonces una nueva oportunidad para unirme a él, que, dadas sus palabras anteriores, probablemente fuese más bien porque no quería arriesgarse a perder la vida de una vía directa con las deidades. Sí que creía en mí, aunque no pudiese aceptar la parte de mi historia que no había entendido. Mientras elaboraba su estrategia como un breve repaso al inmediato plan, y yo no lograba que las palabras ordenadas de mi cabeza saliesen como poco más que “Ehms y Ahms”, fui escuchando y analizando con una mueca de asco y disgusto que cada vez se hacía más grande.

—Qué mierda de plan.

Como hablé sin pensar, y sin preocuparme de los que podrían escucharme, solo me quedó rezar para que el clamor de la multitud fuera tan grande como para haber ahogado mi comentario. Estaba seguro que, mínimo, los dos gyojines que me sujetaban lo habrían oído, pero eso no tenía que ser particularmente malo. O al menos preferí pensar eso.

Cuando el capitán se dirigió hacia mí, sin yo saber si había advertido mi metedura de pata, la tripulación estaba demasiado ocupada en sus gritones preparativos como para escucharme —y por lo tanto para ponerme nervioso—. Era mi turno de palabra, y más me valía aprovecharlo.


—No. A ver, no es que no quiera ayudar, es que estás tirando toda la profecía por tierra —aclaré atropelladamente intentando sonar lo más razonable posible—. Y no tengo ganas de que pase el ciclo de esta, que llegue la siguiente, y otra vez me vaya buscando por el mundo los requisitos de la nueva. No. Pero menos me apetece morir, claro está —aclaré con una mezcla de nerviosismo y seriedad a la que, a mi gusto, le faltaba el apoyo de los movimientos de mis manos.

O lo que no eran las manos. Subí mis dos tentáculos frontales para continuar con mi explicación, ayudándome de estos para aportar una necesaria gesticulación.

—Sigamos. Irónicamente, y probablemente una de las mayores trabas de mis viajes, es que no consigo que la gente me escuche, así que cuando alguien por fin… por fin lo hace —dije enroscando mis reos sobre sí mismos de pura impotencia—, me jode bastante que me haya escuchado mal. Muy mal. —Sonreí un poco, aliviando la presión de mis miembros y luego me señalé con ellos para continuar con las aclaraciones—. Profeta… buscador de verdad, caído en la oscuridad y con el típico bichero señal de los primeros buscadores. Nada de elegido —concreté. Extendí entonces la punta de mis tentáculos, y solo la punta, hacia Patrice—. La mujer… cuyo papel en la profecía no me ha sido revelado aún y espero que pase un tiempo hasta que me dé el siguiente ataque. Y…—giré lentamente mis rejos hacia el cetáceo—. El elegido. El que puede y no puede hacer lo que sus hermanos. Lo que, ahora resulta algo evidente que es por tu ascendencia. Los dioses tienen cierto sentido del humor al escoger un profeta que no puede hablar a la multitud y a un elegido que no puede respirar bajo el agua —añadí reconociendo la amarga ironía ayudado por el desagradable sabor que me empapaba todavía la boca—. Vamos, si hasta llevas un tridente, que, como ya sabréis— dije mirando a los dos hijos del mar que me levantaban—, es el arma de los reyes.

Y, arriesgándome a hacer una estupidez para enmendar otra que había hecho sin querer, daría una última y nerviosa explicación.

—Y ese plan es horrible —dije evitando mirarle directamente mientras hacía entrechocar los vértices de mis apéndices—. Me refiero aparte de renegar de la profecía… Entiéndeme, ya que estoy en una posición mala, muy mala, prefiero decir la verdad. A diferencia de la gente que te teme y prefiere no ganarse un ostión —confesé aprovechando para sembrar la semilla de la discordia—. Aunque pareces un tipo razonable, pareces mucho más… fuerte… y violento. —Llegados a ese punto, y habiendo hablado ya bastante, estaba bastante seguro de que habría más ojos y oídos atentos a nosotros, demasiados. Bajé la cabeza de nuevo, intentando huir de aquella sensación para terminar disculpándome—. Pero no sé cada detalle del plan, y a lo mejor los fallos ya… ehm… pues no están. En plan… en el plan.

¿¡Por qué no puedo dejar de repetir plan?!



OFF: ¿Por qué, en tu situación, haces eso?:

Aunque es muy inteligente para muchas cosas, Kaito tiene esto:

Sin pelos en la lengua: a Kaito el cuesta esconder el desprecio que siente para personas que han hecho mal las cosas, especialmente cuando esto es a propósito. Esto hace que suela ser franco, quizás demasiado, cuando preguntan - y a veces cuando no- su opinión respecto a X tema. Pocas veces da su brazo a torcer en estas cuestiones, ya tendrían que darle buenas razones para ello.

De ahí la queja del plan.

El miedo escénico también esta recogido en el apartado de torpezas, pero ese creo que se ha dado a entender mejor.

Hablar en público: Al joven sireno no le gusta hablar en público, se corta y no sabe a quien dirigirse, así que prefiere no tener que recurrir a esto. Si se hicera un juego de beber a cuantas veces dice "Emm... Ehh..." y similares cuando Kaito habla en público, todo el mundo acabaría borracho.


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Re: [Moderado Kaito] El valor de un gyojin

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