[Moderado Kaito] El valor de un gyojin

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Mensaje por Luka Rooney el Dom 26 Ago 2018 - 16:45

Llevas unos días en un barco mercante con un rumbo cada vez más incierto. Te habían hablado bien sobre este viaje, y también te habían aconsejado no llevar tu barco, ya que la isla es de complicado acceso y tu barco... No se caracteriza especialmente por su dureza. Quizá fuese mejor idea dejar esto a los profesionales.

En el barco huele bastante a pescado, y la gente no te mira con buenos ojos. Habrá unos veinte tripulantes, y están transportando, a parte de pescado y algún que otro vívere y enser menor, a diez seres humanos en sus adentros.

Desafortunadamente para tí, pareces ser el foco de todas las miradas. Algunos humanos intentan hablar contigo, pero ninguno da el paso. Lo cual hace del momento más incómodo. Quizá esperan algún movimiento por tu parte.

Desde la lejanía ya ves una isla, aunque dudas si será tu imaginación jugándote alguna mala pasada. No la reconoces a simple vista, pero parece interesante. De repente, alguien grita “Tierra a la vista”, por lo que entiendes que sigues estando en pleno uso de tus facultades. Tras el grito, toda la tripulación retoma sus quehaceres en el barco.

Pero… algo no va bien. Un contundente temblor en la cubierta del barco te hace pensar que algo está a punto de suceder. Y así es. Algo golpea duramente el barco, y no es hasta la segunda vez que consigue partirlo por la mitad. La mayoría de los humanos caen al agua, salvo uno, que ves cómo se transforma en algún tipo de ave y sale volando hacia la isla. Tienes un par de segundos para decidir qué hacer, de lo contrario, decidirán por tí.

Ah, antes de nada. Hay un par de humanos cerca de tí, se han agarrado a la barandilla y están a punto de caer al agua. Uno de ellos, mujer de cabellos rubios, fija la mirada en tí y parece que sus ojos hablan por ella, mas no articula palabra alguna.

Parece que el comienzo de tu historia viene algo movidito.
Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Lun 27 Ago 2018 - 13:25

En cierto modo confiaba más en Suchu que en Malva para guardar mis cosas y mi hogar. Aunque había tenido mis riñas con la chica, esperaba que después de todo lo que habíamos vivido juntos supiera que no era buena idea traicionarme. Sin duda eso era algo que le había dejado bien claro.

Armado con mi fiel bichero y una riñonera con el dinero suficiente para vivir más que bien durante la aventura —unos veinte mil berries sellados en una bolsa de plástico—, comencé un viaje que tenía tanto propósito como la vida misma. ¿Tenía alguna meta para esta pequeña aventura a una isla desconocida a bordo de un barco mercante de mala muerte que traficaba con inmigrantes ilegales? Nah, con sobrevivir me bastaba. Lo que viniese, fuese bueno o malo, acabaría pasando, pero bien era cierto que preferiría que el balance de la excursión fuera positivo. Al menos a mi favor.

El León de Nemea era un galeón reforzado con hierro capaz de navegar por las peligrosas aguas a las que nos dirigíamos sin que las rocallas del fondo y los repentinos cambios de corrientes pudiesen hacerle zozobrar. A pesar de su robusta construcción, parecía que tanto él como su tripulación habían visto días mejores.

Era obvio por la peste a pescado, y no a peces, que la codicia de los hombres había secado los caladeros, así que los marineros debían recurrir al transporte ilegal para sacarse un dinero al que se habían acostumbrado ellos y sus familias en tierra. Aunque me repugnaba su estupidez, y más lo hacía la de los pescadores a los que habían comprado su carga, fue esta falta de sentido común la que me permitió viajar lo más “desapercibidamente” posible.


Las miradas de los tripulantes y los descarados silencios del resto de polizones eran desagradables, pero peor hubieran sido sus insultos o las preguntas estúpidas sobre lo que diferenciaba a nuestras razas. En verdad, aquella situación era mucho más calma que cualquier otra interacción con la orgullosa “humanidad”, así que tampoco tenía interés por romper el silencio que había creado la xenofobia. Decidí disfrutarlo, tal y como disfrutaba de tantas otras cosas que se ignoraban o daban por sentadas.

Pasaba mi tiempo escuchando lo que otros consideraban silencio y observando lo que otros no veían: El susurro del mar chocando consigo mismo y el casco, los rastros del óxido que caían de los pernos de la embarcación, el crujido de los cabos tensados, el tintinear de las recias cadenas que sujetaban el ancla, las interrupciones de las conversaciones al verme… Todo aquello, y el girar el bichero entre mis dedos y reos -algo esencial e indispensable para mantener la cordura-, hacía del aburrimiento algo menos tedioso.

Al quinto día de lo que iba siendo una apacible travesía, pude divisar la silueta de la isla a la que nos dirigíamos desde la proa. Como estaba ocupado en mis pasatiempos -si a eso puede llamársele estar ocupado- apenas dediqué tiempo a analizar la sombra que se recortaba sobre la lejana bruma matinal. Unos minutos después, el agudo grito de “Tierra a la vista” del patán en la cofia me sacó del estado de concentración que requería superar mi record de quinientas vueltas ininterrumpidas de mi gancho sobre las yemas de los dedos. El garfio se me resbaló de la impresión, y el caprichoso destino hizo que volara a través de un hueco de la barandilla. Lanzándome fuera de cubierta y pegándome al casco para recuperar mi bichero antes de que cayese al mar, cosa que por suerte conseguí, maldije la interrupción del bocazas y deseé que se lo tragase el mar. Deseo del que me arrepentiría poco más tarde.

Desde el casco, y pegado al mismo, el primer golpe al navío fue más evidente para mí que para el resto de la tripulación. La preparación del futuro desembarco se detuvo, y todos en el galeón sintieron que se habían adelantado a los acontecimientos. Trepé hasta el guardamancebos con un mal presentimiento recorriéndome cada ventosa. El segundo impacto fue casi diez veces más potente que el anterior y, tras el terrible ruido que me hizo pegar todos mis reos al barco y abrazarme a los balaústres de la impresión, escuché gritos de terror. Algo había roto al pesquero por la mitad, de proa a popa. La parte de babor se hundía llevándose el mástil consigo mientras que la otra, en la que me encontraba, se alzaba para mantener el equilibrio.

Muchos se precipitaron al vacío, y solo unos pocos afortunados habían conseguido agarrarse a tiempo al borde del barco. A mi lado, tres personas luchaban por encaramarse al casco temiendo caer a una muerte segura. Una de ellas me dirigió una mirada de súplica. La pequeña mujer rubia sabía tan bien como yo que no era lo suficientemente fuerte para salvar su vida. Con esfuerzo, y toda la prisa que podía darme sin cometer el error de arriesgar mi propia seguridad, solté uno de mis tentáculos del casco y lo enrosqué en su pecho, justo bajo los brazos, con la intención de hacerla subir apoyando mi peso en los recios travesaños de la regala. Por desgracia para el resto de futuros náufragos, no iba a prescindir de más extremidades para salvarles; y no todos disfrutaban de los poderes de una akuma aviaria que les permitía huir de la escena sin preocuparse lo más mínimo por las almas extraviadas en el mar.

—Bueno…- La silueta alada se marchó dirección a la isla-. Creo que será mejor que te abraces a mi espalda. Por tu seguridad, digo yo —dije clavando el bichero en el pasamanos y comenzando a soltarla, empujándola a aceptar mi proposición. Una vez accediera, usaría una de mis extremidades delanteras para crear un cinto de seguridad que nos uniera.

Con un poco de suerte, destreza y la ayuda de mis cientos de órganos succionadores, intentaría quedar suspendido en el borde del casco antes de decidirme a escoger un lado. Aunque el lateral del barco comenzaba a convertirse en cubierta, aún quedaba por ver a dónde nos empujaría el efecto rebote del hundimiento. No era prudente lanzarse al océano para que el pecio cambiara de opinión y acabara golpeándome bajo el agua, por no mencionar el resto de peligros que se escondían bajo la superficie. Ser un hijo del mar solo me eximía de ahogarme, y no siempre.  

—¿Tienes un nombre? Lo digo porque voy a hartarme de referirme a ti como chica, mujer o rubia —pregunté calmadamente mientras la situación terminaba de decidir mi curso de acción.

Probablemente tendría que repetir esa pregunta más adelante, cuando el temor de ahogarse y el esfuerzo de agarrarse le permitiesen hablar.

Si el fragmento del navío en el que nos encontrábamos continuaba con su curso y se ponía a flotar “de costado”, me movería hacia el centro y me prepararía para el golpe de la cubierta con el agua. En cambio, si “recapacitaba” en el último momento y decidía hacer chocar su casco contra las aguas, aprovecharía los segundos de su indecisión —el cambio en su velocidad al variar su trayectoria— para correr hacia la cubierta, agarrándome a  la misma y apoyándome sobre las columnas de la barandilla para sobrellevar el golpe. Aunque pensé seguir trepando para refugiarme en el interior, eso hubiese sido demasiado peligroso; podría haberme quedado a medias de la zona rota, convirtiendo los tablones astillados en estacas que sellarían mi destino. Allí, bajo el amparo de las puntales de madera y pegándome cuanto podía a la tarima, estaría más seguro.

A pesar de aquel horrible accidente, mi corazón dejó de palpitar de terror y paso a hacerlo por la emoción. No podía evitar preguntarme qué había hecho naufragar al León de Nemea. Si todo aquello era fruto de una criatura, podría ganar unos segundos para contemplarla y huir usando a la chica de cebo. En el caso de que pudiese mantenerme a flote sobre los restos del navío, me quedaría sobre ellos mirando las aguas a la espera de una señal más evidente del responsable, o responsables, del hundimiento.

¡Con tanto grito no hay quién se concentre!, pensé deseando que los desgraciados que se ahogaban lo hiciesen más rápido y en silencio.
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Mensaje por Luka Rooney el Vie 31 Ago 2018 - 11:44

- Mi nombre es Patrice -comentó la chica a la par que te agarraba del cuello con más fuerza de la que desearías-. Y gracias por salvarme.

La mujer parecía bastante más nerviosa de lo que la situación requería. Aunque quizá la situación era más compleja de lo que pudieras llegar a pensar.

Gracias a tus órganos succionadores, te mantienes agarrado a las distintas partes del barco mientras todo se mueve cada vez más. El mástil se parte por tres partes distintas, la proa y la popa empiezan a distanciarse cada vez más a la par que se van hundiendo, y tú te mantienes fijado a las zonas más cercanas como buenamente puedes.

Aunque de repente, en mitad de la tormenta de vaivenes, hay unos segundos de paz. Paz intranquila, y de la cual nadie cree que vaya a ser infinita. Patrice aprovecha esos segundos para confesarte algo.

- No sé quién eres, pero he de decirte que debes mantenerme con vida si quieres acceder a la isla. Soy la mujer de uno de los soldados de la Atlántida, que es ese trozo de tierra que ves enfrente. Si te quieres adentrar, necesitas la aprobación de un soldado. Creo que…

Y entonces, una sucesión de ruidos hacen que la mujer se calle. Uno a uno, una treintena de gyojins suben a las resquebrajadas maderas y ojean el panorama. Tras ello, asciende el que parece su líder, un gyojin ballena que porta un increíble tridente. Probablemente mida cuatro metros de alto y tenga algo más de uno de ancho. ¿Sería esa mastodóntica arma la que golpeó el barco? En ese caso, deberías tenerle respeto.

- Soy Bjor, más conocido como divina tormenta. Y soy el capitán de los piratas de la tormenta, la banda gyojin más temida de los siete mares. ¿Quién está al cargo de lo que queda de barco? Quiero todos y cada uno de los tesoros.

La gente empieza a gritar y los gyojins agarran a cada uno de los humanos e intentan sacarles la máxima información que pueden. Aunque es poca, casi ninguno logra articular palabra, y la mayoría acaban siendo asesinados. Hasta que un gyojin caballito de mar se acerca a tí.

- Eh, jefe, mira esto. Es uno de los nuestros, y está con un humano. ¿Qué hago?
- Mata al humano y trae al gyojin conmigo.
- Como quieras, jefe.

El habitante del mar se acerca a ti y te mira desafiante.

- Si eres tan amable de soltar al humano, me evitarás tener que quitártelo a la fuerza.

Datos:

La banda está compuesta por 30 gyojins, de los cuales la gran mayoría rondan el nivel 15-25. El líder es nivel 40.

Tienes dos gyojins cerca, el caballito de mar y uno que se acerca a ti a nado.


Solo quedáis cinco seres vivos con vida del barco. (Seis si contamos el que se fue volando)
Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Sáb 1 Sep 2018 - 0:10

La muchacha pasó a ser Patrice, y Patrice estaba muy equivocada respecto a mis verdaderas intenciones. Yo no era un caballero de blanca armadura que estaba ahí para acarrearla en brazos y protegerla de dragones marinos; sino un gusano, una hurraca y un zorro, todo a la vez, aunque eso era algo que no le revelaría. Poco después de presentarse, como sintiendo las intenciones de mi oscuro corazón, la chica se esforzó en darme razones para mantenerla con vida… ¿Pero quién dijo que quisiese seguir yendo a aquella isla? Las cosas habían cambiado mucho desde el inicio de la travesía, y la naturaleza me había enseñado que solo los que se adaptaban eran capaces de sobrevivir.  ¿Y cuál era el objetivo principal de mi viaje? Pues eso.


Ciertamente, las contramedidas que realicé para sobrellevar el accidente fueron bastante efectivas. A medida que el León de la Nemea seguía partiéndose, esta vez rompiéndose su cubierta en dos nuevas mitades y el mástil fragmentándose en tercios, conseguí mantenerme en pie –o mejor dicho en ventosas— sobre el pedazo que había sido la proa de estribor. En contraste, los cuatro humanos que habían logrado sobrellevar el nuevo accidente luchaban por mantenerse en el suelo. Aquellos pobres desgraciados se agarraban como podían a los bordes rotos de las tablas sin importarles las astillas que se les clavaban hasta el hueso. El miedo entumecía sus nervios y llevaba sus cuerpos más allá de sus límites cumpliendo a la perfección su función biológica.


—Me estás ahogando.— Presa del terror de morir ahogada, era a mí a quien estaba ahogando.

Una vez aflojara la presión lo suficiente como para que mi cerebro volviese a ser capaz de procesar sinónimos, tosería librando a mi garganta de cualquier resquicio de asfixia que se le hubiese quedado pegado. Librado de la fiereza de aquella presa, podría dedicar toda mi atención a las sombras que emergían de las aguas.


Los gyojines salían desde todas partes. Encaramándose a los pecios como cangrejos a las rocas de un puerto abandonado, contemplaron el destrozo que habían hecho con una sonrisa en sus labios. Esperaban, ¿pero a qué? Segundos después, la pregunta se contestó a sí misma. Su líder salió de las aguas tan lenta e inexorablemente como la marea alta. El coloso de piel lisa y gris portaba un enorme tridente negro. El arma, de cuatro metros de largo y tan ancho como sus brazos, apuntaba ser la responsable del naufragio. Portando su extraño ariete, el gargantuesco hombre ballena se presentó mezclando orgullo propio y desprecio ajeno. Luego, sus esbirros se pusieron en marcha buscando arrancarles a los náufragos todo lo que pudiesen sacar de provecho.


Mientras les despojaban de los poco que les quedaba, no pude evitar darme cuenta de que aquellos hijos del mar invertían un breve momento en preguntarles algo a los que aún estaban conscientes. Momentos después, viendo que el trauma no les dejaba contestarles, terminaban de quitarles lo único que tenían a golpes, tajos y patadas. "Putos impacientes", pensé lamentando no poder diferenciar aquellas incógnitas de la cacofonía de gritos y llantos.


Ocupados con la carroña, los Piratas de la tormenta me dieron los segundos que necesitaba para valorar brevemente mis opciones. Ellos eran demasiados y estaban demasiado cerca como para que huir y pelear fueran caminos viables hacia mi supervivencia. Tras aquel breve instante de introspección, fui detectado y una ruta más quedó abierta. Mientras el apuesto muchacho de labios en probóscide se acercaba hacia mí y la sombra del agua me rodeaba para apoyarle, una cuarta alternativa hurgó en mi mente. Estaba seguro del éxito de aquella estrategia tanto como lo estaban el sapo, el pez-globo, la cobra y… las crías de aquella gaviota.


A medida que el gyojin se acercaba, fui replegando mis tentáculos para ganar en altura. Flexionando los músculos de mis reos e hinchando el pecho, tomé una postura que reflejaba poder, confianza y recia disciplina. Echándome el bichero al hombro, miré por encima de este al cordial pirata que me planteaba la opción fácil. Sonreí tras escucharle y volví a mi talla normal.

—Abajo.

Parte de mí sabía que aquella mujer no iba a acatar mi orden, y otra esperaba que fuese tan débil como para hacerlo. Si se negaba a entregar su vida pacíficamente, o incluso si lo hacía con demasiada parsimonia, intentaría cogerla con mis tentáculos y arrodillarla a mi lado a la fuerza. Entonces, con una mano sobre su hombro y otros tantos miembros a su alrededor para retenerla, bajaría mi rostro hasta su oído para decirle las que podrían ser las últimas palabras que escuchara en su vida. Bueno, palabras no, eso hubiese sido demasiado obvio.

—Shh…

Y entonces le arrancaría la parte superior de su oreja de un bocado. O al menos trataría de hacerlo lo más limpia y rápidamente posible.

Si todo iba bien, aquella mujer gritaría de dolor y angustia mientras un torrente de sangre me manchaba la cara y la boca. Reincorporándome a la vez que masticaba el tibio cartílago de la rubia, miraría al hombre-pez a los ojos mostándole que, incluso para sus estándares de pirata gyojin, era un monstruo. Uno al que jamás debería enfrentarse.

—Ahora lleva mi marca, así que es mía —diría con la boca llena de una carne a la que le faltaba cocción y sal—. ¿Entiendes?


Confiando que aquel asqueroso y cruento despliegue de frialdad fuese suficiente como para intimidarle, le haría un gesto con la cabeza para que se apartara de mi camino. Luego, enroscando uno de mis tentáculos alrededor del cuello de Patrice a modo de correa, pasearía por los restos de la cubierta hasta llegar al líder de la banda.


Si todo salía bien, lo único que tendría que temer era el hablar con tanto público pendiente a mis movimientos y palabras. Y si no... Bueno, siempre quedaba entregar a la chica rebelde para que ellos mismos la matasen y terminar delante del líder con un par de ojos atentos menos.

Una vez llegara ante lo que mi padre llamaría una desgracia andante, ladearía mi cabeza esperando a ver qué querría decirme. Luego, justo cuando le viera con intención de hablar, tragaría sonoramente el desagradable bolo con más decepción que asco. Había comido cosas peores en mi vida que una oreja cruda, pero, aunque no vomitara, no era una carne que apreciase sin la correcta cocción.

Nota:

Pregunté específicamente por MP la especie del capitán al moderador. Adjunto foto como recurso visual si él mismo quiere usarla por hacer una idea de la anatomía que creo que tendría el hombre-cetáceo.

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Kaito Takumi

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Mensaje por Luka Rooney el Mar 4 Sep 2018 - 15:16

Tras tu improvisado acto -y quizá algo dantesco, pero eso ya se lo dejamos al resto de lectores-, el gyojin que tienes enfrente tuerce ligeramente el labio en señal de desaprobación. Cuando marchas hacia delante se dispone a pararte agarrándote del brazo, sin embargo, parece ver algo que le hace cambiar de idea. Te deja marchar mientras el resto de gyojins se van acercando hacia tí y hacia dónde te diriges.

Pronto te percatarás sobre el estrecho círculo que han formado. Dos habitantes del mar forman cada punto de la línea de la forma geométrica.

Y ahí estás tú, sobre un tablón de seis metros cuadrados -probablemente el más grande que queda flotando-, enfrente del jefe. Una inmensa ballena que te mira con mal gesto, semblante serio y una cara de mala hostia que pocas veces habrás visto. Agarra con más fuerza su mastodóntica arma -o eso creerás si observas sus manos, donde se notan unas prominentes venas bastante marcadas, cuyo tamaño puede ser facilmente una falange de un humano normal-, y vuelve a mirarte. De repente, golpea con suma delicadeza el tablón de madera mientras observa a tu acompañante. Parece que va a hablar.

- Parece que tenemos un problema -entonces se gira y te observa. A partir de ahí no desviará la vista de tí-. O dos, mejor dicho. Has marcado tu pertenencia, ¿verdad? Pero yo la vi antes de que tú la marcases, por lo tanto, me pertenece. En condiciones normales, te la pediría amablemente. Pero has desafiado a uno de los míos con tu acción, y eso no puede quedar así.

El tipo da un paso al frente. Con uno solo le basta para ponerse a escasos veinte centímetros de tí. Le llegas a la altura del estómago. Puedes sentir su latido, olerle, y sobre todo, percibes su fuerza. Quizá tu acción no ha sido la más acertada, pero al menos te ha librado de un linchamiento en cuanto a cantidad de enemigos. Aunque puede que eso fuese mejor que lo que está apunto de ocurrir. Jamás lo sabremos.

- Hermanos -comenta sin dejar de mirarte. Ni siquiera parece parpadear-, nada ni nadie nos parará. Ni siquiera los de nuestra raza. Somos los elegidos, y así lo saben los dioses. Pero nuestros hermanos no merecen que descarguemos nuestra más profunda rabia contra ellos. Más bien debemos ayudarles.

Lentamente el gyojin lleva su mano hasta tu pechera, y entonces la intentará agarrar con firmeza -pero de conseguirlo, notarás que no aprieta ni aplica mucha fuerza más allá de la necesaria para levantarte-. Tras alzarte lo máximo que puede, vuelve a hablar.

- Y dime, hermano. ¿Me vas a dar mi pertenencia? Y lo que es aún más importante. ¿Qué puedes ofrecernos para que perdonemos tu insolencia?

Antes de que puedas responder, el enorme habitante del mar hace una seña, y el gyojin caballito de mar se acerca.

- Yo seré quien decida si lo que ofreces nos vale o, si no ofreces nada o no nos parece suficiente, quien decida tu castigo.
Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Miér 5 Sep 2018 - 13:34

En vez de apartarse con los ojos abiertos de terror o levantando las manos en señal de rendición, el gyojin caballito de mar simplemente dobló el final de su probóscide con disgusto. Lo hubiera considerado una señal de mal augurio, pero hacía tiempo que había dejado de creer en la suerte. No, aquel gesto no era un ardid del destino o un recurso poético en un texto narrativo, sino una respuesta a una premonición que venía dada por la experiencia. Aquel muchacho de largos labios que me había ofrecido una solución pacífica a un mínimo coste, conocía muy bien a su capitán.

Anduve por el pecio arrastrando a mi dolorida mascota y vi cómo el resto de la banda empezaba a rodearme. Estaban por todas partes, observándome. Algunos lo hacían desde el agua, otros sentados en algún tablón, o bien depié sobre los trozos del mástil. Todo indicaba que iba a meterme en un puñetero combate ritual con el jefe, que me esperaba en un trozo de cubierta que flotaba a pesar de su aberrante peso. Me detuve al borde de la astillada tarima que iba a abandonar y me acuclillé hacia mi mascota. Desenrosqué mi reo de su cuello y me quité la riñonera para colgársela.

—Considéralo tu collar —le dije con firmeza y frialdad ante la atenta mirada del chico hipocampo que nos seguía—. O tu salvavidas, si lo prefieres.

Esperaba que aquella muchacha pudiera escuchar la verdad de mis palabras a través de los potentes tambores de su dolor. La abandoné allí, nadando por las aguas entre los cadáveres del barco y su tripulación hasta llegar a la plataforma. Coloqué mis reos sobre la superficie y subí a ella a la vez que extendía mi bichero hacia el suelo. No quería pensar lo obvio:  que no podía ganar aquella batalla.

Sobre aquel tablero de dos por tres parecía que se iba a resolver todo. Apreté mi arma tanto o más que mi enemigo con la suya, preparándome para lo que parecía inevitable. Esperé para ver qué tipo de monserga tribal teníamos que hacer como introducción. No es que respetara sus costumbres, es que prefería ahorrarme el romperlas para que luego toda la tripulación me rompiese a mí por blasfemo. El jefe dio un suave golpe sobre la madera demostrándome que su control sobre el tridente—ariete era pleno. Comenzó a hablar, y entretanto me esforcé por pensar alguna manera de la que salir de allí con vida.

Sentí cómo su mirada me aplastaba desde lo alto. Para él no era más que un insecto, una alimaña que se había atrevido a mordisquear su grano. No miré hacia arriba, sino que admiré su anatomía inferior intentando distraerme del terror de no poder escapar.

Las piernas de aquel gigante eran anchas como pilares, y cada una tenía más músculos que mi cuerpo entero. Sus pies eran varos, apuntando hacia afuera para hacer hueco a su curiosa forma de media aleta.  Tenía muy claro que aquel reminiscente de ascendencia cetácea le permitiría ganar un impulso extra al juntar las piernas para formar una cola. Desgraciadamente, aquello apuntaba a que también era más rápido que yo bajo el agua. Subí la vista para continuar mi análisis sin temor a encontrar más clavos en mi ataúd marino. Debía estar preparado. Allí, en el bulto oculto tras unos pantalones de áspera estera, descubrí que tenía más de hombre que de ballena. Los genitales estaban proporcionados a su altura, cosa que lamenté cuando dio un paso hacia delante.

Con su estómago a escasos veinte centímetros de mi cara, y su laxo mandoble casi rozándome el pecho, decidí que era el mejor momento para mirar arriba. Seguí las líneas de su torso intentando encontrar alguna migaja que poder saquear en mi beneficio, pero no había nada que rebañar. Nada: Ninguna cicatriz en su lisa piel sin escamas, ninguna vieja herida, y ni la más mínima protuberancia que golpear para sacar ventaja salvo la que colgaba de su entrepierna. Le miré a la cara.

En su ancho rostro no había más que odio y superioridad. Sus pequeños ojos negros brillaban con la misma fe que trasmitía con sus palabras. Aquel coloso estaba seguro de ser un elegido… No… El elegido. ¿Y qué era yo? No era más que un mortal en medio de su camino. Con suerte, un recordatorio para los que dudaban de su glorioso destino. La religión y el miedo siempre iban de la mano.

Cuando bajó su zarpa sin uñas para agarrarme por el pecho, simplemente le dejé. Me sentía como un pez muerto, y como tal no podía hacer más que dejarme arrastrar por la corriente. Tenso, casi en rigor mortis, fijé la vista al frente según me alzaba con su potente brazo hacia los cielos. Desde allí podía verlo todo, desde el brumoso horizonte en el que se dibujaba la isla hasta las sonrisas de los bucaneros que seguían ciegamente al coloso marino. No me molesté en mirar hacia atrás para ver lo que había dejado, así que miré hacia abajo para aceptar mi destino. Ahí encontré lo que estaba buscando, un hueco por el que sortear las defensas de mi adversario. El espiráculo de Bjor se encontraba en lo más alto de su nuca, peligrosamente cerca del cerebro. Aquel musculoso esfínter era la solución a mis problemas. Bueno, realmente solo a uno.

Sin querer revelar mis intenciones, bajé del todo el rostro pensando qué debía hacer. Cerré los ojos que habían estado demasiado abiertos hace un momento y sentí que la inevitabilidad de mi muerte me revolvía las tripas. Encontrar el punto débil del monstruo no había valido para nada.

Respiré profundamente intentando frenar la bilis que se retorcía en mi interior. Aquel negro ícor iba a salir por un lado o por otro, así que apreté mi sifón para evitar evacuarme encima. La presión hizo el resto, y el líquido subió por mi garganta. Cerré la boca, aguantando aquel amargo y oleoso fluido lo mejor que pude.

Justo cuando iba a vomitarle mi tinta encima al capitán como contestación y distracción a mi primer y último ataque, él habló. Aquel hijo del mar volvió a darme una solución pacífica a todo aquello. Pero,  ¿qué contestarle? ¿Y cómo hacerlo con la boca llena? Sin duda era una opción mejor que acabar con el capitán —si es que conseguía atravesarle el cráneo con la punta del bichero antes de que me aplastara el pecho—, y seguidamente ser asesinado por sus esbirros. Debía decir algo para sobrevivir, y debía hacerlo rápido. ¿Pero qué cojones le iba a contestar a ese fanático? Abrí los ojos y sentí la respuesta cayéndo de mis labios como una negra baba que no podía ser contenida.

—La profecía. —La tinta fluyó lentamente desde mi mandíbula, manchando mi cuerpo y convirtiendo todo cuanto tocaba en el más oscuro de los abismos.

Debía esperar para ver si mi argucia tenía éxito. Tiempo que invertiría en pensar los detalles de aquella farsa.

Me jacté de decir nada más que pudiese salvar mi vida. Si empezaba a parlotear de que también era un soldado digno, un tipo inteligente o un buen masajista y cocinero, podría haberme puesto nervioso. Debía agarrarme a mi mentira con todas mis fuerzas, como una lapa a las rocas en medio de un poderoso tifón.
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Mensaje por Luka Rooney el Jue 13 Sep 2018 - 11:28

Cuando sueltas a la mujer, un par de gyojins se acercan rápidamente y la cogen contra su voluntad antes de que pueda siquiera plantearse la idea de huir. La acercan hasta una de las maderas y la vendan. Parecen tener especial cuidado en ella, y sobre todo, da la impresión de que la quieren con vida.

Tras ello avanzas y, cuando el gyojin gigante te agarra, pareces percatarte de un punto débil del coloso habitante del mar. Su espiráculo luce algo más pequeño que uno “normal”. Al menos uno normal para el tamaño que el gyojin tiene. A pesar de verlo, pronto te hace una pregunta y se sorprende al ver tu reacción. Tanto que durante un momento piensa que lo que sea que has echado por la boca puede ser venenoso. Te lanza contra la madera -sin emplear mucha fuerza- y manda a dos de sus camaradas que te cojan. Cada uno de ellos te agarra de un brazo, y notaras serias dificultades para moverte.

El gyojin de la derecha es un gyojin pez globo, y su tamaño es bastante considerable, en torno a dos metros de alto y un peso de más de ciento cincuenta kilos. No parece llevar armas consigo, y se le ve bastante rudo. Por su parte, el de la izquierda es un gyojin angula, y se le ve serio. Es ligeramente más alto -en torno a los dos metros y treinta centímetros-, y su peso es bastante más ligero que el de su compañero -unos noventa kilos-. No se mueve mucho más de lo necesario ni se le ve muy expresivo. Lleva unos guantes de goma y parece mirar únicamente a su capitán.

Ambos te alejan un poco del gyojin ballena, y éste se sacude el líquido que le ha caído. Te mira fjiamente y tuerce su semblante, dejando ver unas protuberantes venas.

- En mi tierra no nos andamos con tonterías, chico. Di todo lo que sepas acerca de esa profecía, o puede que mis dos hermanos acaben contigo.

Notas un fuerte tirón en ese momento procedente de los dos gyojins que tienes a los lados, intentando meterte presión.

- Ya lo has oído, ¿de qué trata esa profecía? -comenta el gyojin pez globo- Ah, un consejo: Ve directo al grano, no nos gustan los adornos.
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Mensaje por Kaito Takumi el Sáb 15 Sep 2018 - 0:54

La indómita expresión del hombre ballena se resquebrajó tras mi actuación, pero en aquel instante no supe si era por miedo a sacras represalias o más bien por asco. Tampoco tuve mucho tiempo para darle vueltas a aquella duda, ya que me lanzó con su colosal brazo como un trapo al viento. Volé un par de metros y, aunque intenté frenar mi caída estirando mis muchas piernas hacia el suelo, al final tuve que apoyarme en mi brazo libre para que mi cabeza no rebotara contra la madera. Aquel titán era fuerte, demasiado como para considerar aquello un intento de hacerme daño. Solo se libraba de mí, el bicho que le había manchado.

Me volví para encararle y, allí, desde el suelo, pude ver que mi “nueva mascota” había sido atendida por la tripulación. El porqué de aquello se me escapaba, pero no había demasiadas razones por las que debieran mostrar amabilidad con los de su especie después de todo lo sucedido. Quizás

Y mi tren de pensamiento se detuvo de nuevo al verme levantado por dos nuevos esbirros separados del tumulto. A mi derecha, y peligrosamente espinoso, un robusto y sano muchacho con ascendencia pez globo me agarró y alzó por el brazo con una facilidad pasmosa. A mi izquierda, el tacto de la goma húmeda reclamó mi atención antes de que pudiera seguir fijándome en las particularidades del fornido. Ahí, ocupando su puesto como grillete, había un chico de piel bruñida, morro plano, ojos pequeños y boca ancha, el cual parecía tener el rostro paralizado en una inexpresiva e inquietante máscara.  Mirando directo a su patrón, el gyojin serpiforme, cuyos guantes apuntaban a que tenía alguna capacidad bioeléctrica a medio controlar, simplemente esperaba a recibir más órdenes que cumplir. Me alejaron unos pasos de su jefe, y yo me dejé arrastrar por la tarima. Oponerme a ellos no me habría ganado más que pinchazos, calambrazos y otros muchos problemas.

El coloso marino se sacudió la tinta que pudo y, probablemente al ver que quitarla completamente era algo más difícil de lo que parece a primera vista, se puso extremadamente serio. Demasiado como para pararme en aquel impropio “En mi tierra”. La demanda que hizo Bjor entonces no la habría podido contestar al completo antes de quedarme sin inspiración, pero la simplificación que me exigió el muchacho de mi derecha era algo sencillo. Tan sencillo que mientras la decía podía ir pensando los detalles de la historia… Solo había un pequeño problema en todo aquello: que no podía gritarlo a los cuatro vientos para que toda la tripulación la escuchara. Debería limitarme a hablar, o susurrar incluso, para que los ojos atentos de mi alrededor no mellaran mi frágil discurso. “Un profeta con miedo escénico, qué irónico”, me encontré pensando.

—Bueno…— dije segundos después de la aclaración del fornido luchador—. La profecía es la misma que conocen todos los hijos del mar. Ya sabéis…— dije intentando encontrar algún tipo de brillo en los ojos del trío—. ¿No? ¿Nada? Vale –suspiré—. Resumiendo, resumiendo muy mucho: hay un elegido, un profeta —hice un gesto con mi mano señalándome, pero solo me atreví a girarla lo suficiente para apuntar al bichero— y una mujer. Al final, tras que se cumpla la profecía, surge un rey de los océanos y todas las aguas que mandará sobre las criaturas del mar. Luego hay una parte de destierro de los humanos a las islas y eso, porque los océanos son solo para sus hijos y tal… Que también hay dignos y no dignos dentro de nuestra raza, pero eso ya no es resumir.

Chasqueé la lengua y lamenté hacerlo al instante. Escupí al suelo, o más bien a mi pecho, los restos de la amarga bilis que me tintaba los dientes. Aquel as en la manga había demostrado su utilidad, pero era una pesada carga para mi agudo gusto.

—No me miréis así –exhalé tras terminar mi relato sin que me hiciese falta ver sus rostros; yo no era ningún cuentacuentos. Miré al suelo con una triste aceptación.

Si aquello no colaba, y era probable que no lo hiciera, estaría muerto. Y lo peor de todo era que, en aquella situación, no tenía manera de escapar salvo hablando.

—El trabajo de profeta no es fácil —dije mezclando tristeza y furia en mi tono a partes iguales—. No está pagado, tengo ataques cuando me viene la siguiente parte de la profecía y la mayoría me toma por un puto lunático... ¿Creéis que es agradable? ¿Creéis que he elegido mi sino? ¿Creéis que voy a proteger a una humana que ni conozco siquiera de…? Bueno, de una banda de piratas con un capitán tan poderoso que ha roto un barco. De Bjor, Divina Tormenta, que es dos veces yo a lo alto y cuatro a lo ancho —comenté, adulándole y a la vez mostrándome indignado de que me consideraran un loco suicida—. De Los Piratas de la Tormenta… Por favor… —aquella rara súplica tenía dos tazas y media más de desazón, una rama de puro asco y una pizca de orgullo propio—. Soy poderoso, pero ni lo soy tanto ni soy un idiota. –Solté mi bichero, mostrando mi completa rendición—. Solo soy… un muchacho tocado por la oscuridad.

Toda buena mentira debe tener algo de verdad, ¿no? Con un poco de suerte, el resto de la banda, demasiado lejos para escuchar mis palabras, habría visto mi sumisión hacia el enorme cetáceo. Quizás, y solo quizás, aquello fuese suficiente para que al menos me perdonaran la vida. Y, tanto si me creían como si no, ya estaba ocupado en distraerme de la inevitabilidad de mi muerte con los detalles de la profecía.
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Mensaje por Luka Rooney el Lun 24 Sep 2018 - 17:50

El cerco de gyojins se cierra cada vez más al escuchar tus palabras. Si observas el semblante del líder pirata, te darás cuenta de algo que quizá no esperases: Te está escuchando.

El tipo es bastante expresivo, y tuerce el rostro en un par de ocasiones, pero por regla general, parece que la historia le está calando. No así al resto de sus hermanos, que se limitan a cuchichear entre ellos. Alguno incluso te abuchea. Los dos que te sujetan se miran entre sí, y hablan en voz baja también, sin embargo, a estos si que los escuchas.

- ¿Qué dices? -comenta el habitante del mar más delgado- ¿Le crees?
- El chaval está nervioso, pero supongo que será por estar delante de todos. Aún así…
- El jefe le cree, fíjate en su rostro.
- El jefe se cree cualquier cosa medianamente bien narrada, ya lo sabes.
- Sí, pero quizá le deberíamos decir algo…

Entonces, el capitán pirata levanta el brazo derecho, y todos los murmullos cesan al instante. La mayoría de los gyojins hincan la rodilla en señal de sumisión, salvo los que se encuentran cargando humanos -entre ellos los dos que te sujetan-. El silencio, a la par que el gesto del gyojin, duran unos eternos segundos. Y entonces, el hombre-ballena se pronuncia.

- Chico, tú pareces saber más que muchos de los hermanos que me siguen. Pareces haber vivido historias, y puede que incluso tengas muchos más conocimientos de los que haces ver. Pero no me creo que tú seas el elegido. No, alguien que es el elegido no es tan débil, ni muestra sumisión. Si fueras el elegido… No tendrías miedo de morir aquí y ahora. ¿Es lo que quieres? ¿Quieres que te mate para comprobar si realmente eres el elegido?

El tipo hace una pausa mientras mueve su mastodóntica arma con una pasmosa facilidad. La gira empleando un pequeño juego de muñeca y se la pasa de una mano a otra un par de veces. Y entonces, firma su sentencia.

- Pero no… Mis hermanos verán en tí un cobarde. Quizá sea verdad lo que cuentas, o puede que no. Aún así, yo no me lo creo. Pero no importa, lo realmente importante es el valor de contarnos esa historia. Creo que… Creo que ambos podemos beneficiarnos mutuamente.

Bjor se toca tres veces el arma, en unas palmadas consecutivas y bastante llamativas por la delicadeza con las que las ejecuta a pesar de su volumen. Los miembros de la banda pirata estrechan el cerco y se juntan en una columna de hileras frente a su líder.

- Todos sabemos qué vamos a hacer aquí. El nombre de esta mujer es Patrice, y su apellido Norman. Esta mujer es nuestro salvoconducto para entrar en la isla. Klet, trae el dispositivo.

Un gyojin pequeño, con gafas y bastante menudo se acerca a la mujer y le coloca una especie de chip en el brazo. Los dos habitantes del mar que la sujetan, deciden ahondar en el chip e introducirlo poco a poco en la piel. Después vienen los médicos y le realizan algunas curas.

- Esta mujer es habitante de la isla, y nos va a abrir la puerta subterránea. Nos colaremos y masacraremos la ciudad. Y si no lo hace… El dispositivo de Klet la hará estallar en mil pedazos. Y no solo a ella -dice esto último mirando a los ojos de Patrice-, sino a todo el que esté a su alrededor en cien metros. Esta isla será nuestra. Sus pertenencias, serán para nosotros. Sus vidas, nuestras también. Patrice… Tienes dos horas para abrirnos la puerta. Si no lo haces… El dispositivo estallará y entraremos a la fuerza.

Tras las palabras, todo el mundo clama a sus dioses mirando al cielo. Algunos gritan, otros aplauden, algunos más se preparan para la batalla. Mientras tanto, Bjor se acerca a tí.

- Ya sabes mucho más de lo que deberías saber, chico. Ahora dime, ¿vas a participar con nosotros? ¿Qué te podría interesar de nuestra expedición?

El hombre te mira con el semblante serio a la par que fija sus ojos en los tuyos. A juzgar por su rostro, espera una respuesta satisfactoria para él. Aunque quizá haya más vías.
Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Mar 25 Sep 2018 - 13:18

"Espera… ¿qué? ¿Ha colado?", pensé con incredulidad al escuchar las palabras de mis captores. Desgraciadamente, cuando alcé la vista del suelo para asegurarme de aquella verdad de primera mano, el círculo se había estrechado demasiado y el capitán se disponía a dar su discursito.

Mis balbuceos ininteligibles susurrados con cara de tonto no fueron lo suficiente para interrumpirle para aclarar las cosas, y mis muchos y seguidos noes ante la macabra propuesta solo parecían reforzarle la preconcebida idea de mi cobardía y debilidad. Maldije para mis adentros su estupidez y mi “fobia”.

Bjor me dio entonces una nueva oportunidad para unirme a él, que, dadas sus palabras anteriores, probablemente fuese más bien porque no quería arriesgarse a perder la vida de una vía directa con las deidades. Sí que creía en mí, aunque no pudiese aceptar la parte de mi historia que no había entendido. Mientras elaboraba su estrategia como un breve repaso al inmediato plan, y yo no lograba que las palabras ordenadas de mi cabeza saliesen como poco más que “Ehms y Ahms”, fui escuchando y analizando con una mueca de asco y disgusto que cada vez se hacía más grande.

—Qué mierda de plan.

Como hablé sin pensar, y sin preocuparme de los que podrían escucharme, solo me quedó rezar para que el clamor de la multitud fuera tan grande como para haber ahogado mi comentario. Estaba seguro que, mínimo, los dos gyojines que me sujetaban lo habrían oído, pero eso no tenía que ser particularmente malo. O al menos preferí pensar eso.

Cuando el capitán se dirigió hacia mí, sin yo saber si había advertido mi metedura de pata, la tripulación estaba demasiado ocupada en sus gritones preparativos como para escucharme —y por lo tanto para ponerme nervioso—. Era mi turno de palabra, y más me valía aprovecharlo.


—No. A ver, no es que no quiera ayudar, es que estás tirando toda la profecía por tierra —aclaré atropelladamente intentando sonar lo más razonable posible—. Y no tengo ganas de que pase el ciclo de esta, que llegue la siguiente, y otra vez me vaya buscando por el mundo los requisitos de la nueva. No. Pero menos me apetece morir, claro está —aclaré con una mezcla de nerviosismo y seriedad a la que, a mi gusto, le faltaba el apoyo de los movimientos de mis manos.

O lo que no eran las manos. Subí mis dos tentáculos frontales para continuar con mi explicación, ayudándome de estos para aportar una necesaria gesticulación.

—Sigamos. Irónicamente, y probablemente una de las mayores trabas de mis viajes, es que no consigo que la gente me escuche, así que cuando alguien por fin… por fin lo hace —dije enroscando mis reos sobre sí mismos de pura impotencia—, me jode bastante que me haya escuchado mal. Muy mal. —Sonreí un poco, aliviando la presión de mis miembros y luego me señalé con ellos para continuar con las aclaraciones—. Profeta… buscador de verdad, caído en la oscuridad y con el típico bichero señal de los primeros buscadores. Nada de elegido —concreté. Extendí entonces la punta de mis tentáculos, y solo la punta, hacia Patrice—. La mujer… cuyo papel en la profecía no me ha sido revelado aún y espero que pase un tiempo hasta que me dé el siguiente ataque. Y…—giré lentamente mis rejos hacia el cetáceo—. El elegido. El que puede y no puede hacer lo que sus hermanos. Lo que, ahora resulta algo evidente que es por tu ascendencia. Los dioses tienen cierto sentido del humor al escoger un profeta que no puede hablar a la multitud y a un elegido que no puede respirar bajo el agua —añadí reconociendo la amarga ironía ayudado por el desagradable sabor que me empapaba todavía la boca—. Vamos, si hasta llevas un tridente, que, como ya sabréis— dije mirando a los dos hijos del mar que me levantaban—, es el arma de los reyes.

Y, arriesgándome a hacer una estupidez para enmendar otra que había hecho sin querer, daría una última y nerviosa explicación.

—Y ese plan es horrible —dije evitando mirarle directamente mientras hacía entrechocar los vértices de mis apéndices—. Me refiero aparte de renegar de la profecía… Entiéndeme, ya que estoy en una posición mala, muy mala, prefiero decir la verdad. A diferencia de la gente que te teme y prefiere no ganarse un ostión —confesé aprovechando para sembrar la semilla de la discordia—. Aunque pareces un tipo razonable, pareces mucho más… fuerte… y violento. —Llegados a ese punto, y habiendo hablado ya bastante, estaba bastante seguro de que habría más ojos y oídos atentos a nosotros, demasiados. Bajé la cabeza de nuevo, intentando huir de aquella sensación para terminar disculpándome—. Pero no sé cada detalle del plan, y a lo mejor los fallos ya… ehm… pues no están. En plan… en el plan.

¿¡Por qué no puedo dejar de repetir plan?!



OFF: ¿Por qué, en tu situación, haces eso?:

Aunque es muy inteligente para muchas cosas, Kaito tiene esto:

Sin pelos en la lengua: a Kaito el cuesta esconder el desprecio que siente para personas que han hecho mal las cosas, especialmente cuando esto es a propósito. Esto hace que suela ser franco, quizás demasiado, cuando preguntan - y a veces cuando no- su opinión respecto a X tema. Pocas veces da su brazo a torcer en estas cuestiones, ya tendrían que darle buenas razones para ello.

De ahí la queja del plan.

El miedo escénico también esta recogido en el apartado de torpezas, pero ese creo que se ha dado a entender mejor.

Hablar en público: Al joven sireno no le gusta hablar en público, se corta y no sabe a quien dirigirse, así que prefiere no tener que recurrir a esto. Si se hicera un juego de beber a cuantas veces dice "Emm... Ehh..." y similares cuando Kaito habla en público, todo el mundo acabaría borracho.


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Mensaje por Luka Rooney el Jue 4 Oct 2018 - 23:28

El gyojin ballena parece enfurecido tras tu comentario, aunque se ve frenado al ver actuar a sus secuaces. Los dos habitantes del mar que te agarran te pegan un fuerte tirón, uno de ellos te golpea el costado y otro en la boca del estómago. El golpe del costado no te duele en exceso, pero el del estómago te hará estar ligeramente encorvado unos minutos.

- A nuestro líder se le respeta, inútil. Si tienes algo que decirle, mide mejor tus palabras -comenta el más corpulento-. Es el único aviso que te daré.

Tras ello, empieza tu particular show de cagadas continuas. La cara del gyojin ballena da cada vez más miedo. Sus venas empiezan a hincharse y el círculo que hay formado a tu alrededor cada vez se agranda más. Sus camaradas parecen saber qué está a punto de pasar, y se preparan para ello.

Haciendo gala de una paciencia y unos modales -al fin y al cabo te está dejando acabar de hablar- que para nada pegan con su presencia, el capitán pirata espera hasta que dices tu última palabra, y tras ello, se acerca a tí muy lentamente.

- Creo que no he sido lo suficientemente claro, fallo mío. O puede que quizá no me hayas oído bien. En cualquier caso, escucha bien, no lo volveré a repetir. He dicho que vamos a asaltar esa puta ciudad, y es lo que vamos a hacer -comenta a la par que agarra con fuerza su arma y la acerca hacia tí a una velocidad lenta, la misma que usa para moverse y colocarte la parte punzante alrededor del cuello-. Nos has dado una historia, que ya sea real o no, nos ha entretenido demasiado. Ahora vamos a hacer lo que vinimos a hacer desde un principio, ¿está bien? Vosotros dos, atadle de pies y manos, y enviadlo a la celda cuatro.

- La cuatro está ocupada, jefe.
- Pues a la cinco.
- La cinco también.
- Pues a cualquier otra, la que esté libre.
- Está bien.

El gyojin ballena se aleja y agarra a la mujer sin emplear demasiada fuerza. Empieza a hablar con ella y, aunque no llegas a alcanzar su voz, puedes observar en su semblante el miedo que está pasando. Quién sabe si es fruto de su escasa valentía o de lo que impone realmente el hombre-pez. En cualquier caso… Parece que la bala de la profecía ha caído.
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Mensaje por Kaito Takumi el Mar 16 Oct 2018 - 14:15

A causa del terrible golpe en el estómago, me encogí como una ortigilla frita; y de no ser por los mozos que me sostenían, me habría dado de bruces contra el suelo. Durante aquel doloroso momento, y los que le siguieron como un amargo recordatorio, no pude permitirme ni pensar. Las ganas de vomitar, el dolor y la sensación de que todo se iba al traste me tenían atado, inmóvil e impotente…  Escuché a Bjor, y cuando el dolor se diluyó como la tinta sobre las húmedas tablas del pecio y él se dio la vuelta para marcharse, logré sobreponerme al resto de viles emociones que me azotaban.

—Como el elegido desee —susurré, todavía bastante dolorido, con completa resignación y mi mirada clavada entre los tablones rotos.

Una vez el cetáceo se alejase del todo y comenzara su mal planeada incursión, levantaría lentamente la cabeza hacia mis captores esperando a que acataran las órdenes recibidas. Cuando estos se dieran a la vuelta para irnos, o bien avanzaran siguiendo a la comitiva, intentaría coger sutilmente mi arma del suelo y esconderla bajo la larga dimensión de mis tentáculos, arrastrando parte de estos para ocultarla por completo. Que accediera a ser encerrado no quitaba que no quisiese desprenderme de mis pertenencias, pues ya tenía suficiente con que el dinero que se había llevado Patrice consigo acabara como confeti cuando esta inevitablemente explotase.

Debía ser paciente, menos bocazas y aprovechar el encarcelamiento para meditar la siguiente parte del plan. Con un poco de suerte, los guardias no recaerían en mi arma oculta, y si lo hacían al menos esta acabaría en algún almacén de la tripulación en vez de perderse en el mar. Si podría aprovechar a los otros reos que probablemente se habían opuesto al botarate del capitán era algo que aún estaba por verse.

Mientras todo se iba desarrollando, permanecería atento a más detalles que poder explotar mientras afilaba mi más útil herramienta con la ayuda del rencor y la experiencia. Aunque deseaba un justo desquite por el daño a mi cuerpo y bolsillo, tenía que mantener la perspectiva de la situación e ir paso a paso para no olvidar la auténtica meta de aquel viaje: sobrevivir… sacando el máximo beneficio.

Sobre todas estas intrigas, rencores y planes, hubo una idea que se alzó sobre las demás en el corto paseo sobre los restos del naufragio."Qué desperdicio", pensé amargamente sabiendo que nadie aprovecharía la carne de los cadáveres salvo los cangrejos y las gaviotas... y ellos no sabían explotar su verdadero potencial.
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Mensaje por Luka Rooney el Lun 29 Oct 2018 - 15:35

Ambos gyojins siguen sujetándote y se miran mutuamente. Parecen cuchichear en lo que coges el arma. Oyes algo sobre una celda y un tal Rob. Pero tampoco puedes hilar lo que oyes al estar más centrado en recuperar el arma. Parece que no se han dado mucha cuenta, aunque quizá sí que lo han visto pero no les importa.

Los habitantes del mar te hacen nadar y después caminar agarrado por el brazo mientras recorres un camino sin obstáculos. Primero un agua ensangrentada y después un pasillo de madera bien cuidada que lleva hasta la parte más inferior del enorme barco. Durante la parte del agua ves alguna víscera y notas cómo la densidad del agua es altamente superior a lo normal. Mientras que cuando caminas, no tienes problema alguno en disfrutar de la estancia. Puede que sea uno de los pocos momentos que te sientas ligeramente libre. Nótese el ligeramente.

Una vez llegáis a tu destino, el gyojin más obeso abre la celda y te invita a entrar con una seña.

- Vamos, no queremos meterte a la fuerza. Debiste dejarlo cuando pudiste, ahora… Desearás que volvamos. En caso contrario… Bueno, supongo que nosotros recibiremos mejor final que tú.

Si decides entrar, los gyojins cerrarán con llave y se marcharán, en caso contrario te meterán a la fuerza y harán lo mismo.

Una vez dentro, podrás ver una celda relativamente grande, de tres por tres, con un agujero para hacer tus necesidades, sin ventana alguna y cuya luz entra únicamente a través de los barrotes, que por otra parte, no son unos convencionales, sino que los hay horizontales y verticales, dejando cuadraditos de veinte por veinte centímetros. Los gyojins se han llevado la llave, y a través de los barrotes ves un escritorio con lo que parece ser un den den mushi, un espejo a través del cual no consigues divisar nada debido a la escasa luz y, finalmente, un televisor que parece bastante antiguo.

Cuando tus captores se marchan, te dicen desde lo lejos que te harán un favor, dejar la trampilla que comunica las celdas con la cubierta abierta, de tal manera te entrará algo de luz. Parece que te las tendrás que ingeniar para salir de allí si quieres seguir con vida. Puede que si los gyojins tienen éxito en su misión, decidan liberarte como muestra de tu profecía. O quizá sea mucho suponer. Fuera como fuese, escuchas una voz bastante grave al fondo de la sala.

- Vaya vaya… Tenemos compañía, Pwero.
- S-s-s-s-i-i-i-i… E-e-e-s-s-s-o-o-o c-c-c-r-r-r-e-e-e-o-o-o -comenta una voz mucho más aguda y que transmite mucha inseguridad.

Quizá sean tus nuevos amigos.
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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 1 Nov 2018 - 16:22

Parecía que había conseguido armarme sin llamar la atención, ¿pero a qué precio? Tenso y concentrado en que no descubrieran el largo bichero oculto, mis oídos no recogieron ningún detalle más allá de un único nombre: Rob.

Y la pregunta sobre quién era aquel hombre taladraba mi cerebro, hondando en él un peligroso entramado ansioso de datos y detalles. Presintiendo que aquellos hombres no estarían dispuestos a contestar mis dudas con algo que no fueran más puñetazos, permanecí callado, meditando en silencio mi siguiente movimiento mientras cooperaba con mi arresto.

No tardamos mucho en marcharnos del naufragio, casi a la vez que el resto de piratas comenzaba su mal planeada incursión. Los dos hijos del mar que me arrastraban me llevaron por las aguas llenas de escombros y vísceras rumbo al que parecía ser su barco, el cual casi había aparecido por arte de magia en la bruma matinal. Pero las dimensiones del navío y su exquisita manufactura no eran para nada importantes en comparación al extraño cambio del agua de sus proximidades. Allí, el líquido elemento se había vuelto duro, pastoso y difícil de cruzar como si se hubiese gelificado parcialmente con agar. El cómo y el porqué del cambio en el estado natural y físico del mar le arrebató el primer puesto de las inquietantes cuestiones que zumbaban en mi cráneo. De hecho, en mitad del trayecto hasta subir al barco, algo escapó de mis prietos labios.

—¿Pero qué…? —soné extrañado, curioso y, de cierta manera, algo asustado.

Después, los hombres de Bjor me acompañaron pacíficamente hasta las entrañas de su hogar, sugiriéndome que aceptara humildemente mi destino. Sin querer estropear lo que llevaba ya hecho, continué en mi papel como servicial preso y me introduje en la angosta celda recogiendo mis tentáculos detrás de la puerta. Tener tantas y tan largas patas me hubiera hecho ocupar gran parte del espacio si no las hubiera doblado y entrelazado.

—Nunca quise otra cosa —les contesté ante las algo irónicas y ruines palabras que me soltaron como despedida.

Dejando la puerta abierta, y anunciando esto como si fuese un buen regalo, se marcharon finalmente de allí, probablemente para acompañar fielmente a su señor a la guerra que iba a librar. Eran estúpidos, muy estúpidos.

Dándole la espalda a la puerta, y mirando la oscuridad que refugiaba a los que me hablaban, fui sacando el bichero oculto para usarlo a modo de cayado. Había muchas cosas que tenía que considerar antes de abrir la boca, pero por suerte pensaba bastante rápido.

—¿También le habéis dicho a Bjor que su plan era un mojón, o estáis aquí por otra cosa? —dije a modo de presentación a la vez que golpeaba suavemente con mi arma el suelo y mi entorno próximo para hacerme una idea de las dimensiones y características de mi jaula.

Con tan poca luz, y sin saber si la sala estaba acotada al completo por barrotes, o si estos, de haberlos, conectaban con el resto de prisiones, no podía arriesgarme a extender mis húmedos miembros por la estancia. Nunca se debe confiar en las sombras, ni siquiera cuando uno está envuelto en ellas.

—Soy Kaito, profeta de las profundidades —especifiqué revelando lo suficiente para iniciar una verdadera conversación.

No podía arriesgarme a que los Piratas de la Tormenta trajeran consigo una armada buscando venganza, así que debía buscar las respuestas a mis preguntas, y la manera de salir de aquella situación, lo antes posible.
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Mensaje por Luka Rooney el Miér 7 Nov 2018 - 22:42

- Digamos que también nos enfrentamos al amado capitán -comenta el gyojin más seguro con una voz firme y directa justo antes de empezar a reírse-. Así que profeta eh… Pwero, ¿qué sabrá este profeta sobre nosotros y nuestro largo camino? ¿Qué historia vendrá a contarnos?

Un incómodo silencio predomina durante unos instantes, en los cuales puedes percatarte de cómo es la celda en la que estás. Tiene barrotes únicamente en la parte por la que has entrado, mientras que el resto de paredes son muros de gran grosor. Intuyes que el material del que están hechos puede ser cemento, pero no lo llegas a tener claro.

En la celda hay un banco de madera adherido al suelo, un urinario medio roto y una especie de alfombra de gran tamaño que por más que estires jamás despegarás, está firmemente ligada al suelo. Por lo demás, nada que destacar más allá de alguna firma de algún retenido anterior sobre la pared y cierto piquete menor cercano a la pared más cercana a las voces que escuchan.

Tras el incómodo silencio, el ser que te respondió decide seguir su charla.

- Supongo que sabrás a qué ha venido esta gente… No le hacen ningún favor a nuestra raza. Nuestra, ¿verdad? Ningún humano ha entrado aquí desde Rob. Porque claro, no serás Rob, ¿no?

Parece que pese a presentarte, el extraño ser que aguarda en una de las celdas no termina de creerte. Eso o Rob no es un nombre. Puede que sean unas siglas, o un mote, o cualquier otra cosa. En cualquier caso, ¿quién diablos será Rob?
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Mensaje por Kaito Takumi el Vie 9 Nov 2018 - 13:38

El desconocido más confiado reveló la traición a su capitán con cierta sorna, y pensé que quizás así fuese porque muy pocos, los déspotas y cerrados de mente, la hubieran considerado como tal; luego se rio de mi título apreciando lo absurdo del mismo y de la situación. Intentó compartir el chiste con su nervioso compañero, pero este no hizo comentario alguno al respecto.

¿Quiénes eran y cuál era su relación?
Era otra pregunta que debía añadir a la lista. Por suerte, había conseguido hacerle sitio al darle respuesta a otra usando mi bichero como palo de ciego.

Desde luego aquella celda era bastante rara, más aún para estar en un barco, pero sobre todo para ser una celda. La puerta a mi espalda de barrotes en cuadrícula estaba conectada a paredes de una piedra ligeramente porosa que se dejaba arañar por el paso de mi arma, lo que ya había parecido ser aprovechado por otros que habían dejado sus marcas e infructuosos intentos de cavar una salida; en cambio el suelo, de una madera tan robusta y bien trabajada como la que había disfrutado en mi paseo por el barco, tenía un detalle arto atípico en una prisión. Es decir, comprendía el lugar que debían ocupar en una cárcel un incómodo boquete en el suelo que hacía de letrina, un banco pegado al suelo y un urinario destrozado, ¿pero qué tarado interiorista de cárceles incluía una alfombra pegada al suelo? ¿Qué propósito podía tener un lujo decorativo en un lugar destinado al castigo?

—¿Importa eso? —dije empujando mi irónico desdén al despropósito de jaula en la que me habían metido. Luego me moví de la puerta y me oculté en las sombras de la esquina derecha más cercana a la "salida". No me habían visto, no sabía quién ni qué era, y eso equilibraba las cosas… y el garfio de asta terminaba de inclinarlas a mi favor—. Pwero, ¿crees que soy Rob? ¿Y crees que tu compañero me dirá su nombre en algún momento de nuestro breve encierro?

Aquel breve iba acompañado de un sarcástico y algo divertido deje.

Una vez mis palabras diesen algún resultado que me permitiese extraer la información que guardaban tan celosamente, continuaría intercambiando con ellos para que el “trato” fuese justo.

—Que sea profeta no quiere decir que sea adivino, son dos competencias totalmente diferentes –razoné, encontrándole el sentido a mis palabras tras acotar la distinción de ambos “profesionales”—. Pero… puedo contaros mis verdades y Las verdades a un precio justo… las vuestras… Y se paga por adelantado.

A ver si así podía conocerles mejor, y por lo tanto, la situación en la que me encontraba.
Kaito Takumi

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Mensaje por Luka Rooney el Lun 19 Nov 2018 - 22:19

- Yo… Yo creo que no eres Rob -comenta Pwero con su característica desconfianza-. No… no lo tomes a mal. Rob era un tipo… no sé. Un tipo más duro de lo que tú pareces. A juzgar por tu voz, claro. Pero no lo tomes a mal, no es nada personal. Y… su nombre… Su nombre es…
- Pwero, ya -comenta rotundamente su compañero-. No seré yo quien te inste a cumplir las normas, pero sabes que por respeto, ese nombre no se puede pronunciar.

Tras ello, un incómodo silencio de unos segundos te hace escuchar algo. Son unos pasos y provienen de la zona por la que oyes la voz de los dos seres. De repente, un duro golpe sacude el muro de tu celda, y una pequeña nube de polvo inunda la estancia.

- Como podrás ver, no tengo mucho que darte. Han sido semanas intentando tirar este puto muro, y no hay manera. Pero Pwero… Él es distinto. Seguro que tiene algo que ofrecerte, ¿verdad, compañero?
- Sí… Pero… Bueno, vale. Te abriré la celda si hablas tú primero.
- Seguramente no le creas, pero Pwero nunca miente. Él es mi salvoconducto para salir de aquí, y puede que sea el tuyo también. Ahora dime, ¿Qué tienes tú para nosotros?

Justo tras su pregunta, se oyen unas campanas sonar, seguidas de unas bocinas y lo que parecen ser tambores de guerra. Todo llega a un nivel audible, aunque no demasiado alto, y parece provenir de la isla. Parece que la guerra dentro de la isla está a punto de comenzar.

- Yo que tú me daría prisa, chico. En cinco minutos es posible que nos dejes de oir.
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Mensaje por Kaito Takumi el Mar 20 Nov 2018 - 13:15

Aunque las palabras de aquellos hombres no resultaban para nada esclarecedoras, desde luego eran interesantes. Desgraciadamente, el que lo fueran acuciaba mi honda sed por detalles. Lo primero que pude sacar en claro es que aquel par de desconocidos habían hecho un pacto o seguían un extraño código de honor, uno que rondaba alrededor de la figura de ese tal “Rob”, y que, a juzgar por el temblor de la sala, no debía ganarme su odio en un espacio tan cerrado.

Sintiendo cómo se asentaba la suciedad en mi piel aún húmeda, cerré los ojos e hice girar el bichero sobre su eje para ayudarme a pensar. El-que-no-era-Pwero había caminado hasta la pared para propinar el golpe, revelando su naturaleza como bípedo y asegurándome que el fondo de la estancia era tan largo como por el que había entrado. Aquello no era mucho ni algo demasiado importante, pero grano a grano iba recolectando cada pedacito de información que podía cosechar para destejer la telaraña de dudas que me asfixiaba y limitaba.

Seguí escuchándoles en silencio, juzgando sus palabras y timbres, intentando entender las verdaderas voces detrás de lo que decían y que llegaban a mí a través de la oscuridad de la celda. Aquella era la segunda vez que escuchaba esa estrafalaria palabra aquel día. “Salvoconducto” era un término colmado de esperanza, o más bien de desesperación. Tanto Pwero como Patrice eran piezas centrales y claves de planes que no habían trazado ellos mismos. Era normal que estuviesen nerviosos, que tuviesen miedo y que intentaran por todos los medios buscar la manera de salir de aquella terrible situación lo antes posible, ya fuera colaborando en su realización o buscando ayuda en los tentáculos de un desconocido.

—Parece ser que no es la primera vez que abre la puerta, porque dudo que sigas tan fuerte si has estás encerrado durante semanas –le dije al sin nombre—. Conocéis el barco porque ha sido vuestro hogar, sabéis moveros por él, o al menos Pwero sabe, y habéis estado aprovechándoos de esta situación para buscar comida a la espera de una situación en la que podáis marcharos de aquí sin miedo a que el resto de la tripulación os persiga –expuse fríamente las conclusiones que había ido recopilando y razonando—. Si me equivoco, quiere decir que os han alimentado, y dudo que esto sea una propuesta del capitán, pero que tengáis amigos aquí es menos posible dado que entonces os hubieran ido a abrir una vez todos se hubiesen ido. Sí, es más probable que estéis… solos, muy solos –Abrí los ojos a pesar de que aquello era algo inútil en la oscuridad—. Ese tal Rob, aunque al principio pensaba que era un traidor a su especie que había vendido información para atacar a la isla, parece estar de vuestro lado, aunque tampoco es que os quede otra que pensar eso en vuestra situación.

Dejé que aquel mensaje macerara un par de segundos, los suficientes para que sintieran el picor de la costra de dudas que había espolvoreado sobre ellos.

—Por otro lado, la confianza que mostráis al exigirme negociar por acompañaros, o más bien por atravesar la puerta cuando la abráis en vez de darme con ella en la cara, me demuestra que sois un par de idiotas —Tardé unos instantes en paladear la misma mala baba que me había lanzado a aquella celda—. Lo siento, la palabra correcta es… ilusos, mis perdones. ¿Acaso sabéis qué vais a hacer una vez os vayáis? Con toda la gente de la isla buscando a hijos del mar a quien culpar sin juzgar siquiera y en unas aguas tan moviditas como estas…

Me levanté del suelo apoyándome en el bichero para luego propinar un leve golpe con él en el suelo.

—Me preguntáis qué tengo para vosotros, pero siquiera contempláis la tremenda ayuda que puede ser un miembro extra para vuestra… ¿Estrategia? Aunque, si mis conjeturas son ciertas, a eso no se le puede llamar así –Alcé algo el bichero, inclinándolo hacia delante y agarrándolo con mis tentáculos para aprovechar la baja altura de estos para que mis movimientos con él estuviesen menos limitados a la hora de luchar en un entorno cerrado—. Yo os traigo la verdad. La única y descorazonadora verdad fruto de la perspectiva… Y si me dais más información y no sois como vuestro excapitán... podría trazar un mejor plan que seguir.

El comienzo del asalto a la isla llevaba escuchándose desde el inicio de mi largo discursito, y ante la expectativa de que fuesen tan estúpidos como Bjor para desoír mis consejos, debía prepararme para defenderme si pretendían dejarme allí. Como todo ser vivo, esperaba que la lucha no fuese necesaria, aunque debiese estar listo para ella. Permanecí atento, envuelto en la fría oscuridad, la urticante capa de polvo, el ruido de la lejanía y la desagradable sensación de amenaza que conllevaba mi peliaguda situación.

—¿Qué me decís? ¿Compichuelos?
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Mensaje por Luka Rooney el Jue 22 Nov 2018 - 21:47

Tras tus duras y contundentes palabras se hace el silencio. Oyes el agua golpear el barco, cómo la madera chirría, e incluso escuchas alguna gota caer cerca, quizá fruto de la lluvia que está empezando a fraguarse en la zona. Pasan unos segundos que quizá puedan hacerse eternos en tí, y finalmente un ser se digna a aparecer enfrente de tí. Sí, enfrente, justo enfrente.

Y es extraño porque apenas mide veinte centímetros. Su masa corporal brilla por su ausencia, siendo casi todo huesos. Tiene un singular bigote con cuatro pelos contados, y su apariencia te hace pensar que es bastante mayor. Sexagenario incluso. Viste con un pantalón sucio de pana y una chaqueta roja que conjunta bastante mal. Por sus rasgos es bastante difícil saber con claridad qué tipo de ser es.

Se frota las manos y te mira atentamente, como si esperase a que fueras a decir algo. Pero antes de que lo hagas, se digna a hablar.

- Hola… Te preguntarás quién soy... O cómo he llegado hasta aquí... Sí, probablemente eso sea lo que más te preguntes. Empecemos… empecemos por ahí. Oh, no, espera... mejor… mejor vamos a empezar por lo sencillo primero. Soy… Soy Pwero, el de antes, encantado -el extravagante ser te tiende la mano, esperando la tuya-. Soy algo raro, y no solo por mi físico… Sino porque soy un usuario. Comí hace unas semanas una akuma no mi por error… Nuestro jefe… Perdón, exjefe, quería venderla y… Y por eso estoy aquí. Nadie conocía de mis poderes, incluso yo mismo los descubrí hace poco. Puedo… Puedo transformarme en una hormiga por lo que… Supongo que soy un usuario Zoan.

Pwero espera unos segundos, quizá esperando que le digas algo, y tras ello, se lleva la mano al bolsillo de su peculiar chaqueta, en el que rebusca durante un breve instante hasta dar con un objeto que saca con ilusión y una sonrisa. Es una llave. Tras forzajear con la cerradura, consigue introducirla y abrir la puerta. Fuera te espera su compañero, apoyado sobre la pared.

El tipo es el vivo contraste de Pwero, mide entorno a dos metros y medio, con una constitución marcada por sus enormes músculos y un rostro que infunde a sentir temor hacia él. Es claramente un gyojin tiburón, y cuando te observa suelta una carcajada.

- Así que tú eres el tipo que todo lo sabe, eh… Tenemos algo más de dos minutos para salir, te contaré el plan y después me dirás en qué nos equivocamos, oh sabedor del todo -comenta esto último con sorna-. La batalla está empezando… Los guerreros de Bjor son buenos. Bastante buenos diría yo. No sé si serán lo suficiente como para ganar la batalla que están librando, pero si de algo estoy seguro… Es que esa guerra no durará poco, y eso nos beneficia. Estamos en un barco, a saber a cuánta distancia de tierra firme. Nuestra idea era algo tan sencillo como huir nadando. Antes de venir aquí hicimos una parada, y después tardamos… Tres o cuatro horas. Quizá cinco, el tiempo aquí abajo parece no pasar, así que no estoy muy seguro. El caso es que en este barco hay un bote con capacidad para dos pasajeros, y a parte, podemos nadar, somos gyojins. Yo saldría en bote, al menos al principio, y seguro que vemos un barco, una isla o algo cerca. Es más, puede que en este barco tengan algún mapa, al fin y al cabo, algún camino habrán seguido para llegar aquí. ¿Cómo lo ves, chaval?


Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Mar 27 Nov 2018 - 10:53

Mis verdades parecieron arrancarles el aliento, y en aquel silencio se coló el rumor de la tímida lluvia que comenzaba a repiquetear contra el barco. Suave y más bien distante, aquellas gotas marcaban como un metrónomo el paso de un tiempo que fluía como el fango. Espeso, asfixiante y pesado. Así era aquel momento de tensión para mí.

Finalmente, Pwero salió a la luz y se llevó parte de aquella agonía que me hacía apretar el bichero entre mis ventosas. Le miré desde la oscuridad intentando no perder de vista el manto de sombras en el que se ocultaba el otro enemigo. Me pareció débil, no solo por su tamaño y su edad, sino por su falta de convicción y carnes. "Enjuto" se quedaba corto para su cuerpecillo, incluso teniendo en cuenta el desgaste del tiempo y la proporción de su estatura… ¿acaso no había comido? No, no había sentido en lo que me estaba diciendo, y su ignorancia frente a la especie de hormiga de su fruta me mosqueaba todavía más que el no ser capaz de asignarle una ascendencia acuática acorde.

Ignoré su mano extendida a sabiendas de que necesitaría cada uno de mis diez miembros para defenderme del otro preso si las cosas se torcían. Momentos después, vi como abría la puerta y no pude evitar torcer el rostro con un mal presentimiento. Aquel diminuto individuo podría haber cabido por los huecos sin esfuerzo, y eso sin que pareciese que usara su fruta… ¿Por qué no se había ido de allí simplemente? ¿Por qué no había llenado su pequeño estómago visitando la despensa del barco? Algo no iba bien. Nada bien.

Di un paso hacia el haz de luz que se colaba desde la puerta abierta, dispuesto a salir antes que el monstruo que aún permanecía encerrado conmigo. Pero entonces este habló… Desde fuera. Y todo comenzó a cobrar sentido. Un sentido tan incómodo y oscuro que tan solo agravaba la horrible situación en la que me encontraba. Y encima de todo aquel tiburón sin nombre parecía creerse mejor que yo, pero usaría aquel insensato menosprecio en su contra.

Antes de responderle, y para asegurarme de no estar enfrentándome a una triple amenaza, o una cuádruple, dediqué un momento a escuchar las voces de todas las cosas para ver si alguna de estas provenía todavía del interior de la celda. Quizás aquel hombre no había aparecido “mágicamente” afuera, sino que había otro oculto aún en la cárcel con su misma voz y fuerza. Una vez hiciera eso, y con la mueca de desagrado y molestia que se había ido forjando a cada instante de mi encierro y liberación, hablaría.

—¿Pues qué me va a parecer? Una puta mierda, que es lo que es –escupiría tajantemente—. ¿No te das cuenta de que los usuarios de fruta no pueden nadar? ¿Qué vas a hacer, cargar al abuelo todo el rato? Que no es que pese mucho, pero va a ser un coñazo llevarle a cuestas y nadar a la vez… y eso es algo que no puedes permitirte si te persiguen otros hijos del mar.

Habiendo dicho esto con odio, convicción y algo de mala baba –que ahora me venía de perlas— a aquel mostrenco no le quedaría otra que pensar que no debía de ser tan listo. Sí, debía de creer que no había razonado su salida y que me había creído cada palabra que había salido de los cadavéricos labios del anciano. No había lugar a dudas de que no sabría que yo era conocedor de la verdad que tan torpemente había ocultado… Él debía ser el usuario de la fruta.

—En vez de hacer esas estupideces, porque intentar echarse a un bote en estas aguas revueltas no tiene otro nombre, tenemos dos opciones mucho menos estúpidas –Saldría de la celda completamente si no quedaba nadie más dentro de ella, y entonces señalaría lentamente al anciano con mi bichero—. La primera opción menos estúpida sería seguir tu plan y abandonar al anciano a su suerte. Si no puede nadar y ya ha hecho su trabajo de sacarnos de la celda… ¿de qué sirve? No pareces tenerle mucho aprecio tal y como le tratas, o más bien maltratas.

Dejaría apenas un segundo para que ambos rumiaran aquella posibilidad, suficiente tiempo para que el odio, el temor o el asco se hicieran un pequeño hueco en sus corazones. Y luego continuaría para ir introduciendo la ruta que solo alguien maldito por el mar tomaría.

—Pero yo nunca he sido partidario de la violencia –diría con una sonrisa mientras hacía girar el bichero entre mis tentáculos y se lo pasaba a mis miembros superiores, dejándolo finalmente caer sobre mi hombro como un palo de vagabundo—. Y mentiría si dijera que no me sentiría un poco incómodo desperdiciando la vida de un miembro de nuestra raza… somos ya tan poquitos –suspiraría—. Así que la otra opción que nos queda es bastante más… complicada. Mejor, pero… complicada.

Antes de proseguir, y desperdiciando un precioso tiempo para que mi discurso tuviera el resultado que quería, me acercaría al escritorio del calabozo sobre la que reposaban el televisor y el somnoliento caracol. No pude evitar preguntarme cuánto tiempo había pasado desde que aquel pobre molusco había visto la luz del sol. Odiaba a aquellos que olvidaban que aquellas criaturas eran mucho más que simples objetos de los que abusar. Tras arrancarme la humedad de la mano usando mis artes gyojin para que la sal se fuera con ella, intentaría librarle de las conexiones que le ataban al mueble y acariciaría la zona a la que solían anclarse los gorros sinápticos que muchos dejaban siempre conectados sin preocuparse de la salud de aquellas hermosas criaturas.

—El resto del plan te costará tu nombre y la razón por la que estás aquí. Aunque te adelanto que todo comienza porque Pwero te dé la llave a ti y seas tú quien continúe abriendo el resto de celdas. Ahora tenemos algo menos de dos minutos…—comentaría para que se diese prisa.

Incluso sabiendo, o más bien razonando que la mayoría de miembros de la banda se habían unido al asalto por necesidad o necedad, tres no hacíamos nada contra el resto de la tripulación por mucho que supiésemos las rutas por las que se movían -algo que inferí del pequeño marco temporal que había mencionado el fortachón-. Necesitábamos un ejército, uno hambriento, maltrecho y lo suficientemente desesperado como para arriesgar sus vidas llenando el corazón de los que quedasen en el navío de desesperación. Con una figura imponente y salvadora como la del tiburón sin nombre, la sobrepoblación de los calabozos que habían mencionado los subordinados de Bjor antes de decidir mi celda tendrían un mesías al que seguir en la batalla para recuperar su hogar. "Pensar como un hombre de fe tiene sus ventajas…", reconocí paladeando la deliciosa malicia de la manipulación de masas.

—Y tú, anciano, ¿qué eres aparte de un usario de zoan?— diría para reforzar mi mentira y con la intención tachar una duda de la larga lista—. ¿Y qué hace un tío tan viejo con piratas?

A menos que… no fuesen piratas. ¿Y si Los Hijos de la Tormenta no eran más que civiles azuzados por la miseria y el agotamiento de los caladeros a tomar represalias? ¿Y si todo esto era un alzamiento bélico por la lucha de los recursos? Mierda, más preguntas… Debería dejar de pensar tanto.
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Mensaje por Luka Rooney el Mar 18 Dic 2018 - 0:12

Tras tu punzante comentario, puedes observar un gesto que te reconforta en el gyojin tiburón. Su rostro cambia por completo, y se torna algo más incrédulo. Pasa por varias fases, pero todas conducen a una; Durante unos segundos entra en shock. Puede que sea porque le has dado donde más le duele, o quizá solo le sorprenda que hayas tenido el valor de decirle algo tan hiriente sin ningún miramiento.

- Vaya vaya… Pensaba que no tenías pelos en la lengua cuando sentías que no corrías ningún peligro. Pero veo que te da igual todo. Está bien, te escucharemos.

Respecto a las voces, escuchas algunas, fuertes y débiles, intensas y vagas. Pero ninguna proviene de la celda, por lo que puedes descartar que haya alguien allí.

Tus nuevos compañeros escuchan cada palabra que dices, ponen atención en cada gesto que tuerces, cada milímetro que cualquier parte de tu cuerpo se mueve es observado firmemente por la mirada de los dos seres que tienes enfrente. Y cuando mencionas la opción de dejar a Pwero a su suerte… El gyojin tiburón te mira con mal gesto.

- Pwero y yo vamos en el mismo pack. Sí él se queda, yo me quedo.

Sin embargo, tu segundo plan les parece agradar bastante más. El gyojin tiburón empieza a abrir todas las celdas. Algunas están vacías, otras tienen a presos moribundos, pero la mayoría tienen a jóvenes y potenciales luchadores que, sin duda, os pueden ser de ayuda. Entre todos empiezan a abrir celdas y bajan al piso inferior, donde hay más.

Mientras tanto, el anciano te mira a los ojos con una mirada que te costará olvidar. Una mezcla entre nostalgia y serenidad que transmite algo, aunque no sabes qué realmente. ¿Acaso te resulta familiar? ¿O simplemente te da pena?. De cualquier manera, decide contarte algo.

- He sido muchas cosas en mi vida, jóven. ¿Que qué soy ahora? Un viejo cascarrabias, supongo. Aunque tengo experiencia en ello -sonríe levemente y suelta una pequeña carcajada-. Si lo preguntas por saber qué puedes exprimir de mí… Yo seré el nexo de unión entre toda esa gente que vendrá en unos minutos y tú. Debes saber que su vida no ha sido fácil… Y no digo que lo haya sido la tuya. Pero… Verás, chico, veo algo en tí, tienes una firme decisión, y no dudas en expresar tu verdad sin temer las consecuencias. Pero toda esa gente no creerá en tí. No te conocen, no les has demostrado nada, y no dejarán que se lo demuestres ahora. Guíanos en la sombra, y cuando todo esto acabe, la verdad será promulgada. Ayúdanos a salir, y nosotros pelearemos por tí. ¿Qué te parece?

El viejo espera un rato a tu respueta, y algo menos de un minuto después, el gyojin tiburón viene con veintitrés gyojins. Todos de distintos tamaños y edades. Algunos van armados, y otros no, pero la mayoría se arrodillan ante Pwero. Quizá no entiendas por qué.

- Veréis, chicos -comenta el viejo apoyándose en un bastón que uno de los gyojins le da-, no soy yo quien os ha liberado, sino la determinación de este, nuestro hermano. Vamos a trazar un plan, pero mientras tanto… ¿qué os parece si traéis toda la comida que podáis de la bodega?
- Ya han ido a por ella, Pwero. He traído a los que están en condiciones de luchar, hay cuatro más en peores condiciones que vienen de camino, aunque supongo que también pelearán.
- ¿Podrán portar comida?
- Pues... Puede que no.
- Id seis de vosotros a la bodega y traed a vuestros hermanos. También toda la comida que podáis -el viejo se gira y te mira-. Y bien, hermano. ¿Cual es nuestro siguiente movimiento?

Parece que te has ganado la confianza de Pwero, que a su vez parece significar algo más de lo que ves para el resto de los gyojins. Quizá debas pensar bien tu siguiente movimiento, puesto que no te juegas una única vida, sino la de todos los allí presentes.

Recuerda que el mar es oscuro y alberga horrores.
Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 27 Dic 2018 - 16:27

Mis vulgares pero lógicos comentarios acerca de la imbecilidad de su plan crearon en el rostro del tiburón sin nombre un gradiente de emociones que culminaron en una parálisis seca. Pero en aquel buffet de gestos y movimientos faciales hubo un sabor que no pude encontrar: la ira. Prácticamente acababa de llamarle imbécil, pero en vez de pararse y dejarse llevar por aquel deje de desprecio, había logrado entenderme. Era razonable, aunque no muy listo… Y por sus palabras, contrarias a la situación que me habían llevado hasta allí, no creía del todo la razón de mi encierro.

Me pregunté cómo podría matarle si las cosas se torcían. Sabiendo que era un usuario de fruta ahora que me había cerciorado que la celda estaba vacía, y un hombre capaz pero algo falto de sentido, no debía ser demasiado difícil… ¿verdad? Pero su akuma, ya que no creía que ambos reos hubieran tenido la imaginación para asignar otro tipo o animal, planteaba muchos problemas tácticos. No, no le quería como enemigo… aunque eso no cambiaba que mi cerebro siguiese dándole vueltas a cómo podría derrotarle.

Me encogí de hombros ante su negativa de práctico asesinato, y contemplé como el muchacho sin apelativo cumplía mis sugerencias como un buen y fiel peón. Era una verdadera pena que no lo fuese en realidad.

Y cuando el fortachón se fue con los pocos que había sacado de la planta, pude notar cómo los ojos del anciano intentaban sondear en los míos como quien pescaba en un cubo. Su rostro arrugado y amable me hizo recordar a mi maestro y a mi shogun, las dos personas que me habían regalado su confianza, su preocupación, su experiencia… aquellas personas que habían sido para mí más padres que el mío propio, y que, como él, me habían traicionado. Pude sentir como la pequeña sonrisa que se había forjado por el avance de mi plan fue bajando para refugiarse en la tristeza, pero en lugar de llegar a ella viró para acartonarse en una fría mueca que conocía demasiado bien la inevitabilidad de las cosas. Miré al pobre y descalcificado caracol de la mesa.

—Ya sabía todo eso, viejo. No soy estúpido, no lo suficiente como para ver qué me estás diciendo en realidad. Me estás ofreciendo un trato, un resultado… —Entonces le miré a él—. Uno que ya tengo. ¿Acaso no ves que vais a pelear no solo por mi sino por vosotros mismos? Y parece ser que valoras mi ingenio y desparpajo, pero, desgraciadamente, no lo suficiente como para pagarlo –Me incliné hacia él, frotando mis dedos lentamente—. Necesitas mejorar tu oferta, y créeme que soy mucho más escéptico que el tiburoncito. Seguro que le has dicho algo de un tesoro, ya que estaba dispuesto a lanzarse a la mar que lo maldijo sin sopesar huir contigo. Y, como ya he dicho, no te tiene un aprecio emocional… así que debes haberle prometido algo. Algo que probablemente le solucione la vida y que puede que siquiera sea… real— Escuchando los pasos del ejército subiendo la escalera solo le susurré algo más—. Tienes muchos secretos con los que negociar, Pwero, demasiados.

Después de decirle aquello volví a erguirme como si nada hubiese pasado, como si solo hubiésemos esperado en silencio a la tropa que había recolectado el usuario gyojin en su rápido viaje a las entrañas de la embarcación. Eran demasiados como para que me sintiese cómodo hablando, y mucho más en un estrecho y oscuro pasillo de celdas. Fruncí el ceño al ver cómo la gran parte del nuevo ejército hincaba la rodilla en el suelo como venerable saludo al anciano. No entendía qué estaba pasando, pero sí que había vuelto a errar por culpa de mi bocaza.

Permanecí en silencio, sopesando mis opciones y los detalles que había colgado como adornos en la elaborada telaraña de hechos. Era incapaz de encontrarle sentido a aquel caos. Había demasiado huecos entre las partes, huecos importantes que definían un orden y consenso ocultos. Y sin aquellos cruciales puentes, corría el riesgo de caer a un vacío del que no saldría con vida.

—¿Yo? Ehm… Ah, claro, yo –mascullé cuando el viejales me lanzó la responsabilidad delante de todo su séquito—. Pues… Pueeeeessss…— Un extraño sonido manó de mi pecho, un extraño ronquido gutural y suave que repiqueteaba como una carraca. Cerré la boca y tragué saliva para ahogarlo—. Bueno… morir no es una opción. Digo yo. Porque…

Suspiré, incapaz de verbalizar las ideas que cruzaban mi cabeza con el peso de tantas miradas expectantes. Me dirigí a la pared más cercana y trepé al techo, pegándome a este con mis ventosas, y discurrí por el pasillo invertido hasta llegar al otro lado, refugiándome en la más completa oscuridad. Desde allí, intentando reconfortarme en la idea de que no podían verme, intenté explicar la inevitable verdad que nos aguardaba. Hablé dándoles la espalda.

—No podemos ganar. Incluso… si vencemos contra los que vuelvan de la incursión, a estos les persigue un enemigo que solo nos verá como blancos –Respiré hondo y arañé con mi bichero la pared que tenía enfrente intentando concentrarme en el sutil rumor que producía su contacto contra la madera labrada—. Crear un caos en la situación actual, aunque beneficioso a corto plazo, nos mata a largo. Debemos dejar que sigan el plan, esperando a que vuelvan para que los que están aquí pongan en marcha el navío hacia la zona segura a la que seguramente tengan pensado ir después –Hice girar el bichero entre mis dedos, concentrándome en el frescor de su tacto para olvidar—. Sí, sí, sí. Eso es. Todos a las celdas abiertas, ocultos, alimentados y descansados…-siseé-. Esperando al momento apropiado para dar el golpe de gracia.

Exhalé, intentando recuperarme del enorme esfuerzo que acababa de realizar. De no haberme escondido y distraído, no hubiera podido explicar nada. Y de todas formas había aún muchos detalles que no había mencionado, como que sería necesario acordar una señal para el ataque, o que deberían encerrarnos a mí, a Pwero y al tiburón con llave en la misma celda de la que habíamos salido.

—Eso… eso es todo… de momento. Porque bueno, yo… Yo no sé muchas cosas. De aquí del barco –concreté con nerviosismo—. Cosas… bueno, cosas sé. Pero no de aquí. Ehm… Y ya está—concluí mientras volvía mirando al suelo, que era realmente el techo, para colocarme encima de la mesa al otro extremo del pasillo.

Desde allí, dándole la espalda al tumulto, recoloqué con cuidado las conexiones al pobre molusco para que no hubiese rastro alguno de mis actos. Esperaba que el longevo gyojin lo viese y fuese capaz de entender qué pretendía, pero por si no fuese así terminé por darle una última pista al colocarme al lado de la acorazada cámara de la que habíamos salido.

Entonces esperaría, analizando en silencio a cada miembro de la milicia mientras aguardaba al resto que traería la comida. Veintitrés gyojines en condiciones de luchar, de los cuales tenía que ir comprobando su especie y la impresión que me daban al respecto de su orientación en el combate. Al menos, no tenía que hablar, solo mirarles con juicioso interés.

De entre el peculiar banco que se había formado en el pasillo destacaban solo un puñado de individuos como “excepcionales”, pues el resto, incluso los que habían salido a ayudar a sus hermanos, solo estaba conformado por hombres cuya mediocre ascendencia solo tendría relevancia si se fuera a cocinarlos.

El primero y más desgraciado de todos los destacados soldados era un hombre de metro ochenta y unos cuarenta años cuya boca parecía un ano sin dientes. Con la piel cubierta de pequeños bultos sin escamas y unos movimientos lentos y parsimoniosos, pronto me fue claro que el animal que asemejaba era un pepino de mar. Y desgraciadamente por los patrones de color, tan solo un comefango que no era en absoluto venenoso. Era una carga, o, con suerte, un escudo o un sacrificio… Aunque sería una verdadera pena matar a alguien tan interesante.

El siguiente miembro, algo menos inútil que el anterior, era un hombre-guppy, un pequeño individuo de metro cuarenta que de no ser por sus manos palmeadas y su larga cresta multicolor hubiera pasado por un mísero humano. De facciones perfectas y sonrisa sincera, aquel maldito engendro solo nos habría servido de estandarte, y uno demasiado horroroso y vistoso como para sentirme identificado con él. Siguiente.

Un robusto hombre morena machaca—cangrejos, o morena lobo, como dirían aquellos que hablaban como la gente de la superficie, era el primer buen pez depredador que encontraba. De cuello ancho y serpiforme y cabeza redonda de potentes mandíbulas, se le veía un en su salvaje rostro que era un luchador nato por ascendencia y elección. Las cosas iban mejorando.

Siguiéndole de cerca, pude ver a un hombre marrajo de metro sesenta de aspecto nervioso y pies inquietos que, desde luego, parecía exageradamente feliz por su reciente liberación. Su sonrisa, tan ancha como su cabeza, ocupaba los dos tercios de su rostro que no eran nariz. Quizás… ¿Acaso era un tiburón duende? Era difícil determinarlo, como a veces lo era con muchas otras herencias, ya que uno no podía distinguir qué rasgos eran propios del animal y cuales eran simplemente parte del individuo. Debería preguntarle más tarde, pero lo cierto era que la subespecie no importaba demasiado para la situación en la que nos encontrábamos.

El último antes de llegar a los extremadamente interesantes era un individuo cuya ascendencia era rara incluso entre los hijos del mar. El muchacho langosta, aparte de destacar por su esqueleto duro de piel roja, vestía ropas que llamaban la atención con respecto a sus congéneres. Portando una chaqueta violeta con puños de pelusa blanca, pantalones negros, botas amarillas de lluvia y un collar de lingotitos de oro que brillaban tanto como sus pinzas “pulgares” enfundadas en el mismo material, aquel tipo daba la impresión de ser un macarra bastante fuera de lugar. De hecho, aquel maravilloso crustáceo de antenas inquietas había sido uno de los pocos que no habían mostrado tanto respeto a la figura del anciano.
Ey para una imagen chula que encuentro:
[Moderado Kaito] El valor de un gyojin 27780b5552bae302cd74beb0ef4aebb6

Y luego, en la cúspide de los dones que el mar podía otorgar, teníamos a una increíble tríada de nuestro lado. La visión de aquel espectacular trío me hizo pensar que sí podríamos ganar contra el ejército liderado por Bjor. ¿Cómo no íbamos a ganarles con unos ases tan sumamente poderosos?

El primero, un rastafari medusa caja, o avispa de mar, un muchacho lánguido y sereno cuyas peligrosas y semitransparentes rastas de tentáculos le llegaban hasta más allá de la cintura, convirtiéndole en un peligro para cualquiera que osara tocarlas. Aunque no parecía muy fuerte, lo que era probablemente un contrapeso a su extremadamente venenoso don, aquel chico no le hacía falta fuerza para tumbar a cualquiera varias veces más grande que él, por no mencionar el terrible dolor de las laceraciones que dejarían sus millones de microgarfios ocultos.

El segundo, un alto y robusto boxeador gyojin pulpo de anillos azules, era otra maravilla tóxica que constaba con seis brazos poderosos brazos equipados con guantes de coral y cáscara de mejillón capaces de cortar y aplastar al mismo tiempo que el veneno impregnado en la saliva del luchador destrozaba internamente a sus enemigos.

Y, para finalizar, la mejor y más interesante criatura de todas, aquella que podría ganarnos la batalla, si no derrotar a cualquier ser de aquel barco si jugaba bien sus cartas: un pequeño muchacho de unos quince años que había sido bendecido por su genoma y los dioses al ser un vivo ejemplar de un camarón “palmada de fuego”. Si un cangrejo pistola, un camaróncillo de no más de un dedo era capaz de escucharse a más de doscientos metros y destrozar presas veinte veces su tamaño… ¿qué maravillas podría hacer aquel enorme e hinchado brazo izquierdo? En contraste, en desafortunado contraste, el resto de él era bastante normalucho, y su brazo derecho era vulgar y aburrido, con cinco dedos útiles en lugar de pinzas ni protrusiones.

Pensativo, midiendo las fuerzas e intentando buscar dónde había visto un filo metálico entre la multitud de peces de clase baja, hice girar mi bichero una y otra vez buscando soluciones y respuestas que sabía que tendría que labrarme yo mismo. Al cabo de un rato pude ver que solo uno más de la fragmentada milicia que teníamos, además del pulpo, llevaba un arma; un hombre perca rosa y más ágil que fuerte se enfundaba y recolocaba una katana al lado izquierdo de su maltrecho kimono.

Mi mente trabajaba a mil por hora, y mi boca se movía acorde murmullando los trozos de ideas las ideas que mascaba con ansia.

—Pistolas son una buena opción, pero bajo el agua no sirven. Necesitaré vinagre, mucho vinagre para hacer algo, porque la orina solo infecta. ¿Y el crío? El crío es un puto crío, y ya sabemos con qué mano se limpia el culo. Parcialmente útil en aire, pero demasiado ruidoso. Arrancar un cacho de oreja está bien, pero sigue siendo doloroso, no querrá. El tener más no es mejor, pero tener menos siempre es peor… a menos que sea peor lo que se tenga. La comida en la mesa, la luna en el cielo y la sangre en el agua. Las cosas con muchos dientes, las cosas con solo uno y las que no tienen… Los viejos y los que van a ser viejos. Los muertos y los que van a morir. Lo que importa aquí es el cómo y todas las preguntas que le rodean y ocultan…

Tras un rato llegó el resto de la tripulación con comida, siendo los portadores los primeros en devorarla, si no es que venían ya con un trozo en la boca del camino. Los cuatro pobres desgraciados parecían más esqueletos andantes que hijos del mar. Teníamos un ejemplar de morena lobo, gemelo del que estaba en buen estado, un pez besucón, una vulgar sardina y un arenque blanco.  Cuatro tíos inútiles que se habrían llevado más tiempo encerrados allí que nadie… ¿pero porqué? ¿Y porqué el resto estaba mucho mejor? ¿Qué habían hecho aquellos cuatro imbéciles para que su estado fuese tan deplorable? Casi tanto como el del anciano…

Me acuclillé en el suelo, el verdadero, y esperaría a que las cosas continuaran su curso para que pudiera ver de dónde venía aquella extraña y turbia corriente de acontecimientos en la que había sido atrapado, y , más importante, hacia dónde podía dirigirla para llegar a buen puerto.

Nota:
Los gyojines hans ido aleatorizados en tipo, aunque al final he asignado yo a los bichos según el "Top" que les tocaba. Las armas también, que tiene telita que solo 2 tuvieran.
http://www.onepiece-definitiverol.com/t10688p1000-tiradas-random#215616

Pero para qué me voy a quejar sacando 3 bichos God-Tier
Kaito Takumi

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Mensaje por Luka Rooney el Lun 14 Ene 2019 - 14:40

Pwero sonríe ante tu negociación. Escucha y escucha, sin hablar, esperando a que termines. Deja un par de segundos con un íncomodo -al menos para él- silencio, y tras ello se decide a hablar.

- Una vida con secretos vale mucho, amigo. Pero vas un poco mal desencaminado, no he prometido nada aún a nadie, pero no dudes que todos tendrán un premio si todo esto sale bien. Aún es pronto para que sepas qué será, el por qué del premio o cómo os lo daré. Debemos ir paso a paso, compañero. He estado en tu situación más de una vez, y solo puedo darte un consejo: No tengas prisa. Medita, piensa, escucha, y solo entonces, decide.

Cuando los gyojins llegan, notas sus miradas. Se clavan como finas agujas en tu piel, algunos simplemente se muestras escépticos, otros parecen tener ira acumulada, y los menos, les da bastante igual, se sienten temporalmente libres y parece ser suficiente por ahora.

Cuando montas tu particular show para hablar, algunos gyojins dejan de prestarte atención, sobre todo por tu constante titubeo. Pwero les manda callar más de una vez debido al constante susurro que se monta, y cuando acabas, parece decirles algo que no llegas a escuchar. Finalmente, llega el último grupo, con bastante comida para todos.

- Hermano -comenta Pwero acercándose a ti, a la par que te entrega una lata de delicias de algas-, toma. Me parece un buen plan… Pero le veo, al menos, un fallo. Quizá lo tengas en mente, pero por si acaso… ¿Qué crees que los gyojins harán cuando bajen a la despensa y no vean comida? ¿Acaso no será ese un momento crítico? Además… estás dando por sentado que volverán, y aunque es lo más probable… Habrá que tener un plan B. Los humanos tardarán mucho más en volver, quizá deberíamos tener algún vigía arriba.

Pero antes de que acabe de hablar, el gyojin tiburón viene con los tres especímenes que más te han llamado la atención. Le hace una seña de disculpa a Pwero, y éste se aparta y le deja pasar. Cuando está a tu altura, te tiende la mano.

- ¿Miedo escénico? Yo también lo sufro… No importa, no te preocupes. Te quería presentar a los tres guerreros mejor preparados que tenemos. El resto estamos a un nivel más parejo, pero te seremos de ayuda también. No sé qué estrategia estáis diseñando Pwero y tú, pero creo que deberías conocer a estos tres antes de tomar ninguna decisión.

- Mi nombre es Knep, y soy un gyojin avispa de mar. Soy un gran luchador que lideraba la escolta privada de nuestro ex-capitán, hasta que me opuse a poner en peligro a mis hombres por una estúpida misión. Ahí me mandaron aquí… Pero no importa, no el guardo rencor. Os debo más lealtad a Pwero, mi gran amigo, y a tí por liberarme. Acataré las órdenes que estiméis oportunas.
- Yo me llamo Kwerp, y soy un gyojin pulpo, como puedes ver. Soy probablemente el mejor luchador que verás en este barco, y fuí subcapitán de la banda. Me encargué de todos los temas tácticos y militares durante una gran temporada hasta que… Hasta que me autocastigué yendo al calabozo tras haber mancillado mi honor perdiendo en un combate singular. Aquél combate… Aquél combate significó la muerte de diez de mis hermanos. Fueron diez meses de merecido castigo, pero después… Nuestro jefe dijo que no me necesitaba. Y seguí allí meses y meses, hasta hoy. Realmente no sé cuánto tiempo ha pasado. Al igual que Knep, os ayudaré a lidiar con lo que quiera que queráis. Con una única condición, cuando acabe, si todo sale bien, seré libre. He de buscar al hombre que me derrotó. He de buscar a Luka Rooney.
- Yo soy Pnen, y no sé qué hago aquí -comentó el pequeño camarón-. No sé qué estáis tramando, pero no soy alguien que traicione a los suyos.
- Recuerda por qué estás aquí antes de pronunciar esas palabras, Pnen -comenta en un tono bastante serio el gyojin tiburón-. Creo que el motivo es el significado perfecto de traición.
- Me da igual, ¿qué diantres queréis? ¿en serio queréis derrotar a los que hace unos días eran vuestros compañeros? Sois escoria, y merecéis morir.

Sin mediar ninguna palabra más, Pnen se posiciona en tu costado derecho, a escasos diez centímetros de tí, y carga un golpe con su enorme brazo izquierdo. Afortunadamente para tí, Kwerp intercepta el golpe uniendo una gran parte de sus tentáculos.

- No es momento para esto, mocoso -dice justo antes de elevar los tentáculos hasta dejar a Pnen al descubierto-. Si quieres participar o no, nos da igual, pero como oses tocar a uno de los aquí presentes…

Parece que no cuentas con el apoyo de uno de los tres mejores luchadores. Quizá puedes convencerle, o puede que debas deshacerte de él. Aunque deshacerte de un don tan útil… Qué dilema, ¿verdad?

Ah, por cierto. Puede que sea buena idea delegar algunas órdenes en alguno de los allí presentes. A juzgar por la sucesión de explosiones que oyes, la batalla que se está librando en la isla no tardará mucho en acabar.



Luka Rooney

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Mensaje por Kaito Takumi el Miér 16 Ene 2019 - 23:04

Las palabras del anciano eran sabias, y empezaría a aplicar su consejo de inmediato… empezando por él. Si sumábamos el respeto generalizado de los hijos del mar a su persona, la “promesa” de una recompensa si todo salía bien, el que hubiese estado en mi pellejo en contadas ocasiones y el que me resultara extrañamente familiar, solo había un puñado de posibilidades a considerar. Pwero era un general, un famoso y antiguo guerrero o un afamado filántropo y hombre de negocios, alguien importante para las gentes del mar que tuviesen un mínimo de cultura al respecto de su propia historia. Pero claro, como muchacho de mar abierto y arisco ermitaño, no tenía ni pajolera idea de dónde me sonaba, ni tampoco quién era o había sido aquel diminuto señor de veinte centímetros de altura. ¿Y si había encogido con la edad?

Una vez esperé sentado al lado de la puerta de la celda, pude juzgar cuan estúpidos habían sido los recolectores del grupo. Habían cogido demasiada comida, al menos para los que estábamos allí, lo que sin duda llamaría la atención de la tripulación cuando fuesen a abastecerse para celebrar el suyo. Estaba rodeado de idiotas. Todos y cada uno de ellos, quizás a excepción del anciano, no eran más que afilados percebes cuya defensa extra no compensaba las dificultades que me daban al nadar.

Tomé la lata que me ofreció el viejo y repasé sus ingredientes antes de dignarme a abrirla. Me daba en la nariz que usar la palabra “Delicias” era un simple truco publicitario, ya que dudaba que cualquier cosa enlatada estuviese más rica que su versión fresca. Quité la anilla y usé el control que tenía sobre los líquidos para crear dos tentáculos desde mis dedos a partir del caldillo de la salsa. Comí en silencio escuchando las palabras de los mejores soldados de los que disponíamos e ignorando deliberadamente el saludo del tiburón. El encurtido estaba delicioso, una experiencia agridulce que iba muy en consonancia con la situación en la que estaba atrapado. Entonces, el puñetero crío atacó.

Mentiría si dijese que no me moví al ver al camarón pistola cargar su ataque, pero frené mi huida sabiendo que esta era inútil. Aquel muchacho disponía de un don que podría haber matado a todos en el pasillo, si no haber hundido el barco, pero el golpe que propinó a los brazos entrelazados del pulpo fue… irrisorio. Al menos en comparación con lo que creía que iba a ser dada la potencia del animal que representaba y el traslado de esta capacidad a su tamaño. Aquello y su actitud eran más interesantes que el desagradable honor de los dos fieles a la causa que restaban.

—Me cago en la mar, me has hecho tirar lo que me quedaba –dije al notar tras aquel lapsus de terror que la lata y su contenido yacían desparramados en el suelo—. ¿Es que no sabes valorar la comida? Bueno, qué vas a saber tú, con lo poco que has vivido.

Recogí el vacío recipiente del suelo y se lo lancé a Kwerp con intención de que lo cogiera con alguno de sus muchos brazos.

—En primer lugar quiero dejar muy claro que tu trauma no me importa. Que tú hayas renunciado a gran parte de lo que eres, la parte que más nos podría ser útil en este momento, no significa que debamos prescindir de tu don –dictaminé tajante, apreciando, o más bien despreciando, que sólo se considerase un simple pulpo—. Ve escupiendo ahí tu veneno mientras llevas al chico a ver los estragos que sus queriditos compañeros han causado y han tolerado; a ver si eso le abre los ojos –Miré entonces al chico—. Y tú… puta quisquilla inconsciente… Si crees que voy a ser tan benévolo o cruel como los gilipollas que te encerraron aquí tras tu “traición”, fuese cual fuese, estás muy equivocado. Tu vida significa menos para mí que la mía para ti. Y que seas demasiado joven para comprender el verdadero concepto de muerte… no me detendrá. No detendrá a ninguno de los enemigos que enfrentes hoy, independientemente del bando que escojas —Hice girar mi bichero, señalándole con su curvatura—. Te aconsejo que elijas el del bando del hombre que odias e ibas a matar, el cuál es el único que te hablará como el adulto que aún no eres. El único que no te mentirá sobre tu verdadero potencial, Pnen.

Sabía que no era el único que podía ser motivado por una malsana curiosidad, y percibiendo que aquel niño seguía siéndolo, era factible que aquella promesa terminara de empujarle a nuestro lado tras ver de cerca a sus excompañeros más afectados por la ira de Bjorr. Valía la pena intentarlo, incluso si tras mi desconsiderada crudeza me ganaba más de una mirada de desaprobación de los “alfas” de nuestra manada. ¿Quién en su sano juicio le revelaría a un niñato impetuoso que su don tenía mucho más que ofrecer que simple fuerza? Nadie, nadie al que le importara lo más mínimo su educación como persona.

—Ah, Kwerp, si no es molestia me gustaría que pensaras también una estrategia más… bélica. Como exsubcapitán y maestro táctico, sabrás mejor que nadie qué soldados tenemos a nuestra disposición, la conformación del barco, las armas que tiene… ya sabes. ¿Quién mejor que tú para encargarse? Los objetivos principales son poner el barco en marcha para luego ir… diezmando a la tripulación que vaya llegando cargada con los tesoros. Preferiría matarlos, pero me da que vas a optar por alguna opción menos deshonrosa. Ya la discutiremos, si hay tiempo. Chop—chop —terminaría diciéndole con unas palmaditas para que se pusiera en marcha.

Una vez se hubiese alejado lo suficiente, continuaría con el resto de órdenes para llevar el plan, o los posibles planes más bien, a término. Esta vez me dirigí al hombre medusa caja.

—Aunque me encantaría que me explicaras cómo demonios no se le tiene rencor a alguien que te encierra en un calabozo para morir, ya habrá tiempo de ese tipo de dudas después de lo que nos espera. Como antiguo líder de la guardia, quiero que vayas diciéndome los puntos débiles de tu antiguo señor; porque si ese mamotreto necesita de una guardia privada, es que no es tan poderoso como aparenta. Pero no me las digas ahora, ve pensándola mientras te das una vuelta y ordenas a todos los tíos de los que disponemos según nivel de lealtad, ya que tú, a diferencia del pulpo que se ha pasado los diez últimos meses aquí, sabrás más o menos los últimos acontecimientos y las razones por las que están aquí. —Extendí mi brazo hacia la multitud que permanecía inconsciente de nuestras conversaciones privadas para que comenzase su misión.

Cuando se fuera, y no antes, terminaría por hablar con Pwero y aquel despreciable muchacho que, por mucho que quisiese ganarse mi afecto con gestos y “miedos compartidos”, seguía sin nombre.

—A ver, Tibutonto, y te voy a llamar así porque entre que traéis toda la comida sin considerar que fuesen a mirar, que pretendieses lanzarte a la mar para escapar con el viejo después de ya—sabes—qué y que sigas siendo tan puto cabezón como para no decirme tu nombre, pues… —¿Qué iba a decir? Tengo tantas cosas en la cabeza…—. Pues eso. –Me levanté y entré en la celda para recoger con mis tentáculos trozos del inodoro roto que pudiera esconder pegados a mis ventosas—. Tú, yo y el resto del elenco con menos cariño al anciano iremos como vanguardia a saquear el barco, literalmente. Iremos cogiendo todo aquello que pueda sernos útil y diezmando al resto de la tripulación fiel a la “Tormenta” para allanar el camino al resto. Si las cosas salen bien, habremos asegurado parcialmente el barco y esto se hará a tiempo para que este comience a moverse, ya sea por nuestra mano o por los del resto de la “Revolución”. No entiendo de barcos, solo he tenido uno a motor, así que ni pajolera idea de cómo este se mueve; hipotetizo que es usando el extraño agua “densificada” de alrededor para el empuje, pero qué se yo. Tenéis demasiados secretos, y desconociéndolos, el apostar por mí para elaborar cada parte del plan es un fracaso. Por no decir lo de que no tengo don de gentes. Así que Pwero coordinará y planeará el resto del ataque usando su experiencia –Volví afuera y miré al anciano—. Sé que tienes muchas esperanzas puestas en mí y delegas, pero no hay nada más sabio que reconocer lo pequeño e insignificante que eres –Me di cuenta de lo que había dicho tras decirlo—. No hablo con dobles sentidos, ni con ganas de ofender, procedo sin filtro para que mis pensamientos manen y fluyan lo más rápidamente posible. ¿Bien? –No esperé respuesta—. Bien. Una vez tenga lo que he pedido de aquí, nos marcharemos con esta tropa, falange o lo que sea, y dejaremos al resto a su cargo, Pwero… Pero, pero, pero, pero.. –Volví a dirigirme al luchador de mandíbulas puntiagudas—. Pero necesito todas las conservas en vinagre que queden. Ve buscándolas mientras todo va preparándose para que podamos irnos. El tiempo apremia…

Una vez se hubiese ido, y solo al estar “a solas” con el enjuto líder, me agacharía para susurrarle.

—Y si todo sale mal, saldremos de aquí para buscar ayuda. Confío en que me dirá dónde podría encontrar aliados que fuesen a su auxilio, si es que los hay. No creo que tuviese pensado irse con el mozo sin un plan de reserva… Aunque por qué lo defendió diciendo que usted había comido la fruta sigue siendo un misterio. Quizás es él a quien quiere salvar, en vez de a usted mismo –reflexioné—. Tengo demasiadas preguntas, pero no pone interés en contestarlas y tampoco disponemos de tiempo.

Si todos salía según lo mandado y acataban las órdenes, escucharía las palabras de Knep con atención, me llevaría en brazos las latas de veneno y vinagre, y saldría con la tropa dejando que el tiburón y el resto de muchachos actuasen de guía y escudo a la hora de movernos por el navío. No iba a arriesgarme ocupando la vanguardia, sino que permanecería atrás, escondiéndome entre las siluetas de los cuerpos destinados a recibir golpes, cortes y atenciones indeseadas.

Mientras durase el paseo iría utilizaría cuidadosamente la lata de veneno sobre el final del mango de mi bichero y la curvatura no afilada para empaparlos bien de la toxina. Así, una vez consiguiese hacer una herida a un enemigo, me bastaría con rozar estas partes planas para sellar el destino del pobre desgraciado que se viese afectado, sin arriesgarme a que al usarse el arma en mi contra o pincharme de algún modo yo mismo me envenenara. ¿Y el vinagre? Aquel ácido acuoso era tanto un arma sobre la que improvisar técnicas cegadoras del gyojin ninjutsu como un buen desactivador de nematocistos. No me fiaba de aquella medusa en absoluto, y tener algo para anular su veneno era un aspecto clave. ¿Qué hijo del mar no sabe que las picaduras de estos seres se solucionan con ese remedio casero? Desde luego, ninguno que lo sea de verdad… ¿Pero qué van a saber la gente de coral? Ellos ya no saben qué es el océano.


Explicaciones (Frases hechas):

Kaito es un muchacho de "campo" == mar abierto.

Gente de coral == Gente establecida en sitios == Gente de "ciudad"

Los percebes son parásitos, que aunque aportan así como caparazones de calcio afilados, pueden ser un problema para muchas de las criaturas que los llevan (Siguen sienod parásitos y dificultan el movimiento).

Un nematocisto es el orgánulo celular en forma de gancho que contiene la toxinas de las medusas. Soy científico-domador/botánico-cocinero y encima gyojin. Me da a mí que sé estas cosas + talento de inteligencia.

La orina, curiosamente, es un bulo al respecto de las picaduras de medusa. Los ácidos sí que anulan (y el más de estar por casa es el acético) (¡Cocineros al poder!).

"Miedos compartidos" está entre comillas porque no va a aceptar que es un miedo. Quizás un nerviosismo, pero no un "miedo" como tal.

Kaito Takumi

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Mensaje por Luka Rooney el Jue 17 Ene 2019 - 20:15

El niño gyojin te mira con desprecio mientras le reprochas su actitud. Observas a algún gyojin lejano reírse, pero no nubla el silencio que se forma a tu alrededor. El pequeño gyojin decide sentarse apoyando la espalda en la pared, y emite un bufido. Desde allí observa el resto de la escena, sin decir ni hacer nada. Quizá esté reflexionando, aunque no es muy propio de alguien de su edad.

Kwerp, por su parte, recibe tus órdenes y asiente, empieza a moverse y, cuando hablas con el gyojin medusa caja, vuelve a asentir para ir hasta vuestra posición.

- Me parece que nos toca trabajar juntos -le dice sonriendo-. Buena idea, jefe -finaliza dirigiéndose a ti.

Entre los dos empiezan a formar grupos de gyojins, entiendes que en función de la lealtad. Kwerp estudia a cada miembro y le otorga una función. Tras ello, se da un paseo por el barco y empieza a pegar hojas de un periódico olvidado en distintos lugares. Utiliza un cuchillo para dejarlas fijas en la pared. Cuando acaba se acerca a cada miembro y le explica su labor. Cada vez que le miras él responde de igual manera hacia tí, y termina por brindarte siempre una sonrisa.

Sin embargo, el tiburón parece ser tu principal enemigo allí dentro, aunque por una parte te lo has buscado. Cuando empiezas a increparle puedes observar cómo aprieta el puño y te mira con ira. No tarda mucho en dirigir la mirada a Pwero, como si le estuviera pidiendo permiso para atacarte. Se acerca muy lentamente a ti hasta estar a escasos veinte centímetros, y entonces, te agarra el brazo izquierdo.

- Una cosa es ser sincero -comenta apretando ligeramente-. Otra es ser directo -continúa apretándote más-. Y otra muy distinta, ser imbécil -finaliza apretándote con fuerza, creando un dolor intenso en ti,

Pwero observa todo el panorama sin mediar, hasta que observa tu rostro y mira al tiburón.

- Vale, ya está bien. No tenemos tiempo para pelearnos. Si queréis mataros, esperad a que estemos lejos de la amenaza.

Las palabras parecen suavizar al gyojin, que se marcha ofuscado, aunque antes te espeta un “Yo saquearé este barco y después lo pilotaré, tú quédate a organizar lo que tengas que organizar. Me llevo a tres hombres más”. Y, afortunadamente, se lleva a tres de los que están en peor estado.

Pwero, tras vuestro show, te escucha con calma y no se altera con tus palabras. Cuando acabas, coge aire y te mira.

- No hay problema, muchacho. Es de obligado interés conocerse a uno mismo, saber qué y qué no puede hacer, y sobre todo, saber cuándo debe obrar. Me involucraré en la planificación, no te preocupes por ello. Pero antes… No alteres más al gyojin tiburón, por favor. No sabes… No sabes ni quién es ni de qué es capaz. Todo tendrá su respuesta, te lo aseguro, pero el tiempo es nuestro principal rival ahora mismo. Cuando todo esto acabe, contestaré a cada una de las preguntas que quieras hacerme, te lo prometo.

En ese preciso momento Kwerp asoma y te hace una mueca. Se acerca un poco más y, al ver que ya habéis acabado, interviene.

- Quiero compartir el plan con vosotros. Lo primero, hemos decidido pelear aquí, en el barco. Las armas externas de éste, tales como cañones, tienen muy poca munción… Es demasiado escasa, y cargarnos el factor sorpresa por lanzar cuatro cañonazos que no impactarán en ningún lado… Es una tontería. Ah, toma, un den den mushi. Este teléfono es lo más importante que tenemos ahora mismo para nuestra organización. Uno de los gyojins que peor se encontraba se ha ofrecido voluntario para salir al mar y llevar otro. Él nos avisará cuando vengan, y puedes estar seguro de que es de confianza. Es… él es mi hermano -el gyojin hace una pequeña pausa y, tras ella, persigue-. Pero eso no es todo, este es el den den mushi que comunica con la megafonía del barco. Si pulsas la combinación 111, irás al sector 1. Por favor, venid.

Kwerp aligera el paso y os lleva hasta la escalerilla principal que une cubierta y parte inferior.

- Esta es la primera parte que cubriremos, y por lo tanto, el primer escollo que esta gente ha de superar -se acerca hasta ti y te susurra-. He elegido a los hombres menos fieles aquí, pero no te preocupes, yo estaré con ellos, no nos la van a jugar-se aleja ligeramente y vuelve a un tono normal-. Lideraré a este grupo, nos esconderemos detrás de esas traviesas -señala unas maderas cercanas-, y cuando veamos la posibilidad idónea, saldremos e intentaremos masacrar a la mayor cantidad posible de enemigos. Este grupo es de nueve gyojins, y sumándome a mí, seremos un total de diez. Cuando veamos que no podemos más o que nos superan en número, nos retiraremos hasta el sector 2, cuya combinación del den den mushi es 222. Seguidme.

El gyojin vuelve a marcar el paso, y ésta vez os lleva hasta un lugar bastante curioso. Desde la primera zona, se ha de seguir todo recto, dirección las celdas, pero en vez de seguir hasta allí, se gira a la derecha en el primer pasillo. Y entonces, llegáis hasta una sala que parece una de entrenamiento. Si te fijas en ella, tiene todo tipo de utensilios de peso, como mancuernas, balones medicinales, máquinas de levantamiento… Pero todas han sido retiradas y están pegadas a la pared. La sala es grande, de unos cuarenta metros cuadrados, y los espacios están ordenados. Hay más hojas pegadas con cuchillos, y parece que en cada hoja irá un gyojin. Confome entras no ves las hojas, por lo que puede que estén colocadas estratégicamente para que nadie sea visto hasta que no se decida atacar.

- Os voy a enseñar la joya de la corona -comenta a la par que sonríe y señala un utensilio cubierto por una capa negra-. Es el arma que nos debe conducir hasta la victoria.

Kwerp levanta la capa y puedes ver una flamante ballesta de tierra de tres metros de largo por dos de ancho. Su munición está hecha de metal, y se encuentra en el suelo, bien ordenada. Hay ocho arpones, y uno ya está cargado y preparado.

- Éste es Biomgan -comenta señalando a un gyojin pez-tigre-, y será el encargado de disparar el arma. Coméntale lo que me has dicho antes, hermano.
- Vale. Hola a todos. Este arma es muy poderosa, pero también peligrosa. El arpón puede atravesar hasta veinte cuerpos del tirón, y al ser tan grande, produce una muerte segura. No totalmente instantánea si no daña algún órgano vital, pero una muerte rápida al fin y al cabo. La idea es apuntar a la puerta cuando tendamos la emboscada, y aprovechar la confusión para cargar un segundo arpón y realizar un nuevo ataque. El tercero… El tercero no irá directamente hacia ellos, sino que…
- Ya, ya, Biomgan, que eso lo digo yo. Veréis, hemos pensado en dos planes. Llamémoslos A y B. El plan A es lanzar ese arpón allí -señala una gigantesca olla colgada con una unión de cuerdas al techo, justo en la entrada-. Ahora mismo está vacía, pero la llenaremos de todo el aceite de la bodega, estará hirviendo y, cuando caiga, mermará a nuestros rivales. Le queda dos minutos para estar listo.

El gyojin hace una pequeña pausa y procede con el plan B.

- El plan B es más sencillo, apuntar hacia abajo, lanzar un par de arpones y hundir el barco. Lo haremos si los que llegan son los humanos, bajo el agua da igual qué ejército tengan, sucumbirán. ¿Cambiarías algo? Ah, antes, Biomgan, ¿cuánto tardas en cargar el arpón?
- Cinco segundos. Aunque serán entorno a diez cuando tenga que cargar y apuntar en otra dirección, ya sea para ejecutar el plan A o el B.
- Pues eso es todo, señores. Aquí esperaremos el resto de gyojins a la emboscada. Y no será hasta el segundo arpón cuando nos moveremos. Si tenéis que decid algo, decidlo ya.

Kwerp espera vuestra respuesta, y tras dieciocho segundos, suena el den den mushi.

- Estoy en posición, escondido entre restos de basura. Creo que estoy justo en la mitad, entre el barco y la costa. Aquí huele mucho a sangre, y el mar está ligeramente teñido de rojo. He visto dos gyojins muertos, y algún cuerpo humano también… Creo que enseguida vendrán… No sé si unos u otros, pero vendrán, lo presiento. ¿Estáis listos?.
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