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Mensaje por William White el Lun 22 Oct 2018 - 23:15

Hacía ya varios días desde que había que había vuelto de la isla del bambú, con cierto éxito todo se dicho, ahora tenía a una multitud de indígenas talando y tallando maderas de las más exóticas que por su puesto me encargaría de vender a personas con gustos refinados. Pero lo mejor de aquello, es que no tendía que preocuparme por la fidelidad de aquellos aborígenes, ya que su sentido del honor estaba más desarrollado que el de los servicios de cualquier maleante del mar del oeste.

Pero lo que más me sorprendió fue lo que me contó Binks respecto a los cultivos de los aborígenes, ya que sus conocimientos de botánica resultaban como unas dos décadas más avanzados que el de una isla convencional. Por lo que eso, sumado a la abundante flora de la que disponían, me aseguraba un precio bajo en lo que a trueque se refería, porque evidentemente aquellos hombres de tez morena podían no saber el valor de lo que tenían entre manos, pero desde luego no eran estúpidos.

-¿Qué tienes pensado hacer una vez que saldes tus deudas, Binks?- pregunté al biólogo, que tan malos ratos había pasado por culpa de sus problemas de azar.

-No es de tu incumbencia, eso seguro- respondió tajante.

-No seas tan arisco- respondí mientras jugueteaba erizando los cabellos de mi coleta -Después de todo voy a solucionar todos tus problemas, por cierto, no estarás interesado en trabajar en un pequeño invernadero de Goa, creo que necesitan una plaza por cubrir- oferté al demacrado hombre.

-Este mundo no es para mí señor White, y le ruego que deje de meterse en mis asuntos- finalizó tajante.

Lo que no sabía el desgraciado de Binks era de lo equivocado de su afirmación. Todo el mundo podía, incluso hasta un niño de seis años había sido capaz de sobrevivir al peligroso mundo del contrabando, contando siempre con la compañía adecuada, como había sido su caso con el bueno de Shelby.

Caminado un poco con cubierta, habiendo sembrado la duda en el heroinómano, me posé sobre la barandilla de la corveta, La Brahma de Agni, una embarcación de unos 60 metros de eslora bastante ligera. Contaba con un par de velas de color verdacho y un escaso, pero bien aprovechado espacio decorado de una forma modesta. El caso es que la embarcación cumplía su objetivo y probablemente determinaría que hacer con ella una vez que O’Connell terminará sus inacabables campañas en el norte.

Pero los pensamientos sobre el navío no tardaron en evaporarse al igual que los fétidos oleos sobre los que comenzaban a surcar, efectivamente, aquello que asomaba en el horizonte no era otro lugar salvo que Baristan, aquella sería la tercera vez que pisaba los mortíferos y resbaladizos suelos de madera del pecio, aunque por la duración de su anterior estancia casi lo podía considerar como su segunda vez. Al menos esta vez tendría algo más de tiempo con el que disfrutar el lugar que tan extraña sensación de atracción le producía.


Última edición por William White el Miér 26 Jun 2019 - 21:55, editado 2 veces


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Mensaje por Mitch el Miér 19 Jun 2019 - 18:09

Muchos dicen que todos los caminos llevan a Sabaody, pero es una mentira tan grande como que el ser humano es bueno por naturaleza. Sin saber ni cómo ni porqué, acabé en un lugar que muchos llamaban la isla de los barcos, Baristan. Una supuesta isla constituida por una incontable masa de barcos destruidos y desechos que habían formado una masa sólida que podía pisarse perfectamente. En otras palabras, se trataba de un basurero en mitad del mar del sur donde los criminales se reunían. ¿Y qué hacía yo allí? No lo tenía claro. Un contacto, Tony el diabético, me dijo que el librero era la persona a la que tenía que buscar si quería encontrar trabajo bien remunerado.

Y así lo hice. Sin saber muy bien por donde buscar, terminé deambulando por la zona más céntrica de aquel apestoso sitio. El aroma que desprendía era una mezcla de sangre, sudor y excremento de gaviota –o eso quería pensar-, lo que dictaba mucho de la higiene del lugar. Sin embargo, esperaba no estar allí más tiempo del debido, sobre todo por la deficiencia higiénica de ese lugar.

Después de deambular sin rumbo a ninguna parte durante varias horas, la madre naturaleza hizo su llamada y me avisó de que tenía que comer. No me fiaba mucho de los improvisados garitos que había en aquel lugar, pero mi vista se fue para un puesto de fruta aparentemente fresca. Me acerqué y pedí una manzana.

—¿A esto llamas fruta fresca? —inquirí de mala gana, al notar con el tacto de mis dedos que estaba arenosa.

—¿Algún problema con eso? —Un hombre apareció tras el joven vendedor. Iba vestido con un pantalón vaquero roto como dictaban los cánones de modas actuales, una camisa entre abierta y gafas de sol pese a estar atardeciendo—. Estaba bien antes de que la tocaras, te lo puedo asegurar. No es mi problema que tus sucias manos destrocen la rica fruta que aquí vendemos.

Me limité a sonreír a aquel sujeto y lanzarle la manzana a la cara con todas mis fuerzas.

—Pues cométela tú —le dije.
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Mensaje por William White el Jue 27 Jun 2019 - 18:13

El pobre de Binks terminó terminar de amarrar los cabos y echar el ancla del barco, tras lo cual se estiró crujiendo por completo su demacrada espalda. El hombre se limitó a asentir con la cabeza que ya había desplegado la pasarela para descender del navío mientras se introducía en el interior del navío, probablemente dispuesto a disfrutar de ese merecido descanso.

-Descansa, te llamaré por la noche si necesito algo de ti- dijo mientras descendía por la pasarela y veía el gesto de confirmación de mi navegante.

Una vez pisé el puerto comencé a observar los alrededores del puerto, sus calles bulliciosas estaban repletas de puestos, mercaderes, marineros, arponeros y piratas a partes iguales, e incluso algún que otro carterista al que tenía ya fichado. El sonido de las mercancías, el barullo y el tintineo de las numerosos sacos de monedas de las que se adueñaba a su paso siempre había sido algo que le había atraído desde su primera visita. Rápidamente me comencé a deslizar por las callejuelas de Baristan, atravesando los laberínticos callejones que discurrían entre las fabricas que comenzaban a amontonarse una tras otra, emitiendo vapores de lo más variopintos.

Habían pasado ya varios meses desde que había adquirido el Té del viajero junto con aquellos almacenes de mercancías que antes había estados regidos por la Troupe, con eso y las pequeñas expansiones que habían hecho en las últimas semanas su control sobre los negocios de la isla rondaría una decima parte, siendo el mayor proveedor de opio a los distintos fumadores que se repartían por todo el pecio. Teniendo también ciertos beneficios del comercio con materiales exóticos desde mis andanzas en los archipiélagos del bambú y algún que otra reliquia de freelances que trabajaban habitualmente para mí.

Fuera de mi control quedaban los negocios de la prostitución en manos de madame Gao y el contrabando de órganos, el cual se producía en el balneario que había en el centro de la isla y estaban de un sujeto desconocidamente peligroso, aunque había oído de las malas lenguas que se trataba de un príncipe de pelos rubios.

Por mi parte, no tarde mucho más de veinte minutos en introducirme en el té del viajero, no sin asesorarme antes de que nadie me había seguido hasta allí, todo el mundo en Baristan habían oído hablar de William White, pero solo unos pocos sabían mi verdadero aspecto. Tras hacer un gesto a Mick este abrió la puerta y entre en el fumadero el cual incluso tras el cambio de dueño continuaba teniendo esa mezcla de harem islámico entremezclado con un pub irlandés. Para mi fortuna el local estaba hasta arriba, ya que la seguridad encargaba del lugar hacia del local uno de los lugares más seguros de la isla, siempre que estuvieras dispuesto a pagar un precio justo por colocarte.

Situándome en la barra espere como un cliente más a que Tao, los brazos largos que había dejado al cargo del local. El amarillo estaba atendiendo a un par de compatriotas de Wano las cuales parecían señoritas de la Madame.

-Tenel que antelder negocios, sígame, sígame- me susurró Tao, en cuanto consiguió escabullirse de las mujeres.

Sin más dilación, seguí al oriental brazos largos hasta el despacho donde comenzó a explicarme los contratiempos que había tenido desde mi marcha.


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Mensaje por Mitch el Mar 10 Sep 2019 - 20:32

El mundo estaba repleto de héroes cuyos nombres iban a ser recordados por toda la eternidad, y luego estaba Mitch, que después de ver como la vena del tendero se inflaba como uno de esos globos empleados en la globoflexia comenzó a correr de allí como alma que llevaba el diablo. Corrió lo más rápido que pudo, esquivando gente, tirando cajas y enfureciendo a más personas. Al final, un hombre le paró en seco haciéndole la zancadilla, cayendo al suelo de forma estrepitosa.

El tendero llegó hasta él y lo cogió del cuello, levantándolo con fuerza hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo durante un instante.

—Te has metido en un buen lío, chaval —le dijo, lanzándolo con fuerza hacia el hombre que le había impedido huir con éxito—. Dile a Tao que este muchacho pagará mi deuda.

—No sé si aceptará, pero siempre viene bien tener mano de obra—dijo el hombre, antes de golpear a Mitch en la cara y dejarlo inconsciente.

Pasaron un par de horas antes de que despertara. Se encontraba sentado en una silla, con un fuerte dolor en la sien y observado por tres personas. Un hombre con algún tipo de enfermedad física, debido a la longitud de sus brazos, un sujeto de cabellos negros y cara de rancio, y el hombre que le zancadilleó.

—¿Y este brazicorto se supone que vale cien mil berries? —preguntó con tono despectivo—. Dile a Marco que su deuda no qued….

—¿Cien mil? Yo diría que cinco veces más —intervino Mitch, interrumpiendo al hombre de brazos largos—. Solo mi ropa vale doscientos mil berries. Cara, pero no tanto como la tuya. ¿Compras tu ropa en tallas especiales para engendros o te la hacen a medida?
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Mensaje por William White el Miér 18 Sep 2019 - 23:37

-Así que no sabes nada del príncipe- farfullé mientras me preguntaba como era posible que el jefe criminal todavía estuviera completamente en el anonimato. Incluso a mi, con mi gran variedad de identidades y precauciones, me había costado permanecer como una figura misteriosa -Bueno, ya tomaré cartas en el asunto, veré que averiguo respecto a ese puerto que me mencionas- mascullé mientras miraba el reloj, marcaba las doce de la mañana -Una hora, supongo que es más que suficiente- pensé dando por terminada la conversación.

Cuando me disponía a salir del despacho, tras haberme levantado del mullido sofá de piel de color granate y recogido el paraguas apoyado en una de las esquinas de este, un hombre irrumpió en el despacho, se trataba de Mick.

-Menos mal que los encuentro aquí, venid al almacén, hay algo que tengo que enseñarles- solicitó el hombre con un tono a urgencia el cual me sorprendió viniendo de él.

-Está bien- suspiré resignado, mientras volvía a revisar el reloj y lo guardaba en el bolsillo.

Sin mucha dilación salimos del despacho yendo a una de las puertas que había enfrente, y tras bajar unas escaleras llegamos al almacén donde disponíamos del opio, junto con parte de las bebidas alcohólicas que recibíamos de fuera y alguna destilería local. En el centro de la sala, un hombre bajo uno de los focos de luz que intermitentemente iluminaba la figura de un hombre maniatado a la silla sobre la que se encontraba sentado.

El chico rondaría el metro ochenta de complexión atlética, pelo largo y alborotado de color moreno con un particular mechón oscuro en el centro. Pero lo que más le llamó la atención fue la ropa del chico, era como una mezcla entre ropa de corte militar que tan de moda estaba con algunos toques artesanales que tanto recordaba a los ropajes que usaban los brazos largos provenientes de Wano.
Mick nos expuso que aquel chico era el pago que nos ofrecía Marco a cambio de la protección de su puesto y la mercancía del mes pasado. Cuando Tao rechazó al joven como pago, con esa forma de hablar tan peculiarmente suya el chico despertó. Fue entonces cuando este alzó la mirada para después alardear de que realmente valía mucho más de lo que se había mencionado con anterioridad, para finalizar con un insulto hacia el oriental.

-Sela posible…- balbuceo Tao el cual no lograba salir de su asombro, mientras comenzaba ha hacer un ademan de ir a golpear al joven.

-Espera un segundo- dije con un tono tranquilo -Tienes agallas, dime tu nombre- pregunté inquisitivo mientras fijaba mi mirada hueca en la suya. Tras escuchar lo que tuviera que decir me movería a su derecha, a unos metros de él, donde se encontraba un par de espadas, unas katanas para ser exactos, la cual asumía que se pertenecía al somnoliento maniatado.

-¿Estas son tuyas?- le preguntaría mientras examinaba la primera un arma de aspecto normalucho con una vaina rojiza bastante austera de manufactura pobre, lo cual la hacía más pesada, no había nada destacable en el arma salvo el kanji que tenía grabado en la hoja que rezaba “disciplina” -A esta hace bastante que no la afilas, en cambio... -prosiguió mientras pasaba a la segunda, un arma con una vaina de color lila y grabados florares que denotaban una mayor calidad, al igual que la primera la hoja estaba poco cuidada aunque tenía un exótico tono morado que la hacía más llamativa -…esta tiene algo particular- continuó  tras notar un tenue olor a loto que desprendía, advirtiéndome de que el hombre seguramente envenenara sus armas -Curioso, es poco habitual ver un usuario de duales por aquí- finalizó mientras enfundaba la pequeña sección que había desenfundado al examinar la segunda arma -¿A qué te dedicas?- terminaría preguntando mientras volvía a posar su mirada en el joven esperando una respuesta.

Y por su bien, más le valía no vacilar, de lo contrario el tampoco vacilaría a la hora de decapitarlo. Sin duda, el sentido del humor no era uno de los fuertes de White.


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Mensaje por Mitch el Vie 20 Sep 2019 - 0:18

Al engendro de brazos largos pareció molestarle la pequeña broma de mal gusto de Mitch, pero eso era lo que él buscaba. Ver como esa cara de tonalidad amarillenta iba tornándose cada vez de un naranja más oscuro, junto al intento de abrir los ojos de par en par, que se quedó solamente en eso, en un intento, hizo que el humilde criminal mostrara una sonrisa de satisfacción que no iba a borrar por nada del mundo. Le habrían dado un buen golpe en la cara si el otro hombre no hubiera intervenido.

—Se puede decir que sí, que son mías —le respondió a la primera pregunta. Mitch siempre se llevaba algún regalo de sus trabajos. Si robaba se quedaba un porcentaje del botín, si tenía que matar a alguien se quedaba algún objeto de valor o alguna de sus armas. Él era así, y nadie iba a cambiarlo—. Se puede decir que soy un hombre de mundo —comentó, girando un poco la cara para evitar el haz de luz—, que intenta ganarse la vida honradamente mediante la sustracción de objetos de lujo y la gestión de residuos. Dependiendo del comprador mis servicios son mejores o peores. A más guita, mejor trabajo. Simple y sencillo.

Mientras estaba hablando, movió sus manos para intentar alcanzar y coger parte de la cuerda que le tenía maniatado, pero fue imposible. De haberlo conseguido habría usado la capacidad de su guante derecho para quemarla e intentar salir de allí. La idea era sencilla, al menos en teoría, quemar la cuerda, saltar el muro de atrás para romper la silla, desenfundar alguna de sus armas y, tras hacer el amago de atacar, salir por la ventana de cristal que había en el lugar. Un plan perfecto, pero le faltaba flexibilidad.

—¿Y tú eres…? —preguntó Mitch, intentando alargar todo lo posible esa situación.

y de pronto, alguien comezó a gritar en alguna parte del lugar en el que se encontraba. Era una voz grave e iracunda, pero no lograba entender que diantres estaba diciendo. El sujeto que me había llevado allí salió a ver que ocurría, pero un minuto después se encontraba atravesando la pared inconsciente.

—Otla vez uno de los hombles de los Hong —dijo Tao—. Voy a tenel que dalle su melesido.

"Mierda, los Hong. ¿Acaso me han encontrado?" —se dijo Mitch, rezando por que no le vieran allí atado.
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