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Mensaje por Kaito Takumi el Sáb 2 Feb 2019 - 13:41

Por primera vez en su vida, Kaito había encontrado un lugar más lamentable que la barca en la que había comenzado su viaje. Baristán era una sucia trampa que había crecido alimentándose de los navíos que chocaban contra sus afilados dientes. Los pilares subacuáticos que nacían del fondo del mar se alzaban sobre las aguas, creando peligrosas corrientes que convertían aquel pseudoarchipiélago en un sumidero de basura y pecios que crecía como un coral vivo con el paso de los años. Y la labor del ser humano no hacía sino aumentar su tamaño, su peligrosidad y su toxicidad. Bajo el agua no quedaba nada vivo, o al menos nada que el ningyo pudiese ver desde tan lejos.

—¡Joder,joder,joder! —dijo alejándose aún más al notar el inconfundible olor de una corriente cáustica que se le acercaba. Saltó del agua, pegándose al costado de uno de los navíos que llegaba a la isla, sacudiéndose la peligrosa humedad de sí—. Por poco, muy poco…

Tenía muy claro que este viaje tendría que hacerlo a pie, pues no iba a arriesgarse a perder ninguno de sus sentidos en aquel vertedero subacuático. Se sacudió una vez más, echándose la capucha para ocultar su rostro y figura de los botarates que habían decidido convertir aquel venenoso compendio de fábricas y barcos a medio hundir en su hogar.

El pelirrojo comprobó el contenido de su riñonera escondida bajo la negra tela, repasando con los dedos las sutiles formas de las monedas y los billetes perfectamente organizados. Se preguntó si tenía suficiente para un bien tan esencial y seguramente tan sumamente escaso, pero no tenía más opción que desprenderse de sus berries por necesidad. Encontrar agua era algo imperativo, pero aunque lo fuera no iba a pagar el abusivo precio de los locales de la costa, acostumbrados a aprovecharse de la sed de los cansados visitantes. Así, se internó en Baristán saltando sigilosamente de plataforma en plataforma con mucho cuidado de no tocar ni respirar los oscuros charcos que salpicaban su astillada superficie.

Pero en medio de aquella importante búsqueda encontró una distracción mucho más efectiva que las prostitutas, los desvalijados borrachos y los cadáveres acuchillados de los drogadictos. Una rata. Un roedor gris despeinado que andaba ocupado en mordisquear los ojos del pobre desgraciado que hacía un par de horas vivía con más dinero que sentido común.

Enganchado desde uno de los mástiles que servían como contrafuerte a los improvisados edificios de la ciudad, Kaito continuó observando al animalillo dudando del instinto que le había hecho detenerse. Creía haber visto algo raro en aquella alimaña, pero por mucho que seguía observándola desde lo alto, no terminaba de determinar qué era. Por supuesto, razonó que era interesante que algo además de la plaga humana prosperase allí, pero estaba seguro que eso no era lo que le había impedido continuar. Bajó con cuidado y lo más sigilosamente que pudo para comprobar si un cambio de perspectiva le daría aquella deliciosa respuesta.

Desde el suelo vio que aquella bestia no era una rata gris común, sino alguna subespecie endémica de algo muy diferente. El cuadrúpedo disponía de una articulación más en sus patas convenientemente acompañadas por una extensión de sus extremidades que aumentaba considerablemente la altura de su cruz, y sus pies y manos de largos dedos tenían grandes membranas que unían los dedos entre sí, asemejándose más a garras propias de una tortuga acuática o de un gyojin demasiado feral que a las de un mamífero. La boca de aquella horrible bestia estaba desplazada, convirtiendo sus largos y afilados incisivos en una práctica cuña con la que picoteaba la cuenca del cadáver, hundiéndola hasta el fondo para beber sus líquidos y mordisquear los deshilachados restos de sus destrozados orbes oculares. La cola, que en un principio había creído cortada por algún accidente o enfrentamiento, realmente era un vestigio corto e inútil que la evolución aún no había borrado de su código genético.

—Fascinante —dijo Kaito con la garganta seca, provocando que el animal le mirase con una precavida agresividad.

El ser bufó antes de marcharse desplazándose con un extraño galope hacia los huecos de las estructuras con una sorprendente agilidad. El pelirrojo sonrió tras aquello; al fin sabía que lo que había percibido por el rabillo del ojo, y lo que le había hecho detenerse, había sido aquella curiosa forma de desplazarse. Baristán le ofrecía un nuevo y complejo bioma que estudiar. “Pero antes necesito encontrar un lugar desde el que hacerlo. Uno donde pueda beber” pensó, y notó que incluso en su mente su voz resonaba ajada y deseosa de un largo trago.

Entró al primer bar que le costó encontrar, pues a menos gente supiera de su presencia allí, más libertad tendría para hacer lo que le placiese. uno situado al fondo de uno de los sectores más verticales que aprovechaba la inexplicable resistencia de las bartoñas para continuar construyendo. Bajó las escaleras al garito para encontrarse a un fornido segurata con cara de sueño y pocos humos controlando el acceso al local.

—¿Armas? —gruñó, haciendo el esfuerzo de levantarse.

Sin querer alargar su deseado encuentro con el líquido elemento, Kaito se quitó la capa, la dobló y sacudió para mostrar que no llevaba nada oculto allí y le hizo entrega de su bichero. También golpeó la riñonera que llevaba cruzada al pecho, haciendo sonar el poco dinero que había traído para aquella incursión. Aun así, aquel mamotreto no le dejó pasar hasta que se cercioró personalmente de que no ocultaba nada en sus muchas piernas. Finalmente le abrió la puerta con cara de asco mientras intentaba secarse las manos manchadas de la mucosa de los tentáculos.

El humo de segunda mano cosquilleó la nariz del ningyo en su apresurado paso hasta la barra. Respiró hondo al llegar allí, aclarándose la garganta para no dejar ver su clara desventaja en la transacción.

—¿A cuánto tiene el agua?
Kaito Takumi

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Mensaje por William White el Sáb 6 Jul 2019 - 19:36

No había pasado ni una semana desde que había llegado a Baristan y ya me había agenciado el negocio de otro par de jefes de la isla, ya tan solo quedaban figuras importantes como “Madame Gao”, a cargo de la prostitución de la isla, y ese misterioso “Príncipe Encantador” dirigiendo el tráfico de órganos. Yo por mi parte, me había agenciado los negocios del opio y el contrabando de una forma casi mayoritaria. La isla se había convertido en el núcleo logístico de mis negocios del este, convirtiendo al pecio en un lugar casi inexpugnable.

-Nos hemos hecho con el control absoluto de los muelles del tres al siete, así que podemos iniciar el proyecto de los DD cuando así lo consideré- presentó Binks, mi timonel de confianza el cual me informaba diariamente del funcionamiento de mis adquisiciones más antiguas, así como velaba por su correcto funcionamiento.

El antiguo heroinómano continuaba teniendo bastante manejo en estadística productos de sus años como jugador de póker en un pasado que poco importaba en este momento. El hombre dejó los documentos sobre la mesa y se sentó en la silla de invitados.

-No pongas nada en funcionamiento, pero llama a O’Connell y dile que vaya buscando rastros de donde podríamos encontrar piezas, así como un presupuesto- resolví mientras daba un sorbo a la taza de té -Quiero que en cuanto eso, solo hagan falta un par de llamadas para comenzar a traer el material que los expertos consideren necesarios- proseguí interrumpiendo para dar otro sorbo y finiquitar la taza -Supongo que ha quedado claro, ¿No?- pregunté al hombre el cual asintió -Bien, termina de hacer las cuentas y realiza una transferencia del treinta por cierto al este, a la sucursal de Goa- dije mientras me levantaba, me dolía le culo de estar tanto tiempo sentado.

Saliendo del despacho me dispuse a hablar con le encargado del local para dar cuenta del servicio, cuando para mi sorpresa, me crucé con él a las puertas del despacho con un semblante lleno de preocupación.

-Creo que hay un infiltradoh, un maline señol- dijo el asustadizo brazos largos -Ese, ese de ahí, pedil agua- dijo el hombre señalando discretamente a un gyojin.

-Yo me encargo- finalicé mientras me acercaba a la barra como si de un camarero más se tratará.

Tras deslizarme al otro lado, me acerqué al pulpo. El chico tendría algunos años más que yo, me llamó la atención el pelo rojo y el pañuelo en su cabeza, si bien los de su raza no le resultaban muy agradables, este parecía más humanos de los que había visto hasta ahora recordándole en cierta forma a un sireno.

-Perdoné usted la tardanza, lamento informarle de que el agua pura es un bien muy codiciado en esta isla y que lo reservamos para nuestros mejores tés de hierbas- arranqué a hablar, con un tono suave y metódico -Le recomiendo el té negro, es mi preferido – proseguí animando al hombre a realizar una consumición.

No tardaría mucho en saber si era un soldado en horas de trabajo o un simple abstemio perdido de la mano de dios.
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Mensaje por Kaito Takumi el Dom 7 Jul 2019 - 20:42

Pero la parodia de hombre a la que Kaito había pedido el agua se escurrió de la barra con un nasal “Peldone un segundo”. Observando el local con gesto cansado y la garganta seca, el ningyo arrugó la nariz molesta por el sinuoso humo de segunda mano que se paseaba a sus anchas por la estancia.

Mirando al nuevo camarero con curiosidad no pudo evitar preguntarse si el tipejo anterior tenía algo en contra de los de su raza. Había escuchado muchos insultos, vejaciones y comentarios de mal gusto a lo largo de su vida, pero poco podían importarle si no venían respaldados de una amenaza real.

—Pues qué mierda...—mascó con la boca pastosa—. Pues nada, si me puede poner el agua fría por separado y el té aparte, mejor. El sabor del agua depende demasiado de su temperatura.

Kaito se rascó la cara mirando por encima y detrás del muchacho intentando encontrar algo de interés en las botellas a medio llenar. Había unos cuantos licores de interés, pero nada desde luego tan llamativo como el brillante licor de ninfa que había aprendido a destilar. Una vez hubo examinado las botellas el pequeño cartel escrito a mano le hizo girar la cabeza.

—¿Buscan personal? ¿De qué clase?—Entrecerró los ojos con tanta o más sospecha con la que le había recibido el étnico camarero que se había fugado de la escena. Pocas eran las precauciones que debía tomar estando desarmado en un fumadero de opio, pero evitar hacer preguntas nunca había sido su fuerte.
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Mensaje por William White el Lun 8 Jul 2019 - 18:39

El hombre respondió soltando un comentario soez, tras lo cual, pues realizó un pedido algo extraño, pero mientras pagará el producto integro del mismo poco le importaba como lo consumiera. Si realmente el hombre era un espía, no entendía las bases de su oficio.

-Que soso - bromeé mientras me marchaba a preparar el pedido.

Tomé un vaso de tubo y le eché dos cubitos de hielo, lo llené de agua y le puse una rodaja de limón para el sabor, no quería que la gente se pensará que en su local se servían vasos de agua o la gente lo tomaría por tonto, como a aquel cazarrecompensas que lo mataron en un tugurio de Arabasta por pedir un café.

-Pues la verdad creo que quieren a alguien para el almacén- respondió al pulpo, recordando como había dado buena cuenta del personal anterior -Pero la verdad es que no se que querrá el jefe- mintió, teniendo en mente la advertencia del paranoico de Ling - Si quiere puede preguntarle más tarde, si me disculpa- prosiguió mientras le servía la bebida.

Tras servirle fui a atender a otro cliente, y a otro, atendiendo a cualquiera que me alzaba un gesto o una voz, retomando ritmo poco a poco, después de todo no era la primera vez que servía copas.

Entre copa y copa, me paré a observar el gran movimiento de gente que había en el fumadero, en la parte de los puff y cojines de corte arábigo había al menos una treintena de personas, de las cuales tan solo cinco o seis fumaban con cierta moderación, otras veinte si sumaba a los que había terminado de perder la noción tumbados en aquellas hamacas, experimentando aquellos viajes oníricos por los que eran tan demandados. Por otro lado, en la zona más estilo pub del local consiguió distinguir a tres clientes situados en la barra. Jack Tomyson, un capitán de un ballenero que solía pasar por la isla una vez cada dos meses para aprovisionarse antes de visitar el techo del mundo; Caroline Crusoe, una mercenaria con cierto renombre; y Lee Hock un cliente habitual que solía venir a encargar ciertas mercancías esotéricas.

-Me preguntó que estará pasando para que esos tres coincidan hoy aquí- pensé para mis adentros tratando de recordar algún rumor mientras continuaba el anormal y frenético ritmo del local.


Última edición por William White el Sáb 13 Jul 2019 - 17:11, editado 1 vez
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Mensaje por Kaito Takumi el Miér 10 Jul 2019 - 17:02

Complacido por el detalle de modificar su comanda a algo más refrescante, Kaito sonrió bebiendo poco a poco calmando su sed. La idea de trabajar como mozo de almacenes no le desagradaba, y de hecho le daba la oportunidad de hacer sus estudios sobre las plagas que, de seguro, acabarían intentando colarse. Deseaba conocer mejor a las ratas de Baristán, y era más que probable que acabase haciendo amistad con otro tipo de ratas si se quedaba por allí.

—“Pos” claro—respondió el ningyo viendo cómo el muchacho cumplía su función con una metódica eficiencia.

Le pareció muy acostumbrado a aquellas funciones que muchos catalogaban de superfluas, y deseando enterarse de primera mano sobre cómo funcionaba un fumadero, le siguió dando silenciosos traguitos por el camino.

El local era bastante grande, y a pesar de no haber una zona distinguida para no fumadores, estaba dividido para presentar distintas comodidades a sus variopintos clientes. Por un lado estaban las cachimbas, compartidas o propias, en secciones delimitadas con gruesas cortinas de satén que separaban y daban una mínima intimidad separando a los desagradables grupos de chupaboquillas de los más distinguidos conocedores de opio. Luego estaba una parte, sin duda mucho menos popular, acomodada como un pequeño bar con bastantes huecos entre mesa y mesa.
“Para evitar tropiezos de los fumados estos”, pensó el ningyo descontento por la ausencia de ofrecimiento de tentempiés. Había encontrado muchos sitios así, que tenían más de bebedero que de taberna o de bar. Se decidió a masticar el trozo de limón haciendo muecas por la acidez.

—Pues sí que es popular esto. ¿En Baristán no hay ley, no? Porque una cosa es sitios de dudosa legalidad y otra encontrar cadáveres por la calle, charcos de químicos…—Su expresión se distorsionó por el limón—. Vamos, que lo que se dice segura, segura, no es… ¿Alguna facción o clanes de los que deba saber? Porque si voy a estar por aquí hasta que venga el jefe mejor no pifiarla con alguna imprudencia.

Le gustaban decir las cosas de manera simple y directa, así todo solía ser más fácil.
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Mensaje por William White el Sáb 13 Jul 2019 - 14:16

La criatura del mar se pegó a mi como una lapa, llegando a incomodarme en un par de ocasiones cuando tenía que realizar un giro para volver a la barra o para encarar una mesa. Aunque lo peor no era eso, sino la incesante cantidad de preguntas que el hombre me comenzaba a hacer ¿Cuidarse las espaldas? ¿Clanes o jefes? Por supuesto que lo sabía, ya tenía localizados a casi todos los jefes y capos del pecio, pero aquella información valía millones y no se la iba a soltar al primer parroquiano que pasará por ahí.

El problema fue que las palabras del gyojin no pasaron desapercibidas, algunos de los presentes ya se habían llevado las manos al interior de sus bolsillos, por lo demás, el flujo de personas continuaba pasando al interior del local sin ningún tipo de control, algo raro pasaba.

-Como consejo, si deseas trabajar aquí- dije haciendo una pausa algo dramática -Deja de cuestionarte las cosas, y sobre todo de hacer preguntas-proseguí con un tono más severo -Lo único que importa es cuando y cuanto te pagan- finalicé tajante.

Dicho eso me pusé al otro lado de la barra, entrando en el almacén, si por algún casual al sujeto del mar se le ocurría continuar pegado a mí, le señalaría de forma muy educada el cartelito de “solo personal” de la puerta que estaba a punto de atravesar. Una vez transcurrido el umbral, avanzaría unos metros para descolgar el teléfono del local, uno de los terminales Ubuntu que había adquirido recientemente.

-Binks, recoge todo el material poco importante en la caja fuerte, el resto tómalo y utiliza el corredor- dije mientras sacaba un revolver de la parte posterior de su pantalón -Y ve armado- sugerí mientras comenzaba a cargar el revolver tras colgar el terminal.

Acto seguido llamé a Ling para que cerrará la puerta principal del local tras salir del mismo, sin dejar entrar a ni un hombre más. Guardándome el revolver en el mismo sitio de donde lo había sacado, y acomodándolo todo de nuevo, volvió al interior del local cargando una caja de bebidas alcohólicas, depositándolas en uno de los huecos de debajo de la barra. Entre tanto se paró a contar, uno, dos, tres, cuatro, …, al menos unos doce hombres de los de allí presentes lo habían estado siguiendo con el rabillo del ojo desde que había salido del almacén.

No tardé en reconocer a dos de ellos, eran hombres de Madame Gao, orientales brazos largos que habían sido colaboradores durante la etapa de Ming, pero esta vez no venían por el opio. Todos se cortaban por el mismo patrón, unos trajes con diseños a la mar de horteras, tatuajes que nacían en la muñeca y llegaban hasta la clavícula, entro otros rasgos típicos de ese tipo de mafias. Sin dudarlo por un instante desplegué el mantra por todo el local, comenzando a monitorizar a todo aquel que fuera sospechoso.

-¡Ehhh, esto esta cerrado! – gritó uno de la muchedumbre cuando trataba de salir del local.

Un murmullo comenzó a desperdigarse por todo el local, hasta cuando uno de los hombres hizo un ademán de sacar el arma que llevaba bajo la gabardina. No sin antes recibir un disparo en todo el pecho, sin dar un respiro, continué disparando a los jodidos amarillos, al segundo impactando en el brazo, al tercero en la cabeza, al cuarto en el pecho, fallando el quinto y sexto disparo.

Rápidamente resguardándome tras la barra, comencé a oír el infierno de disparos que se acababa de desatar, los hombres que quedaron atrapados entre el fuego cruzado comenzaron a resguardarse, otros comenzaron a disparar a todo lo que se movía con la única intención de salir con vida del lugar.

Con la única resignación de que me tocaría volver a hacer una reforma integral del local y volver a contratar más personal, comencé a cargar el revólver, mientras observaba como otro de mis trabajadores, Sai, sacaba la recortada de debajo de la barra.

-Ocho restantes- pensé mientras empuñaba de nuevo el revolver dispuesto a descárgalo en la cabeza de esos malditos amarillos.
William White

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Mensaje por Kaito Takumi el Dom 14 Jul 2019 - 19:22

Pero decir las cosas tan libremente no iba a ganarle a Kaito más que problemas. Empezando por la negativa y el rechazo del que creía el responsable de turno.

—Esto es lo que yo llamo un entorno de trabajo hostil…—masculló el ningyo dejando con fuerza el vaso de agua sobre la barra.

El ningyo miró al resto de elenco con el que compartía escena, y a los más cercanos preguntó entre murmullos si conocían algún lugar que buscase personal capacitado. Dos veces fue ignorado por la mujer y el hippie, pero el fornido ballenero tuvo la osadía de decir:
—En la pescadería.

Lo que, obviamente, sacó un par de carcajadas al trío. Con el ceño fruncido, el pelirrojo abandonó la barra deslizándose en silencio hasta la sombría zona repleta de telones. Desde allí, refugiado entre los pliegues llenos de humo, meditó en silencio cuál sería su siguiente movimiento. Quería irse, desde luego, pero no sin nada de provecho.

Entonces el inconfundible y suave gorgojo de la muerte se coló entre la tela y llegó a sus oídos. Girándose, y viendo que la muchedumbre estaba demasiado ocupada en sus quehaceres como para escuchar lo realmente importante, echó un precavido vistazo al reservado. Dentro, un brazos largos rebuscaba entre los bolsillos de su presa recién muerta algo de valor, consiguiéndose llevarse solo como recuerdo una cartera desgastada y medio vacía. Kaito entró, creyendo haber pasado desapercibido.

Bueno, realmente había pasado desapercibido, pero el grito de alarma del imbécil que quiso salir por la puerta hizo que el asesino se diese la vuelta y contemplase, en todo su esplendor, la marea de tentáculos que emergió entre la capa del ningyo. Y aquella antinatural impresión que le hizo recurrir a su mantra de forma casi instantánea terminó por sellar el destino del amarillo al quebrar su psique. Aquella monstruosa presencia que tenía frente a él acabó por convertirse en un incomprensible engendro de cucarachas y dientes. Chilló, pero los disparos y el ruido que trajeron consigo ahogaron otro asesinato tras las cortinas.

Kaito Takumi

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Mensaje por William White el Dom 28 Jul 2019 - 14:39

Nada más recargar la recamara del revolver, miré al ametrallado espejo de la barra. En los cristales que aún se sostenían se podía observar el reflejo de lo que pasaba más allá de la barra, así como que uno de ellos se aproximaba agachado a la barra, siseando entre el destrozado mobiliario.

-En tres segundos, me tratará de disparar bordeando la barra- predije mientras preparaba y apuntaba con el revolver para disparar en cuanto asomará.

Tras disparar y volar los sesos del desgraciado, miré a Sai el cual había vaciado ya los cartuchos de su sonora recortada, haciendo un ademán de levantarse le agarré del brazo tirándole al suelo. El crio había demostrado ser muy decidido en cada cosa que le había ordenado, y desenvolverse bastante bien con la recortada, pero no dejaba de ser un alocado que apenas tendría catorce años.

-Te volará la cabeza el que está tras la mesa número tres - le advertí habiendo dado cuenta de donde se encontraba la frágil aura que emanaba el cuatro de los amarillos restantes – Si quieres vivir, no salgas de la barra hasta que te lo diga y mira eso- le musité en medio de la segunda retahíla de disparos.

En el fumadero aún quedaban algo más de una docena de personas, tres de los seis empleados, los cuatro ya mencionados, el trió de la barra, dos auras que desconocía y otra particularmente fuerte, que resultó ser la del extraño gyojin, la cual al examinarla me produjó una ligera jaqueca.

-No, ahora no, mierda- me dije mientras me llevaba la mano libre a la cabeza, realmente aquellos pinchonazos eran a la mar de inoportunos.

Aún así, aun recordaba la posición de donde estaban los demás, dos tras la mesa cuatro, otro tras la tres y el último tras la columna.

-Sin dudarlo un momento, me situé al limité de bordear la barra, y mirando al joven amarillo le di una orden.

-En dos segundos dispara a la mesa tres con la recortada- ordené antes de salir de la barra disparando y matando al primero tras la columna y descargando varios tiros de cobertura contra la cuatro y evitar que así asomaran, el tres así lo hizo recibiendo de lleno el imponente disparo del joven Sai el cual se resguardo tras la barra de forma inmediata.

Yo por mi parte tras el último disparo de cobertura, arrojé el arma desenfundado la espada en el acto, cargando de forma veloz contra la mesa número cuatro, cortándola por la mitad y, con ella, a los dos hombres que se encontraban tras la misma.

Trascurrieron un par de segundos antes de que el silencio volviera al té del viajero, un silencio sepulcral tan solo interrumpido por las personas que comenzaban a salir de sus coberturas, vivos que fingían estar muertos se volvían a levantar como era el caso del astuto Lee. Otros por contrario tiraban al suelo cadáveres que habían estado usando como escudos como era el caso de Jack, Caroline por su parte había sido más sofisticada, habiendo escogido resguardarse en una sala privada del local, desde probablemente se había llevado a tres o cuatro hombres que se le hubieran puesto por delante. Yo por mi parte me encontraba en el centro de lo que alguna vez había sido el centro de mi local.

-¡Ocho millones a quién me traiga la cabeza de Madam en una bandeja!- grité encolerizado mientras limpiaba la sangre de la hoja de mi arma - ¡¡¡Ya!!! – proseguí iracundo mirando a todos los hombres presentes de la sala.

La anciana prostituta iba a lamentar haberse metido con William White.


Última edición por William White el Mar 10 Sep 2019 - 20:13, editado 1 vez
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Mensaje por Kaito Takumi el Mar 30 Jul 2019 - 21:38

Armado con el cuchillo que el cadáver ya no iba a necesitar, la sombra en la que se había convertido Kaito continuó deslizándose entre las telas para buscar su siguiente presa. Mientras la mayor parte de la batalla tenía lugar en el bar que empezaba a apestar a pólvora y plomo, dos de las tres escaramuzas seguían activas.

Los hombres de Madame Gao actuaban en dos grupos, y mientras uno había tenido la desfachatez de actuar como un pesado ariete, el otro se deslizaba silenciosamente como un cuchillo. Los ninjas brazoslargos estaban allí para acabar con todo cliente silenciosa y grácilmente, socavando las bases de un negocio de un placer que no estaba bajo el control de su jefa.
—Qué fácil es esto.

—No va a serlo tanto salir—comentó su compañero de manera poco halagüeña.

—Esos retrasados lo tenían tan fácil, y parecen ir perdiendo…

Aquella pequeña mujer de codos dobles iba a chasquear la lengua, pero ya había sido cortada en su base. Se desplomó con un gorgojo y un desesperado grito en la mirada. No tenía más que veinte años, y nunca, ni siquiera sabiendo dónde se había metido, creyó que iba a acabar así. Por muy fuerte que se apretara la herida, la sangre seguía saliendo entre sus dedos.

Su compañero se giró hacia ella, pero ignorando todo o lo mínimo que podía hacer por ella, prefirió preocuparse más por sí mismo. Apretó sus largos sais y buscó con una fría mirada entre los pliegues de la oscura y manchada tela bermellón.

El reservado estaba demasiado oscuro para saber de dónde había venido aquella puñalada, y el denso humo del opio no ayudaba en absoluto a determinar dónde estaba el agresor. Desgraciadamente para el antiguo ladrón conocido como Foong, el haki de observación era una habilidad que aún se le resistía.

Intentó mantener la calma, pero cuando la mano de la moribunda se le clavó en la pantorrilla dio un respingo. Aquella apertura le costó una tajada en la corva que seccionó por completo el tendón. Gritando de dolor y rabia, el muchacho giró sobre su pierna sana para apuñalar en el pecho al desgraciado que le había atacado, pero no logró hacer impacto. Aquel cuchillo no había sido empuñado con un brazo, sino con una larga y rosada extremidad que funcionaba más bien como una pierna.

—Casi. —susurró la parca que se había retirado a escasos centímetros de que el filo le rozara—. No he contado el largo del hombro… No volverá a ocurrir.

Las órdenes de Madame Gao habían sido claras. Tanto o más como la intención de Foong de no seguir la última. No sin al menos matar a ese bicho.

Intentó erguirse pero la pierna que le colgaba era un lastre. Incluso alzando el muslo, aquel miembro inutilizado iba a darle más problemas a corto plazo que una cojera o la pérdida de sangre. Dependía de que aquel monstruo encapuchado se le acercara.

—¡¿Vamos, a qué estás esperando?! —Provocarle era su única opción.
—A que mueras.
La repentina realización de que su treta no iba a tener éxito alguno le hizo lanzar los cuchillos, pero el pesado telón por el que se marchó la criatura fue suficiente como para detenerlos. Eso sí, no ahogaron los insultos chillados con dolor y rabia.

Kaito se entretuvo unos momentos en evaluar la situación que acababa de dar final, o comienzo, en el local de opio. Su mala suerte le había hecho llegar el día que comenzaba una guerra, una que, a su rácano juicio, no pagaba demasiado bien a sus mercenarios. Pero al menos había deducido que aquel camarero era más de lo que pretendía.  

Mientras algunos de los presentes abandonaban el local con la avariciosa ilusión de matar a una jefa criminal, el ningyo se acercó tranquilamente a la barra llena de casquillos. Lanzando una mirada de desagrado ante el alcohol perdido, chasqueó la lengua antes de decir:

—Te sugeriría que te sirvieras un wishkey para relajarte, pero me da que no queda. —encogiéndose de hombros mientras aceptaba el hecho de que aquello no era algo demasiado inteligente para decirle a alguien armado y furioso, continuó hablando con intención de arreglarlo—. ¿Nos das la bandeja o la tenemos que traer?

En aquel momento le pareció un buen chiste. Y aquel momento duró unos dos incómodos segundos.

—He dejado a unos tipos muriéndose tras las cortinas, que a lo mejor será más sensato torturarlos para sacar información que mandar a gente a matar prometiendo dinero. Pero vamos... qué sé yo... pobre extranjero al que no le han explicado nada. De hecho será mejor que me vaya... a lo mejor hay ofertas más interesantes de trabajo.

Lenta y precavidamente el sireno fue deslizándose con sus muchos miembros por el destrozado local esperando, realmene, que le detuviese para formalizar un trato.
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Mensaje por William White el Lun 12 Ago 2019 - 0:07

La propuesta pareció pillar a todos por sorpresa, a mi inclusive. Aquello no era muy propio de mí, siempre me había gustado solucionar mis propios problemas y evitar dejar cabos sueltos. De hecho, lo que había comenzado con la idea de ser un pequeño grupo de unos diez ladrones había terminado convirtiéndose en un pequeño imperio que se expandía y diversificaba a cada semana que pasaba. Contrabando, robo e incluso asesinato, pocos eran los campos que no despertaban mi interés.

-En la diversificación estaba el dinero- recordó las palabras de uno de los jefes entre los que se había infiltrado y arrebatado el negocio.

Los presentes, por su parte, se quedaron meditando por unos segundos la oferta. Lee fue el primero en salir dejando una cuantiosa propina en lo que quedaba de la barra. Sabía de sobra que también tenía negocios pendientes con la bruja, pero también sabía que el hombre podría lograr los servicios de algunos de los peores sicarios del pecio y aún llevarse tajada al actuar, después de todo era uno de los mejores intermediarios que conocía.

-!Que sean quince¡- exigió Caroline, mientras terminaba de limpiar sus herramientas y realizaba una mueca con la boca -Apúntame lo mío a la cuenta- finalizó, cerrando de un portazo, marchándose a sabiendas de que sabría exigir más dinero con la cabeza en una de las manos y una pistola en la otra.

Jack por su parte recogió la botella que milagrosamente había quedado intacta durante el tiroteo, dio un trago derramando el contenido por su barba hasta vaciarla, dejando un pequeño saco de monedas antes de marcharse.

-No subestimes a esa mujer chico- dijo el viájales tras rasparse la garganta -Créeme que la conozco desde hace mucho, y se lo que es compartir cama con ella- finalizó mientras se despedía con la mano, soltando una expresión marinera antes de salir del local dando un portazo aún más sonoro.

El pulpo por su parte hizo un comentario, uno jocoso. Mi relación con la comedia no había sido nunca una buena, no había tenido mucho tiempo para la misma ni cuando me encontraba en Loguetown sobreviviendo en aquellos cascotes humeantes, ni cuando trataba de recuperar lo robado en la Grey Terminal de Goa. La comedia, bajo su punto de vista, siempre había de cosas de locos y payasos, algo burdo y de mal gusto, si bien alguna vez había hecho algún comentario gracioso, no dejaba de ser algo anecdótico.

Tentado de coger la susodicha bandeja de hojalata y lanzársela como un disco a la cabeza de la grotesca criatura. Luego el sujeto me informó de que había un par de moribundos en una de las salas privadas, para acto seguido cuestionar mi forma de negocio.

-Cierra al salir- me limité a decir mientras le señalaba la puerta haciendo un movimiento de cabeza.

Tras esperar que se marchará, me quedé mucho más tranquilo a sabiendas de que la marina aún no había vuelto a meter las narices en sus asuntos, aquella cosa no podía pertenecer al gobierno, reusaba a creer que alguien pudiera requeriré los servicios de alguien tan torpe y con tan poco tacto. Si el sireno pensaba que iba a ofrecerle algo más interesante por el mero hecho de haber sobrevivido a un tiroteo lo llevaba claro, no sabía como se hacían las cosas en las profundidades, pero estaba seguro de que a aquel loco le quedaba mucho por aprender.

Tras aquel tramité me dirigí al reservado, si el pulpo no mentía aún tenía un par de preguntas pendientes.


Última edición por William White el Mar 10 Sep 2019 - 20:11, editado 2 veces
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Mensaje por Kaito Takumi el Lun 12 Ago 2019 - 16:00


Kaito volvió a encogerse de hombros despreocupadamente. Sabía que si no obtenía las respuestas allí, podría obtenerlas en algún lugar mucho más seguro que el asediado comercio de un señor del crimen. Al menos eso era lo más sensato.

Tras la puerta estaba el cuerpo del guardián, que además de asesinado, o al menos eso parecía por el charco de sangre que había alrededor de su cabeza, había sido vulgarmente robado de toda pertenencia de valor. Pero un palo de metal que siquiera parecía un arma no había sido de su interés, y recuperando su bichero con uno de los tentáculos el ningyo se quedó un momento contemplando el enorme cuerpo desplomado.

Y aquel no tenía tatuajes que amargasen el dulce sabor de la carne humana…

De cuclillas, o como quiera llamársele a aquella retorcida postura de tentáculos plegados, el pelirrojo examinó su materia prima para encontrarse conque aún respiraba. Muy débilmente, eso sí, pero lo hacía.
—Hmm….—Sopesó internamente una cuestión que para otros tenía fácil respuesta, y al final agarró a aquel mamotreto por uno de sus pies planos para arrastrarle dentro—. Listo.

Dejando al subordinado ahí tirado para tampoco empeorar su situación con la organización criminal a la que perteneciera aquel camarero, el ningyo volvió a girarse hacia la puerta con la renovada intención de salir de aquel escoyo que había cavado él mismo.
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Mensaje por William White el Miér 21 Ago 2019 - 13:25

El interior del reservado no se había librado del tiroteo, un sinfín de muecas se encontraban en la pared, no tarde en encontrar las Thompson de tambor giratorio que lo habían provocado. Apartándolas con un par de patadas, me agaché para zarandear a uno de los heridos el cual aún murmuraba algo entre lamentos.

-Vas a empezar a cantar todo lo que sepas o créeme que vas a salir muy mal parado-dije al primero de los amarillos sin el menor tipo de miramiento, poco o nada me importaba su integridad.

El amarillo no respondió, haciendo un gesto de apartar mi incandescente mirada, realmente aquellos tipos tenían bien ganada su reputación de fidelidad. El otro por el contrario pareció comenzar a arrastrarse, como tratando de salir del lugar. Un intento a la mar de fútil.

Con una fuerza desproporcionada, arrojé al que estaba sosteniendo por el cuello contra una de las mesas mientras me giraba hacia el otro, primero pisándolo en una de sus heridas para luego alzarlo y empujarle contra la pared, mostrándole un cuchillo que guardaba entre los ropajes y rozándole la mejilla derecha con ello.

-Veamos cual de los dos es el listo- grité al oído del segundo mientras le hacia presión con la parte roma del cuchillo -¿Y bien?- continué a modo de ultimátum.

El este segundo, al contrario que el primero parecía tener más aprecio a su vida que el primero, por lo que, farfullando unas pocas palabras, hizo un amago de querer hablar.

-Oh, ya veo, resulta que tu compañero te esta coaccionando- respondí soltando al tipejo y guardándome la navaja en uno de los bolsillos interiores -Eso tiene fácil solución- terminé mientras sacando el revolver apuntaba al otro tipo y vaciaba el cargador.

Tras el asesinato retomé la presión sobre el superviniente, taladrándole la cabeza con ideas, de como la gente como él era constantemente usada por otros, de cómo Madam les había utilizado enviándolos a una misión suicida, y de cómo aún podría librar a su familia y seres queridos de un tormento similar e inclusive incluso llegar a salvar su vida. Ningún secreto, ninguna fidelidad podía ser más valiosa que la propia vida de uno.

Lentamente cual veneno, aquellas ideas fueron introduciéndose en la cabeza del hombre, hasta que al cabo de un rato comenzó a soltar prenda sobre todo lo que sabía, así como la subasta que la mujer iba a organizar con algunos de los bienes que iba a sustraer del ataque.

Soltando al muchacho, hice una señal al joven Sai de que vigilará al muchacho, por el momento cumpliría mi palabra de no matarle. Sin más dilación me puse a llamar Binks, tras confirmar que de que había dejado todo en un lugar seguro, le ordené que regresará de inmediato con un par de médicos, iba a necesitar a todos los hombres que pudiera para esta misma noche.

-Ve al puerto, di que Madam busca gente para un trabajo para esta noche, cuando tengas a varios tráelos al local-le susurró al oído -Si pueden ser orientales o brazos largos, mejor- finalizó mientras volvía comenzaba a realizar algunas apañaos sobre los heridos que veía, como el portero, un par de empleados y de tarde en tarde, el traidor, cuya vida se encontraba colgando de un hilo.
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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 22 Ago 2019 - 10:01

El ningyo se deslizó sigilosamente de nuevo al local para tener su hueco en primera fila del espectáculo. Desde luego, aquel camarero no se andaba con chiquitas, y lenta y duramente fue destrozando la psique de su presa de la que sangró las respuestas que tanto necesitaba. A Kaito le pareció un tipo duro, uno del que podía aprender unas cuantas cosas. Pero dada la situación en la que se había metido y lanzado de cabeza gracias a su bocaza, no parecía que fuese a conseguir demasiado. El ningyo se quedó allí, mirando con curiosidad los agujeros de bala sobre la madera y los cuerpos para, lenta y metódicamente, inspeccionar los mugrientos zapatos de los siervos de Mao.

Desde las hendiduras de las zapatillas de goma a las astillas de los tabi, las distintas piezas fueron ordenadas en una esquina y clasificadas según los colores y olores de las manchas químicas que habían dejado impresas en la superficie. Las calles, si podía llamársele calles a las astilladas pasarelas de Baristán, estaban repletas de charcos, pero nadie en su sano juicio se metía en ellos si podían evitarlos. Y desde luego aquellos ninja podrían haber saltado la mugre que estaba anclada en sus puntas y talones.

—Interesante…—palpó los restos entre sus dedos, retorciendo aquella mierda para identificar las pequeñas partículas que albergaban. Entonces vio algo blanco y muy pequeño retorcerse—. Muy interesante.

Limpiándose la mano sobre los pocos trozos de camisa limpia que les quedaban a aquellos desgraciados, Kaito continuó pululando por la escena observando con atención cómo el peligroso camarero remendaba a sus soldados con cuidado. Lo cierto era que algunos, especialmente el portero, estaban hechos mierda, y poco o menos aguantarían en una confrontación entre familias mafiosas. “Probablemente de ahí que busque ayuda en el puerto”, se dijo.

—Vas a necesitar toda la ayuda posible si quieres cargarte a esa Madame Gao. Y aún más si alguno de esos tipos de la barra piensa traicionarte; quizás esa tía les ofrezca más de quince millones—Kaito enroscó sus tentáculos en el suelo y se dejó caer contra una de las paredes casi tumbarse—. Y todo empieza por saber dónde hay fruta. O dónde se tira la fruta. Lo más probable es que esté cerca de un mercado o sitio donde se deseche. Y siendo esta ciudad tan chunga como parece, no creo que haya muchos sitios donde mirar…

El ningyo se estiró, poniéndose cómodo y bostezando en silencio se cruzó de brazos abrazando su arma. Tenía que esperar, ya fuera a la noche o a que le diesen la información que necesitaba.

—Hay pupas de Drosophila melanogaster en las botas de los ninjas, lo que denota que han pasado por un lugar donde hay fruta en descomposición, pero no encharcada, que han pisado y se han limpiado de los zapatos como buenamente han podido. Ello puede significar que han tomado por un camino obligado, que su base se encuentra en las inmediaciones, o… bueno, nada. No creo que esa mujer centre a todos sus soldados en la protección de la subasta. Es decir, la gente que vaya allí seguro que tiene su propia protección, y irrumpir en ella podría enemistarte con aún más criminales. Perdón, entrepeneurs. Lo más probable es que tenga nichos de sus alimañas colocados estratégicamente para preveer sabotajes más que una defensa in situ. ¿Debería irme? Porque seguro que esto no te ha servido de mucho, y no necesitarás una sigilosa espada más para contratar, ¿verdad?
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Mensaje por William White el Lun 9 Sep 2019 - 22:47

El pulpo regresó tan pronto como se había marchado, realmente aquel pelirrojo del turbante le daba mala espina. Primero se había colado de nuevo al local sin hacer el menor ruido para en segundo lugar examinar los cadáveres mientras murmuraba por lo bajo, un ratero muy raro sin duda.

Me planteé echarle de una forma violenta del local, sin duda aquella cosa sin duda estaba agotando mi paciencia. De hecho, aquello fue algo que me sorprendió a mi mismo, puesto que simplemente le deje seguir. Y vaya si que siguió, ya que comenzó a parlotear con una serie de tecnicismos que costaba seguir, y aquello me sacaba de quicio. De su mensaje solo consiguió sacar algo en claro, que habían pasado por un lugar donde se arrojaba fruta.

Me planteé remarcarle lo irónico que era hacer esa pregunta en un vertedero como Baristan, pero en su lugar decidí callar. El pulpo por su parte se limitó a estirarse y a bostezar mientras se quedaba de brazos cruzados -Tal vez se haya cansado de hablar- pensé para mis adentros.

Lamentablemente no fue así, ya que gyojin insistió en ofrecer sus servicios como una “silenciosa espada de alquiler” mientras continuaba teorizando sobre como funcionaba la mafia de madame. Si bien lo que dijo el hombre podía ser verdad para cualquier tipo de mafia genérico, los asuntos de la asiática funcionaban de una forma “diferente” a los demás.

Madam Gao poseía un hotel, uno bastante superior a los estándares de la isla y donde se solían hacer las reuniones lo mejorcito de todo el mar del este. Desde traficantes de información, hasta el mayor de los capos de las islas vecinas, pasando por alguna que otra personalidad, no eran pocos los que pasaban por aquellas habitaciones. Y no era para menos, protección, un territorio neutral donde zanjar una discusión o un colchón sin chinches donde echar un par de polvos eran los principales reclamos que tenía el lugar. No era por nada que había mantenido sus manos alejadas de cualquier cosa relacionada con la antigua prostituta.
Fuera como fuese aquel hotel de veinte plantas era un bastión para ella. Desde las cocinas hasta los pasillos de habitaciones con aquel toque tan rococo, todo estaba plagado de guardias armados que garantizaban el buen servicio de sus inagotables empleadas, y todo eso sin contar con las guardias personales que acompañaban a los inquilinos.

-De acuerdo, te daré un voto de confianza si tanto lo deseas- dije mientras sacaba una libreta y comenzaba a apuntar un par de direcciones -Si es cierto lo que dices seguramente sea esa primera dirección, allí hay un almacén- dijo mientras comenzaba a arrancar la nota -Mata a todo el que veas y toma tantas mercancías como puedas y llévalas a la segunda dirección, allí te dirán que es lo siguiente que tienes que hacer- finalizó mientras se giraba -Si lo haces, te habrás ganado mi confianza. Y ahora marcha, el tiempo apremia- acentuaría mientras esperaba que el hombre se marchará sin hacer ningún tipo de pregunta.

Si la criatura cumplía su cometido seguramente sería merecedora de mi tiempo, de lo contrario se habría librado de ella y su molesta cháchara para siempre. Sinceramente no sabía cual de las dos prefería en ese momento. Una vez que se marchará volvería a su despacho a tumbarse sobre aquel mullido sillón, mientras esbozaba una sonrisilla.
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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 19 Sep 2019 - 20:35

Por mucho que Kaito sacara de quicio a White, la cara de este era poco más que una fría máscara. No había nada en su mueca, mirada ni gesto que le sugiriese al pulpo que se estaba pasando de bocazas, pero entonces intervino el tono. En ese momento, su patrón se convirtió en su padre. Le pareció que hablaban con la misma voz, con la misma intención oculta de ponerle una prueba sin confianza alguna en que la superase. Aquel irritante recuerdo le hizo entrecerrar los ojos y aplastarlo a golpes de lógica, pero aquello no le hizo apagar la llama de vengativa motivación que brillaba en sus ojos.

Se levantó del suelo en silencio, y una vez erguido tomó la nota ofrecida por su patrón. En Baristán no había realmente calles, pero sus lugareños habían tenido el ingenio de llamar a los distintos distritos y cruces según las naves y flotas que habían añadido su masa al pecio. El cruce de los “Dragones rojos” con los “Lágrima azul” no le sería demasiado difícil de encontrar, y desde ahí hallar las cubiertas que usaban como almacén le sería un simple suspiro. El único problema realmente era cargar con las cajas hasta el piso franco, o al menos lo hubiera sido si el ningyo no contase con sus prácticas y pegajosas patas. En vez de tener que seguir unas calles y complicados requiebros, le bastaría con desplazarse de tejado en tejado aprovechando los muchos mástiles doblados de aquel estercolero.

Con todo lo que necesitaba para su misión y el empujón de demostrar cuán capaz era, el pelirrojo se marchó envuelto en un sepulcral silencio.

***

Los muchachos a los que Madame Gao había encomendado la guardia no eran del todo de fiar. Es decir, eran leales como perros, como todos los que servían a la antigua prostituta, pero seguían siendo perros. Y cuando un amo deja desatendido un suculento banquete, los más débiles de carácter no dudarán en tomar un pequeño bocadito que nadie notaría.

—¿Qué estáis haciendo? —ladró el que sin duda era el rottweiler de los cinco. Había ido por el almuerzo para todos y les había encontrado en torno a una de las muchas cajas de mercancía.

—¡Nada! ¡Nada de nada! —chilló el chihuahua pelirrojo con sus hinchados ojos saltones.

A los perros les basta con un pequeño gruñido o un leve toque para aprender qué no pueden hacer, pero nadie había enseñado a ese pequeño imbécil nada en su vida. Por mucho que los otros tres chuchos no llamasen la atención, el negro encargado no tardó en atar cabos.

—¿Estáis robando a Madame? —bramó enfadado, y algo asustado.

—¡No, no, no, no! —agitó sus diminutas garras.

Antes de que Tiny Tim se diera cuenta, los que se suponían eran sus hermanos habían dado ya dos pasos a los lados. Estaba solo. Solo ante aquel negro de dos metros y medio que cargaba una olla de tres días de comida al hombro con una sola mano. Encogiéndose sobre si mismo, el pobre Tiny Tim se hizo aún más pequeño. El peso de la olla reverberó por el suelo, recorriéndole la columna en un escalofrío de lo que estaba por llegar. Sabía que había sido una mala idea el coger un poco de maría, pero los otros se habían burlado diciendo que no iba a atreverse. Siempre había detestado las burlas, tanto como cualquiera hubiera detestado un plato que comía cada día.

Pero Bob solo le puso una mano al hombro, una cuyo peso era incluso agradable. Bob había sido siempre un buenazo, como solían ser muchos perros grandes, pero su pinta y tamaño engañaba demasiado. No, él no atacaría a sus hombres, al menos no a aquel tembloroso enano con el que se metían todos.

—¿Quién lo ha retado? —su grave y ominosa voz reverberó en cada hueso.

Hasta que no se giró hacia ellos el trio de chuchos no dejó de huir lentamente. El mayor de los tres levantó la mano responsabilizándose de los pecados de sus hermanos, y rezando a todos los dioses que conocía metió la cabeza entre los hombros.

—Que no se vuelva a repetir—gruñó con tono de oscura promesa—. Nunca.

Y en ese preciso momento, Tim se enamoró de Bob.

Pero tal y como que Bob necesitaba el dinero para montar su restaurante y los trillizos para salvar a su hermana y su madre de las garras de su jefa, nada de eso realmente importaba. Para Kaito sólo eran carne.

El trío se convirtió en dúo con un preciso movimiento de cuchilla, y luego pasó a ser un solo cuando la punta del bichero rajó la yugular. Hasta ahí llegó cuando comenzaron los gritos. Aunque se había colado en el almacén levantando unas tablas inaccesibles para los bípedos, pronto pudo comprobar que aquella carne no se le ofrecería más en bandeja.

Tom lanzó la pesada olla como una bola de bolos y derribó el cuerpo casi sin vida del degollado, pero no fue lo bastante rápido como para darle a la escurridiza sombra de ocho patas.

—¡Qué coño es eso! —chilló Tim, sin importarle demasiado las quemaduras del estofado que se había tirado encima del susto.

—¡Hijo de puta! —el último de los clones desenfundó su revólver dispuesto a cobrar su venganza.

Aquel sincero sentimiento de odio hizo despertar algo en él, un nuevo sentido que, para su desgracia, le hizo contemplar cuán aterrador era aquel monstruo. Para cuando pudo reaccionar, el torrente de agua ligeramente cáustica ya iba contra él. Y el golpe de aquel shuriken improvisado no era nada comparado con la cruel intención de aquel ataque.

—¡Mis ojos!—chilló, arañándose el rostro en un vano intento por arrancarse el escozor de la cara.

—¡Bob! ¡Bob!— Que Tim le sacudiera era como intentar ver a una ardilla hacer agitar a un roble, así que fue listo y golpeó las bellotas.

La pesadilla de perder olfato, gusto y manos se desvaneció gracias al dolor. Qué dulce era aquella sensación en comparación con la horrible experiencia que acababa de vivir.

—Gracias, Tim —suspiró aliviado.

Dio un paso hacia el frente, hacia la oscuridad que pronto desterraría con fuego. De sus recias manos emanaron llamas de un visceral rojo sediento de sangre. La situación se caldeaba.
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