La furia de Aguasnegras [Privado][Pasado]

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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Sáb 13 Abr 2019 - 23:45

La lluvia golpeaba fuertemente la cubierta del barco que resistía arduamente la violenta marejada de aquella noche. Todo estaba increíblemente oscuro, pareciendo que el navío flotaba en un mar de oscuridad empujado por la fuerza de las enormes olas que lo azotaban. La chica de cabellos negros hacía todo lo que estaba en sus manos para salir con vida de esa horrorosa tormenta, pero no tenía la seguridad de poder hacerlo. Tanto ella como su hermano mellizo sabían que Paraíso guardaba mares violentos y mortales, pero hasta no verlo con sus propios ojos jamás dimensionaron el peligro. Y ahora, cuando sus corazones latían aceleradamente, sabían que la muerte en cualquier momento les terminaría alcanzando.

Los truenos silenciaban los gritos de la chica mientras que los relámpagos, esporádicos y resplandecientes, teñían todo de blanco durante unos breves segundos. «¡¿En serio?!», pensó Kazuya cuando frente a él comenzó a formarse una ola que amenazaba con alcanzar los diez metros de altura. Sin embargo, y pese a encontrarse en una situación tan poco agraciada, el muchacho no sentía miedo.  Una sonrisa rebosante de ingenuidad se dibujaba en su rostro, enseñando unos blancos y afilados dientes. Parecía como si estuviera enfrentando la furia del mar. «A una aventura no se le debe temer», se dijo a sí mismo, «todo lo que hay que hacer es ir directamente a por ella».

*****

Habían pasado tres días desde la tormenta que destruyó casi por completo el barco en el que viajaba junto a su hermana. Por suerte, la diosa de la fortuna les terminó sonriendo y terminaron en una isla conocida como Aguasnegras. Su nombre hacía referencia al color ébano del agua de las playas, dándole un aspecto cuanto menos peligroso y extraño. Kazuya jamás había visto tantos barcos reunidos en un solo lugar, y es que el puerto de Aguasnegras era sencillamente gigantesco. A juzgar por las banderas que portaban los navíos y las vestimentas de sus tripulantes, la mayoría de estos eran piratas. Unos llevaban sables a la altura de sus caderas; otros, pistolas enfundadas. Algunos lucían muy bien sus grandes sombreros de ala ancha y otros caminaban alegremente entre las sucias calles, hablándoles a sus loros.

Había muchas tabernas ubicadas en la costanera y ninguna de ellas parecía mejor que la de al lado. Todas olían mal y los duelos entre borrachos era algo muy frecuente. A los hombres les gustaba perder dinero en apuestas, y los juegos de azar eran uno de los mayores atractivos del pueblo. Había una taberna en especial, una de nombre Corazón Delator. Fue allí donde los hermanos decidieron hospedarse hasta que su barco estuviera en condiciones de surcar una vez más los violentos mares. Contaban con algo de dinero, no mucho, pero sí lo suficiente para quedarse casi un mes en Aguasnegras, aunque lo mejor sería no hacerlo.

—¡Dios mío! ¡No quiero pasar un minuto más en este lugar de mala muerte! —se quejó la chica mientras dejaba caer unas botas repletas de lodo.

—Tampoco tenemos muchas opciones, ¿verdad, Kanilla? —respondió Kazuya, mirando a su nueva adquisición: un loro bien bonito de llamativos colores verdes. Aunque su característica más notable eran sus dos ojos incapaces de enfocar cualquier cosa, dándole un aspecto un tanto… lamentable.

—No puedo creer que hayas gastado tanto dinero en ese pobre animal. ¡Míralo! Parece retrasado.

El peliceleste fulminó con la mirada a su hermana.

—Estás celosa porque a ti nadie te quiso vender un loro. Como sea, iré a dar una vuelta. Kanilla y yo queremos conocer los alrededores.

El joven cocinero se fue dando pequeños saltitos, teniendo una actitud muy positiva. Ya todo estaba oscuro allá fuera, y el peligro comenzaba a sentirse en las calles. Incluso un novato como Kazuya sabía que meterse en los callejones era un viaje de sólo ida. Esos pasadizos eran el hogar de bandidos y vagabundos, todos dispuestos a lo que fuera por una botella más de ron. Si con tal de calentar sus estómagos y saciar sus ansias de ebriedad debían matar a alguien, pues que así sea. Allí no había buenos hombres. Sólo hombres. Era una zona sin ley donde la influencia del Gobierno Mundial era un motivo de burla. Si alguien quería solucionar algún problema, la única forma aceptable era mediante un duelo a muerte. En dos días Kazuya aprendió un dicho muy alentador: «Plomo o plata».

—Veamos qué tiene para ofrecer Aguasnegras.
Kimimaro Kazuya

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Mensaje por John Sword el Dom 14 Abr 2019 - 21:30

Hacía días que el barco de pescadores con el que John viajaba había atracado en aquella isla. Los dioses de los mares habían desatado una violenta tormenta y se habían visto forzados a llegar allí. Por suerte, ni las olas ni el viento habían dañado el barco y todos los pescadores se encontraban sanos y salvos. La única pega que podían tener eran los escasos víveres con el que contaban los tripulantes debido a que no habían podido pescar nada en los días previos.

En aquel momento, John y su capitán, Wilkins, habían salido en busca de suministros. Ambos caminaban por una calle bulliciosa, con un sinfín de puestos que vendían toda clase de productos, desde ropa hasta animales enjaulados de lo más extraños. Ambos pescadores miraban de reojo aquellos puestos, pero ninguno traía buenas vibraciones al joven carnicero. Todos tenían una apariencia lúgubre y apagada y la mayor parte de los comerciantes reflejaban en sus rostros desgana.

Finalmente, tras una larga caminata, ambos llegaron a una plaza. No habían encontrado ningún tenderete que los hubiese convencido, así que desesperanzados entraron a una taberna en aquel lugar. Tras abrir la puerta, vieron un local animado, en una esquina, unos tipos tocaban instrumentos y la gente reía sentada en las mesas a la vez que tomaban un trago junto a una iluminación suave, perfecta para aquel ambiente, que ponía la guinda al pastel.

Ambos forasteros se miraron de forma recíproca. Tanto John como Wilkins entendían que habían tenido suerte al dar con aquel sitio, que salía totalmente con la dinámica de aquella triste isla. La noche comenzaba a caer y el tiempo se les acababa, pero sabían que allí podrían encontrar algo para aguantar el hambre en los días venideros.

- Bienvenidos a Cantares de Howell. - Dijo una sonora voz. Ustedes parecen extranjeros, ¿verdad? No deberían vagar por la calle cuando la noche está al caer. - Continuó uno de los dueños del local, un tipo alto de pelo oscuro que vestía con un chaleco de color marrón, tras la barra.

- Solo buscábamos algo de comida antes de zarpar de nuevo, ¿podrías proporcionárnosla tú? - Respondió el viejo capitán con un tono sereno.

- Por supuesto que podría... - Respondió el camarero antes de hacer una pausa. - Pero no hoy. No han elegido la mejor noche para llegar aquí. Yo de ustedes, me marcharía lo más pronto posible. Pese a todo, me temo que no puedo darle más información... Si desean, pueden alojarse aquí, cerraremos pronto la entrada. - Concluyó.

Al escuchar aquellas palabras, se le hizo un nudo en la garganta a John. El rostro de Wilkins cambió por completo, la sensación de seguridad había sido efímera. El viejo pescador agradeció al tabernero y tan rápido como pudieron, abandonaron el local. El puerto no se encontraba muy lejos tampoco, media hora andando, como mucho, pero debían darse prisa. Los últimos rayos de luz caían y el tiempo era un bien preciado.

Con rapidez, los dos pescadores volvieron por la gran calle comercial por la que habían pasado con anterioridad, sin embargo, ahora había mucha más gente que la primera vez. Ambos fueron abriéndose camino entre la multitud, pero en cierto punto, John le perdió la vista al viejo.

John intentó alzar la mirada entre la muchedumbre, pero fue inútil. Se lamentó en voz en baja, pero sabía que el tiempo era oro. No se encontraba cómodo entre todas aquellas personas, sabía que debía llegar lo antes posible al barco, pues nadie era consciente de los peligros que aguardaba la oscura noche...


Última edición por John Sword el Lun 15 Abr 2019 - 0:30, editado 1 vez
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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Lun 15 Abr 2019 - 0:14

La costanera, un camino de piedra permanentemente húmeda, no era un lugar demasiado iluminado. Había una importante distancia entre cada farol y, encima, estos emitían una luz anaranjada tan tenue que no era muy útil. Podía escucharse el vaivén de las olas, rompiendo fuertemente contra las piedras de aquel roquedal. Tuvo que acomodarse el largo abrigo negro que vestía, acercándolo más a su cuerpo. La temperatura en Aguasnegras comenzaba a descender y la brisa nocturna poco a poco se volvía más helada. Afortunadamente, Kazuya también llevaba una peluda bufanda del color del carbón.

Caminaba con la vista clavada en el suelo, pensando en todo lo que había sucedido. Era la primera vez que estaba tan lejos de casa. La primera que estaba en un lugar desconocido. Por un lado, se sentía aterrorizado. Todo a su alrededor lucía peligroso y atemorizante, desde las casas de madera medio destruidas hasta los hombres calvos y gordos que miraban al joven cocinero desde las sombras. Sin embargo, todo también era increíblemente interesante. Kazuya jamás había imaginado que había gente que viviera en esas condiciones. Conocía a un solo pirata, Glotonería Ducasse, y era muy diferente a los hombres que frecuentaban Aguasnegras. Ese maestro de la cocina era un tipo elegante y refinado; en cambio, los malhechores que pasaban de taberna en taberna eran toscos y escandalosos.

Ni siquiera se dio cuenta de cuando dobló en una esquina, siguiendo el camino y llegando a lo que parecía ser una enorme plaza rodeada de altos edificios. Era increíble el desorden que se veía. Había papeles en el suelo y varias cajas de madera que no servían de nada. Y cómo no fijarse en las botellas rotas y vacías que adornaban la encantadora plaza central de Aguasnegras. Sin embargo, lo más interesante resultó ser el grupo de hombres enmascarados que se calentaban en torno a una fogata. Sus máscaras eran realmente buenas y muy aterradoras. Una era algo así como el rostro desfigurado de un puerco repleto de pelo café, grandes colmillos ensangrentados y algunas cicatrices. Y el garrote que cargaba con firmeza le daba un toque bastante llamativo. Había otro que estaba disfrazado de cualquier cosa que tuviera piel verde y una nariz extraordinariamente larga. Kazuya no conocía a ningún monstruo que cumpliera con esas características, pero se veía impresionante. En cualquier caso, ¿por qué diablos estaban disfrazados? No reparó en esa pregunta hasta que entendió un poco más la situación: un grupo de hombres armados y enmascarados en torno a una fogata.

Un escalofrío recorrió su cuerpo y, de pronto, se hallaba caminando hacia el único lugar que parecía más o menos decente. Un viejo edificio se ubicaba del otro lado de la plaza. Tenía un par de ventanas rotas y un cartel de madera se asomaba por encima de la puerta. «Grito ahogado», señalaba el letrero. Kazuya atravesó la plaza con las manos en los bolsillos, echando miradas de vez en cuando hacia atrás para no perder de vista a los extraños enmascarados. Se detuvo en seco al escuchar un chirrido atronador proveniente de más allá de los altos edificios. «¿Qué pasa en esta ciudad?», se preguntó encogiéndose de hombros. Sin perder más tiempo, y dejando las dudas a un lado, retomó su camino a la taberna.

Había mesas dispuestas ordenadamente y una hermosa chica de largos cabellos del color de la miel era la protagonista de un pequeño escenario, deleitando a los presentes con la profunda melodía de su laúd. La dulce y suave voz de la muchacha robó toda la atención de Kazuya, quien, nada más entrar, volteó su mirada hacia ella.

Atravesó la estancia hasta llegar a la barra y, luego de saludar al tabernero, un hombre panzón y de ojos negros, pidió una jarra de cerveza.

—¿Qué pasa con la gente esa que usa máscaras? ¿Acaso hay algo que celebrar? Si es así, me parece de muy mal gusto —dijo el muchacho, mirando al tabernero.

—Un extranjero, ¿eh? Aguasnegras no es un lugar turístico, chico —respondió el hombre mientras depositaba un vaso en la repisa de madera—. Halegüid es la prueba de lo que te digo.

La mirada de confusión de Kazuya bastó para que el hombre, luego de suspirar, empezase a contar todo.

—Todos los años se celebra Halegüid… Por las noches, la gente sale a la calle vestida de verdaderos espantos, horrores sacados de tus peores pesadillas. Se encienden hogueras en los callejones y a veces la gente pierde la cordura. —El hombre hizo una pausa para atender a un viejo borracho y luego continuó. —No suele haber víctimas fatales, pero tampoco hay que bajar la guardia. Aguasnegras ya es demasiado peligroso sin ayuda de esta estúpida fiesta. Aquí las peleas, los robos y los asesinatos son el pan de cada día.

—Una celebración encantadora, sin lugar a duda —respondió el peliceleste—. Hasta me han dado ganas de disfrazarme. ¿Tú qué dices, Kanilla?
Kimimaro Kazuya

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Mensaje por John Sword el Mar 16 Abr 2019 - 16:36

Conforme más se adentraba la noche, los farolillos de aquel sitio se prendían. Las calles adoptaron un tono anaranjado, debido a la débil luz que las farolas desprendían, haciendo de aquel lugar algo todavía más tétrico. John intentó abanadonar la zona en la que se encontraba, consiguiendo salir finalmente a un callejón, mucho menos transitado que la gran avenida en la que se encontraba.

- Debo llegar al puerto cuanto antes. - Dijo el pescador en voz baja.

A pesar de la situación, John no perdía la calma. Dando un largo suspiro, se recolocó su cinturón y comenzó a andar por aquella callejuela. El joven no sentía miedo, pero tampoco tranquilidad, intentaba analizar su entorno, tan rápido como le era posible, pues John carecía de la mayor parte de la visión de su ojo izquierdo. Aquello parecía una pocilga, todo estaba sucio y las paredes estaban llenas de pintadas, por no hablar del nauseabundo olor a podrido.

Por suerte, no había nadie allí, o al menos, eso pensaba John. En cierto punto, en medio de aquel lugar, una trampilla se abrió bajos sus pies, haciendo que el pescador cayese un par de metros hacia abajo, dándose un fuerte golpe contra el suelo. Con gran rapidez, John se puso en pie, sacudiendo la cabeza, para intentar volver en sí. - ¿Qué cojones...? - Pensó.

Tras incorporarse, el joven miró sobre sí, pero la trampilla por la que había caido estaba cerrada. El chico maldijo su suerte y seguidamente, desenfudó su preciada daga, sujetándola con la mano derecha. Las malas vibraciones iban a más, ¿qué narices era aquel lugar? John no tardó en entender que se trataban de unas alcantarillas. Un caudal de agua fluía y a ambos lados, dos especies de calzadas de ladrillo. El sitio estaba iluminado mediante antorchas. Allí, el olor era aún más desagradable que en la superficie.

- Si me quedo mucho rato aquí voy a echarlo todo... - Dijo John llevándose la mano izquierda a la tripa.

El carnicero comenzó a moverse con un ritmo rápido por aquella ''calzada'', sin rumbo alguno, solo con la intención de salir de aquel repulsivo antro. Si ya de por sí Aguasnegras no desprendía vibraciones amigables, aquel sitio lo hacía aún menos. John se encontraba incómodo, muy incómodo. No recordaba haber estado en una situación similar jamás. Solo deseaba regresar al barco y poder descansar.

Por suerte, no tardaría mucho hasta encontrar una escalera de mano. John enfundó su arma, subió por ella y tras quitar una tapa, consiguió salir al exterior. Nuevamente, se encontraba en un callejón, pero aquella vez era distinto. Aquel sitio estaba iluminado por un par de farolas. Allí, podía escucharse una melodía, una voz de mujer acompañada con instrumentos. Provenía de detrás de una puerta, así que John no dudó en acercarse a ella e intentar abrirla. Por suerte, no necesitaba de una llave y pudo entrar a aquel lugar. Nuevamente, una taberna.

Tras entrar, la música cesó. John observó todo el local y es que, se encontraba sobre el escenario. A su derecha, una chica de cabellos rubios le observaba aterrada. El pescador le había robado el protagonismo completamente a la muchacha. Avergonzado, el muchacho intentó bailar algo, pero tan solo consiguió quedar en ridículo, pues se cayó al suelo en el intento. Al igual que los espectadores, la artista rió por la escenita que había montado. Por suerte para él, aquello solo había quedado en un malentendido y no en nada más grave.

John abandonó el escenario y la chica continuó con su labor. Atravesó el grupo de gente que disfrutaban de la dulce voz de la chica y llegó hasta la barra. Se sentó junto a ella, en un taburete. Vaya espectáculo te has marcado. - Se burló el tabernero. - Toma, invita la casa. - Le consoló ofreciéndole una jarra de cerveza.

- Gracias, pero no bebo. - Respondió el muchacho con cierta desgana. - Si puede indicarme dónde se encuentra el puerto, yo ya me iba. .

Mala noche has escogido. Hoy es Halegüid. Deberías tener cuidado, muchacho. - Aconsejó el camarero. John no entendía a que se refería, pero antes de que pudiera preguntar, alguien entró en la taberna.

¡¡Pónme tres barriles de cerveza!! - Chilló un tipo grandote que portaba un disfraz de algún animal peludo y con unas pequeñas alas de color azabache. Su rostro daba miedo. Estaba repleto de pelo, pelo manchado de vino, y una nariz de animal. Al parecer el tipo iba borracho. Al ver la situación, se le hizo un nudo en la garganta a John. No entendía bien que estaba pasando allí. ¿Halegüid? ¿Gente disfraza de engendros?

El tabernero negó con la cabeza la petición. A aquel tipo se le pusieron los ojos como platos y las pupilas, negras, se le hicieron enormes. Parecía no entender lo que el camarero decía. John simplemente observaba la situación, con cierto temor a cómo pudiera reaccionar aquel tipo. Lo que podía ser una noche de disfraces y diversión, podía acabar de cualquier otra forma...
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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Miér 17 Abr 2019 - 4:41

No pudo reprimir una carcajada al ver que un extraño hombre apareció prácticamente de la nada en el escenario, enseñando un baile de lo más ridículo y, encima, tropezó. Le pareció un sujeto gracioso y simpático. No cualquiera tenía los huevos para hacer lo que acababa de hacer y, aunque todo salió realmente mal, al menos sacó un par de sonrisas. Lástima por la muchacha de largos cabellos rubios que estaba haciendo un espectáculo fenomenal. El hombre no mucho más alto que Kimimaro robó toda su atención, aunque pronto retomó su recital acústico, nuevamente cautivando a los presentes con su hermosa y armoniosa voz. Y nada más empezó a cantar un sentimiento reconfortante recorrió el cuerpo del joven cocinero, volteando su mirada hacia la cantante y buscando sus ojos del color del zafiro.

El bailarín recorrió la estancia hasta llegar a la barra y, una vez allí, negó la invitación del buen hombre. «¿Quién rechaza una birra?», se preguntó Kazuya.

—¡Si no la quieres la tomaré yo! —anunció eufóricamente, levantándose en cuestión de segundos y recorriendo una corta distancia lo más deprisa que le permitieron sus piernas. No tardó en tener la jarra entre sus cálidas manos. Le dio un buen sorbo y entonces habló —: ¡Lo que te pierdes, bailarín!

Al parecer él también era un extranjero, una coincidencia bastante interesante, y tampoco sabía acerca de Halegüid. No había mucho que saber: la gente se disfrazaba y aterraba a los demás. Parecía ser muy divertido, siempre y cuando estuvieras del lado de los que asustan. Kazuya ya había pensado en un buen disfraz, uno que llamaría la atención de todos, pero lamentablemente necesitaba materiales que sólo podía sacarlos de sus mejores sueños.

—A la orden, a la orden —respondió el tabernero a la petición del grandulón que llevaba un disfraz muy, pero que muy feo. Qué mal gusto, ¿eh?

—Hiciste un muy buen trabajo en el escenario. Me llegó a doler el estómago de lo mucho que reí —le comentó al desconocido—. Por cierto, soy Kazuya.


Última edición por Kimimaro Kazuya el Vie 10 Mayo 2019 - 20:10, editado 2 veces
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Mensaje por John Sword el Miér 17 Abr 2019 - 17:57

Y al parecer de eso iba la noche. Diversión, disfraces, fiesta, bebida y mucha diversión. Al final, el tipo grandullón se salió con la suya. El tabernero se intentó resistir, pero al final cedió. Se ausentó un momento para volver rápidamente con un barril de cerveza. El tipo grande comenzó a babear. Sin duda alguna, la gente haría lo que fuera necesario para conseguir un trago de esa apreciada bebida. En cambio, John nunca había entendido aquello. Donde hubiera un buen café, que se quitase lo demás.

Durante aquello, un chico con el pelo celeste se le acercó. John lo miró de una forma fría. Desde siempre había sido muy desconfiado para los desconocidos y siempre le había costado hacer nuevos amigos. Eso sí, un compañero era un bien muy preciado al que John jamás daría la espalda. El muchacho le preguntó por su nombre y le dedicó unas palabras.

John observó como el peliceleste tomaba la jarra que el tabernero le había ofrecido minutos antes para darle un buen trago. ¡Lo que te pierdes, bailarín! - Dijo el chico. A pesar de parecer mucho más joven que él, la cara del muchacho lo decía todo. Disfrutaba aquella bebida con locura.

John suspiró. Debido a su carácter frío, antipático en ocasiones, el pescador se limitó a observar al peliceleste. Entonces, fue cuando se dio cuenta de que el chico se encontraba en compañía de un animal, un loro. Fue entonces cuando entendió de que, quizás, podrían entenderse. John se había criado en una cabaña perdida en la jungla y sentía gran afecto hacia los animales. En aquel instante, el muchacho continuó hablando al carnicero.

- John Sword es el mío, pero puedes llamarme John. - Respondió con sequedad. - Por tu vestimenta no pareces de aquí, ¿cierto?

El chico, se llamaba Kazuya, o al menos, eso decía. Vestía un abrigo negro largo y una bufanda. Allí la gente no solía vestir de esa forma, o al menos, la gente en la que John había reparado para sacar dichas afirmaciones. En aquel momento, la tripa de John rugió. Ciertamente, tenía hambre. John se palpó los bolsillos de sus ropas y por suerte, consiguió sacar un par de berries. No serían mucho, pero al menos, podría comprar algo para saciar parte de su apetito.

Levantando la mano, llamó al camarero. - Póngame un café, por favor.

- Le traeré la especialidad de la casa en cafés, un capuchino. Los granos de este café nos llegan diariamente desde Dressrosa. Son una riqueza culinaria para el paladar. - Dijo el camarero intentando poner un extraño acento.

Realmente, a John le importaba poco de dónde viniese el café, mientras estuviera bueno y fuera barato. Mientras esperaba, el pescador se volvió a dirigir a Kazuya. - Oye, Kazuya... ¿y dónde has sacado ese loro? - Preguntó John con cierta intriga. No estaba interesado en conseguir un ejemplar como ese, pues ciertamente, no parecía ser muy... ¿espabilado? Pero su plumaje le parecía algo muy bonito.

Por suerte, no tardó mucho en traerle el pedido al pescador. Lo dejó con gran elegancia sobre la barra y lo acompañó de un pequeño sobre de azúcar. John le agradeció la atención, y sin echar el azúcar, le dio un sorbo. Nada más probarlo, sintió como el café descendía lentamente por su esófago. Sin duda alguna, estaba delicioso. Uno de los mejores que había probado, quizás.

- Esto si que es una buena bebida. - Dijo el pescador ofrenciéndole un trago al joven peliceleste.
John Sword

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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Mar 23 Abr 2019 - 5:12

El ameno recital de la muchacha de largos cabellos y grandes ojos verdes había terminado, recibiendo un sinfín de aplausos. Al cocinero le había encantado la música que había tocado la chica. Siempre pensaba en que, si no hubiera conocido la cocina, sería un músico tan bueno como la rubia que caminaba lentamente hacia la barra. Sus movimientos, lejos de ser sensuales y elegantes, parecían ser naturales y llamativos. No necesitaba caminar como modelo para llamar la atención de los hombres. Su mera presencia bastaba para que todos voltearan la mirada y quedaran embobados con su belleza. Su piel tersa y pálida como la nieve era otro de sus rasgos característicos, aunque sus finos labios rosados no se quedaban atrás.

El hombre de aspecto cuanto menos intimidante resultó ser John, un extranjero como el joven aventurero. Aunque su mirada fuera fría como un témpano de hielo, Kazuya podía advertir cierta pasión en ella. Y le gustaba. No cualquiera tenía los huevos para hacer el ridículo como él lo había hecho y, encima, quedarse a beber café. Era un sujeto extraño, pero agradable. Cuando el peliceleste escuchó el rugido que soltó el estómago de John no pudo evitar sonreír. Si hubieran estado en Plaza Verde, el restaurante que había estado administrando hacía pocas semanas, él mismo se habría encargado de saciar su apetito. Quizás un buen trozo de carne bañado en salsa barbecue o un mariscal frío con un buen toque de cilantro.

—Lo he pillado en el puerto. El vendedor estaba a punto de deshacerse de él porque no parecía muy avispado, pero terminé convenciéndolo para que me lo regalara —respondió el cocinero tras darle un buen sorbo a la fría jarra de cerveza—. ¿A qué es bonito? A mi hermana no le ha gustado, pero da igual. No es como si su gusto para los animales fuera mejor que el mío, ¿sabes?

Kazuya sonrió y movió la cabeza negativamente al ver que John le ofrecía de su trago.

—Lo siento, pero debo pasar. Definitivamente no es buena idea mezclar café y cerveza —mencionó el chico, mirándole amablemente con sus grandes y expresivos ojos dorados—. Te lo dice un cocinero. Por cierto, y cambiando un poco el tema, ¿no crees que todo esto de Halegüid es un tanto…extraño?

—Para los extranjeros suele ser aterrador —interrumpió la chica que había estado cantando hacía pocos minutos—. Incluso hay quienes vivimos hace años en Aguasnegras y no logramos acostumbrarnos. Es una fiesta de mal gusto, en mi opinión.

—¿Tú crees? Puede ser extraño y aterrador, pero se ve divertido. Me gustaría disfrazarme —comentó el peliceleste mirando hacia arriba e imaginando un buen disfraz: un hombre mono con los ojos inyectados en sangre, un machete en una mano y un látigo en la otra, mientras tarareaba una alegre canción: “Yo no soy marinero, soy capitán, soy capitán…”—. Por cierto, soy Kazuya.

—Y yo Asia. Si quieres un disfraz, podría conseguirte uno.



Última edición por Kimimaro Kazuya el Vie 10 Mayo 2019 - 20:10, editado 2 veces
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Mensaje por John Sword el Vie 26 Abr 2019 - 22:37

El peliceleste respondió ante la cuestión que John le formuló en referencia a su loro. Al parecer se lo habían regalado porque el loro no es que fuese un prodigio natural. El pescador sentía una mezcla entre envidia y desinterés, era un sensación extraña. Por un lado, el plumaje del loro era muy, muy bonito, incluso alguien como el carnicero se había reparado en él, algo que no era muy frecuente. Era como si todo esos llamativos colores adornasen aquella lúgubre isla. En cambio, por otro lado, John se aliviaba de que no fuera suyo, no le gustaría tener que cargar con un pájaro bobo.

John le ofreció un sorbo de café al peliceleste, pero este rechazó su invitación. Afirmaba que no era una buena idea la mezcla de este con el alcohol. Al parecer, el chico entendía, o al menos, afirmaba ser cocinero. Con aquellas palabras, John cogió firmemente la taza del capuchino y dándole un largo trago se lo acabó. Sin duda alguna, era uno de los mejores que había probado en mucho tiempo y es que, en alta mar, no es que hubiese demasiado café...

Por cierto, y cambiando un poco el tema, ¿no crees que todo esto de Halegüid es un tanto…extraño? - Le preguntó Kazuya.

Sin embargo, antes que de que el pescador pudiera responder, la muchacha con la que minutos atrás había ''compartido'' escenario, interrumpió la conversación. La chica, que por sus palabras parecía que residía en aquella isla, afirmaba que aquella tradición podía resultar aterradora incluso para los propios habitantes.  

- Ciertamente, a mí no me trae buenas vibraciones - Dijo John entrando en la conversación. - La gente utiliza cualquier cosa para ponerse hasta arriba de alcohol... - Continuó, tajante. - Al menos vosotros pareceis personas cuerdas, no como la mayoría de personas del exterior.

Tras aquellas palabras, un relámpago pudo escucharse en el exterior. Paulatinamente, el sonido de gotas de agua colisionando contra el suelo iba haciéndose más fuerte. Al parecer, la tormenta se había desatado de nuevo. John solía sentirse cómodo con el olor a lluvia y la sensación de que las gotas chocasen contra su piel, pero no de aquella forma. El pescador era consciente de que una tormenta podía crear grandes inundaciones en la zona y podría incluso llevarse varias vidas junto a ella. Definitivamente, deseaba volver al barco con el resto de los chicos.

- No te preocupes por la lluvia, muchacho.- Dijo el tabernero mientras limpiaba una jarra. - Las lluvias son de lo más frecuente en esta zona. Todo estará a salvo. El tiempo aquí es de lo más extraño. De un momento a otro todo puede cambiar. - Finalizó con una carcajada.  

Aquellas palabras le tranquilizaron un poco, pero su carácter le impedía poder estar completamente relajado. Sin embargo, esto no hizo en que repase en sus interlocutores, quienes hablaban de la posibilidad de conseguir un disfraz. Parándose a pensar, quizás no fuera una idea tan descabellada, al fin y al cabo, no había mucho más que hacer que esperar a que la lluvia cesase.
John Sword

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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Sáb 27 Abr 2019 - 2:15

Un relámpago iluminó el oscuro cielo de Aguasnegras y, enseguida, un estruendoso sonido resopló tanto en el exterior como en el interior de la taberna, dando inicio a una fuerte lluvia. Las gotas de agua golpeaban fuertemente el adoquinado suelo de las calles de la ciudad y amenazaba con apagar toda fogata que estuvieran haciendo los simpatizantes de Halegüid. La tormenta le daba un toque mucho más oscuro y tétrico a la extraña tradición de los habitantes de la ciudad, uno mucho más interesante. Luego de que el trueno fuera escuchado, muchos de los hombres que bebían en la taberna intercambiaron miradas de preocupación. ¿Acaso indicaba algo…? Incluso la chica de largos cabellos como el sol arrugó la frente y volteó la mirada hacia la entrada del local.

—Yo soy Asia —respondió ella sin mirar al cocinero—, y tienes razón. La gente de Aguasnegras busca cualquier excusa para sembrar el caos.




De pronto, y seguido del trueno, se escuchó una voz como si perteneciera a un coro. Luego, el característico sonido del piano dio inicio a una peculiar melodía. Entre el piano y las voces, Kazuya consiguió distinguir no sólo uno, sino varios disparos. ¿Qué diablos estaba ocurriendo allá fuera? Las miradas de preocupación incrementaron y ahora el peliceleste estaba considerando marcharse de allí. Sin embargo, antes de que pudiera levantarse de su asiento, la puerta de la taberna fue abierta violentamente.

Un hombre, bailando al compás de la música, entró dando vueltas y vueltas sosteniendo entre sus fuertes brazos el cadáver de una mujer que llevaba un ensangrentado vestido de bodas blanco. El sujeto era alto y tenía el cabello negro azabache, sus ojos no expresaban nada más que locura, una demencia que lo había despojado de toda humanidad. Vestía un traje de novio bastante maltrecho, como si le hubieran tirado un charco de mierda encima. Además, olía muy, muy mal. Entró gritando y cantando, «¡Mamá, acabo de matar a un hombre!», y enseguida apareció otro grupo igual de extraño. Algunos iban disfrazados, otros no. Había una tipa que llevaba el traje de un gusano anaranjado y cubierto de largos vellos.

—Le puse una pistola en la cabeza, apreté el gatillo y ahora está muerto, ¿sabes? —le susurró en el oído a una mujer que yacía aterrada, sonriendo demencialmente—. ¡Mamá, la vida acaba de empezar! Pero me he vuelto loco y la he tirado por la basura. ¡Ja, ja, ja! —soltó una exagerada carcajada—. ¡Sean bienvenidos! ¡Todos sean bienvenidos a mi fiesta! ¡Sí, damas y caballeros, mi fiesta! —mencionó recalcando mucho el que fuera suya—. ¡Todos y cada uno de los presentes está alegremente invitado!

El loro, por primera vez, pudo enfocar la mirada y frunció un inexistente ceño. Ni a él ni a Kazuya les gustó la aparición melodramática de ese sujeto, además, había alterado todo el ambiente. En un jolgorio todos debían reír, bailar y soltar chistes; sin embargo, todos lucían aterrados.

—Será mejor que se vayan, chicos —sugirió el tabernero mientras sacaba una gran escopeta de la vitrina trasera—. Todos los años me toca ver a locos como este. Cuiden de Asia, por favor. Es mi artista estrella.

El peliceleste no entendía nada, pero no necesitaba hacerlo para actuar. En un acto de valentía mezclado con imprudencia, y un fuerte deseo de ser el héroe de la noche, cogió la mano de la rubia y se dirigió hacia la salida trasera.

—¡Alto ahí, muchacho! ¡Nadie se va sin antes haber bailado conmigo! —gruñó el hombre de la cara pintada, frunciendo el ceño y sacando una pistola de su bolsillo. Jaló del gatillo sin dudarlo, pero la bala fue a parar a un destino completamente diferente: un hombre adulto—. ¡Mamá, he vuelto a matar a un hombre! ¡Demasiado tarde, demasiado tarde! ¡La vida se escapa en un suspiro!



Última edición por Kimimaro Kazuya el Vie 10 Mayo 2019 - 20:09, editado 2 veces
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Mensaje por John Sword el Sáb 4 Mayo 2019 - 21:14

Sin embargo, las carcajadas del tabernero cesaron con la caida de un primer trueno. Su rostro se tornó pálido, reflejaba gran intranquilidad. El relámpago vino acompañado de varios centellas más. Aquello, trajo consigo el revuelo en el local. Todos los allí presentes se miraban reciprocamente. Aquello hizo que John se preocupase por la situación también, más aún de lo que ya estaba antes de los chispazos.

Seguidamente, comenzó a escucharse una músiquilla, acompañada de varias voces. John no conseguía entender que estaba ocurriendo. ¿De dónde venía aquel sonido? La melodía tan solo aumentaba la tensión y hacía que el pescadero sudara más y más. Aquel sitio era muy extraño, más de lo que ya era.

De pronto, la puerta se abrió de golpe. Un tipo entró en el local, dando piruetas y bailando con la melodía, pero había algo aún más extraño... tenía un cuerpo entre sus brazos, una mujer, toda su ropa estaba cubierta de colores rojizos, y además, el tipo cantaba una tétrica letra: Mamá, acabo de matar a un hombre  No había que ser ningún genio para comprender la situación. John se fijó en el rostro del tipo. Las pupilas de sus ojos eran desmesuradamente grandes y la sonrisa que portaba el individuo no indicaba otra cosa que la falta de cordura de este. Tras él, un grupo de personas disfrazadas entró la taberna.

El primer personaje, con unos ropajes andrajosos, comenzó a reir de una forma macabra, mientras gritaba que fueramos bienvenidos a su fiesta. John apretó los dientes, sin duda, estaba en lo cierto, aquel sitio estaba plagado de locos. El tabernero, dirijiéndose hacia John y al peliceste, Kazuya, les pidió que se llevasen a Asia, su cantante. Ante aquellas palabras, John asintió con la cabeza. Quizás él no fuera la persona más pura de allí, pero al menos, sabía reconocer entre que estaba bien y que no, a pesar de no obtener una recompensa remunerada.

John desenfudó su daga, Megalodon Tusk, empuñándola con firmeza con su mano izquierda. Kazuya no se lo pensó dos veces y cogiendo la mano de la artista, se dirigieron hacia una salida. John observaba desde la distancia al individuo que había revolucionado la situación, pero no pudo evitar que este intentase acabar con la vida de, ahora su compañero, el peliceleste. Sin embargo, la bala no atinó en su objetivo, si no que perforó la piel de un hombre adulto, acabando irremediablemente con su vida. Al ver aquello, el tipo coemenzó a reir desmesuradamente.

- Hijo de p... - Dijo para sí John. Odiaba la actitud de la gente como él. Por ello, actuando de una forma instintiva, cogió de su cinturón una daga de hueso, con la mano derecha, para arrojarala con un movimiento seco, pero por desgracia, no logró acertar en su objetivo.

- ¡¡Eso es lo que quería!! - Chilló. - ¡¡Bailemos, bailemos todos!!

El tipo dirigió el cañón de su pistola hacia el carnicero, pero no llegó a disparar hacia este. Interrumpiendo el enfrentamiento entre ambos, el tabernero intervino, sujetando una escopeta de dos cañones, con la que apuntaba al loco bailarín.

- ¡Salid de aquí he dicho! - Gritó el tabernero. - No quiero más heridos en mi local. - Finalizó, antes de dar el primer disparo, a pesar de que no consiguió dar.

Sin dar tiempo a ver como avanzaba la disputa, John comenzó a correr dirección de la puerta, desde donde Kazuya le insistía en abandonar la taberna. Al menos, si no podía defender aquello, podrían ayudar a Asia. Aquella era ahora la misión de John.
John Sword

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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Vie 10 Mayo 2019 - 20:09

Cuando el cocinero se volteó, abrió los ojos de par en par; estaba aterrado. Si bien la bala no había perforado ningún órgano vital, sí que había sangre. Y mucha. Kazuya no esperaba que su primera aventura fuera tan… violenta. Por un momento, sus piernas se paralizaron. Un extraño sentimiento recorrió su cuerpo, impidiéndole moverse. Sin embargo, no podía describir lo que sentía. Quería salir corriendo de ahí, no porque tuviera que llevar a Asia a un lugar seguro, sino porque algo dentro de sí mismo le decía que lo hiciera cuanto antes.

—¡Kazuya…!

El peliceleste no podía dejar de ver la sangre escurrir del cuerpo del hombre de cuarenta y algo. «Pude haber sido yo», consiguió concluir luego de unos agobiantes segundos. El disparo, en principio, iba dirigido hacia él. Era Kazuya quien debía estar en el suelo, ensangrentado y sintiendo un dolor que jamás había sentido.

—¡Tenemos que irnos! —dijo Asia, sosteniendo las manos del cocinero.

De pronto, una agudísima voz resonó en su cabeza. Dirigió la mirada hacia el hombre vestido de novio, quien reía con demencia. Incluso las pinturas eran incapaces de ocultar las marcadas ojeras del sujeto increíblemente pálido. Era escuálido y su cadavérico rostro inspiraba miedo. Y cada vez que abría su boca para hablar o reír, dos largos y afilados colmillos se le dejaban ver. Aún sostenía el cadáver de una mujer en sus brazos que, por delgados que fueran, debían tener mucha fuerza.

—¡Bailemos, bailemos! —volvió a gritar el hombre al ver que John sacaba una de sus armas para darle cara. ¿Quién era exactamente ese tipo que no bebía cerveza, pero que se abalanzaba sobre un psicópata? Cuando el cocinero escuchó el disparo y vio la sangre escurrir como agua de grifo, su cuerpo simplemente dejó de reaccionar.

Entonces, sintió un fuerte ardor recorrer su mejilla.

—Vámonos de aquí, Kazuya —volvió a decir Asia, esta vez con el ceño fruncido y mirándolo fijamente. Entonces, el cocinero comprendió que era una orden.

La bofetada que había recibido le sirvió para volver en sí. Sonrió avergonzado cuando hace segundos quería ser el héroe de la noche. No obstante, ahora sabía lo que debía hacer. El tabernero les estaba dando tiempo suficiente para que se llevaran a Asia de ahí. Y el cocinero conocía un lugar en el que estarían a salvo. El único problema era que quedaba un tanto lejos, pero allí estaría Kimoto. No podía abandonarla en una noche tan loca como la que estaba viviendo.

Atravesó la puerta trasera en compañía de Asia y John, llegando a un callejón oscuro, maloliente y muy húmedo. Había varias cajas, unas destruidas; otras no. Pudo distinguir con claridad trozos de vidrio, botellas completamente vacías y todo tipo de basura. En las paredes había dibujos escalofriantes, y la maldita lluvia no ayudaba a mejorar las cosas.

De pronto, un relámpago iluminó el cielo nocturno.

—Sé de un lugar donde estaremos seguros —mencionó Kazuya con firmeza.

—Creo que la que sabe de lugares seguros soy yo —intervino la cantante—. No quiero sonar agresiva, pero eres extranjero. ¿Cuánto tiempo has estado en Aguasnegras? Yo llevo dieciocho años aquí —explicó Asia lo más amable que pudo—. Déjenme guiarlos y les prometo que estaremos a salvo.

Asia definitivamente tenía toda la razón, pero ¿qué sucedería con Kimoto? No podía permitirse estar tan lejos de ella, no sabiendo que había tipos como el de la taberna. No quería siquiera imaginarse lo que pasaría si alguien entraba al cuarto de su hermana. Quería ayudar a Asia, pero su verdadera prioridad era Kimi. Nadie más que ella.

—Debo regresar a Corazón Delator —sentenció, mirando primero a Asia y luego a John—. No puedo dejar sola a mi hermana. Espero que la noche no se torne más rara de lo que ya es, pero eso es algo que no sé. Y no me quiero arriesgar.

Hubo un momento de silencio, un incómodo silencio, hasta que la cantante lo rompió.

—Queda en sentido contrario de donde pienso refugiarnos… Mira, Kazuya, Corazón Delator al menos se encuentra en una zona segura de Aguasnegras. Jamás pasa nada allí, al menos no nada realmente peligroso —mencionó la cantante—. Sin embargo, ahora somos un equipo y resolveremos esto votando. Yo voto por ir a un lugar seguro.

—Y yo por ir a Corazón Delator. No puedo abandonar a Kimi —afirmó—. Tú decides, John.
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Mensaje por John Sword el Dom 19 Mayo 2019 - 16:13

Justo antes de salir al exterior junto a Kazuya y Asia, John se fijó en el cuerpo ensangrentado quien había recibido un balazo. La sangre emanaba sin cesar del estómago. Toda su vestimenta quedó teñida de carmesí. Ante aquella imagen, el pescador quedó parado, justo en la puerta, antes de salir tras sus compañeros. No sabía el porqué, pero aquella imagen le no resultaba para nada desagradable, al revés, le hacía sentirse vivo, lleno de adrenalina y con ganas de más, pero, por otro lado, sabía que debía ayudar a Asia y Kazuya. Sus pupilas se dilataron, realmente amaba sentirse de tal forma.

Tan solo salió de aquel trance cuando la artista, desde fuera del local, gritaba que era hora de irse. A John le hubiera encantado quedarse, pero no podía ser. Con rapidez, salió al exterior y cerró la puerta tras de sí. Ahora se encontraban en un callejón. Aquello era realmente tétrico, y por si fuera poco, la tormento hacía de aquello aún más incomodo.

Cuando los tres se encontraron reunidos, el joven peliceleste sugirió un lugar donde estaríamos seguros, pero la bailarina respondió de mala manera: Creo que la que sabe de lugares seguros soy yo —intervino la cantante—. No quiero sonar agresiva, pero eres extranjero. ¿Cuánto tiempo has estado en Aguasnegras? Yo llevo dieciocho años aquí

Ante aquellas palabras, John intervino. No le gustó la respuesta, algo agresiva de la muchacha, y no pudo evitar responder de una manera seca: - Quizás seamos extranjeros y tu conozcas más la ciudad, pero dudo que sepas defenderte mejor que nosotros.- Dijo antes de parar. - Tienes razón en que tu conoces mejor la zona, pero estamos aquí para salir vivos de este puto lugar, trabajemos como un equipo.

Sin dejar tiempo a que la chica respondiese, Kazuya agregó que quería ir a Corazón Delator debido a que allí se encontraba su hermana. En aquel momento, John entendió perfectamente como se sentía. Él también debía reencontrarse con alguien, pero al contrario que con su situación, Wilkins si que sabía defenderse, bastante mejor incluso que el propio John.

Tras aquello, hubo un silencio que, no desagradó para nada a John. Él solamente quería reencontrarse con Wilkins, pero aquel chico, al igual que él, debía verse con otra persona y aquello le motivaba a querer ayudarlo. Verdaderamente, el peliceleste había resultado caerle bien al carnicero, al contrario que la otra chica, que por su prepotencia y agresividad, no resultaba de gran agrado para el pescador, aunque no por ello, no intentaría ayudarla.

Junto a otro gran relámpago, Asia respondió: -Queda en sentido contrario de donde pienso refugiarnos… Mira, Kazuya, Corazón Delator al menos se encuentra en una zona segura de Aguasnegras. Jamás pasa nada allí, al menos no nada realmente peligroso. Sin embargo, ahora somos un equipo y resolveremos esto votando. Yo voto por ir a un lugar seguro.

Aquellas palabras ya resultaron ser más apreciadas por John. No sabía si su ''reproche'' había servido para hacerle cambiar de opinión o simplemente, él había malentendido a la muchacha, pero fuera como fuere, le resultase más o menos agradable, ahora estaban todos en el mismo barco, y debían ayudarse para salir de aquell situación.

Kazuya, entonces, votó por ir a Corazón Delator. El recuento entonces quedaba en uno a uno. Él sería quien decidiese hacia que lado se inclinaría la balanza. Sinceramente, él prefería ayudar al cocinero. SIn pensarselo dos veces, respondió:

- Yo voto por... Pero antes de poder acabar si quiera su respuesta, una especie de cañonazos o bombazos se escucharon próximos al lado izquierdo del callejón. Seguido de esto, una nube de humo comenzó a levantarse.- Quizás, simplemente, lo mejor sea no ir en esa dirección. Dudo que todo ese estruendo se deba a algo menos extraño que todo esto. - Tras aquello, John se pausó unos segundos.- Lo que está claro es que debemos abandonar este sitio lo antes posible.- Finalizó, señalando el extremo del callejón opuesto al alboroto.
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Mensaje por Kimimaro Kazuya el Lun 3 Jun 2019 - 3:15

El cielo se iluminó durante un instante y enseguida un estruendoso sonido recorrió cada rincón de Aguasnegras. La lluvia comenzó a azotar con más fuerza la oscura ciudad y la música proveniente del otro lado de la taberna cada vez se escuchaba con más nitidez. Entonces, se escuchó otro disparo desde el interior del bar. Y, enseguida, una violenta explosión. Definitivamente Halegüid no era ninguna fiesta entretenida ni mucho menos atractiva para turistas. Kazuya había visto lo suficiente para darse cuenta de que había sido mala idea salir de Corazón Delator. No, lo realmente malo había sido alejarse de su hermana.

 Asia suspiró resignada y cerró los ojos al escuchar la decisión de John. Entonces, movió negativamente la cabeza y se cruzó de brazos.

—Supongo que no hay otra opción —comentó la cantante—. Tienes razón, John, tal vez no sepa defenderme mejor que …, pero tampoco soy una princesa indefensa —agregó, soltando una sonrisa rebosante de confianza. De entre sus ropajes, la muchacha sacó un par de pistolas cuyos cañones tenían un largo de por lo menos veinte centímetros. Las armas seguían un cuidadoso labrado a mano que recordaba la danza entre dos dragones dorados—. Los bardos no sólo nos dedicamos a cantar y a entretener a las personas, ¿saben?

 Kazuya silbó al ver las bonitas pistolas que la rubia manejaba con destreza, haciéndolas girar de forma muy elegante. A diferencia de ella, el peliceleste se había decantado por las artes marciales. No necesitaba una espada o un cañón para ser peligroso, no cuando tenía sus propias manos para vencer a cualquiera. Por otra parte, ¿qué estilo de luchador sería John? Tenía un aspecto… intimidante, y a juzgar por cómo había reaccionado al ver el disparo, todo indicaba que era un hombre mucho más experimentado que Kazuya. Menos mal había elegido dirigirse hacia Corazón Delator.

—Bien, será mejor que nos apresuremos —comentó Kimimaro, tornándose más serio que de costumbre. Si mal no recordaba, la forma más rápida para llegar a la taberna en donde se hospedaba Kimi, era atravesando el enorme campo de fogatas y locura.

—No podemos tomar el camino de la izquierda. La única opción que nos queda es hacer un desvío. Tardaremos un poco más, pero no nos encontraremos con estos… idiotas —aseguró la muchacha—. O eso espero.

 Asia fue la primera en empezar a caminar en sentido opuesto a los cañonazos, virando en la esquina e internándose en otro oscuro callejón. Kazuya la siguió de cerca, observando todo a su alrededor. Lo único que podía escucharse en ese lugar era la fuerte lluvia que no parecía tener intenciones de detenerse. Había un absoluto silencio. Todo indicaba que el peligro había quedado atrás, allá en la taberna en la que había cantado Asia. Ya no había nada que temer, salvo esas feas ilustraciones de toda clase de monstruos que había en las paredes. Kazuya seguía sin entender el sentido de una fiesta como Halegüid, pero había veces que simplemente no había nada que entender.

 Terminaron llegando a una plaza iluminada únicamente por las tenues luces de los faroles de fierro mojado. El viento mecía violentamente las copas de los árboles, que parecían verdaderas sombras danzando en la oscuridad. Nuevamente, lo único que podía escucharse era la lluvia. Sin embargo, ¿qué era esa extraña sensación que recorría el cuerpo de Kazuya? Algo dentro de sí le advertía que saliera corriendo, que huyese cuanto antes sin mirar atrás. ¿Acaso era miedo? No, el joven cocinero jamás había sentido algo así en su vida. No conocía el miedo. Apretó fuertemente ambos puños y retomó la caminata.

 De pronto, una luz mucho más intensa que las de los faroles llamó la atención del peliceleste. ¿Una fogata en medio de la plaza? No le hubiera prestado atención de no ser porque, segundos después, otra fogata se encendió. Y enseguida otra. En cuestión de minutos, la oscuridad de la plaza había sido desplazada por el calor de las fogatas que a duras penas resistían la intensa lluvia. «¡Debemos irnos!», quiso decir Kazuya, pero ninguna palabra pudo salir de su boca. Y de un momento a otro el sonido melancólico y lúgubre de un piano erizó los pelos del cocinero.


Espero en mi fría celda cuando las campanas empiezan a sonar,
Reflexiono sobre mi pasado y no hay demasiado tiempo
Pues a las cinco me llevarán a la horca
Las arenas del tiempo, para mí, corren lentamente


Dijo una voz gutural y escalofriante, siguiendo la tétrica melodía del piano. Kazuya había vivido lo mismo hacía minutos; sabía lo que le esperaba si no se movía. Sin embargo, antes de poder hacer cualquiera cosa, un grupo de hombres vestidos de sacerdotes apareció de entre los árboles. Pese a lo extraña que estaba siendo la situación, una figura en especial llamó la atención tanto de Kazuya como de Asia. Debía medir al menos tres metros y vestía una larga túnica completamente negra. Sobre su cabeza se podía ver un largo sombrero que seguía el diseño de una cruz. Entonces, cuando el cielo fue iluminado una vez más por un relámpago, Kazuya pudo ver el horroroso rostro de lo que caminaba lentamente hacia él.

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 Unos ojos rojos rebosantes de maldad se depositaron primero en Asia, y luego en Kazuya. La cosa que caminaba al son de la música empezó a sonreír poco a poco, revelando una sonrisa distorsionada y macabra. Enormes y rasgados dientes se pudieron ver al mismo tiempo que unos labios pintados se estiraban a más no poder.

—¡Hoy honraremos Halegüid como nunca antes! —comentó y recibió una serie de aplausos como respuesta—. Y tenemos el sacrificio perfecto para hacerlo.
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