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Mensaje por Julianna M. Shelley el Dom 30 Jun 2019 - 20:49

El día había empezado de forma normal. Se había despertado y asomado a la ventana de la posada para averiguar el día que hacía. Aquella mañana Water Seven tenía un aura gris, quizá por los nubarrones que la cubrían. Anunciaban tormenta, pero a Jul no le preocupaba mucho. El aire fresco le sentaría bien; últimamente le parecía que nunca tenía suficiente. A ratos todavía recordaba la sensación de ahogo que había sufrido al escapar de la Aguja. El aire seco, viciado, colándose por su nariz y haciéndole sentirse sucia. Una buena tormenta ayudaba a sacudirse esos recuerdos.

Había desayunado en un pequeño café que había a un par de calles de dónde se alojaba: dos bollos de mermelada y un vaso de leche templada. Había saboreado cada bocado con deleite y pagado con una pequeña sonrisa antes de marcharse. Se había asegurado de llevar paraguas, pero de momento parecía no necesitarlo. En realidad, no tenía mucho que hacer. Llevaba un par de días gastados a base de largos paseos por la ciudad, pero no se cansaba. Se rindió a esa actividad durante un par de horas, antes de dirigirse a la oficina de correos. Con letra pulcra y pausada, escribió una carta para Samirn. Explicó donde se encontraba y aseguró estar en buena salud. Omitió lo sucedido en la Aguja, por descontado; no quería preocupar a nadie. Acabó preguntando por las noticias que pudiera haber y firmó con soltura antes de mandarla y marchar.

Era la una de la tarde. No había mucha gente por la calle y el gritó resonó con fuerza entre los edificios. Alguien pedía ayuda. Jul, automaticamente, se pegó a la pared más cercana. Tras un momento en blanco, volvió a oír un grito. Esta vez creyó saber de dónde venía, pero no conseguía que sus piernas se movieran. De repente, un hombre pasó corriendo a su lado. Vio un brillo metálico y supo que llevaba un cuchillo. Por suerte, a ella no parecía haberla visto. Una vez se perdió en la distancia, Jul consiguió moverse y echó a correr.

Le encontró al fondo de un callejón, sentado contra la pared en un charco de sangre. Tras un instante de duda, se precipitó hacia el desconocido.

- ¿Dónde ha sido?

El hombre la miró, perplejo y dolorido. Hizo un ademán de apartarla, pero no sirvió de nada. Sin embargo, al mover él la mano Jul pudo ver la herida. Le habían hundido el cuchillo en el muslo izquierdo. Con cuidado, apartó la tela para poder verla bien. No parecía infectada. Se apartó un segundo y sacó el kit de primeros auxilios de su bolsito de cuentas. Debería poder limpiarla y coserla sin muchos problemas, por lo menos si él cooperaba. Echó desinfectante en un poco de algodón y sin mirarle a los ojos le habló en voz baja:

- Estarás bien. Voy a ayudarte.

No pareció querer negarse, así que Jul procedió a limpiarle la herida con cuidado, dando toques delicados y procurando no causarle más dolor del necesario. Tras eso, agarró una aguja y el hilo de sutura. Si lo hacía rápido, no debería haber ningún problema. Le pidió que se quedase quieto y comenzó a coserle con movimientos precisos y estudiados.
Julianna M. Shelley

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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 31 Jul 2019 - 0:16

Yarmin caminaba despreocupadamente por las calles apenas transitadas de Water Seven, más allá de los arrabales, evitando los grandes bulevares y las plazas atestadas. El Príncipe encantador disfrutaba de la soledad en sus vacaciones: Tras el incidente de la Aguja había solicitado un par de días de descanso que, lógicamente, iba a utilizar para recabar información. Sin embargo, por el momento paseaba sin prestar mucha atención, apenas fijándose en los detalles más llamativos... Como ese grito.

Un tipo dobló la esquina, corriendo con un cuchillo ensangrentado en las manos y una expresión entre amenazante y aterrorizada; la clase de persona que uno no querría encontrarse en medio de un callejón oscuro. No obstante, y aunque aquel tipo no era consciente de ello, Yarmin era la clase de persona con la que esos tipos no querrían cruzarse en un callejón oscuro.

- Estoy seguro de que el grito no era tuyo -dijo tranquilamente cazando al vuelo la oreja del hombre, que siguió avanzando un par de metros antes de caer por el dolor-. Y no llores, aún te queda otra.

Se acercó a él y se acuclilló, con Veneno en una mano y la oreja entre los dedos. Lamió el cartílago ensangrentado y sonrió con malicia a la triste víctima antes de aproximar, muy lentamente, aquella masa temblorosa a su boca.

- Verás, si no abres la boca y comes este rico plato que papá ha hecho con todo su cariño... Pues. -Hizo una pausa mientras la delicada punta de Veneno dibujaba dos perfectas líneas sangrantes en sus mejillas. El otro lo miraba desde el suelo, sujetándose la parte derecha del cráneo y con los ojos, lagrimeantes, como platos-. Así me gusta, que seas un buen niño. Ahora vamos a recoger este juguete peligroso y...

Clavó su mano contra la acera. Para un observador cualquiera podría parecer que utilizaba una fuerza desproporcionada, pero solo había aprovechado el espacio entre adoquines para su pequeño espectáculo merliniano. Se levantó.

- Con esos berridos seguro que alguien viene pronto a atenderte, así que puedo irme. Pero si te chivas a alguien, volveré -se despidió con voz amable antes de dar la vuelta y afrontar el callejón donde, por algún motivo, una niña estaba atendiendo al herido. Ese día empezaba a ser muy raro.

Sus pasos ligeros resonaron en el silencioso callejón y, tras recortar la distancia mientras limpiaba la daga, se dirigió a la muchacha.

- Disculpa pequeña, ¿necesitas ayuda? Me llamo Yarmin Prince, y soy médico.
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Jue 1 Ago 2019 - 19:17

El hombre estaba más sorprendido que dolorido, o al menos eso parecía. En cualquier caso, no movió un músculo mientras Jul le cosía la herida. Mientras daba el último punto, oyó una voz a su espalda. El tono era amable y pausado. Se habría vuelto para mirarle a la cara antes de contestar, pero lo que estaba haciendo era más importante. Aguardó unos segundos, mientras hacía un nudo y aseguraba el arreglo. No estaba nada mal, cada vez cogía más práctica. Antes de empezar a guardar la aguja y el hilo, se giró hacia el desconocido. Era alto y apuesto. Vestía con pulcritud y se le veía relajado.

- No se preocupe, señor Prince. Solo me queda vendarle, pero gracias por ofrecerse.

Abrió el kit de primeros auxilios de nuevo y tras esterilizar la aguja con alcohol la devolvió a su lugar. Hizo lo mismo con el hilo y se dio cuenta de que apenas le quedaba. Frunció levemente el ceño mientras sacaba las vendas. Tampoco había muchas de esas; tras la desgracia de la Aguja no había rellenado su botiquín e iba siendo hora de hacerlo a conciencia. Por suerte, para esta vez serviría.

- Extienda la mano así, por favor. Lo peor ya ha pasado, aunque tendrá que acudir a otro médico en unos días, para que le quite los puntos. Si no hace esfuerzos, no creo que le quede ni cicatriz. Espero que cojan pronto al hombre que le hizo esto; era totalmente innecesario.

Le vendó con cuidado y mucho esmero, extendiendo bien la venda y asegurándola con un pequeño cacho de esparadrapo. Una vez terminó y guardó todo, se giró hacia el otro médico. Quizá él podría echarle una mano; como mínimo parecía alguien amable.

- Disculpe... ¿sabe dónde podría encontrar material médico para rellenar mi botiquín? No soy de la ciudad y no me gusta viajar con pocas reservas.

Esbozó una pequeña sonrisa, esperando haber acertado al pedirle ayuda. Si no, le tocaría ir al hospital más cercano... y muchas veces no era bien recibida. Solían ser edificios pequeños y llenos de gente, con poco personal que desde luego no tenía tiempo para una niña. Su maletín tampoco les convencía y si alguien podía ahorrarle el trámite de atosigar a alguien o incluso coger el material cuando no miraban - siempre dejando dinero a cambio, por supuesto - sería un verdadero alivio.
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Mensaje por Yarmin Prince el Sáb 3 Ago 2019 - 18:13

¿A qué edad se salía de la universidad en aquellos tiempos? Esa muchacha apenas levantaba dos palmos del suelo, pero trabajaba con mayor habilidad que algunos médicos que había conocido a lo largo de su vida -nunca se había dejado tratar por ellos- y poseía una sangre fría y asertividad poco comunes en una persona mentalmente sana; sin embargo, aquello jugaba a favor del pobre diablo al que trataban de ayudar.

- Aún no sabemos si era necesario o no. -Se puso de cuclillas e invadió el espacio personal del paciente, lo justo para incomodarlo levemente-. Dinos, amigo... ¿De qué conoces a ese tipo?

Su voz se extendía con suavidad y delicadeza, pero algo en su tono podía hacer, únicamente para el paciente de la niña, entrever una amenaza velada, un veneno almibarado al que, sin embargo, no podía resistirse. ¿Cómo negar respuestas a quien te cose el culo? Y más aún, ¿cómo negar la petición del Príncipe encantador?

- Yo... Yo... -titubeó-, yo solo pasaba por aquí, y ese hombre... Me atacó.

- Con tu propio cuchillo -completó Yarmin, señalando la funda vacía que colgaba de su cadera derecha-. ¿Me harías el favor de contarme la verdad?

Tragó saliva, nervioso, mientras los ojos rojos de Yarmin lo atravesaban. Lo había cogido con las manos en la masa. Estaba seguro de que él era responsable de su propia herida, pero solo su curioso paciente podía confirmar sus sospechas.

- ¿Sabes qué? -interrumpió cuando comenzaba a brir la boca-. No me interesa lo más mínimo; si ibas a cometer un asesinato y te ha salido rana, tienes suerte de haberte cruzado con esta jovencita. Pero deberías entregarte a las autoridades, o alguien podria tomar venganza.

Se levantó cuidadosamente y sacudió el polvo de sus pantalones. Cuando se daba la vuelta para marchar, no obstante, el destino quiso que la chiquilla pidiese ayuda. Suspiró con cierta desidia y se volteó, señalando con la mano.

-Acompáñame. No suelo pasar mucho por aquí, pero cerca de mi casa hay una farmacia muy completa. El dueño solía ser muy simpático hasta que lo detuvieron por violar a sus hijas. Una cosa... -Suspiró-. Su esposa encontró a las niñas cubiertas de esperma de arriba abajo. Ahora ella lleva el negocio, en cualquier caso, y necesita clientes porque... Bueno, tiene que pagar psicólogos. Pero no temas, ese monstruo ya no puede hacerle daño a nadie.

Su semblante había ido oscureciéndose a medida que hablaba, pero volvió a sonreír y trató de, sin tocarla, abarcar sus hombros para guiarla.

- Por aquí.
Yarmin Prince

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Mensaje por Julianna M. Shelley el Lun 5 Ago 2019 - 12:18

Jul creía que su trabajo había terminado, pero el señor Prince no parecía estar de acuerdo. Escuchó como la escena se desarrollaba en completo silencio, frunciendo el ceño al final. ¿El hombre se había herido a sí mismo? ¿De qué le servía? Si planeaba culpar al otro hombre, utilizar su propio cuchillo era extremadamente estúpido. Y de todas formas, no tenía el cuchillo con él, estaba segura de haber visto pasar a alguien con uno en la mano a todo correr. Pese a ello, la cara de horror del hombre no dejaba lugar a dudas. El señor Yarmin había acertado en todo. Confusa y algo disgustada le dio la espalda al herido. No entendía cómo alguien podía ser tan chapucero y prefería dejarle solo y olvidarlo.

Echó a caminar junto a Yarmin con calma, pero sus palabras captaron su completa atención en un instante. Menuda tragedia... era una lástima que esa madre hubiera tenido que ver a sus hijas así. Ella misma había sufrido esos horrores hacía tiempo, pero por suerte nadie había podido contemplarlo.

- Me alegro de que lograran sobrevivir. Eso y que hayan alejado al hombre... es lo mejor que les podía pasar. Me encantaría ayudar a esa pobre mujer.

Avanzó por el callejón que le había indicado, todavía dándole vueltas en la cabeza a lo que acababa de oír. Estaba claro que ese tipo de personas estaban en todas partes; tan solo esperaba no cruzarse de nuevo con alguien así. Esta vez tendría con qué defenderse... pero no tenía claro que le agradara la idea.

Paró en seco al ver el bulto en el suelo, unos pasos por delante de ella. Le costó un par de segundos darse cuenta de que era un humano y de que estaba sufriendo. No gritaba. De hecho, esos gemidos lastimosos difícilmente podían contar como una petición de auxilio. Aún así, en cuanto salió de su pequeño trance Jul se abalanzó sobre él... para dar un pequeño bote hacia atrás en seguida. No estaba acostumbrada a ver orejas en el suelo de la calle. Se volvió a acercar con algo más de tiento y examinó la situación. Al pobre desgraciado le faltaba una oreja y su mano estaba clavada a la calle. La punta del cuchillo se hundía entre los adoquines con brutal certeza, impidiéndole escapar. Había perdido mucha sangre y parecía estar al borde de la inconsciencia.

- Señor Prince, creo que es el hombre al que quería asesinar el otro. El cuchillo encaja con la herida que tenía.

Bueno, definitivamente no le quedaba sutura para arreglar ese desaguisado. El pobre diablo tendría que llegar hasta el hospital por su cuenta, pero para eso antes tenía que despertarlo. Con cuidado, posó una mano pequeña y blanca en su mejilla. Notó algo extraño, ahora que estaba tan cerca, pero eso podía esperar. Calculó bien y con precisión de cirujana le abofeteó una, dos y tres veces. El sonido que hicieron se elevó por el callejón, pero nadie acudió. Sin embargo, el hombre abrió los ojos de golpe. Jul le puso la mano en la boca para evitar que gritara.

- Guarda las fuerzas que tengas. Voy a quitarte ese cuchillo y hacerte un torniquete para que no pierdas tanta sangre. Una vez esté, quiero que te levantes y corras hasta el hospital más cercano, ¿me has entendido?

El tipo asintió. Suspirando, Jul agarró el escalpelo de su bolsito y procedió a cortar un par de tiras de tela de la camisa del hombre. No iba a desgraciar su vestido por un desconocido. Su herida, su tela. Le envolvió una alrededor de la cabeza, apretándola contra el orificio que le había quedado. Acto seguido, hizo exactamente lo que le había dicho. El cuchillo salió, no de la forma más limpia, pero al menos estaba fuera. Le apretó bien la tela contra la herida y le vio coger su oreja entre nauseas y largarse algo tambaleante pero a todo correr.

Menudo día llevaba. Tan pronto pasara por la farmacia iba a comprarse un pastel y alejarse de todo el mundo por un rato. Se levantó y guardó el escalpelo de nuevo, con cuidado de no manchar nada. Esperaba encontrar una fuente o un río de camino a la farmacia, no pretendía asustar a nadie. Se giró hacia el señor Prince, más cansada que otra cosa.

- Espero que no sea cierto lo que dicen de que no hay dos sin tres.- Esbozó una pequeña sonrisa, sintiéndose de repente algo culpable.- Lamento haber tardado, estoy segura de que tiene cosas más importantes que hacer.

Volvió a echar a caminar con él, pero a los pocos segundos volvió a abrir la boca. Había una cosa que le molestaba.

- Hay algo que no entiendo, sin embargo. La herida de la oreja... era mucho más limpia que la de la mano o la del otro hombre. No creo que se hicieran con el mismo cuchillo, tuvo que ser algo más afilado. ¿Cómo puede ser?

Julianna M. Shelley

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Mensaje por Yarmin Prince el Lun 5 Ago 2019 - 23:24

- Esto explica los demás gritos -murmuró Yarmin, llevándose una mano a la boca-. Lo que no explica es cómo ha podido suceder esto...

Contuvo una risa maligna mientras la chiquilla trataba a ese pobre infeliz, que miraba hacia él con un temor insano, pero incapaz de decir nada acerca de cómo había acabado en aquella precaria situación. Sin oreja, con restos de su propia sangre en la cara y un cuchillo que lo había dejado atrapado contra el suelo en una más que incómoda posición en la que poco más podía hacer que rezar porque la muchacha no desease terminar el trabajo que Yarmin había iniciado; aunque sabiendo que no se trataba de un potencial asesino su interés por él decayó un poco. No lo suficiente como para no terminar el trabajo.

Un transeúnte pasó a su lado y el agente lo frenó con la mano derecha, que brilló azul por menos de un pestañeo, y mientras la doctora daba las últimas instrucciones a su segundo paciente Yarmin susurraba en su oído una serie de órdenes tan directas y sencillas que sería imposible no cumplir. Recogió el cuchillo en cuanto tocó el suelo y se lo dio al inocente viandante.

- Por favor, acompáñelo hasta el hospital más cercano y cuide de él con sus mejores esfuerzos. -Le estrechó la mano educadamente y volvió junto a la doctorcilla justo a tiempo. Esta, que no parecía ser muy estúpida, se dio cuenta de que el corte limpio en la oreja era llamativo en relación a los otros dos tajos, mucho más bastos, del cuchillo-. Lo único que está claro aquí es que no ha sido la misma persona. Pero me temo que es algo que nunca...

Y pasó lo que tenía que pasar. Tras él a apenas treinta metros, se escucharon nuevos gritos y cuando miró un brazo yacía cortado en el suelo. El hombre que debía proteger a "Orejitas", como había decidido apodarlo, se había abalanzado con el cuchillo para apuñalarlo tres veces y, mientras aún se encontraba vivo, destriparlo con no mucho cuidado para comenzar a devorar sus vísceras. Yarmin se apuró para tapar los ojos a la muchachita, fingiendo desconcierto.

- Por lo menos ya sabemos quién lo hizo. Discúlpame un momento.

Con un presto movimiento desenfundó el arma y disparó rápidamente en la frente al ávido caníbal. La verdad, no esperaba semejante voracidad en una orden tan concreta y claramente inmoral, pero se sentía muy satisfecho. En cualquier caso, era momento de fingir ser el héroe que el mundo necesitaba.

- ¡Rápido señorita, necesita ayuda urgente!

Su traje era antimanchas, pero seguía siendo sumamente desgradable pisar sangre. En lugar de intentar tratarlo, era momento de llevarlo al hospital. Afortunadamente era un muchachito, por lo que hasta él podía cargarlo y, con sumo cuidado, se dirigió al hospital más cercano. Una vez llegaran, presentaría su distintivo al celador para que no le hiciesen preguntas raras y advertiría la presencia de un cadáver en esa calle.

- Por cierto, ¿cómo te llamas, jovencita? -terminó por preguntar mientras se acercaban a la puerta del sanatorio.
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 7 Ago 2019 - 0:05

A unos pasos, el señor Prince hablaba con un desconocido. Se acercó con él y le encomendó al herido, a quien tomó sin dudarlo. Jul frunció el ceño, algo extrañada. Estaba claro que al tipo le habían apuñalado y atacado recientemente, y no parecía conocerle de nada. Tampoco se le veía escandalizado o asustado. Sin embargo, parecía más que decidido a acompañarle sin importar el riesgo. ¿Cómo había logrado convencerle Prince?

Echaron a caminar nuevamente, pero no llegaron muy lejos hasta que oyeron nuevos gritos. Jul se giró rápidamente y echó la mano al pomo de la espada, todo el cuerpo en tensión. Era la tercera vez en una mañana, distaba mucho de ser algo normal. Miró hacia el origen del horrible sonido y lo último que vio antes de que el señor Prince le tapara los ojos fue el brazo en el suelo. Seccionado de forma burda, apurada. Oyó su frase, completamente calmada y racional seguida de un disparo. Se apresuró a apartar la mano de su cara y examinó la escena. Certero, el tiro. Pero exactamente, ¿qué había ocurrido? No entendía nada.

Se acercó al lugar en silencio y se arrodilló junto a su segundo paciente y su atacante. Este tenía la boca llena de sangre... y de otras cosas. ¿Había intentado comérselo? Con el ceño fruncido, apartó el cadáver de la víctima aún viva. Le examinó las pupilas y los oídos y le abrió la boca, buscando rastros de... algo. No sabía el qué. Pero la gente normalmente no intenta comerse a otra gente, y esa voracidad... no estaba pensando fríamente. Fuera lo que fuera lo que lo había motivado era apremiante y... no era físico. O al menos, no dejaba rastros.

Todavía confusa, contempló cómo Yarmin cogía al herido y se apresuraba a un hospital. Le siguió de cerca, aunque dudaba mucho que pudiera sobrevivir. Le faltaba parte de varios órganos vitales y dudaba no solo que tuvieran repuestos en el hospital, si no que fueran compatibles y aguantara toda la operación. No, ese hombre iba a morir. Pero todavía estaba consciente y decirlo habría sido una falta de respeto. Además, dejarlo en la calle tampoco era la mejor de las ideas. El asunto definitivamente les iba grande; quizá por eso se había apresurado el señor Prince y no porque pensara que tenía alguna posibilidad.

Llegaron al sanatorio y antes de que les dijeran nada, el señor Prince sacó una especie de... ¿emblema? No lo reconocía. Sabía que no era de la marina, tampoco de la revolución. Volvió a mirarle, fijándose en el traje de alta gama y el pulcro corte de pelo. ¿Estaría ante alguien importante? Entregaron al herido, que se desmayó tan pronto lo colocaron en la camilla. Mientras se alejaban, oyó cómo un médico gritaba que se le apagaba el pulso y los primeros intentos de reanimarle. Una pérdida de tiempo. Se giró hacia el señor Prince, con varias preguntas borboteándole en la cabeza.

- Me llamo Julianna... Julianna Shelley.- Vaciló, dudando si decir su segundo nombre, pero al final optó por no decirlo. No le gustaba. Quizá fuera hora de olvidarlo.- Puede llamarme Jul.

Por un momento pensó en pedirle que le acompañara a tomar algo, para poder preguntarle a placer por la extraña placa y hablar de lo que acababa de sucederles. Sin embargo, en seguida recordó que él había accedido a acompañarla al principio para llevarle hasta una farmacia. Y teniendo en cuenta el historial, se sentiría más cómoda una vez hubiera repuesto existencias. De todas formas...

- Señor Prince... ¿Alguna vez había visto algo como eso? Reaccionó de forma rápida; no sabía que el canibalismo existiera dentro de la especie humana. ¿Tiene idea de qué lo origina? ¿Una enfermedad, quizás? O tal vez... pero no, la simple curiosidad no causaría tanta agresividad. Creo.
Julianna M. Shelley

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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 7 Ago 2019 - 19:48

Dudaba que sobreviviese. De hecho cuando llegó a la camilla ya no tenía pulso, y la sangre perdida por la parte amputada era demasiada como para nutrir su sistema. Sin embargo estaba con una niña, y por muy entretenido y estimulante que hubiese sido aquello debía mantener una mínima responsabilidad y hacerse cargo de que no quedara traumatizada de por vida. Al fin y al cabo, tenía cierta responsabilidad en todo aquello y de no haber interpretado mal lo que estaba ante él se habrían evitado dos muertes. No obstante, no se arrepentía.

- Julianna es un bonito nombre -respondió-. Me recuerda al verano.

Salió del hospital pasando un pañuelo por su traje impoluto -no podía mancharse, pero nunca estaba de más guardar la costumbre por si acaso-, mirando aquí y allá el rumbo más idóneo hacia su casa. Vivía en la zona más acaudalada de la ciudad, en un barrio casi al otro lado de donde se encontraban, y aunque para él no resultaba ningún problema desplazarse hasta allí tal vez la jovencita no pudiese pagar los elevados precios que en zonas menos deprimidas se solían exigir. ¿Sería una buena idea llevarla? Estaba hasta cierto punto limpia, pero ni de lejos parecía una joven terrateniente aburrida, y esa habilidad con la aguja destacaba una profesión precoz; seguramente llevaba trabajando años ya a esas alturas de su vida, teniendo... ¿Catorce años, a lo sumo? Le habría dado pena si no fuese porque vio la oportunidad allí mismo.

- Metcatinona -fue la respuesta que dio a Jul, sacando una bolsa transparente de su bolsillo. Estaba llena de pequeños cristales de una sustancia aparentemente similar a la sal, y aunque aquello había sido cosa suya para asalvajar a la población en contra de su alcalde (el cual le impedía operar cómodamente sin cobrar una mordida), no era mentira-. Estoy investigando la ciudad porque se ha detectado el abuso de esta sustancia, y parece que todo el mundo se empieza a ver afectado. Se trata de un psicoactivo muy poderoso que provoca, entre otras cosas, frenesí y desinhibición. Si ese hombre, en el fondo de su psique, alguna vez se planteó el canibalismo, el consumo de esta droga lo aupó hasta lo que hemos visto ahora.

Los cargamentos de "sal marina" de Arabasta llegarían en unos días, aunque más tarde se encargaría de que el plan fuese cancelado. Afortunadamente no lo había puesto en marcha, lo que sin duda alguna ayudaría a resolver el supuesto entuerto y ganarse el afecto de la joven doctora, pronto su nueva compinche. Solo necesitaba darle algo que ella pudiese atesorar, aunque no sabía por el momento qué; no había ambición en sus ojos, o no al menos una que la dominase, y tampoco se veía en ella algo tan vano para mantenerla controlada como un miedo en específico. Sin embargo, muchas veces la simpatía y el simulacro de buena compañía podían construir cosas maravillosas.

- En fin, hay muchas farmacias de camino a donde yo vivo. Pero si quieres ir hasta allí, lo mejor será que tomemos un Yagara.

Con las mismas dijo eso torció a la derecha para encontrarse con un amplio canal que conectaba, esencialmente, toda la ciudad, y levantó la mano. En ella llevaba un azucarillo y el animal no tardó en acercarse; cuando el viaje terminase debería dejarle un par de berries, aunque no había ningún barquero que lo guiase, así que tal vez pasase. Simplemente alimentó al animal cuidadosamente y, tras ayudar a Julianna a subirse, saltó al corcel y puso rumbo al más insultantemente rico de los barrios de Water Seven: Beaverly Tears.
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Lun 12 Ago 2019 - 12:20

La respuesta del señor Prince le sorprendió. Cogió la bolsita que él había sacado, para examinar su contenido a conciencia. ¿Frenesí y desinhibición? Parecía algo peligroso, pero no mortal. Por supuesto, ese tipo de sustancias solían traer consigo toda una plétora de efectos secundarios. Probablemente era altamente adictiva, también. Alzó la bolsita al sol, viendo como la luz se colaba a través de los pequeños cristales. Por un momento, parecieron joyas o piedras preciosas. Le devolvió la droga al señor Prince, pensando que seguramente el incidente caníbal se debía a mala suerte. Estaba segura de que no había mucha gente que se planteara el canibalismo.

Paró un segundo, repasando lo que le había dicho. ¿Investigando la ciudad? De nuevo, no era un marine. ¿Trabajaría solo? ¿Estaría infiltrado con aquellos que intentaban introducir la droga? Jul tenía muchas preguntas rondándole la cabeza, pero no estaba segura de que fuera buena idea decirlas en voz alta.

Él volvió al tema de la farmacia, hablando de coger un Yagara. La pequeña recordó el por qué del largo trayecto; la propietaria de la farmacia había sufrido mucho y comprando allí mataba dos pájaros de un tiro. Asintió y le siguió hasta el borde del canal. No pasó mucho tiempo hasta que se les acercó uno de los animales. Era un majestuoso corcel marino, de un precioso color amarillo y aparentemente bastante goloso, pues devoró el azucarillo del señor Prince en cuestión de segundos. Sonriendo encantada, aceptó su ayuda y subió con cuidado. El asiento era cómodo y lo bastante abierto como para disfrutar de las vistas del canal. El señor Prince se colocó delante, a cargo de las riendas, pero no pasó mucho hasta que Jul se levantó y se colocó a su lado, intentando no molestarle pero disfrutando del viaje.

- Es la primera vez que subo en uno de estos. ¡Es maravilloso, mucho más rápido de lo que creía!

Vio como a los lados, el paisaje iba cambiando. Las casas aumentaban de tamaño y se espaciaban un poco; en general, todo el lugar parecía mucho más... ostentoso. Rico. Desde luego el señor Prince no tenía problemas de dinero. Eso estaba bien; si la farmacia se encontraba en un barrio como ese el material sería de primera calidad.

El viaje terminó antes de lo que ella habría querido, pero no había más remedio. Saltó de forma un tanto intrépida a tierra firme, envalentonada tras la carrera acuática. Trastabillo, pero consiguió recobrar el equilibrio y la compostura casi por entero. Solo una pequeña sonrisa dejaba entrever la energía y adrenalina que todavía la llenaba. Le acarició la frente al animal, agradeciéndole en tiernos susurros por el viaje. A continuación, se giró hacia Yarmin.

- Bueno, usted guía. Gracias por traerme, espero no estar retrasándole. Tiene un trabajo importante, creo.

No había sido muy sutil, pero tampoco había dicho nada raro. Esperaba obtener alguna información más acerca del hombre. O del extraño emblema que había mostrado en el hospital. La farmacia estaba cerca y después de eso no tendría más excusas para quedarse cerca y averiguarlo, al fin y al cabo.




Julianna M. Shelley

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Mensaje por Yarmin Prince el Mar 13 Ago 2019 - 0:58

Siempre había disfrutado de la navegación, y casi antes de aprender a caminar ya había sostenido el timón de un pequeño balandro. Del mismo modo la vida en Water Seven había significado una bendición, pues el tiempo que no invertía en sus quehaceres ordinarios podía pasarlos montando sobre los animalejos barca que, normalmente, se dejaban llevar con mucha facilidad. En ocasiones había tenido que ocuparse de algún barquero para poder manejar él el timón, pero en esos tiempos de inestabilidad muchos yagara viajaban solitarios y sin control, a la espera de que alguien los montase: Por eso era bueno llevar siempre una chuchería para atraerlos.

- Yo también me emocioné la primera vez -admitió en un susurro casi vergonzoso, pero pronto su tono volvió a la naturaleza jovial y vivaracha que lo caracterizaba-: ¿Te gusta navegar?

Dirigió al animal a través de corrientes benignas y calles cada vez más lujosas. Los edificios tomaban un cariz impecable e incluso las aguas estaban más limpias a medida que se acercaban a las cascadas; el yagara parecía feliz de abandonar los lodazales donde lo habían encontrado, y canturreaba -o su equivalente en yagara- mientras navegaba plácidamente. Se estaba relajando mucho con aquel viaje, pero todo en algún momento llegaba a su fin. Amarró el caballito en un muelle con cuidado, le dio otro azucarillo y salió del bote en su grupa con un salto impecable, evitando las vallas y llegando de golpe a la acera sin tocar el muelle. Julianna, por su parte, dedicó un buen tiempo a agradecer la carrera al corcel. Cuando terminó Yarmin fue víctima de su agradecida personalidad:

- La verdad es que tengo que pasar por la farmacia igualmente -improvisó-. Donna es la única farmacéutica con laboratorio propio en la ciudad, y seguramente pueda decirme con exactitud la pureza de la metacatinona y si hay alguna forma de neutralizar sus efectos -la verdad es que era una buena idea. Los estudios de Oasis no habían sido todo lo exhaustivos que debían, estaban todos deseosos de comenzar-. O, por lo menos, que me diga si se consume por vía oral, nasal... Cualquier información es bienvenida.

La niña era inteligente, pero era eso: una niña. Yarmin llevaba mucho tiempo mintiendo a todo el mundo, desde sus padres a sus jefes e incluso se había ganado los ascensos en una carrera de horripilantes farsas para las que, muchas veces, había creado un perturbador trampantojo lo suficientemente obsceno como para que nadie tomase en consideración que podía deberse a un único hombre y no a la peor de las suertes o un equipo táctico siempre en guerra. Aunque eso último era verdad, pero había logrado evadir los ojos más curiosos con una habilidad sin precedentes.

- Donna vive en esa casa de ahí -señaló. De entre todas las mansiones era si cabe la más modesta, con acabados indianos y de color blanco rematado en azules para los detalles. Los tejados eran de pizarra y los arcos de medio punto bajo los que descansaban sencillas ventanas de madera de caoba... Una casa preciosa, con poca ostentación, que poco tenía que envidiar en comodidades al palacete de sillería que había ordenado construir el Señor Prince, padre de Yarmin, hacía lo menos veinte años-. Y su local está justo ahí, en la bocacalle.

Las serpientes cruzadas identificaban el laboratorio de Donna, una pequeña factoría con tienda y doce empleados que se dividían entre químicos, botánicos, expertos en farmacología y un par de repartidores que llevaban a los clientes más selectos sus productos, a veces menos lícitos de lo que muchos reconocían -poseía un herbolario del que alguna vez Yarmin había robado marihuana-. Pero en cualquier caso la mujer, ya algo entrada en años pero jamás en carnes, lucía un escaparate hermoso dotado de los mejores productos... Y su tienda tampoco estaba mal. Cada vez que veía a Yarmin le guiñaba el ojo sin saber por qué, y aunque Yarmin sí lo sabía dejaba que el recuerdo de aquella noche -y la cicatriz en su cuello- se perdiera en un mar de cosas que nadie debía nunca revelar. Al fin y al cabo, si ella fuese consciente de que participó en una de las fiestas con sus hijas... Pobre mujer, debía ahorrarle el mal trago. En cualquier caso, finalmente entró al lugar.
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 14 Ago 2019 - 13:24

- No me disgusta y a menudo el paisaje es hermoso, pero lo cierto es que estoy mucho más a gusto en tierra firme.

Escuchó su respuesta con atención, pero lo cierto es que le supo a poco. No había comentado nada acerca de quién le enviaba o para quién trabajaba. Podía no ser un detalle importante o estar tratando activamente de ocultarlo. En cualquier caso, la curiosidad de la niña burbujeaba cerca de la superficie a esas alturas. Comenzaba a cuestionarse si no sería más sencillo preguntárselo directamente y apandar con la respuesta que le diera, fuera cual fuera.

- Bueno, una droga de ese tipo... supongo que depende del propósito. La vía oral tarda un poco más en hacer efecto, pero al absorberse antes tanto la vía nasal como incluso la anal darían unos efectos menos prolongados. Igual de potentes, me figuro, pero son solo conjeturas.

Jul se alegraba de que el señor Prince no la hubiera tratado con condescendencia en ningún momento. Resultaba cargante y de esta forma podía decir lo que se le pasara por la cabeza sin miedo a una reacción desagradable, solo por su apariencia. Había trabajado con drogas antes; en Samirn habían utilizado varios tipos de psicoactivos para tratar de que el prisionero que tenían hablase. Sin embargo, el hombre había aguantado tanto el subidón como el mono días después con sorprendente entereza. Por suerte, no había sido en vano. Jul le daba valor a todo conocimiento que poseía y aquellos que incluían el uso de substancias peligrosas no eran menos importantes. Al fin y al cabo ella misma... se planteó coger el tubo de pastillas que tenía en el bolsito, pero decidió esperar. Podía hablar con Adahír cuando estuviera a solas.

Llegaron al lugar y lo primero que pensó la pequeña es que aquello no se asemejaba a ninguna farmacia que hubiera visto. La casa era preciosa, muy elegante pero no realmente ostentosa. Destacaba un poco entre las mansiones de alrededor, pero desde luego no daba pistas acerca de lo que había en su interior. El señor Prince, como leyendo sus pensamientos, le señaló el verdadero local, en la bocacalle. Vio las serpientes cruzadas en la puerta y asintió, reconociendo el símbolo universal de la salud. Entraron al lugar y un sonido de campanitas anunció su llegada. Jul se adelantó al mostrador y sacó su kit de primeros auxilios. Se lo mostró al encargado que había en el mostrador y le pidió con amabilidad que le trajera lo necesario para reponerlo.

- Señor Prince, ¿cree que podría hacerle compañía un rato más? Me gustaría ver el laboratorio y, bueno, colaborar en lo que pueda.

Esperaba que aceptase, pero incluso si no era así el viaje al menos ya le había sido de utilidad. Pagó de buena gana, recordando a dónde iría ese dinero y tras recoger sus cosas se giró hacia el señor Prince. En ese momento una hermosa señora, algo entrada en años, salió de la parte de atrás con una sonrisa de oreja a oreja.

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