Usureros, lerdos e indecentes. La silenciosa y gran mordaza del Oeste [Moderado Nivel 4 - Kaito]

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Mensaje por Kaito Takumi el Lun 13 Ene 2020 - 20:21

Comen. Lo hacen con un ansia y unas ganas que hasta a mí, con la garganta reseca, se me hace la boca agua. Les envidio. Serán torpes, lentos y quizá un poco tontos, pero es innegable que poder comer lo que quieras es tan útil como correr sobre el barro. La evolución, forzada o natural, les ha bendecido en muchos aspectos, y sería una estupidez decir que son inferiores a los tipejos que los montan. ¡La mar, cuánto daría yo por poder comer con tanto gusto esa bazofia! O a ellos… O a esos otros.

Me relamo justo en el momento en que uno de los miembros más grandes de la piara decide subir los escalones al cadalso. Oigo su peso, le oigo olisquear incesantemente el cuerpo de la anciana para, después, darme cuenta de que está buscando otro aroma. El mío. Chilla, y al graznido le sigue un “Clack”. Me pego al suelo justo en el momento en que el tablón se dobla bajo la pezuña, pero ya me ha visto. Nos hemos visto.

Su ojo es como una pequeña canica en comparación a la cuenca. Está hundido, hambriento y desesperado por un bocado que parece enterrado más allá del barro, tras las astillas. Está triste. Pero no es ese triste como cuando alguien llora, sino el triste como… un vacío. Es el mismo triste que tienen los ojos de los gordos que no hacen más que comer porque hacerlo es lo único que aporta un significado a sus vidas. Es el triste de un hambre infinita.

Antes de poder huir o entristecerme el jinete tira de la criatura. Parece que se había subido al cadalso con la intención de tener una mejor vista de los alrededores, y a juzgar por las acciones y las palabras del grupo que poco después se reúne paseando por la plaza, no tienen más que hacer allí. Se van. Lo hacen arrastrando el cuerpo del rehén que poco puede hacer aparte de tragar barro.

¿Me habrá visto?, me pregunto. Es probable que su terrible posición le haya dado una ventaja respecto a sus captores, la ventaja de saber que estoy vivo. ¿Acaso no soy su jefe?, podría preguntarse… y seguramente lo haría con la ilusión de que le rescatase de su horrible situación. Por supuesto, si aquello era así, olvidaba convenientemente que era un traidor. ¿Pero quién en su situación no lo haría? Aferrarse a la vida con uñas y dientes es un instinto totalmente natural.

Espero unos minutos más para asegurarme que la patrulla no vuelve. Me escurro fuera del cadalso, refugiándome tras el puesto por si acaso. Rebusco allí, sacando la cabeza de vez en cuando para controlar mis alrededores, intentando dar con algo que pudiera serme útil. Sin mis armas y sin mi capa, por no hablar de la deshidratación, era poco más que una sombra listilla, una que no quería seguir dependiendo de trucos bien pensados y estrategias arriesgadas. Necesitaba la firme seguridad del acero y el refrescante abrigo del agua. Luego haría lo mismo con la mujer, no dudando de quedarme con los instrumentos más inverosímiles como una dentadura postiza o una afilada alpargata. Todo recurso podía ser explotado, y no iba a pararme demasiado a sopesar con qué me quedaría finalmente hasta encontrar una guarida. Porque, por supuesto, el cadalso no era ni un escondrijo.

Una vez aprovisionado con el batiburrillo de cachivaches que pudiera mendigarle a la suerte, me dirigiría rápidamente hasta el amparo de los edificios que rodeaban la plaza. Lo ideal era encontrar un lugar abierto y alto, a la sombra, preferentemente de piedra. Lo cierto es que no tenía mucho donde escoger, y con el vulgar menú en platos de madera que tenía delante me dirigí hacia las casas del vulgo. ¿Por qué no el banco? Leñe, era un edificio demasiado obvio. ¿Y las cantinas? Ya habrían sido desprovistas de toda comida por la gente, y sería de tontos quedarme allí.  La clave era buscar la seguridad del número, como las sardinas, así que intentaría entrar a alguna de las viviendas. Intentaría acceder al interior desde los tejados y azoteas, aprovechándome así las vistas desde lo alto para hacerme una idea aproximada de la orografía de la isla.
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Mensaje por Dretch el Jue 16 Ene 2020 - 16:59

Por fortuna el peligro parece haber desaparecido por completo y en apenas unos instantes lo único que logras escuchar es el sonido viscoso de sus tentáculos al moverse por el fango. Echas un vistazo a tu alrededor, hacia el cadalso y a los enseres que los ciudadanos de aquel pequeño han abandonado tras su huida y, la verdad, es que no logras identificar gran cosa entre el fango: sombreros abandonados, alguna cesta de mimbre repleta de chatarra, varias herraduras oxidadas y maderos podridos que probablemente en otro tiempo pertenecieran a alguno de los edificios colindantes.

A fin de cuentas, era de esperar, la zona parece haber sido anegada violentamente por algún tipo de desastre climatológico de proporciones colosales. No es que parezca un hecho insólito, pero ¿Qué probabilidades habría de que un suceso así sucediese en uno de los pacíficos Blues? Entonces llega a tu mente las noticias que oíste antes de que posases tus tentáculos en el North Blue, ya sabes, lo del cataclismo que sacudió uno de los Blues… Todo comienza a encajar y comienzas a hacerte una idea de dónde demonios te encuentras. Sin embargo, si algún día tuviste una referencia visual de esta isla, los cambios que esta parece haber sufrido bastan para que estas no lleguen a tu mente.

Sea como sea, decides dejar las divagaciones para otro momento y te empeñas en registrar el cuerpo inconsciente de la pescadera. Aunque el pestilente olor te abruma, enseguida sacrificas tus fosas nasales en busca de un preciado botín. La búsqueda es tediosa y parece infructuosa, pero en el escote de la señora encuentras una pequeña carpeta de color azul. Parece en demasiado buen estado como para haber permanecido demasiado tiempo en el infernal humedal en el que te encuentras. Retiras las gomas con cuidado y descubres que, lejos de tratarse de algún tipo de tesoro, se tratan de simples papeles. Al parecer, la madre del pescador llevaba encima un contrato de compra venta por el que, a juzgar por lo que puedes leer en la minúscula letra, esta vendería unos terrenos diamurdianos a un tal Clyde Phigmusher, por la ridícula cantidad de un berrie, una cesta de comida y una botella de whisky. No tienes ni idea de que va todo aquello y de si es una venta legal o no, pero el nombre de la isla te suena.

Aprovechando esta última información, decides subirte a uno de los tejados, no sin antes jugarte la vida al dejar que las maltrechas estructuras, mientras oteas el horizonte. Desde aquella posición puedes ver la magnitud del desastre natural, el lodo y el fango llegan hasta un acantilado, cuyas tierras parecen tan yermas como improductivas y, sin embargo, parece la única zona de la isla que se libró del desastre. A los pies de los riscos cientos de cruces se apilan unas casi encima de las otras, pues parece el único lugar apto que los habitantes encontraron para enterrar a sus muertos. Dejando de lado ese pequeño detalle, mires donde mires tan solo hay fango y escombros. A lo lejos te parece ver lo que otra hora fuera una gran ciudad, pero no recuerdas que los edificios tuvieran normalmente ese tinte parduzco, propio del barro. Definitivamente el lugar te suena, pero esta tan cambiado que tendrás que lanzar una moneda al aire si pretendes guiarte por tu instinto.
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Mensaje por Kaito Takumi el Vie 17 Ene 2020 - 21:47

Rapiño de entre los restos sin volcar un esfuerzo consciente, y luego hago lo mismo con la mujer pese al olor. Siempre he estado acostumbrado a los olores fuertes y desagradables, y en cierta manera me gustan, pero ese tinte destilado de vejez y alcohol me resulta… añejo; agrio como un mal vino. Solo cuando tengo ya la carpeta en mis manos y me dirijo al edificio una chispa de inteligencia me hace detenerme pinchándome con las espuelas de una curiosidad ignota. Tardo unos segundos en darme cuenta de que, obviamente, una carpeta sirve para guardar documentos.

—A ver a ver…—digo pasándome las cosas de uno a otro miembro mientras subo la precaria pared que pronto reclama mi esfuerzo con agresivos crujidos—. Puñetas, que me mato.

Me coloco el conocimiento oculto que con tantas ansias quiero devorar en la boca y subo apresuradamente antes de que la estructura ceda más. “No había sido tan buena idea subir, después de todo” reconsidero mientras el bamboleo del edificio empieza a estabilizarse. Ya en el techo abro el tesoro marcado con mi mordisco y engullo las palabras una tras otra. Es entonces, envuelto en las descripciones notariales del terreno, cuando aparece el nombre de la nación: Diamuird.

Mis uñas se clavan doblando el cartón.

************


La hecatombe azotó el West justo cuando nos dirigíamos hacia Baristán. Solo la percibimos el navegante y yo, los únicos de todo el navío que realmente estábamos en comunión con el mar. Con una orden sensata y rancia informé a la doctora de lo que debía hacer en mi ausencia: dirigirse a la isla y comenzar con los preparativos de la futura granja. Aunque incomodada, la Doctora Áurea aceptó tras darme la charla de que ella no era una mandada. Convenientemente le recordé que Oak me había dejado para asegurarme de que no volviese a traicionar a su organización, porque dada su antigua malversación ya no atendería a razones; si pasaba algo más, la mataría sin regalarme a mí ser su verdugo. A veces me arrepiento de no haber vengado a Tocinito… ¿pero qué hubiera obtenido? Él no hubiera vuelto… y hubiera perdido un trabajador altamente cualificado.

—Iré, como van todos a parar la torre del North…

—¿Para qué? ¿Qué importa ese mar? El daño aquí está hecho.

Pero sabía bien que cada día que pasaba la herida del océano se abría más y más.

—Quizás lleguemos a saber cómo parar lo que pasa aquí…

Y quién lo había hecho.

Preparé mis cosas y me tomé un largo tiempo para despedirme correctamente de todos mis queridos animales, desde mi fiel Suchu a la última de las cabritillas encontradas en el container a la deriva. Hecho aquello, solo restó instruir a una tripulación acostumbrada y a una jefa poco dada a recibir órdenes. Por último tocó despedirse de la mujer en la que delegaba todo cuanto me importaba.

—Volveré lo más pronto posible, Aurea. Le he dejado a la tripulación instrucciones de los regímenes que siguen cada una de mis mascotas, tanto dietéticos como de actividad. Ya sabes los planes de la granja submarina y las investigaciones…

—Sí, sí, ¿no tenías prisa? —dijo salpicándome del desprecio que rezumaban sus manos.

Ni siquiera me miraba.

—Y Aurea…—dije al borde del despacho que le prestaba—. Si algo le pasa a mis mascotas…—sonreí, saboreando la venganza que había rechazado—. Bueno… ya pensaría algo concreto.

—Claro…

Me miró frunciendo el ceño y arrugando la nariz, incapaz de entender cuán lejos podría llegar llegado el momento.

******

Respiro. Lo hago desterrando una emoción y unas prisas que no son nada buenas. Con paciencia y tranquilidad oteo el horizonte rumiando las posibilidades que tengo. Ya hace tiempo que cesó la subida del mar, y solo puedo achacar el destrozo aún húmedo que mancha las calles a la desviación de algún caudal de agua o al rebosar de alguna presa o balsa acumulada en las montañas y depresiones. Aunque parezca que ya no hay que temer más a las inundaciones, esta última ha sido la puntilla del ataúd de esta gente, y nada puede asegurar que cuando vuelva a llover la cosa cambie. La verdad es que nada puede interponerse al imperioso avance del agua… Absolutamente nada.

—¿Cuándo lloverá de nuevo? —escupo odiando al sol que aún sigue empeñado en cocerme junto al barro.

Reviso por encima la basura que he recogido en la destartalada cesta de mimbre y bajo con más cuidado que antes encajando el sombrero de ala ancha sobre mi cabeza. El pescadero no había tenido reparos en tirarlo en la carrera, como tampoco había tenido miramientos en dejar allí tirada a su propia madre. Yo nunca tuve madre.

Ando por la plaza con precaución y lentitud, agarrando algún que otro peligro oculto en el barro y reuniéndolos con sus hermanos en la canasta. No es que fuera a encontrar mucha chatarra cuando ya otros se habían dedicardo a buscarla, pero rasparme con un clavo oxidado es lo que menos me apetece aquella situación. Una vez llego al cadalso me subo a este con cuidado y observo las calles que emanan de lo que en un día fue el centro del pueblo. La cosa está clara; sé lo que tengo que hacer.

—¡Levántese señora! —digo golpeándola con medio bacalao podrido en la cara—¡No es hora de echarse siestas!

Porque, ¿para qué iba a dirigirme a la lejana ciudad costera? ¿Para dejar mis cosas allí? Nah. ¿E ir al acantilado? ¿Para exponerme a un terreno abierto sin oportunidad de enterarme qué estaba pasando? Ni de puta coña. No. Nanai. Lo primero era hablar con los locales utilizando un intermediario. Un intermediario que debía estar agradecido de que no me lo hubiese comido. ¿Qué mejor manera de demostrarles que no soy un monstruo? O al menos no… tan monstruoso.

Y ahí me quedaría bajo el refrescante amparo del sombrero dándole algún que otro golpecito extra para hacerle recobrar la consciencia. Porque, joder, o seguía viva o esos sonidos tan raros que provenían de su cuerpo eran producto de bolsas de gases acumuladas entre sus mollas. Eso sí, si en un rato consideraba que el calor superaba a las ganas de llevar a la vieja con su gente, me marcharía en dirección opuesta a la pared que precedía al cuerpo de meseta de la isla, con la intención de llegar al mar para refrescarme y, probablemente, buscar algo que comer antes de que cayera la noche.

Pero si se despertaba todo empezaría con una ancha sonrisa y un "Buenos días, dormilona". Eso sí, desde ahí no sabía muy bien cómo iba a ganarme su confianza para que me llevase ante los suyos... y pensándolo bien se había quedado sin medio de transporte... Esperaba no verme obligado a ayudarla a andar, por el bien de mis piernas, mi espalda y... bueno, mi ser.
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Mensaje por Bleyd Hoy a las 22:25

Golpeas a la pobre señora con un bacalao que se deshace mas a cada golpe, uno, dos, tres, hasta cuato golpes toma que la señora reaccione con un débil gemido. Finalmente lo hace y abre un ojo el otro lo tiene magullado a causa de tus caricias.

-¡AHHH! monstruo atrás, vade retos satanás.-

La mujer esta aterrorizada, repta por el suelo en un intento de huir de ti. Sin embargo unas palabras amables, unas disculpas y un intentode no devorarla viva. Parece que es capaz de atenderte entre espasmos de terror.

La mujer finalmente accede a tus peticiones de hacer de intermediaria con la gente del pueblo, por lo que te comenta lo mejor es ir a la casita cercana de los hermanos Gustav. Por lo que te dice es una familia de tres miembros, capaces de trabajar metal y madera asi como cocinar como los mismos ángeles.

El viaje se te hace corto, la casa no esta tan lejos ni en tan mal estado como las demás, parece haber sido limpiada y reparada a conciencia, sin embargo se nota que necesita una manita de pintura, puedes observar como los diferentes tipos de madera, rescatada de otros edificios o sabe dios de donde, se apilan en armonía para formar paredes.

Ahora es tu turno de cruzar el umbral si quieres visitarlos o darte un paseo al mar y de vuelta a casa.


Solo aquel que se conoce a si mismo no se dejara engañar por los demas.

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