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Mensaje por Dretch el Sáb 21 Sep 2019 - 16:18

El sol aún se ponía en el horizonte cuando Dretch llegó a la vieja tintorería familiar de los Buerganor. El viejo local, que hacía las veces de domicilio, había conocido tiempos mejores. El desvencijado tejado se desgranaba sobre el suelo, la fachada estaba llena de grietas y manchas de humedad, las ventanas desencajadas y las verjas llenas de herrumbre. Parecía próxima a la ruina. De hecho, parecería totalmente abandonada de no ser por el olor a pan recién horneado. Había alguien en casa, el reencuentro estaba tan solo unos pocos pasos más y, sin embargo, el agente permaneció durante unos minutos más en la calle. Inmóvil, sin decidirse a llamar a la puerta.

✧✧✧

Drarvitch atravesaba la plaza del mercado, serpenteando entre la multitud de turistas y lugareños que se habían agolpado en Skyros. El resplandor de la luna le iluminaba el rostro y le oscurecía los ojos. Drarvitch era un hombre de piel pálida y bastante alto, su rostro era cuadrado y su cabello era largo, azabache y con trenzas. Por culpa de la poliosis, hereditaria desde hacía años en su familia, tenía un distintivo mechón de pelo blanco en su flequillo.  Estaba tan contento que no podía ocultarlo, tanto que incluso sus pasos se convertían en zancadas. Se apresuró tanto para llegar cuanto antes a su casa, que las calles pasaban volando a su espalda como una colección de sueños. No veía el momento de contarle a Roanne las buenas noticias, puede que gracias a su último encargo por fin pudieran organizar su boda.

Al llegar a su hogar, una voz masculina le hizo apartarse de la barandilla… y de la puerta. Presentía que era otro de los tipos del gobierno. Tanto su ropa como su aspecto tenían el mismo aire: oscuro y elegante. Dedujo que rondaba su edad, unos veintitantos. Tenía la mirada turbia como las aguas de un pantano revuelto. Era alto, no tan alto como él, aunque si más esbelto. Parecía que años de malos hábitos de sueño habían convertido al agente en un tipo ojeroso, pálido y de aspecto enfermizo. Sin embargo, su físico era la viva imagen de la salud: delgado, vigoroso y estilizado.

- Roanne, cariño ¿Quién es nuestro invitado? – preguntó a su prometida, aunque al hacerlo el agente se giró bruscamente hacia él – Lo siento, lamento mis malos modales. Soy Drarvitch Buerganor, mucho gusto.

El humilde sastre extendió su mano cordialmente. Sin embargo, el visitante ignoró su gesto por completo. Casi parecía como si lo estuviera estudiando. Se percató entonces de la horrible cicatriz que recorría su ojo izquierdo y del ojo de cristal que tenía en la cuenca.

- ¡Es un tipo interesante! – se escuchó la voz distante de Roanne, probablemente desde la cocina – ¡Deberíais charlar un rato a solas, creo que a ambos os vendrá bien!

De repente el corazón se le quedó helado ¿Quién era aquel tipo? ¿Y por qué demonios tenía tan buena relación con Roanne? Quería hacerle más preguntas a su prometida, pero hubo algo en la mirada de aquel extraño, un brillo misterioso, que captó su atención.

- ¿Estas bien? – preguntó el agente.

- Si, lo estoy ¿Por qué lo dice? – replicó nervioso, creyendo que se trataba de algún tipo de advertencia. Drarvitch no era ningún cobarde, pero sabía demasiado bien lo que los tipos del gobierno les hacían a los deudores como él – Deme más tiempo, tengo una venta importante entre manos. El Conde de Raerhim está interesado uno de mis tintes, si el lunes le hago una muestra puede que…

- No he venido a cobrar nada – le interrumpió.

- ¿No viene entonces a cobrar la deuda? – suspiró aliviado y, durante unos instantes pareció relajarse. Sin embargo, un escalofrío le recorrió el cuerpo; justo entonces volvió a mirar al extraño, esperando encontrar en él una sonrisa burlona. Parecía melancólico, aquello desconcertó aún más a Drarvitch – Y bien, ¿Qué le trae a nuestro hogar? – preguntó – Espero que no le importe que le pregunte; la verdad es que no recibimos muchas visitas. Este establecimiento está bastante alejado.

Su mirada persistente le incomodaba, aunque no sabía por qué. La mirada de aquel tipo era demasiado turbia, demasiado enigmática, como el lecho marino. Aunque su voz sonaba agradable, detectó cierta segunda intención en sus palabras.

- Vine buscando a alguien, pero creo que ya no vive aquí.

Drarvitch no contestó y, después de varios segundos, su silencio le indujo a mirarle. Le estaba observando con detenimiento; todavía tenía ese brillo en su mirada, pero esta vez no había melancolía, sino rabia. La emoción enseguida se desvaneció. No parecía haberse dado cuenta que no había pasado por alto su enfado.

- Así que ha venido buscando a alguien – murmuró – Esta tintorería ha pertenecido durante seis generaciones a los Buerganor. Quizás se trate de uno de nuestros vecinos ¿Tiene algún dato sobre esa persona?

- ¿Tanto he cambiado, Drarvitch? Pensé que al menos me reconocerías.

Quería mirar hacia otro lado, pero aquella mirada tan hipnótica le desarmaba. No sabía que responder a eso. Aquel extraño le conocía. No, no solo le conocía, sino que parecía tratarlo como si le conociera de toda la vida.

- Gracias por tu tiempo, ha sido un placer volver a verte – murmuró y le estrechó la mano.

Drarvitch contempló como se estremecía y trataba de soltarse de su mano, pero algo en él no estaba dispuesto a dejarle marchar. Clavó su mirada en la suya, hasta que los recuerdos comenzaron a aflorar la superficie. No chilló. Ni tan siquiera se sobresaltó. Ya no se guiaba por el temor al agente, sino por un instinto de supervivencia y, si, también por la ira. Se mordió el labio y sintió un aluvión de adrenalina.

Intentó no hacer ninguna locura. No podía perder el control. Tenía que estar concentrado.

- ¿Dretch? – inquirió con un tono cortante. Sus pulsaciones iban a mil por hora, pero no porque temiera por su seguridad – Tú… Mataste a padre ¿Cómo te atreves a volver aquí? ¿Es que no queda ni una pizca de respeto? – le acusó.

- Sabía que esto sería un error, fui un necio al creer que el tiempo curaría las heridas. Pero parece que nada ha cambiado desde entonces.

- ¿Nada ha cambiado? ¿Dices que nada ha cambiado? ¡Estúpido mocoso! – gritó Drarvitch fuera de sí – Un padre muerto, una deuda de millones que ni mis bisnietos podrán pagar y el acoso constante de esos hombres de negro ¿Eso te parece poco cambio?

Drarvitch le agarró con todas sus fuerzas para asegurarse que este no se marchaba, pero muy a su pesar, descubrió que apenas había conseguido moverlo de donde estaba. No solo eso, sino que su hermano se libró de su presa con una pasmosa facilidad.

- Sabes tan bien como yo que soy una víctima más ¿Crees que yo quería que el viejo se suicidara? ¿Crees de verdad que me habría comido esa estúpida fruta sino hubiera estado enfermo y famélico? ¡Asúmelo de una vez! Nuestro padre era un necio y un cobarde, que se quitará de en medio fue lo mejor para todos – espetó tan colérico que el propio Drarvitch se sorprendió.

- Tú… ¡No te atrevas a nombrarle! – gritó él aún más fuerte.

Levantó su pierna y la lanzó contra su pecho con tal fuerza que lo tiró al suelo. Al caer pudo oír un pequeño gemido. No dejó que se levantará, saltó sobre él y le dio un puñetazo que impactó en su mandíbula. Su cabeza rebotó contra el suelo, y el labio y su nariz comenzaron a sangrarle. Previendo que trataría de revolverse cual gato panza arriba, le propinó una patada en la ceja. Sin embargo, Dretch no había hecho nada. Absolutamente nada. No parecía tener intención de defenderse.

Drarvitch volvió a encontrarse de nuevo con aquella mirada melancólica y ausente. Aquello le hizo sentirse como un monstruo.

- Tú, y solamente tú, trajiste la desgracia a esta casa. No se cómo llegó esa akuma a las manos de nuestro padre, pero si se algo, cuanto tú te la comiste nos robaste nuestro futuro.

Se levantó pausadamente, como si de algún modo, aquella paliza no hubiera conseguido afectarle lo más mínimo. Drarvitch intuyó entonces que su hermano ya no era el chico enfermizo que él había conocido.

- ¿Hay algo que pueda hacer por vosotros? – murmuró el agente.

- Si, si hay algo que puedes hacer – Dretch alzó entonces la vista del suelo, en espera de su petición – Puedes volver a desaparecer para siempre. Podemos arreglárnoslas en solitario, no te necesitamos. Nunca te hemos necesitado.

Asintió y se aproximó cabizbajo hacia el umbral de la puerta.

- ¿¡De verdad vas a dejar que se vaya!? – exclamó Roanne - ¡Es tu hermano! ¿Qué más da lo que hiciera en el pasado? Ha venido a verte después de tanto tiempo – se giró entonces hacía el agente - ¡Dretch! Por el amor de dios, di algo. Cuéntale todo lo que me contaste a mí.

Posó la mano sobre una de las paredes y permaneció en silencio. Estaba indeciso, pues, aunque siempre había sabido de la existencia de sus hermanos y de su primo, esta era la primera vez que trataba reparar sus lazos familiares. Finalmente, y muy a su pesar, el agente despegó la mano de la pared y cruzó por última vez el umbral de la tintorería familiar.


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