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El sentido del muffin [Yarmin y Evan]

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Mensaje por Evankheel Vie 7 Jun 2019 - 3:01

El santuario de Rainbase era considerablemente el más grande de todos los de Arabasta. Que la ciudad fuese uno de los centros de ocio y riqueza de la isla influía, claro, pues siendo una ciudad tan opulenta había tanto más población (y con ello más potenciales cultistas) y aquellos que habían rendido su corazón al juego o las drogas eran más dados a comprender la belleza de los placeres y aceptar a la Señora. A diferencia del pequeño santuario improvisado del sótano de Nanohana, este era un lugar de culto en toda regla. Se trataba de una cueva natural en las afueras de la ciudad donde el culto había tallado el templo en la misma roca. Enorme columnas con ricos grabados flanqueaban la nave central, y en el ábside una escultura de una bella mujer con una corona de laureles, observando hacia la nave central con una sonrisa enigmática.

Una multitud atendía a sus palabras mientras él, en el centro de la nave, narraba las bondades de Lantla. Aquella era una noche especial; tras llegar a Rainbase el culto local le había pedido que realizara un sermón para los fieles, entre los que había un grupo de nuevos adeptos. Como sumo sacerdote no sólo no podía sino aceptar la invitación, sino que él mismo había ido con la intención de hacerlo antes del concilio. Sabiendo que había un grupo de recién convertidos, les habló de temas menos teológicos y abstractos de lo que acostumbraba, escogiendo en su lugar dogmas del culto que un hombre de la calle bien podía compartir y entender como la autosuperación, la búsqueda del placer y la felicidad donde quiera que esta llevase y el rechazo a las restricciones morales.

- Porque debemos entender, hermanos, que el hombre no fue hecho para ser reprimido. ¿Tendríamos dos brazos si no quisiera la naturaleza que los usáramos? Todo tiene un por qué. ¿De qué sirve controlar el deseo sexual, negarse a disfrutar de los placeres del alcohol o reprimir la sed de sangre? ¡Sí hermanos, la sed de sangre! Sea por ira, por deseo de venganza o por odio, el ser humano ha derramado la sangre de sus semejantes desde tiempos inmemoriales, mucho antes de que el primer barco surcase los mares. Aquellos que os dicen que no causéis daño al semejante no lo dicen en busca de un supuesto bien común. Las leyes que os impiden matar al que os agravia tampoco buscan traer justicia. El objetivo es el control, hermanos, la doma y castración de todo aquello que os hace personas. Si alguien tiene el monopolio de la violencia, controlará de forma definitiva, última y absoluta la sociedad en tanto este monopolio no sea quebrado. Pensadlo, ¿realmente es un acto terrible atacar al que ha atacado a vuestra familia, matar para proteger la propia vida? Lantla no desea que el ser humano se reprima. ¡Seguid vuestra naturaleza! El control sobre vosotros mismos no debe degenerar en represión, porque así nunca lograréis la vida plena y dichosa que la Señora quiere para sus hijos. Y si alguien debe exhalar su último aliento... - una sonrisa se dibujó en su rostro - Lantla lo acogerá en su seno en el Olvido Eterno. Recordad y meditad mis palabras, mis queridos hermanos. Sigamos buscando la sabiduría en el Abismo.

- Sólo así seremos libres - respondió la multitud, completando el rito formal de despedida.

Evankheel bajó del estrado. Vestía en aquel momento una túnica de lino roja, holgada, sin adornos salvo por una luna creciente laureada de color negro en el pecho. A diferencia de como acostumbraba, respondiendo a la formalidad de la ocasión, llevaba la melena peinada y alisada, cayéndole esta en una cascada de sedoso cabello. Se apartó un poco de la multitud y hurgó entre sus ropajes hasta encontrar una pequeña petaca. Dio varios largos tragos para rehidratarse la torturada garganta, notando un inmenso alivio al momento. No había placer sin dolor; ambas eran dos caras de la moneda, así lo había querido Lantla y Evankheel aceptaba aquella realidad con sencillez. Así pues no podía sino disfrutar y regodearse en el momento, mientras que otros hombres estarían pensando en el sufrimiento por el que habían pasado en lugar de simplemente dejarse llevar.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 7 Jun 2019 - 18:06

-Solo así seremos libres- repliqué, inmerso en una masa de gente que probablemente no tenía la más remota idea de qué hacía allí. Brutos, haraganes y en general la escoria que no aceptarían en el más sucio fumadero de crack de Baristán se había conglomerado en el lugar. Cierto que la mayoría estaban limpios, y que muchos de ellos hasta consumían drogas y alcohol con algo que podría asemejarse a la elegancia, pero los estragos de una vida de excesos hacían acto de presencia en todos los presentes cuando no era una fosa enrojecida era una mirada lechosa; y si no un pestilente olor a perfume barato, el mismo que se estilaba en medio de los burdeles más sórdidos de Arabasta. Algunos tenían la cara amoratada, y una escasa minoría llevaba la ropa casi imperceptiblemente manchada de sangre: Habían matado.

¿Qué hacía yo en medio de Rainbase en un templo horadado, acompañado de la escoria y escuchando las palabras de un predicador barato? Bueno, lo cierto es que el lugar no tenía pinta de barato, y si había dinero de por medio no podía ignorar la llamada del deber: Un puñado de bestias altamente sugestionables a las que sacarles mucho más que dinero, gente de la que sacar provecho hasta que su piel fuese poco más que un saco vacío y seco. Se trataba de una panda de frikis adorando a una especie de deidad que les decía "haced lo que queráis". ¿Qué sentido tenía ser libre si nadie se oponía a ello? Sin leyes que saltarse, y cuando la libertad era normativa, esa misma libertad se volvía una cruel prisión o, peor aún, el hastío tomaba el papel de verdugo.

En cualquier caso el predicador, al parecer un prohombre de la secta, ya había terminado su sermón y poco a poco el lugar iba tornándose, de forma algo macabra, en una iglesia común. La gente haciendo negocios, comentando las novedades de los casinos o comparando los precios de un buen chute de cocaína. Reconocí la pequeña bolsa de plástico opaca, de color rojo con una magdalena negra sobre ella. Se trataba de un producto especial que habían diseñado recientemente en Oasis, una variante llamada Brown Sugar que, en principio, era mucho más potente y con un factor de adicción mucho mayor. De hecho era más barata de producir, por lo que el margen de beneficio era muy amplio, pero no estaba nada extendida por el momento: Ese hombre era camello mío. No obstante, y aunque en otras circunstancias me habría enorgullecido de la sagacidad de mis hombres, no tenía claro hasta qué punto estaba permitido hacer negocios allí o, peor aún, hasta qué punto era seguro vender a drogadictos exaltados por la idea de matar descontroladamente.

- Disculpa, ¿tú también eres nuevo? -Una voz a mi espalda me hizo salir de mi trance. A mi espalda un hombre de túnica oscura, nada ostentosa. ¿Un diácono tal vez?- Estamos organizando una pequeña experiencia de meditación para los recién llegados. ¿Quieres unirte?

- Por supuesto, pero hay un problema. Yo no soy nuevo, llevo observándote desde el principio. -Mi mano se dejó caer sobre su cuello mientras me levantaba, acercando la cara a sus labios. Un imperceptible brillo azul manaba de mis dedos, y mi sonrisa se ensanchaba poco a poco hasta que la distancia no dio para más, y lo besé mientras se volvía mi esclavo. Al fin y al cabo, según Lantla no debíamos privarnos, ¿no?- Yo soy Lantla -terminé susurrándole al oído una vez terminé-. Pero no lo digas, solo búscame siervos fieles.

Un grupo de frikis altamente sugestinables. Je. Yo les iba a dar algo mejor que adorar.


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