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Mensaje por Julianna M. Shelley el Dom 30 Jun 2019 - 20:49

El día había empezado de forma normal. Se había despertado y asomado a la ventana de la posada para averiguar el día que hacía. Aquella mañana Water Seven tenía un aura gris, quizá por los nubarrones que la cubrían. Anunciaban tormenta, pero a Jul no le preocupaba mucho. El aire fresco le sentaría bien; últimamente le parecía que nunca tenía suficiente. A ratos todavía recordaba la sensación de ahogo que había sufrido al escapar de la Aguja. El aire seco, viciado, colándose por su nariz y haciéndole sentirse sucia. Una buena tormenta ayudaba a sacudirse esos recuerdos.

Había desayunado en un pequeño café que había a un par de calles de dónde se alojaba: dos bollos de mermelada y un vaso de leche templada. Había saboreado cada bocado con deleite y pagado con una pequeña sonrisa antes de marcharse. Se había asegurado de llevar paraguas, pero de momento parecía no necesitarlo. En realidad, no tenía mucho que hacer. Llevaba un par de días gastados a base de largos paseos por la ciudad, pero no se cansaba. Se rindió a esa actividad durante un par de horas, antes de dirigirse a la oficina de correos. Con letra pulcra y pausada, escribió una carta para Samirn. Explicó donde se encontraba y aseguró estar en buena salud. Omitió lo sucedido en la Aguja, por descontado; no quería preocupar a nadie. Acabó preguntando por las noticias que pudiera haber y firmó con soltura antes de mandarla y marchar.

Era la una de la tarde. No había mucha gente por la calle y el gritó resonó con fuerza entre los edificios. Alguien pedía ayuda. Jul, automaticamente, se pegó a la pared más cercana. Tras un momento en blanco, volvió a oír un grito. Esta vez creyó saber de dónde venía, pero no conseguía que sus piernas se movieran. De repente, un hombre pasó corriendo a su lado. Vio un brillo metálico y supo que llevaba un cuchillo. Por suerte, a ella no parecía haberla visto. Una vez se perdió en la distancia, Jul consiguió moverse y echó a correr.

Le encontró al fondo de un callejón, sentado contra la pared en un charco de sangre. Tras un instante de duda, se precipitó hacia el desconocido.

- ¿Dónde ha sido?

El hombre la miró, perplejo y dolorido. Hizo un ademán de apartarla, pero no sirvió de nada. Sin embargo, al mover él la mano Jul pudo ver la herida. Le habían hundido el cuchillo en el muslo izquierdo. Con cuidado, apartó la tela para poder verla bien. No parecía infectada. Se apartó un segundo y sacó el kit de primeros auxilios de su bolsito de cuentas. Debería poder limpiarla y coserla sin muchos problemas, por lo menos si él cooperaba. Echó desinfectante en un poco de algodón y sin mirarle a los ojos le habló en voz baja:

- Estarás bien. Voy a ayudarte.

No pareció querer negarse, así que Jul procedió a limpiarle la herida con cuidado, dando toques delicados y procurando no causarle más dolor del necesario. Tras eso, agarró una aguja y el hilo de sutura. Si lo hacía rápido, no debería haber ningún problema. Le pidió que se quedase quieto y comenzó a coserle con movimientos precisos y estudiados.
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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 31 Jul 2019 - 0:16

Yarmin caminaba despreocupadamente por las calles apenas transitadas de Water Seven, más allá de los arrabales, evitando los grandes bulevares y las plazas atestadas. El Príncipe encantador disfrutaba de la soledad en sus vacaciones: Tras el incidente de la Aguja había solicitado un par de días de descanso que, lógicamente, iba a utilizar para recabar información. Sin embargo, por el momento paseaba sin prestar mucha atención, apenas fijándose en los detalles más llamativos... Como ese grito.

Un tipo dobló la esquina, corriendo con un cuchillo ensangrentado en las manos y una expresión entre amenazante y aterrorizada; la clase de persona que uno no querría encontrarse en medio de un callejón oscuro. No obstante, y aunque aquel tipo no era consciente de ello, Yarmin era la clase de persona con la que esos tipos no querrían cruzarse en un callejón oscuro.

- Estoy seguro de que el grito no era tuyo -dijo tranquilamente cazando al vuelo la oreja del hombre, que siguió avanzando un par de metros antes de caer por el dolor-. Y no llores, aún te queda otra.

Se acercó a él y se acuclilló, con Veneno en una mano y la oreja entre los dedos. Lamió el cartílago ensangrentado y sonrió con malicia a la triste víctima antes de aproximar, muy lentamente, aquella masa temblorosa a su boca.

- Verás, si no abres la boca y comes este rico plato que papá ha hecho con todo su cariño... Pues. -Hizo una pausa mientras la delicada punta de Veneno dibujaba dos perfectas líneas sangrantes en sus mejillas. El otro lo miraba desde el suelo, sujetándose la parte derecha del cráneo y con los ojos, lagrimeantes, como platos-. Así me gusta, que seas un buen niño. Ahora vamos a recoger este juguete peligroso y...

Clavó su mano contra la acera. Para un observador cualquiera podría parecer que utilizaba una fuerza desproporcionada, pero solo había aprovechado el espacio entre adoquines para su pequeño espectáculo merliniano. Se levantó.

- Con esos berridos seguro que alguien viene pronto a atenderte, así que puedo irme. Pero si te chivas a alguien, volveré -se despidió con voz amable antes de dar la vuelta y afrontar el callejón donde, por algún motivo, una niña estaba atendiendo al herido. Ese día empezaba a ser muy raro.

Sus pasos ligeros resonaron en el silencioso callejón y, tras recortar la distancia mientras limpiaba la daga, se dirigió a la muchacha.

- Disculpa pequeña, ¿necesitas ayuda? Me llamo Yarmin Prince, y soy médico.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Jue 1 Ago 2019 - 19:17

El hombre estaba más sorprendido que dolorido, o al menos eso parecía. En cualquier caso, no movió un músculo mientras Jul le cosía la herida. Mientras daba el último punto, oyó una voz a su espalda. El tono era amable y pausado. Se habría vuelto para mirarle a la cara antes de contestar, pero lo que estaba haciendo era más importante. Aguardó unos segundos, mientras hacía un nudo y aseguraba el arreglo. No estaba nada mal, cada vez cogía más práctica. Antes de empezar a guardar la aguja y el hilo, se giró hacia el desconocido. Era alto y apuesto. Vestía con pulcritud y se le veía relajado.

- No se preocupe, señor Prince. Solo me queda vendarle, pero gracias por ofrecerse.

Abrió el kit de primeros auxilios de nuevo y tras esterilizar la aguja con alcohol la devolvió a su lugar. Hizo lo mismo con el hilo y se dio cuenta de que apenas le quedaba. Frunció levemente el ceño mientras sacaba las vendas. Tampoco había muchas de esas; tras la desgracia de la Aguja no había rellenado su botiquín e iba siendo hora de hacerlo a conciencia. Por suerte, para esta vez serviría.

- Extienda la mano así, por favor. Lo peor ya ha pasado, aunque tendrá que acudir a otro médico en unos días, para que le quite los puntos. Si no hace esfuerzos, no creo que le quede ni cicatriz. Espero que cojan pronto al hombre que le hizo esto; era totalmente innecesario.

Le vendó con cuidado y mucho esmero, extendiendo bien la venda y asegurándola con un pequeño cacho de esparadrapo. Una vez terminó y guardó todo, se giró hacia el otro médico. Quizá él podría echarle una mano; como mínimo parecía alguien amable.

- Disculpe... ¿sabe dónde podría encontrar material médico para rellenar mi botiquín? No soy de la ciudad y no me gusta viajar con pocas reservas.

Esbozó una pequeña sonrisa, esperando haber acertado al pedirle ayuda. Si no, le tocaría ir al hospital más cercano... y muchas veces no era bien recibida. Solían ser edificios pequeños y llenos de gente, con poco personal que desde luego no tenía tiempo para una niña. Su maletín tampoco les convencía y si alguien podía ahorrarle el trámite de atosigar a alguien o incluso coger el material cuando no miraban - siempre dejando dinero a cambio, por supuesto - sería un verdadero alivio.
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Mensaje por Yarmin Prince el Sáb 3 Ago 2019 - 18:13

¿A qué edad se salía de la universidad en aquellos tiempos? Esa muchacha apenas levantaba dos palmos del suelo, pero trabajaba con mayor habilidad que algunos médicos que había conocido a lo largo de su vida -nunca se había dejado tratar por ellos- y poseía una sangre fría y asertividad poco comunes en una persona mentalmente sana; sin embargo, aquello jugaba a favor del pobre diablo al que trataban de ayudar.

- Aún no sabemos si era necesario o no. -Se puso de cuclillas e invadió el espacio personal del paciente, lo justo para incomodarlo levemente-. Dinos, amigo... ¿De qué conoces a ese tipo?

Su voz se extendía con suavidad y delicadeza, pero algo en su tono podía hacer, únicamente para el paciente de la niña, entrever una amenaza velada, un veneno almibarado al que, sin embargo, no podía resistirse. ¿Cómo negar respuestas a quien te cose el culo? Y más aún, ¿cómo negar la petición del Príncipe encantador?

- Yo... Yo... -titubeó-, yo solo pasaba por aquí, y ese hombre... Me atacó.

- Con tu propio cuchillo -completó Yarmin, señalando la funda vacía que colgaba de su cadera derecha-. ¿Me harías el favor de contarme la verdad?

Tragó saliva, nervioso, mientras los ojos rojos de Yarmin lo atravesaban. Lo había cogido con las manos en la masa. Estaba seguro de que él era responsable de su propia herida, pero solo su curioso paciente podía confirmar sus sospechas.

- ¿Sabes qué? -interrumpió cuando comenzaba a brir la boca-. No me interesa lo más mínimo; si ibas a cometer un asesinato y te ha salido rana, tienes suerte de haberte cruzado con esta jovencita. Pero deberías entregarte a las autoridades, o alguien podria tomar venganza.

Se levantó cuidadosamente y sacudió el polvo de sus pantalones. Cuando se daba la vuelta para marchar, no obstante, el destino quiso que la chiquilla pidiese ayuda. Suspiró con cierta desidia y se volteó, señalando con la mano.

-Acompáñame. No suelo pasar mucho por aquí, pero cerca de mi casa hay una farmacia muy completa. El dueño solía ser muy simpático hasta que lo detuvieron por violar a sus hijas. Una cosa... -Suspiró-. Su esposa encontró a las niñas cubiertas de esperma de arriba abajo. Ahora ella lleva el negocio, en cualquier caso, y necesita clientes porque... Bueno, tiene que pagar psicólogos. Pero no temas, ese monstruo ya no puede hacerle daño a nadie.

Su semblante había ido oscureciéndose a medida que hablaba, pero volvió a sonreír y trató de, sin tocarla, abarcar sus hombros para guiarla.

- Por aquí.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Lun 5 Ago 2019 - 12:18

Jul creía que su trabajo había terminado, pero el señor Prince no parecía estar de acuerdo. Escuchó como la escena se desarrollaba en completo silencio, frunciendo el ceño al final. ¿El hombre se había herido a sí mismo? ¿De qué le servía? Si planeaba culpar al otro hombre, utilizar su propio cuchillo era extremadamente estúpido. Y de todas formas, no tenía el cuchillo con él, estaba segura de haber visto pasar a alguien con uno en la mano a todo correr. Pese a ello, la cara de horror del hombre no dejaba lugar a dudas. El señor Yarmin había acertado en todo. Confusa y algo disgustada le dio la espalda al herido. No entendía cómo alguien podía ser tan chapucero y prefería dejarle solo y olvidarlo.

Echó a caminar junto a Yarmin con calma, pero sus palabras captaron su completa atención en un instante. Menuda tragedia... era una lástima que esa madre hubiera tenido que ver a sus hijas así. Ella misma había sufrido esos horrores hacía tiempo, pero por suerte nadie había podido contemplarlo.

- Me alegro de que lograran sobrevivir. Eso y que hayan alejado al hombre... es lo mejor que les podía pasar. Me encantaría ayudar a esa pobre mujer.

Avanzó por el callejón que le había indicado, todavía dándole vueltas en la cabeza a lo que acababa de oír. Estaba claro que ese tipo de personas estaban en todas partes; tan solo esperaba no cruzarse de nuevo con alguien así. Esta vez tendría con qué defenderse... pero no tenía claro que le agradara la idea.

Paró en seco al ver el bulto en el suelo, unos pasos por delante de ella. Le costó un par de segundos darse cuenta de que era un humano y de que estaba sufriendo. No gritaba. De hecho, esos gemidos lastimosos difícilmente podían contar como una petición de auxilio. Aún así, en cuanto salió de su pequeño trance Jul se abalanzó sobre él... para dar un pequeño bote hacia atrás en seguida. No estaba acostumbrada a ver orejas en el suelo de la calle. Se volvió a acercar con algo más de tiento y examinó la situación. Al pobre desgraciado le faltaba una oreja y su mano estaba clavada a la calle. La punta del cuchillo se hundía entre los adoquines con brutal certeza, impidiéndole escapar. Había perdido mucha sangre y parecía estar al borde de la inconsciencia.

- Señor Prince, creo que es el hombre al que quería asesinar el otro. El cuchillo encaja con la herida que tenía.

Bueno, definitivamente no le quedaba sutura para arreglar ese desaguisado. El pobre diablo tendría que llegar hasta el hospital por su cuenta, pero para eso antes tenía que despertarlo. Con cuidado, posó una mano pequeña y blanca en su mejilla. Notó algo extraño, ahora que estaba tan cerca, pero eso podía esperar. Calculó bien y con precisión de cirujana le abofeteó una, dos y tres veces. El sonido que hicieron se elevó por el callejón, pero nadie acudió. Sin embargo, el hombre abrió los ojos de golpe. Jul le puso la mano en la boca para evitar que gritara.

- Guarda las fuerzas que tengas. Voy a quitarte ese cuchillo y hacerte un torniquete para que no pierdas tanta sangre. Una vez esté, quiero que te levantes y corras hasta el hospital más cercano, ¿me has entendido?

El tipo asintió. Suspirando, Jul agarró el escalpelo de su bolsito y procedió a cortar un par de tiras de tela de la camisa del hombre. No iba a desgraciar su vestido por un desconocido. Su herida, su tela. Le envolvió una alrededor de la cabeza, apretándola contra el orificio que le había quedado. Acto seguido, hizo exactamente lo que le había dicho. El cuchillo salió, no de la forma más limpia, pero al menos estaba fuera. Le apretó bien la tela contra la herida y le vio coger su oreja entre nauseas y largarse algo tambaleante pero a todo correr.

Menudo día llevaba. Tan pronto pasara por la farmacia iba a comprarse un pastel y alejarse de todo el mundo por un rato. Se levantó y guardó el escalpelo de nuevo, con cuidado de no manchar nada. Esperaba encontrar una fuente o un río de camino a la farmacia, no pretendía asustar a nadie. Se giró hacia el señor Prince, más cansada que otra cosa.

- Espero que no sea cierto lo que dicen de que no hay dos sin tres.- Esbozó una pequeña sonrisa, sintiéndose de repente algo culpable.- Lamento haber tardado, estoy segura de que tiene cosas más importantes que hacer.

Volvió a echar a caminar con él, pero a los pocos segundos volvió a abrir la boca. Había una cosa que le molestaba.

- Hay algo que no entiendo, sin embargo. La herida de la oreja... era mucho más limpia que la de la mano o la del otro hombre. No creo que se hicieran con el mismo cuchillo, tuvo que ser algo más afilado. ¿Cómo puede ser?

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Mensaje por Yarmin Prince el Lun 5 Ago 2019 - 23:24

- Esto explica los demás gritos -murmuró Yarmin, llevándose una mano a la boca-. Lo que no explica es cómo ha podido suceder esto...

Contuvo una risa maligna mientras la chiquilla trataba a ese pobre infeliz, que miraba hacia él con un temor insano, pero incapaz de decir nada acerca de cómo había acabado en aquella precaria situación. Sin oreja, con restos de su propia sangre en la cara y un cuchillo que lo había dejado atrapado contra el suelo en una más que incómoda posición en la que poco más podía hacer que rezar porque la muchacha no desease terminar el trabajo que Yarmin había iniciado; aunque sabiendo que no se trataba de un potencial asesino su interés por él decayó un poco. No lo suficiente como para no terminar el trabajo.

Un transeúnte pasó a su lado y el agente lo frenó con la mano derecha, que brilló azul por menos de un pestañeo, y mientras la doctora daba las últimas instrucciones a su segundo paciente Yarmin susurraba en su oído una serie de órdenes tan directas y sencillas que sería imposible no cumplir. Recogió el cuchillo en cuanto tocó el suelo y se lo dio al inocente viandante.

- Por favor, acompáñelo hasta el hospital más cercano y cuide de él con sus mejores esfuerzos. -Le estrechó la mano educadamente y volvió junto a la doctorcilla justo a tiempo. Esta, que no parecía ser muy estúpida, se dio cuenta de que el corte limpio en la oreja era llamativo en relación a los otros dos tajos, mucho más bastos, del cuchillo-. Lo único que está claro aquí es que no ha sido la misma persona. Pero me temo que es algo que nunca...

Y pasó lo que tenía que pasar. Tras él a apenas treinta metros, se escucharon nuevos gritos y cuando miró un brazo yacía cortado en el suelo. El hombre que debía proteger a "Orejitas", como había decidido apodarlo, se había abalanzado con el cuchillo para apuñalarlo tres veces y, mientras aún se encontraba vivo, destriparlo con no mucho cuidado para comenzar a devorar sus vísceras. Yarmin se apuró para tapar los ojos a la muchachita, fingiendo desconcierto.

- Por lo menos ya sabemos quién lo hizo. Discúlpame un momento.

Con un presto movimiento desenfundó el arma y disparó rápidamente en la frente al ávido caníbal. La verdad, no esperaba semejante voracidad en una orden tan concreta y claramente inmoral, pero se sentía muy satisfecho. En cualquier caso, era momento de fingir ser el héroe que el mundo necesitaba.

- ¡Rápido señorita, necesita ayuda urgente!

Su traje era antimanchas, pero seguía siendo sumamente desgradable pisar sangre. En lugar de intentar tratarlo, era momento de llevarlo al hospital. Afortunadamente era un muchachito, por lo que hasta él podía cargarlo y, con sumo cuidado, se dirigió al hospital más cercano. Una vez llegaran, presentaría su distintivo al celador para que no le hiciesen preguntas raras y advertiría la presencia de un cadáver en esa calle.

- Por cierto, ¿cómo te llamas, jovencita? -terminó por preguntar mientras se acercaban a la puerta del sanatorio.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 7 Ago 2019 - 0:05

A unos pasos, el señor Prince hablaba con un desconocido. Se acercó con él y le encomendó al herido, a quien tomó sin dudarlo. Jul frunció el ceño, algo extrañada. Estaba claro que al tipo le habían apuñalado y atacado recientemente, y no parecía conocerle de nada. Tampoco se le veía escandalizado o asustado. Sin embargo, parecía más que decidido a acompañarle sin importar el riesgo. ¿Cómo había logrado convencerle Prince?

Echaron a caminar nuevamente, pero no llegaron muy lejos hasta que oyeron nuevos gritos. Jul se giró rápidamente y echó la mano al pomo de la espada, todo el cuerpo en tensión. Era la tercera vez en una mañana, distaba mucho de ser algo normal. Miró hacia el origen del horrible sonido y lo último que vio antes de que el señor Prince le tapara los ojos fue el brazo en el suelo. Seccionado de forma burda, apurada. Oyó su frase, completamente calmada y racional seguida de un disparo. Se apresuró a apartar la mano de su cara y examinó la escena. Certero, el tiro. Pero exactamente, ¿qué había ocurrido? No entendía nada.

Se acercó al lugar en silencio y se arrodilló junto a su segundo paciente y su atacante. Este tenía la boca llena de sangre... y de otras cosas. ¿Había intentado comérselo? Con el ceño fruncido, apartó el cadáver de la víctima aún viva. Le examinó las pupilas y los oídos y le abrió la boca, buscando rastros de... algo. No sabía el qué. Pero la gente normalmente no intenta comerse a otra gente, y esa voracidad... no estaba pensando fríamente. Fuera lo que fuera lo que lo había motivado era apremiante y... no era físico. O al menos, no dejaba rastros.

Todavía confusa, contempló cómo Yarmin cogía al herido y se apresuraba a un hospital. Le siguió de cerca, aunque dudaba mucho que pudiera sobrevivir. Le faltaba parte de varios órganos vitales y dudaba no solo que tuvieran repuestos en el hospital, si no que fueran compatibles y aguantara toda la operación. No, ese hombre iba a morir. Pero todavía estaba consciente y decirlo habría sido una falta de respeto. Además, dejarlo en la calle tampoco era la mejor de las ideas. El asunto definitivamente les iba grande; quizá por eso se había apresurado el señor Prince y no porque pensara que tenía alguna posibilidad.

Llegaron al sanatorio y antes de que les dijeran nada, el señor Prince sacó una especie de... ¿emblema? No lo reconocía. Sabía que no era de la marina, tampoco de la revolución. Volvió a mirarle, fijándose en el traje de alta gama y el pulcro corte de pelo. ¿Estaría ante alguien importante? Entregaron al herido, que se desmayó tan pronto lo colocaron en la camilla. Mientras se alejaban, oyó cómo un médico gritaba que se le apagaba el pulso y los primeros intentos de reanimarle. Una pérdida de tiempo. Se giró hacia el señor Prince, con varias preguntas borboteándole en la cabeza.

- Me llamo Julianna... Julianna Shelley.- Vaciló, dudando si decir su segundo nombre, pero al final optó por no decirlo. No le gustaba. Quizá fuera hora de olvidarlo.- Puede llamarme Jul.

Por un momento pensó en pedirle que le acompañara a tomar algo, para poder preguntarle a placer por la extraña placa y hablar de lo que acababa de sucederles. Sin embargo, en seguida recordó que él había accedido a acompañarla al principio para llevarle hasta una farmacia. Y teniendo en cuenta el historial, se sentiría más cómoda una vez hubiera repuesto existencias. De todas formas...

- Señor Prince... ¿Alguna vez había visto algo como eso? Reaccionó de forma rápida; no sabía que el canibalismo existiera dentro de la especie humana. ¿Tiene idea de qué lo origina? ¿Una enfermedad, quizás? O tal vez... pero no, la simple curiosidad no causaría tanta agresividad. Creo.
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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 7 Ago 2019 - 19:48

Dudaba que sobreviviese. De hecho cuando llegó a la camilla ya no tenía pulso, y la sangre perdida por la parte amputada era demasiada como para nutrir su sistema. Sin embargo estaba con una niña, y por muy entretenido y estimulante que hubiese sido aquello debía mantener una mínima responsabilidad y hacerse cargo de que no quedara traumatizada de por vida. Al fin y al cabo, tenía cierta responsabilidad en todo aquello y de no haber interpretado mal lo que estaba ante él se habrían evitado dos muertes. No obstante, no se arrepentía.

- Julianna es un bonito nombre -respondió-. Me recuerda al verano.

Salió del hospital pasando un pañuelo por su traje impoluto -no podía mancharse, pero nunca estaba de más guardar la costumbre por si acaso-, mirando aquí y allá el rumbo más idóneo hacia su casa. Vivía en la zona más acaudalada de la ciudad, en un barrio casi al otro lado de donde se encontraban, y aunque para él no resultaba ningún problema desplazarse hasta allí tal vez la jovencita no pudiese pagar los elevados precios que en zonas menos deprimidas se solían exigir. ¿Sería una buena idea llevarla? Estaba hasta cierto punto limpia, pero ni de lejos parecía una joven terrateniente aburrida, y esa habilidad con la aguja destacaba una profesión precoz; seguramente llevaba trabajando años ya a esas alturas de su vida, teniendo... ¿Catorce años, a lo sumo? Le habría dado pena si no fuese porque vio la oportunidad allí mismo.

- Metcatinona -fue la respuesta que dio a Jul, sacando una bolsa transparente de su bolsillo. Estaba llena de pequeños cristales de una sustancia aparentemente similar a la sal, y aunque aquello había sido cosa suya para asalvajar a la población en contra de su alcalde (el cual le impedía operar cómodamente sin cobrar una mordida), no era mentira-. Estoy investigando la ciudad porque se ha detectado el abuso de esta sustancia, y parece que todo el mundo se empieza a ver afectado. Se trata de un psicoactivo muy poderoso que provoca, entre otras cosas, frenesí y desinhibición. Si ese hombre, en el fondo de su psique, alguna vez se planteó el canibalismo, el consumo de esta droga lo aupó hasta lo que hemos visto ahora.

Los cargamentos de "sal marina" de Arabasta llegarían en unos días, aunque más tarde se encargaría de que el plan fuese cancelado. Afortunadamente no lo había puesto en marcha, lo que sin duda alguna ayudaría a resolver el supuesto entuerto y ganarse el afecto de la joven doctora, pronto su nueva compinche. Solo necesitaba darle algo que ella pudiese atesorar, aunque no sabía por el momento qué; no había ambición en sus ojos, o no al menos una que la dominase, y tampoco se veía en ella algo tan vano para mantenerla controlada como un miedo en específico. Sin embargo, muchas veces la simpatía y el simulacro de buena compañía podían construir cosas maravillosas.

- En fin, hay muchas farmacias de camino a donde yo vivo. Pero si quieres ir hasta allí, lo mejor será que tomemos un Yagara.

Con las mismas dijo eso torció a la derecha para encontrarse con un amplio canal que conectaba, esencialmente, toda la ciudad, y levantó la mano. En ella llevaba un azucarillo y el animal no tardó en acercarse; cuando el viaje terminase debería dejarle un par de berries, aunque no había ningún barquero que lo guiase, así que tal vez pasase. Simplemente alimentó al animal cuidadosamente y, tras ayudar a Julianna a subirse, saltó al corcel y puso rumbo al más insultantemente rico de los barrios de Water Seven: Beaverly Tears.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Lun 12 Ago 2019 - 12:20

La respuesta del señor Prince le sorprendió. Cogió la bolsita que él había sacado, para examinar su contenido a conciencia. ¿Frenesí y desinhibición? Parecía algo peligroso, pero no mortal. Por supuesto, ese tipo de sustancias solían traer consigo toda una plétora de efectos secundarios. Probablemente era altamente adictiva, también. Alzó la bolsita al sol, viendo como la luz se colaba a través de los pequeños cristales. Por un momento, parecieron joyas o piedras preciosas. Le devolvió la droga al señor Prince, pensando que seguramente el incidente caníbal se debía a mala suerte. Estaba segura de que no había mucha gente que se planteara el canibalismo.

Paró un segundo, repasando lo que le había dicho. ¿Investigando la ciudad? De nuevo, no era un marine. ¿Trabajaría solo? ¿Estaría infiltrado con aquellos que intentaban introducir la droga? Jul tenía muchas preguntas rondándole la cabeza, pero no estaba segura de que fuera buena idea decirlas en voz alta.

Él volvió al tema de la farmacia, hablando de coger un Yagara. La pequeña recordó el por qué del largo trayecto; la propietaria de la farmacia había sufrido mucho y comprando allí mataba dos pájaros de un tiro. Asintió y le siguió hasta el borde del canal. No pasó mucho tiempo hasta que se les acercó uno de los animales. Era un majestuoso corcel marino, de un precioso color amarillo y aparentemente bastante goloso, pues devoró el azucarillo del señor Prince en cuestión de segundos. Sonriendo encantada, aceptó su ayuda y subió con cuidado. El asiento era cómodo y lo bastante abierto como para disfrutar de las vistas del canal. El señor Prince se colocó delante, a cargo de las riendas, pero no pasó mucho hasta que Jul se levantó y se colocó a su lado, intentando no molestarle pero disfrutando del viaje.

- Es la primera vez que subo en uno de estos. ¡Es maravilloso, mucho más rápido de lo que creía!

Vio como a los lados, el paisaje iba cambiando. Las casas aumentaban de tamaño y se espaciaban un poco; en general, todo el lugar parecía mucho más... ostentoso. Rico. Desde luego el señor Prince no tenía problemas de dinero. Eso estaba bien; si la farmacia se encontraba en un barrio como ese el material sería de primera calidad.

El viaje terminó antes de lo que ella habría querido, pero no había más remedio. Saltó de forma un tanto intrépida a tierra firme, envalentonada tras la carrera acuática. Trastabillo, pero consiguió recobrar el equilibrio y la compostura casi por entero. Solo una pequeña sonrisa dejaba entrever la energía y adrenalina que todavía la llenaba. Le acarició la frente al animal, agradeciéndole en tiernos susurros por el viaje. A continuación, se giró hacia Yarmin.

- Bueno, usted guía. Gracias por traerme, espero no estar retrasándole. Tiene un trabajo importante, creo.

No había sido muy sutil, pero tampoco había dicho nada raro. Esperaba obtener alguna información más acerca del hombre. O del extraño emblema que había mostrado en el hospital. La farmacia estaba cerca y después de eso no tendría más excusas para quedarse cerca y averiguarlo, al fin y al cabo.




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Mensaje por Yarmin Prince el Mar 13 Ago 2019 - 0:58

Siempre había disfrutado de la navegación, y casi antes de aprender a caminar ya había sostenido el timón de un pequeño balandro. Del mismo modo la vida en Water Seven había significado una bendición, pues el tiempo que no invertía en sus quehaceres ordinarios podía pasarlos montando sobre los animalejos barca que, normalmente, se dejaban llevar con mucha facilidad. En ocasiones había tenido que ocuparse de algún barquero para poder manejar él el timón, pero en esos tiempos de inestabilidad muchos yagara viajaban solitarios y sin control, a la espera de que alguien los montase: Por eso era bueno llevar siempre una chuchería para atraerlos.

- Yo también me emocioné la primera vez -admitió en un susurro casi vergonzoso, pero pronto su tono volvió a la naturaleza jovial y vivaracha que lo caracterizaba-: ¿Te gusta navegar?

Dirigió al animal a través de corrientes benignas y calles cada vez más lujosas. Los edificios tomaban un cariz impecable e incluso las aguas estaban más limpias a medida que se acercaban a las cascadas; el yagara parecía feliz de abandonar los lodazales donde lo habían encontrado, y canturreaba -o su equivalente en yagara- mientras navegaba plácidamente. Se estaba relajando mucho con aquel viaje, pero todo en algún momento llegaba a su fin. Amarró el caballito en un muelle con cuidado, le dio otro azucarillo y salió del bote en su grupa con un salto impecable, evitando las vallas y llegando de golpe a la acera sin tocar el muelle. Julianna, por su parte, dedicó un buen tiempo a agradecer la carrera al corcel. Cuando terminó Yarmin fue víctima de su agradecida personalidad:

- La verdad es que tengo que pasar por la farmacia igualmente -improvisó-. Donna es la única farmacéutica con laboratorio propio en la ciudad, y seguramente pueda decirme con exactitud la pureza de la metacatinona y si hay alguna forma de neutralizar sus efectos -la verdad es que era una buena idea. Los estudios de Oasis no habían sido todo lo exhaustivos que debían, estaban todos deseosos de comenzar-. O, por lo menos, que me diga si se consume por vía oral, nasal... Cualquier información es bienvenida.

La niña era inteligente, pero era eso: una niña. Yarmin llevaba mucho tiempo mintiendo a todo el mundo, desde sus padres a sus jefes e incluso se había ganado los ascensos en una carrera de horripilantes farsas para las que, muchas veces, había creado un perturbador trampantojo lo suficientemente obsceno como para que nadie tomase en consideración que podía deberse a un único hombre y no a la peor de las suertes o un equipo táctico siempre en guerra. Aunque eso último era verdad, pero había logrado evadir los ojos más curiosos con una habilidad sin precedentes.

- Donna vive en esa casa de ahí -señaló. De entre todas las mansiones era si cabe la más modesta, con acabados indianos y de color blanco rematado en azules para los detalles. Los tejados eran de pizarra y los arcos de medio punto bajo los que descansaban sencillas ventanas de madera de caoba... Una casa preciosa, con poca ostentación, que poco tenía que envidiar en comodidades al palacete de sillería que había ordenado construir el Señor Prince, padre de Yarmin, hacía lo menos veinte años-. Y su local está justo ahí, en la bocacalle.

Las serpientes cruzadas identificaban el laboratorio de Donna, una pequeña factoría con tienda y doce empleados que se dividían entre químicos, botánicos, expertos en farmacología y un par de repartidores que llevaban a los clientes más selectos sus productos, a veces menos lícitos de lo que muchos reconocían -poseía un herbolario del que alguna vez Yarmin había robado marihuana-. Pero en cualquier caso la mujer, ya algo entrada en años pero jamás en carnes, lucía un escaparate hermoso dotado de los mejores productos... Y su tienda tampoco estaba mal. Cada vez que veía a Yarmin le guiñaba el ojo sin saber por qué, y aunque Yarmin sí lo sabía dejaba que el recuerdo de aquella noche -y la cicatriz en su cuello- se perdiera en un mar de cosas que nadie debía nunca revelar. Al fin y al cabo, si ella fuese consciente de que participó en una de las fiestas con sus hijas... Pobre mujer, debía ahorrarle el mal trago. En cualquier caso, finalmente entró al lugar.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 14 Ago 2019 - 13:24

- No me disgusta y a menudo el paisaje es hermoso, pero lo cierto es que estoy mucho más a gusto en tierra firme.

Escuchó su respuesta con atención, pero lo cierto es que le supo a poco. No había comentado nada acerca de quién le enviaba o para quién trabajaba. Podía no ser un detalle importante o estar tratando activamente de ocultarlo. En cualquier caso, la curiosidad de la niña burbujeaba cerca de la superficie a esas alturas. Comenzaba a cuestionarse si no sería más sencillo preguntárselo directamente y apandar con la respuesta que le diera, fuera cual fuera.

- Bueno, una droga de ese tipo... supongo que depende del propósito. La vía oral tarda un poco más en hacer efecto, pero al absorberse antes tanto la vía nasal como incluso la anal darían unos efectos menos prolongados. Igual de potentes, me figuro, pero son solo conjeturas.

Jul se alegraba de que el señor Prince no la hubiera tratado con condescendencia en ningún momento. Resultaba cargante y de esta forma podía decir lo que se le pasara por la cabeza sin miedo a una reacción desagradable, solo por su apariencia. Había trabajado con drogas antes; en Samirn habían utilizado varios tipos de psicoactivos para tratar de que el prisionero que tenían hablase. Sin embargo, el hombre había aguantado tanto el subidón como el mono días después con sorprendente entereza. Por suerte, no había sido en vano. Jul le daba valor a todo conocimiento que poseía y aquellos que incluían el uso de substancias peligrosas no eran menos importantes. Al fin y al cabo ella misma... se planteó coger el tubo de pastillas que tenía en el bolsito, pero decidió esperar. Podía hablar con Adahír cuando estuviera a solas.

Llegaron al lugar y lo primero que pensó la pequeña es que aquello no se asemejaba a ninguna farmacia que hubiera visto. La casa era preciosa, muy elegante pero no realmente ostentosa. Destacaba un poco entre las mansiones de alrededor, pero desde luego no daba pistas acerca de lo que había en su interior. El señor Prince, como leyendo sus pensamientos, le señaló el verdadero local, en la bocacalle. Vio las serpientes cruzadas en la puerta y asintió, reconociendo el símbolo universal de la salud. Entraron al lugar y un sonido de campanitas anunció su llegada. Jul se adelantó al mostrador y sacó su kit de primeros auxilios. Se lo mostró al encargado que había en el mostrador y le pidió con amabilidad que le trajera lo necesario para reponerlo.

- Señor Prince, ¿cree que podría hacerle compañía un rato más? Me gustaría ver el laboratorio y, bueno, colaborar en lo que pueda.

Esperaba que aceptase, pero incluso si no era así el viaje al menos ya le había sido de utilidad. Pagó de buena gana, recordando a dónde iría ese dinero y tras recoger sus cosas se giró hacia el señor Prince. En ese momento una hermosa señora, algo entrada en años, salió de la parte de atrás con una sonrisa de oreja a oreja.

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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 20 Nov 2019 - 2:11

Como una niña en una tienda de chucherías la pequeña Julianna saltó al mostrador, emocionada. Estaba seguro de que no tendría dinero suficiente para pagar todo lo que estaba comprando, pero Yarmin asintió a Fredderik asumiendo los gastos de la muchacha antes de que Donna lo interceptase con un cálido abrazo y un par de besos. Llevaba, como siempre, una larga bata blanca de laboratorio y un blusón aguamarina con escote a través del que despuntaba un sujetador de encaje. Por aquella época su cabello estaba teñido de un llamativo rosa fucsia que contrastaba con la severidad de unos pantalones color beige.

- ¡Yarmin! -saludó, en un efusivo grito extrañamente elevado pese a lo cerca que estaban-. ¡Cuánto tiempo! ¿Ya te han vuelto a dar un permiso?

- Me temo que esta vez no, cielo -contestó él, encogiéndose de hombros-. Me han mandado los jefes para averiguar sobre esto.

Sacó un pequeño pollo de aquella sustancia, agitándolo delante de sus ojos de gata. Ella lo seguía con la mirada, desafiante dentro de la curiosidad. Si no hubiera habido nadie en ese momento seguramente hubiese hecho uso de su poder para que todo terminase de una forma menos civilizada y, sin duda, mucho más amena para al menos uno de los dos. Y, probablemente, no fuese ella.

- ¿Qué es este regalito que me traes? -inquirió mientras lo cogía con las manos-. Bueno, da igual. Necesito un par de horas con esto antes de poder decirte al...

- No, no. Eso esmetacatinona -interrumpió de la forma más educada que pudo-. Lo que necesitaría es saber sus efectos exactos y la duración de estos. Mis jefes sospechan que alguien está liberando la sustancia por la ciudad, no sabemos si por el agua o enmascarada de alguna manera.

Donna se horrorizó al instante, pero una vez recuperó la compostura pudo darle todos los datos que necesitaba. De hecho, estuvo cerca de veinte minutos hablando sin parar acerca de todos los efectos que podía provocar, las contraindicaciones más importantes, síndromes de abstinencia y los peligros de su consumo, además de todas las posibles catástrofes que podían suceder si alguien estaba vertiendo eso en el agua.

- Podría convertir a media ciudad en una horda de zombies descerebrados y a la otra mitad en un montón de sádicos caníbales -finalizó.

Yarmin asintió antes de darle las gracias, y volvió con la chiquilla. Parecía que estaba interesada en acompañarle, y ahora que él había decidido que sustituir el azúcar de todos los hogares por eso sin criterio era demasiado arriesgado para el beneficio que otorgaba, debía evitar que se repartiese por todas partes. De paso podría colgarse una medalla que otra, por lo que no perdía gran cosa matando a un par de inútiles intermediarios.

- Lo siento mucho, pequeña, pero tengo que trabajar -se disculpó Yarmin agachando la mirada-. Si quieres venir conmigo podría venirme bien tu ayuda, pero tal vez ya hayas visto demasiada sangre por hoy. Y en mi trabajo, me temo, suele verse bastante sangre. Puedes quedarte con Donna si quieres mientras analiza la pureza; yo tengo que investigar.

Según lo que dijese la llevaría consigo o no, pero él debía ir marchando si quería llegar antes de que los marineros iniciasen el reparto por toda la ciudad.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 20 Nov 2019 - 13:23

La mujer era explosiva. O, al menos, fue la palabra que acudió a la mente de Julianna al verla. Contrastaba con la pequeña en todo. Caminaba con aplomo, como si el mundo le debiera un beso y una flor. Llevaba el pelo teñido de un precioso tono rosa que reclamaba la atención de la gente al ritmo de sus oscilantes tirabuzones. La bata blanca le confería profesionalidad a pesar de la ropa que llevaba. Jul, que no tenía necesidad de utilizar un sujetador con aros, no pudo evitar quedarse mirando un par de segundos y preguntarse si no le molestaba. En unos años lo más probable era que lamentase haber utilizado un modelo tan apretado. La otra opción era que la sonriente señora se hubiera puesto bajo el cuchillo y esa fuera ahora la posición permanente de sus pechos. De una forma u otra, no era capaz de ponerse en su lugar.

Su confusión no duró mucho antes de ser suplantada por la curiosidad que le había traído hasta la farmacia en primer lugar. Estaba claro que el señor Prince y la mujer se conocían de antes, posiblemente no solo por trabajo. Pero trabajaban bien juntos, no tenía ninguna duda. En cuanto él la puso al corriente de la situación no hizo falta mucho para que la señora le diera toda la información que necesitaba. Jul la escuchó, curiosa al principio y extasiada al final. Se acercó con su recién repuesto maletín de primeros auxilios, tratando de ser silenciosa y no molestar. La mujer hablaba de forma bien articulada, pero sus palabras estaban claramente teñidas de emoción. Le gustaba lo que hacía y se notaba, por no hablar de lo bien informada que estaba en cuanto al tema en cuestión. Muchas de las cosas que comentó, Jul las desconocía y tomó buena nota de ellas. Otras ya sabía de ellas y utilizó la ocasión para refrescar sus propios conocimientos.

- Podría convertir a media ciudad en una horda de zombies descerebrados y a la otra mitad en un montón de sádicos caníbales -finalizó.

Eso explicaba el horrible espectáculo que se habían encontrado antes. Había que hacer algo y no era la única que opinaba así. El señor Prince se apresuró a explicarle la situación y darle a elegir. No le costó, pero aunque sabía con quien prefería ir le daba rabia no poder conocer a la farmacéutica más a fondo. Contestó en seguida, no queriendo que pensara que no estaba segura.

-Si le parece bien, prefiero acompañarle. La sangre nunca ha resultado ser un problema.- Esbozó una pequeña sonrisa, preguntándose cuánto sería buena idea contarle. Probablemente no mucho.- Tengo experiencia con situaciones… que se salen de lo habitual. Quizá más de la que imagina. Puedo serle de ayuda y será un placer colaborar.

Se despidió de Donna, insinuándole que en otra ocasión le gustaría volver. Tuvo suerte y la mujer le dijo que sería bienvenida. Le dio un pequeño abrazo y Jul se marchó con Yarmin sin mirar atrás. Una vez en la calle, sin embargo, por fin se decidió a vocalizar la pregunta a la que no paraba de dar vueltas.

-Señor Prince, ¿para quién trabaja? Deduzco que con alguna autoridad, pero no lleva uniforme de marine. Lo comprendo si no puede responder, pero resulta bastante intrigante.

No estaba segura de que fuera a ser sincero con ella, pero era mejor agotar esa posibilidad cuanto antes.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue 21 Nov 2019 - 2:55

Yarmin enarcó una ceja ante la pregunta de Julianna. No hablaba como se esperaría de una chica a esa edad, y resultaba poco menos que extraordinaria la elocuencia con que articulaba sus palabras. Por un momento casi se preguntó si aquella muchacha tendría la edad que aparentaba o, por la contra, se trataría de alguna suerte de trastorno del crecimiento. Poseía conocimientos avanzados, eso era indudable, y pese a su apriencia -y una cierta inocencia- resultaba agradable su compañía. Desde la muerte de Claire apenas tenía nadie con quien hablar libremente: Gellert siempre pensaba de forma demasiado pasional, y Bella estaba enamorada de él... Nunca le diría algo hiriente. De pronto, una idea cruzó como el relámpago sus sesos, y se preguntó si podría formularla en algún momento.

- Verás, jovencita, trabajo para una agencia gubernamental -le explicó. Una de las normas de cualquier agente era tratar de, si podía evitarlo, no explicar la naturaleza de sus funciones ni, a ser posible, su relación exacta con el Gobierno Mundial-. Por ponerte un ejemplo, si la Marina se ocupa de los peligros más genéricos como piratas o mantener la seguridad en los mares, la gente como yo protege los intereses más concretos del Gobierno Mundial en una suerte de operaciones de inteligencia. Básicamente, y aunque sea un poco duro, la Marina es el héroe mientras que nosotros somos los poceros que mantienen todo limpio. -Sonrió con cierto desdén, como abatido. Era cierto que no se lo estaba vendiendo demasiado bien, pero no tenía demasiado claro que quisiera condenar a una niña a pasar por lo mismo que él: Entrenamientos extenuantes, total vigilancia, castigos desproporcionados y una disciplina férrea... Pero, por otro lado, si él había sobrevivido a aquello casi cualquiera podía-. No es un mal trabajo; se viaja mucho, tiene buen sueldo y se conoce gente. A veces hay que neutralizar un escuadrón terrorista, otras veces matar a un traidor... Pero muchas veces realizamos misiones de escolta, arbitraje, diplomacia... No sé, suelen cogerte muy niño y casi acabas viendo toda la violencia como algo normal. No sé hasta qué punto es bueno, pero alguien tiene que hacerlo.

Se despidió con la mano de Donna a través de la ventana y se dirigió hacia los yagara del canal. Le dio un azucarillo al que lo esperaba y, acompañado por Julianna, partió rumbo a los bajos fondos de la isla y a los muelles del lugar.

- ¿Y tú a qué te dedicas, pequeña?


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Dom 24 Nov 2019 - 13:57

Escuchó la explicación del señor Prince en silencioso respeto. No había oído hablar de nada como lo que él describía, al menos no relacionado con el gobierno. Aunque lo cierto es que tampoco tenía una idea muy acertada de qué era el gobierno o cómo funcionaba. En Samirn la marina no operaba y no llevaba fuera tanto tiempo como podía aparentar. Por otra parte, su frase acerca de ser quien se encargaba del trabajo sucio le recordó a sus días en Samirn, cuando aprendía con Rodrigo. Recordó la forma en que el hombre limpiaba con pulcritud las heridas de cualquier preso que pasase por sus manos, sin importar sus crímenes, y cómo le había enseñado a hacer lo mismo. Esbozó una pequeña sonrisa, algo triste. De repente, le echaba un poco de menos.

-Parece algo duro, pero gratificante. Son trabajos que por más que no lo parezca, merecen que alguien se esfuerce en hacerlos bien.
Sacudió la cabecita, tratando de volver al presente. Habían llegado junto al yagara y el señor Prince le estaba dando un azucarillo. El animal lamía goloso y apoyaba la cabeza en la mano del hombre, encantado con las atenciones. Enternecida, Jul le acarició el cuello antes de subirse. Zarparon y él le preguntó a qué se dedicaba. ¿A qué se dedicaba? En realidad, no hacía nada per se. Sabía hacer cosas, pero no trabajaba para nadie. Había leído la palabra nómada en un libro de historias, pero no terminaba de sentirse así. Lo cierto es que no tenía una respuesta para esa pregunta.

-Ahora mismo… a nada. No tengo un rumbo fijo, me temo. Crecí en una isla algo apartada del mundo hasta hace poco y… supongo que estoy poniéndome al día.

Calló unos segundos, ordenando sus pensamientos antes de seguir hablando. Quería contarle un poco de sí misma, ya que él le había confiado la naturaleza de su trabajo. Puede que solo lo hubiera insinuado, pero Jul había tenido suficiente para hacerse una idea y quería corresponderle. Eligió muy bien sus palabras y habló con calma, dando un paseo por sus recuerdos más alejados.

-No puede decirse que creciera en las calles, pero el sitio donde dormía no era mi hogar. Mi padre apenas tenía dinero y desde pequeña ayudé en el hospital. Siempre había exceso de pacientes y dos manos rápidas que acercaran o limpiaran cosas solían ser bienvenidas. A cambio, me daban un par de monedas y si estaban de buen humor me enseñaban cosas. La verdad es que tuve mucha suerte y una persona especial me ayudó a salir de allí. No suelo echarlo de menos, tenía sus inconvenientes. Era una niña, así que no me dejaban atender a nadie por mí misma y había lecciones que no querían darme. Cómo coser a alguien, cómo utilizar ciertos utensilios de diferentes formas… todo eso tuve que aprenderlo más tarde.

Se dio cuenta de que llevaba un buen rato hablando y paró en seco, algo avergonzada. Volvió a darle las gracias por dejar que le acompañara, de forma algo torpe. Estuvo a punto de justificar su interés contando lo que siempre decía Rodrigo, pero se mordió la lengua en el último segundo. No estaba segura de que fuera apropiado. Se quedó mirando los muelles por los que pasaban a gran velocidad. En verdad era una ciudad hermosa.
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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 11 Mar 2020 - 20:32

Se debatía entre escucharla y disfrutar la plena experiencia de navegar. En río o en mar abierto el sonido del agua bajo los cascos siempre aliviaba su mente. Sentía cada pequeña perturbación en la superficie, que se transmitía como un momentáneo temblor sobre la cubierta. El yagara avanzaba a paso raudo mientras Julianna le explicaba cómo había aprendido lo que sabía de medicina: La chica solía ser enfermera cuando era, si cabe, más pequeña. La verdad es que era muy complicado imaginarse a una niña de seis o siete años husmeando por una consulta, pero dejó que esa imagen se desvaneciese mientras meditaba detenidamente su respuesta.

Seguía teniendo pendiente visitar los barrios bajos de la isla y evitar que el cargamento acabase destrozando una isla tan clave para el Gobierno Mundial como para los planes que tenía alrededor de ella. Ahora que Thawne se había revelado como el villano que realmente siempre había sido no tenía sentido acometer semejante operación, arriesgada y sobre todo cara. Lo mejor que podía hacer era resolver el problema atajándolo de raíz, y si por el camino podía agenciarse unas pocas medallas era evidente que las iba a conseguir. En parte esa era la razón de que no hubiese hecho la llamada. Del mismo modo, asegurarse personalmente de no dejar ningún cabo suelto era algo que no dejaba de ser importante y, a falta de Gellert -que estaba de misión en Dark Dome- no confiaba en nadie para solucionar el desaguisado.

- Sí, ¿pero a qué precio? -preguntó, fingiendo desidia-. Recibes un buen sueldo, seguro médico, transporte gratuito y un hogar seguro pero al mismo tiempo pasas la vida viajando de un lugar a otro, conociendo gente aquí y allá sin llegar a intimar nunca con nadie. -En realidad había intimado con mucha gente, pero no había sido duradero. No solían quedar bien para una segunda cita-. Ayudas a la gente, pero muchos te odian porque no comprenden lo que haces y otros simplemente creen que lo haces por malicia, que sacas alguna satisfacción de abatir a un delincuente peligroso. Es extraño.

Acarició al animal mientras el viaje llegaba a su fin, pasando los dedos por entre las suaves crines de la criatura. El yagara hacía un ruido entre ronroneo y relincho, agradeciendo sus atenciones, pero igualmente pidió el azucarillo cuando estaban a punto de desembarcar. Yarmin no pudo evitar sonreír antes de darle el último terrón que tenía, un azúcar especial.

Sonrió cuando se plantó frente a los suburbios. A su espalda el yagara se hundía silenciosamente a causa del cianuro, y ante él una barriada llena de gente a la que, para poder continuar sus planes, debía salvar.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Sáb 14 Mar 2020 - 19:35

No parecía un trabajo fácil. Tenía numerosas ventajas y el señor Prince las había enumerado de corrido, pero el hastío que coloreaba su tono cuadraba más con la segunda parte de la oración. Un bien inmenso a cambio de soledad, malentendidos e inquina por parte de extraños. Se encontró pensando en su propia situación; no tenía tampoco grandes amigos, pero nunca los había tenido. Ella estaba acostumbrada. Y nunca había tenido que aguantar odio por parte de gente a la que no conocía. Salvo casos excepcionales, claro. Solían estar justificados.

-Parece un trabajo que muy poca gente aguantaría. Y… ayudas a mucha gente con ello. Yo creo que lo estás haciendo lo mejor que puedes y aunque algunos no lo entiendan, tú sabes lo que haces. Eso debería ser suficiente.

Habló con cuidado, midiendo sus palabras. Quería animarle, pero no pasarse de la ralla. Sin embargo, antes de que pudiera contestarle, llegaron a su destino. El yagara se detuvo con suavidad y la pequeña saltó a tierra firme de un salto, después del señor Prince. Él se quedó rezagado para darle un último azucarillo al animal. Era goloso, no le culpaba. Mientras su antojo era satisfecho, echó un vistazo a los alrededores. Estaban en los barrios bajos, no cabía duda. Por todas partes había gente vestida con ropa sucia, algunos incluso rota. Sentados contra la pared, distinguió a dos hombres pidiendo dinero. Les habría dado un par de berries, pero tenía la sensación de que no habría ayudado mucho. En su lugar, respiró hondo y se giró hacia el señor Prince. Por un momento observó el río confusa, el yagara estaba bajo el agua. ¿Lo habían agotado tan deprisa? Pobre animal. De todas formas, estaba segura de que en nada se recuperaría.

-¿Qué toca hacer ahora?

Estaba dispuesta a ayudar en lo que hiciera falta. Tenía su kit de primeros auxilios lleno a rebosar y la firme voluntad de continuar. Incluso si algo salía mal, saldrían de ello, estaba segura.
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Mensaje por Yarmin Prince el Miér 25 Mar 2020 - 19:36

- Sí, debería...

Necesitó por un momento contener la sonrisa maliciosa que amenazaba con nacer entre sus labios. Casi la tenía. En su lugar optó por simplemente avanzar hacia delante cuidadosamente, fingiendo no saber con exactitud a qué muelle debía dirigirse. Al fin y al cabo, aun con su poder haciendo mella en ella -o por muy inocente que ella fuese- no podía tratarla como si fuese estúpida. Era bastante más especial que casi cualquier persona a la que pudiese toparse en medio de Ennies Lobby, y desde luego su esperanza de vida iba a ser mucho mayor.

- El siguiente paso, pequeña, es encontrar el almacén donde se mueven los malos -señaló. No obvió que le estaba cogiendo algo de cariño, pero tampoco dijo nada-. Si mi información es correcta están en el puerto, pero esta ciudad tiene un puerto enorme. El más grande de esta mitad del Grand Line, tal vez solo disputado ese título con la gran bahía de Marineford. Pero probablemente sea el mayor puerto comercial del mundo.

"Y es casi imposible encontrar algo si no sabes lo que buscas". Afortunadamente para Yarmin sabía exactamente dónde debía buscar, y si avanzaba por entre los contenedores moviendo la cabeza de un lado a otro como si no supiera exactamente hacia dónde mirar era únicamente para que Julianna no sospechase todavía, pero tampoco tardó en sacar una hoja. La empresa tapadera era SugarCo, una empresa que de hecho no sabía qué iba a haber dentro de sus bolsas. No había, al final, mejor tapadera que eso.

- Tenemos que encontrar la nave de SugarCo -terminó diciendo-, aunque no tengo ni idea de dónde está.

Aquella mentira pasaba por alto que el cartel se veía justo a la derecha de Yarmin, señalando que apenas a cincuenta metros estarían frente a él.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 25 Mar 2020 - 21:47


Habían dejado atrás la parte de la ciudad en la que la gente vivía, o más bien malvivía. Allí apenas había gente y los edificios que distinguía no eran más que almacenes, lugares provisionales de carga y descarga.

Las palabras del señor Prince le hicieron sentirse pequeñita. ¿De verdad estaba en el mayor puerto comercial del mundo? Todo lo que podía ver a su alrededor eran contenedores y más contenedores de barco. Enormes, de diferentes colores, colocados unos encima de otros como extraños bloques de construcción. Aquí y allá de vez en cuando se veía algún que otro marinero sin camisa, examinando contenidos o asegurando cuerdas. Más por instinto que otra cosa, la pequeña colocó la mano en la cadera para tranquilizarse con el duro tacto del rapier que llevaba oculto bajo el abrigo.

Todo el lugar olía a mar y tenía un aire vacío, casi desangelado. Quizá solo era la impresión de la pequeña; cuanto más se alejaban del centro de la ciudad, más calaba en ella lo que estaba haciendo. Las imágenes del caníbal que habían dejado atrás volvían a su mente y el pensar que alguien había provocado eso de forma intencionada, sin ningún propósito más allá de causar el caos y enriquecerse con una droga, le indignaba. Se lo creía, claro. Había gente sin ningún escrúpulo, pero con una asombrosa cantidad de codicia y ambición. Aún así, ella no era capaz de ponerse en los zapatos de esa gente.

Iba cavilando sobre los motivos que le habían llevado hasta donde estaba cuando la suave voz del señor Prince interrumpió sus pensamientos. ¿SugarCo?

-Oh, no.

Conocía esa compañía. Metió la mano en el bolsillo y sacó tres pequeños caramelos. Fresa, naranja y frambuesa. Antes tenía uno de limón, pero se lo había comido primero porque era el que menos le gustaba. Así se aseguraba de que nunca le quedase para el último. Frunció el leño, mirando el ornamentado logo en el papel brillante. A juzgar por la falta de tendencias violentas y caníbales en sí misma, esos caramelos en concreto estaban limpios. Quizá había tenido suerte y los había comprado antes de que dieran el cambiazo. Por desgracia, sabía que no valía la pena arriesgarse. Se los volvió a meter en el bolsillo, pensando que ya se desharía de ellos.

-Conozco esa compañía. Envían caramelos a los cuatro Blues… son baratos pero deliciosos; yo los adoro. Aunque claro, una popular compañía de dulces es un buen sitio para empezar en caso de querer llegar a gran parte de la población.

Había un leve tono de tristeza en su voz, pero era más por la pérdida de sus caramelos que otra cosa. La gente era mala, no podía evitarse. Con suerte la compañía no sería una tapadera si no una elegida y una vez este incidente se resolviera sus caramelos volverían a ser seguros. ¿Funcionaba si quiera así? Lo esperaba.

En seguida dieron con la nave de la compañía. Antes de entrar, Jul agarró con delicadeza la manga de Yarmin, sin tirar demasiado para no estirarle el traje. Le miró con determinación:

-Si necesitas una excusa para entrar conmigo, puedes hacerte pasar por mi padre. Ambos tenemos el pelo claro, no creo que sospechen.

En realidad no sabía si él tenía ya un plan. Esperaba no estar poniéndose en ridículo.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue 26 Mar 2020 - 17:23

Tenía un plan, claro que sí: Entrar pegando tiros a diestro y siniestro y luego elaborar un informe falso. Sin embargo eso con la niña al lado igual era un poco más difícil. No quería exponerla a más violencia de la que ya había presenciado, y no podía organizar una masacre delante de ella si quería que se uniese a él; al fin y al cabo, ella lo tenía por un hombre responsable y bueno. Y aunque ya iría descubriendo la verdad, por el momento debía hacerle ver que las cosas encajaban con su inocente visión.

- ¿Padre? -verbalizó al fin-. ¿De verdad te parece que tengo edad para ser tu padre?

Se sentía ofendido por aquello. Que esa mocosa no pasase de los doce años no era motivo para creer que él, en sus apenas veinticuatro, estaba en edad de tener una cría tan mayor. ¿Parecía tan viejo? Sabía que no, y a pesar de que no tenía inseguridades al respecto le hirió un poco en orgullo que ella le dijese eso. "Maldita enana".

- Hermano, ¿vale? Soy tu hermano. Eres Julianna Prince, y me acompañas a una entrevista de trabajo porque nuestros padres murieron y no tienes con quién quedarte, ¿está bien?

Sin embargo aquello suponía un pequeño problema. Ni siquiera él podía justificar el arriesgar la vida de una niña en medio de un potencial peligro como era aquel. "A no ser...".

- Pero no puedo dejar que entres conmigo, pequeña -objetó-. Ahí podría haber hombres malos, gente armada y sin escrúpulos. Y aunque no dudo de que tengas grandes habilidades podría jugarme el despido si dejo entrar ahí a un civil. A no ser, claro, que dejes de ser civil.

Uno de los derechos que tenía como agente especial era elegir un aprendiz. Nunca había pensado en hacerlo, pero tenía un precontrato por si acaso guardado en la chaqueta. Firmándolo Julianna podría entrar como iniciada al Cipher Pol a ayudarlo, aunque si ella sufría algún daño bajo su tutela todavía se la cargaría él. En cualquier caso nadie iba a atacarla, era tan mona. Le tendió el papel.

- Si no firmas me temo que debo pedirte que esperes aquí. No te va a pasar nada y, desde luego, lo entenderé si no quieres arriesgarte dado que es un compromiso de por vida. Te entrenarán, te harán superar tus límites y en ocasiones la severidad rozará el maltrato. Es un trabajo muy duro. Piénsalo bien antes de firmar.

Y, como la serpiente que era, le tendió una manzana en forma de estilográfica.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Jue 26 Mar 2020 - 21:33

La pequeña se encogió de hombros al ver la indignación en la cara de Yarmin. No terminaba de entender por qué le molestaba eso en concreto.

-Mi tío era muy joven cuando me acogió.

Lo cierto es que había llegado a casa de su tío siendo poco más que un bebé, pero en los doce años que había estado con él no había cambiado demasiado. O por lo menos, ella no lo había notado. Un poco más alto, si acaso. ¿Quizá alguna arruga de más? No eran las cosas que más tendía a recordar cuando pensaba en él. Un escalofrío la recorrió y se obligó a centrarse en lo que el señor Prince le estaba diciendo.

-De acuerdo.

Era una buena tapadera. Plausible, al menos. No creía que fuera a tener ningún problema manteniendo la coartada. Pero por supuesto, no podía ser tan fácil. En apenas unos minutos, recibió un torrente de información y mientras lo procesaba se dio cuenta de que ya tenía en la mano una pluma y una hoja de papel.

Caviló un momento, algo nerviosa de repente. No tanto por el peligro que pudiera aguardarle en la fábrica, si no por comprometerse a algo que no terminaba de entender. Firmar en ese papel, ¿significaba irse con el señor Prince cuando terminaran ahí? ¿cuándo volvería? ¿podría volver siquiera? Entendía lo que le estaba pidiendo y realmente no quería quedarse al margen. Había recorrido todo ese camino por un motivo. Le preocupaban los aldeanos y quería saber más del señor Prince. Tampoco quería que se metiera en líos por su culpa, pero tomar una decisión así en el momento, sin más información, le parecía demasiado.

De repente, se le encendió una bombillita en la cabeza. Con presteza, elegancia y una letra sumamente estilizada, plantó su firma en la línea de puntos. No obstante, en lugar de entregársela al señor Prince le tendió tan solo la estilográfica mientras ella doblaba con cuidado el papel en cuatro y lo guardaba dentro de su bolsito de cuentas.

-Sus superiores no están aquí, ¿no? Si todo sale bien, puedes decir que te aguardé fuera y yo romperé el contrato. O lo quemaré, por si acaso.- Vaciló un momento, no queriendo molestarle al rechazar su oferta.- No querría dejar de viajar todavía, señor Prince. Me gusta la oferta, pero creo que todavía no puedo aceptarla. No se preocupe, si al final lo necesita para que no le despidan con gusto aceptaré las consecuencias de acompañarle.

Se desabotonó el abrigo y lo abrió un poco, lo justo para mostrarle el rapier que llevaba cómodamente colgado a la altura de la cadera.

-Si algo sale mal, seré capaz de defenderme, no tendrá que estar pendiente de mi a cada paso. Dígame qué necesita y le cubriré la espalda encantada.

Al fin y al cabo, estaba convencida de que no podía ser peor que la aguja. Volvió a abotonarse el abrigo y encaró la fábrica, dispuesta a hacer frente a lo que fuera que le esperaba.
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Mensaje por Yarmin Prince el Sáb 28 Mar 2020 - 1:14

- No sé hasta qué punto es ético esto -respondió, fingiendo disimular una mueca de decepción. Si algo había aprendido desde hacía años Yarmin era que para manipular a una persona solo hacía falta un poco de tacto, mucha cara dura y sobre todo una dosis relativamente alta de falsa aceptación-, pero si es lo que deseas... Podremos hacerlo a tu modo. Espero que no te pase nada malo ahí dentro.

Guardó la pluma en el bolsillo interior de la chaqueta, recordando que la manzana había tardado tiempo en dotar de conciencia a los primeros hombres. Le había dado el fruto prohibido, ahora solo debía esperar la llegada de un dedo acusador que no tardaría en aparecer o, por la contra, hacerle ver que ella misma deseaba aquel trabajo tanto como para devolverle la hoja y, eventualmente, enfrentarse a esas pruebas que seguro podría superar. Al fin y al cabo, Gellert era el encargado de poner a prueba a los aspirantes.

- Bien, no sabemos lo que nos vamos a encontrar ahí, por lo que probablemente tengamos que enfrentarnos a más de uno y de dos enemigos. -Evitó llevarse la mano a la pistola cuando explicó aquello, pero igualmente preguntó-: ¿Sabes disparar un arma?

No esperó respuesta. En su lugar se dio la vuelta hacia la compañía y caminó recto, con algo de prisa y cambió completamente su semblante. Tenía que parecer estresado, un poco desesperado y con cierta ilusión en su rostro. No porque realmente quisiera buscar un trabajo, sino porque tenía que convencerla a ella de que efectivamente iba a intentar hacerse con él.

- ¡Vamos Jul, no puedo llegar tarde a este también!

Sus piernas, largas, avanzaban a marcha veloz con un ritmo que tal vez la pequeña no pudiese seguir, pero eso lo haría más creíble. El agente, de impecable traje, por un momento se dio cuenta de que así iban a notar sus verdaderas intenciones, pero ni pensaba aspirar a un trabajo ni el objetivo era, en ningún momento, infiltrarse. Aquello solo era verdad en la medida que Julianna creyese que lo era, y desde luego iban a impedirle pedir trabajo, particularmente porque estaban contratados para matar a cualquier tipo sospechoso y, la verdad, Yarmin no era lo que uno esperaría encontrar en un muelle a las seis de la tarde. Sin embargo, en cuanto llegó a la pequeña puerta de servicio, empezó a golpearla con fuerza.

- ¡Por favor, tengo una entrevista de trabajo! Niña estúpida...

Se aseguró de guiñarle un ojo a Jul para hacerle comprender el carácter de su interpretación. "A ver qué talentos tienes, enana", pensó.


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Mar 31 Mar 2020 - 15:58

Parecía algo decepcionado, pero por otro lado había aceptado. En parte, a la pequeña le reconcomía. Quería quedar en buenos términos con él, pero la experiencia le había enseñado a no tomar decisiones a largo plazo en cuestión de segundos. Esta vez, tendría que ser así. Con suerte si conseguía ser de ayuda en la fábrica, o al menos no molestarle, se olvidaría de esa pequeñez. Al fin y al cabo, si lo que le preocupara fuera la ética no habría aceptado que le acompañase en primer lugar. Quizá tan solo estaba estresado por la situación; después de lo que habían visto tampoco le culpaba.

Asintió de forma clara ante su pregunta. Rodrigo y Jester le habían enseñado poco antes de dejar que se fuera. Prefería su espada y realmente la pistola no se le daba del todo bien; tenía que sujetarse el brazo que disparaba con el otro para que el retroceso no le alterase y su puntería podría mejorar. De todas formas, para defenderse en un aprieto era más que suficiente.

Antes de que pudiera decirle que aunque sabía no llevaba ninguna encima, él se dio la vuelta y echó a correr. De un momento a otro su expresión, su forma de moverse y casi su carácter parecieron cambiar radicalmente. Un guiño le hizo saber que todo era parte del plan, de su coartada. A ella le pareció impresionante cómo era capaz de cambiar tanto en tan poco tiempo. La calma se había esfumado, era tiempo de actuar.

Le costaba caminar tras él, había acelerado mucho muy rápido. Aún así, en lugar de forzar su respiración a calmarse, dejó que corriera desbocada. Alcanzó la puerta del lugar poco después de él, justo cuando la abrían. Detrás había un señor alto y fornido, vestido con un delantal manchado de colores. Los caramelos, suponía. Se aferró a la chaqueta del señor Prince mientras jadeaba con las mejillas completamente rojas.

-P-perdona, hermanito.

Medio tambaleándose, sin tratar de recuperar el control, avanzó hasta el señor del delantal y se aferró a él, empujándole contra la puerta para abrirla del todo y asegurarse de que se quedaba así.

-¡Tienen que dejarle hacer la entrevista! ¡Por favor!

Se abrazó a su cadera, fingiendo enterrar la carita entre los brazos y aprovechando para mirar a Yarmin. No estaba segura de si este señor estaba en metido en el asunto de la droga, pero él lo sabría. Si necesitaban inmovilizarle, tenía espacio para disparar de forma segura. Si no, simplemente haría como que se limpiaba las lágrimas y esperaría alerta a ver qué sucedía. Todo saldría bien, de eso estaba convencida.
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Mensaje por Yarmin Prince el Lun 4 Mayo 2020 - 17:55

El tipo pareció confuso por un momento, sin saber muy bien qué hacer en aquellas circunstancias. Le habían advertido de que tal vez alguien intentase entrar, ¿pero que un hombre con una niña iría a pedir trabajo? Ni siquiera él hacía planes tan específicos. Podría, claro, pero contaba con que debían poder ser comprendidos por gente como ese hombre, más gorila que humano, y con un cerebro de mosquito, por lo que tampoco debía hacerlos muy complicados.

Podía ver el arma abultando bajo la bata, aunque afortunadamente Julianna no había llegado a tocarla; de ser así habría provocado un tiroteo inmediato. Afortunadamente para él, podía calmar los obvios nervios de aquel hombre e inducirlo a que le dejase entrar. Más tarde, sin embargo, tendría que asegurarse de que la niña se uniese a su equipo de una vez. Iba a ser lo mejor del día.

- Por favor, necesito el trabajo -rogó, manteniendo su gesto en una mueca desesperada y dándole un tirón a Jul-. Niña, no molestes al hombre, ya bastante tiene.

Primer objetivo conseguido: No había sacado el arma. Ahora tenían que conseguir que los dejase pasar, cosa que tampoco era muy difícil y, si se complicaba, era más por disimular que por otra cosa. De todos modos, el tipo se mostraba bastante reticente y negaba con la cabeza.

- No estamos buscando a nadie -contestó, todavía confuso-. Tampoco esperamos a nadie para ser entrevistado. Ahora váyanse, o...

- ¡No, de verdad! ¡Solo deme una oportunidad! Por favor...

No hizo falta más. El tipo cambió levemente el semblante, apiadándose de él, y los dejó entrar.

Lo que Yarmin no habría esperado era que aquellos tan bien pagados hombres fuesen lo suficientemente descuidados como para tenerlo todo patas arriba. El almacén tenía dos secciones y solo una puerta, ¿y no estaban haciendo la mezcla en medio de la estancia principal? Para matarlos. Aunque, a juzgar por los sonidos que escuchaba y el disparo en el pecho que recibió el hombre, todo acababa de irse a la mierda. "Por lo menos en algo cumplen".

Debían ser siete, menos el caído ya seis. Todo era cosa de encontrarlos y acabar con ellos.

- ¡A cubierto!


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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 6 Mayo 2020 - 14:49

Sintió el tirón de Yarmin y se echó hacia atrás con presteza, dejando ir al hombre. Por un segundo creyó haber notado algo frío en el brazo, pero en seguida se olvidó de ello. El señor Prince estaba intentando convencerle. Le seguía sorprendiendo cómo había pasado de estar completamente calmado a tan frenético y se preguntaba si sería pura actuación o de verdad estaría sintiendo la adrenalina. Ella misma todavía tenía la cabeza fría.

Por fin, los ruegos hicieron efecto y el hombre les dejó entrar. La estancia era amplia y estaban mezclando algo justo en el medio. El caramelo, suponía, aunque estaba todo un poco más vacío de lo que esperaban. Miró a su alrededor buscando las cajas del producto terminado; si estaban mezclando la droga en los caramelos tenían que impedir que salieran por la puerta a toda costa. Pero no había otra puerta y en cuestión de segundos oyó un disparo y todo su cuerpecito se precipitó al suelo más por instinto que por propia decisión.

No vaciló, agarró su rapier enseguida y en lo que dura una respiración se acuclilló junto a la pared y examinó la situación. El hombre que les había dejado entrar estaba en el suelo inconsciente. Balazo en el pecho, si no estaba muerto poco le quedaba. ¿En la sala? Otras seis o siete personas que en seguida se desperdigaron por el almacén. No le costó entender que si habían disparado tan pronto un extraño había caminado en la estancia, era porque tenían algo que ocultar. Nadie se había quedado junto a la mezcla… si todos salían corriendo, todos estaban en el ajo. Había que detenerlos. La droga ya estaba en las calles, a juzgar por el espectáculo que se habían encontrado antes y alguien lo estaba distribuyendo. Si podían frenar a todas las personas, no habría nadie que avisara de que habían sido descubiertos, solo silencio. Silencio y… tiempo para pensar el siguiente paso.

Apretó su arma con fuerza. Esta no era realmente su especialidad, pero iba a ayudar en lo que pudiera. Se giró hacia el señor Prince con la determinación en la mirada.

-Yo iré por la izquierda. No se preocupe, encontrémoslos a todos.

Enseguida echó a caminar perdiéndose entre los pasillos del almacén. Intentó ser lo más silenciosa posible. No corrió, porque no quería jadear. Sostuvo a Faded justo delante de ella en todo momento y para cuando encontró al primero ella reaccionó antes que él. Cargó contra el hombre atacándole a las muñecas. Cogió la pistola al vuelo cuando le cayó de la mano, para que no hiciera ruido contra el suelo y le apuntó con ella. El hombre se arrodilló, las muñecas sangrando. Meditó un segundo. No tenía cuerdas, pero sí hilo de sutura. En cuestión de un minuto, había atado al hombre y le había puesto su propia camiseta en la boca para que no gritara. Guardó la pistola en su bolsito de cuentas para volver a tener la mano libre y prosiguió su camino, alerta. Esperaba que a él también le estuviera yendo bien.
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