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Un día tranquilo [Kaito - Julianna]

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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 4 Dic 2019 - 19:49

Jul se había guardado la bolsita con la ''propina'' del noble a buen recaudo, oculta bajo su ropa y bien pegada a su pequeña cadera para poder notarlo en caso de que se resbalara o alguien intentara quitársela. Lo que el tal Comborfacho había considerado adecuado regalar a la chica anónima de los bollos por tener una cara bonita podía hacer que una persona sin nada viviera holgadamente un par de meses. La diferencia de poder y posibilidades era simplemente absurda en su injusticia. No era nada nuevo para Jul, claro. De pequeña había tenido incluso menos que la prostituta a la que ahora intentaba ayudar y el día en que se había despertado en el palacio de Aki apenas daba crédito a todo el lujo que había a su alrededor. Sábanas limpias. Pan fresco. Privacidad. Luego empezó a notar cosas como el espacio, la calidad de las telas, el arte que colgaba aquí y allá de las paredes. Ella tenía un estilo muchísimo más sobrio que el noble Cucumber y aún así en su día había bastado para impresionarla ampliamente. Jul no se consideraba avariciosa y en realidad era feliz con muy pocas pertenencias. El cómo alguien era capaz de acaparar tantas cosas y todavía sentir la necesidad de conseguir más estaba más allá de su comprensión. Por otro lado, era también el tipo de persona que creía tener derecho sobre otra y eso ya era completamente inexcusable.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que casi chocó de frente contra el señor Black. Tenía el bichero en la cadera y parecía preocupado, aunque la expresión no cuadraba en su rostro y parecía más cómico que otra cosa. La pequeña por toda respuesta señaló el pequeño bulto que la bolsita de esmeraldas le hacía en el vestido.

- Tengo lo que necesitábamos. Con esto esa mujer podrá salir de aquí, empezar de cero dónde guste. Podemos irnos.

Echó a caminar esperando que el gyojin le siguiera. Al fin y al cabo, allí no tenían nada más que hacer y Jul estaba deseando largarse. Atravesaron nuevamente la plétora de pasillos y salas con los que la casa estaba equipada y ya veían la salida al fondo cuando oyeron una voz a su espalda.

- Me temo que la señorita Jul no tiene permitido marcharse tan pronto.

Era el mayordomo. Apareció por una puerta a su izquierda y se acercó a ellos a paso calmado, hasta posar una mano en el hombro de la pequeña. Los ojos le brillaban de una forma extraña, casi perversa.

- El amo ha solicitado que me acompañe a la Sala Azul. Creo que pretende hacerle una propuesta de negocios.

Jul no perdió el tiempo. Desenvainó y con infinita elegancia, apoyó la punta de su estoque en la nuez del cuello del mayordomo. Él no pareció reaccionar.

- Dígale al señor Cumbeberbatchu que no puedo permitirme quedarme aquí. Estoy segura de que sabrá entenderlo.

Sin dejar caer la sonrisa que dominaba su rostro, el mayordomo sacó una pistola y apuntó a la joven con ella. La espada le arañó la piel, arrancando un hilillo de sangre, pero él no se movió. Colocó la mano en el gatillo y habló con la calma tiesa que lo caracterizaba.

- Me temo que no era una súplica, pequeña. Baja el arma.
Julianna M. Shelley
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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 5 Dic 2019 - 11:39

Me señaló y miré por instinto. A Jul le había crecido un caro tumor en aquel entorno económicamente hostil, uno al que sin duda podríamos sacar provecho. ¿Cuánto dinero llevaría ahí? Desde luego no eran billetes, sino algo duro e informe. ¿Monedas? Si la moneda de quinientos berries ocupaba bastante aquello no podía ser más que… ochocientos mil trescientos cincuenta. No debían de ser monedas de acuñación normal. ¿Oro? ¿A cuánto estaba el oro al cambio?

—Creo que te equivocas —dije de manera poco halagüeña. Aquello para alguien tan cruel como yo era bastante obvio.

La jovencita empezó a moverse y simplemente me escurrí tras ella intentando ver en cada puerta y cruce algún rastro del acceso al invernadero. Pero no había nada. Ni humedad ambiental ni puñeteras señales en los cuadros y jarrones que me permitiesen inferir dónde estaba aquel verde tesoro que tan celosamente guardaban. ¿Cómo demonios estaba construido aquel sitio para confundir tanto a los sentidos?

Para cuando el mayordomo apareció, algo más interesante sobrevoló el fondo de mi ojo. Una pequeña mosquita de la fruta voló perdiéndose en un cuadro desapareciendo automáticamente de mi vista. Las cosas pequeñas tendían a desaparecer siempre, pero la vida en el pantano me había enseñado a nunca dejar de mirar a los pequeños asesinos que volaban. Aunque ya no había malaria ni enfermedades mi instinto había actuado diciéndome que aquel falso enemigo se había marchado. Eso no era un cuadro, o bien lo era más que todos los demás. Me costó, incluso usando la lógica, sospechar que la entrada al pasillo perfectamente pintada y enmarcada era, bueno, real.

Estaba seguro que allí se escondía lo que buscaba. Y solo dos pequeñas cosas se interponían en mi afán por satisfacer el hambre de conocimientos: Jul y aquel mayordomo. Como era vilmente ignorado, me permití tomarme un momento para despiezar aquel extraño aroma que emanaba de todo su traje.

—Tío, que tiene como doce años.
La emoción se intensificó en aquel pobre pobre enfermo. Entonces se dio cuenta de que la voz que le confirmaba lo que él quería provenía de algo que no había visto del todo. Sus ojos temblaron al no saber qué mirar. ¿Qué era más peligroso, el brillo de la espada o la sombra tras el espadachín?

—¿Qué está pasando aquí? —la voz de la mujer vino del falso cuadro.
Me señaló y miré por instinto. A Jul le había crecido un caro tumor en aquel entorno económicamente hostil, uno al que sin duda podríamos sacar provecho. ¿Cuánto dinero llevaría ahí? Desde luego no eran billetes, sino algo duro e informe. ¿Monedas? Si la moneda de quinientos berries ocupaba bastante aquello no podía ser más que… ochocientos mil trescientos cincuenta. No debían de ser monedas de acuñación normal. ¿Oro? ¿A cuánto estaba el oro al cambio?

—Creo que te equivocas —dije de manera poco halagüeña. Aquello para alguien tan cruel como yo era bastante obvio.

La jovencita empezó a moverse y simplemente me escurrí tras ella intentando ver en cada puerta y cruce algún rastro del acceso al invernadero. Pero no había nada. Ni humedad ambiental ni puñeteras señales en los cuadros y jarrones que me permitiesen inferir dónde estaba aquel verde tesoro que tan celosamente guardaban. ¿Cómo demonios estaba construido aquel sitio para confundir tanto a los sentidos?

Para cuando el mayordomo apareció, algo más interesante sobrevoló el fondo de mi ojo. Una pequeña mosquita de la fruta voló perdiéndose en un cuadro desapareciendo automáticamente de mi vista. Las cosas pequeñas tendían a desaparecer siempre, pero la vida en el pantano me había enseñado a nunca dejar de mirar a los pequeños asesinos que volaban. Aunque ya no había malaria ni enfermedades mi instinto había actuado diciéndome que aquel falso enemigo se había marchado. Eso no era un cuadro, o bien lo era más que todos los demás. Me costó, incluso usando la lógica, sospechar que la entrada al pasillo perfectamente pintada y enmarcada era, bueno, real.

Estaba seguro que allí se escondía lo que buscaba. Y solo dos pequeñas cosas se interponían en mi afán por satisfacer el hambre de conocimientos: Jul y aquel mayordomo. Como era vilmente ignorado, me permití tomarme un momento para despiezar aquel extraño aroma que emanaba de todo su traje.

—Tío, que tiene como doce años.
La emoción se intensificó en aquel pobre pobre enfermo. Entonces se dio cuenta de que la voz que le confirmaba lo que él quería provenía de algo que no había visto del todo. Sus ojos temblaron al no saber qué mirar. ¿Qué era más peligroso, el brillo de la espada o la sombra tras el espadachín?

—¿Qué está pasando aquí? —la voz de la mujer vino del falso cuadro.

Sin duda alguna el rifle cargado era lo más peligroso. Así eran las armas de fuego, una injusta ventaja bajo costo del progreso.


Kaito Takumi
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Miér 1 Ene 2020 - 11:40

Las sorpresas no habían acabado. De un cuadro, o al menos lo parecía, tras el mayordomo, apareció una mujer. Era mayor, pero se movía con elegancia y aplomo. De un vistazo, Jul entendió que era la señora de la casa. Llevaba un rifle en las manos, muy posiblemente cargado, y miraba a las tres personas de la sala con suspicacia y un buen enfado en ciernes.

En otras condiciones, habría apartado la espada y hubiera realizado una pequeña inclinación en señal de respeto. No obstante, el mayordomo no había bajado la pistola y descubrirse ante el cañón era a todas luces una completa temeridad. Se arriesgó a quitarle la vista de encima un momento, lo justo para responder a la señora.

-Su mayordomo no me permite irme, señora. He venido a entregar unos pasteles y mi tarea está terminada. No tengo intención de ceder ante la petición, pero me temo que no le ha agradado.

No pareció gustarle la situación. A juzgar por su cara, había confirmado sus peores temores. Entre dientes, con un tono de voz helado como un témpano, le exigió al mayordomo que regresase a sus quehaceres. Él se resistió, arguyó que tenía órdenes expresas del amo. No fue hasta notar el metal del rifle en su nuca y escuchar que ella cargaría con la responsabilidad que bajó el cañón de la pistola. Jul, desconfiada, bajó su arma sin envainarla.

Una vez el mayordomo hubo desaparecido entre maldiciones, la mujer suspiró. Les indicó el cuadro por el que había aparecido, explicando que llevaba al invernadero y que por ahí podrían salir al límite de la propiedad.

-Dense prisa. Y no toquen nada que no sea suyo.

Jul se volvió a mirar al señor Black, encogiéndose de hombros antes de tomar la ruta que le habían indicado. Estaba deseando largarse de allí.
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Mensaje por Kaito Takumi el Miér 1 Ene 2020 - 18:00

A pesar de habernos "salvado", la mujer seguía armada. Y desde luego con aquel ultimatum no iba a permitirme conocer los secretos que ocultaba el invernadero por el que pronto íbamos a pasar. No... no podía permitirlo. ¿Pero cómo iba a ganarme el favor de una mujer tan fría? ¿Cómo podía hacerle entender de que si volvía para allí no era para robarles tal y como Jul tramaba? La confianza era un río que se navegaba en dos sentidos...

—Por supuesto —dije dejando el jarrón en el suelo—. Jul, deja lo que llevas ahí —dije señalándole el bulto.

¿Traicionar a una niña a cambio de la posibilidad de saciar mi curiosidad? Por supuesto. Que le den por culo a aquella chica que atufaba a tristeza. ¡Las plantas que resistían la humedad formaban parte de un campo demasiado importante! ¡Valían la pena! ¡Totalmente!

Anduve hacia el cuadro con paso firme y sujetando la terrible mirada de aquella mujer. Me detuve a su lado, justo a la distancia en el que el peso y largo de su arma hacían de ella el artilugio más inútil posible. Allá donde un cuchillo, un cañón corto o un puño eran lo único que aportaba seguridad.

—Volveré... pero no para ayudar a nadie que no puede ayudarse, sino para hacer negocios.

No se dignó en contestarme. Quizás intentaba comprender qué era lo que le había dicho, pero por su gesto de desagrado tenía la impresión que no era la primera vez que un familiar había venido a vengar una inocencia robada por su estúpido marido. Continué andando esperando que lo que me diferenciaba de aquellos catetos fuese suficiente como para comprarle sus secretos.

Continué por el pasillo hasta llegar a la puerta de metal que escondía tras de sí un mundo imposible de verdes. Las especies de casi todos los lugares del mundo se apiñaban allí sobre sustratos que, desde luego, no parecían los debidos. Y prosperaban. Lo hacían, quizás, porque ya no eran las mismas especies que habían llegado hasta allí. La evolución era poderosa, aún más si se la dirigía y enfocaba.

¡¿Por qué?! ¿¡Por qué no podía quedarme allí para conversar?! ¡¿Por qué no podía estar un rato compartiendo secretos y teorías con alguien que amaba las plantas tanto o más que yo?! ¡Joder!

En mi rostro solo pudo apreciarse la rigidez de mi gesto el momento que me permití el placer de revolcarme en la justa furia. Luego suspiré y maldije que la puerta para salir de allí, del todo, estuviese forjada en el trasparente cristal. Por supuesto que era totalmente invisible desde afuera...

—Si todavía te queda algo de esta casa, déjalo aquí —dije, rancio—. No tengo... No, no quiero tener una peor impresión con esta gente. ¿Entiendes, Jul?

¿Qué me importaba que me mirase con odio? Nada. ¿Qué me importaba que me mirase con pena o tristeza? Menos. El mundo no era como quisiera que lo fuera una niña demasiado pequeña para ser mayor y demasiado mayor como para ser pequeña. El mundo simplemente era. Y normalmente era un cabrón.

Me mantendría en silencio todo el largo rato hasta volver a casa, subir las escaleras y abrir la puerta. Continuaría en silencio mientras me arrastraba hasta la cocina y bebía sin pedir permiso un trago de agua de la maltrecha ojiba. Entonces, con el buen gusto que dejaba beber con sed iría hasta el salón y abriría mi riñonera.

—¿Había perdido un millón, no? —comentaría repasando los hechos en mi propia voz —. ¿Qué tengo yo...? —La abultada riñonera hacía mucho que llevaba demasiado como para cerrarse bien. Billete tras billete, fajo tras fajo, fui amontonando mis riquezas para volver a contar la cantidad que bien sabía que no había variado—. Dinerito...

¿Pero debía darles caridad a este par? Incluso queriéndome quitar lo justo que me sobraba de la cartera eso no conllevaba que debiese hacerlo gratis. Era MI dinero. ¿Me habían dado algo esta gente? No. En absoluto. Si acaso la apalizada le debía dinero a la médico, y no yo.

Si alguna de las dos preguntaba que porqué no había mencionado cuán rico era antes, aunque esto a mí no me parecía de demasiada importancia, contestaría algo en las líneas de:
—Uy si, me encontré un tesoro submarino y lo cambié al llegar. ¿Qué pasa?

Para otros la caridad hubiera sido la primera opción para ayudar a la mujer. ¿Para mí? La última. La caridad era lo peor que había en esta tierra y, desde luego, tenía muchas más opciones antes.

—¿Cuánto vale la vida de una prostituta apaleada? Y eso que ni me la voy a quedar... Serían unos diez mil, de sobra, por toda la ayuda médica que pudiera necesitar...—comenté apartando un billete de aquella brutal cantidad—. ¿Pero qué estoy comprando exactamente?

¿La vida de una chica? ¿El que vuelva a su pueblo a salvar a saber quién? ¿Su peso en carne? ¿Su carne en tiempo? ¿Qué tenía ella que quisiese yo? Nada. Nada que supiese que tuviera. ¿Hablaría por dinero? Poderoso caballero era, ¿pero tanto? ¿Cuánto? ¿Contaba aquello como prostitución?

Y tenía que guardar mis bazas en papel moneda para comprar los secretos que se escondían en las macetas de aquella mujer. Por no hablar una buena relacción que compensara la primera mala impresión.

—¿Jul, tú que opinas?

Seguramente pensaba que era un monstruo, pero solo era... bastante bocazas.
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Mensaje por Julianna M. Shelley el Jue 2 Ene 2020 - 11:14

Jul frunció el ceño, confusa y bastante molesta. ¿Qué dejara lo que…? Ah. Agarró el saquito y lo abrió, revelando en su interior un montón de brillantes esmeraldas. No tenía intención de dejarlo atrás, para nada. ¿Acaso Black conocía a la señora de la casa? Por su postura y la forma en que la miraba quería congraciarse con ella, pero para la pequeña eso no tenía ni pies ni cabeza.

-Lo siento, pero esto no lo he robado. Me lo dio su marido y no voy a devolverlo. Si no está de acuerdo es con él con quien debiera hablarlo. Lamento las molestias.

Avanzó, dejando al pulpo atrás. No lo suficiente como para no oír lo que le decía a la señora. ¿Alguien que no puede ayudarse? Era él quien había amenazado con matar a la chica a no ser que Jul encontrase otra solución. Ella no estaba ahí por propia voluntad, tan solo intentaba evitar un asesinato inútil y sin sentido.

Para cuando llegaron al invernadero ya iban a la par. El señor Black miraba las plantas a su alrededor con verdadera ansia y a Jul no le costó demasiado entender. Por algún motivo, eso era lo que le interesaba. Claramente más que la vida de la chica, aunque entonces no entendía por qué no había podido dejarla en paz desde un principio. Comenzaba a estar verdaderamente mosqueada y el retintín en la voz del ningyo cuando le pidió que dejara todo cuanto tuviera de esa casa no ayudó. Habían intentado secuestrarla, posiblemente violarla y le habían apuntado con una pistola. No tenía ganas de ser amable con el dueño de la casa.

-No tengo nada más de lo que me han dado.

Aunque ojalá lo tuviera, pensó para sí. Que la vida era injusta no era nada nuevo para ella, pero eso no impedía que le molestase enormemente. Nada ese día había tenido sentido. Se iría en el barco con la chica para asegurarse de que el condenado pulpo no la tocaba y le dejaría ahí con sus plantas. Al fin y al cabo, ya le había prometido a la señora de la escopeta que volvería. Él mismo.

El camino de vuelta fue algo tenso. La ira de Jul se fue diluyendo en cansancio y ninguno dijo nada pese a que los dos pensaban mucho. Llegaron al triste piso que ocupaba el cadáver en vida de la chica y subieron sin prisa. Él desapareció en la cocina y Jul se apresuró a comprobar cómo se encontraba la chica. Estaba dormida, todavía. Su respiración era regular y ya no tenía fiebre. Parecía estar descansando de verdad. Se sentó en una esquina de la cama y contó las esmeraldas. Suficientes para dos pasajes de huida.

El ningyo llegó y se puso a contar billetes, parloteando en voz alta acerca de no saber qué estaba comprando exactamente. La pequeña podría haberse enfadado, pero en lugar de eso le miró con expresión indescifrable. Podría haberse molestado en entenderlo y se habría desilusionado. No con él, sino con el mundo. En vez de pensarlo demasiado, negó con la cabeza y le dio la espalda mientras se aseguraba de que la mujer estuviera bien tapada con la manta.

-No tiene que pagar nada. Esta mujer ya no es su responsabilidad, señor Black. Yo me haré cargo de ella. Puede marcharse e ir a dónde mejor le parezca. Ha sido un placer conocerle.

No lo decía en serio.
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Mensaje por Kaito Takumi el Jue 2 Ene 2020 - 15:45

Todos mis intentos para que Jul dejara el oro allí fueron en vano. Obviamente no había pensado que el noble podría venir a buscarlo, o rastrearle por él, y luego acusarles de no ser más que una sucia ladrona. Ni con el segundo intento antes de salir del invernadero se dio cuenta, ¿pero qué más podía hacer? Sin duda, cosas que no me valían la pena.

Lo bueno de todo aquello es que la niña me había extirpado la pesada responsabilidad de Elloisa, pudiendo pues no solo ahorrarme la preocupación de su aberrante peste a sufrimiento, sino también de todo intercambio económico. Era una sensación extraña eso de que todo saliese bien, la verdad; tan extraña que no podía hacer otra cosa salvo pensar que, en algún momento, las cosas se torcerían.

—Enga, perfe

Esa fue la única contestación que recibió Jul. De hecho creo que fue lo último que le dije mientras esperaba a que hiciesen las maletas. A la prostituta le quedaban pocas cosas, pero la promesa de un futuro mejor parecía ser suficiente. Ya tenía dinero, tenía a alguien que iba a cuidarla hasta que terminase de recuperarse y... bueno, ya.

Era una infeliz que se contentaba con poco, aunque aún estuviese impregnada de aquella emoción. Parecía que aún tardaría en diluirse, y quizás siempre la marcaría como a un tupper de macarrones con tomate. Bueh, qué hambre tenía.

Una vez se marcharon de allí volví al burdel, a la habitación que solo usaba para dormir y comer. Las chicas me preguntaron porqué había tardado tanto y qué había pasado, pero sabía bien que aquellas palabras eran falsas preocupaciones destinadas a cebar el orgullo de su masajista. Sin tragar su veneno les conté por encima lo que había pasado y que probablemente aquella fuese la última noche que estuviese allí. Y en vez de despedirme empezaron a pelearse por las horas en las que podía atender con mis tentáculos sus cansados pies y doloridas espaldas.

Todo el mundo iba a lo suyo, como siempre. Como tenía que ser. Y a la mañana siguiente yo haría lo mismo haciendo una larga visita de negocios en la que intentaría comprar secretos al mejor precio que pudiera obtener.

***

Por supuesto, en medio de la importante reunión con la mujer más interesante que me había encontrado, su marido tuvo que intervenir. Me preguntó sobre la chica y sobre donde había ido, pero solo pude contestarle que ni lo sabía ni me importaba. Su mujer echó a aquel enfermo de la sala, disculpándose por la actitud tan directa del "hombre de la casa" que me había llamado "bicho". Allí era ella quien llevaba las cuentas, los pantalones y todo... y él solo aportaba el nombre y el título que una mujer no podía ostentar.

—¿No es un poco de retrasados que tengáis reina y tengas que seguir dependiendo de él? Digo yo.

Se rió. Tenía una risa aún más bonita que toda su pasión por las plantas.

—La verdad es que sí, señor Black. Lleva toda la razón... ¿Más té?
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