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[Karasu Tengu - Privado Ruffo & Giotto] El suceso de Kramir.

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Mensaje por Giotto Leblanc Lun 8 Jul 2019 - 16:39

Giotto había quedado en obtener una excedencia voluntaria en cuanto entrego su informe al gobierno mundial sobre todo lo ocurrido en el mar del norte. En él había obviado algunos asuntos, como el hecho de que Shintaro era, seguramente, un infiltrado de Dexter Black dentro del gobierno mundial, algo que él mismo peliverde corroboró al decirle al emperador del mar que no desvelara su tapadera frente a sus propias narices. De recordar aquel momento, el fuego que ardía dentro de él salía al exterior casi sin poder controlarlo, razón por la que quería tomarse unos meses de descanso y relajación. Sin embargo, primero debía cumplir una última misión antes de poder irse de reposo físico y mental.

Su superior, un cretino de cabellos castaños y fuertes entradas en las sienes, le entregó un sobre con unas indicaciones muy precisas. Debía ir junto a Ruffo, uno de sus compañeros más recientes en la Karasu Tengu, a una isla del paraíso llamada Kramir, un paraíso otoñal donde la lluvia era el único clima durante la noche, mientras que de día hacía buen tiempo. ¿La causa? Era algo que el rubio tenía intención de averiguar cuando tuviera tiempo.

—Preparado, señor Ruffo —le dijo, minutos antes de subir al barco que los iba a llevar a su destino.
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Mensaje por Ruffo Mar 16 Jul 2019 - 15:21

Estúpido. No había otra palabra para describir cómo me sentía en aquellos momentos. ¿Cuántas horas llevaba allí? Y no sólo eso; ¿cuánto tiempo había pasado en aquellas condenadas instalaciones durante los últimos días?

Miré a mi alrededor tras erguirme, respirando agitadamente en un intento por recuperar el aliento. Eran muchos los que me observaban con una mueca divertida en el rostro, todos superiores a mí en la escala de mando, por lo que debía mantener la boca cerrada si no quería buscarme un problema.

Ellos lo tenían todo resuelto, por supuesto. Llevaban años siendo la mano en la sombra del Gobierno Mundial, atesoraban decenas de misiones sobre sus espaldas y dominaban por completo el Rokushiki. Aplicar esa condenada forma de combatir les costaba tanto como respirar, mientras que yo aún era incapaz de ir más allá de los movimientos básicos. Maldije en mi interior, desafiándoles en silencio a lograr lo mismo que yo en tan poco tiempo.

No obstante, debía reconocer que los siguientes pasos se me estaban atascando. La sincronización necesaria para ejecutar el Shigan y el Rankyaku se me resistía para deleite de quienes me observaban con ojo crítico. Había pedido consejo a algunos miembros de la división tras mi adhesión a la misma, pero aún no conseguía dominarlos.

-¡Mierda! -exclamé, interrumpiendo mi razonamiento al pensar en mis compañeros. Debía reunirme con Giotto, un chico rubio y más estirado de lo que me gustaría, para llevar a cabo una misión.

Contemplé el reloj de pared que presidía la décimo octava área de entrenamiento. La hora se me había echado encima, pero tal vez pudiese llegar con puntualidad si me daba prisa. La dosis de tocar timbres imaginarios y lanzar patadas al aire había sido más que suficiente por aquel día.

***

Me había duchado y vestido a una velocidad que envidiaría el mejor corredor, pero nadie hubiera dicho eso al verme. Unos castellanos negros relucientes hacían juego con el traje y uma corbata del mismo color, la cual resaltaba sobre el blanco impoluto de la camisa. El nudo no era muy grueso ni muy fino, sino que estaba en perfecta armonía con el grosor del cuello del camisa y la envergadura del mío. Por último, un pañuelo blanco decorado con una flor de lis diferenciaba mi atuendo del de cualquier otro agente del Cipher Pol.

Giotto ya se encontraba en el muelle cuando yo llegué. Me recibió con una breve indicación de que estaba listo para partir. Yo, por mi parte, sonreí sin más. Prefería no abrir demasiado la boca hasta subir al barco. No obstante, no dudé en transmitirle mi falta de conocimiento una vez hubimos abandonado el puerto.

-Dime, ¿qué sabes de este encargo? A mí sólo me han dicho que nos ocuparíamos de él juntos.
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Mensaje por Giotto Leblanc Miér 17 Jul 2019 - 18:04

—Si le soy sincero, señor Ruffo, no tengo la menor idea de en qué consiste nuestra misión. Poco a poco irá descubriendo que trabajar en una agencia implica hacer mucho con muy poco; al menos al principio.

El agente no pudo evitar soltar un suspiro al recodar cómo funcionaba el gobierno mundial. A medida que iba escalando rangos comprendía que era mejor guardar secretos e ir soltando prenda muy poco a poco, sin embargo, ¿hasta qué punto era eso lo correcto? Es decir, estaba claro que no se podía confiar en todo el mundo, pero para poder cumplir con éxito una misión había que saber todos los detalles con claridad. Todo muy contradictorio.

En cuanto llegó el barco le cedió el paso a Ruffo para que accediera primero, para seguirle inmediatamente después. Era un crucero pequeño, de quince metros de eslora y ocho de manga, cuya ornamentación en madera era excesivamente lujosa para lo que estaba acostumbrado que pagaran sus superiores.

—Bienvenido sean al Príncipe Sean —dijo el capitán del barco, que estaba junto a dos de sus hombres. El capitán era un sujeto vestido de marinero, con traje azul marino y blanco, con gorra y de tez morena por el sol. Podía medir en torno al metro setenta y tenía rasgos parecidos a los de los habitantes de Arabasta. Los otros dos hombres iban vestidos con pantalones azules, camisa blanca y chaqueta condecorada con un par de medallas. Siendo el de su derecha rubio y el de la izquierda pelirrojo. Ambos rozando el metro noventa y de musculatura media—. En diez minutos nos pondremos en marcha. El viaje durará dos días, así que espero que todo sea de su agrado. El almuerzo es las trece treinta, mientras que el té es a las diecisiete cero y la cena a las veinte quince.

Dicho aquello se fueron.

—Vamos a poder disfrutar de dos días de relax, ¿no cree? —le comentó a su compañero, acercando la cabeza a su oído con delicadeza. Nuestro camarote se encuentra en la sección B del barco, habitación número cuatro.


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Mensaje por Ruffo Jue 18 Jul 2019 - 13:08

¡Cuánta formalidad había en aquel barco! Mi compañero, con más protocolo que un duque, y los encargados de llevarnos a saber dónde, con más insignias en la solapa que cicatrices de guerra. Claro que, ¿por qué demonios habrían de tener dichas heridas? Divagando entre reflexiones sin sentido, sacudí la cabeza a modo de saludo y subí al barco. Dos días daban para mucho; sobre todo para aburrirse. ¿Qué podía hacer? Nuestro destino sería revelado una vez llegásemos, aunque la idea de preguntarle al mandamás no era del todo descabellada. «Mejor que sea una sorpresa», me dije mientras los marineros se dirigían a terminar los preparativos.

―No sabía que este trasto se pudiese llevar sólo entre tres personas ―respondí a Giotto. Lorenzzo y los suyos empleaban uno mucho más pequeño para hacer sus transportes y eran cinco hombres a los que nunca les faltaba el trabajo―. ¿Relax? ―continué, encendido-. ¿Recuerdas que te pedí consejo para continuar avanzando en el Rokushiki porque en el área de entrenamiento se reían de mí? ¡Pues sigo igual, y no sé cuántas horas llevo haciendo el estúpido!

Suponía que el rubio me creería sin que hiciese falta demostración alguna, pero decidí enseñarle mis nulos avances. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Alcé mi mano derecha y flexioné todos los dedos a excepción del índice. Éste no tardó en adquirir la solidez del hierro. Aguardé un instante por si mi compañero quería comprobar si lo había hecho bien hasta el momento. Acto seguido, centrándome por completo en mi mano, hice un movimiento ascendente a toda velocidad. No había ningún problema con ello, sólo que la rigidez desapareció casi por completo. Lo más lógico hubiera sido esperar un sonido similar a un disparo, pero finalmente quedó como el gesto patético de un pobre diablo.

―¿Ves? Es de lo más frustrante ―suspiré, ocultando las manos en los bolsillos―. Por cierto, ¿qué ocurrió en el North Blue? Algunos estáis muy raros desde que volvisteis.

Empecé a caminar conforme hablaba, dirigiéndome al castillo de popa por si alguno de nuestros anfitriones me brindaba una pista acerca de nuestro destino ―sí, no había tardado en arrepentirme de mi primera decisión―. La obtuviese o no, posteriormente me dirigiría al camarote. No terminaba de acostumbrarme a ese secretismo. Se suponía que debíamos desconfiar de nosotros y de la agencia del mismo modo que ella desconfiaba de nosotros, de ahí tanto misterio. Eso era algo que no terminaba de convencerme y lo pasaba por alto siempre que podía, pero debía reconocer que suponía un estrés casi constante.
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Mensaje por Giotto Leblanc Miér 24 Jul 2019 - 17:41

—¡Pero ¿qué estás haciendo?!

El agente no pudo evitar llevarse las manos a la cabeza al escuchar a su compañero, y casi le da un patatús cuando le vio intentar realizar en mitad de aquel barco una de las técnicas del rokushiki. Una cosa es que fuera impetuoso por naturaleza, pero otra que echara por la borda la tapadera que debían tomar. El agente acompañó a su amigo hacia la popa, pero no había nadie.

—Te lo contaré todo en el camarote —le dijo—. Y creo saber en qué fallas cuando intentas hacer eso.

Giotto elevó el dedo índice de su mano derecha y lo agitó, dándole a entender a su compañero que estaba hablando del rokushiki. El camarote era muy amplio, con dos camas individuales con sus respectivas mesitas de noche. Un armario de madera y un baño. Tenía una decoración simple, pero al mismo tiempo bonita. Los muebles eran de madera color caoba, los cuales destacaban con las paredes de color celeste del habitáculo.

—Digamos que hay gente de nuestra agencia de la que no te puedes fiar —Fueron las primeras palabras que dijo Giotto, parándose a pensar cómo debía seguir aquella pequeña bomba que acababa de soltar—. Durante los sucesos en la aguja tuve un pequeño enfrentamiento verbal con Dretch… Y desde entonces nuestra relación no es la mejor. Esa es la razón por la que estoy aceptando misiones en solitario o junto a miembros de otras agencias. Es posible que, tras esta empresa, me tome una excedencia de un mes para pensar en mis cosas.

Se mantuvo callado hasta ver la reacción de Ruffo al respecto. No le había dicho nada, pero al mismo tiempo, en mayor o menor medida, se lo había contado todo.

—Y respecto al shigan… Lo haces muy mecánico, como si estuvieras pensando al mismo tiempo que intentas realizar el ataque. Debes tener clara dos conceptos: velocidad y endurecimiento parcial. La velocidad es clave para conseguirlo, tu brazo debe ser como el mecanismo de acción de un arma de fuego, pero sin el retroceso, mientras que el endurecimiento de tu dedo debe estar solo en tu dedo. No temas rompértelo, simplemente endurece y golpea. Anda, inténtalo de nuevo.

Giotto se puso de pie frente a Ruffo y asintió con la cabeza.
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Mensaje por Ruffo Sáb 24 Ago 2019 - 0:33

El comentario de Giotto no me tomó por sorpresa. Bueno, eso no era del todo cierto. Jamás hubiera imaginado que escucharía esa clase de afirmación por parte de otro agente, mucho menos pronunciada con tanta libertad, y todavía menos tras el poco tiempo que llevaba allí. Lo cierto era que mi adhesión al Cipher Pol era la perfecta prueba de lo que comentaba el rubio: había sido captado o reclutado —como se dijese— por dos tipos cuanto menos siniestros de los que no había vuelto a saber nada.

—Siempre viene bien pararse a contemplar lo que te rodea cuando no sabes hacia dónde ir —respondí de forma casi mecánica. Había escuchado mil veces esa frase, y todas y cada una de ellas había estado a punto de romper una mandíbula—. Al menos eso le gustaba decir al flojo de mi hermano.

A decir verdad, según tenía entendido nuestra única función allí era recibir órdenes, callar y obedecer. Las relaciones interpersonales debían restringirse a lo mínimo y, de existir, no podían interferir con el trabajo. Pero ¿quién era yo para juzgar la actitud de nadie? Lo entendía a la perfección; si pensaba que esa era le mejor decisión, adelante.

—Veamos —dije a continuación, mostrando de nuevo mi dedo indice y tratando de asimilar cada sílaba pronunciada por Giotto—. Velocidad y endurecimiento parcial —musité—. Todo junto y fluido.

Sentado en la cama, miré a mi alrededor en busca de algo que pudiese servirme como diana. Nada parecía ajustarse a lo que necesitaba, así que opté por apuntar hacia el armario. Respiré hondo un par de veces y, acto seguido, traté de hacer lo que mi compañero había sugerido. Mi dedo vibró imperceptiblemente al fin, pero no ocurrió nada más allá de eso. Clavé mi mirada en la del agente, buscando en sus ojos algún indicio que confirmase que había visto lo que yo había sentido.

—En cuanto a lo de Dretch —comenté tras aguardar por si tenía alguna sugerencia más que hacerme—. Yo no estuve allí, pero he escuchado a muchos de los que sí lo hicieron y me consta que fueron momentos muy tensos y difíciles. Es normal que chocaseis, pero ese tipo de cosas suelen terminar solucionándose con el tiempo. Muchas veces se olvidan sin más, ¿no te parece?

Me encogí de hombros, sonriendo y levantándome de la cama para clavar una vez más mis ojos sobre los del trajeado. Una imperiosa necesidad de saber qué motivo nos levaba hacia nuestro destino comenzaba a nacer en mí.
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Mensaje por Giotto Leblanc Jue 5 Sep 2019 - 19:35

—Un hombre sabio su hermano, señor Ruffo —le respondió Giotto con una sonrisa.

Era una frase que plasmaba la realidad de cualquier situación, independientemente de si se trataba de una misión o la vida misma de una persona. Todo tiene un punto de vista distinto y, en ocasiones, lo olvidaba. ¿Se habría pasado con Dretch durante la guerra? Era probable, pero lo hecho, hecho estaba. Ya no había vuelta atrás.

—Sí, ese es el concepto. No debes hacerlo todo por partes, sino al mismo tiempo. El empleo del rokushiki ha de ser como respirar, como el funcionamiento de tu organismo, casi tan instintivo que no te pares a pensar. Acción y reacción. No hay más.

Estuvieron unos minutos callados. Podía notar como el barco avanzaba por el mar, el choque del casco con las olas, el sonido de las gaviotas… El paraíso de todo hombre aventurero. Sin embargo, como si le hubiera leído la mente hacía unos minutos, menciono a Dretch y lo ocurrido en la aguja.

—En la vida siempre hay bandos —dijo—. No solo en la guerra, sino en la vida cotidiana. A los niños pequeños se le pregunta, ¿a quién quieres más? ¿A papá o a mamá? Los pequeños, inocentes, o dicen que a los dos igual o eligen a uno de los dos, llevándose por su corazón. En una guerra no solo hay que usar la cabeza, también el instinto. Tuvimos ante nuestras narices a un traidor. Ponte en peligro tú, pero no pongas en peligro al resto. Un amigo da la vida por ti si hace falta, pero, ¿un traidor? Ese solo mira por sí mismo.

Todo lo que estaba diciendo, seguramente, no tuviera mucho sentido para Ruffo, algo de lo que se percató el rubio más adelante. Entonces, el barco dio una sacudida que lo tiró de la cama. Rápidamente se levantó y escuchó un disparo.

—¿He oído lo que creo que he oído? —preguntó.

Tras eso, salió rápidamente para comprobar que estaba sucediendo.
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Mensaje por Ruffo Vie 27 Sep 2019 - 0:17

¿Sabio? Era evidente que Giotto no conocía a mi hermano. De hacerlo probablemente hubiera supuesto que su afirmación no se encaminaba hacia la observación contemplativa de la situación para marcar un nuevo rumbo. No, era mucho más simple que eso. El desgraciado lo decía de un modo completamente literal: pararse, detenerse y, de paso, dejar que otros lo hicieran por él.

Me sonreí durante unos segundos, que fueron seguidos por otros en los que el silencio se apoderó por completo de las profundidades del navío. No tenía ni idea de qué clase de pensamientos podrían estar rondando la mente del rubio, pero, a la luz de los últimos acontecimientos que habían asolado su vida —un conflicto de las dimensiones del sobrevenido en el Jinete—, no debían ser demasiado agradables.

Una nueva reflexión emergió de sus labios. Cada una de las sílabas que la componían parecía ir cargada de una emoción o un recuerdo. Quizás me hubiera precipitado; tal vez hubiera respondido con una frase al uso a alguien que verdaderamente transmitía lo que sentía. Consciente de que mi padre me habría arreado un buen sopapo de encontrarse allí, me dispuse a abrir la boca. Pretendía esbozar una disculpa, aunque lo que verdaderamente me hubiera gustado lanzar sería una réplica.

¿Y quién definía los bandos? El poder, a fin de cuentas. No. El poder era un medio necesario para llegar a un fin. La clave se encontraba en el carisma, en la concepción segura de uno mismo como líder. Con esas dos condiciones cualquiera podía crear su propio bando independientemente de cuáles fueran sus fines. Sin ir más lejos —y si lo que había llegado a mis oídos no era falso—, nuestro desertor era el vivo ejemplo de mi forma de pensar en lo que al comentario de Giotto se refería.

Dejando a un lado mis conjeturas, nunca llegué a acercarme a pronunciar una palabra. Un disparo procedente de la cubierta retumbó en todo el camarote, causando que me irguiese en el acto. Como no podía ser de otro modo, mi compañero también lo había escuchado y no había dudado en subir para comprobar qué demonios estaba sucediendo.

Seguí sus pasos —cómo corría el condenado— hasta volver abandonar la zona de los camarotes, encontrando un escenario nada agradable al alcanzarle. Varios hombres apuntaban con sus armas a los tripulantes de la embarcación. Uno de ellos, que probablemente habría seleccionado aquél como el día en que se convertiría en héroe, yacía sobre un charco de sangre frente a los demás.

—¡A vosotros os estábamos buscando! —exclamó uno de los asaltantes, orientando el cañón de su rifle hacia Giotto.

—Parece que el soplo era buena, ¿no, Juicy? —inquirió uno de sus acompañantes, cuyo tono de voz dejaba escasas dudas acerca de las pocas luces que poseía.

—Sí, durante mucho tiempo fueron ellos los únicos en tener ojos y oídos en cada rincón del mundo, pero eso tiempo llegó a su fin. Los iremos cazando como perros, del mismo modo que ellos hacen con nosotros, y devolveremos los mares a quienes los habitan. ¡Muerte a los Tenryuubito!

El grito de guerra fue seguido por el resto del escuadrón, causando que arrugase una ceja en señal de desconcierto. No cabía duda acerca de la proveniencia de aquellos sujetos —y si la había, se habían asegurado de despejarla por completo—. No obstante, quedaba claro que se habían saltado la mayor parte de los obstáculos que se interponían entre ellos y ese fin último, utópico e idealizado del que tan orgullosos se sentían. ¿Revolucionarios recién reclutados, tal vez? Quién sabía, aunque aquél no era el mejor lugar para lanzar a unos novatos inexpertos.

Entonces, sin previo aviso, el cañón que señalaba a la cabeza del rubio despidió una fugar llamarada. El gatillo se había accionado y una esfera de plomo se habría paso hasta lo más profundo de la cabeza del agente.
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Mensaje por Giotto Leblanc Vie 3 Ene 2020 - 17:14

El rubio no dudó en emplear toda la velocidad que el creador le había otorgado, pero sin llegar a usar ninguna habilidad que le asociase con el gobierno mundial, para no delatar su tapadera, ni tampoco la de su compañero. Giotto era muy ágil y rápido para un hombre de su altura, aunque muchos otros podrían decir que no llegar a los dos metros se consideraba ser bajito, sobretodo en un mundo tan abstracto como en el que se encontraba. Al llegar a la cubierta se topó con el peor escenario posible:

El rubio era muy ágil y veloz para ser tan alto, llegando a la cubierta en muy poco tiempo. Allí se encontró con el peor escenario que podía esperar: un grupo de individuos armados hasta los dientes y apuntando a todos y cada uno de los presentes.

—¿A mí? Pero si yo soy un simple músico en busca de inspiración. —dijo Giotto, con un ligero atisbo de preocupación en su voz, mientras pensaba como desarmarlos sin que nadie pudiera resultar herido. Eran un total de siete personas en total, tres de ellas armadas con rifles y pistolas, otras tres con espadas y una con unas extrañas cadenas-

Sin embargo, las palabras de uno de esos sujetos lo sacaron de su estado de deliberación, en el cual estaba repasando una decena de posibles estrategias para acabar con todos.

—¿Así que un topo? —susurró en voz baja, mirando a Ruffo y haciéndole una seña con la mano para que esperara al momento indicado. Pero entonces, el cañón que apuntaba a la cabeza de Giotto fue disparado. Se trataba de un proyectil circular de color plateado, seguramente de hierro o acero, que atravesó la cabeza del pelirrojo creando un agujero en su cabeza que apenas tardó unos segundos en cerrarse—. Ahora Ruffo. Para ti los de la izquierda y para mí los de la derecha.

El agente se desplazó a gran velocidad, en menos que dura un parpadeo nervioso, y golpeó con su shigan al que apuntaba con sus armas al primer grupo de pasajeros, dejándolo en el suelo inconsciente. Luego, casi de forma inmediata, se abalanzó sobre el que tenía más cerca con una patada, que fue bloqueada con rapidez, no obstante, endureció su cuerpo en cuanto fue atacado por los dos insurgentes que estaban en su lado de la cubierta, bloqueando sus ataques.

—Habéis escogido un mal día para esto, señores.

Y, volviéndose en su forma más elemental, comenzó a girar alrededor de los tres a gran velocidad, creando un pequeño vórtice de fuego que iba absorbiendo el oxígeno del interior rápidamente, hasta que quedaron inconscientes.

—¿Tenéis calabozo? —preguntó Giotto, cuando su compañero Ruffo hubo acabado con sus contrincantes—. Tenemos cosas de que hablar con ellos y preferimos un entorno menos idílico y sin testigos—. No creo que haya que aclarar que aquí no ha ocurrido nada, ¿cierto? —El agente mostró una sonrisa afable, que se tornó rápidamente oscura—. ¿Verdad? —inquirió de nuevo, esperando una respuesta afirmativa por parte de los tripulantes.

Dicho aquello, los llevaron al calabozo de abordo.

—¿Quieres comenzar tú con el interrogatorio? —le ofreció a Ruffo, realizando un ademán con su mano derecha.
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Mensaje por Ruffo Miér 15 Ene 2020 - 0:25

Asentí sin más, aún oculto, cuando Giotto susurró aquellas breves palabras. Sí, la Revolución había extendido sus tentáculos hasta alcanzar las entrañas del mismísimo Gobierno Mundial. Por un momento comprendí la sensación de vulnerabilidad que debía invadir a aquellos señalados por el brazo oculto de la Justicia, la percepción de que cualquier persona de tu entorno podía ser la responsable del fin de tus días.

No obstante, el alarido del arma de fuego al ser disparada me devolvió a la realidad. El rubio se había puesto en marcha y esperaba que yo hiciera lo propio; era mi trabajo al fin y al cabo. Un rápido vistazo me fue suficiente para comprobar que se movía con agilidad y, por qué no, elegancia. «Nada que ver conmigo», me dije con ironía un instante antes de alcanzar a mis objetivos.

Las palmas de mis manos tocaron sus rostros. Un segundo después, los revolucionarios ya no se encontraban allí. Un chapoteo a algunos metros de distancia indicó su destino, que no sería compartido por el tercer integrante del trío que me había sido adjudicado. Cerré el puño, lanzándolo hacia su cara hasta hacer crujir su nariz de un modo casi placentero. Era evidente que la dificultad no se hallaba en el minúsculo obstáculo que acababan de poner ante nosotros, sino en la mano que lo había situado allí y hasta dónde podría llegar ésta.

Me abalancé rápidamente sobre el asaltante y lo inmovilicé antes de girarme para ver cómo se encontraba Giotto. Bien, ¿cómo iba a estar? Tal vez lo más acertado hubiese sido comprobar el estado de sus objetivos. No podía negar que me preocupaba el futuro de los hombres que acabábamos de capturar. Era perfectamente consciente de la necesidad de eliminar las amenazas que pudiesen cernirse sobre el mundo, sobre el orden establecido que aseguraba —con sus luces y sus sombras, de acuerdo— la estabilidad en los mares. No obstante, no terminaba de llevar del todo bien lo de acabar con esas amenazas a sangre fría.

***

—De acuerdo —contesté cuando Giotto me propuso ser el primero en hablar con los atacantes para, acto seguido, introducirme en el calabozo donde habían sido encerrados—. ¿Habéis jugado alguna vez a la ruleta rusa? —inquirí al tiempo que alzaba el dedo índice—. ¿Por qué estáis aquí? —Silencio. Mi dedo vibró violentamente al entrar en contacto con el torso de uno de ellos, pero no sucedió nada más. Sin embargo, la breve sacudida despertó una leve reacción en el sujeto. Suficiente—. Buena suerte. ¿Por qué estáis aquí? —inquirí al tiempo que pasaba al siguiente, colocando mi dedo sobre su cabeza. Ellos desconocían que dar fin a sus existencias de aquel modo me era cuanto menos incómodo, y esperaba que eso jugase a mi favor, que les obligase a decirnos lo que necesitábamos oír.
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Mensaje por Giotto Leblanc Vie 7 Feb 2020 - 17:37

Entró en el calabozo unos segundos después de su compañero Ruffo. Era una celda pequeña, de apenas dos metros cuadrados, sin camas y con un único retrete, tanto para beber agua como para realizar las necesidades básicas. En medio, sentados sobre unas cajas, sin soporte para la espalda, estaban los asaltantes, al menos los que estaban conscientes. Giotto se quedó apoyado en el quicio de la entrada, observando el modus operandi de Ruffo.

Era un sujeto curioso. Intentaba sacar la información a partir de infligir miedo, quizá algo de dolor físico. Esas cosas no te la enseñaban en la academia, al menos no a todos los agentes. Y siendo un novato que apenas llevaba unas pocas misiones era raro verle practicar ese tipo de métodos de extorsión e intimidación tan decentes. Eso llevó al rubio a pensar en dos opciones: que Ruffo había nacido para ser un agente de neutralización, o que había sido instruido por la vieja guardia. Y si resultaba ser lo último, iba ser muy interesante cooperar con él.

—¿Creéis que jugar al poli bueno y al poli malo va a funcionar conmigo? —alzó la voz el detenido, sonriente—. Antes la muerte que deciros nada.

Tras decir eso, apretó la mandíbula y se escuchó un extraño sonido. Un pitido que iba de un ritmo lento a uno cada vez más rápido.

“No será…”

—¡Ruffo! —Alzó la voz Giotto—. ¡Sal de aquí, ahora!

Y pasados unos segundos, la cabeza del hombre explotó; y las de sus compañeros no tardaron en hacer lo mismo. Todo se llenó de sesos, huesos destruidos y carne. Un cuadro dantesco y asqueroso.

—Esto no me gusta, Ruffo.

Tras esas palabras, subieron de nuevo a sus camarotes. Allí Giotto se cambió de ropa, quemando la que había sido ensuciada para no dejar constancia de su estancia en aquel lugar, más allá de algún cotilleo que pudiera soltar alguno de los visitantes. Sin embargo, para evitarlo, tomaron la documentación de todas y cada una de las personas que estaban en el barco, incluyendo la tripulación, bajo la amenaza de muerte si escuchaban algún rumor sobre todo lo ocurrido en el barco.

Un par de días después llegaron a Kramer, y desembarcó junto a su compañero. Era una ciudad costera preciosa. Todas las cosas estaban pintadas de blanco con tejados azules, al menos en su periferia. A medida que avanzaban hacia el centro se erguían grandes edificios de época, con ladrillo visto y una ornamentación exquisita. Los suelos de las calles eran de piedra y la plaza tenía una fuente construida de mármol blanco. Y a dos calles de allí, el hotel en el que se hospedarían hasta recibir información.
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Mensaje por Ruffo Lun 17 Feb 2020 - 1:36

Todo fue muy precipitado. Los sucesos transcurrieron de forma apresurada y atropellada, obligándome a reaccionar por puro instinto. Un grito del tipo al que estaba interrogando, un pitido y una advertencia de Giotto a mis espaldas. Salté cuan lejos pude, cubriéndome la cabeza con las manos y dejando que la carne de aquellos sujetos tiñese de rojo todo el lugar.

—¿Desde cuándo los revolucionarios son tan fanáticos? —pregunté, pero el rubio no tenía demasiadas ganas de discutir lo acontecido y abandonó de forma precipitada el calabozo. En algún momento habría que asegurarse de recoger los restos de los hombres y eliminar cualquier prueba que pudiese dar testimonio de lo ocurrido. «Me encargaré de que el capitán y sus hombres nos devuelvan el favor de salvarles la vida», me dije.

Una larga ducha y la completa calcinación de la ropa ensangrentada fue suficiente para tapar —al menos en buena parte— la inmolación que había presenciado.

***

Mi dedo apuntaba a la gorra de uno de los marineros que viajaban a bordo. Una sacudida del navío me indicó que acabábamos de llegar a puerto. Con Giotto en posesión de los datos identificativos de los tripulantes y las entrañas de la embarcación libres de huesos, tendones y sangre, únicamente me quedaba una cosa por asegurar. Lo había conseguido en numerosas ocasiones durante los días que habíamos tardado en llegar a Kramir, pero esperaba que hacerlo una última vez me proporcionase toda la confianza necesaria.

El dedo índice de mi mano derecha ejecutó un rápido movimiento, tan veloz que apenas fue perceptible. Como si un arma de fuego hubiese vomitado un proyectil, la tela de la gorra se desgarró sin apenas ofrecer resistencia al paso de mi dedo. Sonreí, levantándome a toda prisa para que mi compañero tuviese que esperar lo menos posible.

El lugar era cuanto menos pintoresco, pero no nos encontrábamos allí por ocio o placer. No nos detuvimos a apreciar la belleza y tranquilidad que transmitía el entorno, sino que pasamos junto a la gran fuente de mármol y continuamos en busca de la que sería nuestra residencia temporal. No conocíamos el motivo por el cual nos habían enviado hasta allí, de modo que esperábamos recibir órdenes en algún momento.

En efecto, tras registrarnos y acceder a la correspondiente habitación, una carta cuidadosamente colocada sobre la cama más cercana a la ventana nos dio la bienvenida. El viento golpeaba con furia el interior de la estancia. ¿Quién dejaría abierto un ventanal de semejante tamaño durante todo el día? ¿Acaso había sido abierto recientemente? La agencia tenía diversos modos de hacer llegar las instrucciones a los efectivos, así que me limité a comprobar que no hubiera ninguna amenaza en el exterior y tomar la misiva.

Era un papel de color crema, cuidadosamente doblado y precintado con un lazo de un intenso azul eléctrico. ¿A santo de qué tanta parafernalia? Sobre todo teniendo en cuenta lo escueto del mensaje: "16:20. Ross Avenue, Nº25".

—Vamos a estar dando vueltas hasta el día del Juicio —me quejé, lanzando la carta a Giotto y comprobando que restaban veinte minutos hasta la hora impuesta.

Localizar el lugar no fue demasiado difícil. ¿En qué hotel que se preciase no tenían un mapa de la zona? Un paseo de quince minutos nos condujo hasta una calle de anchura considerable —aunque llamarla "Avenue" tal vez fuese demasiado generoso—. Perpendicular a la calle que albergaba los comercios más importantes del lugar, servía de zona residencial para los lugareños que pudiesen permitirse vivir en una zona céntrica.

Cuando llamé a la puerta, ésta ya se encontraba abierta. Nos permitió el paso sin emitir el más mínimo chirrido, mostrando el interior de algo así como una tienda de coleccionista. Miniaturas de barcos de todos los tipos y épocas colmaban las vitrinas, reflejando en un pequeño letrero la cantidad a desembolsar por hacerse con ellos. Las maquetas estaban muy logradas, debía reconocerlo.

Pero allí no había nadie; ni cliente ni dependiente dispuesto a atendernos. Di dos pasos hacia el interior, dirigiendo un rápido vistazo a Giotto para asegurarme de que no era el único que veía la situación un tanto extraña.

—Imagino que son ustedes los enviados por la empresa de mensajería —irrumpió de repente una voz. Hacía gala de un marcado acento extranjero difícil de identificar, y su mirada dejaba claro que no esperaba que fuésemos de ningún tipo de empresa—. Síganme, por favor —ordenó a continuación, no dejándonos ni un segundo para que respondiésemos.

Una pequeña habitación accesoria era nuestro lugar de destino. Una vez dentro, la expresión del hombre se relajó por completo. Abrió un cajón del escritorio que presidía la estancia, extrayendo un sobre de grandes dimensiones.

—¿A qué viene tanto mareo? —pregunté, pronunciando las palabras tal y como nacían en mi interior.

—Estamos en la obligación de proteger este lugar y mi identidad, señor Cornelius —espetó del modo que un anciano reprendería a un mocoso impulsivo—. Tener fuentes fiables de información es lo más importante, mucho más que su comodidad o la de cualquiera de sus compañeros. —Suspiró—. Tres barcos de provisiones con el Cuartel General de la Marina como destino fueron hundidos hace dos meses. Sospechamos que los señores cuya identidad encontrarán en estos documentos proporcionaron a la Revolución los materiales necesarios para llevar a cabo el atentado —continuó, lanzando la información a Giotto.

—¿Y cómo es que no se encarga la Marina?

—Sospechamos que tras este incidente hay más de lo que se pretende hacer ver. Tienen la labor de averiguar todo lo posible en relación a este suceso y, de ser posible, neutralizar cualquier amenaza que encuentren en su camino.
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