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Aprendiendo del mejor [Privado][Pasado][Maki y Prometeo]

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Mensaje por Prometeo el Mar Dic 03, 2019 6:21 pm

«Viajarás a Casino Island y te reunirás con él para ayudarle en todo lo que puedas, cadete. Es un hombre importante para nosotros y confiamos en que estarás a la altura. ¡Ve, Prometeo, y demuéstrale a tus superiores lo que vales!».

Nunca había estado en un lugar así; bueno, nunca había estado en ningún otro lado que no fueran las instalaciones secretas en donde experimentaban conmigo. Cuando le pregunté a la doctora si estaba bien que visitase Casino Island sin ella, frunció el ceño y se puso roja como un tomate, golpeándome el pecho y gritándome cosas imposibles de entender. «¡No te vayas con las prostitutas! ¡Te lo prohíbo!», gritaba una y otra vez. Quizás cuando me reúna con el señor Revolucionario le pregunte qué es lo que es una prostituta. Había grandes edificios por todos lados, cientos de luces de múltiples colores y un montón de vehículos motorizados de última generación; al menos así los describiría yo.

Antes de dejar la base mi superior me comentó que, si era bueno con los números, probara suerte en uno de los incontables casinos de la isla. Podría hacerme un buen dineral…, si es que comprendía los fundamentos del juego. No podría describirme como una calculadora humana, pero me configuraron para resolver operaciones matemáticas muy complejas solo con la mente. Tardaría lo suyo, pero finalmente daría con el resultado correcto. Me costaba imaginar —de hecho, no podía— cómo se relacionaban los números con los juegos. Nunca antes había jugado a nada. Mi vida no era más que estar en la Jaula de Cristal, leer y practicar nuevas técnicas de cocina, escuchar a la doctora y reflexionar sobre mi naturaleza. «Los homúnculos no somos criaturas demasiado divertidas», pensé mientras caminaba por la enorme ciudad.

La doctora eligió personalmente las vestimentas que usaría durante mi estadía en Casino Island, decantándose por trajes negros y camisas blancas, todo muy elegante. De acuerdo a sus palabras me veía muy guapo, pero un homúnculo no tiene idea de cánones de belleza. ¿Los humanos los tendrán? Estaba seguro de que sí. A medida que me internaba en la ciudad, las chicas se volteaban al verme pasar. ¿Querían robarme o algo? Elizabeth también me advirtió que tuviera cuidado en ese tipo de lugares; eran muy peligrosos para alguien como yo. Yo no llevaba nada de valor, así que era impensable que algún humano perdiese su tiempo conmigo.

Luego de poco más de una hora de caminar, finalmente llegué al edificio que había descrito mi superior en su carta. Tan alto como una montaña y luminoso como el sol, escandaloso por sí solo y con cientos de cristales. Había varios hombres que vestían trajes como el mío, ¿acaso querían copiarle a un homúnculo…? No le encontraba demasiado sentido, pero los humanos eran extraños. Una vez escuché a una compañera decirle a otra que había pasado toda la noche probando su nuevo juguete, y que era mil veces mejor que cualquier hombre con el que había estado. En ese entonces me enfadé porque ningún objeto se asemeja a un humano. En fin, esperaría en el vestíbulo la llegada de la leyenda con la que me reuniría.
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Mensaje por Maki el Mar Dic 03, 2019 8:16 pm

Informe de misión. Operación Goloso. Día 2.

He llegado al destino. La ciudad es muy grande y ruidosa. Me ha costado encontrar al contacto. Un caballo me ha escupido en el pelo. Solicito otra peluca. Encuentro a las 02:43 en lugar acordado. Recibidos Paquete 1 y Paquete 2. Próximo encuentro programado para dentro de tres días en lugar acordado. Inspección del casino iniciada. Muchas luces, musiquita y monedas tintineando. Es hipnótico. Muchas maquinitas molonas. Muchos guardias de seguridad. Ni rastro del objetivo. Necesito más dinero.

******

-Venga, vamos, vamos. Vomita para mí, amor, venga, vamos.

Por mucho que moviera la palanca, no salía nada. Esa cosa solo tragaba y tragaba, devoraba una moneda tras otra sin visos de que fuese a devolverle alguna. Maki lo intentaba, estaba enloquecido. Ponía más dinero con desesperado optimismo para intentar recuperar todo lo que había perdido.

"Vaya si la has cagado, Augustus", se dijo.

Diez mil berries, todo su presupuesto para la misión, despilfarrados en las malditas tragaperras. ¿Para qué diablos se había parado a jugar? ¿Por qué se había dejado seducir por los carteles luminosos, las cancioncillas pegadizas y el din, din, din cuando alguien ganaba algo? Había sido tan fácil poner la primera moneda... ¿Por qué no? Solo una no le haría daño. Pero cuando la perdió, quiso recuperarla. Y luego la siguiente. Ya no podía permitirse largarse sin recuperar el dinero. ¡Los superiores lo colgarían de los pulgares! Y esa zorra ya estaba caliente. Iba a dárselo todo enseguida, estaba seguro.

O eso llevaba repitiéndose tanto tiempo que ya hasta se le había pegado la forma de hablar de los clientes habituales del Casino Aventura.

-Jefe, por favor, déjelo ya -le dijo la planta.

-Cállate -gruñó el gyojin mientras sacaba una de sus últimas monedas del cubo.

La planta, una palmera de plástico sonriente con gafas de sol, faldita de hierba y un ukelele, resopló con resignación. ¿Es que no podía dejarle en paz? Era como esa vieja que no dejaba de mirarle fijamente escondida detrás de la fila de tragaperras. Llevaba ahí casi desde que se había sentado. Quería quitarle su premio, estaba seguro.

-Han enviado ya a su refuerzo, jefe. Debería estar ya en el hall.

¿Refuerzos? No recordaba haberlos pedido. ¿Lo habían enviado desde Báltigo? ¿A qué valiente miembro de los Centellas habrían encomendado la tarea de asistirle? "¿Y a quién cuernos le importa eso? Tendrá dinero. ¡Ve a por él!"

Maki fue hasta el vestíbulo. Tenía los ojos inyectados en sangre, la ropa arrugada, iba sin zapatos y llevaba el bigote postizo torcido. En cuanto se alejó de la máquina, la maldita vieja le quitó el sitio, metió una moneda y sonó la musiquita del ganador. Un torrente sin fin de dinero brotó de la máquina mientras a Maki le temblaba la mandíbula de rabia.

Con el culo dormido y con espumarajos goteándole de la boca, se alejó de allí en dirección al vestíbulo. La planta le dio una escueta descripción de la persona a la que tenía que buscar, un larguirucho humano de pelo blanco y cara de bueno. Maki se acercó a él, clavó sus diminutos ojos negros y enloquecidos en los suyos y le dijo las mismas palabras que su mentor le diese a él en su día:

-Eh, chico. ¿Llevas pasta?
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Mensaje por Prometeo el Mar Dic 03, 2019 10:36 pm

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver a ese monstruo acercarse a mí como si nos conociéramos de toda la vida. Era feo, por no decir horrible. Y estaba lejos de tener la gracia de un humano. Todo en su cuerpo indicaba fealdad, incluso esa piel gelatinosa que cualquiera podría describir como asquerosa. Pero ¿no estaba fijándome solo en la apariencia? La doctora una vez me había dicho que no había que juzgar un libro por su portada, o algo así. Las palabras de Elizabeth eran sabias y tenían mucho sentido. Sin embargo, por mucho que intentara pensar en ella el miedo estaba dominándome. No me di cuenta hasta que sus palabras tocaron mis oídos: estaba temblando. Por mucho que intentara recordar los consejos de la doctora e ignorar todo lo que esa cosa era, resultaba imposible no fijarme en su fealdad. Estuve a punto de huir, abandonar el vestíbulo sin responder a su extraña pregunta y tomar un viaje directo a la Jaula de Cristal, pero no lo hice. Para ser humano debía enfrentar todo tipo de dificultades, aunque implicase intercambiar palabras con un monstruo.

Nunca había visto a un hombre como ese, pero según mis superiores era una leyenda andante que había participado en cientos de guerras. «Un veterano de guerra», pensé con cierta admiración. Quizás debía cambiarle el enfoque a… No, imposible. Sus ojos particularmente pequeños no dejaban de mirarme casi con perversión. Por mucho que intentase crear una imagen diferente y favorable para mí, el exagerado tamaño de su nariz hacía que fuese imposible.

Miré hacia arriba, el señor Gelatina era incluso más alto que yo y nunca había visto a nadie tan grande, y decidí enfrentar su mirada que rebosaba… locura. Sí, eso era.

—¿Pasta…? —pregunté medio extrañado para mí mismo—. No, señor, pero sé dónde conseguir lo que busca. Soy Prometeo, por cierto. Y usted debe ser esa persona. —Hice una pausa, le pedí que me diera unos pocos segundos y fui en busca de un mapa—. Creo que por aquí es.

En caso de que el señor Gelatina decidiera acompañarme, recorreríamos unos lujosos pasillos iluminados hasta porque sí. Habría hombres apuestos y mujeres estrafalarias. Lástima que la persona que me acompañase no pudiera gozar de tal belleza, aunque era lo que menos importaba. Mi superior me había contado cientos de hazañas del poderoso señor Gelatina. Pronto le preguntaría lo que era una prostituta, pero con calma. Revisaría una vez más el mapa, viraría a la derecha y luego hacia la izquierda para finalmente llegar.

—Si hubiese sabido que quiere pasta, habría venido más preparado, señor. Este es el único lugar donde puede conseguir lo que desea: el restaurante del casino —le anunciaría solemnemente, muy orgulloso de mi recorrido improvisado—. La recepcionista me dijo que era probable que hubiera lasaña, espagueti y macarrones. Creo que aquí sirven pasta de calidad.

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Mensaje por Maki el Miér Dic 04, 2019 12:54 pm

Todas las alertas de Maki se activaron en cuanto el humano comenzó a hablar. ¿Es que estaba loco? Evidentemente, le había tocado un novato. Ojalá hubiesen enviado a uno de los excepcionales y ejemplares soldados que componían la gloriosa Unidad Centella. Gente como Jack el Asno o Huelepiedras Rockson jamás habrían cometido la torpeza de decir su nombre en voz alta en mitad de una misión secreta.

-Soy Prometeo, por cierto -dijo el nuevo-. Y usted debe ser...

-TSSSSS -le chistó Maki, sin escuchar lo que dijo después. Miró a ambos lados, cogió al chico del hombro y, con total disimulo, arregló el desaguisado a todo volumen-. ¡SÍ, SOY YO, UN SIMPLE CIUDADANO, JAJAJA! ¡QUÉ BIEN LO PASAMOS! -Luego pasó a susurrar-. Escúchame, tu nombre aquí es Pulmones, ¿está claro? Me tiré toda la noche pensando los nombres en clave, así que no lo fastidies.

Bien, problema evitado. Ahora, a lo de la pasta.

Con su plantita en la mano, siguió al novato por los pasillos esperando ansiosamente que le llevase hasta una gran cantidad de dinero. Dios, cuánto necesitaba una gran cantidad de dinero... Ni siquiera se planteó de dónde pensaba sacarlo aquel mamífero blandito y de aspecto débil. Llevaba tanto tiempo sin dormir que no le habría importado que se pusiese a atracar viejecitas.

Entonces llegaron al restaurante.

Maki entendió de inmediato lo que estaba pasando. El intenso olor a boloñesa, el cartel del buffet libre de canelones, la fila de gordos con bandejas que hacían cola para que la cocinera les sirviese con un enorme cucharón repleto de queso rallado...

-Bien pensado, Pulmones. Vamos a atracar este sitio.

-¡No!

Maki ignoró las quejas de la planta y planificó en un instante el robo. Taparse la cara con un rallador de queso, gritar mucho todo el rato, usar al nuevo como escudo humano, coger el dinero y saltar por la ventana para huir. "Planazo, Augustus. Una vez más, lo has vuelto a conseguir". Solo esperaba que no los pillasen.

-Señor, acompáñeme. Don Carmichael quiere verle.

"Mierda".

Una enorme manaza unida a un todavía más enorme mastodonte trajeado se clavó en su hombro antes siquiera de poder poner en marcha el plan. Le apretó en un sitio concreto y Maki casi se desmayó. El gorila le arrastró igual que a un saco mientras Maki se lamentaba por su plan fallido.

"Casi mejor. Total, aquí no hay ventanas".
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Mensaje por Prometeo el Miér Dic 04, 2019 3:53 pm

Pulmones.

Mi nuevo nombre en clave no parecía impresionante ni intimidante, pero estaba seguro de que estaba obviando un detalle, algo que el señor Gelatina podía ver y yo no. Esa era la diferencia entre una leyenda y, bueno, un homúnculo. A pesar de no verse como un humano, pensaba igual que uno. Entonces entendí lo injusto que había sido al querer rechazarlo solo por ser endemoniadamente feo. Ese hombre, el señor Gelatina, era el más listo que había conocido alguna vez. Quizás estaba al nivel de mi creador, el doctor Weidenberg, y me alegraba que el Ejército Revolucionario contase con alguien así.

—… atracar este sitio —le escuché decir.

Según mi conocimiento, entendía que atracar era lo mismo que asaltar con la intención de robar algo. El señor Gelatina parecía un buen hombre y de ninguna manera propondría algo tan malvado. Sí, debía tratarse de una metáfora que yo no podía entender. Madre de todos los homúnculos, ese hombre era un genio. En cambio, yo era malo con las expresiones en doble sentido, aunque me esforzaba por entenderlas. Me hubiese gustado preguntarle a qué se refería, no me importaba quedar como un idiota, pero un tipo de mal aspecto apareció aparentemente de la nada y con una voz inusualmente ronca le dijo al señor Gelatina que Don Carmichael quería verle.

Abrí los ojos de par en par cuando vi que el mastodonte reducía al señor Gelatina solo con una mano. ¿Tan fuerte era…? No tendría oportunidades con él, aunque ahora que lo veía mejor tampoco parecía tan malvado. Espera, ¿no había aprendido hacía unos minutos que no había que juzgar a nadie por su apariencia?

Los seguí de cerca, y cuando el hombre trajeado me preguntó si tenía algún asunto con él, le respondí que era acompañante del señor que arrastraba como si fuera un criminal. No pareció importarle mi presencia, de hecho, se echó a reír y continuó avanzando. Atravesamos un largo corredor de paredes doradas y cientos de cuadros, poderosas luces y soniditos extraños, subimos por el ascensor y finalmente llegamos a una habitación lujosa, repleta de mujeres extravagantes y hombres que nos miraban con cara de pocos amigos.

Un hombre pequeño y gordo, casi de metro y medio, una larga nariz aguileña y pequeños ojos negros sonrió al vernos, enseñándonos una dentadura dorada y estrafalaria. Vestía una camisa lila a medio abrochar, mostrando unos cuantos vellos blancos que salían de su pecho. Daba la impresión de que los botones estaban a punto de reventar, librando la batalla más cruenta de la historia. Era cojo. Caminaba apoyándose en un bastón platinado y con varias joyas incrustadas, queriendo demostrar algo que no era. Entonces, miró al señor Gelatina y frunció el ceño.

—Creo que me debes una explicación, molusco.
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Mensaje por Maki el Miér Dic 04, 2019 5:46 pm

Podía decirse que Maki no había sido totalmente fiel a la verdad al redactar sus informes. Sí, había contactado con el agente de la Revolución que operaba en la isla. Sí, le había dado los detalles de su misión. Y sí, había palmado todo el dinero en las dichosas maquinitas. El único detalle que se le podía reprochar era que no hubiese hablado de Hipidos.

Don Carmichael, Hipidos para los amigos, tenía una gran fama entre las mesas de juego. ¿Necesitabas billetes? Él te los dejaba. Nadie había avisado a Maki de que luego había que devolverlos. Cuando su matón fue a buscarle, él había planeado pagarle con una piedra muy bonita que se había encontrado por ahí, pero no hubo manera de convencerlo. Que quería dinero, decía. Vaya morro.

Y ahí estaban. Maki, con las piernas dormidas por el agarre especial de artes marciales que el matón le había hecho, sentado en una silla con dos tipos enormes a los lados; la plantita tirada en el suelo, con su eterna sonrisa y las hojas/manos sobre las cuerdas de su ukelele mirándolo todo a través de sus gafas de sol; Pulmones... que no sabía muy bien por qué les había seguido. ¿No debería haber pedido ayuda? ¿O haber atracado el buffet de pasta? Seguro que tenía un plan. O no. Y frente a ellos, Don Carmichael, con esas pintas de ricachón descuidado.

-¿Sabes lo que es un pozo de los deseos?

"¿Por qué a todos los malos les gusta andarse por las ramas?"

-A la gente le gusta pensar que son lugares mágicos que hacen tus sueños realidad por el módico precio de una moneda. La chusma se gasta el sueldo en esas cosas. Tiran una moneda tras otra esperando un milagro -El mafioso clavó su mirada estrábica sobre Maki. El gyojin intentó no moverse mucho. No se había dado cuenta, pero se estaba meando-. Yo no uso esas mierdas. Yo no lanzo mi dinero a un agujero y espero pacientemente a que ocurra algo. Cuando yo presto dinero, lo quiero de vuelta. Ese es el deseo que le pido al pozo. Y tú no me lo has concedido, pequeño pececito.

-Entiendo. ¿Puedo irme ya?

-¡¿Dónde está mi dinero?!

-¡Me lo robaron!

No estaba seguro de por qué había dicho eso. Por el susto que le había dado, tal vez. El mafioso había golpeado la mesa con los puños al gritar y le había sobresaltado. O quizás porque tenía que concentrarse demasiado en apretar la vejiga y no podía pensar con la misma sublime astucia de siempre. De todos modos, ya era tarde. Lo mejor sería echarle el muerto encima a alguien.

-Ha sido... esa gorda que sirve los escalopes en el restaurante -Los matones echaron mano a los bolsillos interiores de sus abrigos con un gesto inquietante-. Dijo que... que me daría ración extra y... y me plantó un morreo. Y entonces se llevo mi cartera y llamó a seguridad. Dijo que la acosaba. Y es mentira, porque no me van los mamíferos.

-Ya veo... -caviló Don Carmichael-. Cortadle un dedo.

-¡No! ¡No podéis hacer eso, soy pianista!

-Pues cortádselo al otro.

-También es pianista.

-¿Qué dedo le cortamos, Don Carmichael?

-Espera, espera -dijo el mafioso-. ¿Sois pianistas? A mi difunta mamma le encantaba el piano. Os diré qué haremos: en la otra sala tengo el piano de mi familia; si podéis tocar algo que me conmueva, os daré más tiempo para pagar vuestra deuda. Si no lo conseguís, mataré a uno y el otro deberá el doble.

"Vale, Augustus, esto está hecho. Solo tienes que aprender a tocar un piano en dos minutos. ¿No puede ser tan difícil , no? Solo hay que soplar".
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Mensaje por Prometeo el Vie Dic 06, 2019 6:53 pm

Me encontraba en una situación muy parecida a cuando golpeé al señor Morello para salvar a la doctora, solo que estábamos completamente rodeados. Eché un rápido vistazo. Dos hombres trajeados a la derecha de Don Carmichael, el mastodonte que retenía al señor Gelatina y otros más que estaban sentados, mirándonos de forma intimidante. Al escuchar las palabras del mandamás me di cuenta de algo: todo esto se trataba de un ajuste de cuentas. El señor Gelatina debía un dinero que le fue robado por una señora, entonces ¿por qué Don Carmichael le exigía algo que ya no tenía? ¿No debería ponerse de su lado e ir en busca de la ladrona? A veces los humanos actuaban de una forma muy compleja.

Palidecí cuando escuché que le cortarían un dedo al señor Gelatina, pero resultó ser pianista, y a ellos jamás se les corta algo. Palidecí aún más cuando quisieron cortarme un dedo, pero el señor Gelatina lo impidió con unas sabias palabras: «También es pianista». Perfecto. El único drama era que no sabía tocar el piano ni tenía idea alguna sobre música. Los homúnculos no estamos diseñados para esa clase de cosas.

«Demuestra lo que vales, cadete», recordé de pronto.

Las enseñanzas de la doctora siempre me habían ayudado a enfrentar las más adversas situaciones. Creía que también salvarían al señor Gelatina.

—Yo no sé tocar el piano —confesé.

—¿Qué? —respondieron al unísono los hombres de Don Carmichael.

—¡¿Me estáis tomando el pelo, bastardos?! —rugió el mafioso supremo, golpeando fuertemente la mesa—. ¡Cortadle una mano!

—¡No toco el piano pero soy cocinero!

—Espera, espera. ¿Sabes cocinar, muchacho? A mi difunta nonna le encantaba la lasaña. Esto es lo que haréis: tú —apuntó al señor Gelatina— tocarás el piano, y tú —me apuntó a mí— harás una buena lasaña. Decepcionadme y usaré vuestros órganos para suplir la deuda.

«Confío en que el señor Gelatina es un buen pianista».

Nos hicieron esperar unos incómodos minutos en la habitación mientras preparaban la de al lado con todo lo necesario para contentar a Don Carmichael.

—¿Cómo es que una señora gorda le robó la cartera, señor Gelatina? —le pregunté a mi superior mientras esperábamos—. La doctora me enseñó cómo ganar dinero en un casino, todo se trata de probabilidades y cartas.

Luego de escuchar —o no— la historia del revolucionario seríamos llevados a la otra sala. Era un espacio rectangular muy bien adornado que contaba con un escenario bajito y de madera, muy bonito, con un piano de cola negro y reluciente. Los mafiosos habían puesto una cocina con todos los instrumentos necesarios para preparar una buena lasaña. La habitación tenía grandes ventanas y alfombras de oro. Había un cuadro gigantesco que mostraba a una señora casi tan arrugada como una pasa, una sonrisa horripilante y unos peculiares ojos negros.

—Podéis comenzar —anunció Don Carmichael.

En la mesa de metal tenía un montón de ingredientes de excelente calidad y tras estudiarlos un momento decidí cuáles usaría.
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Mensaje por Maki el Miér Dic 11, 2019 10:15 pm

"¿Por qué este tío tiene una cocina en la pianera?", se preguntó Maki después de soltar para sus adentros una larga ristra de maldiciones dirigidas al dichoso Pulmones. ¿Cómo se le ocurría dejarle a él el marrón que con tanta delicadeza había querido encasquetarle?  Maki no solo no tenía ni puñetera idea de tocar el piano, sino que ni siquiera sabía que eran así. ¿Los pianos no eran esa cosa que parecía un pirulí y que tocaban los vagabundos de Báltigo? Vaya día...

-Soy Augustus, chico -reprendió a su subordinado. Mira que llamarle Señor Gelatina. Le recordaba demasiado a los días de colegio, cuando se popularizó el cruel apodo de Tocino con Nariz-. Y no me robó nadie -añadió en voz baja-. Lo... invertí en la misión. Sí, eso es. Pero algo tenía que decir. Espero que sepas hacer lasaña. Y que me guardes un trozo.

Maki, por su parte, se acercó al aberrante mamotreto negro. Había un banquito frente a la hilera de teclas blancas y negras. ¿Qué se hacía con eso? Pulsó una e hizo ruido. Bien, ya iba por buen camino. Aunque Hipidos no parecía muy complacido. ¡Pues que probara él a ser músico!

"Vale, Augustus, cálmate. Tú puedes. Has superado cosas más difíciles". Cuán cierto era eso: aquella vez que se le atascó la cabeza en el cajón de los tangas de Margaret, cuando aquel burro furioso le persiguió por Báltigo, el torneo de pulsos contra Susu... Tenía a sus espaldas toda una vida de retos superados. Y un maldito piano no iba a frenarle. Se sentó frente a él, se tronó los dedos y se preparó para el mejor concierto de toda su vida.

-¡YAAAAAAHHHH!

Agarró el piano, lo levantó sobre su cabeza y lo reventó contra el cráneo de Don Carmichael.

-¡A correr!

Y corrió. Embistió a dos de los mafiosos y salió por la puerta. Solo cuando ya llevaba recorrido medio pasillo de camino a la salida se acordó de que se olvidaba de algo. Volvió atrás, embistiendo de nuevo a los dos trajeados que le estaban persiguiendo. Entró en la cocina/sala de música y se acercó a donde estaba su nuevo y caliente amigo. Cogió la lasaña y volvió a salir por patas.
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Mensaje por Prometeo el Mar Dic 17, 2019 2:34 am

Me quité la camisa y luego me arremangué hasta los codos, lavé muy bien mis manos y observé cuidadosamente los cuchillos que tenía en mis manos. Estudié el balance e hice un par de trucos con estos. Mientras yo estaba en lo mío, el señor Gelatina (ya me había acostumbrado a llamarle así) se preparaba para la sinfonía que haría temblar a Don Carmichael. Miré con curiosidad al hombre que yacía sentado en una cómoda silla dorada y perfectamente acolchada. ¿Por qué tenía una cocina en la habitación del piano…? Bueno, igual pudieron haberla instalado y… No, imposible.

Corté la cebolla en brunoise, dándole la forma de pequeños cubitos de un milímetro, y piqué finamente y con suma velocidad la zanahoria, el ajo y el apio. El plan era que las verduras fuesen del mismo tamaño que la carne para que armonizasen el plato. Debían sofreírlas durante diez minutos antes de añadir el ingrediente principal. Y mientras yo me ocupaba de lo mío, el señor Gelatina parecía concentrarse como un verdadero profesional. Pasaron varios minutos hasta que escuché la primera nota, un tono grave y simple que no convencería ni siquiera a un sordo. En ningún momento pensé en la posibilidad de que mi superior hubiese mentido para sacarnos de esa, y yo muy tontamente me había ofrecido a cocinarles lasaña.

—El paliducho parece saber lo que hace, pero el pescao’ este… ¿Quieres tocar de una puta vez o es que tienes pánico escénico? —le presionó Don Carmichael, zapateando nerviosamente, como si estuviese muy ansioso.

Decidí confiar en las habilidades del señor Gelatina y concentrarme en lo mío, por lo que comencé con la salsa bechamel. Aceite, harina de trigo y leche; todo eso en la olla a fuego rápido. Poco a poco la mezcla comenzaba a tomar consistencia, volviéndose más aguada y tomando una forma mucho más amigable. Vertí vino en la salsa boloñesa y añadí queso en la bechamel para darle ese toque que buscaba. Pocos minutos después terminé de armar la lasaña cuando, de pronto, un fuerte ruido me sobrecogió. Alcé la mirada y descubrí que Don Carmichael se había tragado el piano. El hombre yacía inconsciente en el suelo destrozado con la boca abierta repleta de teclas.

—¡Don Carmichael…! ¡Traedme al pescao’ y cortadle las manos al cocinero!

El señor Gelatina salió de la habitación, derribando a dos hombres en el proceso y enseguida supe lo que tenía que hacer. Les dediqué una mirada desafiante a los mafiosos que se acercaban a mí y luego eché la lasaña al horno.

—Pueden intentar cortarme las manos cuando haya terminado este platillo —les dije sin vacilar—. La lasaña estará lista en…

El revolucionario volvió a entrar, embistiendo a los dos que le perseguían y luego volteó la mirada hacia mí. O bueno, eso creía. Sus ojos negros tan pequeños como los cubitos de cebolla me perturbaban, me hacían recordar el miedo que les tenía a los que no eran humanos. Sus prendas raídas y su aroma a vagabundo no me hacían sentir seguro, y cuando corrió hacia el horno retrocedí nervioso. Abrió la puerta de este y cogió la lasaña. No pudo haber sacado un pedazo, comérselo frente a los hombres y lavar el plato que debería haber usado. No, el señor Gelatina tomó la fuente completa y sin importar lo caliente que estuviera salió corriendo con ella.

—¡¿Por qué os quedáis parados?! ¡Capturad al retrasao’ ese!

Corrí lo más rápido que pude detrás del revolucionario, persiguiendo más bien la lasaña que llevaba en la mano. Quería probarla y saber si me había equivocado en su preparación. A mitad del pasillo los amigos de Don Carmichael comenzaron a disparar; uno de ellos apuntó al señor Gelatina y jaló del gatillo. Viré hacia la derecha y sin querer empujé a un mesero que llevaba medio centenar de copas. Por el estruendo y las maldiciones del hombre deduje que terminaron por romperse, pero no volteé a verificar mi teoría. Continué corriendo hasta llegar a la sala principal del casino, la sala donde estaban las máquinas tragamonedas y donde jugaban los grandes magnates.

—¿Está buena? —le pregunté de pronto al señor Gelatina—. Me refiero a la lasaña.
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Mensaje por Maki el Mar Dic 17, 2019 4:57 pm

-Ay... Dios... mío... ¡cómo quema!

Ojalá hubiese robado también unas manoplas. La maldita lasaña ardía como si le pagasen por ello, así que Maki se veía obligado a correr mientras se la pasaba de una mano a otra como si estuviese haciendo malabares con la fuente de vidrio, totalmente incapaz de llevarla sin ir dando grititos. Menuda huida gloriosa...

Llegaron hasta la sala de juego principal, toda repleta de máquinas luminosas, guardias de seguridad, viejos con botes llenos de monedas y un montón de gente dejándose el sueldo en las adictivas atracciones del casino. Por un segundo, Maki se sintió tentado de seguir jugando, pero recordó que ya no le quedaba dinero. ¿Cabría la lasaña en una tragaperras? No, no, no podía apostar la comida. Había cosas con las que un revolucionario no podía jugar.

-Aún no sé si... auch... está buena o... auch... no -respondió a Pulmones. Solo esperaba que tuviese mejor mano en la cocina que él en el piano.

Los gorilas de Hipidos les daban alcance. Qué insistencia... Iba siendo hora de que el Comandante les mostrase de qué era capaz.

Harto de quemarse, sacudió la lasaña hasta que salió volando hacia el techo. Maki se quedó con la fuente aún caliente en las manos. Se dio la vuelta pivotando sobre un pie y la estampó contra la cara de uno de los matones del mafioso. Luego continuó con el giro y arrebató la bandeja que usaba uno de los camareros para portar un par de copas, una botella de champán y un generoso plato de caviar. La volcó ligeramente para que la botella cayese en su mano y la estrelló en la cabeza del otro trajeado. Se comió el caviar de un lametón mientras el hombre caía y levantó la bandeja justo a tiempo para que la lasaña cayera sobre la bandeja con una precisión milimétrica. ¿Resultado?: dos matones caídos, una forma cómoda de llevar la lasaña y un regustillo a caviar gratis.

"Lo has bordado, Augustus".

-Vale, Pulmones. Retirada.
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Mensaje por Prometeo el Dom Dic 22, 2019 7:33 pm

El señor Gelatina demostró ser un luchador competente como ningún otro, sorprendiéndome al punto que mis ojos parecían emitir brillitos como si fueran estrellas. ¿Esa era la fuerza de una de las leyendas de la Armada Revolucionaria? Sí, definitivamente tenía mucho que aprender de él. Su aspecto insalubre y descuidado no parecía concordar con la valentía que escondía en su corazón. E incluso tuvo la habilidad suficiente para, en medio del calor de la pelea, cuidar de la lasaña y no perder una sola parte de esta. Entonces, mientras yo admiraba impresionado los movimientos del revolucionario, dos matones aparecieron en el salón.

Cogí la fuente de vidrio —de muy buena calidad, le había roto la nariz al hombre ese pero a esta no le pasó nada— y se la zampé en toda la cara al matón, intentando copiar los movimientos del señor Gelatina. Lamentablemente no encontré ningún mesero del que aprovecharme, pero sí un gran masetero de cerámica con una palmera en este. Lo intenté coger, pero pesaba demasiado como para hacerlo sin recurrir a mi forma híbrida. Sentí un fuerte golpe en la espalda y me di de cara contra el suelo. Le hice una zancadilla al mafioso y este cayó frente a mí, me levanté como si mi vida dependiera de ello y me abalancé sobre el hombre. Le mandé un derechazo que lo dejó medio tonto y luego tomé la fuente para reventársela en el rostro, aunque esta ni siquiera se trizó. Fue cuando vi los restos de salsa boloñesa en el cuenco que recordé algo muy importante.

—Señor Gelatina…, debo confesarle algo. —Tragué saliva nerviosamente; no sabía cómo reaccionaría mi superior—. Soy pescetariano, la única carne que consumo proviene del mar, y la salsa boloñesa la hice con trocitos de pez espada. Creo…, creo que le he obligado a cometer canibalismo. ¡Lo siento!

Esperaba que el señor Gelatina no se molestase por lo que acababa de hacer, aunque, bueno, si a mí me daban de probar carne humana sí que lo estaría. ¿Me golpearía? ¿Usaría la fuente de vidrio para romperme la nariz y me tiraría a los mafiosos para que cortasen mis manos? No, parecía ser un buen hombre y seguro que me terminaría perdonando. Además, no parecía ser de los que le importaban esas cosas; detalles, pensaría seguramente.

Media decena de mafiosos aparecieron en el pasillo, empuñaron sus pistolas y nos apuntaron sin importarles que hubiera gente. Igual por algo les llamaban mafiosos, no sé. Uno de ellos disparó y por mero reflejo me cubrí la cabeza con las manos. La bala rebotó en la fuente de vidrio que levanté sin darme cuenta y a esta no le pasó nada, de hecho, la bala dio a parar entre ceja y ceja de uno de los matones. Siguiendo las instrucciones del señor Gelatina, eché a correr hacia el centro del salón esquivando todo tipo de obstáculos: máquinas, plantas, una señora que le cantaba YMCA a un perro vestido de cura, y más mafiosos. Desorientado, miré hacia todos lados en busca del revolucionario, pero lo único que encontré fue el feo rostro de uno de los matones. El hombre me lanzó un zurdazo que impactó de lleno en mi cara, retrocedí tambaleándome y choqué sin poder evitarlo con una mesera que llevaba una bandeja repleta de todo tipo de alimentos, alimentos que dieron a parar en la chaqueta de un gigantesco hombrón de cabellos canos.

—¡GYAAAH! ¡Lo siento mucho, señor Plumaverde! —se disculpó el mafioso mientras yo estaba en el suelo. Daba la impresión de que conocía a ese hombre.

—¡Esta chaqueta la hizo mamma! ¡Y mira lo que le has hecho! —rugió el gigantón—. ¡Hipidos pagará por esto!

El hombrón se abalanzó sobre el mafioso y le estalló tres puñetazos que lo dejaron inconsciente. Enseguida se unieron más hombres a la pelea y en menos de un minuto el salón del casino terminó transformándose en una batalla campal entre dos bandos mafiosos.
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Mensaje por Maki el Mar Dic 31, 2019 4:45 pm

"Pues sí que es apasionada esta gente", se dijo al ver la que se había liado en la sala. De un momento a otro, todos los jugadores, empleados y mafiosos se habían enzarzado en una batalla campal. ¿Por qué? Seguramente por la lasaña. Maki se aseguró de sujetarla bien y mantener apartados a los gorrones de camino a la salida. Ya iba siendo hora de abandonar el casino y de retomar su trabajo. Por supuesto, se aseguró de agarrar a Pulmones. Si perdía a otro novato en acto de servicio la Revolución le obligaría a pagar más tasas. Y encima el seguro de oficiales subía un montón por cada recluta muerto en su primer día.

El aire fresco se le antojó extraño. ¿Cuánto tiempo llevaba sin salir del salón de juego? Se había estado alimentando de panchitos y cócteles de frutas durante lo que le habían parecido días. Qué raro era ahora el mundo sin el olor artificial de las tragaperras y la laca de las señoras que buscaban una máquina caliente. Se apartó rápidamente de la puerta y echó a andar en dirección al piso franco que la Armada le había conseguido. Allí había dejado al contacto local, el que le informó de su misión y le dio las herramientas.

El piso estaba a unos quince minutos andando, durante los cuales dio buena cuenta de la lasaña. Se le había quedado fría y encima ahora tenía tomate por las manos y la boca. Suerte que pasó junto a un perro con mucho pelo y pudo limpiarse en él. El dueño le miró mal, pero Maki le ofreció su mejor sonrisa y le dijo que en su cultura actuaban así. Luego echó a correr y solo paró para vomitar antes de tocar a la puerta.

-Vendo cucharas.

-No compro nada -dijo alguien a través de la madera.

-Pues te las regalo.

La puerta se abrió tras decir la contraseña acordada. El hombre que la abrió estaba escuálido, llevaba una barba descuidada y llena de migas e iba en calzoncillos.

-Pase, oficial.

-Hola, Cucharas.

Maki lo llamaba así porque siempre lo veía comer comida directamente de alguna lata y siempre con la misma cuchara.

-¿Funciona bien la planta?

-Para el caso que me hace... -dijo la voz de Fruto Seco Ibar a través de la plantita. La palmera bailonga era el transmisor que usaba Maki para mantenerse en contacto con sus hombres, aunque no les había hecho mucho caso.

-Sí, pero necesitamos más dinero.

-¿Te parece que estoy hecho de oro?

-No, pero hueles a bronce y a morado -Maki siempre había podido oler sabores y ver sonidos, entre otras cosas-. Dame dinero y algo de sal de frutas. La lasaña y la carrerita me han revuelto las tripas. Tengo que estar en buena forma; tengo trabajo pendiente.
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Mensaje por Prometeo el Lun Ene 06, 2020 3:00 am

Incluso los empleados, seguramente cansado de los bajos sueldos, se unieron al combate portando lienzos contra el sistema y lanzando cánticos en favor a una revolución comunitaria. Al parecer todos tuvieron razones suficientes para explotar en un acto colérico e irracional. Tuve que hacerme a un lado, de lo contrario, me habría llegado otro puñetazo en el rostro y ya no quería más sangre encima de mí. El señor Plumaverde era un combatiente formidable que mandaba a volar a cuanto hombre se le pusiera en frente. Y, por supuesto, el señor Gelatina no dudó en actuar rápido y tomar la mejor decisión para salvar la misión. Me tomó como si fuera un verdadero bebé y me apretó a su pecho sudado y mal oliente para luego echar a correr.

Caminamos en silencio hasta la base secreta donde recibíamos todas nuestras órdenes, o eso había pensado en un principio. Cuando miré hacia el cielo me encontré con un techo estrellado profundamente distante, infinito, maravilloso, y luego una brisa nocturna meció mis cabellos mientras el señor Gelatina se limpiaba las manos en un perro. Eso estuvo feo, lo sé, pero a veces en la vida había que tomar decisiones difíciles. Según el comandante, así era su cultura. Era un tanto… extraña, pero ¿quién era yo para juzgar a los demás? ¿Acaso la lección de mi aventura con el señor Gelatina era aprender a no juzgar? Seguí mi camino hasta que llegamos a un pequeño edificio ubicado en medio de un callejón solitario y repleto de bolsas de basura.

De pronto, una duda asaltó mi cabeza. Hasta el momento no habíamos hecho más que meternos en problemas, liándonos con mafiosos y máquinas tragamonedas; bueno, en verdad ese había sido el señor Gelatina, yo solo me involucré porque él estaba ahí. Incluso pensé que había sido buena idea seguirle mientras era secuestrado por uno de los matones. Creo que actué bien y tomé una sabia decisión al confesar que no sabía tocar el piano, pero sí cocinar. Oh, por cierto, no había probado un solo bocado de la lasaña que había cocinado para Don Carmichael. El señor Gelatina estaba hambriento y se la devoró toda; ni siquiera preguntó si yo quería. Quizás también formaba parte de su cultura. El caso es que no habíamos logrado nada y ni siquiera sabía si teníamos un objetivo, así que le pregunté directamente al comandante tras entrar al apartamento.

—¿Qué estamos haciendo en Casino Island, señor Gelatina? Mis superiores no me informaron nada, solo me dijeron que debía demostrarle a usted lo que valía.
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Mensaje por Maki el Lun Ene 13, 2020 1:06 pm

-Muy buena pregunta. Sí, quiero más mortadela.

Cucharas le puso un par de lonchas más en el sandwich. Por fin Maki se había aseado un poco y, tras esnifar algo de agua salada con un sifón, estaba como si hubiese dormido doce horas. Como nuevo, listo para cumplir con su deber para con la Causa.

-Bien, Pulmones. Lo que vas a oír a de alto secreto. No, qué digo: es de Alto Secreto.

Maki cogió uno de los aparatos que Cucharas le había proporcionado; era un coco. Lo colocó sobre la mesa del comedor, metió el dedo en un agujerito y un chorro de luz se proyectó hacia la pared del fondo, donde la imagen de un hombre de aire estricto y porte marcial, vestido con la típica boina revolucionaria, enarbolaba una fusta de oficial.

-Lo que va a escuchar es un mensaje secreto destinado solo al Operativo Veintiocho de la Armada Revolucionaria. En caso de no pertenecer a dicha fuerza, por favor devuelva el coco -dijo el hombre del coco-. Hola, oficial Makintosh. Si ha sido usted destinado a Casino Island es que es usted parte de la Operación Buenas Noches.  

-¿Queréis mayonesa en el sandwich? -gritó Cucharas desde la cocina.

-¡Cállate!

-Desde hace meses, los mejores investigadores de la Revolución han detectado envíos regulares de dinero desde una localización asociada al Gobierno Mundial. ¿El destino? El hotel Las Mordidas. Por ese motivo, creemos que Olfard Gilgifer, el director general del hotel y casino, tiene tratos de algún tipo con el Gobierno. Un equipo de...

-¡Oye, Augustus! ¡Que no quedan pepinillos!

-¡Pues échale lo que sea!

-... interceptar los envíos mone...

-Vaya, ahora tengo que rebobinar el coco.

Maki metió el dedo en otro agujero y la imagen retrocedió hasta el punto donde lo habían dejado.

-Un equipo de espionaje fue enviado a la isla para aclarar esta conexión, pero se perdió la comunicación con ellos hace cuarenta y ocho horas. Su misión, si decide aceptarla, será encontrar a los agentes desaparecidos, interceptar los envíos monetarios al hotel Las Mordidas y descubrir la relación del señor Gilgifer con nuestros enemigos, así como neutralizarlo a él y a sus negocios en caso de encontrar motivos de peso. Buena suerte, oficial Makintosh. El destino de la Causa depende de... -El hombre del coco contuvo una carcajada-... de usted. No, no, es en serio. Venga, callaos, que no quiero hacer más tomas. Corta ya.

-Pues ya sabes, Pulmones. Debemos infiltrarnos en el hotel Las Mordidas e investigar. Solo espero que no nos distraigamos más con las maquinitas. ¡Cucharas, danos los trastos!

Cucharas les tenía preparado un equipo de apoyo digno de los mejores espías:

-Sandwiches de mortadela, mayonesa y anchoas; muy nutritivo. Bolígrafo de ácido; si apretáis, el boli explota y suelta un chorro de ácido hacia todas partes. Quisimos hacer que lo disparase solo por la punta, pero no salió muy bien. Nariz postiza; además de ser un disfraz perfecto, puede exhalar una nube de gas lacrimógeno. Esposas falsas; si os atrapan, pedidles que os inmovilicen con una de estas y podréis liberaros fácilmente -Cucharas sacó lo que parecía un globito de agua vacío-. Dron hinchable MK-R-54. El aire lo activa; si se hincha adopta la forma de un vehículo volador mediante hélices con dos ametralladoras gatling incorporadas y plenamente automatizadas. Mola, pero es tan frágil como un globo.

Por fin estaban preparados para cumplir su misión. Ahora ya no había nada que pudiera detenerles.
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Mensaje por Prometeo el Mar Ene 21, 2020 6:29 am

Había escuchado las palabras del señor Coco. La luz del baño titilaba, pero era suficiente para mirarme al espejo. El rostro me sudaba, pero no porque hiciera calor: estaba nervioso. Hasta ese momento había sido una sensación desconocida para mí, es decir, jamás la había sentido en carne propia, aunque había leído mucho de ella cuando estuve en la Jaula de Cristal. Quizás por eso no podía dejar de mover la pierna. Me mojé el rostro y luego me acomodé el traje. Según la doctora Elizabeth, las apariencias eran fundamental para cualquier situación. Junto al señor Gelatina me infiltraría al hotel Las Mordidas para encontrar a los agentes desaparecidos, interceptar los envíos monetarios y descubrir la relación del señor Gilfiger con el Gobierno Mundial. Parecía una misión demasiado compleja para un recién iniciado en el Ejército Revolucionario, pero no tenía intenciones de dar marcha atrás. Con el puño en alto marcharía hacia las alas de la libertad, o algo así diría ese sujeto al que siempre leía, un tal David Charleston.

Volví justo a tiempo. Uno de los compañeros del señor Gelatina nos estaba dando equipo, el cual seguramente debía costar una fortuna. Mi superior había demostrado ser un hombre muy poderoso y capaz, aunque sus ojos negros aún me perturbaban. Siempre y cuando no me mirara fijamente podría seguir imaginándomelo como una gelatina humanoide, una que hablaba y decía cosas impresionantes. «Eh, chaval. ¿Llevas pasta?». Jamás olvidaría esas palabras con las que se presentó ante mí. El bolígrafo me parecía un arma de doble filo, así que me gustaría llevarlo yo. En caso de que estuviéramos en peligro, preferiría arriesgar mi vida y salvar la del señor Gelatina. Ese hombre era más valioso que un homúnculo, podría entregarle mucho más al Ejército Revolucionario. Las esposas eran muy útiles, es decir, en caso de ser capturados podríamos librarnos fácilmente. No sabía quién había inventado semejantes artilugios, pero debía tratarse de un genio al nivel del señor Gelatina. Luego de recibir los objetos, busqué un mapa de la ciudad en las cosas de Cucharas. Por alguna razón me quitó bruscamente, y muy avergonzado, un enorme dedo de látex. ¿Cuál era el sentido de tener algo así…? En fin, no podía perder la concentración haciéndome esas preguntas, después de todo, había compañeros a los que rescatar.

Estudié rápidamente el mapa y encontré la ruta más rápida y directa. El hotel Las Mordidas se ubicaba frente a la costa este de Casino Island, y nosotros estábamos en el centro. Bastaría con seguir derecho hasta llegar a la costanera y luego dirigirnos hacia el sur unos cuantos kilómetros. Según mis cálculos, tardaríamos cincuenta y tres minutos caminando, aunque la gente solía usar carruajes tirados por avestruces; si teníamos dinero para costear el viaje, llegaríamos en menos de ocho minutos. Le comenté al señor Gelatina todo lo que había descubierto en el mapa. Esperaba que la información entregada por mi parte fuese útil, aunque seguramente ese hombre-pez no necesitaba de alguien como yo para descubrir algo tan sencillo.

—Estoy listo para partir en cualquier momento, señor Gelatina. Creo que lo mejor será actuar con disimulo, alejados de las cámaras del casino y los guardias. A todo esto…, ¿volverá a practicar canibalismo? —le pregunté al escuchar que los sándwiches llevaban anchoas. No lo juzgaba, me parecía correcto que prefiriese los peces en vez de las carnes rojas, después de todo, era una industria muy sangrienta y cruel.
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Mensaje por Maki el Miér Ene 22, 2020 3:46 pm

"Las anchoas... son plantas, ¿verdad?". Eso fue lo último que Maki dijo antes de ponerse en marcha. Prefirió no preguntarse si realmente estaba bien comerse algo que había resultado ser una criatura marina. ¿Qué diría Rita Makintosh si se enterase? Mejor no pensarlo. Pulmones tenía la capacidad de meterle cosas raras en la cabeza.

El hotel Las Mordidas era absurdamente alto. ¿Cuántas plantas eran realmente necesarias? Seguro que muchas de ellas estaban solo de adorno. Maki se decidió a entrar discretamente. Como Pulmones se había quedado el boli, Maki cogió para si la nariz postiza. Además se había guardado el globo-dron para cuando les hiciera falta. Lástima que hubiese tenido que dejar la plantita en casa de Cucharas. Tenía un plan perfecto, el mismo que utilizase en aquella misión con Tulipán: entrarían disfrazados de agentes gubernamentales y a ver qué pasaba a partir de ahí.

-¿Listo? Esto va a ser peligroso, así que pon cara seria y sé muy antipático. Y, por lo que más quieras, si quieres salir vivo, recuerda que pase lo que pase, bajo ninguna circunstancia... Oh, venga, que ese tipo nos está mirando.

Maki se había asegurado de prepararlo todo de antemano. Los trajes, que había alquilado de una tintorería local -les dejó una piedrecita muy chula para pagarles por la ropa y el cristal roto-, las corbatas, las gafas de sol y, por supuesto, las placas falsas. Pasó junto al portero y se dirigió al mostrador de recepción del hotel. A través de una puerta lateral pudo ver la sala de juego, pero no se dejó distraer por las maquinitas.

-Oiga usted -dijo a la recepcionista, dando un fuerte golpe en la mesa y sin quitarse las gafas de sol-. Somos de la Agencia Intercultural Federal de Procesamiento de Datos Étnicos y Circunstanciales. Agentes Fossanasal -se señaló a sí mismo- y Toguaga -señaló a Pulmones-. Tenemos que hablar con el director del establecimiento.

"Muy bien, Augustus. Recuerda: cara seria, frases cortantes. Que sepa quien manda". Y para que lo supiera, escupió al suelo.

-Yo... verá, el director Gilgifer está ocupado atendiendo a un cliente; tenemos un congreso de dentistas. Pero pueden pedir ustedes una cita y...

-De eso nada -la corto Maki-. ¿No entiende lo importante que es esto? Es cuestión de vida o muerte.

-¿Su agencia trata cuestiones de vida o muerte?

-Y más.

-Verán, yo...

-Mejor aún. Toguaga, esperaremos al director en su despacho.

Sin dar tiempo a que alguien le llevase la contraria, el agente Fossanasal fue directo al ascensor. Se chocó con una columna porque no se había quitado las gafas, pero el personaje requería llevarlas. El jefe estaría en el piso de arriba, como siempre. Revisarían sus papeles mientras él subía, y tal vez utilizase su cuarto de baño. Las anchoas le daban ganar de orinar.
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Mensaje por Prometeo el Dom Ene 26, 2020 3:19 am

La duda me asaltó luego de que el señor Gelatina dejara la frase inconclusa. Y el único tipo que nos estaba mirando era un hombre que llevaba un bastón y lentes como los de nosotros. Casi parecía que no veía por donde iba. Pero seguí los consejos de mi superior y puse una cara seria y antipática. Al mirarme al espejo que había en la recepción me di cuenta de que tampoco había cambiado demasiado, de hecho, tenía la misma expresión de siempre. Ahora no era el revolucionario Pulmones, sino el agente federal Toguaga que velaba por los datos étnicos y circunstanciales, aunque no entendía de qué iba el trabajo. Si algo había aprendido aquel día —además de no juzgar a la gente por su apariencia— era a seguirle el juego al señor Gelatina. Era un tipo impredecible y fuerte, incluso pudo levantar un piano y lanzárselo a la cabeza al mafioso del casino. Así que le seguí y me acerqué al mesón, cargando mi brazo en este y golpeando ansiosamente con los dedos. Lo había leído en una novela de policías, quizás me daba el aspecto intimidante que necesitaba.

—Infórmele a su jefe que vamos en camino —le recordé con mi voz agria y tosca. ¿Ese no era el número de la Marina…? Lo había visto cientos de veces, pues viví casi toda mi vida en una instalación científica del Gobierno Mundial. Tal vez debía decirle algo al señor Gelatina, pero ¿por qué esa mujer estaría llamando al ejército en vez de al señor Gilgifer cuando se lo habíamos pedido amablemente? Tonterías.

Le di un par de veces al botón del ascensor y en cuestión de minutos me encontraba en el último piso del gran hotel, donde debía estar el despacho del director. Era un lugar amplio y lleno de ventanas que daban hacia la gran ciudad que ofrecía un espectáculo de luces. Olía bien y el ambiente era agradable, tranquilo, sobre el suelo alfombrado había estantes repletos de libros, maceteros con grandes platas y un enorme escritorio completamente despejado. Si el señor Gilgifer estaba en el congreso de dentistas atendiendo a un cliente, ¿quién era ese hombre que iba en calzoncillos junto a una adolescente desnuda? Nada más vernos, la chica soltó un grito y enseguida ocultó sus partes íntimas con la mano. Fue entonces que entendí la situación. Atravesé la habitación con paso firme, ignoré los alegatos y las amenazas del desconocido y le golpeé fuertemente la boca del estómago, haciéndole caer de rodillas. La chica volvió a gritar. El hombre intentó levantarse, pero le estrellé la cabeza contra el suelo.

—Estás a salvo —le dije a la adolescente—. Este hombre te tiene secuestrada en el despacho del señor Gilgifer, ¿verdad? Soy Prome… El agente Toguaga —me corregí de inmediato, ofreciéndole amablemente mi mano. ¿Por qué me miraba con pánico?—, y estoy aquí para ayudarte, no te preocupes.

—¡¿De qué mierda estás hablando, imbécil?! ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Ahora estamos todos jodidos, gracias por arruinar mi vida —respondió ella muy molesta—. ¿En qué minuto pensaste que golpear al director Olfard Gilgifer sería buena idea?

Si le hubiese prestado atención a los retratos que había en el despacho, me habría dado cuenta de que acababa de golpear al hombre con el que veníamos a hablar. Mierda. Volteé el cuerpo del director y definitivamente no reaccionaba. Alcé la mirada hacia el señor Gelatina, como esperando que él fuese a resolver el problema en el que nos metí. Se veía como un secuestrador, ladrón y violador; tenía los motivos suficientes para creer que atacarle era buena idea.
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Mensaje por Maki el Jue Ene 30, 2020 12:21 pm

-Bien hecho, Pulmones. Has noqueado a tu primer hombre desnudo.

Maki le puso la mano en el hombro a su subordinado, contento de que por fin se hubiese estrenado en la Armada. Uno no era de verdad un auténtico revolucionario hasta que no le sacudía bien a un ricachón. Acababa de complicarles la misión, eso desde luego, pero podría haber sido peor. Lo cierto era que pocas cosas resultaban más satisfactorias que dar un golpe directo al capitalismo, y más aún delante de una dama. Sabía lo que estaba pasando por la mente de Pulmones: golpear al malvado con el puño de la justicia, adoptar una pose aguerrida y clavar la mirada en la chica, que caería rendida entre sus brazos para fundirse en un beso largo, intenso y con Maki mirando. Todos pensaban eso la primera vez.

De todos modos, tal vez se hubiesen ahorrado un problema. Nadie podría alertar al director de que estaban allí si el director estaba inconsciente. Eso les dejaría espacio para poder revolver sus papeles sin interrupciones, al menos durante un tiempo. Era una lata, porque no le apetecía demasiado leer, pero iban a tener que apañarse.

-Pulmones, átalos y amordázalos a los dos -ordenó. La voz profunda y seria del Oficial Makintosh no admitía un "no" por respuesta.

Se quitó las gafas de sol y apartó un cuadro en el que se veía a un humano a caballo en mitad de una batalla. Maki sabía que siempre había algo bueno detrás de los cuadros. Tras él encontró una nota: "Éste no es". Pasó a la pintura de al lado y la apartó; en la pared había clavado un tanga. Decidió que sería mejor dejarlo ahí y pasó al último cuadro. Esta vez sí, dio con una caja fuerte. No se sabía la combinación, pero no sería difícil averiguarlo.

-Muy bien, bonita, ábrete para papá.

Apoyó el oído -poco más que un agujero en su cabeza- sobre la caja y empezó a mover la ruedecita de un lado a otro.

-Ajá, sí, muy bien, ajá, ajá, vale.

Maki le sacudió un puñetazo a la caja y reventó la tapa, que luego terminó de arrancar y tiró por ahí. Cogió los papeles y el frasquito con un líquido azul que había dentro. La primera carpeta estaba encabezada por las palabras "Suero H6dX-Pulsar Premium". Dentro había multitud de diagramas que Maki no entendía rodeados por palabras que tampoco entendía. La parte buena era que el director tampoco debía de entenderlas, porque alguien le había dejado un post-it con una versión muy resumida y fácil de comprender.

-Eh, Pulmones. Aquí abajo hay un laboratorio donde están fabricando una cosa química para convertir a la gente en ludópata. ¿Te lo puedes creer? -dijo, sentándose en el mullido sillón del director. Era de terciopelo rojo y muy blandito.

-Alerta de trasero desconocido activada -exclamó una voz que salía de la pared. De repente, persianas de acero de diez centímetros de espesor se cerraron sobre las ventanas, y unas abrazaderas salieron de los reposa-brazos y del respaldo del sillón. Maki se vio atrapado contra el asiento, con los brazos y el pecho rodeados por ese maldito sistema de seguridad-. Alarma silenciosa activada. Por favor, espere.
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Mensaje por Prometeo el Sáb Feb 01, 2020 6:25 am

Una sensación cálida envolvió mi pecho y estoy seguro de haberme ruborizado ante las palabras del señor Gelatina. «Bien hecho, Pulmones. Has noqueado a tu primer hombre desnudo». Esperaba que mi decisión, más que empeorar estúpidamente la situación, nos trajese algún beneficio. Desde que le conocí solo he intentado demostrar mi valía, y al parecer lo estaba haciendo puesto que una de las leyendas de la Armada Revolucionaria me felicitó. Lamentaba la situación de esa chica, era cierto, pues no tenía intenciones de involucrar a una inocente en nuestra misión. Como estaba semidesnuda me quité la chaqueta y se la ofrecí sin decirle nada. Era lo mínimo que podía hacer. Si la doctora me viera en esa situación seguramente me lanzaría diez pianos por estar mirando donde no debía. Al menos así lo diría ella. Y, sin entender por qué, el rostro de la joven de cabellos azabaches se tornó ligeramente rojo mientras me agradecía rudamente. Tras colocársela, frunció el ceño al escuchar las palabras del comandante. Era consciente de mi posición y, aunque consideraba innecesario amordazar a la chica, mi principal labor era obedecer las órdenes del señor Gelatina.

Registré la oficina del director Gilgifer en busca de cualquier cosa que me sirviese para atarle. Busqué primero en el cajón del escritorio, encontrando un extraño artilugio de látex de forma alargada. Había aprendido de las novelas policiales la importancia de taparle la boca a los secuestrados, así que me acerqué al director y le introduje esa… cosa. No sabía muy bien qué era, pero cumplía muy bien su labor. Terminé atándole las manos con un calcetín sudado. Y cuando me volteé hacia la chica, esta me miró con recelo. Las lágrimas se le asomaban por los ojos. No parecía suponer ningún problema, pero eran las órdenes del señor Gelatina. Mientras la vida de la muchacha estuviera fuera de peligro me limitaría a obedecer. Así que usé el otro calcetín para atarle suavemente las manos.

—¿En serio es necesario esto? —me preguntó secamente—. ¿Quiénes son ustedes?

Estuve a punto de responder cuando el señor Gelatina explicó que abajo del hotel había un laboratorio donde fabricaban una droga que convertía a la gente en ludópata. Por un momento me pregunté si el comandante había consumido esa sustancia. «Eh, chico. ¿Llevas pasta?». La frase de mi superior dio vueltas en mi cabeza y comencé a recordar cómo le había conocido: estaba sucio, olía mal y parecía recién escapado del manicomio. Según me acordaba, el señor Gelatina respiraba eufóricamente como si estuviera bajo el efecto de alguna droga. Y sudaba mucho. Si un hombre como él podía ser afectado por los efectos del Suero H6dX significaba que era muy poderoso. Mientras pensaba, ignorando los alegatos de la muchacha, el señor Gelatina se acercaba a la silla para tomar asiento. Fue entonces que una voz robótica rompió el silencio que reinaba en la oficina: alerta de trasero desconocido. Tenía un mal presentimiento. Las ventanas fueron cerradas y unas cosas metálicas atraparon al comandante.

—Creo que la Marina viene en camino, señor. Debí haberlo mencionado antes, pero no lo creí necesario. La mujer de la recepción, en vez de llamar al director, marcó el número de la Marina —le dije con una postura pensativa—. Podemos ser rodeados en cualquier momento, señor, debemos salir de aquí y buscar una manera de llegar al laboratorio.

Me acerqué a la silla y descubrí que la base de metal estaba anclada al suelo, así que solo debía tirar con todas mis fuerzas. Entre gruñidos y jadeos, conseguí arrancar el asiento. Si bien el comandante seguía apresado, al menos sus piernas estaban libres para moverse. Igual con lo avanzada que era la silla no parecía ser de muy buena calidad; seguramente la fabricaron los hombres pequeños del mar del oeste. Tomé a la muchacha de la cintura y me la eché al hombro; era mucho más liviana que el señor Gelatina. Si la Marina le encontraba en la oficina del director, muy probablemente la acusarían de cualquier cosa. El señor Gilgifer me daba igual: era un criminal. Fabricaba drogas para volver a la gente adicta a los juegos, y eso era algo que no se hacía. Así que por mí que los soldados del Gobierno Mundial le apresasen, aunque dudaba que lo hicieran. Según el comandante, el director trabajaba con los funcionarios del país más grande del mundo.

—¿Vamos, señor?
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Mensaje por Maki el Sáb Feb 01, 2020 12:41 pm

"Bueno, Augustus, no pasa nada. En peores te has visto". En territorio enemigo, rodeados de medidas de seguridad, con la Marina en camino y él atado a un sillón. Pero qué cómodo era... Podía ser peor, desde luego. Podría estar lloviendo, por ejemplo.

Pulmones se las arregló muy bien para arrancar el asiento del suelo. El dichoso sillón había quedado clavado al suelo mediante un tubo de metal que se enganchaba en la parte baja en en el momento en que la alarma sonó. El soporte que lo anclaba quedó partido en dos, y unos cuantos cables sobresalían de él como fideos de colores. No estaba mal, pero Maki pensaba que habría bastado con pulsar el botón rojo que había bajo la mesa y en el que ponía "Desactivar grilletes de sillón". Ahora ya no funcionaba, lo cual era una faena, pero le gustaba la iniciativa del joven revolucionario. Si seguía así, llegaría lejos.

No como Maki, que había caído de espaldas. Ponerse en pie requirió de toda su concentración, su fuerza y su suerte. Pataleó como una tortuga herida mientras pugnaba por darse la vuelta y quedar boca abajo. Cuando por fin lo logró, con la nariz aplastada dolorosamente contra el suelo y las bridas metálicas clavándosele en las carnes del abdomen, se preguntó por qué diablos lo había hecho.

-Espera un segundo, chico. Enseguida... estoy... ¡listo! -exclamó cuando por fin consiguió ponerse de pie de un salto-. Vamos allá.

Si sus enemigos de blanco estaban de camino, tenían que darse prisa. Había que localizar el laboratorio, destruir el suero de la ludopatía y salir cagando leches. En cuanto al director... Si los del gobierno le estaban pagando para hacer ese invento malvado, tenían que apresarlo y llevárselo de alguna manera. O matarlo, pero ése no era el estilo de Maki. Matar a alguien daba siete años de mala suerte.

-Pulmones, hazme un favor y... No es a la chica a quien tenemos que llevarnos -"Humanos, siempre tan despistados"-. Oh, ya entiendo, quieres un souvenir, ¿no? Puedes llevártela de recuerdo, pero tenemos que arrestar al malvado.

La cuestión era qué hacer con él. Al final, tras meditarlo unos segundos llegó a la mejor solución posible. Con muchos, pero muchos problemas y tras perder una considerable cantidad de tiempo, logró envolver al inconsciente director Gilgifer en una de las alfombras de su despacho. No era su trabajo más elegante, pero serviría. Lo agarró con fuerza y salió del despacho arrastrándolo. Podía haber pedido ayuda a Pulmones, pero a veces un líder tenía que mostrar su fuerza ante sus hombres.

Encorvado y con el sillón a la espalda, el Oficial Makintosh y su nariz postiza avanzaron con paso decidido por el pasillo. Varios guardias de seguridad les salieron al paso, armados con sus pistolas y sus miradas de villano genérico. No tenían nada que hacer. Maki se dio la vuelta y corrió de espaldas hacia ellos. Las balas se hundían en el sillón-trampa y la cabeza del director rebotaba una y otra vez contra el suelo dentro de la alfombra. Maki lanzó su gritó de guerra:

-¡AHHHHH!

Y destrozó el muro de enemigos como un puñetazo a una tarta. Luego activó el gas lacrimógeno de su nariz falsa y la lanzó entre los que quedaban en pie.

-Los laboratorios malvados siempre están en el sótano -explicó Maki, que había estado ya en alguno. Se detuvo frente a la puerta de uno de los ascensores, que estaba parado. La cabina estaba tan abajo que ni se veía-. Venga, antes de que se levanten hay que bajar. ¿Te dan miedo las altu...? ¡AHHHH!

Maki se tropezó con la alfombra que sujetaba y se precipitó por el hueco del ascensor. Suerte que su cuerpo era blandito y que tenía un sillón que amortiguó la caída sobre el techo de la cabina. Por un momento casi se había asustado.
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Mensaje por Prometeo el Lun Feb 03, 2020 10:27 pm

¿Cómo no había reparado antes en ello…? Desde luego nuestra prioridad era apresar al señor Gilgifer por los crímenes que había cometido contra la humanidad. En orden de importancia, la adolescente que llevaba al hombro era la última persona a la que sacar de esa oficina. ¿Y qué era un suvenir? Jamás había escuchado esa palabra, aunque me sonaba a que era algo grandioso. Como ser revolucionario, por ejemplo. La doctora siempre me decía que habíamos elegido el bando correcto y que, por ello, éramos fenomenales. En una demostración de ser un líder indudablemente capaz e inteligente, el señor Gelatina envolvió el cuerpo del director en esa pesada alfombra. Ahora estaba más que asegurado; jamás podría escapar de las manos de la justicia. Así que salimos de la habitación y enseguida nos encontramos con hombres armados, quienes, nada más vernos, abrieron fuego.

Me escondí tras un pilar que había en el pasillo, protegiendo la cabeza de la chica casi por puro instinto. Talentosamente, el comandante se deshizo del enemigo cargando hacia ellos y empujándoles con la silla. Jamás hubiera pensado en atacarles de esa manera tan… inteligente. Tenía muchas cosas por aprender y tenía el presentimiento de que, si me quedaba cerca del señor Gelatina, las terminaría aprendiendo. Para no quedarme atrás y demostrar que también era un miembro de la Armada Revolucionaria, dejé a la adolescente en el escondite y me abalancé sobre uno de los hombres de negro. Corrí en zigzag hacia él en un intento de imposibilitar un disparo efectivo. Pero fallé. Segundos antes de llegar hacia donde se encontraba una bala impactó en mi hombro izquierdo. Sentí un agudo dolor y solté una mueca, pero continué avanzando. Antes de que pudiera disparar una segunda vez le propiné un Golpe de Puño Suave justo en el plexo solar. El villano dejó caer el arma y retrocedió para luego caer sobre sus rodillas. Cogí la pistola y le golpeé fuertemente con la culata de esta, dejándole inconsciente. Ya no enemigos a la vista, por lo que volví al escondite y me eché a la chica al hombro.

—¡Estás sangrando! —dijo ella, mirándome con pavor.

—Sí, estoy sangrando. Debemos irnos —respondí de inmediato, buscando al señor Gelatina con la mirada. Y le vi allí, frente al ascensor—. Señor, ¿qué…? —No alcancé a formular mi pregunta pues el comandante desapareció de un momento a otro. Sentí un golpecito en el pecho que provenía desde dentro y corrí hacia él. Me detuve en el borde y miré hacia abajo, encontrándomelo en el techo de la cabina. Pensando en que era buena idea, simplemente me dejé caer como lo había hecho mi superior.

Evidentemente, el ascensor no soportó mi peso sumado a la fuerza de la caída. Bruscamente este comenzó a bajar mientras la chica gritaba a mi oído, diciéndome que era un imbécil sin sentido común. Pero de un momento a otro la cabina se detuvo de golpe, haciéndome tambalear. Teníamos mucha suerte: nos dejó frente a una puerta de metal que se abrió en un segundo. El problema ahora que había unos seis matones apuntándonos con sus armas. Un hombre pequeño y de ojos rasgados parecía estar al mando.

—Así que estos son los intlusos, ¿eh? ¿Dónde está el dilector, hijos de pela? —nos preguntó. Le hubiera respondido de no ser porque la puerta comenzó a cerrarse al mismo tiempo que el hombre pequeño le gritaba a uno de sus compañeros—: ¡Idiota! ¿Pol qué pulsaste el botón? —Y así seguimos descendiendo.
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Mensaje por Maki el Mar Feb 04, 2020 1:01 pm

La caída terminó siendo de lo más aparatosa. Primero cayó Maki, asiento incluido, sobre el techo de la cabina. A través de las rendijas se veía la luz del ascensor, lo único que iluminaba un poco el oscuro hueco. Luego, la alfombra donde Gilgifer estaba metido. Maki intentó atraparla, pero se llevó un buen golpe en la nariz cuando le cayó encima. Después llegaron Pulmones y la chica en paños menores, y el techo se rompió. Por si fuera poco, el ascensor también empezó a caer.

Maki alzó la cabeza cuando por fin se detuvo con una brusca sacudida. Creía que por fin había terminado, pero solo fue un alivio momentáneo. La puerta se abrió, un villano les amenazó un poco y volvieron a moverse. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no vomitar. Eso habría dado mala imagen.

Pararon de nuevo cuando el ascensor se abrió en la planta quince. Una pareja de ancianos vestidos con estampados florales y gafas de sol lo había llamado. Los dos llevaban andador.

-Este ascensor no funciona -intentó decirles Maki, poniéndose en pie todo lo dignamente que el mareo de tanta caída le permitía.

Los viejos no le hicieron caso. En un silencio casi sepulcral, entraron en la cabina a paso mortificantemente lento y se labraron un hueco a base de leves empujones. Maki quiso explicarles que necesitaban el ascensor, pero la pareja se limitó a mirarle y desdeñar sus palabras con un simple "Meh". Así que pulsó el botón más bajo que vio y confió en que les llevase al sótano.

No fue así. Las puertas se abrieron de nuevo frente a una lavandería atestada. Ropa blanca, olores raros, vapores calentitos... Era un sitio guay, pero no el que buscaban. Entonces se fijó en que, en el panel de los botones, había una ranura para introducir una llave. ¿Sería necesaria para llegar al sótano secreto? Eso iba a ser un problema, porque ponerse a buscar a alguien que la tuviera podía llevarles un montón de tiempo. Y lo peor era que ya debían estar muy cerca. El sótano seguro que estaba justo bajo ellos. Si tan solo pudiesen bajar un poco más...

-Pulmones -dijo. Había tenido una idea. Señaló al suelo y trató de darle a su voz un tono de genialidad-. Saca el boli.
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Mensaje por Prometeo el Lun Feb 10, 2020 9:29 pm

Era inteligente suponer que el ascensor de uso común no conducía a las instalaciones secretas de una organización de narcotráfico. Nuestra operación se basaba en el supuesto de que había un sótano donde se fabricaba la droga que volvía ludópata a la gente. El comandante había asegurado su existencia con la confianza propia de un líder. ¿Quién era yo para desmerecer su intelecto? Por otra parte, debíamos ocuparnos de alguna u otra manera de los matones que, tarde o temprano, nos encontrarían.

Cuando el elevador se detuvo en la planta quince tuve que hacer espacio para que una pareja de ancianos entrase. Le dedicaron una mirada de asco a la adolescente que tenía en mis brazos y, al fijarse en el techo medio destrozado y los trozos del mismo repartidos por todos lados, simplemente menearon la cabeza. Fue entonces, cuando llegamos al nivel más bajo, que el señor Gelatina encontró la solución a nuestros problemas.

Retiré con cuidado el bolígrafo del bolsillo con el fin de evitar que explotase en nosotros. Les pedí al señor Gelatina y a la joven que salieran del ascensor para así cumplir mi orden. Mientras lo hacía me preguntaba qué tan buena idea era llevar a la muchacha con nosotros. El peligro era ya un hecho y no quería involucrarle en fuego cruzado, aunque tampoco podía simplemente dejarle escapar. El hombre que parecía ser el líder le había visto en nuestra compañía. Prefería asumir que le consideraba nuestra aliada y mientras estuviera cerca podría protegerle. Era una de las tantas víctimas de este problema. En un instante, un bolígrafo arrojó un chorro de ácido que cayó al suelo. Al mismo tiempo que este se derretía un mal olor inundaba mis fosas nasales. El agujero formado era lo suficientemente grande para que todos pudiéramos pasar. Desde lo profundo —a unos setenta metros calculados al ojo— podía verse una luz blanquecina titilante.

Pese a que había preguntas más importantes que hacer, la joven preguntó:

—¿Por qué este hombre te dice Pulmones? Ese no puede ser tu nombre, solo un idiota se llamaría así.

Le miré inexpresivo, recordando que el señor Gelatina me había dado ese nombre para la misión, pero lo que decía era cierto.

—No es mi nombre —me limité a responder—, aunque tendrás que llamarme así.

Luego de que se presentara como Jeanne me acerqué al agujero y agucé la vista, calculando el tamaño del conducto. Seguramente el comandante conocía algún método para descender, pero la chica y el director secuestrado no. De pronto, mi cuerpo comenzó a cambiar. Mis brazos se recubrieron de llamas azules y de mi espalda surgieron dos alas hechas de fuego. Incluso ahora era más grande. La reacción de la joven fue esperable, pues retrocedió asustada y terminó cayéndose de espalda. Sin detenerme a explicarle ninguna cosa, la tomé de la cintura y, pegando las alas a mi dorso, descendí por el túnel vertical hasta llegar a un extenso pasillo medio destartalado. Cables salían del techo y se notaba muy sucio. ¿Era sangre lo que había allí en el suelo? Volví a mi forma humana y esperé a que el señor Gelatina llegase. De no ser el caso iría a por él.
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Mensaje por Maki el Lun Feb 17, 2020 5:18 pm

Cucharas había tenido razón en una cosa: el boli de ácido salpicaba. La mayoría del chorro, verde y de un olor fuerte y mareante, cayó sobre el suelo del ascensor y dejó un agujero bastante amplio del que goteaban aún restos del producto. Se había comido el metal igual que su tío Cornelius una caja de pastillas, y el olor era casi igual de malo. A Maki le salpicaron varias gotas que le chamuscaron la piel, mientras que otras tantas dejaron marcas en las paredes de la cabina e incluso en el andador de la señora Frederiksen -su nombre lo ponía en la chapita que llevaba cosida a la blusa-.

-Eso parece... muy profundo -dijo Maki, chupándose el dedo donde todavía le quemaba. Aquel maldito boli había resultado ser tan peligroso como freír un huevo con mucho aceite-.

En su mente ya empezaban a tomar forma varios planes para descender cuando Pulmones decidió tomar la iniciativa. Trasformado en una especie de llamarada con forma de colibrí, agarró a la joven con sus alas de fuego y se dejó caer por el agujero dramáticamente, dejando una estela de chispitas azules a su paso. Era realmente chulo de ver.

"Vaya, eso a mí nunca se me habría ocurrido".

-Señora Frederiksen, señor Frederiksen... Ha sido... un placer, creo -se despidió el gyojin. Iba a poner en práctica el plan de Pulmones.

En cuanto vio que la luz del fuego volvía a subir, se dejó caer por el boquete con cuidado de no tocar los bordes. El piso inferior estaba muy abajo. El viento azotaba sus blandas carnes como un grasiento flan con sabor a Maki. Cayó sobre la llama voladora con la misma gracia con que un jinete aterrizaría sobre su caballo preferido, aunque tal vez de forma algo brusca. Curiosamente, en ningún momento se le pasó por la cabeza la idea de que podría quemarse. No era algo que se esperase de un camarada revolucionario.

Por fin llegaron al fondo del hueco. La chica ya les esperaba allí abajo, y Maki se había asegurado de llevar la alfombra-director consigo, así que ya estaban todos. Abrió la puerta del ascensor con su sobrehumana fuerza de pez y se toparon de frente con un pasillo iluminado por fluorescentes que bullía de actividad. Gente con batas blancas iba de acá para allá, corriendo hacia ellos mientras unos pocos trajeados aguardaban a ambos lados de la puerta del ascensor. Una alarma sonaba sobre sus cabezas.

Maki creía que iban a atacarles, así que se puso en guardia cuando el primer tipo con bata llegó hasta él.

-¡Sí, he ganado! ¡Gané, jodeos¡ Pagadme de una vez.

-Eh, vosotros, ¿sois nuevos? -dijo otro. Luego se giró hacia sus compañeros, que se peleaban por unas monedas-. ¿Qué os apostáis a que son nuevos?

-Cuatro a uno a que no trabajan aquí -gritó un tercero.

-¡Los dados, los dados! ¡Que alguien me diga que ha salido en los dados!

"¿Qué está pasando aquí?". No era la primera vez que Maki estaba en un laboratorio subterráneo secreto, y desde luego no los recordaba así. Se abrió paso entre los científicos y los guardias, que no mostraban tanto interés por ellos como por una ruleta que habían improvisado en el suelo. No tardó en pararse delante de una puerta señalada como "Dr. Hurry. Director científico". Un par de tipos, envueltos en trajes de goma y cubiertos por cascos de plástico, se peleaban a voces.

-¡Activa el cerrado de emergencia, idiota!

-¡No ha sido culpa mía! ¡No se me cayó a mí!

-¡Es culpa tuya por contratar a un torpe! ¿Quién le dijo a ese chico que corriese con los viales en la mano?

-Fue la alarma, ¿vale? El chico se asustó y se tropezó. Pudo pasarle a cualquiera.

-¿A cualquiera? ¡Esa cosa es experimental y se contagia por el aire, maldita sea! ¿Quieres convertirte en un ludópata chiflado hasta que pasen los efectos? Si es que pasan. ¿Y vosotros quiénes sois?

Maki se encogió de hombros, sorprendido e incapaz de pensar en una excusa rápida. Tampoco parecía muy importante. Se limitó a cerrar la puerta del despacho y buscar cosas científicas que destrozar. Tenían que reducir aquel sitio a polvo y largarse antes de acabar apostando hasta los pantalones.
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Mensaje por Prometeo el Mar Feb 18, 2020 8:31 pm

Alcancé a sostener al señor Gelatina cuando le vi dejarse caer por el agujero que había hecho en la base del ascensor. El impacto me hizo perder un par de metros de altura, pero hice un esfuerzo para sujetar de las piernas al comandante. El problema fue cuando vi que algo más caía súbitamente. Tuve que hacer una maniobra compleja en la que golpeé mis alas con las paredes para agarrar al hombre-alfombra, evitando que su cabeza se estrellase contra el suelo. Entre jadeos, volví a mi forma humana luego de haber hecho que todos bajasen seguros del ascensor medio destruido. La doctora me había prohibido actividad física exhaustiva, pero como estaba en una importante misión del Ejército Revolucionario mi única opción era ignorar sus advertencias. Era consciente de que, si me exigía demasiado, aumentaría la gravedad de mi enfermedad degenerativa. En algún momento pensé que dos años era mucho tiempo, pero luego descubrí que no cuando se trataba de mi esperanza de vida. Si no encontraba una cura a mi condición…, bueno, terminaría por olvidar todo lo que había hecho hasta ahora. Incluso a la gente que había conocido, incluyendo al señor Gelatina.

El supuesto laboratorio era un verdadero caos, la gente iba de allá para acá sin respetarse los unos a los otros. Así no debía lucir un centro de investigación científica. Adopté una postura defensiva, imitando los movimientos del comandante cuando unos hombres se nos acercaron, pero, en vez de atacarnos, apostaron entre ellos a que éramos los nuevos. Fue entonces que recordé el propósito de ese subterráneo: crear una droga que volvía ludópata a las personas. Basaba mi teoría en el comportamiento de los hombres de batas blanca, quienes dibujaban ruletas en el suelo y lanzaban una y otra vez los dados. Incluso había una mujer que estaba jugando a las cartas con un… ¿macetero? Quizás la droga producía cierto tipo de demencia. Entonces, mi razonamiento quedó comprobado cuando escuché hablar a dos hombres que vestían trajes aislantes. Ahora mismo estaba expuesto al virus y no sabía cuánto tardaría en hacer efecto.

—Ponte esto —le dije a la señorita Jeanne, ofreciéndole una mascarilla—. Debemos evitar… Oh, señor Gelatina, estas máscaras no son comida.

Avancé por el extenso pasillo en el que fui interrumpido por distintos hombres, quienes se me acercaron invitándome a jugar póker y otro tipo de juegos. Tuve que rechazar sus peticiones. Ahora mismo había trabajo por hacer y destrozar cosas científicas era más importante que apostar cualquier cosa. Cuando viré a la derecha —la única dirección posible, a decir verdad— fui interceptado por un gigantesco matón en compañía del hombre pequeño de ojos rasgados que apuntaba con el arma al comandante.

—¡Milen lo que han plovocado, hijos de pela! ¡Un caos! ¡Esto es un caos! —protestó con su voz aguda mientras meneaba la pistola—. ¡Años de tlabajo pala que unos idiotas lo aluinalan todo! Mike, encálgate de la chica y del feo —le ordenó a su subordinado, mirándome—. El pez es mío.

Al fondo del pasillo podía ver una habitación circular con un letrero: «Centro de Operación Ludópata: Aquí se fabrica la droga». Solo había que deshacerse de los seis hombres armados que teníamos en frente. Nada difícil, considerando que la mayoría de ellos no tenía una postura propia de un artista marcial. Así que, mientras regresaba a mi forma híbrida, le dije al comandante:

—Distraeré a estos hombres, señor. Por favor, proteja a la señorita Jeanne y destruya estas instalaciones. Le daré el tiempo que necesita.

Uno de los guardaespaldas del hombre pequeño retiró el seguro de su arma nada más verme transformado, pero antes de que pudiera presionar el gatillo le propiné un puñetazo en la boca del estómago que le hizo caer de rodillas, habiéndole cortado la respiración.
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