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¿Me echabas de menos, gilipichis? [Priv. Al - Kus]

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Mensaje por Kusanagi Miér 8 Ene 2020 - 3:03

—¿Por qué tienes que estar metiéndome siempre en tus líos? —increpaba el agente, mirándole con una mezcla de desdén y ganas de arrearle un buen puñetazo— Es decir... primero desapareces sin decirle a nadie adónde vas, sin concretar el tiempo que vas a estar fuera y prácticamente sin dar señales de vida durante más de año y medio, hasta el punto de que todos pensábamos que habías muerto o que ya no volverías. No siendo esto suficiente, tus superiores me encasquetan todo el papeleo de la desmantelación de tu división especial por ser tu supervisor... ¿sabes siquiera la cantidad de documentos que he tenido que revisar? —A medida que iba hablando, su tono de voz parecía ir volviéndose cada vez más elevado e intimidante, pese a que su expresión no hubiera variado lo más mínimo— Y, ahora, después de todo esto, lo primero que haces nada más volver es pedirme esto. ¿Tienes idea de la turra burocrática que voy a tener que tragarme para ello?

Los ojos dicromáticos del más joven observaban con calma el rostro de su compañero mientras mantenía una sonrisa en su rostro. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que recibiera una de sus broncas. Podría decir que las había echado de menos, incluso.

—Venga, venga, Issei... no te pongas así. Sabes que si no fuera necesario no te lo pediría —intentó calmarle, haciendo gestos con las manos como para intentar apaciguar a un animal salvaje, manteniendo una distancia de seguridad—. Es necesario que le vea y, por ahora, prefiero que nadie más que la gente indispensable sepa de mi regreso. Ni siquiera se lo he hecho saber a Zuko, y quizá sea mejor así por el momento.

El entrecejo del moreno se frunció mientras arrugaba la nariz en un gesto de desaprobación, aunque no hubo respuesta alguna, ni siquiera en forma de maldiciones. Quizá el hecho de volver a encontrarse después de tanto tiempo le hubiera ablandado un poco, así que debía aprovechar para reducir la bronca al máximo. Issei se sentó nuevamente tras el escritorio mientras que Kus se dedicaba a ojear lo que en algún momento había sido el despacho del líder de Reiseina Kou. Su despacho. Parecía haberse ampliado de forma considerable, lo que bien pudiera denotar que se hubiesen realizado algunas obras; o que el orden que mantenía su compañero evitaba consumir tanto espacio como el caos de documentos que alguna vez fue aquel sitio.

—Como sea, lo haré, pero esta conversación no ha terminado. No te vas a librar de mí tan fácilmente.

El pelirrojo ensanchó su sonrisa mientras se levantaba con calma, riéndose antes de dar las gracias y girarse para salir por la puerta. Cuando su mano rozó el pomo de la misma, la voz del moreno sonó a su espalda:

—Me debe una, agente Yu.

Ladeó el gesto, mirándole de reojo antes de volver a ponerse el parche.

—Yo también te he echado de menos, Issei.

Un par de semanas después

Marineford era, tal y como recordaba de las pocas veces que había tenido la oportunidad de visitarlo, un auténtico bastión del brazo armado del Gobierno Mundial, aunque hasta para él era notable la precaria situación en la que se encontraban. La guarnición era mucho menos numerosa de lo que cabría esperar del cuartel general de la Marina, lo que encajaba a la perfección con que los partidarios de Dexter hubieran podido hacer acto de presencia en su ejecución sin demasiadas represalias —por no decir ninguna—. Había caminado por la plaza, cerca de donde una vez hubiera estado el enorme patíbulo donde se puso fin a la vida del que había sido, durante mucho tiempo, la espina clavada en la garganta de la revolución. Una que, al parecer, había terminado de ser extirpada de una vez por todas. «Aunque su muerte vaya a traer más problemas que mantenerle vivo» afirmó el pelirrojo en su mente, ajustándose el traje y volviendo a tomar el maletín con el que había cargado hasta allí.

En aquella visita tomaba el nombre de un tal Andrew Hammond, quien debía ser un funcionario del gobierno mundial al cargo de gestiones banales entre la Marina y la Tierra Sagrada. ¿El motivo de su visita? Tan solo algunos trámites que debían ser supervisados por el almirantazgo en referencia a la escolta de las futuras idas y venidas de algún tenryuubito. Como es de suponer, aquellas operaciones resultaban un trabajo conjuntado con los agentes del Cipher Pol... lo que le había permitido a Issei meter mano en el asunto. Por supuesto, Andrew Hammond no existía; al menos hasta ese preciso instante. Su ficha técnica, su edad, sus familiares, su país natal... todo se había construido de cero para darle la posibilidad al chico de acceder a la fortaleza marine sin tener que responder demasiadas preguntas. Así que allí estaba, en una sala de espera frente al despacho de Al Naion. ¿O debía referirse a él como almirante Koneko? Su viejo amigo, al contrario que él, había aprovechado el tiempo. Casi le dolía la evidente diferencia que había en el estatus de ambos.

La espera estaba resultando ser relativamente larga, y es que llevaba cerca de veinte minutos sin recibir la más mínima noticia. Por un lado, suponía que la vida de un almirante mantendría ocupado al rubio, aunque por el otro... «Probablemente esté alargándolo lo máximo posible con la esperanza de librarse de mí». Se mesó la espesa y postiza barba canosa, momentos antes de ajustarse las gafas de tubo y lentes oscuras, manteniendo el sombrero de copa en un asiento a su lado. Para cualquiera que lo viera no sería el alegre Kus que todos conocían, sino más bien un hombre entrado en años, serio y que parecía llevar metido un palo en el culo que no había mediado palabra alguna desde su llegada. Finalmente, y con un tono de voz bastante más rasposo y grave, habló en voz alta.

—¿Acaso el señor almirante tiene asuntos más importantes que atender a un emisario de la Tierra Sagrada? Hay tareas que requieren de mi atención después de esto, así que sería encomiable que me atendiera hoy, a poder ser —se quejó, esperando que quien fuera que gestionase la visitas de Al lo escuchase con tal de meterle algo de prisa. Habría asegurado que lo hacía por tocarle la moral, pero lo cierto es que la impaciencia podía con el pelirrojo... aunque jamás fuera a admitir el por qué.
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Mensaje por Señor Nat Vie 17 Ene 2020 - 19:02

Al rompió aquella vez su norma de no dejar fumar en el despacho. Ella yacía desnuda sobre la cama, con un cenicero sobre el pecho y las ropas tiradas por el suelo mientras él se reclinaba en el sillón, también sin ropa, con el violín al hombro. Tenía ganas de probar, al menos en ese momento musicalmente hablando, el lujoso arco de roble que le había regalado.

- Y dices que esto me hará mejor si lo uso... -mencionó él, desconfiado, mientras aposentaba la crin de caballo sobre la cuerda delicadamente-. Me cuesta creerlo.

- A mí también -fue la respuesta que obtuvo, justo antes de que ella se girase para mirarlo-. Pero siempre hay margen, ¿no crees?

- Supongo que sí. -Al tocó un primer acorde, vibrante y persistente, que tardó un par de segundos en desvanecerse.

Se quedó expectante mientras la nota se diluía. Sin decir nada, ambos esperaron hasta que el silencio cayó, y Al comenzó a tocar una serena sonata. Estaba acostumbrado a tocar con tempos rápidos, pero resultaba mucho más sencillo hacer las pruebas desde una cadencia más lenta e ir acelerando. Notaba la ergonomía del arco, bastante más trabajada que la del suyo -y eso era decir mucho- mientras el ritmo iba a más, permitiéndole mantener con soltura posturas que solían, en cierta manera, agotarle cuando tocaba, aunque podría aguantar haciéndolo durante horas. No obstante según se iba acercando a tempos más alocados tomó conciencia de que podía mantener strettos ligeramente más veloces, poco a poco tan rápidos que prestissimo se quedaba corto. Aunque también se dio cuenta, rápidamente, de que en realidad no sonaba tan bien cuando pasaba de una determinada frecuencia; incluso él, escuchándolo en primera persona y con un agudísimo oído de músico, era prácticamente incapaz de diferenciar los tonos que, prácticamente, escuchaba un silbido constante.

Cuando dejó de tocar justo estaba vociferando una persona al otro lado de la puerta con unas palabras que le llamaron la atención, aunque más preocupantes parecieron ser para su acompañante que se vistió a las prisas y, antes de siquiera darse cuenta, ya se había vuelto a poner esa extraña pecera que el protocolo imponía a los nobles mundiales cuando bajaban hasta el "mundo terrenal". Sin embargo había comprobado, aquella y muchas otras veces, que como mínimo sus mujeres no eran tan reacias a quitarse el casco burbuja. Aunque claro, luego tenían mucho que justificar si eran vistas sin él.

- No sé por qué te preocupas tanto -le dijo, vistiéndose tranquilamente-. Si no te pones esa pecera ni siquiera se dará cuenta.

- ¡Eso para ti es fácil decirlo! ¡Eres solo un humano! -gritó, con una dignidad que no parecía tener cuando le pidió ponerle una correa y se puso a ladrar-. ¡Yo tengo una cierta dignidad que mantener!

Al ignoró el comentario. Si algo había aprendido de esa mujer, así como de las otras siete princesitas que de vez en cuando lo visitaban, era que estaban todas como una puta cabra. Simplemente se abrochó el cinturón, se puso la camisa y, sin calzarse, se aproximó a la puerta para abrir mientras ella, disimulando, se sentó frente a su escritorio, como si estuviesen reunidos. Ni siquiera se molestó en mencionarle que la habitación apestaba a sexo.

- Mil perdones -se disculpó, abriendo la puerta apenas unos centímetros-, pero estaba algo indispuesto. ¿Me da un par de minutos para arreglarme?

Sin esperar respuesta le cerró la puerta en las narices y empezó a calzarse, esperando encontrar alguna excusa para llevar a aquel tipo a una sala de reuniones y no viese a... Bueno, lo cierto es que ya ni recordaba su nombre, pero ella quería que la llamase Diosa. Lo cual era muy oportuno, dado que resultaba un nombre de perra fantástico.


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Mensaje por Kusanagi Dom 2 Feb 2020 - 20:01

Por mucho que berreara no parecía obtener resultados. Aquellos que pudieran encontrarse en la recepción del despacho apenas se atrevían a mirar a alguien venido de la Tierra Sagrada, mucho menos intentarían instarle a calmarse. Que encima aquel sujeto pareciera haberse salido de sus cabales no enfriaba el ambiente. Sin embargo, el musical sonido que llevaba un buen rato saliendo del otro lado de la puerta parecía haber cesado, e incluso alcanzó a escuchar algo de ajetreo dentro, como si su interrupción les hubiera alterado. «Espera... ¿hay alguien más ahí dentro?», se preguntó con extrañeza y frunciendo el ceño. Algo no encajaba. Según Issei, en aquella franja horaria el almirante no debía esperar ninguna otra visita más que la del funcionario gubernamental. ¿Se le habría olvidado? Es más, ¿a quién narices había metido ahí dentro como para tenerle esperando? Sumido en un mar de preguntas, casi más por entretenimiento que por auténtica preocupación, escuchó cómo la puerta se abría brevemente frente a él, topándose con el rostro de un Al algo despeinado y, por lo que alcanzó a ver, desaseado. Volvieron a dejarle fuera prácticamente al instante, en un gesto realmente desconsiderado e irrespetuoso. Kus se vio forzado a contener las ganas de reírse. «Nunca vas a cambiar, viejo amigo».

—Pero esto es inadmisible... —murmuró con fingida indignación, pero sin ocultar la malicia tras sus palabras.

Quería fastidiarle un poco, para qué negarlo. De paso podría satisfacer su seguridad y ver qué asuntos o, mejor dicho, qué tipo de compañías tenían tan ocupado al señor Naion. No dudó ni por un segundo a la hora de tomar el pomo y, según lo iba girando para abrirse paso, su voz comenzó a elevarse.

—¡¿Cómo se atreve a tratar con semejante falta de respeto a un portavoz de la sagrada ciudad de Mary Geoise?! ¡¿Qué asuntos son tan importantes como para desatender los asuntos de los Tenryuu...?! —y su voz se cortó en seco, casi con un grito ahogado.

Con los ojos abiertos como platos observó el precipicio por el que acababa de lanzarse de cabeza. De entre todos los males que podían sucederle, ya fuera por su culpa o la de otros, el que tenía entre manos era el peor. Su piel pareció perder varios tonos al ver la extravagante y poco seria cúpula de cristal que los dragones celestiales acostumbraban a llevar en las tierras "mortales". Acababa de interrumpir a toda una noble mundial en su reunión con el almirante; una reunión que, por lo que detectó en un rápido vistazo y en las prendas a medio poner de Al, no debería haber cortado. Estaba seguro de que, si el pelo de aquella barba postiza fuera suyo, se le habría caído al instante. Intentó recordar cuanto sabía del protocolo que Issei le había obligado a leerse antes de permitirle partir hacia Marineford, pero por brillante que fuera su cerebro de poco servía si no prestaba la atención necesaria a la lectura. Tirando más de imaginación que de conocimiento real, el pelirrojo dejó el maletín a un lado, se quitó el sombrero y se arrodilló sobre el suelo con las palmas de la mano y la frente pegadas al mismo, cerrando los ojos.

—Le ruego a mi señora que perdone la intromisión de su siervo. Desconocía que se encontraba aquí. Humildemente ruego por su piedad. Saldré de la sala enseguida y esperaré a que termine para recibir cualquier corrección que se desee aplicarme.

Y, sin más dilación, se puso en pie con el maletín en una mano y el sombrero de copa en la otra, retirándose con la cabeza gacha sin establecer contacto visual con la mujer, cerrando la puerta y tomando asiento nuevamente, en el punto de partida. Su mirada se encontraba ligeramente perdida y el cuerpo aún le temblaba ligeramente, mientras que en su cabeza tan solo sonaban improperios y maldiciones. «¡Me cago en todo, Al! ¿Qué cojones haces tirándote a...? ¡¿No había más donde elegir?! Mierda, mierda, mierda...».
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Mensaje por Señor Nat Miér 26 Feb 2020 - 16:41

Al ignoró al tipo mientras se calzaba. Podría haberse preocupado durante los primeros diecisiete segundos, pero lo cierto era que tras pensarlo detenidamente él solo estaba sirviendo fervientemente y con devoción los deseos más urgentes de un ser por encima de los dos. El que había irrumpido en la habitación -tras impedir el inevitable desenlace de su canción- era ese hombre de aspecto avejentado y algo pomposo a la par que, irónicamente, servil y complaciente con la mujer. Lo que más le molestó en realidad fue que la mujer reaccionase con nerviosismo ante aquello, en lugar de conservar su... Bueno, después de lo que habían hecho, que tenía poca iniciativa era un hecho confirmado. Al menos no era como Martes, que parecía más una autopsia que otra cosa.

- ¡Detente! -le gritó, aunque con un tono algo más suplicante de lo que cabría esperar-. No deseo que esto trascienda, así que no voy a castigarte por esta vez -dijo, acto seguido, recuperando el tono pero dando una serie de pasos hacia él-. Sin embargo, mi marido no puede enterarse de esto. Lo entiendes, ¿verdad?

Al alzó la cabeza como un suricato en peligro. Sabía que Diosa estaba casada, pero jamás habría pensado que fuese tan estúpida como para decírselo a uno cualquiera. Sin embargo, cabía la posibilidad de que conociese a aquel tipo de alguna manera o que, más probablemente, el único hombre al que reconocía era al que se la estaba tirando. ¡Ese hombre perfectamente podía ser un farsante! Habían pasado por ese despacho, con las mismas excusas, siete vendedores de aspiradoras, veintitrés evangelistas y un tipo llamado Jerry. La verdad, la seguridad de Marineford era una puta mierda. Se sentía mucho más a gusto en Dressrosa, donde con pecera o sin ella nadie sin cita subía a la torre. Tras la primera pequeña crisis los Dragones Celestiales habían aceptado que en un mundo tan peligroso esas medidas eran para su seguridad... Aunque en realidad la había ideado precisamente para evitar lo que justo acababa de suceder: Que lo pillasen con las manos en la masa.

- En fin, yo tengo que irme. El otro humano... ¿Al, te llamabas? Es un buen muchacho. Él te retribuirá de forma apropiada.

Cuando no miraba Al clavó los ojos en su espalda, furioso. Puede que mientras se balanceaba sensualmente bajase hasta su culo, pero la intención de seguir enfadado seguía allí a pesar de la erección. Pero estaba bastante cachondo y no le gustaba que le dejasen a medias. Solo habían tenido un par de horas y contaba con que todo el día estuviese ocupado de aquella manera.

- Pues bueno... -asumió, levantándose, y cerró la puerta tras comprobar que el extraño estuviese dentro de la habitación-. ¿Qué coño haces, imbécil? -le preguntó-. ¿Te das cuenta de la que podrías haber armado entrando así sin llamar? Que si te la llegas a encontrar desnuda podría haberme ordenado que te matase. ¡Y daría igual que seas su siervo! Solo eres un ser inferior para ella, como todos. Y encima ahora querrás que te pague...

Se acercó al sillón tras su escritorio. Dio un par de vueltas lentamente en él y se colocó adecuadamente, un poco recostado.

- ¿Qué es lo que quieres, servidor de los Dragones Celestiales? -preguntó-. ¿Vino, un concierto privado? No pienso chupártela, pero podría convencer a Kai de que... -Se interrumpió. Recordaba una cosa de repente-. ¿Sabes qué? Lárgate de aquí a no ser que tengas algo importante que decirme. No voy a pagarte nada.


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Mensaje por Kusanagi Mar 17 Mar 2020 - 20:46

Su corazón dio un vuelco —nuevamente— cuando la mujer le ordenó detenerse. Comenzaba a arrepentirse de haber vuelto de su no tan corta excedencia. Si hubiera sabido que su pequeña bromita iba a costarle el pellejo quizá se lo hubiera pensado dos veces, pero... ¿Quién habría predicho aquella situación?

Su cuerpo se encontraba tan tenso que se había autoinducido una parálisis, aunque no tenía muy claro si era por el miedo o por la esperanza de que quizá, si se quedaba quieto, la señorita dejaría de verle. Después de todo no eran humanos, según ellos, ¿no? Si se salvaba de esa forma reconocería su no-humanidad. Fuera cual fuera el caso, como tendía a ocurrir con otras criaturas, la diosa parecía estar más asustada de él que él de ella. Tanto era así que se sintió profundamente confuso por unos instantes. ¿Por qué le preocupaba lo que pudiera haber visto? Si quisiera podría haberle borrado del mapa con tan solo unas pocas palabras dirigidas hacia el almirante. Fuera cual fuera el caso, quizá debiera dar gracias a no haberse topado con la más lista de su promoción.

—Lo comprendo perfectamente, su excelencia —afirmó, inclinándose hacia el frente en señal de respeto. Más normas de protocolo incorrectas, probablemente. Al menos Issei no le vería para poder echarle un sermón más tarde.

Resultaba curioso: ¿por qué motivo ese tipo de gente había llegado tan alto? Siempre se había preguntado qué pieza componían los Dragones Celestiales en el complejo mecanismo del Gobierno Mundial. El dinero no podía ser su única valía o razón de ser... pero estaba claro que tampoco lo eran su elocuencia o perspicacia. Por el rabillo del ojo fue capaz de ver cómo Al parecía debatirse entre distintos sentimientos hacia la mujer. No podía estar seguro de si deseaba asesinarla o echarle un... otro polvo. La sensación se incrementó tras las últimas palabras que le dedicó la mujer justo antes de marcharse, tras lo cual se formó un breve pero no menos incómodo silencio, lo justo para que el rubio pudiera cerrar la puerta. No había que ser muy listo para prever lo que se venía a continuación: seguía conservando la mala leche de siempre. Se libraba de Issei, pero le tocaba tragarse a Al. Casi sintió como si estuviera teniendo una reminiscencia, sentimiento que le hizo esbozar una sutil sonrisa mientras caminaba, ignorando sus comentarios, hasta el asiento frente al escritorio. «Espero que no hayan hecho nada aquí...».

Parpadeó un par de veces, con la mirada fija en el marine, antes de suspirar y dejar con desgana el elegante maletín sobre la mesa. Aflojó el cuello de la corbata.

—Rozar la posibilidad de una ejecución y llevarme la bronca de un almirante en menos de cinco minutos. La vida de esta gente debe de ser apasionante —observó, dejando escapar una pequeña risotada. Su voz iba suavizándose poco a poco, distanciándose por momentos del timbre que uno esperaría de un funcionario amargado y ya entrado en años—. No ha estado mal, aunque después de tanto tiempo esperaba algo más amable por tu parte. No sé: un «¿Qué tal te ha ido?»; «Te he echado de menos»; «Dichosos los ojos»... Ese tipo de cosas.

Se quitó el remilgado sombrero de copa, dejándolo sobre el maletín antes de comenzar a quitarse la barba postiza con una calma irritante, mostrando un rostro barbilampiño. Sus cabellos de fuego cayeron en una maraña alborotada en cuanto se deshizo de la peluca canosa, lo que le obligó a llevarse la mano a la cabeza para intentar aportar algo de orden a esos pelos que llevaba. De Andrew Hammond al inconfundible Kusanagi en menos de lo que tardas en recitar las preposiciones.

Contuvo sus ganas de echarse a reír, limitándose a dedicarle una sonrisa a su viejo amigo.

—¿Qué tal te ha ido, Al?


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Mensaje por Señor Nat Dom 24 Mayo 2020 - 13:41

Por un momento se sintió aliviado de no tener que utilizar eso, pero por el otro sintió una gran ira nacer dentro de él que lo impulsaba a mandar de una bofetada a Kusanagi de vuelta al retiro. Tenía un as en la manga para librarse de cualquier siervo pomposo, pero si de pronto su amigo se había colado para descubrir su apretada agenda -aunque no tanto como Diosa- con algo que, bajo ningún concepto, un simple humano debía hacer: Acostarse con una noble mundial. Aunque para él siempre habían sido, y más después de empezar a conocerlas a fondo, simples humanas. Y ni siquiera de las mejores, aunque el factor morbo hacía todo más interesante.

- Caraculo -musitó, lanzándole las bragas usadas de Diosa que aún guardaba en su bolsillo. Las iba a lavar antes de enmarcarlas, pero ni siquiera le había dado tiempo a eso. Por lo menos olían bien, pero esperaba que el pudor y el saber qué había estado haciendo causasen una mayor impresión antes de que el fetiche le hiciese sangrar la nariz-. Ni te atrevas a mancharlas, pervertido.

¿Cuánto tiempo llevaba sin verle? Él era un simple capitán, y Kus un... ¿Agente? La verdad era que no recordaba el grado de Kus, pero sí la persecución de aquella tripulación pirata en busca de Franklin, el que les había robado a la pelirroja. Aunque había tenido suerte, porque si no se la llevaba el calvo el rubio se la habría llevado; así por lo menos el agente Yu podía consolarse con la idea muy errada de que era su chica, igual que pretendía hacer que esa fuese su tabla. Porque sí, ahí estaba, colgada en la pared, con su firma y un trazo elegante que escribía "mi tabla" en una gran leyenda justo bajo el dibujo principal. Un tributo a la amistad, a la complicidad y a que él era indudablemente más atractivo que el pelirrojo.

- La verdad es que de maravilla -dijo, finalmente, respondiendo a su pregunta. Habían sido años duros con la deserción de Danio, la muerte de Xemnas, el abandono de Leiren y tantas mujeres, no todas atractivas, que habían querido intentar rechazarlo. Afortunadamente casi siempre se había impuesto la razón y, a veces tras dejarse hacer cosas un poco inconfesables, había logrado tener éxito-. El puesto me queda grande, hay una crisis a nivel global por culpa de los desertores de tu agencia, los piratas campan a sus anchas y el Nuevo Mundo se ha vuelto un puñetero caos. Además, para rematarlo, mi mejor amigo intenta provocarme un puñetero infarto. ¡¿Se puede saber en qué pensabas?! ¡Podrían despedirme si me pillan en una de estas! O algo peor. No se puede irrumpir en un despacho como Pedro por su casa, Kus; ¿es que te da igual mi arritmia?

Nunca había tenido arritmia. De hecho, su corazón siempre iba a intervalos regulares y era parte de su secreto para mantener siempre el tempo perfecto, pero del mismo modo eso hacía que los sustos lo dejasen al borde de una parada cardíaca. Y más del gilipollas ese.

- Una carta o pedir cita habría estado mejor, anormal -refunfuñó, aunque tras unos segundos no pudo evitar recordar lo bueno y sonreír-. En fin, ¿cómo te ha dado por volver?


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Mensaje por Kusanagi Sáb 6 Jun 2020 - 22:54

Una mueca de desagrado no tardó en hacerse notar cuando Al lanzó con precisión milimétrica unas bragas directas a su rostro. No se esperaba que su amigo fuera a atacarle de una forma tan fortuita, así que fue incapaz de reaccionar con suficiente velocidad como para evitar entrar en contacto con la lencería. Casi entre espasmos y más por acto reflejo que otra cosa las tomó entre los dedos muy escrupulosamente para lanzarlas a donde fuera que quisieran caer, dando la casualidad de que su pista de aterrizaje sería uno de los hundidos cojines del sofá. El pudor le obligó a pasarse la mano por el rostro, como si aquello fuera a limpiar lo que pudiera haber mancillado sus inmaculadas facciones. ¿Pero es que estaba loco? No es que desconfiase del rubio, pero si se triscaba a una princesita qué no haría con otras de menor linaje; ¿y si le pegaba algo?

—Eso ha sido muy desagradable —se quejó, haciendo hincapié en el «muy»—. ¿Mancharlas? ¿Pero qué clase de degenerado te crees que soy?

Los años que pasasen daban completamente igual: la naturaleza de su relación no cambiaría nunca. Quizá se le pudiera haber pasado por la cabeza la idea de que un Al-mirante habría madurado en cierta medida, abandonando sus tan características formas hacia él y hasta recibiéndole entre halagos, mostrando sus sentimientos a flor de piel; una idea que había descartado desde el momento en que notó lo cargado que se encontraba el ambiente dentro de aquellas cuatro paredes, obviando que se había pasado por la piedra a la aprendiz de astronauta. No, no había acertado en lo más mínimo, pero en el fondo lo agradecía; era reconfortante regresar y ver que las cosas, en mayor o menor medida, seguían igual. Además, esa reacción tan solo podría haber venido de él.

Sabía desde el mismo instante en que la formuló que su pregunta traería memorias amargas. Pese a haber estado en el exilio por algo más de año y medio en las islas del cielo no había quedado completamente incomunicado, así que se había enterado con más o menos detalles de todo lo que había ocurrido en su ausencia a lo largo de los mares. Ostentando el puesto que ocupaba estaba seguro de que no habrían sido tiempos tranquilos para Al. Pudo notar la ironía en sus primeras palabras, pero no le interrumpió. Quería creer que conocía al marine en buena medida —menuda mierda de mejor amigo si no—, así que no le costó llegar a la conclusión de que, muy seguramente, cualquier cosa que le contase para desahogarse no sería una repetición sino una primicia. Incluso con él podía imaginarse que no se explayaría demasiado, pero menos daba una piedra y apenas habían llegado a saludarse.

El pelirrojo sonrió al ver cómo alzaba el tono, negando con la cabeza mientras se acomodaba en el asiento. Apoyó el gemelo sobre la rodilla contraria y pasó un brazo por detrás del respaldo.

—Veo que aparte de rubia sigues siendo una dramática. Relájate, no ha sido para tanto —respondió, encogiéndose de hombros y terminando por reírse—. He vuelto porque no se os puede dejar solos; ¿qué demonios le ha pasado al mundo cuando yo no estaba? Sois como niños pequeños...

El tono animado comenzó a desaparecer a medida que hablaba y, al final, abandonó aquella postura relajada para inclinarse hacia delante. Bajó la mirada unos segundos, pensando en la razón real por la que había decidido regresar al Mar Azul, como lo había llamado Xelete en más de una ocasión. Aún se sentía culpable por no haber estado cuando más manos gentiles necesitaba el mundo. ¿Habría supuesto alguna diferencia? No, seguramente no, pero al menos habría estado ahí.

—El West Blue. Dexter —dijo al fin, tras haberse mantenido en silencio unos segundos. Volvió a alzar la vista, buscando los ojos de Al—. Menuda Llama soy, que ni siquiera aparecí para proteger mi hogar. He estado demasiado tiempo dándoos la espalda... así que iba siendo hora de volver. —Suspiró, rascándose la nuca y volviendo a destensar su espalda—. El retiro me ha ayudado y creo que vuelvo a estar en condiciones para trabajar. Visto lo visto, cualquiera dispuesto a echar una mano es bienvenido, más después de lo del dragón —sentenció, suavizando el gesto y volviendo a guardar silencio un momento—. ¿Cómo?

Se refería, claramente, al Zafiro Negro. Supuso que Al habría estado presente, junto a las fuerzas que quedasen de la Marina y del Cipher Pol, durante la ejecución del ex-yonkou para garantizar que se cumpliera la sentencia. Lo habían logrado, sí, pero por mucho que el gobierno hubiera intentado silenciarlo las consecuencias habían sido nefastas: un resultado completamente contrario a lo que esperaban, sin duda. Se imaginaba todo lo que habría venido después, pero si podía fiarse de alguien para que le contara la verdad ese era Al. ¿Qué precio habían tenido que pagar?


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Mensaje por Señor Nat Mar 6 Oct 2020 - 20:02

La reacción de Kus fue extraordinariamente exagerada. Incluso para él, semejantes aspavientos por unas braguitas en la cara rozaba el histrionismo -aunque en realidad Al siempre había sabido que el agente era un puto payaso-, máxime cuando con la precisión de una máquina las había tomado entre los dedos y acertado en un saxofón. Si fuera el tenor con el que practicaba se habría llegado a molestar, pero al simplemente tratarse del de exhibición, tan solo contuvo el impulso de aplaudir rabiosamente mientras se reía de la interpretación del pelirrojo, más vivaz e intensa que alguna que hubiese visto en el mejor de los teatros. Aunque, por otro lado, entendería que tuviese miedo dado que, en realidad, de los dos era él el que estaba más cerca de sufrir algún tipo de complicación derivada de una vida sexual activa dado que, entre otras cosas, él sí tenía una vida sexual activa. Sin embargo casi siempre tomaba algún tipo de protección, salvo con Lunes, Martes, Jueves y Diosa, y sabía que en la cima del mundo una de esas cosas que no se tomaban a broma era la salud. De hecho, había conocido a Diosa durante un percance médico y nunca había conocido a una persona tan extraordinariamente sana y limpia. Lo cual, a decir verdad, contrastaba con lo cerda y enferma que podía llegar a ser.

- Diría que más bien ha sido violento -repuso, encogiéndose de hombros. Podría haberlo cogido a medias, y eso sí habría sido muy desagradable-. Irrespetuoso, insensible, molesto, ridículo... -Comenzó a enumerar con los dedos al menos quince calificativos diferentes, ignorando por un momento lo que el pelirrojo preguntaba hasta que finalmente, con el meñique derecho estirado por el índice de su mano izquierda, sonrió malévolamente y respondió-: Uno capaz de imitar una pedorreta para conseguir ligar. Infructuosamente, he de decir.

Recordaba con cierto amargor la pelea que habían tenido el día que se conocieron. La mujer pelirroja, la nieve, la tabla que el agente seguía insistiendo era suya, el maldito Franklyn... Suspiró profundamente, dejándose caer sobre su sillón. Ni siquiera se soportaban cuando habían iniciado una ruta por todo Grand Line persiguiendo a los piratas del Muffin, pero habían terminado en una aventura de lo más extravagante por toda una ruta del Paraíso hasta detener en Sabaody al calvo. Durante el trayecto a la zaga se habían parado para frenar revueltas, atrapar criminales que habían aparecido en medio del camino y, cómo no, para alguna que otra noche de fiesta, aunque a decir verdad cuando el viaje concluyó todavía no terminaba de soportar a Kusanagi. Era arrogante, tramposo, un poco maleducado, bastante heterogay y, lo que más le fastidiaba, es que se parecía a él. Más que parecerse, se había dado cuenta de que estaban cortados por el mismo patrón, por lo que había podido ver en ese reflejo bajito, pelirrojo y un tanto entrometido todo lo que él habría querido cambiar de sí mismo. Y sin embargo, ahí estaban: Los dos igual de imbéciles que siempre.

- Todo era más fácil cuando había alguien más listo un peldaño por encima de mi cabeza -se justificó-. Podía avanzar en solitario hacia una muerte segura sin pensar en las consecuencias, solo por ser lo mejor. -Una de las cosas que más echaba de menos de ser vicealmirante, y mira que el vicealmirantazgo implicaba férreas responsabilidades, era la libertad para hacer el bien-. ¿Te imaginas que hoy por hoy me hubiese dado por internarme a solas en Dressrosa? ¿Te imaginas que hubiese muerto? Era lo más probable, al fin y al cabo... No puedo hacer lo que se me da bien de verdad porque tengo que mandar, y no sé mandar. Al final del día, dirijo a un ejército sin tener del todo claro qué estoy haciendo, y lo único en lo que puedo ayudar es evitando que un maníaco lleve Water Seven al colapso, firmar los cheques de gente más inteligente que yo y escuchar mucho. Muchas veces, idioteces de mi único superior, y si hasta yo me doy cuenta de que mi superior es estúpido, es que soy menos estúpido que él. -Se acomodó un poco, poniendo la espalda todo lo recta que pudo-. Me encantaría poder no ser dramático, de verdad que sí, pero nos vamos a la mierda.

"Y eso sin contar lo otro", se quedó para sí. Al final, Kus tenía razón en que eran como niños pequeños, aunque dudaba seriamente que su presencia o no tuviese algo que ver con el comportamiento autodestructivo del Gobierno Mundial en los últimos años. Desde que habían pretendido ejecutar a Legim públicamente en un islote cercano a Marineford y se habían dejado engañar por Dexter Black todo había ido de mal en peor. Lo de las agujas, esos puñeteros cuatro jinetes, no era un síntoma: Era la cumbre de unas hostilidades que no debían existir en un mundo justo. Pero claro, el mundo no era justo, y ahora se encontraba en una contrarreloj tratando de mejorar el sistema antes de que el dragón se alzara, o tendría que ponerse de su lado. No era tanto una decisión ideológica como pragmática, porque más allá de crear un nuevo mundo, si un ejército dirigido por él se abalanzaba sobre ellos, perecerían. Y no pensaba cargar con tantas vidas sobre su conciencia.

- Sigue vivo -confesó. Podía guardar secretos a mucha gente, pero no a él. Tarde o temprano, en cualquier caso, se acabaría enterando-. Se dejó atrapar por un agente de tres al cuarto, provocó no una sino dos invasiones en el mismo día a la nueva Impel Down, y la noche de su ejecución recibió a su escolta con las esposas de kairoseki en el suelo. Tras atravesar su corazón, apareció su primer oficial y se llevó el cuerpo. -En realidad no le estaba diciendo nada que no sospechara ya todo el mundo tras ver lo sucedido, pero la verdadera bomba no era aquella, sino otra-: Y yo sabía que eso iba a suceder dos meses antes de que pasara. También supe que tenía tratos con la Armada Revolucionaria y sé que ahora es uno de sus oficiales.

Se quedó en silencio durante un instante, mirando al agente. Posó los codos sobre los brazos del sillón y juntó los dedos delante de la boca, rozándose la nariz. En realidad no había nada particularmente raro en su declaración, y tal vez lo máximo a lo que se podía enfrentar de saberse era a una auditoría, quizá una sanción administrativa. Sin embargo, él necesitaba alguien en quien confiar, a quien poder contarle las cosas. Y no estaba seguro de que un agente del Cipher Pol fuese el confesor ideal, pero Kus no era un agente del Cipher Pol al uso. Por eso, tal vez, eran amigos.

- Algunas islas han dejado de pagar el impuesto celestial, y muchas otras han dejado establecerse a la Revolución. Muchos cadetes han abandonado la Marina, y también algunos oficiales. Las cifras de lo que el Gobierno Mundial ha perdido son ínfimas, pero el paripé de Dexter ha sido inusitadamente beneficioso para la Armada. Y estamos de mierda hasta el cuello. -Tomó aliento. Era demasiado lo que estaba contando, era consciente, pero debía hacerlo-. Ha habido ya tantos traidores, tantos marines corruptos, tantos asesinos que hemos subvencionado que estamos perdiendo al pueblo, un pueblo que es nuestro deber proteger.

Negó con la cabeza. Casi le costaba controlar las lágrimas; habían sido meses guardando aquella información.

- No sé cuándo atacará, pero a cambio de ayudar en su vodevil, si consigo cambiar el sistema la Armada Revolucionaria será desmantelada y él se entregará. Estamos en una contrarreloj sin saber el tiempo que me queda, pero la guerra es una realidad, Kus. Necesito ayuda.


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Mensaje por Kusanagi Dom 31 Ene 2021 - 22:43

Tuvo que contenerse para no torcer el gesto cuando vio cómo el marine comenzaba a enumerar todos y cada uno de los defectos que —según él, claro— caracterizaban al agente, ignorando en buena medida sus preguntas en el proceso. Si en algún momento había albergado dudas sobre si aquel engreído llegó a madurar lo más mínimo en su ausencia, no era ese. En realidad, se forzó a creer en ello con tal de no darle el gusto al rubio. Después de todo y por mucho que le doliera admitirlo, la relación entre ambos había cambiado bastante desde que concluyera su travesía en busca del calvo; no en la superficie, seguían comportándose como el mismo par de estúpidos de siempre, pero sí en el fondo.

Tal vez por eso no lo interrumpió una vez comenzó a responder sus preguntas, por más ganas que tuviera de replicar ante sus provocaciones. El tramo cómico de su conversación debía quedar en un segundo plano ahora, de modo que volvió a cruzarse de piernas y le cedió toda su atención, jugueteando mientras tanto con el pendiente izquierdo. No estaba seguro de haber estado en servicio en el momento en que Al fue ascendido, y es que en general ni siquiera se había mostrado nunca como alguien consciente del rango que ostentaba. La noticia de que la Marina contaba con un nuevo almirante, sin embargo, había llegado hasta él tarde o temprano. Su paso por el brazo armado del Gobierno Mundial fue breve, aún con dieciséis años, y todo cuanto sabía del cuerpo era que no tenía nada que ver con las diferentes agencias del Cipher Pol. De este modo, no estaba seguro de hasta qué punto la diferencia de responsabilidad entre un vicealmirante y un almirante era palpable. Por lo que comentaba, su mundo debía haber dado un giro de ciento ochenta grados. Quizá, de no haberse aventurado en una cruzada suicida contra Legim, las cosas hubieran sido muy diferentes llegadas a este punto.

Estuvo a nada de interrumpirle, quizá para intentar romper un poco la tensión del momento haciendo alusión a aquella función tan peculiar que parecía desempeñar: complacer las necesidades carnales de las princesas de Mary Geoise; por desgracia, sus palabras cortaron cualquier necesidad de esto. Los ojos de Kus se abrieron tanto que parecía que fueran a salirse de sus cuencas por un instante. Dexter Black estaba vivo, y eso cambiaba por completo la situación sobre el tablero. En contra, evidentemente. Recibir esa noticia le cortó la respiración por un momento y hasta sintió cómo su pecho se cargaba sin razón aparente. Por un momento se encontró tan incómodo que se vio en la necesidad de adoptar otra postura en el asiento, como si alguien o algo estuviera pinchándo al pelirrojo con un punzón. Se inclinó ligeramente hacia el frente, con ambas manos haciendo presión en el reposabrazos y los pies en el suelo. A cada palabra que Al pronunciaba, más incógnitas surgían en su cabeza. Lejos de aclararle la situación, se sentía aún más perdido que al inicio de aquella conversación.

—Hace mucho tiempo que el pueblo dejó de creer en nosotros como sus verdaderos defensores, aunque no puedo negar que tenía cierta esperanza de que esa percepción hubiera cambiado tras lo de los jinetes —comenzó, sin saber muy bien por dónde abordar aquella conversación, asimilando aún todo cuanto le había dicho.

No estaba seguro de qué dato le inquietaba más. Por un lado, tenían un nuevo alzamiento de Dexter que, como poco, debía encontrarse entre los cabecillas de la Armada Revolucionaria. Tal vez lo que realmente le extrañaba era que el dragón no formara parte de los rebeldes desde un comienzo. Después de todo, no se trataba de un pirata al uso, ni siquiera para un yonkou. Por otro lado, estaba bastante seguro de que toda esa información no era de conocimiento público y, por cómo lo había expresado, ni siquiera debía ser información con la que contasen los demás altos cargos de la Marina. ¿Por qué lo sabía Al?

—No estoy seguro de qué decir al respecto, Al —se arrancó de nuevo, casi sin parpadear mientras miraba al marine—. Tan solo espero que no estés vacilándome; sería demasiado mezquino incluso para ti. Dexter Black vivo. Es... como una pesadilla sin fin. —Volvió a echarse hacia atrás, apoyando la espalda contra el asiento y desviando la mirada mientras pensaba—. Si lo que dices es verdad, estamos nadando entre mierda. ¿Cómo podemos fiarnos de su palabra? —Volvió a mirarle—. ¿Y si eso forma parte de su plan? Tú y yo conocemos los secretos que pudren al Gobierno Mundial y, seguramente, no seamos los únicos. Aun así, no podemos forzar un cambio de forma tan súbita sin causar más destrozos que arreglos. Al menos, yo no sé cómo hacerlo. Nos arriesgamos a partir el mundo en dos... o en tres, si contamos a la Armada. ¿Cómo demonios espera que fuerces un cambio así de la nada y en tan poco tiempo? Porque dudo que Black vaya a esperar indefinidamente.

Fue en ese momento en el que se dio cuenta de lo que estaba haciendo, tal vez porque escuchó su propia voz resonar como un eco por el despacho. Por suerte, desde el momento en que hubo entrado en aquella habitación, se había asegurado de evitar que el sonido pudiera escapar de esas cuatro paredes. Inspiró, dejando salir el aire despacio mientras buscaba algún fragmento de esperanza al que aferrarse; uno que le permitiera mantener la calma.

Acercó el asiento un poco más hasta el escritorio, apoyándose sobre este con ambos brazos.

—Tampoco tenemos muchas más opciones, ¿no? —Dedujo al fin, sonriendo por un instante con cierta melancolía. Se habían pasado toda la vida intentando cambiar el mundo jugando con sus normas. Siempre se había visto frente a aquella línea, esa que no quería cruzar. Esa que jamás creyó que fuera necesario cruzar—. Aunque me cueste reconocerlo, Al, siempre has podido y podrás contar conmigo. Este marrón es demasiado pesado como para que solo una persona cargue con él... y sean cuales sean las cosas que tendremos que hacer, algo me dice que una de ellas será cruzar líneas que no hemos cruzado nunca. —Terminó resoplando con cierta molestia—. Lo que más me jode es que tenga que ser por él.

¿Tan idílico había sido intentar cambiar el mundo sin transgredir su lealtad? Porque sí, tal vez no fueran a actuar en forma del gobierno: ninguno de los dos debía considerar que el Gobierno Mundial fuera en sí el problema, sino la corrupción que lo azotaba y la indeseable influencia que ejercían los habitantes de la Tierra Sagrada sobre este. Sin embargo, cualquier cosa que hicieran a partir de ese momento era, en cierto sentido, una colaboración con Dexter y, por ende, con la Armada Revolucionaria. ¿No les convertía eso en traidores?

—Necesito saber algo primero —dijo repentinamente, frunciendo sensiblemente el ceño—. ¿Cómo sabes todo esto? ¿Y cómo sabías con tanta antelación lo que iba a ocurrir? —Una breve pausa, tras la cual torció los labios en una mueca—. Si voy a ayudarte con esto, necesito saberlo todo. Es lo único que te pediré a cambio.


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Mensaje por Señor Nat Lun 1 Feb 2021 - 1:22

Dejó que su espalda cayese contra el respaldo, derrotado. Tenerlo en la cabeza era horrible; contarlo era peor. Lo hacía más real a medida que hablaba, y una vez las cartas sobre la mesa era simplemente... Una traición. A sí mismo, a todo lo que quería representar, a todo lo que había intentado defender durante años. Aun si no lo viese como tal, si aceptase que era la reacción desesperada ante la dicotomía de salvación y destrucción, había fallado. No había tenido la fuerza, los medios ni el ingenio para defender nada de lo que había jurado proteger. Ni a Xemnas, ni a su brigada, ni a la Marina. Era un fracaso como soldado, y un fraude como almirante. Cómo había llegado, o qué méritos había podido hacer... Irrelevantes, una vez debía tomar las decisiones más duras, porque daba igual lo que hiciese, siempre tendría que estar traicionando a una parte de sí mismo.

Kus hablaba de percepción, creencias y esperanza. Bufó, a modo de risa. Daba igual qué pretendiesen hacer ver mientras Mary Geoise se esforzase en lucir con tanto ahínco su plena superioridad. Nadaban en la opulencia mientras reinos enteros morían de hambre por pagar su impuesto celestial, y osaban maltratar con una impunidad que ellos debían defender a cambio de sostener una organización corrupta que encarcelaba a su población. Con grilletes de oro, muchas veces, pero grilletes al fin y al cabo. Al principio tal vez hubiese seguido el camino de la Marina por convicción y fe ciega, pero a medida que había ascendido en la jerarquía iba comprendiendo más y más a Karl, a Krauser y a tantos otros marines que, con el tiempo, habían desertado. Era la alternativa a lo que él había elegido, al fin y al cabo: Una vez rotas las creencias, solo quedaba la esperanza. Kurotora y Samesuge pudieron ver en la Armada una causa justa, o al menos más justa que el orden establecido -quizá un lienzo en blanco sobre el que dibujar un nuevo mundo-; él, por el contrario, se había conformado con hacer de su labor mejorar la vida de la buena gente: Protegerlos de maleantes, arrestar a los piratas, perseguir a los criminales... Nunca se había planteado echar abajo el sistema de la Tierra Sagrada, si bien poco a poco había llegado a despreciarlo, porque era mejor eso que el caos.

Pero el caos, como la tormenta, siempre terminaba llegando cuando todo parecía en calma. La Revolución había llamado a su puerta y había derribado su casa de paja antes de siquiera dejarle abrir. Kus temía que fuese una broma; él deseaba que lo hubiese sido. Una a cambio de todas las que él le había jugado, la más grande de todos los tiempos: Una broma que recordarían hasta el día de su muerte. Solo que no era una broma.

Negó con la cabeza. No, no lo era. Tampoco tenía energías para decir nada, ni moral para mirarle a la cara. Se quedó apático, hundiéndose más en su silla mientras el agente hablaba, tratando de razonar lo que decía, pero solo rumiaba una y otra vez lo que él había dicho. "¿Por qué?", se preguntaba. "¿Por qué se lo he contado?". No tenía derecho a hacerlo, mucho menos a aliviar su culpa haciendo a Kus cómplice de su carga; estaba siendo egoísta. Mucho. Escudarse en que él había preguntado sería hipócrita, además de injusto. No se merecía ayuda, ni tampoco piedad... Por suerte, a su amigo le importaba una mierda lo que él se mereciera. Iba a ayudarle. O a intentarlo.

Con gesto torcido le devolvió la atención de su mirada, recuperando la postura poco a poco. Apenas sí sentía los brazos, y le costaba mantener la espalda recta, pero hizo el esfuerzo. Se reacomodó, buscando las energías que lo habían abandonado, y si bien no pudo hacerse con todas de nuevo, logró mantener una pose más o menos digna. Más o menos.

- Creí que cruzar líneas rojas era tu trabajo -comentó, arqueando una ceja, en el chiste más desanimado que había contado en su vida-. Pero estamos en una encrucijada. Si traspasamos ciertas líneas seremos traidores; si no lo hacemos, nuestra traición será haber permitido la guerra sin cuartel.

Un juego en el que ninguno podía ganar, tan solo perder. La mente del dragón los había puesto no solo entre la espada y la pared, sino que se había asegurado de dejar un punzante recordatorio en su nuca. Sin posibilidad de retroceder, sin capacidad para prepararse, sin poder contar a nadie lo que estaba demasiado cerca de suceder. No podían dejar que una guerra lo destruyese todo, pero como Kus decía, tampoco podían provocar una ruptura del Gobierno Mundial que desencadenase más y más guerras. No había una solución que pudiese alegrar a todo el mundo, y si bien había una que tal vez solucionase todo...

- Perderíamos nuestras almas en el proceso -recitó, sabiendo que el agente sabía en qué estaba pensando.

No podían hacer eso, porque tras una élite llegaría la siguiente. La caída de Mary Geoise no serviría de nada si otro sistema peor nacía de entre las cenizas, pero... Pero...

- ¿Estás seguro de que quieres saberlo? -Sabía que no quería, pero aun así iba a responderle que sí. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a preguntar si no buscaba información?-. Está bien. Lo supe con toda esa antelación porque yo lo he orquestado todo.

Si antes el temor se había apoderado de él, ahora casi sentía náuseas. Su carrera pendía de un hilo, y si en ese instante Kus decidiese salir a la velocidad del sonido de su despacho, no podría detenerlo. No era como si temiese por su seguridad, pero había tantas cosas que debía hacer, tanto por proteger... Por un momento sus ojos buscaron la espada, pero terminaron al encuentro de los de Kus. Él no podía matar por guardar un secreto; mucho menos a él.

- Recibí una carta en mi despacho hace meses. Con ella venía un paquete. -Sacó el pequeño den den mushi blanco y negro-. Dijo que quería reunirse, y me dio las coordenadas a las que Kodama se retiró. Bueno, la tumba que eligió. -Todavía recordaba con furia la desaparición del Roble, y cómo se había dejado los nudillos golpeando en su corteza-. Fui a su encuentro, me explicó sus intenciones y... Bueno, me dijo que lo haría con mi ayuda o sin ella. Pero si le ayudaba, tendría una alternativa. Él hacía su vodevil, levantaba en armas a los desamparados y demostraría al Gobierno que nadie puede con él; que todo el tablero estaba condicionado a su voluntad.

Se quedó en silencio por varios segundos. Seguramente él tuviera la misma pregunta que se había hecho a sí mismo durante todos esos meses. ¿Por qué no engañarlo? ¿Por qué no asegurarse de que la ejecución acabase con él y rompiese su plan definitivamente? Se quedó mirándolo fijamente, con una sonrisa torva.

- ¿Te imaginas intentar jugársela a alguien que aparece tan ufano a ofrecerte ese trato? Si apareció solo pudo ser por dos motivos, he tenido meses para reflexionar al respecto: O sabía que aceptaría, o daba igual lo que hiciese porque también contaba con ello. O tal vez contase con que aceptaría a raíz de lo segundo... No sé. Tenía que elegir lo mejor para aquellos a quien he jurado proteger por encima de todo. No podía arriesgarme a que organizase una guerra de haberme negado.

Esperaba que lo entendiese. Comprendería que no.


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