Una historia de papel [Privado][Prometeo y Brianna]

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Mensaje por Prometeo el Jue 30 Ene 2020 - 5:27

Recomendación para la lectura

La enorme ciudad estaba envuelta en las sombras de la noche, y ni una sola estrella se asomaba en el firmamento. Pero daba igual lo mucho que intentase avanzar la oscuridad, la humanidad la había derrotado al descubrir la electricidad y usarla a su beneficio. Los faroles de fierro exquisitamente tallados desprendían una luz anaranjada que iluminaba tenuemente una de las avenidas principales de Towerbridge. A la gente parecía no importarle que fuera de noche, pues paseaba por el mercado como si fuera medio día. Había toda clase de puestos que ofrecían una infinita variedad de productos, desde artesanía hasta frutas y verduras. El ruido evidenciaba lo viva que estaba la ciudad incluso cuando el reloj marcaba las nueve de la noche. Se detuvo particularmente frente a una tienda que vendía toda clase de gemas y accesorios. Todas ellas eran hermosas y destacaban tanto que era imposible decidirse por una, pero sus ojos se posaron sobre el óvalo de un intenso color azul con un brillo adamantino. Le recordaban la mirada de la doctora, parecía que hubieran sido grabados en esa extraordinaria gema.

Una mujer algo entrada en carne y sonrisa amable saludó a Prometeo, preguntándole si le podía ayudar en algo. Le miró extrañado, pues no necesitaba ayuda. Había venido a Towerbridge con el fin de encontrar al doctor Alexander Podalovski, pero parecía que nadie le conocía. Aprovechó la oportunidad de preguntarle a la señora si había oído alguna vez ese nombre, pero esta se limitó a encogerse de hombros y negar con la cabeza. Tomó la gema para observarla mejor. Una sensación cálida recorrió su pecho, una sensación que le era desconocida, aunque estaba seguro de sentirla cuando estaba cerca de la doctora. Había reunido algo de dinero tras sus últimas aventuras y, por algún motivo, las personas le daban dinero cuando les ayudaba. Era algo que tampoco comprendía. Por más que les dijera que su trabajo era ayudar a la humanidad, estos insistían en darle algo a cambio de su generosidad. Así que el revolucionario sacó unos cuantos billetes y se los entregó a la vendedora, recibiendo el broche y guardándolo en un lugar seguro. No estaba seguro de si a la doctora le gustaban esa clase de cosas. Sabía que amaba la comida, por eso había aprendido a cocinar, pero no quería demostrar su agradecimiento solo con pastel de chocolate y sushi.

Agradeció la amabilidad de la señora y continuó recorriendo la avenida adoquinada de Towerbridge. Los vehículos que atravesaban la calle eran auténticas carrozas de fierro que emitían un fuerte y desagradable sonido. Eran piloteadas por un hombre y contaban con cuatro ruedas, siendo las de atrás mucho más grandes que las de adelante. Al girar en la esquina se encontró de frente con un pequeño letrero que tenía una inscripción: «Taberna del Árbol». Prometeo no entendía la relación que había entre el edificio de piedra con su nombre, si es que acaso lo era. Para ser un árbol necesitaba tener un tronco y también hojas, aunque había visto árboles que no las tenían. Giró la perilla de bronce y entró en el edificio, encontrándose en una habitación con piso de madera y varias sillas dispuestas ordenadamente. Un hombre levantó la mirada al entrar, pero enseguida volvió a posar los ojos en la jarra de cerveza. Si bien había ruido este no se comparaba al que había en el mercado. Casi parecía relajante. Se fijó en la mujer de largos cabellos negros y vestido del mismo color que estaba sentada frente a un enorme piano. El recuerdo del señor Gelatina se le vino a la cabeza, preguntándose cómo estaría el comandante. Atravesó la habitación hasta llegar a la barra de madera y tomó asiento.

El hombre que atendía la taberna tenía unos pequeños ojos grises y una nariz ancha, vestía una camisa blanca arremangada y llevaba unos grandes lentes rectangulares. Terminó de secar la copa de cristal y, luego de dejarla en la estantería donde estaban las demás copas, se acercó a Prometeo mirándole fijamente, como si le estudiara con la mirada. En ese momento, el revolucionario tenía puesta una camisa color vino tinto que acompañaba con unos ajustados pantalones negros, y unos grandes y escandalosos aros colgaban de sus orejas.

—¿Qué tal, muchacho? Te noto algo distraído —mencionó el tabernero con la voz propia de un adulto: fuerte y grave—. ¿Estás bien?

—Sí, señor. Discúlpeme si le he preocupado —respondió—. He estado buscando al doctor Alexander Podalovski, pero no le he encontrado en ningún lugar.

—Me gustaría ayudarte, muchacho, pero no me suena de nada. Sin embargo, estás en el lugar correcto para hacer preguntas, puede que alguien le conozca. —El hombre sacó un vaso pequeño y ancho, dejó caer con suavidad tres hielos en su interior y lo cubrió hasta la mitad con un líquido del color de la madera—. Ten, invita la casa. Me gusta que la juventud se vea animada y llena de vida, ya tendrás tiempo para preocupaciones, ¿verdad?

—Sí, señor, gracias.

Se quedó mirando el vaso, pensando en las palabras que le había dicho el tabernero. ¿Realmente tendrá tiempo para preocupaciones cuando solo le quedaban dos años de vida? Le había prometido a Elizabeth que encontraría la cura a su enfermedad, pero hasta ahora no había logrado ningún avance. No quería abandonarla. Se trataba del primer deseo que había tenido en su corta vida artificial, e intentaría hacerlo realidad.
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Mensaje por Brianna Byrne el Jue 30 Ene 2020 - 18:10

¿Que como había llegado a Towerbridge? evidentemente en barco, de otra manera sería imposible moverse entre islas en este mundo en el que viven nuestros protagonistas. Sin embargo, los motivos que la llevaron allí eran como mínimo confusos y un misterio incluso para ella misma. No estaba segura de las motivaciones ni el porque había decidido viajar hasta aquella isla, tal vez mera curiosidad, por cambiar de aires, por descubrir horizontes nuevos. Muchas eran las excusas que aquella mujer podía utilizar con el fin de justificar su presencia en aquella isla. No obstante, ninguna de ellas era cierta y ninguna de ellas era mentira. La morena paseaba con tranquilidad por las calles de aquella hermosa y enigmática ciudad. Era tan diferente a lo que ella conocía, tan diferente a lo que ella conocía, desde luego era un hermoso lugar que disfrutaba contemplar. Por el momento se sentía satisfecha por el destino que había elegido y por otro, estaba segura de que terminaría encontrando lo que había ido a buscar realmente. Las luces de aquel lugar por desgracia no dejaban ver la luna o las estrellas, aunque estaba segura de que habría algún lugar en la isla en que se verían de forma expectacular.

No obstante ella no había ido hasta allí para buscar una visión diferente de las estrellas por mucho que le gustasen, en su caso, había viajado hasta allí en busca de información, de cultura, de saber. Brianna nunca tenía suficiente, siempre le gustaba aprender cosas nuevas, admiraba la capacidad que tenían algunas personas para compartir dicha sabiduría y de igual modo envidiaba a aquellos recelosos que se la guardaban, pues eso significaba que no podría obtener aquella sabiduría que ella tanto ansiaba y disfrutaba. Sus pasos lentos pero seguros la guiaban a ciegas por aquellos serpentean tes caminos que iban desde el muelle hasta un lugar especialmente iluminado, al parecer había una fiesta o al menos eso pensaba la mujer. Tal vez una celebración o algún evento especial de la isla y ella, como mujer curiosa que era, quería descubrir de que se trataba exactamente. Grata fue su sorpresa al encontrar una especie de mercado nocturno sus ojos rápidamente buscaron aquellos objetos que casi siempre devoraba con infinita ansiedad. Libros, aquellos contenedores de sabiduría pura, aunque siendo sinceros no solo leía para aprender, también lo hacía por puro placer y para pasar el tiempo con alguna novela absurda de misterio o algo similar. El caso es que disfrutaba con la lectura y ya que estaba allí y el mercado estaba abierto ¿por que no aprovechar la ocasión?

En uno de los puestos encontró lo que tanto buscaba, se encontraba entre un puesto de fruta y uno de artesanía y baratijas. Se acerco sin mucha prisa, pero tampoco con demasiada lentitud, quería ver que tipo de libros venderían en aquel lugar y si alguno le resultaba lo bastante atractivo como para comprarlo y usarlo como lectura el resto de su estancia o tal vez su próximo viaje. Sus violáceos ojos se pasearon por algunos de los títulos, algunos más atractivos que otros, pero como bien se dice, uno no puede juzgar un libro por su portada así que decidió tomar algunos entre sus manos para poder echar un ojo al resumen de la contraportada. Decidió entonces que se llevaría dos de ellos, al parecer eran dos libros del mismo autor, el cual disfrutaba escribir sobre misterio y resultaba ser bastante bueno en lo que hacía. Brianna tenía ya una colección bastante considerable de aquel autor, cuando iba a pagar sus nuevas adquisiciones no pudo evitar fijarse en un libro de medicina que llamo bastante su atención. Al parecer trataba sobre enfermedades raras y sin poder reprimir su impulso lo compró igualmente. No le importaba si al final no  le resultaba del todo útil, ella siempre disfrutaba leyendo de sus grandes pasiones y una de ellas no era otra que la medicina.

Tras hacer aquellas compras más importantes y algunas otras mas superficiales por el simple placer de darse un capricho, tomó sus cosas y fue hasta la taberna mas cercana, tenía que comer algo y la verdad es que aunque hubiera comprado víveres en el mercado y haberlos dejado en el barco, no le apetecía demasiado cocinar aquella noche. Una vez en la taberna se sentó en una de las mesas esperando que alguno de los camareros se acercara para atenderla. La verdad es que tampoco es que tuviera mucha prisa así que no le importaba demasiado esperar un poco. Saco el libro de medicina que había comprado de su bolso de viaje y comenzó a leer distraída mente hasta que se vio interrumpida por la voz de una jovencita pelirroja que se había acercado para tomar nota de lo que quería. —buenas noches, me llamo Priscila y esta noche me encargare de su mesa, ¿sabe ya lo que quiere tomar? hoy tenemos como plato especial una carne estofada con patatas deliciosa— la sonrisa de aquella joven provoco que la morena correspondiera aunque ella no era muy de sonrisas que digamos.

Pero ya que estaba siendo tan agradable, Brianna no quería ser descortés —en ese caso me encantaría probar esa carne en salsa tan deliciosa y un poco de vino tinto— tras decir aquello volvió a clavar sus ojos en aquel libro dejando que la muchachita fuera hasta la barra donde pediría la comida al tabernero que se encargaba casi siempre de ser el portavoz entre la sala y la cocina —¿has visto a esa jovencita Marco? no la había visto nunca por aquí, ¿tú la conoces?— en general existen marujas entre las señoras mayores de los pueblos y en los taberneros y estos no iban a ser la excepción, el hombre miro por encima del hombro del muchacho al que estaba atendiendo para ver a quien se refería lla pelirroja y entonces negó con la cabeza, no la había visto en la vida,  —oye muchacho ¿tu no estabas buscando un médico? parece que esa chica entiende algo sobre el tema, ¿porque no te acercas a ver?— y tras decir eso, simplemente se metió en la cocina para mandar preparar la cena de la misteriosa joven que había llamado la atención de Priscila, la pelirroja y cotilla camarera.
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Mensaje por Prometeo el Jue 30 Ene 2020 - 21:58

El primer trago quemó la garganta del homúnculo, arrugando el rostro y meneando fuertemente la cabeza. Era la primera vez que bebía alcohol. Si bien era fuerte aún podía sentir las tenues notas dulces mezcladas con una sutil fragancia maderosa. Su sentido del gusto era mucho más intenso que el de cualquier ser humano. Cualquier alimento cuidadosamente preparado era un verdadero deleite para Prometeo, aunque aquellos platillos mal elaborados se transformaban en un martirio. Recordó la vez que, por orden del señor Morello, comió la fruta del diablo. Fue la primera ocasión en que actuó de manera escandalosa, vomitando por montones para luego caer desmayado. Habían pasado unos pocos meses desde entonces. Jugó aburridamente con el vaso, moviéndolo en trazos circulares y luego le dio otro sorbo. Esta vez fue un tanto más suave y agradable; poco a poco empezaba a acostumbrarse al sabor. Los hielos atenuaban la intensidad del alcohol, volviéndolo más amigable.

Prometeo volteó la mirada cuando la mesera, una jovencita de cabellos rojos y ondulados, le dirigió la palabra al tabernero. La chica llevaba un uniforme impecable que consistía en una blusa blanca acompañada de una falda negra y con varios pliegues hasta la altura de las rodillas, bajo esta vestía unas calzas del mismo color y calzaba unos zapatos negros muy bien lustrados. Era pequeña y tenía aspecto frágil, como si cualquier cosa pudiese romperla. Le habló sobre la mujer que estaba sentada cerca del rincón, aparentemente leyendo un libro medicina. El homúnculo escuchó la sugerencia del hombre y le agradeció con un gesto de cabeza. No es que buscase cualquier médico, sino al doctor Alexander. Según había escuchado, era un científico de renombre especializado en enfermedades degenerativas. Si alguien tenía una pista sobre la enfermedad que padecía Prometeo, ese era el doctor Podalovski. En cualquier caso, se le había presentado una buena oportunidad para hablar de medicina con esa mujer. Los humanos eran criaturas inteligentes y sabias que guardaban mucho conocimiento, así que siempre agradecía tener cualquier clase de conversación con uno.

Cuando el muchacho de cabellos blancos se levantó, la mesera le miró impresionada al notar que apenas le llegaba al pecho. Tomó el vaso y se acercó a la mesa, fijándose en el libro que leía con completa inmersión. ¿Estaba bien interrumpir su lectura? La doctora odiaba cuando le interrumpían, así que era probable que esa mujer sintiese lo mismo. Dejó las dudas a un lado y siguió caminando, deleitándose con la suave melodía del piano que armonizaba el ambiente de la taberna. Al mismo tiempo que Prometeo se acercaba a la aparente médica, fuera comenzaba a llover débilmente.

—Buenas noches, señorita, perdone mi intromisión —mencionó una vez estuvo cerca de la mujer—. Se me ha comentado que entiende sobre medicina y tal vez podríamos hablar un poco. ¿Me permite sentarme a su lado? —le preguntó finalmente, intentando ser tan educado como la doctora le había dicho que lo fuese al hablar con extraños.
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Mensaje por Brianna Byrne el Vie 31 Ene 2020 - 23:05

Se encontraba tranquilamente leyendo, no le costaba demasiado el no despegar los ojos del libro, desde luego se notaba que cuando la mujer encontraba una lectura que le gustaba no había quien la sacara de allí. Brianna siempre se había caracterizado por ser alguien sería y con una concentración envidiable, sin embargo esta se vio interrumpida por la aparición de una persona en escena que ella no esperaba. Después de todo no estaba esperando a nadie, ningún conocido, ningún amigo, por que siendo sinceros, Brianna no es que tuviera muchos amigos que digamos. Aún así, un hombre se acerco a su mesa, al parecer buscaba algún tipo de conocimiento médico o en otro caso a un médico en si. Suspiro levemente mientras despegaba sus ojos de las hojas llenas de letras que tenía ante ellos momentos antes y los fijo entonces en la persona que tenía a su lado. Realmente parecía que deseaba hablar con ella y aunque no era alguien que disfrutara demasiado charlando con desconocidos no tenía por que ser descortés con alguien que estaba siendo tan educado.

La mujer de cabellos negros y ondulados asintió de forma leve con la cabeza — claro, por favor, ¿puedo ayudarle con algo? ¿necesita usted un médico? — no estaba segura sobre que tipo de dolencia podía padecer aquel hombre, pero parecía algo decaído o tal vez ¿desesperado? ella conocía perfectamente aquella emoción así que no negaría ayuda a alguien que realmente la necesitaba. Un tenue suspiro se escucho salir de sus labios nuevamente mientras daba un sorbo a su copa de vino, que había sido llevada anteriormente por la camarera pelirroja, la cual se encontraba ahora tras la barra atendiendo a los clientes de la taberna que buscaban bebida y comida mientras reían y alborotaban. Mientras que Marco, el tabernero, se encontraba en la cocina ayudando a preparar los pedidos que habían entrado recientemente. Poco después y tal vez interrumpiendo la conversación que se pudiese estar llevando a cabo en aquella mesa donde los dos perfectos desconocidos se habían reunido, se acerco la misma jovencita de nombre Priscila que traía en una bandeja otra copa de vino para la mujer y un planto humeante donde habían un estofado de carne que olía que alimentaba.

Por un momento Brianna centro su atención en el plato al sentir aquel aroma inundando sus fosas nasales, realmente parecía que iba a ser un buen planto y que el dinero gastado en el merecería la pena. Le dedico una leve sonrisa a la camarera mientras tomaba la servilleta y la colocaba en su regazo, no le gustaba mancharse de ninguna forma posible — espero que la comida sea de su agrado, si necesitan cualquier otra cosa no duden en llamarme por favor, estaré por aquí o en la barra — tras decir aquello con su alegre y dicharachera voz, la pelirroja desapareció de la escena, dejando nuevamente a nuestros desconocidos solos en la mesa y enzarzados en la conversación que pudieran estar teniendo. — Lo lamento, creo que no me presenté antes, mi nombre es Brianna y realmente espero poder ayudarte con lo que sea que estés buscando — por alguna razón, algo le decía a la mujer que no era a ella precisamente a quien buscaba y que posiblemente tampoco buscaba a un médico cualquiera.

Sus ojos le delataban un poco, la forma de mirar, el brillo que se suponía que debían poseer y que realmente no tenían, la forma en que su boca se movía e incluso el tipo de respiración que tenía. Algo no estaba bien con su cuerpo, ante sus ojos de médico era bastante claro aquel echo, pero no quería ser descortés, una de las cosas que no puede hacer un médico, es asustar o avasallar a sus pacientes. Por eso mismo, ella buscaba que sus pacientes hablasen primero, después comenzaría con las preguntas y para finalizar daría diagnostico o un posible diagnostico si necesitaba realizar algunas pruebas antes de dar el veredicto final. Después de todo no todas las enfermedades eran igual de claras en sus síntomas y algunas podían ser confundidas, por ese motivo prefería asegurarse antes de asustar a un paciente y que pudiera cometer una locura o ella misma cometer un error fatal que pudiera hacerle más daño. Su deber, su misión y su deseo era curar y hacerle bien a la gente, no buscaba hacerles daño y por ese motivo muchas veces, se metía en más problemas de los que podía manejar.
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Mensaje por Prometeo el Sáb 1 Feb 2020 - 3:48

Poco a poco la lluvia azotaba con más fuerza las adoquinadas calles de Towerbridge, formando pequeñas pozas en algunos pasajes de la laberíntica ciudad. Hacía algo más de frío, pero aún faltaba que la temperatura decayese súbitamente para que nevare. El constante golpeteo de las gotas contra el suelo producía un sonido embriagador. Y de pronto, el cielo se iluminó para luego estremecerse y rugir con la fuerza de un titán. La gente había huido de la lluvia como si les fuese a hacer daño, encontrando la protección que buscaban en sus casas. Dentro de la taberna, una suave y rítmica melodía acompañaba la velada que muchos estaban teniendo. Para muchos la música representaba la más pura expresión del alma, algo que un homúnculo jamás podría hacer. A pesar de que el edificio contaba con electricidad, un enorme candelabro de velas caía del techo, ofreciendo una tenue iluminación. Incluso la mesa en la que estaba sentado Prometeo era iluminada por una vela a medio consumir, cuya llama serpenteaba vivamente al son del viento.

Reparó en la pregunta de la mujer, cuestionándose si realmente necesitaba su ayuda. A menos que supiese dónde encontrar al doctor Alexander era imposible que le ayudase, pero estaba sentado frente a ella para hablar sobre medicina. Prometeo era fruto de la biología moderna, siendo la representación viva de técnicas realmente avanzadas que permitían crear vida artificial. Pero había una diferencia y una razón por la que los humanos aún estaban lejos de ser dioses: creaban cuerpos vacíos. Dentro de un homúnculo no debe haber nada: ni dudas ni deseos. Nada. Sin embargo, el joven revolucionario era diferente a los de su especie. Poco a poco desarrollaba una propia voluntad, guiándose por el deseo de querer o hacer algo. De la misma manera que comenzó a cocinar porque quería sorprender a la doctora, comenzó a estudiar medicina para sanarse a sí mismo. Incluso podía manipular el código genético de un ser humano para erradicar enfermedades vinculadas a este. Y todo había partido por el deseo de ayudar, de servir a la humanidad.

—Busco un investigador especializado en enfermedades degenerativas —respondió con su característica voz tosca y seca, como si no denotase emoción alguna—. El doctor Alexander Podalovski es un experto en esta área de investigación. ¿Le conocerá, de casualidad? —aprovechó de preguntar, considerando la posibilidad de que la mujer pudiese ayudarle en ese sentido—. Yo soy Prometeo y agradezco su amabilidad, señorita Brianna. La medicina y la biología me llaman la atención, incluso fui creado para encontrar una cura al alzhéimer.

La doctora había dicho que era preferible obviar su origen artificial, pero le parecía mal ocultar lo que realmente era: un homúnculo. Tarde o temprano, el ser humano estará preparado para agregar la creación de vida artificial a sus conceptos valóricos. Prometeo vivía en un vasto mundo repleto de posibilidades que, lamentablemente, eran manipuladas por el Gobierno Mundial. No les odiaba ni quería destruirles, pero pensaba que la gente necesitaba un cambio en donde pudieran desarrollarse humanamente. Para ello debía haber un mundo justo y bueno.
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Mensaje por Brianna Byrne el Dom 2 Feb 2020 - 13:55

La verdad es que de alguna manera se había dado cuenta de que aquel hombre no era del todo normal, que algo no encajaba del todo. Ahora que él había dicho que había sido creado para encontrar una cura para el alzheimer, eso significaba que aquel hombre no era humano y tampoco  era de ninguna raza que pudiéramos decir que fuera autóctona de ninguna parte, era una creación un homúnculo o algo similar o eso es lo que la mente de Brianna barajaba en aquel momento. Pero tampoco quería ser indiscreta así que simplemente se mantendría en silencio por el momento sobre aquel echo y simplemente seguiría escuchando lo que tuviera que decirle aquel hombre. Al parecer no estaba buscando un médico, al menos no a uno cualquiera como ya había pensando anteriormente la mujer de cabellos negros. Aquel que respondía al nombre de Prometeo buscaba a un médico especializado en enfermedades degenerativas, aquello sonaba complicado.

Sin embargo, si sus sospechas eran ciertas y aquel joven era un homúnculo, se podría explicar que tuviera un tipo de enfermedad degenerativa completamente distinta a las que pudieran sufrir los humanos comunes. Por un momento se llevo la mano a la barbilla mientras pensaba y tras cerrar el libro y situarlo sobre la mesa a un lado donde no pudiera mancharse con la comida fijo sus ojos en aquel que ahora mismo la acompañaba. — Lamento la indiscreción pero, ¿sería posible que usted fuera un homúnculo? — realmente no sabía si aquella pregunta se la podría tomar a mal, no quería molestarlo o herir sus sentimientos pero la verdad es que ahora la curiosidad no la dejaría descansar, siempre fue una persona curiosa y no había forma de evitarlo. — Si ese es el caso, no sería extraño que al ser una creación tal vez no fueras creado con la misión de durar mucho tiempo y eso te este llevando a morir a pasos agigantados ya que podríamos decir que estas quedando obsoleto o que la misión para la que fuiste creado esta completa y tu cuerpo esta rechazando el hecho de seguir con vida — no estaba segura tampoco de lo que estaba diciendo, pero la verdad es que le resultaba bastante curioso todo aquello y había logrado llamar su atención.

— Lamentablemente no conozco al hombre que busca, ojala pudiera ayudarle con eso — pero era cierto, no conocía a aquel hombre, no sabía donde podrían encontrarlo — pero tal vez pueda ayudarte a encontrarlo, podría preguntar en algunos círculos médicos por si conocen su paradero — después de todo, ella como médico que era y aunque no se le diera demasiado bien el hablar con la gente, había conocido a muchas personas en su vida. Aunque con la mayoría apenas hablaba o no se llevara demasiado bien, siempre podría ver si alguno conocía a aquel hombre, si alguien podía decirles donde encontrarlo o que había pasado con él exactamente ya que aquel joven parecía que llevaba tiempo buscándolo y no lograba dar con él. Mientras hablaba de forma relajada aunque con su tono de voz directo y serio como siempre, llevo la cuchara al plato para comenzar a comer de aquel guiso de carne, las patatas estaban bastante buenas y la carne blanda, desde luego la camarera no la había mentido y eso era un punto a favor para ella, seguramente le dejaría algo de propina antes de marcharse de la taberna.
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Mensaje por Prometeo el Mar 4 Feb 2020 - 0:10

La ciencia había avanzado muchísimo en las últimas décadas, aunque la creación de seres humanos artificiales llevaba practicándose desde los tiempos del segundo Rey de los Piratas, Monkey D. Luffy. El caso es que Prometeo era una versión bastante más moderna con capacidades físicas e intelectuales impresionantes. Normalmente, los homúnculos eran criaturas con una esperanza de vida muy inferior a las de sus creadores, a quienes se les prohibía el derecho de tener sentimientos y expresarlos libremente. Sin embargo, el joven revolucionario era distinto a sus congéneres. Su concepción fue completamente diferente a la de los demás sujetos de experimentación del proyecto. Aún tenía un largo camino por recorrer para encontrar las respuestas a su naturaleza dual. Según la doctora Elizabeth, Prometeo poseía un fragmento de alma, aunque la ciencia usada en este era un misterio que únicamente el doctor Weidenberg conocía. Por eso era tan importante encontrar una cura al alzhéimer.

Miró extrañado a la señorita Brianna, puesto que era extraño que un humano se disculpase con él. Era sorprendente que estuviera al tanto de la existencia de los homúnculos, cuestión que el Gobierno Mundial había mantenido en secreto muchísimo tiempo. ¿Acaso existía la posibilidad de que se estuviera investigando en otro lado la creación de vida artificial? Parecía ser una mujer con un intelecto agudo y una visión impresionante de las cosas, pero se equivocaba en algo: el revolucionario no fue creado con una fecha de caducidad propia de los homúnculos. Nadie, ni siquiera su creadora, conocía los detalles de su extraña enfermedad ni por qué había surgido. No obstante, sus palabras le hicieron dudar sobre si de verdad su propio cuerpo estaba rechazando su existencia. De ser ese el caso, ¿lo mejor sería desarraigarse de los deseos y simplemente esperar la muerte? Muy por el contrario de lo que decía su naturaleza, él quería seguir con vida y estar junto a la doctora.

—En el momento de mi nacimiento se me informó sobre las características de mi creación: una criatura artificial con capacidades intelectuales y físicas superiores. Mi cuerpo podría rechazar su propia existencia al haber cumplido su propósito en esta vida, pero la incoherencia surge cuando no he hecho tal cosa. En principio, fui creado para encontrar una cura al alzhéimer y, a pesar de que se hicieron grandes avances en el campo médico, mi propósito fue inmediatamente cambiado después. Recibí entrenamiento militar para formar parte de un escuadrón de élite del Gobierno Mundial, pero mi naturaleza ambigua, ni humana ni artificial, me hizo rechazar los deseos de mis creadores y terminé rebelándome contra ellos.

El doctor Podalovski era un hombre escurridizo y, aparentemente, nadie conocía su ubicación. Tuvo intenciones de cortar la conversación en ese momento, puesto que no quería seguir molestando a la señorita Brianna, pero esta llamó su atención cuando habló sobre hacer preguntas en el círculo de médicos al que pertenecía. O algo por el estilo. Fue entonces que se le ocurrió una idea impropia de alguien como él, una idea que rozaba la falta de educación.

—Señorita Brianna, ¿quisiera acompañarme en mi búsqueda del doctor? Tenga la seguridad de que es un hombre brillante al que podrá hacerles muchas preguntas, saber cosas que muy probablemente no estén en ese libro. Y también podremos hablar de medicina. Si bien no soy un profesional versado y me queda un largo camino por recorrer, he hecho algunas investigaciones para eliminar cualquier enfermedad ligada al código genético humano.
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Una historia de papel [Privado][Prometeo y Brianna] Empty Re: Una historia de papel [Privado][Prometeo y Brianna]

Mensaje por Brianna Byrne el Jue 6 Feb 2020 - 16:31

Nunca imagino que encontraría un ser como aquel en una taberna, normalmente los homunculos eran seres que se custodiaban celosamente y se escondían del resto del mundo. Pero allí estaba él, tranquilamente sentado a su lado teniendo una charla de lo mas relajada e interesante. La doctora medito por un momento las palabras de aquel invitado inesperado en su cena, tal vez su misión había sido cambiada, pero él había dado un paso hacia otro lado, — ¿y no cabe la posibilidad de que esos creadores tengan un botón de autodestrucción guardado en alguna parte? no me refiero a algo mecánico, si no a algo mas biológico teniendo en cuenta que te rebelaste contra ellos, ¿sería posible que ellos fueran la causa de tu problema? — tal vez antes de que pudiera irse le inyectasen algo, tal vez en alguno de los ensayos para encontrar la cura que tanto buscaban pudieran hacer alguna atrocidad y provocar lo que le este ocurriendo en aquel momento.

Pero sin tener pruebas sobre ello y sin poder acceder a las notas médicas o a los ensayos que hicieran con aquel joven de nombre Prometeo, no podía asegurar nada. Que la invitase a buscar a aquel medico junto a él le resulto más que curioso, se habían conocido aquella misma noche, hará como mucho media hora y se estaban planteando el echo de embarcarse juntos en la aventura de encontrar a aquel médico, pero ¿por que no? después de todo una de las razones por las que Brianna viajaba era para aprender y aquel hombre si era tan conocido, tan respetado y poseía tales conocimientos, podía ser un buen instructor y eso le interesaba bastante a la doctora. Sin embargo lo medito un poco mientras tomaba un sorbo mas de su copa de vino casi vacía, el plato de igual modo, había quedado casi completamente vacío.

— Esta bien, creo que la idea de conocer a un erudito como el doctor me llama lo suficientemente la atención como para dejar lo que tenía en mente por el momento. Seguro que entre los dos podemos encontrarlo más rápidamente — le dedico una leve sonrisa mientras llamaba a la camarera para poder pagar las consumiciones que había pedido para la cena — sin embargo, habrá que pensar por donde empezar, parece ser un hombre bastante complicado de encontrar — cuando la joven pelirroja llego, Brianna saco el dinero y le pago mientras miraba por una de las ventanas de la taberna — igual que será mejor esperar a que termine de llover, no creo que le quede demasiado a la tormenta, ¿tienes alguna pista de si se encuentra en esta isla el doctor o debemos ir un paso mas allá? — si era necesario usaría los contactos que pudiera tener dentro del mundo de la medicina para saber donde se encontraba aquel hombre.

Mientras esperaba una respuesta de aquel que la acompañaba, guardo el libro en su mochila y se coloco levemente el pelo, mientras comía algunos de sus mechones se habían movido de aquel moño improvisado que solía hacerse con una pluma estilográfica para evitar que pudieran interponerse entre ella y el plato que degustaba. — Siempre puedo preguntar a la doctora Serena o a Mikael si saben donde se encuentra el doctor Podalovski, suelen ser quienes mantienen la comunicación con la mayoría de doctores por si necesitan ayuda o se ven en una situación de riesgo — era algo así como un seguro, alguien que sabía donde te encontrabas en todo momento por si necesitabas ayuda en cualquier momento, las cosas en el mundo no estaban como para aislarse completamente del mundo.
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Mensaje por Prometeo el Lun 10 Feb 2020 - 7:31

Cuando hablaba sobre sus creadores se refería a la humanidad en sí y no a alguien en específico porque, de ese ser el caso, debería hablar sobre el doctor von Weidenberg. Ese hombre era el responsable de la creación de los homúnculos, y en especial de la de Prometeo al otorgarle algo que le diferenciaba de sus hermanos. Así que era improbable la existencia de un detonante como el que la señorita Brianna suponía. Hubiera considerado la posibilidad de que la enfermedad degenerativa que padecía tenía su origen en los experimentos, pero en ninguno de estos hubo radiación ni implementación de sustancias extrañas en su cuerpo, sino más bien fue un estudio minucioso de su actividad cerebral y la química propia de este. Recordar aquellos tiempos en los que vivía dentro de la Jaula de Cristal le producían una extraña y molesta sensación en el pecho. Se parecía a esa vez que estuvo a punto de perder a la doctora, pero era incapaz de darle una palabra y describirla correctamente.

Reflexionó un momento la pregunta de la señorita Brianna, adoptando una postura pensativa. Se hallaba sentado con la pierna izquierda sobre el muslo opuesto, la mirada gacha y el ceño ligeramente fruncido. La doctora le había mencionado la existencia de una escuela de medicina en algún lugar de Towerbridge. Si bien primero optó por preguntarle a la gente sobre el doctor Podalovski, estaba dentro de sus planes visitar tal sitio. Así que se lo comentó a su acompañante.

—Agradezco su ayuda, señorita Brianna. Mis conocimientos meteorológicos son escasos por lo que no sabría decir con exactitud la duración de la tormenta. A menos que tenga planes para el día de mañana, me gustaría partir a primera hora en busca del doctor —le mencionó. Tampoco quería abusar de la buena voluntad de la mujer, después de todo, no tenía ninguna obligación en ayudarle y aun así lo estaba haciendo. Los humanos eran criaturas increíbles—. Si considera la posibilidad de que la doctora Serena y el señor Mikael sepan algo del doctor Podalovski, le agradecería que consultase con ellos. Y lo siento, un homúnculo debe ayudar a la humanidad y no al revés. De algún modo le compensaré, señorita Brianna.

La conversación estaba resultando muy interesante, hacía mucho tiempo que no podía explayarse libremente con otra persona que no fuera Elizabeth. En caso de que la mujer decidiera seguir con la charla, simplemente se quedaría ahí sentado escuchándole con gusto. Era una persona inteligente y sus ideas dignas de considerar, algo que un homúnculo como él debía agradecer. Sin embargo, si consideraba que era hora de descansar se acercaría al tabernero para alquilar una habitación y procedería a descansar. Por supuesto, se ofrecería a pagar el cuarto de su acompañante para, de alguna manera, compensar su amabilidad; si bien no contaba con una cuenta bancaria generosa, podía permitirse un gasto como ese. Posiblemente le hubiera ofrecido compartir el dormitorio de no ser porque la doctora se lo había prohibido. «¡Nada de acostarse con otras chicas, Prometeo!», le había dicho antes de salir del cuartel revolucionario.
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Mensaje por Brianna Byrne el Mar 11 Feb 2020 - 21:38

No todos los días Brianna podía decir que había entablado una charla realmente interesante con alguien y menos aún que esa persona fuera una creación, un homúnculo. Realmente estaba interesada en todo aquello, la historia de ese joven había logrado llamar su atención y de alguna forma quería averiguar el final de la misma. Esperaba que realmente aquel doctor pudiera ayudarle, parecía una buena persona aunque tampoco estaba del todo segura. Lo había conocido hace nada, pero en ocasiones se dice que ciertas personas tienen la capacidad de sentir cunado una persona es o no buena. En el caso de aquel chico, Brianna se había sentido bien a su lado, a gusto, así que se podría decir que para la doctora, por ahora, aquel chico era alguien a quien podía considerar bueno.

La tormenta estaba amainando poco a poco, aún era algo fuerte la caída de la lluvia, pero menor a horas antes. — Claro, no tengo ningún problema en salir a primera hora, estaremos frescos y con energía suficiente para emprender la búsqueda — tendría que pedirle al tabernero que le dejara llamar, después de todo, no había otra forma de contactar con sus compañeros médicos si no era usando aquel método. Lo pensó por un momento y después se levanto — dame un segundo, seguramente Serena siga despierta a estas horas, le cuesta dormir así que seguramente la pille despierta y no te preocupes, me alegra poder ayudarte — se dirigió hasta la barra de la taberna para llamar la atención de Marco, quien se encontraba limpiando unos vasos.

— Disculpa, ¿podría llamar a una amiga desde aquí? — le dedico una leve sonrisa que el tabernero no dudo en responder. — Claro bonita, dame un momento — se giro y le acerco un Den Den Mushi con una apariencia bastante graciosa, parecía un pequeño vaquero. Bri llamo a Serena, esperando que realmente estuviera despierta, por suerte una voz medio somnolienta, pero lo suficientemente despierta respondió al otro lado de la linea. — ¿Quién es? y espero que sea importante o realmente voy a matar a quien este tras el otro lado de la línea — la sonrisa de Brianna nos e hizo esperar. Siempre había sido igual de expresiva y se notaba que no le gustaba nada en absoluto que la molestaran cuando estaba trabajando. Pero aquello era un caso especial y aunque lamentaba molestarla, tenía que hacerlo.

— Vamos vamos, no te pongas así, además aún quiero vivir muchos años, Serena ¿conoces al doctor Podalovski y sabrías donde podría encontrarle? necesito que me ayude con una investigación — por un momento se hizo silencio. La mujer de negros cabellos se preguntó si realmente su amiga se habría dormido con el caracol en la mano, pero el ruido de unas hojas moviéndose la hicieron relajarse y esperar. — Esta en la escuela de medicina de Towerbridge, al parecer esta investigando alguna cosa allí — después se escucho un claro bostezo. — Gracias Seren, te debo una, nos vemos, ya te dejo trabajar — sin mas colgó el teléfono y se lo devolvió al tabernero. Fue hasta la mesa y volvió a sentarse estirando un poco su espalda en el proceso, estaba algo cansada aquel día.

— Me han informado de que el doctor se encuentra actualmente investigando algo en la escuela de medicina de la ciudad, así que iremos allí mañana mismo — tras decir eso, le dedicó una leve sonrisa a su acompañante. La verdad es que el conocer tanta gente en sus viajes le estaba gustando realmente. Poco a poco iba descubriendo que el mundo no era tan horrible como la gente que la había rodeado en su infancia y su adolescencia. Pero ahora, iba superando sus molestias y sus miedos, aunque aún tenía un largo camino, sin olvidar que la estaban persiguiendo y que no podía dejar de moverse, que tenía que seguir viajando para que no la encontrasen y la llevaran con su padre.
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Mensaje por Prometeo el Lun 17 Feb 2020 - 2:43

Dejó el pago de las dos habitaciones en el mesón y, tras despedirse formalmente de la mujer de cabellos azabaches, subió las escaleras de madera para encontrarse en un extenso pasillo, iluminado por unos pequeños focos anaranjados que colgaban del techo. Al caminar, el piso rechinaba agudamente y daba la sensación de que en cualquier momento se desplomaría. Buscó el número de su habitación en la corrida de puertas del lado izquierdo y, una vez la encontró, giró la perilla y entró. El dormitorio estaba bien, contaba con una cama medianamente sencilla y un pequeño escritorio sobre el que había una ventana cuadrada. También había un armario y un espejo de forma ovalada, además de un reloj con pintas victorianas. Se desvistió lentamente para luego entrar a la cama, preguntándose cuánto tiempo faltaba para encontrarse una vez más con la doctora. Los viajes eran interesantes y tenía la posibilidad de aprender muchas cosas, pero cada vez que se despedía de Elizabeth le invadía una extraña sensación acompañada de un vacío dentro del pecho.

Despertó cuando los primeros rayos de sol se infiltraron por la ventana, golpeándole directamente en el rostro. Soltó un bostezo y se estiró. Una vez hubo despabilado por completo, planificó el día dentro de su cabeza. Esperaba reunirse con la señorita Brianna en el comedor de la taberna, desayunar y partir a la escuela de medicina de Towerbridge. Buscó en el maletín una camisa azul petróleo de una tela muy suave y delicada que destacaba su dorso ligeramente esculpido y pronunciado, abrochándose cada uno de los botones. Se asomó por la ventana y una vista maravillosa se le presentó. Aún había nubarrones en el cielo, pero este estaba mayoritariamente despejado y la luz los atravesaba formando un paisaje espléndido. La combinación entre los grises y blancos de las nubes y el azulado cielo era una verdadera obra de arte. Hacía frío, era cierto, así que antes de salir del dormitorio se colocó la chaqueta negra que solía llevar, enseñando un outfit elegante y formal.

Saludó con un ademán de cabeza al tabernero, quien le devolvió el saludo con una sonrisa amigable y le pidió que tomara asiento: el desayuno pronto estaría listo. La noche anterior no había comido nada y, a decir verdad, aún no tenía hambre. Tenía una dieta muy estricta que descartaba por completo la presencia de carnes rojas, cuestión que se la comentó al dueño del edificio. Se mostró confundido, cuestionándose cómo es que alguien podía elegir un camino como ese. Prometeo tampoco estaba orgulloso de ser pescetariano cuando podía optar por una dieta completamente vegetariana, pero necesitaba los nutrientes que encontraba en los peces. Por otra parte, esperó a la señorita Brianna en el mismo lugar donde estuvieron hablando la noche anterior. La camarera le entregó un tazón de café muy caliente, comentándole que invitaba la casa, gesto que el homúnculo agradeció profundamente. Detalles como ese confirmaba la idea de que el ser humano es una criatura altruista que busca el bien de los demás.

—Buenos días, señorita Brianna —mencionaría una vez la mujer hubiera descendido al comedor—. Espero haya sido una noche agradable en compañía del sonido de la lluvia. ¿Le parece bien partir una vez terminemos el desayuno?
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Mensaje por Brianna Byrne el Mar 18 Feb 2020 - 15:48

En un principio quiso negarse a que Prometeo pagase ambas habitaciones. No era realmente necesario que él cubriera con los gastos de su alojamiento, ella misma tenía pensado pasar allí la noche antes de partir al día siguiente, pero al parecer era difícil hacer cambiar de opinión al homúnculo así que simplemente terminó por rendirse. Tras subir a la habitación decidió que intentaría descansar, sabía que no lograría dormir demasiado, nunca lo hacía. Pasadas unas horas tras conciliar el sueño, la doctora terminó por despertar sobresaltada y con cierto temblor mientras jadeaba. Los recuerdos que la atormentaban cada noche no parecía que quisieran darle una tregua. Tras respirar profundamente un par de veces logro calmarse lo suficiente como para poder levantarse. Fue hasta el baño de la habitación y se mojo la cara para terminar de despejar un poco el mal estar en su cuerpo.

Tras aquel instante miro el reloj, no eran mas que las tres de la madrugada, no es que hubiera dormido mucho, pero no podía hacer mucho más en aquel momento. Podía usar alguna droga para dormir, pero no quería quedarse dormida cuando había quedado con otra persona a la mañana siguiente. Fue entonces cuando decidió que al volver a la habitación sacaría uno de los libros de medicina que había comprado aquel mismo día y comenzaría a estudiarlo en profundidad. Sentada en la cama, rodeada de hojas en blanco, lapices de colores y el libro escogido comenzó con su rutina de estudio. Esto consiguió que las horas pasaran bastante rápido, cuando Brianna se concentraba en algo podía ser tan exhaustiva que se olvidaba incluso de comer.

Estaba absorta en su trabajo hasta que la luz del sol golpeo en su rostro haciendo que de alguna forma reaccionara. Recogió rápidamente sus cosas y tras asearse un poco se visitó con ropa limpia para luego bajar para desayunar. Allí se encontró con que Prometeo ya se encontraba con una taza de café entre las manos y le sonrió levemente — buenas noches Prometeo espero no haberte hecho esperar demasiado — pidió un café cargado y alguna cosa ligera para comer. Por la mañana no solía comer demasiado, no le entraba, al no dormir demasiado su cuerpo se encontraba algo revuelto cuando amanecía, era un efecto secundario de la falta de sueño. — La lluvia siempre es una música agradable — y en su caso la había ayudado a concentrarse y a pensar en otra cosa que no fueran sus propias pesadillas.

— Me parece un plan perfecto, ¿tu has podido descansar esta noche? — le dio entonces un sorbo al café que le habían traído, la idea de terminar de comer y marcharse era la más favorable para ambos y así lo hicieron. Una vez que los dos terminaron de desayunar tomaron sus cosas y tras despedirse del tabernero y la simpática camarera se marcharon de allí en busca de la escuela de medicina. No sería demasiado complicada encontrarla, era un edificio bastante llamativo, lo cual habían comprobado cuando un transeúnte les había señalado el lugar por el cual habían preguntado. — Parece que tardaremos al menos quince o veinte minutos andando, será un paseo agradable — tras decir aquello se pusieron rumbo hacía el edificio esperando que el doctor realmente estuviera allí y no se hubiera marchado.
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Mensaje por Prometeo el Mar 18 Feb 2020 - 19:52

Caminó en compañía de la señorita Brianna por las extensas y adoquinadas calles de Towerbridge, esquivando los charcos de agua que se habían formado por la lluvia y ahora reflejaban el cielo de una forma distorsionada. Corría un viento frío que mecía suavemente los cabellos blancos del joven homúnculo, abrazándose a sí mismo para encontrar algo de calor. Era la primera vez que sentía una brisa tan helada capaz de calarle hasta los huesos. La mayoría de los transeúntes, por no decir todos, llevaban abrigos pesados y grandes botas que no temían introducir a las pozas. La mañana resultaba muy movidita, aunque era de esperar puesto que se encontraba en el centro de la ciudad.

Mientras caminaba por las concurridas calles de Towerbridge la duda surgía dentro de su cabeza, preguntándose qué pensaría Elizabeth al verle pasear con una mujer que cualquiera consideraría atractiva. Los sentimientos de los seres humanos eran complejos y aún desentendía la mayoría de ellos. El caso es que los hombres se volteaban al ver pasar a la señorita Brianna, exhibiendo su melena negra y brillante, incluso había unos que suspiraban completamente embriagados en su belleza. Por otra parte, era demasiado pronto para que el homúnculo entendiese las miradas lascivas de los ciudadanos. Tenía su propia opinión de la mujer que le acompañaba. Era inteligente, amable y buena. ¿Acaso existía alguna razón por la que fijarse en su apariencia cuando tenía un comportamiento tan interesante? Probablemente la curiosidad era la responsable de querer saber más cosas sobre la señorita Brianna, así que mientras continuaban paseando le preguntó:

—¿Cuál es su historia, señorita? Alguien tan inteligente como usted podría estar haciendo investigaciones vanguardistas capaces de ayudar a muchas personas.

Hubiese respondido o no, Prometeo continuaría caminando hasta llegar a la entrada de un imponente edificio de tres plantas protegido por un cerco de piedra de casi su altura. En un cartel de madera se notaba la siguiente inscripción: «Escuela de Medicina». Las tonalidades opacas y cafés primaban en la fachada de la estructura que tenía pintas de palacio victoriano. Había un hermoso y bien cuidado jardín que desprendía humedad producto de la lluvia. Incluso gotas de agua aún caían de las hojas de los árboles verdes y gigantescos. Una pequeña escalera de madera terminaba en una pequeña plataforma que daba paso a una puerta doble.

—Hemos llegado, señorita. Después de usted —le mencionó, abriendo la puerta de fierro y haciéndole un ademán con la mano para que pasase primero.
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Mensaje por Brianna Byrne el Miér 19 Feb 2020 - 18:09

Aquella isla tenía un clima bastante frío y húmedo, por ese motivo Brianna llevaba un abrigo, guantes y una bufanda. En sus viajes había aprendido a ir siempre preparada para ese tipo de situaciones. Sin embargo, Prometeo parecía no estar preparado para aquel clima y por lo que había podido ver la mujer, parecía tener algo de frío. No tenía mucho que prestarle, pero al menos intentaría quitarle un poquito del frío que pudiera tener. Se acerco a uno de los puestos por los que estaban pasando y compro una chaqueta. Se puso frente a él y con una sonrisa se la paso por los hombros para que se la pusiera y después se quito la bufanda para luego pasarla por el cuello de él y ajustársela de modo que también le cubriera los hombros. Al menos ahora estaría más abrigado y no pasaría tanto frío como parecía estar pasando momentos antes.

— Esto es por la conversación de anoche y por invitarme a dormir — después le dedico una dulce sonrisa y retomó el rumbo que llevaban hasta entonces para ir hacía el edificio de la escuela de medicina. Escuchar sus palabras la hizo suspirar levemente — me temo que es una larga y triste historia de la que no me gusta hablar demasiado, pero en estos momentos me encuentro huyendo de ciertos hombres que no buscan nada bueno, por ese motivo me paso la mayor parte del tiempo viajando e investigando mientras tanto como buenamente puedo — no quería hablar mucho más del tema. Con eso se podría imaginar el por que no estaba en alguna escuela o centro de investigación, si se quedaba quieta era más fácil que pudieran encontrarla.

Siguieron caminando sin parar un momento hasta que llegaron al edificio señalado, era una edificación bastante hermosa, los jardines le daban un toque hermoso a la luz del sol que se filtraba por las gotas de rocío que perlaban las hojas y los pétalos de las flores. Sonrió un poco ante el espectáculo y luego asintió a Prometeo para entrar y acercarse al mostrador donde un joven de no más de treinta años atendía — buenos días, venimos a ver al doctor Podalovski tenemos unas preguntas que hacerle sobre una investigación médica — le mostró al joven una acreditación de médico para que no tuviera ninguna duda sobre la veracidad de sus palabras, no quería más retrasos.

Se imaginaba que Prometeo estaría ansiosos por poder hablar con aquel hombre al que llevaba tiempo buscando. El joven asintió y levanto el teléfono para llamar al despacho del doctor, después frunció un poco el ceño y tras compartir un par de palabras con quien fuera que estuviera al otro lado del teléfono miro a los visitantes y suspiro. — Lo lamento pero el doctor no se encuentra aquí en estos momentos, esta visitando a un paciente, pero si tienen mucha prisa puedo darles su dirección — Brianna miro a Prometeo y asintió — si es tan amable, la verdad es que no podemos quedarnos demasiado tiempo y nos vendría bien verlo cuanto antes — el muchacho saco un papel y tras escribir la dirección se la entrego a la doctora que le echo un ojo y luego se la dio a su acompañante — muchas gracias y que tenga un buen día — después su intención sería girarse y salir del edificio para ir en busca de aquella casa.
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Mensaje por Prometeo el Jue 20 Feb 2020 - 4:22

¿Por qué? Fue la única cosa que se le pasó por la cabeza cuando la señorita Brianna compró una chaqueta y se la pasó por los hombros. No entendía. Incluso se quitó la bufanda que aún mantenía su fragancia para envolverle el cuello con ella. Sintió su cálida respiración al hacerlo, pero incluso esta calidez era incomparable a la que surgió desde lo más profundo de su pecho, invadiendo cada rincón de su cuerpo. Se acomodó la chaqueta sin quitarle la vista a la mujer que tenía en frente, intentando comprender el motivo de su dulce sonrisa. Respondió que se debía por la conversación de la noche anterior; también por haberle invitado a dormir, pero no era razón suficiente para actuar así con él. Se sentía… bien. Descontando a la doctora Elizabeth, era la primera persona que le trataba amablemente sin esperar nada a cambio. Podía atribuir su comportamiento a la naturaleza propia del ser humano, pero seguramente había algo que la diferenciaba de las personas que había conocido hasta ese día. Agradeció sinceramente lo que había hecho por él, pues no solo había notado que tenía frío, sino también había actuado para que no lo tuviera más.

Como las siguientes palabras de la señorita Brianna fueron bien explícitas pudo comprender a la perfección el contexto de su respuesta: no quería hablar de su vida. Pero dijo lo suficiente para saber un par de cosas. Había gente con malas intenciones tras ella. Resultaba casi injusto que una persona como ella tuviera que huir y esconderse cuando merecía ser libre. Alguien tan inteligente como la señorita Brianna debía estar en la vanguardia, publicando artículos médicos que ayudarían a cientos de miles de personas. Prometeo era alguien que aborrecía la violencia en cualquiera de sus formas, pero, gracias a su estadía en la Jaula de Cristal, sabía que esta era inevitable en muchas ocasiones. Si bien la evitaba en mayor medida, tampoco dejaría que le hicieran daño a la señorita.

—Vuelvo a agradecer su amabilidad, señorita Brianna. Por favor, no olvide contar conmigo en algún futuro cercano o lejano si se ve envuelta en problemas —le aseguró, mirándole con sus profundos ojos celestes—. Puede que no lo parezca, pero estoy hecho para ser una máquina de combate. Detesto la violencia, pero hay veces en que solo esta puede evitar un mal mayor. Al menos téngalo en cuenta.

Continuaron avanzando hasta llegar al edificio y, una vez atravesaron la puerta tras la escalinata, se encontraron en un vestíbulo increíblemente limpio cuyo piso de madera relucía intensamente. Los rayos del sol se filtraban por las ventanas arqueadas, iluminando la pila de hojas que había en el mesón de la recepción. Tras este se hallaba sentado un hombre medianamente joven, de aspecto débil y ojos grises. Había unas pocas plantas a modo de adorno, ubicadas estratégicamente para que no diesen la impresión de que el interior estaba colapsado. También había cuadros de distintos hombres cuyos nombres estaban bajo los respectivos marcos de tonalidades doradas y marrones. Frente a la puerta principal se ubicaba una escalera de madera y en forma de caracol que conectaba a los pisos superiores. Y la señorita Brianna no dudó en acercarse al recepcionista para preguntarle sobre el doctor Podalovski, enseñando una credencial que acreditaba su estatus de médica.

Al final el hombre al que buscaban no se encontraba en la escuela, pero obtuvieron la dirección donde se suponía que estaba atendiendo a un paciente. La noticia no desanimó al joven homúnculo, pues poco a poco estaba más cerca de conocer al doctor. Junto a la señorita Brianna, Prometeo salió del edificio, aunque no sin antes despedirse del recepcionista y agradecerle lo que había hecho por ellos. Volvieron una vez más a la calle y, tras recibir las indicaciones correspondientes, emprendieron el viaje.

—En la Jaula de Cristal los hombres de blanco me despreciaban por lo que era, y causa de mi naturaleza artificial no podía quejarme. Era lo normal para mí —comenzó a contarle mientras caminaban por las avenidas de Towerbridge—. Cuando la gente se entera de lo que verdaderamente soy, un experimento casi fallido, suele alejarse. Aún no logro entender por qué es distinta, señorita Brianna. ¿Por qué no me ha despreciado como el resto de los hombres que he conocido?
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Mensaje por Brianna Byrne el Vie 21 Feb 2020 - 17:46

El camino hasta el lugar donde se encontraba el doctor atendiendo a un paciente no se les haría demasiado largo. Según las indicaciones que habían recibido, parecía que estaba más cerca de lo que parecía. La verdad e que estaba contenta por haber conseguido encontrar al doctor y haber podido ayudar a Prometeo. Era un buen chico y fuera homúnculo, humano o lo que fuera, si ella podía ayudarle, lo hacía mas que encantada. Sabía lo que significaba sentirse extraño y diferente, estar en un lugar donde parece que nadie te quiere y sobretodo, ser un objeto, ser usado para satisfacer los deseos y fetiches de aquellos que te "poseen" sin poder hacer más que aguantar. No sabía cual era la historia completo de Prometeo, tampoco quería preguntar más o inmiscuirse demasiado, pero había sido bueno con ella y no tenía por que pagarle de otra forma.

— Sabiendo que no te gusta la violencia, jamás te pediría que pelearas por mi, es una guerra complicada y en algún momento deberé enfrentarla, pero por el momento busco otro camino — se le hacía fácil hablar con aquel joven, era alguien que transmitía paz, no sabía del todo bien por que, pero no sentía ningún tipo de hostilidad mientras caminaban juntos o charlaban. No había dobles intenciones, no había peligros aparentes que pudieran venir de aquel chico y eso la hacía sentir bastante más tranquila de lo usual. Escuchó con atención la historia que le estaba contando y después su pregunta. Lo pensó por un momento y después sonrió de una forma sincera, cariñosa y al mismo tiempo triste, una mezcla de emociones algo complicada.

— Comprendo lo que es sentirse extraño, sentir el desprecio de la gente y sentirse usado, sentir que no eres nada para aquellos que te rodean y que solamente eres un objeto para sus fines. Eres un buen hombre Prometeo, has sido bueno conmigo y muy amable, ¿por que no debo ser igual? — para Brianna era sencillo pensar de aquella manera, no había maldad alguna en su corazón, era alguien que aun tras lo vivido, esperaba encontrar lo bueno en el corazón de la gente, aunque comprendía que también existía mucha oscuridad y que debía tener cuidado con ella. — Aunque no seas un humano, tienes consciencia, no se que grado de sensibilidad posees a los sentimientos humanos, pero sientes frío, calor, eres un ser vivo y como tal, mereces que te traten con respeto y amabilidad — le miro de reojo mientras seguían caminando.

Sus pasos finalmente les llevaron hasta la casa donde se encontraba el médico. Estaba un poco nerviosa y esperaba por favor, que el doctor estuviera allí y no se hubiera marchado. Miro a Prometeo un momento y tras respirar hondo un par de veces llamo a la puerta esperando ver si alguien les habría. La verdad es que aquella búsqueda había sido entretenida y si realmente daba sus frutos podía ser algo realmente maravilloso. Hablar con un erudito en cualquier campo de la medicina siempre era un placer para la doctora y sabiendo que en este caso, era un especialista en enfermedades raras y degenerativas le llamaba aún mas la atención. Le haría muchas preguntas al doctor una vez que Prometeo hubiera satisfecho sus curiosidades o tal vez antes, dependiendo de lo que quisiera su acompañante.
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Mensaje por Prometeo el Dom 23 Feb 2020 - 0:54

Era cierto: detestaba la violencia. Pero no era razón para no pelear por una amiga en peligro, si es que la señorita Brianna le permitía considerarla como tal. Sobre todo si se trataba de una guerra complicada. El caso es que deseaba que contase con él cuando estuviera en problemas puesto que, de la misma forma que ella le había ayudado, esperaba hacer lo mismo. ¿Cómo darle la espalda a alguien que seguía sorprendiéndole gratamente? Sonrió por primera vez en mucho tiempo sin ser consciente directamente de ello ante las palabras de la doctora. Se sentía agradecido por conocerle, y quería que ella se sintiese igual.

—Puede contar conmigo cuando lo considere necesario, señorita. Si bien es cierto que prefiero recorrer un camino ajeno a la violencia, me permitiré alejarme con tal de protegerla —aseguró con firmeza—. No debería ser usted quien huya.

El joven homúnculo se detuvo frente a una enorme reja de fierro custodiada por dos hombres vestidos de negro. Tras esta se dejaba ver un imponente palacio con un hermoso balcón que daba hacia un hermoso jardín. Si habían seguido correctamente las indicaciones, estaban en el lugar adecuado. No obstante, jamás pensó que el doctor Podalovski estaría atendiendo a un paciente dueño de un lugar tan… ostentoso. Tenía entendido que acceder a ese tipo de lugares era complejo, pues seguramente los guardias tenían las órdenes de no dejar pasar a nadie sin previa autorización de sus jefes. Pero había que intentarlo. Tenía la esperanza de que el doctor reaccionase positivamente al apellido Weidenberg, después de todo, era un gran amigo del padre de Elizabeth. O eso le habían mencionado.

Se acercó a la reja y los hombres intercambiaron miradas. Ninguno de ellos le llegaba siquiera al pecho a Prometeo y, de acuerdo a sus posturas, podía derribarles sencillamente en caso de que ejecutasen alguna acción violenta en contra de la señorita Brianna. Pero no hizo falta puesto que resultaron ser bastante amables.

—¿Te puedo ayudar en algo, muchacho?

—Estamos buscando al doctor Podalovski, señor. Nos han dicho que está cuidando a un paciente en este lugar.

—Oh, sí, ese hombre… Te han informado bien, pero lamento decirte que no puedo dejarte pasar. Son órdenes de arriba y mi trabajo es cumplirlas.

Supuso correctamente, pero aún había una esperanza.

—Comprendo. ¿Es posible anunciar la llegada de un amigo de la doctora Weidenberg? El doctor Podalovski lo entenderá.

—Hm, sí. Supongo que puedo hacer eso…

Esperó unos eternos cinco minutos fuera del palacio en compañía de la señorita —hablando o no, dependía de ella— hasta que el hombre volvió. La reja comenzó a abrirse lentamente mientras el guardia les informaba que el doctor les esperaría en el vestíbulo. Tras agradecer educadamente la buena voluntad de este, recorrió el camino de piedras que llevaba hacia una enorme puerta de madera donde le esperaba un viejo trajeado, de barbas cortas y ojos grises. Todo indicaba que era el mayordomo del palacio.

—Por aquí, por favor.
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Mensaje por Brianna Byrne el Dom 23 Feb 2020 - 22:30

No se imaginaba que terminarían en un lugar semejante. Parecía un palacio, desde luego el paciente debía de ser alguien muy importante si podía darse el lujo de vivir en un lugar como aquel. Brianna sabía lo que era tener dinero, al menos conoció ese lujo el poco tiempo que convivió con sus padres, pero prefería la vida que llevaba ahora que lo que había tenido antes. Por suerte para ellos, aquellos hombres fueron amables y no tuvieron ningún reparo en avisar al doctor de que los jóvenes se encontraban esperando. Por suerte para ellos, al parecer aquel apellido había surtido el efecto deseado, pues les indicaron que podrían pasar a ver al doctor. Brianna miro a Prometeo de reojo y dejo que en esta ocasión fuera él quien entrase primero.

Se imaginaba que seguramente estaría nervioso o tal vez ansioso ahora que por fin habían encontrado a la persona indicada. El palacio estaba decorado con un gusto exquisito. Cuadros exquisitos decorando las paredes, cortinas y piezas de porcelana fina en las estanterías y sobre las mesas y muebles. Flores en hermosos jarrones decorados en oro y las lamparas de araña de hermosas lágrimas de cristal colgaban de los techos como una lluvia centelleante y luminosa de lujo. Sinceramente estaba maravillada mirando toda la decoración. Puede que Brianna fuera una estudiosa y tal vez por eso mismo podía apreciar la belleza de aquello que para ciertas personas puede parecer una simple antigüedad.

En aquel lugar, podía decir que existía un equilibrio perfecto entre lo Vintage y el buen gusto del mundo actual. Siguieron al mayordomo hasta la sala donde al parecer les estaba esperando el doctor. Era una especie de despacho, con un escritorio de madera de roble presidiendo. Grandes librerías a cada lado y varios cuadros de quien imaginaba sería el dueño del palacio. No obstante, Brianna no conocía su apariencia, por lo que no podía ponerle nombre. Se quedo junto a Prometeo mientras pasaban los dos y se presentaban ante el doctor que paro un momento para poder mirarlos con detenimiento antes de hablar. — Puedo ser mayor, pero creo recordar que la señorita Weidenberg no es esta muchachita — Brianna rápidamente quiso excusarse.

— No señor, mi nombres es Brianna y soy médico, lamentamos las molestias pero es el joven Prometeo quien tiene asuntos con usted — le dio la palabra a Prometeo esperando que él diera el primer paso. El doctor fijo entonces su vista azulada casi grisacea sobre el homúnculo. Se ajusto las gafas y removió el bigote de una manera algo graciosa, al menos para Brianna. Parecía ser un hombre apacible, de unos sesenta años o tal vez unos pocos más. Con el pelo blanco y un tupido bigote con las puntas rizadas. Tenía la postura ligeramente encorvada, seguramente a causa de las largas horas investigando en una silla demasiado dura para su espalda. Vestía con la típica bata blanca que solían usar cuando se encontraban trabajando y su rostro aunque afable, demostraba también una profunda seriedad por lo que imponía respeto incluso sin quererlo.
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Mensaje por Prometeo el Lun 24 Feb 2020 - 6:13

Se presentó ante el doctor y resultó ser tal cual lo imaginaba: relativamente alto, aunque con la espalda encorvada, ojos cansinos y aspecto apagado. Bueno, así lo había descrito la señorita Elizabeth. Y también había dicho que era un hombre paciente, pero su especialidad no era tratar con las personas. Era un tipo de pocos amigos, que pensaba mucho y decía poco. Sin embargo, la doctora también le había mencionado la importancia de conocer a las personas antes de juzgarlas, así que esperaba conocerlo personalmente y luego decidir si la opinión de Elizabeth era acertada o no.

—Soy yo quien lo busca por recomendación de la señorita Elizabeth von Weidenberg, doctor —habló el joven homúnculo, dando un paso hacia el frente.

El hombre miró al albino, como si le estuviera estudiando con la mirada.

—Así que eres tú, ¿eh? Tomen asiento —les indicó el doctor para luego salir de la habitación y volver pasado unos minutos. Una buena conversación ameritaba una estupenda taza de té—. Aunque el trabajo de las sirvientas sea atender nuestras demandas, tampoco está mal que uno se prepare algunas cosas, ¿verdad? —comentó, dejando sobre el escritorio una bandeja de porcelana en la que había unas delicadas tazas—. Bueno, joven, cuéntame una cosa. ¿Cómo está la hija de Alfred? ¿Sigue trabajando en ese proyecto del Gobierno Mundial?

—No, doctor, desertó hace unos meses. El padre de la señorita cayó enfermo y sufre de alzhéimer. Fue reemplazado por el señor Morello, transformando el proyecto en un experimento militar en el que los homúnculos fuimos sometidos a un duro entrenamiento.

Alexander se masajeó la frente con ambas manos, intentando asimilar la información recibida. Así que esa era la razón por la que no había sabido nada de su amigo en el último tiempo. Esperaba que no hubiera secretos perversos, de esos que tanto le gustaban al Gobierno Mundial.

—Normal que haya desertado; los doctores nos dedicamos a salvar vidas, no a… estupideces militares. Pero algo me dice que no me estás contando toda la verdad. ¿Qué escondes, joven? Puedes contarme, no te preocupes.

—El señor Morello me pidió que asesinara a la señorita Elizabeth…, pero no fui capaz de hacerlo. Yo…, yo no quiero tener más sangre en mis manos, doctor —respondió Prometeo con la vista gacha, empuñando ambas manos sin saber exactamente el por qué—. La única opción viable fue rebelarnos en contra del señor Morello, tuvimos que huir de la instalación científica y el Ejército Revolucionario nos acogió. La señorita cree que ellos tienen los recursos necesarios para encontrar la cura a mi enfermedad.

—Son… muchas cosas por asimilar, es cierto —contestó Alexander para luego darle un sorbo al té. Si no hubiera vivido ya tantos años, seguramente se habría impresionado, pero la vida ya no tenía esa misma chispa de antes—. No le tengo especial aprecio a los revolucionarios, pero es cierto lo que Elizabeth dice. Entonces, ¿vienes a preguntarme sobre el fragmento de alma dentro de tu cuerpo o la enfermedad degenerativa de la que padeces?

Prometeo parpadeó perplejo, sorprendido ante la certeza de las preguntas del doctor Podalovski.

—¿Cómo lo sabe…?

—Llevo años trabajando en esto, joven, podría reconocer con facilidad a un paciente que padece alguna enfermedad degenerativa, aunque en tu caso es bastante grave —sentenció el doctor, acomodándose en la silla y paseando la mirada por ambos jóvenes que tenía en frente—. Si bien no soy un experto en la creación de vida artificial, puedo saber que careces de la fuerza propia de tus congéneres. Tus pasos son débiles y tu cuello sufre los primeros síntomas de esta extraña enfermedad. Responderé todas las dudas que pueda responder; considéralo un favor para Elizabeth. Ahora, antes de seguir con esta conversación, ¿quién es la jovencita que te acompaña? Dices llamarte Brianna y ser médico, ¿no? ¿Tienes alguna especialización?
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Mensaje por Brianna Byrne el Mar 25 Feb 2020 - 22:50

Dejó que Prometeo fuera quien hablara con el doctor tanto como quisiera. Ella tan solo le acompañaba en busca de quien ya habían encontrado. Y aunque era cierto que quería hacerle algunas preguntas al doctor, no quería molestar mientras su acompañante le explicaba su situación. Desde luego era admirable la capacidad de análisis que poseía Podalovski, aunque teniendo en cuenta su carrera dentro de la medicina sería extraño si no tuviera un buen ojo clínico. Suspiro de forma leve mientras sus ojos se dispersaban por la sala, le gustaba admirar aquello que la rodeaba. Como ya había mencionado, la decoración era exquisita y no podía evitar el disfrutar mirándola. Por un momento mantuvo su mente distraída y completamente absorta, ignorando levemente la conversación que llevaban los dos hombres.

No obstante, varios de los datos se quedaron en su mente. Entre ellos, que habían mandando a Prometeo a asesinar a la doctora que lo había enviado a buscar al doctor Podalovski y que él, no había sido capaz de hacerlo. Aquello solo conseguía hacer que el hombre ganara puntos para Brianna. Realmente parecía alguien bueno y de fiar y se alegraba de haber podido ayudarle. Salió totalmente de su ensoñación cuando el doctor se dirigió a ella y le pregunto aquello. Le dedico una leve sonrisa antes de responder — si señor, soy médico, aunque aún tengo mucho que aprender, me gustaría especializarme en cirugía primeramente aunque la farmacología también llama mucho mi atención y disfruto mucho investigando sobre ella — no podía negar sus dos pasiones dentro de la rama médica.

La respuesta pareció satisfacer al médico que le dedico una sonrisa y asintió alegremente. Parecía que había respondido justo lo que él quería escuchar — muy bien chiquilla, buena respuesta, buena respuesta, uno nunca termina de aprender y de estudiar — después giro a mirar a Prometeo nuevamente y le indico que tomara asiento en una silla cercana — ven muchacha, acércate, vamos a ver los síntomas que presenta este joven los dos juntos, así te servirá para aprender algo nuevo — Brianna miro a Prometeo esperando ver si aquella idea no le hacía mucha gracia. Después si él no se oponía se acercaría junto al doctor Podalovski y entonces comenzarían a analizar los signos que mostraba sobre la enfermedad que padecía. — ¿Ves esas marcas en su cuello? son un claro síntoma de que la enfermedad comienza a agravarse, cuando sus señales son externas, significa que posiblemente se encuentre muy extendida de forma interna — mientras iban analizando cada uno de ellos el doctor le explicaba a Brianna todo lo necesario para comprender aquello.

— En ese caso doctor, las ojeras y su baja energía son también síntomas de que su cuerpo comienza a caer ante la enfermedad — el doctor asintió mientras que en los ojos de Brianna se notaba la preocupación por el joven Prometeo. — Sin embargo, aún estamos a tiempo de hacer algo por el muchacho, no se exactamente que enfermedad tienes chico, pero estoy seguro de que si no te a llevado ya, aún tiene cura y podemos encontrarla si estas dispuesto a buscarla — después de todo había gente que se daba por vencida. Brianna miro al homúnculo esperando que aún tuviera las fuerzas de luchar y de seguir adelante, ojala pudiera ayudarle más, pero no poseía los conocimientos necesarios como para poder encontrar una cura para él.
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Mensaje por Prometeo Hoy a las 1:21

Tras llevarlo a una silla más adecuada para la inspección, el doctor le pidió que se quitara la chaqueta y acabó por desabrocharle los primeros botones. Unas tenues líneas grises se dibujaban en su cuello. Mientras le explicaba los síntomas visuales de la enfermedad a la señorita Brianna, apuntaba estas venas deterioradas.

—Los grandes esfuerzos físicos aceleran el avance de tu enfermedad, chico. Si conoces a la misma doctora que yo, debes ser consciente de esto —le mencionó, mirándole detenidamente—. Como dice la señorita, también tienes unas ojeras pronunciadas. Si bien son pruebas de que padeces una condición muy perjudicial para tu cuerpo, necesito hacerte exámenes para darte una opinión más profesional. Si se me ocurriera una cura con solo mirarte no estaría haciendo ciencia, sino magia, ¿verdad? —Miró a ambos, casi como para comprobar que estaba de acuerdo con lo que decía. Su vasta experiencia en el campo médico le enseñó que el conocimiento no crea milagros. Se acomodó la voz y dijo—: Es importante que empieces a cuidar tu salud, incluso siendo un homúnculo debes parar a descansar. De acuerdo a lo que se me ha explicado, tanto en la carta como por ustedes aquí presentes, no cabe ninguna duda de que Prometeo genera un “alzhéimer masificado”. Ya habrá que pensar en un nombre.

El doctor Podalovski se dirigió hacia el maletín que tenía en una silla y sacó un pequeño frasco de vidrio. Caminó hacia el homúnculo y destapó la botella para retirar una pequeña cápsula blanquecina, observándola en la palma de su mano.

—Desconozco cuánto te ha hablado la doctora de mí, pero permítanme contarte algo. Y puede que vaya a ayudarte cuando necesites respuestas —dijo, alzando la vista hacia la señorita Brianna y mirándole con un dejo de arrepentimiento—. Comencé mis estudios poco después de que mi padre cayera enfermo. Llamamos a los mejores doctores que había en ese momento, pero ninguno pudo encontrar la cura. Y me pregunté: «¿No puedo hallarla por mi cuenta?». Fue una carrera contra el tiempo, pero afortunadamente siempre he aprendido rápido. A pesar de que me esforcé lo que más pude, el cuerpo de mi padre no soportó más y falleció. —Remojó sus labios con un sorbo de té y continuó hablando—. Puede que no suene muy científico, pero su muerte me mostró el camino que debía recorrer. Dediqué una década de mi vida a estudiar enfermedades sin tratamiento hasta que me encontré con mi gran piedra: el alzhéimer. Incluso hoy no he podido encontrar una cura a ese… monstruo que devora los recuerdos de las personas, quitándoles todo. Pero a pesar de mis infortunios, he tenido una vida privilegiada y cuento con la autonomía para subvencionar mis investigaciones. Durante mucho tiempo he estado trabajando en esta medicina y, si bien no está terminada del todo, funciona bastante bien, siempre y cuando no se consuma en grandes dosis.

Prometeo escuchó atentamente las palabras del doctor, asintiendo cada cierto tiempo para mostrar que estaba pendiente de lo que decía.

—Los doctores nos dedicamos a salvar vidas, así que por favor acepta esto, joven —terminó por decir—. Aún no le he puesto un nombre oficial, pero en el laboratorio le llaman AZH-69. Este medicamento ralentizará el avance de tu enfermedad y te dará algo de energía, pero debes ser cuidadoso y consumirlo cada 72 horas. Incluye un efecto analgésico para momentos específicos en los que sientas un gran malestar. Sin embargo, he de recalcar que es una medicina muy potente que puede llegar a ser contraproducente si su consumo es irresponsable. Ve a Blacktown, joven, allí vive una gran amiga mía que podrá hacerte un electroencefalograma. Prometo que estaremos en contacto, aunque por ahora debo seguir atendiendo a mi paciente.

En caso de que la señorita Brianna no tuviese nada que agregar, el doctor se despediría educadamente de cada uno.

—Muchas gracias por su amabilidad, doctor. Nos veremos pronto.

—Le debo mucho al padre de Elizabeth —respondió con una sonrisa—. Ha sido un gusto, doctora Brianna. Cuida mucho a tu novio, parece un buen muchacho.
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