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Esto... sí. Yo venía para... esto... - Aoi & Iulio [Privado - Pasado]

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Mensaje por Azumane Aoi el Jue 3 Sep 2020 - 19:58

En el cuarto había cinco personas, ahora que O'Culkin estaba fuera de combate en el sótano. La novata se lanzó por la primera figura humanoide que vio nada más entrar en la sala, que resultó ser una de las dos mujeres presentes, a la que agarró del brazo para tirar de ella y obligarla a levantarse de su cómoda silla de cuero acolchada, hacerla girar sobre sí misma sin soltarla y darle una patada en el hueco poplíteo de la pierna derecha, haciéndola inmediatamente perder el equilibrio, y golpearle la cabeza contra la mesa con fuerza, dejándola inconsciente sin que pudiera hacer mucho al respecto.

Iulio se estaba encargando del traficante de drogas, lo que dejaba a los otros tres libres, alerta y ahora preparándose para huir o enfrentarse directamente a ellos. Aoi se subió a la mesa de un salto y se lanzó hacia el hombre que tenía frente a ella cual depredador atacando a su presa, tirándolo de la silla de la que ya se estaba levantando para aterrizar en el suelo con el rostro del hombre entre sus rodillas y propinarle un puñetazo con la diestra justo entre los ojos, con lo que el tipo perdió el conocimiento.

Al levantarse, la joven marine se percató de que el otro hombre estaba ya huyendo a toda la velocidad que le permitían sus zapatos de diseño hacia la puerta, mientras chillaba como si lo estuvieran matando. Viéndose en la necesidad de actuar con la mayor rapidez posible para poder maniatar a los delincuentes antes de que alguno despertase de su siesta, y a sabiendas de que todavía le quedaba uno más por noquear a mayores de aquel, Aoi decidió probar suerte con las habilidades de su fruta.

Calculando que el hombre se encontraba dentro de su radio de efecto de cinco metros, "activó" su habilidad y lo hizo levitar con el gesto de una mano. El señor emitió un grito extraño al verse flotar por motivos ajenos a su persona y se calló un par de segundos, en los que probablemente estaba demasiado estupefacto como para articular palabra. No obstante, pasados esos segundos volvió a chillar de nuevo, esta vez más agudo, al tiempo que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, arrastrando el maquillaje con ellas. Aoi no se molestó en calmarlo ni hacerlo entrar en razón y, para acabar con aquel chillido molesto, lo empujó hacia el suelo ejerciendo una fuerza de unos 100kg, o quizá algo menos, intentando no romperle ningún hueso ni dañar ningún órgano vital. El hombre cayó de súbito al suelo con un sonoro golpe y perdió el conocimiento inmediatamente.

La novata desactivó su rango de acción entonces y cogió un par de esposas del bolsillo de su pantalón para apresar al que aún yacía con medio cuerpo sobre su silla y ahora sangraba por la nariz.
Fue entonces cuando pudo escuchar el sonido de los cristales rompiéndose, y vio a la otra mujer saltando hacia el exterior del edificio en un claro gesto desesperado por salir de allí sin enfrentarse a su condena. Aoi calculó que, estando en un primer piso, podía aterrizar mal y romperse un tobillo, ahorrándoles el trabajo de la persecución, pero por la frustración de su compañero marine, parecía haber tenido la suerte del principiante.

Iulio se desvaneció frente a ella en un mar de chiribitas, dejándola paralizada por la sorpresa unos segundos, hasta que recordó que quedaban dos personas más por esposar. La muchacha procedió a esposar a la mujer que parecía dormir plácidamente con la cabeza apoyada en la mesa, en una postura un tanto incómoda, y se tomó la libertad de sentarla en una de las sillas para que luego no se quejase del maltrato que había recibido por parte de las autoridades ―obviando el golpe contra la mesa, por supuesto―, y, por último, se acercó al señor Chillón para colocarle bien las manos a la espalda y esposarlo también.

―Ah, pues me han llegado justas ―se dijo la alcohólica a sí misma, dándose cuenta de que ahora sus bolsillos estaban vacíos.

A continuación, la muchacha emitió un suspiro y se enjuagó una gota de sudor de la frente, contemplando su trabajo.

―¿...Y qué teníamos que hacer al final? ―inquirió para sí, todavía confusa.
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Mensaje por Iulio el Sáb 5 Sep 2020 - 5:59

Lo cierto era que aquella mujer ―cuyo nombre desconocía por completo, todo sea dicho, así como el motivo por el que me habían lanzado a aquella isla― no tenía demasiadas posibilidades de zafarse de mí. Ante la incapacidad de abatirme a base de disparos y la evidente diferencia de velocidad entre uno y otro, no tuvo más opción que arrojar el arma y dejarse atrapar sin oponer más resistencia.

―Hacer este tipo de cosas tiene sus riesgos ―comenté al tiempo que le colocaba las esposas alrededor de las muñecas―; supongo que todos lo sabríais antes de meteros en ello, ¿no?

―Cállate, ¿quieres? No eres nadie para darme lecciones de nada. Ni tú ni ninguno de tus superiores.

Cualquier rastro de glamour o sofisticación había desaparecido del semblante y la actitud corporal de la mujer, que caminaba delante de mí con docilidad de vuelta a la sala de reuniones. Estaba tranquilo acerca de la situación de Aoi, pues ya había demostrado previamente que podría encargarse sin mayores contratiempos de problemas mucho más grandes que el que le había legado.

Efectivamente, cuando volví a entrar en la estancia ―esa vez a pie, como una persona normal― todos y cada uno de los cabecillas de aquel grupo criminal estaban debidamente detenidos. Había alguno que otro inconsciente, pero ese castigo era insuficiente en comparación con el que debían recibir. Fuera como fuese, no era a mí a quien correspondía sentenciar a nadie.

―Pues bueno... ¿Y ahora qué? ―comenté, pues aquel entuerto no dejaba de ser algo con lo que nos habíamos topado sin querer. Leblanque me había arrojado del barco junto a Aoi, sin más. Casi como si de una respuesta a mis inquietudes se tratase, unos apresurados pasos se escucharon a mis espaldas. Quien los daba subió los escalones de dos en dos, y cuál fue mi sorpresa al comprobar que el sujeto sudoroso que nos había conducido hasta la zona después del desembarco era el emisor de los zapatazos.

―¡Alabado sea el señor! ―exclamó al tiempo que, de nuevo, se secaba el sudor con un pañuelo―. Si os digo la verdad, temía que sólo dos personas fuesen insuficientes para atrapar y detener a esta panda de sinvergüenzas.

―¡Carthy, sabandija! ―gritó la huidiza mujer―. ¡No te nombramos líder del quinto sindicato para esto!

―Se os ha ido de las manos, Prudence. No tenía problema en sacar tajada de alguna que otra construcción fraudulenta, pero el tema de la droga se salía por mucho de lo que estaba dispuesto a hacer o tolerar. Hice un trato con la Marina para conducirles hasta vosotros y, bueno, yo me voy a librar ―sonrió con cierta suficiencia―. Llamaré a vuestros superiores ―añadió a continuación en clara referencia a nosotros.
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Mensaje por Azumane Aoi el Mar 8 Sep 2020 - 20:55

―¡¿Cómo osas apresarme, sucia salvaje?!

Esas fueron las primeras palabras que pronunció O'Culkin al despertar por las palmaditas que le había dado Aoi.
La novata había decidido regresar al sótano a buscarlo, para llevarlo a la sala de reuniones y tener así a todos los delincuentes en el mismo lugar. Después de todo, los demás estaban todavía inconscientes, por lo que juzgó seguro dejarlos solos un par de minutos. Ya que se había quedado sin esposas, improvisó unas ataduras utilizando una de las cuerdas que ataban los fajos de droga, para maniatarlo antes de despertarlo y así evitar tener que noquearlo de nuevo.

―¡Ah, cierto! Se nos olvidó completamente. El rubio y yo somos marines. Y... bueno... ―Aoi observó a O'Culkin, dejando que se diese cuenta por sí solo de la situación― estáis arrestados y esas cosas.

La muchacha apretó con fuerza las muñecas de O'Culkin para obligarlo a caminar, quizá con un pelín más de fuerza de la realmente necesaria, especialmente habiéndolas atado a su espalda y siendo sencillo hacerlo andar con un ligero empujón. El hombre emitió un gemido de dolor antes de echar a caminar delante de ella.

―Y no soy sucia, ni salvaje. Me ducho todos los días ―recalcó, ofendida.

Lo empujó hasta subir las escaleras y lo condujo al interior de la sala de reuniones, justo a tiempo para presenciar como la mujer que había sido noqueada de primera estaba ahora despierta y a punto de salir de la habitación con rostro de desesperación. En un acto reflejo, Aoi le lanzó a O'Culkin para detenerla, y los dos cayeron al suelo con un ruido seco.

―Ni un segundo se os puede dejar solos... ―murmuró la alcohólica para sí, cerrando las puertas dobles tras de sí y acercándose a la ventana rota para disuadir cualquier intento alocado de saltar.

―¡No puedes tratarnos así! ¡Tenemos derechos! ―exclamó la mujer, forcejeando para deshacerse de O'Culkin, que también se esforzaba por apartarse.

Aoi emitió un suspiro resignado y se acercó a ellos para ayudarlos a separarse, sin mediar palabra. Iulio no tardó en regresar a la estancia con la que faltaba debidamente apresada.

―Pues... ¿hay cuartel aquí? Debería haber cuartel, ¿no? ¿Los avisamos y que se encarguen del resto? Porque no creo que podamos llevárnoslos con nosotros cuando nos vengan a buscar... ―reflexionó la muchacha, ante el comentario de su compañero.

La solución les llegó antes de lo esperado, ya que el hombrecito nervioso que los había arrastrado hacia la construcción para luego abandonarlos sin explicarles nada estaba de vuelta, y parecía bastante contento. Aoi obtuvo finalmente respuesta a sus dudas en cuanto el tipo explicó la situación: al parecer era eso exactamente lo que los habían enviado a hacer. Menuda suerte.
Y no había tenido que desvelar a nadie que en realidad no tenía ni idea de que lo que debía hacer.

No obstante, la joven se sintió disgustada por el trato sucio que había hecho aquel hombre con la Marina para librarse de su castigo.
Frunció el ceño con molestia y fulminó al hombre con la mirada, al tiempo que le preguntaba a su superior:

―¿Permiso para darle un puñetazo?
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Mensaje por Iulio el Jue 10 Sep 2020 - 3:09

―Y dos, si quieres. Yo no he visto nada ―respondí, colocando a la mujer junto al resto de presos y cruzándome de brazos sin dejar de mirarles. El temor más poderoso entre los habitantes de los mares eran las bestias que los poblaban. No sólo las que moraban en el fondo del mar, sino aquellas personas cuyo nombre se susurraba porque su poder era capaz de rivalizar con el de quien en teoría les defendía.

Sin embargo, eran mucho más peligrosos males como aquél, silenciosos, encarnados en las figuras de personas corrientes que, sigilosamente y por la espalda, corrompían las entrañas de un mundo ya débil de por sí. Aquel tipo de personas representaba para mí un enemigo formidable, uno sin rostro definido al que, por tanto, no se podía confrontar abiertamente. Cada paso que se daba rumbo a acabar con él no significaba más que sustraer un grano de arena de una playa inmensa, y debía admitir que contemplarlo todo desde esa perspectiva me producía cierto vértigo.

―Sí, en Dressrosa está la sede de la Brigada Indisciplinada, la de Koneko. Hay que tener muy poco sentido común para desarrollar aquí actividades como las vuestras, ¿sabéis? ―les regañé, sentándome sobre una de las sillas que ellos habían estado ocupando hasta no hacía demasiado. Y era ese inconsciente desparpajo lo que confirmaba mi visión sobre aquel tipo de personas―. Si hubiese venido otra persona ahora estaríais metidos en unos cubitos de hielo enormes, que lo sepáis. Por suerte para vosotros no sois lo bastante importantes.

Extraje un Den Den Mushi de mi túnica. Con la misión cumplida ―y al fin identificada― podía informar acerca de todo lo sucedido para dar fin de una vez por todas a la misión. Había dejado mi hamaca secándose en el barco, y pocos placeras había mayores que tumbarse en un pedazo de tela de semejante tamaño, suave y matizado por un sutil aroma a flores silvestres.

***

―¿Y bien? ¿Cómo lo hizo la nueva? ―preguntó Zuko. Me había citado en su despacho a bordo del barco para comentar los detalles de la operación.

―¿Aoi? No podría haberlo hecho mejor. Creo que podría haber resuelto el asunto ella sola, la verdad ―comenté distraídamente, cruzando la pierna izquierda sobre la derecha―. Vale que no eran los enemigos más formidables que pudimos haber encontrado ―Afortunadamente―, pero dar con la raíz del problema, averiguar lo que se traían entre manos y pillarlos a todos juntos para que no escapasen no era del todo fácil. Le comenté todo lo sucedido a la guarnición de Dressrosa y se quedaron bastante sorprendidos. Les dejé caer que tal vez sería adecuado algún tipo de reconocimiento, ya sabes, pero no sé qué harán.
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Mensaje por Azumane Aoi el Lun 14 Sep 2020 - 20:43

Aoi esbozó una sonrisa de satisfacción al tener permiso oficial de un superior para satisfacer sus necesidades de justiciera, y no dudó en agarrar al tipo por la pechera de la camisa con un gesto brusco. El hombrecito la miró con ojos brillantes de perrito degollado y alzó las palmas de ambas manos en señal de paz, casi suplicándole sin necesidad de palabras el perdón por sus actos egoístas. La joven marine, sin embargo, hundió los nudillos de su mano izquierda en el rostro del hombre, en un golpe seco y acertado, que le hizo suficiente daño sin romperle la nariz.

Luego lo soltó y lo empujó ligeramente, haciéndolo chocar contra la pared que tenía tras él.

―Ouch ―se limitó a quejarse.

―Y más puñetazos que deberías recibir. Pero yo no soy ese tipo de persona. Y no voy a rebajarme a tu nivel de sabandija para obtener venganza por aquellas personas a las que has dañado ―le replicó, con el ceño fruncido en señal clara de enfado―. Si quieres un consejo, deberías dedicar tu libertad a compensar los daños que has hecho. Quizá algún día vuelva a pasarme por aquí y me acuerde de que existes, y quizá me acuerde de comprobar sin has hecho algo bueno con tu existencia ―terminó por sonreír, dejando la amenaza en el aire, a sabiendas de que se olvidaría de aquel tipo en tan solo unas semanas y no volvería a recordar el asunto.

―Koneko es un nombre un poco... rarito ―opinó la marine, preguntándose si se trataría del nombre real del oficial o si sería un mote que alguien con mal gusto le había otorgado.

Su superior no tardó en ponerse en contacto con la Marina a través de su Den Den Mushi, por lo que enseguida les llegaron refuerzos que se encargaron de llevarse a los mafiosos de poca monta de allí.


*    *    *


"¿Serán todos los marines igual de raros?", se preguntaba Aoi tiempo después, de vuelta en el barco de la brigada, mientras observaba el horizonte desde cubierta.

En la Academia los instructores eran claramente estrictos, por no hablar de su experiencia en la G-5 y su especial plan de entrenamiento personalizado para marines desobedientes. Fuere como fuere, solían recordarle a todas horas que no podía consumir alcohol en horas de servicio, que debía prestar atención a sus superiores en todo momento, y esperar a recibir órdenes en lugar de actuar por su cuenta e iniciativa.
Y, sin embargo, aquella experiencia práctica de la vida marine había sido absolutamente todo lo contrario. Su superior se había emborrachado, la había tratado como a una igual y ella había tomado la iniciativa en aquel plan para capturar a los traficantes de drogas. ¿Sería aquel el motivo que había llevado a la Academia a ser más estricta con sus cadetes? ¿Eran todos sus superiores igual de inútiles y poco profesionales?
Tantas preguntas por resolver y tan poca cerveza.
Azumane Aoi
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