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Mensaje por Prometeo el Mar 18 Feb 2020 - 21:22

Partió hacia el norte tras despedirse de la señorita Brianna y agradecerle todo lo que había hecho por él. Muy probablemente, si no hubiera sido por ella, jamás habría encontrado en tan poco tiempo al doctor Podalovski. Y ahora tenía una pista muy interesante sobre la cura a su enfermedad degenerativa. Comenzaba a creer que encontraría la solución a su problema, que no olvidaría a la gente que conocía ni moriría dentro de dos años. ¿Podía permitirse soñar como el resto de los humanos? ¿Acaso podía darse ese derecho sin pretender ser arrogante? Hasta ahora no se había proyectado en ninguna cosa, pero poco a poco empezaba a pensar que dos años eran muy poco tiempo para lograr grandes cosas. Aún tenía que ayudar a la humanidad y protegerla, aún tenía que encontrar la iluminación espiritual para poder compartirla con sus creadores. Solo así podría abandonar en paz el mundo. Así que, sin dejar pasar un minuto más, cogió el maletín negro y subió a la primera carreta que se dirigía a Blacktown.  

El joven homúnculo llevaba su característica camisa ajustada de color vino tinto, unos pantalones delgados y dos grandes aros en forma de medallones colgaban de sus orejas. El vehículo avanzaba lento por el camino de tierra, teniendo el tiempo suficiente para apreciar el paisaje que se mostraba ante sus ojos. Una casi interminable hilera de pinos perfectamente formada bordeaba un gran lago que reflejaba las pocas nubes blancas que había en el cielo azul, y del otro lado podían verse unos diminutos puntos negros. La brisa matutina mecía delicadamente sus cabellos platinados al mismo tiempo que generaba pequeñas olas en las aguas. Al oeste podía ver los grandes campos de uva perfectamente ordenados, dejando un espacio entre cada parra. Sin embargo, y pese a que el paisaje que ofrecía la naturaleza era sorprendente, lo más interesante eran las vías del tren en construcción. Había escuchado que los gobernantes de English Garden llevaban varios meses trabajando en la obra. Querían unificar la civilización con los pueblos del norte, aunque estaban teniendo problemas con los bárbaros de los pueblos tribales. Al parecer detestaban la tecnología y cualquier cosa que pudiera tener efectos negativos en la tierra.

—Las tierras del norte están llenas de salvajes y son muy peligrosas, muchacho —le advirtió el hombre de la carreta, golpeando suavemente el trasero del caballo con una vara de madera—. Blacktown es un pueblo muy atractivo por los grandes viñedos que hay por los alrededores, aunque lo más sorprendente son los Saltos de Woodstock. Te recomendaría visitarlos, pero con tanto movimiento barbárico no sé si valga la pena arriesgarse…

—He escuchado algo sobre los pueblos salvajes del norte, aunque mi propósito dista de una visita turística. Estoy buscando a una mujer —respondió con su voz rasposa, como si antes de hablar se hubiera fumado una cajetilla de veinte cigarrillos.

—Así que haces este viaje por amor, ¿eh? ¡Ay, la juventud! Te deseo suerte, entonces. ¡Vamos, Pinoplio, tenemos trabajo por hacer! —le comentó a su caballo el cual rechinó alegremente, acelerando ligeramente el paso.

El pueblo de Blacktown estaba construido al otro extremo del gran lago, destacando sobre todo por sus grandes edificaciones de madera tan oscura como la noche. Las calles eran de tierra y por todos lados crecían arbustos y distintas hierbas. A pesar de ser un pueblo ubicado fuera de la gran urbe parecía tener un buen nivel arquitectónico, aunque estaba lejos de equipararse a Towerbridge. El hombre de la carreta lo dejó en la plaza central y le deseó buena suerte para luego marcharse.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Miér 19 Feb 2020 - 19:22

Los viajes en el North Blue de Abigail continuaban sin descanso y con muy poquitas pausas. Una de las pocas islas que no había visitado aún era la que aparecía en los mapas como "English Garden" y que, por lo que había oído, estaba dividida en norte y sur de una forma bastante notable, con la civilización en el sur y la barbarie en el norte. Su punto de llegada, obviamente, fue el asentamiento del sur. Cuando llegó al puerto de Towerbridge amarró su velero con fuerza y pagó a los de los astilleros para que lo vigilaran un tiempo, lo último que quería era quedarse atascada, se encontraba en una isla no afiliada al gobierno mundial y, por tanto, no había o no debería haber un cuartel en el que poder entregar a criminales. Dicho de otra forma: no tenía forma de ingresos en esa isla.

En cuanto a su aspecto actual, Abigail no había nada su look. Continuaba llevando su revólver pesado en la espalda sobre la biblia y los dos normales en su cintura. Lo único que había cambiado era que ahora en sus bolsillos no solo habían cargadores extra, también cargaba con un dial láser y un dial de feromonas encima. El resto de su arsenal descansaba tranquilamente en el interior de su fortaleza, esperando a ser usado. Abandonó el distrito portuario y, como era costumbre en la gente de su oficio, se fue hacia dónde los rumores e información se unían en una majestuosa y ruidosa combinación: una taberna. Para ello Abi fue al distrito Este, allí había... guau, había de todo. Aquel asentamiento era, con total seguridad, el más grande en el que había estado. Veía catedrales, escuelas, un puñado de restaurantes que no conocía como ese tal "Baratie" y varios locales con carteles que daban a entender que eran puestos de venta de artesanía.

Entró finalmente en uno de los locales que se publicitaban como posada-tabernas y vaya, el interior estaba tan animado como esperaba. Una vez dentro se acercó a la barra y se sentó en uno de los pocos taburetes libres que quedaban. Alguno le echó el ojo, pero dejaron de echárselo en cuanto vieron las tres armas que portaba, especialmente la de la espalda, que tenía un aspecto cuanto menos intimidante.
Una jarra de agua, por favor, llevo demasiado navegando —pidió. El tabernero asintió y le entregó su orden rápidamente.
¿Qué se cuenta por el país últimamente? ¿Algún criminal? ¿Alguna urgencia? —aquel hombre con mostacho marrón y calva reluciente se rió, contento por la iniciativa que mostraba la novicia.
Hay un poco de todo, hay criminales que se esconden aquí aprovechando que no hay presencia del gobierno, pero ahora mismo sí que hay algo que es más urgente. Towerbridge está intentando conectarse con los asentamientos del norte que no han sido tomados por los bárbaros y para eso se está construyendo una extensión del ferrocarril, que ahora mismo debe estar por Blacktown —explicó brevemente, con Abigail atendiendo mientras se bebía el agua, que entraba como si fuera el mejor de los elixires.
Entonces... probablemente tendría que derribar a los que intentaran frenar la construcción de esas vías. No preguntó si había pago, solo miró a su alrededor y vio que había unas escaleras que subían arriba.
Entonces iré, pero antes... ¿alquiláis habitaciones? Me vendría bien dormir y reponer fuerzas antes de ir a Blacktown —preguntó, haciendo referencia al servicio que ofrecían también de posada.
Por supuesto señorita, considerála tuya por hoy —respondió. Abigail sacó parte del dinero que tenía y pagó por ambas cosas, tanto la jarra de agua como la habitación. Dicho aquello, dio las gracias por el agua y luego se subió a la habitación. Aún estaba molida del trayecto, de forma que tardó bastante poco en caer dormida incluso teniendo en cuenta el jaleo de abajo.

Al día siguiente la monja salió de la posada y se dirigió directamente hacia el norte. A medio camino empezó a adelantarla una carreta que iba con trabajadores del ferrocarril, se detuvieron junto a ella y abrieron conversación.
¡Hey, el norte no es lugar para turistas!
Voy a ayudar a defender la construcción del ferrocarril, ¿por dónde se va?
Hm, bueno, vas bastante armada... sube y te llevamos, vamos a trabajar allí ahora

Se subió a la carreta y esperó ahí sentada. No tuvieron mucha conversación y tampoco hablaron de nada relevante, solo pasaron el rato hasta que llegaron al pueblo de Blacktown. Era un pueblo sin asfaltar, cerca de uno de los extremos de un enorme lago, con edificaciones de madera oscura que no sabría definir, ¿ébano? no tenía ni idea de maderas. La carreta se detuvo en la plaza central y Abigail se bajó.
Tendrás que hablar con el jefe de obra para que te diga qué tienes que hacer, nosotros solo podemos traerte hasta aquí. ¡Buena suerte!  —la carreta se marchó y la monja se quedó allí, ahora tenía que encontrar al jefe de obra... bueno, como daba bastante la nota seguramente acabarían encontrándola antes a ella que al revés.



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Mensaje por Prometeo el Jue 20 Feb 2020 - 5:02

Había un montón de edificios de madera oscura que rodeaban la plaza central, habiendo entre ellos una taberna y una pequeña armería, también había una estructura con un letrero: «Casa de oficio». Había un montón de hombres reunidos frente a esta, llevaban todo tipo de herramientas usadas en la construcción e incluso había quienes portaban armas: espadas, lanzas y hasta fusiles. Seguramente eran los encargados de proteger la estación ferroviaria de los ataques barbáricos. Un joven de desordenados cabellos marrones, un sinfín de pecas en el rostro y unos grandes ojos verdes se le acercó al homúnculo, entregándole un panfleto. Le comentó que, si tenía intención de ganar unas monedas extra, podía ayudar a defender la obra de las tribus salvajes. Al parecer necesitaban toda la ayuda posible. Prometeo era esa clase de persona que no exigía dinero a cambio de ayudar, simplemente lo hacía porque formaba parte de su naturaleza. Se definía a sí mismo como un protector de la humanidad, aunque era difícil tomar partido cuando los humanos se enfrentaban entre ellos. ¿Quién estaba equivocado y quién tenía la razón? Había leído lo suficiente para saber que no era más que una cuestión de perspectivas. No obstante, siempre existía la posibilidad de llegar a algún acuerdo sin recurrir a la violencia.

Agradeció la invitación del joven y luego tomó asiento en una banca para observar con mayor detención el papel que le había entregado. Para él, el dinero carecía de importancia. Sin embargo, tomaba un significado completamente diferente cuando se trataba de invertirlo en fines médicos capaces ayudar a cientos de personas, además de conseguir grandes avances en su investigación científica. Eso, y que también tenía que sobrevivir. Deseaba una vida sencilla sin lujos ni cuestiones ostentosas; se contentaba con lo que le permitiera vivir dignamente. El caso es que el pago por ayudar a proteger la construcción ferroviaria no era precisamente bueno, pero le permitiría continuar viajando un buen tiempo más si usaba el dinero moderadamente.

No debía desviarse de su verdadero objetivo en Blacktown: hallar a Virginia Monsalve. El doctor Podalovski le había dado unos cuantos consejos no para sanar su enfermedad, sino para extender su esperanza de vida. Le había dicho que en English Garden se encontraba una doctora en enfermedades degenerativas tan inteligente como hábil, aunque era muy difícil encontrarle. En un intento por saber de la mujer que buscaba, se acercó al joven de cabellos marrones y preguntó por ella.

—¿Buscas a esa vieja cascarrabias? Buena suerte con hacerle salir de su cueva —respondió el muchacho—. Dijo que se quedará en casa hasta que los ataques de los salvajes hayan cesado. ¡Qué mujer tan egoísta! Es una de las pocas doctoras del pueblo y hay heridos que necesitan su ayuda, ¿sabes?

—¿Cómo es eso? ¿Los bárbaros no se limitan a atacar las obras?

—Era así hasta hace una semana, pero el otro día esos hijos de puta pensaron que sería buena idea atacar Blacktown. Conseguimos ahuyentarles, pero sufrimos muchas bajas… Fue un golpe duro. Tenemos un pequeño hospital aquí en el pueblo, aunque como sigan así las cosas pronto colapsará. Los médicos ya no dan abasto y cada vez los ataques de los bárbaros son más frecuentes y fuertes. Como sea, si quieres hacer algo por nosotros, ve a la casa de oficio e inscríbete. Seguiré buscando gente, ¿crees que esa mujer de allí se nos quiera unir? Se ve bien armada.

Cuando el joven se alejó para entregarle un papel a la mujer de cabellos rubios y vestimentas extrañas, Prometeo caminó hacia la casa de oficio. Podía intentar convencer a la señora Monsalve de contestar sus preguntas sin salir de casa, pero parecía que el pueblo estaba en graves problemas como para ignorarlos. Además, si lograba llegar a un acuerdo con los bárbaros y dejaban de atacar Blacktown, conseguiría hablar con la doctora. Así que se unió a la fila, esperando poder solucionar todo de una manera pacífica.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Jue 20 Feb 2020 - 20:52

Estaba perdida como un monje fuera de su monasterio. La habían soltado allí y ahora tenía que apañárselas para encontrar al jefe de obra para ofrecer sus servicios de... ¿guardaespaldas? no le gustaba definirse así, prefería el término "Guardiana" para cuando se dedicaba a proteger cualquier cosa, fuera una edificación, una orden o una persona. Un joven no tardó mucho en acercársele, era un muchacho de pelo marrón y más o menos de su misma estatura.

—¡Buenas, señorita! Veo que va bastante armada, ¿ha venido acaso para ayudarnos? —preguntó el joven, bastante vivaz —. Se la ve perdida, se nota que es una forastera pero no parece la típica turista, ¿ya le han explicado el problema que tenemos aquí? —continuó, haciéndole entrega de un papel que hacía de panfleto. En él se hablaba justo de ese problema y que ofrecían pagos a quienes ayudaran en la defensa de la construcción.
Algo me comentaron en Towerbridge sobre el ferrocarril para conectar el sur con el norte y unos problemas con los bárbaros tribales de la zona —comentó la monja mientras repasaba el papel. El pago -un tanto bajo para lo que querían hacer- era algo secundario para ella, aún le quedaba bastante efectivo de su último trabajo; por tanto, haría el trabajo sin tener en cuenta la remuneración.
Puedes contar conmigo, ¿dónde tengo que ir? —terminó por aceptar. El muchacho asintió un par de veces con la cabeza y la dirigió a la cola que había en un edificio llamado "Casa de oficio". En la cola había gente de todo tipo, el mundo de los mercenarios era de lo más variopinto, gente con espadas, lanzas, fusiles, y un muchacho que le sacaba como dos o tres cabezas al final de la cola.

Se acercó a la cola, colocándose la última, justo detrás del hombre que no la dejaba ver nada por la altura tan injusta que tenía. Se asomó por un lado, la cola no avanzaba... ¿Estaban haciendo comprobaciones o algo? Quizá el muchacho de delante sabía algo.
Perdone, buen hombre —alzó un poco su voz, dirigiéndose directamente al cuasigigante de pelo blanco y continuaría hablando esperando que se girara o algo —. Me han dicho que aquí está la cola para el trabajo de protección del ferrocarril, ¿sabe si hay que dar alguna clase de identificación o si es una inscripción básica? —preguntó, sacándose de la chaqueta el carnet que la identificaba como una cazadora gubernamental, ¿aquello valdría? observó el carnet, actualizado con su cifra de capturas actual -14.600.000 berries-  y una fotografía de su cara sin capucha. Estaban en una isla independiente, así que no debería tener validez ahí, pero aún así esperaba que fueran suficientes credenciales como para que no la echaran atrás por su hábito. Acabó por guardarlo de nuevo y, en vista de que iba a ir para largo, se sacó la biblia de la espalda y se puso a repasar algunos fragmentos que le resultaban de especial interés.

Cuando leía aquel libro se le salía automáticamente una sonrisilla de felicidad, tanto por el contenido como por la nostalgia misma del propio libro, físicamente hablando. Era la copia de la biblia que la había acompañado desde que tenía uso de memoria, llevaba más tiempo con ese libro entre sus brazos que con un arma de fuego, y ya era mucho decir.

¡Ah! La cola empezaba a avanzar. Quizá solo había sido un trámite que se había complicado. No sabía si el muchacho le daría algo de conversación mientras esperaban, de forma que continuó teniendo a mano el libro por si acaso se dedicaba a ignorarla.



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Mensaje por Prometeo el Vie 21 Feb 2020 - 22:42

Escuchó una voz proveniente desde detrás y, al voltearse, se encontró con la mujer a la que se le había acercado el joven de pecas. La dedicó una mirada inexpresiva, clavando sus profundos ojos celestes en ella. Basándose en los estándares humanos, cualquiera podía decir que era atractiva. Grandes ojos azules y cabello rubio refugiado bajo una capucha, o algo por el estilo. Era más alta que la mayoría de las chicas que había conocido, aunque debía sacarle como mínimo cuarenta centímetros, calculados al ojo. Antes de responder la pregunta que había formulado, esta sacó una identificación que acreditaba su rol como cazarrecompensas. Vaya, no sabía que existía esa clase de trabajo, pero según pudo intuir, de acuerdo a lo que esta decía, se dedicaba a la captura de criminales. Un oficio noble, por supuesto. Supuso que la señorita Abigail llevaba una vida llena de peligros y tal vez esa era la razón por la que se encontraba ahora mismo en Blacktown.

—Buenas, señorita. Según tengo entendido lo único que se solicita es el nombre y la firma —contestó con su característica voz rasposa, tosca y aburrida, inexpresiva. Esperaba que su respuesta bastase y otorgase la información que la chica quería.

Le vio sacar un pequeño libro que optó por leer, sonriendo alegremente.

—¿Qué es lo que está leyendo, señorita? —preguntó motivado por la curiosidad. Había pasado gran parte de su vida en la Jaula de Cristal, leyendo toda clase de libros, pero ninguno le había sacado jamás una sonrisa tan… genuina como esa.

Respondiese o no, la fila continuó avanzando y se redujo al punto de que pudo entrar a la casa. Se encontró en una habitación pequeña y hecha completamente de madera, había vitrinas y una enorme mesa donde atendían dos hombres de aspectos cansinos. Ambos eran ya mayores, llevando barbas grises y se les notaban fuertemente las arrugas. Había gente sentada en las bancas de madera, observando a quienes próximamente se unirían a sus filas. Llevaban toda clase de armas y conservaban aspectos intimidantes; bueno, excepto el niño de lentes rectangulares y evidente sobrepeso. ¿Qué hacía alguien tan pequeño como él en ese lugar…? Otra pregunta cuya respuesta Prometeo esperaba saber dentro de los siguientes minutos.

—¿Una sacerdotisa? ¡Ja! ¿Qué es lo que hace una de esas en este lugar? —le preguntó un hombre de largas barbas pelirrojas y brazos musculosos. Llevaba una chaqueta de cuero muy rudimentaria y empuñaba un hacha de madera en su mano derecha.

—Me da igual mientras no nos estorbe —respondió su compañero, un tipo casi tan alto como Prometeo, pero el doble de robusto. Era peligro, ojos rasgados y llevaba un arco en su espalda, además de un sable en la cintura—. Oye, sacerdotisa, los bárbaros no son unas mierdas que puedas manejar solo con un revólver. Piensa bien dónde te estás metiendo, puedes salir mal parada.

¿Una sacerdotisa? Así que por eso llevaba un traje tan distinto al de las demás personas. Prometeo había aprendido hacía un tiempo que era insensato basarse únicamente en la apariencia. Además, si tenía el propósito de proteger a los demás pensaba que era suficiente. El mismo homúnculo se uniría no solo para evitar una pelea que, en su opinión, carecía de sentido, sino también para proteger a los inocentes de Blacktown.

—¡El siguiente, por favor! ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Soy Prometeo, señor —contestó cuando llegó su turno y llenó todo el papeleo correspondiente.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Miér 26 Feb 2020 - 20:45

Hm, solo el nombre y la firma... parecían unos requisitos demasiado laxos, ¿no les preocupaba que pudiera colarse algún indeseable? Solo asintió como respuesta, aunque le había llamado la atención la voz del muchacho, era muy... carente de vida, por decirlo de alguna manera, no podía discernir ninguna emoción como tal.
Es el libro en el que se basan mis creencias y mi código moral, lo tengo desde que tengo memoria, me reconforta leerlo, me recuerda que el fin último de mis actos es mejorar el mundo, a pesar de que muchos de estos actos se consideran pecados —no quiso ponerse pesada así que solo lo explicó en términos generales. Era su libro sagrado, todas sus convicciones, código moral, actos y pensamientos tenían su origen en aquel libro. Si ahora tenía veintitres años... aquel libro debía tener al menos diecinueve años, y todos los había pasado junto a ella, lo había leído tantas veces que podría recitarlo de principio a fin, y aún así nunca se cansaba de repasarlo de vez en cuando.

Fue avanzando en la cola y su pequeño momento de felicidad fue estropeado por un par de hombres robustos. El primero de ellos parecía conocer únicamente sacerdotisas clásicas, y era obvio que no había visto a ninguna de su orden. Sí, Abi era la más lanzada al mar de todas ellas, pero en su convento las había más fuertes y más precisas que ella, es más, la jefa de la guardia probablemente pudiera echarle un pulso al pelirrojo. Después de escuchar las veladas amenazas del que podría denominar como el dúo croasán por la absurda musculatura de sus brazos, la "sacerdotisa", como ellos la habían llamado, se bajó la capucha dejando ver el inicio de su absurdamente larga melena rubia.
Gracias por su preocupación —respondió, amablemente. Tardó apenas un segundo en borrar la sonrisa de la cara —. Yo espero que no me estorbéis a mí y que relajéis el tono —soltó. Estaba bastante harta ya de que su hábito fuera motivo de burla, y cada día que pasaba aguantaba menos —. Al último que se pasó de la raya le volé las piernas —continuó con un microrrelato sobre su primera caza. No tenía el horno para bollos y lo mejor era que no mentía. No tenía permitido mentir pero tampoco le hacía falta para nada.

Los dos se quedaron callados y, quizá por no provocar problemas, terminaron dejando en paz a la monja que volvió a ponerse su querida capucha. Al estar detrás del muchacho de antes pudo oir su nombre, "Prometeo". Era un nombre bonito, pero le extrañó que no tuviera apellido, ¿tal vez se había cambiado su nombre original? Después de que rellenara el papeleo fue su turno.

—Oiga, esto no es la cola de un monast-
Ahórreselo —era de mala educación pero le cortó la frase, acababa de tener un mal momento y no tenía ganas de otro. No era necesario pero sacó su carnet de cazarrecompensas para demostrar, a falta de renombre, que tenía lo necesario para el trabajo—. Abigail Mjöllnir, cazadora. No sacerdotisa —continuó, para acto seguido ponerse a rellenar el papeleo. No había demasiado que rellenar, no pedían apenas antecedentes ni nada... estaba siendo muy descuidado para el juicio de Abigail pero no era quién para decirle cómo gestionar su cosas.

Cuando acabó con el papeleo fue con el muchacho alto otra vez. ¿Motivo? Había sido el único que le había dirigido la palabra que no había sido un completo cretino.
¿Te importa si te acompaño? Pareces la única persona agradable de este sitio que no me toma a broma por mi ropa —aún así continuó con la conversación que ella misma estaba empezando —. ¿Sabes algo de esos bárbaros? Es la primera vez que estoy en esta isla y no entiendo por qué querrían atacar la obra.
Es decir, aunque fueran salvajes, en principio no parece que el ferrocarril vaya a suponerles una molestia... ¿no?



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Mensaje por Prometeo el Sáb 29 Feb 2020 - 5:20

Observó desde su cómoda posición la discusión entre la señorita Abigail y los hombres con pintas de rudos, quienes terminaron guardando silencio ante la confesión de la mujer. Aún le costaba trabajo entender cómo funcionaban exactamente las relaciones entre humanos, aunque ya se iba haciendo una idea: no todos se llevaban bien. Había quienes se llevaban bien; otros, pasaban peleando toda la vida por ver quién es mejor. Las relaciones eran un mundo complejo e infinito, y tenía la impresión de que jamás terminaría por entenderlo. Dejó a un lado los pensamientos y buscó la salida, ya se había registrado y solo tenía que esperar para comenzar la misión. Ayudaría a los ciudadanos de Blacktown y mantendría segura la nueva estación ferroviaria.

La rubia se le acercó, preguntándole si le molestaba su compañía. Prometeo hizo un gesto con la cabeza y luego le preguntó:

—¿Por qué la ropa de alguien debe ser motivo de burla?

Esperando que la chica le acompañase, caminó hacia la plaza y tomó asiento en una banca. Había un buen tiempo y las cosas lucían tranquilas, las vistas que el pueblo ofrecía eran maravillosas y su arquitectura una verdadera belleza. Por otra parte, meditó un momento la pregunta de la señorita Abigail antes de responder cualquier cosa. Ciertamente, sabía muy poco de los bárbaros ni dimensionaba las razones de su comportamiento. Era el motivo por el que deseaba hablar con ellos, pues creía que esa enemistad entre los bandos podía resolverse fácilmente mediante las palabras.

—Lamento decepcionarla, señorita, pero no soy de esta isla —contestó sin expresar ninguna cosa en su voz—. Se dice que es gente que no aceptó el cambio de la civilización, un grupo que prefiere vivir de sus orígenes y honrar la tierra. Como los avances tecnológicos se están acercando a sus tierras pueden tener miedo a lo que les vaya a suceder. Es una hipótesis que carece de fundamento, una mera especulación personal que no debería tomar en cuenta.

Prometeo continuó hablando con la mujer de largos cabellos dorados hasta pasado los veinte minutos. Los grupos de mercenarios, trabajadores y voluntarios, se reunieron frente a las numerosas carretas paradas en la plaza. En cada una cabían cuatro personas; cinco, si se pretendía maximizar el espacio y dejar la comodidad a un lado. El joven homúnculo ayudaría a subir a la sacerdotisa, en caso de necesitarlo —o simplemente por cortesía—. Sin importar si aceptaba o no su ayuda, el revolucionario se subió y tomó asiento junto a la señorita Abigail. Cuando llegó el resto del equipo tuvo que cargarse hacia su acompañante, quedando pegada a ella. Afortunadamente, no hacía el suficiente calor como para que se convirtiesen en pozas de sudor. Frente a él había un enorme hombre de tamaño desproporcional: su dorso era exageradamente más grande que sus piernas. Llevaba un cuesco con cuernos y un hacha en sus fornidos músculos. Ocupó toda una banca, obligando a que un joven de cabellos marrones se sentase al lado de Prometeo.

—Saludos, guerreros —habló el medio gigante ese con una voz muy ronca y varonil—. Soy Einer, espero contar con sus espadas en el campo de batalla.

—B-Buenas, y-yo soy Mikael… —contestó el jovencito de ojos violetas y rasgos suaves. A juzgar por las facciones de su rostro no debía tener más de quince años, lo que suponía una enorme demostración de valentía lanzarse a una batalla potencialmente mortal—. I-Intentaré ayudar en lo que pueda, mucho g-gusto…
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Dom 1 Mar 2020 - 16:06

Generalmente la ropa en sí no es motivo de burla, pero se dejan llevar por el estereotipo de monja para pensar que no sé defenderme, o que lo único que haré será rezar —explicó brevemente. Si bien es verdad que normalmente la gente no se metía con otra por la ropa, en el caso de personas religiosas como ella cambiaba un poquito.
Por lo que le contaba el joven Prometeo aquella gente que llamaban "bárbaros" era la gente de English Garden que rechaza el avance de la civilización y sociedad, prefiriendo un estilo de vida más tribal. Realmente no era nada malo, era una opción de vida como otra cualquiera y, por ello, merecían que les dejaran vivir en paz. Por otra parte, la ciudad del sur también tenía derecho a expandirse para mejorar su calidad de vida, ese debía ser el dilema al que se enfrentaban.
Ya veo, muchas gracias por la información —agradeció y es que aunque se tratara solo de una hipótesis personal ya era algo, con eso podía empezar a trabajar y pensar en cómo resolver el conflicto con la menor cantidad de muertes posibles.

Las carretas empezaron a llegar y la monja aceptó de buena gana la ayuda del muchacho para subir, sentándose a su lado. En la carreta en principio había espacio para cuatro personas pero el semigigante que estaba sentado enfrente ocupaba toda la banca, forzando a un muchacho joven a sentarse junto a Prometeo. No podía decir que estuviera cómoda con la falta de espacio personal pero tampoco se quejaría. Abi estaba en un extremo de la banca, entre Prometeo y el final de la carreta, el muchacho se llevaba la peor parte, que estaba pegado a dos personas.
Frente a ella estaba el semigigante, era un hombre de tamaño exagerado para los estándares humanos, ¿cuánto debía medir? ¿cuatro metros? si los que se había topado antes eran armarios roperos, este hombre debía ser un almacén entero. No hacía falta ser un genio para deducir más o menos cómo iba a actuar, parecía un guerrero de tinte honorable.
En el otro extremo de la banca, en un alarde de contraste que rozaba lo absurdo, se encontraba un muchacho que a juzgar por su rostro debía ser igual de joven que los primeros piratas que había cazado. La religiosa no era quien para juzgar si era capaz o no, el hecho era que se había lanzado al mar con buenas intenciones, y solo eso ya era digno de elogio. Además nunca se sabía las habilidades que podían esconder, por eso no subestimaba a nadie, amigo o enemigo, consideraba que eso era lo más inteligente.

Abigail —se presentó de forma breve, agradeciendo que aquellos dos no fueran otro par de cretinos —. Es un placer trabajar con vosotros, Prometeo, Einer, Mikael —continuó, dibujando una tenue sonrisa. Había conocido bastante gente desde que salió de su convento y que Dios la perdonara pero estaba empezando a pensar que salir al mundo ya no había sido tan mala idea como pensaba al principio de su viaje. Seguía sin hacerle gracia estar maldita pero... conocer gente nueva e interesante estaba siendo fantástico.
Se dobló un poco para poder volver a sacar su libro pero antes de empezar a leerlo se inclinó un poco sobre Prometeo para poder alcanzar al más joven que además era el que estaba evidentemente más nervioso e intimidado por la situación. Extendió su mano y tocó la rodilla de Mikael con la mano izquierda.
Relájate y respira, ya has hecho lo más difícil —ya había tenido el coraje de ir y apuntarse, en comparación con eso la propia batalla no sería mucho peor. Sí, tendría que hacer daño y puede que viera cosas traumáticas, pero lo más difícil era lanzarse.

Terminó apartando la mano y volviendo a su posición original. Después... después continuó leyendo y recordando.



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Mensaje por Prometeo el Mar 3 Mar 2020 - 17:03

El viaje no fue largo, pero sí muy incómodo. Tuvo que mantenerse rígido para no aplastar a la señorita que iba a su lado, aunque le fue imposible conservar la postura cuando la carreta dio un salto tan brusco que, sin poder hacer nada para evitarlo, su mano dio a parar en el pecho de Abigail. Bueno, eso en caso de que la sacerdotisa no tuviese preparada una jugada maestra para momentos como ese. Un acto irrespetuoso meritaba unas disculpas apropiadas, por lo que Prometeo pidió perdón con la vista gacha y un tenue rubor en las mejillas. A pesar de ser un homúnculo, sabía que había ciertas partes del cuerpo femenino que no debía tocar sin el consentimiento expreso de la mujer. Buscó en su cabeza la palabra adecuada para describir un comportamiento así… Degenerado, exacto. La doctora Elizabeth le mataría si descubría que Prometeo era un degenerado.

El guerrero Einer se pasó el resto del camino contando algunas actitudes propias de los bárbaros del norte, como esa manía de hacer bailes exóticos en torno a un tótem. «Ellos le llaman tótem, para mí es un cacho de madera mal tallado», dijo el imponente hombre. Parecía tenerles mucha rabia, pero no era asunto del joven revolucionario involucrarse en las razones personales de Einer. Mikael, por su parte, era un joven tan tímido que le costaba incluso responder las preguntas que el corpulento guerrero le hacía. Prometió llevarle de putas para que descubriera su virilidad, cuestión que el mismo homúnculo desconocía.

—¿Qué es una puta, señorita Abigail? —le preguntó entonces en un susurro a su compañera de viaje.

Finalmente llegaron a una zona apartada de Blacktown, un improvisado campamento montado en torno a una gran casa muy similar a las del pueblo. El sitio estaba cercado con unas grandes murallas puntiagudas hechas de madera, dando la impresión de que eran más estacas que otra cosa. El acceso sur era vigilado por dos hombres que portaban armaduras y anticuados fusiles en sus manos, de esos que había que limpiarlos cada vez que se usaban. Tras comprobar que se trataba de un destacamento aliado, los guardias les indicaron que se acercaran a la casa del capataz para recibir las instrucciones. Prometeo aprovechó la oportunidad para inspeccionar visualmente el lugar, descubriendo que la construcción estaba dentro del cerco y apenas llevaban unas cuantas vigas levantadas. No le sorprendía que hubiesen avanzado tan poco, después de todo, los ataques eran constantes y muy violentos.

Mikael fue el primero en bajar de la carreta, mostrándose asustado ante la cantidad de hombres imponentes y armados. El joven revolucionario le ofrecería su mano a la señorita Abigail para ayudarle a bajar. Muy probablemente no lo necesitaría, pero debía comportarse educadamente.

—Se respira la tensión, ¿eh? Pareciera que todos están a punto de cagarse en los pantalones —comentó Einer burlescamente.

—¿Se puede respirar la tensión…? Vaya, no lo sabía —susurró Prometeo para sí mismo.

Se escuchó un disparo y todos los hombres voltearon la mirada hacia la única casa que había en el campamento. Un hombre delgado y de cabellos negros perfectamente peinados fue el responsable. Debía andar por los treinta años y no superaba el metro noventa. Vestía un elegante traje formal de tonos negros, dorados y rojos, mientras sostenía una pistola humeante con su enguantada mano izquierda. Paseó sus ojos violetas por cada uno de los recién llegados, asintiendo con la cabeza en un gesto de aprobación. Descendió las pequeñas escaleras que conducían a la casa y, sin gesticular ninguna palabra, fue abriéndose paso entre la gente.

—¡Bienvenidos sean todos, valientes defensores de la justicia y la modernidad! —anunció, sacando unas fuerzas increíbles para que todo el mundo le escuchase—. Soy Darius LeBlanc, un humilde empresario que desde pequeño ha soñado con unir English Garden. Soy yo el responsable de que hayan decidido dejar sus casas para luchar por una causa justa, noble, ambiciosa. Hay muchísimos pueblos repartidos en las regiones interiores de la isla que necesitan la ayuda de Towerbridge, pero esta muchas veces llega tarde. —Tomó una pequeña pausa y detuvo la mirada en la señorita Abigail; luego, continuó hablando—. Si pudiera recorrerse la misma distancia en menos tiempos, las personas serían ayudadas cuanto antes y podría enviarse médicos todos los días desde la capital a los pueblos interinos. Sin embargo, mi esfuerzo ha sido saboteado por un grupo de… insurrectos que desprecian el avance de la tecnología; nos desprecian por ser civilizados. Es por ello que han sido convocados para proteger la construcción de esta estación, la cual simboliza el apogeo de nuestra cultura, de nuestra humanidad. Cada uno de ustedes, valientes guerreros, recibirá una paga justa y proporcional a sus esfuerzos que, como mínimo, rondará los 300 mil berries. Pasen a la casa para recibir sus determinadas tareas, por favor.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Sáb 7 Mar 2020 - 17:23

Estaban demasiado apretados. No se quejaría porque de alguna manera tenían que trasladar al semigigante, pero tampoco podía decir que estuviera a gusto. Las carreteras no estaban nada pavimentadas, la carreta saltaba demasiado y la mano del muchacho acabó, después de uno de los saltos más bruscos, en el pecho de la religiosa. Le echó una mirada furtiva y tenía pensado reprenderle pero entre que había sido un accidente y que era la primera vez que veía al chico expresar algún tipo de emoción... suspiró, se lo dejaría pasar por esta vez. Se mantuvo en silencio unos segundos, ordenando un poco su cabeza. No tenía mucho contacto físico con la gente, y mucho menos ese tipo de contacto impuro. Dijeran lo que dijeran, tenía claro que no era lo suyo, no podía decir que le hubiese gustado y no solo por su falta de consentimiento.

Disculpa aceptada, pero ten más cuidado —dijo, tratando de no ser muy severa. Se le veía arrepentido, no había motivos para sacar la severidad eclesiástica a flote —. La próxima vez que ocurra te daré un capón con el libro —avisó cuando se le pasó. Estaba siendo amable según sus estándares, al que insinuó ciertas cerdadas sobre su orden -entre otras lindezas- directamente lo mató.

Al contrario que el guerrero, Abigail disfrutaba conociendo las culturas de otras sociedades. No las consideraba totalmente reales -porque la verdadera fé era la suya- pero precisamente porque conocía el valor de la fé era que no subestimaría los rituales de otros. No se metería en discusiones, o al menos lo intentaría. Tenía que admitir que la pregunta de Prometeo le pilló por sorpresa incluso más que el desliz de antes.
¿Hm? Es una mujer que vende su cuerpo en servicios sexuales —no entró en juicios de moral, se limitaría a responder usando el mismo tono de voz. Habiendo escuchado un par de veces al semigigante no dudaba que también intentaría enredar al de pelo blanco si escuchaba la pregunta o la respuesta —. No es algo que necesite nadie... si te quedas conmigo estarás más tranquilo —avisó a Prometeo poco antes de que llegaran finalmente al objetivo: una zona apartada de Blacktown que prácticamente consistía en un campamento junto a una casa de oficio.

No habían avanzado prácticamente nada... comprensible, y explicaba el despligue de cazadores, guerreros, mercenarios varios y de cualquiera que se ofreciera para defender la construcción. No la necesitaba realmente, pero no hacía daño aceptar la ayuda del muchacho para bajar de la carreta. Se guardó el libro en su sitio y le dio una pequeña palmada a Mikael en la espalda, tratando de relajarlo. Ella era la única mujer que se había ofrecido a luchar y su apariencia tampoco indicaba que supiera enfrentarse a nadie, en ese aspecto eran parecidos. En lo que se diferenciaban, así a simple vista, era en la confianza que destilaba Mjöllnir, respaldada por una breve pero intensa experiencia.

Sonó un disparo y el instinto de Abigail hizo que se llevara la mano a la espalda con la intención de devolver el disparo. Por suerte no fue necesario, el tirador era el responsable de la obra y de la oferta de trabajo por la cual todos estaban allí presentes. Era un hombre delgado, de pelo negro y estatura normal; vestía un traje de corte formal, en resumen... no sabía qué pensar. El pago en sí no era gran cosa en comparación con lo que había cobrado ya por menos trabajo pero claro, eran muchos, el coste acabaría subiendo. Pero no pasaba nada, utilizaría ese dinero para me jorar la vida de los habitantes de su fortaleza, así estaría bien invertido.

No estaba totalmente segura de que les despreciaran por "ser civilizados", no tenía demasiado sentido. Sin embargo pensar en eso de momento no le serviría para nada. Quiso quitarse de encima el procedimiento cuanto antes así que se apresuró a entrar en aquella casa. Dentro era bastante similar a la escena que había visto en la casa de oficio del último pueblo: dos hombres tras un escritorio gestionando las tareas de los mercenarios. No tuvo que esperar mucho hasta que llegó su turno.

—¿Una mujer? Hm, inusual... pero cualquier ayuda es poca. Harás vigilancia nocturna, ¿te parece bien? —estaban siendo bastante rápidos y eso le gustaba casi tanto como que no hubieran hecho casi comentarios a su costa.
Sí, estoy conforme —respondió. Quizá pensaban que no era capaz de estar en primera línea pero eso le traía sin cuidado, el trabajo de vigía era el perfecto para ella.
—Bien, porque no se aceptan réplicas —dijo el otro hombre de forma más seca —, ¿nombre?
Abigail Mjöllnir —contestó la novicia. Los dos hombres se miraron durante un segundo, metieron la mano en un cajón y le entregaron un Den Den Mushi de pequeño tamaño, uno normalito de los que caben en la mano.
—Como estarás vigilando no tendrás tantos efectivos disponibles, si hubiera cualquier problema llama a este número y avisaremos al resto. Por la noche os reunirán a los vigías para indicaros los puntos que deberéis controlar.
Hm, vale... lo tendré en cuenta.
Después de aquel procedimiento salió de la casa para que avanzara la cola. Vigilancia nocturna... estaba contenta con la tarea asignada, no habría tanta gente cerca así que podría dar rienda suelta a sus habilidades sin temor a las balas perdidas y, además, podría estar atenta no solo a sabotajes nocturnos, también podría capturar e interrogar con más facilidad a cualquier asaltante.

Hm, no he preguntado si dan comida —dijo para sí misma cuando ya estaba fuera de la casa de oficio. Se guardó el Den Den Mushi y el número. Ahora... ahora no sabía bien qué hacer. ¿Esperar hasta la noche? Quizá podría dar un pequeño paseo por las obras, para hacer algo de reconocimiento previo.



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Mensaje por Prometeo el Miér 11 Mar 2020 - 0:36

Se disculpó una vez más, inclinando levemente la cabeza hacia abajo en un intento de esconder su vergüenza. Esperaba tanto como la señorita Abigail que no fuese a suceder. Prometeo no era esa clase de hombre; bueno, ni siquiera era uno. Jamás había considerado tener deseos lascivos por otro individuo, fuese hombre o mujer. Incluso había muchos misterios en torno a su sexualidad puesto que, como criatura artificial, aún no tenía claro si era fértil o no. Algún día, cuando curase al papá de la señorita Elizabeth, encontraría todas esas respuestas que le aquejaban de vez en cuando. Por otra parte, se quedó pensativo al escuchar las palabras de la sacerdotisa: «Una mujer que vende su cuerpo en servicios sexuales». Al parecer el ser humano tenía un apetito sexual insaciable.

Asintió con la cabeza luego de oír la propuesta de su acompañante, pensando en que era buena idea quedarse cerca de alguien que ya conocía. Bueno, la acababa de conocer, pero parecía una humana agradable y con un carácter fuerte. Justo lo que Prometeo no tenía. Estuvo con ella cuando oyó el disparo, viendo aparecer a un hombre delgado y alto entre la muchedumbre: el señor Darius LeBlanc. ¿Cómo decirlo…? Sabía que estaba mal juzgar a las personas por su apariencia —lo había aprendido con el señor Gelatina—, pero algo le decía que ese hombre era muy parecido al señor Morello. Buen porte y una labia embriagadora, un control sobre el discurso digno de un político y una presencia carismática.

Antes de pasar a la casa de oficio, Einer decidió explorar los alrededores en compañía de Mikael. «¡Le mostraré a este muchacho cómo actúan los verdaderos hombres!», dijo antes de llevárselo prácticamente a la fuerza. El caso es que el joven homúnculo acompañó a la sacerdotisa, esperando pacientemente su turno. ¿Acaso los hombres de English Garden tenían problemas con las mujeres? Era la segunda vez que presenciaba una mueca de desconfianza, una mirada recelosa, una palabra menospreciativa. Tanto los hombres como las mujeres eran seres humanos, por lo tanto, ambos tenían el mismo potencial. La señorita Elizabeth, una grandiosa científica, confirmaba la idea de Prometeo: «Cuando existe voluntad las demás variables son despreciables».

—Nombre —dijo el cuarentón de barba y tez morena.

—Prometeo, señor —respondió el homúnculo, descendiendo la mirada para observar mejor al humano que tenía en frente. Nariz gruesa y ojos pequeños, mentón en forma cuadrada y unos fornidos brazos. Tenía la impresión de que servía más en el campo de batalla que detrás de un escritorio.

—Anotado. ¿Vienes con ella? —Prometeo asintió—. La confianza es fundamental en el equipo, así que los dejaré juntos. Te encargarás de la vigilancia de esta noche. —El hombre extrajo un DDM y luego anotó algo en una hoja de papel—. Faroles, alimentos y abrigo los encontrarás en el segundo piso. Aquí tienes mi autorización para que te entreguen todo lo que vayas a necesitar.

Agradeció la amabilidad del recepcionista y se acercó a la señorita Abigail para preguntarle si deseaba acompañarle a buscar las cosas. En caso de que dijera que sí, subiría las escaleras y recibiría todo lo mencionado en la lista. Por otra parte, si la sacerdotisa decidía explorar los alrededores, bueno, subiría sin su compañía y guardaría los objetos en un bolso de tela. Rechazó cortésmente la capa de piel de lobo, pues su condición de pescetariano le impedía usar cualquier cosa que proviniese de animales, salvo alimentos marinos.

Únicamente por precaución, recibió un fusil de asalto con cuatro cargadores de 50 cartuchos cada uno. Sabía disparar, aunque estaba lejos de ser su fuerte. Lo suyo era enfrentamientos cuerpo a cuerpo para paralizar al oponente. Supuso que en English Garden las cosas se hacían de una manera distinta; en cualquier caso, intentaría no darle uso al arma recién entregada porque, bueno, el propósito de un fusil es matar a otra persona y no reformarla. Además, Prometeo poseía habilidades incuestionablemente poderosas capaces de diezmar a una buena cantidad de hombres. Un poco de fuego por aquí y un poco de fuego por allá; eso bastaría en principio.

El sol comenzó a ocultarse y el cielo fue invadido por una armoniosa combinación de tonalidades anaranjadas, rojizas y amarillas. La temperatura también empezó a descender, siendo necesario abrazarse a sí mismo para soportar la helada ráfaga de viento que corría de poniente a oriente. Hasta el momento había resultado ser un día medianamente tranquilo. Ahora mismo se encontraba en una atalaya de madera con vistas al norte. El lugar más protegido del campamento era la misma estación ferroviaria, custodiada por al menos una treintena de hombres. A juzgar por la cantidad de refuerzos, Prometeo suponía que las tropas del oponente gozaban de un número parecido o, en el peor de los casos, mayor.  

—Cuidaré de su espalda esta noche, señorita Abigail —mencionó muy orgulloso de poder usar metáforas.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Sáb 14 Mar 2020 - 10:26

Tuvieron la decencia de asignar a Prometeo a su mismo puesto, de forma que no se aburriría y, de paso, tendría una compañía agradable. Sería como en su antiguo puesto, ah, la nostalgia... a veces le daban ganas de volver, pero se le pasaba cuando recordaba que la madre superiora no le permitiría volver. Quizá todo se arreglara si conseguía redimirse de alguna manera... aunque lo veía difícil, su traición, aunque fuera por motivos legítimos, seguía siendo imperdonable. ¿Cuántas buenas obras debía hacer para poder regresar? ¿Cuál era el precio del Cielo tras su traición? ¿a cuántos criminales debía apresar? Suspiró, no merecía la pena complicarse con eso.

Accedió a acompañar al revolucionario cuando éste se lo pidió, aunque la novicia sí que se llevó algo de abrigo por si acaso además del farol y el alimento. De momento la guardia no pintaba nada mal, había pasado por guardias mucho más aburridas... no debería suponerle ningún problema. Pasar de guardias en solitario a guardias duales era un avance cuanto menos interesante.

Le ofrecieron, igual que a Prometeo, un fusil de asalto. Tenía pinta de ser letal -como todas las armas de fuego- pero no le terminaba de convencer, de forma que tuvo que rechazarlo amablemente.
—¿Pero no usas armas de fuego? —preguntó un muchacho cuando la monja rechazó el fusil de asalto que se le ofrecía.
Sí, pero no me gustan las armas de este estilo, es demasiado fácil matar con eso —y aunque podía sonar a que le gustaban los "desafíos", la realidad era que no quería matar, y un fusil de asalto era demasiado letal como para usarlo con un control de daños lo suficientemente eficaz. El mozo encargado de entregar los suministros se encogió de hombros, al final era problema de Abigail si no quería el fusil, él ahí ni pinchaba ni cortaba.

El cielo pronto empezó a oscurecerse, no sin antes pasar por un bonito crepúsculo. Ya había subido a su atalaya así que pudo verlo desde las alturas, en todo su esplendor. Se puso la capa de piel y se quedó un poco embobada mirando las tonalidades cálidas que estaba adoptando el cielo.
Es como hacer guardia en mi viejo monasterio, me trae recuerdos —comentó sin querer, dejándose llevar.
Después se fijó en la cantidad de efectivos y pensó que necesitaría algo más de armamento disponible si quería ser lo suficientemente efectiva. Antes de poder usar su poder escuchó al muchacho hablar otra vez, de nuevo mostrando más emociones. Quizá solo era un joven tímido y por eso al principio se le oía tan... tan neutro.

Cuento con ello, Prometeo —dijo, para luego quedarse callada durante un minuto o así —. Eres un buen muchacho, puedes llamarme solo Abi —dijo de repente, permitiéndole un trato de ligeramente más confianza.

Se dio cuenta ahora del viento que soplaba, de poniente a oriente. Alzó la vista a las nubes, en principio no iba a llover. Terminaría nublándose pero solo sería algo temporal, tendrían casi toda la noche despejada salvo, quizá, un par de horas sobre las dos o las tres si el viento no cambiaba su dirección ni fuerza. Miró hacia abajo ahora, había muchísimos refuerzos, como veinte o treinta, por no hablar de los que habían defendido durante el día y que ahora debían estar descansando. Incluso si estaban pagando "solo" trescientos mil la cantidad de efectivos hacía que la cifra subiera mucho, quizá el gasto fuera incluso mayor que el de sus cacerías.

Mientras tanto, en su interior, su réplica se movilizaba. La solitaria guardiana de su fortaleza agarró el rifle de francotirador y la munición necesaria. Además, la Abigail en miniatura también se armó con dos diales de araña, uno de hielo y uno de humo blanco. No consideró necesario utilizar diales excesivamente letales como el láser o el de fulgor.

Aún hay algo de luz... tardarán un poco más en llegar —lo más normal sería que atacaran después de que cayera la noche, cuando la seguridad esté empezando a tener sueño. Aunque fueran tribus estaba segura de que entenderían que era mejor esperar a un momento de vulnerabilidad en lugar de atacar con todos los refuerzos bien despiertos.

¿A qué te dedicas normalmente? —quiso dar algo de conversación, las guardias podían ser muy aburridas y prefería evitarlo si era posible.



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Mensaje por Prometeo el Lun 16 Mar 2020 - 16:02

Una débil antorcha iluminaba la atalaya donde apenas había una banca que debía compartir con la sacerdotisa. A tres metros del suelo el viento se sentía aún más helado y fuerte, meciendo con fuerza los cabellos de los vigilantes. ¿Qué se suponía que debía vigilar, en cualquier caso? Si algún bárbaro decidía infiltrarse en el campamento para sabotear la construcción, podía usar las sombras a su favor y burlar la vigilancia. Ninguno contaba con gafas térmicas o con visión nocturna como para ejecutar correctamente la labor. Bueno, tampoco debía sorprenderse demasiado considerando que estaba en un país subdesarrollado, aunque poseía una arquitectura impresionantemente hermosa. Prometeo estaba acostumbrado a los avances tecnológicos, de hecho, su propio cuerpo y origen formaban parte de ese mundo futurista y difícil de concebir como real.

Escuchó la pregunta de la señorita Abigail y reflexionó un momento. Era consciente del estado actual del Ejército Revolucionario y cómo este había intentado destruir el mundo en un acto egoísta y cruel. Pero también conocía la causa por la que peleaba. Debía sentirse orgulloso al luchar por el bienestar de los demás, aunque era un sentimiento que desconocía y, de hecho, dudaba si alguna vez fuese a sentirlo. Era un homúnculo, después de todo.

—Intento ayudar a la humanidad dentro de lo que puedo —respondió, dudando de si llamarle Abi como se lo había pedido—. Y viajo para encontrar una cura a mi enfermedad. ¿A qué te dedicas tú, Abi? —Tutearle le parecía irrespetuoso y sonaba raro, pero acabaría por acostumbrarse.

El tiempo pasaba lentamente y la temperatura continuaba descendiendo, obligando a que Prometeo se abrazase a sí mismo para entrar en calor, metiendo las manos bajo los sobacos. Fue entonces que le pareció oír algo, un pitido agudo que atravesó el cielo a una gran velocidad. Y a este le sucedió un golpe seco, duro, como si algo pesado se hubiese caído bruscamente al suelo. Volvió a escuchar la misma secuencia, una y otra vez. Algo no andaba bien, aunque no sabía precisamente el qué.

Una flecha surcó el oscuro cielo a toda velocidad, incrustándose en el pecho de Prometeo. El homúnculo soltó un gemido de dolor acompañado de una mueca. Afortunadamente no era una herida mortal; el tirador había fallado por unos pocos centímetros. Y fueron los músculos del homúnculo los que detuvieron el proyectil. En un caso general, lo prudente era partir la vara de madera y no quitarse por completo la flecha; luego se sanaría a sí mismo. Otra flecha voló directamente hacia la atalaya donde estaban los vigilantes, aunque esta vez iba hacia la sacerdotisa. El revolucionario se levantó rápidamente y usó su propia espalda para interceptar el proyectil, clavándosele en la zona baja. Ni siquiera le hizo falta pronunciar palabra alguna para describir lo obvio: estaban bajo ataque. Y la alarma no tardó en llegar.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Jue 19 Mar 2020 - 19:26

Intentar ayudar a la humanidad dentro de sus posibilidades... se parecía bastante a lo que hacía ella, aunque no compartían el detalle de la enfermedad. No quiso meterse en ese tema, le parecía algo demasiado personal como para preguntarle de forma tan alegre, quizá cuando lo conociera algo más.
Yo... algo parecido. Intento mejorar el mundo a mi manera: cazando. Es justo que pague mis pecados con una vida llena de sangre —respondió sin sonar demasiado animada —, aunque no creo que pueda compensar mis actos ni con mil capturas —continuó con el mismo tono, aunque un buen detalle era que mencionaba específicamente "capturas", no matar. ¿Con cuántos criminales estaría Dios satisfecho? ¿Con cuántos estaría satisfecha la madre superiora? No estaba totalmente segura de querer volver al monasterio aunque se lo permitieran, conocer el mundo estaba resultándole fascinante.

El tiempo pasaba lentamente, algo común en las tareas de guardia. La temperatura empezó a bajar y la novicia se vio obligada a echarse el abrigo por encima para aguantar el frío. ¿Que por qué Prometeo no lo había aceptado? No lo sabía, pero no se metería en las decisiones personales de la gente por nimiedades así.
Aunque la noche estaba aparentemente tranquila había algo que no terminaba de estar bien. Se escuchaban unos silbidos que le sonaban extrañamente familiares. Además del sonido de cosas pesadas cayendo. Eso eran... ah, mierda.

Antes de poder reaccionar el muchacho que tenía a su lado recibió un flechazo en el pecho y después recibió un segundo flechazo en la espalda cuando la protegió de la misma flecha. Apenas un segundo después empezaron a sonar las alarmas en todo el perímetro.
¡Hey, hey, Prometeo! —exclamó, moviéndolo para sacarlo de la trayectoria de las siguientes posibles flechas. Lo dejaría sentado en una esquina de la atalaya, no le tocó las heridas ni las flechas, entendía que era mejor idea dejar que los proyectiles taponasen las heridas hasta que algún médico pudiera atenderlo. Y en el peor de los casos... guardaba en su fortaleza un Secreto de Law para casos extremos.
No te muevas, deja que nos ocupemos —dejaría el agradecimiento para después, ahora era el momento de cobrarse aquella baja. Estaban usando arcos y flechas, ella utilizaría algo ligeramente más letal. Solo ligeramente.

Desde su cuerpo se extendió una cúpula esférica que cubriría también el área bajo sus pies al estar en una atalaya y en su pecho se abrió una única ventana desde la cual se asomaría su réplica interna, ya armada con un rifle de francotirador cargado y listo para utilizar. La Abigail real agarró su revólver y esperó durante un par de segundos. Respiró hondo, sus ojos empezaron a emitir un tenue brillo, bien, con su Aqua Focus activo podría ver y apuntar mejor. En cuanto vio la trayectoria de una de las flechas pudo más o menos distinguir de dónde venía.

Voy a revelar su posición, apunta a las rodillas. No las necesitan para vivir —dijo en un volumen completamente audible para Prometeo y hablando como si no estuviera sola. Efectivamente, no lo estaba.

Ahora que conocía su posición aproximada giró el tambor de su revólver pesado para cargar una bala de humo. El estruendo de su disparo no tardó en sonar y un segundo más tarde empezó a verse una especie de humo, como si fuera el de una bengala, que se expandiría unos metros. Algunos de los bárbaros respirarían ese humo y se pondrían a insultarse entre ellos a grito pelado, terminando de revelar su posición. Alguno se empujaría y saldrían de su escondite.

Su réplica, siguiendo órdenes mentales, apuntó y disparó inmediatamente. Sí, la bala saldría a una velocidad menor, pero una bala a la mitad de su velocidad podía abrirte el cráneo igualmente o, en el caso de un arma empuñada por Abigail, la rodilla. Esperaba haberle dado en la rodilla, las distancias demasiado largas no eran su punto fuerte y por culpa de su poder maldito se perdía un poco de precisión.

En cuanto termine de cubrir nuestro camino te llevaré a un médico, Prometeo, te lo juro —la réplica se preparó para disparar otra vez. Utilizaban arcos, que debían usarse a dos manos, así que...

¡Bang!

El siguiente disparó fue también a por los bárbaros que estaban insultándose, esta vez apuntó a la mano de uno de ellos, la que sujetaba el arco. Desarmarlos también le valía, si necesitaban las dos manos podría volarles una de ellas y ya.



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Mensaje por Prometeo el Sáb 21 Mar 2020 - 17:27

El dolor recorría su cuerpo, pero podía soportarlo y unirse a la batalla. Su corazón artificial latía más rápido que de costumbre, pues estaba reaccionando ante los gritos de guerra de los bárbaros que se acercaban por todos lados. Agradeció con un gesto de cabeza el hecho de que Abigail le hubiese quitado del campo de visión enemigo. Pero no podía permitir que su compañera se hiciese cargo de todo, por supuesto que no. Él también debía ayudar, era su obligación proteger a todo humano. Incluso si este estaba en el bando contrario. Ahora, Prometeo podía tener un comportamiento ingenuo e inocente, pero tampoco era idiota y comprendía a la perfección la situación en la que estaba: era imposible entrar a dialogar. Así que, teniendo aquello en mente, se levantó aún con las puntas de las flechas en su cuerpo.

—Haré de primera línea —mencionó entonces el joven revolucionario—. No es necesario que todos mueran.

Haciendo acopio de su fuerza se quitó los proyectiles, soltando un gruñido de dolor. La sangre comenzó a escurrir una vez sacado el tapón, pero tampoco tenía pensado perder mucha. Su cuerpo comenzó a transformarse poco a poco, aumentando en más de un metro su estatura. Primero, aparecieron estelas azules que acabaron por convertirse en auténticas llamas con destellos dorados. Sus dedos ahora eran garras, y de su espalda surgieron dos imponentes alas hechas de puro fuego. Cuando adoptó su forma híbrida las heridas del homúnculo comenzaron a sanar a un ritmo inhumano, y luego de unos pocos segundos no quedó cicatriz alguna.

—Gracias por preocuparte, Abi.

La distancia que había entre la atalaya y el suelo era grande, pero nada que un par de alas no pudieran manejar. El revolucionario saltó la baranda de madera y aleteó para amortiguar la caída. Enseguida, un hombre musculoso y fornido se abalanzó sobre él. Inmediatamente adoptó una postura de defensa, esquivó el mandoble con una facilidad impresionante y golpeó la parte interna del brazo con un golpe de dos dedos, alcanzando los nervios y provocando que su oponente soltase el arma al perder fuerza. Rápidamente, aprovechando el alcance de sus brazos y a una velocidad extraordinaria, repartió una ráfaga de veloces golpes en distintas localizaciones del cuerpo hasta que el guerrero cayó inconsciente. Antes de que este cayera al suelo, Prometeo tomó su cuerpo y lo acomodó en la fría tierra.

La luz de la luna desprendía la suficiente luz —bueno, en realidad era la que reflejaba del sol— como para percibir el movimiento de las sombras que se escondían entre la oscuridad. Fue asaltado por una joven menuda y pequeña, quien se mostró aterrada al ver la forma de Prometeo. La espada de su oponente cortó superficialmente su pecho, pero la herida se cerró de inmediato cuando las llamas azuladas actuaron. El revolucionario se batió con ella, recibiendo unos cuantos dolorosos ataques y propinando veloces golpes. Un puño de palma abierta puesto en la boca del estómago acabó el encuentro.

—Me internaré en el bosque para causar caos en las filas del oponente —le gritó a Abigail, quien estaba haciendo un trabajo espectacular en la atalaya.
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Vie 27 Mar 2020 - 21:29

Abigail continuaba haciendo su trabajo después de apartar a Prometeo para que no sufriera más daños. Ese trabajo consistía en, simplemente, neutralizar a los hostiles sin matarlos. Bueno, solo debía neutralizarlos, pero la monja era bastante misericordiosa, lo que no podía impedir era que otros se aprovecharan para dar golpes de gracia.

—¡Eh! ¿Qué haces? No estás en condiciones —dijo al principio al oiro levantarse y hablar. Por desgracia no podía hacer mucho, estaba demasiado ocupada manteniendo lejos a los atacantes e intentando evitar que se acercaran demasiado a la construcción.
No pudo verlo pero sí escucharlo, ¿de qué hablaba? ¿y por qué no descansaba? ambas preguntas fueron respondidas cuando el muchacho empezó a cambiar de forma para transformarse en... en... en... en lo que fuera que fuera ese ¿pájaro? no había oído sobre pájaros de fuego pero eh, si eso le curaba adelante. Ya le regañaría luego por ser tan inconsciente y dramático, de momento solo se alegró de que estuviera entero.

Mientras el pájaro brillantese abalanzaba sobre los que estaban en las inmediaciones la monja se dedicaría a contener el perímetro con el francotirador que usaba su réplica interna. Sí, perdía velocidad y precisión, pero asustaba igual y en muchos de los casos era suficiente con eso. ¿Cuando no era suficiente? Por ejemplo, uno de los bárbaros continuó cargando a pesar de sus disparos. Sujetó su revólver pesado con ambas manos, seleccionó cierto proyectil y disparó a sus pies. Una masa de polímero creció y pegó sus piernas, impidiendo que pudiera moverlas. Cayó al suelo donde empezó a revolverse sin éxito, así habría inutilizado a otro más.

¡Vale, yo vigilaré la zona! —le gritó de vuelta, todavía con su mejora visual activa.

Con Prometeo controlando la parte del bosque, Abigail se centraría en los lados, por donde podrían entrar los atacantes. Miró a su derecha, pero no veía nada extraño, volvió la mirada a su izquierda y vio algo extraño... Las flechas volvieron a volar, pero esta vez la religiosa estaba avisada. Esquivó los proyectiles y volvió a alzar su voz.

¡Refuerzos en el sector izquierdo! —gritó una vez más. Además, su réplica interna realizó un disparo más que acertó de refilón, rozando el muslo de una de las hostiles. El grito de dolor que soltó fue suficiente para que los encargados de aquella zona fueran a plantarles cara. Más o menos esa zona estaba controlada, no habían pasado al interior, Prometeo se ocupaba del frente y solo quedaba el sector derecho.

Allí por el momento no veía nada, y además estaban muy lejos para avisarles, tendrían que apañarse por el momento. De momento no bajaría de la atalaya, lo haría en cuanto estuviera segura de que no era necesaria allí arriba, o que la necesitaban con más urgencia en otro lado.



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Mensaje por Prometeo el Sáb 28 Mar 2020 - 22:04

Una flecha surcó a toda velocidad el aire y cortó la mejilla del revolucionario, pero este continuó avanzando por el sendero. Las llamas azules llamaban la atención de los bárbaros, quienes se aproximaban hacia él como polillas a la luz. Su brazo apenas resistió el impacto de un mazo de batalla; incluso escuchó un alarmante crujido. Ejecutó un golpe de dedos a la altura de la boca del estómago. Su oponente retrocedió de dolor. Prometeo no le dio tiempo a recuperarse y volvió a golpearle; el bárbaro cayó inconsciente. Una espada hizo el intento de cortar sus alas, pero era imposible cortar el propio fuego. Se volteó y encaró a una muchacha de largos cabellos rubios, mirada fiera y tatuajes tribales en el rostro. Era pequeña, incluso parecía que el revolucionario medía el doble.

No podía evitar preguntarse por qué las tribus habían decidido atacar la obra ferroviaria. ¿Cuál era el motivo que había tras sus acciones? Por lo que sabía, el tren que conectaba a los distintos pueblos acabaría ayudando a muchísima gente. Mejoraría la economía local y rompería con la centralización de English Garden. Si bien no se sentía en el derecho de juzgar las culturas de los demás, no le parecía que “proteger la tierra” fuese una excusa para arriesgar la vida de decenas de personas. ¿Acaso no habían reparado en que caerían tropas de ambos bandos? Y es que al ver a esa chica de no más de veinte años, se le quitaron las ganas de pelear. No había justicia ninguna en atacar como una bestia salvaje sin antes preguntar las razones que escondían los bárbaros.

Antes de poder conjurar pregunta alguna debió hacerse a un lado para esquivar la rápida y peligrosa espada de la muchacha. Casi parecía poseída por un espíritu de la furia.

—¡Espera, detente! —le pidió sin resultado aparente—. ¡¿Por qué tu gente está obsesionada con destruir la construcción de la estación ferroviaria en Blacktown?!

El frío acero se deslizó por su pecho y Prometeo reprimió cualquier gesto de dolor. Dio un pequeño salto hacia atrás para evadir el corte en forma de media luna.

—¡No te hagas el desentendido, hijo de perra! ¡Tú y tu gente nos ha estado secuestrando durante semanas! ¡Devuélvanme a mi hermana, malditos bastardos!

Las palabras de la rubia salieron por su boca como verdaderas balas, sacudiendo la visión de Prometeo sobre la obra que a tanta gente beneficiaría. ¿A qué se refería exactamente con devolverle a su hermana…? Pero qué clase de pregunta tonta se estaba haciendo: la demanda de la chica era tan explícita como genuina. Aún no entendía por completo la naturaleza humana, pero el dolor en su mirada y la furia en su voz indicaban que era verdad.

—¡Te equivocas! ¡Yo sólo he llegado hoy y…!

Una espada rápida y peligrosa cortó sus palabras cuando le atravesó el estómago, causándole un agudo dolor. Las llamas de Prometeo se concentraron en la herida aún hecha y ambas manos sostuvieron con fuerza el arma de la chica. Esta intentó jalar, pero nada: el revolucionario le superaba en fuerza física.

—¡Muérete, maldito imbécil! ¡Muérete!

—Hablemos primero… ¿Cómo es eso de que han secuestrado a tu hermana…? —acabó preguntándole con un susurro débil y un hilo de sangre escapándosele por la boca.
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