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Mensaje por Yarmin Prince Jue 12 Mar 2020 - 1:12

- Y no quiero que el sistema de ventilación se limite al interior de las naves -concluyó Yarmin-. Quiero árboles en todo el valle, y ríos limpios. Cuando alguien se acerque a esta zona quiero que en los tres segundos que le quedan de vida vea un paraíso. Un segundo Oasis.

Yarmin había ido personalmente a cerciorarse de que las obras avanzaban a buen ritmo, y en general así era. Los ingenieros Martin Luzkewi y Herman Dusch habían obrado un milagro en Arabasta hacía unos años, y estaban cerca de obrar el segundo en Yellow Spice. No estaba siendo barato, ni tampoco fácil, pero estaban consiguiendo complacer la mayoría de sus expectativas en cuanto a plazos. En cierto modo era más sencillo que construir una ciudad-búnker en medio del desierto -la mayoría de la infraestructura ya existía y solo debía ser renovada-, pero no podía restarles mérito cuando lo que les había pedido era, esencialmente, una locura.

- El departamento de geología está trabajando en la búsqueda de manantiales -contestó Luzkewi con comedida seguridad-. Tenemos a un equipo de botánica buscando los árboles ideales, pero la conclusión sigue siendo evidente, señor Markov: Costará años limpiar la tierra contaminada. Tal vez dos, puede que tres, pero lo más probable es que el terreno tarde diez años en ser habitable, como poco.

Esperaba aquella respuesta. Aun así no pudo evitar dar un leve puñetazo sobre la mesa.

- Sin embargo hemos estudiado una posibilidad -intervino Dusch. Tenía una voz de pito que contrastaba con su espeso bigote de morsa y la prominente calva que lucía, pero con el tiempo Yarmin se había acostumbrado a aquel ruidillo desesperante-. Como siempre, no será ni barato ni sencillo. Sin embargo, podríamos atacar el fuego con fuego. -Arqueó una ceja. No terminaba de gustarle el camino que tomaba aquello. Dutch, sin embargo, continuó-: Casi todos los componentes químicos que hemos estudiado en esta tierra poseen agentes neutralizadores con los que podríamos "fertilizar" la tierra. Sería una solución de contingencia, requeriría mantenimiento constante y eventualmente dejaría de funcionar cuando las raíces lleguen a estratos más profundos...

- Entonces -interrumpió- podéis plantar frutales en el valle.

- Serán las peores manzanas del Grand Line, pero sí. En caso de corte de suministros la gente aquí podría sobrevivir, o incluso utilizar lo recogido para alimentar a los animales. Pero sigue siendo solo una idea sobre la mesa. Todavía tenemos tierra y arena de Arabasta, podríamos...

Yarmin negó con la cabeza. Transportar las cerca de setecientas toneladas -tirando por lo bajo- de tierra y las doscientas de arena que necesitarían para aquello era caro, arriesgado y muy estúpido. Pero necesitaban asegurar una vía de suministros; no podían mantener una guarnición de doscientas personas sin una fuente de alimentos constante.

- Setas -dijo, finalmente-. Quiero setas en esta ecuación, una verdadera plaga de setas. Si tan contaminado está todo las setas van a chuparlo. Estudiad cuáles se necesitan, dónde y cómo plantarlas, y seguid el plan de contingencia mientras tanto. -El den den mushi sonó en su bolsillo-. Confío en vosotros; avisadme de cualquier cosa.

Se levantó de su asiento lentamente y tomó la chaqueta del respaldo. Se trataba de un bléiser negro, como siempre, pero poseía un delicado brillo plateado.

No contestó la llamada, pero tampoco lo necesitaba. Era la señal de Gellert, un aviso de que alguien muy importante acababa de llegar al punto de encuentro.

- ¡Haidler, amigo! -exclamó nada más atravesar el umbral de un pequeño pero acogedor hostal, el único con agua corriente limpia de todo el lugar.

- Señor Markov. -Una leve inclinación de cabeza acompañó el ceremonial tono de Ardioll Haidler-. Me alegra saber que sigue usted bien. ¿Puedo saber ya para qué requiere mis servicios?

Haidler era uno de los químicos más preeminentes que Yarmin había tenido el gusto de conocer en el Bajo Mundo. Normalmente creador de excelentes venenos, al parecer tenía una cierta afición por la botánica que había cristalizado en extraordinarios ejemplares que crecían prácticamente en cualquier lugar. Durante la construcción de Oasis él mismo había dirigido la construcción de los jardines, y ahora iba a tener que demostrar que era capaz de mucho más.

- Por supuesto. Rey, llévalo.

Gellert se levantó de su asiento con calma y dio un toque en el hombro al científico.

- Llévate el Poison. Pero cúidamelo.

No les dijo nada más, pero esperó pacientemente a que ambos se fuesen y los despidió con la mano. Haidler iba a solventar lo que Luzkewi y Dusch no podían -cobrando mucho más que ellos dos, pero sus aptitudes lo valían-, y en el futuro seguiría siendo un importantísimo valor a tener en cuenta.

Dejó pasar un par de minutos antes de entrar en el local. Se sacudió el polvo macilento de la calle mientras la puerta se cerraba y se sentó en una mesa. Gellert volvería en un rato, pero mientras tanto debía seguir pensando en el Nuevo Oasis.


Última edición por Yarmin Prince el Lun 16 Mar 2020 - 18:50, editado 1 vez (Razón : Alguna habrá)


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Mensaje por Zaina Nitocris Jue 12 Mar 2020 - 22:09

Yasei era muchas cosas, pero no era conformista.

Podía haber ganado un negocio lucrativo, rentable y millonario, pero ni era suficiente, ni pensaba dejarlo tal como estaba. Había ideado planes, ideas para mejorar la rentabilidad de aquel negocio y lo mejor es que todas estaban funcionando.

Bueno, casi todas.

Tenía que buscar una manera de que su oro brillara más que el de cualquiera.

Encontró la solución después de investigar, de probar, de ensayar y sobretodo, de equivocarse.

Unos artesanos de unas pequeñas islas le hablaron de la posibilidad de bañar sus piezas con un material que evitaría cualquiera de sus problemas. Que hiciera el oro más brillante, fácil de pulir, tratar y cuidar. Algo capaz de hacer que su oro fuera diferente al de todos los demás.

Y ese material era el rodio.

Un metal no demasiado caro, que se usaba para piezas de mala calidad y bastante baratas. El problema no era el material, era el tratado y cómo conseguir que no dañara el metal principal, tenía que ser un baño, no influir en su pureza o estructura. Cuando la gente lo viera, tenía que saber, sentir y percibir que aquello era cien por cien puro, o su plan no valdría para nada.

Total, que tenía una cita en aquel lugar con alguien capaz de agilizar el proceso, y la cosa estaba empezando a ponerse interesante.  Al menos lo fue los primeros quince minutos de toda aquella conversación.

Se había citado con un hombre de la zona, alguien que conocía el nombre de la persona que necesitaba, aquella capaz de hacer el proceso químico necesario sin dañar las piezas o las piedras.

Y bueno, tal y como os comento la conversación no iba del todo mal.

Ella llegó, con una túnica negra cubriendola por completo, un velo que no dejaba ver más que aquellos intensos ojos verdes y un travieso gatito anaranjado con pinta de salvaje. El hombre y ella habían hablado, conversado y había llegado el momento de los negocios.

-Algo me dice que puedes pagarme con algo más que oro.- Ella alza una ceja ante el tono que pone, y aunque nunca ha tenido escrúpulos en usar su cuerpo para conseguir lo que quiere.

Odia con toda su alma que la gente se piense que tiene derecho a utilizarla.

Se levanta calmadamente del asiento, mandando a callar a Rouge, que empieza a ahogar un profundo rugido. La dama desliza suavemente la capucha, dejando el largo cabello como fibras de ébano llegar hasta su muslo. Un rostro fino que se revela por un velo vaporoso, unas pecas traviesas en una tez cremosa. Unos ligeros y marcados colmillos que se marcan detrás de una sonrisa traviesa.

-Deja que me acomode un momento.
- Su voz sale como un ronroneo, casi como si ella misma fuera el gato que está a su derecha.

La túnica se desliza suavemente, acabando en la silla con un ruido sordo y seco.  Lleva una falda negra, larga y vaporosa, cuyos pliegues parecen perderse entre sus piernas y su sinuoso corte en el lateral. El escote pronunciado, con un corte en forma de pico mostrando su piel y el comienzo de sus pechos.

Todo el mundo parece quedarse en silencio, embelesado por lo que acaba de pasar… Aunque os digo que no es exactamente por lo que pensáis.

Un grito, agónico y profundo, algunos se asustan, otros prefieren meterse en sus asuntos. Y una daga clavada en la palma de la mano de aquel hombre, hasta que la hoja atraviesa la mesa.- Oh lo siento, un segundo.- Otra vez aquella traviesa sonrisa felina, y Rouge se tumba plácidamente en el suelo.

Tras el bostezo del felino, otra daga clava la segunda mano del hombre en la mesa, el proceso se repite. Una mano a cada lado de la mesa, inmovilizada, y ella opta por simplemente beber de su vaso.- Da gracias a que tengo que dejarte la boca libre para hablar.- El hombre se apresura, le dice lo que quiera y ella aplaude animadamente.- Perfecto, eres libre.- Las manos van a los cuchillos, un gesto brusco, seco y están fueras. El hombre sale corriendo por la puerta reclamando su libertad, agarrando el saco de oro que ella le había ofrecido inicialmente.

-Al menos de mí, creo que alguien está cansada de jugar con las ratas.- Y mientras nuestra señorita se recoloca el velo, acariciando al gato de pelaje rojizo, un rugido haría temblar suavemente las ventanas de cristal.- Pues ya tienes cena Rouge.-  Mostró sus felinos colmillos a su pequeño amigo, mientras que Jade,  apareció en la ventana.

Su pelaje blanco cubierto en sangre, mientras masticaba de manera distraída un trozo de brazo, era el claro símbolo de lo que había pasado.- Algunos idiotas no saben cómo jugar con los gatos.- Y felizmente, se acercó a la ventana, agarrando el saco de oro que hacía un par de segundos que había entregado.  Se giró sobre sus talones, y notando alguna que otra mirada, alzó una ceja.- ¿Qué? ¿Nunca habéis visto a una mujer de negocios? – Y tras sus palabras, volvió a su mesa, esperando que Jade acabara de cenar. Aunque ella pareció ver algo más interesante que su trozo de brazo.

-Maldita sea, gata del demonio.- Bueno, pues si,  el inmenso leopardo blanco no le quitaba el ojo al hombre que hacía poco que había entrado al lugar. Aunque punto para la gata, no estaba mal.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 13 Mar 2020 - 0:10

"Parece que he llegado en buen momento", pensó Yarmin mientras contemplaba desde una prudencial distancia la negociación. Él, un pobre diablo, intentaba aprovecharse de ella. Si le hubiesen pagado por dar un consejo al hombre probablemente le habría dicho que nunca, bajo ningún concepto, se fiase de una mujer que va sola por ahí. Tal vez, si no se tratase de un completo idiota, habría entendido en sus palabras que intentar follarse a alguien como pago era, en el mejor de los casos, contraproducente. Pero nadie le había pagado, así que se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre su pecho con una sonrisa de suficiencia.

Casi podía verlo antes de que sucediese: Un sensual movimiento de caderas mientras se acercaba a él, una sonrisa pícara bajo el velo, unas manos que se subían levemente la túnica que torpemente camuflaba su erotismo y, entre sus piernas, un cuchillo tan afilado que ni siquiera le daría tiempo de sorprenderse. Rápido, limpio... Una buena forma de hacer negocios, aunque no la más entretenida.

Sin embargo comprobó con sumo deleite que se equivocaba. Dejó su túnica tras ella, revelando la sutileza de un delicado cuerpo y unas intenciones rudas cuanto menos. Pero eficaces. "Acaban de empezar".

Con las manos clavadas a una mesa y frente a una persona que, pese a su aspecto frágil, demostraba una ferocidad solo comparable a su sangre fría entendía que las negociaciones durasen poco. Habría pagado por hacer ese trabajo; habría pagado por irse de allí de una sola pieza. Sin embargo controlar a una persona a través del miedo resultaba una estrategia audaz y en muchos casos una idea peregrina. Debía vigilarlo, asegurarse de que no la delataba, poder mantener ese miedo vivo... Había aprendido años atrás que la única forma de ganar aliados era a través de una cierta camaradería. El miedo y el dolor eran herramientas poderosas, pero solo servían una vez. Aunque todo cobró sentido cuando los sonidos cobraron la importancia que merecían.

Primero llegó el portazo. La sangre del hombre se derramaba desde las manos muertas de aquel desgraciado, que empujó con el hombro la puerta y esta bramó, ahogando sus pisadas y el ruido de su agitada respiración. Luego llegó el chillido, un grito ahogado de puro pavor que no enmascaró el chasquido de los huesos al partirse, ni el maltrecho gorgoteo de la sangre ni el violento sonido de los músculos desgarrarse como jirones de ropa vieja.

Aún escuchaba los aullidos de dolor, cada vez más apagados, cuando llegó el último sonido: El rugido. Fue tan intenso que las paredes temblaron, pero si Yarmin se asustó no lo dejó entrever más que con una rápida mirada a la ventana donde la mujer se inclinaba para coger lo que par... lo que era la bolsa del amigo.

Se acarició la comisura de los labios con el pulgar, planteándose qué acababa de suceder y en qué contexto aquello tendría sentido. Una mujer buscaba hacer tratos con el que, si no se equivocaba, era un jefe de explotación de alguna mina -no recordaba su cara, pero el cinturón lo delataba-. Le había pedido algo, o intentaba obtener grandes cantidades de algún material y, de pronto... Entendía lo de las manos, era un mal menor. Lo amedrentaba, luego un par de regalitos y entendía que podía ser tan cruel como benévola, pero... ¿Qué sacaba de su muerte? O era su intención desde el principio y solo trataba de disimular o, por el contrario, se había confundido.

Estuvo a punto de hablar, pero teniendo en cuenta su temperamento ridiculizarla no parecía la mejor de las opciones. Era temeraria, rica -o al menos eso delataban sus ropas- y, si no se equivocaba con aquella frase de suficiencia, muy orgullosa. Fuera como fuese se trataba de la clase de persona a la que uno no desearía enfadar; ni siquiera él. Pero también, con un poco de educación, podía convertirse en una gran herramienta. Tenía el encanto y, había que reconocerlo, coraje. ¿Un coraje más cercano a la estupidez que otra cosa? Puede, pero todo estaba en el mármol.

Fingiendo que las miradas no se habían cruzado ni por un instante se levantó cuidadosamente. No hizo ningún ruido y evitó a apenas un palmo el choque con el camarero, que por fin se había dispuesto a atenderlo.

- Un whisky. Bueno. El mejor que tengáis. -Señaló la mesa de la mujer-. Mejor dos.

Caminó con seguridad hacia ella y, poniéndose tras la silla momentos atrás ocupada por el pobre hombre, clavó sus ojos rojos en la mirada esmeralda de la mujer. En parte afable, pero secretamente buscando en sus gestos una respuesta a lo que acababa de pasar.

- Parece que la han dejado sola -afirmó con un fondo dubitativo, ignorando el destino del anterior invitado-, y mi conciencia no me permite desatender a una señorita tan encantadora. ¿Me permitiría acompañarla?

Una respuesta afirmativa bastaría para que se sentase frente a ella. Y, con permiso o sin él, comentaría una cosilla

- Mal negocio recuperar la inversión perdiendo las herramientas, ¿no cree?


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Mensaje por Zaina Nitocris Vie 13 Mar 2020 - 2:21

Zaina, si, ella, que no Yasei, se dio cuenta enseguida del peligro que aquel hombre exudaba, y por eso maldijo la curiosidad de sus felinos acompañantes. Había visto esa mirada desde que era pequeña, era capaz de reconocerla donde fuera, podía sentirla en la piel cuando se clavaba demasiado.

En cuanto las esmeraldas chocaron contra los rubíes, ella entrecerró los ojos, con la misma desconfianza de un gato. La mirada de un rey, la misma que había visto en su padre, en otros hombres poderosos. Codicia y poder. Todo a manos de alguien con la capacidad de hacer que la gente se arrodille ante él.

Y lo sabe porque no flaquea, ni duda, ni tiembla.  Ella asiente de forma suave, dejándole que tome asiento y se da cuenta de todo lo que hace.  No arrastra la silla ni la hace chirriar aunque Jade le está mirando, aunque Rouge comienza a olfatearle. Incluso algo le dice que sabe perfectamente donde guarda todos y cada uno de sus cuchillos. En parte odia que sea así, por eso quizás, se muerde la esquina del labio con uno de sus colmillos y prefiere mirar a su adorado gato.

Odia que esa clase de hombres la hagan sentir de nuevo como una niña. Mucho más si lo primero que le dice, le recuerda a una reprimenda. Sin embargo, hace mucho tiempo que aprendió a morder las manos de aquellos que se pensaban con derecho a ponerle una correa.

Aunque no negaremos que su lado más travieso y burlón, tiene curiosidad por saber lo que pasaría si se deja atar por un par de horas.

-Todo suyo caballero, nunca niego lo que parece buena compañía.- Se encoge suavemente de hombros, mirándole de forma directa. Esta vez es ella la que no va a dudar.- No seré yo tampoco la que le niegue la curiosidad a mis gatos, parece que les interesas.- Mientras Jade se limitaba a mirarle, entre lamidas que limpiaban su blanco pelaje, Rouge directamente, se había sentado al lado del hombre.

Zaina apartó la mirada hacía el cachorro, y este simplemente empezó a jugar entre los zapatos del hombre.- Es todo un bribón, si te molesta, lo mandare a jugar con Jade.- Alza una ceja, y el pequeño animal la mira, antes de atacar ferozmente su presa, el aire.

Aunque bueno, tiene cosas más interesantes de las que hablar que el hecho de que sus gatos tengan un fetiche con los hombres guapos.- No debería contestarte, pero como has preguntado y tengo ganas de charlar.- La dama empezó a limpiar los cuchillos, pasando un pañuelo negro con calma por el filo.- La información siempre es dinero.- Dijo de forma simple, dejando el cuchillo clavado en la mesa, luego hizo lo mismo con el otro, sin hacer demasiado fuerza.- Pero la información que sólo tengo yo, no tiene precio.- Y la única manera de asegurarse eso, era matar a las otras personas que lo supieran.

-¿Y tú? ¿Qué te trae por aquí?
–Se inclinó ligeramente sobre la mesa, apoyando ambos codos, mientras su mano izquierda agarraba uno de los cuchillos. Estos pasaban por sus manos con tranquilidad, en un vistoso juego. Quien diría que era más por la cocina que por el hecho de matar a nadie con ellos. Tras un par de segundos los dejó en su sitio, y ella apoyó el mentón en las palmas de sus manos, inclinada contra la mesa.- Algo me dice que tú también has venido buscando algo… O a alguien.- Y aunque el velo tapa la mitad de su rostro, está segura que gracias a la iluminación, puede ver esa ligera sonrisa de colmillos que solo trae problemas.

Lo malo es que no mucha gente es capaz de escapar de ella sin acabar revuelto en todos y cada uno de ellos.

Es consciente de que la gente vuelve a moverse.  Prefieren ignorar que demonios pasa en esa mesa, prefieren ignorar que puede pasar. Casi como si Lucifer y Sejmet se hubieran sentado juntos a jugar al poker, para ver quién podía ser más cruel con los humanos, más terrible, más sádico.

Aunque no se viera realmente quien pudiera ganar aquella batalla, sería sangrienta. Incluso aunque realmente, ninguno de los dos fuera a derramar una sola gota de sangre.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 13 Mar 2020 - 3:31

Reprimió una sonrisa malévola que trataba de asomar por entre sus labios. "No puede ser tan fácil", resonó en su cabeza mientras reía internamente. Estaba delante de una niña caprichosa jugando a ser mayor; hierro para cualquier desesperado, pero apenas una muñequita cuando se enfrentaba a la realidad. Por eso apartaba la mirada y se mordía el labio, furiosa, intentando por momentos calmarse. Pero el orgullo era siempre mayor al miedo en quienes no conocían su lugar y finalmente alzó los ojos, clavándolos en él como cuchillos helados. No le habría molestado arrancarle uno en otras circunstancias, pero tenía un candor que en cierto modo lo enternecía. ¿Alguna clase de malévola inocencia, quizá?

Esperó pacientemente el permiso y se sentó tranquilamente, tratando de no pisar el pequeño animal que curioseaba entre sus piernas. Agachó la mirada en el momento justo mientras retiraba la silla, dándole una fútil victoria que tal vez necesitaba, pero particularmente para darle la falsa impresión de que no había tanta diferencia entre ambos. Al fin y al cabo, si existiese un miedo mutuo nacería una suerte de equidad.

Era un miedo que existía, en cierto modo. Sabía que muy difícilmente tendría problemas para reducirla, pero aquellos ojos verdes parecían ver más allá que el resto de la gente. Ardían de rabia, sí, pero también parecían analizarlo a cada movimiento, observar hasta el más mínimo gesto que hacía voluntaria o involuntariamente. No era como los demás, al menos no tan como los demás: Esos ojos estaban vivos. Lo desafiaban, lo contemplaban más allá de su perfectamente cuidada apariencia... ¿Hasta dónde veían?

Sin embargo, lista o no, seguía siendo pueril. Quería demostrar delicadeza y poder con los cuchillos, inteligencia con la respuesta... Pero algo fallaba en aquellas palabras. Ya podía ser la información más valiosa del mundo que sin ayuda no iba a lograr llevarla a buen puerto. Además, ¿qué información era esa? Si ya la traía de antes no necesitaba aquella pantomima, si la daba el tipo... Dudaba mucho que el tipo supiese nada, pero si así fuese no podía garantizar que fuese el único. O a lo mejor estaba equivocado y ella, simplemente, había cambiado una información por otra y se había asegurado el retorno. "Burdo pero eficaz".

Era lógico y asumible que levantase preguntas. ¿Qué hacía en medio de Yellow Spice un hombre como él? ¿Por qué se acercaba a una joven asesina sin miedo ninguno? ¿Quién era para ni inmutarse frente a semejante carnicería? Podría ser un simple empresario con pocas luces, o alguien muy confiado en sus propias habilidades. Tal vez era un atolondrado millonario en busca de emociones fuertes... Esos ojos. Le distraían. Podía ignorar el escote, incluso que se inclinara levemente hacia delante; podía no pensar en el cuchillo con el que jugaba. Pero estaba inmerso en esas pupilas rasgadas, en esos ojos de gata que, aunque con poco éxito, trataban de desnudar su alma.

- Mi trabajo suele hacer que viaje mucho -atajó-. Aunque podría decir que este es un viaje de placer, al menos desde que nos hemos cruzado.

Tenía pecas bajo el velo, una nariz vistosa y labios carnosos. La tela era casi transparente, aunque el cabello azabache que se arremolinaba en su asiento era opaco como la noche sin luna. Una chica guapa, un depredador inesperado que presentaba batalla por algún motivo en algo que seguramente sabía no podría ganar.

Cerró los ojos durante unos segundos, sonriendo plácidamente.

- No tiene mucho mérito adivinar a qué he venido -objetó, abriendo los ojos-. Acabo de recoger a un hombre en la barra hace un momento.

"Incluso si te esfuerzas recordarás mi apellido", estuvo a punto de decir, pero lo cierto era que dudaba siquiera que hubiese estado demasiado atenta. Lo suficiente como para controlar el tablero, pero no tanto como para ver cada mínimo detalle.


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Mensaje por Zaina Nitocris Vie 13 Mar 2020 - 21:56

Si algo notaba la gente, si algo había enamorado a la corte de Arabasta, era la transparencia y facilidad con la que Zaina hacía todo. El mundo sabía, notaba y sentía lo que era. Peligro, tentación, desesperación, sangre y desierto. Aquella mujer no necesitaba mentir, engañar o destrozar para hacer del mundo suyo, pues la gente llegaba a pensar de forma ciega que realmente le pertenecía.

Era la forma en la que sus dedos, finos y elegantes pasaban por los bordes de aquella mesa. Sus ojos, brillantes, amplios y a veces incluso rasgados como los de un gato, que parecían ver más que cualquier persona. Si, parecía de verdad que nada podía escapar a su mirada, pero quizás era simplemente porque había visto demasiado.

A veces se volvía una necesidad para la gente que pasaba demasiado tiempo con ella, otras, simplemente un misterio demasiado tentador. ¿Era realmente todo lo que veían tan simple y sencillo? Quién sabe.

Pero Zaina había visto lo suficiente como para saber qué clase de hombre tenía delante. Acostumbrado a la sublevación, al poder, a la dominación. Podía verla como un juguete demasiado simple, o una fiera a domesticar. Para él, solo tenía que tener cuidado con los mordiscos de su boca, o los arañazos de sus afiladas garras.

Sin embargo, ella no estaba dispuesta a seguir sus reglas.

Se levantó de la silla, se agachó con calma, dejando que el felino pequeño se dejara agarrar por ella. Luego de aquello se levantó y caminó hasta la ventana. Lo dejó tranquilamente al lado de su compañera.- Portaos bien… Tengo asuntos que atender.- Una caricia leve, una sonrisa suave y cariñosa. Una mirada que parece tan dulce, pero que ningún hombre ha llegado a recibir de ella.

¿Podía realmente contar a aquel pirata cuando simplemente la había abandonado para morir?
Un suspiro sale de sus labios, mientras un pequeño gesto de negación aparta esos pensamientos de su mente. Tiene cosas más importantes con las que lidiar en aquel momento.
Vuelve a la mesa, toma asiento. Cruza los brazos bajo el pecho, ladeando la mirada, enmarcada por aquel cabello tan oscuro. – Es todo un adulador, y estoy segura de que la mayor parte del tiempo le funciona.- Una sonrisa tranquila, dejando que uno de aquellos traviesos colmillos presione su propio labio.- Pero no me gusta caballero, mi gata se ha alimentado de ratas con más escrúpulos que usted.- Esa sinceridad tan apabullante, esa franqueza, esa forma de ser directa.

Indicaba clara, total y plenamente una de las cosas que a un hombre como aquel más podía molestar. Tenía cosas que hacer mucho más interesantes que él. –Lo siento querido, tenía cosas más interesantes entre manos que mirarte a ti.-Ahí estaba una de las grandes debilidades de nuestra querida gatita. Una batalla que sabía que no podía ganar, una guerra de la que no podía sacar nada para ella.

¿De qué demonios podía servirle intentar clavar las zarpas en alguien que no podía hacer sangrar?

El problema podía ser que si aquel hombre seguía jugando con su curiosidad, iba a querer intentarlo igualmente.

Un hombre demasiado peligroso, que hacía que su pecho recordara cosas que había borrado de un zarpazo hacía demasiado tiempo.

Se levanta de la silla, coloca la mano en la mesa y se acerca hasta su lado, sentándose en el borde de la mesa. Acorta las distancias inclinándose un poco hacía él. Su largo cabello negro roza levemente su hombro, mientras que sus ojos ahora están cerca de los de él, quizás demasiado para ambos. Sin embargo necesita susurrarle con aquella calma, con aquel ronroneo de una voz demasiado aterciopelada y peligrosa.- Verás, he conocido en mi vida a muchos hombres como tú, y me complace decir que he jugado con todos y cada uno de ellos.-La pausa, calmada y tranquila, mientras sus orbes chocan con los rubíes de él.- Pero algo me dice, que tu serias uno de esos peligrosos errores que luego voy a querer repetir… Y algo me dice que no puedo permitírmelo, ni tu tampoco.

Su risa, tranquila y divertida, la manera en la que simplemente aparta la mirada de la suya.

Quizás si estaba tramando algo y no estaba simplemente escapando de una situación peligrosa, pero el hombre tendrá que descubrirlo para saberlo.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 13 Mar 2020 - 22:48

Uno podía saber mucho de una persona por cómo trataba a sus animales. Una persona agresiva, por ejemplo, no trataría a una mascota con el mimo que la enigmática mujer dedicaba a un simple gato con orejas de zorro. Y eso resultaba inquietante por un sinfín de razones, aunque la más importante era que la violencia, cuando meditada y fría, resultaba mucho más peligrosa. Aunque Yarmin ya sabía que ella era un riesgo, solo le faltaba descubrir si se trataba de uno que valía la pena correr.

“Y sacó los dientes”. Un medio cumplido envenenado, un insulto velado que cubría sus verdaderos pensamientos o, por lo menos, lo que ella debía considerar una forma hiriente de hacerlos ver. ¿Debía dolerle a un hombre sin escrúpulos que se lo señalasen? Tal vez al ciego le molestase recordar su carencia, o al imbécil saber que lo era, pero a él simplemente le intrigaba por qué si había escuchado su apellido –o por lo menos el apellido que había tomado prestado– no la hacía temer ni un poco. Mihael Markov era una figura que muy pocos deseaban encontrarse de frente, y en Arabasta su sombra se extendía hasta los suburbios de la capital. Había aniquilado a las familias de Rainbase y el Servicio Secreto movía los hilos de muchas pequeñas ciudades y villas a lo largo y ancho de isla Sandy. ¿Por qué ella le hablaba así? Tal vez, y eso era lo más llamativo, a aquella niñata rica del desierto le daba igual quién fuera. Y quizá, solo quizá, por eso aún no se había encargado de ella.

Al fin y al cabo, ¿cuántas veces encontraba uno su reflejo?

– Seguro que aun así tengo tanto recato como usted –se atrevió a señalar, con una sonrisa traviesa.

Se jactó internamente cuando el camarero llegó con el whisky, ahogando en cierto modo la bravata de aquella boca lasciva y dándole una excusa para fingir que ni siquiera atendía a sus palabras. ¿Más importantes que él? Podría ser. No era tan orgulloso como para creer que una niñata engreída sería capaz de percatarse, y aunque sabía que mentía él solo necesitaba agradecer con modosa discreción una copa para rebajar su estatus al de una sirvienta más. Aunque, si era tan lista como quería pretender… No, seguro que no era eso. Era lista, pero demasiado visceral. Seguramente no veía.

Además, el baile seguía.

Se acercó con sutileza, moviendo delicadamente no más de lo que necesitaba, pero asegurándose de que cada uno de sus músculos se moviesen por alguna razón, y terminó pegada a él. Sus ojos casi chocaron y una parte de Yarmin, la más excitable, por un instante deseó el beso que parecía acercarse; pero simplemente reprimió el impulso y aguantó la mirada. ¿Debía perderse por un momento en su escote? ¿Daría alas a la muchacha o la haría ver como un simple objeto? No podía precipitarse con ella; se había relajado por su poder y ya le había pasado factura más de un par de veces. Se mantuvo imperturbable, aunque el susurro sedoso que sintió en su sien sonaba, cuanto menos, sagaz, como el susurro de una serpiente, y algo se revolvió en él. Aquella risa terminó de hacerle girar la cabeza.

Tenían los ojos peligrosamente cerca y sus narices por poco no chocaban. Podía sentir su suave respiración mientras la violenta mirada lo enfrentaba. Mantuvo la sonrisa y arqueó una ceja, con suma curiosidad. ¿Muchos como él? Otra socarronería, un torpe intento de acercar dos alturas que estaban sumamente lejos. Ella buscaba su aprobación… O fingía buscarla. Aunque no parecía ser capaz de dar tantos rodeos.

– Cuando uno desea repetir no es un error, querida. –Pasó la mano por detrás de su oreja, haciendo aparecer una de aquellas viejas tarjetas de visita. Love se leía en una esquina, y aunque la organización ya no existía a Yarmin siempre le había gustado tener un lugar donde apuntar su dirección.

La dejó encima de la mesa y dio un trago de su vaso. Largo. Luego se levantó y miró hacia el camarero, que negó con la cabeza; otra vez que le invitaban. Esperaba que aquella chica tuviese la misma suerte.

– Si cambia de idea sabrá encontrarme.

Inclinó levemente la cabeza y se dio la vuelta, dispuesto a marcharse.


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Mensaje por Zaina Nitocris Vie 13 Mar 2020 - 23:56

Le gustó, joder, pues sí. No vamos a negar que le gustó su cercanía, que sus dedos notaran un pequeño calambre, deseosos de ver qué pasaba si lo tocaba. Aquella distancia, reducida entre ambos había sido un error, pero ella estaba acostumbrada a lidiar con sus instintos más de lo que le gustaría. Aquel velo haría de barrera, evitando que sintiera la tentación real de ver qué pasaba si juntaban sus labios.

Algo le decía que no sabían al veneno que soltaban.

Pero bueno, se recompuso tan rápido como sus orbes brillaron de forma traviesa, en apenas un mísero instante. Luego siguió tranquilamente sentada en ese sitio, esperando a su respuesta.- Oh, tendré que comprobar si tienes razón entonces.- Viendo el pequeño truco de magia, la mujer agarró la tarjeta con una sonrisa felina.- Sin duda, sabes cómo usar las manos.- Y con aquel tono de burla y travesura, volvió a su asiento, agarrando la copa que le acababan de servir.

-Claro… Se me da bien seguir un rastro de sangre.- Se acabó la copa de un trago, mientras dejaba que aquel hombre desapareciera por la puerta.

No pudo evitar reír de forma suave, mientras Rouge volvía entrando por la ventana. La mujer de cabellos negros acarició su pelaje, notando que el pequeño también se había manchado entero de sangre. No le importó demasiado, simplemente, juntó sus labios con aquella tarjeta, mientras sus colmillos aparecían al sonreír.- Te dije que susurrar siempre funciona, Rouge. Las fieras tenemos un oído muy sensible, y ese hombre es peor que cualquier gran gato.- Rascándole el mentón, Jade protestó desde fuera, ella negó con calma.
Era hora de marcharse, tenía una cita a la noche.

Yasei no cometía errores, ni se paraba a descubrir si realmente los eran. Sin embargo Zaina si, ella, era algo más curiosa. Como una pequeña gatita que quería averiguar qué podía pasar exactamente si cruzaba aquellos límites.

Por eso se plantó en aquel edificio, mirando a los dos felinos que la habían traído hasta aquel lugar. Estaban alimentados, cuidados y tranquilos y ella simplemente les puso una pequeña manta por encima.- No sé cuánto tarde, así que sed buenos. – Jura creer ver a la gata alzar una ceja, como si la juzgara, pero prefiere pensar que al menos su mejor amiga, casi hermana, no ve aquello tan horrible.- Tendré cuidado…

¿Serviría de algo tenerlo de todas formas? Es una gata entrando a la boca de un lobo, pero de forma masoquista, quiere saber a qué diablos saben sus colmillos.

Lleva un vestido negro, largo hasta rozar el suelo de forma sutil y suave. Vaporoso hasta la cintura, luego se entrelazan hasta su pecho en una mezcla de encaje y tela, hasta cubrirlo en un escote en forma de corazón. Lo único en sus hombros, en su piel, son aquellas finas cadenas de oro que tanto distinguen su atuendo, igual que las piedras verdes que adornan sus pendientes.

Sin embargo, esta vez, no lleva velo alguno.

Se aprecia cada detalle de su rostro, de sus pecas, de sus labios carnosos y de sus traviesos colmillos. Es una mujer hermosa, y ella lo sabe y usa a su placer, escondiéndolo a la vez en un velo que, inconscientemente, también era un escudo para ella.

Ahora estaba de frente, sin nada más, entrando seguramente, a un sitio del que no estaba para nada segura poder salir. Nunca ha sido cobarde y no piensa empezar a serlo, por eso besa de nuevo aquella carta, con aquella palabra tan sarcástica escrita.

Y aunque sabe que realmente, nunca ha sido amada como tal, el amor es solo una locura más.

Así que era el momento de conocer al rey de todos y cada uno los locos. Y con esa confianza, se presentó al edificio de nuestro querido y oscuro monarca. Era hora de que se encontrara con alguien de su nivel.- Veamos si alguno de los dos es capaz de salir ileso.

Aunque realmente dudaba que fuera posible.
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Mensaje por Yarmin Prince Sáb 14 Mar 2020 - 1:15

Dar la espalda a un enemigo nunca era una buena idea, pero por su nuca nadie sería capaz de apreciar la sonrisa de suficiencia que afloraba en su rostro mientras salía del local. La tarde iba dando paso a la noche mientras el sol se ahogaba en el horizonte, y Yarmin caminaba lentamente mientras, en cierto modo, esperaba que ella lo siguiera. No podía obviar que su parte más pasional adoraba semejantes atenciones, pero tampoco podía dejar que, como acababa de suceder, el coqueteo absurdo se interpusiese en sus negocios. Esa mujer buscaba algo, y el Servicio Secreto era el único que debía proporcionarle una satisfacción. Teniendo en cuenta cómo trataba a la mayoría de sus colegas de negocios, el Servicio Secreto era el único que podía sobrevivir a su temperamento. Y hablando de eso...

- ¿Por dónde andas? -preguntó Gellert al otro lado del den den mushi cuando descolgó.

- Camino del puerto. -La respuesta pareció desconcertar a Gellert, que apenas emitió un gruñido de sorpresa-. Cuando necesite que me devuelvas el Poison te aviso. Por cierto, ¿qué tal Haidler?

La caminata se hizo bastante más amena mientras escuchaba del Rey. Al parecer el científico ya tenía una alocada teoría que podía poner patas arriba todo lo que sus ingenieros habían estado preparando desde hacía meses, y lo había hecho en apenas un par de horas tras conocer el entramado que pretendían establecer. Al parecer no solo se había reído con condescendencia de las ideas anteriores -incluida la suya de las setas-, sino que había conseguido solventar la mayor parte de los problemas y ahorrar un montante que se acercaba a los ocho ceros, casi un setenta por ciento del presupuesto. Ese hombre era un genio.

- Entonces... ¿Tendremos burbuja? -quiso saber, finalmente.

- Tendremos burbuja. -Gellert muchas veces se iba de la lengua y empezaba a hablar por los codos, pero en aquella ocasión resultó casi hasta lacónico-. ¿Cómo es ella?

- Arrogante y estúpida. -Ignoró el "como tú" del otro lado-. Y nos va a dar dinero, si podemos controlarla.

La conversación murió de forma natural casi al tiempo que llegaba al puerto, y dedicó unos instantes a simplemente mirar. Frente a él el único edificio que no se encontraba completamente destartalado se erigía imponente; ni el más alto ni el más ancho, tampoco el más profundo ni el más espacioso, pero sí el mejor. En su interior había filtros de ventilación, agua limpia climatización y un sinfín de comodidades que no se encontraban en ninguna otra parte. Las glicerías de plata habían sido un capricho, pero teniendo que pasar tiempo allí mientras las naves del Nuevo Oasis no estaban listas había elegido sentirse como en casa. Aunque no le gustaba demasiado la zona, por eso solo pasaba la noche allí cuando... Bueno, también había instalado una habitación insonorizada para invitados especiales. Tal vez si debía llevar a cabo una reeducación le viniese bien.

Entró y se entretuvo. De vez en cuando comprobaba las cámaras, pero al poco volvía a su lectura. No sabía cuándo llegaría, ni si llegaría aquella noche, y hasta Derian había terminado por quedarse dormido. Había estado mimoso por un rato, juguetón incluso, pero al final había caído en su sillón favorito como un peso muerto. Y desde ese momento no miró las cámaras. No podía sino intuir cuándo debía llegar; tampoco podía despertar al pequeño gato antes de tiempo o se pasaría un rato de morros, así que simplemente continuó inmerso en el libro. Pronto tendrían tiempo de hablar de aquellos tan interesantes negocios que habían terminado con un hombre devorado. Y, desde luego, iba a asegurarse de encontrar el modo de satisfacer las demandas de la que, aun sin saberlo, ya era clienta suya.

- Oh, bienvenida -saludó mientras dejaba su libro en una mesita auxiliar y movía cuidadosamente a Derian hasta dejarlo sobre el reposabrazos-. No esperaba que llegase tan... ¿preparada?

Estaba preciosa, aunque no podía darle más mérito al vestido del que tendría un saco de patatas lo suficientemente ajustado. No negaba, ni podría hacerlo, que se trataba de un vestido extraordinario. Mostraba algo más de lo justo, sugería lo necesario y parecía muy fácil de quitar. Sin embargo no era el momento de pensar en esas cosas; tenía un negocio entre manos y eso acusaba urgencia.

Se levantó.

- ¿Desea algo de beber? -ofreció, acercándose lentamente hacia ella para en el último instante torcer hacia el mueble bar-. Señorita... ¿Cómo me dijo que se llamaba?


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Mensaje por Zaina Nitocris Sáb 14 Mar 2020 - 2:46

No pensó que fuera tan fácil entrar, pero eso sólo aumentó la sensación que aquel hombre le daba. Si no necesitaba seguridad, quería decir que él era sin duda el mayor de todos los peligros. Apreció el estado del edificio, miro todos y cada uno de sus detalles y no se sintió como una extraña. Para ella era fácil sentirse cómoda, pues prácticamente era como si todo fuera suyo a la vez.

De nuevo ladeo el rostro de forma suave, dejando que viera aquella sonrisa de traviesos colmillos, negando.- Muy amable, pero siempre se tiene que estar preparado para lo que pueda surgir.- Sabiendo que él opinaba lo mismo, y siendo total y plenamente consciente de aquel escrutinio, la dama se acercó calmadamente a aquella silla.

Su expresión era suave, agradable y tranquila.- Eres un chico muy guapo eh – Y distraídamente, acercó la mano al gato que descansaba de forma relajada en aquel reposabrazos. Como siempre, la dama no podía evitar acercarse a los animales, casi como si ella fuera uno de ellos.- Oh cualquier cosa esta bien… Algo me dice que tenemos gustos parecidos.- Le miró de reojo, mientras sus dedos pasaban por el pelaje oscuro del gato, antes de dejarle su propio espacio al animal.

Algo le decía que si aquel gato era igual que su dueño, le gustaba las muestras de afecto en cantidades justas y precisas. Una verdadera lastima.

La mujer se apoyó de forma relajada en la pared, y no pudo evitar llevarse el dedo índice a los labios, de forma distraída.- Nunca se lo he dicho caballero… Y algo me hace dudar sobre si realmente debería decírtelo.- La sonrisa felina elevó la comisura de sus labios, pero era la primera que era total y plenamente consciente de que un nombre debería de darle.- Me llaman Yasei, supongo que va a juego con mi apariencia.- Salvaje, lo que esa palabra significaba era sin duda aquello que mejor podría definirla.

Y aunque Zaina significaba hermosura, belleza y embrujo, no era un nombre que todos pudieran escuchar de sus labios. Aunque hubiera acudido como ella a aquella reunión, no podía confiar en él algo tan importante. Si le dice su nombre, su apellido, tardaría minutos en relacionarla con la corte de Arabasta, y aquel sería su final y aún tenía demasiado camino por recorrer.

-¿Podría saber yo el de mi acompañante? Tengo una pésima memoria
.- Ella podía jugar al mismo juego. Aunque pensara que no a su nivel, aunque ambos se destrozaran en todos y cada uno de los sentidos, tenían una mentalidad parecida, aunque quizás él era algo más recatado que ella.

Yasei siempre había sido demasiado visceral o animal como para preocuparse demasiado de todo lo demás.

Luego de aquello se acerca tranquilamente hasta donde él está, buscando aceptar aquello que le sirve. La mujer tenía una forma curiosa de caminar, desplazarse o moverse. Nunca sobraba un paso, nunca faltaba un gesto. Siempre había caminado por el mundo como si cada pisada lo hiciera suyo, y siempre se había acercado a la gente con un propósito.
Que de la misma forma que todo lo demás, solamente le perteneciera a ella.

-Nunca me ha gustado andarme por las ramas… ¿Qué es lo que quiere exactamente de mí? – Aparte de lo evidente que marcaba de vez en cuando al mirarla, claro. Finalmente, clavó sus ojos esmeraldas en los de él, mientras se mordía ligeramente el labio en una pose de duda.

Era hora de saber qué demonios tenía lucifer preparado para ella.
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Mensaje por Yarmin Prince Sáb 14 Mar 2020 - 20:15

El animal ronroneó, complacido, y se revolvió para tirarse contra el asiento cuando la mujer lo abandonó. Yarmin había elegido whisky hacía unas horas, pero tal vez en aquella situación se antojaba más un buen vino. Un reserva potente, pero elegante en su esbeltez y finura; regusto tostado y una maduración balsámica de dos años en barrica de haya. Su padre lo habría llamado "el mejor vino que puedes beber", no tanto por ser el mejor sino porque gustaba de guardarse para sí los mejores, perfectamente datados y organizados en una pequeña vinoteca personal. Él no entendía tanto de vinos como el viejo pero sabía apreciar una buena botella. Y la cosecha no parecía haber ido mal.

- Tiene un increíble aroma -comentó tras descorchar la botella, sirviendo dos copas y obviando la pregunta-. Cuerpo equilibrado, buena añada... -Hizo un leve movimiento circular para que el vino se arremolinase levemente-. El vino tampoco está mal.

Trató de acercarse, pero ella dio el primer paso y antes de razonarlo estaban ya muy cerca. Ella de él, con su postura envidiable y una sonrisa imperturbable y él de ella, con sus gráciles movimientos de gata salvaje y ademanes perfectamente acompasados. Sus ojos seguían chocando, pero notaba una hostilidad menor que hacía unas horas. "¿Por qué te has metido en la boca del lobo?", se dio el gusto de pensar mientras le tendía la copa.

- Te llaman -repitió mientras su sonrisa se intensificaba. Llevaba suficientes años diciendo aquello como para saber qué quería decir eso-. ¿Debo entender que no hay un nombre por el que usted se llame? O tal vez no se siente segura compartiéndolo con un total desconocido. Al fin y al cabo, la información que solo conoce usted no tiene precio, ¿verdad?

Le guiñó un ojo para acompañar sus palabras y dejó que se mordiese el labio durante unos segundos más. Disfrutaba de esa expresión taimadamente inocente, y el lento subir y bajar de su pecho con el vaivén tranquilo de su respiración. No había contestado a su piropo, pero se dejó seducir por un instante y la miró de arriba abajo, tratando de entrever cada detalle atentamente. Ella estaba ahí, seguramente sin saber por qué, pero él tenía muy claro qué quería de ella. Vaya si lo tenía claro.

- Soy Mihael Markov, y represento a una organización de sabido prestigio. -Volvía a mirar en sus profundos ojos verdes, tratando de aquella vez ser él quien descubriese cualquier bluff en ellos-. Lo único que deseo es hacerla rica, señorita.

Dejó que el tic tac del reloj resonase un par de veces en la estancia antes de montar su hombro con la barbilla. Se puso todo lo cerca que ella le dejase, y con un susurro dejó las últimas palabras en el aire:

- Y sacar tajada de ello, por supuesto.

Volvió a su posición y se apartó apenas unos centímetros; hasta los gatos más dóciles podían arañar, y ella hacía alarde en su nombre del carácter indomable que creía poseer. Evidentemente iba a domesticar aquella fiera, pero si podía ahorrarse unos arañazos lo haría gustosamente. Y, por supuesto, si podía ponerle la correa antes de que se enterase, lo haría.

- ¿Qué me dice, Yasei? Puedo proporcionarle medios y recursos. Tan solo quiero mi, y usted coincidirá cuando empiece a hacerse de oro, merecida mordida. Dígame lo que necesita, si es tan amable, y lo tendrá.


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Mensaje por Zaina Nitocris Dom 15 Mar 2020 - 0:13

Y era divertido, casi intrigante, porque parecía que sus ojos, o ella misma entendieran aquella pregunta que él hace en su mente. Su cuerpo lo decía, sus pequeños gestos, la forma en la que cruzaba los brazos bajo su pecho o simplemente ladeaba el rostro. “Quiero ver qué pasa si me muerda el señor lobo y sobrevivo para contarlo”, ella parecía ser un reto en todos y cada uno de los sentidos, y apuntaba a ser algo incluso peor.

Escucha su charla sobre el vino, y ella, que la criaron para entender de todos esos asuntos, simplemente sigue mirándole, de forma tranquila.- Vino de celebraciones, espero que realmente acabemos celebrando algo.-  Toma la copa entre sus dedos, aprovechando que sigue cerca de él. Sus dedos acarician ligeramente el soporte de la copa y la acerca a sus labios para mojarlos levemente.  No es fan del gusto afrutado, así que en parte agradeció el cuerpo del vino.- Nada mal.

Pero ahora tiene un tema diferente que abordar que el tema del vino.

Sonríe levemente, de forma casi cómplice y divertida. La llaman, porque ella no se ha puesto ese apodo, pero antes de que se diera cuenta, la gente empezaba a gritárselo. Cuando sus dedos apretaban la piel que doblegaba, cuando sus garras destrozaban y marcaban la piel de aquellos que eran sometidos a ella. Yasei se convirtió en una maldición para ellos, y en un simple nombre para ella.- Yasei es un nombre tan real, como el que usted está por darme.-  Y con eso cierra cualquier cosa que pueda decirle, pues sabe él es igual que ella.

Lo suficientemente inteligente como para no querer a nadie hurgando en cualquier cosa que su nombre real pudiera tener.

El hombre habla, y ella escucha. Ha dejado la copa en su mano izquierda, reposando tranquilamente mientras él hace su presentación. Sus palabras, sus advertencias, las pequeñas y sutiles amenazas que pudiera haber. Es como ver a satanás ofrecerte un trato por tu alma, recordándote todas y cada una de las maravillosas que puedes pedir. Ella sin embargo no reacciona demasiado, no hasta que él, decide acortar las distancias.

Y es quizás ahí donde él debería haber sido el que tuviera cuidado.

La sonrisa traviesa se marca cuando ella da un paso hacia delante, tras dejar que aquel reloj marcara el compás de sus últimas palabras. Su mano libre descansaría suavemente en el hombro del joven, impidiendo que retrocediera un momento, de forma tranquila. No, el tacto en su hombro no era una amenaza, eso no.

-¿Nunca le han dicho…-Y se aprovecha, lo hace,  utiliza el que se acerque a su hombro, el que solo tenga que girar suavemente el rostro para que su labios rocen suavemente su mejilla, su oreja.-  lo peligroso que es exponer el cuello a una fiera? Es casi como demostrar… Sumisión, y algo me dice que necesitaría mucho más para someterte.

Y tras aquellas palabras cargadas de tentación, maldad y travesara, la gata sonreiría una vez más, enseñando sus peligrosos y hermosos colmillos.- Soy muy caprichosa, quizás pueda pedirle mucho más de lo que pueda llegar a darme… Pero tomare su ofrecimiento, una no puede desperdiciar un buen negocio después de todo.-  Ahora es ese momento, en el que los dos tienen que ver, quién consigue más del otro, sin perderse en el intento.

-¿Qué tal lleva la joyería, caballero?
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Mensaje por Yarmin Prince Dom 15 Mar 2020 - 1:01

- Confianza -fue la palabra que solapó a la sumisión. Mihael Markov vendía confianza, cuando no humo, y desde luego no se dejaba intimidar solo por una manita en su hombro. De hecho, posó la mano en su cintura-. Sin confianza no hay negocio. Sin negocio, esta relación no funciona, querida.

Casi podrían haberse dado de beber el uno al otro. La respiración de Yasei movía ligeramente su corbata, y el roce de sus labios había dejado una marca invisible desde su oído hasta casi la comisura de los labios. Él se había asegurado de que el roce llegase a tanto; lo justo, si uno jugaba con fuego, era que el otro tejiese la estela de humo.

Bebió de su copa.

- ¿Se le ocurre una velada más agradable? -preguntó-. Casi puedo escuchar la música sonar, ¿no le parece? Seguro que el tocadiscos nos deleita con una balada.

Fue sutil. Al principio apenas resultó audible, pero tras un momento suave cuerda se frotó lentamente; era perfecta para bailar despacio, apenas dando suaves vueltas sobre ellos mismos. Una de las facetas más divertidas de su propio poder era que, con educación, podía lograr que hasta objetos inanimados accediesen a sus deseos... Dentro de sus posibilidades, claro, ¿pero quién no mataría por tener una voz que conmoviera a las piedras?

Dio un leve tirón de la mujer. Suave, como el aroma que poco a poco lo impregnaba todo. Si le seguía el juego seguro que lograban un baile que cualquiera mataría por presenciar. Un baile por el que muchos morirían.

- Las buenas oportunidades no deben desperdiciarse -constató con la más amable de sus sonrisas. Y tal vez por eso era la más perturbadora de todas ellas.

Posó la copa en cuanto tuvo oportunidad, ofreciendo su mano con un gesto sin dejar de mirarla a los ojos. Al fin y al cabo, cómo dejar de contemplarla, ¿no? Hermosa y joven, de penetrante mirada esmeralda y una ambición más refulgente que las joyas que engalanaban su cuerpo. Sin el velo la epifanía de su belleza se volvía terrenal, pero no profana; si no fuera por cómo la veía comportarse habría creído ver inocencia en su rostro surcado de pecas, virginidad en la larga melena de santa... No podía sino admirarla porque era un lobo con piel de cordero, un demonio en sacra vestidura y, pese a su temperamento, había más de diosa que de humana en ella. Porque Yasei era demasiado parecida a Yarmin como para obviarlo.

- Se me da bien apreciar la belleza -aseguró como respuesta-, y muy pocas mentiras escapan a mis ojos. Eso no cambia con el oro refinado, los diamantes en bruto ni las esmeraldas al poco de pulir. Pero soy más capaz abriendo nuevos caminos, encontrando soluciones imaginativas... ¿Quiere verme usando mi imaginación?

Todo daba vueltas a su alrededor, pero así debía ser. No importaba lo que hubiera más allá de ese momento, solo ellos dos en un baile que tal vez ni había comenzado; un baile que tal vez no tuviese fin o que, por el contrario, podría terminar cuando cualquiera de los dos hiciese valer las armas que llevase ocultas.

Un final apropiado, tal vez.


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Mensaje por Zaina Nitocris Dom 15 Mar 2020 - 2:57

Oh como vas a negar la realidad. Nuestra gatita sin duda, tenía una debilidad por los hombres que no se achantaban bajo sus colmillos. Muchos gatos mordían, esperando que el humano quitara la mano, pero este la había acercado aún más, marcando el paso.

La palabra confianza, relación, todo lo que decía, sin duda era un vendedor nato.- Oh…  Algo me dice que no es seguro confiar en ti, salvo que estés seguro de que yo no puedo hacerte nada malo a ti.- Se relamió levemente, de forma suave y tranquila, humedeciendo los labios con una calma casi pasmosa. Tras aquella cercanía, ella simplemente sonríe.- Pero supongo no nos queda de otra.

Aceptó entonces todo lo que decía. El brazo que le había agarrado el hombro descansó suavemente sobre este, y la dama no cortó aquella cercanía. Al contrario, se dio el lujo de apoyar su mentón en su hombro, inclinándose levemente contra él.- Realmente casi parece un sueño, una noche mágica.- Lo susurra con el mismo misterio, con la misma magia que ella proclama puede ver en el ambiente.

Es una mezcla divertida, casi burlona, pero no puede evitar seguirle el juego, curiosa de a donde lleva todo aquello. Deja que el tirón pegue ligeramente su cuerpo al suyo, que note su pecho contra el del hombre, que sus miradas no se alejen. De nuevo aquella sonrisa, casi inocente, casi demoníaca y felina.

-Nunca desaprovecharía una oportunidad así.-  Soltando la copa de vino en cuanto su mano tuviera alguna oportunidad de hacerlo, la mujer decidió seguir aquel baile. Lejos de sentirse intimidada, asustada o perpleja, simplemente siguió con aquel ritmo.

Toma la mano que le ofrece, y siente que en parte, está aceptando aquel funesto y pérfido trato que ambos han comenzado. Zaina sabe que aquel hombre no es solo un lobo dispuesto a morderla, es mucho más. Lo veía en sus ojos de rubio, templados con un fuego que quemaba demasiado, en su sonrisa demasiado dulce y modesta como para acompañarlos. En su respiración, una pausa y una calma que ella misma quería destrozar y alterar.

Deseaba trastornar a aquel hombre tanto como sabía que él podía trastornarla a ella. De formas infinitas, complejas y distintas, tornar aquel baile en un momento que quemara sus mentes, sus corazones y sus almas.

Aquel hombre tenía que salir de aquella isla sabiendo que había conocido algo imborrable para él. Tanto como ella sabía, que si se seguía acercando, le costaría recuperarse de cualquier mordisco que él le diera.

-Me hice dueña de una… Pequeña joyería, por así decirlo. – Dice pequeña por llamarla de alguna forma, pues su influencia en las islas del Paraíso no es de ese tamaño.- Busco un mental concreto y la forma de incluirlo en mis productos, tristemente, es complicada la cantidad, y complicado el proceso.- De forma traviesa, volvió a acortar aquella distancia, mientras ambos se mecían en aquel baile, mientras sus dedos rozaban levemente los de él.- Pero estoy deseando ver qué hace tu imaginativa mente con ello.

Y no solo se refería a la joyería, pero claro, ya comenzamos a entrar en el hecho de que sus instintos animales le están gritando que tomen las riendas. Aunque primero van los negocios, quizás luego, se dé un pequeño momento para el placer.

-Rodio querido, para mis joyas y mis metales… Y luego, el Paraíso se quedará pequeño para todo lo que está por llegar.
–Porque ella quería muchas cosas, quería mucho más que una riqueza y poder eternos.

Ella lo quería todo, y aunque nuestro joven caballero no lo sabía, eso sin duda, lo incluía a él.
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Mensaje por Yarmin Prince Dom 15 Mar 2020 - 3:53

Inclinó la cabeza contra ella, posándola delicadamente sin dejar de moverse. La naturaleza de aquella relación comenzaba a resultar perturbadora, e incluso para él resultaba complejo explicar por qué había terminado envuelto en una situación así. Podía culpa a su lado más visceral, pero en su mente se movían mecanismos mucho más engrasados. Aun asumiendo que le había perturbado, Yasei era una pieza más de un dominó que se ramificaba más y más a medida que las raíces del Servicio Secreto bebían de cada negocio -más o menos legítimo- que se topaban en el denso humus del Bajo Mundo. Incluso las más profundas alcanzaban, con no mucha dificultad, negocios superficiales con los gobiernos de algún que otro país.

Pero, si era así, ¿Por qué lo estaba disfrutando?

Maldijo entre dientes su narcisismo. Se había fijado en su reflejo, o por lo menos en lo más parecido a un reflejo que podría haber encontrado. Imprudente, demasiado estúpida para dar un paso atrás y suficientemente inteligente como para estar atenta a cualquier cambio, por sutil que fuese, en la naturaleza de su relación, ella seguía ahí. Y probablemente era lo que estaba empezando a perturbarlo. No en sí que no se alejase -estaba acostumbrado a causar buena impresión-, sino a que, pese no haberlo hecho, siguiese allí.

No dejaron de moverse en ningún momento. Yasei parecía adaptarse perfectamente al compás de Yarmin y Yarmin a los movimientos de Yasei. Por momentos dibujaba cortas caricias en su cintura, rozando fugazmente su cadera sin perder el ritmo. Ninguno de los dos se distraía, ambos eran conscientes de la situación y un simple baile no iba a cambiar lo que era aquello: Una reunión de negocios. Vino, baile, un intenso tira y afloja por ver quién se abalanzaba primero sobre el otro... Se tomaban libertades, confiaban en el otro sin siquiera admitirlo, se tocaban a medio camino entre el cielo y el infierno. No podía evitar olerle el pelo, acomodarse en su cabeza, cerrar por un momento los ojos; era una situación perturbadora, pero tierna y excitante a partes iguales.

- Para eso y para mucho más -contestó tras un rato callado.

Él quería dinero, y ella deseaba rodio. Yarmin no sabía en profundidad de minería, pero sí tenía entendido que se trataba de un subproducto de otras actividades más lucrativas, una mena entre las gangas, una flor en medio de las malas hierbas. Aunque, siendo presumiblemente de Arabasta y teniendo en cuenta su carácter, le pegaba más una rosa del desierto. Preciosa y recia, pero también delicada y curiosa; única en cierta man... "Rodio, Yarmin. Rodio".

Sabía dónde conseguirlo. No se había interesado directamente por la extracción minera, pero tenía entendido que en una mina de platino cercana al Nuevo Oasis se extraía también el material que estaba a punto de vender. "La piel del oso", dijo para sí, recordándose que aún no era suya. Aun así el platino era imprescindible como catalizador para muchos de los ingenios de Oasis, particularmente los experimentos del desarrollo y crecimiento. No necesitaba una cantidad extraordinaria, pero se había sabido llevar bien con los jefes de extracción. Podía conseguir un buen precio.

- El valor de un comercial está en saber dónde encontrar todo lo que le piden -comentó perezosamente-, aun si no sabe para qué se va a utilizar. Solo necesito una llamada y... -Miró su reloj-. Cincuenta y siete minutos. ¿Qué está dispuesta a pagar por los segundos más valiosos de nuestro tiempo?

Recorrió su brazo con las yemas de los dedos lentamente hasta posar la mano sobre su hombro, y continuó la caricia hasta su nuca con la mano abierta por su espalda. Quería pasar las manos por su largo cabello y escuchar el ronroneo de la gatita mientras la miel se deshacía entre sus labios.

"Todavía tienes que ganarte la comida".


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Mensaje por Zaina Nitocris Dom 15 Mar 2020 - 22:48

Y por un instante, un suspiro, un latido, un momento… Se rindió.

Entregó su cuerpo, su mente, todo lo que era, en aquel baile nefasto, extraño y pérfido que comenzaba a consumirla. Se perdió en aquel pequeño movimiento acompañado de una música que sus oídos apenas hacían caso, mientras se centraban en otras cosas mucho más interesantes. Dejó a su cuerpo disfrutar de su calor, de su respiración calmada, de sus latidos vibrantes y tranquilos.

Se perdió en algo mucho más peligroso y macabro que cualquier tortura, que cualquier dolor, que cualquier muerte. Y por un instante, sintió un miedo mucho más horrible que cualquier otro.

¿Por qué aquel hombre la estaba trastornando tanto?

Quiso dar un paso hacia atrás, romper aquel contacto, aquel momento. Despertar de aquel embrujo que comenzaba a consumirla, romper aquel hechizo.  Sin embargo tanto como deseaba aquello, su curiosidad felina apretaba las tuercas para continuarlo. Quería saber, quería sentir, que comprobarlo.

No, necesitaba intentarlo. Así como la curiosidad había matado al gato, la gata, esperaba sacar de ello algo más que una burda y ridícula muerte.

¿Y si podía sacar algo más que un vals con el lobo?

Se mordió el labio, pero esta vez para que fuera algo más que un gesto, sino un recordatorio de que tenía que volver a bajar a la tierra. Sus distraídas caricias, sus ojos cerrados, su respiración, la forma en la que se acercaba. Aquel hombre era un veneno más peligroso que el de cualquier animal del desierto con el que se hubiera criado.

Pero tenía razón, aquello eran negocios, demasiado importantes como para perderse por un hombre demasiado guapo… Demasiado parecido a ella.

-Uno tiene que estar dispuesto a darlo todo… Para poder conseguirlo todo.
- Le miró fijamente, respondiendo a sus palabras.- Siempre y cuando, esto no le cueste la vida.- Pero aquel demonio podía llevarse muchas cosas más que su vida, y no vamos a referirnos a su integridad porque no le queda mucha.

Sus caricias, la forma en la que viaja por sus brazos. Ella lo seguiría con su mirada, hasta que se pierde por su cuello. Un leve suspiro escapa de entre sus labios, de entre aquellos que muerde como si buscara acallarlos. Sin embargo sabe también como él que tiene que dejar claro todo aquello.

Alza de nuevo la mirada, chocando con aquellos orbes que tienen emociones que él no expresa, que él no habla.- No es que voy a pagar yo… Es que vas a querer tú una vez que yo lo pague. – Es la realidad, es la duda que la corroe. Aunque la gata mueve levemente su cuello, descansando en su mano, en su tacto, casi como si de un felino pidiendo por aquellos pequeños mimos se tratara, sonrió mostrando aquellos colmillos.

-Si consigo el rodio, extenderé el mercado más lejos de todo Paraíso, este evitará el deterioro de las piezas en viajes de largo alcance… y también, podré venderle a un público más humilde
. – Y los millones se multiplicarán, y su reinado se extendería. Conseguiría que la sal del mar, la humedad y los procesos de conservación del oro y las piedras preciosas, no destrozaran sus piezas al llegar a todos los rincones del mundo.- Y entonces… Solo tendré que cambiar de negocio, y seguir creciendo.

El peligro se palpó en el aire, en una extraña y burda mezcla con una excitación y gusto casi animal. La dama felina, no pudo evitar disfrutarlo, acortar aquella distancia mientras su respiración chocaba levemente contra la de él. Notando como de nuevo, sus labios quedaban cerca de los de él, hasta que ella simplemente, los desvía hacía su mejilla, donde susurra.- Hasta que todo sea mío… Aunque tenga que compartirlo con un travieso comerciante.

Aunque tenga que apañárselas para sobrevivir a él.
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Mensaje por Yarmin Prince Dom 15 Mar 2020 - 23:52

Anheló por un momento el beso que no quiso llegar. Deseó que por un momento su lado más humano hubiese tomado el control y rozar sus labios de una vez. La piel de Yasei ardía como un plácido fuego y su cuerpo olía a tórrido verano; el juego de máscaras en el que estaban tomando parte se caía a pedazos por momentos. Ella era mucho más gato que león, y por un instante él mucho más mochuelo que halcón. ¿Cómo podía querer dejar de resistirse? Todo estaba por llegar tarde o temprano, ¿por qué esa pulsión? Ese deseo apasionado repentino, esos ojos esmeralda brillando en la oscuridad de su cabeza, esa melena azabache que brillaba como hierro al rojo. "¿Quién eres, mujer?".

- A ti -respondió inconscientemente. Estaba tan distraído que ni siquiera le dio importancia durante los primeros segundos, y luego simplemente deseó que la música hubiese tapado aquel desliz.

Su pulso se aceleró por primera vez en mucho tiempo. Tan excitado como arrepentido, deseoso en parte, pero sobre todo molesto consigo mismo. Pero, por el momento, simplemente escuchó a la exultante Yasei; para qué quería el rodio, para qué valía y, lógicamente, cuáles eran sus planes futuros. Si aprendía, si mejoraba, si controlaba aquel impetuoso temperamento y aprendía a ganar sin que nadie más se diera cuenta... Tenía muchas cosas que enseñarle, pero podía ser una interesante compañera. De negocios, claro.

Bajó la mano por su espalda a medida que ella se acercaba más y más. Rozó con las yemas de los dedos su columna y acarició su costado con la palma, continuando su camino hasta que llevó sus dos brazos a rodearla. Los amigos debían estar cerca, y los enemigos más. Seguramente ella pensaba lo mismo cuando, nariz con nariz, los dos esperaban un momento que parecía no iba a llegar en ningún momento. Y mejor así; los negocios eran negocios, y por una zorrita de pelo largo no debía perder la cabeza.

Pero lo estaba haciendo ya, ¿verdad? Quería que sucediera, quería que esos labios se posasen en los suyos sin apartarse para dejarle con la miel tan cerca. No quería ese aliento en su oído, deseaba su respiración tan cerca que pareciesen uno... "Vaya capricho", se dijo, y lo más estoico que pudo mantenerse se mantuvo. Era linda, pero poco más que una basta versión femenina de sí mismo. Maldijo de nuevo su vanidad, maldijo aquel reflejo tan perfecto, aquella carita dulce y angelical. La besó.

No pensó mucho mientras sucedía, tampoco podría haber afirmado cuánto duró. Pero sí que se apartó apresuradamente cuando fue consciente de lo que acababa de hacer. "No. Yarmin malo", se reprendió, alejándose un par de pasos al tiempo que sacaba su den den mushi carmesí.

- Yo no comparto -respondió con una dignidad que estaba seguro de haber perdido hacía unos instantes-. Lo quiero todo.

Ella no podía ser consciente, pero en Oasis se encontraba un dossier de cuarenta y dos mil páginas explicando paso a paso los planes del Servicio Secreto. Lógicamente no estaba en un solo tomo y nadie -ni siquiera él- conocía la totalidad de los detalles. En cualquier caso dudaba mucho que esa simple frase pudiese dar tal pista a su invitada.

- Y... Tú eres parte de todo -completó, frunciendo levemente el ceño y los labios mientras asentía vehementemente-. No es nada personal, pero esto lo hago por mi interés. Aunque si aceptas a alguien por encima podrías ser la princesa de casi todo. No es un mal trato.

¿Estaba dándole un ataque de verborrea? Estaba dándole un ataque de verborrea.

- Pero para eso quedan años, querida. ¿Quién renunciaría a una lucrativa relación comercial solo porque vaya a tener un final trágico?

No lo estaba arreglando.


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Mensaje por Zaina Nitocris Lun 16 Mar 2020 - 0:20

Pocas cosas pueden derretir a nuestra dama, sin embargo hace tiempo que ha comenzado a notar el fuego que desprenden los dedos de aquel hombre.

No se lo espera, no atina a saber qué hacer con aquello, pero en cuanto esas dos palabras salen de su boca, Yasei sabe que ya no tiene remedio. No tenía forma de decirle que el deseo era mutuo sin dejarle claro que quizás, tal vez, en una pequeña parte de aquel bestial, destrozado y arañado corazón, aquel hombre le había arrancado un pedacito.

No dijo nada, no quería decirlo y que él pensara que era algo malo. Simplemente dejó que su mirada hablara por ella, y que la comisura de sus labios se elevara suavemente en una respuesta silenciosa. Maldito fuera aquel hombre y todas y cada una de sus artes.

Era peligroso, para ambos, para ella… Joder, sobre todo para ella. Aquel tacto con sabor a veneno y fuego, aquel aire que quemaba sus pulmones y los congelaba a la vez. En su cabeza hacía rato que sonaban alertas de peligro y su corazón estaba amenazan desde hace rato con cortarle el riego. Estaba loca, pero eso era algo que siempre había sabido, desde el momento exacto en que había renunciado a su humanidad por puro placer y egoísmo.

¿No era acaso eso lo que le estaba llamando? ¿Tentando y ahogando? , el placer, total y puramente, eso debía de ser lo que erizaba su cuerpo cada vez que su tacto bajaba por su cuerpo. O quizás simplemente, la traviesa gatita se había encontrado con la horma de su zapato.

Malditos fueran él y sus labios de seda. Malditos fueran él y todas y cada una de sus intenciones y maldita fuera ella por prendarse de algo tan animal y puro.

Fue un beso que rompió todo y a la vez se encargó de unirlo. La chispa que destrozaba toda la tensión que se palpaba, pero tal como empezó, se encargó de romperla.

Yasei, para sorpresa, impresión o lo que fuera, se quedó total, plena y absurdamente quieta.
Lo dejó hablar, sí. Soltar la verborrea que suelta un chiquillo que no sabe exactamente qué hacer con sus emociones, con el flujo caliente que pasa con sus dedos.

Él podría gritarse y reñirse internamente todo lo que quisiera, pero eso no iba a funcionar con nuestra querida gatita. Se limitó a asentir, a dejarle cruzar sus planes, trampas y problemas.

El hombre se estaba volviendo hombre, después de probar a la mujer, pero ella… Bueno, ella estaba disfrutando de ver como empezaba a poderle todos y cada uno de sus deseos.- ¿Sabes? Haremos lo que quieras… Luego lo hablaremos con más calma.- Y casi parece que es ella la que llama al razonamiento, a la calma y a la tranquilidad.

Hasta que el casi se va por la ventana en cuanto ella, lo besa a él.

Nuestra dama es dama, pero sin duda es una de esas mujeres que lleva agarrando con sus dedos todo lo que quiere y desea, y es capaz de notar cuando alguien quiere aquello tanto como lo quiera ella. Es casi como una venganza, pero sabe de sobra que tiene que ser así.

Un paso contra su cuerpo, su mano subiendo hasta su nuca, obligándole a llegar hasta ella. Y damas y caballeros, nuestra Yasei está devorando ahora al señor lobo, para ver qué pasa después de su mordisco.
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Mensaje por Yarmin Prince Lun 16 Mar 2020 - 1:02

Podía sentir su mirada divertida sobre él. Se le clavaba en la nuca, en el cuello, en los ojos. De pronto le dolía sentirse observado, se sentía débil. ¿Cómo podía ser tan imbécil? Su rostro se crispó por un momento. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios, maldiciendo ser así. Si ella se daba cuenta de aquello, y por supuesto que se había dado cuenta, era un peligro para él. Una titiritera infame, y él una triste marioneta. Sentía los pequeños arpones clavarse en él, el doloroso tirón del amo cuando las cuerdas le ordenaban moverse. Tenía que hacer algo.

Dio una vuelta completa mientras desenfundaba su pistola. Creaviudas era un nombre bastante evocador de su naturaleza, y hasta el momento nunca había matado a una mujer. Pero todas las reglas tienen una excepción, y mientras quitaba el seguro del arma casi podía escuchar el el agudo chisporroteo de cables rompiéndose en sacudida. Romper una norma para conservar la libertad; sabía el secreto del rodio, podía permitírs...

Esa vez fue ella quien lo besó a él. Al principio apretó el arma con más fuerza, pero las manos de Yasei eran tan tranquilizadoras como suave el tacto de sus labios. Podría haber puesto el seguro. Podría simplemente haber guardado el arma como por arte de magia nuevamente en su funda, pero la tiró al suelo cuando los hilos se rompieron a medida que las caricias de la muchacha escalaban por su espalda. Oía el chirrido agónico de las cuerdas, pero pronto el ruido seco del arma contra la madera los eclipsó. Podría haber dejado el arma cerca, pero no quería sentirse libre. No en aquel momento. Las vallas se cernían sobre él, y la jaula era poco a poco más estrecha, pero se sentía confortable mientras ella permanecía de pie frente a él, muy cerca. Devolvió las manos a su cintura, donde debían estar, y una volvió a visitar su costado; atravesó su espalda de un lado a otro mientras subía, y aunque repasó los lunares de su cuello con las yemas de los dedos, posó la mano en su mejilla.

Por momentos deseaba que parase, recuperar el arma y acabar con todo. Y entonces respiraba, se alejaba por un momento de ella y, sin dejar que la punta de su nariz dejase de tocar la suya, la miraba a los ojos. Podría acostumbrarse a verlos tan de cerca, a ese profundo juicio al que le sometían, a esa curiosidad malsana que habría matado a cualquier otro gato.

- Solo te quedan seis -le dijo con cierta sorna, antes de volver con sus labios.

Y estaba atrapado. Todo estaba sucediendo muy deprisa, e incluso para él prever el siguiente movimiento empezaba a resultar complicado cuando no imposible. ¿Qué sería de sus planes? ¿Iba a compartir la gloria y el poder por un mero sentimiento? Un sentimiento que aún no sabía si duraría mucho tiempo. ¿Y luego qué? Total, otra más que se iría o intentaría hacer de él algo dócil, maleable... Relajó las manos cuando se dio cuenta de que empezaba a apretarlas a su alrededor. Solo quería el beso, y que pasase lo que tenía que pasar.

Duró lo que tenía que durar, y aun así se le hizo corto. Se sentía estúpido y expuesto, pero de alguna forma se sentía bien. Vulnerable, amenazado, pero bien. "¿Cuál es tu secreto, Yasei?". ¿Qué quimera de poder estaba usando ella para hacerlo suyo? Furioso, ridículo. Pero bien. Casi quería sonreír.

- Hagamos lo que queramos -corrigió, finalmente.

Y la besó otra vez.


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Mensaje por Zaina Nitocris Lun 16 Mar 2020 - 2:32

No se sintió tan tonta al ver a aquel hombre, completo, retorcido y poderoso igual que ella. Nervioso, desmontado, inquieto, total y plenamente destrozado.  Sentía que ella misma era el arma más poderosa de todas, pues él no hacía más que esquivar y apartar su mirada.

Ahora era ella la que quemaba como si fuera lava, y él comenzaba a derretirse.

La sonrisa hizo temblar suavemente sus labios. Si, sabía que tan peligroso era, siempre lo había sabido. Por eso no le asustó el arma, no hizo que se apartara, se moviera o temblara, él podría sentirlo. En su mirada cristalina, calmada y serena, en la forma regia en la que se mantiene.

A la porra el arma, el peligro, el lobo y el mordisco.

Está demasiado ocupada disfrutando de su tacto como para preocuparle lo que pueda pasar con todo lo demás.

-Tranquilo… Puedo usar un par más contigo, algo me dice merece la pena.- Lo ronroneo como buena felina, haciendo una de esas turbias promesas que la gente adora escuchar. Una vida, dos, cuatro o las siete, no importaba demasiado si la muerte se sentía así.

Estaba bien describirlo como una droga, y no sería ella la que buscara la salida a aquella maldita y perfecta adicción. ¿Y si pedía que cambiara? ¿Y si buscaba la manera de domesticarla y destrozarla? Simplemente se destrozarían nuevamente hasta que ambos pudieran empezar de nuevo.

Quizás ella era más lista que él, quizás como era mujer sabía de sobra que estaba pasando. Pero Yasai no buscaría cambiarle, destrozarlo o reformarlo. No había forma de que cambiara todas y cada una de las cosas que habían hecho que la traviesa gatita acabara entrelazada entre sus brazos.  Ah pero era normal, todos nos pondríamos nerviosos si algo encajara de forma tan perfecta, de forma tan rápida.

¿Pero para qué demonios pensarlo cuando puedes simplemente disfrutarlo?

-Entonces… Hagámoslo todo.- Y con esto, la mujer sentencia cualquier salida, solución o duda que pudiera haber en aquel momento.

Aquellos besos que hacen que se pierda, sus propias manos bajando por su masculina espalda, manteniendo el contacto, la cercanía. No deja en ningún momento que pierda su tacto, o aquella sensación. Se da el placer, el lujo y el detalle de asegurarse que guarde y grabe cada pequeño detalle de ella en su mente.

Es algo que le encanta y adora, algo que se asegura cada vez que alguien la tienta. Pero esta  vez tiene una necesidad que va más allá de un placer terrenal y momentáneo. Desea, no, necesita grabarse en el cuerpo y en la mente de aquel hombre, hasta que solo grite el suyo, hasta que solo le pertenezca a ella.

Hasta nada ni nadie más entre en su cabeza, tanto como él amenaza entrar en la suya.
Sus pequeños y traviesos colmillos se dan el gusto de morderle el labio, de mirarle, y sabe en cierta parte que ha destapado algo peligroso y que ya no hay vuelta atrás posible. Ambos han tomado la decisión más arriesgada, sin embargo no tenía que significar que fuera la peor de ellas.

La fiera, que no la mujer, casi parece disfrutar y aprovechar aquel momento. El mismo que junta sus labios, sus pechos contra el suyo, su cadera con la suya. Ese travieso y tranquilo gesto que amenaza con desatar un huracán y cien tormentas.

Pero como ella siempre dice, esa es precisamente la mejor parte.
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Mensaje por Yarmin Prince Lun 16 Mar 2020 - 3:26

Le ofrecía dos, pero le llegaba con una. Una vida de gata prometida solo por cumplir, pero una promesa al fin y al cabo. Sabía que a la hora de la verdad podía caer bajo su propio peso, pero en ese momento se sintió, de alguna forma, feliz. Tal vez no plenamente feliz o satisfecho, pero sí notaba por primera vez que estaba frente a alguien como él, alguien a quien querer. No alguien a quien pudiese querer, Yarmin era totalmente consciente de sus debilidades y podía querer a mucha gente; podía enamorarse de mucha gente. ¿Pero alguien a quien quisiese querer? No tenía claro que la quisiera, pero sentía que eso no importaba: Acabaría haciéndolo. Era inevitable, pero más que miedo sentía un ardor y ansia de hacerlo. Quizá ni siquiera necesitase tallarla.

Le hacía pasar de la calma a la excitación con una mirada, y podía tranquilizar su frenesí con apenas un par de palabras. Curioso embrujo al que Yasei lo sometía, curiosa magia la que pretendía apoderarse de él. "Y tenía que ser una puta loca".

Él era débil, pero ella ligera, y cuando le mordió el labio Yarmin trató de alzarla poco a poco hasta dejarla frente con frente. No podía mantenerlo mucho tiempo sin agotarse, pero sí podía regalarle un beso a su altura; un paseo por el aire antes de descender nuevamente hasta la nube donde el hombre pisaba. ¿Qué le estaba pasando? Se descubrió aferrándola con fuerza contra él cuando notó sus manos recorrerle la espalda. Era tan dulce como intensa, y tan intensa como peligrosa. Tenía una pantera delante, una leona de melena negra y salvaje que ahora reclamaba reino propio en su espalda.

La fue bajando poco a poco, y aun así el descenso fue veloz. Sintió sus pechos contra su torso, apartándose ligeramente. Casi nada, apenas unos centímetros, para pasar con suavidad las manos por su vientre. El lomo de una gata estaba siempre surcado de viejas cicatrices, pero su estómago recibía normalmente menos mimo, eclipsado por otros encantos más notables. Pero, a pesar de ser ella la gata, fue él quien ronroneó.

Notaba cada toque, cada detalle que con precisión quirúrgica manejaba por su cuerpo. Cada fallo buscando sus cosquillas se saldaba con una fórmula acertada, cada caricia con un leve gemido de placer. Sabía lo que estaba haciendo; sabía por qué se perdía entre los pliegues de su chaqueta; sabía por qué cada uno de sus dedos tocaba el punto exacto. Y si no lo sabía, por lo menos aquel fallo era el más agradable de su vida.

Él lo tenía más fácil: Podía hacer trampas. Si así lo deseaba, posar una mano en ella y hacerle sentir el mayor orgasmo de su vida; acariciar su hombro con dulzura, esparciendo aquel brillo rojizo que la haría sentir a su gusto... Pero tal vez no era momento de elegir qué debía sentir quién. Ella no iba a olvidarlo, ni por un instante, y a ello se dispuso.

Rompió el beso caprichoso y le regaló uno en la punta de la nariz, seguido de otros tantos por su cara hasta llegar a su oído. Susurró cosas indecibles y marcó también sus labios sin posarlos del todo; trazó una ruta hacia su cuello mientras con los pulgares dibujaba suavemente el contorno de sus pechos. No eran los más grandes, pero sí los más importantes, porque eran suyos; de ella, de aquella fiera que lejos de domarlo solo trataba de ser salvajes juntos. ¿De verdad se estaba precipitando tanto? La pistola seguía ahí, podría cogerla y... No. Enredó una mano en el pelo de su nuca y apretó suavemente despeinándola de nuevo, aunque aquella vez siguió hasta la mitad de la coronilla.

- Deberíamos parar -le susurró al oído, con una voz hipócrita que se acompañaba de unas caderas lentamente danzantes, rozando las suyas-. Si sigues entrando en la boca del lobo...

Le dio un pequeño mordisco en la nariz. Suave, delicado, pero rápido y tan inesperado como pudo. Clavó de nuevo los ojos en aquellas esmeraldas, contemplando el clamor de semejante joya en todas sus aristas. No terminaría de importarle verlos al despertar cada mañana... Sin quitárselos de la cara, claro.

- ¿Sabes qué? Entrad. Las dos.


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Mensaje por Zaina Nitocris Lun 16 Mar 2020 - 18:41

Zaina había perdido la esperanza hacía años. Su mente se había separado de su corazón, había enterrado a cualquier hombre que se pensara capaz de llegar hasta donde estaba ella. Los había matado, destrozado, mutilado y asesinado sin piedad, mientras veía el amor en sus ojos, un amor que no podía llegar hasta ella. No, un amor que no debía llegar hasta ella.

Siempre era lo mismo, siempre pasaba igual. Sus palabras, sus promesas, sus mentiras, todos buscando lo mismo. Todos queriendo cambiarla, todos queriendo sustituirla. Jack la había dejado por el mar, y el mar le había quitado el placer de destrozarlo con sus propias manos. Y se prometió que nada ni nadie volvería a quitarle nada, y que nunca más le darían un zarpazo en su corazón, tanto como ella arañaba la piel de la gente.

Sin embargo, nada ni nadie le había hablado de la posibilidad de un mordisco.

¿Era ella acaso tan enamoradiza como podía llegar a ser él? No, no se consideraba de esa manera. Pero si era una persona que podías fascinar si sabias que hacer, decir o demostrar. Y para su maldito dolor de cabeza, aquel hombre lo tenía todo.

Nota el suelo despegarse de sus pies, y ella no puede evitar sonreír contra sus labios. Es esa forma casi mística que tiene, que parece que deja un suave cosquilleo en tu piel cuando la ves hacerlo. Que llega hasta sus ojos y le eriza la piel. Frente con frente, se da el placer de acariciar su mejilla, de bajar su mano por su rostro, su cuello. Disfrutar aquel cuerpo, el momento en el que ni ella ni él deben imponerse al otro. Simplemente están ahí.

Una vez que toca el suelo, es total y plenamente consciente del estado de ambos. Sabe que tanto como ella juega con él, es al revés.  Aquel hombre y su maldita capacidad de erizar su piel tan solo con su travieso tacto. Ella por su parte, había disfrutado de su pequeña y particular inspección. Sus dedos habían atravesado su chaqueta, colándose entre sus pliegues, buscando algo más de su piel.

Para bien o para mal, nuestro querido joven de ojos rojos, jugaba con ventaja.

Cada pequeño beso, cada caricia traviesa enmarcando sus pechos, cada palabra con la capacidad de erizar su cuerpo. La gata sintió un escalofrío, y él podría notar lo que había causado con aquello.  Los dedos de ella arrugan levemente la camisa de él, como si tuviera de pronto la urgente e imperiosa necesidad de aferrarse a algo. Tanto como él parece aferrarse a su cabello, que cae ahora suelto y libre, sostenido por él.

-Vine dispuesta a llevarme algo más que un mordisco… -Sentencia su destino con sus palabras, aunque el roce de sus cuerpos parece una sentencia mucho más dulce. Ella lo corresponde, aprecia aquel sensual y retorcido roce que lo único que hace es extender una cruel y casi agónica pasión.

Arruga de forma suave la nariz, en un gesto dulce, casi sin poder evitarlo tras su nuevo mordisco en ella. Y solo necesita mirarle, escucharle y saberlo… Ya es demasiado tarde para cualquiera de los dos.

-Con tu permiso entonces…- O incluso sin uno, pensaba hacerlo. Poco a poco, de forma lenta, incluso aquel hombre podría darse cuenta. Con la pared en la espalda, y aquella gata delante,  el lobo había sido acorralado.- Ya es tarde para arrepentirse… Sí es que existe algo como el arrepentimiento.- Ella nunca se arrepentía de sus decisiones.

Podían ser mejores, peores, pero eran suyas. Elegidas con su libertad, con su conocimiento y con sus decisiones. Y como era dueña de todas y cada una de ellas, tomó otra decisión más.

Y así fue como agarrando suavemente las manos de él, le ayudó a tirar levemente de su vestido, empezando a deslizarlo por su piel. Era tarde, muy tarde, como para arrepentirse de cualquiera de sus pasos.
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Mensaje por Yarmin Prince Lun 16 Mar 2020 - 19:56

Bajó la guardia, se dejó llevar. El ritmo de sus movimientos seguía sin detenerse, había vuelto al baile que él mismo había tratado de romper. No maldijo, ¿para qué? Disfrutaba de aquellas manos bajo su chaqueta, invadiendo su camisa, conquistando su piel. Se dejó vencer por las caricias y retrocedió poco a poco, muy poco a poco, hasta que las manos de Yasei dejaron su espalda dejando, simplemente, el frío tacto de la pared desnuda.

Un empujón suave que despertó por un momento a Yarmin de su embrujo, pero se prendó de nuevo con aquellos ojos mágicos y el aroma que desprendía su cabello. Una gata salvaje, un hechizo poderoso, un sueño que no creía haber soñado. Pero ahí estaba, revolviendo su cabello hasta que ella se cansó, hasta que ella guio sus manos a otros puntos de su piel.

Las manejó con destreza, rodeándolas con increíble suavidad, y le hizo recorrer nuevamente su cuello y espalda. Desató ella misma usando las manos del hombre que miraba, e hizo caer su vestido con más elocuencia que cualquier forma sana de decir "te deseo". Le había hecho agarrar los pliegues del vestido, y le hizo descender con las manos muy pegadas a su cuerpo lentamente, agónicamente. La sonrisa de Yarmin se ensanchaba y crispaba por momentos, debatiéndose su mirada entre el cuerpo y la cara, entre los pechos que lo saludaban y la sonrisa que le daba la bienvenida. Por un momento habría deseado tener más ojos.

Yarmin siempre había sido el más listo de la clase. Una mente preclara, un talento innato para la planificación... Siempre iba un paso por delante de los más inteligentes, y a mucha distancia del resto. Había aprendido muy pronto que ser amigo de los fuertes y ganarse el cariño de los débiles era la verdadera forma de dominar su entorno más cercano. Siempre había sido así, y le había ido bien... Siempre. ¿Qué estaba haciendo ahora? Se dejaba llevar; no importaban los beneficios, no por lo menos en ese momento. ¿A quién le importaban las relaciones de poder? Ella era débil, tal vez. Tal vez no, y se estaba precipitando. Ella podría tener un plan, haber tenido un plan de contingencia, o simplemente un valor que, sospechaba desde hacía rato, rozaba la estupidez. En cualquier caso, ¿qué más daba lo que pudiese aportarle fríamente? A veces lo único que necesitaba era alguien que lo calentase por las noches. Y, aunque de un modo algo prosaico, la gata lo estaba consiguiendo.

Se dio cuenta de que a mitad de camino había parado, inmerso en sus tribulaciones. El vestido por la cintura, la gata guiando sus manos y la pared casi tan dura como... Bueno, Yarmin no usaba analogías tan burdas. Normalmente. Siguió empujando la tela poco a poco, aunque casi fue un pecado dejarla llegar al suelo.

- Se merece haber caído por una buena razón.

Tenía las manos posadas en sus caderas, recorriendo con las manos el patrón del encaje en la delicada prenda de ropa interior. Como todo en ella salvo sus brillantes ojos -no podía dejar de pensar en ellos- era negra y sutil, como si no estuviera... Pero estaba. Suave como la piel desnuda, seda probablemente, y encontraba el erotismo en la sencillez. Desnuda, de pie frente a él, y todavía sujetando sus manos con cariño pero también con decisión. En aquel momento fue Yarmin quien se mordió el labio, mostrando dos colmillos algo más grandes de lo normal, aunque casi nada. También, hambriento, se mojó la comisura de los labios con la punta de la lengua. Casi estaba sin palabras.

- Precioso. -Su mirada recorrió uno a uno cada palmo de Yasei, fijándose en cada lunar y en cada marca, buscando cada cicatriz, celebrando cada segundo que pasaba mirándola tan de cerca y al desnudo-. Simplemente, preciosa.

Ella sabía que lo era, y él que sus oídos disfrutaban aquella repentina falta de elocuencia. Un halago merecido, y trató de dar la vuelta alrededor de su mano para alzarla e invitarla a girar sobre sí misma.

- Quiero verlo todo -confirmó, porque ambos sospechaban que así era-. Quiero tenerlo todo.

Quizá todo iba demasiado rápido. Tal vez ni siquiera tenía sentido. Probablemente llegaría a arrepentirse de aquella confianza. ¿Pero a quién le importaba?


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Mensaje por Zaina Nitocris Lun 16 Mar 2020 - 23:42

Yasei se había podido desnudar para varios hombres, para un par de mujeres. Podría haber desnudado a la gente, jugado con sus instintos y placeres. Había sido desnudada con la mirada más veces de las que le gustaría recordar. Sin embargo nunca había notado algo parecido a la intensidad con la que él la miraba.

No era solo su vestido perdiéndose en el suelo, sus manos bajando su ropa interior con la necesidad, con el hambre que demostraba. Por un momento la fiera sintió que un depredador más grande estaba a punto de darle un mordisco. No iba a ser ella la que se negara por todas y cada una de aquellas atenciones. Y es que su tacto podía llegar a destrozar tanto como aquella traviesa mirada del color de la sangre.

El vestido, toda su ropa, en el suelo. Escucha sus palabras, su mirada perderse en cada pequeño rincón de su cuerpo desnudo, y ella sonríe. Muestra aquellos colmillos mientras que él hace su petición, y nuestra Yasei es capaz de hacer eso y mucho más, no tiene problema alguno.

Así que ya que le pidió, ella cumplió con el pedido. Una mujer segura de ella misma, que nunca había tenido miedo a mostrarse tal y como era. Giró levemente, apartándose el cabello, pasando sus dedos por este, apartándolo de su cuello, de su cuerpo. Se giró para él, mostrándole su cuello, su espalda. La fina línea que se perdía hasta bajar a su cadera, sus piernas. Completó la vuelta, sonriéndole de nuevo, esperando saciar su curiosidad.

-Todo tuyo señor lobo… Todo mío.
- De un discreto movimiento alejó la tela en suelo, dejándola seguramente en algún lugar con su arma. Paso sus manos por el abdomen de él, por su pecho, hasta sus hombros.  Allí quito finalmente aquella chaqueta, deslizándola por sus brazos, sin cesar en ningún momento su tacto, sin apartar la mirada de la de él.

Pegó su cuerpo al suyo, dejó que notara cada curva, cada centímetro de piel, mientras sus manos, sus dedos, destrozaban todos y cada uno de los botones de su camisa, repitiendo el proceso de la chaqueta. Sus labios, de forma traviesa y casi asesina, pasaron por su clavícula, acercándose a su cuello.

Finalmente tiró ambas cosas lejos… seguramente junto con su vestido, su ropa y el arma. A ese agujero negro del que ninguno quiere ser consciente hasta que pasaran un par de horas… O quizás hasta más tarde de aquella mañana.- Igualemos un poco la situación… ¿No te parece? – No es que piense que estar desnuda es una desventaja, al contrario, le da un poder sobre aquel hombre que no sabe exactamente si va a poder mantener en cuanto él quede en una situación similar.

El tacto, su piel, el ir descubriendo poco a poco a aquel hombre ya se está volviendo algo tan peligroso para ella. Cosa que no mejora su roce, su movimiento, el suave ritmo que ejerce su cadera contra la suya en una tentación animal bastante peligrosa.

Puede que la gata fuera una impaciente, pero no sabía exactamente hasta dónde llegaba la del lobo. Era como un sutil tira y afloja en el que la mujer, que siempre era y había sido presa de sus instintos, estaba tirando de los de un hombre que tenía pinta de nunca dejarse llevar por ellos.

Podía ser muy bueno, podía ser muy malo. Pero algo que tendría que descubrir para saciar aquella curiosidad, que en esta ocasión, no había matado al gato.
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Mensaje por Yarmin Prince Mar 17 Mar 2020 - 1:36

No había armonía en su cuerpo. Sus piernas eran algo más largas de lo normal, y sus caderas más anchas de lo que cabría esperar. Sin embargo aquel conjunto disruptor, aquellas curvas caóticas pero al mismo tiempo suavemente definidas tenían algo especial. Su movimiento cuidado, su ritmo propio, la melena azabache que caía en cascada por su espalda... Tenía grandes cualidades, y si bien no había un absoluto equilibrio entre las partes de su cuerpo el maridaje de todas ellas era mucho más de lo que cualquier escultura minuciosamente tallada podría jamás soñar. Su piel parecía pintada a mano pincelada por pincelada, y sus pechos trabajados con delicadeza y tesón. Tenía una espalda delicada y suave, sin ninguna imperfección, como la mejor de las cerámicas, y sus muslos decían "ven" sin tener que decir nada.

También brillaba. Era sutil, un perlado uniforme que bajo la luz indirecta se dejaba entrever disimuladamente. Pero, aunque era preciosa, Yarmin había visto mujeres hermosas antes. Ya las había tenido entre sus brazos y había hecho de ellas su pequeño juguete. ¿Qué la hacía diferente? ¿Qué, más allá de esa mirada seductora? ¿Qué tenía más allá de esos ojos mágicos? ¿Esa sonrisa evocadora, ese andar valiente? Podía tener unas mejillas sonrosadas, pero eso no la hacía única, ni el latido cada vez más agitado de su corazón mientras volvía contra él ni el escalofrío que sintió mientras le quitaba la chaqueta. ¿Qué tenía de especial? Nada. Y aun así, todo.

Sentía su pecho agitado. El de los dos. El ansia podía respirarse, también la ambición. ¿Alguno de los dos daba su brazo a torcer? ¿Alguno de los dos soñaría aquella noche? Pudo notar la presión de su busto contra él, la leve deformación cuando se acercó más allá de lo posible, la presión creciente y calmada antes de escuchar la tela destrozarse.

- Espero... -dijo, jadeando ligeramente- que sepas cuánto vale esa camisa.

"Menos que ella", se respondió a sí mismo. Los labios de Yasei corrían por su cuello como sus dedos juguetones viajaban, expeditivos, haciendo estragos en su ropa. Hasta que voló. Su torso quedó al desnudo: su pecho depilado, su vientre imberbe... Llevaba años cuidando su aspecto, puliendo su apariencia, trabajando en una definición no muy marcada, pero totalmente presente. Ni siquiera le dio importancia a la mariposa de su axila, aunque le llamó la atención que su corbata hubiese aguantado la furiosa acometida del huracán verde. Eso, o tenía planes para ella.

Todavía llevaba los pantalones cuando quiso volcar la situación. La tomó de las manos con gentileza y se encaramó por sus brazos suavemente; puede que acompañase el roce de los dedos con algunos besos y uno que otro mordisco espontáneo hasta llegar a sus hombros, y volvió a mirarla. Quería mirarla, quería verla. Disfrutaba de esos ojos tan inusuales. Y cuando se puso a su espalda tratando de no soltarla, sonrió.

Deshizo el nudo con una mano mientras trataba de empujarla contra la pared. De logrado la corbata acabaría en su cuello. Él también tenía ideas, ideas muy buenas.

- ¿Sabes? Te ves genial desde cualquier ángulo.

Posó la mano de la corbata sobre su glúteo. Muy, muy, muy despacio. Muy, muy, muy suavemente. Muy sutil, muy delicado. La acarició, tal vez pellizcándola un poco, quizá más débilmente de lo que debía, y le besó el centro de la espalda. Algo que debía de entender la gatita era que, en la cueva del lobo, nadie más mandaba.


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