Próxima ronda fugaz

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Mensaje por Zaina Nitocris Miér 18 Mar 2020 - 2:53

La sonrisa llegó a sus labios una vez más, y es que aquel jadeo, aquella queja, había merecido la pena. Se muerde el labio, negando levemente. Podría comprarle un armario entero de camisas a aquel hombre, siempre y cuando le deje ser ella la que se las quite cada noche.

Algo total y plenamente razonable, al menos para su cabeza en aquel momento.

Analizó su cuerpo, apreció cada perfecto, cuidado e impoluto detalle. Sintió la necesidad de dejar un travieso mordisco en aquella marca con forma de mariposa, en aquella silueta que poseía. Sin embargo, se limitó a guardar cada centímetro en su mente, en su tacto.

Esperando que de igual manera, en su mente, permaneciera su imagen. Aunque algo le hizo ver enseguida que aquel hombre tenía planes diferentes para ella. Notó el instante en que quiso cambiar aquello, darle la vuelta a la sumisión que pretendía imponer la traviesa gata.

Un paso, un sutil agarre, solo tiene que recordarle que es bastante más alto que ella, que en un abrazo puede cubrirla por completo. Los besos que alteraban su respiración, los mordiscos que le hacían perder algún que otro latido. Pero para ella, no había nada tan marcado, total y dominante como su mirada. Esa forma de mirarla directamente, en toda mirada, de querer atraparla con aquel par de rubíes de sangre.

Y lo peor era que lo estaba consiguiendo.

No vamos a negar que tuviera planes para aquella corbata. Usarla para acercarle, atarle las manos con ellas… Pero se ve que al parecer, él también tenía algo en mente.

Debería haberse de preocupado de tenerlo a su espalda, pero no hizo mucho más que mirarlo de reojo. Cuando se dio cuenta, quizás había aceptado algo más peligroso que cualquier herida despreocupada.

La frente en aquella pared, la respiración ligeramente sostenida mientras notaba el roce de la tela contra su cuello desnudo, contra su piel.

-Algo me dice que aún así… Estás buscando tu ángulo favorito.- Y sabe que hablar ha sido una idea horrible. Sus caricias lentas y tortuosas le sacan un pequeño y suave jadeo, escapando de entre sus labios que lucha por mantener callados. No sabe en qué momento ha dejado que haga con ella lo que quiera, pero le está funcionando.

Sobre todo cuando aquel beso hizo que arqueara suavemente la espalda, acercando un poco más el cuerpo a la pared. Le miró de manera casi inocente, porque no había inocencia en su cuerpo desnudo, en su piel clara, en su cabello oscuro apartado o en sus ojos de gata.

-¿Va a ponerme un lazo, señor lobo?
–Y es ese ronroneo, travieso, sensual y tranquilo. Esa forma de pasar su propia mano por su propio cuerpo, deslizando sus dedos desde el abdomen,  subiendo por medio de sus pechos hasta la corbata, agarrándola con un gesto divertido, pero sin quitarla de su cuello. Sabe que quizás está jugando demasiado con su paciencia, que si sigue molestándolo será cuando se lleve más que un mordisco.

¿Pero no va de eso aquel travieso juego? ¿No es en cierta parte curiosa aquella corbata en su cuello?

Podía notarlo en él, tanto como lo notaba en ella misma. La urgente e imperiosa necesidad de dejar una marca imborrable en el otro. La clara necesidad de asegurarse que nada ni nadie, pueda cambiar todas esas emociones que ven en los ojos del otro.

Si, él quería ser el único capaz de trastornar aquellos brillantes ojos de esmeralda, y ella, ser la única capaz de turbar aquellos bellos rubíes de sangre. Era simplemente un juego, y ambos jugadores, esperaban el momento para la mejor jugada.
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Mensaje por Yarmin Prince Miér 18 Mar 2020 - 16:06

Hacía años que lo sabía: Todo en la vida trataba de sexo, salvo el sexo; el sexo trataba de poder. Por eso no pudo evitar extrañarse cuando Yasei rompió el delicado equilibrio que hilvanaba aquel encuentro. Sorprendido pero no molesto repasó cada momento de la atropellada relación que habían entretejido, desde una brutal e innecesaria demostración de fuerza hasta ese momento en el que, temporalmente, la gatita se mostraba dócil y coqueta. No podía confiar en ella, claro, pero el péndulo cada vez dibujaba arcos más abiertos... Le iba a salir caro atraparla, estaba seguro. Y ansiaba ver cómo el ronroneo tornaba rugido.

Sus movimientos perfectamente calculados, sus gestos decididos, la servil condescendencia que ocultaban sus palabras, la mirada de reojo cargada de inocencia y el fuego del momento, helándole la sangre. Su cuerpo brillaba bajo la luz tenue, y su cabello negro sobre la piel blanca destacaba como obsidiana entre la nieve. Podía revolverlo, pero iba apartándolo poco a poco mientras volvía poco a poco sobre aquella espalda levemente arqueada, besando cada palmo.

- El mejor de los regalos merece el mejor de los envoltorios, al fin y al cabo -fue su respuesta. La tenía desnuda entre las manos, frágil y delicada, tomada de las caderas. Y ella no tenía miedo, es más, le devolvía desafiante traviesos ronroneos.

Deslizó sus manos en un vertiginoso movimiento. La quemazón del cuidado, las ansias del mimo, todo quedó olvidado cuando como un relámpago furioso tronó hasta su busto, arañando fugazmente su vientre en una carrera apresurada. Sin embargo tomó con ternura sus pechos y pegó el cuerpo contra su espalda desnuda. Se sentía caliente, pero también fría, y retuvo el abrazo durante unos instantes.

Era una sensación extraña. Se veían grandes en ella, pero no sobresalían entre sus manos. Podía henderlos con los dedos, pero ejercían una resistencia poco habitual; no rara, claro, pero sí excepcional. Apartó de su mente todo lo que había podido leer de medicina, todos los ensayos y la experiencia en casos prácticos; dejó que su mente volase distraída mientras sus manos jugueteaban con ella, besando su cuello y acariciando con la nariz su nuca mientras se acercaba, poco a poco, hasta su pequeña oreja.

- ¿Esperas un aullido? -preguntó, susurrante.

Yarmin nunca se había considerado un lobo. Salvaje, como ella era, a veces, pero nunca un perro, y si ella lo creía tenía un problema. La mordería, la devoraría, bocado por bocado hasta dar el último y tal vez cuando terminara volviese a hacerlo, pero no se iba a dejar nunca poner un collar.

"Y hablando de collares..."

Tenía a mano la corbata, y mientras distraía la atención de Yasei con dos dedos jugueteando en el punto exacto la otra mano se movió a por ella, retirándola lentamente hacia su espalda, asegurándose de que la fina tela dibujase palabras incoherentes con su suave punta. Ardía de pasión cada vez más, anhelante de lo que estaba por venir, y con un giro de muñeca trató de tirar de ella mientras se erguía de golpe. La ropa le sobraba, el simple roce de sus nalgas en los pantalones había sido como bañarlo en aceite hirviendo... ¿Por qué se quemaba él? ¿Por qué deseaba tanto aquello? Solo era una mujer más. Más lista, más libre, más valiente, pero solo una más ¿Por qué notaba aquellos ojos en su nuca aun cuando él la tenía tomada por la espalda? ¿Qué tenían esos ojos para hechizarlo así? ¿Por qué una simple gata nocturna conseguía enervarlo tanto?

Respiró hondo. Una vez más en su cuello. Profundamente. Se estaba quemando.


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Mensaje por Zaina Nitocris Miér 18 Mar 2020 - 19:11

Quizás, y digo quizás porque confirmarlo directamente me parece demasiado feo, ella era total y plenamente consciente de lo que él quería de ella. Podía notar su necesidad, su respiración tan alterada como la suya, sus latidos saltando con cada pequeño roce.

Y ella se tenía que aprovechar de todo aquello, porque le funcionaba, porque tenía que hacerlo. Era una experta en jugar con las emociones y pasiones de la gente, la habían criado para ello, era su arma. Aquel hombre no era una excepción, simplemente era un objetivo algo más peligroso para ella.

Se había encontrado con un rival a su talla, y había pensado que tardaría años en encontrar una persona así. Estaba poniendo a pie de línea algo mucho más peligroso que su cuerpo o su alma. Todas y cada una de sus emociones.

Podía ser él quien tomaba el mando, besar cada extremo de su piel color crema, subir por su espalda, bajar por ella. Podría notar como ella tensa ligeramente el cuerpo, como su respiración se paraliza en su pecho, como sus dedos se clavan sutilmente en la pared con cada suspiro desordenado que escapa de sus labios. Sin embargo era ella, la que era consciente de que él no estaba en un estado mucho mejor que el suyo.

Las sensaciones siguieron moviéndose, sus pieles siguieron rozándose. Fue una descarga que demostró con un pequeño escalofrío. Su propia piel desnuda, tibia donde él había dejado sus besos, caliente donde había pasado su tacto. Un suave y casi felino quejido escapó de sus labios ante el choque de temperaturas, ante el tacto travieso en su pecho.

Maldito fuera él y su tacto, maldito fuera él y su manera de provocarla.

Aunque no era como si ella se fuera a quedar de brazos cruzados.

Cierra los ojos ante sus palabras, ante su burla en forma de pregunta, aunque misteriosamente no le dice nada sobre ella. Tal y como dice nuestro querido lobo con piel de cordero, porque aunque él lo niegue, es lo que es, se está limitando a ronronear y comportarse, esperando el momento adecuado.

Un gemido travieso, una corbata que marca una peligrosa ruta, aquel hombre estaba tirando de todas y cada una de sus cuerdas. Pero el momento llega finalmente cuando nuestro hombre pierde cualquier rastro de paciencia. Un tirón, un acercamiento aún más marcado, su respiración en su nuca, en su piel.

Y es entonces cuando ella sonríe.

Es sencillo, ella lo hace parecer simple. Solo tiene que apoyarse en él, usar su propio cuerpo para mantenerse. Pegar su espalda a su pecho, dejar que note como ella misma acerca su cadera contra la suya, ejerciendo una suave presión contra su cuerpo. Un movimiento lento, retorcido y demasiado calculado, un simple roce, mientras ella aprovecha y juega con la situación, con la conveniencia de que sea más alto que ella, aunque estén así.

Solo tiene que girar el rostro, sin alejarse de él, dejar que sus labios bordeen su mejilla, sus labios, que aquellos ojos de esmeralda taladren su cuerpo, su vista. Que sienta cada décima, cada pequeña parte de ella junto él.- Tranquilo… Yo misma te haré aullar.- Y solo tiene que ronronearlo contra sus labios, bajando aquel burlón beso hasta su mentón, aprovechando que puede… Atacarlo por el costado.

Nunca nadie dijo que fuera a rendirse, simplemente estaba esperando el momento indicado para volver a la carga. Aunque como dice ella, dudaba que aquello fuera a molestarlo.
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Mensaje por Yarmin Prince Miér 18 Mar 2020 - 22:45

El tirón los acercó más, si cabía, pero a Yarmin ya le faltaba espacio. Sus caderas pegadas, sus cuerpos enlazados, y las trampas de ella. Porque no había otra forma de llamarlo, ¿cómo se atrevía a besarlo? A susurrarle cosas que deseaba oír, a recorrer su mejilla con los labios... Su aliento caliente en la cara, su voz sensual y juguetona, ese maldito roce que por poco no lo había hecho colapsar. Encima lo miraba divertida, burlona, como si de pronto ella fuese quien cazaba y él el pajarito indefenso. ¿En eso se había terminado todo? ¿Esperaba ella con infinita paciencia a que terminase su número y entonces tomaría las riendas? Si de verdad pensaba aquello más le valía rezar lo que supiese, porque tenía un amplio repertorio. ¿Pero y si era lo que ella deseaba?

Por otro lado, ¿qué importaba?

Atrapó su mejilla con la mano, renunciando a la corbata que la hacía suya. "Solo no dejes de mirarme", decía aquel gesto. Casi con desesperación, casi con ternura. "Solo mírame". Por un momento solo quería ver esos ojos felinos fijos en él, reflejando el... ¿Oro? Imposible. Fue apenas un instante y volvió a ver dos rubíes de sangre brillar en sus pupilas rasgadas. En parte no quería creerlo, pero tampoco podía asumir que pasase tan deprisa. Conocía sus debilidades, entendía el fuego con el que jugaba, la tenía ansiosa y controlada entre sus dedos, entre sus manos. ¿Cómo una simple gata le había hecho, aunque fuese por un instante, olvidar todo?

Yasei tenía pecas y una espalda delicada, una sonrisa especial y una mirada única. Era encantadora a la par que temible, firme y delicada. Su voz era melosa, pero al mismo tiempo cada palabra que decía quemaba como el sol, y el tacto servil de sus manos estaba bañado en un sutil afán de dominación. Sabía que se parecía a él, pero no había esperado que se complementara con él. ¿Por qué no era una puta odiosa y arrogante? Más, quería decir. Una vez más, maldijo su narcisismo. Pero la besó. ¿Qué importaba?

Podía llevar años estudiándolo, observándolo y anotando sus movimientos, sus gustos, sus maneras... Podía haber construido la máscara perfecta de una chiquilla de Arabasta, sin escrúpulos y lo suficientemente imprudente como para acabar frente a él sola, desnuda, casi atada. Una simple adolescente, algo a lo que Yarmin no tuviese miedo, algo que a Yarmin le inspirase ternura. Pero significaba asumir que había alguien tan retorcido como él, y aun en ese caso, asumir que era tan inteligente como él. Y si alguien fuese lo suficientemente retorcido e inteligente como para tenderle esa trampa, seguiría sin cuadrar por un único motivo: Sus ambiciones eran genuinas. ¿Pero por qué se planteaba aquello en vez de disfrutar el beso?

Se apartó, reprimiendo por un momento un chillido nervioso. La dejó libre. Dio un par de vueltas por la estancia, con las manos tras la nuca. No podía creer que se estuviese dejando llevar tanto. ¿Por qué la había desnudado? ¿Por qué la había besado? ¿Qué estaba haciendo? Aun si no era nada, aun si no representaba ningún peligro para sus planes conocía las consecuencias. Una debilidad, una debilidad que tomaba ojos verdes como forma y curvas sinuosas como silueta. Una debilidad de color azabache y sonrisa entrañable... ¿Por qué tenía que ser tan perfectamente imperfecta?

- ¿Quién eres? -preguntó, mirándola a esos ojos únicos mientras en los suyos la desesperación parecía hacerse patente-. No cómo te llamas, no. Quién eres. -Se iba acercando a ella paso a paso-. No puedo confiar en ti si no lo sé. -Volvía a estar tan cerca de ella, volvía a poder tocarla si quisiera, volvía a mirarla casi con miedo-. Porque lo que me estás haciendo puede arruinarlo todo.

Pero la besó otra vez. No sabía lo que estaba haciendo, pero quería. Deseaba una respuesta, pero también a ella. Quería una respuesta, y tal vez... También a ella.


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Mensaje por Zaina Nitocris Miér 18 Mar 2020 - 23:35

Algo que hacía de ella peligrosa, algo que quizás hacía que ella fuera peor que él, era el hecho de que aunque se dejaba llevar por sus instintos, era total y plenamente consciente de lo que hacía. Sabía que significaba cada juego, cada movimiento, cada susurro, cada suspiro, cada caricia que elevaba su pulso una décima más de lo que debería. Era peligroso, terriblemente peligroso, pero quizás esa era la razón de que le gustara tanto.

Y es que puede notar lo mucho que a él le está afectando aquello. No es solo su forma posesiva de buscar sus ojos, su tacto… Es incluso ese brillo en su mirada que cree ver durante un momento, cambiando el color a un oro tan hermoso que le roba por completo el aliento.

Durante un instante se queda pérdida, casi prendada, pero él la devuelve a aquella realidad con un beso. Aunque después de aquel beso, fue él quien se alejó de aquella realidad.

Ella se quedó quieta, mirándolo, viendo como aquel hombre era presa de todos y cada uno de sus miedos, emociones y terrores. Así como ella aceptaba todo aquello a medida que venía, pensando luego en cómo asimilar los daños, él ya había asimilado un daño que no existía.

No le responde, ve la desesperación, el terror puro. Sus ojos como la esmeralda parecen derretirse un momento, y en vez de un mar de fiereza y pasión se ve ternura y tranquilidad, parecida a la que le muestra solo a sus queridos felinos.

Deja que se acerque, que la bese, y tras ese beso, es ella la que decide hacer algo por el bien de la salud de aquel hombre. Junta su frente con la suya, deja que vea fijamente aquellos orbes de esmeraldas, que siguen con esa expresión, esa ternura y fragilidad que no sabe porque le está mostrando. Le sonríe, no con arrogancia o travesura, sino de una forma casi tímida.- Si te digo quien soy… ¿No serás tú el que tenga el poder para destrozarme? ¿Para hacerme daño? ¿Crees que no estoy asustada? –Agarró la mano de él, llevándola hasta donde estaba su propio corazón.

Le temblaban ligeramente las manos a la mujer. Se daría cuenta en el momento en el que ella las usará para poner la mano de él encima de donde se encontraba su órgano vital. Un pulso brusco, rápido como un pequeño colibrí desesperado, unas manos ligeramente temblorosas, una mirada serena pese al descontrol que está viviendo, pero demasiado transparente.- Estoy aterrada… Porque tienes ahora mismo un poder sobre mí que no entiendo, y eso que aún no sabes ni mi nombre.-La risa escapa de sus labios de manera nerviosa, de nuevo se está mordiendo el labio y no es porque esté contando una mentira.

Es tan fácil de leer que se siente estúpida. Quizás por eso decide soltarle, hacer que retome ese espacio propio, pegarse a la pared como si eso fuera a servirle a ambos para algo. Se está calmando ligeramente, pero aún nota el calor de su tacto, la repentina sensación de frío ahí donde antes había estado él.

Tomó aire, en un burdo intento de ver si aquello funcionaba e hizo una de esas estupideces de las que luego se arrepentía. Darle a aquel hombre el poder total y completo de destruirla.- Zaina…Zaina Nitocris, ese es mi nombre, esa es quien soy.- Y damas y caballeros, la muerte tiró su moneda-

La cara o la cruz, la decidía él.
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Mensaje por Yarmin Prince Jue 19 Mar 2020 - 0:34

Algo extraño acababa de suceder. No lo entendía del todo, tampoco quería comprenderlo. Sabía de dónde venía el apellido, había conocido al visir en aquella recepción tras la toma de Alubarna, pero no quería aceptarlo. Sin embargo no podía ser mentira, ¿qué probabilidades había? Esos ojos verdes pedían una clemencia que no necesitaban, esa sonrisa avergonzada escondía un miedo que no tenía por qué tenerle. ¿Pero por qué no? Ella estaba arriesgándose, él se había desesperado en su propia paranoia, esperando un enemigo donde había encontrado a la primera persona en años que le sonreía con sinceridad. Con burla y desafío, sí, pero con sinceridad. Y no había nada que pudiese compararse a la calidez que había sentido con eso. Tal vez, el vacío que había dejado cuando esa sonrisa desapareció.

¿Qué había hecho? Tal vez eran dos enfermos destinados a encontrarse y a hacerse daño, a herirse desconsoladamente mientras lloraban lágrimas de sangre hasta dejar dos esmeraldas rotas y un par de rubíes destrozados. No, tampoco podía decir eso. No después de aquello. Se conocían hacía apenas unas horas y ya le había dado su vida en bandeja de plata. "Niña estúpida", pensó. "¿No te valían unas lágrimas y desaparecer?". No, aquello no valía. Pero en cierto modo le consolaba, le hacía feliz de una forma egoísta y muy cruel, que le hubiese regalado algo tan valioso. Algo que, realmente, no sabía si era capaz de apreciar en toda su grandeza. Desnuda ante él, no solo sin ropa... Desprotegida. Su lenguaje corporal, los latidos de su pequeño corazón no eran cosas que la delatasen, solo una confirmación de lo sincera que estaba siendo. Aunque, de forma cruel y egoísta, también le gustó descubrir que no era como se mostraba con el resto.

- Debes tener frío -contestó, tirando de su mano-. Lo mejor será que te cubras.

Quizá no fuese la respuesta que esperaba, pero Yarmin no era la clase de persona que uno se esperaría. Era el hombre educado y sonriente que ningún pirata querría encontrar en un callejón oscuro. Un hombre prácticamente de hielo, un témpano que podía entumecer a cualquiera. Pero eso tendría que bastarle por el momento. Rodeó su cuerpo con los brazos, muy pegado a ella. Casi podía tocar su propio abdomen con la mano izquierda y dejó la otra en su nuca, empujándola contra él. Podía aún sentir su corazón desbocado, pero el suyo repentinamente se había calmado. ¿Todo aquello era por el control? No, todo aquello era por confianza.

- Todo negocio se fundamenta en la confianza. -Su voz había vuelto a ser casi formidable. Estaba recto, tranquilo, pausado. Todo lo que iba antes o después ya no importaba, tan solo aquel momento-. Toda relación, hasta un simple abrazo, es cuestión de confianza. No querría perderte porque me temas. Voy a conseguir todo. Te conseguiré todo. Pero para eso tienes que creer en mí.

Abrazó el momento, separándose ligeramente, mirándola a la cara. Seguía teniendo unos ojos preciosos, y por una vez iba a obviar que los suyos hubiesen vuelto a brillar como el oro que tanto amaba Yas... Zaina.

- Mi verdadero nombre es Yarmin Prince. No sé si soy él o Mihael, solo sé cómo me llamaron mis padres y qué nombre me puse yo para inspirar terror. Pánico, como tú lo llamas. -Paladeó el momento-. No quiero que tú me tengas miedo, ni lástima. No quiero jugar contigo a ver quién manda más, ni tampoco romperte para hacerme fuerte yo. Te quiero a ti. Como eres, valiente y dominante; impulsiva, despiadada... Quiero sacar lo mejor de ti.

Respiró profundamente. ¿Podía arriesgarse a tanto? ¿Sería suficientemente estúpido? No, desde luego que no. El modélico Yarmin Prince como narcotraficante ya era suficiente estupidez por aquel día, salvo tal vez intentar besarla de nuevo.

Quiso ser estúpido otra vez.


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