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(+18) Kindly calm me down (Zaina-Yarmin)

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Mensaje por Zaina Nitocris el Jue Mar 19 2020, 03:16

Hay momentos en los que te sientes perdido. Total y completamente solo, desprotegido, herido, casi como si te hubieran destrozado y no quedara nada. Zaina notó un pequeño dolor en su pecho, uno que ni todos los abrazos de aquel hombre podrían haber curado.

Escondió ligeramente el rostro en su pecho e intentó calmar aquel corazón desbocado, joven e iluso que siempre había tenido. Aquella joven que le había susurrado al mar , preguntándole porque se llevaba todo lo que quería, la misma que estaba desnuda, abrazada a un hombre que parecía ahora de hielo. Sintió por un instante la duda, el mismo terror que él había sentido, aquella posibilidad de que todo hubiera sido preparado.

Porque él era capaz, de eso estaba segura, de fingir todo aquello y ahora que tenía su nombre, destrozarla.

Apretó los ojos, buscando apartar aquellos miedos de su cabeza. Ella misma había decidido aquello, ella había tomado aquella decisión. Ella nunca se arrepentía de lo que hacía, cargaba con todas y cada una de sus consecuencias.

Quizás por eso no se esperó conocer a Yarmin de la forma en la que lo estaba haciendo.

Lo miró, por completo, a aquellos ojos que eran ahora como el oro más hermoso que había visto. Un mental que hubiera hecho palidecer cualquiera de sus joyas, algo tan místico que de nuevo consiguió hacer que se perdiera. No pudo evitar sonreír, tanto como se había perdido en el fuego de aquellos orbes de sangre, deseaba nadar en la calma de aquel metal dorado que parecía oscilar en sus ojos.

Estaba perdida.

-Yarmin…
-Dijo su nombre, dándole cierta credibilidad al momento, a lo que decía. No pudo evitar disfrutarlo, rendirse un poco de nuevo en aquella situación. Pasar sus dedos por su espalda, disfrutando de nuevo de aquel suave calor que solo él parecía capaz de darle.

Le besó, de forma tranquila y lenta, inclinándose contra él en una muestra de confianza, de aquella locura mutua. Cuando se separó,  admitió que quizás era el momento de que ella también le dijera algo con respecto a todo aquello.- Algo me dice que ya sacas lo mejor de mí… No sé qué demonios me pasa contigo.- Responde con una leve sonrisa.- No puedo entenderlo, estudiarlo o analizarlo, quizás por eso me pone tan nerviosa como te pone a ti.- Se quedó un momento en silencio, simplemente mirándole a los ojos.- Pero algo me dice que me encantaría descubrirlo a tu lado.

Él podía ser frío, calculador, asustarse de sus propios sentimientos y emociones, buscar siempre la forma de salir ganando. Pero eso era lo que a ella le gustaba. Adoraba molestarle, sacarlo de aquella burbuja calculadora con sus propias cuentas, desordenar sus emociones para ver como miraba sus ojos como si no hubiera nada más bonito en aquel mundo. Le gustaba la sensación de que podía ser especial y única para alguien, y aquel hombre la miraba como si no hubiera nada más en el mundo.

Se había encontrado en su vida con mucha gente que la había visto así, perdido por el deseo, la pasión, la lujuria o su dinero. Todos engañados, perdidos en sus encantos o en el misterio de sus falsas o venenosas palabras

Él había sentido su veneno, probado sus garras, y simplemente había vuelto a besarla de nuevo. Sin importarle el dolor que pudiera traerle, sin querer cambiarla. Simplemente, la quería a ella. Tal y como era.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue Mar 19 2020, 13:34

En su boca sonaba distinto. No solía presentarse, y en la agencia siempre era llamado "señor Prince". Poca gente lo llamaba por su nombre, a muy pocos se lo permitía. Gellert, Bella... Pero sonaba diferente en sus labios, único. Parecía retenerlo entre sus labios, pronunciarlo decididamente, atrapar la palabra como si huyese de ella. Pero no huía, y Zaina lo disfrutaba casi tanto como el beso que llegó después.

Sus cuerpos se acercaron nuevamente. Yarmin no sabía adónde llevar sus manos, así que simplemente las mantuvo en su cintura, aferradas con tesón a ella. No iba a soltarla, no iba a abandonarla... No después de aquello. Se había lanzado al vacío sin red solo porque él lo necesitaba, ¿cómo podía obviar eso? Casi se sentía en deuda con ella, casi tenía ganas de no separarse de ella nunca más. Aunque eso sí era una fantasía fútil.

Lo que no era tan fútil fue su sonrisa. Le enternecieron sus palabras, la confesión tan precipitada de unos sentimientos hacia alguien que no conocía. ¿Y si le hubiese estado mintiendo? No era la primera vez que fingía delante de una mujer, no era la primera vez que mentía a una para luego aprovecharse. Pero ella seguía teniendo aquellos ojos verdes que veían más allá de su piel, aquellas esmeraldas radiantes que llegaban hasta su alma. Tal vez ella fuese la joyera, pero él estaba delante de una gema única. Alguien como él, alguien para él. Un diamante en bruto que, por una vez, prefería no tallar. Al fin y al cabo, ¿cómo sabría que seguía siendo ella si no? ¿Cómo sabría que la quería a ella si no?

¿La quería? Muy precipitado. Apenas la conocía. ¿Y si aquello hubiese sido parte de su plan? Descubrir a Yarmin Prince con una mentira endiabladamente elaborada, tomarlo por sorpresa en un descuido, debilitarlo hasta hacerlo suyo. Descartó la idea. No llegaba con ser lista y retorcida, ni una gran actriz, ni siquiera... ¿Qué coño estaba pensando? Sus ojos verdes no mentían, sus labios sedosos no engañaban. Podía pensar todo lo que quisiera, podía dejar que la paranoia arruinase el momento, o podía disfrutarlo.

- Es el momento de poner las cartas sobre la mesa -sentenció.

Se fue alejando poco a poco, pero la tomó de las manos e intentó tirar de ella suavemente. Aun de espaldas conocía perfectamente dónde estaba cada mueble, cada pequeña arruga de la alfombra, cada mota de polvo. No le fue difícil guiarla hasta un sofá esquivando la mesita de café, y se sentó cómodamente no sin invitarla a hacerle compañía. A su lado, sobre él... ¿Qué más daba?

- Apenas nos conocemos, Zaina -comenzó. Tenía los ojos fijos en ella, y mantenía el contacto de sus manos- y ya he hecho más tonterías por ti esta noche que en muchos años. Quiero confiar en ti, pero debes entender que no siempre podré. Soy inteligente, mucho, y estoy en medio de un juego que podría costármelo todo si doy un paso en falso. Eso me hace un poco paranoico. -Se dio cuenta de que lo que decía podía estar arruinándolo todo, pero debía ser dicho-. Tal vez estés en la misma situación, e intercambiar nuestros nombres solo nos da un arma, no un escudo. Podemos herirnos de vuelta si nos hacemos daño, pero no tenemos nada que vele por nuestra seguridad.

¿Nada? Aquella pasión frente a un desconocido, el hecho de gustarse más a cada cosa que conocían, la alegría con la que habían intercambiado sus secretos más preciados...

- Nuestro escudo es la confianza. La fe en nosotros mismo. Lo que yo espero de ti y lo que tú esperas de mí. Y lo que estamos dispuestos a hacer el uno por el otro. Yo sé que no puedes mentirme. -"Y aunque pudieras, no lo harías", evitó decir. ¿Confiaba en ella? Por lo menos quería hacerlo-. Voy a hacer un esfuerzo, mi pequeña gatita, por preguntarte siempre cuando dude de ti. Quiero que esto funcione, pero estas son las cartas con las que vas a tener que jugar.

No había un atisbo de superioridad en su mirada. Estaba serio, cómo no, y tal vez lo que decía era más un ataque de verborrea que algo necesario, pero sentía que se lo debía. Quería que cualquier cosa que aceptase fuese sabiendo todas las condiciones que traía aquello consigo. Porque, ¿qué si no era el amor más que proteger a quien quieres de ti mismo?


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Mensaje por Zaina Nitocris el Jue Mar 19 2020, 15:47

Aquello estaba siendo una locura, pero ella lo había sabido desde el momento en el que le había mirado a los ojos. Sería capaz de tragar todas y cada una de las mentiras de aquel hombre y simplemente sonreír al final. Era peligroso, su instinto se lo había dicho, pero ella aún no era capaz de digerir aquello correctamente.

Había pasado toda su vida jugando con las emociones de la gente, no había amado, y cuando lo había hecho la habían destruido. Colérica, llena de rabia y odio se hizo tantas promesas, se juró tantas cosas. Y todo para que un maldito sádico, déspota y paranoico llegara a su vida y lo mandara todo al carajo.

El problema era lo estúpidamente feliz que le hacía todo aquello.

No vamos a negar que si solo lo hubieran dejado en sexo, hubiera sido más sencillo. A eso sí que estaba más acostumbrada, algo carnal, físico, donde solo importaba que tanto lograras hacer sentir a la gente, que tanto conseguían ellos hacerte sentir.  Sin embargo hacía rato que esa situación había desaparecido. El único vestigio de todo aquello, era el hecho de que él seguía sin camisa, sin chaqueta, y ella total y completamente desnuda.

La pasión se había convertido en un desconcierto, el desconcierto en desasosiego, y cuando se habían perdido en aquel sentimiento que quemaba más que el roce de sus pieles, habían parado. No sabían cómo llamarlo exactamente, pues nada les había destrozado tan fuerte, tan rápido, de forma tan dura.

¿Era amor a primera vista o al primer bocado? No estaba segura, ella no entendía de aquellas cosas. Simplemente se dejaba llevar, y a medida que las cosas pasaban traducía lo que su cuerpo sentía. Y estaba claro que a su cuerpo le gustaba demasiado aquel hombre, lo malo era que a su cabeza también y su corazón… Parecía estar totalmente dispuesto a unirse a los otros dos.

Asiente ante sus palabras, comenzando a caminar hasta el sofá. Recuerda que se quitó los zapatos tras la pequeña y ligera patada al vestido, y nota sus pies descalzos en la alfombra, hasta que él se sienta y le pide que lo acompañe con un gesto.

No le gusta aquello, se siente terriblemente frágil a su lado.

Algo en su interior parece seguir tan aterrado como lo había estado aquel hombre. Se sentó en el sofá, a su lado. En un pequeño gesto subió ambas piernas al mismo, se sentó pegando las rodillas a su pecho, casi como si buscara una forma estúpida de protegerse a ella misma.

Estúpida, porque en ningún momento había soltado sus manos.

-Sabía que cuando te diera mi nombre, te daría el poder para destruirme por completo… Pero nunca me arrepiento de mis acciones.- Admitió aquello, acariciando suavemente su mano con la propia, con el mentón apoyado de forma suave en sus rodillas, mirándole.- Acepte desde ese momento cualquier herida que quisieras hacerme.

Quizás su problema era que realmente, era como un gato. Con demasiada personalidad, que quería caricias cuando las quería, que arañaba y mordía cuando no quería algo. Pero también, igual que el animal, cuando daba su confianza, la daba sin taras, reparos o segundas intenciones. No más daños, no más destrozos. Solo confianza.

Se quedó mirándole, escuchando sus últimas palabras, la mujer solo pudo dejar un suspiro salir de sus labios de seda.- Es triste, pero nunca se me ha dado bien mentir, y nunca podría hacerlo contigo.- Bajó levemente las piernas del sofá, soltando sus manos. Pasó los dedos por su cabello negro, retirándolo por completo hacia atrás, como si necesitara durante un instante recuperarse de todo aquello.- Las mentiras siempre se han usado para poner un escudo, para evitar que la gente vea realmente como eres… Y no tiene sentido, hace rato que he tirado cualquier muro que pudiera ponerte.-Le sonríe, en una extraña mezcla. Hay una suavidad que lleva ahí un rato, que se acentúa cada vez que sus ojos se cruzan, pero también hay cierto nerviosismo.

Todo aquello estaba siendo nuevo para ella.- De acuerdo Yarmin, que sea con tus reglas.-Tomó su mano de nuevo entre las suyas, sin apartar sus ojos de los de él.-  Algo me dice que de todas formas, es un juego que ganaremos ambos.- Niega de forma leve, riendo de forma suave,  mientras mira en un momento sus manos entrelazadas.

Sí, definitivamente, estaba loca… Pero no podía hacer nada, después de todo, había encontrado a alguien igual de loco.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue Mar 19 2020, 18:27

Ovillada junto a él, sin soltarle las manos. Se respiraba cierto nerviosismo, quizás por parte de ambos. Ella le había entregado su vida en una frase, y aunque él corría un cierto riesgo poseía un poder capaz de neutralizar esa clase de amenazas. ¿Hasta qué punto estaban igualados? Tampoco podía hacer mucho más por ella, tampoco podía decirle que su nombre no valía nada si él no lo admitía luego, si él no se dejaba atrapar... Pero, aun con eso, mientras ella creyese que estaban a pares, a pares estarían.

Pero tampoco importaba. Iba a protegerla, a cuidarla, a beber de su talento y alimentarla con el suyo propio. Quería confiar en ella, y sintió que se hacía más fácil a medida que ella iba hablando. Ella, la más débil, la más expuesta, la que aunque tenía menos que perder podría haberlo perdido todo tan fácilmente había aceptado jugárselo todo, ¿y por qué? Por esperanza, por un cariño que no estaban, quizá, preparados para admitir que sentían. Se había entregado a él en cuerpo y alma para que no sufriese, un acto tan hermoso que eclipsaba incluso el candor esmeralda de aquellos ojos.

Dejó que se estirase. Sus largas piernas se deslizaron hacia el suelo mientras ella soltaba sus manos para apartarse el pelo. ¿Una forma de protección? ¿Inseguridad? Tocó su propio flequillo para acomodarlo. No lo necesitaba, pero quería que en su inconsciente grabase aquello a fuego: No estaba sola. También le devolvió la sonrisa cuando sonrió, aunque evitó mostrar el más mínimo atisbo de nervios. Debía relajarla, todo aquello era su culpa.

No supo si fue por él, tampoco quiso preguntarlo. Recogió su mano entre las suyas con la mirada fija en él. Verde y dorado, maravillosa combinación. Cuando ella negó con la cabeza supo que era momento de asentir, pero también rio mientras bajaba la vista. Sus manos entrelazadas, ¿sus corazones entrelazados? Apenas unas horas, pero ni siquiera él podía huir de todas las pasiones humanas. Zaina era gentil, suave, agradable. Como una nube, esponjosa y grácil, pero dentro de ella podía germinar la más intensa de las tormentas de un momento a otro. Era, en cierto modo, totalmente diferente a él dentro de todos sus parecidos, totalmente complementaria a él, tal vez una nueva reina que nadie hubiese tallado. El tablero estaba cambiando por completo.

Tiró lentamente de su mano, acariciando a Zaina con suavidad a medida que se liberaba. Mantuvo la vista fija en ella, y mientras rozaba las yemas de sus dedos cerró los ojos lentamente. Dejó que pasaran apenas unos segundos antes de levantarse, todavía sin decir nada.

Cuando diseñaba algo esperando que el arquitecto lo llevase a cabo siempre pedía lo mismo: Estructuras diáfanas. El mobiliario, las paredes y las columnas debían formar un todo, pero no abigarrar las estancias. Por eso era muy fácil dar dos pasos hacia delante y otros dos a la izquierda, recuperando dos cosas de aquel montón de ropa tirada por el suelo. Seguía pensando lo mismo que hacía un instante, y cuando se plantó delante de Zaina fijó sus pupilas en ella, arrodillándose.

Delante de su cara puso el seguro a la pistola y la posó con suavidad encima del libro. Sin dejar de mirarla y con la sonrisa más dulce que fue capaz de enarbolar le pasó su chaqueta por encima de los hombros. Él también quiso cogerla de las manos otra vez, pero no contento con eso le regaló un beso en la mejilla. Puro, inocente... Supo que no cuadraba con ellos, pero sí entre ellos.

- Ganaremos más de lo que puedas soñar -le dijo-. Pero no más de lo que gano yo hoy.

Y se levantó. Se sentía ridículo al decir aquellas cosas, pero así funcionaba todo. No esperaba encontrar a su depredador allí; tampoco devorarlo. Se había levantado para hacer uno de los mayores negocios de su vida, y mira tú por dónde, de alguna forma lo estaba haciendo. Era muy pronto para decirlo, y aunque siempre tenía la palabra adecuada en la punta de la lengua, también sabía cuándo debía o no dispararla.

- Debes estar hambrienta -señaló-. No tengo mucho en la despensa, pero es comida fresca y algo podremos picar. ¿Te apetece cenar?


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Mensaje por Zaina Nitocris el Jue Mar 19 2020, 20:49

Decidió calmarse finalmente, aunque no sabía decir si más bien fue él quien consiguió calmarla a ella. Cerró los ojos a su lado, se relajó un momento y dejó que todas y cada una de las cosas que atormentaban su cabeza, se desvanecieron.  Se quedó así, un instante, disfrutando de aquella calma que ahora comenzaba a llegar a cada rincón de su cuerpo.

Cuando lo notó moverse, se quedó mirándole. Lo vio acercarse a aquel montón de ropa, a ese lugar donde… Donde estaba su arma. Sus dedos se apretaron levemente, sin embargo, la traviesa gatita se encomendó en un acto de fe. Si tenían que pegarle un tiro entre ceja y ceja, al menos tendrían la consideración de no hacerla sufrir. Sin embargo volvíamos de nuevo a aquello, la estúpida confianza que había hecho que aceptara aquello.

No se asustó, movió o temió sus acciones, simplemente dejó que se arrodillara a su lado.

Le devolvió la mirada, sonriéndole levemente. Le vio poner el seguro al arma, dejarla encima del libro y nuestra querida minina se volvió a perder por unos instantes, ¿Por qué demonios tenía que sonreírle así? Ella no era de piedra maldita sea. El beso en su mejilla la devolvió a la realidad, y agarró levemente la chaqueta, colocándosela.

El suave olor a chocolate le rascó suavemente en la nariz, y la mujer tuvo que admitir que quizás no se lo había esperado. Pero en cierta forma, iba a juego con él.- Hum… ¿Puedo saber que ganas exactamente? –De nuevo ahí estaba, esa sonrisa traviesa de colmillos que llevaba un rato sin aparecer, ese brillo divertido que buscaba molestarle.

En cuanto escuchó su ofrecimiento, Zaina decidió ponerse al mando. Un gesto tranquilo y se colocó la chaqueta, aunque las mangas le quedaban grandes no era nada que no pudiera soportar. El corte de la misma se cernía a mitad de su muslo y dudo un momento entre si cerrarla, aunque fuera para que a cada movimiento no amenazara con abrirse. Decidió pasar, aquel hombre ya la había visto desnuda lo suficiente como para que algo fuera a incomodarle a esas alturas.

Se levantó del sofá, acercándose al montón de ropa, con calma tiró de uno de los lazos de las mangas de aquel vestido. Una vez lo tenía en las manos, de forma hábil y tranquila se ató el cabello en una coleta alta, cerrando el nudo con aquel lazo. Era una imagen distinta, de eso estaba segura, pero seguía teniendo aquel encanto felino tan suyo.

-Yo cocino… Soy cocinera.
- Sonríe con confianza, antes de cruzar los brazos debajo del pecho, divertida.- Aparte de encantadora de fieras claro está,  pero puedo decirte que cocino tan bien como conquisto.- Le guiñó un ojo de forma divertida, antes de que se acerque a la cocina a ver qué puede hacer.

Está acostumbrada a cocinar con poco, de forma apañada y eficaz. Pero es que aquel hombre no tenía poco, y por eso le miró, arrugando el gesto como un gato que ha encontrado algo muy raro.- ¿Esto entiendes tú por vacío? –Negó levemente, prefiriendo omitir lo que estaba por decir. Antes de que Yarmin pudiera quejarse, hablar o apuntar, ella ya estaba manos a la obra con una cena ligera para los dos.- ¿Algo que le apetezca en concreto, caballero? –Le preguntó de forma tranquila, mientras se lavaba las manos en el fregadero.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue Mar 19 2020, 22:29

- A ti -había contestado. Suave, sereno, simple. Tampoco había mucho más que añadir.

Sentía su cuerpo extrañamente entumecido, como si tantas emociones le hubiesen pasado por encima. Sin embargo, se encontraba bien. Zaina había resultado un soplo refrescante, una locura emocionante; le gustaba. Y no era muy habitual en él que otra persona le atrajese así. De hecho, no era normal que una mujer le atrajese así. Pero ella no era una mujer normal. Había intentado guiarla hasta la cocina, pero con expeditiva resolución se le había adelantado, invadiendo cada cajón y despensa con esa curiosidad felina que mataba a tantos gatos. La misma curiosidad felina que había estado a punto de matarla hacía unos minutos.

- Lo cierto es que... -No llegó a terminar lo que iba a decir, aunque teniendo en cuenta que "ayer me comí la última papaya" no iba a hacerla cambiar de opinión prefirió optar por contestar a su otra pregunta. Sin embargo, se dilató un poco.

Zaina tenía las orejas pequeñas. No exageradamente pequeñas, pero eran discretas y adorables. Resaltaban levemente con aquella coleta que había optado por hacerse, aunque lo más llamativo de ellas eran los colmillos esmeralda que pendían de sus lóbulos. Todo en ella estaba preparado para darle un mordisco.

Yarmin avanzó con paso firme. Se sentía un poco raro con el torso descubierto, pero teniendo en cuenta que su invitada estaba completamente desnuda tal vez quejarse estuviese fuera de lugar. De hecho, no podía negar que la situación era excitante: Ella llevaba su chaqueta, la cual le quedaba insultantemente bien. No la llevaba bien, puesto que aquella pieza de traje ajustado a tres botones estaba hecha para cerrarse y Zaina había decidido dejarla abierta, pero al mismo tiempo la tela negra caía por su cintura y se deslizaba hacia sus caderas en una suave corriente que con cada movimiento, no importaba lo sutil que fuese, se revolvía salvajemente.

Quiso ponerse detrás de ella. Había una diferencia de altura importante, pero era una mujer alta. Con ceremoniosa calma le pasó sus manos por la cintura, rodeándola hasta tocar la piel desnuda y lindar, sin adentrarse en ella, la curva de su ombligo. Se fue acercando más y más, hasta estar en su oído, hasta besar con los labios la base de su pendiente. Secamente, no muy sonoro, pero delicado y afectuoso. Si hacía un momento había tratado de dominarla ya solo quería tenerla entre sus brazos. Ya era suya, no había necesidad de ganarse algo que le pertenecía. Seguramente ella pensaría lo mismo, y curiosamente, ambos tendrían su parte de razón.

- Me apeteces tú -le susurró al oído mientras ascendía de vuelta por su vientre. Repetía los movimientos anteriores, dibujando eses hasta pintar la curva bajo sus pechos-. Me apetece todo lo que quieras darme.

Se sentía extraño. Ella era un gato y él tal vez un zorro, o un cuervo. Ella era despierta y volátil, intensa como el café negro, fuerte como el café negro. Él frío y calculador, un poco paranoico, siempre necesitaba ir dos pasos por delante. Salvo aquella ocasión, esa particular vez en la que, de forma totalmente consciente, deseaba ser tomado por sorpresa. Para ella podía ser un lobo, pero seguramente estaba deseando cazarlo tanto como él luchar su ansiada libertad.

- Además, aunque me encantaría probar tu comida... No creo que sepa mejor que tú.

Le propinó un mordisco en el cuello. No muy fuerte, pero lo suficiente para clavar sus colmillos en ella. No lo hizo muy deprisa, tampoco se molestó en ocultar sus intenciones. Tan solo la mordió. Porque así eran las cosas entre ellos, ambos habían asumido que tarde o temprano se llevarían un mordisco. ¿Por qué no dejarlo hecho de antemano?

- Definitivamente -confirmó-. Insuperable.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Vie Mar 20 2020, 04:06

-Punto para ti…- Lo admite, entrecerrando los ojos tras escuchar sus palabras, volviendo a lo importante, a lo que tiene entre manos, la cocina. Le mira de reojo cuando se queda a medias, ella ladea el rostro como si estuviera esperando que acabara, pero notando su mirada, supo que no iba a darle una respuesta concreta.

Se encogió suavemente de hombros y retomó su concentración. Colocó un travieso cabello detrás de su oreja derecha, antes de ver que hacía en aquella cocina. No vamos a negar que su mente empezó a volar, porque hacía bastante que no tenía una cocina decente, bien surtida y con capacidad para hacer muchas cosas. El par de enanos que había dejado afuera iba a lloriquear en cuanto el olor de la comida escapara por la ventana.

No puede evitar sonreír levemente, mientras acaba de secarse las manos con uno de los paños de la cocina. Aunque pronto Yarmin se encargó de sacarla por completo de su momento allí, en cuanto notó sus brazos rodearla, comenzando a bordear su cuerpo, su piel.

La felina alzó una ceja, mirándole de reojo, antes de que sus manos continuaran aquel travieso sendero y  él anunciara el plato principal.- Y yo pensando que ya no te apetecía probarme.-  La burla la ganó él con aquel mordisco. Ella se sorprendió, él podría notarlo al ver cómo su cuerpo se tensaba contra el suyo. Su piel se erizaría con un suave escalofrío.

Ella le miraría de reojo, apoyando suavemente su espalda contra su pecho.- Algo me dice que tú, sabes mucho mejor…-Sonríe, mostrando de nuevo sus colmillos, girando suavemente entre sus brazos, hasta quedar frente por frente. Es un pequeño y travieso gesto, pero lo está haciendo tan a propósito como él aquel mordisco.

Ella solo tiene que subir los brazos hasta sus hombros, asegurarse de que así, aquella chaqueta subiera pasando su cadera, haciendo que se abriera de nuevo con aquel sutil movimiento. Con aquella leve inclinación pega sus pechos al suyo, mientras sus labios se rozan levemente contra su piel. Hace un pequeño, suave y tortuoso camino, desde su hombro hasta su mentón, empezando con pequeños y suaves besos, apenas un ligero y suave roce de sus labios, que es sustituido por pequeños mordiscos. Solo tira suavemente de su piel, se asegura de que recuerde aquello.

Finalmente, en su cuello, deja un mordisco más marcado, siendo total y plenamente consciente de lo que está haciendo. Sus colmillos son sustituidos por sus labios, y tras hacer algo de succión, se aseguró de dejarle una bonita marca en la base del cuello. Luego se relamió divertida, dándole una pequeña lamida al recordatorio que acababa de dejarle.- Nyami… Tú tampoco sabes nada mal, he tenido hasta la urgente necesidad de marcarte.- Y de nuevo esa sonrisa, traviesa, malvada, felina. Gritaba peligro, seducción y un montón de cosas que podían encantarte u odiarte, pero que seguro y como había demostrado dejaban una marca en ti.

Podía ser que se enfadara, sí, pero esa era su venganza por el ataque que la había tomado total y plenamente desprevenida. La había desarmado, luego, ella, había tenido que tomar todo rastro de dignidad tras derretirse y recordarle que no era una presa fácil en aquella clase de juegos.

Yarmin iba a ser total y plenamente consciente de lo que significaba tener a la gata a su lado.
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Mensaje por Yarmin Prince el Vie Mar 20 2020, 16:13

- Cuestión de gustos, supongo.

Se deslizó entre sus brazos lentamente mostrando una sonrisa traviesa. Aquellos colmillos de depredador sobresalían entre sus labios, dándole a Zaina un aspecto casi inocente. Casi, porque a esos ojos enormes que lo observaban se les veía las intenciones a una legua de distancia. Frente a frente, cara a cara, tan cerca que casi podía sentir el latido de su corazón, tan cerca que casi se acompasaban los latidos de su corazón. Su piel era cálida, su cuerpo ardiente, y tuvo que agradecer sin decir nada porque tras todo lo que le había hecho -todo lo que le habría hecho- siguiera deseando estar con él; deseándolo a él.

Olía bien, a verano, y sus dedos mientras se acercaba poco a poco hasta sus hombros le rozaban como espigas de trigo en un campo al atardecer. Casi disfrutó más ese leve cosquilleo que descubrir bajo su chaqueta el cuerpo desnudo de Zaina, un cuerpo que aunque ya había visto todavía no había tenido tiempo de estudiar. ¿Qué constelaciones habría en su espalda? ¿Qué estrellas protegerían su piel lampiña? Quería verla ronronear en sueños a su lado, besar cada palmo de su piel, jugar con ella entera. No quería que oliese a su chaqueta, quería que oliese a él. Y, al parecer, ella pensaba lo mismo respecto a él.

Sintió cada roce; el de sus pechos, el de sus labios. Notó cada sutil beso, cada delicado mordisco, cada inocuo tirón en su piel. Suspiró. El último había llegado a mala idea, con una única intención, pero se dejó hacer igualmente. Si Zaina se sentía una adolescente de pronto, ¿por qué no permitíselo?  Consentirla un poco como ella lo consentía a él, atrapar el momento en lugar de parar se a pensar si tenía un retorcido significado detrás: Ella lo marcaba porque quería hacerlo suyo, nada más. Y esa enfermiza necesidad de posesión, esa querencia de cariño y tomar las riendas... Era lo que le gustaba de ella. Entre otras muchas cosas.

Bajó las manos suavemente, deslizándose por la ondulada pendiente que marcaba aquel cuerpo joven y perfectamente imperfecto. Pronto no le llegó el brazo y tuvo que agacharse lentamente, tomándose un tiempo desesperante hasta alcanzar sus rodillas. Usó las uñas para trazar surcos blanquecinos sobre su ya blanca piel y tomó con las manos sus piernas, aferrándolas mientras besaba su vientre, acariciándolas mientras se cerraba en torno a ellas.

Antes de subir de vuelta la miró a los ojos con su misma sonrisa juguetona.

El retorno se demoró bastante menos que la ida, pero igualmente quiso hacerlo desesperantemente lento. Las palmas de sus manos iban rozando sus muslos por la parte de atrás, y sus dedos poco a poco escalaban intrépidos por entre sus piernas, tocando melodías de piano sobre su piel. Poco a poco, muy despacio, empezó a sentir el calor. Mantuvo la sensación y se fue acercando con más y más calma hasta que al final, cuando prácticamente podía alcanzar aquel tesoro, aferró sus nalgas y la elevó en el aire para sentarla en la encimera.

- Eres muy mala -le regañó, viajando por su espalda con las manos. Se acercaba a ella casi amenazante, casi juguetón, totalmente vengativo. Volvió a su cuello, imitó sus movimientos, pero cuando estaba a punto de dejar su firma se detuvo en seco-. La tuya tendrás que ganártela.

Porque seguía siendo Yarmin. Sabía lo que quería, lo que deseaba, y aunque se lo iba a dar todo, nadie dijo que lo fuese a hacer gratis.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Sáb Mar 21 2020, 01:23

Zaina siempre había sido bastante peleona, en todos y cada uno de los sentidos existentes, ella podía intentar luchar para poner las cosas a su favor. Que las hicieran más difíciles no quería decir que ella se fuera a rendir, pero sí había veces que le costaba reaccionar cuando la gente se lo ponía difícil.

Luego estaba Yarmin y su capacidad de hacer que el cerebro y el pulso tomara pequeños momentos para irse de viaje. Quizás era precisamente por eso, tal vez aquel hombre tenía un sutil pero macabro poder sobre ella. Bueno, tal vez había sido desde un comienzo aquel tacto travieso el que había hecho de ella una estúpida adolescente.

Soy más del pensamiento que como siempre, sus instintos tiraban lo suficiente de ella como para que alguien tan listo como él, fuera capaz de aprovecharse de ello. Luego estaban todas y cada una de las connotaciones sentimentales, pero ahí estaba la razón de que aquello no fuera a pasar solo aquella noche. Quería conocerlo, estudiarlo, aprender todas y cada una de sus costumbres.

Lo comenzaba a querer, por no afirmarlo de forma loca, y no necesitaba sentir sus manos en su cuerpo para confirmarlo.  Su tacto como la seda, subiendo por sus piernas, por su cuerpo, destrozando cada pequeño rincón que traviesamente parecía reclamar como suyo.  Aquel calor no tardó en volver, y la mujer tuvo que asegurarse de recordar como respirar.

Al menos hasta que él la sentó en la encimera y un pequeño quejido escapó de sus labios, mientras le miraba.- Oh… Estás jugando sucio, ¿Y luego soy yo la mala? –Le reprocha de forma suave, pero sus labios enseguida están ocupados. La minina tiene el cuello sensible, y enseguida sus atenciones le roban un quejido. Hasta que el pronuncia sus palabras.

-Vas a arrepentirte querido…
- Y su amenaza suena bastante real, en aquel ronroneo travieso en su oído. Solo tiene que seguir en esa posición, separar ligeramente las piernas y atraerlo hasta ella. Aunque sospecha y en cierta forma sabe que tiene más fuerza que él, no necesita hacer demasiado.

Solo tiene que pegar su cuerpo al suyo, abrazarle, y de forma traviesa, rodear su cintura con una de sus piernas.  Haciendo que se acerque aún más, que note de aquella forma la presión de su cadera contra la suya, aquel suave y lento roce que ella hace tan tortuoso como él hizo sus caricias.

Es como un animal travieso, burlón y fiero, sonriendo contra los labios de él, mordiéndole el labio, disfrutando de aquella situación, sabiendo de sobra que él iba a vengarse. Pero ya se le ocurriría a ella una forma de devolvérselo de nuevo.

De momento está entretenida en aquel roce, en sus labios, en una de sus manos bajando por el pecho de él, su abdomen, mientras lo otra está ligeramente apoyada en su hombro. Lo tiene cerca, tan cerca, y adora que siga de esa forma.- No voy a dejar que te escapes de esta… ¿Lo sabes, verdad? – Y no es una amenaza, porque esa sonrisa animada y casi dulce sigue pintando esos labios que parecen no querer abandonar los suyos.

Pero quizás sí es una advertencia, para que se prepare para lo que le queda , para lo que se le va a venir encima, ahora que ha aceptado quedarse a su lado.
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Mensaje por Yarmin Prince el Sáb Mar 21 2020, 02:39

Pareció molestarle, y había pocas cosas que pudiesen hacerle más feliz en ese momento. Se le escapó una leve carcajada que le hizo entrecerrar los ojos durante un instante, tiempo que la gatita aprovechó muy, muy bien. Había rodeado su torso desnudo con los brazos delicadamente mientras estiraba con elegancia una de esas piernas tan largas como... No, ¿de verdad había pensado "un día sin ella"? Casi se enfadó por tan torpe alegoría, pero el ritmo de sus caricias le hizo regresar al mundo antes de sumergirse de nuevo en ella.

Con suavidad se propuso alcanzar su muslo de nuevo en un arco descendente. Tenía claro que su objetivo estaba ahora sobre el mármol, caliente y húmedo, y tristemente a cada segundo que pasaba enfriándose más y más. Sin embargo ella debía tener otra idea al respecto, porque con las mismas lo había rodeado. Parecía una serpiente, sinuosa con sus curvas y elegante en sus movimientos, férrea en su cacería. Pudo sentir su fuerza, aunque no habría podido decir si era la de su cuerpo o su propio magnetismo. Había tardado demasiado, y lo había visto de forma torpe, pero quería seguir viéndolo: Zaina debía estar con él. Una reina hecha a sí misma, única y poderosa, una pieza y al mismo tiempo una jugadora. Irremplazable.

No le irritaron las caricias inusualmente lentas. Tampoco hizo mella en él el roce de sus caderas, si bien poco a poco los pantalones le iban molestando más y más. "¿Intentas ganarme en mi juego?", le preguntaba con la mirada, arqueando una ceja mientras disfrutaba de aquel cariño sosegado, de aquella pasión relajada, de aquella sensación de tener todo el tiempo del mundo para disfrutarlo con ella. Porque el amor era paciente y amable, como aquellas manos tortuosas que le regalaban caricias cuya única misión era hacer que pidiese más.

- Dame más -respondió en voz alta. Su mano iba descendiendo por su pecho trazando surcos en el camino, dando tumbos fingidos con un objetivo claro. El mismo de sus dientes mordiéndole el labio, el mismo de su pierna reteniéndolo, el mismo de su cuerpo que le pide no moverse. Y al final, con las yemas de los dedos, lo tiene a menos de un palmo-. Vamos, no seas tímida.

Desafiante, pícaro, un poco bravucón. Ella iba buscando desesperarlo, él quería su atención. El fuego ardía desde las brasas, más intenso a cada segundo que pasaba, más ardiente a medida que sus cuerpos se rozaban.

Pegó su frente a ella y anticipó su movimiento tomándola del cuello. Apenas un leve tirón, un agarrón delicado, y Yarmin encontró sus labios apenas sin moverse. Estaban calientes, suaves, como hacía apenas un instante. Sonrió mientras la besaba, bufó cada vez que sus lenguas se rozaban. Tímidas, como si fuese la primera vez que se exponían a ese contacto, como si aquella intimidad que tenían fuese la primera, una suerte de inocencia virginal que habían recuperado de forma efímera. No hizo nada con sus manos, tan solo dejó que se movieran por instinto, que buscaran por entre los pliegues de aquella chaqueta demasiado grande que le sentaba demasiado bien, que tocaran sus costillas como teclas de piano solfeando una dulce melodía. No pensaba en lo que hacía, tan solo se dejaba llevar por los ronroneos de su gata.

En algún momento dejó de regalarle atenciones a sus labios para atacarlos con una furia apasionada, como el mar contra las rocas. Cuando terminasen ambos serían espuma, pero aquello no había hecho más que empezar.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Sáb Mar 21 2020, 19:41

Tuvo que admitir que los poderes que tenía aquel hombre iban aumentando ligeramente en ella. Como ese sutil momento en el que después de oír aquella risa, lo había mordido, esperando de todas las formas que se callara. Era como un ligero y sutil cosquilleo en su abdomen, maldita sea, aquel hombre podría hacer que cualquiera sintiera mariposas en el estómago.

E igualmente podía hacerte sentir que necesitabas arrancarle la cabeza de un mordisco, sin duda toda una dualidad con patas. Esa ceja, ese desafío, esa forma de hacerle saber que a ese juego podían jugar los dos, pero que sin duda él era un experto. Señor, sí que tenía formas de tocarle las teclas, de buscarla y joderla. Aunque no en el sentido más literal, a eso le quedaba un poquito aun.

-Tendré que cumplir tu petición entonces…-  Frente con frente, clavando sus ojos esmeralda en los de él, comenzando apenas aquellos besos. Aunque era ella la que tenía la situación agarrada, casi parecía ser él quien la estaba dominando. Eso no le gustaba, así que la felina empezó con aquello que el hombre parecía casi demandarle, tal vez presa de la impaciencia, o por descaro propio.

Su mano derecha bajo del todo, pasó su abdomen, comenzó a tirar suavemente de aquel pantalón. Un gesto travieso y sus dedos sueltan aquel botón. Puede que Zaina ande perdiéndose en aquel beso, en su lengua chocando contra la suya, en la pasión perdida que prometen sus labios. Pero nuestra gatita está dispuesta a verle ronronear tanto como él la ha buscado a ella. Por eso su mano derecha sigue bajando, introduciéndose en el pantalón que ella misma ha abierto.

Duda un momento, pero hace aquello de tal forma que sabe que puede terminar con Yarmin dándole otro mordisco. Mientras su lengua se entrelaza suavemente con la de él, sus dedos comienzan a deslizarse por encima de aquella ropa interior, bordeando su miembro, desde el extremo hasta su base. Una caricia lenta, cuidada y tortuosa, pero sin dejarle sentir aún el tacto de su piel en todo aquello.

La gata se da el placer de sonreír contra sus labios, buscando el aire que le falta suavemente a sus pulmones, ese que le causa que no pueda evitar dejar escapar un suave jadeo. Entonces su mano izquierda baja suavemente su pantalón, tirando del lateral de este, luego, bordea la cinturilla de su ropa interior, hasta bajarla también. Es entonces, que contra sus labios, le dice, entre pausadas respiraciones.- No creo ser tímida…-Su mano derecha se cierne sobre sus miembro, sus dedos contra su piel, comenzando a moverse.- Yarmin.- Susurra y dice su nombre de forma calmada, tranquila y casi como si fuera parte de un extraño embrujo.

Aunque quizás no está en la mejor situación, o tal vez está haciendo justamente lo que él quiere, no puede negar que lo disfruta. Ya no es tanto la necesidad de que Yarmin la recuerde, pues sabe que ya ha dejado una marca en él más visible que la de su cuello, es un poco el todo que ambos están formando. Sus cuerpos pegados, aquel roce que parece levantarles la piel, su mano izquierda arañando suavemente su cadera, mientras su mano derecha sigue aquellas traviesas caricias.

O incluso esos traicioneros labios que susurran su nombre esperando embrujarlo. Un nuevo beso, un instante para cerrar los ojos. Y realmente le cuesta pensar.

No sabe qué demonios va a hacer cuando tenga que separarse de ese hombre.
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Mensaje por Yarmin Prince el Sáb Mar 21 2020, 22:08

Pareció que algo empezaba a arder dentro de ella. Tal vez sus palabras, quizás el beso que siguió, puede que sus lenguas entrelazadas en una danza de amor. No importaba realmente, Zaina era como un incendio descontrolado y Yarmin un bidón de gasolina, lo que en el fondo hacía que se fundiesen en una llamarada letal, confusa y extrañamente cálida. No era tanto la excitación, que sí, sentía, ni tampoco el deseo, que joder cómo lo notaba. No se trataba tampoco de aquel cuerpo hermoso y delicado, que también, ni de esos brillantes ojos de gata, que lo consumían por momentos. No era una pasión desenfrenada, aunque era una pasión desenfrenada: Era amor.

- ¿Demasiado pronto? -preguntó, tímidamente, esperando que aquel torrente de emociones los envolviese a ambos. Tenía la sensación de que todo iba muy deprisa, pero al mismo tiempo demasiado despacio. Quería decirlo, pero temía ser precipitado, y aunque no era la primera vez que lo decía, tal vez fuese la única realmente sincera. Solo tal vez.

El chasquido de un botón le hizo volver al mundo, y una mano siseante alejarse de nuevo en un jadeo profundo. Fue un buen beso, y mucha mejor caricia. Incluso por encima de la tela sentía cada pequeña huella de sus dedos. Estaba firme, aunque palpitaba por momentos según su mano se cernía más y más sobre él, una reacción que no podía ocultar y con la que sin duda no podía engañarla. Al fin y al cabo, no era de hielo.

Lento, como la deriva continental. Durante algunos espasmos la cinturilla de su ropa interior se levantaba levemente, pero él no frenó el beso. Excitado, jadeante por momentos, deseoso de sentirla más y devolverle todo aquello, simplemente siguió besándola mientras sus manos ya bailaban de un lugar a otro sobre ella. Sus piernas abiertas, su cuello estirado, aquella melena negra que caía como fina crin de caballo... Quería estar dentro de ella, aunque ella tenía otros planes.

La caída de su ropa desveló su miembro. Grande, pero no excesivo, antinaturalmente proporcional al resto de su cuerpo. Algo grueso, lo justo, y levemente curvado hacia su pubis. Pero no fue el vaivén de esa mano revoltosa lo que le hizo enloquecer sino, más bien, el tierno hechizo en el que había convertido su nombre. Nunca antes había sonado tan bonito.

- Zaina. -Fue su única respuesta. Sólida, pero cálida, un susurro veloz para volver a besarla.

Tampoco dijo más, pero a ese juego podían jugar ambos. No se quejó, pero de su cabello llevó un dedo hasta su sien, y de ahí bajó por su pecho haciendo un mapa de cada lunar que encontraba.

Frenó por un momento en su vientre, haciéndole cosquillas en el ombligo intentando distraerla, y su ruta lo llevó hasta más allá de aquel pubis lampiño, rozando con los dedos aquellos ardientes labios. Al principio fue bueno, la dejó hacerse a él, recorriendo con más inquina que deseo -y había mucho deseo- las ramblas de su sexo. Un roce intrigante, apenas sí tocándola, pero tras un par de ires y volveres trató de hacer pie en ella con un dedo caprichoso.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Dom Mar 22 2020, 04:34

Después de todas aquellas sensaciones, de sus roces, besos y caricias. Sintiendo cada pequeña marca que le quedaba de su paso por su piel, sintiendo incluso que estaba dejando una imborrable e inexistente. Aquel hombre estaba firmando en su cuerpo, de una manera que nada ni nadie podría quitarle, de una forma que ni ella podría borrar. Lo notaba en el éxtasis, la felicidad y el placer que sentía tan solo con una mirada de aquellos orbes del color del oro líquido.

No necesitaba más, no necesitaba menos. Aquella pregunta en aquel tono solo había logrado que ella se derritiera, y maldijo su alma de gato, pues a su lado no era más que un pequeño minino doméstico.

-Te quiero…
- Y a ella sí que le da igual la velocidad, el peligro o cualquier cosa que pueda enfrentar después de decir aquello. Podía tener un pellizco en el estómago, que tímido y nervioso no supiera que hacer exactamente. Pero las palabras habían salido de sus labios de forma sincera, suave y tierna, mientras no podía evitar perderse en su mirada, en su esencia, en él.

Definitivamente aquel hombre la había vuelto loca.

Y aunque le hubiera encantado seguir perdiéndose en aquel momento, en aquella complicidad y en todo lo demás. Nuestra gatita tenía cosas más interesantes entre manos, y aquel hombre era demasiado peligroso como para distraerse. En cuanto lo hiciera, se aprovecharía de ella.

Antes lo dice, antes sucede,  porque incluso con su nombre saliendo de sus labios, ya está suponiendo un golpe para ella. Era Zaina para él, no era Yasei, no era un gato revoltoso, no era una bestia deseando matarle. Solo Zaina, y esa era sin duda su mayor debilidad.

Luego comenzó el juego, entre los lunares de sus pechos, las marcas en su cuerpo, y tuvo que admitir que cumplió su función con aquellas cosquillas.

Había bajado total y plenamente la guardia, riendo de forma suave.

Sin embargo él tenía planes para ella. El recorrido de aquel dedo le jugó una mala pasada, cada pequeña ida era una tortura, y cuando comenzó realmente con aquello… Se encontró a ella misma reaccionando al placer. Había levantado suavemente la cadera, aceptando su tacto, pegando más su cuerpo al suyo, dejando suavemente sus besos, para que sus labios se posaran en su hombro.

Un travieso y casi felino gemido escapó de sus labios en cuanto su dedo llegó al momento clave de aquel recorrido. Definitivamente, estaba perdiendo cualquier límite, línea o momento de paciencia que hubiera podido aguantar. Aquel hombre había calentado su cuerpo, lo había excitado, explorado y luego… Se había separado. La tensión la había atacado como una avalancha, y antes de darse cuenta habían empezado de nuevo.

Necesitaba sentirle más de cerca, necesitaba sentirle dentro de ella.

-Y-Yarmin…- Y se siente como un gato casi suplicante y perdido, sabe que su nombre se ha mezclado con su respiración alterada, con un casi maullido lastimero que parece demostrar los mimos que desea la gatita. Sin embargo, no iba a ponérselo fácil, incluso en aquella situación, tras decir su nombre como una pequeña suplica, se acercó a su oído para susurrar.- Te quiero a ti…- Y dejó a su suerte su destino, sabiendo que seguramente, acababa de añadirle más leña a la hoguera.

Era cuestión de ver cuánto tardaban en quemarse.
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Mensaje por Yarmin Prince el Dom Mar 22 2020, 14:21

A veces el tiempo se detiene. Notas el tic, pero el tac no termina de llegar. Un suspiro se convierte en un largo susurro, y vives una vida entera en lo que terminas de escuchar la o de "te quiero". A Yarmin le sucedió justamente eso, ese instante en el que se vio a sí mismo desde fuera, ese segundo exacto en que el latido de su corazón cayó en un profundo silencio mirando aquellos eternos, perfectos e intensos ojos verdes. Se perdió en su mirada durante mil y una noches de historias de amor, escuchando mil y un cuentos de esos labios rojizos. Y entonces su sangre fluyó de nuevo.

- Yo... -Se mordió el labio. Puede que se le escapase alguna lágrima de emoción mientras su sonrisa se ensanchaba con ilusión infantil-. Yo también te quiero.

El juego continuó, claro, ¿pero estaban jugando? Contó las horas en su cabeza y todo había pasado demasiado deprisa, abrumadoramente deprisa. Del insulto más velado a la pasión más descubierta en apenas un instante, como todo entre ellos. Sonrisas y lágrimas, tristeza y ardor... Eran extrañamente parejos, estúpidamente complementarios, diferentes en aquellas cosas que los hacían una pareja formidable. Y, más importante, de alguna manera esa debilidad compartida, su fragilidad expuesta le hacía sentirse fuerte. Pero no dejaba de ser repentino, como el beso que los fundió hasta casi ser uno.

Al principio siguió jugando. Caliente, húmeda, Zaina no podía mentirle con ninguna parte de su cuerpo. Chapoteaba inocentemente, masajeando y recorriendo poco a poco desde el interior de ella hasta el pequeño estambre de su flor, dejando rastros de agua cristalina en su camino. Pero poco a poco el ritmo iba siendo más pausado, más suave, hasta que todo su cuerpo se centró exclusivamente en el beso que robaba a aquellos labios deseosos de ser robados.

Poco a poco sus manos fueron de vuelta a su cintura, a su espalda. Tocó mojado cada una de sus vértebras mientras escalaba lentamente por entre sus costillas, arañándola delicadamente en un descenso que solo buscaba volver a empezar. Era cíclico; le gustaba, la deseaba, quería satisfacerla tanto como a sí mismo, amarla como a sí mismo...

Y fue por eso que aquella súplica mimosa, aquella petición tan virginal y descarada, provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda, cruvándola hasta que posó la punta de su miembro en el borde de sus labios casi accidentalmente. Casi.

- ¿De verdad? -preguntó, dulcemente.

Habría querido escuchar un cálido "sí" de aquellos labios, aunque se habría conformado con un simple cabeceo. Sin embargo, no pudo esperar tanto. Tiró de ella hacia él, y él se adelantó hacia ella. Apenas un par de centímetros, pero se había deslizado hasta su interior muy fácilmente, casi por accidente. Casi.

Se puso frente con frente, fundiendo el oro sobre la esmeralda mientras lentamente atajaba distancias entre ellos. Se deslizaba con facilidad por entre su calidez, sin apenas resistencia, tan solo la agitación de sus alientos chocar en medio de la agitación.

- Zaina... -le susurró labio contra labio, nariz contra nariz. La tenía tan cerca a tantos niveles, la sentía tanto de tantas formas-. Igual... Aquí no estás cómoda, ¿no?

De nuevo no esperó repuesta. Con los brazos se aferró a su espalda, tomando su cuello de nuevo en un abrazo rígido, asiéndola hacia él. Podía sentirlo cada vez más y más profundo a medida que despegaba sus caderas de la encimera, a medida que se hundía más en ella. Obviamente consiguió levantarla, era muy ligera, pero al tratar de moverse casi dio un pequeño traspiés que le hizo arrodillarse súbitamente.

Arqueó todo su cuerpo sobre su espalda cuando sintió la caída de Zaina sobre él. Accidental, pesada, pero sobre todo placentera. Inesperada como las mejores cosas, intensa como el sabor de la fruta madura. Jugosa, cálida, pero sobre todo deliciosa.

Trató de recuperarse, liberando poco a poco su cuerpo menudo hasta dejarlo sobre el suelo y caer sobre él, moviéndose lentamente hacia y contra ella. Como el mar contra las rocas, pero derritiéndolas como fuego sobre mantequilla. Una canción para entonar solo al ritmo de sus gemidos, un baile real al que solo ellos dos estaban invitados.

- Te quiero, Zaina.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Lun Mar 23 2020, 05:16

¿Se creería el mundo lo que ella estaba viendo? La llamarían loca. Apostaba su cabeza, la de sus gatos, la de él mismo, a que nadie en su sano juicio la creería si ella les decía lo que estaba pasando. Ella, había hecho al hombre de hielo, piedra y hierro fundirse entre sus dedos, entre sus besos, su alma y su cuerpo. Y aunque debía sentirse orgullosa, no podía evitar sentirse profundamente agradecida.

Porque ella era fuego, arena y oro, y la había manejado entre sus dedos de la misma forma, con el mismo cariño. Había templado sus ansias, mecido sus miedos, había conseguido que solo pudiera mirarle a él. Que todas aquellas emociones sin sentido se centraran en un solo punto, hasta cobrar vida. Su te quiero, su expresión, aquella mirada tan llena de cariño, no pudo evitar abrazarlo, sentirlo con ella. El amor era tan peligroso como excitante.

Así que cuando su príncipe encantador continua con aquel juego, sabe de sobra que es el momento de volver al placer. Y así ella se retuerce entre sus dedos, sus besos, sus caricias y suspiros, en su deseo mutuo que parece hacer vibrar cada centímetro de su piel.

Hasta que es consciente de lo que su traviesa pregunta causa, hasta que aquel casi roce, hace que aguante la respiración. Quiere responder a esa pregunta, pero ambos saben que no hace falta.

Un simple movimiento, un acercamiento demasiado controlado como para ser un casi, y finalmente, no hay casi que valga. Con la respiración que casi parece unirse a la suya tanto como lo están ya, la mirada fija. No puede evitar seguir perdiéndose en sus ojos, y se pregunta si alguna vez podrá mirar sus joyas de la misma manera.

Vuelve de su mundo en cuanto nota que la agarra, y la mujer se mantiene aferrada a él, hasta que el movimiento brusco sucede. Debería haberse sentido culpable, pero no había podido evitarlo. El quejido había escapado de sus labios ante el movimiento, y sus uñas habían arañado la espalda de él, notando la final línea roja sobre su piel blanca.

Cosas que pasan con la pasión del momento, aunque la traviesa gata se mordiera el labio con cierta malicia. Antes de que él pueda moverla, antes de aquel movimiento, sus dedos acaban por quitar aquella chaqueta del todo, dejándola en el suelo.

Sabe que pronto no va a necesitarla, sabe que antes de que se dé cuenta, cada rincón de ella va a oler a él.

Las cosas empiezan a retomar la marcha. Su espalda choca de forma suave contra el mármol frío del suelo de la cocina. Entonces siente un suave escalofrío, pero pronto Yarmin se encarga de que no piense demasiado en aquella fría sensación. Pronto vuelven a unirse, sus cuerpos se rozan, se unen, se pierden.

Esa hermosa sensación en la que no sabe exactamente donde comienza ella y dónde termina él, pero que solo quiere que siga durando eternamente. Se acopla suavemente a su ritmo, moviéndose al compás del suyo, separa suavemente las piernas, se encarga de mantenerlo con ella.

Aunque no lo sabe, aunque ambos se han empeñado tanto en aferrarse y marcar al otro, ya han dejado algo mucho más eterno que cualquier tórrida noche de pasión. Hacía tiempo que no tenían sexo, si no que ambos se entregaban al amor.

Quizás por eso sus labios sabían distintos, sus caricias erizaban su piel y su alma, el choque de sus caderas se acompasan con sus latidos desenfrenados, sus caricias marcaban peor que cualquier cicatriz. Por eso lo quería.

-Y yo a ti, Yarmin.

Y eso era mucho más bonito y sobretodo, imborrable.
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Mensaje por Yarmin Prince el Lun Mar 23 2020, 16:18

El ritmo de sus latidos se acompasaba como suspiros vívidos, como la complicidad de sus caderas, como el roce de sus labios. Un "te quiero" fortuito, acelerado y desde luego imprudente había hecho de ambos uno solo. Como un motor en marcha, como un barco sobre el mar, una idea audaz y peregrina que de alguna forma había resultado extrañamente bien. Se estaban besando, y ninguno de los dos yacía sobre un charco de sangre; estaban haciendo el amor y ni siquiera importaba el porqué. Se habían entregado al otro en cuerpo y alma, se habían fundido en un deseo ardiente, habían encontrado algo más importante que un placer banal.

Porque eso es lo que ambos venían buscando: Un desafío a su altura, una fiera indomable a la que acariciar, un peligro frente al que ser valientes y, al mismo tiempo, alguien que los completara. Aquel fuego de mirada verde había arañado el rubí, pero se había topado frente a un oro que no podía derretir... Más. Mientras tanto él había topado con la horma de su zapato, una mente tan enferma como él y que, al mismo tiempo, había roto con la delicadeza que solo sus dedos tenían toda barrera que hubiese puesto para separarlos. "Zaina Nitocris... Esa es quien soy", repetía para sus adentros. "Esa es quien eres", se respondía a sí mismo, feliz de haber perdido por primera vez en mucho tiempo, feliz de haber ganado al fin tras tanto tiempo.

Batió contra ella una última vez antes de frenar en seco. Más fuerte que antes, un poco más profundo, pero se detuvo. Quería mirarla a los ojos otra vez, frente a frente, sonriente y malicioso, pérfido incluso. Poco a poco se fue incorporando sin apartar sus caderas de ella -¿cómo hacerlo?- hasta estar casi erguido por completo, apoyado en su cintura con ambas manos, asiéndola para evitar que huyese, aunque estaba seguro de no necesitarlo.

- Es una bonita vista. -Acarició levemente su perla con el pulgar, trazando círculos suavemente-. Y una maravillosa sensación, ¿no te parece?

Y ahí estaba él, gallardo como un león mirando todo lo que bañaba la luz. El valle entre sus pechos, la leve depresión de su ombligo, el ardiente desierto de su publis... Era pálida, de un suave color crema pintado en el más perfecto de los lienzos, similar a las dunas de Arabasta, con tacto de arena fina que parecía escaparse entre sus dedos. Podía ver su rostro acalorado, aquellos ojos brillantes como lagos verdes, la sombra de su larguísimo cabello en el mármol blanco... Era increíble.

Sus caderas se alejaron muy lentamente, pero el embate llegó con fuerza. Una vez, y otra más, como las olas yendo y viniendo. Cada pequeño cambio en su semblante, cada mínimo movimiento de sus pechos, cada vez que por un instante cerraba los ojos en un parpadeo eterno. ¿Por qué tenía que ser tan guapa? No era perfecta, y sin embargo... Lo era. ¿Desde cuándo era él el embrujado? Y más importante, ¿Cuánto más aguantaría antes de que le pudiese la impaciencia?

Porque, a final de cuentas, Yarmin seguía siendo Yarmin. Incluso en aquel pequeño espacio de amor y placer disfrutaba jugando con su expectativa, haciéndola sufrir con cada segundo que amenazaba con escapar de ella, de alimentar aquel deseo y romperlo con un chasquido. Porque así era él, así eran las normas que debían seguir. Porque Yarmin era Yarmin, y Zaina era Zaina, pero ninguno de los dos sería ya solo uno nunca más. Nunca más...


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Mensaje por Zaina Nitocris el Lun Mar 23 2020, 22:28

Solía haber un fino y delicado hilo de poder entre las relaciones de negocio. Un momento en el que silenciosamente, de dos personas, una sabe que la otra es la que tiene la capacidad de dominarlo todo, y la otra, silenciosamente lo acepta. Esas cosas a veces no funcionan, otras la traición la rompe. Quizás por eso ellos tenían un retorcido pero completo y sorprendentemente sano equilibrio.

Él había buscado tirar, mandar y hacerse con el control en todo momento. Ella le había dejado, pero en el momento en el que control desaparecía, ella tomaba sus manos las guiaba con calma, enseñándole la calma. Así el miedo dejó de ser miedo, y lo convirtió en poder.
Poder como el que ambos estaban sintiendo, nacido de una extraña y demasiado apresurada confianza, pero una a la que ninguno podría haber renunciado en aquel momento. Un movimiento de caderas cómplice, unas piernas que lo rodean suavemente, susurrándole que no tiene que agarrarla, ella no se va a ir a ninguna parte.

Unas manos que lo acarician, aman y define. Unos labios que reclaman los suyos, mientras cada centímetro de uno se une en un baile de llamas y pasión. Es entonces que sabe, lo nota, el gemido escapa de sus labios de seda, y él para un instante.

Yarmin tiene que ser Yarmin, tiene que jugar con ella. No puede darle todo lo que quiera, pues sabe de sobra que entonces, la gatita treparía hasta devorarlo.

Se muerde el labio, y aunque le gustaría que su cuerpo no la delatara, su tacto es peor que cualquier descarga eléctrica. Sus piernas sienten el leve espasmo, causado por sus caricias, su espalda se arquea suavemente en aquel mármol frío, comenzando a calentarse por su propio cuerpo.

Pero tiene que admitir que es cierto, la vista no está nada mal.

Por igual parte, Yarmin podría sentirlo casi como si le quemara, como si cada centímetro de su piel que entrara en contacto con sus ojos, ardiera. Se prendó de esos ojos de oro, de esa piel perfecta, de ese flequillo que ella misma había desordenado con el paso de sus dedos numerosas veces. De esa marca traviesa en su cuello que gritaba su nombre, de su cuerpo, de su mente… Total y plenamente de él. Incluso de aquella sonrisa maliciosa que ambos compartían.

Sin embargo Zaina también era total y plenamente consciente del poder que podía llegar a tener en él. Un gesto tranquilo, se relame los labios, mientras su propia mano asciende de forma tranquila por su propio cuerpo, sin apartar la vista de él. Hasta clavar sus dedos en su cabello, un gesto suave, un movimiento casi hipnotizante y su cabello se ordena a su lado, en un marco que contrasta del todo contra aquel mármol blanco.

Luego solo tiene que sonreír como toda gata.

-No están para nada mal… - Sin embargo y como siempre, era él quien guardaba la carta del contraataque. Y notar su mirada quemando en su piel, no ayudó a aquello.

Cada embestida, cada movimiento, cada forma de entrar en ella. Se retorcía, se perdía, sus caderas lo acompañaban, su espalda se arqueaba levemente como si él estuviera tirando de todos y cada uno de sus hilos. Sus uñas arañaban suavemente el mármol como si fuera alguna clase de consuelo para todas y cada una de las emociones que la están moviendo.

A veces cierra los ojos, consciente de su mirada, de su pasión, otras no puede evitar mirarle, desafiarle. Nota en su cuerpo todas y cada una de aquellas sensaciones, como si tiraran de ella, la soltaran y rompieran de pronto. Él quería jugar con todos y cada uno de sus límites, y ella destrozar todos y cada uno de los suyos.

El problema era que ella era demasiado pasional, él demasiado retorcida. Ella era Zaina, y el Yarmin, pero después de todo, era con las únicas personas que podían serlo.
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Mensaje por Yarmin Prince el Mar Mar 24 2020, 03:36

Con cada nueva llegada la notaba estremecerse. Con cada nuevo golpe sentía su espalda curvarse en un suave arco. Con cada movimiento, acompasado y gentil, se iba derritiendo junto a él. Se mordía el labio con aquellos afilados colmillos de tigresa, suspiraba y gemía, se acariciaba a la par que arañaba el suelo casi hasta dejar su propia marca en el mármol. Su pelo suelto y aquella mirada desafiante, el roce de aquellas manos contra su propio cuerpo y todo el calor que desprendía. Se trataba, probablemente, de lo más bello que había visto en su vida, y tenía más valor sabiendo que era mucho más que un cuerpo bonito. No era un juguete; no era una muñequita delicada a la que proteger o una marioneta a la que controlar. Era una mujer de indudable audacia, cuestionable moral y presumible, aunque no del todo confirmada, inteligencia. ¿Podía pedir algo más?

Tal vez su fuego. Aquel deseo que despertaba, esa chispa de vida contra la que no podía resistirse, la pulsión que despertaba en él, esa exagerada necesidad de hacerla suya y al mismo tiempo dárselo todo. Tenía garra, garbo, figura, un cuerpo escandaloso que pedía más y más... Y más nunca era suficiente. Esos ojos verdes lo pedían, esa piel de gallina lo exigía, esos besos ardientes pretendían exigirlo, y Yarmin tan solo se dejaba llevar por sus instintos más primarios. ¿Qué era si no la pasión más que eso?

A medida que el tiempo pasaba su ritmo se intensificaba. El martilleo se tornó percusión, y los suspiros de placer en su particular sinfonía que decía "te quiero" en cada vahído. Había conseguido envolverlo, lo había tomado por sorpresa y poco a poco todo él estaba deseando derramarse en ella. Pero no era el momento, ni el lugar, ni tampoco quería que todo se acercase a un final precipitado tan deprisa. Por eso aflojó el ritmo lentamente, consciente de que un cambio brusco haría que la tensión de ambos estallase como un sonoro crujido.

- Eres mágica -le dijo entre besos. Empezaba a memorizar su cara, el patrón de sus gestos, esa leve arruga en su nariz cuando sonreía... No tenía salvación-. ¿Cómo?

No sabía si deseaba una respuesta. Cómo la casualidad los había hecho cruzarse, cómo el viaje de negocios efectivamente se había tornado placer, cómo había decidido seguirlo al caer la noche... Estaban ligados de alguna manera, por alguna razón. Y esa razón no era otra que ella. Ella, que se había presentado en su negra armadura de batalla, ¿pero cómo? Daba igual cuánto lo analizase, todo lo que sacaba en claro era placer y un montón de frases inconclusas, pensamientos a medio formular. Lo trastornaba.

Una vez se detuvo lentamente salió de ella. Su miembro aún firme reclamaba regresar a Zaina, pero él tenía otros planes para ambos.

Le dio un beso en la mejilla y le hizo señales con el dedo mientras se levantaba. Caminó despacio, contoneándose ligeramente en una marcha algo festiva. De vez en cuando miraba hacia ella, buscando que lo siguiera, tendiéndole la mano sin dejar que la tomase. Un juego sucio, un rastro de miguitas de pan hasta que se plantó en una amplia habitación cuadrada, de simetría extraordinariamente cuidada y en la que solamente los colores plata, negro y rojo destacaban. El suelo era parqué ceniza y el techo blanco nacarado, enmarcando una cama que, de negra colcha nórdica, presidía el centro exacto de la enorme estancia.

La invitó a subir con él tendiéndole una última vez la mano, sonriéndole esa vez sí con travesura y no maldad.

- Espero que hayas disfrutado el entrante. -Con un chasquido se encendieron ocho luces indirectas que alumbraban todo el espacio de manera envolvente, con suavidad y delicadeza-. Es hora del gran festín.

Que, en cualquier caso, no dejaba de ser ella. Pero toda reina del desierto merecía que, si iba a ser tomada, fuese tomada en la cama del rey. Una cocina estaba bien, pero ambos merecían mucho más de lo que podía ofrecerles.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Miér Mar 25 2020, 03:17

Si le preguntáis a nuestra gata, podrá contaros historias, recuerdos sobre aquellos hombres que se habían prendido de su fuego. Hombres perdidos en aquellos ojos de esmeralda, salvajes, divertidos y burlones. Tantas veces los había oído susurrar palabras de amor, tantas veces preguntarle si de verdad había sangre corriendo por sus venas… Pero nada tan intenso y mágico como él.

Se sentía algo estúpida por esos pensamientos, por esa forma de verlo y sentirlo como si simplemente encajaran demasiado bien.  Era casi como si él hubiera sido hecho a medida para ella. Para calmarla, para pausarla, para acelerarla cuando debía hacerlo, para enloquecerla cuando se creía cuerda.

Era capaz de activar todas y cada una de sus alarmas, y a la vez apagarlas con un simple gesto, sin dejar que se borrara su sonrisa.

Zaina era posesiva, era total y plenamente consciente de ello, quizás por eso a la vez, le había asustado terriblemente enamorarse de un hombre como él. Por eso sentía esa necesidad de marcarlo, quererlo, de dejar una marca en él que nada ni nadie pudiera borrar. Tenía que asegurarse de que no pudiera tocar a otra mujer si pensar en ella. Sin recordarla de aquella manera, de muchas otras, desnuda, entregándose a él, peleándole.

Haciéndole sentir vivo una y otra vez.

Ella se sentía viva de aquella manera, moviéndose contra su cuerpo, sintiendo su ritmo acelerado. Notando sus embestidas, rápidas, certeras, su cuerpo perdiéndose por completo contra el de él. Notaba que pronto podría arañar aquel límite igual que arañaba aquellas blancas baldosas de mármol. Pero como siempre, Yarmin tiene otros planes, y el ritmo comienza a descender lentamente.

Corresponde a sus besos, a su mirada, a sus caricias que parecen tratarla como si fuera seda, como si en cualquier momento fuera a romperse. La llama magia y ella negó levemente, recordando el truco de manos que hizo al conocerla, no puede evitar sonreír.- No cariño… Tú eres el mago de los dos.- Y no puede negárselo, de alguna forma es él quien había decidido empezar aquello, perderse, besarla, asustarse, pero volver a ella otra vez.

Sintió como paraba, como salía de ella mientras le miraba, ahogando un quejido de protesta y queja. Quiso morderlo como pago a lo que estaba haciendo, pero se quedó mirándole, intentando recuperar la calma.

Empezó a caminar, y ella a seguirle, poco a poco, a un paso tranquilo y casi desconfiado, mientras él seguía sin dejar que tomara su mano. Finalmente, mira el lugar de destino, y no puede evitar sentirse fascinada por la habitación de él. Sin duda no se parecen en nada en esas cosas, pues su habitación de palacio era opulenta, brillante y cálida, y la de él daba el aspecto de ser una zona demasiado calculada.

Toma su mano sabiendo que esta vez no va a quitarla, alzando una ceja mientras las luces vuelven a bañarlos. Ella no tiene vergüenza, no con él.  Y sus palabras solo hacen que sonría levemente, subiéndose a aquella cama.- Te recuerdo que como cocinera…- Colocó sus manos en sus hombros, inclinándolo suavemente hacia atrás, buscando tumbarlo en aquel amplio colchón. Podría haber jugado con ella, pero eso no iba a asustarla.- No me asusta nada de lo que pase en la cocina.

Con aquella advertencia, fue ella la que tomó el mando esta vez, esperando devolverle a él aquel golpe que le había dado. Solo tiene que dejarlo tumbado, dispuesto, darle aquella imagen de ella que parece que ha estado buscando todo ese tiempo.Un simple gesto, un movimiento calculado.

Pasa una pierna por encima de su cadera, sentándose encima de la suya. Deja que su miembro roce suavemente su entrada cada vez que ella se inclina, pegando su pecho al suyo para darle un cálido beso. Breve, intenso, mientras sus manos de gata recorren su cuerpo.

Sabe que está metiéndose en uno de esos juegos de los que ninguno va a escapar entero, no completamente. Por eso incorpora su torso, usa su mano, lo guía de forma lenta hasta que su miembro vuelva a estar dentro de ella. Es consciente de que de aquella manera, puede verla tanto como en el suelo de aquella cocina, pero no es importante. Esa sonrisa de gata traviesa no se borra, solo crece, con un lento y tormentoso movimiento de cadera deja que llegue hasta el fondo de ella, y luego solo tiene que volver a moverse.

Es un movimiento lento, tortuoso, pero profundo e intenso para ambos. Ella es una de esas imágenes que encoge el pecho, con su cuerpo encima del suyo, el largo cabello en su espalda, su pecho moviéndose al compás de su cuerpo. Mientras hace eso solo le mira, solo clava sus ojos en los suyos, sin borrar su casi eterna sonrisa.

¿Cuánto tiempo iba a durarle la sonrisa esta vez?
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Mensaje por Yarmin Prince el Miér Mar 25 2020, 18:38

No sacó las uñas, pero notó sus garras atravesándole la piel. Lo hizo con delicadeza, pero notó la fuerza del zarpazo. Depredadora nata oculta bajo una apariencia inocente, como una gata, Zaina lo apresó casi sin que él se diese cuenta. Aunque de haberlo visto venir tampoco habría hecho nada en absoluto. ¿Cómo luchar cuando ya había perdido? Excitado, encaprichado, enamorado; palabras tan bonitas como vacías que le había dicho a tantas otras mujeres, palabras tan modestas como sinceras que ahora temía decirle a ella. ¿Por qué? No había una razón, tan solo una regla de oro: No frivolizar el sentimiento. Porque, si abusaba de aquella magia, la volvía vulgar. Y Zaina no era vulgar.

Se rindió sin condiciones, haciendo una cruz con los brazos. Cayó de forma serena, con placidez, sin tratar de agarrarse a ella para que ese cuerpo tan fluido se derramase de nuevo sobre él. Cuando ella decidiese, cuando ella quisiese, estaba bien. Porque, de todos modos, aunque hubiese pretendido hacer algo tampoco habría sido capaz, pues ella parecía adelantarse a todos sus movimientos. Eso o él estaba leyendo con retraso los deseos de aquellas esmeraldas nocturnas. ¿Pero qué importaba?

Simplemente tenía que dejarse llevar, acompasar de nuevo el ritmo de su respiración al de sus corazones, suspirar y jadear mientras se sintió de nuevo en el limbo de sus caderas. Fuera del infierno, todavía lejos del cielo. Notaba la calidez de su pecho y el rugir de sus pasiones, el ardiente beso que sobrevino a la calma como quien, con siete llaves y muy lentamente, destapaba el arcón de las tormentas. Estaba en sus manos, pero tampoco había mejores manos a las que acudir; tampoco mejores labios a los que besar, ni sin duda ojos más únicos. Esos ojos únicos...

Porque no podía dejar de mirarlos, y cuando cerró los ojos seguía viéndolos en su cabeza. Porque no lo contemplaban; lo analizaban, lo descomponían y lo volvían a unir una y otra vez. Sentía el fuego en esas pupilas rasgadas como ónices tallados, el amor chocar contra su cuerpo luchando codo a codo con el deseo animal, y por eso aun disfrutando el regreso lo que mejor sentó fue no dejar de mirarle a los ojos. Derretirse juntos, fundirse de nuevo como si nunca se hubiesen separado, moverse al unísono como un reloj bien engrasado.

Tardó unos segundos en moverse, concentrada en dejarle entrar muy poco a poco. Tortuoso, lento, vengativo... Se descubrió sonriendo orgulloso, no sabía si de ella o de su propio gusto, pero lo que sí tenía claro era que estaba disfrutando aquello.

En cierto modo, eran dos caras de la misma moneda. Diferentes, únicos, con un sinfín de matices que los diferenciaban, pero en fondo tallados del mismo material. Casi como si fuesen uno, casi como si llevasen la vida entera esperando ese momento. Unos segundos no significaban nada pero lo valían todo, lo costaban todo. Quería mirar a aquellas caderas, apurándola, invitándola a sentarse con premura, pero al mismo tiempo podría dejar que aquello se dilatase durante años mientras el suspense y el deseo los envolvían. También sabía que en cualquier momento ella podría levantarse y volver a empezar muy, muy despacio, lo cual aunque se antojaba delicioso estaba fuera de lo que él quería. Bueno, más bien demasiado fuera de lo que él quería. De quien él quería. Y, casi sin quererlo, le fue arrancado un gemido de placer.

Había llegado al fondo. Como una piedra en un estanque, pero cálido y recogido, que lo abrazaba. Y mientras tanto esos ojos de nuevo. Cálidos, profundos, llenos de luz y reflejando la luz del que miraba. Sin escrúpulos, como un pequeño zorro, pero elegante y meticulosa como un gatito. Podía sacar sus uñas de nuevo, pero por el momento se contentaba con observarlo desde arriba, como él minutos antes... Esos ojos. Esos malditos ojos.

Poco a poco la cruz se fue cerrando. Recogió los brazos hacia ella, tomando su cintura con una mano y agarrándole la suya con la otra, guiándola hacia él; guiándola por él. La invitó a deslizarse por su cadera y vientre, trazando círculos en su abdomen y llegando hasta su pecho, aterrizando sobre su hombro. Daba de vez en cuando tirones suplicantes, pidiéndole que se deslizase sobre él, que sus labios se juntasen de nuevo. Y poco a poco él se unió a sinfonía que marcaba Zaina con sus caderas, una canción que podría estar tocando hasta el final del mundo.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Jue Mar 26 2020, 03:56

No sabía si él se había rendido, si ella había ganado, o es que Yarmin estaba demasiado preocupado demostrando lo orgulloso que se sentía. Si, Zaina podía ser todas y cada una de las cosas que un hombre pudiera desear, siempre y cuando pudiera mantenerla controlada, pero así, descontrolada, animal y salvaje, estaba perfectamente hecha para él. No le extrañaba su mirada intensa, aquella sensación de que sus ojos querían grabarse los propios a fuego.

Esa extraña necesidad de guardarse en la retina del otro mientras se entregan mutuamente algo más que sus cuerpos. No es solo un vaivén de caderas decadente, caliente y erótico, es la forma en la que cada pequeño gesto parece gritar sus sentimientos más íntimos.

Esa mirada como fuego, demostrándole que no quiere perderla, que no quiere que termine o se aleje. Esa mano que ahora llega hasta su cintura, buscando el contacto, la forma suplicante de sus labios de pedir algún que otro travieso beso.

Y lo peor es que ella es tan consciente de todo esto, de la misma forma que Yarmin es consciente de todas las cosas que pasan por su cabeza.

Desde sus propios dedos, que no paran de buscarle, de apoyarse en él, de acariciar sus hombros, su pecho, hasta sus caderas. El ritmo aumenta, de forma progresiva, de forma intensa, sus caderas vuelven a chocar de una manera que parece transmitir esa ferviente necesidad que ambos se tienen.

La palabra deseo hace rato que se ha quedado pequeña para definir aquel intercambio de miradas.

La mujer de gestos felinos es mala, puede serlo, pero no puede con él. Por eso quizás es que inconscientemente hace sus demandas suyas, sus caprichos propios, y se encuentra inclinando su cuerpo contra el suyo, buscando ese roce completo, esa unión que ambos siguen necesitando.

Primero lo besa, junta sus labios con los suyos como si bebiera de ellos, como si perderse en ellos fuera la única manera de respirar. Los muerde, los disfruta, se da el lujo de saborearlos, pues aunque siempre están llenos de veneno para todos, para ella solamente son capaces de susurrar azúcar. Sonríe contra ellos,  acariciando su mejilla, dejando que note de nuevo su respiración agitada, su cuerpo reaccionando al suyo.

Si por ella fuera seguiría atada a él, unidos en aquella cama hasta el final de sus días.

Lastimosamente cuando el sol saliera al día siguiente, había una gran posibilidad de que cada uno tuviera que tomar un camino. Antes de que la idea le apretara el pecho, antes de que el turbio pensamiento llegara a sus esmeraldas, ella no pudo evitar llamarlo de nuevo.- Yarmin…- Con la esperanza de que aquel nombre fuera de verdad un embrujo, y poder disfrutar de algo más de tiempo a su lado.

Pues lo sentía, con cada movimiento de cadera, con cada gesto de ambos. Como entraba en ella, llegaba hasta el fondo y volvían a empezar. Como el roce de sus pieles calentaba sus cuerpos hasta quemarlos, y el mísero roce de su pecho contra el suyo, cuando lo besaba, le arrancaba profundos y estrangulados gemidos.

Sus cuerpos tiraban, el uno del otro, en una batalla en la que aunque ambos saldrían ganando, la verdadera guerra sería una vez volvieran a ponerse la ropa.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue Mar 26 2020, 13:08

Sus cuerpos se unían y separaban en un torrente de llamas que fundía el oro y quebraba la esmeralda, y sus mentes tampoco andaban lejos. Las caderas se movían al ritmo de sus latidos, y sus latidos se contagiaban del ritmo de sus caderas. El deseo, la pasión, palabras que habían vaciado ya de significado, palabras a las que les habían exprimido ya el sudor que poco a poco iba perlando sus cuerpos. Ella sobre él, como antes él sobre ella, se iba derritiendo hasta ser uno, pero mucho más de lo que antes eran.

No podría ni aun queriendo haber medido el tiempo que duraban aquellos besos demasiado cortos inmerso en la rotunda eternidad que destapaba el roce de sus labios, sumergido en el calor de sus pechos, buceando entre las profundidades de aquella lengua juguetona. Él solía ser frío, calculador, y hasta la extensión de sus caricias estaba controlada: El movimiento exacto, el ritmo justo, una duración nunca excesiva, nunca más de lo que los demás se merecían. Y ahí residía el verdadero problema, porque ella merecía todo aunque no hubiese ganado nada más que su corazón; porque había hecho el peor negocios y aún así parecía haber salido victoriosa. Dulce, inocente y ninguna de las dos, así era Zaina. Así era la mujer a la que Yarmin estaba haciendo el amor.

Los dos, o quizá solo él, tenían miedo de que esa burbuja en la que se encontraban reventase. Como una pompa de jabón, habían construido aquel momento llevados por el delirio más intenso, empujados por el viento de una fantasía que mecía sus espaldas y amenazaba con hacerlos explotar de un momento a otro. Por eso cuando ella cortó sosegadamente sus temores con un susurro, apenas una palabra tan suplicante como sus manos cuando la atraían, Yarmin no pudo evitar corresponder a la caricia de sus labios con el roce de los suyos:

- Zaina -murmuró, como si ese nombre fuese el hokus pocus de la tranquilidad. Era un nombre bonito, suave. Parecía leerlo en cada poro de la mujer, en cada cabello de su larga melena. Sus ojos felinos decían ese nombre también, lo gritaban con furia y ternura. Había algo en ella, y aunque tenía razón en que él era el mago, tan solo coqueteaba con la verdadera magia.

No quería separarse, y cada vez que estaba cerca de salir de ella volvía a cargar contra ella. Entre la furia y el cariño, tan solo guiado por la tensión creciente que se iba gestando entre ellos, tan solo guiado por ella, el príncipe no dejó ni por un segundo de buscarla, de abrazarla, de perderse aquí y allá en cada pliegue de su piel. Jugaba con su tacto, con sus quieros y no puedos, besaba incluso la areola de sus pechos cuando arqueaba la espalda lo bastante.

¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas, quizá? Vivían un instante eterno, invaluable, único. No quería separarse nunca de ella, deseaba tenerla siempre entre sus brazos, sentir la gentil firmeza de su cuerpo y el contraste entre sus pieles, el roce de sus pieles. Agarraba mechones de su cabello, deslizándose por él grácilmente sin frenarse, tratando de guiarla sutilmente por sus puntos de placer, queriendo que los explorase todos.

Nunca se había dejado conocer tan a fondo, nunca había tomado tantas molestias para experimentar aquel placer. Ambos lo sabían, ambos lo habían pensado: El sexo había dejado de ser importante hacía rato. Eran Yarmin y Zaina, y mucho más que la suma de ambos; eran todo lo que iban a conseguir, todo por lo que luchaban, todo lo que habían dejado de lado por unas horas para, simple y llanamente, amarse.

- Ojalá esto no termine nunca -se atrevió a decir-. Ojalá...

No terminó la segunda frase.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Jue Mar 26 2020, 14:25

Ella nunca había apreciado la dulzura de las mentiras, ese lado amable que busca protegerte de la amarga verdad. Era de esas personas que enfrentaban el dolor, buscando la verdad por encima de todo, aunque fuera la suya propia, aunque fuera la verdad retorcida y pérdida de un hombre como él. Sin embargo había empezado aquello sin mentiras, totalmente expuestos y al descubierto, y aunque ambos eran totalmente conscientes del efecto del otro en la piel, iba a ser difícil para ambos.

Porque ella se había enamorado de un hombre que aún escondía demasiadas cosas, y él se había enamorado de una mujer con tantas ambiciones como secretos. Era una mezcla peligrosa, ardiente y demasiado visceral. No le quitaba consciencia a todo aquello sin embargo, ella hubiera vendido todas y cada una de sus ambiciones por hacer aquel momento eterno.

Hubiera entregado sus venganzas porque sus besos perduraran para siempre en sus labios, hubiera fundido y derretido todo el oro del mundo por no alejar el de su mirada de la suya, hubiera quemado y destrozado su propio cuerpo por unirlo al de él. Y era peligroso, excitante y casi retorcido el cómo sus mentes se habían fascinado por lo desconocido, por algo que no pensaban era posible de encontrar. Pero se habían encontrado, y la única forma de perderse que entendían, era la que empezaba en sus cuerpos y no tenía un final determinado.

Por eso, aunque sus caderas se unían, aunque cada rincón de su cuerpo gritaba su nombre, aunque cada gemido tenía dueño, no podía evitar pensar en que haría cuando no estuviera cerca. Aunque Yarmin se aseguraba de que cada vez que eso pasara, su cuerpo reaccionara de nuevo a él. Un roce travieso, unos dedos juguetones, y ambos están conociéndose, explorando extremos que nadie más conoce o sabe.

El hombre ha descubierto la sensibilidad de su cuerpo, la forma en la que su cuerpo se encoge cuando sus dedos o sus labios rozan su sensible cuello. Y ella se ha grabado a fuego en cada esquina de su blanca piel. Ha marcado un camino eterno con el roce de sus dedos, ha tomado posesión de todo él con suave movimiento de sus caderas. Con su largo cabello negro que parece mezclarse de forma burlona con sus sábanas, cada vez que se acerca un poco más a él.
Se ha asegurado de que su mirada no tenga secretos para él, igual que la suya ya no tiene secretos para ella. Y sabe que pasara todos los días de su vida soñando con unos ojos capaces de destrozar cualquier pieza de joya que pueda pasar por sus manos.

Siente sus palabras como si fueran propias, y en cierta forma no puede evitar sentir que realmente lo son. Nota sus propios ojos nublarse, mientras los cierra entregándose a un momento eterno que parece estar a las puertas del final. Sus cuerpos siguen jugando con los límites que ambos se han puesto, y aunque le gustaría ser algo más consciente, hace tiempo que se ha perdido en aquellos sentimientos.

Aquel hombre tiene ya el total control sobre ella, y quizás es por eso que se atreve a preguntarle. Con los dedos perdidos en su piel, sus labios contra los suyos, y el momento eterno que buscan que dure, mientras las fibras de su cuerpo gritan por un final demasiado cercano.

-¿Ojalá?...-Ojalá encontrara una forma de no tener que separarse de él.
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Mensaje por Yarmin Prince el Jue Mar 26 2020, 16:35

Todo se resumía a una cuestión de tensión. La razón por la que una flecha se partía al doblarse demasiado, la razón por la que una cuerda iba deshilachándose poco a poco con el roce, el motivo por el que la madera crujía cuando el frío llegaba. Por mucho que una piedrecita consiguiese rebotar una o dos veces sobre el agua esta siempre acababa rompiéndose y tragándola, perdiendo su tensión en pos de guardarla para sí. Los negocios, la vida en general, también se movían por tensión: Uno tendía su mano al otro, que trataba de arrastrarlo hacia la posición más ventajosa; si ninguno cedía aquella relación terminaba por estallar.

Entre Yarmin y Zaina se había formado esa tensión, pero no de forma violenta sino equilibrada. Danzaban en un vaivén del que a veces él salía victorioso y otras ella acababa encima. No era molesto, tampoco ortopédico, sino que se trataba de una tensión orgánica, creciente pero confortable; levemente disruptora, pero agradable. Los ojos que se miraban, compitiendo por quién vería parpadear al otro; las caderas balanceándose y entrechocando, rozando piel contra piel y alma contra alma; los labios peleando por quién besaba ahora y quién se dejaba besar... Siempre volviendo al punto de partida, a los cerrados de placer y a los labios posándose ingrávidos uno sobre otro. El aliento de ella, la respiración de él, sus gemidos acusados y los suspiros delatores, sudando su deseo y libando del del otro. Pero, más allá de la tensión, había algo más.

Era una magia extraña. Ni las manos de Yarmin ni el cuerpo de Zaina ni esa naricita delicada que chocaba contra la suya -aunque había algo en esa nariz- la portaban. No por sí mismas, claro. Ella poseía una magia especial, un poder único en esos ojos, pero no estaba completa sin el reflejo dorado sobre ellos, ese matiz de opulencia que hacía destacar la desnuda elegancia de su mirada, la modesta e inigualable luz verde de aquellas esmeraldas únicas.

Tal vez fuera la tensión, quizá la magia que compartían, o puede que simplemente esos ojos le hiciesen perder el control. El roce de aquellos dedos suaves por su piel, los besos que no dejaban de llegar, el constante ir y venir de aquellas caderas anchas contra su miembro... No supo por qué fue, tampoco le buscó explicación. Abrazó el orgasmo con la misma fuerza que la asió a ella, pegándola más si cabía contra su cuerpo mientras se derramaba sin control.

El rubor acudió a sus mejillas, y durante el instante en que la llenó se sintió entrar más si cabe en ella. Le arrebató un beso mientras los últimos espasmos se convertían en un leve temblor, sintiendo cosquillas por el ligero roce con cada mínimo movimiento de ella. Casi se sintió sin aliento, como si aquello hubiese terminado de adormecer sus sentidos por completo, pero se sentía también más despierto que antes. Lo que habían compartido, lo que estaban viviendo, lo que les quedaba por pasar, todo se juntaba en aquella frase inacabada que ya le habían exigido terminar.

- Ojalá... -Suspiró. Eso había estado muy bien-. Ojalá esta noche sea solo la primera, Zaina.

Aflojó el abrazo poco a poco, dándose cuenta de que tal vez había arañado con demasiada fuerza y que incluso había dejado una bastante visible marca en uno de sus pechos. Se habría disculpado, pero recordó el chupetón que con total malicia había provocado ella y tan solo pudo reírse. "Ahora los dos somos ganado".

- ¿Quieres quedarte esta noche? -preguntó finalmente, todavía debajo de ella-. La cama es cómoda, aún podemos cenar algo y si nos gusta repetir... -Le sonrió con picardía-. También de lo que preparemos, si te quedas con hambre.


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Mensaje por Zaina Nitocris el Sáb Mar 28 2020, 19:11

Ella, que siempre se había reído de la gente cursi, idiota y blanda. Ella, que había recibido sus piropos como si fueran algo tan muerto como cualquier sentimiento que hubiera podido tener realmente por ellos. Fascinada, pérdida, prendada tanto como esas palabras que suenan a susurro de miel y azúcar. Magia, pasión, cariño o amor, podía llamarlo como quisiera, pero su corazón seguía respondiendo de una manera que nunca podría entender.

La había fascinado como el mar fascinaba a los piratas, y por un segundo, perdida en aquel mar de oro… Entendió porque Jack la había abandonado.

Notó una relajación en el pecho, una alegría que casi parecía quemarle tanto como el deseo que estaba llegando a prenderle fuego a todo su cuerpo. Esta vez fue ella la que tuvo que agarrar todas y cada una de sus emociones, sujetarlas e impedir que se desbordaran hasta consumirla. En aquel momento, deseaba mucho más ser consumida por él.

Por eso se dejó devorar por aquel fuego que rápidamente, no dejó nada más que cenizas en ella.

Un simple movimiento de caderas, un golpe seco, un escalofrío y su mente y cuerpo son devorados por aquel orgasmo que la atraviesa como una descarga. Ha intentado ser buena, y sus dedos han apretado suavemente aquellas sábanas oscuras, sin embargo es total y plenamente consciente al ver la marca de sus zarpas en los hombros de él. Una respiración profunda y un escalofrío ante la sensación cálida que los envuelve.

Acepta ese beso para calmar el remolino de emociones que parecen tomar presa de ella, mientras se recuesta suavemente en su pecho. Luego escucha la respuesta a esa duda, y no puede evitar sonreír.- Lo es… Ya no vas a poder librarte de mí, Yarmin.- Le da un pequeño mordisco en el labio, a modo de cariño.

Luego se levanta suavemente de él, suspira, mientras escucha sus palabras, su risa. La gata se mira y alza una ceja, siendo totalmente consciente de que los dos se han desfogado bastante y quizás se han pasado un poquito.- Veo que me he ganado mis marcas.- Ríe ella de forma suave, antes de asentir, dándole un corto beso en la mejilla para darse el lujo de acurrucarse a su lado, para responderle.- Me encantaría quedarme, y aun te debo una cena… Que no sea yo.- Le recuerda, antes de apoyar el mentón suavemente en su hombro, dando un ligero beso al par de arañazos que le ha dejado.

-Si te preguntan por ellos… Dile que has tenido un encontronazo con una gata.- Incorporándose levemente en la cama, tiró de su cabello hacía atrás, tomando un segundo para acabar de calmar su corazón desatado. Cerró los ojos un instante y disfrutó del momento, con una suave sonrisa en los labios. Dudaba poder olvidar aquella noche, dudaba que su cuerpo, su mente o su corazón fueran a alejarla de ella, tanto como sabía que no iba a poder desaparecer nunca más de la vida de aquel hombre.

Encogió suavemente las piernas, apoyándose en sus rodillas, le miró a su lado, sonriendo de nuevo sin poder evitarlo.- Pues si… No puedo negarlo.- Dijo de forma casi misteriosa, en el silencio de aquella habitación donde solo se escuchaban sus respiraciones.- Algo me dice que me he enamorado de ti.

Y sin poder quitar su mirada de la suya, con aquella suave sonrisa, con aquellos ojos que parecían ahora una pequeña luz que brillaba por él, la mujer animal, la bestia desalmada, el gran gato salvaje… Se rindió.

El hombre le había ganado completamente.
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