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Mensaje por StaffOPD el Jue 2 Abr 2020 - 16:27

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Descripción aproximada del estadio:
Estáis en un estadio muy amplio, de unos 120 metros de largo y 90 de ancho, recubierto de nieve blanca y con una temperatura que oscila entre los 0 ºC y los 5 ºC. En una parte hay una especie de máquina que cada tres turnos expulsa una pequeña nevada que dura un instante (un turno completo).

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Mensaje por Ichizake el Vie 3 Abr 2020 - 6:27

Sus botas oscuras y lustrosas se hundían ligeramente en la nieve según se adentraba en el estadio, levantando a cada paso copos de nieve que volvían a posarse un segundo después sobre el cuero del calzado. Había entrado en un campo nevado donde el frío reinaba. El blanco lo dominaba todo con una rotundidad fuera de toda medida. Incluso parte de los asistentes al combate, sobre todo los más cercanos a la zona de batalla, iban ataviados con sus mejores prendas de abrigo. A Gerald le habría gustado poder procurarse ropa de ese estilo, pero la temperatura, como en el caso del desierto anterior, le había pillado por sorpresa.

Se arrebujo en su capa mientras estudiaba el entorno y se planteaba qué obstáculos podría suponerle. Su respiración se tornaba en un vaho blanco que se perdía en volutas que ascendían llevándose de su cuerpo una pequeña pero valiosa dosis de calor. Iba a ser sumamente molesto pelear allí. Gerald podía notar como el frío se aferraba a su piel con diminutos ganchos helados, y esa sensación no haría sino empeorar. Si se daba a un combate cuerpo a cuerpo, era inevitable que terminase sudando, lo cual empeoraría la situación. ¿Cuánto tiempo podrían sus dedos sostener el acero antes de empezar a dejar de notarlos? ¿Cuánto le sostendrían sus pulmones helados si el frío los atenazaba?

En realidad, eso no suponía demasiada importancia. No iba a dejar que aquello se alargase demasiado, y dudaba de que quedase inconcluso. Esta vez sabía a quién se enfrentaba. Nada de vampiros ni gólems, nada de rocas ni sangre. Su rival era todo plumas y viento, un pirata volador de reputación más que solvente. Para bien o para mal, Gerald pensaba forzar una lucha rápida, un encuentro feroz y sin piedad. No gozaba de la ventaja de los elementos y era de esperar que aquel pirata no se dignase a un combate a corta distancia. Si quería ensartarlo en su espada tendría que bajarlo primero del cielo, arrancarlo de su aventajado hábitat y hacerlo caer al barro cual vulgar humano.

Eligió un buen lugar donde posicionarse, no muy lejos de unas de las gradas -esta vez le convenía más tener algo sólido a sus espaldas que el burdo caballerismo de aguardar en el centro del estadio-, y aflojó la espada en su vaina. Sabía por experiencia que el frío a veces dificultaba que se pudiera desenfundar cómodamente. El metal se congelaba y convertía sus fundas en prisiones que resultaban mortales para sus dueños. Dejó el maletín en la nieve, agradecido por poder soltar su pesada carga. Lo había llevado solo por si acaso, como una herramienta más a su disposición. No sabía si le haría falta. Abrió y cerró los dedos doloridos dentro de su bolsillo. Más le valía a Palatiard no llegar tarde.


A tener en cuenta:
Discreción rango 9: El Haki de observación siempre lo detectará como alguien mucho más débil, aunque por encima de la gente ordinaria.

Black Slash: Gerald consigue una mayor velocidad en el manejo de su espada.

Koro Koro no mi - Nivel 70: Como mejora, su mente se vuelve impenetrable para otros poderes similares a los suyos.

Modalidad de haki de observación - Nivel II: A cualquiera que no le saque tres niveles de este haki le será imposible percibir nada profundo sobre él, es decir, emociones, personalidad, pensamientos...

Ojo de las profundidades: Gerald goza de una percepción perfecta y ultrarrápida, es capaz de realizar razonamientos complejos en un instante e incluso automatizar movimientos, reduciendo su tiempo de reacción prácticamente a cero.
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Mensaje por Therax Palatiard el Vie 3 Abr 2020 - 12:19

La nieve cedió ante el peso de Therax, que acababa de acceder al estadio. Su entrada fue recibida con una ovación por parte del público, ansioso por asistir a un nuevo espectáculo. Paseó su mirada por el gentío, sin detenerse a contemplar el semblante de ninguno de sus integrantes en concreto. La inquisitiva expectación agitó su estómago. ¿Qué clase de oponente enfrentaría aquel día? Gerald Ichizake... No había escuchado hablar sobre él, pero aquello no significaba nada más allá de que desconocía por completo a qué se enfrentaba.

Divisó la figura de su contrincante en la distancia al tiempo que daba sus primeros pasos en la arena. Se había posicionado en un lateral del estadio, gesto que sorprendió al contramaestre. Hasta ese momento todos sus contrincantes habían optado por adoptar una posición centrada en espera de que la lucha diese comienzo. Aquello no podía significar más que una excepcional capacidad para analizar la situación. Ese detalle siempre era molesto, pues habitualmente resultaba mucho más sencillo combatir contra alguien que, por mucha fuerza que atesorase, obviase la evidente relevancia del entorno.

Jugueteó con el broche que mantenía el manto de Heimdall fijo sobre sus hombros. Nadie había contemplado hasta ese momento las propiedades de la elegante de tela que caía con gracia sobre su espalda. ¿Sería aquélla la primera vez que pudiese darle uso? Sólo el tiempo lo diría.

—Therax, encantado —comentó en voz alta sonriendo, llevando su mano derecha a Kaze no Michi y hundiéndola con fuerza en la nieve. Alcanzó el suelo oculto por la misma, hundiéndose sin misericordia en él varios centímetros para quedar, firme y orgullosa, como privilegiada testigo de lo que sucedía en el estadio.

El frío acarició su piel, erizando mínimamente el vello que las cubría. El vaho que escapaba entre sus labios confirmaba el clima que rodeaba y abrazaba a los contendientes. Por suerte para él, el rubio tenía la provechosa virtud de moverse como pez en el agua bajo temperaturas que para otros podrían resultar cuanto menos molestas. Por otro lado, varios dispositivos orientaban sus bocas hacia el terreno. No había divisado nada parecido en los lugares que habían acogido las primeras rondas, así que supuso que alguna sorpresa guardarían. La descubriría más tarde o más temprano.

Un manto azulado comenzó a emanar de los poros de su piel instantes después, envolviendo su estructura para concederle un aire ciertamente sobrenatural. Se condensó especialmente en su espalda, dando forma a unas hermosas alas azuladas que arrancaron el clamor del público. No había gelidez capaz de aplacar el ánimo de los asistentes y, a decir verdad, algo tan nimio como aquello agradó al rubio.

Desenvainó a Byakko y a Yuki-onna con un grácil gesto, tan rápido como sencillo. Sendas ondas cortantes nacieron del lugar donde los sables rasgaron el aire, siendo propulsados por violentas ráfagas de aire que arrastraban consigo el frío del ambiente. Sus alas imitaron el gesto de las espadas, causando que nacieran otras dos descargas de afilado acero. Éstas, mucho más grandes que las dos primeras pero igual de destructivas, avanzaron con un voraz apetito hacia su oponente.

La tercera ronda había dado comienzo y, como de costumbre, el rōnin alado pretendía obtener una primera muestra de las capacidades de su oponente.


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Velocidad de propulsión: 168 m/s.
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Mensaje por Ichizake el Vie 3 Abr 2020 - 16:32

Cómo no, una presentación adecuada. Ese artificio, la cortesía previa al combate, le resultaba antinatural, frívola en cierto modo. Mientras en todo el mundo la gente luchaba y moría por motivos de todo tipo, allí podían permitirse el lujo de hacerlo por diversión, por entretenimiento y algo de fama efímera. Nunca había dado su nombre a los cientos que habían caído bajo su espada durante sus años de combatiente allá en las islas, ni se había molestado en esperar a que se aclimatasen al entorno como sí ocurría en aquellos combates. Incluso la matanza podía convertirse en algo civilizado con un par de retoques, gestos simples que, a modo de lazo, decoraban la sangre que allí iba a ser vertida. El progreso en estado puro.

Gerald se hartó del frío mucho antes de lo que había pensado. Eliminó la sensación de su propio cerebro y se sintió mucho mejor. Ni frío ni calor, tan solo una ausencia total de temperatura absolutamente antinatural. Pero mejor eso que tiritar como un pelele delante de las cámaras. Ya podía concentrarse en su oponente.

Tres espadas, dos alas, y era de esperar que pudiese convertir también sus piernas en patas de ave con sus correspondientes garras. Muchas fuentes de peligro a tener en cuenta. Podría lidiar con todas a la vez si se lanzase a un combate ordinario, sin extravagantes habilidades de por medio, pero dudaba que fuesen a batirse en un duelo de espadas a la antigua usanza. Siempre le resultaba curiosa la escasa cantidad de espadachines que combatía normalmente con su espada. Todos, incluido él, tenían alguna habilidad que alteraba lo que de otro modo podía haber sido un encomiable encuentro entre caballeros.

Se puso en tensión en cuanto lo vio echar mano a sus espadas. Podía arremeter contra él o atacar a distancia, pero uno no desenfundaba una de sus armas y la clavaba en el suelo para inmediatamente después abandonarla en una acometida frenética. Gerald se mentalizó, en el escaso tiempo que transcurrió hasta que los dos filos se vieron iluminados por los focos del estadio, de que la primera ofensiva del combate iba a caer hacia su lado.

No le sorprendieron las ondas cortantes. Eran una técnica común entre los espadachines, aunque no esperaba que duplicase su número usando sus alas. Evadir las dos primeras resultó sencillo. No dejaban de ser meras líneas rectas que pasarían de largo si su cuerpo adoptaba la inclinación adecuada. Gerald escuchó con deleite las exclamaciones asustadas de los espectadores de las primeras filas cuando las ondas impactaron en el muro del graderío, aunque no tuvo tiempo de prestar atención. Sin apenas intervalo con respecto a sus hermanas menores, la segunda tanda estaba ya a sus puertas.

Desenvainó su propia espada al mismo tiempo que se movía a la izquierda. Eso le permitió alejarse del alcance de una de ellas, pero la otra volaba directa hacia él. Gerald interpuso el acero e hizo escupir a Pluma Negra un corte similar, una onda cortante que contrarrestara a la primera. La del pirata tal vez fuese más fuerte, pero él solo necesitaba desviarla unos centímetros para que no alcanzase su carne, cosa que logró para deleite -y casi diría que asombro- de muchos de los aficionados.

"Lo primero, las alas".

Gerald también pasó al ataque. Aparentemente tan solo caminaba lentamente hacia su rival, pero su mente avanzaba mucho más rápido que sus piernas, extendiéndose y enroscándose alrededor de la de Therax y apretando sus sentidos como una boa constrictora. Iba a encerrar a ese pajarraco.

-Espero que me disculpes por tener que usar mi poder tan pronto -se excusó.

Alzó una mano al mismo tiempo que proyectaba la ilusión de una ristra de barrotes de acero negro envueltos en púas brotando de la nieve y alzándose hasta encontrarse a dos metros de altura. El conjunto formaría una jaula de escasa altura y diez metros de diámetro que los encerraba a ambos en un recinto mucho más controlable para Gerald y mucho más acorde a sus necesidades. Ademas, parte de ella abarcaría la zona de las gradas donde Gerald se había posicionado, pues haría surgir los barrotes del propio muro. Por si acaso lo necesitaba. En cualquier caso, no podía permitir a aquel pirata echar a volar. Tendría que asegurarse de no perder la concentración para que la farsa no se deshiciera y para poder adaptarla si, por ejemplo, Palatiard intentaba romper la prisión, pero ya estaba acostumbrado a ese tipo de vicisitudes. Sin el frío distrayéndole no debería tener problemas, siempre y cuando no se le fuese la lucha de las manos.

Hecho esto, Gerald pasó al ataque. Le habría gustado ver la expresión del hombre-pájaro al reaccionar a su ilusión, pero el tiempo, como siempre en aquel torneo, se convertía también en su enemigo a batir. Así que se abalanzó sobre él, acelerando todo lo rápidamente que le permitían sus piernas y arremetiendo con una lluvia de cortes tan veloces que la vista se conformaba con captar uno de ellos.

-Soy Gerald Ichizake -se presentó por fin-. También es un placer.

Spoiler:
Black Slash: Como habilidad pasiva, Gerald consigue una mayor velocidad en el manejo de su espada. Además, de forma activa es capaz de ejecutar una gran cantidad de cortes tan rápido que parece que solo realiza uno.


A tener en cuenta:
Discreción rango 9: El Haki de observación siempre lo detectará como alguien mucho más débil, aunque por encima de la gente ordinaria.

Black Slash: Gerald consigue una mayor velocidad en el manejo de su espada.

Koro Koro no mi - Nivel 70: Como mejora, su mente se vuelve impenetrable para otros poderes similares a los suyos.

Modalidad de haki de observación - Nivel II: A cualquiera que no le saque tres niveles de este haki le será imposible percibir nada profundo sobre él, es decir, emociones, personalidad, pensamientos...

Ojo de las profundidades: Gerald goza de una percepción perfecta y ultrarrápida, es capaz de realizar razonamientos complejos en un instante e incluso automatizar movimientos, reduciendo su tiempo de reacción prácticamente a cero.
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Mensaje por Therax Palatiard el Vie 3 Abr 2020 - 22:41

La elegancia de Ichizake era digna de elogio. Los adversarios que había enfrentado hasta ese momento habían anulado sus ondas cortantes de un modo mucho más tosco. Habían hecho gala de su propia fuerza bruta para, mediante uno u otro mecanismo, frenarlas en seco. Él, por el contrario, había ejecutado tres sencillos movimientos con los que las había evitado o desviado. Desviado... A ojos del espadachín, aquello sólo podía significar dos cosas: que el sujeto de piel pálida no podía rivalizar con él en cuanto a fuerza bruta o, en el peor de los casos, que cada uno de sus movimientos iba guiado por el afán de ahorrar al máximo sus energías. Esperaba de todo corazón que fuese lo segundo; ¿a quién no le gustaba jugar con ventaja en ese sentido?

Sus ráfagas cortantes ya habían sobrepasado la posición del moreno cuando éste comenzó a moverse. Se habían hundido sin misericordia en el muro que conformaba los límites del área de combate, haciendo temblar mínimamente los cimientos del estadio y perdiéndose en sus profundidades. Por fortuna para él —o, mejor pensado, para ellos—, los asientos de los espectadores más cercanos a la arena se elevaban algunos metros sobre el nivel del suelo. Aun así, la consternación podía leerse sin dificultad en sus ojos.

Alzó la mano en dirección al rubio, haciendo surgir de la nada una puntiaguda prisión con el evidente objetivo de limitar la movilidad de la que pudiese hacer uso. La naturaleza de aquella habilidad se presentaba ante el contramaestre con la nitidez de una sombra en un día luminoso. No sólo de él, sino, realmente, de cualquiera que hubiese tenido la oportunidad de viajar lo suficiente a lo largo y ancho del mundo. Aun así, la incógnita no residía en de dónde provenía aquella cárcel, sino en cuál era su esencia. ¿Un usuario con la capacidad de, simplemente, crear prisiones? ¿Alguien con un excepcional control sobre un material en concreto? Tendría que ingeniárselas para averiguarlo, pero no en aquél preciso instante.

Como consecuencia de la reducción del espacio, había plegado parcialmente sus alas a ambos lados de su cuerpo. Un plano de perfil del rōnin alado hubiese permitido distinguir sin problemas que su silueta no era visible, ya que sus extremidades azuladas habían pasado a disponerse a ambos lados casi como un escudo. Dejaban frontalmente una abertura que no interfería en absoluto con su capacidad de movimiento y, con los pies firmemente plantados en el suelo, se preparó para recibir la acometida.

¿Un sencillo corte? Elevó a Wirapuru para interceptar la trayectoria; estaba hecho. El choque del acero resonó en su ala derecha, que se había estremecido como consecuencia de... ¿de qué? Acaso... El frío metal laceró su costado, arrebatándole un gemido y obligándole a reaccionar con vital urgencia. Cerró aún más el espacio que delimitaban las zonas más anteriores de sus alas, buscando reducir lo máximo posible la exposición de su cuerpo. Yuki-onna también pasó al frente, deteniendo varios de los cortes que pretendían herirle. El choque de los sables y las alas reverberó en el lugar, arrancando ahogados gritos por parte del público.

Pese a todo, sus pantalones no tardaron en adquirir una tonalidad más oscura a nivel del muslo izquierdo. Del mismo modo, un corte bastante escandaloso aunque no demasiado profundo había pasado a adornar peligrosamente la base de su cuello. ¿De verdad podía Ichizake mover su arma a esa velocidad y de un modo tan letal? Tendría que tener cuidado con aquella habilidad.

—Normalmente se dice el nombre antes de dar la mano —le reprendió el domador. Era su turno. Se impulsó hacia atrás con no demasiada potencia, asegurándose de que su cabeza o alas no golpeasen los barrotes. A saber qué oscuros secretos podían esconder. Sus pies aún no se habían despegado del suelo cuando sus alas ejecutaron una leve sacudida. Realmente no necesitaba hacer aquello, pero era consciente de que el exceso de información podía ser tan útil como su completa ausencia.

La nieve de la zona se levantó con furia ante el impulso del viento, generando una densa cortina que más bien podía compararse con un muro. De altura suficiente como para sobrepasar en altura a la prisión y no menos de cuatro metros de anchura, se esforzó por anular por completo la visión del espadachín.

Durante su corto vuelo en dirección a Kaze no Michi, de la que no se había alejado demasiado, lanzó una onda cortante hacia un lateral y otra hacia su espalda. Con el campo de visión de Ichizake tapado por la nieve, tal vez pudiese hacer uso de una fracción de segundo para comprobar qué sucedía con los barrotes. ¿Podría romperlos? De cualquier modo, agazapado, su pie derecho había ido a detenerse precisamente sobre la empuñadura de su sable apenas un instante después de que la nívea cortina cobrase forma.

Surgimiento helado habría sido la combinación de palabras escogida en casi cualquier otra ocasión, pero no en aquélla. ¿A santo de qué debía revelarle a su oponente lo que planeaba hacer? La energía de Therax era canalizada por el sable y transmitida al suelo. De éste comenzaron a nacer picas de un gélido y mortífero azul. Cada una de ellas poseía un grosor de diez centímetros y era capaz de alcanzar una altura de dos metros. Crecieron por decenas. La mayoría de ellas nació a partir del muro de nieve, aunque se aseguró de que algunas lo hicieran por el resto del terreno que había delimitado el moreno. Desconocía qué movimientos podía ejecutar su oponente en situaciones como aquélla, así que no estaba de más cubrirse la espalda y los flancos.

Aunque pudiese transformar la cárcel en un mar de púas isn demasiada dificultas, había optado por no hacerlo. Herir de muerte estaba completamente fuera de lugar en un entorno como aquél, lo sabía, pero dañar con la suficiente gravedad como para vencer era harina de otro costal. De hecho, y por muy cruel y despiadado que pudiese sonar, tal vez fuese la esencia misma del Torneo del Milenio. Nunca le había gustado demasiado la idea de bailar al son de Lord William. Ni al suyo ni al de cualquier otro, todo fuera dicho, pero era tarde para realizar consideraciones como ésa.


Torneo:
Stats: Fuerza: 13 + Mítica / Resistencia: 11 + Mítica / Destreza: 10 / Agilidad: 10 + Mítica
Velocidad de las corrientes: 280 m/s.
Velocidad de propulsión: 168 m/s.
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Mensaje por Ichizake el Sáb 4 Abr 2020 - 7:49

La sangre caliente parecía humear en la hoja de Pluma Negra según el aire frío iba devorando su calor. Gerald se puso en guardia tras lanzar su último corte, guardando una mínima distancia para que su brazo reposase brevemente. Palatiard hizo lo propio, replegándose con un batir de alas. Gerald ya había supuesto que esas alas serían un problema, y el hecho de que el pirata las hubiera usado tanto para atacar como para defenderse lo confirmaba. Sería complicado acertar un buen golpe a alguien que cargaba dos escudos a la espalda y que podía parapetarse tras ellos sin usar siquiera las manos.

Se cubrió el rostro con el brazo desarmado cuando la nieve empezó a arremolinarse a su alrededor. El viento levantaba nubes de copos helados que cubrían los alrededores, tal vez en un intento de ocultar una inminente acometida. Markov había hecho algo parecido hacía unos días, aunque el vampiro empleaba niebla. No le pillaron desprevenido aquella vez y no ocurriría ésta. Cerró los ojos y dejó que los del hombre-ave le guiaran. Ahora veía a través de ellos, y lo cierto era que lo hacía con mucha mejor claridad que con los suyos.

Se encontró de frente con los barrotes, los cuales solo Therax podía ver, centrados en su campo visual. ¿Pensaba atravesarlos? ¿Cortarlos? ¿O solo los estudiaba? Quedó claro que era la segunda opción cuando lanzó nuevas ondas cortantes contra ellos. Gerald tuvo que adaptar la ilusión, añadiendo el choque de las ondas contra el acero, la luz del ataque provocado por las espadas desvaneciéndose, la jaula quedando intacta, borrando el choque de ese mismo ataque al perderse más allá de la vista. Centró su atención en mantener la mentira, y eso le dolió.

La primera estaca se clavó en el brazo con el que se cubría el rostro; bien podía haberse hundido en su cráneo hasta la base. "Muévete. Ya", le gritaba su instinto desde alguna parte. Y él lo hizo. Las púas brotaban por doquier. La nieve las escupía con generosidad, largas estalagmitas de hielo que dejaban en ridículo la que Osuka había empleado para abrir su combate anterior. Estas eran más, más grandes y más afiladas, y desde luego tenían más éxito. Gerald se apartaba cada vez que una lograba darle, así que no terminó empalado, pero eran demasiadas. Notó la sangre caliente correr por sus extremidades, las esquirlas de hielo gélido clavadas en su carne. Su espada decapitaba las estacas que le salían al paso, pero las más peligrosas eran las que brotaban de la propia cortina blanca que lo envolvía, de la nieve en suspensión. Ni siquiera entendía cómo era eso posible, y no es como si le interesase mucho en ese instante.

El corto recorrido de unos pocos segundos hasta llegar al muro de las gradas se le antojó una eternidad. Una vez en él, hundió la espada en la roca hasta media hoja y se dio impulso en ella mientras una estaca surgía bajo él y rasgaba su capa y la carne que había bajo ella. Apoyó los pies en el arma y saltó hasta alcanzar con las manos el borde del muro. Allí, con las voces del público a centímetros de él, aguardó colgado a que la mortífera proliferación de púas decidiera que había tenido bastante. Eso también se le hizo muy largo.

Estando allí colgado, aterido y dolorido, aunque sin ser consciente de ello, Gerald susurró unas palabras a los espectadores más próximos antes de soltarse y caer sobre la nieve revuelta y machacada. Ahora era su sangre la que parecía humear desde tantos sitios que no quería ni contarlos.

Permaneció en su posición unos largos segundos, como un luchador que evaluase la cantidad y gravedad de sus heridas antes de pasar al ataque. En cierto modo, eso hacía, solo que no podía importarle menos el estado de su ser físico. Su mente ya no estaba allí con él, su misión era hurgar y penetrar en la psique del pirata, introducirse de la forma más literal posible.

-Therax, Therax, Therax -dijo Gerald, por fin en marcha, avanzando despacio, con paso medido y despreocupado, hacia su contendiente-. Te has vuelto fuerte.

Mientras tanto, su poder trabajaba para colocar recuerdos falsos dentro de su interlocutor. Recuerdos de Gerald. Recuerdos de cómo se conocieron, recuerdos de cómo combatieron juntos, codo con codo. Recuerdos de cómo se enfrentaron en multitud de ocasiones y de las heridas brutales y salvajes que Gerald le infligió a Therax. Recuerdos de los mil y un motivos que el pirata tenía para temerle a él, al hombre de negro, al espadachín de ojos violetas y a su soberana capacidad de infligir dolor, de convertir su existencia en agonía y sangre. Gerald tenía muchos momentos así almacenados en su memoria. Bastaba con cambiar un detalle aquí y allá e insertar el cuerpo de Therax en ellos para luego colocar estos dentro de él.

-Pero no bastará, eso bien lo sabes -Se detuvo, clavando su mirada de hierro en los ojos del pirata. Procuró que el muro siguiese a sus espaldas, bien cerca-. Porque no me has olvidado, ¿cierto? Porque sabes quién soy y de lo que soy capaz. Porque no has olvidado las veces que me has suplicado que parase o que te matara mientras sangrabas como un cerdo en el barro -Con los recuerdos mezcló el miedo, el terror más puro que era capaz de imaginar impregnando cada falsa memoria, cada segundo ficticio de cruel derrota y súplica desesperada-. ¿Recuerdas cuando me retaste la última vez? Tu sangre regando la hierba, los pájaros volando espantados mientras te rasgabas la garganta gritando -Gerald compuso su mejor expresión de sadismo y locura y dejó que su voz bajase una octava, convirtiéndose en una promesa de dolor y muerte inminente-. Se han acabado los juegos, viejo amigo. Es hora de que recuerdes por qué has de temerme.

Sabía lo que venía a continuación en caso de que no hubiese fallos en su táctica: todo animal asustado se enfrenta a la dualidad de huir o luchar. Y Gerald estaba preparado para ambas cosas. Ya había tomado medidas por si Therax optaba por atacar. Unas palabras susurradas impregnadas de un sutil influjo mental, un público receptivo, atento, sediento de sangre y violencia. En cuanto el hombre-pájaro hiciese siquiera el amago de pasar a la ofensiva en modo alguno, la media docena de obedientes espectadores que Gerald había programado saltarían al campo a servir como escudos humanos. Era de esperar que Therax no quisiese herirlos o que le preocupase que lo penalizaran. O tal no le importasen un cuerno y decidiera matarlos. En cualquier caso, daba igual. Gerald aprovecharía cualquier mínima duda para ensartar su espada en su garganta con toda la rapidez que fuese capaz de convocar.

Era en momentos como aquel cuando entendía que la gente pudiera temerle.

Cosas:
Koro Koro no mi - Nivel 30: Nivel 30: Podría ver la totalidad de recuerdos y vivencias de alguien desde su nacimiento, y también manipularlos a su voluntad, introduciendo o eliminando información de ellos. Como mejora, Gerald juega a combinar las diferentes áreas de la mente. Por ejemplo, mezclando emociones con pensamientos o recuerdos alterados.

Nivel 40: Es capaz de colocar pensamientos o ideas de todo tipo en su objetivo. Este los experimentará como algo extraño, pero le inducirán en cierta medida a seguirlos, según su personalidad y estado de ánimo.

Nivel 60: Gerald consigue entrar en el subconsciente de sus objetivos, donde puede ver partes de su psique que ni siquiera ellos conocen. Borra o manipula recuerdos con gran realismo, de forma que es tremendamente difícil diferenciarlos de uno real, incluso dando por hecho que se dude que lo sean. En ocasiones, Gerald usa recuerdos o ilusiones prediseñados que ha pasado mucho de su tiempo libre perfeccionando para que parezcan reales y tan solo necesitan un retoque o dos para adaptarlos a la situación y la persona.


A tener en cuenta:
Discreción rango 9: El Haki de observación siempre lo detectará como alguien mucho más débil, aunque por encima de la gente ordinaria.

Black Slash: Gerald consigue una mayor velocidad en el manejo de su espada.

Koro Koro no mi - Nivel 70: Como mejora, su mente se vuelve impenetrable para otros poderes similares a los suyos.

Modalidad de haki de observación - Nivel II: A cualquiera que no le saque tres niveles de este haki le será imposible percibir nada profundo sobre él, es decir, emociones, personalidad, pensamientos...

Ojo de las profundidades: Gerald goza de una percepción perfecta y ultrarrápida, es capaz de realizar razonamientos complejos en un instante e incluso automatizar movimientos, reduciendo su tiempo de reacción prácticamente a cero.
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Mensaje por Therax Palatiard el Sáb 4 Abr 2020 - 11:59

Sus ondas cortantes habían sido detenidas sin más por los barrotes que le confinaban en un espacio tan reducido. Le habían apartado de las alturas, del lugar donde imperaba con mano firme y espíritu confiado, y aquello le inquietaba sobremanera. ¿Así se sentían los pájaros enjaulados, privados de la infinita libertad que les proporcionaban los cielos? Aunque fuesen lo suficientemente resistentes, le obligaría a liberarle más tarde o más temprano.

Dejando eso a un lado, el mitigado lamento de la carne al ser mordida por el hielo atrajo su atención. Gerald escapaba como podía del afilado mar helado que el domador había hecho nacer a sus pies. Su espada, de un impoluto y precioso color negro, quebraba las estalagmitas que no acertaban a nacer en el lugar exacto. Las que sí lo hacían, por el contrario, veían su inmaculado azul distorsionado por el carmesí de su sangre. No eran pocas, así que confió en que aquel movimiento le proporcionase la ventaja en algún momento.

El silencio se había hecho amo y señor del estadio. Los vítores del público habían sido completamente acallados, obligados por la tensa huida del moreno. Cada uno de los asistentes, rodeados por el tenaz frío que envolvía el recinto, únicamente era capaz de emitir el vaho en el que se condensaba su respiración. Él no era el único que estaba encerrado; Ichizake también lo estaba —al menos por el momento—.

—Sí, y no sabes cuánto —respondió el espadachín ante las palabras del hombre de tez pálida. Pero su condescendiente afirmación reflejaba un pasado que el rubio desconocía. ¿Acaso había contemplado esas afiladas facciones en algún momento de su vida?

Entonces lo recordó todo. A su mente acudieron las imágenes de un pasado que ciertamente se antojaba algo remoto, aunque no lo suficiente. Vislumbró las heridas recibidas tiempo atrás. Experimentó de nuevo las incontables semanas en cama, sufriendo en silencio noches de dolor interminables. Apreció la sangre recorriendo sus manos desnudas y la figura de su contrincante, colosal y amenazadora, perdonándole la vida una y otra vez por simple y pura lástima. Rememoró sus dedos, temblorosos y suplicantes, pidiéndole que parase de una vez y le dejase descansar.

Dio un paso hacia atrás, notando el férreo tacto de Kaze no Michi en su talón. Alzó instintivamente sus sables, como si de ese modo pudiese protegerse no sólo del daño que recibiría, sino del que ya había vivido. Se encontraba, una vez más, confinado en un espacio metálico que no le dejaba moverse a su antojo. Igual que en el pasado. La huida no era una opción, de manera que sólo le quedaba luchar por su vida de nuevo.

Su sangre había manchado sus manos, sí, pero no sus plumas. En su memoria no figuraban los recuerdos de Mistral combatiendo junto a él ni de Sirocco revelándole como el señor de los vientos. Leveche no le regalaba su inconmensurable poderío físico ni Gregal elevaba sus alas a la categoría de divinas en su mente; no al menos junto a su oponente. Y es que, por algún motivo que agradecía profundamente, Therax no había enfrentado a Gerald recientemente, no tras la adquisición de lo más esplendoroso de sus habilidades. Eso lo tenía claro. Aun así, tenía miedo. Su corazón latía desbocado y las manos le temblaban con la angustia de un perro maltratado por su amo.

Dio dos tímidos pasos hacia delante y, como un resorte, seis asistentes al encuentro saltaron a la arena. La jaula se había deformado en varios puntos, ensanchándose para permitirles el acceso para volver a recuperar su sólida estructura un instante después. ¿Qué demonios era aquello? ¿Estaba permitido?

Obedeciendo a Sirocco, su figura había comenzado a crecer, elevando su altura hasta rozar los barrotes generados por Ichizake. Flexionó mínimamente las rodillas, lo justo para no contactar con el metal. Un plumaje grisáceo pasó a cubrir sus facciones de águila, así como los puntos más distales de sus extremidades. Del mismo modo, dos poderosas corrientes de viento abrazaron a Wirapuru y Yuki-onna hasta adquirir una naturaleza indudablemente sólida. El reluciente fulgor blanquecino las hizo crecer algunos centímetros, garantizando un mayor poder destructivo. Cuando se disponía a atacar, un sonido más atrajo su atención en los márgenes de la arena.

Los dispositivos que había contemplado al acceder al campo de batalla se habían accionado. Vibraban y su metálico ruido anunciaba la ventisca que estaba por venir. Comenzaron a escupir copos de nieve sin descanso, desatando un temporal que hizo ondear con furia el manto de Heimdall. Aquello era lo que necesitaba: algo externo que no hubiese estado presente en sus enfrentamientos anteriores, que le permitiese vencer a sus recuerdos.

El viento del espadachín, mucho más poderoso que el que producían los artefactos, se impuso sobre estos. Condujo la nieve vertida y generó un vórtice con la misma justo sobre la silueta de Ichizake. No obstante, aquello no era más que una distracción, la zanahoria colocada estratégicamente o el cebo anclado en el anzuelo. Y uno muy difícil de ignorar, por cierto.

El aspecto del rubio, así como la nueva apariencia de sus sables, concedía a la imagen que proyectaba un aspecto temible en lo que a combate cercano se refería. Él lo sabía y pretendía valerse de aquel pseudoespejismo. La nívea sustancia no había terminado de condensarse cuando el viento se concentró en torno a la figura de Gerald. Se movía antinaturalmente, pero con el vendaval provocado por los cañones de nieve la diferencia resultaba inapreciable para quien no gozase del viento como su aliado.

Un instante después, un devastador tornado se había formado en torno a la posición que ocupaba Gerald. Alcanzaba una altura de quince metros y giraba a la máxima velocidad que el contramaestre podía transmitirle. Era una mortífera arma en sí mismo, y su radio se estrechó velozmente hasta cercar la figura de su adversario. Pretendía elevarlo hacia las alturas —aunque no tenía muy claro qué pasaría con los barrotes de la prisión si chocase contra ellos— y someterlo al indudable poder del vendaval.

Simultáneamente, arrojó la nieve que había concentrado sobre el mismo y lanzó una descarga de ondas cortantes que se incorporaron a su estructura, dotándola de un mayor poder destructivo si cabía. Para ello había apuntado por encima de las cabezas de los espectadores, esperando que no fuesen capaces de reaccionar a la velocidad de las mismas para interponerse o lo que fuera que tenían pensado hacer.

—¡Fuera de aquí! —exclamó con una voz titubeante, casi temblorosa, al tiempo que golpeaba sus cuerpos con unas nuevas ráfagas de aire. Los lanzó hacia los barrotes laterales, confiando en que se golpeasen con ellos y quedasen fuera de juego. Dudaba mucho que, aprisionado dentro del huracán —pues deseaba con todo su ser que así fuese—, Gerald fuese capaz de incidir sobre ellos para permitir la salida de los aficionados. De hecho, si su estrategia había funcionado según había previsto, dudaba que el moreno pudiese siquiera ver qué estaba sucediendo más allá de los límites de la cárcel de viento y nieve.


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Mensaje por Ichizake el Dom 5 Abr 2020 - 8:18

Hasta cierto punto, Gerald había tenido razón. El miedo, el ataque, la intervención de sus escudos humanos... Hasta ahí había ido bien. El problema radicaba en el hecho de que Therax se hubiese transformado en una bestia mitad pájaro que amenazaba con superar el límite que los falsos barrotes de Gerald habían impuesto. Y además, estaban sus cósmicos poderes de viento.

Las máquinas del estadio comenzaron a escupir nieve, seguramente porque les parecía que había poca. Gerald procuraría recordar en el futuro ese detalle que Lord William había tenido para con él. Therax sí que pudo sacar provecho de ella, arremolinándola encima de su cabeza como un presagio funesto y gélido. Gerald no sabía qué pretendía hacer, pero tenía claro que no se permitiría el lujo de quedarse quieto y esperar a que sucediera. Permanecer debajo de lo que se le antojaba como un ataque inminente habría sido una locura.

Solo tuvo que adelantar una pierna para darse cuenta de que le costaba moverse con comodidad. El frío, aunque él lo hubiese desechado de su percepción, hacía estragos en su cuerpo herido, atenazando sus músculos. Notó que apenas podía mover los dedos que envolvían la empuñadura de su espada; los tenía amoratados y apenas los sentía. Al menos así no podría soltar su arma, aunque suponía un escaso consuelo cuando se enfrentaba a una ofensiva de naturaleza desconocida.

Se dio cuenta de que el viento arreciaba con una fuerza antinatural. ¿Obra también de la siniestra maquinaria de la arena o producto de las maquinaciones del pirata? Poco importaba, realmente. En cualquier caso, necesitaba una fuente de calor y una ventaja estratégica. Y solo disponía de una.

Con el aire y la nieve conspirando en su contra, Gerald usó su mano libre, ensangrentada y helada, para sacar el colgante y agarrar el objeto que lo remataba: una llave metálica, larga y extraña, sin adornos de ningún tipo y totalmente lisa. Suerte que no se había alejado mucho del maletín. Introdujo la llave en la cerradura y un chasquido, imperceptible en la tormenta que lo envolvía cada vez más de cerca, anunció que se había activado.

El huracán se cerró, la nieve de las alturas cayó sobre él como una gélida olas al mismo tiempo que los engranajes y las placas de acero hacían su trabajo, uniéndose y desplegándose para dar forma a la criatura inerte que habitaba en su interior. Gerald se vio obligado a deshacer la ilusión de la jaula, pues su tamaño resultó ser un obstáculo hasta para él. Un temible caballo de guerra cobró vida entre el tornado diabólico que lo envolvía, una bestia inmensa formada por el más perfecto ingenio del hombre. De sus ojos brotaba el fuego que lo hacía funcionar, por las rendijas entre sus placas se filtraba la luz roja de su corazón artificial. Gerald se aupó al lomo y disfrutó del calor que su mecanismo irradiaba. Las extremidades le agradecieron con un ardiente dolor el haberles devuelto la circulación y la vida.

Entonces cargó.

El viento le golpeaba sin piedad, sacudiéndole con fuertes ráfagas y golpeándole son saña. Solo el peso del corcel lo mantenía atado al suelo. Sus fuertes pisadas machacaban la nieve, resistiendo el embate del viento y atravesando los poderosos muros del huracán. Gerald extendió una barrera de haki en forma de escudo desde la punta de su espada y azuzó con suaves presiones de las piernas a su imparable animal.

La primera onda de corte estalló contra el imponente cuerno rampante que nacía de la testa del corcel. Gerald se aferró con fuerza a las crines, hechas de cálido acero trenzado, y ahogó un gruñido de dolor cuando la segunda chocó con su barrera de haki, se desvió ligeramente y dejó un profundo surco sanguinolento en su hombro izquierdo. La tercera estuvo a punto de arrancarle la espada de la mano, pero en su lugar tuvo que conformarse con el crujir de un anular roto y una muñeca rasgada. La sacudida que provocó la última cuando golpeó con el pecho del caballo hizo que Gerald se diese un fuerte golpe contra el cuello del animal. Escupió una flema sanguinolenta y alzó su espada sin ceder en su acometida.

Se sentía de nuevo como en el campo de batalla. Casi podía ver los ejércitos desplegados frente a él, la caballería acompañándole en la gloriosa carga, el sol arrancando destellos a un mar de puntas de lanza en ristre y armaduras bruñidas. El relinchar de los caballos, la respiración de los hombres, el sudor descendiendo lentamente por su espalda helada mientras los cuernos de guerra y las trompetas clamaban por muerte y victoria. Por un momento se sintió como en casa y una sonrisa escapó de entre sus labios.

Al mismo tiempo que ordenaba a su poder introducir la sensación de dolor y cansancio más absoluto en la mente de su rival, supo lo que ocurriría: iba a embestir a aquel monstruo. Ya podía visualizar las alas del pirata quebradas bajo las poderosas patas del caballo mecánico, sus huesos astillados haciéndose trizas ante la carga del tanque con forma de animal. Gerald descargó su espada hacia su oponente, dejando que la negra pátina de armamento engullese la oscuridad natural de la hoja y obligando a su filo a vomitar una poderosa onda cortante a quemarropa en cuanto encontrase carne que cortar.

Continuó con la cabalgada antes incluso de que su cerebro procesara lo que había logrado. El instinto del soldado tomó el control e hizo girar a su montura a varios metros de distancia, encarar a Therax y reemprender el ataque con el arma presta para otra carga. La sangre corría por su cuerpo y su corazón se había convertido en un temible tambor de guerra.


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Mensaje por Therax Palatiard el Dom 5 Abr 2020 - 19:43

Respiraba agitadamente, rezando para que Gerald no emergiese del torbellino de nieve en el que le había encerrado. Dio dos tímidos pasos hacia atrás, volviendo a perder el terreno que había ganado previamente. Era insignificante en sí misma, pero sentía que cualquier distancia que interpusiese entre ambos era insuficiente, que nunca se alejaría bastante del dolor.

La ventisca había cesado y del público no quedaba más que su presencia física, pues hasta sus respiraciones parecían haber desaparecido. Incluso el vaho nacía con la timidez y cautela de quien no quiere ser detectado, acongojado por la posibilidad de convertirse en la casual víctima de un despiadado asesino. Pero Therax no era consciente de lo que le rodeaba; sólo podía luchar por desterrar a algún lugar inaccesible sus recuerdos, por anular las firmes ataduras que amordazaban cada centímetro de su cuerpo.

Y entonces, desapareció. La cárcel desapareció sin más, como por arte de magia. Al mismo tiempo que su sueño más inmediato se materializaba, su peor pesadilla cobró forma a lomos de un metálico corcel engendrado en las mismísimas llamas del infierno. Escuchó el sonido de las piezas de metal al golpearse entre ellas, así como el anuncio de la carne lacerada y el gemido ahogado. No sólo lo escuchó; mucho más importante: lo vio. Tal vez el terror devorase sus entrañas, pero su vista no le fallaba y aquella distancia no era nada para sus ojos verdes.

Ichizake no sangraba en sus recuerdos, no. Siempre le había humillado sistemáticamente, reduciendo su existencia a algo despreciable que sólo merecía recibir un castigo adecuado. Entonces, ¿por qué lucía más herido que él en aquella ocasión? La causa no podía ser el instinto que empujaba al animal acorralado a defenderse de su depredador, pues éste también había estado presente en el pasado. ¿Qué era? ¿Por qué nada cuadraba? ¿Y adónde había ido su prisión? Los barrotes no habían vuelto a la tierra ni se habían desecho de ningún modo. Simplemente no estaban. Las frutas que había visto a lo largo de su vida no funcionaban así. ¿Qué se le escapaba? ¿Acaso el miedo le impedía verlo?

La sucesión de preguntas azotó su mente en apenas una fracción de segundo, pero no tenía tiempo de pararse a analizarlas. Ni tiempo ni voluntad; simplemente quería perder de vista al moreno cuanto antes. El corcel negro galopaba en su dirección y un sable teñido del mismo color amenazaba su vida. Iba rápido, pero no lo suficiente. Podría esquivarlo. Flexionó las rodillas, dispuesto a impulsarse hacia un lado para escapar del filo, pero no llegó a hacerlo.

Un brutal dolor hincó sus dientes en cada centímetro de su anatomía. Casi al unísono, su compañero, el cansancio, le impidió ejecutar el movimiento que había planeado. Alzó a Wirapuru como pudo, interponiéndola en la trayectoria del sable. Del mismo modo, aleteó una única vez con el fin de apartarse de la trayectoria de la mole mecánica. Lento, muy lento. No… Cansado, muy cansado.

La guardia no fue tan precisa y contundente como debería haber sido, ni el batir de alas tan ágil y grácil como acostumbraba a ser. Lo justo para evitar ser arrollado, pisoteado y herido de gravedad en una única embestida. Se había intentado lanzar con poco acierto hacia la izquierda, de modo que una de las patas del caballo había pisado el centro de su ala derecha y fracturado la estructura ósea que servía de sostén a las membranas. Por otro lado, pese a que el corte no había incidido directamente en su carne, no podía decir lo mismo de la onda cortante que había nacido de él. Una herida nada desdeñable recorría buena parte de su torso, sangrando con una generosidad que el contramaestre jamás hubiera deseado. Goteaba sin pausa pero sin prisa, manchando la nieve bajo sus pies y mancillando el impoluto blanco.

Gerald había dado la vuelta a su montura, dispuesto a repetir el gesto, pero Therax era libre. Estaba cansado y dolorido, pero no necesitaba moverse para volar. El viento nació bajo él, incidiendo con tanta potencia como gentileza sobre sus alas y elevándole en un instante a una gran altura. Allí era libre; se sentía seguro y capaz de afrontar cualquier cosa.

Antes de detenerse en el aire, a varios metros de altura, Yuki-onna ya había vuelto a su vaina y Hi no Tamashii había abandonado la suya. Un segundo después, el filo candente del tantō había cauterizado la última herida recibida. El rubio había logrado reprimir un grito, forzándose a mantener la calma y apretar los dientes. Luka siempre se lo había dicho: era todo un campeón y, pese a que doliera y escociese, ya no sangraba.

Miró a sus pies, contemplando la silueta negra que encarnaba a Ichizake. Mientras volvía a extraer a Yuki-onna de su funda, un denso vaho gélido comenzó a nacer a su alrededor, condensándose en puntos concretos para dar lugar a una ristra de afiladas esquirlas de hielo. Estaba cansado, sí, pero era capaz de aguantar más que eso, mucho más. Por otro lado, sus heridas le dolían, sí, pero no solo ellas. Le dolían lugares en los que no había sido dañado. ¿Por qué? Aquella incógnita se sumaba a la larga ristra de preguntas sin respuesta lógica y válida, y el único factor común a todas ellas era el hombre de tez pálida.

De un modo u otro, había comprobado que sangraba al igual que él, que las experiencias del pasado no tenían que repetirse necesariamente. ¿Que si tenía miedo? No, estaba aterrado, pero aquello no era una excusa para dejarse vapulear sin más. Había perdido el control unos segundos antes, pero siempre había sido imperturbable, y mucho más en las alturas.

Seis de los alargados virotes —que había generado por decenas— se tiñeron de un peligroso y reluciente color negro al tiempo que una corriente de viento comenzaba a nacer tras ellos. Un instante después, cada uno de sus veinte centímetros de largo salió despedido a una velocidad endiablada. Eran tan veloces que el galope del caballo se antojaba como poco menos que ridículo. Les imprimió toda la velocidad que podía transmitirles, guiándolos sin misericordia hacia el cuerpo de su torturador. El resto se distribuyó a su alrededor, dando forma a una puntiaguda esfera de evidente utilidad. Necesitaba un instante para pensar.


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Mensaje por Ichizake el Lun 6 Abr 2020 - 14:57

La muerte llovía del cielo. El hielo y el frío condensados en mortales gotas que desprendía la misma nada, surgidos por arte de magia bajo el amparo del dolorido y herido hombre que, a falta de poder usar las suyas propias, se alzaba en alas del viento que había domado con su habilidad. En las alturas, las últimas gotas de sangre de una herida cerrada por el fuego caían sobre el blanco campo de batalla; abajo, abrigándose con el calor que su montura desprendía, Gerald contemplaba como el aire se enfriaba y se reunía para dar forma a los funestos espolones helados que el haki teñía de oscuro.

¿Cuánto tiempo podría mantenerse allí arriba? Él ya había inyectado su pérfida dosis de veneno bilioso en la mente de Therax, había oído el crujido de los huesos al quebrarse, el sonido húmedo y viscoso de la piel rasgándose y la sangre chorreando. Tarde o temprano tendría que bajar, eso estaba fuera de toda duda. La cuestión era si él seguiría en pie cuando eso ocurriera, si los ataques que el cielo tuviese a bien enviarle acababan con él o si, por el contrario, era capaz de sobreponerse a ellos.

No tuvo tiempo de detener al caballo. Los virotes de hielo devoraron los metros que los separaban de su objetivo con un hambre atroz. Gerald se dejó caer hacia un lado casi sin pensar, guiado por esa parte de su ser que llevaba las riendas de su autoconservación y hacía trabajar a su cerebro a toda prisa. El siguiente segundo se estiró de forma imposible. Todo sucedió de un modo ralentizado, como si la realidad se hubiese abotargado para que su cabeza pudiese procesarla.

Gerald volcó su peso hacia un lado antes incluso de que su bestia de metal se detuviera del todo. Ante sus ojos, los copos de nieve caían con la misma lentitud pesada que él, hartos todos del férreo mandato de la gravedad. Al mismo tiempo, el primer proyectil pasaba como una oscura exhalación donde antes había estado su cabeza y se hundía totalmente en la nieve. El segundo, viajando casi en la sombra de su antecesor, impactó en el lomo del corcel y rebotó hasta dar a Gerald en la frente. Solo el haki lo mantuvo con vida y convirtió lo que podría haber sido un final repentino a su vida en una brecha sangrante en su sien. Un suspiro más tarde su espada desvió una estaca y la envió contra la de al lado, mientras que las dos siguientes hicieron blanco en su cuerpo. Una de ellas se le clavó en el costado que su cuerpo, aún cayendo, ofrecía a su atacante; la otra le atravesó el antebrazo derecho y ahí se quedó.

Solo entonces terminó de caer y su cuerpo encontró la nieve que le hizo de colchón. Rodó un par de metros, regando rojo por el níveo alfombrado, y se incorporó como una exhalación por si se avecinaba una segunda salva. Por suerte, no fue así. Se arrancó con el mayor de los cuidados los puñales de hielo que le horadaban, con el dolor adormecido bajo la bota de su habilidad, y cerró sus heridas con puñados de nieve que se pegaba con su sangre en un triste remedo de tratamiento. Clavó la vista en Therax. Su aspecto desgastado no debía distar mucho del suyo propio, pero al menos Gerald se consolaba con la claridad de su mente, si no con la fortaleza de su cuerpo.

"Y yo que quería que esto durase poco".

Iba a tener que hacer un último esfuerzo. No conceder un segundo de respiro ni un instante de recapacitación a su rival. Durante el ataque se había debilitado su concentración, eso era inevitable, pero se aseguró de no aflojar su influencia y seguir presionando con el cruel látigo del dolor y la fatiga. Debía mantenerse frío. Tan gélido, duro y afilado como el filo que empuñaba. Inspiró hondo y se puso en marcha.

Una vez más, pasó al ataque.

Su poder volvió a florecer al mismo tiempo que obligaba a su cuerpo a moverse. Saltó sobre el lomo de su caballo y, en un alarde de absoluta insensatez, se dio impulso para saltar hacia su oponente volador. La visión de las estacas de hielo que conformaban un escudo a su alrededor era sobrecogedora, una temible advertencia a cualquiera que osara acercarse. No obstante, su espada podía cortarlo. Y si no podía, sí podría desviarlo a golpes. De un modo u otro estaba seguro de que lograría abrirse un hueco entre esa defensa. Sabía que en cualquier momento podía enfrentarse a una mortífera ráfaga de hielo, pero... en fin, para eso estaba su as bajo la manga.

Gerald todavía recordaba la nitidez de la que gozaban los ojos de Therax, lo había experimentado al compartir su percepción. Para alguien con esa capacidad visual, fijar la vista para apuntar y disparar seguro que era algo simple. Pero para eso debía poder apuntar... No atacó su vista, no; eso le habría obligado a centrarse en algo secundario como el mantra. En lugar de eso, enfocó su habilidad a retorcer y deformar su percepción espacial. Convertiría un centímetro en diez, de forma que hasta el movimiento de su cuerpo le resultase antinatural; de forma que pareciese estar mucho más lejos de lo que en realidad estaba. Gerald confiaba en que a Therax le sería imposible acertarle, y que si algún ataque suyo suponía un peligro para él podría ocuparse con su espada. Para cuando se diese cuenta de que algo le ocurría, Pluma Negra ya estaría reforzada por el mismo haki que le permitía alargarse ligeramente y buscando la última sangre del combate con una certera estocada.


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Nombre de la técnica: Dominio espacial
Descripción: Gerald aprende a manipular la percepción del espacio. Es capaz de meterse en la mente de quien desee y hacer que un metro les parezca un kilómetro o que la distancia entre las paredes y la persona sea de un centímetro. Para que no sea abusivo, en caso de users y NPCs relevantes solo puede ampliar o disminuir la percepción del espacio hasta veinte veces.
Tiempo de canalización: 5 segundos
Tiempo de recarga: 3 minutos

Modalidad h. armadura - Nivel II: Es capaz de alargar su espada usando haki, creando una lanza con él. Ésta puede llegar hasta los dos metros de longitud. De forma pasiva, su espada se vuelve un 50% más resistente.


A tener en cuenta:
Discreción rango 9: El Haki de observación siempre lo detectará como alguien mucho más débil, aunque por encima de la gente ordinaria.

Black Slash: Gerald consigue una mayor velocidad en el manejo de su espada.

Koro Koro no mi - Nivel 70: Como mejora, su mente se vuelve impenetrable para otros poderes similares a los suyos.

Modalidad de haki de observación - Nivel II: A cualquiera que no le saque tres niveles de este haki le será imposible percibir nada profundo sobre él, es decir, emociones, personalidad, pensamientos...

Ojo de las profundidades: Gerald goza de una percepción perfecta y ultrarrápida, es capaz de realizar razonamientos complejos en un instante e incluso automatizar movimientos, reduciendo su tiempo de reacción prácticamente a cero.
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Mensaje por Therax Palatiard el Lun 6 Abr 2020 - 16:23

Si algo estaba claro era que nada era lo que parecía. Una jaula de barrotes mágicamente desaparecida, unos recuerdos en cuanto a la diferencia de poder entre ambos que no se ajustaban a lo que estaba sucediendo, un dolor injustificado que incidía sobre elementos de su anatomía que no habían resultado dañados. Eran piezas que no encajaban cobijadas bajo el abrigo de Gerald. ¿Acaso su fruta le permitía hacer magia? Porque sólo eso podía regalar semejante abanico de habilidades a una persona. No podía ser, ya que Katharina era quien ostentaba el dudoso título de poseedora de aquellos poderes. ¿Por qué no había sido capaz de deducir sus capacidades en el pasado? De un modo u otro, no podía fiarse de lo que percibía del entorno, eso era más que evidente.

Los ojos de Therax, que oscilaban entre el verde y el azul por momentos, contemplaron cómo algunos virotes lograban dar en el blanco. Debía seguir así. Tenía que vencer sin importar qué sucediese o qué dificultad se presentase ante él. No podía perder allí, no otra vez.

Rodó. El moreno rodó por el suelo antes de volver a erguirse. El rojo de la sangre manada de sus heridas volvió a salpicar el inmaculado blanco de la nieve. Casi daba lástima ver en lo que se había convertido la arena. La otrora capa de liso blanco lucía distorsionada, arrasada, sin importar dónde se mirase. Por un lado, el viento del contramaestre había desplazado buena parte del blando suelo en numerosos puntos; sin contar que la galopada del corcel había revuelto todo a su paso. Por otro, ambos dejaban gotas de vida esparcidas por el terreno. No, no daba lástima. Era hermoso, puro y real como la vida misma.

Wirapuru y Yuki-onna acariciaban sus manos, demostrándole que no se separarían de él hasta que resultase vencedor. Therax sabía que ya estaban listas para el combate; que aguardaban, dispuestas a abrir sus entrañas para proclamarle vencedor. Sin embargo, antes de ello tendrían que protegerle una vez más. Gerald se había subido a su infernal cúmulo de chatarra y, usándolo como punto de apoyo, se había lanzado a por él.

Quebraba las esquirlas de hielo que se interponían en su ascenso, regalando al ambiente un precioso sonido que en cierto modo recordaba al cristal roto. El rubio alzó levemente sus espadas, preparándose para la acometida. No obstante, algo cambió de repente. ¿Por qué el cuerpo de Ichizake no avanzaba como debía? Se hallaba más lejos de lo que debía estar teniendo en cuenta cuándo había saltado…

No lo sabía, pero no se lo cuestionó. Aquello no podía ser más que otra demostración de sus peligrosas capacidades. «Nada es lo que parece», se dijo, grabándose a fuego aquellas palabras. Además, el sonido de algunas de las esquirlas de hielo al romperse indicaba que el dolor estaba más cerca de lo que podía parecer.

Se colocó en guardia mucho antes de que la supuesta estocada llegase. En cuanto notó el contacto del sable del moreno con Wirapuru, efectuó un virtuoso giro de muñeca con el que pretendía evitar cualquier herida. Pese a su excepcional capacidad de reacción —y por mucho que le pesase—, a sus ojos el espadachín aún no había alcanzado su posición. Sostenía la espada como si pretendiese atravesarle, de acuerdo, pero aún les separaban varios centímetros. La consecuencia inevitable fue que su defensa no fue óptima.

Lo que su adversario debía haber concebido como una estocada directa a su torso se convirtió en un corte de profundidad considerable a nivel del hombro. Del mismo modo, lo que debería haber sido una puñalada desviada sin ningún tipo de dificultad se tornó en un agudo tajo. Algunos centímetros por encima de la clavícula, la mitad de la hoja había transformado la ofensiva en un corte que en cualquier otra situación ni siquiera habría estado cerca de recibir.

La hoja apenas acababa de lacerar su carne cuando los virotes comenzaron a moverse. Lo hicieron, una vez más, propulsados por corrientes de viento que los empujaron hacia el rōnin alado. Gerald estaba frente a él; le acababa de herir, podía notar su respiración, oler su sangre y escuchar sus jadeos. Era tanto daño el que le había causado en el pasado que, a pesar del miedo, necesitaba derrotarle aunque sólo fuese una vez.

El gran erizo conformado por las púas de hielo se cerró con suma celeridad un momento después de que el desplazamiento de las esquirlas comenzase, quedando éstas detenidas a unos escasos dos centímetros de su amo y señor. Cinco de ellas, posicionadas en la zona que ocupaba la figura de su contrincante, habían adquirido el negro matiz que sólo la ambición concedía. Ese detalle no hacía a las demás menos peligrosas, pero aquel gesto era una suerte de confirmación de las intenciones del rubio.

Desechos los virotes, Therax accionó el botón oculto en la empuñadura de Yuki-onna y la blandió con furia. El vapor de agua almacenado en su interior durante todo el enfrentamiento salió a través de los poros de su hoja. Se condensó en torno a la ráfaga cortante al tiempo que ésta nacía, incrementando su tamaño y grosor hasta más del doble de lo normal. Un sinfín de esquirlas de hielo adornaba la onda, que fue impulsada por una poderosa corriente de viento en dirección a la silueta de Gerald.

Confiaba en haberle alcanzado al cerrar el erizo y que eso fuese suficiente para conseguir la victoria, pero, al mismo tiempo, era perfectamente consciente de que su segunda ofensiva, igual de peligrosa que la primera —si no más— era completamente necesaria para triunfar.


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Mensaje por Ichizake el Mar 7 Abr 2020 - 13:43

El tirón de la gravedad le arrastró de nuevo hacia el suelo antes de que pudiera lamentarse por no haber puesto fin a la lucha con ese último movimiento. Estaba claro que Therax no tenía intención alguna de dejarse matar sin más, lo cual resultaba sumamente inconveniente. De no haber sido un torneo amistoso con unas normas del mismo carácter tal vez lo habría dejado amnésico y a merced de lo que el destino reservase a los perturbados que ignoraban hasta su nombre. Desafortunadamente, esa carta no estaba en la baraja. Y ya empezaba a estar cansado.

Cuando el escudo se cerró como un cepo, Gerald se alegró, por una vez, de no poder volar. Vio de reojo que las púas que volaban hacia él estaban cargadas de haki, pero las que se encontraban en la trayectoria de su caída seguían siendo hielo quebradizo, presa fácil para su acero. Su capa quedó hecha jirones cuando varias de las estacas la agujerearon según Gerald se daba impulso en el propio cuerpo del pirata para descender con mayor presteza.

El tiempo que transcurrió hasta que volvió a tocar el suelo fue casi como un bálsamo, un mínimo descanso en el que juzgar el probable desarrollo de aquel combate. Era obvio que no alcanzarían una conclusión rápida, ni mucho menos cómoda. Conocía a los usuarios como Therax, siempre con una transformación más bajo la manga. Si el caso de Markov podía servirle como ejemplo válido, no le extrañaría que de repente se convirtiera en una monstruosa bestia capaz de sanar todas sus heridas al instante y tornar la balanza repentinamente a su favor. Gerald no podía hacer eso. No contaba con fantásticos poderes con los que borrar su parte de la pizarra y recomenzar el combate en lo que a estado físico se trataba.

Una idea comenzó a brotar en la periferia de su cerebro, pero tuvo que desecharla para defenderse del inminente ataque. Giró en el aire e interpuso la espada entre él y la obscenamente grande onda cortante que caía hacia él como la hoja de una guillotina congelada. Había que reconocerle al pirata que su variedad en cuanto a ataques de ese tipo era ejemplar, por lo menos tanto como irritante.

Las lascas de hielo rebotaron como chispas cuando el haki y el metal de Gerald se toparon con la ofensiva del hombre-ave. De nuevo, no trató de frenarla, sino de usar su propia fuerza para dejar que pasase de largo. Colocó su espada de tal forma que la onda cortante siguiera la trayectoria de la hoja y así usarla como trampolín para apartarse de su camino. En cierto modo no le salió mal, mas no pudo evitar perder la postura con la que pensaba aterrizar y salir volando sin control en medio de un torbellino de nieve.

Esta vez no se levantó. De hecho, procuró ni moverse, quedarse allí tumbado entre una nube de nieve en suspensión. Tenía la boca helada, llena de nieve ensangrentada; un hormigueo incómodo proveniente de su muñeca izquierda le indicó que había algo allí dentro que no estaba en el lugar que debería. Aun así, impulsado por los invisibles hilos de su anestesia, podría haberse puesto en pie de nuevo. Y, de hecho, eso fue lo que hizo, pero no antes de emplear una última ilusión.

Antes de que la nieve que su caída y el impacto del ataque de Therax había levantado se depositara en el suelo, dejó la mente del pirata libre de todo su influjo; ya no le era necesario. Aunque no sabía si seguiría encerrado en su esfera de hielo, entró en el complejo puzzle que era su percepción para alterar las piezas que lo componían e introducirlo en un mundo completamente irreal.

En la falsa realidad que insertaría en su mente, el público vitoreaba con locura tras la caída de Gerald, que yacía inmóvil allá donde había caído, sumido en la inconsciencia en el mismo lugar desde donde el Gerald de verdad, ya incorporado, proyectaba su falsa derrota a la cabeza de Therax. Bajo los aplausos del público se anunciaría la victoria del pirata igual que en otros combates se había anunciado a los ganadores. Un árbitro haría acto de presencia para saludar al ganador. Gerald pulió cada detalle del aspecto de ese hombre, desde el olor hasta la forma de su sombra, copiándolos de alguien que ya conocía y añadiéndoles un matiz robótico a sus rasgos para explicar la ausencia de voz. Las máquinas humanoides eran un invento de lo más útil en según qué casos.

"Enhorabuena, señor Palatiard. La victoria es suya", diría el árbitro. "Por favor, salga del estadio y diríjase a la enfermería. Enseguida entrarán los sanitarios a ocuparse de su rival y los aficionados que han decidido intervenir imprudentemente. Hemos dispuesto una sala con catering para usted, desde donde podrá observar el desarrollo de los demás combates si así lo desea. Su capitán ya lo está esperando".

No era la estrategia más elegante del mundo, pero tampoco requería serlo. Gerald aprovechó para recuperar el aliento, aunque no se permitió descuidarse. No perdería de vista los movimientos de Therax, por si acaso se le ocurría alguna idea peregrina como intentar rematarlo o ir a comprobar si seguía consciente. Tendría que adaptar la farsa si eso sucedía, añadiendo un falso sentido del tacto, temperatura, aliento y algún que otro detalle que ya se afanaba en preparar de antemano, tan solo por si era necesario.

Esperaba que no. Con suerte, aquel tipo se descalificaría al largarse y él podría irse a descansar de una vez y volver a visitar la enfermería de su barco. Empezaba a convertirse en una costumbre muy poco sana.


A tener en cuenta:
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Mensaje por Therax Palatiard el Mar 7 Abr 2020 - 15:03

La gélida onda lanzada por Yuki-onna levantó la nieve de la arena con furia, extendiendo ante sus ojos un algodonoso manto blanco que le impedía ver lo que sucedía bajo él. No obstante, un clamor le señaló que había algo diferente tras aquella acometida. ¿Por qué estaba todo el mundo tan contento?

El público, sepulcralmente callado desde hacía varios minutos, estalló en vítores cuando el cuerpo de Gerald quedó, inerte, en el suelo. Los seis fanáticos espontáneos que habían saltado al campo de batalla anteriormente yacían a varios metros del contendiente caído, a no demasiada distancia del muro que separaba a los luchadores de los espectadores.

Su nombre comenzó a distinguirse entre los gritos del gentío. ¿Le aclamaban como triunfador? Sí, y no podía obviar el placer que eso le producía. Había perdido contra Katharina y el combate de Zuko había sido interrumpido por una sirena mucho antes de acercarse a su fin. En aquel entonces ninguna persona perteneciente a la organización se había dignado a acceder a la arena. Por eso, no pudo evitar extrañarse cuando un sujeto de extraños andares emergió de las profundidades del coliseo. Imaginó que algo similar habría ocurrido cuando la bruja le venció, así que se dispuso a escuchar sus palabras.

Un deje mecánico en su voz y unas facciones especialmente relucientes avisaban de que no dejaba de ser un cúmulo de metal y circuitos. En detalles como aquél se podía apreciar el poderío económico de Lord William, cuyos infantiles caprichos propios de un hombre que rozaba lo senil comenzaban a molestarle. ¿Por qué demonios tenía que aguantar semejante cúmulo de heridas? Ya hablaría con Zane de su fantástica idea de presentarse voluntariamente a aquel espectáculo. Según le comentó el árbitro del encuentro, el pelirrojo ya le estaba esperando.

Por lo que habían estado hablando durante los días que transcurrían entre un enfrentamiento y el siguiente, el Descamisetado había tenido que enfrentarse a quien, gracias al criterio de los jueces, había vencido a Katharina. Que hubiese derrotado tan rápido a aquel sujeto dejaba claro que la diferencia de poder entre su capitán y él era abismal. Curiosamente, no podía soportar que tal brecha les separase. Tenía que volverse más fuerte, pero antes se dejaría tratar por quien le estuviera esperando en la enfermería.

Recuperó su forma humana, traduciéndose las fracturas y cortes de su ala en una lesión bastante aparatosa en la escápula del mismo lado. Yuki-onna y Wirapuru, aún cargada la segunda, volvieron a descansar en sus vainas mientras los pies del rōnin alado se dirigían hacia la salida. ¿Le darían algo rico que comer y beber?

Entonces sonó. Aún se encontraba bastante lejos de la salida cuando el chasquido llegó hasta sus oídos. El júbilo de los asistentes lo había ocultado en buena medida, pero había podido apreciarlo. Los cañones de nieve comenzaron a vibrar de nuevo, vomitando una vez más un sinfín de copos con una potencia capaz de desatar una ventisca. La finalización del combate debía haber implicado la detención de los sistemas, ¿no? Tal vez Lord William fuese asquerosamente rico, pero dudaba mucho que gustase en derrochar su dinero en un gesto tan estúpido como aquél.

Del mismo modo, en aquel torneo la muerte de los participantes estaba completamente descartada y aquel temporal podía tener devastadoras consecuencias para el inconsciente cuerpo de Gerald. A menos que… «Nada es lo que parece», recordó sin detenerse. Una vez más, no encajaba. Con el fin de la disputa deberían haberse desactivado los dispositivos.

Cerró los ojos sin dejar de caminar y, ante sus ojos cerrados, el mundo se plasmó como un sinfín de colores. Cada uno de ellos encarnaba la esencia de quienes le rodeaban, permitiéndole contemplar el mundo en una oscuridad sorprendentemente más precisa.

—Nada es lo que parece —murmuró, quedando sus palabras ahogadas por el poderío sonoro de la ventisca. Aquello no debía estar allí; los copos de nieve no debían estar depositándose sobre cuerpo y el manto de Heimdall no tenía motivo para ondear con furia… ¡A menos que el combate no hubiera acabado!

La energía azulada volvió a cubrir de nuevo su cuerpo, dotándolo del mismo aire rapaz que le había concedido al principio del enfrentamiento. Simultáneamente, el viento comenzó a moverse antinaturalmente a su alrededor, condensándose hasta adquirir naturaleza sólida en puntos concretos. En ellos nacían pequeñas esferas de cinco centímetros de diámetro que pasaron a contarse por veinticinco, de las cuales quince, guiadas por Etesio, salieron despedidas en rápida sucesión hacia la posición que ocupaba Ichizake.

Cada una de ellas era capaz de perforar sin dificultad el acero. Therax no se había impuesto sobre el temporal desatado por los artefactos en aquella ocasión, de modo que los proyectiles avanzaban como ocultos dardos entre la nieve. Buscaban su objetivo a toda velocidad, no teniendo nada que envidiar a las más poderosas ráfagas de viento que había creado hasta el momento.

Si su suposición era equivocada y había actuado por pura paranoia, ya se enfrentaría más adelante a las consecuencias que pudiera tener. Si es que las había, claro, ya que, con la sorprendente tenacidad y resistencia que había demostrado su adversario, dudaba profundamente que Etesio fuese capaz de acabar con su vida aunque se encontrara inconsciente.


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Mensaje por Ichizake el Miér 8 Abr 2020 - 13:44

Las malditas máquinas volvieron a escupir nieve y Gerald se puso en alerta de inmediato. No le gustaba que hubiese nada que estuviese fuera de sus cálculos y pudiera, por tanto, suponer un obstáculo para su estratagema. Ignoraba cada cuánto tiempo se activaban esas cosas, pero no podían haber sido más inoportunas. Desde luego, era un detalle menor, insignificante a sus ojos, pero cualquier cosa podía afectar al delicado equilibrio del castillo construido en el aire. Therax, que hasta entonces se había mostrado dispuesto a seguir el cauce de las mentiras del inexistente árbitro robótico, abandonando su forma de combate y bajando al nivel del suelo, también lo notó.

"Tienes que estar de broma".

¿Tan paranoico estaba? ¿Tanto le temía? ¿O simplemente era un sádico que pretendía asegurarse de que hubiera acabado con él? Incluso cabía la posibilidad de que contase con un modo de distinguir que el cuerpo que veía allí tirado no era el real. Fuera lo que fuese, el pirata había recobrado su apariencia de batalla. Gerald se puso en guardia y retrocedió unos pasos antes incluso de saber qué era lo que su rival pretendía. Una vez más, el viento vio su voluntad deformada por el capricho de Therax y comenzó a dar a luz un proyectil tras otro. Las balas de viento atravesaban la ventisca que las máquinas habían formado y perforaron al falso Gerald caído como un cuchillo hundiéndose en un trozo de mantequilla.

"Muy bien, tú lo has querido".

Gerald cambió la ilusión. Si aquel pirata creía conocer cuál era su poder, si aquel simple criminal pensaba que podía enfrentarse de frente a la insondable profundidad de su mente, le demostraría cuán equivocado estaba. Salvo que un milagro le hubiera concedido la capacidad de rechazar su habilidad, iba a hacer que esa escoria fuera testigo de un apoteósico espectáculo.

En su ilusión, cambió el escenario completamente. El público desaparecía convertido en cenizas que el aire dispersaba entre gritos moribundos y en su lugar quedaban tan solo gradas vacías y agrietadas bajo un opresivo cielo negro. No había nubes ni estrellas, pájaros ni sol, tan solo una desesperanzadora y absoluta oscuridad sin fin que se tragaba la luz de los focos y la devolvía en forma de relámpagos de un rojo sanguinolento. Lo único que iluminaba aquel mundo de pesadilla era el brillo pálido y enfermizo de la nieve, que se movía con una vida prestada y viciosa, envolviendo los cuerpos de los espectadores del campo y tragándoselos entre el crujir de sus huesos. Cada vez que uno de ellos desaparecía, el suelo temblaba y se agrietaba para dejar paso a una mano esquelética abriéndose camino entre los pilares de roca que se alzaban por doquier. Entre la piedra, como fósiles atrapados para la eternidad, se distinguían figuras humanas que se lamentaban en silencio.

"Muy bien, muy bien", hizo decir al árbitro. De sus mecánicos labios brotaba la voz del propio Therax. "Vuelta alto y golpea fuerte, ¿eh, amigo? Roba, mata y vete. Lucha, miente y sigue navegando". Derritió su rostro lentamente, como cera caliente, dejando al descubierto un burbujeante mar de sangre y carne desgarrada en el que se perfilaba el blanco del hueso al descubierto. Aun sin dientes, aun con el cuerpo humeante y repugnantes gusanos emergiendo de donde habían estado sus ojos, siguió hablando. "Nos bañamos en sangre y fuego y luego volamos". Gerald obligó al androide a arrancarse su propia cara. Bajo ella, los rasgos finos y el cabello rubio de Therax sonreirían con dientes podridos. "La vida pirata es la vida mejor, ¿a que sí?" Esas serían sus últimas palabras antes de dar un grito inhumano y estallar en llamas.

Gerald se puso en marcha, tanto el verdadero como las decenas de copias suyas que con su habilidad repartiría por el campo visual de su rival. Todas ellas empuñarían una espada en una mano; en la otra, la cabeza decapitada del propio Therax. Todas muertas, todas sonrientes, con los ojos abiertos y sin vida mirando a su única congénere con vida. Las hizo cantar una canción pirata a coro mientras él preparaba su ataque.

"¿Lo ves?", habría querido preguntarle, aunque solo fuera para asegurarse de que así era.

Hizo pasar a todas sus falsas copias al ataque. Sus rasgos se deformarían con cada paso, mutando entre mil rostros distintos en el momento de su muerte. De los cuerpos de los espadachines surgían cuervos negros de ojos rojos mientras corrían al encuentro del pirata convertidos en una marabunta de furia homicida. Y entre ellos, arrollando sin piedad a los monstruos que él mismo había convocado, el caballo de guerra cabalgaba envuelto en llamas que también abarcaban a su jinete, ambos falsos. Gerald quiso que de los ojos del corcel brotara el fuego del infierno, y así se esmeró en hacérselo ver a Therax. Quería que sintiese en los huesos el calor del incendio vivo envuelto en hierro que se abalanzaba sobre él.

Y en cuanto estuvo listo, atacó.

Gerald se abrió paso entre su farsa con un súbito acelerón, con Pluma Negra envuelta en un haki tan negro como los presagios que su hoja profetizaba. Su esmerada pesadilla solo tenía que despertar el miedo a su persona y mantener a Therax en el suelo unos segundos, lo justo para que él pudiera preparar su ataque y ejecutarlo en un instante. Aunque si era necesario, siempre podía usar de nuevo a su montura como trampolín. Solo necesitaba un golpe, un único corte capaz de abrirse paso por la misma realidad y partir en dos al peligroso pirata con el que la fatalidad le había juntado.

Spoiler:
Nombre de la técnica: Corte del decapitador de dragones
Naturaleza de la técnica: Física
Descripción de la técnica: Un movimiento de espada le basta para partir en dos cualquier objeto menos duro que el diamante, por grande que sea. Por contra, requiere concentración y no es algo que pueda hacerse a menudo.
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Mensaje por Therax Palatiard el Miér 8 Abr 2020 - 17:02

Therax se giró y encaró el lugar que ocupaba el ya inexistente cuerpo de Ichizake. Sus ojos permanecían cerrados, pues se negaba a volver a confiar en sus sentidos para juzgar el mundo que le rodeaba. Había estado a punto de abandonar la arena sin tener que hacerlo, reafirmándose el lema que se había convertido en motor del combate: nada era lo que parecía.

Una caprichosa silueta rojiza reflejaba la posición de Ichizake, que en absoluto yacía derrotado en el suelo. Apretó con fuerza los dientes, sintiéndose despreciado por su contrincante. ¿Realmente había pretendido vencerle de aquel modo, engañándole para que abandonase el estadio? Algo en su interior le pidió que gritase, que increpase a su oponente por usar un truco tan rastrero como aquél, pero no pudo hacerlo.

Las auras de los asistentes comenzaron a distorsionarse. Seguían allí, danzando entre el verde, el azul y el blanco, pero eran abrazadas y parcialmente deconstruidas por una fuerza externa. Entonces, la inconfundible voz del árbitro llegó hasta sus oídos. Iba adquiriendo un matiz oscuro y profundo con cada sílaba que escapaba de sus artificiales labios. Fue mutando hasta adoptar un tono lúgubremente familiar. No podía ser, ¿o sí? Sí, era su propia voz la que se dirigía a él con tenebrosa condescendencia. ¿Qué clase de turbio poder ostentaba Gerald? Resultaba aterrador, y ese hecho se reflejaba en el nudo que amordazaba el estómago del rōnin alado. Alzó a Wirapuru y Yuki-onna por puro instinto, esperando un terrorífico ataque en cualquier momento.

Un coro de voces… No, una gran cantidad de gargantas idénticas a la suya comenzaron a entonar el himno de los corsarios, ése que Zane tatareaba entre dientes cuando las noches de desenfreno se acercaban a su fin. La sinfonía sobrecogió su alma, provocando que reafirmase su guardia en un acto reflejo que poco o nada le protegía de lo que sus oídos escuchaban.

El rojo de Ichizake avanzaba hacia él a una velocidad endiablada, envuelto y respaldado por el ígneo galopar de su corcel y el graznido de los cuervos que auguraban su caída. Pero ese día no había llegado. Vivió el fatal corte que amenazaba con dividir en dos su anatomía. Experimentó el dolor de su carne y sus huesos al ser lacerados y quebrados por el acero del sable de su contrincante. Lo vio antes de que aconteciese realmente, y lo evitó.

Wirapuru y Yuki-onna se interpusieron en el camino de la espada. Al mismo tiempo, sus alas reafirmaron el perímetro creado por la defensa del acero y formaron un paréntesis en torno a sus armas. Una barrera de cuatro filos perfectamente enrasados se interpusieron en la trayectoria de la letal ofensiva. Resistió el golpe, aguantando estoicamente y obligando a sus pies a hundirse en la nieve para evitar ser desplazado. Su espalda crujió como reflejo del impacto absorbido por las alas azuladas. Del mismo modo, sus hombros se resintieron y una dolorosa vibración recorrió su espina dorsal. Incluso sus rodillas aullaron de dolor por la tensión soportada, pero no se movió ni un ápice.

—Te veo —susurró al aura rojiza posicionada frente a él instantes antes de que su cuerpo al completo comenzase a brillar. El resplandor blanquecino se condensó velozmente en torno a diversas estructuras de su cuerpo: tobillos, rodillas, cintura, diafragma, hombros, cuello y nariz. Las ondas cortantes nacieron a su alrededor, transportando toda su furia y  formando un ángulo de trescientos sesenta grados para anular cualquier escapatoria de Gerald.

No, aún le quedaba una vía de escape. Sus nudillos palidecieron hasta el extremo cuando apretó con rabia la empuñadura de Wirapuru, teniendo en mente la posibilidad de que su rival tratase de evitar su ofensiva con un desplazamiento hacia las alturas.

El sable rasgó el aire con violencia, generando una iracunda onda cortante que, si todo salía según el plan que había dibujado en su mente, sería extremadamente difícil de frenar o evadir —si no imposible—. Un calor sofocante, más allá de lo racional, inundó el ambiente. Acompañó al afilado trazo que devoraba cada milímetro que separaba a ambos contendientes. Lanzaría aquel mortífero calor poseído por la naturaleza del acero hacia su rival, guiándose por la rojiza esencia que revelaba su posición más allá de cualquier duda.


Torneo:
Stats: Fuerza: 13 + Mítica / Resistencia: 11 + Mítica / Destreza: 10 / Agilidad: 10 + Mítica
Velocidad de las corrientes: 280 m/s.
Velocidad de propulsión: 168 m/s.
Mejoras físicas: Híbrida (+2 Fuerza y Resistencia) / Completa (+4 Fuerza y Resistencia).


Always:
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Drama King:
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The tempest has arrived:

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Who said drama?:
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Kingdom of Memories:
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Loh Polloh:
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Mensaje por Arthur Silverwing el Sáb 11 Abr 2020 - 11:45

Buenas tardes caballeros, aunque creo que sobran las presentaciones soy Arthur y hoy seré vuestro moderador. Antes de comenzar he de aclarar que he desarrollado una estrecha relación con la almohada que he usado para ahogar mis gritos de desesperación al ver post tan largos. Una vez dicho esto pasemos a lo que habíamos venido.

Victoria bélica: El combate ha acabado inconcluso, así que 0 Puntos.

Narración y estilo: Tranquilos, no me habéis dejado ninguna duda de que a los dos se os da bien narrar las cosas, demasiado bien diría yo. Tan bien que no veo diferencia que me ayude a decantarme por uno u otro, así que 0 Puntos en este apartado.

Asunción de daños: En todos los post he visto que se respetaban los ataques de cada uno de los integrantes y se asumían los daños y las defensas dentro de vuestras capacidades. No he llegado a ver faltas graves por parte de ninguno, así que en este aspecto no me voy a inclinar por nadie. 0 Puntos

Originalidad y entorno: Aquí cada uno brilla en un aspecto diferente. Si Therax brilla en el uso del entorno, sacando partido a un escenario que le beneficia, Gerald ha brillado por su originalidad a la hora de tratar de manipular la situación con el falso árbitro y los espectadores. Me ha gustado bastante ver como uno usa la ventaja de los cañones de nieve para anular parcialmente la falsa inmaculada del otro. Por mucho que me duela estaros dando 0 puntos en este aspecto veo que las fortalezas de cada uno se compensan.

Pulcritud de escritura: Ambos habéis tenido una escritura perfecta, y más teniendo en cuenta el tamaño de cada post. Es cierto que hay algún que otro error de tecleo, pero en ambos casos puedo contarlos con los dedos de una mano. 0 Puntos.

Faltas: Sin objeciones, 0 Puntos.

Bueno, creo que tras llegar a este punto habréis sabido hacer la suma de todos los apartados sin equivocaros. En efecto, el combate queda como un Empate. Por lo tanto cada uno se lleva 1 Punto.


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Datos relevantes:

Fuerza 11,Resistencia 10, Velocidad 9, Instinto Salvaje 7

Sentido térmico: Arthur puede captar la temperatura y sus cambios a su alrededor.
Aura de Violencia: Arthur emite constantemente un aura ofensiva que captan todos los usuarios de mantra.

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