[Misión épica-Isla Gyojin] ¡Que empiece la revolución!

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Mensaje por Maki el Mar 28 Abr 2020 - 23:12

Vaya cabreo se había pillado Orejas... Maki estaba impresionado con la capacidad que tenía para gritar de la forma más exagerada posible. Estaba claro que era un recluta rebelde y difícil de tratar, pero el Oficial Makintosh no rechazaba nunca un desafío. Acabaría por domar a aquel potrillo de mar aunque tuviese que hacerlo por las malas. Aún recordaba la vez en que Jack el Asno se empeñó en no llevar los botines reglamentarios de los Centellas. Menuda bronca tuvieron... Maki tuvo que sujetarle las piernas y ponérselos él mismo. Y todo mientras Jack no dejaba de decir que le venían pequeños. Suerte que al final, gracias a la firme insistencia de su superior, se enderezó y dejó de lado su actitud irrespetuosa.

Orejas tal vez fuese un poquito más difícil de encauzar.

Las lucecitas que salían del brazo del gato se le quedaron grabadas en las retinas. Qué eran y para qué servían Maki lo ignoraba, y tampoco tuvo tiempo para preguntárselo. Su tripa recibió el golpe como un mazazo. El puño del gato no encontró resistencia en las blandas carnes de su amado, amado líder. El Oficial Makintosh sabía que no le estaba pegando realmente a él, si no que se pegaba a sí mismo. Solo que le dolía a él.

En ese momento recordó el buffet de caracoles del hotel. El dinero de la Revolución había pagado un banquete fastuoso, algo tan obscenamente innecesario que Maki supo que jamás lo relacionarían con él. El atracón nocturno formaba parte de su tapadera tanto como las rastas que ya había tirado o el nombre falso del que ya no se acordaba. Y cuando el gato le sacudió en el estómago, la piscina de jugos gástricos que todavía estaba digiriendo las cuatro cenas se meneó violentamente. Con un desagradable y oloroso chorro verdoso, el banquete salió por donde había entrado.

Maki cayó entonces de lado, víctima de un calambrazo que no se esperaba. Se puso muy tieso en el suelo y empezó a sacudirse arriba y abajo sin control ninguno. Se sentía como la primera vez que salió a la superficie y se le olvidó que podía respirar fuera del agua. Era como una trucha recién pescada, dándose cabezazos contra el suelo mientras a su nariz llegaba un olorcillo a carne quemada que casi le hizo vomitar otra vez.

-Tranquilo, chaval, ya nos haremos amigos -le dijo entre espasmos a su recluta.

Era rebelde, pero buena gente. Más o menos.
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Mensaje por Lance Kashan el Miér 29 Abr 2020 - 9:04

En un solo instante, y por obvia culpa del mink, la situación en nuestro grupo se había torcido. No había encontrado otro momento mejor para pelearse como niños pequeños que delante de todas nuestras tropas, dejando más bien por los suelos el respeto que les pudieran tener. Tanto por uno, que se estaba retorciendo de dolor en el suelo por un puñetazo—lógico, ya que al ser gyojin la electricidad le debería afectar más— como del otro, que había terminado lleno de vómito, algo que su nariz felina seguramente no llevase muy bien. Y yo, como buen espectador, me había limitado a dar un paso hacia atrás y mirar la escena. Y si no pudiera empeorar el cuadro, la princesa había salido a la puerta, seguramente llamada por tanto estruendo que encontraba el club en su entrada.

Suspiré y me llevé la mano derecha a la cara, golpeando con suavidad contra la máscara de Sif y, en parte, el bigote que elegantemente portaba. Miré, sin girar el cuerpo pero sí torciendo mi propio cuello, a todos los efectivos que habíamos traído y como sus ceños se iban frunciendo paulatinamente en señal de disconformidad. Seguramente por sus cabezas se estuvieran preguntando qué iba a ser de ellos si los comandantes de la operación era así y, sinceramente, los compadecía. De estar en su lugar, seguramente hubiera decidido marcharme ya como quien no quiere la cosa, pues esto era vergonzoso.

— Vale, vale, chicos… — Di un paso hacia delante mientras tomaba la Glock de mi cinturón, y me desmaterialicé, apareciendo justo en mitad de ellos en menos de un cuarto de segundo. Mi postura se alejaba mucho de una de combate, pero era la forma más elegante de hacer todo esto. Apunté con la pistola hacia el mink, mientras chasqueaba los dedos de la otra mano y dos paredes de electricidad sólida surgían, que cubrían dos metros de altura por cuatro de largo. — Señor Maki, Heimer… Llevémonos bien, ¿entendido? — Señalé con la mano libre, la del lado de Maki, hacia el público que nos habíamos agenciado. — ¿No deberíamos dar una buena imagen frente a nuestras filas? Recuerden que seremos nosotros quien lleven la operación. No nos podemos permitir perder su respeto desde el inicio. Sería un craso error.

Permanecería en esa postura durante un rato, hasta que los propios mercenarios y revolucionarios que nos apoyarían en la operación comenzaron a aplaudir, no sé concretamente a qué. Quizás a mi actuación, quizás se pensaban que todo era un teatrillo… No lo sabía a ciencia cierta, pero supuse que aquello daba fin a mi amenaza y guardé la pistola.

— Augustus, usted y yo nos encargaremos de repartir el material a las tropas, ¿le parece bien? — Dejaría al mink con la princesa haciendo el plano. Total, podríamos aprovechar ese momento en el que el gato no estuviera con nosotros para convencerlos de seguir nuestras órdenes e ignorar las de aquel hombre que, ahora que veía su modus operandi, era bastante poco caballeroso. Un puñetazo en la boca del estómago con Electro, iugh. Bárbaro.


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Mensaje por Roland Oppenheimer el Vie 1 Mayo 2020 - 2:32

El golpe, cargado con el odio que emanaba y la frustración que sentía, alcanzó a aquel ser dondé Roland tenía previsto. Lo que no había previsto fueron los siguientes sucesos. Lo que en su día debieron ser una sopa de verduras, o unas fajitas con guacamole, salieron expulsadas por la boca del gyojin como si de la manguera de un bombero se tratase, intentando apagar las llamas de la furia del felino. Sin embargo, no hicieron más que avivar aquel fuego, el cual podía considerarse ya como un incendio forestal. Sentía un asqueroso olor repugnante; su cuerpo al completo había acabado cubierto de una sustancia verduzca, pegajosa y apestosa. El mal olor se filtraba por su nariz provocándole arcadas, y por su mente pasó un rápido recuerdo. Aquella no era la primera que vez que le vomitaban encima, pero al contrario que en la primera vez, su reacción fue mucho más exagerada.

Rodó los ojos hacia la dirección en la que el pez se encontraba; parecía estar tirado en el suelo sufriendo las consecuencias de su golpe. Eso alegró al mink un poco. Solo un poco. Sus ojos seguían reflejando una rabia contenida que estaba a punto de ser desatada. La electricidad volvió a recorrer su brazo, esta vez con un tono carmesí aún más brillante, y su dedo índice se estiró permaneciendo el resto aún cerrados en el puño. Fue a ejecutar un Shigan sobre aquel pez cuando el niño con complejo de adulto les detuvo.

Había aparecido de la nada, en un halo de electricidad que saltaba por su enclenque cuerpo. Roland, aún con el brazo en posición de atacar, escuchó las palabras del niño. En cierto modo tenía razón. No quería admitirlo, pero no era el mejor momento para una trifulca interna. Por el amor de dios, si hasta la princesa estaba presente. Si continuaba por ese camino parecería una persona grotesca, con pocas neuronas y poco profesional. Y para eso ya estaba el pez.

- Muy bien - dijo al final, bajando el brazo y quitándose el poncho junto al chaleco con capucha empapados en los jugos gástricos del gyojin -. Pero haz el favor de quitarme la pistola de delante. Sabes perfectamente que eso no puede hacer nada.

Cuando parecía que la tensión había alcanzado sus límites, todos los soldados que habían reclutado empezaron a aplaudir. Primero fueron unas tenues palmadas, pero en pocos segundos segundos se había convertido en una orquesta de aplausos. Roland los miró extrañados, pero no tardó en entender lo que estaba pasando. Estaban demostrando su admiración por sus habilidades de combate y por su piedad al perdonar al gyojin.

- Si, si - les dijo a sus extraños compañeros - Id repartiendo las armas a nuestros soldados. Mientras tanto, yo explicaré el plan - se dirigió al grupo de hombres y levantó la voz lo suficiente para que todos ellos pudieran escucharlo pero no demasiado para que llegara a oídos extraños - Bien muchachos. Llegó la hora. Preparad vuestras armas y vuestra voluntad para luchar. No tengáis miedo, el enemigo espera nuestra llegada. Les pillaremos desprevenidos y saldremos victoriosos. Ahora, haced todos una fila para que os puedan ir dando las armas y burbujas mientras os muestro el método de entrada.

Crearía un espejo de cuerpo completo, tan alto como el que más del grupo y tan ancho como para que lo cruzaran dos personas a la vez. Una vez hecho les explicó que simplemente debían caminar hacia él y atravesarlo, llegando a una sala de un blanco impoluto. Les mostró como se hacía con un ejemplo visual además de indicarles de que deberían repetir el mismo proceso con un espejo distinto que procediera del interior del castillo.

- Si sois tan amables de entrar en la Dimensión Reflejo y manteneros ahí a la espera, dentro de no mucho estaremos arrasando a cualquiera que se nos interponga. ¿Alguna duda? - miró de reojo al niño y al pez; en especial, si ellos tenían dudas, procuraría acallarlas para que no pudieran estorbarle más. Después miró a la princesa, quién estaba con el pintor -. ¿Tenéis ya el mapa, Su Majestad?

En cuanto la mujer asintiera y todos los soldados se hubieran adentrado en su Dimensión Reflejo solo restaría acercarse lo máximo posible al castillo para poder hallar un espejo dentro de su rango y así infiltrarse en aquella gloriosa misión.


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Mensaje por Maki el Sáb 2 Mayo 2020 - 18:18

El oficial Makintosh estaba a punto de darle una buena lección a su irrespetuoso y descarriado aprendiz cuando Niño Humano intervino y paró la pelea. Era todo un golpe de suerte para Orejas, porque Maki podría haberle dado una buena tunda de haber querido.

Cuando los temblores cesaron, se puso en pie y observó a su tropa. Uno tras otro, los elegidos para llevar la justicia al palacio iban recogiendo las armas que Maki había llevado allí de buena mañana. No les había dicho que ninguna disparaba, pero estaba seguro de que tampoco hacía falta. Los grandes guerreros podían notar esas cosas e incluso apañárselas sin arma alguna. Y sin duda aquel era un gran grupo. Incluso dedicaron a Maki un generoso y espontáneo aplauso que el gyojin aceptó con solemne orgullo.

Mientras él abría la mochila y repartía los dispensadores de burbujas de colores, Orejas hizo aparecer un espejo. Era uno de esos grandes y caros, típico de los ricos coquetos. Por lo visto quería que entrasen ahí dentro, si es que había realmente un "dentro". Era una total locura y sin embargo Maki se ofreció a cruzar el primero.

Se aproximó al cristal. Al otro lado le esperaba su reflejo, pero cuando extendió la mano el cristal pareció tragársela como si no estuviese allí. Miró al otro lado del espejo para asegurarse de que realmente no tenía truco y cuando estuvo convencido de que aquella magia estrafalaria funcionaba de veras, cruzó al otro lado.

-Alucinante -musitó.

Se encontraba en un vasto espacio lleno de espejos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. ¿Y por ahí iban a colarse en el palacio? No lo entendía, pero confiaría en que Orejas supiera lo que estaba haciendo.

Hizo señas a los otros para que fuesen pasando y aprovechó la espera para echar una meadita por ahí. Esperar le ponía nervioso y le soltaba la vejiga.
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Mensaje por Roland Oppenheimer el Lun 4 Mayo 2020 - 18:05

- Princesa, por favor, entre en la Dimensión Reflejo - le pidió Roland con los modales de un galán y una dulce amabilidad, nada que ver con su actitud ante el gyojin -. Una vez allí dentro, usted estará segura, y así podrá salir para hacerse con el poder una vez hayamos eliminado a quienes obstaculizan su subida al trono.

El mink acompañó el espejo junto a la aparentemente joven sirena, que en realidad debía de tener más de doscientos años, seguidos del pintor, que ya había elaborado un mapa digno de los más excéntricos artistas del Grand Line, y del gyojin pez raya, o pez manta, Roland no lo sabía a ciencia cierta y tampoco le importaba, que acompañaba a la princesa a dondequiera que fuese.

- Que maravilla, poder observar este futuro acontecimiento histórico en persona -. decía el pintor, cuyo atuendo lleno de manchas de todos los colores no encajaba con el grupo.

- Al fin lograremos cumplir nuestras metas - promulgaba el gyojin guardián -. ¡Larga vida a Su Majestad!

Todos los hombres, armados y preparados para la batalla, aclamaban emocionados a la princesa quién creían que debería gobernar la Isla Gyojin. Roland observaba la situación, complacido ante aquel fervor de las masas. Si... Seguid así, dad la vida por vuestra princesa, así no os importará sacrificaros por mi objetivo pensaba el agente encubierto mientras todo el mundo coreaba el hombre la princesa. Juraría que alguno hasta estaba tirando confeti.

Un olor extraño alcanzó las fosas nasales del felino. Observó el lugar, buscando aquel olor vagamente familiar mientras pensaba que su dimensión nunca había olido de aquella forma. Entonces observó lo que consideraba la falta de respeto más grande que había vivido hasta la fecha. El maldito gyojin pez baba o lo que fuera, el mismo que había estado sufriendo calambrazos minutos antes, justo después de echarle encima todo lo que había comido en la última semana, estaba excretando sus fluidos corporales dentro de su dimensión. Su propia Dimensión Reflejo, aquel lugar que era como un santuario, el único lugar en el que podía estar tranquilo del mundo agobiante y asfixiante de allí fuera que parecía que nunca iba a comprenderle.

Se acercó al pez mientras aún estaba de espaldas, haciendo lo suyo, para agarrarle de una oreja, o un cacho de blanda carne en caso de no tener, y arrastrarle hacia el exterior. En el trayeto hacia el espejo por el que habían entrado se topó al niño con complejo de adulto.

- Espera, chispitas, sal afuera - le dijo deteniéndolo con la mano libre -. Aún no hemos terminado.

Una vez fuera, soltó al gyojin, y haciendo un esfuerzo para no matarle, decidió darle un último aviso en pos de una colaboración sin interrupciones ni estorbos para cumplir la misión.

- ¿Pero tú qué te crees que haces sacandote la pirila en MI DIMENSIÓN? - espetó Roland, con todo el derecho del mundo -. Y encima te pones a mear ahí, como si nada. Que existen los baños, palurdo. Joder, es que es como si me cagara en tu puto bigote. No ha tenido ninguna gracia, estúpida masa de palitos de merluza.

Tras soltar todo lo que tenía que decir, se calmó y terminó de explicar el plan.

- Muy bien, veamos. Tenemos todo lo necesario. Ahora solo nos falta acercarnos el máximo posible al castillo para poder infiltrarnos. Pez, necesito un aparato de esos que crean burbujas. Niño, una vez lleguemos a la frontera de la ciudad con el castillo, tendrás que hacer una distracción para llamar la atención de los guardias. Puedes disparar a uno con tu pistola si quieres, pero no te olvides de quitarle el seguro. ¿Alguna objeción? ¿Ninguna? En marcha - diría sin dejarles tiempo a contestar.


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Mensaje por Lance Kashan el Mar 5 Mayo 2020 - 19:25

Parecía que habían firmado, sin que yo lo supiera o quizás a causa de mi amenaza previa, un acuerde de no-agresión. Se notaba un claro descontento por ambas partes de tener que realizar un trabajo tan sensible, en el que era necesario tener cuidado con tantas cosas que simplemente olvidar una podía condenarla a un inexorable fracaso. Obviamente, ellos dos sufrían ante la mera idea de tener que realizarla en compañía del otro, que ya se había demostrado como incompetente, ya fuera para la cooperación o para la autoridad en cada caso. El problema es que yo recibía ese mal augurio por parte doble: tenía tanto que aguantar a Oppenheimer como a Augustus. Lo llevaba en un impecable silencio, callando mis labios una cantidad absurda de comentarios que, con toda facilidad, podrían herir con facilidad el orgullo del seguramente falto de autoestima gato. Y, como era obvio por el cargo que ostentaba el gyojin, tampoco quería faltarle el respeto para estar en buenas tablas con su organización, con la que tanto trato había tenido este último año.

De forma coordinada, todos los efectivos atendieron a las órdenes de ambos mandamases y comenzaron a equiparse con lo que teníamos para ellos: burbujas, armas, órdenes… Yo simplemente me dediqué a permanecer donde estaba, cómodo, esperando a que aquellos dos fueran capaces de hacer un trabajo tan simple como organizar unas tropas. Suspiré mientras veía como todos comenzaban a entrar en el espejo de aquel mink. Al menos había demostrado conseguir algunos trucos nuevos desde nuestro primer encuentro, seguramente gracias a la obtención de los poderes del diablo, ya que si permanecía como en aquel entonces sería un total estorbo en el encargo. Bueno, a efectos auditivos ya lo estaba siendo, porque era insoportable, y no solamente parecía pensarlo yo.

Y, tras la calma, apareció la tormenta. Parecía que se comenzaban a aguantar mutuamente o, al menos, a no estar peleándose constantemente, pero esa situación no duró más de unos minutos hasta que Oppen obligó a Augustus a salir de su dimensión y se topó conmigo en la puerta. Estaban teniendo otra de sus peleas matrimoniales, lo que me arrancó un suspiro desde lo más hondo del que, a partir de este punto, era mi pobre, pobre corazón. No ganaba para disgustos ni para ineptos. En cuanto escuché la palabra ‘’bigote’’, comencé a acicalármelo al son de las palabras del minino. Entonces terminó por dirigirse a mí y, enarcando una ceja tras la máscara, traté de hablarle con la máxima educación, indiferencia y neutralidad:

— Entendido. — Asentí un par de veces. — Sé brillar y matar gente, creo que los puedo distraer de buena forma. — Entonces, seguiría al gato. Llevarle la razón como a los tontos y luego hacer las cosas como buenamente me pareciese sonaba más lógico que llevarle la contraria y tener discusiones innecesarias. El muy zopenco no parecía estar dispuesto a dar su brazo a toccer.


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Mensaje por Maki el Miér 6 Mayo 2020 - 21:41

Maki tendió uno de sus dispensadores de burbujas a cada uno de sus dos subordinados. Sabía que Orejas se apaciguaría si veía un gesto de buena voluntad por parte de su mentor. Y encima les eligió un color chulo. Las pompas de Niño Humano serían de un fucsia intenso, parecido a las de las luces del club de bailarinas; las de Orejas... para él solo le quedaban pompas negras, de esas totalmente opacas que se vendían para los alérgicos a la luz, pero seguro que las apreciaba igualmente.

-Sí que puedes brillar, amigo -le dijo a Niño Humano poniéndole la mano en el hombro con gesto casi paternal. Ese chiquillo era optimista, como debía ser.

Volvieron a entrar a la Dimensión, como su creador la había llamado. A Maki ese sitio le confundía mucho. ¿Seguían en la Isla Gyojin? ¿Era legal siquiera entrar en ese lugar? ¿Podría convertir la Dimensión en una base revolucionaria? ¿Y qué pasaría si se quedaban encerrados ahí dentro? Tendrían que comerse unos a otros, y Maki siempre era el primero al que miraban todos en ese tipo de situaciones. A la gente no solía incomodarle la idea de comerle porque decían que al ser un pez no era canibalismo. Maki no podía si no darles la razón.

-¿Entonces... cómo funciona esto? ¿Por qué hay tantos espejos aquí?

A través de cada uno de los cristales se veían habitaciones de todo tipo: cuartos de baño, dormitorios, gimnasios... Muchas veces había personas en ellas, maquillándose o haciendo poses raras creyendo que nadie les veía. Maki intentó pasar a través de uno de ellos igual que había hecho para entrar allí, pero su mano se encontró con un cristal sólido. ¿Qué estaría pasando?

-Oye, Orejas, dime el secreto, venga, venga. Quiero saber cómo lo has hecho.

Maki se le echó encima, apostando por la cercanía invasiva como forma ideal de ganarse su simpatía. Al final solo consiguió estornudar por culpa de sus pelos. Varios de ellos se le quedaron pegados a la palma de la mano debido a la humedad que impregnaba su piel. En fin, lo mejor sería que siguiese probando por su cuenta hasta descubrir los secretos de la Dimensión.

Se detuvo delante de un espejo en el que se veía a un gyojin adolescente bailar al son de su Den Den Mushi altavoz. Maki intentó pasar de nuevo y esta vez sí lo consiguió. ¡Fantástico! El chaval se quedó alucinado al ver el brazo de Maki emerger por su lado del espejo. ¡Qué guay! Dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera...

Pasó a otra escena. Aquello era como leer un cómic, solo que pudiéndose colar en las viñetas a saludar. Asomó la cabeza donde una mujer se estaba maquillando y gritó "¡Bu!". La dejó allí con una raya de pintalabios cruzándole la cara y metió la mano en otro para coger una bolsa de chuches que había tirada en el cuarto de alguien. Le hizo un calvo a un grupo de culturistas en una sala llena de pesas, le quitó el peluquín a un señor que se arreglaba junto a su esposa y le dio una colleja a un tipo que conocía del colegio y no le caía bien. Luego vio el siguiente espejo y... bueno, no pudo evitarlo.

Al otro lado de la Dimensión le aguardaba la más horrible atracción de toda feria ambulante: la Sala de los Espejos. Maki salió para ver cómo era todo aquello. Tantas puertas a su disposición... En cada uno de los espejos le devolvía la mirada un Maki distinto, algunos más grandes, otros más gordos, otros enanos o con la cabeza deforme. En muchos casos eran simplemente copias suyas que formaban un confuso laberinto de Makis que imitaban sus movimientos. Podría hacer cualquier cosa allí. Pero no, no podía distraerse. Tenía trabajo que hacer.

-Y ahora... ¿por cuál vuelvo?

Decidió colarse por uno al azar, pero allí no había nadie. Salió de nuevo a la feria y entró en otro, también sin éxito. Empezó a asustarse. ¿Y si no conseguía encontrar el camino de vuelta? Mientras el nerviosismo aumentaba, empezó a correr, entrando y saliendo de un espejo a otro totalmente al tuntún. Volvía a la Dimensión sin encontrar a nadie y volvía a través del mismo espejo para salir en mitad de esa caótica sala totalmente confusa. Una y otra y otra vez. Cuando quiso darse cuenta estaba saltando a través de un cristal y aterrizando sobre uno de los reclutas de la tropa que habían reunido. Ya creía que no llegaría nunca.

-Uff... Este sitio es peligroso, chicos -advirtió.

Pero qué poder... Podría pasarse el día haciendo eso. Y tal vez lo hiciera. No obstante, sabía que tenía que usar aquello para hacer el bien. No más juegos. Vio a través del espejo de un vestuario donde un montón de gyojins soldados y metió la cabeza, ansioso de aprovechar la oportunidad propagandística que la Dimensión le ofrecía.

-¡Viva la Revolución! -gritó de repente, dándoles a todos un susto de muerte. A casi todos...

Cuando quiso volver dentro, alguien le agarró de la cabeza y tiró de él. Maki chilló y pataleó, agarrándose al marco del espejo para que el soldado en toalla no se lo llevara. En el vestuario empezó a haber movimiento, como en un hormiguero atareado. Muchos de los hombres ya iban vestidos y armados, y no pasó mucho hasta que uno de ellos se dio cuenta de que el espejo se podía atravesar. Ahora sí que la habían fastidiado.

Con Maki intentando soltarse de su presa y atravesando las dos realidades conectadas por el espejo, un grupo de soldados cada vez más numeroso empezó a invadir la Dimensión en busca de una explicación. Y parecían enfadados... Maki esperaba que los revolucionarios les cayesen bien.
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Mensaje por Lance Kashan el Vie 8 Mayo 2020 - 8:51

Finalmente nos introducimos en la dimensión a la que el felino era capaz de darnos entrada. ¿Cómo definirla? Bueno… era más bien psicodélica. Sí, creo que era la palabra más correcta. Un diseño recargado, sin ningún tipo de sentido más allá del poner espejos por ponerlos. Aunque teniendo en cuenta que habíamos entrado a aquel lugar a través de uno, seguramente aquello fuera lo que le permitía utilizar los poderes de su fruta del diablo. No sabría decir si me gustaba o me molestaba su simple vista aunque, teniendo en cuenta cómo me caía aquel hombre, seguramente me decantara por lo segundo. ¿Objetivo? No. Pero tampoco es que me llegase a importar.

El trayecto fue más bien simple, donde yo simplemente me limitaba a seguir al mink, pasito a pasito, con cuidado de no perderme por aquel lugar. A juzgar por el tamaño de aquel sitio y la cantidad de —supuse— entras y salidas que tenía, no debería ser realmente difícil perder la orientación en aquel lugar y no volver a ver la luz en mucho tiempo. Me esforcé con toda mi alma, con tal de asegurar los años de vida que me pudieran quedar, en ignorar al señor Augustus en su esfuerzo de hacer lo que estuviera haciendo. Porque, a mi vista, estaba simplemente yendo de un lugar aleatorio a otro y, teniendo en cuenta que Heimer no le estaba frenando en esta tarea, era porque no debía representar un peligro real. Lo mejor para mi salud era desentenderme y limitarme a hacer mi parte del trabajo que, a juzgar por las capacidades de cada uno, sería controlar a los efectivos del enemigo y actuar de sicario.

Antes de percatarme, Augustus parecía haber desaparecido. Bueno, a medias. Estaban lo que se le podía llamar sus patas en esta dimensión, pataleando como buenamente podía. Dejé escapar una risa que se parecía más a un gruñido que a una carcajada, borrándose la sonrisa al instante en el momento en el que me fijé que aquel revolucionario nos estaba trayendo compañía. ''¿Estaba de nuestra parte o de la de ellos? Porque encima es un gyojin…'' pensé mientras veía a lo que parecía ser una infinitud de soldados entrar en la dimensión.

— ¡¿Sois infinitos o qué coño?! — Me desmaterialicé y volé a través del espejo, plantándome en una estancia que estaba llena de enemigos. Tratando de esquivar enemigos a la vez que utilizaba mis capacidades como logia para ser intangible, me acerqué a Makintosh y, haciendo gala de mi poca fuerza, traté de ayudarlo para que se moviese y pudiese salir de allí. Por suerte era agua en su mayoría. — ¡Venga, venga! — Lo terminé empujando y pisando fuerte en el suelo, un par de muros de descargas surgieron en cada salida: uno en el espejo y otro en la puerta. — Puedo brillar, dice… — Esbocé una sonrisa por el comentario del revolucionario, a la par que me fijaba en que las armas de los enemigos se empezaban a teñir de negro. Aquella situación sería insostenible por muchos segundos más.

Dejando de lado mi habitual forma de combatir, con descargas simples y dirigidas, convertí mi poder en una explosión. Generé la mayor cantidad de electricidad a mi alrededor, en horizontal, cubriendo toda la habitación con lo que parecía ser un shuriken de muerte y destrucción. Lo hice girar durante varios segundos a máxima velocidad, una nada desdeñable, hasta que vi cómo mis enemigos comenzaban a caer. Gracias a Dios eran gyojins y eran más vulnerables a mis poderes, al ser más porcentaje de agua, si no podía estar en un mal aprieto. Suspiré cuando me fijé en que habían quedado dos gyojins de pie, además en un muy buen estado.


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Mensaje por Roland Oppenheimer el Dom 10 Mayo 2020 - 2:45

De un momento a otro el mink pasó de estar en el cielo a arder en las llamas del infierno. Todo parecía ir sobre ruedas; todo el grupo estaba preparado para el asalto con sus armas y sus proveedores de burbujas, los más espabilados al fin habían entrado en razón y le habían reconocido como el líder nato que era y solo faltaba entrar en el castillo. Lo pasó segundos después de aquel pensamiento de Roland que le había hecho sentir como si flotara no tenía otro nombre más que catástrofe.

El gyojin blandurrio había desaparecido, cosa a la que no le dio mucha importancia. Maldita sea la hora en la que no lo hizo. El muchachito con exceso de madurez le acompañaba cuando encontraron al oficial revolucionario. En realidad solo encontraron una parte de él, la que en opinión de Roland resultaba más agradable a la vista, aunque ninguna lo fuera. Sin embargo, lo que le preocupó no fue que estuviera forcejeando con varios guardias que aprovecharon la oportunidad para atravesar el espejo y así mancillas su Dimensión Reflejo. Lo que le preocupó, y para qué tratar de negarlo, le enojó, fue que pudiera atravesar el espejo sin que él lo estuviera tocando. ¿Cómo había hecho? ¿Y por qué? ¿No sabía quedarse quieto, tranquilo y sin respirar? El felino por poco empezó a hiperventilar, mientras un tic nervioso aparecía en su ojo izquierdo y varias venas de su frente y cuello comenzaban a hincharse. Aquel pez resultaba un auténtico dolor de culo. Cuando se recomponía, pudo observar como el niño, usando peligrosos poderes que no había mostrado hasta ahora, seguramente producto de una fruta del diablo, empezó a despachar a la mayoría de aquellos hombres hasta dejar tan solo dos.

Roland no perdió la oportunidad y se abalanzó velozmente sobre aquella pareja, desapareciendo de su vista con el Soru para volver aparecer justo enfrente, con una patada alta a la cabeza del de la derecha, quién se llevó al otro volando del impulso y estrellándose contra la pared más cercana. Un espejo se rompió en mil pedazos; fue una lástima que no se tratase del mismo en el que estaba el pez.

- ¿Pero se puede saber de parte de quién estás? – gritó desesperadamente al aire. Cuando se tranquilizó, miró a la princesa -. Su Majestad, ¿se encuentra bien?

Al ver que la sirena, intacta detrás de su fiel guardián, asentía, se relajó y estudió a aquellos hombres que se habían colado. Quizás lo que había hecho el pez no fuera del todo estúpido, aunque en esta ocasión no iba a salir sin ser castigado. Pero se centró en lo importante; sacar ventaja de las meteduras de aleta del pez.

- Bien, señores, se acabó el espectáculo – se dirigió al grupo de soldados y revolucionarios que le seguían -. Dejad de mirar embobados y poneros las ropas de estos hombres, así podremos realizar una infiltración exitosa y pillarles con los calzones bajados – miró nuevamente a la princesa -. Disculpe la expresión, Su Majestad.

Mientras los hombres empezaban a ponerse sus ropajes, y alguno también sus armas, el mink se acercó al joven cuyos ojos apenas alcanzaba a ver por la espesa melena castaña.

- No lo has hecho mal. Al final sí que vas a resultar útil – dijo a modo apremiante -. Tengo contactos, chico. Sigue bajo mi tutela y llegarás muy lejos.

Después fue el turno de a quién estaba empezando a plantear nombrarlo como su archienemigo número dos, después del condenado agente Omega.

- Pececito, tú y yo vamos a tener que hablar muy seriamente – las venas de su frente y cuello volvían a hincharse -. No vuelvas a tocar un puñetero espejo sin mi permiso. ¿Entendido? Esta es MÍ dimensión y aquí mando yo – se fijó en la mata de pelos que tenía pegada a su babosa piel -. Mierda, con que así fue – y limpió todos los pelos que pudieran estar pegados en aquel ser – Ahora, vamos a jugar a un juego que me gusta llamar “El Conejo de Dressrosa”. Te va a encantar.

Al cabo de un rato el agente Oppenheimer estaba ante las puertas del castillo, sosteniendo a un mal amarrado Augustus Makintosh y gritando:

- He atrapado al oficial revolucionario Augustus Makintosh intentando colocar explosivos en el Palacio Real – diría enseñando varios cartuchos de dinamita con un dibujo naranaja con aspecto similar a la cara del Gyojin. Los explosivos habían sido del mink, y el dibujo era un regalo del pintor -. Exijo entregarlo a la justicia del Rey. Abrid las puertas.

Si conseguía entrar, podría sacar a todos los soldados de sus espejos y así empezar lo que en su mente sería una dulce matanza.


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Mensaje por Maki el Lun 11 Mayo 2020 - 12:47

Por mucho que intentaba resistirse al agarre del soldado, no conseguía soltarse. Los poderoso brazos de aquel hombre le apretaban el blando cuello y se lo deformaban como si fuese una almohada que uno abraza demasiado fuerte al dormir. Y mientras tanto, los enemigos seguían entrando. Vaya idea la de los espejos... Orejas se iba a llevar una buena bronca por dejar esas cosas tan peligrosas tiradas por ahí. Pero antes tenía que soltarse.

-No te molestes, amigo -le dijo el soldado-. He sido campeón de lucha del cuartel ocho años seguidos. Nadie puede escapar de... ¿Pero qué haces?

Maki empezó a acumular baba y la dejó caer sobre los brazos de su captor. Este puso cara de asco y aflojó un poco, cosa que Maki aprovechó para intentar volver dentro de la Dimensión. En cuanto lo consiguiera podría ocuparse él solo de todos los invasores y devolver el equilibrio a su misión. Se arrepentirían de no haber coreado su grito de ánimo a la Causa.

De repente, algo le empujó desde atrás y lo tiró fuera del espejo. Maki cayó sobre el soldado que lo agarraba y lo noqueó de un cabezazo demoledor. Para cuando quiso volver dentro del espejo, todos los adversarios estaban fuera de juego, con las ropas humeando y un intenso olorcillo a quemado. ¿Qué habían hecho ahí dentro?

Cómo no, Orejas le gritó, cosa que Maki aguantó estoicamente. Más que nada porque esta ocupado pensando qué era el Conejo de Dressrosa y a qué venía ponerse a jugar a una ridiculez infantil. ¿Es que acaso Orejas no se daba cuenta de lo seria que era la situación? Tendría que explicarle que el Oficial Makintosh no toleraba las distracciones.

Un rato después estaba atado y expuesto frente a las imponentes puertas del palacio como un regalo bien envuelto. Desde allí, a través de las grandes burbujas protectoras, alcanzaba a ver una gran parte de la isla. Era todo un espectáculo tener esas vistas y saber que pronto cambiaría para bien las vidas de todos los que allí vivían. No tardó en asomarse alguien por encima del muro en respuesta a las voces que pegaba Orejas.

-Pero qué... ¿Y cómo has llegado tú aquí si puede saberse? -espetó el soldado de la muralla.

-Ya te dije que no funcionaría -le dijo Maki a Orejas.

Le había advertido que sospecharían si los veían allí. El palacio estaba en una burbuja separada del resto de la isla y el único acceso estaba muy controlado. Bueno, vale, solo lo había pensado... Lo estaba pensando en ese momento, pero aun así contaba. Varios soldados más se asomaron al muro, armados con lanzas y con rifles a la espalda. Uno de ellos llevaba el casco de otro color, como queriendo decir que era el jefe.

-A las mazmorras con ellos -ordenó-. Ya los interrogarán ahí abajo.

Mientras una portezuela se abría bajo una torre y un grupo de soldados corría hacia ellos, los de la muralla les apuntaban con sus armas de fuego. Maki pensó en hacerse el muerto, pero no, no era el momento. Si al menos tuviese su mochila...

-¿Ves? Si hubiésemos llevado todos las orejas de gato esto no habría pasado. Han sospechado por eso. Pero tranquilo, chico, te perdono.

Maki retrocedió. Iba a enseñarle a aquel pipiolo cómo trabajaba un verdadero revolucionario. Se alejó unos metros del muro ignorando las amenazas de los soldados y, todavía atado, echó a correr en dirección al palacio. La cabeza baja, los dientes apretados, todo el poder de la Causa concentrado en su humilde persona. El Oficial Makintosh se estrelló de cabeza contra la puerta y la arrancó de los goznes con la fuerza de cien arietes. Cayó sobre ella, mareado y con un pitidito muy molesto y agudo brillando ante sus ojos. Iba a dolerle la cabeza al día siguiente, pero habían entrado, así que se permitió el lujo de dar comienzo al ataque con el grito de guerra que tan noble misión merecía:

-¡Viva la Revolución!
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Mensaje por Lance Kashan el Mar 12 Mayo 2020 - 13:32

Heimer terminó encargándose de los dos restantes con una pasmosa facilidad. No pensaba que si habían sobrevivido a mi ataque fueran capaces de ser humillados de aquella forma, pero quizás simplemente los había sobrevalorado. ¿Anguilas? Bueno, tampoco me importaba demasiado, simplemente lo dejaría estar.

Subí por el espejo y volví a la Dimensión propiedad del mink para que simplemente me tratase con palabras de superioridad, algo que me arrancó un suspiro de puro cansancio a la par que asentía. Era más rápido y traía menos problema, aunque me importasen una mierda sus palabras. Vi cómo se alejaba de mí y se acercaba a Augustus y, temiendo que empezase nuevamente la explosión de furia de aquel chico, adopté una postura atenta a cualquier movimiento. Si antes había logrado tirarlo al suelo de un puñetazo, si tenía un enfado aun mayor no sabía qué podría pasar. Para mi sorpresa lo trató con cierto respeto, al menos para la media que él solía tener con cualquier persona y, para terminar, le propuso un juego. Ladeé un poco la cabeza ante aquella proposición. ¿Era el momento de un juego, en mitad de una misión? Y tampoco es que aquel mink pareciera ser de ese tipo de gente capaces de disfrutar de la vida, la verdad. Más bien era de ese grupo reducido que solo disfrutan con el mal ajeno y echando a perder su vida, pero no sería yo quien se metiera en sus decisiones vitales.

Pocos minutos después supe prevenir lo que estaba por suceder: iba a jugar a los rehenes con el gyojin. ¿Todo este plan para que ahora hiciese aquella mierda? Es decir, la Dimensión se expandía bastante más, por lo que no me parecía descabellado pensar que podía llegar hasta el baño de la suite real, desde donde podríamos empezar para cortar la cabeza del reino. Pero no, íbamos a plantarnos en la puerta de un palacio a la que solo se podía llegar con previa cita. Este plan, nunca mejor dicho, hacía aguas por todos lados. Me llevé las manos a las sienes, cubiertas por las máscaras, mientras trataba de no llamarles ineptos en voz alta. Respiré y espiré un par de veces hasta que ventilé a una velocidad normal, repitiendo en mi cabeza un hechizo: ''No los mates''. Con suerte simplemente lo dejaría pasar sin montar un numerito ni amenazarles, ya que no era nadie que llevara bien que le estropearan la misión, menos desde dentro.

Los dejé marchar mientras me agachaba y recogía todos los pelos que había soltado Heimer, sumados a los que Augustus tenía enrollados por todo el cuerpo. Era un poco grotesco y, para cualquier persona normal y con escrúpulos, seguramente una tarea realmente asquerosa, pero para mí era algo que debía de hacer. El mink no pareció darme más importancia, aunque tampoco parecía alguien muy preocupado ni atento por lo que no fuera él mismo, así que aproveché esa actitud para hacer una pequeña superficie de pelo que, si mis deducciones eran correctas —tras lo que había visto, difícilmente no lo serían—, me daría una entrada a cualquier espejo de aquellos. Ahora solo tenía que buscar uno que diera al interior del palacio y entrar para comenzar a hacer estragos en el interior. Sabiendo que era un edificio lleno de hombres pez capaces de manipular agua quizás me estaba arriesgando, pero necesitaba darles el mayor apoyo posible a aquellos dos inconscientes o este intento se iba a quedar en eso, un intento frustrado.

Caminé y caminé, asomándome a todos y cada uno de los espejos, aprovechando que funcionaban a modo de cristal tintado. Los iba viendo sistemáticamente, tratando de hacerme un simple plano mental del palacio para saber dónde salir y a dónde ir, pero desde aquellos planos limitados y que se solían resumir a baños y coquetas se podía hacer más bien poco. Tras lo que podrían ser cinco minutos o algo más encontré un grupo de espejos que daban a la misma habitación y, decidido a encontrar algo desde allí y no buscar más, me senté, esperando a que pasara algo. Bueno, o no pasara. Ambas opciones eran igual de válidas y me permitían tener cierto conocimiento sobre aquel lugar.

Cuando, tras un minuto, supuse que iba a ser una estancia vacía de las tantas del gigantesco palacio, pasé las manos a través del espejo, sujetándome al marco y metí la cabeza. Por la presión en la cabeza no era muy difícil suponer que era un cristal en el techo que, preocupantemente, estaba enfocado hacia la cama. Bueno, cada uno tenía sus decisiones y sus preferencias, no sería yo quien me metiese, pero a mí no me agradaría verme al despertarme o al irme a dormir. Me sentiría observado. Me dejé caer sobre el suelo, aterrizando en completo silencio y escondiéndome bajo la cama para no pasarme de imprudente. Segundos después entró una mujer que, al escuchar un ruido increíble, salió corriendo nuevamente por la puerta. ''¿Qué demonios acaba de pasar? Ellos, seguramente…'' musité bajo la cama, alegrado porque fuera capaz de empezar mi incursión, aprovechando el desvío de atención de todos los guardias. Entonces comencé a recorrer los pasillos con lentitud, utilizando las sombras y generando un campo de electricidad que ocupase los pasillos que me rodeaban para tener consciencia en cualquier momento de lo que podía encontrarme, adentrándome cada vez más en el palacio.


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Mensaje por Roland Oppenheimer el Jue 14 Mayo 2020 - 13:17

¿Pero seran zopencos? pensó Roland al ver los guardias del castillo sospechaban de ellos. Es decir, ¿no era aquel un plan brillante ideado por una mente maestra? ¿Qué había podido salir mal? Les estaba entregando a un revolucionario bastante conocido que aparentemente planeaba hacer estallar el castillo del gobernante de la isla. Había que ser retrasado para sospechar del agente que lo entregaba. Seguro que la culpa es del puto pez.

-Cállate. La culpa es tuya - respondió al gyojin.

Ahora no les quedaba otra más que pelear, combatir y ganar. Sería fácil, aunque lo hubiera sido más si aquella criatura no hubiera metido la pata en la infiltración. Revolucionario tenía que ser.

Al momento, Maki realizó una jugada que Roland jamás hubiera esperado. El gyojin derribó la portezuela de un único cabeza. Nunca lo admitiría en voz alta, pero había estado bastante bien. Ahora podía soltar a los soldados del interior de sus espejos, aunque primero necesitaba una distracción. Sacó varios cartuchos de dinamita, sujetándolos entre dedo y dedo llegando a tener hasta cuatro en cada mano. Se los acercó a los labios y murmuró "3 segundos", tras lo cual lanzó los cartuchos de su mano izquierda contra los guardias que se dirigían hacia él y los de la mano derecha contra los que les apuntaban con armas de fuego desde la muralla. A los tres segundos el retumbar de los explosivos profanó sus tímpanos, pero la nube de polvo y humo levantada tras la detonación le serviría para soltar a su pequeño ejército.

Creó un espejo a cada lado, de tamaño humano, apoyados contra el suelo, y sujetó cada uno. En cuanto dio la orden, los hombres con sus armas empezaron a emerger.

- Hacia el interior. Desatad el caos. !Ese castillo será nuestro!

Los hombres, casi asalvajados, como si pasar tanto tiempo recluidos en la dimensión les hubiera vueltos más hoscos, se volvieron como locos. Hicieron acopio de sus armas de fuego y empezaron la masacre.

- ¿Pero qué cojones...? - Todo se detuvo unos segundos. Quienes iban a ser disparados se taparon las caras con los brazos, para después volver a mirar aliviados. Los que disparaban estaban investigando sus armas, observando el interior de estas, hasta desmontándolas. Y Roland sentía que la cabeza le iba a estallar mientras murmuraba que la familia real no iban a ser los unicos peces en morir aquel día - ¡PEEEEZZZZ DE MIEEEEEEEERDAAAAAAAAA! ¿QUÉ ARMAS DE PACOTILLA HAS CONSEGUIDO?

Sus brazos volvieron a estar rodeados de chispas.


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Mensaje por Maki el Vie 15 Mayo 2020 - 18:42

La batalla comenzaba. Oh, qué glorioso momento aquel en el que la justicia desenfundaba su espada y se enfrentaba al mal. Maki se puso en pie, las manos todavía atadas a la espalda. A sus ojos, la realidad bailaba un tango desenfrenado al ritmo de un enorme dolor de cabeza. A pesar de ser blandito por naturaleza, arrancar de cuajo un portón de hierro no le hacía ningún bien a su delicada sesera. Si los Centellas estuviesen allí le habrían echado la bronca. Ya podía imaginarse a Fruto Seco Ibar llamándole loco y recomendándole comer nueces para reponerse. No tenía nueces, aunque sí cacahuetes, pero no era el momento de comérselos.

-¡A la carga! -exclamó.

Al mismo tiempo, Orejas clamaba sus propias arengas. Maki no le prestó mucha atención. Simplemente echó a correr por el patio. A sus pies, eran muchas las balas que agujereaban el suelo, pero se movía de forma tan errática que pocas se le acercaban. Estaba aún algo mareadillo, así que se tambaleaba sin control de un lado a otro. Varios soldados intentaron detenerle. Maki agachó la cabeza y clavó el hombro en un de ellos, embistiéndolo y enviándolo contra los demás. Estuvo a punto de caer de bruces, pero se enderezó pisando fuerte y dando un saltito que le ayudó a esquivar una lanza.

A su alrededor, la lucha arreciaba. Los reclutas que Niño Humano había conseguido se enfrentaban a golpes contra la guardia del palacio. Sus rifles les servían como duras cachiporras con las que enfrentarse a sus enemigos, tal y como Maki había previsto. "¿Veis?", habría querido decirles. "Vuestro oficial cuida de vosotros".

El hombre de casco rojo dio un enorme salto desde el muro para plantarse ante Maki. El oficial lo centró en su mirada con cierto esfuerzo, preguntándose por qué olía a humo.

-¡Tú!

-¿Yo?

-¡Tú!

El guardia alzó su lanza y Maki echó a correr en dirección contraria, de nuevo hacia las puertas rotas. El soldado lo siguió de cerca, pero difícilmente podía moverse por el campo de batalla con la misma soltura que el revolucionario. Maki se deslizaba entre los combatientes como un bailarín, mientras que su perseguidor se veía obligado a apartar a todo el mundo de en medio. Aun así, no le sacó mucha ventaja cuando llegó hasta Orejas. Otra vez parecía enfadado. Ese chico era un gruñón. Por suerte, era perfecto para ese momento.

-¡Prepárate para la estrategia Abejorro!

Si algo había aprendido Maki en la piscina era que cuando una abeja le seguía, solo tenía que pasar cerca de otro para que el bicho empezase a seguirlo a él. Y eso hizo con Orejas y el jefe de los guardias. El gato había llevado allí a Maki, así que a los villanos les parecería que él era el jefe, aunque ni de broma fuese así. Pasó corriendo tras el gato de los espejos, con el guardia detrás dispuesto a ensartarle en su lanza, y dio la vuelta para rodear a Orejas y reemprender su carrera a través del patio.

-¡Tú! -dijo el guardia cuando vio a Orejas ante él. Y ahí se quedó, dispuesto a capturar al gato.

Maki le deseó buena suerte mientras se alejaba.

Más despejado esta vez, recorrió de nuevo el mismo camino que unos segundos antes. Pasó por encima de la puerta de la muralla, oyendo las quejas de un par de tipos que habían quedado debajo, y encaró de nuevo hacia la entrada al palacio en sí. Llegó a ella con tres soldados agarrados a él, intentando detenerle sin conseguirlo. Nada podía frenar el imparable avance del Oficial Makintosh. La entrada al edificio era mucho más estrecha y pequeña que la del muro que lo rodeaba, así que pudo derribarla solo con una patada. Una vez dentro, se sacudió como un perro-medusa recién salido de la bañera y se libró de los soldados sin problemas. Curiosamente, no lograba desatarse las manos. En fin, eso era un problema para el Augustus del futuro.

Siguió corriendo por un pasillo al azar, girando por aquí y allá para evitar a los soldados armados del interior. Tuvo que esconderse detrás de una cortina mientras pasaba un grupo muy bien armado en dirección al patio principal. Maki estaba seguro de que sus propias tropas podrían librase de ellos.

"Muy bien. Y ahora ¿qué?". No tenía del todo claro cuál era la siguiente parte del plan, porque estaba más o menos seguro de que se habían saltado uno o dos pasos. Supuso que tendría que improvisar, tal y como decía el manual. Lo mejor sería que fuese a buscar a los malévolos y villanescos gobernantes para quitarles el trono. ¿Tendría que llevárselo o podía dejarlo ahí y la princesa ya se sentaría? Bueno, ya lo vería luego. Como de costumbre, los jefes siempre tenían su guarida en la parte más alta, así que echó a correr en busca de unas escaleras que fuesen hacia arriba.
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 16 Mayo 2020 - 12:23

Era un palacio excepcionalmente lioso. Bueno, tampoco es que hubiera estado en demasiados palacios como para realizar una comparación, pero este lugar me daba la sensación de que el arquitecto había comenzado a improvisar después de construir la entrada. Había pasillos que daban a otros pasillos, habitaciones enanas y otras gigantescas, hasta vi un par de ventanas que realmente no daban al exterior sino a otra estancia dentro del mismo lugar. ''¿Qué se había bebido aquel que hizo los planos cuando lo contrataron?'', medité para mí mismo. Pero no, no había ninguna bebida que fuera tan perjudicial para la consciencia de uno como para provocar aquella desgracia de la construcción. De todas formas, era capaz de crearme un pequeño mapa en mi cabeza que, aunque pareciera más un cuadro abstracto que algo realista.

Suspiré mientras iba de aquí para allá. Tras aquel ruido increíble, el palacio parecía haberse vaciado por completo, así que me tocaba agradecer a los revolucionarios por ser tan incompetentes. Me permitía ir de aquí para allá tranquilamente, sin necesidad de dejar fuera de juego a nadie más que el par de inútiles que paseaban de aquí para allá y con una simple descarga en el cuello desfallecían. Luego, arrastraba a los soldados hasta cualquier lugar que no fuera la mitad del pasillo; con que no estuvieran a simple vista me parecía perfecto.

En un momento dado llegué a un gigantesco ventanal que, para mi suerte, tenías vistas a la puerta que se suponía que aquellos dos iban a pasar con su pequeño teatro. Estaba claro que no había salido bien, de ahí que hubieran puesto en estado de alarma al palacio, pero quería ver cuál era realmente el estado de la incursión. Nuestro pequeño ejército se enfrentaba al rival de forma frontal con… ¿eso eran fusiles…? No, estaban atacando a golpes, no había rastro de ni un disparo desde nuestro bando. En mi mente tenía un claro recuerdo de ver armas de fuego en las cajas de equipamiento, pero tampoco parecían estar sufriendo demasiado como para que me necesitasen allí sin falta. Por el otro lado, Heimer era el capitán de las tropas y se estaba enfrentando a alguien con un aura decente, así que estaría ocupado durante un rato. ¿Y Augustus…? No lo veía, pero por lo poco que lo conocía era capaz de haberse adentrado en el palacio, estar todavía en la Dimensión o que el mink le hubiera dado una paliza antes de llegar y de ahí el desenlace. Me era indiferente, ya que no intervenían en mi plan.

Tras un par de pasillos y una escalera, llegué a lo que supuse que era el segundo piso de aquella construcción gigante. Por lógica, la sala real debía de estar en la sala más inaccesible de todo el lugar. Es decir, ¿qué monarca estaría tan loco como para poner su sala de trabajo en la misma puerta, a merced de aquel que pudiera entrar por sorpresa? Justo a punto de girar una esquina, mi área eléctrica me advirtió de que algo se acercaba desde la escalera que yo acababa de recorrer, con un tamaño destacable y, según mi mantra me dejó ver, tenía un aura imponente. Me quedé quieto al otro lado de la esquina, esperando a ver qué pasaba y, si mis ojos me lo permitían, descubrir su identidad. De reojo fui capaz de advertir a Augustus que, como ya había predicho, había abandonado al grupo para hacer su propio camino y, seguramente, llevarse el honor y reconocimiento únicamente para él. A ratos parecía tonto, pero aquello parecía sorprendentemente rastrero e inteligente de su parte. Me asomé, dejando ver mi máscara y un extremo de mi bigote, que comencé a acicalar.

— ¡Señor Augustus! — Dije en un tono muy moderado, temiendo que cualquiera nos pudiera escuchar. —. ¿También quiere venir a la sala real para acabar el trabajo mientras nuestras tropas están ocupadas? — Esperaría a que me diese una afirmativa, una negativa o lo que fuese que él estuviera pensando. — ¡Vayamos lo antes posible, antes de que el castillo se llene de guardas! — Entonces apresuraría el paso hacia las siguientes escaleras, buscando mi camino. Si él podía haberse escapado, nada me prometía que no le hubieran seguido todo este trayecto. Quizás hasta ya sabían que estábamos dentro y nos habían preparado una trampa, a saber.


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Mensaje por Maki el Dom 17 Mayo 2020 - 22:14

-Es la mayonesa especiada, y ninguna otra cosa, lo que le da al pan esa jugosidad especial. Ese je ne sais quoi que convierte un bocadillo es un Bocadillo. El verdadero arte de la cocina es poner mayúsculas a la comida, darle el toque de distinción y erotismo subconsciente que hace que el comensal quiera aplaudirte, besarte y pegarte mientras te pide otra ración, todo eso al mismo tiempo.

-Vaaaale... Pero ¿me das uno?

-No, aquí se come a las dos en punto.

-Pero tengo hambre -protestó Maki.

-Se come a las dos -sentenció el cocinero, implacable.

-¿Y si...?

-Se come a las dos.

Maki se enfurruñó y se fue con una mueca de decepción. El olorcillo de los fogones le había llevado hasta la cocina, un lugar donde no había ni rastro de soldado alguno. Era aún peor: aquel era el reino de un dictador inflexible de gorro blanco y bigote retorcido. Ahora tenía que seguir con su incursión con el estómago vacío. Por suerte, la Revolución enseñaba a subsistir en las peores situaciones. El hambre no era lo peor a lo que se había enfrentado. Si había sobrevivido a la Semana Vegana de Báltigo, sobreviviría al palacio Ryugu.

De repente, mientras deambulaba en completo silencio por los pasillos, la voz de Niño Humano le llamó desde alguna parte. El chico también había podido llegar hasta allí. Debía de ser muy hábil. Sin duda, el tutelaje de Maki daba sus frutos. Tal vez el joven se convirtiese algún día en un respetado soldado de la Causa.

-Bien hecho, chaval -susurró Maki.

Juntos emprendieron el camino que el destino les marcaba. No sabían por dónde estaban pasando, pero a Maki le parecían todos los pasillos iguales. Se esforzó por no saltarse ninguna escalera que fuese hacia arriba, siempre en silencio, viendo como el humano neutralizaba a los soldados con una facilidad casi insultante. "Le he enseñado bien", se dijo al verlo lanzar chispitas.

Cuando pisó la alfombra, supo que había llegado. Maki había visto suficientes despachos de gente importante como para reconocer el lujo con el que cubrían sus suelos. Siempre suaves, siempre acolchaditas, las alfombras de los grandes villanos eran geniales. Sus guardias, ya no tanto.

Maki no se detuvo al verlos. Eran tres, y parecían de los fuertes. Lo sabía porque sus uniformes eran diferentes del de los demás. Uno de ellos, el que llevaba dos cortos sables curvados, era un pez abisal, así que seguramente sería vecino de Maki. Llevaba un casco del que sobresalian varias púas tan afiladas como sus dientes, con un agujero en el centro para que la antenita de su cabeza pudiese asomar por él. En el extremo había un pequeño órgano redondo que Maki sabía que brillaba en la oscuridad; uno de los abusones de su instituto era de esa especie. El segundo se apoyaba en su lanza. Su piel era rayada, negra, blanca y naranja, y sus brazos y espalda mostraban una cresta que a Maki le resultaba amenazadora. Reconocía a los gyojin pez león, porque su profesora de primaria era una de ellos. El último... el último no sabía a qué especie pertenecía, pero con lo feo y lo grande que era bien podría ser un pez gorila.

-Si hay guardias es que es por aquí -dijo Maki-. Vamos a tener que luchar.

¿Podría usar la estrategia Abejorro con Niño Humano?
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Mensaje por Lance Kashan el Lun 18 Mayo 2020 - 10:08

Augustus me halagó por mi buen trabajo, algo que me sacó una sonrisa, para luego comenzar a caminar nuevamente. No había tiempo que perder y, aunque me doliese, no iba a tirar por la borda los esfuerzos de Heimer en la puerta. Era quien nos estaba ayudando a ser capaces de hacer esto sin vernos inundados de enemigos. Los pocos que permanecían en el castillo eran ciertamente débiles o tenían un claro hándicap contra mí; la electricidad los chamuscaba de uno en uno sin demasiada dificultad. De esta forma, el gyojin que era mi compañero se atrasaba dos pasos para dejarme trabajar, confiando en mí para abrir el camino, algo que se me estaba dando bien.

Poco a poco fuimos escalando por el palacio, ganando en altura paulatinamente gracias a las escaleras que lo adornaban. Lentamente el tamaño del edificio fue disminuyendo y, con ello, la cantidad de pasillos por planta, algo que solo facilitaba que encontrásemos la siguiente escalera para continuar el trabajo. Finalmente llegamos a donde queríamos: por la disposición del pasillo, el tamaño de la puerta y aquella alfombra que gritaba ''¡MONARQUÍA!'' desde lejos, tenía bastante claro que tras esa puerta debía de estar el rey, la reina o quien fuese. No necesitaba ni encontrar a toda la familia de una. Con poder despachar a alguien de la familia o tomarlo de rehén me valdría, ya que el resto empezarían a caer en el pánico, como piezas de dominó.

Aun así, no todo iba a ser tan fácil como pintaba. La puerta tenía tres adornos: unos guardias que parecían bastante dispuestos a frenarnos a toda costa. Augustus me dio la razón, lo que me reafirmó que era el momento de darlo todo de mí para dar el trabajo por finalizado y perder a aquellos dos de vista. El revolucionario tenía más temple y experiencia que yo, así que supuse que tomaría la iniciativa, pero me equivoqué en rotundo. Se frenó y casi me instó, sin palabras, a que fuera yo quien se encargara del problema pero, siendo la guardia real, tampoco estaba muy seguro del poder con el que podían contar los enemigos. Prefería el apoyo del pez aunque fuera para protegerme o, en su defecto, servir de saco de boxeo.

¿Por quién empezar…? Un pez linterna, un pez león y uno que, por su tamaño, debía de estar en el grupo de grandes escualos, ser un pez luna o algo parecido. De entre todos, el segundo parecía ser el obvio objetivo. Tenía veneno y podía ser un peligro real, además de que había sido uno de su especie quien me había dado un buen viaje el día anterior.

— Augustus, iré a por el del centro. Tendré que concentrarme, espero que seas capaz de evitar que… bueno, me maten. — Desde la posición más alejada, tratando de que si se fijasen en nosotros tachasen al gigantesco gyojin como su enemigo preferente, crucé los dedos y traté de llevar a cabo mi estrategia. Unas cuatro columnas de electricidad surgieron alrededor del contrincante, unidas por unos vértices y que, cuando llegaron a rodearle tanto en anchura como altura, fueron complementados con una tapa de energía. Apreté ambos dedos y la electricidad se tornó sólida y, aunque no era especialmente fuerte, le daba tan poco espacio de movimiento que difícilmente podía pelear por escapar. Concentrándome por completo en mi tarea, generé dos capas más de la misma para aumentar la fortaleza a fuerza de añadir volumen y, segundos después, comencé a acercar las paredes entre sí, disminuyendo el espacio que tenía el gyojin pez león. Unos gritos de pavor y sufrimiento surgieron del interior ante su cercana muerte e instantes después cesaron. Dejé de crear electricidad y, justo en ese instante, fui capaz de ver lo que sucedía a mi alrededor.


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Mensaje por Maki el Mar 19 Mayo 2020 - 20:53

A Maki casi se le cerraron los pulmones de la impresión cuando vio a Niño Humano usar sus poderes chispeantes para acabar con uno de los guardias. Había sido tan rápido, brutal y desagradable que por un momento estuvo tentado de irse a su casa. ¿Y si se comportaba como Orejas y se volvía medio loco? Este no se conformaría con darle un inofensivo puñetazo o unos calambres, no. Lo achicharraría hasta que no quedase más de Maki que un charquito pegajoso en el suelo. Iba a tener que tratarlo bien.

O huir.

-¡Bien hecho, recluta! -le dijo mientras echaba a correr en dirección contraria, alejándose de aquella pelea del demonio-. ¡Vuelvo enseguida, tú aguanta!

Nunca había temido a la electricidad, pero ahora comprendía que se debía a que nunca la había visto fuera de un bombilla. ¿Debería meter al chico en una bombilla si se rebelaba contra él? No era mala idea, pero mejor dejaría que lo hiciera otro.

Dobló una esquina y se encontró en la oscuridad. Las ventanas estaban cerradas, las lámparas apagadas. ¿Qué era aquello? Cuando había pasado por ahí estaba todo bien iluminado. Pero estaba acostumbrado a la oscuridad. Lo llevaba en los genes. Siguió corriendo por el pasillo como si nada, pensando en cómo iba a cumplir ahora con su misión.

Y entonces vio la luz. Tan bonita, brillante y amarilla... Estaba ahí, flotando en el aire sin más. Un vago recuerdo de ser encerrado en una taquilla acudió a su mente, pero la belleza de la luz lo hizo a un lado. Era casi hipnótico. No, qué va, era hipnótico del todo. Quiso tocarla, pero se apartó. Se movió delicadamente de una forma que le resultaba extrañamente familiar, y Maki la siguió sin pensárselo. Cuando la luz se detuvo, él también lo hizo. Extendió de nuevo la mano, pero la detuvo en el aire cuando su nariz percibió un insalubre color naranja.

-¿Randy?

El color naranja brotaba desde alguna parte tras la luz. Maki podía olerlo claramente. A veces le pasaba eso, que podía ver los olores, sentir los sonidos, saborear los ruidos... Y estaba seguro de reconocer ese intenso olor a color naranja.

-¿Qué? ¿Cómo...? Digo... ¡no! -dijo la oscuridad.

-Sí, estoy seguro. Hueles igual que la vez en que me colgaste de la canasta sin pantalones.

-¿Augustus? ¿Augustus el Moco?

-¡Sí, soy...! Espera...

-¡No me jodas! Dejo atrás al humano, me meto por ese estrechísimo pasadizo secreto para adelantarte, me tomo el trabajo de tender una trampa y resulta que es todo para atrapar al Carafea -La luz retrocedió hasta iluminar el tenebroso rostro de Randy, guardiá real y abusón del colegio-. En fin... hay cosas que nunca cambian.

Lanzó un bocado al aire y Maki retrocedió. Los enormes dientes de Randy se encontraron en el aire con un chasquido que bien podría haberle dejado con solo media cara. Cayó de culo por la sorpresa, echándose para atrás para poner algo de distancia antes de ponerse en pie y volver a echar a correr, otra vez hacia el pasillo alfombrado.

-¿A dónde vas, pringado?

Algo le golpeó desde un lado. Algo fuerte, robusto y con muy mala baba. Maki chocó contra la pared del otro lado un segundo antes de volver a ver la luz. Era un borrón amarillo, difícil de centrar. Se balanceó a un lado, obligando a los ojos de Maki a seguirla mientras un puño acorazado le cruzaba la cara desde el otro lado. Intentó devolver el golpe, pero solo consiguió que la antena luminosa se le enroscase en el brazo y lo sostuviera en alto. Maki tuvo la sensatez de encoger las piernas contra su pecho cuando las fauces de Randy entraron en el círculo de luz. Maki pataleó en el aire y, aprovechando la humedad, echó a volar hacia el techo, soltándose del agarre de la antena.

"Sigue siendo un abusón”, se dijo mientras nadaba a ras de techo. Si le alcanzaba, le haría papilla.

Oyó el inquietante sonido de dos espadas, dos sables, según recordaba, siendo desenvainados. Randy, visible solo por su luz, saltó hacia él. Maki cerró los ojos. Mejor la oscuridad que dejarse distraer otra vez. Se dejó caer. El sonido del aire siendo atravesado por un terrible filo le puso la carne de gallina marina, pero al menos no le había dado. Vio, a la luz de la linterna de Randy, que sus espadas se habían quedado clavadas en el techo, y antes de que pudiera recuperarlas Maki se abalanzó sobre el. Le agarró de las piernas y tiró para abajo. Ambos cayeron al suelo dejando las armas ahí arriba. Ya solo tenía que preocuparse de sus afiladísimos dientes.

-¡Te arrepentirás de haber venido, Narizó...! ¡¿Qué?!

Para no dejarse hipnotizar más, Maki se metió la luz en la boca. Y mordió, vaya si mordió. Randy meneó la cabeza y arrojó al oficial contra la pared, pero su cuerpo blandito y entrenado absorbió el impacto sin soltar su presa. Rebotaba con las paredes mientras el sabor a sangre de la linterna se extendía por su lengua. Qué asco... Sabía a medusa cruda.

Durante un segundo se sintió de nuevo como el joven Augustus, el que se huía de los abusones que se metían con él. Pero fue solo un segundo. Ya no era aquel chico. Era el Oficial Makintosh, héroe de la Revolución. Y no le daban miedo los abusones.

Se puso de pie, firmemente plantado en el suelo. Agarró la antena con las manos y cambió las tornas de la batalla, usando su portentosa fuerza para levantar a Randy del suelo y hacerlo girar una y otra y otra y otra vez, cada vez más rápido, con el poder de la justicia de todos los pardillos concentrado en cada vuelta. Entonces avanzó un paso y el último giro terminó con el pez linterna atravesando como un obús una de las paredes, rompiendo la oscuridad con la luz de exterior. También era muy bonita y brillante.
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Mensaje por Lance Kashan el Mar 19 Mayo 2020 - 23:36

Bueno… Augustus había decidido que una retirada a tiempo era una victoria. O no, no tenía muy claro qué pasaba por su cabeza o si siquiera tenía cerebro y no una simple masa de agua, porque teniendo en cuenta lo que había estado demostrando a lo largo de todo el trabajo… Aun así, mi problema no es que se marchase y me dejase mal; el problema era el momento que había elegido para hacerlo: me había dejado solo frente al enemigo y, desgraciadamente, estaba completamente desvalido frente a sus ataques, algo que obviamente aprovechó para dar venganza a la tortita de pescado en la que se había convertido su compañero y amigo.

Aquel pez colosal había comenzado a correr hacia mí con una velocidad destacable para su tamaño, casi ilógica. Y, en cuanto estuvo suficientemente cerca, me pude dar cuenta: era un rodaballo. Era de aquel tamaño porque solo crecía en una dimensión del espacio, explicando de camino cómo podía acelerar a tal velocidad sin sufrir los perjuicios del tamaño. Si era plano no se debía preocupar de nada: cortaba el aire y su peso se reducía sobremanera. De todas formas, si perdía masa también se volvía un ser mucho más débil y la amenaza que representaba había disminuido en gran parte. ¿Qué iba a hacer ahora para poder hacerme daño…?

El gyojin dribló un par de veces frente a mí, como un jugador profesional de algún deporte, haciendo que fuera incapaz de seguir su trayectoria y, segundos antes de toparse de frente conmigo, saltó justo por encima de mi cuerpo. Se dispuso de forma horizontal, pareciendo gigante desde aquel ángulo y tornándose de un negro azabache. Inexplicablemente, su peso pareció aumentar, cayendo a una velocidad estrepitosa sobre mí, dándome solo tiempo a esquivarlo parcialmente: me había pillado el pie. Más concretamente, los dedos, y aquello iba a doler por semanas y semanas, aunque en el momento no sufriera debido a la adrenalina. Debía dar gracias si podía andar sin una muleta tras el trabajo. Con un grito ahogado adopté una postura baja y preparada, volviéndome etéreo para acercarme a su nuca y soltar una descarga que me permitiese darle fin al combate o poner las tornas a mi favor, pero no reaccionó en lo absoluto.

— Barro, baby. — Señaló a su piel y en ese segundo pude percibir una fina capa de barro que lo rodeaba, frenando mis descargas y volviéndome alguien completamente incapaz. — Ahora déjate aplastar, luego iré a por tu amigo el moco. — Se levantó de un extraño salto, como si se elevase en el aire, y volvió a las andadas, consiguiendo aquella velocidad que me seguía sorprendiendo. Esta vez no saltó, sino que se puso de lado y volvió a tornarse negro del endurecimiento, tratando de arramblarme con pura fuerza e inercia, pero no lo logró ya que estaba a la defensiva. Buscaba un punto débil pero hasta ese momento me limitaría a esquivar sus golpes para no recibir demasiados golpes que me incapacitasen. — ¡Quédate quieto!

Otras dos zancadas y estaba frente a mí, momento en el que desenfundé la Elektro Gun y lo apunté a la frente, frenando el pez de golpe. — Quieto o te vuelo los sesos. — Mi tono era serio e indiferente, como el de un asesino sádico que no encuentra problema alguno en matar. Aunque eso era yo, para qué mentir. — ¿Entendido o no? Levanta las manos. — Comenzó a elevar los brazos lentamente. Por mi parte estaba utilizando un increíble farol, ya que la electricidad comprendida en el cañón seguramente me hiciese más daño a mí por el retroceso que a él, así que disparar no era una opción. El pareció advertir algo cuando saltó de una forma que no me dio tiempo a reaccionar, amenazando esta vez con darme de lleno ya que el tiempo no dejaba lugar a demasiadas acciones. Pensé en utilizar la pistola para disparar hacia el frente, aprovechando el retroceso para esquivar, pero un golpe de suerte facilitó demasiado las cosas. Uno de los guardas, aquel de dientes largos, apareció atravesando una de las paredes, chocando contra mi enemigo y estampando a ambos contra la pared. En ese momento su capa de barro se resquebrajó, instante en el que yo utilicé mi electricidad para colarme por las grietas y freírlo, lográndolo velozmente.

— Gracias, Augustus. — Me asomé al hueco que había dejado a su paso, sonriéndole aunque él no lo pudiera ver. — Esto nos deja el camino libre… — Esperé a que él se uniese a la causa, pies sobre la alfombra que nos guiaba hasta el portón de lo que supusimos que era la sala real. Me acerqué con un paso solemne, sujetando las puertas mucho más grandes que mi cuerpo y, apretando los dientes, traté de abrirlas con velocidad, esperando que el gyojin pudiera servir de vanguardia. Aunque era la segunda vez que confiaba y nadie me prometía que no fuera la segunda vez que me defraudase.


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Mensaje por Maki el Miér 20 Mayo 2020 - 17:57

El salón del trono era tan imponente como se había imaginado siempre. Recordaba las largas tardes fantaseando con lo que habría allí dentro, con cómo sería el hogar del rey. Estaba seguro de que tendría un enorme trono de oro, lámparas de coral luminoso, armaduras de gala que llevaron antiguos guerreros... Podrían comer todas las hamburguesas de manatí que quisieran, y el rey tendría una máquina de helados sobre la mesita de noche. Maki envidiaba al rey sobre todo por esto último, porque su padre no le permitía tener mesita de noche. Pete Makintosh siempre había defendido que los gérmenes se acumulaban sobre esas cosas y le miraban mientras dormía.

-Wow...

El verdadero salón del trono no tenía montones de hamburguesas, pero todo lo demás estaba ahí. El trono, un imponente trozo de coral plagado de metales preciosos que había acomodado los culos de docenas de monarcas; las hileras de armaduras, todas ellas idénticas e impolutas, brillantes y terroríficas mientras enmarcaban la alfombra roja que llevaba ante el asiento real; las luces, docenas de lámparas de colores reflejándose en los cristales tras los que asomaba el mar...

Lo que le extrañó era que estuviese vacío. Siempre había creído que el rey vivía en esa habitación. Se lo imaginaba sentado todo el día en el trono, sin levantarse para nada, esperando a que alguien entrase en esa sala para preguntarle algo o para que lo metieran en una jaula.

-¿Por qué no hay nadie aquí? -preguntó.

Como si lo hubiese invocado, alguien salió por la puerta que había al lado del trono. Era un gyojin muy grande y muy raro, incluso para la escala de Maki. Su piel azulada estaba plagada de patrones hechos con rayas más oscuras, y sus ojos eran como dos esferas ahuevadas, totalmente blancas y sin pupila. De su barbilla surgían varios apéndices con forma de daga. Pero lo más curiosa era su forma. Su cabeza era tremendamente plana, lo que sumado a sus ojos de huevo y su boca casi invisible entre el diseño de su piel, lo hacían parecer tremendamente inquietante.

-Perdón, estaba ocupado -dijo el gyojin. Al otro lado de la puerta, que se quedó abierta, se veía un cuarto de baño. Se sentó en el trono, se puso su corona y adoptó una pose digna y fría. Carraspeó antes de dirigirse a Maki y su compañero.

-Así que sois vosotros quienes han atacado mi palacio. Exijo saber a qué se debe semejante ofensa.

-Hola, esto... ¿señor rey? -Maki incluso levantó la mano para preguntar-. ¿Qué especie de pez eres?

-¿En serio? Todos preguntan lo mismo -farfulló-. Soy un pez sapo magnífico. Y ahora...

-¿Y qué tienes de magnífico? Es la corona, ¿verdad? ¿O los ojos de huevo? No, no, ya sé, seguro que es porque no se te ve casi la boca.

-¡Basta!

Al grito del rey respondieron dos hileras de hombres armados que surgieron de dos puertas laterales muy bien camufladas. Algunos de ellos eran enormes, seguro que con genes de peces monstruosos. Los soldados rodearon el salón del trono con las armas hacia los dos invasores. Uno más apareció atravesando una de las ventanas, rodando por el suelo al aterrizar y poniéndose en pie de un salto. Era el soldado del casco rojo, el que había dejado con Orejas.

-Y ahora -continuó el rey-. Rendíos o morid.
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Mensaje por Lance Kashan el Jue 21 Mayo 2020 - 9:05

Bueno, la sala del trono no era como me esperaba, pero para nada. Tenía todo lo que podía pedirse, estaba claro, incluso parecía un museo más que una habitación para hacer vida, pero faltaba lo más importante de todo: alguien. Estaba completamente vacía; ni un tipo de vida había allí, a excepción de algún ácaro y una señorita que limpiaba en la esquina, que se quedó mirándonos fijamente con la fregona cogida con ambas manos, pegada al pecho. ¿Hacía falta fregar en un palacio submarino…? Mira, olvídalo, aquello era solo un detalle de un cuadro mucho más amplio.

Entonces, ¿qué demonios debíamos entender por el hecho de que la habitación que supusimos como la estancia del rey no fuese el lugar donde encontrar al rey? ¿Había huido en cuanto se había enterado de la incursión, asegurando su propia vida como un monarca cobarde? ¿Nos habíamos equivocado de habitación por más que aquella tuviese un trono? ¿Habíamos venido justo en un momento en el que el rey estaba de viaje por alguna razón? Apreté mis dientes. Había tantas y tantas razones por las que podía haber salido todo mal y que esta defensa, más concretamente la de los tres guardias reales, fuere solo un teatro o una estratagema para que perdiéramos tiempo y no llegásemos a nada más que derruir el palacio por dentro, pero nunca alcanzaríamos nuestro objetivo. Una broma de mal gusto que les costaría decenas de efectivos.

Y, repentinamente, mis músculos mandibulares dejaron de estar tensos para abrirse de golpe en una mueca de sorpresa. Creí escuchar una cisterna, una puerta se abrió y salió alguien con un porte extraño pero que me pareció imponente. Caminó hacia el trono con seguridad, se sentó con una pose real y se colocó la corona en el centro de aquella cabeza, si se le podía llamar así. Bueno, supongo que todos tenían sus propias necesidades vitales, incluso los de sangre azul. Nos señaló con su dedo acusatorio para marcarnos como aquellos que habían asaltado el castillo y Augustus, en vez de responder o terminar el trabajo, se ocupó en preguntarle qué tipo de pez era, algo que me saco una leve risa. En cuanto le contestó, empezó a hacer bromas con su extraño cuerpo, quizás algo ofensivas si me ponía en el lugar del rey, pero a mí me hacían gracia.

Cuando el señor se cansó del numerito de mi compañero dio un grito y tras este surgieron un total de once hombres: diez desde los laterales de la sala y uno desde la ventana, algo distinto al resto. Cabía decir que cualquiera de ellos parecía tan imponente como para plantarse frente a la puerta del rey y cumplir su trabajo, así que adopté una postura preparada en el combate, retrasando un pie mientras calentaba las manos con rayos. Miré a Augustus, esperando que me contestase la mirada con otra y, con ese intercambio, aclaramos la tarea de cada uno. O al menos eso creía, aunque el gyojin era tan impredecible que difícilmente podía prometer nada acerca de él. Le dejaría el de casco rojo, quien parecía más fuerte del resto, mientras probaba mi suerte con los que creía más débiles.

Me desmaterialicé y aparecí justo tras el más alejado de la puerta, a la izquierda, haciendo que mi mano impactase contra su nuca en un veloz gento y propinándole una descarga que lo sacaría de juego. La parte buena es que quedaban nueve contra mí. La mala es que eran nueve contra mí y, tristemente, ya había enseñado mis cartas, aunque no es que tuviera otras con las que plantear otra estrategia. Toda la hilera de gyojins, los cuatro restantes, se abalanzaron sobre mí pero sin utilizar haki de armadura, atravesando mi cuerpo con sus distintas armas y, aprovechando el material que las conformaba, descargué la máxima energía a mi alrededor, funcionando aquellos objetos como pararrayos y haciéndola circular. Llegaron a sus respectivos brazos y, de ahí, al cuerpo, obligándoles a perder un brazo por culpa de que se les había dormido y soltando una bocanada de sangre. Menos mal que tenía la clara superioridad en la batalla. O eso creía, hasta que noté algo en la espalda y, segundos después, me encontraba volando hacia la pared de la puerta con dolor en la espalda. La atravesé, haciéndome una bola con el cuerpo y resintiéndome, cayendo al otro lado y tratando de recomponerme lo más rápido posible. Parecía que no iban a ser todos tan ineptos, mierda.


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Mensaje por Maki el Vie 22 Mayo 2020 - 17:06

Rodeados por el enemigo, en corazón del territorio hostil, con todo el peso de la justicia sobre sus hombros, Niño Humano dedicó a Maki una mirada cargada de significado. Maki se la devolvió, asintiendo. Había comprendido el mensaje que trataba de transmitir sin palabras. Él también quería usar el cuarto de baño del rey. Estaba seguro de que tendría una de esas duchas con chorros. El problema era antes tenían que acabar con todo aquello.

El joven comenzó a exhibir sus poderes con los soldados que los envolvían, dejando a Maki frente a frente contra el gyojin del casco rojo. Esta vez no tenía a quien endiñárselo, así que la Estrategia Abejorro quedaba descartada. Iba a tener que combatir contra él uno contra uno, puño contra puño, pez contra pez. Maki comprendía bien a aquel hombre que tanto es esforzaba por proteger a su rey. Él también había servido a las órdenes de alguien, también conocía el gran honor de defender la vida de su reina.

-Maldito intruso -dijo el guardia-. Soy Ícaro Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.

-Espera, ¿qué?

-Bueno, no tú tú, pero si alguien como tú. Él era jardinero en palacio. Recortaba los setos de coral. Hasta que unos asesinos intentaron matar a Su Majestad y él quedó en medio. Me juré que si volvía a encontrarme con alguien como aquella gente me vengaría. Y aquí estamos.

-Vaya, eso es... Menuda historia. Pero tu rey es malo y no debería ocupar el trono. MI princesa es mejor.

-¿Princesa?

"Igual no debiste decir eso, Augustus".

Para compensar la ligereza de su lengua, se lanzó a la carga. El guardia alzó su lanza y golpeó a Maki con el asta. La madera se rompió al chocar con su cráneo, por lo que Maki empuñó uno de los trozos con su mano izquierda -lamentablemente, el que no tenía punta- y adoptó la pose de esgrima que le habían enseñado en el cursillo introductorio para espadachines de Báltigo. Nunca había ido a más de una clase.

Sus espadas chocaron. Vale, en realidad no eran espadas, sino lanzas. Y tampoco chocaron mucho, porque Maki casi siempre le daba al aire, pero visto desde cierto ángulo podría haberse confundido con un igualado duelo de espadas. El revolucionario se esforzó por alcanzar aunque solo fuera una vez a su rival. Sabía que si hería su orgullo, su cuerpo iría detrás. Lo malo fue que el único herido estaba siendo él. Tendría que cambiar de táctica.

-Eres bueno -le dijo. El guardia asintió, complacido-. Pero hay una cosa que no sabes de mí.

-¿El qué?

-Que no soy zurdo.

Maki se cambió de mano el arma y atacó. El guardia le dio un golpecito a su trozo de lanza y se la arrebató de las manos sin casi encontrar resistencia.

-Ah, no, que sí soy zurdo.

-¡Muere!

-¡AHHH! -chilló Maki echando a correr.

Necesitaba un arma. Cualquier arma. Su deber era plantar batalla de la forma que fuese, y para eso necesitaba un arma. Nunca las usaba, pero el gusanillo del espadachín todavía le comía por dentro. Quería volver a intentarlo, y rápido. Correr en círculos dando gritos no solía funcionar dos veces contra el mismo rival. Por suerte, en ese momento llegó su mochila.

La enorme bolsa repleta de trastos que Maki había llevado consigo apareció en la puerta del salón del trono sin que nadie la hubiese visto llegar. Lo que había dentro quería salir. Aquello sí que era un buen sentido de la oportunidad. Corrió hacia ella y la interpuso entre él y su perseguidor, moviéndose de un lado a otro para que no lo atrapara. Había llegado el momento de sacar su arma secreta. Abrió la cremallera del bolsillo de fuera y la dejó libre.

Para algunos, aquel diminuto gyojin de morros enormes y mirada de lelo que salió de la mochila con una piruleta en la boca no sería más que lo que los humanos llamarían pez murciélago de labios rojos. Para Maki, ese pequeñajo silencioso y siniestro era el primo Rufus.

-¡Al ataque, Rufus!

El chaval ni se movió. Se quedó pasmado contemplando a Maki, sin hacer el menor movimiento salvo chupar su piruleta. Ni siquiera parpadeaba; Rufus nunca parpadeaba. Sus ojos de bobo podían hacer que alguien se perdiera en ellos, como si contuviesen secretos que una mente cuerda no debería conocer.

-Venga, vamos, a por él.

No funcionaba. Iba a tener que usar la clave secreta para que se pusiera en marcha. Maki odiaba la clave secreta. Empezó a cantar:

La nieve brilla esta noche aquí más
Ni una huella queda ya.


La mejor forma de conseguir que Rufus hiciera caso a algo era cantando su canción favorita, una sobre una princesa de hielo o a saber. Todos en la familia Makintosh la conocían y la odiaban, pero aquel enano irritante respondía a ella. Rufus sonrió y dio un mordisco a su piruleta. Entonces, al son del canto de Maki, echó a correr por toda la sala a una velocidad ridícula, colándose entre las piernas de todo el mundo en dirección al rey. Cuando la canción llegó al estribillo, Rufus sacó un cinturón de explosivos idéntico al que Orejas había usado un rato antes.

¡Suéltalo, suéltalo!, cantó Maki. Y Rufus se abalanzó hacia el rey, sonriente como un loco.

El guardia del casco rojo lo atrapó y le quitó los explosivos sin problemas. Pero el daño ya estaba hecho. Maki había tenido tiempo de hurgar en su mochila y encontrar un dispensador de pompas como el que le había dado al gato: de color negro. Lo activó y envolvió al guardia en una pompa totalmente oscura. Entonces levantó la mochila y la estampó con todas sus fuerzas sobre el soldado, que cayó junto con la mochila al piso de abajo cuando el suelo se resquebrajó bajo él.

-Bien hecho, Rufus. Espera, ¿los explosivos son de verdad? ¡Tenías que usar un cuchillo falso!

Rufus se le quedó mirando, en completo silencio. "Es igual. Ahora, a por el trono".
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Mensaje por Lance Kashan el Vie 22 Mayo 2020 - 19:58

Para una vez, el revolucionario pareció seguir mis indicaciones, me hubiera entendido o no. Quizás se había visto acorralado y con una única salida: seguir hacia delante. La famosa huida al frente, llamativa y útil cuanto menos pero solo apta para gente que tenía más amor propio que miedo. De todas formas, yo veía la escena desde atrás, de pie en la habitación colindante, observando la espalda del gran gyojin. Aunque, viendo tal y como se planteaba el escenario, seguramente fuera incapaz de observar la película al completo, pues los nueve gyojin que corrían de un lado a otro habían decidido ponerse de acuerdo para venir a por mí de golpe. Mierda, ¿no podían hacer como en los libros y enfrentarse a mí de uno en uno para facilitar el trabajo al bueno de la historia…? Tampoco es que supiese si era el bueno, pero debía suponer que sí. Meh, no es que me importase.

Suspiré, llevándome ambas manos a la cintura y recogiendo las Elektro Guns que adornaban el cinturón, empuñándolas al frente. Desaparecí de mi posición y volví a materializarme justo encima de ellos, perdiéndome la mayoría de vista. Descargué las pistolas a dos únicas esferas para no recibir un gran daño y, apuntando a las nucas de dos de ellos, apreté sendos gatillos. Dos rayos de pura energía salieron despedidos desde la boca de las armas hasta la piel azulada de los peces, atravesándola sin demasiada dificultad y, en el caso de uno de ellos, comunicando con el estómago de otro, provocando la caída de tres de ellos. Quedaban seis. Di un mortal hacia delante mientras caía, aterrizando de pie y dándome la vuelta de un solo giro, tratando de no perderme nada de aquel enfrentamiento. Ante tanta gente, cualquier fallo podía ser mortal. Comencé a cargar ambas pistolas nuevamente, sabiendo que nos la podría utilizar durante un rato, así que me tendría que limitar a protegerme con los poderes de mi fruta.

Venían tres por un lado y el resto se esforzó por rodearme, dejándome un solo camino para esquivar las ofensivas: el aire. Esperé a que se acercasen lo suficiente. Iba a ser fácil: se reunían en el centro que yo mismo marcaba y, en cuanto llegase ese punto, saltaría y haría llover electricidad para despachar a todos y cada uno de los guardas. Total, había ya unos cuantos tocados que no estarían muy lejos de ser derrotados. Con cierta calma me concentré en marcar el tiempo que marcaban los pasos de los hombres pez y, cuando mi mente marcó que era el segundo, salté, dejando escapar una sonrisa que se borró en cuanto vi que había alguien frente a mí: uno de los guardias me había leído el movimiento. Traté de volverme etéreo y desaparecer, pero una patada voló a mi esternón y ya se encargó él de hacerme desaparecer en la nube de humo que levanté con el roce de mi cuerpo contra el suelo. El traje de Sif sufrió varios desperfectos: ciertas partes habían sido sometidas a tanto roce que desaparecieron, dejando al aire trozos de mi espalda, magullada y sangrando por la misma razón. Me traté de reincorporar de la forma más rápida posible, pero allí estaba el mismo señor de antes, preparado para propinarme otro puntapié, esta vez en el pecho. Rodé hasta la otra esquina de la habitación, recorriendo casi dos decenas de metros mientras mi torso sufría golpes y un dorso de mi ropa volvía a desaparecer en pequeños trocitos. En cuanto aterricé y fui consciente de mi propia situación, mi cuerpo se transformó en una energía que voló hacia la antesala del trono.

Miré a mi alrededor, buscando un enemigo de forma paranoica. Mi cuerpo, a pesar de mi poca sensibilidad al dolor de forma natural, estaba sufriendo. No había escuchado ningún crujido, aunque también era cierto que no me había concentrado en escucharlo, por lo que no significaba que no hubiese existido. Me limité a no tocar mi cuerpo para no desencadenar ninguna mueca de dolor ni poder empeorar mi estado físico ni psicológico; estaba bien sin descubrir que tenía un par de costillas rotas. ¿Me debía ir? Es decir, quedaban todavía más de la mitad y estaba solo. Augustus no podía contar como alguien fiable, significaba apostar todo en una variable completamente aleatoria y que tendía a decepcionar. Por el otro lado… ¿realmente me podía marchar? El palacio estaba rodeado de una gigantesca masa de agua, cuya única puerta estaba controlada por los funcionarios del rey, y solo podría atravesar los espejos si Heimer venía pero, viendo que solo el gyojin estaba aquí y conociendo sus capacidades, era bastante probable que hubiera fallecido en el campo de batalla o estuviera fuera de juego. Creo que solo me quedaba una opción y era seguir hacia delante: O ganaba o me ganaban. No había forma de escapar de aquello en lo que me había metido, al menos no con mis capacidades actuales.

Apreté los dientes y puños, sumergiendo ambas manos en una esfera de electricidad sorprendentemente violenta. Solía utilizar una energía controlada y sofisticada, lisa, simple, bonita de ver. Pero aquella demostración de poder estaba repleta de chispas que se desprendían y opacaban el suelo en un color blanquecino, amarillo y hasta azul, con arcos que recorrían mi cuerpo. A juzgar por mi soledad en aquella sala, me habían dado por muerto o perdido, así que me limité a entrar mientras lo que parecía ser una mochila pasaba rodando a mi lado y se frenaba justo en la puerta, atrayendo la completa atención de Augustus. Pasé a su lado, entrando a la estancia y cruzando miradas con los seis del rey, que estaban atentos al espectáculo que les daba aquel del casco rojo. En cuanto vislumbraron un trozo de mi máscara se abalanzaron sobre mí, llegando primero el más rápido del todos. Pobre desdichado. Aceleré hacia el frente sin control blandiendo aquel arma que representaba mi puño hacia delante, embistiendo su cuerpo y atravesando la mitad de su tripa gracias a la energía cinética y la temperatura. La electricidad hizo el resto del trabajo, causando que cayera al suelo.

Me puse en una posición de pelea improvisada, parecida a aquella de los boxeadores, aguardando a los otros cinco, pero nadie llegó. Me fijé en el centro de la habitación y lo descubrí: Augustus había terminado con su enemigo y se disponía a encontrarse con el rey de una vez por todas. Mi única oportunidad era brindarle aquella opción de una forma u otra. Me desmaterialicé, siendo capaz de verme nuevamente sobre la alfombra que guiaba hacia el rey en el centro de la sala, elevando ambos brazos mientras dos paredes se erguían a cada lado del textil. Eran de cinco capas cada una, cuatro metros de alto y, aunque finos, su suma haría el trabajo. Ocupaban desde el trono hasta la puerta, evitando que nadie se metiese en medio sin sufrir el ataque de mi electricidad de una forma u otra. Se me escapó un grito gutural por culpa del esfuerzo mientras quedaba allí, cerca del techo de la habitación, ambas manos hacia delante para concentrarme en mantener las estructuras improvisadas y permitirle a mi compañero tener su encuentro con el viejo.


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Mensaje por Maki el Sáb 23 Mayo 2020 - 18:41

Resguardado por los extraños poderes de Niño Humano, Maki quedó cara a cara frente al rey. Rufus se marchó por la puerta. Maki vio a través del agujero como, en el piso d abajo, volvió al interior de la mochila silenciosamente, lamiendo lo que quedaba de su piruleta mientras los soldados reales aguardaban al otro lado de esas raras paredes brillantes. Maki se sintió tentado de tocarlas, pero un vívido recuerdo de un mosquito achicharrándose le hizo contenerse. Tal vez pudiese saciar después su curiosidad. Antes tenía que terminar su misión.

-Soy el oficial Augustus Makintosh -le dijo al rey-. Es hora de que acabe tu reinado del terror.

-¿Terror? Pero si yo no...

-¡Revolución! -exclamó.

Aprovechando el pasillo que Niño Humano le había construido, Maki entró al cuarto de baño, cuya puerta estaba cerca del trono. Dio un toquecito al espejo para llamar la atención y no mucho después se encontró con la princesa al otro lado del cristal, aún esperando en la Dimensión. Por lo visto el protector de la princesa, el hombre-manta, había visto antes a Maki viajar de espejo en espejo y pudo atravesar el cristal al lado de Maki usando el mismo truco. Viejo avispado...

-Mi nombre es Hipatia Stix, y...

Luego vino un trascendental discurso que Maki se perdió por estar vaciando la vejiga. El váter real era de oro puro, igual que la ducha. Casi que podría darse un remojón ya que estaba allí, ¿no? La princesa aún seguía hablando, así que ¿por qué no? Incluso se permitió utilizar el jabón del rey, que olía a riquezas y a frutas exóticas. Para cuando salió, la futura reina seguía hablando.

-...y por eso pienso recuperar la vajilla que tan cobardemente robasteis a mis antepasados. Eso es todo. Ahora puedes apartarte de mi trono.

No lo hizo, claro, pero con la motivación de la espada del gyojin manta, el usurpador se apartó de su asiento para que la legítima reina lo ocupara. Por fin, la justicia y la revolución gobernarían en el fondo del mar. Un nuevo orden se avecinaba, y sin duda el mundo se beneficiaría de ello.

Larga vida a la reina.

Misión cumplida.
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 23 Mayo 2020 - 22:39

Mis ojos difícilmente podían seguir los pasos del gyojin mientras se aproximaba; estaban más bien ocupados en no perder de vista a los guardias que trataban de sortear mi defensa y tumbarla a base de fuerza bruta. Ambas pupilas saltaban de un lado a otro, haciendo crecer el muro en según qué partes para que alguno perdiera pie, curvándolo en otro para evitar que trepase… Luego menguaba a su posición inicial para que no perdiera el control debido a excederme durante demasiado tiempo. Parecieron pasar unos segundos infinitos hasta que escuché la voz de la princesa que habíamos traído a reclamar el trono y, tristemente, se puso a dar un debate. Suspiré y, sin verlo venir, tosí sangre. Estaba esforzándome demasiado como para que mi cuerpo lo pudiera soportar correctamente, todo para tener que dividir mi fama con aquellos dos que ni se habían esforzado realmente a lo largo de la batalla. Tenía que acabar ya o mi cuerpo se resentiría permanentemente o, peor aún, me desmayaría allí mismo y perderíamos todo lo logrado, incluyendo la vida.

Fijé mi vista en todos aquellos de los seis que se habían marcado como meta romper el muro a base de puñetazos o golpes con las armas y, apretando los puños, creé un pequeño agujero en la masa de electricidad para que pasase todo aquello que estaban usando para destruir. En cuando atravesaron el vacío generé la misma masa alrededor y hasta la rodeé, impidiendo que fuera extraída y provocando que aquellos que estuvieran chocando sus armas de acero sufrieran un calambre que, sumado al primero, los hizo caer al suelo. Por otro lado, los que daban simples puñetazos terminaron perdiendo el brazo y la vida en el proceso. Quedaba uno… Hice desaparecer toda la electricidad sólida de golpe, dejando la sala como estaba al comienzo —con un poco más de destrucción y los flecos de la alfombra quemados— y un guardia al otro lado, fijando su vista en Hipatia y en el rey. Caí al suelo, perdiendo la capacidad de volar por el momento por un sobreuso de mi akuma.

— ¿Os queda mucho…? — Dije, apoyando mi mano tras de mí, formando un arco con el codo para tratar de levantarme o, al menos, no estar tan indefenso. Su reunión pareció terminar gracias a la intervención del espadachín que amenazó al monarca, pasando el poder a manos de la muchacha y, en cuanto el trabajador de la corona vio aquella escena, se arrodilló pidiendo clemencia. Parecía no tener demasiada clara su fidelidad o si siquiera tenía… Giré sobre el suelo para mirar hacia la dirección donde no había nadie consciente, levantando levemente la máscara, dejando ver mi mentón. Escupí la sangre al suelo y dejé escurrir la que la manchaba por el interior, manchando aquellas cosas con abundante color carmesí. — Se…Señorita, ¿queda la otra parte del trabajo? — Dije, mientras me colocaba mi disfraz correctamente y me trataba de erguir con cierta dificultad, clavando mis globos oculares en el pez que hasta hacía segundos contaba con ese trono como suyo hasta la muerte. Me apoyé en la pared, tratando de recuperar fuerzas mientras me costaba recuperar el aliento y normalizar mis constantes. — Augustus, si fueras tan amable…


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Mensaje por Maki el Lun 25 Mayo 2020 - 12:24

Augustus fue amable. Siempre lo era, incluso cuando serlo involucraba una tarea tan ingrata como la que le esperaba. De nuevo, gracias a ese extraño vínculo que se forja entre compañeros que han compartido sudor y sangre en el campo de batalla, Maki entendió bien lo que Niño Humano quiso decirle. Asintió y se dispuso a cumplir con su deber.

-No te preocupes. Lo haré.

Un rato más tarde, Maki ya había cumplido su promesa con el humano y había encontrado la máquina de helados del rey. Estaba cansado y le habría gustado descansar un rato antes de ponerse con aquello, pero bien se merecían un premio. Le hizo al joven mamífero un cucurucho de fresa y chocolate y él se preparó un Doble Jumbo Ultra de seis bolas de chocolate, vainilla, pistacho y un buen chorretón de caramelo. Nada como el helado tras una dura misión.

La princesa -a la que debería empezar a llamar reina- ya se estaba ocupando de asumir el poder. En cuanto la vieron con la corona y el trono y se animó al viejo rey a firmar su abdicación en favor de la sirena, el ejército y las instituciones de toda la isla pasaron a su control. Hubo algún que otro problema, pero Maki no tuvo que hacer nada más. Su labor y la de su tropa estaba cumplida, así que pudieron relajarse mientras otros se ocupaban de los detalles engorrosos de tener una nueva jefa.

-Buen trabajo, chico. Si quieres un buen trabajo ve a Báltigo y te haremos un hueco en los Centellas -dijo al humano. Ojalá supiera por qué Orejas había decidido marcharse. Seguramente aquel chico hubiese emprendido una nueva misión para reformarse de su mal carácter. Maki estaba seguro de haberlo marcado para siempre-. Ese malvado rey irá ahora a la cárcel. Supongo. ¿Hay cárceles para reyes? Igual podríamos dejarlo en otra isla lejos de aquí y ya está.

De momento, la familia real estaba atada en el armario de la limpieza, a la espera de juicio. El hombre-manta había dejado caer que deberían matarlos, lo cual espantó a Maki, pero como le dijo que hablaba de forma hipotética, lo dejó estar. Vaya susto más tonto. Decidió que iría a verlos y les llevaría algo de comer.

Tanto el rey como su esposa y sus dos hijos ya adultos eran terriblemente feos. No feos adorables como Maki, sino feos feos. De esos que hacían difícil sentirse culpable por tenerlos atados. Aun así Maki era un espíritu generoso. Les ofreció algunos cacahuetes de su bolsa, con cuidado de no desatarles las manos. A la mañana siguiente le anunciaron que la familia real había muerto. ¡Todos se habían atragantado con los cacahuetes! ¡¿Cómo había pasado eso?! Maki tiró al suelo la bolsa y pisoteó los que le quedaban, lamentando aquella tragedia. La próxima vez les quitaría la cáscara antes de dárselos a gente atada. Curiosamente, a la princesa no pareció importarle mucho. Ni tampoco a su guardián, que se le acercó nada más enterarse.

-Verás, esto... oficial. Esta situación es un tanto... inestable. La reina aún tiene enemigos, incluso después del terrible... accidente con el rey y su prole. Necesitará alguien que la apoye, un apellido de renombre que unir al suyo -El soldado suspiró-. Y no me puedo creer que diga esto, pero... hicimos cierto trato con Báltigo. Les prometimos... en fin. La reina necesita un marido.

Maki no supo muy bien qué decir. A él le daban igual esos cotilleos. Cuando la manta le dejó claro que se refería a él, casi se le salieron los ojos de sus diminutas órbitas. ¿Cómo iba a ser él rey? No, alguien había cometido algún error. Maki no estaba listo para casarse. Su único amor era la mar. Aunque la máquina de helados y las hamburguesas ilimitadas...

-Pues... ya veremos -dijo.

-Piénsalo, Makintosh. La reina necesitará a alguien a su lado para que la ayude a guardar su reino. Y su secreto.

"Genial. Tronos, cacahuetes y secretos. Con lo mal que se me da todo eso".

Al menos tendría algo bueno de lo que informar a Báltigo. Lo malo sería que tendría que invitar a los Makintosh a su boda.
Maki
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