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Mensaje por StaffOPD el Mar 14 Abr 2020 - 22:01

Contratante: Nimbus Hubble.

Descripción de la misión: aprovechando la ausencia de contaminación lumínica tras la hecatombe que azotó el West Blue con la aparición de los Jinetes del Apocalipsis y la reconstrucción de los desperfectos ocasionados, hace algún tiempo se decidió instalar en Nueva Ohara un observatorio astronómico con el fin de conocer mejor qué sucede sobre nuestras cabezas.

  • No afines al Gobierno Mundial: este anónimo sujeto se ha puesto en contacto con vosotros porque tiene un gran interés en algo relacionado con Nueva Ohara. Demanda que se consigan para él los datos e informes sobre el último barrido que se hizo por las estrellas, procurando que la labor sea realizada con la máxima discreción posible y, evidentemente, sin ningún estropicio en las instalaciones del observatorio espacial que se ha instalado allí.

  • Afines al Gobierno Mundial: los rumores del Bajo Mundo sugieren que alguien tiene interés en el observatorio espacial instalado en Nueva Ohara. De cualquier modo, no está claro si únicamente se trata de habladurías o hay verdad tras lo que se dice. De cualquier modo, el Gobierno Mundial está convencido de que lo idóneo es que, con toda la discreción posible, algunos de sus hombres vayan allí y se dediquen a proteger el lugar de cualquier posible incursión.

Objetivos secundarios o alternativos: los trabajadores del observatorio no deben llegar a saber que algo está sucediendo, para ambos grupos.

Recompensas: un supuesto emisario de Nimbus os hará entrega de un curioso catalejo, tan antiguo como bonito. Éste permite contemplar el mundo en unos ángulos que exceden hasta cierto punto la mera línea recta y, por si no fuese suficiente, tiene un alcance mayor de lo normal para su tamaño. Además, al mirar a través de él un tenue brillo señala la posición de la Osa Mayor sin importar las condiciones del entorno.

Recompensa por objetivo secundario: obtención de una curiosa chapa con un Jolly Roger que jamás habíais contemplado anteriormente. ¿De quién será?
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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Jue 16 Abr 2020 - 18:05

Sus acciones, aunque breves, habían llegado a oídos del gobierno. No se trataba tanto de sus habilidades como cazadora, sus habilidades bélicas, navegantes o incluso por su Akuma no Mi, el contrato que tenía ahora entre manos lo había recibido por sus "buenas prácticas", como lo habían definido desde el gobierno. Maximizar la eficiencia reduciendo al máximo los daños colaterales y manteniendo hasta ahora un total de cero bajas civiles. Gracias a eso ahora estaba en un barco camino del West Blue, un mar que no había visitado antes.

Lo único que sabía de aquel mar era que su destino era Nueva Ohara, una isla de dominio gubernamental. Por lo visto existía el riesgo de que intentaran entrar en el observatorio espacial que había allí y el Gobierno la había llamado para dos objetivos muy claros: debía proteger el lugar a toda costa y, de ser posible, debía no interrumpir bajo ningún concepto las actividades de los trabajadores del observatorio. No entendió muy bien por qué, pero seguramente fuera para evitar el pánico. A Abigail no le gustaba nada mentir pero... era un encargo y tenía sentido. Por una vez se saltaría su credo, una cosa era decirle a un niño que era bobo y que tenía que estudiar más y otra muy distinta era echar por tierra el trabajo del gobierno.

También se incluía otro detalle, y es que por lo visto iba a estar acompañada por un agente del Cipher Pol, seguramente para, de nuevo, evitar el pánico o preguntas innecesarias. Ya se inventarían algo para justificar que estaban allí.

Ahora, para evitar el pánico... tendría que ir desarmada. Aún estando en el barco uno de los agentes se acercó a ella.

Perdone, señorita, pero para evitar que los trabajadores se alarmen tendrá que cambiarse. Podemos prestarle uno de nuestros trajes, por supuesto —dijo el agente. Abigail frunció el ceño, no le hacía demasiada gracia la idea de desprenderse de su hábito pero el encargo era el encargo, ¿no? Suspiró y terminó por asentir. La guiaron hasta uno de los camarotes y allí... bueno, lo primero era desarmarse. Activó su Shiro Shiro no Mi y una de sus habitantes salió, recuperando su tamaño original cuando salió del límite del área.

Siento las molestias, pero necesito que te lleves todas las armas dentro, hace falta discreción.
—¿Todo? ¿Estás segura?
Sí, y también mi ropa, tengo que cambiarme para esto, se ve que llamaría demasiado la atención.
—¿Y te extraña? No hay muchas monjas que se dediquen a lo tuyo, Abi.
Pero aún así... no debería ser tan raro. Bueno, quitando los rifles y todo eso, y quizá dos de las tres cruces. A veces pienso que tendría que haberme quedado allí.
—¿Y quién nos habría salvado entonces? Anda, no te quejes tanto.

Tras la pequeña conversación, la monja procedió a retirarse las armas -asegurándose de que tuvieran sus respectivos seguros puestos, no quería reventar nada- y también las granadas. Todo lo dejó en manos de la pobre muchacha que ahora iba cargada hasta los topes. Como lo mejor sería que hiciera dos viajes, aquella joven se metió dentro de la fortaleza y fue entregando las armas al resto para que fueran organizándolas. Mientras tanto, Abigail empezó a desvestirse. Se quitaba el hábito muchas veces, pero siempre era con la idea de volver a ponérselo al cabo de unos minutos, como cuando se bañaba, se sentía muy extraña... desprenderse de aquella prenda con tanto valor sentimental se le hacía duro, pero le quedaba el pensamiento de que al día siguiente podría volvérselo a poner, cuando todo hubiera acabado.

Tras quitarse prácticamente todo llegó el momento de ponerse lo demás. Antes de eso la muchachilla de antes volvió a emerger de una de las puertas para llevarse el resto de ropa.
—Que rara te ves sin el hábito, Abi.
Sí... me cuesta mirarme al espejo sin él —dijo, mirándose en el espejo del camarote. Su cuerpo como tal le daba bastante igual, y eran realmente pocas las veces que se había parado a contemplarse, no por complejos si no porque, simplemente, no sentía que fuera necesario —. Los designios de Dios son inescrutables, eh... bueno, mejor me cambio antes de resfriarme.
Los pantalones entraron bastante bien, el gobierno era previsor y había dejado muchas tallas distintas para que no le faltara de nada. Tras ajustarse el cinturón -agradecía muchísimo que le hubieran dado pantalón y no falda- pasó a la camisa. Esta vez tuvo que probarse un par, pero encontró una que no le quedara demasiado ajustada al pecho. Luego fue la corbata, para la cual necesitó ayuda de la misma chica de antes, que por lo visto estaba más puesta en tema de ropa. Después se colocó la chaqueta del traje y, finalmente, el guante negro. Porque no, el guante climático se quedaba ahí, era el único método de ataque y defensa que le quedaba en un caso extremo.

Y... —se miró al espejo de nuevo —. Sí, me veo rarísima.

El resto del trayecto pasó sin demasiado que contar. Se metió la licencia de cazadora en el bolsillo interno de la chaqueta, pensando que el agente que la acompañaría se la pediría para confirmar que realmente era ella y no un intruso y, sin más, bajó del barco cuando atracaron en el pequeño puerto gubernamental del observatorio.

Se notaba muchísimo que era ella la que iba por contrato: era la única que estaba más perdida que Wally, fuera quien fuera.

Repasó los objetivos de la misión mentalmente: Proteger el observatorio y no interrumpir el trabajo del mismo alarmándolos innecesariamente.
«¿Me oís? Ya he llegado. Espero que no sea necesario, pero quiero que os equipéis con arcos, lo que haga menos ruido.» transmitió aquella orden a los habitantes de su fortaleza.

Ahora... a encontrar al agente y a comenzar la patrulla, o lo que sea que le ordenaran. En aquella misión la cazadora solo era una contratada, no la agente al cargo.

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Mensaje por Kusanagi el Vie 17 Abr 2020 - 12:07

Jugueteaba con el nudo de la negra corbata, con la mirada clavada en el accesorio. Quizá, después de tantos años, debería haberse acostumbrado a llevar ese tipo de prendas, pero lo cierto es que Kusanagi no era un agente ordinario. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el Cipher Pol le reclutó? Unos nueve años, si la memoria no le fallaba —y obviando su «pequeño» parón—. Pese a ello, seguía sintiéndose incómodo cuando se ponía el traje. Dada la naturaleza de su labor en la agencia tampoco era de extrañar: pertenecía a la rama de infiltración y eso implicaba que, la mayor parte del tiempo, no debía parecer un agente. Se aseguraba de desprenderse de aquella ropa tan pretenciosa en cuanto tenía la oportunidad, pasando por excusarse con el propio trabajo hasta por argumentarle a sus superiores que no era necesario llevarlo mientras no estuviera en un acto oficial. Como si aquello le fuera a librar de las broncas por saltarse el protocolo. En fin.

Aquella ocasión era un tanto particular. Unas pocas semanas atrás el sonido de su den-den le había interrumpido una de sus clandestinas siestas, todo gracias a una llamada directa de Markov. Al parecer, su superior le había asignado una tarea un tanto delicada —sin preguntar sobre su disponibilidad ni si estaba dispuesto a ello, claro—. No se enteró demasiado de los detalles, principalmente porque se acababa de despertar y su consciencia en ese momento era bastante leve, pero parecía que alguien les había dado un chivatazo: crecía el interés por el observatorio de Nueva Ohara entre las malas gentes del bajo mundo. Cuando recibió la noticia tardó un rato en procesarla. Mínimo serían dos semanas de viaje, suponiendo que le llevasen en un barco que cruzase el Calm Belt, y no es que tuviera demasiadas ganas de comerse semejante trayecto; la vida a bordo de un barco era aburridísima, especialmente cuando no te dejaban llevarlo —entendible, por otro lado—. Sin embargo, desde que había regresado de su descanso en las islas del cielo no había tenido la oportunidad de visitar su mar natal. Con todo el jaleo de los Jinetes la situación era un tanto deprimente, por lo que tenía entendido. Lo mismo podría aprovechar para visitar su propia isla una vez acabasen el trabajo. Ya se las arreglaría para justificarlo ante sus superiores.

—Aunque no entiendo por qué han tenido que contactar con una cazadora —pensó en voz alta, observando la fotografía que le habían facilitado para reconocerla: rubia, de ojos azules y facciones suaves; quizá lo que más destacaba de la información que le habían facilitado era su altura, algo elevada para ser una mujer... si obviamos el hecho de que era una monja. Sí que llevaba tiempo sin ir a la iglesia, sí.

No es que le hiciera especial gracia, ciertamente. Los gremios de cazadores de recompensas eran una pequeña espinita que se clavaba en la garganta del agente, molesta. Su trabajo no era algo que tragase, para qué mentir, y es que el hecho de tratar a personas como si fueran bolsas de dinero andantes era una de sus críticas al propio Gobierno Mundial. Por lo que había podido ver, aquella gente no era más que un montón de interesados a los que les daba igual quitar una vida u otra, siempre y cuando pudieran cobrar por ello. Se obligó a negar con la cabeza, intentando evitar aquellas ideas. Él mismo era el primero que reprobaba el hecho de juzgar a alguien por su trabajo o por el bando en el que estaba; tenía que darle una oportunidad al menos. Aún así, el gobierno debía andar bajo mínimos si contrataban a los gremios como «agentes auxiliares» en ese tipo de tareas. Quizá la situación estuviera peor de lo que pensaba tras la ejecución de Dexter Black. A saber cuántos se habían unido a la causa de la Armada tras eso. «De mal en peor, como siempre».

Alzó la mirada al escuchar unos pasos aproximándose. Su único ojo visible clavó la mirada sobre la persona que se plantaría frente a él unos pocos segundos después. El agente se puso en pie.

—¿Abigail? —preguntó, buscando una confirmación. No es que fuera necesario: pese a su cambio de look pudo reconocerla sin demasiados problemas, pero debía seguir el protocolo. Una vez se presentase, de la forma que quisiera, le ofrecería asiento— Mi nombre es Kusanagi, un placer. Toma asiento, por favor.

La agencia se había encargado de reservarles mesa en un pequeño local que, pese a su éxito, no era sino una tapadera del Cipher Pol que servía como centro logístico en la propia isla. Bajo la imagen del lujoso restaurante, extrañamente frecuentado por hombres y mujeres trajeados, se aseguraban de que el sitio tuviera un aforo lo suficientemente cerrado y discreto como para que pudieran usarlo sin riesgos. La reunión con la cazadora se había planificado para darse una hora antes del cambio de turno en el observatorio, de modo que tuvieran tiempo para hablar un poco sobre la misión antes de ponerse manos a la obra.

—No sé cuántos datos te habrán dado mis compañeros, pero te haré un resumen de cómo vamos a proceder —comenzó, antes de sacar de un pequeño maletín algunos documentos. Entre ellos se encontraban, entre otras cosas, una identificación de agente y algunos datos sobre el personal del observatorio—. Sé que puede ser un tanto incómodo, pero tienes cierto renombre y no nos interesa que la gente de identifique por tu identidad de cazarrecompensas. Levantaría sospechas que no nos interesan, así que durante toda la operación responderás al nombre de Elizabeth Thomson. El Cipher Pol se ha encargado de realizar todas las gestiones administrativas para que el nombre figure en las listas.

Le daría un momento para que asimilase todo lo que le había dicho, así como para que pudiera revisar los datos que le había facilitado. Mientras tanto aprovechó para analizarla: sabía que tenía cierta fama, pero seguía sin comprender demasiado bien cómo acababa una monja metida en los gremios de caza. Se notaba que, como poco, estaba entrenada —al menos en apariencia—, y había escuchado que era bastante cuidadosa con lo que respectaba a daños colaterales, cosa que agradecía bastante. La idea de lidiar con una máquina de matar en una operación tan delicada no le habría hecho gracia alguna.

—Si hay algo que no entiendas o que quieras saber, pregunta sin miedo —continuaría al rato, entrelazando ambas manos mientras las apoyaba sobre la mesa—. Tan solo quiero matizar que esta es una operación encubierta, por lo que nadie debe sospechar que está pasando algo. Vamos a hacernos pasar por agentes de la agencia que se ocupan de la vigilancia del recinto. Concretamente nos ocuparemos de parte de la tarde y de la noche.

Estaba siendo excesivamente formal, quizá. ¿Debía serlo? Supuso que sí, aunque no terminaba de encajarle. Se sentía raro al escucharse así. ¿Por qué Issei no podía verle cuando se comportaba como un agente ejemplar? Ese hombre solo se fijaba en lo malo. Hay que joderse.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Vie 17 Abr 2020 - 15:31

Sus pasos, y la guía de una mujer del Cipher Pol, la habían llevado hasta un pequeño local en el que supuestamente iba a encontrarse con el agente que estaba al cargo de aquella misión de vigilancia. ¿Cómo sería? Los agentes que había visto en el barco eran bastante estrictos con temas de protocolo, e imaginaba que su contacto sería igual. Entró en el local y se acercó al agente que se había puesto en pie. Se trataba de un hombre que llevaba un parche, ojo visible verde, pelirrojo, más alto que ella -aunque no mucho más- e iba trajeado como ella. Tenía toda la pinta de ser el que sería su jefe en ese encargo. Eso y que preguntó por su nombre, eso también ayudaba.

Abigail Mjöllnir, es un placer —dibujó una sonrisa nerviosa mientras hablaba. No llevar aquella prenda estaba pasándole más factura de la que hubiera imaginado, quizá sería buena idea acostumbrarse a usar otro tipo de ropa para, por ejemplo, evitar ponerse nerviosa en cacerías que requieran algún tipo de infiltración.
La cazadora aceptó el asiento y se sentó, con las piernas juntas y las manos sobre el regazo. Huh, por esas cosas prefería trabajar sola, era menos... complicado, menos protocolos que seguir. Trabajar bajo las órdenes de la gente era como... hm, ahora que lo pensaba, era casi como estar en el convento, solo que seguía directrices de alguien que no era la madre superiora.

Lo dejó hablar mientras ella permanecía en silencio, atendiendo al procedimiento que iban a seguir. Básicamente, consistía en dejar a un lado su identidad como Abigail Mjöllnir y adoptar el nombre de Elizabeth Thomson.
Elizabeth Thomson —susurró para sí misma un par de veces, así iría asimilando el nombre y no se le haría tan extraño cuando la llamaran así durante la operación. La cazadora tomó la identificación de su nueva identidad temporal y se tomó unos segundos para leerla y colocarla en uno de los bolsillos internos de la chaqueta del traje, en el lado opuesto a su licencia de cazadora, así no sacaría la otra por error.

Se tomó también algo de tiempo para revisar los documentos, que consistían en un breve resumen de las tareas, los horarios, las rutas de patrulla habituales, los nombres de los trabajadores actuales. Los proyectos, evidentemente, eran clasificados, pero en ese maletín estaba todo lo que necesitaba saber para, más o menos, hacerse pasar por personal de seguridad del observatorio. Mientras revisaba los papeles parte de su guante climático quedaría a la vista, pero para el ojo normal no dejaba de ser un guante con un log pose algo raro enganchado encima con una pieza metálica. Nada que resaltara demasiado teniendo en cuenta que era navegante.

Continuó leyendo un poco más, apartándose el mechón de pelo que le empezaba a estorbar.

Pues... —empezó, levantando la mirada del papel para mirar directamente al agente a los ojos, bueno, al ojo —, Agente Kusanagi, lo primero, me halaga que me conozca, no pensaba que mis pequeños actos de fé para con las gentes del North Blue llegarían a oídos de nadie —no luchaba por fama ni dinero, aunque se dedicara al oficio de cazar criminales. Como le había dicho, consideraba su labor un acto de fé por su parte, de humanidad, de servir al Señor, una forma de redimir su pecado de desobediencia y aquel "pacto" con el diablo de la fruta haciendo del mundo un lugar un poco más seguro con cada caza —. Entiendo mi función, y sé que no debemos alertar a los trabajadores, pero tengo que preguntar. En el caso de ser necesario un enfrentamiento abierto con un intruso, ¿podría tener libertad para poner a salvo al personal del observatorio? —preguntó —, aunque sea una operación encubierta no dejaré morir a nadie, Agente —continuó. Se lo pensó durante un par de segundos más, soltó un pequeño suspiro y terminó por contarle lo de su Akuma no Mi, de alguna manera tenía que explicar y justificar sus motivos para querer estar a cargo de la evacuación, si se diera el caso.

Shiro Shiro no Mi, la maldición que me cayó —reveló, dejando la sonrisa nerviosa a un rato para poner una expresión ligeramente más triste. De paso le daría a entender que no le hacía demasiada gracia tener ese poder, aunque lo estuviera usando para el bien —. Soy una mujer-castillo, dentro de mi cuerpo hay una dimensión donde cabe mucha gente. En el peor de los casos, si me da permiso, puedo realizar la evacuación del personal yo sola. Lo mismo se aplica para los intrusos, podemos apresarlos en mi interior sin alertar a nadie, y mi gente puede retenerlos para que no escapen ni dañen a nadie. También es posible atacar pero soy artillera, todo el armamento que maneja mi gente es letal o demasiado ruidoso, mal que me pese —explicó, recuperando un poco el ánimo pero manteniéndose seria. Había incluído también una pequeña explicación de sus funciones ofensivas y por qué no iba a utilizarla apenas para atacar. Podía usar algunos de los diales, pero... las armas de fuego estaban descartadas, los explosivos -aunque no fueran letales- también por el ruido. La única excepción eran los arcos, que apenas dejaban marca en las paredes.

¿Se tiene alguna sospecha sobre quién podría estar detrás de este interés por el observatorio? ¿O vamos un poco a ciegas? —temía que fuera lo segundo. No le gustaba nada trabajar a ciegas —. Aparte de eso no tengo más preguntas, los documentos lo dejan todo claro —terminó de decir. Con todo aquello claro, Abi recogió los documentos, los puso bien ordenados y se los tendió al Agente Kusanagi.



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Mensaje por Kusanagi el Sáb 18 Abr 2020 - 22:08

¿Eran nervios lo que veía? Mientras conversaban había mantenido su mirada fija sobre su nueva compañera, intentando fijarse en sus reacciones como quien intenta responder preguntas que nadie ha realizado. Pudo notar cierta incomodidad; no lo demostraba abiertamente, pero algunos pequeños detalles no pasaron desapercibidos para el agudo ojo del agente. Tampoco era nada fuera de lo normal: la estaban sacando de su zona de confort. Kusanagi confiaba en que tan solo necesitaba algo de tiempo para adaptarse a todo ese nuevo procedimiento. Después de todo, dudaba mucho que una cazadora siguiera métodos tan ortodoxos y escrupulosos como los del Cipher Pol. Quizá si se comportaba frente a ella con menos formalidades le ayudaría a llevarlo mejor. Tampoco le interesaba que tuviera la mente en otra parte por pensar en el peso que pudiera tener aquella misión. Sabía que la idea de tener a un agente con el ojo —nunca mejor dicho— sobre uno mismo no ayudaba demasiado.

Aguardó con calma mientras permitía que la mujer echara un vistazo a toda la información que le había facilitado. Como poco parecía una persona aplicada, y es que no se esperaba que un cazador pusiera tanta atención a su explicación o a los detalles. ¿Debía cambiar su percepción sobre ellos? Bueno, eso habría que verlo. Por el momento se limitaría a obviarla con ella. Desvió su atención durante unos instantes, fijándose en la sala que ocupaban. Aparte de la suya había otras dos mesas de asiento doble, vacías. Por lo que había podido observar, el sitio se dividía de aquella forma como si estuviera compuesto por multitud de pequeños compartimentos. Supuso que el motivo era tan simple y obvio como brindar cierta privacidad y discreción. De hecho, lo más seguro es que algunos de ellos estuvieran reservados para el uso exclusivo de la agencia. Por descontado, todos y cada uno de los empleados del restaurante eran agentes encubiertos. ¿Lo mejor de todo? Que nadie tenía ni idea. Después de todo, quienes entraban allí no eran sino hombres y mujeres de negocios. A veces el Gobierno Mundial daba auténtico miedo.

Salió de su ensimismamiento en cuando la mujer pronunció su nombre, prestándole toda su atención nuevamente. No pudo evitar que una sonrisa asomara por las comisuras de sus labios.

—Bueno, a la agencia le encanta la burocracia, así que no es de extrañar que dispongamos de seguimientos detallados de la evolución de todos y cada uno de nuestros agentes y asociados. Los cazadores no son la excepción. —No pretendía asustarla, aunque se imaginaba que aquella información no le resultaría sorprendente. ¿Acaso había alguien en el mundo que no supiera el control que tenía el gobierno a esas alturas? Bueno, quizá sí.

Irremediablemente se vio forzado a alzar ambas cejas, de forma inconsciente, tras sus siguientes palabras. ¿Ocuparse de la evacuación? ¿De verdad? «Un cazador con principios. Que alguien me pellizque». Su sonrisa se mantuvo, gratamente sorprendido, aunque terminó borrándose al poco tiempo, siendo sustituida por, en conjunto, una muestra de absoluta y completa atención en cuanto comenzó a explicarle sus habilidades. Casi podía verse un brillo en el único ojo visible del pelirrojo. Al parecer, Abigail contaba con los poderes de una fruta del diablo que le permitía convertirse en alguna suerte de fortaleza, siendo capaz de transportar a otras personas en su interior. Sabía que los dones que otorgaban aquellos frutos eran de los más variopintos y que, en ocasiones, resultaban en cosas completamente diferentes a lo habitual; él mismo era un ejemplo de ello si se pensaba en el concepto común de los usuarios de tipo logia. «Pero, ¿una persona–fortaleza? Demonios, esa sí que es buena», pensó.

Se dispuso a responder, intentando ocultar la insaciable curiosidad que había surgido en él durante unos instantes. Carraspeó.

—Lo cierto es que tienes un don bastante particular, Elizabeth —se aseguró de llamarla por su nuevo nombre, intentando que se fuera acostumbrando a responder por él—. La verdad es que comparto el pensamiento de que la prioridad, por encima de los detalles más banales de la misión, es la seguridad de los civiles. Si las cosas se tuercen tienes libertad total para ponerles a salvo. Ya responderé yo por ti —afirmó, recostándose levemente sobre el asiento y cruzándose de brazos, pensativo—. Por otro lado, si me aseguras que puedes ocuparte de mantener a buen recaudo a quien sea que aparezca, si es que aparece, son todo tuyos.

Se quedó mirándola. No pudo evitar caer en el detalle de que parecía que no se sentía muy cómoda explicando sus habilidades. Sus palabras y su actitud dejaban claro que no le hacía demasiada gracia ser usuaria. La verdad es que a veces él mismo no sabía si había tomado la decisión correcta aceptando su propia fruta, así que podía llegar a comprenderlo aun sabiendo que sus motivos serían bastante distintos.

Cuando Abigail planteó su siguiente pregunta no pudo sino suspirara con cierto desdén.

—Aún no hemos descubierto quién está detrás de todo esto. Lo único que te puedo decir es que los datos de los estudios parecen ser bastante importantes para alguien con hilos en el bajo mundo, lo suficientemente escurridizo como para que el Cipher Pol no haya dado todavía con él... o ella. —Se rascó la mejilla. A él tampoco le hacía mucha gracia ir tan a ciegas, pero eran gajes del oficio. En cuanto se los ofreció, tomó los documentos de vuelta y los guardó en el maletín nuevamente—. Por eso es importante mantener con vida a quien sea que intente asaltar el observatorio. Es posible que puedan darnos algún hilo del que tirar, así que procura utilizar fuerza no letal siempre que puedas. ¡Ah! Y una última indicación —siguió, apoyándose sobre la mesa para acortar levemente la distancia y cambiando su expresión por una más seria, quizá hasta tensa. A los pocos segundos volvió a sonreír, casi riéndose—. Tutéame. No soy tan viejo como para que me llamen de usted.

Esperaba que aquel comentario sirviera para romper el hielo. Tampoco había necesidad de que todo fuera tan serio, ¿no? Quizá hasta trabajasen mejor si relajaban la situación un poco.

— Todavía nos queda algo de tiempo, así que si quieres comer o beber algo tan solo tienes que decirlo. Los cargos van por cuenta del Cipher Pol —indicó, dándole a un pequeño timbre que había a un lado de la mesa—. Yo, con tu permiso, voy a pedirme un café bien cargado. Lo necesitaré si la noche se nos hace larga.

Pidiera algo o no, aprovecharía los últimos minutos de su reunión para tomarse el café antes de ofrecerle salir del recinto. Debían presentarse ante los agentes que se estaban encargando de la seguridad hasta que ellos llegasen. Todo estaba preparado para que no hubiera ningún problema con el cambio de guardia. Con el simple hecho de ver a Kusanagi sería suficiente identificación, así que no se esperaba que hicieran muchas preguntas.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Dom 19 Abr 2020 - 16:43

Le habría gustado pensar que el gobierno le dejaría independencia y libertad absoluta, pero a pesar de ser una mujer de fé, Abigail era también una mujer realista. Por supuesto que el gobierno tendría que tener control sobre las acciones de sus afiliados externos. Seguramente por eso tenía que entregar su licencia cada vez que entregaba a un criminal y no solo para actualizar el monto total capturado, que de momento ascendía a... unos doscientos setenta millones, así a ojo, no quería mirar su licencia de cazadora para no interrumpir la "asimilación" de su nombre nuevo.

No terminó de convencerle que utilizara la palabra "don" para describir su habilidad, pero no era el momento ni el lugar para discutirle ni enumerarle en qué sentidos consideraba aquel poder una maldición. Recuperó los ánimos, así como la sonrisa, cuando el agente decidió concederle su petición de utilizar su poder para poner a salvo a los civiles del observatorio.
Ahora mismo tengo a diez personas dentro para ayudar a retener a intrusos o para ayudar a tranquilizar a los civiles en caso de ser necesario —comentó como respuesta. Estaba bastante segura de poder retener dentro a quien fuera, eso sí, tomando que antes pudiera neutralizarlos. Una vez con las piernas dañadas no era muy complicado meterlos dentro y atarlos, o hacer que alguno de sus habitantes se quedara con ellos apuntándoles con un rifle a la cabeza, eso solía ser una medida disuasoria bastante eficaz.

La información que le daba el agente resultaba bastante útil a pesar de lo vago y poco claro de la información sobre la "mente maestra" tras ese interés.
Entonces quizá no manden a mucha gente. Más de uno o dos intrusos llamaría la atención —murmuró, suponiendo que no lanzarían un ataque a gran escala para evitar cualquier destrucción de datos por parte del personal del observatorio. Asintió ante la orden de no utilizar fuerza letal, bien... había hecho bien guardando sus armas en el interior de su armería, y respecto al armamento que utilizaría su réplica interna... el revólver estaría bien. Los proyectiles de polímero podrían ser muy eficaces puesto que no hacían apenas ruido (la detonación quedaba bastante aislada dentro de la dimensión) y se podían quitar fácilmente.

Lo miró algo perpleja, parpadeando, cuando se apoyó sobre la mesa para aquella última indicación, esperaba algo bastante serio por su cara, pero pronto cambió de expresión para alivio de la monja. ¡Ah! Sólo tutearle. Bueno, eso podía hacerlo.
Está bien, Age... Kusanagi —vale, igual le costaba un poquito. El objetivo de aquella treta del agente tuvo éxito, después de un pequeño suspiro la novicia consiguió relajarse un poco, notándose especialmente en su postura en la silla, bastante menos tensa. Va, solo era un encargo más, no había tanta diferencia con una de sus cacerías, por suerte no era una cazadora especialmente bestia -salvo que se encontrara en islas bajo control total pirata donde los daños colaterales son más asimilables-, no tenía por qué hacer mal ese trabajo.

Pues... me vendría bien. En todo el trayecto las únicas cosas que he hecho han sido dormir y cambiarme —si le ofrecía comida y había tiempo, tenía claro que lo aprovecharía. No le faltaba el pan nunca, sea por cocinar ella misma -tenía buena mano para la pesca- o por comprar la comida, pero prefería utilizar los beneficios de sus capturas para pagar los daños causados durante sus cazas, o para financiar algunas de sus acciones fuera de las cacerías. Incluso, aunque le costara admitirlo, para adquirir equipo inusual en lugares de dudosa reputación, como había ocurrido con uno de sus rifles.
Yo quisiera una ensalada de... cómo era... —podía cocinar para sobrevivir, pero se la veía perdida en el mundo gastronómico. Una de sus habitantes le chivó desde dentro el nombre del plato que quería pedir —¿Capresse? ¿Puede ser con algo más de tomate? y un vaso de agua —pidió finalmente. Sí, ya, ya podía imaginarse la cara del agente. "¿Por qué el tomate?" era la pregunta que le solían hacer, se les hacía extraño que, de todas las verduras y frutos, tuviera esa como su favorita indiscutible.

Bueno, noticias de última hora, algunas monjas eran más raras que otras. Era peor la parte de no saber hacer repostería, pero eso se lo tenía más callado.

No tardó mucho en empezar a comer. Su disciplina religiosa tenía efecto en momentos como ese, y es que hizo amago de rezar por la comida, pero se lo pensó un poco mejor para no dar demasido el cante. En su lugar, hizo que su réplica interna rezara por ella, eso debía valer. Sin hacer ruido, Elizabeth empezó a comer tranquilamente -pero sin tirarse años ahí, era consciente de que tenían que empezar en poco tiempo- mientras Kusanagi se dedicaba a su café. Ciertamente no tenía los modales de la nobleza pero tampoco tenía los de una pirata estándar, se defendía bien.

Hm... qué bien cocinan aquí —soltó una vez acabó y solo tras limpiarse los labios con una servilleta. Con el estómago lleno, Elizabeth consideró que ya estaba lista para empezar a trabajar. Además, estaba más animada que antes, ¿quién no se animaba comiendo tomate?
Cuando quieras podemos empezar —dijo. Ella por su parte no necesitaría la cafeína, llevaba tanto tiempo haciendo guardias nocturnas en el convento que ya había dejado de ser gracioso.

Salió del recinto junto al agente. Ahora debían hacer el cambio de guardia, pero para eso debían llegar hasta el observatorio y encontrarse con los vigilantes actuales, suponía que no habría mucho problema, pero repasó mentalmente su nombre completo otra vez por si acaso: Elizabeth Thomson, Elizabeth Thomson. Para levantar la menor cantidad de sospechas posibles intentaría medir sus palabras y sus intervenciones, no quería cometer ningún desliz que echara por tierra el turno de vigilancia.



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Mensaje por Kusanagi el Lun 20 Abr 2020 - 21:30

Su sonrisa se ensanchó al comprobar que la contraria se relajaba tras sus palabras. De una u otra forma, el agente siempre había tenido la extraña capacidad de aliviar tensiones. Ya fuera con sus palabras o con sus actos, era el tipo de persona con el que uno quería contar cuando se encontraba en apuros, siempre dispuesto a aportar cualquier comentario que apaciguase los ánimos y borrara los temores... en parte, al menos. Lo cierto es que le convenía que la mujer se mantuviera serena, y es que desde el principio había sentido que algo la incomodaba. Tampoco era nada que no pudiera esperarse pero, si podía echarle una mano durante aquel encargo, mejor.

No pudo evitar sentirse observado repentinamente. «Diez personas. ¿Qué demonios?». Daba igual cómo intentase verlo: las capacidades de aquella fruta eran ligeramente perturbadoras. ¿Sentiría algo en su interior? ¿Hasta qué punto era capaz de alterar el espacio? ¿Todo lo que había en ella era trasladado a un plano diferente o se mantenía en este? La mente inquiera del pelirrojo no hacía otra cosa más que formular una pregunta tras otra, siempre curiosa. El único motivo por el que el agente no cedía a sus impulsos y empezaba a acribillarla con sus ideas era puro y llano respeto. No quería saber lo que podría pasar por la cabeza de Abigail si la atosigaba con tanta duda. Con algo de suerte, una vez tuviera algo más de trato con ella, podría aprovechar para indagar en el asunto. Por el momento decidió no presionarla; bastante tenía con toda aquella situación como para que él la incordiase más. Casi se le escapó la risa cuando estuvo a punto de referirse nuevamente a él como «agente». ¿Deformación profesional? Quizá sí.

—En ese caso no te cortes. Atenderán tus peticiones sin problemas.

Los minutos pasaron y Kusanagi obtuvo finalmente su café, el cual tan solo dejaba de mirar con el fin de observar la peculiar ensalada de la rubia. Tomate. Tomate por todos lados. ¿Por qué tanto? No es que él fuera el sumun de la buena alimentación o de los hábitos saludables —de hecho, no había nada de malo en comer tomates—, pero no dejaba de resultarle curioso. Era una dieta un tanto suave para alguien que se dedicaba a la caza de criminales. ¿Sería su comida habitual? ¿Cómo diablos se mantenía en forma si ese era el caso? La verdad es que resultaba curioso pensar en...

—¡Auch! —se quejó, arrugando el ceño al sentir cómo su lengua se achicharraba con el café, volviendo a dejarlo sobre la mesa—. Menos mal que dije «templado». Demonios. —Y se puso nervioso al momento, mirando a su compañera—. Sin ofender.

La breve pausa para comer transcurrió sin demasiados incidentes. El chico procuró no mirar demasiado a la contraria para no incomodarla mientras comía. No sabía si lo haría, pero había conocido a gente que se ponía nerviosa cuando alguien les observaba al comer, por estúpido que sonase. Por su parte, y para que la situación no resultase excesivamente fría o forzada, se puso a revisar la documentación que momentos antes le había ofrecido a Abigail. Necesitaba refrescar en su mente el nombre de los agentes a los que iban a dar el relevo; pese a estar informados de la operación y no necesitar dar información alguna, prefería tenerlos en mente. Poland y Roppen, quienes eran poco más que agentes auxiliares. No podía quitarse de la cabeza que habían asignado una responsabilidad demasiado grande a efectivos de escasa graduación —incluyéndose, por supuesto—. «Aunque entiendo que si Abigail está aquí es porque no tenemos mucho donde elegir», se dijo, intentado hallar respuestas a preguntas que nadie había hecho.

—No por nada es uno de los restaurantes más afamados de la isla, por exclusivo que sea —comentó animado tras ver cómo terminaba con la ensalada, terminándose el café de paso—. Aunque en realidad... quizá su reputación se deba más a lo segundo que a lo primero. La gente adora todo lo que no puede tener —concluyó entre risas—. Bien. Vamos a ello entonces.

Y con estas salieron del local sin tener que soltar ni un mísero berrie. Ventajas de formar parte del Cipher Pol.

El camino hasta el observatorio no era demasiado largo, apenas resumiéndose en una vía que salía del pueblo principal para terminar por convertirse en un sendero de tierra. No debía llevarles mucho más de quince minutos el llegar hasta allí. Para hacer más ameno el camino, trató de darle algo de conversación a su compañera:

—Espero que las tareas rutinarias no se te hagan pesadas. Si tenemos suerte lo más emocionante que puede ocurrirnos es que nos ofrezcan algo de comer por la noche —bromeó, aunque había bastante de verdad en lo que decía. Suponiendo que nadie asaltase el observatorio aquella noche se dedicarían a dar vueltas por rutas predefinidas, quizá haciendo alguna variación para no resultar en algo demasiado predecible cada cierto tiempo. Ni siquiera se había llevado sus espadas consigo para no dar demasiado el cante; tampoco es que considerase que fueran a hacerle falta. Con el entrenamiento tan exhaustivo que se le daba a los miembros de la agencia, el rokushiki convertía el mismo cuerpo en una poderosa arma—. Por cierto, ¿dónde estabas cuando te avisaron, Eli?

«Claro, usa un diminutivo. Sonará más natural, ¿no?». Por lo que le había dicho durante la presentación, la cazadora parecía haberse centrado en actuar en el North Blue. Un cambio de mar no era nunca una ruta sencilla o corta, independientemente de si el Cipher Pol se ofrecía a recogerte. No podía reprimir su curiosidad por saber cómo era estar en el otro lado de toda aquella operación.

Decidiera responderle o no, poco después llegarían a la entrada del observatorio. El sitio contaba con la típica bóveda que tanto caracterizaba a ese tipo de construcciones, con un telescopio de absurdas proporciones asomando ligeramente, sin llegar a estar desplegado del todo. ¿Podría convencer a alguno de los trabajadores para que le permitieran echar un vistazo por él? La idea le resultaba terriblemente atractiva, pero no podía desviarse de su objetivo principal: evitar distracciones y cumplir la misión. Pese al tamaño del aparato, lo cierto es que el edificio no era un palacio en cuanto a dimensiones se refiere, por lo que entre dos personas debían poder abarcar sin problemas la totalidad del recinto.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el agente al que pudo identificar como Poland le saludó formalmente.

—Agente Kusanagi, agente Elizabeth. —Roppen saludó con un suave movimiento de su cabeza—. Aquí tienen las llaves de las distintas salas del observatorio, por si hiciera falta abrir alguna sección y los empleados no estuvieran disponibles. La mañana ha sido bastante tranquila. Espero que tengan la misma suerte.

«Espero que no», replicó en su mente el pelirrojo. No le apetecía tirarse allí más días a la espera de que alguien apareciera o se desestimase la posible amenaza.

—Esperemos que sí —mintió, tomando las llaves y ofreciéndoselas a la chica—. Id a descansar, ya nos ocupamos nosotros.

Y con un simple gesto se despidieron, abandonando su puesto. Fue entonces cuando el pelirrojo miró con una sonrisa ladina a la rubia. Que la misión fuera importante no implicaba que no pudiera poner un poco a prueba sus capacidades.

—¿Crees que podrías recordar el plano? Si es así, te dejaré que guíes tú. Si no, yo me ocupo de la ruta.

Y, por supuesto, no iba a mencionar que él jugaba con algo de ventaja. Su ojo cyborg era... bueno, hacer trampas descaradamente.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Miér 22 Abr 2020 - 12:29

No te preocupes, no soy tan inquisidora por un desliz —dijo, tratando de relajar un poco al agente después de aquel "demonios". No había sido nada malintencionado, por lo que no tenía motivos para regañarlo ni nada parecido, mucho menos para atacarlo como había hecho con su primera presa, meses atrás.
Podía notar sus energías volver a ella y, después de acabar con el plato entero, estaba segura de poder aguantar toda la noche -o al menos la mitad- sin volver a probar bocado. Al escucharlo bajó un poco el rostro. Adorar lo que no se puede tener... era cierto, en más sentidos de los que podría imaginar, a veces se preguntaba si eso mismo le ocurría a ella.

No podía decir que estuviera de acuerdo con salir sin pagar, pero si el agente decía que ya estaba todo pagado... bueno, no podía hacer mucho más, su dinero estaba casi todo dentro de su Shiro Shiro no Mi y no quería dar demasiado la nota, aparte, necesitaría el poco efectivo que llevaba encima, quizá a la vuelta podría pasarse para dejar una propina más sustancial.

El camino hacia el observatorio fue bastante relajado, y agradecía que el agente fuera menos estirado de lo que había parecido en un principio. Agradecía la conversación, pues en su vida en el monasterio había acabado harta de las vigilancias en soledad, sin nadie con quien poder hablar ni un poco hasta que salía el sol.
Estoy acostumbrada a la rutina, no pasan muchas cosas en un convento —respondió y, aunque se rió un poco, la verdad era que también esperaba que fuera una noche tranquila. Las condiciones del trabajo eran especialmente difíciles para ella, desde lo de ir de incógnito hasta la prohibición de usar armas de fuego para evitar el pánico entre los trabajadores, cuanto más tranquila fuera la noche mejor.
Estaba en el Grand Line, estaba pensando en adquirir alguna propiedad en Whiskey Peak para usar como base fija cuando me llamaron. Habría venido en mi propio barco, pero es solo de viento e insistieron en recogerme, seguramente para informarme y darme la ropa —respondió. Porque sí, sus habitantes la tenían a ella como base, pero de momento la propia Abigail no tenía ningún lugar en el que poder estar, descansar, asearse y planear sus siguientes movimientos. De momento la monja era una cazadora totalmente nómada, sin hogar ni gremio.
¿Y tú, Kus? —se permitió el lujazo de usar también un diminutivo que, además, se le hacía bonito —. Entiendo que este observatorio no es tu puesto habitual —y apenas un poco después de aquella pregunta se encontraron con los agentes actuales de seguridad.

Abigail saludó, imitando a Poland, cuando el agente que identificó como Roppen saludó. La mañana había sido tranquila y estaba la posibilidad de que la noche fuera igual de tranquila. Aquello... tenía su lado bueno y su lado malo, la cazadora tampoco sabía si el gobierno la tendría allí hasta que se descartara el rumor o la amenaza. Quizá fuera mejor atrapar a algún intruso para terminar de resolver ese asunto cuanto antes.

¿Eh? —agarró las llaves, un poco perpleja. La pregunta la pilló un poco desprevenida, ¿recordar el plano? ¿y quería dejar que la guiara ella que acababa de llegar? Bueno, a ver, por ella no había problema, pero no estaba totalmente segura de haber memorizado el plano por completo.
Vamos entonces —a partir de ahora tenía que reducir la conversación sobre sí misma al mínimo, o al menos no hablaría sobre cosas relacionadas con la caza, eso tendría que esperar a acabar el turno.

Tal y como le había pedido, Abi se adelantó un poco, abriendo la puerta de empleados para pasar al interior del observatorio. Vale, a ver, recordaba haber visto esa puerta en el plano. También recordaba que el área del telescopio, donde se concentraba todo el trabajo, estaba en el centro y que el resto eran áreas secundarias pero igual de importantes, como archivos y almacenes. No era un área especialmente grande, pero sí lo suficiente como para necesitar dos personas.

No diría nada, de momento recorrería la ruta que había visto en el plano. No tardó mucho en encontrarse con una puerta, aquella era... ¿la que daba a los archivos? Echó un vistazo al llavero, tenía un buen puñado de llaves y, en un gesto de profesionalidad por parte de los agentes habituales, estaban todas señaladas. Archivos, archivos, ajá, archivos. Rezó internamente para no liarla en los primeros dos minutos, metió la llave en el cerrojo, encajó perfectamente, y enseguida sonó el clic de la cerradura abriéndose. Empujó suavemente la puerta y, efectivamente, lo que había dentro era mogollón de cajas rotuladas, cajones con cerrojos y, en general, muchísimos papeles. Anotó mentalmente regresar a los archivos a menudo, parecía un buen objetivo para espías. Miró bien en busca de movimiento y, cuando vio que no había nadie, cerró la puerta con llave para dejarla como la había encontrado.

Nadie aquí, podemos seguir —y de nuevo para delante, a seguir la ruta —. Kus, ¿te importa que te llame así? ¿por qué dejas que me ocupe yo? — preguntó mientras abría alguna que otra puerta, sin equivocarse, para ver qué había dentro. De momento había conseguido localizar los aseos, los archivos de antes, y lo que parecía ser un despacho. En el letrero se podía leer "Director". Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Hm... no tenía esa llave.
Hablando de seguridad, se ve que solo hay una llave de aquí —murmuró antes de continuar. La siguiente parada debía ser, según su memoria, la sala del personal, donde hacían los descansos dentro de su turno. Se acercó a la puerta, la abrió y...

Una escoba aterrizó sobre su cabeza. Se trataba del armario de limpieza.

Hm... no es la sala de personal —dijo la monja Sherlock, con las mejillas encendidas por la vergüenza del patinazo. Intentando mantener la dignidad todo lo posible, agarró la escoba, agitó la cabeza para quitarse el polvo de encima y, tras meter la escoba dentro se apresuró a cerrar con llave.

Perdón.

Iba a preguntar "¿Todo bien, no?" pero es que no estaba todo bien.



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Mensaje por Kusanagi el Jue 23 Abr 2020 - 22:26

El chico miró de reojo —obligándose a girar la cabeza, pues el parche le impedía verla apropiadamente— a su compañera, escuchando con atención sus palabras. Haciendo un cálculo rápido estimó que el viaje por su cuenta habría sido, como poco, bastante más enrevesado y largo que siendo transportada por uno de los barcos de la agencia. En términos mundanos: el Calm Belt era una auténtica putada por bonito que fuera el planeta del que disfrutaban cada día.

—No, la verdad es que estoy bastante lejos de la zona en la que suelo operar —comenzó a responder, siempre con una sonrisa tranquila en su rostro—, aunque estas aguas no son extrañas para mí. Nací en el West Blue, después de todo. De hecho, es posible que visite mi isla natal cuando acabemos toda esta operación... aunque estoy seguro de que tendré que discutir con mis jefes para que me den permiso. —Sus palabras, pese a la connotación, sonaban alegres y, al mismo tiempo, cargadas de verdad—. Por norma general opero a lo largo del Grand Line, siendo mi lugar de residencia habitual la isla judicial de Enies Lobby. Quizá te suene más por el nombre de «Isla sin Noche» o «Isla de Día». Es un sitio bastante interesante, pero plagado de agentes mucho menos simpáticos que yo —bromeó.

Cuando se hubieron presentado frente a los agentes —Poland y Roppen— y dado el relevo en su jornada, Kusanagi tan solo pudo observar con satisfacción cómo Abigail no plateaba oposición alguna a su ocurrencia. Cierto es que parecía haberla pillado por sorpresa. ¿Qué agente en su sano juicio delegaría la responsabilidad de la ruta a una cazadora a la que apenas conocía? Bueno, la respuesta se podía resumir en una única palabra: él. Tampoco era tan raro, ¿no? Después de todo, tan solo quería comprobar las capacidades de su nueva compañera. Si iban a trabajar juntos tenía que haber confianza entre ambos, y aquello implicaba que debía confiar en que sería capaz de realizar determinadas tareas por su cuenta. Esto incluía, claro está, su pequeña treta para poner a prueba su memoria.

Aceptando su nuevo cometido, la recientemente bautizada como agente Elizabeth Thomson se apresuró en comenzar la ruta de vigilancia que, de forma bastante probable, repetirían en innumerables ocasiones a lo largo del día. Su compañero, por otro lado, se situó ligeramente detrás de ella para seguirla, con las manos guardadas en los bolsillos del impoluto pantalón oscuro del traje reglamentario. Su ojo cyborg comenzaba a habilitar su función P.O.L.O., desempeñando un mapeado bastante preciso de las instalaciones del observatorio; su ojo bueno, por otro lado, no pudo sino fijarse en la figura de la rubia hasta el punto de descender peligrosamente por su cuerpo. No eran tanto los pensamientos lujuriosos del propio agente como la curiosidad que provocaba en el la beata. Quizá fuera la única oportunidad que tendría de ver a una monja sin su hábito y, a decir verdad, los resultados eran tan satisfactorios como sorprendentes. ¿Qué les daban de comer en el convento? «Joder Kus, ¿qué te pasa en la cabeza?». Negó, buscando con aquel gesto evadir aquellos pensamientos y centrarse en el trabajo; no era el momento ni el lugar para fijarse en esas cosas y lo último que necesitaba es que la pobre mujer se percatase de ello y se sintiera incómoda. Esta vez daba gracias porque Issei no le hubiera visto. Aceleró el paso, quedándose a la altura de la chica para evitar tentaciones innecesarias.

Volvió a mirarla cuando le habló —esta vez se había asegurado de ponerse a su derecha, haciéndosele más cómodo el mantener una charla—, asintiendo ante su pregunta.

—Claro, no hay problema. Llámame como más cómodo te sea. —Alzó una ceja ante su siguiente duda. Decirle toda la verdad quizá no fuera lo más apropiado, pero siempre podía omitir la parte de que le divertía ver cómo reaccionaba—. ¿Y por qué iba a no hacerlo? —respondió, casi evasivo, aunque en su tono se detectaban los ánimos particularmente elevados que tanto le caracterizaban—. Eres mi nueva compañera, y yo el tuyo. Toda relación, incluso en el ámbito profesional, se basa en la confianza. ¿Hago mal en confiar en mi pareja de guardia? Porque la verdad es que de momento va bastante bien.

Subirle la moral no estaba de más. En todos sus años de servicio había aprendido que elogiar los logros de los compañeros de trabajo era casi tan importante como detectar y corregir los malos hábitos. Una de cal y otra de arena, como quien dice, servía para mantener la moral y la eficiencia altas. Su ojo había terminado de analizar la estructura del observatorio, permitiéndole cerciorarse sin ayudarse de plano alguno —visible, al menos— de que Abigail estaba siguiendo correctamente la ruta. Bueno, casi correctamente. ¿Debía comentar algo? «Nah. Dejemos que todo fluya a ver qué pasa».

Y, como no podía ser de otra forma, lo que pasó fue una escoba. ¿Estaba mal que se hubiera empezado a reír? Vale, le había pedido perdón: definitivamente estaba mal haberse echado a reír.

—Oh venga, Eli, no tienes que disculparte en absoluto —dijo tras una breve carcajada. Su reacción había sido tan formal que no podía dejar de verlo como algo demasiado cómico, pero no quería hacer que se sintiera más avergonzada—. No te preocupes. Si te soy sincero, lo has hecho bastante mejor de lo que me esperaba. ¿De dónde has sacado esa memoria tan prodigiosa? Si apenas le dedicaste unos minutos a toda la documentación que te di. —Una de cal, otra de arena. Bien hecho—. Yo me encargo a partir de aquí. Cuando hagamos unas cuantas rondas volvemos a rotar; tómatelo como un ejercicio de memoria, ¿vale? Así no se nos hace tan pesado.

Aunque tampoco es que sintiera que la situación fuera un muermo, siendo sinceros. Le agradaba la compañía de la chica en el sentido más casto posible de la palabra. Parecía buena gente, por lo menos de lo que había podido ver, y había algo en ella que resultaba casi... ¿entrañable? Era terrible darse cuenta de que actuaba con más profesionalidad que algunos miembros reales de la agencia. ¿Quizá debiera pedir que contratasen cazadores más a menudo? «No, no. Esta mujer es una excepción demasiado evidente».

—Oye, ¿te importa si hago una pregunta algo personal? —Ladeó la cabeza, esperando que respondiera—. No quiero incomodarte, pero no puedo evitar darle vueltas. ¿Qué te llevó a echarte al mar? Es raro que alguien de tu condición se inscriba en «la agencia» —y dejó bastante claro que aquello tan solo era una forma de referirse a los gremios de caza sin levantar sospechas.

La guardia durante el turno de tarde transcurriría con bastante tranquilidad, apenas cruzándose eventualmente con algunos de los empleados del observatorio. Hasta que no llegase la noche, seguramente, no ocurriría nada relevante, así que aprovecharía para conocer un poco mejor a Abigail.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Vie 24 Abr 2020 - 21:20

Soltó un pequeño suspirito. Supuso que sí había sido gracioso, por eso no dijo nada cuando el agente se rió. Por suerte ya había cerrado aquella puerta por lo que esa escoba jamás volvería a dañar a nadie. Dejaría esa experiencia a un lado y, de ser posible, haría como si jamás hubiera ocurrido.
Un plano no es muy diferente de un mapa de una isla —explicó, todavía recuperando la compostura —. Soy navegante, tengo que poder memorizar rutas, mapas, islas, climas, etc. Pensé que un plano no sería muy distinto, pero me habré confundido —tenía buena memoria pero solo para su trabajo. Recordar islas, la orografía de las mismas según el tipo de mapa que tenga delante... era un oficio complicado que ponía a prueba su memoria a diario.
Me parece bien, Kus, ¿quieres las llaves o las llevo yo? —tendría que estar atenta a las siguientes rondas para no volver a cometer el mismo error de antes.

¿Confiaba en ella? sonrió un poco, eso era poco habitual en su línea de trabajo. Los cazadores podían cooperar, sí, pero al final el pago económico solía pesar más que la confianza. Tenía que admitir que aquella avaricia era el mayor problema que veía a su oficio. Nunca se podía saber cuándo un compañero iba a darte la puñalada para llevarse un mayor porcentaje. Por eso, entre otras cosas, era que trabajaba sola el 99% de las veces.

No he estado pero conozco Ennies Lobby, consideré importante dedicar tiempo al Paso de la Justicia —contestó. Ya fuera para entregar criminales, por si tenía que ir a ver a alguien del gobierno o, sencillamente, como medida preventiva por si a algún pirata se le ocurría atacar directamente y podía ir a echar un cable.

De nuevo la pilló por sorpresa. ¿Hm? ¿Una pregunta personal?

Adelante.

Sí, era, sin duda, una pregunta bastante personal. No se enfadó ni nada parecido, suponiendo que Kus sabía ya su procedencia por los documentos del gobierno entendía que sintiera curiosidad. Era extraño que alguien como ella se lanzara al mar, y más aún para dedicarse a cazar. Parecía que estaba tratando con un hombre curioso y consideró que lo mejor sería saciar esa curiosidad cuanto antes, si solo le decía la respuesta genérica iba a hacer más preguntas.

Me crié en un convento de clausura en el North Blue —empezó por el principio —. No te aburriré con detalles, pero acabé encargada de la vigilancia y de las travesías de comercio, así que era la única del convento con contacto con el mundo exterior —continuó —. Así me enteraba de las noticias del resto del mundo, aunque... como todo el mundo, decidimos ignorar las amenazas para poder dormir por las noches. Es lo que hacen los ciudadanos civiles, apartan esos pensamientos para no caer en el pánico —ellas no eran la excepción. Estaban entrenadas en tiro, pero seguían pensando que nunca les pasaría nada —. Pero nadie está a salvo, ¿verdad? Un día dejé de ver barcos mercantes desde el campanario, al día siguiente tampoco y al siguiente tampoco. Dejé de hacer la ruta comercial, detuvimos nuestra rutina, y esperamos —continuó su historia, aunque dejó una pequeña pausa.

No era fácil revivir ese fragmento de su vida que, por otra parte, había sido bastante reciente. A partir de aquel momento tenía que medir sus palabras, no sabía si había algún empleado cerca que pudiera escucharlos y alarmarse. Tendría que omitir todo lo relacionado con la caza. Algo sencillo, Kus ya la conocía por la identificación que había tenido que enseñar antes, no era necesario especificar tanto.

Pero... nadie está a salvo —repitió, agachando la cabeza ligeramente —. Pudimos evacuar a casi todas a tiempo, pero algunas nos quedamos para cubrir la huida. Una de mis hermanas cayó y entré en pánico, solo se me ocurrió recurrir a una corazonada —llegaba el momento decisivo de su propia vida. Hizo otra pausa, estaba buscando las palabras adecuadas —. Me comí nuestra posesión más valiosa para proteger a mis hermanas. Pequé, traicioné nuestras normas y a nuestra Madre, pero... no puedo decir que me arrepienta, aunque me valiera la expulsión de mi orden por herejía, no podía dejarlas ahí —si el agente tenía cierta capacidad deductiva, podría saber que esa "posesión más preciada" era la Shiro Shiro no Mi. Su disgusto ante aquella habilidad tenía un origen, justo ese.

Continuaban la ronda mientras, básicamente, le contaba su vida reciente. Ahora es cuando le daba la verdadera respuesta a su pregunta.

Me eché al mar para expiar mis pecados ayudando a quien puedo, como ahora mismo, y cumpliendo misiones para hacer del mundo un lugar un poco más seguro —utilizó el término "misiones" a propósito para evitar mencionar "cacerías", que sonaba mucho más violento —. Aunque signifique sea sacrificar mi vida más allá de la muerte... alguien tiene que hacerlo, Kus, y cada vez que trabajo estoy más segura de mi decisión —dejó un pequeño espacio —. ¿Te sirve como respuesta? —preguntó, tranquila, para saber si tenía que prepararse más anécdotas o no.

Esperaba haber saciado su curiosidad, porque realmente no había muchas más anécdotas recientes que contarle que no fueran deprimentes. Seguramente no ocurriría nada hasta la noche, era arriesgado intentar hacer nada aún con la luz del día... pero en cuanto anocheciera se pondría totalmente en guardia.

Ya debe estar a punto de anochecer —no podía ver fuera, pero lo sentía, tenía ya el reloj biológico -que ya era preciso de por sí- acostumbrado a los cambios de día.



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Mensaje por Kusanagi el Dom 26 Abr 2020 - 2:24

Aceptó las llaves de buen grado, quedándoselas para que las rondas que fuera a dirigir él mismo fueran más fluidas; habría resultado un tanto extraño tenerla como ama de llaves, indicándole abrir cada puerta que estuviera cerrada. Sus pasos les dirigieron por las distintas instalaciones del observatorio de Nueva Ohara, cruzándose de vez en cuando con algunos de los científicos e investigadores mientras recorrían las salas comunes.

Abigail era navegante, lo cual no dejaba de ser sorprendente. Sabía que en los sitios en los que se predicaba la religión solía ser común el estudio y la disciplina, pero jamás se habría imaginado que la mujer se dedicase al arte de domar las aguas del Grand Line. Bien pensado, ¿por qué se sorprendía? Era una monja que cazaba criminales, que supiera llevar un barco era lo menos sorprendente que podía decirle. Quizá el compararse con ella en ese ámbito era el principal motivo de su sorpresa, y es que entre sus compañeros y conocidos era bien sabido que Kusanagi debía mantenerse siempre lejos del timón. En serio, el chico era capaz de estrellar cualquier nave de la forma más improbable y estúpida posible. Se aseguraría de no comentarle aquel detalle, no fuera a minar la confianza que... ¿estaban construyendo? La verdad es que no lo tenía muy claro; no en lo que respectaba a la mujer, al menos, aunque que respondiera su pregunta sin queja alguna le daba alguna pista.

A medida que la historia avanzaba por cuenta de los labios de la cazadora, su rostro parecía ensombrecerse por momentos y su mirada perderse en el infinito. Nuevamente sintió que había metido la pata, sentimiento que fue incrementándose a medida que el relato se volvía más y más trágico. La pérdida de alguna de sus hermanas; el ser expulsada de su orden por un acto tan puro como era el de proteger a aquellos a los que amas; su expiación como cazadora... «Te estás luciendo hoy, compañero». De una forma o de otra no podía dejar de sentirse identificado con ella, especialmente en el punto de ser capaz de entregar su vida por seguir sus ideales. Era el tipo de gente que el mundo necesitaba tener, aunque bien sabía por experiencia propia que, a menudo, eran ellos quienes más sufrían. Su felicidad se culminaba con saber que habían aportado su granito de arena.

Abigail terminó su historia y, ante su pregunta, el agente asintió.

—Con creces —respondió, dedicándole una sonrisa amable. No era un gesto que inspirase lástima hacia ella, ni mucho menos. La palabra más precisa quizá fuera «empatía» o «comprensión»—. Siento haberte puesto en esta situación; entiendo que no ha tenido que ser sencillo contar todo eso. —Se rascó la nuca mientras soltaba un pequeño suspiro, cerrando los ojos por unos instantes—. La verdad es que siento que en lo que llevamos de día he metido la pata demasiadas veces, pero te agradezco que hayas querido compartir tu historia conmigo. Cuando acabemos la jornada prometo contarte algo de la mía, en compensación. Lo acompañaré con una invitación a... no sé, algo que lleve tomate —bromeó, sin ninguna mala intención.

Y no, no es que aquello fuera una artimaña para tener una cita con la monja; sus intenciones eran puras y, para variar, bastante inocentes. Después de todo la cazadora había depositado una confianza en él que no se esperaba, ¿qué menos que devolverle el favor? No es que su vida hubiera sido aburrida tampoco, por decirlo de alguna forma. Menos por menos es más, ¿una tragedia por otra podría resultar en algo positivo? Tal vez.

La tarde pasó, como esperaban, sin ninguna relevancia. Fueron turnándose ronda tras ronda y, como había previsto, la rubia no tardó en memorizarse las distintas rutas que estaban siguiendo, evitando cualquier posible error. El tiempo pasó con relativa rapidez, en parte gracias a la amena compañía, y para cuando quisieron darse cuenta la noche ya se había cernido sobre la isla. «Ojalá se muevan un poquito ahora» pensó, haciendo una mueca. No es que deseara poner en peligro a las buenas gentes del observatorio ni mucho menos; de hecho, se sintió mal en cierto sentido por haber deseado que irrumpieran en el lugar para robar lo que fuera que quisieran robar. Pese a ello no mentiría: si seguían a ese ritmo, por agradable que fuera tener a Abigail, terminaría por empezar a cederle terreno al sueño.

—¿Sabes? Desde que hemos llegado no he dejado de pensar en las maravillas que deben poder verse desde ese telescopio —comentó repentinamente, justo cuando pasaban frente a la puerta que llevaba a la sala del mismo—. Quizá, como navegante, entiendas mi punto. No es que yo sea un experto en la materia, pero siempre me ha resultado sorprendente que algo tan lejano nos haya servido para tanto. La curiosidad por ver a través de esas lentes me puede. ¿Crees que nos dejarían mirar? ¿Aunque sea un poco?

Sonó casi como un niño pequeño y es que, en ocasiones, lo era. No podía contener al alma soñadora y curiosa que albergaba en lo más profundo de su ser, dejándose ver de vez en cuando.

Su ceño se frunció repentinamente. Para aquellas horas ya no había nadie en las salas comunes, sino que todos los investigadores se encontraban operando en la sala del telescopio o en sus despachos y laboratorios. ¿Por qué se sentía observado entonces? Su cuerpo se tensó ligeramente. Habría jurado que esas macetas no estaban allí en la última ronda.

—Elizabeth —la alertó, haciendo un gesto con la mano. Cuando quiso darse cuenta ya lo tenía encima.

«Tekkai».

Lo que debía ser algo similar a un bate se astilló en mil pedazos al estamparse contra el rostro del agente. Con su cuerpo endurecido como si de hierro se tratara, la madera había cedido ante el impacto. Una figura enmascarada había aparecido de la nada para abalanzarse sobre ambos agentes, pero no contaba con la rápida reacción del chico. Un detalle que, probablemente, habría sorprendido a Abigail es que el golpe no provocó sonido alguno, y es que Kusanagi había activado los poderes de su Oto Oto no mi para absorber cualquier sonido y evitar que pudiera alterar a los investigadores.

—Eso ha estado bastante feo por tu parte —se quejó, como si no acabara de llevarse un contundente golpe en la cara— Pero ya iba siendo hora de que aparecierais.

Su mano se movió a una velocidad absurda, atrapando el rostro enmascarado del asaltante. Su pie se adelantó, preparando una zancadilla que en conjunto con la fuerza de su empuje logró el resultado esperado: estrellar al desconocido contra el suelo, nuevamente, sin provocar ruido alguno. No pudo evitar, sin embargo, que la fuerza del impacto hiciera retumbar ligeramente la sala. Parecía haber sido suficiente como para dejarle fuera de combate.

—Quizá haya más —sugirió—. ¿Crees que tú y tu gente podríais intentar sonsacarle? Yo puedo intentar localizar al resto.

Miró a su alrededor, sin fiarse. ¿De dónde demonios había salido ese tío? No había saltado ninguna alarma, pero habría jurado que no se había escuchado nada rompiéndose. No entendía cómo había llegado hasta allí. Algo olía mal.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Lun 27 Abr 2020 - 18:09

Si bien era cierto que no le hacía demasiada gracia hablar de su vida reciente, entendía la curiosidad y, además, se notaba que el agente del Cipher Pol preguntaba desde el respeto. No sería borde con alguien que le inspiraba confianza y que la demostraba dejándola a cargo -a veces- a pesar de ser una total "extranjera" para la agencia.
Mientras no lleve alcohol puede ser a cualquier cosa —respondió. Tomarse un descanso tampoco le haría mal, su vida ahora mismo era un ir y venir de cacerías, desgracias ajenas y sangre. Quizá... con parte del dinero que sacaba con las recompensas podría alquilar un local entero un día y dejar que los chavales de su fortaleza se relajaran también, que les haría falta ya.

Las pocas horas que quedaban de tarde fueron pasando, consiguió memorizar la ruta y todas las instancias -incluyendo el cuarto infernal de la limpieza- y de momento no ocurría nada destacable. Al contrario que el agente, la cazadora no tenía problema en estar así de tranquila durante toda la noche. El telescopio... ¿se podría intentar localizar a dios con él?
Si no altera su trabajo supongo que no pasaría nada, pero no creo que nos dejen —respondió. Odiaba chafarle el plan pero tenía que ser realista, dudaba que pudieran echar un vistazo -y mucho menos ella-, estaba casi segura de que cualquier cosa que vieran sería confidencial, pero siempre podrían probar a ver qué les decían.

Ahora que estaban metidos en el turno de noche los pasillos se volvieron incluso más silenciosos. Los astrónomos estaban bien en el área del telescopio, bien en sus despachos o en los laboratorios que tengan para sus muestras o lo que sea que tuvieran.

Y entonces, el agente dijo el nombre en clave de Abi, y completo, sin diminutivo. Antes de poder reaccionar, una especie de bate impactó en el rostro de Kus y, bueno, habían varias cosas mal en esa escena. Lo primero, la total ausencia de ruido. Lo segundo, que el agente ni se hubiera inmutado. Lo tercero, que llevaban mucho rato de patrulla, consideró imposible que nadie se les hubiera podido acercar de esa manera. Kusanagi no tardó en reducirlo, y después de hacerlo pasaba a ser tarea suya, ¿sonsacarle cosas? Sin problema.

Abigail se alejó un poco, lo suficiente para que su área no cubriera al que ahora estaba fuera de combate. Activó el área de efecto de la Shiro Shiro no Mi, abrió una puerta de tipo medieval en su pecho y pidió a un par de sus habitantes que salieran un poco para recoger el cuerpo. Eso sí, no saldrían del todo, del límite de su área -una cúpula de color turquesa con Abigail como centro- salieron un par de brazos que tiraron del intruso para llevarlo dentro. Acto seguido cerró la puerta y su cúpula desapareció.

Atadlo, volvedlo a atacar a uno de los bancos y despertadlo —murmuró mientras se acercaba al agente, que podría oirla si prestaba un mínimo de atención —. Quiero saber cuántos son y cómo han entrado sin disparar ninguna de las alarmas y sin hacer ningún ruido. También quiero que le retiréis la máscara —continuó, murmurando aquellas órdenes. No haría falta que le describieran el rostro del intruso, su réplica interna podría verlo y transmitir la información directamente al estar conectadas.
Podemos seguir mientras lo interrogo. No me gusta que no haya saltado absolutamente ninguna alarma —dijo. No le gustaba porque solo podía significar que había ya alguien infiltrado —Voy a concentrarme en lo que pasa dentro de mi, avísame si tengo que hacer cualquier cosa —pidió, y es que prefería atender al interrogatorio con la mayor atención posible, aún si lo hacía su réplica.

*** Interior de la Shiro Shiro no Mi ***

Un cubo de agua cayó sobre el intruso, ya sin máscara.

—¿Huh? ¿Dónde estoy? —preguntó el hombre, que resultaba ser un hombre de tez blanca, pelo moreno y corto, con gafas, que podría pasar por un civil cualquiera si no hubiera intentado reventarle un bate en la cara a su compañero -luego tendría que preguntar sobre eso-.

En un lugar de paz —respondió Abi, o mejor dicho, la réplica de Abigail —. ¿Cómo has entrado? Tenemos las entradas y salidas controladas y no ha saltado ninguna alarma —era la pregunta más importante, pues a partir de ahí podrían deducir en qué caso estaban, si en una infiltración, en un asalto desde alguna parte que no tuvieran controlada o qué.

—¿Y por qué iba a chivarme de nada? ¿Eh? Los agentes del gobierno no sois muy fans de hacer prisioneros —uno de sus habitantes fue a la armería a buscar un arma de fuego. Las armas de fuego eran un problema fuera de su dimensión o cuando la dimensión estuviera abierta, ¿pero con las puertas cerradas? Estaban totalmente aislados. Nadie oiría ni los disparos ni los gritos. El hombre se rió al escuchar la carga del arma —. La persona que me ha enviado me matará igualmente si fracaso, ¿vas a disparar? adelante, pero no soy el único que ha entrado. Alguno averiguará dónde me habéis metido y os matará.

Y entonces, algo hizo "bling" en la cabeza de Abigail, hasta el punto que su "yo" real también se paró.

Es verdad, estabas fuera de combate cuando te he traído —el prisionero estaba perplejo, para él podía haber pasado un tiempo, quizá lo habían llevado a alguna capilla cercana para interrogarlo en privado, pero no imaginaba la verdad —. Estás dentro de mí —se agachó para quedar a su altura —. Es una Akuma de tipo dimensional como la mía, ¿me equivoco? —se quedó blanco. ¿Cuántas frutas existían con el mismo tipo de poder? —. Mantenedlo vigilado y atado de pies y manos, si le apetece hablar avisadme.

De vuelta en el plano físico, Abigail decidió compartir su corazonada con el agente. Primero, eso sí, se aseguró de que no hubiera nadie cerca para oirla. De todas formas se acercó a él para hablar en voz baja.

No quiere hablar, pero me ha dado una pista. Sé que es una idea un poco descabellada, pero... ¿no acabo de colar yo a diez personas dentro sin que haya saltado ninguna alarma? —preguntó, poniendo sobre la mesa un hecho: era posible meter gente en el recinto sin hacer saltar la alarma, solo era necesario un poder que lo permitiera, como el de su Shiro Shiro no Mi o cualquier otro poder de tipo dimensional.
Sigo pensando que sería demasiado vistoso hacer salir a diez personas de golpe, pero dos o tres no me parece mucho. Y el intruso se ha quedado blanco cuando se ha enterado de dónde lo había metido —lo que no había podido sacarle aún era exactamente quién lo había metido dentro. Lo único que tenía como pista es que había un Usuario involucrado. Podría tratarse de un infiltrado... pero de momento no tenía manera averiguarlo.



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Mensaje por Kusanagi el Miér 29 Abr 2020 - 14:58

Su cara debió de convertirse en todo un poema cuando se quedó observando el despliegue de recursos de Abigail. No tenía muy claro qué le resultaba más extraño, si la puerta que se había abierto en su pecho o que de esta salieran personitas para llevarse al pobre desgraciado al que había noqueado. Durante unos segundos la ausencia de parpadeo se hizo evidente en el agente, que no quería perderse el más mínimo detalle de aquella demostración. Era una fruta bastante particular, y que él lo viera así decía mucho. Funcionaba, tal y como le había dicho al principio, como una fortaleza humana. Si el simple hecho de ver salir a alguien de su interior había sido impactante, no quería imaginarse lo espectacular que sería ver cómo atacaban desde dentro. ¿Los proyectiles serían también en miniatura o estos adoptarían su tamaño normal al salir? ¿Cuál sería su capacidad de almacenamiento? ¿Si el usuario era más grande se incrementaba el número de instancias que podía albergar? Cuanto más lo pensaba más dudas le surgían, pero no era el momento. La escuchó hablando —a sus pequeños compañeros, supuso— en susurros; parecía tener todo el tema del interrogatorio bajo control.

—Está bien, no te preocupes —respondió, con un tono bastante más serio que el que había utilizado a lo largo del día—. Avísame con cualquier cosa que le saques.

Y, acto seguido, la mirada de la cazadora pareció perderse en algún punto del infinito, como si estuviera tan sumida en sus pensamientos que no le daba importancia a lo que ocurría a su alrededor. Kusanagi comenzó a caminar y la rubia con él, cosa de la que quiso asegurarse antes de proceder con normalidad.

Había algo que no le encajaba en todo este asunto, y es que no entendía cómo habían burlado las medidas de seguridad del observatorio sin levantar sospechas. Vale que el recinto no era Marineford ni la isla judicial de Enies Lobby, pero seguía siendo un lugar con acceso restringido. Además, ¡estaba él! Exteriorizó una mueca al torcer los labios mientras debatía consigo mismo, tratando de sacar alguna conclusión razonable. Por el escaso esfuerzo que le había supuesto noquear a su asaltante, llegó a la suposición de que aquel individuo no podía poseer las capacidades físicas necesarias como para burlar sus poderes. No le había escuchado en ningún momento, no hasta que se abalanzó contra él al menos. No se había mantenido concentrado todo el tiempo y quizá la conversación con Abigail le había distraído, así que era posible que se hubiera mantenido escondido en algún rincón mientras esperaba el momento de atacar. ¿Pero dónde? Sus ojos volvieron a analizar el entorno, sin encontrar ningún lugar lo suficientemente espacioso como para albergar a una persona. Lo único que no cuadraba era la posición de aquellas macetas, pero no tardó en suponer que lo habían empleado como distracción: desentonaban demasiado tal cual las habían puesto como para no darse cuenta.

«¿Un usuario?», terminó preguntándose. Si la lógica no le daba la respuesta que buscaba quizá debiera confiar en aquello que rompía toda coherencia del mundo: las frutas del diablo. Tampoco es que fuera de mucha ayuda; tan solo era una suposición y ni siquiera sabía qué tipo de poder tener en mente. Además, ese hombre no parecía ser usuario; se había resistido tan poco que dudaba de que por su cabeza se hubiera pasado siquiera la opción de volver a «esfumarse».

Resopló, activando sus poderes y concentrándose en todo sonido cercano. No podía albergar la totalidad del recinto de aquella forma, pero sí un área bastante grande. Según iban moviéndose pudo diferenciar las voces de los científicos que se encontraban en la sala del telescopio; algunos de sus compañeros parecían pensar en voz alta desde sus despachos y otros, simplemente, se habían tomado un descanso para sacarse un café. Tampoco parecían alterados, así que supuso que no sospechaban nada de lo que estaba ocurriendo. Ni una sola pista, para variar.

Su mano fue hasta el brazo de Abigail, tirando suavemente de ella para que no se comiera una de las mesas que había dispuestas a lo largo de la sala común; esperaba no hacerle perder el hilo con aquel gesto, aunque fue inevitable que diera un respingo cuando le habló repentinamente, aún con su brazo sujeto. La soltó con rapidez, esperando que nada raro circulase por su mente.

Carraspeó.

—Ya veo. —Su semblante cambió el nerviosismo por la seriedad, denotando cierta concentración. Claro, ¿cómo no se les había ocurrido? Si su compañera había podido entrar con diez personas más en su interior, ¿por qué no podría hacer algo similar quien quiera que hubiese colado a su atacante? Quizá no del mismo modo, pero la posibilidad de alterar el espacio era bastante factible—. No es para nada descabellado. De hecho, es lo más factible en estos momentos; no he detectado ninguna actividad extraña más allá de este tío. Quizá... —Y sus ojos se abrieron de golpe, aunque uno de ellos lo hiciera a escondidas tras el parche—. Si estamos en lo cierto, alguien debe haber entrado primero. Si aquí no hay más que científicos tan solo hay dos opciones: o alguien se está haciendo pasar por uno de ellos... o tenemos un topo.

Chasqueó la lengua. Eso podía resolver algunas dudas, pero a cambio les brindaba más problemas. Si era uno de los científicos o, al menos, iba vestido como uno, ¿cómo iban a descubrirle sin alarmar al resto? Mierda, necesitaba más información. «Aunque...».

—Eli, necesito que le sonsaques un poco más. No me escucha, ¿no? —Si la respuesta era negativa, continuaría—. Hay que averiguar dónde quieren acceder. Si este tío nos ha atacado es porque necesitaban ganar tiempo o quitarnos de en medio antes de arriesgarse. Quizá aún no sepan que ha fracasado y eso podría sernos útil. Si es necesario amenázale. Quizá le venga bien recordar que, si no va a hablar, nos es tan útil vivo como muerto.

Introdujo la mano bajo su propia chaqueta, rebuscando en uno de los bolsillos internos del cual estrajo un den den mushi. Se lo tendió a la chica.

—Tengo una corazonada, pero necesito revisar los fichajes. Puedes contarme lo que sea a través de este den-den, es una línea segura —aseguró con una sonrisa—. Intentaré no tardar, pero mejor prevenir que curar. ¡Ah! Y ten cuidado, ¿vale? Volveré en un parpadeo.

Y, sin más el pelirrojo desapareció frente a los ojos de su compañera. Su cuerpo, convertido en ondas sonoras, se trasladó con rapidez y discreción a lo largo del observatorio, llegando en apenas unos segundos a la garita de seguridad desde la que se hacía el control de entrada y salida. Se aseguró con un rápido vistazo de que no hubiera nadie que pudiera verle antes de materializarse de nuevo, rebuscando a continuación entre la documentación. Todos los científicos de aquellas instalaciones debían dejar registradas sus entradas y salidas, siempre tras el chequeo de uno de los agentes. Las entradas eran por las mañanas y a media tarde, por lo que toda entrada habría sido supervisada por Poland y Roppen. Por lo que sabía, llevaban bastante tiempo ocupándose de la seguridad y debían conocer a todos y cada uno de los investigadores. Si alguno no encajaba en la descripción no lo habrían pasado por alto... así que, con suerte, habría uno que no hubiera fichado su entrada.

—Venga Kus, ten un poco de suerte para variar —musitó, revisando cada línea de la documentación que había sobre la mesa, toda plagada de nombres y firmas. Sus labios dibujaron una sonrisa tras unos minutos—. Bingo.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Jue 30 Abr 2020 - 20:36

Cuando despertó de aquel pequeño trance se encontró con su brazo sujeto por la mano del agente, pero no le dijo nada, comprendía que debía ser algo extraño el encontrarse con alguien entrando en ese... trance, pero era necesario si quería dedicar su total y completa atención a lo que ocurría dentro. Además, viendo la mesa que tenía al lado... casi mejor que la agarrara, sí. Ahora que ya tenía lo esencial podía dejar que sus habitantes continuaran el interrogatorio mientras ellos seguían a lo suyo, ya se comunicarían con ella.

Le gustó saber que no consideraba su teoría como algo descabellado y, como decía, las opciones eran dos, así a ojo: un topo o alguien haciéndose pasar por uno de los científicos. En cualquier caso lo tenían algo crudo, pero confiaría en la corazonada del agente igual que él confiaba en sus teorías.

Tranquilo, mientras tenga la fortaleza cerrada esa dimensión queda aislada del exterior. Solo entra mi voz cuando lo deseo o el humo cuando fumo, no preguntes, yo tampoco sé por qué —explicó otro de los aspectos curiosos de su poder, que mientras estuviera totalmente cerrada quedaba aislada y que, además, por algún motivo, solo entraba el humo sin su consentimiento.

Te llamaré con cualquier cosa que consiga sacarle. Confío en que mis chicos sepan hacer que hable —eran muchos en número, y en cuanto a armas que usar para "convencerle" pues... también tenían muchas.

Abigail agarró el Den Den Mushi y se despidió del agente, que iba a... ¿comprobar quién había fichado? Había entendido esa parte, pero se le fue de la cabeza al ver que se transformaba en... ¿qué exactamente? Ahora resultaba evidente que tenía unas habilidades del diablo como las suyas, pero no sabría catalogarlas.

«Continuad el interrogatorio, y no dudéis a la hora de hacerle daño. Si no habla lo mismo me da que esté vivo o muerto. Quiero saber su objetivo, cuántos son y qué aspecto tienen» aquellos pensamientos resonarían en la fortaleza. Sus habitantes, que ya conocían a Abigail desde hacía un tiempo, comprendieron que no debían matar al prisionero pero que no pasaba nada si le hacían creer que pasaría eso «Y avisadme cuando diga algo» finalizó sus pensamientos para los suyos. Después, continuó la patrulla que tenía asignada como si no hubiera pasado nada para disimular más todavía lo que estaba ocurriendo en el observatorio.

—Ya has oído a la jefa, ¿quieres ir por las buenas o por las malas? —preguntó una de sus habitantes, la mayor y la que más iniciativa parecía tener.
—Mira, chavala, no vais a sacarme nada, tengo bastante experiencia en esto para saber que es un farol, las monjas no hacen daño a nadie —respondió. La reacción de sus habitantes fue... variada, hubo quienes se rieron, otros negaron con la cabeza y esta señorita se limitó a sonreir y a hacerles un par de señales a los que estaban más cerca de la armería.
—Traed el purificador, vamos a reirnos un rato —otros dos chavales fueron a por el arma mientras la "jefa" y el prisionero dialogaban un poco —. Verás. Mis amigos y yo vamos a enseñarte qué es lo que suele pasar con la "monja" cuando se enfada, como ocurrirá si no cooperas —los dos jóvenes trajeron lo que a simple vista era un rifle normal y corriente, pero el rostro del intruso empezó a ponerse blanco cuando distinguió un par de elementos que no eran de un rifle: la boquilla y el depósito.
—Bueno, bueno, no hace falta llegar a esos extremos, ¿no?

La muchacha sonrió de nuevo mientras le hacían entrega del rifle. Al momento, prácticamente todos los habitantes se pusieron a una distancia prudencial. Apuntó al techo y apretó el gatillo, dejando salir una ráfaga de fuego que cortó inmediatamente después.

—Entonces... ¿qué me dices?
—Que estáis peor que nosotros —y al terminar de hablar, el suave silbido de una flecha se hizo oir. Un proyectil impactó en el hombro derecho del intruso, que no tardó en gritar de dolor. La pelirroja, que al apartarse el mechón que cubría la mitad de su rostro dejó ver un rostro medio quemado, se acercó al intruso —. Somos gente de paz, pero a veces hay que ser agresivos. ¿Cooperas o necesitas más estímulos?
—No, no, me lo creo, estáis... estáis fatal —dijo, aguantando como buenamente podía el dolor —no sé quién nos ha traído, no nos dejó verle. Buscamos... una carpeta, informes, datos, lo que sea de la última vez que hicieran un... ¿cómo lo llamaron? ¿barrido? Hay otro más aparte de mí. Y el que nos ha dejado entrar, claro —explicó lo que sabía —. ¿Contentos?
—Mucho —hizo una señal más para que empezaran a curar al intruso. No eran tan malos como para dejarle ahí con la flecha clavada.

La muchacha transmitió aquello a Abigail, y ésta agarró el Den Den Mushi para hacer la llamada a Kus.

Kus, Eli. Hay otro más, pero no saben qué aspecto tiene el usuario. Están buscando datos sobre el último barrido —diría en cuanto el agente Kusanagi respondiera a la llamada. Faltaba uno por encontrar y además tenía que ver si aquellos datos estaban protegidos. ¿Dónde podrían estar? En dos sitios: la sala del observatorio o el despacho del director del observatorio —. Voy a seguir la patrulla, me detendré donde no pudimos abrir —avisó y, dicho eso, continuó la patrulla. Luego se detendría en el despacho aquel y vería cómo actuaría.



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Mensaje por Kusanagi el Vie 1 Mayo 2020 - 21:26

Usó el dedo índice para seguir la línea de texto y no perderse. Vale que él era desordenado pero, ¿quién demonios llevaba el seguimiento? La letra resultaba incomprensible en algunos tramos, mientras que los renglones no parecían seguir una disposición próxima al paralelismo. ¡Maldita sea, que era una plantilla! Por suerte, pese a todas aquellas vicisitudes en cuanto a caligrafía, no le había llevado demasiado tiempo dar con el nombre que no figuraba en la lista: Lennart Schiffer. Se cercioró de que no hubiera habido ninguna falta más, dando con que la única ausencia que había quedado registrada a lo largo de la semana era la de ese día. Quizá se hubiera puesto enfermo, pero era una posibilidad demasiado casual. Habría que tener esperanza y tirar de ese hilo.

La llamada llegó hasta su comunicador, el cual no tardó en activar para abrir el enlace. El sonido llegaba directamente a su cabeza, siendo procesado de forma casi automática; ventajas de los implantes.

—Dime qué tenéis —respondió al descolgar, rebuscando entre la documentación de la garita mientras tanto. Se sorprendió al escuchar una voz distinta a la de Abigail, pero no comentó nada al respecto; supuso que se trataría de sus... ¿habitantes? ¿Tripulantes? ¿Se podía tripular una persona? Lo que fuera—. En ese caso aún tenemos a dos polizones: el compañero del que hemos capturado y quien sea que les ha dejado entrar —pensó en voz alta—. Yo he hecho algunos avances. Al parecer, la única persona que no figura en la lista de fichajes es un tal Lennart... ¿Chifer? ¿Sssifer? Como se pronuncie —dio un suave golpecito al listado—. Tal vez sea una casualidad, pero es la única pista medianamente fiable que tenemos por ahora, así que voy a ver si doy con nuestro amigo. —Atendió a las indicaciones de su compañera, asintiendo aunque no pudiera verla—. Bien. Mantente atenta si te cruzas con alguno de los investigadores; nuestro amigo debería llevar una identificación con ese nombre.

Cortó la comunicación, tomando consigo el listado de los empleados —un documento prácticamente idéntico al que le había facilitado a Abigail en el restaurante— antes de salir de la garita de seguridad.

Avanzó con pasos rápidos por los pasillos, evitando usar la movilidad de su fruta por si se cruzaba con alguno de los científicos; no quería alarmar a nadie. La pregunta es: ¿Cómo iba a preguntar por un investigador en concreto sin levantar sospechas? Se le habían ocurrido varias formas pero, al final, había optado por aquella que más cuadraba con la forma de operar de las instituciones gubernamentales. Él mismo la había sufrido en sus propias carnes —y lo seguía haciendo— al residir durante grandes lapsos en Enies Lobby. ¿Quién se iba a imaginar que terminaría usando la burocracia en su propio beneficio? Markov estaría orgullos de él... o le consideraría un absoluto hipócrita. Tal vez lo fuera.

No tardó mucho más de cinco minutos en plantarse frente a la puerta de la sala del telescopio, la cual contaba con un botón que, supuso, sería el timbre. Al lado de este, una variación de den den mushi hacía las veces de interfono. Tan solo tuvo que pulsar y aguardar pacientemente unos preciosos nueve segundos.

—¿Quién es? —llegó a preguntar el extraño caracolófono.

—Agente Kusanagi Yu. Necesito unos minutos de su tiempo para tratar ciertos temas administrativos del observatorio. Si son tan amables de dejarme acceder...

—Claro, claro. Deme un momento.

La puerta se abrió de mano de un hombre de cabello escaso, redondas gafas y la típica bata blanca y sosa que tanto caracterizaba a su gremio. ¿Por qué se ponían esas prendas si su trabajo no tenía connotaciones manuales? Al final del día, lo único que podían temer sus ropas era que vertieran algo de café sobre ellas. ¿Quizá fuera algo protocolario? A veces todo se reducía demasiado a lo estético.

El pelirrojo dedicó una sonrisa amigable al científico, justo antes de que este se hiciera a un lado y le permitiera el acceso.

Lo primero que entró por sus —su— ojo fue el afamado telescopio que utilizaban para los estudios astronómicos que se llevaban a cabo en Nueva Ohara. Sus proporciones eran más descabelladas si cabe desde una perspectiva tan cercana y, más que nunca, infundieron en el agente el deseo de mirar a través de él. No es que tuviera grandes conocimientos de astronomía pero era físico, después de todo, y la curiosidad científica era algo inherente a él. Por lo que pudo observar no había más de cinco personas en aquella sala, estando todos ellos repartidos entre escritorios y pizarras con cálculos que ni siquiera quiso intentar entender. Algunos de los hombres allí presentes le miraron con cierta confusión, antes de que el encargado de custodiar la entrada le abordase.

—Pues usted dirá, señor Yu —le azuzó. Parecía querer volver a su labor cuanto antes.

—Sí, disculpe —comenzó—. Veamos. Se está haciendo una revisión de los datos de los empleados del observatorio. En general todo parece estar en regla pero, como puede ver —le enseñó la lista, con algunos nombres marcados en rojo. La quitó de su vista rápidamente para que no pudiera curiosear mucho—, necesitamos actualizar los de algunos de ustedes. Será un proceso que no requerirá más de cinco o diez minutos, así que no les robaré mucho tiempo.

Miró su listado como quien se dispone a dar un discurso, adoptando una pose formal que resultaba casi imponente, como si tuviera alguna autoridad. ¿Estaba disfrutando con algo tan banal como es la administración? No, claro que no... o eso creía. Carraspeó un poco y miró de reojo al investigador, antes de echar un vistazo general por la sala, fijándose en cada uno de sus colegas.

—¿Está aquí el señor Lennart Schiffer? —¿Lo había dicho bien? Lo había dicho bien.

Algunos de los presentes negaron, volviendo a lo suyo rápidamente. El que tenía al lado se apresuró en responder.

—Ha salido un momento para tomarse un descanso, aunque no debería tardar en volver. Al parecer se encuentra algo mal desde anoche y está teniendo que ir al baño en repetidas ocasiones. Debe de ser la tercera vez en toda la noche. —El agente alzó una ceja—. Ya sabe, algunas personas se entregan demasiado a su trabajo... Le dijimos que se fuera a casa, pero no ha querido dar su brazo a torcer. Si hasta se ha traído una mascarilla para no contagiarnos, el pobre.

—Bien, si vuelve por aquí avisen directamente al número de seguridad y volveré para los trámites. Veré si doy con él mientras tanto —y sonrió de vuelta—. Muchas gracias.

La puerta se cerró tras él en cuanto abandonó la sala del telescopio, ante lo que frunció el ceño. Sus sospechas se estaban confirmando, aunque había descartado que Lennart fuera un topo. ¿Por qué no fichar si era su lugar de trabajo habitual? El detalle de la máscara confirmaba sus sospechas: alguien se estaba haciendo pasar por el científico, lo que le generó una nueva preocupación; esperaba que, quien fuera que le hubiese usurpado la identidad, no le hubiera hecho daño al pobre hombre.

—Eli —llamó a través de su comunicador, asegurándose de que sus poderes impidieran que nadie le escuchara hablar—, vamos avanzando. Alguien ha suplantado a Lennart y parece que lleva alguna especie de mascarilla para que no puedan reconocerle. Por lo que me han dicho ha estado haciendo algunas salidas con la excusa de encontrarse mal. Sea quien sea esta gente se lo están tomando con calma para no levantar sospechas —concluyó. No parecían querer, como ellos, que nadie en el observatorio se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo—. Voy a intentar dar con él, aunque los científicos me llamarán si vuelven a verle. ¿Alguna novedad por allí?

Cerró los ojos durante un instante, concentrándose en las ondas sonoras buscando pasos o voces cuya posición no cuadrase con despachos o la sala del observatorio, así como la cafetería. «¿Dónde demonios estás?».


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Sáb 2 Mayo 2020 - 19:48

Atenta a las palabras del agente, la hereje continuó la patrulla y, efectivamente, se cruzó con alguno de los investigadores que iba a la sala común del personal, probablemente para descansar un poco de aguantar por la noche trabajando. Datos... datos... ¿de dónde podrían sacarse esos datos? sus únicas opciones viables seguían siendo el propio telescopio y el despacho del director del observatorio, pero éste estaba cerrado con llave y ellos, al menos Abigail, no tenía ninguna copia, dudaba que nadie más pudiera entrar sin forzar la cerradura. Sin embargo, tenía algo que investigar antes de ir ahí. Según el agente Kusanagi, había una persona que no había fichado, un tal Lennart Chifer o Sifer.

Pasaba cerca de una puerta cuando escuchó un golpe seco, no muy fuerte, como si algo se hubiera caído. La puerta tenía el letrero de "Almacén". Antes de abrir recibió la llamada del agente, estaba confirmado que alguien había suplantado al tal Lennart y que ahora iba con una mascarilla con la excusa de estar enfermo.

He escuchado algo en el almacén. Podría ser un cubo o algo que se ha caído, pero voy a comprobarlo —no cortó la comunicación, pero sí dejó una pausa mientras pensaba qué hacer —. Voy a dejar la comunicación abierta un poco más, por si acaso —murmuró. Quizá se estaba pasando de paranoica, pero ya habían sido atacados una vez por la espalda, no quería que se repitiera por pecar de ingenua. Abrió la puerta con cuidado y se metió dentro, cerrándola tras ella. A simple vista parecía un almacén de material, no uno de archivos como el que había visto al principio. Avanzó despacio, veía cajas, algo de maquinaria vieja, algo de maquinaria nueva, otras cajas rotuladas como "Descartes" y... un olor desagradable empezó a llegar a su nariz.

Dio varios pasos en silencio y... se encontró con el peor escenario. El golpe había sido por una caja cayéndose, sí, pero dentro no había maquinaria ni nada parecido, lo que ocultaba aquella caja era el cuerpo de un hombre. No tenía la bata puesta ni tampoco la identificación, pero no tenía motivos para no creer que se trataba del auténtico Lennart. Los intrusos eran... inteligentes. No había sangre, había sido estrangulado.

Tenemos un problema —dijo al Den Den Mushi antes de cortar la comunicación y guardárselo. Entonces escuchó la puerta del propio almacén cerrarse y su Mantra la alertó de un peligro inminente. Se levantó y giró inmediatamente y lo siguiente en activarse fue su Armadura, que reaccionó al peligro mortal fortaleciendo la zona de impacto. ¿Impacto de qué? Un puñal que ahora estaba a medio clavar un poco más arriba de su cadera, por el costado izquierdo. Por suerte para ella, la combinación del haki despertado y la resistencia natural de su cuerpo fue suficiente para parar lo que en otro caso habría sido un golpe mortal. Aún así, tuvo que hacer esfuerzos para soportar el dolor, no quería alertar a nadie, no, no debía alertar a nadie.

Sus habitantes se prepararon al momento. Ya estaban equipados así que lo único que tuvieron que hacer fue abrir dos ventanas. La monja miró con furia a su agresor enmascarado, que trató de salir corriendo. No pudo llegar a la puerta. En el momento en el que cruzó el umbral de su Territorio para salir del almacén, su espalda recibió varios flechazos -bastantes- que le hicieron caer con un sonoro golpe y gimiendo de dolor. Mierda, eso no era bueno... podría echar a perder parte de lo que le habían pedido en el Gobierno.

«Traedlos, rápido, antes de que alguien venga el golpe» ordenó. Sus habitantes obedecieron rápidamente, saliendo dos por el pecho para poder llevarse al intruso al interior y otros dos que salieron por la espalda para poder cargar con el cadáver y ocultarlo dentro, dejándola totalmente sola, y con la fortaleza totalmente cerrada, en el dichoso almacén. Se dieron muchísima prisa pero aún no había acabado con los preparativos, tenía un puñal saliéndole de la chaqueta que daba muchísimo el cante. El golpe había sido algo sonoro y estaba la posibilidad de que lo hubieran escuchado, así que... no tenía tiempo para florituras.

Abigail se sacó el puñal del costado, se abrió la chaqueta antes de que se manchara y... cometió la temeridad de volvérselo a clavar en el mismo sitio -se mordió la mano para aguantar el dolor de la segunda puñalada- para frenar el sangrado, esta vez sin la chaqueta de por medio, teniendo cuidado de no profundizar más la herida, tenía que agradecer ese buen resultado a su precisión. No importaba si la camisa blanca se manchaba por un lado, pero si se manchaba además el traje... no era porque fuera pulcra, era porque no podría ocultar esa hipotética mancha de sangre de ninguna otra manera. Quedó un bulto en un costado, pero podía camuflarlo metiendo la mano en el bolsillo.

Como temía, un hombre de aspecto joven con bata, con pelo negro y corto, abrió la puerta del almacén.

—Hemos oído un golpe, ¿qué se ha caído esta vez? —preguntó. Uf... agradeció haber tenido la idea de usar solo flechas, eran silenciosas y no dejaban sangre si no las sacaban.
Nada importante, solo una caja rotulada como "Descartes" y un número de serie, ya he metido el contenido dentro, solo me faltaba subirla de nuevo —dijo, recordando las cosas que había visto al entrar en el almacén. Con la mano en el bolsillo sujetaba el puñal que tenía clavado. Por favor... por favor que se fuera pronto, no podía mantener la voz así mucho más tiempo —. No se preocupe, ahora lo pongo en su sitio, yo había entrado por lo mismo, no podemos ignorar ningún sonido. Puede seguir con su trabajo, señor —continuó, regalándole la mejor sonrisa menos forzada que fue capaz de dibujar.
—Otra vez esa dichosa caja... llevo semanas pidiendo que quiten esas cajas que ya no sirven para nada y- —como si fuera una premonición, otra caja con el mismo nombre y un número distinto perdió el equilibrio y se cayó en el otro lado del almacén, reforzando su historia. El hombre suspiró, derrotado —. Si pudieras arreglar eso también te lo agradecería —Abigail asintió —, y gracias por vuestro trabajo, sois libres de comer lo que queráis en la sala de descanso, creo que quedan donuts.

Bueno, el que acababa de encontrar muerto no estaría de acuerdo. Cuando acabara la misión rezaría por él.

El hombre cerró la puerta y se marchó. No pensaba que sospechara nada, además era de noche, estaban cansados, un poco dormidos o hasta arriba de café, en cualquiera de los dos casos no tendrían sus facultades mentales al cien por cien, al menos no como para sospechar que ocurría algo solo por un par de cajas cayéndose. Gruñó de dolor, y pensó qué demonios podía hacer ahora. El agente Kusanagi no tardaría en encontrarla, pero no podía hacer mucho sin atenderse la herida primero. Primero le contaría lo ocurrido y luego... ¿le dejaría ir delante? ese parecía buen plan.

«Ha faltado muy poco... Atad a ese bastardo» transmitió aquella orden y se permitió el lujo de jadear de dolor ahora que estaba de nuevo sola en el almacén. Tenían a dos de tres... y el de la Akuma aún seguía deambulando por el observatorio.

Decidió volver a llamar a Kus en lugar de esperarle. Abi se movió hasta quedarse en una zona poco visible del almacén y apoyó la espalda contra la pared. Agarró el Den Den Mushi y volvió a llamar por aquella línea segura. Vamos... solo tenía que fingir estar bien un poco más, no quería preocupar al agente en plena misión.

Kus. Encontré un cuerpo, oí la puerta cerrarse y el segundo intruso apareció de la nada. Los dos están en mi fortaleza, no los ha visto nadie. Pasó lo de antes, apareció de repente, estoy convencida de que el de la mascarilla tiene una Akuma parecida a la mía. Quizá esté de camino al despacho del director, creo que han estado buscando los datos aquí también —le contó sus hallazgos y suposiciones, tratando de que la voz no le fallara por el dolor. Si no estaban en el lugar más accesible que era la sala del telescopio... realmente solo había otro lugar donde encontrar datos importantes recientes: El lugar donde no habían podido entrar antes.

Cortó la comunicación y respiró hondo. Iba a necesitar unos minutos antes de moverse de nuevo con aquel puñal ahí metido.



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Mensaje por Kusanagi el Dom 3 Mayo 2020 - 22:47

Abrió los ojos al escuchar la voz de Abigail a través del comunicador. No había escuchado nada inusual, aunque era cierto que sus capacidades no eran lo suficientemente potentes como para abarcar la totalidad del recinto; tendría que seguir moviéndose para ver si daba con algo en otra zona. Por lo que su compañera le decía, parecía haberse movido algo en el interior del almacén. Si el tema de conversación hubiera girado en torno a su cuarto, su viejo despacho o cualquier cosa que él mismo tuviera que haber ordenado, la respuesta habría sido «sí»; que algo se cayera por culpa del desorden resultaría algo plenamente factible y poco casual. Por desgracia, ninguno de los dos hacía mención al escaso orden del agente.

—Ten cuidado —se apresuró a... ¿pedirle? Sus palabras no habían formulado una orden, desde luego—. Si me necesitas ahí dímelo y llegaré en un parpadeo.

A veces las cosas resultaban ser más literales de lo que sonaban cuando las decía. Sus pasos continuaron, recorriendo con calma los pasillos del observatorio mientras intentaba mantener su concentración en localizar cualquier sonido fuera de lugar, pero no se le estaba dando demasiado bien. A decir verdad, su atención estaba más puesta en el canal con la cazadora que en otra cosa, dispuesto a moverse rápidamente si las cosas se complicaban. Tardó un breve lapso en volver a escucharla, lo suficientemente largo como para que la preocupación se hubiera acrecentado por momentos en él. Sus palabras, por otro lado, no ayudaron demasiado.

«¿Un problema?» le habría gustado inquirir al instante, pero tuvo que quedarse con ello en la boca al darse cuenta de que el enlace se cortaba. Durante unos segundos sus nervios hicieron acto de presencia, pidiéndole que moviera el culo y fuera a socorrer a la mujer. Tan solo armándose de tanta frialdad como pudo encontrar y razonando fue que logró tranquilizarse. Abigail llevaba un den den mushi, así que habría cortado la transmisión para poder tener ambas manos libres. Fue él quien habló de confianza horas antes, por lo que eso haría: confiar en su compañera. Además, no era una chiquilla indefensa; sabía de buena mano que era una mujer diestra, capaz de cuidar de sí misma si la situación lo requería. Después de todo, llevaba una vida de constantes peligros y, pese a ello, no solo había sobrevivido sino que había acumulado cierta fama. Todo estaba bajo control y él debía continuar buscando a Lennart.

Suspiró, reanudando su barrido del edificio. Si sus cálculos no le fallaban, probablemente pudiera abarcar alrededor de una cuarta parte del recinto con sus poderes. Aquello le dejaba en la tesitura de seleccionar sabiamente qué sectores revisar primero, aunque no le llevó demasiado tiempo deducirlo. La zona en la que se encontraba quedaba descartada, así como la de Abigail. Si tenía en cuenta que cabía la posibilidad de que aquel ruido en el almacén no fuera casual, lo más razonable es que cualquier otro indeseable estuviera en las zonas colindantes. «Y así estaré cerca si me necesita». Empezaba a estar algo cansado de dar vueltas sin ton ni son. Cuando terminasen con todo eso iba a necesitar un café y algo que llevarse a la boca. Habían pasado cerca de nueve años desde que pasó por el periodo de instrucción de la agencia y, a decir verdad, ya ni se acordaba de lo agotadoras que eran las tareas de vigilancia y patrullaje. Al menos sabía que sus objetivos estaban cerca.

—Te escucho —respondió con rapidez, deteniéndose en el sitio. No pudo evitar chasquear la lengua al escucharla y confirmar sus sospechas: el auténtico Lennart estaba muerto y, para colmo, habían recibido otro ataque. Lo único positivo es que, si se fiaban de lo que el primer individuo les había dicho, tan solo quedaba en pie el farsante—. Está claro que tienen que contar con un usuario, sí. Voy yendo, nos vemos allí. —Y, deteniéndose un momento, siguió—. Por cierto, ¿estás bien?

Salvo que su respuesta fuera algo preocupante, el cuerpo de Kusanagi volvería a transformarse en sonido para viajar rápidamente por los pasillos y salas del observatorio. A ese ritmo apenas le llevaría unos pocos segundos el plantarse frente a la puerta del despacho, materializándose delante de ella con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Echó un rápido vistazo a los alrededores antes de clavar su mirada en la puerta, recorriéndola. No había indicios de que la cerradura hubiera sido forzada, pero estaba claro que algo no cuadraba: se escuchaban sonidos al otro lado. Bueno, cualquier otro probablemente no podría, pero él sí. Dirigió su mano hasta el pomo y abrió con cautela, topándose con una figura en la penumbra: un hombre que llevaba una mascarilla en el rostro, de pelo oscuro y baja estatura. De no ser porque sabía que estaba muerto podría haberlo confundido con Lennart.

—Creo que no debería estar aquí —advirtió, llamando la atención del susodicho que, lejos de asustarse, se limitó a mirarle con cierta indignación.

—Disculpe, pero creo que es usted quien no debe estar aquí. ¿Acaso no sabe que solo dos personas podemos acceder a este despacho? —le increpó, con tanta naturalidad que parecía el mismísimo Lennart—. Váyase, por favor, o tendré que hablar con sus superiores. Aquí hay información que nadie más debe ver.

El pelirrojo hizo una mueca, adentrándose en la sala y cerrando la puerta a su espalda.

—Lo siento, señor... pero queda detenido por suplantamiento de identidad y homicidio —sentenció, tras lo que pudo ver cómo la expresión del falso investigador cambiaba radicalmente, incluso con la mascarilla puesta.

Sin comerlo ni beberlo, el moreno echó mano a uno de los bolsillos de la bata para sacar una suerte de radial que, estaba seguro, no podía caber ahí dentro. Automáticamente aisló el sonido de aquella sala, no sin antes ver cómo la sierra se acercaba a su rostro. Su cuerpo se inclinó hacia atrás con una flexibilidad sobrenatural, justo antes de erguirse para soltarle un puñetazo al sujeto que, por suerte, no dañó nada del inmueble. «Voy a tener que tener cuidado con eso o luego harán preguntas».

—Desgraciado... —masculló su nuevo amigo, justo cuando algunas motas de sangre comenzaban a asomarse en la tela de la mascarilla.

—No ha sido agradable para mí tampoco —se quejó, sacudiendo la mano con la que le había propinado aquel sopapo—. Te recomiendo que te entregues antes de que alguien se haga...

¿Estaba sacando una escopeta? Estaba sacando una escopeta. ¿Pero de qué estaban hechos los bolsillos de ese tío? Aquella debía ser la forma con la que había logrado colar a los otros dos. Podría haber actuado antes de que le disparara, aunque el tiro seguramente hubiera salido de todos modos, dañando la estancia; podría haberse hecho etéreo, pero los perdigones habrían causado los mismos estragos. La opción más viable era, claramente, pararlo con el pecho.

«Tekkai».

Su cuerpo, nuevamente, adquirió la dureza y tenacidad del hierro, pero un tiro con ese calibre a bocajarro seguía siendo una salvajada. Cayó hacia atrás debido a la fuerza del impacto y, como cualquier otra persona, se desplomó sobre el suelo. El enmascarado aprovechó para acercarse, apagando su radial mientras miraba al agente desde arriba al tiempo que se quitaba la mascarilla para limpiarse la sangre con el dorso de la mano.

—Tendrías que haberme hecho caso y largarte. Siempre igual —farfulló, soltando un suspiro condescendiente—. En fin, un problema menos. A ver dónde están esos putos inf-...

Y, antes de que terminara la frase, dos potentes ondas sonoras golpearon simultáneamente su hombro derecho y su rostro, alzándolo durante un instante en el aire para que cayera  un par de metros más atrás, inconsciente.

El pelirrojo se irguió ligeramente, tan solo para comprobar que aquel zumbado estaba fuera de combate. Una vez verificado dejó que su cabeza cayera nuevamente, llegando al suelo con un golpe seco. Su respiración le faltaba a causa de la fuerza del impacto; quizá no había sido su mejor idea. Por suerte el disparo tan solo había dañado la camisa, así que solo tendría que abrocharse la chaqueta para ocultar todo aquello. Le quedaba esperar a que llegase Abigail para «almacenar» al último del agresivo trío. Mientras llegaba y no... bueno, podría tomarse un descansito, ¿no?


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Lun 4 Mayo 2020 - 20:57

"¿Estás bien?" Si conocía lo suficiente al agente después de la breve conversación que tuvieron y después de sus rondas, estaba casi segura de que si le contaba que tenía un puñal en el costado iba a ir a por ella antes que a por el intruso que quedaba. Vamos... un último esfuerzo. No iba a mentirle, pero tampoco iba a contarle toda la verdad, iba un poco contra sus principios pero... estaban en un momento crítico, no podía distraerlo.

No te preocupes por mí, él ha acabado bastante peor —respondió antes de volver a cortar la comunicación. Nos vemos allí. Ahora tenía que recoger fuerzas y moverse hasta el despacho del director. Aquellos pocos minutos le habían devuelto algo de fuerza y por suerte su herida no era demasiado profunda, dolía, ero sobreviviría. Esto no la impediría moverse "bien", así que después de pedir ayuda a sus habitantes para recolocar las cajas en su sitio -lo habría hecho ella misma pero el esfuerzo le haría perder sangre a más velocidad- salió del almacén, cerrando la puerta tras ella.

Para levantar la menor cantidad de sospechas posibles continuó su ruta normal, aun si ese era el camino más largo. ¿Cómo le habría ido? esperaba que no tuviera demasiados problemas. Por si acaso, sus habitantes ya habían repuesto las flechas -después de atar bien fuerte al segundo intruso al primero, para que se les complicara más aún el movimiento -. Si hacía falta ayudar podía volver a disparar una salva de flechas que dejaría inconsciente al más pintado.

Conforme se iba acercando al área del despacho pensaba que sería mejor si le avisaba de antemano para que no se asustara cuando entrara. Echó mano de nuevo al Den Den Mushi para llamarlo.

Llegaré en unos dos minutos más o menos —diría cuando el agente Kusanagi respondiera a la llamada.

No le faltaba mucho para llegar, ¿ya había acabado o le tocaría sacar la artillería en el sentido más literal de la palabra? Notó de nuevo un pinchazo de dolor más agudo de lo normal en su costado, necesitaba sacarse ese maldito puñal cuanto antes... no confiaba demasiado en el estado del puñal. ¿Tendrían los médicos del Cipher Pol la vacuna del tétanos por ahí? porque iba a hacerle falta.

Finalmente llegó a la puerta, abriéndola lentamente sin llamar. Supuso que cualquier empleado llamaría antes, así podría distinguirla. Entró, cerró la puerta tras ella y apoyó la espalda contra ésta, manteniéndola cerrada.

Lo mismo de antes, lleváoslo dentro y atadlo —pidió, y acto seguido un par de sus habitantes salieron para llevarse aquel cuerpo al interior. Una vez dentro repetirían la operación de atarlos juntos, y con eso ya podían dar por concluido aquel asalto, porque no pensaba que fuera a pasar nada más. Sin embargo, uno de sus habitantes abrió la boca antes de tiempo, antes de entrar dentro de la fortaleza.

—Ahora deberías sacarte el cuchillo y curarte, vas a pillar tétanos o algo.

Cuando sus habitantes desaparecieron para meterse dentro de Abi se quedó en silencio. Vale, iba a enfadarse al menos un poco. Tendría que explicarle el por qué de la temeridad de, no solo sus actos -dejarse el puñal ahí- si no también el motivo detrás de no decirle lo que le ocurría.

Puedo explicarlo —dijo primero, ya dejando de fingir que estaba totalmente bien—. El enmascarado se había ido ya seguramente para venir aquí, si te lo hubiera contado te habrías desviado y podrías haber llegado tarde. Además, no duele tanto —continuó, siendo su voz más dolorida que antes —. He pasado por heridas peores, un apuñalamiento es lo más suave que me han hecho —dijo mientras se quitaba la chaqueta del traje, dejándola sobre la mesa del despacho después de avanzar hasta allí. Ahora el puñal que tenía en el costado sería totalmente visible, y la treta que había usado para ocultarlo sería más evidente. Gruñó un par de veces al moverse, y dejó salir un par de quejidos y un jadeo de dolor y cansancio.

¿Me ayudas a vendarme y a quitarme esto de encima, por favor? Cuando acabemos el turno me gustaría que me viera algún médico de la agencia, no me fío de que ese puñal no tenga nada extraño. La antitetánica me vendría bien —pidió por favor, ahora visiblemente más relajada - y dolorida-. Dudaba mucho que hubiera más intrusos, habrían alertado y estaba la posibilidad de que destruyeran datos para proteger la investigación.

¿Te has enfadado mucho? —preguntó —. Sé que estás a cargo, pero hice lo que consideré más apropiado para cumplir la misión, aún si debo aguantar una puñalada o dos —ya se lo había dicho antes. Su labor en el mundo era ayudar sacrificando bien su cuerpo con una puñalada o dos o bien sacrificando su entrada al cielo. Al final se reducía a lo mismo: su capacidad de sacrificio.



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Mensaje por Kusanagi el Mar 5 Mayo 2020 - 22:18

Su mirada se encontraba perdida en algún punto del techo mientras trataba de recuperar el ritmo normal de su respiración. No había sido la idea más brillante, pero al menos evitó que los perdigones dañasen nada más allá de su camisa —ahora chamuscada— parte de su chaqueta. Con ello la misión prácticamente habría finalizado, y es que dudaba que hubiesen mandado a alguien más, así que el precio a pagar no había sido demasiado elevado. Tras tomarse un par de minutos se puso en pie, palpándose el torso para asegurarse de que todo estuviera en su sitio. No estaba muy acostumbrado a recibir golpes así de contundentes; su condición de logia, así como sus capacidades físicas, tendían a ahorrarle semejantes impactos. No se había dado cuenta hasta ese momento, pero tenía algunas quemaduras leves a causa del disparo que tan solo eran visibles gracias a los trasquilones de la camisa. Nada que no se solucionase con algo de pomada.

—Aquí te espero —respondió al escuchar la voz de su compañera—. Tengo al último.

Sus últimas palabras salieron mientras observaba al culpable de estropear su impoluta imagen. Si su poder consistía en alterar el espacio para poder almacenar cualquier cosa en los bolsillos tendría que evitar que lo hiciera. Se quitó la corbata y maniató al hombre con una destreza que podría resultar sorprendente; estaba claro que no era la primera vez que la usaba para algo así, aunque no era ni de lejos su vez preferida. Una vez hubo terminado se aseguró de que su chaqueta estuviera correctamente abrochada. No podía pasearse por el observatorio con el torso al aire, la gente terminaría haciendo preguntas.

Pudo escuchar los pasos de Abigail aproximándose. Cuando abrió la puerta para entrar, el pelirrojo la recibió con una sonrisa tranquila.

—Todo controlado —afirmó, señalando despreocupadamente al cabecilla—. Tenías razón, parece poseer algún poder que le permite alterar el espacio para aumentar la capacidad de sus bolsillos. Seguramente habrá colado así a los otros dos. Procura que no dejen nada con bolsillos dentro de... bueno, de ti.

Se hizo a un lado para que la cazadora tuviera espacio y sus buenas gentes se encargasen de poner a buen recaudo al criminal, no perdiendo detalle del proceso. No dejaba de resultarle curioso y, si le preguntaban, diría que jamás se cansaría de verlo. Lo hacían con tanta naturalidad que por momentos se olvidaba de que eso no era algo habitual. La verdad es que se alegraba de tenerla de compañera en aquel trabajo: era una compañía útil y agradable.

Parecía que habían cumplido su labor sin mayores incidentes, así que tan solo tendrían que esperar a que acabase su turno para poder volver a la normalidad. La misión había sido un éxito, los maleantes fueron capturados y los civiles ni siquiera se habían percatado de lo que estaba pasando. Además, no había heridos, así que todo parecía ir rodado. Un momento, ¿cuchillo? ¿Qué cuchillo?

—¿Qué...?

Al principio la miró con cierta confusión, no llegando a entender a qué se había referido el último de los habitantes de Abigail. La mujer parecía encontrarse en perfectas condiciones, o al menos eso parecía a primera vista, pero no tardó en darse cuenta de lo que había ocurrido. La confusión dio paso a cierto enfado, pero este se sustituyó rápidamente por preocupación en cuanto pudo ver el arma clavada en el costado de la monja. ¿Cómo se le había ocurrido? ¿No se daba cuenta de la irresponsabilidad que acababa de cometer? Se apartó con rapidez de la mesa, en silencio, revisando rápidamente la habitación hasta dar con lo que quería: un botiquín. La mayoría de despachos —al menos los de los jefes— solían contar con uno. Abrió el pequeño armario y tomó el instrumental médico para dejarlo ordenado sobre la mesa. No articuló palabra alguna mientras lo hacía, limitándose a escucharla con el ceño fruncido. Le daba igual por qué situaciones hubiera pasado, no podía ponerse en peligro de aquella forma.

—Luego contactaré para que traigan un médico —respondió con cierta sequedad—. Primero hay que contener la hemorragia.

Sentía con cierta impotencia cómo la frustración crecía en su interior a la par que la culpabilidad. Si hubiera ido junto a ella podría haber evitado que la hiriesen, ¿pero cómo iba a echarle una mano si le ocultaba las cosas? Hizo una mueca al ver el cuchillo atravesando camisa y carne. Se acercó hasta ella con una gasa y, tras mirarla para pedir permiso, comenzó a desabrochar los botones de la misma para tener mejor acceso a la herida. Ni siquiera se fijó en su cuerpo, centrado como estaba en asegurarse de que todo fuera bien. Aproximó la tela hasta la zona de la puñalada; tenía que sacar el arma primero.

—Esto va a doler —advirtió—. No hace falta que te contengas, mis poderes evitarán que se escuche nada fuera de aquí. —Llevó la mano a la empuñadura del cuchillo—. Lo haré a la de tres, ¿vale? Una...

Y sacó el arma en un movimiento limpio sin llegar a contar dos, tapando la herida rápidamente con la gasa para controlar la hemorragia en la medida de lo posible. Buscó una de sus manos y la guió hasta ponerla sobre la herida.

—Aprieta fuerte, tengo que coger el alcohol y las vendas.

Se separó, rebuscando entre las cosas que había sacado del botiquín hasta localizar lo que necesitaba. Durante todo aquel proceso casi no había establecido contacto visual con ella. No sabía si por estar enfadado, frustrado, sentirse culpable o todo a la vez. Después de todo lo que habían hablado, ¿por qué no había confiado en él? Entendía los motivos, pero que los entendiera no justificaba nada de eso. Volvió a acercarse a ella, esta vez arrastrando la silla del despacho para poder sentarse delante a una altura más cómoda. Inspiró profundamente, soltando el aire despacio mientras intentaba relajarse. Había cogido algunas gasas más para tapar la herida, pero tenía que limpiarla.

Sus ojos se abrieron algo más al escuchar su pregunta, tras lo que, esta vez sí, alzó la mirada para buscar la suya. Se quedó en silencio, sin saber qué responder durante unos segundos. Suspiró con pesadez, cerrando los ojos y negando con la cabeza.

—No, no estoy enfadado, Abi —respondió, ya bastante más tranquilo, continuando con el tratamiento de la herida. Era la primera vez que la llamaba por el diminutivo de su nombre —el real—. Después de todo lo que habían pasado se podía tomar ciertas confianzas, ¿no? Además, nadie les iba a escuchar—. Pero no puedes pedirme permiso de priorizar la seguridad de los civiles para luego no permitir que ayude al único que está a mi cargo —y se detuvo, justo después de poner algo de esparadrapo para mantener sujetas las gasas, mirándola de nuevo—. No hace falta que corras esos riesgos. Prefiero fallar y comerme una bronca que perder a mi compañera...

Se puso en pie, preparando las vendas para terminar de dejar lista la herida. No era nada demasiado ortodoxo, pero serviría para salir del paso hasta que pudiera mirarla un médico.

—Voy a necesitar que te levantes la camisa para poder vendarte el torso —comentó, alzando la mirada—. No te preocupes, no voy a mirar.

Y una vez le avisara de que podía proceder rodearía su cuerpo con las telas, tan solo lo suficiente como para que todo quedase en su sitio y la hemorragia finalmente estuviera controlada. Seguiría sangrando, pero al menos evitarían que fuera chorreando sangre por los pasillos.

Se miró las manos una vez hubo terminado, manchadas, así como parte de la mesa. Luego tendrían que limpiar todo eso.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Miér 6 Mayo 2020 - 16:03

¿Bolsillos? Avisó a sus habitantes para que comprobaran todo, no quería malas sorpresas de última hora. Bueno, no se había enfadado demasiado pero sí lo notaba más "seco", era evidente que no le había hecho demasiada gracia la actuación de Abigail a pesar de sus explicaciones. Asintió, dándole permiso para manejar la camisa y solo la camisa para poder tratar la herida. Respiró hondo y soltó un gruñido bastante sonoro -aunque luego quedara enmudecido por sus poderes- de dolor.

Obedeció y apretó con fuerza la gasa sobre la herida, tratando de reducir lo máximo posible el sangrado.

Lo observó acercarse con la silla y lo escuchó con atención. Cerró los ojos, agachando la cabeza ligeramente. Sí, le entendía, pero no sabía cambiar su forma de actuar de buenas a primeras, era algo con lo que el agente tendría que vivir si la fortuna quería que volvieran a trabajar juntos. Sin embargo, aquello no era excusa para "traicionar" su confianza.

Sonrió al escucharlo y llevó su mano derecha al rostro del agente, alzándolo un poco para que pudiera ver. No le interesaba que la mirara o no, pero si iba a vendarla qué menos que ver qué demonios estaba haciendo, ¿no? A ese paso acabaría como una momia y aún así continuaría sangrando.
Si no miras no vas a poder vendarme —como le veía algo cortado por su cortesía, Abigail tuvo que mantener la mano bajo la barbilla del agente, de paso para controlar un poco dónde miraba exactamente. Ahora que los ojos del agente estaban puestos en su costado, en su herida, el proceso de vendarla fue bastante más sencillo y rápido. Aún sangraba, pero no era tan abundante como esperaba y, además, no era tan cantoso como llevar el puñal ahí metido. Solo faltaba la atención médica real para terminar de sellar la herida y descartar cualquier posible infección de herida.

Se mantuvo en silencio un poco más. Acabó por alzar el rostro del muchacho un poco más para "obligarlo" a mirarla a la cara.

Lo siento, no debí ocultártelo —se disculpó, aunque seguía pensando que había sido la decisión correcta, confiaba plenamente en su propio juicio y realmente pensaba que su herida no era tan preocupante como para poner en peligro el encargo. Como disculpa extra, la rubia se inlinó un poco para dejarle un pequeño besito en la frente, uno muy breve —. Eres un buen hombre, no ha estado bien lo que te he hecho. No obstante, sigo pensando que tomé la decisión correcta con el poco tiempo que tenía para pensar —tras terminar de disculparse lo soltó y, sin bajarse, se abotonó de nuevo la camisa para estar mínimamente presentable. Después se bajó, se colocó la chaqueta y la corbata. Miró las manos del agente, manchadas con su sangre.

Van a preguntar mucho si te ven así. Voy a por algo para limpiar esto y te traeré papel, ¿te parece bien? —le pareciera bien o no, Abigail le arrebataría las llaves y saldría del despacho. Debido a su primer "incidente" estaba bastante segura de dónde estaba el cuarto de la limpieza, de forma que no tardó mucho en llegar y abrirlo. Se llevó de allí un poco de todo: un poco de papel para Kus, esponja y trapo para limpiar la mesa, y un ambientador para camuflar un poco el olor a sangre y pólvora. Además, también llevó un pequeño cubo.

Por suerte en el observatorio eran listos, y en el propio cuarto de limpieza había una toma de agua justo para los cubos como los de fregar. Lo llenó hasta la mitad y metió dentro la esponja. Se lo pensó un poco mejor, agarró todo el rollo de papel y se fue con todo de vuelta al despacho. Dejó los productos de limpieza sobre la mesa y le entregó el papel al agente.

Mientras no se seque debería salir bien —comentó antes de arremangarse para empezar a ponerse a limpiar la mesa. El proceso era simple, usar la esponja para recoger los restos de sangre que habían quedado en la mesa y pasar la esponja al cubo. Limpiaría la esponja, la retorcería un poco y volvería a lo mismo, así hasta que desaparecieran las manchas más "destacadas". Después lo repasaría con el trapo para secarlo y... bueno, podría haber quedado mejor pero al menos ya no había rastros de sangre. Lo único que quedaba era camuflar el olor a pólvora y sangre que había quedado.

Unos cinco minutos después ya estaba pasando el ambientador por la mesa y por el despacho entero. También había recogido los perdigones de escopeta que habían en el suelo. Básicamente, había quedado todo bastante limpio y con un agradable olor a limón.

Cerró los ojos. No tenía sentido continuar la "discusión" sobre si había estado mejor o peor, ya había pasado, ya habían cumplido su cometido -eso esperaba, dudaba que hubiera más infiltrados-, tenía sentido martirizarse por algo como eso.

Soy abstemia pero... ¿invitarte a algo al acabar el turno lo terminaría de arreglar? Un par de lo que sea que bebas no hará daño a mi cartera —no pensaba decirle la cantidad que tenía disponible en ese momento, estaba bien como agente, no tenía que poner sobre la mesa la absurda cantidad de efectivo que se ganaba con su trabajo de cazadora para tentarlo a cambiar de oficio. Además, era un buen hombre -no sabía su edad pero parecía joven- y se trabajaba bien con él al contrario que con muchos de sus compañeros cazadores, de ser posible preferiría no dejarle una impresión demasiado mala.

¿Volvemos a la patrulla? habrá que dejar esto en su sitio —esperaba que el resto de la noche fuera relajada, para compensar un poco el jaleo y el estrés de no poder hacer prácticamente nada por mantener el orden y la paz.



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Mensaje por Kusanagi el Vie 8 Mayo 2020 - 11:56

Se quedó mudo, observándola sin saber qué responder exactamente ante todo aquello. ¿Era injusto? Era injusto. Se suponía que debía sentir cierto enfado o molestia, pero de un momento a otro Abigail había conseguido apaciguar sus ánimos como quien amansa a las fieras. La disculpa había sido sincera aunque siguiera creyendo haber hecho lo correcto, sumado al conjunto de acciones... bueno, simplemente tendría que dejarlo pasar. No pudo sino limitarse a asentir cuando se ofreció a buscar algo con lo que limpiar todo ese desastre; las curas no eran especialmente limpias y había gasas manchadas junto con algunos restos de sangre sobre la mesa.

La miró de reojo mientras salía, cerrando la puerta, antes de soltar un largo y pesado suspiro y echar la cabeza hacia atrás para apoyarla contra la pared.

—Las mujeres hacéis conmigo lo que queréis... —musitó, observando el techo mientras mantenía las manos hacia el frente para no manchar nada más—. Al menos ha salido todo bien.

La rubia apareció pocos minutos después cargada de productos de limpieza. Había conseguido un cubo, esponja, trapos e incluso papel para él, el cual aceptó rápidamente para quitarse la incómoda sensación de tener las manos manchadas. No es que fuera un remilgado, pero la sensación de suciedad no era nada agradable. Bastante tenía con lidiar con ella cada vez que emprendía misiones en terrenos más hostiles que aquel observatorio. Una vez terminó de limpiarse la sangre como buenamente pudo, empleando también uno de los paños humedecidos, se dispuso a ayudar a Abigail con la mesa y la recogida de perdigones.

Alzó la cabeza al escuchar su ofrecimiento. Su expresión cambió a una que, quizá, le resultase familiar. Su ceño se frunció y sus facciones se endurecieron, adoptando un aire bastante más serio.

—¿Está intentando sobornarme, señorita? —inquirió, manteniéndose así durante unos pocos segundos, antes de suavizar la postura y dedicarle una sonrisa—. Estaré encantado de aceptar en cuanto se acabe nuestro servicio, Abi, pero solo si es por pasar un rato agradable en buena compañía; no hay nada que arreglar.

Total, el mosqueo que pudiera haber surgido en él se había esfumado por completo, aún sin tener muy claro si había sido por el razonamiento que le había planteado o si, por el contrario, se había dejado embaucar por los buenos gestos y la actitud tan pura que tenía la cazadora. En fin, ¿qué más da? No tenía mucho sentido darle vueltas a aquellas alturas de la noche y no le haría el feo de rechazarle una copa o dos. Después de la guardia que habían tenido no estaría de más relajarse un poco.

—Sí, vamos a ello. Además, en mi búsqueda del falso Lennart he tenido que convencer a los investigadores de que estábamos actualizando los datos de algunos de ellos. Si no queremos levantar sospechas habría que hacer un poco el paripé —sugirió, tomando el cubo y algunos de los paños sucios—. Con pillar a dos o tres será suficiente, después podremos seguir con las últimas rondas tranquilamente.

Y así sería. Tras asegurarse de que nadie les viera salir del despacho del director del observatorio, así como después de haber dejado los utensilios de limpieza bien limpios y ordenados, Kusanagi se dispuso a sacar su pequeño listado e ir llamando a los investigadores de forma aleatoria. Se ayudó de Abigail para hacer aquel falso trámite burocrático más creíble, aunque no pudo evitar colar alguna pregunta estúpida como «¿Dónde acostumbra a irse de vacaciones?» o «¿Tiene usted alguna mascota?» con el fin de animar un poco el proceso. Repetirían el proceso con unos pocos científicos, alguno de los cuales saliendo bastante confundido de tan absurdo interrogatorio, no llevándoles más de una hora.

Hecho esto, el pelirrojo propondría volver al patrullaje normal, dejando que liderase ella lo que restaba de noche como «castigo» por su temeridad. En compensación, sin embargo, le explicaría la naturaleza de sus poderes. Quizá se lo estuviera preguntando, y es que había caído en la cuenta de que no le había comentado nada sobre las capacidades de su fruta del diablo.

—Es bastante útil —estaría comentando—. Como has podido comprobar no me permite únicamente generar sonido o controlar el mío propio, sino también el de los demás. Aunque, si te soy sincero, a veces echo de menos poder nadar. Ir a la playa no es tan satisfactorio si no puedes disfrutar del agua, ¿sabes? —se lamentaba, casi haciendo un puchero.

Antes de lidiar con las últimas rondas había avisado a la agencia de que necesitarían un médico para atender a su compañera, el cual les habían confirmado que estaría disponible una vez terminasen su turno. Saberlo había calmado las preocupaciones que pudieran quedarle al agente. Cuando Poland y Roppen volvieron para darles el relevo, el cansancio era bastante patente en el pelirrojo. Necesitaba un café bien cargado.


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Mensaje por Abigail Mjöllnir el Sáb 9 Mayo 2020 - 13:08

Era la misma expresión que había usado antes, y la beata solo pudo suponer que era de nuevo una broma como antes.
Me vale también —le vendría bien relajarse después de aquel encargo tan... estresante. No pensaba que lo hubiera hecho mal, pero los encargos tan "sigilosos" no eran lo suyo, era cierto que Abigail era una mujer de paz, pero también era verdad que en cuanto a su trabajo era una mujer de acción y ruido.

El resto de la patrulla fue bastante bien, tuvieron que hacer algo de teatrillo para justificar lo que les había dicho Kus durante su búsqueda del falso científico pero nada que no pudieran manejar. El resto de la patrulla fue bastante bien. Abi lideraba la patrulla y de vez en cuando comprobaba que los prisioneros estuvieran debidamente inmovilizados. Dado que no encontraron más problemas, la beata tuvo el detalle de juntar sus manos y rezar por el pobre civil que había muerto, eso sí, tuvo cuidado de vigilar que no la viera nadie del observatorio.

Entonces por eso no ha sonado nada —recordó el primer golpe que recibió el agente, así como la falta de sonido dentro del despacho, era un poder bastante útil —. Apenas he nadado en mi vida así que no noto demasiado la diferencia —dijo. Al contrario de lo que pudiera parecer, dentro de un convento apenas había tiempo libre, menos aún si era de clausura como el suyo.

Después de darles el relevo a los agentes originales del observatorio -fuera del recinto ya- Abi buscó con la mirada, localizando a un agente que se dirigió a ella.

—¿Abigail? El Agente Kusanagi ha pedido un médico para ti, si puede hacer el favor de seguirme.
Quizá deberías venir, Kus, voy a entregarlos a todos ya —le dio una palmadita en la espalda y siguió al nuevo agente, que la llevó hasta un pequeño edificio que estaba a unos cien metros del observatorio. Al pasar dentro se encontró con una sala de espera, con dos agentes esperando ahí.
—¿Ha ido bien? —preguntó uno de los agentes.
Sí, aquí tienen a los intrusos —desplegó de nuevo el Territorio de su Akuma y dos de sus habitantes salieron arrastrando a los intrusos con las cuerdas, dejándolos ahí para que los agentes realizaran el arresto —. Uno de ellos es Usuario de akuma dimensional, yo tendría cuidado —avisó y, justo después, salió uno más con el cadáver de Lennart, el civil que había caído —. Quizá quieran discutir esto con el agente Kusanagi, lo encontré así en el almacén, estaba oculto —dijo, dejando esas labores al agente real que había estado con ella.

—Bueno, vamos, creo que tenemos una herida punzante que arreglar —dijo el doctor, asomándose, instándola a que entrara de una vez y despejara la zona a curar.

Dejó a los agentes en la sala de espera y se metió dentro de la consulta, aunque se olvidó de cerrar la puerta del todo. Siguiendo las instrucciones del doctor, Abi se quitó la chaqueta y la camisa, dejando ver el trabajo de vendaje apurado que había recibido. El doctor suspiró, hizo que la monja se sentara en un taburete -quedaría de espaldas a la puerta- y procedió a retirar el vendaje. Evidentemente, la herida volvió a sangrar. Abi se quejó con un gruñido que se convirtió en un pequeño grito cuando empezaron a entrar los líquidos para su desinfección -el agua oxigenada y alcohol-.

No confío demasiado en el puñal que me clavaron... ¿puede hacer algo? —su doctor asintió, entendiendo a qué se refería. La cazadora se relajó, dejando que la aguja atravesara su piel para ponerle la vacuna.
—Oye... ¿Cómo te has hecho lo de la espalda? —preguntó al moverse y ver lo que podría ver cualquiera que cotilleara un poco por la puerta: una marca de quemadura bastante grande en la espalda que, si bien no la cubría entera, sí que llegaba a los tres cuartos perfectamente. Se podía ver porque Abi se había movido el pelo hacia delante, para despejar por completo la zona a tratar.
Un trabajo complicado —no dijo más, con eso era suficiente.

Mientras estaban vendándola apareció otro hombre que decía ser un emisario del que había hecho aquel encargo en primer lugar. Éste se disculpó por la falta de pago en efectivo y, a cambio, le entregó a la novicia un catalejo. Era... antiguo, y excepcionalmente bonito. Además, le aseguraba que era un catalejo muy especial, aunque no supo entender a qué se refería.

—Ya casi hemos acabado, aguanta un poco más.
¿Luego podéis dejarme sola un momento para que me cambie? Llevo demasiado tiempo con este traje.

Cuando acabara el tratamiento haría que una de sus habitantes le sacara su hábito, así podría vestirse y poder ser ella misma otra vez. Luego... saldría de la clínica, y ya que había recibido su "pago" tendría que cumplir su promesa con el agente.



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Muñecas firmes de tanto sostener biblias en cruz: Fuerza +1 al utilizar armas de fuego usando sus dos manos. Esto es aplicable siempre que no tenga influjos externos, ya que si golpean este arma siguen debiéndose enfrentar las fuerzas.


*Las habilidades pasivas y Power Ups están resumidos, en la ficha está su descripción completa.

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Abigail Mjöllnir
Abigail Mjöllnir

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Mensaje por Kusanagi el Dom 10 Mayo 2020 - 2:55

Tras el relevo no tardaron en ir a buscarles, de un modo relativamente discreto. Era temprano por la mañana y muchos de los científicos ya se habían marchado a sus hogares a descansar, siendo relevados por sus compañeros del turno matutino. Agradeció que el médico estuviera preparado a la salida y es que, por mucho que hubieran tratado la herida de Abigail, no se sentía tranquilo sabiendo que aún debía estar perdiendo sangre. Los agentes del Cipher Pol recibían una instrucción rápida sobre primeros auxilios cuando les formaban como iniciados, pero no eran más que conocimientos superficiales para poder salir del apuro en momentos de necesidad; los auténticos médicos de combate solían encontrarse entre las filas de la Marina.

Kusanagi asintió ante la indicación de la cazadora, siguiéndoles hasta lo que identificó como una especie de enfermería. Probablemente se tratase del médico de la isla que, esperaba, fuera lo suficientemente discreto.

Abigail fue llamada por el doctor una vez sacó de su interior a los tres maleantes que habían asaltado el observatorio. Estaban correctamente amordazados, por lo que no tenían forma alguna de escapar y menos aún con tres agentes junto a ellos. Sus dos compañeros dieron buena cuenta de ellos, manteniéndolos en un rincón de la sala de espera constantemente a la vista para que no pudieran hacer nada extraño. El cuerpo de Lennart, por otro lado, quedó oculto en una sala contigua, con una manta echada por encima para que no pudiera verse directamente el cadáver.

—¿Qué ha ocurrido exactamente? —preguntó el que parecía tener una graduación más alta, aunque no tenía claro si era superior a la suya propia.

—Abigail dio con el cuerpo del investigador en la sala de archivos. Al parecer ese hombre —señaló al «bolsillos»— se hizo pasar por él para acceder al observatorio. Imagino que le atraparía antes de que este llegara al observatorio y se haría pasar por él tras asesinarlo. Sus colegas científicos no parecen haberse percatado del cambiazo, en cualquier caso. —Se guardó las manos en los bolsillos, clavando su mirada durante unos instantes en la puerta que habían cruzado la monja y el doctor—. Llevaba una mascarilla médica y mantuvo oculto su rostro con ella con la excusa de encontrarse mal. También aprovechó esa coartada para hacer varias incursiones por el recinto e ir soltando a sus socios.

El pelirrojo volvió a mirar a su compañero, quien se mesaba la perilla con gesto pensativo.

—Ya veo —dijo al fin—. Se trata de una pérdida que difícilmente podían predecir. Además, me imagino que ya se habría infiltrado incluso antes de su llegada. —Kusanagi asintió—. Avisaremos al departamento de inteligencia para que encubran el asesinato. Se dirá que han sido causas naturales por esa extraña enfermedad que decía padecer el intruso.

—Razonable —secundó él.

—Buen trabajo, agente. Tanto usted como la señorita Mjöllnir han cumplido con las expectativas. Nosotros nos encargaremos del resto de trámites y de los interrogatorios salvo, claro está, que quiera estar presente.

Hizo una mueca. Sabía de buena mano que lo más probable es que fueran a usar métodos poco ortodoxos para obtener cualquier dato útil, lo que normalmente implicaba torturas y amenazas. Prefería no estar presente en todo ese proceso, así que negó con la cabeza.

—Ha sido una noche bastante larga y movida, así que me aseguraré de que mi compañera se encuentre bien y terminaré por hoy.

Los contrarios asintieron y se dispusieron a marcharse junto con los tres criminales, no sin antes indicarle que habían traído sus pertenencias a la clínica y que mandarían al emisario con las recompensas de aquel trabajo.

Kusanagi aguardó a que los cinco hombres salieran de la sala y se dispuso a esperar en uno de los asientos. La verdad era que todo había salido mucho mejor de lo esperado, aunque no podía dejar de lamentar la muerte de Lennart ni que su compañera hubiera salido herida. Por suerte no había sufrido daños demasiado graves, aunque habría preferido haber sido él quien los recibiera; era una civil a su cargo, después de todo, por mucho que tuviera una licencia que la acreditara para ese tipo de tareas. Se quedó en silencio, pensando en ello, reparando en el detalle de que la puerta había quedado ligeramente entreabierta. Se había dado cuenta al percibir de forma más o menos nítida la conversación que mantenía Abigail con el doctor.

Curioso, dejó su asiento y se aproximó en silencio hasta la apertura, asomando su ojo bueno por la pequeña apertura. Quería cerciorarse de que todo fuera bien y que la mujer se encontrase en plenas condiciones, por mucho que cualquiera que le viera pudiera pensar que no era más que un mirón. Al principio, todo cuanto vio fue la espalda del doctor, aunque esto cambió pocos segundos después. Durante los instantes en los que no fue capaz de apartar la mirada, pudo apreciar con bastante nitidez la espalda desnuda de la cazadora. Unas terribles cicatrices la recorrían en buena medida, hasta el punto de encoger el corazón del agente. Él tenía sus propias cicatrices, pero ni siquiera habiéndose convertido en un colador humano poseía una tan grande.

Apartó la mirada con rapidez en el momento en el que vio que ladeaba el cuerpo. «Has mirado suficiente, Kus», se dijo, volviendo a su sitio. Quizá le preguntase más tarde, cuando le invitase al trago que le había prometido, aunque tendría que reconocer que había espiado un poco. Al menos podría argumentar que había visto bastante menos que cuando le realizó la cura, ¿no?

—Perdone el retraso —dijo repentinamente un hombre que acababa de entrar al lugar—. ¿Es usted el agente Kusanagi Yu?

—Ese soy yo —respondió, poniéndose en pie—. Imagino que es usted el emisario del demantande.

—Efectivamente. Vengo a agradecerles a usted y a su compañera la labor que han hecho, y ha recompensarles con unos pequeños obsequios —admitió, señalando un maletín que llevaba en la mano derecha.

—Por mi parte no es necesaria recompensa alguna, tan solo hago mi trabajo. —Hizo un gesto con la mano, quitándole importancia—. Puede entregárselo a mi compañera.

El hombre arqueó una ceja ante aquella respuesta, tras lo que no pudo reprimir una carcajada.

—Es usted humilde, señor Yu, eso le honra. Sin embargo, mi jefe ha sido bastante específico en que debo entregarle parte de la recompensa a usted y solo a usted —aseguró, sacando una pequeña cajita del interior de su gabardina—. Cree que le será de valor a la agencia en un futuro próximo. El otro obsequio se lo daré a su compañera sin reparo alguno.

—Está bien —aceptó, a regañadientes, tomando la caja. Señaló la puerta de la consulta con la mano libre—. Abigail se encuentra en esa sala, así que puede ir a hablar con ella si quiere. Tan solo pida permiso antes de entrar, no vaya usted a ver lo que no debe.

«Menudo hipócrita eres, Kus». El buen hombre asintió y se despidió, dejando al pelirrojo solo nuevamente en la sala de espera. Observó la caja, que parecía de una manufactura bastante refinada, muy similar a las que se usaban para anillos de pedida, pendientes y joyas varias. Abrió la tapa con no poca curiosidad, tomando entre sus dedos el extraño objeto: una chapa de un Jolly Roger que no le sonaba de nada. ¿Se trataría del de una nueva banda pirata? ¿Quizá el de alguna tan antigua que ya no figuraba en los registros? «Tal vez pueda averiguar algo en Enies Lobby».

Sin más se guardó la caja y fue a por sus cosas, cambiándose de ropa en la propia sala de espera. No es que estuviera incómodo, pero no sería lo suyo ir por ahí con una camiseta chamuscada. Además, con su ropa se sentía más a gusto. Después de ello se limitaría a esperar a Abigail; tenían un compromiso que cumplir antes de plantearse el abandonar la isla.


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