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Palabras predestinadas [Pasado][Privado]

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Mensaje por Prometeo el Vie 17 Abr 2020 - 18:58

Trabajó muy duro para que Blacktown pudiera tener la paz que siempre había tenido, y había conseguido un buen acuerdo con las tribus barbáricas del norte. Incluso había conseguido información valiosa sobre su enfermedad degenerativa. Pero aún había trabajo que hacer, y es por ello que se dirigía con paso firme a Minerva Village. Según el mapa que había conseguido en Blacktown, se trataba de una pequeña villa costera y había averiguado que en ella no vivía demasiada gente ni era extraordinariamente rica. También había escuchado que había brotado una extraña enfermedad que aquejaba a los niños, afectando directamente su sistema inmunológico. La doctora Virginia Monsalve le había pedido que les ayudase puesto que ella no podía permitirse un viaje tan largo, de lo contrario, ¿quién ayudaría a los heridos y enfermos en Blacktown?

Refugiado en la gruesa capa de lana negra, el joven revolucionario hacía frente a la fría ráfaga de viento proveniente desde la costa. Mecía con violencia su cabello y enfriaba tanto su nariz como sus orejas. La chaqueta que llevaba bajo la capa no estaba hecha para un clima como ese; menos mal le habían regalado el abrigo. Y también contaba con la cálida bufanda de la señorita Brianna. ¿Deshacerse de ella? Jamás podría insultar así a una persona. Unos aros en forma de sol colgaban de sus lóbulos, y un sombreado rojizo se dibujaba bajo sus ojos extraordinariamente azules. En el maletín llevaba su equipo tanto de cocina como de médico. Si bien aún no era un doctor brillante, poseía el conocimiento suficiente para atender muchas dolencias patológicas.

La carreta se detuvo en la entrada del pueblo y el hombre a cargo, un señor entrado en carne y de sonrisa amistosa, se volteó hacia el pasajero.

—Lo siento, chico, más me vale no entrar ahora mismo a la villa… He oído que unos piratas han atracado aquí su barco y no parece ser un lugar demasiado seguro. Te deseo suerte, y de verdad espero que puedas ayudar a esos niños.

—Gracias por su amabilidad, señor Hopkins. Tenga un viaje de regreso seguro.

Prometeo se bajó de la carreta y, tras despedirse del hombre, contempló el pueblo que se alzaba frente a él. No pudo ver demasiadas casas, y una buena parte de estas no estaba en buenas condiciones. Pudo ver orificios y tablas resquebrajadas, incluso había algunas que no tenían techo. Dio un paso hacia el frente y notó que su zapato se hundía en el barro, aunque no le importó en lo absoluto. Solo era un zapato. Caminó con la espalda erguida y se adentró en Minerva Village, esperando encontrar a cualquiera que pudiera decirle algo más sobre la enfermedad que azotaba el pueblo.

—Debí haber traído un paraguas… En cualquier momento comenzará a llover —susurró para sí mismo, dejando escapar un suspiro.
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Mensaje por Astartea Shikei el Vie 17 Abr 2020 - 20:25

Aquel lugar seguía teniendo la capacidad de asquearla, era sin duda el vivo recordatorio de unos tiempos en los que definitivamente no quería pensar.

Mientras el carruaje atravesaba toda aquella zona hasta llevarla a su destino, no pudo evitar pensar que seguía siendo irónico todo lo que aquella ciudad aun pensaba en ella. Astartea Von Castle seguía siendo parte de su historia, y su familia una de las crestas más importantes de todo aquel paraíso de oro y sangre. Los dos cuervos seguían estampados en oro y plata en aquellas puertas y aunque apreciaba un transporte cómodo no sabía exactamente el motivo de aquel viaje.

Le habían dicho algo sobre piratas en una villa tranquila, pero había sido la última de las razones de que estuviera en aquel lugar. Aunque no iba a negar que ir por un asunto de la marina siempre era más sencillo que decir que no sabes porque andas vagando por esa clase de lugares.

El carro se para a la entrada del pueblo, es consciente de todas y cada una de las miradas que ponen en ella, y la dama acepta la mano del cochero que la baja con esa calma tan suya.

Astartea es una de esas mujeres de belleza etérea, que parece pausar el tiempo cuando la miras demasiado o hacer que vaya demasiado deprisa si ella te mira a ti. Va de negro, está acostumbrada a que sea así cuando va a ese lugar. La mullida capa cae sobre su cuerpo de forma suave, abrazando su figura y el vestido del mismo tono no llega a rozar el suelo.

Quizás es esa mezcla lo que realza su piel blanca como la porcelana, su cabello en bucles como plata trenzada o sus orbes como los suaves pétalos de una rosa. Es tal vez ese toque de melancolía que parece realzar su mirada, o el que se adentre en ese lugar con un bolso cruzado y un paraguas moviéndose entre sus dedos como si dominara cada trozo que pisara.

Noble, quizás demasiado, pero nada de eso impedía que fuera a adentrarse sola en aquel lugar.

No era la gran cosa, pero nada de eso fue lo que llamó su atención, lo que lo hizo fue un hombre que al parecer y como ella, hacía poco que acababa de llegar.- Tenga cuidado caballero, el tiempo en esta zona siempre es inestable.- Ella que se había criado entre la bruma de aquella tierra, en la lluvia que amenazaba con soltar aquellas nubes, le ofreció tranquilamente aquel paraguas al caballero.

-Uno debe tener cuidado o podría resfriarse.
- Pequeñas gotas comenzaron a caer, empezando un susurro que se rompía contra el suelo. Astartea solo debe tirar suavemente de la capucha de aquella túnica, esconder aquella maraña de plata entre su sedosa tela y sonreír de aquella forma que parece prometer el cielo en cada trazo.

Bueno, no vamos a negar que había sido un cambio agradable, si iba a dar una vuelta por la zona, a lo mejor le compensaba tener alguien de buen ver en vez de a su cochero. Le resultaron curioso sus ojos, su cabello similar al de ella, quizás algo más cálido incluso, y se dio cuenta de que era peligroso.

Todo el que le pareciera curioso, acababa siéndolo.
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Mensaje por Prometeo el Sáb 18 Abr 2020 - 6:29

Tenía los zapatos ya embarrados y la ráfaga de viento arrastraba pequeñas gotas de agua proveniente de la costa que chocaban con su pálido rostro, llevando consigo el aroma del mar. Volvía a agradecer vestir una gruesa capa de lana y la bufanda de la señorita Brianna. Fue entonces que se volteó al escuchar el sonido de una rueda sobre la tierra, siendo golpeada una y otra vez las piedrecillas del camino. Se encontró con un carruaje perteneciente a la alta clase, preguntándose qué podía buscar un hombre de alta cuna en un pueblo tan remoto como ese. Sin embargo, del vehículo no apareció ningún ostentoso duque con aires de superioridad, sino una jovencita de largos cabellos blancos y cautivantes ojos rojizos, luciendo prácticamente como un verdadero ángel.

La desconocida le ofreció su paraguas al joven revolucionario con una amabilidad incuestionable. Luego, las nubes estallaron en una violenta lluvia que azotaba English Garden. Pensó en rechazar la oferta de la chica puesto que lo último que quería era dejarle sin protección, pero se le ocurrió una idea mejor. Cuando cogió el mango del paraguas sus fríos dedos rozaron los de la chica.

—Si me lo preguntase, preferiría que usted se refugiase de la lluvia en vez de ayudarme a mí —respondió con una voz tosca e inexpresiva, incluso aburrida. Abrió el paraguas y se aseguró de que más de la mitad de este cubriese a la chica—. Pero no quiero faltar a su amabilidad, así que permítame compartirlo con usted. No me sentaría bien dejarle recorrer el pueblo bajo la lluvia sabiendo que me ha cedido su paraguas.

Cada vez que presenciaba un detalle como ese, un acto desinteresado y rebosante de bondad, una cálida sensación brotaba desde lo más profundo de su pecho. Había conocido a seres humanos egoístas y crueles, tocados por la mano de la oscuridad, pero incluso estos podían ser alcanzados por la luz si es que alguien les mostraba el camino. Además, cómo perder la fe en un mundo donde la mayoría de las personas eran buenas y amables como la chica que le había ofrecido su paraguas. Prometeo creía que nadie en todo el mundo actuaba en desmedro del prójimo sólo porque su naturaleza fuese maligna; siempre había una respuesta a ese comportamiento, así como una forma de guiar a los que perdían su propia brújula.

—Soy Prometeo, por cierto —agregó después—. La gente de este pueblo necesita ayuda médica, ¿también ha venido por eso, señorita…?

Independiente de si respondiese o no, el joven revolucionario le invitaría a caminar por las embarradas calles de la villa en busca de una posada, incluso de una taberna. Cualquier cosa que sirviera para calentar los huesos y pasar la lluvia era bienvenida. Además, así podría devolverle de alguna manera la amabilidad con la que había actuado.
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Mensaje por Astartea Shikei el Sáb 18 Abr 2020 - 20:21

El frío contra su piel no fue algo que le pasara desapercibido. Sus ojos miraron levemente sus manos, luego subieron hasta chocar con los suyos. Eran colores opuestos y contrarios, el de ella un tono cálido y suave, el de él frío y duro. Sin embargo algo en ella decía que sus personalidades no correspondían demasiado a esa descripción en ninguno de los casos.

-Me he criado en este país, la lluvia hace tiempo que es incapaz de matarme, puedo asegurárselo.- Una suave sonrisa pintó sus labios, mirando el paraguas cubrirlos a ambos, pero a la vez asegurándose de que la tapara más a ella.- Me parece adecuado, me tomaré la libertad de agarrarme a usted.- Dicho y hecho, la mujer pasaría suavemente los dedos de sus finas manos por su brazo, afianzando un agarre tranquilo, antes de mirarle de nuevo a los ojos con aquella suave sonrisa.- Aunque estoy acostumbrada al barro, prefiero evitar la caída.- Le gustaba mantener un suave contacto con la gente, ver cómo reaccionaban a aquello, cómo se movían cuando ella se movía.

Astartea era una de esas personas que retenía el calor, con un tacto cálido con suave deje a un extraño terciopelo. Aunque su piel y ella eran enemigos mortales del sol, no era como si fuera un bicho que solo viviera para sobrevivir en el frio, aunque sus años en aquella tierra habían conseguido evitar que su cuerpo sufriera por sus cambios de clima.

-Soy Astartea, es un placer Prometeo.
- Inclinó suavemente el rostro a modo de una cortés y suave reverencia, dejando caer suavemente los párpados, pestañeando de forma relajada antes de analizar sus palabras.- Siéndole sincera, no era consciente del estado de este lugar, he pasado… Bueno, tenía asuntos que atender.- Desviando suavemente el tema al final, apartando la mirada como si fuera un tema que no sabe si desea tocar exactamente, sus labios muerden suavemente sus labios con algo de incertidumbre.- Pero bueno, mi deber como médico me impediría irme de aquí sin ayudar a esta pobre gente.- Una sonrisa algo más animada, una expresión afable y está todo listo.

Vamos a evitar el hecho de que su retorcida y macabra curiosidad médica había entrado en juego.

Se perdieron por las calles en un pequeño paseo, antes de encontrar no demasiado lejos una pequeña pero cálida posada. La mujer caminaba de manera tranquila a su lado, mientras le preguntaba cosas al hombre, saciando esa curiosidad tan podrida que podía llegar a sentir la dama.- ¿Puedo preguntar por la situación? Me gustaría saber cuál es el plan al que me enfrento.-Ladea el rostro, mirándole con cierta curiosidad, uno de los cabellos de plata se escapa suavemente de la capucha, rozando su mejilla.

Era el momento de escuchar la razón de que un hombre como él estuviera interesado en la salud de un pueblo perdido de la mano de Dios. Era guapo, no lo vamos a negar, bastante alto, incluso aunque Astartea pasara el metro setenta con aquellos botines, pero tenía aquel rostro frío y neutro del que la gente había huido cuando ella lo había mostrado. Quizás él si guardara sentimientos nobles detrás de algo tan plano.

Pero puedo aseguraros que lo único noble en ella, es su título.
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Mensaje por Prometeo el Sáb 18 Abr 2020 - 21:38

Ninguna expresión nació del impávido rostro del revolucionario cuando la hermosa chica se aferró de su brazo, aunque se sentía bien por poder ayudarle. Y entonces, comenzó a caminar. Cada pisada que daba provocaba ese incómodo sonido que surgía al pisar con el calcetín empapado. A medida que avanzaba por la pequeña villa se preguntaba cómo lo hacían las personas para sobrevivir a esas lluvias torrenciales. Había agujeros en los techos y el frío se colaba por las grietas de las paredes. Nadie merecía llevar una vida tan indigna, pero conociendo la situación política de English Garden tampoco debía impresionarle demasiado que hubiera gente viviendo en esas condiciones. Todo se concentraba en la gran capital, mientras que los pueblos interiores eran azotados por la pobreza o, en algunos casos, por las tribus barbáricas del norte.

A pesar de que su rostro no había simulado el más mínimo gesto, por dentro se alegraba de conocer a otra doctora como la señorita Brianna. Y el que estuviera ella en el pueblo suponía buenas noticias para la gente. Era probable que no hubiera más de medio centenar de niños afectados, así que entre dos médicos el trabajo se realizaría rápida y eficazmente. Prometeo llevaba todo lo necesario en el maletín que cargaba con la mano derecha, mientras guiaba a Astartea con el brazo izquierdo. Y entre la tormenta, eran los únicos dos aventurados que caminaban bajo la lluvia en busca de un sitio en el que refugiarse. La joven de cabellos blancos había presionado involuntariamente el botón de curiosidad que tenía el revolucionario, y ahora quería conocer más de ella.

—Entre los dos podremos ayudar a todos los niños que lo necesitan —contestó, esbozando por primera vez una sonrisa genuina y cálida que no acababa de entonar con su estampa de chico frío y distante.

Se detuvieron frente a un edificio de madera algo más apartado del centro de la villa. Un pequeño balcón se dejaba ver en la fachada principal, en la segunda planta. Y una puerta ancha y alta les esperaba, como queriendo invitarles a entrar. Incluso desde fuera podía oler la leña abrazada por el fuego, y escuchar una suave melodía de piano que escapaba libremente por donde pudiera. Un cartel desgastado se dejaba ver sobre la entrada: «Tres Flores». Prometeo se apresuró en alcanzar el pomo de la puerta y girarlo, invitándole a su acompañante a pasar primero, sin quitar el paraguas.

Una vez dentro, el revolucionario fue golpeado por una reconfortante ola de calor y desvió la mirada hacia el anciano que tocaba el piano, como si estuviera dando un concierto a un público de una sola persona. O, mejor dicho, un público de un solo perro. Los vellos de su cuerpo se erizaron y su piel se puso de gallina al escuchar de cerca la melodía que entonaba el caballero. Y en un rápido vistazo, Prometeo exploró el interior del hostal. Había una pequeña recepción que daba hacia el salón principal. En este había un par de sillas y mesas, además de una barra con distintas botellas tras ella. Y en lo más lejano se veía al hombre tocar magníficamente el piano. A pocos pasos de la entrada estaba la escalera que seguramente conducía a las habitaciones.

Entonces, el músico interrumpió la melodía cuando notó las miradas de los recién llegados. Una sonrisa se dibujó en su rostro y miró a los jóvenes con sus rasgados ojos grises. Las arrugas tanto en su frente como en sus mejillas marcaban el paso del tiempo como una verdad innegable. Y el perro, una criatura tan negra como la noche más oscura y alta como un lobo, meneaba alegremente la cola.

—Lo siento, lo siento, no les escuché llegar. ¿En qué puedo ayudarles?

Le parecía una falta de respeto hablar por los dos, aunque se arriesgaría en hacerlo.

—Buscamos hospedaje, señor, y también un lugar donde secar nuestras capas. También me gustaría saber más sobre la enfermedad que aqueja a los niños de la villa; quiero hacer todo lo posible para ayudarles.

El rostro del hombre se iluminó, como si le hubiera golpeado un rayo de sol, y entonces se acercó a la pareja. Miró detenidamente a los muchachos y luego volvió a sonreír.

—Permítanme sus prendas, jóvenes, y pueden dejar sus zapatos allí. —El posadero indicó una caja de madera que estaba junto a la entrada—. Soy Hugh, un gusto. Enseguida les traigo toallas para que puedan secarse, mientras pueden sentarse en cualquiera de las mesas. Lamento decirles que la hora del almuerzo acabó, aunque seguramente puedo encontrar algo en la despensa… Vuelvo enseguida, espérenme, por favor.

—Es usted muy amable, señor Hugh. Gracias —respondió el revolucionario y caminó hasta el salón. Entonces, escuchó la pregunta de Astartea y adoptó una postura pensativa—. Seguramente se habrá dado cuenta de que no estoy completamente informado acerca de la enfermedad, aunque he escuchado que se trata de una gripe traída por los piratas. Ataca a los más débiles, principalmente a los niños. Me gustaría contar con su ayuda en esta labor, señorita Astartea.
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Mensaje por Astartea Shikei el Dom 19 Abr 2020 - 0:45

Astartea era consciente de lo que solía causar en la gente. Casi como si empezara a leer un libro a medida que ellos la miraban, reaccionaban o actuaban. Prometeo no era diferente, y aunque era difícil leer sus emociones en aquel rostro tan inexpresivo, era capaz de saber que algo sí que le picaba al verla. No indagó mucho más en todo aquello, siguió caminando disfrutando de aquel paseo que le traía a la mente recuerdos que alejar. Prefirió centrarse en el agarre, en el sonido de las pisadas y en la lluvia, en lo que fuera menos en su mente.

Y antes de que todo escalara demasiado deprisa, presionó ese botón en su cabeza que la alejaba de la humanidad.

Sus palabras hacen que le devuelva la misma sonrisa, mientras que piensa que los niños son sin duda una carga inútil a corto plazo, pero interesantes a largo. Ayudarles no es un problema para ella, y desde hace tiempo sabe que tiene probar con puntos diferentes para que su Akuma pueda desarrollarme. Sin embargo se encontró interesada en su sonrisa, en ese cambio que no entonaba con aquella seriedad y crudeza.

-Estoy segura de que podremos con ello.- Le devolvió la sonrisa, animada, deteniéndose al ver finalmente el lugar donde iban a poder entrar a secarse un poco.

Entró con calma, disfrutando de la calidez del lugar mientras retiraba suavemente la capucha, retirando sus cabellos hacia atrás. Disfruto de la suave música, mientras que comenzaba a observar el lugar. Sus orbes de sangre pasaron por cada rincón, por cada lugar, y aunque normalmente la gente como ella debería sentirse incomoda en un lugar así, las cosas materiales aburrían a Astartea.

Deja que Prometeo hable, mientras comienza a retirarse el abrigo con calma. El calor comienza a llegar a su cuerpo, a su suave y fina figura cubierta por aquel vestido negro tan sencillo pero elegante. Con la falda de volantes hasta la cadera, marcando una estrecha cintura, las mangas largas y el suave escote redondo, era un contraste llamativo contra su piel blanca o su cabello de plata.-Es usted muy amable.-Le tiende el abrigo con calma, aunque no se separa de su bolso lo deja encima de una de las sillas cercanas a la chimenea, se descalza con gusto en un suave movimiento y cierra los ojos disfrutando del calor.

Se agacha levemente, mirando las llamas y durante un instante, al abrir los ojos parece que el rubí que brilla en ellos vaya a mezclarse con el fuego, a riesgo de abrasar todo lo que pueda llegar a su alcance.- Piratas… Ya veo, no tendré problema en ayudarle.- Asiente de forma leve, levantándose finalmente para señalarle la mesa cercana a la chimenea.- He notado antes que tenía las manos heladas, póngase cerca del fuego, le vendrá bien.- Aportándole una silla, mientras que ella misma tomaba otra para sentarse, sin esperar a que se la ofreciera o a cualquier protocolo.

-En breve tendremos que ir a ver a esos niños, aunque espero que el hombre pueda decirnos algo al respecto cuando vuelva, parecía contento de saber que llegábamos
.- Se apartó suavemente un mechón detrás de la oreja, suspirando al darse por vencida en ponerle algo de control. Los bucles de plata caían libres y sueltos, presa de la libertad dada por la humedad de la lluvia. Odiaba no ser capaz de controlar algo tan simple como su propio pelo.
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Mensaje por Prometeo el Jue 23 Abr 2020 - 4:16

Agradeció el gesto de Astartea y tomó asiento frente a la chimenea, frotándose las manos para darse algo de calor. Pensó en los piratas y se preguntó qué buscaban en un pueblo tan pequeño como ese. No simpatizaba precisamente con una facción que representaba el caos, aunque tampoco les despreciaba. Prefería creer que habían seguido el camino erróneo porque jamás tuvieron la oportunidad de construir otro diferente. Y, según había dicho el hombre de la posada, eran los culpables de la enfermedad que aquejaba al pueblo. Era común que los hombres del mar acarreasen enfermedades con ellos, males que muchos doctores desconocían y no estaban preparados para enfrentar.

El señor Hugh se acercó con una bandeja y ofreció a sus clientes una taza de té humeante. Luego de dar las gracias, acercó el té a sus labios y le dio un sorbo. Para un paladar ordinario el brebaje estaba bien, pero para alguien con el sentido del gusto tan desarrollado resultaba poco más que agua hervida. Tuvo que reprimir una mueca de decepción, aunque tampoco le fue muy difícil. Estaba acostumbrado a que la gente le diese de comer platillos, bueno, bastante simples. Se contentaba con que no le hicieran vomitar; ese era un buen paso, vaya.

Entonces, el posadero comenzó a contar una historia.

Llegaron en un barco tan lastimado como si hubiera sido azotado por mil tormentas, y siguieron a un hombre hasta el centro del pueblo. Cargaba un niño en los brazos y su mirada sólo reflejaba determinación. Un rugido atravesó el cielo y un fulgor iluminó los rostros de la gente. Vieron humo salir de su mano. Entonces, sus palabras sentenciaron el futuro de la villa: todo quien tuviera conocimiento médico trabajaría únicamente para él y haría hasta lo imposible para encontrar una cura. Los primeros contagiados mostraron síntomas a los tres días, y uno de ellos falleció al quinto. Le llamaban Timmy; tenía sólo tres años. La desesperación no tardó en llegar. Algunos intentaron huir a la capital, pero los piratas no les dejaron. Y con el único doctor del pueblo en reclusión lo único que les esperaba era la muerte de sus niños.

—Los adultos también podemos contagiarnos, aunque somos más resistentes —continuó diciendo el hombre. Poco a poco su rostro sereno y afable se rompía, pasando a expresar desesperación y dolor—. En el mercado dicen que los piratas están malditos y su maldición nos ha afectado a nosotros. Yo no creo en esas cosas, pero si necesito llamar a un sacerdote para ayudar a mi hijo, lo haré.

Prometeo alzó la mirada hacia el señor Hugh y dejó de jugar con la taza, prestando aún más atención a sus palabras.

—¿Su hijo está enfermo?

—Sí…, hace dos días presentó los primeros síntomas… Sin ayuda médica lo único que le espera es la muerte. Lo ayudarán, ¿verdad? —El posadero miraba a los jóvenes con los ojos humedecidos, al borde de las lágrimas. Incluso su voz sonaba temblorosa—. No soy un hombre rico, pero con el paso de los años he ido ahorrando poco a poco. Les daré todo lo que tengo, pero ayuden a mi niño, por favor.

El rostro del albino continuó imperturbable, horrorosamente inexpresivo. Daba la impresión de que nada vivía dentro de él, como si lo hubiera despojado de sentimientos y emociones. Una afirmación como esa tampoco sería del todo errónea, aunque dejaba a un lado un factor importante, un componente que cambiaba rotundamente la ecuación.

—¿Está bien dejar la comida para después, señorita? —le preguntó a su acompañante y luego se volteó hacia el posadero—. Traigo algo de dinero encima, pero tampoco es demasiado… No me siento bien al decir esto, pero lo único que podría pedirle a cambio es un descuento.

—¿Cómo…? ¿Qué? ¿Un descuento, dices? —respondió el señor Hugh, perplejo ante la petición del joven de cabellos blancos—. Son muy pocos los doctores en English Garden y todos ellos cobran una barbaridad… ¿Dices que lo único que quieres es un descuento?

—Señor, salvar una vida no tiene precio.
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Mensaje por Astartea Shikei el Dom 26 Abr 2020 - 15:24

La dama aceptó el té, sin embargo no bebió nada de este. Se limitó a rodearlo con las manos y a dejar que el calor acabara por calentar suavemente sus manos. Dejó a ambos hombres hablar, mientras escuchaba la conversación con calma. Podía notar la mirada del posadero en ella, incluso de la mujer que parecía asomarse con algo de duda ante la conversación que estaban teniendo. Astartea simplemente les miró, ladeando suavemente el rostro.

-No se preocupe Prometeo, no creo que tengamos que quedarnos tanto tiempo por aquí como para preocuparnos de muchas comidas o cenas.
-El posadero retrocedió levemente en cuanto ella se levantó, apartando la silla. La dama albina solo pudo mirarle a los ojos, con una de esas sonrisas ligeramente ladeadas que trastocan tanto su apariencia angelical.- Usted sabe quién soy.- No es una pregunta, es una afirmación directa y el hombre asiente de forma suave, algo apenado incluso.- La viuda de English Garden, la duquesa Von Castle.- Como odia se maldito apodo, y como odiaba a la prensa que se había cebado con esa historia.

Nuestra señorita solo se soba suavemente la sien, esperando no tener que alterarse demasiado con todo aquello.- Este hombre y yo nos encontramos de casualidad, no es mi médico, puede disponer de él todo lo que quiera.- La mujer agarró sus zapatos, comprobando que efectivamente estaban ya secos.- Yo tengo unos piratas que visitar… Si ese niño fue el primero, por muy atendido que esté, si no lo han curado ya, es quien peor debe estar.- Se comenzó a arreglar de nuevo, agarrando la ropa de forma solemne, silenciosa y tranquila, casi como si fuera un embrujo demasiado elaborado.  Finalmente pasó la túnica por encima de sus hombros, atándola con un lazo.

-Me servirá para establecer un cuadro médico sobre la evolución de la enfermedad y descartar posibilidades.- Además, como marine tenía trabajo que realizar en aquel extremo de la ciudad y muchos problemas que solucionar y cuidar.- Prometeo, si gusta quédese aquí a ver a los niños del pueblo… No tardaré demasiado.- Y pobre de los piratas u hombres que pensaran que su apariencia escondía una mujer incapaz de hacer nada. Nuestra damisela comenzó a ponerse manos a la obra y paraguas en mano, se dispuso a visitar a los piratas.

Si ellos habían traído la peste a aquel lugar como si de un triste y temerario jinete del apocalipsis se tratara, ella sin duda, iba a traerles algo mucho peor que la muerte.
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Mensaje por Prometeo el Lun 27 Abr 2020 - 7:37

Quizás estaba pasando por alto una cuestión importantísima, pero no conseguía entender la razón en las palabras de la señorita Astartea. ¿Cómo iban los niños a ser tratados si al menos él no se quedaba una semana entera en el pueblo? Había que detener el avance de la enfermedad, sanarles y comprobar que todo estuviera bien con el paso de los días. No le obligaría a quedarse ni a ayudar a los niños, tampoco se molestaría. El revolucionario sabía que no era quién para decidir por las demás personas, aunque no podía evitar sentir curiosidad en esa chica. ¿El hombre había dicho que era la duquesa von Castle? ¿La viuda de English Garden? Según sabía, los duques eran miembros importantes dentro de una sociedad monárquica, aunque no entendía lo de viuda…

Por otra parte, le dejaría un mal sabor en la boca dejar que la señorita Astartea fuese ella sola a visitar a los piratas. No es que le subestimara o algo por el estilo, sencillamente sentía que debía estar ahí con ella para ayudarle en caso de ser necesario. Era difícil tratar con cuestiones que no podían ser explicadas por la lógica o la razón, pero al mismo tiempo eran las que hacían de la vida algo maravilloso e impredecible. Así que el revolucionario se incorporó y se dirigió hacia la duquesa.

—Quiero acompañarle, señorita, pero no puedo dejar sin atención médica al hijo del señor Hugh… Me sentaría mal saber que, pudiendo haber ido con usted, me he quedado aquí. Sólo necesito unos minutos y luego podré acompañarle en su visita.

Esperaba que la chica aceptase la propuesta del homúnculo, pero de no ser el caso… Bueno, había una vida allá en el segundo piso que esperaba a ser salvada. Los piratas permanecerían un buen tiempo en el pueblo a menos que alguien hiciera algo, en cambio, el hijo del señor Hugh probablemente estaba en mal estado. No necesitaba reconsiderar las cosas, pues la respuesta era tan clara como las gotas de lluvia que escurrían por las ventanas de la posada.

El posadero condujo al médico hasta la habitación de su hijo con una vela en mano. El chico yacía acostado y Prometeo podía escuchar una respiración débil, quejosa, obstruida. Probablemente tenía los bronquios afectados, lo cual podía decir algunas cosas… Se acercó al niño y lo estudió con la mirada. Tenía fiebre y sudaba helado, además estaba muy pálido. Viese por donde se viese esa enfermedad era una gripe de toda la vida, algo que en muchos otros países se trataba con suma facilidad. Sin embargo, tampoco debía sorprenderle que en un lugar abandonado de la mano de dios un tratamiento común fuese incluso desconocido. Afortunadamente, Prometeo llevaba en su maletín unas cuantas pastillas que combatirían la enfermedad.

—Necesito pruebas para saber si es viral o no, pero con mi equipo actual no puedo hacer algo así… Lo que le estoy dando, señor Hugh, no es un antibiótico ni acabará con la enfermedad, pero detendrá su avance y lo más importante: nos dará tiempo a elaborar lo que necesitamos.

—Anti… ¿Qué? Como sea, ¿eso significa que mi muchacho se pondrá bien? —preguntó el hombre con los ojos llorosos.

—Con el paso del tiempo y el debido tratamiento, sí. En caso de que sea un virus, tampoco será necesario un antibiótico y este acabará abandonando el cuerpo. Sin embargo, creo que la gripe no es sino una consecuencia indirecta de la verdadera enfermedad…

En caso de que la señorita Astartea hubiese decidido esperar, le acompañaría a donde ella quisiera. No obstante, si había decidido marcharse sin él… Bueno, aprovecharía el tiempo para tomar nota sobre los síntomas del joven y pensaría en una forma de erradicar la enfermedad.
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Mensaje por Astartea Shikei el Lun 27 Abr 2020 - 17:54

Astartea era una mujer misteriosa, de esas que llegaban y de pronto desaparecen, que solucionaban las cosas de formas demasiado extrañas, pero era sobretodo una persona que cumplía su palabra.

La idea de que aquel hombre la acompañara no fue algo de su gusto, no por nada, sino porque nuestra dama estaba empezando a perder el temple. Eso que parece imposible que parezca, eso que normalmente nunca se borra o quiebra, pero que esta vez la gente está amenazando con poner a prueba una y otra vez.- Esperaré afuera, no tarde… Pero tampoco me hago responsable de lo que vea.- Una advertencia quizás demasiado neutra, unos ojos demasiado parecidos al color de la sangre.

Nuestra dama de cabellos de plata espera tranquilamente a que Prometeo termine con todo aquello, mientras sabe de sobra que tiene que hacer y que va a pasar. La mujer tiene las ideas tan claras como el pequeño mensaje que le deja al hombre y a la mujer. Le hace un gesto para que guarde silencio después de leerlo y nuestra dama esperaría a ver al joven saliendo por la puerta.

-Vamos… La razón de que viniera hasta aquí, fue por los piratas, así que voy a terminar rápido con todo esto y podremos centrarnos, con la distribución de medicamentos adecuada, podre irme pronto.- E irónicamente nuestra señorita tenía la capacidad de crear tantos medicamentos como fueran necesarios, suficientes como para que la gente tuviera una distribución constante. Aunque esa parte prefería guardarla, la última vez un hombre había querido atarla en su sótano para obligarla a reproducir dinero infinito.

Malditos enfermos y sus ansias por hacer dinero sin tener que hacer nada, sin tener que trabajar, y ella que comenzaba a perder las ganas de mantenerlos con vida.

Un tirón de la capucha, un movimiento tranquilo y ella comienza a atravesar las calles como si dominara todos y cada uno de los rincones. La gente comienza a cuchichear a medida que los ve caminar y cuando ven que se acercan a la zona de los piratas, algunos están tentados a pararlo, pero no es como si pudieran simplemente cortar el paso de aquella mujer dispuesta a ponerle fin a todo aquello.

Habían tomado posesión de la zona del ayuntamiento y los edificios más grandes, había gente enferma, heridos. Y aunque Astartea normalmente se hubiera preocupado por todos y cada uno de ellos debido a su trabajo, ahora mismo estaba demasiado centrada en una cosa, ver a aquel niño. Uno de los piratas la para, agarra su brazo y ella se quita la capucha.- Dile a tu capitán que tiene tres segundos para salir a verme…-El hombre comienza a reírse, ella cierra la mano alrededor del brazo del hombre y este grita al ver el brazo en la mano de ella.

Se ha separado de su hombro, lo tiene ella en la mano, pero no hay rastros de sangre o herida.

-Dos segundos, y bajando, caballero… Y no tengo todo el día.- Entre chillidos van a buscarle, mientras ella le devuelve el brazo a su sitio y se limpia las manos. Aun con su metro sesenta y ocho, su menuda figura y su rostro angelical, era una figura imponente. Mano en la cadera, ceño fruncido y deseando darle una reprimenda a todos y cada uno de ellos.

Astartea había llegado para repartir más de un azote al primero que la molestara.


Última edición por Astartea Shikei el Vie 29 Mayo 2020 - 20:51, editado 1 vez
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Mensaje por Prometeo el Sáb 2 Mayo 2020 - 7:38

Un hombre de complexión atlética y una cicatriz que surca en diagonal su ojo izquierdo apareció del edificio medio destartalado. Debía andar por el metro noventa y portaba un largo y afilado sable. Unos ojos rebosantes de furia y de un gris perlado se depositaron en la señorita de pintas angelicales. A pesar del frío, el hombre sólo vestía una capa que ondeaba con el viento y unos pantalones holgados, además de unas chanclas. Un cigarrillo sostenido en su boca despedía constantemente humo. Detrás suyo le seguía un mastodonte tan obeso como grande, puede que de unos tres metros de altura. Tenía una doble papada y sus ojos negros se dejaron caer en los visitantes.

A Prometeo le bastó un vistazo para saber quién era el jefe. Ese hombre de cabello gris y pintas de rudo era el mandamás. Por alguna razón que no se fundamentaba en la lógica sentía que el pirata no era un mal hombre, sólo parecía… desesperado. Por otra parte, tampoco ignoró lo que la señorita Astartea había hecho. Sacarle un brazo a otro hombre con apenas tocarle hablaba mucho de su fuerza, pero el joven homúnculo esperaba que la violencia no fuese a ser necesaria para solucionar el problema.

El pirata le dio una calada al cigarrillo y frunció el ceño.

—¿Qué quieres, señorita? Lenny me dijo que alguien me busca, y aquí me tienes. Darius D. Sharp, Capitán de los Monos Rojos —se presentó sin dejar de mirar a la chica.

El revolucionario había escuchado que los piratas eran gente temible y cruel, prácticamente representaban el mal, pero también había oído otras historias. Amantes de la libertad y aventureros de libro, los piratas rompían las reglas para vivir sus vidas como ellos querían. Ahora, la pregunta era qué clase de hombre era el que tenía en frente. Prometeo se mantenía firme en su filosofía de resolver los problemas mediante el diálogo; no le interesaba la violencia. ¿Cuál era ese propósito? Podía transformarse en un gigantesco ave fénix y ahuyentar a la tripulación pirata con el calor de sus llamas, pero no acabaría resolviendo nada.

—Mi nombre es Prometeo —se apresuró en decir—, un aprendiz de médico. Un hombre me ha contado la situación que vive. ¿Es cierto que ha secuestrado al doctor del pueblo para sanar a un chico?

—¿Y qué si es así? Si la Marina no nos hubiese atacado, mi doctor a bordo seguiría con vida y mi hijo no habría enfermado.

Comenzaba a entrelazar la historia dentro de su cabeza. ¿Cómo podía culparle por intentar salvar a su propio hijo? Por supuesto, no era la forma de hacer las cosas al comprometer al resto del pueblo, pero no le convertía en un demonio.

—Estoy dispuesto a ayudar a su hijo, señor Sharp, pero deje que el doctor que tiene secuestrado cuide al resto de los niños. Hay decenas de padres preocupados por la salud de sus hijos, decenas de madres en la misma posición que usted.

El hombre miró durante unos largos segundos al revolucionario y luego se volteó hacia la chica.

—Escuchemos lo que la señorita tiene para decir.
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Mensaje por Astartea Shikei el Dom 3 Mayo 2020 - 3:16

¿Habría algo en el mundo que pudiera asustar a nuestra dama? Quizás en el otro, teniendo en cuenta sus juegos con la vida y con la muerte, nuestra señorita podía haber llegado a temer más a los fantasmas que a los vivos. A los segundos siempre podías matarlos si te molestaban demasiado, a los primeros podías dejarlos rondar en tu cabeza hasta que te destruyeran.

Por eso quizás se llevó la mano a la cintura, se pasó la mano libre por los cabellos de plata y dejó que los hombres hablaran y contarán. Hasta que finalmente le prestaron atención y entonces nuestra señorita decidió que estaba cansada de todo aquello. Como odiaba aquel jodido país y su manera de sacar todos y cada uno de sus demonios a flote.- Soy Astartea Von Castle, Duquesa de la casa Von Castle, enviada por la Marina para deteneros, quemaros vivos si hace falta, mataros y una larga fila de cosas hasta que lleguen los tres buques, el vicealmirante y algo más si no soy capaz de lidiar con vosotros.- Se miró el reloj con toda la parsimonia del mundo, luego tranquilamente miró a la panda de hombres desconcertados, sorprendidos y hasta cierto punto aterrados.

Claro que sabían quién era aquella mujer loca, nadie que se parara por English Garden durante un tiempo se iba sin escuchar su historia. Igualmente nadie podía ignorar el hecho de que nuestra dama había sido un genio de la medicina reconocido por varios países debido a su pasión por el campo.

-No sé qué clase de azares del destino os ha mandado a un médico como resolución a este conflicto, pero le di tres segundos a tu hombre y te han tomado cinco.
- El hombre cuyo brazo había sido despegado retrocedió, ya que nuestra dama no había usado fuerza, simplemente le había despegado el brazo como si fuera un juguete.- Te doy dos días para que me dejes atender a tu hijo por las buenas, y mi trabajo haya terminado aquí…-¿Le estaba dejando caer sutilmente que como no la dejara pasar y hacer aquello iba a ser peor? Si, también posiblemente le estaba diciendo de forma retorcida que una vez que ella atendiera aquella enfermedad se iba a ir.

Y que aquellos hombres hicieran con aquella información sobre los que iba a pasar después según conviniera. No es que nuestra Tea se hubiera convertido en un ángel de la caridad, pero estaba perdiendo la paciencia y casi prefería llamar a Ash para que luego cazara y matara a aquel pirata si le tocaba demasiado las narices. El temperamento y la sangre de la vaquera comenzaban a marcarse en ella, peligroso.

-¿Vamos entonces caballeros? No tengo todo el día, y le he dado dos, que están corriendo rápidamente.
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Mensaje por Prometeo el Mar 5 Mayo 2020 - 7:03

El pirata escuchó sin perder los estribos las palabras de la señorita Astartea, mirándole casi con un desprecio escondido tras sus ojos grises. Incluso al homúnculo no le acabaron de agradar esas palabras rebosantes de violencia. Estaba convencido de que no hacía falta quemar ni matar a nadie para solucionar el asunto. El señor Sharp se había presentado pacíficamente ante ellos, razón de sobra para que el revolucionario pensara que no era un hombre violento ni malvado. Podía pecar de inocencia, sí, pero algo dentro de él le decía que estaba ante un buen hombre. La gente de allí debía entender lo que significaba un corazón desesperado.

—¿Ambos son médicos? Te quiero a ti. —El pirata apuntó con su cigarrillo a Prometeo—. No necesito a los dos para ayudar a mi muchacho; tampoco me gusta trabajar con marines. En todo caso, señorita quema-hombres, dejaremos de causar problemas en breves —agregó después y su rostro se ensombreció—. Quiero creer que mi chico se salvará, pero si no… De alguna u otra manera abandonaremos este pueblo; esta gente estará feliz.

El hombre les hizo un gesto con una mano para que entrasen al edificio.

—Dejen ir al viejo, tampoco es que haya sido de mucha ayuda. Si no tienes nada que hacer, puedes ver cómo trabaja tu novio —comentó entonces con una sonrisa de picardía.

—Estoy seguro de que si ambos trabajamos al mismo tiempo será beneficioso para su hijo —intervino Prometeo—. Una vez encontremos la cura también podremos ayudar a los niños del pueblo, y no tenemos demasiado tiempo.

Desconocía las capacidades médicas de la señorita que le acompañaba, pero creía que era lo suficientemente buena para ayudar a toda esa gente sin la necesidad de una criatura que imitaba a los humanos. Visto desde la perspectiva del homúnculo, era un privilegio para él trabajar en compañía de la señorita Astartea. Quizás no congeniasen en algunas visiones de la vida, como la exagerada violencia transmitida en sus palabras, pero tampoco era mala persona. Y era fiel defensor de la idea de que todo podía resolverse mediante palabras.

—Hagan lo que quieran, pero no intenten hacerse los listos conmigo. —De pronto, un aura negra envolvió el cuerpo del pirata y el suelo comenzó a rugir. La grava comenzó a convertirse en grava y el ambiente se volvió increíblemente pesado—. No quiero problemas con dos jóvenes que tienen toda una vida por delante. Puede que no me guste la Marina, pero tampoco soy un asesino.

Era la primera vez que Prometeo sentía una presencia tan… devastadora, era como si el aire se le hubiese cortado de pronto. ¿Miedo? Sí, definitivamente los humanos llamarían miedo a esa sensación que le tenía sudando frío y las manos temblorosas. Intentó tranquilizarse y bajó la mirada hacia su acompañante.

—Voy detrás de usted, señorita —mencionó casi en un susurro. No fue su intención, pero el sentimiento aún vivía dentro suyo.
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Mensaje por Astartea Shikei el Mar 5 Mayo 2020 - 20:32

-Creo que se confunde, soy médico, la única forma de que queme a un cuerpo es porque su familia haya decidido incinerarlos después de que haya fallecido el paciente.- Sacó calmadamente su libreta, mientras miraba un par de registros, antes de sonreírle como si nada.- Pero como nunca he perdido un paciente, no puedo hablarle exactamente sobre el procedimiento, y tengo esperanzas de salvar a su hijo.- Se encoge de hombros como si nada, ya que después de todo lo que había dicho era lo que haría el vice-almirante, sin embargo ella se encontraba bastante tranquila con respecto a todo aquello, la situación no le inmutaba demasiado en general.

Entonces empezó el espectáculo, pero la sonrisa calmada e impasible de la mujer permanecía en su sitio. Un interruptor cuidadosamente apagado y un pestañeo perpetuo y sin miedo en una persona que desconocía el miedo a la muerte, siendo totalmente consciente de que ella no viviría demasiado.- ¿Ha terminado el show? Tengo cosas más importantes de las que ocuparme, como de su hijo, y no se preocupe por mi vida, soy una mujer de ciencia… No duraré demasiado.- La sonrisa amplia y tranquila en aquel rostro angelical hizo al pirata estremecerse, sabiendo de sobra la realidad que ya sabían todos los allí presentes.

Aquella mujer estaba loca, estaba lo suficientemente trastornada como para después de todo lo que le había pasado, meterse en la boca del lobo sin pestañear. Era demasiado cuidadosa, lo tenía todo demasiado planeado y era demasiado sencillo para ella el escapar de aquella clase de situaciones como para que a aquellas alturas algo le asustara. Si aquella gente pensaba que podía asustarla, es que nunca habían visto a un demonio arrancarse su propia piel a tiras para conseguir lo que quería.- Le diré que tenga cuidado con lo que hace, no le interesa que un médico entre temblando a ver a su hijo, menos mal que yo soy difícil de hacer temblar.- Le guiñó un ojo de forma traviesa y picara, con esa inocencia y diablura tan propia de ella.

La guiaron hasta donde estaba el niño, mientras ella simplemente se quitaba la túnica y la dejaba a los pies del pequeño. Se recogió calmadamente el cabello y empezó a estudiar los síntomas, mientras su cabeza se movía rápidamente.-Hay que bajarle la fiebre.- Empezaron precisamente a decirle que aquello era lo que todos los médicos y gente había intentado, pero que era imposible. Astartea los mandó a callar con un gesto, agachándose hasta el pequeño, mientras empezaba a tocarle con calma. Tenía que enfocarse, lo podía hacer a pequeña escala, un par de grados cuanto más tocaba.- Restar…-Lo murmuró más como un mantra de concentración que otra cosa, un símbolo apareció en la frente del pequeño, y este empezó a abrir los ojos.

-Vale, esto nos dará algo de tiempo para manejarlo…
- Alguien iba a gritar brujería, pero ella le hizo callar, diciendo que fuera a decirle al padre que estaba despierto, y que dejara de molestar de una vez. Incorporó levemente al pequeño.- Cuidado cariño, debes tener el cuerpo entumecido por la falta de movimiento…- El niño la miró, balbuceando cosas sobre un ángel mientras ella le sonríe de forma suave.- No hables, tan solo descansa, apóyate suavemente en mi.- Le dice de forma dulce, antes de dejarle con los ojos cerrados contra ella. Empezó a auscultarlo, escuchando su respiración y finalmente dejándolo tumbado después.

-Tiene más pinta de parásito que de virus… No me extraña que el médico se volviera loco, que cosa más rara.-Sacó su libreta, sentada a la orilla de la cama, el pequeño comenzó a acurrucarse suavemente contra ella. Aunque a ella le resultaran indiferente los niños, estos tenían una fascinación extraña por ella.- Adelante Prometeo, puedes revisarlo tú si quieres, solo he rebajado su fiebre.

Al menos así el pequeño podría descansar y retomar fuerzas después de tantos días con dolor.
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Mensaje por Prometeo el Vie 8 Mayo 2020 - 7:15

La señorita Astartea era… impresionante, ni siquiera se inmutó ante la devastadora presencia del pirata. Prometeo tampoco podía ser menos, no por una cuestión de ego que él desconocía, sino por tener una vida en frente la que salvar. Había estado testeando sus poderes, centrándolo más en la sanación que en la destrucción puesto que esto último no le llamaba demasiado la atención. La doctora Monsalve fue bastante astuta en darle una idea que había estado puliendo los últimos días. Una semana atrás, el revolucionario trató a un hombre enfermo que sentía fuertes dolores musculares. Como el fuerte de Prometeo no era la farmacéutica, intentó lo que la mujer le dijo: usar las Llamas de la Inmortalidad para tratar enfermedades, no sólo heridas.

Si bien no estaba satisfecho con el resultado de su puesta en práctica, el hombre le había agradecido e incluso intento pagarle, pero rechazó el dinero y continuó su viaje. Quería mantenerse fiel a la idea de que las vidas no tenían precio. Ayudaría a cualquiera que lo necesitase, ese era el juramento que todo médico debía respetar, ¿no? Desde entonces había trabajado en las cuestiones teóricas como, por ejemplo, aumentar la intensidad de sus llamas celestes y perfeccionar sus propiedades sanadoras. Podía practicar con el muchacho del señor Sharp, pues había únicamente dos resultados aparentes: el éxito o el fracaso, y este último tampoco suponía algo malo.

El pirata les siguió por todo el recinto, subió las escaleras siempre mirando sus espaldas. Era lo que un hombre experimentado y astuto haría, alguien que desconfiaba incluso de las buenas intenciones de la gente. Prometeo se fijó en los gestos que intercambió con sus compañeros, pero no le prestó mayor importancia. Entonces, la señorita Astartea se apresuró en tratar al muchacho y el revolucionario quedó maravillado al ver sus cualidades médicas. ¡Con tan sólo tocarlo el muchacho despertó! Algo había hecho, había aparecido un símbolo en la frente del chico y comenzaba a creer que era una usuaria de fruta del diablo como él. ¿También era de la clase que permitía ayudar a los demás a sanar? Esbozó un intento de sonrisa, agradeciendo para sí mismo haber conocido a semejante chica.

—Creo que usted no me necesita para tratar a los niños del pueblo —comentó a la vez que se arremangaba la camisa—, pero aun así haré todo lo que pueda para ayudar.

Se arrodilló frente al hijo del pirata y cerró los ojos para concentrarse. Ignoró los ruidos y se focalizó únicamente en la fuerza de sus llamas. Lo había intentado antes, debía recordar esa cálida sensación que recorría su cuerpo cuando creaba las llamas. Inhaló y exhaló profundamente, calmando la ansiedad que intentaba asomarse. Cuando abrió los ojos un fuego celeste con pequeñas llamaradas doradas nació de sus manos puestas encima del chico. Notó los pasos fuertes del señor Sharp, pero decidió ignorarlos: debía mantener la concentración.

—Oe, ¿qué estás haciendo?

Se trataba de un caso crítico en donde debía usar forzadamente sus poderes, así que lo intentó con todas sus fuerzas. Las llamas se volvieron aún más intensas y cálidas, incluso si alguien tenía el valor de tocarlas se daría cuenta de que no quemaban, más bien todo lo contrario. El chico en un principio mostró miedo, pero esa expresión desapareció cuando fue acurrucado por el calor del fénix. Poco a poco recuperaba el color en su piel, desaparecían gradualmente las ojeras y todo parecía indicar que un milagro ocurriría. Pero entonces las llamas desaparecieron y Prometeo soltó un suspiro.

—Lo siento, esto es todo lo que puedo hacer actualmente con mis poderes… He conseguido ganar algo de tiempo para salvar al chico, señor Sharp. Aún no está curado, pero como médico me arriesgo a decir que ya no está en peligro de muerte —les informó a los presentes y luego pasó a registrar el resto de los síntomas, los mismos que había visto en el hijo del posadero.
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Mensaje por Astartea Shikei el Sáb 9 Mayo 2020 - 2:41

-Toda ayuda viene bien, es la primera vez que aplico mi akuma de forma externa, suelo usarla en quirófanos normalmente.- Las cosas empezaron a moverse rápido, Prometeo empezó a revisar al chico y entonces las cosas se pusieron serias. Los ojos color sangre de Astartea chispearon ante el fuego azul, casi como una niña que acaba de ver una de esas cosas interesantes y curiosas. Ya podía nuestro querido Prometeo tener cuidado, había entrado en el rango de nuestra médico chiflada favorita.- Oh… Luego soy yo el espécimen interesante.- En cuanto notó al niño mejor, quitó el símbolo en su frente.

En cuanto lo hizo, nuestra mujer pestañeo suavemente, notando algo de sangre caer de su propia nariz hasta mancharle la mano. El niño entro en pánico y ella hizo un gesto calmado, sacando un pañuelo para detener el sangrado.- No te preocupes…Es por el esfuerzo, nunca he usado mi akuma para algo constante.- Miró con frialdad al pirata jefe, se dio el lujo y el placer de clavar aquellos orbes de demonio, sangre y odio en él, por un instante.- Además de que tengo un cuerpo débil, aunque mucho carácter, como todos los venenos y perfumes venimos en frascos pequeños.- No era inmune ni destructible, aunque oscilara entre los ángeles y demonios era humana en cuerpo y alma, cosas que pasan.

Suspiró tras un par de segundos y cuando finalmente el sangrado se relajó, se puso manos a la obra.

-Vale, empecemos por lo importante… Prometeo, ¿me dejarías hacer una copia de una de tus manos? Es para investigación médica.- Al pan, pan y al vino, vino. La mujer tenía clara sus prioridades, alguno de los piratas que estaban allí mirando extrañados a la mujer, antes de que comenzara a dar órdenes a diestro y siniestro en lo que el hombre aceptaba o denegaba su propuesta. Si lo negaba pensaba quitárselo cuando no mirara, pero bueno, le caía bien, quería hacer las cosas de forma correcta.- Quiero dos tinas grandes de agua limpia, una muda de cama para el niño y ropa limpia, todo lo que saquéis de aquí hervirlo en agua con jabón y rápido.- Chasqueo los dedos para que se dieran prisa, mientras ayudaba al pequeño quitándole la blusa, agarrándolo en brazos. Si estaba en lo cierto y era la clase de virus que era, solo podían tratarlo con antibióticos potentes y asegurarse que sus condiciones y alimentación fueran las mejores.

-Tiene que estar limpio y aseado, cambiar las sabanas cada noche, no dejar que nadie entre aquí sin haberse enjabonado los brazos y la cara como mínimo, darle una pastilla todos los días a la hora de la comida y asegurarse de que coma pesado.- Niño en la cadera, mirada recta, mentón alzado y tranquilidad total y absoluta. Ya podías ser el Yonko más peligroso del mundo o el mismísimo Rey de los Piratas que cualquier hombre con sentido se hubiera muerto en mitad de aquella escena. Era una mujer haciendo su trabajo, casi como una madre y asegurándose de que a la siguiente iba a coartarles la cabeza.

Y Satán sabe que la sangre en su mirada se los asegura.

Ayuda al pequeño a bañarse mientras retiran las sabanas y cambian todo. Saca de su bolso un tarro de jabón antiséptico, se queda pensando un momento y viendo la cantidad de piratas, deja el bote en la mesa. Tras un par de segundos y casi por arte de magia, aparecen otros catorce botes idénticos.- Con esto bastara… Me quedaré con un par, voy a tener que repartirlo entre la gente.- Noto algo de mareo, pero decidió mandarlo al fondo de su mente, estaba ocupándose del resto luego iría ella.

Finalmente lo acostó en la cama, les dio el jabón y les explicó el protocolo de limpieza y comida que debían de seguir, luego le dio el bote de pastillas del pequeño. –A la hora de comer, siempre a la misma, todos los días durante dos semanas, si no come bien los antibióticos podrían hacerle daño.- En la segunda tina comenzó a lavarse las manos, los brazos, el cuello y el rostro, algún que otro pirata se perdió en el comienzo del escote del vestido negra, pero ella lo ignoro.

Luego de limpiarse, estaba lista para irse.- Tenéis cuarenta y ocho horas para iros antes de que vengan, aprovechad treinta y seis como mínimo para que descanse.-Agarró su túnica y le hizo un gesto a Prometeo.

Tenían trabajo pendiente.
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Mensaje por Prometeo el Mar 12 Mayo 2020 - 19:18

Miró a la señorita Astartea, extrañado. ¿Su mano para una investigación médica…? Prometeo era consciente de que su código genético era distinto al de los seres humanos, pues su naturaleza era completamente artificial. No le importaba demasiado que lo descubriese durante sus exámenes, tampoco pensaba que, en futuro lejano o cercano, pudiera clonarle. Tenía conocimiento de sobra para saber lo que se podía hacer con solo una mano de otra persona, sin embargo, nada en ella denotaba malicia. ¿Y cómo dudar de la señorita cuando estaba ayudando a un niño hasta el punto de sangrar por la nariz por usar sus habilidades? Así que sonrió lo más amable que pudo y respondió:

—Por supuesto, señorita. Estaré feliz de ayudar en cualquier investigación médica que le sirva a la humanidad.

Desconocía el procedimiento para realizar la copia, por lo que dejó que la señorita Astartea se ocupase de todo. Ahora, debía comentarle algo muy importante. Si bien no estaba del todo seguro, los pacientes presentaban los típicos síntomas de una gripe, aunque se trataba de una mucho más agresiva y mortífera. ¿Debía sorprenderle? Aparentemente, el pueblo no tenía las mejores condiciones sanitarias y el canoso doctor tampoco era demasiado hábil. Incluso la señorita Astartea estaba cometiendo un error. Había una importante diferencia entre una bacteria y un virus, de hecho, a este último ni siquiera se le podía considerar un ser vivo. Persistía un debate bastante interesante sobre eso, debate que dejaría para otra ocasión.

Un virus es un microorganismo que se hospeda en una célula y está compuesto por una molécula de ADN o ARN, el cual obliga a la célula huésped a sintetizar los nucleótidos y otras biomoléculas propias para comenzar la clonación, formando así nuevos virus. Por otro lado, una bacteria es un microorganismo procarionte que no necesita de un huésped para sobrevivir y puede reproducirse por sí misma. Incluso hay teorías que hablan de la bacteria como el origen de la vida tal cual se conoce. El caso es que un virus jamás se trata con antibióticos, de hecho, esto no haría si no debilitar el sistema inmunológico del paciente y agravaría la enfermedad.

Prometeo esperó el momento oportuno para estar a solas con la señorita Astartea y explicarle que no estaba haciendo bien en medicarle antibióticos.

—Lo único que podemos hacer es recetarle grandes cantidades de agua para que el cuerpo combata al virus por sí mismo. Una vez haya ganado la batalla contra este desarrollará la inmunidad, no hay duda de ello —continuó su explicación—. Tengo aquí unas cuantas pastillas que pueden ayudar al hijo del señor Sharp. Se tratan de compuestos no esteroideos derivados del ácido propiónico con propiedades antiinflamatorias, analgésicas y antipiréticas. Anulan ciertas reacciones químicas que provocan dolor y fiebre, creo que es lo idóneo para combatir la enfermedad. El problema es que carezco de los medios para producirla en masa y distribuirla a todos los pacientes, esperaba que usted pudiera ayudarme… Si se trata de niños, deberíamos darle una pastilla de 400 mg cada 8 horas. Sin embargo, quiero su opinión antes de proceder puesto que ahora somos un equipo.

Estaba algo cansado, si bien no era la primera vez que usaba las Llamas de la Inmortalidad de esa manera, resultaba igual de agotador. No obstante, no podía darse el lujo de ponerse a descansar cuando había decenas de vidas que dependían de él y de sus conocimientos, y también de la señorita Astartea. Ya tendría tiempo para descansar, ahora lo que importaba era salvar vidas más valiosas que la suya.
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Mensaje por Astartea Shikei el Jue 14 Mayo 2020 - 18:12

El procedimiento para hacer la copia fue algo que causo que una gran cantidad de los piratas allí presentes quisieran vomitar. No tenía sentido lógico, desafiaba las leyes de la realidad y aquella pequeña mujer acababa de sacar una copia de su mano tras tocarla como si fuera la cosa más normal del mundo.- Perfecto…-La guardó en una bolsa hermética, escribió el nombre de Prometeo en ella y luego cerró su bolso. Era sencillo cuando la gente colaboraba y luego no tenía que andar haciendo de las suyas a espaldas de los demás.

Al último casi lo tiene que apuñalar antes de pedirle amablemente que le diera un dedo, una pena la verdad.

Dejó a Prometeo soltar toda la charla y entonces ella se limitaría a tirarle el bote de pastillas que le había dado a aquella gente para que lo agarrara. Astartea era una mujer excesivamente inteligente, pero precisamente por esa inteligencia prefería acortar las cosas y no dar demasiadas explicaciones a los demás. Lo llamó antibiótico por llamarlo de alguna forma, o tal vez escondía algo un poco más retorcido.- Es una versión algo más cara, esto es debido a que a diferencia de la normal posee menos efectos secundarios y puede aplicarse cantidades convencionales a niños.- Esperó a salir de aquella zona, mientras seguía caminando por la calle.- La he llamado antibiótico porque cada pastilla cuesta unos veinte mil, y la última vez casi me usan de fábrica farmacéutica ilegal.- Y ese es el caso que os mencione un poco más arriba, ese momento en el que casi se la cargan a base de usar su akuma.

Le entraban escalofríos de pensar en ello, y es que aunque ella podía ser mala, manipuladora y una autentica hija de puta cuando quería, tenía problemas con algunas cosas, como todos. Esas pastillas eran también sus pastillas habituales, las únicas que se podía tomar cuando le dolía algo. Los efectos secundarios convencionales incluían fallos hepáticos, problemas en la coagulación de la sangre, problemas de tensión, fallos cardíacos… Y no estaba ella como para lidiar con ninguna de aquellas cosas.

Tenía demasiadas cosa en mente como para preocuparse de que una pastilla genérica pudiera matarla de un día a otro. Prefería lidiar con los piratas y los marines un poco más y acabar de solucionar todo lo que pasaba en el pueblo.

-Puedo multiplicar las pastillas…
-Se quedó quieta un momento, cerrando los ojos para llevarse las manos a la cabeza.- Pero tenemos que hacer una aproximación de cantidades y de dosis, o podría morirme haciendo copias, no puedo abusar demasiado de mi akuma.- Por no decir que en general no podía abusar demasiado de su salud, pero bueno, era el momento de ir a atender al chico de la posada y empezar la ruta con todos los demás niños.

-Antes hablaste de la humanidad como algo diferente…Al copiar tu mano, me di cuenta, sobre todo por los procesos sentimentales, ¿Qué eres exactamente?
- Le pregunta mirándole de reojo, mientras recordaba que ella con su akuma podía manipular emociones y sentimientos dependiendo de los procesos emocionales del ser humano, y Prometeo era diferente a todos los niveles que había visto. Sin duda, un espécimen curioso.
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Mensaje por Prometeo el Dom 17 Mayo 2020 - 8:00

Levantó rápidamente la mano y cogió el frasco que la señorita Astartea le había lanzado, luego revisó la lista de compuestos químicos y se llevó una agradable sorpresa. A diferencia de la pastilla tradicional que él llevaba consigo, el “no es un antibiótico” de la doctora tenía un principio activo distinto que aligeraba aún más los efectos secundarios del fármaco en comparación al suyo. Seguramente era producido por un laboratorio altamente especializado y su precio no era accesible para toda la población. Sin embargo, no entendía la relación entre llamarle antibiótico y el coste de la pastilla. Apostaba a que la señorita sabía mucho más del mundo que el homúnculo, pero este entendía que había antibióticos más baratos que otros medicamentos como, por ejemplo, los que trataban descompensaciones hormonales o enfermedades ligadas a la química neuronal.

Por otra parte, sus poderes le parecían impresionantes, incluso mucho más útil que los suyos. Con su habilidad podía multiplicar una infinidad de medicamentos para ayudar a las personas, aunque evidentemente tenía un precio: toda habilidad lo tenía. Le había visto sangrar y debilitarse conforme usaba esa técnica, así que por ningún motivo le obligaría a multiplicar ese fármaco en cantidades industriales, ni siquiera si suponía salvar a todos los niños del pueblo. Prometeo no era la clase de persona que hacía matemáticas con las vidas de las personas, no eran números que podían operarse a conveniencia.

—Nos las podemos apañar con lo que tenemos aquí, señorita, no es necesario un sobreesfuerzo de su parte ni nos corresponde exigírselo —respondió a sus palabras con un intento de sonrisa amable. Su tono de voz sonaba tranquilo y armónico, aunque rasposo y profundo.

Sostuvo la mirada de la joven de cabellos plateados luego de oír su pregunta: «¿Qué soy exactamente?», resonó en la cabeza del homúnculo. No le mentiría si dijera que no lo sabía, que era una respuesta que esperaba encontrar una vez hubiera visto cómo era el mundo. Técnicamente, Prometeo era un humano creado artificialmente y su único propósito era servir a la humanidad. Sin embargo, el doctor Weidenberg lo había dotado con una configuración distinta a sus congéneres. Podía sentir casi de la misma forma que los humanos y comprender su naturaleza tan especial. Algunos científicos podían hablar del desarrollo de un alma, aunque los más escépticos se mostraban reacios a que algo así pudiera ser clonado o creado mediante medios humanos. La única certeza en la naturaleza de Prometeo era su propia incertidumbre: nadie sabía nada realmente del homúnculo.

Parecía ser una respuesta fácil de contestar, pero el revolucionario debía escoger bien sus palabras para no asustar a la señorita Astartea. Cargaba con los recuerdos de haber sido tratado como un monstruo, como una máquina que debía obedecer la voluntad de todo humano, y le era difícil olvidar esa sensación de tristeza que le invadía cada vez que le trataban así. A veces, cuando se le subían los humos a la cabeza y pecaba de soberbia, pensaba que se divertía tanto como una persona común al cocinar, creía que sentía lo mismo que un humano cuando se mostraba feliz. En fin, tampoco había razones para ocultarle la verdad a alguien que se había mostrado particularmente amable con él.

—¿Ha escuchado hablar alguna vez de humanos creados artificialmente? —Su pregunta guardaba una respuesta sólida y contundente a la interrogativa de la doctora—. Nací en un laboratorio y viví dos años en una pequeña jaula de cristal suspendida en una habitación oscura. Según se me dijo, mi creador pensó que en mí encontraría la cura a enfermedades degenerativas como el alzhéimer. —Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro y bajó la mirada—. Al final terminé siendo yo el enfermo… Creo que los humanos lo llamarían una ironía. En definitiva, soy un homúnculo creado para servir a la humanidad, señorita Astartea, una máquina que se disfraza como hombre, un mero imitador.

No iba a molestar a la duquesa con su sueño de convertirse en un ser humano, de encontrar las respuestas a su fragmento de alma. Había omitido sin querer el importante detalle de que el experimento fue financiado y monitoreado por una sección muy específica del Gobierno Mundial. Básicamente, era un experimento que andaba suelo y en cualquier momento el señor Morello acabaría encontrándolo. También había ignorado la cuestión de que le obligaron a convertirse en una máquina de guerra, imposición a la cual se rebeló.

—Puede que no esté a la altura de la humanidad, pero creo que estoy haciendo todo lo posible para ser de ayuda. —La amargura en su rostro desapareció y fue reemplazada por una expresión de esperanza—. Entenderé si quiere dejar de trabajar conmigo al saber la verdad de mi naturaleza, no todo el mundo ve bien que la ciencia juegue a ser dios.
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Mensaje por Astartea Shikei el Miér 20 Mayo 2020 - 14:51

Nuestra dama albina niega levemente, mientras mira con calma sus propias manos. Podía ser un demonio, y lo era, podía ser una de esas personas que matan a sangre fría y no pestañean después, que experimenta con gente viva en busca de una cura para algo demasiado retorcido, pero ante todo era médico. Y eso quería decir que era total y plenamente consciente de las vidas de los demás siempre y cuando no fueran una molestia para ella. Quizás el hecho de que su salud se tambaleara hubiera hecho razonable el que Astartea se negara a cuidar de aquel pueblo, pero aquí entraba en juego su cabezonería.

-Ya he descansado, creo que al menos un par de tarros podré hacer…También te ayudaré con la fiebre de algunos niños, he venido a realizar mi trabajo, no te preocupes.- Una sonrisa suave, un suspiro y nuestra dama sabe que está siendo demasiado cabezota, pero nunca nadie le ha conseguido quitar las ideas una vez se instalaba en su cabeza. Aquella vez no es que fuera a ser demasiado diferente, quizás por eso se limitó a agarrarse del brazo del muchacho como apoyo y seguir su camino.

Nuestra dama asiente de forma suave a sus palabras y no vamos a negar que la curiosidad la está comiendo por dentro y sabe de sobra que se lo va a pasar de fábula en cuanto llegue a su laboratorio y analice su mano. La historia de su compañero le hizo pensar en el egoísmo del ser humano, en esa necesidad de creer ser Dios y en pensar que de verdad una vida falsa podría salvarlos a todos. Al final la mentira se haría realidad, y lo único que habrían hecho es fastidiar la vida de un buen hombre.-Eres mucho más humano que muchos otros que lo son simplemente por nacer de una manera convencional, créeme.- Era más humano que ella después de todo, seguía siendo una persona egoísta que hacía cosas buenas por lo que podía obtener de ellas, no por altruismo y bienestar de los demás.

Sus palabras hacen que suspire, mientras niega levemente.-No veo bien que la gente juegue a ser Dios, pero eso no quiere decir que eligieras ser el experimento y por ello seas el culpable.- Le mira con calma, sin soltar su brazo a medida que caminaban.- Eres la víctima, Prometeo, nadie tiene derecho a juzgarte por nada de lo que han hecho contigo.- Suspira, sabiendo de sobra que el muchacho no puede evitar pensar mal del resto del mundo, pero ella no era quien para hablar mucho del tema.

Odiaba a la gente que jugaba a ser Dios, pero ella llevaba toda su vida jugando a ser el demonio.

-Anda vamos, los niños están esperándonos, y yo después de este paseo ya estoy mucho mejor.
-Espera haberle tranquilizado con aquello, mientras poco a poco se van acercando de nuevo a aquella posada. La gente no se esperaba que hubieran vuelto intactos, normalmente Astartea peleaba mucho más con la gente, pero bueno, nadie dudaba nunca de su trabajo.
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Mensaje por Prometeo el Miér 27 Mayo 2020 - 8:45

Las palabras de la señorita Astartea fueron la calma tras la tormenta, un suspiro de alivio luego de la enfermedad, un cálido abrazo a alguien que se está muriendo de frío. «Eres mucho más humano que otros». Se sentía culpable al creer en ello, al pensar que poco a poco se acercaba más a su deseo de ser humano, de alcanzar esa tan anhelada humanidad que le motivaba a luchar cada día por un mundo mejor para todos. Pensaba que esa creencia se fundamentaba en una arrogancia intolerable para alguien de su naturaleza, sin embargo, tampoco podía renegar esa parte de él que le susurraba que comenzase a creerlo. Ayudó a liberar a esos pobres esclavos sin exigir nada cambio, y disoció una manada de lobos que acechaba una villa indefensa. Ahora se estaba exigiendo de más con tal de sanar a esos enfermos. Y seguiría prestando su ayuda porque consideraba que era lo correcto.

Su sonrisa amarga se transformó gracias a las palabras amables de la señorita Astartea. Ahora desprendía una cálida luz, una esperanza que le encantaba sentir. ¿Y por qué no? Poco a poco comenzaba a pensar que él también tenía derecho a sentirse así. No le interesaba ninguna retribución económica ni la promesa de un favor a futuro al ofrecer su ayuda, se conformaba con esa invaluable sensación de júbilo que le invadía al hacer sonreír a alguien. Podía pasarse una vida entera pensando en lo bien que se sentía, pero ahora mismo urgían cosas más importantes.

—Gracias —se limitó a decir con una sonrisa genuina en el rostro y un brillo especial en sus ojos—, de verdad. Sus palabras son muy importantes para mí, señorita Astartea.

Acompañó a la duquesa a la posada, recordando lo que había hecho hacía un tiempo. Si sus llamas podían sanar enfermedades, suponía una victoria innegable ante esa enfermedad. Debía pulirlas, gestionar eficientemente el consumo de energía y dirigirlas con precisión quirúrgica, concentrándolas en el foco de la dolencia. Lo había hecho en ese entonces con aquel hombre, y lo había vuelto a hacer con el hijo del pirata. Pensaba que estaba descubriendo el truco, aunque necesitaba un par de intentos para desentrañar los misterios de esa merecida habilidad.

Una vez en la posada, solicitó un mapa del pueblo y el señor Hugh no tardó en volver con un enorme trozo de papel medio gastado y húmedo. Prometeo lo extendió sobre la mesa de madera y colocó una jarra en cada extremo para mantenerlo abierto. Estimó rápidamente la cantidad de niños en el pueblo y visualizó en su mente la ecuación diferencial que expresaba el gráfico de contagio. Evidentemente, era una representación especulativa puesto que no contaba con datos duros y tangibles.

—Creo que deberíamos separarnos para cubrir más terreno, señorita Astartea, con nuestras habilidades y conocimientos nos bastará para erradicar rápidamente la enfermedad. Puedo encargarme de toda la zona sur y, si lo desea, usted de la norte. O podemos hacerlo como prefiera —le comentó a la doctora con un tono amable pero formal—. De verlo necesario, usaríamos su medicamento únicamente en los casos más extremos, de lo contrario, recomiendo un tratamiento estándar para cualquier enfermedad viral-leve. ¿Qué hacemos, entonces?
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Mensaje por Astartea Shikei el Vie 29 Mayo 2020 - 21:35

¿Cómo demonios no iba a decirle eso al hombre cuando sin duda, era mucho más humano que ella misma? Tenía experimentos humanos, había jugado con ser Dios y el diablo tantas veces que dudaba que aquellas alturas algo pudiera revolverle el estómago o impresionarle.

Tantas vidas muertas a sus manos y una cantidad aún mayor salvadas simplemente por un deseo egoísta. Odiaba con todo su ser que aquel hombre le estuviera hacer replantearse sus decisiones en la vida y una gran cantidad de cosas en las que definitivamente no quería ni deseaba pensar. Sin duda era algo curioso, pero esa curiosidad estaba empezando a tirar por los derroteros que menos esperaba. La molestia no se mostró en sus ojos, en su cuerpo o en sus gestos, pero era como una penitencia, iba por dentro.

-De nada, la verdad no merece agradecimiento.- Le restó importancia, mientras ambos continuaban aquel camino hasta volver a la posada. Astartea hizo con el pequeño algo parecido, le bajo la fiebre un poco para que pudiera descansar y relajarse, y finalmente se preparó para ponerse manos a la obra.

Asiente ante la explicación de su plan y nuestra dama acepta lo que ha propuesto sin demasiado problema.- De acuerdo, me parece bien, lo veo viable.- La dama se quedó con la parte del mapa que le tocaba en su cabeza, mientras se aseguraba que Prometeo se llevara un bote de aquella medicina y ella se llevaba otra. La dama de cabellos plateados estaba usando su akuma con cuenta gotas, y aunque abusaba ligeramente algunas veces de sus efectos, sabía que era para cosas necesarias.

-El pueblo no es demasiado grande, al menos en extensión, no deberíamos de tardar demasiado tiempo.
- Nuestra dama asiente finalmente para ponerse manos a la obra y hacer de las suyas en aquella situación. Maldijo mentalmente el día en que decidió que iba a ser una miembro de la marine respetable y noble como tapadera, y prefirió quizás que el pueblo se fuera a tomar por saco. Su pelo empezaba a parecer una esponja y estaba crispándole los nervios.

Tenía que salir de aquel país cuanto antes y asegurarse de que English Garden estaba lejos de su ruta en mucho tiempo. Nada de volver a casa por navidad, pascuas o alguna mierda de esas que la gente solía pedirle. Iba a irse a una isla donde fuera siempre otoño o primavera pero no lloviera cada dos minutos.

Perfecto.
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Mensaje por Prometeo el Jue 4 Jun 2020 - 7:24

Asintió ante la respuesta de la señorita Astartea, agradeciendo que se mostrase de acuerdo con su plan. La duquesa poseía grandes conocimientos médicos y una habilidad extraordinaria que le permitía duplicar, no, multiplicar la escasa medicina que tenían en ese momento. No estaba seguro de que pudiera salvar a todos los niños sin la presencia de esa chica. Por otra parte, tampoco había olvidado al doctor del pueblo quien, hasta ahora, tampoco había hecho gran cosa. Pero acabaría haciéndolo. Quizás no era un hombre tan brillante, tal vez necesitaba volver a repasar los libros de medicina clásica y contemporánea, pero mientras supiera humedecer una toalla y bajar la fiebre del paciente bastaría.

—Me ocuparé de la zona oeste, señorita —anunció entonces el homúnculo, señalando con su dedo la mitad izquierda del mapa. Tampoco había diferencias entre ambas mitades, así que supuso que la doctora se mostraría conforme.

Caminó a paso apresurado con maletín en mano, importándole un comino el lodo que ensuciaba sus ajustados pantalones y sus zapatos que alguna vez estuvieron lustrados. La bufanda de la señorita Brianna abrigaba su cuello y el abrigo le protegía del frío que rugía con fuerza desde la costa, meciendo sus cabellos y haciéndole tiritar. Se detuvo frente a una casa medio destartalada, era de madera y tenía orificios y grietas en la fachada de madera. Golpeó con suavidad la puerta y esperó, pero nada sucedió. Volvió a tocar una vez más y entonces escuchó unos murmullos provenientes desde el interior.

Una señora entrada en carne apareció, llevaba un vestido que cualquiera podía clasificar mejor como un paño mal cortado y maloliente. Los ojos celestes de la mujer se dejaron caer en Prometeo, sorprendiéndose por su porte y teñida. Su manera de vestir era muy distinta a la de los pueblerinos, algo a lo que estos no estaban acostumbrados. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, la mujer le advirtió de que no tenía una sola moneda para pagar lo que fuera que estuviera ofreciendo, así que era mejor que se largase. Pero cuando tuvo la oportunidad de hablar, le explicó que estaba ofreciendo atención médica a todo niño que lo necesitase y sin cobrar un solo berrie. Para Prometeo la vida de una persona no podía medirse con dinero, eran cosas totalmente incompatibles.

Su paciente era una jovencita de doce años, caucásica y de unos hermosos ojos verdes. De acuerdo a sus síntomas, no llevaba demasiado tiempo contagiada y probablemente conservaba una buena parte de sus energías. El revolucionario le explicó a la madre que usaría una habilidad que algunos confundían con magia. Podía verse aterradora o hermosa, dependía de la percepción individual de cada quien, pero le aseguró que era inofensiva. Sin ánimo de hacerle esperar más, Prometeo comenzó la consulta médica. Tomó la temperatura y estudió su garganta solo por si acaso. Asintió. Menos mal no estaba inflamada ni tenía pus, lo cual debía suponer un alivio para su paciente.

Le pidió que se recostase y entonces esbozó una sonrisa torpe, una sonrisa que la jovencita consideró muy tierna. Se arremangó la camisa y se sentó en el borde de la cama, extendió sus pálidas manos y las colocó sobre el estómago de la paciente. Cerró los ojos para concentrarse y unas hermosas llamas azules surgieron de sus dedos, dando la impresión de que danzaban a voluntad del homúnculo. La mujer retrocedió algo asustada, pero Prometeo volvió a calmarle con unas serenas palabras: «Todo estará bien». Su propósito era destruir el virus con el calor de sus Llamas de la Inmortalidad, un proceso más o menos similar al de la sanación. «Lo has hecho antes, recuerda esa sensación…», se susurró a sí mismo.

De manera tosca y aburrida podía decirse que había inyectado más energía a su habilidad, pero era una forma fría y general de describir lo que había hecho. Cada partícula de esas llamas iba cargada con la voluntad del fénix, con un fuerte deseo de cuidar al prójimo y velar por su bienestar. En palabras de la niña, su fuego se sentía como un cálido abrazo que le hacía sentir mejor, era como un tibio rayo de sol por la mañana. Su respiración agitada decrecía poco a poco; también estaba recuperando el color de su piel. Finalmente, cuando notó que su paciente estaba mucho mejor, le entregó una caja de medicamento y le indicó a la madre que le diera una pastilla cada ocho horas, siendo súper enfático en que no podía ser más de esa cantidad.
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Mensaje por Astartea Shikei el Mar 9 Jun 2020 - 15:35

Astartea era más como una atracción de feria para el pueblo, ella hacía y deshacía según su voluntad y entraba a las casas como si fueran suyas. La gente no se quejaba, daba esa sensación de calma y confianza sacada de un ángel, lástima que en cuanto intentaran pasarse de listos apreciaban el verdadero color de sus alas. Los niños se sentían cómodos con ella, con su forma natural de hacer las cosas y tratarlos simplemente de la manera correcta, era como si hubiera sido madre tantas veces que lo tenía aprendido.

La realidad era que cuidar a una princesa complicada y caprichosa era peor que criar y cuidar a mil bebes.

Tal vez por eso simplemente iba atendiendo a los niños con una sonrisa, un par de bromas simples y la seguridad que les daba a los padres saber quién era ella. Era una de esas cosas malas y buenas a la vez de trabajar en el pueblo que te ha visto en los periódicos a nivel nacional como si fueras parte de una telenovela. Aunque bueno, no vamos a negar que su vida diera para un buen culebrón de media tarde.

-¿Me voy a morir y vienes a llevarme? – Fue la cuarta vez que un niño se lo dijo, tal vez por las ropas negras, el cabello plateado o los ojos de sangre, pero la dama alza una ceja, pestañea y se lleva la mano a la cadera.- Jovencito, esa mentalidad pesimista no te va a llevar a ninguna parte.-El niño de diez años refunfuña, mientras su akuma mantiene a raya la potente fiebre y se limita a enfriar su cuerpo, antes de darle a su madre las pastillas, las indicaciones y lo que puede y no puede hacer el pequeño. Solo hasta que finalmente se toma la medicación y se relaja, se atreve a quitarle el símbolo de restar que reposa en su frente.

Se despide con un gesto, antes de que cualquier padre entre en modo sentimental agradecido y se pongan a llorar, odia cuando lloran. Bueno, en general odia la desmedida expresión de sentimientos innecesarios, es tan sencillo como dar las gracias y pasar al siguiente tema, no un gran drama como alguna que otra madre le andaba montando.

-A la siguiente que intente babearme o llorarme el vestido, la decapito.- Y hubiera sonado a broma jovial a medida que va de casa en casa de no ser por la férrea convicción de su mirada y el ceño ligeramente fruncido.

Pero bueno, las cosas avanzaron correctamente y al cabo de un par de horas había terminado su ronda e iba camino a la posada, andando de forma lenta y pausada. Notaba los latidos agitados de su corazón presa del cansancio, y contenía con calma el aire que salía de sus pulmones. Su akuma estaba desestabilizándose ligeramente, pero nuestra dama no dejó que eso la molestara demasiado.

Cuando llegó finalmente a la posada y logró sentarse, el hombre le trajo un té caliente, esperando le ayudara a su pálido rostro. Cosas del trabajo a pie de calle.
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Mensaje por Prometeo el Dom 21 Jun 2020 - 1:33

El cansancio se notaba en su rostro, y es que las grandes ojeras que descansaban bajo sus ojos eran la prueba más dura. Había estado trabajando sin parar durante un buen rato, visitando casa por casa para tratar la enfermedad que acosaba el pequeño pueblo. Había atendido a un montón de niños que, de no ser por él, hubiesen muerto dentro de los siguientes cinco días. Las madres se mostraban tan agradecidas que ofrecían todo el dinero que tenían ahorrado, pero el homúnculo no había aceptado una sola moneda. «Las vidas no tienen precio, no está bien que yo cobre por hacer lo que creo que es correcto», les respondía con una sonrisa amigable, pero cada vez más apagada. Se preguntaba cómo le iba a la señorita Astartea; muy seguramente ella era mejor médica que él, aunque era cierto que se le pasaban algunos detalles, pero nada importante. Había ayudado a esa gente sin exigir nada a cambio, y gestos como ese le decían a Prometeo que el mundo era un lugar maravilloso.

Los medicamentos fueron la clave para mejorar el estado de los niños, aunque sus llamas sanadoras también ayudaron un montón. Sin ellas hubiese tardado muchísimo más y, si bien no las dominaba del todo, resultaron ser increíblemente útiles. Había puesto en ellas cada gota de su voluntad y conocimiento médico. Menos mal conocía los síntomas y el mecanismo de esa enfermedad que se manifestaba como una gripe común, de lo contrario, habría sido mucho más difícil y ahora mismo estarían enterrando a los muchachos en el cementerio local. Por otra parte, el hijo del pirata también había mejorado y el color de su rostro indicaba que estaba sanando a un ritmo esperanzador.

Volvía al hostal del señor Hugo hecho un verdadero desastre. El barro se le había metido en los calcetines y llevaba sucios los pantalones. Entre el cabello húmedo y la chaqueta completamente mojada casi tenía el aspecto de un vagabundo. Hacía tanto frío que lo único que quería era ponerse frente a la chimenea de la taberna y calentarse hasta más no poder. La buena noticia es que no olía mal; podía verse horrible, pero el buen olor le acompañaba allá donde fuese. Cuando llegó, finalmente, abrió suavemente la puerta y una ola de calor le abrazó. El aroma de la comida recién preparada inundó sus fosas nasales y entonces soltó una sonrisa, ocurriéndosele un pensamiento nada más entrar: «Debo quedarme un tiempo más en este pueblo». ¿Qué clase de médico sería si los abandonaba en ese momento? Debía asegurarse de que la enfermedad hubiese sido erradicada por completo.

Dejó la chaqueta en el pechero y, luego de ser recibido por el señor Hugo, se encaminó al comedor donde encontró a la señorita Astartea. Cualquiera podía confundirla con un ángel, pero no Prometeo. Y no porque esa jovencita de cabellos blancos no fuese una preciosidad, el revolucionario jamás había visto una de esas criaturas aladas ni siquiera en ilustraciones. Además, era pésimo con las comparaciones y metáforas. Con paso seguro y lento se acercó a ella y tomó asiento.

—Ha sido una jornada… agotadora —comentó con la mirada puesta en el fuego de la chimenea, dejándose calentar por ella. Sabía que debía sacarse los zapatos para no pillar un resfriado, pero sería de mala educación quitárselos allí—. El pueblo tiene mucho que agradecerle, señorita. Y yo también, jamás hubiera podido combatir esta enfermedad yo solo. —Fue entonces que se fijó en la palidez de su rostro y, preocupado por ella, le preguntó—: ¿Se encuentra bien?
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