El Juicio final

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Mensaje por Annabelle C. Collingwood Dom 17 Mayo 2020 - 19:21

Luego de tantos añosVuelvo a verte
De un momento a otro se había comenzado a llover, lo que había obligado a la mujer a sacar su sombrero para proteger su cabeza de la incesante lluvia. Desde donde estaban ya podía distinguir las luces de aquella isla, el barco iba a acercándose lentamente y ella comenzó a organizar sus cosas. No creía que nunca pudiese acostumbrarse al hecho de ser ella misma quien debiese mantener sus cosas en orden, y mucho menos a la idea de ser ella quien velase porque nada ser perdiese, pero sin duda alguna el mayor cambio en la persona que era ahora, sencillamente eran aquellas espadas que colgaban de su cadera, y la Kodachi en su espalda ¿Cuándo se había visto a una princesa cargar con algo tan rudimentario? La respuesta era simple, devastadora y golpeaba en su orgullo: Nunca. Las personas como ella tenían personas para específicamente aquello, para velar por su seguridad y que la suavidad de sus manos nunca se viese maltratada por aquellos cayos que ahora adornaban sus palmas. Y aunque fue reacia a aceptar aquella realidad, no le quedo nada más que adaptarse, si no buscaba las formas para defenderse, simplemente no iba a sobrevivir y mucho menos tendría la fuerza para reclamar lo que era suyo. El mundo era muy diferente a lo que una vez se había imaginado tras las amplias ventanas de su habitación, las personas eran muy diferentes a lo que había visto en los plebeyos que entraban a la sala del trono a pedir cosas, y claramente, nadie iba a dar nada por ella por ser quien era, porque todos eran tan estúpidos como para aceptar su mediocridad. Nada en el mundo era como le habían enseñado en su nido de oro, y ahora pagaba las consecuencias.

Dejando salir un suspiro noto como habían llegado al puerto y sin dudarlo colgó una su mochila a uno de sus hombros y se aproximó a la salida, pisando tierra firme, reconociendo aquel olor que odiaba de aquellos lugares. Sin girarse a ver a nadie simplemente se alejó, tratando de poner distancia entre ella y aquella peste, pero antes de dejar el acceso inmediato a la playa pudo notar algo, una figura que hizo que el vello de su cuerpo se erizase y se reafirmase a si misma que ella no había imaginado quien era, que en aquel laboratorio no habían hecho nada más que reemplazar sus extremidades y sus recuerdos seguían intactos. Ella era la prueba viviente de aquello, y a pesar de que la distancia no le dejase ver nada más que un largo cabello platinado y una espalda a la que más de una vez se había aferrado en éxtasis, ella aseguraría ante cualquiera que ella podría reconocerla donde fuese.

Sus pies comenzaron a moverse solos, encaminándose rápidamente hacia ella. Hacía la única persona que había podido quitarle todo aquello que el dinero no había podido comprar, que no seguía sus órdenes por miedo, por deber, sino por un extraño placer que recaía en hacerla pensar que ella realmente tenía el control. Con la única que había compartido sus sabanas y con la única que había formado una burbuja en la que nada estaba mal, en la que cualquier pensamiento era aceptado y bienvenido. A la única persona en el mundo que le tenía confianza, porque ella había podido matarla una y otra vez, la que había notado de primera mano lo ingenuo y descuidado de la princesa, pero aun así nunca había levantado su mano para dañarla como tantas veces lo había hecho con otras personas.

Sus pies se detuvieron a unos escasos metros de ella, quien ahora yacía sentada en la arena, metida en sus pensamientos ¿Acaso estaba distraída? ¿La había reconocido por sus pasos? ¿Ya no era la Astartea siempre atenta y alerta? ¿No era la asesina perfecta que ella siempre había sabido que era? —¿Dónde habías estado?— pregunto, siempre exigente, siempre esperando que ella estuviese donde y cuando la necesitaba —Fui a buscarte y no estabas ¿Dónde te habías metido?— increpo de nuevo, observándola desde arriba, marcando la posición que en su cabeza siempre iba a conservar —Te necesitaba y no estabas— sus ojos azules se fijaron inclementes en su figura ¿Cómo podía perdonarle? Ella había ido a buscarla cuando estaba débil, asustada y necesitada de que ella le recordara que la única quien podía dañarla era ella, pero no estaba.

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Mensaje por Astartea Shikei Dom 17 Mayo 2020 - 20:18

Había sido siempre demasiado inteligente, y esa cabeza llena de pensamientos demasiado listos había hecho su propio camino. Matar había sido su manera de protegerse y lo había perfeccionado hasta lograr deshacerse de todo aquel que la molestara, de todo aquel que fuera demasiado malo, de todo aquel que diera demasiado miedo.

Se había dado cuenta luego que había gente que asustaba demasiado a la que no podía matar y se había sentido pequeña, indefensa y rota. Sin embargo era normal, ella tenía que seguir creciendo, madurando, y su obsesión por la medicina creció hasta límites que nadie podía sospechar.

Astartea se dio cuenta de la realidad, estaba enferma, y ni su akuma ni todos sus conocimientos podrían salvarla.

Un fallo en el corazón, una zona obstruida por un pliegue demasiado complejo y ella sabía cómo curarlo. Claro que sabía, lo había operado cientos de veces, miles, millones, cada día, cada noche, con los ojos cerrados. Astartea había desarrollado sus límites, sus experimentos y sus locuras y había logrado algo casi imposible.

Había creado copias de su propio y enfermo corazón, exactas, perfectas, enfermas y destruidas pero curables.

Luego había repetido el proceso una y otra vez, hasta conseguir arreglarlo, hasta hacerlo perfecto. Lo colocó en cientos de personas, sujetos de pruebas y cadáveres que vivían solo por su poder y se dio cuenta de que funcionaba perfectamente. Sin embargo tenía limitaciones, y aunque lograra multiplicar su corazón natural al hacer aquella locura.

Era imposible en su estado natural restar por completo el corazón y operarlo mientras era total y plenamente funcional sin que el paro cardíaco la matara. Había logrado rozar su propio corazón con los dedos, no morir en el proceso y levantarse de la sedación sin morir, aquello la mataría del todo.

La única manera de salvarla sería sustituir su corazón por una copia perfecta, curada, y aunque había akumas capaces de hacer algo así, Astartea estaba buscando aun a sus dueños, ya que un trasplante de corazón con una de sus copias no era viable. Por no decir que uno de otra persona era inviable. Era precisamente esa cantidad de pensamientos y emociones lo que hizo que no notara a la dueña de todos y cada uno de sus fantasmas, y que al verla, pensara que sin duda, tenía demasiado a la muerte en la cabeza.

-Vaya… Sé que estos días he tentado a la muerte, pero no esperaba que vinieras a llevarme tan pronto contigo.
-Sus orbes de sangre estaban algo opacos, perdidos, como si estuviera en aquel lugar pero a la vez no, como si tuviera demasiadas cosas en la cabeza. La miró fijamente, se perdió en aquella belleza que hacía años que no disfrutaba y una sonrisa pintó sus labios melancólicos.-Intenté rescatarte… Cuando me enteré de lo que planeaban hice planes, no quería que te mataran, pero me traicionaron, bueno… Nos traicionaron.- Aquel familiar suyo la había vendido y Astartea había jurado vengarse, una de las razones de que fuera marine para terminar con un noble corrupto.

-Luego escapé de tu recuerdo… Y me di cuenta de que te había querido, no como una mentira, no como un botón que pudiera simplemente apagar o encender a voluntad, si no como una amiga, una hermana, una amante, como la otra mitad que me faltaba.- Sus ojos se alzaron hacía la luna, mientras una sonrisa melancólica pintaba aquellos suaves labios.- Como el sol que se encargaba de que la luna tuviera su propio brillo… Y un día, te apagaste, y yo, morí contigo, y Tea desapareció.

Y se había fundido en la oscuridad, bañado en el barro, enterrado entre cadáveres, llenado de sangre, lujuria y miedo, porque nadie la comprendía ni entendía. Entonces Dexter le extendía la mano invocando a sus peores miedos y recuerdos, enseñándole que eran parecidos pero diferentes.

Aunque no le molestaba, aunque comenzaba a confiar en él, seguía sin ser su Annabelle. Ella no necesitaba un hombre del que seguramente cualquiera pudiera enamorarse, incluso un monstruo como ella.

Astartea necesitaba a Annabelle, esa mitad suya que había muerto como pronto lo haría ella, necesitaba abrazarla y saber que todo estaría bien, que podría seguir luchando y que ambas aún tenían el poder de hacer el mundo arder.

Que aún eran una de esas fuerzas imparables de la naturaleza para la que nada ni nadie, estaba preparado.
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Mensaje por Annabelle C. Collingwood Dom 17 Mayo 2020 - 22:01

Luego de tantos añosVuelvo a verte
La ojiazul no pudo hacer nada más que arrugar levemente sus cejas al ser plenamente consciente de las palabras de la peliblanca ¿Había escuchado mal? ¿Ella estaba creyéndola muerta? ¿Pensando que era un fantasma? Cuidando sus pasos termino por apoyarse sobre sus rodillas frente a ella, acercando su rostro a aquella mujer que siempre la había opacado en belleza, notando como sus facciones habían madurado, alejándose de cualquier redondez propia de la niñez y notando como se había convertido en una bella mujer. Cada palabra que había escuchado de los sirvientes sobre ella, se había cumplido, pero la princesa quería creer que ella misma no se había quedado atrás. Mientras que el rostro de Astartea era como el de una muñeca, la viva representación de un Ángel, el de Annabelle era estilizado, de ojos grandes y boca carnosa, mentón fino y pómulos delgados. Sus cuerpos también eran polos opuestos, ella estaba llena de curvas y suavidad, mientras que la princesa ostentaba de un cuerpo atlético, piernas largas y senos relativamente pequeños y una cadera con curvas pronunciadas. Todo lo que recordaba de ella y sus diferencias estaban allí, pero algo le faltaba, sus ojos siempre coquetos y sagaces estaban ausentes, allí solo quedaban un par de manchones rojizos que parecían más que ausentes y aquello estaba arruinándole la idea del reencuentro que había tenido. Sus cejas se fruncieron más y la pelinegra comenzó a sentirse ofendida. Ella había sido secuestrada, sus padres asesinados, habían experimentado con ella y luego por suerte había escapado a un mundo donde todo parecía estar loco y al que no pertenecía, caminando sola, aprendiendo a sobrevivir sola sin nadie en quien confiar, y aun así nunca se permitió llorar, mucho menos bajar la cabeza y mostrar debilidad. Pero ella, quien desde siempre había tomado el mundo por sus manos, quien rompía cada barrera que le colocaban, estaba ahí, en una playa ¿Jugando a sentirse miserable?

¡Aquello era inaceptable!

¿Qué esperabas? ¿Salir aireada de todas las tonterías que haces?— pregunto, con burla y soberbia, siguiéndole el juego de que ella era un fantasma —¿Te crees tan importante para que yo venga a buscarte?— pregunto, con su tono de voz subiendo, incrementándose —¡¿Acaso vas a rendirte tan fácil?! ¡¿Quién te dio permiso para algo así?!— sus ojos brillaron como un feroz fuego azulado y de un movimiento fluido y veloz saco su Kodachi, sosteniéndola en su mano —¿Dejaras que te lleve conmigo ahora mismo?— pregunto, anteponiendo aquella arma entre ellas, buscando el sentido de supervivencia de la mujer a la que le había permitido caminar a su lado —No me importa que lo intentaras. El hecho es que no lograste hacer nada y todo aquello paso— esa era la verdad, ella no le guardaba rencor a la única persona que confiaba en ese basto mundo —¿Esa es razón para dejarte morir? ¿Tan débil eres que ni siquiera vas a vengarme? No me digas que tus alardes de ser una chica mala eran una burda mentira— estaba frustrándose, no le gustaba ver en ella aquella enorme grieta, para Annabelle, Astartea siempre había sido indestructible, esa idea era lo único real que aún le quedaba. Pero al parecer, ni aquello existía aún.

Sus palabras la hicieron abrir sus azulados ojos, notando con esas simples frases lo grave que estaba la situación. Ella sentía eso, siempre lo había sentido y a pesar de que fuese torpe con los sentimientos, ninguna de las dos había tenido que decirse algo así para reafirmar la relación que compartían, aquel mar de secretos que nadie iba a entender nunca, aquel lazo que ningún hombre podría romper. Astartea siempre había sido como la luna, siempre atenta, siempre alerta y al cuidado de sus sueños, manejando las sombras, envolviendo y enloqueciendo a cualquier criatura que quisiese alcanzarla. Pero ninguna debía decirlo, ninguna debía expresarlo, debían mantener la magia y la imagen de amiguillas ricas que hablaban mal una tras la otra —Está bien. Me e cansado de esta tontería— había querido bromear con ella, jugarle una broma y recordarle por la eternidad como no había podido reconocerla y la había confundido con la propia muerte, pero aquello ya no era divertido —Soy Annabelle, Tea. Soy yo— aquel apodo cariñoso salió con suavidad, sin pensárselo demasiado dejo caer su Kodachi al suelo, colocando una de sus manos en su mejilla, mostrándole que a pesar de que estuviese lloviendo, ella estaba caliente —Soy yo Tea…— susurro, quitándose el sombrero con la otra mano, para finalmente rozar sus labios con los suyos, tentándola, esperando que aceptase que ella era real y fuese a su encuentro.

¿No podía dejarla sola unos años sin que se rompiese?

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Mensaje por Astartea Shikei Lun 18 Mayo 2020 - 17:17

¿Había sido quizás concienciarse sobre su muerte lo que la había destrozado? Tal vez volver a escuchar el nombre de Tea de los labios de alguien, de unos labios que no eran los de ella. Podía ser muchas cosas, podía seguir siendo una mujer peligrosa, algo retorcida y que solo se preocupaba por sus propios motivos, pero eso no quería decir que no fuera humana, y que cuando le doliera algo no lo expresara.

En este caso estaban jugando con su vida, su muerte y una de las personas que había tomado cada pequeña parte de una asustada niña y las había unido. Astartea había temido a la princesa que no creía en sus mentiras, pero al comprender que esta estaba tan asustada como ella, se habían unido para protegerse.

-Algún día esta enfermedad me matara, si tienes que matarme tú en vez de ella, me parece justo.
- No tembló al ver la espada, pero algo en su cabeza comenzó a darse cuenta de que aquello era más real de lo que le gustaría reconocer. La lluvia mojaba su cabello, su rostro, estaba empapada pero no le importaba demasiado. La tela negra de aquel vestido se pegaba a su cuerpo frío y ella no reaccionaba. El demonio estaba perdido en aquel montón de oscuridad y dolor, y al levantar la cabeza no había sol esperándola.

Quizás era aquel hombre que la había trastornado demasiado, que había tendido su mano al barro y a la sangre, o tal vez había explotado algo que no estaba preparado para ello.

Finalmente su toque, su realidad, su calor, su beso. Astartea la abrazó con fuerza, y aunque ella no tenía apenas aquel talento disfruto del calor humano contra su cuerpo frío y roto, contra su alma dolida. Cerró los ojos y se dio cuenta de que era real, de que estaba viva, que tal y como había peleado durante años en un rincón de su cabeza y de su corazón, nada ni nadie podría hacerle daño excepto ella, nada ni nadie podría matarla salvo ella.

-¿Cómo pudiste dejar que te hicieran esto? ¿No sabes que solo yo podía quitarte de tu trono? Maldita sea Belle…-Arañó suavemente con sus finas uñas la superficie de su hombro, mientras su rostro se deformaba ligeramente en algo más oscuro y perdido.- Solo yo podía hacerte daño… -Era esa quizás la fuente de aquel extraño dúo, la necesidad de que el dolor y el miedo no rompieran a la otra, de protegerla de todo y todos. Si le dejabas claro que tú eras lo peor que podía aparecer en su vida, nunca más iba a asustarse de lo que pudiera aparecer.

-Señor…Me estoy calando hasta los huesos, movámonos, tengo demasiadas cosas que preguntarte.
- Había reaccionado, había quitado las cosas en su mente que no importaban y se estaba centrando en ella. No pensó en el hecho de que podría morir, no pensó en anda más que en la mujer que seguía junto ella en aquel abrazo.

Entonces le haría un gesto para que se pusieran en un pequeño techo que había cerca de la orilla, una pequeña caseta que solo se usaba en verano.
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Mensaje por Annabelle C. Collingwood Lun 18 Mayo 2020 - 20:36

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Annabelle no se esperaba eso ¿Astartea estaba enferma? Su seño se arrugo en confusión sin entender como había pasado aquello ¿Desde cuándo estaba así? Ella era una médico experta, desde niña siempre había tenido un morboso interés por el cuerpo humano, siempre había buscado aprender más, había encontrado soluciones cuando muchas personas que le doblaban en edad daban vueltas en círculos ¿Cómo había podido enfermarse hasta el punto de poder morir sin notarlo? ¿Era una enfermedad incurable? ¿Por ello no había solucionado el problema de su cuerpo y parecía tan asustada? La pelinegra tenía muchas preguntas, pero ninguna salió por entre sus labios. Ahora ella también tenía miedo, no podía permitirse perder a Astartea. Ella ya no tenía nada, y a pesar de que su meta era recuperarlo todo ¿Tenía la seguridad de que podría lograr algo? No, no la tenía. Sus esfuerzos podían ser en vano, y quedarse siendo nada ante los ojos del resto del mundo, solo sabiendo ella misma quien era. Y por ello necesitaba a la albina, necesitaba que ella estuviese allí, junto a ella como siempre había estado por si el mundo se destruía a su alrededor, o ellas eran quienes provocaban la destrucción del mundo. Pero aquello ya no era seguro, podía tocarla en ese instante, pero ¿Cuánto más podría? Después de tanto años buscándola, recorriendo islas esperando que la casualidad llegase a ella y un día como el que estaba viviendo ahora mismo, y ella sin tregua le decía que podía morir ¿Acaso ya no podía tener solo un poco de suerte tras tantos años? La ojiazul respiro profundo, tratando de calmarse y aceptándose a sí misma a regañadientes que no era el momento de interrogarla por ello. Astartea estaba rota, tan rota como para aceptar la muerte y ver en ella la representación de la misma.

De un momento a otro, un respiro de alivio la invadió al notar como la chica la abrazaba, pasaba sus brazos por sus costados y simplemente la atraía hacia ella con un abrazo. Sin pensárselo mucho le correspondió, acariciando su cabeza mientras se felicitaba a si misma por habérsele ocurrido aquella idea. No esperaba que Astartea viera que era real solo con palabras, necesitaba algo más, algo que un fantasma no pudiese recrear, y aquello había sido un beso. Sabía que ella era una persona de tacto, y ese había sido el estímulo perfecto para que ella reaccionase y buscase la verdad en sus palabras y no solo se quedase allí ausente —Llegaron a mitad de la noche Tea. Las criadas apenas pudieron despertarme y ya estaba invadido el palacio, no tenía a donde huir— y ese había sido el detalle que le había hecho comprobar que su tío había sido el culpable ¿Cómo unos simples piratas habían llegado a su castillo sin que sonase ninguna alarma? ¿Sin que los guardias pudieran prepararse? La respuesta era simple, ellos habían tenido ayuda desde adentro y alguien les había permitido entrar. No había nada más que pensar —Pues alguien se te adelanto y me lo quito todo— admitió, suspirando. La magia de la burbuja se había roto y solo había quedado la oscura realidad, ellas no podrían controlar nada y solo había sido una infame fantasía el mundo donde juntas podían impedirlo todo.

Sin pensárselo demasiado se apartó de ella suavemente, tomando de nuevo su Kodachi para guardarla en su espalda y ponerse en pie, sin extenderle una mano a la albina para ayudarle. Había existido un momento de debilidad entre ambas, algo que los demás no solían presenciar, pero ambas sabían que quedaba después de eso, y aquello era el actuar como si nada hubiese pasado, como si aquello no hubiese existido más que en un universo paralelo, y ahora debían dedicarse a pensar que el tiempo no había pasado, que Annabelle no estaba vestida recatadamente con finas telas, y que Astartea no estaba buscando seducir a cualquiera que estuviese cerca de ella —¿No tienes una habitación por aquí? Se supone que estas enferma, y si mueres nadie me ayudara a hacer sufrir a mi tío como lo merece— dijo como si fuese lo más casual del mundo mientras se encaminaba hacia la caseta —Porque, vas a ayudarme a recuperar mi castillo ¿Verdad?— ella no debía preguntarlo, y la albina tampoco contestarlo, pero aun así deseaba que ella lo dijese en voz alta, que ella cerrara la promesa y buscase la venganza con ella.

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Mensaje por Astartea Shikei Dom 24 Mayo 2020 - 15:14

-Estoy enferma del corazón, no moribunda, puedo prometerte que he tenido un par de meneos estos días y sigue latiendo como siempre.- Se queja, alzando una ceja de manera condescendiente. Lentamente está volviendo a ser ella misma, quizás las cosas de su cabeza han descubierto que tienen algo más de lo que preocuparse ahora mismo.- Si, por eso me hice marine… -Ríe ligeramente, de esa forma casi demoniaca que tiene.- Si me hubiera hecho revolucionaria tendría que reclamarla sin rey o reina y eso no era viable, pensaba ponerte en el trono aunque fuera como recuerdo.- Se encoge de hombros levemente, le hace un gesto y le pide que la acompañe.

El paseo no dura demasiado, una tranquila posada en un lugar con un aire medieval de reino que casi le hace gracia. No es para nada lo que están acostumbradas, pero va a tener que servirles para pasar la noche, después de todo no piensa meter a Annabelle en un barco de la marina. Demasiadas explicaciones y problemas. Le paga al posadero mientras deja su capa y parte de su ropa secándose en la chimenea. No hay nadie, así que disfruta sentándose al calor de aquel fuego que parece lentamente devolverla a la vida.

-Toma asiento, estas también calada hasta los huesos.- Un gesto y le coloca el sillón cerca, mientras deja una manta en el reposabrazos. Hay un silencio suave entre ambas pero no es incómodo ni extraño, no es nada que las molestes. Es esa confianza que hace que ninguna de las dos necesite hablar para saber qué es exactamente lo que la otra quiere escuchar sobre aquel tema.- ¿Estas herida en alguna parte? Sabes que siempre he sido tu médico personal.- Ladea el rostro con algo de curiosidad y es que los ojos de Astartea la notan diferente y no es solo por su crecimiento.

Les traen enseguida algo caliente de beber, té o café, es un lugar molesto pero Astartea no tiene demasiado problema, está esperando sin embargo a que nuestra reina muestre el enfado que le corresponde. Ella por su parte toma algo del té y se relaja, sabiendo el que peso de la lluvia, de sus emociones y de las palabras de Dexter siguen en su cabeza.

Ahora sin embargo es más importante dejarlo todo en una esquina, reponerse y convencerse de que pase lo que pase tiene que cuidar de Annabelle. Es el momento de comenzar a tomar parte activa en la marina hasta que llegue el momento de meter al tirano rey entre rejas por todos y cada uno de sus crímenes.
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