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[Misión osada-South Blue] El platillo de toda una vida

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Mensaje por StaffOPD el Jue 21 Mayo 2020 - 0:41

Contratante: Chef Boùlerdoù.

Descripción de la misión: Tras su éxito en la pequeña isla de Samia, el Chef se ha embarcado en una gira por el South Blue para dar a conocer su platillo estrella. Busca a valientes jóvenes emprendedores que por el camino le cacen y provean diferentes ingredientes para que pueda experimentar y conseguir idear otra receta estrella.

Objetivos secundarios o alternativos: Asegurarse de que allí a dónde vaya sea siempre bien recibido.

Recompensa: Dos raciones por cabeza de la receta estrella que cree, con las propiedades que más se le ajusten. En caso de haber un cocinero entre los voluntarios, considerará compartir su receta.

Recompensas por objetivo secundario o alternativo: 3.000.000 de berries por cabeza.
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Mensaje por Prometeo el Jue 28 Mayo 2020 - 3:05

Vestía un grueso abrigo de lana que le llegaba hasta las rodillas, además llevaba tres pares de calcetines y una larga bufanda. Menos mal su cabello era largo, pues así mantenía caliente sus orejas. Había escuchado que Murynos era una isla muy… invernal, por lo que había tomado las precauciones necesarias. No es que le desagradase en lo absoluto el frío, sin embargo, parecía afectarle más que a otras personas. Hasta llevaba unos buenos guantes, no demasiado gruesos para dificultar la movilidad de sus dedos, hechos para mantener el calor dentro de estos. Y es que el viento que soplaba desde el océano rugía con fuerza, sacudiendo los cabellos blancos del joven revolucionario y haciéndole pensar que no había sido buena idea ir a esa isla.

Había escuchado que un chef de nombre tan extraño como difícil de escribir, pero reconocido a fin de cuentas, necesitaba ayuda para conseguir otra receta estrella. Y el homúnculo podía ayudarle con ello. Poseía unas papilas gustativas increíblemente desarrolladas, tanto como para diferenciar cualquier sabor por muy despreciable que fuese. Podía decirse que era un arma de doble filo, pues cuando le dio un mordisco a la fruta del diablo fue tal el mal sabor que cayó desmayado y no despertó a los varios días. Por otra parte, tenía grandes conocimientos de biología y comprendía bastante bien la fauna y flora que podía encontrar en Murynos. ¡Incluso era un chef más que decente! Vamos, hay que decirlo: era un trabajo pensado para él.

Pero no todo era color de rosas, y es que el joven albino se rehusaba tajantemente a cocinar cualquier platillo que tuviera carnes rojas. Prometeo llevaba una estricta dieta pescetariana que, si bien no le enorgullecía del todo, le permitía dormir por las noches sabiendo que no era tan cruel como podía llegar a serlo comiendo carne de mamíferos. Podía decirse que era un poco especista, un término moderno que surgía poco a poco y que muchos no le encontraban sentido, pero, oye, su decisión no afectaba negativamente a nadie ni tampoco criticaba a quienes llevaban una dieta distinta. Entre su estilo de alimentación y sus conocimientos como biólogo sabía que en Murynos habitaba una especie marina de agua dulce muy nutritiva y con un sabor exquisito, siempre y cuando se supiese cocinar. Ayudaría a ese chef a encontrar una nueva receta estrella, un plato helado que representaría a la perfección el azul hielo de la isla.

—Deberíamos dirigirnos al centro de Murynos, según este mapa allí debe haber lagos donde pescar, aunque recomiendo que tú me guíes… Lo siento, soy realmente malo con las direcciones y esas cosas —le comentó con un tono amable a su compañero, el joven que había conocido en el mar del norte.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Jue 28 Mayo 2020 - 6:52

Había pasado un buen tiempo desde que había abandonado Senki. Había vivido muchas aventuras desde su salida de su isla natal. Se miró al espejo y se sorprendió lo largo que tenía el cabello, siempre lo había mantenido corto, pero era porque Asuna o alguna vecina de buena voluntad se lo cortaba, ahora que estaba solo ya no tenía esa clase de… ¿Privilegio? ¿Fortuna? ¿Ventaja? No sabía como llamarlo del todo, pero lo había perdido el día que se había marchado de la seguridad de Senki. Suspiró y le quitó importancia al asunto. No era de vida o muerte y fijo que no le causaba ninguna clase de problema. Su pelo ahora le llegaba más o menos hasta su cintura, no es que fuera una medida si estaba muy largo o no, después de todo, era bastante pequeño.

—Bueno, da igual. Vamos —dijo una vez se terminó por aceptar finalmente con su nuevo look.

Salió del baño y se dirigió a su habitación. Sabía que iban a una isla invernal, así que era mejor estar preparado para las inclemencias de esa clase de clima. Agarró un abrigo de piel de oso que había comprado hace unos días atrás. Era de un hermoso color café. También sacó de entre sus cosas una bufanda de color anaranjado y se la colocó rodeando su cuello. Ajustó sus botas de nieve, ideales para esta el frío y salió de la habitación. Suspiró y se encontró con Prometeo afuera. ¿Dónde estaban? En Murynos. ¿Razón? Un chef de renombre, con un nombre imposible de decir y más complicado de escribir, estaba en la isla en busca de algunos nuevos ingredientes. ¿En qué encajaban ellos? No tenía ni la más remota idea. Toshiro era médico, medianamente bueno, pero médico. Tampoco es que tuviera un paladar tan refinado, pero el otro peliblanco le había pedido ayuda y como no tenía nada mejor que hacer, decidió aceptar.

—Debes mejorar tus habilidades de mapas y todo —dijo con una suave sonrisa mientras empezaban a caminar por la ciudad —. Te vas a terminar perdiendo y, otra vez, te meterás en un problema —comentó entre risas haciendo alusión al momento en que se habían conocido. Si bien todo había salido bastante bien, sintió que fue algo muy casual y extraño, improvisado y sin mucha planificación.

La idea era bastante simple, llegar al centro, encontrar al chef y de ahí partir a buscar los nuevos ingredientes para alguna de sus recetas nuevas. ¿Qué tan difícil podría ser? Dudaba mucho que fuera algo tan complicado, pero no estaba de más tener ciertas precauciones respecto a lo que sea que fuera a pasar. Le hizo una seña a Prometeo indicando el camino para llegar al centro, en el mapa había indicado un restaurant y ahí podrían partir. Había escuchado del albino que había un lago donde se podía pescar, por suerte, tanto el local de comida como este estaban bastante cerca.
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Mensaje por Prometeo el Vie 29 Mayo 2020 - 5:08

Soltó una sonrisa amigable ante las palabras de Toshiro y le miró de reojo. Tenía razón, ya era hora de aprender a leer un mapa o como mínimo saber dónde estaba el norte. Su sentido de la orientación era tan malo que, de no ser por sus buenos amigos, acabaría perdiéndose en cada oportunidad. Le parecía que la puntualidad era una conducta positiva, sin embargo, era difícil llegar a la hora si partía hacia el lado opuesto. La doctora Weidenberg se había acostumbrado y hasta le daba risa que fuera tan malo en algo tan básico. Bueno, cada quien con sus puntos positivos y negativos; al menos podía convertirse en un gigantesco pájaro capaz de sobrevolar la isla y, oye, era buena idea, ¿verdad?

—Lo he intentado, pero es mucho más difícil de lo que todos creen —respondió, rascándose la cabeza y sintiéndose ligeramente avergonzado—. Podemos caminar hacia el centro de Murynos, pero creo que volar hacia allá nos tomará menos tiempo.

Si Toshiro se preguntaba cómo lo harían, respondería con un gesto imponente y explícito: adoptaría su forma completa. Unas gigantescas y cálidas alas reemplazaron sus brazos, desprendiendo unas hermosas llamas azules que chispeaban dorado. Una larguísima que acababa dividida en múltiples lienzos acababa su cuerpo, y medía más de quince metros de ala a ala. Sin embargo, lo verdaderamente impresionante no era su apariencia física, sino la velocidad a la que podía volar. Su morfología aerodinámica le permitía desplazarse a más de doscientos kilómetros por hora, aunque tampoco era necesario ir tan rápido puesto que suponía un agotamiento prematuro.

—Puedes subirte a mi lomo, así llegaremos mucho más rápido al lago. A menos que sea en línea recta deberás darme las indicaciones para no perderme.

Esperaba que su compañero aceptase su propuesta, después de todo, no todos los días podía subirse a la espalda de un fénix y contemplar el mundo desde lo alto del cielo. En caso de mostrarse de acuerdo con su idea, usaría su propia ala a modo de escalera para que pudiera alcanzar su lomo. Debía sujetarse con fuerza para no caer; evitaría maniobras complejas, pero era mejor tomar precauciones. Lo bueno es que el clima se veía… bien, es decir, estaba nublado y no tenía la mejor de las pintas, pero no había indicios de tormenta o algún fenómeno natural. Esperaba que tampoco los hubiera camino al lago que, según la distancia expresada en el mapa, estaba a unos cien kilómetros de la costa. Si todo iba bien tardaría algo más de una hora en llegar.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Vie 29 Mayo 2020 - 23:53

Escuchó la respuesta de Prometeo. No es que el fuera un genio leyendo mapas, pero, al menos, sabía seguirlos… En buena parte. Sabía lo mínimo de lo mínimo, podía identificar donde estaba el norte y con eso a veces era suficiente, ¿no? Suspiró y le quitó importancia al asunto, con el mapa en la mano empezó a caminar. La distancia no era lo que se podía decir corta, de hecho, a pie iban a tardar un buen tiempo en llegar al centro. ¡Era una isla estúpidamente grande! ¿No habría alguna forma de hacer el trayecto mucho más sencillo y corto? A menos que pudieran volar o teletransportarse, era poco lo que se podía hacer, estaban jodidos.

—Sí, podría ser una opción, pero yo no sé volar. Yo controlo almas, no vuelo —contestó el peliblanco.

Notó que estaba caminando solo, no escuchaba los pasos de Prometeo a su lado. ¿Acaso estaba admirando la belleza de la isla? ¿La inmortalidad del cangrejo? El viaje no era corto como para estar perdiendo el tiempo en pequeñas tonterías. Se giró y… ¡Era un fénix! ¡A eso se refería con volar! Y eso explicaba porque pudo curar al hombre de su primer encuentro casi sin ningún esfuerzo. Según la mitología, las llamas azuladas de un fénix podían curar cualquier tipo de herida. Había escuchado de esas frutas del diablo, eran demasiado raras y ahora estaba frente a frente con un usuario de esos poderes. No pudo evitar sonreír emocionado, en cierta manera, Toshiro era como un niño pequeño y se emocionaba con mucha facilidad en según qué casos. Prometeo ahora medía, aproximadamente, quince metros de ala a ala.

—Más te vale que no me caiga —comentó mientras empezaba a subir a Prometeo. Se sentó con las piernas cruzadas y empezó, poco a poco, a rezar porque nada fuera a pasar.

Su compañero alzó el vuelo y se elevaron por el cielo. Debía admitirlo, era una experiencia única y que dudaba que se pudiera repetir, no en un futuro cercano. Cerró sus ojos y sintió el viento en su rostro. El día no estaba despejado, pero tampoco es que estuviera tan mal el clima como para no disfrutarlo. Confiaba en que el albino no iba a hacer nada extraño y confiaba en que lo iba a atrapar en caso de algún infortunio. Le fue guiando el camino hasta llegar al centro de la isla. Un viaje de horas se hizo en apenas unos minutos. Para no asustar a nadie, le indicó un lugar que estuviera alejado de la ciudad y con el espacio suficiente para aterrizar.

—Bien, en marcha —dijo con una sonrisa mientras empezaba a caminar hacía la ciudad —. Te seré honesto, de comida sé poco y nada, lo mío es la medicina y poco más —comentó mientras iba viendo que ya estaban por llegar —. Si solo acepté venir fue porque no tenía nada mejor que hacer —prosiguió entre risas —. Así que tú dirás, Prometeo. —Finalizó.
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Mensaje por Prometeo el Dom 31 Mayo 2020 - 20:08

Las palabras de su amigo parecían hacerle entender que él no pintaba nada en esa misión: no tenía grandes conocimientos biológicos ni entendía de alimentos. Sin embargo, tampoco es como si algo así fuese a significar algo puesto que, en realidad, lo único que importaba era su compañía. Prometeo se conformaba y contentaba con su presencia, con poder mantener un diálogo con alguien y compartir palabras. Además, podía aprovechar la oportunidad y enseñarle algo de su área que, oye, nunca iba mal saber un poco más de algo.

Siguió las indicaciones de Toshiro y luego de unos minutos llegó a una formación impresionante. Un enorme lago de aguas turquesas se hallaba encerrado en un cajón montañoso completamente nevado. Un bosque de coníferas crecía alrededor de la cuenca, extendiéndose por varias decenas de kilómetros. En la orilla noreste del lago había una casa de madera que atrapó la atención del fénix. ¿Acaso no era demasiado peligroso vivir en una zona así? Podía notarse a leguas que la casa se ubicaba en una ladera de deslizamiento, así que cualquier evento tectónico haría caer las rocas sobre la edificación. Además, con el derretimiento de los hielos —algo altamente posible, vaya— la casa podía ser tragada por las aguas.

—No te preocupes, creo que es más divertido pescar entre dos —respondió con una sonrisa, sintiéndose muy orgulloso por haber aprendido el significado de la diversión. ¿Eh? ¿Cómo que no era entretenido pasarse diez horas en la misma posición y en silencio en compañía de un amigo?—. Bajaré.

Menos mal había llevado un par de gafas de sol que, si bien no eran las más innovadoras del mercado, les ayudarían a protegerse del efecto Albedo. En palabras simples, se trataba del porcentaje de luz reflejado por una superficie blanca. En zonas montañosas donde había mucha nieve podía llegar a ser muy perjudicial para la vista de los humanos, quienes no estaban preparados para vivir en un ambiente como ese. Tras tocar suelo firme, volvió a su forma original y se colocó las gafas, recomendándole a su compañero que también usase unas.

—¿No te da curiosidad saber quién puede vivir en un lugar tan inhóspito como este? —le preguntó entonces sin ninguna expresión en su voz, mirando la cabaña de madera que parecía no tener vida—-. Creo que deberíamos echarle un vistazo.

Prometeo no era esa clase de hombre que actuaba por su cuenta sin tener en consideración los deseos de los demás, así que esperó a que su amigo opinase para ponerse manos a la obra. En caso de que se mostrase de acuerdo en echarle un vistazo a la casa, el revolucionario se acercaría a ella y caminaría a paso lento. Esta era de dos plantas y tenía un pequeño balcón con vistas al lago. Un diseño bastante clásico y con un techo en forma de cono, algo ideal considerando la cantidad de nieve que caía en Murynos. Tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con la viga colgante y entonces golpeó con suavidad la puerta, esperando que alguien apareciese.

—¿Hm? ¿Visitas?

Un hombre de avanzada edad y un poco más alto que Toshiro apareció tras la puerta. Las arrugas en su rostro evidenciaban el paso del tiempo. Tenía un grueso y canoso bigote que combinaba con un peinado corto. El anciano, probablemente de unos sesenta años, vestía un chaleco gris y su nariz servía para sostener unas gafas rectangulares. Miró con sus profundos ojos celestes a los visitantes. Por su reacción podía suponerse que no estaba acostumbrado a recibir visitas.

—Es un mal lugar para perderse, jóvenes.

—No estamos perdidos, señor, sólo me dio curiosidad encontrar que alguien pudiera vivir a orillas del lago en una región tan fría como esta —contestó Prometeo con tono formal—. La verdad es que hemos venido a pescar una especie singular de un pez de agua dulce que vive únicamente en Murynos.

—Oh, ya veo… ¿Por qué no entran? Prepararé chocolate caliente.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Mar 2 Jun 2020 - 6:04

Si bien iban en dirección a la ciudad, la idea de Prometeo era un tanto diferente a lo que pensaba. Tuvieron que hacer una pequeña parada antes de seguir para que el fénix pudiera descansar y tomar aire. Fue un descanso de unos minutos antes de proseguir con su viaje. ¿Su rumbo? El gran lago que se encontraba en la isla. Toshiro era de los que curioseaban un poco su destino y tenía una ligera idea de lo que buscaba el peliblanco. Según un libro turístico, el lago de agua dulce proveía de peces increíbles y con un sabor prácticamente único. En sencillas palabras, lo más ideal para el cheff si quería hacer una nueva receta. No era una mala idea, de hecho, pensándolo bien, era la única. El espadachín en el ámbito de la cocina era un negado total. Sus comidas no eran lo más elaborado y solo se preocupaba de una cosa, que fuera medianamente comestible. En sus cortos diecinueve años, no había comido nada excepcional. ¿Razones? No muchas, falta de dinero y no conocía a nadie que hubiera dedicado su vida a aquello.

El viaje al lago fue corto, por suerte, gracias a lo que sea, no pasó nada. Tenía sus dudas respecto al clima, pero no ocurrió ningún desastre. Prometo no tardó en bajar en cuanto vieron el inmenso lago y no pudo evitar asombrarse por la hermosa vista. Era un paisaje increíble. El lago estaba rodeado por un bosque y justo atrás, se alzaba una gigantesca montaña que estaba tapada en nieve. Era una postal que dudaba poder olvidar fácilmente. Desde el aire, su compañero había divisado una casa en el extremo noroeste del lago. ¿Cómo carajos vivía a alguien ahí? La ladera donde se ubicaba era una que se podía caer a pedazos con un simple movimiento o inclusive, si la nieve bajo esta se terminaba por derretir. Le quitó importancia al asunto, observó al peliblanco colocarse unas gafas de sol, seguramente, para protegerse del llamado efecto Albedo. En palabras simples, era cuando la luz se reflejaba en superficies blancas como la nieve. Era algo, más o menos, peligroso para los humanos, sobre todo, cuando no estaban preparados para vivir en un ambiente así. Quizás a la gente de la isla, al estar tan acostumbrados, no les pasaba nada, pero para ellos podría ser un problema.

—Pues da bastante curiosidad. Vamos —dijo mientras se colocaba unas gafas de sol, al igual que su compañero —. Sabes que soy precavido, no hay que bajar la guardia, nunca se sabe lo que puede pasar. No hay que tan ser ingenuos —comentó mientras empezaba a caminar con su compañero.

La cabaña era hermosa y hacía un perfecto juego con el paisaje. Una casa de dos plantas con un balcón que daba magníficas vistas al lago. Su diseño parecía ser clásico y un techo en forma de cono. —Me dan ganas de vivir aquí. —Pensó con una suave sonrisa. Prometeo golpeó la puerta, Toshiro se quedó un poco más atrás con los brazos cruzados. Pasaron unos cuantos minutos antes de que un anciano, un poco más alto que el espadachín, con un bigote grueso y canoso que combinaba bastante bien con su peinado corto, abrió la puerta. El viejales rondaba los setenta, vestía con un chaleco gris y unas gafas rectangulares. Por su lenguaje corporal, seguramente, no estaba muy acostumbrado a recibir visitas y menos de dos desconocidos. Prometeo explicó el por qué estaban ahí y el anciano los hizo pasar.


Toshiro fue el primero en entrar. La casa por dentro era… ¡Espectacular! Tenía ventanales en cada pared y cada uno de estos daba a un paisaje diferente. Había variados cuadros colgados en estas, en el living una pequeña mesa estaba en el centro y al costado de esta, habían floreros con lo que parecían ser tulipanes. Los sillones eran de cuero y una especie de mantel blanco cubría los apoya brazos. No pudo evitar fijarse en la pared que estaba justo en el centro más que nada porque era lo que parecía ser un santuario hecho para una mujer. No había ninguna foto del viejales, solo de ella. Arriba de este se ubicaba la foto de un pez gigantesco. ¿Esa cosa vivía en ese lago? Por la fotografía esa cosa debía medir, al menos, diez metros desde la cabeza a la cola y unos cinco de ancho. ¡Era el pez más grande que había visto en su vida! El anciano no tardó en dejar en la mesa los chocolates calientes y los miró con cierta cautela.

—Perdón, no nos hemos presentado —comentó —. Mi compañero es Prometeo y yo soy Toshiro Hitsugaya —dijo mientras tomaba la taza y le daba un ligero trago. —. Gracias por la recepción, de verdad. —Miró a Prometeo y le indicó la foto del pez — ¿Crees que si capturamos a esa cosa el chef quede contento?

— Mi nombre es Hyro. ¿Capturar al rey del lago? ¿Ustedes dos? Están demasiado verdes para eso—dijo un poco molesto el anciano —No me hagan reír, los haría polvo en apenas un segundo. Solo serían un número más.

— ¿Por qué? —preguntó con curiosidad el espadachín.

Un silencio sepulcral se hizo presente y se sintió un poco incómodo. ¿Acaso ese viejales había intentado pescar al llamado rey del lago? Aunque lo más importante, de ser cierto, había sobrevivido para contar su historia. —Espera… —Pensó. ¿Aquella mujer de las fotos era un familiar de él? La casa era muy grande para vivir solo y el anciano, pese a todo, no indicaba que fuera un solitario más bien que fue obligado a serlo. No quería apresurar su teoría, pero si ese era el caso, parece que habían llegado a la casa correcta, si es que lograban convencer al anciano de ayudarlos en una proeza que, al parecer, era imposible.

—Tomen asiento, les contaré una historia… —dijo el anciano mientras les daba la espalda y se quedaba viendo el lago.
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Mensaje por Prometeo el Jue 4 Jun 2020 - 5:21

El anciano colocó suavemente la bandeja de plástico sobre la mesa de madera. Los tazones despedían ese típico vapor que indica lo caliente que está el contenido. Tenía un gran sentido del gusto, pero no del olfato y aun sin la necesidad de tener uno, podía notar las distintas notas aromáticas de la bebida. Llevó su mano enguantada a la taza y entonces lo probó, abriendo los ojos sorprendido ante esa maravillosa mezcla. Estaba el dulzor por un lado y el embriagante amargor por otro, una combinación que procuraría recordar para recrearla en algún momento. ¡Incluso notaba tintes de avellana! ¿Dónde había conseguido algo así en un lugar tan… frío? Sabía, gracias a su condición de biólogo, que la Corylus avellana era propia de ambientes más templados, aunque también era cierto que podía resistir bajas temperaturas… Bueno, no iba a divagar más: había una historia que escuchar.

La expresión de Toshiro indicaba que parecía entender mucho mejor la situación, pero el revolucionario era un caso perdido si se trataba de leer el ambiente. No entendía por qué el anciano les trataba de jóvenes verdes y números. ¿Acaso tenía una enfermedad visual? ¿O alguna clase de degeneración mental? Según la edad que tenía, podía suponer que estaba alcanzando los primeros pasos de la demencia. «Hmm, espera… ¡Ya lo tengo! ¡Es una metáfora!», se dijo a sí mismo en sus pensamientos, dándose un golpecito en la palma de su otra mano cuando lo entendió. Así que podía tratar de jóvenes verdes y números a otras personas, ¿eh? Lo intentaría para la siguiente ocasión.

—Quiero que mi experiencia les ahorre un mal día, así que escuchen con atención: ir tras el rey del lago es un suicidio —sentención de pronto, tomando asiento y luego sacó una pipa de madera en forma de “ese”—. Yo mismo lo intenté hace veinte años, pero fallé y el precio a pagar fue muy grande. Un tonto más que cayó en la ilusión de la esperanza, sin embargo, cuando enfrentas un monstruo como ese toda nuestra mentira humana se esfuma: ni voluntad ni sueños, todo es una gran falsedad. —Su tono de voz expresaba amargura, nostalgia, incluso dolor—. Cuando era un joven de apenas veinte años sentía que me podía el mundo entero, quería demostrarle a todos mi valentía y desde entonces comencé a prepararme para mi gran enfrentamiento: vencería al rey del lago. Sin embargo, el tiempo pasa más rápido de lo que uno cree y acabé casándome. Durante muchos años olvidé ese sueño… Cuánto me arrepiento de haberlo traído de regreso.

—¿Acaso…?

La única razón que se le ocurría para que hubiera abandonado su sueño es lo que cualquier humano haría: volverse vegano. Eran las únicas criaturas del mundo que no lastimaban a otros seres de su mismo reino. Bien, comían plantas y semillas, pero carecían de la misma red sensorial que los animales. Y ahí había una diferencia muy importante. Sin embargo, no todos pueden llevar una dieta tan estricta… Seguramente estaba arrepentido de haberle dado la espalda al veganismo y volver a una alimentación carnívora.

—Sí, muchacho, fallé como todo el mundo porque pensé que yo era especial, que era una especie de elegido… Pero cuando llegas a mi edad te das cuenta de que esa es pura basura, publicidad barata para que los tontos como yo hagan cosas de tontos —respondió con cierta apatía—. Un día decidí darle caza, pensé que estaba completamente preparado y no había nada que pudiera detenerme, pero no fue así. Rebecca se subió a la lancha conmigo, quería ayudarme a cumplir mi sueño. ¡Debí haberle dicho que se quedara en la cabaña! Todo fue un desastre y… Yo la perdí.

Había escuchado de la doctora Weidenberg que la gente de mayor edad solía sentirse sola y por eso hablaban como si no lo hubieran hecho durante años. Quizás ese hombre entraba en ese caso común. Vivía solo en una enorme casa y había perdido a su esposa; tenía todo el derecho de expresar lo que sentía y pensaba.

—Yo… Siento mucho su pérdida, señor Hyro, pero… —Hizo una pausa; no estaba seguro de si debía preguntárselo, pero la duda le carcomía—. ¿Hay alguna razón especial por la que su gente quiera cazarle?

—¿Mi gente? No formo parte de una tribu como quizás te estés imaginando, joven, pero sí hay una razón… Pertenezco a un pueblo que respeta el honor y la valentía, el coraje. Quería cazarle para demostrarle a los demás lo fuerte que era, sin embargo, no era el único motivo. ¿Qué pasa cuando tienes un pez demasiado grande en un estanque pequeño? Acaba comiéndose todo lo que pilla, ¿no? Cada año que pasa desciende la cantidad de peces que podemos extraer del lago, lo cual supone un problema para esta región de Murynos: tarde o temprano el hambre acabará tocando la puerta.

—Entonces ahora tenemos otro motivo más, ¿no crees, Toshiro? Entiendo su preocupación y agradezco profundamente su voluntad, pero esto es algo que hay que hacer. Estamos ayudando a un conocido chef a crear una nueva obra maestra, sin embargo, ahora que sabemos el efecto que tiene el rey del lago sobre su pueblo… No puedo quedarme de brazos cruzados, señor.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Sáb 6 Jun 2020 - 8:24

Toshiro escuchó la historia del anciano. Era… Lo que se esperaba, en parte. Aunque con lo que no contaba era que el rey del lago era un peligro para la isla. ¿Los ayudaría nuevamente? Por su actitud, podía decir que no, aunque tampoco es que lo necesitarán mucho. Por muy fuerte que fuera el pez, eran dos contra uno y ambos tenían habilidades más que interesantes. No podía no sentir tristeza por el anciano, después de todo, por una proeza imposible había perdido a su amada. El peso del fracaso y “causar la muerte” de ella, se notaba que le seguía doliendo. Las fotos de ella, que estaban colgadas en la pared, la veían hacer bastante joven. Si hacía cálculos más o menos rápido, todo lo que acaba de contar había sucedido hace, quizás, unos veinte o treinta años atrás. ¿Podría ser capaz de convencerlo? Si bien ellos podrían intentar luchar contra el pez, el anciano tenía la experiencia y conocía el terreno mejor que nadie.

—¿Están locos? —preguntó Hyro algo sorprendido. Quizás su cometido, al contar su relato, era lo contrario a lo que estaba provocando —Es imposible, muchos lo han intentado y nadie ha sobrevivido.

El peliblanco suspiró. ¿Qué debería decir? ¿Desafiarlo? Quizás solo conseguía que el anciano no los ayudara y solo los terminara expulsando de su propia casa. Por muchas leyendas que rondaran sobre el rey del lago, siempre había un poco de exageración. Se terminó de un trago el chocolate caliente y miró con atención al anciano. No sabía muy bien que decir, pero seguro que podía hacer algo interesante. Conocía, más o menos, bien la mente humana y, en teoría, debía ser capaz de convencerlo de alguna manera. Aunque mucho más importante que eso, si querían derrotarlo, lo necesitaban de una u otra forma.

—¿Acaso vas a vivir lo que te queda de vida sufriendo por el pasado? ¿Es lo que ella quisiera? No la conocí, pero puedo asegurar que no le gustaría verte así. Es tu sueño, maldita sea, lucha hasta el final por él —dijo el peliblanco mientras empezaba a caminar hacía la puerta —Vamos, Prometeo. Es hora de demostrar que no existen los imposibles —comentó con una suave sonrisa —. Puedes sentarte aquí y vernos desde la seguridad de tu casa, nosotros nos encargaremos. Recuerda nuestros nombres, tú y toda esta isla nos terminará agradeciendo. —Finalizó con confianza.

No iba a esperar ninguna respuesta por parte del anciano, si seguía siendo terco, podía mirar y quedarse a salvo. Salió de la casa y miró al lago. ¿Quién iba a imaginar que en ese bello paraje vivía una bestia indómita? Se quedó afuera, de brazos cruzados, esperando a su compañero. Sabía que el agua dulce no era tan perjudicial para los usuarios de las frutas del diablo, pero no era motivo para confiarse. ¿Prometeo podría mantenerse estable en el aire y luchar al mismo tiempo? Tampoco sabía nada sobre el pez, pero tampoco era algo importante. —En ninguna batalla sabes a lo que te enfrentas, debes estar dispuesto a lo que sea. —Pensó mientras recordaba las enseñanzas de su maestro.

—Supongo que esta vez va a ser un poco más complicado —dijo el peliblanco mientras miraba el lago. ¿Qué deberían hacer? —. Si tienes alguna idea de cómo enfrentar a un pez gigantesco en su terreno, soy todo oído. —Prometeo podía ser un tanto… ¿Especial? ¿Raro? Pero, por lo que iba conociendo de él, siempre tenía una que otra idea interesante. Miraba de reojo una que otra vez a la casa, por si el anciano salía y decía algo más o se unía a ellos.
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Mensaje por Prometeo el Lun 8 Jun 2020 - 4:15

En su opinión, las palabras de Toshiro fueron demasiado… duras, aunque no por ello carecían de razón. El señor Hyro enfrentó en el pasado al rey del lago, y conocía el terreno mejor que nadie. Seguro que también era un gran marinero, es decir, la lancha estacionada en el pequeño muelle de madera y los arpones a modo de decoración suponían una cosa. Sin embargo, entendía por qué el hombre no quería participar en esa cacería, ¿quién querría revivir tan malos recuerdos? Pero había gran diferencia entre la gente que lo intentó y Prometeo: ninguno de ellos era un cazador de verdad.

—Gracias por los consejos, señor —dijo tras levantarse, inclinando ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento—, pero lo haremos de todas maneras. Si pudiera dar más información sobre-

—Solo… largo, váyanse. Luego no digan que no les advertí, lo que reina esas aguas no puede ser manejado por dos mocosos. Si tienen suerte podré recuperar sus cadáveres…

Ayudar al chef era uno de los motivos por los que quería intervenir con tanto ahínco, pero había algo más: esa biozona estaba en peligro. Todo indicaba que el rey del lago era una criatura enorme, por lo cual necesitaba montones de alimento, y el señor Hyro había dicho que todos los años bajaba la extracción de peces. ¿Cómo se había desarrollado una bestia con esas características en un ambiente cerrado? Quizás uno de los ejemplares mutó y acabó transformándose en una criatura mucho más grande. O tal vez lo insertaron artificialmente en el lago. Con un estudio exhaustivo acabaría sabiendo la razón, pero tiempo al tiempo: ahora era el momento de cazar.

Estaba en la orilla del lago, observándolo con sus fríos y distantes ojos. El viento golpeaba su rostro y mecía sus cabellos. Era una vista hermosa… El valle congelado que se veía al fondo y los gigantescos picos que sobresalían, llamando la atención del homúnculo. También había árboles repartidos por todos lados, enormes coníferas teñidas de blanco. El silencio fue interrumpido solo por las palabras de Toshiro. ¿Alguna idea de cómo enfrentarse a un pez del que no sabían mucho? El revolucionario soltó un suspiro y miró de reojo al espadachín. Le significaba una mala muerte meterse al agua, sin embargo, ¿cómo iba la cosa desde el cielo? Sería como un águila cayendo a toda velocidad sobre su presa, observaría en todo momento lo que sucedería bajo esa capa de agua y descendería como un rayo.

—Me transformaré para darle caza, pero para eso necesitaré tu ayuda. Sobrevolaré el lago y me mantendré atento para caer en picada, tomarlo con mis garras y sacarlo del agua. El problema es que necesito una carnada… —le mencionó manteniendo la vista en el paisaje que tenía en frente suyo—. ¿Puedes hacerlo, Toshiro?

En caso de que la respuesta fuese positiva, se transformaría en un imponente fénix de fuego azul y se elevaría hacia lo alto del cielo. Aguardaría el momento perfecto para dejarse caer sobre la criatura y usaría sus enormes garras para atraparla. Sabía que su compañero se expondría al peligro, sin embargo, debía confiar en las habilidades de Prometeo: le protegería para que nada malo le pasase. Si tuviera que decidir entre ayudar a su amigo o darle caza al rey del lago… Bueno, la respuesta es tan fácil que ni siquiera vale la pena hacerse una pregunta así.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Mar 9 Jun 2020 - 6:17

Toshiro no era alguien que fuera duro con sus palabras más si entendía y comprendía el dolor de alguna persona, pero en esa situación creía que era necesario. Esperaba que funcionara de alguna forma, pero lo dudaba. Hyro parecía estar ya rendido, que solo vivía ahí por los recuerdos que le traía aquella cabaña. Suspiró con desgana y un vaho de vapor salió de su boca. —Me disculparé luego, cuando tengamos el pez cazado y muerto. —Pensó mientras veía el paisaje. Era increíblemente hermoso, pero una criatura amenazaba con acabar con toda la vida del lago si no era detenido. Dudó unos instantes antes de pensar si de verdad podrían vencerlo. ¿Podrían? El terreno era más que desfavorable para ellos, pero seguramente algo podían hacer. Prometeo dominaba los cielos cuando se transformaba en un fénix.

—Vale, quieres que sea comida para pez —dijo entre risas mientras se estiraba —. Supongo que no tenemos más opciones. En marcha, Prometeo —comentó con una sonrisa —. Si lo mantienes en el aire lo suficiente, podré darle un corte. Necesitaremos estar coordinados, cuento contigo.

El plan era sencillo, ¿arriesgado? Sí, pero sencillo. Toshiro actuaría de carnada, atraer al monstruo y Prometeo le daría caza desde el aire. No había muchas alternativas y confiaba en que su compañero podría actuar a la velocidad suficiente antes de que… Bueno… El peliblanco se convirtiera en comida para pescado. Observó al albino convertirse en fénix —Supongo que no me acostumbraré nunca a eso. —Pensó mientras lo elevaba. El mundo era un lugar increíble y siempre encontraba sorpresas allá donde fuera. ¿Qué era lo siguiente? ¿Un dragón? ¿Una serpiente de cinco cabezas? ¿Alguien que controlara el tiempo? Los poderes de las frutas del diablo eran inimaginables y no estaban regulados por ninguna ley natural o física. Suspiró y empezó a caminar rumbo a la lancha de Hyro, seguramente no se molestaría si la usaban… O eso esperaba. Bueno, daba igual.

—Bien, en marcha —dijo con confianza.

Sacó la espada de su vaina, cortó las cuerdas que ataban la lancha al muelle, activó el motor y se puso en marcha. Imaginaba que debía llegar al centro del lago, después de todo, debía ser el lugar más profundo y algo tan grande, seguramente, habitaría en aguas profundas. Aunque seguía con dudas de cómo es que había llegado esa cosa a un lugar tan pequeño, pero tampoco importaba. Si quería saber más, seguramente, podría preguntar en la isla una vez acabaran con el famoso rey del lago. —¿Bajo qué estrella nací para siempre meterme en problemas? —Pensó un poco molesto. ¿Acaso no podía tener una visita a alguna isla sin tener que poner su vida en peligro? ¿Tan maldito estaba? Una vez llegó al centro del lago, detuvo la lancha y se dedicó a esperar. En esta había un poco de carnada y la tiró por los alrededores de su transporte, aunque… ¿Qué comería esa cosa? Imaginaba que los pocos camarones, langostas y pocos más de poco y nada iban a funcionar, pero era peor que nada, ¿no?

El silencio era bastante incómodo, la calma antes de la tormenta perfecta. Estaba nervioso y era imposible no estarlo. Estaban por enfrentar a una bestia gigantesca en un lugar donde caer al agua, posiblemente, los iba a terminar matando. Solo contaba con una espada, un compañero volador y mucha esperanza, confianza y optimismo en sus habilidades. Notó algunas aves volar y se preparó. Tragó saliva nervioso y algo golpeó la lancha que la movió de lado a lado. Tuvo que apoyarse en los lados para no salir volando del violento golpe que había recibido. —Pues ya está aquí. —Pensó mientras mantenía el equilibrio y se preparaba para lo peor.
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Mensaje por Prometeo el Vie 12 Jun 2020 - 9:00

Observaba el lago desde lo alto del cielo, siempre pendiente ante cualquier movimiento extraño que pudiera poner en peligro a su compañero. Sobrevolaba las aguas a una distancia suficiente como para dejarse caer y estar allí en cuestión de segundos. Agitaba sus alas, sobrevolando la zona mientras dejaba una estela de fuego azul tras de sí. Escuchaba el molesto sonido del motor de la lancha, lo cual no sabía si era una buena idea. ¿Atraería al rey del lago? ¿O el ruido lo acabaría ahuyentando? Quizás la carnada que arrojaba Toshiro bastaría para tenerle donde querían. En cualquier caso, continuó vigilando sin despegar el ojo del lago.

Pasaron cinco, diez y hasta quince minutos. Fue entonces que Prometeo vio una gigantesca sombra bajo la lancha. La silueta debía andar por los diez metros de longitud y tenía un comportamiento muy similar al de un tiburón. Daba vueltas circulares alrededor del pequeño barco motorizado, seguramente esperando el momento perfecto para emerger de las aguas y devorar su presa. Sin embargo, el joven revolucionario jamás permitiría algo así. Inmediatamente aumentó la altura y trazó una trayectoria parabólica para dejarse caer en picada sobre el rey del lago. Cuando sus garras se introdujeron en el agua y atravesaron la resbaladiza piel de la criatura, Prometeo usó todas sus fuerzas para levantarla. Pesaba mucho, más que cualquier otra cosa que hubiera levantado jamás. No obstante, encontró la fuerza que necesitaba en su voluntad, en el deseo de ayudar a esa gente.

Entre agitadas olas el fénix volvió a elevarse en el cielo, arrancando un gigantesco pez de aspecto horrible. Tenía largos bigotes similares a los de un gato y una boca en forma de tubo, además de siete gigantescas colas con las que intentaba defenderse. ¿Toshiro sería capaz de cortar una criatura así? ¿Y luego cómo recogerían el cuerpo cercenado? Debió haberlo pensado antes, ahora no era momento para hacerse esas preguntas. La bestia se movía en un intento de salvar su vida, pero el agarre del ave era demasiado fuerte como para zafarse. Prometeo no es que lo tuviera fácil, el dolor de cabeza por el exceso de fuerza no tardó en aparecer. Hizo un último esfuerzo para dejar caer al pez en el lugar y momento preciso para que su compañero le cortase.

—¡Ahora, Toshiro! —gritó el fénix con el corazón latiéndole aceleradamente. Estaba cansado y en cualquier momento volvería a su forma humana, pero necesitaba comprobar primero que su plan hubiese resultado.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Dom 14 Jun 2020 - 1:19

No negaba que estaba bastante tenso. Era una situación sin precedentes y era complicado mantener la calma. Prometo volaba en círculos justo arriba de él y de vez en cuando le hacía sombra en el barco. Sus manos estaban sudadas y tenía que apretar una y otra vez su espada. ¿Por qué estaba así? Quizás por el hecho de que estaban por enfrentar a una criatura que era conocida por su ferocidad y que había arrebatado a pescadores expertos y veteranos. No pudo evitar pensar en Hyro y lo que tuvo que pasar los momentos previos a su intento de captura del rey del lado. ¿Habría estado como él? ¿Nervioso? ¿Ansioso? ¿Calmado? Los movimientos anteriores fueron bruscos, pero después de eso hubo intensos segundos y minutos de inusitada calma. Una calma perfecta antes de una perfecta tormenta. Suspiró para intentar relajarse, pero era imposible, sentía el corazón desbocado, acelerado y la adrenalina poco a poco llegaba a cada rincón de su cuerpo.

Luego de unos cuantos minutos más de tortuosa espera, el rey del lago hizo su movimiento. Lo había visto merodear en círculos alrededor de aquel pequeño barco motorizado, pero no había hecho ningún miserable ataque. Es como si solo estuviera jugando con ellos. Chocó nuevamente contra el barco y nuevamente lo hizo moverse de lado a lado. Toshiro apretó su espada y miró a todos lados. ¿De dónde pensaba salir? ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Desde abajo del barco? El peliblanco estaba en problemas, era consciente de eso, pero estaba más que preparado y confiaba en que Prometeo lograría moverse a tiempo. Dicho y hecho, el fénix bajo a una velocidad increíble como un ave de caza, agarró a la bestia y lo elevó en el cielo. ¡Era gigantesco! Debía medir fácilmente unos diez metros de longitud y unos cinco de ancho. No era el momento para sorprenderse o maravillarse, ya habría tiempo para eso. Una vez mataran a esa cosa.

Aprovechó todos los segundos que le estaba regalando Prometeo y antes de que lo soltara, había disparado sendos arpones en dirección del pez. Con algo de fortuna ambos dieron en el centro del pez. Sabía que si esa cosa lograba sobrevivir, era bastante capaz de hundir el barco, así que su corte tenía que ser bastante profundo y letal. Su compañero albino finalmente lo soltó con un tiempo increíble. Toshiro agarró vuelo y saltó lo más alto que pudo. El pez, gracias a los arpones, no tenía mucha libertad de acción y estaba cayendo en una posición horizontal. El joven espadachín agarró su espada con sus dos manos y trazó un violento corte en vertical. La sangre no tardó en salir a borbotones y escuchó un grito de dolor del pescado tan fuerte que casi le rompía los tímpanos. Gracias a la gravedad y el gran peso de esa criatura infernal, el corte fue bastante limpio y logró hacerle una herida mortal justo en lo que sería el estómago.

—¡Ya! ¡Maldita sea! —gritó lleno de emoción mientras aterrizaba en el barco.

El rey del lago cayó a unos pocos metros de él haciendo que se generaran olas muy fuertes. Tuvo que agacharse y agarrarse de los laterales del barco para no salir despedido. Una vez el lago volvió a estar en calma, se tiró en este, con ambos brazos extendidos y su espada a un lado, y empezó a reír a carcajadas. Lo habían conseguido de una forma bastante… Pulcra. Por fortuna para los dos, el pez gigantesco siguió flotando en el agua y los arpones serían el medio perfecto para llevarlo a la orilla.

—Lo conseguimos, Prometeo —dijo mientras lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja —. Si al cheff no le gusta esta cosa, juro que lo mato —comentó entre risas. Aunque después de todo el esfuerzo que habían tenido que hacer para capturarlo, era algo que podría llegar a hacer. Esperaría a que su compañero llegara al barco para empezar a dirigirse a la orilla.
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Mensaje por Prometeo el Mar 16 Jun 2020 - 6:48

Sentía un poco de culpa al saber que estaba quitando una vida, pero formaba parte del ciclo natural de la vida. Podía argumentar todo su actuar en la necesidad de supervivencia, después de todo, el rey de lago suponía un gran problema para el resto de la biozona. Prometeo luchaba para proteger a la humanidad, pero poco a poco se daba cuenta de que los seres humanos no eran los únicos que necesitaban y merecían protección. Los animales y las plantas, las distintas especies y formas de vida, todos ellos eran merecedores de refugio. Desde un punto de vista completamente humano, creía que estaba haciendo lo correcto al deshacerse de esa gigantesca bestia, pero el homúnculo sabía que la percepción humana conllevaba grandes fallos.

Dejó la reflexión a un lado y observó desde su posición el resto de la cacería. Quitó la vista cuando la espada del albino cortó en dos mitades prácticamente iguales el cuerpo del enorme pez. La cubierta de la lancha se tiñó de rojo y un nauseabundo olor no tardó en llegar a sus fosas nasales. Había sido realmente fácil, sí. Y tampoco es que fuera una completa sorpresa, después de todo, Prometeo podía transformarse en un monstruoso depredador. Toshiro también demostró una habilidad increíble, realizar un corte tan limpio como ese no era para sencillo. Incluso se sorprendió al notarle completamente bien, es decir, debía tener una fuerza sobrehumana para no haberse lastimado ninguna articulación al recibir tanto peso de golpe.

Se dejó caer sobre la lancha, volviendo a su forma humana. Estaba cansado, pero poco a poco su corazón volvía a latir con normalidad. Ayudó a su compañero a recuperar los trozos de la criatura lacustre y entonces propuso volver a la cabaña del anciano quien, por cierto, observaba a los cazadores desde la orilla del lago con los ojos abiertos de par en par. Estaba impresionado, ni siquiera tenía palabras para ver lo que había sucedido en cuestión de minutos. Probablemente nunca había visto a un espadachín tan hábil, mucho menos a un hombre transformarse en una gigantesca ave de fuego. El mundo era un lugar tan vasto que escondía infinitas posibilidades, siempre habría algo de lo que sorprenderse.

—Ustedes… ¡De verdad lo hicieron! ¡Mataron al rey del lago…! —comentó el hombre sin dar crédito a lo que sus ojos veían.

Prometeo no podía sentirse orgulloso de quitar una vida, sino más bien todo lo contrario. En lo posible, quería evitar el tema y aprovechar cuanto antes la carne de la criatura para probar una receta con la que sorprender al chef. El hombre esperaba en el puerto de Murynos, seguramente estaba atendiendo a un montón de gente. Por otra parte, el transporte de todo ese alimento no sería cosa fácil. Tenían que evitar la putrefacción; había perdido ya algo de calidad con el corte realizado por su compañero, así que no podía darse el lujo de seguir deteriorando las propiedades de un ejemplar como ese.

—Necesitamos llevarlo al barco del chef. Dentro de una hora podré volar como de costumbre, así que aprovecharé este tiempo para experimentar con las carnes del rey del lago.

—Puedes hacerlo en mi cocina, muchacho.

—Sí, gracias. ¿Quieres aprender algo de cocina, Toshiro?
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Miér 17 Jun 2020 - 17:00

Todo había terminado. La gente de Murynos había recuperado el lago y ellos habían obtenido un ingrediente increíble para entregárselo al cheff. Todos habían ganado con esta pequeña incursión. Tenía sus dudas de si realmente podía cortar el pez, pero lo había conseguido y el corte había sido increíblemente limpio. Lamentablemente, no pudo evitar que la lancha se tiñera de rojo, pero era un módico precio a pagar por la cacería. Prometeo se aterrizó y se notaba increíblemente cansado, no era para menos, debía ser una proeza fuera de imaginación tener que levantar un pescado así de grande. Lo ayudó a recoger los trozos de la criatura que flotaban en el agua, una vez recogidos todos, partieron rumbo a la orilla y a la cabaña de Hyro. ¿Qué diría?

Su reacción, la del anciano, era la que esperaba. Su cara mostraba sorpresa e incredulidad. Habían logrado lo “imposible” y ahora ese señor tenía que tragarse sus palabras. No es que se lo fuera a sacar en cara, no era de ese tipo de personas y, además, lo entendía. Cuando algo queda marcado a fuego en la memoria y en el cuerpo, es difícil superar ese miedo. No dijo nada y entró junto a Hyro y Prometeo a la casa. Negó con la cabeza a la pregunta del albino. Sabía que por mucho que le enseñaran no iba a poder cocinar algo decente jamás. Las artes culinarias, el cuidado de los productos y la destreza que se debía de tener para hacer algo delicioso escapaba de sus manos. Se sentó en el sofá y se quedó viendo por la ventana. Una vez que Hyro guio a Prometeo por la casa rumbo a la cocina, volvió con una nueva taza de chocolate caliente.

—Gracias —dijo el anciano.

—No tienes que agradecernos, anciano —dijo el espadachín con una suave sonrisa. —. Solo espero que puedas superar el pasado, no te digo que sea fácil, pero ahora quizás puedas quitarte ese recuerdo y olvidar al Rey del lago y solo recordar a tu esposa.

—Espero que tengas razón, chico —respondió Hyro.

Toshiro se bebió el resto del chocolate caliente. Según lo que dijo Prometeo, iba a tardar más o menos una hora para poder volar como antes. —Supongo que es lo normal, debe estar muy cansado. —Pensó mientras se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina y lo veía hacer su arte. ¿Qué tan bien le quedaría? Tenía bastante curiosidad y el aroma que iba saliendo según iba haciendo sus cosas, era bastante llamativo. Veía el anciano ayudar al albino y con una habilidad innata y digna de elogio, iba sacando cada espina del pez e iba haciendo pequeños trozos de su carne. Luego de hacer todo eso, los metía en congeladores portátiles para así mantener la frescura del producto. Era algo bastante fascinante ver trabajar a esos dos y casi podía decir que trabajaban con una armonía increíble.

—Oye, cuando acabes, quiero probar —dijo mientras controlaba sus ansías de comer aun cuando sabía que no estaba listo —. Necesitarás a alguien que te diga si esta delicioso o no, me ofrezco voluntario.
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Mensaje por Prometeo el Sáb 20 Jun 2020 - 23:45

Usar correctamente el cuchillo era una de las habilidades más importantes dentro del mundo culinario, una que Prometeo había dominado hacía bastante. No es que hubiese logrado una maestría absoluta, pero sí resultaba embriagador verle cortar la carne las carnes blancas del rey del lago. Había tomado un trozo realmente pequeño, considerando que la criatura tenía unas dimensiones aberrantes. Limpió apropiadamente la porción que salpimentaría más tarde y, junto a Hyro, fue desmenuzando las zonas más cercanas a las costillas del animal. Luego de condimentar la carne con distintas especias aromáticas lo llevó a la sartén, previamente roseada con un chorro de aceite vegetal. Al mismo tiempo que se freía, el cocinero preparaba una salsa cítrica basada en jugo de limón, cilantro y un poco de crema. Aún no era un experto en la cocina marina, pero era bastante bueno y estaba muy por encima del promedio.

Con una sonrisa amigable, le ofreció el primer trozo a Toshiro. Era normal que humease de esa manera considerando el entorno helado de Murynos. La textura era suave y la carne estaba realmente blanda, tanto que podía cortarse con palillos de madera. Le sugirió que primero la probase sin la salsa, y luego le ofreció un poco de esta. Por los ingredientes antes mencionados debía tener un color verde o más o menos blanco, pero en realidad tenía una tonalidad anaranjada. Si es que a Toshiro le gustaba, compartiría ese ingrediente secreto con el chef para añadirlo a la receta.

—Espero que te haya gustado —comentó, deseando de verdad que así fuese.

Le hubiese gustado preparar algo de sushi con esa carne de pescado, pero esta debía estar previamente congelada durante cuarenta y ocho horas para ser consumida sin cocción. Y no quería provocar un malestar estomacal a la gente que estaba ahí. En fin, continuó probando recetas hasta que la hora pasó. Muy probablemente Toshiro ya estaba cansado de comer y comer pescado, después de todo, Prometeo había usado unos tres kilos para sus distintas recetas. Se había decidido por pescado al vapor condimentado con pimienta negra, sal, jengibre y orégano, además de otras especias como perejil. Y el vino blanco le daba ese sabor que todo platillo marino necesita.

—Eres… realmente bueno en esto, muchacho. ¡Has hecho verdadero arte! —comentó el señor Hyro, impresionado ante la habilidad del revolucionario.

En un platillo blanco y en forma de rombo se veía una capa de tres centímetros de carne de pescado rosa sobre unas líneas en zigzag, hechas de la salsa especial. Estaba adornado con hierbas que solía llevar a todos sitios. Humeaba por montones y la ensalada de papas cortadas finamente en cubos acababa dándole ese distintivo gourmet que necesitaba.

—¿Arte…? Qué va, es imposible que yo haga algo así —contestó Prometeo, levemente ruborizado y rascándose la cabeza—. Creo que este platillo guarda todos los sabores y la combinación entre la carne y las especias es la indicada para maximizar el umami. Definitivamente al chef le gustará esto.
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Mensaje por Hitsugaya Toshiro el Mar 23 Jun 2020 - 6:25

Ver trabajar a Prometeo era algo increíble. Sabía que la cocina estaba fuera de sus alcances, todo le iba a quedar mal siempre y por eso sabía que tenía que pagar siempre para comer algo en condiciones. No aprendió por la simple razón de que la medicina le parecía un campo mucho más interesante y tampoco es que tuviera muchas opciones. La sangre llama, ¿no? Su padre era un reconocido doctor en el East Blue al igual que su madre, ambos le enseñaron todo lo que sabía del arte de curar. Ahora tenía que ir aprendiendo el resto por su cuenta, pero tampoco tenía prisas, tiempo al tiempo. La espera era bastante inquietante, pero sabía que era lo único que podía hacer, no pensaba acercarse a la cocina más de lo que estaba.

Sus papilas gustativas ya no podían producir más saliva. Estaba ansioso por probar lo que sea que estuviera preparando su compañero albino. El aroma de los ingredientes que se iban sazonando era maravilloso. Prometeo no tardó más en darle a probar, la presentación, como se lo esperaba, era increíble. La carne del Rey del lago estaba en el centro, lo acompañaba un salteado de verduras y en un pequeño plato aparte, había una salsa. Siguió las indicaciones de su compañero. Sin hacer esfuerzo, cortó un trozo del pescado y controlando sus ansías, fue que se lo llevó a la boca. El sabor era fuera de serie y eso que estaba sin la salsa. No pudo evitarlo y cortó otro pedazo, esta vez lo untó en la salsa y quedó completamente maravillado. La combinación de sabores que se formaba en su paladar era bastante increíble. Podía sentir el respeto que Prometeo le había dado a cada ingrediente y cómo es que estos bailaban por su lengua.

—¡Esta delicioso! —gritó bastante emocionado.

El ingrediente secreto de la salsa, por lo que escuchó, eran mandarinas. Sabía que estas eran más dulces que las naranjas, lo que le daba un sabor completamente diferente. El albino siguió preparando más y más platos, cada uno superior al resto. ¿Cómo es que podría elegir cuál mostrar? Toshiro no era ni de lejos un experto como para ayudarlo a decidir, para él todo estaba increíble y era más que digno para ser presentado ante un chef de renombre como el que estaban por conocer. ¿Podría ayudarlo? Sabía que Prometeo era bastante bueno, pero no sabía si podría decidir algo como eso. —Debes confiar en él, idiota. —Pensó mientras, por desgracia, tenía que rechazar el último plato. Ya no le cabía más comida y sentía que si seguía probando iba a terminar muriendo del placer.

—¿Vamos? —preguntó Toshiro. Su compañero asintió y guardó cuidadosamente su elección en una bandeja que la tapó con una tapa de acero. Con el frío que hacía en Murynos sabía que el calor se iba a conservar bastante bien. —¿Quieres ver como acaba todo esto, anciano?

—¿Acaso es necesario preguntar? ¡Idiota! —gritó con una sonrisa bastante jovial. Toshiro no pudo evitar soltar una ligera risa y los tres salieron de la casa.

—Espero que no le tengas miedo a las alturas, anciano o que te de un paro cardíaco por el exceso de adrenalina —bromeó el peliblanco mientras los dos subían nuevamente en Prometeo.

Su compañero no tardó en alzar el vuelo. Quizás por las diferentes conversaciones que fue teniendo con Hyro durante el trayecto, fue que el viaje se hizo mucho más corto. Hablaron de todo. Hyro tenía historias bastante interesantes y en sus tiempos más jóvenes, había sido un espadachín, como él. Nunca se quiso lanzar al mar y comprobar su fuerza con alguien fuera de la isla porque en esta isla había encontrado al amor de su vida. Otra cosa curiosa era el hecho de que estaba cerca de cumplir noventa y tantos. ¡Era todo un fósil con patas! Pero no los demostraba, seguía siendo bastante fuerte e independiente. ¿Acaso una vida relajada era la clave para vivir muchos años? De ser ese el caso, Toshiro iba a morir joven. Prometeo aterrizó cerca de la ciudad, su compañero había escuchado donde es que estaría el chef, así que le dijo al anciano donde es que estaba y este los fue guiando por la ciudad. No tardaron en encontrar a la persona que buscaban. Hyro se quedó unos metros más atrás.

—¿Chef Boùlerdoù? —preguntó Toshiro tratando de llamar su atención. Por alguna extraña razón, estaba bastante solitario. ¿Acaso no era alguien de renombre? ¿O la ciudad de Murynos era más difícil de complacer?

—Ese mismo. El gran chef proveniente del mismísimo Grand Line —dijo con una confianza avallasadora.

—¡Genial! Mi compañero ha preparado un plato increíble y que de seguro le va a gustar —comentó con bastante emoción el peliblanco.

—¿Él? ¡Pero si a su edad yo ya había conseguido mi primer galardón! Ni siquiera lo reconozco de las caras de los más famosos chef. ¿En serio crees que él podrá traerme un plato para que sea mi nuevo plato estrella? —dijo con bastante arrogancia. Toshiro se aguantó las ganas de decirle un par de cosas y solo se hizo a un costado.

—Solo dele una oportunidad. ¿Qué puede perder?

—Está bien —comentó un poco ofuscado. ¿Acaso algo había pasado? ¿Qué significaba todo eso?

Prometeo no tardó en darle de probar de su platillo y la reacción del chef, aunque tardó unos cuantos segundos que se hicieron eternos, fue de gozo absoluto. ¡Lo habían conseguido! Prometeo reveló el secreto de la salsa y el paso a paso de cómo es que se logró aquel plato. Conversaron largo y tendido, el chef le daba ideas para mejorar el plato, pero que estaba bien para partir. Luego de unos minutos, finalmente el chef, que había pasado de estar triste a feliz en unos instantes, volvió a estar triste. Toshiro estuvo por preguntar que es lo que pasaba, pero él se adelantó.

—Tuve una mala recepción en este lugar y no sé por qué —comentó un poco cabizbajo —¿Acaso no ven mi grandeza? ¿Qué soy increíble? —Los miró a los ojos y suspiró. —¿Creen que podrían ayudarme con eso? —Toshiro miró con cierta duda a su compañero, sabía que no iba a dudar en aceptar, pero el peliblanco se hacía una idea de por qué es que había pasado todo eso. A nadie le gustaban los presumidos y arrogantes, y el chef cumplía con creces esas dos condiciones. Iba a esperar la respuesta de su compañero para ver qué iban a hacer.
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Mensaje por Prometeo el Sáb 27 Jun 2020 - 1:50

Las vistas desde el cielo de la ciudad más importante de Murynos eran impresionantes. La urbe ocupaba la gran cuenca formada por esas dos enormes montañas nevadas. A pesar de que el viaje había sido cansador, pues cargar una carreta con la carne del rey marino no era precisamente sencillo, el viento en el rostro y el cielo anaranjado del anochecer valían cada aleteo. Descendió con cuidado en las afueras de la ciudad; entendía que a los humanos les sorprendiera la presencia de una criatura como él, es decir, los pollos de fuego no eran muy comunes. El señor Hyro estaba maravillado con la transformación de Prometeo, no podía creer que existiera algo así. «¡Por supuesto que conozco las Frutas del Diablo, pero jamás imaginé un poder como este!», expresó sorprendido.

Caminaba por las calles de piedra de la ciudad de Murynos, contemplando las pintorescas casas. Por alguna razón había imaginado que eran de cemento o algún material similar, sin embargo, todas eran de madera. Algunas resaltaban por sus colores chillones, mientras que otras exhibían un estilo más… clásico y elegante. Todo allí era diferente al entorno de la cabaña en el lago. ¡Incluso hacía más calor! La gente que pasaba cerca del variopinto grupo respingaba la nariz y se alejaba. Quizás debieron haber tomado una ducha antes de aparecerse en la capital de la isla, el parfum de pescado no era precisamente agradable. Y al parecer el señor Hyros se dio cuenta, pues les pasó unas ramas sacadas de la carreta por todas partes. Prometeo no entendió al hombre, pero luego notó que empezaba a oler mejor.

Fueron guiados hasta el puesto del chef Boùlerdoù, un restaurante improvisado que llama la atención. Se ubicaba en la plaza central, un lugar concurrido y con muchísima actividad. Había una pileta nevada con sus aguas congeladas y los faroles comenzaban a encenderse en grupo a medida que la noche caía. El chef había elegido un buen sitio para ofrecer sus maravillosas recetas, sin embargo, pocos se paraban frente a su restaurante ni siquiera para saber un poco más de él.

Boùlerdoù era un hombre más alto que Toshiro, aunque más bajo que Prometeo. Vestía el típico uniforme de cocinero, un delantal blanco en compañía de un sombrero largo. Sus ojos pequeños y azules miraban al extravagante grupo. ¿Por qué estaba fuera del local? Oh, ya lo entendía: no había clientes que atender. ¿No se suponía que ese hombre era importante y conocido en muchas partes? Quizás el señor Hyro se había equivocado. El revolucionario sacó descaradamente una fotografía del supuesto chef y los comparó: orejas medio puntiagudas, nariz respingada y tez blanca, pero faltaba la sonrisa que iluminaba toda la foto.

Su amigo se apresuró en ofrecer los platillos de Prometeo, pero el chef respondió con una arrogancia que comenzaba a notar en muchos humanos. No tenía importancia, aunque ahora mismo se preguntaba por qué estaba ayudando a ese hombre. Bueno, incluso el homúnculo podía ver que estaba en problemas, pero… En fin, Toshiro consiguió convencerle de que probase cualquiera de las recetas del revolucionario. Su respuesta fue soberbia y despreciativa, sin embargo, no afectó el temple de Prometeo. Tal vez no entendía del todo bien las indirectas del cocinero. Luego de intercambiar palabras durante unos largos minutos, Boùlerdoù les llevó a regañadientes a la cocina.

—Espero que no me hagas perder el tiempo.
El albino asintió con mucha seguridad, atendiendo a la petición del chef, y dio inicio al Vals del Cocinero. Cogió con cuidado y suavidad cada verdura que procedió a cortar con suma elegancia, deslizando la hoja del cuchillo con una gracia encantadora. Los dejó caer en la sartén y el aceite caliente sonó por toda la habitación. Con un perfecto muñequeo comenzó a saltear los ingredientes. Abandonó la cocina unos breves segundos para triturar la mandarina para elaborar la salsa. Prometeo no hablaba ni se fijaba en nada que no estuviera involucrado con lo que hacía. Tenía una perfecta sincronía con los tiempos de cada proceso y una visión absoluta del espacio, dando vueltas y vueltas sin siquiera trastabillar, yendo de allá para acá.

Empezó a sentir el aroma de las verduras salteadas, le dio otro muñequeo a la sartén y cortó rápidamente el pescado como si fuese a preparar sushi. Con ayuda de unos palillos comenzó a cocinar las piezas una por una, encerrando sus jugos en el interior y sellándolas por fuera. Otro muñequeo más y luego fue a la olla con agua hervida: las piezas de Rey del Lago estarían listas dentro de unos pocos minutos. El arroz ya estaba preparado de antes, así que solo tocó calentarlo y añadir una esencia especial. Tras tanta espera e intriga por saber lo que Prometeo estaba haciendo, finalmente montó el platillo.

—No tiene nombre, chef, pero espero que pueda servirle de inspiración —mencionó con sumo respeto, invitándole a probar su creación.

El hombre tanteó la carne del pescado con un tenedor, presionándola y haciendo fuerza sobre ella. Esta se comportó como una verdadera almohada, sorprendiendo al chef. Las distintas piezas estaban alienadas una por una sobre una capa de hoja de lechuga, además de verduras salteadas a cada lado. Boùlerdoù se llevó el tenedor a la boca y abrió los ojos de par en par al sentir el sabor de ese tierno bocado.

—Oh... Lo he comido tan rápido que ni siquiera lo analicé —admitió casi en un susurro. Cogió otro bocadillo y luego otro hasta quedar uno solo—. ¡Delicioso! ¡Esto es…! ¡¿Qué carne has usado, chico?! —Prometeo ni siquiera alcanzó a responder cuando el chef lo interrumpió—. Este saber… Es como si concentrara toda la esencia de la montaña, es como si todo Murynos estuviese en un solo bocado… ¡Ya ni sé lo que digo!

El chef se mostró aún más encantado cuando probó la salsa especial de Prometeo.

—Permíteme hacerle unas modificaciones para añadirlo al menú. Estoy seguro de que con esto cautivaré a las gentes de Murynos. —El hombre estaba a punto de vomitar fuego por los ojos: su pasión por la cocina era indudable—. Ninguno de esos malditos ha venido a probar mis maravillosos platillos…

—Oh, bueno… Eso se debe a que aquí, en Murynos, somos muy estrictos con los horarios de comida: de una a tres almorzamos; de ocho a diez, cenamos —comentó el señor Hyro, interrumpiendo el momento del chef mientras se rascaba la cabeza—. En quince minutos es probable que esto se llene, se ha dado la noticia de que hoy se servirá al Rey del Lago.

—¡Eso no tiene un puto sentido, joder! —se quejó el cocinero, rugiendo de furia. Pero enseguida su expresión cambió y se tornó de puro ímpetu. Les ordenó a todos y cada uno de los hombres allí presentes, incluso al señor Hyro, que moviesen los culos y ayudasen en la cocina. El platillo de Prometeo no sería el principal, pero sí sería el pase de entrada. Ese atardecer, trabajaron como esclavos y recabaron todos los detalles necesarios para hacer de esa carne una verdadera exquisitez al nivel de los mejores platillos gourmet del Paraíso.
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