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En serio, ¿no tenías otro sitio? [Priv. Hazel & Ayden]

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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 5 Jul 2020 - 20:00

La respiración del cazador alado era inaudible gracias al exagerado aguacero que estaba cayendo por toda la isla central del archipiélago de Great Palm. En contraste con sus tres hermanas, la principal del pequeño conglomerado de tierra presentaba un clima mucho más agradable y disfrutable; si bien la humedad de su espesa jungla podía resultar una molestia no lo era tanto tras haber sufrido el calor abrasador del desierto. Estaba empapado, sí, pero tenía la certeza de que la hipotermia sería la última de sus preocupaciones en aquel lugar: ser devorado por alguna de las bestias que hicieran de aquella zona su hogar o por algún enjambre de insectos parecían peligros bastante más realistas —porque no iba barajar la posibilidad de que la reunión con sus nuevos amigos fuera a causarle una muerte prematura—.

¿Que por qué había viajado hasta allí, tan lejos de su hogar? Había pasado cerca de un mes desde que Miko y él tomaran caminos distintos y, de vuelta a las andadas, tenía que continuar con sus planes de fama, gloria y dinero. Cómo no, todo ello pasaba por reanudar sus tareas como cazarrecompensas en activo y hacer algún que otro trabajito para el Gobierno Mundial. Siendo más concretos, había comenzado a seguirle la pista a una peculiar pareja que, huyendo de la Marina, decidió aventurarse desde el North Blue hasta las aguas del Grand Line. Esperaban dar esquinazo a las fuerzas del hombre en aquellas caóticas aguas, pero lo que no sabían es que los gremios de cazadores podían suponer un peligro mucho mayor que los soldados gubernamentales. Edward el Blanco y Marshall el Negro —esos eran sus nombres— conformaban un molesto e indeseable dúo cuyas vidas giraban entorno a las extorsiones; la violencia y el robo, según les viniera en gana. Iba siendo hora de que alguien los llevase ante la justicia o, en su defecto, les diera su merecido... siempre a cambio de un módico precio; doce y ocho millones, respectivamente. Tras algunas semanas de viajes, investigación y un insoportable calor en las islas vecinas logró dar con el rastro más reciente.

«Quizá creían que vestidos con hojas pasarían desapercibidos», razonó el rubio. Great Palm y sus gentes contaban con una peculiaridad cultural, y es que todo el mundo debía ir vestido con las ropas tradicionales de la isla principal si no querían sufrir una infinidad de miradas cargadas de reproche, rechazo y decepción. ¡Hasta él había tenido que ceder y adquirir un atuendo acorde! No es que le importase mucho lo mal que pudieran mirarle, pero al final terminaría llamando menos la atención si aceptaba mezclarse entre la multitud. Al menos tenía que reconocer una cosa: las flexibles hojas que conformaban su ropa —algo similar a un poncho, unos pantalones, un par de zapatos y unos guantes de hojas— habían resultado ser mucho más cómodas de lo que esperaba en un primer momento.

Fuera como fuese había terminado obteniendo algunos datos gracias a los lugareños, y es que al parecer sus dos presas se dejaban ver por la ciudad de vez en cuando para comprar —o robar— algunos suministros antes de regresar a la espesa jungla. La verdad es que los vecinos estaban hasta el moño, pero nadie parecía dispuesto a acabar con las fechorías de esos dos. Pues bien, era su día de suerte: Ayden estaba al cargo ahora.

—¿Cuánto más van a tardar...? —susurró a la nada, calado hasta las cejas mientras aguardaba sobre la copa de uno de los robustos árboles que le servía de puesto vigía.

Había averiguado la ruta que solían seguir una vez decidían marcharse de la ciudad, cosa que pasaba en intervalos de tres a cinco días, lo que le había permitido encontrar un buen sitio donde tenderles una emboscada. El camino no era muy transitado, y es que iba campo a través, por lo que contaba con multitud de posiciones desde las que controlar la zona y atacar cuando menos se lo esperasen.

Sus labios dibujaron una sutil sonrisa cuando comenzó a escuchar algunas voces aproximándose. Eran dos, ambas de hombre y, por lo que logró escuchar, parecían estar jactándose de haber cometido alguna fechoría. «Piratas... nunca aprenden». Se preparó para ponerse en posición, tanteando son las yemas de los dedos las empuñaduras de sus espadas cuando un ruido le hizo girar la cabeza, no muy lejos de donde se encontraba. Una figura humanoide se ocultaba con no mucho éxito entre la maleza, agazapada. ¿Pero qué diablos hacía ahí? Desde su posición no podía verla con claridad, aunque estaba bastante seguro de que se trataba de una persona... ¿armada?

—Venga, no me jodas —masculló, frunciendo el ceño.

Edward y Marshall se encontraban muy cerca; casi estaba tocando ya la montaña de berries que le pagarían por entregarlos, ¿pero y si quien demonios fuese esa persona decidía entrometerse? Confiaba en poder con dos de ellos, pero no con tres o teniendo que proteger a alguien. Chasqueó la lengua, asegurándose de que los piratas no tuvieran ángulo de visión para verle antes de descender de su posición, deslizándose por el tronco del árbol. Se escabulló entre las plantas con tanto cuidado como pudo y empezó a aproximarse hacia el recién llegado... ¿o era llegada?

—Eh, tú —le chistó, algo apartado del camino para llamar su atención—. ¿Se puede saber qué haces ahí? Vas a estropearlo todo.
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Mensaje por Hazel el Dom 5 Jul 2020 - 23:41

Sus pasos se adentraban más y más en la selva. ¿Adentraban? Sí, estaba todavía encaminándose al corazón de esta, de eso estaba seguro. Joder con el archipiélago de las narices. Sus presas habían escogido un lugar muy molesto para esconderse. No iba a mentir, llevaba ya dos semanas dando vueltas por los distintos peñascos de tierra que conformaban el hogar de aquellas personas… ¿Salvajes? ¿Anticuados? Dejémoslo en especiales. El caso es que ya empezaba estar un poco hasta el coño de todo eso. A tal punto llegaba su cansancio que incluso se estaba planteando esta vez sudar de coger su pellizco extra obligándoles a guiarla hasta su base a cambio de «perdonarles la vida». Solo a uno de los dos, a quien se llevaría de una pieza al primer cuartel. Podría decapitarle después. Sí, sus espadas le pedían sangre, igual que su cuerpo.

Aunque también le pedían un cambio de ropa. Y es que odiaba esa ropa. Era lo segundo que más tirria le estaba dando… Lo tercero tal vez ahora que se estaba pegando la ducha del siglo. Solo faltaba que el agua estuviera helada. Pero no era el caso. ¿Qué clase de clima de mierda tenían en ese lugar? Para empezar, desde su llegada solo había tenido problemas. Su condición de albina resultaba un coñazo cuando tenías que viajar de forma general, pero salgo en lugares concretos como Arabastra en donde el sol parece querer matar a toda su población, no solía tener muchos problemas, ni siquiera ahí tenía tantos. Nada que una prenda adecuada para la ocasión no pudiera arreglar. Pero ahí… No había mucha ropa preparada para sobrellevar bien el calor. No una que le gustase. ¿Qué coño esperaban? ¿Qué se protegiera con flores la cabeza con tal de cumplir su capricho por su propia ropa? Y ella tenía amor propio.

Bufó ante la idea, haciendo memoria de su primer día en la isla este. Todo por ser una tacaña y no querer soltar un par de Berries más. Aún le cabreaba pensar en lo que le había costado dar con algo de ropa que no fuera de colores chillones. No tenían pantalones para ella, ni ropa negra. Esperaban que fuese vestida como una bailarina con su falda de hojas y un top que se le cayera de las tetas o algo. Por suerte, tras mucho rebuscar había dado con la ropa que llevaba ahora: un vestido hecho con hojas moradas, ceñido hasta la cintura y abierto a la altura de las caderas —dejando poco espacio a la imaginación—, de cuello alto, pero sin mangas y unas botas altas. Llevaba también algo similar a un poncho, de un tono aún más oscuro, pero este apenas le cubría los hombros. Su único interés en esa prenda era la capucha que evitaba que su pelo chorreara tanto como lo hacía toda ella. Por último, como toque personal su ropa interior era la que traía entre sus mudas, oculta con un pantalón corto de lycra. Al cinto, su porta-espadas. Para la ocasión había decidido dejar su preciado estoque en casa, por lo que solo colgaban de este dos de sus espadas, las dos a su siniestra, para poder desenfundar mejor. A la pierna, en un cinto más pequeño tenía un puñal.

Armada y lista para interceptar a sus objetivos, el cambio de clima fue como una bocanada de aire fresco, la verdad. Aunque joder, la calima provocada por sus hermanas en el anillo de agua que las separaba había sido insoportable, y esta se prolongó hasta la zona interna de la isla, con un aire cargado de humedad y sal que dolía a los ojos. Apenas en las casas se podía respirar algo. Y, claro está, al adentrarse más esa humedad no menguaba, sino que se veía intensificada con frecuentes lluvias y exuberante maleza. Por lo menos no tendría que preocuparse por el sol y su vista en esa leve penumbra era mucho mejor. No tener que achinar los ojos era algo que agradecía.
—Si tan solo no fuera todo tan puto… húmedo, sucio y lleno de obstáculos —bufó al aire. Llevaba horas caminando, perdida entre la frondosa vegetación. Aunque decir que estaba perdida era algo incierto. Ya llevaba varios días recorriendo y tanteando el terreno, varias hectáreas de bosque tropical, en busca de pistas para encontrar a los piratas. Porque, no nos vamos a engañar, si se encontraba ahí era para sacar beneficio. Vamos, es que ni harta de vino —y eso es muy difícil en ella— iba a dejarse engatusar para ir de vacaciones a un lugar como ese. Con lo a gusto que se está viviendo apartada de todos en la isla cactus. Pero en esa parte de las rutas del Paraíso no abunda la caza y de algo hay que comer. Y quien dice comer dice también acumular riquezas sin gastar, joyas, armas, y joder la vida a otras personas por puro entretenimiento. Estaba claro que la albina no iba a escapar dicha oportunidad, a pesar de que hubiera peces más gordos en el mar.

Y por fin, tras varios días, había encontrado sus pistas. Y es que de las gentes de ese lugar no había conseguido con su carismática cara de pocos amigos sacar nada más allá de contestaciones bordes sobre unos hombres que bastante les estaban jodiendo como para encima tener que tratar con su prepotencia. Porque claro, ser obligada a llevar esa estúpida ropa por su ego no era para nada prepotente, pero bueno. Con saber que estaban en un terreno ventajoso para ella… Tanto en cuanto a no tener que preocuparse por su mayor debilidad, y que era capaz de usar su experiencia para notar perturbaciones causadas por los pasos del hombre: machazos para abrir camino, cortes en ramas, plantas aplastadas por huellas humanas. Si se tomara más tiempo seguramente encontraría su base, pero Hazel lo encontró innecesario una vez las marcas fueron demasiado «claras», suponiendo que habían tomado un patrón que seguir, creando cierto sendero bajo la creencia de que nadie les iba a cazar, el mismo que ella estaba siguiendo, intentado camuflarse un poco entre las hierbas para poder cortarles el paso.

Si se cruzaba con ellos desapercibidos solo tenía que correr hacia ellos, acercándose con sus pasos camuflados por la lluvia y cortar al primero antes de que pudiera pestañear. Si el segundo mojaba los pantalones o echaba a correr seguramente tratara de ir a esconderse a su base o a coger sus cosas para poder escapar. El resto sería un camino de rosas. Si huía le cortaba la cabeza al malherido para aligerar carga y lo seguía, sino le ofrecía dejarle vivo a cambio de que se entregara y la guiase. De hecho, ya se estaba preparando para echar a la carrera, habiendo escuchado las voces animadas en la lejanía, cuando…

—¿Qué coño? —Se sobresaltó, alzando ligeramente la voz al tiempo que daba un respingo. Frente a ella acababa de salir un hombre de cabellos rubios, surgido de la nada, armado y echándole en cara que iba a echar a perder todo. ¿A perder? Su pequeño silencio, provocado por la sorpresa pasó a ser unos dientes chirriando para intentar no perder los papeles mientras su ceño se fruncía. Le lanzó una mirada llena de enfado y rabia.

—¿Que yo voy a estropear qué? ¿Quién te crees que eres? —Y ya la habían liado. Le tomó dos zancadas poco cuidadosas el ponerse a su altura, apuntando con su dedo de forma incriminatoria sobre su pectoral, haciendo algo de fuerza—. Escúchame, niño de la selva. No sé quién seas, pero si has venido aquí a jugar con esas espaditas, creo que estás muy mal. Pareces un chico listo. ¿Por qué no te va a esconderte bajo las faldas de hojas de tu madre y me dejas trabajar? —Y tras decir eso se apartó, dándole un empujón a modo de desquite para volver a retomar su camino.

Aún estaban lejos así que esperaría en silencio en el lugar de antes. Todavía les podía pillar si aquel rubiales se volvía por donde había venido. Porque con esas pintas era de suponer para ella que se trataba de algún valiente que venía de la propia isla o alguna soplapollez similar, queriendo hacerse el héroe. ¿Qué ella llevaba las mismas prendas? Puede, pero no del todo y las suyas no eran una oda a la primavera. La diferencia estaba clara.


Última edición por Hazel el Mar 14 Jul 2020 - 22:49, editado 1 vez
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Mensaje por Ayden Keenwind el Mar 14 Jul 2020 - 21:31

Siendo honestos, por su aspecto y en una primera impresión no pensó que la situación fuera a complicarse. La aparición inesperada había sido obra de una mujer de cabellos níveos que le llegaban hasta los hombros, con una piel casi tan pálida como su pelo. Sus pintas eran similares a las que había estado viendo desde que llegó al archipiélago, aunque había algo que la hacía diferente del resto. ¿Sería de allí o tan solo estaría de paso? ¿Y por qué demonios se encontraba agazapada y armada en un sitio como ese? Bueno, seguro que podían mantener una conversación tranquila y ser razonables... al menos hasta que vio la velocidad y la actitud con la que se acercaba a él.

El ceño de Ayden se frunció cuando la albina empezó a apuñalar su pecho con el índice. ¿Pero quién se creía que era? Había bajado para pedirle amablemente —quizá no tanto— que se largara y dejase de molestar. ¿No se daba cuenta de lo que estaba haciendo? Iba a poner en riesgo su vida y, lo que es más importante, ¡sus planes! No llevaba todo ese tiempo viajando e investigando para que una cría envalentonada echara a perder todo su trabajo de un soplido. Además, no entendía por qué demonios le hablaba así; por sus pintas, ella parecía mucho más una nativa que él. Sus ojos se fijaron en el escaso vestido de hojas, cuyas tonalidades eran bastante similares a las de su poncho. Cuando volvió a mirarla se aseguró de clavar su mirada de rapaz en ella. Quizá en otras circunstancias hubiera decidido distraerse un poco, pero con las prisas, la tensión y el enfado del momento ni siquiera se paró a analizarla.

El empujón le pilló por sorpresa, notando al momento que la mujer poseía una fuerza algo inusual —hasta el punto de casi hacer que perdiera el equilibrio—. Si hombre, ¿y qué más? Su mano se movió rápida para agarrarla del brazo antes de que pudiera escaparse.

—¿Niño de la selva? ¿Y me lo dice la leche de soja? —se mofó, aunque en su gesto no se atisbaba complicidad alguna. Estaba claro que sus formas le habían molestado en sobremanera, así que no se iba a ir de rositas—. Mira, no sé quién demonios eres, pero estás jodiéndome tres semanas de trabajo. ¿Por qué no te largas por donde has venido?

La soltó, aunque no retrocedió ni un solo milímetro tras esto, habiéndola encarado. Se cruzó de brazos, dejando de lado sus espadas para demostrarle que no pretendía enzarzarse en una disputa armada con ella, aunque se mantuvo atento por si las moscas; la albina estaba armada y no quería arriesgarse a recibir un tajo a causa de su mala uva. ¿Qué pretendía hacer allí? Si su objetivo eran Edward y Marshall las opciones eran variadas. La primera de ellas, que fuese una habitante de aquella isla a la que esos dos hubieran estado causando problemas recientemente con sus fechorías, idea que descartó rápidamente gracias al cariñoso apelativo con el que se había referido a él. La segunda, que no fuera sino alguien buscando venganza por lo que pudiera haberle hecho la infame pareja en sus travesías; la pérdida de un familiar bien podía valer una persecución como esa. No parecía marine, así que su tercera opción —la única que no quería confirmar— era que se tratase de otra cazarrecompensas, como él. Si era así estaban en un buen lío, y es que era bien sabido que los de su gremio no se caracterizaban por ser especialmente diplomáticos o por respetar las presas de los demás.

«Lo que me faltaba ya», se dijo, haciendo una mueca. Ni siquiera necesitaba saber cuál de las tres opciones era la correcta, tan solo quería seguir con aquel trabajo, capturar a los dos criminales, cobrar su justa paga y buscar algún sitio donde llenar el estómago. ¿Entendía siquiera la de tiempo que había pasado desde la última vez que se llevó algo decente a la boca? No, estaba claro que no, y no entendía quién era Ayden cuando alguien se interponía entre él, la fama y llenar su estómago.

—Mira, es igual, simplemente no te metas en mi camino, ¿vale? No pienso perder una oportunidad así por culpa de una zumbada vestida de helecho —sentenció, ya con mala baba—. Si tienes algún problema lo resolvemos luego, este no es el momento.

Intentó localizar las voces de Black y White, quienes no parecían haberse percatado de la discusión que estaba ocurriendo allí: seguían caminando tranquilamente, aunque tras semejante distracción se habían adelantado un buen trecho. Si le dejaba en paz podría alcanzarles yendo a paso ligero y acabar con ellos de una vez por todas. Estaba siendo diplomático, ¿no? Seguro que la mujer podía entenderlo; si no, siempre podían resolver el asunto a golpe de espadas, pero por favor, una vez hubiese asegurado la caza. No pedía tanto.

Con esto en mente trató de bordear a la malencarada, evadiéndola y preparándose para echar a correr detrás de los dos indeseables. No esperaba que aquel enfrentamiento resultase en una gran hazaña y, de hecho, se sentía bastante confiado en que podría acabar con ambos rápidamente.
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Mensaje por Hazel el Mar 14 Jul 2020 - 23:33

Dicho y hecho, o casi. Ya había dado el rapapolvo que se merecía al hombre que acababa de interrumpirla, obligándole a perder de vista por unos minutos el camino y su objetivo —los dos criminales que le pagarían la cena de las próximas semanas—, y se disponía a volver al punto de partida. Se giró, no dándole mucha más importancia al rubiales, pero apenas tuvo tiempo para dar la primera pisada para retomar lo que estaba haciendo, sintiendo como una mano más gruesa que las suyas se afianzaba sobre su antebrazo. «Si es que me cago en la puta madre que le parió, a él y a toda su estampa» maldijo para sus adentros mientras soltaba un sonoro resoplido. Pegó un tirón, intentando zafarse del agarre sin mucho éxito. Tras un segundo intento se giró, viéndose forzada a mantenerse ahí hasta que al chico le apeteciera dejar de darle el coñazo o hasta que le cortara la mano porque hubiera acabado con la muy escasa paciencia que tenía.

Al menos le concedió un momento para que soltase lo que quisiera, arqueando una ceja cuando le soltó lo de la leche de soja: —Ja, ja. Muy gracioso, si es que me parto… —musitó por lo bajo. Tras eso rodó los ojos al escuchar eso de que llevaba tres semanas de trabajo. ¡Oh, felicidades! ¿Quería un pin? ¿Una palmadita en la espalda? A ella le estaba jodiendo lo mismo o más aún el haber tenido que cruzarse con él... ¡Un momento! ¿Se acababa de cruzar con otro caza-recompensas? Era muy probable, aunque no del todo seguro.

—Hazel —contestó de forma seca ante la retahíla que acababa de soltarle—. Me llamo Hazel —añadió tras unos segundos de silencio cuando la soltó, cruzándose de brazos. ¿Tan imbécil iba a ser? Tenía sus armas a mano, al igual que ella. Si quisiera podría simplemente desenvainar y cortarle el cuello antes de que reaccionara. Pero, por mucho que le gustase bañarse en sangre de gente que le cayera mal, la ducha ya la había tomado, y tenía la política de evitarse líos por atacar a inocentes para que no le estropeara el trabajo. Así que, tras llevar la mano a la empuñadura de su espada, la apartó, suspirando—. Y no, no pienso volverme por donde he venido— aseguró. Lo que no esperaba era aquella respuesta tan condescendiente, ni que la llamara zumbada, o que intentara darle esquinazo.

«¡Sí, hombre! ¿Y qué más?». Esta vez fue ella quien procuró detenerle, pero no de forma tan suave, no. Dejó que pasara a su lado, hasta quedar un paso por detrás, momento en que bajo el cuerpo estirando la pierna y giró con fuerza, intentando ponerle la zancadilla. Con el suelo tan resbaladizo y su concentración fija en encontrar a los que eran también su presa, no debía ser algo complicado. No iba a soltar sus presas por ese subnormal. No cuando ni había tenido tiempo de discutirle. Y la había llamado zumbada. Iba listo si esperaba irse sin más. De hecho, se aseguraría de joderle tanto como él había hecho con ella… pero más. Y es que de haberse caído se aseguraría de no dejar que se levantase, haciendo presión con su pie sobre él. De lo contrario, ya encontraría otra forma de hacerlo. Por el momento, soltaría la funda de una de sus espadas para poder usarla sin desenvainar. Solo unas pocas contusiones no serían motivo para tener problemas ante la ley, ¿no?

—Vamos a ver, gilipollas. ¿Esas son formas? Creo que tu madre no te ha educado como es debido. ¿O es que no tienes? Eso tampoco sería excusa. ¿Qué te estoy jodiendo semanas de trabajo? Qué lindo… Yo estoy perdiendo otras tantas por tu culpa y no me ves quejarme. Ahora… ¿Por qué no nos ahorras a los dos un mal rato y me dejas hacer mi trabajo como cazadora? No me gustaría tener que reventarte la cabeza contra el suelo y echarles la culpa a esos dos inútiles antes de dejarles sin cuello, ¿sabes? —tras decir eso haría aún más presión, pisando sobre su espalda de poder, antes de apartarse. Claro que si tenía algo de fuerza podría evitarlo. Como fuerza, después de eso quitaría el pie para que pudiera incorporarse. Preparada en caso de que intentara algo raro. Sus sentidos se fijaban ya no en los criminales, sino en la persona que tenía delante.

Si no había llegado a tirarle, bueno. Buscaría otra forma de dejarle en el sitio, pero ese desquite se lo iba a soltar sí o también.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Miér 22 Jul 2020 - 20:57

Hazel, ¿eh? Bien, lo recordaría... oh, estaba seguro de que lo haría. Era difícil comprender cómo un rostro tan angelical y una figura así de atractiva podían guardar en su interior semejante temperamento. El rapapolvo que le había echado segundos antes no tenía nada que envidiarle a las riñas de Sean o de Ayda. ¡Si es que había logrado sacarle de sus casillas! A él, que era un remanso de calma y despreocupación absolutas. Bueno, solo de despreocupación. Si al menos la cosa hubiera quedado en eso —un encontronazo— no habría trascendido, pero resultaba evidente que la albina no dejaría estar las cosas. ¿Cómo podía haber esperado algo de comprensión por su parte?

El corazón le dio un vuelco y todo su cuerpo se tensó en el momento de la zancadilla, haciendo alarde de agilidad y reflejos para no comerse el suelo mientras trastabillaba un par de metros, justo antes de girarse para encarar a su agradable amiga. Su ceño se frunció y su mirada de rapaz se clavó en la de ella con gesto amenazante. «¿Pero qué cojones le pasa en la cabeza a esta tía?», se preguntó como si pudiera responderse. En realidad la contestación era bastante sencilla: estaba zumbada, tal y como había aclarado él poco antes con sus palabras. Que soltase la funda para empuñar aquella espada no ayudó a aliviar tensiones, y es que Ayden terminó por ponerse en guardia mientras echaba mano a la empuñadura de una de sus espadas, aún envainada. Con el carácter que se había gastado su prima no podía estar seguro de si iba de farol o no.

—¿Que no son las formas? ¡¿Que no son las formas?! —alzó la voz, dándose cuenta de ello al instante y forzándose a relajar un poco el tono. No porque pudiera sentirse ofendida ni nada similar, eso le venía a importar más bien poco, pero no podía arriesgarse a que sus presas les escucharan discutir y terminaran dándose cuenta de la presencia de los cazadores—. Mira, bonita, tan solo me he acercado a ti para advertirte de la situación en la que te encontrabas. ¿Cómo cojones querías que supiera que eres una cazarrecompensas? ¿Por ciencia infusa? Estabas ahí, a nada de cruzarte con dos criminales y a punto de joderme la emboscada, tampoco te he dicho nada del otro mundo antes de que te comportes como una fiera en celo.

Le había tocado la moral a base de bien, y es que a esas alturas habían dejado de importarle Edward, Marshall y hasta los condenados Yonkous. ¿Buscaba problemas con él? ¡Genial! Acababa de encontrarlos. Estaba claro que ninguno de los dos iba a ceder frente al otro, y eso implicaba que no podrían perseguir a las ratas que se iban alejando más de ellos con cada segundo que pasaba. La cacería tendría que esperar para otra ocasión. ¿Cómo pensaba compensárselo? Su tiempo era oro y le había hecho perder, como poco, un día entero.

—Pues se van a ir tranquilamente un día más, Hazel —aclaró, pronunciando su nombre con sorna—, y todo porque no te ha salido de las narices estarte quietecita. Ya estaban en el bote, ¿sabes? Esto podría haber sido mucho más sencillo de lo que crees.

Resopló, tomando algo más de distancia antes de apartar la mano de su espada. No se fiaba de que la loca esa hubiera descartado la idea de arrearle con la vaina, así que prefería controlar su espacio vital y tener cierta separación por su propia seguridad. Tampoco creía que pudiera darle muchos problemas más allá de dolores de cabeza, pero nunca estaba de más tomar ciertas precauciones por si acaso: las apariencias engañan. Se encogió de hombros y suspiró, alzando levemente las manos con las palmas hacia arriba.

—Está claro que ninguno de los dos va a ceder —sentenció, mirándola con desdén y torciendo los labios en una mueca—. Porque no vas a estar dispuesta a volver por donde has venido y renunciar a esos dos, ¿verdad? —Aguardó su respuesta con nula esperanza—. Para cuando queramos darles caza se habrán perdido en la espesura, así que podemos asumir que la jornada de hoy ha sido un completo fracaso tanto para ti como para mí. Felicidades. —No podía dejar de ser condescendiente con ella, y es que aún le ardía la sangre por pensar en todo el esfuerzo que se había echado a perder—. Pero mira, no tengo ningún interés en partirte esa bonita cara. Mi esfuerzo se paga, y nadie me va a pagar por emplearlo contigo.

«O sí, si tiene esas formas con todo el mundo», se dijo, ahuyentado esos pensamientos de su mente. Dudaba que nadie hubiera puesto precio por la cabeza de esa mujer; si estaba persiguiendo a esos dos no debía de ser mucho más relevante entre los gremios de cazadores que él mismo, una comparación que le escocía más de lo que quería reconocer.

—Yo tampoco voy a dejar de seguirlos, así que estamos en un punto muerto. ¿Cómo quieres ponerle remedio? —Preguntó, sin dejar de mirarla en ningún momento. Dejó que pasasen unos pocos segundos, interrumpiéndola a continuación de ser necesario—. Propongo una tregua. No me gusta una mierda, pero no tiene remedio... y prefiero compartir la recompensa a irme con las manos vacías.
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Mensaje por Hazel el Miér 22 Jul 2020 - 22:18

Bien. Había podido notar el cuerpo del chico ceder ante su pequeño «empujoncito» y precipitarse hacia delante. Ya empezaba a formarse su sonrisa a la espalda del contrario cuando este recuperó en un alarde de destreza el equilibrio, quedando solo en un susto para él y una decepción para ella. Chaqueó la lengua, frunciendo el ceño mientras este clavaba su airada mirada en ella. Bueno, estaban en paz, ¿no? Al menos a sus ojos. Pero el chico ahora empezaba a gritar. Eso se estaba volviendo la pescadilla que se mordía la cola. Que pesado, joder. Aunque si se paraba a pensarlo ambos tenían los mismos motivos para estar cabreados. Claro que eso no iba a provocar que la albina cediera o se disculpara, menos tras escuchar el tono con el que estaba hablándole. Utilizando su nombre para hablar con ella como si fuera tonta no iba a conseguir llegar a nada con ella, eso estaba claro.

—Vaya, pobrecito. ¿Yo tenía que saber que tú ibas detrás de mis presas? ¿O que te encontrabas por ahí colgado? Por favor…—Se quedó unos segundos mirándole, como si intentara discernir como llamarle. Para ser ella la maleducada al menos había tenido la decencia de decirle su puto nombre. Resopló—. Mira, chico. Me da igual que para ti hubiera sido fácil o mejor si no hubiera hecho acto de presencia. A mí tu simple aparición me ha jodido mínimo lo mismo que a ti la tuya. ¿Sabes? No eres el único que ha gastado tiempo y recursos en esto. —Procuró mantener un tono bajo en la conversación, por mucho que quisiera gritarle. Había notado como el rubiales había bajado su propia voz antes y, por muy bocas que fuera, no era tan tonta como para alzar ella misma la voz—. Como sea, si te quieres ir por mi perfecto —aseguró con una sonrisa burlesca, casi como si quisiera ignorar el comentario sobre partirle la cara. «Que lo intente»—. Yo puedo seguirles la pista desde aquí.

¿Estaba fanfarroneando? Un poco, quizás. Es decir, podía seguir el rastro de aquella manera, tal y como había hecho para llegar a la ruta que tomaban, pero había factores que dificultarían mucho su trabajo, tales como la lluvia, el que se hiciera de noche o que tuvieran más de un desvío por el que hubieran maltratado el terreno. Pero era una buena forma de sacarle ventaja a su nuevo rival. Porque no, no iba a ceder por alguien que se hubiera apostado cinco o diez minutos antes que ella a esperar en un árbol como si fuera un mono de feria. De hecho, ya iba a ponerse en marcha cuando escuchó la resignada proposición del cazador.

—¿Es enserio? —Le miró con sorpresa, alzando una ceja. Su gesto se fue torciendo hasta quedar plasmado en su cara lo desagradable que la idea de compartir sus presas le resultaba. Pero, tenía que darle la razón en algo, menos era nada. Volvió a apartar la mirada, sopesando en su cabeza el si debía acceder o no. Al final, tras un minuto cavilando los pros y contras de aquella proposición acabó por volverse a él, con lo que parecía un puchero adornando su bonito rostro— …Esta bien. Acepto la oferta… Esto… ¿Sabes? Si no quieres que te llame niño de la selva podrías darme un nombre por el que llamarte. Yo te he dado el mío— reprochó, al tiempo que le tendía la mano, como forma de sellar su trato—. Pero tampoco te acostumbres a que te trate demasiado bien —dijo con tono algo más calmado— Por cierto… Cuando les atrapemos voy a tener que pedirte un favor. Quiero que nos lleven hasta su base, no solo atraparlos e irnos.

Esperaría que estrechase su mano y contestara a su petición. Si no cumplía siempre podía intentar quedarse al de más valor y obligarle a él a guiarla sola, ganando más pellizco del que tendría trabajando a partes iguales. Pero oye, al menos podía quedarse tranquilo. Aceptase o no, al menos contaría con la seguridad de que no iba a traicionarle… no del todo. Y se irían ambos de una pieza.

—Entonces, ¿les seguimos o prefieres dejarlo para mañana? —Preguntaría tras apartarse, girándose en dirección al camino por el que estaban pasando los criminales. Si se iban tendrían que volver a caminar todo el trecho y volver a mojarse a no ser que hubiera suerte y la lluvia decidiera ceder. Pero si les pillaba la noche lo mismo pillaban un resfriado con el cambio de temperatura. Como fuere, le dejaría la elección a él. Para que luego se quejasen de sus formas o su «falta de amabilidad».
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Mensaje por Ayden Keenwind el Jue 23 Jul 2020 - 12:14

Alzó una ceja al ver su reacción. Sí, vale, ella tampoco tenía forma de saber que él era del gremio, pero sus respuestas habían sido desmedidas. Quizá se hubiera pasado un poco de borde, pero nada como para exagerar de aquella manera. En fin, qué se le iba a hacer.

No había pasado desapercibido para él: estaba dispuesta a salir detrás de esos dos y dejar zanjada allí la discusión, incluso si eso significaba tener que competir con él por ver quién se llevaba el premio. Por lo que había aprendido durante todos esos años en el mar, aquel tipo de situaciones entre cazadores solían terminar siempre de la misma forma: en puñaladas traperas, palizas, peleas y sangre. No eran el tipo de gente que se moviera por ideales nobles o respetuosos, la verdad; si tuviera que definir a los cazarrecompensas lo haría como interesados, oportunistas y poco fiables. ¿Que por qué? Porque su persona también lo era si la situación se torcía y, salvo excepciones, se trataba de una tónica general. Quizá Abigail y Kohaku no encajasen en esa descripción y él... bueno, él solo a ratos, pero parecía que aquella mujer debía cuadrar bastante bien en el estereotipo. Por suerte debió activarse su única neurona y se detuvo al escuchar su propuesta, accediendo tras un minuto de debate interno —supuso, porque se había quedado completamente callada—.

—Es en serio, sí —confirmó él, aún sin borrar aquella mueca de su rostro.

Estaba claro que era un incordio para ambos, pero parecían coincidir en que era la forma menos violenta y arriesgada de resolver su pequeño problema. Después de todo, si hay algo peor que enfrentarse a convictos es enfrentarse a convictos siendo saboteado por otro cazador. Lo que no se esperaba es que fuera a adoptar aquella expresión, y es que por un instante se había mostrado como una niña enfurruñada por tener que comerse la verdura que tan poco le gusta. Se obligó a sí mismo a no reírse, aunque ganas no le faltaban, y es que estaba seguro de que sería incapaz de hacerlo sin que resultara ofensivo.

—Tampoco me has dado mucho margen para presentarme —replicó él, acortando la distancia que había puesto entre ambos momentos antes por seguridad. Su mano estrechó la de ella con firmeza y el rubio se esmeró en sonreír cordialmente. Si iban a colaborar tendría que esforzarse en que la relación fuera lo más diplomática posible—. Ayden, me llamo Ayden... y no espero mucho; solo que, como yo, pongas de tu parte. —Y entonces arqueó una ceja—. ¿A su base? ¿Qué quieres, robarles o algo? —Tampoco es que le sorprendiera mucho. No se lo había planteado, pero en la legislación estaba que los cazadores podían quedarse con el botín de los criminales que capturasen—. Claro, no hay problema.

Cuando soltó su mano se rascó la nuca, orientando su mirada en la dirección que habían seguido los dos piratas. Con el tiempo que les había llevado resolver aquella discusión —o aplazarla, quizá— la infame pareja habría tenido tiempo de escabullirse en la densa jungla; seguir su rastro sería una tarea complicada de por sí, pero la lluvia no hacía más que poner trabas. Además, no debían de quedar muchas horas de luz, así que el tiempo jugaba en su contra.

—Bueno, has dicho que podrías seguir el rastro de esos dos, ¿no? —comentó en voz alta con sorna, sabiendo que por bien que se le diera le sería muy complicado en aquellas condiciones. La miró de reojo—. A estas alturas nos deben sacar un buen trecho y pronto se hará de noche. La lluvia tampoco ayuda. ¿Qué tal si intentamos ver qué dirección han tomado y mañana tiramos por ahí? Se habrán reabastecido, así que dudo que vuelvan a pasarse por la ciudad en unos días.

La verdad es que era un engorro y le daba mucha rabia que aquel día de trabajo se hubiera echado a perder, pero no podían ponerle remedio. Ya buscaría la forma de hacer que la albina se lo compensase, aunque por el momento tuviera que resignarse a cooperar con ella. ¿Quién sabe? Quizá la discreción no fuera su fuerte, pero podría tener otras virtudes; esa mala baba que la caracterizaba debía convertirla en una mala bestia a la hora de pelear, de eso estaba seguro. Mientras fuera capaz de concentrar su carácter en esos dos no habría problema alguno.

—Así que venga, te sigo. A ver esas dotes de rastreo. —Lo dijo animado, pero pese a lo amigable que resultó su tono podía entreverse una sutil mofa hacia ella. Le daría la oportunidad de demostrarle que se equivocaba.
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Mensaje por Hazel el Jue 23 Jul 2020 - 13:36

Una sonrisa se dibujó sutilmente en su rostro al notar que el chico aceptaba el apretón de manos, imitando un poco la que le había ofrecido él a ella, aunque la suya no había sido tan forzada. Claro que en cuanto se dio cuenta la borró. No era como si se alegrase de que fueran a colaborar. Seguía siendo una molestia, pero que hubiera bajado los… Casi. Y es que ese hombre parecía tener la lengua muy afilada pese a que fuera ella la «mala» de la película. Resopló.

—Ayden, ¿eh? Procuraré recordarlo —contestó, antes de separarse, tomando algo de distancia. Era la primera vez que se asociaba con alguien para una cacería así que sentía una mezcla de emociones. Pero viendo como habían acabado con ese acuerdo lo mejor para ella sería concentrarse en las que le advertían que tuviera cuidado. Si algo destacaba en el carácter de la albina más allá de su cabezonería y temperamento era, sin duda, su desconfianza. Prefería por lo general no juntarse demasiado con otras personas. Pero no se la podía culpar. —Y bueno, no creo que se le pueda llamar robar —replicó, pensando que al fin y al cabo… «los muertos no necesitan sus pertenencias»— Dejar todo eso ahí es un desperdicio, ¿no crees? Es mejor que otra persona pueda darle uso, más si van a ser recursos para librar al mundo de más piratas —se excusó. A ver, parte de verdad había en sus palabras. A ella no le gustaban los piratas y parte de sus recursos iban a parar a mejorar sus armas y conseguir información, pero el otro ochenta por ciento iba a ir a parar a sus bolsillos—. Además, así se compensa un poco que tengamos que trabajar juntos —sentenció, aunque no era como si no fuese a hacer lo mismo aún si iba sola.

Sus ojos ambarinos se clavaron entonces en los del chico, cruzándose de brazos mientras esperaba su respuesta. Estaba de acuerdo en que con la lluvia y la penumbra que se estaba formando sería complicado seguirles. No imposible, pero les tocaría dormir en la intemperie. Y bueno, el niño acaba de decir algo que tenía sentido. Las ratas ya se habían abastecido así que tardarían días en salir de su madriguera de nuevo. Eso le ahorraba el extorsionar a uno de los dos para que les guiaran, pero lo hacía todo un poco más incómodo y aburrido. En fin, supuso que podrían seguir su plan. Buscar la ruta, volver a descansar y mañana, con fuerzas renovadas, internarse en el bosque tropical en busca de sus amiguitos. Lo único que no le gustaba era ese deje de burla que cuestionaba sus capacidades para rastrearles. Y su expresión lo dejaba bastante claro.  

—Bueno, si crees poder hacerlo mejor que yo, Rey de la jungla, puedes intentarlo… —replicó, antes de tomar la delantera para inspeccionar la zona, con más cuidado del que hubiera mostrado para acercarse, aunque solo fuera para no enturbiar los rastros con su propia interacción con el entorno. Era consciente de que las cosas más sutiles podían llevar a errores terribles a la hora de seguir una presa. Había tenido que aprender a palos para sobrevivir desde pequeña, al fin y al cabo—. Procura quedarte detrás de mí, si pasas por delante podría confundir el rastro. Ya sabes, los humanos no somos muy delicados al caminar por el bosque —comentó con tono animado, mucho más tranquila que antes. Vaya, si hasta podía hacer bien su trabajo. Pero era un puto coñazo con toda esa lluvia. Las huellas eran lo primero a descartar, pues se emborronaban con la fuerza que estaba tomando esa tormenta, y para mañana no quedaría rastro alguno. Pero no todo era malo. Las hojas de los arbustos más bajos rotas o cortadas con un arma de filo para abrir paso, la hierba aplastada por pies humanos… la forma era muy distinta de la que podía tomar por culpa de otros animales. Los nichos destrozados por las pisadas. No es que fueran precisamente sutiles, seguramente no sintieran la necesitada.
—Vale… —volvió a hablar tras unos veinte minutos inspeccionando el terreno—. Creo que podremos guiarnos bien mañana para encontrar su escondrijo. Son un poco chapuceros ocultando sus pasos. Ocultando sus huellas, si lo prefieres —se corrigió, segura de lo que iba a soltarle. Porque si bien ella era ruidosa al andar, al menos había tenido cuidado de que su rastro fuera difícil de ver—. Así que bastará con seguir ese sendero de flora maltrecha. Además, ha llovido, se notará la diferencia de color entre las plantas sin perturbar y las que sí lo han sido. La naturaleza es bastante delicada en ese sentido.

Mientras hablaba, fue señalando los distintos puntos donde mejor podía verse a que se refería, dibujando con el dedo una línea imaginaría sobre la ruta que deberían tomar.

—En fin, deberíamos regresar antes de que nos pille del todo la noche. Estoy mojada, cansada y tengo frío. Aunque… —Le miró inquisitivamente—. ¿Tú en que zona te estás apostando? No es como si solo hubiera una ciudad.

Esperaría a su respuesta. Con suerte sería la misma ciudad en la que se encontraba su posada y mañana no tendrían que buscarse para ir a por su objetivo.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Jue 23 Jul 2020 - 17:28

Cuando le llamó «Rey de la Jungla» fue incapaz de contener una carcajada que rompió toda tensión que pudiera quedar en el ambiente. Vale, tenía que reconocer que esa le había hecho gracia. Se encogió de hombros como toda respuesta; sus capacidades de rastreo dejaban bastante que desear, y es que no era alguien habituado a vivir en la naturaleza. La persecución de sus presas consistía normalmente en recabar información de ciudad en ciudad, enterarse de los rumores, dar con testigos y, en algún punto, enterarse del paradero de los criminales —a veces gracias a otros de su misma calaña, todo sea dicho—. Una vez le tocaba hacer trabajo de campo debía guiarse más por su propia intuición que por conocimientos reales, y si había adivinado qué ruta iban a seguir aquél día era porque conocía la salida que tomaban habitualmente: el sendero de la entrada norte.

—Creo que te lo dejaré a ti en esta ocasión —comentó con una sonrisa socarrona mientras dejaba que se adelantase un poco.

«¿En esta ocasión»?, se repitió en su mente, «Como si fuera a haber más».

Alzó la mirada, observando cómo la lluvia caía sin cesar sobre ellos. El mundo entero había tramado en su contra para chafarle el trabajo. ¿Habría cabreado a alguien? ¿Se había portado mal con el mundo? Bueno, al menos ahora su nueva amiga había rebajado ese carácter suyo todo podría ser más llevadero. No le dijo nada más, permitiendo que se concentrase en localizar el rastro de sus queridos amigos. Lo cierto es que a Ayden le picaba la curiosidad: una persona con tan escasas habilidades en el arte del sigilo no le cuadraba como alguien que sabía moverse por la naturaleza; los territorios salvajes eran pasto de depredadores y peligrosas criaturas que podían verse alertadas con el menor de los ruidos. Que la albina supiera seguir huellas y detectar las distintas pistas que los piratas habían dejado en su camino resultaba bastante sorprendente.

—Tranquila. Pisaré donde pises tú —aseguró, asintiendo aunque no pudiera verlo.

La verdad es que debían ser todo un espectáculo entre las vestimentas púrpuras —y que tan poco tapaban— de ella y el matojo de helechos que llevaba él a modo de poncho. ¿No iba a pillar frío yendo así por la selva? Quizá contase con alguna habilidad que le permitiera sobreponerse a ello o, simplemente, le importaba un bledo cogerse el catarro de su vida. Si se portaba bien podría hacerle un manto de plumas con sus poderes para evitarlo... o no.

El trabajo de investigación de Hazel duró alrededor de veinte minutos, tiempo más que suficiente al parecer para que la cazadora sacara sus conclusiones. Al principio se vio obligado a arquear una ceja, no entendiendo a qué se refería con lo de «chapuceros», y es que no veía nada en absoluto. No fue hasta que comenzó a señalar todas y cada una de las evidencias que Ayden empezó a verlas con nitidez. Vale, debía reconocerlo, era buena —o al menos bastante mejor que él, que tampoco resultaba complicado—. Procuró no dar seña alguna de que estaba impresionado manteniendo una expresión neutra, limitándose a rascarse el mentón y a asentir. Al menos tendrían por dónde empezar.

—Genial —dijo animado, mirándola de reojo—. No se te da mal, al menos te concederé eso —añadió, antes de echarle un vistazo de arriba a abajo y asentir—. Normal, lo raro es que no estés tiritando o a punto de sufrir de hipotermia. Muy bonito el vestido... pero quizá poco práctico, ¿no? —Y esta vez sí que no sonó a malas en ningún sentido. Le sorprendía que se hubiera metido en plena naturaleza con tan poca protección. Vaya par de ovarios—. Pues la verdad es que no tengo dónde quedarme todavía; llegué ayer por la noche a esta isla tras indagar en el resto y me he pasado todo este tiempo investigando. Después busqué un sitio donde vigilar el camino y... bueno, hasta ahora.

La verdad es que notaba fuertemente el cansancio, y es que había dormido poco y a la intemperie. Para quien se lo pregunte: no, dormir en un árbol no es nada cómodo ni deseable. Al menos la lluvia no llegó hasta poco después de haber echado una pequeña cabezadita. Aquella noche iba a caer completamente molido... pero antes necesitaba comer algo.

—Supongo que puedo pasar la noche cerca de donde te estés quedando... que imagino que será en la ciudad de esta isla. —Hizo un gesto con la mano, como adelantándose a sus pensamientos—. No por nada, pero preferiría no tener que perder tiempo mañana buscándote para reunirnos. Así que nada, te sigo.

Y esperó a que la mujer liderase la marcha. Fuera a donde fuera le seguiría con paso tranquilo, bastante menos tenso que un rato antes. Ya podría haber sido el trato así desde el principio y ahorrarles tantos problemas. En fin, al menos aquella noche dormiría en una cama, aunque debía reconocer que si aquello no salía bien estaría metiéndose en un buen lío: su persecución le había costado los escasos ahorros con los que contaba y apenas le quedaba un puñado de berries. La expresión «necesitar esa cacería como el comer» cobraba mucho sentido en su situación, la verdad.
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Mensaje por Hazel el Jue 23 Jul 2020 - 18:38

Se quedó mirándole perpleja por un momento, al escuchar sus palabras. No tenía pinta de ser alguien acostumbrado a vivir en la naturaleza, por mucho que le hubiera llamado «rey de la jungla». Es decir, bastaba con ver la cara de bobalicón con la que acababa de mirarla al mencionar los fallos garrafales que los piratas habían cometido para ocultar su rastro. Casi le daba rabia que alguien así se le hubiera adelantado, pero visto lo visto fue por pura suerte… O por falta de luces de su parte. ¿Por qué no se había quedado en una posada también? Bueno, casi mejor. Si no tenía ningún sitio alquilado podrían ir juntos y tratar las cosas con calma una vez entrasen en calor. De verdad necesitaba una ducha hirviendo ahora que la noche empezaba a caer y con ello las temperaturas.

—Si ese es el caso puedes quedarte conmigo. Quiero decir, para poder planificar nuestra salida de mañana será mejor que estemos a mano. Tranquilo, ya que no nos queda otra no te cobraré porque te quedes en mi habitación, a no ser que vayas a alquilar otra. —Y tras decir esto esperaría su respuesta y se pondría en marcha, parando al caer en algo al momento—. Por cierto, ¿solo llevas eso contigo? —Señaló su ropa. Por mucho que hubiera ido derechito a la selva suponía que, si no vivía ahí, debía llevar un mínimo de equipaje y no solo sus espadas. Esperaría por el para que cogiera sus cosas. «Si es que a quien se le ocurre».

El camino se hizo largo y pesado. La lluvia, a falta de amainar, parecía haber decidido caer con más fuerza, golpeando furiosamente las hojas, la tierra —cada vez más resbaladiza— y sus cuerpos, maltratándolos. Al menos no tronaba… Pero a ese paso poco faltaría para que los rayos se desatasen también. Tal era la situación que la albina había acabado por coger una hoja enorme para usarla de paraguas, no muy atenta a como se estuviera cubriendo el chico. Supuso que la habría imitado en algún punto, simplemente. Para cuando llegaron a la posada ambos eran más agua que persona. Sus zapatos estaban en el interior como charas en miniatura. Solo le faltaban las ranas. Y sus pantalones habían quedado pegados a su piel —más aún— al ser la única parte de su ropa, junto a la prenda interior, que no estaba hecho de hojas. La parte de arriba estaba algo mejor, pero sus extremidades estaban frías. Se quitó la capucha, dejando ver sus níveos cabellos, empapados pese a la protección que la prenda debiera suponer. Estos últimos comenzó a escurrirlos con las manos a la entrada de la posada, aún en el celpudo. También se quitó los zapatos, solo para vaciarlos de agua y volver a ponérselos, incomoda.

—Odio esta condenada isla —farfulló antes de mirar a su acompañante y suspirar—. En fin, ya estamos aquí y todo eso… —Le miró y luego miró a su propio vientre. La verdad es que tenía algo de hambre—. ¿Te parece si subimos a mi cuarto, nos cambiamos y bajamos a cenar? Podemos hablar de planes después.

Supuso que harían eso, a final de cuentas, nadie podía estar cómodo comiendo así. De hecho por su parte podían turnarse para ducharse incluso. Pero que no esperara que le dejase primero. Era su cuarto, después de todo. Pero podía dejarle una manta o una toalla para secarse mientras ella se aseaba. No le tomaría mucho, aunque se aseguraría de disfrutar y asimilar con su cuerpo el calor del agua hirviendo bajo la alcachofa de la ducha. Al terminar… bueno, no era precisamente pudorosa ni estaba acompañada a la compañía, así que saldría a medio cambiar. Solo la prenda inferior tapaba el casi impoluto cuerpo de la joven, quedando a la vista tanto sus virtudes como una peculiar y para nada pequeña quemadura que iba desde su hombro derecho por mitad de su espalda y que se asomaba también un poco por encima de este, hasta la clavícula y por el costado. La toalla la llevaba como si fuera una bufanda sin anudar, secando con uno de sus extremos aún su cabello al salir del baño.

—Por mi puedes ir entrando—. Anunciaría, aprovechando para vestirse cuando Ayden entrase al baño. Después le esperaría tirada en la cama. Lo mismo se echaba una cabezadita si tardaba mucho.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Vie 24 Jul 2020 - 14:30

La proposición de la albina le forzó a alzar una ceja, algo incrédulo. ¿Le estaba ofreciendo alojamiento? ¿Ella? ¿La persona que había manifestado su deseo por molerle a palos con la vaina de su espada? O esa mujer era bipolar o se había dejado llevar demasiado por el momento, pero no perdería aquella oportunidad: si le daban la oportunidad de dormir bajo techo estable sin pagar un solo duro no la dejaría pasar. Al menos podría ahorrar los pocos berries que le quedaban o invertirlos en algo de comer; las escasas raciones que le quedaban debían estar empapadas ahora por culpa del temporal pese a lo bien que las hubiera protegido. Se preguntaba si todos los días serían así en la isla central de Great Palm.

—Si no te importa compartir la habitación conmigo acepto. Será lo más óptimo —se excusó, sin estar dispuesto a sacar a la luz su lamentable situación económica—. Sí, sí, he dejado lo demás en mi «puesto de vigilancia», dame un minuto para recoger las cosas... y nada de escaparte, ¿eh?

Su advertencia, aunque en parte iba en serio, sonó con un tono relajado. No terminaba de fiarse de ella, pero tampoco podía estar a la defensiva las veinticuatro horas del día. Quizá si mantenían un trato agradable podrían desarrollar algo de confianza, aunque fuera una que solo afectase al ámbito profesional. «Profesional», repitió en su cabeza, mofándose de sí mismo antes de seguir: «Como si lo de hoy pudiera definirse así».

Se desplazó rápidamente y, pese a que el tronco chorreaba agua por todas partes, no tuvo mayores problemas en trepar el árbol y llegar hasta la rama que le había servido de cama, sala de estar y puesto vigía en las últimas horas. Allí, cubierto por varias capas de hojas, ramas y helechos que había ido recolectando, se encontraba una gruesa bolsa de cuero con lo que llevaba de equipaje. Los recambios probablemente estuvieran empapados, las raciones se habrían echado a perder, pero al menos lo demás parecía intacto. Se quitó las gafas y las guardó en el interior junto al resto tras secarlas un poco, asegurándose de meter el equipaje bajo el poncho para intentar protegerlo todo lo posible. Bajaría de un salto, flexionando las piernas al caer para amortiguar el impacto antes de incorporarse y volver con Hazel.

—Listo, vámonos —la instó, arrancando algunas hojas de gran tamaño que usar a modo de paragüas.

El trayecto fue, cuanto menos, incómodo. No por la compañía o el silencio que mantuvieron, sino por la incesante lluvia y el resbaladizo terreno. Cualquier persona sin sentido del equilibrio habría comido barro bastantes veces durante el trayecto, de eso estaba seguro —si hasta él había estado a punto de hacerlo en un par de ocasiones—. Cuando su compañera le señaló la posada donde se estaba hospedando su mirada se iluminó con un sentimiento de esperanza, alivio y gratitud por haber llegado al fin. Eso sí, el dueño iba a matarles: llenos de barro y calados hasta las cejas comenzaron a adecentarse un poco desde la entrada, ya a cubierto del temporal. Se quitó las botas y, al contrario que la albina, no volvió a ponérselas; prefería ir descalzo a meter los pies en ellas de nuevo.

—Por favor y gracias —fue su respuesta, sonriendo levemente al ver cómo se estrujaba el pelo—. ¿No te parecen peores las demás? Me he pasado días enteros quitándome arena de la ropa... y aún hay veces que encuentro más.

Ligeramente más seco la siguió, subiendo las escaleras hasta la habitación que había alquilado para ella y adentrándose sin pudor alguno. Cuando la mujer se fue a asearse él aprovechó para sacar las cosas de la bolsa, en especial su ropa. El tiempo que Hazel invirtió en el baño él lo utilizó para secar como pudo las diferentes prendas, dando gracias de que su característica chaqueta y los pantalones no se hubieran calado mucho; ojalá poder decir lo mismo de las camisetas.

Tan solo abandonó aquella tarea cuando escuchó los pasos de la mujer saliendo del lavabo, girándose para mirarla y topándose con una imagen que no esperaba. Sus ojos se abrieron como platos y sintió cierto nerviosismo hacer presa en él por unos segundos. No era la primera vez que veía a una mujer desnuda ni mucho menos, pero aquello le había pillado con la guardia baja. Apartó la mirada en cuanto volvió en sí, algo acalorado, aunque tras el tiempo suficiente como para haber dejado de apreciar las virtudes de su cuerpo y haber caído en la presencia de aquella cicatriz. Él tenía las suyas propias, pero nada tenían que ver: algún corte puntual, un disparo cerca del hombro... nada que saltase rápidamente a simple vista. Quizá pudiera preguntarle después por ella. Fuera como fuese no se lo pensó mucho más y, procurando no volver a hacer contacto visual, se adentró en el baño para quitarse la incómoda sensación de suciedad que le invadía.

—Por mi parte ya estaría —anunció minutos después tras salir del baño, ya completamente vestido pero aún secándose la cabeza con una toalla. Al final había decidido ponerse únicamente la chaqueta sin nada debajo y los pantalones—. ¿Hazel? —La llamó al no recibir respuesta, dando con ella en la cama. Parecía dormida.

Suspiró, aprovechando que la mujer estaba fuera de combate para echar un vistazo por la habitación. No había demasiadas cosas a la vista: apenas nos muebles de madera sencillos, algún baúl donde guardar el equipaje y poco más. Decidió mientras tanto que la dejaría descansar un poco, y es que la noche apenas había caído y estaban a tiempo de comer un poco más tarde. «Ya podría ser así de tranquila cuando está despierta» se quejó, mirándola con desdén antes de ponerse a limpiar las botas, aún mojadas y llenas de barro.
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Mensaje por Hazel el Vie 24 Jul 2020 - 15:32

—Mira, rectifico. Odio todo el archipiélago.

¿Cuánto tiempo habría pasado desde que sus parpados se cerraron? ¿Veinte minutos? ¿Una hora? Se había apostado sobre el colchón poco después de cambiarse, esta vez con su propia ropa en vez del montón de hojas que hubiera llevado para salir a cazar, quedando con una camiseta que le quedaba varias tallas grandes encima, de color negro con un estampado blanco que ni idea tenía de que decía, si es que esos garabatos significaban algo. Pero le gustaba y era cómodo. Para ir a cenar y volver a subir supuso que no importaba mucho si no llevaba algo nativo. De hecho, aunque les importara a los dueños de la posada no le importaba lo más mínimo. Que les jodieran. Su estómago volvió a rugir, esta vez de forma algo más sonora, pero desde el baño el chico no debería poder escucharlo. Se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas y la mano apoyada en el vientre. Esperaba que no tardase mucho, aunque el tiempo seguía pasando como si fuera a cámara lenta y al hambre se le sumó el sueño que acabó por poderle. Quedó tumbada de lado, acurrucada con las piernas flexionadas, teniendo un sueño aparentemente calmado. Su respiración estaba siendo suave, lenta y calmada, y así siguió durante la mayor parte del sueño. Pero como siempre, la cabeza de cada quien tiene sus caprichos y, en ese caso, la suya había decidido recordarle una de las vivencias más desagradables que había tenido nunca.

En su sueño, volvía a estar con los piratas a los que su madre la habían vendido. Se encontraba en el suelo de rodillas, frotando la cubierta con un cepillo y un cubo de agua jabonosa. Había murmullos de fondo y todo su cuerpo se estaba tensando. Fuera del sueño se tensó también, haciendo una mueca y quejándose un poco, gruñendo según la escena avanzaba. Y es que ese día además hacia sol. Ya de por si estaba sufriendo con la luz del abrasador sol sobre su delicada piel y cabellos, entonces mucho más largos. Recordaba el olor a aceite quemado incluso si en los sueños no se podían sentir sensaciones. Se empezó a revolver más en la cama, como si intentara zafarse de algo, y se despertó bruscamente, levantándose como los ojos muy abiertos en el momento exacto en que vertían el aceite sobre su piel y le prendían fuego.

Apretó las uñas contra las sabanas y se tomó un momento para calmarse. No había gritado, pero la sensación había provocado que su cuerpo tiritase. Se quedó sentada, pegando las rodillas al pecho y ocultó la cabeza mientras se palpaba el hombro, tratando de recobrar la compostura. Al incorporarse lo primero que había visto fue la coronilla del chico, sentado en el suelo, así que se había forzado a que no pudiera percatarse de lo agitada que estaba. No había sido nada.

—Cuanto… —se trabó, carraspeando antes de volver a intentar hablar, pasando una mano por su cara antes de apartar hacia arriba los mechones que constituían su flequillo—. ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? Deberías haberme despertado… —Intentó sonar seria, incluso molesta, pero no era como si con la voz así pudiera hacer mucho. Se acercó al borde de la cama, dejando que sus pies tocaran el frío suelo, se abstrajo un momento, concentrándose solo en la sensación para terminar de volver en sí—. Bueno, es igual. Vamos a comer, me muero de hambre.

Ni siquiera esperó a que el chico le replicara. Si no tenía hambre era su puto problema, ella se levantaría, cogería sus ahorros y bajaría para sentarse en la barra y pedir un plato del menú del día y una copa. A no ser que se lo impidieran, claro. Pero dudaba que Ayden tuviera interés o preocupación alguna por ella. Tampoco la necesitaba.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Vie 24 Jul 2020 - 16:09

No supo cuánto tiempo había pasado desde que empezó a limpiar las botas, pero seguramente más de media hora. Cuando terminó de apartar el barro y hacer todo lo posible para secar su calzado, hizo lo propio con sus espadas, gafas y demás utensilios que había llevado. El agua había penetrado el poncho, las capas de hojas y ramitas y hasta la tela de la bolsa, así que todo su equipaje era un desastre. Viendo que la albina no reaccionaba decidió aprovechar y tomarse su tiempo.

Estaba absorto en aquella tarea, asegurándose de comprobar que el mecanismo de sus gafas funcionaba y que seguían operativas. Les tenía cariño, y es que le habían acompañado durante los últimos dos años, justo tras rescatar a un joven científico de las garras de los matones que aterraban su pequeña ciudad. Como es evidente su intervención no fue un acto altruista, sino que pidió una compensación a cambio que, para su sorpresa, llegó de buena gana y resultó mucho más valiosa que un simple puñado de berries. Las lentes poseían la capacidad de identificar criminales, ya fueran piratas, el bajo mundo e incluso revolucionarios, analizando sus facciones y mostrándole la recompensa actualizada de los mismos. Se habían convertido en una forma muy eficiente de localizar a sus objetivos y, además, poder evitar la tediosa tarea de quedarse con las diferentes cifras en su memoria. Al final se sumió en los recuerdos de aquel día y terminó por divagar, preguntándose qué sería de Miko en ese momento. Quizá pudiera llamarla cuando terminasen el trabajo; estaba seguro de que le haría ilusión.

—¿Hmm...?

Ladeó el cuerpo al notar que Hazel estaba haciendo algo de ruido. Seguía dormida, pero se quejaba y removía sobre el colchón. Una pesadilla. Se planteó acercarse a despertarla, pero si el sueño era muy malo lo mismo se arriesgaba a que le arrease un puñetazo, así que mejor mantener las distancias. Volvió a su tarea, y no reaccionó hasta que se dio cuenta de que los sueños debían haber ido a más, y es que se levantó alterada y temblorosa, ocultando su rostro mientras se recomponía. «¿Qué estaría soñando para ponerse así?». Se hizo el loco, no queriendo incomodarla con preguntas que no le incumbían. Sería mejor hacer como que no se había dado cuenta.

—Pensé que necesitarías echar una cabezada —respondió ante su queja, volviendo a guardar sus cosas en la bolsa antes de girarse—. No ha sido más de media hora, así que no te preocupes.

No iba a replicarle ante la idea de comer algo, pero sí que frunció el ceño al ver que se levantaba de mala gana y ni siquiera le esperaba. ¿Qué mosca le había picado? Había tenido la decencia de dejarla descansar, no había hecho preguntas y, aun así, recibía aquel trato. Terminó por negar despacio cuando Hazel salió del cuarto, suspirando con resignación. Habría sido por la pesadilla, así que no le daría mayor importancia. Volvió a calzarse, notando la agradable sensación de que sus botas volvían a estar secas, antes de seguir a la albina tras coger sus pocos ahorros, y es que supuso que la cazadora no sería tan bondadosa como para invitarle a cenar también.

Ya en la sala común la localizó junto a la barra tras echar un rápido vistazo, acercándose a ella y tomando asiento a su lado. Una vez le sirvieron la comida a ella alzó el brazo para pedir lo mismo, aunque en su caso la bebida no sería más que agua: no podía permitirse lujos como una cerveza en ese momento.

—Que aproveche —le dijo, como intentando romper la tensión del momento. La notaba algo ida aún y no la conocía lo suficiente como para intentar abordar mejor el tema—. Pues... ¿Sobre qué hora deberíamos salir mañana? Diría que cuanto antes mejor y sobre las siete de la mañana ya hay suficiente luz como para que podamos movernos por la selva sin muchos problemas.

«Claro Ayden, habla de trabajo. Si te llevas una puñalada ahora te lo has buscado solito», se dijo, imaginando que quizá no era lo más acertado en ese momento. ¡¿Pero de qué iba a hablarle si no?! Ni siquiera sabía si quería que lo hiciera y lo último que necesitaban era empezar un espectáculo en mitad de la posada.
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Mensaje por Hazel el Vie 24 Jul 2020 - 17:39

«Eres una dramática». Aquel pensamiento rezumbó en su cabeza una vez se hubiera sentado, mientras esperaba la comida. Que tampoco era como si le debiese cortesía o amabilidad al rubio. Pero joder, para una vez que no había sido su culpa el enfado. Literalmente no le había hecho nada. «¿Ves? Tratar con otros solo trae problemas». Se dijo a sí misma mientras apoyaba los codos en la barra para mantener las manos en alto y reposar la cabeza entre ellas. Suspiró, buscando con la mirada al chico de forma disimulada. Lo mismo ni se había molestado en bajar, tampoco le gritó o replicó nada así que lo mismo se la sudaba rotundamente. Quizás eso fuera lo mejor. Le vio acercarse, sentándose a su lado justo cuando el camarero dejó sobre un reposabrazos su jarra. Había pedido una malta, pues suponía que con tanto hielo no correría el riesgo de emborracharse con facilidad, e incluso podría repetir. Cuando se sentó, el rubio pidió su mismo plato, aunque le sorprendió que no pidiera nada para beber aparte, solo agua. «No le gustará beber antes del trabajo». Supuso, tomando la bebida y quedándose un rato mirando su color y como los hielos se movían dentro antes de dar un largo trago, volviendo a la vida, en cierto sentido. No tocó la comida hasta que trajeron la de él también.

—Uhm…  Ya, provecho a ti también —contestó dubitativamente al no estar del todo acostumbrada a ese trato. Después, dio un primer bocado a su plato. Lo cierto es que no era nada del otro mundo, pero estaba bien. Al menos no sabía a cartón ni era algo insípido. No es que ella fuera a ponerle muchas pegas, claro. Pero había comidas mejores y lo sabía. A ratos sus ojos se iban al muchacho, planteándose se debería intentar hablar de algo. ¿De qué? Ni zorra. ¡Viva la inutilidad social! No fue hasta que Ayden decidió sacar el tema del trabajo que el silencio se rompió. Vale, tampoco era algo muy interesante, pero menos daba una piedra—. Claro, no tengo problemas en madrugar. Entonces, ¿a las siete salimos? —preguntó, para asegurarse—. Si nos vamos tan pronto será mejor que preparemos también algo de comida para el camino, no creo que sea buena idea coger frutas del camino si no estamos seguros de que se puedan comer. De hecho, he visto unas cuantas plantas que tienen pinta de ser bastante venenosas —añadió, tratando de prolongar la conversación un poco más. Gran idea, oye. Hablar de veneno en la comida, pero estaba relacionado con su trabajo.

Después de eso, si el chico contestaba podían intentar seguir un poco más, planificar la ruta o los descansos, hablar sobre el reparto de las recompensas incluso. Lo cierto es que a ella no le interesaba llevarse el mérito de la cacería, así que se lo podía quedar todo siempre que se llevara su parte. Es decir, mantener un perfil bajo le parecía lo más cómodo para trabajar en ese mundillo, pero para gustos colores. La pega es que dudaba mucho que la conversación pudiera dar para mucho más de sí. Y al final, con los platos vacíos y su bebida a medio acabar el silencio pareció volver a rodearles. Por si fuera poco, la culpa aún se mantenía en su cabecita… Más que culpa era frustración consigo misma, pero vaya. Que quería compensarlo para sentirse mejor consigo misma.

—Oye… —le llamó, deteniendo el camino de su jarra hacia la boca, para volver a dejar el vaso sobre la mesa— ¿No vas a pedir nada de beber? —preguntaría entonces, pasando su mirada de su cara al vaso de agua que acompañaba a su comida—. Es aburrido beber sola… —Repuso, intentando incentivarle a que se pidiera algo. En caso de negarse, le invitaría ella, aunque fuera de forma un tanto… ¿brusca? ¿Sin respetar sus deseos de no excederse antes de prepararse para el trabajo?
Terminó de tomarse su malta de un trago, dejando de nuevo el vidrio sobre la barra con un fuerte sonido y, tras suspirar, alzó la mano y levantó la voz para llamar la atención del tabernero.

—¡Camarero, dos cervezas por aquí! —Diría, sacando el dinero para pagarlas. El hombre se acercó e hizo lo propio, echando a un lado la vajilla sucia para recogerla y llevarla a lavar y poniendo frente a ambos dos vasos con la espuma desbordando de dorada cerveza, uno frente a la albina y el otro frente a su acompañante.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Vie 24 Jul 2020 - 18:42

Asintió ante su propuesta. Sí, seguramente lo mejor sería dejarlo todo preparado aquella noche para salir en cuanto se despertasen, pero pensar en que tendría que pagar por unas raciones para el camino hizo que sintiera una puñalada en su bolsillo. «Bueno, bastante te has aprovechado ya», se reprendió. ¿Que si le daba la oportunidad lo haría más? Desde luego, pero pese a ser un interesado tenía un poco de decencia. No mucha. Algo. Lo que fuera.

—Me parece bien. Me imagino que no tendrán problemas en prepararnos algo para llevar cuando acabemos —sugirió, tanteando su comida. No era nada del otro mundo, pero sin duda resultaba más sabroso que lo poco que había comido durante el día. Las sobras con una semana de vida no tendían a saber especialmente bien. ¿Cuándo había vuelto a vivir como un pordiosero?— No sé mucho de plantas, la verdad, pero prefiero no arriesgarme. Un tanto irónico morir por unas plantas en vez de a manos de esos dos —añadió, haciendo referencia a sus presas.

El último comentario había pretendido ser una broma, pero la verdad es que parecía haber dejado el ambiente algo más frío que al principio. No recordaba haber vivido una situación similar antes; por norma general no tenía problemas con socializar pero las circunstancias en las que se había cruzado con ella lo volvían todo más tenso. ¿Había rencor? No especialmente. Bueno, le molestaba haber perdido el rastro de la parejita y no tener dinero para alquilar un sitio donde caerse muerto, pero nada insoportable. Tal vez fuera por la discusión inicial, que de repente se hubiera paseado semi–desnuda por delante de él, la cicatriz de su espalda o por haberla visto ponerse así por un sueño. En realidad, el problema radicaba en que no sabía por dónde cogerla: su comportamiento era un tanto errático y hasta bipolar, según el momento.

Alzó la mirada de su comida cuando la pregunta llegó, mirándola con una mezcla de confusión y nerviosismo. Giró la cabeza para observar su propia jarra llena de agua, haciendo una mueca y negando despacio.

—No, es... —no iba a decirle que no tenía dinero como para costearse un trago o dos—. Es solo que no suelo beber mucho, nada más —mintió.

¿Le instaba a beber junto a ella? No se opondría en otras circunstancias, pero sin guita no podía ponerle remedio a aquella situación. No fue hasta que la albina decidió hacer caso omiso a sus excusas y pedir cerveza para los dos que tuvo que ceder. A ver, si pagaba ella no se negaría, evidentemente. Se aseguraría, en cualquier caso, de hacer ver que era más por cortesía que porque realmente quisiera beber.

—No era necesario, pero te agradezco el gesto —concedió, apartando los platos vacíos para que el posadero pudiera llevárselos.

Cuando las jarras llegaron se dio cuenta de que eran... bueno, unas buenas pedazo de jarras. Las habían llenado hasta arriba de cerveza y ni siquiera estaba seguro de la cantidad de bebida que contenían. ¿Podría tomarse eso sin que le afectase? Bueno, sería descortés rendirse cuando le estaban invitando. Tomó entre sus dedos la suya con cierto ánimo y la acercó hacia Hazel, como si quisiera brindar.

—Supongo que... ¿Por los nuevos socios? —Preguntó en un tono un tanto irónico, aunque se notaba que se lo decía de buena gana. No acostumbraba a cooperar con otros cazadores, pero qué menos que procurar que la relación laboral fuera agradable.

Brindara con él o no apuraría un buen trago, dejando que el néctar dorado descendiera por su garganta y su calor se asentase en el pecho del rubio. Había sido un embustero: en Samia rara era la comida que no acompañaba con una cerveza o dos, a veces más si la compañía era buena. Quizá bebiendo así se le viera el plumero, aunque esperaba no haber dado demasiado el cante frente a ella o las preguntas vendrían y, la verdad, no tenía ganas de explicarle que si no pedía más era porque no tenía con qué pagar. Sentía la certeza de que su compañera se mofaría de él y, además, le daba rabia verse en aquella situación. Ocho años después de haberse marchado de su hogar no solo no había logrado su objetivo, sino que se encontraba en un estatus social inferior al que tenía en su inicio. Hay que joderse.

—Antes dijiste que te había llevado un tiempo similar dar con la pareja. ¿Desde cuándo y dónde llevas persiguiéndoles? —No era simple cortesía sino también curiosidad. Además, ¿qué mejor tema de conversación entre dos cazadores que hablar de sus presas y rastreos? Al menos podrían empezar a romper el hielo de esa forma.
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Mensaje por Hazel el Vie 24 Jul 2020 - 22:41

Frunció el ceño sutilmente cuando la rechazó la primera vez. No lo parecía, pero ella normalmente solía ser la que camelaba a otros para que le consiguieran una copa o dos gratis. Que le dijera de beber y no que la invitara era un gesto de amabilidad de su parte, y el muy cortito estaba dándole largas. Pero bueno, una vez pedida la bebida ni él parecía tener la voluntad o los huevos lo suficientemente grandes como para rechazárselo. Al principio pensó que lo mismo había sido solo por miedo a que le echara de su cuarto, aunque notó un atisbo de ansia por su parte al ver las jarras frente a él. ¿Le había intentado mentir? Cuando acercó la jarra se quedó mirándole dubitativa por un momento, acabando por sonreír sutilmente y hacer lo propio, tomando su jarra por el asa.

—Por nuestra cacería, para sea un éxito mañana —contestó, chocando suavemente su jarra con la de él antes de beber, con mucha menos ansia que el rubio. Aunque lo de antes hubiera sido más suave no quería que al tomarse eso de golpe la dejara chispa tan rápido, ya que tampoco tenía comida para acompañarlo. Se fijó en Ayden entonces, sintiendo que debía haber otro motivo para que él no hubiera comprado una pinta antes. Sonrió burlona, pero se ahorraría el preguntar, en su lugar…—. Sabes, para no beber muy a menudo, bebes con ganas —comentó con un tono que iba a juego con su sonrisa. Cuando le preguntó se quedó pensativa, soltando la jara mientras hacía memoria.

—Veamos… La verdad es que me ha tocado recorrer un buen trecho hasta aquí. Ya sabes, la mayoría nos guiamos por rumores y vamos de un lado para otro, ¿no? En mi caso… Escuché hablar sobre ellos al volver a mi casa tras una cacería poco fructuosa en el North. Fue una gilipollez por mi parte recorrer tanto camino para tan pocos berries. El caso es que tanto ellos como yo entramos a rutas similares. Solo que yo me dirigí a Cactus Island mientras que ellos vinieron… hacia aquí. Digamos que me ha tocado ir siguiendo su pista a lo largo de la ruta del «placer». Quien le puso ese nombre era subnormal, la verdad. ¿Qué placer ni que niño muerto? —Suspiró, claramente el alcohol le soltaba la lengua de más, aunque tras tanta tensión no estaba mal del todo. —Así que en total llevaré casi un mes siguiendo su pista. Pero creo que tu llevas más que yo en este infierno. Dime… ¿Y tú? ¿Desde dónde vienes? ¿Has viajado mucho? —Se arrimó un poco a él mirándole inquisitiva mientras pegaba su cara a la de él, apartándose al momento para volver a entretenerse con su bebida. Y eso que estaba yendo poco a poco.

Escucharía atentamente su respuesta, rebajando a tragos cortos el contenido de su jarra hasta dejarla prácticamente vacía. Del mismo modo, si le preguntaba algo más contestaría, según lo que preguntase, claro. Aún no se había emborrachado tanto. Aunque ver el vidrio tan vacío era deprimente. Se planteó perdir una tercera ronda para ella, volviendo a poner frente al chico otra copa, aunque esta vez esperaría a que el chico le diera el visto bueno. Quizás fuera demasiado antes de su misión. De paso se aseguraría de pedir sus raciones.

—¿Qué dices, rubito? ¿Te apetece otra o mejor esperamos a volver con nuestro botín? —Preguntaría, reclinándose sobre la mesa. Sus mejillas se encontraban algo sonrojadas como efecto del alcohol, resaltadas por el contraste con su nívea piel.

Decidiera lo que decidiera, cuando terminasen esa ronda lo suyo sería subir al cuarto y que ambos se echaran en cama. Es decir, la idea de tratarle como un perro y que se acomodas en el suelo sonaba graciosa. Seguro que podría hacerle pasar ese mal rato a algún criminal la próxima vez que trabajase sola, sujeto con un collar. Que se pensase que así salvaría el pellejo. Pero si iban a ser iguales consideraba que no podía dejarle descansar sobre el parqué.

—Espero que no te moleste dormir apretado. La cama no es muy grande y tal —comentaría subiendo las escaleras.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Lun 27 Jul 2020 - 12:53

A punto estuvo de atragantarse por el comentario de Hazel, teniendo que dejar la jarra sobre la mesa para no tirar la cerveza mientras tosía con algo de descontrol; se le había ido por el otro lado. No había sido del todo discreto al aceptar la bebida, y es que su facilidad para ingerir alcohol hizo acto de presencia frente a la albina, delatando su pequeño vicio. Quizá debiera ser algo más cauto la próxima vez si pretendía mentirle a la cara, pero bueno, ya era un poco tarde para solucionarlo. Cuando su tos se calmó la miró de reojo, pasándose el dorso de la mano por los labios para limpiarse.

—No suelo, pero eso no implica que no lo haga —se excusó como el embustero que era, aminorando el ritmo al que vaciaba su trago a partir de ese momento con no poco dolor.

Cuando las suposiciones sobre su posible problema con la bebida pasaron, Ayden se aseguró de centrar toda su atención en la cazadora y atender a su relato. Parecía que habían seguido un trayecto similar, y es que ella también llevaba siguiendo a Edward y a Marshall desde el North Blue. Resultaba curioso que, con plazos y destinos similares, no se hubieran cruzado en ningún momento. De hecho, tal vez sí que hubieran confluido en algún punto del trayecto y, simplemente, no lo recordaba. Sus ojos de rapaz la recorrieron de arriba a abajo en un rápido vistazo para descartar esa idea: sentía la certeza de que se acordaría de haberla visto antes. Procuró que aquel gesto pasara inadvertido, apenas dedicándole un par de segundos antes de volver su atención a la jarra. Su experiencia por la Vereda del Placer no había sido muy distinta, aunque tampoco tan desagradable como la albina lo pintaba. Quizá si obviase el incómodo paso por Momoiro pudiera decir que hasta había disfrutado del viaje, pero esa es otra historia.

Pese a lo tranquilo que se encontraba, su corazón dio un vuelco al ver que Hazel se acercaba tantísimo, hasta el punto de que sus rostros apenas se vieron separados unos pocos centímetros. No fue durante mucho tiempo, pero sí el suficiente como para que el rubio no estuviera seguro de cómo tomárselo. Tan solo tuvo que fijarse en el tono rosado de sus mejillas para entender que la bebida le estaba pasando factura, así que decidió ignorarlo por el bien de ambos.

—La verdad es que mi viaje no dista mucho del tuyo. Soy del South Blue y todo el trayecto empezó allí, aunque por rastrear a una problemática pareja el viento me llevó hasta el North Blue; Hallstat, más concretamente. Cuando terminé lo que tenía que hacer allí escuché rumores sobre los altercados que Black y White habían estado causando en ese mar y, como se pagaba bien por sus cabezas, decidí seguirles la pista. Eso me llevó a la Vereda del Placer. —Hizo una pausa para saborear su bebida de nuevo, tomándose algunos segundos para dar un par de tragos algo más generosos que los anteriores. Volvió a posar su mirada sobre ella—. Pasé por Momoiro, Little Paradise... y unos amables comerciantes aceptaron traerme directamente a Great Palm. Cuando llegué tuve que investigar en las islas circundantes a estas y... bueno, el resto ya lo sabes.

Tras su explicación, la conversación adoptaría tintes más relajados y banales, y es que ambos cazadores empezarían a intercambiar sus opiniones sobre la infame parejita, la extraña moda de la isla y demás temas de escasa relevancia, tan solo por el placer de una buena conversación. Cuando Hazel le propuso una tercera ronda dudó, pero terminó cediendo ante su invitación. Total, si pagaba ella no habría mucho problema, aunque a ver quién les levantaba al día siguiente.

—Como quieras, copito de nieve —se mofó él como respuesta a lo de «rubito». Debía reconocer al menos que era algo menos ofensivo que «leche de soja»—. Tan solo espero que mañana no te quejes de dolores de cabeza ni nada por el estilo; te quiero fresca para cuando demos con esos dos.

La velada se alargaría unos minutos más, tras los cuales Ayden sentiría los primeros y agradables efectos del alcohol. No iba borracho ni mucho menos, pero se podía decir que había cogido el puntillo y que, si pasaba de ahí, la cosa iría denigrando poco a poco. Por suerte para él, ambos coincidieron en que lo mejor sería regresar a la habitación y echarse a dormir antes de que se les hiciera más tarde; si iban a pegarse semejante madrugón debían aprovechar hasta el último minuto para descansar y recuperar fuerzas.

A decir verdad, el chico no estaba del todo seguro de poder descansar bien, y es que supuso que dormir en el suelo no sería lo más cómodo del mundo. ¿Más que hacerlo en la rama de un árbol a la intemperie? Sí, pero no tanto como echar una cabezadita sobre un mullido colchón con su almohada y sus sábanas. Dibujó una mueca de resignación ante la idea, sabiendo que tampoco podía pedirle peras al olmo: le estaban ofreciendo techo bajo el que dormir sin tener que poner ni un mísero berrie, no tenía derecho a poner pegas. Sin embargo, esta vez sería Hazel quien le pillaría con la guardia baja.

Abrió los ojos como platos y se quedó mirándola fijamente.

—Espera, ¿qué? —Fue lo único que alcanzó a decir en un primer instante, tratando de ordenar sus pensamientos en el margen de tiempo que había ganado con ello—. ¿Quieres compartir la cama? —preguntó—. ¿Conmigo?

Eso sí que no se lo esperaba, y es que no veía a la cazadora como una persona que estuviera dispuesta a ceder en algo tan... ¿íntimo? Como una cama. Cierto era que sería mucho mejor que tirarse en el suelo, pero no entendía demasiado bien por qué se lo ofrecía; no tenía ninguna obligación de hacerlo. Se había dado cuenta de que beber rebajaba sus humos y suavizaba el carácter que tanto marcaba su personalidad, pero no estaba seguro de si aquello sería simple amabilidad o albergaría otras intenciones con una naturaleza más... «¿En qué cojones piensas, Ayden?», se reprendió, apartando la idea de su cabeza.

—Claro, no habrá problema. Dudo mucho que sea peor que dormir en la copa de un árbol en mitad de la selva —bromeó, intentando eliminar la tensión que él mismo había creado en el ambiente—. Si no te importa, por mí perfecto.

Entraría justo después de ella, cerrando la puerta de la habitación con un suave empujón de pie a su espalda. Se quedó observando a la mujer, para ver qué hacía y, si nada se salía de lo normal, terminaría por quitarse la chaqueta a medio abrochar para dejarla sobre la bolsa que guardaba su equipaje. Únicamente protegido por su pantalón se situaría en el lado opuesto de la cama al que hubiera escogido Hazel, tumbándose bocarriba con una mano en la nuca y la otra descansando en su propio abdomen, mirando al techo.

—Pues... —empezaría, sintiendo la situación algo violenta. No estaba acostumbrado a compartir cama con otras mujeres para simplemente dormir a excepción de con Miko—. ¿Que descanses?
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Mensaje por Hazel el Lun 27 Jul 2020 - 16:23

La última ronda había caído y con ello su tiempo de ocio. Y es que quizás no fuera muy tarde, ni el alcohol el suficiente como para saciar a ambos, porque vale. No había notado la descarada mirada que el chico le había lanzado, y sus mejillas se habían teñido con tan poco, pero eso era más a causa de su falta de melanina, que hacía todo más… llamativo en ella, por llamarlo de alguna forma. Todavía hubiera podido meterse al cuerpo otras tres o cuatro como esas, pero no procedía si querían madrugar y estar frescos como una rosa, como bien había resaltado Ayden al ofrecerle esa última jarra, llamándola copito de nieve.

—¿Copito? —repitió, echándose a reír al poco. Bueno, sonaba mejor que sus otros motes, menos ofensivo—. Vaya, de todo lo que me han llamado eso es lo más tierno hasta la fecha. ¿Debería ponerte yo también un mote? —contestó, haciendo caso omiso a sus preocupaciones sobre como de lucida iba a estar a ese paso mañana. El alcohol la ablandaba, sí. Pero no solía tener muchas jaquecas o efectos secundarios tras un sueño reparador. Y, obviamente, su tono denotó un deje burlón, haciendo hincapié en la palabra «tierno». Pero mentira no era, desde niña maldita a fantasma o bruja… Aunque vaya, ella misma se hacía llamar Banshee. De hecho, si se paraba a pensarlo esa persona era muy rara también. Vale, empezaron estando cabreados. ¿Pero no le resultaba desagradable su apariencia? A ver, ahora que era adulta si quitabas que tenía el mismo color que un cadáver y el pelo como una anciana, no estaba mal. Tenía buen cuerpo, pero aun así se le hacía raro que tuviera tan pocas reticencias hacia ella.

«Será por el dinero». Se dijo a sí misma mientras subían las escaleras de vuelta al cuarto, tanteando las posibilidades. Y, de hecho, su reacción cuando comentó lo de la cama se lo terminó de confirmar. Su gesto se torció, volviendo a su ceño fruncido bajo el flequillo y su cara de pocos amigos.

—Si prefieres dormir en el suelo como los perros yo no tengo problemas —Contestó de forma tajante, aunque volvió a suavizarse al escuchar que por su parte no tenía problemas—. Haz lo que te plazca. Nadie te va a obligar a dormir conmigo—. Se había escamado, sí. Pero su tono no fue tan borde como antes, no tanto, pero eso acababa de echar a perder su buena relación seguramente… Y eso que llevaban media hora, una hora por tan buen camino.

La puerta se abrió tras un par de giros de la llave dentro del cerrojo, dando paso a ambos. La albina entró primero y dejó que el chico entrase tirando las llaves sobre la mesilla antes de acomodarse sobre el colchón. Aunque hubiera dicho que hiciera lo que le diera en cama, había tenido la decencia de acomodarse más hacia el margen, dejando espacio de sobra al chico, con el cuerpo de lado mirando hacia fuera de la cama para darle la espalda al rubio. Al notar que se tumbaba a su lado suspiró, con los ojos cerrados. No tardó mucho en dormirse, despertándose sola a la mañana siguiente.

Al contrario que con su pequeña siestecita, la noche había transcurrido tranquila, sin pesadillas ni malos recuerdos y ella se había levantado bien… Aunque sintió ganas de remolonear más entre las sabanas, al girarse y no chocarse con nadie se dio cuenta de que algo no cuadraba, levantándose de repente. El chico no estaba ahí, sino que se encontraba ya despierto ocupándose de sus cosas. «¿Otra vez me ha dejado dormir? ¿Iba a irse sin mí el muy desgraciado?». Si hubiera sido el caso seguramente le hubiera seguido, buscando acabar con él por ese agravio. No pareció ser el caso cuando sus miradas se cruzaron. Se quedó quieta, mirándole como un gato callejero cuando se cruza con un humano o un perro, con la cola erizada y preparada para atacar o salir corriendo, cautelosa.

—…Buenos… ¿días? —Contestó dubitativa, relajando el gesto al momento de que el respondiera—. Voy a lavarme la cara. Tardo nada en prepararme —aseguró, saliendo a prisa de la cama en dirección al baño. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta, prefería tener controlado lo que pasase fuera. Se echó agua fría en abundancia en la cara, se secó, y procuró colocar los mechones de pelo que habían quedado alborotados al dormir, pasando repetidas veces un cepillo a uno y otro lado de su cabeza, hizo lo mismo con su flequillo. Después salió a por sus cosas. Esta vez podría ir vestida como una persona normal, y no como los hippies del bosque de aquella isla. Pantalones ceñidos de neopreno, un top deportivo, y una chaqueta del mismo material del pantalón con adornos fucsias y blancos que destacaban sobre el negro. Cabe decir que no se cambió en el baño, sino que fue como pedro por su casa, otra vez. Por último, sus botas altas negras y un par de guantes. Al terminar se ató las correas de sus espadas a la cintura, y un cinto más pequeño al muslo, donde llevar un cuchillo, por si acaso. Para acabar, una bolsa casi vacía en ese momento. Llevaba un par de útiles, pero estaba claro que el espacio que quedaba era… bueno, para cargar lo que les arrebatasen a los criminales.  

—¿Nos vamos? —preguntó una vez lista. Tenía un trecho importante que recorrer y esta vez no podían darse media vuelta.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Mar 28 Jul 2020 - 12:33

No obtuvo respuesta alguna, y es que desde que hizo el comentario sobre dormir juntos su actitud había vuelto a ser seca y tajante. ¿Qué mosca le había picado? No había quien entendiera a esa mujer, por más que se esforzara en comprender sus formas. «Bueno, ¿qué más da? Solo va a ser tu compañera en este trabajo», se dijo, haciendo una mueca mientras la miraba de reojo aprovechando que estaba de espaldas a él. Suspiró y clavó la vista en el techo, distraído. Había sido un día agotador, por no hablar del cansancio acumulado en las últimas semanas; tendría que reconocer que estaba agradecido por poder descansar en una cama para variar. El sueño no tardó en hacer presa de él, quedándose completamente dormido un par de minutos después.

Fueron los primeros rayos del Sol los que perturbaron su sueño, haciendo que abriera los ojos para percatarse de que se encontraba particularmente lúcido. Aquello no solía ser buena señal, sino que podría indicar que había dormido de más y que por ello se encontraban tan descansado. Cuando hizo por levantarse sintió cómo su espalda crujía y sus músculos se destensaban en un latigazo, logrando que una agradable sensación de alivio le invadiera al instante. Aprovechó para estirarse un poco más, aún sentado, antes de siquiera plantearse la idea de ponerse en pie. Llevó la mano a su incipiente perilla, rascándose mientras echaba un rápido vistazo por la habitación. Por la escasa luz apenas debía estar amaneciendo, deducción que logró tranquilizar sus temores: lo último que necesitaban era hacer ese trabajo deprisa y corriendo. No fue hasta entonces que decidió mirar a su derecha, consciente del peso que recaía sobre el colchón a su lado. La albina seguía profundamente dormida, sin que sus movimientos hubieran alterado su sueño en lo más mínimo. Así que allí estaba, observándola mientras se pasaba una mano por su alborotado cabello, preguntándose cómo demonios podía alguien con tan mala leche tener un rostro tan angelical mientras dormía. «Supongo que es como una bestia amansada».

Procedió a ponerse en pie, asegurándose de no perturbar el descanso de Hazel; no pasaría nada por dejar que durmiera cinco minutos más y él podría asearse y preparar su equipo más tranquilamente. Con esto en mente se acuclilló frente a la bolsa, apartando la chaqueta y sacando de la misma una oscura camiseta con el tamaño ideal para que se ciñera a su cuerpo. Ya no tenían que pasar desapercibidos ni pedir indicaciones, así que renunciaría a las ropas características de Great Palm de una vez por todas. Antes de calzarse o ponerse el abrigo se aseguró de ajustarse el cinto, siempre con las dos espadas en sus fundas. La chaqueta y sus oscuras y robustas botas vinieron después, antes de extraer sus particulares gafas y dejarlas por encima de sus rizos, acomodando la montura tras sus perforadas orejas.

La voz de la albina a su espalda hizo que se girase a verla, sonriendo con calma tras un par de segundos. Al menos no le reñiría por haberla dejado dormir en aquella ocasión. Lo cierto es que parecía haber tenido una noche tranquila, sin sueños molestos que la hicieran mantenerse a la defensiva.

—Buenos días —saludó de vuelta, asintiendo—. Sin problema, vamos bien de tiempo —aseguró, volviendo su atención a la bolsa para quedarse mirándola con gesto pensativo.

No es que fuera especialmente cargado, pero tal vez no tuviera mucho sentido llevarse las mudas a la selva ahora que tenía una habitación donde guardar el equipaje. Además, si Hazel pretendía asaltar la guarida de esos dos probablemente encontrasen algo que poder llevar consigo. Con todo ello en mente empezó a sacar los escasos recambios con los que contaba, dejándolos sobre uno de los muebles y afianzando el cuero a su espalda, listo para partir en cuanto la mujer diera luz verde.

Tras salir de la habitación y alejarse de la posada echó mano a una de las raciones que les habían preparado la noche anterior. No podían comenzar una cacería con el estómago vacío y seguramente necesitasen recobrar todas sus energías: no sabían cuánto se habrían adentrado Edward y Marshall en la espesura ni la posición exacta de su campamento, por lo que lo mismo les llevaba unas cuantas horas dar con ellos. Invertir tanto tiempo en explorar aquel bosque tropical resultaría agotador, de eso estaba seguro. Por ello no sacó únicamente algo para llenar su estómago, sino que le tendió otra a su compañera para que le acompañase en el improvisado desayuno. Andando no sería tan disfrutable, pero no les quedaba otra. Además, no sabía muy bien por dónde abordarla después de sus formas de la noche anterior. ¿Estaría enfadada con él? Si iban a cazar juntos necesitaba poder contar con ella, y para ello era preciso que no existieran tensiones entre los dos. Le tocaría tragarse su orgullo y preguntar, para variar, ya que dudaba que la albina fuera a ceder.

—Oye, Hazel —la llamó para captar su atención—. No sé si metí la pata anoche, pero si dije algo que te molestó... lo siento, no era mi intención. Simplemente quería que lo supieras.

No añadió nada más, dejando que le respondiera o no, según quisiese, justo antes de salir por el sendero norte de la ciudad, adentrándose directamente en la naturaleza verde de la isla. No les llevaría mucho tiempo llegar al punto de partida, aquel donde habían averiguado la dirección que la pareja había seguido hacia su escondite —y que los cielos no descargasen su ira sobre ellos era todo un detalle que ayudaba bastante a mantener un buen ritmo—. Una vez allí Ayden se echó a un lado, dejando que tomase la delantera.

—Todo tuyo —la animó—. Encontremos a esos dos de una condenada vez. Va siendo hora de que alguien les quite las ganas de seguir tocándole los huevos a los demás.
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Mensaje por Hazel el Mar 28 Jul 2020 - 13:23

La mañana pintaba tranquila, con el cielo aún tintado de rojo y tonos oscuros que poco a poco el sol se iba a ocupar de esfumar. Fuera de la posada, apenas algunos lugareños se habían despertado ya, preparándose para su rutinaria vida: Abrir el negocio, preparar sus productos… Había quien madrugaba para hacer las tareas de la casa, pero por lo general la ciudad estaba tranquila, acompañada esta calma por el frío de la madrugada que, por lo menos Hazel, agradecía profundamente. Y es que no solo era bueno para despertarse de una hostia, sino que ayudaba a no morir de asfixia a causa de la humedad cálida. A eso se le sumaba un cielo, por ahora, despejado. Algo que no había visto desde que hubieran llegado a esa isla en concreto. Parecía el día perfecto para ir de caza.

Sus pasos se acompasaban con los de su acompañante, caminando a buen ritmo por la espesura de la selva, con cuidado de apartar las ramas y hojas de las plantas sin romperlas, para no perturbar el entorno, al menos por su parte. De hecho, para ello mismo la albina había intentado mantenerse unos pasos por delante, los justos para poder tomar la iniciativa cuando llegaran al punto en el que se encontraron ayer, así como para las zonas en las que el camino se estrechaba. No hablaba, pero era más por estar concentrada que porque tuviera algún problema con su compañero. De hecho, se le había olvidado la pequeña riña, por llamarla de alguna forma, que habían tenido antes de dormir. Igual que se le hubiera olvidado también el que necesitaba alimentarse, acordándose de ambas cosas tanto por el detalle del mayor de ofrecerle una de las raciones que cargaba él, como por su disculpa.

Se giró, deteniendo su marcha al momento en que le tendió el paquete con su comida, tomándola de buena gana. Podría haber seguido un rato más sin comer, pero mejor ahora y no después si tenía que subir el ritmo. «Gracias…» diría como toda respuesta al tomar su parte, soltando el envoltorio mientras seguía andando. No era la gran cosa, comida de viaje y tal, pero por lo menos estaba «fresca» y no eran solamente sobras. De hecho, habían tenido la decencia de prepararles una suerte de sándwiches de distintos tipos. La única pega que podría ponérseles era que no les habían dado la opción de pedir ellos el relleno que quisieran, pero ya habían tenido más caridad que cualquier otra persona que les hubiera podido atender. La albina se llevó el primero de estos a la boca justo cuando el chico la llamó, pillándola completamente por sorpresa. Se quedó unos segundos callada, mirándole como si buscara que le explicase a que se refería. Cuando por fin lo entendió, tragó y se dispuso a contestarle.

—No importa —sentenció, apartando la mirada—. Supongo que debería disculparme yo, por haberme puesto tan emocional —Iba a echarle la culpa al alcohol, aunque no podía negar que lo mismo en caliente le hubiera soltado lo mismo o algo peor estando lúcida—. Además, no podría culparte. ¿Quién quería compartir cama con una «niña maldita»? Lo raro es que te diera igual. Así que no le des vueltas. —Hizo un gesto con la mano, quitando importancia al tema antes de retomar su ritmo. De hecho, subió un poco la marcha tanto para no dejarle preguntar sobre lo que acababa de decir sobre sí misma como por estar… ¿nerviosa? Bueno, eso le acababa de pillar con la guardia baja. «Que chico más raro». Pensó. Era la primera vez que alguien le pedía perdón a ella… Sin que su vida o su virilidad corrieran peligro. Y por ello mismo no sabía muy bien cómo reaccionar. Mejor no darle más vueltas y centrarse en el trabajo.

No les tomó mucho más camino el llegar al escenario de ayer. El mismo punto donde le habían perdido la vista a sus presas por su encontronazo. Lo cierto era que, para satisfacción de ambos, las cosas habían pasado como la albina había augurado. Los rastros en el suelo se habían perdido, siendo ahora un montón de lodo en el que sería mejor no pisar si no querían llenarse hasta las rodillas de suciedad, pero las hojas estaban maravillosas. Las que no habían sufrido ningún contacto con los criminales —ni con ningún humano— estaban verdes y vivas, con sus tallos más firmes que antes. Pero las que habían sido cortadas empezaban a amarillearse. Los cortes facilitaban que se enfermasen, y con esa lluvia… Seguramente se podrirían en unos días. Así que el camino que había marcado ella se encontraba ahora decorado por hojas marchitas.

—¿Ves? Te dije que podría hacerlo —comentó animada, con el pecho hinchado de orgullo —en un sentido figurado— cuando tomó la delantera por petición del rubio, tal y como habían acordado. Ahora tenían una senda que, si no se torcía en algún punto, les llevaría directos a la guarida de esos dos indeseables.

Les llevaría un par de horas más de camino dar con ella. Una pequeña cabaña con un camino de tierra que seguramente estaría conectado a otra parte de la isla, pero que habían preferido no usar para que no les descubrieran. La casa estaba muy bien hecha, demasiado para que la hubieran construido ellos, así que lo más probable era que tuvieran prisionero a su dueño… O le hubieran matado. También podía ser la base de cazadores furtivos que no estuvieran en casa en ese momento. Ya lo averiguarían cuando entrasen. Por el momento estaban tras varios matorales, tanteando sus opciones.

—Bueno, yo nos he traído hasta aquí… Tendríamos que ver si están dentro y no nos hemos equivocado —Comentó, siendo eso último un intento de broma—. ¿Entonces qué hacemos? ¿Les asaltamos directamente o tienes un plan?
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Mensaje por Ayden Keenwind el Miér 29 Jul 2020 - 12:55

«¿Niña maldita?», preguntó a la nada, en silencio. Su ceja derecha dibujó un arco mientras que su expresión denotaba la más profunda confusión. No tenía claro a qué se refería con eso, aunque quizá tuviera algo que ver con las pesadillas que la habían atenazado el día anterior. Fuera como fuese, la albina no parecía dispuesta a darle la oportunidad de preguntar, así que supuso que lo mejor sería dejar las cosas como estaban; estaban a nada de entrar en contacto con sus presas y lo último que necesitaba es que su compañera tuviera la cabeza en otro sitio.

Pudo fijarse en las señales que le había indicado la última vez, denotándolas mucho más claras que entonces. El cielo despejado proporcionaba una iluminación mayor, dejando que el contraste entre las distintas tonalidades de las plantas se hiciera mucho más obvio. Lo más seguro es que no hubiera reparado en un rastro tan obvio de no haber recibido las explicaciones de Hazel, y es que tan solo resultaba obvio porque ya sabía que se encontraba allí. No podía reprimir la curiosidad, y es que el «¿Dónde habrá aprendido todo esto?» era una pregunta que no abandonaba los pensamientos del rubio desde su encontronazo. Se trataba de una habilidad sumamente útil que podrían explotar al máximo en situaciones como aquella; lamentablemente tenía la certeza de que, una vez acabado el trabajo, cada uno partiría por su lado. Así funcionaban las cosas entre los cazadores de recompensas, y ese final ni siquiera era el peor —aunque esperaba no tener que combatir con ella después de neutralizar a la pareja—.

Tras una larga caminata llegaron a lo que parecía ser un pequeño claro en la selva, lo suficientemente espacioso como para albergar una cabaña. Los acabados eran más que decentes, debía decir, y es que su ojo de carpintero le permitió ver la calidad de la manufactura. No sería ni de coña obra de Black o White. Pensando en ello se agazapó junto a la albina tras unos matorrales, sin apartar la mirada.

—La verdad es que parece demasiado sencillo, pero dudo que hayan encontrado mejor refugio que esa casa en esta zona —susurró, mirando de reojo a su compañera—. Está claro que no es su casa. Deberíamos asegurarnos primero de que no tengan a nadie retenido. Las bajas civiles no hablarían demasiado bien de nosotros. ¿Esperarías aquí un momento?

No es que no se fiase de ella, pero había quedado claro que, de los dos, el único que tenía nociones sobre la sutileza y el sigilo era él. Tampoco eran unas habilidades extraordinarias las suyas, aunque estaba seguro de que llamaría menos la atención que ella y, por descontado, resultaría ser mucho menos ruidoso. Retrocedió un poco en el camino, trepando ágilmente por el tronco de uno de los árboles hasta su copa. No quería desvelar sus secretos tan rápido, pero si estaban colaborando terminaría por descubrirlos tarde o temprano. Así que, con esto en mente, se concentró en la zona de su propia espalda, cerrando los ojos durante apenas un segundo, abriéndolos en el momento en que dos lustrosas alas de plumas carmesíes nacían tras él, propulsándole en el aire antes de alzar el vuelo. Se elevó lo suficiente como para que no pudieran verle desde las ventanas, y es que la cabaña contaba con una segunda planta, así que el tejado sería más accesible desde el cielo que por el suelo. Tan solo le llevó un instante aterrizar con gracilidad sobre la madera que servía de cubierta para la vivienda.

Su mirada buscó a Hazel, encontrándola aún en la posición inicial. Se preguntaba si la habría pillado por sorpresa y hasta qué punto le picaría la curiosidad, se asustaría o cualquier reacción posible a ver a tu compañero volar como un pajarito. «Vamos a ver qué encontramos», se dijo, colgándose de los salientes para asomarse por algunas de las ventanas. En las dos primeras no vio nada fuera de lo normal, encontrando las salas del otro lado completamente vacías. Parecían ser habitaciones que tan solo presentaban un único detalle interesante: las camas estaban sin hacer y no había acumulación de polvo, así que la casa no estaba abandonada. Escudriñó desde distintas posiciones, dando conque la totalidad de los cuartos, la cocina e incluso lo que parecía ser una sala de estar se encontraban desiertos.

—Hmm... —hizo una mueca. ¿Habrían salido?—. Será mejor que entremos a ver...

Y saltó, planeando con sus alas hasta caer frente a la puerta y hacer que se esfumasen en un parpadeo. Avisó a la cazadora para que se acercase con un gesto de su mano, mientras que con su diestra se puso a buscar algo en los bolsillos internos de la chaqueta: una pequeña ganzúa un tanto especial, su Llave Maestra. En cuanto se acercara a él procedería a abrir la puerta principal, cuya cerradura cedería con suma facilidad.

—Parecen no estar —le dijo—, pero mantente alerta. Tal vez nos hayan visto venir y estén escondidos...
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Mensaje por Hazel el Miér 29 Jul 2020 - 15:17

Sus ojos ambarinos se clavaron de forma inquisitiva en los de él cuando le pidió que esperase. Por un momento con algo de desconfianza. No era tonta, sabía que era mejor malpensar y llevarse una sorpresa a confiarse demasiado y que la puñalada llegara por detrás cuando menos se lo esperaba. Pero ya habían llegado hasta ahí, así que no le quedó más remedio que asentir. Suspiró, cerrando por un momento los ojos. Su mueca dejaba claro que no le gustaba la idea, pero había prioridades.

—Tú primero pues… —concluyó, sonriendo de forma casi imperceptible. Una cara buena para variar, aunque fuese solo como muestra de su tregua—. Yo te espero aquí.

Y tras eso vio como el chico se alejaba, buscando un árbol al que trepar. No pudo evitar enarcar las cejas, tapándose la boca después de esa sorpresa previa para no reír demasiado alto. Por mucho que le molestase, ese mote de niño de la selva le iba que ni pintado. Es decir, era todo un mono… O eso pensaba al principio. Y es que no había apartado la mirada de él ni un solo segundo para ver cómo se las ingeniaba para acercarse a la casa desde ahí. Su boca se abrió de más cuando las alas de color escarlata surgieron en su espalda. «Vale, no es un mono, es un pajarito». Se dijo a sí misma mientras su gesto se ensanchaba. Tenía curiosidad por lo que acababa de ver. Vale, en esos lares en ver a personas con capacidades misteriosas no era tan extraño. Ella misma tenía algún que otro truco bajo la manga… Que no desvelaría en caso de poder evitarlo. Pero aquello parecía diferente.

Como fuera, no podía apartar la mirada de él. Tenía que reconocer que se movía con una gracia impresionante, siendo capaz de planear y elevarse como si hubiera nacido con aquellas alas. Tal vez a la vuelta le preguntase por sus poderes, a cambio de darle cierta información de sí misma —si es que le interesaba—. Podría hasta plantearse pagarle con parte de su recompensa cuando acabaran el trabajo porque le diera una vuelta. Pero por el momento tocaba concentrarse, así que desvío esas ideas de su cabeza y se mantuvo atenta, saliendo solo cuando el chico la llamó, con un gesto de su mano.

No tardó mucho en ponerse a su altura, una vez bordeados los arbustos y la maleza que se interponía entre el claro y ella le bastaron unas cuantas zancadas para llegar a la puerta, asomándose por el flanco derecho del chico para ver como abría la puerta.

—Bonita llave, digna de un ladrón —comentó, sonriendo con algo de burla. Bueno, iban a «robarles» según él, así que no estaba mal encaminada. Su sonrisa se borró cuando dijo que no les había visto dentro—. ¿Qué? —Preguntó alzando la voz un poco por la sorpresa, teniendo que regular su tono antes de seguir, en un susurro—. Bueno, quizás las ventanas no dejen ver toda la casa por dentro… Si no se han ido tienen que estar aquí… —concluyó ella. Lo primero que se le ocurría era que debían tener más cuartos o pasillos por el centro. Quizás el chico se asomó justo cuando estaban por el pasillo o en otra zona— ¿No escuchaste ningún ruido desde dentro? — preguntó, haciendo ella misma una pausa para ver si ahora se oía algo. No tenía los sentidos súper-desarrollados. Si acaso su vista era mejor por la noche, pero nada más—. O puede que haya un sótano debajo —caviló, buscando la mirada del chico. La puerta ya se había abierto con un «clic» así que les tocaba callar y probar suerte. Dejaría que el rubio la invitase a pasar, con la mano derecha preparada por si tenía que tomar su cuchillo o alguna de sus espadas.

Al abrir se encontraron con una calma preocupante. Un pasillo en penumbra continuaba el camino desde el recibidor para adentrarse en la vivienda. Las puertas del pasillo, salvo una, cerrada. Y de esa una provenía un sonido como un silbido. Con esa escasa luz se podía ver que al fondo del pasillo había una escalera que daba a la planta superior. No había escaleras hacia abajo, aunque quizás la albina no podía evitar pensar que en algún cuarto debería haber una trampilla que diera abajo… o hacia arriba, en el segundo piso. Todo estaba por ver.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Miér 29 Jul 2020 - 20:08

—Bueno, no eres la única que a veces se comporta como uno —bromeó en un susurro, mirándola de reojo—. Desde las ventanas no escuché ningún ruido, pero por las dimensiones de la casa no creo que haya muchas más salas dentro. Lo del sótano es más factible.

Tras decir eso se llevó el dedo índice a los labios, indicándole a su compañera que ahora les tocaría guardar silencio. Bastó un suave empujón para que la puerta cediera de una forma increíblemente silenciosa, sin chirridos por las bisagras ni crujidos de la madera. Frente a ellos se presentó un pasillo en penumbra, con apenas la suficiente luz como para ver por donde se movían. La distribución de las distintas estancias de la vivienda parecían cuadrar a la perfección con lo que había deducido desde fuera, aunque no recordaba haber visto nada que pudiera estar provocando aquel silbido. De hecho, no percibió nada similar al asomarse. Quizá se le hubiera pasado, pero sería mejor mantenerse alerta. Su mano se dirigió hasta la empuñadura de una de sus espadas cortas, desenvainándola con cuidado para no hacer el más mínimo ruido.

Armado, señaló la puerta cerrada con un gesto de su cabeza al tiempo que sus alas se desvanecían; no aportarían nada en un espacio tan cerrado más allá de obstaculizar sus movimientos. Sus pasos se sucedieron en silencio mientras que Ayden suplicaba porque Hazel pretendiera imitarle, y es que lo último que necesitaban ene se momento era echar a perder el factor sorpresa. Llevó la mano al pomo de la puerta, la abrió rápidamente y... nada. La cocina —pues ahora podían ver con claridad el instrumental y equipo típicos de una cocina al uso— se encontraba vacía, a excepción de la olla tapada que expulsaba el vapor del agua y que provocaba con ello el silbido. El rubio suspiró, bajando el arma.

—Al menos sabemos que no pueden estar muy lejos —comentó aún en voz baja, ladeando el cuerpo para mirar a su compañera—. Quizá hayan salido a buscar algo. ¿Carne fresca, quizá?

Las posibilidades eran muchas y variadas, tales como que tuvieran un escondite aparte de aquella casa o que estuvieran equivocados y la pareja nunca hubiera pasado por allí. Fuera cual fuese el caso ya se habían metido hasta la cocina —literalmente—, así que no perdían nada por echar un vistazo. Por suerte para ellos y a favor de las deducciones de la Banshee, sobre el suelo pudieron encontrar una trampilla.

—Qué sagaz eres —le dijo con un deje burlón, aunque se podía denotar por su tono que sus palabras no albergaban malas intenciones—. ¿Haces los honores?

Se echaría a un lado, esperando a que la mujer tomara la iniciativa. La discreción era su parte, así que a ella le tocaría... ¿el saqueo? La verdad es que ni siquiera sabía qué habría allí guardado, pero seguro que Hazel prefería ser la primera en encontrarse el botín de haberlo. Por suerte para ambos así sería, y es que entre distintos ingredientes, hortalizas, carne y demás comida se toparon con algunas bolsas de dinero, equipo que probablemente fuera robado y un sonido que no auguraba nada bueno. Parecía que había alguien más con ellos en la «despensa del tesoro». Ayden frunció el ceño y se adentró un poco más en la sala, topándose a los pocos segundos con un hombre que se encontraba amordazado, maniatado y con los ojos vendados. O aquello era el resultado final de una serie de lascivos y oscuros juegos o, por el contrario, aquella persona estaba siendo retenida en contra de su voluntad. Sería mejor apostar por lo segundo, aunque pudiera divertirle mucho más la primera opción.

—¿Y este...? —cuestionó, llamando la atención de su compañera—. Mira, creo que hemos dado con el dueño de la cabaña.

Se acercó con cierta cautela, notando que el pobre hombre se removía en el sitio al escucharle y sentir los pasos aproximándose a él. El rubio le quitó la venda, asegurándose en primer lugar que no estuviera manchado de nada desagradable que pudiera dejar olor o pegarle algo; lo último que necesitaba en aquel trabajo era cogerse un bicho. Hizo lo propio con la mordaza, pero no le soltó de sus ataduras.

—¿Quienes sois...? ¿Estáis con esos dos? Por favor, si no es así, tenéis que sacarme de aquí. ¡Ni siquiera sé el tiempo que llevo aquí abajo!

Lástima, era un secuestro.
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Mensaje por Hazel el Miér 29 Jul 2020 - 22:13

El seseante sonido hizo que se pusieran alerta al poco de entrar en el refugio. Los músculos de la albina se tensaron, quedando muy, muy, quieta en el sitio, apenas moviéndose cuando lo hizo su compañero, procurando pisar exactamente en los mismos sitios que él. Era un coñazo tener que ser tan cuidadosa y lenta, pero no les quedaba otra. Se fijó según avanzaban de que el rubio desenvainaba su espada y decidió hacer lo propio, con la diferencia de que el arma que desenfundaría no sería una de sus katanas —ya que no resultaría práctico con tan poco espacio de maniobra—, sino que tomaría entre sus dedos la corta hoja del cuchillo que llevaba amarrado al muslo. Con su fuerza sería igual o más peligroso que una espada y le daría mayor precisión a la hora de atacar, quizás no tanta para defenderse.

Sus pasos se fueron hilando uno tras otro, quedando el rubio en la cocina y ella en el umbral de la puerta, aún atenta al pasillo para no arriesgarse a que alguien la sorprendiera. No fue hasta que Ayden se relajó que ella pudo hacer lo propio. Vaya, había sido solo una estúpida olla con agua. ¿Estarían preparando la cena? Dejar el fuego así encendido en lo que parecía un hornillo de piedra y marcharse… Ya había que ser cazurro. Al menos si no estaban dentro de la casa.

—Puede que estén en el piso de arriba…—Murmuró la albina, asomándose a la «cocina» para abrir la rejilla que debía servir para avivar el fuego, intentando escudriñar dentro. Parecía que la madera estaba demasiado entera. Si hubieran salido estando eso así les habrían visto. Como mínimo debía haber una persona en la casa—. O ahí… —Masculló al notar que el chico había dado con una trampilla. Cuando le dejó hueco no pudo sino reír por lo bajo—. ¿Las damas primero? —preguntó con tono burlón, agarrando la anilla de la que se tiraba para dar paso al piso inferior. Había una escalerilla de madera que se desplegaba al abrir y luz abajo gracias a un par de lámparas de gas. Por lo demás… Comida, bolsas abultadas acomodadas en una esquina, y cajas abiertas de las que sobresalían lo que parecían armas, algunas tapadas con una tela.

Y, ahí acababan de perder a la albina, quien no perdió tiempo en acercarse a abrir las bolsas llenas de monedas y fajos de billetes. No iba a parar a contarlo, pero si era dinero de verdad iban a salir de ahí con más que suficiente como para compensar la parte de recompensa que se cederían el uno al otro.

—Parece nuestro día de suerte, pichoncito —anunció animada, haciendo alusión a un ave por el despliegue de habilidades que había demostrado el contrario. Al menos aún mantenía el tono de voz bajo de antes, pero el tintineo de las monedas chocando cuando ella movía el saco —a causa del silencio sepulcral de segundos atrás— parecía decir «Hola, estoy aquí, venid a ver como os quito vuestro dinero robado». Y más ruido hubiera hecho, yendo a cotillear el resto de tesoros que habían encontrado de no ser por su nuevo amigo. Bueno, amigo, conocido… ¿Asociado temporal? —¿Uh? ¿El dueño? —preguntó, dejando lo que tenía entre manos con toda la delicadeza de la que podía hacer alarde, que no era mucha, para acercarse hasta donde se encontraba el hombre. Al parecer sí que habían encontrado la caballa correcta —. Claro, pero primero dinos quien te ha metido aquí… Y si sabes dónde están.

Bueno, eso segundo no haría falta dentro de poco, y es que sobre sus cabezas empezaron a escucharse pasos que hacían crujir la madera. ¿Habían dejado la trampilla cerrada? Los orbes dorados de la albina buscaron alarmada la salida. Fue un momento de tensión que pasó al asegurarse de que sí estaba cerrada. Suspiró, aunque por lo menos ella se mantuvo alerta. Buscó con la mirada al rubio.  Tenían dos opciones ahora, esperar a que bajaran ellos o subir y atacarles por sorpresa, como cuando alguien sale de dentro de una tarta de cumpleaños.

—¿Esperamos o.?? —musitó, afianzando el agarre de su cuchillo. Lo cierto es que preferiría tener consigo su estoque en esos momentos. No esperaba tener que luchar en un espacio tan reducido. Ahora era cuestión de si les habían descubierto o no, y de cómo usarían su «factor sorpresa».
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Mensaje por Ayden Keenwind el Jue 30 Jul 2020 - 11:59

«Pichoncito», repitió en su mente, mirando a la mujer con una expresión que denotaba un claro «¿En serio?». Bueno, desde luego era bastante mejor que «Rey de la Selva» o «Niño de la Jungla» y cuadraba más con él, aunque sentía con todo su ser que se estaba burlando de él. ¿Sería una venganza por lo de Copito de Nieve? Probablemente sí.

Hazel no parecía muy por la labor de liberar al pobre hombre de buenas a primeras, aunque lo cierto es que estaba de acuerdo con ella, sorprendentemente. Antes de soltarle de sus ataduras debían asegurarse de varias cosas, y la primera de ellas era saber dónde se encontraba la pareja que buscaban. Por otro lado, soltar a alguien tan alterado podría resultar contraproducente, y es que si no se andaban con cuidado podría salir corriendo presa del pánico y llamar en exceso la atención. Si la albina ya era poco sutil no quería imaginarse lo nula que sería su discreción sumando un hombre desquiciado a su peculiar grupo. Así que, con todo esto en mente, se cruzó de brazos y esperó a que su huésped forzado hablase.

—No sé cuáles son sus nombres. Vinieron hace... ¿unos días? Ni siquiera sé cuánto llevo aquí, pero parecían algo perdidos y me pidieron ayuda, así que les abrí las puertas de mi hogar y... —Chasqueó la lengua, frunciendo el ceño con rabia—. Me noquearon y me dejaron aquí abajo. Bajan dos veces al día para darme algo de comer y poco más. Uno porta un peculiar bigote blanco, siendo el más menudo de los dos, y el otro parece que su piel esté hecha de ébano por lo oscura que es, bastante más grande. No sé mucho más.

—La descripción cuadra con las fotos de los carteles —le aseguró a Hazel, mirándola por un momento de reojo.

—No sé dónde estarán ahora. Creo que por las mañanas salen a cazar o algo así. Al menos cuando regresan hablan de «presas», pero no sé si ahora mismo estarán o no en...

—Silencio.

Unos pasos comenzaron a sonar repentinamente sobre sus cabezas. Por el ritmo y la diferencia de distancias, Ayden supuso que Edward y Marshall acababan de entrar juntos a la cocina. Estaban manteniendo una conversación tranquila, así que no debieron reparar en nada que pudieran haber dejado abierto ni haberles escuchado hablar. Clavó su mirada en el viejo, llevándose un dedo a los labios para indicarle que debía permanecer en silencio, justo antes de hacerle un gesto con la mano a la albina para que le siguiera. Espada en mano, se aproximó hasta la trampilla por la que habían entrado, esperando a que Hazel se posicionara justo detrás de él.

—Intentemos pillarles desprevenidos —sugirió en un susurro—. Las plumas serán la señal.

Empujó la madera con delicadeza, procurando evitar hacer el más mínimo ruido al tiempo que se asomaba por la pequeña apertura. Pudo ver dos pares de pies deambulando por la sala y, por fortuna, dándoles la espalda.

—¿Dejaste el puto fuego encendido? —inquirió uno de ellos con un tono poco amigable—. ¿Qué querías, que toda la casa ardiera en llamas? Lo que nos faltaba ya, provocar un incendio para que todo Great Palm lo vea.

—Venga ya, Marshall, solo era un poquito de agua hirviendo para no tener que esperar al volver. No ha sido para tanto.

Ayden entrecerró los ojos. Tan solo con ver sus piernas pudo suponer la notable diferencia de tamaño y musculatura que había entre ambos. Edward, el más bajito, era quien ostentaba una recompensa mayor, aunque bien podía ser por conformar el cerebro del equipo más que por sus competencias en combate. «Bueno, pues uno para cada uno», se dijo, justo cuando un montón de plumas rojas comenzaron a nacer desde su cuerpo y a arremolinarse alrededor del cazador. Cuando estuvo seguro de haber acumulado una buena cantidad de ellas las dirigió a toda prisa a través de la apertura, llenando en un instante la cocina de plumas que dificultarían a sus queridos amigos la visión.

—¿Pero qué dem...?

El rubio no profirió orden o aviso alguno, y es que había dicho que las plumas serían su señal. Empujó la trampilla y salió de la despensa, espada en mano, lanzándose ágilmente contra el de la piel oscura y trazando un profundo corte a la altura de su hombro. La sangre salpicó las paredes en el proceso y el halcón sonrió, aunque su alegría duró poco. Sin comerlo ni beberlo y en un alarde de reflejos, Marshall le agarró por la chaqueta y tiró de él, lanzándole por los aires y haciendo que atravesara la ventana con el cuerpo. El impacto contra el suelo no fue para nada agradable, aunque agradeció que las plantas de la zona amortiguaran ligeramente la caída. Pese a ello rodó unos tres o cuatro metros antes de poder estabilizarse.

—Joder... —masculló, notando algunas punzadas en su brazo: tenía clavados algunos cristales a lo largo del mismo—. Puto animal.

Desde allí no podía ver lo que ocurría en la cocina, pero la puerta de la casa se abrió de sopetón y por ella apareció Edward armado con una pareja de sables al grito de «¡Yo me encargo de este!». Ayden frunció el ceño y gruñó al tiempo que se quitaba varios cristales, sintiendo la sangre manar levemente en el proceso; al menos no habían sido heridas profundas. En el fondo se sentía aliviado, y es que había llegado el momento de dejarse de sutilezas y pasar a una acción más violenta y descontrolada. Después de casi un mes de investigación y persecución se agradecía algo más movido.

—Podríais hacer esto por las buenas. Hagáis lo que hagáis vais a acabar en el mismo sitio, así que mejor hacerlo de una pieza, ¿no?

El pirata se echó a reír justo antes de cargar contra él. Esperaba que Hazel pudiera apañárselas con el grandullón.
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