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En serio, ¿no tenías otro sitio? [Priv. Hazel & Ayden]

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Mensaje por Hazel el Jue 30 Jul 2020 - 13:52

Sus labios se torcieron en una sonrisa de satisfacción al escuchar hablar al hombre. Quizás fuera algo macabro de su parte desde su punto de vista, después de todo tenía delante a una mujer con apariencia fantasmagórica sonriéndole mientras estaba atado, pero esas eran minucias sin importancia. Estaban en el lugar indicado y era gracias a ella, claro que estaba contenta, y más que se animó al tener a sus víctimas tan cerca. Aunque debía reconocer que no le gustaba nada tener que acatar las órdenes de otro cazador. Que sí, que le había dicho ella que propusiera el mejor plan para atraparles, porque de normal ella o se acercaba y daba la estocada trapera por la espalda o iba —como ya habría comprobado su querido pichón— de frente y sin tapujos. Pero eso no quitaba que le molestase no ser la voz cantante.

A pesar de todo, puso de su parte el mínimo necesario para que las cosas no se pudieran torcer —por su culpa— y le siguió en silencio, quedando un escalón por detrás, poniéndose de puntillas para intentar, en vano ver nada. Al no ser capaz, acabó por resignarse, enfurruñándose en silencio mientras esperaba a la señal. Sus ojos se centraron bajo la penumbra en el cuerpo del chico, del cual poco a poco iban saliendo una curiosa cantidad de plumas, del mismo color que las alas con las que se hubiera elevado antes. «Vale, pues o es un pajarraco que muda muy rápido las plumas o… no sé» pensó, haciendo por acariciar con las puntas de sus dedos un par de estas mientras se movían alrededor suya, antes de salir despedidas al exterior, provocando la conmoción y gritos de sorpresa de sus enemigos.

«Las plumas son la señal». Repitió en su cabeza, esperando a que el rubio saliera de su escodinte para seguirle. Aunque con tal actuación de su parte poco protagonismo iba a quedar para ella. Y es que su entrada en escena casi era algo que aplaudir. Rodeado de sus plumas saltó de la nada y golpeó el hombro del fortachón al que tenían que enfrentarse, además de lograr que los ojos de Edward se centraran en él y le persiguieran una vez salió despedido por el aire, dejando a ella esperando a que el grandullón se percatase de su presencia, lo que le costaría un pequeño «pinchazo» en la espinilla. Y es que la albina no se había quedado de brazos cruzados solo porque no la hubieran visto. Antes de que mandaran a volar a Ayden había salido, hoja en mano y había buscado dejar aún más tocado a su oponente, acertando a clavar en su pierna izquierda el arma blanca. Hasta la mitad de su filo se clavó en sus carnes antes de que pudiera hacer nada, saliendo luego disparada tras propiciarle un corte importante. ¿Lo malo? La daga se había quedado clavada en la pared opuesta a donde se encontraban, pero bueno, todavía le quedaban tres armas.

Hazel terminó de sacar su cuerpo por la trampilla tras eso, viendo como su presa hacía por agazaparse para llevarse la mano a la herida. ¿Pretendía detener el sangrado? Si le hubiera acertado en el muslo hubiera sido mejor ahora que lo pensaba. Que se muriera desangrado, pero por desgracia aquella mole era demasiado alta. De hecho… No tardó mucho más en reponerse, levantándose para descubrir que, de hecho, si se había dejado caer era para sacarse un trozo de metal del corte: al parecer si no había conseguido sacar limpiamente el arma no era solo porque se le hubiera resbalado la mano en el proceso o por una mala postura, sino porque el mismo había partido con sus músculos el filo del arma.

«No está mal». Concedió en su cabeza la chica, en cuyos ojos se podía ver una chispa de sorpresa. Aunque no para mal… Sería aburrido que su presa no le diera algo de juego. Desenvainó su espada, sonriendo con mofa al ver la postura que tomaba el azabache.

—Bueno, parece que eres más que un mono de feria, ¿no? —comentó, con burla. Tenía muchas más cosas pasándosele por la cabeza para hacer que el hombre perdiera sus estribos. Desde preguntarle porque el nombre de perro hasta soltarle que ella pensaba que estaba maldita por su tono de piel blanquecino, pero al menos el blanco era bonito. Solo para joderle, claro está. No le podría ser más indiferente su apariencia al encontrarse frente a un pirata. Todos eran al final sucios desgraciados que estaban mejor muertos. Su ceño se frunció, adoptando una mirada seria, matizada con cierto enojo. No era personal hacia él en persona, si bien que la llamase puta rastrera, amiga de una rata, y otras tantas cosas no le había sentado especialmente bien.

—Voy a estrangularte hasta que se te rompa el cuello por esto, guarrilla peliblanca. —Dijo, ahora contestando a sus palabras en vez de soltar improperios al aire, segundos antes de acortar la distancia entre ambos, aprovechando el impulso para intentar golpearla con mayor fuerza. Ahora iba a lamentar ser tan alta. Y es que si no fuera porque acababa de desenvainar la espada aquel golpe hubiera acertado en la boca de su estómago. Y ni siquiera ella quería comerse semejante golpe de un orangután capaz de lanzar como si fuera una almohada a un hombre de unos —supuso— setenta y pocos kilogramos.

La hoja vibró al recibir el golpe, prolongando la desagradable sensación de temblor por sus brazos, hasta la espalda —pues había usado su siniestra para mantenerse firme en su defensa— y toda ella se vio empujada varios centímetros hacia atrás, chirriando sus botas sobre la madera en el proceso. Apretó los dientes.

—Sabes… que ahí no se encuentra el cuello, ¿no? Espero…. O quizás eres solo mucho musculo… —empezó a farfullar, empezando a hacer fuerza contra su propia espada para igualar las fuerzas o superarle, empujándole—, ¡y nada de cerebro! —exclamó, buscando patearle en el mismo punto donde hubiera intentado golpearle él a ella, haciendo que retrocediera.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Jue 30 Jul 2020 - 21:49

Las chispas saltaron al momento en que los aceros de ambos espadachines chocaron entre sí. Ayden no estaba acostumbrando a combatir contra espadachines que empleasen la doble empuñadura, así que en cierto sentido era una oportunidad para ponerse a prueba. ¿A quién quería engañar? Era él; acabaría con Edward e iría a echarle un cable a Hazel. Siendo justos, lo más probable era que la albina no precisase de su ayuda, pero no estaría de más confirmarlo si acababa a tiempo; después de todo, no quedaría nada bien en su historial que otra cazadora hubiera caído trabajando junto a él. Tenía la certeza de que aquel dato reluciría más que la captura de los piratas, algo que no estaba dispuesto a ver.

—Os convendría no resistiros demasiado, ¿sabes? —masculló el rubio, manteniendo el pulso de sus espadas contra las del criminal, atravesándole con la mirada. Afianzó sus pies en el suelo y aprovechó el apoyo para empujar, haciendo que su oponente se viera obligado a tomar cierta distancia de él—. Mi compañera y yo llevamos siguiéndoos la pista cerca de un mes; no es que os tengamos pocas ganas precisamente.

El del bigote blanco, que resultaba bastante peculiar por terminar con una espiral en ambos extremos, se rió con desdén por el comentario del cazador.

—¿Y por qué tendría que importarme eso? ¿Tienes idea de con quién os estáis metiendo? Esa zorra no durará ni dos minutos contra Marshall. —Adoptó una postura despreocupada, apuntándole con uno de sus sables—. Tú caerás en uno.

«Exceso de confianza», resonó en su mente. Durante los años que pasó en el Nido le adiestraron para saber explotar las debilidades de sus presas. La más difundida entre los criminales, ya fueran pertenecientes al bajo mundo o a la piratería, era la arrogancia. No es que fuera un rasgo poco común por lo general, especialmente entre aquellos que se lanzaban al mar en busca de sus sueños, pero en aquel grupo parecía llegar a su pico. Explotarlo era un arte que no todos dominaban, pero al rubio le habían enseñado a aprovecharse de las circunstancias. Es por esto que avanzó contra él, aparentemente cegado por su orgullo, dispuesto a trazar contra el menudo hombre un tajo que, estaba seguro, erraría su objetivo. Se trataba de un fallo premeditado, y es que hasta el más neófito sería capaz de desenvolverse ante una ofensiva tan mediocre. La sonrisa de Edward se lo confirmó, observando a continuación cómo se libraba de él con soltura, desviando su ataque y trazando otro que, en apariencia, el cazador bloqueó a duras penas.

Varios choques se sucedieron siguiendo el mismo esquema: Ayden se defendía con dificultad mientras que su presa respondía con rapidez y una superioridad que rozaba lo insultante. ¿Lo mejor? Que el prófugo estaba empezando a creérselo.

—¿Eso es todo, cazador? —inquirió, con una marcada ironía al pronunciar aquella última palabra—. La verdad es que esperaba algo más de quien se ha pasado un mes persiguiéndonos. Al final va a ser más de un minuto, pero solo para poder disfrutar al máximo partiéndote esa bonita cara.

Como decíamos, el exceso de confianza representaba un punto flaco que podía llegar a ser letal: permitía crear puntos débiles en los demás y explotarlos. Dejándose llevar por la emoción, el pirata hizo alarde de su arrogancia y se lanzó al ataque descuidando por completo su guardia, alzando ambos brazos para intentar trazar un tajo doble contra el rubio. Fue tan solo cuando todo parecía perdido que de su espalda volvieron a nacer aquellas majestuosas alas que, de un plumazo —nunca mejor dicho—, golpearon ambos brazos del espadachín para interrumpir su ataque. El halcón tan solo tuvo que trazar un rápido movimiento con su brazo para que el acero alcanzase de lleno a Edward, recorriendo su torso en diagonal y logrando que retrocediera, dolorido.

—¿Qué...? ¡¿Qué coño?!

Ayden sonreía. Su mirada parecía haberse afilado y su expresión, hasta el momento preocupada, denotaba ahora una confianza absoluta. Sus aires no eran de arrogancia, sino que transmitían la certeza de saber que su treta había funcionado, dándole la superioridad en aquel encuentro. Las tornas habían cambiado y el combate empezó a tomar una dirección completamente distinta, con el cazador liderando la marcha y llevando el ritmo. Ya no peleaba solo con sus espadas cortas, sino que trazaba golpes con sus alas. Había aprendido con el tiempo que, cuanto mayor era su control de la fruta, más duras y tenaces se volvían aquellas plumas, algo que sabía emplear a su favor.

—Te veo en problemas... ¡Edward! —gritó al tiempo que trazaba un arco doble con tanta fuerza que el pirata perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás y soltando uno de sus sables en el proceso a causa del impacto—. Deberías haberte entregado por las buenas.

Se dispuso a acortar distancias, dispuesto a desarmar por completo al del bigote y que no le quedaran más opciones que rendirse bajo su bota, pero no todo fue como esperaba. El hombre llevó la mano bajo su chaleco en un rápido movimiento, extrayendo lo que parecía ser una pistola de chispa. Apretó el gatillo, se accionó su mecanismo, el fogonazo surgió del cañón y todo enmudeció ante el sonido del disparo.
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Mensaje por Hazel el Jue 30 Jul 2020 - 23:21

La pelea en la cocina empezaba a enzarzarse, y es que el musculado hombre se había topado con que la albina era una mujer de armas tomar y no solo pura palabrería, aunque estaba claro que su lengua era tan afilada que podría usarse como una contra el oponente adecuado. Por desgracia, ambos parecían venir de orígenes similares, y es que los insultos de Hazel caían en saco roto y sus golpes no perdían precisión. Joder, si es que a ese paso iba a quedarse sin una de sus preciadas armas. De hecho, la hoja estaba empezando a ceder ante la brutalidad de Marshall, cuyos embistes la habían acorralado contra la pared.

La chica chasqueó la lengua con frustración, y es que al final le habría salido más a cuento el atacar al hombre con las manos desnudas también. Pero lo hecho, hecho estaba. No le quedaba más que apechugar y buscar la forma de escurrirse de aquella situación. Otro golpe más se sucedió contra la hoja de la espada, como si testeara la tenacidad de la misma. ¿Pretendía desarmarla a base de golpes el muy gilipollas? Bueno, eso estaba bien. No, no lo estaba de forma literal, pero si al orangután se le había ocurrido pensar que estaría indefensa porque le quitaran su arma le tocaba demostrarle que estaba equivocado, ¿no? No era por echarse flores, pero no había sobrevivido tantos años por su cuenta precisamente porque fuera la “Zoro Roronoa” de su generación, sino por su facilidad para adaptarse.

«A la mierda». Pensó en su cabeza, girando la empuñadura de la espada en su mano, justo cuando el hombre fue a por su... ¿Sexto? ¿Séptimo puñetazo? Lo cierto es que no había llevado la cuenta, pero habían sido suficientes veces repitiendo de forma casi automática aquel movimiento. Aquello tenía consecuencias… En ese caso una incapacidad de reaccionar a tiempo para detener el ataque, causándose a sí mismo una muy fea herida en la mano. Aunque, de nuevo, por alguna razón sus dedos no habían terminado de cercenarse. Ni siquiera había sido capaz de atravesar el hueso. ¿Qué cojones estaba pasando? La albina frunció el ceño. Por si eso fuera poco, su espada acababa de partirse por la mitad y ella misma se había cortado con las esquirlas en la mejilla y con el trozo de filo que se separó en la palma de la mano izquierda, viéndose forzada a tirar el fragmento al suelo y apretar el puño. No había sido un corte muy profundo, por lo menos.

—Oye, ¿no te estás cansando de hacer el mongolito conmigo? Ya sé que los de tu calaña no suelen tener más que tan solo una neurona, pero igualmente…—empezó a farfullar con ese tono suyo tan encantador con el que había dejado prendado de sus encantos a su compañero. Aunque el gruñido del hombre lanzándose contra ella la dejó a medias.

—¿Y tú no te has cansado de ser una zorra malfollada y de tocarme los cojones? Parece que después de acabar contigo tendré que desfogarme con tu puto cadáver. —Se tomó unos segundos tras decir eso, sonriendo con malicia—. O podría dejarte viva unos días, sí. Seguro que sería divertido hacerte llorar con esa carita tan bonita, «fantasmico».

—Piratas, solo sabéis pensar en follar e insultar a las chicas llamándolas guarras. Veo que te amoldas bien a tu perfil —dijo al tiempo que una mueca se dibujaba en su rostro. Estaba que ardía de ganas de decapitarle.

El hombre volvió a la carga, pero esta vez, sin nada que interponer entre ellos la chica no se quedó quieta, sino que se agazapó, buscando clavar en su vientre el arma partida. Si no quería acabar por las buenas sería por las malas. Mira que las decapitaciones eran muertes más rápidas. Pero el jodido no se quería morir. Vaya que no. Evadió el ataque flanqueándola y trató de noquearla con un golpe en la nuca que no llegó a acertar por los pelos, siendo bloqueado con el mango de su espada rota. Ambos se separaron y la niña dejó caer por ahí lo que quedaba del arma, recuperando terreno ahora que el daño que hubiera recibido antes y el cansancio acumulado por sus ataques explosivos empezaban a mermar sus fuerzas.

—Parece que voy a ganar yo, porque no te… —Su concentración y su sonrisa se borraron justo cuando escuchó el disparo, volviendo la vista hacia la ventana—. ¡Mierda! —exclamó antes de hacer amago de salir de la cocina, siendo agarrada en el proceso por la pierna y lanzada contra la pared, golpeándose con fuerza la cabeza y la espalda, quedando aturdida. Por algo no le gustaba trabajar con gente.

Sus fuerzas flaquearon por un momento, y es que de no ser por su nuevo apoyo se hubiera caído al suelo. Aunque su nuevo amigo, el conguito, parecía dispuesto a impedírselo, agarrándola ahora con fuerza del pelo para que se mantuviera de pie.

—Parece que te habías puesto demasiado gallita —Acertó a decir con burla el hombre, antes de escupir al suelo, preparando su puño, cuya trayectoria iba directa a la cara de la chica.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Vie 31 Jul 2020 - 13:04

Los ojos del cazador se abrieron como platos ante el disparo, y es que hasta el dolor tardó en llegar con la conmoción. Llevó la mano a su pecho, buscando con cierta desesperación la zona del impacto para mirar su mano ensangrentada a continuación. Lo cierto es que no hubo mancha alguna, tampoco herida. «¿Qué demonios?». Dirigió su confusa mirada a Edward, quien aún se arrastraba por el suelo como si intentase alejarse de él, hacia atrás. En su mano sostenía uno de sus sables, mientras que la contraria se encontraba completamente vacía, sin rastro de la pistola. Ayden frunció el ceño sin comprender lo que había pasado. ¿Se estaría volviendo loco? Pero entonces, como un deja vu, los movimientos del pirata cuadraron a la perfección con lo que había visto y sentido, aproximándose con rapidez hacia el interior de su chaleco. Su cuerpo se movió como por acto reflejo, anteponiendo una de sus alas entre él y su oponente para intentar protegerse mientras ladeaba el torso, tratando de salir de la trayectoria del inminente disparo. El sonido volvió a inundarlo todo, pero en aquella ocasión no fue su torso quien recibió el proyectil sino su hombro, atravesando la bala su duro plumaje que apenas logró reducir su potencia.

—¡Joder! —rugió con dolor, soltando la espada que llevaba en su siniestra al ver su brazo parcialmente inutilizado. La sensación ahora era mucho más intensa, y es que parecía que lo anterior había sido poco más que un sueño en comparación. De hecho, ¿no habría sido eso?

Aún algo confundido dejó de lado sus pensamientos, centrándose en la situación en la que se encontraba. El hombrecillo de extraño bigote se puso en pie a duras penas, maltrecho a causa del tajo que se había llevado segundos antes. No terminaban de estar en igualdad de condiciones, pero parecía que el hecho de haber acertado el disparo le había insuflado nuevas energías a Edward, quien se lanzó de frente contra el cazador alado.

Lleno de rabia, Ayden aferró la empuñadura de su espada y se lanzó de frente contra el pirata, intercambiando embates entre sus aceros que volvieron a llenar la zona con el furor de la batalla. Ahora tan solo contaba con una de sus armas, pero su contrincante lidiaba con la misma situación. Por suerte, el disparo era menos perjudicial para el rubio que la herida en el torso del prófugo, así que poco a poco recuperó el terreno perdido, dejando nuevos surcos en su piel. En aquellos momentos su cuerpo se veía impulsado por una mezcla de adrenalina y miedo; de rabia e instinto de supervivencia, empujándole todo ello a combatir con más fiereza que nunca. Si le hubiera alcanzado unos pocos centímetros más abajo habría muerto en el acto, y esa no era una experiencia con la que uno tuviera que lidiar todos los días. Tras un minuto más el acero del halcón alcanzó el antebrazo del pirata, obligándole a soltar su última espada antes de que su perseguidor lanzara una estocada final. Sintió la vibración en su arma cuando la punta atravesó piel y músculo, hundiéndose en el torso de Edward con una facilidad horrorosa. La mirada del convicto se apagó por momentos al igual que lo había hecho su quejido de dolor, viendo el rubio cómo cedía hasta caer inerte a un lado de él.

Tan solo en ese momento se dio cuenta del desastre en el que se había convertido su respiración, notando el agotamiento y la totalidad del dolor de su herida. Soltó la espada y se dejó caer sobre el suelo, quedando sentado junto al cuerpo sin vida de White. Pretendía entregarle con vida en un primer momento, pero su vida siempre sería una prioridad y no podía arriesgarse a que el frenesí del tipo le costara la suya. «Mejor él que tú, Ayden. Mejor él que tú», se repitió en su cabeza, notando cómo le temblaba la mano.

Le llevó un par de minutos lograr recomponerse, obligando a su propio cuerpo a que se irguiera y dejara de perder el tiempo. Hazel aún estaba en la casa con Marshall y no sabía cómo le estaría yendo, tenía que ir a ayudar. Tomó sus dos espadas, apenas pudiendo cargar con la de su siniestra, antes de adentrarse en la casa e ir directo hacia la cocina.
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Mensaje por Hazel el Vie 31 Jul 2020 - 13:36

«Ah, esto resulta casi nostálgico. Que puto asco». Se quejó la albina en sus adentros, forcejeando para intentar soltarse del agarre. ¿No tenía ya suficientemente corto el pelo? Por desgracia, aunque la idea de cortarse las puntas para zafarse del mameluco ese sonaba bien, no tenía esa posibilidad con su cuchillo roto y sacar una Katana… No le daría tiempo. «Mierda, no…» Se quejó, forcejeando todo lo posible para intentar zafarse de aquella situación. No iba a dejar que la noqueasen de una hostia. Ya bastantes putas humillaciones había vivido a lo largo de sus veinte y pocos años a manos de piratas para dejar que ahora uno baboseara sobre su cuerpo inerte. ¿Quizás Ayden lo evitara? Se burló en su propio pensamiento. «Sí, claro. Como si necesitase que ese pichoncito hiciera algo por mí. De hecho, que lo hiciera sería aún más humillante. No, no. Nos sacamos solitas las castañas del fuego». Se dijo a sí misma, no dejando de forcejear por mucho tirón de pelo que tuviera que soportar. No hasta que el impacto fue inminente.

Hazel cerró los ojos y trató de girar la cabeza para que el impacto no acertase en el tabique nasal. Conocía mínimamente cómo funcionaba el cuerpo y, sinceramente, mejor un ojo hinchado durante unos días a que le partieran literalmente la nariz.  Con la fuerza del criminal, de hecho, lo más probable era que no solo se llevara el golpe y una bonita rotura, sino que le lesionase el cuello por la fuerza. Así que había que intentar —aunque resultara en vano— cuidarse un poco.

El golpe llegó y con este la sangre comenzó a fluir de forma alarmante por su nariz, le había dado de lleno, soltándola al momento. Un gemido de dolor resonó por la cocina… Un alarido grave y raspado que incitó a la albina a abrir los ojos, ahora con los pies en el suelo y el pelo alborotado, pero libre. El hombre estaba agarrándose la mano buena con la que hubiera cortado. Parecía que sus duros huesos nada podían hacer contra el golpe que se había dado. Y es que con solo palparse la nariz un momento, la peliblanca pudo asegurarse de que, milagrosamente, no había nada fracturado. Parpadeó sorprendida. El dolor era mínimo para el golpe que se había llevado, y el cuello ni siquiera le dolía tanto. ¿Y eso? Sonrió con ferocidaz, pasando el dorso de su mano izquierda para limpiarse la sangre. Luego tendría que tumbarse mirando al techo, pero por ahora… Tenía unos cuantos golpes que devolver, empezando por uno dirigido directamente a la entrepierna ajena. Si su punto fuerte era tener los huesos duros, esa zona ya de por sí sensible para los hombres debería volverse aún más dolorosa para él.

Tuvo que reconocerlo, hacerle caer sobre sus rodillas tras aclararle varios tonos de piel por el dolor fue divertido de ver, y al golpe le secundaron otros tantos en la misma zona durante un par de minutos más antes de decidir que ya era hora de acabar. Todavía estaba preocupada por el disparo, así que desenvainó su segunda katana, dirigiendo su filo a la garganta del hombre para cortarla justo cuando alguien volvió a abrir la puerta de entrada. La cabeza quedó colgando hacia atrás con las vértebras aún unidas. La niña chasqueó la lengua frunciendo el ceño. Al menos ya estaba muerto. Era una preciosa fuente de sangre. La manchó a ella, su ropa, las paredes, y acabó por derramarse por el suelo, dejándolo viscoso y filtrándose al sótano por las rendijas de la madera.

Hecho eso, bueno, aún quedaba ver quien había entrado a casa, así que se giró hacia la puerta. Estaba cansada, jadeando y la vista se le estaba emborronando un poco ahora que sus ánimos se estaban calmando, así que fue una alegría encontrarse con el rubiales frente a ella y no otro enemigo al que atacar. Dejó caer su espada y se puso de cuclillas, agachando la cabeza.

—¿Qué te ha pasado, pichoncito? Estás horrible… —comentaría, riéndose entre jadeos. Ella no estaba mucho mejor, la verdad—. Parece que hemos acabado… ¿Qué tal un descanso?

Propondría entonces… Claro que aún tenían que lavar sus heridas y revisar su botín, Algo le decía que les tocaría quedarse mínimo esa noche… quizás esa y una más, antes de volver a la ciudad con su premio.

—Creo que nos toca hablar con el del sótano…
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Mensaje por Ayden Keenwind el Vie 31 Jul 2020 - 19:50

Al abrir la puerta de la cabaña pudo escuchar el jaleo que tenían montado en la cocina, aunque para cuando quiso llegar la fiesta ya había terminado. Hazel se encontraba allí, frente al cuerpo sin vida de Marshall y empapada en la sangre del mismo. La imagen fue cuanto menos impactante, y es que el rubio sintió pavor por un momento. Sí, él también había matado a Edward, pero ni de lejos había sido de una forma tan visceral. «¿Cómo habrá sido su pelea para terminar así?». Una vez se hubo recuperado de la impresión, sin embargo, sintió alivio al ver que la mujer se encontraba de una pieza, victoriosa; no le llevó mucho tiempo reparar en sus heridas, pero no parecía presentar ninguna especialmente grave —aunque entre tanto fluido a ver quién era el guapo que podía identificar algo—.

—Algún corte, un balazo en el hombro... —comenzó a responderle, sonriendo de forma irónica—. Nada que se salga de lo habitual en un día de trabajo.

Había soltado las espadas mientras hablaba, apoyando la espalda a continuación contra el marco de la puerta y dejando que su cuerpo cediera por su propio peso. Se sentía completamente agotado y la pérdida de sangre —o la presencia de ella por todas partes— le estaba empezando a producir mareos. Un pesado suspiro salió de sus labios en el momento en que quedó sentado sobre el suelo, llevándose la mano derecha hacia la zona del disparo, en el hombro. En aquella ocasión la herida sí era real, al igual que el líquido carmesí que fluía a través de ella, manchando su camiseta y el abrigo.

—Agh... menuda mierda —se quejó, algo ido—. Esta era mi favorita...

Sonrió débilmente. ¿Qué demonios le pasaba? Habría asegurado que tan solo debía ser un rasguño, pero quizá ahora que la adrenalina se había esfumado su cuerpo empezaba a ser consciente de la realidad. Menudo plan: herida de bala en mitad de una selva, con gente que nada tenía que ver con él y que bien podrían dejarle allí desangrándose. Además, ¿cómo iba a cargar con Edward en ese estado? El cuartel de la Marina se encontraba en la ciudad y llegar hasta allí les llevaría algunas horas si llevaban a los piratas de equipaje.

Miró entonces a la albina, asintiendo ante su propuesta y haciendo por levantarse, pero el gruñido de dolor que soltó fue la señal que hacía falta para dejar claro —suponiendo que no fuera evidente ya— que no se encontraba en condiciones de moverse; de hecho, viendo cómo se sentía en ese momento parecía un milagro que hubiera llegado con sus espadas hasta su compañera.

—Dame... dame un rato, ¿vale? Solo necesito descansar un par de minutos...

«No te lo crees ni tú, Ayden», se dijo, ¿pero qué iba a decir si no? Tenía que mostrarse fuerte si no quería que la situación fuera en su contra. Después de todo, ¿qué le impedía a Hazel coger el dinero, llevarse las cabezas de los criminales y quedarse con la gloria? No le debía nada y desde su encuentro le había dado más problemas que otra cosa: su intento de captura se fue al garete, se vio en la tesitura de compartir su cuarto con él y aún con todas... ni siquiera sentía que se llevaran bien. Tan solo estaban colaborando porque ninguno de los dos iba a ceder la presa, así que aprovecharse era la opción más óptima. Si lo hacía no podría juzgarla por ello: hasta a él se le había pasado por la cabeza, después de todo.

Su mirada se perdió, recorriendo la sala ensangrentada; el suelo, las paredes... había tanta que bien podría parecer que su propia espada se había manchado a causa del enorme charco que se extendía cada vez más. Fue entonces cuando empezó a escuchar forcejeos y gritos ahogados más abajo. Tal vez el pobre hombre que tenían amordazado en la despensa estuviera viendo cómo goteaba la sangre desde arriba. Imaginárselo temiendo por su vida fue algo que le sacó una pequeña risa, aunque quizá se debiera a que estaba empezando a delirar.

La sonrisa se le borró de inmediato en cuanto una sola imagen, la del rostro de alguien muy querido, se pasó por su mente. Apretó con más fuerza contra la herida casi sin darse cuenta. «Venga, no puedes dejarla sola. Espabila».
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Mensaje por Hazel el Vie 31 Jul 2020 - 21:02

Su ceño se frunció pronunciadamente cuando sus ojos ambarinos empezaron a recorrer la figura del cazador desplomándose contra el marco de la puerta. Y es que su comentario sobre estar horrible era más acertado de lo que en primera instancia había pensado. Y bueno, no nos vamos a engañar, incluso para ser alguien que podía estar sentada en un charco de sangre tan tranquilamente aquella vista de su compañero le acababa de meter un pánico increíble en vena. ¿Temía por su vida? Bueno, estaba claro que no duraría mucho si seguía así, menos aún si se quedaba sentado en vez de tumbarse.

—Sí, tú mejor quédate quieto —dijo con un tono más seco o serio que el que solía emplear. Su mirada era dura, como si le juzgara. ¿Estaba enfadada? Bueno, sí. La vida era una mierda y el mundo la odiaba, por eso estaba bien matando y no le podía importar menos el resto de personas que compartían el aire con ella. Pero… Quizás fuera porque habían entablado una pequeña conversación, su tregua, un simple capricho de su subconsciente. El caso es que no quería dejarle morir por mucho que le viniera bien para llevarse todo el dinero.

Según sus palabras salieron de su boca se levantó, quitándose la chaqueta. No estaba como para gastar tiempo buscando algo mejor con lo que cortar la hemorragia, menos algo que estuviera más limpio que su prenda entre tanta porquería. Se acercó a él con la prenda en la mano, algo torpe pues el mareo de recibir varios golpes en distintos puntos de la cabeza no se le iba a pasar con sentarse cinco minutos, pero consiguió arodillarse a su altura sin comerse el suelo. No pidió permiso. Por su cara y la forma en que se intentaba aferrar a la vida debía suponer que ya estaba sufriendo los síntomas de la pérdida de sangre. Esperaba que no se desmayase.

Tiró de su chaqueta, usando lo primero cortante que encontró a mano para rasgarla y hacer una improvisada tela con la que atarle pasando la tela por debajo de la axila y el hueco entre el cuello y le hombro. Tenía que cortarle la circulación del brazo.

—Más te vale no rechistarme. No quiero quejas —advirtió entre medias de su improvisado tratamiento, obligándole a tumbarse del todo, boca arriba, al acabar. Con la tela sobrante también había atado la extremidad a la altura del deltoides, quedando esta zona “sellada”. No terminaba de estar segura de sí serviría. Pero era mejor que nada—. Espera aquí — le espetó, agarrándose al borde de la entrada para ponerse en pie y caminar hasta la trampilla. Su vista se nubló por un segundo, pero fue capaz de sacar fuerzas y volver a abrir, encontrándose con el hombrecillo hecho una bola al fondo de la despensa.

—A ver, tú —exclamó, acercándose con el paso más decidido que sus piernas le permitieron, agarrándole por el cuello de la camisa.

—¿Qu…Qué ha pasado? Había gritos, golpes… Y… ¡Y ESO QUÉ CAE! ¿Es sangre? ¿Me van a matar?

—Cállate ya, ¿quieres? —Hizo por sacudirle, aunque no tenía fuerzas para mucho, al final le soltó, suspirando pesadamente—. Mira, nos hemos encargado de tu problemita ahí arriba. ¿Quieres que te suelte y volver a ser un hippie feliz? ¡Genial! —Dibujó una sonrisa que se tornó drásticamente en una cara que demostraba un cabreo sorprendente… Y estar tintada casi por completo de un tono rojo oscuro no ayudaba a que diera menos miedo—. Pero primero necesito cosas. Tú habitación, dime donde está. Y necesito medicinas, vendas. ¿Tienes un botiquín? ¡Habla, joder, que no tengo todo el puto día!

El pobre hombre asintió repetidas veces, trémulo. Y es que el carácter de la chica si ya era pésimo de base, cuando estaba enfadada se volvía un auténtico demonio. «Piso de arriba a la derecha y le botiquín bajo la cama». Le dijo entre lloros y balbuceos. Hazel chasqueó la lengua. Iba a ser jodido llevar al rubio escaleras arriba si no se tenía en pie, pero… De perdidos al río.  

—Bien, cuando acabe bajaré a soltarte —y tras decir eso se precipitó escaleras arriba. Sus ojos escudriñaron el cuarto buscando a su pichón favorito, encontrándole donde le había dejado. No sabía si sería buena o mala señal.

—¿Oye, sigues vivo? —preguntó, poniéndose a su altura. Si respiraba, aunque no contestase estaba bien. Ahora le tocaría cargarle en brazos… O intentarlo. Aunque al final acabaría por echárselo a hombros, e intentar no ir arrastrándole mucho hasta poder dejarle tumbado boca arriba sobre la cama. Lo siguiente fue coger el botiquín, que por suerte estaba justo donde le habían dicho. Lo abrió encontrando afortunadamente desinfectante, hilo de sutura, tijeras, aguja, vendas… Todo lo necesario para arreglarle un poco.

Volvió a bajar tras dejar el botiquín al lado del chico, dirigiéndose a la cocina para coger lo último que necesitaría: Agua limpia —que por suerte ya estaba caliente porque cierto criminal la había dejado al fuego antes de salir— y un cuchillo. Del baño unas toallas, y subió con cuidado de no quemarse.

—Bueno… No sé si me oyes, pero voy a empezar por ocuparme de la bala…
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Mensaje por Ayden Keenwind el Sáb 1 Ago 2020 - 14:21

Se quedó mirando con confusión a la cazadora en el momento en que se quitó la chaqueta. ¿Tenía calor? ¿Le excitaba ver la sangre correr? La verdad es que no sabía si aquellos pensamientos eran suyos o inducidos por la pérdida de sangre. «Menuda tontería, Ayden», se reprendió, analizando cómo le estaba mirando. Parecía enfadada, pero a saber si era por la situación o por haber salido tan mal parado de su pequeño combate. Bueno, quizá simplemente estuviera rememorando su encuentro y fuera a dejarse llevar con él, dándole la paliza que no le había dado el día anterior aprovechando que se encontraba débil. En el fondo no consideraba que estuviera tan pirada, pero con la gente de los gremios nunca se sabía.

Alzó una ceja al ver cómo se acuclillaba frente a él, apartándole la chaqueta y empezando a hacerle un torniquete. ¿Sabía siquiera lo que hacía?

—¿Hazel...? —Su voz salió con tan poca fuerza que apenas fue audible. No entendía por qué le estaba ayudando, pero cuando le indicó que esperaba que se mantuviera calladito se vio obligado a asentir y guardar silencio. Si iba a ayudarle no sería él quien pusiera pegas, desde luego.

Gruñó un poco cuando empezó a vendarle, y es que ahora que era plenamente consciente del dolor cualquier mínimo movimiento le hacía ver las estrellas. Para qué mentir; recibir daños y aguantar las consecuencias de sus heridas no eran precisamente sus mayores virtudes, acostumbrado a evadir los golpes como estaba. A lo mejor iba siendo hora de plantearse la posibilidad de prepararse al respecto para no salir tan mal parado por un simple disparo. «Simple», pensó, sonriendo por su propia estupidez. Ya se preocuparía por eso si la albina lograba que saliera con vida de allí. Porque sí, su vida estaba en sus manos ahora; había asumido que no podría apañárselas por su cuenta por primera vez en, ¿años? Y encima quien iba a sacarle de aquel marrón era la persona que más tirria debía tenerle de todo el archipiélago; al menos desde que Edward y Marshall había pasado a mejor vida. Tal vez a peor, porque esperaba que esos dos estuvieran ardiendo en el puto infierno.

—Claro —respondió con un tono bastante irónico—. Mis planes de hacer sentadillas tendrán que esperar para otro momento —bromeó, dejando que le ayudara a tumbarse.

Se quedaría esperando allí, con la agradable compañía del cuerpo inerte de Black a su lado, sangre allá donde alcanzara la vista y la vista emborronándosele por momentos gracias al dolor y a la falta de fuerzas. Estaba bastante seguro de que, pese a todo, no era el peor sitio donde se habría echado una cabezadita; de hecho, aquel suelo teñido de rojo resultaba mucho más cómodo que la condenada rama del árbol que le había servido de puesto vigía. El esfuerzo para no caer dormido fue titánico por su parte, forzando su hombro a moverse para sentir el dolor y espabilarse un poco. Sabía bien que si se dejaba llevar por Morfeo sus posibilidades de salir de esa serían mucho más reducidas. Por suerte, cuando parecía que no iba a ser capaz de oponerse más a la fatiga, la albina volvió junto a él.

—Aún no te vas a librar de mí... —se quejó en voz baja, dejando que tirase de él y haciendo por ayudarla sin muchos resultados—. ¡Ah! Joder... cuidado...

Pasó el brazo que tenía libre por encima de los hombros de la cazadora, usándola como apoyo mientras procuraba no irse al suelo por tropezarse. La coordinación de sus piernas no era la mejor en aquellos momentos, pero al menos los daños eran en el hombro y no en las rodillas o el pie; si se hubiera visto en la obligación de ir a la pata coja sí que habrían tenido un buen problema.

¿Que subir las escaleras hasta la habitación de su huésped forzoso fue lo más agonizante que había hecho en toda su vida? Sí. ¿Que estaba exagerando? Probablemente. ¿Que caer en la cama fue casi como disfrutar de un orgasmo? También. Se recostó sobre el colchón sin mucho pudor por manchar las sábanas; le importaba entre cero o nada que el dueño de la cabaña tuviera que frotar para limpiar la sangre de ellas, la verdad. La comodidad que sintió sobre ellas fue tal que a punto estuvo de quedarse frito —otra vez—, pero se espabiló al ver de nuevo a Hazel con todo ese material.

Tragó saliva.

—Espera... ¿Estás segura de que vas a poder...? —Se mordió la lengua. No sabía cómo ni por qué pero, por algún motivo, la albina estaba bastante segura de todo lo que hacía. Así que se calló, inspirando profundamente antes de suspirar—. Vale, haz lo que tengas que hacer... pero dame algo que pueda morder.

Ahora sí que iba a ver las estrellas.
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Mensaje por Hazel el Sáb 1 Ago 2020 - 15:43

Toda la casa había quedado hecha un desastre por su culpa. Bueno, su culpa a medias. Ella no había roto la ventana, ¿no? ¿Y qué opciones tenía en la cocina aparte de acabar con la vida del criminal? Aquella había sido la forma más certera. Lo demás, bueno. Quizás hubiera podido limpiar un poco mejor el lavabo después de quitarse la sangre seca de las manos y hasta los brazos cuando fue a por las toallas limpias. Había que aprovechar para no estar dando más vueltas como un pollo sin cabeza. Y, desde luego, la sangre de la cama no era su culpa. No toda, no era ella quien se había tenido que tumbar sobre el suelo empapado de la cocina para reducir la pérdida de sangre todo lo posible.

La albina suspiró pesadamente mientras revisaba todo lo que había en el botiquín e iba colocando lo que habría de utilizar sobre la mesilla de noche de aquel hombre. Rebuscando en el maletín blanco encontró —fortuitamente— algo que podría usar a modo de pinzas para sacar la bala y algunas pastillas y ungüentos. Supuso que alguno sería bueno para tratar las heridas, una pena no ser la dueña de la casa. Por ahora lo tendrían que hacer a la vieja usanza, así que empezó por coger las tijeras, las cuales guio a la zona de la axila del chico, agarrando la tela de su chaqueta y tirando para pellizcarla y poder cortar. Tendría que ir por partes, como le había dicho, lo primero era ocuparse de la bala. Para eso retiraría la prenda, dejando todo el brazo a la vista, lo segundo sería lavarle.

Se limpió las manos de nuevo, esta vez usando una de las toallas que se había reservado para sí misma. Hecho esto, hundió otra de las toallas, más pequeña, en el agua caliente. Dejó que se empapara por completo y la escurrió antes de empezar a palpar con ella la zona de la herida, limpiándola de sangre seca y suciedad con todo el cuidado que pudo. Por el constante gimoteo del rubio supuso que podía hacer por su parte y tener algo de tacto, pese a las ganas que le entraron de frotar con saña y meter el dedo en la herida ante su casi ofensivo comentario —casi porque se mordió la lengua antes de hacerlo.

—Bueno, no tienes muchas más opciones. O confías en mí o te quedas así hasta que alguien venga a ayudarte —dijo con tono sarcástico mientras le fulminaba con la mirada—. Ya lo sé. No me apetece ver que te mueres por morder tu propia lengua —añadió, frunciendo el ceño. No quería que se muriera así, no. Menos tras tomarse la puta molestia de arrastrarlo hasta la cama escaleras arriba. De hecho, lo mejor para ambos sería que se desmayase con el dolor y poder trabajar con calma. Algo le decía que le tocaría atarle a la cama. «Llorica» dijo para sus adentros antes de tomar la maraña que se había vuelto la prenda de Ayden, atándole la muñeca al soporte de la cama. Esperaba no tener que hacer lo mismo con el resto de su persona. A unas malas para concentrarse mejor podía sentarse encima, pero solo si el chico se movía.

Hechos los preparativos, enrolló una toalla. Y ya iban tres de cuatro. A ese paso le tocaría tirar con ropa limpia del hombrecillo del sótano para tratarlo, pero bueno. Ahora venía lo divertido, y es que tras colocarle el trapo en la boca con las ordenes de «abre» y «cierra» era momento de examinar bien la perforación de bala. Si no se había desangrado aún era, seguramente, porque no hubiera acertado a golpear la vena o la arteria principal que iban hacia el brazo, ramificándose por este. Aunque no tenía conocimientos como para evaluar mucho más allá de eso. Pero era una suerte. Suspiró aliviada, aguantando las ganas de pasarse la mano por la frente para apartar su flequillo, estaba sucio, pringoso por la sangre y empezaba a empaparse de sudor por la tensión del momento. Tragó saliva.

—Bien… Voy a ello. Tú… no te hagas el fuerte. Si te desmayas yo me aseguraré mantenerte respirando y despertarte si hace falta, ¿vale? —intentó sonar dulce al decir estas palabras, tranquilizadora. Lo cierto es que siempre se había tenido que tratar a sí misma, aunque alguna vez hasta ella recibió ayuda de algún que otro hombre sin sentido del peligro al acercarse a alguien como ella. Intentó imitar eso antes de empezar a revolver el interior de la herida con las pinzas. La idea era sacar la bala, haciendo hueco a la entrada para poder retirarla con las pinzas. Una vez fuera asegurarse de que no sangraba más y luego coser. Aunque para poder coserle ya podía salir como la seda la pieza metálica de su interior, si se complicaba iría a lo más rápido: calentar el cuchillo que había subido de la cocina y presionarlo sobre la carne, manteniendo lo más «cerrada» posible la herida. No sería agradable, así que mejor evitarlo. Cuando terminase la primera fase se aseguraría de comprobar las constantes del chico. Era algo que hasta un niño debería saber: ver si estaba despierto, si respiraba y comprobar su temperatura y pulso.

Lo demás en cambio sería un juego de niños, volver a lavar y desinfectar las heridas y suturar las más graves. Terminar de quitar la ropa sucia… lo mismo con las sabanas y luego vendarle. Entre tratamiento y tratamiento procuraría darle agua usando su cantimplora. De estar desmayado le levantaría con suavidad la cabeza y pasaría a darle sorbitos usando su propia boca. Pero que no se le muriera tras tanto esfuerzo ya sería por cabezonería.

No hizo cuenta del tiempo que pasó cuidando del pichoncito, ni siquiera se acordó del hombre abajo encerrado para cuando terminó, y es que al final de todo eso por no hacer no termino ni de asearse ella o de mover los cadáveres de sus recompensas más allá de meter el de Edward en la entrada de la casa para no atraer a ningún animal salvaje y que se los llevara. El caso es que, al final quedaron el chico arropado sobre la cama, algo más limpia que cuando se tiró y ella, sentada sobre el suelo con los brazos y la cabeza apoyados sobre el colchón, dormida.


Última edición por Hazel el Sáb 1 Ago 2020 - 21:44, editado 1 vez
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Mensaje por Ayden Keenwind el Sáb 1 Ago 2020 - 16:50

Terminó por asentir. Por mucho que le jodiera admitirlo tenía toda la razón del mundo, y es que si no se fiaba y prefería esperar a que otra persona le atendiera iba listo. Podrían pasar horas entre que Hazel o el dueño de la cabaña —de quien aún desconocían hasta el nombre— iba a buscar un médico a la ciudad para volver con el mismo hasta allí. No, definitivamente la única que podía ayudarle en esos precisos instantes era ella y, aunque temeroso, depositaría su confianza. Habían estado conviviendo durante los últimos dos días y, pese a las tensiones, su trabajo en equipo resultó ser bastante satisfactorio, ¿por qué echarlo a perder ahora?

—Confío —aseguró con la mirada clavada en la ambarina de ella.

Albergaba una pequeña esperanza porque todo aquello no fuera a resultar tan doloroso como se imaginaba pero, en el momento en que la cazadora empezó a cortar la camiseta y le movió un poco, unos para nada agradables pinchazos borraron cualquier ilusión que hubiera crecido en su interior. Iba a doler más que nada de lo que pudiera haber sufrido en toda su vida, no resultaría agradable ni tampoco pasaría rápido; por lo poco que sabía sobre intervenciones quirúrjicas, debían realizarse con sumo cuidado y concluían sellando el orificio, por lo que como mínimo estarían un buen rato lidiando con su pequeño problema. «Esto va a ser inolvidable. No me cabe la menor duda» pensó con ironía, fijando entonces la mirada en el techo mientras le dejaba hacer. Bueno, la limpieza no había sido tan desagradable.

No fue hasta que sintió cómo le ataba a la base de la cama que su respiración empezó a acelerarse y sus nervios hicieron acto de presencia. «Venga Ayden, con dos cojones», se repitió una y otra vez para insuflar ánimos a su propia persona. Tan solo volvió a buscarla con los ojos cuando le indicó que se relajara y que, ante todo, no se hiciera el fuerte. Se quedó algo pillado, no lo iba a negar; ¿desde cuándo tenía una faceta tan dulce? Supuso que lo hacía única y exclusivamente para mantener la situación bajo control, pero casi sintió que aquello era una broma o una treta para que bajase la guardia. Fuera como fuese, asintió y cerró los ojos, afianzando la toalla que le había puesto en la boca con los dientes. Tomó aire al notar el instrumental acercándose a la herida y... gritó. Gritó como no había gritado nunca, aunque la mordaza improvisada sirvió para insonorizar en buena medida sus quejas. Tuvo que hacer acopio de toda la fuerza de voluntad que le quedaba para no revolverse, aunque ambos puños se cerraron en sí mismos con tanta fuerza que hasta notó cómo se le clavaban las uñas. Todo él estaba tenso, incapaz de relajarse mientras se obligaba a aguantar aquel insufrible dolor. No se equivocaba: estaba viendo las estrellas.

Podía notar cómo contraía la herida, haciendo espacio para sacar la bala e incluso pequeñas secciones para poder extraerla del lugar. «¡¿Quiere matarme o qué cojones le pasa?!», chillaba en silencio, tan solo en sus pensamientos, y es que por fuera no era capaz de hacer otra cosa que gruñir y gritar mientras apresaba la toalla con toda la fuerza de su mandíbula. Sintió que empezaba a tener sudores fríos y hasta un escalofrío recorrió la totalidad de su espalda desde la parte más baja hasta la nuca. Su visión volvió a oscurederse, parpadeando a ratos y viendo algunos puntitos negros formándose en el techo —porque sí, sus ojos se abrieron irremediablemente—. Pasados unos segundos todo se volvió oscuro y, finalmente, el dolor se esfumó.

Cuando volvió en sí se dio cuenta de que había mucha menos luz que antes, apenas siendo la estancia iluminada por la endeble llama de una vela. Su respiración era mucho más calmada, aunque sentía un doloroso ardor a la altura del hombro, como si algo estuviera clavando sus dientes en él. Cuando miró tan solo vio unas vendas limpias, lo que le llevó a pensar que todo había pasado y que Hazel logró concluir la intervención con éxito mientras él caía inconsciente. Todo un éxito, ¿no? De lo contrario no estaría despierto a su lado. «A su lado...», se repitió, bajando la mirada para ver que la albina se encontraba ahí junto a él, aún sucia si se comparaba con él o las sábanas que le arropaban. No tenía ni idea de cuánto tiempo le habría llevado sacar la bala, coserle y vendarle, pero como poco la limpieza de después debió cobrarse las pocas fuerzas que quedasen en el cuerpo de la malencarada espadachina.

—¿Hazel? —La llamó en un susurro, intentando confirmar si estaba completamente dormida, no recibiendo respuesta alguna.

Le habría gustado tirar de ella para que no durmiera ahí; hacerle hueco como compensación por sus cuidados y evitarle un buen dolor de espalda cuando despertase, pero ni siquiera se veía con fuerzas como para erguirse él mismo. Cerró los ojos para concentrarse, empezando a generar plumas que empezaron a arremolinarse alrededor de la mujer, terminando por conformar un ligero manto que la arroparía por lo que quedara de noche. El sitio estaba en completa calma, algo de lo que llevaban sin disfrutar desde que llegaron al archipiélago, y es que ni siquiera se escuchaba al dueño de la cabaña quejarse. Le habría liberado, ¿no? Bueno, ya lo comprobaría al día siguiente.

Volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar por el cansancio junto a su compañera. Tendría que darle las gracias cuando ambos estuvieran conscientes por todo lo que había hecho, salvo que aprovechase que ya no corría peligro y se fuera con todo el dinero. Sus labios dibujaron una leve sonrisa. Lo cierto es que ya no creía que fuera a dejarle tirado.
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Mensaje por Hazel el Sáb 1 Ago 2020 - 22:22

La luz del día comenzó a filtrarse en la casa. Con las persianas de madera sin bajar por lo movido del día anterior, no tardaron mucho en dejar en penumbra la habitación, con todas las siluetas y formas bien contorneadas. Hazel fue la primera en despertarse, quizás porque su cuerpo ya no aguantaba su incomoda postura. Sus ojos se apretaron antes de empezar a parpadear, apretando entre sus manos la sábana blanca —ahora salpicada de un color vino— sobre la que había dormido. Al moverse… Dolor. Sentía que cada parte de su cuerpo había sido golpeada con ganas mientras la obligaban a mantener una incómoda postura que le había dejado la espalda destrozada. Bueno, no fue del todo así, pero había un deje de verdad en eso. Se empujó con las manos, haciendo fuerza contra el colchón con cuidado de no despertar a Ayden, Irguiéndose para estirar la espalda. Al hacerlo pudo percatarse de las plumas que cayeron desde sus hombros, amontonándose a su alrededor sobre el suelo. Sus ojos buscaron la cara del chico con la mirada, confusa. Supuso que habría hecho eso delirando, en sueños o algo por el estilo y no le dio más importancia. Toda su columna crujió casi al momento, liberando la presión de su espalda.  La verdad es que le hubiera gustado dormir un poco más, pero estaba famélica y sedienta, sucia, y tenía una deuda pendiente con el dueño de la casa al que le había tocado dormir otra noche más en su despena.

Remoloneó un poco más antes de incorporarse, bajando las persianas de las dos ventanas que había en el cuarto con cuidado de no hacer ruido. Esta vez sería ella quien le dejaría descansar un poco más a él. Cerró la puerta tras de sí y, tras eso, se dirigió escaleras abajo. Volvió a la cocina. El suelo se había secado y la mancha de sangre estaba ahora solidificada, inundando la habitación. Sobre los cadáveres frescos empezaron a aparecer las primeras moscas. Y eso que apenas murieron ayer. La albina los miró con asco. Sería mejor que les cortara la cabeza y las pusiera en un lugar frío antes de llevárselas. Con el resto… Bueno, no le llamaba la idea de practicar el canibalismo así que lo podían dejar fuera para los carroñeros de la selva.  Por el momento sacaría el de Marshall de la cocina y lo dejaría junto a su amigo. Después bajaría cuchillo en mano a liberar al pobre hombre.

—Oye, ¿estás despierto? —preguntaría tras levantar la trampilla, dejando que la luz se filtrara adentro. No se iba a disculpar por quedarse dormida, ni a dar explicaciones—. Vengo a soltarte, cuando lo hagas te agradecería tu ayuda con unas cosas. Claro que primero… —Arrugó la nariz. Ayer estaba demasiado embelesada con el dinero… o lo mismo hasta ese día hubiera tenido una forma de defecar sin apestar todo el cuarto—. Te insto a lavarte. Qué asco.

El pobre hombre —que se llamaba Hugo, por cierto— quiso protestar, pero viéndose a salvo de sus captores y libre de sus ataduras no le quedó más que aceptar los términos de la cazadora: Preparar el desayuno para los tres, cuidar de su compañero mientras ella se aseaba y, si alguno de sus ungüentos servían para que mejorase usarlos en él —eso sí, lo de vendarle lo haría ella—, ayudarla con los cadáveres y por su propio bien no tocar el botín que había en su despensa, pues no sería difícil librarse también de su cuerpo inerte si lo hacía.

También le cogería algo de ropa prestada, y es que era una aprovechada, pero una vez aseada —que por cierto, le tocó calentar al fuego el agua y echarlo en una tina para lavarse en el baño por la falta de agua corriente— no era plan de ir paseándose en bolas por su casa con su piel blanca tintada de hematomas morados y amarillentos. Y es que tenía por el vientre, los brazos, la espalda… Le había quedado uno bastante curioso en la cara, cerca de la nariz —que tenía hinchada—, justo al lado contrario que el corte en su mejilla. Pero poco más. Lo que más le frustraba de aquello, de hecho, no era el dolor sino lo mucho que resaltaban las marcas. Bufó mientras se limpiaba y secaba el pelo, agradecida de que volviera a ser de su color de «copito».

Al finalizar subió portando la camisa de cuadros de franela que el guardabosque le había dejado. Cualquiera esperaría que con ese título fuera más fuerte, pero ese fue un comentario que se guardaría para sí misma. En la habitación ahora los dos hombres conversaban animadamente en su ausencia, deteniendo su charla cuando la joven entró.

—Espero que me hayáis guardado mi ración —diría entonces con cara de pocos amigos, sentándose en el suelo. Hugo andaba aplicando una pasta de tono verdoso sobre las heridas del cazador alado—. Asegúrate de que luego te vea un médico de verdad, llorica —comentaría antes de llevarse el primer bocado a la boca, devorando sin mucho pudor. Pero se la sudaba un huevo y medio. Se lo había ganado.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 2 Ago 2020 - 14:06

No fueron los rayos del sol los que perturbaron su descanso, sino la sensación de que alguien estaba a su lado observándole. Frunció el ceño y apretó los párpados casi de forma instintiva, como si su cuerpo le instase a seguir durmiendo un poco más. Se sentía cansado, débil, pero no estaba seguro siquiera de la hora que era y no podía quedarse en aquella cabaña día tras día hasta recuperarse por completo. Cuando abrió los ojos se encontró con algo que no esperaba, y es que si bien supuso que quien estaría junto a él sería Hazel, no fue sino su huésped forzoso quien le observaba con una mezcla de curiosidad, gratitud y... ¿cansancio? Teniendo en cuenta la inimaginable cantidad de tiempo que llevaría amordazado en el sótano, era de suponer que una sola noche no habría bastado para devolverle todas las energías.

—Ah, al fin despiertas —le saludó, ante lo que el cazador dibujó una mueca mientras intentaba erguirse—. Espera, deja que te ayude. No queremos que se te abran los puntos.

Pese al apoyo que le ofreció el hombre, levantarse fue una tarea tan tediosa como dolorosa. Los pinchazos volvieron a su hombro en cuanto intentó moverlo un poco, algo que la sujeción de su brazo obstaculizaba. No tenía demasiados conocimientos médicos, pero supuso que inmovilizar la extremidad serviría de ayuda en su recuperación. Por suerte los daños se focalizaban en aquella parte de su cuerpo, y es que en el resto —si bien se sentía débil— tan solo notaba el dolor de las agujetas y cierto agarrotamiento por llevar tantas horas postrado en la cama.

—Gracias, em... —Miró al contrario como esperando una respuesta, y es que ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—Llámame Hugo.

—Hugo, vale. Espero no haber ocasionado demasiadas molestias, pero lo cierto es que no entraba en mis planes llevarme un balazo.

El hombre, de cabellos castaños algo canosos, se echó a reír por el comentario de Ayden. No parecía especialmente molesto con él, aunque más le valía; habían acabado con sus captores, después de todo, y podría disfrutar de su recién recuperada libertad de nuevo. Lo mínimo que podía hacer por ellos era echarles una mano, ofrecerles algo de comer... ese tipo de cosas. Tenía suerte de que el rubio hubiera salido herido, porque lo más probable es que se hubiera cobrado algún favor a cambio de soltarle. ¿Qué podía decir? Era un aprovechado, pero haber disfrutado de su cama y dar buena cuenta de su botiquín parecía pago suficiente por la ayuda.

—Mi compañera, Hazel —habló de repente, echando un rápido vistazo por el cuarto—. ¿Sabes dónde ha ido?

La mirada y el rostro de Hugo parecieron oscurecerse al mencionar a la albina. Si bien trató de ocultarlo, resultaba bastante evidente que pensar en ella le producía cierto canguelo y drenaba sutilmente sus energías. No quería ni imaginarse lo que habría tenido que aguantar el pobre hombre mientras dormía, aunque la respuesta que recibió le obligó a contener una carcajada.

—Me liberó esta mañana, después de dejarme toda la noche ahí abajo sin... bueno, sin nada —masculló con cierto rencor, aunque parecía querer ocultarlo. ¿Quizá porque estaba más agradecido que enfadado?—. Me ha pedido que te vigile mientras se asea un poco. Parecía preocupada, así que he de suponer que tenéis bastante trato. Eso es raro entre cazadores, ¿no?

—Un poco —reconoció, algo sorprendido por sus palabras—. Lo cierto es que nos conocimos ayer y nuestra asociación ha sido más bien forzosa. Dio la casualidad de que ambos estábamos detrás de esos dos y ninguno quería ceder al presa, así que...

—Ah, ya veo... —suspiró, sonriendo levemente y negando—. Estos jóvenes. Os gusta vivir con demasiada intensidad. Yo ya estoy mayor para eso —añadió animado, antes de acercarse un poco más con un pequeño frasco en la mano en el que no había reparado hasta entonces—. Tengo algo que podría ayudar con esa herida, así que vamos a ver qué tal va.

Ayden asintió, dejando que Hugo se encargara de apartar las vendas mientras echaba mano a la comida que le había traído con la mano libre. No era nada del otro mundo: algo de pan, queso y un bol con una masa pastosa; pero que le supieron como si fueran el mayor de los manjares. Se notaba que su cuerpo necesitaba algo con lo que nutrirse.

—No creo que vaya a empeorar —dijo entonces el guardabosques—. Ha hecho un trabajo bastante bueno para contar con tan poco instrumental. ¿Sabes si es médico o algo? Si es así, espero que a sus pacientes los trate con más suavidad que a mí.

—No mucha más —añadió el cazador con cierta ironía—. Poco más y me amenaza con darme una paliza si no ponía de mi parte. —Se le escapó una risa que duró apenas un segundo, lo justo para notar un pinchazo y forzarse a parar—. Intentó sonar tranquilizadora al menos.

Fue entonces cuando la albina apareció por la puerta, con aquella forma tan característica de mirarles y un look muy distinto al que le tenía acostumbrado; parecía haberse agenciado algunas prendas de Hugo. Pese a que le animó ver que no se había marchado sin él, su expresión se recrudeció al reparar en los feos hematomas que presentaba. Parecía que no había salido tan bien parada como él creía, aunque casi estaba seguro que el contraste era el causante de hacerla ver peor de lo que realmente se encontraba.

—He... he traído otra ración aparte... —trastabilló el castaño, señalando la mesita que se encontraba a un lado de la cama antes de volver su atención al halcón—. Pero esto ya estaría. Voy a llevarme las vendas sucias abajo y aprovecharé para limpiar un poco, ya que la señorita parece querer encargarse de vendarte.

Las palabras del hombre salieron con cierto rencor, uno muy sutil y apenas perceptible. No podía dejar de pensar que habría tenido que sufrir más de una amenaza antes de que Hazel decidiera soltarle de sus ataduras. «Encargarse de las vendas, ¿eh?». Su mirada se había clavado en ella ante las palabras del guardabosques, no quitándole el ojo de encima. ¿Tan preocupada estaba que quería cerciorarse ella misma de que lo hicieran bien? Dejó su pequeño bol sobre la mesa, ya vacío, y se movió para quedarse sentado en el borde de la cama y que la cazadora pudiera trabajar con su hombro más fácilmente.

—Oye —intentó llamar su atención, sonriendo levemente—. Gracias. Ya sabes, por ocuparte de mí.
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Mensaje por Hazel el Dom 2 Ago 2020 - 15:43

Su comida se acabó más rápido de lo que le habría gustado. Y es que, comparado a lo que solía comer cuando terminaba una caza y le sobraba el dinero aquello resultaba una miseria ante sus ojos. Que podía decir, se había malacostumbrado tras tantos años sin tener que comer de las sobras de otros y le gustaba comer bien. Suspiró, mirando el plato a desgana. Ya habría más cuando entregaran las cabezas de aquellos tipos. Literalmente las cabezas, y es que antes de asearse se había asegurado de decapitar a Edward y terminar de separar el cráneo de Marshall de su cuerpo. Los tendones no los tenía tan fuertes al parecer. Suspiró, dejando a un lado esos pensamientos para terminar de arañar con la cuchara el fondo de madera pulida de su bol, intentando sacar más de esa pasta de donde no la había. Al final se dio por vencida y se levantó, colocando este sobre el de su compañero a quien le dedico una mirada algo más suave al ver como se sentaba sobre el borde de la cama.

—Supongo que me toca vendarte otra vez. Vas a parecer una momia por la selva —comentó, intentando suavizar el gesto, más por su propio bien que por el del contrario, y es que con lo que le dolía la cara mantenerla relajada era su mejor opción. Se sentó a su lado y retomó sus curas, vendando desde donde hubiera realizado el torniquete hasta la mano para cubrir no solo la herida de bala sino los cortes que se hubiera provocado al atravesar la ventana—. Espero que ese inútil se asegurase de limpiar bien las heridas —añadió mientras iba llegando a la altura del codo. Estaba yendo despacio y con buena letra para asegurarse de que las vendas quedaran sin arrugas ni pliegues, y apretarlas bien, pero sin excederse —no fuera a cortarle la circulación—. Su concentración se rompió cuando la llamó.  

Levantó la cabeza, topándose con el rostro del chico a su misma altura, a medio metro de ella más o menos. Parpadeó un par de veces sorprendida por su gesto. Una suave sonrisa decoraba su rostro al tiempo que le agradecía sus cuidados. Lo cierto es que se quedó un par de segundos mirándole embobada, como si no terminara de entender o hilar conceptos tan sencillos como un simple gracias. Y es que probablemente era la primera persona en agradecerle algo en su vida. Apartó la mirada, azorada por la situación.

—No tienes que darlas —contestó tras ese momento de corte con un tono bastante escueto, retomando su trabajo a más aprisa, sin mirarle—. Simplemente pensé que me serías más útil vivo que muerto. ¿De qué me sirve todo este botín si no puedo cargarlo? Fue solo eso. Un capricho, así que no le des muchas vueltas. Tampoco es que haya hecho nada —mintió.

Lo cierto es que en lo más profundo de su ser se había sentido aliviada al haber conseguido sacarle de esa.  Y en parte le alegraba que le diera las gracias. Pero ese tipo de cosas no eran algo que una persona solitaria como ella necesitase. Fue solo un desliz, o eso se dijo a sí misma repetidas veces en su cabeza. Solo un desliz.

—Aunque bueno… —volvió a romper el silencio, justo cuando terminaba de atar las vendas en esa mano, cortando el final de la gasa blanca para poder seguir usándola en el otro lado—. Supongo que estamos a la par… Por lo de las plumas, digo. —Le miró con cierta timidez desde abajo. De hecho, esperaba que ese susurro que había sido su voz ni siquiera hubiera llegado a sus oídos—. Cómo sea, pichoncito, será mejor que termine de atarte y vayamos a por nuestra recompensa. Cuando antes nos pongamos en marcha mejor, ¿no?

Durante el tiempo que le llevó terminar de vendar el otro brazo y cambiar los dos o tres parches y tiritas que le había puesto por la cara y otros sutiles cortes que presentaba lo cierto es que la tensión fue rebajando. El preguntaba, ella contestaba. A veces Ayden le comentaba qué tan diferente era el lugar del que venía en comparación a su vida. Ella le contó por su parte que todo lo que había aprendido había sido de forma autónoma. Procuró escatimar en detalles sobre su procedencia, más que nada porque no necesitaba que nadie le tuviera pena. Se limitó a contarle que venía de la peor zona de Jaya, que por su albinismo la llamaban niña maldita y que desde los cinco años hasta los catorce fue como una «sirvienta» contra su voluntad. Cuando se zafó de estos tuvo que buscarse la vida como pudo y aprender a lamer sus propias heridas para sobrevivir, así que hacer lo mismo en alguien más había sido infinitamente más fácil —salvo porque ella no se quejaba tanto—. Lo mismo con respecto a sus capacidades de rastreo.

—Bueno, ¿bajamos? Aunque no sé si nos dará tiempo a regresar contigo en ese estado. Pero podemos cargar las bolsas y salir mañana por la mañana —propuso al terminar su trabajo, levantándose y ofreciéndole su mano para que se pusiera en pie—. Y, de nuevo, lo hago solo por mí, no por ti —añadió desviando la mirada.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 2 Ago 2020 - 18:25

Parecía que sus palabras le habían pillado con la guardia baja. A decir verdad, no era el tipo de persona que acostumbraba a dar las gracias fuera de su entorno, mucho menos a alguien que escasas horas antes había deseado con todo su ser arrearle con una espada envainada. ¿Pero qué podía decir? Le había ayudado a salir de aquella situación y, si alguien en algún momento merecía su gratitud, era ella. Procuró no reírse ni ensanchar la sonrisa al verla tan atorada por la situación; lo último que necesitaba era cabrearla y que encima decidiera meterle el dedo en la herida o afianzar el vendaje más de lo necesario. Lo mejor sería dejarlo estar.

—No te acostumbres tampoco —añadió, suspirando—. Simplemente... te debo una y consideré que era necesario decírtelo, nada más.

Seguramente con eso lograse calmar los ánimos, aunque fuera un poco. Por el escaso tiempo que llevaba conociendo a Hazel, se aventuraría a decir que se sentía más cómoda en situaciones conflictivas o con un nivel superior de competitividad. No engañaría a nadie diciendo que no se sentía de la misma forma —al menos con gente no tan allegada a él—, así que quizá mantener ese rollo entre ambos fuera la mejor forma de abordar su relación. ¿Relación? Ni siquiera tenía claro en qué punto se encontraban; simples socios, conocidos, camaradas... bueno, ya habría tiempo para discurrir al respecto. ¡Ah! Y que dijera lo que quisiera: se había preocupado por él aunque no lo hubiera admitido.

Fuera como fuese, Hugo parecía haber hecho un excelente trabajo terminando de tratar sus heridas, hecho que denotó al darse cuenta de que la albina no ponía más pegas al respecto. El rato que invirtieron en terminar de vendar al rubio fue aprovechado por ambos, decidiendo de mutuo proprio que conocerse un poco más y establecer algún tema de conversación sería mucho menos incómodo que guardar silencio. Ya lo habían intentado en la posada, aunque el resultado no fue tan satisfactorio como en esta ocasión. Ambos hablaron de sus vidas, lo que hizo al chico pensar que habían llevado caminos bastante distintos. Mientras que ella se había criado en un ambiente prácticamente marginal y muy conflictivo, él había tenido una infancia tranquila y feliz; de hecho, su propia experiencia no había sido para nada desagradable hasta que se aventuró fuera de Samia a los dieciséis años. Aún se preguntaba de dónde había sacado aquella feliz —no tan feliz— idea. Ya que ella respondió sus preguntas, él hizo lo propio con las suyas. Por desgracia, su vida no resultaría tan interesante si se aseguraba de omitir cualquier información referente al Nido, así que decidió alterar la versión que le contó a Miko y se limitó a contarle que recibió entrenamiento por parte de un grupo de cazarrecompensas.

Si tuviera que ser completamente sincero habría dicho que aquel rato resultó mucho más agradable de lo esperado, casi volviéndose fugaz, y es que ni siquiera había reparado en sus dolores más allá que alguna que otra punzada puntual. Al final todo estaba en su sitio, la comida le había devuelto parte de sus energías y hasta se sentía con fuerzas como para ponerse en pie. ¿Llevaría algo en especial aquella pringosa pasta? Bueno, fuera lo que fuera, le había sentado bien.

—No te preocupes por mí, me siento bastante mejor —aseguró, poniéndose en pie sin demasiada dificultad, aunque no pudo evitar sentir una nueva punzada de dolor en el hombro que le obligó a dibujar una mueca—. Solo es un poco de dolor. Si no me haces cargar con demasiadas cosas no hay problema alguno; podríamos llegar a la ciudad antes de que anochezca y entregar a esos dos. ¿Quieres?

Fue una pregunta retórica, y es que para demostrarle que se encontraba perfectamente —aunque con un brazo útil menos— se aventuró escaleras abajo con todo el brío que sus renovadas fuerzas le permitieron. Hugo se encontraba limpiando la cocina de los restos de sangre, esos que no parecían querer salir con tanta facilidad, y se sorprendió gratamente de verle ya en pie. Para su sorpresa, el buen hombre se había asegurado de limpiar con agua caliente sus ropas. Aún estaban algo húmedas, pero si esperaban un rato podrían ponérselas sin ningún problema.

—¿Habéis revisado si esos dos llevaban algo interesante? Me pareció ver que había equipo aparte de dinero, así que quizá podamos reciclar algo, Hazel —dijo con tono animado, señalando la trampilla para no tener que ser él quien la levantara.

Buscar entre el botín no les llevaría demasiado; había bastante dinero y algún que otro artilugio útil, pero no dejaban de ser dos piratas de poca monta que se habían largado con lo justo. Pese a ello, el rubio pudo encontrar entre las bolsas un peculiar brazalete que le llamó la atención: estaba hecho completamente de cuero, aunque contaba con un extraño mecanismo oculto en su interior que debería estudiar más adelante. ¿Quizá fuera una hoja oculta o algo por el estilo? Había oído hablar de armas así, pero no recordaba haber visto una en sus viajes. Por si acaso y para evitar accidentes lo guardó en su propia bolsa, temiendo activar el artilugio sin querer y agravar la situación en la que se encontraban.

Tras prepararse y agenciarse alguna que otra bolsa de berries se giró hacia su compañera con curiosidad.

—¿Has visto algo que te llame la atención?
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Mensaje por Hazel el Dom 2 Ago 2020 - 19:48

Apartó la mano al ver como el rubio se levantaba solo, mirándosela por un instante antes de bajarla. Mejor para ella si no necesitaba ayuda.

—Está bien saberlo —aseguró mientras veía como se precipitaba escaleras abajo. Dejó escapar un pesado suspiro, dibujando una sonrisa ladeada cuando abandonó la habitación. Con todo lo que había gritado, lloriqueado y forcejeado la noche anterior… Quién diría que se trataba de la misma persona con la que había que tenido que lidiar para sacarle del apuro. —Este pichón… —murmuró, tomando los utensilios con los que habían comido para dejarlos abajo. Al hacerlo, se percató en el tarro de cristal que había utilizado el guardabosque y decidió cogerlo también para preguntarle qué era. A lo mejor tras su trato no se mostraba por la labor de decírselo… Pero siempre podía hacer por amenazarle otra vez. Con eso en mente echó a andar escaleras abajo. Dudaba que pudiera irse sin ella en ese estado, pero mejor no arriesgarse.

Al llegar a la cocina tuvo el amigable gesto de dejar caer los cuencos, platos y cubiertos que hubieran usado para comer en el fregadero, con tanta delicadeza —o mejor dicho con tanta ausencia de esta— que si no fuera porque estaban hechos de madera se hubieran hecho añicos. Una vez hecho esto aprovechó que Ayden acababa de coger su ropa de cambio y se iría a prepararse para acercarse a Hugo, ofreciéndole el frasco.

—Ten —le instaría a cogerlo, recibiendo una mirada extrañada de su parte. Era inevitable tras sus formas. No fue algo personal tampoco, joder. Es solo que ella era así, un pelín agresiva… De temperamento fuerte y fácil de sacar de quicio… Tampoco estaba en su mejor momento esos días. Suspiró—. Quería preguntarte algo… Hugo —hizo el esfuerzo de usar su nombre de pila, tratando de parecer casi respetuosa o amable—. Esta pasta… ¿Qué es? ¿La has hecho tú?

El hombre pareció calar sus intenciones en cuanto hizo la pregunta, quizás asociando su interés al hecho de que tuviera ciertas habilidades para tratar heridas. Le había untado eso por las heridas a su compañero herido y este parecía ahora mejor, así que tenía curiosidad. Vio como una sonrisa se dibujaba en el rostro del guardabosque.

—Así es. Hay una planta en este bosque… Sus frutos y hojas son venenosos, teniendo un efecto paralizante. Aunque si haces una pasta mezclándola con otras hierbas se puede crear un calmante bastante útil.

—Ya veo… ¿No me enseñarías a hacerla? —El hombre enarcó una ceja sin apartar la mirada.

—¿E-Es en serio? —La mujer asintió y este acabó por resoplar pesadamente—. No es que tenga problema, pero no puedo enseñarte a hacerlo sin más. Y no tengo la receta apuntada. Eso se enseña de forma tradicional en la isla. Pero si quieres te puedo dar un brote de esta planta y que vayas practicando para darle uso.
La albina refunfuñó, soltando un par de improperios al aire antes de acabar por aceptar su ofrecimiento. «Me tendrá que servir». Dijo asintiendo. Cuando volvió su compañero se vio forzada a hacer lo propio e ir a cambiarse. De vuelta a las hojitas. Que coñazo. Tenía tan pocas ganas que decidió dejarlo para después de que se cobraran su tan preciado premio. Las cabezas ya estaban guardadas en una bolsa, con un envoltorio de hojas que evitaban que fueran manchando todo lo que el mimbre tocara. Solo faltaba guardarse en su mochila Los sacos de Berries, llevándose cada uno la mitad de las ganancias de los criminales… Y ya que estaban escrutar para ver si había algo que pudiera sustituir sus armas rotas.

—Sí, creo que me llevaré esto —Anunció, volviéndose con lo que parecía una Katana de hoja negra con cintas de color morado en la empuñadura y un guardamano decorado con la forma de una rosa negra —con su correspondiente funda— y un puñal con adornos plateados. Ambas armas quedaron aseguradas en sus correspondientes cintos antes de que salieran de nuevo a la espesura, no sin despedirse previamente de su benefactor.

La caminata fue algo más larga a la vuelta que a la ida, o por lo menos a la albina se lo pareció: entre tener que bajar el ritmo para no dejar atrás a su compañero y el equipaje extra llegarían —ella por lo menos— con un dolor de espalda terrible. Y es que en cierto punto había decidido que sería más efectivo si el pajarito se ocupaba de llevar las cabezas de los criminales y ella cargaba con ambas bolsas, colgándose la suya a la espalda y la de él delante del pecho para que se equilibraran los pesos. «Claro, equilibrar los pesos. Pero sigue siendo la misma mierda si me jodo los hombros por el peso. Bueno, para compensar le tocará a él la parte diplomática en el cuartel. De hecho, cuando llegaron a este la albina se dejó caer con la espalda apoyada contra la pared, al lado de la entrada.

—Yo… te espero aquí. No creo poder dar un paso más. Y odio tratar con esta gente. Por mí quédate toda la fama —Le diría. Y no, no se iba a levantar por mucho que quisiera insistirle. Lo cierto era que si algo odiaba era la idea de ganar fama que no le permitiese cazar tranquila, así que todo suyo por el momento. Si en un futuro descubría que ese prestigio servía para algo más… Bueno, tampoco se lamentaría.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 2 Ago 2020 - 20:34

No tardaron demasiado en despedirse de Hugo y dejarle allí, casi sin darle las gracias por haberles concedido alojamiento —aunque fuera de una forma tan forzosa—, partiendo rumbo a la ciudad directamente para llegar antes de que anocheciera. A decir verdad no les había ido tan mal: estaban vivos, cargados de dinero, con las cabezas de sus presas guardadas en una bolsa y juguetitos nuevos que podrían estrenar más adelante. No es que le hiciera especial gracia asesinar a nadie —porque por mucho que estuvieran en busca y captura no dejaba de ser eso, un asesinato—, pero parecía que ninguno de los dos cazadores había contado con muchas más opciones; tan solo agradecía que Miko no fuera a enterarse de aquello. No quería ni imaginarse la decepción que, estaba seguro, habría supuesto para ella saber que su mejor amigo acababa de segar una vida.

En fin, el caso es que ya estaban de camino al cuartel de la Marina más próximo —que casualmente se encontraba en la ciudad principal del archipiélago, justo en su isla—, y Hazel había tenido al deferencia de encargarse solita del botín pese a que se hubiera ofrecido a echarle un cable. Tan solo contaba con un brazo útil, así que quizá la decisión de cargar únicamente con las cabezas de Edward y Marshall había sido la más inteligente; dudaba que pudiera lidiar con mucho más peso en cualquier caso porque, por mucho que se hubiera recuperado, no sentía que sus fuerzas hubieran regresado en su totalidad. Y menos mal que la mujer debía haberse levantado de buen humor, porque cargar con algo más mientras se abrían paso a través de la espesa vegetación podría haberle dejado al borde del desmayo. «Vale, quizá no ha sido tan buena idea salir sin descansar un solo día», reconoció en silencio, tratando de mostrarse fuerte mientras que algunas gotas de sudor recorrían su rostro en descenso. ¿Su excusa? Que no soportaba el calor tropical de la isla, por supuesto.

Al final, cerca de una hora antes de que el Sol se ocultara en el horizonte, llegaron frente al cuartel donde harían efectiva su captura aunque, para sorpresa del rubio, su compañera renunciaba al reconocimiento de ambas capturas.

—¿Estás segura? —inquirió, mirándola desde arriba sin soltar la bolsa—. Hacer méritos a ojos del Gobierno Mundial podría darte ciertas ventajas en el futuro; no todo es cobrar el dinero que pagan por cazar a un pirata o dos —le explicó, aunque tampoco insistiría mucho más—. Como veas, mejor para mí, Copito.

Tras encogerse de hombros —con su consecuente punzada por culpa del despiste— y dedicarle una sonrisa cómplice se adentró en el cuartel, comenzando el aburrido proceso burocrático que conformaba la parte más pesada de su trabajo. Porque sí, prefería recibir un balazo a rellenar todo el papeleo y dar testimonio frente al marine de turno. Bien pensado, esa gente debía tener una vida sumamente aburrida y triste. No aquellos que salían al mar de patrulla y daban caza a los criminales, claro, sino los que tenían que quedarse en la base para que todos aquellos trámites se llevasen a cabo. Suspiró una vez comenzaron a pedirle explicaciones, comenzado el proceso que se alargaría por cerca de cuarenta minutos... más o menos. La verdad es que le había parecido mucho más tiempo pero, fuera cual fuese el caso, lo único que sabía con certeza era que ya había anochecido y los tenderos del puerto debían estar recogiendo sus mercancías y cerrando sus puestos.

Buscó con la mirada a Hazel, quien seguía en el mismo sitio en el que la había dejado.

—Eh, zumbada —la llamó, aunque en su voz se notaba que aquel apelativo no iba con malas intenciones ni acidez alguna. Para demostrárselo le lanzó la «pequeña» bolsa que contenía su parte del pago: cinco millones de berries—. ¿Vamos a celebrarlo? Aún tenemos que alquilar un par de habitaciones y pasar la noche en un sitio. Esta vez invito yo.

Claro, porque ahora que tenía dinero no tenía el menor de los problemas en costearse alojamiento, bebida y comida; aunque no pensaba explicarle que ese era el motivo por el que, casualmente, estaba tan predispuesto a beber. ¿No había dicho que bebía poco? Bueno, la excusa de la celebración sonaba bastante plausible en su cabeza. Así que, una vez aceptase, tomaría uno de los equipajes cargándoselo sobre el hombro bueno, independientemente de las pegas que pusiera. Ya se había mostrado débil demasiado tiempo, tenía que mejorar un poco su imagen.

—Venga, que yo también estoy deseando pillar una silla donde sentarme —la azuzó animado.
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Mensaje por Hazel el Dom 2 Ago 2020 - 21:53

La forma en la que acababa de dejarse caer, frotando su bolsa contra la pared al tiempo que buscaba sentarse en el suelo denotaba que le importaba tirando a poco el no recibir crédito por dos subnormales de poca monta cuyo único poder real era tener un par de pistolitas y, en el caso del que había matado ella, unos huesos estúpidamente resistentes. Aunque por si no quedaba claro, tras resoplar —intentando ocultar que su respiración andaba algo descompasada por el esfuerzo de cargar tanto peso durante horas sin apenas descanso— se aseguró de volver a repetirle que no estaba interesada en ello y, que si lo necesitaba ya cazaría ella solita a otro par. Al menos procuró suavizar el tono al decir estas últimas palabras, dedicándole una tenue sonrisa.

—Solo déjame descansar un poco mientras haces tu parte —le pidió, acurrucándose en el sitio, rodeando sus piernas por debajo de los muslos. La bolsa de Ayden descansaba entre estas, protegidas de cualquiera que pudiera plantearse el intentar robarle algo. Aunque debía reconocer que no parecía una custodia muy fiera así encogida y con los ojos cerrados. Y es que a punto de quedarse dormida estuvo hasta que el rubio… Su «pichoncito» —como pretendía llamarle de ahí en adelante— regresó de su labor, con dos bolsas de relucientes millones de Berries. Su gesto se suavizó cuando le lanzó la bolsa, cogiéndola al vuelto antes de separar sus piernas para que el mayor pudiera coger sus pertenencias. Era tiempo de festejar. Bueno, casi…

—¿Entonces ya no quieres compartir cama conmigo, pichón? —preguntaría con tono burlesco ante el comentario sobre buscar habitaciones. Ella ya tenía la suya… Y tanto su ropa de cambio como la de su nuevo camarada se encontraba ahí, entre otras pertenencias. Claro que si le era indiferente podía quedárselas o venderlas en alguna tienda de segunda mano. Su sonrisa se ensanchó al pensar en picarle con ese tipo de comentarios— Bueno, yo no tengo problemas en quedarme con tus cosas si es lo que quieres… Además, seguro que encuentro algo divertido con lo que entretenerme si lo hago —. Aquello último lo dijo con toda la malicia del mundo, y es que sabiendo que venía de una pequeña isla del South Blue debía suponer que todos sus efectos personales eran lo que llevaba puesto. Claro que solo lo decía por joder, pura y llanamente.

Se incorporó, volviendo a acomodarse la bolsa en la espalda antes de empezar a liderar la marcha hacia la posada en la que se hubiera alojado las otras noches desde que estaba en la isla. También le indicó que la siguiera para, como mínimo, cambiar sus vendas una vez más. Supuso que lo haría igualmente por sus pertenencias, y porque joder. La iba a invitar a beber y a cenar, así que mejor ahí que ir dando tumbos en su estado por toda la isla. Lo mejor era tener el cuarto cerca… Y quizás tenerse cerca entre ellos. Fue algo que se le vino a la cabeza según andaban, proponiéndole sin pensarlo mucho que cogieran un cuarto con una cama más amplia. Solo sería cambiar sus cosas de una habitación a la otra y dormirían los dos más cómodos.

Decidiera lo que decidiesen lo que estaba claro era que al llegar les tocaría darse una buena ducha para terminar de eliminar la suciedad de sus cuerpos y ponerse ropa limpia —y de su talla— antes de bajar a la taberna. La cuestión era quien sería el primero de compartir cuarto. Lo cierto es que ella habiéndose aseado por la mañana no tenía problemas en dejar que su compañero lo hiciera antes. Y ya la habían liado.
La idea de que apenas era capaz de hacer esfuerzo con uno de sus brazos le hizo caer en la cuenta de que lo mismo a su nuevo «amigo» quizás no le fuera tan bien a la hora de tener que quitarse la ropa, colocar la ducha y lavarse la parte superior del cuerpo. Y a ver, no le debía nada ya. De hecho, era él quien empezaba a endeudarse hasta los dientes de ella. Le había conseguido dinero, dado alojamiento, salvado la vida… Dos cervezas y algo de comida no pagaban eso ni por asomo. Menos mal que lo del disparo le dijo que fue por capricho. ¿Le iba a volver a ayudar? No era su estilo… Pero cuando antes acabasen mejor para su estómago. Así que, por si acaso le preguntaría.

—Oye… Ayden. ¿No vas a necesitar ayuda con eso? —Preguntaría, señalando la herida—. Para ducharte digo… A ver. Que a mí me da igual, pero si necesitas que te eche una mano… —Por si acaso se aseguró de aclarar que no tenía ninguna intención más allá de eso. Ayudarle a lavarse los brazos, cuello y si acaso la cabeza… Las zonas complicadas—. A ver, obviamente no voy a frotarte los huevos y el culo como a un bebé, pero si necesitas para la cabeza y eso… Bueno, tú avisa. —Fina como ella sola.

Después se ducharía ella, cambiándose con lo que parecía un pijama lila de camiseta ancha y pantalón corto. ¿Qué ropa más adecuada para festejar?
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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 2 Ago 2020 - 22:21

Alzó una ceja ante su comentario. ¿Lo decía por molestarle o porque en el fondo quería compartir cama con él? Que a ver, no es que la compañía fuera desagradable ni mucho menos —al menos no a esas alturas de su pequeña cacería—, pero aunque su carácter se hubiera suavizado con él no dejaba de resultarle extraña aquella amabilidad. Lo más seguro era que estuviera intentando molestarle un poco; por desgracia, no iba a pillarle por ahí.

—Bueno, si tantas ganas tienes de tenerme en tu cama no seré yo quien rompa tus expectativas —se burló, aunque la sonrisa que había empezado a dibujar se borró con sus siguientes palabras. ¡Mierda, sus cosas! No recordaba que las había dejado en el cuarto de la albina—. De eso nada. Bastante has saqueado ya como para que también te quedes mis cosas. —Resopló.

Por el momento no se separarían, y es que Hazel había insistido en que le acompañase para —aparte de recuperar sus efectos personales— revisar sus vendajes una vez más. Bien pensado, no era mala idea convivir con la mujer unas horas más, especialmente teniendo en cuenta que le sería bastante complicado seguir cuidándose aquella herida sin nadie que le echara una mano. Porque no, no quería imaginarse lo ridículo que se vería intentando quitarse la chaqueta o la camiseta sin la asistencia de otro, y al menos ella ya le había toqueteado. ¿Podría decirse que disponían de ese tipo de consecuencias? Estaba claro que al menos de ella hacia él sí, pero él no le había puesto un solo dedo encima por el momento. «Podría comentárselo, por igualar las cosas», bromeó en su cabeza, apartando aquel pensamiento rápidamente.

—Una cama grande estará bien, sí —coincidió, mirándola de reojo—. Tampoco es que estuviéramos muy apretados el otro día, pero supongo que está bien disfrutar de algo de espacio para dormir. Por mí vale.

Pero fue entonces cuando surgió la auténtica cuestión que desencadenaría un problema en el que no habían caído hasta ahora. Si ya e iba a ser complicado de por sí cuidarse la herida e incluso realizar tareas tan mundanas como cambiarse de ropa, ¿cómo demonios iba a asearse? Suspiró con resignación al darse cuenta de que empezaba a tener la vida de un tullido. ¿En serio había quedado para eso por un simple balazo? Él aspiraba a ganarse un cierto renombre, que todos le conocieran por sus hazañas, no a recibir cuidados como si fuera un anciano o un inválido. La miró dubitativo, aunque terminó por echarse a reír ante la aclaración.

—Sí, sí... me imagino que no vas a frotarme ahí abajo. Supongo no me vendrán mal un par de manos extras durante un tiempo, aunque sea para no armar ninguna escenita, provocar un accidente y que tenga que venir alguien a socorrerme. —Rodó los ojos. La verdad es que no le hacía demasiada gracia por apetecible que pudiera parecer el tener a la albina manoseándole. Si iba a ser de aquella forma no sería de su agrado—. Si no te importa ayudarme con eso no me opondré. Pero a ver dónde tocas —concluyó a modo de broma, intentando relajar el ambiente.

No tardaron mucho en llegar a la habitación. Dejarían lo de preguntar por una más grande para cuando se hubiesen aseado un poco, así que fueron directos a ponerse manos a la obra, como quien dice. La escena fue... bueno, algo cómica, y es que si bien no tenía complejo alguno con su cuerpo ni un sentido de la vergüenza lo suficientemente grande, que una mujer estuviera recorriendo su cuerpo y no estuviera en posición de intentar nada resultaba algo extraño. Fuera como fuese, ambos parecieron estar de acuerdo en procurar que aquello no se prolongara en exceso, por lo que en pocos minutos tuvieron un Ayden limpito y con mudas nuevas mientras que la cazadora terminaba de asearse. Aprovechó aquel momento para bajar a la recepción y alquilar la nueva habitación, pudiendo realizar el cambio de la misma una vez Hazel terminó de ducharse. Lo siguiente sería, como no puede ser de otro modo, bajar a cenar y celebrar su pequeña victoria.

—¿Por el triunfo de nuestra asociación? —inquirió el rubio, alzando la jarra con la mano buena hacia la peliblanca. ¿Seguirían siendo socios después de aquel día? Desde luego le había permitido tomarse más confianzas que a ningún otro cazador con el que se hubiera cruzado. ¿Por qué no? En los mares tenía a Miko y a sus contactos del Nido, pero nunca estaba de más contar con alguien más—. Y porque deje de necesitar ayuda para cambiarme pronto.

Había concluido con una sonora carcajada, notándose en su actitud que se sentía bastante más tranquilo en su presencia que dos días antes. No recordaba cuándo había sido la última vez que bebió junto a alguien que pudiera resultar ser una buena compañía. ¿Quién le habría dicho que Hazel ocuparía ese lugar?
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Mensaje por Hazel el Dom 2 Ago 2020 - 22:54

—Bueno, la oferta era solo de torso para arriba. Creo que para lo otro puedes solito. Aunque si quieres pagarme para ello… —Le miró con malicia, sonriendo. Al final ambos echaron a reír. Aunque lo cómico de verdad había sido la situación en la mampara de cristal de su cuarto, y es que la diferencia de estatura se notaba casi tanto como la falta de espacio, por lo que las posturas que tuvieron que afrontar según qué parte les tocaba habían sido bastante estrambóticas. Divertidas, si echaban la vista atrás, pero estrambóticas. Casi tanto como la forma en que se habían conocido. El primer cazador de recompensas con quien iba a tener trato real —Porque la posadera de Whiskey Peak no contaba y ni siquiera tenía claro qué clase de trato compartían— y le había conocido de aquella manera. Resultaba cómico y memorable a partes iguales.

Casi una hora pasó tras eso, entre terminar de asearse, vestirse y llevar sus escasas pertenencias a la nueva habitación que iban a compartir. No tenía punto de comparación con el pequeño cuarto individual en el que la albina se hubiera hospedado, y es que en la cama podían entrar no dos, sino hasta tres o incluso cuatro personas —apretaditas— sobre el colchón. Que oliera a limpio porque nadie hubiera pasado la noche ahí los días anteriores también ayudaba. Si es que daba ganas de tirarse a la cama y dormir. Pero el cuerpo de Hazel que se peleaba entre la pereza y la gula había sido claramente ganado por la idea de comer como una reina. Esta vez no tendría que conformarse con una malta y tres cervezas. Quería algo más fuerte y más cantidad. Así que a eso fueron.

La chica apegó su taburete al de su compañero, acortando la distancia mientras les atendían y comían. Jarra en mano, se aguantó las ganas de hincar el diente a las carnes varias en salsa y patatas que adornaban sus platos para brindar como era debido con su socio.

—Por nuestra asociación —repitió animada, chocando su jarra contra la del contrario, provocando su típico tintineo antes de dar un largo trago. De estos que parecían pretender dejar completamente vacía la jarra. Al menos el contenido de momento era suave. Pero a la tercera se pediría un ron o algo más fuerte. ¿Coñac? Lo que viera en la carta más apetecible. Cuando soltó el recipiente sobre la barra este había reducido tres cuartos de su contenido. Suspiró placenteramente, con las mejillas sonrojadas y —ahora sí— se aseguró de degustar el manjar que habían puesto frente a ellos—. Sabes, yo no soy muy de… asociaciones, ya te lo dije —Soltaría de repente. Y es que no podía ser buena idea beber tanto de golpe pese a que fuera flojito—. Pero no me molestaría acostumbrarme a esto— aseguraría, moviendo el tenedor en círculos con un trozo de carne pinchado en él, antes de dirigirlo a la boca.

La velada fue siguiendo el mismo trayecto… Con la chica suavizándose cada vez más. Aunque ese estado de euforia tenía sus consecuencias. Y estas iban a empezar más tarde que prono a hacer acto de presencia en la cazadora. Desde suavizar el gesto y empezar a mirarle con una sonrisa en el rostro a apegarse un poco más a él… Jugando incluso tuvo el descaro de, antes de que le llegara su siguiente jarra, tomar la de Ayden tirando flojito de su brazo para que le diera de beber. Si el cazador no lo impedía quien sabe, lo mismo les tocaban terminar de beber ocupando solo un taburete, quedando ella sentada sobre él.
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Mensaje por Ayden Keenwind el Dom 2 Ago 2020 - 23:18

La escuchó con atención, no sin haber reparado primero en cómo bajaba la primera jarra. Vale que él se había bebido cerca de la mitad, pero esa mujer parecía capaz de llevar un ritmo bastante superior al suyo. «Pues pinta bien la noche». Sus labios volvieron a tantear la la bebida mientras su compañera hablaba. Él tampoco era especialmente dado a colaborar con nadie: le gustaba trabajar solo, bajo sus propias normas y directrices, sin depender de nadie más ni tener que preocuparse por el bienestar de otros. ¿Qué cambiaba ese día? Bueno, que a quien le habían salvado la vida era a él y que si hubiera ido solo aquel viajecito podría haber sido el último.

—Yo tampoco es que esté muy hecho a... ya sabes, compartir la caza —coincidió, dejando su trago a un lado y empezando a tantear la comida. Tenía muy buena pinta; se notaba que ya podían permitirse un nivel de vida distinto—. Pero supongo que para determinados trabajos no viene mal un par de manos extra. No diré que podría convertirlo en una costumbre. Una posibilidad cada cierto tiempo, quizá.

Le dedicó una sonrisa amiga, la primera desde que se habían cruzado en aquella condenada selva bajo su puesto vigía. Las relaciones humanas podían llegar a ser fascinantes: un día se quieren matar y al otro comparten cena como si fueran amigos de toda la vida. ¿Que le incordiaba? En absoluto; no estaba de más disfrutar de una compañía agradable para variar. Sus últimos compañeros de cena habían sido unos marineros que apestaban a ron y que tan solo sabían hablar de lo bien que estaban las mujeres en Jaya. Que «merecía la pena saltarse la ley de vez en cuando», decían. Sus ojos de rapaz repasaron el contorno de la albina, permitiéndose el lujo de hacerlo mucho más lentamente que la última vez cuando ya iban por la tercera ronda. No sabía si sería por la bebida, pero empezaba a coincidir en el punto de vista de aquellos desgraciados.

La cena se esfumó en un abrir y cerrar de ojos pese a la abundancia, casi igual que el contenido de sus copas. De la cerveza pasaron al brandy, y al final el cazador se animó a pedirse algo de whisky. ¿Lo único que incrementaba? La cantidad de aquellos elixires en cada ronda con respecto a la anterior. No era tonto: empezaba a darse cuenta de los efectos que la bebida tenían en Hazel, aunque no estaba seguro de si la dejaban vulnerable o, simplemente, la mostraban tal y como era en realidad. Más dulce y agradable, cariñosa incluso. Tanto era así que, sin saber muy bien cómo, había acabado con ella sentada sobre sus piernas. Le habría gustado rodearla con el brazo, pero si lo hacía no tendría ninguno con el que coger su copa.

—Oye... —susurró, para que tan solo ella pudiera escucharle—. No sé si te has dado cuenta, pero esta es mi silla. —Sus ojos se clavaron en la mirada ambarina de ella como si la atravesaran—. Acortar distancias ante una rapaz puede ser peligroso si no vas con cuidado.

¿Estaba seguro de lo que hacía? No del todo, aunque el dolor había desaparecido de su hombro a causa del alcohol. Era un anestésico fantástico en cuyo efecto no había reparado hasta ese momento. De todos modos, no estaba diciendo ninguna mentira, y es que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, ¿no? Su pregunta no buscaba que se apartase ni mucho menos, sino tentarla a que se acercase un poco más. No quería arriesgarse a adivinar las posibilidades que se les brindaban a ambos aquella noche, pero diría que los dos estaban bastante de acuerdo en ver hasta donde llegaban.

Tan solo lamentaba tener un brazo inmóvil. Podría haberle prestado una atención mayor de disponer de ambas extremidades.
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Mensaje por Hazel el Dom 2 Ago 2020 - 23:43

La pregunta llegó a sus oídos haciéndole cosquillas. Y es que la cercanía al estar sobre el regazo del chico y el calor que el alcohol había insuflado en todo su cuerpo, hicieron de su aliento chocando contra su piel una agradable caricia. Se giró un poco, manteniéndole la mirada.

—Bueno, esta rapaz parece un tanto inofensiva —murmuró de vuelta, acortando la distancia un poco más a modo de provocación. ¿Qué era peligro? Por favor… Era como tener a un polluelo entre sus manos. Y cuando el alcohol hacía efecto ella se volvía una niña bastante juguetona, quizás demasiado—Pero… si quieres demostrármelo… —Acercó sus labios al oído del chico, susurrándole dulces palabras para ver hasta qué punto se estaba arriesgando de verdad—. Siempre podemos ir a nuestro cuarto y comprobar que es verdad —diría finalmente. No dándole tiempo a contestar, pues mientras una de su mano se mantendría afianzada en su espalda, rodeándole por debajo del brazo con el propio, la otra afianzaría el cuello de la camisa, tirando de él para unir sus labios con los propios. Ni siquiera quedaba pudor alguno de su persona… No es que hubiera habido antes de tomarse la primera copa, mientras el pobre camarero llegaba con la que sería su última ronda.

Hazel soltó al mayor, dándole la espalda antes de tomar ambos chupitos con los dedos. Primero el que sería del chico, cuyo contenido ingirió, pero sin tragar, volviéndose a él para dárselo con la boca. No era como si tuviera reparos en ese tipo de cosas, ya lo había hecho antes. Después de que se bebiera todo y jugara un poco con su lengua… Bueno, parecía que ambos habían terminado de convencerse sobre lo que les apetecía. Se tomó su bebida de un solo trago y se fueron escaleras arriba.

Sin duda, una noche memorable. Menos mal que tendrían un par de días más para descansar antes de que sus caminos se separaran.
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