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La sombra de English Garden [Primera parte][Pasado][Privado]

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Mensaje por Prometeo el Lun 6 Jul 2020 - 5:25

En ese momento nadie imaginó que la oscuridad crecía poco a poco en Towerbridge, apoderándose de cada rincón de esta. Todo lo que se necesitaba era un poco de humanidad, pero en la ciudad de los monstruos en pieles de hombre reinaba el egoísmo y la hipocresía. Si la guardia civil hubiera prestado atención a la nota que dejó cierto sacerdote luego de morir en condiciones muy extrañas, no correrían ríos de sangre por las frías tierras de English Garden. Ya ni siquiera la luz más pura bastaría para combatir el mal que corrompía los cimientos del país. Dios se apiade de nosotros, decían algunos, y suceda un milagro.

• ────── ✾ ────── •

Apenas había pasado una semana desde que se separó de la señorita Astartea. Había regresado a la capital de English Garden, sintiéndose empequeñecido entre los grandes monumentos de la ciudad. ¡Eran verdaderos colosos de piedra y metal! Cada obra era más fascinante que la anterior y, a pesar de que las conocía, seguía sorprendiéndose como un niño pequeño. La bufanda que le había regalado la señorita Brianna hacía ya casi un mes le abrigaba el cuello del frío viento que recorría las adoquinadas calles de Towerbridge, y no se había olvidado de llevar un grueso abrigo negro que contrastaba con su pálida piel y sus cabellos blancos como el mármol de la iglesia que acababa de pasar. Sentía que había hecho un buen trabajo en Blacktown ayudando a esos niños y evitando muertes injustas e innecesarias, incluso había aprendido un montón sobre tratamientos médicos gracias a sus esfuerzos.

Se hallaba en la oficina del doctor Podalovski, aguardando su llegada en silencio y reflexionando sobre lo que había pasado ese último mes. Si bien no había hecho grandes descubrimientos de su enfermedad degenerativa, había conseguido una pista que le acercaba un paso a la cura del alzhéimer. Si es que descubría un tratamiento adecuado para esa enfermedad, podría ayudar al doctor Weidenberg a recuperar su memoria y así tratar su propio mal. No había ningún otro hombre que supiera más sobre la extraña naturaleza del homúnculo, después de todo, él era su creador y entendía a la perfección lo que era el fragmento de alma.

El doctor era un hombre de avanzada edad y espalda ligeramente encorvada, vestía una bata de médico y llevaba sus cabellos rubios peinados a la perfección. Las arrugas en su rostro evidenciaban el paso del tiempo, así como su nariz gruesa y sus orejas grandes. La última vez que le había visto tenía una mirada cansina, pero ahora se veía mucho más enérgico. ¿Había cambiado algo…? Probablemente. Tras entrar en su oficina, el médico tomó asiento en el escritorio y saludó educadamente a Prometeo.

—Es bueno verlo, doctor —respondió a su saludo—. Han pasado muchas cosas desde que nos vimos la última vez. Incluso he hallado un error genético que, de ser corregido, podría alterar positivamente el desarrollo del alzhéimer en un paciente —agregó después, entregándole una carpeta con varios papeles dentro.

—Oh, ya veo… Sorprendente como siempre, Prometeo. ¿Quieres que le eche un vistazo? —El revolucionario asintió—. Gracias por confiar en mí. Por cierto, había una cosa que quería comentarte… Probablemente no lo sepas puesto que eres extranjero, pero en esta ciudad no todo es maravilloso. Un colega me comentó hace unos días que su sobrina lleva desaparecida casi una semana, la última vez fue vista rondando los peligrosos barrios rojos de Towerbridge… Madre mía, ¿por qué los jóvenes se arriesgan de esa manera? Entenderás que está muy preocupado, es un muy buen amigo y me gustaría ayudarle, pero no tengo los recursos para hacerlo por mi propia cuenta. ¿Me ayudarías con esto, Prometeo?

—¿Desaparecida…? Por supuesto, doctor, cuente conmigo.
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Mensaje por Anastasya el Lun 6 Jul 2020 - 18:59

La enorme fragata de color azul surcaba las aguas heladas del North Blue, acercándose lenta pero sin pausa hasta el puerto de Towerbrigde. Sintiendo la brisa y el frío que tanta nostalgia le traían, Anastasya sacó el catalejo que llevaba en su bolso y observó el horizonte. Ya podía verse con nitidez la isla de English Garden, así como el gran puerto que hacía de único punto de entrada con la capital.

Se emocionó al pensar que volvía a sus aguas y se preguntó como estarían Claudia y su padre. Ella de momento era asignada a misiones sencillas, no estaba acostumbrada a tanto viaje por mar, pero era normal. Volvió a guardar el catalejo y se dio media vuelta. Se apresuró a bajar por la rampa, se moría de ganas por ver los astilleros y toda la maquinaria con la que trabajaban. Caminó en fila sin separarse de sus compañeros, siguiendo una ruta que ya tenían pensada de antemano. Tenía entendido que la ciudad de Towerbrigde era famosa por su estilo arquitectónico, esperaba que después de la visita por los astilleros pudiese verla con mayor detenimiento.

Anastasya, con la mirada de la gente puesta sobre ella se fijó en la cantidad de comercios que se aglomeraban en la zona, en particular la presencia de tanta gente empezaba a agobiarla. Al alcanzar un mercadillo, o más bien una exposición situada junto al astillero el sargento se detuvo y con seriedad. Ella no apartó su mirada.

—Muy bien, podéis echarle un vistazo a todo lo que tenemos por aquí. Los astilleros de Towerbridge os ayudarán mejor a comprender la maquinaria que emplean, también hay armas de exposición, no son de verdad pero preguntad antes de coger nada —se detuvo un momento, repasando con su vista a los cadetes—. Y no olvidéis las tareas que tenéis pendientes en la ciudad. Estaremos aquí como mucho una hora, que nadie se retrase.

Sí, a Anastasya se le confió la protección de un hombre de alto estatus para una visita en el distrito de Mudleaf. Intentando grabarse los detalles a fuego en la cabeza se acercó hasta uno de los mostradores con los ojos brillando de emoción, se le iluminó el rostro cuando encontró hasta cinco modelos diferentes de rifles de fuego. Y una bala de prueba a su lado indicando las características sobre su capacidad.

—¡Oh, pero si estas cosas ya no se pueden encontrar! No me lo creo.

Uno de sus compañeros a su lado echó a reír ante su emoción.

—Mira que eres una friki de todo esto eh, Anastasya.

Le dedicó por un momento una mirada cargada de decepción y luego se giró para ver que incluso estaban exponiendo enormes cañones.

—¡Vamos, vamos, быстро (rápido)!

Lo agarró por el hombro y se lo llevó consigo. Menudo día le esperaba.
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Mensaje por Prometeo el Lun 6 Jul 2020 - 23:56

Tenía pensado pasar una corta temporada en Towerbridge para aprender más sobre las enfermedades degenerativas, así que la búsqueda de esa mujer tampoco suponía una ruptura absoluta de sus planes. Y, aunque significase un cambio completo de su panorama, no abandonaría a alguien que necesitaba su ayuda. Jamás había trabajado en algo así, pero había leído un montón de novelas detectivescas, así que tenía una mínima noción de cómo empezar. Bastaba con hacer las preguntas indicadas, llevar una gorra misteriosa y una pipa en la boca. «También necesitaré una fotografía de la desaparecida», pensó con la vista puesta en los papeles del escritorio.

El doctor Podalovski marcó el número de su colega y a los pocos minutos después apareció un hombre delgado, de ojos rasgados y nariz respingada. Si bien no era tan anciano como el doctor, tenía unas cuantas arrugas en su rostro. Vestía la típica bata de médico y al entrar saludó cordialmente a Prometeo, inclinando ligeramente la cabeza para luego tomar asiento a su lado, frente al escritorio. Se acomodó los lentes y sonrió amablemente; parecía un buen hombre.

—Buenos días, joven. Soy el doctor Jean Pierre, encantado de conocerte.

El revolucionario tomó la mano del hombre a modo de saludo y entonces respondió:

—El gusto es mío, señor. Soy Prometeo, aún estoy en proceso de formación como médico. ¿Es usted…?

—Sí, Prometeo, es el colega del que te hablaba hace un rato. Su sobrina, Eva, lleva desaparecida unos cuantos días y de verdad esperamos contar con tu ayuda. ¿Por qué no le muestras una fotografía al muchacho, Jean?

El doctor Pierre sacó una fotografía del bolsillo y se la mostró a Prometeo. Eva era una joven de unos dieciocho o diecinueve años, cabellos dorados como el oro y una sonrisa encantadora. Sus ojos parecían dos enormes esmeraldas y sus facciones estaban hechas con suavidad. Nadie podía negar lo hermosa que era, ni siquiera el homúnculo. En la fotografía se le veía muy feliz cargando una canasta de mimbre con frutas y llevando un enorme sombrero de campo.

—Mi hermana está devastada… Eva lleva desaparecida cinco días y la guardia civil no ha podido encontrarle. Tampoco es que estén haciendo su mejor esfuerzo, parece ser que sólo tienen tiempo para los nobles de la ciudad… El doctor Podalovski me dijo que buscarías a Eva, ¿es eso cierto? —Prometeo asintió—. Oh, muchísimas gracias. Ya quisiera hacerlo yo mismo, pero Mudleaf es un barrio demasiado peligroso para mí. Ten, quédate esta foto; estoy seguro de que te ayudará a encontrar a Eva.

Towerbridge tenía una división social muy marcada. La mayoría de sus distritos eran lujosos, seguros y ordenados, pero Mudleaf era ese lunar que llamaba la atención. Y no positivamente. Prometeo sabía que en esos sitios operaba contundentemente el Bajo Mundo, llevando a cabo sus nefastas operaciones y empeorando las vidas de las personas. En vez de dedicar todo ese esfuerzo, tiempo y dinero en educar a la población y construir hospitales para ellos, repartían droga y fomentaban la prostitución. La pregunta era qué hacía Eva en Mudleaf, no era un barrio que una chica común y corriente visitase por gusto.

—Haré todo lo posible para encontrar a su sobrina, señor. Comenzaré hoy mismo.
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Mensaje por Anastasya el Jue 9 Jul 2020 - 0:45

Anastasya podía jurar que se trataba de la primera vez que agarraba a alguien por el hombro para arrastrarlo consigo, tal era la emoción que la embargaba al ver todas esas reliquias que llegó a perder los estribos por un momento. Menos mal que para el alivio de su compañero la muchacha logró calmarse tras echar un vistazo a unas cuantas exposiciones más, entre las que además de armas también se ofrecieron cascos de antiguos navíos y embarcaciones.

Esos cañones eran enormes, y su diseño artístico e imponente conseguían sacar de su asombro a todos los presentes. Normalmente se utilizaban a bordo de un navío y su capacidad destructiva era asombrosa. Anastasya anotó todos esos detalles, quizá algún día le vinieran bien para el desarrollo de armas de mayor potencia.

Extendió sus brazos hasta sostener una de esas escopetas antiguas y esbozó una leve sonrisa.

—Fue mi padre quien me instruyó desde pequeña, es normal que me apasione.

Quedaba en evidencia que sus compañeros cadetes no tenían la misma destreza que ella con las armas, por lo que en ocasiones se llegaban a sentir intimidados. A continuación, uno de los encargados se fijó en su rifle Odín y se acercó con aire entusiasta. La joven marine no tuvo problema en mostrárselo, procurando dar todos los detalles posibles. La conversación se extendió tanto entre Anastasya y los ingenieros navales de los astilleros que antes de darse cuenta sus compañeros ya la apuraban para volver.

Una vez fuera del mercado el sargento los recibió. Anastasya se llevó la mano a la frente y se puso recta a modo de saludo. El verdadero motivo por el que se encontraba en English Garden no era para acudir a una exposición naval en el puerto, sino porque un noble requería de la presencia y protección de la marina para uno asuntos personales. No todos tenían el mismo encargo por supuesto, algunos debían atender otros asuntos en la capital. Pero ella debía ir con el sargento.

Tras partir caminos siguió al sargento y otros dos compañeros que si no tenían un rango más alto que ella, si parecían contar con experiencia. Atravesaron esas preciosas y bulliciosas calles durante lo que fue un breve paseo en el que Anastasya se mantuvo en absoluto silencio.

No dieron más de tres pasos tras salir de Floodport cuando un señor de bigote extravagante y atuendo elegante les llamó la atención para que subieran a un carruaje cercano, del que tiraban dos caballos sanos y fuertes.

—Vamos, subid.

Anastasya fue la segunda en subir tras uno de sus compañeros y tomó asiento. Desde ahí podía ver con claridad el exterior a través de la ventana. Una vez todos subieron, Anastasya se sintió de algún modo... apretada y algo diminuta, rodeada de hombres tan serios y fornidos. Se escuchó al conductor jalar de los caballos y el transporte comenzó a moverse.

Pudo apreciar el decorado de las calles al pasar por el distrito central. El enorme palacio rodeado por un enorme foso la dejó sin palabras y como una niña, no dejaba de observar por la ventana.

—Anastasya Seleznyova, ¿verdad? —llamó la atención el sargento mientras sacaba lo que parecía un historial de los nuevos reclutas—. Lograste desarmar a una banda pirata por tu propia cuenta y llevas sobre tus hombros el historial de tu padre. Normalmente esta no sería una misión que se le asignaría a cualquier novato, pero creemos que con tus aptitudes lo mejor será otorgarte experiencia real cuanto antes  —sacudió los folios antes de guardarlos—. El noble Oliver Jones ha requerido de nuestra presencia para ser escoltado en el distrito de Mudleaf, el único lugar de Towerbridge donde la delincuencia campa a sus anchas. Independientemente de los motivos que hayan llevado al señor Oliver a acudir a un sitio tan traicionero, seremos nosotros los que nos comprometeremos con su integridad personal, esto quiere decir que entre y vuelva a salvo del barrio. Contamos contigo, Anastasya.

La mirada tan seria del sargento la tenía intimidada. Era consciente de la importancia de la misión y eso lograba que se sintiera más orgullosa... Asintió llena de determinación.

—¡Sí, señor! ¡Cuente conmigo!

Fue por un instante, pero Anastasya pudo jurar que el sargento esbozó una ligera sonrisa.
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Mensaje por Prometeo el Jue 9 Jul 2020 - 8:11

Towerbridge era conocida por ser una de las ciudades más hermosas de todo el North Blue, o al menos eso decían sus propios habitantes. Sus enormes torres de piedra, acabadas finamente en techados puntiagudos se alzaban hasta lo alto del cielo, dando la impresión de que eran auténticos monstruos pétreos, vigilantes de la eterna noche destinados a despertar algún día. Había un sinfín de maravillas arquitectónicas hechas con dedicación, pasión y destreza, como las gigantescas catedrales ubicadas en distintas zonas de la ciudad. Pero Mudleaf…, Mudleaf era esa mancha que ensuciaba la belleza de la capital amurallada, era esa amarga pepita de limón masticada que arruina una ensalada. Allí ni las casas eran de piedra ni los suelos de adoquines, sino que más bien representaban la esencia pura de la pobreza.

A medida que Prometeo se adentraba en los peligrosos barrios marginales de Towerbridge se daba cuenta de la injusta desigualdad entre los más pobres y los ricos. Había un montón de casas al borde del colapso. Muchas de ellas eran de madera, construidas con los residuos que los ricachones de la isla arrojaban sin preocupación alguna. Incluso los hábitos de esas personas eran distintos. En vez de pasar en los lujosos restaurantes de la zona central, se sentaban en el barro cuales gárgolas a mirar todo lo que pasase frente a sus ojos. Quizás en algún momento caería un muchacho incauto, alguien demasiado inocente como para fiarse de ellos. Por otra parte, no sólo había un fuerte contraste visual entre una zona y otra, sino que el olor… La frase «La pobreza tiene olor» tomaba más sentido que nunca, y es que las calles de Mudleaf eran pestilentes y sucias. Normal, ¿no? La gente hacía sus necesidades en la vía pública sin ningún reparo, tampoco es que tuviesen el privilegio de contar con baños dentro de sus casas ni mucho menos una red de alcantarillado.

Se detuvo frente a una posada con las ventanas rotas y la miró, inquieto. Empujó la puerta, la cual chilló como un gato rabioso. Los allí presentes se voltearon de inmediato a verle. Quizás fuese su altura lo que había llamado la atención de los hombres de la taberna, o tal vez su traje aparentemente elegante. Incluso algunos podían imaginar que llevaba una decena de fajos de billetes en el maletín negro que cargaba. Sin embargo, Prometeo no se dejó intimidar y cruzó la estancia hasta sentarse en la barra. El tabernero era un hombre gordo y con el rostro arrugado, tenía una fea cicatriz en la mejilla derecha y unos pequeños ojos negros. El tipo olía fatal, pero el revolucionario pudo contener una mueca de desagrado para evitar ser descortés.

—¿Qué pasa, niño bonito? ¿Te has perdido o algo? —preguntó con malicia, acabando con una risilla espeluznante como si el hombre hubiera perdido la cordura hacía años—. Oh, ya veo… Vienes a divertirte con nuestras putas, los de tu clase son todos iguales.

Prometeo sacó la fotografía de Eva de su bolsillo y la dejó sobre el mesón.

—Buenas tardes, señor. Estoy buscando a esta chica, lleva perdida unos días y-

—¿Y a mí qué me importa? Aquí desaparece gente todos los días, no es nada nuevo. Me da igual que se haya perdido tu novia o la misma reina, si no vas a consumir nada ya puedes comenzar a mover el culo y marcharte.

Era la primera vez que alguien le hablaba con tanto… desprecio. Podía sentir la amargura, el resentimiento y el odio en la voz de ese hombre. Imaginaba que no había tenido una vida para nada sencilla, sin embargo, no era razón para que se comportase así. Prometeo bien podía ser inocente, pero tampoco era un imbécil; sabía que allí no conseguiría nada. Estaba levantándose de su asiento cuando escuchó un grito. Se volteó de inmediato y sus ojos se abrieron de par en par. ¿Cómo había pasado…? Un hombre acababa de apuñalar a la mesera solo dios sabía por qué. Ninguno de los que estaban bebiendo allí alcanzó a detenerle y el agresor se dio a la fuga.

—¡El hijo de puta apuñaló a Megan! ¡Maldita sea! —rugió un muchacho de unos veinte años.

La mujer delgada y de cabellos pelirrojos tan sucios que perfectamente podían ser grises se presionaba la herida a la altura del riñón. El chico pedía ayuda, pero nadie pensaba dársela; ninguno quería involucrarse más de la cuenta. Sin embargo, Prometeo se acercó a la víctima y dejó el maletín cerca de ella.

—Soy médico, puedo ayudar —anunció de inmediato—. Déjame ver la herida.

El chico se hizo a un lado y el revolucionario inspeccionó a la mujer. «El arma no ha alcanzado el riñón por unos pocos milímetros, pero está perdiendo demasiada sangre», pensó para sí mismo con el ceño fruncido. Abrió de inmediato el maletín y se cambió los guantes de seda negros por unos quirúrgicos. Podía coser la herida allí mismo, pero no tenía anestesia y sería un proceso demasiado doloroso. No, no podía tratar a la mujer como si fuera una bestia. De un instante a otro, una llama increíblemente bella y cálida surgió de su mano, asustando tanto al chico como a los hombres que estaban allí.

—¡¿Qué estás haciendo?! —preguntó el muchacho dispuesto a propinarle un puñetazo a Prometeo cuando vio que la herida se estaba cerrando sin poder dar crédito a lo que sus ojos contemplaban—. ¿Qué diablos…?

Luego de que las llamas hiciesen efecto, Prometeo ayudó a la mujer a tomar asiento e inspeccionó una última vez la herida. Si bien la había cerrado por completo, le entregó unos antibióticos para combatir una posible infección.

—Eres… Tú eres un ángel, ¿verdad? Debes serlo, no hay otra explicación —dijo la mesera tan sorprendida como el resto de los hombres.

—¿Un ángel…? No, señorita, se equivoca. Sólo soy un hombre tan frágil como usted —respondió y esbozó una sonrisa amigable—. Lo único que debe hacer es seguir el tratamiento que-

—E-Es que… Y-Yo no sé leer… ¡Lo siento! Por cierto, estás buscando a una chica, ¿verdad? Déjame ver la fotografía a ver si puedo compensarte de alguna forma lo que has hecho. —Prometeo le entregó la foto y la mujer asintió con la cabeza—. Ella estuvo aquí hace unos días, lo recuerdo. C-Creo…, creo que fue a cierto burdel…
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Mensaje por Anastasya el Sáb 11 Jul 2020 - 23:29

No tardaron más que un par de minutos en alcanzar la entrada del distrito Mudleaf. El carruaje y los caballos no se detuvieron de inmediato, sino que siguieron un poco más hasta detenerse frente a lo que parecía un barrio cercano. El sargento y sus dos hombres se bajaron antes que Anastasya, que por fin pudo encontrar espacio para respirar... pero se llevó una desagradable sorpresa cuando el olor de las barriadas la alcanzó. Se llevó la mano a la nariz en un intento de soportar aquello.

Desde las sombras no tardó en aparecer el noble que respondía ante el nombre de Oliver Jones. Se trataba de un hombre mayor que se acercaría a los cincuenta años de edad, parecía alto y bien alimentado, vestía una indumentaria negra con bordados dorados muy elegantes, y su cabello bien peinado le daba un aire refinado.

—Mi señor, han llegado el sargento y sus hombres. Le ruego que tenga cuidado ahí dentro. Volveré a recogerle cuando se ponga el sol.

—Muy bien, excelente —tras despedir a su mayordomo, Oliver miró por encima al sargento y a los dos hombres que le acompañaban, luego tuvo que bajar la vista para fijarse en Anastasya, ante la cual alzó una ceja con duda en el rostro. Ella se sintió presionada ante el juicio de Oliver, pero decidió mantenerse en silencio—. Me complace enormemente contar con la presencia de la marina, podría haber contratado a cualquier mercenario pero estoy seguro de que con vuestra presencia quizá logre poner orden en este estercolero —con cierta repugnancia dirigió su vista hacia el barrio—. El motivo que nos trae hoy aquí es la casa de apuestas. Tengo la afición de acudir a ella varias veces al mes, pero en Lambhill no para de rumorearse últimamente algo sobre unas desapariciones y secuestros. No quiero arriesgar mi seguridad, así que os corresponde a vosotros poner firmes a los delincuentes. Espero haber sido claro porque tú, jovencita, pareces muy menuda para llevar un arma como esa. ¿De verdad te ves capaz?

Anastasya abrió los ojos con sorpresa y antes de que pudiera responer, el sargento se le adelantó.

—Puede estar tranquilo señor Oliver. Su nombre es Anastasya y acaba de ingresar como cadete recientemente, pero cuenta con un buen historial. Logró desarmar a una banda pirata por su cuenta cuando intentaron tenderle una emboscada a su padre. Creemos que lo mejor es que gane experiencia real cuanto antes, espero que sea comprensivo con ella.

La tiradora escuchó aliviada al sargento sin levantar la voz. Parecía haberse ganado su favor, y eso la alegraba bastante. Ante la mirada de Oliver esbozó una sonrisa llena de confianza y asintió.

—Puede contar conmigo señor Oliver, está usted en buenas manos. Llevo entrenándome desde pequeña, es difícil que alguien pueda escapar de mí.

El noble pareció meditar unos momentos hasta que decidió aceptar.

—Muy bien, vamos.

Pusieron rumbo a través de las tristes calles de la barriada llamando la atención de todo el mundo, el noble por su sola presencia y los marines por su uniforme reglamentario. Ancianos, adultos y niños se asomaban de entre las ventanas y restos de basura apilados por las calles para contemplarlos con miedo.

El cabello blanco y largo de la tiradora destacó entre todo lo demás. Anastasya no dejó de observar su alrededor casi sintiendo pena, las miradas de recelo, envidia y frustración lograban que se sintiera culpable. Con lo bonita que era la ciudad, que esas personas tuviesen que vivir bajo esas condiciones tan deplorables la preocupaba. Se vio tentada a preguntar por qué nadie intentaba poner remedio, pero entonces recordó las palabras de Oliver, quizá con su actuación allí lograran cambiar algo.

En cierto punto de la calle alguien lanzó el contenido de un cubo desde la ventana. Anastasya pudo jurar que se lo habían lanzado expresamente a ella, porque gracias a sus reflejos lo vio venir apartándose en el último momento. Fuera lo que fuera aquello, apestaba a mil demonios. Entonces Oliver se dirigió hacia ella, señalándola con el dedo.

—Chica, yo que tú tendría cuidado con ese rifle que llevas encima. Si no quieres volver a verlo nunca más, claro está.

—Oh, no se preocupe señor Oliver, estaré más atenta a partir de ahora.

Bajaban por una pendiente desde la cual podía admirarse el ancho mar, cuando de pronto el sargento percibió algo.

—¡Al suelo!

El callejón se vio envuelto en una espesa y gran cortina de humo. Con el corazón latiendo a mil Anastasya escuchó los pasos de varias personas corriendo en su dirección e intentó coger a Odín para defenderse, pero fue demasiado tarde.

Un fuerte golpe por detrás la dejó sin conocimiento.
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Mensaje por Prometeo el Miér 15 Jul 2020 - 1:08

Gracias a las indicaciones de la mesera tardó sólo dos horas en llegar al establecimiento de dudosa legalidad. Se hallaba en las entrañas de las barriadas de English Garden donde la gente parecía devorar al extranjero con la mirada, lo inspeccionaban de pie a cabeza y más de alguno intentó robarle algo. Sin embargo, el porte y la fuerza que desprendía el cuerpo del fénix le ayudaron a salir de esas innecesarias situaciones sin alzar un dedo. Él estaba allí únicamente para ayudar, no para meterse en problemas ni repartir puñetazos. Por otra parte, la cantidad de mujeres en paños menores aumentaba conforme se acercaba al burdel. A pesar del frío que hacía y las condiciones deplorables del suelo, ellas iban prácticamente desnudas y lo enseñaban todo a sus potenciales clientes. Fue más de una prostituta que intentó seducir a Prometeo, pero el homúnculo carecía de apetito sexual, incluso era algo que jamás había experimentado en la vida.

Había gente aglomerada fuera del edificio de madera bebiendo cerveza y mirándoles las tetas a las mujeres que iban y venían. Desde fuera podía oírse el fiestón que tenían montado allí dentro: gemidos, gritos y cantos, había de todo un poco. Cuando el revolucionario intentó entrar al lugar un hombre le puso la mano en el pecho, preguntándole qué quería. Era un matón de revista. Medía casi dos metros y era tan robusto como un hipopótamo, llevaba un martillo a la altura de la cintura y un montón de piercings en el rostro. Tenía un mohicano negro y grasoso, además de un sombreado muy mal hecho bajo los ojos para intentar un aspecto más… intimidante.

—Estoy buscando a alguien —respondió Prometeo con su típica voz rasposa y fría, carente de vida y de emoción.

—Jamás te he visto por aquí, así que déjame decirte una cosa: no quiero problemas, ¿vale? Si te pasas de listo con alguna de nuestras chicas, te rompo las pelotas, ¿entendido?

El revolucionario le miró confuso. «¿A qué se refiere con romperme las pelotas…? Si yo no llevo ninguna pelota conmigo», pensó para sí mismo en un intento de comprender las palabras del guardia.

—En absoluto, no estoy buscando ni quiero problemas con ningún humano —contestó con un tono educado y respetuoso, sincero—. ¿Puedo pasar?

—V-Vale… Joder, hasta los niños ricos vienen a estos lugares hoy en día… La sociedad está podrida.

El guardia abrió la puerta y ante Prometeo se presentó un panorama nunca antes visto, tanto así que le costó entender lo que estaba sucediendo. Hacia su derecha había un escenario que consistía en una plataforma de madera algo más alta que el nivel de base, en la cual había una pareja de bardos tocando eufóricamente los tambores y las guitarras. Los hombres y las mujeres bailaban animosamente frente al escenario, derramando cerveza y deteniéndose de vez en cuando para besarse. Pero lo que más le sorprendió fueron las parejas teniendo sexo sobre las mesas, en las paredes e incluso en la barra donde los solitarios intentaban pasar las penas.

«¿Por qué la señorita Eva habrá estado en este lugar?», se preguntó con el ceño fruncido. Fue entonces que una mujer con las tetas al aire se le acercó, una pelirroja de infarto muy delgada y alta con unos fabulosos ojos celestes. Pasó suavemente sus dedos por el pecho de Prometeo y acercó su boca para susurrarle al oído:

—Me gustaría pasarlo bien contigo, muchacho, ¿por qué no me acompañas a la habitación?

—Lo siento, señorita, estoy buscando a alguien. —Puede que la respuesta del revolucionario hubiese sido la que sorprendió a la prostituta, o quizás su tono extrañamente educado y jovial.

—Oh, v-vale… C-Cualquier cosa estaré por aquí…

Caminó hacia la barra y pidió un vaso de agua, pero el hombre del burdel le miró feo y le sirvió una cerveza.

—Aquí no servimos mariconadas.
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Mensaje por Anastasya el Vie 17 Jul 2020 - 1:31

Todo era borroso y confuso para Anastasya. Empezaba a recobrar la conciencia pero sentía el cuerpo muy pesado y la cabeza le dolía horrores. Lo primero que sintió fue el suave tacto del colchón que tenía bajo ella misma, después escuchó unas voces nerviosas de fondo pero sin entender nada de lo que decían. Expresó un gemido de cansancio cuando intentó llevarse la mano a la cabeza sin saber donde estaba, y en ese momento unos pasos firmes y profundos resonaron sobre el suelo de madera a su lado, como si de unas botas grandes y pesadas se tratara. Lo siguiente fue un fuerte tirón del pelo que la levantó de golpe, ante lo cual la joven cadete no pudo hacer otra cosa que expresar dolor.

—Está despertando —volvió a tirar de ella hacia adelante para que quien quiera que fuese que estuviese allí la viera bien—. ¿Cómo se os ocurre secuestrar a una marine para los experimentos? Como si no hubiese suficientes putas sin futuro ni familia por aquí.

—Pero... ¡Oh, vamos! ¿Has visto el rifle que llevaba? Era justo lo que estábamos esperando.

A medida que Anastasya escuchaba la conversación, también iba recobrando los sentidos, la luz empezaba a alcanzar sus ojos y conseguía distinguir varias siluetas. Pudo jurar que delante de ella tenía a dos hombres, con el que la sujetaba del pelo hacían tres.

—Muy bien, un par de días y volveremos a por ella. Parece lo suficientemente joven como para que algunos se encaprichen por su falta de experiencia, así que aseguraos de tratarla bien.

Y la soltó con un brusco movimiento de mano, dejando que Anastasya cayera sobre la cama. Los hombres hablaron poco más y se marcharon por la puerta. Durante ese tiempo que la chica pasó dentro del dormitorio reflexionó, intentando recordar donde se encontraba y que la había llevado hasta allí. Sabía que su padre le estaba terminando de hacer la carta de recomendación para ingresar en la marina, y de que Claudia estaba buscando marido pero... ¿Sería aquel el burdel del pueblo?

Se incorporó y miró con detalle a su alrededor, parecía una habitación acogedora... si no fuera porque estaba en ropa interior. Se analizó el cuerpo de inmediato, buscando signos de que le hubiesen hecho algo, pero parecía estar en perfecto estado. Al lado, junto al armario, encontró lo que parecía un conjunto apretado y muy sugerente, colocado con sutileza, como invitándola a probarlo. El armario estaba vacío como pudo comprobar, así que solo contaba con eso.

Tragó saliva con incomodidad y se acercó hasta el vestido, sintiendo su tacto suave entre los dedos. En ese momento se abrió la puerta y Anastasya pegó un saltito del susto. Delgado y no muy alto, el hombre llevaba unas gafas negras que impedían discernir con detalle su expresión, su cabello rubio y alborotado le indicaban que quizá era un hombre demasiado ocupado como para ocuparse de su imagen, pero lo que le resultó desagradable fue todos esos anillos y colgantes de oro que llevaba encima. Menudas pintas.

—Ah, así que ya sabes lo que tienes que hacer —se recostó sobre el marco de la puerta—. Mira, voy a ser claro: estarás aquí unos días, después vendrán a por ti y te llevarán a no sé donde. Lo mejor es que no hagas preguntas y te limites a hacer tu trabajo, ahí fuera hay fiesta y alcohol, los clientes buscan lo que buscan, y viendo lo calladita que pareces, mi consejo sería que te mostrases un poco tímida y accesible, eso gustará a algunos. Mientras estés aquí tendrás que seguir las normas, y lo mejor es que te calles la boca y no hagas preguntas —la señaló con el dedo con extrema seriedad—. Los que vendrán a por ti en unos días son peores que cualquiera que te vayas a encontrar por aquí, así que si piensas que esta situación es dura, piensa que lo peor está por llegar. Así que espabila.

El hombre dejó la puerta media abierta para que Anastasya terminara de prepararse. Ella no sabía qué estaba pasando, ni siquiera si era real lo que estaba viviendo, nunca antes había visto aquel hombre en su pueblo y no conocía más mundo que el de su ciudad natal. En cualquier caso, llegó a la conclusión de que debía mantener la cabeza fría e intentar seguirles el juego, pero tenía miedo. Cogió el vestido y se lo puso encima, después se aventuró hasta la salida.

El hombre la miró de arriba a abajo y asintió con aprobación, después cerró la puerta y la acompañó escaleras abajo, donde ya podía escucharse el alboroto de la gente y la música. Una vez en el salón principal, comprobó con horror la escena que tenía delante...

No, ella no era capaz de vender su cuerpo y su dignidad de esa manera. Bajó la cabeza, casi como si estuviera a punto de romper a llorar allí mismo.

—Venga, ten en mente todo lo que te he dicho, no puedes negarte. Y nosotros no somos los peores, los que vendrán a por ti dentro de unos días, sí lo son. Así que obedece.

Anastasya asintió casi como si quisiera quitárselo de encima, se aventuró a caminar entre las mesas con la cabeza baja y una postura tímida, aterrada. No tardaron en echarle el ojo y un hombre regordete la agarró por la muñeca desde su asiento.

—Anda, se te ve muy cohíbida pequeña, ¿por qué no te sientas aquí conmigo y tomamos algo?

—No señor, no...

Se vio interrumpida cuando un hombre que iba acompañado por más señoritas le pegó una nalgada desde la mesa de atrás. Ambos hombres se echaron a reir ante la indignación que mostró Anastasya en ese momento. La tiradora alzó la vista y cruzó sus ojos con otro chico bastante joven que estaba sentado en la barra tomándose una cerveza. Empezó a sentir ansiedad, dio un paso adelante pero el hombre regordete que la mantenía sujeta por la muñeca la agarró con más fuerza.

—¿A dónde vas preciosa?

—No, por favor... L-le ruego que... Ahora mismo no puedo.

Era la primera vez en su vida que lo pasaba tan mal.
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Mensaje por Prometeo el Vie 17 Jul 2020 - 3:30

El tabernero dejó caer con una brusquedad desmedida la jarra de cerveza sobre el mesón, como si con ello estuviera quitándose los problemas de encima. Prometeo estudió la calidad de la bebida con la mirada. Demasiada espuma y la cerveza tenía un mal color, perfectamente podía confundirse con orina de gato. De ninguna manera bebería eso. Su paladar era tan fino que una “monstruosidad culinaria” como esa le provocaría un fuerte impacto, tanto que caería inconsciente tras el primer sorbo. Le había pasado luego de comerse la fruta del diablo. Y fue una experiencia horrible. Ni siquiera los maravillosos y costosos condimentos que llevaba en el interior de su maletín arreglarían ese brebaje mal preparado. Y tampoco hizo falta.

La pareja que estaba teniendo relaciones sexuales a su lado se acercó aún más, y una de las piernas de la mujer golpeó la cerveza. El revolucionario tuvo que correrse para dejar de respirar el fétido olor que desprendían sus cuerpos.

—¡Maldita sea, si quieren follar como putos conejos, alquilen un maldito cuarto! —rugió el cantinero, golpeando el mesón.

Prometeo sacó la fotografía de Eva para hacer más nítida la imagen guardad en su cabeza. «No parece ser alguien que visite recurrentemente estos lugares… ¿Por qué habrá venido?», volvió a preguntarse. Podía preguntarle al tabernero sobre la chica que buscaba, pero el hombre había demostrado ya ser un cretino. No le gustaba pensar así de la gente, sin embargo, una de las misiones principales de un cocinero era cumplir las demandas del cliente, embriagar sus papilas gustativas y seducir su olfato. Y el cantinero había fallado en ambas cosas. Incluso seguía refunfuñando como si odiase la vida que llevaba, y eso sí que podía entenderlo.

Se volteó y apoyó la espalda en la barra para luego soltar otro suspiro. «¿Dónde estás, Eva?». Si se hubiera dado vuelta solo un segundo más tarde, no habría visto a la aterrada jovencita que caminaba con una postura tímida. Un hombre entrado en carnes y el rostro tan rojo como un tomate por culpa del alcohol le agarró de la muñeca. Había tanto ruido que Prometeo no pudo oír sus palabras, pero no le hizo falta: sabía que estaba muy incómoda. Y otro hombre le dio una palmada en el trasero mientras el gordo le seguía sosteniendo. A diferencia de las mujeres que había allí, la chica de cabellos plateados como la luna era la única que no se lo estaba pasando bien.

Una sensación de inquietud invadió el cuerpo de Prometeo. Era como si estuviera sintiendo algo que no le pertenecía. Y no era la primera vez que le pasaba. Experimentó la misma sensación por primera vez en casa del lanista Lancaster. En ese entonces sintió el miedo y el dolor de los hombres que alzaban sus armas los unos contra los otros, sintió la muerte que recorrió hasta el último rincón del salón. Fue como una tormenta de emociones que le golpeaba desde todos lados, sin embargo, ahora era más bien como un lazo que le ataba a esa chica. La expresión de pavor en su rostro despertó todas las alarmas en Prometeo y una sola pregunta se le pasó por la cabeza: «¿Qué haría el señor Gelatina en mi lugar?». Probablemente cogería el mesón y se lo estamparía en la cabeza a los acosadores, pero el albino no era tan violento como su mentor.

Comenzó a alejarse del mesón en dirección a la chica. Tenía toda la intención de intervenir, pero no sabía cómo hacerlo. ¿De verdad podría hablar con esos hombres y hacerles entender que la estaban incomodando? El mundo ya se estaba encargando de demostrarle que no todos los humanos eran buenos, pero…

—¿Se encuentra bien, señorita? —le preguntó, ofreciéndole una mano amiga en la que apoyarse y una sonrisa amigable que no terminaba de calzar con su voz tosca y profunda, seca. Entonces, elevó la mirada hacia los hombres con el ceño fruncido—. Desde el mesón les vi molestar a esta jovencita, señores. No está bien, ¿es que acaso no han visto lo asustada que está?

El revolucionario se quitó el abrigo y se lo ofreció a la señorita. Incluso alguien con sus habilidades sociales tan poco pulidas podía darse cuenta de que no estaba contenta con sus vestimentas.

—Debería darles vergüenza actuar de una manera tan deshonrosa e irrespetuosa.

Los hombres intercambiaron miradas y luego estallaron en carcajadas.

—¡Pero qué mierdas dices, chaval! Esto es un puterío, por si no te has dado cuenta, y todas las mujeres que hay aquí están al servicio de nuestros penes, ¿me sigues? —respondió el obeso mientras una de sus manos tocaba plácidamente uno de los senos de la prostituta más cercana—. Ve a divertirte y deja de tocarme las putas pelotas, ¿vale? Si quiero tocarle el culo a esta, voy y lo hago.

El hombre alzó su mano con la intención de darle una nalgada a la joven, pero Prometeo le cogió de la muñeca antes de que pudiera dársela.

—Oe, en serio, empiezas a cabrearme.

Era muy consciente de que podía darles una paliza y ayudar a la chica a salir de allí, por algo le habían entrenado y formado como una verdadera máquina de guerra. Pero no quería hacerles daño. A pesar de que eran unas criaturas repugnantes por su trato con las mujeres, merecían una segunda oportunidad. Fue entonces cuando miró los ojos de la chica que se dio cuenta de algo.

—¿Estás enferma? —le preguntó y entonces echó un ojo a todo el lugar—. Considerando la precariedad de este edificio es muy probable que lo estés… Hay todo tipo de enfermedades, pero es común encontrar casos de enfermedades de transmisión sexual en un sitio como este. —Miró al hombre entrado en carnes—. Todas son contagiosas y sus síntomas son muy dolorosos para los hombres.

—P-Pero d-de qué hablas… ¡Joder! Si la puta me va a dar tantos problemas ya no la quiero. Venga, chaval, diviértete con ella jugando a ser el héroe y deja de tocarme los huevos. Desaparece de mi vista.

Tenía el suficiente conocimiento médico para saber que esa chica no tenía sus sentidos intactos, aunque era imposible saber con un solo vistazo si tenía o no una enfermedad venérea. ¿Había mentido…? No, para nada. Sólo había hecho un análisis interpretado equívocamente por el acosador.
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Mensaje por Anastasya el Lun 20 Jul 2020 - 12:42

Desde luego no podía estar pasándolo peor. Todavía sujeta por el hombre, Anastasya intentó forcejear pero apenas tenía fuerzas para librarse de él. Todo le resultaba confuso, ni siquiera sabía donde estaba o como había acabado allí. Hasta que la voz de un joven muchacho atrapó su atención. Era el mismo chico de la barra, y viendo la clase de personas que frecuentaban el lugar se temió lo peor... hasta que el joven le tendió la mano y la saludó con educación.

Por supuesto, la presencia del chico enfureció al otro que la estaba acosando y antes de darse cuenta ya se estaba desatando una discusión delante de ella. Ante la actitud caballerosa del desconocido Anastasya no pudo negar que llegó a sentirse mejor pero seguía sin fiarse de él, y el hombre, irritado, la terminó soltando.

Se sintió confusa cuando el caballero le preguntó si estaba enferma.

Y entonces sintió un fuerte dolor de cabeza, un pinchazo que casi la dejó de rodillas en el suelo. Un torrente de recuerdos cruzó por su mente de golpe... La marina, el noble Oliver Jones, el paseo por el distrito de Mudleaf hasta la casa de apuestas...

Todavía jadeaba con fuerza, pero gracias a que el chico la sostenía podía mantenerse en pie. Le miró a los ojos con cansancio, y luego observó en derredor con cierto nerviosismo, por si encontraba a aquel hombre tan desagradable de las gafas negras espiándola. Miró al joven caballeroso que tenía delante, aun sin saber si debía confiar en él, o si solo se escondía tras esa actitud para atraer a jóvenes incautas como ella. Porque al final... todos iban a ese sitio a por lo mismo.

—Necesito ayuda... ¿Puedes acompañarme hasta una habitación? —le miró casi con ojos de súplica, quizá, si jugaba bien sus cartas pudiese encontrar la manera de escapar de allí. Esperó su respuesta, en caso de encontrarse con alguna negativa Anastasya frunciría el ceño y tiraría más de él para que la siguiera. Ambos se alejaron del centro de la fiesta y tras subir un par de escalones entraron en uno de los cuartos.

Agotada por la experencia que acababa de vivir, Anastasya se sentó sobre la cama, aun con el abrigo del chico encima y le confesó con nerviosismo.

—Mi nombre es Anastasya Seleznyova, y soy cadete de la marina. Estaba de servicio en el distrito de Mudleaf cuando nos atacaron... lo siguiente que recuerdo es despertarme aquí y en estas circunstancias —se detuvo un momento para coger aire, intentando interpretar bien la expresión del joven—. Me han amenazado con hacerme daño si no cumplo con mi trabajo, por eso te lo pido, ayúdame a salir de aquí. Necesito volver.

Se llevó una mano al pecho, esperando que aquel joven fuera de fiar.
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Mensaje por Prometeo el Mar 21 Jul 2020 - 3:00

Suspiró con alivio luego de que los hombres finalmente desistiesen de continuar acosando a la joven de cabellos plateados. Por otra parte, tampoco hacía falta ser demasiado observador para fijarse que ella no pertenecía a un lugar como ese, así que era improbable que supiera algo sobre el paradero de la señorita Eva. Poco a poco se daba cuenta de que el hombre era capaz de hacer cosas horribles, cosas que mancillaban profundamente el concepto de humanidad que él tenía. «Quizás es una de esas chicas desaparecidas de las que se habla…», se dijo a sí mismo, devolviéndole la mirada. ¿Y cómo podía rechazar la petición de la señorita? Se le veía asustada, inquieta y angustiada. Si podía hacer algo para ayudar, pues continuaría ofreciendo su mano.

—Por supuesto, voy detrás de usted.

Prometeo se encaminó hacia la escalera de madera, ignorando los comentarios venenosos de los hombres con los que acababa de hablar. A diferencia de ellos, no subía peldaño a peldaño con la esperanza de follar y responder a sus instintos primitivos que, por cierto, ni siquiera tenía. En su mente pasaba únicamente la idea de poder ser de ayuda, nada más.

La habitación conservaba un aire pestilente, una mezcla entre alcohol, tabaco y sexo. Al menos la cama con mantas rojas estaba tendida. Había ciertas imperfecciones en el suelo de madera y no había puerta, sino que una cortina servía como separador. La higiene, por otra parte, era una de las últimas cosas que le interesaban al dueño del burdel. ¿Quitar las jarras usadas y medio servidas de la habitación? Qué va, eso que lo hicieran los esnobs. Tampoco parecía importarle que la gente estuviese dejando sus prendas sucias en el lugar, pues había calcetines rotos y calzones tan sucios como si hubiesen sido bañados en barro.

Se mantuvo de brazos cruzados en el dintel de la puerta, observando con expresión serena a la señorita, a quien prontamente conocería como Anastasya Seleznyova. A sus oídos el nombre sonaba maravilloso. Las palabras trajeron consigo una noticia que alarmaría a cualquier revolucionario: estaba frente a una cadete de la Marina, un integrante del cuerpo militar del Gobierno Mundial. La enemistad entre ambas facciones trascendía al tiempo, cientos de interminables batallas se habían librado en el pasado y, de hecho, seguían corriendo ríos de sangre por una disputa que podía resolverse de una manera mucho más inteligente. Si Prometeo fuese como cualquier otro compañero, le habría dado la espalda en ese minuto y se habría marchado por donde había entrado. Sin embargo, se mantenía leal a sus principios y ante sus ojos solo había una chica que necesitaba ayuda. Y Prometeo había jurado que protegería a la humanidad sin importar títulos ni bandos.

—Creo que puedo sacarle de aquí sin llamar la atención de esa gente que le ha amenazado. Y no se preocupe, mientras permanezca a mi lado no dejaré que nadie le haga daño —le aseguró con una férrea convicción reflejada en sus ojos—. Le llevaré a un lugar seguro donde pueda reunirse con sus compañeros. —Prometeo inmediatamente después sacó la fotografía de la señorita Eva y se la enseñó a la marine—. Entiendo que no es el momento adecuado para preguntar, sin embargo, me veo en la necesidad de hacerlo. Estoy en medio de una investigación y estoy buscando a la chica de la fotografía. He estado siguiendo una única pista y por ello acabé en este lugar… Quizás usted sepa algo sobre su paradero, cualquier detalle, por mínimo que sea, me será de ayuda.
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Mensaje por Anastasya el Sáb 25 Jul 2020 - 18:32

Anastasya esperó con el corazón a punto de salírsele del pecho. Fueron unos instantes tensos y llenos de silencio hasta que el joven se pronunció. Las palabras de Prometeo la aliviaron un montón... Iba a ayudarla a salir del burdel para reunirse con sus compañeros. Entonces recordó al sargento, que no paró de hablar acerca de su historial, y temió que su impresión fuese a cambiar por haberse dejado capturar con tanta facilidad. Anastasya deseó, por un momento, que pudiese enmendar su situación para que la reconocieran como era debido si lograba volver.

La tiradora, ahora con aquel atuendo que le arrebataba toda su dignidad, miraba cabizbaja al suelo mientras meditaba acerca de lo que iba a decir cuando volviera con sus compañeros, pero fueron los pasos de Prometeo que se acercaba hasta ella los que la sacaron de su trance. Sin entender bien lo que hacía, el chico le puso la foto de una chica rubia llamada Eva delante de sus ojos y le explicó su situación. Estaba investigando la desaparición de Eva y las pistas lo habían llevado hasta ese sitio. Anastasya al principio pensó en negar con la cabeza, en decir que no la conocía de nada, pero los detalles que escuchó de la conversación entre sus captores se le pasaron por la mente.

—Déjame ver... —sujetó la foto por unos momentos, observando bien a Eva. Aunque Anastasya parecía estar todavía algo mareada y confusa, procuró expresarse lo mejor que pudo—. No la conozco pero... creo que puedo ayudarte. Cuando me desperté aquí unos hombres estuvieron hablando acerca de unos experimentos y de que volverían a por mí. Sé que es peligroso, pero si esto está relacionado con las desapariciones lo mejor será que me deje llevar por ellos.

A continuación Anastasya se intentó poner de pie con algo de dificultad, devolviéndole la foto al joven. Después se colocó ante él y se puso recta, a modo de saludo.

—Tú me has ayudado, me gustaría devolverte el favor. Y como cadete de la marina, tengo mis razones personales para querer ayudarte —pensó en las desapariciones que mencionó Oliver Jones al entrar en Mudleaf, y en las pobres condiciones en las que vivían los ciudadanos del barrio más pobre de English Garden... Si podía ofrecer ayuda para cambiar las cosas, así lo haría—. Sin embargo... mi rifle, me quitaron mi rifle y no sé donde podrían haberlo llevado. Sin él, digamos que no te sirvo para nada —desvió la vista por un momento, para mirar luego a Prometeo con decisión—. Igualmente, si vamos a arriesgarnos con esto, lo mejor será salir de aquí sin levantar sospechas... No podemos hacer mucho estando aquí dentro. ¿Qué dices?

Esperó una respuesta de confirmación de su acompañante, era la primera vez desde que había capturado a esa banda pirata ella sola que se mostraba tan decidida y centrada en descubrir lo que se estaba cociendo en Mudleaf.
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Mensaje por Prometeo el Mar 28 Jul 2020 - 22:22

Prometeo frunció el ceño ante las palabras de la joven de cabellos plateados. No estaba dispuesto a usarle de cebo para encontrar información sobre Eva, pero inmediatamente entendió que no dependía de su decisión. Los ojos de Anastasya expresaban determinación, una convicción que había visto muy pocas veces. Tampoco podía rechazar la ayuda de una mujer que, incluso estando en grandes problemas, estaba dispuesta a ayudar a un desconocido. Así que no ofendería su voluntad, por lo que asintió con la cabeza.

—Está bien, trabajaremos juntos en esto —dijo el revolucionario, mirándole directamente a los ojos—. Aún no me he presentado, señorita. Mi nombre es Prometeo.

Ahora sabía más o menos hacia dónde dirigir su búsqueda. Si los secuestradores de la señorita Anastasya estaban involucrados, acabaría encontrando a Eva. Pero primero debía planificar las cosas en su cabeza. Ya no se trataba solo de una chica desaparecida, sino que lo más probable es que hubiera peligros relacionados con los bajos fondos de English Garden. Había visto maldad suficiente en la isla como para saber que Mudleaf no estaba exenta de ella. «Primero lo primero: recuperar el rifle de la señorita Anastasya. Aunque la verdadera pregunta es dónde está...».

—Si yo fuera un ladrón de los bajos fondos, me habría llevado su arma lejos de usted y la estaría vendiendo en el mercado negro. Sin embargo, actualmente es como buscar una aguja en un pajar… —Prometeo se sintió muy orgulloso de sí mismo por haber usado una metáfora tan compleja. Poco a poco comenzaba a entender la lengua humana en todo su esplendor—. Necesitamos una pista, cualquier cosa que acote la búsqueda. Y debemos encontrar su rifle antes de que sus secuestradores vuelvan a por usted.

Prometeo inspeccionó la habitación una vez más, encontrándose con una ventana más o menos grande que daba hacia la calle. Podían usarla para salir del burdel sin llamar la atención. Afortunadamente, esta daba hacia un callejón medianamente oscuro y completamente vacío. Seguramente los dueños no pensaban en que sus prostitutas o clientes fuesen a escapar, después de todo, era una caía de más de tres metros. Pero Prometeo no era lo uno ni lo otro, algo así no suponía en absoluto un problema para él.

—¿Usamos la ventana para escapar? —le preguntó a la señorita.

En caso de que la chica de cabellos plateados se mostrase de acuerdo, abriría la ventana y estudiaría un momento el callejón. Suerte que Prometeo era flexible, de lo contrario, no cabría en un espacio tan reducido. Colocó sus manos en el borde de esta y entonces quedó colgando. Había solo un metro entre sus pies y el suelo. Se soltó y flexionó las piernas para amortiguar la caída. Miró hacia arriba, esperando que la señorita se asomase, y estiró los brazos.

—La atraparé —le aseguró.
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Mensaje por Anastasya el Vie 31 Jul 2020 - 18:28

Ante la mirada de determinación de Anastasya, el joven de cabello blanquecino decidió tomar la decisión de ayudarla en esa aventura tan peligrosa. Después se presentó como Prometeo, un nombre nuevo para la chica.

—Encantada Prometeo —le correspondió con una leve inclinación de cabeza.

Sabiendo que los secuestradores podían haberse llevado a Odín a cualquier parte, resultaba difícil tomar una decisión inmediata. Y aunque a Anastasya no le suponía un problema utilizar otra arma, sí era verdad que le tenía mucho cariño a Odín. Ella todavía andaba cabizbaja con la mano en el mentón cuando Prometeo se acercó hasta la ventana para proponer la idea de escapar por ahí. La tiradora observó como se las apañaba para cruzar hasta el otro lado y caía al suelo sin problemas.

Ella se asomó, pero no esperó verse interrumpida por unos fuertes golpes en la puerta que requerían de su presencia. El pulso se le aceleró y cerró la ventana por instinto, acercándose hasta la puerta.

—Lo siento, está ocupado.

—Ah, bien, estás ahí. Me alegra verte trabajando —esa voz ronca y masculina le indicó que se trataba de aquel hombre desagradable de las gafas—. Hay un cambio de planes, vendrán a por ti esta noche a la diez en punto. Procura estar presentable.

Anastasya escuchó sus pasos alejarse al otro lado de la puerta. Comprendió que solo tenía hasta la noche para encontrar a Odín, o hacerse con un arma que le valiese para poder defenderse. Se dio la vuelta y volvió hasta la ventana, donde encontró a Prometeo todavía esperando y posiblemente confuso. Se armó de valor y dejó caer su cuerpo sobre sus brazos.

—Lo siento por cerrar la ventana de forma tan repentina. Ese hombre me ha dicho que vendrán a por mí esta noche… —la mirada preocupada de Anastasya lo decía todo, una vez Prometeo la ayudó a reincorporarse volvió a dirigirse a él—. ¿No te importa si me quedo con tu abrigo? Me sentiría incómoda yendo con esas pintas.

Una vez salieron del callejón volvieron al distrito de Mudleaf… todavía quedaban unas horas para que se pusiese el sol, tenían tiempo. Entonces, un hombre con aspecto de no ser demasiado rico ni demasiado pobre que pasaba por allí le susurró a la acompañante que iba con él.

—Parece hoy van a ofrecer cosas interesantes en la casa de apuestas, ¿qué te parece? Podríamos ir a mirar.

Y Anastasya recordó entonces la casa de apuestas, se acordó de su sargento y del noble Oliver. Con determinación en su mirada, la chica volvió a pronunciarse, parecía que en situaciones serias se la veía más centrada y menos callada.

—La casa de apuestas… allí es donde debería estar yo. Mi misión era escoltar a un noble con la ayuda del sargento y sus hombres, quizá estén allí, pero si vamos a hacer esto es mejor que no me descubran. ¿Crees que sería buena idea colarnos entre la multitud? —entonces se fijó en su compañero y se dio cuenta de una cosa—. Oh, perdona, me acabo de dar cuenta… yo solo soy una cadete de la marina y he recibido un entrenamiento, pero tú Prometeo… quizá esto sea demasiado para ti.

Porque, al fin y al cabo, aunque Prometeo mantenía promesas de protegerla… él no parecía un auténtico luchador sino un joven corriente, a diferencia de ella, que podía apañárselas con un arma de tiro y llevaba un entrenamiento a sus espaldas. Se adelantó unos pasos hasta la calle y esperó una respuesta por su parte.
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Mensaje por Prometeo el Vie 31 Jul 2020 - 23:04

Recibió a la señorita Anastasya entre sus brazos y la miró a sus ojos mientras escuchaba su voz. Estaba seguro de que ningún hombre en todo el mundo podía negar la belleza de ese rostro. La contempló durante un efímero segundo como si fuera un adolescente enamorado y luego le ayudó a incorporarse, agachándose un poco para que sus pies encontrasen el suelo.

—¿Esta noche…? Aún tenemos tiempo para encontrar su rifle y volver. Entiendo que pueda tener miedo, pero haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarle —le aseguró, esperando aliviar un poco su preocupación. La señorita Anastasya haría el trabajo más peligroso, después de todo—. Quédese con el abrigo, por favor. Pronto comenzará a hacer frío y no quisiera que enfermase.

Abandonaron el callejón y el revolucionario se mantuvo cerca de la señorita de cabellos plateados en todo momento. Debía mantenerse alerta, pues incluso alguien tan inocente como él sabía que esos barrios eran peligrosos. Fue entonces que una pareja pasó cerca de ellos, comentando algo sobre una subasta.

Escuchó las palabras de su acompañante y adoptó una postura pensativa. ¿Buena idea colarse…? Si bien la infiltración no era su fuerte, con algo de dedicación podría hacerlo. Iba vestido apropiadamente para un evento como ese, aunque los zapatos llenos de barros le restaban cierta… elegancia. Ahora, ¿la intención de Anastasya era entrar a la casa y recuperar de mala manera lo que en principio era suyo? Sería arriesgado, pero tampoco había demasiadas opciones. No llevaba demasiado dinero en su maletín, sino más bien herramientas de cocina y el equipo de médico (bisturíes, hilos, medicamentos, esas cosas).

Sonrió ante el último comentario de la señorita Anastasya con cierta diversión. Ella no sabía, por supuesto, que Prometeo era una máquina de guerra creada por el propio Gobierno Mundial. Sus huesos estaban modificados de manera tal que eran aún más resistentes y duros que el propio hierro. También poseía células especializadas que le permitían generar electricidad. Y eso que no estaba contando todavía el poder que le otorgaba su fruta del diablo. ¿Qué pensaría su acompañante una vez le viera transformarse en un gigantesco fénix? Las frutas del diablo tipo zoan mítica eran realmente extrañas, una verdadera rareza de la naturaleza, algo que jamás se vería en un Blue.

—Gracias por preocuparse, estaré bien. Ciertamente he recibido instrucción en el sendero de las artes marciales —contestó con un intento de sonrisa y entonces miró a Anastasya—. He oído que las subastas son eventos exclusivos, y los seres humanos juzgan a los demás basándose en las apariencias. Es recomendable ir bien vestidos, ¿no? Ahora mismo no traigo mucho dinero conmigo, pero creo tener lo suficiente para comprarle un vestido.

En caso de que la joven de cabellos plateados aceptase la propuesta de Prometeo, junto a ella buscaría una tienda más o menos decente para adquirir una prenda más apropiada para ella, algo más elegante que un mero abrigo. Y luego se dirigiría a la casa de subastas.
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Mensaje por Anastasya el Vie 7 Ago 2020 - 0:25

Anastasya se llevó una sorpresa cuando Prometeo le confirmó que sabía artes marciales, a primera vista nunca lo hubiese imaginado y podía sentirse más tranquila. No estaba obligando al chico a meterse en una batalla de la que podía salir herido. Y tan centrada estaba en la subasta que no le resultó extraña la forma de hablar de Prometeo, sino que permaneció sorprendida por el hecho de que le fuese a comprar ropa.

—Oh… ¿Lo dices en serio? —primero pensó en rechazar esa oferta tan directa, pero luego se miró las pintas que llevaba y supo que no tenía alternativa—. Te lo agradezco mucho, Prometeo.

Con una leve sonrisa en el rostro se aventuró hasta la calle principal, donde las gentes empezaban a ir cuesta abajo, hasta la otra punta de Mudleaf donde se celebraría el evento. Miró a su alrededor esperando no encontrarse a ningún conocido, ya fuera enemigo o aliado, y volvió a girarse hacia el chico.

—Desconozco si por aquí habrá alguna tienda donde podamos abastecernos, es mi primera vez en English Garden, pero por lo que he podido ver en Mudleaf viven con condiciones precarias —expresó con cierta preocupación. Lo cierto era que como marine se sentía responsable, quizá porque ahora tenía suficiente autoridad como para intentar cambiar las cosas a mejor—. Todavía tenemos tiempo hasta el anochecer, podríamos ir hasta Marblesquare, parece el sitio más asequible. ¿Te parece bien?

Ambos se pusieron en marcha y volvieron sobre sus pasos hasta la entrada de Mudleaf, donde Anastasya pudo volver a apreciar en la distancia la maravilla arquitectónica que era esa ciudad. A medida que se fueron adentrando en la misma, sus ojos no pararon de brillar más y más. Y durante el paseo, decidió entablar conversación con su compañero, sabiendo que las presentaciones habían sido un poco apuradas.

—Así que Prometeo… Y dime, ¿vives aquí, quién te enseñó a defenderte? —le preguntó sin venir a cuento, para a continuación darse a conocer mejor—. A mí me enseñó mi padre, vengo de una isla portuaria mucho más al norte, él fue quien me entregó a Odín, el rifle. Además de tiradora, también soy artillera, aunque todavía no cuento con demasiada experiencia… Ahora que lo pienso, ha sido un golpe de suerte habernos encontrado, todavía me cuesta creer lo que pasó…

Parecía que a pesar de tener el rostro iluminado por esas catedrales tan grandes, se notaba que seguía consternada por la situación. El distrito de Marblesquare estaba lleno de vida, tanto que la preocupación de Anastasya no tardó en disiparse. Se adelantó hasta una tienda de ropa y animada, invitó a su compañero a comprarse algo también.

—¿Te animas?
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Mensaje por Prometeo el Lun 10 Ago 2020 - 2:31

Escuchó con gusto y un genuino interés las palabras de su acompañante, preguntándose qué se sentiría tener un padre. Supuso que él también tenía uno, aunque no lo conocía. El doctor Weidenberg era su creador y, a pesar de que su nacimiento era distinto a la génesis de la vida, tenía suficientes similitudes para considerarlo un padre. Por otra parte, no sabía cuánto debía revelar de su propia identidad. La señorita Anastasya trabajaba para el cuerpo militar del Gobierno Mundial, y él era una máquina defectuosa que había huido. No quería meter en problemas a la doctora Elizabeth, quien lo había arriesgado todo por Prometeo, pero sentía que podía confiar en la chica de los cabellos plateados.

—Parece saber muchas cosas… Es una soldado, tiene conocimientos de ingeniería y artillería, además sabe disparar un arma. Eso es admirable —le comentó con una absoluta franqueza—. Por mi parte… —Cortó sus propias palabras y dejó de caminar. La había conocido hacía poco, pero sentía que podía confiar en ella—. Nací en una instalación científica del Gobierno Mundial no muy lejos de English Garden. Solo salía de la Jaula de Cristal para recibir el entrenamiento del Monje de los Cien Ojos, y luego volvía para los experimentos. —No había tristeza ni nostalgia en su voz, simplemente no había nada—. El hombre a cargo del programa, el señor Morello, intentó hacer de mí una máquina de guerra que acabaría finalmente con la era de la piratería. Pero todo resultó de una manera diferente… Puedo defenderme, señorita Anastasya, y también sanar a los heridos con mis llamas —le mencionó, revelando un pequeño fuego fatuo celeste en su mano que enseguida hizo desaparecer.

Si bien confiaba en la humanidad porque creía que esta era buena desde su concepción, no le resultaba sencillo hablar de un pasado del que no estaba todo seguro, del que muchos podían juzgarlo. Había omitido detalles, sí, y se sentía mal por ello, pero necesitaba mantener segura a todos ellos que decidieron creer en él. No había nombrado su génesis artificial, tampoco que era un humano modificado con la fuerza y resistencias suficientes para estar muy por encima del promedio. Se había guardado secretos para sí mismo por miedo a ser juzgado.

En caso de que la señorita Anastasya quisiera seguir compartiendo con él, la acompañaría con mucho agrado a la tienda. Había de todo un poco: vestidos elegantes y ostentosos, algunos delgados y más simples, incluso había unos que tenían faldas incómodas y gigantescas. En su opinión, daba igual el vestido que su acompañante se colocase, pues cualquiera resaltaría aún más su belleza. Él, por su parte, no tenía la necesidad de comprarse nada puesto que ya vestía un traje bastante formal. La camisa de seda azul petróleo que llevaba hacía un buen juego con los pantalones negros y ajustados. La chaqueta negra perfectamente planchada hacía un contraste magnífico con su piel pálida.

—¿Cree que no visto las prendas adecuadas…? —le preguntó medio confundido.

Se limitaría a esperar que la señorita comprase lo que ella quisiera sin importar el precio, y luego marcharía de regreso a Mudleaf en dirección a la subasta. Había dejado unos cuantos billetes dentro de su maletín por si era necesario comprar a Odin en vez de adquirirlo de una manera no muy… buena.
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Mensaje por Anastasya el Lun 24 Ago 2020 - 23:42

Anastasya caminaba con tranquilidad mientras le contaba a Prometeo como su padre la había instruido en el uso del rifle, así como en sus conocimientos de ingeniería. El chico pareció sorprendido por las capacidades de la tiradora, a lo que ella esbozó una tímida sonrisa, pero lo que no esperó fue lo que éste le contó a continuación. En cuanto le dijo que nació en una instalación del Gobierno Anastasya abrió los ojos con sorpresa, y atónita escuchó su historia, el como salía para recibir entrenamiento de vez en cuando solo para volver a su jaula, como le intentaron transformar en una máquina de guerra y cómo era capaz de sanar heridas con sus llamas.

El paso aminoró por parte de la chica, como era de esperar, y desvió la mirada por un momento con cierta incomodidad. No quería ofenderle, pero le parecía una historia muy triste. Después volvió a mirarlo a los ojos con una sonrisa y asintió con la cabeza.

—Siento que hayas tenido que pasar por eso, Prometeo… No puedo imaginar qué clases de pruebas harán en sitios como ese, pero lo importante es que ahora estás aquí, pudiendo ir a donde te apetezca, ¿no piensas igual, o la libertad… no te dice nada?

Existía la posibilidad de que Prometeo no sintiera las cosas igual que una persona normal, quizá fuera en parte una máquina, pero a ella la había ayudado en el burdel y eso era más que suficiente para ganarse su confianza. Alcanzaron el nuevo distrito, la chica observaba con admiración las enormes catedrales, y los niños cantaban villancicos por las calles. Ir acompañada de Prometeo en cierto modo le daba seguridad. Pero justo antes de entrar en la tienda donde pretendía cambiarse le invitó a entrar también. Anastasya bajó la vista, observando sus zapatos.

—Los tienes sucios, pero quizá siendo Mudleaf no le den mayor importancia —comentó con aire pensativo, llevándose un dedo al mentón.

De igual modo Anastasya se atrevió a mirar las distintas prendas que allí ofrecían, la mayoría eran vestidos clásicos y muy ornamentados. La muchacha eligió uno blanco con bordados dorados y una vez se vio bien en el espejo del probador se atrevió a salir con él puesto encima. Una vez en la entrada esbozó una sonrisa y dio una vuelta delante de Prometeo, de modo que pudiera apreciar la elegancia que ahora emanaba.

—¿Volvemos?

El distrito de Mudleaf era todavía más siniestro con el sol poniéndose sobre el horizonte. Empezaba a caer la noche y Anastasya se percató de la cantidad de maleantes que andaban por allí, muchos más que durante la tarde. Incluso los bares locales parecían tener más actividad. En su camino con Prometeo, por supuesto, no pararon de recibir miradas recelosas y violentas, con ganas de buscar la mínima excusa para desvalijarlos en el sitio.

—Así que eres capaz de sanar heridas con tus llamas, eso es increíble, puedo sentirme segura a tu lado. Ojalá pueda ser tan poderosa como tú algún día. Y de verdad, gracias por todo lo que estás haciendo.

En la distancia ya empezaba a verse el salón de subastas, destacaba por encima de todo lo demás en ese rinconcito de Mudleaf, con aquel cartel tan grande y esas luces tan exageradas. Avanzaron por la fila principal recibiendo la aprobación del portero que parecía vigilar el sitio, tomándolos por jóvenes adinerados posiblemente. Bajaron por unas largas y ostentosas escaleras cubiertas por una felpa igual de elegante. Al fondo alcanzaron una enorme sala, todavía a oscuras, con un enorme escenario frente a ellos.

Anastasya observó con cuidado de no ser vista por ningún conocido, en un rincón le pareció atisbar la vestimenta de un marine, ¿sería el sargento o uno de sus hombres, protegiendo al noble Oliver? Tampoco quería averiguarlo, así que instó a Prometeo a seguirla hasta uno de los laterales, al lado de un pasillo que llevaba hasta los cuartos de baño y la zona de la administración. Con la misma discreción se adentró en el mismo, pudiendo observar un pasillo bien decorado con jarrones y plantas a los lados. Muy al fondo estaban los baños, y más allá no se permitía el paso.

—Quizá podamos ver lo que tienen pensado vender esta noche desde aquí.

Anastasya se apuró, casi con una actitud impaciente muy impropia de ella, hasta que alguien salió del cuarto de baño masculino. Era un hombre regordete y que ya conocía. Era el noble al que supuestamente debía estar protegiendo. El hombre la miró y a ella se le congeló el corazón.

—Oye… pero si yo te conozco, niña.
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Mensaje por Prometeo el Mar 1 Sep 2020 - 5:40

La libertad era un sueño al que alguien como Prometeo no podía aspirar por ningún motivo. Estaba encadenado a su propósito, era lo único que le daba las fuerzas para continuar adelante pese a la oscuridad con la que poco a poco se revelaba el mundo. Sin su misión de proteger a la humanidad solo era una chatarra andante, ¿no? Un trozo de bioingeniería que jamás podría compararse a un humano de verdad, una copia barata de la complejidad del alma humana. Iría donde pudiese estirar la mano y ayudar a alguien, iría donde alguien le necesitase, y cuando no hubiese ningún sitio donde ayudar… Si ese día llegaba suponía que podría despedirse pues su misión habría sido cumplida.

—Los experimentos tenían un propósito tan noble como necesario: encontrar la cura al alzhéimer. Jamás fueron violentos conmigo y en ningún momento fui torturado por los científicos, así que no lo sienta, por favor —contestó con naturalidad, expresando la más pura verdad. Sin embargo, no sabía cómo responder la pregunta de la señorita Anastasya—. La libertad… Si se me permitiese buscar algo en mi vida, creo que no pensaría en la libertad. ¿Alguna vez ha pensado en su precio? La propia naturaleza aprisiona al humano a deseos y sueños, sentimientos y lazos con los demás, y todo ello puede acabar en el sufrimiento. La única manera de ser completamente libres es deshaciéndonos de este, ¿y eso no sería darle la espalda a lo que el hombre es? El humano es prisionero de sus esperanzas y deseos, de su felicidad y de su nostalgia, de sus sueños. Si se me permitiese pedir algo, elegiría sufrir y ser humano que libre y una máquina, señorita Anastasya.

Acompañó a la marine a la tienda y esperó paciente a que eligiese sus vestidos. Los gustos de los humanos eran demasiado complejos y variados como para entenderlos, y sentía que dar una opinión tan simple como “este me gusta” y “este no” era un acto irresponsable de su parte. Además, ¿tenía sentido? La señorita Anastasya, de acuerdo a los estándares humanos, se veía preciosa con lo que se pusiera. ¿Cuál era el sentido de la vuelta…? Oh, apreciar el conjunto completo. La doctora le había dicho una vez que debía ser educado y honesto con las chicas, consejo que había extendido a todo tipo de personas sin importar lo que hubiera entre sus piernas.

—El vestido le queda muy bien, se ve usted hermosa —le comentó, intentando esbozar una sonrisa para parecer más amable, pero su tono de voz grave y soso no ayudaba demasiado—. Volvamos, señorita.

La gente se le quedaba mirando cuando pasaba en compañía de la señorita Anastasya. Sentía… hostilidad en sus miradas, o quizás solo era otro gesto más del resentimiento que había echado raíces en Mudleaf hacía muchísimo tiempo. Dedicaban miradas recelosas, llenas de envidia y malicia, pero Prometeo no sentía miedo alguno. Quizás podía sonar un poco arrogante, pero estaba seguro de que podía enseñarles un poco de esperanza y luz si le daban la oportunidad.

—Es demasiado amable conmigo —respondió, tímido y ruborizado—. El que me esté ayudando en esta búsqueda habla mucho de su fuerza, ¿no le parece? Eso es algo de admirar, si me lo permite. Ya se lo he dicho antes, pero me parece asombrosa; soy yo quien debería agradecer todo lo que está haciendo por mí.

Luego de una larga caminata llegaron a la casa de subasta, un sitio que gritaba a viva voz “ilegal”. ¿Qué pensaría el comandante si le viese metiéndose en un sitio como ese? Bueno, de alguna manera estaba trabajando para la Revolución, así que seguramente se sentiría orgulloso de lo que Prometeo estaba haciendo. Todo por la Causa, o algo así. Los hombres reunidos allí vestían prendas elegantes, trajes ostentosos y otros simples y opacos, pero todos querían aparentar que eran tipos muy ricos y poderosos. Las mujeres, por su parte, llevaban vestidos ajustados y anchos, escotados y con encajes. Si bien la mayoría iba acompañada de un hombre, había algunas que estaban solas. Prometeo siguió a la señorita en silencio y sin hacer ninguna pregunta.

—Espero contar con el dinero suficiente para recuperar a Odín… —susurró más para sí mismo que para la señorita, mirando el maletín que llevaba a todos sitios—. Si necesita usar el baño le esperaré aquí mismo, pero debería darse prisa. Me parece haber oído que la subasta comenzará dentro de veinte minutos.
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Mensaje por Anastasya el Miér 14 Oct 2020 - 0:15

Mientras caminaban por aquel pasillo decorado con una larga alfombra de aspecto elegante y macetas a los lados, Anastasya no dejaba de pensar en la respuesta tan compleja y profunda que le había dado Prometeo ante su idea de obtener la libertad. Porque el muchacho ahora era libre para hacer lo que quisiese, y sonaba alentador, pero él no parecía pensar lo mismo. Tuvo que darle varias vueltas en su cabeza porque al principio le costó ponerse en su punto de vista… Para Prometeo, la libertad de la que ella hablaba no era más que dejarse atrapar por sus propias ilusiones y deseos, solo deshaciéndose de ese componente se sentía libre de verdad. Ella esbozó una tímida sonrisa mientras le daba vueltas al coco, en ningún momento quiso buscar una reflexión tan compleja como esa, la idea de poder tener libertad para ir a donde quisiese siguiendo lo que le dictaba el corazón era más que suficiente para sentirse bien por Prometeo.

Fue entonces cuando antes de darse cuenta, se detuvieron frente a los baños. Allí Anastasya aprovechó para hacer una parada y tras un minuto, al salir a la intersección que conectaba los baños masculinos con los femeninos, fue donde se encontró cara a cara con un conocido. Se trataba del noble que había ido a proteger como escolta ese día, sí, el mismo. Al principio Anastasya no supo qué pensar, se le quedó congelado el cuerpo.

—Pero chica… ¡Pensábamos que no te íbamos a volver a ver, el sargento iba a mandar una patrulla para requisar Mudleaf! ¿Qué haces tú aquí?

Anastasya dudó por unos momentos, no quería contarle más detalles de los necesarios —Señor, todavía estoy de servicio y cumpliendo con mi deber. Tengo pistas sobre quién puede estar detrás de estos secuestros, pero me han robado mi rifle, quizá lo subasten aquí. Sin él no tenemos posibilidades —tragó saliva y desvió la mirada por un instante—. Por favor, no le diga nada al sargento, si se entera que estoy metida en esto estaré en problemas. —por su mirada casi parecía que le estaba suplicando, y ella lo sabía.

El noble se llevó la mano al mentón y meditó por unos momentos, fue tras unos instantes de reflexión que colocó su mano sobre el hombro de Anastasya, para su sorpresa. Ella abrió los ojos solo para contemplar la amable sonrisa del hombre.

—Te ayudaré. Nada me reconfortaría más ahora mismo que ayudar a una joven heroína en su investigación para traer la paz a esta ciudad. Y no te preocupes por tu rifle… me aseguraré de que llegue a su legítima dueña.

—M-muchas gracias señor.

A la albina no le salían las palabras. Tardó unos segundos en recuperar la compostura y junto al noble salieron de los baños hasta el pasillo, donde todavía esperaba Prometeo con el maletín. Imaginaba que el chico la miraría de forma extraña al verla acompañada por un noble, por lo que decidió interponerse entre los dos y con la suficiente confianza, los presentó.

—Señor Oliver, este es Prometeo. Sin él ahora mismo yo no estaría aquí, me está ayudando con la investigación… Prometeo, este señor es Oliver Jones, el noble que me asignaron escoltar esta mañana. Ha decidido ayudarme a comprar el rifle, por lo que no tendrás que preocuparte por el dinero, Prometeo —esbozó una sonrisa llena de confianza hacia el muchacho, solo esperaba que pudiesen cooperar en una situación así.

Anastasya se percató como Oliver se adelantaba hasta Prometeo para estrecharle la mano en señal de confianza, y después les advirtió.

—El sargento y sus hombres todavía están en la sala principal, lo más seguro es que se den cuenta de quien es la propietaria de ese rifle, intentarán hacerse con él también. Creo que si se lo digo de buena forma, aceptarán cooperar en la investigación de estos secuestradores. Solo dadme los detalles y se los haré saber. Una vez tenga el rifle, reuníos conmigo en la entrada del salón, os lo entregaré allí.

La albina asintió, sintiendo la mayor gratitud del mundo. Si mal no recordaba, los tipos que la habían llevado al burdel eran los mismos que iban a recogerla esa noche para llevársela a quién sabía donde. Si recuperaba su rifle y contaba con la ayuda de Prometeo, o incluso sus compañeros de la marina, quizá pudiesen seguir su pista sin levantar sospechas… Y dar con el misterio de las desapariciones en English Garden. Anastasya miró a Prometeo, esperando sus impresiones al respecto. Las luces se apagaron de súbito, parecía que la subasta estaba a punto de comenzar.
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Mensaje por Prometeo el Dom 18 Oct 2020 - 4:05

Prometeo miró dubitativo a la señorita de cabellos plateados. ¿Cuándo se había juntado con el señor de ahí? Tenía un porte recio e iba bien vestido, demasiado para un hombre de Mudleaf. El homúnculo recordaba que Anastasya había mencionado formar parte del cuerpo militar del Gobierno Mundial, así que tal vez el señor de ahí era algún superior o algo. Por el momento tampoco debía preocuparse: no había ninguna recompensa por su cabeza. Hasta que su rostro no se hiciera conocido realmente no tendría problemas con la ley. Dejó las preocupaciones a un lado y respondió con una amabilidad genuina el estrechón de manos del señor Oliver.

—Es un placer conocerle, señor —contestó Prometeo—. Gracias por ayudar a la señorita Anastasya. Tenía miedo de no traer el dinero suficiente para recuperar a Odín.

Dicho lo dicho, la pareja de albinos entró al salón principal del edificio. Se trataba de una galería con pilares de madera extraordinariamente altos. El salón parecía un auténtico anfiteatro con una plataforma en forma de luna ubicada en el centro de este, estando perfectamente iluminada. Las butacas eran de cuero y contaban con una pantalla digital conectada a la pantalla enorme que colgaba desde el techo, entregando la información sobre el producto y la subasta a los participantes de la misma. Prometeo estudió el lugar, lo grabó a grandes rasgos en su memoria y entonces pensó: «A los dueños de este sitio les debe ir realmente bien, considerando la arquitectura y la tecnología con las que cuentan».

—¿Le parece si buscamos los asientos? —le preguntó con amabilidad y, una vez los encontraron con las miradas, Prometeo se aseguró de que la señorita Anastasya pasase primero.

Antes de que consiguieran sentarse, el salón quedó en la negrura absoluta durante solo un instante y luego la luz atravesó la oscuridad: había un hombre en el escenario. Sí, se trataba de un tipo de treinta y pico años y una nariz muy puntiaguda y larga, como si en realidad fuese una salchicha. Llevaba lentes en forma de estrellas y vestía un traje elegante y refinado que no terminaba de calzar con el resto de su apariencia. En su oreja izquierda tenía un piercing y una cabeza de un dragón tatuado se le asomaba por el cuello de la camisa. Alzó el brazo con la mano que no sostenía el micrófono y entonces se presentó:

—¡Sean todos bienvenidos a una nueva sesión de “Lo veo, lo quiero”! Les habla su buen anfitrión, James Moriarty, y estaré encantado de presentar la serie de productos que tenemos para ustedes. Algunos son traídos desde el lejano Nuevo Mundo; otros, los hemos conseguido aquí mismo, en English Garden. ¡Pero cuidado, mis amigos, pues estos se comparan incluso con los artefactos mágicos de aguas peligrosas! —El anfitrión hizo una pausa y luego chasqueó los dedos. Dos señoritas en paños menores aparecieron en el escenario, llevando lo que parecía ser una jaula envuelta en una sábana azul—. ¡Esta noche comenzaremos fuerte! —anunció y entonces retiró el envoltorio. El que hubiera una diminuta personita ahí dentro le congeló la sangre a Prometeo—. ¡Por primera vez en la historia de este programa hemos traído ni más ni menos que un hada de las mortales tierras de Dressrosa! Tengo el placer de anunciar que la puja comienza a partir de los 10 millones de berries.
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