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[Misión Común - South Blue] ¿Pura paranoia?

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Mensaje por StaffOPD el Miér 5 Ago 2020 - 19:07

Contratante: La mujer del alcalde

Descripción: Últimamente mi marido no es el de siempre, se comporta de forma extraña y parece nervioso y paranoico. No para de mirar a todos lados y cada vez que salimos a la calle parece que alguien nos sigue o que le vigilan y estoy empezando a tener un poco de miedo. ¿Podría alguien investigar si ocurre algo realmente o son solo locuras de mi marido?

Recompensa: Una medalla al mérito de ser marine o 200.000 berries para aquellos de buena fé que quieran ayudar.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Vie 7 Ago 2020 - 20:03

«Así que a una isla desconocida, ¿eh…?», pensé para mí mismo mientras miraba los papeles que se me habían entregado. Se doblaron mientras los miraba y, tras dar un rápido giro de muñeca con la idea de que se pusieran rectos, comencé a golpear suavemente su superficie con la diestra, mi mano libre en aquellos instantes. Hacía menos de un día me habían proporcionado un portafolio que contenía todos los campos necesarios para que uno se enterase de la tarea a realizar: encargo, barco de transporte, día requerido… Todo menos lugar. Es decir, ¡hasta tenía un apartado explícito para los que llevarían a cabo el trabajo! Fijé mis ojos en él, más por curiosidad que necesidad, leyendo los nombres en voz alta:

— Liam Griffith y Anast… —Mi pupila se dilató casi de forma imperceptible. Desde mi llegada a la marina, era la primera vez que repetía compañero. Había conocido a tantos y tantos marineros que llegaban a las fuerzas de la justicia como yo que uno dejaba de contar y almacenar nombre innecesarios en cierto momento. Pero aquella muchacha, por una razón u otra, destacaba sobre el resto. Quizás sus formas o el aura que desprendía, aunque tampoco la había conocido tanto tiempo como para poder decir que realmente sabía quién era. Aun así, me alegraba que fuera ella y no otra—. Así que Anastasya…

Llevé el papel con un suave movimiento a mi muslo y, con la lentitud y paciencia del que ansía hacer las cosas bien, empecé a enrollarlo hasta que quedó siendo un cilindro lo suficientemente uniforme como para sentirme conforme con el resultado. Tomé una gomilla —con la que venía el propio documento— y lo solté en la mesa del camarote, en una esquina para que no molestase cuando fuera a recoger cualquier otra cosa.

Sinceramente, estaba alegre. Me había despertado de forma agradable y estaba cómodo en el barco, ya que todos eran realmente cordiales con los novatos en la  escuadra, y encima había llegado aquella buena noticia. No habíamos salido hace mucho de puerto, quizás hacía un par de días, los cuales había aprovechado para cotillear la cocina y preparar un par de menús, pero era lo suficiente como para echarle cuenta a unos pocos uniformados. «¿Quizás he visto ese pelo albino en alguna parte…?», medité mientras me frotaba la barbilla, buscando una respuesta que no iba a encontrar, ya que mi memoria no era ningún prodigio. Dejé el abrigo en la silla que me habían proporcionado y, ya cómodo, abrí la puerta, comenzando a desfilar por los pasillos con aquel paso que tanto me caracterizaba. Era algo difícil de notar entre el bullicio que solía acompañar al barco marine, pero me encontraba tarareando una maravillosa canción que tanto me recordaba a English Garden. No dictaba consonante ni vocal, sino las notas tal cual venían, absorto en mis pensamientos mientras por mi cabeza se sucedían todas y cada una de las ocasiones en las que la había escuchado o cantado.

╔═══════════════════╗
Lambhill bridge is falling down,
Falling down, falling down~
Lambhill bridge is falling own,
My fair lady~
╚═══════════════════╝

Y, sin darme cuenta, progresivamente terminé por entonar el estribillo que, a su vez, conformaba casi la canción por completo. Era propia de cada infancia que sucedía en la isla y, aunque los padres no la cantasen por cualquier razón, se inculcaba en la misma calle. En cualquier parque, donde hubiera niños, los podías escuchar vociferar un cancionero típico, con más o menos acierto en las entonaciones, pero teniendo como corazón aquellas palabras. Había trabajado días y días por las calles y, progresivamente, había interiorizado el tono hasta convertirlo en la seña de mi hogar. Me sonaba a Enlgish Garden. Me sabía a English Garden. Me sentía como en English Garden. Quizás alguno me miraba por pasearse como un loco mientras cantaba por los pasillos del barco, pero aquel hecho me era indiferente. Estaba feliz y disfrutaba compartiéndolo, indistintamente de que a alguien le gustase más o menos.
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Mensaje por Anastasya el Sáb 8 Ago 2020 - 13:34

El precioso horizonte era lo único que podía ver Anastasya a través de la ventana, con las aguas relucientes y el sol asomándose en la distancia. Todavía era temprano, pero ya empezaba a formarse algo de bullicio en las cocinas, e incluso a tanta distancia podía apreciarse el profundo olor a pan recién salido del horno. Hasta el aroma que desprendía su taza de café parecía un auténtico deleite. Aun así, ninguno de esos placeres fue suficiente para que la chica dejara de centrarse en su trabajo, así que llena de curiosidad volvió a sacar ese documento que llevaba en el bolso.

Era un documento que indicaba los detalles de su siguiente cometido como cadete, repasó con la vista el conjunto de la información y se centró en sus participantes… Parecía que le iba a tocar de nuevo con aquel chico, la primera vez que leyó su nombre se llevó una grata sorpresa, y esperaba que en esa ocasión pudiesen forjar un vínculo de camaradería más fuerte. Sus ojos repasaron después el resto de la información. Sentía que al documento le faltaba algo, como quizá el nombre de la isla, que no se indicaba, y para más intriga la petición de la mujer.

Y no podía negar que ese era uno de sus momentos favoritos del día, tomando una taza en la tranquilidad que le otorgaba el alba. Tomó entre sus dedos la taza y pegó un sorbo, sabiendo que ese precioso momento empezaba a desaparecer con la llegada de innumerables cadetes al comedor. Los muchachos entraron armando ruido, expresando euforia por poder tomar el desayuno, o simplemente porque les apetecía hacerse notar.

...alling down, falling down~
Lambhill bridge is falling own,
My fair lady~

Anastasya oteó la entrada hasta que sus ojos se cruzaron con su refinada figura. Levantó su mano libre para saludar y esbozando una sonrisa, le dio los buenos días, esperando que el muchacho tomara asiento a su lado.

—Buenos días, Liam Griffith. ¿English Garden?

Incluso ella, después de la experiencia que había vivido allí, reconocía ese villancico tan bonito que cantaban los niños por la calle.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Sáb 8 Ago 2020 - 23:50

Hice camino, paso tras paso, al lugar en el que debía estar a aquellas horas. Recorrí un par de pasillos, esquivando a la gente con suavidad y sin chocar con nadie hasta que la doble puerta del salón que hacía las veces de salón se presentó ante mí. La cruzaron un par de marineros antes que yo y, en cuanto vi que la oportunidad se presentaba ante mí, me colé en la estancia, todavía entonando la canción. Noté cómo un par de ojos se fijaron en mí mientras me paseaba hasta la barra, oliendo y casi paladeando el menú del día. Viendo que todavía no estaba preparado —y ya que estaban acostumbrados a ser ellos quienes lo sirvieran en vez de cada uno a sí mismo—, miré hacia las banquetas mientras cantaba, hasta que terminé escuchando una voz que hizo los coros de la canción. «¡Eh, es ella!», pensé al instante cuando vi aquel pelo albino y aquellos ojos carmesíes. Mis pupilas brillaron con velocidad, dilatándose y provocando que le diera un finale a la canción en cuanto terminó el estribillo que tocaba. Escuché sus palabras, saludándola con un gesto de mano mientras aceptaba su ofrecimiento y tomaba el asiento libre que había a su lado, mirándola, encantado.

—Oriundo de. Nací allí, crecí allí y estudié todo lo que sé allí mismo —Mis ojos se tiznaron con un leve sentimiento de nostalgia, aunque no tardó en esfumarse en cuanto volví a la realidad y dejé de lado los recuerdos—. Así que, bueno, todo lo que conozco es de las calles de English Garden, aunque me encantaría aprender todas las canciones de este mundo… —mencioné, apoyando mi mentón sobre la palma de mi zurda que, a su vez, estaba apoyado en la mesa con el codo—. ¿Tú también eres de allí?

Me parecería realmente difícil que aquella chica hubiera crecido en mi propia isla, ya que no la había visto nunca en ninguno de mis trabajos. Y, de todas formas, tratando de hacer memoria, no tardé en recordar que aquella muchacha me había mencionado, en nuestro primer encontronazo, que era de otro lugar distinto y poco conocido. Negué con la cabeza antes de que ella hiciera cualquier comentario negándolo, aceptando mi error.

— Igualmente, tras el desayuno, según la hora del papel, parece que llegaremos… —La miré de arriba abajo con el mayor de los respetos, tratando de parecer todo lo opuesto a alguien descarado o pervertido—. Me alegra ver que nos encontramos una vez más, siendo sinceros —Me acerqué a ella con lentitud, tratando de no asustarla, sonriente—. Eres bastante más confiable y lo haces mejor que la mitad de los marines que hay aquí, estoy seguro —Me retiré, riendo y girándome a ver si estaban comenzando a servir la primera comida del día, viendo que era así—. Espero que el encargo de hoy salga fenomenal, aunque estoy seguro de que será así. ¿En tu documento venía la isla o lo que teníamos que hacer…?

Estaba realmente intrigado, ya que no entendía qué buscaban nuestros superiores al ocultarnos esa información. No encontraba ninguna razón lógica para que no supiéramos donde estábamos o qué haríamos, más que una simple novatada o un tonto descuido que no solía suceder en las tropas del Gobierno. De todas formas, quizás Anastasya tenía una respuesta que yo no, y me la podía dar antes de que nos bajáramos del barco en menos de una hora.
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Mensaje por Anastasya el Lun 10 Ago 2020 - 22:15

Anastasya sostuvo su taza de café mientras observaba el entusiasmo que mostraba su compañero sobre English Garden, incluso le parecía divertido. Ante su pregunta sobre si ella vivía allí, él mismo se respondió con una negativa al acordarse de su último encuentro. Ella juntó sus manos alrededor de la taza, escuchando sus preguntas.

—A mí también me alegra que formemos equipo juntos, pero respecto a la misión… —llevó las manos a su bolso, sacando de nuevo la hoja y extendiéndola frente al muchacho—. No, a mí también me pareció extraño que no se especificara la isla, pero sí vienen los detalles de lo que tenemos que hacer. Si me permites mi opinión, considero que si de verdad están le están espiando deberíamos actuar con la mayor discreción posible.

Le ofreció el documento a Liam por si quería leer todos los detalles de primera mano, después lo volvió a enrollar y lo guardó en el bolso, que dejó en su asiento a su lado. Y con esa sonrisa timidilla que tanto la caracterizaba, volvió a encarar a su compañero.

—Quiero decir… que no deberíamos hacernos notar tanto, si saben que la marina está investigando el asunto, es posible que sean más cautelosos, ¿no crees? —esperó una respuesta por parte de su compañero, a la vez que se acercaba el cocinero y les colocaba los platos encima de la mesa. Un tazón de gachas y una tostada con mermelada. Pero antes de ponerse a comer, Anastasya quiso abordar el tema de English Garden, sentía que Liam podía darle apoyo en ese sentido—. Y no, no provengo de English Garden, aunque también vengo del North Blue. Visité la ciudad hace un tiempo, y esas catedrales me parecieron preciosas, pero tuve ciertas complicaciones… en Mudleaf.

Por la expresión de su rostro, se notaba que lo había pasado muy mal. A fin de cuentas, la habían obligado a prostituirse.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Mar 11 Ago 2020 - 20:48

Se me subieron los colores desde el cuello hasta los mofletes en cuanto me hizo conocedor de mi error: sí que llevaba el encargo impreso, y yo mismo la había leído antes de salir del cuarto. Aparté la mirada de sus ojos mientras que con la diestra me apresuré a negarle el ofrecimiento. Suspiré, tratando de calmarme mientras recordaba la misión que nos habían asignado: tenía que ver acerca de un sentimiento negativo de parte del alcalde, que alegaba que se sentía vigilado a todas horas. Y nosotros seríamos quienes nos encargásemos de aliviarle sus preocupaciones. «¡Si lo sabías perfectamente, Liam! ¿¡Por qué te vuelves gilipollas en cuanto hay una mujer frente a ti...!?», me reprendí mientras apretaba el puño.

No tardaron en dejarnos los platos frente a nosotros y, como alguien que lleva perdido días en el desierto, encontré en la comida mi refugio. Clavé los dedos en la tostada con mermelada, llevándomela a la boca y mordiéndola sin piedad, paladeé el sabor. La mermelada inundó toda mi boca y solté una ligera arcada que pude camuflar a tiempo, mientras mascullando justo después una crítica:

— La mermelada está pasada... —La aparté bien lejos mientras escuchaba a la muchacha, elevando nuevamente los ojos y tratando de poder verla sin perder la compostura—. Perdona, tengo un gusto muy… particular —Fui a limpiarme la boca con la servilleta, tragando repentinamente en el instante en que Anastasya mencionó a Mudleaf y perdiendo la respiración por unos segundos, debido a que el gusto había subido hasta las fosas nasales y me estaba ahogando. Tosí un par de veces a un lado de la mesa, evitando hacerlo sobre otro marine y, en cuanto vi que ya no estaba rojo, ni por vergüenza ni por falta de oxígeno, me reincorporé, extrañado—. ¿Qué demonios hacía una muchacha como tú, marine, en un barrio como aquel…? —Era el barrio marginal de English Garden, los suburbios donde abundaban todos los crímenes existentes. Desde drogas hasta prostitutas, pasando por sicarios y ladrones—. Estuve varias veces de ronda por aquellos sitios y solo me he llevado malos recuerdos, así que entiendo perfectamente a qué te refieres… Es hogar de gente que está perdida en el mundo o perdida de la comunidad, además de aquellos que… bueno, se han visto obligados a vivir allí. Me duele decirlo así, ya que es la isla que amo y de donde provengo, pero no dista mucho de un basurero donde cada casa es libre de dejar lo que quiera —Estaba visiblemente compungido, ya que solo me hizo falta un par de viajes hasta allí para poder ver el primer cadáver en toda mi carrera como estudiante de los Griffith—. Si necesitases cualquier cosa allí, no te sientas culpable de pedirme ayuda. Encontraré a quien haga falta o lo que haga falta, y ya me encargaré de que toda la justicia de la isla le caiga encima. No son palabras vacías —comenté finalmente mientras hundía la cuchara en las gachas y comenzaba a comer. Parecían en mejor estado que el acompañamiento, así que me alimentaría con aquello para coger fuerzas—. Pero no nos centremos en lo malo, vamos a hablar de cosas más… felices. ¿Qué te hizo llegar a la marina?
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Mensaje por Anastasya el Miér 12 Ago 2020 - 23:47

Anastasya se fijó en cómo Liam apartaba la tostada de mermelada casi como si estuviera comiendo plástico, ella no pudo evitar darle un par de mordiscos más, no es que le pareciera una delicia pero su paladar estaba acostumbrado a sabores más toscos. Después cogió la cuchara y empezó a alimentarse con las gachas. Entretanto, escuchaba con atención lo que su compañero le estaba diciendo. Cuando se atragantó, Anastasya pensó en levantarse y ofrecerle ayuda, afortunadamente no fue necesario.

—En Mudleaf… se nos encargó proteger a un noble, estaba preocupado por los rumores sobre los secuestros de la ciudad… dijo que la presencia de la marina le daba más seguridad. Y no fue una experiencia que me apetezca recordar. Pero ahora, sabiendo que cuento con la protección de Liam Griffith, me sentiré más segura la próxima vez —comentó con un gesto de mano y esbozando una sonrisa. Continuaron con su desayuno, manteniendo esa agradable sensación en el ambiente. Le gustaba esa soltura que tenía su compañero, parecía que podía hablar con él de cualquier cosa—. Fue por mi padre, él fue marine pero ahora está retirado. Me enseñó todo lo que sé desde que era pequeña, y ahora sigo sus pasos. Estoy convencida de que mi estancia aquí me ayudará a desarrollar todo lo que sé —se detuvo un momento, rememorando esa noche en particular—. Recuerdo que antes de alistarme, una tripulación pirata que buscaba venganza contra él nos tendió una emboscada en la ciudad, me secuestraron y me usaron como rehén. Lo recuerdo bien, fue la primera vez que sentí por mi cuerpo la adrenalina de un combate real. Logré desarmar a la banda, y bueno, digamos que desde entonces estoy más motivada.

En el fondo, Anastasya había disfrutado muchísimo con la experiencia de tener que luchar por su vida estando al límite. Volvió a meterse la cuchara en la boca y después se terminó su tostada. No quedaba mucho para desembarcar, ya podía verse tierra firme desde la ventana del comedor. Esperó a que su compañero estuviera listo y se puso en pie.

—Y también me gustaría aplicarme en otros campos, aparte de la ingeniería.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Jue 13 Ago 2020 - 11:55

Pareció comenzar a rememorar lo sucedido en Mudleaf, relacionado con su trabajo en la Marina respecto a proteger a un noble que los requería, pero se cortó a mitad para evitar recordar más de lo que le gustaría. Negué con la cabeza, tratándole de decir que no había la más mínima falta contármelo si no se sentía cómoda. Al fin y al cabo, también se sumaba que era un simple desconocido hasta este punto, así que no estaba en posición de preguntar nada fuera de lugar. Entonces hizo un comentario en el que, a diferencia del resto de personas a las que le podía haber comentado aquello, no noté ironía alguna. Siempre que me presentaba como alguien que tenía el poder de alguna forma para corregir según qué cosas en English Garden, o mencionaba que pertenecía a una familia de nobles, todos se apresuraban a hacer mofa, como si fuera un simple loco que estaba diciendo tonterías. Suspiré, esbozando una sonrisa realmente tonta pero plagada de felicidad al ver que me tomaba en serio.

Por otro lado… Había entrado a la marina por una de las razones que más se daban: herencia. Igual que hay familias de médicos, donde los hijos tratan de alcanzar el mismo cargo que su padre, no había pocos en las filas que tomaban la decisión de seguir el camino de sus padres, aunque las cifras estaban ahí con aquellos que venían por pura venganza, los peores de todo. «¿Cómo demonios puede ser la razón de alguien que debe cuidar a todos los que le rodean el asesinar a quienes le hicieron daño?», medité mientras la miraba, sintiéndome un poco impotente. No era su caso, eso estaba claro, ya que ella estaba claramente —a menos que me sorprendiese para mal— más dispuesta al pueblo que a ella. Esperé a que terminase, interviniendo entonces:

— Bueno, es muy noble querer seguir los pasos de tu familia. Yo no tuve tanta suerte con mi padre, pero todos los que están aquí sentados… —Levanté la cabeza de la mesa y me fijé en todo el comedor—… tienen una mejor o peor razón, supongo. Lo importante es que merezca la pena y te anime lo suficiente como para aguantar los días —dije con un rostro despreocupado, llevándome la cuchara a la boca y, aburrido del sabor, tragando con cierto desagrado—. Y te entiendo; a mí me enganchó a la marina la primera vez que me dieron las gracias de todo corazón… —Clavé mis ojos en el plato, con una sonrisa nostálgica. En English Garden me había ganado un nombre, generalmente positivo, pero ahora estaba en un lugar muy distinto—… Muy ñoño, ¿no? —Me empecé a reír, algo avergonzado por haber dicho algo así. — Oh, ¿te gusta la ingeniería? —pregunté con velocidad, tratando de cambiar el tema de conversación—. ¿En qué te especializas? —pregunté mientras mis ojos se marchaban a la ventana inconscientemente al notar un tono verde entre todo el azul marino.

Ya llegábamos, por lo que parecía, así que tocaría ponerse a punto. Dejé la cuchara dentro del tazón de gachas, aprovechando que llegábamos para dejarlas a medias y olvidarme de ellas. Ya pediría algo por la calle para poder alimentarme debidamente, pero no pensaba seguir comiendo de aquello. Mañana mismo entraría a la cocina a encargarme de que todo estuviera bien hecho. Esperé, mirando con una sonrisa a Anastasya, a que esta terminase de comer o diese por finalizado el menú, momento en el que me levantaría y le ofrecería la mano a la señorita para que se pusiera en pie, mirando a otro lado para evitar sonrojarme nuevamente. Había tomado algo de confianza con la mujer, pero el contacto físico… Si la tomaba, la ayudaría, pero si no me limitaría a quitarla mientras me frotaba la nuca. La costumbre en la Academia Griffith era aquella y todavía no la había perdido.

— Si es cierto lo que has dicho hace un minuto… — Miré hacia la puerta a los pasillos—. Nos deberíamos vestir de ciudadano, ¿no? —Tenía algo de ropa en la habitación de la Academia que distaba mucho de la que se utilizaba en el cuerpo, y también de la que solía llevar, así que parecería un simple ciudadano más, quizás un poco más humilde que el resto—. Vayamos a los dormitorios, te esperaré en el puerto.

Tras aquello, si me daba el permiso, marcharía con velocidad a la habitación y, tras ponerme una camisa blanca y un pantalón chino gris, con unos zapatos marrones, me presentaría en la salida del barco, presentando mi documentación como marine y siendo verificado como aquel que tenía el encargo en la misión. Salí y, apoyándome en una de las tantas cajas que los bastidores iban llevando de un barco a otro, esperaría a la albina.
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Mensaje por Anastasya el Sáb 15 Ago 2020 - 0:04

Anastasya se mantenía expectante, disfrutaba escuchando también parte de la historia de Liam, su relación con su padre, y la primera vez que le dieron las gracias. El motivo de la chica era bastante noble y simple, y eso era suficiente. Las reflexiones de su compañero hicieron que observase con discreción el resto del comedor, la hacían meditar acerca de los motivos de cada uno allí… algunos podían pasar perfectamente por piratas y criminales si se les juzgara solo por sus actos.

—Sí, soy artillera. Digamos que me lo paso bien pensando cómo mejorar la capacidad destructiva de mis herramientas —y en ese momento decidió ponerse más recta de lo normal, dándose un aire de importancia—. Tengo mis bombas caseras, que son capaces de destrozar una pared. Y también tengo varios proyectos en mente que me gustaría desarrollar, si algún día te apetece estaría encantada de hacerte una demostración, Liam Griffith.

Y mientras mantenían esa agradable conversación sus ojos se desviaron a la ventana, donde el verde de la isla empezaba a contrastar con el azul del mar. Liam dejó caer la cuchara con desgana sobre las gachas y le tendió la mano a Anastasya, que correspondió. Más marineros siguieron sus pasos y el pasillo exterior empezó a hacerse agobiante, allí fue donde se separaron para ir cada uno hasta su dormitorio a cambiarse. Una vez en la soledad de su camarote la tiradora pegó un suspiro, desde luego, tanta interacción social con tanta gente a su alrededor la extenuaban mentalmente, pero nada como para que una chica serena y calmada como ella perdiese los estribos.

Se acercó hasta su armario y eligió esa vestimenta informal y más moderna para una chica como ella. Una falda color rosa que le llegaba a la altura de las rodillas, unas medias de color azul oscuro acompañadas por unos zapatos marrones sencillos pero que denotaban cierta clase, y una camisilla también añil. Estaría cómoda y fresca con algo así. No supo bien si sería necesario cargar con Odín por el pueblo mientras intentaban ir de incógnito, así que procedió a desarmar sus piezas principales para guardarlas en el bolso. Y estaba lista.

Salió de su camarote con un aire jovial y tras un pequeño paseo, bajó por la rampa del barco hasta el puerto. Dio su documentación antes de salir y luego oteó con la mirada su alrededor. Y allí, apoyado en aquellas cajas, encontró al pelirrojo. Con una sonrisa y un gesto de mano volvió a saludarlo mientras se acercaba con calma.

—Qué cambiados estamos —comentó ella, esperando escuchar la opinión de Liam. Después volvió a sacar el documento del informe—. El alcalde… podríamos preguntar donde está su casa por el camino, diría que no tiene pérdida —volvió a enrollar el documento y lo guardó. Al ponerse en marcha prefirió que fuese Liam el que llevara la iniciativa, así que se limitó a mantenerse a su lado, quizá escasos centímetros más atrás. Todavía le costaba acostumbrarse a ese sol tan fuerte, cuando había pasado toda su vida en una isla donde las nubes eran cúmulos grises día y noche. En su camino a través del pueblo Anastasya se fijó con brevedad en Liam, no quería tocar ningún tema sensible con respecto a su padre, así que cambió en el último momento la pregunta que tenía en mente—. ¿Y tú, Liam? ¿Qué esperas conseguir estando en la marina?

En cuanto llegaran a la casa del alcalde para preguntar por los detalles, Anastasya tocó en la puerta con decisión y dio los buenos días de la forma más cordial posible.

—¡Buenos días, señora!
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Mensaje por Liam D. Griffith el Sáb 15 Ago 2020 - 14:50

Era la primera vez —y estaba absolutamente seguro de aquello, sin resquicio para duda alguna— de que era la primera vez que alguien me ofrecía con aquella seriedad, temple y seguridad en sí misma hacerme un espectáculo basado en bombas caseras. Aquello le daba, por un lado, un aire un poco extraño pero, por el otro, era encantador que se apasionase tanto por sus propias aficiones y sus talentos. AL fin y al cabo, estaba completamente seguro de que el resto de personas —y con más razón todavía— se sentían algo extrañados cuando me ofrecía a hacer una demostración gratuita de cualquiera de las cosas que se me daban bien. La gente no acostumbraba a ver a nadie que se dedicase al baile o al canto en la marina y, peor aún, lo usase para potenciar el resto de capacidades. Aun así, no eran pocos los que aceptaban un almuerzo preparado por estas mismas manos. Obviamente asentí, encantado de ser espectador de sus demostraciones de ingeniera.

Ya a la salida, no pasó mucho hasta que una diva se presentó en la puerta de la embarcación. Sin el uniforme de la marine —como solía ocurrir— ganaba mucho como mujer, ya que el aspecto profesional que se daba en la organización era absurdamente aburrido después de verlo durante tanto tiempo. Quizás alguien, desde fuera del cuartel, podía apreciarlo al verlo una vez cada tanto tiempo, pero cuando estabas rodeado de los mismos pantalones y las mismas camisas durante todo el día, uno dejaba de apreciar la vestimenta. Me sonrojé de forma instantánea, girando mi cuello con velocidad hacia la carga de un barco cercano en cuanto pude saludar a la chica. Me fijé en las cajas mientras exhalaba e inspiraba con tranquilidad, tratando de llevar mi mente a otro lado y, para cuando Anastasya se presentó a mi lado y me dirigió la palabra, estaba más o menos calmado. «Sí, sí que estamos cambiados…», me dije a mí mismo, aunque algo me decía que se podía leer en mis ojos.

Metí las manos en los bolsillos tras despegarme de las cajas, encarando el poblado que se presentaba frente a nosotros. Tendríamos que adentrarnos y, una vez lejos de aquel buque de la marina, sí que sería el momento de pedir direcciones. Hacerlo en el mismo puerto significaba atenernos a la posibilidad de levantar sospechas en nuestra mismísima llegada, así que comenzamos a avanzar con velocidad hacia las callejuelas que indicaban el camino a la plaza. El ayuntamiento solía estar —por convenio general— en el centro de un pueblo o ciudad, y desde ese mismo lugar podríamos preguntar e ir a cualquier lado con toda facilidad.

Paso tras paso, notaba cómo la muchacha se quedaba atrás progresivamente y, en el instante en el que yo frenaba, ella también lo hacía de la misma forma. Encogiéndome de hombros por dentro —para no dejarla en evidencia—, continué caminando de la misma forma, sin darle más importancia a la situación. Podía tratarse de una persona tímida, con algún tipo de manía… No le daría más vueltas así que, mientras los dos nos centrábamos en fijarnos en nuestros alrededores, no hablábamos demasiado, hasta que ella preguntó y yo me dediqué a responder:

— Bueno… No es tanto qué busco sino qué buscan —Miré a mi espalda, fijándome en ella mientras daba pasos de espaldas—. Digamos que vengo de una casa un poco… complicada —Hice el gesto con la mano, como si pulgar e índice sujetasen algo nimio—. Tengo que participar en la Marina hasta que sea digno de mi familia de adopción: los Griffith. Es parte de un juramento y, quiera o no, tengo prohibido presentarme allí antes de poderles mostrar una capa de Vicealmirante con mi nombre. Es el mínimo que requieren para un digno sucesor, y una costumbre que mantienen desde hace generaciones —Noté cierta tensión en el ambiente y, dándome la vuelta mientras tragaba, traté de aliviarla con otra frase más—. Vine por obligación, sí, pero me encanta la marina y me dedico a ello en corazón y alma, y lo haría mil veces más, lo juro —Me reí sonoramente, acelerando un poco más para no tratar de pensar en mis palabras más de la cuenta.

En cuestión de minutos decidí que era un buen momento para preguntar y, acercándome a una señora mayor, le pedí direcciones.

— Perdone, somos de Sylph S.A y estaríamos interesados en ofrecerle un plan ecológico a… —Le pedí el papel a Anastasya y, sin dejarle verlo a la mujer, leí el nombre del alcalde—. ¿Podría indicarnos dónde vive? Llamó a la empresa pero no nos dio la dirección.

— ¡Oh, el alcalde! Ese hombre se preocupa por todo; incluso el medio ambiente… —Se comenzó a reír, visiblemente agradecida por el hecho de que fuera ese hombre quien estuviese a cargo del ayuntamiento—.

— ¿Es el alcalde? —Traté de simular unos ojos bien abiertos y una mueca de sorpresa, aprovechando que durante el canto se solía gesticular a propósito para darle intensidad al mensaje.

— ¿No lo sabían? —Ella también parecía un poco sorprendida, aunque en menor medida—. Bueno, aquella calle… —Señaló hacia lo que creía que era el este—… luego giráis a la derecha… —Hizo el gesto con la mano—… y buscáis una casa pequeña. Un piso, pero es de un color amarillo que distinguiréis.

— Vale, muchísimas gracias, señorita —Fui a hacer una reverencia por inercia, pero frené y le dediqué una radiante sonrisa.

Poco después estábamos en la puerta del, presumiblemente, alcalde de la isla. Anastasya se apresuró a tocar la puerta antes que yo, dando los buenos días a la mujer que se presentó al otro lado nada más abrir.

— Encantado. ¿Es usted...? —Y aprovecharía para asegurar la identidad de la mujer del alcalde, ya que me desagradaba tratarla por el cargo de su esposo. Era una mujer como tal y no un añadido del hombre. Una vez asintió, miré a mi compañera y realicé una leve reverencia, educada pero no demasiado rígida—. Anastasya y Liam, marines.

Nos instó a entrar, algo nerviosa y cerrando la puerta en cuanto estuvimos dentro.

— ¡Ya pensé que no vendrían…! — Me tomó de la muñeca y me arrastró hasta el salón, casi empujándome contra un asiento—. Vale, chicos, desde que mandé la petición y habéis llegado ha sucedido algo nuevo: nos dejaron una carta en el buzón sin ningún tipo de remitente. No entendemos nada.

— ¿Podemos verla, señorita? —Y se apresuró a acercárnosla, bien abierta para que la leyéramos. ¿Estaba escrita con letras… recortadas?
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Mensaje por Anastasya el Dom 16 Ago 2020 - 23:59

Anastasya observó en silencio cómo Liam se ocupaba de las presentaciones, por la actitud de la mujer pudo asegurar que parecía hasta aliviada por su presencia allí, en el porche de la casa. Los invitó a entrar y una vez dentro siguió a su compañero, que era arrastrado hasta un asiento en el salón. La tiradora se acercó hasta él y permaneció de pie a su lado, momento en el que la mujer del alcalde y cuyo nombre desconocían les entregó una carta con letras recortadas.

Echó un ojo sobre la misma, asegurándose de leer bien su contenido.

“Se que te encanta el cafe con mucho azúcar, pero eso es malo para la salud sabes? Te estoy observando no lo olvides”

—¿Os lo podéis creer? Hasta sabe cómo le gusta el café, es terrible. Pensaba que eran paranoias mías pero ahora está claro, hay alguien siguiéndolo. A saber qué más cosas sabrá...

Anastasya frunció el ceño y se llevó la mano al mentón, pensativa. Se preguntaba por qué le enviaba ese dato en particular, quizá para demostrar que conocía hasta sus gustos cotidianos. Podía interpretarse como una clara invasión a su intimidad y privacidad. Pero si sabía eso… ¿era una posibilidad que el alcalde tomara café con frecuencia?

—Perdone señora pero… ¿Hay algún sitio concreto al que su marido vaya a tomar café? Quizá sea alguien cercano a él, de su trabajo.

—Oh, sí, claro que lo hay —comentó después de que se iluminara el rostro—. Pero eso ya lo pensamos cuando nos llegó la carta. Se le ve muy incómodo cada vez que sale por las mañanas al ayuntamiento pensando que cualquiera podría haberle enviado esto, es terrible. Él toma café a media mañana en el bar que hay enfrente, si vais a ir, id con cuidado, le reconoceréis por su chaleco negro. Pero si ni siquiera él, que lo frecuenta todos los días ha sospechado de ninguno de sus compañeros, no sé como lo haréis vosotros.

—Quizá lo mejor sea esperar a que salga del ayuntamiento cuando llegue la hora y que uno se acerque hasta él, mientras el otro vigila la zona desde la distancia. Yo tengo buena vista, pero tampoco me importaría tomar algo —expresó esbozando una sonrisa, esperando a que Liam sacara sus propias conclusiones.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 17 Ago 2020 - 12:07

Me estremecí nada más descubrir el contenido de aquella carta. Era… inhumano. «¿Quién demonios le echa mucha azúcar al café…? Así pierde todo su sabor. Iugh.» pensé al instante, tratando de no reflejarlo en mi rostro. Al fin y al cabo, estábamos aquí por una razón muy distinta a la gastronomía y la nutrición: aquel escrito significaba mucho más de lo que realmente decía. Significaba una investigación premeditada del hombre y, peor aún, en lo que debía representar su intimidad. Para saber que aquello era verdad —como bien aclaró la mujer—, le debía haber seguido hasta un bar, restaurante, cafetería o cualquier cosa así o, en el peor de los casos, había espiado el hogar, algo bastante más terrorífico a mi parecer. Antes de que yo preguntase, Anastasya se encargó con más velocidad. Para mi alivio, explicó que justo frente a la casa hay un bar donde para única y específicamente a recargar las energías para el resto del día, por lo que no nos tendríamos que alejar mucho y ya teníamos una pista bastante clara que seguir. Ellos podían no haber encontrado culpables ni sospechosos, pero solo significaba que no habían abierto la mente lo suficiente y en la Marina se nos enseñaba a hacer justo ese tipo de cosas. Miré el reloj y, a juzgar por el hecho de que tomamos el desayuno —desmereciendo la comida real— antes de salir, no tardaría en presentarse en el bar, así que veníamos justo en el momento que necesitábamos.

— No se preocupe lo más mínimo, señorita —comenté en un tono educado y dedicado, a la par que hacía otra leve reverencia—. Le juro por la mismísima bandera que defiendo que hoy mismo encontraremos al culpable, así que puede tranquilizarse. Esto no será más que una pequeña anécdota —Me acerqué a Anastasya, despegando el cuerpo del asiento mientras la miraba de cerca. Asentí mientras miraba alrededor, buscando la salida que había tomado al entrar y no tardando en encontrarla, caminando hasta allí y sujetándola para la albina—. En poco tiempo debería llegar al bar, así que ahí será nuestra oportunidad… Me gustaría ser yo el que entrase, no porque tú seas menos capaz o por llevarme el mér-- —Mi tripa rugió, desenmascarando toda la educación que pudiera tener o las excusas que pudiera dar—. T-Tengo hambre… de no haber desayunado casi —Estaba ligeramente ruborizado, pero aquello no me impediría continuar con el plan—. Puedes quedarte fuera a la espera de que llegue el alcalde, y yo le daré una vuelta al ba—

En ese instante, la puerta de la casa del alcalde se abrió y salió la mujer, portando un bolso y bastante coqueta.

— ¡Oh! ¿Estáis haciendo guardia…? Os lo agradezco… Yo iré a comprar comida como siempre, mucha suerte~—Y, como si fuéramos unos simples desconocidos, se marchó calle abajo sin mediar más palabra ni preocuparse lo más mínimo.

Me encogí de hombros, mirando a la fachada del bar. Era tranquilo, con el aspecto típico de uno de pueblo, pero aun así lleno. Todos hablaban en un tono de voz moderado y, con suerte, no se habrían fijado en nuestra salida de casa del alcalde. Caminé disimuladamente hasta la entrada, saludando al mesero con la palma abierta y sentándome en un taburete de la barra despreocupadamente.

— Ponme lo que quieras para picar, por favor.

— ¿Seguro…? —Enarcó una ceja. Quería verse que no le solían dar comandas así de ambiguas.

— Con el hambre que tengo, cualquier cosa entra, así que elige lo que te dé más confianza…

Se encogió de hombros, marchándose a la cocina a dar la orden y volviendo tras unos segundos. Miró al trozo de madera que nos separaba y, de debajo de este —por donde no veía—, tomó el periódico del día y me lo acercó sin palabras pero con una sonrisa. Antes de clavar mis ojos —falsamente— en las hojas del noticiario, miré al reloj, descubriendo que no faltaban demasiado para la hora designada.
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Mensaje por Anastasya el Mar 18 Ago 2020 - 0:58

La tiradora se despidió de la mujer del alcalde tras observar la excesiva muestra de cortesía de Liam, cuando este le dio paso para salir por la puerta simplemente se limitó a aceptar su petición. Sentía curiosidad acerca de cómo había adquirido una actitud tan refinada y formal… Quizá tuviese que ver con la educación de su familia de adopción: los Griffith. Pero inmiscuirse en asuntos ajenos no iba con ella, por lo que procuró borrar esos pensamientos de su mente nada más salir del porche y expresó en voz alta sus planteamientos sobre qué hacer a continuación. Uno se ocuparía de ir al bar personalmente mientras que el otro observaría desde la distancia en busca de algún comportamiento sospechoso por parte de los transeúntes.

Y escuchaba con atención a su compañero hasta que el rugido de tripa los sorprendió a los dos por igual, delatando al tan perfecto Liam Griffith. «Oh, así que era eso.» No pasó desapercibido el rubor de sus mejillas, supo que debía ser una situación incómoda para él, por lo que quiso darle a entender que no tenía de qué preocuparse. Eso, claro, una vez la mujer del alcalde les despidiese para ir a hacer la compra.

—No te preocupes, Liam. Si no disfrutabas con las gachas del barco aprovecha ahora para recuperar energías —esperaba que esa complicidad pudiese aliviar su vergüenza, al menos un poquito—. Yo me quedaré aquí y echaré un vistazo, por si aparece alguien con conducta sospechosa.

Se despidió del pelirrojo y al principio se quedó en el sitio, observándolo marchar hasta la barra. Luego decidió dar una vuelta por la zona, apreciando las casas tan bonitas y bien construidas que ofrecía el pueblo. A lo lejos se veía lo que parecía una escuela, podían escucharse los chillidos de los niños desde la distancia, y no muy lejos Anastasya atisbó lo que parecía un edificio algo mayor a los demás, con una estructura que le daba un aire de importancia. Y en la amplia calle de la derecha parecía que la gente iba y venía cargada, esa era la dirección que había tomado la mujer del alcalde si no recordaba mal. «Quizá el mercado esté por ahí. Igual puedo hasta echar una mano.»

Y sin embargo, tras varios minutos de vigilancia Anastasya no pareció encontrar a nadie con la descripción del alcalde… Tampoco a nadie que andase por la zona acechando el bar como estaba haciendo ella. Aprovechando uno de sus paseos por la plaza se acercó hasta un jardín cercano, donde se agachó y se puso a la altura de las flores. Esos colores tan vivos le recordaban a los colores que solo veía en los libros, ya que en su tierra las pocas que se podían encontrar eran blancas y pálidas. Todavía le costaba asimilar que estuviese tan lejos de su hogar, pero era una sensación que disfrutaba. «Ojalá Clau también pudiera estar aquí para verlas.»

Acercó la mano derecha hasta una de las flores, de motivos morados, y se percató entonces de otra persona que se adelantó hasta ella para quitársela y arrancarla del sitio. Anastasya miró sorprendida a su lado, encontrándose con una niña de cabello corto castaño, llevaba dos coletas y una mirada coqueta. Le enseñó la lengua a la marine después de intercambiar miradas.

—Son muy bonitas, ¿verdad? Desde el lugar del que provengo no puedes ver estos colores —le comentó ella, lo cierto era que con la tontería estaba descuidando sus obligaciones, y en el momento en el que se dio cuenta la plaza ya estaba igual de llena que un día en el mercado. No obstante, ella era tiradora por algo, y fue durante un breve momento que percibió a un hombre de chaleco oscuro entrando en el bar.

Se puso alerta y se levantó, dispuesta a dirigirse de nuevo a la zona, pero un tirón de su falda la hizo detenerse. Anastasya se fijó en la niña, parecía nerviosa por alguna razón, pero lo más extraño era que le estaba ofreciendo la flor que ella misma había recogido.

—¡Porfi, porfi! ¡Dásela!

—¿Cómo, a quién?

—¡Al alcalde!
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Mensaje por Liam D. Griffith el Mar 18 Ago 2020 - 18:24

Desde debajo de las hojas aparecieron un par de platos: uno de pistachos y otro de sardinas en vinagre. Arrugué levemente la nariz por el fuerte olor del vino fermentado, pero era más que evidente que ambos platillos tenían una pinta varias veces mejor que la de las gachas. Tomé el periódico y, un poco ensimismado por el apetito que era el motor de mi fuerza en aquellos instantes —irónicamente—, lo agité para que se mantuviera recto y así lo pudiera doblar correctamente. Segundos después, hasta una decena de recortes de este cayeron hasta la barra, algunos de ellos dentro del vinagre. Antes de que yo mismo pudiera decir nada, la voz del mesero se alzó en un tono bastante claro:

— ¡Lo siento, ahora mismo le traigo otro plato! —dijo preocupado mientras su mano se abalanzaba hasta el recipiente y lo agarraba con el pulgar. Yo, con un rápido movimiento, lo tomé de la muñeca y traté de frenarlo, lográndolo más que nada por la sorpresa—. ¿Hmm?

— ¿A ver…? —Tiré un poco, logrando acercar las sardinas y notando cómo entre ellas había algunas letras del noticiario, recortadas de forma pobre pero eficaz. Acto seguido, solté su cuerpo y me acerqué al periódico, sonriente, abriéndolo y hojeándolo hasta que encontré un par de páginas llenas de agujeros, fruto de las letras que desaparecían en los títulos—. Oh, es una forma un poco… curiosa de tratar los periódicos, sí.

El hombre había desaparecido, como si nunca hubiese estado ahí, tras la puerta de la cocina, trayendo segundos después otro plato igual pero sin basura sobre este. Soltó la cerámica sobre la madera, justo frente a mí. Se frotó la nuca en una clara demostración de arrepentimiento y vergüenza, cerrando los ojos mientras me sonreía por no llorar.

— Lo siento… Mi hija es un trasto. Va de aquí para allá, no para… Y termina dejando las hojas… —Señaló con la palma de la mano completamente abierta—… así. Mis más sinceras disculpas. Este plato corre al cargo de la casa.

Negué claramente con la cabeza, momento en el que mi cuello se giró inconscientemente hacia la puerta, viendo un chaleco negro desfilar con una temible barriga que provocaba que los botones se esforzasen por estar siquiera ahí. Bueno, sin más descripción —aunque el bigote y la boina hubieran sido un detalle que no sobraba—, no había mucha duda de que aquel señor era el alcalde, en busca de su cafelito diario. Se sentó en la barra, bastante cerca, saludando con un amable gesto mientras el trabajador se apresuraba a ir a prepararle lo de siempre, fruto de la costumbre.

— Es asiduo en el bar, ¿cierto? —Le miré, sonriente a más no poder—. Donde yo trabajo también sucede; los clientes habituales ya ni necesitan pedir —Me reí sonoramente, tratando de buscar simpatía de su parte, la cual no tardó en llegar.

— Sí, hijo, sí. Tanto tiempo en este lugar, viniendo todas las mañanas aquí… Un hombre de rutina es lo que soy —Clavó los ojos en las botellas que decoraban el largo y ancho de la pared mientras acariciaba la barra. La espalda estaba curva, quizás fruto del peso que mantenía a cuestas—. Nunca te había visto, ¿eres nuevo en la isla? ¿Trabajo, puede ser?

— Sí, llegué hace muy muy poco… —Pelé un pistacho y me lo llevé a la boca, disfrutando el agradable sabor que portaba consigo mismo. Los frutos secos nunca defraudaban—. Trabajo, sí, como la mayoría. ¿Quiere? —Arrastré el recipiente hacia él, tratando de ganarme su amabilidad. Él metió la mano, recogiendo un par mientras les quitaba la cáscara y se los llevaba a la boca.

— ¡He llegado! —exclamó una infantil voz en la puerta, aguda y femenina. Escuché unos leves pasos, corriendo a lo largo de toda la barra y girando y escabulléndose por el otro lado hasta la cocina, de donde salieron más y más gritos.

— ¡Cecile, deja de correr por el bar, haya clientes o no! ¡Podrías romper lo que s-- —Y la puerta de dicha habitación se cerró con velocidad, apareciendo el encargado con las mejillas rojas y el alma fuera de su cuerpo.

— Tome, señor… —Dejó con extremada suavidad la ardiente taza frente al alcalde.

— ¿Su hija? —Asintió—. Se le nota un poco trasto, sí… Ya se volverá más fina —Me comí un pistacho y, en cuanto tuve la boca vacía nuevamente, volví a la carga—. O no —Escuché una leve carcajada proveniente de ambos. Parecía ser que… bueno, el sospechoso no tenía la edad como para portar grilletes. De juguete, quizás.
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Mensaje por Anastasya el Miér 19 Ago 2020 - 16:23

Todavía con el desconcierto en su cara Anastasya recogió la flor que la niña le estaba entregando, en cuanto lo hizo, esta echó a correr por la plaza sin dar explicaciones hasta el bar. Miró la flor que ahora sostenía entre sus dedos y pensó que por qué el alcalde. Parecía tan querido que incluso los niños le regalaban cosas, quizá no fuese casualidad que tuviese acosadores. Volvió a echarle un último vistazo al jardín para apreciar las flores por última vez, y se le ocurrió coger otra, quería tener ese detalle con Liam también.

Se puso de nuevo en pie rumbo al bar, donde nada más acercarse ya le empezó a llegar el aroma de los desayunos. Allí encontró primero al alcalde, como para no verlo, destacaba por encima de todos los demás con esa indumentaria tan oscura y voluminosa. A su lado vio a Liam riendo y charlando. Se acercó hasta ellos en silencio y pasando desapercibida, y les tendió las flores por sorpresa con una sonrisa de diversión.

—De parte de una admiradora. Me ha pedido que os la entregue yo.

El alcalde la miró por un momento con desconcierto, ruborizándose levemente cuando entendió la situación. Por supuesto, aceptó la flor y la colocó junto a su taza. Si Liam por algún casual no la quería, se la guardaría para ella en la cintura de la falda.

—Oh, ya sé que los jóvenes en este pueblo me adoran, supongo que es este el carisma de un alcalde —echó a reír, intentando buscar la complicidad de Liam que estaba sentado a su lado—. Una buena esposa, una buena gestión, y el cariño de los ciudadanos… No podría pedir una vida mejor, pero ojalá todo fuera así…

El rostro del alcalde se pareció entristecer en el último momento, seguramente recordando la mala experiencia de la carta y su acosador. Pegó un buen trago a su taza de café y su rostro se encogió al instante por su amargo sabor.

—Oh, pero qué demonios, me he olvidado de echarle azúcar…

Anastasya observó a Liam en busca de alguna aclaración cuando se percató del mal estado del periódico, con tantas letras recortadas. Frunció el ceño con seriedad, dándose cuenta del mismo detalle que el pelirrojo.

—Liam, ¿no es eso…?

Pero no pudo terminar la pregunta porque la presencia alborotadora de Cecile volvió a interrumpirles. La niña corrió por el pasillo, entre sillas y bajo las mesas, y deteniéndose frente a ellos con una sonrisa inocente.

—Señor alcalde, señor alcalde… ¿le ha gustado la flor?

—Oh, pues claro que me ha gustado bonita… ¿Eres tú mi admiradora, pequeña granujilla? —pero el rostro de la niña se encogió cuando le vio con el sobre de azúcar en la mano.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Miér 19 Ago 2020 - 18:22

Parecía que era la ''hora punta'' de aquel lugar, teniendo en cuenta que en escasos dos minutos habían entrado dos personas y aquella era la tercera. «Espera, ¿Anastasya…?», me pregunté, y es que aquellos cabellos albinos eran más bien inconfundibles. Llevaba algo en las manos y, con cierta premura, caminando hasta plantarse justo frente al alcalde, se lo ofreció. Se trataba de una flor de tallo generoso que, presentándola como obsequio de una admiradora, se la hizo llegar al obeso hombre, que la tomó con alegría. «Espera de nuevo… ¿Una admiradora?» me dije para mí mismo, y algo dentro de mi cabeza empezó a chirriar lo suficientemente fuerte como para llamarme la atención y replantearme un par de cosas. Aun así, antes de que pudiera llamarle la atención para preguntarle un par de cosas, especialmente de la identidad de aquella ''admiradora'', otro regalo llego a mí, muy parecido al primero.

— ¿Una amapola…? —Miré, enarcando una ceja que se mantuvo así menos de un segundo, momento en el que la tomé y me la puse en el pelo, combinando con el color de este—. ¡Gracias! —Sonreí de oreja a oreja. Aunque detalles, y trabajando, aquel tipo de cosas decían mucho de uno mismo y los agradecía sobremanera, ya que Anastasya se demostraba como una muchacha amable. Quizás un poco descentrada del trabajo que teníamos que hacer, pero tampoco tenía razón de ser que se mantuviera en la calle cuando aquel a quien debíamos de proteger estaba en el interior del edificio.

En cuanto  oí el comentario del alcalde acerca del azúcar en el café algo se me encendió en la mente y, por segunda vez, traté de intervenir, instante en el que una voz aguda e infantil surgió desde mi espalda. «¿¡Es que aquí nadie me va a dejar hablar o qué!?» les reprendí desde el interior de mi cabeza, pero sin llegar a soltar ni prenda.  Quería participar y darle un final al trabajo o, al menos, poder sospechar de alguien, pero parecía ser que todos se habían puesto de acuerdo para dejarme fuera de juego. Y, como a modo de disculpa, la chiquilla que había entrado como un tornado se delató a ella misma como su supuesta admiradora. Es decir, la flor que le había llegado era de ella y, quizás, tenía más mano en todo el asunto que un simple regalo, pero estaba feo —muy feo— sospechar de una niña. La idea de que recortase los periódicos era bastante macabra, pero solo hacía falta mirar a la barra para descubrir que algo en ese bar se había encargado de hacerlo y, peor aún, la chiquilla era hija del dueño. Con fijarme en el rostro que tenía la chiquilla al ver el azúcar, me podía hacer una idea, pero le daría una última posibilidad antes de delatarla:

— ¿Qué sucede con ese gesto, Cecile? —dije, girándome y agachándome para mirarla frente a frente a pesar del reducido tamaño de la chiquilla. Le quedaba mucho por crecer—. ¿No te gusta el azúcar?

— Nu —dijo secamente mientras inflaba los mofletes y se cruzaba de brazos, asemejando una pose que muy seguramente copiara de sus padres—. Es mala para la salud —Señaló, sin ningún tapujo, el sobre que tenía en la mano el alcalde y que amenazaba con verter completamente en la taza, manchando el café.

— Pero seguro que tú tomas azúcar a diario, está en todo —comenté, seguro de mí mismo. Casi todos los alimentos tenían azúcar, aunque no procesada como aquella—. ¿No sabe bien? Las chuches están llenas.

— Bueno, sí… Pero no —Negó rotundamente con la cabeza, casi enfadada.

— ¿Es porque la toma el alcalde?

— Ya es viejo. El azúcar no es buena para los mayores, me lo dicen mucho mis padres… —El mesero pareció disculparse con la mirada ante el alcalde, rogando un perdón que verbalmente no llegó.

— ¿Y puede ser que ya se lo hayas dicho al alcalde y no te haga caso? Los adultos somos muy cabezotas, ¿eh?

Ella se limitó a asentir, indignada, mientras buscaba refugio en Anastasya, que parecía haberle caído mejor que yo en un principio. Parecía que teníamos a nuestra delincuente, aunque dudaba que presentara cargos contra ella. Qué bonita era la admiración, pero también algo peligrosa.
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Mensaje por Anastasya el Miér 19 Ago 2020 - 23:27

La intervención de Liam en el momento adecuado logró encauzar bien las cosas. Durante el rato que estuvo observando el bar desde fuera no había visto a nadie con comportamientos sospechosos o acechando como ella hacía, no descartaba tampoco el comentario positivo de la mujer que les dio indicaciones sobre la casa del hombre, eso indicaba que la gente tenía una buena impresión de él… Pero el comentario de la niña logró encenderle la bombilla. Tuvo la impresión de que, si le seguía el juego, quizá pudiese averiguar más que estando en un sitio donde nadie parecía observar el bar con insistencia.

Cuando le preguntó acerca del azúcar a la niña supo que él también lo sospechaba. Y menuda joya de conversación estaba sacando, lo que Anastasya se vio sorprendida cuando Cecile se dirigió a ella en busca de protección. Miró a Liam sin saber qué decir. Después se agachó a la altura de la pequeña y le puso la mano en la cabeza para acariciarla.

—Te has preocupado bastante por el alcalde porque él ha hecho muchas cosas buenas en el pueblo, ¿verdad? —la niña asintió con orgullo, sin apartar su mirada recelosa de Liam—. Dicen que le escribieron una carta y el alcalde y su mujer querían darle las gracias a la persona que lo hizo, por preocuparse tanto —los ojos de Cecile empezaron a brillar al enterarse de esa noticia, a lo que el alcalde reaccionó también con sorpresa, pero optó por mantenerse en silencio por el momento. Anastasya entonces volvió a erguirse colocando sus manos a la espalda e intentando mantener ese aire de confianza—. También se enteraron de que les estabas protegiendo a escondidas, pero esas cosas es mejor decirlas en persona, Cecile.

La niña puso cara de espanto y empezó a murmurar, como si la hubiesen pillado cometiendo un delito, aunque el alcalde fue más rápido en comprender la situación. Se acercó con energía a la niña, acariciándole la cabeza con algo de brusquedad y riendo con jocosidad.

—Así que eras tú pequeña granujilla… La próxima vez que quieras protegerme tendrás que decírmelo antes, si no, podríamos equivocarnos y pensar todo lo contrario —volvió a ponerse en pie para echarle una mirada rápida al mesero, desde luego, hablaría con él al respecto con la educación que le estaba dando a su hija. Después miró a todos los presentes, en especial a Liam, pues ahora sabía que no era un extranjero sino un marine de paisano que había acudido por el anuncio de su mujer—. Hoy he aprendido una importante lección, dejaré de tomar azúcar con mis cafés, lo haré de corazón por la pequeña Cecile —esbozó una amplia sonrisa a la niña, que pareció alegrarse por la noticia—. Respecto a vosotros, chicos, habéis hecho un trabajo admirable. Nunca se nos hubiese ocurrido que era esta pequeñita la que se preocupaba tanto por mí. Os recompensaré como es debido en mi casa a los tres. Pedid algo para tomar venga, invito yo.

Anastasya presenció el desenlace de la conversación expectante, contenta por saber que la misión no había llegado a dar un giro más turbio. Soltó un suspiro de agotamiento y se sentó junto a Liam y Cecile, tanta interacción social la agotaba.

—Un zumo de naranja, por favor —la niña entonces le tiró de la camisilla con insistencia—. Dos, por favor.

Intercambió miradas con su compañero... Menuda aventura.
Anastasya
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