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War, war never changes (+18) || Moderado Krieg.

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Mensaje por Dark Satou el Mar 18 Ago 2020 - 16:07



Sí, escuché sobre los movimientos hacia Amstel, camarada. No tardarán más de unas semanas en llegar y sacar al Zar de cuidado. La pobreza ha llegado hasta el punto que los campesinos están tomando armas y se están uniendo a las filas de Gusev. Uf, no lo veo demasiado bien. Resulta que el Zar no era quien parecía ser y que había una fuerza mucho más mayor detrás de él. Sí, han tenido hasta que recurrir al canibalismo. Si esta situación no acaba tanto Amstel como Gusev acabarán destruidas mutuamente. Y no podemos permitir eso. Tenemos que levantar y luchar nosotros también, por lo que una vez fuimos. Esta tierra era de todos para todos, y el Zar rompe ese delicado equilibrio. Somos rojos y no dudaremos en teñir de ese color la ropa de la gente que se meta por en medio.

[...]

El frío de Kieyskaya es algo que ha solido helar los huesos de todas las personas que han recorrido la zona. La madre patria te ha llamado. Has sido elegido para luchar del lado de Gusev, para engordecer el poderío militar que ya abruma a Amstel. La primera línea ya ha caído: una estrategia fuera de lo inusual, que todos debaten en los barracones con miedo. Gusev está sacrificando a soldados para llegar más allá de las fronteras de Amstel, a base de un juego de desgaste. Encima las recientes fuerzas añadidas a Amstel no están ubicadas al clima de la isla y no tardan en ser diezmadas. Parece ser un pulso entre los dos Zares, pero algo se huele desde la lejanía. ¿Por qué Gusev está ganando una guerra tan fácilmente? Aún sacrificando a soldados, gastando efectivos de forma dudosa... ¿Qué pretende el Zar de la zona con semejante derroche?

Te encuentras en uno de los barracones generales de las afueras de Gusev, ubicado a unos kilómetros de Amstel. Eres el soldado raso B-13, con un rol bastante simple: eres el que está atrás. El que usa su pala para enterrar a los hermanos caídos. El que recupera los rifles para que nuevas víctimas puedan usarlos. Puedes ver la guerra desde un punto en el que otro no la ve: eres el que viene después. El que ve la sangre teñida de rojo. Los boquetes de las explosiones, los vehículos y tiendas tiradas... No queda mucho por la zona que un día fue rica, que era una fina capa de permafrost con algún que otro árbol que sobrevivía a duras penas. Podía notarse el aire limpio: ahora, a pesar de que lleves máscara, no es algo agradable de oler si decides hacerlo. Huele a azufre y metal, a polvo y humo. Los cadáveres que no os dan tiempo a limpiar se conservan gracias al frío, pero empiezan a oler.

Es algo que debería grabarse, irónicamente, a fuego en tu mente. La gente que pasa por tu lado son solo nuevos soldados que se unen a la causa por una persona a la que ni le importáis. No sabes tu situación, no sabes qué pasa realmente en la isla, pero eres un perro de la guerra y no habrá nada que detenga a tu pala.

Despiertas tras un largo día de trabajo. Deberías notar la fatiga en tus músculos: el resentimiento de la pérdida de calor en las extremidades. Las camas no están ni lo suficientemente limpias ni lo suficientemente cómodas como para dormir una noche entera de sueño plácido. Y menos con las pesadillas de tus compañeros, más de uno grita entre sudores fríos que quiere salir de ahí. ¿Qué elección tienen? Ninguna. Si salen serán ejecutados por el batallón encargado. Estáis atrapados en Kieyskaya. O salís vivos de ahí o morís. La madre patria funciona de esa forma.

Antes de que puedas despegar tus pesadas cuencas de los ojos, un sonido alarmante despierta con un gran sobresalto a todos. Una sirena sorda, con varias bocinas alrededor. Suena una explosión cerca de vosotros, demasiado cerca. Los cristales del barracón se rompen con la onda expansiva: has tenido suerte, ninguno ha caído en ti. Pero si en varios de tus compañeros. Parecía que la granada que han tirado tenía metralla, ya que puedes ver miembros desperdigados y restos de personas cerca de la pared que acaba de estallar. La gente corre hacia afuera, sin siquiera vestirse y agarran las armas temblorosos.

—¡Estamos bajo fuego enemigo! —Grita vuestro comandante, un hombre con decenas de medallas sobre su torso. Su voz suena ronca y pesada, tiene que tener menos horas de sueño que tú.

Gritos, llantos y sangre por todos los lados. Otro día más en la helada guerra fría de Kieyskaya. ¿Qué harás, soldado Krieg?
Dark Satou
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Dark Satou

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Mensaje por Krieg el Mar 18 Ago 2020 - 20:43

Soy el soldado B-13, y lo seré hasta que esta guerra termine sea cual sea el resultado.


Como mercenario no tengo ni voz ni voto en el conflicto militar que asola Kieskaya, y como soldado simplemente debo cumplir órdenes. Designado tras las filas de vanguardia que menguan y se estrellan contra el asedio de Amstel, he quedado relegado a asegurar el terreno y recuperar todo el material que pueda volverle a ser útil al ejército. Era un trabajo digno, pero parte de mí se angustia al contemplar la posibilidad de que no me han considerado lo suficientemente bueno como para dar mi vida por la batalla. Y después de esos pensamientos llega una breve culpa por dudar de los designios de mis superiores. Mi castigo, aquel que me impongo como una justa penitencia, es continuar trabajando dando todo lo que tengo y más.

Cada largo jornal que salgo al campo requemado por la balística intento mantenerme más atento que mis compañeros. Pese a que las noticias que recibimos son prometedoras y todo apunta a que el avance del ejército acabará pronto con la guerra, sé muy bien que todo puede torcerse en cualquier instante. La muerte puede llegar desde el cielo, desde el suelo, o simplemente desde todas partes. Mi carne ha dado buena cuenta de ello, así como el ejército que atacó Krieg o los cadáveres que arrojo al montón. Es más sencillo despojarlos al final, y mientras continúo cavando y removiendo escombros, metrallas y la ocasional mina sin desactivar otros pueden ir dando buena cuenta de los caídos.

Veo a muchos que se guardan relojes, dientes de oro u otros talismanes de alto valor; pero pocos se encargan de cumplir su deber más allá de la cuota por cabeza de botas, fusiles o munición. Cerdos asquerosos. Poco más que desdén puedo sentir por las alimañas que manchan el uniforme que llevo sobre el propio, pues aunque se llaman a sí mismo soldados, para mí apenas son hombres.

Aunque el justo odio y el esfuerzo calientan mis músculos y afinan mis sentidos, me veo obligado de vez en cuando a comprobar el estado de mis dedos, especialmente de los pies. El uniforme de mi tierra me protege de la humedad y el barro, pero incluso el frío seco que se cuela a través del grueso cuero es capaz de hacer estragos en las extremidades. Desgraciadamente, y no como los abrigos, uno no puede llevar dos pares de zapatos.

—Hm… —La pala impacta contra la carne.

Otro cuerpo más, un hombre hecho y derecho, con apenas un par de balazos atravesándole el uniforme. Hecho un ovillo, parece que lo que realmente le ha matado ha sido el propio frío de la noche. “Desde luego aquí el clima es un déspota…”, pienso, mientras alargo el pie para comprobar lo que mis ojos consideran obvio. “…pero uno que me ha regalado un par de botas de mi talla”.

Antes de echarlo al montón, me cambio de zapatos y me cuelgo mis botas atándomelas al cuello, probando con un par de patadas sobre la carne muerta que calzo bien. A continuación, le quito su rifle y no puedo evitar gruñir al comprobar que no hay rastros de pólvora en su cañón. No ha sido disparado, y para más inri compruebo que siquiera está cargado.

—Al menos has hecho tu función —le digo al cuerpo con más asco que odio—. Has gastado balas del enemigo.

Tras aquello arrojo la carne de cañón al montón, le cedo el fusil a un compañero que descansa sentado y vuelvo al trabajo. Debo continuar invirtiendo sudor, esfuerzo y mis propios recursos para cumplir con el cometido que me han asignado y el que me he autoimpuesto. Para mí, y más aún como pago de mi pecado, no es suficiente con solo ser un buitre que recupera despojos, sino que debo prepararlo todo para lo peor.

Al final del día apenas me quedan ya fuerzas ni alambre de espino, y de masilla tengo poco más que la mitad; más pese a todo continúo de vuelta al barracón donde me esperan la ración y el catre. Y ya en cama, si es que algo más incómodo que el suelo puede llamarse así, me tumbo con el uniforme, y yazco allí, acostumbrado a él tanto como a las miradas ajenas y desconfiadas de los que no me han visto el rostro. Sé muy bien que las cosas irían peor si hombres tan débiles de corazón y virtud llegasen a verlo.

Pero parte de mí me susurra desde la oscuridad que quizá no lo muestro por vergüenza.

******************


Despierto. Puedo sentir el peso de mis huesos hundiéndome contra el delgado colchón hasta tal punto que no puedo distinguir si el dolor procede de mis vértebras o es que se me están clavando los desvencijados resortes, ya más bien alambres, de la litera. Sin dejarme llevar por el sueño que aún me adormece, me obligo a levantarme al primer conteo. Ya hace mucho que comprobé que contar hasta tres me hacía perder demasiado tiempo.
Crujimos tanto yo como la estructura, y cuando me dispongo a estirarme para intentar aniquilar toda contractura, el breve rumor que pronto se torna en un inequívoco sonido me mantiene sentado. Una alarma puede significar muchas cosas, pero ninguna de ellas es buena. Empuño la pala, con la que tengo la buena costumbre de dormir, y cuando voy a ponerme en pie para coger mi petate, a los pies de la cama, la explosión azota el barracón.

—Чёрт—gruño, apoyado en la litera, cubriéndome de la lluvia de cristales que de todas formas no hubieran traspasado mi máscara.

Gritos, aullidos de dolor y sorpresa más verdaderos que los que emitían al despertar de las pesadillas manan de las bocas de los soldados. Agarro el petate y me lo hecho al hombro para recibir un zapatazo de mis botas enganchadas en la mejilla. No hay tiempo para molestarse por menudeces.

—¡Vamos, vamos, vamos! —rujo apremiando a los cobardes que aprecian más sus vidas que el equipo y a los demás que dejan detrás.

Mi voz suena… más fuerte que de costumbre. Es en aquel momento en el que me doy cuenta de que probablemente, por la razón que fuere, mi máscara no está afianzada del todo. Sin pararme a pensar en aquel dato sin importancia agarro al pobre desgraciado de mi vecino, que ha tenido la suerte de recibir la desagradable metralla del proyectil, y lo hecho sobre el hombro contrario al queda mi fusil antes de salir detrás de los cobardes que me llevan ventaja. Desde luego allí el único que parece valer la pena es el capitán, cuyo claro sacrificio en horas de sueño, gritos y esfuerzo tiene más mérito aún que las medallas que adornan su pecho.

—¡Mi pierna! ¡Mi puta pierna! —llora el desgraciado que llevo al hombro, cuyo miembro lleva ya un tiempo manchándome el pecho.

—¡¿Cuáles son sus órdenes, Capitán?! —pregunto en movimiento, haciéndome oír por encima de la fácil desmoralización de aquellos incompetentes a los que ahora debo llamar hermanos.

Continúo avanzando pese al claro caos que ha azotado al regimiento. Si el Capitán no puede hacer aflorar el valor en los corazones de los hombres, me veré obligado a tomar la iniciativa para que me sigan en una retirada táctica. Buscando la cobertura entre los edificios del campamento no debería sernos muy difícil salir de allí, o al menos evitar el conflicto lo suficiente para medirlo. Pues primero debemos dar cuenta de la situación para poder darle una respuesta firmada con sangre y hierro.

Spoilerito:
Por si no queda claro, he zappeado (puesto cargas) en una parte del campo de la que he ido cavando y eso para recuperar materiales. Además de haber gastado de mi propio bolsillo muchos metros del hilo este de alambre que he comprado (y están aún cobrándome)
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Mensaje por Narrador OP el Miér 9 Sep 2020 - 5:21


El capitán se gira a contestarte cuando, como premonitoriamente, una voz ajena alcanza a gritar una única palabra antes de que el caos se desate sobre la zona. Tal vez no fuese solo una palabra. Tal vez el pobre desgraciado que gritó eso pretendía decir algo más, o incluso fuese parte de una frase a la que no prestaste atención. Eso no importa. Nada importa salvo mantener la línea una y otra vez.

- ¡...artillería! - alcanzó a decir.

Los obuses caen por todos lados. Probablemente no sea así, pero cuando el primero cae apenas a apenas cinco metros de ti la explosión te derriba. El caos resultante y la temporal sordera hacen el resto y no tienes claro si han sido dos, tres o diecisiete explosiones. Nuevamente, ¿importa acaso? Un hijo de Krieg no da importancia a las adversidades. Lo único que importa son las órdenes. Y es en ese momento en que te encuentras ante una dificultad importante: tu capitán ha muerto en la explosión. De hecho tú también estás ligeramente herido. Nada con lo que no puedas lidiar, un poco de metralla que apenas ha atravesado tu uniforme y apenas ha logrado herir tu piel. Sin embargo el joven soldado con el que cargabas también ha muerto. ¿Cómo has llegado a esta situación? Igual quieres que recapitulemos. En tus sueños rememoraste la versión que el borrachín del grupo contó anoche mientras tomabas la ración nocturna con el resto de la escuadra. Pero hay otra que has escuchado. Una vez más, ¿importa acaso cómo ha comenzado realmente? El vencedor contará su historia.

Azov, Amstel, la región de Nalchik... uno tras otro diferentes puntos de Kieskaya fueron cayendo en manos de una imparable revolución. Al principio empezó con grupos urbanos, pero los campesinos pronto comenzaron a organizarse también. El Zar envió tropas y reprimió sangrientamente disturbios en Azov, matando a más de un centenar de civiles. De eso hace dos meses. ¿De dónde han sacado los rebeldes las armas? Nadie parece saberlo, pero cuentan con armamento muy moderno al que la anticuada estructura militar kieskaya no puede hacer frente. Tu armamento es privilegiadamente superior al del resto de soldados de tu bando. Los cañones y artillería de pólvora están siendo puestos a prueba contra morteros y artillería de obús. Los viejos fusiles de acción manual contra rifles de precisión y fusiles de asalto. La orgullosa caballería kieskaya fue la primera en caer, tratando de superar las líneas de asediadores de Amstel. Tras eso, Amstel cayó también ante los rebeldes de Azov, y ahora los enemigos están a apenas trece kilómetros de Gusev, el principal centro militar del país. Si cae, la capital no tardará en seguirle.

Por alguna pésima decisión militar, estabais descansando en los barracones en lugar de en las trincheras. Cierto, es mejor para vosotros y vuestro reposo, pero si os hubiesen ordenado quedar en vuestras posiciones, la situación no sería tan desesperada. Ahora, al levantarte, ves a los soldados enemigos corriendo casi impunemente a través de la tierra de nadie en dirección a vuestras trincheras. Las minas que instalaste el día anterior cumplen su función, y los enemigos empiezan a volar en pedazos al pasar por encima de ellas. Pero hay más, muchos más. En tu sección no hay nadie en las trincheras. Los soldados de tu barracón y los cercanos han caído presas del pánico por el bombardeo, que no ha cesado del todo. Hay que tomar una decisión. Alguien debe hacer algo.
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Mensaje por Krieg el Miér 9 Sep 2020 - 11:02

Lo último que se me pasó por la cabeza fue que el capitán había mandado a dirigirnos hacia la artillería. Pero este no era el ejército de Krieg, ¿verdad? ¿Qué clase de artillería íbamos a tener allí? ¿Qué clase de idiota perdía la claridad de la situación por intentar refugiarse en la melancolía de algo que había perdido? El idiota que ahora estaba tirado en el suelo sufriendo de tinitus.

Lo peor de las explosiones, o lo único que uno puede sentir si sobrevive a ellas, es ese golpe de tambor que recorre todo tu cuerpo. La onda expansiva lo destroza, reventándolo hidráulicamente, ejerciendo en él nada más que presión sin necesidad alguna de proyectil. Soy duro, mas aunque la metralla ha mordido mi costado como una amante desconsiderada, tardo en empujar el dolor y la confusión para levantarme empuñando mi pala. No sé si el desgraciado que llevaba ha parado parte del choque; solo sé que su cuerpo inconsciente sangra en demasiados sitios a causa de la metralla como para seguir cargándolo. El soldado siquiera ha conseguido tomar una vida.

De hecho, ninguno lo hemos hecho todavía. No allí, al menos. ¿Qué dice eso de nosotros? La vergüenza de mis compañeros de batalla no supera a su miedo. Necesitan un líder; uno que no se achante ante la clara desventaja de enfrentar a un enemigo que nos supera en armamento, número y calma. ¿Pero qué puedo esperar de los Kanonenfutter? Está claro que desean arrastrarse como alimañas hasta las trincheras, pero allí las armas automáticas y de repetición de las que hacen gala el enemigo son aún más efectivas. Debemos quedarnos allí, en el campo de batalla, bajo la artillería enemiga. ¿No es algo maravilloso? ¡Esto es una verdadera guerra!

—¡Soldados! —rujo con la fiereza y el orgullo que debe tener un verdadero guerrero—. ¡A la carga!


Realmente no importa quiénes o cuántos me sigan. De aquellos que vayan a huir a refugiarse en la seguridad de la tierra, quizás unos pocos se den la vuelta inspirados por el sacrificio de sus hermanos. Quizás ellos encuentren ahí la redención y se conviertan en verdaderos soldados. Me gustaría confiar en ello, o quizá tener un mínimo de esperanza de que esto suceda… pero sé que no es así. Tampoco confío en que ninguno se lance conmigo hacia el enemigo. Ellos no son soldados, pero yo sí.

Un ejército compuesto por campesinos, maleantes, nobles en deuda y mercenarios. Masas de carne estrellándose contra el enemigo en un desesperado intento de agotarlos por desgaste, de sacrificar vidas para hacerles gastar balas. Un ejército que, además, ha de ser engañado con que estamos ganando porque no combaten por amor a su patria. ¿Qué voy a esperar de ellos si no?

Soy el último de los hijos de Krieg, y pese a que sienta un miedo aún más grande del que puedan sentir esas alimañas, no voy a retroceder. Mi deber como soldado es seguir órdenes y acabar con el enemigo. Pero… sé que si muero aquí el legado de mi raza acabará cuando de mi último aliento… Y eso… eso me aterra.

¡Mas aún más grande es la vergüenza de no luchar, de mancillar el legado que reposa únicamente sobre mis hombros! ¡Nunca más!

Hace ya tiempo que corro a través del barro rojo de sangre y el suelo roto por las bombas. No me he detenido un instante para pensar, pues todo aquello que es verdad es algo que, simplemente, sé y siento. Colgada la pala en su anclaje y habiendo sacado mi rifle embayonetado cargo contra los soldados que pretenden entrar como hurones a las trincheras. De camino intento dispararles un par de veces, sin detener mi avance, pues no solo he de mejorar las expectativas de enfrentarme a un enemigo superior en número, sino que tengo que intentar enmendar todas las vidas perdidas de mi regimiento. ¿Y si me disparan? Continuaré adelante. ¿Y cuando llegue a ellos? Haré todo cuanto esté en mi mano por ensartar a uno que usar de escudo para quitarle de sus brazos muertos uno de esos rifles.

Apuesto a que de todo el dinero que han invertido en armamento, nada se ha volcado en protección contra sus propias armas. Y está el hecho de que no me puedo detener a recargar mi Maus de cinco balas.

Nota:
El Kriegense (Alemán) usa los nombres-sustantivos en mayúsculas. Kanonenfutter es carne de cañón. Y El Maus es el modelo de rifle
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Mensaje por Narrador OP el Jue 10 Sep 2020 - 3:48

¿Ha sido realmente la mejor idea? ¿Cruzar la línea de trincheras en lugar de hacerse fuertes en esta y eliminar desde cobertura la carga enemiga antes de que puedan llegar a vosotros? Tras avanzar a la tierra de nadie, un pequeño grupo de siete valientes te sigue en tu carga suicida, mientras el resto de vuestro sector se meten en las trincheras o huyen ante la ausencia de un oficial competente. Pese a tu apresurada decisión no eres un profano de la guerra, e inmediatamente te das cuenta de que no ha sido tu idea más lúcida. No al menos si pretendes mantenerte vivo para seguir luchando. En tierra de nadie sin ninguna clase de cobertura sois blanco fácil para las armas automáticas del enemigo. Es cierto que si llegan a las trincheras podrían limpiarlas fácilmente, pero también sabes que un puñado de buenos tiradores en una trinchera puedes contener a todo un batallón.

- Da zdravstvuyet Tsar! - grita un soldado en kieskayo.

Sois ocho contra un nutrido grupo de rebeldes que al veros alza las armas y dispara a la carrera. Tú haces lo propio, aunque no tienes claro haber dado a nadie. Disparar en movimiento no es la mejor idea. Algún soldado enemigo es alcanzado por una bala que le destroza la cuenca ocular, no tienes claro si por un disparo tuyo o de uno de tus compañeros. Sin embargo cuando llegas frente al más adelantado de ellos, un joven que no debe tener ni dieciocho años, este intenta ensartarte con su bayoneta. Tal vez de haber tenido más años de experiencia, hubiese tenido oportunidad. Pero la guerra no concede segundas oportunidades, y tu carga finaliza con tu bayoneta atravesando su cuello. Tras dirigirte una mirada de sorpresa, deja caer su arma y se lleva las manos a la herida, entrando en pánico. Pero ya es tarde para él. En cualquier caso, cuando ocho personas disparan a lo loco, el efecto no es tan impresionante como cuando lo hacen en torno a una treintena. La lluvia de balas abate a cuatro de tus compañeros. ¿Muertos, moribundos, heridos? Quién sabe. El caso es que un quinto recibe un tiro en la mano hábil, quedando incapacitado para recargar su fusil. Los dos que quedan empiezan a vacilar.

- Vniz! Vniz! - grita una voz desde las trincheras - ¡Abajo, malditos idiotas!

La voz es ronca y con un marcadísimo acento. Si te giras verás que han puesto en funcionamiento una de las pocas ametralladoras estáticas de este tramo de trinchera y van a dispararlo contra vuestros enemigos. Unos treinta metros por detrás los cañones rugen. Un rebelde carga contra ti con la bayoneta por delante, gritando como un poseso. Antes de que puedas reaccionar, notas algo pasar a escasos centímetros de tu cabeza y entonces una bala de cañón destroza el pecho del rebelde y sigue adelante. Mientras tu oponente cae al suelo destrozado, la bala rueda enloquecida hacia delante y le arranca una pierna de cuajo a otro. No todo son, sin embargo, buenas noticias, pues cuatro enemigos con fusiles de asalto te han elegido como su muñeco de tiro móvil. Están a unos ocho metros de ti. Tú estás a nueve metros de tu trinchera en caso de que decidas retroceder. No hay nada que usar como cobertura cerca, salvo cuerpos de camaradas y enemigos caídos. Ni siquiera están apilados entre ellos, pero quién sabe, a lo mejor tienes el día imaginativo.
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Mensaje por Krieg el Jue 10 Sep 2020 - 12:10

De frente y adelante. Sin compasión, como la fría tría de Kieskaya. Nosotros o ellos. Avanzamos mientras zumban unos tiros que no tienen más dueño que las víctimas sobre las que impactan. ¿Ha sido un error salir a terreno abierto? Por supuesto. Pero ¿cómo iba a darles tiempo a los atrincherados si no? Sacrificio y victoria. Sí, eso es. Al menos así no llegarán hasta ellos. Así llegarán hasta mí y podré darles muerte.

Un cráneo explota, pero aún hay muchos más que debemos reventar.  Por fin llego a las líneas enemigas; allí un valiente se me encara, pero solo es un niño. Hay muchas diferencias entre matar a un hombre en la cómoda distancia y enfrentarlo en combate cuerpo a cuerpo. Uno no puede prepararse ante el enemigo que ruge y golpea, solo puede enfrentarlo con la esperanza de sobrevivir y aprender. Pero él es el enemigo, y como tal cae. Y en lugar de usar las últimas fuerzas que le quedan para intentar darme muerte, se aferra a la suya propia con un profundo terror.

Acuclillado sobre el muchacho que he derribado, retiro mi bayoneta de su cuello jalando solo para clavarla con firmeza en su pecho. La vida que se le había ido escapando simplemente se marcha. ¿Compasión? No. No lo he hecho por eso. Al enemigo simplemente se le ha de aplastar sin miramientos, y ante las expectativas de los gritos a mi espalda y la tormenta que enfrento debo improvisar un paraguas.

Asiendo lo que es ahora una lanza con una sola mano, e intento levantar el cadáver para usarlo de parapeto mientras con el otro brazo tomo el fusil del suelo. En ese preciso momento, quizás por estar agachado y ligeramente de costado para exprimir al máximo la cobertura del delgado muerto, puedo percibir el brillo metálico que emerge de la trinchera. Tenemos gatlings.

Y estoy en la línea de fuego. Pero no puedo reaccionar a lo que acaba de venir. Me he distraído con el rugir de los lejanos cañones y la visión de una maravilla de la ingeniería, y ahora mi enemigo carga hacia mí bayoneta en mano. Es demasiado tarde para girar mi escudo humano, así que hago el intento de apuntarle con el arma robada. Pero el destino me sonríe. La bala de cañón golpea su pecho y el aire y la potencia que esta trae hace retumbar mi cuerpo al completo. Aquello, más que un zumbido, ha sido un trueno.

Intento ponerme en pie sosteniendo anclado el cuerpo del caído. En mi izquierda, con la que fue su arma, disparo con la intención más de darles de hacer un barrido que les empuje al lado contrario al que voy moviéndome, que a su vez ha sido trazado para alejarme del cono de alcance del arma aliada que queda a mi retaguardia. Es más que probable que me lleve algún que otro tiro del enemigo, pero es mejor eso que tirarse al suelo. Prefiero una bala enemiga en el pecho o en el costado que una aliada en la espalda.

—¡Vamos, vamos, vamos! —grito, intentando animar a mi destrozada unidad a seguir mi estela.

¿Por traición o la vergüenza de tener marcar la señal de una retirada? No. La razón es métrica. Un subfusil de asalto tiene muchísimo menos calibre y una irrisoria cadencia en comparación a una artillería montada. Además, el retroceso y la potencia de dichos artefactos suele hacer que sus tiradores apunten primero al suelo y suban la línea de tiro de manera constante, por lo que un cuerpo a tierra, incluso a la corta distancia de unos diez metros, es más arriesgado que desplazarme hacia un lado. Con un poco de suerte, de hecho, podré tirarme en el momento apropiado en alguna de las zanjas causadas por las explosiones de mis explosivos detonados.

Nota:
HIstóricamente la gatling es la primera ametralladora. Si es un modelo más nuevo, pues ya lo veré luego.
Krieg
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Mensaje por Narrador OP el Sáb 12 Sep 2020 - 2:20

Efectivamente protegerte antes de tus aliados que de los enemigos era mejor idea que quedarse por ahí con la ametralladora disparando. Sin embargo en la guerra incluso las mejores decisiones pueden salir mal. Los planes son ejecutados a la perfección y aún así fallan por el azar de la contienda. Los enemigos pueden pasar por campos de minas sin pisar ninguna por pura suerte... o salir volando. Da igual lo buen soldado o estratega que seas. En una batalla, no hay certeza alguna salvo la muerte. Así pues aunque reaccionas rápido y tus compañeros hacen lo mismo, los rebeldes alzan los fusiles y disparan.

Por suerte para vosotros no todos. Algunos con más cerebro que agallas intentan huir, tirarse cuerpo a tierra y cubrirse tras cadáveres enemigos o correr hacia vuestras trincheras. Pero los que sí deciden morir matando logran hacerlo con aceptable precisión. Tus compañeros supervivientes caen tiroteados, desconoces si muertos o sólo moribundos, y en tu caso notas cómo dos balas golpean tu torso y otra tu gemelo izquierdo. Duelen horrores, aunque tus protecciones y fortaleza natural te hacen evitar recibir heridas severas. Haciendo de tripas corazón y gracias en parte a la adrenalina, logras levantar el subfusil que has cogido del enemigo caído y disparar contra los enemigos cercanos. Entre el fuego de la ametralladora y el de tu arma, hacéis caer a los que han decidido quedarse a luchar.

La situación en la tierra de nade se vuelve un caos con la ametralladora. Los soldados enemigos de vuestra sección son acribillados por esta, dejando el terreno sembrado de cadáveres. Si miras en otras partes del campo de batalla, parece que la acometida enemiga también ha sido parada. Los rebeldes han intentado atacar por sorpresa, y aunque su táctica era buena, la diosa de la fortuna no les ha sonreído y han pagado cara su osada estratagema. En tu sección de la trinchera se han ido acumulado tropas de refresco. En el horizonte el sol empieza poco a poco a insinuarse. Un amanecer rojizo sobre el rojo campo de batalla, como una ironía de algún dios con mal gusto. En la tierra de nadie moribundos de ambos bandos gritan pidiendo ayuda, pero tenéis órdenes estrictas: los que quedan en la tierra de nadie están solos. No podéis ir a rescatarles por el riesgo que supone ni malgastar munición en ahorrarles sufrimiento. Tú, estando fuera de la trinchera, podrías intentarlo, pero exponerte a los tiros de los enemigos al quedarte con movilidad reducida y cargando heridos no parece la mejor idea. A lo mejor puedes coger tu pala de trincheras y darles una muerte digna sin gastar munición. Tras un rato, el rugir de la ametralladora empieza a callar. Los ruidos de la guerra se silencian poco a poco, y escuchas a un oficial que comienza a dar un discurso desde tu lado de la trinchera. Las explosiones y ruidos ocasionales te cortan cachos de este por la distancia:

- ¡Soldados, han llegado órdenes! El enemigo depende de su superior armamento militar, pero son menos en número. Han perdido muchos hombres en este punto de la línea intentando avanzar. ¡Es hora de darle la vuelta a la batalla a nuestro favor! Avanzaremos hacia las líneas enemigas. ¡Recoged si podéis alguna de las armas de los caídos! Probablemente os darán mejor servicio, esos perros tienen buenos fusiles. ¡PREPARAD BAYONETAS!

Es el momento de la verdad. Prepárate, porque entre trinchera y trinchera os espera más de un centenar de metros de terreno abierto sin coberturas y sometidos al fuego de supresión enemigo. Y dado que tú no estás en trinchera, tendrás el privilegio de estar en primerísima línea. Por cierto, igual quieres aprovechar para saquear un par de cargadores de los muertos. Ese subfusil parece bueno, pero gasta balas que da gusto.

- ¡A SUS PUESTOS! - el sargento espera un momento mientras todos tomáis posiciones - ¡CARGAD!
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Mensaje por Krieg el Vie 18 Sep 2020 - 21:31

En mi agujero, si puedo llamar así al hueco de tierra levantada que se ha llevado la vida de un soldado enemigo, espero con la agradable compañía del dolor y el ruido. El sonido de la metralla y los gritos me traen recuerdos de una guerra pasada, una en la que no pude salvar a ninguno de mis hermanos y en la que -de hecho- tampoco pude salvarme a mi mismo. Partes de mi ser me empujan a tirarme en el fuego cruzado, a darlo todo y arrastrarme para intentar salvar a los pobres desgraciados que van a morir por la septicemia o el desangramiento, pero no lo hago; esas no son las órdenes. Sé que es una manera horrible de morir, sí, pero al menos mueren.

¿Y qué hay mejor que morir en combate? Pocas cosas. Quizá la victoria sea una de ellas, pero la verdad es que uno no puede, jamás, ganar en la vida. Es por eso que la mejor muerte esta ahí, en el campo de batalla, donde uno da la vida por su... patria...

Pero ahora mi patria es la guerra, ¿verdad? Es lo único que queda para resarcirme de mis errores. Es lo único que me queda para honrarles. Es lo único que queda de Krieg. Soy el último...

¿Cuántas balas me quedan? Con la espalda contra la tierra húmeda de la que asoma un trozo de torso compruebo la munición restante del fusil de asalto. Sin más cargadores que en los restos enemigos, me veré obligado a gastarlas con prudencia y confiar en que la suerte se ponga de mi lado. ¿Pero de qué lado se va a poner si no? La suerte siempre está, no con los valienes, si no con los vencedores. Sé que ganaremos. Quizás no hoy, ni mañana, pero algún día ganaremos esta guerra y eso nos dará tiempo para prepararnos para la siguiente. Así será, así es, y así fue.

Poco a poco la ametralladora se silencia y entre los aullidos y lloros de los caídos me reparten nuevas órdenes. Avanzar, recoger y, claramente, preparar bayonetas para la futura carga. Me gusta como piensa este general, y aunque cumpliría igualmente las órdenes que fueran contra mi propia naturaleza pero no contra la propia victoria, me trae contento obedecer algo en lo que creo con fiereza y furor. Sonrío, cómo no, mientras me levanto con la bayonea en la diestra y en la izquierda el subfusil.

¿Pero cómo no voy a sonreír? La distancia que me separa de la trinchera aliada va a asegurarme la gloria. ¡Seré el primero en liderar la carga! ¡Avanzaré hacia el fuego enemigo lleno de orgullo! ¡Inspiraré a los demás para que den su vida con el mismo ímpetu! De hecho lo único mejor que liderar una carga es ser el segundo, para que pese que caiga el primero tus hermanos vean que tu espíritu no se achanta en absoluto ante la inevitabilidad de la muerte. ¡Y quién sabe, quizás con mi pierna y mi seguro pero nunca rápido trote sea capaz de reunir ambos destinos! Por que no voy a parar, no voy a detenerme mas que para apuntalar a los enemigos caídos en mi camino o el de mis hermanos más cercanos; todo sin tomar las municiones que necesito. Ello me requeriría demasiado tiempo, y sé de buena gana que encontraré más enemigos en la trinchera siguiente, y con ello todo lo que necesito. Sangre y plomo.

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Mensaje por Narrador OP el Lun 21 Sep 2020 - 21:28

Tu corazón late con fuerza, enviando sangre por todo tu cuerpo. Tu respiración, los latidos, tus piernas recorriendo la tierra de nadie... todo parece haberse sincronizado con el propio ritmo de la guerra. Una bomba estalla cerca de ti sin inmutarte justo cuando pisas con fuerza el suelo. Escuchas un disparo detrás tuya justo cuando tomas aire, y en el momento en que expiras ves un estallido sanguinolento cuarenta metros más allá de ti. Te sientes uno con el campo de batalla. Nada puede pararte ahora mismo. La furia guerrera de tu pueblo te invade, y por un momento te sientes trasladado: ya no estás en Kieskaya. Los soldados que te acompañan no son las tropas del ejército del Zar, sino tus hermanos de Krieg, cargando silenciosamente a través del ardiente campo de batalla. Y los enemigos que te aguardan al otro lado de la trinchera no son los rebeldes kieskayos, sino las tropas de la Marina. Balas vuelan hacia ti. Tal vez te han herido, pero te da igual. No eres más que uno de muchos. Uno más de los hijos de Krieg, y todo su pueblo al mismo tiempo.

Algunos marines salen a tu encuentro en la tierra de nadie, disparando enloquecidamente contra ti. Llegas junto al primero y, silencioso e inmisericorde como la misma muerte, lo derribas con un golpe de tu arma y rematas una vez en el suelo con la bayoneta. Un segundo recibe una ráfaga en tu pecho. Y continúas tu carga sin piedad, avanzando inexorablemente hacia las trincheras. Ves una ametralladora enemiga rugiendo, pero no te detienes. Tampoco lo hacen los hijos de Krieg, a pesar de que no son pocos los que caen. ¿Cuántas heridas has recibido ya? Quién sabe. Incontrolable, saltas a la trinchera y comienzas a limpiar las filas con tu fusil. Los marines caen ante tu arma, hasta que te quedas sin munición. Aún quedan algunos, y no todos están ocupados con tus hermanos. Al menos cinco te apuntan y comienzan a atacar, dos de ellos tirados en el suelo de la trinchera con algunas heridas de tus disparos. Un sexto carga hacia ti con una pala de trinchera, dispuesto a abrirte la cabeza.
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Mensaje por Krieg el Lun 21 Sep 2020 - 22:45

Mi mente va y viene de mi cuerpo. En un momento estoy corriendo por encima del campo quemado, húmedo de la sangre de mis compatriotas; en otro observo como mis ráfagas han destrozado al muchacho de blanco y azul, ese aliado que por fin ha decidido atacarnos. El Gobierno Mundial, esa institución que ha destinado nuestras tropas en más de mil archipiélagos y que se ha dado un banquete con nuestra sangre, humo y acero, ha tomado la decisión de ir a la guerra contra nosotros. Admirable.

¿Qué otra cosa puede decirse si no de aquellos que se enfrentan a Krieg? Quizás podríamos llamarles valientes, o incluso honorables, pero en la guerra de nada sirven esas denominaciones. No, además, cuando ha aprovechado el cierre del último trimestre para comprar las propias armas con las que nos dispara.

—¡Sterbt, Schweine, sterbt!*! —grito lanzando la bayoneta al pecho del enemigo.

No tengo un momento para pensar. Simplemente actúo, atrapado en un mundo que veo a través de un túnel de paredes rojas. Apenas soy consciente ya del ruido. Apenas soy consciente del miedo. ¿Ha sido todo un sueño? Sí, debió serlo. Solo fue una pesadilla en la que vivía algo que no era real; que no podía ser real. Una ilusión en la que había sido lo que no soy: un cobarde.

¿Estoy herido? Me sabe la boca a sangre... ¿Es mía? Me duele al respirar, pero ya no hay nada que pueda hacer. Ha sido culpa mía por no cerrar bien la máscara. ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Cuánto hasta que los gases licúen mis pulmones por dentro? ¿De cuánto tiempo dispongo para seguir matando? Debo seguir. Debo hacer todo lo que pueda. Debo dejar de malgastar el tiempo haciéndome preguntas.

Cuando por fin llego a la trinchera me lanzo a ella y siento el peso cargado en mis rodillas. Allí hay más enemigos que mueren bajo mis armas, pero una ha quedado ya descargada. Ni mi munición ni mi esfuerzo han conseguido acabar con el agresor. ¿Cuántos son? Son más, y estoy solo. Solo con el orgullo de mi tierra.

—¡Bringt mich auch um!t! —les grito, en nombre de todos los que han caído.

El fusil me es inútil aquí tanto o más que la ametralladora vacía. Agarrado como lo tengo, pasará demasiado tiempo hasta que pueda disparar; y ellos están fuera del alcance de la bayoneta; unos a un lado y otros al contrario. Además, los pasillos son estrechos, demasiado como para maniobrar, y aunque una lanza pueda parecer ideal para el entorno, realmente solo proporciona una sensación de falsa seguridad. El combate cuerpo a cuerpo, ahí donde se mide el valor del hombre y no el de la máquina, es a lo único que puedo recurrir en esa situación. Pero, por supuesto, antes de recurrir a mis puños debo tener estos libres.

Lanzo mis armas, una hacia un grupo, y la otra hacia el otro, con toda la fuerza de la que dispongo. ¿Quiero una distracción? No. Una distracción de alguien que te apunta en un hueco tan pequeño no sirve de nada. Quiero matarles. Quiero destrozar sus pechos y sus cráneos; por irreal que ello pueda resultar por haber arrojado armas consideradas de fuego. Mas hasta una piedra con la suficiente fuerza y velocidad son capaces de matar, ¿verdad? Bueno, qué más da.

Con las piernas firmes en el suelo, abiertas, formando un arco y con la espalda arqueada fruto de la extraña peripecia atlética que he intentado hacer, recibo las balas. No sé bien discernir si es la estable postura lo que me impide caer al suelo retorciéndome de dolor o si es la propia tension que me produce el mismo. Sea como fuere, estoy demasiado ocupado como para preocuparme por eso. El soldado carga contra mí blandiendo su pala, y, ocupado como estoy, no me queda otra que recibir el golpe que me cruza la cara.

¿Me ha roto la nariz? No. Mi imprudencia se ha convertido en suerte. Aunque puedo sentir los capilares de mi cara y de mi ojo romperse y estallar con un cálido tremor, la máscara mal sujeta ha hecho que se deslice el golpe. Noto como el respirador me golpea el pecho al quedarse la prenda descolgada, pero aquello, y pese a lo pesado del intrumento, es poco más que una caricia. Rujo con una sonrisa de oreja a oreja. Ahora está cerca. Ahora el momento en el que mi mano ha estado ocupada agarrando la pala dará sus frutos.

Empujo con mis piernas hacia él, y con el brazo libre  intento cogerle antes de darle la oportunidad de volver a golpear o huir. Pala en mano la empuño dispuesto a hundirla desde abajo, justo a ras del esternón, en una puñalada fatal. ¡Así! ¡Así debe usarse una pala de combate!

Y una vez arranque la vida de aquel cerdo invasor continuaré hacia el grupo más cercano, empujando el cuerpo hacia ellos con desdén a sabiendas de que no encontrarán sus fuerzas renovadas para buscar venganza, si no su corazón encogido de miedo ante lo que significa combatir contra la gran nación de Krieg. ¡¿Qué haréis una vez traspase vuestro muro de rifles?! ¡¿Qué harán los niños que se aferran con ansia y desesperación a sus máquinas una vez no puedan disparar?!

Notas y traducc:

* Morid, cerdos, morid.
** Matadme a mí también

Y sí, soy consciente de que me voy a comer disparos por la espalda. Pero Krieg es un desgraciado que va de frente, y no puedo estar en todas partes. Dios por qué no tendré la fruta de clonarme, maldito y sensual npc....

Meme bonus:
This bitch is empty, YEEET https://www.youtube.com/watch?v=2Bjy5YQ5xPc
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Mensaje por Narrador OP el Jue 24 Sep 2020 - 4:27

Lanzar las armas es una táctica poco ortodoxa, pero ha funcionado. Uno de los marines ha recibido un culatazo en la cabeza y parece aturdido, y empuja a los otros dos intentando recomponerse. Te logra comprar unos preciosos segundos para actuar. La sangre mana de la herida del marine cuando tu pala se clava profundamente en su cuerpo, rasgando y destrozando sus órganos. Al extraerla causas un destrozo aún mayor, con lo que el soldado se ve obligado a agarrarse la herida para que sus vísceras no se desparramen por el suelo, soltando sus armas en el proceso, mientras te mira aterrorizado. Ese es el momento en que pasas a arrancarle definitivamente la vida. Ya estaba condenado a muerte, pero dejarle vivir más tiempo sólo habría sido un ejercicio de crueldad inútil que podría haber redundado en más muertes de soldados de Krieg. Apenas notas el dolor, llevado por la adrenalina y el júbilo de la victoria, pero cuando aguijonazos de frente y por la espalda te empujan a uno y otro lado eres consciente de que te han alcanzado con más balas. ¿Importa acaso? De hecho, mejor. El grupo que tienes enfrente se ha quedado sin munición y están recargando. Cargas a por ellos y empiezas a dar buena cuenta con tu pala del primero, cuando escuchas una descarga cerrada de fusiles y el resto son también liquidados. Un grupo de hijos de Krieg saltan al interior de la trinchera. Con el terror en los ojos, uno de los marines te mira. Durante un instante te parece que su uniforme es muy diferente. Antes de morir, masculla entre dientes, con el miedo en su lengua:

- Ko... Koschéi...

- Gut gemacht, Privat* - dice secamente un sargento.

Más aliados se acercan a la trinchera para tomarla y posicionarse, cuando una explosión mata a varios de ellos y hiere y derriba a otros tantos. La detonación de la artillería responsable ha sonado muy cerca. Al lado enemigo de la trinchera que habéis tomado hay una pieza ligera de artillería que dos reclutas están operando. Un suboficial marine con una katana les cubre. Antes de que puedas hacer nada, cinco Kriegs ya se han adelantado, en vano. En un despliegue de poderío, el suboficial elimina con una onda cortante azul a uno de ellos, usa a otro de escudo humano para cubrirse de los tiros y avanzar, y mata a los otros tres en una serie de precisos movimientos con la katana.

- Idi ko mne, sobaki!

No tienes ni idea de lo que significa eso. ¿Desde cuándo han abandonado los marines el idioma común? A lo mejor pertenece a alguna de esas islas que, como la tuya, emplea un idioma propio y en el fragor del combate se ha olvidado de hablar común. En cualquier caso, el sargento no parece satisfecho con el resultado ni con el número de hombres perdidos. Parece más que dispuesto a sacrificar más con tal de tomar el cañón y asegurar el paso a los que están cruzando la tierra de nadie. Os empieza a haces gestos para que avancéis.

- Geh da rein! Jetz!**

Cinco soldados más saltan por encima de la trinchera y corren hacia el marine y el cañón, disparando. Nuevamente el suboficial prepara su espada y parece que la escena va a repetirse. ¿Te sumarás al número de cadáveres de este campo de batalla?

traducción:
*Buen trabajo, soldado
**¡Id allá! ¡Ya mismo!
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Mensaje por Krieg el Jue 24 Sep 2020 - 18:50

Mientras agarro al último de los soldados de aquel flanco por su abrigo marrón, este musita sus últimas palabras antes de arrancarle la vida con el filo serrado de mi pala táctica. Koschei... El estúpido balbuceo ha sido pronunciado con demasiado miedo como para que sea el nombre de un familiar querido. Qué más da, mis hermanos estan aquí y la trinchera es nuestra.

Asiento ante el elogio de mi superior; mas algo en mí se retuerce agradablemente por encontrar palabras de ánimo en su boca. La fiereza y el desdén suelen ser las más típicas cualidades de un líder de nuestra franca raza; o quizás yo las he encontrado mucho más a menudo. Cubro mi rostro, afianzando la máscara en la mínima paz del hueco, antes de que esta se acabe y de que el sargento tenga la oportunidad de hacer de mi falta de preparación un sangriento ejemplo para el resto de la tropa. Todo me duele.

Asegurando la muerte de los marines mientras tomo de estos el superior equipamiento fruto, obviamente, del último pedido de las gloriosas fábricas de Krieg, la perspectiva de la batalla cambia. El cañón ha volado parte de la trinchera y, consiguientemente, parte de nuestras fuerzas. Mis hermanos que valientemente habían afianzado sus pies en la deplorable trinchera enemiga han sufrido los estragos de su mala construcción, y el cañonazo enemigo ha sepultado sus vidas bajo tierra y pólvora. ¡Malditos perros del gobierno!

El general da órdenes claras, mas aunque en mi corazón hubiera ido directo a enfrentar al enemigo de frente, no estoy en posición como para saltar la trinchera sin convertirme en un blanco súmamente fácil. Apenas logro asomarme para ver al superhombre rodeado de cadáveres, protegiendo la pieza de artillería que sin duda nos dará más de un quebradero de cabeza. Mas sé qué debo hacer, pues aunque mi general no se haya lanzado de cabeza con el muro de carne que es cortado y explotado, sus órdenes han sido bien claras.

Camino por la trinchera hacia el talud de tierra derribada por la explosión, y recojo de mi camino mi buen fusil y me lo cuelgo para no ser disciplinado al final de la batalla por perder una pieza del equipo en el que se ha vertido el glorioso esfuerzo de nuestros ingenieros. Lamenablemente, es poco probable que la sangre del diestro espadachín o de los artilleros acabe derramada por este. Ahora le toca el turno a los subfusiles que he arrancado de las despreciables manos del enemigo.

Afianzo mis pies sobre los miembros de mis hermanos caídos con el contento de saber que la muerte no les impide servir a una causa mayor. Nuestro deber como soldados e hijos de Krieg es luchar por nuestra patria, y ante el invasor no mostraremos más que la justa ira que se han sabido ganar con creces. Morir en la guerra, morir por Krieg y en este; ¿acaso hay un destino mejor para todos nosotros? Ganar. Sí... Ganar en nombre de todos los que nos han dejado sacrificándose en cuerpo y alma por el resto.

Doy un paso y luego otro, y subo lentamente los brazos trazando la trayectoria hacia el diestro enemigo. Siquiera les compadezco. Ellos han cometido el error de creer que un superhombre es, por extensión, mejor que el resto. En él, diferenciándole, no han inculcado la importancia del número, la unidad de la tropa ni el orgullo por sus hermanos, sino que en su lugar lo han llenado de una arrogante superioridad por ser, simplemente, algo mejor que el resto. Y desde su pequeño pedestal no es consciente que, pese a todo, sigue siendo tan frágil como el resto de humanos. Además, lucha solo. Lucha protegiendo sin nadie que le proteja. Aunque quizá eso sea más culpa del resto que de él mismo. Mis dedos presionan ambos gatillos a la vez sobre las armas que se extienden paralelas.

Apenas levantando un palmo del hueco, y mientras afianzo paso tras paso el camino para poder salir de la trinchera, mis tiros son exageradamente bajos; más ese es el plan. Por muy diestro que sea el espadachín, es físicamente imposible -aunque ello en este extraño mundo tampoco importe mucho- que sea capaz de parar ambas balas que van dirigidas a sus piernas. Extendido y firme, en una postura destinada a proteger sus puntos vitales y destrozar los de los que se le acercan, debe serle imposible parar ambos proyectiles, y si desea esquivarlos deberá hacerlo a costa de dejar de proteger a los artilleros. Sea como sea que se desenvuelvan los acontecimientos, estoy seguro de que la táctica proveerá resultados. Mas haber hecho esto no está exento de riesgos.

—¡Flanquead! —grito para así empujar a mis hermanos a aprovechar la ventaja táctica.

Porque aunque sea poco probable que el cañón siga apuntando en la misma dirección donde ya ha sembrado la muerte- y donde estoy yo avanzando lenta pero inexorablemente- el terreno me deja expuesto a proyectiles, ya sean de metal o de puros filos. Mas si esto le da una oportunidad a mis hermanos para acabar con los enemigos... es un riesgo que me siento honrado de correr.
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Mensaje por Narrador OP el Lun 5 Oct 2020 - 2:23

¿Te fallado la puntería o la fuerza? Más que una de las dos, la táctica. Probablemente usando un único subfusil habrías podido apuntar en condiciones y hubiese sido más eficaz. Tal vez incluso podrías haberle herido con las bastante gravedad como para que tus hermanos lo rematasen sin esfuerzos. Pero la mayoría de tus proyectiles acaban yéndose a todos lados menos a su objetivo. Alguno incluso rebota contra las protecciones del artillero, levantando chispas al chocas con el parapeto de metal. Sin embargo una única bala atraviesa la pierna del marine, haciéndole flaquear y arrancándole un gañido de dolor, mientras su sangre mancha su uniforme y la tierra que pisa. Tus hermanos cargan con gritos de guerra, lo que te extraña. Estas acostumbrado a la ordenada disciplina y el silencio obediente de las tropas de tu tierra, no a que griten como verduleras al entrar en batalla. Mientras escalas por el derrumbamiento te das cuenta de que no hay tal cosa, ni cadáveres de Kriegs bajo tus pies. Estás escalando la trinchera por un lado por el que hay un parapeto que te dificulta la subida.

Empiezas a ver más cosas que no te cuadran. ¿Por qué empuña el marine un pesado mandoble? ¿No llevaba una katana? Eso creías recordar hace un momento. Al mirar a tu espalda tras escuchar gritos de agonía, ves que el proyectil no había caído como pensabas en la trinchera, sino unos diez metros más allá, en lo que antes era tierra de nadie. Y... ¿qué clase de uniformes son los que llevan vuestros soldados? No encajan con los de tu tierra. Ni siquiera llevan máscaras de gas. De fondo más Kriegs se aproximan corriendo a la trinchera, tratando de llegar antes de que la artillería vuelva a rugir. Entonces, al volver a mirar al frente, ves el cañón disparando y escuchas el inconfundible sonido de la muerte a tu espalda, una vez más.

El oficial marine empieza a moverse girando su mandoble, trinchando y destrozando a tus aliados, que no se han molestado en flanquear como decías. Su herida, sin embargo, le acaba entorpeciendo lo suficiente como para que uno de ellos le clave la bayoneta en el costado... ¿por qué esa gente tampoco lleva uniformes? ¿Habéis contratado una división mercenaria y no eras consciente? El ataque del soldado, aunque ha herido al marine, no ha sido suficiente. Con una mueca de rabia y dolor, alza su arma y le hunde el pomo en el cráneo destrozando su cabeza. Entonces, el marine te mira. Y te das cuenta de que no estás mirando a un oficial de la Marina. Es un guerrero de élite del ejército rebelde. Recuerdas entonces en qué lugar estás. La lucha en Kieskaya, el ejército del Zar contra los sublevados. Rápidamente el campo de batalla se desdibuja a tu alrededor. El dolor de heridas que hasta ahora no habías sentido te golpea repentinamente. No estás en Krieg.

Krieg ya murió hace años, y tú eres lo último que queda de tu gente. Un último vestigio con el que morirá tu pueblo cuando tú mueras.
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Mensaje por Krieg el Lun 5 Oct 2020 - 13:06

La precisión es un pequeño precio a pagar con tal de disparar en una trayectoria tal que le impida deflectar las balas con su katana. Con los cañones paralelos, los proyectiles van levantando motas de tierra a medida que se acercan a su objetivo, y bailongos se distraen de izquierda a derecha presas de mi precario agarre. Es difícil disparar de esta manera, mas una espada no puede estar en dos lugares al mismo tiempo y, finalmente, muerden su carne.

¿Qué están haciendo?, pienso arrojando el fusil menos pesado al suelo, ayudándome con la mano para subir el parapeto de tierra. Clavando una rodilla en el suelo y sujetando el fusil, apunto a la marabunta que corre sin disciplna y cae por su ausencia. No son hijos de Krieg. ¿Cómo he podido estar tan ciego? Siquiera sus cuerpos estan aquí, dándome apoyo, sirviendo a la causa... Y nunca más lo estarán.

Por un momento la tensión en mi mandíbula es tal que el dolor de dientes se extiende hasta la cabeza. Rodeado de incompetencia no me queda otra que cargar con la responsabilidad de llevar a esta guerra a término. Aún no me levanto. Mis manos rodean el fusil y lo afianzan, y mi ojo juzga la incompetencia de los guerreros de Kieskaya con una dureza que apenas llega a equipararse a la que me autoimpongo. Coloco mi izquierda sobre el fusil y tenso mi codo, casi anclándolo, para asegurar que la rápida cadencia del arma encuentre un tope que impida por fuerza bruta que se desvíen las balas.

Respiro. Entonces soy consciente que ninguna de las pobres almas a mi alrededor lleva la sangre ni el orgullo de mi tierra. Qué demonios, ni siquiera por la suya. Mis únicos hermanos están atrás, muriendo por la artillería que sigue en pie por mi incompetencia. La explosión resuena a mi espalda.  El error no es de los locales, sino mío, por no ponerlos a buen uso.

Disparo. He esperado al momento en el que estos soldados se lanzan nuevamente hacia el superhombre del mandoble a morir. He apuntado a sus espaldas porque sé que los escudos humanos rara vez son capaces de parar proyectiles del calibre que sostengo. Carne y hueso seran atravesados sin piedad para encontrar nuevamente más carne y hueso en los que hundirse. De todas formas iban a morir, ¿qué mejor que sus muertes sirvan para algo más que para ensuciar la espada del enemigo? Esas son las de las pocas heridas por la espalda que pueden llevarse con orgullo.

Pero mi cuerpo se tensa justo antes de disparar. No ha sido por ver al espadachín destrozar el cráneo de uno de esos incompetentes andrajosos con su pomo. La sangre, las vísceras y la muerte ya no me molestan. Tampoco ha sido por el calor que mana de mis heridas, manchando y apelmazándoseme en el uniforme por todos lados. Ha sido poco antes, al escuchar los gritos a mi espalda. Gritos de terror. Ha sido entonces cuando he comprendido que atrás tampoco estaban mis hermanos. Ha sido cuando he comprendido que estoy solo. Que siempre estaré solo...

Qué vergüenza siento de mí mismo por permitirme sentir arrepentimiento. ¡La guerra no necesita de causa ni de razón, Krieg! Claro que no podré volver a estar con ellos, pero ¿y qué? ¿Acaso no necesitan ser honrados? Llevo los recuerdos de ellos conmigo, y yo soy el último que queda como recuerdo de ellos en el mundo. ¡No es momento ni lugar para el luto!  
Me levanto. Me alzo sobreponiéndome al dolor. El de mi cuerpo no puede compararse al de mi alma, y ninguno de ellos puede equipararse al deber. Yo soy Krieg, y este será un réquiem de fuego y plomo.

Disparo sin tregua al superhombre mientras avanzo, paso a paso y bala a bala. Mi dedo va toque a toque, sin recurrir al fuego automático, poniendo a prueba su entereza y la voluntad de su espíritu. Avanzo con confianza. Avanzo sabiendo que es lo único que debo hacer para llegar hasta mi enemigo. Para darle muerte. Y cuando el momento sea propicio y la distancia suficiente, el cambio al fuego automático marcará el cambio de la batalla. De ahí a arrojar el arma, y dirigirme hacia los que queden en pie a palazos será un nuevo tempo.

Spoiler:
Uso la técnica, única tecnica que tengo, para sobreponerme al dolor. Curiosamente me acabo de dar cuenta que "dolor" no es un efecto psicológico, pero está tal como fue copipasteaada, así que entiendo que es simplemente tipo: "Un efecto negativo". En fin.

Nombre de la técnica: Inquebrantable
Naturaleza de la técnica: Espiritual
Descripción de la técnica: Esta técnica genuina surge del espíritu beligerante de las gentes de Krieg y su preferencia a la muerte antes de la rendición. Activándose en respuesta a un estímulo externo que trate de contenerlos, es capaz de eliminar un efecto de control psicológico usado sobre Krieg (Miedo, hipnosis, dolor, desequilibrio, ensoñación...). Este recibe resistencia al efecto que ha anulado durante el resto del combate. Esta técnica no elimina las consecuencias o causantes de estos efectos (Por ejemplo elimina el dolor, pero no cura la herida. O el efecto aturdidor de una droga, pero no la intoxicación). Tampoco es válido frente a efectos del Haki del rey (mientras no se tenga haki del rey)
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Mensaje por Narrador OP el Dom 11 Oct 2020 - 7:50

Un disparo. Dos. Tres. El hombre se mueve hacia un lado y otro tratando de no ofrecer un blanco estático mientras se aproxima hacia ti con el arma en la mano, buscando el momento apropiado para lanzarse a destrozarte con su mandoble. Sin embargo aunque logra que algunas balas le pasen rozando, otras se le hunden profundamente en el torso. El hombre no parece afectado, pues más allá de un gesto de dolor que deshace apretando los labios, no muestra más señal que le afecte y sigue avanzando. Entonces llegáis a distancias cercanas y aprietas el gatillo, liberando una lluvia de balas. Con tan corta distancia no deberías fallar, y efectivamente no lo haces. Descontando alguna bala perdida y algunas que rebotan o quedan a medio penetrar su armadura, la mayor parte de ellas se hunden en su estómago y su pecho.

Y aún así, llega frente a ti. Tú has tirado ya el subfusil y sacado la pala. Habías esperado que con semejantes heridas cayera. Al fin y al cabo, sigue siendo humano, y pese a su habilidad, no habías visto nada en él o en los otros soldados kieskayos que te demostrase que fuesen auténticos guerreros. Sin embargo, pese a su forma maltrecha, maltratada y graves heridas, ante ti se alza un hombre orgulloso, desafiante y aún dispuesto a dar lucha con sus últimas fuerzas. En el ocaso de su vida su poder parece haber aumentado. Sin un grito de guerra, un insulto o una mala mirada, alza su arma con intención de partirte a la mitad con un tajo descendente. En su rostro ves una mirada que has visto otras veces, aunque no a menudo. La de un soldado que ha aceptado su destino y ha decidido morir luchando.

Sin embargo, aún cuando decidas admirar su coraje, deberías apresurarte. Por tercera vez el cañón ruge, destrozando a más de los refuerzos que llegan desde la primera trinchera. De momento aún vienen más tropas aliadas, pero si no te das prisa, acabará causando tales destrozos que la toma de este lado de la trinchera será una victoria pírrica, y no tendréis ni hombres suficientes para mantenerla de los enemigos que llegarán de derecha e izquierda. Porque, al fin y al cabo, habéis tomado una sección, no todo el recorrido de la trinchera, que se extiende por más de un kilómetro. Aún tenéis trabajo, y para eso necesitaréis más gente.
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Mensaje por Krieg el Miér 25 Nov 2020 - 11:39

Un disparo, luego dos, tres... y así sucesivamente. Pronto se da cuenta que la unica forma de llegar a mí es de frente, aceptando toda la lluvia de plomo, cosa que hace con un orgullo y temeridad que no deben ser reverenciados. Él es el enemigo, solo eso. Aunque muchos falsos soldados admirarían o temerían encontrar frente de sí alguien de tal calibre, yo, como hijo de Krieg, sé que la gloria de vencerle será exactamente la misma. Solo variará mi esfuerzo, que no la fortaleza de mi férreo empeño.

Sólo hay un problema. Pero es nimio en comparación al que enfrentan los soldados tras de mí. Ellos mueren por mi culpa. Por mi incapacidad de dar muerte a este superhombre para pasar a encargarme del equipo de artillería. Esa es la verdad. Y la verdad es que...

Avanzo, pero soy lento; así que el prospecto de derribarle es ahora poco más que una ilusión. Alzo la pala, sujetándola con ambos brazos, para recibir el poderoso embate del mandoble. Mas, aunque mis manos no resbalan, el golpe es demasiado fuerte. Me hundo en el suelo y la onda pasa a través de cada fibra de mi ser, astillándola y retorciéndola bajo su fuerza. La pala me ha golpeado en la parte más alta del cráneo, propagando la fuerza a traves de mi columna hasta llegar a las piernas y al suelo, haciéndome perder por un momento toda sensación y pensamiento.

En mi cerebro solo queda una idea. La verdad. La triste verdad de que pese a que doy todo lo que tengo y más, nunca es suficiente. Nunca lo ha sido.

Lento, torpe, débil, inútil. Cobarde. Mi cuerpo me traiciona y mi mente recibe una golpiza aún mayor. Quiero, pero no puedo hacer nada. Siempre ha sido así. Siempre... he... deseado rendirme. Siempre, sea o no en secreto, he sido una vergüenza para mi gente.

Vergüenza. ¡Qué vergüenza! ¡Qué absoluta vergüenza!

Pero mis palabras no pueden brotar de una boca prieta de esfuerzo.

Mi cuerpo tiembla de dolor e impotencia. Es incapaz de soportar la tensión a la que intento someterlo, y de seguro, se romperá. Mas si lo hace, así tendrá que ser. Tras de mí me juzgan las incontables generaciones de mi pueblo, y no voy a decepcionarles. Mi espíritu, no, mi deber soportará mi carne y mis huesos hasta cumplir su cometido. Hasta el final. Porque si lo que puedo dar es poco, y aunque sea todo, daré más.

Echaré su estocada a un lado con este cuerpo muerto y ajado. Le empujaré, caeré sobre él y le daré muerte hundiendo mi pala dentro suya. Y luego seguiré cumpliendo mi misión, aunque sea arrastrándome, para evitar que mis hermanos perezcan bajo el rugido de la ametralladora. Y luego... luego avanzaré. Mataré. Y ganaremos la guerra.



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Mensaje por Narrador OP el Dom 13 Dic 2020 - 22:34

Como el grito de júbilo de un alpinista que alcanza cotas antes impensables, el crujido del hueso cuando tu pala encuentra dónde morder es la señal inequívoca de que tu cuerpo ha aguantado una dura prueba y se ha mantenido entero. El metal se hunde una y otra vez en la carne del rebelde, pero tus movimientos son tan desmañados y brutales que, sin contar con los que se hunden en tierra, la mayoría de ellos no alcanzan zonas vitales, sino el rostro. Para cuando te lanzas sobre los artilleros y silencias por fin el cañón, no hay rasgo alguno que pueda considerarse humano en aquel amasijo de horror sanguinolento y agonizante. Una mala muerte. Pero muerte al fin y al cabo.

Un goteo de refuerzos comienza a llegar una vez libres del empuje del arma. A izquierda y derecha, los hombres se reparten y se afanan en extender su conquista al resto de la trinchera. No pasa mucho tiempo hasta que se cruzan con los dueños actuales, y en el estrecho espacio del que disponen se desarrolla una carnicería coreada por el repiqueteo de las balas y los gemidos de los que caen por ellas. Los soldados disparan y caen casi en fila, como dos serpientes enfrentadas que se consumen lentamente mientras nueva carne dispuesta a arder ocupa su lugar.

En cierto momento, mientras la refriega continúa, soldados identificados por la cruz blanca de los sanitarios kievskayos tratan de salvar una vida o dos. Sus manos, sucias y rojas de sangre ajena, manchan toda venda que sacan de sus petates antes de aplicarlas sobre los hombres. Aguja e hilo salen a escena, y algún que otro puñal misericordioso para quienes están más allá de la escasa ayuda que allí se les puede proporcionar. Uno de ellos te ofrece asistencia, tal vez porque aplicar su arte sin preguntarte como hacen con otros les resulta intimidante. Unos pocos hombres hablan. “El extranjero de la máscara, el que ha neutralizado el cañón”.

Gozas de un par de minutos de lo que podría considerarse como paz. Después, llegan las noticias y las órdenes, unas entre susurros temblorosos y las otras en forma de grito estentóreo. Se dice que la lucha por hacerse con la trinchera desde dentro no está funcionando. Los rebeldes se han parapetado en ambos extremos, y atacan hacia el centro con potentes lanzallamas. Alguien ha decidido dejar a un lado la idea y reconvertirla: en lugar de extenderse a lo largo de la kilométrica zanja, os haréis fuertes allí y usaréis la sección en vuestro poder como paso seguro para avanzar y atacar las posiciones enemigas.

Ya se está preparando la acometida. Mientras forman barricadas con tierra, madera y cadáveres y trabajan en desmontar el cañón para redireccionarlo, tu alrededor se llena de soldados zaristas que parten a un nuevo capítulo en la batalla, a adentrarse arma en mano en terreno enemigo. Puede ser una decisión cuestionable, pero alguien ha decidido que es apropiado priorizar un ataque atrevido para repeler la ola rebelde. La marea de soldados emerge de la trinchera por la zona que tenéis más o menos asegurada, con el objetivo de atacar las posiciones avanzadas rebeldes, a kilómetro y medio de allí.

Con suerte, les harán retirarse. O suficiente daño como para compensar las vidas y el equipamiento sacrificado.

Con algo más de suerte, alguien sobrevivirá para contar cómo lo lograron.

Levanta de una vez o te perderás la guerra.
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Mensaje por Krieg el Lun 14 Dic 2020 - 19:27

Rojo. Sólo eso. Durante un instante todo se volvió un infierno rojo de gritos, justa rabia y esfuerzo. Para cuando despierto de aquel breve sueño en el que mi cuerpo solo actúa y mata una y otra y otra vez estoy jadeando.

Estoy cansado, pero se trata de un cansancio reconfortante. Aunque el estruendo de la guerra aún se escucha en el horizonte, gracias a mi esfuerzo ha caído la pieza de artillería que nos impedía seguir avanzando. He... hecho bien.

Me tiemblan las rodillas, y sé que no puedo dar un paso más hasta recuperar las fuerzas. El aliento es lo único que puedo reponer, pues poco puedo hacer por la sangre derramada que se apelmaza en mi uniforme. Aunque bueno, creo que la mayoría no es mía. ¿No?

Las sombras pasan a mi alrededor y mi puño se cierra nuevamente con fuerza sobre el mango. Debo seguir luchando contra ellos. ¿Contra ellos? ¿Dónde...? No entiendo bien al hombre de blanco; no la primera vez que me pasa. Luego todo toma cierto... sentido. Uno amargo que he catado antes... ¿Antes del golpe? Sí. Me duele la cabeza, me duele todo.

Tras avanzar torpemente usandolo de muleta hasta la relativa seguridad de la primera trinchera a medio ocupar, gruño en afirmación a la propuesta de la cual he tenido que escuchar dos veces y ver sus intenciones tres. Mientras me borda los descosidos y me pone un parche aquí y otro allá quizás me recupere lo suficiente para seguir luchando. Desearía no ser tan débil como para necesitar esos cuidados, pero no me queda otra. No cuando el mundo todavía gira y quiero vomitar con el estómago completamente vacío.

Me van remendando, y mientras aprietan las vendas y dan alguna que otra puntada sin preguntar sobre la carne que cosen escucho la situación en las voces de los preocupados soldados que pululan recibiendo órdenes, reforzando muros y que arrastran a los pobres desgraciados que han tenido la mala suerte de quemarse y vivir. Parece que aunque la situación es aceptable, está lejos de ser buena.

Los largos pasillos que forman la trinchera es el lugar ideal para las armas flamígeras, y si no fuera por los improvisados muros que levantan nuestros hombres nuestra incursión hubiera sido repelida con rapidez y eficacia. Por supuesto el asedio constante del país y la reducción de su territorio les pone en desventaja, pero sea quien sea quien les está proporcionando las armas desde luego está haciendo un buen trabajo y una buena moneda. Cuando todo acabe nuestro ejército, que sin duda ganará, les buscará para encargarles los suministros que tanto bien nos harían ahora. ¡Ah, quién tuviera una granada de mano en este momento! ¡O un buen tanque!

Ahí estamos, a techo descubierto en una zona fácilmente asediable por los flancos, con un grupo de valientes que van a tirar sus vidas en campo abierto si no corren lo suficiente. El enemigo dispone de menos efectivos sí, y probablemente la siguiente trinchera no esté siquiera reforzada; pero la lanza que forma nuestra infantería deberá afrontar el fuego desde la línea de defensa que hemos apenas fracturado. Necesitarán refuerzos. Necesitarán toda la ayuda que podamos ofrecerles antes de que las filas enemigas vuelvan a cerrarse aplastando la hazaña de la gloriosa herida que hemos abierto en su duro perímetro.

—¿Es suficiente? —pregunto al galeno más bien como una orden antes de intentar levantarme.

Debo moverme, todo mientras cojo alguna que otra arma que los más estúpidos de nuestros soldados van a intentar usar. ¿De verdad creen que cada tipo de fusil es igual al resto? Sí. No hay más que verles. Esa es la creencia de los que no han nacido para la guerra; de los que solo sufren por ella. Mientras mis manos intentan recargar los hierros manchados de sangre con una sistemática eficiencia, me dirijo con paso firme hacia el cargo al mando.

—Permiso para hablar libremente, señor —solicito cuadrándome y parando, muy brevemente, el ir y venir de munición en mis manos.

Espero al gesto o la voz que me proporcione la confirmación.

—Para defender la ofensiva al centro de sus fuerzas me ofrezco para liderar el ataque al flanco al que no esté desplegado el cañón saqueado, con la intención de asegurarlo para permitir el flujo de refuerzos, señor.

Porque si yo había visto el mejor curso de acción para permitir que nuestra ofensiva no tuviese que preocuparse de disparos por la retaguardia, él debía haberlo visto también. Una cosa era dudar de las capacidades de mis iguales, que sin duda eran inferiores, ¿pero de mi superior? No. Después de todo nos había llevado hasta allí sabiendo ver en mi esfuerzo una oportunidad.

Necesitaría al menos de otros tres valientes que no temieran arrastrarse por el barro tras la linde de la trinchera hasta llegar al final donde arrojar la carga de explosivo plástico poco antes de detonarla. Apenas me quedaban unos cuantos metros de cableado, pero con tierra alrededor la explosión debía conducirse preferiblemente por el aire de la trinchera con más intensidad que la que íbamos a enfrentar nosotros al otro lado de la angustiada tierra. Eso o íbamos de frente por el pasillo si eran lo suficientemente valientes, ya que si el lanzallamas podía dispararnos, nosotros podíamos hacer lo mismo y tener la suerte de reventar su tanque y sumirles en llamas. Ambas opciones las comunicaría al mando si me preguntaba qué tenía pensado.
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Mensaje por Narrador OP el Lun 21 Dic 2020 - 12:26

Tu superior se te queda mirando unos segundos, preguntándose qué clase de soldado se ofrece voluntario para una tarea como en la que pretendes apuntarte, si uno capaz de cualquier cosa por no adentrarse con los demás en territorio enemigo o un loco que no está en sus cabales. No parece importarle, porque al final se encoge de hombros y escupe al suelo antes de asentir levemente.

-No seré yo quien te impida suicidarte. Orientaremos el cañón hacia nuestra izquierda, así que trabajarás en el flanco diestro. -El viejo coronel se gira y busca a alguien en medio de aquel caos. No tarda en encontrarlo-. ¡Stigrai!

Un hombre acude raudo a la llamada. Tan sucio y cansado como los demás, jadea con la breve carrera hasta llegar al encuentro de su superior. Ha perdido el casco, y la única protección para su cabeza son unas gafas con los cristales rajados.

-Teniente Stigrai, del cuerpo de ingenieros -lo presenta el coronel-. Tiene usted un voluntario para su incursión. Soldado... -dice dirigiéndose a ti, con una férrea voz de mando. Hace una pausa para que le digas tu nombre- se unirá a la unidad del teniente Stigrai y acosará al enemigo por los túneles. Participará en su escolta hasta la colocación de las cargas. Si quiere ofrecer su vida no tendrá una oportunidad mejor.

No da muchos detalles, así que es el propio ingeniero quien te pone al día. Va a adentrarse por uno de los pasillos subterráneos que parten de la trinchera junto con un grupo de hombres. Se abrirán paso hasta donde puedan y colocarán cargas explosivas para provocar un derrumbamiento masivo más allá de la sección que protegéis actualmente. Pretenden derribar toda la extensión que puedan, abriendo así una brecha en la línea y asegurando su posición en medio de ella. Usarán la artillería para hacer lo propio al otro lado. Son medidas para ganar tiempo, todos los saben. No obstante, el oro en la guerra no vale tanto como unos pocos minutos valiosos.

Siempre puedes rehusar, claro, y lanzarte al ataque directo contra los laterales de la trinchera o sumarte a la acometida más allá de ella, pero para esta tarea se necesita a un soldado entregado como tú.

La unidad de Stigrai está compuesta por seis hombres, contándole a él. Contigo hacen siete, todos voluntarios. Todos tienen un aspecto similar, la misma expresión cansada, la mirada perdida, los nudillos blancos aferrando sus armas. Te tienden una bolsa cargada de explosivos; todos llevaréis una por si el resto muere ahí abajo. Luego enfilan, con el teniente a la cabeza, hacia uno de los oscuros ramales donde les aguarda el incierto destino que comparte todo soldado.

No hace falta hablar para saber que nadie espera salir con vida.
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Mensaje por Krieg el Lun 21 Dic 2020 - 13:55

Nuestro líder parece bastante sensato, y acepta sin tapujos lo que considera mi sacrificio. Aunque eso aún está por verse, no temo en absoluto al acto en sí, y su inicial confusión me indica que no es común en su raza hacer algo tan glorioso. El hombre al que llama parece algo fuera de lugar,  pareciéndome más ingeniero teórico que de campo, pero no me dejo llevar por las apariencias.

—Krieg —digo, un poco a destiempo, extrañado de que un nombre importe en la guerra. Luego escucho la orden—. ¡Sí, señor!

Caminamos, aunque no hay mucho trayecto por el que hacerlo, mientras explica con lo que pronto confirmo es una incauta inocencia propia de alguien que solo ha derramado tinta. ¿Cómo puñetas pretende ir por la trinchera principal, mayormente lineal e indudablemente angosta, de no más de tres metros de ancho, hasta encontrar un ramal que conecte con la siguiente? Sin morir, claro. Sin caer frente al fuego, salpicado o no con acero, pólvora y plomo, cargado con explosivos que no tardo en identificar como clásico TNT. Aunque podamos asegurar terreno suficiente, aquello es simplemente un suicidio. Y aunque no tengo nada en contra de misiones suicidas, aquello no era para nada práctico, ni mucho menos útil.

Aunque viendo lo que tenemos para sacrificar, el coste a recuperar por unos escasos metros casi parece efectivo. Estos jóvenes que me acompañan se arrastran como almas en pena demasiado cansados y enfermos por los horrores de la guerra como para siquiera considerarse que están vivos. Desde luego, no son hombres de guerra.

Afortunadamente, el prospecto da una ligera vuelta de tuerca cuando señala uno de los ramales auxiliares que -casi pareciendo un milagro- se encuentran en la esquina de la zona que hemos asegurado provisionalmente. Aquello cambia algo las cosas.

—Teniente Strigai —exclamo a través de mi máscara para reclamar su atención—. Sugiero que el papel del frente sea asegurar el terreno, mientras que la retaguardia acumule los explosivos. De encontrar una resistencia feroz e inesperada, podrán sellar la sección ya asegurada.

Dicho aquello intento pasar la bolsa de explosivos ignífugos a otro soldado mientras cojo con firmeza uno de los fusiles de repetición enemigo que he cargado y procuro avanzar a la vanguardia.

—Me ofrezco como primera línea, pero sería conveniente lanzar unos cuantos explosivos sobre el muro que bloquea la trinchera principal para impedir cualquier futura respuesta del enemigo que quiera retomar la zona, señor.

La guerra no era un juego por turnos. No era un lugar donde las estrategias fueran infalibles y las piezas, los hombres -aquellos “hombres”- no se quebraran.

Si se me permitía aquella sugerencia, adoptaría mi posición y avanzaría en silencio preparado para disparar o embestir, como se terciara según el peligro de la proximidad, a cada quiebro del estrecho túnel. Y de no aceptarse me limitaría a ocupar la segunda posición, sirviendo de freno y alejando todo cuanto pudiera el paso de la unidad, para no convertirme en una continuación de la línea de pólvora que formaba su primer miembro.
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Mensaje por Narrador OP el Miér 30 Dic 2020 - 11:07

No creerías que te lo iban a discutir, ¿verdad? Tal vez en Krieg hubieses tenido competencia por el deseo de ser la punta de lanza, pero no aquí. Los hombres de la unidad, dispuestos y voluntariosos, te ceden el honor de ser el primero en adentrarse en la oscuridad. Puede que se hayan ofrecido para esta misión, pero no parecen especialmente contentos con su decisión una vez frente a ella. El teniente casi parece aliviado mientras se pone un casco arrebatado a un caído, un tanto demasiado grande para él.

-Nosotros a lo nuestro -te dice-. De la trinchera principal se ocupan otros-. “Y menos mal”, parece añadir su expresión.

Linterna en mano, os adentráis bajo tierra. El túnel comienza con una leve inclinación descendente, una rampa directa a la sofocante oscuridad. Las luces están apagadas, muchas de las bombillas rotas. Encontráis armas y material tirados por ahí junto a varios sacos llenos de tierra y un par de cuerpos acribillados cerca de la entrada. Hace calor ahí dentro, y los temblores de las detonaciones no tan lejanas provocan continuas cascadas de polvo que caen del techo.

No tardáis en toparos con una encrucijada. El teniente indica que hay que torcer a la derecha. Si te girases podrías ver cómo está en el medio de la formación esbozando un burdo mapa con carboncillo. Pasáis por diversas estancias llenas de cajas, algunas de armamento y otras de pertrechos varios. Veis un barracón donde decenas de literas parecen acumularse sin ton ni son.

Cuando Stigrai considera oportuno colocar la primera carga detectáis rastro de enemigos por primera vez. El haz de un par de linternas barre la oscuridad allá delante, desde el final del pasillo por el que andáis, donde os aguarda otro giro. Se apaga enseguida, seguramente cuando ven vuestras luces. Una granada rueda hacia vosotros un instante después. Detona con un estallido de luz y ruido que convierte los posteriores disparos de fusil en meros ecos amortiguados.
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Mensaje por Krieg el Vie 1 Ene 2021 - 18:34

Asiento. Acepto el cargo que me ha sido dado así como la explicación. Quizás no debí dudar, pero cuando uno está en la guerra desea cubrir todos los flancos posibles para asegurar la victoria. Intentando no darle más importancia al dolor de cabeza que persiste dentro de mi cráneo, tomo la primera posición y les indico mediante señas el paso que debe seguir la comitiva.

Me aseguro que la distancia que nos separa es más que prudente, y aunque la oscuridad me engulle aquella no es una sensación desagradable. Casi era como estar en las alcantarillas, echando una mano a mi padre. De hecho casi podría decirse que es hasta mejor, pues no debopreocuparme demasiado de súbitas crecidas, aunque el prospecto de los colapsos a cada bomba que estallaba en la superficie tampoco es algo demasiado alentador.

Avanzaba, pero me tomaba mi tiempo en determinar si la luz que destelleaba de vez en cuando estaba recortada por mi silueta o era la señal de un enemigo. Ir delante sin luz era un riesgo, pero uno que como buen soldado estaba más que dispuesto a correr.

Poco después me doy cuenta de que el tunel se abría, y asomandome a las entradas de la encrucijada intenté asegurar que allí no había rastro alguno del enemigo fusil en mano. Pronto el Teniente Strigai me indicó el camino a seguir, aunque desde luego no me agradaba en absoluto dejar a nuestra espalda dos rutas por la que nuestro enemigo pudiera sorprendernos.

Atravesamos diversas cámaras destinadas al almacenamiento de suministros y al descanso y relevo de los soldados, mas aunque me gustase detenerme para inspeccionarlas con más interés, no me detengo y me centro en cumplir mi labor como perro. De hecho la única parada que hago es para asegurarme que tras alguna sospechosa acumulación de caja y bajo aquellos catres no se escondía algún peligro merecedor de un tiro en la frente.

Pronto parece que mi orden principal empieza a cumplirse, pues Strigai señala los puntos donde deben colocarse los explosivos. Es entonces, en medio de ese pasillo largo y estrecho en el que sirvo de receloso guardián cuando, al fondo, allí donde antes no había más que la silueta de una pared y la oscuridad, destalla una luz que pronto se entrecorta.

—Scheiße —murmuro entre dientes al ver el proyectil rodar con rapidez hasta mi posición.

Clavo una rodilla en la tierra para afianzar mi posición esperando, casi con cierta esperanza, que el enemigo no haya destinado un explosivo para sellar aquella zona.

No... No es... Verdad. Lo he hecho porque...

Explota. El ruido zumba y retumba, pero sigo anclado al suelo. Entero. La luz me ha hecho entrecerrar los ojos, pero los cristales de mi máscara están hechos para resistir este tipo de ataques, y lo cerrado del cuero ha impedido lo mejor que ha podido me estallen los tímpanos.

Sintiendo el ruido del plomo que vuela, fijo las dos manos sobre el fusil preparándome a disparar un par de cortas ráfagas el línea recta, destinadas al vientre de un enemigo al que no puedo ver. ¿Pero qué importa la vista en un túnel? Los topos no la necesitan. Mas antes de hacerlo, y a sabiendas de que los que están detrás de mí no pueden disparar conmigo delante, procuro asegurarme que sus armas son como la mía. De ser así no hay duda, y disparo como ellos un par de veces.

—прекратить огонь,мы союзники. // Detened el fuego, somos aliados.

Hay más armas en la guerra, armas que no hieren.Entonces poco a poco intentaría levantarme y avanzar, reclamando como míos más metros pese al metal que golpeará mi kevlar y a los que llegarán a atravesar mi carne. Debo darles tiempo a que sellen el tunel tras de mí, y debo aniquilar a mi enemigo.



Por supuesto, si los disparos eran disparos y no ráfagas, simplemente gritaría aquello en puro kyeskayo, avanzando sin disparar con suma prudencia.Pues no todo bajo tierra era el enemigo.
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Mensaje por Narrador OP el Mar 5 Ene 2021 - 12:47

Echando un vistazo a las salas que te cruzas no et topas con enemigos, solo papeles quemados, ropa tirada y pruebas claras de que un nutrido grupo de  gente ha tenido que salir de ahí rápidamente. Hay paquetes de raciones aquí y allá, bastante nutritivos, sin duda del alijo personal de algún soldado poco disciplinado.

volviendo al presente, la ancestral estrategia del “Que soy compañero, coño” no da resultados. Demasiado ruido, demasiada tensión en el aire como para que ahí delante escuchen siquiera lo que tienes que decir. En la guerra no se razona. Se dispara, y luego tal vez, solo tal vez, uno se acerca a averiguar qué o quién es lo que ha derribado.

Las balas llueven en ambas direcciones. La tierra salpica, los haces de las linternas bailan enloquecidos sembrando el túnel de sombras cambiantes. Delante y detrás de ti arrecian los disparos. Uno de tus compañeros apieta el gatillo en un ángulo demasiado apurado. Sus balas pasan más cerca de ti de lo que deberían. Las del enemigo se acercan aún más. La precisión no es su fuerte, pero la estrechez del túnel hace fácil darle a algo incluso sin apuntar demasiado.

Eso funciona en ambas direcciones. Mientras que te conviertes en un blanco fácil según te aproximas a los tiradores y el impacto de varios disparos impactan en tu chaleco, un enemigo cae. Suelta el arma y se lleva la mano al cuello mientras la sangre se empeña en escapar. Un gorgoteo indica que se ahoga, ignorado por su compañero, que retrocede hasta protegerse tras la esquina. Ni siquiera ha intentado arrastrarlo a cubierto.

A tu espalda, Strigai dice a voces que la primera carga está puesta. Toca avanzar a la siguiente ubicación. Más adelante, el rebelde restante llama a alguien a gritos. No se oye respuesta alguna. Se asoma y dispara de nuevo antes de echar a correr. Si lo sigues verás como el túnel continúa idéntico tras girar, con apenas cuatro o cinco bombillas encendidas en los quince metros de línea recta. El rebelde corre sin mirar atrás, disparando al azar de vez en cuando sin girarse siquiera. Tras avanzar unos metros, para medio segundo y da un paso que no concuerda con el ritmo de la carrera, como un saltito. Luego la retoma y se refugia tras un nuevo giro del camino. Por allá se oyen ruidos poco tranquilizadores. El instinto del soldado identificaría los ruidos como piezas, metal, balas tintineando. Pura rutina.
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Mensaje por Krieg el Dom 10 Ene 2021 - 20:05

Por supuesto que debían ser el enemigo. Esa es mi suerte. Encontrarlo de frente, enfrentarlo de cara, encarándolo sin miedo. Sin miedo a las balas que cruzan el estrecho túnel silbando y mordiendo, hasta que una viene desde la espalda y retrasa uno de mis pasos el tiempo que hubiera tardado en dar dos. ¿Qué están haciendo? ¿No entienden lo peligroso que es exponerse? Yo soy el que recibe las balas. El que debe recibirlas en el pecho.

Duelen. Una bala a través del kevlar no te atraviesa, pero es como si un experto genio del billar te golpea con todas sus fuerzas a través del taco. Te frenan, te quitan el aliento si no lo agarras con fuerza y, desde luego, te hacen gritar. O quizás gritas para dejar escapar con ello el dolor. Y disparas.

Sí, disparo. Y él no lleva protección contra el crudo proyectil repleto de odio. Le ha dado. Lo sé porque dejo de escuchar el cambio en el tempo, y el sonido de su arma dando contra el suelo. La vista me vuelve a tiempo para ver el abandono de su compañero, y sigo avanzando.

Levanto el puño solicitando con mi destreza marcial, esa de la que parece alguno de mis compañeros carece, el alto el fuego. Con el silencio, ese relativo a la guerra que nos rodea, el sufrimiento del soldado enemigo reverbera en el tunel. Le miro.


¿¡A qué estás esperando, soldado?!


Un disparo a la frente, solo uno, y toda la mueca se disipa en un charco de sesos y polvo que acaban mezclándose en el suelo. Una bala malgastada en un lugar donde la bayoneta resulta demasiado incómoda de usar.

Alguien grita, y me giro con el arma hacia el ruido, pero tal y como el que se asoma con prisa también yerro en mi corta ráfaga. Si hubiera estado más atento... quizás... La culpa es mía.

—Que alguien tome su munición —solicito, o más bien mando, mientras ocupo la esquina y la uso de cobertura.

Desgraciadamente, aunque pueda ver, el fogonazo persiste como una mancha de colorse titilantes en mi campo visual, y prefiero no continuar malgastando balas cuando puedo observar cómo y a donde se desplaza mi enemigo. Me doy cuenta entoces de un detalle, uno obvio por el salto, pero que bien puede esconder detrás varias razones.

—¿El que ha disparado antes llevaba explosivos? —pregunto, apostado y apuntando hacia el giro por el que puede asomar una cabeza más a rebentar—. Porque prefiero que ese valiente los deje antes de acercarse a exponerse a la línea de fuego.

Sangro. Las balas quizás no han pasado mi protección, pero sin duda han jodido los parches de los buenos médicos. ¿Cuánto más podré aguantar el dolor y el cansancio que me recorren? Porque debo aguantar al menos hasta que hayan colocado la última carga.

—Parece haber una trampa en torno a la...—las cuento para asegurarme—...tercera bombilla. Pero ¿de qué tipo? ¿Cable, mina o hueco? —pronuncio informando a los hombres que he de proteger en mi mejor kieskano—. La marcaré. Voy.

No hay necesidad de pedirles que me cubran. No hay hueco para que puedan hacerlo. Esta es una misión en la que me arriesgo en solitario, una en la que el único a culpar por su fracaso será a mí. A mí. A toda la nación de Krieg. Y es por eso que no puedo permitirme fracasar; pues peor será la vergüenza al olvido.

Avanzo. Lo hago gacho, apuntando allá por donde puede asomarse, midiendo con cuidado cada paso antes de detenerme poco antes de donde le vi saltar para intentar inspeccionar el terreno. Luego buscaré la mejor forma de sortear la trampa y quedar tras ella, más cerca de mi enemigo que él de esta. Apuntando, en silencio, mientrsa me tumbo en el suelo antes de volver a avanzar.

¿Quién se lo va a esperar? Y si están montando alguna máquina en la trinchera, esta suele tener una altura fija, que convierte mi extraña postura en la mejor opción para aniquilarles. Mi sangre y el rastro que deja mi torso pegado al suelo es un pequeño precio a pagar, uno que ya estoy pagando sea cual sea la postura.
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Mensaje por Narrador OP el Dom 10 Ene 2021 - 21:44

Un cable tenso a un centímetro del suelo es lo que encuentras al inspeccionar la trampa, y otro más un paso más adelante, una segunda medida de precaución, por si las moscas. Ambos están conectados a un dispositivo todo lo oculto que se puede estar, bajo una camisa ensangrentada aparentemente tirada por ahí. Es bastante poco sofisticado, pero sería sensato asumir una letalidad garantizada en tan poco espacio. Cuenta con un par de protuberancias esféricas de plástico, sin duda llenas de metralla.

Será fácil de desarmar si te tomas la molestia. Un poco de cuidado y unos segundos serán suficientes para unos dedos entrenados. No puedo hablar por lo demás, pero los segundos se antojan escasos. En la siguiente intersección asoma un cañón. Un cabezal alargado y sembrado de agujeros se deja ver bajo la última bombilla, a unos metros por delante de tu posición. La inquietud se palpa entre tu unidad.

-Atrás -ordena Strigai, tal vez recordando un compromiso más urgente que estar ahí en ese preciso momento.

La ametralladora tarda cinco largos segundos en colocarse en posición, encarando el estrecho túnel hacia vosotros. Su escolta de tres soldados armados procura no poner las botas en el camino de las ruedas del armatoste. Este es puro metal, la guerra hecha arma. En altura alcanza el pecho de un hombre, con una boca negra y funesta que parece rugir de anticipación. Una ristra de balas emerge de su parte trasera como los intestinos desparramados de un hombre de hierro, unas tripas capaces de recorrer el pasillo en su totalidad y agujerear casco, hueso y carne en lo que dura un parpadeo, con la potencia y rotundidad de un castigo divino. Imperceptible, brutal, inevitable, como los designios de un demonio o la ira de un monstruo dirigido por la voluntad de los rebeldes que lo custodian.

Un dedo enguantado se acerca al gatillo.

El monstruo dispara.
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