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¿Trama? ¿Qué trama ni qué puñetas? ¡Estás de vacaciones! [Moderado de nivel 4 Liam]

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Mensaje por Krieg el Miér 19 Ago 2020 - 14:30

Tienes unos cuantos días de permiso. La marina no puede permitirse el deje burocrático de que la gente los acumule y luego se tire meses sin pisar un barco, por que de ser así muchos perderían la costumbre y las fuerzas al verse envueltos por la vida civil. O quizá la razón sea más oscura, pues no son pocos los que vuelven al hogar durante el tiempo suficiente como para que sus seres queridos se den cuenta de que realmente han cambiado... o que han cambiado ellos mismos.

Por suerte tú no tienes que dar muchas cuentas a nadie, Liam. Tú debes volver al hogar como un vicealmirante para probar que tu título no reposa sobre una cabeza indigna. ¿No te abruma a veces la vida que tienes? ¿Acaso no sientes alguna vez que la caballería es un código que te ata? Probablemente no. Eres una buena persona, y seguro que buscas la manera de justificar tu dogma y tus actos por el bien común. ¿Más cuanto has de sacrificar? Quizás ni te des cuenta o ni te importe que otros reclutas están viviendo su juventud con más intensidad y menos ataduras que las que te autoimpones. O las que te han impuesto. Al fin y al cabo todos somos como nos han criado... ¿verdad?

Demasiadas reflexiones para este narrador, tantas que solo ocupan el hueco que deberían estar llenando extensos párrafos sobre el té de Le souffle de la rue, una pequeña tetería más famosa por sus pastas que por el exquisito té que está rozando tus labios. Hace mucho que no vienes, así que no te impediré disfrutarlo mientras intentas alejar de tu mente si el recuerdo del sabor es o no mejor que el sabor en sí. Ay, si supieras que el local nació por un amor prohibido entre gentes de reinos tan iguales en tanto que, naturalmente, estaban enemistados. Quizá sea ese conflicto lo que haga de esta experiencia algo tan exquisito.

¿Qué sería de la vida sin conflictos?

Un hombre, uno como tantos otros que pueblan English Garden, toma el asiento libre frente a tí. Después de todo las mesas suelen ser parados, por pequeñas que sean. Ni ha pedido permiso ni parece que vaya a hacerlo. Envuelto en una gabardina gris y bajo un bombín que se levanta ligeramente como saludo, el mostachudo y ligeramente obeso investigador de cansados ojos pardos te mira directamente a los ojos. Quizás más bien al alma.

—Un hombre es asesinado en su habitación de hotel, al fondo del pasillo. Lo encuentra la criada, que había ido a cambiar las toallas en silencio, pues sobre el pomo forzado de la suite, como tantos otros días, reza un cartel de "No molestar". ¿Cómo encontrarías al asesino? —te pregunta, palpando su pecho en busca del bolsillo donde ha depositado una pequeña pipa que no tendrá reparo alguno en encender.

Empieza fuerte la cosa, o quizá de manera extraña. Pero al menos es un comienzo.


Última edición por Krieg el Jue 20 Ago 2020 - 12:52, editado 1 vez
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Mensaje por Liam D. Griffith el Miér 19 Ago 2020 - 17:11

El crujir de las pastas de té a lo largo de toda mi dentadura solo podían afirmar que había vuelto a casa. Desde mi idea de English Garden, hacía ya meses, en búsqueda de un exitoso futuro en la Marina, no había probado siquiera unas parecidas o que pudieran enfrentarse a aquel sabor tan refinado, portadores de tanto mimo. Se me escapó un ligero gemido del gusto que traía aquello a mis papilas gustativas y, en cuanto tragué para darle fin al disfrute de la lengua, no pude hacer otra cosa sino aspirar con la nariz profundamente. A pesar de que mi entrenamiento en la casa de los Griffith pasaba por no alejarme demasiado del deber —siempre acompañado de otros oficiales de la misma o de gente de mi misma generación—, no podía evitar que el olor del té de Le soufflé de la rue me trajera decenas de memorias y, más aún, fuera el emblema de la isla al completo.

«Te fuiste a alistar en la Marina, y ahora vuelves a casa siendo el más bajo rango… ¿Es esta la forma de hacer las cosas? ¿No traeré vergüenza a los míos si me ven así…?», medité, negando con la cabeza un par de veces. Por lo pronto trataría de evitar las calles colindantes al lugar donde los Griffith vivían, tratando de no tener conversaciones molestas o vergonzosas de no ser completamente necesarias —ya que ni el mismísimo Erasmo Griffith conocía de mi actual paradero, así que el resto de oficiales serían sorprendidos de verme por allí—. Me llevé la taza de té a los labios, notando primeramente el calor que provenía de la cerámica para luego tragar la bebida, que acentuaba el sabor de las pastas y estas lo hacían con el líquido. Ambos se potenciaban mutuamente, sacándome una sonrisa y un deseo de replicar la receta de los dueños, pero me negaba a copiar platos que no fueran míos o, en cualquier caso, cedidos por el dueño.

Se me escapó un suspiro, algo poco habitual en mí, pero este era debido a la tranquilidad que me traía estar allí, especialmente tras el trabajado desenfrenado que había tenido en las filas de la Justicia. En parte me había negado a aceptar unas vacaciones sin ascender en la jerarquía, pero a su vez me parecían un pago equivalente al esfuerzo que había llevado a cabo a lo largo de tantos días. Misiones, entrenamiento, papeleo y dolores de cabeza eran el plato de cada día y por una vez tras tanto tiempo no estaba mal cambiar la rutina. Solo quedaba hacerle una visita a todos los establecimientos que me gustaban de English Garden, alquilar un hotel y dejarme embargar por la nostalgia y los exquisitos sabores del lugar. Tranquilidad y buenos alimento—

Y, como salido de la nada, un hombre se sentó justo frente a mí como si buscase algo. «¿Me conoce por mi cargo…?», me pregunté. No podía ser, ya que ni llevaba el uniforme de los Griffith en aquellos instantes —aquel que portaba el escudo— ni el de la Marina. Tampoco me sonaba haber mantenido cualquier tipo de conversación con una persona así, y eso que no escaseaban a lo largo de la plaza y Lambhill; todos parecían estar cortados del mismo molde. O me reconocía por el estoque que llevaba, que tampoco era demasiado destacable, o simplemente se había decidido aquella mañana a asaltar a un simple desconocido, y ambas opciones eran igual de extrañas.

— ¿Perdona…? —dije en cuanto calló, tras soltar un extraño acertijo y buscar su pipa, que no tardó en encender justo a mi lado. Obviando el humo, que hasta cierto punto me molestaba, traté de darle lo que venía buscando: una respuesta. Quizás así me dejaría en paz o me daría alguna razón para estar haciendo aquello mismo.

Hotel, habitación al fondo del pasillo, criada con toallas, pomo forzado, cartel de ''No molestar''… Eran pocas piezas en el tablero, pero las suficientes como para hacer a uno dudar. Cerré los ojos un segundo para imaginar el escenario frente a mí y, sabiendo que no era algo realmente complejo, no fue difícil de lograr uno bastante fidedigno. Los abrí, separando los labios para dejar fluir una voz que no parecía estar demasiado segura de sí misma. Confiaba en mi respuesta, pero no en lo que pudiera hacer él, aunque estando en una zona tan concurrida… No tenía mucho margen de acción.

— Quizás me limito a mirar demasiado cerca, pero… —Recogí una pasta de té, sujetándola mientras le miraba al profundo bigote y luego a los ojos—… tiene un cartel de ''No molestar'' en la puerta. Bajo ningún concepto, que sepa por experiencia, la criada podría haber entrado a investigar la habitación, ¿no es así? Aunque no respondiera. Así que la mujer tiene una clara sospecha sobre los hombros, aunque no hay ninguna evidencia con tan pocas pruebas. Podría haber cámaras, un hilo de sangre bajo la puerta, que esta estuviera entreabierta… —No me gustaría descartar ningún tipo de opción, pero quizás le estaba dando más vueltas de las necesarias a una cosa como aquella.
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Mensaje por Krieg el Miér 19 Ago 2020 - 20:19

El hombre de rostro redondo agita su bigote como el cepillo del más diestro limpiabotas. Sonríe un poco, contento con tu deducción pero más contento porque ha comprobado que es más listo que tú.

—Vas por buen camino, muchacho, pero aún te falta leer muchas novelas de misterio. El cartel de no molestar era una trampa obvia, y rápidamente te dirían en recepción que el señor de la habitación permitía que las chicas pasasen para limpiar el baño que estaba cerca de la puerta. —Vaya, eso podría haberlo dicho antes, quizá te hubiera dado más pistas en vez de decir la habitación al fondo del pasillo—. Quitándole entonces la culpa a la pobre criada, esta hubiera podido huir cuando las sospechas fuesen menos acusadas. La clave, amigo mío —¿Te ha robado una pasta? ¿Cuando? ¡Te ha robado una pasta! —, era que nunca hubiera visto el cuerpo si estaba en la habitación del fondo.

¡Tu pasta! ¡Véngala! ¡Se la está llevando a la boca! ¡Míralo, si parece que es un gato que lleva una golondrina en la boca con ese bigote! Antes de que el manjar se pierda en la negra inmensidad de su vello facial, el investigador se detiene.

—¡¿Dónde están mis modales?! —Ahí no, desde luego—. Soy el Agente Matson, de la policía secreta al servicio de la corona—. Y dicho aquello se zampa el biscuit y comienza a hablar mientras emana miguitas que pasan a decorar como caspa su lustroso bigotón—. Señor Griffith, está usted en inmenso peligro. Tengo las graves sospechas de que está en el punto de mira de un asesino.


Mira tú por donde. Mientras su mano va a por la siguiente galleta, espera tu reacción para continuar dándote detalles.

—Hemos recibido una crípitca carta a modo de amenaza por la que he deducido que no es otro que usted el que dicho monstruo planea asesinar.

Tras robarte la galleta, o no hacerlo si se lo impides, se saca un papel doblado en el que yace escrito a mano lo siguiente:

"El blasón azul ha pasado demasiado tiempo manchado por sangre roja. Pero no se preocupen, yo me encargaré de enmendar ese error".

—Muchos de mis compañeros piensan que son otras familias en las que hay ciertos... —mueve las manos—. Asuntos de sangre y justicia, y están trabajando en ello, pero yo creo firmemente que se trata de un asunto para mantener la "pureza" de la nobleza. No he encontrado alusiones a la justicia, al menos, que me empujen a pensar como mis compañeros pese a los rumores que se cuecen por la comisaría.

¿Y qué hace él aquí? ¿Han planeado ponerte un guardaespaldas con estas pintas de incompetente y comilón? Quizás la verdad sea otra...

—Me pareció mucha coincidencia que llegase usted aquí justo un par de días de que encontrásemos la carta, la verdad. ¡Y yo no creo en las coincidencias!


Última edición por Krieg el Jue 20 Ago 2020 - 12:58, editado 1 vez
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Mensaje por Liam D. Griffith el Jue 20 Ago 2020 - 11:41

Una sonrisa se pintó en mi cara en cuanto escuché las cuatro primeras palabras, pero el leve tono condescendiente —quizás leve era decir demasiado— no tardó en arrebatármela para dejar paso a una mueca de cierta indiferencia. «Así que esa era la respuesta, ¿eh…?» medité, para que segundos después me asaltara otra pregunta completamente lógica: «¿Cómo demonios iba a llegar yo a esa conclusión…?». Tenía cierto sentido aquello que decía, no se lo arrebataría sin necesidad, pero distaba mucho de lo que parecía ser algo a lo que yo llegaría por mí mismo. O sea, una frase más o una pista más concluyente —que sirviera de algo, mejor dicho— hubieran sido bastante valiosa, más que datos que pecaban un poco de subjetivos. Aun así, y a pesar de que no estaba del todo de acuerdo con el desenlace que estaba teniendo aquella charla, no le reprendería, porque parecía ser tan terco como para no retroceder lo más mínimo, tuviera o no razón.

Dicho lo cual, parecía tener tanta confianza conmigo —o en sí mismo— o tan pocos modales como para tomar de mi propio plato, amenazando con llevarse a la boca una de esas pastas de té que yo había encargado con todo el cariño y toda la nostalgia de este mundo. Se me agrió ligeramente el rostro, momento en el que algo en mi mente clamó venganza, sentimiento que me apresuré en hacer desaparecer. Era una sola pasta de un plato bien surtido, así que si no terminaba por coger un puñado se lo podría permitir hasta cierto punto. No necesitaba montar un escándalo en uno de mis establecimientos preferidos que, además, podría atraer atenciones indeseadas —o la de mi familia, que no tenía muy claro cómo catalogarla en aquellos instantes.

Aun así, no terminó de cometer el robo porque cayó en que sus formas no estaban siendo las más correctas y, por primera vez desde que tomó asiento, no podía hacer sino darle la razón. Aun así, no asentí, pues en ese caso el maleducado sería yo. En cuanto comenzó a hablar, la pasta de té que sujetaba con la diestra cayó nuevamente al plato y mis ojos se abrieron de par en par. Conocía la existencia de la policía secreta, ya que en alguna que otra reunión de los Griffith había salido el tema y no escaseaban sus apariciones en los distintos rumores que corrían a lo largo de English Garden. Aun así, su existencia no era algo probado sino algo lógico: obviamente, debía de existir para poder controlar la isla, pero nadie tenía una evidencia conclusiva. Y ahora, este señor aparecía ante mí con un comportamiento tan excéntrico como aquel y sin tapujos a la hora de presentarse como una leyenda de la isla.

Con un cierto sentimiento de duda y de sorpresa, le dejé explayarse.  «¿Yo? ¿En peligro…? Soy solo un chaval con un cargo un poco mayor al resto de mi generación…», pensé, tratando de quitarme todo el peso de encima que pudiera, pero aquellas cargas todavía se mantenían sobre cada hombro. Trató de dar las razones por las cuáles llegaba a la conclusión a la que llegaba, sacando un papel que no tardó en mostrarme. Entendía por qué podía pensar que se refería a mí: el blasón azul era aquel que portábamos los Griffith, mientras que yo distaba mucho de ser noble, por lo que tenía sangre roja. «¿Pero esto no podría ser una amenaza para una gran cantidad de familias nobles que adoptan…? Pocas tenían un escudo azul, pero existían. Menores, pero existían.» fue lo que llegó a mi cabeza, tratando de zafarme de todo este entuerto, pero era cierto que no podía mantenerme ajeno a todo aquel embrollo visto lo visto. Me llevé ambas manos bajo la mesa, tratando de frenar el temblor sujetándose mutuamente, mientras clavaba mis ojos en los del señor:

— Suena lógico y veo cuál es tu razonamiento, pero como bien me acabas de enseñar, uno tiene que dudar. ¿Puedo ver su acreditación como policía secreta, o alguien me lo puede confirmar? —Mis pupilas se afilaron—. ¿Y por qué usted, de entre todos, lleva el mensaje? —Quizás era una simple copia, pero no podía desestimar aquella posibilidad. Todo era una compilación de coincidencias, una tras otra, pero podían tener razón de ser si él me convencía de ser lo que clamaba.
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Mensaje por Krieg el Jue 20 Ago 2020 - 13:39

El agente Matson sacude su bigote con molestia, ¿¡cómo puedes dudar de un agente de la justicia como él?!, pero tras regarlo todo de miguitas con su gesto se lleva la mano al bolsillo de atrás de su pantalón. Saca una cartera, un pequeño pliegue de cuero impreso con el famoso y bien conocido blasón real y lo abre, dejando bien a la vista un carnet en papel antiguo escrito a máquina. Aunque la foto impresa parece de alguien más joven, aproximadamente unos quince o veinte años, ese bigote característico es claramente un estadío previo pero fácilmente reconocible de la veracidad de su identidad.

De todas formas, por si te quedan dudas, lo deja bien a la vista, aunque sus ojos van de aquí para allá para que nadie más del café, especialmente algún curioso camarero, echen un ojo a sus datos. Estos rezan así:

Datos:


Ministerio de Defensa del Reino de English Garden.
Identificación de Agente de Campo

Nombre: Mathias Watson  
C. Identificación :   MWWM-3ll4-4232-9989  
Permisos:   Nivel II
C. Supervisor:   EEXX-3729-5555-1728




Los sellos parecen oficiales, la verdad, aunque no es que tengas muchas referencais para comprobar si son ciertos o no.  De todas formas vuelve a guardarse su identificación en el mismo bolsillo y tomando la pipa sin dar una calada siquiera te dice.

—¿Confías ya en mi entonces, Liam? Por que es mejor que nos vayamos cuanto antes; el asesino podría aparecer en cualquier momento... —de repente mira con espanto las galletas—. No... no, ese no es su estilo. Qué susto, casi se me cierra el estomago...

Y dice casi porque su puñetera manita ya va a por la siguiente. Si accedes a ir con él, os pondréis de camino a la zona sureste de Marblesquare, aquella cuya cercanía con Floodport hace que muchos de sus negocios hayan preferido dedicarse a negociso con sustento marítimo como los famosos restaurantes de empanadas de anguila. A paso firme pero algo torpe en sus mocasines recién limpiados, el agente irá de esquina a esquina de las calles en un patrón anárquico y extraño que parece dar vueltas y m´sa vueltas a distintas callejuelas, quizás con la intención de despistar a posible gente que os sigan. De hecho en ma´s de una ocasión se mete por sitios por los que apenas cabe y en los que tiene que sujetarse la tripa para poder cruzar. Finalmente, llegaréis a una especie de recodo de un barrio residencial cuya pintura está algo chafada por la sal del mar, en cuyo centro hay un pequeño pozo comun y en torno al cual reside una diminuta plaza rodeada de pisos de madera vieja y alguna que otra ventana de cristales envejecidos por el sol. Muy bohemio todo, aunque allí no parece haber más vida que la de las ratas que pululan ocasionalmente de aquí para allá entre el alcantarillado.

—Este es uno de los pisos francos —te susurra tu acompañante, mirando de aquí para allá  para comprobar que efectivamente no os sigue nadie -si es que alguien lo ha hecho en algún momento—. Vamos, arriba —te comenta señalando una de las casas más altas -y desvencijadas- probablemente diseñada originalmente para contemplar desde bien lejos los barcos que llegaban al puerto.

El agente Matson abre la puerta que da al "bloque" de pisos, o más bien al pasillo en el que hay unas cuantas puertas más y por el que sube al fondo una empinada escalera de caracol. No tarda mucho en subir los escalones con agilidad, uno tras otro, sin siquiera apoyarse en las barandas esculpidas. ¡Ah, las tallas! Cuando te acercas, si es que lo haces, puedes comprobar que aunque al principio son algo toscas, cada centímetro en el que avanzan puede verse una notable mejora de las habilidades del artista. Lo que en principio eran toscos y cuadrados caballos pasan a ser contorneados cisnes, luego finos zorros y finalmente complejos conejos que se salpican después de leones, dragones e incluso rostros humanos que expresan una miríada de emociones.  ¿Cómo puede tal obra de arte estar allí, donde apenas la aprecian? De hecho hay hasta un tramo roto, perdido, que a saber qué maravillas habría ocultado.

—Siéntete como en tu casa, porque va a serlo durante unos días —dice el agente, que cuando llegas ya tiene la puerta abierta, revelando una estancia sin habitaciones llena de muebles tapados con largas sábanas amarilleadas por el sol.
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Krieg

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Mensaje por Liam D. Griffith el Vie 21 Ago 2020 - 11:41

Dicho y hecho. No descubrí duda en sus palabras, sino más bien un deje de cansancio y quizás vagancia, además de una clara señal de que no le había sentado bien que no me fiase de él directamente por alguna razón. Me parecía lógico desconfiar de alguien que se sienta a mi lado sin más razón, teniendo ya en cuenta que, para encontrarme allí, tenía que haberme espiado. Él o sus compañeros, pero alguien le había desvelado qué camino seguía. Durante un instante le clavé la mirada al mesero, juzgándole por quizás ser parte de esa policía secreta, pero aquello era lanzar un dardo a una diana kilométrica.

Aunque sea, aquella especie de acreditación tenía su foto —que no se había renovado en muchos años, por lo que se veía— que, a grandes rasgos, era lo más entendible de todo el documento. Se llamaba Mathias Watson, quizás de ahí salían las ''M'' y las ''W'' inmediatamente posteriores. Tenía un nivel II de permiso, lo que significaba —presumiblemente— que no estaba capacitado para hacer según qué tareas, pero sí unas pocas más que sus aprendices, suponiendo que no existieran solo dos niveles. De todas formas, asentí, haciéndole un gesto para que entendiera que era libre de guardar aquella información tan comprometida. Solo hacía falta ver el movimiento de sus ojos y la premura que tuvo en hacerla retornar a la cartera para hacerse una idea de lo nervioso que estaba acerca de esta siendo revelada a un civil común. «¿Será verdadera…?» era la duda lógica que tenía ahora. Tampoco es que tuviera mucha base donde opinar, pues era la primera persona perteneciente a este cuerpo que conocía, por lo que por ahora tendría que darle el beneficio de la duda.

En cuanto pudo notar que estaba un poco más convencido que al preguntar, aprovechó para llevar la conversación a su propio ritmo, tratando de llevarme fuera del establecimiento sin terminar mis galletas. «¡No, mis niñas…!», dije para mis adentros en cuanto noté que me estaba llevando por la puerta, algo chamuscado por el último comentario que hizo antes de robarme, por segunda vez, una de mis ricas pastas. «¿No es su forma de hacer las cosas…?» medité por el camino, tratando de ignorar cómo el señor se paraba a investigar cada resquicio de las calles. Si así no llamábamos la atención de media English Garden, y por ende de los Griffith, podía estar seguro de que no me verían de otra forma. Suspiré, siguiéndole lo suficientemente cerca como para no perderlo de vista, pero tratando de no ser relacionado con un rarito como aquel. Poco le faltaba para quedarse atrapado dentro de alguna callejuela que, como si de un spaghetti se tratase, intentaba atravesar con dificultades. Yo le seguía, esforzándome por no manchar mis ropas con la suciedad que embargaba cada pared de aquellos sitios por los que nadie pasaba y, por ello, nadie se ponía a limpiar.

En un rato, llegamos hasta una diminuta plaza que me recordaba más bien a algunas tribus de la isla y no a una ciudad como tal, pero los edificios eran lo suficientemente esbeltos como para arrebatarme la idea. Me señaló como destino una de las casas, bastante alta y en mal estado, abriendo la puerta posteriormente para que pasase al rellano. Entré y, tras él, comencé a subir uno por uno los escalones, siguiendo al que se había presentado como Matson, supongo que uniendo nombre y apellido. El ''Atson'' provenía de Watson, mientras que la ''M'', de Mathias… Bueno, cada uno era libre de llamarse como le fuera más cómodo, igual que yo había abandonado mi antiguo apellido. El evitar mirar hacia el frente, allí donde estaba el trasero del agente, me daba la perfecta oportunidad para fijarme en la decoración del lugar que, teniendo en cuenta el estado del edificio, brillaba por lo ajena que parecía. Cualquiera diría que aquello era una grieta dimensional, ya que no cabía en mi cabeza que algo tan tosco como aquel sitio pudiera ser tan refinado únicamente en las tallas que acompañaban las escaleras. Iban en crescendo, hasta que al final del camino desaparecieron para dejar paso a la nada, como una metáfora misma de la evolución. Y, finalmente, llegamos.

Parecía una casa abandonada. Bueno, lo era. Pero una abandonada a su suerte durante tanto tiempo que uno se preguntaba si era normal que las sábanas, aunque amarilleadas, siguiesen siquiera ahí. Una clara mueca de desagrado se pintó en mi cara mientras miraba de un lado a otro, fijándome en la ausencia de comodidades. «¿Siquiera tendrá una ducha en condiciones este sitio…? ¿O agua?» pensé, teniendo un repelús instantes después.

— Visto lo visto, quizás fallezco antes por culpa de que me pique una garrapata y pille algo… —dije, adelantándome y fijándome en todos los recovecos del sitio—. Bueno, Mathias… O Matson, o como prefieras…  Antes de abandonar mis pastas de té, me dijiste que no era su estilo, ¿no? Eso significa que hay un sospechoso y que encima tiene un estilo, es decir, que ya ha asesinado a alguien o lo ha intentado. ¿Quién es? Creo que tengo permiso a preguntar y ser respondido en vista de que… —Miré a un sofá, levantando la sábana de color poco agradable—…bueno, soy la víctima y no parece que vaya a disfrutar —Me traté de asomar a la cocina, de haber una, mirando los utensilios que estuvieran en buen estado—. ¿No sería más fácil simplemente volver a mi buque de la Marina, pidiendo un cese de vacaciones anticipado? Rodeado de marines, dudo que nadie se atreva a, no sé, tratar de asesinarme.
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Mensaje por Krieg el Vie 21 Ago 2020 - 12:58

El agente se pone algo serio cuando comienzas a hablar, y aprecias que ha abierto los ojos un tanto más, como casi sorprendido. ¿Por qué? ¿Qué has dicho para sacar esa reacción? Quizás haya revelado más de lo que debía en el momento sobre el asesino.

—Ya nos gustaría saberlo —dice, calmándose pero manteniendo el ceño fruncido—. Nosotros lo denominados como el Jack el decapitador, por sus primeros crímenes. Ahora parece que ha diversificado su modus operandi, pero casi siempre se queda con un siniestro souvenir de sus víctimas... —te dice, aunque se muestra reticente a dar más información—. Es la primera vez que ha mostrado interés por la nobleza, pero no la primera en que ha hecho llegar a la policía un mensaje sobre sus futuros crímenes.

La cocina, aunque de baja clase, parece tener todo cuanto se necesita para un soltero o una pareja de habitantes. Hay utensilios, vasos, ollas, un par de cada, y a falta de algún que otro pequeño cuchillo de los típicos que podrían encontrarse en cualquier vivienda, no parecen en mal estado. A ver, no estan nuevos, pero el uso y el mantenimiento de los mismos parece haber sido bueno y constante.

Eso sí, hay algun que otro mango de madera manchado de algún resto marrón-rojizo, probablemente sangre reseca o algún óxido difícil de quitar que ha sido absorbido por el material.

Cuando haces la loca sugerencia de volver a la Marina, donde desde luego estarías mas seguro, el agente mueve los brazos e incluso da un paso hacia delante, reforzando la intensidad -o la desesperación- con la que complementa su negativa.

—No, no, no. Entienda que no podemos permitirnos como el servicio de la Reina que uno de nuestros conciudadanos y miembros de la nobleza huya buscando el amparo del Gobierno Mundial. ¡Sería una completa vergüenza para todo el cuerpo! ¡Para el reino! —Para él—. Además... —¿Además? Parece reconsiderar lo que va a decir—. Le prometo que mientras esté bajo mi cuidado, no tendrá por qué temer.

Una promesa un tanto vacía, la verdad, pero dicha con sinceridad. O eso parece. Quizás, si te gusta sospechar, si has leido tantas novelas como él, puedas encontrar cuál puede ser la verdad detrás de todo esto.

—Bueno, será mejor que lo prepare todo para que estemos medianamente cómodos —te dice, yendo hacia el "salón", porque recuerdo todo es como una única planta. Y comienza a quitar las sábanas para mostrar bajo estas los muebles.

Hay un sofá, unos cuantos armarios tallados, un caballete con un cuadro aún colgado y a medio terminar de las vistas del mar desde alguno de los ventanales que allí se ven, una cuba de cobre que puede servir de bañera si uno se encuclilla, una cama cuyo colchón es de dudosa calidad. Todo lo necesario para una estancia medianamente agradable pero falta de entretenimiento; quizá tendrési que hablar mucho. ¡Ah, también hay un escritorio, pero te parece recordar que ese... Algo había raro en ese hueco cuando has pasado antes. ¿Qué podría ser? Desde luego tenía una sábana, pero...

Pronto ambos empezáis a toser. Con tanta fuerza ha quitado los trapos viejos esos que ha levantado una humareda considerable de polvo. Corriendo hacia el ventanal que abre con suma facilidad, el agente Matson se apresura para toser fuera de este y coger una bocanada de aire fresco.

—¡Buah, no debí haber hecho eso! —medio grita, arrepentido.

Es el agente perfecto, ¿verdad?
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Mensaje por Liam D. Griffith el Sáb 22 Ago 2020 - 14:18

Parecía que aquella pregunta no se la esperaba el señor Watson, que le había sentado como un derechazo antes de sonar la campana del combate. Se apresuró entonces a contestar, seguramente reprendiéndose a sí mismo en silencio por la cagada que acababa de cometer. Aun así, viendo que no decírmelo sería más contraproducente que simplemente sincerarse, empezó a darle a la lengua antes de que preguntase otra vez. Estaba en calidad de víctima y perseguido por un asesino, así que, en mi opinión, debía de tener el privilegio de conocer qué me estaba buscando y lo que movilizaba a tantos guardias reales.

«Jack el Decapitador, eh…  Es una buena carta de presentación a la autoridad, aunque un sobrenombre muy burdo.» pensé en cuanto el nombre de mi perseguidor apareció en escena. Me podía hacer una leve —y no tan leve— idea de cuál era su forma de actuar respecto a sus pobres víctimas en base al nombre que se había ganado, así que no me haría falta hacer más preguntas innecesarias y que, siendo sinceros, me dejarían cierto mal cuerpo. Podía haber sido entrenado por los Griffith para no ser asustadizo o mantener el temple en situaciones de este tipo, pero no era de metal. Alguien que, por la forma en la que se comportaba, había terminado siendo una amenaza con la corona y que cargaba tantos crímenes a su espalda como para que ellos pudieran escrutar siquiera su modus operandi. Si hablaban de unos primeros crímenes y aseguraban cómo era, el número no podía bajar de cinco, y un asesino en serie no era algo que yo tomaría a broma aunque quisiera.

Aun así, eso dejaba margen a otra pregunta más que lógica, la cual quise hacer pero fui cortado por una clara negación de mi protector respecto a dejar el lugar. No sabía cuánta confianza merecía un señor como aquel, que se había ido de la lengua en cuestión de un minuto y que tenía aquella complexión, pero no desestimaría tampoco la forma en la que subió las escaleras. Si podía demostrar aquella presteza y agilidad en batalla, no sería solo un gordo bigotudo, sino un gordo bigotudo sorprendentemente atlético. En vista de lo seguro que estaba acerca de no dejarme ir y que ya había llegado al piso franco, decidí confiar en el cuerpo más secreto y supuestamente preparado del reino que me vio crecer, por más que algo en mis entrañas me dijese que no era la mejor opción que tenía en la baraja. Además, traer a la marina significaba darle razones de peso y, aquello, mentirles o desplegar un cuerpo gigantesco en un terreno donde su poder levantaba asperezas en el cuerpo de policía, que siempre se había visto más capacitado que sus compañeros marineros.

Y, la siguiente frase, crispó algo dentro de mí que no tenía muy claro que existiese hasta ese entonces: un ''estemos''. Significaba que íbamos a vivir juntos en aquella cas… aquel lugar. Siquiera mi habitación en la Academia tenía unas condiciones de vida tan pobres como aquellas. Al menos, aunque fuera una habitación comunal y no privada, teníamos duchas. Allí… Bueno, la comodidad brillaba por su clara ausencia, por más que la cocina existiese y estuviera equipada con lo justo y necesario para hacer algo más que huevo frito. En vista de que quería que pasásemos un tiempo en la misma casa, se me pasaban más preguntas que se amontonaban sobre la anterior, y que fueron calladas por culpa del repentino ahogo que me arrebató las palabras. Mis ojos estaban entrecerrados, fruto del polvo que se daba prisa para entrar dentro y cegarme, y a duras penas podía respirar por la nube de suciedad que cubría el lugar de punta a punta, por lo que hice lo más sabio en vista de que el agente tomó la ventana: alejarme a una esquina. Vi el espectáculo desde la sombra de la habitación, fijándome en que uno de los muebles principales, un escritorio, pareció cambiar de aspecto una vez se alejó la sábana. En cuanto pasó el temporal, me acerqué con velocidad a la sábana que lo había cubierto, buscando aquello que le había sido arrebatado del tirón, esperando encontrarlo. Aun así, mientras empezaría a despejar las dudas que nublaban mi cabeza:

— Vale… Así que Jack ha mandado un mensaje previamente, y no lo pudo parar la guardia. ¿Debo confiar en que esta vez será diferente…? —Levantaría entonces la tela con cuidado, palpándola—. Por otro lado, si vas a vivir conmigo, espero que limpies. ¿Quién traerá la comida y los productos de primera necesidad? Porque dudo que me dejes salir. Y no pienso llevar, por muy pijo o sofisticado que suene, la misma ropa varios días seguidos. ¿Hay algo de mi talla...? —Aquella casa necesitaba un buen repaso si quería ser catalogada como hospedable, contando con que perdiese la suficiente dignidad como para darme un baño en aquella triste triste cuba. Al menos tendría buenas vistas.
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Mensaje por Krieg el Dom 23 Ago 2020 - 0:15

Pues no, bajo la sábana no hay nada. Y mientras comes polvo y tu mirada va al escritorio para ver si aquello que tu mente no ha logrado del todo captar, pero que desde luego era diferente, está allí, ya no hay nada sospechoso que te empuje a pensar si... Bueno, si no habrá sido una imaginación tuya.

Aunque palapas la sábana no encuentras nada allí más que la tela amarillentada y algo sucia. Da un poquito de grimilla tocarla, la verdad.

Tras toser un poco, y tras mirarte extrañado si estás allí aún toqueteando la sábana a falta de otra excusa o razón de hacerlo, el bueno del agente Matson te contestará.

—No debe confiar en nada, Liam —te dice, con cierto orgullo tajante—. Salvo en mí, claro. ¡Eso sin duda!—te dice con orgullo, pero sin mover su bigote esta vez. Luego se gira y vuelve a toser por la ventana, sacando un pañuelo para intentar ser algo más educado—. Respecto a lo otro supongo que deberé salir y entrar yo... Pero en lo que respecta a la limpieza no creo que fuese correcto que me considerase un criado, ni siquiera un compañero de piso, especialmente cuando estoy intentando salvarle la vida.

Hombre. Ahí te ha dado, creo yo. Que el pobre hace lo que puede como para que puto encima le pidas que limpie. Perdón, que le exijas así de primeras, que es lo primero que has hecho. Caballeroso, caballeroso... más petulante que otra cosa a lo mejor.

—En los armarios debería haber ropa de paisano de distintas tallas. Al fin y al cabo esto es un piso franco del servicio, por lo que es de esperar que haya algunas cuantas mudas.

Dicho aquello se acerca al armario y lo abre para, efectivamente, encontrar distintas ropas, o disfraces -ya que se usan para identidades secretas de los agentes- de distintos personajes de la vía publica de English Garden. Hay hasta pelucas, vestidos y medias, si te gustan esas cosas.

—Bien. Ahora, ¿le apetece que vaya a comprar algo especial? —dice, y luego se gira hacia a ti extendiendo su mano—. ¿Y tiene suelto para comprarlo?

Será puto rata el tío. ¡Que lo pida a su burrocracia! Aunque si ya estáis metidos en esta situación y, como parece, no lleva nada o lo justo encima... Bueno, sería un poco imposible que solicitara el dinero a estas alturas.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Dom 23 Ago 2020 - 12:58

«¿Eh…? ¿Por qué no está aquí?» me pregunté a mí mismo sin saber muy bien qué era concretamente lo que buscaba en aquellos precisos instantes. Por el rabillo del ojo habría jurado vislumbrar algo que, una vez me paré a intentar encontrar, no fui capaz por más que lo intenté. Sobaba y movía las sábanas que Watson se había dedicado a retirar de los muebles, llenándome las manos de polvo y una cierta sensación de hormigueo que obviamente no era para nada agradable. En cuanto estuve seguro de que no me había perdido nada —a pesar de que algo en mi cabeza me gritaba que no era así—, simplemente dejé caer la tela sobre donde estaba, mirando al bigotudo que comenzó a hablarme.

«Vale, saldrás tú y con suerte traerás comida de verdad o que no esté pocha.» pensé mientras suspiraba, rodeado de polvo. No quería juzgarle por su redonda tripa, nada más lejos, pero no podía evitar desconfiar de su juicio a la hora de escoger ingredientes. Hasta los más delgados, en la casa Griffith y en la Marina, pecaban en ocasiones de mal juicio. Me había encontrado en la cocina con comida caducada, dulces precocinados y decenas de cosas que uno no podía procesar de ninguna de las formas, así que me quedaba cruzar los dedos para que lo hiciera bien, aunque eso no quitaría que juzgase lo que comprase con la mayor de las durezas. En cambio, el siguiente comentario no supe muy bien cómo entenderlo de forma correcta. Era cierto que proteger la vida de alguien ya era suficiente trabajo como para pedirle algo más, pero yo había estado en su misma posición y había sido incapaz de vivir completamente a costa de otra persona, aunque fuera simplemente barrer un poco mi parte. ¿Qué pensaba hacer durante todo el tiempo que pasase conmigo? ¿Mirar al techo Y hablar conmigo? Quizás era yo el raro que se entretenía haciendo las tareas del hogar. «Si no debo considerarlo siquiera un compañero de piso, no habrá que hacer comida para él...» pensé para mí mismo, riéndome levemente mientras un leve tinte de maldad —leve— tiznaba mi sonrisa. Aun así, lo dejaría pasar.

Por el otro lado, los armarios, según las palabras del agente, que sería capaz de servirme si encontraba mi talla. No tengo idea de cómo de digna sería, pero al menos no me vería obligado a estar embutido en una misma vestimenta tantos días. Suspiré, acercándome a este para abrirlo de par en par y fijarme en lo que podría llevar puesto estos días, escuchando de fondo nuevamente al agente.

— Bueno, sobre todo vegetales y, si no estás dispuesto a salir mucho, encurtidos, que duran má-- —Vi su mano justo frente a mí, algo inquisitiva, momento en el que enarqué una ceja mientras levantaba la mirada para clavarla en sus ojos—. ¿Cree realmente que tendré dinero para pagar comida varios días? —Me llevé la mano al bolsillo, recogiendo unos cuantas monedas que saqué para que él las viera—. Toma, úsalas bien y compra rebajas o no nos dará ni para tres días… —Quizás me debía plantear pedir un préstamo a los Griffith, pero para aquello me iría a la casa principal a vivir, rodeado de los oficiales. Aun así, me estaba comenzando a pensar abandonar a aquel hombre y volver allí o con la Marina. Menos orgulloso pero más seguro…

En cuanto se acabasen los fondos, dudaba mucho que tuviéramos algo con lo que comer, así que para ese momento esperaba que fuera él quien se encargase de pagar. Obviamente no había venido a la isla con demasiado dinero encima, sino que estaba guardando en su debido banco —como buen sucesor de los Griffith—.

Y, tal que así, suponiendo que él se encargaría de ir a comprar, me acerqué a la ventana, clavando mis ojos por el cristal para ver la costa y fijarme en cada detalle que rodeaba el edificio. Si no había nada en lo que clavar mis ojos, me limitaría a caminar hasta la cocina para fijarme en las manchas que cubrían los utensilios. No era alguien exquisito respecto a lo que usaba en la cocina mientras sirviese, pero no me era agradable ver ese tipo de manchas, especialmente cuando tenían el color de la sangre. La sangre que me podría querer quitar ese tal Jack.
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Mensaje por Krieg el Dom 23 Ago 2020 - 17:16

Con tu pregunta se encoje de hombros, como suponiendo que al ser noble pues sueles llevar más de la cuenta que la persona media. Coge después el dinero de escuchar tus palabras y asiente.

—Pero coliflores no —dice, con un odio acérrimo al vegetal—. Y recuerda, manten un perfil bajo mientras no esté y no te fies de nadie.

Y tras eso, y agitar su bigote, se marcha por la puerta con tu dinero. Si realmente te estuviese engañando, el ladrón se habría tomado demasiada molestias para tan poco, ¿no crees? En fin.

Por la ventana no aprecias nada más que el hombre en su peculiar ir y venir suspechando de cada esquina, unos cuantos nidos de palomas pochas y alguna que otra rata haciendo de equilibrista para ir a su próximo destino. Yendo a ese ritmo, con todas las precauciones que toma, necesarias o no, tardará mucho en ir y volver.

En fin, poco tienes que hacer por la casa, la verdad. Las manchas te da la sensación, después de una inspección más cercana, que podría ser que no fuesen de sangre. A ver, son rojas, pero como la sangre seca queda más negra que roja una vez seca... quizás sea otra cosa. ¿Pero qué? ¿Pintura? ¿Barniz? ¿Veneno? ¿¡Canela?!

Sea como sea al cabo de una hora, hora y media, en la que tienes mucho que pensar, limpiar y agobiarte, llaman a la puerta. ¿Quién es? Porque, desgraciadamente, si es que no has mirado antes allí, te das cuenta de que la propia puerta de la calle está cerrada con llave. Estás encerrado. Y sea quien sea quien esté llamando, es imposible que sea el agente Matson, que con su imprudente prudencia ha cerrado al salir para protegerte.

—¿Señor Griffith? ¿¡Está ahí dentro?! —Y vuelven a aporrearla.


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Mensaje por Liam D. Griffith el Dom 23 Ago 2020 - 21:03

«¿Un perfil bajo…?» pensé tras las palabras del agente. Supuse que se estaba limitando a decir lo que se solía hacer en los libros — y no solo ahí— cuando alguien te buscaba y cuyos comportamientos se podían traducir en una sola expresión: hacerse el muerto. No dar señales de vida, diciéndolo de otra forma. Si no le demostrabas a nadie dónde estabas ni destacabas, difícilmente podrían dar con tu paradero, y era bastante simple. Se resumía a no salir de casa cuando no era estrictamente necesario y a evitar gilipolleces varias como gritar por la ventana o saludar a los vecinos que, por lo pronto, no existían en mi caso. Me limitaría a relajarme un rato mientras pensaba en toda esta situación, dándome el tiempo suficiente como para procesarla. Ahora mismo se había relegado a estar en una esquina como una anécdota o un mal chiste y, para ser sinceros, no sabía qué importancia darle.

La puerta se cerró, levantando el polvo que todavía quedaba alrededor de esta y causando un ligero chirrido, fruto de lo poco engrasada que debía estar esa puerta desde hacía meses o años. Me asomé a la ventana, notando cómo, independientemente de no estar yo presente, se comportaba igual de paranoico que cuando me había escoltado hasta la habitación. Me parecía algo extraño, especialmente teniendo en cuenta que la gente se le quedaba mirando, pero no era mi trabajo entenderle. ¿Un policía secreto haciendo un trabajo que necesitaba privacidad llamando la atención? Bueno, eran sus formas y no sería yo quien las juzgase, por muy inútiles o vergonzosas que me pudieran parecer. Suspiré una vez lo perdí de vista y el único cuadro que se quedó al otro lado del vidrio fue el de las olas, las palomas, las ratas y alguna que otra lagartija que hacía por vivir. Poniendo las manos en la pared y haciendo una leve fuerza para empujarme, tomé distancias e hice camino hasta la cocina.

«¿Por qué está manchado el instrumental de cocina…?», me dije para mis adentros mientras tomaba con sumo cuidado una sartén y miraba fijamente el mango y escrutando su color y tono. No olía a nada y, sinceramente, no me pararía a saborearlo, así que podía constatar que no era sangre. Quitando aquel líquido, podía ser absolutamente cualquier otra cosa. Literalmente, desde óxido hasta una quemadura o un ingrediente que tintase demasiado. O podía venir así de fábrica, pero no me pararía a comprobarlo. Le podía meter fuego para eliminar posibilidades, pero dudaba mucho que aquel fuera un detalle tan importante como para poner en peligro el poco instrumental que tenía en cocina. Con que no fuera veneno —por lo que no cocinaría ni comería con nada que lo tuviera en su interior— me bastaría y sobraría. Agrupé todo en el fregadero —de haberlo—, poniendo el tapón y empezando a echar agua hasta que quedasen sumergidos la mayoría. Antes de comer cualquier cosa, les daría un buen lavado; poco me fiaba de que aquello estuviera saneado lo suficiente.

Tras cerrar el grifo y alejarme, miré a mi alrededor con los brazos en postura de jarra, no muy seguro de qué hacer a continuación. Si Watson continuaba con aquel modus operandi, seguramente tardase más de una, dos y hasta tres horas en llegar a casa con las bolsas, contando con que no se las dejase por el camino al rebuscar en algún callejón. Con tanto tiempo libre, y tantos días por delante a juzgar por los comentarios que se limitaba a hacer el señor que me acompañaría, supuse que la mejor de las opciones sería hacer de aquella casa algo lo más habitable posible. No sabía si llegaría a ser acogedor, pues vivir junto a lo que era casi un desconocido no era precisamente la comodidad, especialmente con la amenaza que recaía en mis hombros, pero el objetivo era no tragar polvo con cada respiración que hiciese. Traté de rescatar lo que sea que me hiciera el apaño para limpiar un poco —escoba, mopa, plumero—, paseándome por toda la casa con la decisión de dejarla como los paños del oro o, al menos, los del cobre.

Bastante rato después, mientras estaba demasiado abstraído quitando mugre, escuché un ruido por las escaleras que iba acrecentando a cada segundo hasta que encontró su clímax en un golpe en esta. Sin dudarlo demasiado pero sin dar palabra, me acerqué con velocidad, esperando a que él o ella se presentase antes de tener que dar yo mi identidad. Y, de pronto, sufrí un escalofrío bastante grave que me revolvió las tripas. Al otro lado de la madera surgió una voz propia de un hombre adulto, llamándome claramente por mi nombre en un tono algo apresurado. «¿¡Quién es y cómo demonios sabes que estoy aquí!?» me dije para mí, sin llegar a soltar prenda, pero tratando de procesar la información con velocidad. Solo había una opción para que alguien supiese dónde estaba yo concretamente y tras tan poco tiempo, y es que aquel que trataba de que abriese la puerta fuera parte de la Guardia Real. Por otro lado, Watson había perjurado que solo él estaba interesado en cuidarme a mí, mientras que el resto del cuerpo estaban bastante seguros de que la respuesta fuera otra muy distinta. Por otro lado, mi familia tenía buenas dotes de investigación, pero tampoco confiaba en que ellos hubieran sido tan veloces. «¿Jack?» retumbó en mi mente varias veces, sin llegar a ningún puerto.

Por lo que podía ver desde lejos, la puerta estaba cerrada con seguro y ni yo ni él podríamos abrirla, pero aquello no eliminaba por completo el problema: simplemente lo atrasaba. Y, en vista de aquella diatriba, decidí confiar en la amabilidad natural del humano.

— ¿Quién es? — Esperaría a la respuesta y, en caso de que no fuera una muy chocante, continuaría—. No le puedo abrir ahora mismo, lo siento. No tengo llaves —Aun así, no mantendría la mano muy alejada de mi estoque.
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Mensaje por Krieg el Dom 23 Ago 2020 - 21:58


Te diría que el pomo traquetea, pero como es una puerta que da a la "calle" no tiene pomo, así que simplemente se mueve algo, como si intentara forzarla el que está detrás.

—¿Le ha encerrado? Diablos —se queja el hombre tras la puerta—. Soy el Agente Woriarti, debemos salir de aquí lo antes posible. El hombre que le acompañaba, ¿cree que vendrá pronto?

Parece preocupado, no sabes si más por tí o por él. Ayayay como se tuercen las cosas.

Por cierto, breve dato, las cañerías están más o menos bien, el agua es "limpia" para esa zona, al menos, perfectamente potable aunque con más sabrosura que la que estás acostumbrado. Para que digan que el agua no tiene sabor. Lo malo es que la pila tarda más de lo normal en tragar; no está del todo cerrada pero tarda basatante más en evacuar de lo que debería si estuviera en buenas condiciones.

—Maldición, podría intentar abrir la puerta... pero, ¿y si vuelve? —te dirá una vez hables. Y si el diálogo es apropiado, claro—. Y encima mi den-den estropeado, truenos y retrácanos. ¿Está seguro que no hay manera de sacarle de ahí
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 24 Ago 2020 - 13:08

No tardó en contestar a mi pregunta, aunque no en el orden que precisamente me pudiera esperar. En primera instancia se preocupó por mí, preguntándose acerca de cómo podía haber terminado encerrado en una habitación como aquella, para luego desvelarme su identidad. «Así que el Agente Woriarti, ¿eh…?» me dije a mí mismo, meditando acerca del nombre. Al contrario que Watson, no era el nombre más típico de escuchar en English Garden, aunque no fuese la primera vez. Aun así, si había dejado hasta cierto punto los nervios de lado tras calmarme un poco, ahora volvieron en su máxima expresión. No me esperaba que utilizase aquellas palabras: ''El hombre que le acompañaba, ¿cree que vendrá pronto?''. Aquello solo dejaba margen a que fuera un completo desconocido para el tal Woriarti, hecho que precisamente no encajaba si era, tal cual había dicho, un agente. Y es que eso generaba demasiadas preguntas en mi cabeza, que se agolpaban una tras otra sin dejar paso a la anterior. «¿Significa que Watson no es un agente? ¿O siquiera Woriarti lo es? ¿Si no, cómo demonios ha encontrado un piso franco de la guardia real? O podía no serlo, ¿pero cómo él lo había encontrado entonces…?» eran solo unas pocas de las decenas de dudas que me aterraban en aquel instante. Si ponía en duda a aquel rechoncho hombre que se había pasado por el establecimiento de té a descubrirme aquello, todo el mundo que había construido a lo largo de aquel día se desmoronaría sin dejar el más mínimo rastro, algo que me quitaba el aliento. Podía significar que estaba en la casa del asesino o que el asesino estuviera en la mismísima puerta, y no tenía forma de descubrir la veracidad de cualquiera de los dos.

— Si usted es un agente, pase la acreditación por debajo de la puerta —Era un primer paso que, aun así, no podría confirmar completamente, ya que no sabía si la que me había presentado Watson antes era real o no—. ¿Cómo me ha encontrado? ¿Por qué me ha buscado? Watson salió hace un rato, no se preocupe porque llegue.

Quería toda la información que me pudiera proporcionar. Fuera o no un agente real, ante falta de evidencias terminaría por creer en Watson. Es decir, ¿qué era lo que lo convertía a él en un mentiroso si el tal Woriarti era incapaz de demostrar la propia veracidad de sus afirmaciones? De aquella forma tendría dos versiones y, si alguna me convencía más que la otra, simplemente trataría de decidir en aquel momento. Cada vez me estaba arrepintiendo más y más de no haber llamado a la Marina, aunque todavía tenía el poder de hacerlo, al igual que a las fuerzas de los Griffith, y dudaba que cualquiera de los dos se retrasase en ofrecerme apoyo ante la situación que se presentaba frente a mí. No quería tener que recurrir a ellos, pero sobre aquello quedaba no querer morir bajo ninguna instancia. No, perder la vida no era una posibilidad.
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Mensaje por Krieg el Lun 24 Ago 2020 - 15:34


—Por supuesto, señor Griffith —dice, con el mismo nerviosismo con el que ha ido hablando. Tras un breve instante que se hace eterno intenta pasar una cartera por debajo de la puerta para comprobar que efectivamente no cabe —. Oh, válgame dios—tras un momento algo más largo, pasa el carnét por la puerta aunque este se dobla inevitablemente.

En él podrás ver la foto reciente y a color, impresa en un papel mucho más nuevo que el del pobre agente Matson. Allí reza el mismo patrón de sellos, formas y demás tipografías -o al menos algunas muy parecidas. Sus datos son los siguientes.


Datos:


Ministerio de Defensa del Reino de English Garden.
Identificación de Auxiliar de Campo

Nombre: Mortirmer Woriarti
C. Identificación : MWWM-5892-1497-7854
Permisos: Nivel II
C. Supervisor: TTLL-7878-2424-5555




—Por favor, dese prisa. ¿Hay alguna manera de que pueda sacarle de ahí? Oh cielos, debería pedir refuerzos. Esto no puede ser bueno. Ha sido todo pura casualidad, verá, iba a un recado de mis jefes y me ha parecido verle. Yo... bueno, le conozco; y me extrañó que estuviese aquí en lugar de la marina. Simplemente quería conocerle, pero cuando he visto a ese tipo tan siniestro y sospechoso... Bueno, no he podido evitar pensar que no se relaccionaría con gente así.

¿Con gente así? ¡Maldito gordofóbico! Matadlo, matadlo. ¿Qué habrá visto en el agente Matson que tú no?

Qué mal huele todo, ¿verdad? Tras eso te pedirá el carnet de vuelta, y si no le das forma alguna para que pueda "rescatarte", se marchará prometiendo volver con refuerzos.

Krieg
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Krieg

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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 24 Ago 2020 - 18:34

El supuesto agente al otro lado de la puerta contestó con un tono calmado y sin rastro de duda, apresurándose a cumplir mis demandas en cuanto pudo de una forma un poco torpe. Estaba seguro de lo que hacía, ya que no se notaba un mísero ápice de vacilación en sus gestos o palabras, más allá de un nerviosismo propio de la situación en la que se encontraba —nos encontrábamos—. O era un muy buen actor o era real el relato que contaba, especialmente cuando terminó por pasar aquel carnet por debajo de la puerta, tomándolo yo en el acto con cierto cuidado por si estuviera impregnado en algo. Desde una lejanía cómoda iba escrutando el contenido del documento, letra por letra, bastante más claro y nuevo que el del hombre que me había traído hasta aquí. Clavé mis ojos en la fotografía, recordando el rostro y luego fijándome en todos los detalles: lo único que los separaba, además de los datos personales, era la edad del objeto. Tenían las mismas iniciales, lo que fortalecía mi teoría de que el código de identificación nacía de estas, el mismo permiso, aunque él no era un agente sino un auxiliar. Se lo pasé de vuelta, empujándolo con el puntapié, escuchando entonces sus nuevas palabras.

«Es decir, es un mandado… La excusa no suena extraña, la verdad…» pensé mientras mis ojos se clavaban en la misma puerta, como si lo fuera a poder ver tras esta. Fuera de una forma u otra —aunque no era algo muy complicado—, conocía mi nombre, mi aspecto y, por encima de eso, lo que había terminado haciendo durante el tiempo que estuve fuera de la isla, así que no era un completo desconocido. Aunque, bueno, lo mismo era para Watson… La fama era un obstáculo en este tipo de situaciones y eso quedaba claro.

— No creo que me pueda sacar de aquí en vista de la puerta cerrada… —Miré a mi alrededor, descubriendo que no había allí nada más interesante que la primera vez que fui a observar detenidamente—. No se preocupe por mí; puedo correr por los tejados lo suficiente como para dejar atrás a ese hombre en caso de que suceda algo preocupante —Ciertamente, podía escabullirme por allí y hacer el tiempo suficiente como para evitarle, y aún tenía en mi poder el estoque de la familia Griffith para sacarme de un apuro. Aun así, a falta de pruebas, se me presentaba una situación en la que fácilmente podría resolver mi problema y, suponiendo que el asesino fuera alguno de los dos, era bastante mejor que una puñalada por la espalda—. Usted apresúrese a llamar refuerzos, todos los que pueda. ¿Conoce a un tal Mathias Watson? —No me agradaba darle información privada acerca de él, al menos no el nombre, pero quizás eran conocidos y no se habían reconocido hasta este punto. O Mathias me estaba mintiendo y, aunque su acreditación era real, había pasado un tiempo desde que era válida y se trataba de un antiguo guardia.
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Mensaje por Krieg el Lun 24 Ago 2020 - 20:23

—¿Puede? ¡Asombroso...! —dice, con verdadera sorpresa, aunque parece intentar reconducir sus emociones. No es momento para sentir devoción por el Sr Griffith—. Me suena su nombre, pero lamento no conocerle personalmente, preguntaré por él en el cuartel si es de su confianza. Por favor, tenga cuidado; ese hombre no me ha parecido de fiar.


Y dicho aquello baja las escaleras corirendo todo lo que puede. Si decides en ese momento mirar por la ventana, verás al joven muchachito -que aunque no importe ahora mismo es un muchacho bien parecido de pelo negro y punta en blanco- corriendo por la calle para volver a las avenidas principales.

Cinco minutos después de que Woriarte haya desaparecido de tu posible visión, y sin que lo veas venir si decides quedare aún observando la única entrada a la plaza por la que se accede a los edificios, Matson abrirá la puerta.

—Ya estoy aquí. ¿Algún problema en mi ausencia? —viene con bolsas de felpa pesadas de lo que parece ser un porrón de verduras y algún que otro hueso. Le cuesta levarlas, y terminando de abrir la puerta con el pie avanza, aunque tras él y en la puerta hay una tercera bols—. Señor Liam, ¿le importaría echarme una mano? O dos, a ser posible —resopla, cansado. Ya no está para esos trotes.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 24 Ago 2020 - 21:14

Para estar asustado a más no poder y nervioso por la situación en la que se encontraba, reaccionó con pura devoción y emoción en cuanto afirmé aquello. No sabía si realmente se trataba de un gran farol para ganar su confianza y quitarle peso sobre los hombros o era capaz, pero esperaba no descubrirlo si todo salía tal y como quería. De una forma u otra, me encargaría si estaba dentro de mi mano de convertir cualquier posibilidad de estar bien en realidad y, a menos que tuviese razones peso, no desenfundaría el estoque delante de nadie. No me gustaba para nada tener que desconfiar de la gente, pues al fin y al cabo todos se movían bajo lo que ellos mismos concebían como ''el bien''. Si uno actuaba mal no era por ser malvado, sino porque no conocía otra forma, y en vista de ambos, no podía creer en la posibilidad de que ninguno de los dos fuera un asesino en serie. Quizás uno era un poco ladrón, con la mano tan larga que se traía, pero más allá de un delito de sustracción de pastitas de té no parecía ser alguien que estuviese dispuesto a cortar un cuello, menos de una forma tan premeditada de ser el caso. Aun así, no era alguien conocido en las tropas de la policía secreta del reino, pero podía ser por demasiadas razones que no era lógico culparlo por solo eso.

Tras aquello, como alma que lleva el diablo, comenzó a bajar una escalera tras otra hasta desaparecer del edificio y, en cuanto dejé de escucharle, me encontré con que estaba corriendo por aquella calle que se disponía frente a aquel lugar. «¿No hay otra forma de hacerlo más… sigiloso?» me pregunté retóricamente a mí mismo, pues no esperaba la más mínima respuesta lógica. Estaba claro que era un chaval que había llegado a aquella tropa tan talentosa por méritos, como cualquier otro, pero no dejaba de tener un aura de estar ''verde'' a su alrededor que me hacía desconfiar. Parecía sincero, pasional y decidido a hacer su trabajo, más que nadie, pero no tenía el cuerpo hecho para la tensión que alguien de su calibre se veía obligado a tener. Aun así, ya el tiempo le obligaría, y tampoco es que le hiciera falta aquello para simplemente correr y pedir ayuda. La pregunta era otra: ¿le creerían allí donde iba?

Segundos después de que desapareciese tras uno de los tantos edificios que rodeaban la zona, me quedé allí todavía, asomado. Me fijaba en todas y cada una de las tejas que conformaban el tejado, de tenerlas, y en cualquier camino que pudiera hacer desde aquel lugar. Si podía ganar la posición con simplemente abrirla y echar una pierna a algún apoyo, sería tan fácil huir de una situación adversa que no haría falta temer a más que un simple traspié. Por otro lado, confiaba en tener la suficiente agilidad como para hacer alguna pirueta y desaparecer al otro lado. A unas malas —muy malas—, existía la posibilidad de dejarme caer hasta el suelo y, aunque mis tobillos se resintieran, había sufrido tantas palizas a lo largo de la Academia que aquello no me impediría continuar mi camino. «¿De verdad vale ser tan testarudo para no llamar a tus familiares adoptivos…?» me dijo mi propia cabeza, en contra de lo que mi alma dictaba. No estaba dispuesto a volver a casa para dar aquella imagen de incapaz, todavía como cadete y amenazado por un simple asesino que tampoco tendría que estar amenazándome a mí en concreto.

Seguí escrutando un posible camino, hasta que la puerta sonó repentinamente. No había visto a nadie pasar al frente, absolutamente nadie, y dudaba que Woriarti pudiera mantener el sigilo para volver aquí. Además, si cumplía con lo prometido, sería un grupo o escuadrón y aquello no pasaba desapercibida en una calle como aquella. Miré cómo la rechoncha mano de Watson se asomó al otro lado y escuché unas bolsas, esgrimiendo yo entonces una falsa sonrisa.

— No, ninguno, Watson. ¿Quién pisaría esta casa de todas, encima estando tan escondida? — Lo decía en parte para tranquilizarle, pero también con sinceridad. Al fin y al cabo, aquel patio con un pozo en medio estaba perdido de todo—. ¡Ya voy! —Esperé a que él se apartase, momento en el que me apresuré a llevar todo hasta la cocina, pero sin dejar de seguirle el rastro para evitar cualquier ataque por sorpresa posible. En cuanto estuviera hecho, miraría lo que hubiera traído, apoyado en la cocina para no dejar de verlo en ningún instante—. Bueno, al menos la comida parece en buen estado. ¿Te ha sobrado algo? —Con verduras y huesos podría hacer milagros, aunque no sabía si el agua de aquel lugar serviría para hacer un caldo sin saber a rayos—. Como ves, he limpiado. ¿Se nota?
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Mensaje por Krieg el Lun 24 Ago 2020 - 22:45

Ay, tan caballeroso siempre, Liam. Qué pena más grande, con todas las pistas que han ido surgiendo a lo largo de tu estancia con el agente Matson. Al final del todo te haré una lista para que las disfrutes y digas: Joe, como se ha currado el moderado. Iopu.


Por mucho que quieras seguirle el rastro, es obvio que en un momento debes darle la espalda para dejar las bolsas en la cocina -o bien para dirigirte a ella- y es ese instante en el que la ágil mano de Jack saca de la manga su truco. El ataque furtivo es, simple y elegantemente, un puñal -o más bien un cuchillo de cocina de esos que faltaban- clavado en tu hombro derecho. Desde el principio, cuando te encontró sorbiendo y levantando la taza de té con tu mano dominante, y viendo dónde tienes colocado tu estoque, sabía que ese era el lugar que tenía que herir primero.

Mientras estás envuelto en el dolor y la impresión de aquella traición, de aquella literal puñalada por la espalda -o figurada, para los tiquismiquis- el agente Matson empieza a reír. Mas ese sonido por poco podría catalogarse como una risa. Es un traqueteo, un "cla-cla-cla" de las paredes de su garganta cerrandose y abriéndose poco antes de pasar al a boca. Y entre cada uno de esos rancios toques de tambor llega también un suspiro, un rechinante y fino susurro de viento que casi parece el de un hombre ahogado.

—Es una pena... Pero supongo que no podía tener tanta suerte en un mismo día. Yo que quería divertirme un poco más contigo...—se lamenta con una voz que roza un histérico llanto.

Y cuando puedas girarte verás cómo el hombre orondo, con otro cuchillo en su siniestra, está cortándose el rostro. Un rostro que, con la mano libre, esa que antes empuñaba el puñal que está ahora clavado en tu hombro, se arranca la máscara resinosa y agobiante que tanto le costaba llevar. Y ahí queda un rostro, o lo que un día fue uno, antes de que alguien lo quemara con una vil crueldad. ¿Ácido? ¿Fuego? Fuese cual fuese el responsable de aquel estropicio, poco importa ya. Él ha perdurado pese a su tara, y gracias a ella es  -si cabe- un mejor actor.

—Pero debemos darnos prisa en terminar la función, Liam, antes de que lleguen más actores a la escena...

Comienza el combate, pero como buen villano simplemente se pasará su daga de una a otra mano mientras te rodea como un predador. Que es lo que es ¿no?


Última edición por Krieg el Mar 25 Ago 2020 - 12:51, editado 1 vez
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 24 Ago 2020 - 23:16

Me acerqué a sus bolsas, tomando dos de ellas para facilitar el trabajo e ir con velocidad. Menos tiempo con peso era menos ventana de acción que le podría dar, teniendo en cuenta que estaría desprotegido mientras llevase las asas. Parecía venir bien cargado, teniendo en cuenta la constitución que se gastaba, pero ya había demostrado tener un físico envidiable a la hora de subir las escaleras, a pesar de lo que pudiera aparentar. Aun así, tuve que soltarlas, escuchándose todos aquellos vegetales y huesos que portaban chocar contra el suelo y entre ellas, quebrándose sin piedad. Un grito emergió de mi boca, pero el movimiento llegó poco después: di un paso lateral bastante veloz, tapando mi hombro con la zurda mientras relajaba la diestra y dejaba caer el brazo.

— No te diré que no me lo planteé —dije, mientras me planteaba si utilizar mi brazo diestro, en vista de la herida, era siquiera una posibilidad a contemplar. Suspiré, negándome a mí mismo mientras clavaba los ojos en él, llenos de enfado visceral. Había confiado en alguien que, a la mínima  de cambio, no había visto problema en traicionarme como una vil rata. Llegados a este punto, no valía la pena depositar ni un poco más de esperanzas en él, sino ponerse las botas.

Escuché parte de discurso ególatra del que ahora supuse que era Jack, disfrazado de forma impoluta como un señor tan mayor. No sería nada extraño que hubiera asesinado a algún desdichado guardia real, pudiendo sustraer aquella identificación, o simplemente crear la suya al gusto. De una forma u otra, había llegado hasta allí y simplemente dudaba que hubiera sido capaz de jugar todo aquel teatro solo para cazar a una presa como yo. De hecho, ¿cómo se podría haber enterado de que yo llegaba a la isla? En vista de aquello, y de que ya tenía una herida que sangraba profusamente y manchaba mis dedos, tendría que pisar un hospital o dar explicaciones en cualquier caso a la guardia real, y dudaba que los Griffith no diesen cuenta de lo que sucedía. No dudaba que aquellos médicos los llamasen, sin ir más lejos. Miré a mi alrededor, respirando profundamente mientras mantenía los gestos de un cervatillo asustado. No quería que mi viaje terminase ahí, pero estaba seguro de que no sería así. Suspiré, apretando con fuerza el hombro para luego soltarlo y decidirme.

— No contaste con que fuera ambidiestr-- —dije mientras mi zurda se acercaba lentamente a la empuñadura del arma. Entonces mi pierna, con toda la fuerza que podía reunir, chocó contra la bolsa. Aprovechaba mi absurda fuerza en el tren inferior y mi puntería, tratando de lanzar todos aquellos vegetales contra el enemigo que se encontraba frente a mí. Con suerte podría distraerlo unos segundos gracias a la mentira y al gesto, instante que aprovecharía sin duda alguna.

Comencé a correr, con la mayor velocidad que podía mantener, hacia la ventana, que llevaba abierta desde que mi propio contrincante la había abierto para toser. Con todo planeado en mente, usé mi fuerza para sujetarme del marco de esta y tomar camino hacia la izquierda con la mayor de las velocidades, alejándome del edificio donde el hombre tenía las de ganar. Con la mano libre, ya que me quedaba correr por las tejas en dirección al centro de la isla, pulsaría el botón del DDM del bolsillo para comunicar con los Griffith y, tras presentarme, dar mi dirección actual y decir la que estaba tomando. Siendo yo, no tardarían en salir con la mayor de las premuras; quedaba hacer tiempo.
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Mensaje por Krieg el Mar 25 Ago 2020 - 13:29

¡Qué ruin! ¡Qué rastrero! ¡Qué poco decoro! ¡Mentirle a tu oponente! Oh, bueno, pese a que el verdadero caballero piense tras avanzar un poco para intentar aprovechar tu costado izquierdo y así ganar todavía más ventaja, poniéndole inequiívocamente en la trayectoria de tu improvisado balón, el honor no es algo que deba preocuparte. ¿Luchas por tu vida, no? Y bueno, él no ha tenido reparos en acuchillarte por la espalda.

Aprovechando la confusión temporal del asesino, que se ha desestabilizado por el golpe, llegas a la ventana y gracias a tu agilidad y al hecho de que has estado observando el tejado durante una hora buscando la posible salida fijándote en los huecos más podridos de este, empiezas a moverte entre las tejas. Aunque alguna que otra cae al suelo o se hunde, tu velocidad y cautela se combinan a la perfección permitiéndote, con voz cansada y dolor destilado en cada palabra, ponerte en contacto con tu gente.

Por supuesto no recibes más que diligencia y preocupación, pues al no conocer el nombre de la calle y dar los puntos claves que ves desde allí -el puerto, alguna que otra estatua o colores de los barrios, ya tu dirás- es obvio que tardarán más de lo que querrían en encontrarte. ¡Ay, si fuera por ellos ya estarían allí! Pero no... Allí estás solo con Él.

El asesino conoce bien estos tejados. Conoce cada esquina retorcida, cada ventana y cada poste, pues, si hubieras abierto el escritorio aquel -cuya diferencia frente a los otros es que al inicio de todo no había polvo en su contorno, o no tanto al menos- hubieras encontrado los dibujos a carbonicillo de una belleza y precisión inimaginable. Una pena, oye. Hablando de precisión.

—Es gracioso, ¿no? —dice, con el brazo extendido, empuñando una pequeña -pero igualmente mortal- pistola—. Ellos vendrán otra vez para salvarte. A tí, un commoner como ellos, y mientras tanto otros muchos de verdadera sangre azul han muerto y han sufrido presas de ser más que el populacho. Pero qué mala es la envidia.


Quizás debas aprovechar tu encanto, porque en un tejado de dimensiones limitadas y con la puñalada -y la equivalente pérdida de estamina y fuerza- no creo que te quieras arriesgar a recibir un disparo. Aunque no es que esté apuntando -ahora mismo- a algo tan terrible como la cabeza.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Miér 26 Ago 2020 - 10:59

— A-Aquí Liam Griffith… —Resoplé tras aquella primera frase, pero más por el estrés que por el cansancio—. Estoy a diez minutos de Portingsmouth, en una calle residencial, camino al centro… —Por suerte, había realizado tantas guardias con los chicos de la familia Griffith durante mi educación que sabía guiarme más o menos por toda la isla. Podía no dar coordenadas exactas ni el nombre de la calle, pero al menos tendrían para empezar. Al fin y al cabo, un chico pelirrojo saltando de aquí para allá sobre los tejados escapando de un maniaco asesino no pasaba muy desapercibido, sino todo lo contrario. Con suerte, si no llegaban ellos en un tiempo razonable, alguien más se presentaría frente a mí, patrullando. «¿Cuántas calles tienen que estar vacías de guardias…?» pensé, mirando a mi alrededor de forma nerviosa. Aun así, en cuanto colgaron con una promesa de correr hasta mí para recogerme, me encargué de no dejar aquella tarea a la suerte sino inclinar la balanza a mi favor—. ¡Ayuda! —Entoné con el mejor de los timbres que podía y el mayor volumen que mis cuerdas vocales soportarían, tratando de llamar la atención de cualquiera que caminase alrededor. Lo repetiría entonces, tratando de no interferir demasiado con mi respiración, aunque en los mismos entrenamientos me habían enseñado que hablar mientras corría uno no era malo siempre y cuando mantuvieses el control en todo momento.

Aun así, aquello no se trataba únicamente de correr; tenía que esquivar. Había logrado confundir y dejar atrás al tal Jack, allí en la habitación, pero eso no significaba que me perdiera la pista. Era consciente de que los más rastreros depredadores no soltaban a una presa malherida por más que les fuese a costar, así que no descartaba que saliera al tejado y comenzase a perseguirme a riesgo de meterse en graves problemas. Desearía tener la suficiente fuerza, tanto de voluntad como de poder, para plantarme allí mismo y darle una paliza yo mismo, pero no había cualidad más importante en el campo de batalla que saber medir tus propios límites y evitar rozarlos. A juzgar por su carrera criminal y la forma en la que agarraba el cuchillo, juraría que me podría meter en muchos problemas, especialmente siendo yo el herido, cuya hoja permanecía ahí clavada hasta nuevo aviso. No me arriesgaría a sacarla y empezar a perder más sangre, menos cuando me tocaba hacer un esfuerzo que lo único que provocaría sería debilitarme.

Ya en el tejado, tal y como había planeado y decidido con los ojos, había una ruta a seguir que, aunque algo convulsa, cumplirían su función a la perfección. Ahora empezaba el momento más complicado: esquivar y no tropezarme mientras me alejaba. Llevé la vista atrás, descubriendo a aquel hombre, de rostro doloroso, asomado a la misma ventana que yo había atravesado hacía más bien poco, amenazándome con un arma de fuego. Se dedicaba a hablar, seguramente diciendo alguna tontería que fuera parte de su discurso, pero no era el momento —ni contaba la atención— para pararse a escuchar algo completamente inútil, que no me reportaría nada bueno. Apreté los dientes sobremanera, midiendo la respiración para ralentizarla a lo necesario y guardar energía y, tarareando dentro de mi cabeza una melodía de hip-hop, me decidí a hacer algo. Podía sonar absurdo ponerse a pensar en música cuando un tarado estaba justo tras de ti con una pistola, pero era la forma de abrir las puertas por las que necesitaba correr a través: las de improvisar. Al fin y al cabo, bailar siempre me había resultado más fácil que cualquier entrenamiento físico que me obligaban a llevar a cabo en la Academia, y trataba de aprovechar esa cualidad en cualquier momento.

Dando varios pasos hacia la parte opuesta del tejado lo más rápido posibles, acompañé el final del tercero con una rueda en la que simplemente apoyaba la mano zurda y pegaba a mi cuerpo el brazo derecho, tratando de confundirle para que errara el disparo o siquiera supiera cómo actuar. Si todo saliera bien, teniendo en cuenta que los tejados de English Garden tenían forma de prisma, habría alcanzado una robusta chimenea que me protegería más que suficiente de los disparos de aquel desquiciado. Y, si aquello no fuera suficiente, contando ya con que saldría de la ventana a perseguirme, comencé a correr, tratando de mantener el ángulo necesario para avanzar sin quedar desprotegido por la estructura, avanzando al máximo de mi velocidad mientras resoplaba. El objetivo era, claramente, la siguiente chimenea, de haberla. No había hecho un gran esfuerzo, eso estaba claro, pero la pérdida de sangre causaba estragos.
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Mensaje por Krieg el Miér 26 Ago 2020 - 12:32

Hm. Ok. Con lo que me gustaba a mí el drama del villano contra el héroe y su toma y daca de frases. En fin. Esto será más o menos una caza.

Jack, o sea cual sea que sea su nombre, no malgasta balas al verte escabullirte de chimenea en chimenea. Él simplemente avanza por el tejado, y para tu desconsuelo lo hace en un absoluto silencio. Cada momento que pasas detrás de las estructuras de barro y piedra es un angustioso recordatorio de que, en cualquier momento, él podría estar allí.

Cuando te atreves a correr hasta la siguiente chimenea intentando intuir dónde está el asesino, caes en la cuenta que lo mismo que tú quedas protegido por la estructura, a él también le oculta. ¿Está cerca? ¿Está lejos? No lo ves. ¿Pero y si está ya al otro lado de la chimenea? ¿Sientes miedo, Liam? ¿Alguna vez pensaste que así sería tu final?

Corres, desesperadamente o no, para alcanzar la última cobertura al final de los tejados de prisma. De nuevo, silencio. Ningún disparo, ninguna frase oportuna ni nada que pueda alzarse sobre el palpitar de tu corazón hinchado por el chute de adrenalina y endorfinas que bombean tu cerebro en respuesta a tu herida.

Los segundos pasan y tus fuerzas continúan abandonándote por tu espalda. Y hablando de espaldas... Algo en tí despierta, un sentido que hace que se te ericen los pelos de la nuca -pues dudo que estés apoyando tu espalda toreada contra la chimenea-, una sensación que te dice que algo esta ahí. Algo malo. Algo que, incluso siendo de día, está envuelto como en una capa de sombras.

¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Puede teletransportarse? No. Es humano, o al menos algún día lo fue, pero en sus carnes no hay rastro de poderes del diablo. Simplemente ha ido encorvado, casi soportando su peso por los canalones y las últimas tejas de las empinadas alas del tejado de prisma, para rodearte.

—No me gustaría que tus últimas palabras fuesen un grito de ayuda, Liam. Es demasiado... cliché... Vamos, dame algo más con lo que trabajar —te pide, más decepcionado que triste.


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Krieg

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Mensaje por Liam D. Griffith el Jue 27 Ago 2020 - 11:36

Usualmente lo que me hubiera molestado, escocido y desesperado hubiera sido el sonido de la metralla cortando el aire e impactando contra toda la estructura sobre la que estaba, pero la situación, para mal, estaba siendo otra muy distinta: el silencio. Aquella ausencia de ruido plagaba el tejado, dejando mis pisadas y el crujir de las tejas de un primer y único plano, como si simplemente estuviese loco y me dedicase a aquello por puro gusto. Sin mirar hacia atrás, uno no podía advertir si Jack al final había decidido saltar al tejado y comenzar a perseguirme con toda la agilidad de la que podía hacer gala o se había rendido y estaba allí atrás, dedicándose a compadecerse. Pero la vista era algo secundario en aquellos instantes. De poco me serviría echar el cuello atrás y ver aquella plataforma completa y absolutamente vacía, ya que de una forma u otra sabía que estaba oliendo mi rastro y arrinconándome de alguna forma excéntrica. Mis pelos como escarpias y mi piel de gallina eran suficiente prueba y demostración de lo que me esperaba de perder una sola pisada, de malgastar mi tiempo con solo imaginar las consecuencias, de rendirme.

Mi cabeza ardía por más que mi hombro estuviese congelado, pero no estaba interesado en cómo me sentía. No hacía falta examinarme a mí mismo, ver que mi hombro seguía herido y con aquel cuchillo como una buena muestra, ni pensar acerca del agotamiento que se acercaba a mí de forma lenta e inexorable. Mi cabeza pensaba de una forma bien distinta. La mitad estaba ocupada con simples tarareos que no me separaban del camino a seguir, de la mentalidad que necesitaba. La otra mitad, de una forma u otra, se dedicaba a alentar al cuerpo a que mantuviera el ritmo hasta que estuviéramos en otra calle. Como si hacía falta recorrer a nado el mar hasta la isla vecina. Me obligaría, sin siquiera plantearme el dejar atrás mis convicciones por la acción de un simple enfermo que se había encaprichado conmigo. Podría no tener sangre en el interior del cuerpo, fuerzas en los brazos o una extremidad arrancada, pero en ningún caso me frenaría. Todos en la casa Griffith habían depositado gran parte de sus esperanzas en mí, mientras que aquellos de mi generación habían aceptado que yo fuera el elegido a pesar de que aquello significara estar a la sombra.

Una leve mueca, torcida, apareció en mi cabeza en el mismo instante en el momento en el que vi aquella última chimenea sobre los tejados. Aquello significaba que sería el último punto de apoyo que tendría en aquella zona, pero no me desanimaría; al fin y al cabo, podría continuar a algún otro lugar. Aprovechando la vista panorámica, trataría de buscar alguna zona por la que fuera más seguro bajar a tierra, pero de no existir, continuaría mi camino recto a través de aquellas tejas hasta que se acabase. Finalmente, alcancé el último punto seguro a la vista, resguardándome a un metro de este mientras mira a l frente, buscando hacia dónde iría. Y, de pronto, algo en mi respiración se trastocó y decidió dejar de hacer su función. Los pelos, ya de por sí preparados para un duro duelo, se colocaron como si fueran rígidas púas, especialmente los de mi nuca. Algo en mis adentros me gritaba, insistentemente, que algo acechaba. Como un ñu que intuye dónde está el león aguardando a que alguien se aleje de la manada, mi mente chirriaba una y otra vez hasta que me decidí a llevar mi cuello hacia atrás y perder por completo el control de mi corazón. Empezó a palpitar como si fuera el último día que tendría para funcionar y mi mente se nubló, dejándome únicamente con los instintos que un simple animal tendría: sobrevive. «Vive, vive, ¡vive!» fue la frase que provocó que mis dientes se apretasen como si tratase de hendir una placa de acero y mi respiración se paralizase para luego volver a la normalidad habitual. Tragué saliva y aquella melodía volvió a una esquina de mi oído, tímida pero presente, hasta que llegó a mis cuerdas vocales, empezando yo a tararear de forma inconscientemente. Cualquiera, incluso yo, hubiera jurado que había terminado demente por aquella situación que afrontaba, pero era mi forma de no caer presa del pánico.

Apreté el puño zurdo, acercando el diestro hasta mi pecho para que el brazo no sufriera más de lo estrictamente necesario. Mi tensión viajó hasta los dedos y se desvaneció tras dejar la marca de las uñas en mi palma, momento en el que lo relajé y suspiré, todo en un segundo. No estaba tan lejos como para poder escapar sin verme con un tajo en la espalda, así que tendría que hacer algo antes si deseaba dejarlo atrás. Parecía tener tan llena su cabeza de locura y desesperación que no tenía claro si habría hueco para siquiera plantearse lo que pudiera decir, pero aun así valía la pena plantearse aquel tipo de acción. En vista de su última frase, quizás se contentaba con hablar conmigo y hacerme temer, por lo que ahí estaba mi mejor opción.

— Jack, ¿qué buscas con todo esto? Me tienes, eso está claro, pero… ¿Quieres que deje la familia Griffith? ¿O te hice algo durante mi entrenamiento? —Lo miré a los ojos, tratando de encontrar cualquier resquicio de humanidad—. ¿Te sucedió algo con la nobleza? —Podía sacar mil conclusiones, pero prefería medir mis palabras para no enfadarlo más. Aun así, estaba mentalizado para que, en el momento en el que se lanzase contra mí, de hacerlo, me dejaría caer al suelo, apoyándome con una mano zurda para girar y dar una patada a su tobillo para tirarlo al suelo y seguir corriendo. Seguía llevando parte del disfraz y no le sería fácil aguantar mi golpe y recomponerse, pero sería solo si no estaba dispuesto a hablar. Parecía una opción surrealista, pero parecía ser la única a mi mano.
Liam D. Griffith
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Mensaje por Krieg el Jue 27 Ago 2020 - 12:04

Bien hecho.


O no...

La mueca de tristeza se vuelve... rancia. Un deje amargo en la boca, una tensión al escuchar las palabras que le dices, aparece. Pero sus ojos, esos pequeños orbes rodeados de carne quemada, están infinitamente tristes.

—No sabes quién soy... —dice, casi en un susurro que va dirigido a él mismo. ¿Sabe acaso él quién es? Sea cual sea la respuesta, puede culparte a ti y a todos de no conocer quién es. También puede culparse a sí mismo.

Sea como sea, ahí, en el par de metros que os separan y has juzgado mal dada la prontitud y novedad de ese reciente sentido que te ha avisado, no llegarías a darle una patada si te dispara. ¿Qué injustas son las armas de fuego, no? Ah, por cierto.

Bang.

El tiro del proyectil aún zumba por tus oídos, pero no sientes resquemor en tu carne. La teja, rotra en mil trozos, aún humea por el orificio que ha dejado la bala peligrosamente cerca de tu entrepierna. Lo que podría haber pasado...

—No, no sería justo. Sería divertido, pero no sería justo...—comenta, acuclillándose lentamente en la inestable pendiente del tejado. Suspira, y luego sonríe un poco tras encontrar ese brillo de temor en tus ojos—. Busco justicia, por supuesto. Justicia por mí y todos otros tantos niños que fuimos rechazados por los Griffith. ¿Por qué? Porque tu estúpida familia solo le daba la oportunidad a unos gusanos como vosotros, estúpidos commoners sacados del barro —poco a poco la rabia ha ido haciéndose un hueco en lo que queda de las cicatrices que un día fueron labios—. Tú... Tu familia y todas las que les imitan ensucian el concepto de la nobleza.

Y teóricamente va a volver a dispararte, ¿querrá impactarte esta vez? Desde luego apunta alto.



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