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El feudo de la verdad [Iulio - Liam]

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Mensaje por Liam D. Griffith el Jue 20 Ago 2020 - 14:01

Aquel barco era bastante distinto a los demás. Estructuralmente era una copia —casi exacta— del resto de las embarcaciones que había pisado hasta el momento, pero el aura que desprendían tanto las tablas como los tripulantes era algo distinta. Había sido formalmente invitado —con no la mejor educación del mundo, cabe destacar— a un trayecto bastante largo donde todos los cadetes y rangos similares ''descubrirían'' lo que es ser un marine real y lo que conlleva el tener cierto renombre en las tropas de la justicia. Siendo sinceros, era cierto que me estaba replanteando muchas cosas, especialmente cuánto ego podían contener los cuerpos de según qué altos cargos. «¿Por qué un contraalmirante nos está pidiendo que hagamos el saludo formal cada día a la mañana…?» me pregunté, sin tener muy claro cuál era la utilidad real más allá de perder el tiempo. Los realizábamos en la escuela, lugar en el que había pasado realmente poco tiempo, pero desde que la dejé para embarcarme y cumplir encargos de la marina, no había tenido que realizarlo ni una sola vez.

Independientemente de aquello, la idea del proyecto que estaba llevando a cabo la marina era realmente simple: ''Stagiaire'', como decían en la cocina. Habían llamado a una serie de marines de altos cargos, ofrecidos o no, para acompañarnos en según qué misiones de una dificultad no demasiado llamativa y mostrarnos qué secretos tenía aquella profesión. Podía ver algunas capas vagando de aquí para allá en el buque y otras tantas habitaciones estaban ocupadas con personas que solo salían para comer, así que no era ninguna locura decir que el barco estaba lleno de gente de renombre. Mencionaban que aquella misma noche existiría una reunión, con todo tipo de lujos incluidos, donde un vicealmirante pasaría a nombrar a todas y cada una de las parejas que se formarían en base al proyecto, siendo de asistencia obligatoria. Nadie había recibido siquiera una mísera pista acerca de quién podría ser el acompañante y, por los comentarios que se escuchaban por todos lados, los que serían nuestros profesores también lo desconocían.

Me limité a silbar en mi camarote, mirando al armario hasta que me decidí, tras no mucho tiempo, la prenda que llevaría a la reunión: la de siempre, ni más ni menos. Era un suceso que tachaban de importante, pero no quería pecar de ostentoso ni de excéntrico en un lugar así, por lo que me limitaría a ser yo mismo. Una sonrisa algo infantil se pintaba a lo largo de mi rostro, ilusionado por lo que sucedería: acompañar a alguien que no fuera un cadete me daría una idea de qué significaba ser algo más que un recién llegado y, con suerte, me acercaría a dejar de serlo. Necesitaba volver a English Garden y, con esa convicción en mente, me obligaría a preguntar todo lo posible y conseguir la mejor imagen posible de cara a una posible recomendación o a un futuro entrenamiento.

Con aquella idea bien firme en mi cabeza, me arreglé un poco y me peiné con esmero, saliendo por la puerta del camarote y caminando a lo largo de los pasillos del buque hasta encontrar aquella puerta doble que permitía el acceso al salón. La atravesé, estando esta ya abierta, perdiéndome entre decenas de trajes y uniformes que caminaban de mesa a mesa, picoteando según qué cosas y hablando entre ellos, quizás con un leve tinte de interés manchando palabras amables. Yo, algo más cohibido para no pasarme de confiado, me limité a acercarme a una de las mesas para tomar un aperitivo, notando cómo un señor de aspecto ya mayor amenazaba con subir las escaleras de un tablado improvisado, papel en mano.
Liam D. Griffith
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Mensaje por Iulio el Sáb 22 Ago 2020 - 2:01

¿Y por qué demonios tenía que estar yo allí? Había oficiales para aburrir en la Marina, muchos de ellos con una vocación para la enseñanza que ya quisiera para sí el mejor profesor, pero por algún motivo que desconocía había llegado a mis manos el dichoso requerimiento. Me senté sobre la borda y dejé que mis pies flotasen a varios metros de la superficie del mar.

Jamás había estado familiarizado con los procedimientos que se seguían por norma general a la hora de instruir a los nuevos. Mi reclutamiento no había sido demasiado común y simplemente me había quedado a bordo del barco que me había recogido: el Monkey D. Garp, probablemente el buque de adiestramiento más importante de la Marina en el Paraíso. El capitán Kensington me había acogido como uno de sus discípulos antes de mi partida hacia Marineford y me había intentado llevar por el camino de la rectitud con mano de hierro. No había conseguido lo que se había propuesto en muchos aspectos, pero había dado en el clavo en muchos otros; los más importantes.

Dejando a un lado mis ganas de estar allí, debía admitir que el cuadro era cuanto menos pintoresco. Una retahíla de oficiales cuyo rango no bajaba de Capitán se encontraban a bordo, paseando sus capas por la cubierta o aguardando en sus camarotes mientras los muchachos se encargaban del resto. Era su función, de acuerdo, pero se respiraba cierto aire de superioridad en el ambiente que personalmente no me agradaba en absoluto.

Fuera como fuese, no sería yo quien doblase el lomo para limpiar la cubierta y demás tareas de mantenimiento. ¿Que qué hice? Pues lo de siempre, me bajé de la borda, me tumbé sobre la cubierta y dejé que el sol incidiese con misericordia en mi rostro. Antes de darme cuenta me había entregado al mundo de los sueños.

***

Aquella luz no era la de un amable mediodía, no. La luna brillaba con fuerza en lo alto sin una mísera nube que la cubriese. ¡Iba tarde! Aquello no era nada nuevo en mí, pero siempre suponía una dosis extra de ansiedad que me hacía maldecirme por mi pereza. ¿Cómo demonios había podido dormir durante tanto tiempo? La reunión ya debía haber comenzado.

No corrí, porque no me era necesario, pero cuando abrí la puerta que servía de acceso al salón donde se celebraría el acto me quedó claro que, por supuesto, llegaba tardísimo. Todos y cada uno de los oficiales tenían junto a ellos a un muchacho o una muchacha a los que por norma general sacaban varios lustros. Algunos comenzaban a charlas, mientras que en otros casos resultaba evidente que los más nuevos se sentían desbordados por la situación. Mucho galón en frente llevando tan poco tiempo en la Marina, supuse.

―Y cómo no, tarde para variar, el contralmirante Cornelius ―dijo en voz alta el vicealmirante Caelestis para que todos pudieran escucharle y, de paso, se volviesen para mirarme.

―Perdón, perdón ―me disculpé al tiempo que cerraba la puerta a mis espaldas.

―Griffith, éste es el tuyo. Cuídalo.

¿Cómo que me cuidase? Ignoré el mordaz comentario de mi superior y aguardé a que mi pupilo emergiese de la marea de uniformes que me rodeaba.

―Contralmirante Cornelius, señor o lo que sea para cuando haya que aparentar. Iulio para el resto del tiempo ―sonreí―. Y como te cuadres cuando no haya nadie para echarte la bronca cerca te doy un capón; norma número uno. Seguramente no te valga para los demás, pero supongo que ya estarás harto de levantar la mano y juntar los pies, así que no creo que pierdas la costumbre.
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Iulio

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Mensaje por Liam D. Griffith el Sáb 22 Ago 2020 - 16:55

Aquel hombre pareció medir hasta los pasos que le llevarían a estar en el centro exacto del escenario, quedando en dicho punto con exactitud y entereza. Se aclaró la garganta levemente y puso el papel frente a él, no sin antes otear la sala por completo sin buscar a nadie en concreto. Segundos después, el lugar había sido embargado con un silencio sepulcral que solo pudo cortar el protagonista y causante:

— Buenas noches, marines. Soy el vicealmirante Caelestis, el encargado y creador de esta iniciativa que esperemos que traiga inspiración a los más nuevos en las tropas y refuerce las creencias de los que lleven más. Siempre es inspirador compartir momentos entre épocas y para ello estoy aquí… —Apartó el papel entonces, enrollándolo por unos segundos mientras se fijaba en nosotros—. Veréis… Llevo muchos años en la marina y, a excepción de unos pocos, he visto cómo unos y otros habéis crecido. Sé que llegan momentos en los que uno duda acerca de qué debería hacer con su futuro, si ya ha hecho suficiente por la justicia o si aporta algo siquiera, pero espero que a todos aquellos que pasen por esta etapa, sea la edad o cargo que sea, os reafirméis al ver la inspiración del otro. Saldremos mejor preparados y más dedicados de esta experiencia, de ello estoy seguro —La sala explotó en vítores hacia el vicealmirante, que no se opuso a ellos, haciendo una leve reverencia hacia sus ''fans''—. Por ello, os hemos emparejado a conciencia con aquellos que puedan aportar una perspectiva diferente. Os ruego que aprovechéis el tiempo —Y entonces desplegó el folio, dejándolo justo frente a él para luego hacerlo descender mientras nos clavaba sus afilados ojos a todos los presentes—. Veamos… Martin Flyer con el contraalmirante Cánovar. Wally Walls con el capitán Miguel… — Por cada uno que decía, se acercaba uno de los dos y recogía un sobre, donde parecía estar el encargo a completar entre ambos. Y comenzó a decir una retahíla de nombres y de cargos que, a juzgar por la gente que se arremolinaba en la sala, tardaría en cesar.

Aproveché, como tantos otros, para adoptar una postura cómoda pero que me permitiera ver al señor Caelestis, que seguía totalmente centrado en no cometer erratas mientras leía. Sus ojos, si la vista no me fallaba, ya estarían por la mitad, cuando llegó mi turno.

— Liam Griffith con el contraalmirante Cornelius —dijo en un tono seco y afilado, para hacerme llegar el papel, el cual guardé recelosamente.

Miré a todos lados, tratando de aparentar tranquilidad a pesar de la emoción que me embargaba. Había escuchado alguna vez en el cuartel acerca de las andanzas de aquel hombre, en la división del mismísimo vicealmirante Zuko. Aun así, no era alguien tan conocedor de lo que sucedía a lo largo de la marine como para decir todas y cada una de sus medallas o su aspecto, así que esperaba que fuera él aquel que me encontrase. Un capitán, teniendo en cuenta su capa, se me acercó con un gesto despreocupado, hablándome de la misma forma:

— No está aquí, así que no te desesperes buscándolo. Ya llegará… o no —Y se marchó entre carcajadas, que tuvo que callar tras una llamada de atención.

«¿Está ocupado en algo…? ¿Quizás ni está en el barco?» cavilaba mi mente, pensando en las razones por las que el contraalmirante no estaría presente en la reunión. Tomé asiento a pesar de poder pecar de maleducado, tomando un poco de comida mientras intentaba dejar de fijarme en aquellos aprendices que ya estaban haciendo migas con sus asignados compañeros. Si hubiera tenido a mano una botella con algún tipo de alcohol suave me hubiera dedicado a emborracharme lo suficiente como para dejar de lado todas las preocupaciones, pero, por alguna razón, la Marina no nos proporcionaba alcohol en una reunión de aquel tipo —ni en ninguna. Suspiré, dejando pasar el tiempo.

Minutos —muchos minutos— más tarde, el vicealmirante ya había bajado del escenario y estaba hablando animadamente cerca de la puerta con unos y con otros, hasta que su tono varió repentinamente. Escuché una reprimenda, seguida del apellido que ansiaba oír desde que comenzó la reunión. Giré repentinamente el cuello, fijándome en él. Pelo blanco, piel morena, algo más alto que yo, y un cargo que adornaba su estar. Me levanté, instante en el que el encargado del proyecto se refirió a mí por mi apellido y me señaló al que sería mi acompañante, mirándole yo con ojos brillantes e ilusionados. Ignorando por completo las miradas furtivas que lanzaban unos y otros marines, además de algún comentario mordaz a la lejanía, me acerqué, tratando de presentarme con una reverencia formal. Él dejó claras sus instrucciones: de no haber nadie más, fuera formalidades. Y, siendo sinceros, prefería aquella forma de ser que el ego que abundaba en el barco, así que agradecía el cambio. Nuevamente la voz de Caelestis surgió desde la distancia:

— A ver si le enseñas un poco de dedicación y ánimo al contraalmirante Cornelius, Griffith.

Yo, por mi parte, me apresuré a hacer lo mismo que había hecho el que era mi acompañante: presentarme.

— ¡Liam Griffith, señor Cornelius! —Fui a hacer cuadro, pero noté que hacía unos segundos nos habían dejado de mirar para centrarse en un capitán que se había llevado alcohol al barco y le habían descubierto la petaca hacía nada, así que frené en seco, casi cayéndome por los nervios—. ¡Espero serle de utilidad, contraalmirante! —Tendí al frente el sobre, todavía sin abrir, aunque fuera de este mencionaba algo acerca de Lvneel.
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Mensaje por Iulio el Sáb 22 Ago 2020 - 18:30

―Bueno, pero no me grites. Si me hablan demasiado alto al despertar me paso el día enfadado ―comenté distraídamente al tiempo que me alejaba del nutrido grupo. Mi objetivo era una mesa algo apartada del mismo, rodeada por media docena de sillas cubiertas con una tela blanca. ¿Habría algo de comer? Sí, pero todo estaba mordisqueado o frío. ¿Quién les había enseñado modales a todos esos oficiales?―. No les hagas caso. La mayoría de esa gente piensa que su aportación depende de lo pronto que se levante y cuántas órdenes dé al día, pero se pasan la mayor parte del tiempo en el despacho. Maldita torre burocrática. Plantéatelo así: si soy tan descuidado como ellos dicen, ¿qué habré tenido que hacer para ascender? ―guiñé un ojo―. Ya sabes: cría fama y... No me acuerdo de cómo seguía, pero creo que lo captas.

Hice una pausa para contemplar a todos y cada uno de los que estaban allí. La mayoría me eran desconocidos, probablemente más por dejadez que por falta de méritos por su parte. Travis era un pedante acomodado y Liliana había pasado cuatro años arrastrándose para conseguir un ascenso y poder volcar sobre sus subordinados todas sus frustraciones. Lo cierto era que compadecía a la muchacha de la trenza rubia que le habían asignado. De cualquier modo, yo tenía al mío.

Probablemente el capitán Kensington hubiese comenzado con una disertación sincera y profunda sobre el verdadero valor de ser marine y proteger la justicia, pero aquello no era lo que te empujaba a seguir en la batalla ―no al menos a la mayoría―. ¿Que qué era? Que el que corría delante de ti no se llevase un tiro porque tú te hubieses quedado escondido, inmóvil y asustado como una alimaña en su madriguera... Y para eso tenías que conocerle.

―A mí me rescataron del mar, ¿sabes? Me fui de casa junto a mi hermano hace tiempo y naufragamos. Me recogió el Monkey D. Garp, no sé si habrás oído hablar de él. Me dejaron en una pequeña isla junto a un buen amigo, pero digamos que todo se torció y terminé por quedarme con todos esos señores estirados de uniforme ―sonreí, escrutando de nuevo la mesa. ¿Humeaba aún ese panecillo?―. ¿Cómo es que llevas ese uniforme? ¿Por qué te uniste a la Marina?

Terminé la pregunta reparando en que llevaba consigo un sobre aún cerrado. Probablemente aquél fuese el cometido que tendríamos que llevar a cabo juntos para estrechar vínculos y demás, pero de momento me interesaba más la historia de Liam. Era nefasto con los nombres, sí, pero no esforzarme por aprenderme el del muchacho hubiese rayado lo criminal. Finalmente me decidí a coger el panecillo, recostándome en la silla y perdiendo cualquier rastro de rectitud para dedicarle toda mi atención.
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Iulio

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Mensaje por Liam D. Griffith el Sáb 22 Ago 2020 - 20:27

Me disculpé con un gesto ante la queja del señor Cornelius, que parecía no estar muy de acuerdo con mi efusividad. Ciertamente, en un primer vistazo —a falta de conocerlo bien— parecía ser una persona tranquila y calmada, todo lo contrario a la mayoría de mentores que había tenido a lo largo de mi instrucción, tanto en la Academia como en la Marina. Solían ser personas muy pasionales, que daban toda su fuerza en cualquier gesto y se mostraban emocionados respecto a cualquier cosa que hiciera —para bien o para mal. Así que no sabía decir si tenerle a él de compañero iba a ser un soplo de aire fresco o un choque de trenes respecto a lo que era una costumbre para mí, pero indistintamente sería una nueva experiencia a valorar.

Aun así, en algo sí que coincidíamos: estábamos en contra del ego que movía a muchos de los allí presentes, tanto por tenerlo como por ansiarlo. Aquellos que tenían capa e iban zarandeándola de aquí para allá mientras exigían gestos de parte de los cadetes nos caían mal a ambos, aparentemente. Lo miré con un ingenuo brillo en los ojos, asintiendo repetidas veces mientras sonreía. No sería yo quien se dedicase a mantener el cuerpo de marines limpio ni les diese una lección de profesionalidad y dedicación, pero sí que me mostraba opuesto a hacer los quehaceres de la Justicia por puro interés.

Cornelius caminaba mientras yo le seguía dos pasos más atrás, fijándome en como aquellos ojos miel se clavaban en todos y cada uno de los platos que se plantaban en cada mesa, sin decantarse por ninguno. La mayoría de comida que habían preparado era caliente, que se disfrutaba mejor nada más llegar, momento en el que uno se llenaba, para luego dejar restos fríos que a nadie interesaban. Aquello favorecía de forma indirecta a los que eran puntuales, mientras que los que sufrían cierto retraso se veían abocados a encontrarse poco más que platos poco apetecibles.

Y, mientras continuaba con dicha tarea para llevarse algo a la boca, empezó a hablar de forma despreocupada, como si me conociera de hacía tiempo. Yo, por supuesto, no tenía ningún tipo de problema —no por nada me había criado en la casa de los Donovan, de cuna pobre—, pero no me esperaba aquellas cercanías proviniendo de un alto cargo de la Marina. Al parecer, él había naufragado junto a su hermano, siendo encontrado por un barco que recibía el nombre de una persona y, de una forma u otra, terminó rodeado de marines. Era una opción válida, siendo sinceros, aunque no la más ortodoxa de unirse a las tropas de la Justicia. Finalmente, me preguntó a mí el porqué de mi unión a la Marina y yo, sin hacerle esperar, respondí:

— Bueno… Una familia de caballeros de English Garden me adoptó junto con otro gran grupo de chavales y me entrenó. Es una costumbre propia de ellos —Me reí mientras frotaba mi nuca con la diestra—. Acogen decenas de chicos, los preparan, los hacen competir y el que se decida vencedor tendrá el honor de ocupar la cabeza de los Griffith —Señalé el escudo de mi estoque, acercándoselo para que lo pudiera ver él—. Y ahí estoy yo. Tengo ya la mitad del trabajo hecha, y queda la otra… —Cornelius se acercó a un panecillo, sentándose con una postura poco recta y fijándose en mí mientras lo devoraba—. El actual cabeza me exige volver a casa con una capa de Vicealmirante a la espalda. Solo entonces seré digno —Me ruboricé un poco, sin saber si estaba dándole demasiada importancia a mi vida o lo estaba diciendo una forma demasiado seria. Al fin y al cabo, ya era parte del pasado y tampoco lo quería aburrir con mi vida—. ¿Tiene hambre? La comida que han puesto para la reunión sabe a congelada, así que algo me dice que tiene poco de casero… ¿Quiere que le prepare algo mejor? —No lo decía por ganar confianza con él, sino por empatía; había probado uno de esos panecillos y me había sabido a poco menos que a moho.
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Mensaje por Iulio el Mar 25 Ago 2020 - 1:13

―Ya veo ―dije, deteniéndome a ver el emblema del estoque―. Pues has puesto el punto de mira bastante alto. La mayoría se alistan para ver hasta dónde llegan y vivir con un sueldo fijo, la verdad. Pues... la verdad es que sí. No he cenado y el estómago me ruge. Dormir casi todo el día cansa más de lo que la mayoría de la gente piensa, pero a nadie se le ocurre preguntarme ―bromeé, levantándome a continuación y siguiendo a mi recién adquirido pupilo. La mirada de Caelestis se detenía sobre mí periódicamente para asegurarse de que no me había escabullido. No pensaba hacerlo, por supuesto, pero la fama me precedía y era hasta cierto punto lógico que lo hiciese.

Seguí al muchacho hacia las cocinas. Con un contralmirante detrás nadie intentaría impedirle el paso y, de hacerlo, una simple orden sería más que suficiente. La cocina era muy amplia, repleta de fogones y puestos para que un sinfín de concineros se repartieran entre ellos. Las paredes estaban completamente llenas de estanterías, las cuales albergaban los productos que más frecuentemente eran empleados para elaborar los platos. Un par de puertas conducían a sendas despensas, pero dudaba que el chico necesitase meterse en alguna de ellas para cocinar para sólo dos personas.

―¿Has leído ya esa carta? ―inquirí, cogiendo un pequeño banco de un extremo de la sala y llevándolo junto a él―. No tengo ni idea de qué pondrá en ella, pero tengo que admitir que siento curiosidad. ―Cogí una manzana de un cesto situado junto a mí y le di un gran mordisco. Lo cierto era que me las apañaba bastante bien en la cocina, pero el arduo proceso solía obligarme a desistir y conformarme cualquier cosa. ¿Qué tal se le daría al chico?

El silencio se hizo en el lugar mientras Liam pasaba del cuchillo a la cuchara ante mi atenta mirada. El tintineo del metal y los alimentos al ser cortados era lo único que lo perturbaba. ¿Dónde había ido todo su ímpetu dicharachero? Ya volvería, lo daba por descontado. De cualquier modo, aguardaría hasta que mi comida estuviese lista.

***

―Pues sí que se lo han montado bien ―comenté mientras subía a uno de los barcos que se habían aproximado a nosotros. La operación incluía que una retahíla de naves de menor tamaño que la principal viniesen a recogernos. Cada una de las parejas sería conducida hasta su destino para llevar a cabo su misión―. ¿Y qué decías que ponía en ese papelito?
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Mensaje por Liam D. Griffith el Jue 27 Ago 2020 - 19:24

Cornelius, sin ningún tipo de pudor, expresó algo que me había rondado por la cabeza durante todo el trayecto en el barco. La gente que entraba a la Marina buscando un trabajo, no una vocación. Poner tu vida al borde, al límite, simplemente con la idea de que a final de mes obtuvieses una justa remuneración era… algo bastante absurdo, a decir verdad. Quizás eran ese tipo de gente que entraba a la tropa con el único y exclusivo deseo de terminar trabajando únicamente para trámites burocráticos, rellenar papeles y dar vueltas por el cuartel. Pero, indistintamente, cada uno era libre de hacer lo que quisiera con su vida y mejor aquello que simplemente zarparse a la mar para robar y asesinar. En cuanto escuché la broma me comencé a reír, todavía algo más nervioso, pero divirtiéndome. Me imaginaba estar bajo el cargo de algún capitán —aun siendo descortés— rancio, pero aquel hombre se alejaba mucho de aquella idea. Era despreocupado, con sentido del humor y parecía más un ciudadano que un soldado. De todas formas, algo dentro de mí me decía que era mucho mejor así, que me podría enseñar más y todo sería un proceso más cómodo.

Comenzamos a caminar, tras aceptar, hacia la sala que aunaba todas las cocinas del lugar, al lado del salón. Se acercó una mujer a dejarnos claro que ya estaba cerrada y que, tras todo el catering que habían presentado, no trabajarían hasta el desayuno del siguiente día, pero con solo ver la figura del contraalmirante tomó un par de pasos de distancia.

— No, no, tranquila; cocinaré yo —dije, sonriéndole—. No quisiera molestarlas a estas horas, ya han hecho su trabajo.

Nos dejó paso hasta la sala, completamente vacía tras hacer lo que debían hacer. Aprovechando lo vacía que estaba, me sentí como en casa, tomando el instrumental que estuviera limpio y sin usar, evitando aquel manchado. Abrí la nevera, mirando todos los ingredientes y eliminando posibles platos de mi cabeza hasta que solo uno quedó. Con una sartén freí un trozo generoso de ternero mientras que empezaba a hacer un salteado con distintas verduras, mayormente zanahoria y guisante. En cuanto tuve una mano libre, miré de nuevo la cocina y me llevé de la encimera una tarrina con puré de patatas, seguramente sobras de lo servido hoy. Lo calenté un poco y, terminando todo en el mismo momento, serví el puré de patata de fondo, con las verduras sobre este y la carne a un lado, pero cerca.

— ¡Ta-chán! —exclamé, presentándole el plato sobre una refinada cerámica, con cuchillo y tenedor al lado derecho. Con las sobras de mi propio cocina me hice otro plato algo más pequeño, sentándome a una distancia educada para comenzar a catar mi comidas—. No, no, estaba esperando a que viniese.

╔═══════ ≪ °❈° ≫ ═══════╗
A la mañana siguiente…
╚═══════ ≪ °❈° ≫ ═══════╝

A la maña siguiente, a toque de corneta y megafonía —creo que únicamente en la sección de cadetes—, todos fuimos despertados para hacer camino hasta el comedor más temprano que de costumbre. En un abrir y cerrar de ojos, Caelestis había organizado al grupo, ya comido, para marchar según el horario a la zona desembarco, pues nos estarían dejando en distintos barcos que a su vez nos llevarían a nuestro destino. Eran casi una legión, esperando yo pacientemente hasta que tocó mi momento y salí del lugar en busca del barco, justo frente a Cornelius, que también hacía tiempo hasta poder montarse. Me acerqué, escuchando cómo halagaba a la preparación de la Marina respecto a este proyecto, asintiendo y mirándole con una sonrisa. Escuché su pregunta y saqué la carta del bolsillo de la chaqueta del uniforme, mostrándosela. Estaba impoluta, sin abrir, ya que había aguardado hasta estar junto a él.

— Pues… —Rompí el sello que la marcaba como ''no abierta'', tomando el papel que estaba en su interior y, dejando el sobre entre los dedos corazón y anular, comencé a leer—. Reino de Lvneel… —dije nada más ver las palabras en negrita. Pasé mis ojos con velocidad a través del texto para no tener que leer, sino poder simplemente resumirle el contenido—. Al parecer un noble con dinero tuvo una caída hace una semana, se levantó hace un par de días y dice ser un sucesor de la casa Norland, oriunda de la misma isla. Clama venganza… —Susurré un par de palabras que no aclaraban nada, para luego volver a comentar—…y poco más. Dice que se marchó ayer mismo y está perdido —Le lancé una mirada a Cornelius, sin saber muy bien qué decir o hacer más que cruzar el camino hasta llegar al barco—. Parece ser, aunque esto ya es idea mía, que tiene algún tipo de demencia y simplemente tendremos que buscarlo, aunque no huele del todo bien.
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Mensaje por Iulio el Lun 31 Ago 2020 - 1:58

―¿Norland? No había escuchado ese apellido en mi vida, la verdad ―comenté distraídamente al tiempo que el barco zarpaba y ponía rumbo hacia nuestro destino―. Pasé allí un tiempo, ¿sabes? Fue hace bastante, antes de unirme a los Justice Riders. Formaba parte de otra brigada junto a un semigigante y un tipo con un brazo metálico. No llegó a ningún sitio, por supuesto, y de hecho no sé qué fue de ellos ―comenté mientras extraía una bolsa de pistachos de mi túnica y me llevaba el primero a la boca―. Hubo un intento de construir una base de la Marina allí. La operación estaba dirigida por un vicealmirante, Danio Rerio, de quien tampoco volví a tener noticias. El caso, que aún me queda algún contacto allí y quizás puedan ayudarnos.

***

Lvneel, tan activa como siempre. En la zona portuaria tenía lugar una de las mayores congregaciones de personas que recordaba haber visto en mucho tiempo. Un gran cartel anunciaba que ese preciso día se celebraba la feria del ganado, por lo que los gritos de los ganaderos inundaban el ambiente para azuzar a quienes estaban dispuestos a pujar por sus bestias.

Habíamos llegado en un barco de pequeñas dimensiones, por lo que la mayoría ni siquiera se dio cuenta de que un navío de la Marina había atracado en sus costas. Probablemente otro oficial hubiese demandado la atención de todos los presentes para hacer una amplia demostración de testosterona y galones, pero no era mi caso. Tampoco me quité el abrigo, pues lo veía innecesario, así que me introduje en la marabunta de personas tras dar un toque en el hombro de mi pupilo para que me siguiese.

Dudaba mucho que allí pudiésemos encontrar a un noble desaparecido ni a alguien que pudiese ayudarnos. Además, con tanto cerdo y bestia oliendo a... bueno, bestia, algo me empujaba a salir de allí cuanto antes. Tenía que ponerme de perfil una y otra vez para evitar los golpes en el esternón y los hombros, pero, tras una caminata no desprovista de empujones, finalmente abandoné la multitud y alcancé una zona menos transitada.

―Conozco un sitio no muy lejos de aquí donde nos atenderán bien y quizás obtengamos algo de información. Es un poco pijo, pero todo el mundo te trata bien cuando vas de uniforme ―dije al tiempo que guiñaba un ojo y me encaminaba hacia el lugar indicado.

No dudaron en asignarnos una amplia mesa junto a una gran cristalera en cuanto mi abrigo ondeó en la puerta. Miré a Liam y sonreí, buscando la confirmación de que había entendido que mis palabras iban completamente en serio. Pedí una botella de vino y aguardé, descubriendo poco después que, efectivamente, la élite de la sociedad de Lvneel se apresuraba a obtener nuestro favor. Mi intención estaba clara: preguntarles a ellos sobre la familia Norland y el hombre que había desaparecido.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Dom 6 Sep 2020 - 9:43

Para ser sinceros, en ese momento el comentario de Cornelius también me representaba a mí: no conocía a nadie apellidado Norland, y de eso estaba más que seguro. Aunque siendo del North Blue había escuchado un par de historias narrar acerca de un hombre llamado así, su apellido distaba mucho de ser ese. «Lo que tenga que ser, será. No sirve darle más vueltas…» dije para mis adentros, mirando la carta y guardándola en el bolsillo interior de la chaqueta del uniforme. Si la quisiera leer se la daría en cualquier momento, pero mientras podría permanecer allí hasta que necesitásemos repasar la información nuevamente. Por el otro lado, el contraalmirante ya había pasado al barco y yo le seguí de cerca, escuchando cómo él había pasado un tiempo en la misma isla que iba a ser nuestro destino, tratando de lograr un proyecto que por sus palabras y tono pareció no llegar a muy buen puerto. La parte buena es que el hecho de que tuviera contactos me tranquilizaba: la información era realmente valiosa, especialmente en un caso en el que poco o ninguna idea teníamos de qué estaba sucediendo.

El camino hasta la isla no fue excesivamente largo, sino que en unos días ya estábamos plantados en la cubierta del barco con vistas al reino. No había pisado muchas veces el lugar, ya que tampoco se me había requerido allí, pero tenía constancia de que era uno de los lugares preferidos de los cadetes menos dados a trabajar a los pies de la Justicia. Los más vagos, en palabras simples y sinceras. Era una isla afamada hasta en los Blues por la tranquilidad que existía en el lugar, carente de problemas, aunque eso no evitaba que de vez en cuando un pirata cualquiera se tomara confianzas y tratara de liarla allí mismo. Y para eso mismo estábamos allí, aunque no hubiera ni un pirata ni nadie tratando de liarla —al menos no explícitamente.

El barco atracó finalmente y, con un simple toque, Cornelius me indicó que le siguiese entre la multitud y el bullicio del ganado, cuyo olor impregnaba la calle por desgracia. Él marcaba el camino a seguir y, aunque era algo convulso ya que se trataba de gente que se movía y cerraba senderos, pude arreglármelas para girar y girar mientras dejaba atrás el conjunto y no perdía la vista de mi tutor. Dejamos finalmente atrás el puerto, plagado de ganaderos que se jactaban de tener la mejor res de la temporada y, viendo que ya podíamos respirar con cierta tranquilidad, el contraalmirante terminó girándose levemente para aclarar que ya teníamos destino y que, aún más, tendríamos un trato de preferencia por ser parte de la Marina. Sonreí en cuanto lo escuché, creciendo la mueca al ritmo que él guiñaba su ojo, y apresurándome porque no me dejara atrás.

Se trataba de un edificio bastante recatado que, aunque podría pasar por algo sutil, no lo hacía debido a la clientela que salía y entraba a cada instante: trajes, uniformes y sombreros de copa. Era de alto calibre, de aquello estaba seguro, así que esperé a que fuera mi tutor y no yo —un simple cadete— quien pidiese la mesa, siendo guiados al interior con una increíble amabilidad y señalándonos una de las mejores posiciones del que sería todo el restaurante. Se me escapó una sonrisa un poco infantil a la par que le miraba con unos ojos embriagados en ilusión. No había entrado, obviamente, a la Marina en busca de ese trato preferente, pero si una capa me permitía entrar a restaurantes que necesitaban previa cita… Bueno, no iba a desaprovechar la oportunidad. Se pidió una botella de vino con la que humedecer los labios porque, al fin y al cabo, habíamos llegado a parar allí para buscar información.

— Me alegra tenerl… tenerte aquí, señor Cornelius. Hubiera sido imposible por mi parte entrar aquí siendo un cadete solo —Miré alrededor, constatando que quizás yo, con mi uniforme blanco, era el que más destacaba de lejos a pesar de las excéntricas vestimentas de unos y de otros—. Pedir información de un noble a otros suena bastante lógico, sí… —comenté mientras me fijaba en la gigantesca botella que acortaba distancias con nosotros, plantándose en la mesa con suavidad.

— A la primera copa invita la casa, contraalmirante Cornelius —Vertieron el contenido en la copa hasta llegar a casi llenarla y, luego, giró el cuello para mirarme, dejando entrever una leve mueca de desagrado—. ¡Y lo mismo para su acompañante, por supuesto! —E hizo lo mismo. Algo me decía que mi estancia allí no era del todo grata, pero tampoco tenía nada que avalase mi estatus y, siendo sinceros, no tenía la necesidad de hacerlo.

— Perdone, señorita… —Tomé la copa con la mayor de las suavidades—. ¿Conoce a un tal Gregory Fischer? —Aquel era el nombre que rezaba el encargo y según cuál fuera la respuesta de la mujer podría uno seguir por pedir la identidad de la tal ''casa Norland'' o la reputación que nuestra víctima se merecía con los suyos.
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Mensaje por Iulio el Lun 7 Sep 2020 - 20:00

―Sí, don Gregory ―dijo la mujer al tiempo que varios de los aristócratas cercanos sonrían o soltaban alguna tímida carcajada―. Hace mucho que no le veo, y solía venir bastante. Tenemos un vino de una cosecha que fue especialmente buena y don Gregory venía de vez en cuando a tomarse algunas copas.

―¿Algunas copas? ―saltó el primer sujeto que se había acercado a nosotros, que había vuelto a su mesa y se había sentado junto a otros tres hombres―. Gregory es un borracho sin remedio. Cuando no es aquí es en cualquier otro lugar, pero siempre anda bebido y diciendo todas esas estupideces de las que ha hecho su modo de vida.

El comentario, sorprendentemente, pareció disgustar a la mujer que nos estaba atendiendo, pero no abrió la boca para replicar. Era consciente de la posición que ostentaba entre tanto noble subido y sabía que replicar sólo podría traerle problemas. Ya hablaríamos con ella. Por mi parte, disimulé cualquier sorpresa y me giré en la silla para encarar al bocazas.

―Veo que no le cae muy bien, señor...

―Matthisen.

―Lo que sea. Verán, resulta que tenemos un asunto muy importante que tratar con él en nombre del Gobierno Mundial. No puedo dar más detalles, pero no sabemos dónde podemos encontrarle. Tenemos entendido que es alguien bastante... extravagante, y que incluso sus familiares se mantienen bastante alejados de él.

La información que acababa de recibir pareció cerra la boca del tal señor Matthisen, pues le relegaba a una posición anecdótica en lo que a los tratos con la Marina se refería, mientras que el loco de Lvneel se revelaba como alguien interesante. Le vendría bien una cura de humildad, así que sonreí para mí.

―Entonces podéis preguntarle a su prima ―dijo antes de cerrar la boca definitivamente y volver a tratar con los suyos. No obstante, antes hizo un gesto fugaz con la mano en dirección a una mujer rubia que aguardaba sola en una mesa. Con ella y la camarera ya teníamos algo por lo que empezar, así que mi idea de acudir a aquel local podía ser tomada como un éxito.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Mar 8 Sep 2020 - 2:32

Me llevé el final de la copa a los labios mientras miraba como la muchacha miraba a un lado y a otro antes de contestar, probando la temperatura con la piel. No tardó en contestar, reconociendo a quién nos referíamos, o eso quise suponer por el tono que utilizaba, despertando lo que parecía ser un sentimiento de mofa y diversión en una mesa cercana. Antes de que pudiera despegar el vidrio de mis labios para encararme a ellos y pedir cierto respeto por aquel que, aunque demente, seguía siendo una persona, Cornelius se encargó de enfrentar la situación por sí solo con una educación admirable y las palabras justas. En vista de que aquello estaba en buenas manos —las mejores ahora mismo—, me limité a suspirar, haciendo eco con la copa que iba subiendo hasta dejar que el tinto líquido pasar al interior de la boca y manchar con su sabor mis papilas. Igual que los clientes que habituaban el lugar, el vino también era del más alto estrato, por lo que no pude evitar cierto rubor en las mejillas y una tenue sonrisa por su penetrante sabor. Me podría acostumbrar a aquello, para qué mentir.

Mientras tanto, el contraalmirante había tomado la delantera en aquella veloz discusión, tapizada con una simple charla, que no tardó en dejar al tal Matt a un muy bajo nivel mientras que Gregory retomaba cierto prestigio que había perdido. Aun así, me escamaba el comentario que había proferido nada más intervenir: ''diciendo todas esas estupideces''. «¿No es la primera vez que le sucede esto? ¿Siempre ha sido así? ¿O nunca hasta este nivel…?» me cuestioné a mí mismo. Realmente sería muy diferente si el noble al que íbamos a atender siempre había estado igual de loco debido al abundante consumo de alcohol que tenía, por una simple razón: si aquello le había hecho marcharse, en cuestión de poco tiempo se le pasaría el efecto y trataría de volver a casa. Aquel sería el mejor de los escenarios, donde la propia víctima simplemente hacía todo el trabajo él solo y se presentaba un día tocando a la puerta, avergonzado de su comportamiento, aunque dudaba que la marina mandase a alguien de tal rango a recuperar un simple hombre ebrio. La charla terminó por señalar a una muchacha presente en el mismo establecimiento, a la que catalogaron como prima de la mismísima persona a la que buscamos, por lo que por suerte nos podría revelar cierta información de más.

Tomé el cristal en la diestra y puse la zurda en el respaldo, tomando distancias de la silla mientras levantaba el culo.

—Dame un segundo… —dije, confiado en mis capacidades. Preguntar a una mujer como aquella sería pan comido y con las cuestiones necesarias se podría aclarar el caso en cuestión de minutos. Con aquel líquido viajando de aquí para allá con cada paso que daba, no tardé en alcanzar su espalda, dirigiéndome a ella—. Perdone señorita, ¿es usted la prima del señor Gregory? —Esperé a que ella respondiese, ya que podía haber sido una simple confusión de parte del hombre. Así, los cabellos rubios no tardaron en ondular, girando el cuello hacia la diestra y mirándome fijamente con aquellos ojos azules ceniza.

— Sí, soy yo. ¿Qué quiere de mí? —dijo despreocupadamente, con una mueca completamente neutral. Me quedé callado por un rato mientras la miraba directamente, por lo que supongo que se sintió aludida—. Anna Fischer.

— B-Bueno… —¿Por qué no podía ser mayor, como su primo? Tener cuarenta años… No me había planteado la posibilidad de que fuera así de joven, cerca de los veinte, así que el fruto de mi imprudencia era un rubor a lo largo de todas mis mejillas—. En la M-Marina estaríamos… interesados, sí, acerca de su primo. ¿P-Podría contarme sobre… él? —Lancé una mirada de socorro a Cornelius. No quería decepcionarle en el primerísimo de todos los encargos que tenía a su lado, pero realmente aquello no iría a buen puerto si me dejaba hablar a solas con una muchacha como aquella. ¿Y si en algún momento decía alguna gilipollez que estuviese fuera de lugar? ¿O me desmayaba? ¿O alguna cosa de ese estilo…? No, no, tratar con una mujer bonita no era una posibilidad, y lo dejaba claro con aquella mirada de cachorro que le lanzaba al albino.

— Siempre fue un poco extraño. El vino le traía loco, así que no era de extrañar encontrarlo durmiendo fuera de casa, en la bañera tirado o en la taberna sobre la barra, bailando y cantando con la plebe. Si habéis venido a lo que yo creo, que es encontrarle… Bueno, algo en mí me dice, llámale costumbre, que lo más seguro es que simplemente se haya perdido el muy borrachuzo en cualquier esquina o, con poca suerte, le han secuestrado.

Bueno, tenía una prima bastante pesimista, realista o cruda. Como le quisiera decir.
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Mensaje por Iulio el Jue 10 Sep 2020 - 4:07

―Bien.

¿Un cadete con desparpajo? ¿De verdad me había tocado la extraña excepción entre los neófitos de la Marina? Habitualmente los nuevos reclutas se comportaban como cachorros asustadizos, animales acorralados aún en desarrollo que necesitaban constante supervisión y ayuda. Probablemente aquello fuese lo único que me apartaba de esa faceta de mi profesión, pero tal vez aquel muchacho fuese diferente y pudiese ahorrarme más de un problema.

«O no», me lamenté en mi fuero intento en cuanto la mujer se dio media vuelta y Liam se paralizó. Aquella mirada era inconfundible, más sonora que el más poderoso grito de auxilio. No era para nada extraño que hubiese reaccionado así. Yo mismo me había llevado una infinidad de capones del capitán Kensington tiempo atrás por no saber reaccionar en cuanto la situación se apartaba un poco de lo planeado. Sabía que estaba en mi mano, que era mi deber levantarme de la mesa y socorrer a mi pupilo. Tuve que sonreír.

―Anna, si no he escuchado mal, ¿no? ―interrumpí, sentándome frente a la rubia y colocando los codos sobre la mesa. La muchacha se sorprendió, dando un leve respingo antes de clavar en mí sus ojos. Se podía notar que se sentía intimidada por la situación, así que habría que relajarla un poco―. ¿Cómo es que estás sola? Aquí todo el mundo está en sociedad.

―Digamos que desde que las apariciones de mi primo comenzaron a hacerse más frecuentes la mayoría de familias de Lvneel no quiere saber demasiado de nosotros, pero hay que seguir dando la cara, ¿no? El mejor modo de impedir que hablen de ti a tu espalda es no mostrársela.

Tal vez los galones militares le causasen cierta incomodidad, pero a la luz de cómo había afrontado la caída en desgracia de su familia quedaba claro que no era una mujer cobarde ni mucho menos. En su ámbito, de acuerdo, pero una reacción como aquélla revelaba una gran fuerza de voluntad. Anna me caía bien, y esperaba que a Liam también. Le hice un gesto para que se sentase antes de continuar:

―Verás, Anna, esta vez no es como las demás. Siento mucho que Gregory haya decidido llevar así su vida, pero eso no significa que todo lo que le suceda tenga que deberse al alcohol por necesidad. Estoy seguro de que nunca antes se había plantado aquí nadie vestido de uniforme para pedir hablar con él, ¿verdad? ¿Estos últimos días, semanas incluso, ha sido todo como siempre?

La joven Fischer se tomó unos segundos para meditar la respuesta. No parecía haber odio ni resentimiento hacia su primo por las repercusiones que le había acarreado su conducta; sólo pena.

―Recientemente ha estado más nervioso de lo normal, incluso durante las pocas horas del día en las que no tenía una copa de vino o algo del estilo en la mano. No paraba de rumiar que era cuestión de tiempo, que sabía que se habían enterado de que él lo tenía y que no tardarían en ir a por él. Se lo conté a mis padres, pero digamos que no se llevan demasiado bien con él. Me dijeron que no me acercase a él, que lo mejor que nos podía pasar era que desapareciese.

Una lágrima resbaló por su mejilla, aunque no tardó en barrerla con un dedo y recuperar la recia expresión de una dama acostumbrada a mantener el tipo en sociedad. ¿Sería su propia familia la responsable de lo que estaba aconteciendo? ¿Qué tenía Gregory? ¿Qué guardaba con tanto celo? ¿Qué podía tener tanto valor como para alterarle así? Y lo más importante: ¿desde cuándo era yo un detective? Fuera como fuese, aquel hombre tenía o sabía algo lo suficientemente interesante como para que me hubiesen enviado, así que no me quedaba más alternativa que llegar hasta el final.

―Muchas gracias ―sonreí de nuevo―. ¿Podrías decirme dónde vivís él y tú?

―En la residencia familiar, justo a la salida del pueblo. Hay una bandera con el emblema familiar en lo alto de una torre.

―Pues te dejo que sigas con la batalla ―sentencié, levantándome con tranquilidad―. Si necesitas refuerzos no dudes en contactar con Liam o conmigo, aunque creo que él te será de más ayuda que yo para tratar con esta panda de fieras.

Dicho aquello, hice un gesto con la cabeza al cadete para abandonar el establecimiento. Una vez fuera me tomaría unos instantes para escuchar cualquier observación que tuviese que hacer y nos dirigiríamos hacia la residencia de los Fisher. ¿Su emblema? Ni idea.

―¿Qué te parece todo esto? ―pregunté durante el camino, ya de un modo más general.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 14 Sep 2020 - 13:04

Cornelius pareció atender mi llamado de auxilio, leyendo mis ojos y dejando entrever una sonrisa que no supe interpretar. Superioridad, nostalgia, ternura… Lo que fuera, lo importante es que había dejado atrás su asiento privilegiado para acortar distancias con nosotros dos y hacer un poco de demostración de los modales de la Marina. De hecho, no tuvo suficiente con ponerse a mi lado que, en un intento de aparentar cercanía, ganar confianza y reclamar toda la atención de la mujer se puso frente a ella, bien sentado en la silla que estaba libre alrededor de la mesa. Ella se alejó un poco, recostándose todo lo posible en la silla en lo que parecía ser un intento inconsciente de esconderse. Al fin y al cabo, mi tutor no era precisamente una persona que no fuera imponente por su complexión y, más aún, con aquella capa y los galones al frente era algo realmente intimidante. Aun así, ella trató de recomponerse y seguir dando explicaciones con ese tono tan frío y neutral que la estaba caracterizando.

Ella dejó claro que las acciones de su primero estaban trayendo la desgracia a su familia, tachada por ella, pero que con todo eso encima seguiría saliendo y representando a su casa. Era incapaz de ponerme en su lugar por completo, ya que no había tenido la desgracia de experimentar aquello con los Griffith, y perfectamente sería algo que le daría un vuelco a mi corazón. Una casa nobiliaria se constituía de poder e imagen, y si fallaba cualquiera de las dos… Bueno, se derrumbaba física e históricamente, como si nunca hubiese existido más que en los recuerdos. No dejaría que aquello le pasase a los míos, igual que Anna estaba tratando de hacerlo con los suyos, y merecía reconocimiento por ello. Suspiré, dando un paso hacia atrás y tratando de aparentar menos rigidez en mis movimientos y mi postura. «Son un par de preguntas, Liam, no vas a matar a nadie, coño.» pensé para mis adentros en un esfuerzo por calmarme.

Ella siguió dando explicaciones mientras Cornelius, con sus preguntas, le tiraba de la lengua suavemente para encontrar detalles que la propia carta —o informe— no daba. Al parecer, Gregory había estado pasando por un duro trance aun sin probar gota de alcohol, como si sufriera de manía persecutoria, hasta que finalmente desapareció del mapa de un momento para otro. ¿La razón? Bueno, mencionó que ''tenía algo'', así que no sería arriesgado aseverar que lo mismo fue un robo con agresión o que cualquier cosa se torció y se tuvieron que hacer cargo del hombre. Quizás incluso lo tenían todavía secuestrado, buscando sonsacarle toda la información posible respecto al escondite de algo. Iba a preguntarle, pero en vista de la lágrima que se le escapó y que Cornelius no se lanzó a hacer lo mismo, supuse que sería mejor para todos el dejarla tranquila con sus cosas. Ya le habíamos molestado lo suficiente y le habíamos hecho recordar cosas que seguramente no querría, así que nos quedaba hacer nuestro trabajo. Hizo la última pregunta, para poder guiarnos correctamente, y entonces nos fuimos dejando atrás las copas de vino. Una pena.

— No prometo ser de ayuda, pero lo intentaré con todas mis fuerzas —le aclaré, sonriente y despidiéndome de ella.

Nos marchamos al exterior, volviendo a estar bajo el sol y el viento, momento en el que el paso aminoró y vi mi oportunidad de aclarar lo que pensaba:

— Bueno… Ha pasado de ser alguien perdido a alguien… —Hice una pausa para mirarle a los ojos y luego hacer que mis pupilas terminaran fijándose en el pueblo—… a tener un secuestro por algún tesoro. A juzgar por las palabras que ha usado, ''él lo tenía''… Es un objeto único y que buscan ciertas personas, pero no sabemos qué es ni quiénes. Con suerte conseguiremos algo si nos apersonamos en la casa, pero de no ser así… —Apreté el puño con fuerza. No quería pensar en ningún caso sin resolución, especialmente teniendo al gran contraalmirante Cornelius a mi lado—. No, seguro que entre ambos podemos hacerlo.

Nos comenzamos a dirigir a la salida del pueblo, donde nos había dicho la señorita que estaría nuestro objetivo, momento en el que Cornelius aprovechó para hacer otra pregunta.

— En English Garden era todo más convulso y a la vez no… Era como destapar una cloaca. Si mirabas desde arriba, no existía nada porque había una tapa, pero si la apartabas… Apestaba —Llevé la vista al cielo, entrecerrando los ojos—. No es la primera vez que escucho algo parecido, al fin y al cabo yo he estado en el lugar de Gregory y me han tratado de secuestrar por tener algo de valor. Ya fuera un objeto o información, incluso contactos… Solo puedo pensar en que, por muy loco que esté o borracho que sea, vamos a encargarnos de encontrar una forma de devolverlo a casa y zanjar el asunto de forma permanente —sentencié, serio.

Avanzamos y llevamos hasta lo que parecía ser una calle llena de grandes propiedades. Las rocas se amontonaban unas con otras, preciosamente cortadas, formando varios castillos y mansiones que nada envidiaban a las de mi isla. Cada una, coronada por una bandera, parecían pertenecer a distintos linajes, así que nos tocaría dirigirnos a la nuestra.

— Vamos, es esa de allí —dije, señalando a una que tenía por emblema un zorro con una flecha—. La señorita Anne llevaba una chapa en el bolsillo así —No me había parado a pensar en lo que estaba diciendo, pero realmente me había percatado de un detalle tan minúsculo como relevante. Quizás porque en English Garden era costumbre fijarse en aquellas cosas para distinguir entre casas, como una rutina cada vez que te encontrabas con alguien. Así, avanzamos hasta un buen castillo, picando a la puerta—. ¡Venimos de la Marina, nos gustaría examinar un poco el lugar y hacer un par de preguntas! —casi grité, esperando que alguien me escuchase. La puerta se entornó entonces tras un murmullo metálico y, abriéndose en todo lo grande que era, un hombre de cerca de un metro apareció detrás. Canoso, bigotudo, viejo, un poco decrépito.

— Sí, pasen. Será un placer —Y se apartó, señalando con la palma al recibidor.

— Este es mi tutor, el contraalmirante Cornelius, y yo soy el cadete Liam Griffith. Encantados —Hice una reverencia que me fue correspondida—. ¿Nos podría indicar dónde vivía Gregory?
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Mensaje por Iulio el Mar 15 Sep 2020 - 3:48

—¿Gregory? No puede ser —dijo una aterciopelada voz detrás del hombre enjuto que nos había abierto la puerta—. ¿Qué podría querer la Marina de un pobre infeliz como mi sobrino?

Se trataba de una mujer que debía rondar los cincuenta, seguramente obsesionada con disimular que la juventud la iba dejando atrás y el paso del tiempo comenzaba a marcar su cara de profundas arrugas. Su pelo era de un aristocrático rubio platino y vestía un vestido de color aguamarina que bien podría ser empleado para una boda. ¿En serio aquella gente vestía así a diario? Coincidía en que una túnica, pese a ser lo más cómodo del mundo, tal vez no fuese una prenda del agrado de la mayoría, ¿pero aquello?

—Sí, señora Fisher —respondí, esperando a que el mayordomo se hiciese a un lado para permitirme el paso—. El Gobierno Mundial está muy interesado en su sobrino, tal y como ha escuchado, y ha llegado a nuestros oídos que lleva un tiempo desaparecido. Hemos venido para colaborar en su búsqueda, ya que estoy seguro de que estarán desolados por su ausencia —sentencié, haciendo una suerte de media reverencia que lejos estaba de ser respetuosa.

—En ese caso pasad —interrumpió su marido, un caballero de pelo castaño y no demasiado largo. Lucía un bigote que nada tenía que envidiar al del más pomposo erudito. Lo cierto era que ambos lucían una excelente forma física, lo que supuse no dejaría de ser un intento por preservar la imagen de la familia—. ¿En qué podemos ayudarles? ¿Algo de beber?

—Eso es, Pietr, no te des a valer, como siempre —espetó la mujer antes de carraspear la compostura. Si mostraban semejante nivel de disputa en público la relación debía estar al borde del colapso. ¿Estaban bien vistos las separaciones y los divorcios en la alta sociedad?

—Un té rojo, señor Fisher. ¿Qué quieres tú, Liam? —pregunté al tiempo que seguía la dirección que marcaba su mano, la cual señalaba a una puerta lateral del gran recibidor que nos acababa de coger. Nos recibió un salón sacado de otro tiempo, con soberbios muebles tapizados con las mejores telas, retratos familiares por doquier y remates dorados se mirase donde se mirase—. Perdonen la indiscreción, pero tenía entendido que estaban pasando por malos momentos.

—¿Económicamente? No, mucho peor. Nuestra fortuna podría mantener a varias generaciones sin que nuestro nivel de vida se viese afectado, y nuestros negocios son lo suficientemente extensos y sólidos como para asegurar eso mucho tiempo más. No, nuestro problema reside en que nos vuelven la cara la pasear, en que ya no nos invitan a fiestas, bailes ni banquetes. ¿¡Se lo puede creer!?

¿En qué mundo vivía aquella gente? Había podido ver a familias entera sumergidas en la más profunda miseria. La preocupación de aquellas personas era encontrar algo en buen estado que llevarse a la boca; las relaciones sociales y el estatus quedan relegados a un... ¿vigésimo quinto plano? Algo así, probablemente.

—Lamento mucho su situación, pero ¿qué podrían decirnos de Gregory? —El servicio colocó ante nosotros una bandeja con las bebidas que habíamos pedido, así como un café para Pietr. Su mujer se sentó junto a él y, a juzgar por cómo observaba y analizaba la situación, la voz era la de su marido, pero las ideas eran suyas. ¿Rescoldos de una tradición extremadamente antigua, tan injusta en su apariencia como vacía en su fondo? Probablemente, pero no estaba allí para hacer juicios de valor.

—No hay mucho que decir. Un borracho sin remedio, sin oficio ni beneficio. Su adicción al alcohol comenzó antes de que conociese a Anastasia, pero por lo que tengo entendido todo fue a más con el paso de los años.

—Nos han comentado algo sobre algo que poseía y por lo que le perseguían.

—Veo que han hablado con Anne, ¿no? —saltó Anastasia—. Esa niña no sabe mantener la boca cerrada cuando debe —suspiró, aunque esa vez dejó escapar cierto aire tierno y maternal—. Sí, afirmaba eso, pero no era nada nuevo. Tal vez últimamente se hubiese obsesionado más de lo normal, pero es algo bastante frecuente en los borrachos al fin y al cabo. ¿No creerán que eso ha podido tener algo que ver? Cuando bebía e le soltaba bastante la lengua... Si alguien interpretó en sus cuentos que verdaderamente tenía algo de valor... A saber.

—Y nadie nuevo en su vida últimamente, supongo.

—No, que nosotros sepamos —De nuevo era el marido quien hablaba—. Hablábamos con él lo justo y necesario, porque todo acababa en una guerra de insultos y reproches. Pasaba las tardes y las noches por ahí y, la verdad, creemos que no dudaba en frecuentar locales de dudosa reputación. De todo tipo, ya me entienden. No sabemos si pudo conocer a alguien en esos antros de mala muerte, pero no sería algo extraño.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Miér 16 Sep 2020 - 14:01

Mientras hablábamos con el que supuse que era el mayordomo, una femenina voz nos sorprendió desde la espalda, que pertenecía a un cuerpo bastante propio de una noble. Mayor, de piel pálida y pelo brillante, bien recogido, conjuntando con un precioso vestido que parecía ser de esos que tenían un armario individual para preservarlo. Aunque, viendo cómo lo llevaba, seguramente tuviera demasiados como aquel como para saber valorarlo realmente. Como sucedió antes, aunque ahora sin estar yo nervioso, fue Cornelius quien se encargó de llevar la conversación a buen punto con cierta educación —aunque algo alejada de las formas que me habían enseñado en la Academia—. Había aparecido el que, por la mirada que le lanzó la recién conocida, debía de ser su esposo. No se podía mirar con tanta desaprobación a una persona sin ostentar un cargo tan importante como ser la mujer de su vida, ya que de otra forma uno tenía que ser muy tonto, indiferente o pasivo.

Nos dieron la entrada al interior del edificio, justo tras preguntarnos si queríamos algo de beber y, en vista de que no me podía haber terminado lo del restaurante...

— También estaré agradecido con un té rojo, señor.

Comenzamos a andar sobre aquellas piedras bien puestas y seguramente elegidas entre centenas iguales, que no dejaban en mal lugar a la decoración del lugar. Me hubiera creído perfectamente que tenían a alguien contratado para encargar y poner muebles de forma armoniosa si no fuera por el exceso de retratos que consumían las paredes. En el hogar de los Griffith también había tantos marcos como allí, pero dando fe cada uno de la que había sido la vida de un alto oficial, no venerando todos a un grupo de cuatro personas. Desmerecía la impecable alfombra, los tapices, las lujosas lámparas de techo que recordaban a arañas. Todo tan exquisito, tan bien elegido, que me causaba hasta cierto dolor tangible en mi orgullo de artista aquel esfuerzo por estropearlo todo.

Aun así, mi sufrimiento no duró mucho, ya que no tardamos demasiado en cruzar la puerta y encontrarnos una sala con varias sillas en torno a una gran mesa, donde tomé asiento al lado de Cornelius. Miré de forma discreta aquel lugar y, quizás por la educación de evitar mirar a las caras de uno mientras se comía, habían retirado gran parte de los cuadros para dejar paso a dibujos y otra colección lujosa de tapices. No tardaron en llegar las peticiones mientras el contraalmirante seguía tratando de arrancar cualquier información de utilidad a los dos señores de la casa, sin más resultado que el de Anne. ¿Tan desconocido era incluso para su propia familia? Mi tutor pareció acabar de preguntar y vi entonces mi oportunidad para participar:

— Ustedes son los Fischer, ¿es así? ¿Y la casa nobiliaria recibe el mismo nombre…?—dije, quedándome un poco atontado al percatarme de la idiotez que había soltado. Tenía fundamento para hacerlo, pero así en soledad parecía simplemente cortito. Ellos se limitaron a asentir, enarcando ella una ceja—. Quizás ha sonado un poco estúpida la comprobación, pero es útil para saber a dónde quiero llegar… —comenté mientras metía la mano en mi uniforme y sacaba aquel sobre, abierto en primera instancia—. En el documento que la Marina nos hizo llegar, mencionó inequívocamente que hacía alusión a una tal ''casa Norland'', y que sería el sucesor. ¿Qué significa? —Ambos se quedaron petrificados por unos cuantos segundos, hasta que la gran mano del hombre alcanzó la taza de café y dio un trago.

— Verá… Cometimos una equivocación a la hora de escribir aquella petición formal —Soltó la cerámica en un posavasos y nos miró a ambos, centrándose en el que era el de mayor cargo—. Juraba ser el heredero de Norland, no de los Norland —Y ahí sí que supe de que hablaba. Al fin y al cabo, yo también había nacido en el North Blue y estábamos hasta en la isla de la leyenda—. Sí, de ese mismo, el del cuento. Hace ya más de cuatrocientos años de la fecha en la que sucedieron… —Hizo unas grandes comillas con aquellos gruesos dedos—… y somos conscientes de que siguen existiendo en mayor o menor medida, pero no en Lvneel. Y es ilógico que lo afirme sabiendo que, bueno, somos su familia y tenemos muy claro de dónde proviene. Así que esa es la principal razón que nos hace pensar que simplemente se le ha ido la cabeza con tanta copa.

— ¿Y en calidad de qué sería el sucesor? ¿Lo dijo alguna vez? —Miré el té rojo, removiéndolo un poco con una fina cucharilla—. Aquel hombre fue ajusticiado y no tenía riquezas, así que no puede heredar patrimonio.

— Siempre gritaba que iba a encontrar aquello y lo otro, pero que primero necesitaba algo. Nunca llegaba a decir qué era y, cuando nos daba por preguntarle…

— Se hacía el tonto y el borracho. Bueno, lo es y lo estaba, pero potenciaba aquel estado como si fuera lo único que se le diera bien —apuntilló la mujer de forma mezquina.

— ¿El espíritu aventurero? —Asintieron ambos, como si hubiera dicho la mayor verdad absoluta—. ¿Y tiene alguna experiencia para tener tan clara su decisión…?

— No ha salido de Lvneel en su vida, que sepamos. Sí ha desaparecido por temporadas, pero porque terminaba perdido como un borracho y volvía a casa con el tiempo, con otras ropas y sucio.

— Entiendo, señora Fischer. ¿Podríamos tener el permiso para revisar la habitación de Gregory? A lo mejor descubrimos algún detalle importante —pedí, dándole un pequeño y elegante trago al té mientras esperaba una respuesta. Estaba siendo todo tan… ilógico. Demasiada información que confundía más que guiaba.
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Mensaje por Iulio el Lun 28 Sep 2020 - 20:12

El cadete había estado muy listo, probablemente por los conocimientos en la materia que le otorgaba su posición como persona relevante en su isla natal. Debía estar acostumbrado a tratar con gente como aquélla y, en consecuencia, sabía dónde debía morder. La expresión de sorpresa en el rostro de nuestros anfitriones no dejó de incomodarme, pues dejaba claro que la información que Liam acababa de sacarles pretendía haber sido oculta por ellos. Guardé silencio, por supuesto, pues enzarzarme en una discusión con aquella gente no nos reportaría ningún beneficio. Simplemente callé, reparando en que tras un gesto de la señora el mayordomo se aproximó a nosotros e inclinó levemente su torso como si tuviese una bisagra por cintura.

―Si tienen a bien acompañarme.

―Claro ―respondí con cierto aire jovial antes de tomar mi taza de té y seguirle por los corredores. Ya que me la habían dado, qué menos que acabármela.

Subimos tantas escaleras que llegué a perder la cuenta, alcanzando finalmente un ala mucho más pequeña que las que habíamos atravesado hasta el momento. Únicamente dos puertas poblaban las paredes del descansillo, lo que indicaba que aquella zona debía ser el equivalente a una buhardilla en las viviendas de las personas normales.

―Es aquí ―continuó el hombre sin mirarnos siquiera, extrayendo un manojo de llaves increíblemente grande de un bolsillo e introduciendo una de ellas en la cerradura.

La estancia a la que accedimos poco o nada tenía que ver con las que dejábamos atrás. Quedaban restos de una gloria pasada en el sucio y polvoriento estampado de las paredes, pero el desorden y la suciedad imperaban sin importar dónde mirase. Arrugué el ceño; demasiado polvo para mi gusto. Aun así, accedí con cuidado y em detuve a contemplar las desvencijadas estanterías. Las tres estaban repletas de libros de aventuras, albergando una de ellas hasta siete ejemplares de un mismo libro, casi como si fuese una obsesión del propietario. El paso del tiempo y el uso impedían ver bien la inscripción que rezaba en sus lomos, pero la palabra "Norland" era perfectamente distinguible. Algo era algo.

Por otro lado, no eran pocos los mapas a gran escala que habían sido clavados en las paredes, los cuales estaban repletos de líneas de colores que en cada uno seguían un patrón diferente. Había un arduo trabajo de investigación detrás de aquello, probablemente azuzado por las botellas de licor vacías que abarrotaban sillas, mesas y cualquier lugar que pudiese servir de soporte. Las pocas zonas donde el papel no cubría el estampado de la pared, dibujos de torrentes azules y blancos nacían del suelo para morir en el techo y, en éste, una gran cruz subrayada y remarcada una y otra vez.

―Parece que Gregory estaba un poco paranoico ―comenté distraídamente sin dejar de moverme por el lugar. La única mesa que no estaba repleta de vidrio desgastado albergaba cuatro grandes pilas de libros y, entre todas ellas, un único ejemplar. Era exactamente igual que los que había visto en las estanterías, aunque lucía más nuevo. Estaba abierto por la página treinta y ocho, y cabía destacar que no era demasiado voluminoso―. Y fue entonces cuando el mar tronó, bravío, y el espíritu del aventurero fue guiado junto a los mismísimos dioses; esos que, haciendo del cielo su reino, viven ajenos a la frugal y dependiente vida de los humanos corrientes ―leí―. Muy poético todo, sí señor, pero se ve que nuestro amigo estaba bastante obsesionado con esto. ¿Algún delirio religioso?

Simplemente pensaba en voz alta, pues quedaba claro que, al margen de lo que Gregory pudiese pensar o elucubrar, había desaparecido poco después de anunciar a los cuatro vientos que algo había cambiado en su vida. Fuese más cierto o menos lo que decía, no podía ser algo completamente vacío.
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Mensaje por Liam D. Griffith el Lun 5 Oct 2020 - 23:55

No tardaron en aceptar mi petición, en la forma de un gesto al mayordomo que le hizo venir hasta nosotros para mostrarnos el camino que debíamos seguir. Se me escapó una sonrisa en cuanto vi cómo Cornelius rescataba la taza de té para hacerla su compañera en toda la travesía, mientras que yo me había demostrado más ansioso y no había tardado en darle fin antes de tener que levantarme para recorrer los pasillos. Cuando ambos estuvimos tras de él, comenzó a caminar con la mayor de las seguridades, dando pasos como si estuviera haciendo el camino de cada día mientras empezaba a guiarnos escalera tras escalera. «Debe llevar mucho tiempo trabajando para ellos si tiene clara cada habitación en un lugar así.» me dije para mis adentros mientras me daba el lujo de levantar la mirada más de la cuenta y echarle un vistazo a la gigantesca estructura que prometía una gran antigüedad. Los Griffith no tenían demasiado que envidiarles, pero yo podía afirmar sin tapujos que no me sabía más lugar que mi propio dormitorio y algunas zonas comunes de interés, por lo que la profesionalidad del mayordomo se escapaba de mis capacidades. Con esa misma destreza y buen estar recogió la llave correcta y abrió de par en par la sala que, en un piso ya bastante alto, prometía ser nuestro destino.

Si el salón era el culmen de lo ostentoso y la riqueza, el interior de aquel lugar era el antónimo. Las estanterías recogían productos que poco o nada tenían que ver con el oro y los tesoros, sino más bien con la cultura de la aventura y los divertimentos que solían tener según qué niños pequeños, usualmente pobres. Porque claro, los burgueses no se podían arriesgar a que el primogénito les saliera pirata o aventurero. Si antes de entrar nos hubieran dicho que nuestra víctima se había dedicado a la navegación o incluso a la cartografía o la escritura, me lo hubiera creído a pies juntillas, pues el papel era el material que más abundaba por allí, superando incluso mi obsesión con la gastronomía y la cocina. Suspiré, levantando una ola de polvo que cayó sobre el suelo y apoyó, si eso era siquiera posible, a que la alfombra fuera menos visible aún bajo un tapiz gigantesco de color amarillento sucio. Para no haberse pisado en un tiempo estaba demasiado mal, como si allí los años hubieran transcurrido con la velocidad de los días. Aun así, solo hizo falta fijarse en las botellas de vino que plagaban el escritorio y la mesita de noche para que el estereotipo que tenía de Gregory se me viniese a la mente con la mayor de las fuerzas.

Mi gesto se arrugó al escuchar el primer comentario de Cornelius, que quizás era algo violento frente a una persona que estaba desaparecida, aunque razón no le faltaba en ningún aspecto. Poca gente en este mundo podía tener un cuarto como aquel, tan plagado de objetos relacionados con la aventura, los barcos y el mar, estar encadenado a una nobleza y a la habitación de tu castillo y mantener la cordura mientras se emborrachaba a diario. Una cosa había llevado a la otra y, seguramente, sus delirios de investigación y odiseas le llevaron a ahogar sus penas en alcohol, pues desde su nacimiento había visto su futuro sellado como la moneda de cambio de una casa nobiliaria. El contraalmirante no vio problema en tomar uno de los tantos libros que plagaban la sala y leer lo primero que le vino a los ojos, dando una posibilidad respecto a aquellas palabras tan llenas de misticismo.

— Más bien un deseo más fuerte que él mismo, ¿no crees? —Recogí uno de los tantos documentos que cubrían estanterías y lo hojeé con sumo cuidado para no dañar unas páginas manidas y antiguas—. Gregory quería ser como Norland, poder viajar por todo el mundo para narrar sus aventuras y ser una persona libre, pero se encontró la pared de frente; los nobles no suelen salir a la mar por sí solos, ¿no es así? —Y me giré a mirar al mayordomo, que no tardó en asentir y dejar un seco ''Sí, señor''—. Creo que estaba tan ansioso por ser como aquel de sus libros que simplemente bebía para olvidarse y terminó de cualquier forma, aunque solo hace falta echarle un vistazo a todo este lugar para darse cuenta de las consecuencias de una conducta tan infantil como evitar el problema —Di un par de vueltas a la habitación y saqué un par de cajones del armario, viendo más libros. Así, fui sacando cada contenedor de la habitación tratando de encontrar algo más, ya que no me conformaba con que solo tuviera historietas del que parecía ser su ídolo. Tenía que haber algo más, y así fue—. Bingo —comenté, sacando del cajón más bajo de la mesilla de noche un libro con un marcapáginas distinto a los habituales—. Veamos… —Extraje aquel trozo de papel, que demostró ser algún cartón realmente sólido y rígido y que brillaba con trazos dorados por el centro y con un azul cielo por los laterales—. ¿Tienes idea de qué es esto, señor Cornelius? —pregunté mientras se lo acercaba, tratando de que lo tomase para examinarlo. Parecía un billete de algo, pero prefería preguntarle a alguien con más experiencia en el cuerpo y el mar antes de quedar de ignorante. Yo seguí rebuscando, sin mucho éxito respecto a aquel descubrimiento.
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Mensaje por Iulio el Vie 16 Oct 2020 - 17:44

—No lo había visto en mi vida —contesté, deteniéndome unos segundos a ver lo que Liam había encontrado. ¿Sería acaso un billete del Umi Ressha extremadamente antiguo? No, no lo parecía... A menos que los gustos de quien los diseñase variasen mucho de un encargado a su sucesor. De ser así, aquél habría sido uno particularmente extravagante. De cualquier modo, no tenía demasiado sentido ponerse en un supuesto tan improbable. Simplemente lo guardé en mi bolsillo para continuar observando lo que hacía mi pupilo. ¡Cierto, era algo así como mi aprendiz! ¿Y qué hacían los maestros? Mirar, corregir y reprender; mi pasatiempo favorito.

Me dirigí hacia la silla situada frente al escritorio plagado de libros y papeles, haciendo que mi túnica se deslizase sobre el cuero para adelgazar la capa de polvo que el paso del tiempo había depositado sobre ella. Me senté, por supuesto, y mi pierna izquierda no tardó en quedar cruzada sobre la derecha. La silla era tremendamente cómoda, todo había que decirlo, y permitía cierta oscilación hacia los laterales que no dudé en realizar. No provocaba chirrido alguno, por lo que no había motivo para dejar de hacerlo.

—Dime, Liam, ¿os enseñan algo de investigación y demás en la academia?

Yo no había tenido la suerte o la desdicha de formarme como la mayoría de marines y, a decir verdad, desconocía si el Gobierno Mundial disponía de algo así para entrenar a sus soldados en las diversas labores que emprenderían a lo largo de sus vidas. Aun así, supuse que sí y formulé la pregunta con toda la seguridad y naturalidad del mundo. Si no existía, ya se encargaría él de corregirme y dejarme en evidencia. No sería la primera vez ni la última, por otro lado.

—Creo que es momento de que veamos lo que puedes hacer. No hay nadie más por aquí cerca aparte de nuestro amigo —Señalé al mayordomo—, no hay nadie que te pueda poner nervioso, no tenemos más pistas por el momento y me parece que disponemos de todo el tiempo del mundo.

Una sonrisa algo pícara y traviesa adornó mi semblante, una de ésas que transmitían al mismo tiempo calma y confianza. No pretendía que se sintiese presionado o que interpretase que el menor error podía suponer un fracaso. La teoría estaba muy bien, pero sin práctica no había aprendizaje posible; sin error no cabía la mejora. ¿Qué mejor contexto para explorar ese terreno que aquél?
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