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[Misión Definitiva-Paraíso] Ni uno solo en pie.

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Mensaje por StaffOPD el Vie 21 Ago 2020 - 7:15

Contratante: Jonathan Terrel II.

Descripción de la misión: finalmente se frustraron las extrañas intenciones de la reina Mireia, pero el nuevo rey ya se encuentra frente a su primera adversidad. Al parecer, una extraña ideología impulsada por la propia reina ha calado hondo entre muchos de los nobles y militares de Terrel. Tanto es así que buena parte del ejército de esta isla del Paraíso se ha alzado en armas y se dispone a hacerse con el poder por la fuerza. Las primeras escaramuzas ya han dado comienzo, pero el enemigo parece ir un paso por delante. Por si no fuese suficiente, unos barcos de origen desconocido se han incorporado al ataque para dar forma a una considerable superioridad numérica. Estos llevan un emblema de lo más extraño, conformado por varias esferas que rodean una calavera.

Objetivo: identificar y capturar al topo que el rey cree tener entre los suyos y derrotar al bando enemigo.

Recompensa: técnica definitiva a entregar por el moderador y conocimiento único.
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Mensaje por Lance Kashan el Vie 21 Ago 2020 - 11:04

Al parecer, entre las tropas de Terrel II, alguien se había decidido a afilar los colmillos e, imprudentemente, tratar de clavarlos en el cuello de su rey en búsqueda de sangre, pero aquello le costaría caro. Últimamente el mundo estaba hecho un lío: Hipatia parecía querer declarar una guerra contra el mundo al completo, Viktor parecía hacerle la vida imposible a Katrina y sus hombres y otras tantas personas de gran poder se decidieron a movilizarse repentinamente. Interferían unos planes con los de otros, se revolvían y se hacían daño mutuamente y mandaban a otras personas para arreglarlo con velocidad o morir en el intento. Comparado a cómo era el mundo hacía meses —desde mi vista, obviamente—, estos días parecía haber cambiado por completo, convirtiéndose todo en algo mucho más violento y absurdo. La gracia de hacer negocios —en el caso de Viktor— era la elegancia y la sutileza, no desplegar un dineral para mandar oleadas contra tu enemigo, una tras otra. Te dejaba como un burdo rico que poco sabía más que desembolsar dinero y pedir por esa boca, pero aquella tarea que acometí con Yuu ya quedaba un poco lejos: viendo que no progresaría, me decidí a seguir.

Había dado direcciones al Loki —dejando al parchado en el Ragnarok a su libre albedrío— para comenzar a movilizarse hasta donde el mismo contrato informaba. Buscaba, por la forma de decir la tarea, el mayor número de gente posible o, como mínimo, capacitada, pues no era nada suave con las palabras. Decía las cosas como eran y quizás de una forma hasta más agresiva: parecían tener todas las de perder si no llegaba nadie a salvarles el culo. Yo podía ser uno de ellos, pero estando solo dudaba que pudiera hacer mucho. Aun así y sin involucrar a la gente de la organización, haría el mayor de los esfuerzos para provocar un revés en la guerra y darle la oportunidad a Terrel de pisar, arrancar y triturar las malas hierbas que poblaban su territorio, dejándola nuevamente impoluta. Podía ser un tirano, un dictador o el mejor rey del universo, que mi cometido, en vista del pago, no cambiaba. Pondría al mismísimo Satanás en un trono en el cielo con tal de conseguir más poder, ya que poco o nada me incumbía lo que sucediese más allá de en mi círculo interno.

Suspirando, pude vislumbrar Terrel a lo lejos, aparentemente tranquila a la lejanía, pero seguro que revolviéndose en sus entrañas violentamente. Di órdenes con velocidad para comenzar el proceso de acercar del barco a la costa y, una vez lo suficientemente próximo —una distancia que no podría cruzar, en principio, ningún arma—, me lancé desde la borda para volverme etéreo y comenzar a volar hasta la zona de tierra más cercana. Portaba mi traje de Sif, mi queridísima arma a la espalda y las Elektro Guns en mi cinto, todo cargado al máximo, así que me parecía estar preparado. Atajando camino, trataría de presentarme en el castillo, avisando de que venía a ayudar al rey a solucionar sus problemas.


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Mensaje por Maki el Vie 21 Ago 2020 - 21:13

-¡Vamos, venga, rodillas arriba! ¡No seáis perezosos! ¡Queréis un culo de infarto o no! ¡Uno, dos, uno, dos, uno, dos...! ¡Tú, el del bigote! Muy chulo, por cierto, pero deja de vaguear. ¡Sigue bailando, vamos!

Los soldados, demasiado concentrados como para sonreír y mostrar lo contentos que estaban, imitaban los pasos del Instructor Makintosh. Subido a lo alto de unas cajas, movía el esqueleto con la animosa y firme sensualidad que todo monitor de aquaeróbic debería tener. Los soldados fieles al rey, metidos en el mar hasta el pecho, se esforzaban por seguir el ritmo de sus coordinados pasos de baile.

-¡Levanta más las manos, veintitrés! ¡Ocho, no sabía que pudieras mover tanto la cadera! ¡Ciento uno, os dije que trajerais bañador!

No iba a aprenderse los nombres de todos, ¿no?

¿Que qué hacía Augustus de nuevo en Terrel? Bueno, decir "de nuevo" implicaría que se hubiese ido alguna vez. Justo cuando se lanzó al agua para volver a Báltigo recibió una llamada de palacio. Su mujer quería que volviese inmediatamente para hablar de no sé qué manchas de zumo en la alfombra de su familia, y de repente optó por quedarse un poco más en la isla que acababa de salvar. Maki se dio un paseo hasta el maltratado castillo donde ahora reinaba un nuevo señor y pidió una habitación para una o dos semanas. Ya que estaba, bien podía tomarse unas vacaciones. Llamó al cuartel para informar de que el trabajo estaba hecho, avisó a los Centellas de que no iría a cenar y dejó un mensaje para Hipatia en el que le decía que la cosa iba fatal y que estaba a punto de morir. Suerte que Jonathan Terrel era todo un galán y había accedido a ayudarle a hablar con la señora Makintosh.

Habían sido unos buenos días, pero los problemas siempre volvían. A Maki le tocó devolver el favor cuando un montón de gente se rebeló contra Terrel por algún motivo que nadie se dignó a decirle. "No hablamos de eso con extranjeros" fue lo máximo que consiguió. Eso sí, ayuda a extranjeros no tenían problemas en pedir. La experiencia en combate de Maki le ganó un puesto muy bien remunerado como Duque de la Roca Norte.

-Necesito que enseñes a mis hombres a combatir como lo hiciste contra mi hermana - le había dicho Terrel-, pero no escucharán a nadie que no tenga un título nobiliario.

Así que inventó uno para Maki. Augustus Makintosh ahora era dueño y señor de una piedra que sobresalía por ahí en mitad del mar. Era poco, pero suyo, y le permitía ejercer como instructor del que bien podría convertirse en una nueva rama de los luchadores por la Causa. Y qué mejor forma de entrenarse que con el aquaeróbic.

-Duque -le llamó uno de sus subalternos. Tenía un nombre impronunciable, así que Maki lo llamaba igual que a lo que olía su aliento.

-¿Sí, Cebollas?

-Nos informan de que se ha visto un barco desconocido aproximándose. No se parece a los nuestros. Podría ser un enemigo.

-Entiendo. Trae el tirachinas.

Ante la inexplicable falta de cañones de ese reino tan poco avanzado, Maki había mandado construir lo más parecido a un arma mortal que conocía: el tirachinas. Uno enorme capaz de disparar todo tipo de cosas muy muy lejos, como rocas, barriles o... Bueno, o a Augustus.

-Mi puro -pidió. Lo sujetó bien entre los labios y se preparó para ser lanzado hacia el barco sospechoso. Le gustaba la sensación de volar, y si fallaba podía darse un chapuzón. Todo ventajas. Sus hombres tensaron la goma y soltaron con evidente placer. ¿Tanto les divertía arrojar por los aires a su superior? Bien, eso quería decir que compartían su espíritu combativo. Casi estaban listos para luchar por la Revolución.

Maki surcó los cielos a toda velocidad. Se sentía como una bala blandita y gris. El aire hacía temblar sus carnes, que aleteaban como unos tirantes sueltos. Llevaba solo unos pantalones y una chaqueta llena de galones militares falsos que usaba para aparentar. Cuánto lamentaba no haberse puesto capa. Nada más imponente para aterrizar contra el enemigo que una bonita capa. Un segundo, ¿y esa luz? Qué brillante y veloz. Y qué cerca. Casi se podría decir que Maki iba a chocarse contra ella.
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Mensaje por Lance Kashan el Vie 21 Ago 2020 - 21:58

Ciertamente, aunque pequeña y poco civilizada, la estampa y postal que ofrecía Terrel no era una que desdeñar. La propia simpleza del lugar le daba un aspecto más que curioso y la naturaleza dejaba paso a una imagen más que decente, que valía la pena admirar en un mundo donde casi en todas las islas predominaban ya las ciudades. De vez en cuando —muy de vez en cuando—, me gustaba disfrutar del espectáculo que ofrecía la mismísima naturaleza y, más concretamente, los destinos que mi propio trabajo me llevaba a visitar y los que yo mismo, por uno u otro interés, decidía apuntar en mis posibles destinos. Árboles, pequeñas casas, un palacio bien construido, hasta las deshabitadas play—

— ¿¡Qué cojone--!? —Algo avanzó con tal velocidad hacia mí que, por más que quisiera reaccionar para esquivarlo, no pude hacer sino generar una capa de electricidad sólida entre ambos que al menos serviría para aminorar la marcha que llevaba. De lograrlo, me apresuraría a aprovechar ese leve margen para ganar altura y evitar el choque, acercándome a toda velocidad hacia la isla nuevamente sin mirar atrás—. ¿Qué cañón y qué bola tienen tanto alcance como para llegar al barco…? —Antes de descender más, extraje el Den Den Mushi del bolsillo y me dirigí a los chicos de Yggdrasil—. Idos de la isla y ganad altura antes de que nos planten una esfera de hierro en el casco del Loki. No parecen muy amistosos con los extraños —Lo guardé en su sitio, recorriendo el último trecho hasta la costa.

Allí aproveché la aparente calma —pues todavía nadie me estaba disparando— para fijarme en lo que me rodeaba para decidir. Tenía dos opciones: o hacía el camino largo, representando una menor amenaza pero arriesgándome a recibir ataques, o el corto y me presentaba en el palacio, asustándolos pero pudiendo explayarme. Y, en vista de que ya nos habían dado una bienvenida de aquel talante, la segunda opción sería la más correcta. Ni tenía ganas de perder el tiempo con pasos innecesarios, ni parecía tener nada que perder visto lo visto. Me desmaterialicé en un cúmulo de chispas, acortando metros con la gran estructura que había visto desde arriba y, desde la cercanía, girando a su alrededor para encontrar la puerta principal. Era una especie de torreón algo medieval, con una sola entrada muy clara: un puente flotante. No literalmente, sino sobre un lago que rodeaba el edificio, como se hacía tiempo atrás. Dos guardias estaban frente a este, presumiblemente aguardando a nuevas visitas, por lo que no tardé en descender en un callejón cercano —para no asustarlos con los poderes de logia— y caminar despreocupadamente hasta allí.

— ¡Buenas! —Me presenté en un tono jovial, saludando con la diestra y recibiendo un gesto un poco menos grato de parte de ellos—. ¡No, no os preocupéis! —Me acerqué con velocidad, manos en alto frente a una clara amenaza que tomaba forma como un arma apuntándome—. Vine tras enterarme de que Terrel estaba necesitado de ayuda, especialmente con algún tipo de surgimiento de culto, creencia… —Traté de gesticularlo con las manos, pareciendo ser abierto frente a ellos—… ideología. Como le queráis llamar. Estoy del bando de vuestro rey y, si no confiáis en mí, que sea Jonathan aquel que decida —Seguían con los rifles en alto, seguramente decididos a volarme los sesos en caso de que sucediera cualquier gesto que ellos interpretasen como peligroso o amenazador. Parecía ser que debido a lo que sucedía en el reino, los ánimos estaban un poco más crispados de la cuenta, pero no solucionarían nada denegando mi oferta.


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Mensaje por Maki el Vie 21 Ago 2020 - 22:43

Vaya golpe. ¿Contra qué había sido? ¿Una ventana? ¿Quién dejaba ventanas puestas por ahí en mitad del aire? Maki chocó contra ella y resbaló lentamente hasta caer al agua con un sonoro plof. El choque había sido tan fuerte que le había dado un calambre y todo. Tal vez lo del tirachinas no fuese la mejor idea del mundo. Cuando volviese a tierra pediría que se lo cambiasen por un ala delta.

Nadó hacia la superficie y echó un vistazo a su alrededor. El barco se marchaba. Hacia arriba. Bien, de eso podía ocuparse luego. Si se iban, todo bien. Podía volver a su clase de gimnasia o se le relajarían los alumnos, y un revolucionario relajado era un revolucionario  que no estaba listo para luchar. En realidad, el ejército no era parte de la Armada, pero ya que el rey le había prometido que le dejaría convocarlo de vez en cuando, Maki los contaba entre sus hombres.

En cuestión de un minuto estuvo de vuelta en el muelle. Buscó a Cebollas para ver si sabía qué acababa de pasar. El soldado trotó hacia él en cuanto cruzaron miradas. Maki le aguardó de brazos cruzados, con el digno porte de un duque. Suerte que el puro no se le había apagado.

-Algo ha salido mal. Necesitamos un tirachinas nuevo.

-Mi señor, la luz ha seguido su curso hasta el mismísimo castillo. - Cebollas parecía alarmado, lo cual no tenía ningún sentido. No había que temer a la luz, sino abrazarla. Eso decía su monitor de yoga, al menos. Pero ¿qué sabía ese sobre pelear?

-Seguid, ya me ocupo yo. ¿Dónde está mi caballo?

Un hombre le trajo a su noble montura. Le habían ofrecido todo aquello que un aristócrata -aunque fuese falso- y un caballero de Terrel necesitaba, incluido un corcel imponente. Él había elegido el mejor de todos, uno amarillo, con manchas y un cuello gigantesco. Tuvo que ir al zoo a buscarlo, pero le encantaba. Y era de lo más útil para llegar a sitios altos. Maki lo estaba entrenando para que cogiera naranjas de los árboles y se las diera.

Subido al lomo de Ronald, cabalgó siguiendo la costa hasta llegar al castillo. Aunque Kathsalchicha le había causado unos daños bastante serios, seguía siendo imponente, con tantas torres, murallas y balconcitos mirando al mar. Los guardias dejaron pasar a Maki por uno de los portones traseros sin hacer preguntas, ya que se había convertido en una figura de considerable importancia por allí. Todos en el castillo conocían al Duque Babas, como lo apodaban cariñosamente. Dejó que los mozos de cuadras cuidaran a Ronald y entró por la puerta principal en busca de la misteriosa luz sospechosa.

-Cerrad todas las ventanas -ordenó a los criados. La luz no entraría así, ¿verdad?- ¿Dónde está la Guardia Real?

-Esto... Vos y vuestra compañera la diezmasteis, mi señor.

-Lo sé, es que me gusta oírlo -dijo. Luego se dirigió a los soldados de la guarnición que pasaban por ahí-. Estamos buscando una luz. Puede ser malvada y estar armada. Quien la encuentre que avise.

Dicho esto, se dirigió a los aposentos del rey, que era a donde iban siempre todos los que irrumpían en los castillo. Incluso él mismo lo había hecho hacía no mucho. Solo esperaba que la luz intrusa no fuese tan habilidosa como él.
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Mensaje por Lance Kashan el Vie 21 Ago 2020 - 23:20

Escuché un clic y mi respiración se cortó por un segundo, para luego fijarme en había sido fruto del seguro haciendo aparición. Lo había bajado, mientras que otro lo mantenía todavía en alza, apuntando sin duda alguna a mi entrecejo. El otro lo miró, enarcando una ceja y adelantando una mano hasta que la posó sobre el lomo del gélido rifle, obligándolo a ceder mientras bajaba hasta apuntar el suelo. Fui a hacer exactamente lo mismo, descendiendo ambos brazos, ya cansados, pero una mirada agresiva y un chasquido de lengua me advirtieron de que quizá no era la forma más correcta de hacer las cosas.

— Bien, síguenos. No desestimaremos ayuda, menos ahora.

Con esas palabras tan secas, carentes de ningún matiz inherente más allá del puro cansancio y la neutralidad, se apresuró a tocar la campana que decoraba la columna que colindaba con la puerta. Se escucharon un par de gritos al otro lado, luego una serie de grilletes chocando entre ellos hasta que la madera se elevó, dejando paso a la vista de las puertas del castillo. Miré al frente, viendo cómo una serie de hasta seis soldados esperaban al otro lado, creando un pasillo que me obligarían a pasar y que, de esa misma forma, haría sin dudar. Comencé a caminar, acortando distancias con el gigantesco edificio mientras los guardias parecían juzgarme con la mirada pero sin llegar a ser de forma violenta. El silencio apresaba el patio, mientras que tras las ventanas y balcones se podía escuchar, con un fino oído, un alboroto extraño, hasta que estas se cerraron con fuerza. La puerta del castillo me dio la bienvenida con un chirrido al abrirse, pasando mientras una comitiva de cuatro me seguía y otra igual me esperaba a la entrada.

— Tome asiento, haremos que el rey baje a atenderle.

Parecía ser que no estaban dispuestos a dejarme pasar más allá de la primera sala, quizás por miedo a que me perdiese o desapareciese en algún punto o, quién sabe, memorizase los planos para cometer luego algún crimen. Segundos después, un señor de poblada perilla —y solo perilla— se acercó a mí, poniéndome una mano a la espalda mientras la otra señalaba a una silla.

— Bienvenido. Soy el Secretario Suganor, encargado de las visitas. Como sabrás, hemos tenido unos vaivenes un poco desagradables en el reinos últimamente… —Lanzó una mirada a su alrededor, clavándola en las cabezas de todos y cada uno de los presentes, que se limitaron a mirar al suelo—. No deseamos más problemas de los ya acaecidos en nuestras tierras y, como tal, deseamos con todas nuestras fuerzas corregir y prevenir lo que, gracias a informadores, sabemos que es un posible futuro para el reino —Se comenzó a pasear frente a mí mientras yo me acercaba al asiento, tomándolo y poniendo una mano en cada reposabrazos—. Rebeldes quieren destituir a un rey justo y bondadoso, y eso no puede ser bajo ningún concepto, así que estaríamos completamente agradecidos por toda la ayuda que podamos obtener, por menor que sea… —Me miró de arriba abajo, de una forma levemente despectiva mientras me juzgaba por mi apariencia. Obviamente no era tan destacable como los altos cargos que cruzaban el mundo, pero yo también tenía mis trucos bajo la manga—. Irá bajo el mandato del duque, conocido general de guerra, que es quien con toda seguridad sabrá aprovechar mejor su poder. Espera… — Se alejó unos cuantos pasos y cuchicheó con una de las amas de llaves que se colocaban en sendos lados de la escalera que, en cuanto escuchó el mensaje al completo, comenzó a correr hacia el piso superior, desapareciendo de mi vista—. Debería venir en poco tiempo junto al señor Terrel, le ruego que no se impaciente.


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Mensaje por Maki el Sáb 22 Ago 2020 - 11:25

Maki arrojó una maza contra el rayo de luz que entraba por el agujero de la cortina. El arma lo atravesó limpiamente, agitando las motas de polvo que flotaban en él, y se estrelló contra el montón de leña al lado de la chimenea. La luz seguía ahí, sin el menor daño. Iba a ser un duro rival.

Olió a Cebollas antes de oírlo.

-Mi señor, el Secretario requiere vuestra presencia. Hay un recién llegado que quiere que evaluéis.

No era la primera vez que lo llamaban para eso. De vez en cuando aparecía por allí alguien que quería poner sus armas al servicio de la Corona, y entonces le tocaba a él determinar si valía para el combate o si tenía alguna utilidad. Hasta el momento no había encontrado a nadie digno de portar el estandarte de la Causa, pero sí a un cocinero muy bueno que preparaba unas sopas de muerte.

El Duque Makintosh acudió sin prisas a la puerta principal. Hacer esperar a la gente era parte del cargo, le habían dicho. Se detuvo en sus aposentos para cambiarse y ponerse un pomposo abrigo abullonado que, aunque no pegaba mucho con sus cómodos pantalones de chándal, le daba un aire de riqueza y excentricidad que decía a gritos que tenía dinero. Eso y el puro, que aunque seguía humeando no se había consumido ni lo más mínimo.

-¿Quién es la carne de cañón? -preguntó a voces al llegar. Debía parecer que tenía prisa y estaba ocupado, aunque no fuese así.

El tipo que le señalaron era un humano enclenque que seguramente pesara menos que la espada de cualquier guardia. ¿Cómo iba a poner a luchar a alguien así? Como mucho tal vez pudiese hacerle un hueco en su corte de malabaristas. Aun así, estaba seguro de que le sonaba de algo. Vagamente. Tenía un no-sé-qué que le resultaba familiar, pero no sabría decir de qué se trataba.

-Así que quieres luchar, ¿eh? Traed la mesa -ordenó, y unos minutos después ya le habían llevado la mesa de pulsos. Así era como evaluaba a los potenciales luchadores. Se colocó en posición y aguardó-. Adelante, chaval.

Se iba a enterar de lo que le había hecho ganar tres veces seguidas el concurso anual de pulsos de la Revolución: su tacto húmedo, frío y desagradable que daba cosilla a la gente.
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 22 Ago 2020 - 11:59

Escuché unos pasos un poco extraños recorriendo las escaleras en mi dirección. «Al menos no han pasado más de cinco minutos…» era mi único pensamiento, ya que con Hipatia me había encontrado con esperas de hasta media hora. Los altos cargos solían ser excéntricos y, como tal, se sentían con licencia como para hacer cosas que equivaldrían a faltarle el respeto al resto. Mi silla entonces tembló levemente y no por sí misma: un pequeño escalofrío recorrió todo mi cuerpo, seguido de otro y luego hasta media decena más. Mi mente se congeló durante unos segundos y, para cuando volví en mí mismo, esta misma empezó a calentarse hasta hervir. Algo dentro de mí se encendió como una hoguera y sentí mi aliento más cálido de lo usual, como si quemara mi garganta y boca en el proceso. Espiré y aspiré varias veces hasta que mi cuerpo volvió a su ser, aun con cierta dificultad, fruto del suceso. Mis oídos estaban saturados por culpa de aquello que había llegado hasta ellos: una voz indeseada.

Fui señalado por la gran mayoría de los guardias que estaban allí apostados y yo me apresuré a seguir sus miradas hasta algo que me atravesó el alma como una flecha untada en veneno. La vista de un viejo compañero —si así se le podía llamar, claro estaba—me asolaba desde las escaleras, ahora embutido en una especie de traje que mezclaba lo informal con lo noble. «¿Es esta la moda de Terrel…?» medité, mirándolo de arriba abajo. Combinaba el estilo de la más alta y más baja casta, quizás en un esfuerzo de acercarse al pensamiento de los súbditos… Una forma curiosa de vivir en palacio y que se podría implantar en otras tantas isl… «¡Espera, Lance, ese no es el tema! ¡¿Qué demonios hace Augustus Makintosh aquí…?!» me quejé para mí mismo, preguntándome luego acerca de por qué no estaba trabajando de bolso para Hipatia. Al fin y al cabo, tras nuestro encuentro, se había formalizado un casamiento entre él y la reina de los gyojins, e Hipatia no tenía mucha pinta de ser alguien que dejase a sus piezas de ajedrez ir de aquí para allá. Aun así, si lo había dejado marchar sería por algo.

Se apresuró en hacer traer una tabla, lapso en el que pasaron unos cuantos minutos de puro silencio y aquel revolucionario mirando a un lado y a otro en un tenso silencio. Los guardias, menos dos que se encargaron de cumplir la petición, mantuvieron la postura de forma estricta, sin mediar palabra para, al parecer, no molestar al ''Duque''. Visto lo visto, ahora no solo era el rey de la Isla Gyojin, sino también tenía un cargo nobiliario en Terrel. Era un poco irónico que un revolucionario tuviera cualquier título de la nobleza en una isla, pero no sería yo quien juzgase a las tropas de Dexter. Las patas de la mesa se asentaron en el suelo con un sonoro ''Plonk'' y, en ese momento, Augustus se adelantó a tomar asiento y ponerse en postura de pulso. Me dejaba claro que yo también tenía que apuntarme para demostrar lo que valía. Suspiré una y diez veces tras la máscara, levantándome de mi asiento y poniéndome justo frente al revolucionario, dejando la mano lista para el duelo.

Mi poder no tenía absolutamente nada que ver con la fuerza y el poder bruto, así que aquel tipo de competencia se alejaba demasiado de algo en lo que podía participar sin sufrir un duro hándicap. Al menos llevaba un guante, por lo que no me tendría que parar a sentir su tacto de gyojin, evitándome una desagradable sensación en el proceso. Ya que aquello no sería justo —puesto que yo podría pedir una prueba de velocidad para que fuera algo unilateral—, no me avalaría únicamente mi fuerza: optaría por aprovechar mi poder, que haría fluir desde mi palma hasta la del rival. Produciría un hormigueo la mar de desagradable y, si aun así no ganase, tendría la opción de dar ligeros calambrazos para que su brazo convulsionase. Iba a ganar, especialmente contra aquel hombre.


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Mensaje por Maki el Sáb 22 Ago 2020 - 12:20

Maki empezó a notar unas curiosas cosquillas en cuanto tocó a aquel tipo. Apretó su mano y esa extraña sensación de hormigueo antinatural se extendió desde la palma hasta el hombro, haciendo temblar visiblemente los michelines de su brazo. Qué raro todo. Tuvo que hacer uso de su gran fuerza de voluntad para no soltarse y dejar la prueba. ¿Cómo podría hacer eso? Le habría hecho quedar fatal. El problema era que no podía concentrarse. Se sentía como si intentase agarrar una colonia de hormigas de las que picaban.

Clavó la mirada en la máscara de su oponente. Definitivamente había algo ahí que no cuadraba. ¿Quién era y por qué le resultaba tan familiar esa sensación? A lo mejor le había pegado alguna vez. No sería raro, porque el trabajo en la Revolución implicaba sacudir a muchos extraños habitualmente. Pero, ¿concretamente a ese? No solía enfrentarse a ningún rarito con máscara. Un segundo... ¿Qué? ¡El rarito con máscara!

-¡CHISPAS!

Soltó la mano del chico de inmediato. ¡Ya se acordaba! ¡Era el maldito tipo de los rayos! Y él le había cogido la mano. Podría haber quedado frito como un trozo de tocino, y todo por un pulso. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿No debería haber estado dilapidando el botín que consiguió cuando recuperaron juntos el trono de la Isla Gyojin?

-¡Eres el chaval de los rayos! ¡Niño Humano! ¿Qué estás haciendo aquí?

¿De verdad había hecho el viaje hasta Terrel solo para combatir por un rey extraño? Para derrocar a un rey extraño, vale, eso tenía sentido, pero ¿combatir a su lado? Los humanos sí que eran raros. ¿Ahora qué podía hacer él? No le gustaba demasiado la idea de que una de sus chispas pudiese alcanzarle, pero recordaba que era fuerte. No tanto como él, claro, pero de algo les serviría. Todos decían que los rebeldes atacarían pronto y que contaban con gente muy fuerte a su lado, así que les harían falta combatientes diestros. O zurdos, daba igual, pero fuertes. El guerrero que habitaba en Maki le obligaba a aceptarlo.

-Te dejaremos luchar en nuestro bando, pero cuidado con los rayitos, que nos conocemos. Ven conmigo, te llevaré a ver Johny. -Así era como Maki llamaba al rey, porque los revolucionarios eran muy informales con todas esas cosas.

Conteniendo un pequeño escalofrío y frotándose la mano hormigueante contra el pantalón, abrió la marcha hacia los aposentos del rey. Sería mejor que fuese él quien le explicase al humano lo que estaba pasando. Y, ya de paso, también al propio Maki.
Maki
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 22 Ago 2020 - 13:17

Apretó mi mano y algo en su cara pareció temblar. Metafóricamente, porque para tembleques ya estaba su brazo, que iba de aquí para allá como si quisiera marcharse y abandonar a Augustus. Allí nos quedamos, en aquella posición, durante unos cuantos segundos, hasta que sus ojos, un poco extraños para mí a pesar de ya haberlos visto en el pasado, se clavaron en la máscara de Sif, tratando de atravesarla únicamente con fuerza de voluntad y curiosidad. Le mantuve el duelo, sin saber muy bien qué sucedía ni por qué había decidido probarme, pero la cabeza de aquel ser —por experiencia— nunca había funcionado como yo me esperaría, o cualquiera. Dudaba siquiera que un psicólogo fuera capaz de vislumbrar cómo funcionaba aquella mente que oscilaba entre la brillantez y la oligofrenia por momentos. Aun así, en vista de que ostentaba un alto cargo en el reino, le podía dar un voto de confianza. Quizás querría proteger su estatus y el interés movía mucho más a las personas que la voluntad, si a él se le podía definir correctamente con aquella palabra.

Me mentalicé para hacer toda la fuerza que estuviera en mi ser, la poca que pudiera encontrar aun rebuscando, y tras un grito me esforcé en inclinar el duelo a mi favor sin mucho efecto. Hacía fuerza pero no lo movía, quizás debido a mi físico, el cual dejaba que desear, aunque él tampoco parecía poder. «Ah, no, que está quieto.» me dije para mí mismo una vez me percaté de que estaba completamente inmóvil, mirándome. Me soltó la mano con velocidad y comenzó de nuevo a hablar, reconociéndome. «¿Todavía no se había dado cuenta de que era yo…? Pero si voy vestido igua—Bueno, Lance, déjalo, es él.» se debatió mi mente mientras enarcaba una ceja y lo miraba fijamente. Me limité a asentir, dando fe de que era yo quien estaba tras la máscara, el que había conocido durante la misión para Hipatia.

— Vengo a favorecer a Terrel en su reinado. Llegaron noticias de su problema a mi embarcación y me apresuré a venir, aunque no tengo precisamente mucha idea de qué asola el reino. Y… bueno, estoy aquí. Lo que no me esperaba era encontrarte a ti dentro del castillo, siendo sinceros —Trataba de mantener el tono más neutral posible, pero me iba bailando entre el desagrado y la calma. Por un lado me relajaba conocer a quien comandaba las tropas, pero no me gustaba que de entre todos los marineros del Nuevo Mundo fuera él.

Finalmente aceptó mi ofrecimiento, visiblemente asustado de mi poder. Obviamente, teniendo en cuenta que siendo un gyojin —y más de su especie— tenía un gran porcentaje de agua en el cuerpo, por lo que no sería para nada complicado dejarle achicharrado si quisiera. Aun así, por suerte o por desgracia, estaba de mi bando, y podía decir orgulloso que nunca había herido a un compañero en ningún campo de batalla, por turbulento que fuese. Al menos no sin querer. Entonces comenzó a caminar con cierta velocidad, más que la de mis pasos, fruto de la gran complexión que tenía aun siendo un hombre pez. El destino era el de la habitación donde estaría el rey, la cual alcanzamos, fruto del reducido tamaño del palacio, en menos de un par de minutos de marcha. Allí esperaba un hombre que pude juzgar como rey debido a la corona que portaba en la cabeza, sentado en el borde de la cama, aunque el aura que generaba a su alrededor dejaba margen a la duda. Miró a Augustus de arriba abajo y luego se fijó en mí, sin tener muy claro qué estaba viendo o dónde fijarse. Él, por el otro lado, era un noble en el más puro sentido de la palabra: le pesaban los años en el físico pero no el alma, notándose alguien relajado pero gordo por el deje a la comida. Además, su nariz y labios eran más bien toscos, mientras que los ojos brillaban por su tamaño y simpleza a pesar del color, pero que lograban transmitir cierto sentimiento de respeto.

— ¿Este será tu acompañante en la guerra que libraremos, señor Augustus? —Me di el permiso de asentir, dejando que siguiera hablando—. Se le ve… capaz —No sabía que advertir en base a aquellas palabras, pero le dejaría continuar—. Veréis… Las tropas rebeldes se están empezando a armar y creo que haceros esperar más solo serviría para teneros menos preparados, ya que al fin y al cabo os enteraréis de una forma u otra —Por las miradas que les lanzaba a Makintosh, diría que él estaba igual que yo respecto a las razones tras la contienda—. Hay una costumbre en Terrel que se asentó tras generaciones… —Se comenzó a mover por la habitación hasta coger un cáliz que reposaba sobre una cómoda—. Debemos llevar el alma de nuestros antepasados de forma metafórica y…, bueno, real —Nos la acercó, dejándonos ver cómo en el fondo de esta quedaba un diminuto pozo de color carmesí—. Necesitaría a la anterior reina para llevar a cabo el ritual, pero ya no está aquí, lo que me deja, a ojos de una parte conservadora del reino… —Soltó aquella pieza de oro en su sitio, mirándonos con ojos sinceros—… como alguien impuro, un traidor a la corona que porto. Dudo que pueda convencer a gente de mentalidad tan cerrada, pero sí confío en, por más que me duela, eliminarlos para dejar camino a una generación más abierta. ¿Me podríais ayudar…? —Hizo una reverencia, sujetando su corona, dejando un gesto bastante indigno para un monarca, pero que daba una idea de lo desesperado que estaba.


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Mensaje por Maki el Sáb 22 Ago 2020 - 19:09

Maki no terminó de pillar todo eso de la copa. ¿Tenían que beberse un alma? ¿Y de dónde se sacaba eso? Por lo poco que había conocido a la anterior reina, dudaba que la suya tuviera muy buen sabor. Y además la copa soltaba un tufo a sangre que tiraba para atrás. Seguro que había alguna relación, pero no terminaba de ver cuál.

Asintió cuando el rey les pidió ayuda. En realidad no tenía más remedio, porque había reventado el minibar de sus aposentos y no tenía con qué pagarlo. ¿Por qué se habría gastado todos sus lingotes de oro? En fin, no importaba. Podía pagar su deuda por la estancia y el título liberando al reino de las garras del mal. O algo así. Lo cierto era que todo aquello iba en contra de su instinto. El cuerpo le pedía que derrocase al rey... otra vez, pero no había nadie más a quien pudiera nombrar. Tendría que dejar a un lado su espíritu revolucionario, enfocarlo de otro modo.

-Existe cierta... tendencia en este reino a la guerra, a derramar sangre demasiado fácilmente. El ritual de la sangre nos permitía garantizar un reinado más o menos pacífico, siempre y cuando ciertos elementos desestabilizadores abrazaran la opción del exilio voluntario. Suponía que Mireia accedería a completar el rito, pero no esperaba que... bueno, se quitara de en medio como lo hizo.

-No hay problema. Los chicos están listos gracias a tanta gimnasia.

-Hacen falta más que soldados -dijo el rey, tomando asiento en una butaca-. Necesitamos caballeros. El enemigo cuenta con una fuerza considerable y con varias figuras importantes de esta isla. Tiene su base en los acantilados del norte, una zona de difícil acceso y con buenas protecciones naturales. Sería...

Con un horrible sentido de la oportunidad, un mensajero irrumpió en la sala como un huracán.

-¡Majestad, los rebeldes atacan las minas de plata! El general Rubai solicita refuerzos.

Johny Terrel alzó la mirada hacia Augustus y Chispas. Parecía que estaba esperando algo, pero ¿qué? ¿Querría un puro? ¡Ah, vale, luchar! Sí, vale, eso podía hacerlo.

-No hay problema, jefe. Chispas les dará una buena tunda a todos. ¿A que sí? Yo lo supervisaré personalmente. Mensajero, di que preparen a mi caballo y a mi equipo de aquaeróbic.
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 22 Ago 2020 - 19:55

Bueno, nos encontrábamos, en palabras del propio rey, con un territorio propenso a la guerra y a la violencia, que seguramente se hubiera encontrado con demasiadas batallas inútiles a lo largo de su historia. Un aspecto catalizador de la misma parecía haber sido el ritual que llevaban a cabo en el paso de una generación a otra, pero estaba claro que en esta ocasión algo lo había hecho imposible. Sin tratar de inmiscuirme —ya que sería meter el dedo en la llaga—, me limité a asentir tras cada frase del rey, atento a cualquier detalle que me pudiera resultar interesante de una u otra forma. No era ninguna locura afirmar que la antigua reina, Mireia si me apresuraba a concluir, había desaparecido de la escena de alguna forma inesperada sin preocuparse por su sucesor en lo más mínimo, dejándole con una dificultad jodida de asumir. «¿Realmente vale la pena asumir riesgos por un reino de este calibre, tan convulso…?» me pregunté a mí mismo, mirando a mi alrededor. Era una habitación real como cualquier otra, quizás un poco menos destacable que las otras pocas que pudiera haber pisado, en un lugar un poco menos destacable que otras ciudades por las que pasé. «¿Qué me ofrecerá cuando termine todo esto?» era algo que me rondaba por la cabeza desde mi llegada, pero la razón del viaje había sido la confianza en mis informantes. Me habían asegurado que Terrel era una persona que pagaría bien y que, en vista del futuro que le aguardaba si no interveníamos, me lo creía. Si Augustus o yo no frenábamos el avance de aquellos que querían cometer un regicidio, difícilmente seguiría en el cargo o siquiera en este mundo.

Makintosh respondió con su tan habitual confianza frente a cualquier problema, proyectando un gesto algo más feliz en la cara del coronado. Aun así, en cuanto volvió a hablar, no tardó en borrarse sin dejar rastro. Era cierto que entre dos personas, o entre dos personas y un batallón —suponiendo que no hubiera nadie más de renombre en la isla— sería una tarea difícil poner patas arriba todo un reino a la mayoría de sus habitantes. Especialmente si el gyojin seguía con el mismo modo de hacer las cosas, pero tendría que darle un voto de confianza a la fama que le precedía en la Revolución. Al parecer, según Terrel, estaban en la mejor posición de la isla, o al menos así lo hacía sonar al presentar la problemática con tanto pesimismo. Podían tener figuras importantes, pero dudaba que fueran realmente conocidos fuera de la isla, y un acantilado frente a mi movilidad no presentaba más dificultad que la que tendrían ellos para huir.

La puerta chirrió, golpeando contra la pared debido a la fuerza que llevaba al abrirse. Alguien del palacio entró con premura, declarando que ellos habían hecho un movimiento antes que nuestro bando, por lo que nos tocaría participar en todo aquello si realmente buscábamos darle la vuelta a la situación. El señor nos buscó con la mirada y Augustus se me adelantó, dejando claro que yo sería capaz de encargarme de todos ellos sin más dilación. Lo miré de reojo a través de la máscara, clavando mis ojos en él, pero dejé escapar una leve risa forzada para que el contratante no desconfiase de nosotros. Esperaba que con esas palabras no estuviera augurando otra batalla como la primera que compartimos, porque de otra forma aquello terminaría muy mal. Y, en esta ocasión, podía simplemente escapar y dejarle tirado si todo se planteaba peligroso. Él dio órdenes para comenzar el camino, mientras que yo me limité a hacer una reverencia.

— Les brindaré el mejor apoyo que esté en mi mano, señor Terrel. ¿Dónde quedan las minas de plata? —Esperaría a su respuesta, que se limitó a darme unas breves indicaciones acerca de la dirección y el aspecto de estas. Eran, más que minas, canteras en mitad de un poco frondoso bosque, así que no tendría pérdida—. Si me disculpa…

Trataría de hacer camino hasta la entrada, si nadie se interponía en mi camino. Ir al ritmo del revolucionario sería lastrarme demasiado y perder un valioso tiempo que podría utilizar en darle asistencia al tal general Rubai y a los suyos. De dárseme la posibilidad, correría una vez fuera del edificio hacia un callejón y, desmaterializándome, ganar altura hasta encontrar mi destino. Me presentaría justo encima de ellos en cuestión de un minuto, desenfundando el rifle del arma a mi espalda y apuntando a la concentración de los que parecían ser los enemigos: aquellos que no presentaban uniforme real. Entonces, apretaría el gatillo, moviendo con presteza el arma para no malgastar balas ni tiempo, haciendo que se repartiesen entre todos los efectivos del contrincante.


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Mensaje por Maki el Dom 23 Ago 2020 - 12:28

-Bueeeno... Pues eso no me lo esperaba.

Maki se había quedado plantado en lo alto de su jirafa con cara de bobo, sin saber muy bien qué hacer. Chispas había desaparecido tan rápido de su vista que estaba claro lo imposible que sería alcanzarlo. Ni siquiera le había dado tiempo de reunir a sus tropas. Se puso a tararear una cancioncilla mientras esperaba, jugando con una pluma entre los dedos para que no se notara que no tenía ni puñetera idea de qué hacer. ¿Iba detrás de él? Imposible. Si no sabía ni para dónde tenía que tirar. Pero tampoco podía quedarse ahí quieto sin más. Los caballeros que patrullaban la muralla ya le estaban mirando como a un bicho raro. Ojalá hubiese problemas en algún otro sitio. ¿Dónde estaban los malos cuándo se les necesitaba?

Tras cinco minutos de inactividad hizo avanzar a su montura y salió del castillo acompañado por un puñado de los hombres que se le habían asignado. Bien pensado, había cosas que podía hacer para ayudar a la lucha contra los malvados. Cabalgó al trote hasta la ciudad y se puso a rastrear.

"Bien, Augustus, ¿dónde planearías una conspiración?" A lo mejor los cuarteles generales del enemigo le pillaban un poco lejos aún, pero estaba seguro de que también se escondían en la ciudad. Todo aquel que planeaba una insurrección, bien lo sabía él, necesitaba un buen sitio cerca del lugar que iba a asaltar, un sitio desde el que vigilar o planificar un ataque sorpresa. ¿Cuál podría ser?

El Duque Makintosh pasó la siguiente hora inspeccionando los lugares sospechosos de la ciudad, como la iglesia o un par de lavanderías. Entró personalmente en todo edificio que apestaba a guarida rebelde y lo inspeccionaba con su ojo clínico. La sexta redada fue en una bodega de varias plantas, con buenas vistas del castillo y una suculenta variedad de vinos antiguos. Maki descendió de la jirafa con gracia y soltura -esta vez logró hacerlo sin caerse- y entró a la bodega haciendo gala de toda su autoridad. Con el puro aún entero y humeante en su boca, echó un concienzudo vistazo piso por piso hasta que pidió ver la bodega.

-Cuánto vino.

-Sí, mi señor, os procuraré una botella -dijo el vinatero.

-Oh, ¿en serio? Qué tío más majo.

Inspeccionó varios estantes al azar, cogiendo con curiosidad algunas de las botellas. Allí se escondía algo, se lo decía su instinto. Vale, su instinto se lo había dicho en todos los lugares que había visitado, pero nunca estaba de más hacerle caso por sexta o séptima vez.

-Eso es muy sospechoso -dijo, señalando un póster de una chica en bikini que desentonaba un montón sobre una pared de piedra. A un gesto suyo, los soldados lo arrancaron, pero detrás solo había más roca maciza-. Hmm... supongo que debo haberme ¡equivocado!

Maki sacudió un cabezazo al muro. La piedra se resquebrajó y la falsa pared cayó a trozos para dejar a la vista un espacio repleto de armas, estandartes y material de asedio.

-¡Wooo, cuerdas con ganchos! Qué chulo. ¿Puedo quedarme una? Bah, me la quedo. Me gusta mucho este escondite, ¿sabes? Se ve que sois buenos en lo vuestro.

-¿Lo prendemos, mi señor?

-¿Qué? ¿Qué es eso?

-Que si lo arrestamos.

-¿Estás de broma? ¡Es un revolucionario!

-Por... por eso, mi señor.

Ya se había olvidado de que ahora estaba del otro lado. Qué difícil era... Tenía que cambiar todos sus instintos si quería que aquello saliera bien.

-¡Muerte al rey indigno! -clamó el vinatero. Se zafó de los guardias y tuvo tiempo de sacar una botellita de su bolsillo y beberse su contenido-. El ataque ya es inminente. Estáis perdidos. ¡Muerte a...!

Y se murió. Cayó al suelo como un fardo para no levantarse.

-Vaya por dios... En fin, eso soluciona el dilema, ¿no? Venga, coged esto y vamos a comer algo.
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Mensaje por Lance Kashan el Dom 23 Ago 2020 - 13:47

Las balas comenzaron a cortar el aire, impactando contra casi una decena de ellos, que se limitaron a ver su cabeza atravesada por el plomo y caer al suelo. Los otros, aquellos que no estaban ocupados enfrentándose a las tropas de Rubai, miraron al cielo, descubriéndome rápidamente en cuestión de segundos y apuntándome con sus propias armas. Generé, sin hacer gesto alguno con el cuerpo, un orbe de luz frente a mí, que con un poco de esfuerzo creció en tamaño e intensidad hasta poder cubrirme, instante en el que ellos comenzaron a disparar hacia mí. Guardé el rifle, desmaterializándome y empujando con la mano aquella luz generada por mi poder para que cayera sobre ellos. No los cegaría, claro estaba, y solo hacía falta notar que era de día; aun así, serviría como la pantalla que me salvase de seguir estando en la mira.

Me escabullí en forma etérea con velocidad hasta llegar a aquel punto ciego que yo habría creado, dando una palmada y generando una nube de electricidad a la que no paraba de llegar electricidad que salía de mí, creciendo en tamaño a lo largo de un par de segundos hasta los veinte metros, instante en el que comenzaron a caer truenos a lo largo y ancho del campo de batalla. Me valía de mi concentración —a pesar de sufrir alguna que otra bala rozando mi cuerpo— para evitar dejar fuera de juego a nuestros propios hombres, pero era una tarea realmente complicada. Aun así, la función de aquella táctica no era eliminar a sus tropas —para lo que también era útil—, sino más bien causar una especie de pánico dentro de ellos que les impidiese coordinarse. Con que la mitad pensasen que era una temeridad enfrentarse a la tormenta misma, o se debatiese en su interior si realmente valía la pena aquella guerra a riesgo de sufrir aquella descarga, cumpliría la función.

Por el otro lado, no me podía quedar allí todo el día, ya que más y más de ellos se habían percatado de dónde estaba. Las heridas que surgían, fruto del abrazo de las balas, iban desapareciendo constantemente, pero el dolor seguía ahí y no era para nada agradable, por lo que me limité a ganar altura hasta que perdiesen rastro de mí, observando la batalla desde arriba y planteándome qué hacer. Y, muy a mi pesar, el general de las tropas estaba cometiendo un error muy básico, o quizás el furor de la guerra los había llevado a ello: estaban siendo rodeados. No hacía falta ser un estudioso para percatarse de que no podrían evitar ataques de todos los frentes, por lo que la primera tarea era reagruparse para evitar un futuro así. Traté de vislumbrar al comandante de las tropas con mi buena vista, encontrando a alguien con el escudo real y una con hombreras, acercándome con velocidad a esta:

— Vengo de vuestra parte. Tenéis enemigos en todas direcciones, así que lo más sabio sería reagruparse y hacer un camino para salir. Os facilitaré la tarea —dije, algo escondido tras sus tropas para evitar cualquier posible daño. Entonces, desaparecí.

En forma de electricidad comencé a desplazarme entre las tropas, dejándoles a mi paso un regalo en forma de electrocución que los dejaría tirados en el suelo. De aquella forma reduciría sus números, pero no era la forma más efectiva de hacerlo. Me desplazaba con una trayectoria clara: quería encontrar a aquel que estaba por encima de aquellos a los que Rubai se enfrentaba. Sin cabeza, la cucaracha caminaría sin saber, y un ejército sin plan era uno muerto. Aun así, algo me decía que era un as en su manga, ya que parecía desaparecido. Pude dar varias vueltas a su formación, aminorando la carga que soportarían las tropas reales pero cansándome en el proceso. Y, tras mucho buscar, creí encontrar a mi objetivo, escondido tras sus tropas para no sufrir daño, como un cobarde. Lancé un rayo hacia su pierna derecha, que fue parado con velocidad por aquellos que le rodeaban y que ahora que me fijaba tenían un tipo de aura muy distinta a la del resto. «¿Esa es su guardia...?» pensé, llegando a la conclusión de que se trataba de un táctico sin dotes para la batalla, pero útil en la retaguardia. De todas formas, cuatro de ellos no serían realmente complicados de tratar, o eso supuse.

— Tsk… —Chasqueé la lengua, desmaterializándome por completo para dar un par de vueltas a su alrededor a mi máxima velocidad, tratando de leer a sus hombres. Eran solo un poco más destacables que el resto, o eso parecía a través del haki.

Frené en mitad del aire, apareciendo mi torso desde la electricidad, generando hasta cuatro pilares de electricidad destinados a caer sobre cada uno de ellos. Aun en esa tesitura, se limitaron a juntar sus espadas y formar un circuito que los utilizó como toma de tierra, sin hacerles daño. «Ahora encima de guardias saben de electricidad…» me comenté a mí mismo, exasperándome un poco. Habría que abordar el problema de otra forma más directa. Desaparecí por no sé qué vez, apareciendo en mitad de ellos y colocando mis palmas sobre sus respectivos trenes superiores, haciendo fluir electricidad y achicharrándolos en el camino hasta que cayeron. En cambio, los otros dos demostraron unos buenos reflejos, dándome sendos puñetazos, cada uno por un lado del torso, ambos imbuidos en haki de armadura y amenazando con hacer lo mismo con sus filos. Iba a ser algo jodido.


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Mensaje por Maki el Lun 24 Ago 2020 - 19:37

-Y por eso creemos que apoya a los traidores, mi señor.

-Perdona ¿qué? No estaba escuchando.

Maki había estado demasiado ocupado preguntándose si eso que tenía en el plato era o no mayonesa. Se le parecía, pero no terminaba de cuadrar del todo con la idea que él tenía de la mayonesa. Ese leve toque a ajo y esas especias no pegaban nada. ¿Sería comida típica de allí o es que la mayonesa que él había creído hasta el momento que era mayonesa en realidad no era mayonesa? Qué cruel broma del destino, que con saña zarandeaba las esperanzas de los hombres.

-Y por eso creemos que apoya a los traidores, mi señor.

Genial, otra vez no se había enterado. Decidió asentir como si hubiese prestado atención, eso le daría un aire de nobleza e inteligencia.

-¿Deberíamos hacer algo, duque?

-Pues... claro, venga, vamos a hablar con él.

-Con ella.

-Con ella.

Cebollas, acompañado por dos guardias de la guarnición, guió a Maki hasta los aposentos de Lady Traiwel. Por el camino le explicó otra vez que habían interceptado comunicaciones entre la dama y un conocido general en rebeldía, lo que confirmó a Maki que había tantos enemigos al trono que a lo mejor les salía más a cuenta cambiar al rey directamente. Pero le gustaba. Lo suyo era el lado minoritario, el que llevaba las de perder. ¿Qué gracia tenía rebelarse siendo más que los opresores? El espíritu revolucionario se nutría de la inferioridad numérica, todo el mundo lo sabía.

Cuando Maki fue a abrir la puerta, esta se hizo trizas. Un virote la atravesó dejando un agujero en la madera del tamaño de la cabeza de Cebollas, y otro agujero en la cabeza de Cebollas del tamaño de una naranja. Maki pateó los restos de la madera y se encontró con Lady Traiwel recargando una ballesta bastante aparatosa. Vaya susto le había dado. ¡Con eso podía haber matado a alguien! Bueno, a otro alguien. ¡A él! ¿Eso era lo que sentían los que luchaban contra él cuando se alzaba contra reinos? Wow, qué duro.

Aun así, tenía que trabajar. Entró a la estancia de un salto y derribó a la humana, quedando encima de ella e inmovilizándola con su contundente peso. Habría empezado el interrogatorio de inmediato, pero uno de los dos guardias que le acompañaban mató al otro de un lanzazo y fue a por él. Pasó el asta por delante del cuello y de Maki y tiró hacia atrás, apretujándole entre la armadura y el arma. Suerte que no era tan fácil estrangular a Augustus Makintosh. Hizo fuerza hacia delante y partió la madera con el poder de su cuello. Cayó de morros sobre la mujer que tenía debajo, la cual dejó escapar un grito que quedó ahogado por la grasa del pecho de Maki.

-¡Ay, no muerdas!

Se levantó y rodó hacia un lado. Lady Traiwel se incorporó y buscó de inmediato su ballesta. Maki le lanzó un escabel al soldado, pero falló y le dio a la dama en toda la cabeza. En fin, así no le dispararía a nadie más. En cuanto al soldado, Maki tiró de la alfombra bajo sus pies y le pateó cuando lo tuvo en el suelo. Pura heroicidad. La fuerza del golpe lo envió hasta el hueco de la chimenea, donde quedó inconsciente y lleno de hollín.

Un rato después, el ciudadano Terrel fue a verle.

-No podemos confiar en nadie, Duque Makintosh -le confesó-. Sabemos que el plan de los rebeldes se llevará a cabo pronto, pero aún no sabemos nada. Fuera de esta ciudad ya no tengo ningún poder. Los ejércitos rebeldes nos asedian, cortan los suministros, asaltan a los leales que acuden en nuestra ayuda, y cada barco que zarpa de mi puerto desaparece misteriosamente.

Vaya estrés. A cada paso que daba le salía una tarea nueva. Desde luego, estar del lado del statu quo era algo muy cansado. Cómo echaba de menos su querida Revolución... Pero para mantener limpio el buen nombre de Bátigo y el suyo propio, tenía que cumplir. Así que era inevitable que acabase comprometiéndose.

-Yo me ocupo, jefe. Este reino no perderá a su rey en mi guardia. Otra vez, digo.
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Mensaje por Lance Kashan el Lun 24 Ago 2020 - 20:31

La inercia que me proyectaba el del frente se interponía con el que me daba aquel que tenía a mi espalda, pero un solo detalle me salvaba: cada uno fue a por lado distinto del torso. Mientras que uno golpeó en el pectoral izquierdo, el otro lo hizo contra la parte derecha de la baja espalda, produciendo un giro de mi cuerpo que me ayudó a evitar el daño parcialmente. Tosiendo con fuerza por culpa de la contracción de la caja torácica, me vi capaz de reaccionar ante sus ataques, los cuales tiznaban los filos de las armas con un color ópalo fiero y amenazante. Traté de dejar el malestar de lado para evitar un futuro peor, aspirando con fuerza a pesar del dolor punzante, todo para no tener rastro de debilidad durante lo que quería hacer.

Salté con gracilidad, desmaterializándome en centésimas de segundo para dejarlos atrás y ganar la máxima altura posible. Desde allí, a decenas de metros, llamaría la atención de decenas de balas, algunas quizás impregnadas con aquello que me podía atravesar, pero me serviría para ganar el tiempo necesario. Aun así, allí arriba hubo algo que me instó a apresurarme y que a la vez recorrió mi espalda como una especie de escalofrío muy macabro. En la costa, aquella más alejada del palacio, se podían ver media decena de barcos con un claro emblema pirata que no dejaban hueco a la duda. Con toda seguridad desembarcarían en el puerto, de una forma u otra y, perteneciendo a aquella facción, dudaba que realmente estuvieran interesados en apoyar al rey Terrel. Más aun, una masa de gente se arremolinaba allí mismo. Aun así, un disparo que se paseó cerca de mí me devolvió a esta dimensión: sería imposible encargarme de ellos si un porcentaje de nuestras tropas estaba perdiendo contra aquel grupo de indeseables que aprovechaban la superioridad numérica. Turno a turno, tocaba hacer las cosas de la mejor forma posible.

Cargué toda la energía posible en mis manos mientras me mentalizaba y en pocos segundos enfilé hacia el suelo, convirtiéndome en un cometa eléctrico que descendió justo tras uno de los hombres y que, desenfundando una de las Elektroguns apuntó hacia su torso. Antes de ser capaz de reaccionar ofensivamente apreté el gatillo, creando una gran ola de electricidad que atravesó su carne sin dejar rastro e hizo camino hasta el de su compañero, haciendo lo propio con la cabeza. Estaban fuera de juego, o eso juraría en base a las gigantescas partes de sus cuerpos que habían desaparecido por mi culpa, y solo quedaba un pequeño problema para descabezar el problema: el encargado de la táctica. Aprovechando la gran densidad de enemigos para frenar mi retroceso y una mano diestra que generaba paredes eléctricas que iba rompiendo, no tardé en frenar en el aire y comenzar a acelerar hacia el frente, atravesado al enemigo, que quedó tirado en el suelo sin ningún tipo de gesto más allá de convulsionar. Suspiré, generando una gran onda de electricidad en forma de círculo que atravesó a una buena cantidad de ellos, aliviando la carga que soportaría Rubai. Con mi máxima velocidad me acerqué a donde recordaba que estaba y, una vez frente a mí, le di la noticia:

— Ya no tienen táctico ni una buena cantidad de tropas. Me retiro, ya que en la costa están desembarcando piratas, así que si termináis, ahí necesitaremos ayuda.

Ni me fijé en la reacción del hombre, ya que la premura era un factor demasiado importante. A todo lo que daba el poder de mi fruta avancé por el aire hasta la ciudad, descubriendo a la llamativa figura de Maki —en parte por su vestimenta— caminando por las calles guiado por otra persona. Sin tener muy claro de qué estaba haciendo, pues durante todo este tiempo había esperado cierto soporte de su parte, frené justo encima de él, inclinándome hasta quedar en una postura completamente horizontal. Si aún no había caído en mi presencia, me encargaría de hacérsela notar con un rayo justo frente a él.

— ¡Augustus! ¡Llegan piratas desde allí… —exclamé, señalando hacia donde los había visto—… y no son pocos! ¡Hay gente esperando, así que es muy probable que la revolución se esté reuniendo! —Me percaté entonces de que el rey mismo estaba allí a su lado. No era un simple acompañante, no—. ¡Señor Terrel, ¿qué hace fuera?! ¡No nos podemos permitir que caiga preso o como un rehén! —Él era nuestra única pieza y si terminaba en manos enemigos todo se acababa, así que no tenía sentido que no estuviera rodeado de sus más preparados hombres —. ¡Vamos, Makintosh! ¡Pilla esa jirafa y métele prisa!


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Mensaje por Maki el Miér 26 Ago 2020 - 21:03

Decir que la revolución se estaba reuniendo despertaba todos los instintos de Maki. Lo primero que pensó fue que iba a llegar tarde, pero que si hacía esperar al resto un poco demostraría que era un tipo importante. Luego cayó en que los revolucionarios de allí no eran los buenos, sino los malos. Revolucionarios malos, ¿cómo podía ser eso? El mundo era un lugar complejo y extraño.

-¡Pero tenía cosas que hacer! -protestó.

Y era cierto. Primero pensaba salir y asegurarse de que la comida llegase a la ciudad, porque empezaba a entrarle hambre, luego a echar salsa de soja sobre la muralla para que los villanos resbalasen, y después iba a darse un masaje, que no todo iba a ser trabajo. Ese maldito humano... ¿No podía haberse esperado un poco? Además, ¿qué le importaban a él los piratas? Los piratas iban y venían. Como mucho rompían un vaso o dos de vez en cuando, pero no tenían nada que ver con los asuntos del reino.

-¿Sabes? Vas con mucha prisa. Deberías relajarte un poco. -Humanos... Se iban a batallar por ahí y enseguida se sobreexcitaban-. Venga, vale, vamos, pero luego me debes una buena merienda.

Tras ordenar que se escoltara al rey a donde quisiera y que no lo traicionasen, se subió en Ronald y puso rumbo a la costa. Chispas decía que los barcos pillaban al otro lado de la isla, así que Maki optó por ir nadando y dar un rodeo por mar. Acabaría mucho antes que si tenía que ir montado en su corcel.

Tras una buena carrera submarina Maki se encontró en el sitio indicado. Unos cuantos barcos eran ya claramente visibles, y en cuanto Maki asomó la cabeza olió el humo de bastantes hogueras. Había mucha gente allí acampada, pero no sabía quiénes serían. A juzgar por lo que habían hecho con la bandera con el símbolo de Terrel debían ser de los que no apoyaban al rey. En fin, eso aclaraba las cosas. Ahí estaban los malos. Y ahora ¿qué? ¿Iban a unirse a los piratas? A lo mejor hasta peleaban entre ellos. De todos modos, no podía arriesgarse. Le pagaban por resultados, y ya que estaba allí...

Maki acumuló agua en sus manos y la arrojó con fuerza contra los que estaban acampados en la orilla. Les apagó un buen número de fogatas y les fastidió la comida. ¡Ja! A ver qué hacían ahora. Ah, pues dispararle. Tuvo que sumergirse para que las balas y las flechas no le acertasen, y apareció varios metros más allá. Volvió a atacar, esta con la idea de golpear un poco a la gente. Les lanzó una buena masa de agua que derribó a un buen grupo. Repitió la operación unas cuantas veces, empapando a todo el que podía. El plan, visto con perspectiva, era evidente.

-Ahora os resfriaréis y no podréis luchar, je.
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Mensaje por Lance Kashan el Jue 27 Ago 2020 - 19:25

«¿Qué cosas más importantes tienes que hacer que, bueno, defender el reino de varias decenas de piratas hambrientos de poder y riquezas…?» me dije para mis adentros al escuchar el primer comentario de Augustus, que reclamaba que él también estaba currando. Luego me echó en cara que tuviera tantas prisas, provocando que una ceja en mi rostro se enarcase, aunque por desgracia la máscara no me permitía dejarle verla. Seguramente —no— se diera cuenta de la razón de mi reacción, ya que su cabeza funcionaba de una forma distinta a la mía a todas luces, pero aun así me daban ganas de reprocharle cosas. De todas formas, no se sustentaba un ejército feliz a base de gritos y exigencias, sino que había que torcer la mano en según qué situaciones y dejar espacio a que tuvieran su ''orgullo''. Aquello no significaba que lo estuviera haciendo con el revolucionario, simplemente prefería llevarle la razón de forma implícita a enzarzarme en una disputa absurda e inútil en la que perderíamos un valioso tiempo. En vista de que él mismo había aceptado al final, a expensas de que le pagase una buena merienda, no habría que darle más vueltas a sus excentricidades, así que le dejé dar las órdenes necesarias para que Terrel terminase a buen recaudo y guardado por personas —supuestamente— preparadas.

Yo, por otro lado, me había desmaterializado y emprendido el vuelo hacia la zona en la que juraría que estaban los piratas. Cruzaba el aire a una velocidad que difería de mi máxima, con la idea de poder darle el tiempo suficiente al gyojin para presentarse allí en primer lugar. Desde nuestro primer encuentro, no había encontrado ni un solo ápice de la fama que le precedía, ni una sola razón por la que alguien como él debería llegar a, bueno, ser un oficial en una organización tan anárquica como era la revolución. Se había limitado a hacer tonterías de aquí para allá y aprovecharse del momento para ganar cierta fama, así que tenía sincera curiosidad acerca de cómo se desempeñaría de estar frente a aquel grupo de enemigos de la corona.

— ¡Jonathan Terrel! ¡Corre y teme! ¡Venimos a por ti! ¡Más te vale huir! —Escuché al fondo, mirando a lo lejos y descubriendo al grupo de piratas allí, revueltos y sentados en unos campamentos recién creados. Con una sincronía que ya querría el Cipher Pol o la Marina, comenzaron a cantar, entonando unas melodías que estaba bastante seguro que habían entrenado en sus respectivas embarcaciones antes de llegar. Se les veía hasta ilusionados.

Frené allí mismo en seco. «Debo de haber llegado antes que mi compañero, ¿no?» medité, viendo la calma que aparentaba el lugar. Gané la suficiente altura como para quedar fuera de la mirada de cualquier travieso que se distrajera, notando con la vista panorámica una extraña línea que cortaba el agua y que no tardó en llegar hasta la costa. «Bueno, es un gyojin, es lógico que vaya nadando más rápido que… bueno, en una jirafa.» pensé para mis adentros mientras dejaba escapar una risa al ver el chapoteo. Les estaba jodiendo el camping, algo que no parecía agradar al grupo, que empezó a ponerse en posición de batalla mientras elevaban las armas. Un par de disparos corearon la desaparición del hombre pez bajo el mar, que no tardó en aparecer segundos más tarde con otra gigantesca ola que abatió a unos cuantos.

— Bueno, es un poder terrorífico para un usuario de fruta, esto está claro… —Perdí altura con suavidad hasta quedar sobre el campamento, escuchando algunos gritos mientras observaban las chispas que volaban de mis pies. Antes de que pudieran empuñar sus armas de fuego contra mí, mis pistolas ya estaban a punto, repartiendo plomo entre los distintos contrincantes con cierto disfrute.

Pude tumbar veinte o más, momento en el que una sombra cortó el aire y se dispuso justo frente a mí, lanzándome una patada a la cara que traté de esquivar agachando la cabeza y que cambió de trayectoria para darme en el abdomen, lanzándome unos cuantos metros en la otra dirección. Mi mirada se fue hacia la costa sin querer, viendo cómo una adolescente se había lanzado al agua en busca de Augustus, ¿pero alguien podría seguir a un gyojin en su propio terreno?


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Mensaje por Maki el Sáb 29 Ago 2020 - 12:39

"Vale, barbacoa fastidiada. Ya podemos irnos". Tanto olorcillo a comida le estaba dando a Maki un hambre atroz. Con suerte habría quedado algún choricillo que aún pudiese aprovecharse, aunque con lo que le disparaban dudaba que fuesen a darle ni un trozo de pan para empujarlo. Lo único bueno era que Chispas los mantenía ocupados, así que la cantidad de balas que volaban hacia él se iba reduciendo. Bah, de todos modos los malos siempre tenían muy mala puntería.

De repente, Maki tuvo un inquietante escalofrío que le nació en el culo y le subió hasta la nuca. Tenía la sensación de que había algo ahí con él, en el agua, una presencia que le observaba desde las profundidades. Miró hacia todos lados, buscando algo sobre la superficie del agua. Giraba sobre sí mismo una y otra vez en busca de lo que fuera que le acechaba. Cada respiración era un tormento, un segundo más de tensión contenida deseando saltar, un instante más de la aterradora incertidumbre de no saber cuándo las negras fauces de la muerte se cerrarían sobre él.

Algo le agarró de la pierna y tiró de él hacia abajo. La sorpresa fue tal que tragó una buena cantidad de agua. Por un momento creyó que se ahogaba, que sería devorado por alguna criatura abisal hambrienta de carne fresca y que arrastraría su cuerpo destrozado hasta las negras profundidades de un océano que jamás se dignaría a devolver sus...

Ah, no, si era un gyojin, vaya susto más tonto.

Maki saludó a la chica que tenía ante él. Iba recubierta por una fina película de jabón, como una de las burbujas que solían usar los humanos en la Isla Gyojin. Aun así llevaba unas gafas de buceo y un tubo que sobresalía del agua para poder respirar, lo cual era un poco raro. Pero bueno, había gente rara por ahí, ¿no? Su moño de pelo verde se convertía en una masa de algas flotando descontroladas en el agua. Y pensar que se había asustado tanto de una simple chica humana.

-¿Querías algo?

La joven le respondió con un puñetazo en la nariz. Augustus gimió de dolor, porque la nariz era uno de esos sitios donde no le gustaba que le pegasen. Intentó hablar con ella, pero le lanzó otro golpe. Esta vez el gyojin estaba preparado. Se movió rápidamente y nadó hasta colocarse a su espalda, desde donde sacó el brazo a la superficie y le tapó la boca del tubo. Eso no pareció gustarle, porque no tardó ni tres segundos en ponerse roja y salir del agua echa una furia.

-¡¿Estás loco?! ¡¿Es que no sabes que eso es peligroso?! -exclamó con unas lagrimillas en los ojos.

-Yo... esto... Perdón -se disculpó Maki. Cualquiera diría que le daba miedo el agua.

La humana recuperó el aliento y desenfundó un largo cuchillo. Maki se lo quitó de un manotazo, porque podía hacerle daño a alguien con eso, y entonces ella se lanzó a morderle la cabeza. Cómo se retorcía... Y estar recubierta de jabón resbaladizo tampoco ayudaba mucho a poder sujetarla. No había manera de que le dejase en paz. Le costó un largo minuto apartar sus dientes de él, y para entonces ya le había dado un buen bocado en toda la frente.

-¿Pero es que estás loca, niña?

-Hey, Pattyyyyy. ¿Me dejas a mí ya? -dijo alguien. Maki no tenía ni idea de dónde salía esa voz.

-No, es mío -respondió la niña.

-Vaaaaa... Es que tú eres muy...

-No lo digas, Sylpha.

Un momento, ¿las dos voces salían de la boca de la humana? Pero solo movía los labios cuando sonaba una... ¡Era una ventrílocua! Pero ¿y su muñeco?

-Débil.

-¡AHHHH!

La chica dio un largo grito de furia. Maki pensó en hacerle una aguadilla para que se callase, pero entonces ocurrió algo raro. De la boca de la joven surgió un brazo desproporcionado, enorme y tremendamente musculoso, como si el tronco de una secuoya se hubiese puesto a hacer bíceps. Con una fuerza salvaje, el puño se estrelló contra Maki y levantó un surtidor de agua de varios metros de altura mientras el gyojin era proyectado hacia el fondo. Diablos, ahora sí que le dolía la nariz...
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Mensaje por Lance Kashan el Sáb 29 Ago 2020 - 18:09

Desaparecieron ambos bajo las olas antes de que el enfrentamiento llegara a la —lógica— conclusión. Por suerte, ya que si me hubiera quedado mirándolos fijamente no hubiera podido perder altura a conciencia y esquivar aquella onda cortante que surgió de una veloz patada por parte del contrario. Un hombre de rostro tosco, cuyo cuerpo le acompañaba en aquella característica, me miraba de arriba abajo mientras una sonrisa de autosuficiencia surgía en su cara. Parecía estar haciéndole gracia el hecho de que pensara siquiera en enfrentarme a él, especialmente con aquel reducido tamaño, pero aun así no se le notaba confiado en lo absoluto. Y era lógico, ya que me había visto fusilar a sus tropas y, a estas alturas del cuento, tendría que haberse hecho una idea de mi poder al ver las chispas que surgían desde mi cuerpo.

— ¿Desde cuándo van los niños a las guerras…? —Mencionó, sonriente, mientras se pasaba un tomahawk de mano a mano.

Asentí, sin saber muy bien qué entendería el contrario de aquel gesto, pero tampoco interesado en aquel nimio detalle. Independientemente de aquello, mi único objetivo era ir descabezando cada alto cargo que el ejército enemigo presentase por el camino hasta que el ciempiés no pudiera moverse. Eslabón a eslabón, terminaría destruyendo aquella cadena que conformaban los revolucionarios, protegiendo a Terrel así. No perdió el tiempo, ya que hizo un gesto con la mano para que los disparos desde el suelo frenasen y también soltó el cuchillo, pateándolo con su zapato por el palo y saliendo disparado hacia mí. Se escuchó hasta cierto punto como una explosión, instante en el que noté aquel arma venir hacia mí y obligarme a mover la cabeza a la derecha, esquivando.

— Desde que los hombres están en el bando equivocado —Al fin y al cabo, estaban tratando de derrocar a un rey por una simple y estúpida costumbre. Estaban pidiendo una cruel dictadura a gritos.

Con un rápido movimiento hice volver el rifle a su lugar y tomé ambas pistolas, apuntándole de frente mientras sonreía. Gracias a Dios, la máscara no permitía que se diese cuenta de cómo me sentía, pero es que siempre me entretenía demasiado jugar con la lógica de la gente. Siempre que ambas pistolas entraban en juego, los enemigos tendían a perder toda esperanza. No porque fuera un arma muy potente —ya que disparaban como una mera pistola, nada más—, sino porque les parecía que estuviera viva. La bala que escupía, por supuesto. Le apunté fijamente y él, con un par de patadas, se apresuró a esquivar la trayectoria, instante en el que apreté el gatillo mientras aproximaba el cañón de una al de la otra. El plomo salió disparado con la mayor de las velocidades, pero a una dirección que el señor no esperaba: se había curvado completamente hacia él en vez de seguir la dirección que marcaba la propia arma de fuego. Aproveché para disparar todo el cargador, siguiendo su movimiento, rápido y experimentado, que logró evitar todas menos las dos primeras.

— Hasta los putos enanos como tú tienen trucos, supongo.

Dio un par de patadas para mantenerse en el aire y, un instante después, se impulsó con ambas como si estuviera saltando en un trampolín, acelerando contra mí. Yo, sin caer en pánico, me centré en su movimiento y traté de leerlo con mi propio haki, esquivando mientras perdía altura y me encargaba de que las balas del arma sin usar terminasen encontrando un hogar en su tripa. La sangre se derramó metros y metros hasta el campo de batalla, moviéndome de ahí para no manchar mi ropa y chocando en el acto; aquel contrincante se había movido con demasiada rapidez como para estar herido, embistiéndome y lanzándome hacia el suelo, momento en el que frené con mi propio poder del diablo y le lancé un trueno.


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Mensaje por Maki el Lun 31 Ago 2020 - 14:58

Vaya golpe se había llevado. ¿Acababa de atropellarle un buque de guerra o es que estaba teniendo alucinaciones? A saber. Únicamente podía decir que caía envuelto en un torrente de espuma y burbujas, con un hilillo de sangre roja saliéndole de la nariz. No recordaba la última vez que había sangrado. Exceptuando los roces que se hacía con las etiquetas de la ropa, claro. O cuando las encías le sangraban por lavarse los dientes muy fuerte. O cuando aquel gato le mordió. O cuando... Bien, no recordaba la última vez que había sangrado mientas peleaba contra alguien. ¡Pero él ni siquiera quería pelear contra aquella chica!

Se apretó la dolorida cara cuando por fin detuvo se descenso. ¿Así era recibir el golpe de una revolucionaria? Si los suyos eran así, no le extrañaba que hubiese llegado tan lejos. El poder de la justicia siempre era algo digno de temerse. Pero la chica no podía estar del lado de los buenos, ¿verdad? Los piratas no solían estarlo, y Maki lo sabía bien, que había conocido a tres o cuatro.

Ascendió rápidamente, dispuesto a enfrentarse a la chica pirata. Fuera como fuera, su deber era luchar por la Causa, y nada mejor para la Causa que asegurarse de que los resultados de su última misión no se fueran por el desagüe. Emergió del agua como un torpedo listo para combatir. Vio que la extraña joven estaba ya saliendo del agua, así que se fue tras ella.

-¿Es que estás loca? -decía la chica-. ¿Y si hubieses roto la burbuja?

-Pero es que eres muy débil... -se quejó la voz misteriosa-. Va, déjame salir, Patty. Acabaremos antes y podré dormir.

-Ni hablar, no...-Maki interrumpió su charla hurgando en el recubrimiento de la chica con un dedo. Tiró hacia abajo y la protección jabonosa se deshizo, así que le escupió agua a la chica y la empapó entera-. Vale, mátalo.

La tal Patty empezó a girar. Ah, no, solo giraba la parte superior de su cuerpo. Era raro, pero Maki se mantuvo serio porque había visto cosas más extrañas y porque no quería que le perdiera el respeto. El torso de la chica cayó al suelo con un repiqueteo. Ahí sí que se le escapó un gritito, al ver que estaba hueco. Entonces salió una figura enorme de la otra mitad, mucho más grande que la propia Patty. Era una mole, una montaña de músculos inflados y pelo rubio corto que no pegaba con su maquillaje. Maki se lanzó al suelo cuando le lanzó un puñetazo. El golpe dejó un surco en el suelo que llegó hasta el mar, y eso que solo había atizado al aire.

-Muérete ya y déjame dormir. Si el capitán se convierte en rey me regalará un castillo. ¡No te interpongas entre mi castillo y yo!

La mole descargó un derechazo al suelo, que se levantó hecho trizas entre una monstruosa nube de polvo. La arena y la roca triturada se le metió a Maki en la boca. Antes de darse cuenta ya tenía un enorme brazo ocupando todo su espacio visual. El gyojin se impulsó en el aire, aprovechando la cercanía del mar para nadar por la humedad ambiental y ascender unos metros. La grandullona le agarró de una pierna y lo estampó contra el destrozo en que se había convertido la playa de guijarros antes de lanzarlo por los aires. Maki giró descontroladamente mientras se sacudía sobre el agua como una piedra lanzada contra un lago. Cuando por fin paró, echó la pota.

Algo estalló cerca de él y salpicó una barbaridad de agua. ¡Le disparaban con los cañones! Genial, más piratas. Los navíos que se acercaban habían decidido pasar a la acción, como si no tuviera ya bastantes problemas. ¿Por qué le había hecho caso a Chispas? Si hubiesen ido allí siguiendo un plan de Maki todo les estaría yendo mucho mejor.

"Vamos, Augustus. El Oficial Makintosh nunca se rinde".

Buceó hacia uno de los barcos. A salvo bajo el agua, usó la portentosa fuerza de su grasa corporal para empujar la quilla de uno de ellos y hacerlo chocar contra otro. Incluso ahí abajo le llegó el sonido de la madera rompiéndose. Se habría alegrado de no ser por el enorme pedrusco que apunto estuvo de aplastarle. ¿Llevaban piedras en el barco? Al parecer no. Cuando asomó la cabeza para ver qué pasaba, otra roca enorme volaba hacia él. Se alejó todo lo que pudo de los barcos dañados y solo se giró para presenciar con alarma cómo la gorila musculosa saltaba a por él. ¡Desde la orilla! "Vaya bote...".

Maki le lanzó un chorro de agua. No debió de hacerle nada, porque le dio un manotazo del revés según aterrizaba sobre un trozo de madera quebrada. Mientras la gorila daba otro salto para subir a un barco, Maki contaba los pájaros que giraban alrededor de su cabeza.

Realmente no se le daba bien luchar de parte de un rey.
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Mensaje por Lance Kashan el Miér 2 Sep 2020 - 12:19

La descarga avanzó con velocidad hacia el objetivo, que adelantó su brazo derecho y con este, su palma. El aire se cortó por un segundo, sonando el estruendo de una granada a la par que se enturbiaba la atmósfera alrededor del señor. Aquel trueno, como si hubiera sido repelido por fuerza bruta —que de hecho, le había sucedido—, se desvió de su trayectoria de tal forma que no tardó en salir disparado hacia el suelo e impactar contra unos pocos desdichados. Una vez levanté la mirada, pues se me había ido con mi propio ataque, vi que el hombre tenía aquel brazo en mal estado, como si los huesos se hubieran quebrado. Era un principio más que básico de la física que todas las acciones tenían una reacción y en este caso él había sufrido su propia fuerza, algo que quedaba muy claro en cuanto se agarraba la extremidad y chasqueaba la lengua, apretando los dientes con crudeza.

— ¿Quizás le faltan trucos, señor? —No era muy dado a presumir mi propia fuerza, ni tampoco hablar demasiado a lo largo del combate, pero con aquel contrincante enfrente era muy distinto. Se le notaba a leguas su carácter: alguien irascible, orgulloso y muy egocéntrico. Aquellas palabras servirían para terminar de calentar su ánimo y nublarle el pensamiento, que estaría lleno de ideas para asesinarme. Él, por su lado, se limitó a sonreír, dejando toda la fila de dientes asomar.

Lo próximo fue llevarse la mano a la cintura y dar un par de saltos más para estar por encima de mí en altura, apareciendo entre sus dedos izquierdos hasta tres tomahawks que no tuvieron obstáculo alguno en ser lanzados en mi dirección. Un silbido acompañó un avance casi instantáneo, pasando dos de ellos bajo mis brazos e impactando en el campo de batalla, dejando varios heridos de su propio bando además de un claro rastro. Por el otro lado, el tercero se dirigía directo a mi cara, por lo que tuve que afilar los reflejos en un intento de esquivarlo moviendo la cabeza hacia la izquierda y sufriendo un ligero corte en el cuello que se taponó enseguida. Mientras tanto, él había sacado otros tres de su espalda, esta vez de un tamaño menor. «¿De dónde surgen…?» medité, reconociendo que todavía no me había fijado en su espalda y creando la posibilidad de que tuviera algún artefacto extraño tras de él. La acción se repitió sin resquicio de duda en su movimiento, teniendo yo que moverme para rodearlo. Se había convertido en una metralleta en un segundo, donde él no paraba de sacar aquellas armas de no sé dónde y lanzarlas, mientras que yo esquivaba sin mucho margen a adelantarme para lanzarle una descarga. Aun así, tuve el suficiente margen de reacción para, esquive tras esquive, generar una masa de electricidad justo sobre él —en el punto ciego, más o menos— que no tardó en descender con velocidad en cuanto tuve la oportunidad, fundiendo parte de su cuerpo y haciendo caer el restante.

Aun así, nada había acabado sino que la guerra se recrudecía; podía haber quitado de en medio a un cabecilla de su grupo, pero unos pocos barcos más se acercaban a la costa y los que habían acampado no tardaron en retomar el fuego. Pude ver de reojo como dos barcos se hundían tras chocar, obligando a sus hombres a lanzarse al agua y tratar de nadar hasta la costa, pero no pude seguir la película al ver varias balas frente a mí. Me desmaterialicé, escabulléndome entre unos proyectiles y otros con seguridad mientras acortaba distancias con el suelo, pero parando en seco al notar una onda cortante que iba a pasar justo frente a mí. Me provocó un corte superficial en la frente que se cerró, pero algo me decía que esto solo acababa de empezar. Creé una columna de rayos que cubrió la zona a mi alrededor, haciéndola bajar hasta chocar contra la tierra y desvanecerla junto a varios cadáveres. De ahí parecían venir los ataques, pero el causante me lo quiso dejar claro en cuanto otras dos ondas surgieron desde detrás.


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Mensaje por Maki el Jue 3 Sep 2020 - 13:47

Sentado en el fondo del mar, Maki planeó. Estaba siendo todo muy complicado. Había tenido que sumergirse para evitar más problemas, porque entre la gorila loca y sus piedras y los cañones habían muchas probabilidades ahí arriba de que le hiciesen daño. Los piratas eran siempre tan violentos... Y encima estaban los de la barbacoa, todos esos soldados rebeldes que en cualquier momento podían lanzarse al ataque sobre la ciudad. Pero bueno, estaba tranquilo al respecto; no irían a ningún lado hasta que no hubiesen puesto la ropa a secar. Debía aprovechar ese tiempo para idear algo que los salvara a todos.

Plan número 1: Con una enorme bomba se hace estallar el trozo de isla donde están los malvados y se les declara un reino independiente. Luego se monta una rebelión contra ellos y se les derroca al estilo revolucionario.

"No, eso es muy largo. Bastante tengo ya con mi reino."

Plan número 2: Se atrae a todos los piratas a un puesto de hamburguesas donde reciben una larga charla sobre moralidad y justicia social.

"Y si son vegetarianos ¿qué? Sigue pensando, Augustus":

Plan número 3: Lanzarles una bandada de pájaros hambrientos de carne humana.

"Qué locura. Seguro que se lanzan a por mí el primero."

Al final optó por lo más sencillo: buscar el barco más grande y feo, que sería donde estuviera el jefe de sus enemigos, y hacerle un agujerito. El único problema lo encontraba en poder diferenciar cuál era el que debía atacar. Desde abajo era complicado diferenciar uno de otro. ¿Cuál era el del capitán? Había dos que ya había hecho chocar entre sí, y mucha casualidad sería que estuviera en alguno de ellos, ¿no? Los dejaría para el final. De entre los cuatro que quedaban, apenas podía adivinar diferencia alguna. Tras pensárselo un rato llegó a la conclusión de que no había manera.

Mejor atacaría al que tenía patas.

Era hipnótico ver cómo pataleaba, avanzando poco a poco hacia la isla con esas patas gordas y grises. No estaban hechas de madera, lo cual era raro, pero no sería él quien cuestionase lo que era normal o no. Se coló entre ellas, se acercó a la quilla y se pegó a ella como una lapa. Entonces le dio un cabezazo. Creía que con eso bastaría para abrir un agujero y acabar con la amenaza pirata, pero no había manera. Era muy resistente. De hecho, se había vuelto gris también. Qué raro, casi parecía que en vez de madera fuese un sofá de piel buena.

De repente se encontró fuera del agua. ¿Cómo estaba pasando eso? Las patas del barco caminaban por tierra, levantando su grueso cuerpo. Maki se soltó por miedo a que le cayese encima y vio cómo la... cosa avanzaba por la playa hacia el campamento de los rebeldes. La proa del barco se transformó en una enorme cabeza de hipopótamo que lanzó a Maki una mirada que le heló la sangre. Esa cosa tenía una boca tan grande que podría comerse a cincuenta como él. En lo alto del hipopótamo se veían a los tripulantes, algunos de ellos asomados por la borda. Algunos de ellos bajaron a tierra de un salto. Parecían fuertes. ¿Cuál sería el capitán? Supuso que ya daba igual, porque ya no podía hundir su barco.

-Tendré que vencerlo directamente -se dijo en voz alta para animarse.

Tan solo le faltaba saber cómo hacerlo.
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Mensaje por Lance Kashan el Jue 3 Sep 2020 - 19:07

Llevé esta vez la vista hacia atrás, buscando el supuesto origen de la onda cortante, encontrándome con que allí no había nada. Exceptuando decenas de mequetrefes que, por el mero aura que dejaban entrever con el haki de observación, difícilmente podrían ser los causantes de un ataque así. Noté con el mismo sentido un par de peligros acercándose desde arriba y me apresuré a avanzar horizontalmente de forma aleatoria, aprovechando que en la costa el relieve era escaso sino nulo. Mi mente, en vista de los gritos que profería el propio mantra, terminó por nublarse: según este, cerca de una decena me rodearían en cuestión de segundos. Suspiré, tragando saliva y desapareciendo de aquel punto hasta aparecer en otro bastante distante, todo gracias a mi velocidad máxima. Me era complicado mantenerla de forma efectiva hasta cierto punto —siendo consciente de todo lo que me rodeaba—, pero como un acelerón era una táctica tremendamente efectiva.

Aun así, esquivando y huyendo no llegaría muy lejos en un campo de batalla. Bueno, literalmente sí que sería así, pero cuando mi objetivo era mermar sus números y en un término final vencerlos… Me tocaba ponerme manos a la obra o las distancias entre mí y mi objetivo aumentarían a cada instante. Forcé a mi propio haki, sumándolo a mi electricidad como radar, a expandirse lo máximo posible, tratando de detectar las intenciones de todos los presentes. Como era obvio, todo el suelo se veía ahogado por unas ansias asesinas, de venganza y de desidia puras, pero yo buscaba algo distinto. Lo típico, por más que pudiera ser molesto hasta cierto punto, no dejaba de serlo. Buscaba una presentación de aquello que realmente valiera la pena, que distase de lo que veía en cada encargo y no tardé en encontrarlo: alguien estaba repleto de una confianza y una energía que hasta a mí me tentaba a empezar a moverme. Estaban tiznadas ambas de una extraña diversión, que tembló en el momento en el que otras tres ondas se dirigieron hacia mí. «Tenemos persona, entonces…» me dije para mis adentros en el instante en el que el mantra me pudo dar la ubicación aproximada del causante de tantos ataques.

Llevé mis ojos a aquella dirección, encontrándome una postal digna de fotografía: hasta dos docenas de tripulantes cabalgaban un hipopótamo de dimensiones absurdas, que a su vez acortaba distancias con la playa. Fuera de la forma que fuera, aquellos que tenían a un animal como mascota y montura, eran piratas de la misma banda que los ya derrotados. ¿Por qué? Bueno, aquel mástil con bandera negra estaba clavado en el lomo del animal, que parecía no estar preocupado en lo más mínimo y se movía con la velocidad tranquila de uno de sus congéneres. Aunque, para ser justos, la distancia que cubría cada paso distaba mucho de la de un mamífero normal y corriente. Dejando de lado el peligro, arriba de él paseaban hasta tres personas. Eran casi veinte, a lo mejor algo más, pero solo eran visibles aquel trío. O quizás era más correcto asumir que la atención quedaba atrapada en ellos tres, siendo invisibles el resto por su mediocridad.

A la izquierda, sobre la cabeza, reposaba una mujer bastante musculada de pelo castaño y gran altura, asemejándose a una semi-gigante, que, cruzada de piernas y de ojos cerrados, no perdía su equilibrio con cada paso. Aquella guja a su espalda me daba una ligera idea de cómo pelearía, pero los dos chiquillos a su espalda eran realmente comunes en la comparación. Algo me decía que no les quitase los ojos de encima, esencialmente porque el más bajito era el causante de los ataques, pero cualquier infante en la guerra guardaba más de un as bajo la manga. De todas formas, ambos eran diminutos, acercándose más al metro que a los dos, teniendo el pelo rubio y los ojos del mismo tono. Finos y delicados, ambos portaban una especie de guadañas, aunque con claras fracturas a lo largo de estas y un par de cambios estructurales que alejaban a las armas de la normalidad.

En vista de la tranquilidad que la chica presentaba, contrastando con las ganas de juego de los otros dos, estaba claro quién era el objetivo principal. Esquivé la última tanda de amenazas de amputación y muerte y me quedé estático en el aire, tomando el francotirador de mi espalda y apuntando a la frente del inmóvil rubio. Apreté el gatillo, pero la bala salió completamente desviada: el cañón de mi arma había sido cortado y caía hasta la batalla. Acelerando, lo tomé, pegándolo al todo y fijándome de nuevo por la mira pude ver como el chiquillo esgrimía una sonrisa. Era obvio que aquellos tajos tenían truco, teniendo en cuenta que no se había movido desde que lo vi.


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Mensaje por Maki el Sáb 5 Sep 2020 - 19:23

Con lo bien que estaba Maki en el palacio oyendo despotricar a su mujer sobre la grieta que le había hecho a ese jarrón tan caro... Pero no, había tenido que meterse en los asuntos de Terrel. Otra vez. En ese momento, rodeado de piratas, soldados y unos nubarrones con pinta de señor cabreado, se preguntaba si no sería mejor tomarse aunque fuera unas semanitas de vacaciones. Aunque se suponía que las vacaciones se las iba a tomar en Terrel. Vaya faena. El drama le perseguía, como de costumbre. Qué cruel don le había dado el destino.

Unos cuantos piratas habían desembarcado. ¿Deshipopomado? Bueno, que habían bajado al suelo desde esa cosa rara que montaban. Ninguno tenía pinta de jefe, lo cual podía ser bueno o malo, no lo tenía muy claro. Por un lado, igual era mejor que el más fuerte de allí no le prestase mucha atención, pero por otra parte implicaba que le estaría esperando después.

-Que fea es la gente de esta isla, ¿no? -dijo uno de ellos plantándose frente a Maki. Se peinaba con una larga cresta roja y llevaba tatuajes esparcidos por todas partes-. ¿Bastian, este es de los nuestros o tenemos que matarlo?

Otro le respondió, rubio, muy alto y con la barba trenzada hasta rozar el suelo.

-¿Te parece la clase de gente que nadie querría en su reino?

-Supongo que no.

El de la cresta se encogió de hombros y saltó sobre Maki. El gyojin recibió una patada directamente en el pecho, pero el poder de su carne blandita le ayudó a soportarlo sin quejas. Incluso devolvió el golpe, agarrándolo por el tobillo, alzándolo por encima de su hombro y estrellándolo violentamente contra el suelo. Eso debió de sorprenderle, porque pasó un segundo antes de que se levantase de un salto y le escupiese una serpiente. Por suerte Maki no temía a las serpientes desde que había descubierto su sabor a pollo. No tuvo más que cogerla del cuello y tirarla al agua, donde podría nadar libre y... Ah, no, se moría.

-¿Llevabas eso ahí dentro todo el rato? -preguntó, curioso.

-Soy un hombre-zoo, pez. Mi cuerpo se convierte en animales y... No sé por qué te doy explicaciones.

Un puñal salió de su manga y un instante después ya estaba rozando la nariz de Maki. Otra vez su nariz, qué plastas...El aguerrido oficial de su interior tomó el mando y, tomando también una piedra del suelo, la hizo chocar contra el arma, partiéndola. Luego recibió un puñetazo en el estómago, pero en lugar de vomitar como habría hecho en otros tiempos respondió agarrando al pirata de la cresta.

-¡Zoo Zoo Elephant! -exclamó.

Maki nunca había entendido por qué la gente gritaba lo que iba a hacer antes de hacerlo, porque eso le dio el tiempo justo para apartarse antes de que el brazo izquierdo del pirata se convirtiera en un elefante -que curiosamente conservaba los tatuajes- y se desgajara de él para embestir al gyojin. Le dio un empujón y lo derribó. Le supo mal, porque los animales de tierra daban bastante lástima, con todo ese rollo de ser peludos y pasar calor, pero no quedaba otra. Dejó al elefante ahí tirado y lanzó un derechazo al humano. Lo encajó el poderoso tórax de un gorila. El animal salió de él de inmediato y se echó sobre Maki bramando de furia.

¡No me comas!

Apartó con fuerza al animal y vio con horror como la otra gorila más fea y más peligrosa aparecía de un salto frente a él. ¿Es que no se cansaban nunca? Odiaba admitirlo, pero era hora de una retirada estratégica para salvar el pellejo. Como bien decía el lema de los Centellas: "Una huida a tiempo es más barata que una cara nueva". Así que llamó a voces a su compañero para avisarle de que iba siendo hora de irse. Su ataque descabellado y sin plan había fallado por motivos que no lograba comprender.

-¡Chispas, vámonos!

Lástima no tener un cuerno o una trompeta para poder dar órdenes en el campo de batalla. Por suerte, a él siempre se le oía. Embistió con el hombro al pirata de la cresta y corrió hacia el mar. El rubio se interpuso frente a él con un tambor enorme y una baqueta a juego. Lo tocó y una onda sonora empujó al gyojin hacia atrás, a los brazos de la bola de músculos, que lo estrujó con fuerza.

-Te pillé.

Empezó a apretar y apretar. De seguir así acabaría partiendo al pobre Augustus como a una galletita. Suerte que la viscosidad de su piel jugó a su favor. Igual que un globo mojado, se escurrió del agarre de la pirata y salió despedido hacia arriba. Entonces aprovechó para nadar por el aire y dejarse caer en el mar, agotado.

Iban a tener difícil defender esa condenada isla.
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