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Mensaje por Goiro Hedge Lun 31 Ago 2020 - 3:07

La llama del candil bailaba mientras iluminaba tenuemente el manuscrito que Goiro tenía frente a él. Era uno particularmente voluminoso, pero su escaso interés por socializar con el resto de gladiadores del Coliseo de Turvolt le proporcionaba el tiempo necesario para leerlo y estudiarlo con todo detenimiento.

Aquél en concreto era un manifiesto especialmente denso que versaba sobre una lengua olvidada tiempo atrás: el nulipanto. Lo cierto era que aquella gramática resultaba demasiado compleja para él, pero sabía a la perfección que si desistía jamás llegaría a dominarla. El tiempo y la paciencia eran sus únicos aliados. Siempre lo habían sido, desde que fuese acogido por los gladiadores, y siempre lo sería.

El chirrido de los goznes de la puerta al moverse atrajo su atención, sacándole del mundo de letras que se resistía a dejarse escrutar por su mente ávida de conocimiento.

―¿No es un poco tarde para que sigas liado con eso? ―preguntó Askiez desde la entrada de su celda.

Había quien decía que el veterano encargado del mantenimiento de la arena estaba allí desde antes de que la estructura se edificase. Habladurías, por supuesto, pero aquello daba una idea de cuánto tiempo llevaba allí el anciano, de que había consagrado su vida al hogar de la sangre, el miedo y las lágrimas.

Askiez no tenía familia. Nunca la había tenido y ya estaba demasiado mayor como para pensar en tener una… No al menos familia de sangre, pues, según él mismo afirmaba con rotundidad y una gran sonrisa, cada uno de los luchadores pasaba a ser su hijo en cuanto ponía un pie en su terreno. El viejo lloraba con cada muerte y suspiraba con cada perdón; reía con cada broma y, lo más importante, hacía más fácil la vida de los moradores del coliseo.

Los miembros de la Legión de Lancaster eran aguerridos guerreros, pero hasta el corazón más duro alberga anhelos, deseos y aficiones. Askiez, con el velado beneplácito del propio Lancaster y sus secuaces, conseguía lo que los guerreros necesitaban para hacer de su vida algo más que un mero espectáculo tan sórdido como atractivo. Para Goiro, evidentemente, era el encargado de adquirir los libros que devoraba.

―Éste ha sido especialmente difícil de encontrar ―susurró al tiempo que arrojaba un nuevo volumen sobre su camastro―. ¡Si ni siquiera has llegado a la mitad de ése! ―se quejó al reparar en los lentos avances que hacía el mink―. Y tienes ahí por lo menos seis más… Bueno, como prefieras, pero deberías irte a dormir.

―Sí. Muchas gracias, Askiez ―musitó el puercoespín, tan parco en palabras como siempre.

Era un mecanismo de defensa que había concebido involuntariamente mucho tiempo atrás, cuando se dio cuenta de que ver su profesión como algo más que eso podría arrastrarle a un profundo foso. No intimaba con sus compañeros, veteranos o recién llegados, pues no sabía cuánto faltaría hasta que le tocase enfrentarse a ellos bajo el oro del albero y el tenaz abrazo del sol. No obstante, en ocasiones como aquélla, con Askiez como interlocutor, se lamentaba de no ser capaz de mostrarse más prolijo.

El viejo se marchó tras dedicarle una última mirada, y su cadera crujió casi tanto como la propia puerta. Goiro no sabía cuánto tiempo le quedaba en el coliseo, pero era consciente de que el veterano habitante del mismo tampoco disponía de mucho. Las condiciones bajo las que se vivía en las catacumbas de la antigua construcción no eran apropiadas para nadie, mucho menos para alguien tan entrado en años. Aun así, esperaba tener margen para abrirse a él en algún momento y que él hiciese lo propio.

Lo cierto era que el nombre de Goiro comenzaba a hacerse bastante popular en Turvolt, no así él como individuo. La figura de un monstruo que recordaba a un puercoespín, ágil y letal como una serpiente, resultaba atractiva para cualquiera que llenase su tiempo libre con sangre. Pese a ello, fuera de la arena no dejaba de ser un paria, un bicho raro que provocaba que las madres tapasen los ojos de sus hijos. Treinta y siete victorias pesaban ya sobre sus espaldas. Y sí, pesar era la palabra más adecuada. No había otra forma de definir al hecho de seguir vivo por, en la mayoría de ocasiones, arrebatar la vida a otra persona. En algunas ocasiones sus rivales se habían desenvuelto lo suficientemente bien como para que se les perdonase la vida, pero por desgracia esas veces constituían una minoría.

Por mucho que nublase su conciencia cada vez que entraba en la arena con sus gladius, los gritos y las miradas suplicantes de sus deportivas víctimas acudían noche tras noche a visitarle. Le recriminaban sin descanso lo que había hecho con ellos, obligándole a preguntarse desde su subconsciente si no sería mejor haber caído él.

Sacudió la cabeza, obligándose a despejar cualquier duda de su mente. Ya le atormentaban lo suficiente en sueños; dejar que lo hiciesen también durante la vigilia era el peor error que podía cometer en aquella etapa de su vida. Algún día conseguiría la libertad, y sería entonces cuando se diese la vuelta para enfrentarse a su pasado. Mientras tanto sólo podía subsistir.

Centró su atención de nuevo sobre el nulipanto, pero su atención se esforzaba por eludir el papel amarillento para divagar en un universo de supuestos y vidas alternativas que le hubiese gustado tener. En todas ellas no estaba solo, pero por desgracia nada podía hacer al respecto.

Cerró el tomo con un movimiento seco, sumergiendo a continuación la celda en la más absoluta oscuridad antes de tumbarse en el catre. El día siguiente tendría que levantarse incluso más pronto de lo normal, antes de que el sol amenazase con salir siquiera. Numerosos rumores circulaban por las catacumbas. Goiro era ajeno a la mayoría de ellos, pues no le interesaban lo más mínimo, pero no había podido evitar enterarse de aquél. Según decían, antes del alba llegaría un nuevo grupo de gladiadores destinados a engrosar las filas de la Legión de Lancaster.
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Mensaje por Prometeo Mar 1 Sep 2020 - 6:25

El sol ardiente les castigaba desde lo alto del cielo, mientras que el árido viento les golpeaba desde este a oeste. Estaban formados en el patio principal de una de las sedes secretas del Ejército Revolucionario, una finca en mitad de la nada. Había vuelto hacía poco tras realizar con éxito la misión junto a Nassor. Quería regresar con la doctora Weidenberg, pero los oficiales aún tenían trabajo para él. Algunos le llamaban la esperanza de la revolución; otros, el novato del año. Se había alzado por primera vez entre los carteles de Se busca con una recompensa de más de sesenta millones, siendo declarado un enemigo público del Gobierno Mundial. Ya podía preguntarse la gente qué tanto daño podía hacer alguien que era un cacho de pan, si Prometeo no le hacía nada a nadie.

Había escuchado algo del hombre que estaba de pie frente a ellos, un tipo tan alto y robusto como una montaña. Algunos le consideraban una leyenda viviente, un héroe que se alzó victorioso de la muerte. Era imponente y su presencia resultaba vigorosa, pero no tanto como la del señor Gelatina. Prometeo dudaba que hubiera un mejor revolucionario que Augustus Makintosh. Como sea, el comandante habló sobre una isla llamada Turvolt, ubicada a pocos días de viaje. El mismo homúnculo había estado allí hacía unos meses; esperaba que el señor Goiro se encontrase bien, aunque considerando el rubro en el que se manejaba… Bueno, no sabía si lo mejor era albergar esperanza.

En principio la misión parecía sencilla: dar apoyo externo a los revolucionarios infiltrados en la Legión de Lancaster. Como teniente del Ejército Revolucionario tendría que coordinar los movimientos del escuadrón, además de ejercer como médico dentro de la misma casa de gladiadores; nada que fuese extraordinariamente complicado, vaya. El único problema era que el lanista conocía su rostro, pero había pasado un buen tiempo desde la última vez que se vieron… ¿Debía confiar en que Lancaster no le reconocería? Bueno, tampoco era la primera vez que trabajaba como infiltrado, había ganado algo de experiencia en trabajos anteriores y solo debía dar lo mejor de sí mismo, ¿no?

El escuadrón estaba conformado por su amigo y mano derecha, Nick, el navegante que conoció en los sucesos de la Gran Ruta. También estaba Ronny, un revolucionario que se unió poco tiempo después al Vapor Justice; decía ser bueno con cerraduras y todo tipo de trabajos ilegales. Era un muchacho al que le gustaba compartir su alegría con el resto, haciendo reír a la gente y sacando de sus casillas al pobre de Nick. Que si las bromas cuando estaba durmiendo, que no tiraba la cadena del váter, que si le ponía picante a los huevos del navegante… Toda una obra maravillosa, la verdad.

—Regresaremos a Turvolt, ¿estás segura de que estás bien? —le preguntó a Luna, la mujer con la que había abandonado la isla luego del asalto a la casa de Lancaster.

—Quiero creer que sí… Ese lugar me trae malos recuerdos, pero me gustaría hacer algo por toda la gente a la que he dejado atrás —contestó mientras la brisa marina mecía sus cabellos negros—. ¿Y tú estás bien? ¿Aún no has sabido nada del comandante Alain?

Prometeo negó con la cabeza.

—Tanto el comandante como Katsu siguen desaparecidos, pero estoy seguro de que están vivos. Debería dar un argumento que goce de lógica, sin embargo, no lo tengo… Es solo una corazonada, sé que ambos están bien en algún lugar —contestó, mirando en dirección al Archipiélago Shabaody. Podía tener mala orientación, pero de alguna manera sentía que siempre miraba en la dirección correcta cuando pensaba en sus amigos, en el lugar en el que los abandonó.

—¡Chicos, en un día y medio estaremos en las costas de Turvolt! El Vapor Justice es una de las máquinas más rápidas de todos los mares, eso lo puedo asegurar —anunció Nick desde la cabina tan animado como siempre mientras se fumaba un cigarrillo.

Esa misma tarde partió con una pregunta en mente: ¿estaría bien el señor Goiro? Había un vasto mundo por mostrarle, un camino sin cadenas que enseñarle, una mano amistosa que ofrecerle. No lo había dicho explícitamente, pero se lo había prometido, ¿no?
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Mensaje por Goiro Hedge Jue 3 Sep 2020 - 4:33

Recto como una estaca, Goiro formaba en la arena junto al resto de gladiadores de la Legión de Lancaster. Ellos no conformaban la única compañía que moraba en sus profundidades, pero los dos gladiadores más relevantes del coliseo pertenecían a la misma, por lo que se permitía a Lancaster tomarse ciertas licencias. Recibir a sus nuevas adquisiciones en la arena era una de ellas, por supuesto.

La fama de la bestia tapizada de púas había crecido en los últimos tiempos, colocándole como el segundo gladiador con más triunfos. El que ocupaba el primer lugar hasta hacía unas semanas había caído a manos del orgullo de Lancaster: Croixe. Croixe era una estatua hecha hombre. Con más de dos metros y medio de altura y una musculatura que nada envidiaba a la de un pura sangre, casi ocultaba a Goiro con su sombra. De hecho, fue el hombre de color el primer gladiador con el que el carro que transportaba a los nuevos gladiadores se topó. Croixe había experimentado un ascenso meteórico, colocándose en primera posición tras atesorar tres victorias más que el mink.

El único motivo por el que Goiro no despreciaba del todo su ascenso en la jerarquía de la muerte lúdica era el trato que recibía. Ostentar una posición tan privilegiada en las catacumbas del ocio cruel permitía que obtuviese más libros, más extraños y con más facilidad. Askiez había tenido que dejar que recurrir a según qué fuentes y contactos para proporcionarle los manuscritos que tanto le gustaban.

El carro se detuvo y la jaula que transportaba fue abierta. Del interior de la misma salió media docena de hombres. Algunos eran aperitivos de manual: famélicos, asustados y nerviosos. Sus ojos buscaban una ruta de escape pese a que sus manos y pies estuviesen firmemente apresados por gruesas cadenas de metal. Ya aprenderían.

―Mis queridos nuevos amigos ―dijo Lancaster, que en todo momento había estado en el centro de la arena―, bienvenidos al coliseo de Turvolt, el lugar donde alcanzaréis la gloria, donde el pueblo os aclamará como sus héroes. Luchad para que vuestros nombres pasen a formar parte de la historia, para que se erijan estatuas en vuestro honor y que éstas sean contempladas por los nietos y bisnietos de los críos que vendrán a veros y aclamaros.

Goiro no escuchaba lo que decía el esclavista, pues sus ojos se habían detenido sobre uno de los nuevos gladiadores. Dejando a un lado a los tres aperitivos, término que Lancaster empleaba para referirse a los luchadores poco habilidosos que enfrentaban a bestias u gladiadores reconocidos para deleite del público, se podía distinguir a dos varones jóvenes y fuertes que podrían tener potencial y, mucho más curioso, un veterano guerrero que estaba completamente calmado. Este último no prestaba atención a su nuevo amo, sino que escrutaba los rostros de los diez gladiadores más prestigiosos de la Legión de Lancaster. La mirada del puercoespín y la del hombre se cruzaron y, en un gesto tan extraño para el mink que no pudo evitar una mueca de sorpresa, sonrió. Era una sonrisa sincera y cálida, acompañada de unos ojos entrecerrados y algunas arrugas en torno a los mismos.
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Mensaje por Prometeo Lun 7 Sep 2020 - 1:07

El puerto de Turvolt, una de las zonas comerciales más importantes de la ciudad, concentraba un gran número de gente. Los vendedores anunciaban a viva voz sus productos, aunque ninguno de ellos llamaba la atención del revolucionario. Iba con el dinero justo, la verdad. Compraría los suministros necesarios para subsistir durante las semanas próximas (alimentos, prendas, medicinas, ese tipo de cosas). El navegante del Vapor Justice, por otra parte, se encargó de que el barco fuese irreconocible. Había pintado el armazón del pequeño navío y ocultó el nombre del mismo, colocando una enorme pegatina con unas letras feas y poco creativas.

—Parece que pronto habrá mercancía nueva para goce de los lanistas —comentó la mujer de cabellos negros, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño al ver los esclavos encadenados que bajaban de un barco de madera—. Es probable que la mayoría de ellos acabe en un ludus de mierda y encuentre una muerte temprana.

—Propongo que hagamos nuestro primer acto revolucionario aquí y ahora. Liberémoslos —dijo Ronny, sacándose un moco de la nariz, el mismo que pegó en la túnica de un hombre que pasaba por ahí—. ¡Por la Causa! —gritó y entonces corrió hacia los esclavistas, pero Prometeo le cogió del cuello de la camiseta antes de que avanzase más.

—¿Llegaste tarde al reparto de cerebros o definitivamente pensar no es lo tuyo? —le preguntó Luna claramente molesta—. Antes de que consigamos cortar esas malditas cadenas tendremos una veintena de guardias bien armados y entrenados. Me niego a morir en este jodido puerto.

—Los liberaremos, pero este no es el momento —dijo Prometeo sin ninguna emoción en la voz. Tampoco hacía falta hacer un análisis para darse cuenta de que la idea de Ronny era pésima—. Primero encontraremos un lugar donde quedarnos y estar seguros, entonces compraremos artículos de primera necesidad y comenzaremos a reunir información. Les recuerdo que es sustancial mantener un perfil bajo y no llamar la atención de las autoridades locales.

El revolucionario dio la orden y el grupo comenzó a caminar hacia el centro de la ciudad sin ninguna prisa. Vestían túnicas de distintos colores para encajar con la gente local, y ninguno llevaba ningún objeto que entonase demasiado. Las calles principales, por otra parte, eran anchas y muy concurridas. En los costados había grandes edificios de piedra y techos rojos. La gente iba de allá para acá, arrastrando consigo el nauseabundo olor de la falta de higiene y salubridad. La cultura de Turvolt carecía de estándares modernos esperables en la mayoría de los países, pero, si a los ciudadanos les fascinaba la idea de ver pelear a muerte a dos hombres, tampoco podía pedir demasiado.

Luego de hacer un par de preguntas los revolucionarios encontraron una casa modesta ubicada en las cercanías del mercado central. Se ubicaba en toda una esquina, intersección entre dos calles importantes. Prometeo había elegido el edificio por su posición estratégica en caso de que necesitasen una huida rápida. El patio trasero tenía un muro de unos pocos metros que colindaba con un callejón estrecho. El balcón de la cara norte tenía unas vistas impresionantes hacia la plaza, lugar donde se celebraban numerosos eventos. Sin embargo, lo fundamental era la cercanía que tenía con la Arena de Turvolt, lugar donde el señor Goiro había estado una infinidad de veces.

La casa de piedra contaba con tres niveles, y el primero de ello servía para las dependencias “comunes”, como la sala de estar que una ínfima sección de la población podía permitirse. Estaban los baños, el comedor y la cocina, además del acceso al patio interior. Las habitaciones se hallaban tanto en el segundo como en el tercer nivel, y Prometeo se había quedado en este último. Habilitó una habitación donde se realizarían todas las reuniones, aquella que tenía un acceso inmediato al callejón trasero.

—Nick y Ronny se encargarán del reconocimiento y la exploración de la ciudad, elaborarán un mapa detallado con las zonas estratégicas, ¿de acuerdo? —Los chicos asintieron mientras el homúnculo daba las órdenes. Poco a poco se acostumbraba al cargo de líder—. Luna, ¿puedes ocuparte de mantener contacto con los bajos fondos de Turvolt? Cuanta más información tengamos, mejor.

—Cuenta conmigo, sé exactamente dónde debo ir. Los gladiadores que no tienen demasiada suerte en la arena, pero que aun así acaban vivos, son enviados a las “peleas clandestinas”. En esos lugares se reúne gente peligrosa e importante a partes iguales; algo podré rescatar.

—Perfecto. Yo partiré al ludus; debo hacer de médico y mantener con vida a nuestro “objetivo”.
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Mensaje por Goiro Hedge Jue 10 Sep 2020 - 5:01

―Tú, prueba al viejo ―dijo el matón de Lancaster, señalando con su látigo al más veterano entre los nuevos miembros de la Legión de Lancaster. El hombre aguardaba sentado sobre la arena del coliseo, mientras que el resto de sus compañeros ya habían sido asignados a algún gladiador que, en la mayoría de ocasiones, los aplastaba sin ningún tipo de compasión.

Veterano era una palabra adecuada para referirse a aquel hombre, pero estaba muy lejos de ser viejo. Tenía la constitución de quien ha estado en incontables batallas y el paso del tiempo comenzaba a surcar su rostro. Las arrugas de expresión se podían distinguir a la perfección en su frente y junto a sus ojos, pero aún exhibía el porte de alguien dispuesto a plantar cara.

Él también escuchó la indicación, por supuesto, así que se levantó y asió la falcata que había seleccionado como arma. No tomó escudo ni elemento defensivo alguno. El mink se situó frente a él, desenvainando sus dos gladius y adoptando la postura con la que daba comienzo a todos y cada uno de sus combates. La mirada del sujeto transmitía una serena calma que llegaba a resultar perturbadora, como si tuviese cosas mucho más importantes que hacer que estar allí, como si algún menester reclamase su atención y aquello no fuese más que un molesto y necesario trámite.

Fue el puercoespín quien tomó la iniciativa, encadenando una serie de cortes que el hombre esquivó o bloqueó sin aparente dificultad. Sus movimientos eran toscos, no tan fluidos como los del mink, pero mucho más eficientes. Aquellos que no quería evadir los frenaba sin más, y es que esa condenada espada presentaba mayor solidez que una columna de hormigón.

Goiro apretó los dientes, sorprendido y frustrado a partes iguales, y reanudó la ofensiva. El duelo se prolongó durante varios minutos, atrayendo las miradas de todos los presentes. Todos los nuevos habían sido humillados, pero aquel misterioso desconocido estaba vapuleando al segundo gladiador con más victorias en su haber de todo el coliseo. ¿Quién era?

Y entonces cayó; un golpe descendente lanzado con la naturalidad de quien prepara la comida se cernió sobre él. Ni siquiera flexionó las rodillas, pero la espada brilló como nunca a la luz del sol antes de vencer por completo la resistencia que oponía el animal. Había interpuesto ambos sables formando una cruz para transmitirles toda la fuerza de su empuje, pero la sensación que mejor describía lo que acababa de suceder era "atropello".

El silencio se hizo con la arena, deslizándose entre los pies de los presentes para subir por sus cuerpos y amordazar sus gargantas. No estaba herido, pero aquel hombre le había derrotado sin dificultad alguna. Dudaba que cualquier gladiador tuviese la menor opción en batalla ante él. Estaba seguro de que los hombres de Lancaster serían incapaces de rivalizar con él en el manejo de las armas de filo. Entonces, ¿cómo había ido a parar a un lugar como aquél?

Goiro se encontraba sumido en sus cavilaciones cuando el tipo le tendió la mano para ayudarle a incorporarse. Tuvo que pensárselo varios segundos antes de aceptar su ofrecimiento, pero finalmente lo hizo. El nuevo gladiador le tendió sus gladius y volvió a sentarse en la posición que había estado ocupando antes de que les ordenasen enfrentarse. «¿Pero qué...?¿Quién eres?», se preguntó.
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Mensaje por Prometeo Lun 14 Sep 2020 - 5:42

La capucha era lo único que ocultaba su rostro y evitaba que lo reconociesen por donde caminaba, siguiendo los cúmulos de gente. Todo parecía ir viento en popa, pronto estaría frente a las puertas del ludus y se presentaría ante el señor Lancaster como el nuevo doctor. Sin embargo, se le pasó por alto un detalle muy importante: ¡¿Cómo se suponía que ÉL iba a llegar por su cuenta?! Vale, entendía que solo tenía que seguir derecho y, luego de seis cuadras, girar hacia la derecha, subir las escaleras y voilá. Entonces, ¿qué hacía en un callejón frente a una pared llena de garabatos y obscenidades? ¡Y encima estaba rodeado de gente poco amistosa!

—Deja el maletín en el suelo y no te haremos daño —dijo uno de ellos, un hombre delgado con un rostro esculpido por el paso del tiempo. Amenazaba al revolucionario con una pequeña navaja.

—¿Hm? ¿Por qué me está pidiendo que deje el maletín? —preguntó, confundido y rascándose la cabeza.

—¿Qué cojones…? ¡Te estamos robando, cabeza de cebolla! ¡Robando! ¡¿Ves esto?! Sí, capullo, es una navaja y créeme que la se usar muy bien —respondió el viejo, enfadado e indignado—. Hoy desperté con los huevos bien santos, pensé en ser bueno contigo porque te ves medio tarado, solo iba a quitarte el maletín y ya, pero no colaboras. Quítate la túnica, te irás de aquí en pelotas.

—¿Es usted un acosador sexual? —le preguntó el homúnculo con el ceño fruncido, recordando esa escena en donde, junto al señor Gelatina, rescataron a una “trabajadora sexual” de un hombre que se estaba sobrepasando con ella.

—¿Qué? ¡No, claro que no! No te me vengas a hacer el guapo, mírate la cara de culo y el pelo de cebolla ese que llevas. ¡Dame tus cosas, caraculo!

—No —se limitó a decir.

—¡¿Cómo que no?! ¡AAAAH! ¡ME ENFERMAS!

El asaltante hizo un chiflido y los hombres que le acompañaban se lanzaron primero. Uno de ellos, un tipo de cuarenta y pico años tan gordo como cierto cazarrecompensas de mala reputación, llevaba una pala a modo de arma, mientras que su compañero, un señorito delgadito y jovencito, usaba… ¿Por qué tenía una espátula de cocina? Prometeo esquivó sin dificultades la estampida del gordo y se hizo a un lado cuando el chico quiso golpearle en la cabeza. No entendía nada. Primero, querían sus cosas; luego, le atacaban. Espera, esa conducta agresiva la había leído en un libro…

—¡Me están atracando! —dijo entonces Prometeo tan sorprendido que sus ojos se abrieron como platos.

—Nah, ¿cómo te diste cuenta? ¡Eres un genio, cebolleta, un puto genio! —se burló el hombre de la navaja—. Te lo pediré una última vez: deja tus malditas cosas en el suelo, desvístete y lárgate. Mira que estoy siendo gentil contigo, a otro ya le hubiera sacado las malditas tripas con mis manos.

—Lo siento, no puedo dárselas —contestó, firme como una montaña—. ¿Dónde está el ludus de Lancaster? Tengo asuntos con-

—E-E-Espera, ¿h-h-has di-di-dicho La-La-Lancaster? T-Tú n-no tra-trabajarás pa-para él, ¿verdad?

—Hoy es mi primer día como médico. Cuidaré de los gladiadores del señor Lancaster.

El hombre volvió a chiflar y sus supuestos subordinados volvieron.

—¡Chicos, reunión! Los lanistas son gente peligrosa e influyente, no nos metemos con los suyos, ¿recuerdan? —les dijo mientras estaban reunidos en un círculo casi a modo de conversación secreta. Lo que no se dieron cuenta es que Prometeo también se les unió. Él mismo lo dijo, ¿no? «Chicos, reunión»; supuso que también se refería a él—. Disculpémonos y nos vamos de aquí antes de que vengan los guardias, y miren ustedes que el pavo este es médico.

—Sí, estoy de acuerdo, Hayak —mencionó el de la espátula con un tono afeminado y muy suave. Ahora que Prometeo se fijaba mejor… ¿Por qué llevaba el rostro pintado?

—¿Me ayudarán a llegar al ludus del señor Lancaster? —preguntó el revolucionario.

—Sí, claro, ¿por qué…? ¡BUAAAH! ¡¿Qué haces tú aquí?! ¡Espía! ¡Que eres un espía! —gritó el de la navaja, echándose hacia atrás y agitando el arma como un loco.

—¡AGH! ¡Me has cortado! —se quejó el gordo—. ¡Duele, duele, duele!

El revolucionario creó unas cálidas llamas azules con destellos dorados en su mano derecha y se acercó al asaltante. Quedó paralizado de miedo cuando vio que la mano del chico estaba envuelta en fuego, y no hizo nada cuando este la colocó sobre su brazo herido. El corte se cerró en cuestión de segundos, dejando la piel como si nunca hubiese sido dañada.

—¿Qué cojones…? ¡Lo ha sanado! ¡Te ha sanado, Gilbert! ¡Es un Santo, mira que lo es! —dijo Hayak con la boca abierta, revisando el brazo de su compañero por todos lados. Inmediatamente después, los tres se arrodillaron frente a Prometeo—. ¡Oh, señor todopoderoso, perdone nuestras ofensas! ¡No sabíamos que usted es un Santo! ¡Permítanos ayudarle!

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Mensaje por Goiro Hedge Mar 15 Sep 2020 - 5:25

Goiro había perdido la cuenta de cuántas veces se había enfrentado ya al misterioso gladiador que, sin mediar palabra ni revelar tan siquiera su nombre, le derrotaba una y otra vez con una facilidad pasmosa. El mink no encontraba una explicación lógica, pues había intentado vencerle por todos los medios, empleando sus movimientos más elaborados e incluso inventando algunos nuevos que esperaba pudiesen sorprenderle. Aun así, todos sus intentos habían resultado igual de infructuosos. La falcata del desconocido doblegaba sus armas y brazos como si no fuesen más que bebes ante los brazos de sus padres, como si obedeciesen fielmente un deseo de su propietario.

No obstante, esa apreciación plasmada en los diarios del puercoespín, la suerte de obsesión en la que se había tornado el origen de la fortaleza de aquel hombre, había sido lo que le había dado la clave. Mucha observación y mucha arena, muchísima de ambas —incluso un poco de sangre cuando había intentado forzar demasiado sus límites—, le habían permitido apreciar aquel misterioso resplandor. Una suerte de brillo que ibas más allá de la acera, casi divino, que empujaba todas y cada una de las acometidas con las que el veterano guerrero le hacía morder el polvo.

¿Lo más misterioso de todo? Que aquella sensación no era ajena. La hoja de la falcata aullaba según la voluntad de quien la enarbolaba, sólo había que escuchar cómo cortaba el viento y lo amoldaba a su alrededor cual extensión de sí misma. Goiro ya había visto aquello. Más aún: lo había experimentado en sus propias carnes. Había pasado ya algún tiempo de aquello, pero ese impulso básico e instintivo que empujaba a cualquier ser vivo a conservar su bien más preciado le había salvado la vida tiempo atrás. Durante un tiempo había pensado que no podía ser cierto, que aquello debía haber sido un producto de su imaginación y que el sanguinario asaltante que le había querido quitar la vida simplemente había errado. Pero allí, viendo a aquel sujeto tomar esa necesidad vital y hacerla su arma, tenía claro que todo había sido muy real.

El lingüista necesitaba hablar con él, tener unos momentos de intimidad sin guardias que observasen cada paso que daban, que se riesen cada vez que un gladiador perdía un diente, se fracturaba un hueso o simplemente resbalaba. Le urgía conocer más acerca de aquello, que aquel tipo el dijese qué demonios le había sucedido tiempo atrás y, por encima de todo, que le enseñase a sacarlo a la luz como hacía él.

***

—Vamos, bicho, déjalo ya —bramó uno de los hombres de Lancaster.

El resto de gladiadores se habían retirado a descansar con la puesta de sol, pero Goiro continuaba luchando contra aquel sujeto, el cual, sorprendentemente, no había decidido que para él había sido suficiente. El puercoespín no recordaba haberse encontrado en un estado tan lamentable en muchísimo tiempo, probablemente desde que empuñase un gladius por primera vez, pero eso poco le importaba.

La mirada de aquel hombre se había tornado seria ante su insistencia. No era iracunda ni cansada, no había reprimenda en su gesto; simplemente curiosidad y, por qué no, análisis. Le evaluaba con cada estocada que daba, con cada pirueta que hacía y cada vez que rodaba, se secaba la sangre con el dorso de la mano y volvía a la carga. Había sido un espectáculo terriblemente entretenido para los matones del esclavista encubierto, pero el hambre comenzaba a acechar y las prisas se hacían patentes cada vez que el puercoespín se erguía de nuevo.

—Una vez más —susurró antes de abalanzarse de nuevo sobre su oponente, que, de nuevo, se valió de unos movimientos tremendamente precisos para evadir la mayoría de tajos. Como venía siendo habitual, muchos de ellos simplemente los bloqueaba para responder con un poderoso corte, tan potente que parecía haber sido realizado por un imponente mandoble. La bestia estaba extremadamente cansada. Cada respiración le provocaba una punzada de dolor en el costado y podía oír a la perfección el latido de su corazón, como si éste hubiese abandonado su lugar para acudir a su cabeza.

Y el último golpe fue definitivo. Un tajo descendente e inequívocamente reluciente derrumbó de una vez por todas su ya débil defensa. El acero de la falcata cortó en vertical su costado, tirándole sobre la arena y causando que los guardias maldijesen en voz alta, pues tendrían que posponer su comida hasta que dejaran al gladiador caído en la enfermería.
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Mensaje por Prometeo Sáb 19 Sep 2020 - 17:27

—¡Tadá! ¡Aquí está el ludus de Lancaster! —anunció Hayak con un tono cantadito, presentando con los brazos la imponente estructura pétrea que se hallaba en el final de las escaleras. Un muro de varios metros de alto y de un suave color blanco mármol separaba el interior del exterior—. Lo único que debes hacer es hablar con los guardias, cuando les digas que trabajas para ese hombre seguro que te dejarán pasar.

—Muchas gracias, han sido muy generosos conmigo —contestó Prometeo, esbozando una sonrisa amable y olvidando el “malentendido” de antes—. Cuídense, por favor.

—Siempre nos cuidamos, je —dijo el líder, frotándose las manos—. Puedes contar con nosotros para lo que sea, estaremos felices de ayudar a un Santo. ¡Venga, chicos, a trabajar!

Y con trabajar se refería a dejar sin nada a los pobres incautos que aparecían en los callejones de Turvolt, incautos como Prometeo.

Luego de despedirse, el revolucionario se acercó a la entrada principal y allí saludó educadamente a los guardias. Uno de ellos, el de la derecha, era un hombre incluso más alto que Prometeo y muchísimo más fornido. Unos mechones rubios caían por debajo de su casco de metal, la capa color cobre ondeaba suavemente con el paso del tiempo y sus ojos celestes miraban con recelo al albino. Su compañero mantenía unas proporciones similares, aunque no era ni tan alto ni tan robusto. Sin embargo, las varias cicatrices en su rostro lo volvían muy intimidante. ¿Cuán calurosa debía ser la coraza de hierro color bronce que llevaban ambos guardias? A pesar de que hacía mucho calor y de que el sudor caía por sus rostros, los hombres no mostraban atisbo alguno de incomodidad o molestia.

—Así que vienes a ver al señor Lancaster porque, a partir de ahora en adelante, trabajarás para él, ¿no? —dijo el de los mechones rubios—. ¿Te ocupas tú, Marcus?

—Déjamelo a mí, Aurelio. Lo llevaré al despacho del señor Lancaster —respondió su compañero con un tono de voz sombrío, espeluznante e increíblemente profundo como si proviniese de la mismísima ultratumba—. Bien, ¿qué llevas en la maleta?

El guardia inspeccionó las pertenencias de Prometeo y, luego de verificar que no llevase nada peligroso consigo, abrió la reja de hierro y permitió que el muchacho ingresase. De inmediato fue invadido por una sensación de nostalgia, recordaba esas ensangrentadas arenas; allí mismo había peleado hacía tiempo con “La Bestia” de Turvolt. No sabía si le decían así, pero era un apodo apropiado para alguien que distaba de los humanos. Atravesó el extenso corredor, pasó en frente de la piscina (donde estaban tomando un baño varias mujeres desnudas) y acabó en una habitación medianamente grande, bien decorada y perfectamente aromatizada.

En el despacho de Lancaster apenas se sentía el calor infernal de fuera, sobre el escritorio había una infinidad de papeles, pero lo que llamó la atención de Prometeo fue el retrato de un rostro conocido. ¿Se encontraría ya ese hombre en el ludus? En cualquier caso, el revolucionario no debió esperar demasiado tiempo para que apareciese el lanista.

—¿Este es el médico del que me han informado? —le preguntó a Marcus—. Hmm, tu rostro se me hace conocido, muchacho…

—T-Tengo un rostro común, señor —intentó mentir, haciendo más una mueca torpe que una sonrisa fingida—. Pero sí, yo soy el-

—No te estoy preguntando a ti —le interrumpió secamente—, pero como te has apresurado en contestar entonces te apresurarás en ponerte a trabajar. Te ocuparás de mantener vivos a todos mis hombres y, si alguno de ellos muere bajo tus cuidados, tú serás el culpable. Uno de los gladiadores, un idiota demasiado obstinado, resultó herido en el entrenamiento de hoy. Sánale, lo quiero en perfectas condiciones para mañana, ¿entendido? —Prometeo se limitó a asentir, intimidado—. Marcus, llévalo a la enfermería.

El guardia y el revolucionario salieron del despacho tras esa cortísima reunión, y Prometeo se dio cuenta de que ni siquiera tuvo tiempo de presentarse. Se encogió de hombros y siguió en silencio a Marcus. Podían escucharse los quejidos de dolor provenientes de la habitación del fondo, y antes de que el homúnculo entrase para ver de quién se trataba, Marcus le detuvo dándole un pequeño golpecito en el pecho.

—Eres sangre nueva y pareces un chico inocente, bueno, algo que no estamos acostumbrados a ver aquí, así que te daré un consejo, colega. Responde únicamente cuando el señor Lancaster te haga una pregunta, y habla solo cuando él quiera que hables.

—Gracias por compartir tan sabio consejo conmigo, señor Marcus. ¿Allí está la enfermería, entonces? —El guardia asintió con la cabeza—. Vuelvo a darle las gracias.

Arrugó la nariz cuando sintió el nauseabundo olor de la enfermería, una mezcla entre heces, sudor y sangre. Había hombres lastimados siendo atendidos por un anciano de pieles arrugadas, cabellos blancos y sandalias de madera. No hizo ni el intento de girarse cuando Prometeo anunció su entrada. Sin darle demasiada importancia, siguió de largo hasta el paciente que debía atender, llevándose una grata sorpresa: era el mismísimo señor Goiro.

—Buenas, gladiador. Soy Prometeo, sanador de este ludus —se presentó educadamente—. Permítame tratar sus heridas.

Sería eficiente emplear sus habilidades de cirujano, limpiar y coser la herida, pero nada se comparaba a los milagros realizados por sus poderes. Así que, una vez hubo comprobado que no había nadie mirando, generó una cálida llamada celeste con destellos dorados y la acercaría, con el permiso de Goiro, a sus heridas.

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Mensaje por Goiro Hedge Vie 16 Oct 2020 - 13:06

Tal vez no fuese la herida más profunda del mundo, pero si no lo era el motivo era únicamente que el veterano no había querido. La sangre manaba de la carne lacerada sin descanso, aunque no era suficiente como para obligarle a perder la consciencia. Los miembros de seguridad de la Legión de Lancaster me arrojaron sin más sobre una camilla en la enfermería, como si en vez de un ser vivo y un activo importante para el coliseo no fuese más que un saco de patatas.

No eran pocos los luchadores que yacían en los distintos puestos en espera de ser atendidos o aguardando a que los cuidados recibidos surtieran efecto. Los gemidos de dolor, lastimeros y en muchas ocasiones casi agónicos, abarrotaban los oídos del mink mientras éste intentaba evadirse. En su mente sólo cabían pensamientos hacia quien, literalmente, le había humillado en combate sin mayor dificultad. El brillo de su sable no dejaba de acudir una y otra vez a sus ojos, como si realmente pudiese ver y sentir una y otra vez cómo mordía su piel.

No pudo despejar aquellas inquietudes hasta que escuchó una voz vagamente familiar. Volvió el rostro en dirección al lugar del que procedía, encontrando varios biombos sucios que ocultaron su apariencia hasta que por fin se mostró ante él. Guardó silencio mientras Prometeo se presentaba. ¿Acaso no le recordaba? Olvidar lo que aquel hombre había hecho durante el asalto a la cena organizada por Marcus Pultio y Lancaster resultaba imposible, por eso guardó silencio en espera de si algo indicaba que el rubio también le había reconocido.

No sólo había realizado un espectacular despliegue de habilidad y fuerza en el combate contra otros, sino que había vencido al propio puercoespín sin mayores dificultades, incluso conteniéndose:

—Ya sé quién eres —dijo finalmente sin ningún tipo de acritud—. ¿Ya no trabajas como escolta de Pultio? —añadió, confirmándole indirectamente que recordaba todo lo acontecido en el pasado. Más allá de lo antinatural de lo que había presenciado, el mink no tenía la suerte o la desgracia de conocer a demasiadas personas, por lo que por el momento era extraño que no se quedase con una cara nueva. Prometeo no había sido una excepción en ese aspecto.

Y allí volvía a estar. Unas llamas azuladas nacieron del joven y, de forma discreta, comenzaron a sanar su herida a un ritmo insultantemente rápido. Se dejó hacer, pues a la luz de lo sucedido tiempo atrás se sentía en la obligación de concederle cierta confianza. No volvió a abrir la boca. Goiro no era alguien hablador, pero no podía evitar que la duda y la inquisición se reflejase en su rostro. Simplemente aguardó a que Prometeo se explicase.
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