El Juicio final

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Una nueva cabeza [Moderado Nivel 5 - Nameless]

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Mensaje por Therax Palatiard Jue 3 Sep 2020 - 20:29

El murmullo de las olas se extingue al chocar con los listones de madera que conforman la costa de Baristan. La isla entera parece mecerse poco a poco según los caprichos del gran océano del West Blue, como si de un ser vivo se tratase. Las ratas salen de sus escondrijos al caer la noche para, rápidamente, volver a ocultarse en cuanto escuchan un ruido que no les inspira confianza.

Y es que no es de extrañar, pues individuos de la peor calaña circulan por los artificiales puentes de madera que unen las aglomeraciones de restos de naufragios. Las construcciones locales, de dimensiones bastante modestas ante el precario sustento que proporciona el suelo sobre el que se asientan, acogen diversas reuniones cuya naturaleza no sé si querréis conocer... Aunque algo me dice que os lo podréis imaginar.

Sea como sea, los Príncipes de Baristán no están tranquilos últimamente. Los rumores nacen de los callejones astillados y llegan hasta vuestros oídos, pero ¿qué sucede? Hay quien dice que alguno de ellos quiere romper el statu quo y hacerse con el control de la isla, pero por el momento no son más que habladurías. Me ha dicho un pajarito que vosotros también ansiáis mover ficha, pero para eso primero tendréis que reuniros, ¿no?
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Mensaje por William White Dom 13 Sep 2020 - 17:47

Baristan era un lugar peculiar, sin lugar a duda, un curioso pecio de madera a base de restos de navíos se hubiera convertido en un lugar tan prominente en el mar del este por tan solo su privilegiada posición neurálgica. A pesar de ello, sería una mentira el decir que se había establecido allí simplemente por donde se encontraba ubicada, y es que, incluso desde su viaje, cuando aún estaba bajo el ala del gran brujo Abdull, había sentido una fuerza, un aura que lo invitaban a volver cada cierto tiempo.  Este magnetismo que sentía no solo se debía al extraño origen de la isla, ni a la exótica mezcla de culturas, razas e intereses que se agolpaban en sus fumaderos, había algo más, una sensación inefable que había persistido e intensificado a cada regreso.

Aun así, hoy era un día inusual en Baristan, ya que, entre sus siempre ajetreadas calles de marineros y maleantes, bajando una escalera en un pequeño callejón no muy alejado del puerto, se encontraba una puerta que usualmente se encontraba abierta, pero que hoy rezaba con el cartel de cerrado. El cartel de ese local que se mecía al son de la brisa, rezaba con unas letras desgastadas “El té del viajero”.

El local era uno de los tantos fumaderos de opio que había en el distrito portuario, uno de esos que conservaba su estilo de pub irlandés con su barra y mesas circundantes con ese toque tan propio de las tabernas de puerto mercantes, la sala se atendía hacia el fondo como una especie de galería, dejando pasa a una sección de hamacas y camas romanas con mesillas de té arabastianas donde disfrutar de los viajes oníricos que propiciaban la pipa y la cachimba respectivamente. Finalmente había un conjunto de seis salas ocultas tras unas finas telas de seda con mobiliario íntegramente arábigo exportado directamente desde los lejanos desiertos de Arabasta, con una distribución de mullidos cojines de sultán alrededor de una mesa central del mismo estilo con paredes en las que rezaban versos del Corán con diferente caligrafía.

Pero lo realmente importante era las diez figuras que acudirían a ese local ese mismo día. Algunos vendrían envueltos en largas capas y tapando sus conocidos rostros con capuchas, otros más afortunados irían caminando entre la muchedumbre que poblaba las tarimas de las calles que formaban el pecio disfrutando de su anonimato y tal vez otros acudieron disfrazados con máscaras de personas que realmente no eran. Yo en cambio, como buen anfitrión había llegado un par de días antes con propósito de tener todo preparado para el día prometido.

Por ahora solo faltaban cinco de los diez convocados por llegar, siendo estos Reinner, el afamado contrabandista que me había estado pasando información gubernamental en los últimos meses a cambio de información sobre los Vinsmoke, Kaito, también conocido como el señor Black el cual era nuestro especialista en operaciones submarinas, Thyra, una joven promesa que había demostrada de ser capaz de sobrevivir a un mundo como es el de la piratería sin muchos problemas y finalmente Nathan, un mercenario conocido como “El gorrión” que contaba con grandes ambiciones y pocos escrúpulos.

Los que estaban allí reunidos eran Ann, Collins, O’Connell, Binks y Chalmers, conociendo a los tres primeros de mano de Abdull, quien primero me había robado “Legado” para posteriormente tras un duro enfrentamiento adoptarme como un hijo, mientras que los dos últimos los había conocido en Baristan y Pakú respectivamente.

Al primero que conocí del grupo era Collins, el cual era un joven que rondaría los dieciocho. El rubio, que superaba el metro ochenta, tenía una complexión delgada y delicada, lo cual lo hacían ver muy estilizado. Lo más característico del muchacho de ojos morenos era el contraste de esa serenidad que lo caracterizaba en contraposición a de actitud jocosa muy similar a la de un bardo de cuento. El muchacho era un artista excepcional, dominado tanto el violín como la pintura a la perfección desde una temprana edad, aunque lo más interesante del afeminado muchacho eran sus modales para codearse con las altas esferas y su innata habilidad para ejercer como ladrón de guante blanco, no por nada había sido la mano derecha de Abdull durante tanto tiempo, y por ello, uno de mis asociados de mayor confianza.

A la siguiente que más conocía era Ann, una joven artista de Goa de diecinueve años de complexión esbelta que superaba el metro setenta, sacándome apenas unos cinco o seis centímetros. La mujer tenía el pelo corto y ligeramente ondulado, ojos redondos y pequeños con un llamativo iris azul cristalino, y una nariz fina acabada en punta. La joven había forjado los inicios de su carrera musical en los cabarés de los bajos fondos de la Grey Terminal y que poco a poco había conseguido escalar hasta situarse como la cantante preferida de la familia real, actuando como protagonista en operas y musicales de las altas esferas gracias a los tejemanejes de Abdull, había estado influyendo en la agencia política del país a gusto del taimado anciano en los últimos años.

Por otro lado, estaba O’Connell al cual lo había conocido por medio de Abdull hacia casi dos años, aunque no había tenido trato cercano hasta hacía aproximadamente menos de un año y medio. Era un hombre de tez morena y gran porte, ya que rondaba el metro ochenta, lo más característico del moreno era su pelo albino y aquellas gafas de sol que ocultaba sus exóticos ojos rojos que tanto le había estigmatizado. Al contrario que los otros dos, el oficial se había hecho un nombre antes de conocer al viejo del anticuario, siendo el pasado del antiguo oficial de guerra del reino de Noirmount uno de lo más tortuoso e injusto de los cinco allí reunidos. Un hombre que paso de héroe a criminal en su nación por acciones que escapaban a su control, desde entonces, el soldado se había convertido en líder de las fuerzas independientes del norte, un pequeño grupo mercenario compuesto por una treintena de viejos soldados del viejo reino que dirigía con disciplina y estoicidad imperiales.

A su izquierda sentado, se encontraba Billie Inksish, “Binks” para los amigos, era un joven que rondaría la veintena, aunque aparentaba algunos años de más o de menos según hubiera dormido el día anterior. Mediría alrededor del metro setenta y poco, tenía una complexión atlética tirando a escuálida, motivo por el cual la ropa de su talla tendía a quedarle algo holgada. Sus facciones eran abruptas, cuadradas y picudas, sus ojos, grandes, de color caramelo; las cejas, siempre arregladas y el pelo corto castaño. Sus orejas por el contrario eran redondas y lo suficientemente grandes como para que llamaran la atención; su nariz, pequeña pero respingona; sus labios anaranjados, tan gruesos como los de un moreno; sus dientes blancos, con los paletos algo separados asemejándose a un conejo. Él había sido un viejo marinero el cual debido a su mal hacer en los juegos de cartas y a su antigua adicción a la heroína, se había visto truncado su sueño de convertirse en un biólogo y aventurero de prestigio. Pero un hombre que había conseguido cambiar su estrella desde la noche que lo había conocido al borde de un ático, ya que, a los pocos meses, se acabó convirtiéndose en un asesor de confianza para los asuntos de navegación y las rutas comerciales de opio se refería.

Por último, estaba el hombre al que había bautizado Chalmers, un fornido armario de tez oscura que mediría cerca de los dos metros, con un rostro ovalado y con pocos rasgos característicos a parte tener cabeza completamente afeitada, unos ojos pequeños de iris oscura y unos labios gruesos de color rosado. A este, lo había conocido en una aventura junto con un pequeño aventurero llamado Ruffo en la no tan lejana isla de Pakú. Ya que, al enfrentarse y derrotar al guardián, este había contraído una deuda de honor la cual saldaba ejerciendo como una especie de guardaespaldas y cometiendo saqueos y pillajes según se lo ordenaba, de los allí reunidos era probablemente el hombre que mayor crecimiento personal había tenido en el último año, llegando a aprender a leer y a escribir de la mano de Ann y del propio Colllins.

Fuera como fueran aún quedaban una hora para que todos los asistentes llegarán si es que estos eran puntuales, y no eran pocos los puntos que deberían tratar, ya que si los rumores eran ciertos, no iban a ser los únicos que planeaban tomar el control absoluto del paraíso criminal, ya que uno de los príncipes de Baristán: los mercenarios de Kung, los reductos de Tao o incluso los mafiosos de Sullivan parecían también interesados en romper el frágil equilibrio que reinaba en el pecio.

Pero por ahora solo quedaba esperar, restaban cincuenta y nueve minutos y treinta y siete segundos.
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Mensaje por Ayden Keenwind Sáb 30 Ene 2021 - 20:01

Pisar por primera vez los siempre desgastados tablones que componían aquella suerte de costa para Baristán fue una sensación extraña. Se trataba de una experiencia inusual, y es que nunca se había aventurado en una isla que resultaba, a grandes rasgos, artificial. Bien pensado, ¿podía considerarse como tal? El sitio era, después de todo, el cúmulo de los naufragios que se habían ido uniendo poco a poco por voluntad de las mareas y, en parte, del destino. ¿Qué había más natural que eso? Tal vez no hubiera diferencia alguna entre aquel lugar y otros sitios, como Samia o Goa.

Pensamientos como aquel aparte, Ayden había llegado a la isla tras un par de semanas de viaje, aunque esta afirmación no es correcta del todo. Después de todo, quien se había presentado en la isla no era ni mucho menos el cazador de los Ojos de Halcón, sino Nathan «el Gorrión». Qué motivos le traían allí era algo que únicamente su jefe debía saber, si es que podía llamar de aquella forma a William. ¿Lo era, realmente? Bueno, estaba claro que tenían alguna especie de trato y que, de una u otra forma, había acabado metiendo el ala en Nameless, pero no podía dejar de pensar en aquel muchacho como en poco más que un asociado. Tal vez debiera referirse a él de aquella forma, como un socio. Después de todo, el vínculo que les unía no era otra cosa más que una relación mutuamente beneficiosa: él se aseguraba de mantener alejados a los cazadores de ellos y, a cambio, le permitían obtener de primera mano información sobre las operaciones del Bajo Mundo. El Nido siempre había funcionado así: cazadores aventajados al resto por saltarse las normas del juego. En su caso, sin embargo, la naturaleza de su pacto era sensiblemente distinta a la habitual, y es que aquel tipo de asociaciones no solían salirse de lo temporal.

Fuera como fuese, había acudido a la llamada del Comerciante para cumplir su parte del trato y, como no podía ser de otra forma, se había asegurado de acudir con la identidad de alguien muy diferente. Nathan era, después de todo, poco menos que un ladrón que se vendía al mejor postor, y estaba allí para prestar sus servicios al que aspiraba a ocupar un puesto más alto entre los bajos fondos.

—Tan solo tengo que dar con él en este montón de... escombros —dijo para sí mismo, extrayendo del interior de abrigo un trozo de papel que había plegado varias veces por la mitad. Allí tenía anotada la dirección del lugar de encuentro—. ¿Y cómo se supone que se ordenan aquí?

Volvió su mirada hacia el frente, parcialmente oculta gracias a aquel sombrero de tres puntas que reposaba sobre su —ahora— pelirroja cabellera. «El Té del Viajero» sería su lugar de reunión y, de una u otra forma, aquel nombre apestaba a fumadero que tiraba hacia atrás. Esperaba que su parte del trato no incluyera el consumir... lo que fuera que tomase esa gente.

Suspiró, volviendo a guardarse la nota y comenzando a caminar por las caóticas tablas que componían la superficie de la isla de los naufragios, invirtiendo el tiempo necesario en localizar el lugar. Una vez en aquel modesto local, se adentraría en la sala principal y haría las preguntas pertinentes para dar con el lugar de la reunión. Por lo que parecía, no iba a ser el primero en llegar. Si algo parecía caracterizar al moreno era su puntualidad, aunque él no sería menos en aquella ocasión. No tuvo más que seguir las indicaciones de los empleados para dar con la sala en cuestión donde se encontraba buena parte del grupo reunido. Atravesó la tela que los separaba del resto y echó un rápido vistazo a todos los presentes. Menuda panda de sabandijas.

—Buenos días —saludó con simpleza, mirando individualmente a los seis individuos, dejando a William para el final—. Espero no haberme retrasado mucho.

Procedería entonces a dejar la gabardina colgada sobre una percha junto a la entrada, así como su sombrero, justo antes de tomar el quinto asiento —si tenemos como orden el de las agujas del reloj—. Allí se acomodaría, apoyando una pierna sobre el muslo contrario y observando al resto. Aún llevaba el rostro parcialmente cubierto por una tela que hacía las veces de máscara. ¿Había necesidad? No, sabía maquillar bien sus facciones para que no reconocieran a Ayden tras estas, pero se sentía más cómodo con ella puesta.

—¿Esperamos a alguien más, jefe? —inquirió finalmente, mirándole de reojo.

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Mensaje por Therax Palatiard Miér 17 Feb 2021 - 22:18

Parece que os vais reuniendo, ¿no? Me alegra saberlo, aunque algo me dice que algunos de los invitados jamás llegarán. Tal vez deberíais plantearos pedir las pertinentes explicaciones si en el futuro os topáis con ellos. Sea como sea, imagino que en el algún momento os cansaréis de esperar y daréis comienzo a la reunión. William ya lleva unos días en Baristan, por lo que es de esperar que esté al tanto de lo que viene a continuación.

La tensión entre las distintas facciones que controlan los territorios de la isla en la que os encontráis han ido en aumento. No es ningún misterio que todos y cada uno de ellos han ansiado en todo momento poder ejercer su influencia en la isla al completo, pero con tantos potenciales enemigos ninguno se ha atrevido a dar un paso en ese sentido jamás... A nadie le gusta que su organización quede extinta, ¿verdad?

Ha habido alguna que otra trifulca ocasional que ha sido silenciada con pactos de no agresión los meses previos, aunque siempre ha habido otra después que ha dado al traste con las supuestas intenciones de los líderes de los organizaciones de mantener la calma. Aun así, Collins asegura que sus fuentes le han asegurado que siempre se muestran dispuestos a parchear la fina línea de paz que se rompe una y otra vez.

-Yo creo que hay algo más -dice el artista desde su asiento-. Si alguien quisiese dar un paso adelante no estaría haciendo esto. Lo único que estaría consiguiendo es que los demás se preparasen para una inminente guerra en vez de cogerlos por sorpresa. No, no tiene sentido. He estado hablando con unos y otros y creo haber llegado a la conclusión de que hay un implicado más, alguien que no conocemos pero que tiene un especial interés en Baristan, en que los Príncipes se maten entre sí para venir después a recoger lo que quede. No sé, ¿qué opináis vosotros?

La conversación continuará durante varios minutos en los que tendréis tiempo de hablar de lo que se os antoje, pero llegado un momento la puerta de madera del "Té del viajero" se abrirá del golpe, dejando que la plateada luz de la luna se filtre entre el humo. Cuando el pomo golpee con estrépito contra la pared el silencio se hará el lugar, pues todo el mundo contempla una delgada y pálida figura consumida casi por completo por el opio.

-"Rizos" Forrestier ha sido encontrado muerto en el muelle Scott -dice con un hilo de voz, aunque su rostro revela que en realidad ansía gritar con todas sus fuerzas lástima que éstas sean pocas.

Como William y sus hombres de confianza saben, Forrestier es uno de los sobrinos de Sullivan, uno de sus preferidos según decían. Además, el muelle Scott, en el sureste de Baristan y bastante lejos de vuestra posición, es territorio de Tao y sus chicos. Muchos de los que os rodean se levantan apresuradamente y se disponen a dirigirse hacia el lugar de mala muerte al que llaman hogar, probablemente para refugiarse en previsión de... bueno, creo que os lo imagináis.
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