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La familia crece [Privado Ravenous Hounds – Pasado]

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Mensaje por Napolean Mar 22 Sep 2020 - 0:46

Era una mañana preciosa, con un cielo completamente despejado de nubes y un sol que irradiaba calidez y felicidad. El viento era suave y fresco, trayendo a las fosas nasales de cualquiera que respirara profundamente un ligero olor a jazmín y fresas que gustaba. ¿De dónde procedía dicho olor? Tal vez del perfume de una preciosa mujer esperando a su caballero en el puerto de alguna isla, o quizás de algún bosque en algún islote en mitad de ninguna parte. Todo era posible, después de todo se encontraba en el paraíso.

Sin embargo, Alexander, comúnmente conocido como El Napo, no sabía nada de eso. Hacía muchos días que no veía la luz del sol y que no respiraba aire puro y fresco, y la noción del tiempo era algo que tenía completamente perdida. ¿Cuánto llevaba allí encerrado? ¿Ocho días? ¿Nueve? ¿Quizás menos? No era consciente de tal pregunta. Se encontraba en el interior de la peor celda de un mugriento barco de la marina, totalmente aislado del resto de reclusos por alguna razón que desconocía y casi a oscuras, de no ser por una pequeña lamparita que estaba al final de un largo pasillo.

—Es hora de tu clase diaria de civismo, pequeñajo —dijo una voz irónica que se acercaba hacia a él con paso lento y firme.

Alexander se encontraba con las muñecas rodeada por unos extraños grilletes que mitigaron su vitalidad natural en el momento en el que rozaron su piel. Era algo extraño, pues no solo le habían debilitado, si no que los poderes que aquella singular fruta que había comido en el pasado también habían desaparecido. Sus brazos estaban estirados del todo, mientras que sus rodillas apenas tocaban el suelo. Su cuerpo estaba casi desnudo, pues únicamente le habían vestido con unos calzones de tela, ya manchados por su propia orina y restos de sus heces.

Y de pronto, un puñetazo en la boca del estómago. El brazo de aquel sujeto era pequeño, como el de un niño pequeño para alguien como el semigigante, pero eso no hacía que fuera menos doloroso.

—Veo que sigues pegando como una ancianita —comentó Napo, fingiendo una sonrisa que apenas se vislumbraba en la oscuridad. Estaba en desventaja y era consciente de ello, pero nunca iba a dejar que un humano tan deplorable como el que tenía en frente, tan carente de honor, le viera con el espíritu quebrado. Podían intentar romper su cuerpo, y serían testigos de ello, sin embargo, jamás le verían llorar o entristecido—. ¿Es lo mejor que tienes?

Y de nuevo lo golpearon, aunque esa vez con más fuerza y en la cara. Pudo notar como los huesudos puños de aquel hombrecillo se incrustaban en su mandíbula, haciendo que sus propios dientes chocaran con su carne y la sangre se mezclara con la poca saliva que era capaz de generar.

Siguiendo su instinto, guiado por las voces internas que era capaz de escuchar algunas veces, escupió al marine que se encargaba de su nuevo adoctrinamiento educativo a base de golpes. El escupitajo de un semigigante —y, sobre todo, el de alguien tan grande como Napo, que medía cuatro metros y medio—, era distinto al de un humano. Era más espeso, tenía más flema y, ante todo, era más contundente y denso. El cuerpo del marine estaba entero cubierto de esputo y eso le enfado muchísimo más.

—Nunca vas a aprender, ¿verdad? —le preguntó con rabia y asco, pues había dado una arcada justo después que hizo reír al pirata—. Te vas a enterar.

El marine salió de la celda, abriendo la puerta con completa violencia y caminó hasta la mitad del pasillo. Allí abrió una especie de cajetilla y todas las luces se encendieron de pronto, cejando al semigigante durante un lapso de tiempo que puso considerarse largo.

Cuando volvió a abrir los ojos y ser capaz de ver con nitidez, lo primero que pudo vislumbrar fue como un palo de madera de un grosor considerable se rompía al chocar contra su cara. No obstante, que se rompiera no evitó que el marine continuara golpeándole reiteradamente hasta que su respiración se agitó y sus brazos fueron incapaces de sujetar aquella barra.

De pronto, Napo empezó a reír sin ganas, haciendo que el marine abriera los ojos de par en par, tan incrédulo como temeroso, pensando que el ser que tenía frente a sus narices estaba completamente loco.

—El día menos pensado conseguiré romper estas cadenas, marinerito… —dijo con voz calmada—. Y cuando eso ocurra más vale que huyas, porque como te coja no va a reconocerte ni la puta de tu madre —Y haciendo uso de las pocas fuerzas que tenía trató de arrancarlas cadenas del techo y abalanzarse sobre el marine—. ¿¡Me has oído, fils de pute¡? ¡Pienso acabar contigo y con todos los de este barco!

Y el marine se fue de allí, cerrando la puerta con rapidez y apagando las luces. Durante un buen rato, Alexander estuvo gritando y gritando, haciendo que más de un maldito marine se asomara a ver que le ocurría, pero nadie se atrevía a acercarse a él. Cuando se hubo calmado, otro preso, encadenado de pies y manos, fue el encargado de traerle algo de pan duro y un vaso de agua que pare él era un chupito.

—Se han escuchado tus delirios hasta en mi celda —le dijo, mientras le metía el trozo de pan en la boca.

—Quiero que me teman —comentó con seriedad y determinación—. No pienso dejar que ellos venzan, ¿me has oído?

—No puedes ganar —le dijo, con voz resignada. No era capaz de verle con nitidez, después de todo la oscuridad los envolvía casi por completo, pero por un momento Napo fue capaz de sentir en su interior como estaba completamente dado por vencido, sin atisbo de esperanza alguna—. Ni tú, ni yo, ni nadie.

Y sin decir nada más, le dieron su minúsculo vasito de agua y lo volvieron a dejar solo.

Napo tenía claro que prefería morir intentando escapar, que pudrirse durante décadas en una celda y luego ser liberado por pura pena de un grupo de elitistas que quisieran hacer una buena obra. «Solo unos tirones más y los tornillos cederán», se decía, moviendo los brazos con rabia, tratando de sacar las hembrillas de metal que tenían sujetas las cadenas. Después de todo, él era consciente de que si no podía romper las cadenas, tendría que arrancar su sujeción.
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Mensaje por Cassandra Pendragon Miér 30 Sep 2020 - 20:51

Cassandra se miraba fijamente en el espejo de su cuarto, examinándose el rostro con ojo crítico en busca de algún cambio llamativo que indicase una modificación de su edad. Su piel seguía igual de tersa y blanquecina, sin una sola arruga, su ceño liso, su pelo platino del mismo largo, todavía con reflejos rosados, pero sin un solo rastro de canas.

Esbozó una mueca mezcla de desilusión y descontento y garabateó algo en su diario, antes de volverse para mirar a Rose. La muchacha saltaba sobre la cama doble con dosel con rostro divertido, en un cuerpo más pequeño del habitual, con menos curvas y rostro infantil. Cassandra calculaba que debía encontrarse en la preadolescencia, o quizá la entrada a esta.

—¿Cuántas bofetadas te di exactamente? —le preguntó a la ahora niña, cogiendo el diario sobre una mano para escribir con la otra.

—Creo que unas treinta, pero perdí la cuenta —respondió Rose, sin dejar de saltar. Cassandra emitió un suspiro de resignación y anotó más cosas en su diario.

—Y no puedes levantar tu espada —confirmó la joven noble, sin levantar la vista del papel.

—No. Ni el escudo. Con estos bracitos de niña pequeña no puedo levantar ni un machete —respondió la pelirrosa.

—Cuando se pasen los efectos, avísame, haz el favor —le pidió a su compañera, dejando el diario sobre el tocador junto al lápiz y abandonando el cuarto.

Cassandra llevaba ya días en alta mar y el tiempo era monótonamente agradable, el viento soplaba a su favor en las velas del galeón robado y nadie parecía haber tenido la valentía de perseguirlos una vez abandonaron aguas de Northumbria, por lo que el viaje había sido tranquilo y aburrido. Por tanto, se había dedicado a comprobar sus nuevas habilidades y escribir en su diario, además de discutir con el capitán pelirrojo con el objetivo de buscarle las cosquillas, tal y como se había propuesto antes de partir.

La temática del debate que la aristócrata había decidido escoger para comprobar el límite de la paciencia del pelirrojo era algo que no le importaba obtener en caso de ganar la discusión: la posesión de la Log Pose.
Si bien ambos eran navegantes, había quedado claro en aquellos días que Keiran no parecía tener muchos conocimientos teóricos al respecto, y se centraba más en la práctica. En concreto, manejar el timón. Cassandra no tenía experiencia de navegación fuera de las corrientes marinas de su archipiélago natal, y no había navegado nunca por Grand Line, al contrario que su compañero. No obstante, tenía conocimientos teóricos más avanzados, le ganaba en vocabulario general -aunque en esta materia ganaba en términos genéricos- y, por tanto, creía ser la adecuada para leer las indicaciones de la especial brújula que los guiaría en su camino.

Por supuesto, Keiran estaba en completo desacuerdo.
La joven le había permitido manejar el timón por el sencillo motivo de tener experiencia previa en aquellos mares, pero no veía necesario que se quedase con la brújula. Después de todo, ella también era navegante, así que no estaba de más compartir un poco las tareas del puesto.

—Keiran —lo llamó al encontrarlo en cubierta—. Si tienes tiempo, podemos continuar nuestra discusión sobre la posesión de la Log Pose. Tal y como quedamos la última vez, nadie había convencido a nadie de cambiar su postura, por lo que debemos continuar el debate hasta llegar a una conclusión satisfactoria, ¿no te parece? —inquirió, casi retóricamente.

Calisto emitió un chillido entonces desde algún lugar encima de sus cabezas, y Cassandra la buscó con la mirada para verla lanzándose en picado hacia el pez que uno de los tripulantes acababa de pescar con orgullo unos metros a su izquierda. El águila extendió sus garras hacia la caña para atrapar al jugoso ejemplar con sus espolones y tirar de él para arrancarlo del anzuelo y llevárselo a la cofa, que había reclamado como suya. De vuelta en lo más alto del barco, la ave sacudió las alas y se dispuso a comer, con el tripulante alzando los puños al aire con gesto molesto, lo que provocó una ligera carcajada en la dueña de la ave rapaz.

—Retomando la conversación y, antes de que me interrumpas con tus gruñidos, permíteme que haga una pequeña recapitulación —continuó la rubia, colocándose el pelo tras la oreja para evitar que se le metiese en la cara con la brisa marina—. Por mi parte, mi argumento para tomar posesión de la Log Pose consiste en varios puntos. Para empezar, ambos somos navegantes, y no niego tu habilidad para manejar el timón, motivo por el cual no he puesto pegas a que lo lleves tú. No obstante, es un desperdicio de mis habilidades el no utilizarlas para el beneficio de la tripulación, por lo que lo más conveniente y productivo es que ambos trabajemos en equipo en lo referente a la materia. Por otra parte, mis conocimientos teóricos parecen superar a los tuyos, lo cual tiene sentido. Probablemente has aprendido a navegar a base de navegar, ensayo y error, sin recibir ningún tipo de formación al respecto; mientras yo he sido adecuadamente instruida en el oficio de la navegación durante años por parte de un experto, el líder del escuadrón marítimo de Mercia y el navegante personal de la reina. Esa formación incluye, por supuesto, el aprender a leer todo tipo de artilugios marítimos, como son los barómetros, los sextantes, los astrolabios o, obviamente, la Log Pose. No dudo que de alguna manera te las has apañado para salir de Northumbria y regresar sin morir en el intento o perderte por el camino… O quizá sin admitir haberte perdido por el camino. No obstante, considero que, si debemos compartir las responsabilidades del puesto de navegación y ya has reclamado el timón como tuyo, lo menos que podemos acordar es que yo me quede con la titularidad de la Log Pose y me encargue de hacer las lecturas correspondientes de la misma. Después de todo, tú estarás ocupado manejando el timón, y yo dispongo de tiempo libre más que suficiente como para echar un vistazo a la brújula y decirte si debemos cambiar el rumbo o estamos yendo en la dirección correcta —relató, antes de hacer una pausa—. Trabajo en equipo.

A continuación, escuchó la réplica de su compañero de tripulación y capitán, que permaneció terco en sus ideas egoístas de tener el control absoluto sobre la navegación de la embarcación. Cassandra frunció el ceño ligeramente, molesta al verse incapaz de hacerlo cambiar de parecer. Llevaba días insistiendo con el tema, y siempre recibía una contestación similar.

—¿He de repetirte nuestro trato original? Malamente puedo sentirme parte de esta tripulación, o tratada como una igual, cuando se me niega algo tan básico como… ¿ayudar? —saltó, incrédula—. ¿Sabes acaso lo afortunado que eres de…? —se cortó a sí misma para no perder los nervios y soltó un suspiro para tranquilizarse—. No importa. Si no eres capaz de valorar lo que tienes a tu alrededor, no te extrañes cuando desaparezca —finalizó.

La aristócrata cruzó los brazos sobre la baranda, alejándose unos metros de su capitán para observar el horizonte, claramente insatisfecha. Después de todo, nunca le habían negado nada hasta entonces. Excepto aquello de no querer casarse, por supuesto. Pero había podido salirse con la suya incluso en aquella ocasión. Eso de no tener todo lo que pedía era una experiencia nueva y, francamente, frustrante.

Pero si alguien sabía de estrategia en aquel barco, y si alguien podía conseguir que Keiran diese el brazo a torcer, era ella. Tan solo necesitaba buscar otro ángulo desde el que abordar aquella discusión.
Ya comenzando a maquinar su nuevo plan, los ojos rojizos de la joven se fijaron en la figura que acababa de aparecer en el horizonte.
Parecía ser un barco, de dimensiones generosas. Al acercarse un poco más, Cassandra fue capaz de divisar la bandera de la Marina, y del Gobierno Mundial.

La princesa se volvió para mirar a su capitán, quien también parecía haberse percatado de la embarcación a la que se acercaban.
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Mensaje por Keiran T. Farraige Lun 12 Oct 2020 - 22:01

Un par de ojos ambarinos escrutaban el horizonte con aire distraído. Más allá del galeón, a incontables millas de distancia, donde el cielo y el mar se hacían uno, no podía verse absolutamente nada. Por no haber, no había mucho más que nubes dispersas observándoles desde lo alto. La brisa jugaba a su favor en aquella ocasión, dejando que las velas la aprovecharan para impulsar la nave en un trayecto que había sido, hasta el momento, sumamente tranquilo. A cualquiera le habría costado creer que se encontrasen en aguas del Grand Line, aquellas donde el temporal no mostraba piedad alguna con los valientes que se atrevieran a surcarlo, y es que hasta un inepto sería capaz de ponerse al timón en un día como aquel. Vamos, que el día se anunciaba como uno aburridamente monótono, lo que hacía que el capitán pirata se sintiera inquieto. Una tormenta, fuertes vendavales, algún barco mercante o un bergantín rival; ¿pedía demasiado?

Bajó la mirada hacia su muñeca, con ambos brazos entrecruzados sobre el timón y sirviendo de apoyo a su mandíbula en una no demasiado cómoda postura, observando así la pulsera que sostenía la Log Pose. Había permanecido imperturbable durante los últimos días, así que no se habían visto en la necesidad siquiera de variar el rumbo más que por pequeñas correcciones, lo que había llevado a que Keiran bloqueara la dirección en más de una ocasión para pasear por cubierta, coquetear con las reservas de alcohol y observar cómo el resto de tripulantes se jugaban su parte del botín en partidas de dados, cartas o cualquier competición que se les ocurriese. Algunos ya habían perdido más de la mitad del dinero sin siquiera haber puesto un solo pie en tierra desde que abandonaron Northumbria, aunque no parecían especialmente preocupados por el momento. Después de todo, ¿de qué les servía el dinero si no disponían de ningún sitio donde gastarlo? Los problemas llegarían cuando avistasen tierra y más de uno no pudiera costearse sus vicios.

Cerró los ojos por unos segundos, escuchando unos pasos aproximándose.

—¿Aburrido, capitán? —inquirió un animado Roman, acercándose hasta él con un par de jarras. El olor a alcohol no tardó en llenar las fosas nasales del pelirrojo—. Ni todo el dinero del mundo te haría feliz sin algo de movimiento.

—Está todo demasiado tranquilo —respondió tras una mueca, incorporándose y arrebatándole una de las bebidas—. Ni una sola emoción desde que nos fuimos. Esperaba, no sé, que nos persiguieran al menos, pero supongo que ese atajo de remilgados no son capaces de mover el culo ni cuando les roban.

El castaño se rió ante el comentario mientras observaba cómo su superior bebía, alzando la copa al final al grito de salud, algo a destiempo.

—Al menos tienes las discusiones con la subcapitana. ¿Vas a seguir negándote?

—Mientras no tenga nada mejor que hacer, sí.

Sonaba triste, pero debatir con Cassandra sobre lo coherente o no que resultaban ciertas gestiones del barco se había convertido en lo único que rompía la monotonía aquellos días. Bueno, obviando que los choques entre ambos oficiales se habían vuelto algo rutinario también. Al menos podía mantener activa su mente al conversar con la princesa, quien parecía estar decidida a llevarle la contraria en cuanto pudiese. Lo que no se esperaba ella era encontrarse con el inmenso muro de terquedad que podía caracterizar al pelirrojo, más aún cuando no tenía nada más con lo que entretenerse a bordo.

—Y hablando de la reina... —susurró, viendo cómo su segunda hacía acto de presencia en cubierta y se aproximaba con paso decidido. Aprovechó para apurar el contenido de su jarra, lanzándole a continuación la misma a Roman—. Cassandra —saludó de vuelta.

—Señora —se apresuró a saludar también el grumete tras pillar el recipiente al vuelo, haciendo un respetuoso ademán con la cabeza antes de dejarlos solos.

—¿Cómo no? Estoy deseando continuar. —Sus palabras fueron acompañadas de una sonrisa maliciosa y no poca burla, como ya era habitual en ellos. Después de todo, ambos sabían que ninguno de los dos daría su brazo a torcer fácilmente.

Se acercó con calma hacia la borda, dejando bloqueado el timón para que mantuviera el rumbo y acomodándose sobre la misma, de espaldas al mar. Tras esto guardó silencio y se dispuso a escuchar, una vez más, los argumentos de la noble que no cejaba en sus intentos por obtener la Log Pose para sí misma. ¿Que si Keiran tenía algún problema con ello? Ninguno realmente serio, aunque debía reconocer que no estaba del todo cómodo con la idea de desprenderse de algo tan simbólico como aquella brújula. Después de todo, ¿qué mejor analogía sobre controlar su propio destino que el instrumento que servía de guía hacia su próximo destino? Que la mujer contaba con numerosas habilidades no era ningún secreto a aquellas alturas, aunque no terminaba de creer que necesitase ningún tipo de ayuda en cuanto a la navegación. Sin embargo, obviando que tenía más que demostrado que se había valido por sí mismo durante los últimos dos años, no tenía en el fondo ningún motivo de peso para impedirle ayudar. ¿Cuál era el problema, entonces? La constante necesidad que tenía Cassandra de desmerecer las habilidades de su capitán, fuera en el ámbito que fuera. Tal vez intentaba demostrar lo contrario, que las de ella eran superiores, pero cada vez que la princesa sugería una suerte de fortuna como explicación al talento del pelirrojo, a este se le quitaban las ganas de ceder.

Así que esperó a que la pirata terminara con su exposición antes de hablar y, cuando lo hizo, se aseguró de negarle el gusto.

—La verdad es que pude regresar por pura casualidad a Northumbria, pero no se lo digas a los chicos. No hablemos ya de cómo me las apañé para salir de sus corrientes, aún me sorprendo a mí mismo —aseguró, con un tono tan neutro en un principio que hasta parecía hablar completamente en serio, y aquella impresión se habría mantenido de no ser por aquella sonrisa burlona que empezaban a dibujar sus labios—. Entiendo que tengas la necesidad de demostrar lo que vales, Cassandra; yo también creo que hay mucho detrás de tanta palabrería. Si no, no estarías en este barco, ni aunque me hubiera costado el pellejo. Recuerda, sin embargo, lo que dije el día que nos conocimos: nadie más que yo va a controlar mi destino. Eso incluye, claro, el rumbo que tomemos. Fuera de eso, ¿qué complicación hay? No es como si este chisme fuera algo complejo en exceso: marca una dirección, la sigues, no hay más misterio —resumió, aunque incluso él sabía que había mucho más tras la Log Pose—. Y sí, tal vez tú tengas más conocimientos teóricos que yo, eso no voy a ponerlo en duda... pero la teoría no basta. Estas aguas no son para principiantes. Estás en el Grand Line, Cass, lo que significa que el más mínimo error puede costarte la vida a ti, a mí y a toda la tripulación. Tienes los conocimientos en la cabeza, pero dime, ¿cuánta experiencia llevas a tus espaldas fuera de Northumbria? Yo llevo algo más de dos años y sé lo que hay.

Mantuvo su mirada sobre la princesa, ya sin reírse. Si bien buscaba chincharla un poco y no hablaba completamente en serio, no podía decir que hubiera mentido en los últimos puntos —aunque el temporal de los últimos días no jugara a favor de su argumento—. Tenía la certeza de que, aunque fuera por no darle la razón, lograría llevar a cabo aquella tarea sin dificultades, pero no podía limitarse a ceder ante cualquier petición de su oficial. Cuando la vio frustrarse, sin embargo, algo se activó en la mente del pelirrojo. Era la primera vez que la veía a punto de perder los nervios desde que se conocían. No lo había hecho ni durante la tensa situación que vivieron en el Palacio Real. La siguió con los ojos cuando se situó frente a la baranda, preguntándose si ya habría tenido suficiente, pensamiento que se esfumó con rapidez de su mente. Si en algo coincidían ella y él era en la terquedad, por lo que tenía la certeza de que volvería a la carga tarde o temprano.

Suspiró en silencio y ladeó el cuerpo, de modo que ambos quedaron mirando hacia la inmensidad del mar. Su ceño se frunció poco después al divisar algo en el horizonte: una embarcación que no estaba allí minutos antes. Mantuvo la mirada sobre esta hasta que pudo observar con mayor detalle los elementos que la componían y la bandera que ondeaba sobre el mástil más alto.

—Eso no es un buque de guerra —comentó sin mirarla—. Tampoco una fragata ni una nave de persecución, es demasiado grande y lento —siguió explicando, antes de cruzar miradas con la rubia—. Parece un transporte de prisioneros.

Casi pudo ver la reacción de su segunda a través de aquellos rubíes que tenía por ojos cuando el pirata empezó a sonreír. La mirada ambarina de Keiran denotó un brillo de emoción antes de que este se apartara de la borda, irguiéndose.

—Parece que hoy vas a tener la oportunidad de darte a conocer al mundo, Cass. —Sus pasos le dirigieron de nuevo hacia el timón, junto al que reposaba su enorme mandoble. Lo tomó entre sus manos, dispuesto a cambiar el rumbo—. ¡Barco a la vista, muchachos! Parece que los marines se han equivocado de aguas, ¿qué tal si nos acercamos a decírselo? —Una sonora carcajada siguió a sus palabras, antes de hacer que la nave se encarase al buque—. Que se preparen todos, subcapitana. Posiciones de combate.
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Mensaje por Izanami Reiko Lun 12 Oct 2020 - 23:29

— Sorprendentemente… —dije en cubierta, casi exclamándolo a los cuatro vientos como si quisiera atraer la atención de alguien más que los tripulantes—… aburrido. Absurdamente aburrido, me atrevería a decir —Y mi mirada se paseó del cogote de uno de los chicos, aquel que se dedicaba a controlar el bienestar de las velas y que no tuvieran daños, hasta la carita del que ahora mismo se enfrentaba al mar. Por suerte y a la vez por desgracia, ya que por ello habíamos entrado en esta dinámica monótona que tanto odiaba, el tiempo se había calmado mucho desde nuestra marcha de aquella isla del Paraíso, lo que le facilitaba el trabajo al navegante pero a la vez me impedía disfrutar de los agitados movimientos de un barco. Prefería la acción, ya que aguantar en un cascarón de madera de aquella forma, tantos días, era más bien una tarea que no estaba hecha para mí; necesitaba algunas emociones o me terminaría muriendo por depresión. De todas formas, yo también tenía mis trucos.

No me hizo mucha falta darle vueltas a que había sido la fruta que consumí el mismo día en el que puse patas arribas la jerarquía de este barco y me coloqué la corona con mis propias manos. Por si no fuera suficiente con que yo misma lo hubiera descubierto a través de largas sesiones de experimentación, los chavales que me rodeaban no habían tenido impedimento a la hora de gritármelo a la cara, no sé muy bien con qué fin si no era para ayudarme. Había consumido la fruta de las hormonas, un preciado cargamento ya catalogado por el capitán de este barco gracias a uno de los tantos portentosos libros que permitían darle nombre a según qué frutos del diablo conocidos. Lo que me permitía llevar el cuerpo humano un nivel más allá, algo que realmente valoraba con mi ojo izquierdo, aunque solo en interiores o de noche. Y, por si el poder de jugar con las moléculas más importantes para el correcto funcionamiento de la vida no fuera suficiente, también me creían unas afiladas y tenaces garras que se encargaban de inyectar las dosis que desease. No había sido complicado darse cuenta de que eran otra de las facetas de mi poder, al menos no tras despertar con almohadas hechas jirones o hacerle alguna que otra herida a más de un tripulante, completamente sin querer. Al menos al principio.

¿Cuál era mi forma de abstraerme de un plano y tranquilo mar como aquel, desde donde no se veía una mísera isla a la lejanía? Bueno, aquellos que habían demostrado ser imprescindibles en el equipo del barco permanecían ocupados en sus tareas, mientras que un pequeño grupo terminaba algunas tardes en enfermería con una ligera inyección de algunas hormonas localizadas que bien conocía por lo que había estudiado. ¿Cómo surgían? Es una buena pregunta, sí. Una que yo tampoco podría contestar, al menos no por el momento, ya que para mí paso a ser un comportamiento tan propio de uno como respirar o andar. Aun así, el margen de tipos que podía controlar no era tan amplio como para pensar que no había nada más allá; todos los poderes tenían una evolución y el mío no sería distinto. Con toda seguridad, mayores concentraciones de hormonas podrían desencadenar mejores resultados y dosis de otras tantas darían lugar a consecuencias muy distintas, tanto positivas como negativas para el paciente. Y, por suerte, tenía todo el tiempo de este mundo para investigar, quitando lo que tardaba en preparar los menús en la cocina para toda la tropa.

— ¿Cuánto estimas que tardaremos en llegar a la isla, navegante? —le pregunté a aquel que llevaba aquel día el timón y cuya Log Pose decoraba el escritorio cercano. Estaba allí quieta, al lado, y terminé por apoyar mi codo en el hombro del chico mientras esperaba por una respuesta que por segundos se hizo de rogar.

— Cuatro días más, señorita —respondió con seguridad en sus palabras, aunque también un tinte de tensión y, sobre todo, respeto. Uno que no había intentado infundir, sino que había surgido al ver lo que le sucedía a los compañeros que no demostraban ser de utilidad para la tripulación. Por suerte para ellos, aunque fuera curiosa tampoco era una desalmada, o también se podría decir que no quería quedarme sin sujetos, pero me preocupaba de no hacerles pasarlo peor de lo estrictamente necesario. Y lo lograba, ya que por el momento no había muerto nadie que expresamente lo pidiera o necesitase.

A pesar de que no quedasen tantos como al comienzo —algo lógico, lo vieras por donde lo vieras—, un suspiro se escapó de mi boca. No podía deprimirme por tener que aguantar todavía media semana más en aquellas tablas, ya que mi cabeza no me lo permitía, pero aburrirme era una posibilidad que sufría como el mayor de los castigos. ¿Y qué es el aburrimiento sino la carencia de sentimientos positivos? Cuando uno no puede sentir nada malo, no servir tampoco lo bueno es el peor escarmiento que puede tener y en mí pasaba factura. Y, por culpa de esa tendencia de mi cuerpo y mi cabeza para evitar una situación que no me convenía, la maquinaria comenzó a funcionar y llegué a una idea que no tardó en arrancarme una sonrisa pícara y ladina. El chaval sufrió un escalofrío y yo simplemente me alejé mientras le daba palmadas en la espalda.

— Sigue así.

Se me escapó una suave carcajada al ritmo que me asomaba por cubierta, en el centro del barco, y levantaba las manos mientras daba unas fuertes palmas en busca de atención. Unos pocos se arremolinaron en torno a mí, mientras que otros tantos interpretaron la indirecta y comenzaron a llamar al resto para que no se perdiesen la reunión que estaba pidiendo en aquellos precisos instantes. En cuanto confirmé que estaban la mayoría, me di el lujo de separar los labios y deformar aquella sonrisa.

— Os necesitaré en los remos para ahorrarnos tiempo en pos de llegar a nuestro destino —Uno pareció abrir la boca para participar, pero continué para que no tuviera esa oportunidad—. Al fin y al cabo, nos quedan suministros de comida para un día y medio y me gustaría no tener que racionarla tanto —Nadie allí podría confirmar la veracidad de mis palabras ya que no les permitía entrar a mi cocina ni tocar nada sin mi consentimiento expreso, especialmente para evitar envenenamientos y, peor aún, que se comieran lo que pertenecía a todos—. Seguiremos en esta dirección y así acortaremos distancias a un mejor ritmo, ¿no os parece bien?

— ¿Pero no gastaremos más energía así…? —preguntó uno, realmente incrédulo.

— ¿Y no nos faltarían números para mover este… barco? —cuestionó otro mientras miraba a su alrededor. Era cierto que para mover aquel trozo de madera gigantesca necesitaríamos, por norma general, casi una centena de personas, pero podía solucionarlo de una forma muy simple.

— No os preocupéis chicos, sé lo que me hago… —Y ahogué una leve risa mientras abría la palma y, moviendo el antebrazo, señalaba a las bodegas para que fueran a la zona de remos—. Creedme.

Y, debatiéndose entre si encogerse de hombros o tener miedo por la forma que tenía de actuar, terminaron aceptando en cuestión de segundos y bajando hasta la zona más baja del galeón, donde me presenté yo como la última de todos, cerrando fila. Cada uno se puso en posición y esperó a una orden para comenzar, como si yo fuera la dueña de una galera y tuviera que marcar el ritmo de cada movimiento, aunque otros tantos lo intentaron por su cuenta sin mucho resultado.

— Veamos… —Levanté la palma derecha y las uñas crecieron con velocidad de un tono rosa, provocando más de un respingo y una mueca de nervios—. Lo tengo más que practicado, así que no pasará nada. De hecho, seguramente cuando termine… —Me acerqué al primero de ellos por la derecha, acariciando su cuello con suavidad y hasta cierto erotismo y, tras un segundo, clavé una de mis garras en la zona. Sus músculos crecieron y el remo se astilló un poco por el agarre tan recio que ahora tenía, ya que había pasado de medir un metro setenta a más de dos metros y medio—… estaréis pidiendo por más. Es un subidón tan fuerte que creo que puede ser hasta adictivo, ¿sabéis? —comenté mientras me paseaba dando unos cuantos pinchazos, hasta que todos estuvieron a punto y me permitieron marcar el ritmo a base de taconazos en el suelo. En cuanto tuvieron aquella dinámica más que practicada y constaté de que el barco se estaba moviendo más de lo que el viento podría provocar, me fui por donde había venido—. ¡Ánimo chicos! —dije con tono afectuoso para mandarles fuerzas.

Y me senté en cubierta por más de una hora, notando cómo el ritmo aminoraba por minutos y luego volvía a la carga con la fuerza total de todos. Seguramente tras aquello no tuvieran siquiera las ganas de levantarse de aquella zona, pero nos ahorraría un valioso tiempo en nuestro camino y, por encima de todo, me había servido como una práctica —exitosa— para constatar mis capacidades. Y, por si todo aquello no fuera poco y suficiente como para hacerme una mujer realmente feliz, acortábamos distancias con un par de barcos.

— ¡Jefe, hacia esas dos embarcaciones!—pedí con vehemencia mientras las señalaba, como si él no las pudiera ver en un mar realmente desierto.

Una era claramente de la Marina, aunque estaba justo tras otra que era más bien irreconocible, aunque ya podría estudiarla de cerca una vez que pasásemos al lado. Era todavía de día, para mi desgracia. «¿En serio me tengo que encontrar con alguien cuando voy tan desarreglada y con el parche…?» dije para mis adentros, quejándome. Podía estar más presentable, pero con el vaquero que ocultaba la cola y un suéter que no hacía abultar demasiado las alas daría el pego. Aunque el maldito parche me hacía parecer una puta pirata de tres al cuarto.
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Mensaje por Napolean Jue 29 Oct 2020 - 15:23

—¡SACRE BLEU!

Maldijo en voz alta, al notar como los azulados grilletes volvían a abrir las heridas que tenía alrededor de sus musculosas muñecas. Alexander cerró los puños con mucha impotencia, pues no había sido capaz de conseguir arrancar la placa de metal que estaba anclada a la pared de aquella prisión flotante, y cuando abrió las manos, un hilo de sangre comenzó a recorrerle el brazo hasta llegar a su codo, donde empezó a acumularse hasta caer en forma de gota al suelo.

Había estado varias horas tratando de liberarse, y se encontraba muy cansado. No solo mentalmente, si no anímica y físicamente. No poder dormir en una superficie plana, aunque fuera el sucio suelo de la celda, repleto de sus propias heces y orina seca, estaba siendo una tortura.

Finalmente, y sin poder evitarlo, Alexander se quedó dormido y tuvo un placentero sueño:

Era una tarde tonta y caliente, en la que los rayos de sol le quemaban lentamente la frente. Era verano, se encontraba en la costa más meridional de la isla de Mythil, su hogar, junto a sus mejores amigos y, ante todo, su querida Brigitte. Estaba preciosa con su traje de baño, que hacía juego con sus azulados ojos y su cabello dorado, reposado mediante una trenza en su hombro derecho. Podía ver la cicatriz de su brazo izquierdo, la cual le hizo el mismo durante un entrenamiento en la escuela de élite de la isla.

—Esta marca hará que me acuerde de ti durante toda mi vida, Napo —le decía ella, comenzando a correr hacia el horizonte, mientras atardecía muy rápidamente.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se hizo de noche. Gitte había desaparecido, al igual que el resto de sus compañeros y amigos. Una luna roja se alzó en el firmamento, y un aguilucho de color azulado surgió de la arena, materializándose muy rápidamente y clavando los ojos sobre los suyos.

—Eres un pirata —le decía—. Y morirás como un pirata —concretó.

—Prefiero ser un vil y despreciable pirata que pertenecer a vuestra organización dictatorial, maldito pájaro —le replicó Alexander, cogiendo una piedra del suelo y lanzándosela.

Y el ave lo atacó.


Alexander se despertó sobresaltado. El ataque de la gaviota coincidió con una sacudida del barco en el que se encontraba. Una bala de cañón atravesó la pared, creando un boquete de apenas treinta centímetros de diámetro. Desde él pudo contemplar como un barco estaba atacando el navío, mientras que en la cubierta se escuchaban gritos de dolor. Una luz roja empezó a brillar con mucha intensidad, y las cajas de sonido, que llamaban altavoces, empezaron a emitir un ruido intermitente demasiado agudo.

Al ocurrir eso, sacando fuerzas de flaqueza, empezó de nuevo a dar tirones de las cadenas, pero sin éxito alguno. Durante un segundo le pareció ver como su mano se tornaba de color negro, pero creyó que fue debido a las luces y sombras que cambiaban debido a lámpara roja, cuya luz iba y venía de forma desagradable.
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Mensaje por Cassandra Pendragon Lun 2 Nov 2020 - 18:58

"El chantaje emocional tampoco funciona con este bruto descerebrado. Bueno es saberlo, así no tendré que volver a comportarme como una niña dramática hasta que... bueno, hasta que me vuelva a apetecer.", reflexionó la princesa merciana, al ver el escaso éxito que había tenido su estrategia de apelar a las emociones de aquel pordiosero para poder ganar la discusión. Claramente una idea un tanto absurda, sabiendo que el pelirrojo tenía el rango emocional de un guisante, pero la muchacha aún estaba experimentando con sus límites, intentando cavar hondo en la personalidad del ladrón para ver si había algo más allá de lo que se apreciaba a simple vista.

Por ahora, la respuesta era no.

Así que centró su atención en el barco frente a ellos. Se trataba de una embarcación exageradamente grande, lenta y pesada, no pensada para navegar por corrientes marítimas ni por zonas estrechas y, si la orientación espacial no le fallaba, la aristócrata podía jurar que navegaba en dirección a Marineford. Dirigió su mirada granate hacia el capitán, que estaba poniendo en palabras más concretas el pensamiento genérico de la joven, y esbozó una media sonrisa.

—Pues parece que ese buque de prisioneros no va a llegar entero a su destino.

Keiran pareció pensar de la misma manera, porque se dirigió de vuelta al timón y dio la orden que ella ya esperaba.
Cassandra introdujo dos dedos entre sus labios para emitir un fuerte silbido que llamó la atención de los tripulantes y hacer que la atención se centrase en ella.

—¡Ya habéis oído al capitán! ¡A los cañones y listos para disparar a mi señal! Tenemos que ser educados y saludar, ¿no? —comentó, divertida—. ¡Los demás coged las armas y aseguraos de armar a vuestros compañeros! ¡Preparaos para el abordaje! —exclamó, dándoles la espalda para dirigirse de vuelta a su camarote a paso rápido. Se topó con Rose saliendo del mismo, portando sus espadas con ella.

—He oído los gritos. ¿Caos y destrucción? —inquirió la muchacha, todavía más joven de lo que debería, entregándole las espadas a su legítima dueña.

—Caos y destrucción —convino Cassandra. Rose esbozó una sonrisa de felicidad absoluta y la acompañó de vuelta a cubierta.

—Ya iba siendo hora.

Cassandra comprobó que se acercaba peligrosamente al barco gracias a las maniobras del capitán, por lo que se apresuró en acercarse a los tripulantes que ya estaban situados frente a los cañones, preparados para disparar.

—A mi señal —indicó, esperando hasta el último momento para poder ejercer el mayor daño posible. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca a su parecer como para atravesar la madera, gritó a viva voz—. ¡Fuego! —Los seis cañones de estribor se dispararon y las balas volaron en dirección al buque de la Marina, impactando con todo su peso contra la madera y haciéndola añicos en diversas zonas de la embarcación—. ¡Segunda ronda! ¡Tenemos tiempo! ¡Fuego!

Los tripulantes se apresuraron en volver a cargar los cañones con balas y pólvora para cumplir las órdenes de su subcapitana, y una segunda ola de balas se lanzó sobre el barco, que ya tenía a un montón de marines en cubierta, armados hasta los dientes y disparando con sus fusiles en un intento de alcanzar a alguien. El ataque inutilizó un par de sus cañones, pero el buque tenía muchos más que el barco de sirvientes de una familia real, que contaba con lo justo y necesario para defenderse de un posible ataque. Si decidían lanzas sus balas, y probablemente lo harían, los daños que recibiría la "humilde" embarcación podrían ser irreparables. Por lo que Cassandra lo tenía claro: tenían que hacerse con el buque de la marina.

—¡Si valoráis vuestras vidas, abordad el barco antes de que ellos nos disparen a nosotros! —ordenó Cassandra, desenvainando las espadas y subiéndose a la baranda de estribor—. ¡Al ataque, muchachos!

Los antiguos ladrones de la banda de Keiran lanzaron sus puentes hacia el buque, y algunos se tiraron desde las cuerdas de las velas hacia los marines, chillando como los piratas que realmente decían ser. Cassandra utilizó uno de los puentes para llegar al buque de prisioneros y activó sus dos espadas por el camino, ejecutando un corte diagonal al primer marine que se le puso por delante, quemándole la carne y la ropa con Firenze y paralizándolo con la electricidad de Zeus. El marine emitió un grito de dolor antes de caer inconsciente y malherido al suelo, y Cassandra se apartó lo suficiente del puente para dejar que otros lo utilizasen, pero se quedó lo suficientemente cerca como para protegerlo, asestando cortes a diestro y siniestro contra cualquier marine que se acercase al puente con intención de cortarlo o tirarlo. Rose no tardó en acompañarla, lanzándose con una carcajada hacia un grupo de tres marines armados con fusiles, dagas en mano, con cara de niña pequeña en un parque de atracciones y, como la noble pudo notar, ligeramente más cerca de su edad real.

—¡Yaaaaaaaaay! —exclamaba la muchacha mientras se abalanzaba sobre los tiradores y clavaba sus puñales en la carne.

Una vez la joven comprobó que la práctica totalidad de la tripulación de los Ravenous Hounds estaba a bordo, se adentró en cubierta para hundir a Zeus en el pecho de un cadete y empujarlo al suelo con el impacto. Soltó entonces la espada para llamar a Calisto con su silbato, y la recuperó del cadáver clavando uno de sus tacones en el abdomen del joven muerto.

—Ugh, sangre de plebeyo —se quejó, observando la hoja empapada. La sacudió para eliminar lo que pudo y continuó su avance, en busca de las celdas—. ¡Rose! Busca las celdas —le dijo a su doncella, aunque no estuvo segura de si la joven la pudo oír entre todo aquel griterío y choque de aceros. No iban a dejar a los prisioneros fuera de la fiesta, después de todo. Era de mala educación.

Calisto emitió un chillido de comprensión y abandonó su cena para alzar el vuelo y comenzar  a volar en círculos sobre cubierta, lista para arrancar los ojos de cualquiera que se atreviese a dañar a su dueña, mientras el caos se apoderaba del buque marine.
Había algunos marines vestidos de una manera un tanto menos simplona que chillaban órdenes aquí y allá, probablemente oficiales de mayor rango, y en los que Cassandra decidió centrar su atención. Los cadetes obedecían órdenes y, sin superiores a quienes obedecer, caerían presas de la confusión y serían más fáciles de matar. Por ende, se situó frente a uno de ellos, quien dirigió la espada desenvainada en su dirección.

—Buenas tardes, caballero. Si te arrodillas ante mí, puede que te perdone la vida —le dijo la pirata, con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Muérete, puta —le escupió el marine, blandiendo la espada con intención de cortarla en dos.

Cassandra emitió un grito ahogado de ofensa ante semejante falta de decoro y educación.

—Bueno, ahora ya es personal —dictaminó, colocando las espadas en cruz para recibir el golpe del otro.
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Mensaje por Keiran T. Farraige Miér 2 Dic 2020 - 12:35

La hasta entonces tranquila cubierta se llenó de actividad en el momento en que capitán y subcapitana dieron el aviso, soltando esta última órdenes a diestro y siniestro para organizar a la infame tripulación. Como era de esperarse, los hombres de Keiran se movieron con la presteza que el pelirrojo esperaba de ellos en un alarde mezcla de sed de sangre y voluntad por demostrarle sus capacidades a la princesa. Eran sucios piratas, sí, pero si estaban bajo sus órdenes era tras habérselo ganado, nada más.

Clavó su ambarina mirada en el buque marine mientras hacía girar el timón, redireccionando la dirección del barco para que sus enemigos quedaran a estribor una vez estuvieran en línea de fuego. Lo más seguro era que aquel contingente les superara en número, pero no había nada que temer: confiaba en que la habilidad y fiereza de sus lobos de mar bastarían para equilibrar la balanza a su favor y, si aquello no era suficiente, siempre podían liberar a los prisioneros. De hecho, aquel era su principal interés: necesitaban engrosar las filas de los Ravenous Hounds; ¿qué mejor forma de hacerlo que con criminales experimentados? Aquella sonrisa vehemente que le caracterizaba se ensanchó con solo pensarlo, casi distrayéndose por un momento de lo que estaba haciendo.
Tardarían poco más que unos minutos en ponerse a la altura, llenando el aire con el rugir de los cañones en el momento en que dispararon la primera andanada. Las órdenes de Cassandra eran veloces y precisas, lo suficientemente eficaces como para que la tripulación trabajase óptimamente y pudieran lanzar una segunda salva. Mientras tanto, el capitán se aseguraba de alinear ambos barcos para acercarlos lo máximo posible y permitir así el abordaje. Llegaron entonces los puentes de madera y el asalto de los más audaces —o temerarios—, quienes se columpiaron con cuerdas para aterrizar directamente sobre sus enemigos. La segunda de a bordo lideraría el primer choque y, mientras tanto, el pelirrojo tomaría a Ocras y descendería hasta cubierta para dar unas pocas órdenes más.

—¡Ganchos de abordaje! —rugió—. No vamos a permitir que nuestros nuevos amigos se vayan antes de tiempo de la fiesta, ¿verdad?

Soltó una sonora carcajada que incluso pareció opacar el sonido del acero contra el acero, los disparos y los gritos de euforia y dolor. Una vez los pocos hombres que quedaban en su cubierta lograron unir ambas embarcaciones se dispusieron a estrechar la distancia, haciendo que ambos cascos quedaran pegados. Ya no había marcha atrás: el combate se libraría a muerte.

Mandoble en mano, Keiran lo blandió mientras saltaba hacia el buque marine, descargando un poderoso tajo que partió por la mitad al más cercano de ellos con la misma facilidad de quien corta mantequilla.

—¡¿Empezando sin mí?! ¡Qué descaro!

Los soldados caían bajo su mano a un ritmo que dejaba en bastante mal lugar a la propia Marina. ¿Aquellos eran los hombres que debían defender a los débiles y proteger a los justos? «No lo creo», se dijo él, justo en el momento en que su mano aferraba el rostro de uno de los reclutas para hacer que su cráneo terminara estrellándose contra la madera que pisaban. No debía tener más de dieciséis años, poco más que un cadete recién salido de la instrucción y con la peor de las suertes por haberse topado con ellos. Un par más se abalanzaron contra él, atacándole con sables que no le causaron mayores problemas a la hora de bloquearlos juntos con su arma. Sus ojos fulgieron brevemente, justo antes de que el pirata hiciera fuerza para empujarles, tomando después el mandoble con ambas manos y trazando un arco que cruzó el torso de aquellos desgraciados.

Se dio un momento para observar el transcurso de la batalla. Parecía que, pese a la ayuda de ambos oficiales, el combate se mantenía en un punto muerto sin que ninguno de los dos bandos se encontrara en ventaja frente al otro. Como había previsto, los marines les superaban en número pero sus hombres parecían poder lidiar con aquella diferencia. Rose se había deslizado entre el caos de la lucha para liberar a los prisioneros, así que solo era cuestión de tiempo que la balanza se inclinara en favor de los piratas. Antes de que esto ocurriera, sin embargo, Keiran tenía un objetivo claro en su mente: tenía que demostrar la amenaza en la que estaba a punto de convertirse, y aquello pasaba por aplastar a la hormiga más grande de las que había allí. Cassandra lidiaba con uno de los oficiales, eso pudo verlo, pero no parecía ser el de más alta graduación del lugar. No, ese era otro, un hombre de una estatura similar a la del pelirrojo y de cabello oscuro que portaba una chaqueta de un blanco inmaculado colmada de galones. ¿Qué sería? ¿Un capitán? «Habrá que preguntárselo».
Avanzó en línea recta, abriéndose camino a fuerza de su acero y dejando un rastro de cadáveres a su paso. El hombre no tardó en percatarse de su presencia, saliendo a su encuentro.

—Supongo que debo entender que tú eres quien dirige toda la basura que hay ahora mismo sobre mi barco, ¿me equivoco? —inquirió con el ceño fruncido, sin quitarle la vista de encima al pirata.

—Mis disculpas, oficial; no pude resistir la tentación de presentar mis respetos.

Ni siquiera se dieron tiempo a continuar con la conversación. Keiran descargó a Ocras en descenso contra la cabeza del marine y este, con suma agilidad, se apartó de su trayectoria para colocarse a un lado del pirata, encajándole un puñetazo con la suficiente fuerza como para hacerle retroceder unos pasos. Vale, eso había dolido. Notó el sabor de la sangre en su boca, lo que le obligó a escupir a un lado y pasarse el dorso de la mano por los labios para limpiarse. Lejos de enfadarse, su emoción pareció alcanzar un nuevo nivel. Llevaba mucho sin enfrentarse a alguien que pudiera suponer realmente un desafío: ni siquiera aquel guardia real en Anglia lo había sido del todo.
Dejándose llevar por aquel sentimiento se lanzó nuevamente contra él, aunque en aquella ocasión el castaño le esquivó alzándose en el aire y manteniéndose allí a través de alguna extraña técnica que no terminaba de entender. ¿Estaba empujando el aire con los pies? Acto seguido cayó en picado sobre él y Keiran saltó hacia un lado, dejando que el marine se estrellara contra la cubierta y la atravesara por la fuerza del impacto. Sonrió, observándole en el nivel inferior, antes de lanzarse de cabeza a perseguirle por el hueco que había dejado. Sintió la adrenalina recorriendo su cuerpo, la sed de sangre embriagándole y su mano libre vibrar con una energía que le era familiar, justo antes de estrellarla en forma de puñetazo sobre el marine. La fuerza fue tal que atravesaron un nivel más del barco, lo que les hizo caer en una sala que, hasta ese momento, se encontraba en completa oscuridad.

El pirata frunció el ceño al percatarse de la presencia de alguien más en esa sala, asombrándose por un momento de su tamaño. Debía tener algo más del doble de estatura que él y su aspecto era... bueno, el de una bestia gigantesca: otro criminal que había caído en las garras de la Marina, supuso.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? —inquirió el pelirrojo—. Parece que hoy estás de suerte, amigo.

Y, ante la atónita mirada del oficial que acababa de ponerse en pie, Keiran rompió las cadenas que lo sujetaban con un tajo de su mandoble.
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Mensaje por Napolean Mar 12 Ene 2021 - 18:27

Podían escucharse los proyectiles chocando contra el metal y la madera de la cubierta de aquel barco, los gritos de dolor de sus tripulantes, los bramidos que incitaban a la pelea… Una guerra en alta mar en toda regla. Alexander siguió en su intento de aflojar el panel de metal en el que estaba anclado sus cadenas, pero no pudo hacerlo. Estaba debilitado, aquellos grilletes le estaban arrebatando su fuerza. No quería darse por vencido, mas tampoco era capaz de soltarse. «Si tan solo pudiera usar el poder que me otorgó aquella fruta», se dijo el semigigante, cuyos ojos mostraban rabia e impotencia.

—Malditos bâtards —blasfemó en voz alta.

Fue en ese momento, cuando estaba perdiendo toda esperanza de escapar por sí mismo, que algo atravesó el techo y rompió la puerta de la celda en la que se encontraba. Era el cuerpo malherido de uno de los marines que lo llevaron a la celda. Estaba inconsciente, y por su aspecto parecía tener algunas partes del cuerpo completamente rotas. Sangraba por la nariz, los oídos y tenía los ojos en blanco. No sintió la más mínima pena, es más, se alegró de verlo medio muerto a sus pies.

Alguien apareció de pronto. No se había percatado de que estaba ahí hasta que abrió la boca. Al mirarlo, Alexander se estremeció hasta el punto que tragó la poca saliva que tenía en la boca. Su cabello era rojo como la sangre y sus ojos dorados como el néctar de los antiguos dioses de Myrhil, aunque lo que más llamó la atención fue su sonrisa complaciente. Parecía estar disfrutando con los daños que estaba causando y eso, personalmente, al semigigante le encantó.

Napo sonrió, y sus cadenas fueron cortadas con un ágil movimiento de espada. Cayó al suelo de rodillas, sintiéndose más dolorido y cansado de lo parecía haber estado. Con esfuerzo se levantó, irguiéndose como hacía tiempo que no lo hacía y miró a su salvador.

—Desde hoy tengo una deuda de vida contraída con usted, señor —le dijo—. Mi nombre es Alexander Bastian de Napolean. ¿Y usted?

Hechas las presentaciones, Alexander se aproximó al guardia, en cuya cintura tenía unas llaves con las que pudo liberarse de los grilletes. Al hacerlo se sintió aliviado, como si lentamente fuera recuperando las fuerzas que había perdido. «Maldito metal mágico de los infiernos…», pensó, dándole una patada a los grilletes que hasta hacía poco había tenido en sus manos.

Frente a él apareció el marine que tanto le había torturado durante su estancia allí, y antes de que su salvador pudiera hacer nada, interpuso su mano para que no pudiera avanzar.

—Ese es mío.

El pasillo del barco era bastante grande, pese a que el boquete que habían hecho había dejado el suelo repleto de escombros. Allí había una barra de metal, que parecía una especie de tubería medio rota, cuyo tamaño aumentó el semigigante hasta convertirlo en un arma con un diámetro de seis o siete centímetros y dos metros de largo.

—Suelta esa tubería, escoria —espetó el marine, en cuyas manos aguantaba una espada—. Esta no es una batalla que podáis ganar.

—Sus deseos son órdenes para mi —comentó con ironía, sujetando la barra y lanzándola como si fuera una jabalina. Su velocidad era tal que recorrió el pasillo en apenas un segundo. La cañería le dio en el hombro del brazo que sujetaba su arma, atravesándoselo e incrustando al hombre en la pared. Napo comenzó a caminar hacia él con una dichosa sonrisa dibujada en su cara, para comenzar a golpearlo con todas sus ganas, hasta sentir como sus huesos se quebraban al contacto con su puño—. Dije que cuando saliera de aquí iba a acabar contigo, marinerito.

—No me mates —tosió y escupió sangre—, por favor. Tengo familia e hijos.

En su voz podía notarse más miedo que arrepentimiento y eso no gustaba a Napo, que tan solo tenía una pregunta para él.

—Dime donde se encuentran mis pertenencias y mis armas y prometo que no te haré más daño

—En bodega superior del barco, en la proa.

—Muchas gracias.

Arrancó la tubería que apresado en la pared al marine, que recuperó su tamaño original, y lo sujetó con ambas manos. Era como si estuviera cogiendo a un muñeco, sujetando las piernas con su izquierda y la cabeza con la mano derecha. Subió las escaleras hasta llegar a la cubierta y allí, frente a todos elevó la voz.

¡Fils de putes! —gritó, llamando la atención de los que estaban más cerca—. ¡Voy a acabar con todos y cada uno de vosotros salvo uno, como que me llamo Alexander Bastian de Napolean!

Y viendo como sus manos parecían tener un extraño reflejo, pese a no estar seguro de ello, apretó con fuerzas la cabeza y las piernas del marine, y como si de un insecto se tratara le arrancó de cuajo la cabeza, lanzándosela a un grupo de marines que había por allí. Su rostro se llenó de sangre y la gente lo miró extrañado, como si no creyeran lo que acaba de pasar.

—Y porqué dejar a uno con vida te estarás preguntando, ¿verdad, señor Keiran? —le preguntó—. Porque ha de haber un testigo con vida para que narren nuestras hazañas.
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Mensaje por Cassandra Pendragon Sáb 16 Ene 2021 - 20:15

La princesa bloqueó la espada del marine con las propias y se enzarzaron en una pelea por comprobar cuál tenía más fuerza, ambos empujando el arma del otro con la intención de asestar el primer espadazo. Tras comprobar que tenían una fuerza aparentemente similar, ambos se separaron a la vez, dando un salto hacia atrás. El estruendo provocado por Keiran abriéndose paso hacia el interior del barco por accidente los distrajo a ambos.

Cassandra se preguntó por un segundo si su vieja amiga se habría visto enredada en aquel derrumbe, pero disipó su momentánea preocupación en un instante. Rose era más que capaz de valerse por sí misma, después de todo. No valía la pena perder tiempo preocupándose. De hecho, lo más probable era que por aquel boquete que el capitán pirata acababa de crear comenzasen a salir presos en cuestión de segundos, liderados por la pelirrosa.

—Me disculparía por la falta de modales de mi capitán pero, después de escuchar tu vocabulario soez, no considero que esto se aleje en demasía a lo que estás acostumbrado —comentó Cassandra con inquina, apuntando a Firenze y Zeus en dirección a puntos vitales del marine que tenía frente a ella.

Si bien el oficial no contaba con el típico abrigo blanco que caracterizaba a los altos rangos de la Marina, sí tenía en la pechera una serie de medallas que indicaban que no se trataba del simple grumete friega-cubiertas. La aristócrata no había tenido mucho contacto con la Marina ya que, a pesar de ser Northumbria territorio del Gobierno Mundial, los tratados establecidos durante el proceso de adhesión al mismo habían permitido a las cuatro islas mantener sus ejércitos locales, y no había ninguna base marine en la zona. Lo poco que Cassandra había visto de los marines consistía en las pocas visitas diplomáticas que se habían sucedido por parte de líderes de otros países, y un par de ejercicios militares. Así que no podía adivinar el rango concreto en el que se situaba su oponente, pero sí podía intuir que no era excesivamente alto en la jerarquía.

—Ah, eres una de esas. Una de esas piratas inmundas que se creen mejor de lo que son —dijo el marine, como si comprendiese totalmente a la princesa de Mercia.

—¿Y qué es lo que soy, exactamente? Ilumíname —concedió Cassandra, casi curiosa.

—Una rata de alcantarilla que se arrastra por los sumideros y se cree más importante que la gente que pasa por la calle —respondió él, con una sonrisa.

—Ah... Bueno, al menos no has insultado utilizando palabras excesivamente soeces esta vez, así que es un avance —juzgó la joven, antes de asestar una estacada con la diestra con la intención de obligar al marine a esquivar y acabar siendo ensartado por la zurda. Pero el marine la vio venir y se apartó hacia atrás en lugar de a un lado como ella esperaba, continuando con un nuevo ataque dirigido a su torso. Cassandra golpeó la espada del oficial con la empuñadura de Firenze y giró sobre sí misma para acariciar la mejilla del marine con Zeus, creando una abertura en la carne que inmediatamente comenzó a sangrar.

El marine la empujó, desequilibrándola y obligándola a darle la espalda.
Un semigigante apareció entonces en cubierta y atrajo la atención de todos los presentes con sus gritos.

Cassandra aprovechó la distracción para dar un giro de ciento ochenta grados sobre sus tacones de obsidiana y enfrentar de nuevo al marine, ejecutando un corte perpendicular que, si bien no acertó a golpear al marine, consiguió hacerle tambalear y perder el equilibrio, para caer sobre sus posaderas frente a ella. La noble apuntó Firenze directamente hacia el cuello del hombre, justo a tiempo para escuchar al semigigante explicando por qué debían dejar a un superviviente.
"Inteligente. Me cae bien ese grandullón.", pensó para sí la merciana.

—¿Últimas palabras?

—Sí. Muérete. Puta —repitió el marine, dándole una fuerte patada en el tobillo que la tiró al suelo con poca gracia y escasa elegancia.

Cassandra se incorporó enseguida, ofendida y avergonzada a partes iguales, justo a tiempo para esquivar la estocada directa a su corazón del oficial.

—Y yo que pensaba que habíamos progresado... —suspiró con falsa resignación la mujer, apartándose el pelo con un movimiento de cabeza y posicionándose para continuar su combate.

El ruido de un montón de pies subiendo escaleras se apoderó entonces del barco, y los prisioneros llegaron finalmente a cubierta, liderados por Rose.

—¡Que rueden las cabezas! —chilló la muchacha, alzando un brazo al aire antes de lanzarse dagas en mano hacia el corazón más cercano vestido de blanco y azul.

Cassandra esbozó una leve sonrisa, examinando la herida de la mejilla del marine y haciendo cálculos mentales sobre la extensión de sus propias habilidades.

—Parece que has perdido —juzgó, con bravuconería, en un claro intento por enfadar a su oponente.

La batalla se ponía interesante.
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Mensaje por Keiran T. Farraige Mar 19 Ene 2021 - 20:25

No le quitó el ojo de encima a aquella mole que era el prisionero de los marines una vez lo hubo liberado. El sentido común le instaba a creer que debía estar agradecido, pero nada le aseguraba que no fuera a volverse en su contra. Desconocía los motivos por los que lo habrían apresado, de modo que debía actuar con cierta cautela por mucho que la situación no lo favoreciera. No fue hasta que escuchó las palabras del semigigante que pudo calmarse un poco, aunque resultaba evidente que aquello no duraría mucho. Se dio el lujo de observarlo con mayor detenimiento: era robusto, presumiblemente superando por más de dos veces el tamaño del pelirrojo, pero mostrando una forma que dejaba algo que desear. Por las marcas y heridas recientes que eran visibles en su cuerpo podía presuponer que lo habían torturado, tal vez con el único fin de mantenerlo débil para que no pudiera volverse en su contra. Que pudiera mantenerse en pie era toda una sorpresa.

Buscó con la mirada al oficial entonces, quien se apresuró en volver a salir por la apertura del techo tras ver cómo liberaba al grandullón. No parecía estar dispuesto a un enfrentamiento contra ellos dos. «Menudo cobarde de mierda», masculló Keiran mientras bajaba la mirada. Había aplastado a un muchacho en su descenso, probablemente un pobre cadete sin suerte que debía encontrarse en el nivel inmediatamente superior a la celda.

—Yo soy Keiran Farraige —se presentó de vuelta, volviendo su atención a Alexander mientras sonreía con suficiencia—. Demuestra lo que sabes hacer y tal vez puedas llamarme «capitán».

Sí, aquella forma de buscar nuevos integrantes para la tripulación empezaba a convertirse en una tendencia un tanto temeraria, más si tenemos en cuenta el tipo de personas sobre las que el pirata ponía su mirada. Primero una princesa que, sin lugar a dudas, trataría de apuñalarlo a la menor señal de flaqueza para hacerse con el control de su barco; ahora, aquella bestia que juraba una deuda sin ninguna garantía más allá de su palabra y las buenas formas con las que hablaba. ¿Qué le garantizaba que no fuera a volverse en su contra una vez tuviera la oportunidad? A saber por qué estaba allí encerrado. No sería hasta que dieran sus primeros pasos y pudiera ver la rabia de aquel hombre proyectándose contra otro de los hombres que vigilaban las celdas que lo tuvo claro. Casi había dudado por un momento al escucharle hablar, pero aquel frenesí sanguinario y ese odio que estaba proyectando contra su víctima eran cuanto necesitaba ver para permitir que su intuición decidiera por él. No se equivocaría con Cassandra, así que tampoco lo haría con Alexander... si es que formalizaban su propuesta cuando todo hubiera terminado.

Napolean no tardó en conseguir una nueva arma, o ese uso supuso que le daría al cuerpo del marine que —fuera por el motivo que fuese— se había ganado el rencor de aquel hombre. Por su parte, Keiran volvería a blandir su mandoble una vez salieran de la sala y comenzaran a abrirse paso por los pasillos del nivel inferior. El espacio era considerable, lo que tenía sentido si debían cargar prisioneros de semejante envergadura, aunque los oponentes que se encontraron eran poco más que polillas a su alrededor cayendo una tras otra. Allí no había más celdas, así que supuso que aquella debía ser una para prisioneros especiales. No fue hasta que subieron al nivel superior que pudo dar con el resto de reos, varios de ellos ya libres y en pleno forcejeo con los soldados que intentaban contenerlos. Uno de estos últimos avistó a la pareja, variando su expresión de la tensión al más puro terror en cuanto vio al semigigante.

—Han... ¡Han soltado a ese puto monstruo! —chilló, retrocediendo lentamente mientras ambos avanzaban por el pasillo, señalando al más alto—. ¡Avisad al Teniente Comandante Darius! ¡Avi...!

Una mano sujetó la cabellera del marine desde detrás, al tiempo que otra aproximaba un puñal a su garganta para rebanarle el cuello. La sangre cayó en cascada y el hombre se desplomó entre convulsiones, llevándose las manos a la herida en un vano intento de aferrarse a la vida.

—Rose —saludó, sonriendo al reconocer la rosada melena de la doncella–pirata—. ¿Cuántos?

—Dichosos los ojos, capitán —soltó ella con, tal vez, demasiado ánimo y un deje burlón en su tono. Le echó un rápido vistazo a su acompañante, sorprendida y curiosa, mordiéndose el labio mientras pensaba en... vete a saber qué. Pareció forzarse un poco a volver su atención a Keiran—. Te hacía desmembrando a alguien ahí arriba. A ojo deben ser unos ciento cincuenta, si los cálculos no me fallan. Casi todos... —esquivó una estocada que un recluta lanzó contra ella, haciéndole la zancadilla para que trastabillara hacia Keiran y fuera este quien terminara por ensartarlo— ...liberados. ¿Quién es el hombretón? —Soltó finalmente, tal vez con un tono demasiado sugerente.

—Nuestro amigo Alexander. —Empujó al marine para librarse de él, dejando que se desplomara—. A ver cuántos siguen con vida cuando hayamos terminado. Empecemos por tomar el control de la cubierta, yo me encargaré de su cabeza. Ese teniente es mío.

La muchacha sonrió con malicia, justo antes de hacer un exagerado ademán con la mano y seguir con aquel mismo tono.

—¡A sus órdenes!

No les fue muy complicado abrirse paso, en concreto gracias a la predisposición de los prisioneros por patear unos cuantos traseros marines. Antes de que pudieran siquiera reaccionar a semejante avalancha ya estaban subiendo las escaleras que llevaban a cubierta, con la pelirrosa a la cabeza de la carga. Los soldados no tardaron en verse abrumados por la cantidad ingente de refuerzos que acaban de acudir en ayuda de los Ravenous Hounds, así como por la brutalidad de Alexander y el desenfreno de Keiran.

—¡Darius! —rugió, buscando con la mirada al teniente comandante mientras se abría paso a golpe de mandoble— ¡No hemos terminado nuestro baile todavía!

Apenas llegó a percibir el rápido movimiento por el rabillo del ojo, por lo que tuvo el tiempo justo para reaccionar por puros reflejos. Interpuso el antebrazo entre él y el oficial, quien había aparecido de la nada, bloqueando a duras penas el puñetazo y retrocediendo varios metros sin variar su postura, arrastrando los pies por la madera de cubierta. El castaño lo miraba con una mezcla de ira y asco. No parecía especialmente contento tras la liberación en masa de criminales.

—¡Necio! —escupió, perdiendo la compostura que había mantenido hasta ese momento— ¿Tienes idea de la basura que habéis soltado? Oh, claro que lo sabes... sois escoria, igual que ellos. No te preocupes, me aseguraré de que todos y cada uno de los que te siguen se pudran en una celda, y tú... —soltó una risa sarcástica—. Tú hoy duermes con los peces.
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Mensaje por Napolean Miér 27 Ene 2021 - 18:05

Era incapaz de comprender el racismo intrínseco que yacía en el interior de toda aquella organización perteneciente al gobierno mundial. Se suponía que la marina debía mirar por el bienestar de los ciudadanos del mundo, independientemente de su raza, sexo o cantidad de pelo. ¿Qué demonios había hecho para que se refirieran a él de esa forma? ¿Ser acusado sin pruebas concluyentes en su isla natal? Sentía asco por todos aquellos y diminutos humanos que le habían metido allí, así que si creían que era una bestia… ¿porqué no demostrarles que tal vez tengan razón?

Usando el cuerpo del marine descabezado que tenía en sus manos, comenzó a usarlo para golpear a un grupo de marines con todas sus fuerzas. Trazó un elegante barrido de izquierda a derecha, con tanta fuerza que arrastro a varios de los reclutas por la borda, mientras que otros huían en busca de algún superior que los protegiera.

Et vous êtes le fierté de la marine del gouvernement mundial —alzó la voz, tirando el cuerpo por la borda y golpeando sin ton ni son a cualquiera que se pusiera en su camino—. ¿Decís que soy un monstruo? —preguntó en voz alta—. Vosotros no sabéis lo que es un monstruo.

A su lado se encontraba el sujeto que le había liberado, Monsieur Ferrage, luchando mano a mano con él. A su mente vino una frase que le había dicho: «Demuestra lo que sabes hacer y tal vez puedas llamarme capitán». Le debía lealtad hasta saldar su deuda, pero no tenía claro si convertirse en pirata era el camino correcto. Antaño había combatido arduamente contra ellos, tachándolo de criminales por liarla en las regiones costeras de Mythil, pues el grueso de los piratas tan solo buscaba causar el caos y la destrucción.

«¡Non! Definitivamente no…», pensó.

Sin embargo, fue entonces cuando ella apareció, dejándolo interiormente embobado durante un instante. Era un ser casi divino, un ángel caído del cielo. Su cabello era de un tono rosado que nunca había visto antes, largo y sedoso y con algunas manchas de sangre de sus enemigos. Sus ojos eran un rubí y una esmeralda tallados por los mismos dioses sobre un blanco marfil, quizás algo dilatados y eso aún le pareció más atractivos y únicos. Sus ropajes apretados dejaban poro a la imaginación, haciendo que inclinara un poco la cabeza y soltara un pequeño suspiro. La perfección hecha mujer, la tentación hecha carne…

—Mi nombre es Alexander Bastián de Napolean —le dijo—. Pero tú, si quieres, puedes llamarme Napo, madmoiselle —se presentó, guiándole un ojo a la muchacha. Tras eso, miró de nuevo a Keiran—. Entonces si me cargo a la mitad de estos insectos me uno a tu banda, ¿no? —le preguntó—. Pues dalo por hecho.

Sintiendo como si las energías se les hubiese renovado, agarró un sable que había en el suelo, agrandándolo con el poder de su fruta, y comenzó a dar un espadazo tras otro para quitarse de encima a los marines. Iba desenfrenado, arrasando con todo lo que venía de frente hasta llegar a las cercanías de donde, teóricamente, debía situarse la bodega superior. Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta, algo de metal le golpeó en la espalda, enviándolo hacia el piso inferior y chocando contra un montón de cajas.

Se dio la vuelta y observó como un marine estaba subido en una especie de plataforma metálica con brazos y piernas, la cual manejaba como si fuera una marioneta sin hilos. Frente a él, en una especie de estantería, su rifle, sus revólveres, su cañón de una mano y su mal doblada.

Su vista se desvió hacia el hombre que manejaba aquel aberrante engendro mecánico, pues estaba apuntándole con una especie de luz roja. Apenas pudo echarse a un lado y protegerse de la siguiente explosión, que lo envió al otro lado de la bodega. Su ropa estaba roída y su piel negra y con pequeñas quemaduras, no obstante, pudo proteger su rostro.

—¡Tenga cuidado, técnico superior Randón! —pudo escuchar de un marine.

Una nube de humo pudo ocultarlo el tiempo suficiente como para coger sus cosas y ponerse su preciada casaca. Estaba arruga, mas le hacía sentirse bien consigo mismo llevarla puesta. Tras eso, observó que había unas escaleras y subió a la cubierta de nuevo.

—Creo que está muerto —comentó el hombre que se hacía llamar gandon.

Pero no podía estar más equivocado.

Alexander le apuntó con sus dos revólveres y descargó los dos tambores sobre el cuerpo metálico del marine. Ninguno le hizo nada, mas una de las balas rozó uno de los tubos de ese extraño traje y comenzó a derramar un líquido de color azul y aroma desagradable. El marine miró eso y puso mala cara.
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Mensaje por Cassandra Pendragon Lun 8 Feb 2021 - 17:02

La Pendragon tenía un problema importante. Bueno, en realidad tenía muchos problemas, pero este en concreto se aplicaba su situación actual. Y es que su narcisismo y su complejo de superioridad frente a cualquier persona que no hubiese tenido la fortuna de nacer en una familia real -y a veces incluso habiendo nacido como realeza-, le hacían creer firmemente que todos sus planes y sus acciones funcionarían a la perfección.

Después de todo, ¿cómo podía un simple plebeyo de pacotilla ser mejor que ella en ningún aspecto? Ella había recibido la mejor educación, se había entrenado con los mejores guerreros y había aprendido a gestionar crisis con fluidez y velocidad apabullante. Lo que pudiese aprender un simple campesino en todos sus años de vida no le llegaba a la suela de los tacones. O eso creía ella. Y por eso no hacía planes B y C, ni contaba nunca con la posibilidad de perder, o de que las cosas le saliesen mal. A ella no le podía salir nada mal, era perfecta en todos los sentidos de la palabra.

Y entonces aquel maleducado y malhablado marine la tiró al suelo. ¡Al suelo! ¡Y la hizo caer sobre sus posaderas para mayor vergüenza! ¿Cómo osaba ultrajar su elegancia y su honor aristócrata de aquella manera? El corte de su mejilla se antojaba como pago más que insuficiente por semejante afrenta. Quizá cortarle la cabeza sería una compensación más adecuada, pero Cassandra no dejaba que su narcisismo interfiriese con su inteligencia, aunque a veces le costase.
Lo que estaba claro era que aquel marine sabía lo que hacía, y había conseguido pillarla desprevenida. Dejarlo inhabilitado sonaba más coherente y plausible que cortarle la cabeza, a pesar de que tuviese más ganas de lo segundo.

—¡Teniente, los presos se han escapado! —gritó entonces un marine estresado, huyendo por cubierta.

—Ya me he dado cuenta, Adams, gracias por la actualización más obvia de la historia —le respondió el contrincante de la princesa, poniendo los ojos en blanco. Cassandra aprovechó ese descuido para ejecutar un corte diagonal con Zeus activada, que si bien no llegó a tocar la carne del marine porque reaccionó a tiempo, sí le cortó la ropa y lo electrocutó ligeramente, lo suficiente como para obligarlo a dar un paso atrás—. Sigamos con lo nuestro entonces, ¿no? —continuó, mirando a la noble con una media sonrisa de suficiencia—. Si tú eres de lo mejorcito que tiene tu tripulación, no será complicado derrotaros a todos. Espero que estés cómoda en una celda repleta de gente.

—Y precisamente esa subestimación del poder de los Ravenous Hounds será la que os lleve a la muerte, a ti y a todos tus subordinados —le espetó Cassandra, claramente molesta por el insulto a sus habilidades—. El pelirrojo puede ser el más fuerte en términos de brutalidad, pero yo no soy la subcapitana por casualidad.

—¿La subcapitana? Viéndote danzar por tu vida pensaba que serías la bailarina que los entretiene en cubierta —ofendió el Teniente, quien claramente estaba intentando ofuscarla con el enfado y hacerla perder la concentración. Pero Cassandra no caería presa de su bravuconería. El Teniente frunció el ceño entonces—. Ravenous Hounds... ¿dónde he escuchado ese nombre antes...?

—¿En tus pesadillas? —respondió la pirata, blandiendo las espadas en su dirección y haciéndole un gesto con el rostro para que se dejase de tanta charla y se centrase en el combate.

El Teniente se movió con agilidad para atacarla por el costado izquierdo con su espada, pero esta vez la princesa reaccionó a tiempo, girándose para evitar el corte que iba dirigido a su cadera y presionando con rapidez sus espadas contra el antebrazo del marine para efectuar dos cortes horizontales. El Teniente no pudo evitar el corte, pero Cassandra notó que sus espadas no se habían hundido lo suficiente en la carne, como si algo hubiese protegido el brazo del marine. Éste la empujó con el otro brazo para apartarla y no le dejó examinar con detenimiento suficiente la herida como para comprobar su hipótesis, pero la mujer no tardó en intuir que aquel marine debía tener haki de armadura.
Fuese como fuese, si su otra hipótesis era correcta, y podía traspasar el poder de su fruta del diablo a sus espadas, aquel hombre llevaba tres cortes, y cada corte debería haberle añadido seis años, al menos si Cassandra había calculado correctamente los límites de su poder.
Las canas que comenzaron a aparecer en el pelo negro del Teniente, acompañadas de profusas arrugas en la frente, demostraron su teoría. Y lo mejor de todo era que, para cuando el señor marine malhablado se quisiese dar cuenta de que algo iba mal, ya sería demasiado tarde.
Cassandra sonrió con malicia.
Su plan estaba funcionando a la perfección. No había nada de qué preocuparse.
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Mensaje por Keiran T. Farraige Mar 23 Feb 2021 - 12:22

El pelirrojo notó cómo su antebrazo se entumecía levemente tras haber bloqueado aquel golpe, teniendo que sacudirlo un poco mientras el marine perdía tiempo reprendiéndole. Las amenazas de aquel individuo resultaban vacías para el pirata quien, ni corto ni perezoso, se encogió de hombros. No era la primera vez que lo llamaban basura o escoria y, desde su punto de vista, aquello quedaba muy lejos de ser un insulto. Tal vez debiera tomárselo como si fueran halagos; después de todo, eran una seña irrefutable de que estaban haciendo un buen trabajo.

—¿Qué puedo decir, teniente? —respondió él, mirándole con cinismo—. Si quiere halagarme va por buen camino, pero le falta un buen par de tetas para poder llevarme a la cama.

El entrecejo de Daríus se frunció sensiblemente y Keiran aprovechó el momento para ponerse en guardia, blandiendo a Ocras en su dirección mientras le dedicaba la más irritante de sus sonrisas.

El contrario no tardó en reaccionar ante este gesto, lanzándose ni corto ni perezoso contra el pirata para tratar de asestarle un nuevo puñetazo que no llegaría a su destino, viéndose interceptado por la oscura aleación de aquel mandoble. Pese a ello, la fuerza del impacto forzó al pirata a retroceder un paso, plantando él los pies sobre cubierta y afianzando su posición a base de flexionar las piernas para no ceder ni un centímetro más de terreno. Si tenía algo claro era que aquel hombre no había llegado a estar al mando de aquella embarcación por nada, y es que tenía una fuerza que fácilmente podía igualar e incluso superar la suya propia. Tanto era así que se había visto forzado a sujetar el arma también por una de las caras del filo para mantener el forcejeo igualado. Lo que no tenía en cuenta el castaño, claro, eran los ases bajo la manga con los que contaba el capitán. Notó entonces el calor ascender desde su pecho hasta llenarle la boca, entreabriendo los labios para dejar que pequeñas lenguas de fuego asomaran. Cuando terminó de abrirla las llamas salieron sin dilación, pillando por sorpresa a Daríus y obligándole a tomar distancia.

Le había esquivado por los pelos, hasta tal punto que aquella inmaculada chaqueta había comenzado a arder. Keiran se rió, mirando a su rival con arrogancia mientras este se desprendía de la prenda con un tirón, dejando que cayera fuera de la embarcación.

—Usuario, ¿eh? —meditó entonces con gesto sereno, sin quitarle el ojo de encima—. Supongo que habrá que tomarte algo más en serio.

El pirata exhaló un suave fogonazo a modo de provocación y, esta vez, fueron los dos quienes se lanzaron al ataque. Se produjo un nuevo choque, aunque la fuerza de este hizo que Ocras se escapara de las manos de su dueño, apenas un segundo antes de recibir un segundo puñetazo que le acertó en el estómago. Los dorados ojos del sabueso se abrieron como platos y hasta se vio obligado a encogerse de dolor. No había sido imaginación suya: justo antes de encajar el ataque pudo percibir un tenue brillo recorriendo el brazo de Daríus desde el codo hasta el puño. ¿También tenía esa capacidad?
Por puro instinto aferró al marine del antebrazo con ambas manos, aprovechando que aún estaban en contacto, y empleó su descomunal fuerza para alzarlo por los aires. Si algo había aprendido de sus trifulcas pasadas era que daba igual lo fuerte que fuera una persona; si se tenía la fuerza suficiente como para levantarlo, no podían evitarlo. Una vez lo tuvo suspendido dio un tirón, estrellándolo contra la cubierta y haciendo que esta se astillase en el acto. Esto sería seguido de una patada que buscaba su costado, pero el castaño reaccionó con una rapidez inaudita y no solo la esquivó, sino que volvió a elevarse en el aire con un empujón de su mano y le acertó con el pie en la mandíbula, lanzando a Keiran por los suelos unos cinco metros más allá.

—Patético —se mofó, volviendo a adoptar una postura de combate sin perder de vista al pirata—. ¿Eso es todo lo que tiene el capitán de estos desarrapados? Me cuesta entender cómo habéis montado tanto alboroto en mi barco.

El pelirrojo se levantó mientras escuchaba toda esa verborrea, escupiendo a un lado tras notar el metálico sabor de la sangre en su paladar. Pasaría después el dorso de la mano por los labios, solo para comprobar que le había hecho una herida. «Vale, reconoceré que eso ha dolido», pensó, solo para sonreír con vehemencia, mostrándole sus afilados dientes teñidos de sangre.

—Solo hemos empezado —advirtió, justo antes de lanzarse al contraataque.

No tardó demasiado en volver a acortar distancias, devolviéndole el favor siendo él quien golpeara primero en esta ocasión. Como ya había hecho anteriormente, Daríus se limitó a bloquear su ataque, sorprendiéndose al notar que del puño del pirata emergía una onda de choque justo en el momento en que se tocaron. Esta alcanzó de lleno al marine y le hizo retroceder un par de pasos, cosa que aprovecharía el capitán para buscar el rostro ajeno con su diestra y seguir con un rodillazo directo a su vientre. Lo primero acertó en su objetivo pero, aunque la rodilla pareció hacer contacto también, el teniente no pareció inmutarse. Keiran bajó la mirada por un instante, lo suficiente como para percibir aquel brillo metálico de nuevo justo donde le había dado. Eso no pintaba bien.
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Mensaje por Napolean Mar 23 Feb 2021 - 20:44

Alexander frunció el entrecejo con enfado, para luego enfundar sus revólveres de nuevo. Sus disparos no habían hecho mella en la armadura más allá que romper un manguito del que emanaba algo parecido a aceite azulado y pestilente. Eso no parecía haberle hecho mucha gracia al marine, que sin darle tiempo a reaccionar se impulsó con rapidez hacia Napo, el cual tuvo que bloquear los brazos de la máquina con sus manos.

El impulso del exoesqueleto le hizo retroceder varios metros, en los que arrastró a una buena cantidad de marines que huían despavoridos.

—He aquí el orgullo de la marina del gobierno mundial, ¿vrai? —Pero el marine no dijo nada, tan solo forcejaba con Alexander, mientras le miraba a los ojos con rabia, apretando con tanta fuerza la mandíbula que parecía que iba a quebrar sus propios dientes—. ¿Te ha mordido la lengua el gato o es que le molesta perder aceite en público? —inquirió Napo, recibiendo una patada en mitad del pecho por parte del exoesqueleto, que lo tiró de espaldas sobre cuatro o cinco marines y, a su lado, la preciosa Rose—. ¡Hola! —exclamó Alexander, levantándose y cogiendo dos sables de los marines—. ¿Je peux te l'emprunter? —le preguntó a un marine que balbuceó algo extraño—. Me lo tomaré como un sí.

Una de las espadas estaba rota, así que tan solo pudo usar una de ellas. Concentró el poder de su fruta del diablo en ella y la agrandó hasta convertirla en un arma manejable para él y, haciendo gala de su experiencia y habilidad en la esgrima Mythiliana, se abalanzó hacia el supervisor técnico y le golpeó con ella. Trazó un movimiento ascendente buscando intentar cortarle otra de las mangueritas, pero lo protegió con suma habilidad interponiendo uno de sus brazos.

Durante un breve instante, Alexander parecía estar dominando el combate, golpeaba sin cesar con el arma, buscando atacar las zonas menos protegidas, pero eso no fue suficiente. Su contrincante se las aprovechó para agarrar la espada con la mano y hacer fuerza para romperla en dos. Tras eso, trató de golpearlo en la cara, a lo que Alexander se echó a un lado y esquivo. No valían los proyectiles y no valían las armas de filo, así que tenía que intentar ir con sus propias manos.

Alexander se había dado cuenta que, con el transcurso del tiempo, el exoesqueleto se movía más lento, y supuso que el disparo a aquella manguera había desbaratado, de alguna forma, aquella máquina.

Se aproximó al exoesqueleto y lo golpeó con fuerza, haciendo que su puño chocara con un material trasparente, pero al mismo tiempo muy resistente que rodeaba el cuerpo del marine; era algo parecido a un cristal, pero más tenaz. Se hizo daño, tanto que no pudo evitar soltar un grito de dolor y maldecir por lo bajo a aquel marine.

—Ya no te ríes tanto, ¿verdad, monstruo? —preguntó, haciendo que Napo se enfadara y tratara de golpearlo de nuevo.

El marine le golpeó en el costado izquierdo, haciendo que se inclinara hacia ese lado, no obstante, Napo aprovechó esa leve inclinación para tratar de golpearlo en un hueco que había visto en la zona media. Durante un momento, al igual que en su celda, su mano pareció tornarse negra y el golpe no le dolió, es más, había sido como si aquella extraña esfera transparente vibrara al ser golpeada.

«¿Qu'est-ce que c'est?»

Se miró las manos asombrado, pues aquello le recordaba a la forma de pelear que tenía el Capitán Bourdeu, su viejo amigo, y en ese descuido el marine se abalanzó sobre él y bajaron de nuevo hacia el piso inferior, rompiendo el suelo de la cubierta y cayendo sobre algo duro.
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Mensaje por Cassandra Pendragon Dom 28 Feb 2021 - 19:56

El teniente sujetó con fuerza la empuñadura de su espada, quizá debido a la incomodidad que le producían los cortes del antebrazo, o quizá porque los años añadidos comenzaban a afectar a sus reflejos o su fuerza. El detalle no pasó desapercibido para los despiertos ojos de Cassandra, que calculaba ya sus próximos movimientos con frialdad y perfeccionismo.

Si aquel hombre tenía haki de armadura, pero no lo había utilizado antes, podía deberse a una simple subestimación de las habilidades de la rubia, o a que era incapaz de controlar esa habilidad. Si bien el marine se había jactado abiertamente de las habilidades bélicas de Cassandra en varias ocasiones desde que se habían topado, la joven merciana desechó la subestimación por motivos de supervivencia y coherencia psicológica. Si de veras tuviese la posibilidad de controlar abiertamente el haki, habría cubierto su rostro anteriormente, impidiendo el corte en la mejilla y utilizando aquello como una excusa más para reírse de la princesa. Pero solo lo había hecho cuando su antebrazo estaba en peligro de ser amputado por la fuerza de Zeus y Firenze. Lo que sugería que el poder entraba en acción por sí solo en situaciones de supervivencia, cuando su cuerpo se encontraba seriamente en peligro.

Cassandra se alegró de conocer previamente las habilidades de haki, gracias a la intrusión en Mercia de un samurái deshonrado que había huido de Wano y vagaba por Grand Line en busca de alcohol para entumecer sus sentidos, sin un objetivo concreto. Esto era, hasta que la princesa de Mercia decidió contratarlo como uno de sus instructores personales y aprender de él el arte del nitoryuu, haciéndolo suyo al mezclarlo con la esgrima que ya conocía, así como los fundamentos básicos del haki de observación y el de armadura que, si bien en el país de procedencia del samurái se llamaban de otra manera, eran globalmente conocidos con esos nombres. Si no hubiera sido por la llegada del extranjero, la princesa habría salido de Mercia sin conocer la existencia de estas particularmente útiles habilidades, lo que le habría supuesto un importante inconveniente a la hora de pelear con personas como la que tenía delante. Aunque, conociendo a Cassandra, habría etiquetado el haki como algún tipo de brujería y habría seguido adelante con su vida.

Con aquella teoría rondando su mente analítica, y la seguridad de que le había añadido un total de 18 años al marine que no tardarían en pasarle factura a nivel de reflejos y agilidad, al menos, Cassandra continuó con su plan inicial. Si todo le salía bien, podría convertir a aquel teniente en un anciano decrépito en tan solo un asalto o dos. Y quizá llevarse un brazo en el proceso, con suerte.

La joven comenzó por asestar una serie de espadazos alternando derecha e izquierda, efectuando cortes diagonales perpendiculares cada vez, dando un total de cuatro cortes con cada espada antes de intentar asestar una puñalada directa al pecho del teniente, y volver a empezar. El marine la detuvo sin aparente problema, danzando junto a ella por la cubierta y neutralizando cada uno de sus movimientos sin excesiva dificultad. No obstante, tampoco encontró la oportunidad de hacer otra cosa que defenderse, lo cual formaba parte del plan de la platina.

Cassandra continuó su ataque durante varios segundos, repitiendo la misma serie una y otra vez, siendo detenida por el teniente en todas las ocasiones, empujándolo y obligándolo a moverse por cubierta. Tras la sexta serie, Cassandra cambió de táctica, y le asestó una puñalada con Zeus, que el teniente recibió por sorpresa. La espada se clavó en la carne correspondiente al hombro derecho del marine, y la corriente eléctrica se propagó a toda velocidad por su cuerpo, dañándole los músculos del hombro ligeramente y entumeciéndole el brazo con el que cargaba la espada, lo cual lo obligó a dar un salto hacia atrás para sacarse a Zeus y cambiar la espada a la siniestra con un gruñido de dolor.

—¿...Esgrima? —reconoció el Teniente, frunciendo el ceño, extrañado. Su rostro cambió a una expresión de entendimiento entonces, al tiempo que ataba cabos en su cabeza—. Ya sé de qué me suenan los Ravenous Hounds. Son los ladronzuelos de pacotilla que saquearon un palacio y secuestraron a la princesa. ¿Eres tú la princesa? —inquirió, interesado—. Porque si lo eres, podría cobrar una bonita recompensa por devolverte a papá y mamá sana y salva... O, al menos, viva.

—¿Secuestrada? —rió Cassandra—. Ni siquiera mis padres se creerían semejante tontería. Aunque supongo que es el camino a seguir para quedar bien... A mí no me ha secuestrado nadie —añadió, con mirada severa—. Nadie secuestra a la princesa Cassandra Pendragon. Ni el bruto de mi capitán, ni tú, ni nadie.

—¿Qué tal si le dices eso a tus padres cuando te devuelva a la isla de pacotilla de donde vienes? —propuso el teniente, todavía con espíritu jactancioso.

—¿De veras estás en situación de chulearte, teniente? Dudo que seas ambidiestro. Usando tu mano mala contra mis dos espadas, estás en clara desventaja. Por no decir... ¿no te notas un poco cansado? La edad no perdona —señaló la princesa, con una sonrisa de suficiencia en el rostro, viendo como su pelo se volvía gris y le salían más arrugas en el rostro. Si sus cálculos no fallaban, ahora el teniente tenía 25 años extra sobre sus hombros, lo cual lo situaría entrado en los 60. Viendo que no estaba especialmente en buena forma, ya que parecía confiar demasiado en el uso de su espada más que en su propio cuerpo, sus músculos debían estar comenzando a atrofiarse, y sus articulaciones a quejarse.

Pero Cassandra no había terminado.
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Mensaje por Keiran T. Farraige Dom 18 Abr 2021 - 22:51

Los dientes del pirata rechinaron cuando notó el golpe en su espalda. La situación se había resuelto tan rápido que a sus sentidos les había faltado tiempo para terminar de asimilarla: el teniente comandante logró detener su rodillazo con aquel brillo enigmático imbuyendo su cuerpo para, a continuación, devolverle la jugarreta pasada y estamparle contra el suelo tras sujetarle la pierna. Tal vez con eso hubieran quedado en paz y todo el mundo hubiera podido volver feliz a casa... en otras circunstancias. En realidad lo único cierto aquí es que esa posibilidad se había desvanecido en el momento en que decidieron asaltar el navío marine. Una lastima.

Keiran se vio obligado a cruzar los brazos sobre sí mismo para detener el puño del castaño antes de que este se estrellara contra su rostro y, aunque evitó el golpe, a nada estuvo de ceder. Empezaba a sacar sus propias conclusiones, como que la fuerza que el oficial poseía no era realmente superior a la suya, sino que aquella condenada habilidad le permitía equilibrar la balanza a su favor. En el pasado había escuchado rumores entre los piratas sobre poderes así; algo a lo que se referían como «haki», un don que se podía convertir en un arma contra cualquier persona que surcase los mares, incluyendo a los usuarios de Fruta del Diablo. En aquellos dos años de viajes terminó por llegar a la teoría de que él mismo había sido capaz de despertar ese don frente a Leighton, aunque su naturaleza seguía siendo un misterio para él y más aún el modo de darle uso a placer. Tendría que buscar la manera de darle la volver las tornas y aventajarse frente a Darius.
Rodó por el suelo cuando el marine vio frustrado su ataque, justo a tiempo para esquivar un pisotón que se clavó en la madera de cubierta lo suficiente como para dejarle atrapado en el sitio. El pirata aprovechó ese mismo instante para ponerse en pie y, haciendo uso del despiste, le acertó un gancho en la mandíbula con suficiente fuerza como para desencajarle del barco y derribarlo más allá.

—¡Eres mío, marinerito! —rugió, abalanzándose sobre él mientras pasaba a su forma híbrida con la esperanza de superarle.

Sus fauces se abrieron y sus afilados dientes trataron de hincarse en la yugular del oficial, pero tan solo logró que chasquearan a unos pocos centímetros de esta. El teniente había alzado ambas piernas desde el suelo, apoyando los pies en el torso del pirata y frenando así su avance. Keiran estaba seguro de que aquello tan solo le serviría para aplazar lo inevitable, empezando a preparar su aliento flamígero para reducirlo a cenizas. La sonrisa de Darius, sin embargo, le hizo desechar aquella idea.

—Yo te tengo, hijo de puta.

Con la misma fuerza que había empleado para propulsarse en el aire, el marine empujó al pirata aplicando contra él una presión tan descomunal que lo lanzó hacia atrás, haciéndole perder el aliento y logrando que se llevara por delante a soldados y piratas por igual para, tras un par de segundos, acabar estrellándose contra la borda. A causa de la pérdida de aire en sus pulmones sintió que la cabeza la daba vueltas en un mareo constante, hasta el punto de hacerle volver a su aspecto habitual. El pelirrojo masculló algo ininteligible, probablemente alguna maldición dirigida al oficia, mientras se erguía un poco con la espalda aún apoyada contra la madera del barco. Le dolía la espalda, pero su preocupación se centraba en la presión que aún sentía contra el tórax.

Su mirada buscó al castaño tras aquellos segundos que necesitó para recomponerse, comprobando que había acortado distancias con él y que ahora portaba algo consigo: Ocras. Mostraba sin reparos una sonrisa cínica e irritante mientras le apuntaba con su propio mandoble, regodeándose en la cercanía de su victoria. ¿Pero iba a ser ese el fin de Keiran? No, evidentemente no, y es que el pelirrojo ya estaba buscando la salida de aquella situación mientras ignoraba las palabras de su adversario.

—Definitivamente no eras para tanto. Casi me da pena que tus hombres te hayan seguido a una muerte segura. Tranquilo, los dejaremos en las manos de nuestros mejores hombres para que entiendan lo que le ocurre a los que vivís por y para el caos —indicó, frunciendo el ceño al final—. Daremos ejemplo con vosotros. No causaréis más problemas a las buenas gentes de este mar.

La ambarina mirada del capitán pirata se posó entonces en una sombra de cubierta. No en una cualquiera, sino en la que seguía al propio Darius desde su espalda. Observó después la que proyectaba la propia borda, sobre él, y no necesitó ver nada más. Se limitó a sonreír cuando su cuerpo se sumergió en ella, emergiendo justo detrás del marine un segundo después, apenas teniendo tiempo para reaccionar a la presa del sabueso.

—¡¿Qué coj...?! —Exclamó alarmado mientras forcejeaba por librarse de Keiran—. ¿Cómo has...?

El capitán, por su parte, apretó su agarre y rio con vehemencia en el momento en que todo su cuerpo se vio envuelto en llamas, cubriendo con estas también al marine. Los gritos de agonía del oficial eclipsaron casi por completo el ruido de la batalla, haciendo que varios piratas y soldados desviaran su atención del combate para observar el dantesco espectáculo. Solo lo soltó cuando dejó de retorcerse y chillar, cayendo inerte como un cascarón chamuscado cuyos galones ya ni siquiera se distinguían entre el fuego. Se inclinaría a continuación para recuperar su mandoble, girándose después para encarar al resto de los presentes con un brillo vil en sus ojos.

Iba siendo hora de terminar lo que habían empezado.
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Mensaje por Napolean Mar 20 Abr 2021 - 19:12

El musculoso cuerpo de Alexander cayó de lleno contra el duro suelo del último piso del barco de la marina, haciendo que el barco se tambaleara levente sobre la superficie del mar, aunque también puede que fuera por los disturbios que estaba ocasionando su nuevo amigo humano y sus hombres. Napo fue capaz de notar como la madera se agrietó un poco con la caída, pero no lo suficiente como para hacer que entrara agua del exterior. Sobre si cuerpo tenía un exoesqueleto que parecía haberse quedado parado, sin poder moverse.

—No, no, no… —se quejaba continuamente el marine, que apretaba botones a una velocidad abismal, intentando que la máquina funcionara. Sin embargo, parecía tener éxito alguno en su empresa. Podía notar como los brazos de la máquina hacían el propósito de moverse, pero sin éxito. Se escuchaba un pequeño traqueteo que procedía de la zona más céntrica de la máquina, así como un gemido metálico de las articulaciones de sus brazos; si es que una máquina podía tener articulaciones, claro está.

Entretanto, Alexader posicionaba los brazos de tal forma que las palmas de sus manos estaban pegadas al gran exoesqueleto y con mucho esfuerzo comenzó a empujarlo para tratar de quitárselo de encima. Era pesado y sabía que no iba a ser capaz de levantarlo por completo, pero sí lo suficiente como para echarlo a un lado y poder quitárselo de encima. Lo levantó lo suficiente como para mover su pierna derecha, flexionarla y usarla como eje impulsor para volcarlo hacia la izquierda.

«Tres, dos, uno…»

Y lo logró. Fueron unos segundos eternos con aquella mole sobre él. Inmediatamente después se levantó y se puso al lado del exoesqueleto.

—¿Y ahora qué? —preguntó con arrogancia, dándole golpecitos con el pie y mirando la cara de terror e incredulidad del marine.

Dentro podía escuchar como el marine maldecía cosas, pero eso no iba a quedar ahí. La gente de aquel barco le había humillado durante su estancia allí, y su pasado como semigigante amable, que ponía la otra mejilla, se había esfumado tan pronto como osaron tratarlo como un burdo criminal más. Toda esa rabia brotaba de su ser, cerró los ojos y se concentró en intentar volver sus puños negros como antes, mas no fue así. No obstante, era capaz de notar una especie de brillo traslúcido en ellos. Los cerró y empezó a golpear el cristal de la cabina de aquel exoesqueleto. Cada golpe que le daba lo agrietaba más, hasta que, finalmente, cedió y se rompió.

El marine sacó un arma que llevaba oculta bajo su manga, una especie de pequeño revolver y le disparó a bocajarro. Fueron dos balas, pero eran tan pequeñas que se quedaron dentro del hombro del semigigante, que ya no podía mover ese brazo.

Tu n'aurais pas dû faire ça, mon freire —le djo Alexander, en el idioma ancestral de su isla.

—¿Qué demonios estás diciendo? ¡Monstruo! —Fue lo único que dijo el marine.

—Algunos no aprendéis…

Alexander con su otro brazo golpeó el pecho del marine, que quedó inconsciente casi al instante. Lo agarró por la cabeza y comenzó a subir hacia la cubierta. Allí aún había jaleo, pero Keiran parecía también haber acabado con su presa.

—Todo tuyo —le dijo, lanzando al marine a sus pies—. ¿Algo más que hacer aquí?
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Mensaje por Cassandra Pendragon Jue 29 Abr 2021 - 21:53

Rose se carcajeaba como una desquiciada por cubierta, al tiempo que apuñalaba marines de rango bajo, probablemente poco más que reclutas y cabos, como si se tratase de un juego de acción especialmente divertido. La joven tenía unos cuantos cortes en las zonas descubiertas de su piel y sangraba profusamente por una pequeña herida en la cabeza, pero su rostro de felicidad no dejaba rastro a sentimiento de dolor alguno. En aquellos momentos giraba sobre sí misma cual bailarina de ballet, empuñando sus dagas frente a su torso, cortando a los cuatro marines que la habían rodeado.

Cassandra no aprobaba aquel comportamiento tan vulgar, pero no podía negar que le gustaban las tendencias caóticas de su compañera. Por su parte, tenía que terminar su combate con el Teniente, quien había envejecido 25 años en tan solo unos minutos y empezaba a notar las consecuencias. La princesa podía notar que se movía con más pesadez, ligeramente más lento, probablemente debido a las articulaciones ancianas que ahora movían su cuerpo. Y, sin embargo, seguía sin ceder, enzarzado sin mayores inconvenientes en un duelo de esgrima con la joven merciana. La muchacha avanzaba empujando a Firenze hacia delante y con Zeus tras su espalda, con el antebrazo pegado a su zona lumbar y la punta afilada de Zeus mirando directamente a su oponente, colocando el pie izquierdo en perpendicular al derecho e inmediatamente detrás de este, y con las rodillas flexionadas lo suficiente como para situarlas encima de sus pies, aprovechando la clásica postura "en garde" de la esgrima para moverse por cubierta enfrentándose al marine sin perder terreno, y defendiéndose cuando era necesario.

El estilo de combate de la princesa era cuanto menos peculiar, ya que saltaba de la elegancia de la esgrima a la ferocidad samurái en cuestión de segundos, combinándolos en sus movimientos y sus posturas para crear su propia marca, y aprovechando técnicas de ambos estilos según su propio juicio y capricho. Por el contrario, eso significaba que Cassandra no era experta en ninguno de aquellos estilos, y tenía todavía mucho que pulir para poder considerar siquiera el propio como medianamente decente para sus estándares de exigencia. Quizá fue por aquel motivo que el Teniente pudo encontrar un hueco en su postura y ejecutar un corte dirigido a su pierna izquierda que se abrió paso a través de la media de alta costura de la joven aristócrata, para hacer brotar la sangre escarlata que corría por sus venas.

La merciana se vio obligada a apartar la espada del marine con la propia, con un gruñido de dolor, y dar un paso atrás para recuperar el equilibrio.

—¿Quién me iba a decir que me toparía nada más y nada menos que con la princesa Pendragon? —se jactó el Teniente, con el rostro torcido en una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Los cincuenta millones que vale tu cabeza me vendrían muy bien, miladi, así que sugiero que dejes de forcejear y te rindas.

—¿Has mirado a tu alrededor o estás demasiado ocupado admirando mi belleza? —inquirió Cassandra—. No te culpo si es así. Pero esta batalla se ha terminado, Teniente.

A continuación, la platina dibujó un trazo circular con Zeus a la altura del pecho del Teniente, que detuvo sin mayores inconvenientes. Entonces, Cassandra cambió su pie de apoyo a la pierna mala, reprimiendo un gruñido de dolor, para dar un giro de casi trescientos sesenta grados con la intención de ganar impulso y ejecutar una estocada con Firenze, que esta vez se clavó en el pecho del marine y terminó con su vida en unos pocos segundos agonizantes, en los que luchó por recuperar el aliento mientras sus pulmones se llenaban de sangre.

Cassandra extrajo a Firenze de su tórax con un movimiento brusco, haciendo caer de bruces al ahora cadáver, que recuperó su edad original como si por arte de magia al tocar el suelo. La joven se agachó a su lado, para utilizar la ropa blanca del Teniente como trapo en el limpiar la sangre que se había quedado impregnada en su filo.

—Nadie secuestra a Cassandra Pendragon, Teniente. Debería haberlo sabido —le susurró, antes de incorporarse y echar un vistazo a su muslo. Sangraba profusamente y le preocupaba haberse dañado la arteria femoral, y con sus escasos conocimientos de medicina no podía saber con total seguridad si el tajo había afectado a la arteria o no. Necesitaba terminar aquel combate, y utilizar las artes de costura de Rose a su favor.

A su alrededor, la mayor parte de combates habían finalizado. Keiran parecía estar a punto de derrotar a su oponente, el tipo exageradamente grande ya estaba en cubierta, y Rose sujetaba por la pechera del uniforme al que parecía ser el último marine que quedaba en pie, obviando al oponente del capitán pirata.

—¡Rose! ¡Detente! —ordenó Cassandra, alzando la voz para que sus palabras llegasen a la muchacha desde casi el otro lado de cubierta. Rose detuvo el cuchillo a escasos milímetros del cuello del marine, y clavó sus ojos color vino en la princesa, entre molesta e inquisitiva—. Necesitamos dejar un superviviente, ¿recuerdas? Un testigo que propague la historia de lo que ha sucedido aquí hoy —le recordó, dedicándole una mirada al ex retenido.

Rose apartó lentamente el cuchillo del asustado marine y lo soltó con un suspiro de resignación, antes de guardarse los cuchillos con pericia, y darle un empujón que lo tiró al suelo. Cassandra se acercó a la velocidad que le permitía el corte del muslo al joven cadete y le dedicó una sonrisa falsamente amable.

—¿Cómo te llamas, marine?

—D-D-Dave —tartamudeó el acongojado susodicho, que yacía sentado en el suelo ahí donde la rubia lo había detenido.

—Muy bien, Dave. Hoy es tu día de suerte —sonrió la princesa.
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