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Mensaje por Napolean el Mar 22 Sep 2020 - 0:46

Era una mañana preciosa, con un cielo completamente despejado de nubes y un sol que irradiaba calidez y felicidad. El viento era suave y fresco, trayendo a las fosas nasales de cualquiera que respirara profundamente un ligero olor a jazmín y fresas que gustaba. ¿De dónde procedía dicho olor? Tal vez del perfume de una preciosa mujer esperando a su caballero en el puerto de alguna isla, o quizás de algún bosque en algún islote en mitad de ninguna parte. Todo era posible, después de todo se encontraba en el paraíso.

Sin embargo, Alexander, comúnmente conocido como El Napo, no sabía nada de eso. Hacía muchos días que no veía la luz del sol y que no respiraba aire puro y fresco, y la noción del tiempo era algo que tenía completamente perdida. ¿Cuánto llevaba allí encerrado? ¿Ocho días? ¿Nueve? ¿Quizás menos? No era consciente de tal pregunta. Se encontraba en el interior de la peor celda de un mugriento barco de la marina, totalmente aislado del resto de reclusos por alguna razón que desconocía y casi a oscuras, de no ser por una pequeña lamparita que estaba al final de un largo pasillo.

—Es hora de tu clase diaria de civismo, pequeñajo —dijo una voz irónica que se acercaba hacia a él con paso lento y firme.

Alexander se encontraba con las muñecas rodeada por unos extraños grilletes que mitigaron su vitalidad natural en el momento en el que rozaron su piel. Era algo extraño, pues no solo le habían debilitado, si no que los poderes que aquella singular fruta que había comido en el pasado también habían desaparecido. Sus brazos estaban estirados del todo, mientras que sus rodillas apenas tocaban el suelo. Su cuerpo estaba casi desnudo, pues únicamente le habían vestido con unos calzones de tela, ya manchados por su propia orina y restos de sus heces.

Y de pronto, un puñetazo en la boca del estómago. El brazo de aquel sujeto era pequeño, como el de un niño pequeño para alguien como el semigigante, pero eso no hacía que fuera menos doloroso.

—Veo que sigues pegando como una ancianita —comentó Napo, fingiendo una sonrisa que apenas se vislumbraba en la oscuridad. Estaba en desventaja y era consciente de ello, pero nunca iba a dejar que un humano tan deplorable como el que tenía en frente, tan carente de honor, le viera con el espíritu quebrado. Podían intentar romper su cuerpo, y serían testigos de ello, sin embargo, jamás le verían llorar o entristecido—. ¿Es lo mejor que tienes?

Y de nuevo lo golpearon, aunque esa vez con más fuerza y en la cara. Pudo notar como los huesudos puños de aquel hombrecillo se incrustaban en su mandíbula, haciendo que sus propios dientes chocaran con su carne y la sangre se mezclara con la poca saliva que era capaz de generar.

Siguiendo su instinto, guiado por las voces internas que era capaz de escuchar algunas veces, escupió al marine que se encargaba de su nuevo adoctrinamiento educativo a base de golpes. El escupitajo de un semigigante —y, sobre todo, el de alguien tan grande como Napo, que medía cuatro metros y medio—, era distinto al de un humano. Era más espeso, tenía más flema y, ante todo, era más contundente y denso. El cuerpo del marine estaba entero cubierto de esputo y eso le enfado muchísimo más.

—Nunca vas a aprender, ¿verdad? —le preguntó con rabia y asco, pues había dado una arcada justo después que hizo reír al pirata—. Te vas a enterar.

El marine salió de la celda, abriendo la puerta con completa violencia y caminó hasta la mitad del pasillo. Allí abrió una especie de cajetilla y todas las luces se encendieron de pronto, cejando al semigigante durante un lapso de tiempo que puso considerarse largo.

Cuando volvió a abrir los ojos y ser capaz de ver con nitidez, lo primero que pudo vislumbrar fue como un palo de madera de un grosor considerable se rompía al chocar contra su cara. No obstante, que se rompiera no evitó que el marine continuara golpeándole reiteradamente hasta que su respiración se agitó y sus brazos fueron incapaces de sujetar aquella barra.

De pronto, Napo empezó a reír sin ganas, haciendo que el marine abriera los ojos de par en par, tan incrédulo como temeroso, pensando que el ser que tenía frente a sus narices estaba completamente loco.

—El día menos pensado conseguiré romper estas cadenas, marinerito… —dijo con voz calmada—. Y cuando eso ocurra más vale que huyas, porque como te coja no va a reconocerte ni la puta de tu madre —Y haciendo uso de las pocas fuerzas que tenía trató de arrancarlas cadenas del techo y abalanzarse sobre el marine—. ¿¡Me has oído, fils de pute¡? ¡Pienso acabar contigo y con todos los de este barco!

Y el marine se fue de allí, cerrando la puerta con rapidez y apagando las luces. Durante un buen rato, Alexander estuvo gritando y gritando, haciendo que más de un maldito marine se asomara a ver que le ocurría, pero nadie se atrevía a acercarse a él. Cuando se hubo calmado, otro preso, encadenado de pies y manos, fue el encargado de traerle algo de pan duro y un vaso de agua que pare él era un chupito.

—Se han escuchado tus delirios hasta en mi celda —le dijo, mientras le metía el trozo de pan en la boca.

—Quiero que me teman —comentó con seriedad y determinación—. No pienso dejar que ellos venzan, ¿me has oído?

—No puedes ganar —le dijo, con voz resignada. No era capaz de verle con nitidez, después de todo la oscuridad los envolvía casi por completo, pero por un momento Napo fue capaz de sentir en su interior como estaba completamente dado por vencido, sin atisbo de esperanza alguna—. Ni tú, ni yo, ni nadie.

Y sin decir nada más, le dieron su minúsculo vasito de agua y lo volvieron a dejar solo.

Napo tenía claro que prefería morir intentando escapar, que pudrirse durante décadas en una celda y luego ser liberado por pura pena de un grupo de elitistas que quisieran hacer una buena obra. «Solo unos tirones más y los tornillos cederán», se decía, moviendo los brazos con rabia, tratando de sacar las hembrillas de metal que tenían sujetas las cadenas. Después de todo, él era consciente de que si no podía romper las cadenas, tendría que arrancar su sujeción.
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Mensaje por Cassandra Pendragon el Miér 30 Sep 2020 - 20:51

Cassandra se miraba fijamente en el espejo de su cuarto, examinándose el rostro con ojo crítico en busca de algún cambio llamativo que indicase una modificación de su edad. Su piel seguía igual de tersa y blanquecina, sin una sola arruga, su ceño liso, su pelo platino del mismo largo, todavía con reflejos rosados, pero sin un solo rastro de canas.

Esbozó una mueca mezcla de desilusión y descontento y garabateó algo en su diario, antes de volverse para mirar a Rose. La muchacha saltaba sobre la cama doble con dosel con rostro divertido, en un cuerpo más pequeño del habitual, con menos curvas y rostro infantil. Cassandra calculaba que debía encontrarse en la preadolescencia, o quizá la entrada a esta.

—¿Cuántas bofetadas te di exactamente? —le preguntó a la ahora niña, cogiendo el diario sobre una mano para escribir con la otra.

—Creo que unas treinta, pero perdí la cuenta —respondió Rose, sin dejar de saltar. Cassandra emitió un suspiro de resignación y anotó más cosas en su diario.

—Y no puedes levantar tu espada —confirmó la joven noble, sin levantar la vista del papel.

—No. Ni el escudo. Con estos bracitos de niña pequeña no puedo levantar ni un machete —respondió la pelirrosa.

—Cuando se pasen los efectos, avísame, haz el favor —le pidió a su compañera, dejando el diario sobre el tocador junto al lápiz y abandonando el cuarto.

Cassandra llevaba ya días en alta mar y el tiempo era monótonamente agradable, el viento soplaba a su favor en las velas del galeón robado y nadie parecía haber tenido la valentía de perseguirlos una vez abandonaron aguas de Northumbria, por lo que el viaje había sido tranquilo y aburrido. Por tanto, se había dedicado a comprobar sus nuevas habilidades y escribir en su diario, además de discutir con el capitán pelirrojo con el objetivo de buscarle las cosquillas, tal y como se había propuesto antes de partir.

La temática del debate que la aristócrata había decidido escoger para comprobar el límite de la paciencia del pelirrojo era algo que no le importaba obtener en caso de ganar la discusión: la posesión de la Log Pose.
Si bien ambos eran navegantes, había quedado claro en aquellos días que Keiran no parecía tener muchos conocimientos teóricos al respecto, y se centraba más en la práctica. En concreto, manejar el timón. Cassandra no tenía experiencia de navegación fuera de las corrientes marinas de su archipiélago natal, y no había navegado nunca por Grand Line, al contrario que su compañero. No obstante, tenía conocimientos teóricos más avanzados, le ganaba en vocabulario general -aunque en esta materia ganaba en términos genéricos- y, por tanto, creía ser la adecuada para leer las indicaciones de la especial brújula que los guiaría en su camino.

Por supuesto, Keiran estaba en completo desacuerdo.
La joven le había permitido manejar el timón por el sencillo motivo de tener experiencia previa en aquellos mares, pero no veía necesario que se quedase con la brújula. Después de todo, ella también era navegante, así que no estaba de más compartir un poco las tareas del puesto.

—Keiran —lo llamó al encontrarlo en cubierta—. Si tienes tiempo, podemos continuar nuestra discusión sobre la posesión de la Log Pose. Tal y como quedamos la última vez, nadie había convencido a nadie de cambiar su postura, por lo que debemos continuar el debate hasta llegar a una conclusión satisfactoria, ¿no te parece? —inquirió, casi retóricamente.

Calisto emitió un chillido entonces desde algún lugar encima de sus cabezas, y Cassandra la buscó con la mirada para verla lanzándose en picado hacia el pez que uno de los tripulantes acababa de pescar con orgullo unos metros a su izquierda. El águila extendió sus garras hacia la caña para atrapar al jugoso ejemplar con sus espolones y tirar de él para arrancarlo del anzuelo y llevárselo a la cofa, que había reclamado como suya. De vuelta en lo más alto del barco, la ave sacudió las alas y se dispuso a comer, con el tripulante alzando los puños al aire con gesto molesto, lo que provocó una ligera carcajada en la dueña de la ave rapaz.

—Retomando la conversación y, antes de que me interrumpas con tus gruñidos, permíteme que haga una pequeña recapitulación —continuó la rubia, colocándose el pelo tras la oreja para evitar que se le metiese en la cara con la brisa marina—. Por mi parte, mi argumento para tomar posesión de la Log Pose consiste en varios puntos. Para empezar, ambos somos navegantes, y no niego tu habilidad para manejar el timón, motivo por el cual no he puesto pegas a que lo lleves tú. No obstante, es un desperdicio de mis habilidades el no utilizarlas para el beneficio de la tripulación, por lo que lo más conveniente y productivo es que ambos trabajemos en equipo en lo referente a la materia. Por otra parte, mis conocimientos teóricos parecen superar a los tuyos, lo cual tiene sentido. Probablemente has aprendido a navegar a base de navegar, ensayo y error, sin recibir ningún tipo de formación al respecto; mientras yo he sido adecuadamente instruida en el oficio de la navegación durante años por parte de un experto, el líder del escuadrón marítimo de Mercia y el navegante personal de la reina. Esa formación incluye, por supuesto, el aprender a leer todo tipo de artilugios marítimos, como son los barómetros, los sextantes, los astrolabios o, obviamente, la Log Pose. No dudo que de alguna manera te las has apañado para salir de Northumbria y regresar sin morir en el intento o perderte por el camino… O quizá sin admitir haberte perdido por el camino. No obstante, considero que, si debemos compartir las responsabilidades del puesto de navegación y ya has reclamado el timón como tuyo, lo menos que podemos acordar es que yo me quede con la titularidad de la Log Pose y me encargue de hacer las lecturas correspondientes de la misma. Después de todo, tú estarás ocupado manejando el timón, y yo dispongo de tiempo libre más que suficiente como para echar un vistazo a la brújula y decirte si debemos cambiar el rumbo o estamos yendo en la dirección correcta —relató, antes de hacer una pausa—. Trabajo en equipo.

A continuación, escuchó la réplica de su compañero de tripulación y capitán, que permaneció terco en sus ideas egoístas de tener el control absoluto sobre la navegación de la embarcación. Cassandra frunció el ceño ligeramente, molesta al verse incapaz de hacerlo cambiar de parecer. Llevaba días insistiendo con el tema, y siempre recibía una contestación similar.

—¿He de repetirte nuestro trato original? Malamente puedo sentirme parte de esta tripulación, o tratada como una igual, cuando se me niega algo tan básico como… ¿ayudar? —saltó, incrédula—. ¿Sabes acaso lo afortunado que eres de…? —se cortó a sí misma para no perder los nervios y soltó un suspiro para tranquilizarse—. No importa. Si no eres capaz de valorar lo que tienes a tu alrededor, no te extrañes cuando desaparezca —finalizó.

La aristócrata cruzó los brazos sobre la baranda, alejándose unos metros de su capitán para observar el horizonte, claramente insatisfecha. Después de todo, nunca le habían negado nada hasta entonces. Excepto aquello de no querer casarse, por supuesto. Pero había podido salirse con la suya incluso en aquella ocasión. Eso de no tener todo lo que pedía era una experiencia nueva y, francamente, frustrante.

Pero si alguien sabía de estrategia en aquel barco, y si alguien podía conseguir que Keiran diese el brazo a torcer, era ella. Tan solo necesitaba buscar otro ángulo desde el que abordar aquella discusión.
Ya comenzando a maquinar su nuevo plan, los ojos rojizos de la joven se fijaron en la figura que acababa de aparecer en el horizonte.
Parecía ser un barco, de dimensiones generosas. Al acercarse un poco más, Cassandra fue capaz de divisar la bandera de la Marina, y del Gobierno Mundial.

La princesa se volvió para mirar a su capitán, quien también parecía haberse percatado de la embarcación a la que se acercaban.
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Mensaje por Keiran T. Farraige el Lun 12 Oct 2020 - 22:01

Un par de ojos ambarinos escrutaban el horizonte con aire distraído. Más allá del galeón, a incontables millas de distancia, donde el cielo y el mar se hacían uno, no podía verse absolutamente nada. Por no haber, no había mucho más que nubes dispersas observándoles desde lo alto. La brisa jugaba a su favor en aquella ocasión, dejando que las velas la aprovecharan para impulsar la nave en un trayecto que había sido, hasta el momento, sumamente tranquilo. A cualquiera le habría costado creer que se encontrasen en aguas del Grand Line, aquellas donde el temporal no mostraba piedad alguna con los valientes que se atrevieran a surcarlo, y es que hasta un inepto sería capaz de ponerse al timón en un día como aquel. Vamos, que el día se anunciaba como uno aburridamente monótono, lo que hacía que el capitán pirata se sintiera inquieto. Una tormenta, fuertes vendavales, algún barco mercante o un bergantín rival; ¿pedía demasiado?

Bajó la mirada hacia su muñeca, con ambos brazos entrecruzados sobre el timón y sirviendo de apoyo a su mandíbula en una no demasiado cómoda postura, observando así la pulsera que sostenía la Log Pose. Había permanecido imperturbable durante los últimos días, así que no se habían visto en la necesidad siquiera de variar el rumbo más que por pequeñas correcciones, lo que había llevado a que Keiran bloqueara la dirección en más de una ocasión para pasear por cubierta, coquetear con las reservas de alcohol y observar cómo el resto de tripulantes se jugaban su parte del botín en partidas de dados, cartas o cualquier competición que se les ocurriese. Algunos ya habían perdido más de la mitad del dinero sin siquiera haber puesto un solo pie en tierra desde que abandonaron Northumbria, aunque no parecían especialmente preocupados por el momento. Después de todo, ¿de qué les servía el dinero si no disponían de ningún sitio donde gastarlo? Los problemas llegarían cuando avistasen tierra y más de uno no pudiera costearse sus vicios.

Cerró los ojos por unos segundos, escuchando unos pasos aproximándose.

—¿Aburrido, capitán? —inquirió un animado Roman, acercándose hasta él con un par de jarras. El olor a alcohol no tardó en llenar las fosas nasales del pelirrojo—. Ni todo el dinero del mundo te haría feliz sin algo de movimiento.

—Está todo demasiado tranquilo —respondió tras una mueca, incorporándose y arrebatándole una de las bebidas—. Ni una sola emoción desde que nos fuimos. Esperaba, no sé, que nos persiguieran al menos, pero supongo que ese atajo de remilgados no son capaces de mover el culo ni cuando les roban.

El castaño se rió ante el comentario mientras observaba cómo su superior bebía, alzando la copa al final al grito de salud, algo a destiempo.

—Al menos tienes las discusiones con la subcapitana. ¿Vas a seguir negándote?

—Mientras no tenga nada mejor que hacer, sí.

Sonaba triste, pero debatir con Cassandra sobre lo coherente o no que resultaban ciertas gestiones del barco se había convertido en lo único que rompía la monotonía aquellos días. Bueno, obviando que los choques entre ambos oficiales se habían vuelto algo rutinario también. Al menos podía mantener activa su mente al conversar con la princesa, quien parecía estar decidida a llevarle la contraria en cuanto pudiese. Lo que no se esperaba ella era encontrarse con el inmenso muro de terquedad que podía caracterizar al pelirrojo, más aún cuando no tenía nada más con lo que entretenerse a bordo.

—Y hablando de la reina... —susurró, viendo cómo su segunda hacía acto de presencia en cubierta y se aproximaba con paso decidido. Aprovechó para apurar el contenido de su jarra, lanzándole a continuación la misma a Roman—. Cassandra —saludó de vuelta.

—Señora —se apresuró a saludar también el grumete tras pillar el recipiente al vuelo, haciendo un respetuoso ademán con la cabeza antes de dejarlos solos.

—¿Cómo no? Estoy deseando continuar. —Sus palabras fueron acompañadas de una sonrisa maliciosa y no poca burla, como ya era habitual en ellos. Después de todo, ambos sabían que ninguno de los dos daría su brazo a torcer fácilmente.

Se acercó con calma hacia la borda, dejando bloqueado el timón para que mantuviera el rumbo y acomodándose sobre la misma, de espaldas al mar. Tras esto guardó silencio y se dispuso a escuchar, una vez más, los argumentos de la noble que no cejaba en sus intentos por obtener la Log Pose para sí misma. ¿Que si Keiran tenía algún problema con ello? Ninguno realmente serio, aunque debía reconocer que no estaba del todo cómodo con la idea de desprenderse de algo tan simbólico como aquella brújula. Después de todo, ¿qué mejor analogía sobre controlar su propio destino que el instrumento que servía de guía hacia su próximo destino? Que la mujer contaba con numerosas habilidades no era ningún secreto a aquellas alturas, aunque no terminaba de creer que necesitase ningún tipo de ayuda en cuanto a la navegación. Sin embargo, obviando que tenía más que demostrado que se había valido por sí mismo durante los últimos dos años, no tenía en el fondo ningún motivo de peso para impedirle ayudar. ¿Cuál era el problema, entonces? La constante necesidad que tenía Cassandra de desmerecer las habilidades de su capitán, fuera en el ámbito que fuera. Tal vez intentaba demostrar lo contrario, que las de ella eran superiores, pero cada vez que la princesa sugería una suerte de fortuna como explicación al talento del pelirrojo, a este se le quitaban las ganas de ceder.

Así que esperó a que la pirata terminara con su exposición antes de hablar y, cuando lo hizo, se aseguró de negarle el gusto.

—La verdad es que pude regresar por pura casualidad a Northumbria, pero no se lo digas a los chicos. No hablemos ya de cómo me las apañé para salir de sus corrientes, aún me sorprendo a mí mismo —aseguró, con un tono tan neutro en un principio que hasta parecía hablar completamente en serio, y aquella impresión se habría mantenido de no ser por aquella sonrisa burlona que empezaban a dibujar sus labios—. Entiendo que tengas la necesidad de demostrar lo que vales, Cassandra; yo también creo que hay mucho detrás de tanta palabrería. Si no, no estarías en este barco, ni aunque me hubiera costado el pellejo. Recuerda, sin embargo, lo que dije el día que nos conocimos: nadie más que yo va a controlar mi destino. Eso incluye, claro, el rumbo que tomemos. Fuera de eso, ¿qué complicación hay? No es como si este chisme fuera algo complejo en exceso: marca una dirección, la sigues, no hay más misterio —resumió, aunque incluso él sabía que había mucho más tras la Log Pose—. Y sí, tal vez tú tengas más conocimientos teóricos que yo, eso no voy a ponerlo en duda... pero la teoría no basta. Estas aguas no son para principiantes. Estás en el Grand Line, Cass, lo que significa que el más mínimo error puede costarte la vida a ti, a mí y a toda la tripulación. Tienes los conocimientos en la cabeza, pero dime, ¿cuánta experiencia llevas a tus espaldas fuera de Northumbria? Yo llevo algo más de dos años y sé lo que hay.

Mantuvo su mirada sobre la princesa, ya sin reírse. Si bien buscaba chincharla un poco y no hablaba completamente en serio, no podía decir que hubiera mentido en los últimos puntos —aunque el temporal de los últimos días no jugara a favor de su argumento—. Tenía la certeza de que, aunque fuera por no darle la razón, lograría llevar a cabo aquella tarea sin dificultades, pero no podía limitarse a ceder ante cualquier petición de su oficial. Cuando la vio frustrarse, sin embargo, algo se activó en la mente del pelirrojo. Era la primera vez que la veía a punto de perder los nervios desde que se conocían. No lo había hecho ni durante la tensa situación que vivieron en el Palacio Real. La siguió con los ojos cuando se situó frente a la baranda, preguntándose si ya habría tenido suficiente, pensamiento que se esfumó con rapidez de su mente. Si en algo coincidían ella y él era en la terquedad, por lo que tenía la certeza de que volvería a la carga tarde o temprano.

Suspiró en silencio y ladeó el cuerpo, de modo que ambos quedaron mirando hacia la inmensidad del mar. Su ceño se frunció poco después al divisar algo en el horizonte: una embarcación que no estaba allí minutos antes. Mantuvo la mirada sobre esta hasta que pudo observar con mayor detalle los elementos que la componían y la bandera que ondeaba sobre el mástil más alto.

—Eso no es un buque de guerra —comentó sin mirarla—. Tampoco una fragata ni una nave de persecución, es demasiado grande y lento —siguió explicando, antes de cruzar miradas con la rubia—. Parece un transporte de prisioneros.

Casi pudo ver la reacción de su segunda a través de aquellos rubíes que tenía por ojos cuando el pirata empezó a sonreír. La mirada ambarina de Keiran denotó un brillo de emoción antes de que este se apartara de la borda, irguiéndose.

—Parece que hoy vas a tener la oportunidad de darte a conocer al mundo, Cass. —Sus pasos le dirigieron de nuevo hacia el timón, junto al que reposaba su enorme mandoble. Lo tomó entre sus manos, dispuesto a cambiar el rumbo—. ¡Barco a la vista, muchachos! Parece que los marines se han equivocado de aguas, ¿qué tal si nos acercamos a decírselo? —Una sonora carcajada siguió a sus palabras, antes de hacer que la nave se encarase al buque—. Que se preparen todos, subcapitana. Posiciones de combate.
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Mensaje por Izanami Reiko el Lun 12 Oct 2020 - 23:29

— Sorprendentemente… —dije en cubierta, casi exclamándolo a los cuatro vientos como si quisiera atraer la atención de alguien más que los tripulantes—… aburrido. Absurdamente aburrido, me atrevería a decir —Y mi mirada se paseó del cogote de uno de los chicos, aquel que se dedicaba a controlar el bienestar de las velas y que no tuvieran daños, hasta la carita del que ahora mismo se enfrentaba al mar. Por suerte y a la vez por desgracia, ya que por ello habíamos entrado en esta dinámica monótona que tanto odiaba, el tiempo se había calmado mucho desde nuestra marcha de aquella isla del Paraíso, lo que le facilitaba el trabajo al navegante pero a la vez me impedía disfrutar de los agitados movimientos de un barco. Prefería la acción, ya que aguantar en un cascarón de madera de aquella forma, tantos días, era más bien una tarea que no estaba hecha para mí; necesitaba algunas emociones o me terminaría muriendo por depresión. De todas formas, yo también tenía mis trucos.

No me hizo mucha falta darle vueltas a que había sido la fruta que consumí el mismo día en el que puse patas arribas la jerarquía de este barco y me coloqué la corona con mis propias manos. Por si no fuera suficiente con que yo misma lo hubiera descubierto a través de largas sesiones de experimentación, los chavales que me rodeaban no habían tenido impedimento a la hora de gritármelo a la cara, no sé muy bien con qué fin si no era para ayudarme. Había consumido la fruta de las hormonas, un preciado cargamento ya catalogado por el capitán de este barco gracias a uno de los tantos portentosos libros que permitían darle nombre a según qué frutos del diablo conocidos. Lo que me permitía llevar el cuerpo humano un nivel más allá, algo que realmente valoraba con mi ojo izquierdo, aunque solo en interiores o de noche. Y, por si el poder de jugar con las moléculas más importantes para el correcto funcionamiento de la vida no fuera suficiente, también me creían unas afiladas y tenaces garras que se encargaban de inyectar las dosis que desease. No había sido complicado darse cuenta de que eran otra de las facetas de mi poder, al menos no tras despertar con almohadas hechas jirones o hacerle alguna que otra herida a más de un tripulante, completamente sin querer. Al menos al principio.

¿Cuál era mi forma de abstraerme de un plano y tranquilo mar como aquel, desde donde no se veía una mísera isla a la lejanía? Bueno, aquellos que habían demostrado ser imprescindibles en el equipo del barco permanecían ocupados en sus tareas, mientras que un pequeño grupo terminaba algunas tardes en enfermería con una ligera inyección de algunas hormonas localizadas que bien conocía por lo que había estudiado. ¿Cómo surgían? Es una buena pregunta, sí. Una que yo tampoco podría contestar, al menos no por el momento, ya que para mí paso a ser un comportamiento tan propio de uno como respirar o andar. Aun así, el margen de tipos que podía controlar no era tan amplio como para pensar que no había nada más allá; todos los poderes tenían una evolución y el mío no sería distinto. Con toda seguridad, mayores concentraciones de hormonas podrían desencadenar mejores resultados y dosis de otras tantas darían lugar a consecuencias muy distintas, tanto positivas como negativas para el paciente. Y, por suerte, tenía todo el tiempo de este mundo para investigar, quitando lo que tardaba en preparar los menús en la cocina para toda la tropa.

— ¿Cuánto estimas que tardaremos en llegar a la isla, navegante? —le pregunté a aquel que llevaba aquel día el timón y cuya Log Pose decoraba el escritorio cercano. Estaba allí quieta, al lado, y terminé por apoyar mi codo en el hombro del chico mientras esperaba por una respuesta que por segundos se hizo de rogar.

— Cuatro días más, señorita —respondió con seguridad en sus palabras, aunque también un tinte de tensión y, sobre todo, respeto. Uno que no había intentado infundir, sino que había surgido al ver lo que le sucedía a los compañeros que no demostraban ser de utilidad para la tripulación. Por suerte para ellos, aunque fuera curiosa tampoco era una desalmada, o también se podría decir que no quería quedarme sin sujetos, pero me preocupaba de no hacerles pasarlo peor de lo estrictamente necesario. Y lo lograba, ya que por el momento no había muerto nadie que expresamente lo pidiera o necesitase.

A pesar de que no quedasen tantos como al comienzo —algo lógico, lo vieras por donde lo vieras—, un suspiro se escapó de mi boca. No podía deprimirme por tener que aguantar todavía media semana más en aquellas tablas, ya que mi cabeza no me lo permitía, pero aburrirme era una posibilidad que sufría como el mayor de los castigos. ¿Y qué es el aburrimiento sino la carencia de sentimientos positivos? Cuando uno no puede sentir nada malo, no servir tampoco lo bueno es el peor escarmiento que puede tener y en mí pasaba factura. Y, por culpa de esa tendencia de mi cuerpo y mi cabeza para evitar una situación que no me convenía, la maquinaria comenzó a funcionar y llegué a una idea que no tardó en arrancarme una sonrisa pícara y ladina. El chaval sufrió un escalofrío y yo simplemente me alejé mientras le daba palmadas en la espalda.

— Sigue así.

Se me escapó una suave carcajada al ritmo que me asomaba por cubierta, en el centro del barco, y levantaba las manos mientras daba unas fuertes palmas en busca de atención. Unos pocos se arremolinaron en torno a mí, mientras que otros tantos interpretaron la indirecta y comenzaron a llamar al resto para que no se perdiesen la reunión que estaba pidiendo en aquellos precisos instantes. En cuanto confirmé que estaban la mayoría, me di el lujo de separar los labios y deformar aquella sonrisa.

— Os necesitaré en los remos para ahorrarnos tiempo en pos de llegar a nuestro destino —Uno pareció abrir la boca para participar, pero continué para que no tuviera esa oportunidad—. Al fin y al cabo, nos quedan suministros de comida para un día y medio y me gustaría no tener que racionarla tanto —Nadie allí podría confirmar la veracidad de mis palabras ya que no les permitía entrar a mi cocina ni tocar nada sin mi consentimiento expreso, especialmente para evitar envenenamientos y, peor aún, que se comieran lo que pertenecía a todos—. Seguiremos en esta dirección y así acortaremos distancias a un mejor ritmo, ¿no os parece bien?

— ¿Pero no gastaremos más energía así…? —preguntó uno, realmente incrédulo.

— ¿Y no nos faltarían números para mover este… barco? —cuestionó otro mientras miraba a su alrededor. Era cierto que para mover aquel trozo de madera gigantesca necesitaríamos, por norma general, casi una centena de personas, pero podía solucionarlo de una forma muy simple.

— No os preocupéis chicos, sé lo que me hago… —Y ahogué una leve risa mientras abría la palma y, moviendo el antebrazo, señalaba a las bodegas para que fueran a la zona de remos—. Creedme.

Y, debatiéndose entre si encogerse de hombros o tener miedo por la forma que tenía de actuar, terminaron aceptando en cuestión de segundos y bajando hasta la zona más baja del galeón, donde me presenté yo como la última de todos, cerrando fila. Cada uno se puso en posición y esperó a una orden para comenzar, como si yo fuera la dueña de una galera y tuviera que marcar el ritmo de cada movimiento, aunque otros tantos lo intentaron por su cuenta sin mucho resultado.

— Veamos… —Levanté la palma derecha y las uñas crecieron con velocidad de un tono rosa, provocando más de un respingo y una mueca de nervios—. Lo tengo más que practicado, así que no pasará nada. De hecho, seguramente cuando termine… —Me acerqué al primero de ellos por la derecha, acariciando su cuello con suavidad y hasta cierto erotismo y, tras un segundo, clavé una de mis garras en la zona. Sus músculos crecieron y el remo se astilló un poco por el agarre tan recio que ahora tenía, ya que había pasado de medir un metro setenta a más de dos metros y medio—… estaréis pidiendo por más. Es un subidón tan fuerte que creo que puede ser hasta adictivo, ¿sabéis? —comenté mientras me paseaba dando unos cuantos pinchazos, hasta que todos estuvieron a punto y me permitieron marcar el ritmo a base de taconazos en el suelo. En cuanto tuvieron aquella dinámica más que practicada y constaté de que el barco se estaba moviendo más de lo que el viento podría provocar, me fui por donde había venido—. ¡Ánimo chicos! —dije con tono afectuoso para mandarles fuerzas.

Y me senté en cubierta por más de una hora, notando cómo el ritmo aminoraba por minutos y luego volvía a la carga con la fuerza total de todos. Seguramente tras aquello no tuvieran siquiera las ganas de levantarse de aquella zona, pero nos ahorraría un valioso tiempo en nuestro camino y, por encima de todo, me había servido como una práctica —exitosa— para constatar mis capacidades. Y, por si todo aquello no fuera poco y suficiente como para hacerme una mujer realmente feliz, acortábamos distancias con un par de barcos.

— ¡Jefe, hacia esas dos embarcaciones!—pedí con vehemencia mientras las señalaba, como si él no las pudiera ver en un mar realmente desierto.

Una era claramente de la Marina, aunque estaba justo tras otra que era más bien irreconocible, aunque ya podría estudiarla de cerca una vez que pasásemos al lado. Era todavía de día, para mi desgracia. «¿En serio me tengo que encontrar con alguien cuando voy tan desarreglada y con el parche…?» dije para mis adentros, quejándome. Podía estar más presentable, pero con el vaquero que ocultaba la cola y un suéter que no hacía abultar demasiado las alas daría el pego. Aunque el maldito parche me hacía parecer una puta pirata de tres al cuarto.
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Mensaje por Napolean el Jue 29 Oct 2020 - 15:23

—¡SACRE BLEU!

Maldijo en voz alta, al notar como los azulados grilletes volvían a abrir las heridas que tenía alrededor de sus musculosas muñecas. Alexander cerró los puños con mucha impotencia, pues no había sido capaz de conseguir arrancar la placa de metal que estaba anclada a la pared de aquella prisión flotante, y cuando abrió las manos, un hilo de sangre comenzó a recorrerle el brazo hasta llegar a su codo, donde empezó a acumularse hasta caer en forma de gota al suelo.

Había estado varias horas tratando de liberarse, y se encontraba muy cansado. No solo mentalmente, si no anímica y físicamente. No poder dormir en una superficie plana, aunque fuera el sucio suelo de la celda, repleto de sus propias heces y orina seca, estaba siendo una tortura.

Finalmente, y sin poder evitarlo, Alexander se quedó dormido y tuvo un placentero sueño:

Era una tarde tonta y caliente, en la que los rayos de sol le quemaban lentamente la frente. Era verano, se encontraba en la costa más meridional de la isla de Mythil, su hogar, junto a sus mejores amigos y, ante todo, su querida Brigitte. Estaba preciosa con su traje de baño, que hacía juego con sus azulados ojos y su cabello dorado, reposado mediante una trenza en su hombro derecho. Podía ver la cicatriz de su brazo izquierdo, la cual le hizo el mismo durante un entrenamiento en la escuela de élite de la isla.

—Esta marca hará que me acuerde de ti durante toda mi vida, Napo —le decía ella, comenzando a correr hacia el horizonte, mientras atardecía muy rápidamente.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se hizo de noche. Gitte había desaparecido, al igual que el resto de sus compañeros y amigos. Una luna roja se alzó en el firmamento, y un aguilucho de color azulado surgió de la arena, materializándose muy rápidamente y clavando los ojos sobre los suyos.

—Eres un pirata —le decía—. Y morirás como un pirata —concretó.

—Prefiero ser un vil y despreciable pirata que pertenecer a vuestra organización dictatorial, maldito pájaro —le replicó Alexander, cogiendo una piedra del suelo y lanzándosela.

Y el ave lo atacó.


Alexander se despertó sobresaltado. El ataque de la gaviota coincidió con una sacudida del barco en el que se encontraba. Una bala de cañón atravesó la pared, creando un boquete de apenas treinta centímetros de diámetro. Desde él pudo contemplar como un barco estaba atacando el navío, mientras que en la cubierta se escuchaban gritos de dolor. Una luz roja empezó a brillar con mucha intensidad, y las cajas de sonido, que llamaban altavoces, empezaron a emitir un ruido intermitente demasiado agudo.

Al ocurrir eso, sacando fuerzas de flaqueza, empezó de nuevo a dar tirones de las cadenas, pero sin éxito alguno. Durante un segundo le pareció ver como su mano se tornaba de color negro, pero creyó que fue debido a las luces y sombras que cambiaban debido a lámpara roja, cuya luz iba y venía de forma desagradable.
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Mensaje por Cassandra Pendragon el Lun 2 Nov 2020 - 18:58

"El chantaje emocional tampoco funciona con este bruto descerebrado. Bueno es saberlo, así no tendré que volver a comportarme como una niña dramática hasta que... bueno, hasta que me vuelva a apetecer.", reflexionó la princesa merciana, al ver el escaso éxito que había tenido su estrategia de apelar a las emociones de aquel pordiosero para poder ganar la discusión. Claramente una idea un tanto absurda, sabiendo que el pelirrojo tenía el rango emocional de un guisante, pero la muchacha aún estaba experimentando con sus límites, intentando cavar hondo en la personalidad del ladrón para ver si había algo más allá de lo que se apreciaba a simple vista.

Por ahora, la respuesta era no.

Así que centró su atención en el barco frente a ellos. Se trataba de una embarcación exageradamente grande, lenta y pesada, no pensada para navegar por corrientes marítimas ni por zonas estrechas y, si la orientación espacial no le fallaba, la aristócrata podía jurar que navegaba en dirección a Marineford. Dirigió su mirada granate hacia el capitán, que estaba poniendo en palabras más concretas el pensamiento genérico de la joven, y esbozó una media sonrisa.

—Pues parece que ese buque de prisioneros no va a llegar entero a su destino.

Keiran pareció pensar de la misma manera, porque se dirigió de vuelta al timón y dio la orden que ella ya esperaba.
Cassandra introdujo dos dedos entre sus labios para emitir un fuerte silbido que llamó la atención de los tripulantes y hacer que la atención se centrase en ella.

—¡Ya habéis oído al capitán! ¡A los cañones y listos para disparar a mi señal! Tenemos que ser educados y saludar, ¿no? —comentó, divertida—. ¡Los demás coged las armas y aseguraos de armar a vuestros compañeros! ¡Preparaos para el abordaje! —exclamó, dándoles la espalda para dirigirse de vuelta a su camarote a paso rápido. Se topó con Rose saliendo del mismo, portando sus espadas con ella.

—He oído los gritos. ¿Caos y destrucción? —inquirió la muchacha, todavía más joven de lo que debería, entregándole las espadas a su legítima dueña.

—Caos y destrucción —convino Cassandra. Rose esbozó una sonrisa de felicidad absoluta y la acompañó de vuelta a cubierta.

—Ya iba siendo hora.

Cassandra comprobó que se acercaba peligrosamente al barco gracias a las maniobras del capitán, por lo que se apresuró en acercarse a los tripulantes que ya estaban situados frente a los cañones, preparados para disparar.

—A mi señal —indicó, esperando hasta el último momento para poder ejercer el mayor daño posible. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca a su parecer como para atravesar la madera, gritó a viva voz—. ¡Fuego! —Los seis cañones de estribor se dispararon y las balas volaron en dirección al buque de la Marina, impactando con todo su peso contra la madera y haciéndola añicos en diversas zonas de la embarcación—. ¡Segunda ronda! ¡Tenemos tiempo! ¡Fuego!

Los tripulantes se apresuraron en volver a cargar los cañones con balas y pólvora para cumplir las órdenes de su subcapitana, y una segunda ola de balas se lanzó sobre el barco, que ya tenía a un montón de marines en cubierta, armados hasta los dientes y disparando con sus fusiles en un intento de alcanzar a alguien. El ataque inutilizó un par de sus cañones, pero el buque tenía muchos más que el barco de sirvientes de una familia real, que contaba con lo justo y necesario para defenderse de un posible ataque. Si decidían lanzas sus balas, y probablemente lo harían, los daños que recibiría la "humilde" embarcación podrían ser irreparables. Por lo que Cassandra lo tenía claro: tenían que hacerse con el buque de la marina.

—¡Si valoráis vuestras vidas, abordad el barco antes de que ellos nos disparen a nosotros! —ordenó Cassandra, desenvainando las espadas y subiéndose a la baranda de estribor—. ¡Al ataque, muchachos!

Los antiguos ladrones de la banda de Keiran lanzaron sus puentes hacia el buque, y algunos se tiraron desde las cuerdas de las velas hacia los marines, chillando como los piratas que realmente decían ser. Cassandra utilizó uno de los puentes para llegar al buque de prisioneros y activó sus dos espadas por el camino, ejecutando un corte diagonal al primer marine que se le puso por delante, quemándole la carne y la ropa con Firenze y paralizándolo con la electricidad de Zeus. El marine emitió un grito de dolor antes de caer inconsciente y malherido al suelo, y Cassandra se apartó lo suficiente del puente para dejar que otros lo utilizasen, pero se quedó lo suficientemente cerca como para protegerlo, asestando cortes a diestro y siniestro contra cualquier marine que se acercase al puente con intención de cortarlo o tirarlo. Rose no tardó en acompañarla, lanzándose con una carcajada hacia un grupo de tres marines armados con fusiles, dagas en mano, con cara de niña pequeña en un parque de atracciones y, como la noble pudo notar, ligeramente más cerca de su edad real.

—¡Yaaaaaaaaay! —exclamaba la muchacha mientras se abalanzaba sobre los tiradores y clavaba sus puñales en la carne.

Una vez la joven comprobó que la práctica totalidad de la tripulación de los Ravenous Hounds estaba a bordo, se adentró en cubierta para hundir a Zeus en el pecho de un cadete y empujarlo al suelo con el impacto. Soltó entonces la espada para llamar a Calisto con su silbato, y la recuperó del cadáver clavando uno de sus tacones en el abdomen del joven muerto.

—Ugh, sangre de plebeyo —se quejó, observando la hoja empapada. La sacudió para eliminar lo que pudo y continuó su avance, en busca de las celdas—. ¡Rose! Busca las celdas —le dijo a su doncella, aunque no estuvo segura de si la joven la pudo oír entre todo aquel griterío y choque de aceros. No iban a dejar a los prisioneros fuera de la fiesta, después de todo. Era de mala educación.

Calisto emitió un chillido de comprensión y abandonó su cena para alzar el vuelo y comenzar  a volar en círculos sobre cubierta, lista para arrancar los ojos de cualquiera que se atreviese a dañar a su dueña, mientras el caos se apoderaba del buque marine.
Había algunos marines vestidos de una manera un tanto menos simplona que chillaban órdenes aquí y allá, probablemente oficiales de mayor rango, y en los que Cassandra decidió centrar su atención. Los cadetes obedecían órdenes y, sin superiores a quienes obedecer, caerían presas de la confusión y serían más fáciles de matar. Por ende, se situó frente a uno de ellos, quien dirigió la espada desenvainada en su dirección.

—Buenas tardes, caballero. Si te arrodillas ante mí, puede que te perdone la vida —le dijo la pirata, con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Muérete, puta —le escupió el marine, blandiendo la espada con intención de cortarla en dos.

Cassandra emitió un grito ahogado de ofensa ante semejante falta de decoro y educación.

—Bueno, ahora ya es personal —dictaminó, colocando las espadas en cruz para recibir el golpe del otro.
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