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[Ayden-Hazel] Lo que se hace por un par de botas (pasado-privado)

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Mensaje por Hazel el Jue 15 Oct 2020 - 22:18

Era de buena mañana en Whiskey Peak. De hecho, el sol apenas había comenzado a despuntar por el horizonte. Sin embargo, la gente en esa isla no se tomaba ni un momento de descanso. Entre trabajo y trabajo, los cazadores necesitaban disfrutar de sus vidas, regocijarse con sus premios. Eran, literalmente, el reflejo de la expresión «solo se vive una vez». Por ese mismo motivo a la albina no le sorprendió que La taberna feliz estuviera abierta a esas horas. ¿Estaría Hilda atendiendo ya? Esa mujer ya entrada en años parecía no saber lo que significaba dormir. Regenta de la taberna, ex cazadora experimentada e hija de cazadores de una familia que había llevado en esa isla casi desde que se fundó la ciudad. Si había una figura autoritaria en aquel descontrol de lugar era ella.

La puerta se abrió con un chirrido cuando Hazel la empujó, haciendo sonar la campanita que colgaba a la entrada y que, rara vez se podía escuchar salvo que tuvieras el mejor oído del mundo, debido al constante barrullo del lugar. Esa era una de aquella vez histórica en las que el olor a alcohol y era sustituido por el del café recién hecho y las tortitas con sirope. Hazel esbozó media sonrisa.
—El trabajo te acabará matando —dijo, adentrándose en el lugar. Por las mesas había algún que otro moribundo y borracho cazarrecompensa de poca monta, al igual que en tirados en el suelo. Hazel, hizo el ademán de no pisarlos. Aunque no iba a ir dando saltitos como un cabrito para ello, si alguno se llevaba un pisotón en las manos o en los huevos sería su culpa. «Que se jodan», pensó ante la idea, terminando de llegar a la barra. Su bolsa calló sobre el suelo con el pesado sonido del dinero, entre sus piernas, sus armas a un lado, y un bonito arbusto decoraba ahora la barra. Era su pequeño premio por no haber dejado en el sótano al cazador ese de las islas del demonio esas, desierto-trópico.

—Bueno, jovencita, de algo hay que morir —contestó la risueña mujer. Hazel contestó con un bufido rodando los ojos. La mujer era demasiado alegre para su agrado. Pero la conocía desde que su difunta maestra se la llevo tras cobrar una recompensa que ella había “cazado” sin querer. Tampoco podía ponerle muchas pegas en esa época. A cambio le dio comida, ropa y una mísera parte del total. «Y me dejó quedarme el estoque de la cerda de la capitana», se recordó. Su ceño se frunció al pensar en eso, moviendo la cabeza negativamente. Ni siquiera estaba escuchando lo que la mayor le estaba preguntando.

—No tengo muchas ganas de hablar ahora, Hilda. Estoy cansada —se excusó.

—Ya veo… ¿Entonces no te interesa un pequeño botín que pueda tener para ti? —Preguntó, azuzando su curiosidad.

—…Yo no he dicho eso. Sabes que siempre estoy dispuesta a ir a por una nueva presa. —La mujer sonrío con complacencia—. ¿Supongo que primero puedo desayunar...? Y contarte un poco de el viaje de mil demonios al que me mandaste.

—Veinte millones en un viajecito no deberían haber sido para tanto.

—¡Qué más quisiera! Saqué solo quince millones. Qui-ce. Y todo porque me crucé con un monigote emplumado —se quejó, aunque su rostro se suavizó al poco. El chico al final no había estado taaaan mal. Así que supuso que sería su pequeña excepción. Pero si no se quejaba frente a ella un poco de él la molestaría con ideas estúpidas.

—Así que un chico, ¿eh? Pues lo mismo te viene bien.

—Disculpa, ¿qué?

Sí, fue uno de esas mañanas que empezaban con una calma poco común. Y por eso no duró mucho. Un golpe seco contra la mesa dado por la albina con sus dos manos mientras gritaba azorrada que le parecía increíble semejante absurdez. ¿Ella? ¿Hacer equipo con otros cazadores? Ni en los sueños más húmedos de la mujer. O eso le gritó a la cara antes de que esta amenazase con darle esa información tan reservada que se había guardado para la albina a otro grupito por su propio bien.

—¡Y una mierda!

Al final, la única opción que le quedó a Hazel fue aceptar pedir ayuda a otro cazador, de su elección. Así, el DDM que el pichoncito le había entregado sonó antes de lo esperado. La llamada fue breve y la información la justa y necesaria. Tenía información sobre una banda pirata que se había adentrado en El Paraíso hacía un par de meses. Siguiendo su recorrido, se sabe que han acabado en una isla no muy lejos de Whiskey Peak, pero que la gente con dos dedos de frente solía evitar. Si estaban ahí seguramente se encontrasen con sus fuerzas mermadas —eso si seguían vivos— Como fuese, su recompensa conjunta eran unos cuarenta millones, repartidos entre las cabezas de su capitán, su mando derecha y su contramaestre. Eso sin contar lo que pudieran requisar de su barco. Dicho eso, le dio una semana al rubio para, si aceptaba, encontrarse con ella en la Isla cactus, desde donde podrían ir sin más paradas hasta Little Garden, la isla en cuestión de su cacería.

Casi dos semanas después, la isla despuntaba frente a sus ojos, con una playa corta, un muro de enormes árboles se encontraba frente a sus ojos. Los chillidos de los animales se escuchaban a ratos, seguidos de un silencio que ponía la piel de gallina a los navegantes que habían accedido a llevarles y que les recogerían a cambio de una porción del botín si seguían convida. A buen recaudo, Hazel llevaba entre sus pertenencias un Eternal Pose, regalo de Hilda, que apuntaba a su hogar y que podría quedarse si completaban con éxito su trabajo.

—Una vez en tierra no hay marcha atrás, pollito —Recordó con tono burlón a Ayden. Lo cierto es que, quizás algo a maldad, no le había contado al chico muchos detalles sobre la isla. Según había escuchado ella su mayor preocupación quizás no fueran los piratas, sino la fauna prehistórica que vivía en ese pequeño trozo de tierra. Esperaba que no se enfadase mucho cuando lo descubriera.


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Mensaje por Ayden Keenwind el Sáb 17 Oct 2020 - 13:34

—Espera, espera... ¿Puedes repetirlo? —preguntó con no poca burla en su tono, esbozando una irritante sonrisa que, por suerte, la cazadora no podría ver—. ¿Que necesitas mi qué? No se escucha bien.

Claro que se había escuchado bien, pero no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer que Hazel tuviera que arrastrarse un poco más por su ayuda. Lo último que se habría esperado aquella mañana al despertarse era que la albina fuera a contactar con él, tras un lapso de tiempo tan escaso después de su último encuentro, nada más y nada menos que para pedirle ayuda con un nuevo trabajo. Se habían separado en buenos términos —tal vez en unos bastante más que buenos, si se le permitía opinar— pero, dada la naturaleza competitiva e individualista de ambos cazadores, no esperaba que fueran a ponerse en contacto tan pronto. De hecho, tal fue su sorpresa que a punto estuvo de escupir la bebida en mitad de aquel resort de Isla Vacaciones. La gente del lugar le miró raro, tanto porque casi se ahogase como por toser sin control tras ello.

—Bueno, supongo que podría hacer un hueco en mi apretada agenda, Copito —comentó, con toda la hipocresía de la que era capaz de hacer gala—. Me has pillado algo ocupado —mintió— pero puedo hacerte un hueco, por ser tú. ¿Me cuentas un poco?

Evidentemente, lo único que interrumpía aquella llamada era el descanso que se había tomado después de un mes de búsqueda, investigaciones y persecución tras Black y White. Con ambos entregados y una buena cantidad de berries en sus bolsillos le pareció apropiado tomarse unos días de descanso. ¿Qué mejor sitio que la famosa isla de las vacaciones y el reposo? Pero sí, ya iba siendo hora de moverse un poco o terminaría relajándose en exceso. Además, su renombre no iba a verse incrementado si no hacía otra cosa más que beber mojitos, disfrutar del sol y de todo tipo de placeres terrenales para compensar las últimas semanas de hambruna y falta de resguardo por las noches. Una pena, pero a ese ritmo terminaría por fundirse todos los ahorros.

La albina no le dio demasiados detalles en la llamada, aunque supuso que le contaría un poco más una vez se reunieran en Whisky Peak. A grandes rasgos, parecía que una tripulación pirata en ciernes había cometido la insensatez de adentrarse en el Paraíso sin la suficiente experiencia y, como no podía ser de otro modo, habían naufragado —o eso decían los rumores—. Para Ayden aquello se traducía como dinero fácil, salvo por el pequeño detalle de que la isla en cuestión era nada más y nada menos que Little Garden. No había estado nunca, ni siquiera cerca, pero no había que ser muy avispado para enterarse de los rumores e historias que corrían alrededor de ese sitio: criaturas que se creían ya extintas, vegetación de épocas pasadas, un pronunciado clima tropical... todo cuanto necesitaba saber para entender el peligro que suponía poner un solo pie allí. Sin embargo, un trabajo es un trabajo, y no sería él quien se negase a una incursión así por miedo. Sería una de las pocas personas que se hubieran adentrado en el lugar para salir con vida y, no contento con eso, con un buen montón de millones en el bolsillo. Su mayor preocupación debía ser la fauna, ¿no? Unos pocos lagartos hormonados no podían suponer mucho problema.

Su reunión con Hazel no se hizo esperar demasiado, llegando a Whisky Peak en algo menos de una semana. Por suerte Isla Vacaciones no estaba muy alejada de Cactus Island, así que el trayecto fue corto. Tuvo que soportar, cómo no, una cálida y agradable bienvenida —nótese la ironía— por parte de su socia, aunque la cosa no fue a más afortunadamente. ¿Quizá se hubiera pasado con las burlas? No, lo más probable es que la mala leche de la mujer hubiera aflorado de todos modos. Fuera como fuese, tras tomarse un día de descanso por el viaje y atender a los detalles que vio adecuado darle al rubio, ambos partieron del lugar rumbo a Little Garden.

—No te preocupes. Si no te dejé quedarte con todo el premio en Great Palm, esto no será una excepción —respondió, dedicándole una sonrisa cargada de malicia antes de observar el trecho que les separaba de la costa.

La isla estaba deshabitada y, como no podía ser de otro modo, carecía de puerto, por lo que la nave que les acompañaba se encontraba a cierta distancia de la playa para no encallar y terminar naufragando junto a los piratas. De hecho, no les costó demasiado encontrar su barco completamente destrozado sobre la arena. Una jolly roger que no era capaz de identificar aún ondeaba en los restos del palo mayor. Las opciones eran dos: usar un bote para acercarse al lugar o que Ayden pusiera de su parte para llegar. No había una distancia inabarcable y, siendo sinceros, no se sentía muy cómodo en una barca que podría volcar con la más mínima ola que surgiese.

Teniendo esto en cuenta le tendió la mano a la albina, justo en el momento en que dos majestuosas alas de tono carmesí surgían a su espalda.

—¿Un viajecito?

Cargar con ella no sería complicado y sus plumas tenían la fuerza suficiente como para impulsarles a ambos. Una vez tomara su mano la cogería en brazos, asegurándose de que estuviera bien sujeta antes de salir volando hasta la playa. Tardarían apenas unos minutos en pisar la blanca arena, a unos metros del naufragio. Cómo no, aquel debía ser el punto de partida de su investigación, así que Ayden se aseguró de depositar a la cazadora en el suelo antes de deshacer sus poderes y encaminarse al lugar.

—Parece que alguien no aprendió a aparcar —se mofó, observando los restos de la nave mientras buscaba alguna entrada en el casco—. Si no encontramos los cuerpos aquí nos tocará buscarles en la selva, pero puede que encontremos alguna pista entre los restos.
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Mensaje por Hazel el Sáb 17 Oct 2020 - 19:20

El momento que debía haber sido de esplendor para el chico se tornó en una mofa de una forma u otra por parte de la albina. Intentando no reírse demasiado, tomó su mano dedicándole una sonrisa similar a la que el propio chico había puesto al decir que no la había dejado quedarse con toda la recompensa. Siendo justos había sido ella quien había decidido salvarle en vez de simplemente largarse con las cabezas —nunca mejor dicho—, pero bueno.

—Pff… ¿Te da miedo un poco de agua, pichoncito? —preguntó al tiempo que tomaba se mano, evitando así que la soltara o se fuera sin ella—. Claro —asintió a su ofrecimiento, y una vez la tomó en brazos se aseguró de aferrarse bien a él, rodeando su cuello con ambos brazos por encima de sus hombros. El rubio agitó sus alas carmesíes y en un pestañeo ya estaban volando en el cielo. Los ojos de Hazel refulgieron, abiertos como los de una niña. Era su primera vez tan alto y, tenía que reconocer, que era bastante impresionante. Lo suficiente como para que mantuviera la boca cerrada hasta quedar posada de nuevo en la orilla, seguida de Ayden. —Tengo que admitir que es bastante impresionante —comentó de forma casual, adelantándose unos pasos hacia delante. Aprovechando los segundos que tardase en girarse el chico para hacer un silencio antes de seguir hablando—. Me refiero a eso de volar, claro. —Volteó entonces, esperando a que se acercara para, antes de que se pusiera a su altura parase frente a él, con ponerse un poco de puntillas podía lograr estar a la misma altura que él—. Por cierto… —rió, con las caras muy pegadas para ponerle nervioso, o intentarlo al menos, con sus siguientes palabras—. Es la primera vez que me llevan en volandas como toda una princesita. Me siento halagada. No esperaba que fueras todo un príncipe azul, pichón. ¿Quieres que sea tu princesita? Podría premiártelo, por esta vez… —Y tras decir eso y ver su reacción se apartaría riendo. —Bueno, volvamos al trabajo. —Esta vez sí, su camino iría directo a los restos del navío.

No tardaron mucho en llegar, más allá de lo que le hubiera intentado o no recriminar el cazador por su broma, pero lo cierto es que lo que vieron era un desastre de pies a cabeza. Aunque al barco no le quedaba precisamente cabeza. Estaba partido por la mitad, con la popa en tierra y la proa a medio hundir, a unos quince metros adentrándose en el mar, en una zona rocosa. La albina hizo una mueca. Claro, no había huellas tras tanto tiempo. Pero no todo estaba perdido, o eso quiso creer. Si era su barco lo mismo encontraba algo buceando y la otra parte podía estar en la parte que quedó junto a la arena. También podían encontrar algo en la orilla a parte de maderos rotos. Y, si no estaban ahí dentro, como decía Ayden, estarían en tierra. Tenían algo de recompensa, no podían haberse muerto sin más. Al menos los importantes.

—Supongo que es buen momento para demostrar el buen equipo que hacemos, ¿verdad? —dejó caer la albina antes de mirar al cielo, poniendo mala cara. Estaba soleado, y eso implicaba que se pasaría un buen rato tratándose quemaduras del sol una vez volviera a casa si se quedaba mucho rato expuesta. Pero un par de días bañándose en after sun merecían la pena por cuarenta millones de recompensa. Quizás más si encontraban uno o dos cofres de oro y nunca antes había podido bañarse en aguas prehistóricas. Con esa idea, empezó por quitarse la suerte de chaqueta que llevaba puesta, de mangas largas y cerrada por debajo del pecho, dejando su vientre al descubierto hasta la cintura, donde un pantalón corto de tiro alto cubría el resto de su cuerpo hasta mitad de los muslos —prenda que seguiría a la chaqueta y a sus botas y calcetines, dejando al descubierto un bikini sencillo, negro, con algún adorno fucsia. Tras eso, clavó las fundas de sus espadas en la arena, justo junto a su ropa y dejó el resto de sus pertenencias al lado. Lo único que llevaría consigo a explorar serían un par de cuchillos atados a su pierna con una correa hecha de neopreno negro. Antes de meterse en el agua se aseguraría de recoger su pelo por si acaso. Tenía que apuntar en su lista de compras pendientes un par de diales con aire para ese tipo de cosas—. Como tú no puedes nadar será mejor que sea yo quien investigue el otro trozo —explicó—, tú asegúrate de que mis cosas no desaparecen mágicamente o haré que te tragues tus plumas. —Y, dicho eso, se adentró en el agua andando hasta que el agua le cubrió por la mitad del cuerpo, momento en el que se metió bajo el agua para empezar a nadar hasta la embarcación, desapareciendo del alcance visual de Ayden.

«Bien, veamos que tesoros encontramos hoy».


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Mensaje por Ayden Keenwind el Lun 30 Nov 2020 - 12:49

Apenas tuvo tiempo de dar un par de pasos tras pisar tierra —arena, en realidad— antes de que la cazadora decidiera incordiarle un poco tras su pequeño viaje aéreo. De verdad, ¿no era capaz de morderse la lengua ni por un instante? Su andar se detuvo cuando vio que se detenía frente a él, logrando alcanzar la altura del rubio únicamente al ponerse de puntillas, lo que le hizo trazar un esbozo de sonrisa. Tras esto la escuchó y no pudo sino alzar una ceja por sus palabras. Empezó a hablar de príncipes y princesas, en un burdo intento de sacarle de quicio que, lejos de acertar en su objetivo, tan solo sacó de él un suspiro desganado y un rodar de ojos antes de volver a clavar su mirada de rapaz en ella.

—La próxima vez recuérdame que te deje caer al agua —le indicó, manteniéndose serio durante unos instantes, sonriendo con burla después—. No veo material de princesa por aquí, lo siento.

La dejaría con la palabra en la boca, rodeándola y continuando su camino con el único objetivo de devolverle las burlas y molestarla un poco. De esos juegos ambos se sabían las reglas, así que iba lista si esperaba derrotarle con ellos. Fuera como fuese, no era el momento de empezar otro tira y afloja, y es que su primera pista se encontraba justo frente a ellos y harían bien en poner todos sus sentidos sobre ella.
El barco se encontraba semi–hundido, con la parte de atrás sumergida parcialmente en el agua y la frontal estrellada contra la costa en una posición algo artificial. Tal vez fuera tan solo su impresión, pero tenía la sensación de que se habían buscado las mañas para introducirla algo más en la arena, redireccionándola hacia arriba un poco. «¿Cómo van a haberse tomado esa molestia, Ayden? No digas tonterías», se reprendió, negando con la cabeza en silencio mientras descartaba la idea. Las respuestas llegarían a él tarde o temprano, y sería mejor que se diera prisa si no querían pasarse una eternidad allí.

Miró de soslayo a su compañera cuando volvió a hablar, justo en el momento en que sus prendas comenzaban a caer una tras otra. No le dio mucha importancia; después de todo, ya la había visto con mucha menos ropa, así que tampoco estaba descubriendo nada nuevo. Parecía tener la intención de darse un chapuzón y, en realidad, no era para nada mala idea. Él no tenía los medios para investigar aquella mitad de la embarcación por aquella caprichosa maldición que suponía ser usuario, así que la albina podría sacarle partido a su condición. De eso iba trabajar en equipo, ¿no? De repartirse tareas para volver más eficiente su labor. No estaría mal cooperar por una vez, aunque al final iba a tener que cobrarle un plus a Hazel por las molestias: para alguien que acostumbraba a trabajar solo era un esfuerzo extra —no tan grande en realidad—, y esas cosas había que pagarlas.

—¿Quién se las va a llevar? ¿Un cangrejo prehistórico? —Una risa acompañó a sus palabras, justo antes de que el muchacho extendiera el brazo hacia el montón de armas y ropa, surgiendo de la misma un buen puñado de plumas que se arremolinaron junto a los pertrechos de su compañera hasta comenzar a formar una estructura similar a la de una jaula. Sus plumas eran resistentes y, salvo que las quemasen, aguantarían—. Ya está. ¿Contenta?

Una vez se fuera a nadar con los peces, Ayden se aproximaría a la apertura más cercana del casco para adentrarse en el mismo, no sin antes desenvainar una de sus espadas y ponerse en tensión. Lo más seguro era que no estuvieran allí después de tanto tiempo pero, ¿quién podía asegurárselo? Sería mejor andarse con pies de plomo.

El interior resultó, de hecho, misteriosamente confortable para algo que se había estrellado contra una isla. Su ojo de carpintero no tardó demasiado en detectar tablones que habían sido desmontados a mano con bastante evidencia y reposicionados en otros sitios; algunas zonas se encontraban habilitadas para servir de habitaciones y, en general, habían adaptado el sitio para poder hacer vida allí. Sin embargo, cualquier evidencia de que alguien había vivido allí era sutil y endeble, como si llevaran mucho tiempo sin pisar por allí: todo estaba sucio, las algas crecían aquí y allá y, en general, no había rastro de actividad reciente. Debían haberse marchado mucho antes de su llegada, aunque el cazador no llegaba a entender el porqué.

—Tal vez encontraran un sitio mejor en la selva —se sugirió a sí mismo, justo antes de darle una patada a algo que no había visto en la penumbra—. ¿Hmm?

Forzó la vista un poco, recogiendo al final lo que parecía ser una especie de diario. Sopló para quitarle la arena y el polvo antes de abrirlo; parte de los apuntes estaban mojados y sucios, pero era relativamente legible. Tras echarle un primer vistazo dio con que se trataba de una bitácora y, afortunado él, las últimas notas no tenían tanto tiempo. Lo cerró y se dispuso a salir de allí, sentándose una vez fuera sobre su jaula de plumas mientras esperaba a que Hazel emergiera desde algún punto del agua. Mientras tanto revisaría las notas para poder partir en cuanto se reuniera con él. Algo interesante debía haber entre aquellas páginas.
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Mensaje por Hazel el Mar 1 Dic 2020 - 14:09

—A lo mejor me preocupa más que algún depravado prehistórico decida meter la mano y robarme la ropa interior para vete tú a saber qué, más que un cangrejo —contestó ella, tratando no hacer caso a la burla del rubio. Cuando «aseguró» su equipo se limitó a asentir y se dirigió al mar con presteza. El sol ardía sobre sus cabezas, al igual que sobre la arena que quemaba más de lo que a la chica le gustaría reconocer. Por eso mismo, el frío de la espuma de mar golpeando sobre la orilla fue una sorpresa agradable al empezar a adentrarse en el mar. Por lo menos el agua podía calmar el dolor que le provocaban los días tan despejados.

No se lo pensó mucho, una vez se hubiera adentrado hasta que el agua le cubriera la cadera, se zambulló bajo el agua, con los ojos abiertos y empezó a otear el fondo. La falta de civilización —y por ello de residuos—, así como la mar en calma, ayudaban a que sus ojos pudieran alcanzar a ver más hondo de lo que esperaba. Aunque para bajar más tendría que volver a salir a tomar aire. Tenía buena capacidad pulmonar, pero no tanta como para pasearse por el fondo marino como le diera la gana. Tras consumir el tiempo máximo que sus pulmones le permitían, volvió a asomar la cabeza, hinchando de aire su pecho. Tomó unas cuantas bocanadas más, inspirando todo lo que volvía y volvió a bajar.

El repetir este proceso le permitió acercarse a la parte “hundida” del barco mientras se aseguraba de no dejar sin rastrear las zonas colindantes. Cuerdas, el ancla del barco, tablones de madera y otros objetos provenientes del barco se encontraban esparcidos sobre el lecho marino. Observando estos, la idea de que parte del botín hubiera podido caer al mar no pasó desapercibida en la mente de la albina, que se tomaría algo más de tiempo buscando, encontrando en una de sus zambullidas, entre rocas, lo que parecía una esquina que despuntaba entre la piedra y la arena, de una caja no muy grande. No sabiendo que podría contener y conteniendo su curiosidad, volvió a subir, tomando nota mental de donde la había visto para volver a por ella una vez se hubiera adentrado en los restos del barco.

La entrada a este fue más o menos sencilla. Aunque a primera vista no lo parecía. El barco habías sido partido en dos, literalmente, con una ruptura irregular que había dejado algún que otro hueco debido a como había sido desgarrado. Y ese trozo había encallado entre montículos de pierda que ascendían hasta despuntar en la superficie. El agujero más grande estaba principalmente tapado por esta piedra, aunque en la base marina había un hueco considerable por el que podría colarse. Los peligros se reducían entonces a que el barco se le callera encima resbalándose de su precario soporte o que no hubiera forma de ascender rápido hasta una bolsa de aire. La oscuridad del interior también sería un problema. Aunque si se filtraba un mínimo deje de luz sabría por dónde avanzar.

Esa fue su suerte, y es que con solo asomar un poco la cabeza, por la parte más destrozada había sido capaz de ver lo que asemejaría a un túnel que daba hasta el nivel de tierra firme, o eso parecía. No se lo tuvo que pensar mucho para impulsar el resto de su cuerpo, ayudándose con las manos, hasta el interior del cascarón de madera, ascendiendo con cuidado hasta poder sacar la cabeza y tomar aire. La parte de arriba del casco estaba bastante destrozada. No tanto por el accidente, sino porque le faltaban trozos de madera considerables. Quizás fuera su imaginación, pero parecía que los habían quitado. Aunque, de nuevo, nunca se sabía.  Lo malo era que en esa zona no iba a encontrar nada. Con la luz en penumbra, vió que una de las paredes que separaban lo que debió haber sido la recamara de la habitación del capitán ahora servía de rampa, con varias cosas caídas y rotas en el suelo. Bueno, al menos no había ningún cuerpo maloliente en fase de descomposición en esa sala. De hecho, a parte de la rampa con el hueco de una puerta, lo más salvable de los objetos que hubiera podido encontrar era un escritorio destrozado: las patas rotas, restos de cristales y manchas negras, entre otras cosas. La silla se había perdido, y de hecho la mesa estaba como partida de forma cóncava, igual que la mayoría de cajones. Aunque hubo dos que quizás por la forma de la mesa, no habían cedido del todo, eso sí, estaban llenos de agua. Los restos de un globo de cristal roto con una aguja imantada descansaban en el interior de uno de los dos cajones, a su lado lo que parecía un catalejo y un guardapelo que quizás pudiera tener una foto, o algo importante. De momento lo guardaría. Los papeles se habían estropeado en su mayoría, aunque había un par de mapas hechos de pergamino, los cuales enrolló para poder llevarse junto al guardapelo y el catalejo. En el segundo cajón, solo una llave que, quizás, valía la pena llevar por si abría el cofrecillo que había encontrado antes.

Con mejor equipo se hubiera podido plantear buscar más, quizás, pero con sus escasos recursos no valía la pena arriesgar, así que, afianzando sus nuevas pistas, decidió volver a descender, ir en busca del cofre, no más grande que una caja de zapatos y regresar nadando a la orilla, quedando un momento tumbada en esta, con la respiración agitada tras tanto forzar el aguantar bajo el agua y casi sin parar de nadar. El sol quemándole la piel por un momento casi le dio igual de hecho. Una vez repuesta, haría el favor de buscar a su compañero con la mirada y, si no se percataba de su presencia primero, iría hasta donde se debería encontrar, sobre sus pertenencias.

—¿Algo interesante por ahí, Pollito?


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Hazel

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Mensaje por Ayden Keenwind el Miér 23 Dic 2020 - 20:20

Su mirada de rapaz alternaba entre las páginas de la bitácora y las aguas próximas a la costa, esto último tratando de localizar a ratos la nívea cabellera de su compañera. La mar estaba en calma, así que no debía haber ningún riesgo excesivo en practicar algo de buceo siempre y cuando no se adentrase demasiado, pero era de conocimiento común —incluso para alguien que no podía sumergir más de la mitad de su cuerpo allí— que cualquier inmersión conllevaba un riesgo palpable. En cualquier caso, si había accedido a trabajar con Hazel era porque, además de tolerar su presencia, era conocedor de sus capacidades; no tenía por qué preocuparse. Además, tampoco podría ser de mucha ayuda si le pasaba algo así que, en resumidas cuentas, más le valía poder apañárselas sola.

Supuso que le llevaría bastante más tiempo que a él explorar su parte del naufragio, por lo que sería de mayor utilidad que fuera avanzando en la lectura de aquel cuaderno en lugar de quedarse a la espera.
Una cosa estaba clara: quien fuera el autor del escrito o bien estaba borracho o precisaba de unas cuantas lecciones sobre caligrafía. ¿Cómo era posible que alguien escribiera en su mismo idioma y, aun así, le costara tanto entender lo que ponía? Bueno, tal vez no fuera el más indicado para juzgar, pero aquella tarea le habría resultado mucho más sencilla si el culpable se hubiera tomado la redacción con más calma. El lamentable estado del documento tampoco ayudaba. Por suerte para él, las primeras páginas —y las más desgastadas— no parecían contar dato relevante: la tripulación parecía haber cruzado la Reverse Mountain pocos meses atrás, encontrándose tras ello con infinidad de obstáculos que habían desembocado en aquel incidente. Marines, bandas piratas que se sustentaban con el saqueo indiscriminado de novatos, algún que otro impedimento a causa del caótico clima que reina en el Paraíso... entre otras cosas. Casi parecía que un tuerto les hubiera mirado.

—Por fin —susurró una vez llegó a lo que le interesaba: su estancia en Little Garden—.

Lo siguiente fue cuanto pudo rescatar del documento entre borrones de tinta y páginas deterioradas:

«Día uno, llegada a la isla misteriosa: hemos perdido a varios hombres, pero cerca de tres cuartas partes de la tripulación continúan con nosotros. No parece haber rastro de civilización cerca de la costa. Al menos parece que hemos perdido de vista al desgraciado de Bones y sus perros.

Día dos: hemos logrado estabilizar la mitad frontal del Lady Anne en la costa. Parece que pasaremos bastante tiempo a su resguardo. Mañana mandaremos un grupo a explorar el interior de la isla.

Del tercer al séptimo día es ilegible.

Día ocho: la tormenta se ha llevado parte de los víveres que nos quedaban. El grupo de exploración aún no ha vuelto... y ya no queda agua. ¿Por qué se acaba todo menos el ron? Si la cosa sigue así tendremos que largarnos de aquí.

Día nueve: seguimos a la espera. Si mañana no hemos recibido noticias, iremos a buscar a Jack y al resto.

Día diez: el grupo ha vuelto... pero hemos perdido a Jack. Parece que la isla está plagada de monstruos. ¿Los dinosaurios no se habían extinguido? Al menos han encontrado agua en una zona alejada de los depredadores. El camino hasta allí parece peligroso en vistas de que se han comido a la mitad del grupo. Tampoco parece que haya muchas más opciones. Mañana nos reuniremos para decidir... al menos han traído un poco.

El día once es ilegible.

Día doce: Partimos ya. Dejaré la bitácora aquí por si alguien ha sobrevivido y consigue volver. He anotado las indicaciones para llegar a la zona segura en la última página del cuaderno. Jack, viejo amigo, ojalá sigas ahí fuera.»


Ayden comenzó a pasar las páginas entonces, buscando la última de las páginas donde, efectivamente, había algunas indicaciones. Al no disponer de un mapa topográfico de la isla, todas parecían guiarse con referencias y lugares que podrían resultar reconocibles para alguien que acabase de llegar a Little Garden. Al menos parecían contar con nociones sobre los ejes cardinales, así que no debía ser excesivamente complicado seguirlas. Lo preocupante sería, en cualquier caso, la fauna local y hasta la vegetación si le daba por pensar. Después de todo, ¿qué clase de obstáculos podían encontrarse en una isla atrapada en la prehistoria? No entraba en sus planes convertirse en el desayuno de un lagarto gigante.

Fuera como fuese, el movimiento en la costa le sacó de sus pensamientos, localizando rápidamente a Hazel tirada no muy lejos de la orilla. Parecía cansada y no era para menos. ¿Cuánto tiempo había estado saliendo y entrando en el agua? Cerró entonces la bitácora y alzó la vista al cielo: estaba completamente despejado, por lo que el Sol arrojaba sus rayos sin impedimento alguno sobre ellos. Extendió el brazo izquierdo con la palma de la mano hacia arriba, comenzando a manar de esta un sinfín de plumas rojas que se desplazaron rápidamente hasta alcanzar a la albina. En pocos segundos todas ellas conformarían algo similar a un parasol, solo que mucho más grande y denso que, mientras no sufriera ninguna distracción, seguiría a la cazadora para protegerla de su mayor enemigo.
Hecho esto esperaría a que llegara hasta él, aún sentado sobre la jaula de plumas que protegía las pertenencias de su compañera.

—He dado con algún hilo del que tirar —aseguró, obviando el pequeño gesto que acababa de tener con ella como si careciera de importancia—. Parece que nuestros amigos estaban intentando escapar de cierto matón, un tal Bones. Tuvieron éxito, pero el precio a pagar fue naufragar aquí. No tuvieron mayores incidentes a partir de ahí salvo algunas pérdidas por el naufragio y la desaparición de parte de un grupo que mandaron de expedición. A las dos semanas tuvieron que largarse de aquí por falta de víveres... pero parece que sabían a dónde dirigirse. —Tras la breve explicación, el rubio le lanzó el cuaderno para que lo cogiera al vuelo con una sonrisa ladina—. En la última página hay algunas indicaciones para llegar a una supuesta zona segura. ¿Te ves capaz de orientarte con ellas?

No necesitaba escuchar su respuesta para ser conocedor de esta, pero al menos le daría la oportunidad de vanagloriar sus propias capacidades. Una vez lo hiciera se dejaría caer y desharía la jaula de plumas, permitiéndole así recuperar sus cosas pero manteniendo el peculiar parasol. Ya lo desharía una vez se adentrasen en la espesa vegetación.
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Mensaje por Hazel el Lun 28 Dic 2020 - 20:43

La respiración de la albina tardó sus buenos minutos en calmarse. Sus pulmones ardían, subiendo y bajando mientras tomaban todo el aire que podían. Aún jadeaba y tenía el cuerpo entumecido por el cansancio. Seguramente, cuando se levantase sus piernas dolerían como si le hubieran clavado miles de agujas. Pero bueno, había sufrido cosas peores que unas agujetas. Se apartó el pelo de la frente, echándolo hacia atrás con las manos. El sol era… Odioso. Y precisamente por ser tan odioso el gesto del rubio no pudo sino sacarle una sonrisa. No lo diría con palabras, pero sí que pensó un pequeño «gracias» en su cabeza, dedicado para él. Unos minutos después, tras terminar de recuperar sus fuerzas, se levantó y puso en marcha hasta quedar al nivel del rubio, quien le lanzo un diario casi a la cara. Esta lo cogió con su mano libre, pues bajo el brazo de la otra llevaba la cajita y, entre sus dedos aferrados la llave, los pergaminos y el colgante.

—Bueno, me alegra que al menos uno de los dos haya encontrado algo —afirmó, con los ojos aún cerrados con fuerza por el susto de que le fuera a impactar el sucio cuaderno en la cara, desapretando los labios—. Yo por mi parte no he tenido tanta suerte. Casi todo lo que había en ese trozo estaba entre la arena y no parecía muy valioso. Lo más llamativo ha sido esto —señaló, dando un par de toquecitos con la mano que sujetaba la bitácora sobre la caja de madera labrada. Quitando la suciedad, parecía bastante bonita—. Pesa un poquitín así que lo mismo hay algo gracioso. Ah, también encontré una llave, un guardapelo y… mapas, pero con lo que has dicho dudo que nos sirvan. Tal vez le podamos dar uso a este catalejo, eso sí—. Dejó caer las cosas sobre la arena, menos la caja y el catalejo que se podían romper y después se sentó ella, buscando entre las últimas páginas de la bitácora las indicaciones mencionadas por el rubio. Lo cierto era que quien las hubiera visto a simple vista pensarían que era un garabato de algún crío de no más de tres años, o quizás una obra de arte abstracto. Pero echándole MUCHA imaginación, la albina creyó poder descifrar la mayor parte de los jeroglíficos—. Voy a estudiar esto un poco más… Cuando esté listo te aviso. Si quieres puedes revisar las cosas que he sacado del barco mientras.

Dicho y hecho, no tardó en buscar un palo con la punta rota de tal forma que sirviera para dibujar surcos en la arena y empezar a trazar. Supuso que el símbolo que bien parecía una aleta dorsal de tiburón mal hecha era el casco del barco en tierra, y las dos cosas enormes podían ser esas montañas a lo lejos. Había también un montón de piedras que parecían un risco, una cosa deforme que debía ser un lago, pero que no marcaba el destino, y unos… ¿árboles? Que hacían una forma como de estrella. Seguramente según como estuvieran posicionados al mirar supuso que se vería así el cruce de sus troncos en perspectiva. Luego, las flechas al margen de página indicaban el camino, si lo primero era ir hacia adelante el resto de pasos eran a simple vista muy sencillos. El problema era que… No habría pistas de los pasos de los piratas en la jungla. Criaturas más grandes que los humanos merodeaban la isla, así que era fácil que sus huellas hubieran quedado tapadas. Volvió a hacer una mueca: «Habrá que arriesgarse». Dijo para sí misma. No podía mostrarse desconfiada ahora. Menos tras el momento de gloria que acababa de darle su pollito. Si dejaba que lo cambiara por una burla iba a tener que aguantar eso el resto de su vida por su parte, y eso sí que no.

—Vale, creo que ya lo tengo. Esto puede tornarse en un trabajo muy fácil o un puto problema, pero puedo guiarnos con esto. ¿Tú cómo vas por ahí? ¿Ves algo interesante? —Ahora que había acabado con lo de resolver las pistas, podía tomarse su descanso de verdad, escurriendo primero su corta cabellera entre sus dedos y volviendo a vestirse. Aprovecharía el parón para cambiarse con ropa seca, no muy gruesa, pero que protegiera bien su piel del sol y los posibles mosquitos gigantes de la selva. Si algo sabía de la isla era que lo único “pequeño” de esta era su nombre. Mientras esperaba por Ayden, aprovecharía a comer su primera ración de comida, consistente en una pieza de fruta y un trozo de pan con carne. Eran raciones pensadas para aguantar, no un banquete. Cuando acabasen podrían poner rumbo, lo mejor sería, además, aprovechar el día para que no les pillaran las bestias de noche.


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